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El propósito de la educación

El propósito de la educación
Título en inglés : Think On These Things
Traducción de Armando Clavier

NOTA DEL EDITOR

Ya sea que escriba acerca de una conversación con alguien, o describa una puesta de sol, u ofrezca una plática pública, Krishnamurti parece dirigir sus comentarios no sólo a sus oyentes inmediatos, sino a todos aquellos que, en cualquier parte, estén dispuestos a escuchar; y son muchos los que en todo el mundo están ansiosos de escucharlo. Porque lo que él dice está exento de prejuicio alguno, es universal y, de una manera extrañamente conmovedora, revela las verdaderas raíces de nuestros problemas humanos.

El material que contiene este volumen, fue originalmente presentado en la forma de charlas que Krishnamurti ofreció en la India a estudiantes, padres y maestros, pero su aguda penetración y lúcida sencillez serán de profunda significación para las personas reflexivas de cualquier parte del mundo, de cualquier edad y de cualquier condición o clase social. Krishnamurti examina, con su característica objetividad y percepción, las expresiones de lo que gustamos considerar como nuestra cultura, nuestra educación, nuestra religión, nuestra tradición y nuestra política; y arroja mucha luz sobre motivaciones básicas tales como la ambición, la codicia y la envidia, el deseo de seguridad y la avidez de poder, demostrando que son todos factores de deterioro en la sociedad humana. Según Krishnamurti, la verdadera cultura no es un asunto de educación ni de aprendizaje ni de talento ni siquiera de ingenio, sino que es lo que él llama “el movimiento intemporal para encontrar a Dios, la verdad, la felicidad”. Y “cuando este movimiento se bloquea a causa de la autoridad, de la tradición, del temor, hay deterioro”, a pesar de los dones o los logros de algún individuo, raza o civilización en particular. Señala, con inflexible exactitud, los elementos falsos que contienen nuestras actitudes e instituciones, y las implicaciones de sus comentarios son profundas y de muy largo alcance.

Unas pocas palabras aparecen aquí y allá en el texto ‑gurú, sannyasi, puja y mantram- con las que los lectores occidentales pueden no estar del todo familiarizados; por lo tanto, se explican brevemente a continuación: un gurú es un maestro espiritual; un sannyasi es un monje que ha tomado cotos finales de renunciación según el rito hindú; puja es el ritual hindú de adoración; y un mantram es un verso, himno o canto sagrado.

1. EL PROPÓSITO DE LA EDUCACIÓN

No sé si alguna vez nos hemos preguntado qué significa la educación. Por qué vamos a la escuela, por qué aprendemos múltiples materias, por qué aprobamos exámenes y competimos unos con otros por lograr mejores calificaciones. ¿Qué sentido tiene toda esta llamada educación y qué es lo que implica? Es verdaderamente una pregunta muy importante, no sólo para los estudiantes sino también para los padres, para los maestros y para todos aquellos que aman esta tierra. ¿Por qué pasamos por el esfuerzo de recibir educación? ¿Es meramente con el fin de aprobar algunos exámenes y obtener un empleo? ¿O la educación tiene como función la de prepararnos, mientras somos jóvenes, para comprender el proceso total de la vida? Es necesario tener un trabajo y ganarse la propia subsistencia, ¿pero eso es todo? ¿Se nos educa solamente para eso? Por cierto que la vida no es tan sólo un empleo, una ocupación; la vida es algo extraordinariamente amplio y profundo, es un gran misterio, un reino inmenso en el que funcionamos como seres humanos. Si nos preparamos tan sólo para ganarnos la subsistencia, perderemos todo el sentido de la vida; y comprender la vida es mucho más importante que prepararnos meramente para los exámenes y volvernos muy diestros en matemática, física o lo que fuere.

Por consiguiente, tanto si somos maestros como estudiantes, ¿no es fundamental que nos preguntemos por qué educamos o se nos educa? ¿Y qué significado tiene la vida? ¿No es la vida algo extraordinario? Los pájaros, las flores, los árboles vigorosos, los cielos, las estrellas, los ríos y los peces que contienen... todo esto es la vida. La vida es el pobre y el rico; es la constante batalla entre grupos, razas y naciones; la vida es meditación; la vida es lo que llamamos religión, y es también las sutiles, ocultas cosas de la mente ‑las envidias, las ambiciones, las pasiones, los temores, los logros y las ansiedades. Todo esto y mucho más es la vida. Pero nosotros generalmente nos preparamos para entender un pequeño rincón de ella. Aprobamos algunos exámenes, encontramos un empleo, nos casamos, tenemos hijos, y después nos volvemos más y más como maquinas. Seguimos temerosos, ansiosos, asustados de la vida. ¿Es, pues, propósito de la educación ayudarnos a comprender el proceso total de la vida, o sólo consiste en prepararnos para una vocación, para el mejor empleo que podamos obtener?

¿Qué va a ocurrir con todos nosotros cuando crezcamos para ser hombres y mujeres? ¿Alguna vez se han preguntado que van a hacer cuando crezcan? Con toda probabilidad se casarán y, antes de que sepan dónde se encuentran, serán madres y padres; y después estarán amarrados a un empleo, o a la cocina, y allí se Irán marchitando gradualmente. ¿Es esto todo lo que va a ser la vida de ustedes? ¿Se han formulado alguna vez esta pregunta? ¿No deberían formulársela? Si pertenecen a una familia rica, puede que ya tengan asegurada una posición muy buena, que el padre de ustedes les proporcione un empleo confortable, o que tengan un casamiento adinerado; pero van a declinar, a deteriorarse. ¿Entienden?

Ciertamente, la educación no tiene sentido a menos que les ayude a comprender la vasta extensión de la vida con todas sus sutilezas, con sus dolores y sus alegrías, con su extraordinaria belleza. Podrán lograr títulos académicos, podrán tener una serie de siglas después del apellido y obtener un puesto muy bueno, pero ¿después qué? ¿Cuál es el sentido de todo esto si en el proceso la mente se embota, se fatiga, se vuelve estúpida? Por lo tanto, mientras son jóvenes, ¿no tendrían que aspirar a descubrir qué es la vida en su totalidad? ¿Y acaso no es el verdadero propósito de la educación cultivar en ustedes la inteligencia que tratará de hallar la respuesta a todos estos problemas? ¿Saben qué es la inteligencia? Es, sin duda, la capacidad de pensar libremente, sin miedo, sin fórmula alguna, de modo que puedan comenzar a descubrir por sí mismos aquello que es real, verdadero; pero si están atemorizados jamás serán inteligentes. Cualquier forma de ambición, espiritual o mundana, engendra ansiedad, temor; por lo tanto, la ambición no ayuda a producir una mente clara, sencilla, directa y, en consecuencia, inteligente.

¿Saben?, es realmente muy importante que, mientras son jóvenes, vivan en un ambiente donde no exista el temor. Casi todos nosotros, a medida que envejecemos, nos volvemos temerosos de vivir, de perder un empleo; temerosos de la tradición, de lo que pueda decir de nosotros el vecino, o nuestra esposa o marido, temerosos de la muerte. La mayoría de nosotros tiene miedo, en una forma u otra; y donde hay miedo no hay inteligencia. Y, ¿no es posible para todos nosotros, mientras somos jóvenes, estar en un ambiente donde no haya temor sino más bien una atmósfera de libertad, libertad no sólo para hacer lo que nos plazca, sino para comprender todo el proceso del vivir? La vida es realmente muy bella, no es la cosa fea en que la hemos convertido; y sólo podremos apreciar su riqueza, su profundidad, su extraordinaria belleza, cuando nos rebelemos contra todo ‑contra la religión organizada, contra la tradición, contra la presente sociedad corrupta- de modo que, como seres humanos, podamos descubrir por nosotros mismos lo que es verdadero. No imitar, sino descubrir, eso es la educación, ¿no es así? Es muy fácil ajustarse a lo que les dicen sus padres, sus maestros o la sociedad. Es una manera segura y cómoda de vivir; pero eso no es vivir, porque en eso hay temor, deterioro, muerte. Vivir es descubrir por uno mismo aquello que es verdadero, y uno puede hacer eso únicamente cuando hay libertad, cuando existe una constante revolución interna.

Pero a ustedes no se les alienta para que hagan esto; nadie les dice que cuestionen, que descubran por sí mismos qué es Dios, porque si se rebelaran se volverían un peligro para todo lo que es falso. Sus padres y la sociedad desean que vivan seguros, y también ustedes desean vivir sin riesgo alguno. Vivir así significa generalmente vivir en la imitación y, por tanto, en el temor. Y el sentido de la educación es, ciertamente, el de ayudarnos a cada uno de nosotros a que vivamos libremente y sin temor. Y para crear una atmósfera en la que no exista el temor, se requiere de muchísima reflexión, tanto de parte de ustedes como del maestro, del educador.

¿Saben lo que esto significa, lo extraordinario que sería crear una atmósfera carente de temor? Y tenemos que crearla, porque vemos que el mundo está atrapado en guerras interminables; lo conducen los políticos, que siempre están en busca del poder; es un mundo de abogados, policías y soldados, un mundo de personas ambiciosas, hombres y mujeres, todas anhelando posición y luchando unas contra otras para conseguirla. Después están los que se titulan santos, los gurús religiosos con sus seguidores; también ellos desean poder, posición, prestigio, aquí o en la próxima vida. Es un mundo insensato, completamente confundido, donde el comunista lucha contra el capitalista, el socialista resiste a ambos, y cada cual está en contra de alguien, luchando para llegar a un sitio seguro, a una posición de poder o de bienestar material. El mundo está desgarrado por creencias en conflicto, por diferencias de clase o de casta, por nacionalidades separativas, por todas las formas de estupidez y crueldad -y éste es el mundo en que se los educa para que encajen en él. Se los estimula para que encajen en la estructura de esta sociedad desastrosa; sus padres desean que hagan eso, y también ustedes desean encajar en esta estructura.

Ahora bien, el propósito de la educación, ¿es ayudarles meramente a que se ajusten al patrón de este corrupto orden social, o su función es la de darles libertad ‑completa libertad para crecer y crear una sociedad diferente, un mundo nuevo? Necesitamos tener esta libertad, no en el futuro sino ahora, o de lo contrario podemos ser todos destruidos. Tenemos que crear inmediatamente una atmósfera de libertad para que puedan ustedes vivir y descubrir por sí mismos aquello que es verdadero, para que lleguen a ser inteligentes y tengan la capacidad de enfrentarse al mundo y comprenderlo, no simplemente ajustarse a él; para que en lo interno, en lo psicológico, en lo profundo, se encuentren en constante estado de rebelión; porque son sólo los que se rebelan constantemente los que descubren lo verdadero, no el hombre que se amolda, que sigue alguna tradición. Sólo cuando uno está constantemente inquiriendo, observando, aprendiendo, encuentra a Dios, la verdad o el amor; y ustedes no pueden inquirir, observar, aprender, no pueden estar profundamente alertas si tienen miedo. No hay duda, entonces, de que el propósito de la educación es el de erradicar, tanto interna como externamente, este miedo que destruye el pensamiento humano, la relación humana y el amor.

Interlocutor: Si todos los individuos se debelaran, ¿no cree usted que habría caos en el mundo?

Krishnamurti: Primero escuche bien la pregunta, porque es muy importante comprender la pregunta y no esperar meramente una respuesta. La pregunta es: Si todos los individuos se rebelaran, ¿no caería el mundo en el caos? ¿Pero es que la sociedad actual se encuentra en un orden tan perfecto, que el caos sobrevendría si todos se rebelaran contra ella? ¿No hay caos ahora? ¿Acaso todo es bello, incorrupto? ¿Están todos viviendo plenamente, en la felicidad, en la abundancia? ¿No está el hombre en lucha contra el hombre? ¿No hay ambición, competencia despiadada? Por lo tanto, el mundo está ya en caos, eso es lo primero que hay que entender. No dé por sentado que ésta es una sociedad ordenada, no se hipnotice a sí mismo con las palabras. Ya sea aquí, en Europa, en América o Rusia, el mundo está en un proceso de deterioro. Si vemos el deterioro nos encontramos ante un reto; el reto consiste en encontrar un modo de resolver este problema tan urgente. Y es importante cómo respondemos al reto, ¿no es así? Si respondemos como hindúes, o budistas, o cristianos, o comunistas, entonces nuestra respuesta es muy limitada ‑o sea, que no es respuesta en absoluto. Uno puede responder plenamente sólo si no tiene miedo, si no piensa como hindú, como comunista o capitalista, sino como un ser humano total que está tratando de resolver este problema; y no puede resolverlo a menos que uno mismo se rebele contra toda la cosa, contra el instinto adquisitivo en que se basa esta sociedad. Cuando uno mismo no es ambicioso ni codicioso, ni se aferra a la propia seguridad, sólo entonces puede responder al reto y crear un mundo nuevo.

Interlocutor: El rebelarse, el aprender, el amar, ¿están estos tres procesos separados, o son simultáneos?

Krishnamurti: Por supuesto que no son tres procesos separados; se trata de un proceso unitario. Vea, es muy importante descubrir qué implica la pregunta. Esta pregunta se basa en la teoría, no en la experiencia; es meramente verbal, intelectual y, por ende, carece de validez. Un hombre que no tiene miedo, que en verdad se rebela, que se empeña en descubrir qué significa aprender, amar, un hombre así no pregunta si éste es un solo proceso o si son tres. Somos muy ingeniosos con las palabras, y creemos que al ofrecer explicaciones hemos resuelto el problema.

¿Sabe usted lo que significa aprender? Cuando uno está realmente aprendiendo, aprende a lo largo de toda su vida, y no hay un maestro especial del cual aprender. Entonces todo es enseñanza para uno ‑una hoja muerta, un pájaro en vuelo, un perfume, una lágrima, el rico y el pobre, la sonrisa de una mujer, la arrogancia de un hombre. Uno aprende de todas las cosas; por lo tanto, no hay guía alguna, ni filósofo, ni gurú. La vida misma es nuestro maestro, y nos hallamos en un estado de constante aprender.

Interlocutor: Es cierto que la sociedad se basa en la codicia y en la ambición, pero si no tuviéramos ambición, ¿no decaeríamos?

Krishnamurti: Esta es una pregunta realmente muy importante y requiere gran atención.

¿Saben qué es la atención? Descubrámoslo. Cuando en una clase alguno de ustedes mira fijamente hacia afuera por la ventana, o le tira del pelo a otro, el maestro le dice que preste atención. ¿Qué significa eso? Que uno no se interesa en lo que está estudiando, y entonces el maestro lo obliga a poner atención ‑la cual no es atención en absoluto. La atención viene cuando estamos profundamente interesados en algo, porque entonces queremos descubrirlo todo al respecto; entonces toda nuestra mente, todo nuestro ser está en eso. De igual manera, en el momento en que vemos que esta pregunta ‑“si no tuviéramos ambición, ¿no decaeríamos?”- es realmente muy importante, estamos interesados en ella y queremos descubrir la verdad que encierra.

