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El Lector Penguin

El Lector Penguin

PARTE PRIMERA : LOS PROBLEMAS DEL VIVIR

1. ¿QUÉ ES LO QUE BUSCAMOS?

¿Qué es lo que busca la mayoría de nosotros? ¿Qué es lo que cada uno de nosotros quiere? Sobre todo en este mundo de desasosiego, en el que todos procuran hallar cierto género de felicidad, alguna clase de paz, un refugio, resulta sin duda importante averiguar -¿no es así?- qué es lo que intentamos buscar, qué es lo que tratamos de descubrir. Es probable que la mayoría de nosotros busque alguna especie de felicidad, alguna clase de paz; en un mundo sacudido por disturbios, guerras, contiendas, luchas, deseamos un refugio donde pueda haber algo de paz. Creo que eso es lo que casi todos deseamos. Y así proseguimos, yendo de un dirigente a otro, de una organización religiosa a otra, de un instructor a otro.

Ahora bien: ¿andamos en busca de la felicidad, o lo que buscamos es alguna clase de satisfacción de la que esperamos derivar felicidad? Hay una diferencia, por cierto, entre felicidad y satisfacción. ¿Podéis buscar la felicidad? Tal vez podáis hallar satisfacción; pero, ciertamente, no podéis encontrar la felicidad. La felicidad, sin duda, es un derivado; es un producto accesorio de alguna otra cosa. Antes, pues, de consagrar nuestra mente y corazón a algo que requiere gran dosis de seriedad, de atención, de pensamiento, de cuidado, debemos descubrir -¿no es así?- qué es lo que buscamos: si es felicidad o satisfacción. Temo que la mayoría de nosotros busque satisfacción. Deseamos estar satisfechos, deseamos hallar una sensación de plenitud al final de nuestra búsqueda.

Después de todo, si uno busca la paz puede encontrarla muy fácilmente. Puede uno consagrarse ciegamente a alguna causa, a una idea, y hallar en ella un refugio. Eso, a buen seguro, no resuelve el problema. El mero aislamiento en una idea que nos encierra, no nos libra del conflicto. Debemos, pues -¿no es así?-, descubrir qué es lo que cada uno de nosotros quiere, tanto en lo intimo como exteriormente. Si esto lo vemos claro, no necesitaremos ir a parte alguna, recurrir a ningún instructor, a ninguna iglesia, a ninguna organización. De modo que nuestra dificultad -¿no es así?- estriba en aclarar en nosotros mismos cuál es nuestra intención. ¿Puede haber claridad en nosotros? Y esa claridad, ¿nos viene indagando, tratando de averiguar lo que otros dicen, desde el más elevado instructor hasta el vulgar predicador de la iglesia a la vuelta de la esquina? Tenéis que recurrir a alguien para descubrir? Y sin embargo, eso es lo que hacemos, ¿no es así? Leemos innumerables libros, asistimos a muchas reuniones; y discutimos, ingresamos a diversas organizaciones, procurando con ello hallar un remedio al conflicto, a las miserias de nuestra vida. O, si no hacemos todo eso, creemos que hemos encontrado; esto es, decimos que determinada organización, determinado instructor, determinado libro, nos satisface: en eso hemos hallado todo lo que deseamos, y en eso permanecemos, cristalizados y encerrados.

Lo que buscamos a través de toda esta confusión ¿no es acaso algo permanente, algo duradero, algo que denominamos realidad, Dios, verdad o lo que os plazca? El hombre importa poco; la palabra no es la cosa, ciertamente. No caigamos, pues, en la red de las palabras; dejad eso para los conferenciantes profesionales. Hay por cierto, en la mayoría de nosotros, una búsqueda de algo permanente, ¿no es verdad? Buscamos algo a lo cual podamos adherirnos, algo que nos dé confianza, una esperanza, un entusiasmo duradero, una constante certeza, porque en nosotros mismos nos sentimos inseguros. No nos conocemos a nosotros mismos. Muchos sabemos en cuanto a hechos: lo que han dicho los libros; pero no lo sabemos por nosotros mismos, no tenemos una vivencia directa.

¿Y qué es lo que llamamos permanente? ¿Qué es lo que buscamos y qué nos dará -o que esperamos ha de darnos permanencia? ¿No buscamos felicidad, satisfacción, certeza duradera?

Queremos algo que perdure eternamente, que nos satisfaga. Si nos despojamos de palabras y frases, y vamos al fondo de las cosas, eso es lo que queremos. Queremos placer permanente, perpetua satisfacción; y a ello le damos el nombre de verdad, Dios o lo que sea.

Y bien, queremos placer. Tal vez esta expresión sea muy cruda, pero eso es realmente lo que queremos: conocimientos que nos den placer, experiencia que nos dé placer, una satisfacción que no se marchite el día de mañana. Y, habiendo experimentado diversas satisfacciones, todas ellas se han desvanecido; y ahora esperamos encontrar una satisfacción permanente en la realidad, en Dios. Eso, por cierto, es lo que todos buscamos: los inteligentes y los necios, el teórico y el hombre práctico que lucha por algo. ¿Pero existe satisfacción permanente? Existe algo que haya de perdurar?

Ahora bien: si buscáis satisfacción permanente y le llamáis Dios, o la verdad, o lo que os plazca -el nombre no interesa- debéis por cierto comprender aquello que buscáis ¿no es así? Cuando decís “busco felicidad permanente” (Dios, la verdad o lo que sea), ¿no es preciso también que comprendáis al que busca, al buscador, al investigador? Porque es posible que no haya tal seguridad permanente, tal dicha perpetua. La verdad puede ser algo enteramente distinta; y yo pienso que es totalmente diferente de aquello que podéis ver, concebir, formular. Antes de buscar algo permanente, entonces, ¿no es evidente que se necesita comprender al que busca? ¿El buscador es diferente de la cosa buscada? Cuando decís “busco la felicidad”, ¿es el buscador diferente del objeto de su búsqueda? ¿El pensador es diferente del pensamiento? ¿No son un fenómeno conjunto, más bien que procesos separados? Es indispensable, por consiguiente -¿verdad’’-, comprender al buscador antes de intentar descubrir qué es lo que él busca.

Debemos, pues, llegar al punto en que nos preguntemos, de modo serio y profundo, si la paz, la felicidad, Dios, o lo que os plazca, pueden sernos dados por otra persona. ¿Puede esta búsqueda incesante, este anhelo, darnos ese extraordinario sentido de realidad, ese ser creativo, que surge cuando nos comprendemos realmente a nosotros mismos? ¿Acaso el conocimiento propio nos llega siguiendo a alguna otra persona, perteneciendo a alguna organización en particular, leyendo libros, y así sucesivamente? Después de todo, ese es el principal problema: que mientras yo no me comprenda a mí mismo, no tengo base alguna para el pensamiento, y toda mi búsqueda será en vano. ¿No es así? Puedo escapar hacia cosas ilusorias, puedo huir de la contienda, del esfuerzo, de la lucha; puedo adorar a otro; puedo buscar mi salvación a través de otra persona. Pero mientras yo no me conozca a mí mismo, mientras no me dé cuenta del proceso total de mí mismo, no tengo base alguna para el pensamiento, para el afecto, para la acción.

Pero eso es lo último que deseamos: conocernos a nosotros mismos. Esa, por cierto, es la única base sobre la cual podemos construir algo. Pero antes de que podamos hacerlo, antes de que podamos transformarnos, antes de que podamos condenar o destruir, es preciso que sepamos lo que somos. Continuar buscando, cambiando de instructores religiosos, de guías espirituales, practicando la “yoga”, ejercicios respiratorios, cumpliendo ritos, siguiendo a Maestros y demás cosas por el estilo, es totalmente inútil, ¿verdad? Ello carece de sentido, aunque aquellos mismos a quienes seguimos nos digan: “Estudiaos a vosotros mismos”, porque lo que nosotros somos, el mundo es. Si somos mezquinos, celosos, vanos, codiciosos -eso es lo que creamos en torno nuestro, esa es la sociedad en que vivimos.

Paréceme, pues, que antes de emprender un viaje para hallar la realidad, para encontrar a Dios, antes de que podamos actuar, antes de que podamos tener relación alguna unos con otros -y eso es la sociedad- es esencial que empecemos por comprendernos a nosotros mismos en primer término. Y yo considero persona seria a aquella a quien eso le interesa completamente, ante todo, y no cómo llegar a determinada meta. Porque, si vosotros y yo no nos comprendemos a nosotros mismos,

¿cómo podremos, en la acción, operar una transformación en la sociedad, en nuestras relaciones, en nada que hagamos? Y ello no significa, de seguro, que el conocimiento propio se oponga a la convivencia o esté aislado de ella. No significa, evidentemente, acentuar lo individual, el “yo”, como opuesto a la masa, como opuesto a los demás.

Ahora bien: sin conoceros a- vosotros mismos, sin conocer vuestra propia manera de pensar, y por qué pensáis ciertas cosas; sin conocer el “trasfondo” de vuestro “condicionamiento”, ni por qué tenéis ciertas creencias en materia de arte y de religión, acerca de vuestro país y vuestros vecinos, y acerca de vosotros mismos, ¿cómo podéis pensar verdaderamente sobre cosa alguna? Si no conocéis vuestro “trasfondo” si no conocéis la substancia ni el origen- de vuestro pensamiento, vuestra búsqueda resulta del todo vana, por cierto, y vuestra acción carece de sentido. ¿No es así? Tampoco tiene sentido alguno el que seáis americanos o hindúes, o que vuestra religión sea una u otra.

Antes, pues, de que podamos descubrir cuál es el propósito final de la vida, qué significa todo esto: las guerras, los antagonismos nacionales, los conflictos, toda esa baraúnda, debemos ciertamente empezar por nosotros mismos, ¿verdad? Ello suena tan sencillo; pero es extremadamente difícil. Para seguirse uno mismo, para ver cómo opera el propio pensamiento, hay que estar extraordinariamente alerta. Así, a medida que uno empieza a estar cada vez más alerta ante los enredos del propio pensar, ante las propias respuestas y los propios sentimientos, empieza uno a ser más consciente, no sólo de sí mismo sino de las personas con las que está en relación. Conocerse a sí mismo es estudiarse en acción, en la convivencia. Mas la dificultad está en que somos muy impacientes; queremos seguir adelante, queremos alcanzar una meta. Y a causa de ello no tenemos tiempo ni ocasión de brindarnos a nosotros mismos una oportunidad de estudiar, de observar. O nos hemos comprometido en diversas actividades: ganarnos el sustento, criar niños, o hemos asumido ciertas responsabilidades en diversas organizaciones. Tanto nos hemos comprometido de distintas maneras, que casi no tenemos tiempo para reflexionar sobre nosotros mismos, para observar, para estudiar. De tal modo, la responsabilidad de la reacción depende en realidad de uno mismo, no de los demás. Y el seguir -como se hace en el mundo entero- a los “guías espirituales” y sus sistemas, el leer los últimos libros sobre esto o aquello, etcétera, paréceme de una total vacuidad, absolutamente vano. Podréis; en efecto, recorrer la tierra entera, pero tendréis que volver a vosotros mismos.

Y como casi todos somos totalmente inconscientes de nosotros mismos, es en extremo difícil empezar a ver claramente el proceso de nuestro pensar, sentir y actuar.

Cuanto más os conocéis a vosotros mismos, más claridad existe. El conocimiento propio no tiene fin: no alcanzáis una realización, no llegáis a una conclusión. Es un río sin fin. Y, a medida que se lo estudia, que en él se ahonda de más en más, encuéntrase la paz. Sólo cuando la mente está tranquila -mediante el conocimiento propio, no mediante una autodisciplina impuesta-, sólo entonces, en esa quietud, en ese silencio, puede advenir la realidad. Es sólo entonces cuando puede existir la beatitud, cuando puede haber acción creadora.

Y a mí me parece que sin esa comprensión, sin esa experiencia, el mero hecho de leer libros, de asistir a conferencias, de hacer propaganda, es del todo infantil; es simplemente una actividad carente de significado. Empero, si uno logra comprenderse a sí mismo, y con ello producir esa vivencia de algo que no es de la mente, entonces, tal vez, puede haber una transformación inmediata en la convivencia alrededor nuestro, y, por lo tanto, en el mundo en que vivimos.

2. EL INDIVIDUO Y LA SOCIEDAD

El problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros es el de saber si el individuo es un mero instrumento de la sociedad, o si es el fin de la sociedad. ¿Vosotros y yo, como individuos, hemos deber utilizados, dirigidos, educados, controlados, plasmados conforme a cierto molde, por la sociedad, el gobierno, o es que la sociedad, el Estado, existen para el individuo? ¿Es el individuo el fin de la sociedad, o es tan sólo un títere al que hay que enseñar, que explotar, que enviar al matadero como instrumento de guerra? Ese es el problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros. Ese es el problema del mundo: el de saber si el individuo es mero instrumento de la sociedad, juguete de influencias, que haya de ser moldeado; o bien si la sociedad existe para el individuo.

¿Cómo habréis de descubrir eso? Es un serio problema, verdad? Si el individuo no es más que un instrumento de la sociedad, entonces la sociedad es mucho más importante que el individuo. Si eso es cierto, debemos renunciar a la individualidad y trabajar para la sociedad; entonces nuestro sistema educativo debe ser enteramente revolucionado, y el individuo convertido en instrumento que ha de usarse, destruirse, liquidarse, y del que hay que deshacerse. Pero si la sociedad existe para el individuo, entonces la función de la sociedad no consiste en hacer que él se ajuste a molde alguno, sino en darle el sentido y el apremio de libertad. Debemos, pues, descubrir qué es lo falso.

¿Cómo investigaríais este problema? Es un problema vital, ¿no es cierto? Él no depende de ideología alguna, de izquierda o de derecha; y en caso de que si dependa de una ideología, entonces es mero asunto de opinión. Las ideas siempre engendran enemistad, confusión, conflicto. Si dependéis de libros de izquierda o de derecha, o de libros sagrados, entonces dependéis de meras opiniones, sean ellas las de Buda, de Cristo, del capitalismo, del comunismo o de lo que os plazca. Son ideas, no la verdad. Un hecho nunca puede ser negado. La opinión acerca del hecho puede negarse. Si podemos descubrir cuál es la verdad en este asunto, podremos actuar independientemente de la opinión. ¿No resulta necesario, por lo tanto, descartar lo que otros han dicho? La opinión de los izquierdistas u otros líderes es el resultado de su condicionamiento. De suerte que si dependéis para vuestro descubrimiento de lo que se encuentra en los libros, estáis simplemente atados a las opiniones. No se trata, pues, de conocimiento directo.

¿Cómo habrá de descubrirse la verdad acerca de esto? Sobre esa base actuaremos. Para hallar la verdad al respecto, hay que estar libre de toda propaganda, lo cual significa que sois capaces de observar el problema independientemente de la opinión. Todo el cometido de la educación consiste en despertar al individuo. Para ver la verdad respecto de esto habréis de ser muy claros, es decir, no podréis depender de un dirigente. Cuando escogéis un líder, lo hacéis por confusión, de suerte que vuestros dirigentes también están confusos; y eso es lo que ocurre en el mundo. No podéis, por consiguiente, esperar de vuestro dirigente guía ni ayuda.

Una mente que desea comprender un problema debe no sólo comprender el problema por completo, enteramente, sino que debe poder seguirlo rápidamente, porque el problema nunca es estático, siempre es nuevo, ya sea el problema del hambre, un problema psicológico o cualquier problema. Toda crisis siempre es nueva, por lo tanto, para comprenderla, la mente debe ser siempre lozana, clara, veloz en su búsqueda. Creo que la mayoría de nosotros comprendemos la urgencia de una revolución intima, pues ella es lo único capaz de producir una transformación radical de lo externo, de la sociedad. Este es el problema que a mí mismo a todas las personas de intenciones serias nos preocupa. Cómo lograr una transformación fundamental, radical, en la sociedad es nuestro problema; y esta transformación de lo externo no puede ocurrir sin revolución íntima. Dado que la sociedad siempre es estática, cualquier reforma que se realice sin esa revolución intima se vuelve igualmente estática; de suerte que sin esa constante revolución íntima no hay esperanza, porque sin ella la acción externa resulta reiterativa, habitual. La acción implícita en las relaciones entre vosotros y los demás, entre vosotros y yo, es la sociedad; y esa sociedad se vuelve estática, sin cualidades vitalizadoras, mientras no exista esa constante revolución íntima una transformación sociológica creadora; y es por que no hay esa constante revolución íntima que la sociedad siempre se vuelve estática, cristalizada, y tiene por lo tanto que ser destruida constantemente.

¿Qué relación existe entre vosotros, por una parte, y la miseria y confusión en vosotros, y a vuestro alrededor, por la otra? Es evidente que esta confusión, esta miseria, no se ha originado de por sí. Somos vosotros y yo quienes la hemos creado, no la sociedad capitalista, o comunista, o fascista. Vosotros o la hemos creado en nuestras relaciones. Lo que sois proyectado hacia afuera, en el mundo. Lo que sois, lo que pensáis y lo que sentís, lo que hacéis en vuestra existencia diaria, se proyecte hasta afuera; y eso es lo que constituye el mundo. Si somos desdichados, confusos, caóticos en nuestro interior, eso, proyectado llega a constituir el mundo, la sociedad -la sociedad es el producto de nuestra relación-, y si nuestra relación es confusa, egocéntrica, estrecha, limitada, nacionalista, eso lo proyectamos y causamos caos en el mundo.

El mundo es lo que vosotros sois. Vuestro problema es el problema del mundo. Ese, a no dudarlo, es un hecho básico y sencillo. Pero en nuestras relaciones con uno o con muchos parecemos siempre, en cierto modo, no tomarlo en cuenta. Pretendemos producir alteraciones mediante sistemas o una revolución en las ideas o los valores, basada en tal o cual sistema, olvidando que somos vosotros y yo quienes creamos la sociedad y producimos el orden o la confusión con nuestra manera de vivir. Debemos entonces empezar por lo que está más próximo; tenemos que preocuparnos por nuestra existencia diaria, por nuestros actos, pensamientos y sentimientos de todos los días, los cuales se revelan en el modo de ganarnos la vida y en nuestra relación con las ideas y las creencias. Esa es nuestra existencia diaria, ¿no es cierto? Nos interesa ganarnos el sustento, conseguir un empleo, ganar dinero; nos interesa la relación con nuestra familia, o con nuestros vecinos, y estamos interesados en ideas y creencias. Si examináis ahora vuestras ocupaciones, veréis que ellas se basan fundamentalmente en la envidia y no en la estricta necesidad de ganar el sustento. La sociedad está estructurada en tal forma que es un proceso de constante conflicto, de constante devenir. Todo se basa en la codicia, en la envidia a nuestros superiores. El empleado quiere llegar a ser gerente, lo que muestra que su preocupación no es sólo ganarse el sustento, un medio de subsistencia, sino también adquirir posición y prestigio. Tal actitud, naturalmente, produce estragos en la sociedad, en la convivencia. Más si vosotros y yo nos preocupásemos tan sólo por el sustento, hallaríamos medios de vida justos cuya base no sería la envidia. Ésta es uno de los factores más destructivos que obran en la sociedad, ya que la envidia revela deseo de poder, de posición, y al final conduce a la política. Envidia y política están estrechamente ligadas. Cuando el empleado busca llegar a gerente, conviértese en uno de los factores que engendra la política del poder, que conduce a la guerra. Él es, pues, directamente responsable de la guerra.

¿En qué se basan nuestras relaciones? La relación entre vosotros y yo, entre vosotros y los demás -la sociedad es eso-, ¿en qué se basa? No, por cierto, en el amor, aunque hablemos de ello. Si se basara en el amor habría orden, paz y felicidad, entre nosotros. Empero, en esa relación entre vosotros y yo hay una fuerte dosis de mala voluntad que asume la forma del respeto. Si unos y otros fuésemos iguales en pensamientos y en sentimientos, no habría respeto ni mala voluntad, puesto que habría contacto entre dos individuos -no se trataría de maestro y discípulo, ni de esposo que domina a su mujer, ni de mujer que domina al marido. Cuando hay mala voluntad hay deseo de dominación, lo cual provoca celos, ira, pasiones; y todo eso, en nuestras mutuas relaciones engendra constante conflicto que hacemos lo posible por eludir, produciendo mayor caos y mayor desdicha.

En lo que atañe a las ideas, creencias y formulaciones, las cuales forman parte de nuestra vida cotidiana, ¿no deforman acaso nuestra mente? ¿Qué es, en efecto, la estupidez? Consiste en atribuir falso valor a las cosas que produce la mano o la mente del hombre. Casi todos nuestros pensamientos se originan en el instinto de autoprotección, ¿no es así? ¿No damos a muchas de nuestras ideas un sentido de que carecen en sí mismas? Cuando, por consiguiente, creemos en determinadas formas -ya sean religiosas, económicas o sociales- o cuando creemos en Dios, en ideas, en un régimen social que separa al hombre del hombre, en e nacionalismo y otras cosas más, es evidente que damos falsa significación a la creencia. Ello indica estupidez, pues la creencia no une a los hombres sino que los divide. Vemos, pues, que por nuestra manera de vivir podemos producir orden o caos, paz o conflicto, felicidad o desdicha.

Nuestro problema, pues, consiste en saber -¿no es así?- si puede haber una sociedad que sea estática y al mismo tiempo un individuo en quien aquella constante revolución esté realizándose. Es decir, la revolución en la sociedad debe empezar por la transformación íntima, psicológica, del individuo. La mayoría de nosotros desea ver una radical transformación en la estructura social. Esa es toda la batalla que se desarrolla en el mundo: producir una revolución social por medios comunistas o cualesquiera otros. Ahora bien, si hay una revolución social, es decir, una acción con respecto a la estructura externa del hombre, la naturaleza misma de esa revolución social, por más radical que ella sea, es estática si no se produce una revolución íntima del individuo, si no hay una transformación psicológica. De suerte que, para hacer surgir una sociedad que no sea reiterativa estática, que no esté desintegrándose, que esté constantemente viva, resulta imperativo que haya una revolución en la estructura psicológica del individuo; pues sin una revolución íntima, psicológica, la mera transformación de lo externo tiene muy poca significación. Es decir, la sociedad se vuelve siempre cristalizada, estática, por lo cual constantemente se desintegra. Por mucho y muy sabiamente que la legislación sea promulgada, la sociedad está siempre en proceso de descomposición; porque la revolución debe producirse por dentro, no sólo exteriormente.

Creo que es importante comprender esto, y no considerarlo con ligereza. Una vez llevada a efecto, la acción externa ha terminado, es estática; y si la relación entre individuos -que es la sociedad- no es el resultado de la revolución intima, entonces la estructura social, por sor estática, absorbe al individuo y por lo tanto lo torna igualmente estático, reiterativo. Si se comprende esto, si se percibe el extraordinario significado de ese hecho, no puede tratarse de acuerdo o de desacuerdo. Es un hecho que la sociedad siempre se está cristalizando, que siempre absorbe al individuo y que la revolución constante, creadora, sólo puede ocurrir en el individuo, no en la sociedad, en lo externo. Esto es, la revolución creadora sólo puede tener lugar en las relaciones del individuo, que es la sociedad. Vemos cómo la estructura de la sociedad actual en la India, en Europa en América, en todas partes del mundo, se desintegra rápidamente; y esto lo sabemos dentro de nuestra propia vida. Podemos observarlo cuando vamos por la calle. No necesitamos grandes historiadores para que nos revelen el hecho de que nuestra sociedad se derrumba; y es preciso que haya nuevos arquitectos, nuevos constructores, para crear una nueva sociedad. La estructura debe levantarse sobre nuevos cimientos, sobre hechos y valores nuevamente descubiertos. Tales arquitectos aún no existen. No hay constructores, nadie que observando, dándose cuenta del hecho de que la estructura se desploma, esté transformándose en arquitecto. Ese, pues, es nuestro problema. Vemos que la sociedad se derrumba, se desmorona; y somos nosotros -vosotros y yo- quienes tenemos que ser los arquitectos. Vosotros y yo debemos descubrir de nuevo los valores, y edificar sobre cimientos más fundamentales, más duraderos. Porque si algo esperamos de los arquitectos profesionales -los constructores políticos y religiosos- nos hallaremos precisamente en la misma situación de antes.

Porque vosotros y yo no somos creativos, hemos reducido la sociedad a este caos. Vosotros y yo tenemos, pues, que ser creativos, porque el problema es urgente. Vosotros y yo debemos darnos cuenta de las causas del derrumbe de la sociedad, y crear una nueva estructura que no se base en la mera imitación sino en nuestra comprensión creadora. Y esto implica -¿no es así?- pensamiento negativo. El pensamiento negativo es la más alta forma de la comprensión Es decir, para comprender lo que es el pensamiento creador, debemos enfocar el problema negativamente; porque un enfoque positivo del problema -que es que vosotros y yo debemos volvernos creadores a fin de edificar una nueva estructura de la sociedad- será imitativo. Para comprender aquello que se está derrumbando, debemos investigarlo, examinarlo negativamente, no con un sistema positivo, una fórmula positiva, una conclusión positiva.

¿Por qué, pues, la sociedad se derrumba, se desploma, como sin duda ocurre? Una de las razones fundamentales es que el individuo, vosotros, habéis dejado de ser creadores. Explicaré lo que quiero decir. Vosotros y yo hemos llegado a ser imitativos; copiamos exterior e interiormente. Exteriormente, cuando aprendéis una técnica, cuando os comunicáis unos con otros en el nivel verbal, tiene naturalmente que haber algo de imitación, de copia. Copio las palabras. Para llegar a ser ingeniero, primero debo aprender la técnica; y luego empleo la técnica para construir un puente. Tiene, pues, que haber cierto grado de imitación, de copia, en la técnica externa. Pero cuando hay imitación interior, psicológica, dejamos por cierto de ser creadores. Nuestra educación, nuestra estructura social, nuestra vida llamada “religiosa”, todo ello se basa en la imitación; es decir, me ajusto a determinada fórmula social o religiosa. He dejado de ser un verdadero individuo; psicológicamente, me he convertido en una simple máquina de repetir, con ciertas respuestas condicionadas, sean ellas las del hindú las del cristiano, las del budista, las del alemán o las del inglés. Nuestras respuestas están condicionadas según el tipo de sociedad, ya sea oriental u occidental, religiosa o materialista. De suerte que una de las causas fundamentales de la desintegración social es la imitación, y uno de los factores desintegrantes es el líder, cuya esencia misma es la imitación.

Para comprender, pues, la naturaleza de la sociedad en vía de desintegración, ¿no es importante investigar si vosotros y yo -el individuo- podemos ser creadores? Podemos ver que, cuando hay incitación, tiene que haber desintegración; cuando hay autoridad, tiene que haber imitación. Y como toda nuestra formación mental, psicológica, se basa en la autoridad, hay que estar libre de autoridad para ser creador. ¿No habéis notado que en los momentos de creación, en esos momentos relativamente felices de interés vital, no hay sentido alguno de repetición, de imitación? Tales momentos siempre son nuevos, frescos, creadores, dichosos. De suerte que una de las causas fundamentales de la desintegración social es la imitación, que es el culto de la autoridad.

3. EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO

Los problemas del mundo son tan colosales, tan complejos, que para comprenderlos y resolverlos hay que abordarlos de un modo muy sencillo y directo; y la sencillez y visión directa no dependen de las circunstancias exteriores ni de nuestros prejuicios y estados de ánimo individuales. Como y a lo he señalado, la solución no ha de encontrarse mediante conferencias o proyectos, ni substituyendo a los viejos dirigentes por otros nuevos, y lo demás. Es evidente que la solución está en el creador del problema, en el creador de la maldad, del odio y de la enorme falta de comprensión que existe entre los seres humanos. El causante de estos daños, el creador de estos problemas, es el individuo, vosotros y yo, no el mundo, como creemos. El mundo es vuestra relación con otro. El mundo no es algo que existe aparte de vosotros y de mí; el mundo, la sociedad, es la relación que establecemos o procuramos establecer entre unos y otros.

De suerte que vosotros y yo somos el problema, no el mundo; porque el mundo es la proyección de nosotros mismos, y para comprender al mundo tenemos que comprendernos a nosotros mismos. El mundo no está separado de nosotros; somos el mundo, y nuestros problemas son los problemas del mundo. Esto no puede repetirse con demasiada frecuencia, porque somos de mentalidad tan indolente que no creemos de nuestra incumbencia los problemas del mundo; creemos que deben ser resueltos por las Naciones Unidas o reemplazando los viejos dirigentes por otros nuevos. Es una mentalidad bien torpe la que piensa de ese modo; porque nosotros somos responsables de la horrible miseria y confusión que hay en el mundo, de la guerra que nos amenaza. Para transformar el mundo debemos empezar por nosotros mismos; y lo importante al empezar por nosotros es la intención. La intención tiene que consistir en comprendernos a nosotros mismos, y en no dejar para otros el transformarse o producir un cambio modificado mediante la revolución, de izquierda o de derecha. Es, pues, importante comprender que esta es nuestra responsabilidad, la vuestra y la mía; porque, por pequeño que sea el mundo en que vivimos, si podemos transformarnos, si podemos hacer surgir un punto de vista radicalmente diferente en nuestra existencia diaria, entonces, tal vez, afectaremos al mundo en general, las extensas relaciones de unos con otros.

Como lo he dicho, pues, vamos a tratar de descubrir el proceso de la comprensión de nosotros mismos, que no es un proceso de aislamiento. No es el retiro del mundo, porque aislados no podéis vivir. Ser es estar relacionado, y el vivir en el aislamiento es cosa inexistente. Es la falta de verdadera convivencia lo que causa conflictos, miseria y lucha; y por pequeño que sea nuestro mundo, si podemos transformar nuestras relaciones dentro de ese pequeño mundo, ello será como una onda que se extiende constantemente hacia afuera. Creo que es importante ver eso, o sea que el mundo es nuestra interrelación, por estrecha que sea; y si ahí podernos producir una transformación -no superficial sino radical-, entonces empezaremos activamente a transformar el mundo. La verdadera revolución no es conforme a una norma determinada, de izquierda o de derecha, sino una revolución de valores, una revolución que lleva de los valores sensorios a los que no son sensorios ni creados por influencias ambientales. Para encontrar esos verdaderos valores que traerán una revolución radical, una transformación o regeneración, es esencial que uno se comprenda a sí mismo. El conocimiento de uno mismo es el principio de la sabiduría, y por lo tanto el comienzo de la transformación o regeneración. Para comprenderse uno mismo, tiene que existir la intención de comprender; y ahí es donde se presenta nuestra dificultad. Porque, si bien la mayoría de nosotros estamos descontentos, deseamos producir un cambio súbito, y nuestro descontento se canaliza hasta el mero logro de cierto resultado; estando descontentos, o buscamos otro empleo o simplemente sucumbimos ante el medio ambiente. De suerte que el descontento, en vez de encendernos, de inducirnos a poner en tela de juicio la vida y todo el proceso de la existencia, se ve canalizado, con lo cual nos volvemos mediocres y perdemos la energía y el empuje necesarios para descubrir todo el significado de la existencia. Por consiguiente, es importante descubrir esas cosas por nosotros mismos, pues el conocimiento de uno mismo no puede dárnoslo nadie ni habrá de hallarse en libro alguno. Tenemos que descubrir, y para descubrir tiene que haber intención, búsqueda, investigación. Mientras esa intención de descubrir, de inquirir hondamente, sea débil o no exista, la mera aserción, o un deseo casual de investigar acerca de uno mismo, tiene muy escasa significación.

La transformación del mundo se efectúa, pues, por la transformación de uno mismo; porque el “yo” es producto y parte del proceso total de la existencia humana. Para transformarse, el conocimiento de uno mismo es esencial; porque sin conocer lo que sois, no hay base para el verdadero pensar, y sin conoceros a vosotros mismos no puede haber transformación. Uno debe conocerse tal cual es, no tal como desea ser, lo cual es un mero ideal y por lo tanto ficticio, irreal; y sólo lo que es puede ser transformado, no aquello que deseáis ser. El conocerse uno misiono como uno es, requiere extraordinaria vigilancia de la mente; porque lo que es sufre constante transformación, cambio, y, para seguirlo velozmente, la mente no debe estar atada a ningún dogma ni creencia en particular, a ninguna norma de acción. Si queréis seguir algo, de nada sirve estar atado. Para conoceros a vosotros mismos, tiene que existir la vigilancia, la actitud alerta de la mente, en la que se está libre de toda creencia, de toda idealización, porque las creencias e ideales no hacen más que daros un color, pervirtiendo la verdadera percepción. Si queréis saber lo que sois, no podéis imaginar o creer en algo que no sois. Si soy codicioso, envidioso violento, el mero hecho de tener un ideal de “no violencia” de “no codicia”, es de escaso valor. Pero el saber que uno es codicioso o violento, el saberlo y comprenderlo, requiere extraordinaria percepción, ¿no es así? Exige honestidad, claridad de pensamiento. Mientras que perseguir un ideal alejado de lo que es, resulta una escapatoria, os impide descubrir y obrar directamente sobre lo que sois.

De suerte que la comprensión de lo que sois: feos o hermosos, perversos, dañinos o lo que fuere; el comprender sin deformación lo que sois, es el comienzo de la virtud. La virtud es esencial porque ella brinda libertad. Sólo en la virtud podéis descubrir, podéis vivir, no en el cultivo de la virtud, que sólo trae respetabilidad, no comprensión ni libertad. Hay una diferencia entre ser virtuoso y hacerse virtuoso. El ser virtuoso proviene de la comprensión de lo que sois, mientras el hacerse virtuoso es aplazamiento, encubrimiento de lo que es con lo que desearíais ser. Al haceros virtuosos, evitáis obrar directamente sobre lo que sois. Este proceso de eludir lo que es mediante el cultivo del ideal, es considerado virtuoso; pero si lo observáis de cerca y directamente, veréis que no es nada de eso. Consiste simplemente en dejar para después el enfrentarse con lo que es. La virtud no es llegar a ser lo que uno no es; la virtud es la comprensión de lo que es y por lo tanto el estar libre de lo que es. Y la virtud resulta indispensable en una sociedad que se desintegra rápidamente. Para crear un mundo nuevo una nueva estructura alejada de la antigua, tiene que haber libertad para descubrir; y para ser libre tiene que haber virtud, pues sin virtud no hay libertad. El hombre inmoral que lucha por llegar a ser virtuoso, ¿puede jamás conocer la virtud? El hombre que no es moral no podrá nunca ser libre, y por lo tanto no podrá nunca descubrir lo que es la realidad. La realidad sólo puede encontrarse comprendiendo lo que es; y para comprender lo que es, tiene que haber libertad, hay que estar libre del miedo a lo que es.

Para comprender ese proceso, es preciso que haya intención de conocer lo que es, de seguir todo pensamiento, sentimiento y acción; y el comprender lo que es, es en extremo difícil porque lo que es jamás está inmóvil estático; siempre está en movimiento. Lo que es, es lo que vosotros sois, no lo que os gustaría ser. No es el ideal, porque el ideal es ficticio; es en realidad lo que vosotros hacéis, pensáis y sentís de instante en instante. Lo que es, es lo real; y para comprender lo real se requiere alerta percepción, una mente muy vigilante y veraz. Pero si empezamos por condenar lo que es, si empezamos por censurarlo o resistirle, no comprenderemos su movimiento. Si quiero comprender a alguien, no puedo condenarlo; tengo que observarlo, que estudio. Tengo que amar la cosa misma que estudio. Si queréis comprender a un niño, debéis amarlo, no condenarlo. Debéis jugar con él, observar sus movimientos, su idiosincrasia, sus modos de conducirse; pero si no hacéis más que condenarlo, resistirle o censurarlo, no hay comprensión del niño. De un modo análogo, para comprender lo que es, hay que observar lo que uno piensa, siente y hace de instante en instante. Eso es lo efectivo. Ninguna otra acción, ningún ideal o acción ideológica, es lo existente; es un mero anhelo, un deseo ficticio de ser otra cosa que lo que uno es.

Para comprender lo que es requiérese un estado de la mente en el que no haya identificación ni condenación, lo cual significa una mente que sea alerta y sin embargo pasiva. En ese estado nos encontramos cuando deseamos realmente comprender algo; cuando hay intensidad en el interés, ese estado mental se produce. Cuando uno está interesado en comprender lo que es, el estado real de la mente no necesita forzarlas disciplinarla ni controlarla; antes bien, hay entonces vigilancia pasiva y alerta. Este estado de alerta percepción surge cuando hay interés, intención de comprender.

La comprensión fundamental de uno mismo no llega mediante el conocimiento o la acumulación de experiencias, lo cual es mero cultivo de la memoria. La comprensión de uno mismo es de instante en instante; y si sólo acumulamos conocimiento del “yo”, es ese conocimiento lo que impide una comprensión más amplia. El conocimiento y la experiencia acumulados, en efecto, llegan a ser el centro a través del cual el pensamiento enfoca y desarrolla su existencia. El mundo no es diferente de nosotros y nuestras actividades, porque lo que nosotros somos es lo que crea los problemas del mundo; y la dificultad, en lo que atañe a la mayoría de nosotros, está en que, en vez de conocernos directamente, buscamos un sistema, un método, un medio operativo para resolver los múltiples problemas humanos.

Ahora bien: ¿existe un medio, un sistema, para conocerse a sí mismo? Cualquier persona sagaz, cualquier filósofo, puede inventar un sistema, un método; pero, a buen seguro, el seguir un sistema sólo producirá un resultado creado por ese sistema, ¿no es así? Si yo sigo determinado método para conocerme a mí mismo, tendré el resultado que dicho sistema necesita; mas ese resultado no será evidentemente la comprensión de mí mismo. Es decir, siguiendo un método, un sistema, un medio para conocerme a mí mismo, ajusto mi pensamiento, mis actividades, a una norma; pero el seguir una norma no es comprensión de uno mismo.

No hay, pues, método alguno para el conocimiento de uno mismo. Buscar un método implica invariablemente el deseo de alcanzar algún resultado, y eso es lo que todos queremos. Seguimos a la autoridad -si no la de una persona la de un sistema, una ideología- porque queremos un resultado que sea satisfactorio, que nos dé seguridad. En realidad no queremos comprendernos a nosotros mismos, nuestros impulsos y reacciones, todo el proceso de nuestro pensar, lo consciente así como lo inconsciente; quisiéramos más bien seguir un sistema que nos asegure un resultado Mas el seguir un sistema es invariablemente el resultado de nuestro deseo de seguridad, de certeza; y es evidente que el resultado no es la comprensión de uno mismo. Cuando seguimos un método, debemos tener autoridades -el instructor, el “guía espiritual”, el salvador, el Maestro- que nos garanticen lo que deseamos; y, por cierto, ese no es el camino hacia el conocimiento de uno mismo.

La autoridad impide el conocimiento de uno mismo, ¿no es así? Bajo el amparo de una autoridad, de un guía, podréis tener temporariamente un sentido de seguridad, de bienestar; pero esa no es la comprensión del proceso total de uno mismo. Por su propia naturaleza, la autoridad impide la plena conciencia de uno mismo, y por lo tanto destruye finalmente la libertad; y sólo en la libertad cabe la “creatividad”. La “creatividad” sólo puede existir a través del conocimiento de uno mismo. La mayoría de nosotros no somos “creativos”; somos máquinas de repetición, simples discos de fonógrafo que reproducen una y otra vez ciertas canciones de la experiencia, ciertas conclusiones y recuerdos, propios o ajenos. Semejante repetición no es existencia “creativa”, pero es lo que queremos. Como queremos estar seguros en nuestro fuero íntimo, constantemente buscamos métodos y medios para esa seguridad. Con ello creamos autoridad, el culto de otro ser, lo que destruye la comprensión, esa espontánea serenidad de la mente en la cual tan sólo puede existir un estado de “creatividad”.

Nuestra dificultad, ciertamente, estriba en que la mayoría de nosotros hemos perdido ese sentido de “creatividad”. Ser “creativos” no significa que hayamos de pintar cuadros o escribir poemas, y hacernos famosos. Eso no es “creatividad”; es simplemente capacidad para expresar una idea que el público aplaude o desdeña. Capacidad y “creatividad” no deben ser confundidas. La capacidad no es la “creatividad”; ésta es un estado del ser enteramente diferente, ¿no es así? Es un estado en el que el “yo” está ausente, en el que la mente ya no es foco de nuestras experiencias, ambiciones, empeños y deseos. La “creatividad” no es un estado continuo; es nuevo de instante en instante; es un movimiento en el que no existe el “yo” y lo “mío”, en el que el pensamiento no está enfocado en torno a ninguna experiencia, ambición, realización, propósito o móvil particular. Sólo cuando no hay “yo” puede haber “creatividad”, ese estado del ser que es el único en que puede manifestarse la realidad, el creador de todas las cosas. Mas ese estado no puede ser concebido ni imaginado, no puede ser formulado ni copiado, no puede alcanzarse por ningún sistema, por ningún método, por ninguna filosofía, por ninguna disciplina. Por lo contrario, él surge tan sólo por la comprensión del proceso total de uno mismo.

La comprensión de uno mismo no es un resultado, una culminación; consiste en verse de instante en instante en el espejo de la convivencia, en ver la propia relación con los bienes, las cosas, las personas y las ideas. Pero hallamos difícil estar alertas, ser sensibles, y preferimos embotar nuestra mente siguiendo un método, aceptando autoridades, supersticiones y gratas teorías; y de ese modo nuestra mente se hastía, se agota y se insensibiliza. Una mente tal no puede estar en estado de “creatividad”. Ese estado de “creatividad” adviene tan sólo cuando el “yo” -que es el proceso de reconocimiento y acumulación- deja de ser; porque, después de todo, la conciencia del “yo”, del “mí mismo”, es el centro de reconocimiento, y el reconocimiento es simplemente el proceso de acumulación de experiencias. Pero a todos nos asusta no ser nada, porque todos queremos ser algo. El hombre pequeño quiere ser hombre grande, el hombre sin virtud quiere ser virtuoso, el débil y oscuro ansía poder, posición y autoridad. Esa es la incesante actividad de la mente. Una mente tal no puede estar serena, y por ello jamás podrá comprender el estado de “creatividad”

Para transformar el mundo que nos rodea, con su miseria, guerras, desempleo, hambre, divisiones de clase y absoluta confusión, tiene que haber una transformación en nosotros mismos. La revolución debe empezar dentro de uno mismo, pero no de acuerdo a ninguna creencia o ideología, porque la revolución basada en una idea, o en la adaptación a un modelo determinado, no es en modo alguno, evidentemente, una revolución. Para producir una revolución fundamental en uno mismo, hay que comprender todo el proceso del propio pensar y sentir en la vida de relación. Esa es la única solución de todos nuestros problemas, no el tener más disciplinas, más creencias más ideologías y más instructores. Si podemos comprendernos a nosotros mismos tal como somos de instante en instante, sin el proceso de acumulación, veremos cómo adviene una tranquilidad que no es producto de la mente, una tranquilidad que no es imaginada ni cultivada; y solo en ese estado de quietud, de serenidad, puede haber “creatividad”.

4. LA ACCIÓN Y LA IDEA

Desearía tratar el problema de la acción. En un comienzo puede ser algo abstruso y difícil. Espero, sin embargo, que si reflexionamos al respecto podremos ver claro en este asunto, porque toda nuestra existencia, nuestra vida entera, es un proceso de acción.

La mayoría de nosotros vive en una serie de acciones, de acciones aparentemente inconexas, desarticuladas, que conducen a la desintegración, a la frustración. Es un problema que atañe a cada uno de nosotros, porque todos vivimos por la acción; y sin acción no hay vida, no hay experiencia, no hay pensamiento. El pensamiento es acción; y el desarrollar acción tan sólo en determinado nivel de la conciencia, o sea en lo externo, el vernos atrapados en la mera acción externa sin comprender todo el proceso de la acción en sí, inevitablemente nos llevará a la frustración, a la desdicha.

Nuestra vida, pues, es una serie de acciones, o un proceso de acción, en diferentes niveles de la conciencia. La conciencia es vivencia, nominación y registro. Es decir, la conciencia es reto y respuesta, lo cual es vivenciar, luego definir o nombrar, y finalmente registrar, que es la memoria.

Este proceso es acción, ¿verdad? La conciencia es acción; y sin reto y respuesta, sin experimentar, nombrar o definir, y sin registrar, que es la memoria, no hay acción.

Ahora bien, la acción crea el actor. Es decir, el actor surge cuando la acción tiene en vista un resultado, un fin. Si en la acción no se persigue resultado alguno, no hay actor; pero si hay un fin o un resultado en vista, la acción produce el actor. De suerte que el actor, la acción, y el fin o resultado, son un proceso unitario, un proceso único, que se manifiesta cuando la acción tiene un fin en. La acción hacia un resultado, es voluntad; de otro modo no hay voluntad, ¿no es así? El deseo de lograr un resultado engendra voluntad, que es el actor: “yo” quiero lograr algo, “yo” quiero escribir un libro, “yo” deseo ser hombre rico, “yo” quiero pintar un cuadro.

Los tres estados: el actor, la acción y el resultado, nos son conocidos. Eso es nuestra existencia diaria. Yo no hago más que explicar lo que es; pero sólo empezaremos a comprender como se puede transformar lo que es, cuando lo examinemos claramente, de modo que no haya ilusión, prejuicio ni parcialidad a su respecto. Ahora bien, estos tres estados constitutivos de la experiencia: el actor, la acción y el resultado, son ciertamente un proceso de devenir. De otra manera no hay devenir, ¿verdad? Si no hay actor, y si no hay acción hacia un fin, no hay devenir; pero la vida tal como la conocemos, nuestra vida diaria, es un proceso de devenir. Soy pobre, y actúo con un fin en vista, que es el de hacerme rico. Soy feo, y quiero volverme hermoso. Mi vida, por lo tanto, es un proceso de llegar a ser alguna cosa. La voluntad de ser es la voluntad de devenir en diferentes niveles de la conciencia, en diferentes estados; y en ello hay reto, respuesta, nominación y registro. Pero este devenir es lucha, este devenir es dolor, ¿no es así? Es una lucha constante: soy esto y quiero llegar a ser aquello.

El problema es, pues, éste: ¿no hay acción sin ese devenir? Es decir, ¿no hay acción sin ese dolor, sin esa constante batalla? Si no hay finalidad no hay actor, porque la acción con un fin en vista crea el actor. ¿Pero puede haber acción sin un propósito, sin un fin, y por lo mismo sin ningún actor, sin el deseo de un resultado? Tal acción no es un devenir y por lo tanto no hay lucha. Hay un estado de acción, un estado de vivenciar sin el experimentador y sin la experiencia. Esto suena bastante filosófico, pero es realmente muy simple.

En el momento de vivenciar, no os dais cuenta de vosotros mismos como experimentador distinto de la experiencia os halláis en un estado de vivencia. Tomad un ejemplo muy sencillo: estáis encolerizado. En ese momento de ira, no hay experimentador ni experiencia; sólo hay vivencia. Pero no bien salís de ese estado, una fracción de segundo después de la vivencia, surge el experimentador y la experiencia, el actor y la acción con un fin en vista, que es el de deshacerse de la ira o suprimirla. De suerte que en ese estado de vivencia nos hallamos repetidas veces; pero siempre salimos de él y le aplicamos un término, nombrándolo y registrándolo, con lo cual damos continuidad al devenir.

Si podemos comprender la acción en el sentido fundamental del vocablo, esa comprensión fundamental afectará también actividades superficiales; pero primero tenemos que comprender la naturaleza fundamental de la acción. Ahora bien, ¿es la acción producida por una idea? ¿Tenéis primero una idea y luego actuáis? ¿O la acción viene primero, y, como la acción engendra conflicto, fabricáis después una idea en torno de ella? Es decir, ¿la acción crea el actor, o el actor está primero?

Es muy importante descubrir cuál viene primero. Si la idea viene primero, entonces la acción se adapta simplemente a una idea, y por lo tanto ya no es acción sino imitación, compulsión conforme a una idea. Es muy importante comprender esto; porque, como nuestra sociedad está construida principalmente en el nivel intelectual o verbal, en nuestro caso la idea viene primero y la acción le sigue. Entonces la acción es la doncella de la idea, y la mera elaboración de ideas es evidentemente perjudicial para la acción. Es decir, las ideas engendran más ideas, y cuando no se hace más que engendrar ideas, hay antagonismos, y la sociedad se hipertrofia con el proceso intelectual de la ideación. Nuestra estructura social es muy intelectual. Cultivamos el intelecto a expensas de todos los otros factores de nuestro ser, y por ello las ideas nos sofocan.

¿Pueden jamás las ideas producir acción, o ellas simplemente moldean el pensamiento y por lo tanto limitan la acción? Cuando la acción es forzada por una idea, jamás la acción puede libertar al hombre. Es extraordinariamente importante para nosotros el comprender este punto. Si una idea plasma la acción, ésta jamás podrá traer solución a nuestras miserias; porque, antes de que la idea pueda ser puesta en acción, tenemos que descubrir cómo surge la idea. La investigación de la ideación, de la elaboración de ideas -sean ellas las de los socialistas, los capitalistas, los comunistas o las diversas religiones- es de la mayor importancia, máxime cuando nuestra sociedad está al borde de un precipicio, lo que puede provocar otra catástrofe, otra escisión; y los que son realmente serios en su intención de descubrir la solución humana de nuestros muchos problemas, deben primero comprender el proceso de la ideación.

¿Qué entendemos por idea? ¿Cómo surge la idea? ¿Y es posible acoplar la idea con la acción? Es decir, yo tengo una idea y deseo ponerla en práctica, para lo cual busco un método; y nosotros especulamos, y malgastamos nuestro tiempo y energías, en disputas acerca de cómo poner la idea en ejecución. De suerte que es muy importante averiguar como surgen las ideas; y luego de descubrir la verdad al respecto, podremos discutir el problema de la acción. Sin discutir las ideas, carece de sentido el averiguar simplemente cómo se ha de actuar.

Bueno, ¿cómo os viene una idea? Cualquier idea, por simple que sea, no necesita ser filosófica, religiosa ni económica. Es evidente que ella es un proceso de pensamiento, ¿no es así? La idea es el resultado de un proceso de pensamiento; sin proceso de pensamiento no puede haber idea. Debo, pues, comprender el proceso mismo de pensar antes de que pueda comprender su producto, la idea.

¿Qué entendemos por pensamiento? ¿Cuándo pensáis? El pensamiento, evidentemente, es el resultado de una respuesta, necrológica o psicológica, ¿verdad? Es la respuesta inmediata de los sentidos a una sensación; o es psicológica la respuesta del recuerdo almacenado. Hay la respuesta inmediata de los nervios a una sensación, y hay la respuesta psicológica del recuerdo almacenado: la influencia de la raza, del grupo, del “gurú” de la familia, de la tradición, y lo demás. A todo eso le llamáis pensamiento. De modo que el proceso del pensamiento es la respuesta de la memoria, ¿no es así? No tendríais pensamientos si no tuvierais memoria; y la respuesta de la memoria a determinada experiencia pone en acción el proceso de pensar. Digamos, por ejemplo, que yo tengo los recuerdos almacenados del nacionalismo, llamándome a mí mismo hindú. Ese depósito de recuerdos de pasadas respuestas, acciones, implicaciones, tradiciones, costumbres, responde al reto de un musulmán, un budista o un cristiano y la respuesta de la memoria al reto produce invariablemente un proceso de pensamiento. Observad el proceso de pensar tal como opera en vosotros mismos, y podréis poner a prueba directamente la verdad de esto. Habéis sido insultados por alguien, y eso os queda en la memoria, forma parte de vuestro “trasfondo”; y cuando os encontráis con la persona -lo cual es el reto- la respuesta es el recuerdo de aquel insulto. De suerte que la respuesta de la memoria, que es el proceso de pensar, engendra una idea; y por eso la idea es siempre condicionada, lo cual resulta importante comprender. Es decir, la idea es el resultado del proceso del pensamiento, éste es la respuesta de la memoria, y la memoria es siempre condicionada. El recuerdo es siempre del pasado, y un reto le da vida a ese recuerdo en el presente. El recuerdo no tiene vida por sí mismo; surge a la vida en el presente, al impacto de un estimulo. Y todo recuerdo, ya sea latente o activo, es condicionado. ¿No es así?

Tiene, pues, que haber un enfoque totalmente diferente. Debéis descubrir por vosotros mismos, en vuestro fuero intimo, si obráis movidos por una idea y si puede haber acción sin ideación. Veamos en qué consiste la acción que no se basa en una idea.

¿Cuándo obráis sin ideación? ¿Cuándo se produce una acción que no sea resultado de la experiencia? Como ya lo hemos dicho, la acción basada en la experiencia es limitadora, y por consiguiente es un estorbo. La acción que no es resultado de una idea es espontánea cuando el proceso del pensamiento, que se basa en la experiencia, no gobierna la acción; es decir, la acción es independiente de la experiencia cuando no está dominada por la mente. Ese es el único estado en que hay comprensión; cuando la mente, basada en la experiencia, no guía la acción; cuando no es el pensamiento, basado en la experiencia, el que da forma a la acción. ¿Qué es la acción cuando no hay proceso de pensamiento? ¿Puede haber acción sin proceso mental? Quiero, por ejemplo, construir un puente o una casa; conozco la técnica, y ésta me dice cómo he de construir. A eso le llamamos acción. Está asimismo la acción de escribir un poema, de pintar, de asumir las responsabilidades del gobierno, la de las reacciones sociales y ambientales. Todo ello se basa en una idea o experiencia previa que imprime rumbos a la acción. ¿Pero hay acción en ausencia de toda ideación?

La hay, por cierto, cuando la idea cesa; y la idea cesa tan sólo cuando hay amor. El amor no es memoria; el amor no es experiencia. El amor no es el pensar en la persona que uno ama, ya que entonces se trata simplemente de pensamiento. No podéis pensar en el amor. Podéis pensar en la persona que amáis, o a la que sois adicto: vuestro “gurú”, vuestra imagen, vuestra esposa, vuestro marido; pero el pensamiento, el símbolo, no es lo real, es decir, el amor. El amor, por consiguiente, no es una experiencia.

Cuando hay amor hay acción, ¿no es así? ¿Y esa acción no es libertadora? Ella no es resultado de un proceso mental; y no hay intervalo entre el amor y la acción, como lo hay entre la idea y la acción. La idea es siempre vieja; ella proyecta su sombra sobre el presente y procura construir un puente entre sí misma y la acción. Cuando hay amor -que no es ideación, ni elaboración mental, ni memoria, y que no es resultado de la experiencia o de la práctica de una disciplina- ese amor es en sí mismo acción, y sólo él puede libertarnos. Mientras haya un proceso mental, mientras la acción sea determinada por una idea que es experiencia, no puede haber liberación; y mientras ese proceso continúe, toda acción será limitada. Cuando se percibe esta verdad, surge a la existencia la cualidad del amor, que no es elaboración mental y a cuyo respecto no cabe pensamiento alguno.

Es preciso darse cuenta de todo este proceso, de cómo surgen las ideas, de cómo la acción emana de las ideas, y cómo éstas, que dependen de la sensación, dominan la acción y por lo tanto la limitan. No importa de quien sean las ideas, si de la izquierda o de la extrema derecha. Mientras nos aferremos a las ideas, permaneceremos en un estado en que no puede haber vivencia alguna. Entonces vivimos tan sólo en la esfera del tiempo: en el pasado, que brinda más sensación, o en el futuro, que es otra forma de sensación. Sólo cuando la mente está libre de ideas puede haber vivencia.

Las ideas no son la verdad; y la verdad es algo que ha de ser experimentado directamente, de instante en instante; no es una experiencia que deseáis, lo cual resulta entonces mera sensación. Sólo cuando se logra ir más allá del haz de ideas que es el “yo”, la mente, y que tiene una continuidad parcial o completa, sólo cuando se puede ir más allá de eso, sólo cuando el pensamiento está totalmente callado, sólo entonces hay un estado de vivencia. Entonces uno sabrá lo que es la verdad.

5. LASCREENCIAS

La creencia y el conocimiento están muy íntimamente relacionados con el deseo. Tal vez, si podemos comprender estos dos puntos, veremos cómo opera el deseo, y comprenderíamos la naturaleza compleja del mismo.

Una de las cosas que a mi parecer la mayoría de nosotros acepta ávidamente, da por sentado, es la cuestión de las creencias. Yo no ataco las creencias. Lo que tratamos de hacer es descubrir por qué aceptamos las creencias; y si podemos comprender los motivos, las causas de esa aceptación, quizá podamos no sólo comprender por qué hacemos tal cosa, sino asimismo librarnos de ella. Uno puede ver cómo las creencias religiosas, políticas, nacionales y de diversos otros tipos, separan a los hombres, cómo crean conflicto, confusión y antagonismo, lo cual es un hecho evidente; y, sin embargo, no estamos dispuestos a renunciar a ellas. Existe el credo hindú, el credo cristiano, el budista, innumerables creencias sectarias y nacionales, diversas ideologías políticas, todas en lucha unas con otras y procurando convertirse unas a otras. Claramente podemos ver que las creencias separan a la gente, crean intolerancia. ¿Pero es posible vivir sin creencia? Eso puede descubrirse tan sólo si uno logra estudiarse a sí mismo en relación con una creencia. ¿Es posible vivir en este mundo sin una creencia; no cambiar de creencias, ni substituir una por otra, sino estar enteramente libre de toda creencia, de suerte que uno encare la vida de un modo nuevo a cada minuto? La verdad, después de todo, está en esto: en tener la capacidad de encarar todas las cosas de un modo nuevo, de instante en instante, sin la reacción condicionante del pasado, para que no haya ese efecto acumulativo que obra como barrera entre uno mismo y aquello que es.

Si reflexionáis veréis que el temor es una de las razones para que haya deseo de aceptar una creencia. Porque, si no tuviéramos creencia alguna, ¿qué nos sucedería? ¿No nos causaría pavor lo que pudiera ocurrir? Si no tuviéramos ninguna norma de acción basada en una creencia (ya sea en Dios, en el comunismo, en el socialismo, en el imperialismo), o en tal o cual fórmula religiosa, o en algún domina que nos condicione, nos sentiríamos totalmente perdidos, ¿no es así? Y esa aceptación de una creencia, la ocultación de ese temor, ¿no es acaso el miedo de no ser realmente nada, el miedo de estar vacío? Después de todo, una taza sólo es útil cuando está vacía; y una mente repleta de creencias, de dogmas, de afirmaciones y de citas, en realidad no es una mente creativa, y lo único que hace es repetir. Y el huir de ese miedo -de ese miedo al vacío, a la soledad, al estancamiento, de ese miedo de no llegar, de no triunfar, de no lograr, de no ser algo, de no legar a ser algo es sin duda una de las razones por las cuales aceptamos las creencias tan ávida y codiciosamente. ¿No es así? ¿Y podemos comprendernos a nosotros mismos mediante la aceptación de una creencia? Todo lo contrario. Es obvio que una creencia, política o religiosa, impide la propia comprensión. Obra a modo de pantalla a través de la cual nos miramos a nosotros mismos. ¿Y podemos mirarnos a nosotros mismos sin creencia alguna? Si suprimimos esas creencias -las muchas creencias que uno tiene-, ¿queda algo para mirar? Si no tenemos creencias con las cuales la mente se haya identificado, entonces la mente, sin identificación alguna, es capaz de mirarse a sí misma tal cual es; y ahí, ciertamente, está el comienzo de la propia comprensión.

Esta cuestión de la creencia y el conocimiento es en realidad un problema muy interesante.

¡Cuán extraordinario es el papel que ella desempeña en nuestra vida! ¡Cuántas creencias tenemos! Ciertamente, cuanto más inteligente, cuanto más culta, cuanto más espiritual -si es que puedo emplear esa palabra- una persona es, menor es su capacidad de comprender. Los salvajes tienen innumerables supersticiones, aun en el mundo moderno. Los más reflexivos, los más despiertos, los más alertas, son tal vez los menos creyentes. Eso es porque la creencia ata, la creencia aísla; y eso lo vemos a través del mundo, del mundo económico y político, y también en el mundo llamado espiritual. Vosotros creéis que hay Dios, y tal vez yo creo que no hay Dios; o vosotros creéis en el completo control de toda cosa y de todo individuo por el Estado, y yo creo en la empresa privada y todo lo demás; vosotros creéis que sólo hay un Salvador, y que por su intermedio podéis lograr vuestro fin, y yo no lo creo. De suerte que vosotros con vuestra creencia y yo con la mía, nos estamos imponiendo. Y sin embargo ambos hablamos de amor, de paz, de la unidad del género humano, de una sola vida, lo cual nada significa, absolutamente; porque de hecho la creencia misma es un proceso de aislamiento. Vosotros sois brahmanes y yo un “no brahmán”; vosotros sois cristianos, yo musulmán, y así sucesivamente. Pero habláis de fraternidad y yo también hablo de la misma fraternidad, amor y paz. En la realidad de los hechos, estamos separados y nos dividimos. Un hombre que quisiera la paz y deseara crear un mundo nuevo, un mundo feliz, no puede ciertamente aislarse mediante forma alguna de creencia. ¿Está claro? Puede que ello sea verbal; pero si veis su significado, su validez y su verdad, ello empezará a actuar.

Vemos, pues, que donde hay un proceso de deseo en operación, tiene que existir un proceso de aislamiento a través de la creencia; porque, evidentemente, vosotros creéis a fin de estar asegurados, en lo económico, en lo espiritual, y también interiormente. No estoy hablando de la gente que cree por razones económicas, porque se la educa para depender de sus empleos; y por lo tanto ellos serán católicos, hindúes -no importa qué- mientras haya un empleo para ellos. No discutimos acerca de esa gente que se apega a una creencia por conveniencia. Tal vez a muchos de vosotros os ocurra otro tanto. Por conveniencia creemos en ciertas cosas. Echando a un lado estas razones económicas, debéis ahondar más en esto. Tomad las personas que creen firmemente en algo: económico, social o espiritual; el proceso que hay detrás de ello es el deseo psicológico de estar en seguridad. ¿No es así? Luego está el deseo de continuar. Aquí no estamos discutiendo si hay o no hay continuidad; sólo discutimos el instinto, el impulso constante que nos lleva a creer. Un hombre de paz, un hombre que quisiera realmente comprender el proceso íntegro de la existencia humana, no puede estar atado por una creencia. ¿No es cierto? El ve su deseo en acción como medio de llegar a estar en seguridad. Por favor, no vayáis al otro extremo y digáis que yo predico la “no religión”. Eso no es en absoluto lo que yo sostengo. Lo que sostengo es que, mientras no comprendamos el proceso del deseo bajo forma de creencia, tiene que haber disputas, tiene que haber conflicto, tiene que haber dolor, y el hombre estará contra el hombre, lo cual se ve a diario. De suerte que si percibo, si me doy cuenta de que este proceso toma la forma de creencia -la cual es una expresión del anhelo de seguridad íntima-, entonces mi problema no es que yo deba creer esto o aquello, sino que debiera libertarme del deseo de estar en seguridad. ¿Puede la mente estar libre del deseo de seguridad? Ese es el problema, no lo que haya de creerse y cuánto haya de creerse. Estas son meras expresiones del íntimo anhelo de estar psicológicamente en seguridad, de tener certeza acerca de algo cuando todo es tan incierto en el mundo.

¿Puede una mente, puede una mente consciente, puede una personalidad, estar libre de su deseo de estar segura? Queremos estar en seguridad, y por tanto necesitamos la ayuda de nuestro patrimonio, de nuestros bienes y de nuestra familia. Queremos estar interiormente en seguridad, y también espiritualmente, erigiendo muros de creencia, los cuales son un indicio de este anhelo de estar seguro. ¿Podéis vosotros, como individuos, estar libres de este impulso, de este anhelo de seguridad, que se expresa en el deseo de creer en algo? Si no estamos libres de todo eso, somos una fuente de disputas; no somos centros de paz; no hay amor en nuestro corazón. La creencia destruye, y esto se ve en nuestra vida diaria. ¿Puedo, pues, verme a mí mismo cuando me hallo atrapado en este proceso del deseo, que se expresa en el apego a una creencia? ¿Puede la mente librarse de él? No debiera encontrar un substituto a la creencia sino estar enteramente libre de ella. A esto no podéis contestar “sí” o “no”; pero podéis definidamente dar una respuesta si vuestra intención es la de llegar a estar libres de creencia. Entonces llegáis inevitablemente al punto en que buscáis los medios de libertaros del impulso a estar en seguridad. Interiormente -ello es obvio- no existe la seguridad que, según os agrada creer, habría de continuar. Os gusta creer que hay un Dios que atiende con solicitud a vuestras pequeñeces: y os dice a quién deberíais ver, que debéis hacer y cómo debierais hacerlo. Es obvio que esto es pensamiento infantil y sin madurez. Creéis que el Gran Padre está observando a cada uno de nosotros. Eso es simple proyección de vuestro propio gusto personal. No es verdad, evidentemente. La verdad debe ser algo enteramente diferente.

Nuestro problema siguiente es el del conocimiento. ¿Es necesario el conocimiento para la comprensión de la verdad? Cuando digo “yo sé’ lo que ello implica es que hay conocimiento.