Ahora bien, el hombre ambicioso, ¿no se está destruyendo a sí mismo? Eso es lo primero que tenemos que descubrir, no preguntar si la ambición es buena o mala. Miren alrededor de ustedes, observen a todas las personas que son ambiciosas. ¿Qué ocurre cuando uno es ambicioso? Está siempre pensando en sí mismo, ¿no es cierto? Es cruel, hace a un lado a otra gente, porque está tratando de realizar su ambición, está tratando de convertirse en un gran hombre, y así crea en la sociedad el conflicto entre los que tienen éxito y los que quedan rezagados. Existe una batalla constante entre uno mismo y los otros que también van detrás de lo que uno desea. Y, ¿produce este conflicto un vivir creativo? ¿Comprende, o esto es demasiado difícil?

¿Es usted ambicioso cuando quiere hacer algo por el propio gusto de hacerlo? Cuando uno hace algo con todo su ser, no porque quiera llegar a alguna parte, u obtener más provecho o mayores resultados, sino simplemente porque ama lo que hace, en eso no hay ambición, ¿verdad? En eso no hay competencia; uno no está luchando con nadie por el primer lugar. ¿Y acaso la educación no debería ayudarles a descubrir lo que realmente aman y quieren hacer, de modo que desde el principio y hasta el final de sus vidas estén trabajando en algo que sienten que vale la pena y que para ustedes tiene una profunda significación? De lo contrario, serán desdichados por el resto de sus días. Al no saber lo que realmente queremos hacer, nuestra mente cae en una rutina en la que sólo hay aburrimiento, deterioro y muerte. Por eso es muy importante descubrir, mientras somos jóvenes, lo que verdaderamente amamos, y éste es el único modo de crear una nueva sociedad.

Interlocutor: En la India, como en la mayoría de los otros países, la educación es controlada por el gobierno. Bajo tales circunstancias, ¿es posible emprender un experimento como el que usted describe?

Krishnamurti: Si no hubiera ayuda del gobierno, ¿podrá sobrevivir una escuela de esta clase? Eso es lo que este caballero esta preguntando. El ve que todo el mundo está cayendo más y más bajo el control de los gobiernos, de los políticos, de las personas que tienen autoridad y desean moldear nuestras mentes y nuestros corazones para que pensemos de un modo determinado. Ya sea en Rusia o en cualquier otro país, la tendencia es hacia el control gubernamental de la educación; y este caballero pregunta si es posible que una escuela de la clase a que me refiero, exista sin la ayuda del gobierno.

Bien, ¿qué dice usted? Vea, si uno piensa que algo es importante, que realmente vale la pena, entregará a ello su corazón sin tener en cuenta a los gobiernos ni a los edictos de la sociedad ‑y entonces tendrá éxito. Pero casi ninguno de nosotros entrega su corazón a nada, y es por eso que formulamos esta clase de preguntas. Si usted y yo sentimos vitalmente que podemos dar origen a un mundo nuevo, si cada uno de nosotros está en completa rebelión interna, psicológica, espiritual, entonces entregaremos nuestros corazones, nuestras mentes, nuestros cuerpos, para crear una escuela donde no exista una cosa como el temor con todas sus implicaciones.

Señor, cualquier cosa verdaderamente revolucionaria es creada por unos pocos que ven lo que es verdadero y están dispuestos a vivir de acuerdo con esa verdad; pero a fin de descubrir lo verdadero, tenemos que estar libres de la tradición ‑lo que significa estar libres de todos los temores.

2. EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD

Me gustaría discutir con ustedes el problema de la libertad. Es un problema muy complejo, y requiere profundo estudio y comprensión. Nosotros oímos hablar mucho de libertad, de libertad religiosa, de libertad para hacer lo que a uno le plazca. Hay eruditos que han escrito volúmenes acerca de todo esto. Pero yo creo que podemos abordar el problema de manera muy sencilla y directa, y tal vez eso nos traerá la verdadera solución.

No sé si alguna vez se han detenido ustedes a observar el maravilloso resplandor que hay en el Oeste cuando el sol se pone y la tímida luna joven asoma apenas sobre los árboles. A esa hora es frecuente que el río esté muy en calma y que todo se refleje en su superficie: el puente, el tren que pasa sobre él, la tierna luna... y en seguida, a medida que va oscureciendo, las estrellas. Es todo muy bello. Y para observar algo bello, para prestarle toda nuestra atención, la mente tiene que estar libre de preocupaciones, ¿no es así? No debe estar ocupada con problemas, con ansiedades, con especulaciones. Es sólo cuando la mente está muy quieta cuando uno puede realmente observar, porque entonces la mente es sensible a lo extraordinario de la belleza; y tal vez aquí esté la pista para nuestro problema de la libertad.

Ahora bien, ¿qué significa ser libre? ¿Es la libertad una cuestión de hacer lo que nos convenga, de ir adonde nos guste, de pensar lo que queramos? Esto es lo que de cualquier modo hacemos. ¿Significa ser libre el tener meramente independencia? Muchas personas en el mundo son independientes, pero muy pocas son libres. La libertad implica una gran inteligencia, ¿no es así? Ser libre es ser inteligente, pero la inteligencia no adviene simplemente porque uno desee ser libre; la inteligencia surge sólo cuando comenzamos a comprender todo el ambiente que nos rodea, las influencias sociales, religiosas, tradicionales, familiares que están cercándonos continuamente. Pero comprender las múltiples influencias ‑la influencia de nuestros padres, la de nuestro gobierno, la de la sociedad, la influencia de la cultura a que pertenecemos, la de nuestras creencias, nuestros dioses y supersticiones, la influencia de la tradición a la que nos amoldamos irreflexivamente-, comprender todo esto y librarse de ello requiere profundo discernimiento: pero por lo general nos rendimos a estas influencias porque internamente estamos atemorizados. Nos atemoriza no tener una buena posición en la vida; nos atemoriza lo que dirá nuestro sacerdote; tenemos miedo de no estar siguiendo la tradición, de no hacer lo correcto. Pero la libertad es realmente un estado mental en el que no existen el miedo ni la compulsión ni el apremio de la seguridad.

Casi todos queremos sentirnos seguros, ¿no es así? ¿Acaso no deseamos que se nos diga qué personas tan maravillosas somos, qué hermosos nos vemos, o qué inteligencia extraordinaria tenemos? De otro modo no pondríamos siglas a continuación de nuestros apellidos. Todo ese tipo de cosas nos brinda confianza en nosotros mismos, nos da una sensación de ser importantes. Todos deseamos ser personas famosas ‑y en el momento en que deseamos ser algo, ya no somos libres.

Por favor, vean esto, porque es la verdadera pista hacia la comprensión del problema de la libertad. Tanto en este mundo de los políticos, el mundo del poder, de la posición y la autoridad, como en el así llamado mundo espiritual ‑donde uno aspira a ser virtuoso, noble, santo-, en el momento en que deseamos ser “alguien”, ya no somos libres. Pero el hombre (o la mujer) que ve el absurdo de estas cosas y cuyo corazón es por ello inocente y, en consecuencia, no está movido por el deseo de ser “alguien”, ese hombre es libre. Si ustedes comprenden la sencillez de esto, también verán su extraordinaria belleza y profundidad.

Después de todo, los exámenes tienen ese propósito: darnos una posición, hacer que uno sea “alguien”. Los títulos, la posición y el conocimiento nos estimulan para que seamos alguna cosa especial. ¿No han advertido cómo sus padres y maestros les dicen que uno tiene que “llegar a algo” en la vida, que debe tener éxito, como lo tuvo el tío de uno o el abuelo? O que uno debe tratar de imitar el ejemplo de algún héroe, de ser como los maestros, los santos; y así jamás son ustedes libres. Ya sea que sigan el ejemplo de un gurú, de un santo, de un maestro o de un pariente, o se adhieren a una tradición en particular, todo eso implica de parte de ustedes una exigencia de ser algo o alguien; y es solamente cuando comprenden este hecho que hay libertad.

La educación tiene, pues, la función de ayudarles desde la infancia a no imitar a nadie, sino a ser Ustedes mismos todo el tiempo. Y ésta es una de las cosas más difíciles de realizar; ya sean ustedes feos o hermosos, ya sientan envidia o celos, que sean siempre “lo que son”, pero comprendiéndolo. Ser nosotros mismos es muy difícil, porque pensamos que eso que somos es innoble, y que si sólo pudiéramos cambiar lo que somos en algo noble, sería maravilloso ‑pero eso no sucede jamás. Mientras que si miramos lo que realmente somos y lo comprendemos, entonces en esa comprensión misma hay una transformación. De modo que la libertad radica, no en tratar de convertirse en algo diferente, ni en hacer lo que se nos ocurra que tenemos ganas de hacer, ni en seguir la autoridad de la tradición, ni la de nuestros padres, o la de nuestro gurú, sino en comprender lo que somos de instante en instante.

Vean, a ustedes no se les educa para esto; la educación que reciben los incita a convertirse en una cosa u otra, pero eso no es la comprensión de uno mismo. El “uno mismo”, el “yo”, es algo muy complejo; no es meramente la entidad que va a la escuela, que disputa, que juega, que teme, sino que es también algo oculto, no evidente. Ese “yo” está compuesto no sólo de todos los pensamientos que pensamos, sino también de todas las cosas que han introducido en nuestra mente otras personas, de los libros, los periódicos, nuestros líderes. Y sólo es posible comprender todo eso cuando no deseamos ser “alguien”, cuando no imitamos, cuando no somos seguidores o sea, cuando nos repelamos realmente contra toda la tradición de “llegar a ser” esto o lo otro. Esa es la única revolución verdadera que conduce a una extraordinaria libertad. Cultivar esta libertad es el verdadero sentido de la educación.

Sus padres, sus maestros, y los propios deseos de ustedes quieren que se identifiquen con una cosa u otra a fin de que sean felices, de que estén seguros. Pero para ser inteligentes, ¿no deben acaso desembarazarse de todas las influencias que pesan sobre ustedes y los esclavizan?

La esperanza de un mundo nuevo descansa en aquellos de ustedes que comiencen a ver lo que es falso y se rebelen contra ello, no sólo verbalmente sino de hecho. Y es por eso que deben buscar la clase correcta de educación; porque sólo cuando se desarrollen en libertad podrán crear un mundo nuevo, un mundo no basado en la tradición ni moldeado según la idiosincrasia de algún idealista o filósofo. Pero no podrá haber libertad mientras uno esté tratando meramente de llegar a ser “alguien” o de imitar algún ejemplo noble.

Interlocutor: ¿Qué es la inteligencia?

Krishnamurti: Examinemos la pregunta muy despacio, pacientemente, y descubrámoslo. Descubrir algo no es arribar a una conclusión. No sé si ven la diferencia. En el momento en que llegamos a una conclusión sobre lo que es la inteligencia, dejamos de ser inteligentes. Eso es lo que han hecho casi todos nuestros mayores: han arribado a conclusiones. Por lo tanto, han dejado de ser inteligentes. Así que ahora mismo hemos descubierto una cosa; que una mente inteligente es la que constantemente está aprendiendo sin llegar jamás a conclusiones.

¿Qué es la inteligencia? La mayoría se satisface con una definición de lo que es la inteligencia. O bien dicen: “Esa es una buena explicación”, o prefieren la propia explicación; y una mente que se satisface con una explicación, es muy superficial y, por tanto, no es inteligente.

Han comenzado ustedes a ver que una mente inteligente es la que no se contenta con explicaciones, con conclusiones: ni es una mente que cree, porque la creencia es también una forma de conclusión. Una mente inteligente es una mente inquisitiva que está siempre observando aprendiendo, estudiando. ¿Qué significa eso? Que hay inteligencia sólo cuando no hay temor, cuando uno está dispuesto a rebelarse, a ir contra toda la estructura social a fin de descubrir qué es Dios, o descubrir la verdad acerca de cualquier cosa.

La inteligencia no es conocimiento. Si ustedes pudieran leer todos los libros que hay en el mundo, eso no les daría inteligencia. La inteligencia es algo muy sutil y no se halla anclado en cosa alguna. Adviene sólo cuando uno comprende el proceso total de la mente ‑no la mente según algún filósofo o maestro, sino la propia mente. La mente de cada uno de nosotros es el resultado de toda la humanidad, y cuando uno comprende eso, no tiene que estudiar ni un solo libro, porque la mente contiene todo el conocimiento del pasado. De modo que la inteligencia llega con la comprensión de uno mismo; y uno puede comprenderse a sí mismo sólo en relación con el mundo de las personas, de las cosas y de las ideas. La inteligencia no es algo que pueda adquirirse, como el aprendizaje; aparece acompañada de una gran rebelión, vale decir, cuando no hay miedo ‑lo cual quiere decir, realmente, que aparece cuando existe un sentido de amor. Porque cuando no hay miedo, hay amor.

Si usted se interesa solamente en las explicaciones, me temo que sentirá que no he contestado su pregunta. Preguntar qué es la inteligencia es como preguntar qué es la vida. La vida es estudio, juego, sexo, trabajo, reyerta, envidia, ambición, amor, belleza, verdad ‑la vida es todo, ¿no es así? Pero ya lo ve, casi ninguno de nosotros tiene la paciencia de dedicarse seria y firmemente a esta investigación.

Interlocutor: ¿Puede volverse sensible la mente vulgar?

Krishnamurti: Preste atención a la pregunta, al sentido que hay detrás de las palabras. ¿Puede volverse sensible la mente vulgar? Si yo digo que mi mente es vulgar y trato de volverme sensible, el esfuerzo mismo de volverme sensible es vulgaridad. (Por favor, vea esto, no se quede perplejo, obsérvelo). Mientras que si reconozco que soy vulgar sin tratar de cambiar eso, sin tratar de volverme sensible, si empiezo a comprender qué es la vulgaridad, si la observo en mi vida cotidiana ‑la forma voraz en que como, la brutalidad con que trato a la gente, el orgullo, la arrogancia, la grosería de mis hábitos y de mis pensamientos- entonces esa observación misma transforma lo que es.

De manera similar, si soy un necio y digo que debo volverme inteligente, el esfuerzo de volverme inteligente es sólo una forma más grande de necedad, porque lo que importa es comprender la necedad. Por mucho que trate de llegar a ser inteligente, mi necedad seguirá existiendo. Puedo adquirir el refinamiento superficial que da el aprendizaje, puedo ser capaz de citar libros, de repetir pasajes de grandes autores, pero básicamente seguiré siendo un necio. En cambio, si veo y comprendo la necedad tal como se manifiesta en mi vida cotidiana ‑en mi conducta hacia mi sirviente, en la manera de juzgar a mi prójimo, al hombre pobre, al rico, al oficinista- entonces ese mismo estado de atención acaba con la necedad.