¿Puede una mente así ser capaz de investigación y búsqueda de lo que es la realidad? Y aparte de ello, ¿qué es lo que sabemos, de lo cual estamos tan orgullosos? ¿Qué es lo que realmente sabemos? Conocemos informaciones; estamos llenos de información y experiencia basada en nuestro condicionamiento, nuestra memoria y nuestras capacidades. Cuando decís “yo sé”, ¿qué queréis significar? O el reconocimiento que conocéis es el reconocimiento de un hecho o de cierta información, o es una experiencia que habéis tenido. La constante acumulación de informaciones, la adquisición de diversas formas de conocimiento, de información, todo eso constituye el aserto “yo sé”; y empezáis traduciendo lo que habéis leído, según vuestro trasfondo, vuestro deseo, vuestra experiencia. Vuestro conocimiento es una cosa en la cual se desarrolla un proceso similar al proceso del deseo. A la creencia le substituimos el conocimiento. “Yo sé, he tenido experiencia, ello no puede ser refutado; mi experiencia es ésa, en eso confío completamente”; estas son manifestaciones de aquel conocimiento. Mas cuando vayáis tras él, lo analicéis, lo consideréis más inteligente y cuidadosamente, veréis que la mismísima afirmación “yo sé” es otro muro que os separa de mí. En busca de comodidad, de seguridad, os refugiáis detrás de ese muro. Por consiguiente, cuanto mayor es el conocimiento de que una mente esta cargada, menos capaz es ella de comprensión.

No sé si alguna vez habéis pensado en este problema de la adquisición de conocimientos, si el conocimiento nos ayuda fundamentalmente a amar, a estar libres de esas cualidades que producen conflicto en nosotros y con el prójimo; si el conocimiento jamás libera a la mente de la ambición. Porque, después de todo, la ambición es una de las cualidades que destruyen la vida de relación, que colocan al hombre contra el hombre. Y si quisiéramos vivir en paz unos con otros, la ambición debe por cierto terminar completamente; no sólo la ambición política, económica, social, sino también la ambición más sutil y perniciosa, la ambición espiritual, la de ser algo. ¿Será alguna vez posible que la mente esté libre de este proceso acumulativo del conocimiento, de este deseo de saber?

Resulta algo muy interesante observar cómo en nuestra vida ambas cosas, conocimiento y creencia, desempeñan un papel extraordinariamente poderoso. ¡Mirad cómo rendimos culto a los que poseen inmenso conocimiento y erudición! ¿Podéis comprender el sentido de ello? Si quisierais hallar alguna cosa nueva, experimentar algo que no es una proyección de vuestra imaginación, vuestra mente debe estar libre. ¿No es cierto? Debe ser capaz de ver algo nuevo. Infortunadamente, empero, cada vez que veis algo nuevo, traéis toda la información que ya os es conocida, todos vuestros conocimientos, todos vuestros recuerdos del pasado; es evidente que os volvéis incapaces de mirar, incapaces de recibir nada que sea nuevo y no pertenezca a lo viejo. Por favor, no traduzcáis esto inmediatamente a detalles. Si yo no sé cómo regresar a mi casa, estaré perdido; si yo no sé manejar una máquina, poco serviré. Eso es cosa enteramente diferente. Aquí no estamos discutiendo eso. Estamos discutiendo acerca del conocimiento que se emplea como medio para la seguridad, para el deseo íntimo y psicológico de ser algo. ¿Qué obtenéis por medio del conocimiento? La autoridad del conocimiento, el peso del conocimiento, el sentido de importancia, de dignidad, el sentido de vitalidad y tantas otras cosas. Un hombre que dice “yo sé”, “hay”, o “no hay”, ha dejado ciertamente de pensar, ha dejado de seguir todo este proceso del deseo.

Entonces nuestro problema, tal como yo lo veo, es éste: “Estamos atados, oprimidos por la creencia, por el conocimiento, ¿y es posible para una mente estar libre del ayer y de las creencias que han sido adquiridas a través del proceso del ayer?” ¿Comprendéis la pregunta? ¿Es posible, para mí como individuo y para vosotros como individuos, vivir en esta sociedad y sin embargo estar libres de las creencias en que la mente ha sido educada? ¿Es posible para la mente estar libre de todo ese conocimiento, de toda esa autoridad? Leemos las diversas escrituras, los libros religiosos. Allí han descrito con mucho esmero qué se ha de hacer, qué no se ha de hacer, cómo se ha de alcanzar la meta, qué es la meta y qué es Dios. Todos vosotros sabéis eso de memoria, y eso habéis perseguido. Ese es vuestro conocimiento, eso es lo que habéis adquirido, eso es lo que habéis aprendido; por ese sendero seguís. Es obvio que lo que perseguís y veis, eso encontraréis. ¿Pero es ello la realidad? ¿No es la proyección de vuestro propio conocimientos. Eso no es la realidad. ¿Es posible comprender esto ahora -no mañana sino ahora- y decir “veo la verdad de ello”, y no ocuparse más de ello, para que vuestra mente no esté mutilada por este proceso de imaginación, de proyección?

¿Es capaz la mente de libertarse de la creencia? Sólo podéis estar libres de ella cuando comprendéis la naturaleza intima de las causas que os hacen aferraros a ella; no sólo los móviles conscientes sino también los inconscientes, que os hacen creer. Después de todo, no somos meros entes superficiales que funcionan en el nivel consciente. Podemos descubrir las actividades conscientes e inconscientes más profundas, si a la mente inconsciente le dais la oportunidad, porque es mucho más rápida en la respuesta que la mente consciente. Mientras vuestra mente consciente está tranquilamente pensando, escuchando y observando, la mente inconsciente está mucho más activa, mucho más alerta y mucho más receptiva; ella, por lo tanto, puede tener una respuesta.

¿Puede la mente que ha sido subyugada, intimidada, forzada, compelida a creer, puede una mente así estar libre para pensar? ¿Puede mirar de un modo nuevo y suprimir el proceso de aislamiento entre vosotros y otro? No digáis, por favor, que la creencia une a la gente. No la une. Eso es obvio. Ninguna religión organizada jamás lo ha hecho. Miraos a vosotros mismos en vuestro propio país. Todos sois creyentes, ¿pero hay comunión entre vosotros? ¿Estáis todos de acuerdo? ¿Estáis todos unidos? Vosotros mismos sabéis que no lo estáis. Estáis divididos en muchísimos pequeños e insignificantes partidos, en castas. Conocéis las innumerables divisiones. El proceso es el mismo a través del mundo: cristianos que destruyen a cristianos, que se asesinan por cosas pequeñas y mezquinas, que arrojan a la gente en campamentos, etcétera. Todo el horror de la guerra. De suerte que la creencia no une a la gente. Es clarísimo. Si eso es claro y es verdad, y si lo veis, entonces hay que seguirlo. Pero la dificultad estriba en que la mayoría de nosotros no vemos, porque no somos capaces de enfrentar aquella inseguridad interior, aquella íntima sensación de estar solos. Queremos algo en qué apoyarnos, ya sea el Estado, o la casta, o el nacionalismo, o un Maestro, o un Salvador, o cualquier cosa. Y cuando vemos lo falso de todo esto, la mente es capaz -así sea temporariamente, durante un segundo- de ver la verdad al respecto; y aun así, cuando resulta demasiado para ella, la mente vuelve atrás. Basta, empero, ver temporariamente. Si lo veis durante un fugaz segundo, es suficiente; porque entonces veréis ocurrir una cosa extraordinaria. Lo inconsciente está en acción aunque lo consciente pueda rechazar. Y ese segundo no es progresivo sino la cosa única; y él dará sus propios resultados aun a pesar de que la mente consciente luche contra ello.

Esta es, pues, nuestra pregunta: ¿es posible que la mente esté libre de conocimiento y creencia?

¿No está hecha la mente de conocimiento y creencia? ¿No es acaso conocimiento y creencia la estructura de la mente? Conocimiento y creencia son los procesos del reconocimiento, el centro de la mente. El proceso es limitador, el proceso es tanto consciente como inconsciente. ¿Puede, pues, la mente estar libre de su propia estructura? ¿Puede la mente dejar de ser? Ese es el problema. La mente, tal como la conocemos, tiene tras de sí la creencia, el deseo, el impulso de estar en seguridad, conocimiento y acumulación de fuerza. Y si, con todo su poder y superioridad, uno no puede pensar por sí mismo, no es posible que haya paz en el mundo. Podréis hablar acerca de la paz, podréis organizar partidos políticos, podréis gritar desde los techos de las casas, pero no podréis tener paz; porque en la mente está la base misma que crea contradicción, que aísla y separa. Un hombre de paz, un hombre de fervor, no puede aislarse y sin embargo hablar de fraternidad y paz. Ello resulta un simple juego, político o religioso, un sentido de logro y ambición. Un hombre que toma esto con verdadero fervor, que quiere descubrir, debe enfrentar el problema del conocimiento y la creencia; tiene que ir tras él, descubrir todo el proceso del deseo en acción: deseo de estar en seguridad, deseo de certeza.

Una mente que quisiera hallarse en ese estado en que lo nuevo puede acontecer -sea ello la verdad, Dios o lo que os plazca- debe por cierto dejar de adquirir, de acopiar; debe dejar de lado todo conocimiento. Una mente cargada de conocimientos no puede, en modo alguno, por cierto, comprender aquello que es real, inconmensurable.

6. EL ESFUERZO

Para la mayoría de nosotros, toda nuestra vida se basa en el esfuerzo, en algún acto de la voluntad. Y no podemos concebir una acción sin volición, sin esfuerzo; nuestra vida se basa en ella. Nuestra vida social, económica, y la vida llamada “espiritual’ es una serie de esfuerzas que siempre culminan en cierto resultado. Y creemos que el esfuerzo es esencial, necesario.

¿Por qué hacemos esfuerzos? ¿No es acaso, dicho simplemente, con el fin de lograr un resultado, de llegar a ser algo, de alcanzar una meta? Y, si no hacemos un esfuerzo, creemos que nos estancaremos. Tenemos una idea acerca de la meta hacia la cual constantemente nos esforzamos; y ese forcejeo ha llegado a ser parte de nuestra vida. Si queremos transformarnos, si deseamos producir un cambio radical en nosotros mismos, hacemos un tremendo esfuerzo para eliminar los viejos hábitos, para resistir las influencias habituales del ambiente, y lo demás. Estamos, pues, acostumbrados a esta serie de esfuerzos para encontrar o lograr algo, hasta para vivir.

¿Y todo esfuerzo así no es acaso la actividad del yo? ¿No es el esfuerzo una actividad egocéntrica? Y si hacemos un esfuerzo desde el centro del yo, él ha de producir inevitablemente más conflicto, más confusión, más infortunio. Y sin embargo, seguimos haciendo esfuerzo tras esfuerzo. Y muy pocos de nosotros comprenden que la actividad egocéntrica del esfuerzo no disipa ninguno de nuestros problemas. Por el contrario, aumenta nuestra confusión, nuestras miserias y nuestro dolor. Esto lo sabemos, no obstante lo cual continuamos esperando que en alguna forma nos abrimos paso a través de esta actividad egocéntrica del esfuerzo, o acción de la voluntad.

Creo que comprenderemos la significación de la vida, si comprendemos lo que significa hacer un esfuerzo. ¿Acaso el esfuerzo trae felicidad? ¿Habéis tratado alguna vez de ser felices? Es imposible, ¿verdad? Lucháis por ser felices, y la felicidad no os llega, ¿no es así? El júbilo no surge mediante la represión ni mediante el control o la propia complacencia. Podréis complaceros a vosotros mismos, pero al final habrá amargura. Podréis reprimiros o dominaros, pero siempre habrá lucha en lo recóndito. Por lo tanto la felicidad no es fruto del esfuerzo, ni el júbilo es fruto del control y la represión; y sin embargo toda nuestra vida es una serie de represiones, una serie de controles, una serie de complacencias que traen pesar. Constantemente, asimismo, nos dominamos, luchamos con nuestras pasiones, nuestra codicia y nuestra estupidez. ¿No luchamos, no lidiamos, no nos esforzamos en la esperanza de hallar la felicidad, de encontrar algo que nos dé un sentimiento de paz, un sentimiento de amor? Y sin embargo, ¿surge acaso el amor o la comprensión mediante el esfuerzo? Creo que es muy importante comprender qué entendemos por lucha, porfía o esfuerzo.

¿No significa el esfuerzo una lucha por cambiar lo que es en lo que no es, o en aquello que debiera ser o llegar a ser? Es decir, constantemente luchamos para evitar encarar lo que es; o intentamos alejarnos de ello y transformar o modificar lo que es. El hombre verdaderamente contento es aquel que comprende lo que es, que atribuye el verdadero sentido a lo que es. Eso es el verdadero contento; Contiene nada que ver con la posesión de pocas o muchas cosas sino con la comprensión del significado total de lo que es; y ello sólo puede advenir cuando reconocéis lo que es, cuando os dais cuenta de lo que es, no cuando tratáis de modificarlo o de cambiarlo.

Vemos, pues, que el esfuerzo es una porfía o una lucha por transformar aquello qué es en aquello que deseáis que sea. Estoy hablando únicamente de la lucha psicológica, no de la lucha con un problema físico como los de la ingeniería, o de algún descubrimiento o transformación puramente técnica. Yo hablo tan sólo de esa lucha que es psicológica, y que siempre se sobrepone a lo técnico. Puede que construyáis con gran esmero una sociedad maravillosa, empleando los infinitos conocimientos que la ciencia nos ha brindado. Pero mientras no hayamos comprendido el esfuerzo, la lucha y la batalla psicológica, y no hayamos vencido las corrientes e impulsos subconscientes, la estructura de la sociedad, por maravillosa que sea su construcción, tendrá por fuerza que derrumbarse, como ha ocurrido una y otra vez.

El esfuerzo nos aparta de lo que es. No bien yo acepto lo que es, ya no hay lucha. Toda forma de lucha o esfuerzo, es un indicio de distracción; y esa desviación, que es un esfuerzo, tendrá que existir mientras en lo psicológico yo desee transformar lo que es en algo que no es.

Es preciso que empecemos por ser libres para ver que el júbilo y la felicidad no provienen del esfuerzo. ¿Acaso la creación surge mediante el esfuerzo, o surge tan sólo cuando el esfuerzo cesa?

¿Cuándo escribís, pintáis o cantáis? ¿Cuándo creáis? Por cierto que cuando no os esforzáis, cuando estáis completamente receptivos, cuando en todos los niveles estáis en completa comunión, cuando en vosotros hay completa integración: Entonces surge el júbilo, y entonces empezáis a cantar, a escribir un poema o a pintar o modelar algo. El instante creador no nace de la lucha.

Comprendiendo la cuestión de la “creatividad”, podremos tal vez comprender qué entendemos por esfuerzo. ¿Es la “creatividad” un resultado del esfuerzo, y nos damos cuenta de nosotros mismos en los momentos en que somos creadores? ¿O la “creatividad” es un sentido de total olvido de uno mismo, ese sentimiento que se experimenta cuando no hay turbulencia, cuando uno es enteramente inconsciente del movimiento del pensar, cuando sólo existe el ser completo, pleno, exuberante? ¿Es ese estado un resultado del afán, de la lucha, del conflicto, del esfuerzo? No sé si alguna vez habéis notado que cuando hacéis algo con facilidad, con presteza, no hay esfuerzo, hay ausencia completa de lucha; mas como nuestra vida es en su mayor parte una serie de batallas, de conflictos, de luchas, no podemos imaginar una vida, un estado del ser en que el bregar haya cesado completamente.

Para comprender el estado del ser en que no hay lucha, ese estado de existencia creadora, es preciso, por cierto, examinar en su totalidad el problema del esfuerzo. Entendemos por esfuerzo la lucha por la realización de uno mismo, por llegar a ser algo, ¿no es así? Soy esto, y quiero llegar a ser aquello; no soy aquello, y debo llegar a serlo. En el hecho de llegar a ser “aquello” hay forcejeo, hay batalla, conflicto, lucha. En esta lucha nos interesa inevitablemente colmarnos mediante el logro de un fin; buscamos la propia satisfacción en un objeto, en una persona, en una idea, y eso exige constante batalla, lucha, esfuerzo por devenir, por realizarse. De suerte que este esfuerzo lo hemos tenido por inevitable; y yo me pregunto si es inevitable esta lucha por llegar a ser algo. ¿Por qué existe esta lucha? Donde exista el deseo de realizarse, en cualquier grado o en cualquier nivel tiene que haber lucha. La realización es el móvil, el estímulo que hay detrás del esfuerzo; ya se trate de un alto funcionario, de una dueña de casa o de un pobre hombre; esa batalla por llegar a ser algo, por realizarse, prosigue siempre.

Bueno, ¿por qué existe el deseo de colmarnos? Es obvio que el deseo de realizarnos, de llegar a ser algo, surge cuando existe la percepción de que uno nada es. Como no soy nada, como soy insuficiente, vacío, interiormente pobre, hecho por llegar a ser algo; externa o internamente, lucho para llenar mi vacío con una persona, con una cosa, con una idea. Llenar ese vacío es todo el proceso de nuestra existencia. Dándonos cuenta de que somos vacíos, interiormente pobres, luchamos por acumular cosas en lo externo, o por cultivar la riqueza interior. Sólo hay esfuerzo cuando uno escapa a ese vacío interior por medio de la acción, de la contemplación, de la adquisición, del logro, del poder, y lo demás. Esa es nuestra diaria existencia. Yo me doy cuenta de mi insuficiencia, de mi pobreza interna, y lucho para huir de ella o para llenarla. Esto de huir, de evitar el vacío o de procurar encubrirlo, ocasiona lucha, rivalidad, esfuerzo.

¿Y qué sucede si fimo no hace un esfuerzo para huir? Que uno vive con esa soledad, con esa vacuidad; y al aceptar esa vacuidad, uno hallará que adviene un estado de ser creador que no tiene nada que hacer con la lucha, con el esfuerzo. El esfuerzo sólo existe mientras tratamos de evitar esa soledad, ese vacío interior; mas cuando lo miramos y lo observamos, cuando aceptamos lo que es sin esquivarlo, hallaremos que surge un estado de ser en el que cesa toda lucha. Ese estado de ser es creatividad, y no es resultado del esfuerzo.

Pero cuando hay comprensión de lo que es, o sea del vacío, de la insuficiencia interior; cuando uno vive con esa insuficiencia y la comprende plenamente, adviene la realidad creadora, la inteligencia creadora, que es lo único que trae felicidad.

Así, pues, la acción tal como la conocemos es en realidad reacción, es un incesante llegar a ser algo que consiste en negar; en evitar lo que es; mas cuando hay captación del vacío, sin opción, sin condenación ni justificación, en esa comprensión de lo que es hay acción; y esta acción es ser creativo. Esto lo comprenderéis si os dais cuenta de vosotros mismos en la acción. Observaos en el momento en que actuáis, y no sólo exteriormente; ved asimismo el movimiento de vuestro pensar y sentir. Cuando os deis cuenta de ese movimiento, veréis que el proceso de pensar -que es también sentimiento y acción- se basa en una idea de llegar a ser algo. La idea de llegar a ser algo surge tan sólo cuando hay una sensación de inseguridad, y esa sensación de inseguridad llega cuando uno se da cuenta del vacío interior. Así, pues, si os dais cuenta de ese proceso de pensamiento y sentimiento, veréis desarrollarse una constante batalla, un esfuerzo por cambiar, por modificar, por alterar lo que es. Ese es el esfuerzo por devenir, y el devenir es evitar directamente lo que es. Mediante el conocimiento propio, mediante una constante captación, hallaréis que la lucha, la batalla, el conflicto del devenir, conduce al dolor, al sufrimiento y a la ignorancia. Sólo si os dais cuenta de la insuficiencia interior y vivís con ella, sin escapatoria, aceptándolo totalmente, descubriréis una tranquilidad extraordinaria, una tranquilidad que no es un resultado artificial sino que viene con la comprensión de lo que es. Sólo en ese estado de tranquilidad hay ser creativo.

7. LA FUNCIÓN DE LA MENTE

Cuando observáis vuestra propia mente, observáis no sólo los niveles de la mente llamados superficiales, sino también lo inconsciente; veis lo que la mente hace en realidad. ¿No es así? Esa es la única manera de poder investigar. No habréis de sobreponerle lo que ella debiera hacer, como debiera pensar o cómo debiera actuar, y lo demás. Eso equivaldría a hacer meras afirmaciones. Esto es, si decís que la mente debería ser esto o no debería ser aquello, entonces suspendéis toda investigación y todo pensar; o si citáis alguna autoridad superior, igualmente dejáis de pensar. ¿No es cierto? Si citáis a Buda, o a Cristo, o a fulano, zutano o mengano, con ello termina toda busca, todo pensar y toda investigación. Es preciso, pues, guardarse de ello. Debéis dejar de lado todas estas sutilezas de la mente, si deseáis investigar este problema del “yo”, conmigo.

¿Cuál es la función de la mente? Para descubrirlo, debéis saber qué es lo que la mente hace en realidad. ¿Qué hace vuestra mente? Todo ello es un proceso de pensar. ¿No es así? De otro modo no interviene la mente. Mientras la mente no esté pensando consciente o inconscientemente, no hay conciencia. Tenemos que descubrir qué hacen, con relación a nuestros problemas, la mente que empleamos en nuestra vida diaria y asimismo la mente de la cual la mayoría de nosotros no somos conscientes. Debemos mirar la mente tal cual es y no tal como debiera ser.

Ahora bien, ¿qué es la mente en su funcionamiento? Ella es, de hecho, un proceso de aislamiento. ¿No es cierto? Ella es eso, fundamentalmente. Eso es el proceso del pensamiento. Es el pensar en forma aislada, que sin embargo, sigue siendo colectiva. Cuando observéis vuestro propio pensar, veréis que es un proceso aislado, fragmentario. Pensáis conforme a vuestras reacciones -las reacciones de vuestra memoria, de vuestra experiencia, de vuestro conocimiento, de vuestra creencia. Ante todo eso reaccionáis. ¿No es cierto? Si yo digo que debe haber una revolución fundamental, vosotros reaccionáis de inmediato. Pondréis reparos a esa palabra “revolución” si tenéis fuertes intereses creados, espirituales o de otra índole. Vuestra reacción depende, pues, de vuestros conocimientos, de vuestra creencia, de vuestra experiencia. Ese es un hecho evidente. Hay diversas formas de reacción. Decís “debo ser fraternal”, “debo cooperar”, “debo ser amigable”, “debo ser bondadoso”, etc. ¿Qué es todo esto? Todo esto son reacciones; pero la reacción fundamental del pensar es un proceso de aislamiento. Cada uno de vosotros estáis vigilando el proceso de vuestra propia mente; lo cual significa que observáis vuestra propia acción, creencia, conocimiento, experiencia. Todo ello brinda seguridad. ¿No es así? Brinda seguridad al proceso del pensar, le da fuerza. Ese proceso no hace sino vigorizar el “yo”, la mente, el ego, sea que le llaméis superior o inferior. Todas nuestras religiones, todas nuestras sanciones sociales, todas nuestras leyes son para apoyo del individuo, del “yo” individual, de la acción separativa; y en oposición a eso está el Estado totalitario. Si ahondáis más en lo inconsciente, ahí también está en acción el mismo proceso. Ahí somos lo colectivo influido por el ambiente, por el clima, por la sociedad, por el padre, la madre, el abuelo. Ahí está asimismo el deseo de afirmar, de dominar como individuo, como el “yo”.

¿La función de la mente, tal como la conocemos y a diario funcionamos, no es, pues, un proceso de aislamiento? ¿No buscáis acaso la salvación individual? Habréis de ser alguien en lo futuro; en esta misma vida habréis de ser grandes hombres, grandes escritores. Toda nuestra tendencia es la de estar separados. ¿Puede la mente hacer algo que no sea eso? ¿Resulta posible para la mente no pensar de modo separativo, como encerrada en sí misma, fragmentariamente? Eso es imposible. De modo que adoramos la mente; la mente es importante en extremo. ¿No sabéis cuánta importancia adquirís en la sociedad no bien sois un tanto astutos, alertas, y tenéis un poco de información y conocimientos acumulados? Habéis visto el culto que rendís a los que son intelectualmente superiores, a los abogados, profesores, oradores, grandes escritores, a los que explican y exponen. Habéis cultivado el intelecto y la mente.

La función de la mente es ser separada; de otro modo vuestra mente no interviene. Habiendo cultivado este proceso durante siglos, hallamos que no podemos cooperar; sólo somos impulsados, compelidos, movidos por el temor, por la autoridad, ya sea económica o religiosa. Si ese es el estado existente, no sólo en el nivel consciente sino también en los niveles más profundos, en nuestros móviles, nuestras intenciones, nuestros empeños, ¿cómo puede haber cooperación? ¿Cómo puede haber inteligente unión para hacer alguna cosa? Como eso es casi imposible las religiones y partidos sociales organizados imponen al individuo ciertas formas de disciplina. La disciplina vuélvese entonces imperativa para reunirse y hacer cosas mancomunadamente.

Hasta que comprendamos cómo ir más allá de este pensar egocéntrico, de este proceso de dar énfasis al “yo”, a lo mío, en forma colectiva o en forma individual, no tendremos paz; tendremos constantes conflictos y guerras. Nuestro problema es poner fin al proceso separativo del pensamiento. ¿Puede acaso el pensamiento destruir el “yo”, siendo el pensamiento el proceso de verbalización y de reacción? El pensamiento no es nada más que reacción; el pensamiento no es creativo. ¿Puede el pensamiento poner fin a sí mismo? Eso es lo que estamos tratando de descubrir. Cuando mi línea de pensamiento es ésta: “debo disciplinarme”; “debo identificarme”; “debo pensar con más propiedad”; “debo ser esto o aquello”, el pensamiento se fuerza a sí mismo, se disciplina, se impele a ser algo o a no ser algo. ¿No es eso un proceso de aislamiento? No es, por tanto, la inteligencia integrada que puede funcionar como un todo, y de la cual tan sólo puede provenir la cooperación.

¿Cómo habréis de llegar al fin del pensamiento; o, más bien, cómo habrá de llegar a su fin el pensamiento que es aislado, fragmentario y parcial? ¿Como empezar? ¿Vuestra llamada disciplina lo destruirá? Es evidente que durante estos largos años no lo habéis logrado; de no ser así, no estaríais aquí. Debéis examinar el proceso disciplinario que es tan sólo un proceso de pensamiento en el que hay sujeción, represión, control, dominación; todo lo cual afecta lo inconsciente, que se impone más tarde, a medida que envejecéis. Habiendo ensayado en vano la disciplina durante tanto tiempo, debéis haber hallado que la disciplina, evidentemente, no es el proceso para destruir el “yo”. El “yo” no puede ser destruido mediante la disciplina, porque la disciplina es un proceso de fortalecimiento del “yo”.

Ello no obstante, todas vuestras religiones la sostienen; todas vuestras meditaciones, vuestras afirmaciones, se basan en eso. ¿El conocimiento destruirá el “yo”? ¿Lo destruirá la creencia? En otros términos, ¿todo lo que actualmente hacemos, todas las actividades en que hoy estamos empeñados para llegar hasta la raíz del “yo”, tendrá todo eso buen éxito? ¿No es todo eso fundamentalmente desperdiciado en un proceso de pensamiento que es un proceso de aislamiento, un proceso de reacción? ¿Qué es lo que hacéis cuando os dais cuenta a fondo, con hondura, que el pensamiento no puede poner fin a sí mismo? ¿Qué ocurre? Observaos, señores. Cuando os dais plena cuenta de este hecho, ¿qué acontece? Comprendéis entonces que cualquier reacción es condicionada, y que ni al comienzo ni al fin puede haber libertad a través del condicionamiento. La libertad es siempre al comienzo y no al fin.

Cuando comprendéis que cualquier reacción es una forma de condicionamiento y que por lo tanto da continuidad al “yo” de diferentes maneras, ¿qué es lo que ocurre en realidad? A este respecto tenéis que ser bien claros. La creencia, el conocimiento, la disciplina, la experiencia, todo el proceso de lograr un resultado o alcanzar un fin, la ambición, el llegar a ser algo en esta vida o en una futura; todo eso es un proceso de aislamiento, un proceso que trae destrucción, desdicha, guerras a las que no se puede escapar mediante la acción colectiva, por grande que sea para vosotros la amenaza de los campos de concentración y todo lo demás. ¿Os dais cuenta de ese hecho? ¿Cuál es el estado de la mente que dice “es así”, “ese es mi problema”, “he ahí exactamente donde estoy”, “yo veo lo que el conocimiento y la disciplina pueden hacer, lo que hace la ambición”? Ya hay, por cierto, un proceso diferente en acción, si veis todo eso.

Vemos los caminos del intelecto. No vemos la senda del amor; la senda del amor no ha de hallarse a través del intelecto. El intelecto con todas sus ramificaciones, con todos sus deseos, ambiciones, empeños, debe cesar para que el amor surja a la existencia. ¿No sabéis que cuando amáis cooperáis, no pensáis en vosotros mismos? Esa es la más elevada forma de inteligencia -no el que améis como un ser superior o el que estéis en buena posición, lo cual no es sino miedo. Cuando están ahí vuestros intereses creados, no puede haber amor; sólo existe el proceso de explotación que nace del miedo. De suerte que el amor sólo puede surgir cuando la mente no interviene. Debéis, pues, comprender todo el proceso de la mente, la función de la mente.

Es sólo cuando sabemos amarnos los unos a los otros, cuando puede haber cooperación, cuando puede funcionar la inteligencia, cuando puede haber acuerdo sobre cualquier cuestión. Sólo entonces resulta posible descubrir qué es Dios, qué es la Verdad. Ahora procuramos hallar la verdad a través del intelecto, mediante la imitación, lo cual es idolatría. Sólo cuando descartáis completamente, gracias a la comprensión, toda la estructura del “yo”, adviene aquello que es eterno, atemporal, inconmensurable. No podéis ir a ello; ello viene a vosotros.

8. ¿QUÉ ES EL “YO”?

¿Sabemos qué entendemos por el “yo”? Por ello entiendo la idea, el recuerdo, la conclusión, la experiencia, las diversas formas de intenciones nombrables o innominables, el constante empeño por ser o por no ser, la memoria acumulada de lo inconsciente: lo racial, el grupo, lo individual, el clan y la totalidad de tales cosas, ya sea proyectada hacia afuera en acción, o proyectada espiritualmente como virtud. El esforzarse por todo eso es el “yo”. En ello se incluye la rivalidad, el deseo de ser. El proceso íntegro de todo eso es el “yo”; y realmente sabemos, cuando nos enfrentamos con ello, que es cosa maligna. Empleo la palabra “maligna” intencionalmente, porque el “yo” es causa de división, el “yo” nos encierra en nosotros mismos; sus actividades, por nobles que sean, son separativas y aisladoras. Esto lo sabemos. También sabemos que son extraordinarios los momentos en que el “yo” no está presente, en que no hay sensación de empeño, de esfuerzo, lo que ocurre cuando hay amor.

Paréceme importante comprender como la experiencia fortalece el “yo”. Si somos serios, deberíamos comprender este problema de la experiencia. Ahora bien, ¿qué entendemos por experiencia? En todo momento tenemos experiencias, impresiones; y esas impresiones las interpretamos, y reaccionamos ante ellas; o actuamos de acuerdo con esas impresiones; somos calculadores, astutos, y lo demás. Hay constante influencia reciproca entre lo que se ve objetivamente y nuestra reacción ante ello, y acción recíproca entre lo consciente y los recuerdos de lo inconsciente.

Conforme a mis recuerdos, reacciono ante cualquier cosa que veo, ante cualquier cosa que siento. En este proceso de reaccionar ante lo que veo, lo que siento, lo que sé, lo que creo, la experiencia se va produciendo. ¿No es así? La reacción ante la respuesta de algo visto, es experiencia. Cuando os veo, reacciono; el nombrar esa reacción es experiencia. Si no la nombro, esa reacción no es una experiencia. Observad vuestras propias respuestas y lo que ocurre en torno vuestro. No hay experiencia a menos que al mismo tiempo se desarrolle un proceso de nombrar. Si no os reconozco, ¿cómo puedo tener la experiencia de veros? Ello suena sencillo y correcto. ¿No es un hecho? Esto es, si no reacciono ante vosotros según mis recuerdos, según mi condicionamiento, según mis prejuicios, ¿cómo puedo saber que he tenido una experiencia?

Está luego la proyección de diversos deseos. Deseo estar protegido, tener seguridad interior; o deseo tener un Maestro, un guía espiritual, un instructor, un Dios; y experimento aquello que he proyectado. Es decir, he proyectado un deseo que ha tomado una forma, al cual le he dado un nombre; ante eso reacciono. Es mi proyección. Es mi nominación. Ese deseo que me brinda una experiencia, me hace decir: “he experimentado”, “me he encontrado con el Maestro”, o bien “no he encontrado al Maestro”. Ya conocéis todo el proceso de nombrar una experiencia. El deseo es lo que llamáis “una experiencia”. ¿No es cierto?

Cuando deseo el silencio de la mente, ¿qué es lo que ocurre?, ¿qué sucede? Veo la importancia de tener una mente silenciosa, una mente quieta, por diversas razones: porque eso lo han dicho los Upanishads, las escrituras religiosas, los santos; y, ocasionalmente, yo mismo siento lo bueno que es estar tranquilo, pues mi mente parlotea demasiado todo el día. Por momentos siento lo bello, lo agradable que es tener una mente apacible, una mente silenciosa. El deseo es experimentar el silencio. Yo deseo tener una mente silenciosa, y entonces pregunto “¿cómo lograrla?” Conozco lo que este o aquel libro dice acerca de la meditación y las diversas formas de disciplina. Así por la disciplina busco experimentar el silencio. El “yo”, por eso, se instala en la experiencia del silencio.

Quiero comprender qué es la Verdad; ese es mi deseo, mi anhelo. Luego está mi proyección de lo que considero a que es la verdad, porque he leído mucho al respecto, he oído hablar de ella a mucha gente; las escrituras religiosas la han descrito. Deseo todo eso. ¿Qué ocurre? La misma demanda, el deseo mismo, es proyectado; y experimento porque reconozco ese estado proyectado. Si no reconozco ese estado, no la llamaría “verdad”. Lo reconozco y lo experimento. Esa experiencia da vigor al “sí mismo”, al “yo”. ¿No es así? De suerte que el “yo” se atrinchera en la experiencia. Entonces decís “yo sé”, “el Maestro existe”, “hay Dios” o “no hay Dios”; decís que un determinado sistema político es justo y los otros no lo son.

La experiencia, pues, está siempre fortaleciendo el “yo”. Cuanto más atrincherados estáis en vuestra experiencia, tanto más se fortalece el “yo”. Como resultado de esto, tenéis cierta fuerza de carácter, de conocimiento, de creencia, de lo que hacéis gala ante otras personas porque sabéis que no son tan avisados como vosotros, y porque vosotros tenéis el don de la pluma o de la palabra y sois astutos. Es porque el “yo” sigue actuando que vuestras creencias, vuestros Maestros, vuestras castas, vuestro sistema económico, son un proceso de aislamiento, y por lo tanto todo ello trae contienda. Si en vosotros hay alguna seriedad o fervor al respecto, debéis disolver este centro completamente, y no justificarlo. Es por eso que debemos comprender el proceso de la experiencia.

¿Es posible que la mente, que el “yo”, no proyecte, no desee, no experimente? Vemos que todas las experiencias del “yo” son una negación, una destrucción; y, sin embargo, a las mismas les llamamos “acción positiva”. ¿No es así? Eso es lo que llamamos “modo positivo de vida”. Deshacer todo ese proceso es lo que llamáis negación. ¿Tenéis razón en eso? ¿Podemos nosotros -vosotros y yo como individuos- ir a la raíz de ello y comprender el proceso del “yo”? Ahora bien, ¿qué es lo que produce la disolución del “yo”? Grupos religiosos y otros han propuesto la identificación. ¿No es cierto? “Identificaos con algo más grande, y el ‘yo’ desaparece”; eso es lo que ellos dicen. Sin duda, la identificación sigue siendo el proceso del “yo”; lo más grande es simplemente la proyección del “yo”, que yo experimento y que por tanto fortalece el “yo”.

Todas las diversas formas de disciplina, creencias y conocimiento, sólo fortalecen el “yo”.

¿Podemos encontrar un elemento que disolverá el “yo”? ¿O es esa una pregunta impropia? Eso es lo que en el fondo queremos. Queremos encontrar algo que disuelva el “yo”. ¿No es cierto? Creemos que hay diversas formas de hallar eso: identificación, creencias, y lo demás. Pero todas ellas están al mismo nivel, una no es superior a la otra, porque todas ellas son igualmente poderosas para fortalecer el “sí mismo”, el “yo”. Veo ahora el “yo” dondequiera funcione, y veo sus fuerzas y energía destructivas. Sea cual fuere el nombre que le deis, él es una fuerza aisladora, destructiva; y deseo hallar una manera de disolverlo. Debéis haberos dicho esto a vosotros mismos: “veo que el ‘yo’ funciona todo el tiempo, y que siempre trae ansiedad, miedo, frustración, desesperación, desdicha, no sólo a mí mismo sino a cuantos me rodean; ¿es posible que ese ‘yo’ sea disuelto, no parcial sino completamente?” ¿Podemos ir hasta la raíz de él y destruirlo? Ese es el único modo de actuar ¿no es así? No deseo ser parcialmente inteligente sino inteligente de un modo integral. La mayoría de nosotros somos inteligentes por capas; vosotros probablemente en un sentido, y yo en algún otro. Algunos de vosotros sois inteligentes en vuestros negocios, otros en vuestro trabajo de oficina, y lo demás. La gente es inteligente de diferentes maneras; pero no lo somos integralmente. Ser integralmente inteligente significa ser sin “yo”. ¿Es ello posible?

¿Es posible que el “yo” esté completamente ausente ahora? Sabéis que sí es posible. ¿Cuáles son los ingredientes, los requisitos necesarios? ¿Cuál es el elemento que produce eso? ¿Puedo encontrarlo? Cuando hago la pregunta “¿puedo encontrarlo?”, estoy sin duda convencido de que ello es posible. Ya he creado una experiencia en la que el “yo” va a ser fortalecido. ¿No es así? La comprensión del “yo” requiere gran dosis de inteligencia, gran dosis de desvelo, de vigilancia, incesante observación, para que él no se escabulla. Yo, que soy muy serio, quiero disolver el “yo”. Cuando digo eso, sé que es posible disolver el “yo”. En el momento en que digo “quiero disolver esto”, en ello existe aún la experiencia del “yo”, y así el “yo” se fortalece. ¿Cómo será posible, pues, que el “yo” no experimente? Uno puede ver que la acción creadora no es en absoluto la experiencia del “yo”. Hay creación cuando el “yo” no está presente; porque la creación no es intelectual, no es de la mente, no es autoproyectada, es algo que está más allá de toda experiencia, como lo sabemos. ¿Es posible que la mente esté del todo quieta, en un estado de no reconocimiento, es decir, de no experiencia; que se halle en un estado en el que la creación pueda ocurrir, lo que significa que el “yo” no está ahí, que el “yo” está ausente? El problema es ése. ¿No es cierto? Cualquier movimiento de la mente, positivo o negativo, es una experiencia que realmente fortalece el “yo”. ¿Es posible para la mente no reconocer? Eso puede ocurrir tan sólo cuando hay completo silencio, mas no el silencio que es una experiencia del “yo” y que por lo tanto lo fortalece.

¿Hay una entidad aparte del “yo”, que mire al “yo”, y lo disuelva? ¿Existe una entidad espiritual que desaloje al “yo” y lo destruya, que haga caso omiso de él? Creemos que la hay. ¿No es así? La mayoría de las personas religiosas cree que existe tal elemento. El materialista dice “es imposible que el ‘yo’ sea destruido; sólo puede ser condicionado y restringido -en lo político, en lo económico y en lo social-; podemos sujetarlo firmemente dentro de cierto molde y podemos dominarlo; y por lo tanto se puede hacer que lleve una vida elevada, una vida moral y que no se ocupe en otra cosa que en seguir la norma social y funcionar como simple máquina”. Eso lo sabemos. Hay otras personas, las llamadas “religiosas” -no son realmente religiosas, aunque así las llamemos- que dicen: “Fundamentalmente, tal elemento existe. Si podemos ponernos en contacto con el, él disolverá el ‘yo’”.

¿Existe tal elemento para disolver el “yo”? Ved, por favor, lo que estamos haciendo. Sólo estamos arrinconando forzadamente al “yo”. Si permitís que se os arrincone forzadamente, veréis lo que habrá de ocurrir. Desearíamos que hubiese un elemento atemporal que no pertenezca al “yo”, y que -así lo esperamos- venga para interceder y destruir el “yo”, y al que llamamos Dios. Ahora bien, ¿hay cosa tal que la mente pueda concebir? Podrá o no haberla; no se trata de eso. Cuando la mente busca un estado atemporal y espiritual que entrará en acción para destruir el “yo”, ¿no es esa otra forma de experiencia que fortalece el “yo”? Cuando creéis, ¿no es eso lo que realmente ocurre? Cuando creéis que existe la verdad, Dios, un estado atemporal, la inmortalidad, ¿no es ese el proceso de fortalecimiento del “yo”? El “yo” ha proyectado esa cosa que, según sentís y creéis, vendrá a destruir el “yo”. Habiendo, pues, proyectado esa idea de continuación en un estado atemporal como entidad espiritual, tenéis experiencia; y tal experiencia no hará sino fortalecer el “yo”. ¿Qué habréis hecho por lo tanto? No habréis destruido realmente el “yo” sino que le habréis dado un nombre diferente, una cualidad diferente; el “yo” seguirá estando así, porque la habréis experimentado. De suerte que nuestra acción, desde el comienzo hasta el fin, es la misma acción; sólo que nosotros creemos que ella evoluciona, crece, se vuelve más y más bella; pero, si lo observáis, interiormente, es la misma acción que prosigue, el mismo “yo” que funciona en diferentes niveles con diferentes rótulos, con diferentes nombres.

Cuando veis todo el proceso, las astutas y extraordinarias invenciones del “yo”, su inteligencia, cómo se encubre mediante la identificación, mediante la virtud, mediante la experiencia, mediante la creencia, mediante el conocimiento; cuando veis que os estáis moviendo en un circulo, en una jaula que él mismo fabrica, ¿qué sucede? Cuando os dais cuenta de ello, cuando tenéis pleno conocimiento de ello, ¿no estáis entonces extraordinariamente quietos? Y no por compulsión, ni mediante recompensa alguna, ni por ningún temor. Cuando reconocéis que todo movimiento de la mente es tan sólo una forma de fortalecimiento del “yo”, cuando observáis eso y lo veis, cuando os dais completamente cuenta de eso en la acción, cuando llegáis a ese punto -no de un modo ideológico, verbal; ni por experiencia proyectada, sino cuando estáis realmente en ese estado-, entonces veréis que, estando la mente del todo quieta, ella no tiene el poder de crear. Cualquier cosa creada por la mente, lo es en un círculo, dentro del ámbito del “yo”. Cuando la mente es no creadora, hay creación, lo cual no es un proceso reconocible.

La realidad, la verdad, no ha de ser reconocida. Para que la verdad advenga, la creencia, el conocimiento, la experiencia, el perseguir la virtud -todo eso debe desaparecer. La persona virtuosa que tiene conciencia de perseguir la virtud, jamás podrá encontrar la realidad. Podrá ser una persona muy decente; eso es enteramente diferente del hombre que vive la verdad, del hombre que comprende. En el hombre que vive la verdad, la verdad se ha manifestado. Un hombre virtuoso es un hombre justo, y un hombre justo jamás podrá comprender qué es la verdad; porque la virtud, para él, es el encubrimiento del “yo”, el fortalecimiento del “yo”, porque él persigue la virtud. Cuando él dice “debo ser sin codicia”, el estado de no codicia que él experimenta fortalece el “yo”. Es por eso que es tan importante ser pobre, no sólo en las cosas del mundo sino también en creencia y en conocimiento. Un hombre rico en bienes materiales, o un hombre rico en conocimientos y en creencias, jamás conocerá otra cosa que la oscuridad, y será el centro de todo daño y miseria. Mas si vosotros y yo, como individuos, podemos ver todo este funcionamiento del “yo”, entonces sabremos qué es el amor. Os aseguro que esa es la única reforma que pueda posiblemente cambiar el mundo. El amor no es del “yo”. El “yo” no puede reconocer el amor. Decís “yo amo”; pero entonces, en el decirlo y en la experiencia misma de ello, no hay amor. Mas cuando conocéis el amor, no hay “yo”. Cuando hay amor, no hay “yo”.

9. EL MIEDO

¿Qué es el miedo? El miedo sólo puede existir con relación a algo, no aisladamente. ¿Cómo puedo tenerle miedo a la muerte, cómo puedo tener miedo de algo que no conozco? Sólo puedo tener miedo de algo que conozco. Cuando digo que la muerte me da miedo, ¿temo realmente a lo desconocido -o sea a la muerte- o tengo miedo de perder lo que he conocido? Mi miedo no es a la muerte, sino a perder mi asociación con las cosas que me pertenecen. Mi miedo existe siempre en relación con lo conocido, no con lo desconocido.

Voy a averiguar cómo se está libre de miedo a lo conocido, es decir, del miedo de perder mi familia, mi reputación, mi carácter, mi cuenta bancaria, mis apetitos, etc. Podréis decir que el miedo surge de la conciencia; pero vuestra conciencia está formada por vuestro condicionamiento, de modo que la conciencia sigue siendo el resultado de lo conocido. ¿Qué es lo que yo conozco? Conocer es tener ideas, opiniones sobre las cosas, tener un sentido de continuidad de lo conocido, y nada más. Las ideas son recuerdos, resultados de la experiencia, la cual es respuesta al reto. Siento temor de lo conocido, lo que significa que temo perder personas, cosas o ideas, que temo descubrir lo que soy, que temo hallarme sin saber qué hacer, que temo el dolor que pudiera sobrevenir cuando haya perdido o no haya ganado, o no tenga más placer.

Existe el miedo al dolor. El dolor físico es la respuesta nerviosa, pero el dolor psicológico se produce cuando me aferro a las cosas que me brindan satisfacción, pues entonces tengo miedo de quienquiera o de cualquier cosa que pueda quitármelas. Las acumulaciones psicológicas impiden el dolor psicológico mientras río se las perturba; esto es, yo soy un manojo de acumulaciones, de experiencias, lo cual impide cualquier forma seria de perturbación; y no quiero ser perturbado. Siento temor, por lo tanto, de quienquiera las perturbe. Mi miedo es así a lo conocido; siento temor de las acumulaciones -físicas o psicológicas- que he adquirido como medio de evitar el dolor o de impedir el sufrimiento. Pero el sufrimiento está en el proceso mismo de acumular para evitar el dolor psicológico. El conocimiento también ayuda a impedir el dolor. Así como la ciencia médica ayuda d evitar el dolor físico, las creencias ayudan a evitar el dolor psicológico, y es por eso que temo perder mis creencias, aunque no posea un conocimiento perfecto ni prueba concreta de la realidad de tales creencias. Puede que yo rechace algunas de las creencias tradicionales que me han sido inculcadas, porque mi propia experiencia me da fuerza, confianza, comprensión; pero tales creencias, y los conocimientos que he adquirido, son fundamentalmente lo mismo: un medio de evitar el dolor, el sufrimiento.

El miedo existe mientras hay acumulación de lo conocido, lo cual engendra temor de perder. El miedo a lo desconocido es por tanto el temor de perder las cosas conocidas que he acumulado. La acumulación invariablemente significa temor, el cual a su vez significa dolor; y en el momento en que digo “no debo perder”, hay miedo. Aunque mi intención al acumular sea la de evitar el sufrimiento, éste es inherente al proceso de la acumulación. Las cosas mismas que yo poseo engendran miedo, es decir, dolor.

La semilla de la defensa engendra la ofensa. Deseo seguridad física; establezco así un gobierno soberano, el cual necesita fuerzas armadas; y éstas significan guerra, la cual destruye la seguridad. Donde hay deseo de autoprotección, hay miedo. Cuando me doy cuenta de la falacia de reclamar seguridad, ya no acumulo. Si decís que veis eso pero que no podéis evitar de acumular, es porque en realidad no veis que, inherentemente, en la acumulación hay dolor.

El miedo existe en el proceso de la acumulación, y la creencia en algo forma parte del proceso acumulativo. Mi hijo muere, y yo creo en la reencarnación para que me impida psicológicamente tener más dolor; pero en el proceso mismo de creer hay duda. Exteriormente acumulo cosas, y traigo guerra; interiormente acumulo creencias y traigo dolor. Mientras yo quiera estar en seguridad, tener cuentas bancarias, placeres, etc., mientras quiera llegar a ser algo, fisiológica o psicológicamente, tiene que haber dolor. Las cosas mismas que haga para evitar el dolor me traen miedo, dolor.

El miedo surge cuando deseo adecuarme a una determinada norma de conducta. Vivir sin miedo significa vivir sin una norma determinada. Cuando exijo determinada manera de vivir, eso es en sí mismo una fuente de temor. Mi dificultad es mi deseo de vivir en un molde determinado. ¿No puedo romper el molde? Sólo puedo hacer tal cosa cuando veo la verdad: que el molde causa temor, y que este temor fortalece el molde. Si yo digo que debo romper el molde porque deseo estar libre de temor, entonces no hago más que seguir otro patrón, el cual causará más temor. Toda acción de mi parte, basada en el deseo de romper el molde, sólo creará un nuevo patrón y por lo tanto miedo.

¿Cómo habré de romper el molde sin causar miedo, es decir, sin ninguna acción consciente o inconsciente de parte mía con relación a aquélla? Esto significa que no debo actuar, no debo hacer movimiento alguno para romper con la norma. ¿Qué me ocurre, pues, cuando miro simplemente el patrón de conducta sin hacer nada a su respecto? Yo veo que la mente es en sí el molde, el patrón; vive en el patrón habitual que se ha creado. De suerte que la mente misma es miedo. Cualquier cosa que la mente haga, contribuye a fortalecer un viejo patrón de conducta o a fomentar uno nuevo. Esto significa que todo lo que la mente hace para despojarse del miedo, causa miedo.

El miedo encuentra diversas escapatorias. La variedad corriente es la identificación. ¿No es cierto? Identificación con la patria, con la sociedad, con una idea. ¿No habéis notado cómo respondéis cuando veis un desfile -desfile militar o procesión religiosa- o cuando el país está en peligro de ser invadido? Entonces os identificáis con el país, con una persona, con una ideología. Otras veces os identificáis con vuestro hijo, con vuestra esposa, con determinada forma de acción o de inacción. La identificación es, pues, un proceso de olvido de sí mismo. Mientras yo tengo conciencia del “yo”, sé que hay dolor, que hay lucha, que hay constante temor. Mas si puedo identificarme con algo más grande, con algo que valga la pena, con la ‘belleza, con la vida, con la verdad, con la creencia, con el conocimiento, al menos temporariamente, hay una evasión del “yo”.

¿No es así? Si hablo de mi patria, me olvido de mí mismo temporariamente. ¿Verdad? Si puedo decir algo acerca de Dios, me olvido de mí mismo. Si puedo identificarme con mi familia, con un grupo, con determinado partido, con cierta ideología, entonces hay evasión temporaria.

La identificación es una forma de escapar al “yo” en igual grado que la virtud es una forma de eludir el “yo”’ El hombre que persigue la virtud se evade del “yo” y tiene una mente estrecha. Esa no es una mente virtuosa, pues la virtud es algo que no puede ser perseguido. Cuanto más tratáis de llegar a ser virtuosos, tanto mayor es el vigor, la seguridad que dais al “yo”. De suerte que el miedo, común a la mayoría de nosotros en diferentes formas, tiene siempre que hallar una substitución, y por lo tanto ha de acrecentar nuestra lucha. Cuanto más os identificáis con una substitución mejor es la fuerza para aferraros a aquello por lo cual estáis dispuestos a luchar, a morir; porque el miedo es lo que influye.

¿Sabemos ahora qué es el miedo? ¿No es la no aceptación de lo que ese Debemos comprender la palabra “aceptación”. No estoy empleando esa palabra en el sentido del esfuerzo que se hace por aceptar. No es cuestión de aceptar cuando soy capaz de ver lo que es. Cuando no veo claramente lo que es, entonces hago surgir el proceso de la aceptación. De suerte que el miedo es la no aceptación de lo que es. ¿Cómo puedo yo, que soy un manojo de todo estas reacciones, respuestas, recuerdos, esperanzas, depresiones, frustraciones, que soy el resultado del movimiento de la conciencia obstruida, ir más allá? ¿Puede la mente, sin esta obstrucción y estorbo, ser consciente? Sabemos qué extraordinario júbilo se produce cuando no hay estorbo. Bien sabéis que, cuando el cuerpo está en perfecta salud, hay cierto gozo y bienestar. ¿Y acaso no sabéis, cuando la mente está completamente libre, sin obstrucción alguna, cuando el centro de reconocimiento -el “yo”- no está ahí, que experimentáis cierto júbilo? ¿No habéis vivido ese estado en que el “yo” está ausente? Por cierto que todos lo hemos vivido.

Sólo hay comprensión y liberación del “yo” cuando puedo mirarlo completa e integralmente como un todo; y eso puedo hacerlo únicamente cuando comprendo el proceso integro de toda actividad nacida del deseo, que es la expresión misma del pensamiento -el pensamiento no es diferente del deseo-, sin justificarlo, sin condenarlo, sin reprimirlo. Si eso puedo comprenderlo, entonces sabré que existe la posibilidad de ir más allá de las restricciones del “yo”.

10. LA SENCILLEZ

Quisiera dilucidar qué es la sencillez; y de ahí quizá podamos llegar al descubrimiento de la sensibilidad. Pensamos, al parecer, que la sencillez es mera expresión externa, vida retirada; tener pocas posesiones, andar de taparrabo, carecer de hogar, usar poca ropa, tener una exigua cuenta bancaria. Eso, evidentemente, no es sencillez. Eso es mero exhibicionismo. Y a mí me parece que la sencillez es esencial. Pero la sencillez sólo puede surgir cuando empezamos a comprender el significado del conocimiento propio.

La sencillez no es mera adaptación a un patrón de vida. Se requiere mucha inteligencia para ser sencillo, y no, simplemente, amoldarse a cierta norma por meritoria que ella sea en su aspecto externo. Por desgracia, casi todos empezamos por ser sencillos en apariencia, en las cosas externas. Es relativamente fácil tener pocas cosas y estar satisfecho con ellas, contentarse con poco y hasta compartir ese poco con los demás. Pero una mera expresión externa de sencillez en las cosas, en las posesiones, no implica por cierto sencillez en el fuero íntimo. Porque, tal como el mundo es actualmente, se nos incita desde afuera, desde lo exterior, a tener más y más cosas. La vida está haciéndose cada vez más compleja. Y, con el fin de escapar a todo eso, tratamos de renunciar o de desprendernos de las cosas: automóviles, casas, organizaciones, cines, y de las innumerables circunstancias que desde lo externo se nos imponen. Creemos que seremos sencillos viviendo retirados. Muchos santos, muchos instructores, han renunciado al mundo; y me parece que tal renunciación por parte de cualquiera de nosotros no resuelve el problema. La verdadera sencillez, la sencillez fundamental, sólo puede originarse en el fuero íntimo; y de ahí proviene la expresión externa. Cómo ser sencillos es entonces nuestro problema; porque esa sencillez nos hace más y más sensibles. Una mente sensible, un corazón sensible, son esenciales, pues así uno es capaz de percepción rápida, de pronta captación.

Es, pues, indudable, que sólo se puede ser interiormente sencillo cuando uno comprende los innumerables impedimentos, apegos, temores, que a uno lo tienen sujeto. Pero a la mayoría de nosotros nos gusta estar sujetos a las personas, a las posesiones, a las ideas. Nos gusta ser prisioneros. Interiormente somos prisioneros, aunque en lo externo parezcamos muy sencillos. Interiormente somos prisioneros de nuestros deseos, de nuestros apetitos, de nuestros ideales, de innumerables móviles. Y la sencillez no puede hallarse a menos que seamos interiormente libres. Ella, por lo tanto, ha de empezar primero en lo interno, no en lo exterior.

Hay, por cierto, una extraordinaria libertad cuando uno comprende todo el proceso del creer, cuando uno comprende por qué la mente se apega a una creencia. Y, cuando uno se ve libre de creencias, hay sencillez. Pero esa sencillez requiere inteligencia; y para ser inteligente hay que darse cuánta de los propios impedimentos. Para darse cuenta hay que estar constantemente en guardia, sin asentarse en determinada rutina, en determinado tipo de acción o de pensamiento. Porque, después de todo, lo que uno es en su interior influye sobre lo externo. La sociedad, o cualquier formó de acción, es la proyección de nosotros mismos; y, si no nos transformamos interiormente, la mera legislación significa muy poco en lo externo; puede traer ciertas reformas, ciertos reajustes, pero lo que uno es en su interior se sobrepone siempre a lo externo. Si internamente uno es codicioso, ambicioso, si persigue ciertos ideales, esa complejidad íntima terminará por trastornar, por demoler la sociedad externa, por cuidadosamente planeada que ella pueda estar.

Por eso, ciertamente, uno tiene que empezar por el fuero íntimo, sin excluir ni rechazar lo externo. No hay duda de que llegáis a lo interno al comprender lo externo, al descubrir por qué el conflicto, la lucha, el dolor, existen en el mundo exterior; y a medida que esto se investiga más y más, penetra uno naturalmente en los estados psicológicos que producen los conflictos y miserias externas. La expresión externa es mero indicio de nuestro estado interior; mas para comprender ese estado íntimo, uno ha de enfocarlo a través de lo externo. Eso es lo que casi todos hacemos. Y, al comprender lo interno -no en forma exclusiva, ni rechazando lo externo, sino comprendiendo lo externo y de ese modo llegando a lo interno-, encontraremos que, al proseguir investigando las íntimas complejidades de nuestro ser, nos hacemos cada vez más sensibles y más libres. Es esa sencillez interior la que resulta esencial, porque esa sencillez despierta sensibilidad. Una mente que no es sensible, que no está alerta, perceptiva, es incapaz de receptividad, de toda acción creadora. La conformidad, como medio de llegar a la sencillez, realmente embota e insensibiliza la mente y el corazón; Cualquier forma de compulsión autoritaria -impuesta por el gobierno, por uno mismo, por el ideal de realización, y lo demás-, cualquier tipo de conformidad tiene que contribuir a la insensibilidad, a que no seamos interiormente sencillos. Exteriormente podéis someteros y dar la impresión de sencillez como lo hacen muchas personas religiosas. Ellas practican diversas disciplinas, ingresan a distintas organizaciones, meditan de una manera especial y así sucesivamente, todo lo cual les confiere una apariencia de sencillez. Pero tal conformidad no contribuye a la sencillez. Ninguna forma de compulsión puede jamás conducir a la sencillez. Al contrario: cuanto más reprimís, cuanto más substituir, cuanto más sublimáis, menos sencillez existe. Cuanto mejor comprendáis, empero, el proceso de la sublimación, de la represión, de la substitución, mayor será la posibilidad de ser sencillos.

Nuestros problemas -sociales, ambientales, políticos, religiosos- son tan complejos, que sólo podemos resolverlos, no volviéndonos extraordinariamente eruditos y sagaces, sino siendo nosotros sencillos. Porque una persona sencilla ve mucho más directamente que la persona compleja; su experiencia es más directa. Y nuestra mente está tan abarrotada con un infinito conocimiento de hechos, de lo que otros han dicho, que nos hemos incapacitado para ser sencillos y tener nosotros mismos experiencia directa. Estos problemas requieren un nuevo enfoque, y tal enfoque sólo es posible cuando somos sencillos, realmente sencillos en nuestro fuero íntimo. Esa sencillez llega tan sólo con el conocimiento propio, mediante la comprensión de nosotros mismos: de las modalidades de nuestro pensar y sentir, de la actividad de nuestros pensamientos, de nuestras respuestas; comprendiendo cómo nos sometemos, por miedo, a la opinión pública, a lo que otros dicen, a lo que ha dicho Buda, Cristo, los grandes santos, todo lo cual indica nuestra tendencia natural a someternos, a ponernos a salvo, a estar seguros. Y, cuando uno busca seguridad, es evidentemente porque uno se halla en un estado de temor. Y por lo tanto no hay sencillez.

Si uno no es sencillo, no puede ser sensible: a los árboles, a los pájaros, a las montañas, al viento, a todas las cosas que ocurren alrededor de nosotros en el mundo. Y si no hay sencillez, no puede uno ser sensible a las profundas insinuaciones de las cosas. La mayoría de nosotros vive muy superficialmente, en el nivel superior de la conciencia. Allí tratamos de ser reflexivos o inteligentes, lo cual es sinónimo de religiosidad; allí tratamos de que nuestra mente sea sencilla, mediante la compulsión, mediante la disciplina. Pero eso no es sencillez. Cuando forzamos la mente superficial a ser sencilla, tal compulsión sólo consigue endurecer la mente, no la torna ágil flexible, lista. Ser sencillo en el proceso íntegro, total, de nuestra conciencia, es extremadamente arduo. Porque no debe existir ninguna reserva interior; tiene que haber ansia por averiguar, por descubrir el proceso de nuestro ser. Y ello significa estar alerta a toda insinuación, a toda sugerencia; darnos cuenta de nuestros temores, de nuestras esperanzas, investigar y libertarnos de todo eso cada vez más y más. Sólo entonces, cuando la mente y el corazón sean realmente sencillos, cuando estén limpios de sedimentos, seremos capaces de resolver los múltiples problemas que se nos plantean.

El saber no resolverá nuestros problemas. Podéis saber, por ejemplo, que existe la reencarnación, que hay continuidad después de la muerte. Puede que lo sepáis; no digo que lo sabéis; o puede que estéis convencidos de ello. Pero eso no resuelve el problema. A la muerte no podéis hacerla a un lado mediante vuestra teoría o información, o con vuestras convicciones. Es mucho más misteriosa, mucho más honda, mucho más creadora que todo eso.

Hay que tener capacidad para investigar todas esas cosas de un modo nuevo; porque es sólo a través de la experiencia directa como se resuelven nuestros problemas; y para tener experiencia directa ha de haber sencillez, lo cual significa que tiene que haber sensibilidad. El peso del saber embota la mente. Asimismo, la embotan el pasado y el futuro. Sólo una mente capaz de adaptarse de continuo al presente, de instante en instante, puede hacer frente a las poderosas influencias y presiones que el medio ejerce constantemente sobre nosotros.

Por eso el hombre religioso no es, en realidad, el que viste una túnica o un taparrabo, el que come tan sólo una vez al día, o el que ha hecho innumerables votos de ser esto y de no ser aquello, sino aquel que es interiormente sencillo, aquel que no está “deviniendo” algo. Una mente así es capaz de extraordinaria receptividad, porque no tiene barreras, no tiene miedo, no va en pos de nada. Ella es, por lo tanto, capaz de recibir la gracia, de recibir a Dios, la verdad o como os plazca llamarle. Pero la mente que persigue la realidad no es una mente sencilla. La mente que busca, que escudriña, que anda a tientas, agitada, no es una mente sencilla. La mente que se ajusta a cualquier norma de autoridad, interior o externa, no puede ser sensible. Y sólo cuando la mente es de veras sensible, cuando está alerta y es consciente de todo lo que en sí misma ocurre, de sus propias respuestas, de sus pensamientos, cuando ya ha cesado en su devenir, cuando ya no se modela a sí misma para ser algo, sólo entonces es capaz de recibir aquello que es la verdad. Es sólo entonces cuando puede haber felicidad; porque la felicidad no es un fin, es la expresión de la realidad. Y cuando la mente y el corazón se han vuelto sencillos y por lo tanto sensibles -no mediante forma alguna de coacción, de dirección o de imposición-, entonces veremos que es posible atacar nuestros problemas muy sencillamente. Por complejos que sean, podremos abordarlos de un modo nuevo y verlos en forma diferente. Y eso es lo que se necesita actualmente: gente capaz de hacer frente a esta confusión externa, a esta baraúnda y antagonismo, de un modo nuevo, creativo y sencillo, no con teorías ni con fórmulas, sean de la izquierda o de la derecha. Y no podéis hacer frente a eso de un modo nuevo si no sois sencillos.

Un problema sólo puede ser resuelto cuando lo abordamos de un modo nuevo. Pero no podemos abordarlo de un modo nuevo si pensamos en términos de una u otra norma de pensamiento, religioso, político o de otra índole. Por consiguiente, para ser sencillos hemos de librarnos de todas esas cosas. Por eso es tan importante que nos demos cuenta, que tengamos la capacidad de comprender el proceso de nuestro propio pensar, que nos conozcamos a nosotros mismos totalmente. De ello proviene una sencillez, una humildad que no es ni virtud ni disciplina. La humildad que se gana, deja de ser humildad. Una mente que se torna humilde, ya no es humilde. Y es sólo cuando se tiene humildad -no una humildad cultivada- cuando uno puede hacer frente a las cosas apremiantes de la vida; porque entonces no es uno mismo lo importante, no mira uno a través de las propias presiones y del sentido de la propia importancia. Uno mira el problema en sí, y entonces puede resolverlo.

11. LA COMPRENSIÓN

Conocernos a nosotros mismos, sin duda significa conocer nuestra relación con el mundo, no sólo con el mundo de las ideas y de las personas, sino también con la naturaleza, con las cosas que poseemos. Eso es nuestra vida; la vida es la relación con todo. ¿Y exige especialización el comprender esa relación? Evidentemente no. Lo que se requiere es una clara conciencia para hacer frente a la vida en su totalidad. ¿Cómo se puede ser consciente? Ese es nuestro problema. ¿Cómo va uno a tener esa clara conciencia, si es que puedo usar ese término sin que él signifique especialización? ¿Cómo va uno a ser capaz de enfrentarse a la vida como un todo? Ello implica no sólo relaciones personales con el prójimo sino también con la naturaleza, con las cosas que poseéis, con las ideas, y con las cosas que la mente elabora, tales como ilusiones, deseos, y lo demás. ¿Cómo puede uno tener conciencia de todo ese proceso de relaciones? Eso sin duda es nuestra vida, ¿no es así? No hay vida sin relación; y comprender esa relación no significa aislamiento. Ello requiere, por el contrario, un pleno reconocimiento o comprensión del proceso total de la vida de relación.

¿Cómo va uno a tener esa clara conciencia? ¿Cómo nos damos cuenta de alguna cosa? ¿Cómo os dais cuenta de nuestra relación con una persona? ¿Cómo percibís los árboles, el canto de un pájaro? ¿Cómo os dais cuenta de vuestras reacciones cuando leéis un periódico? ¿Y acaso nos damos exenta de las respuestas superficiales de la mente, así como de las respuestas intimas?

¿Cómo nos damos cuenta de cualquier cosa? Primero, sin duda, nos darnos cuenta de una respuesta a un estímulo, lo cual es un hecho evidente. ¿No es así? Yo veo los árboles, y hay una respuesta; luego viene la sensación, el contacto, la identificación y el deseo. Ese es el proceso corriente, ¿verdad? Podemos observar lo que de hecho ocurre, sin estudiar libro alguno.

De suerte que, por la identificación, sentís placer y dolor. Y nuestra “capacidad” es ese interés por el placer y por evitar el dolor, ¿no es así? Si algo os interesa, si os brinda placer, inmediatamente surge la “capacidad”; hay inmediata comprensión de ese hecho; y si él es doloroso, desarróllase la “capacidad” para evitarlo. De modo que, mientras dependamos de la “capacidad” para comprendernos a nosotros mismos, creo que fracasaremos, porque la comprensión de nosotros mismos no depende de capacidad alguna. No es una técnica que, a fuerza de pulirla constantemente, desarrolláis, cultiváis y acrecentáis a través del tiempo. Esta comprensión de uno mismo puede ponerse a prueba, seguramente, en la vida de relación. Puede ponerse a prueba en nuestra manera de hablar, en nuestro modo de conducirnos. Observaos simplemente, sin condenar, sin ninguna identificación, sin comparación alguna. Observad simplemente, y veréis que ocurre una cosa extraordinaria. No sólo ponéis término a una actividad que es inconsciente -porque la mayoría de nuestras actividades son inconscientes-, no solamente ponéis término a eso, sino que, además, captáis los móviles de lo que habéis hecho, sin adquirir, sin ahondar en ello.

Cuando tenéis una clara conciencia veis el proceso total de vuestro pensar y de vuestra acción; pero esto puede ocurrir tan sólo cuando no hay condenación alguna. Cuando yo condeno algo, no lo comprendo; y este es un modo de evitar toda comprensión. Creo que la mayoría de nosotros lo hace adrede; condenamos inmediatamente y creemos haber comprendido. Si en vez de condenar algo, lo consideramos, nos damos cuenta de lo que es, entonces el contenido de esa acción, su significado, empieza a revelarse. Experimentad con esto y lo veréis por vosotros mismos. Daos cuenta simplemente, sin sentido alguno de justificación; lo cual podría aparecer más bien negativo, pero no lo es. Por el contrario, tiene la cualidad de la pasividad, que es acción directa. Esto lo descubriréis si lo ponéis a prueba.

Después de todo, si queréis comprender algo debéis hablaros en estado de ánimo pasivo, ¿no es así? No podéis continuar pensando en ello, especulando al respecto, poniéndolo en tela de juicio. Tenéis que ser lo bastante sensibles para captar su contenido. Es como si fuerais una placa fotográfica sensible. Si yo deseo comprenderos, tengo que ser pasivamente perceptivo; entonces empezáis a revelarme lo que sois. Eso, por cierto, no es cuestión de capacidad ni de especialización. En ese proceso empezamos a comprendernos a nosotros mismos; no sólo las capas superficiales de nuestra conciencia, sino las más profundas, lo cual es mucho más importante; porque es allí donde están nuestros móviles o intenciones, nuestros ocultos y confusos deseos, ansiedades, temores, apetitos. Puede que exteriormente tengamos dominio sobre todo eso, pero en nuestro interior todo eso está en ebullición. Mientras no lo hayamos comprendido por completo, mediante una clara conciencia, es evidente que no puede haber libertad, no puede haber felicidad, ni hay inteligencia.

¿Es la inteligencia cuestión de especialización? Entendemos por inteligencia la comprensión total de nuestro proceso. ¿Y ha de cultivarse esa inteligencia mediante alguna forma de especialización? Porque eso es lo que ocurre, ¿verdad? El sacerdote, el médico, el ingeniero, el industrial, el hombre de negocios, el profesor: nosotros tenemos la mentalidad de todas esas especialidades.

Creemos que para realizar la más alta forma de inteligencia -que es la verdad, que es Dios, que no puede ser descrita- tenemos que hacernos especialistas. Estudiamos, buscamos a tientas, investigamos, y, con mentalidad de especialistas o ateniéndonos al especialista, nos estudiamos a nosotros mismos para desarrollar una capacidad que ayude a aclarar nuestros conflictos, nuestras miserias.

Nuestro problema -si es que de alguna manera nos damos cuenta de ello- consiste en saber si los conflictos, las miserias y las penas de nuestra existencia diaria pueden ser resueltos por otra persona; y si no pueden serlo, ¿cómo nos será posible atacarlos? Es obvio que, para comprender un problema, se requiere cierta inteligencia; y esa inteligencia no puede derivarse de la especialización ni cultivarse mediante la especialización. Ella surge tan sólo cuando captamos pasivamente el proceso total de nuestra conciencia, lo cual consiste en darnos cuenta de nosotros mismos sin opción, sin escoger entre lo bueno y lo malo. Cuando estéis pasivamente alertas, en efecto, veréis que como consecuencia de esa pasividad -que no es pereza, que no es somnolencia sino extrema vigilancia- el problema tiene un sentido completamente distinto; y ello significa que no hay ya identificación con el problema, y, por lo tanto, no hay juicio alguno; y así el problema empieza a revelar su contenido. Si podéis hacer eso constantemente, en forma continua, todo problema puede ser resuelto de manera fundamental, no superficialmente. Y esa es la dificultad, porque la mayoría de nosotros somos incapaces de estar pasivamente conscientes, dejando que el problema revele su significación sin que lo interpretemos. No sabemos cómo considerar un problema desapasionadamente. Por desgracia, no somos capaces de hacer eso, porque queremos que el problema nos brinde un resultado, deseamos una respuesta, buscamos un fin; o tratamos de interpretar el problema de acuerdo con nuestro placer o dolor; o ya tenemos la respuesta de cómo habérnoslas con el problema. Por lo tanto abordamos un problema, que siempre es nuevo, con una vieja pauta. El reto, el estimulo es siempre lo nuevo, pero nuestra respuesta es siempre lo pasado; y nuestra dificultad consiste en enfrentarnos al reto adecuadamente, esto es, plenamente. El problema es siempre un problema de relación -con las cosas, con las personas, con las ideas. No existe otro problema. Y para hacer frente a este problema de relación, con sus exigencias siempre variables, para encararlo como es debido, adecuadamente, uno tiene que captar de un modo pasivo; y esa pasividad no es cuestión de voluntad, de determinación, de disciplina. El darnos cuenta de que no estamos en actitud pasiva es el comienzo. En la comprensión de que deseamos una respuesta determinada a un problema dado, está, sin duda, el comienzo; es decir, en conocernos a nosotros mismos en relación con el problema, viendo cómo lo encaramos. Entonces, según vamos conociéndonos a nosotros mismos en relación con el problema -cómo respondemos, cuáles son nuestros diversos prejuicios y exigencias, qué perseguimos, al hacer frente al problema-, esta comprensión revelará el proceso de nuestro propio pensar, de nuestra propia naturaleza interior; y en ello hay liberación.

Lo importante, por cierto, es darse cuenta sin optar, porque la opción trae conflicto. El que escoge está en confusión, y por eso escoge; si no está confuso, no hay opción. Sólo la persona que está confusa escoge lo que hará o no hará. El hombre en quien hay claridad y sencillez no escoge; lo que es, es. La acción basada en una idea es evidentemente resultado de la opción, y dicha acción no es libertadora; por el contrario, sólo crea más resistencia, más conflicto, de acuerdo con ese pensar condicionado.

Lo importante; en consecuencia, es comprender de instante en instante sin acumular la experiencia proveniente de esa comprensión; porque, en cuanto acumuláis, sólo os dais cuenta de acuerdo con esa acumulación, con esa pauta, con esa experiencia. Esto es, vuestra comprensión está condicionada por vuestra acumulación, y, por lo tanto, ya no hay observación sino simplemente interpretación. Donde hay interpretación, hay opción, y la opción trae conflicto; y en el conflicto no puede haber comprensión.

La vida es cuestión de relación; y para entender esa relación, es estática, tiene que existir una comprensión que sea flexible, alerta y pasiva, no agresivamente activa. Y, como ya lo he dicho, esa comprensión pasiva no adviene por medio de disciplina o práctica alguna. Consiste simplemente en darse cuenta, de instante en instante, de nuestro pensar y sentir, y no sólo cuando estamos despiertos; porque veremos, a medida que penetremos en ello más a fondo, que empezamos a soñar, que empezamos a proyectar a lo consciente toda clase de símbolos, que interpretamos como sueños. Abrimos, pues, la puerta hacia lo inconsciente, que entonces se convierte en lo conocido; mas para encontrar lo desconocido tenemos que continuar más allá de la puerta. Esa, por cierto, es nuestra dificultad. La Realidad no es algo que pueda ser conocido por la mente, porque la mente es el resultado, la acumulación de lo conocido, de lo pasado. La mente, por lo tanto, tiene que comprenderse a sí misma y su funcionamiento, tiene que comprender su verdad; y sólo entonces es posible que lo desconocido sea.

12. EL DESEO

Para la mayoría de nosotros, el deseo es todo un problema: el deseo de propiedad, de posición, de poder, de comodidad, de inmortalidad, de continuidad, el deseo de ser amado, de poseer algo permanente, satisfactorio, duradero, algo que esté más allá del tiempo. Ahora bien, ¿qué es el deseo? ¿Qué es esta cosa que nos impulsa, que nos compele? No quiero decir que debiéramos estar satisfechos con lo que tenemos o con lo que somos, lo cual es simplemente lo opuesto de lo que queremos. Estamos tratando de ver qué es el deseo; y si podemos examinarlo a modo de prueba, sin una idea fija, creo que causaremos una transformación que no es una mera substitución de un objeto de deseo por otro objeto de deseo. Esto último, empero, es generalmente lo que entendemos por “cambio”, ¿no es así? Estando insatisfechos con determinado objeto del deseo, le hallamos un substituto. Sin cesar nos movemos de un objeto del deseo a otro que consideramos superior, más noble, más refinado; pero, por refinado que sea, el deseo es siempre deseo, y en este movimiento del deseo hay lucha interminable, el conflicto de los opuestos.

¿No es, pues, importante averiguar qué es el deseo y si él puede ser transformado? ¿Qué es el deseo? ¿No es el símbolo y su sensación? El deseo es la sensación conjuntamente con el propósito de su logro. ¿Existe el deseo sin un símbolo, y su sensación? No, evidentemente. El símbolo podrá ser un cuadro, una persona, una palabra, un nombre, una imagen, una idea que me brinda una sensación, que me hace sentir que me gusta o me disgusta; si la sensación es agradable, yo deseo lograr, poseer, aferrar su símbolo y continuar con ese placer. De vez en cuando, de acuerdo con mis inclinaciones e intensidades, cambio el cuadro, la imagen, el objeto. De una forma de placer estoy harto, fastidiado, cansado, aburrido; busco, pues, una nueva sensación, una nueva idea, un nuevo símbolo. Rechazo la vieja sensación y me abro a una nueva, con nuevas palabras, nuevas significaciones, nuevas experiencias. Resisto a lo viejo y cedo a lo nuevo que considero superior, más noble, más satisfactorio. Así, en el deseo hay resistencia y rendición, lo cual involucra tentación; y, por supuesto, en el ceder a determinado símbolo de deseo hay siempre temor a la frustración.

Si observo todo el proceso del deseo en mí mismo, veo que siempre hay un objeto hacia el cual mi mente se dirige en busca de más sensación, y que en este proceso hay involucrada resistencia, tentación y disciplina. Hay percepción, sensación, contacto y deseo, y la mente se convierte en el instrumento mecánico de este proceso, en el cual los símbolos, las palabras, los objetos, son el centro en torno del cual todo deseo, todos los empeños, todas las ambiciones se erigen; y ese centro es el “yo”. ¿Y es que yo puedo disolver ese centro del deseo, no un deseo ni un apetito o ansia en particular sino la estructura íntegra del deseo, del anhelo, de la esperanza, en la que siempre existe el temor a la frustración? Cuanto más me veo frustrado, mayor fuerza doy al “yo”. Mientras haya esperanza, anhelo, existe siempre el trasfondo del temor, el cual, una vez más, refuerza aquel centro. Y la revolución sólo es posible en aquel centro, no en la superficie, lo cual es mero proceso de distracción, un cambio superficial que conduce a una acción dañina.

Cuando me doy cuenta, pues, de toda esta estructura del deseo, veo cómo mi mente ha llegado a ser un centro muerto, un proceso mecánico de memoria. Habiéndome cansado de un deseo, automáticamente quiero satisfacerme en otro. Mi mente experimenta siempre en términos de sensación, es el instrumento de la sensación. Estando aburrido de determinada sensación, busco una sensación nueva, que podrá ser lo que llamo “realización de Dios”; pero ello sigue siendo sensación. Ya me tiene harto este mundo y sus afanes, y deseo la paz, una paz que sea eterna; de suerte que medito, domino mi mente y la disciplino a fin de experimentar esa paz. La experiencia de esa paz sigue siendo sensación. Mi mente, pues, es el instrumento mecánico de la sensación, de la memoria, un centro muerto desde el cual yo actúo y pienso. Los objetos que persigo son las proyecciones de la mente como símbolos de los cuales ella deriva sensaciones. La palabra “Dios”, la palabra “amor”, la palabra “comunismo’ la palabra “democracia”, la palabra “nacionalismo”, todo estos son símbolos que despiertan sensaciones en la mente, y por lo tanto la mente se apega a ellos. Como vosotros y yo sabemos, toda sensación termina, y así pasamos de una sensación a otra; y cada sensación fortalece el hábito de buscar más sensación. De tal suerte la mente llega a ser mero instrumento de sensación y memoria, y en ese proceso estamos atrapados. Mientras la mente busque más experiencia, sólo puede pensar en términos de sensación; y a toda vivencia que sea espontánea, creativa, vital, sorprendentemente nueva, ella la reduce en seguida a sensación, y persigue esa sensación, que entonces se vuelve recuerdo. La vivencia, por lo tanto, está muerta, y la mente llega a ser como las aguas estancadas del pasado.

Por poco que hayamos examinado esto profundamente, estamos familiarizados con este proceso; y parecemos incapaces de ir más allá. Y nosotros queremos ir más allá, por que estamos cansados de esta interminable rutina, de esta mecánica búsqueda de sensación. La mente, pues, proyecta la idea de la verdad, de Dios; sueña con un cambio vital y con desempeñar un papel principal en ese cambio, y así sucesivamente. De ahí que no haya nunca un estado creador. Veo desarrollarse en mí mismo este proceso del deseo, que es que se repite, que mantiene a la mente en un proceso de rutina y hace de ella un centro muerto del pasado en el que no hay espontaneidad creadora. Y también hay momentos súbitos de acción creadora, de aquello que no pertenece a la mente, ni a la memoria, ni a la sensación, ni al deseo.

Nuestro problema, pues, es el de comprender el deseo, no hasta dónde debiera ir, o dónde debiera terminar, sino el de comprender todo el proceso del deseo, las ansias, los anhelos, los apetitos vehementes. Muchos de nosotros creemos que el poseer muy poco indica liberación del deseo, ¡y qué culto rendimos a los que no tienen sino pocas cosas! Un taparrabo, una túnica, simbolizan nuestro deseo de estar libres del deseo; pero esa, nuevamente, es una reacción muy superficial. ¿Por qué empezar en el nivel superficial de abandonar las posesiones materiales cuando vuestra mente está mutilada por innumerables anhelos, innumerables deseos, creencias, luchas? Es ahí, por cierto, donde la revolución debe producirse, no en lo que respecta a cuánto poseéis o qué ropa usáis, o cuántas veces coméis. Pero esas cosas signan porque nuestra mente es muy superficial.

De suerte que vuestro problema y el mío consiste en ver si la mente puede alguna vez estar libre del deseo, de la sensación. La creación, por cierto, nada tiene que ver con la sensación; la realidad, Dios o lo que fuere, no es un estado que pueda experimentarse como sensación. Cuando tenéis una vivencia, ¿qué acontece? Ella os ha dado cierta sensación, un sentimiento de júbilo o de depresión. Naturalmente, tratáis de evitar, de hacer a un lado el estado de depresión; pero si es una alegría, un sentimiento de júbilo, lo perseguís. Vuestra vivencia ha producido una sensación de placer, y deseáis más; y ese “más” refuerza el centro muerto de la mente, que siempre ansía más experiencia. De ahí que la mente no pueda experimentar nada nuevo, que sea incapaz de “vivenciar” nada nuevo, porque su enfoque es siempre a través de la memoria, a través del reconocimiento; y aquello que es reconocido por medio de la memoria no es verdad, no es creación, no es realidad. Una mente así no puede tener la vivencia de la realidad, sólo puede experimentar sensaciones; y la acción creadora no es sensación, es algo eternamente nuevo de instante en instante.

Ahora bien, yo me doy cuenta del estado de mi propia mente; veo que ella es el instrumento de la sensación y del deseo, o, más bien, que ella es sensación y deseo, y que se halla mecánicamente atrapada en la rutina. Una mente así es incapaz de recibir alguna vez o de sentir cabalmente lo nuevo; pues resulta obvio que lo nuevo debe ser algo que está más allá de la sensación, la cual es siempre lo viejo. De suerte que este proceso mecánico con sus sensaciones tiene que terminar, ¿no es así? El querer más, el perseguir símbolos, palabras, imágenes con sus sensaciones, todo eso tiene que acabar. Sólo entonces es posible que la mente se halle en ese estado de “creatividad” en que lo nuevo puede siempre surgir. Si queréis comprender sin estar hipnotizados por palabras, por hábitos, por ideas, y ver cuán importante es que lo nuevo actúe sobre la mente de un modo constante, entonces, tal vez, comprenderéis el proceso del deseo, la rutina, el aburrimiento, el ansia constante de experiencia. Entonces, creo, empezaréis a ver que el deseo tiene muy poca significación en la vida para un hombre que busca realmente. Es obvio que hay ciertas necesidades físicas: alimento, vestido, albergue, y todo lo demás. Pero ellas nunca se convierten para él en apetitos psicológicos, en cosas sobre las cuales la mente se erige como centro de deseo. Más allá de las necesidades físicas, cualquier forma de deseo -de grandeza, de verdad, de virtud- llega a ser un proceso psicológico por el cual la mente elabora la idea del “yo” y se fortalece en el centro.

Cuando veáis este proceso, cuando os deis realmente cuenta de él sin oposición, sin un sentido de tentación, sin resistencia, sin justificarlo ni juzgarlo, entonces descubriréis que la mente es capaz de recibir lo nuevo, y que lo nuevo nunca es una sensación; por lo tanto no puede jamás ser reconocido, experimentado nuevamente. Es un estado de ser en que la creatividad adviene espontáneamente, sin que, intervenga la memoria; y eso es la realidad.

13. RELACIÓN Y AISLAMIENTO

La vida es experiencia, experiencia en la vida de relación. No se puede vivir en el aislamiento. La vida es, pues, convivencia, y ésta es acción. ¿Cómo puede tenerse esa capacidad para comprender la relación que es la vida? ¿No significa la relación, además de comunión con las personas, intimidad con las cosas e ideas? La vida es relación, que se expresa mediante el contacto con cosas, personas e ideas. Comprendiendo la relación, tendremos capacidad para hacer frente plena y adecuadamente a la vida. Nuestro problema no es, pues, la capacidad -ésta no es independiente de la relación- sino más bien la comprensión de la convivencia, que naturalmente producirá capacidad de pronta flexibilidad, pronta adaptación y pronta respuesta.

La vida de relación es sin duda el espejo en el cual os descubrís a vosotros mismos. Sin convivencia, no sois. Ser es estar relacionado; estar relacionado es existir. Sólo existís en la relación; fuera de ella no existís, la existencia carece de sentido. No es porque pensáis que sois, que surgís a la existencia. Existís porque estáis relacionados; y es la falta de comprensión de la relación lo que causa conflictos.

Ahora bien: no hay comprensión de la convivencia porque nos servimos de ésta como simple medio de promover la realización, la transformación, el devenir. La convivencia, empero, es un medio de autodescubrimiento porque la relación es ser, es existencia. Sin relación, no soy. Para comprenderme a mí mismo debo comprender la relación. Ésta es el espejo en que puedo mirarme. Dicho espejo puede estar deformado o puede estar como es y reflejar lo que es. Pero la mayoría de nosotros ve en esa relación, en ese espejo, las cosas que más nos agradaría ver; no vemos lo que es. Preferimos idealizar, evadirnos, vivir en el futuro en vez de entender la convivencia en el inmediato presente.

Ahora bien, si examinamos nuestra vida, nuestras relaciones con los demás, veremos que es un proceso de aislamiento. El prójimo, en realidad, no nos interesa; aunque hablemos bastante al respecto, el hecho es que no nos interesa. Sólo estamos relacionados con alguien mientras esa relación nos resulta grata, mientras nos brinda un refugio, mientras nos satisface. Pero no bien sufre ella una perturbación que a nosotros nos produce incomodidad, dejamos de lado esa relación. En otros términos: sólo hay relación mientras estamos satisfechos. Esto podrá parecer desagradable, pero si realmente examináis vuestra vida con atención, veréis que se trata de un hecho; y el eludir un hecho es vivir en la ignorancia, lo cual jamás podrá producir verdadera convivencia. De suerte que si echamos una mirada a nuestra vida y observamos nuestra vida de relación, vemos que ella es un proceso de erigir resistencias contra los demás, muros por encima de los cuales miramos y observamos al prójimo; y ese muro siempre lo retenemos, y detrás de él permanecemos, ya se trate de un muro psicológico, material, económico o nacional. Mientras vivimos en aislamiento, detrás de un muro, no existe la convivencia con los demás; y vivimos encerrados porque resulta mucho más satisfactorio y creemos que es mucho más seguro. El mundo está tan desgarrado, hay tanto dolor, tanta pesadumbre, guerra, destrucción y miseria, que deseamos escapar y vivir dentro de los muros de seguridad de nuestro propio ser psicológico. De suerte que, para la mayoría de nosotros, la vida de relación es en realidad un proceso de aislamiento; y es obvio que tal relación construye una sociedad que es también aisladora. Eso, exactamente, es lo que ocurre a través del mundo: permanecéis en vuestro aislamiento y extendéis la mano por sobre el muro, llamando a eso nacionalismo, fraternidad o lo que os plazca; pero lo cierto es que los gobiernos soberanos y los ejércitos continúan. Es decir, aferrándoos a vuestras propias limitaciones, creéis que podéis establecer la unidad mundial, la paz del mundo; y ello es imposible. Mientras haya una frontera -nacional, económica, religiosa o social- es un hecho evidente que no puede haber paz en el mundo.

El proceso del aislamiento es el proceso de la búsqueda del poder. Y sea que uno busque el poder a titulo individual o para un grupo racial o nacional, tiene que haber aislamiento porque el deseo mismo de poder, de posición, es separatismo. Eso, en suma, es lo que cada cual desea, ¿verdad? Cada cual desea una posición fuerte en la que pueda dominar: en el hogar, en la oficina o en un régimen burocrático. Cada cual anda en busca de poder, y por el hecho de buscar el poder establecerá una sociedad basada en el poder: militar, industrial, económico, y lo demás. Ello, una vez más, es evidente. ¿El deseo de poder no es aislador por su propia naturaleza? Creo que es muy importante comprender eso; porque el hombre que desea un mundo pacifico, un mundo en el que no haya guerras, ni espantosa destrucción, ni miseria catastrófica en escala inconmensurable, tiene que comprender esta cuestión fundamental. ¿No es así? El hombre afectuoso, bondadoso, no tiene sentido alguno del poder, y por lo tanto ese hombre no está atado a ninguna nacionalidad, a ninguna bandera. Carece de bandera.

Vivir en el aislamiento es cosa inexistente; no hay país; ni pueblo, ni individuo, que pueda vivir aislado. Ello no obstante, como buscáis el poder de tantas maneras diferentes, engendráis aislamiento. El nacionalista es una maldición porque con su espíritu de nacionalismo, de patriotismo, erige un muro de aislamiento; está tan identificado con su patria que construye un muro contra las demás. ¿Y qué ocurre cuando levantáis un muro en contra de algo? Ese algo golpea constantemente contra vuestro muro. Cuando resistís a algo esa misma resistencia indica que estáis en conflicto con lo otro. De suerte que el nacionalismo, que es un proceso de aislamiento, que es el resultado del afán de poder, no puede traer paz al mundo. El hombre que es nacionalista y habla de fraternidad dice una mentira, vive en estado de contradicción.

Veamos ahora si se puede vivir en el mundo sin deseo de poder, de posición, de autoridad. Es evidente que sí se puede. Uno lo hace cuando no se identifica con algo más grande. Esta identificación con algo más grande -el partido, la patria, la raza, la religión, Dios- es la búsqueda de poder. Como en vosotros mismos sois vacíos, torpes, débiles, gustáis de identificaros con algo más grande. Este deseo de identificaros con algo más grande es el deseo de poder.

La vida de relación es un proceso de autorrevelación; y si uno no se conoce a sí mismo, si no conoce las modalidades de la propia mente y corazón, el mero hecho de establecer un orden externo, un sistema, una fórmula sagaz, tiene muy poco sentido. Lo importante, pues, es comprenderse uno mismo en relación con los demás. Entonces la relación no se convierte en un proceso de aislamiento, sino que es un movimiento en el que descubrís vuestros propios móviles, vuestros propios pensamientos, vuestros propios empeños; y es ese descubrimiento, precisamente, que es el comienzo de la liberación, el comienzo de la transformación.

14. EL PENSADOR Y EL PENSAMIENTO

En todas nuestras experiencias hay siempre el experimentador, el observador que acopia más y más para sí, o hace abnegación de sí mismo. ¿No es ese un proceso equivocado? ¿Y no es ese un empeño que no hace surgir el estado creador? ¿Si es un proceso equivocado, podemos borrarlo completamente y dejarlo de lado? Eso puede tan sólo ocurrir cuando yo experimento, no como lo hace un pensador, sino cuando me doy cuenta del falso proceso y veo que sólo hay un estado en el cual el pensador es el pensamiento.

Mientras yo esté experimentando, mientras esté “llegando a ser algo”, tiene que haber tal acción dualista; tiene que haber pensador y pensamiento, dos procesos separados en acción. No hay integración, siempre hay un centro que opera por medio de la voluntad, un centro de acción por ser o no ser: en lo colectivo, en lo individual, en lo nacional, y lo demás. Este es universalmente el proceso. Mientras el esfuerzo esté dividido en experimentador y experiencia, tiene que haber deterioro. La integración sólo es posible cuando el pensador ya no es el observador. Esto es, actualmente sabemos que hay el pensador y el pensamiento, el observador y lo observado, el experimentador y la experiencia; hay dos estados diferentes. Nuestro empeño es tender un puente entre los dos.

La acción de la voluntad es siempre dualista. ¿Es posible ir más allá de esta voluntad que es separativa, y descubrir un estado en que no haya esa acción dualista? Eso puede hallarse tan sólo cuando experimentamos directamente el estado en que el pensador es el pensamiento. Ahora creemos que el pensamiento está separado del pensador, ¿pero es así? Nos agradaría creer que lo está porque entonces el pensador puede explicar las cosas a través de su pensamiento. El esfuerzo del pensador consiste en llegar a ser más o llegar a ser menos; y, por lo tanto, en esa lucha, en esa acción de la voluntad, en el “llegar a ser” algo, está siempre el factor de deterioro; perseguimos un proceso falso y no un proceso verdadero.

¿Hay división entre el pensador y el pensamiento? Mientras ellos estén separados, divididos, nuestro esfuerzo se disipa; perseguimos un proceso falso que es destructivo y que es el factor de deterioro. Creemos que el pensador está separado del pensamiento. Cuando hallo que soy codicioso, posesivo, brutal, pienso que yo no debiera ser todo eso. El pensador trata entonces do alterar sus pensamientos o sentimientos, y por lo tanto se hace un esfuerzo por “llegar a ser” algo; y en ese proceso de esfuerzo, él persigue la falsa ilusión de que hay dos procesos separados, mientras hay un proceso tan sólo. Creo que ahí está el principal factor de deterioro.

¿Es posible experimentar ese estado en que sólo hay una entidad y no dos procesos separados, el experimentador y la experiencia? Tal vez entonces descubriremos lo que es el ser creador; y qué es el estado en el que no hay deterioro en momento alguno, en cualesquiera relaciones en las que el hombre pueda hallarse.

Soy codicioso. Yo y la codicia no son dos estados diferentes; hay sólo una cosa, y ello es la codicia. Si me doy cuenta de que soy codicioso, ¿qué acontece? Que entonces hago un esfuerzo por no ser codicioso, sea por razones sociológicas o por razones religiosas. Ese esfuerzo siempre será en un círculo limitado y pequeño; podré extender el círculo, pero él es siempre limitado. Por lo tanto el factor de deterioro está ahí. Mas, cuando miro un poco más profunda y atentamente, veo que el que hace el esfuerzo es la causa de la codicia y es la codicia misma; y también veo que no hay un “yo” que exista aparte de la codicia, y que sólo hay codicia. Si me doy cuenta de que soy codicioso, de que no hay observador que sea codicioso sino que yo mismo soy la codicia, entonces toda nuestra cuestión es enteramente diferente; nuestra respuesta a ella es del todo diferente, y entonces nuestro esfuerzo no es destructivo.

¿Qué haréis cuando todo vuestro ser es codicia, cuando cualquier acción vuestra es codicia? Pero infortunadamente no pensamos en esa dirección. Está el “yo”, el ente superior, el soldado que controla, que domina. Pura mí ese proceso es destructivo. Es una ilusión, y sabemos por qué hacemos eso. Me divido a mí mismo en lo elevado y lo bajo, a fin de continuar existiendo. Si sólo hay codicia, completamente; si no estoy “yo” gobernando la codicia, y soy por entero la codicia, ¿qué ocurre entonces? Entonces, por cierto, funciona un proceso del todo diferente, surge un problema diferente. Es ese problema lo creador, en lo cual no hay sentido de un “yo” dominando, llegando a ser algo, positiva o negativamente. Debemos realizar ese estado si quisiéramos ser creadores. En ese estado no existe el que se esfuerza. No se trata de verbalizar ni de intentar descubrir qué es ese estado; si empezáis de esa manera, lo perderéis y jamás lo encontraréis. Lo importante es ver que el autor del esfuerzo y el objeto hacia el cual él se esfuerza, son lo mismo. Eso requiere comprensión enormemente grande, vigilancia, para ver cómo la mente se divide a sí misma en lo elevado y lo bajo; lo elevado es la seguridad, la entidad permanente pero que sigue siendo un proceso de pensamiento y por lo tanto de tiempo. Si esto podemos comprenderlo como vivencia directa, veréis entonces surgir un factor del todo diferente.

15. ¿PUEDE EL PENSAMIENTO RESOLVER NUESTROS PROBLEMAS?

El pensamiento no ha resuelto nuestros problemas, ni creo que jamás los resolverá. Hemos contado con el intelecto para que nos muestre cómo salir de nuestra complejidad. Cuanto más astuto, repugnante y sutil es el intelecto, mayor es la variedad de sistemas, de teorías y de ideas. Y las ideas no resuelven ninguno de nuestros problemas humanos; jamás lo han hecho ni jamás lo harán. En la mente no está la solución; la senda del pensamiento no es, evidentemente, la vía de salida de nuestras dificultades. Y nosotros, a mi entender, debiéramos primero comprender este proceso del pensar; y tal vez pudiéramos ir más allá, pues cuando el pensamiento cese, nos será quizá posible hallar algo que nos ayude a resolver nuestros problemas, no sólo los individuales, sino también los colectivos.

El pensamiento no ha resuelto nuestros problemas. Los intelectuales, los filósofos, los eruditos, los dirigentes políticos, no han resuelto realmente ninguno de nuestros problemas humanos, es decir, las relaciones entre vosotros y los demás, entre vosotros y yo mismo. Hasta ahora nos hemos valido de la mente, del intelecto, para ayudarnos a investigar el problema, con lo cual esperamos hallar una solución. ¿Podrá alguna vez el pensamiento disolver nuestros problemas? ¿No es el pensamiento -salvo en el laboratorio o en el tablero de dibujar- siempre autoprotector, autoperpetuador, condicionado? ¿No es egocéntrica su actividad? ¿Y puede jamás el pensamiento así resolver alguno de los problemas que el pensamiento mismo ha creado? ¿Puede la mente, que ha creado los problemas, resolver esas cosas que ella misma ha producido?

Lo cierto es que el pensar es una reacción; si os hago una pregunta, a eso respondéis. Respondes según vuestra memoria, vuestros prejuicios, vuestra educación, de acuerdo con el clima, a todo el trasfondo de vuestro condicionamiento; contestáis de acuerdo con eso, de acuerdo con eso pensáis. El centro de este trasfondo es el “yo”, en el proceso de la acción. Mientras ese trasfondo no sea comprendido, mientras ese proceso de pensar, ese “yo” que crea el problema, no sea comprendido y no se le ponga fin, tendremos forzosamente conflicto dentro y fuera de nosotros mismos, en el pensamiento, en la emoción, en la acción. Ninguna solución de ningún género, por inteligente y bien pensada que sea, jamás podrá dar fin al conflicto entre hombre y hombre, entre vosotros y yo. Y comprendiendo esto, dándonos cuenta de cómo y de qué fuente el pensamiento surge, nos preguntamos luego: ¿podrá jamás el pensamiento cesar?

Ese es uno de los problemas, ¿verdad? ¿Puede el pensamiento resolver nuestros problemas?

¿Pensando acerca del problema lo habéis resuelto? ¿Los problemas de cualquier género -económicos, sociales, religiosos- han sido realmente resueltos alguna vez por el pensamiento? En vuestra vida diaria, cuanto más pensáis en un problema, tanto más complejo, irresoluble e incierto se vuelve. ¿No es eso así en la realidad de nuestra vida diaria? Puede que, al reflexionar sobre ciertas facetas del problema, veáis más claramente el punto de vista de otra persona. Pero el pensamiento no puede ver la totalidad y la plenitud del problema; sólo puede ver parcialmente, y una respuesta parcial no es una respuesta completa y por lo tanto no es una solución.

Cuanto más pensamos acerca de un problema, cuanto más lo investigamos, analizamos y discutimos, tanto más complejo se vuelve. ¿Será, pues, posible mirar el problema de un modo comprensivo, total? ¿Y cómo será ello posible? Porque ésa, a mi entender, es nuestra principal dificultad. Nuestros problemas se multiplican; hay inminente peligro de guerra, toda clase de perturbaciones en nuestra vida de relación, ¿y cómo podremos comprender todo eso comprensivamente, como un todo? Es evidente que eso puede ser resuelto tan sólo cuando podemos mirarlo como un todo, no en compartimentos, no dividido. ¿Y cuándo es eso posible? Sólo resulta posible, ciertamente, cuando el proceso de pensar -que tiene su origen en el “yo”, en el ego, en el trasfondo de tradición, de condicionamiento, de prejuicio, de esperanza, de desesperación- ha finalizado. ¿Podemos, pues, comprender este “yo”, no analizándolo, sino viendo la cosa tal como es, dándonos cuenta de ella como un hecho y no como una teoría? No se trata de buscar la disolución del “yo”, a fin de lograr un resultado, sino de ver la actividad del ego, del “yo”, constantemente en acción. ¿Podemos mirarlo sin hacer esfuerzo alguno para destruirlo ni para alentarlo? Ese es el problema, ¿no es así? Lo cierto es que si en cada uno de nosotros el centro del “yo” deja de existir, con su deseo de poder, de posición, de autoridad, de continuación, de autopreservación, nuestros problemas habrán terminado.

El “yo” es un problema que el pensamiento no puede resolver. Debe haber una clara conciencia que no es del pensamiento. Darse cuenta, sin condenación ni justificación, de las actividades del “yo” -captarlas, nada mas- resulta suficiente. Porque si os dais cuenta a fin de descubrir cómo resolver el problema, a fin de transformarlo, a fin de producir un resultado, entonces ello sigue estando dentro del ámbito del ego, del “yo”. Mientras busquemos un resultado, sea mediante el análisis, la clara conciencia, el examen constante de cada pensamiento, seguimos dentro del campo del pensamiento, esto es, dentro del ámbito del “mí”, del “yo”, del “ego” o de lo que os plazca.

Mientras exista la actividad de la mente, no puede por cierto haber amor. Cuando haya amor no tendremos problemas sociales. Pero el amor no es algo que haya de adquirirse. La mente puede buscar adquirirlo, como se adquiere una idea nueva, un artefacto nuevo, una nueva manera de pensar; pero la mente no puede hallarse en estado de amor mientras esté empeñada en lograr el amor. Mientras la mente busque hallarse en un estado de “no codicia”, ella sigue siendo codiciosa, sin duda. ¿No es así? De un modo análogo, mientras la mente anhele, desee, practique, a fin de hallarse en un estado en el que hay amor, lo cierto es que ella será una negación de ese estado, ¿verdad?

Viendo, pues, este problema, este complejo problema del vivir, y dándonos cuenta del proceso de nuestro propio pensar, y comprendiendo que en realidad él no conduce a parte alguna, cuando eso lo captamos profundamente, entonces, por cierto, hay un estado de inteligencia que no es individual ni colectivo. En tal caso el problema de las relaciones del individuo con la sociedad, del individuo con la comunidad, del individuo con la realidad, cesa; porque entonces hay sólo inteligencia, la cual no es personal ni impersonal. Es esta inteligencia únicamente, en mi sentir, lo que puede resolver nuestros inmensos problemas. Y eso no puede ser un resultado; adviene tan sólo cuando comprendemos este proceso total del pensar, íntegramente, no sólo en el nivel consciente sino también en los más profundos y ocultos niveles de la conciencia.

Para comprender cualquiera de estos problemas debemos tener una mente muy tranquila, muy serena, para que ella pueda mirar el problema sin interponer ideas, teorías, sin distracción alguna. Y esa es una de nuestras dificultades, porque el pensamiento ha llegado a ser una distracción. Cuando deseo comprender, examinar algo, no tengo que pensar en ello: lo miro. En el momento en que me pongo a pensar, a tener ideas, opiniones al respecto, ya me hallo en un estado de distracción, desviada la atención de aquello que debo comprender. De suerte que el pensamiento, cuando tenéis un problema, se convierte en distracción -el pensamiento es idea, opinión, juicio, comparación- que nos impide mirar y con ello comprender y resolver el problema. Mas, por desgracia, para la mayoría de nosotros el pensamiento ha adquirido gran importancia. Vosotros decís: “¿Cómo puedo existir, ser, sin pensar? ¿Cómo puedo tener la mente en blanco?” Tener la mente en blanco es encontrarse en un estado de estupor, de idiotez, de lo que sea, y vuestra reacción instintiva es rechazarlo. Pero una mente muy quieta, una mente que no está distraída por su propio pensar, una mente abierta, puede por cierto mirar el problema de un modo muy directo y muy simple. Y esta capacidad de mirar sin distracción nuestros problemas, es la única solución. Para ello tiene que haber una mente quieta, una mente tranquila.

Una mente así no es un resultado, no es el producto final de una práctica, de la meditación, del control. No surge mediante forma alguna de disciplina, compulsión o sublimación, ni por esfuerzo alguno del “yo”, del pensamiento; surge cuando comprendo todo el proceso de pensar, cuando puedo ver un hecho sin ninguna distracción. En ese estado de tranquilidad de una mente que está de veras en silencio, hay amor. Y el amor es lo único que puede resolver todos nuestros problemas humanos.

16. EL TIEMPO Y LA TRANSFORMACIÓN

Desearía hablar un poco acerca de lo que es el tiempo, porque creo que el enriquecimiento, la belleza y la significación de aquello que es atemporal, de aquello que es verdadero, sólo puede experimentarse cuando comprendemos todo el proceso del tiempo. Después de todo, cada uno a su manera, nosotros buscamos una sensación de felicidad, de enriquecimiento. Una vida que tenga significación, la riqueza de la verdadera felicidad, no pertenece al tiempo. Como el amor, una vida así es atemporal; y para comprender aquello que es atemporal, no debemos enfocarlo a través del tiempo sino más bien comprender el tiempo. No debemos utilizar el tiempo como medio de lograr, de realizar, de captar lo atemporal. Pero eso es lo que hacemos en la mayor parte de nuestra vida; pasar el tiempo tratando de captar aquello que es atemporal, de modo que es importante comprender qué entendemos por tiempo, porque yo creo que es posible estar libre del tiempo. Es muy importante comprender el tiempo como un todo, no parcialmente.

Es interesante comprender que nuestra vida transcurre principalmente en el tiempo; no en el sentido de la sucesión cronológica, de los minutos, las horas, los días y los años, sino en el sentido de la memoria psicológica. Vivimos por el tiempo, somos el resultado del tiempo. Nuestra mente es el producto de muchos “ayeres”, y el presente es mero pasaje del pasado hacia el futuro. Nuestras actividades, nuestro ser, se basan en el tiempo; sin el tiempo no podemos pensar, porque el pensamiento es resultado del tiempo, el pensamiento es producto de muchos “ayeres”, y no hay pensamiento sin memoria. La memoria es tiempo; porque hay dos clases de tiempo, el cronológico y el psicológico. Hay tiempo que es ayer por el reloj, y hay tiempo que es ayer por el recuerdo. No podéis desechar el tiempo cronológico, lo cual sería absurdo; entonces perderíais el tren. ¿Pero existe realmente tiempo alguno aparte del tiempo cronológico? Es evidente que hay un tiempo que es el ayer; ¿pero existe el tiempo, tal como la mente lo piensa? Esto es, ¿existe el tiempo aparte de la mente? El tiempo -el tiempo psicológico- es por cierto producto de la mente. Sin la base del pensamiento no hay tiempo alguno; el tiempo es mero recuerdo, es ayer en conjunción con el presente, lo cual moldea el mañana. Es decir, el recuerdo de la vivencia de ayer respondiendo al presente, crea el futuro; y ello sigue siendo el proceso del pensamiento, un sendero de la mente. El proceso del pensamiento produce progreso psicológico en el tiempo; ¿pero es él real, tan real como el tiempo cronológico? ¿Y podemos emplear ese tiempo que es de la mente como medio de comprender lo eterno, lo atemporal? Porque, como lo he dicho, la felicidad no es de ayer, la felicidad no es producto del tiempo, la felicidad es siempre en el presente, un estado atemporal. No sé si habéis notado que cuando hay en vosotros éxtasis, un júbilo creador, una serie de nubes brillantes rodeadas de nubes sombrías, en ese momento el tiempo no existe: sólo existe el inmediato presente. Pero la mente interviene después de la vivencia en el presente, la recuerda y desea continuarla, reuniendo más y más de sí misma, con lo que crea el tiempo. El tiempo, pues, es creado por el “más”; el tiempo es adquisición, y el tiempo es también desprendimiento, el cual sigue siendo una adquisición de la mente. Por lo tanto, el mero hecho de disciplinar la mente en el tiempo, condicionar el pensamiento dentro el marco del tiempo -lo cual es memoria- no revela por cierto aquello que es atemporal.

¿Es la transformación asunto de tiempo? La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a pensar que el tiempo es necesario para la transformación: yo soy algo, y para cambiar lo que soy en lo que yo debería ser, se requiere tiempo. Soy codicioso, y la codicia me trae confusión, antagonismos conflictos y miserias; y para producir una transformación o sea la “no codicia”, creemos que el tiempo es necesario. Es decir, se considera que el tiempo es un medio para desarrollar algo más grande, para llegar a ser alguna cosa. El problema es éste: uno es violento, codicioso, envidioso, iracundo, vicioso o apasionado. ¿Se necesita el tiempo para transformar lo que es? En primer lugar, ¿por qué queremos cambiar lo que es, o producir una transformación? ¿Por qué? Porque lo que somos nos desagrada; engendra conflicto, perturbación. Y no gustándonos ese estado, deseamos algo mejor, algo más noble, más idealista. Deseamos, pues, la transformación, porque hay dolor, malestar, conflicto. ¿Pero al conflicto se lo vence con el tiempo? Si decís que él será superado por el tiempo, aún estáis en conflicto. Podréis decir que os tomará veinte días o veinte años el libraros del conflicto, el cambiar lo que sois; pero durante ese tiempo estáis todavía en conflicto, y por lo tanto el tiempo no trae transformación. Cuando utilizamos el tiempo como medio que se es; y creo que es importante comprender este punto. La codicia o la violencia causa dolor, perturbación, en el mundo de nuestras relaciones con el prójimo, o sea en la sociedad; y siendo conscientes de ese estado de perturbación, que denominamos codicia o violencia, nos decimos a nosotros mismos: “me librare de él con el tiempo; practicaré la no violencia, practicaré la no envidia, practicaré la paz”. Ahora bien, vosotros deseáis practicar la “no violencia” porque la violencia es un estado de perturbación, de conflicto, y creéis que con el tiempo lograréis la “no violencia” y os sobrepondréis al conflicto. ¿Qué ocurre, pues, en realidad? Hallándoos en estado de conflicto, queréis lograr un estado en el que no haya conflicto. ¿Pero ese estado de “no conflicto” es el resultado del tiempo, de una duración? No, evidentemente. Porque, mientras estáis logrando un estado de “no violencia”, seguís siendo violentos y, por lo tanto, estáis todavía en conflicto.

Nuestro problema es éste: ¿es posible superar un conflicto, una perturbación, en un período de tiempo, ya se trate de días, de años o de vidas? ¿Qué ocurre cuando decís: “voy a practicar la no violencia durante cierto período de tiempo”? La práctica misma indica que estáis en conflicto, ¿no es así? No practicaríais si no resistierais al conflicto; y decís que la resistencia al conflicto es necesaria a fin de superar el conflicto, y para esa resistencia os hace falta tiempo. Pero la resistencia misma al conflicto es aun una forma de conflicto. Gastáis vuestra energía en resistir al conflicto en la forma de lo que llamáis codicia, envidia o violencia, pero vuestra mente sigue en conflicto. Es importante, pues, ver cuán falso es el proceso de depender del tiempo como medio de superar la violencia, y, con ello, librarse de dicho proceso. Entonces sois capaces de ser lo que sois: una perturbación psicológica, que es la violencia misma.

Para comprender algo, cualquier problema humano o científico, ¿qué es lo importante, qué es lo esencial? Una mente tranquila, ¿no es así? Una mente que esté resuelta a comprender. No una mente que sea exclusivista, que trate de concentrarse, lo cual, una vez más, es un esfuerzo de resistencia. Si yo deseo realmente comprender algo, en seguida se produce en mi mente un estado de quietud. Cuando queréis escuchar música o mirar un cuadro que os gusta, que os emociona, ¿cuál es el estado de vuestra mente? Ella queda inmediatamente en calma, ¿no es así? Cuando escucháis música, vuestra mente no vaga por todas partes; escucháis. De un modo análogo, cuando queréis comprender el conflicto, ya no dependéis para nada del tiempo; os enfrentáis simplemente con lo que es, o sea con el conflicto. Entonces se produce de inmediato una quietud, una serenidad de la mente. Cuando ya no dependéis del tiempo como medio de transformar lo que es, porque veis la falsedad de ese proceso, entonces os enfrentáis con lo que es y como estáis interesados en comprender lo que es, resulta natural que tengáis la mente quieta. En ese estado mental alerta y sin embargo pasivo, surge la comprensión Mientras la mente esté en conflicto, censurando, resistiendo, condenando, no puede haber comprensión. Si quiero comprenderos es obvio que no debo condenaros. Es, pues, esa mente tranquila, esa mente serena, la que trae la transformación. Cuando la mente ya no resiste, ya no elude, ya no descarta ni censura lo que es, sino que se encuentra simplemente perceptiva de un modo pasivo, en esa pasividad de la mente, si ahondáis de veras en el problema, hallaréis que ocurre una transformación.

La revolución sólo es posible ahora, no en el futuro, la regeneración es ahora, no mañana. Si queréis experimentar con lo que acabo de decir, encontraréis que habrá una regeneración inmediata, una cualidad de cosa nueva, fresca, por que la mente siempre está serena cuando está interesada, cuando desea o tiene intención de comprender. La dificultad para la mayoría de nosotros está en que no tenemos la intención de comprender, porque tenemos miedo de que si comprendemos, ello podría traer una acción revolucionaria en nuestra vida; y es por eso que resistimos. Es el mecanismo defensivo lo que está en acción cuando nos valemos del tiempo o de un ideal como medio de transformación

De esta manera la regeneración sólo es posible en el presente, no en el futuro ni mañana. El hombre que confía en el tiempo como medio por el cual puede lograr la felicidad, comprender la verdad o Dios, sólo se engaña a sí mismo; vive en la ignorancia, y por lo tanto en conflicto. Pero el que ve que el tiempo no es la salida de nuestra dificultad, y por lo tanto está libre de lo falso, un hombre así, naturalmente, tiene la intención de comprender; su mente por consiguiente, está quieta espontáneamente, sin compulsión, sin ejercitación. Cuando la mente está serena, tranquila sin buscar respuesta ni solución alguna, sin resistir ni esquivar, sólo entonces puede haber regeneración, porque entonces la mente es capaz de percibir lo que es verdadero; y es la verdad lo que libera, no vuestro esfuerzo por ser libres.

PARTE II : PARA LOS JOVENES

I

No sé si alguna vez nos hemos preguntado qué significa la educación. Por qué vamos a la escuela, por qué aprendemos múltiples materias, por qué aprobamos exámenes y competimos unos con otros por lograr mejores calificaciones. ¿Qué sentido tiene toda esta llamada educación y qué es lo que implica? Es verdaderamente una pregunta muy importante, no sólo para los estudiantes sino también para los padres, para los maestros y para todos aquellos que aman esta tierra. ¿Por qué pasamos por el esfuerzo de recibir educación? ¿Es meramente con el fin de aprobar algunos exámenes y obtener un empleo? ¿O la educación tiene como función la de prepararnos, mientras somos jóvenes, para comprender el proceso total de la vida? Es necesario tener un trabajo y ganarse la propia subsistencia, ¿pero eso es todo? ¿Se nos educa solamente para eso? Por cierto que la vida no es tan sólo un empleo, una ocupación; la vida es algo extraordinariamente amplio y profundo, es un gran misterio, un reino inmenso en el que funcionamos como seres humanos. Si nos preparamos tan sólo para ganarnos la subsistencia, perderemos todo el sentido de la vida; y comprender la vida es mucho más importante que prepararnos meramente para los exámenes y volvernos muy diestros en matemática, física o lo que fuere.

Por consiguiente, tanto si somos maestros como estudiantes, ¿no es fundamental que nos preguntemos por qué educamos o se nos educa? ¿Y qué significado tiene la vida? ¿No es la vida algo extraordinario? Los pájaros, las flores, los árboles vigorosos, los cielos, las estrellas, los ríos y los peces que contienen... todo esto es la vida. La vida es el pobre y el rico; es la constante batalla entre grupos, razas y naciones; la vida es meditación; la vida es lo que llamamos religión, y es también las sutiles, ocultas cosas de la mente -las envidias, las ambiciones, las pasiones, los temores, los logros y las ansiedades. Todo esto y mucho más es la vida. Pero nosotros generalmente nos preparamos para entender un pequeño rincón de ella. Aprobamos algunos exámenes, encontramos un empleo, nos casamos, tenemos hijos, y después nos volvemos más y más como maquinas. Seguimos temerosos, ansiosos, asustados de la vida. ¿Es, pues, propósito de la educación ayudarnos a comprender el proceso total de la vida, o sólo consiste en prepararnos para una vocación, para el mejor empleo que podamos obtener?

¿Qué va a ocurrir con todos nosotros cuando crezcamos para ser hombres y mujeres? ¿Alguna vez se han preguntado que van a hacer cuando crezcan? Con toda probabilidad se casarán y, antes de que sepan dónde se encuentran, serán madres y padres; y después estarán amarrados a un empleo, o a la cocina, y allí se Irán marchitando gradualmente. ¿Es esto todo lo que va a ser la vida de ustedes? ¿Se han formulado alguna vez esta pregunta? ¿No deberían formulársela? Si pertenecen a una familia rica, puede que ya tengan asegurada una posición muy buena, que el padre de ustedes les proporcione un empleo confortable, o que tengan un casamiento adinerado; pero van a declinar, a deteriorarse. ¿Entienden?

Ciertamente, la educación no tiene sentido a menos que les ayude a comprender la vasta extensión de la vida con todas sus sutilezas, con sus dolores y sus alegrías, con su extraordinaria belleza. Podrán lograr títulos académicos, podrán tener una serie de siglas después del apellido y obtener un puesto muy bueno, pero ¿después qué? ¿Cuál es el sentido de todo esto si en el proceso la mente se embota, se fatiga, se vuelve estúpida? Por lo tanto, mientras son jóvenes, ¿no tendrían que aspirar a descubrir qué es la vida en su totalidad? ¿Y acaso no es el verdadero propósito de la educación cultivar en ustedes la inteligencia que tratará de hallar la respuesta a todos estos problemas? ¿Saben qué es la inteligencia? Es, sin duda, la capacidad de pensar libremente, sin miedo, sin fórmula alguna, de modo que puedan comenzar a descubrir por sí mismos aquello que es real, verdadero; pero si están atemorizados jamás serán inteligentes. Cualquier forma de ambición, espiritual o mundana, engendra ansiedad, temor; por lo tanto, la ambición no ayuda a producir una mente clara, sencilla, directa y, en consecuencia, inteligente.

¿Saben?, es realmente muy importante que, mientras son jóvenes, vivan en un ambiente donde no exista el temor. Casi todos nosotros, a medida que envejecemos, nos volvemos temerosos de vivir, de perder un empleo; temerosos de la tradición, de lo que pueda decir de nosotros el vecino, o nuestra esposa o marido, temerosos de la muerte. La mayoría de nosotros tiene miedo, en una forma u otra; y donde hay miedo no hay inteligencia. Y, ¿no es posible para todos nosotros, mientras somos jóvenes, estar en un ambiente donde no haya temor sino más bien una atmósfera de libertad, libertad no sólo para hacer lo que nos plazca, sino para comprender todo el proceso del vivir? La vida es realmente muy bella, no es la cosa fea en que la hemos convertido; y sólo podremos apreciar su riqueza, su profundidad, su extraordinaria belleza, cuando nos rebelemos contra todo -contra la religión organizada, contra la tradición, contra la presente sociedad corrupta- de modo que, como seres humanos, podamos descubrir por nosotros mismos lo que es verdadero. No imitar, sino descubrir, eso es la educación, ¿no es así? Es muy fácil ajustarse a lo que les dicen sus padres, sus maestros o la sociedad. Es una manera segura y cómoda de vivir; pero eso no es vivir, porque en eso hay temor, deterioro, muerte. Vivir es descubrir por uno mismo aquello que es verdadero, y uno puede hacer eso únicamente cuando hay libertad, cuando existe una constante revolución interna.

Pero a ustedes no se les alienta para que hagan esto; nadie les dice que cuestionen, que descubran por sí mismos qué es Dios, porque si se rebelaran se volverían un peligro para todo lo que es falso. Sus padres y la sociedad desean que vivan seguros, y también ustedes desean vivir sin riesgo alguno. Vivir así significa generalmente vivir en la imitación y, por tanto, en el temor. Y el sentido de la educación es, ciertamente, el de ayudarnos a cada uno de nosotros a que vivamos libremente y sin temor. Y para crear una atmósfera en la que no exista el temor, se requiere de muchísima reflexión, tanto de parte de ustedes como del maestro, del educador.

¿Saben lo que esto significa, lo extraordinario que sería crear una atmósfera carente de temor? Y tenemos que crearla, porque vemos que el mundo está atrapado en guerras interminables; lo conducen los políticos, que siempre están en busca del poder; es un mundo de abogados, policías y soldados, un mundo de personas ambiciosas, hombres y mujeres, todas anhelando posición y luchando unas contra otras para conseguirla. Después están los que se titulan santos, los gurús religiosos con sus seguidores; también ellos desean poder, posición, prestigio, aquí o en la próxima vida. Es un mundo insensato, completamente confundido, donde el comunista lucha contra el capitalista, el socialista resiste a ambos, y cada cual está en contra de alguien, luchando para llegar a un sitio seguro, a una posición de poder o de bienestar material. El mundo está desgarrado por creencias en conflicto, por diferencias de clase o de casta, por nacionalidades separativas, por todas las formas de estupidez y crueldad -y éste es el mundo en que se los educa para que encajen en él. Se los estimula para que encajen en la estructura de esta sociedad desastrosa; sus padres desean que hagan eso, y también ustedes desean encajar en esta estructura.

Ahora bien, el propósito de la educación, ¿es ayudarles meramente a que se ajusten al patrón de este corrupto orden social, o su función es la de darles libertad -completa libertad para crecer y crear una sociedad diferente, un mundo nuevo? Necesitamos tener esta libertad, no en el futuro sino ahora, o de lo contrario podemos ser todos destruidos. Tenemos que crear inmediatamente una atmósfera de libertad para que puedan ustedes vivir y descubrir por sí mismos aquello que es verdadero, para que lleguen a ser inteligentes y tengan la capacidad de enfrentarse al mundo y comprenderlo, no simplemente ajustarse a él; para que en lo interno, en lo psicológico, en lo profundo, se encuentren en constante estado de rebelión; porque son sólo los que se rebelan constantemente los que descubren lo verdadero, no el hombre que se amolda, que sigue alguna tradición. Sólo cuando uno está constantemente inquiriendo, observando, aprendiendo, encuentra a Dios, la verdad o el amor; y ustedes no pueden inquirir, observar, aprender, no pueden estar profundamente alertas si tienen miedo. No hay duda, entonces, de que el propósito de la educación es el de erradicar, tanto interna como externamente, este miedo que destruye el pensamiento humano, la relación humana y el amor.

II

Tal vez podamos abordar el problema del temor desde otro ángulo diferente. El temor, en la mayoría de nosotros, produce cosas extraordinarias. Crea toda clase de ilusiones y problemas. Hasta que no lo investigamos muy a fondo y lo comprendamos realmente, el temor distorsionará siempre nuestras acciones. El temor deforma nuestras ideas y tuerce el camino de nuestra vida; crea barreras entre la gente y, por cierto, destruye el amor. Por lo tanto, cuanto más investiguemos el temor, cuanto más lo comprendamos y nos liberemos realmente de él, mayor será nuestro contacto con todo lo que nos rodea. Al presente, nuestros contactos vitales con la existencia son muy pocos, ¿no es así? Pero si podemos libramos del temor tendremos contactos amplios, comprensión profunda, verdadera simpatía, consideración afectuosa y la extensión de nuestro horizonte será muy grande. Veamos, pues, si podemos considerar el temor desde un punto de vista diferente.

Me pregunto si han advertido que casi todos deseamos alguna clase de seguridad psicológica. Queremos seguridad, alguien en quien apoyarnos. Como un niño pequeño se toma la mano de su madre, así queremos algo a lo cual aferramos; queremos que alguien nos ame. Sin una sensación de seguridad, sin una garantía mental, nos sentimos perdidos, ¿no es así? Estamos acostumbrados a apoyamos en otros, a esperar que otros nos guíen, nos ayuden, y sin esta sustentación estamos confundidos, atemorizados, no sabemos qué pensar, cómo actuar. En el momento en que quedamos abandonados a nosotros mismos, nos sentimos solos, inseguros, perplejos. De esto surge el temor, ¿no es cierto? Entonces, queremos algo que nos dé sensación de seguridad, y para ello tenemos defensas de muchas clases diferentes. Tenemos protecciones tanto internas como externas. Cuando cerramos las ventanas y las puertas de nuestra casa y permanecemos dentro, nos sentimos seguros, a salvo, sentimos que no nos molestan. Pero la vida no es eso. La vida está golpeando constantemente a nuestras puertas, trata de abrir nuestras ventanas para que podamos ver más; y si a causa del temor cerramos las puertas y echamos el cerrojo a todas las ventanas, los golpeteos sólo se vuelven más fuertes aún. Cuanto más estrechamente nos aferramos a la seguridad en cualquiera de sus formas, más viene la vida y nos empuja. Cuanto más miedo tenemos y nos encerramos en nosotros mismos, mayor es nuestro sufrimiento, porque la vida no nos dejará tranquilos. Queremos estar seguros, pero la vida dice que no podemos estarlo; y así es como comienza nuestra lucha. Buscamos seguridad en la sociedad, en la tradición, en la relación con nuestros padres y nuestras madres, con nuestras esposas y nuestros maridos; pero la vida se abre paso siempre por los muros de nuestra seguridad. También buscamos seguridad o consuelo en las ideas, ¿no es así? ¿Han observado de qué modo aparecen las ideas y cómo la mente se aferra a ellas? Uno tiene una idea de algo hermoso que vio cuando salió a dar un paseo, y su mente regresa a esa idea, a ese recuerdo. Uno lee un libro y se forma una idea a la que se aferra. Ustedes tienen que ver cómo surgen las ideas y cómo se convierten en medios de consuelo y seguridad interior, en algo a lo cual la mente se aferra. ¿Alguna vez han pensado acerca de esta cuestión de las ideas? Si uno de ustedes tiene una idea y yo tengo una idea y cada uno de nosotros piensa que su idea es mejor que la del otro, luchamos por ellas, ¿no es así? Yo trato de convencerle a él y él trata de convencerme a mí. Todo el mundo está edificado sobre las ideas y el conflicto entre ellas; y si lo investigan, encontrarán que el mero obstinarse en una idea no tiene sentido. ¿Pero han notado cómo sus padres, sus madres, sus maestros, sus tíos y tías se aferran todos fuertemente a lo que piensan?