Inténtelo. Obsérvese a sí mismo cuando le habla a su sirviente, observe el respeto tremendo con que trata al gobernante y el poco respeto que demuestra al hombre que nada tiene para darle. Entonces comenzará usted a descubrir lo necio que es; y en la comprensión de esa necedad hay inteligencia, sensibilidad. Usted no tiene que volverse sensible. El hombre que trata de volverse esto o aquello, es feo, insensible; es una persona vulgar.

Interlocutor: ¿De qué modo puede el niño descubrir cómo es, sin la ayuda de sus padres y maestros?

Krishnamurti: ¿He dicho yo que puede, o es ésta una interpretación de lo que he dicho? El niño descubrirá cosas acerca de sí mismo si el ambiente en que vive le ayuda a hacerlo. Si los padres y maestros se interesan realmente en que el niño ‑esa joven persona‑ pueda descubrir lo que él es, no lo forzarán a ello; crearán un medio en el cual podrá llegar a conocerse a sí mismo.

Usted ha formulado esta pregunta, pero ¿es éste un problema vital para usted? Si sintiera profundamente que para el niño es importante descubrir acerca de sí mismo y que el no puede hacerlo si está dominado por la autoridad, ¿no ayudaría usted a crear el ambiente apropiado? Es otra vez la misma vieja actitud: díganme lo que debo hacer y lo haré. No decimos: “resolvámoslo juntos”. Este problema de cómo crear un ambiente en el cual el niño pueda conocerse a sí mismo, es un problema que nos concierne a todos ‑a los padres, a los maestros y a los propios niños. Pero el conocimiento propio no puede ser impuesto, la comprensión no puede forzarse; y si éste es un problema vital para usted y para mí, para el padre y el maestro, entonces juntos crearemos la apropiada clase de escuela.

Interlocutor: Los niños me cuentan que han visto en las aldeas ciertos fenómenos sobrenaturales, como las apariciones, y me dicen que tienen miedo de los fantasmas, de los espíritus y esas cosas. También hacen preguntas acerca de la muerte. ¿Qué debe uno responder a todo esto?

Krishnamurti: A su debido tiempo investigaremos qué es la muerte. Pero ya lo ven, el miedo es algo extraordinario. A ustedes, niños, sus padres, las personas mayores, les han hablado acerca de los fantasmas ‑de otro modo, probablemente no verían fantasmas. Alguien les ha hablado de las apariciones. Ustedes son demasiado jóvenes para saber acerca de estas cosas. No es la propia experiencia de ustedes, es sólo el reflejo de lo que las personas mayores les han contado. Y ellas han leído meramente al respecto en algún libro y piensan que lo han entendido. Eso trae a colación una pregunta muy diferente: ¿Existe una experiencia que no esté contaminada por el pasado. Si una experiencia está contaminada por el pasado, es meramente una continuidad de éste y, por lo tanto, no es una experiencia original.

Lo importante es que aquellos de ustedes que tratan con los niños, no les impongan a éstos las propias falsedades, las propias nociones acerca de los fantasmas, las propias ideas y experiencias particulares. Esta es una cosa muy difícil de evitar, porque las personas mayores hablan muchísimo acerca de estas cosas no esenciales que carecen de importancia en la vida; y así, poco a poco, comunican a los niños las propias ansiedades y supersticiones, los propios temores, y los niños repiten naturalmente lo que han oído. Es fundamental que las personas mayores, que generalmente nada saben de estas cosas por sí mismas, no hablen de ellas delante de los niños, y que en lugar de eso ayuden a crear una atmósfera en la que los niños puedan crecer en libertad y sin miedo.

3. LA LIBERTAD Y EL AMOR

Tal vez algunos de ustedes no hayan comprendido por completo todo lo que he estado diciendo acerca de la libertad; pero, como lo he señalado, es muy importante que uno se exponga a ideas nuevas, a algo para lo cual puede no estar acostumbrado. Es bueno ver lo que es bello, pero ustedes tienen que observar también las cosas feas de la vida, tienen que estar despiertos a todo. De la misma manera, tienen que abrirse a cosas que quizás no comprenden por completo, porque cuanto más piensen y reflexionen sobre estos temas que pueden ser algo difíciles para ustedes, tanto mayor será la capacidad que tengan para vivir plenamente.

No sé si algunos de ustedes han advertido, temprano en la mañana, la luz del sol sobre el agua. Lo extraordinariamente suave que es esa luz, y cómo las aguas oscuras danzan, con la estrella matutina que asoma sobre los arboles ‑la única estrella en el cielo-. ¿Alguna vez han advertido algo de eso? ¿O están tan ocupados con la rutina diaria, que olvidan o jamás han conocido la espléndida belleza de esta tierra en la que todos nosotros tenemos que vivir. Sea que nos titulemos comunistas o capitalistas hindúes o budistas, musulmanes o cristianos, que estemos ciegos, inválidos, o estemos bien y seamos dichosos, esta tierra es nuestra. ¿Comprenden? Es nuestra tierra, no de algún otro; no es sólo la tierra del hombre rico, no pertenece exclusivamente a los dirigentes poderosos, a los nobles del país, sino que es nuestra tierra ‑de ustedes y mía. Somos nadie, y sin embargo también vivimos en esta tierra, y todos tenemos que vivir juntos. Este mundo es tanto del pobre como del rico, del iletrado como del instruido. Éste es nuestro mundo, y pienso que es muy importante sentir esto y amar la tierra, no ocasionalmente en una mañana apacible, sino todo el tiempo. Podemos sentir que éste es nuestro mundo y amarlo, únicamente cuando comprendemos qué es la libertad.

En los tiempos actuales no existe tal cosa como la libertad, no sabemos lo que eso significa. Nos gustaría ser libres, pero si lo observan verán que todos ‑el maestro, el padre, el abogado, el policía, el soldado, el político, el hombre de negocios-, todos están haciendo, cada cual en su propio pequeño rincón, alguna cosa para impedir esa libertad. Ser libre no es hacer meramente lo que nos place, o romper con las circunstancias externas que nos atan, sino comprender todo el problema de la dependencia. ¿Saben qué es la dependencia? Ustedes dependen de sus padres, ¿no es así? Dependen de sus maestros, del cocinero, del cartero, del lechero, etc. Esa clase de dependencia puede uno comprendería muy fácilmente. Pero hay una clase de dependencia mucho más profunda que uno debe comprender antes de que pueda ser libre: es cuando nuestra felicidad depende de otro. ¿Saben ustedes lo que implica que dependan de alguien para ser felices? No la mera dependencia física con respecto a otra persona ‑esa dependencia no nos ata- sino la dependencia interna, psicológica, de la cual derivamos nuestra así llamada felicidad; porque cuando uno depende de ese modo de alguien, se convierte en un esclavo.

Si, a medida que van creciendo, dependen emocionalmente de sus padres, de la esposa o el marido, de un gurú, o de alguna idea, ya está ahí el comienzo de la esclavitud. No comprendemos esto, a pesar de que casi todos nosotros, especialmente cuando somos jóvenes, queremos ser libres.

Para ser libres tenemos que rebelarnos contra toda dependencia interna, y no podremos hacerlo sin comprender por qué dependemos. Hasta que comprendamos eso y realmente abandonemos toda dependencia interna, jamás podremos ser libres, porque sólo en esa comprensión hay libertad. Pero la libertad no es una mera reacción. ¿Saben ustedes lo que es la reacción? Si yo digo algo que los lastima, si califico a alguien con una palabra desagradable, esa persona se enoja conmigo, lo cual es una reacción, una reacción que nace de la dependencia; y la independencia es una reacción más. Pero la libertad no es una reacción, y hasta que comprendamos la reacción y podamos ir más allá, jamás seremos libres.

¿Saben ustedes lo que significa amar a alguien? ¿Saben lo que significa amar un árbol, un pájaro, amar a un pequeño animalito, cuidarlo, alimentarlo, acariciarlo aunque no reciban nada en cambio, aunque el árbol no les dé sombra, ni el animalito los siga o dependa de ustedes? Casi nadie ama de esta manera, no sabemos en absoluto lo que esto significa, porque nuestro amor está siempre obstruido por la ansiedad, por los celos y el temor ‑lo cual implica que dependemos internamente de otro y necesitamos que se nos guíe. No amamos simplemente y lo dejamos ahí sino que pedimos algo a cambio; y en ese mismo pedir nos volvemos dependientes.

Así que la libertad y el amor van juntos. El amor no es una reacción. Si yo amo a alguien porque me ama, eso es un mero comercio, una cosa que se compra en el mercado. No es amor. Amar es no pedir nada en cambio, ni siquiera sentir que uno está dando algo ‑y es sólo un amor así el que puede conocer la libertad. Pero ya lo ven, a ustedes no se los educa para esto. Se les enseña matemática, química geografía, historia. Y ahí termina la cosa, porque a los padres de ustedes sólo les interesa ayudarlos a que obtengan un buen empleo y tengan éxito en la vida. Si ellos poseen dinero suficiente, pueden enviarlos al extranjero; pero, al igual que el resto del mundo, todo el propósito de ellos es que ustedes lleguen a ser ricos y tengan una posición respetable en la sociedad. Y cuanto más alto trepa uno, tanto mayor es la desdicha que ocasiona a otros, porque para llegar ahí tiene uno que competir, tiene que ser despiadado. De ese modo, los padres envían a sus hijos a las escuelas, donde hay ambición, competencia, donde no hay amor en absoluto, y es por eso que una sociedad como la nuestra se está deteriorando en medio de una constante rivalidad y del conflicto; y aunque los políticos, los jueces, los nobles del país como se les llama, hablen de paz, eso no significa absolutamente nada.

Ahora bien, ustedes y yo tenemos que comprender todo este problema de la libertad. Tenemos que descubrir por nosotros mismos qué significa amar; porque si no amamos, nunca podremos ser solícitos, atentos; nunca podremos ser considerados con los demás. ¿Saben qué significa ser considerado? Cuando vemos una piedra aguda en un sendero que transitan muchos pies desnudos, levantamos esa piedra no porque alguien nos lo haya pedido, sino porque nos compadecemos del otro ‑no importa quien sea, puede ser alguien a quien tal vez jamás conoceremos. Para plantar un árbol y cuidarlo con esmero, para mirar el río y gozar la plenitud de la tierra, para observar un pájaro volando y percibir la belleza de su vuelo, para tener sensibilidad y estar abiertos a este movimiento extraordinario llamado vida, para todo esto tiene que haber libertad; sin amor, la libertad es meramente una idea que carece en absoluto de validez. Por tanto, sólo para aquellos que comprenden la dependencia interna y rompen con ella y, en consecuencia, saben lo que es el amor, puede haber libertad; y son solamente ellos los que darán origen a una nueva civilización, a un mundo diferente.

Interlocutor: ¿Cuál es el origen del deseo, y cómo puede uno librarse de él?

Krishnamurti: Es un joven el que formula esta pregunta; ¿y por qué debería él librarse del deseo? ¿Comprenden? Es un muchacho, está lleno de vida, de vitalidad, ¿por qué debería librarse del deseo? A él le han dicho que verse libre del deseo es una de las más grandes virtudes, y que al librarse del deseo realizará a Dios, o como sea que pueda llamarse este algo esencial, supremo. Así que pregunta: “¿Cuál es el origen del deseo, y cómo puedo librarme de él?” Pero el impulso mismo de librarse del deseo, sigue siendo parte del deseo, ¿no es así? En realidad, está movido por el temor.

¿Cuál es el origen, la fuente, el principio del deseo? Uno ve algo atractivo y lo desea. Ve un automóvil, o un bote, y desea poseerlo; o desea alcanzar la posición de un hombre rico, o convertirse en un sannyasi. Este es el origen del deseo: visión, contacto, del cual emana la sensación, y de la sensación surge el deseo. Ahora bien, reconociendo que el deseo trae conflicto, usted pregunta “¿Cómo puedo librarme del deseo?” De modo que lo que usted quiere realmente no es librarse del deseo, sino librarse de la zozobra, la ansiedad, el dolor que el deseo ocasiona. Quiere librarse de los frutos amargos del deseo, no del deseo mismo, y esto es algo muy importante que hay que comprender. Si al deseo pudiera usted despojarlo del dolor, del sufrimiento, de la lucha, de todas las ansiedades y temores que lo acompañan, de tal modo que sólo quedara el placer, ¿querría entonces librarse del deseo?

En tanto exista el deseo de ganar, de realizarse, de llegar a ser ‑en cualquier nivel que sea- habrá inevitablemente ansiedad, dolor, miedo. La ambición de ser rico, de ser esto o aquello, se desprende de nosotros solamente cuando vemos la podredumbre, la naturaleza corruptora de la ambición en sí. En el momento en que vemos que el deseo de poder en cualquiera de sus formas ‑el poder de un Primer Ministro, el de un juez, el de un sacerdote, el de un gurú- es fundamentalmente perverso, ya no abrigamos el deseo de ser poderosos. Pero no vemos que la ambición es corruptora, que el deseo de poder es maligno; al contrario, decimos que usaremos el poder para el bien ‑lo cual es una completa insensatez. Un mal medio jamás puede usarse para un buen fin. Si el medio es malo, el fin también lo será. El bien no es lo opuesto del mal. El bien se manifiesta cuando aquello que es el mal ha cesado por completo.

Por lo tanto, si no comprendemos toda la significación del deseo con sus resultados, con sus secuelas, el mero tratar de librarnos del deseo no tiene ningún sentido.

Interlocutor: ¿Cómo podemos librarnos de la dependencia mientras estamos viviendo en la sociedad?

Krishnamurti: ¿Sabe usted qué es la sociedad? La sociedad es la relación entre los seres humanos, ¿verdad? No lo complique, no cite un montón de libros; piense muy sencillamente en esto y verá que la sociedad es la relación entre usted y yo y otros. Es la relación humana la que constituye la sociedad; y nuestra sociedad actual se basa en una relación posesiva, ¿no es así? Casi todos deseamos dinero, poder, propiedad, autoridad; en un nivel u otro anhelamos posición, prestigio, y así es como hemos construido una sociedad codiciosa. En tanto somos codiciosos, en tanto deseamos posición, poder, etcétera, pertenecemos a esta sociedad y, por lo tanto, dependemos de ella. Pero si uno no desea ninguna de estas cosas y, con gran humildad, permanece siendo sencillamente lo que es, entonces se encuentra fuera de eso; se rebela contra ello y rompe con esta sociedad.

Desafortunadamente, en la actualidad la educación aspira a que ustedes se amolden, se ajusten a esta sociedad codiciosa y encajen en ella. Esto es todo lo que interesa a sus padres, a sus maestros, y de esto es que se ocupan sus libros. Mientras se amolden, mientras sean ambiciosos, codiciosos, mientras corrompan y destruyan a otros persiguiendo la posición y el poder, se los considerará ciudadanos respetables. Se los educa para que encajen en la sociedad, pero eso no es educación, es meramente un proceso que los condiciona para que se adapten a un patrón. El verdadero propósito de la educación no es el de convertirlos en oficinistas, en jueces o en Primeros Ministros, sino el de ayudarlos a comprender toda la estructura de esta corrupta sociedad permitiéndoles que florezcan libremente, de modo que rompan con esta sociedad y puedan crear una sociedad diferente, un mundo nuevo. Tienen que existir los que se rebelen, no parcialmente, sino que estén en rebelión total contra lo viejo, porque son sólo personas así las que podrán crear un mundo nuevo ‑un mundo que no se base en la codicia, en el poder y el prestigio.

Puedo oír a las personas mayores diciendo: “Eso jamás podrá hacerse. La naturaleza humana es lo que es, y lo que usted dice es un desatino”. Pero jamás hemos pensado en librar de su condicionamiento a la mente adulta y en no condicionar al niño. Ciertamente, la educación es tanto curativa como preventiva. Ustedes, los estudiantes de más edad, ya están moldeados, condicionados, ya son ambiciosos; desean tener éxito igual que sus padres, o el gobernador o algún otro. De modo que el verdadero propósito de la educación es no sólo ayudarlos a que se liberen ustedes mismos de su condicionamiento, sino también a que comprendan todo el proceso del vivir de día en día, de modo que puedan crecer en libertad y crear un mundo nuevo, un mundo que debe ser por completo diferente del actual. Desafortunadamente, ni los padres de ustedes ni los maestros ni el público en general se interesan en esto. Es por eso que la educación tiene que ser un proceso de educar tanto al educador como al estudiante.

Interlocutor: ¿Por qué pelean los hombres?

Krishnamurti: ¿Por qué pelean los niños? Tú a veces peleas con tu hermanito, o con otros niños de aquí ¿verdad? ¿Por qué? Pelean por un juguete. Tal vez otro niño ha tomado tu pelota, o tu libro, y por eso pelean. Las personas mayores pelean exactamente por la misma razón, sólo que sus juguetes son la posición, la riqueza y el poder. Si otro desea el poder y yo también deseo el poder, peleamos entre nosotros, y es por eso que las naciones van a la guerra. Es tan simple como eso, sólo que los filósofos, los políticos y las personas que se titulan religiosas, lo complican. ¿Sabes?, es un gran arte poseer abundancia de conocimientos y de experiencias ‑conocer la riqueza de la vida, la belleza de la existencia, las luchas, las desdichas, las risas, las lágrimas‑ y aun así conservar la mente muy sencilla; y uno puede tener una mente sencilla sólo cuando sabe amar.

Interlocutor: ¿Qué son los celos?

Krishnamurti: Los celos implican insatisfacción con lo que uno es y envidia con respecto a otros, ¿no es así? Estar insatisfechos con lo que somos constituye el principio mismo de la envidia. Deseamos ser como algún otro que posee más conocimientos, o es más agraciado, o tiene una casa más grande, o más poder, o una posición mejor. Deseamos ser más virtuosos, deseamos saber como meditar mejor, queremos llegar hasta Dios, queremos ser diferentes de lo que somos. Por lo tanto, sentimos envidia, celos. Es inmensamente difícil comprender lo que somos, porque ello requiere estar completamente libres de todo deseo de cambiar aquello que somos por alguna otra cosa. Ese deseo engendra envidia, celos; mientras que en la comprensión de lo que somos, hay una transformación de eso que somos. Pero ya lo ven, toda la educación que se les imparte los incita a que traten de ser diferentes de lo que son. Cuando son celosos se les dice: “¡No seas celoso, es algo terrible!” De modo que uno se esfuerza por no ser celoso; pero ese esfuerzo mismo forma parte de los celos, porque uno desea ser diferente.

¿Saben?, una bella rosa es una bella rosa; pero a nosotros los seres humanos, nos ha sido dada la capacidad de pensar, y pensamos erróneamente. El saber cómo pensar requiere muchísimo discernimiento, una gran comprensión; pero saber qué pensar, es comparativamente fácil. Nuestra presente educación consiste en decirnos qué debemos pensar, no nos enseña cómo pensar, cómo profundizar, explorar; y es solamente cuando ambos, el maestro y el estudiante, saben cómo pensar, que la escuela es digna de su nombre.

Interlocutor: ¿Por qué nunca estoy satisfecha con nada?

Krishnamurti: Esta pregunta la formula una niñita, y estoy seguro de que no se la han sugerido. A su tierna edad quiere saber por qué nunca está satisfecha. ¿Qué dicen los adultos? Son ustedes los que con su acción han creado este mundo en el que una niñita pregunta por qué nunca está satisfecha con nada. Se supone que ustedes son los educadores, pero no ven la tragedia de esto. Meditan, pero están embotados, cansados, están muertos internamente.

¿Por qué los seres humanos jamás están satisfechos? ¿No es, acaso, porque están buscando la felicidad, y piensan que cambiando constantemente serán felices? Se mueven de un empleo a otro, de una relación a otra, de una religión o una ideología a otra, pensando que a través de este constante movimiento de cambio hallarán la felicidad; o bien eligen algún lugar tranquilo y allí se estancan. Por cierto que el contentamiento es algo por completo diferente. Llega a nosotros sólo cuando nos vemos tal como somos, sin deseo alguno de cambiar, sin ningún tipo de condena o comparación ‑lo cual no significa que hayamos de aceptar meramente aquello que vemos para luego echarnos a dormir. Pero cuando la mente ya no está más comparando, juzgando, evaluando y, por tanto, es capaz de ver lo que es de instante en instante, sin querer cambiarlo, en esa percepción misma está lo eterno.

Interlocutor: ¿Por qué tenemos que leer?

Krishnamurti: ¿Por qué tiene uno que leer? Sólo escuchen tranquilamente. Nunca preguntamos por qué tenemos que jugar, por qué tenemos que comer, por qué tenemos que mirar el rió, por qué somos crueles ‑¿verdad que no? Uno se rebela y pregunta por qué tiene que hacer algo, cuando no le gusta hacerlo. Pero leer, jugar, reír, ser cruel, ser bueno, ver el río, las nubes... todo esto forma parte de la vida; y si uno no sabe cómo leer, si no sabe cómo pasear, si es incapaz de apreciar la belleza de una hoja, no está viviendo. Uno tiene que comprender la totalidad de la vida, no solo una pequeña parte de ella. Es por eso que uno tiene que leer, por eso tiene que mirar los cielos, por eso tiene que cantar y bailar y escribir poemas, tiene que subir, tiene que comprender; porque la vida es todo eso.

Interlocutor: ¿Qué es la timidez?

Krishnamurti: ¿No es usted tímido cuando se encuentra con un extraño? ¿No sintió timidez cuando formuló esa pregunta? ¿No sentiría timidez si tuviera que estar sentado sobre esta tarima hablando como yo lo hago? ¿No siente timidez, no siente un poco de embarazo cuando se enfrenta súbitamente a un árbol hermoso, o a una delicada flor, o a un pájaro en su nido? Vea, es bueno ser tímido. Pero para casi todos nosotros la timidez implica tener conciencia de uno mismo, conciencia del propio yo. Cuando nos encontramos ante un gran hombre (si es que existe una persona semejante), nos volvemos conscientes de nosotros mismos. Pensamos: “¡Qué importante es él, tan ilustre, y ‘yo’ no soy nadie!”; de modo que sentimos timidez, lo cual implica conciencia del propio yo. Pero hay una diferente clase de timidez, que es sensibilidad, delicadeza, y en eso no existe la conciencia del yo.

4. ESCUCHAR

¿Por qué me escuchan ustedes? ¿Han considerado alguna vez la razón de que escuchen a la gente en absoluto? ¿Y qué significa escuchar a alguien? Todos ustedes están sentados frente a alguien que está hablando. ¿Escuchan para oír alguna cosa que confirme sus propios pensamientos, que concuerde con ellos, o están escuchando para descubrir? ¿Entienden la diferencia? Escuchar para descubrir tiene una significación por completo distinta de escuchar meramente para oír aquello que confirmará lo que ustedes piensan. Si están aquí sólo para obtener confirmación, para ser estimulados en el propio pensar, entonces el escuchar de ustedes tiene muy poco sentido. Pero si están escuchando para descubrir, entonces la mente de ustedes está libre, no se halla comprometida con nada; es una mente muy sutil, muy aguda, vital, inquisitiva, curiosa y, en consecuencia, capaz de descubrir. ¿No es, por lo tanto, muy importante considerar por qué escuchan y qué es lo que están escuchando?

¿Alguna vez se han sentado en completo silencio, sin fijar la atención en nada, sin hacer ningún esfuerzo para concentrarse, sino con la mente muy quieta, realmente silenciosa? Entonces lo escuchan todo, ¿verdad? Escuchan tanto los ruidos distantes como los más cercanos, y también los que están muy próximos a ustedes, los sonidos inmediatos ‑lo cual significa, verdaderamente, que están escuchándolo todo. La mente no está restringida a un canal estrecho y pequeño. Si pueden escuchar de este modo, si escuchan con facilidad, sin esfuerzo, descubrirán que dentro de ustedes tiene lugar un cambio extraordinario, un cambio que llega sin que ejerciten la voluntad, sin que lo pidan; y en ese cambio hay gran belleza y profundidad de discernimiento.

Sólo traten de hacerlo alguna vez, inténtenlo ahora. Mientras me están escuchando, no me escuchen solamente a mí, sino escuchen todo lo que los rodea. Escuchen aquellas campanas, los cencerros de las vacas y las campanadas de los templos; escuchen el tren distante y las carretas en el camino; y si después se aproximan más aun y me escuchan a mí también, descubrirán que hay una gran profundidad en el escuchar. Pero para hacer esto han de tener una mente muy quieta. Si en verdad quieren escuchar, la mente está naturalmente quieta, ¿no es así? Entonces no los distrae algo que está sucediendo cerca de ustedes; la mente está quieta porque prestan atención profunda a todo. Si pueden escuchar así, fácilmente, con cierta felicidad, descubrirán que en el corazón y en la mente tiene lugar una transformación asombrosa ‑una transformación en la que ustedes no habían pensado y que de ninguna manera han producido.

El pensamiento es una cosa muy extraña, ¿no es cierto? ¿Saben ustedes lo que es el pensamiento? El pensamiento o el pensar, para la mayoría de nosotros, es algo producido por la mente, y nos peleamos por nuestros pensamientos. Pero si realmente pudiéramos escucharlo todo ‑escuchar cómo las aguas lamen las orillas de un río, escuchar el canto de los pájaros, el llanto de un niño, escuchar a nuestra madre que nos regaña, a un amigo que nos intimida, a nuestra esposa o nuestro marido que nos sermonea- entonces descubriría nos que nos movemos más allá de las palabras, más allá de las meras expresiones verbales que tanto desgarran nuestro ser.

Y es muy importante moverse más allá de las meras expresiones verbales porque, después de todo, ¿qué es lo que todos nosotros queremos? Tanto si somos jóvenes o viejos, si somos inexpertos o estamos cargados de años, todos queremos ser felices, ¿no es así? Como estudiantes queremos ser felices jugando nuestros juegos, estudiando, haciendo todas las pequeñas cosas que nos gusta hacer. A medida que pasan los años, buscamos la felicidad en las posesiones, en el dinero, en tener una casa hermosa, una esposa o marido agradable, un buen empleo. Cuando estas cosas ya no nos satisfacen, nos movemos hacia algo diferente. Decimos: “Tengo que desapegarme y entonces seré feliz”. Y así empezamos a practicar el desapego. Dejamos a nuestra familia, renunciamos a nuestra propiedad y nos retiramos del mundo. O ingresamos en alguna sociedad religiosa pensando que seremos felices reuniéndonos y hablando acerca de la hermandad, siguiendo a un líder, a un gurú, a un maestro, un ideal, creyendo en lo que es esencialmente un autoengaño, una ilusión, una superstición.

¿Entienden de qué estoy hablando?

Cuando ustedes se peinan, cuando se ponen ropas limpias y se ocupan de sí mismos a fin de lucir bien, todo eso forma parte del deseo que tienen de ser felices, ¿no es así? Cuando aprueban sus exámenes y agregan unas cuantas letras del alfabeto después de sus apellidos, cuando obtienen un empleo, cuando adquieren una casa y otra propiedad, cuando se casan y tienen hijos, cuando ingresan en alguna sociedad religiosa cuyos líderes proclaman que tienen mensajes de Maestros invisibles, detrás de todo eso se encuentra este extraordinario impulso, esta compulsión de hallar la felicidad.

Pero ya lo ven, la felicidad no llega tan fácilmente, porque la felicidad no es ninguna de estas cosas. Pueden encontrar el placer, o una nueva satisfacción, pero tarde o temprano ello se vuelve tedioso. Porque no hay felicidad perdurable en las cosas que conocemos. El beso es seguido por la lágrima, la risa por la desdicha y la desolación. Todo se marchita, se deteriora. Por lo tanto, mientras son jóvenes tienen que comenzar a descubrir qué es esta extraña cosa llamada felicidad. Ésa es una parte esencial de la educación.

La felicidad no llega cuando uno se esfuerza por obtenerla ‑y ése es el mayor de los secretos, aunque sea muy fácil decirlo. Puedo expresarlo en unas cuantas palabras sencillas; pero, mediante el mero escucharme y repetir lo que han oído, no van ustedes a ser felices. Es extraña la felicidad; llega cuando uno no la está buscando. Cuando no hacemos esfuerzo alguno para ser felices, entonces, inesperadamente, misteriosamente, la felicidad está ahí, nacida de la pureza, de la belleza de la existencia. Pero eso requiere muchísima comprensión ‑no entrar en una organización, ni tratar de llegar a ser “alguien”. La verdad no es algo que pueda obtenerse. La verdad adviene cuando nuestra mente y nuestro corazón se han purificado de todo sentido de esfuerzo y ya no estamos tratando de ser “alguien”; es entonces que la mente está muy quieta, escuchando intemporalmente todo lo que ocurre. Ustedes pueden escuchar estas palabras, pero para que la felicidad sea, tienen que descubrir cómo liberar la mente de todo temor.