Entonces, ¿cómo surge una idea? ¿Cómo llegan ustedes a tener una idea? Cuando tienen, por ejemplo, la idea de salir a dar un paseo, ¿cómo surge esa idea? Es muy interesante descubrirlo. Si lo observan, verán cómo surge una idea de esa clase y cómo la mente de ustedes se aferra a ella, descartando cualquier otra cosa. La idea de salir a dar un paseo es la respuesta a una sensación, ¿no es así? Han salido a pasear anteriormente y ello ha dejado un sentimiento o una sensación agradable; desean hacerlo nuevamente y de ese modo es creada la idea y luego puesta en acción. Cuando ven un automóvil hermoso hay una sensación, ¿verdad? La sensación proviene del mismo mirar el automóvil. El ver crea la sensación. De la sensación nace la idea: "quiero ese automóvil, es mi automóvil", y la idea se vuelve, entonces, muy dominante. Buscamos seguridad en las posesiones externas y en las relaciones, y también en las ideas o creencias internas. Creo en Dios, en los rituales, creo que debo casarme de cierta manera, creo en la reencarnación, en la vida después de la muerte, etcétera. Estas creencias son todas producidas por mis deseos, por mis prejuicios, y yo me aferro a esas ideas. Tengo seguridades externas, fuera de la piel por decirlo así, y también seguridades internas; si me las quitan o me las cuestionan, tengo miedo; apartaré a quienes lo hagan, lucharé con ellos si amenazan mi seguridad. Ahora bien, ¿existe una cosa tal como la seguridad? ¿Entienden? Tenemos ideas acerca de la seguridad. Podemos sentir que estamos a salvo con nuestros padres o en un empleo determinado. La manera como pensamos, como vivimos, como miramos las cosas... con todo esto podremos sentimos satisfechos. Casi todos estamos satisfechos de estar encerrados en ideas seguras. ¿Pero acaso podemos estar seguros alguna vez, podemos estar a salvo, por muchas garantías externas o internas que tengamos? Exteriormente, el banco de uno puede quebrar mañana, nuestro padre o nuestra madre pueden morir, puede haber una revolución. Pero, ¿hay alguna seguridad en las ideas? Nos gusta pensar que estamos a salvo en nuestras ideas, en nuestras creencias, en nuestros prejuicios, pero ¿lo estamos? Son muros que carecen de realidad, son meramente nuestras concepciones, nuestras sensaciones. Nos gusta creer que hay un Dios que cuida de nosotros, que vamos a renacer más ricos, más nobles de lo que ahora somos. Puede que sea así, puede que no lo sea. De modo que podemos ver por nosotros mismos, si investigamos tanto las seguridades externas como las internas, que en la vida no hay en absoluto seguridad alguna. Viendo todo esto, una persona verdaderamente reflexiva empieza a liberarse de toda clase de seguridad, interna o externa. Esto es extremadamente difícil porque significa que uno se queda solo, solo en el sentido de que no depende de nadie. En el momento en que uno depende, hay temor; y donde hay temor no hay amor. Cuando ustedes aman, no se sienten solos. El sentimiento de soledad surge únicamente cuando nos atemoriza estar solos y no sabemos qué hacer. Cuando estamos controlados por ideas, aislados por creencias, entonces el temor es inevitable; y cuando estamos atemorizados, nos cegamos completamente. Por lo tanto, los maestros y los padres han de resolver juntos este problema del temor. Pero desgraciadamente, los padres de ustedes tienen miedo de lo que sus hijos podrían hacer si no se casaran o si no consiguieran un empleo. Tienen miedo de que se equivoquen o de lo que podría decir la gente, y a causa de este miedo quieren que ustedes hagan ciertas cosas. El miedo que sienten se encubre bajo lo que ellos llaman amor. Desean protegerles, por lo tanto, ustedes deben hacer esto o aquello. Pero si uno pasa detrás del muro de sus así llamados afecto y consideración, encontrará que hay temor por la seguridad y respetabilidad de ustedes; y ustedes también están atemorizados porque han dependido durante tanto tiempo de otras personas. Por eso es muy importante que, desde la más tierna edad, empiecen a cuestionar y a eliminar estos sentimientos de temor, a fin de que no queden aislados por ellos ni encerrados en ideas, tradiciones, hábitos, sino que sean seres humanos libres con vitalidad creativa.

III

¿No es acaso muy importante, mientras somos jóvenes, que se nos ame y también saber qué significa amar? Pero me parece que muy pocos de nosotros amamos o somos amados. Y creo que es esencial, mientras somos jóvenes, investigar este problema muy seriamente y comprenderlo; porque entonces quizá podamos ser lo bastante sensibles como para sentir amor, conocer su cualidad, su perfume, de modo que cuando crezcamos éste no sea completamente destruido. Consideremos, pues, esta cuestión.

¿Qué significa amar? ¿Es un ideal, algo lejano, inalcanzable? ¿O puede ser sentido por cada uno de nosotros, en raros momentos del día? Tener la cualidad de la simpatía, de la comprensión, ayudar a alguien naturalmente sin ningún motivo, ser espontáneamente amable, cuidar con esmero una planta o un perro, ser compasivo con el aldeano, generoso con el amigo, con un vecino, ¿no es esto lo que entendemos por amor? ¿No es el amor un estado en el que no hay sentido alguno de resentimiento sino una perpetua indulgencia? ¿Acaso no es posible sentir esto mientras somos jóvenes? Muchos de nosotros experimentamos este sentimiento en la juventud: un súbito flujo de simpatía por el aldeano, por un perro, por aquellos que son pequeños o desvalidos. ¿No deberíamos tender constantemente a eso? ¿No deberían ustedes dedicar alguna parte del día para ayudar a otro, para cuidar un árbol o un jardín, para ayudar en la casa o en la posada, de modo que cuando alcancen la madurez sepan lo que significa ser naturalmente considerados, sin esfuerzo ni motivo alguno? ¿No deberían tener esta calidad del verdadero afecto?

El verdadero afecto no puede generarse artificialmente, tenemos que sentirlo, y también deben sentirlo sus tutores, sus padres, sus maestros. Muy pocas personas sienten verdadero afecto; están demasiado interesadas en sus realizaciones personales, en sus anhelos, en sus conocimientos, en su éxito. Dan a lo que han hecho y a lo que desean hacer, una importancia tan colosal que finalmente las destruye.

Por eso es muy importante, mientras son jóvenes, que se ocupen de las habitaciones o cuiden una cantidad de árboles que ustedes mismos hayan plantado o vayan a asistir a un amigo enfermo, de modo que haya un sutil sentimiento de simpatía, de interés, de generosidad -generosidad auténtica que no es de la mente y que les hace querer compartir con alguien cualquier cosa que puedan poseer, por pequeña que sea-. Si no tienen este sentimiento de amor, de generosidad, de bondad, de delicadeza, mientras son jóvenes, será muy difícil que lo tengan cuando sean mayores; pero si empiezan a tenerlo ahora, entonces tal vez podrán despertarlo en otros.

Tener simpatía y afecto implica estar libres del temor, ¿no es así? Pero ya lo ven, es muy difícil crecer en este mundo sin temor, sin tener algún motivo personal para actuar. Las personas mayores jamás han reflexionado acerca de este problema del temor o lo han considerado solamente de manera abstracta, sin actuar sobre el temor en sus existencias cotidianas. Ustedes son todavía muy jóvenes, observan, inquieren, aprenden, pero si no ven y comprenden qué es lo que causa el temor, se volverán como sus mayores. El temor crecerá como una especie de maleza oculta y se extenderá por sus mentes, deformándolas. Por lo tanto, deben estar alerta a todo lo que ocurre alrededor y dentro de ustedes -cómo hablan sus maestros, cómo se comportan sus padres y cómo responden ustedes-, de modo que puedan ver y comprender esta cuestión del temor. La mayoría de los adultos piensa que es necesaria alguna clase de disciplina. ¿Saben ustedes qué es la disciplina? Es un proceso por el cual se les fuerza a hacer algo que no quieren hacer. Donde hay disciplina, hay miedo; por consiguiente, la disciplina no es la vía del amor. Es por eso por lo que la disciplina debe evitarse a toda costa, siendo la disciplina coacción, resistencia, compulsión, forzarles a hacer lo que no comprenden o persuadirles a que lo hagan ofreciéndoles un premio. Si no comprenden algo, no lo hagan ni se esfuercen por hacerlo. Pidan una explicación; no sean meramente obstinados, traten de descubrir la verdad del asunto de manera que no haya temor alguno implicado y la mente de ustedes se vuelva muy flexible, muy dúctil. Cuando no comprenden y son meramente obligados por la autoridad de los mayores, están reprimiendo la propia mente, y entonces surge el temor; y ese temor les persigue como una sombra a lo largo de toda la vida. Por eso es tan importante que no se les discipline según algún tipo particular de pensamiento o modelo de acción. Pero casi todos los adultos sólo pueden pensar en esos términos. Quieren inducirles a hacer algo por el así llamado bien de ustedes. Este proceso mismo de inducirles a que hagan algo por el propio "bien" de ustedes, es destructivo para la sensibilidad, para la capacidad de comprender; por lo tanto destruye el amor. Es muy difícil negarse a ser coaccionado u obligado, porque el mundo que nos rodea tiene mucha fuerza; pero si meramente cedemos y hacemos cosas sin comprenderlas, caemos en el hábito de la irreflexión y entonces se vuelve aún más difícil para nosotros salimos de ello. Por lo tanto, ¿tiene que haber autoridad y disciplina en la escuela? ¿O deberían sus maestros asentarles a discutir estas cuestiones, a investigarlas, a comprenderlas a fin de que, cuando hayan crecido y salgan al mundo, sean seres humanos maduros capaces de afrontar inteligentemente los problemas que el mundo habrá de presentarles? Ustedes no pueden tener esa profunda inteligencia, si existe alguna clase de temor. El temor tan sólo les embota, les refrena la iniciativa, apaga ese fuego que llamamos simpatía, generosidad, afecto, amor. De modo que no se dejen disciplinar dentro de un patrón de acción, sino descubran, lo cual implica que deben tener tiempo para cuestionar, para investigar; y los maestros también deben tener tiempo. Si no hay tiempo, entonces deben conseguirlo. El temor es una fuente de corrupción, es el principio de la degeneración, y estar libres de temor es más importante que cualquier examen o cualquier título académico.

IV

Hemos estado discutiendo lo esencial que es tener amor, y vimos que uno no puede adquirirlo ni comprarlo; no obstante, sin amor todos nuestros planes de un orden social perfecto en el que no haya explotación ni regimentación, no tendrán sentido alguno, y pienso que es muy importante comprender esto mientras somos jóvenes.

Dondequiera que uno vaya por el mundo, no importa en qué lugar, ve que la sociedad se encuentra en un perpetuo estado de conflicto. Están siempre el poderoso, el rico, el próspero por un lado, y los obreros por el otro; y cada cual compitiendo envidiosamente, anhelando una posición más alta, un salario mayor, más poder, más prestigio. Ese es el estado del mundo, y así hay siempre una guerra en marcha, tanto interna como externamente.

Ahora bien, si ustedes y yo queremos dar origen a una revolución completa en el orden social, lo primero que tenemos que comprender es este instinto por la adquisición de poder. La mayoría de nosotros anhela el poder en una u otra forma. Vemos que mediante la riqueza y el poder, podemos viajar, relacionarnos con personas importantes y llegar a ser famosos; o bien soñamos con producir una sociedad perfecta. Pensamos que por medio del poder lograremos aquello que es bueno; pero la persecución misma del poder -poder para nosotros mismos, poder para nuestro país, poder para una ideología- es nociva, destructiva, porque crea inevitablemente fuerzas opuestas y entonces siempre hay conflicto.

¿No es bueno, entonces, que la educación los ayude para que, a medida que vayan creciendo, perciban la importancia de dar origen a un mundo en el cual no haya conflicto ni interno ni externo, un mundo en el que uno no esté en conflicto con su vecino ni con grupo alguno de personas, porque el impulso de la ambición, que es el deseo de posición y poder, ha cesado por completo? ¿Y es posible crear una sociedad así, en la que no haya conflicto ni interna ni externamente? La sociedad es la relación entre ustedes y yo; y si nuestra relación se basa en la a ambición -cada cual deseando ser más poderoso que el otro – entonces, obviamente, siempre estaremos en conflicto. ¿Puede, pues, eliminarse esta causa de conflicto? ¿Podemos todos nosotros educarnos para no ser competidores, para no compararnos con algún otro, para no desear esta posición o aquella, en una palabra, para no ser ambiciosos en absoluto?

Cuando fuera de la escuela están ustedes con sus padres, cuando leen los diarios o hablan con la gente, tienen que haber notado que casi todos quieren producir un cambio en el mundo. ¿Y no han advertido también que estas mismas personas están siempre en conflicto unas con otras sobre esto o aquello -sobre ideas, propiedad, raza, casta o religión? Sus padres, los vecinos, los ministros y los burócratas, ¿no son todos ambiciosos, no están luchando por una posición mejor y, en consecuencia, no están siempre en conflicto con alguien? Ciertamente, sólo cuando toda esta competencia sea erradicada, habrá una sociedad pacífica en la que todos nosotros podremos vivir con felicidad, creativamente.

Ahora bien, ¿cómo puede hacerse esto? ¿Pueden la regulación, la legislación o el adiestramiento de la mente para que no sea ambiciosa, eliminar la ambición? Exteriormente, puede uno disciplinarse para no ser ambicioso, socialmente puede dejar de competir con otros; pero internamente seguirá siendo ambicioso, ¿no es así? ¿Y es posible erradicar completamente esta ambición que está trayendo tanta desdicha a los seres humanos? Es probarle que no hayan reflexionado sobre esto antes, porque nadie les había hablado así; pero ahora que alguien les habla sobre ello, ¿no quieren averiguar si es posible vivir en este mundo plenamente, creativamente, de una manera rica, feliz, sin el impulso destructivo de la ambición, sin la competencia? ¿No quieren saber cómo se puede vivir sin que la vida de uno destruya a otra persona ni proyecte una sombra en su camino?

Vean, pensamos que éste es un sueño utópico que jamás podrá convertirse en realidad; pero yo no hablo de una utopía, ése sería un disparate. ¿Podemos ustedes y yo, que somos personas sencillas, corrientes, vivir creativamente en este mundo sin el impulso de la ambición -que se manifiesta de distintas maneras, tales como el deseo de poder, de posición? Descubrirán la respuesta ganarse la subsistencia o porque eso es lo que esperan de uno los padres o la sociedad, entonces ésa es otra forma de compulsión; y la compulsión, en cualquiera de sus formas, crea contradicción, conflicto. Mientras que si uno ama realmente su profesión de ingeniero, o de científico, si puede plantar un árbol, o pintar un cuadro, o escribir un poema, no para obtener reconocimiento sino sólo porque uno ama eso que está haciendo, entonces descubrirá que jamás compite con otro. Pienso que ésta es la verdadera clave: amar lo que uno hace.

Pero cuando ustedes son jóvenes, a menudo les resulta difícil saber qué es lo que quieren hacer, qué es lo que aman, porque son muchas las cosas que desean hacer. Uno quiere ser un ingeniero, un maquinista, un piloto de avión que recorre zumbando los cielos azules; o tal vez desea ser un orador famoso o un político. O quizá quiera ser un artista, un químico, un poeta o un carpintero. O trabajar con la cabeza, o hacer algo con las manos. ¿Es cualquiera de estas cosas algo que uno realmente ama, o el interés que siente por ellas es una mera reacción a las presiones sociales? ¿Cómo descubrirlo? ¿Y no es el verdadero propósito de la educación ayudarlos a descubrirlo, de modo que cuando crezcan puedan dedicar por completo la mente, el corazón y el cuerpo a eso que realmente les gusta hacer, a eso que aman?

Descubrir eso requiere mucha inteligencia; porque si ustedes tienen miedo de no poder ganarse el sustento, o de no encajar en esta corrupta sociedad, entonces nunca lo descubrirán. Pero si no tienen miedo, si se niegan a que sus padres, sus maestros y las exigencias superficiales de la sociedad los empujen dentro de la rutina de la tradición, entonces hay una posibilidad de que descubran lo que realmente quieren hacer en la vida. Para descubrirlo, pues la subsistencia no ha de inspirarles temor alguno.

Pero casi todos nosotros tenemos miedo de no poder subsistir; decimos: “¿Qué me sucederá si no hago lo que dicen mis padres, si no encajo en esta sociedad?” Estando atemorizados, hacemos lo que nos dicen, y en eso no hay amor, sólo hay contradicción. Y esta contradicción interna es uno de los factores que dan origen a la destructiva ambición.

Por lo tanto, es un objetivo básico de la educación ayudarlos a que descubran lo que verdaderamente quieren hacer en la vida, a fin de que puedan entregar a ello la totalidad de la mente y del corazón, porque eso crea la dignidad humana, la cual barre con la mediocridad, con la mezquina mentalidad burguesa. Por eso es muy importante que tengan los maestros apropiados, la atmósfera apropiada, para que puedan desarrollarse con el amor que se expresa a sí misma en lo que están haciendo. Sin este: amor, sus exámenes, sus conocimientos, sus capacidades, la posición o las posesiones que tengan, son sólo cenizas, no tienen sentido alguno; sin este amor sus acciones van a traer más guerras, más odio, más daño y destrucción. Todo esto quizá no signifique nada para ustedes, porque exteriormente son aún muy jóvenes, pero espero que signifique algo para sus maestros -y también para ustedes en alguna parte muy profunda del ser.

V

No creo que podamos comprender el complejo problema del amor hasta que comprendamos el problema igualmente complejo al que llamamos mente. ¿Han notado, cuando somos muy jóvenes, lo inquisitivos que somos? Queremos saber y vemos muchas más cosas que las que ven los mayores. Si estamos del todo despiertos, observamos cosas que los adultos ni siquiera advierten. La mente, cuando somos jóvenes, es mucho más alerta, curiosa y deseosa de saber. Por eso es por lo que aprendemos con tanta facilidad matemáticas, geografía o lo que sea. A medida que crecemos y nos volvemos adultos, la mente se cristaliza más y más, se vuelve cada vez más densa, más lerda.

¿Han notado cómo las personas de mayor edad están llenas de prejuicios? Sus mentes no están abiertas, lo abordan todo desde un punto de vista fijo. Ustedes ahora son jóvenes, pero si no están muy alerta, sus mentes también se volverán así.

¿No es, entonces, muy importante comprender la mente y ver si, en lugar de embotaría poco a poco, pueden ustedes ser flexibles, capaces de ajustes instantáneos, de extraordinaria iniciativa, de investigación profunda y de comprensión en todas las etapas de la vida? ¿No deben conocer las modalidades de la mente para comprender la naturaleza del amor? Porque es la mente la que destruye al amor. Las personas que son meramente ingeniosas, diestras, no saben qué es el amor porque sus mentes, si bien agudas, son superficiales; viven en la superficie, y el amor no es una cosa que exista en la superficie. ¿Qué es la mente? No me refiero sólo al cerebro, al organismo físico que reacciona a los estímulos mediante diversas respuestas nerviosas y acerca del cual cualquier psicólogo puede hablarles. Más bien vamos a averiguar qué es la mente. La mente que dice: "yo pienso", "esto es mío", "me siento lastimado", "soy celosa", "amo", "odio", "soy indio", "soy musulmán", "creo en esto y no creo en aquello", "yo sé y tú no sabes", "yo respeto", "yo desprecio", "yo deseo", "yo no deseo"... ¿qué es esta cosa? A menos que empiecen a comprenderlo ahora y se familiaricen enteramente con todo el proceso del pensar al que llaman la mente, a menos que estén por completo conscientes de ese proceso en ustedes mismos, gradualmente, a medida que vayan avanzado en años, se endurecerán, quedarán cristalizados, embotados, fijados en cierto patrón de pensamiento. ¿Qué es esta cosa que llamamos mente? Es el modo como pensamos, ¿no es así? Estoy hablando de la mente de cada uno de ustedes, no de la mente de algún otro: el modo como piensan y sienten, el modo como miran los árboles, como miran a los pescadores, el modo como consideran al aldeano. Nuestra mente, a medida que envejecemos, se pervierte o queda fija en un patrón determinado. Queremos algo, lo anhelamos, deseamos ser o llegar a ser alguna cosa, y este deseo establece un patrón; o sea, que nuestra mente crea un patrón y queda presa en él. El deseo cristaliza la mente. Digamos, por ejemplo, que quiero ser un hombre muy rico. El deseo de ser rico crea un patrón, y entonces mi pensar queda atrapado en él; puedo pensar únicamente en esos términos y no puedo ir más allá. Por lo tanto, mi mente se cristaliza poco a poco, se endurece, se embota. O, si creo en algo, en Dios, en el comunismo, en cierto sistema político, esa creencia misma establece el patrón porque ella es el resultado de mi deseo; y mi deseo refuerza los muros del patrón. Poco a poco mi mente pierde su capacidad de rápido ajuste, de penetración profunda, de verdadera claridad, porque estoy atrapado en el laberinto de mis propios deseos. Por lo tanto, hasta que comencemos a investigar este proceso que llamamos la mente, hasta que comprendamos nuestra propia forma de pensar y nos familiaricemos con ella, no podremos descubrir qué es el amor. No puede haber amor mientras nuestras mentes deseen del amor ciertas cosas o le exijan que actúe de una manera determinada. Cuando imaginamos lo que debe ser el amor y le damos ciertos motivos, creamos gradualmente un patrón de acción respecto del amor; pero eso no es amor, es meramente nuestra idea de lo que el amor debería ser.

Digamos, por ejemplo, que poseo a mi esposa o marido, tal como ustedes poseen un sari o una chaqueta. Si alguien les quitara la chaqueta estarían ansiosos, irritados, furiosos. ¿Por qué? Porque consideran esa chaqueta como su propiedad; la poseen y al poseerla se sienten enriquecidos, ¿no es así? Mediante la posesión de muchas ropas se sienten enriquecidos no sólo físicamente sino internamente; y cuando alguien les quita la chaqueta se irritan, porque internamente se les priva de ese sentimiento de riqueza, de esa sensación de poseer algo.

Ahora bien, el sentimiento de posesión crea una barrera respecto del amor, ¿verdad? Si alguien me pertenece, si lo poseo, ¿es eso amor? Lo poseo como poseo un automóvil, una chaqueta, un sari, porque al poseerlo me siento muy gratificado y dependo de ese sentimiento; para mí es muy importante internamente.

Este sentido de propiedad, de poseer a alguien, este depender emocionalmente de otro es lo que llamamos amor; pero si lo examinan, encontrarán que detrás de la palabra "amor" la mente está obteniendo satisfacción en el acto de poseer. Después de todo, cuando poseen muchos saris bonitos, o un magnífico automóvil o una gran casa, el sentimiento de que eso es de ustedes les brinda internamente una gran satisfacción. Así, al desear, al anhelar algo, la mente crea un patrón y en ese patrón queda atrapada; y entonces se fatiga, se embota, se vuelve estúpida, irreflexivo. La mente es el centro de este sentimiento de posesión, el sentimiento del "yo" y lo "mío": "Yo poseo alguna cosa", "yo soy un gran hombre", "soy un hombre pequeño", "yo he sido insultado", "me han alabado", "yo soy inteligente", "yo soy muy hermosa", "quiero llegar a ser alguien", "soy el hijo o la hija de alguien"... Este sentimiento del "yo" y lo "mío" es el núcleo mismo de la mente, es la mente misma. Cuanto más tiene la mente este sentimiento de ser alguien, de ser grande o muy inteligente o muy estúpida, etc., tanto más construye muros alrededor de sí misma y se encierra, se embota.

Entonces sufre, porque en ese encierro inevitablemente hay dolor. A causa de que está sufriendo, la mente pregunta: "¿Qué puedo hacer?". Pero en vez de quitar los muros que la cercan, de quitarlos mediante una percepción sensible y una cuidadosa reflexión, investigando y comprendiendo todo el proceso por el cual se han creado los muros, lucha para encontrar algo externo con lo cual vuelve a cercarse nuevamente. Así es como poco a poco la mente se convierte en una barrera para el amor; y sin comprender lo que la mente es, lo cual equivale a comprender las modalidades de nuestro propio pensar, la fuente interna de donde proviene la acción, no podremos descubrir qué es el amor.

¿No es también la mente un instrumento de comparación? Ustedes saben qué significa comparar. Dicen: "Esto es mejor que aquello"; se comparan con alguien que es más hermoso o menos inteligente. Hay comparación cuando dicen: "Recuerdo un río que vi hace un año; es todavía más hermoso que éste". Se comparan con un santo o con un héroe, con el ideal supremo. Este juicio comparativo embota la mente; no la estimula, no la toma comprensiva, abarcativa. Cuando comparan constantemente, ¿qué ocurre? Cuando ven una puesta de sol y la comparan inmediatamente con una puesta anterior, o cuando dicen: "Esa montaña es hermosa, pero hace dos años vi una montaña que era aún más hermosa", no están mirando realmente la belleza que está ahí delante de ustedes. De modo que la comparación les impide mirar plenamente. Si al mirarte a ti, por ejemplo, digo: "Conozco a una chica que es mucho más bonita", no te estoy mirando realmente,

¿verdad? Mi mente está ocupada con alguna otra cosa. Para mirar de verdad una puesta de sol, no tiene que haber comparación; para mirarte realmente, no tengo que compararte con ninguna otra persona. Sólo cuando te miro plenamente, sin ningún prejuicio comparativo, puedo comprenderte. Cuando te comparo con alguien no te comprendo, meramente te juzgo, digo que eres esto o aquello. Así, la estupidez surge cuando hay comparación, porque comparar a alguien con alguna otra persona implica falta de dignidad. Pero cuando te miro sin comparar, entonces mi único interés es comprenderte, y en ese interés mismo, que no es comparativo, hay inteligencia, hay dignidad humana. En tanto la mente está comparando, no hay amor; y la mente está siempre comparando, sopesando, juzgando, ¿no es así? Está siempre mirando para descubrir dónde está la debilidad; por lo tanto, no hay amor. Cuando la madre y el padre aman a sus hijos, no comparan un hijo con otro. Pero ustedes se comparan con alguno que es mejor, más noble, más rico; en la relación que establecen con otro están siempre interesándose en sí mismos, y así crean internamente la falta de amor. De esta manera, la mente se vuelve más y más comparativa, más y más posesiva, más y más dependiente estableciendo, debido a eso, un patrón en el que queda presa. A causa de que no puede mirar nada de un modo nuevo, como sí fuera por primera vez, destruye el perfume mismo de la vida, que es el amor.

VI

Cuando ustedes son jóvenes tienen curiosidad por saberlo todo acerca de todo, por qué brilla el sol, qué son las estrellas, quieren saberlo todo acerca de la luna y del mundo que nos rodea; pero cuando somos mayores, el conocimiento se vuelve una mera colección de informaciones sin sentimiento alguno. Se convierten en especialistas, saben mucho acerca de este o aquel tema y se interesan muy poco por las cosas que les rodean: el mendigo de la calle, el hombre rico que pasa cerca de ustedes en su automóvil. Si queremos saber por qué hay riqueza y pobreza en el mundo, podemos encontrar una explicación. Hay explicaciones para todo, y la explicación parece satisfacer a la mayoría de nosotros. Lo mismo es válido para la religión. Nos satisfacen las explicaciones; y a ese explicarlo todo lo llamamos conocimiento. ¿Es esto lo que entendemos por educación?

¿Aprendemos para descubrir, o meramente requerimos explicaciones, definiciones, conclusiones a fin de tranquilizar nuestras mentes y así no tener que seguir investigando? Nuestros mayores pueden habémoslo explicado todo, pero con eso han apagado generalmente nuestro interés. A medida que crecemos la vida se vuelve más compleja y muy difícil. ¡Hay tantas cosas para conocer, hay tanta desdicha y sufrimiento! Y viendo toda esta complejidad pensamos que hemos resuelto todo eso mediante explicaciones. Muere alguien y explicamos esa muerte; de tal modo, el sufrimiento se amortigua por medio de la explicación. Tal vez nos rebelemos contra la idea de la guerra mientras somos jóvenes, pero ya adultos aceptamos la explicación de la guerra y nuestras mentes se embotan. Cuando somos jóvenes, lo importante no es satisfacernos con explicaciones sino averiguar cómo es posible ser inteligentes y, de ese modo, descubrir la verdad de las cosas; y no podemos ser inteligentes si no somos libres. Se dice que la libertad llega sólo cuando somos viejos y sabios, pero no hay duda de que tiene que haber libertad mientras aún somos muy jóvenes; no libertad para hacer lo que nos plazca, sino libertad para comprender muy profundamente nuestros propios instintos e impulsos. Tiene que haber una libertad exenta de temor, pero no podemos estar libres del temor mediante una explicación. Somos conscientes de que existe la muerte y el miedo a la muerte. Pero explicando la muerte, ¿podemos saber qué es el morir o podemos estar libres del miedo a la muerte? A medida que vamos creciendo, es importante que tengamos la capacidad de pensar muy sencillamente.

¿Qué es la sencillez? ¿Quién es una persona sencilla? Un hombre que hace vida de ermitaño, que tiene muy pocas pertenencias, ¿es verdaderamente sencillo? ¿Acaso la sencillez no es algo por completo diferente? La sencillez es de la mente y del corazón. Casi todos somos muy complejos, tenemos muchas necesidades y muchos deseos. Por ejemplo, ustedes desean aprobar sus exámenes, desean conseguir un buen empleo, tienen ideales y quieren desarrollar un buen carácter, etc., ¡la mente tiene tantas exigencias! ¿Contribuye eso a la sencillez? ¿No es muy importante descubrirlo? Una mente compleja no puede descubrir la verdad de nada, no puede descubrir lo real, y ésa es nuestra dificultad. Desde la infancia nos educan para que nos amoldemos, y no sabemos cómo transformar la complejidad en simplicidad, en sencillez. Es sólo la mente muy sencilla y directa la que puede encontrar lo real, lo verdadero. Conocemos más y más, pero nuestras mentes nunca son sencillas. Y sólo la mente sencilla es creativa.

Cuando ustedes pintan el cuadro de un árbol, ¿qué es lo que están pintando? ¿Sólo una representación del árbol tal cual se ve, con sus hojas, sus ramas, su tronco, el árbol completo en todos sus detalles? ¿O lo pintan desde el sentimiento que el árbol ha despertado en ustedes? Si el árbol les dice algo y lo pintan desde esa experiencia interna, aunque lo que sienten pueda ser muy complejo, el cuadro que pintan será el resultado de una gran sencillez. Es indispensable, cuando son jóvenes, que mantengan la mente muy sencilla, incontaminado, aunque puedan tener toda la información que necesitan.

VII

Me gustaría discutir con ustedes el problema de la libertad. Es un problema muy complejo, y requiere profundo estudio y comprensión. Nosotros oímos hablar mucho de libertad, de libertad religiosa, de libertad para hacer lo que a uno le plazca. Hay eruditos que han escrito volúmenes acerca de todo esto. Pero yo creo que podemos abordar el problema de manera muy sencilla y directa, y tal vez eso nos traerá la verdadera solución.

No sé si alguna vez se han detenido ustedes a observar el maravilloso resplandor que hay en el Oeste cuando el sol se pone y la tímida luna joven asoma apenas sobre los árboles. A esa hora es frecuente que el río esté muy en calma y que todo se refleje en su superficie: el puente, el tren que pasa sobre él, la tierna luna... y en seguida, a medida que va oscureciendo, las estrellas. Es todo muy bello. Y para observar algo bello, para prestarle toda nuestra atención, la mente tiene que estar libre de preocupaciones, ¿no es así? No debe estar ocupada con problemas, con ansiedades, con especulaciones. Es sólo cuando la mente está muy quieta cuando uno puede realmente observar, porque entonces la mente es sensible a lo extraordinario de la belleza; y tal vez aquí esté la pista para nuestro problema de la libertad.

Ahora bien, ¿qué significa ser libre? ¿Es la libertad una cuestión de hacer lo que nos convenga, de ir adonde nos guste, de pensar lo que queramos? Esto es lo que de cualquier modo hacemos.

¿Significa ser libre el tener meramente independencia? Muchas personas en el mundo son independientes, pero muy pocas son libres. La libertad implica una gran inteligencia, ¿no es así? Ser libre es ser inteligente, pero la inteligencia no adviene simplemente porque uno desee ser libre; la inteligencia surge sólo cuando comenzamos a comprender todo el ambiente que nos rodea, las influencias sociales, religiosas, tradicionales, familiares que están cercándonos continuamente. Pero comprender las múltiples influencias -la influencia de nuestros padres, la de nuestro gobierno, la de la sociedad, la influencia de la cultura a que pertenecemos, la de nuestras creencias, nuestros dioses y supersticiones, la influencia de la tradición a la que nos amoldamos irreflexivamente-, comprender todo esto y librarse de ello requiere profundo discernimiento: pero por lo general nos rendimos a estas influencias porque internamente estamos atemorizados. Nos atemoriza no tener una buena posición en la vida; nos atemoriza lo que dirá nuestro sacerdote; tenemos miedo de no estar siguiendo la tradición, de no hacer lo correcto. Pero la libertad es realmente un estado mental en el que no existen el miedo ni la compulsión ni el apremio de la seguridad.

Casi todos queremos sentirnos seguros, ¿no es así? ¿Acaso no deseamos que se nos diga qué personas tan maravillosas somos, qué hermosos nos vemos, o qué inteligencia extraordinaria tenemos? De otro modo no pondríamos siglas a continuación de nuestros apellidos. Todo ese tipo de cosas nos brinda confianza en nosotros mismos, nos da una sensación de ser importantes. Todos deseamos ser personas famosas -y en el momento en que deseamos ser algo, ya no somos libres.

Por favor, vean esto, porque es la verdadera pista hacia la comprensión del problema de la libertad. Tanto en este mundo de los políticos, el mundo del poder, de la posición y la autoridad, como en el así llamado mundo espiritual -donde uno aspira a ser virtuoso, noble, santo-, en el momento en que deseamos ser “alguien”, ya no somos libres. Pero el hombre (o la mujer) que ve el absurdo de estas cosas y cuyo corazón es por ello inocente y, en consecuencia, no está movido por el deseo de ser “alguien”, ese hombre es libre. Si ustedes comprenden la sencillez de esto, también verán su extraordinaria belleza y profundidad.

Después de todo, los exámenes tienen ese propósito: darnos una posición, hacer que uno sea “alguien”. Los títulos, la posición y el conocimiento nos estimulan para que seamos alguna cosa especial. ¿No han advertido cómo sus padres y maestros les dicen que uno tiene que “llegar a algo” en la vida, que debe tener éxito, como lo tuvo el tío de uno o el abuelo? O que uno debe tratar de imitar el ejemplo de algún héroe, de ser como los maestros, los santos; y así jamás son ustedes libres. Ya sea que sigan el ejemplo de un gurú, de un santo, de un maestro o de un pariente, o se adhieren a una tradición en particular, todo eso implica de parte de ustedes una exigencia de ser algo o alguien; y es solamente cuando comprenden este hecho que hay libertad.

La educación tiene, pues, la función de ayudarles desde la infancia a no imitar a nadie, sino a ser Ustedes mismos todo el tiempo. Y ésta es una de las cosas más difíciles de realizar; ya sean ustedes feos o hermosos, ya sientan envidia o celos, que sean siempre “lo que son”, pero comprendiéndolo. Ser nosotros mismos es muy difícil, porque pensamos que eso que somos es innoble, y que si sólo pudiéramos cambiar lo que somos en algo noble, sería maravilloso -pero eso no sucede jamás. Mientras que si miramos lo que realmente somos y lo comprendemos, entonces en esa comprensión misma hay una transformación. De modo que la libertad radica, no en tratar de convertirse en algo diferente, ni en hacer lo que se nos ocurra que tenemos ganas de hacer, ni en seguir la autoridad de la tradición, ni la de nuestros padres, o la de nuestro gurú, sino en comprender lo que somos de instante en instante.

Vean, a ustedes no se les educa para esto; la educación que reciben los incita a convertirse en una cosa u otra, pero eso no es la comprensión de uno mismo. El “uno mismo”, el “yo”, es algo muy complejo; no es meramente la entidad que va a la escuela, que disputa, que juega, que teme, sino que es también algo oculto, no evidente. Ese “yo” está compuesto no sólo de todos los pensamientos que pensamos, sino también de todas las cosas que han introducido en nuestra mente otras personas, de los libros, los periódicos, nuestros líderes. Y sólo es posible comprender todo eso cuando no deseamos ser “alguien”, cuando no imitamos, cuando no somos seguidores o sea, cuando nos repelamos realmente contra toda la tradición de “llegar a ser” esto o lo otro. Esa es la única revolución verdadera que conduce a una extraordinaria libertad. Cultivar esta libertad es el verdadero sentido de la educación.

Sus padres, sus maestros, y los propios deseos de ustedes quieren que se identifiquen con una cosa u otra a fin de que sean felices, de que estén seguros. Pero para ser inteligentes, ¿no deben acaso desembarazarse de todas las influencias que pesan sobre ustedes y los esclavizan?

La esperanza de un mundo nuevo descansa en aquellos de ustedes que comiencen a ver lo que es falso y se rebelen contra ello, no sólo verbalmente sino de hecho. Y es por eso que deben buscar la clase correcta de educación; porque sólo cuando se desarrollen en libertad podrán crear un mundo nuevo, un mundo no basado en la tradición ni moldeado según la idiosincrasia de algún idealista o filósofo. Pero no podrá haber libertad mientras uno esté tratando meramente de llegar a ser “alguien” o de imitar algún ejemplo noble.

VIII

Tal vez algunos de ustedes no hayan comprendido por completo todo lo que he estado diciendo acerca de la libertad; pero, como lo he señalado, es muy importante que uno se exponga a ideas nuevas, a algo para lo cual puede no estar acostumbrado. Es bueno ver lo que es bello, pero ustedes tienen que observar también las cosas feas de la vida, tienen que estar despiertos a todo. De la misma manera, tienen que abrirse a cosas que quizás no comprenden por completo, porque cuanto más piensen y reflexionen sobre estos temas que pueden ser algo difíciles para ustedes, tanto mayor será la capacidad que tengan para vivir plenamente.

No sé si algunos de ustedes han advertido, temprano en la mañana, la luz del sol sobre el agua. Lo extraordinariamente suave que es esa luz, y cómo las aguas oscuras danzan, con la estrella matutina que asoma sobre los árboles -la única estrella en el cielo-. ¿Alguna vez han advertido algo de eso? ¿O están tan ocupados con la rutina diaria, que olvidan o jamás han conocido la espléndida belleza de esta tierra en la que todos nosotros tenemos que vivir? Sea que nos titulemos comunistas o capitalistas hindúes o budistas, musulmanes o cristianos, que estemos ciegos, inválidos, o estemos bien y seamos dichosos, esta tierra es nuestra. ¿Comprenden? Es nuestra tierra, no de algún otro; no es sólo la tierra del hombre rico, no pertenece exclusivamente a los dirigentes poderosos, a los nobles del país, sino que es nuestra tierra -de ustedes y mía. Somos nadie, y sin embargo también vivimos en esta tierra, y todos tenemos que vivir juntos. Este mundo es tanto del pobre como del rico, del iletrado como del instruido. Éste es nuestro mundo, y pienso que es muy importante sentir esto y amar la tierra, no ocasionalmente en una mañana apacible, sino todo el tiempo. Podemos sentir que éste es nuestro mundo y amarlo, únicamente cuando comprendemos qué es la libertad.

En los tiempos actuales no existe tal cosa como la libertad, no sabemos lo que eso significa. Nos gustaría ser libres, pero si lo observan verán que todos -el maestro, el padre, el abogado, el policía, el soldado, el político, el hombre de negocios-, todos están haciendo, cada cual en su propio pequeño rincón, alguna cosa para impedir esa libertad. Ser libre no es hacer meramente lo que nos place, o romper con las circunstancias externas que nos atan, sino comprender todo el problema de la dependencia. ¿Saben qué es la dependencia? Ustedes dependen de sus padres, ¿no es así? Dependen de sus maestros, del cocinero, del cartero, del lechero, etc. Esa clase de dependencia puede uno comprendería muy fácilmente. Pero hay una clase de dependencia mucho más profunda que uno debe comprender antes de que pueda ser libre: es cuando nuestra felicidad depende de otro.

¿Saben ustedes lo que implica que dependan de alguien para ser felices? No la mera dependencia física con respecto a otra persona -esa dependencia no nos ata- sino la dependencia interna, psicológica, de la cual derivamos nuestra así llamada felicidad; porque cuando uno depende de ese modo de alguien, se convierte en un esclavo.

Si, a medida que van creciendo, dependen emocionalmente de sus padres, de la esposa o el marido, de un gurú, o de alguna idea, ya está ahí el comienzo de la esclavitud. No comprendemos esto, a pesar de que casi todos nosotros, especialmente cuando somos jóvenes, queremos ser libres.

Para ser libres tenemos que rebelarnos contra toda dependencia interna, y no podremos hacerlo sin comprender por qué dependemos. Hasta que comprendamos eso y realmente abandonemos toda dependencia interna, jamás podremos ser libres, porque sólo en esa comprensión hay libertad. Pero la libertad no es una mera reacción. ¿Saben ustedes lo que es la reacción? Si yo digo algo que los lastima, si califico a alguien con una palabra desagradable, esa persona se enoja conmigo, lo cual es una reacción, una reacción que nace de la dependencia; y la independencia es una reacción más.

Pero la libertad no es una reacción, y hasta que comprendamos la reacción y podamos ir más allá, jamás seremos libres.

¿Saben ustedes lo que significa amar a alguien? ¿Saben lo que significa amar un árbol, un pájaro, amar a un pequeño animalito, cuidarlo, alimentarlo, acariciarlo aunque no reciban nada en cambio, aunque el árbol no les dé sombra, ni el animalito los siga o dependa de ustedes? Casi nadie ama de esta manera, no sabemos en absoluto lo que esto significa, porque nuestro amor está siempre obstruido por la ansiedad, por los celos y el temor -lo cual implica que dependemos internamente de otro y necesitamos que se nos guíe. No amamos simplemente y lo dejamos ahí sino que pedimos algo a cambio; y en ese mismo pedir nos volvemos dependientes.

Así que la libertad y el amor van juntos. El amor no es una reacción. Si yo amo a alguien porque me ama, eso es un mero comercio, una cosa que se compra en el mercado. No es amor. Amar es no pedir nada en cambio, ni siquiera sentir que uno está dando algo -y es sólo un amor así el que puede conocer la libertad. Pero ya lo ven, a ustedes no se los educa para esto. Se les enseña matemática, química geografía, historia. Y ahí termina la cosa, porque a los padres de ustedes sólo les interesa ayudarlos a que obtengan un buen empleo y tengan éxito en la vida. Si ellos poseen dinero suficiente, pueden enviarlos al extranjero; pero, al igual que el resto del mundo, todo el propósito de ellos es que ustedes lleguen a ser ricos y tengan una posición respetable en la sociedad. Y cuanto más alto trepa uno, tanto mayor es la desdicha que ocasiona a otros, porque para llegar ahí tiene uno que competir, tiene que ser despiadado. De ese modo, los padres envían a sus hijos a las escuelas, donde hay ambición, competencia, donde no hay amor en absoluto, y es por eso que una sociedad como la nuestra se está deteriorando en medio de una constante rivalidad y del conflicto; y aunque los políticos, los jueces, los nobles del país como se les llama, hablen de paz, eso no significa absolutamente nada.

Ahora bien, ustedes y yo tenemos que comprender todo este problema de la libertad. Tenemos que descubrir por nosotros mismos qué significa amar; porque si no amamos, nunca podremos ser solícitos, atentos; nunca podremos ser considerados con los demás. ¿Saben qué significa ser considerado? Cuando vemos una piedra aguda en un sendero que transitan muchos pies desnudos, levantamos esa piedra no porque alguien nos lo haya pedido, sino porque nos compadecemos del otro -no importa quien sea, puede ser alguien a quien tal vez jamás conoceremos. Para plantar un árbol y cuidarlo con esmero, para mirar el río y gozar la plenitud de la tierra, para observar un pájaro volando y percibir la belleza de su vuelo, para tener sensibilidad y estar abiertos a este movimiento extraordinario llamado vida, para todo esto tiene que haber libertad; sin amor, la libertad es meramente una idea que carece en absoluto de validez. Por tanto, sólo para aquellos que comprenden la dependencia interna y rompen con ella y, en consecuencia, saben lo que es el amor, puede haber libertad; y son solamente ellos los que darán origen a una nueva civilización, a un mundo diferente.

IX

Entre tantas cosas en la vida, ¿han considerado ustedes alguna vez la razón de que casi todos seamos más bien descuidados -descuidados en nuestro vestir, en nuestros modales, en nuestros pensamientos, en nuestra manera de hacer las cosas? ¿Por qué somos tan poco puntuales y, por tanto, desconsiderados con otros? ¿Y qué es lo que trae orden en todo ello, orden en nuestro vestir, en nuestros pensamientos, en nuestro hablar, en nuestra manera de caminar, en el modo como tratamos a aquellos que son menos afortunados que nosotros? ¿Qué es lo que origina este curioso orden que llega sin compulsión, sin plan alguno, sin premeditación? ¿Alguna vez han pensado en ello? ¿Saben qué es lo que entiendo por orden? Es sentarse tranquilamente, sin apremio alguno, comer con elegancia y sin prisa, actuar pausadamente y, no obstante, con precisión, ser claro en el pensar y, aun así, efusivo. ¿Qué es lo que genera este orden en la vida? Es un punto realmente muy importante, y pienso que, si a uno pudieran educarlo para descubrir el factor que genera orden, ello tendría una gran significación.

Ciertamente, el orden adviene sólo a través de la virtud; porque a menos que seamos virtuosos, no solamente en las cosas pequeñas sino en todas las cosas, nuestra vida se vuelve caótica, ¿no es así? Ser virtuosos tiene poco significado en sí mismo; pero debido a que somos virtuosos, hay precisión en lo que pensamos, hay orden en todo nuestro ser -y ésa es la función de la virtud.

Pero, ¿qué ocurre cuando un hombre trata de volverse virtuoso, cuando se disciplina para ser amable, eficiente, reflexivo, considerado, cuando procura no lastimar a los demás, cuando gasta sus energías en tratar de establecer orden, en esforzarse por ser bueno? Sus esfuerzos sólo conducen a la respetabilidad, la cual genera mediocridad en la mente; por lo tanto, ese hombre no es virtuoso.

¿Han mirado alguna vez muy de cerca una flor? ¡Qué asombrosamente precisa es, con todos sus pétalos...! No obstante, es extraordinariamente delicada, con su belleza, su perfume. Ahora bien, cuando un hombre trata de ser ordenado, su vida puede ser muy precisa, pero ha perdido esa cualidad de delicadeza que adviene sólo cuando, como en la flor, no hay esfuerzo alguno. Nuestra dificultad, pues, consiste en ser precisos, claros y efusivos sin ningún esfuerzo.

Vean, el esfuerzo para ser ordenados o metódicos, tiene una influencia muy limitadora. Si yo trato deliberadamente de ser ordenado en mi habitación, si tengo sumo cuidado de ponerlo todo en su lugar, si siempre estoy vigilándome a mí mismo -dónde pongo los pies, etc.- entonces, ¿qué sucede? Me convierto en un pesado intolerable para mí mismo y para los demás. Es una persona muy aburrida aquella que siempre está tratando de ser “alguien” o “algo”, cuyos pensamientos están muy cuidadosamente arreglados, que escoge un pensamiento con preferencia a otro. Una persona así puede ser muy pulcra, muy clara, puede usar las palabras con precisión y ser muy atenta y considerada, pero ha perdido la alegría creativa del vivir.

¿Cuál es, entonces, el problema? ¿Cómo puede uno tener esta alegría creativa del vivir, ser efusivo en sus sentimientos, amplio en el pensar y, no obstante, ser preciso, claro, ordenado en el vivir? Pienso que la mayoría de nosotros no es así, porque jamás sentimos nada intensamente, jamás entregamos por completo a algo nuestras; mentes y nuestros corazones. Recuerdo haber estado observando a dos ardillas rojas que, con sus espesas y largas colas y su hermoso pelaje, estuvieron persiguiéndose mutuamente hacia arriba y abajo de un alto árbol durante casi diez minutos y sin detenerse ni un instante -tan sólo por la alegría de vivir. Pero ustedes y yo no podemos conocer esa alegría si no sentimos las cosas profundamente, si no hay pasión en nuestras vidas -pasión, no para hacer el bien o para producir alguna reforma, sino pasión en el sentido de percibir las cosas con mucha fuerza; y esa pasión vital sólo podemos tenerla cuando hay una revolución completa en nuestro pensar, en la totalidad de nuestro ser.

¿Han advertido qué pocos de nosotros tenemos un sentimiento profundo con respecto a cualquier cosa, sea lo que fuere? ¿Alguna vez se rebelan ustedes contra sus maestros, contra sus padres, no sólo porque algo no les gusta sino porque sienten profunda, ardientemente, que no quieren hacer ciertas cosas? Si sienten de ese modo con respecto a algo, descubrirán que este sentir mismo trae, curiosamente, un orden nuevo en sus vidas.

El orden, la limpieza y claridad en el pensar, no son muy importantes en sí mismos, pero se vuelven importantes para un hombre que es sensible, que siente de manera profunda, que se halla en un estado de perpetua revolución interna. Si ustedes sienten con intensidad el sino del pobre, del mendigo que recibe en su rostro el polvo que le arroja el automóvil del rico que pasa a su lado, si son extraordinariamente receptivos, sensibles a todo, entonces esa misma sensibilidad trae consigo el orden, la virtud; y creo que esto es muy importante que lo comprendan, tanto el educador como el estudiante.

En este país, desafortunadamente, igual que en todo el mundo, las cosas nos interesan muy poco, no tenemos un sentimiento profundo por nada. Casi todos somos intelectuales -intelectuales en el sentido superficial de ser muy ingeniosos, de estar llenos de palabras y teorías acerca de lo que es bueno y lo que es malo, acerca de lo que debemos pensar y de lo que debemos hacer. Mentalmente estamos muy desarrollados, pero internamente hay muy poca sustancia o significación; y es esta sustancia interna la que da origen a la acción verdadera, que no es la acción conforme a una idea.

Por eso es que deben ustedes tener sentimientos muy intensos -sentimientos de pasión, de ira- y observarlos, jugar con ellos, porque si meramente los reprimen, si dicen: “No debo enojarme, no debo ser apasionado porque eso está mal”, encontrarán que poco a poco la mente se encierra en una idea y, debido a eso, se vuelve muy superficial. Podremos ser inmensamente hábiles, podremos tener conocimientos enciclopédicos, pero si no existe la vitalidad de un sentir intenso y profundo, nuestra comprensión es como una flor que carece de perfume.

Es muy importante que comprendan todas estas cosas mientras son jóvenes, porque entonces, cuando crezcan, serán verdaderos revolucionarios -revolucionarios no conforme a una ideología, teoría o libro, sino revolucionarios en el sentido total de la palabra, seres humanos integrados por completo, de modo que no quede en ustedes ni un solo punto contaminado por lo viejo. Entonces tendrán una mente fresca, inocente y, por tanto, capaz de una creatividad extraordinaria. Pero si confunden el significado de todo esto, la vida se les volverá muy monótona y rutinaria, porque serán arrollados por la sociedad, por la familia, por la esposa o el marido, por las teorías, por las organizaciones religiosas o políticas. Por eso es tan perentorio para ustedes que se los eduque apropiadamente -lo cual implica que han de tener maestros que puedan ayudarlos a abrirse paso por la costra de la así llamada civilización, a fin de que sean, no máquinas repetidoras, sino individuos en cuyo interior haya realmente un canto y que, por tanto, sean seres humanos felices, creativos.

X

¿Se han sentado alguna vez quietamente, sin ningún movimiento? Traten de hacerlo, siéntense realmente en silencio, con la espalda recta, y observen lo que ocurre en la mente de ustedes. No intenten controlarla, no digan que no debería saltar de un pensamiento a otro, de un interés a otro, sino sólo estén atentos a cómo la mente está saltando. No hagan nada al respecto, sólo obsérvenla, como observan desde las márgenes de un río las aguas que fluyen. En el río que fluye hay tantas cosas -peces, hojas, animales muertos- pero el río está siempre vivo, moviéndose, y nuestra mente es como ese río. Está perpetuamente inquieta, revoloteando de una cosa a otra, como una mariposa.

Cuando ustedes escuchan un canto, ¿cómo lo escuchan? La persona que canta puede ser que les agrade, que tenga un rostro hermoso, y ustedes tal vez sigan el significado de las palabras; pero detrás de todo eso, cuando escuchan un canto están escuchando los tonos y el silencio que existe entre los tonos, ¿no es así? Del mismo modo, traten de sentarse muy tranquilamente, sin inquietarse, sin mover las manos, ni siquiera los dedos de los pies, y sólo vigilen la mente. Es una gran diversión hacer eso. Si lo tratan como una diversión, como algo entretenido, descubrirán que la mente comienza a serenarse sin que ustedes hagan esfuerzo alguno para controlarla. Entonces no hay censor, ni juez, ni evaluador; y cuando la mente se aquieta de esta manera, cuando está espontáneamente silenciosa, descubrirán ustedes qué es sentir júbilo. ¿Saben qué es el júbilo? Es reír, deleitarse con todo o con nada, conocer la alegría de vivir, sonreír, mirar de frente a otra persona, sin sentimiento alguno de temor.

¿Alguna vez han mirado a alguien de frente? ¿Alguno de ustedes ha mirado así el rostro de su maestro, de su padre, del funcionario importante, del sirviente, y ha visto lo que ocurre? Casi todos tenemos miedo de mirar a otro directamente al rostro: y los demás tampoco quieren que se los mire de esa manera, porque también tienen miedo. Nadie quiere revelarse a sí mismo; estamos todos en guardia, nos escondemos detrás de múltiples capas de desdicha, sufrimiento, anhelo, esperanza, y son pocos los que pueden mirarlo a uno de frente y sonreír. Y es muy importante sonreír, ser dichosos; porque vean, sin un canto en el corazón la vida se vuelve muy insípida. Uno puede ir de templo en templo, de un marido a otro, de una esposa a otra, o puede encontrar un nuevo maestro o gurú; pero si no existe este júbilo interno, la vida tiene muy poco sentido. Y encontrar este júbilo interno no es fácil, porque la mayoría de nosotros sólo está superficialmente descontenta.

¿Saben lo que significa estar descontento? Es muy difícil comprender el descontento, porque casi todos nosotros canalizamos el descontento en cierta dirección, y por eso lo ahogamos. O sea, que nuestra única preocupación es afirmarnos en una posición segura, con intereses y un prestigio bien establecidos, a fin de que no se nos perturbe. Esto ocurre en los hogares y también en las escuelas. Los maestros no quieren que se los perturbe, y es por eso que siguen la vieja rutina; porque apenas está uno realmente descontento y comienza a inquirir, a cuestionar, por fuerza tiene que haber perturbación. Pero es sólo a través del verdadero descontento que uno tiene iniciativa.

¿Saben lo que es la iniciativa? Uno tiene iniciativa cuando inicia o emprende algo sin ser impulsado a ello. No tiene que ser algo muy grande o extraordinario -eso puede venir después. Pero la chispa de la iniciativa está ahí cuando plantamos un árbol por nosotros mismos cuando somos espontáneamente bondadosos, cuando le sonreímos a un hombre que lleva una carga pesada, cuando removemos una piedra del sendero, o acariciamos a un animal que pasa a nuestro lado. Ese es un pequeño comienzo de la tremenda iniciativa que deben tener si han de conocer esta cosa extraordinaria llamada creatividad. La creatividad tiene sus raíces en la iniciativa que sólo surge cuando hay un profundo descontento.

No le teman al descontento; aliméntenlo hasta que la chispa se convierta en una llama y estén perpetuamente descontentos de todo -de sus empleos, de sus familias, de la tradicional persecución del dinero, de la posición, del poder – de modo que realmente comiencen a reflexionar sobre todo ello, a descubrir. Pero a medida que pasen los años, encontrarán que es muy difícil mantener este espíritu del descontento. Uno tiene hijos de los cuales encargarse, y debe considerar las exigencias de su empleo; está la opinión de nuestros semejantes, de la sociedad que establece un cerco alrededor de nosotros, y pronto comenzamos a perder esta llama ardiente del descontento. Cuando nos sentimos descontentos, encendemos la radio, acudimos a un gurú, practicamos nuestras oraciones, ingresamos a un club, bebemos, corremos tras las mujeres -cualquier cosa para ahogar la llama. Pero sin esta llama del descontento, jamás tendrán ustedes la iniciativa que es el principio de la creatividad. Para descubrir lo que es verdadero, deben ustedes rebelarse contra el orden establecido; pero cuanto más dinero poseen sus padres, y cuanto más seguros están los maestros en sus empleos, tanto menos desean que ustedes se rebelen.

La creatividad no es meramente un asunto de pintar cuadros o de escribir poemas, lo cual es bueno que se haga, pero eso es muy poco en sí mismo. Lo importante es estar totalmente descontentos, porque ese descontento total es el principio de la iniciativa que se vuelve creativa a medida que madura; y ése es el único camino para descubrir que es la verdad, qué es Dios, porque el estado creativo es Dios.

Por lo tanto, uno debe tener este descontento total -pero con alegría, ¿comprenden? uno debe estar totalmente descontento, no quejumbrosamente sino con alegría, con júbilo, con amor. Casi todas las personas que están descontentas son terriblemente pesadas; están siempre quejándose de que una cosa u otra no andan bien, o anhelan encontrarse en una posición mejor, o desean que las circunstancias sean diferentes, porque su descontento es muy superficial. Y los que no están descontentos en absoluto, ya están muertos.

Si pueden, estén en rebelión mientras son jóvenes y, a medida que crezcan, mantengan su descontento vivo con la vitalidad del júbilo y del gran afecto; entonces esa llama del descontento tendrá una significación extraordinaria porque creará, dará origen a cosas nuevas. Para esto, deben tener ustedes la correcta clase de educación, que no es la que los prepara meramente para obtener un empleo o para trepar la escalera del éxito, sino que es la educación que les ayuda a pensar y les da espacio -espacio, no en la forma de un dormitorio más grande o de un techo más alto, sino el espacio para que la mente de ustedes florezca de tal manera que no esté atada por ninguna creencia, por ningún temor.

XI

La mayoría de nosotros se aferra a una pequeña parte de la vida y piensa que, a través de esa parte, descubrirá lo total. Sin abandonar la habitación, esperamos explorar el río en toda su extensión y anchura, y percibir la riqueza de los pastos a lo largo de sus márgenes. Vivimos en una pequeña habitación, pintamos sobre un pequeño lienzo, y pensamos que hemos tomado la vida de la mano o que hemos comprendido el significado de la muerte; pero no es así. Para hacer eso tenemos que salir afuera. Y es extraordinariamente difícil salir afuera, dejar la habitación con su estrecha ventana y verlo todo tal como es, sin juzgar, sin condenar, sin decir: “Esto me gusta y aquello no me gusta”; porque, como decíamos, casi todos pensamos que a través de la parte comprenderemos la totalidad. A través de uno solo de sus rayos esperamos comprender la rueda; pero un rayo no hace la rueda, ¿verdad? Se requieren muchos rayos, así como un eje y un aro, para hacer esa cosa llamada rueda, y necesitamos ver la rueda completa a fin de entenderla. Del mismo modo, tenemos que percibir el proceso total del vivir si es que realmente queremos comprender la vida.

Espero que estén siguiendo todo esto, porque la educación debe ayudarles a comprender la totalidad de la vida y no prepararlos meramente para que consigan un empleo y sigan el camino habitual con el matrimonio, los hijos, el seguro, y los pequeños dioses. Pero la clase apropiada de educación requiere mucha inteligencia, discernimiento, y por eso es tan importante que el educador mismo se edifique para comprender el proceso total de la vida, y no para enseñarles meramente de acuerdo con una fórmula, vieja o nueva.

La vida es un misterio extraordinario -no el misterio que hay en los libros, no el misterio de que habla la gente, sino un misterio que uno ha de descubrir por sí mismo; y por eso es tan importante para ustedes comprender lo pequeño, lo limitado, lo trivial, e ir más allá de todo eso.

Si no empiezan a comprender la vida mientras son jóvenes, cuando crezcan serán muy feos internamente, serán torpes, vacuos por dentro, aunque exteriormente puedan tener dinero, viajar en costosos automóviles y darse muchos aires. Por eso es tan indispensable que abandonen la pequeña habitación en que se encuentran y perciban toda la extensión de los cielos. Pero no pueden hacerlo a menos que tengan amor -no amor corporal o amor divino, sino sencillamente amor, que implica amar los pájaros, los árboles, las flores, amar a sus maestros, a sus padres y, más allá de sus padres, amar a la humanidad.

¿No será una gran tragedia si no descubren por sí mismos qué es amar? Si no conocen el amor ahora, jamás lo conocerán, porque a medida que pasen los años, lo que llaman amor se convertirá en algo muy feo -una posesión, una especie de mercadería que se compra y se vende. Pero si desde ahora mismo comienzan a tener amor en el corazón, si aman el árbol que plantan, el animal abandonado que acarician, entonces, a medida que vayan creciendo, no se quedarán en su pequeña habitación con su pequeña ventana, sino que saldrán de ahí y amarán la totalidad de la vida.

El amor es factual, no es algo emocional, algo sobre lo cual haya que llorar; no es un sentimiento. No hay sentimentalismo alguno en relación con el amor. Y es una cuestión muy seria e importante que ustedes conozcan el amor mientras son jóvenes. Sus padres y maestros tal vez no conocen el amor, y es por eso que han creado un mundo terrible -sociedades que están perpetuamente en guerra consigo mismas y con otras sociedades. Sus religiones, sus filosofías e ideologías son todas falsas porque ellos carecen de amor. Perciben tan sólo una parte; miran por una ventana estrecha desde la cual la vista puede ser agradable y amplia, pero ésa no es la extensión total de la vida. Si no sienten este intenso amor, jamás podrán tener esta percepción de lo total; por lo tanto, serán siempre desdichados, y al final de sus vidas no tendrán sino cenizas, un montón de palabras vacías.

XII

Pienso que es una cosa muy rara que, después de dejar la escuela, encontremos la felicidad en la etapa posterior de nuestra vida. Cuando ustedes se vayan de aquí, estarán enfrentándose a problemas extraordinarios: el problema de la guerra, los problemas de la relación personal, los problemas como ciudadanos, el problema de la religión y el constante conflicto dentro de la sociedad; y me parece que sería una falsa educación la que no nos preparara para afrontar estos problemas y así poder dar origen a un mundo genuino y más feliz. Ciertamente, corresponde a la educación, especialmente en una escuela donde tienen la oportunidad de la expresión creativa, ayudar a los estudiantes a que no queden atrapados en esas influencias sociales y ambientales que estrecharán sus mentes y, por ende, limitarán su perspectiva de la vida y su posibilidad de ser felices; y me parece que aquellos que están a punto de ingresar en el colegio, deberían conocer por sí mismos los múltiples problemas que todos afrontamos. Es muy importante, sobre todo en el mundo al que van a enfrentarse, tener una inteligencia extraordinariamente clara, y esa inteligencia no puede tener su origen en ninguna influencia externa ni en los libros. Llega, pienso, cuando uno se da cuenta de estos problemas y puede encararlos, no en un sentido personal o limitado, no como americano o hindú o comunista, sino como un ser humano capaz de sostener la responsabilidad de percibir el verdadero valor de las cosas tal como son y no interpretarlas conforme a alguna ideología particular o a algún determinado patrón de pensamiento.

¿No es importante que la educación nos prepare a cada uno de nosotros para comprender y encarar nuestros problemas humanos, y no que nos provea meramente de conocimientos o de adiestramiento tecnológico? Porque ya ven, la vida no es nada fácil. Ustedes pueden haber disfrutado de un período feliz, un período creativo, un período en el cual han madurado; pero cuando dejen la escuela, las cosas empezarán a ocurrir y a cercarles, estarán limitados no sólo por las relaciones personales sino por las influencias sociales, por sus propios temores y por la inevitable ambición de triunfar. Pienso que ser ambicioso es una calamidad. La ambición es una forma de interés propio, de encierro en uno mismo; por lo tanto, engendra mediocridad de la mente. Vivir en un mundo lleno de ambición sin ser ambicioso significa, realmente, amar algo por sí mismo sin buscar recompensa, un resultado; y eso es muy difícil, porque todo el mundo, todos nuestros amigos, nuestras relaciones, todos están luchando para triunfar, para realizarse personalmente, para ser alguien. Pero comprender todo esto, libramos de ello y hacer algo que realmente amamos -no importa qué, por modesto o poco reconocido que sea-, eso, pienso, despierta el espíritu de grandeza que nunca busca aprobación ni recompensa, que hace las cosas por amor a ellas mismas y que, por lo tanto, tiene la fuerza y la capacidad de no quedar atrapado en la influencia de la mediocridad. Pienso que es muy importante que vean eso mientras son jóvenes, porque las revistas, los periódicos, la televisión y la radio acentúan constantemente el culto al éxito, y con eso alientan la ambición y la competencia que engendran mediocridad de la mente. Cuando ustedes son ambiciosos, están ajustándose meramente a un patrón particular de la sociedad, sea en América, en Rusia o en la India; por lo tanto, están viviendo en un nivel muy superficial. Cuando dejen la escuela e ingresen en el colegio, y más tarde se enfrenten al mundo, me parece que lo importante es que no se rindan, que no inclinen sus cabezas ante las distintas influencias, sino que las afronten y las comprendan tal como son y vean cuál es la verdadera significación y el valor que tienen; y que hagan todo esto con espíritu bondadoso y gran fuerza interior, lo cual no creará más discordia en el mundo. Pienso, pues, que una verdadera escuela debe traer una bendición al mundo merced a sus estudiantes. Porque el mundo necesita una bendición, se encuentra en un estado terrible; y la bendición podrá venir sólo cuando nosotros, como individuos, no estemos buscando el poder, no estemos tratando de satisfacer nuestras ambiciones personales, sino que tengamos una clara comprensión de los inmensos problemas con los que todos estamos enfrentados. Esto requiere una gran inteligencia, la cual implica, en realidad, una mente que no piensa de acuerdo con ningún patrón particular, sino que es libre en sí misma y, por lo tanto, tiene la capacidad de ver lo que es verdadero y dejar de lado lo que es falso.