Mientras alguna persona o alguna cosa les cause temor, no puede haber felicidad. No puede haberla mientras tengan miedo de sus padres, de sus maestros, miedo de no pasar sus exámenes, de no hacer progresos, de no poder acercarse al Maestro o a la Verdad, de no recibir aprobación, felicitaciones. Pero si realmente no tienen miedo de nada, entonces descubrirán ‑cuando despierten una mañana o cuando estén paseando solos- que súbitamente ocurre una cosa extraña: sin ser invitado ni solicitado ni previsto, eso que puede llamarse amor, verdad, felicidad de pronto está ahí.

Por eso es tan importante que se los eduque correctamente mientras son jóvenes. Lo que ahora llamamos educación no es educación en absoluto, porque nadie les habla de estas cosas. Sus maestros los preparan para que aprueben sus exámenes, pero no les hablan acerca del vivir, lo cual es sumamente importante; porque son muy pocos los que saben cómo vivir. La mayoría de nosotros meramente sobrevive, se arrastra por la vida y, en consecuencia, la vida se vuelve una cosa terrible. El vivir requiere realmente mucho amor, un gran sentido del silencio, una gran sencillez acompañando la abundancia de experiencias; y ello exige una mente capaz de pensar con mucha claridad, una mente que no se halle atada por el prejuicio o la superstición, por la esperanza o el temor. La vida es todo esto, y si a ustedes no se los educa para vivir, entonces la educación carece de sentido. Pueden ser muy pulcros, tener buenos modales, y aprobar todos sus exámenes; pero conceder importancia primordial a estas cosas superficiales cuando toda la estructura de la sociedad se está desmoronando, es como limpiar y pulir nuestras uñas mientras la casa está quemándose por completo. Ya lo ven, nadie les habla de todo esto, nadie lo investiga junto con ustedes. Mientras emplean día tras día en estudiar ciertas materias ‑matemática, historia, geografía- también deberían emplear mucho tiempo en hablar acerca de estas cuestiones más profundas, porque esto es lo que contribuye a la riqueza de la vida.

Interlocutor: La adoración de Dios, ¿no es verdadera religión?

Krishnamurti: Primero que nada, veamos qué no es religión. ¿No es ésa la manera correcta de abordarlo? Si pudiéramos comprender qué no es religión, entonces tal vez comenzaríamos a percibir otra cosa. Es como limpiar una ventana sucia ‑uno comienza a ver muy claramente a través de ella. Veamos entonces si podemos comprender y eliminar de nuestras mentes aquello que no es religión (no digamos: “Pensaré al respecto”, para jugar meramente con las palabras). Ustedes tal vez puedan hacerlo, pero las personas mayores ya están casi todas atrapadas ‑se han establecido cómodamente en aquello que no es religión, y no quieren que se las perturbe.

Por lo tanto, ¿qué no es religión? ¿Han reflexionado alguna vez al respecto? Una y otra vez les han dicho a ustedes qué cosa se supone que es la religión ‑creencia en Dios y muchísimas cosas más- pero nadie les ha pedido que descubran lo que la religión no es, y ahora ustedes y yo vamos a descubrirlo por nosotros mismos.

Cuando me escuchan, o escuchan a alguna otra persona, no acepten meramente lo que se está diciendo; presten toda su atención para poder discernir la verdad en lo que se expresa. Una vez que perciban por sí mismos lo que no es religión, entonces ningún libro, ningún sacerdote podrá embaucarlos a lo largo de sus vidas, ningún sentimiento de temor creará una ilusión en la que puedan creer o a la que puedan seguir. Para descubrir lo que no es religión, tienen que comenzar en el nivel de cada día, y después pueden ir ascendiendo. Para llegar lejos tienen que empezar cerca, y el paso más cercano es el más importante. Entonces, ¿qué no es religión? ¿Es religión la práctica de ceremonias? Practicar puja una y otra y otra vez, ¿es eso religión?

La verdadera educación consiste en aprender cómo pensar, no qué pensar. Si uno sabe cómo pensar, si realmente tiene esa capacidad, entonces es un ser humano libre ‑libre de dogmas, supersticiones, ceremonias- y, por tanto, puede descubrir qué es religión.

Las ceremonias, obviamente, no son religión porque, al practicar ceremonias, ustedes sólo están repitiendo una fórmula que les ha sido transmitida. Pueden encontrar cierto placer en practicar ceremonias, tal como otros lo encuentran en el fumar o en el beber; pero, ¿es religión eso? Al practicar ceremonias, están haciendo algo acerca de lo cual nada saben. Sus padres y sus abuelos lo hacen; en consecuencia, ustedes lo hacen, y si no lo hicieran ellos los reprenderían. Eso no es religión, ¿verdad?

Y, ¿qué es un templo en su interior? Una imagen esculpida que un ser humano ha moldeado según su propia imaginación. La imagen puede ser un símbolo, pero sigue siendo tan sólo una imagen, no es la cosa real. Un símbolo, una palabra, no son la cosa que representan. La palabra “puerta” no es la puerta, ¿correcto? La palabra no es la cosa. Acudimos al templo para adorar ¿qué? Una imagen que, supuestamente, es un símbolo; pero el símbolo no es la cosa real. Entonces, ¿por qué vamos al templo? Estos son hechos; yo no estoy condenando nada. Y, puesto que se trata de hechos, ¿por qué preocuparnos de aquellos que van al templo, si son tocables o intocables, brahmanes o no brahmanes? ¿A quién le importa? Ya lo ven, las personas mayores han convertido el símbolo en una religión por la cual están dispuestos a reñir, a combatir y a matarse sin piedad; pero Dios no se encuentra ahí. Dios jamás es un símbolo. Por lo tanto, adorar un símbolo o una imagen no es religión.

¿Y es religión la creencia? Esto es más complejo. Empecemos cerca, y entonces iremos un poco más lejos. ¿Es religión la creencia? Los cristianos creen de una manera, los hindúes de otra, los musulmanes de otra, y de otra también los budistas, y todos ellos se consideran a sí mismos personas muy religiosas: todos tienen sus templos, sus dioses, sus símbolos, sus creencias. Y, ¿es eso religión? ¿Es religión el creer en Dios, en Rama, en Sita, Ishwara y toda esa clase de cosas? ¿Cómo adquirimos una creencia semejante? Uno cree porque el padre y el abuelo de uno creen; o, habiendo leído lo que se supone ha dicho algún maestro como Shankara o Buda, uno cree en ello y afirma que es verdadero. Casi todos ustedes creen en lo que dice el Gita; por eso no lo examinan clara y sencillamente como lo harían con cualquier otro libro, no tratan de descubrir qué hay de verdadero en ello.

Hemos visto que las ceremonias no son religión, que ir a un templo no es religión, y que no es religión la creencia. La creencia divide a la gente. Los cristianos tienen creencias y así se han dividido ‑tanto de aquellos que tienen otras creencias como entre ellos mismos. Los hindúes están perpetuamente llenos de hostilidad, porque creen de sí mismos que son brahmanes o no brahmanes, esto o aquello. De modo que la creencia engendra enemistad, división, destrucción. Y eso, obviamente, no es religión.

Entonces, ¿qué es religión? Si hemos limpiado el cristal de la ventana ‑lo cual implica que realmente hemos dejado de practicar ceremonias, que hemos abandonado todas las creencias y no seguimos más a ningún líder o gurú- entonces nuestra mente, como el cristal, está limpia, pulida, y a través de ella podemos ver con mucha claridad. Una vez que la mente esté despejada y limpia de imágenes, de rituales, de creencias, de símbolos, de todas las palabras ‑los mantrams y sus repeticiones- y de todo temor, entonces lo que veremos será lo real, lo intemporal, lo eterno, a lo cual podemos llamar Dios. Pero esto requiere un inmenso discernimiento, comprensión, paciencia, y es sólo para aquellos que realmente investigan que es la religión y prosiguen haciéndolo día tras día hasta el fin. Los demás, lo que hacen es meramente pronunciar palabras, lucir todos sus ornamentos y decoraciones corporales, practicar sus pujas y tañer las campanas ‑y todo eso es nada más que superstición carente de cualquier significado. Sólo cuando la mente se rodela contra toda la llamada religión, sólo entonces descubre lo real.

5. EL DESCONTENTO CREATIVO

¿Se han sentado alguna vez quietamente, sin ningún movimiento? Traten de hacerlo, siéntense realmente en silencio, con la espalda recta, y observen lo que ocurre en la mente de ustedes. No intenten controlarla, no digan que no debería saltar de un pensamiento a otro, de un interés a otro, sino sólo estén atentos a cómo la mente está saltando. No hagan nada al respecto, sólo obsérvenla, como observan desde las márgenes de un río las aguas que fluyen. En el río que fluye hay tantas cosas ‑peces, hojas, animales muertos- pero el río está siempre vivo, moviéndose, y nuestra mente es como ese río. Está perpetuamente inquieta, revoloteando de una cosa a otra, como una mariposa.

Cuando ustedes escuchan un canto, ¿cómo lo escuchan? La persona que canta puede ser que les agrade, que tenga un rostro hermoso, y ustedes tal vez sigan el significado de las palabras; pero detrás de todo eso, cuando escuchan un canto están escuchando los tonos y el silencio que existe entre los tonos, ¿no es así? Del mismo modo, traten de sentarse muy tranquilamente, sin inquietarse, sin mover las manos, ni siquiera los dedos de los pies, y sólo vigilen la mente. Es una gran diversión hacer eso. Si lo tratan como una diversión, como algo entretenido, descubrirán que la mente comienza a serenarse sin que ustedes hagan esfuerzo alguno para controlarla. Entonces no hay censor, ni juez, ni evaluador; y cuando la mente se aquieta de esta manera, cuando está espontáneamente silenciosa, descubrirán ustedes qué es sentir júbilo. ¿Saben qué es el júbilo? Es reír, deleitarse con todo o con nada, conocer la alegría de vivir, sonreír, mirar de frente a otra persona, sin sentimiento alguno de temor.

¿Alguna vez han mirado a alguien de frente? ¿Alguno de ustedes ha mirado así el rostro de su maestro, de su padre, del funcionario importante, del sirviente, del pobre coolie, y ha visto lo que ocurre? Casi todos tenemos miedo de mirar a otro directamente al rostro: y los demás tampoco quieren que se los mire de esa manera, porque también tienen miedo. Nadie quiere revelarse a sí mismo; estamos todos en guardia, nos escondemos detrás de múltiples capas de desdicha, sufrimiento, anhelo, esperanza, y son pocos los que pueden mirarlo a uno de frente y sonreír. Y es muy importante sonreír, ser dichosos; porque vean, sin un canto en el corazón la vida se vuelve muy insípida. Uno puede ir de templo en templo, de un marido a otro, de una esposa a otra, o puede encontrar un nuevo maestro o gurú; pero si no existe este júbilo interno, la vida tiene muy poco sentido. Y encontrar este júbilo interno no es fácil, porque la mayoría de nosotros sólo está superficialmente descontenta.

¿Saben lo que significa estar descontento? Es muy difícil comprender el descontento, porque casi todos nosotros canalizamos el descontento en cierta dirección, y por eso lo ahogamos. O sea, que nuestra única preocupación es afirmarnos en una posición segura, con intereses y un prestigio bien establecidos, a fin de que no se nos perturbe. Esto ocurre en los hogares y también en las escuelas. Los maestros no quieren que se los perturbe, y es por eso que siguen la vieja rutina; porque apenas está uno realmente descontento y comienza a inquirir, a cuestionar, por fuerza tiene que haber perturbación. Pero es sólo a través del verdadero descontento que uno tiene iniciativa.

¿Saben lo que es la iniciativa? Uno tiene iniciativa cuando inicia o emprende algo sin ser impulsado a ello. No tiene que ser algo muy grande o extraordinario ‑eso puede venir después. Pero la chispa de la iniciativa está ahí cuando plantamos un árbol por nosotros mismos cuando somos espontáneamente bondadosos, cuando le sonreímos a un hombre que lleva una carga pesada, cuando removemos una piedra del sendero, o acariciamos a un animal que pasa a nuestro lado. Ese es un pequeño comienzo de la tremenda iniciativa que deben tener si han de conocer esta cosa extraordinaria llamada creatividad. La creatividad tiene sus raíces en la iniciativa que sólo surge cuando hay un profundo descontento.

No le teman al descontento; aliméntenlo hasta que la chispa se convierta en una llama y estén perpetuamente descontentos de todo ‑de sus empleos, de sus familias, de la tradicional persecución del dinero, de la posición, del poder‑ de modo que realmente comiencen a reflexionar sobre todo ello, a descubrir. Pero a medida que pasen los años, encontrarán que es muy difícil mantener este espíritu del descontento. Uno tiene hijos de los cuales encargarse, y debe considerar las exigencias de su empleo; está la opinión de nuestros semejantes, de la sociedad que establece un cerco alrededor de nosotros, y pronto comenzamos a perder esta llama ardiente del descontento. Cuando nos sentimos descontentos, encendemos la radio, acudimos a un gurú, practicamos puja, ingresamos a un club, bebemos, corremos tras las mujeres ‑cualquier cosa para ahogar la llama. Pero sin esta llama del descontento, jamás tendrán ustedes la iniciativa que es el principio de la creatividad. Para descubrir lo que es verdadero, deben ustedes rebelarse contra el orden establecido; pero cuanto más dinero poseen sus padres, y cuanto más seguros están los maestros en sus empleos, tanto menos desean que ustedes se rebelen.

La creatividad no es meramente un asunto de pintar cuadros o de escribir poemas, lo cual es bueno que se haga, pero eso es muy poco en sí mismo. Lo importante es estar totalmente descontentos, porque ese descontento total es el principio de la iniciativa que se vuelve creativa a medida que madura; y ése es el único camino para descubrir que es la verdad, qué es Dios, porque el estado creativo es Dios.

Por lo tanto, uno debe tercer este descontento total ‑pero con alegría, ¿comprenden? uno debe estar totalmente descontento, no quejumbrosamente sino con alegría, con júbilo, con amor. Casi todas las personas que están descontentas son terriblemente pesadas; están siempre quejándose de que una cosa u otra no andan bien, o anhelan encontrarse en una posición mejor, o desean que las circunstancias sean diferentes, porque su descontento es muy superficial. Y los que no están descontentos en absoluto, ya están muertos.

Si pueden, estén en rebelión mientras son jóvenes y, a medida que crezcan, mantengan su descontento vivo con la vitalidad del júbilo y del gran afecto; entonces esa llama del descontento tendrá una significación extraordinaria porque creará, dará origen a cosas nuevas. Para esto, deben tener ustedes la correcta clase de educación, que no es la que los prepara meramente para obtener un empleo o para trepar la escalera del éxito, sino que es la educación que les ayuda a pensar y les da espacio ‑espacio, no en la forma de un dormitorio más grande o de un techo más alto, sino el espacio para que la mente de ustedes florezca de tal manera que no esté atada por ninguna creencia, por ningún temor.

Interlocutor: El descontento impide el claro pensar. ¿Cómo hemos de superar este obstáculo?

Krishnamurti: No creo que usted haya podido escuchar lo que he estado diciendo; probablemente se hallaba inquieto con su pregunta, preocupado por el modo en que iba a formularla. Eso es lo que todos ustedes hacen de deferentes maneras. Cada cual tiene una preocupación, y si lo que yo digo no es lo que quieren oír, lo ignoran porque la mente de ustedes está ocupada con su propio problema. Si el interlocutor hubiera escuchado lo que se decía, si hubiera realmente sentido la naturaleza interna del descontento, del júbilo, de la creatividad, entonces no creo que hubiera formulado esta pregunta.

Ahora bien, ¿impide el descontento el claro pensar? ¿Y qué es el claro pensar? ¿Es posible pensar con gran claridad si queremos obtener algo de nuestro pensar? Si nuestra mente se interesa en un resultado, ¿podemos pensar muy claramente? ¿O sólo podemos pensar así cuando no estamos a la búsqueda de un objetivo, de un resultado, cuando no tratamos de ganar algo?

¿Y puede uno pensar claramente si tiene un prejuicio, una creencia particular ‑o sea, si uno piensa como hindú, como comunista, como cristiano? Por cierto, sólo podemos pensar muy claramente cuando nuestra mente no está amarrada a una creencia, como un mono podría estar amarrado a una estaca; sólo podemos pensar con tal claridad cuando no estamos buscando un resultado, cuando no tenemos prejuicios ‑todo lo cual implica, en realidad, que uno puede pensar de una manera clara, sencilla y directa, sólo cuando su mente no está persiguiendo ninguna forma de seguridad y, por lo tanto, está libre de temor.

Así que en cierto modo el descontento sé impide el claro pensar. Cuando por medio del descontento uno persigue un resultado, o cuando busca ahogar el descontento porque su mente detesta ser perturbada y quiere a toda costa estar tranquila, en paz, entonces el claro pensar es imposible. Pero si estamos descontentos de todo ‑de nuestros prejuicios, de nuestras creencias, de nuestros temores‑ y no buscamos un resultado, entonces ese mismo descontento enfoca nuestro pensar, no sobre un objeto en particular ni en alguna dirección determinada, sino que todo nuestro proceso del pensar se vuelve muy sencillo, directo y claro.

Jóvenes o viejos, casi todos nosotros estamos descontentos porque deseamos algo ‑más conocimiento, un empleo mejor, un automóvil más bonito, un sueldo más alto... Nuestro descontento se basa en nuestro deseo por “más”. Es sólo porque deseamos algo más, que la mayoría de nosotros está descontenta. Pero yo no hablo de esa clase de descontento. Es el deseo por “más” el que impide el claro pensar. Mientras que si estamos descontentos, no porque deseemos algo sino sin saber qué deseamos, si estamos insatisfechos con nuestras ocupaciones, con el hacer dinero, con la búsqueda de posición y poder, con la tradición, con lo que tenemos y podríamos tener; si estamos insatisfechos no con nada en particular sino con todo, entonces creo que descubriremos que nuestro descontento trae claridad. Cuando no aceptamos ni seguimos, sino que cuestionamos, investigamos, profundizamos, existe un discernimiento del cual surgen la creatividad, el júbilo del vivir.

Interlocutor: ¿Qué es el conocimiento propio, y cómo podemos obtenerlo?

Krishnamurti: ¿Alcanzan ustedes a ver la mentalidad que hay detrás de esta pregunta? No estoy hablando desde una falta de respeto por el interlocutor, pero observemos la mentalidad que pregunta: “¿Cómo puedo obtener eso, por cuánto puedo comprarlo? ¿Qué debo hacer, qué sacrificio debo realizar, qué disciplina o meditación debo practicar para tener eso?” Es una mente mediocre, mecánica, la que dice: “¿Debo hacer esto a fin de obtener aquello?” Las personas que se titulan religiosas piensan en estos términos; pero el conocimiento propio no es para obtenerse de este modo. Uno no puede comprarlo mediante ningún esfuerzo ni práctica alguna. El conocimiento propio llega cuando ustedes se observan a sí mismos en la relación que tienen con sus compañeros de estudios y sus maestros, con toda la gente que los rodea; llega cuando observan el comportamiento de otra persona, sus gestos, la manera en que viste sus ropas, la manera en que habla, su desprecio o su adulación y la respuesta de ustedes a eso; llega cuando lo observan todo en sí mismos y alrededor de ustedes, y se ven como ven el propio rostro en el espejo. Cuando miran el espejo se ven a sí mismos tal como son, ¿verdad? Podrán desear que la cabeza tenga una forma distinta, con un poco más de cabello, y que el rostro sea un poco menos feo; pero el hecho está ahí, claramente reflejado en el espejo, y ustedes no pueden desecharlo y decir: “¡Qué hermoso soy!”

Ahora bien, si pueden mirar en el espejo de la relación exactamente como miran en el espejo común, entonces no hay límites para el conocimiento propio. Es como penetrar en un océano insondable y sin orillas. La mayoría de nosotros desea alcanzar un fin, queremos poder decir: “He alcanzado el conocimiento propio y soy feliz”; pero no ocurre de ese modo en absoluto. Si podemos mirarnos a nosotros mismos sin condenar lo que vemos, sin compararnos con otra persona, sin el deseo de ser más hermosos o más virtuosos; si podemos observar exactamente lo que somos y movernos con ello, entonces descubriremos que es posible ir infinitamente lejos. Entonces no hay un final para el viaje, y ése es el misterio, la belleza de ello.

Interlocutor: ¿Qué es el alma?

Krishnamurti: Nuestra cultura, nuestra civilización, ha inventado la palabra “alma” ‑siendo la civilización el deseo colectivo y la voluntad de mucha gente. Miren la civilización india. ¿Acaso no es el resultado de muchas personas con sus deseos, sus voluntades? Cualquier civilización es el resultado de lo que puede llamarse la voluntad colectiva; y la voluntad colectiva, en este caso, ha dicho que tiene que haber algo más que el cuerpo físico que muere, que se deteriora, algo mucho más grande, más vasto, algo indestructible, inmortal; por lo tanto, ha establecido esta idea del alma. De cuando en cuando pueden haber existido una o dos personas que han descubierto por sí misivas algo acerca de esta cosa extraordinaria llamada inmortalidad, un estado en el cual no existe la muerte; y después, todas las mentes mediocres han dicho: “Sí’ eso tiene que ser verdadero, él debe estar en lo cierto”; y debido a que anhelan la inmortalidad, se aferran a la palabra “alma”.

También ustedes desean saber si existe algo más que la mera existencia física, ¿no es así? Esta rutina incesante de ir a una oficina, de realizar algún trabajo en el que no tenemos un interés vital de reñir, de ser envidiosos, de engendrar hijos, de chismear con nuestro vecino, de emitir palabras inútiles... ustedes desean saber si hay algo más que todo esto. La misma palabra “alma” incluye la idea de un estado indestructible, eterno, ¿verdad? Pero ya lo ven, ustedes jamás descubren por sí mismos si tal estado existe o no. No dicen: “No estoy interesado en lo que Cristo, Shankara o algún otro puedan haber dicho, ni en los preceptos de la tradición, de la así llamada civilización; voy a descubrir por mi mismo si existe un estado más allá de la estructura del tiempo”. Ustedes no se rebelan contra lo que la civilización o la voluntad colectiva han formulado; por el contrario, lo aceptan y dicen: “Si, existe un alma”. A esa formulación ustedes la llaman de una manera, otros la llaman de una manera diferente, y después se separen unos de otros y se convierten en enemigos a causa de sus conflictivas creencias.

El hombre que realmente quiere descubrir si existe o no existe un estado más allá de la estructura del tiempo, tiene que estar libre de la civilización; o sea, tiene que estar libre de la voluntad colectiva y permanecer internamente solo. Y esta es una parte esencial de la educación: aprender a permanecer solos a fin de no caer presos ni en la voluntad de muchos ni en la voluntad de uno y, por tanto, ser capaces de descubrir por nosotros mismos lo que es verdadero.

No dependan de nadie. Yo o algún otro pueden asegurarles que existe un estado intemporal, pero ¿qué valor tiene eso para ustedes? Si tienen hambre, necesitan comer y no quieren que los alimenten con meras palabras. Lo importante para ustedes es que lo descubran todo por sí mismos. Pueden ver que todo cuanto los rodea se deteriora, se destruye. Esta llamada civilización ya no puede mantenerse unida por la voluntad colectiva; se está desmoronando. La vida nos reta de instante en instante, y si respondemos al reto meramente desde la rutina del hábito ‑que es responder en términos de aceptación- entonces nuestra respuesta carece de validez. Uno puede descubrir si hay o no hay un estado intemporal ‑un estado en el que no existe movimiento alguno del “más” ni del “menos”- sólo cuando dice: “No voy a aceptar, voy a investigar, a explorar” ‑lo cual significa que uno ya no tiene miedo de permanecer internamente solo.

6. LA TOTALIDAD DE LA VIDA

La mayoría de nosotros se aferra a una pequeña parte de la vida y piensa que, a través de esa parte, descubrirá lo total. Sin abandonar la habitación, esperamos explorar el río en toda su extensión y anchura, y percibir la riqueza de los pastos a lo largo de sus márgenes. Vivimos en una pequeña habitación, pintamos sobre un pequeño lienzo, y pensamos que hemos tomado la vida de la mano o que hemos comprendido el significado de la muerte; pero no es así. Para hacer eso tenemos que salir afuera. Y es extraordinariamente difícil salir afuera, dejar la habitación con su estrecha ventana y verlo todo tal como es, sin juzgar, sin condenar, sin decir: “Esto me gusta y aquello no me gusta”; porque, como decíamos, casi todos pensamos que a través de la parte comprenderemos la totalidad. A través de uno solo de sus rayos esperamos comprender la rueda; pero un rayo no hace la rueda, ¿verdad? Se requieren muchos rayos, así como un eje y un aro, para hacer esa cosa llamada rueda, y necesitamos ver la rueda completa a fin de entenderla. Del mismo modo, tenemos que percibir el proceso total del vivir si es que realmente queremos comprender la vida.

Espero que estén siguiendo todo esto, porque la educación debe ayudarles a comprender la totalidad de la vida y no prepararlos meramente para que consigan un empleo y sigan el camino habitual con el matrimonio, los hijos, el seguro, los pujas y los pequeños dioses. Pero la clase apropiada de educación requiere mucha inteligencia, discernimiento, y por eso es tan importante que el educador mismo se edifique para comprender el proceso total de la vida, y no para enseñarles meramente de acuerdo con una fórmula, vieja o nueva.

La vida es un misterio extraordinario ‑no el misterio que hay en los libros, no el misterio de que habla la gente, sino un misterio que uno ha de descubrir por sí mismo; y por eso es tan importante para ustedes comprender lo pequeño, lo limitado, lo trivial, e ir más allá de todo eso.

Si no empiezan a comprender la vida mientras son jóvenes, cuando crezcan serán muy feos internamente, serán torpes, vacuos por dentro, aunque exteriormente puedan tener dinero, viajar en costosos automóviles y darse muchos aires. Por eso es tan indispensable que abandonen la pequeña habitación en que se encuentran y perciban toda la extensión de los cielos. Pero no pueden hacerlo a menos que tengan amor ‑no amor corporal o amor divino, sino sencillamente amor, que implica amar los pájaros, los árboles, las flores, amar a sus maestros, a sus padres y, más allá de sus padres, amar a la humanidad.

¿No será una gran tragedia si no descubren por sí mismos qué es amar? Si no conocen el amor ahora, jamás lo conocerán, porque a medida que pasen los años, lo que llaman amor se convertirá en algo muy feo ‑una posesión, una especie de mercadería que se compra y se vende. Pero si desde ahora mismo comienzan a tener amor en el corazón, si aman el árbol que plantan, el animal abandonado que acarician, entonces, a medida que vayan creciendo, no se quedarán en su pequeña habitación con su pequeña ventana, sino que saldrán de ahí y amarán la totalidad de la vida.

El amor es factual, no es algo emocional, algo sobre lo cual haya que llorar; no es un sentimiento. No hay sentimentalismo alguno en relación con el amor. Y es una cuestión muy seria e importante que ustedes conozcan el amor mientras son jóvenes. Sus padres y maestros tal vez no conocen el amor, y es por eso que han creado un mundo terrible ‑sociedades que están perpetuamente en guerra consigo mismas y con otras sociedades. Sus religiones, sus filosofías e ideologías son todas falsas porque ellos carecen de amor. Perciben tan sólo una parte; miran por una ventana estrecha desde la cual la vista puede ser agradable y amplia, pero ésa no es la extensión total de la vida. Si no sienten este intenso amor, jamás podrán tener esta percepción de lo total; por lo tanto, serán siempre desdichados, y al final de sus vidas no tendrán sino cenizas, un montón de palabras vacías.

Interlocutor: ¿Por qué deseamos ser famosos?

Krishnamurti: ¿Por qué cree usted que desea ser famoso? Yo puedo explicarlo, pero cuando termine de hacerlo, ¿dejará usted de sentir el deseo de ser famoso? Usted desea ser famoso porque todos, en esta sociedad que lo rodea, quieren ser famosos. Sus padres, sus maestros, el gurú, el yogui ‑todos ellos desean ser famosos, muy conocidos; por consiguiente, usted también lo desea.

Consideremos juntos esto. ¿Por qué la gente desea ser famosa? En primer lugar, ser famoso resulta lucrativo; y le proporciona a uno mucho placer, ¿no es cierto? Si somos conocidos en todo el mundo, nos sentimos muy importantes, eso nos da una sensación de inmortalidad. Queremos ser famosos, queremos que se nos conozca y se hable de nosotros en el mundo, porque internamente no somos nadie; no hay riqueza en nosotros, no hay nada en absoluto; por eso queremos que se nos “conozca” en el mundo exterior. Pero, si somos ricos internamente, entonces no nos importa si se nos conoce o no se nos conoce.

Ser ricos internamente es mucho más arduo que ser exteriormente ricos y famosos; se requiere mucho más cuidado, una atención más intensa. Si uno tiene un poco de talento y sabe cómo explotarlo, se vuelve famoso; pero la riqueza interna no llega de ese modo. Para ser ricos en lo interno, la mente tiene que comprender y descartar las cosas que no son importantes, como ésa de querer ser famosos. La riqueza interior implica permanecer solos en lo psicológico; pero el hombre que desea ser famoso tiene miedo de estar solo, porque depende del halago de la gente y de la buena opinión de los demás.

Interlocutor: Cuando usted era joven escribió un libro en el que decía: “Estas no son mis palabras, son las palabras de mi Maestro”. ¿Cómo es que ahora insiste en que pensemos por nosotros mismos? ¿Y quién fue su Maestro?