XIII

Estoy seguro de que todos hemos experimentado, una que otra vez, una gran sensación de tranquilidad y belleza que llega a nosotros desde los campos verdes, desde el sol poniente, desde las serenas aguas o los picos coronados de nieve. Pero, ¿qué es la belleza? ¿Es meramente lo que apreciamos, o la belleza es algo aparte de la percepción? Si uno tiene buen gusto en el vestir, si usa colores que armonizan, si tiene modales dignos, si habla serenamente y se mantiene erguido, todo eso contribuye a la belleza, ¿no es así? Pero ésa es meramente la expresión externa de un estado interior, como un poema que escribimos o un cuadro que pintamos. Uno puede mirar el campo verde que se refleja en el río, y no experimentar sensación alguna de belleza, pasar simplemente de largo. Si, como ocurre con el pescador, vemos todos los días como las golondrinas vuelan sobre la superficie del agua, eso probablemente significará muy poco para nosotros; pero si estamos atentos a la extraordinaria belleza de algo como eso, ¿qué es lo que pasa dentro de nosotros y nos hace decir: “¡Qué bello es!”? ¿Qué es lo que hace surgir este sentido interno de la belleza? Está la belleza de la forma externa: ropas de buen gusto, hermosas pinturas, muebles atractivos, o ausencia total de muebles, paredes bien proporcionadas, ventanas perfectas en su diseño, etc. No estoy hablando solamente de eso, sino de aquello que hace surgir esta belleza interior.

Ciertamente, para poseer esta belleza interior, tiene que haber una total entrega del ser; hay que sentir que no se está apegado a nada, que no hay represión ni defensa ni resistencia alguna; pero si esto no viene acompañado por la austeridad, la entrega de uno mismo se vuelve caótica. Y, ¿sabemos nosotros qué significa ser austeros, contentarnos con poco y no pensar en términos de “más”? Tiene que existir esta entrega total acompañada de una profunda austeridad interna -la austeridad que es extraordinariamente sencilla porque la mente no está adquiriendo o ganando nada-; no piensa en términos de “más”. Es la sencillez nacida de la entrega de nosotros mismos con austeridad, la que da origen a la belleza creativa. Pero si no hay amor, no podemos ser sencillos, no podemos ser austeros. Podremos hablar de sencillez y austeridad, pero sin amor éstas son una mera forma de compulsión y, por lo tanto, no existe la entrega de nosotros mismos. Sólo tiene amor aquel que se entrega y se olvida por completo de sí mismo y, por eso, da origen al estado de belleza creativa.

La belleza, obviamente, incluye la armonía de la forma; pero sin la belleza interior, la mera apreciación sensoria de la belleza formal, conduce a la degradación, a la desintegración. Hay belleza interior sólo cuando sentimos verdadero amor por la gente y por todas las cosas de la tierra; y con ese amor adviene un sentido extraordinario de consideración, de atención, de paciencia. Podremos tener una técnica perfecta, como la que tienen un cantante o un poeta, podremos saber cómo pintar o cómo reunir palabras, pero sin esta creativa belleza interior nuestro talento tendrá muy poca significación.

Desafortunadamente, casi todos nos estamos convirtiendo en meros técnicos. Aprobamos exámenes, adquirimos esta u otra técnica a fin de ganarnos la subsistencia; pero adquirir cierta técnica o desarrollar una capacidad sin prestar atención al estado interno, origina fealdad y caos en el mundo. Si despertamos interiormente la belleza creativa, ésta se expresa a sí misma en lo externo, y entonces hay orden. Pero eso es mucho más difícil que adquirir una técnica, porque implica la completa abnegación de nosotros mismos, implica vivir sin temor alguno, sin represión, sin resistencia, sin defensas; y podemos entregarnos así sólo cuando hay austeridad, un sentido de gran sencillez interna. Externamente podremos ser muy sencillos, no tener más que unas pocas ropas y conformarnos con una comida al día; pero eso no es austeridad. Hay austeridad cuando la mente es capaz de una experiencia infinita -cuando tiene experiencias y, no obstante, permanece siendo muy sencilla. Pero ese estado puede surgir sólo cuando la mente ya no está pensando en términos de “más”, en términos de poseer o de llegar a ser alguna cosa a través del tiempo.

Aquello de que estoy hablando puede ser difícil de comprender para ustedes, pero es realmente muy importante. Vean, los técnicos no son creadores; y hay cada vez más técnicos en el mundo, personas que saben lo que tienen que hacer y cómo hacerlo, pero que no son creadoras. En los Estados Unidos hay máquinas calculadoras capaces de resolver, en pocos minutos, problemas matemáticos que a un hombre le tomarla cien años resolverlos trabajando a razón de diez horas por día. Ya se están desarrollando estas máquinas extraordinarias. Pero las máquinas jamás pueden ser creadoras -y los seres humanos se están volviendo más y más como máquinas. Aun cuando se rebelan, su rebelión está dentro de los límites de la máquina y, por consiguiente, no es rebelión en absoluto.

Es, pues, muy importante descubrir qué implica ser creativo. Podemos ser creativos sólo cuando hay una completa entrega de nosotros mismos -o sea, cuando realmente no hay sentido alguno de compulsión, ni temor de no ser, de no lograr, de no llegar. Entonces existe una gran austeridad, una gran sencillez y, con ello, hay amor. Todo eso es la belleza, el estado de creatividad.

XIV

¿Nos hemos sentado alguna vez muy quietamente con los ojos cerrados, observando el movimiento de nuestro propio pensar? ¿Hemos observado cómo trabaja nuestra mente? O más bien, ¿se ha observado nuestra mente a sí misma mientras opera, sólo para ver lo que son nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, para ver como miramos los árboles, las flores, los pájaros, cómo miramos a la gente, cómo respondemos a una sugestión o cómo reaccionamos a una idea nueva? ¿Hemos hecho esto alguna vez? ¿Lo han hecho ustedes? Si no lo han hecho, se están perdiendo muchísimo. Saber cómo trabaja la mente de uno es un propósito básico de la educación. Si no sabemos cómo reacciona nuestra mente, si nuestra mente no se da cuenta de sus propias actividades, jamás descubrirá qué es la sociedad. Podremos leer libros sobre sociología, estudiar ciencias sociales, pero si no sabemos cómo trabaja nuestra propia mente, no podremos comprender qué es la sociedad, porque nuestra mente forma parte de la sociedad; es la sociedad. Nuestras reacciones, nuestras creencias, nuestro acudir al templo, las ropas que vestimos, las cosas que hacemos y no hacemos, lo que pensamos, la sociedad está constituida por todo esto, es la réplica de lo que ocurre en nuestra propia mente. Por lo tanto, nuestra mente no se encuentra aparte de la sociedad, no es distinta de nuestra cultura, de nuestra religión, de las múltiples divisiones de clase, de las ambiciones y conflictos de las masas. Todo esto es la sociedad, y nosotros formamos parte de ella. No hay un “nosotros” o un “ustedes” separado de la sociedad.

Ahora bien, la sociedad está tratando siempre de controlar, de formar, de moldear el pensar de los jóvenes. Desde el momento en que nacen y comienzan a recibir impresiones, el padre y la madre de ustedes les están diciendo constantemente lo que deben y no deben hacer, lo que deben y no deben creer; les dicen que hay un Dios, o que no hay un Dios sino un Estado y que cierto dictador es el profeta del mismo. Desde la infancia vierten estas cosas dentro de ustedes, lo cual implica que sus mentes -que son muy jóvenes, impresionables, inquisitivas, que tienen curiosidad de conocer, deseo de descubrir- se vean gradualmente encajonadas, condicionadas, moldeadas para que ustedes se ajusten a una sociedad particular y no sean revolucionarios. Puesto que el pensar conforme a un patrón ya ha sido establecido en ustedes, cuando alguna vez se “repelan” lo hacen dentro del patrón. Como los prisioneros que se rebelan para tener mejor comida, mayores comodidades -pero siempre dentro de la prisión. Cuando buscan a Dios, o tratan de averiguar qué gobierno es el apropiado, lo hacen siempre dentro del patrón de la sociedad, que dice: “Esto es verdadero y aquello es falso, esto es bueno y aquello es malo, éste es el líder justo y éstos son los santos”. Por consiguiente, la rebelión de ustedes -como la así llamada “revolución” que llevan a cabo personas ambiciosas o muy hábiles- está siempre limitada por el pasado. Eso no es rebelión, eso no es revolución; es meramente una actividad más intensa, una lucha más valerosa dentro del patrón. La verdadera rebelión, la verdadera revolución, consiste en romper con el patrón e investigar fuera de él.

Vean, todos los reformadores -no importa quiénes sean- se interesan tan sólo en mejorar las condiciones dentro de la prisión. Jamás nos dicen que no nos amoldemos, jamás dicen: “Ábranse paso por los muros de la tradición y la autoridad, quítense de encima el condicionamiento que sujeta a la mente”. Y ésa es la verdadera educación; no solamente exigirles que aprueben sus exámenes para los cuales se han llenado la cabeza, o que formulen por escrito lo que han aprendido de memoria; la educación es para ayudarles a que vean los muros de esta prisión en que se halla recluida la mente. La sociedad influye sobre todos nosotros, moldea constantemente nuestro pensar, y esta presión que la sociedad ejerce desde lo externo, gradualmente se traduce como lo interno mientras no nos abrimos paso por este condicionamiento. Ustedes tienen que saber lo que piensan, y si están pensando como Hindúes, o Musulmanes, o Cristianos; o sea, si piensan en los términos de la religión a que puedan pertenecer. Deben estar conscientes de lo que creen o no creen. Todo esto es el patrón de la sociedad y, a menos que se den cuenta del patrón y rompan con él, siguen siendo prisioneros aunque puedan pensar que son libres.

Pero ya ven, casi todos nosotros nos interesamos en rebelarnos dentro de la prisión; queremos comer mejor, queremos un poco más de luz, una ventana más grande para poder ver un poco más de cielo. Nos preocupa si el paria debe o no debe entrar en el templo; queremos terminar con esta casta particular, y en el acto mismo de terminar con una, creamos otra, una casta “superior”; por lo que seguimos siendo prisioneros, y dentro de la prisión no hay libertad. La libertad se encuentra fuera de los muros, fuera del patrón de la sociedad; pero a fin de librarnos de ese patrón, tenemos que comprender todo lo que contiene, lo cual implica comprender nuestra propia mente. Esa es la mente que ha dado origen a la actual civilización, a esta cultura o sociedad atada a la tradición. Y, sin comprender nuestra propia mente, tiene muy poco sentido rebelarse como comunista, socialista, esto o aquello. Por eso es muy importante el conocimiento propio, el darnos cuenta de todas nuestras actividades, de nuestros pensamientos y sentimientos -y esto es educación, ¿verdad? Porque cuando somos plenamente conscientes de nosotros mismos, nuestra mente se vuelve muy sensible, muy alerta.

Intenten esto -no algún día en el lejano futuro, sino mañana o esta tarde. Si en la habitación hay demasiadas personas, o si la casa en que viven está atestada, entonces salgan afuera solos, siéntense bajo un árbol o a la orilla del río, y observen con tranquilidad cómo trabaja la propia mente. No la corrijan, no digan: “Esto está bien, aquello está mal”; sólo obsérvenla, como lo harían con una película. Cuando van al cine no toman parte en la película; los que la interpretan son los actores y las actrices, pero ustedes sólo la están observando. Del mismo modo, observen cómo está trabajando la propia mente. Es en verdad muy interesante, mucho más interesante que cualquier película, porque nuestra mente es el residuo de todo el mundo y contiene todo lo que han experimentado los seres humanos. ¿Comprenden? Nuestra mente es la humanidad, y cuando perciban esto, tendrán una compasión inmensa. Cuando esto se comprende, a causa de esta comprensión adviene un gran amor; y entonces, con ese amor, sabrán qué es la belleza.

XV

Hemos estado discutiendo el problema de las rebeliones dentro de la prisión: cómo todos los reformadores, los idealistas y otros que se hallan en una incesante actividad con el fin de producir ciertos resultados, están siempre rebelándose dentro de los muros de su propio condicionamiento, de su propia estructura social, dentro del patrón cultural de la civilización -que es una expresión de la voluntad colectiva de la masa. Pienso que ahora valdría la pena si pudiéramos ver qué es la confianza y cómo se origina.

La confianza se origina a través de la iniciativa, pero la iniciativa dentro del patrón sólo trae confianza en sí mismo, la cual es por completo diferente de la confianza sin el “sí mismo”, sin el “yo”. ¿Saben qué significa tener confianza? Si hacen algo con sus propias manos, si plantan un árbol y lo ven crecer, si pintan un cuadro o escriben un poema, o, si cuando son mayores, construyen un puente o dirigen sumamente bien alguna tarea administrativa, eso les da la confianza de que son capaces de realizar estas cosas. Pero ya lo ven, la confianza tal como ahora la conocemos, está siempre dentro de los muros de la prisión, la prisión que la sociedad -ya sea comunista, Hindú o Cristiana- ha construido alrededor de nosotros. La iniciativa dentro de la prisión crea, es verdad, cierta confianza, porque sentimos que podemos hacer cosas; podemos diseñar un motor, ser un buen médico, un científico excelente, etc. Pero este sentimiento de confianza que llega con la capacidad de triunfar dentro de la estructura social, o de hacer reformas, de dar más iluminación, de decorar el interior de la cárcel... ese sentimiento es, en realidad, confianza en sí mismo, confianza egocéntrica; uno sabe que puede hacer algo y se siente importante al hacerlo. Mientras que, si a través de la investigación, de la comprensión, uno rompe con la estructura social de la que forma parte, entonces surge una clase por completo diferente de confianza, en la cual no hay sentido alguno de importancia propia. Y, si pudiéramos comprender la diferencia entre ambas -entre la confianza egocéntrica y la confianza sin el ego – creo que ello tendría una gran significación en nuestra vida.

Cuando ustedes practican muy bien un juego -como el badminton, el cricket o el fútbol, – tienen cierto sentimiento de confianza, ¿no es así?, el sentimiento de que son muy buenos en ese juego. Si son rápidos en resolver problemas matemáticos, eso también genera un sentimiento de seguridad en sí mismos. Cuando la confianza nace de la acción que tiene lugar dentro de la estructura social, viene siempre acompañada de una extraña arrogancia, ¿no es cierto? La confianza de un hombre que puede hacer cosas que es capaz de obtener resultados, está siempre coloreada por esta arrogancia del yo, por el sentimiento de “soy yo” quien lo hace”. Por tanto, en el acto mismo de obtener un resultado, de producir una reforma social dentro de la prisión, está la arrogancia del yo, el sentimiento de que yo lo he hecho, de que mi ideal es importante, de que mi grupo ha triunfado. Este sentido del mí y lo mío, viene siempre acompañado de la confianza que se expresa a sí misiva dentro de la prisión.

¿No han notado qué arrogantes son los idealistas, los líderes políticos que producen ciertos resultados, que logran grandes reformas?, ¿han notado qué llenos están de sí mismos, qué inflados están con sus ideales y sus logros? En su estimación propia son muy importantes. Lean unos cuantos de esos discursos políticos, observen a algunas de esas personas que se llaman a sí mismas “reformadores”, y verán que en el proceso mismo de la reforma están cultivando su propio ego; sus reformas, por amplias que sean, siguen estando dentro de la prisión; por lo tanto, son destructivas y finalmente traen más desdicha y conflicto al hombre.

Ahora bien, si uno puede ver a través de toda esta estructura social, del patrón cultural de la voluntad colectiva que llamamos civilización -si uno puede comprender todo eso y romper con ello, abrirse paso a través de los muros de la prisión que es la sociedad particular en que uno vive, ya sea comunista, hindú o cristiana-, descubrirá entonces que surge una confianza no teñida por el sentimiento de arrogancia. Esa es la confianza de la inocencia. Es como la confianza de un niño que es tan por completo inocente, que no intentará hacer nada. Es esta confianza inocente la que podrá dar origen a una nueva civilización; pero esta confianza inocente no puede existir mientras uno permanece dentro del patrón social.

Tengan la bondad de escuchar esto cuidadosamente. El que les habla no tiene la más mínima importancia; sí es muy importante para ustedes comprender la verdad de lo que se está diciendo. Después de todo, la educación es eso, ¿no? Su función no es la de hacer que encajen en el patrón social; por el contrario, es la de ayudarlos a que comprendan de manera completa, plena y profunda el patrón social y, en consecuencia, rompan con él a fin de que puedan ser individuos sin la arrogancia del yo, pero que tienen confianza porque son en verdad inocentes.

¿No es una gran tragedia que la mayoría de nosotros sólo se interese en el modo de encajar dentro de la sociedad, o en cómo reformarla? ¿No han advertido que casi todas las preguntas que ustedes formulan reflejan esta actitud? Dicen, en efecto: “¿Cómo puedo encajar en la sociedad?

¿Qué dirán mi padre y mi madre y qué me sucederá si no lo hago?” Una actitud semejante destruye cualquier confianza, cualquier iniciativa que tengan. Y entonces dejan la escuela y el colegio como tantos otros autómatas, muy eficientes; tal vez, pero sin la llama creativa. Por eso es tan importante comprender la sociedad, el medio en que uno vive, y, en ese proceso mismo de la comprensión, romper con dicho medio.

Vean, éste es un problema en todo el mundo. El hombre está buscando una respuesta nueva, una nueva manera de abordar la vida, porque las viejas maneras están decayendo, sea en Europa, en Rusia o aquí. La vida es un reto continuo, y el tratar de producir meramente un orden económico mejor no es una respuesta total a ese reto, el cual es siempre nuevo; y cuando los pueblos, las culturas, las civilizaciones son incapaces de responder totalmente al reto de lo nuevo, se destruyen.

A menos que a ustedes se los eduque apropiadamente, a menos que tengan esta confianza extraordinaria de la inocencia, serán inevitablemente absorbidos por lo colectivo y se perderán en la mediocridad. Pondrán algunas siglas después de sus apellidos, se casarán, tendrán hijos, y ése será el fin para ustedes.

Como ven, casi todos vivimos con temor. Sus padres temen, sus educadores temen, los gobiernos y las religiones temen que ustedes lleguen a ser individuos totales, porque todos ellos quieren que sigan estando seguros dentro de la prisión del medio y de las influencias culturales. Pero son sólo los individuos que, al comprender el patrón social se abren paso por él y, en consecuencia, como no están atados por sus propias mentes, pueden dar origen a una nueva civilización; no así las personas que meramente se amoldan, o las que resisten un patrón particular porque están moldeadas por otro. La búsqueda de Dios o de la verdad no se halla dentro de la prisión, sino más bien en la comprensión de ésta y en la acción de abrirse paso por sus muros -y este movimiento mismo hacia la libertad, crea una cultura nueva, un mundo diferente.

XVI

La lluvia en un país seco es una cosa extraordinaria, ¿no es así? Lava y deja limpias las hojas, refresca la tierra. Y yo pienso que todos debemos lavar nuestras mentes y dejarlas completamente limpias, tal como la lluvia lava los árboles, porque nuestras mentes se hallan pesadamente cargadas con el polvo de muchos siglos, el polvo de lo que llamamos conocimiento, experiencia. Si ustedes y yo pudiéramos limpiar la mente todos los días, librarla de los recuerdos del ayer, cada uno de nosotros tendría entonces una mente fresca, una mente capaz de habérselas con los múltiples problemas de la existencia.

Ahora bien, uno de los grandes problemas que perturban al mundo es lo que llamamos igualdad. Hasta cierto punto, no existe tal cosa como la igualdad, porque todos tenemos muchas capacidades diferentes; pero lo que estamos discutiendo es la igualdad en el sentido de que todas las personas deben ser tratadas de la misma manera. En una escuela, por ejemplo, las posiciones del director, de los maestros, del personal jerárquico, son meramente empleos, funciones; pero ciertos empleos o funciones van acompañados de lo que se llama status, y el status es respetado porque implica poder, prestigio; significa estar en situación de designar personas, de tener mando, de dar empleos a los amigos y a los familiares de uno. Por lo tanto, la función y el status marchan juntos; pero si pudiéramos eliminar toda esta idea del status, del poder, de la posición, del prestigio, de la idea de beneficiar a otros, entonces la función tendría un significado sencillo y por completo diferente, ¿no es así? Entonces, si las personas fueran gobernadores, primeros ministros, cocineros, o pobres maestros, serían tratadas todas con el mismo respeto, porque todas estarían desempeñando una función diferente pero necesaria en la sociedad.

¿Saben ustedes lo que ocurriría, especialmente en una escuela, si pudiéramos realmente eliminar de la función todo el sentido del poder, de la posición, del prestigio; el sentido de “Yo soy el Jefe, soy importante”? Todos estaríamos viviendo en una atmósfera por completo diferente, ¿verdad? No habría autoridad en el sentido de lo superior y lo inferior, el hombre grande y el hombre pequeño; por lo tanto, habría libertad. Y es muy importante que creemos una atmósfera así en la escuela una atmósfera de libertad en la que haya amor, en la que cada uno experimente una tremenda sensación de confianza; porque la confianza llega cuando uno se siente completamente seguro, en casa. ¿Acaso alguno de ustedes se siente cómodo en su propia casa si el padre y la madre y la abuela están constantemente diciéndole lo que debe hacer, de modo tal que va perdiendo gradualmente toda confianza en poder realizar algo por sí mismo? Cuando crezcan deben ser capaces de discutir, de descubrir si lo que piensan es verdadero y atenerse a ello. Deben ser capaces de sostener algo que sienten que es correcto, aunque ello pueda traer angustia, sufrimiento, pérdida de dinero y cosas así; y para eso tienen que sentirse, mientras son jóvenes, completamente seguros y tranquilos.

La mayoría de los jóvenes no se sienten seguros, porque están asustados. Tienen miedo de sus mayores, de sus maestros, de sus madres y padres, y así nunca sienten que se encuentran realmente en casa. Pero cuando uno sí se siente en casa, ocurre una cosa muy extraña. Si puede ir a su habitación, cerrar la puerta y permanecer allí solo, inadvertido, sin que nadie le diga qué tiene que hacer, uno se siente completamente seguro; y entonces comienza uno a florecer, a comprender, a desarrollarse internamente. Ayudarlos a que se desarrollen es la función de una escuela; y si ésta no los ayuda a este desarrollo interno, no es escuela en absoluto.

Cuando estando en un lugar se sienten ustedes en casa -en el sentido de que se sienten seguros, no empujados de un lado para otro, no obligados a hacer esto o aquello-, cuando se sienten muy felices, completamente cómodos, entonces no son díscolos, ¿verdad? Cuando son realmente dichosos no quieren hacer daño a nadie, no desean destruir cosa alguna. Pero es extraordinariamente difícil hacer que el estudiante se sienta completamente feliz, porque él llega a la escuela con una idea de que el director, los maestros y los tutores van a decirle lo que debe hacer y van a presionarlo al respecto, y es por eso que hay temor.

Casi todos ustedes provienen de hogares o de escuelas en las que se los ha educado para respetar el status. El padre y la madre de uno tienen status, el director tiene status, de manera que uno llega aquí con miedo y respetando el status. Pero nosotros tenemos que crear en la escuela una verdadera atmósfera de libertad, y eso puede ocurrir solamente cuando existe la función sin el status y, por lo tanto, hay un sentido de igualdad. El verdadero interés por una educación apropiada se revela cuando a ustedes se los ayuda a que sean seres humanos sensibles, a que no tengan miedo ni un falso sentido del respeto a causa del status.

XVII

La otra mañana vi cómo llevaban un cuerpo muerto para su cremación. Estaba envuelto en una tela de color magenta brillante, y se balanceaba con el ritmo de los cuatro sujetos que lo transportaban. Me pregunto qué clase de impresión les causa un cuerpo muerto. ¿No se preguntan ustedes por qué existe el deterioro? Uno compra un motor nuevo de marca, y en unos pocos años se ha gastado. El cuerpo también se gasta; pero, ¿no inquieren ustedes un poco más allá a fin de averiguar por qué se deteriora la mente? Tarde o temprano ocurre la muerte del cuerpo, pero la mayoría de nosotros tiene mentes que ya están muertas. El deterioro ya se ha producido; y, ¿por qué se deteriora la mente? El cuerpo se deteriora porque lo usamos constantemente, y el organismo físico se agota. Enfermedad, accidente, vejez, mala alimentación, una herencia pobre -éstos son los factores que originan el deterioro y la muerte del cuerpo. Pero, ¿por qué debe deteriorarse la mente, por qué debe envejecer, embotarse?

Al ver un cuerpo muerto, ¿nunca se han hecho preguntas al respecto? Aunque nuestros cuerpos tienen que morir, ¿por qué debería, de modo alguno, deteriorarse la mente? ¿Jamás se les ha ocurrido esta pregunta? Porque la mente sé se deteriora -lo vemos no sólo en las personas viejas, sino también en los jóvenes. Vemos cómo la mente de los jóvenes ya se está embotando, cómo se vuelve pesada, insensible; y si pudiéramos averiguar por qué la mente se deteriora, entonces tal vez descubriríamos algo verdaderamente indestructible. Podríamos comprender qué es la vida eterna, la vida que no tiene fin, que no pertenece al tiempo, la vida que es incorruptible, que no declina como el cuerpo que llevan a los ghats para quemarlo y arrojar los despojos en el río.

Entonces, ¿por qué se deteriora la mente? ¿Jamás han reflexionado al respecto? Siendo todavía muy jóvenes -si ya no los han embotado la sociedad, sus padres o las circunstancias- tienen ustedes una mente fresca, entusiasta, curiosa. Quieren saber por qué existen las estrellas, por qué mueren los pájaros, por qué caen las hojas, como vuelan los aviones; desean saber acerca de muchísimas cosas. Pero el impulso vital de inquirir, de descubrir, pronto es sofocado, ¿verdad? Lo sofocan el temor, el peso de la tradición, nuestra propia incapacidad de enfrentarnos a esta cosa extraordinaria llamada vida. ¿No han notado qué rápidamente se destruye ese entusiasmo de ustedes ante una palabra mordaz, o un gesto de menosprecio, o por el temor a un examen o ante la amenaza de un padre -lo cual implica que la sensibilidad se ha echado a un lado y que la mente se está embotando?

Otra causa de embotamiento mental es la imitación. La tradición los ha preparado para imitar. El peso del pasado los obliga a amoldarse, a observar las reglas, y a causa de este acatamiento al pasado, la mente se siente a salvo, segura; se afirma en un surco bien aceitado de modo que pueda deslizarse suavemente sin ninguna perturbación, sin un solo estremecimiento de duda. Observen a las personas adultas que los rodean y verán que sus mentes no desean ser perturbadas. Quieren paz, aunque ésa sea la paz de la muerte; pero la verdadera paz es algo por completo distinto.

Cuando la mente se establece ella misma en una rutina, en un patrón, ¿no han advertido que siempre se halla impulsada por el deseo de estar segura? Por eso es que sigue un ideal, un ejemplo, un gurú. Quiere sentirse segura, no desea que la molesten; en consecuencia, imita. Cuando en sus libros de historia ustedes leen acerca de los grandes líderes, los santos, los guerreros, ¿no se descubren a sí mismos deseando copiarlos? No es que no haya grandes personas en el mundo; pero el instinto es imitarlas, tratar de ser como ellas, y ése es uno de los factores de deterioro, porque entonces la mente se coloca a sí misma en un molde.

Además, la sociedad no quiere individuos alertas, sensitivos, revolucionarios, porque individuos así no encajarán en el bien establecido patrón social, y hasta podrían romperlo. Es por eso que la sociedad busca mantener las mentes de ustedes dentro de su propio patrón, y por eso la que llaman educación los incita a que imiten, a que sigan a alguien y se amolden.

Ahora bien, ¿puede la mente dejar de imitar? O sea, ¿puede cesar de formar hábitos? ¿Y puede la mente que ya se encuentra atrapada en un hábito, librarse del hábito?

La mente es el resultado del hábito, ¿no es así? Es el resultado de la tradición, el resultado del tiempo -siendo el tiempo repetición, una continuidad del pasado. ¿Y puede la mente, la mente de ustedes dejar de pensar en términos de lo que ha sido- y de lo que será, que es en realidad una proyección de lo que ha sido? ¿Puede esa mente estar libre de los hábitos y de la creación de hábitos? Si investigan bien a fondo este problema, descubrirán que eso es posible; y que cuando la mente se renueva a sí misma sin formar nuevos patrones, hábitos, sin caer de nuevo en la rutina de la imitación, permanece lozana, joven, inocente y, por lo tanto, es capaz de una comprensión infinita.

Para una mente así no existe la muerte, porque ya no hay un proceso de acumulación. Es el proceso de acumulación el que crea el hábito, la imitación, y para la mente que acumula hay deterioro, muerte. Pero para una mente que no acumula, que no acopia, que muere cada día, cada minuto, para una mente así, la muerte no existe. Se encuentra en un estado de espacio infinito.

Por lo tanto, la mente tiene que morir para todo lo que ha acumulado -para todos los hábitos, para las virtudes imitadas, para todas las cosas en que confiaba a fin de sentirse segura. Entonces ya no está atrapada en la red de su propio pensar. Al morir de instante en instante para el pasado, la mente adquiere lozanía; por lo tanto, jamás puede deteriorarse ni poner en movimiento la ola de la oscuridad.

XVIII

No sé si en sus paseos han reparado ustedes en una larga y estrecha alberca que hay junto al río. Deben haberla excavado algunos pescadores, y no está conectada con el río. Éste fluye firmemente, ancho y profundo, pero la alberca se halla saturada de desperdicios porque no se conecta con la vida del río y no contiene peces. Es una alberca estancada, y el río profundo, lleno de vigor y vitalidad, pasa velozmente de largo.

¿No creen ustedes que así son los seres humanos? Cavan una pequeña alberca para sí mismos lejos de la rápida corriente de la vida, y en esa pequeña alberca se estancan, mueren; y a este estancamiento, a este deterioro lo llamamos nuestra existencia. O sea, que todos anhelamos un estado de permanencia; queremos que ciertos deseos duren para siempre, ansiamos placeres que no terminen nunca. Cavamos un pequeño agujero y en él nos atrincheramos con nuestras familias, con nuestras ambiciones, nuestras culturas, nuestros temores, nuestros dioses, nuestras diversas formas de adoración, y allí morimos, dejando que pase la vida -esa vida que no es permanente, que cambia continuamente, que es tan rápida, que tiene profundidades tan enormes, una vitalidad y una belleza tan extraordinarias.

¿No han advertido que si se sientan quietamente a la orilla del río pueden escuchar su canto -el suave chapaleteo de las olas, el sonido de la corriente que pasa? Siempre hay una sensación de movimiento, un movimiento extraordinario hacia lo más ancho y profundo. Pero en la pequeña alberca no hay movimiento alguno, sus aguas se hallan estancadas. Y, si observan bien, verán que esto es lo que desea la mayoría de nosotros: pequeñas albercas estancadas lejos de la vida. Decimos que nuestra “existencia de alberca” está bien, y hemos inventado una filosofía para justificarla; hemos desarrollado teorías sociales, políticas, económicas y religiosas en apoyo de esa filosofía, y no queremos que se nos perturbe porque lo que perseguimos es un sentido de permanencia.

¿Saben ustedes lo que significa buscar la permanencia? Significa anhelar que lo placentero continúe indefinidamente y que lo que no es placentero se acabe lo más pronto posible. Queremos que el apellido que llevamos sea conocido y se prolongue a través de la familia, de la propiedad. Deseamos un sentido de permanencia en nuestras relaciones, en nuestras actividades, lo cual implica que buscamos una vida continua y duradera dentro de la alberca estancada. No queremos que haya ahí ningún tipo de cambios verdaderos; por lo tanto, hemos construido una sociedad que nos garantiza la permanencia de la propiedad, del nombre, de la fama.

Pero ya lo ven, la vida no es así en absoluto; la vida no es permanente. Como las hojas que caen de un árbol, todas las cosas son transitorias, nada perdura; siempre hay cambio y muerte. ¿Han reparado en un árbol que se levanta desnudo contra el cielo, lo hermoso que es? Se perfilan todas sus ramas, y en su desnudez hay un poema, hay un canto. Todas las hojas han desaparecido y el árbol aguarda la llegada de la primavera. Cuando la primavera llega cubre nuevamente al árbol con la música de muchísimas hojas, y éstas caen en la estación correspondiente y el viento se las lleva; y así es como actúa la vida.

Pero nosotros no queremos nada parecido. Nos aferramos a nuestros hijos, a nuestras tradiciones, a nuestra sociedad, a nuestros nombres y a nuestras pequeñas virtudes, porque anhelamos la permanencia; y es por eso que tenemos miedo de morir. Tenemos miedo de perder las cosas que conocemos. Pero la vida no es lo que a nosotros nos gustaría que fuera -no es permanente en absoluto. Los pájaros mueren, las nieves se derriten, los árboles son derribados o destruidos por las tormentas, etc. Pero queremos que todo cuanto nos brinda satisfacción sea permanente; queremos que dure nuestra posición, la autoridad que ejercemos sobre otros. Nos negamos a aceptar la vida tal como es de hecho.

De hecho, la vida es como el río: se encuentra en movimiento incesante, siempre buscando, explorando, empujando, desbordando sus orillas, penetrando con sus aguas en cada hendedura. Pero ya ven, la mente no permitirá que eso le ocurra a ella. La mente ve que es arriesgado, peligroso, vivir en un estado de impermanencia, de inseguridad; y entonces construye una muralla alrededor de sí misma: la muralla de la tradición, de la religión organizada, de las teorías políticas y sociales. La familia, el nombre, la propiedad, las pequeñas virtudes que hemos cultivado, todo eso está dentro de la muralla, fuera de la vida. La vida no es permanente, se mueve e incesantemente trata de penetrar, de derribar estos muros, tras los cuales hay confusión y desdicha. Los dioses que están dentro de la muralla son todos dioses falsos, y sus escrituras y filosofías no tienen sentido alguno, porque la vida está más allá de todo eso.

Ahora bien, para una mente que no tiene murallas, que no está recargada con sus propias adquisiciones y acumulaciones, con su propio conocimiento, para una mente que vive con un sentido de intemporalidad, de inseguridad, la vida es algo extraordinario. Esa mente es la vida misma, porque la vida no tiene un lugar de reposo. Pero casi todos nosotros queremos un lugar de reposo; queremos una pequeña casa, un nombre, una posición, y decimos que estas cosas son muy importantes. Exigimos permanencia y creamos una cultura que se basa en ese requerimiento, inventando dioses que no son dioses en absoluto sino meras proyecciones de nuestros propios deseos.

Una mente que busca permanencia pronto se estanca como esa alberca paralela al río, pronto se llena de corrupción y deterioro. Sólo la mente que no tiene murallas ni apoyos ni barreras ni lugar de reposo, que se mueve completamente con la vida, eternamente avanzando, explorando, estallando, sólo una mente así puede ser feliz, perpetuamente nueva, porque es en esencia creativa.

¿Entienden de qué estoy hablando? Deberían entenderlo, porque todo esto forma parte de la verdadera educación y, cuando se comprende, toda nuestra vida se transforma; nuestra relación con el mundo, con nuestro vecino, con nuestra esposa o marido, tiene un significado por completo diferente. Entonces no tratamos de realizarnos en lo personal a través de nada, porque vemos que la búsqueda de realización sólo invita al dolor y a la desdicha. Por eso es que deben interrogar a sus maestros acerca de todo esto y discutirlo entre ustedes. Si lo comprenden, habrán comenzando a comprender la extraordinaria verdad de lo que es la vida, y en esa comprensión hay gran belleza y amor, está el florecimiento de la bondad. Pero los esfuerzos de una mente que busca un estanque de seguridad, de permanencia, sólo pueden conducir a la oscuridad y a la corrupción. Una vez que se ha establecido en el estanque, una ponente así tiene miedo de aventurarse afuera para investigar, para explorar; pero la verdad, la realidad, Dios o como gusten llamarlo, está más allá del estanque.

¿Saben qué es la religión? La religión no está en los cánticos, ni en la práctica del puja o de cualquier otro ritual, ni en la adoración de los dioses de hojalata o las imágenes de piedra, no está en los templos ni en las iglesias, ni en la lectura de la Biblia o del Gita, no está en la repetición de un nombre sagrado ni en el seguimiento de alguna otra superstición inventada por los hombres. Ninguna de estas cosas es religión.

La búsqueda de Dios, de la verdad, el sentir que uno es completamente bueno -no el cultivo de la bondad, de la humildad, sino la búsqueda de algo que se encuentra más allá de las invenciones y tretas de la mente, lo cual implica percibir y ser esa cosa, vivir en ella-, eso es verdadera religión. Es ese sentimiento de bondad, ese amor que es como el río, que vive, que se mueve perpetuamente. En ese estado descubrirán ustedes que llega un momento en que ya no hay en absoluto ninguna búsqueda; y esta terminación de la búsqueda es el comienzo de algo por completo diferente. Pero eso pueden hacerlo sólo cuando abandonan el estanque que han excavado para sí mismos y salen afuera penetrando en el río de la vida. Entonces la vida tiene una manera asombrosa de tomarlos bajo su protección, porque ustedes han dejado de protegerse a sí mismos. La vida los conduce adonde ella quiere, porque ustedes son parte de ella misma; entonces no existe el problema de la seguridad, de lo que la gente dice o no dice; y ésa es la belleza de la vida.

XIX

No sé cuántos de ustedes observaron el arco iris del último atardecer. Se reflejaba en el agua y uno dio súbitamente con él. Era algo bello para ser contemplado, y le produjo a uno un gran sentimiento de júbilo, una percepción de la vastedad y belleza de la tierra. Para poder comunicar un júbilo semejante, uno debe tener un conocimiento de las palabras, del ritmo y la belleza del lenguaje apropiado, ¿no es así? Pero lo que es mucho más importante es el sentir mismo, el éxtasis que adviene con la profunda apreciación de algo bello; y este sentir no puede ser despertado mediante el mero cultivo del conocimiento o de la memoria.

Vean, necesitamos el conocimiento para poder comunicarnos, para decirnos algo el uno al otro; y para cultivar el conocimiento tiene que haber memoria. Sin el conocimiento no podríamos hacer volar un avión, ni construir un puente o una casa hermosa, no podríamos construir grandes carreteras, cuidar de los árboles, de los animales, y hacer tantas cosas que un hombre civilizado tiene que hacer. Para generar electricidad, para trabajar en las distintas especialidades científicas, para ayudar al hombre mediante la medicina, etc., para todo esto nos hace falta tener conocimientos, información, memoria, y en estas cuestiones es necesario recibir la mejor instrucción posible. Por eso es muy importante que, técnicamente, tengan ustedes maestros de primera clase que les trasmitan la información apropiada y los ayuden a cultivar un conocimiento cabal de las diversas materias.

Pero vean, si bien el conocimiento es necesario en un nivel, en otro nivel se convierte en un obstáculo. Hay muchísimo conocimiento disponible acerca de la existencia física, y se le añade más conocimiento todo el tiempo. Es esencial tener un conocimiento semejante y utilizarlo en beneficio del hombre. Pero, ¿no existe otra clase de conocimiento que, en el nivel psicológico, se convierte en un obstáculo para el conocimiento de lo verdadero? Después de todo, el conocimiento es una forma de tradición, ¿no es así? Y la tradición es el cultivo de la memoria. La tradición en asuntos mecánicos es esencial, pero cuando la tradición se utiliza como un medio de guiar al hombre internamente, se vuelve un obstáculo para el conocimiento de las grandes cosas.

En nuestra vida cotidiana y en cuestiones mecánicas, confiamos en el conocimiento, en la memoria. Sin los conocimientos no podríamos manejar un automóvil, seríamos incapaces de hacer muchas de las cosas que hacemos. Pero el conocimiento es un obstáculo cuando se convierte en una tradición, en una creencia que guía la mente, la psique, el ser interior; y también divide a la gente.

¿No han notado cómo en todo el mundo los seres humanos están divididos en grupos que se llaman a sí mismos hindúes musulmanes, budistas, cristianos, etc.? ¿Qué los divide? No las investigaciones de la ciencia, no el conocimiento de la agricultura, o el que les permite construir puentes o hacer mente de una determinada manera.

De modo que el conocimiento es un obstáculo cuando se ha vuelto una tradición que moldea o condiciona la mente a un patrón particular, porque entonces no sólo divide a las personas y crea enemistad entre ellas, sino que también impide el profundo descubrimiento de lo que es la verdad, la vida, Dios. Para descubrir qué es Dios, la mente tiene que estar libre de toda tradición, de toda acumulación, de todo conocimiento que utiliza como salvaguarda psicológica.

El propósito de la educación es dar al que estudia un conocimiento abundante en los diversos campos del esfuerzo humano y, al mismo tiempo, liberar su mente de toda tradición, para que sea capaz de investigar, de descubrir. De lo contrario, la mente se vuelve mecánica, agobiada por la maquinaria del conocimiento. A menos que esté liberándose constantemente a sí misma de las acumulaciones de la tradición, la mente es incapaz de descubrir lo supremo, lo eterno. Pero, obviamente, tiene que adquirir conocimientos e informaciones en permanente expansión para que sea capaz de habérselas con las cosas que el hombre necesita y tiene que producir.

Por consiguiente, el conocimiento que consiste en el cultivo de la memoria es útil y necesario en un cierto nivel, pero en otro nivel se vuelve perjudicial. Reconocer la diferencia -ver dónde el conocimiento es destructivo y tiene que dejarse de lado, y dónde es esencial y ha de permitírsele funcionar con la mayor amplitud posible- es el principio de la inteligencia.

Ahora bien, ¿qué está sucediendo actualmente con la educación? A ustedes se les imparte diversas clases de conocimientos, ¿no es así? Cuando van al colegio, pueden llegar a ser ingenieros, médicos, abogados, pueden doctorarse en filosofía, en matemáticas o en alguna otra rama del conocimiento, pueden estudiar ciencias domésticas y aprender a llevar una casa, a cocinar, etc.; pero nadie les ayuda a librarse de todas las tradiciones a fin de que, desde el principio mismo, la mente esté fresca, ávida de aprender y, por lo tanto, sea capaz de estar descubriendo siempre algo totalmente nuevo. Las filosofías, las teorías y creencias que adquieren de los libros y que se convierten para ustedes en la tradición, son en realidad un impedimento para la mente, porque la mente utiliza estas cosas como un medio para su propia seguridad psicológica y, por lo tanto, se condiciona con ellas. En consecuencia, es necesario liberar la mente de toda tradición y, al propio tiempo, cultivar el conocimiento, la técnica; y éste es el propósito de la educación.

La dificultad está en liberar la mente de lo conocido a fin de que esté todo el tiempo capacitada para descubrir lo nuevo. Un gran matemático me contó una vez como había estado trabajando sobre un problema durante un número de días sin poder hallar la solución. Una mañana, mientras daba su paseo habitual, súbitamente vio la respuesta. ¿Qué había ocurrido? Su mente, al hallarse quieta estaba libre para mirar el problema, y el problema mismo reveló la respuesta. Uno tiene que poseer información acerca de un problema, pero la mente tiene que estar libre de esa información para encontrar la respuesta.

Casi todos nosotros aprendemos hechos, reunimos información o conocimientos, pero la mente jamás aprende a estar quieta, a librarse de todos los tormentos de la vicia, del suelo en que los problemas arraigan. Ingresamos en sociedades, nos adherimos a alguna filosofía, nos abandonamos a una creencia, pero todo esto es completamente inútil porque no resuelve nuestros problemas humanos. Al contrario, provoca una desdicha mayor, un dolor más grande. Lo que se necesita no son filosofías ni creencias, sino que la mente esté libre para investigar, para descubrir y ser creativa.

Ustedes se llenan la cabeza para pasar los exámenes acumulan gran cantidad de información, y todo eso lo formulan por escrito para obtener un titulo, esperando con ello lograr un buen empleo y casarse. ¿Y es eso todo? Han adquirido conocimientos, una técnica, pero no tienen una mente libre y, en consecuencia, se vuelven esclavos del sistema imperante lo cual significa, en realidad, que no son seres humanos creativos. Pueden tener hijos, pueden pintar unos cuantos cuadros o escribir ocasionalmente un poema, pero eso no es, ciertamente, creatividad. Para que tenga lugar la creatividad, la mente tiene que estar libre, y entonces la técnica puede usarse para expresar esa creatividad. Pero no tiene sentido poseer la técnica sin una mente creativa, sin la extraordinaria creatividad que adviene con el descubrimiento de lo verdadero. Desafortunadamente, muy pocos de ustedes conocen esta creatividad, porque casi todos han recargado sus mentes con el conocimiento, con la tradición, con la memoria, con lo que han dicho Shankara, Buda; Marx o alguna otra persona. Mientras que si la mente está libre para descubrir lo que es verdadero, encontrarán que surge una abundante, e incorruptible riqueza en la que hay una gran felicidad. Entonces todas sus relaciones con la gente, con las ideas y las cosas, tienen un significado por completo diferente.

XX

Aquel campo verde con las flores amarillas de mostaza y una corriente que lo atraviesa, es algo bello digno de contemplarse, ¿verdad? Ayer en la tarde lo estuve observando, y al ver la extraordinaria belleza y quietud de la campiña, uno invariablemente se pregunta qué es la belleza. Hay en nosotros una respuesta inmediata a lo bello y también a lo feo, la respuesta del placer o del dolor, y ese sentimiento lo ponemos en palabras diciendo: “Esto es bello” o “Esto es feo”. Pero lo que importa no es el placer o el dolor; antes bien, es el estar en comunión con todo, el ser sensibles tanto a lo bello como a lo feo.

Entonces, ¿qué es la belleza? Ésta es una de las preguntas más fundamentales -no es superficial, de modo que no la ignoren. Comprender qué es la belleza implica tener ese sentido de la bondad que adviene cuando el corazón y la mente están en comunión con algo bello sin obstáculo alguno, de modo que uno se siente completamente cómodo -ciertamente, esto tiene una gran significación en la vida; y a menos que conozcamos esta respuesta a la belleza, nuestras vidas serán muy superficiales. Uno puede estar rodeado por una gran belleza, por montañas, campos y ríos, pero a menos que esté vivamente despierto a todo ello, lo mismo podría estar muerto.

Ustedes, niños y niñas y las personas mayores, sólo formúlense a sí mismos esta pregunta: ¿Qué es la belleza? La limpieza y pulcritud en el vestir, una sonrisa, un gesto gracioso, el ritmo en el caminar, una flor prendida en el cabello, buenos modales, claridad en el hablar, solicitud, consideración por los demás (que incluye el ser puntuales), todo esto forma parte de la belleza; pero está sólo en la superficie, ¿no es así? ¿Y es eso todo lo que hay en relación con la belleza? ¿O existe algo mucho más profundo?

Está la belleza de la forma, la belleza del diseño, la belleza de la vida. ¿Han observado la hermosa forma que tiene un árbol cuando está cubierto de follaje, o la extraordinaria delicadeza de un árbol desnudo contra el cielo? Son cosas bellas para ser contempladas, pero todas son expresiones superficiales de algo más profundo. Entonces, ¿qué es aquello que llamamos belleza?

Uno puede tener un rostro hermoso, rasgos nítidamente perfilados, puede vestir con buen gusto y tener refinamiento en los modales, puede pintar o escribir acerca de la belleza del paisaje, pero sin este sentido interno de bondad, todos los aditamentos externos de la belleza conducen a una vida muy superficial y sofisticada, a una vida sin mucha significación.

Debemos, pues, descubrir qué es realmente la belleza, ¿no es así? Cuidado, no estoy diciendo que debemos evitar las expresiones externas de la belleza. Todos debemos tener buenos modales, debemos estar físicamente limpios y vestir con buen gusto, sin ostentación, debemos ser puntuales, claros en el hablar y todo eso. Estas cosas son necesarias y crean una atmósfera agradable; pero no significan mucho por sí mismas.

Es la belleza interna la que da gracia, exquisita delicadeza a la forma y a los movimientos externos. ¿Y qué es esta belleza interna sin la cual la vida de uno es muy superficial? ¿Alguna vez han reflexionado al respecto? Probablemente no. Están demasiado ocupados con el estudio, con los juegos, con el charlar, el reír y el fastidiarse unos a otros. Ayudarlos a descubrir qué es la belleza interna, sin la cual la forma y el movimiento externos tienen muy poco sentido, es una de las funciones de la correcta educación; y la profunda apreciación de la belleza es una parte esencial de la propia vida de ustedes.

¿Puede una mente trivial apreciar la belleza? Puede hablar de la belleza, pero ¿puede experimentar este inmenso júbilo que brota cuando miramos algo que es realmente bello? Cuando la mente sólo se interesa en sí misma y en sus propias actividades, no es bella; cualquier cosa que haga sigue siendo fea, limitada -por lo tanto, es incapaz de saber qué es la belleza. Mientras que una mente que no está interesada en sí misma, que se halla libre de ambición, una mente que no es prisionera de sus propios deseos ni está impulsada por su propia persecución del éxito, una mente así no es trivial y florece en la bondad. ¿Comprenden? Es esta bondad interna la que da belleza, incluso a un rostro de los que se llaman “feos”. Cuando existe la bondad interna, el rostro feo se transmuta, porque la bondad interna es en realidad un sentimiento profundamente religioso.

¿Saben ustedes qué es ser religioso? Ello nada tiene que ver con las campanas del templo, aunque éstas puedan sonar muy bien en la distancia, ni con los pujas ni con las ceremonias de los sacerdotes y todo el resto del desatino ritualista. Ser religioso es ser sensible a la realidad. Nuestro ser total -cuerpo, mente y corazón- es sensible a la belleza y a la fealdad, al asno que está atado a un poste, a la pobreza y suciedad que reman en este pueblo, a las risas y a las lágrimas, a todo lo que nos rodea. Es de esta sensibilidad a la existencia total que emanan la bondad, el amor; y sin esta sensibilidad no hay belleza, aunque uno pueda tener talento, aunque esté muy bien vestido, viaje en un automóvil lujoso y esté escrupulosamente limpio.

El amor es algo extraordinario, ¿verdad? Uno no puede amar si sólo piensa en sí mismo -lo cual no quiere decir que uno tenga que pensar en algún otro. El amor es, no tiene una finalidad. La mente que ama es verdaderamente religiosa, porque se encuentra en el movimiento de la realidad de la verdad, de Dios, y es sólo una mente así la que puede saber qué es la belleza. La mente que no está presa en ninguna filosofía, que no está encerrada en ningún sistema o creencia, que no es impulsada por su propia ambición y que, por lo tanto, es sensible, alerta, observadora, tiene belleza.

Es muy importante que aprendan, mientras son jóvenes, a ser aseados y limpios, a sentarse bien sin moverse inquietos, a tener buenos modales en la mesa y a ser considerados, puntuales; pero todas estas cosas, por necesarias que sean, son superficiales; y si meramente cultivan lo superficial sin comprender lo profundo, jamás conocerán el verdadero significado de la belleza. Una mente que no pertenece a ninguna nación, grupo o sociedad, que no ejerce autoridad alguna, que no está motivada por la ambición ni sostenida por el miedo, una mente así está siempre floreciendo en el amor y en la bondad. Porque es en el movimiento de la realidad que ella sabe lo que es la belleza; siendo sensible tanto a lo feo como a lo bello, es una mente creativa, está dotada de una comprensión infinita.

XXI

Un hombre vestido de sannyasi acostumbraba venir todas las mañanas para recoger flores de los árboles en un jardín cercano. Sus manos y sus ojos reflejaban la codicia por las flores, y él arrancaba todas las que estaban a su alcance. Evidentemente, iba a ofrecerlas a alguna imagen muerta, a una cosa hecha de piedra. Las flores eran cosas bellas, tiernas, recién abiertas al sol de la mañana, y él no las recogía suavemente, sino que las separaba con violencia, despojando fieramente al jardín de todo lo que contenía. Su dios exigía montones de flores -montones de cosas vivas para una imagen de piedra muerta.

Otro día estuve observando a algunos muchachos que arrancaban flores. No iban a ofrecerlas a ningún dios; hablaban entre ellos e irreflexivamente arrancaban las flores y las tiraban lejos.

¿Alguna vez se han observado haciendo esto? Me pregunto por qué lo hacen. Mientras van caminando desprenden una ramita, la despojan de sus hojas y la dejan caer. ¿Han notado esta acción irreflexiva de parte de ustedes? Los adultos también lo hacen, tienen su propio modo de expresar su brutalidad interna, esta espantosa falta de respeto por las cosas vivientes. Hablan de no hacer daño y, no obstante, todo lo que hacen es destructivo.

Uno puede comprender que alguien tome una flor o dos para colocárselas en el cabello, o para entregarlas a alguien con amor; ¿pero por qué arrancar las flores por el solo hecho de arrancarlas como hacen ustedes? Los adultos son feos en su ambición, se asesinan entre ellos en sus guerras y se corrompen mutuamente con dinero. Tienen su propia forma horrible de actuar; y, aparentemente, los jóvenes tanto aquí como en otras partes, están siguiendo sus pasos.

El otro día estaba afuera paseando con uno de los muchachos y dimos con una piedra que estaba en el camino. Cuando la quité, él preguntó: “¿Por qué hizo eso?” ¿Qué es lo que indica esta pregunta? ¿No es una falta de consideración, de respeto? Ustedes muestran respeto a causa del temor, ¿no es así? Se levantan rápidamente de un salto cuando una persona mayor entra en la sala, pero eso no es respeto, es temor; porque si realmente sintieran respeto no destruirían las flores, quitarían una piedra del camino, cuidarían los árboles y ayudarían al cuidado del jardín. Pero, ya seamos viejos o jóvenes, carecemos de un verdadero sentimiento de consideración. ¿Por qué? ¿Es que no sabemos qué es el amor?

¿Comprenden lo sencillo que es el amor? No la complejidad del amor sexual, no el amor a Dios, sino simplemente amor -ser realmente afectuosos, amables en nuestra manera de abordar todas las cosas. En el hogar no siempre tienen ustedes este sencillo amor, sus padres están demasiado ocupados; puede ser que en sus casas no haya verdadero afecto, ni ternura, y entonces llegan ustedes aquí con ese trasfondo de insensibilidad y se comportan igual que todos los demás.

¿Y cómo ha de generarse en uno esta sensibilidad? No es que deban tener reglamentos que impidan cortar las flores, porque cuando ustedes se reprimen meramente a causa de los reglamentos, lo que hay es temor. Pero, ¿cómo ha de originarse esta sensibilidad que los previene de causar daño alguno a las personas, a los animales, a las flores?

¿Les interesa todo esto? Debería interesarles. Si no les interesa ser sensibles, podrían igualmente estar muertos -y la mayoría lo está. Aunque coman tres veces al día, aunque tengan empleos, procreen hijos, manejen automóviles y vistan ropas finas, casi todos están prácticamente muertos.

¿Saben ustedes qué significa ser sensible? Significa, ciertamente, sentir afecto por todas las cosas; ver un animal que está sufriendo y hacer algo al respecto, quitar una piedra del sendero porque por él transitan muchos pies desnudos, levantar un clavo de la carretera porque el auto de alguien podría pinchar un neumático... Ser sensible es compadecerse de las personas, de los pájaros, de las flores, de los árboles -no porque sean de uno, sino simplemente porque uno está despierto a la extraordinaria belleza de las cosas. ¿Cómo, pues, despertar esta sensibilidad?

Cuando somos profundamente sensibles, es natural que no arranquemos las flores; hay un deseo espontáneo de no destruir cosas, de no hacer daño a la gente, lo cual implica tener verdadero respeto, amor. Amar es lo más importante en la vida. ¿Pero qué entendemos por amor? Cuando amamos a alguien porque esa persona a su vez nos ama, por cierto que eso no es amor. Amar es tener ese extraordinario sentimiento de afecto que no pide nada en cambio. Ustedes podrán ser muy hábiles, podrán aprobar todos sus exámenes, lograr un doctorado y alcanzar una alta posición, pero si carecen de esta sensibilidad, de este sencillo amor, tendrán el corazón vacío y serán desdichados por el resto de sus vidas.

Es esencial, pues, que el corazón se llene con este sentimiento de afecto, porque entonces ustedes no destruirán cosa alguna, no serán crueles, y no habrá guerras nunca más. Entonces serán seres humanos felices y, por serlo, no rezarán, no buscarán a Dios -porque esa felicidad misma es Dios.

Ahora bien, ¿cómo ha de nacer este amor? Ciertamente, el amor debe comenzar con el educador, el maestro. Si, además de darles información sobre matemáticas, geografía o historia, el maestro tiene en su corazón este sentimiento de amor y les habla de ello; si espontáneamente quita la piedra del camino y no deja que el sirviente haga todos los trabajos sucios; si en su conversación, en sus tareas, en sus juegos, cuando come, cuando está con ustedes o consigo mismo, él siente esta cosa tan extraña y se la señala a ustedes con frecuencia, entonces también ustedes sabrán qué es amar.

Pueden tener una piel clara, un rostro hermoso, pueden vestir un bello sari o ser un gran atleta, pero sin amor en el corazón son seres humanos feos, desmedidamente feos; y cuando aman, el rostro de ustedes, ya sea tosco o bello, irradia ese amor. Amar es lo más inmenso que existe en la vida; y es esencial hablar acerca del amor, sentirlo, nutrirlo, atesorarlo; de lo contrario, pronto se disipa, porque el mundo es muy brutal. Si no sienten amor mientras son jóvenes, si no miran con amor a la gente, a los animales, a las flores, cuando crezcan encontrarán que sus vidas están vacías; serán seres muy solitarios, y las oscuras sombras del miedo siempre estarán siguiéndolos. Pero en el momento en que tengan en sus corazones esta cosa extraordinaria llamada amor, y sientan su profundidad, su deleite, su éxtasis, descubrirán que para ustedes el mundo se ha transformado.

XXII

Uno de nuestros problemas más difíciles es el de la llamada disciplina, y es realmente muy complejo. Vean, la sociedad considera que debe controlar o disciplinar al ciudadano, moldear su mente conforme a ciertos patrones religiosos, sociales, morales y económicos.

Ahora bien, ¿es en absoluto necesaria la disciplina? Por favor, escuchen cuidadosamente. No digan de inmediato “sí” o “no”. Casi todos sentimos, en especial cuando somos jóvenes, que no tiene que haber disciplina, que ha de permitírsenos hacer lo que nos plazca, y pensamos que eso es la libertad. Pero decir meramente que debemos o no debemos tener disciplina, que debemos ser libres, etc., tiene muy poco sentido sin la comprensión del problema total de la disciplina.

El atleta entusiasta se disciplina a sí mismo todo el tiempo, ¿verdad? La felicidad que siente en la práctica del deporte y la necesidad misma de mantener su estado físico le hace acostarse temprano, abstenerse de fumar, comer lo apropiado y, en general, observar las reglas de una buena salud. Su disciplina no es una imposición ni un conflicto, sino el resultado natural del gozo que le produce el atletismo.

Pues bien, la disciplina, ¿aumenta o disminuye la energía humana? En todo el mundo, los seres humanos de cualquier religión, escuela o filosofa, imponen disciplinas a la mente, lo cual implica control, resistencia, amoldamiento, represión. Y, ¿es necesario todo eso? Si la disciplina produce un mayor rendimiento de la energía humana, entonces es valiosa, tiene sentido; pero si meramente reprime la energía humana es muy dañina, destructiva. Todos tenemos energía, y la cuestión es si esa energía, a través de la disciplina, puede hacerse vital, rica y abundante, o si la disciplina destruye toda la energía que tenemos. Pienso que éste es el problema fundamental.

Muchos seres humanos no tenemos una gran energía, y la poca energía de que disponemos pronto queda sofocada, destruida por los controles, las amenazas y las prohibiciones de nuestra sociedad particular con su llamada educación; por lo tanto, nos volvemos imitadores, insulsos ciudadanos de esa sociedad. Y si un individuo tiene al comienzo un poco más de energía, ¿se incrementa esa energía con la disciplina? ¿La existencia de ese individuo se vuelve más rica y plena de vitalidad?

Cuando ustedes son muy jóvenes, como lo son, están llenos de energía, ¿no es así? Quieren jugar, correr por todas partes, charlar; no pueden estar quietos, están llenos de vida. ¿Qué ocurre después? A medida que van creciendo, sus maestros comienzan a coartar esa energía moldeándola, introduciéndola en diversos patrones; y cuando al fin se convierten en hombres y mujeres, la poca energía que les han dejado pronto es sofocada por la sociedad, que les dice que tienen que ser muy buenos ciudadanos, que deben comportarse de una determinada manera. A causa de la llamada educación y de la compulsión social, esta abundante energía que tienen cuando son jóvenes, se destruye gradualmente.

Ahora bien, ¿puede la energía de que hoy disponen vitalizarse mediante la disciplina? Si sólo tienen poca energía, ¿puede la disciplina incrementarla? Si puede hacerlo, entonces tiene un sentido; pero si la disciplina destruye realmente nuestra energía, entonces es obvio que debe ser descartada.

¿Qué es la energía que todos tenemos? Esta energía es el pensar, el sentir; es el interés, el entusiasmo, la codicia, la pasión, la lujuria, la ambición, el odio. Pintar cuadros, inventar máquinas, construir puentes, hacer caminos, cultivar los campos, practicar deportes, escribir poemas, cantar, bailar, ir al templo, adorar -todas estas son expresiones de la energía; y la energía crea también ilusión, daño, desdicha. Las más excelentes y las más destructivas cualidades son igualmente expresiones de la energía humana. Pero ya lo ven, el proceso de controlar o disciplinar esta energía, de permitirle que opere en una dirección y limitarla en otra, se vuelve una mera conveniencia social; la mente es moldeada de acuerdo con el patrón de una cultura particular y, en consecuencia, su energía se disipa gradualmente.

Por lo tanto, nuestro problema es si esta energía que todos poseemos en mayor o menor grado, puede ser incrementada, si puede dársele mayor vitalidad; y en tal caso, ¿para hacer qué? ¿Para qué es la energía? ¿Es el propósito de la energía hacer la guerra? ¿Es el de inventar aviones y otras innumerables máquinas, seguir a algún gurú, aprobar exámenes, tener hijos, preocuparnos interminablemente sobre este y aquel problema? ¿O la energía puede usarse de un modo diferente, a fin de que todas nuestras actividades tengan un significado en relación con algo que trasciende todo eso? Por cierto, si la mente humana, que es capaz de desarrollar una energía tan asombrosa, no está buscando la realidad, no busca a Dios, entonces todas las expresiones de su energía se vuelven medios de destrucción y desdicha. Para buscar la realidad se requiere una energía inmensa; y, si el hombre no está haciendo eso, disipa su energía en comportamientos que perjudican a la sociedad y, por lo tanto, la sociedad tiene que controlarlo. Ahora bien, ¿es posible liberar la energía en la búsqueda de Dios o de la verdad y, en el proceso de descubrir lo verdadero, ser un ciudadano que comprende las cuestiones fundamentales de la vida y a quien la sociedad no puede destruir? ¿Están siguiendo esto o es algo demasiado complejo?

Vean, el hombre es energía, y si el hombre no busca la verdad esta energía se vuelve destructiva; por lo tanto, la sociedad controla y moldea al individuo, lo cual sofoca esta energía. Eso es lo que ha sucedido con la mayoría de la gente adulta en todo el mundo. Y tal vez hayan ustedes advertido otro hecho muy simple e interesante: que tan pronto quieren realmente hacer algo, tienen la energía para hacerlo. ¿Qué ocurre cuando están ansiosos por participar en un juega? Inmediatamente tienen la energía, ¿no es así? Y la propia energía que tienen se vuelve el medio de que esa energía se controle a sí misma, de modo que no necesitan de ninguna disciplina externa. En la búsqueda de la realidad, la energía crea su propia disciplina. El hombre que espontáneamente busca la realidad, se convierte en la correcta clase de ciudadano, la cual no responde al patrón de ninguna sociedad ni gobierno en particular.

Por consiguiente, tanto los estudiantes como los maestros tienen que trabajar juntos para producir la liberación de esta tremenda energía, y así poder encontrar la realidad o la verdad, encontrar a Dios. En la misma búsqueda de la verdad habrá disciplina, y entonces existirá un verdadero ser humano, un individuo completo, y no meramente un hindú o un parsi limitado por su particular sociedad y cultura. Si, en vez de coartar esta energía como ahora lo hace, la escuela puede ayudar al estudiante a despertar su energía en la búsqueda de la verdad, entonces descubrirán ustedes que la disciplina tiene un significado por completo diferente.

¿Por qué en la casa, en la clase y en el hospedaje donde se alojan, a ustedes siempre les dicen lo que tienen y no tienen que hacer? Ciertamente, es porque sus padres y sus maestros, como el resto de la sociedad, no han percibido que el hombre existe para un único propósito, que es el de encontrar la realidad, encontrar a Dios. Si tan siquiera un pequeño grupo de educadores comprendiera esta búsqueda y le dedicara su atención completa, crearía una nueva clase de educación y una sociedad por completo diferente.

¿No advierten ustedes qué poca energía tienen casi todas las personas que los rodean, incluyendo sus padres y sus maestros? Están muriendo lentamente, aun cuando sus cuerpos no hayan envejecido todavía. ¿Por qué? Porque han sido sometidos por la sociedad. Vean, sin comprender su propósito fundamental, que es el de liberar la extraordinaria cosa llamada mente -con su capacidad de crear submarinos atómicos y aviones a reacción, de escribir la más maravillosa poesía y prosa, de hacer del mundo algo tan bello y también de destruirlo- sin comprender su propósito fundamental que es el de encontrar la verdad, encontrar a Dios, esta energía se vuelve destructiva; y entonces la sociedad dice: “Tenemos que moldear y controlar la energía del individuo”.

Me parece, pues, que el propósito de la educación es el de liberar la energía en la búsqueda de la bondad, de la verdad, de Dios, búsqueda que a su vez hace del individuo un verdadero ser humano y, por lo tanto, la clase correcta de ciudadano. Pero sin la comprensión de todo esto, la mera disciplina no tiene sentido, es una cosa de lo más destructiva. A menos que cada uno de ustedes reciba una educación tal que, cuando deje la escuela y penetre en el mundo, esté lleno de vitalidad e inteligencia, lleno de una energía tan rica que le permita descubrir aquello que es verdadero, será meramente absorbido por la sociedad; será sofocado, destruido, y se convertirá en un ser humano miserablemente infeliz por el resto de su vida. Como un río crea las márgenes que lo contienen, así la energía que busca la verdad crea su propia disciplina sin ninguna forma de imposición; y tal como el río encuentra el mar, así esa energía encuentra su propia libertad.

XXIII

¿Alguna vez se han preguntado por qué, a medida que la gente envejece, parece perder toda la alegría de vivir? Al presente casi todos ustedes, los jóvenes, son bastante felices; tienen sus pequeños problemas, están los exámenes que los inquietan, pero a pesar de estas preocupaciones hay en la vida de ustedes cierta alegría, ¿no es así? Existe una espontánea, fácil aceptación de la vida, un mirar las cosas jovial y dichosamente. ¿Y por qué, a medida que envejecemos, parecemos perder esa jubilosa insinuación de algo que está más allá, algo de mayor significación? ¿Por qué tantos de nosotros, cuando llegamos a la llamada madurez, nos volvemos torpes, insensibles a la alegría, a la belleza, a los cielos abiertos y a la tierra maravillosa?

¿Saben?, cuando uno se formula esta pregunta, son muchas las explicaciones que acuden a la mente. Una explicación es que estamos muy ocupados con nosotros mismos. Luchamos para llegar a ser “alguien”, para alcanzar y mantener cierta posición; tenemos hijos y otras responsabilidades, y tenemos que ganarnos la subsistencia. Todas estas cosas externas pronto nos abruman y, en consecuencia, perdemos la alegría de vivir. Miren los rostros más viejos que los rodean, vean qué tristes son casi todos, qué llenos de ansiedad y más bien enfermos se los ve, qué retraídos, solitarios y a veces neuróticos, sin una sola sonrisa... ¿No se preguntan por qué? Y aun cuando sí se lo preguntan, casi todos parecen satisfacerse con meras explicaciones.

Ayer en la tarde vi una embarcación que navegaba río arriba a toda vela, llevada por el viento del Oeste. Era un bote grande, cargado con leña para la ciudad. El sol se estaba poniendo, y este bote recortado contra el cielo era asombrosamente bello. El botero sólo lo guiaba, no había ningún esfuerzo porque el viento hacía todo el trabajo. De igual manera, si cada uno de nosotros pudiera comprender el problema del esfuerzo y el conflicto, entonces creo que podríamos vivir sin esforzarnos, dichosamente, con una sonrisa en el rostro.

Pienso que es el esfuerzo lo que nos destruye, esta lucha en que gastamos casi todos los instantes de nuestra vida. Si observan a las personas mayores que los rodean, verán que para la mayoría de ellas la vida es una serie de batallas consigo mismas, con sus esposas o sus maridos, con sus vecinos, con la sociedad; y esta lucha incesante disipa la energía. El hombre que conoce la alegría, que es realmente feliz, no está preso en el esfuerzo. Vivir sin esfuerzo no significa que uno tenga que vegetar, que tenga que ser torpe, necio; por el contrario, sólo el hombre sabio, extraordinariamente inteligente, está en verdad libre del esfuerzo, de la lucha.

Pero ya ven, cuando oímos hablar de vivir sin esfuerzo, deseamos ser así, queremos alcanzar un estado en el cual no tendremos lucha ni conflicto; de modo que hacemos de eso nuestra meta, nuestro ideal y nos esforzamos por lograrlo; y tan pronto hacemos esto, hemos perdido la alegría de vivir. Estamos nuevamente atrapados en el esfuerzo, en la lucha. El objeto de la lucha varía, pero toda lucha es esencialmente lo mismo. Uno puede luchar para producir reformas sociales, o para encontrar a Dios, o para crear una relación mejor entre uno mismo y su esposa o marido, o con su vecino; uno puede sentarse a la orilla del Ganges, adorar a los pies de algún gurú, etcétera. Todo esto es esfuerzo, lucha. Lo importante, pues, no es el objeto de la lucha, sino comprender la lucha misma.

Ahora bien, ¿es posible que la mente no sólo advierta de manera casual que por el momento no está luchando, sino que esté por completo libre de la lucha durante todo el tiempo, de modo que descubra un estado de felicidad en que no existe el sentido de lo superior y lo inferior?

Nuestra dificultad estriba en que la mente se siente inferior, y por eso lucha para ser o llegar a ser algo, o para tender un puente sobre sus múltiples deseos contradictorios. Pero no nos entreguemos a explicaciones de por qué la mente está llena de luchas. Todo hombre que piensa sabe por qué existe la lucha tanto interna como externamente. Nuestra envidia, nuestra codicia, nuestra ambición, nuestro afán competitivo que conduce a una eficiencia despiadada, estos son, obviamente, los factores que originan nuestra lucha, ya sea en este mundo o en el mundo del futuro.

Por lo tanto, no tenemos que estudiar libros de psicología para saber por qué luchamos; y lo esencial, sin duda, es descubrir si la mente puede estar por completo libre de la lucha.

Después de todo, el conflicto es entre lo que somos y lo que deberíamos ser o quisiéramos ser. Pues bien, sin dar explicaciones, ¿puede uno comprender todo este proceso de lucha para que llegue a su fin? Como ese bote que se estaba moviendo con el viento, ¿puede la mente dejar de luchar? Por cierto que ésta es la pregunta, y no cómo alcanzar un estado en que no haya lucha. El esfuerzo mismo de alcanzar tal estado, es un proceso de lucha y, por lo tanto, ese estado nunca se alcanza. Pero si observamos de instante en instante cómo la mente queda atrapada en una lucha perpetua -si sólo observamos el hecho sin tratar de alterarlo, sin tratar de forzar en la mente cierto estado al que llamamos “paz”- entonces descubriremos que, con total espontaneidad, la mente cesa de luchar; y en ese estado puede aprender enormemente. Entonces el aprender no es meramente el proceso de reunir información, sino el descubrimiento de las extraordinarias riquezas que se encuentran más allá del alcance de la mente; y para la mente que hace este descubrimiento hay felicidad.

Obsérvense a sí mismos y verán cómo luchan de la mañana a la noche, y cómo la energía de que disponen se desgasta en esta lucha. Si uno meramente trata de explicar por qué lucha, se pierde en explicaciones y la lucha continúa; mientras que si observa su mente en silencio, sin dar explicaciones, si sólo deja que la mente se percate de sus propias luchas, uno pronto descubrirá que llega un estado en que no hay lucha en absoluto, sino una asombrosa percepción alerta. En ese estado de percepción alerta no hay sentido alguno de lo superior y lo inferior, no existe el gran hombre y el hombre pequeño, no existe el gurú. Todos esos absurdos han desaparecido porque la mente esta por completo despierta; y la mente que está por completo despierta es alegre, feliz.

XXIV

Uno de los principales problemas que afrontamos todos nosotros, y especialmente aquellos que ahora reciben educación y pronto tendrán que salir y enfrentarse al mundo, es la cuestión de la reforma. Diversos grupos de personas -los socialistas, los comunistas y los reformadores de todo tipo- se interesan en producir ciertos cambios en el mundo, cambios que son obviamente necesarios. Si bien en algunos países existe un considerable grado de prosperidad, en todo el mundo sigue habiendo hambre, inanición, y millones de seres humanos no tienen ropa suficiente ni un sitio apropiado para dormir. ¿Y cómo podría tener lugar una reforma fundamental que no produjera más caos, más desdicha y conflicto? Ése es el verdadero problema, ¿no es así? Si uno lee un poco de historia y observa el actual giro que toman los acontecimientos políticos, resulta obvio que lo que llamamos reforma, por deseable y necesaria que pueda ser, siempre trae como secuela otras formas ulteriores de confusión y conflicto; y para contrarrestar esta nueva desdicha, se hacen necesarias más leyes, más frenos y controles. La reforma crea nuevos desórdenes; al enmendar estos, se siguen produciendo más desórdenes, y así continúa el círculo vicioso. Es a esto que nos enfrentamos, y es un proceso que parece no terminar jamás.

Ahora bien, ¿cómo hemos de abrirnos paso a través de este círculo vicioso? Ténganlo presente, es obvio que la reforma es necesaria; pero, ¿es posible la reforma sin que se siga produciendo más confusión? Me parece que éste es uno de los problemas fundamentales en que debe interesarse cualquier persona reflexiva. La cuestión no es qué clase de reforma se necesita, o a qué nivel; lo importante es averiguar si cualquier reforma es completamente posible sin que traiga consigo otros problemas que, a su vez, crean la necesidad de más reformas. ¿Y qué ha de hacer uno para romper con este proceso interminable? Ciertamente, el propósito de la educación, tanto en la escuela pequeña como en la gran universidad, es abordar este problema no de manera abstracta o teórica, no mediante el mero filosofar o escribir libros al respecto, sino afrontándolo efectivamente a fin de descubrir el modo de resolverlo. El hombre está atrapado en este círculo vicioso de las reformas que siempre requieren reformas ulteriores y, si este círculo no se rompe, nuestros problemas no pueden tener solución.

¿Qué clase de educación, pues, qué clase de pensar se necesita para romper este círculo vicioso? ¿Qué acción pondrá fin al incremento de los problemas en todas nuestras actividades?

¿Hay algún movimiento del pensar, en cualquier dirección que sea, que pueda liberar al hombre de esta manera de vivir que, al reformarse, necesita siempre de más reformas? En otras palabras, ¿existe una acción que no nazca de la reacción?

Pienso que hay un modo de vivir en el que no existe este proceso de las reformas que engendran más infortunio, y ese modo puede llamarse religioso. La persona verdaderamente religiosa no se interesa en la reforma, no se interesa en producir meramente un cambio en el orden social; por el contrario, ella está buscando lo que es verdadero, y esa búsqueda minina tiene un efecto transformador sobre la sociedad. Por eso es que la educación tiene que interesarse principalmente en ayudar al estudiante a buscar la verdad, a buscar a Dios, y no en prepararlo meramente para que encaje en el patrón de una sociedad determinada.

Pienso que es muy importante comprender esto mientras somos jóvenes; porque, a medida que pasan los años y empezamos a dejar de lado nuestros pequeños entretenimientos y nuestras distracciones, nuestras pequeñas ambiciones y nuestros apetitos sexuales, nos volvemos más agudamente conscientes de los inmensos problemas que afronta el mundo, y entonces queremos hacer algo al respecto, querernos producir alguna clase de mejoramiento. Pero a menos que seamos profundamente religiosos, sólo crearemos más confusión, más desdicha. Y la religión no tiene nada que ver con sacerdotes, iglesias, dogmas o creencias organizadas. Estas cosas no son religión en absoluto, son meramente conveniencias sociales para sujetarnos dentro de un patrón particular de pensamiento y acción; son medios para explotar nuestra credulidad, nuestra esperanza y nuestro miedo. La religión es la búsqueda de la verdad, de Dios, y esta búsqueda requiere una energía enorme, una inteligencia amplia, un pensar sutil. Es en esta búsqueda misma de lo inconmensurable que existe la correcta acción social, no en la llamada reforma de una sociedad particular.

Para descubrir qué es la verdad tiene que haber un gran amor y una profunda percepción de la relación del hombre con todas las cosas -lo cual implica que uno no se interesa en su progreso propio, en sus logros personales. La búsqueda de la verdad es auténtica religión, y únicamente el hombre que está buscando la verdad es un hombre religioso. Un hombre así, gracias a su amor, está fuera de la sociedad, y su acción sobre la sociedad es, en consecuencia, por completo diferente de la de un hombre que está dentro de la sociedad y se interesa en reformarla. El reformador nunca podrá crear una cultura nueva. Lo que se necesita es la acción del hombre verdaderamente religioso, porque esta acción, esta búsqueda religiosa misma, produce su propia cultura, y ésa es nuestra única esperanza. Vean, la búsqueda de la verdad otorga una explosiva creatividad a la mente, lo cual es la verdadera revolución, porque en esta búsqueda la mente no se contamina con los edictos y sanciones de la sociedad. Al estar libre de todo eso, el hombre religioso puede descubrir lo que es verdadero; y es este descubrimiento, de instante en instante, el que crea una nueva cultura.

Por eso es muy importante que tengan ustedes la clase apropiada de educación. Para ello el educador mismo debe educarse apropiadamente, de modo que no considere la enseñanza como un mero medio de ganarse la subsistencia, sino que sea capaz de ayudar al estudiante para que éste deje de lado todos los dogmas y no esté aferrado a ninguna religión o creencia Las personas que se reúnen basándose en una autoridad religiosa, o para practicar ciertos ideales, se interesan todas en la reforma social, que es meramente el decorado de los moros de la prisión. Sólo el hombre genuinamente religioso es verdaderamente revolucionario; y la educación tiene como función ayudarnos a cada uno de nosotros a ser religiosos en el verdadero sentido de la palabra, porque sólo en esa dirección reside nuestra salvación.

PARTE III : PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Interlocutor: Sabemos que el sexo es una necesidad física y psicológica ineludible, y él parece ser una causa profunda de caos en la vida personal de nuestra generación. ¿Cómo podemos entendernos con este problema?

Krishnamurti: ¿Por qué es que cualquier cosa que tocamos la convertimos en problema? Hemos hecho de Dios un problema, hemos hecho del amor, de la relación, del vivir, un problema, y hemos hecho del sexo un problema. ¿Por qué todo lo que hacemos es un problema, un horror? ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué se ha convertido el sexo en un problema? ¿Por qué nos allanamos a vivir con problemas, por qué no les ponemos fin? ¿Por qué no morimos para nuestros problemas en lugar de llevarlos con nosotros día tras día, año tras año? El sexo es, por cierto, una cuestión pertinente; pero está la pregunta primordial: ¿por qué hacemos de la vida un problema? El trabajar, el sexo, el ganar dinero, el pensar, el sentir, el vivenciar -toda la trama del vivir, bien lo sabéis-, ¿por qué constituye un problema? ¿No es esencialmente porque siempre pensamos desde un punto de vista particular, desde un punto de vista fijo? Siempre pensamos desde un centro hacia la periferia; mas la periferia es el centro para la mayoría de nosotros, de suerte que todo lo que tocamos es superficial. Pero la vida no es superficial, exige ser vivida completamente, y como sólo vivimos superficialmente, conocemos tan sólo la reacción superficial. Cualquier cosa que hagamos en la periferia tiene inevitablemente que crear un problema, y eso es nuestra vida; vivimos en lo superficial, y ahí estamos contentos de vivir con todos los problemas de lo superficial. Así, pues, los problemas existen mientras vivimos en lo superficial, en la periferia, siendo la periferia el “yo”, y sus sensaciones, las cuales pueden ser exteriorizadas o hechas subjetivas, que pueden ser identificadas con el universo, con la patria o con alguna otra cosa compuesta por la mente.

Mientras vivamos dentro del ámbito de la mente, tiene que haber complicaciones, tiene que haber problemas; y eso es todo lo que sabemos. La mente es sensación, la mente es el resultado de sensaciones y reacciones acumuladas, y todo lo que ella toca ha de causar forzosamente miseria, confusión, un interminable problema. La mente es la causa real de nuestros problemas, la mente que funciona de un modo mecánico día y noche, consciente e inconscientemente. La mente es algo sumamente superficial; y hemos pasado generaciones, y pasamos toda nuestra vida cultivando la mente, haciéndola más y más sagaz, más y más sutil, más y más astuta, más y más falsa y tortuosa, todo lo cual resulta manifiesto en todas las actividades de nuestra vida. La naturaleza misma de nuestra mente es ser deshonesta, aviesa, incapaz de enfrentar los hechos; y eso es lo que crea problemas, esa es la cosa que constituye en sí el problema.

¿Qué entendemos por problema del sexo? ¿Es el acto, o es un pensamiento acerca del acto? No es el acto, por cierto. El acto sexual no es para vosotros un problema en mayor grado que lo es el comer; pero si pensáis en la comida o en cualquier otra cosa el día entero porque no tenéis nada más en qué pensar, ello llega a ser para vosotros un problema. ¿El problema es, pues, el acto sexual o lo es el pensamiento acerca del acto? ¿Y por qué pensáis en él? ¿Por qué lo reforzáis, cosa que evidentemente hacéis? Los cines, las revistas ilustradas, los cuentos que leéis, el modo de vestir de las mujeres, todo ello refuerza vuestro pensamiento sexual.

Y ¿por qué la mente lo refuerza, por qué la mente piensa absolutamente en el acto sexual? ¿Por qué? ¿Por qué ha llegado a ser asunto principal en vuestra vida? Habiendo tantas cosas que llaman y reclaman vuestra atención, prestáis atención completa al pensamiento sexual. ¿Qué ocurre, por qué vuestra mente se halla tan ocupada con eso? Porque eso es un modo de fundamental evasión, ¿no es así? Es una manera de olvidarse completamente de uno mismo. Por el momento, por aquel instante al menos; podéis olvidaros de vosotros mismos -y no hay ninguna otra manera de lograr ese olvido. Todo lo demás que hacéis en la vida acentúa el “yo”. Vuestros negocios, vuestra religión, vuestros dioses, vuestros dirigentes, vuestras acciones políticas y económicas, vuestras evasiones, vuestras actividades sociales, vuestro ingreso a un partido y repudio de otro, todo eso acentúa y da vigor al “yo”. Es decir, un solo acto existe en el cual no hay acentuación del “yo”, de suerte que ese acto se convierte en problema, ¿no es cierto? Cuando en vuestra vida hay una sola cosa que sea una vía de escape fundamental, de completo olvido de vosotros mismos si bien por pocos segundos tan sólo, os aferráis a ese acto por ser el único momento en que sois felices. Todo otro asunto que toquéis se convierte en pesadilla, en fuente de sufrimiento y dolor, de suerte que os apegáis a la única cosa que os brinda completo olvido de vosotros mismos, y a la que llamáis felicidad. Mas cuando os aferráis a ella, también ella se vuelve pesadilla, porque entonces deseáis libraros de ella, no queréis ser su esclavo. Y así inventáis -de nuevo interviene la mente- la idea de castidad, de celibato, y tratáis de ser célibes, de ser castos, mediante la represión, todo lo cual son operaciones de la mente para aislarse del hecho. Esto, una vez más, acentúa de un modo particular el “yo”, que trata de llegar a ser algo, y una vez más os veis atrapados en afanes, en dificultades, en el esfuerzo y el dolor.

El sexo llega a ser un problema en extremo difícil y complejo mientras no comprendéis la mente que piensa en el problema. El acto en sí jamás puede ser un problema, pero el pensamiento acerca del acto crea el problema. El acto lo protegéis, lo resguardáis; vivís en forma disoluta u os dais rienda suelta en el matrimonio prostituyendo a vuestra esposa, todo lo cual resulta muy respetable en apariencia; y quedáis satisfechos de dejarlo todo en ese estado. Lo cierto es que el problema sólo puede resolverse cuando comprendéis íntegramente el proceso y la estructura del “yo” y de lo “mío”: “mi” esposa, “mi” hijo, “mi” propiedad, “mi” coche, “mi” logro, “mi” éxito; y hasta que comprendáis y resolváis todo eso, el sexo seguirá siendo un problema. Mientras seáis ambiciosos -en el terreno político, religioso o en cualquier otro-, mientras acentuéis el “yo”, el pensador, el experimentador, nutriéndolo de ambición ya sea en nombre de vosotros mismos como individuos o en nombre del país, del partido o de una idea que llamáis religión, mientras haya esa actividad de autoexpansión, tendréis un problema sexual. Vosotros, por una parte, os creáis, os alimentáis y os expandís, mientras por otra parte tratáis de olvidaros de vosotros mismos, de perder la noción de vosotros mismos, así sea por un momento. ¿Cómo pueden existir juntas ambas cosas? Vuestra vida, pues, es una contradicción: acentuación del “yo” y olvido del “yo”. La sexualidad no es un problema; el problema es esta contradicción en vuestra vida; y la contradicción no puede ser salvada por la mente, porque la mente misma es una contradicción. La contradicción puede ser comprendida tan sólo cuando comprendéis plenamente el proceso total de vuestra existencia diaria. El ir al cine y observar a las mujeres en la pantalla, el leer libros que estimulan el pensamiento, las revistas con sus imágenes semidesnudas, vuestra manera de mirar a las mujeres, los ojos subrepticios que os atrapan; todas esas cosas alientan a la mente por medios tortuosos a acentuar el “yo”; y al mismo tiempo tratáis de ser buenos, afectuosos, tiernos. Ambas cosas no pueden ir juntas. El hombre que es ambicioso, en lo espiritual o de otro modo, nunca podrá estar sin problemas, porque los problemas sólo cesan cuando el “yo” es olvidado, cuando el “yo” es inexistente; y ese estado de inexistencia del “yo” no es un acto de voluntad, no es una mera reacción. La sexualidad llega a ser una reacción; y cuando la mente procura resolver el problema, sólo torna el problema más confuso, más fastidioso, más doloroso. El acto, pues, no es el problema, sino que lo es la mente, la mente que dice que debe ser casta. La castidad no es de la mente. La mente sólo puede reprimir sus propias actividades, y la represión no es castidad. La castidad no es una virtud, la castidad no puede ser cultivada. El hombre que cultiva la humildad no es por cierto un hombre humilde; podrá llamarle a su orgullo humildad, pero él es un hombre orgulloso, y es por eso que busca volverse humilde. Nunca el orgullo puede llegar a ser humilde, y la castidad no es cosa de la mente; no podéis haceros castos. Sólo conoceréis la castidad cuando haya verdadero amor, y el amor no es de la mente ni una cosa de la mente.

Así, pues, el problema sexual que tortura a tanta gente a través del mundo, no puede ser resuelto hasta que la mente sea comprendida. No podemos poner fin al pensamiento; pero éste cesa cuando el pensador cesa, y el pensador sólo cesa cuando hay comprensión de todo el proceso. El temor surge cuando hay división entre el pensador y su pensamiento; sólo cuando no hay pensador no hay conflicto en el pensamiento. Lo que está implícito no requiere esfuerzo para comprenderse. El pensador surge del pensamiento; entonces el pensador se empeña por plasmar, por dominar sus pensamientos, o por darles fin. El pensador es un ente ficticio, una ilusión de la mente. Cuando hay comprensión del pensamiento como un hecho, entonces no hay necesidad de pensar en el hecho. Si hay simple y alerta captación sin opción, entonces aquello que está implícito en el hecho empieza a revelarse. Termina, por lo tanto, el pensamiento como hecho. Entonces veréis que los problemas que corren nuestro corazón y mente, dos problemas de nuestra estructura social, pueden ser resueltas. Entonces lo sexual ya no es un problema, tiene su lugar apropiado, no es ni una cosa impura ni una cosa pura. El sexo tiene su lugar, pero cuando la mente le da un lugar predominante, entonces se convierte en un problema. La mente le da a lo sexual el lugar predominante porque no puede vivir sin algo de felicidad, y así lo sexual se vuelve problema; mas cuando la mente comprende todo el problema y así llega a su fin, es decir, cuando el pensamiento cesa, entonces hay creación; y es esa creación lo que nos hace felices. Estar en ese estado de creación es bienaventuranza, porque es un olvido de uno mismo en el que no hay reacción como del “yo”. Esta no es una respuesta abstracta al diario problema sexual, es la única respuesta. La mente desconoce el amor, y sin amor no hay castidad; y es porque no hay amor que hacéis de lo sexual un problema.

Interlocutor: ¿Qué entiende usted por amor?

Krishnamurti: Vamos a descubrir comprendiendo lo que el amor no es; porque, como el amor es lo desconocido, a él tenernos que allegarnos descartando lo conocido. Lo desconocido no puede ser descubierto por una mente que está llena de lo conocido. Lo que vamos a hacer, pues, es descubrir los valores de lo conocido, considerar lo conocido; y cuando simplemente se lo considera sin condenación, la mente se libra de lo conocido. Entonces sabremos lo que es el amor. Tenemos, pues, que enfocar el amor negativamente, no positivamente.

¿Qué es el amor para la mayoría de nosotros? Cuando decimos que amamos a alguien, ¿qué queremos dar a entender? Queremos decir que poseemos esa persona. De esa posesión surgen los celos, porque si lo pierdo a él -o a ella- ¿qué sucede? Me siento vacío, perdido; por lo cual legalizo la posesión. Lo retengo a él -o a ella-. Del hecho de retener, de poseer a esa persona, provienen los celos, el temor y todos los innumerables conflictos que surgen de la posesión. Esa posesión, ciertamente, no es amor. ¿Acaso lo es?

Es obvio que el amor no es sentimiento. Ser sentimental, ser emotivo, no es amor, porque el sentimentalismo y la emoción son meras sensaciones. Una persona religiosa que llora nombrando a Jesús o a Krishna, a su “guía espiritual” o a alguna otra persona, es simplemente sentimental, emotiva. Se entrega a la sensación, que es un proceso de pensamiento, y el pensamiento no es amor. El pensamiento es resultado de la sensación. Así, pues, la persona que es sentimental, emotiva, no tiene posibilidad de conocer el amor. Nuevamente, ¿no somos emotivos y sentimentales? El sentimentalismo, la emotividad, son una mera forma de la autoexpansión. Estar lleno de emoción no es amor, evidentemente, porque una persona sentimental puede ser cruel cuando sus sentimientos no se ven correspondidos, cuando no tienen salida. Una persona emotiva puede ser incitada a odiar, lanzada a la guerra, a la matanza. Y el hombre que es sentimental, lleno de lágrimas con motivo de su religión, carece ciertamente de amor.

¿El perdón es amor? ¿Qué está implícito en el perdón? Vosotros me insultáis y yo me resiento, lo recuerdo; luego, por compulsión o arrepentimiento, digo “os perdono”. Primero retengo y luego rechazo. ¿Eso qué significa? Que yo sigo siendo la figura central. Sigo siendo importante; soy yo que perdono a alguien. Mientras exista la actitud de perdonar, quien es importante soy yo, no la persona que, según se supone, me ha insultado. De suerte que, cuando yo acumulo resentimiento y luego niego ese resentimiento, lo cual vosotros llamáis “perdón”, ello no es amor. Es obvio que el hombre que ama no tiene enemistad alguna, y a todas estas cosas él es indiferente. La simpatía, el perdón, la relación que existe cuando se posee, los celos y el temor, nada de eso es amor. Todo eso pertenece a la mente, ¿no es así? Mientras la mente sea el árbitro no hay amor, pues la mente sólo arbitra poseyendo, y su arbitraje es mera posesividad en diferentes formas. La mente sólo puede corromper el amor, no puede dar nacimiento al amor, no puede brindar belleza. Podéis escribir un poema sobre el amor, pero eso no es amor.

Es obvio que no hay amor cuando no hay verdadero respeto, cuando no respetáis a los demás, ya se trate de criados o de amigos. ¿No habéis advertido que no sois respetuosos, buenos, generosos, con vuestros servidores, con las personas que, según se dice, están “por debajo” de vosotros? Pero sentís respeto por los que están arriba, por vuestro jefe, por el millonario, por el hombre con título y una gran casa, por el que puede brindaros mejor posición, un empleo mejor, por la persona de quien podéis obtener algo. Pero maltratáis a los de condición más baja que vosotros, con quienes usáis un lenguaje especial. Donde no hay, pues, respeto, no hay amor. Donde no hay compasión, piedad, perdón, no hay amor. Y como la mayoría de nosotros nos hallamos en ese estado, carecemos de amor. No somos respetuosos, ni compasivos, ni generosos. Somos posesivos, llenos de sentimientos y emociones que pueden ser dirigidos en uno de estos sentidos: matar, asesinar, o hacer causa común con otros para algún fin disparatado, fruto de la ignorancia. ¿Cómo, pues, puede haber amor?

Sólo podéis conocer el amor cuando todas esas cosas han cesado, terminado; sólo cuando no poseéis, cuando no sois meramente emotivos en vuestra devoción por un objeto. Tal devoción es una súplica, es buscar algo en forma diferente. El hombre que ora no conoce el amor. Corno sois posesivos, como buscáis una finalidad, un resultado, mediante la devoción y la plegaria -lo cual os torna sentimentales, emotivos- es natural que no haya amor; y es obvio que no hay amor cuando no hay respeto. Podréis decir que sí tenéis respeto, pero vuestro respeto es para el superior; ello es simplemente el respeto que proviene de desear algo, es el respeto del temor. Si realmente sintierais respeto, seríais respetuosos con los inferiores y no sólo con los llamados “superiores”; y como ese respeto no lo tenéis, en vosotros no hay amor. ¡Cuán pocos entre nosotros somos generosos, magnánimos, compasivos! Sois generosos cuando os conviene, compasivos cuando esperáis algún provecho. Cuando esas cosas desaparezcan, cuando no ocupen vuestra mente, y cuando las cosas de la mente no llenen vuestro corazón, entonces habrá amor; y sólo el amor puede transformar la actual locura e insania del mundo, no los sistemas, ni las teorías de izquierda o de derecha. Sólo amáis realmente cuando no poseéis, cuando no sois envidiosos, codiciosos, cuando sois respetuosos, cuando tenéis misericordia y compasión, cuando tenéis consideración por vuestra esposa, vuestros hijos, vuestro vecino, vuestros infortunados servidores

Acerca del amor no se puede pensar; el amor no puede ser cultivado ni practicado. La práctica del amor, la práctica de la fraternidad, sigue estando en el ámbito de la mente, y por lo tanto no es amor. Cuando todo eso ha cesado, entonces surge el amor, entonces conoceréis qué es amar. Por consiguiente el amor no es cuantitativo sino cualitativo. No decís “amo al mundo entero”; pero cuando sabéis amar a uno, sabéis amar a todos. Es porque no sabemos amar a uno, que nuestro amor a la humanidad es ficticio. Cuando amáis, no hay uno ni muchos: hay sólo amor. Sólo cuando hay amor pueden resolverse todos nuestros problemas; y entonces conoceremos su felicidad y su bienaventuranza.

Interlocutor: ¿Como podemos vivir dichosamente?

Krishnamurti: Cuando estás viviendo dichosamente, ¿lo sabes? Sabes cuando estás sufriendo, cuando tienes un dolor físico. Cuando alguien te golpea o se enoja contigo, sabes que sufres. Pero cuando eres dichoso, ¿lo sabes? ¿Tienes conciencia de tu cuerpo cuando está sano? Ciertamente, la felicidad es un estado del cual somos inconscientes, del cual no nos percatamos. En el momento en que nos damos cuenta de que somos felices, dejamos de ser felices, ¿no es así? Pero casi todos ustedes sufren; siendo conscientes de eso, desean escapar del sufrimiento hacia lo que llaman felicidad. Quieren ser conscientemente felices; y en el momento en que son conscientemente felices, la felicidad se ha ido. ¿Puedes decir alguna vez que eres dichoso? Es solamente después, un instante o una semana después cuando dices: " ¡qué feliz fui, qué dichoso he sido!". En el instante real eres inconsciente de la felicidad, y ésa es su belleza.

Interlocutor: ¿Es factible para un hombre librarse de todo sentimiento de temor y, al mismo tiempo, permanecer en la sociedad?

Krishnamurti: ¿Qué es la sociedad? Un conjunto de valores, un conjunto de normas, regulaciones y tradiciones, ¿no es así? Uno ve estas condiciones externas y dice: "¿puedo tener una relación práctica con todo eso?" ¿Por qué no? Después de todo, si uno encaja meramente en esa estructura de los valores, ¿es libre? ¿Y qué es lo que entiendes por "factible"? Hay muchas cosas que uno puede hacer para ganarse la vida; y si eres libre, ¿acaso no puedes elegir lo que quieres hacer? ¿No es eso factible? ¿O considerarías factible olvidar tu libertad y encajar meramente en la estructura convirtiéndote en abogado, banquero, comerciante o barrendero? Ciertamente, si eres libre y has cultivado tu inteligencia, descubrirás qué es lo mejor para ti. Dejarás de lado todas las tradiciones y harás algo que amas realmente, sin considerar lo que tus padres o la sociedad aprueben o desaprueben. A causa de que eres libre hay inteligencia, y harás algo que es completamente tuyo, actuarás como un ser humano integrado.

Interlocutor: ¿Cómo podemos hacer para liberar nuestras mentes, cuando vivimos en una sociedad llena de tradición?

Krishnamurti: En primer lugar, deben tener el impulso, la exigencia de libertad. Es como el anhelo de volar que tiene el pájaro o el de las aguas del río, de fluir. ¿Tienen este impulso de ser libres? Si lo tienen, ¿qué ocurre entonces? Sus padres y la sociedad tratan de forzarles dentro de un molde. ¿Pueden resistirles? Encontrarán que es difícil, porque sienten temor. Temor de no conseguir un empleo, de no conseguir la esposa o el marido apropiado, de que puedan padecer hambre, de lo que la gente podría decir de ustedes. Aunque deseen ser libres, sienten temor; por lo tanto, no van a resistir. El temor a lo que la gente pueda decir o a lo que sus padres puedan hacer, les bloquea, y así son forzados dentro del molde.

Ahora bien, ¿pueden decir: "yo quiero saber y no me importa si padezco hambre, Sea lo que fuera lo que ocurra, voy a luchar contra las barreras de esta sociedad corrupta, porque quiero ser libre para descubrir"? ¿Pueden decir eso? Cuando viven con temor, ¿pueden oponerse a todas estas barreras, a todas estas imposiciones? Es muy importante, pues, ayudar al niño desde la más tierna edad a que vea las aplicaciones del temor y se libere de él. En el momento en que están ustedes atemorizados, se termina la libertad.

Interlocutor: ¿Qué es la verdadera libertad y cómo puede uno adquirirla?

Krishnamurti: La verdadera libertad no es algo que pueda adquiriese, es el resultado de la inteligencia. No puedes salir y comprar la libertad en el mercado. No puedes obtenerla leyendo un libro o escuchando hablar a alguien. La libertad adviene con la inteligencia. ¿Pero qué es la inteligencia? ¿Puede haber inteligencia cuando hay temor o cuando la mente está condicionada? Cuando tu mente tiene prejuicios o cuando piensas que eres un ser humano maravilloso, o cuando eres muy ambicioso y deseas trepar la escalera del éxito, mundano o espiritual, ¿puede haber inteligencia? Cuando sólo te interesas en ti mismo, cuando sigues a alguien o le rindes culto, ¿puede haber inteligencia? Ciertamente, la inteligencia llega cuando comprendes toda esta estupidez y rompes con ella. Por lo tanto, tienes que empezar, y lo primero es que te des cuenta de que tu mente no es libre. Has de observar cómo tu mente está atada por todas estas cosas; ése es el principio de la inteligencia, la cual trae libertad. Tienes que encontrar la respuesta por ti mismo. ¿De qué sirve que algún otro sea libre cuando tú no lo eres, o que algún otro tenga comida cuando tú tienes hambre?

Para ser creativo, lo cual implica tener verdadera iniciativa, tiene que haber libertad; y para que haya libertad tiene que haber inteligencia. Tienes, pues, que investigar y descubrir qué es lo que impide que haya inteligencia. Has de investigar la vida, cuestionar los valores sociales, todo, y no aceptar nada sólo porque estés atemorizado.

Interlocutor: ¿Cuál es el verdadero propósito de la vida?

Krishnamurti: Es, en primer lugar, lo que tú haces de ella. Es lo que tú haces de la vida.

Interlocutor: Por lo que toca a la realidad, tiene que haber alguna otra cosa. Yo no estoy particularmente interesado en tener un propósito personal, pero quiero saber cuál es el propósito para todos.

Krishnamurti: ¿Cómo lo descubrirás? ¿Quién te lo mostrará? ¿Puedes descubrirlo leyendo? Si lees, un autor puede darte un método particular, mientras que otro autor puede ofrecerte un método completamente distinto. Si acudes a un hombre que está sufriendo te dirá que el propósito de la vida es ser feliz. Si acudes a un hombre que se está muriendo de hambre, que por años no ha tenido comida suficiente, su propósito será tener el estómago lleno. Si acudes a un político, su propósito será convertirse en uno de los que dirigen, de los que gobiernan el mundo. Si le preguntas a una mujer joven, ella dirá: "Mi propósito es tener un bebé". Si acudes a un sannyasi su propósito es encontrar a Dios. El propósito, el deseo implícito de la gente es, por lo general, encontrar algo gratificante, confortador; todos quieren alguna forma de seguridad, de garantía, de modo que no tengan dudas ni cuestionamientos, ni ansiedad ni temor. La mayoría de nosotros quiere algo permanente a lo cual aferrarse, ¿no es así?

Por lo tanto, el propósito general para el hombre es alguna clase de esperanza, de seguridad, de permanencia. No digas: "¿Eso es todo?". Ése es el hecho inmediato, y primero tienes que estar plenamente familiarizado con eso. Tienes que cuestionar todo eso, lo cual implica que tienes que cuestionarte a ti mismo. El propósito general de la vida está incrustado en ti, porque eres parte de la totalidad. Tú mismo deseas seguridad, permanencia, felicidad; deseas algo a lo cual poder asirte. Ahora bien, para descubrir si hay alguna otra cosa más allá, alguna verdad que no es de la mente, es preciso terminar con todas las ilusiones que la mente crea, o sea, que tienes que comprenderlas y dejarlas de lado. Sólo entonces podrás descubrir lo verdadero, si hay un propósito o no lo hay. Estipular que debe haber un propósito o creer que hay un propósito, es meramente otra ilusión. Pero si puedes cuestionar todos tus conflictos, tus luchas, tus pesares, tus vanidades, tus ambiciones, esperanzas y temores, examinar cuidadosamente todo eso e ir mucho más allá, entonces descubrirás.

Interlocutor: ¿Por qué hay dolor y desdicha en el mundo?

Krishnamurti: Me pregunto si ese niño sabe qué significan esas palabras. Probablemente ha visto a un asno sobrecargado, con las patas casi quebradas, o ha visto llorar a otro niño, o a una madre golpeando a su hijo. Tal vez ha visto a los mayores peleando entre ellos. Y está la muerte, el cuerpo que llevan para ser cremado; está el mendigo, hay pobreza, enfermedad, vejez; hay dolor, no sólo fuera de nosotros sino internamente. Por eso él pregunta: "¿Por qué hay dolor?". ¿No desean saberlo también ustedes? ¿Alguna vez se han hecho preguntas acerca de las causas de su propio dolor? ¿Qué es el dolor? ¿Por qué existe? Si deseo algo y no puedo obtenerlo, me siento infeliz; si deseo tener más saris, más dinero, o si quiero ser más hermoso y no puedo tener lo que quiero, estoy desconsolado. Si deseo amar a cierta persona y esa persona no me ama, otra vez me siento desdichado. Muere mi padre y experimento un gran dolor. ¿Por qué?

¿Por qué nos sentimos desdichados cuando no podemos tener lo que deseamos? ¿Por qué debemos tener necesariamente lo que deseamos? Pensamos que es nuestro derecho, ¿no es cierto?

¿Pero nos preguntamos alguna vez por qué debemos tener lo que deseamos, cuando millones no tienen ni siquiera lo que necesitan? Además, ¿por qué lo deseamos? Está nuestra necesidad de alimento, ropa y albergue; pero no nos satisfacemos con eso, deseamos mucho más. Deseamos el éxito, que se nos respete, que se nos ame, que se nos estime, queremos tener poder, queremos ser poetas, santos, oradores famosos, primeros ministros, presidentes. ¿Por qué? ¿Lo han examinado alguna vez? ¿Por qué queremos todo esto? No es que debamos estar satisfechos con lo que somos, no quiero decir eso. Sería torpe, tonto. ¿Pero por qué este anhelo constante de más y más y más? El anhelo indica que estamos insatisfechos, descontentos, pero ¿con qué? ¿Con lo que somos? Soy esto, no me gusta y quiero ser eso otro. Pienso que me veré mucho más hermoso con una nueva chaqueta o que me veré más bella con un nuevo sari, de modo que lo deseo. Esto significa que estoy insatisfecho con lo que soy y pienso que puedo escapar de mi descontento adquiriendo más ropa, más poder, etc. Pero la insatisfacción sigue ahí, ¿verdad? Sólo la he tapado con ropas, con poder, con automóviles.

Tenemos, pues, que comprender lo que somos. No tiene sentido que nos cubramos meramente de posesiones, de poder y posición, porque seguiremos siendo infelices. Viendo esto, la persona desdichada, la persona que sufre, no huye en busca de gurúes, no esconde su dolor tras las posesiones, tras el poder; por el contrario, quiere saber qué hay detrás de su dolor. Si ustedes van y miran detrás de su propio dolor encontrarán que son muy insignificantes, vacíos, limitados, y que están luchando por lograr cosas, por "llegar a ser". Esta lucha misma por lograr, por llegar a ser algo, es la causa del dolor. Pero si comienzan a comprender lo que son realmente y lo investigan cada vez a mayor profundidad, descubrirán que ocurre algo por completo diferente.

Interlocutor: Si un hombre se está muriendo de hambre y yo siento que puedo ayudarle, ¿es ambición esto o es amor?

Krishnamurti: Él se está muriendo de hambre y le ayudas con comida. ¿Es amor eso?

¿Por qué deseas ayudarle? ¿Acaso no tienes ningún otro motivo, ningún otro incentivo que el deseo de ayudarle? ¿No sacas ningún beneficio de eso? Examínalo, no digas "sí" o "no". Si estás esperando algún provecho de eso, políticamente o de otra manera, algún beneficio interno o externo, entonces no le amas. Si le alimentas para volverte más popular, o esperando que tus amigos te ayuden a ir al Parlamento, entonces eso no es amor, ¿verdad? Pero si le amas, le alimentarás sin ningún motivo ulterior, sin querer nada a cambio. Si le alimentas y él no te lo agradece, ¿te sientes lastimado? Si es así, no le amas. Si él te dice y dice a los de la aldea que eres un hombre maravilloso y te sientes muy halagado por ello, significa que estás pensando en ti mismo; y por cierto, eso no es amor. Por lo tanto, uno debe estar muy alerta para descubrir si está obteniendo alguna clase de beneficio de su ayuda y cuál es el motivo que le lleva a alimentar al hambriento.

Interlocutor: ¿Qué debemos pedirle a Dios que nos dé?

Krishnamurti: Estás muy interesado en Dios, ¿verdad? Es a causa de que tu mente está pidiendo algo, deseando algo. Por eso está constantemente agitada. Si yo te pido algo o espero alguna cosa de ti, mi mente está agitada, ¿no es así?

Este niño quiere saber qué debe pedirle a Dios. No sabe qué es Dios ni qué es lo que desea realmente. Pero hay un sentimiento general de aprensión, el sentimiento de que “debo pedir, debo rezar, debo ser protegido". La mente está siempre buscando en todos los rincones para conseguir alguna cosa; está siempre anhelando, asiéndose a esto o a aquello, observando, urgiendo, comparando, juzgando, y así jamás está quieta. Observa tu propia mente y verás lo que está haciendo, cómo trata de controlarse, de dominar, de reprimir, de encontrar alguna forma de satisfacción, cómo está constantemente pidiendo, suplicando, luchando, comparando. A una mente así la calificamos de muy alerta, ¿pero es alerta? Una mente alerta es, sin duda, una mente quieta, no una que, como una mariposa, vuela de aquí para allá por todas partes. Y es sólo una mente quieta la que puede comprender lo que es Dios. Una mente quieta jamás le pide nada a Dios. Es sólo la mente empobrecida la que implora, la que pide. Lo que pide jamás podrá tenerlo, porque lo que realmente desea es seguridad, consuelo, certidumbre. Si le pides cualquier cosa a Dios, jamás encontrarás a Dios.

Pregunta: ¿Qué es la verdadera grandeza y cómo puedo ser grande?

Krishnamurti: Mira, la desgracia es que queramos ser grandes. Todos queremos ser grandes. Queremos ser un gran líder o un primer ministro, queremos ser grandes inventores, grandes escritores. ¿Por qué? En la educación, en la religión, en todos los departamentos de nuestra vida, tenemos ejemplos de esto. El gran poeta, el gran orador, el gran estadista, el gran santo, el gran héroe; tales personas son exaltadas como ejemplos y queremos ser como ellas.

Ahora bien, cuando queremos ser como algún otro hemos creado un patrón de acción, ¿verdad? Hemos puesto una limitación a nuestro pensamiento, lo hemos constreñido dentro de ciertos límites. De este modo, nuestro pensamiento ya se ha cristalizado volviéndose estrecho, limitado, reprimido.

¿Por qué quieres ser grande? ¿Por qué no miras lo que eres y comprendes eso? En el momento en que quieres ser como otro, hay desdicha, conflicto, envidia, dolor. Si quieres ser como el Buda, ¿qué ocurre? Luchas perpetuamente por alcanzar ese ideal. Si eres estúpido y ansías ser inteligente, tratas constantemente de dejar de ser lo que eres y de ir más allá. Si eres feo y deseas ser hermoso, anhelas serlo hasta que mueres o te engañas a ti mismo pensando que eres hermoso. De modo que, en tanto estés tratando de ser alguna otra cosa que lo que realmente eres, tu mente lo único que hace es fatigarse. Pero si dices: "Esto es lo que soy, es un hecho y voy a investigarlo, a comprenderlo", entonces sí que puedes ir más allá, porque encontrarás que la comprensión de lo que eres trae consigo gran paz y contentamiento, una gran percepción, un gran amor.

Interlocutor: El amor, ¿no se basa en la atracción?

Krishnamurti: Supongamos que alguien se siente atraído hacia una bella mujer o hacia un hombre bien parecido. ¿Qué hay de malo en eso? Estamos tratando de descubrir. Mira, cuando somos atraídos por una mujer, por un hombre, ¿qué es lo que generalmente sucede? No sólo queremos estar con esta persona, sino que queremos poseerla, poder decir que es nuestra. Nuestro cuerpo tiene que estar cerca del cuerpo de esta persona. ¿Qué es, entonces, lo que hemos hecho? El hecho es que cuando somos atraídos queremos poseer, no queremos que esa persona mire a nadie más; y cuando consideramos a otro ser humano como "nuestro", ¿hay amor allí? Obviamente no. En el momento en que mi mente crea alrededor de esa persona un cerco que implica "es mía", no hay amor.

El hecho es que nuestras mentes están haciendo esto todo el tiempo. Por eso estamos discutiendo estas cosas, para ver cómo opera la mente; quizás, al darse cuenta de sus propios movimientos, la mente se aquietará de manera espontánea.

Interlocutor: ¿Qué es la oración? ¿Tiene alguna importancia en la vida cotidiana?

Krishnamurti: ¿Por qué oras? ¿Y qué es la oración? Las oraciones son, en su mayoría, súplicas, una manera de pedir. Nos entregamos a esta clase de oración cuando sufrimos. Cuando nos sentimos completamente solos, cuando estamos deprimidos y pesarosos, pedimos a Dios que nos ayude; por lo tanto, lo que ustedes llaman oración es una súplica. La forma de la oración puede variar, pero la finalidad que hay detrás es generalmente la misma. La oración, para la mayoría de la gente, es una súplica, un rogar, un pedir. ¿Es eso lo que tú haces? ¿Por qué oras? ¿Por más conocimiento, por más paz? ¿Oras porque el mundo pueda estar libre de dolor? ¿Existe alguna otra clase de oración? Existe la oración que no es en realidad una oración, sino una expresión de buena voluntad, una expresión de amor, una expresión de ideas. ¿Qué es lo que haces tú?

Cuando oras, generalmente le estás pidiendo a Dios o a algún santo, que llene tu escudilla vacía, ¿no es así? No estás satisfecho con lo que ocurre, con las cosas como se dan, sino que quieres tu escudilla llena de acuerdo con tus deseos. De modo que la oración de ustedes es meramente un pedido, una exigencia de que deben ser satisfechos; por lo tanto, no es oración en absoluto. Le dicen a Dios: "Estoy sufriendo, por favor, gratifícame; por favor, devuélveme a mi hermano, a mi hijo. Por favor, hazme rico". Están perpetuando sus propios requerimientos y eso, obviamente, no es orar.

Lo legítimo es que se comprendan a sí mismos, que vean por qué están pidiendo perpetuamente algo, por qué existe en ustedes esta exigencia, este impulso de implorar. Cuanto más se conozcan a sí mismos mediante la percepción alerta de lo que están pensando, de lo que están sintiendo, tanto más descubrirán la verdad de lo que es: esta verdad es la que les ayudará a ser libres.

Interlocutor: ¿Por qué sentimos orgullo cuando tenemos éxito?

Krishnamurti: ¿Qué es el éxito? ¿Alguna vez han considerado qué es tener éxito como escritor, como poeta, como pintor, como hombre de negocios o político? Sentir que internamente hemos logrado cierto control que otros no poseen o que hemos triunfado donde otros han fracasado; sentir que somos mejores que algún otro, que hemos llegado a ser un hombre de éxito, que somos respetados, estimados por los demás como ejemplo... ¿qué indica todo esto? Naturalmente, cuando tenemos este sentimiento hay orgullo: Yo he hecho algo, yo soy importante. El sentimiento del "yo" es, por su misma naturaleza, un sentimiento de orgullo. Así, el orgullo crece con el éxito; uno está orgulloso de ser muy importante, comparado con otras personas. Esta comparación de uno mismo con otro existe también en nuestro seguimiento del ejemplo, del ideal, y nos brinda esperanza, nos da fuerza, propósito, impulso, lo cual sólo fortalece al "yo", al agradable sentimiento de que uno es mucho más importante que cualquier otro; y ese sentimiento, esa sensación de placer, es el principio del orgullo.

El orgullo genera muchísima vanidad, un engreimiento egocéntrico. Esto pueden observarlo en los adultos y en ustedes mismos. Cuando aprueban un examen y sienten que son un poco más inteligentes que otro, se introduce en ello una sensación de placer. Es lo mismo cuando superan a alguno en una discusión o cuando sienten que son físicamente más fuertes o más hermosos: inmediatamente hay un sentimiento de la propia importancia. Este sentimiento de la importancia del yo engendra inevitablemente conflicto, lucha, dolor, porque uno tiene que sostener su importancia todo el tiempo.

Interlocutor: ¿Cómo podemos librarnos del orgullo?

Krishnamurti: Si hubieras escuchado realmente la respuesta a la pregunta anterior, habrías entendido cómo se puede estar libre del orgullo y estarías libre del orgullo; pero estabas ocupado pensando en cómo formular la siguiente pregunta, ¿no es así? Por lo tanto, no estabas escuchando. Si realmente escuchas lo que se está diciendo, descubrirás por ti mismo la verdad de ello.

Supongamos que estoy orgulloso porque he logrado alguna cosa. Me he convertido en el director; he estado en Inglaterra o en Norteamérica; he hecho grandes cosas, mi fotografía ha aparecido en los periódicos, etc., etc. Sintiéndome muy orgulloso me digo: "¿Cómo puedo librarme del orgullo?"

Ahora bien, ¿por qué quiero estar libre del orgullo? Ésa es la pregunta importante, no cómo estar libre. ¿Cuál es el motivo, cuál es la razón, el incentivo? ¿Quiero librarme del orgullo porque siento que es dañino para mí, que es penoso, que no es bueno espiritualmente? Si ése es el motivo, entonces el tratar de librarme del orgullo es otra forma de orgullo, ¿verdad? Sigo estando interesado en mi realización personal. Al encontrar que el orgullo es muy penoso, espiritualmente feo, digo que debo librarme de él. El "debo librarme" contiene el mismo motivo que el "debo tener éxito". El "yo" sigue siendo importante, es el centro de mi lucha por librarme.

Lo que importa, pues, no es cómo estar libre del orgullo, sino comprender el "yo", y el "yo" es muy sutil. Este año quiere una cosa y quiere otra cosa al año siguiente; y cuando eso resulta ser doloroso, entonces quiere alguna otra cosa. Por lo tanto, mientras este centro del "yo" exista, significa muy poco que uno sea orgulloso o sea lo que suele llamarse humilde. Son sólo chaquetas diferentes que uno se pone. Cuando una chaqueta en particular me gusta, me la pongo; y al año siguiente, según mis fantasías, mis deseos, me pongo otra chaqueta.

Lo que tienen que comprender es cómo se forma este "yo". El "yo" se forma a causa del sentimiento de logro en sus distintas formas. Esto no quiere decir que ustedes no deban actuar; lo que tiene que comprenderse es el sentimiento de que "yo" estoy actuando, de que "yo" lo estoy logrando, de que "yo" no debo tener orgullo. Tienen que comprender la estructura del "yo". Tienen que percatarse de su propio pensar; tienen que observar cómo tratan al sirviente, a su padre y a su madre, al maestro; tienen que ser conscientes de cómo miran a los que están por encima y a los que están por debajo de ustedes, a los que respetan y a los que desprecian. Todo esto revela los comportamientos del "yo". Comprendiendo los comportamientos del "yo" hay libertad respecto del "yo". Eso es lo que importa, no cómo librarse del orgullo

Interlocutor: Aunque hay progreso en diferentes direcciones, ¿por qué no hay hermandad?

Krishnamurti: ¿Qué es lo que entiendes por “progreso”?. De la carreta de bueyes al jet, eso es progresos ¿verdad. Hace siglos sólo existía la carreta de bueyes, pero paulatinamente, a través del tiempo, hemos desarrollado el jet. Los medios de transporte en la antigüedad eran muy lentos y ahora son muy rápidos: en pocas horas podemos estar en Londres. Gracias a las medidas sanitarias, a la nutrición apropiada y al cuidado médico, ha habido también una gran mejora en materia de salud física. Todo esto es progreso científico; sin embargo, no nos hemos desarrollado o progresado igualmente respecto de la hermandad.

Ahora bien, ¿es la hermandad una cuestión de progreso? Sabemos lo que queremos decir con "progreso": es evolución, es alcanzar algo a través del tiempo. Los científicos dicen que hemos evolucionado a partir del mono; dicen que, a través de millones de años, hemos progresado desde las formas de vida más inferiores hasta la más alta, que es el hombre. ¿Pero es la hermandad una cuestión de progreso? ¿Es algo que puede evolucionar a través del tiempo? Está la unidad de la familia y la unidad de una sociedad o nación en particular; desde la nación, el paso siguiente es el internacionalismo, y de ahí surge la idea de un mundo único y unido. El concepto del mundo unido es lo que llamamos hermandad. ¿Pero es el sentimiento de hermandad un asunto de evolución?

¿Puede ser cultivado lentamente a través de las etapas de la familia, la comunidad, el nacionalismo, el internacionalismo y la unidad mundial? La hermandad es amor, ¿no es así? ¿Puede el amor ser cultivado paso a paso? ¿Es una cuestión de tiempo el amor? ¿Comprenden de qué estoy hablando?

Si digo que habrá hermandad dentro de diez, o treinta, o cien años, ¿qué es lo que eso indica? Indica, ciertamente, que no amo, que no me siento fraternal. Cuando digo: "Seré fraternal, amaré", el hecho real es que no amo, que no soy fraternal. En tanto piense en términos de "seré", no soy. Mientras que si elimino de mi mente el concepto de ser fraternal en el futuro, puedo ver lo que realmente soy; puedo ver que no soy fraternal y puedo empezar a descubrir por qué.

¿Qué es lo importante: ver lo que soy o especular acerca de lo que seré? Ciertamente, lo importante es ver lo que soy, porque entonces puedo habérmelas con ello. Lo que seré está en el futuro, y el futuro es imposible de predecir. El hecho real es que carezco del sentido fraternal, que no amo verdaderamente; y es con ese hecho con el que puedo comenzar, comenzar a hacer algo al respecto. Pero decir que seré algo en el futuro es mero idealismo, y el idealista es una persona que está escapando de lo que es: escapa del hecho, el cual sólo puede ser cambiado en el presente.

Interlocutor: ¿Qué es el amor en sí mismo?

Krishnamurti: ¿Qué es el amor intrínsecamente? ¿Es eso lo que quieres decir? ¿Preguntas qué es el amor sin motivo, sin incentivo? Escucha atentamente y lo descubrirás. Estamos examinando la pregunta, no estamos buscando la respuesta. Al estudiar matemáticas o al formular una pregunta, la mayoría de nosotros se interesa más en encontrar la respuesta que en comprender el problema. Comprendamos, pues, qué es el problema y no busquemos una respuesta, ya sea una respuesta del Bhagavad Gita, del Corán, de la Biblia o de algún profesor o conferenciante. Si podemos comprender realmente el problema, la respuesta surgirá de él; porque la respuesta está en el problema, no está separada del problema.

El problema es: ¿Qué es el amor sin motivo? ¿Puede haber amor sin ningún incentivo, sin que uno desee nada para sí mismo del amor? ¿Puede haber amor sin que uno se sienta lastimado cuando el amor no es retribuido? Si yo te ofrezco mi amistad y tú la rechazas, ¿no me siento lastimado? Ese sentirse lastimado, ¿es el resultado de la amistad, de la generosidad, de la simpatía? Ciertamente, en tanto me sienta lastimado, en tanto haya temor, en tanto te ayude esperando que tú puedas ayudarme -a lo cual llaman servicio-, no hay amor.

Si comprendes esto, la respuesta está ahí.

Interlocutor: ¿Qué es la religión?

Krishnamurti: ¿Quieres una respuesta de mí o quieres descubrirla por ti mismo? ¿Estás buscando una respuesta de alguien, por grande o necio que pueda ser? ¿O estás realmente tratando de descubrir la verdad acerca de lo que es la religión?

Para descubrir qué es la verdadera religión, tienes que descartar todo lo que estorba. Si tienes muchas ventanas pintadas o sucias y quieres ver la luz pura del sol, debes limpiar o abrir las ventanas o salir fuera. De igual modo, para descubrir qué es la verdadera religión, primero tienes que ver lo que no es verdadera religión y desecharlo. Entonces puedes descubrir, porque hay percepción directa. Veamos, pues, lo que no es religión.

Hacer puja, practicar un ritual, ¿es eso religión? Repites una y otra vez cierto ritual, cierto mantra frente a un altar o un ídolo. Eso puede proporcionarte una sensación de placer, de satisfacción, ¿pero es religión eso? Ponerse el hilo sagrado, llamarse uno hindú, budista, cristiano, aceptar ciertas tradiciones, dogmas, creencias, ¿tiene todo eso algo que ver con la religión? Obviamente, no. Por lo tanto, la religión debe ser algo que puede encontrarse sólo cuando la mente ha comprendido y desechado todo esto.

La religión, en el verdadero sentido de la palabra, no genera separación, ¿verdad? ¿Pero qué sucede cuando tú eres Musulmán y yo soy Cristiano, o cuando yo creo en algo y tú no crees en eso? Nuestras creencias nos separan; por lo tanto, nuestras creencias no tienen nada que ver con la religión. El hecho de que tú creas de una manera y yo de otra, depende mayormente de dónde hayamos nacido, ya sea en Inglaterra, en la India, en Rusia o en América. De modo que la creencia no es religión, es solamente el resultado de nuestro condicionamiento.

Luego está la búsqueda de la salvación personal. Quiero estar a salvo, quiero alcanzar el Nirvana o el cielo; tengo que encontrar un sitio cerca de Jesús, cerca de Buda o a la diestra de un Dios en particular. Tu creencia no me proporciona una satisfacción profunda, no me da consuelo; por lo tanto, tengo mi propia creencia que sí lo hace. ¿Es religión eso? Por cierto, nuestra mente debe estar libre de todas estas cosas para descubrir lo que es la verdadera religión.

Y, ¿es la religión meramente una cuestión de hacer el bien, de servir o de ayudar a otros? ¿O es algo más? Lo cual no quiere decir que no podamos ser generosos o amables. ¿Pero eso es todo?

¿Acaso la religión no es algo más grande, más puro, más inmenso, más expansivo que todo lo concebido en la mente?

Para descubrir, pues, lo que es la verdadera religión, debemos investigar profundamente todas estas cosas y estar libres del temor. Es como salir de una casa oscura, a la luz del sol. Entonces no preguntarás qué es la verdadera religión; lo sabrás. Habrá una experiencia directa de aquello que es verdadero.

Interlocutor: Si alguien es desdichado y quiere ser feliz, ¿eso es ambición?

Krishnamurti: Cuando uno está sufriendo quiere estar libre del sufrimiento. Eso no es ambición, ¿verdad? Es el instinto natural de todas las personas, de todos nosotros: no tener miedo, no tener dolor físico ni emocional. Pero nuestra vida es tal que constantemente estamos experimentando dolor. He comido algo que no me sienta bien y tengo dolor de estómago. Alguien me dice algo y me siento lastimado. Estoy impedido de hacer alguna cosa que anhelo hacer y me siento frustrado, infeliz. Soy desdichado porque ha muerto mi padre o mi hijo, etcétera. La vida está actuando constantemente sobre mí, me guste o no me guste, y me siento siempre herido, frustrado, tengo reacciones dolorosas. Lo que he de hacer, entonces, es comprender todo este proceso del dolor. Pero ya lo ven, la mayoría de nosotros escapa del dolor.

Cuando ustedes sufren internamente, psicológicamente, ¿qué hacen? Acuden a alguien en busca de consuelo, leen un libro o encienden la radio o van y hacen puja. Son todas indicaciones de que están escapando del sufrimiento. Si escapan de algo, obviamente no lo comprenden. Pero sí uno mira su sufrimiento, si lo observa de instante en instante, comienza a comprender el problema que implica, y esto no es ambición. La ambición surge cuando escapamos de nuestro sufrimiento o nos aferramos a él o lo combatimos, o cuando elaboramos teorías y esperanzas en tomo a él. En el instante en que escapamos del sufrimiento, la cosa hacia la cual escapamos se vuelve muy importante, porque nos identificamos con ella. Nos identificamos con nuestro país, con nuestra posición, con nuestro Dios y esto sí que es una de ambición.

Interlocutor: La belleza, ¿es objetiva o subjetiva?

Krishnamurti: Ves algo hermoso, el río desde el balcón; o ves a un niño en harapos que llora. Si no eres sensible, si no te das cuenta de todo lo que te rodea, entonces pasas de largo y ese acontecimiento tiene muy poco valor. Una mujer va caminando con una carga sobre la cabeza. Sus ropas están sucias, ella se ve hambrienta y cansada. ¿Ves el color de su sari, por manchado que pueda estar? Están estas influencias objetivas que te rodean; y si careces de sensibilidad, jamás las apreciarás, ¿verdad?

Ser sensible es estar atento no sólo a las cosas bellas sino también a las que llamamos feas. El río, los campos verdes, los árboles en la distancia, las nubes de un atardecer, a estas cosas las llamamos bellas. A los aldeanos sucios, medio muertos de hambre, a las personas que viven en la escualidez o a las que tienen muy poca capacidad de pensamiento, de sentimiento, a todo esto lo llamamos feo. Ahora bien, si lo observan, verán que lo que hace la mayoría de nosotros es aferrarse a lo bello y desechar lo feo. ¿Pero acaso no es importante ser sensibles tanto a la belleza como a lo que llamamos fealdad? La falta de esta sensibilidad es la causa de que dividamos la vida en lo feo y lo bello. Pero si somos abiertos, receptivos, sensibles tanto a lo feo como a lo bello, entonces veremos que ambos están llenos de significado, y esta percepción enriquece la vida.

Entonces, ¿es subjetiva u objetiva la belleza? Si uno fuera ciego, si fuera sordo y no pudiera escuchar ninguna música, ¿carecería de belleza? ¿O la belleza es algo interno? Puede que uno no vea con sus ojos, que no escuche con sus oídos, pero si experimenta este estado de hallarse realmente abierto, sensible a todo, si está profundamente consciente de todo lo que ocurre dentro, consciente de cada pensamiento, de cada sentimiento, ¿acaso no hay belleza también en eso? Pero ya lo ven, pensamos que la belleza es algo exterior a nosotros. Por eso compramos pinturas y las colgamos en la pared. Queremos poseer hermosos saris, trajes, turbantes; queremos rodeamos de cosas bellas, porque tememos que sin un recordatorio objetivo perderíamos algo internamente.

¿Pero es posible dividir la vida, todo el proceso de la existencia, en lo subjetivo y lo objetivo?

¿Acaso no es un proceso unitario? Sin lo externo no existe lo interno; sin lo interno no existe lo externo.

Interlocutor: ¿Por qué los fuertes reprimen a los débiles?