Krishnamurti: Una de las cosas más difíciles en la vida es no estar amarrados a una idea; a ese estar amarrados se le llama ser “consecuentes”. Si uno tiene un ideal de no violencia, trata de ser consecuente con ese ideal. Ahora bien, el interlocutor está diciendo en realidad: “Usted nos dice que pensemos por nosotros mismos, lo cual es contrario a lo que decía cuando era un muchacho. ¿Por qué no es usted consecuente?” ¿Qué significa ser consecuente? Éste es realmente un punto muy importante. Ser consecuente es tener una mente que, de manera invariable, sigue un patrón de pensamiento ‑lo cual implica que uno no debe hacer cosas contradictorias, una cosa hoy y la opuesta mañana. Estamos tratando de descubrir qué es una mente consecuente. A una mente que dice: “He tomado un voto para ser tal cosa, y voy a ser eso por el resto de mi vida”, se le llama consecuente; pero en realidad es una mente muy estúpida, porque ha arribado a una conclusión y está viviendo conforme a esa conclusión. Es como un hombre que construye un muro alrededor de sí mismo y deja pasar la vida.

Este es un problema muy complejo; puede ser que lo esté simplificando demasiado, aunque no lo creo. Cuando la mente sólo es consecuente, se vuelve mecánica y pierde vitalidad, pierde el fervor, la belleza del movimiento libre. Está funcionando dentro de un patrón. Esa es una parte de la pregunta.

La otra es: ¿Quién es el Maestro? Usted no conoce las implicaciones de todo esto. Es mejor así. Vean, se ha dicho que cuando yo era un muchacho escribí cierto libro, y ese caballero ha citado una declaración de que un Maestro ayudó a escribirlo. Ahora bien, hay grupos de personas, como los teósofos, que creen en la existencia de Maestros que viven en los remotos Himalayas y que guían y ayudan al mundo; y ese caballero quiere saber quién es el Maestro. Escuchen cuidadosamente, porque esto les concierne también a ustedes.

¿Acaso importa mucho quién es un Maestro o un gurú? Lo que importa es la vida ‑no su gurú, no un Maestro, un líder o un instructor que interpreta la vida para usted. Es usted el que tiene que comprender la vida; es usted el que está sufriendo, el que vive en la desdicha; es usted el que quiere conocer el significado de la muerte, del nacimiento, de la meditación, del dolor, y nadie puede revelarle eso. Otros podrán explicárselo, pero esas explicaciones pueden ser enteramente falsas, erróneas por completo.

Es bueno, pues, ser escépticos, porque eso nos da la oportunidad de averiguar por nosotros mismos si necesitamos en absoluto un gurú. Lo importante es ser luz para uno mismo, ser uno su propio discípulo y maestro, ser tanto el que enseña como el que aprende. En tanto esté uno aprendiendo, no hay maestro. Es sólo cuando hemos dejado de explorar, de descubrir, de comprender el proceso total de la vida, que aparece el maestro ‑y un maestro así carece de validez. Porque entonces estamos muertos y, por lo tanto, nuestro maestro también está muerto.

Interlocutor: ¿Por qué es orgulloso el hombre?

Krishnamurti: ¿No te sientes orgulloso si escribes con una hermosa caligrafía, o cuando ganas un juego o apruebas algún examen? ¿Has escrito alguna vez un poema o has pintado un cuadro y luego se lo mostraste a un amigo? Si tu amigo te dice que es un bello poema o una pintura maravillosa, ¿no te complace eso? Cuando has hecho alguna cosa y te dicen que es excelente, experimentas un sentimiento de regocijo, y eso está muy bien, es bueno que sea así; pero, ¿qué ocurre la próxima vez que pintas un cuadro, o escribes un poema, o limpias una habituación? Esperas que venga alguien y te diga qué niño excelente eres; y, si no viene nadie, no te molestas más en pintar, o en escribir o en limpiar. De ese modo entras a depender del placer que otros te proporcionan con su aprobación. Es así de sencillo. Y entonces, ¿qué ocurre? Cuando ya eres mayor, quieres que aquello que hagas sea reconocido por mucha gente. Tal vez digas: “Haré esto por el bien de mi gurú, por el bien de mi país, por el bien del hombre, por el bien de Dios”, pero en realidad lo haces para ganar reconocimiento, y en eso tiene su origen el orgullo; y cuando haces cualquier cosa de ese modo, ésa no es una acción correcta. No sé si comprendes todo esto.

Para comprender algo como el orgullo, uno tiene que ser capaz de pensar correctamente de principio a fin; tiene que ver cómo comienza el orgullo y el desastre que ocasiona, tiene que ver la totalidad de ello, lo cual implica que uno ha de estar tan profundamente interesado, que su mente prosiga hasta el final y no se detenga a medio camino. Cuando te interesas realmente en un juego, lo juegas hasta el final, no te detienes súbitamente en medio del juego y te vas a tu casa. Pero tu mente no está habituada a esta clase de pensar, y forma parte de la educación ayudarte a inquirir en el proceso total de la vida, y no solamente enseñarte unas cuantas materias.

Interlocutor: Cuando somos niños se nos dice qué es lo bello y qué es lo feo, con el resultado de que durante toda la vida seguimos repitiendo: “Esto es bello, eso es feo”. ¿Cómo ha de saber uno realmente qué es la belleza y qué es la fealdad?

Krishnamurti: Supongamos que yo digo que la arcada de cierto edificio es hermosa, y algún otro dice que es fea. Bien, ¿qué es lo importante, pelear sobre nuestras opiniones en conflicto acerca de si algo es bello o feo, o ser sensibles tanto a la belleza como a la fealdad? En la vida hay suciedad, escualidez, degradación, dolor, lágrimas, y también hay alegría, risas, la belleza de una flor bajo la luz solar. Lo que importa, sin duda, es ser sensibles a todo, y no decidir meramente qué es bello y qué es feo y permanecer con esa opinión. Si yo digo: “Voy a cultivar la belleza y rechazaré toda la fealdad”, ¿qué ocurre? El cultivo de la belleza contribuye entonces a la insensibilidad. Es como un hombre que desarrolla su brazo derecho haciéndolo muy fuerte, y deja que el izquierdo se deteriore. Por lo tanto, tenemos que estar despiertos tanto a la fealdad como a la belleza. Uno debe ver la danza de las hojas, el agua que corre bajo el puente, la belleza de un anochecer, y también debe estar atento al mendigo en la calle; debe ver a la pobre mujer que se esfuerza con una pesada carga y ha de estar dispuesto a ayudarla, a darle una mano. Todo esto es necesario, y sólo cuando usted tiene esta sensibilidad a todas las cosas puede empezar a trabajar, a ayudar a otros, sin rechazar ni condenar.

Interlocutor: Perdóneme, pero usted no ha dicho quién fue su Maestro.

Krishnamurti: ¿Importa mucho eso? Queme el libro, tírelo. Cuando uno da importancia a algo tan trivial como quién es el Maestro, está convirtiendo toda la existencia en un asunto muy insignificante. Vea, siempre queremos saber quién es el Maestro, quién es la persona ilustrada, quién es el artista que ha pintado el cuadro. Jamás queremos descubrir por nosotros mismos el contenido de la pintura en sí, sin tener en cuenta la identidad del artista. Sólo cuando sabemos quién es el poeta, decimos que el poema es hermoso. Esto es esnobismo, es repetir meramente una opinión, lo cual destruye nuestra propia percepción interna de la cosa con su realidad. Si percibimos que una pintura es hermosa y nos sentimos muy reconfortados con ella, ¿puede realmente importarnos quién la pintó? Si nuestro único interés es el contenido, la verdad de la pintura, entonces ésta nos comunica su significación.

7. LA AMBICIÓN

Hemos estado discutiendo lo esencial que es tener amor, y vimos que uno no puede adquirirlo ni comprarlo; no obstante, sin amor todos nuestros planes de un orden social perfecto en el que no haya explotación ni regimentación, no tendrán sentido alguno, y pienso que es muy importante comprender esto mientras somos jóvenes.

Dondequiera que uno vaya por el mundo, no importa en qué lugar, ve que la sociedad se encuentra en un perpetuo estado de conflicto. Están siempre el poderoso, el rico, el próspero por un lado, y los obreros por el otro; y cada cual compitiendo envidiosamente, anhelando una posición más alta, un salario mayor, más poder, más prestigio. Ese es el estado del mundo, y así hay siempre una guerra en marcha, tanto interna como externamente.

Ahora bien, si ustedes y yo queremos dar origen a una revolución completa en el orden social, lo primero que tenemos que comprender es este instinto por la adquisición de poder. La mayoría de nosotros anhela el poder en una u otra forma. Vemos que mediante la riqueza y el poder, podemos viajar, relacionarnos con personas importantes y llegar a ser famosos; o bien soñamos con producir una sociedad perfecta. Pensamos que por medio del poder lograremos aquello que es bueno; pero la persecución misma del poder ‑poder para nosotros mismos, poder para nuestro país, poder para una ideología- es nociva, destructiva, porque crea inevitablemente fuerzas opuestas y entonces siempre hay conflicto.

¿No es bueno, entonces, que la educación los ayude para que, a medida que vayan creciendo, perciban la importancia de dar origen a un mundo en el cual no haya conflicto ni interno ni externo, un mundo en el que uno no esté en conflicto con su vecino ni con grupo alguno de personas, porque el impulso de la ambición, que es el deseo de posición y poder, ha cesado por completo? ¿Y es posible crear una sociedad así, en la que no haya conflicto ni interna ni externamente? La sociedad es la relación entre ustedes y yo; y si nuestra relación se basa en la a ambición ‑cada cual deseando ser más poderoso que el otro‑ entonces, obviamente, siempre estaremos en conflicto. ¿Puede, pues, eliminarse esta causa de conflicto? ¿Podemos todos nosotros educarnos para no ser competidores, para no compararnos con algún otro, para no desear esta posición o aquella, en una palabra, para no ser ambiciosos en absoluto?

Cuando fuera de la escuela están ustedes con sus padres, cuando leen los diarios o hablan con la gente, tienen que haber notado que casi todos quieren producir un cambio en el mundo. ¿Y no han advertido también que estas mismas personas están siempre en conflicto unas con otras sobre esto o aquello ‑sobre ideas, propiedad, raza, casta o religión? Sus padres, los vecinos, los ministros y los burócratas, ¿no son todos ambiciosos, no están luchando por una posición mejor y, en consecuencia, no están siempre en conflicto con alguien? Ciertamente, sólo cuando toda esta competencia sea erradicada, habrá una sociedad pacífica en la que todos nosotros podremos vivir con felicidad, creativamente.

Ahora bien, ¿cómo puede hacerse esto? ¿Pueden la regulación, la legislación o el adiestramiento de la mente para que no sea ambiciosa, eliminar la ambición? Exteriormente, puede uno disciplinarse para no ser ambicioso, socialmente puede dejar de competir con otros; pero internamente seguirá siendo ambicioso, ¿no es así? ¿Y es posible erradicar completamente esta ambición que está trayendo tanta desdicha a los seres humanos? Es probarle que no hayan reflexionado sobre esto antes, porque nadie les había hablado así; pero ahora que alguien les habla sobre ello, ¿no quieren averiguar si es posible vivir en este mundo plenamente, creativamente, de una manera rica, feliz, sin el impulso destructivo de la ambición, sin la competencia? ¿No quieren saber cómo se puede vivir sin que la vida de uno destruya a otra persona ni proyecte una sombra en su camino?

Vean, pensamos que éste es un sueño utópico que jamás podrá convertirse en realidad; pero yo no hablo de una utopía, ése sería un disparate. ¿Podemos ustedes y yo, que somos personas sencillas, corrientes, vivir creativamente en este mundo sin el impulso de la ambición ‑que se manifiesta de distintas maneras, tales como el deseo de poder, de posición? Descubrirán la respuesta correcta cuando amen lo que están haciendo. Si uno es un ingeniero solamente porque tiene que ganarse la subsistencia o porque eso es lo que esperan de uno los padres o la sociedad, entonces ésa es otra forma de compulsión; y la compulsión, en cualquiera de sus formas, crea contradicción, conflicto. Mientras que si uno ama realmente su profesión de ingeniero, o de científico, si puede plantar un árbol, o pintar un cuadro, o escribir un poema, no para obtener reconocimiento sino sólo porque uno ama eso que está haciendo, entonces descubrirá que jamás compite con otro. Pienso que ésta es la verdadera clave: amar lo que uno hace.

Pero cuando ustedes son jóvenes, a menudo les resulta difícil saber qué es lo que quieren hacer, qué es lo que aman, porque son muchas las cosas que desean hacer. Uno quiere ser un ingeniero, un maquinista, un piloto de avión que recorre zumbando los cielos azules; o tal vez desea ser un orador famoso o un político. O quizá quiera ser un artista, un químico, un poeta o un carpintero. O trabajar con la cabeza, o hacer algo con las manos. ¿Es cualquiera de estas cosas algo que uno realmente ama, o el interés que siente por ellas es una mera reacción a las presiones sociales? ¿Cómo descubrirlo? ¿Y no es el verdadero propósito de la educación ayudarlos a descubrirlo, de modo que cuando crezcan puedan dedicar por completo la mente, el corazón y el cuerpo a eso que realmente les gusta hacer, a eso que aman?

Descubrir eso requiere mucha inteligencia; porque si ustedes tienen miedo de no poder ganarse el sustento, o de no encajar en esta corrupta sociedad, entonces nunca lo descubrirán. Pero si no tienen miedo, si se niegan a que sus padres, sus maestros y las exigencias superficiales de la sociedad los empujen dentro de la rutina de la tradición, entonces hay una posibilidad de que descubran lo que realmente quieren hacer en la vida. Para descubrirlo, pues la subsistencia no ha de inspirarles temor alguno.

Pero casi todos nosotros tenemos miedo de no poder subsistir; decimos: “¿Qué me sucederá si no hago lo que dicen mis padres, si no encajo en esta sociedad?” Estando atemorizados, hacemos lo que nos dicen, y en eso no hay amor, sólo hay contradicción. Y esta contradicción interna es uno de los factores que dan origen a la destructiva ambición.

Por lo tanto, es un objetivo básico de la educación ayudarlos a que descubran lo que verdaderamente quieren hacer en la vida, a fin de que puedan entregar a ello la totalidad de la mente y del corazón, porque eso crea la dignidad humana, la cual barre con la mediocridad, con la mezquina mentalidad burguesa. Por eso es muy importante que tengan los maestros apropiados, la atmósfera apropiada, para que puedan desarrollarse con el amor que se expresa a sí misma en lo que están haciendo. Sin este: amor, sus exámenes, sus conocimientos, sus capacidades, la posición o las posesiones que tengan, son sólo cenizas, no tienen sentido alguno; sin este amor sus acciones van a traer más guerras, más odio, más daño y destrucción. Todo esto quizá no signifique nada para ustedes, porque exteriormente son aún muy jóvenes, pero espero que signifique algo para sus maestros ‑y también para ustedes en alguna parte muy profunda del ser.