Krishnamurti: ¿Reprimes tu al débil? Descubrámoslo. En una discusión o en cuestiones de fuerza física, ¿no apartas del camino a tu hermano menor, al que es más pequeño que tú? Es porque deseas afirmarte a ti mismo. Quieres mostrar tu fuerza, mostrar que eres mejor o más poderoso, de modo que dominas y apartas al más pequeño, te das importancia. Lo mismo sucede con los adultos. Son más grandes que tú, conocen un poco más que tú porque han leído libros, tienen una posición, dinero, autoridad, de modo que te reprimen, te hacen a un lado; y tú aceptas que te hagan a un lado; entonces, reprimes a alguien que está debajo de ti. Cada cual quiere afirmarse a sí mismo, dominar, mostrar que tiene poder sobre otros. Casi ninguno de nosotros quiere ser como nada. Queremos ser alguien, y el mostrar poder sobre otros nos proporciona satisfacción, nos hace sentir que somos alguien.

Interlocutor: ¿Por eso el pez más grande se traga al pequeño?

Krishnamurti: En el mundo animal tal vez sea natural que el pez grande viva del pequeño. Es algo que no podemos cambiar. Pero el ser humano grande no necesita vivir del ser humano pequeño. Si sabemos cómo utilizar nuestra inteligencia, podemos dejar de vivir uno del otro, no sólo físicamente sino también en el sentido psicológico. Ver este problema y comprenderlo, lo cual implica tener inteligencia, es dejar de vivir del otro. Pero casi todos queremos vivir de otros, de modo que nos aprovechamos de alguno que es más débil que nosotros. La libertad no implica estar libres para hacer lo que nos plazca. Sólo puede haber verdadera libertad cuando hay inteligencia; y la inteligencia adviene cuando comprendemos la relación, la relación entre tú y yo, la relación entre cada uno de nosotros y alguna otra persona.

Interlocutor: ¿Qué es la muerte?

Krishnamurti: Has visto los cuerpos que llevan al río; has visto hojas muertas, árboles muertos; sabes que las frutas se marchitan y se pudren. Las aves que están tan llenas de vida en la mañana, parloteando, llamándose unas a otras, puede que estén muertas a la noche. La persona que está viva puede ser abatida por un desastre mañana. Vemos que ocurre todo esto. La muerte es común a todos nosotros, todos terminaremos de ese modo. Podemos vivir treinta, cincuenta u ochenta años, gozando, sufriendo, temiendo, y al final de ello ya no estamos más.

¿Qué es eso que llamamos el vivir y qué es lo que llamamos muerte? Es realmente un problema complejo y no sé si quieren investigarlo. Si pudiéramos descubrir, comprender qué es el vivir, quizá comprenderíamos qué es la muerte. Cuando perdemos a alguien a quien amamos, nos sentimos desconsolados, solos; en consecuencia, decimos que la muerte no tiene nada que ver con el vivir. Separamos la muerte de la vida. ¿Pero está la muerte separada de la vida? ¿No es el vivir un proceso de morir? ¿Qué significa el vivir, para la mayoría de nosotros? Significa el acumular, elegir, sufrir, reír. Y en el trasfondo, detrás de todo el placer y el dolor, está el miedo: el miedo de que llegue el fin, el miedo a lo que va a suceder mañana, el miedo de no tener nombre ni fama, de no tener propiedad ni posición social, de que termine todo lo que queremos que continúe. Pero la muerte es inevitable; entonces nos preguntamos:"¿Qué sucede después de la muerte?"

Y bien, ¿qué es lo que llega a su fin en la muerte? ¿La vida? ¿Es la vida meramente un proceso de inspirar y expeler el aire? Comer, odiar, amar, adquirir, poseer, comparar, envidiar... esto es lo que la mayoría de nosotros conoce de la vida. Para la mayoría, la vida es un sufrimiento, una batalla constante de dolor y placer, esperanza y frustración. ¿Y no puede eso terminar? ¿Acaso no deberíamos morir? En el otoño, con la llegada del tiempo frío, las hojas caen de los árboles y reaparecen en primavera. ¿No deberíamos, de igual modo, morir a todo lo de ayer, a todas nuestras acumulaciones y esperanzas, a todos los éxitos que hemos cosechado? ¿No deberíamos morir a todo eso y vivir de nuevo mañana, de manera que, como una hoja nueva, fuéramos puros, tiernos, sensibles? Para el hombre que dice: "Yo soy alguien y tengo que continuar", para él siempre hay muerte y horno crematorio; y ese hombre no conoce el amor.

Interlocutor: La verdad, ¿es relativa o absoluta?

Krishnamurti: En primer lugar, miremos a través de las palabras el significado de la pregunta. Deseamos algo absoluto, ¿no es así? El anhelo humano es por algo permanente, fijo, inmóvil, eterno, algo que no se deteriore, que no conozca la muerte: una idea, un sentimiento, un estado perdurable al que la mente pueda aferrarse. Tenemos que comprender este anhelo antes de que podamos comprender la pregunta y contestarla apropiadamente.

La mente humana desea permanencia en todo, en la relación, en la propiedad, en la virtud. Desea algo que no pueda ser destruido. Por eso decimos que Dios es permanente o que la verdad es absoluta.

¿Pero qué es la verdad? ¿Es algún misterio extraordinario, algo muy lejano, inimaginable, abstracto? ¿O la verdad es algo que uno descubre de instante en instante, de día en día? Si puede ser acumulada, reunida a través de la experiencia, entonces no es la verdad, porque detrás de esta acumulación alienta el mismo espíritu adquisitivo. Si es algo muy lejano que sólo puede ser encontrado mediante un sistema de meditación o mediante la práctica de la abnegación y el sacrificio, eso tampoco es la verdad, porque también es un proceso adquisitivo.

La verdad es para ser descubierta y comprendida en cada acción, en cada pensamiento, en cada sentimiento, por efímero o trivial que sea. Es para ser observada en cada instante de cada día, para ser escuchada en lo que dicen el marido o la esposa, en lo que dice el jardinero, en lo que dicen los amigos y en el proceso de nuestro propio pensar. Nuestro pensar puede ser falso, puede estar condicionado, limitado; y descubrir que nuestro pensar está limitado, condicionado, es la verdad. Ese descubrimiento mismo libera a la mente de su limitación. Si uno descubre que es codicioso -si lo descubre, no sólo porque algún otro se lo diga-, ese descubrimiento es la verdad, y esa verdad tiene su propia acción sobre nuestra codicia.

La verdad no es algo que uno pueda adquirir, acumular, guardar y después contar con ella como una guía. Ésa es sólo otra forma de posesión. Y es muy difícil para la mente no adquirir, no guardar. Cuando comprendas el significado de esto, descubrirás qué cosa extraordinaria es la verdad. La verdad es intemporal, pero en el instante en que la capturamos, como cuando decimos: "He descubierto la verdad, es mía", eso ya no es más la verdad.

Por lo tanto, que la verdad sea "absoluta" o intemporal, depende de la mente. Cuando la mente dice: Quiero lo absoluto, algo que jamás se deteriore, que no conozca la muerte", lo que en realidad desea es algo permanente para aferrarse a ello; de modo que crea lo permanente. Pero una mente que se da cuenta de todo lo que ocurre fuera y dentro de ella misma y ve la verdad de ello, una mente así es intemporal; y sólo una mente semejante puede conocer aquello que está más allá de todos los nombres, más allá de lo permanente y de lo impermanente.

Interlocutor: ¿Qué es la conciencia externa?

Krishnamurti: ¿No eres consciente de que estás sentado en esta sala? ¿No eres consciente de los árboles, de la puesta de sol? ¿No eres consciente del cuervo que grazna, del perro que ladra?

¿Acaso no ves el color de las flores, el movimiento de las hojas, no ves a la gente que pasa caminando? Ésa es la conciencia externa. Cuando ves la puesta de sol, las estrellas en la noche, la luz de la luna sobre el agua, todo eso es conciencia externa, ¿verdad? Y tal como estás consciente externamente, también puedes estar internamente consciente de tus pensamientos y sentimientos, de tus motivos e impulsos, de tus prejuicios, de tu envidia, de tu codicia y tu orgullo. Si estás de verdad consciente externamente, la conciencia interna también comienza a despertarse y te vuelves más y más consciente de tu reacción a lo que dice la gente, a lo que lees, etcétera. La reacción o respuesta externa en tu relación con otras personas es el resultado de un estado interno constituido por deseos, esperanzas, ansiedad, temor. Esta conciencia externa e interna es un proceso unitario que produce una integración total de la comprensión humana.

Interlocutor: ¿Qué es la verdadera y eterna felicidad?

Krishnamurti: Cuando estás completamente sano no eres consciente de tu cuerpo, ¿verdad? Sólo cuando hay enfermedad, molestia, dolor, te vuelves consciente de él. Cuando estás libre para pensar completamente, sin resistencias, no existe una conciencia del pensar. Sólo cuando hay una fricción, un bloqueo, una limitación, comienzas a tener conciencia de un pensador. De igual manera, ¿es la felicidad algo de lo que eres consciente? En el instante de felicidad, ¿estás consciente de que eres feliz? Sólo cuando eres desdichado anhelas la felicidad, y entonces se suscita la pregunta: "¿Qué es la verdadera y eterna felicidad?

Ya ves cómo la mente juega trucos consigo misma. A causa de que te sientes triste, desdichado, en circunstancias insatisfactorias y demás, deseas algo eterno, una felicidad permanente. ¿Existe una cosa semejante? En vez de preguntar sobre la felicidad permanente, descubre cómo estar libre de las enfermedades que te roen creando dolor tanto físico como psicológico. Cuando eres libre no hay problema, no preguntas si existe la felicidad eterna o qué es la felicidad. Es un hombre perezoso, tonto, el que estando en prisión quiere saber qué es la libertad; y son personas perezosas, tontas, las que se lo dirán. Para el hombre que se encuentra en la prisión, la libertad es especulación pura. Pero si sale de esa prisión, no especula acerca de la libertad; la libertad está ahí.

¿No es importante, entonces, en vez de preguntar qué es la felicidad, descubrir por qué somos desdichados? ¿Por qué está mutilada la mente? ¿Cuál es la razón de que nuestros pensamientos sean limitados, pequeños, mezquinos? Si podemos comprender la limitación del pensamiento, ver la verdad el respecto, en ese descubrimiento de la verdad hay liberación.

Interlocutor: ¿Por qué desea cosas la gente?

Krishnamurti: ¿No deseas comida cuando tienes hambre? ¿No deseas ropas que te abriguen y una casa para albergarte? Éstos son deseos normales, ¿no es así? La gente sana reconoce naturalmente que necesita ciertas cosas. Es sólo el hombre enfermo o desequilibrado el que dice: "Yo no necesito comida". Es una mente extraviada la que necesita tener muchas casas o ninguna casa en absoluto donde vivir.

Tu cuerpo tiene hambre porque estás usando energía y entonces quiere más alimento; eso es normal. Pero si dices: "Tengo que tener las comidas más sabrosas, tengo que tener solamente la comida que proporcione placer a mi paladar", entonces comienza la perversión. Todos nosotros -no sólo los ricos sino todos en el mundo- debemos tener comida, ropas y albergue; pero si estas necesidades físicas se limitan, se controlan y se toman accesibles sólo para unos pocos, entonces hay perversión, se pone en marcha un proceso anormal. Si uno dice: "Debo acumular, debo tenerlo todo para mí", está privando a otros de aquello que es esencial para sus necesidades cotidianas.

Mira, el problema no es sencillo, porque deseamos otras cosas además de las que son esenciales para nuestras necesidades cotidianas. Puedo satisfacerme con poca comida, unas cuantas ropas y un lugar pequeño donde vivir; pero deseo algo más. Deseo ser una persona conocida, deseo posición social, poder, prestigio, deseo estar lo más cerca posible de Dios, deseo que mis amigos piensen bien de mí, etc. Estos deseos internos pervierten los intereses externos de todos los seres humanos. El problema es un poco difícil, porque el deseo interno de ser el hombre más rico o más poderoso, el impulso de ser alguien depende, para su satisfacción, de la posesión de cosas, incluyendo alimento, ropas y albergue. Me apoyo en estas cosas a fin de enriquecerme internamente; pero en tanto me encuentre en este estado de dependencia es imposible que sea rico internamente, porque esto último implica ser totalmente sencillo en lo interno.

Interlocutor: La inteligencia, ¿forma el carácter?

Krishnamurti: ¿Qué entendemos por "carácter"? ¿Y qué entendemos por "inteligencia"? Todos los políticos continuamente usan palabras tales como "carácter", "ideal", "inteligencia", "religión", "Dios". Escuchamos estas palabras con atención absorta porque parecen muy importantes. La mayoría de nosotros vive de palabras; y cuanto más elaboradas y exquisitas son las palabras, más satisfechos nos sentimos. Averigüemos, pues, qué es lo que entendemos por "inteligencia" y qué entendemos por "carácter". No digan que no contesto de una manera definida. Buscar definiciones, conclusiones, es uno de los trucos de la mente y significa que no quieren investigar y comprender, que sólo quieren seguir las palabras.

¿Qué es la inteligencia? Si un hombre está atemorizado, ansioso, si siente envidia, codicia, si su mente copia, imita y está repleta con el conocimiento y las experiencias de otras personas, si su pensar se halla limitado y moldeado por la sociedad, por el miedo, ¿es inteligente un hombre así? No lo es, ¿verdad? ¿Y puede tener carácter un hombre temeroso, no inteligente? -siendo el carácter algo original, no la mera repetición de los tradicionales debes y no debes-. ¿Es carácter la respetabilidad?

¿Entienden lo que significa esa palabra "respetabilidad"? Uno es respetable cuando es estimado, respetado por la mayoría de las personas que lo rodean. ¿Y qué es lo que la mayoría de las personas respetan, qué respetan las personas de la familia, las personas de la masa? Respetan las cosas que ellas mismas desean y que han protegido como una meta, como un ideal; respetan aquello que presumen en contraste con su propio estado inferior. Si uno es rico y poderoso o tiene gran renombre político o ha escrito libros de éxito, es respetado por la mayoría. Lo que uno dice puede ser un completo disparate, pero cuando habla, la gente lo escucha porque lo considera un gran hombre. Y cuando de esa manera te has ganado el respeto de los muchos, el seguimiento de la multitud, eso te da un sentido de respetabilidad, un sentimiento de que has llegado. Pero el así llamado pecador está más cerca de Dios que el hombre respetable, porque el hombre respetable está investido de hipocresía.

¿Es el carácter el resultado de la imitación, de ser controlado por el miedo a lo que la gente dirá o no dirá? ¿Es el mero fortalecimiento de nuestras propias tendencias, de nuestros propios prejuicios? ¿Es el sostenimiento de la tradición, ya sea de la India, de Europa o de América? Eso es lo que generalmente se llama tener carácter: ser una persona fuerte que sostiene la tradición local y así es respetada por los muchos. Pero cuando uno prejuzga, imita, cuando está atado por la tradición, cuando tiene miedo, ¿hay inteligencia, hay carácter? Imitar, seguir, rendir culto, tener ideales... ese camino conduce a la respetabilidad, pero no a la comprensión. Un hombre de ideales es respetable, pero jamás estará cerca de Dios, jamás sabrá lo que es el amor, porque sus ideales son un medio para ocultar su temor, su imitación, su sentimiento de soledad.

Por lo tanto, sin comprendemos a nosotros mismos, sin damos cuenta de todo lo que está operando en nuestra propia mente: cómo pensamos, si estamos imitando, copiando, si tenemos miedo, si estamos buscando el poder, no puede haber inteligencia. Y la que crea el carácter es la inteligencia, no el culto al héroe o la persecución de un ideal. La comprensión de nosotros mismos, de nuestro propio y extraordinariamente complicado yo, es el principio de la inteligencia, la cual revela el carácter.

Interlocutor: ¿No podemos cultivar la comprensión? Cuando constantemente tratamos de comprender, ¿no significa eso que estamos practicando la comprensión?

Krishnamurti: ¿Es cultivable la comprensión? ¿Es algo para practicarse como practicamos el tenis o el piano o el canto o la danza? Podemos leer un libro una y otra vez hasta que estemos completamente familiarizados con él. ¿Es la comprensión como eso, algo para ser aprendido mediante la constante repetición, lo cual es, en realidad, el cultivo de la memoria?

¿Acaso la comprensión no es de instante en instante y, por lo tanto, algo que no puede ser practicado?

¿Cuándo comprendemos? ¿Cuál es el estado de nuestra mente y de nuestro corazón cuando comprendemos algo? Cuando me escuchan decir algo muy verdadero acerca de los celos -que los celos son destructivos, que la envidia es el factor principal de deterioro en la relación humana- ¿cómo responden a ello? ¿Ven instantáneamente la verdad que implica? ¿O comienzan a pensar acerca de los celos, a hablar sobre ellos, a racionalizarlos o analizarlos? ¿Es la comprensión un proceso ya sea de racionalización o de lento análisis? ¿Puede la comprensión ser cultivada como cultivan ustedes un jardín para que produzca frutos o flores? Por cierto, comprender es ver directamente la verdad de algo, sin barrera alguna de palabras, prejuicios o motivos.

Interlocutor: El poder de comprender, ¿es el mismo en todas las personas?

Krishnamurti: Supongamos que te presentan algo verdadero y ves muy rápidamente la verdad de ello; tu comprensión es inmediata, porque no tiene barreras. No estás lleno de importancia propia, tienes ansia de descubrir, así que percibes instantáneamente. Pero yo tengo muchas barreras, muchos prejuicios, soy celoso, estoy desgarrado por conflictos que se basan en la envidia, estoy lleno de mi propia importancia. He acumulado cosas en la vida y en realidad no deseo ver; por lo tanto, no veo, no comprendo.

Interlocutor: ¿Puede uno eliminar lentamente las barreras por medio del constante intento de comprender?

Krishnamurti: No. Yo puedo eliminar las barreras, no mediante el intento de comprender, sino solamente cuando siento de verdad la importancia de no tener barreras, lo cual implica que debo estar dispuesto a ver las barreras. Supongamos que tú y yo oímos a alguien decir que la envidia es destructiva. Tú escuchas y comprendes la significación, la verdad de ello y estás libre de ese sentimiento de envidia, de celos. Pero yo no quiero ver la verdad de ello, porque si lo hiciera destruiría toda mi estructura de vida.

Interlocutor: Yo siento la necesidad de eliminar las barreras.

Krishnamurti: ¿Por qué sientes eso? ¿Quieres eliminar las barreras a causa de las circunstancias? ¿Quieres eliminarlas porque alguien te ha dicho que debes hacerlo? Ciertamente, las barreras son eliminadas sólo cuando ves por ti mismo que tener barreras de cualquier clase crea una mente que se halla en estado de paulatino deterioro. ¿Y cuándo ves eso? ¿Lo ves cuando sufres?

¿Acaso el sufrimiento te despierta a la importancia de eliminar todas las barreras? ¿O por el contrario, te lleva a crear más barreras?

Encontrarás que todas las barreras se derrumban cuando tú mismo estás empezando a escuchar, a observar, a descubrir. No existe una razón para eliminar las barreras; en el momento en que introduces una razón, no las estás eliminando. El milagro, la más grande de las bendiciones, es que des a tu propia percepción interna una oportunidad de eliminar las barreras. Pero cuando dices que las barreras deben ser eliminadas y entonces practicas su eliminación, ésa es la operación de la mente, y la mente no puede eliminar las barreras. Tienes que ver que ningún intento de tu parte puede eliminarlas. Entonces la mente se queda muy quieta, muy silenciosa. Y en este silencio uno descubre aquello que es verdadero.

Interlocutor: ¿Cuál es el propósito de la creación?

Krishnamurti: ¿Estás realmente interesado en eso? ¿Qué es lo que entiendes por "creación"? ¿Cuál es el propósito del vivir? ¿Por qué existen ustedes, por qué leen, estudian, dan exámenes? ¿Cuál es el propósito de la relación, la relación de padres e hijos, de marido y mujer?

¿Qué es la vida? ¿Es eso lo que quieres decir cuando preguntas: "¿Cuál es el propósito de la creación?". ¿Cuándo formulas una pregunta así? Cuando internamente no ves con claridad, cuando te sientes confundido, desdichado, cuando estás a oscuras, cuando no percibes ni sientes por ti mismo la verdad de ello; entonces quieres saber cuál es el propósito de la vida.

Y bien, hay muchas personas que te dirán cuál es el propósito de la vida, te dirán lo que dicen los libros sagrados. Personas ingeniosas seguirán inventándole diversos propósitos a la vida. El grupo político tendrá un propósito, el grupo religioso tendrá otro y así sucesivamente. ¿Y cómo vas a descubrir cuál es el propósito de la vida cuando tú mismo estás confundido? Ciertamente, en tanto estés confundido, sólo podrás recibir una respuesta también confusa. Si tu mente está perturbada, si no se halla realmente quieta, cualquier respuesta que recibas lo será a través de esta pantalla de confusión, de ansiedad, de temor; por lo tanto, la respuesta llegará desnaturalizada. Lo importante, pues, no es preguntar cuál es el propósito de la vida, sino aclarar la confusión que hay dentro de uno. Es como un ciego que pregunta: "¿Qué es la luz?". Si trato de decirle qué es la luz, él escuchará de acuerdo con su ceguera, con su oscuridad; pero en el instante en que pueda ver, jamás preguntará qué es la luz. La luz está ahí.

De igual modo, si puedes aclarar la confusión dentro de ti mismo, descubrirás cuál es el propósito de la vida; no tendrás que preguntar por él, no tendrás que buscarlo. Para estar libres de la confusión tenemos que ver y comprender las causas que originan la confusión; y las causas de la confusión están muy claras. Se hallan arraigadas en el "yo", que está deseando constantemente expandirse mediante la posesión, mediante el devenir, el éxito, la imitación; y los síntomas son los celos, la envidia, la codicia, el temor. En tanto exista esta confusión interna, estarás siempre buscando respuestas externas; pero cuando la confusión interna se haya aclarado, entonces conocerás el significado de la vida.

Interlocutor: ¿Hay un elemento de miedo en el respeto?

Krishnamurti: ¿Qué dices tú? Cuando muestras respeto hacia tu maestro, hacia tus padres, hacia tu gurú, y falta de respeto hacia tu sirviente; cuando pateas a los que no son importantes para ti y lames las botas a los que están por encima de ti, los funcionarios, los políticos, los encumbrados, ¿no hay en esto un elemento de miedo? De las personas importantes, del maestro, del examinador, del profesor, de tus padres, del político, del gerente de banco, esperas obtener alguna cosa; en consecuencia, eres respetuoso. ¿Pero qué pueden darte los pobres? Por lo tanto, los pasas por alto, los tratas con desprecio, ni siquiera sabes que están ahí cuando pasan junto a ti en la calle. No los miras, no te preocupa que tiriten de frío, que estén sucios y hambrientos. Pero a los personajes importantes, a los grandes del país les darás algo, aunque tengas muy poco, a fin de recibir más de sus favores. En esto hay definitivamente un elemento de miedo, ¿no es así? No hay amor. Si tuvieras amor en tu corazón, mostrarías respeto a aquellos que no tienen nada y también a los que lo tienen todo; no sentirías miedo de los que tienen ni descuidarías a los que no tienen. El respeto con la esperanza de una recompensa es el resultado del miedo. En el amor no hay miedo.

Interlocutor: ¿Por qué nos sentimos inferiores delante de nuestros superiores?

Krishnamurti: ¿A quiénes consideras tus superiores? ¿A los que saben? ¿A los que tienen títulos, rangos académicos? ¿A las personas de las que esperas algo, alguna clase de recompensa o de posición? En el momento en que consideras a alguien como superior, ¿no consideras a algún otro como inferior?

¿Por qué tenemos esta división de lo superior y lo inferior? Existe sólo cuando deseamos algo, ¿no es así? Yo me siento menos inteligente que tú, no tengo tanto dinero o capacidad como tú tienes, no soy tan feliz como tú pareces ser, o deseo algo de ti; por lo tanto, en relación contigo me siento inferior. Cuando te envidio o cuando deseo algo de ti o cuando trato de imitarte, me convierto instantáneamente en tu inferior, porque te he puesto en un pedestal, te he asignado un valor superior. Así, psicológicamente, internamente, he creado tanto al superior como al inferior, he creado este sentido de desigualdad entre los que poseen y los que no poseen.

Entre los seres humanos existe una enorme desigualdad de capacidades, ¿no es así? Está el hombre que diseña el turborreactor y el hombre que maneja el arado. Estas enormes diferencias en la capacidad -intelectual, verbal, física- son inevitables. Pero ya lo ven, otorgamos una significación tremenda a ciertas funciones. Al gobernador, al primer ministro, al inventor, al científico, los consideramos enormemente más importantes que al sirviente; así es como la función asume el estatus del que la desempeña. Mientras asignemos un estatus a funciones particulares, por fuerza tendrá que haber un sentido de desigualdad, y el vacío que separa a los que son capaces de los que no lo son, se vuelve imposible de llenar. Si podemos mantener la función despojada de estatus, entonces hay una posibilidad de generar un real sentimiento de igualdad. Pero para esto tiene que haber amor, porque es el amor el que destruye el sentido de lo inferior y lo superior.

El mundo está dividido en aquellos que poseen -el rico, el poderoso, el capaz, los que lo tienen todo- y aquellos que no poseen. ¿Es posible dar origen a un mundo en el que no exista esta división entre los "poseedores" y los "no poseedores"? Lo que sucede en realidad es esto: viendo la brecha, el abismo entre el rico y el pobre, entre el hombre de gran capacidad y el de poca o ninguna capacidad, los políticos y los economistas tratan de resolver el problema mediante reformas económicas y sociales. Éstas pueden estar muy bien. Pero una verdadera transformación nunca podrá tener lugar mientras no comprendamos todo el proceso del antagonismo, de la envidia y la malicia; porque sólo cuando comprendamos este proceso y le pongamos fin, podrá haber amor en nuestros corazones.

Interlocutor: ¿Puede haber paz en nuestras vidas, cuando en todo momento estamos luchando contra nuestro ambiente?

Krishnamurti: ¿Qué es nuestro ambiente? Nuestro ambiente es la sociedad, el medio económico, religioso, nacional y de clase que corresponde al país en que vivimos; y también es el clima. Casi todos luchamos por encajar en, por ajustamos a nuestro medio, porque de ese medio podemos obtener un empleo, esperamos los beneficios de esa sociedad en particular. ¿Pero de qué está compuesta esa sociedad? ¿Han pensado alguna vez en ello? ¿Han observado alguna vez atentamente la sociedad en la cual están viviendo y a la que tratan de ajustarse? Esa sociedad está basada en una serie de creencias y tradiciones llamada religión y en ciertos valores económicos, ¿no es así? Ustedes forman parte de esa sociedad y luchan por ajustarse a ella. Pero esa sociedad es la consecuencia del espíritu adquisitivo, de la envidia, del miedo, de la codicia, de las búsquedas posesivas, todo con algunos destellos de amor. Y si quieren ser inteligentes, no adquisitivos, si no quieren sentir temor, ¿pueden ajustarse a una sociedad semejante? ¿Pueden?

Ciertamente, tienen que crear una sociedad nueva, lo cual implica que cada uno de ustedes, como individuo, tiene que estar libre del espíritu adquisitivo, de la envidia, de la codicia; tiene que estar libre de nacionalismo, de patriotismo y de cualquier limitación del pensamiento religioso. Sólo entonces existe la posibilidad de crear algo nuevo, una sociedad totalmente nueva. Pero en tanto luchen irreflexivamente por ajustarse a la presente sociedad, sólo están siguiendo el viejo patrón de la envidia, del poder y del prestigio, de las creencias corruptoras.

Es entonces muy importante, mientras son jóvenes, que comiencen a comprender estos problemas y generen libertad dentro de sí mismos, porque entonces crearán un mundo nuevo, una nueva relación entre hombre y hombre. Y ayudarles a que hagan esto es, sin duda, el verdadero sentido de la educación.

Interlocutor: ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué no podemos estar libres de la enfermedad y la muerte?

Krishnamurti: Mediante las medidas sanitarias, las apropiadas condiciones de vida y los alimentos nutritivos, el hombre está comenzando a liberarse de ciertas enfermedades. Gracias a la cirugía y a diversas formas de tratamiento, la ciencia médica está tratando de encontrar una cura para enfermedades incurables como el cáncer. Un médico capaz hace todo lo que puede para aliviar y eliminar la enfermedad.

¿Y es conquistable la muerte? Es una cosa sumamente extraordinaria que a tu edad estés tan interesado en la muerte. ¿Por qué te preocupa? ¿Es porque ves tanta muerte a tu alrededor: los hornos donde creman a los muertos, el cuerpo que llevan al río? Para ti, la muerte es una visión familiar, está constantemente contigo; y existe el miedo a la muerte.

Si no reflexionas por ti mismo sobre las ¡aplicaciones de la muerte y las comprendes, irás interminablemente de un predicador a otro, de una esperanza a otra, de una creencia a otra, tratando de hallar una solución a este problema de la muerte. ¿Comprendes? No sigas preguntando a algún otro, trata más bien de descubrir por ti mismo la verdad de ello. Formular innumerables preguntas sin tratar jamás de averiguar o descubrir es característico de una mente trivial.

Mira, tememos a la muerte sólo cuando nos aferrarnos a la vida. La comprensión de todo el proceso del vivir es también la comprensión del significado del morir. La muerte es meramente la extinción de la continuidad, y lo que tememos es no poder continuar; pero lo que continúa jamás puede ser creativo. Reflexiona sobre ello, descubre por ti mismo lo que es verdadero. Es la verdad la que te libera d del miedo a la muerte, y no tus teorías religiosas ni tu creencia en la reencarnación o en la vida en el más allá.

Interlocutor: ¿Qué es la obediencia? ¿Debemos obedecer una orden aun cuando no la comprendamos?

Krishnamurti: ¿Acaso no es eso lo que hace la mayoría de nosotros? Los padres, los maestros, los mayores dicen: "Haz esto". Lo dicen cortésmente o a palos, y porque tenemos miedo, obedecemos. Es también lo que nos hacen los gobiernos, los militares. Desde la infancia se nos educa para obedecer, sin que sepamos nada al respecto. Cuanto más autoritarios son nuestros padres y más tiránico el gobierno, tanto más nos compelen, nos moldean desde nuestros primeros años; y sin comprender por qué debemos hacer lo que nos dicen que hagamos, obedecemos. También se nos dice qué es lo que debemos pensar. Nuestras mentes son purgadas de todo pensamiento que no sea aprobado por el estado, por las autoridades locales. Jamás se nos enseña ni se nos ayuda a pensar, a descubrir, sino que se nos exige obedecer. El sacerdote nos dice que es así, y nuestro propio miedo interno nos obliga a obedecer, porque de lo contrario nos confundiremos, nos sentiremos perdidos.

De modo que obedecemos porque somos muy irreflexivos. No queremos pensar porque el pensar es perturbador; para pensar tenemos que cuestionar, que inquirir, que descubrir por nosotros mismos. Y los adultos no quieren que inquiramos, no tienen la paciencia de escuchar nuestras preguntas. Están demasiado ocupados con sus propias disputas, con sus ambiciones y sus prejuicios, con sus debo y no debo de la moralidad y la respetabilidad; y nosotros, que somos jóvenes, tenemos miedo de equivocamos porque también queremos ser respetables. ¿Acaso no deseamos todos vestir el mismo tipo de ropas, lucir igual? No queremos hacer nada diferente, no queremos pensar independientemente, distinguimos, porque eso es muy perturbador; así que nos unimos al grupo.

Cualquiera que sea nuestra edad, casi todos obedecemos, copiamos, porque internamente tenemos miedo de sentirnos inseguros. Queremos certidumbre, tanto financiera como moral; queremos que se nos apruebe. Deseamos hallamos en una posición segura, rodeados de una valla y sin tener que enfrentarnos jamás con el infortunio, la pena, el sufrimiento. Es el miedo, consciente o inconsciente, el que nos hace obedecer al jefe, al líder, al sacerdote, el gobierno. Es el miedo a ser castigados el que nos impide hacer algo dañino para los demás. Por lo tanto, detrás de todas nuestras acciones, de nuestra codicia y nuestras búsquedas, está al acecho este deseo de certidumbre, este deseo de hallamos a salvo, asegurados. Si no estamos libres del miedo, la mera obediencia significa muy poco. Lo que tiene significación es que estemos atentos a este miedo de día en día, que observemos cómo se manifiesta de diferentes maneras. Sólo cuando estamos libres del miedo puede existir esa cualidad interna de la comprensión, ese estado único en el que no hay acumulación de conocimientos ni de experiencias.

Interlocutor: La sociedad se basa en nuestra dependencia mutua. El médico tiene que depender del granjero y el granjero del médico. ¿Cómo puede un hombre ser por completo independiente?

Krishnamurti: La vida es relación. Aun el sannyasi está relacionado; podrá renunciar al mundo, pero sigue estando relacionado con el mundo. No podemos escapar de la relación. Para la mayoría de nosotros, la relación es una fuente de conflicto; en la relación hay temor porque dependemos psicológicamente de otro, ya sea del marido, de la esposa, del padre o de un amigo. La relación existe no sólo entre uno mismo y el padre, entre uno mismo y el hijo, sino también entre uno mismo y el maestro, el cocinero, el sirviente, el gobernador, el comandante y toda la sociedad; y en tanto no comprendamos esta relación, no estaremos libres de la dependencia psicológica que genera miedo y explotación. La libertad llega sólo con la inteligencia. Sin inteligencia, el mero buscar independencia o libertad respecto de la relación es perseguir ilusiones.

Lo importante, pues, es comprender nuestra dependencia psicológica en la relación. Cuando revelamos las cosas ocultas de nuestra mente y de nuestro corazón, comprendiendo nuestra propia soledad, nuestro vacío, como estamos libres, libres no de nuestra relación sino de la dependencia psicológica que ocasiona conflicto, desdicha, pena, temor.

Interlocutor: ¿Por qué es desagradable la verdad?

Krishnamurti: Si pienso que soy muy hermoso y tú me dices que no lo soy, lo cual puede ser cierto, ¿me agrada eso? Si pienso que soy muy inteligente, muy ingenioso, y tú señalas que en realidad soy una persona más bien tonta, eso es muy desagradable para mí. Y la acción de señalar mi estupidez, a ti te provoca un sentimiento de placer, ¿verdad? Halaga tu vanidad, muestra lo inteligente que tú eres. Pero no deseas mirar tu propia estupidez; quieres escapar de lo que eres, quieres ocultarte de ti mismo, quieres tapar tu propia estupidez tu propia soledad. Entonces buscas amigos que nunca te digan lo que eres. Deseas mostrar a otros lo que ellos son, pero cuando los otros te muestran lo que tú eres, eso no te agrada. Evitas aquello que expone tu propia naturaleza interna.

Interlocutor: Hasta ahora nuestros maestros han estado muy seguros y nos han enseñado del modo habitual; pero después de escuchar lo que se ha dicho aquí y después de tomar parte en las discusiones, se han vuelto muy inseguros. Un estudiante inteligente sabrá cómo conducirse en estas circunstancias, pero ¿qué harán aquellos que no son inteligentes?

Krishnamurti: ¿Acerca de qué están inseguros los maestros? No acerca de lo que enseñan, puesto que pueden seguir adelante con las matemáticas, la geografía, el habitual plan de estudios. No es de eso de lo que están inseguros. Están inseguros acerca de cómo tratar con el estudiante, ¿no es así? Están inseguros en su relación con el estudiante. Hasta hace muy poco, jamás se preocupaban de su relación con el estudiante, sólo venían a la clase, enseñaban y se iban. Pero ahora les preocupa que puedan estar creando temor al ejercitar su autoridad para hacer que el estudiante les obedezca. Les preocupa saber si están reprimiendo al estudiante o si estimulan su iniciativa y lo ayudan a encontrar su verdadera vocación. Naturalmente, todo esto ha hecho que se sientan inseguros. Pero por cierto, tanto el maestro como el estudiante tienen que sentirse seguros; también tienen que investigar, explorar. Ése es todo el proceso de la vida desde el principio al fin, ¿no es así? No detenerse en cierto punto y decir: "Yo sé".

Un hombre inteligente jamás se halla estático, jamás dice: "Yo sé". Está siempre investigando, dudando, mirando, explorando, descubriendo. En el instante en que dice "yo sé", ya está muerto. Y casi todos nosotros, jóvenes o viejos, a causa de la tradición, de las compulsiones, del temor, a causa de la burocracia y los absurdos de nuestra religión, estamos más bien muertos, carecemos de vitalidad, de vigor, de confianza en nosotros mismos. De modo que el maestro ha de investigar y descubrir por sí mismo sus propias tendencias burocráticas y así dejará de embotar la mente de otros; y ése es un proceso muy difícil. Requiere una gran dosis de paciente comprensión.

Por lo tanto, el estudiante inteligente ha de ayudar al maestro y el maestro ha de ayudar al estudiante; y ambos han de ayudar al niño o a la niña lerdos y poco inteligentes. Eso es la relación. Ciertamente, cuando el maestro mismo se siente inseguro e investiga, es más tolerante, más vacilante, más paciente y afectuoso con el estudiante lerdo, cuya inteligencia de ese modo puede ser despertado.

Interlocutor: Yo tengo todo lo que puede hacerme feliz, mientras que otros no lo tienen. ¿Por qué es así?

Krishnamurti: ¿Por qué piensas que es así? Puede que tengas buena salud, padres amables, un buen cerebro; por lo tanto, piensas que eres feliz. Mientras otro, que está enfermo, cuyos padres son rudos y que no tiene un cerebro demasiado bueno, siente que es desdichado. Ahora bien, ¿por qué es esto así? ¿Por qué eres feliz mientras algún otro es desdichado? ¿Consiste la felicidad en tener riquezas, automóviles, buenas casas, alimentación pura, padres amables? ¿A eso es a lo que llamas felicidad? ¿Y desdichada es la persona que no tiene ninguna de estas cosas? Entonces, ¿qué entiendes por felicidad? Es importante averiguarlo, ¿verdad? ¿Consiste la felicidad en comparar?

Cuando dices: "Soy feliz", ¿acaso tu felicidad nace de la comparación? ¿Comprendes de qué estoy hablando o esto es demasiado difícil?

¿No has escuchado a tus padres decir: "Fulano de tal no es tan próspero como nosotros"? La comparación nos hace sentir que tenemos algo, nos provoca un sentimiento de satisfacción, ¿no es así? Si uno es hábil y se compara con alguno que no lo es, se siente muy feliz. 0 sea, pensamos que somos felices a través del orgullo, de la comparación; pero el hombre que se siente feliz comparándose con otro que tiene menos es un ser humano de lo más desdichado, porque siempre habrá alguien por encima de él que tenga más; y así prosigue eso una y otra vez. Ciertamente, la comparación no es felicidad. La felicidad es por completo diferente; no es cosa que pueda buscarse. La felicidad llega cuando estamos haciendo algo que amamos de verdad, y no porque lo que hacemos nos dé riquezas o haga de nosotros una persona destacada.

Interlocutor: ¿Cuál es el modo de librarnos del miedo que tenemos?

Krishnamurti: En primer lugar tienes que saber qué es lo que temes, ¿no es así? Puedes tener miedo de tus padres, de los maestros, de no aprobar un examen, de tu hermana, de tu hermano, de lo que podría decir tu vecino; o quizá tengas miedo de no ser tan bueno o tan inteligente como tu padre, quien tiene un gran nombre. Hay muchas clases de miedo, y uno tiene que saber de qué tiene miedo.

Entonces, ¿sabes de qué tienes miedo? Si lo sabes, no escapes de ese miedo, antes bien descubre por qué temes. Si quieres saber cómo librarte del miedo, no debes escapar de él, tienes que afrontarlo; y el hecho mismo de afrontarlo te ayuda a librarte de él. En tanto estamos escapando del miedo no lo miramos; pero en el instante en que nos detenemos y miramos el miedo, éste comienza a disolverse. El propio escapar es la causa del miedo.

Interlocutor: ¿No es importante tener ideales en la vida?

Krishnamurti: Es una buena pregunta, porque todos ustedes tienen ideales. Tienen el ideal de la no violencia, el ideal de la paz o el ideal de una persona como Rama, Sita o Gandhi, ¿no es cierto? ¿Qué es lo que eso significa? Que lo importante no eres tú, sino que el ideal es muy importante. Rama es tremendamente importante, pero no un pobre tipo como tú, de modo que le imitas. Todo lo que les interesa es copiar, ya sea a una persona o una idea. Como dije, un idealista es un hipócrita porque está siempre tratando de llegar a ser lo que no es, en vez de ser y comprender lo que es.

Vean, el problema del idealismo es realmente muy complejo, y ustedes no lo comprenden porque jamás se les ha alentado para que reflexionen al respecto; nadie ha hablado nunca de eso con ustedes. Todos sus libros, todos sus maestros, todos los diarios y revistas dicen que deben tener ideales, que deben ser como este héroe o aquel otro, lo cual sólo hace que la mente sea como un mono que imita o como un disco fonográfico que repite un montón de palabras. Por lo tanto, no tienen que aceptar, sino empezar a cuestionarlo todo y descubrir, y no pueden cuestionar si internamente están llenos de temor. Cuestionarlo todo significa hallarse en estado de rebelión, lo cual implica crear un mundo nuevo. Pero ya lo ven, sus maestros y sus padres no quieren que se rebelen, porque desean controlarles, desean formarles y moldearles según sus propios patrones de existencia; y así la vida continúa siendo una cosa fea.

Interlocutor: Si somos pequeños, ¿cómo podemos crear un mundo nuevo?

Krishnamurti: No pueden crear un mundo nuevo si son pequeños. Pero no van a ser pequeños por el resto de sus vidas, ¿verdad? Serán pequeños si tienen miedo. Podrán tener un cuerpo grande, un automóvil grande, una alta posición social, pero si internamente están atemorizados, jamás crearán un mundo nuevo. Por eso es muy importante que se desarrollen con inteligencia, sin miedo, en libertad. Pero desarrollarse en libertad no significa disciplinarse para ser libre.

Interlocutor: ¿Cuál debería ser el sistema de educación para hacer que el niño no sienta temor?

Krishnamurti: Un sistema o método implica que a uno le digan lo que debe hacer y cómo debe hacerlo. ¿Hará eso que uno no sienta temor? ¿Puede uno ser educado con inteligencia, sin temor, sin ninguna clase de sistema? Cuando somos jóvenes debemos tener libertad para crecer; pero no hay un sistema que nos haga libres. Un sistema implica hacer que la mente se ajuste a un patrón, ¿verdad? Significa encerramos dentro de una estructura que no nos da libertad. En el momento en que confiamos en un sistema no nos atrevemos a salir de él, y entonces el pensamiento mismo de salimos del sistema engendra temor. Por lo tanto, en realidad no hay sistema de educación. Lo importante son el maestro y el estudiante, no el sistema. Después de todo, si quiero ayudarles a que se liberen del temor, yo mismo debo estar libre de temor. Entonces tengo que estudiarles, tengo que tomarme el trabajo de explicárselo todo y decirles lo que es el mundo; y para hacer todo esto tengo que amarles. Como maestro, he de sentir que cuando dejen la escuela o el colegio lo hagan exentos de temor. Si realmente siento eso, puedo ayudarles a que se liberen del temor.

Interlocutor: ¿Es posible conocer la calidad del oro sin someterlo a algún tipo especial de prueba? Del mismo modo, ¿puede conocerse la capacidad de cada niño sin alguna clase de examen?

Krishnamurti: ¿Conoce usted realmente la capacidad del niño por medio del examen? Un niño puede fallar porque está nervioso, temeroso del examen, mientras que otro puede pasar fácilmente porque el examen le afecta menos. En cambio, si usted observa a cada niño, semana tras semana, si observa su carácter, el modo como se comporta en sus juegos, cómo habla, el interés que demuestra, cómo estudia, la comida que come, etc., comenzará a conocer al niño sin necesitar exámenes que le digan de qué es él capaz.

Interlocutor: Señor, ¿cuál es su idea de un mundo nuevo?

Krishnamurti: No tengo ninguna idea acerca del mundo nuevo. El mundo "nuevo" no puede ser nuevo si tengo una idea acerca de él. Esto no es sólo una declaración ingeniosa, es un hecho. Si tengo una idea al respecto, la idea nace de mi estudio y de mi experiencia, ¿no es así? Nace de lo que he aprendido, de lo que otras personas han dicho acerca de cómo debe ser el mundo nuevo. De modo que el mundo nuevo nunca puede ser nuevo si es una creación de la mente, porque la mente es lo viejo. Usted no sabe qué es lo que va a suceder mañana, ¿verdad? Podrá saber que mañana no habrá escuela porque es domingo, o que el lunes estará asistiendo a la escuela nuevamente; pero lo que va a ocurrir fuera de la escuela, qué clase de sentimientos va a experimentar, qué tipo de cosas va a ver, todo eso no lo sabe, ¿correcto? A causa de que no sabe qué va a ocurrir el día de mañana o a la mañana siguiente, cuando eso ocurre, es nuevo. Lo que importa es la capacidad para afrontar lo nuevo.

Interlocutor: ¿Cómo podemos crear algo nuevo si no sabemos qué es lo que queremos crear?

Krishnamurti: Es triste no saber lo que significa crear, ¿no es así? Cuando usted siente algo, puede poner en palabras lo que siente. Si ve un árbol hermoso, puede escribir un poema describiendo no el árbol, sino lo que el árbol ha despertado en usted. Ese sentir es nuevo, es la cosa creativa. Pero eso no puede producirlo, tiene que ocurrirle.

Interlocutor: En su libro sobre la educación (“La Educación y el Significado de la Vida”), usted sugiere que la educación moderna es un completo fracaso. Me gustaría que explicara esto.

Krishnamurti: ¿No es un fracaso, señor? Cuando usted sale a la calle ve al hombre pobre y al rico, y cuando mira a su alrededor ve a todas las personas que se dicen educadas riñendo, peleando, matándose unas a otras en guerras que ocurren en todo el mundo. Hoy existe el conocimiento científico suficiente para que podamos proveer de alimento, ropa y albergue a todos los seres humanos; sin embargo, no es eso lo que se hace. Los políticos y otros líderes son en todo el mundo personas educadas, tienen títulos, grados, togas y bonetes, son doctores y científicos; sin embargo, no han creado un mundo en el cual el hombre pueda vivir dichosamente. Por lo tanto, la educación moderna ha fracasado, ¿no es así? Y si uno está satisfecho con ser educado del mismo viejo modo, hará de la vida otra tremenda confusión.

Interlocutor: Usted dice que la educación moderna es un fracaso. Pero si los políticos no hubieran recibido educación, ¿cree usted que podrían haber creado un mundo mejor?

Krishnamurti: No estoy del todo seguro de que no podrían haber creado un mundo mejor si no hubieran recibido esta clase de educación. ¿Qué significa gobernar a la gente? Después de todo, eso es lo que se supone que hacen los políticos: gobernar a la gente. Pero son ambiciosos, desean poder, posición, quieren ser respetados, quieren ser los conductores, ocupar el primer lugar; no piensan en la gente, están pensando en sí mismos o en sus partidos, que son una extensión de ellos mismos. Los seres humanos son seres humanos, sea que vivan en la India, en Alemania, en Rusia, en América o en la China; pero ya lo ven, al dividir a los hombres de acuerdo con los países, son más los políticos que pueden tener grandes posiciones, de modo que no les interesa pensar en el mundo como una totalidad. Son educados, saben leer, argumentar, hablan incisamente acerca de ser buenos ciudadanos, pero los que deben ocupar el primer lugar son ellos. ¿Dividir el mundo y crear guerras es lo que llamamos educación? Los políticos no están solos haciendo esto, todos lo hacemos. Algunas personas quieren la guerra porque les rinde beneficios. De modo que no son sólo los políticos quienes deben tener la clase correcta de educación.

Interlocutor: Entonces, ¿cuál es su idea de la clase correcta de educación?

Krishnamurti: Acabo de decírselo. Mire, se lo mostraré nuevamente. Después de todo, la persona religiosa no es la que adora a un Dios, una imagen hecha por la mano o por la mente, sino una que investiga realmente qué es la verdad, qué es Dios; y una persona así es verdaderamente educada. Puede no haber ido a la escuela, puede no tener libros, quizá ni siquiera sepa leer; pero se está liberando del temor, de su egoísmo, de su interés propio, de su ambición. Por lo tanto, la educación no es meramente un proceso de aprender a leer, a calcular, a construir puentes, de realizar investigaciones para encontrar nuevos modos de utilizar el poder atómico y demás. El propósito de la educación es fundamentalmente ayudar al hombre a que se libere de su propia mezquindad y de sus estúpidas ambiciones. Toda ambición es estúpida, mezquina; no existe la gran ambición. Y la educación implica también ayudar al estudiante a crecer en libertad y sin temor, ¿no es así?

Interlocutor: ¿Cómo pueden todos los hombres ser educados de ese modo?

Krishnamurti: ¿No quieres tú ser educado de ese modo?

Interlocutor: ¿Pero cómo?

Krishnamurti: En primer lugar, ¿quieres ser educado así? No preguntes cómo, sientes que quieres ser educado de ese modo. Si tienes este sentimiento intenso, cuando hayas crecido ayudarás a crearlo en otros, ¿no es cierto? Mira: si eres muy entusiasta jugando cierto juego, pronto encontrarás a otras personas que lo jueguen contigo. De igual manera, si eres realmente entusiasta en querer ser educado del modo que hemos estado discutiendo, ayudarás a crear una escuela con la clase apropiada de maestros que proporcionarán ese tipo de educación. Pero muy pocos de nosotros queremos realmente ese tipo de educación, y entonces preguntamos: "¿Cómo puede hacerse?". Acudimos a algún otro para la respuesta. Pero si todos ustedes -cada estudiante que está escuchando y espero que los maestros también- quieren esa clase de educación, entonces la exigirán y la llevarán a cabo.

Tomemos un ejemplo sencillo. Ustedes saben lo que es la goma de mascar, ¿no? Si todos quieren mascar goma el fabricante la produce, pero si no la quieren, el fabricante quiebra. De igual modo y en un nivel por completo diferente, si todos ustedes dicen: "Queremos la clase correcta de educación, no esta falsa educación que sólo conduce al crimen organizado", si dicen eso y es realmente lo que quieren decir, darán origen a la clase correcta de educación. Pero ya ven, ustedes son todavía demasiado jóvenes, demasiado temerosos, por eso es importante ayudarles a crear esto.

Interlocutor: Si quiero la clase correcta de educación, ¿necesito maestros?

Krishnamurti: Por supuesto que sí. Necesitas maestros que te ayuden, ¿no es así? ¿Pero qué es ayudar? No estás viviendo solo en el mundo, ¿verdad? Están tus compañeros estudiantes, tus padres, tus maestros, el cartero, el lechero, todos son necesarios, todos se ayudan el uno al otro a vivir en este mundo. Pero si dices: "El maestro es sagrado, él está en un nivel y yo estoy en otro", entonces esa clase de ayuda no es ayuda en absoluto. El maestro sólo es útil si no está utilizando la enseñanza para alimentar su vanidad o como un recurso para su propia seguridad. Si enseña no porque es incapaz de hacer otra cosa sino porque realmente ama la enseñanza, entonces ayudará al estudiante a crecer sin temor. Esto significa nada de exámenes ni calificaciones ni notas. Si ustedes van a crear la clase correcta de educación, necesitan de tales maestros para que les ayuden a crearla; es, entonces, muy importante que los maestros mismos sean educados correctamente.

Interlocutor: Si todas las ambiciones son estúpidas, entonces ¿cómo puede progresar el hombre?

Krishnamurti: ¿Sabe usted lo que es el progreso? Bien, tenga paciencia y examinémoslo despacio. ¿Qué es el progreso? ¿Ha pensado alguna vez al respecto? ¿Es progreso cuando usted puede ir a Europa en pocas horas por avión en lugar de que le tome una quincena yendo en barco? La invención de medios más rápidos de transporte, el desarrollo de armas más grandes, de mayores y mejores medios de destruimos unos a otros aniquilando a miles de personas con una sola bomba atómica en vez de derribarlas una por una con flechas; esto es lo que llamamos progreso, ¿no es así? Éste ha sido, pues, el progreso en el sentido tecnológico, pero ¿hemos progresado en alguna otra dirección? ¿Hemos terminado con las guerras? ¿Es la gente más bondadosa, más amable, más generosa, más reflexiva, menos cruel? No tiene que decir "sí" o "no", mire simplemente los hechos. En lo científico y en lo físico hemos logrado progresos enormes, pero internamente estamos atascados, ¿verdad? Para la mayoría de nosotros, la educación ha sido como alargar sólo una pata de un trípode, de modo que nos falta el equilibrio; ¡no obstante, hablamos de progreso, todos los periódicos están llenos de eso.

Interlocutor: ¿Cuál es la definición de estudiante?

Krishnamurti: Es muy fácil encontrar una defunción, ¿verdad? Todo lo que tienes que hacer es abrir un diccionario en el lugar apropiado y te dará la respuesta. Pero ésa no es la clase de definición que quieres, ¿no es cierto? Quieres conversar sobre ello, quieres averiguar qué es un verdadero estudiante. ¿Es un verdadero estudiante aquél que aprueba exámenes, consigue un empleo y después cierra todos los libros? Ser un estudiante significa estudiar la vida, no sólo leer los pocos libros requeridos por tu programa de estudios; implica observarlo todo a lo largo de la vida, no sólo unas cuantas cosas en un período determinado. Un estudiante, ciertamente, no es sólo el que lee, sino el que es capaz de observar todos los movimientos de la vida, los externos y los internos, sin decir: "esto es bueno, aquello es malo". Si condenas algo no lo observas, ¿verdad? Para observarlo tienes que estudiarlo sin condenar, sin comparar. Si te comparo con algún otro, no te estoy estudiando, ¿correcto? Si te comparo con tu hermano menor o tu hermana mayor, los importantes son tu hermano o tu hermana; por lo tanto, no te estoy estudiando.

Pero toda nuestra educación consiste en comparar. Te estás comparando perpetuamente a ti mismo o a otro con alguien: con tu gurú, con tu ideal, con tu padre que es tan inteligente, un gran político y demás. Este proceso de comparación y condena te impide observar, estudiar. De manera que el verdadero estudiante es aquél que lo observa todo en la vida, tanto externa como internamente, sin comparar, aprobar ni condenar. No sólo es capaz de investigar en cuestiones científicas, sino que también puede observar las operaciones de su propia mente, de sus propios sentimientos, lo cual es mucho más difícil que observar un hecho científico. Comprender todo el funcionamiento de la propia mente requiere una gran dosis de discernimiento, muchísima investigación exenta de condena.

Interlocutor: Usted dice que todos los idealistas son unos hipócritas. ¿A quién llama idealista?

Krishnamurti: ¿No sabe usted qué es un idealista? Si soy violento, podré decir que mi ideal es ser no violento; pero subsiste el hecho de que soy violento. El ideal es lo que espero ser con el tiempo. Me costará años volverme no violento, y mientras tanto soy violento, ésa es la cosa real. Siendo violento, trato todo el tiempo de ser no violento, que es lo irreal. ¿No es hipocresía eso? En lugar de comprender y disolver mi violencia, estoy tratando de ser alguna otra cosa. El hombre que está tratando de ser otra cosa de lo que es, es obviamente un hipócrita. Es como ponerme una máscara y decir que soy diferente, pero detrás de la máscara sigo siendo el mismo hombre de antes. Mientras que si puedo investigar todo el proceso de la violencia y comprenderlo, entonces existe una posibilidad de librarme de la violencia.

Interlocutor: Si todos fuéramos educados correctamente, ¿estaríamos libres de temor?

Krishnamurti: Es muy importante estar libre de temor, ¿no es así? Y no puedes estar libre de temor excepto por intermedio de la inteligencia. Averigüemos, pues, en primer lugar, cómo podemos ser inteligentes, no cómo libramos del temor. Si podemos experimentar qué es ser inteligente, sabremos cómo libramos del temor. El temor es siempre con respecto a algo, no existe por sí mismo. Está el temor a la muerte, el temor a la enfermedad, el temor a la pérdida, el temor a los padres, el temor a lo que dirá la gente, etc.; y la cuestión no es cómo libramos del temor, sino cómo despertar la inteligencia con la cual Poder enfrentamos con el temor, comprenderlo e ir más allá.

Ahora bien, ¿cómo puede la educación ayudamos a ser inteligentes? ¿Qué es la inteligencia? ¿Es un asunto de habilidad, de aprobar exámenes? Podremos leer muchos libros, conocer a personajes prominentes, tener muchísima capacidad, ¿pero hace todo eso que seamos inteligentes? ¿O la inteligencia es algo que se revela en nosotros sólo cuando llegamos a estar integrados? Nos hallamos compuestos de muchas partes; a veces nos sentimos ofendidos, celosos, somos violentos, otras veces somos humildes, reflexivos, tranquilos. En distintos momentos somos seres diferentes, jamás somos totales, jamás estamos totalmente integrados, ¿no es así? Cuando un ser humano tiene muchos deseos, internamente está dividido en muchos seres.

Uno debe abordar el problema sencillamente. La cuestión es cómo ser inteligentes, a fin de vemos libres del temor. Si desde su más temprana infancia, cualquier dificultad que tengan es discutida con ustedes de modo que la comprensión de la misma no sea meramente verbal sino que les capacite para ver la totalidad de la vida, entonces una educación así puede despertar la inteligencia y, con eso, liberar a la mente del temor.

Interlocutor: Usted ha dicho que ser ambicioso es ser estúpido y cruel ¿Es entonces estúpido y cruel tener la ambición de obtener la clase correcta de educación?

Krishnamurti: ¿Eres ambicioso? ¿Qué es la ambición? Cuando deseas ser mejor que otro, obtener mejores notas que algún otro, eso es, sin duda, lo que llamamos ambición. Un pequeño político es ambicioso al desear convertirse en gran político; pero ¿es ser ambicioso desear la clase correcta de educación? Cuando haces algo que amas, ¿es ambición eso? Cuando escribes o pintas no porque desees prestigio sino porque amas escribir o pintar, eso no es ambición, ciertamente. La ambición interviene cuando te comparas con otros escritores o artistas, cuando deseas tener éxito. Por lo tanto, cuando haces algo que amas realmente, eso no es ambición.

Interlocutor: Cuando uno desea encontrar la verdad o la paz, se convierte en un sannyasi. ¿Un sannyasi conoce, entonces, la sencillez?

Krishnamurti: ¿Conoce uno la sencillez cuando desea la paz? ¿Es por convertirse en un sannyasi o en un monje por lo que uno es sencillo? Ciertamente, la paz es algo que no pertenece a la mente. Si deseo la paz y trato de quitar de mi mente todos los pensamientos de violencia, ¿me traerá eso la paz? O si tengo muchos deseos y digo que no debo tener deseos, ¿seré pacífico? En el momento en que uno desea algo está en conflicto, lucha, y lo que genera sencillez es nuestra propia comprensión de todo el proceso del deseo.

Interlocutor: Si, como usted dice, todos sienten temor, entonces nadie es un santo ni un héroe.

¿No hay entonces grandes hombres en este mundo?

Krishnamurti: Ése es un razonamiento meramente lógico, ¿verdad? ¿Por qué debemos preocupamos de los grandes hombres, de los santos, de los héroes? Lo que importa es lo que uno es. Si uno es temeroso, va a crear un mundo feo. Ésa es la cuestión, no si hay grandes hombres.

Interlocutor: Usted dijo que la explicación es una cosa mala. Hemos venido aquí en busca de explicación ¿Es malo eso?

Krishnamurti: Yo no dije que la explicación es mala; dije que no se satisfagan con explicaciones.

Interlocutor: ¿Cuál es su idea acerca del futuro en la India?

Krishnamurti: No tengo idea, ninguna idea en absoluto. No creo que la India como India importe demasiado. Lo que importa es el mundo. Ya sea que vivamos en la China o en Japón, en Inglaterra, en la India o en América, todos decimos: "Mi país importa muchísimo", y nadie piensa en el mundo como una totalidad; los libros de historia están llenos con la constante repetición de las guerras. Si pudiéramos empezar a comprendemos como seres humanos, tal vez dejaríamos de matamos unos a otros y pondríamos fin a las guerras; pero en tanto seamos nacionalistas y pensemos tan sólo en nuestro propio país, seguiremos creando un mundo terrible. Si alguna vez vemos que ésta es nuestra Tierra donde todos podemos vivir felizmente y en paz, entonces juntos construiremos de nuevo; pero si seguimos pensando en nosotros mismos como Indios, Alemanes o Rusos, y consideramos a todos los demás como extranjeros, entonces no habrá paz y no podrá crearse ningún mundo nuevo.

Interlocutor: Usted dice que hay muy pocas personas en este mundo que sean grandes.

¿Entonces qué es usted?

Krishnamurti: No importa lo que soy yo. Lo que importa es descubrir la verdad o falsedad de lo que se dice. Si usted piensa que tal o cual cosa es importante porque fulano de tal la está diciendo, entonces no está escuchando realmente, no está tratando de descubrir por sí mismo qué es verdadero y qué es falso.

Pero, ya lo ve, casi todos tenemos miedo de descubrir por nosotros mismos qué es verdadero y qué es falso, y por eso aceptamos meramente lo que algún otro dice. Lo importante es cuestionar, observar, no aceptar jamás. Por desgracia, la mayoría de nosotros escucha sólo a quienes considera que son grandes personas, a alguna autoridad establecida. Jamás prestamos atención a los pájaros, al sonido del mar o al mendigo. Así nos perdemos lo que el mendigo está diciendo; puede haber verdad en lo que dice el mendigo y ninguna verdad en lo que dice el rico o el hombre investido de autoridad.

Interlocutor: Nosotros leemos libros a causa de nuestra curiosidad. Cuando usted era joven, ¿no era curioso?

Krishnamurti: ¿Piensa usted que meramente leyendo libros descubre por sí mismo lo que es verdadero? ¿Descubre alguna cosa repitiendo lo que otros han dicho? ¿O sólo descubre investigando, dudando, no aceptando jamás? Muchos de nosotros leemos montones de libros sobre filosofía y esta lectura moldea nuestras mentes, lo cual hace muy difícil descubrir por nosotros mismos qué es verdadero y qué es falso. Cuando la mente ya está moldeada, formada, sólo puede descubrir la verdad a costa de las más grandes dificultades.

Interlocutor: ¿No deberíamos preocuparnos por el futuro?

Krishnamurti: ¿Qué entiendes por el futuro? De aquí veinte o cincuenta años, ¿es eso para ti el futuro? El futuro que está a muchos años de distancia es muy incierto, ¿no es así? Tú no sabes qué es lo que va a suceder. ¿De qué te sirve, entonces, que te preocupes o te inquietes al respecto? Puede haber una guerra, una epidemia, cualquier cosa puede ocurrir; de modo que el futuro es incierto, desconocido. Lo que importa es cómo vives ahora, lo que piensas, lo que sientes ahora. Importa muchísimo el presente, el hoy, no el mañana o lo que va a suceder de aquí a veinte años; y comprender el presente requiere muchísima inteligencia.

Interlocutor: Cuando somos jóvenes somos muy traviesos y no siempre sabemos qué es bueno para nosotros. Si un padre aconseja a su hijo por el bien del hijo, ¿no debe el hijo seguir el consejo de su padre?

Krishnamurti: ¿Qué piensas tú? Si soy un padre, primero debo averiguar qué es lo que mi hijo desea hacer realmente en la vida, ¿verdad? ¿Conoce el padre lo suficiente acerca del hijo como para aconsejarle? ¿Ha estudiado al hijo? ¿Cómo puede un padre que tiene muy poco tiempo para observar a su hijo, ofrecerle consejos? Suena lindo decir que el padre debe guiar a su hijo, pero si el padre no conoce a su hijo, ¿qué es lo que ha de hacer? Un niño tiene sus propias inclinaciones y capacidades que han de ser estudiadas, no sólo por cierto tiempo o en un lugar determinado, sino durante todo el período de su infancia.

Interlocutor: Al aspirar al bienestar de nuestro propio país, ¿no aspiramos también al bienestar de la humanidad? ¿Está dentro de los alcances del hombre común aspirar directamente al bienestar de la humanidad?

Krishnamurti: Cuando buscamos el bienestar de nuestro país a expensas de otros países, eso conduce a la explotación y al imperialismo. Mientras pensemos exclusivamente en nuestro país, por fuerza tendremos que crear conflicto y guerra.

Cuando usted pregunta si está dentro de los alcances del hombre común aspirar directamente al bienestar de la humanidad, ¿qué es lo que entiende por hombre común? ¿Usted y yo no somos el hombre común? ¿Acaso somos diferentes del hombre común? ¿Qué es lo que hay de excepcional respecto de nosotros? Somos todos seres humanos corrientes, ¿no es así? ¿Sólo porque poseemos ropas limpias y llevamos zapatos o tenemos un automóvil, piensa usted que somos diferentes de otros que no poseen estas cosas? Todos somos personas comunes, y si realmente comprendemos esto podremos dar origen a una revolución. Una de las fallas de nuestra educación actual es la de hacernos sentir tan exclusivos, tan sobre un pedestal por encima del así llamado hombre de la calle.

Interlocutor: Si todos los individuos se rebelaran, ¿no cree usted que habría caos en el mundo?

Krishnamurti: ¿Pero es que la sociedad actual se encuentra en un orden tan perfecto, que el caos sobrevendría si todos se rebelaran contra ella? ¿No hay caos ahora? ¿Acaso todo es bello, incorrupto? ¿Están todos viviendo plenamente, en la felicidad, en la abundancia? ¿No está el hombre en lucha contra el hombre? ¿No hay ambición, competencia despiadada? Por lo tanto, el mundo está ya en caos, eso es lo primero que hay que entender. No dé por sentado que ésta es una sociedad ordenada, no se hipnotice a sí mismo con las palabras. Ya sea aquí, en Europa, en América o Rusia, el mundo está en un proceso de deterioro. Si vemos el deterioro nos encontramos ante un reto; el reto consiste en encontrar un modo de resolver este problema tan urgente. Y es importante cómo respondemos al reto, ¿no es así? Si respondemos como Hindúes, o Budistas, o Cristianos, o Comunistas, entonces nuestra respuesta es muy limitada -o sea, que no es respuesta en absoluto. Uno puede responder plenamente sólo si no tiene miedo, si no piensa como Hindú, como comunista o capitalista, sino como un ser humano total que está tratando de resolver este problema; y no puede resolverlo a menos que uno mismo se rebele contra toda la cosa, contra el instinto adquisitivo en que se basa esta sociedad. Cuando uno mismo no es ambicioso ni codicioso, ni se aferra a la propia seguridad, sólo entonces puede responder al reto y crear un mundo nuevo.

Interlocutor: El rebelarse, el aprender, el amar, ¿están estos tres procesos separados, o son simultáneos?

Krishnamurti: Por supuesto que no son tres procesos separados; se trata de un proceso unitario. Vea, es muy importante descubrir qué implica la pregunta. Esta pregunta se basa en la teoría, no en la experiencia; es meramente verbal, intelectual y, por ende, carece de validez. Un hombre que no tiene miedo, que en verdad se rebela, que se empeña en descubrir qué significa aprender, amar, un hombre así no pregunta si éste es un solo proceso o si son tres. Somos muy ingeniosos con las palabras, y creemos que al ofrecer explicaciones hemos resuelto el problema.

¿Sabe usted lo que significa aprender? Cuando uno está realmente aprendiendo, aprende a lo largo de toda su vida, y no hay un maestro especial del cual aprender. Entonces todo es enseñanza para uno -una hoja muerta, un pájaro en vuelo, un perfume, una lágrima, el rico y el pobre, la sonrisa de una mujer, la arrogancia de un hombre. Uno aprende de todas las cosas; por lo tanto, no hay guía alguna, ni filósofo, ni gurú. La vida misma es nuestro maestro, y nos hallamos en un estado de constante aprender.

Interlocutor: Es cierto que la sociedad se basa en la codicia y en la ambición, pero si no tuviéramos ambición, ¿no decaeríamos?

Krishnamurti: Esta es una pregunta realmente muy importante y requiere gran atención.

¿Saben qué es la atención? Descubrámoslo. Cuando en una clase alguno de ustedes mira fijamente hacia afuera por la ventana, o le tira del pelo a otro, el maestro le dice que preste atención.

¿Qué significa eso? Que uno no se interesa en lo que está estudiando, y entonces el maestro lo obliga a poner atención -la cual no es atención en absoluto. La atención viene cuando estamos profundamente interesados en algo, porque entonces queremos descubrirlo todo al respecto; entonces toda nuestra mente, todo nuestro ser está en eso. De igual manera, en el momento en que vemos que esta pregunta -“si no tuviéramos ambición, ¿no decaeríamos?”- es realmente muy importante, estamos interesados en ella y queremos descubrir la verdad que encierra.

Ahora bien, el hombre ambicioso, ¿no se está destruyendo a sí mismo? Eso es lo primero que tenemos que descubrir, no preguntar si la ambición es buena o mala. Miren alrededor de ustedes, observen a todas las personas que son ambiciosas. ¿Qué ocurre cuando uno es ambicioso? Está siempre pensando en sí mismo, ¿no es cierto? Es cruel, hace a un lado a otra gente, porque está tratando de realizar su ambición, está tratando de convertirse en un gran hombre, y así crea en la sociedad el conflicto entre los que tienen éxito y los que quedan rezagados. Existe una batalla constante entre uno mismo y los otros que también van detrás de lo que uno desea. Y, ¿produce este conflicto un vivir creativo? ¿Comprende, o esto es demasiado difícil?

¿Es usted ambicioso cuando quiere hacer algo por el propio gusto de hacerlo? Cuando uno hace algo con todo su ser, no porque quiera llegar a alguna parte, u obtener más provecho o mayores resultados, sino simplemente porque ama lo que hace, en eso no hay ambición, ¿verdad? En eso no hay competencia; uno no está luchando con nadie por el primer lugar. ¿Y acaso la educación no debería ayudarles a descubrir lo que realmente aman y quieren hacer, de modo que desde el principio y hasta el final de sus vidas estén trabajando en algo que sienten que vale la pena y que para ustedes tiene una profunda significación? De lo contrario, serán desdichados por el resto de sus días. Al no saber lo que realmente queremos hacer, nuestra mente cae en una rutina en la que sólo hay aburrimiento, deterioro y muerte. Por eso es muy importante descubrir, mientras somos jóvenes, lo que verdaderamente amamos, y éste es el único modo de crear una nueva sociedad.

Interlocutor: ¿Qué es la inteligencia?

Krishnamurti: Examinemos la pregunta muy despacio, pacientemente, y descubrámoslo. Descubrir algo no es arribar a una conclusión. No sé si ven la diferencia. En el momento en que llegamos a una conclusión sobre lo que es la inteligencia, dejamos de ser inteligentes. Eso es lo que han hecho casi todos nuestros mayores: han arribado a conclusiones. Por lo tanto, han dejado de ser inteligentes. Así que ahora mismo hemos descubierto una cosa; que una mente inteligente es la que constantemente está aprendiendo sin llegar jamás a conclusiones.

¿Qué es la inteligencia? La mayoría se satisface con una definición de lo que es la inteligencia. O bien dicen: “Esa es una buena explicación”, o prefieren la propia explicación; y una mente que se satisface con una explicación, es muy superficial y, por tanto, no es inteligente.

Han comenzado ustedes a ver que una mente inteligente es la que no se contenta con explicaciones, con conclusiones: ni es una mente que cree, porque la creencia es también una forma de conclusión. Una mente inteligente es una mente inquisitiva que está siempre observando aprendiendo, estudiando. ¿Qué significa eso? Que hay inteligencia sólo cuando no hay temor, cuando uno está dispuesto a rebelarse, a ir contra toda la estructura social a fin de descubrir qué es Dios, o descubrir la verdad acerca de cualquier cosa.

La inteligencia no es conocimiento. Si ustedes pudieran leer todos los libros que hay en el mundo, eso no les daría inteligencia. La inteligencia es algo muy sutil y no se halla anclado en cosa alguna. Adviene sólo cuando uno comprende el proceso total de la mente -no la mente según algún filósofo o maestro, sino la propia mente. La mente de cada uno de nosotros es el resultado de toda la humanidad, y cuando uno comprende eso, no tiene que estudiar ni un solo libro, porque la mente contiene todo el conocimiento del pasado. De modo que la inteligencia llega con la comprensión de uno mismo; y uno puede comprenderse a sí mismo sólo en relación con el mundo de las personas, de las cosas y de las ideas. La inteligencia no es algo que pueda adquirirse, como el aprendizaje; aparece acompañada de una gran rebelión, vale decir, cuando no hay miedo -lo cual quiere decir, realmente, que aparece cuando existe un sentido de amor. Porque cuando no hay miedo, hay amor.

Si usted se interesa solamente en las explicaciones, me temo que sentirá que no he contestado su pregunta. Preguntar qué es la inteligencia es como preguntar qué es la vida. La vida es estudio, juego, sexo, trabajo, reyerta, envidia, ambición, amor, belleza, verdad -la vida es todo, ¿no es así? Pero ya lo ve, casi ninguno de nosotros tiene la paciencia de dedicarse seria y firmemente a esta investigación.

Interlocutor: ¿Qué es la sociedad?

Krishnamurti: ¿Qué es la sociedad? ¿Y qué es la familia? Averigüemos, paso a paso, cómo se crea la sociedad, cómo nace.

¿Qué es la familia? Cuando tú dices: "ésta es mi familia", ¿qué quieres decir? Tu padre, tu madre, tu hermano y tu hermana, la sensación de intimidad, el hecho de que estén viviendo juntos en la misma casa, el sentimiento de que tus padres van a protegerte, la posesión de cierta propiedad, de joyas, saris, ropas... todo esto es la base de la familia. Hay otras familias como la tuya viviendo en otras casas, sintiendo exactamente las mismas cosas que tú sientes, teniendo el mismo sentimiento de "mi esposa", "mi marido", "mis hijos", "mi casa", "mis ropas", "mi automóvil"; hay muchas familias así viviendo sobre el mismo pedazo de tierra, y ellas llegan a tener el mismo sentimiento de que no deben ser invadidas a su vez por otras familias. En consecuencia, empiezan a fabricar leyes. Las familias poderosas se colocan a sí mismas en altas posiciones, adquieren grandes propiedades, disponen de más dinero, más ropas, más automóviles; se juntan y estructuran las leyes, les dicen a los demás lo que deben hacen Así, gradualmente, se forma una sociedad con leyes, regulaciones, policías, un ejército, una armada. Finalmente, toda la Tierra queda poblada por sociedades de diversas clases. Entonces eso ocasiona en la gente ideas antagónicas y el deseo de derribar a aquéllos que se hallan establecidos en altas posiciones, que tienen en sus manos todos los recursos del poder. Derrumban esa sociedad particular y forman otra.

La sociedad es la relación entre la gente, la relación entre una persona y otra, entre una familia y otra, entre un grupo y otro, y entre el individuo y el grupo. La sociedad es la relación humana, la relación entre ustedes y yo. Si yo soy muy codicioso, muy astuto, si tengo gran poder y autoridad, les voy a hacer a un lado; y ustedes tratarán de hacer lo mismo conmigo. Así que fabricamos leyes. Pero vienen otros que invalidan nuestras leyes estableciendo otra serie de leyes, y esto prosigue todo el tiempo. En la sociedad, que es la relación humana, existe este conflicto constante. Ésta es la base simple de la sociedad, pero se vuelve más y más compleja a medida que los seres humanos mismos se vuelven más y más complejos en sus ideas, en sus deseos, en sus instituciones y en sus industrias.

Interlocutor: Puesto que siempre estamos relacionados con otros, ¿ no es verdad que nunca podemos ser absolutamente libres?

Krishnamurti: No comprendemos qué es la relación, la verdadera relación. Supongamos que yo dependo de ti para mi gratificación, para mi bienestar, para mi sentido de la seguridad; ¿cómo puedo ser libre alguna vez? Pero si no dependo de ese modo aún sigo relacionado contigo, ¿no es así? Dependo de ti para alguna clase de solaz emocional, físico o intelectual; por lo tanto, no soy libre. Me apego a mis padres porque necesito alguna clase de seguridad, lo cual implica que mi relación con ellos es de dependencia y está basada en el temor. ¿Cómo puede haber, entonces, relación alguna que sea libre? Sólo hay libertad en la relación cuando no hay temor. Por lo tanto, para tener una verdadera relación debo empezar a liberarme de esta dependencia psicológica que engendra temor.

Interlocutor: ¿Cómo podemos ser libres cuando nuestros padres dependen de nosotros en su ancianidad?

Krishnamurti: A causa de que son viejos, dependen de ti para que les mantengas. ¿Qué sucede entonces? Esperan que ganes dinero suficiente como para vestirles y alimentarles; y si lo que deseas es ser un carpintero o un artista, aun cuando tal vez no ganes nada de dinero, tus padres te dirán que no debes hacer eso porque tienes que mantenerles a ellos. Sólo piensa en esto. No digo que sea bueno o malo; al decir que es bueno o malo ponemos fin al pensar. El requerimiento de tus padres de que debes ser el sostén de ellos te impide vivir tu propia vida, y que quieras vivir tu propia vida se considera egoísta; de este modo, te conviertes en el esclavo de tus padres.

Uno podría decir que el Estado debería cuidar a los ancianos mediante pensiones a la vejez y varios otros sistemas de seguridad. Pero en un país donde hay superpoblación, insuficiencia de ingresos nacionales, falta de productividad y demás, el Estado no puede proteger a las personas ancianas. De modo que los padres de avanzada edad dependen de los jóvenes, y los jóvenes encajan siempre en el surco de la tradición y son destruidos. Pero éste no es un problema para ser discutido por mí. Todos ustedes tienen que considerarlo y resolverlo.

Naturalmente, dentro de límites razonables, yo deseo mantener a mis padres. Pero supongamos que anhelo hacer algo que rinde muy poco. Supongamos que quiero convertirme en una persona religiosa y consagrar mi vida a descubrir qué es Dios, qué es la verdad. Ese modo de vida puede no aportarme ningún dinero y si lo sigo quizá deba abandonar a mi familia, lo cual implica que probablemente morirán de hambre como millones de personas. ¿Qué he de hacer? En tanto tenga miedo de lo que dirá la gente -que no soy un hijo cumplidor, que soy un hijo indigno-, jamás seré un ser humano creativo. Para ser un hombre creativo, dichoso, debo tener muchísima iniciativa.

Interlocutor: ¿Cómo podemos librarnos de la dependencia mientras estamos viviendo en la sociedad?

Krishnamurti: ¿Sabe usted qué es la sociedad? La sociedad es la relación entre los seres humanos, ¿verdad? No lo complique, no cite un montón de libros; piense muy sencillamente en esto y verá que la sociedad es la relación entre usted y yo y otros. Es la relación humana la que constituye la sociedad; y nuestra sociedad actual se basa en una relación posesiva, ¿no es así? Casi todos deseamos dinero, poder, propiedad, autoridad; en un nivel u otro anhelamos posición, prestigio, y así es como hemos construido una sociedad codiciosa. En tanto somos codiciosos, en tanto deseamos posición, poder, etcétera, pertenecemos a esta sociedad y, por lo tanto, dependemos de ella. Pero si uno no desea ninguna de estas cosas y, con gran humildad, permanece siendo sencillamente lo que es, entonces se encuentra fuera de eso; se rebela contra ello y rompe con esta sociedad.

Desafortunadamente, en la actualidad la educación aspira a que ustedes se amolden, se ajusten a esta sociedad codiciosa y encajen en ella. Esto es todo lo que interesa a sus padres, a sus maestros, y de esto es que se ocupan sus libros. Mientras se amolden, mientras sean ambiciosos, codiciosos, mientras corrompan y destruyan a otros persiguiendo la posición y el poder, se los considerará ciudadanos respetables. Se los educa para que encajen en la sociedad, pero eso no es educación, es meramente un proceso que los condiciona para que se adapten a un patrón. El verdadero propósito de la educación no es el de convertirlos en oficinistas, en jueces o en Primeros Ministros, sino el de ayudarlos a comprender toda la estructura de esta corrupta sociedad permitiéndoles que florezcan libremente, de modo que rompan con esta sociedad y puedan crear una sociedad diferente, un mundo nuevo. Tienen que existir los que se rebelen, no parcialmente, sino que estén en rebelión total contra lo viejo, porque son sólo personas así las que podrán crear un mundo nuevo -un mundo que no se base en la codicia, en el poder y el prestigio.

Puedo oír a las personas mayores diciendo: “Eso jamás podrá hacerse. La naturaleza humana es lo que es, y lo que usted dice es un desatino”. Pero jamás hemos pensado en librar de su condicionamiento a la mente adulta y en no condicionar al niño. Ciertamente, la educación es tanto curativa como preventiva. Ustedes, los estudiantes de más edad, ya están moldeados, condicionados, ya son ambiciosos; desean tener éxito igual que sus padres, o el gobernador o algún otro. De modo que el verdadero propósito de la educación es no sólo ayudarlos a que se liberen ustedes mismos de su condicionamiento, sino también a que comprendan todo el proceso del vivir de día en día, de modo que puedan crecer en libertad y crear un mundo nuevo, un mundo que debe ser por completo diferente del actual. Desafortunadamente, ni los padres de ustedes ni los maestros ni el público en general se interesan en esto. Es por eso que la educación tiene que ser un proceso de educar tanto al educador como al estudiante.

Interlocutor: ¿Cuáles son los deberes de un estudiante?

Krishnamurti: ¿Qué significa la palabra “deber”? ¿Deber hacia qué? ¿Deber hacia su país conforme a lo que sostiene un político? ¿Deber hacia su padre o su madre de acuerdo con los deseos de ellos? Ellos le dirán que su deber es hacer las cosas que le dicen que haga; y eso que le dicen está condicionado por el trasfondo de ellos, por la tradición etc. ¿Y qué es un estudiante? ¿Es un muchacho -o una muchacha- que va a la escuela y lee unos cuantos libros a fin de aprobar algunos exámenes? ¿O sólo es estudiante el que está aprendiendo todo el tiempo y para quien, por consiguiente, el aprender no termina jamás? Por cierto, la persona que solamente lee por encima un tema, aprueba un examen y después abandona eso, no es un estudiante. El verdadero estudiante está estudiando, aprendiendo; explorando, no sólo hasta que cumple veinte o veinticinco años, sino a lo largo de toda su vida.

Ser estudiante es aprender todo el tiempo; y mientras uno está aprendiendo, no existe el maestro, ¿verdad? En el momento en que usted es estudiante, no hay nadie en particular que le esté enseñando, porque usted está aprendiendo de todas las cosas. La hoja arrastrada por el viento, el murmullo de las aguas en las orillas de un río, el vuelo de un pájaro en lo alto de los cielos, el hombre pobre que pasa a nuestro lado con una pesada carga, las personas que piensan que lo saben todo acerca de la vida... Usted está aprendiendo de todo ello y, por lo tanto, no existe el maestro y usted no es un seguidor.

De modo que el único deber de un estudiante es aprender. Hubo una vez en España un pintor famoso cuyo nombre era Goya. Fue uno de los más grandes, y cuando ya era un hombre muy viejo escribió bajo una de sus pinturas: ‘todavía estoy aprendiendo”. Ustedes pueden aprender de los libros, pero eso no los lleva muy lejos. Un libro sólo puede darles lo que el autor tiene que decir. Pero el aprender que llega mediante el conocimiento propio no tiene límites, porque aprender a través del conocimiento de uno mismo es saber cómo escuchar, cómo observar y, por lo tanto, uno aprende de todas las cosas: de la música, de lo que dice la gente y de la manera en que lo dice, aprende de la ira, de la codicia, de la ambición.

Esta tierra es nuestra, no pertenece a los comunistas, a los socialistas o a los capitalistas; es de ustedes y mía, para que vivamos en ella dichosamente, plenamente, sin conflictos. Pero esa riqueza de vida, esa felicidad, ese sentir que “esta tierra es nuestra”, no puede generarse por el esfuerzo ni por medio de la ley. Tiene que llegar desde adentro, porque amamos la tierra y todas las cosas que hay en ella; y ése es el estado de aprender.

Interlocutor: ¿Cuál es la diferencia entre respeto y amor?

Krishnamurti: Uno puede buscar las palabras “respeto y “amor” en un diccionario y encontrar la respuesta. ¿Es eso lo que usted quiere saber? ¿Quiere conocer él significado superficial de esas palabras, o le interesa la significación que hay detrás de ellas?

Cuando llega un hombre prominente -un ministro o un gobernador- ¿ha notado usted la forma en que todos lo saludan? A eso llaman ustedes respeto, ¿no es así? Pero tal respeto es falso, porque tras él hay temor, codicia. Quieren obtener algo del pobre diablo, y por eso ponen una guirnalda alrededor de su cuello. Eso no es respeto, es meramente la moneda con la que compran y venden en el mercado. No sienten respeto por el sirviente que tienen o por el aldeano, sino solamente por aquellos de quienes esperan obtener algo. Esa clase de respeto es, en realidad, temor; no es respeto en absoluto, no tiene ningún sentido. Pero si usted realmente tuviera amor en su corazón, entonces para usted el gobernador, el maestro, su sirviente y el aldeano serían todos lo mismo; entonces sentiría respeto por todos ellos, porque el amor no pide nada a cambio.

Interlocutor: ¿Qué es la felicidad en la vida?

Krishnamurti: Si uno desea hacer algo agradable, piensa que será feliz cuando lo haga. Uno puede desear casarse con la joven más hermosa, o (si es mujer) con el hombre más rico, o desea aprobar algún examen, o ser elogiado por alguien, y piensa que si logra aquello que desea, será feliz. Pero, ¿es eso la felicidad? ¿No se desvanece pronto como la flor que se abre en la mañana y se marchita al anochecer? Sin embargo, ésa es nuestra vida, y eso es lo que todos queremos. Nos sentimos satisfechos con esas superficialidades: con tener un automóvil o una posición segura, con sentir una pequeña emoción respecto de algo trivial, como el niño que se siente feliz remontando una cometa en medio de un viento fuerte, y pocos minutos después está llorando. Ésa es nuestra vida, y nos satisfacemos con ella. Jamás decimos: “Entregaré mi corazón, mi energía, todo mi ser para descubrir qué es la felicidad”. No somos muy serios, no sentimos la vida con gran intensidad, y por eso nos complacen las cosas pequeñas.

Pero la felicidad no es algo que uno pueda buscar; no es un resultado, una consecuencia. Si perseguimos la felicidad por sí misma, eso no tendrá sentido alguno. La felicidad llega sin ser invitada; y en el momento en que uno se torna consciente de que es feliz, ya ha dejado de serlo. No sé si han advertido esto. Cuando uno se siente de pronto gozoso por nada en particular, existe la libertad de sonreír, de ser feliz; pero, en el instante en que uno se vuelve consciente de ello, lo ha perdido, ¿verdad? Tener conciencia de que se es feliz, o perseguir la felicidad, implica el final mismo de la felicidad. La felicidad existe solamente cuando hemos desechado al yo con sus exigencias.

A ustedes les enseñan muchísima matemática, pasan sus días estudiando historia, geografía, ciencia, física, biología, etc., ¿pero dedican ustedes y sus maestros siquiera algo de tiempo para reflexionar acerca de estas cuestiones que son mucho más serias? ¿Se sientan alguna vez tranquilos, con la espalda muy recta, sin hacer movimiento alguno, y conocen así la belleza del silencio?

¿Dejan alguna vez que la mente divague, no sobre cosas insignificantes, sino de una manera expansiva, amplia, profunda, para así poder explorar, descubrir?

¿Y saben ustedes qué está sucediendo en el mundo? Lo que sucede en el mundo es una proyección de lo que ocurre dentro de cada uno de nosotros; el mundo es lo que somos. Casi todos estamos confundidos, somos codiciosos, posesivos, celosos, y condenamos a la gente; y eso es, exactamente, lo que ocurre en el mundo, sólo que de una manera más dramática, más despiadada. Pero ni ustedes ni sus maestros dedican tiempo alguno para pensar acerca de todo esto; y es solamente cuando uno emplea algún tiempo cada día reflexionando seriamente sobre estas cuestiones, que existe una posibilidad de producir una revolución total y crear un mundo nuevo. Y yo les aseguro que un mundo nuevo tiene que crearse, un mundo que no sea una continuación, en forma diferente, de la misiva sociedad corrupta. Pero no podemos crear un mundo nuevo si nuestra mente no está alerta, si no es observadora, intensamente perceptiva; y por eso es tan importante que, mientras son jóvenes, empleen algún tiempo en reflexionar sobre estas cuestiones tan serias, y no pasen meramente sus días en el estudio de unas cuantas materias, lo cual no conduce a ninguna parte, salvo a un empleo y a la muerte. De modo que consideren seriamente todas estas cosas, porque en virtud de esa consideración adviene un sentimiento extraordinario de júbilo, de felicidad.

Interlocutor: ¿Qué es la verdadera vida?

Krishnamurti: ¿Qué es la verdadera vida? Esta pregunta la ha formulado un niño pequeño. Jugar, alimentarse bien, correr, saltar, empujar -ésa es la verdadera vida para él. Ya ven, dividimos la vida en la verdadera y la falsa. La verdadera vida es hacer algo que amamos con todo nuestro ser, de modo tal que no haya contradicción interna, ni una guerra entre lo que estamos haciendo y lo que pensamos que deberíamos hacer. La vida es entonces un proceso completamente integrado en el cual hay una alegría inmensa. Pero eso puede ocurrir únicamente cuando no dependemos en lo psicológico de ninguna persona, de ninguna sociedad, cuando existe un completo desapego interno, porque sólo entonces hay una posibilidad de amar realmente lo que hacemos. Si uno se encuentra en un estado de revolución total, no tiene importancia si es jardinero o si llega a Primer Ministro o si hace alguna otra cosa; uno amará lo que haga, y gracias a ese amor adviene un sentido extraordinario de creatividad.

Interlocutor: ¿Es usted feliz o no?

Krishnamurti: No lo sé. Jamás he pensado al respecto. En el momento en que uno piensa que es feliz, deja de ser feliz, ¿no es cierto? Cuando ustedes juegan y gritan con alegría, ¿qué sucede en el instante en que se vuelven conscientes de que están alegres? Dejan de estarlo. ¿No lo han notado? Por lo tanto, la felicidad es algo que no se encuentra en el campo de la conciencia egocéntrica.

Cuando uno trata de ser bueno, ¿es bueno? ¿Puede practicarse la bondad? ¿O la bondad es algo que llega naturalmente porque uno ve, observa, comprende? Del mismo modo, cuando uno tiene conciencia de que es feliz, la felicidad se va por la ventana. Es absurdo buscar la felicidad, porque hay felicidad solamente cuando uno no la busca.

¿Saben qué significa la palabra “humildad”? ¿Puede uno cultivar la humildad? Si uno se repite cada mañana: “Voy a ser humilde”, ¿es eso humildad? ¿O la humildad surge por sí misma cuando ya no alimentamos el orgullo, la vanidad? De la misma manera, cuando las cosas que impiden la felicidad han desaparecido, cuando han llegado a su fin la ansiedad, la frustración, la búsqueda de la propia seguridad, entonces la felicidad está ahí, uno no tiene que buscarla.

¿Por qué están tan silenciosos casi todos ustedes? ¿Por qué no discuten conmigo? ¿Saben?, es importante que expresen sus pensamientos y sentimientos por mal que lo hagan, porque eso tendrá para ustedes un gran significado, y les diré por que. Si comienzan a expresar sus pensamientos y sentimientos ahora, aunque sea de una manera vacilante, cuando crezcan no serán asfixiados por el ambiente, por sus padres, por la sociedad, por la tradición. Pero, desafortunadamente, sus maestros no los alientan para que cuestionen, no les preguntan qué piensan ustedes.

Interlocutor: ¿Sobrevive el alma después de la muerte?

Krishnamurti: Si usted realmente quiere saberlo, ¿como lo va a averiguar? ¿Leyendo lo que han dicho al respecto Shankara, Buda o Cristo? ¿Escuchando a su propio líder o santo particular? Pueden estar todos equivocados. ¿Está usted preparado para admitir esto -lo cual implica que su mente está en posición de inquirir?

Por cierto, primero tiene que descubrir si es que existe un alma, y después si sobrevive o no.

¿Qué es el alma? ¿Sabe usted lo que es? ¿O meramente le han dicho que hay un alma -se lo han dicho sus padres, el sacerdote, un libro determinado, su ambiente cultural- y usted ha aceptado eso?

La palabra “alma” implica algo que está más allá de la simple existencia física, ¿no es así? Está su cuerpo físico, y también su carácter, sus tendencias, sus virtudes; y usted dice que, trascendiendo todo esto, está el alma. Si tal estado existe en absoluto, tiene que ser espiritual, algo que posee la calidad de lo intemporal; y usted pregunta si ese algo espiritual sobrevive a la muerte. Esa es una parte de la pregunta.

La otra parte es: ¿Qué es la muerte? ¿Sabe usted qué es la muerte? Desea saber si hay supervivencia después de la muerte; vea, esa pregunta no es importante. La pregunta que importa es: ¿Puede uno conocer la muerte mientras está viviendo? ¿Qué sentido tiene si alguien le dice que hay o que no hay supervivencia después de la muerte? Usted seguirá sin saberlo. Pero uno puede descubrir por sí mismo qué es la muerte, no después de morirse, sino mientras está vivo, sano, vigoroso, mientras está pensando, sintiendo.

Esto también forma parte de la educación. Educarse no es solamente llegar a ser un experto en matemáticas, historia o geografía; es también la capacidad de comprender esta cosa extraordinaria llamada muerte -no cuando uno se está muriendo físicamente, sino mientras está vivo, mientras ríe, mientras trepa a un árbol, mientras navega en un velero o mientras está nadando. La muerte es lo desconocido, y lo que importa es saber acerca de lo desconocido mientras uno está viviendo.

Interlocutor: ¿Cómo aprendió usted todo aquello de que habla, y cómo podemos nosotros llegar a conocer eso?

Krishnamurti: Es una buena pregunta, ¿no?

Bien, si se me permite hablar un poco acerca de mí mismo, yo no he leído ninguna clase de libros que traten de estas cosas, ni los Upanishads ni el Bhagavad Gita ni libros psicológicos; pero, tal como les dije, si uno observa su propia mente, ahí está todo. Así, una vez que emprendemos el viaje del conocimiento propio, los libros no son importantes. Es como penetrar en una tierra extraña donde comenzamos a encontrar cosas nuevas y a hacer descubrimientos asombrosos; pero vea, todo eso se destruye si nos damos importancia a nosotros mismos. En el momento en que decimos: “He descubierto, sé, soy importante porque he dado con esto y con aquello”, estamos perdidos. Si usted ha de emprender un largo viaje, es muy poco lo que tiene que llevar consigo; si desea escalar hasta una gran altura, ha de viajar con poco equipaje.

Por lo tanto, esta cuestión es realmente importante, porque el descubrimiento y la compresión llegan a través del conocimiento propio, llegan observando los comportamientos de la mente. Observando lo que opinamos de nuestro prójimo, el modo en que hablamos, en que caminamos, en que miramos el cielo, los pájaros, en que tratamos a la gente, en que cortamos una rama -todas estas cosas son importantes, porque actúan como espejos en que vemos lo que somos; y, si estamos alertas, todo lo que descubrimos de instante en instante es nuevo.

Interlocutor: Señor, ¿por qué deseamos tener un compañero?

Krishnamurti: ¿Puede uno vivir solo en este mundo, sin un esposo o una esposa, sin hijos, sin amigos? Casi ninguno de nosotros puede vivir solo, por lo tanto necesitamos compañeros. El permanecer solos requiere una inteligencia enorme; y uno tiene que estar solo para encontrar a Dios, la verdad. Es agradable tener la compañía de un esposo o una esposa, y también tener hijos; pero ya lo ven, nos perdemos en todo eso, nos perdemos en la familia, en el empleo, en la aburrida, monótona rutina de una existencia que nos deteriora. Nos acostumbramos a ello, y entonces el pensamiento de vivir solos se vuelve terrible, es algo que nos aterroriza. La mayoría de nosotros ha puesto su fe en una sola cosa, nos lo hemos jugado todo a una sola carta, y nuestras vidas no tienen riqueza alguna aparte de nuestros compañeros o compañeras, aparte de nuestras familias y de nuestros trabajos. Pero si en la vida de uno hay riqueza -no la riqueza del dinero o del conocimiento, que cualquiera puede adquirir, sino esa riqueza que es el movimiento de la realidad sin principio ni fin- entonces el tener la compañía de alguien se vuelve un asunto secundario.

Pero como ven, no se los educa para estar solos. ¿Salen alguna vez a hacer una caminata completamente solos? Es muy importante salir solos, sentarnos debajo de un árbol -no con un libro, no con la compañía de alguien sino solos- y observar la caída de una hoja, oír el suave sonido del agua, escuchar el canto de los pescadores, seguir con la mirada el vuelo de un pájaro, y el de los propios pensamientos mientras éstos se persiguen unos a otros a través del espacio de nuestra mente. Si somos capaces de estar solos y observar estas cosas, entonces descubriremos riquezas extraordinarias que ningún gobierno puede evaluar, que ningún agente humano puede corromper, y que jamete pueden ser destruidas.

Interlocutor: ¿Es su pasatiempo favorito el de ofrecer conferencias? ¿No se cansa usted de hablar? ¿Por qué lo hace?

Krishnamurti: Me alegra que haya usted formulado esta pregunta. ¿Sabe?, si uno ama algo jamás se cansa de ello -me refiero al amor en el que no se busca un resultado ni se desea obtener cosa alguna. Cuando se ama algo, no hay realización egocéntrica y, por lo tanto, no hay desengaño, no hay una finalidad. ¿Por qué estoy haciendo esto? Del mismo modo podría preguntar usted por qué la rosa florece, por qué el jazmín entrega su perfume, o por qué el pájaro vuela.

Vea, yo he tratado de no hablar, de averiguar qué sucede si no hablo. Eso está igualmente bien.

¿Comprende? Si uno habla porque obtiene algo de ello -dinero, una recompensa, un sentimiento de la propia importancia- entonces hay cansancio, entonces el hablar de uno es destructivo, no tiene sentido porque es solamente realización propia; pero si hay amor en nuestro corazón, y el corazón no está lleno con las cosas de la mente, entonces es como un manantial, como una fuente que eternamente está dando agua fresca.

Interlocutor: ¿Qué es el destino?

Krishnamurti: ¿Desea usted realmente investigar este problema? Formular una pregunta es la cosa más fácil del mundo, pero su pregunta sólo tiene un sentido si le afecta directamente, porque entonces es usted muy serio al respecto. ¿Ha notado cuántas personas pierden interés tan pronto como han formulado su pregunta? El otro día un hombre hizo una pregunta y después empezó a bostezar, a rascarse la cabeza y a hablar con su vecino; había perdido completamente el interés. Le sugiero, por lo tanto, que no haga una pregunta a menos que sea realmente serio en relación con la misma.

Este problema de qué es el destino es muy difícil y complejo. Vea, si una causa se pone en marcha, debe producir inevitablemente un resultado. Si un gran número de personas, ya sean rusos, americanos o hindúes, se prepara para la guerra, su destino es la guerra; aunque puedan decir que desean la paz y se preparan sólo para su propia defensa, ponen en marcha las causas que producen la guerra. De igual matrera, cuando millones de personas han tomado parte por siglos en el desarrollo de una civilización o cultura, han puesto en marcha un movimiento en el que los seres humanos individuales quedan presos y son arrastrados les guste o no; y todo este proceso de estar presos y ser arrastrados en una corriente particular de la cultura o de la civilización, puede llamarse destino.

Después de todo, si usted ha nacido como hijo de un abogado que insiste en que usted también sea abogado, y usted acata sus deseos aun cuando preferiría hacer alguna otra cosa, entonces su destino es, obviamente, convertirse en abogado. Pero si rehúsa ser un abogado, si insiste en: hacer lo que siente que es verdadero para usted, lo que realmente ama -puede ser escribir, pintar, o no tener dinero y pedir limosna- entonces se ha salido de la corriente, ha roto con el destino que su padre reservaba para usted. Lo mismo sucede con una cultura o una civilización.

Por eso es muy importante que se nos eduque apropiadamente -que se nos eduque no para ser asfixiados por la tradición, o para caer en el destino de un particular grupo racial, cultural o familiar, o para convertirnos en seres mecánicos movidos hacia una finalidad predeterminada. El hombre que comprende todo este proceso, que rompe con él y se queda solo, crea su propio ímpetu, su propio movimiento; y si su acción es un romper con lo falso para ir hacia la verdad, entonces ese movimiento mismo se convierte en la verdad. Hombres así están libres del destino.

Interlocutor: ¿Cómo podemos conocernos a nosotros mismos?

Krishnamurti: Usted conoce su rostro porque lo ha visto con frecuencia reflejado en el espejo. Pues bien, existe un espejo en el cual usted puede verse completamente a sí mismo -no su rostro, sino todo lo que piensa, todo lo que siente, sus motivos, sus apetitos, sus instintos y temores. Ese espejo es el espejo de la relación: la relación entre usted y sus padres, entre usted y sus maestros, entre usted y el río, los árboles, la tierra... entre usted y sus pensamientos. La relación es un espejo en el cual puede verse a sí mismo, no como debería ser sino como es. Yo puedo desear, cuando me miro en un espejo corriente, que éste me muestre que soy hermoso, pero no sucede eso porque el espejo refleja mi rostro exactamente como es, y no puedo engañarme a mí mismo. De igual manera, puedo verme exactamente como soy en el espejo de mi relación con los demás. Puedo observar cómo le hablo a la gente -con mayor cortesía a los que creo que pueden darme algo, y con rudeza y desdeñosamente a los que no pueden hacerlo. Soy atento con aquellos que me inspiran temor. Me pongo de pie cuando entra alguna persona importante, pero cuando entra el sirviente ni siquiera le presto atención. Así, observándome en la relación, he descubierto de qué manera tan falsa respeto a la gente, ¿no es cierto? Y también puedo descubrirme tal como soy en mi relación con los árboles y los pájaros, con las ideas y los libros.

Uno podrá tener todos los títulos académicos del mundo, pero si no se conoce a sí mismo es la más ignorante de las personas. El conocimiento de uno mismo es el verdadero propósito de toda la educación. Sin el conocimiento propio, el mero recoger hechos o tomar notas a fin de poder aprobar los exámenes, es una manera tonta de vivir. Usted podrá ser capaz de citar el Bhagavad Gita, los Upanishads el Corán y la Biblia, pero a menos que se conozca a sí mismo, es como un loro que repite palabras. Mientras que si comienza a conocerse a sí mismo, por poco que sea, ya se ha puesto en marcha un proceso extraordinario de creatividad. Es un descubrimiento el verse uno de pronto tal como es realmente: codicioso, pendenciero, iracundo, envidioso, necio. Ver el hecho sin tratar de alterarlo, sólo ver exactamente lo que uno es, constituye una revelación asombrosa. Desde ahí puede uno profundizar hasta el infinito, porque el conocimiento propio nuca se termina.

Gracias al conocimiento propio comienza usted a descubrir qué es Dios, qué es la verdad, qué es ese estado intemporal. Su maestro puede trasmitirle el conocimiento que él ha recibido de su maestro, y a usted puede irle bien en sus exámenes, puede obtener un titulo y todas esas cosas; pero si no se conoce a sí mismo tal como conoce su propio rostro en el espejo, todo el otro conocimiento significa muy poco. Las personas instruidas que no se conocen a sí mismas son en realidad poco inteligentes; no saben qué es el pensar, qué es la vida. Por eso es esencial que al educador se lo eduque en el verdadero sentido de la palabra, lo cual significa que tiene que saber como funciona su propia mente y su corazón, tiene que verse en el espejo de la relación exactamente como es. El conocimiento propio es el principio de la sabiduría. En el conocimiento de uno mismo está todo el universo; ese conocimiento abarca todas las luchas de la humanidad.

Interlocutor: ¿Podemos conocernos a nosotros mismos sin alguien que nos inspire?

Krishnamurti: ¿Para conocerse a sí mismo debe usted tener alguien que lo inspire, que lo apremie, que lo estimule, que lo impulse? Escuche la pregunta muy cuidadosamente y descubrirá la verdadera respuesta. Vea, la mitad del problema está resuelta si uno lo estudia, ¿no es así? Pero usted no puede estudiar el problema en su totalidad si su mente está ocupada con la excesiva ansiedad de encontrar una respuesta.

La pregunta es: a fin de dar con el conocimiento propio, ¿no debe haber alguien que nos inspire?

Ahora bien, si usted necesita un gurú, alguien que lo inspire, que lo estimule, que le diga que lo está haciendo bien, eso significa que estará perdido cuando esa persona se marche algún día. Tan pronto depende usted de una persona o de una idea para su inspiración, por fuerza tiene que haber miedo y, por lo tanto, eso no es en absoluto la verdadera inspiración. Mientras que si observa, por ejemplo, como se llevan un cuerpo muerto, u observa a dos personas que riñen ¿eso no le hace pensar? Cuando ve a alguien que es muy ambicioso, o nota cómo cae usted a los pies del gobernador cuando él llega, ¿no le hace eso reflexionar? Hay, pues, inspiración en todo, desde la caída de una hoja o la muerte de un pájaro, hasta la propia conducta humana. Si usted observa todas estas cosas, está aprendiendo permanentemente; pero si considera que una persona es su instructor, entonces está perdido y esa persona se convierte en su pesadilla. Por eso es muy importante no seguir a nadie, no tener un instructor en particular, sino aprender del río, de las flores, de los árboles, de la mujer que lleva una carga, de los miembros de su familia y de sus propios pensamientos. Esta es una educación que nadie puede darle excepto usted mismo, y ésta es la belleza de una educación así, la cual requiere una incesante vigilancia una mente en constante estado de investigación. Uno tiene que aprender observándose cuando lucha, cuando es feliz y cuando está bañado en llanto.

Interlocutor: Con todas las contradicciones que hay en uno mismo, ¿cómo es posible ser y actuar simultáneamente?

Krishnamurti: ¿Sabe usted qué es la contradicción en uno mismo? Si yo deseo hacer una cosa particular en la vida, y al mismo tiempo quiero agradar a mis padres que se sentirían complacidos si yo hiciera otra, entonces hay en mí un conflicto, una contradicción. ¿Cómo he de resolver eso? Si no puedo resolver esta contradicción dentro de mí mismo, es obvio que no puede haber integración del ser y el actuar. Por lo tanto, lo primero es estar libres de la contradicción interna.

Supongamos que usted desea estudiar pintura porque pintar es la felicidad de su vida, y su padre le dice que tiene que ser un abogado o un hombre de negocios, de lo contrario él romperá con usted y dejará de pagarle su educación; entonces hay en usted una contradicción, ¿no es así? Ahora bien, ¿cómo eliminará esa contradicción interna a fin de librarse de la lucha y el dolor que ello implica? Mientras está preso en esa contradicción no puede pensar; por consiguiente, tiene que eliminar la contradicción, tiene que hacer una cosa o la otra. ¿Cuál de ellas será? ¿Cederá usted a los deseos de su padre? Si lo hace, significa que ha desechado su felicidad y se ha comprometido con algo que usted no ama; y, ¿resolverá eso la contradicción? Mientras que si se opone a su padre, si dice: “Lo siento, no me importa si tengo que mendigar, si paso hambre, pero voy a pintar”, entonces no hay contradicción; entonces el ser y el actuar son simultáneos, porque usted sabe lo que quiere hacer y lo hace con todo el corazón. Pero si llega a ser un abogado o un hombre de negocios mientras internamente está ardiendo por ser un pintor, entonces por el resto de su vida será un ser humano torpe, aburrido, que vivirá atormentado en medio de la frustración y la desdicha, destruyéndose y destruyendo a otros.

Éste es un problema muy importante sobre el que tiene usted que reflexionar, porque a medida que crezca, sus padres van a querer que haga ciertas cosas, y si usted no está muy claro en sí mismo acerca de lo que realmente anhela hacer, será conducido como una res al matadero. Pero si descubre qué es aquello que verdaderamente quiere hacer y entrega a eso toda su vida, entonces no hay contradicción, y en ese estado su ser es su actuar.

Interlocutor: ¿Cómo podemos poner en práctica lo que usted nos dice?

Krishnamurti: Usted oye algo que considera correcto y quiere llevarlo a la práctica en su vida cotidiana; existe, pues, un vacío que separa lo que usted piensa de lo que hace, ¿no es así? Piensa una cosa y hace otra. Pero desea poner en práctica lo que piensa, de modo que hay un vacío entre la acción y el pensamiento; y entonces pregunta cómo puede llenar el vacío, cómo puede conectar su pensar con su acción.

Ahora bien, cuando usted desea muchísimo hacer algo, lo hace, ¿verdad? Cuando desea ir a jugar al cricket, o hacer alguna otra cosa que realmente le interesa, encuentra las maneras y los medios de hacerla; nunca pregunta cómo poner eso en práctica. Lo hace porque anhela hacerlo, porque todo su ser, su mente y su corazón están puestos en ello.

Pero en esta otra cuestión se ha vuelto muy astuto, piensa una cosa y hace otra. Dice: “Ésa es fina idea excelente, e intelectualmente la apruebo, pero no sé qué hacer al respecto, así que por favor dígame cómo ponerla en práctica” -lo cual significa que usted no quiere hacer eso en absoluto. Lo que en realidad quiere es posponer la acción, porque le gusta ser un poquito envidioso, o lo que fuere. Dice: “Todos los demás son envidiosos, ¿por qué no yo, entonces?”, y sigue exactamente igual que antes. Pero si realmente no quiere ser envidioso, y ve la verdad de la envidia tal como ve la verdad de una cobra, entonces deja de ser envidioso y se terminó; jamás preguntará cómo puede librarse de la envidia.

Lo importante, pues, es ver la verdad de algo, y no preguntar cómo llevarlo a la práctica -lo cual implica realmente que uno no ve la verdad de ello. Cuando usted se encuentra con una cobra en el camino, no pregunta: “¿Qué tengo que hacer?” Comprende muy bien el peligro de una cobra y se mantiene apartado de ella. Pero jamás ha examinado realmente todas las implicaciones de la envidia; nadie le ha hablado al respecto, nadie lo ha investigado profundamente con usted. Le han dicho que no debe ser envidioso, pero usted jamás ha investigado la naturaleza de la envidia; jamás ha observado como la sociedad y todas las religiones organizadas se basan en ella, en el deseo de llegar a ser algo o alguien. Pero en el momento en que usted investiga la envidia y ve realmente la verdad de ella, la envidia se retira.

La pregunta, “¿Cómo he de hacerlo?” es una pregunta irreflexiva, porque cuando usted se interesa realmente en algo y no sabe cómo hacerlo, emprende la acción y pronto comienza a descubrir. Si se sienta cómodamente y dice: “Por favor, indíqueme un método para librarme de la codicia”, continuará siendo codicioso. Pero si inquiere en la codicia con una mente alerta, sin ningún prejuicio, y si entrega a ello todo su ser, descubrirá por sí mismo la verdad de la codicia. Y es la verdad la que lo libera, no su búsqueda de un método para ser libre.

Interlocutor: ¿Qué es lo que nos hace temer a la muerte?

Krishnamurti: ¿Cree usted que una hoja que cae al suelo teme a la muerte? ¿Cree que un pájaro vive con el temor de morir? Se enfrenta a la muerte cuando la muerte llega; pero no se preocupa por la muerte, está demasiado ocupado con el vivir: ocupado en atrapar insectos, en construir un nido, en cantar, en volar por el júbilo mismo del vuelo. ¿Ha observado alguna vez a los pájaros que, llevados por el viento, se remontan en el aire hasta una gran altura, sin un solo batir de alas?

¡Cómo parecen deleitarse sin cesar! No se preocupan de la muerte. Si la muerte llega, está bien, han terminado. No hay preocupaciones acerca de lo que va a suceder; viven de instante en instante,

¿no es así? Somos nosotros, los seres humanos, los que siempre estamos preocupados por la muerte-porque no estamos viviendo. Esa es la dificultad; estamos muriendo, no viviendo. Los viejos se encuentran próximos a la sepultura, y no muy detrás están los jóvenes.

Vea, existe esta preocupación con respecto a la muerte porque tememos perder lo conocido, las cosas que hemos acumulado. Tenemos miedo de perder una esposa o un marido, un hijo o un amigo; miedo de perder lo que hemos aprendido y atesorado en la memoria. Si pudiéramos conservar todas las cosas que hemos reunido -nuestros amigos, nuestras posesiones, nuestras virtudes, nuestro carácter- entonces no temeríamos a la muerte, ¿verdad? Por eso inventamos teorías sobre la muerte y el más allá. Pero está el hecho de que la muerte es un final, y casi ninguno de nosotros está dispuesto a afrontar este hecho. No queremos abandonar lo conocido; por lo tanto, lo que crea ese temor en nosotros es el aferrarnos a lo conocido, no lo desconocido. Lo conocido no puede percibir lo desconocido. Pero la mente, al estar constituida por lo conocido, dice: “Voy a terminar”, y por eso está asustada.

Ahora bien, si usted puede vivir de instante en instante y no preocuparse acerca del futuro, si puede vivir sin el pensamiento del mañana -lo cual no implica la superficialidad de ocuparse meramente del hoy-, si estando alerta a todo el proceso de lo conocido puede renunciar a lo conocido, desasirse completamente de ello, descubrirá que ocurre algo asombroso. Inténtelo por un solo día -descarte todo lo que conoce, olvídelo, y vea simplemente lo que sucede. No cargue con sus preocupaciones de día en día, de hora en hora, de instante en instante; despréndase de todas ellas y verá que, gracias a esta libertad, adviene una vida extraordinaria que incluye tanto el vivir como el morir. La muerte es tan sólo la terminación de algo, y en ese morir mismo existe una renovación.

Interlocutor: ¿Qué entiende usted por cambio total, y cómo puede éste realizarse en nuestro propio ser?

Krishnamurti: ¿Cree usted que puede haber un cambio total si trata de producirlo? ¿Sabe qué es el cambio? Supongamos que es usted ambicioso y ha comenzado a ver todo lo que implica la ambición: esperanza, satisfacción, frustración, crueldad, dolor, desconsideración, codicia, envidia, una falta total de amor. Viendo todo esto, ¿qué hará usted? Hacer un esfuerzo para cambiar o transformar la ambición, es otra forma de ambición, ¿no es así? Implica el deseo de ser alguna otra cosa. Usted podrá rechazar un deseo, pero en ese proceso mismo cultiva otro deseo que también engendra dolor.

Ahora bien, si usted ve que la ambición engendra dolor, y que el deseo de poner fin a la ambición también engendra dolor, si por sí mismo ve muy claramente la verdad de esto y no actúa usted sino que le permite actuar a la verdad, entonces esa verdad produce un cambio fundamental en la mente, una revolución total. Pero esto requiere muchísima atención, penetración, discernimiento.

Cuando le dicen, como les dicen a todos ustedes, que debe ser bueno, que debe amar, ¿qué es lo que generalmente ocurre? Usted dice: “Tengo que practicar la bondad, tengo que mostrar amor a mis padres, al sirviente, al asno, a todo”. Eso significa que usted está haciendo un esfuerzo para mostrar amor -y entonces el amor se vuelve muy ostentoso, muy pulcro, como ocurre con esas personas nacionalistas que están eternamente practicando la fraternidad, lo cual es absurdo, estúpido. El origen de estas prácticas es la codicia. Pero si usted ve la verdad del nacionalismo, de la codicia, y deja que esa verdad opere sobre usted, si deja que la verdad actúe, entonces será usted fraternal sin hacer ningún esfuerzo. Una mente que practica el amor no puede amar. Pero si uno ama y no interfiere con el amor, entonces el amor operará.

Interlocutor: Usted dijo un día que nosotros debemos sentarnos en silencio y observar la actividad de nuestra propia mente; pero nuestros pensamientos desaparecen tan pronto comenzamos a observarlos conscientemente. ¿Cómo podemos percibir nuestra propia mente cuando la mente es tanto el percibidor como aquello que ella percibe?

Krishnamurti: Ésta es una pregunta muy compleja, y hay muchas cosas involucradas en ella.

Bien, ¿existe un percibidor, o sólo hay percepción? Por favor, siga esto atentamente. ¿Hay un pensador, o sólo existe el pensar? Ciertamente, el pensador no existe primero. Primero está el pensar, y después el pensar crea al pensador -lo cual implica que ha tenido lugar una separación en el pensar. Es cuando ocurre esta separación que surgen el observador y lo observado, el percibidor y el objeto de la percepción. Y el interlocutor dice que si uno observa su mente, si observa un pensamiento, ese pensamiento desaparece, se desvanece; pero de hecho sólo existe la percepción, no un percibidor. Cuando usted mira una flor, cuando la ve, ¿hay en ese instante una entidad que ve? ¿O sólo existe el ver? El ver la flor hace que usted diga: “Qué bella es, la quiero”; por lo tanto, el “yo” surge a través del deseo, del miedo, de la codicia, de la ambición, que marchan tras la estela del ver. Son estos factores los que crean el “yo”, y el “yo” no existe sin ellos.

Si investiga más profundamente toda esta cuestión, descubrirá que cuando la mente está muy quieta, completamente silenciosa, cuando no hay movimiento alguno del pensar y, por tanto, no hay experimentador ni observador, entonces esa misma quietud tiene su propia comprensión creadora. En esa quietud la mente se transforma en otra cosa. Pero la mente no puede encontrar esta quietud por ningún medio, por ninguna disciplina o práctica; esa quietud no llega porque uno se siente en un rincón tratando de concentrarse. Llega cuando uno comprende las modalidades de la mente. Es la mente la que ha creado la imagen de piedra que la gente adora; es ella la que ha creado el Gita, las religiones organizadas, las innumerables creencias; y, para descubrir lo real, uno debe ir más allá de las creaciones de la mente.

Interlocutor: El hombre, ¿es sólo mente y cerebro, o es algo más que esto?

Krishnamurti: ¿Cómo va a averiguarlo? Si meramente cree, especula, o acepta lo que Shankara, Buda o algún otro ha dicho, usted no está investigando, no está tratando de descubrir lo que es verdadero.

Usted tiene un solo instrumento, que es la mente; y la mente también es el cerebro. Por lo tanto, para descubrir la verdad en esta cuestión, uno tiene que entender las peculiaridades de la mente, ¿no es así? Si la mente es torcida, uno jamás podrá ver rectamente; si la mente es muy limitada, uno no puede percibir lo inmensurable. La mente es el instrumento de percepción y, para percibir apropiadamente, debemos hacer que la mente funcione de manera correcta, que se limpie de todo condicionamiento, de todo temor. La mente también tiene que estar libre del conocimiento, porque el conocimiento la desvía y hace que las cosas se perciban deformadas. La mente tiene una capacidad enorme para inventar, imaginar, pensar, especular. ¿Y no debe desecharse esta capacidad a fin de que la mente sea muy clara y muy sencilla? Porque es sólo la mente en estado de inocencia, la mente que ha experimentado muchísimo y, no obstante, está libre del conocimiento y de la experiencia, la que puede descubrir aquello que es mucho más que el cerebro y la mente. De lo contrario, lo que uno descubra estará coloreado por lo que ya ha experimentado antes, y su experiencia es el resultado de su condicionamiento.

Interlocutor: ¿Por qué somos fundamentalmente egoístas? Podemos intentarlo todo para ser generosos en nuestra conducta, pero cuando nuestros propios intereses están involucrados, nos abstraemos en nosotros mismos volviéndonos indiferentes a los intereses de otros.

Krishnamurti: Pienso que es muy importante no llamarnos a nosotros mismos egoístas o generosos, porque las palabras tienen una influencia extraordinaria sobre la mente. Llamen egoísta a un hombre, y ya está condenado; llámenlo profesor, y algo sucede con la manera que tienen de abordarlo; llámenlo mahatma, e inmediatamente lo ven rodeado de un halo. Observe sus propias respuestas internas y verá que palabras tales como “abogado”, “comerciante”, “gobernador”, “sirviente”, “amor”, “Dios”, tienen un efecto extraño tanto sobre sus nervios como sobre su mente. La palabra que denota una función particular evoca el sentido de status. Lo primero, pues, es librarse de este hábito inconsciente de asociar ciertos sentimientos con ciertas palabras, ¿no es así? Nuestra mente ha sido acondicionada para pensar que el término “egoísta” representa algo muy malo, algo no espiritual, y en el momento en que aplicamos ese término a alguien, nuestra mente ya lo condena. Por lo tanto, cuando usted formula esta pregunta: “¿Por qué somos fundamentalmente egoístas?” eso tiene ya una significación condenatoria.

Es esencial darse cuenta de que ciertas palabras originan en ustedes una respuesta nerviosa, emocional o intelectual de aprobación o condena. Cuando usted, por ejemplo, se califica a sí mismo como persona celosa, se ha bloqueado inmediatamente para una investigación ulterior, ha dejado de adentrarse en el problema total de los celos. De igual manera, hay muchas personas que afirman estar trabajando por la fraternidad humana y, no obstante, todo lo que hacen conspira contra la fraternidad; pero no ven este hecho porque la palabra “fraternidad” significa algo para ellas y ya están persuadidas por esa palabra; no investigan más allá prescindiendo de la respuesta neurológica o emocional que esa palabra evoca; por lo tanto, nunca descubren cuáles son los hechos.

De modo que esto es lo primero: experimentar y descubrir si puede usted mirar los hechos sin las implicaciones condenatorias o elogiosas asociadas con ciertas palabras. Si puede mirar los hechos sin sentimientos de condena o aprobación encontrará que en el proceso mismo de mirar hay una disolución de todas las barreras que la mente ha erigido entre ella misma y los hechos.

Sólo observe cómo aborda usted a una persona a quien la gente llama un gran hombre. Las palabras “gran hombre” han influido en usted; los diarios, los libros, los seguidores dicen todos que él es un gran hombre, y su mente ha aceptado eso. O bien adopta usted el punto de vista opuesto y dice: “Qué tontería, él no es un gran hombre”. Mientras que si usted puede disociar su mente de toda influencia y simplemente mirar los hechos, encontrará que su manera de abordar las cosas es por completo diferente. Del mismo modo, la palabra “aldeano”, con sus asociaciones de pobreza, suciedad, escualidez, o lo que fuere, ejerce influencia sobre su pensar. Pero cuando la mente está libre de influencias, cuando ni condena ni aprueba sino que meramente mira, observa, entonces no está absorta en sí misma y ya no existe más el problema del egoísmo tratando de ser generoso.

Interlocutor: Yo deseo hacer trabajo social, pero no sé por dónde empezar.

Krishnamurti: Pienso que es muy importante descubrir no cómo empezar, sino por qué quiere usted hacer trabajo social. ¿Por qué quiere hacerlo? ¿Es porque ve usted la desdicha que hay en el mundo -hambre, enfermedad, explotación, brutal indiferencia de la parte muy rica de la sociedad hacia la que padece una pobreza espantosa, enemistad entre hombre y hombre-, es ésa la razón?

¿Quiere hacer trabajo social porque en su corazón hay amor y, por lo tanto, no se interesa usted en su propia realización personal? ¿O el trabajo social es una forma de escapar de usted mismo?

¿Comprende? Usted ve, por ejemplo, toda la fealdad que implica el matrimonio ortodoxo, de modo que dice: “Jamás me casaré” y en vez de eso se lanza al trabajo social, o tal vez sus padres lo han instado a ello, o tiene usted un ideal. Si es un medio de escape, o si está usted persiguiendo meramente un ideal establecido por la sociedad, por un líder o un sacerdote, o por usted mismo, entonces cualquier trabajo social que pueda hacer sólo creará más infortunio. Pero si en su corazón hay amor, si está usted buscando la verdad y, en consecuencia, es una persona genuinamente religiosa, si ya no es más ambicioso, si ya no persigue el éxito y su virtud no conduce a la respetabilidad, entonces la vida misma que usted lleva ayudará a producir una transformación total de la sociedad.

Pienso que es fundamental comprender esto. Cuando somos jóvenes -como lo es la mayoría de ustedes- queremos hacer algo, y el trabajo social está en el ambiente. Los libros hablan de él, los diarios hacen su propaganda, hay escuelas donde se adiestra a trabajadores sociales, etcétera. Pero vea, sin el conocimiento propio, sin comprenderse uno a sí mismo y a sus relaciones, cualquier trabajo social que haga le dejará gusto a cenizas en la boca.

El hombre feliz, no el idealista o el desdichado que escapa, es el revolucionario; y el hombre feliz no es aquel que tiene muchas posesiones. El hombre feliz es el hombre verdaderamente religioso, y su vivir mismo es trabajo social. Pero si usted se convierte meramente en uno de los innumerables trabajadores sociales, su corazón estará vacío. Podrá regalar su dinero, o persuadir a otros para que hagan lo mismo con el de ellos, podrá producir reformas maravillosas; pero en tanto su corazón esté vacío y su mente llena de teorías, su vida será opaca, tediosa y carente de alegría. Por lo tanto, primero compréndase a sí mismo, y gracias a ese conocimiento propio llegará la correcta clase de acción.

Interlocutor: ¿Puede uno refrenarse de hacer lo que le gusta y, no obstante, encontrar el camino de la libertad?

Krishnamurti: Usted sabe, una de las cosas más difíciles que hay, es descubrir lo que queremos hacer, no sólo mientras somos adolescentes, sino durante toda la vida. Y a menos que usted descubra por sí mismo lo que verdaderamente quiere con todo su ser, terminará haciendo algo que no tiene ningún interés vital para usted, y entonces su vida será desdichada; y, siendo usted desdichado, buscará distracción en los cines, en la bebida, en leer innumerables libros, en alguna clase de reforma social y todas esas cosas.

¿Puede, pues, el educador, ayudarlo a descubrir qué es lo que desea hacer a lo largo de toda su vida, prescindiendo de lo que sus padres o la sociedad puedan querer que haga? Esa es la verdadera pregunta, ¿no? Porque una vez que descubra qué actividad ama con todo su ser, será un hombre libre; entonces tendrá capacidad, confianza iniciativa. Pero si no sabe qué actividad es la que realmente ama, y se convierte en un abogado, un político, esto o aquello, no habrá felicidad para usted, porque esa profesión misma llegará a ser el medio para que se destruya usted y destruya a otros.

Usted tiene que descubrir por sí mismo qué es lo que en verdad quiere hacer. No piense en términos de elegir una vocación a fin de encajar en la sociedad, porque de ese modo nunca descubrirá qué actividad es la que ama. Cuando uno ama realmente lo que hace, no hay problema alguno de elección. Cuando usted ama y deja que el amor haga lo que quiera, hay una acción correcta, porque el amor jamás busca el éxito, jamás está preso en la imitación; pero si entrega su vida a algo que no ama, nunca será un hombre libre.

Pero el hacer meramente lo que a uno le gusta, no es hacer lo que uno ama. Para descubrir qué es lo que uno ama realmente, se requiere mucha penetración, mucho discernimiento. No empiece pensando en términos de ganarse la subsistencia; si usted descubre qué es lo que realmente desea hacer entonces tendrá un medio de vida.

Interlocutor: ¿Por qué, desde el nacimiento a la muerte, el individuo siempre desea ser amado y, si no consigue este amor, no se lo ve tan sereno y lleno de confianza como sus semejantes?

Krishnamurti: ¿Piensa usted que sus semejantes están llenos de confianza? Pueden pavonearse, darse ínfulas, pero usted encontrará que detrás de la exhibición de confianza, casi todos ellos están vacíos, embotados, son mediocres y no tienen en absoluto una verdadera confianza. ¿Y por qué queremos que se nos ame? ¿Acaso no desea usted ser amado por sus padres, por sus maestros, por sus amigos? Y, si somos adultos, deseamos ser amados por nuestra esposa o marido, por nuestros hijos, o por nuestro gurú. ¿Por qué existe este perpetuo anhelo de que se nos ame? Escuche cuidadosamente. Uno quiere ser amado porque no ama; pero en el momento en que uno ama, se terminó, ya no anda inquiriendo si alguien lo ama o no. En tanto estemos exigiendo que se nos ame, no hay amor en nosotros; y si no sentimos amor, somos feos, groseros. Entonces, ¿por qué deberían amarnos? Sin amor, uno es una cosa muerta; y cuando la cosa muerta pide amor, sigue estando muerta. Mientras que si nuestro corazón está lleno de amor, nunca pedimos que se nos ame, nunca extendemos nuestra escudilla de limosnero para que alguien la llene. Sólo lo vacío necesita ser llenado, y un corazón vacío jamás puede llenarse corriendo detrás de los gurús o buscando amor de otras cien maneras diferentes.

Interlocutor: ¿De qué modo la edad es un impedimento en la realización de Dios?

Krishnamurti: ¿Qué es la edad? ¿El número de años que uno ha vivido? Eso forma parte de la edad; uno ha nacido en tal y tal año, y ahora tiene quince años, o cuarenta o sesenta. El cuerpo envejece -y así ocurre con la mente cuando está cargada con todas las experiencias, desdichas y fatigas de la vida, y una mente semejante jamás puede descubrir qué es la verdad. La mente puede descubrir algo sólo cuando es joven, lozana, inocente; pero la inocencia no es una cuestión de edad. No sólo el niño es inocente -puede no serlo- sino también la mente que es capaz de experimentar sin acumular los residuos de la experiencia. La mente tiene que experimentar, eso es inevitable. Tiene que responder a todo -al río, al animal enfermo, al cuerpo muerto que llevan para la cremación, a los pobres aldeanos que transportan sus cargas por el camino, a las torturas y miserias de la vida- de lo contrario, la mente ya está muerta. Pero tiene que ser capaz de responder sin estar retenida por la experiencia. La tradición, la acumulación de experiencias, las cenizas de la memoria, todo eso es lo que envejece a la mente. La mente que muere cada día a los recuerdos del ayer, a todas las alegrías y dolores del pasado, una mente así es lozana, inocente, no tiene edad; y sin esa inocencia, ya sea que uno tenga diez años o sesenta, no encontrará a Dios.

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