Interlocutor: ¿Por qué siente usted timidez?

Krishnamurti: ¿Sabe?, es una cosa extraordinaria en la vida ser anónimo ‑no ser famoso ni grande, no ser muy ilustrado, no ser un tremendo reformador o revolucionario, ser sencillamente nadie. Y cuando uno realmente lo siente así, el estar rodeado de pronto por un montón de gente curiosa crea una sensación de retraimiento. Eso es todo.

Interlocutor: ¿Cómo podemos realizar la verdad en nuestra vida de cada día?

Krishnamurti: Pensamos que la verdad es una cosa y que nuestra vida cotidiana es otra cosa diferente. Y en nuestra vida de cada día queremos realizar lo que llamamos la verdad. Pero, ¿está la verdad separada de la vida cotidiana? Cuando ustedes crezcan tendrán que ganarse la subsistencia, ¿no es así? Después de todo, a fin de prepararse para eso es que aprueban sus exámenes. Pero a mucha gente no le preocupa en qué campo de actividades penetra mientras gane ahí algún dinero. Con tal de obtener un empleo, no les importa que ello implique ser un militar, un policía, un abogado, o alguna clase de deshonesto hombre de negocios.

Ahora bien, descubrir la verdad de lo que constituye un correcto medio de subsistencia, es importante, ¿no es cierto? Porque la verdad se encuentra en la vida de ustedes, no fuera de ella. La manera en que hablan, lo que dicen, cómo sonríen, si son mentirosos o aduladores, todo eso es la verdad en la vida cotidiana de cada uno de ustedes. Por lo tanto, antes de que se conviertan en militares, policías, abogados o astutos hombres de negocios, ¿no deben percibir la verdad de estas profesiones? Ciertamente, a menos que vean la verdad de lo que hacen, y estén guiados por esa verdad, la vida se les convertirá en una confusión espantosa.

Consideremos la cuestión de si uno debe convertirse en un militar, pues las otras profesiones son un poco unas complejas. Aparte de la propaganda y de lo que dice otra gente, ¿cuál es la verdad que concierne a la profesión de militar? Si un hombre se convierte en militar, eso significa que tiene que luchar para proteger su país, tiene que disciplinar su mente no para pensar sino para obedecer. Debe estar listo para matar o ser matado ‑¿por qué? Por una idea que ciertas personas, grandes o insignificantes, han aseverado que es correcta. De modo que uno se convierte en militar para sacrificarse e instar a otros. ¿Es ésa una profesión apropiada? No se lo pregunten a algún otro, descubran por sí mismos la verdad que hay en esto. Se les habla de matar por el bien de una maravillosa utopía en el futuro ‑¡como si el hombre que dice eso lo supiera todo acerca del futuro! ¿Piensan ustedes que la profesión de matar es una profesión correcta, tanto si es por el país de uno como por alguna religión organizada? ¿Es alguna vez correcto matar?

Por consiguiente, si quieren descubrir la verdad en ese vital proceso que es la propia vida de ustedes. Tendrán que inquirir profundamente en todas estas cosas; tendrán que poner en ello la mente y el corazón. Tendrán que pulsar con independencia, con claridad y sin prejuicios, porque la verdad no se encuentra lejos de la vida; está en el movimiento mismo de nuestro diario vivir.

Interlocutor: ¿Acaso las imágenes, los Maestros y los santos, no nos ayudan a meditar correctamente?

Krishnamurti: ¿Sabe usted qué es la meditación correcta? ¿No quiere descubrir por sí mismo la verdad de esto? ¿Y podrá descubrir esa verdad si acepta lo que la autoridad afirma acerca de lo que es la correcta meditación?

Éste es un problema inmenso. Para descubrir el arte de la meditación, uno debe conocer toda la extensión y profundidad de este proceso extraordinario llamado el pensar. Si aceptamos alguna autoridad que dice: “Mediten en estos términos”, somos meramente seguidores, ciegos sirvientes de un sistema o una idea. Nuestra aceptación de la autoridad se basa en la esperanza de obtener un resultado y eso no es meditación.

Interlocutor: ¿Cuáles son los deberes de un estudiante?

Krishnamurti: ¿Qué significa la palabra “deber”? ¿Deber hacia qué? ¿Deber hacia su país conforme a lo que sostiene un político? ¿Deber hacia su padre o su madre de acuerdo con los deseos de ellos? Ellos le dirán que su deber es hacer las cosas que le dicen que haga; y eso que le dicen está condicionado por el trasfondo de ellos, por la tradición etc. ¿Y qué es un estudiante? ¿Es un muchacho ‑o una muchacha- que va a la escuela y lee unos cuantos libros a fin de aprobar algunos exámenes? ¿O sólo es estudiante el que está aprendiendo todo el tiempo y para quien, por consiguiente, el aprender no termina jamás? Por cierto, la persona que solamente lee por encima un tema, aprueba un examen y después abandona eso, no es un estudiante. El verdadero estudiante está estudiando, aprendiendo; explorando, no sólo hasta que cumple veinte o veinticinco años, sino a lo largo de toda su vida.

Ser estudiante es aprender todo el tiempo; y mientras uno está aprendiendo, no existe el maestro, ¿verdad? En el momento en que usted es estudiante, no hay nadie en particular que le esté enseñando, porque usted está aprendiendo de todas las cosas. La hoja arrastrada por el viento, el murmullo de las aguas en las orillas de un río, el vuelo de un pájaro en lo alto de los cielos, el hombre pobre que pasa a nuestro lado con una pesada carga, las personas que piensan que lo saben todo acerca de la vida... Usted está aprendiendo de todo ello y, por lo tanto, no existe el maestro y usted no es un seguidor.

De modo que el único deber de un estudiante es aprender. Hubo una vez en España un pintor famoso cuyo nombre era Goya. Fue uno de los más grandes, y cuando ya era un hombre muy viejo escribió bajo una de sus pinturas: ‘todavía estoy aprendiendo”. Ustedes pueden aprender de los libros, pero eso no los lleva muy lejos. Un libro sólo puede darles lo que el autor tiene que decir. Pero el aprender que llega mediante el conocimiento propio no tiene límites, porque aprender a través del conocimiento de uno mismo es saber cómo escuchar, cómo observar y, por lo tanto, uno aprende de todas las cosas: de la música, de lo que dice la gente y de la manera en que lo dice, aprende de la ira, de la codicia, de la ambición.

Esta tierra es nuestra, no pertenece a los comunistas, a los socialistas o a los capitalistas; es de ustedes y mía, para que vivamos en ella dichosamente, plenamente, sin conflictos. Pero esa riqueza de vida, esa felicidad, ese sentir que “esta tierra es nuestra”, no puede generarse por el esfuerzo ni por medio de la ley. Tiene que llegar desde adentro, porque amamos la tierra y todas las cosas que hay en ella; y ése es el estado de aprender.

Interlocutor: ¿Cuál es la diferencia entre respeto y amor?

Krishnamurti: Uno puede buscar las palabras “respeto y “amor” en un diccionario y encontrar la respuesta. ¿Es eso lo que usted quiere saber? ¿Quiere conocer él significado superficial de esas palabras, o le interesa la significación que hay detrás de ellas?

Cuando llega un hombre prominente ‑un ministro o un gobernador- ¿ha notado usted la forma en que todos lo saludan? A eso llaman ustedes respeto, ¿no es así? Pero tal respeto es falso, porque tras él hay temor, codicia. Quieren obtener algo del pobre diablo, y por eso ponen una guirnalda alrededor de su cuello. Eso no es respeto, es meramente la moneda con la que compran y venden en el mercado. No sienten respeto por el sirviente que tienen o por el aldeano, sino solamente por aquellos de quienes esperan obtener algo. Esa clase de respeto es, en realidad, temor; no es respeto en absoluto, no tiene ningún sentido. Pero si usted realmente tuviera amor en su corazón, entonces para usted el gobernador, el maestro, su sirviente y el aldeano serían todos lo mismo; entonces sentiría respeto por todos ellos, porque el amor no pide nada a cambio.

8. EL PENSAR ORDENADO

Entre tantas cosas en la vida, ¿han considerado ustedes alguna vez la razón de que casi todos seamos más bien descuidados ‑descuidados en nuestro vestir, en nuestros modales, en nuestros pensamientos, en nuestra manera de hacer las cosas? ¿Por qué somos tan poco puntuales y, por tanto, desconsiderados con otros? ¿Y qué es lo que trae orden en todo ello, orden en nuestro vestir, en nuestros pensamientos, en nuestro hablar, en nuestra manera de caminar, en el modo como tratamos a aquellos que son menos afortunados que nosotros? ¿Qué es lo que origina este curioso orden que llega sin compulsión, sin plan alguno, sin premeditación? ¿Alguna vez han pensado en ello? ¿Saben qué es lo que entiendo por orden? Es sentarse tranquilamente, sin apremio alguno, comer con elegancia y sin prisa, actuar pausadamente y, no obstante, con precisión, ser claro en el pensar y, aun así, efusivo. ¿Qué es lo que genera este orden en la vida? Es un punto realmente muy importante, y pienso que, si a uno pudieran educarlo para descubrir el factor que genera orden, ello tendría una gran significación.

Ciertamente, el orden adviene sólo a través de la virtud; porque a menos que seamos virtuosos, no solamente en las cosas pequeñas sino en todas las cosas, nuestra vida se vuelve caótica, ¿no es así? Ser virtuosos tiene poco significado en sí mismo; pero debido a que somos virtuosos, hay precisión en lo que pensamos, hay orden en todo nuestro ser ‑y ésa es la función de la virtud.

Pero, ¿qué ocurre cuando un hombre trata de volverse virtuoso, cuando se disciplina para ser amable, eficiente, reflexivo, considerado, cuando procura no lastimar a los demás, cuando gasta sus energías en tratar de establecer orden, en esforzarse por ser bueno? Sus esfuerzos sólo conducen a la respetabilidad, la cual genera mediocridad en la mente; por lo tanto, ese hombre no es virtuoso.

¿Han mirado alguna vez muy de cerca una flor? ¡Qué asombrosamente precisa es, con todos sus pétalos...! No obstante, es extraordinariamente delicada, con su belleza, su perfume. Ahora bien, cuando un hombre trata de ser ordenado, su vida puede ser muy precisa, pero ha perdido esa cualidad de delicadeza que adviene sólo cuando, como en la flor, no hay esfuerzo alguno. Nuestra dificultad, pues, consiste en ser precisos, claros y efusivos sin ningún esfuerzo.

Vean, el esfuerzo para ser ordenados o metódicos, tiene una influencia muy limitadora. Si yo trato deliberadamente de ser ordenado en mi habitación, si tengo sumo cuidado de ponerlo todo en su lugar, si siempre estoy vigilándome a mí mismo ‑dónde pongo los pies, etc.- entonces, ¿qué sucede? Me convierto en un pesado intolerable para mí mismo y para los demás. Es una persona muy aburrida aquella que siempre está tratando de ser “alguien” o “algo”, cuyos pensamientos están muy cuidadosamente arreglados, que escoge un pensamiento con preferencia a otro. Una persona así puede ser muy pulcra, muy clara, puede usar las palabras con precisión y ser muy atenta y considerada, pero ha perdido la alegría creativa del vivir.

¿Cuál es, entonces, el problema? ¿Cómo puede uno tener esta alegría creativa del vivir, ser efusivo en sus sentimientos, amplio en el pensar y, no obstante, ser preciso, claro, ordenado en el vivir? Pienso que la mayoría de nosotros no es así, porque jamás sentimos nada intensamente, jamas entregamos por completo a algo nuestras; mentes y nuestros corazones. Recuerdo haber estado observando a dos ardillas rojas que, con sus espesas y largas colas y su hermoso pelaje, estuvieron persiguiéndose mutuamente hacia arriba y abajo de un alto árbol durante casi diez minutos y sin detenerse ni un instante ‑tan sólo por la alegría de vivir. Pero ustedes y yo no podemos conocer esa alegría si no sentimos las cosas profundamente, si no hay pasión en nuestras vidas ‑pasión, no para hacer el bien o para producir alguna reforma, sino pasión en el sentido de percibir las cosas con mucha fuerza; y esa pasión vital sólo podemos tenerla cuando hay una revolución completa en nuestro pensar, en la totalidad de nuestro ser.

¿Han advertido qué pocos de nosotros tenemos un sentimiento profundo con respecto a cualquier cosa, sea lo que fuere? ¿Alguna vez se rebelan ustedes contra sus maestros, contra sus padres, no sólo porque algo no les gusta sino porque sienten profunda, ardientemente, que no quieren hacer ciertas cosas? Si sienten de ese modo con respecto a algo, descubrirán que este sentir mismo trae, curiosamente, un orden nuevo en sus vidas.

El orden, la limpieza y claridad en el pensar, no son muy importantes en sí mismos, pero se vuelven importantes para un hombre que es sensible, que siente de manera profunda, que se halla en un estado de perpetua revolución interna. Si ustedes sienten con intensidad el sino del pobre, del mendigo que recibe en su rostro el polvo que le arroja el automóvil del rico que pasa a su lado, si son extraordinariamente receptivos, sensibles a todo, entonces esa misma sensibilidad trae consigo el orden, la virtud; y creo que esto es muy importante que lo comprendan, tanto el educador como el estudiante.

En este país, desafortunadamente, igual que en todo el mundo, las cosas nos interesan muy poco, no tenemos un sentimiento profundo por nada. Casi todos somos intelectuales ‑intelectuales en el sentido superficial de ser muy ingeniosos, de estar llenos de palabras y teorías acerca de lo que es bueno y lo que es malo, acerca de lo que debemos pensar y de lo que debemos hacer. Mentalmente estamos muy desarrollados, pero internamente hay muy poca sustancia o significación; y es esta sustancia interna la que da origen a la acción verdadera, que no es la acción conforme a una idea.

Por eso es que deben ustedes tener sentimientos muy intensos ‑sentimientos de pasión, de ira- y observarlos, jugar con ellos, porque si meramente los reprimen, si dicen: “No debo enojarme, no debo ser apasionado porque eso está mal”, encontrarán que poco a poco la mente se encierra en una idea y, debido a eso, se vuelve muy superficial. Podremos ser inmensamente hábiles, podremos tener conocimientos enciclopédicos, pero si no existe la vitalidad de un sentir intenso y profundo, nuestra comprensión es como una flor que carece de perfume.

Es muy importante que comprendan todas estas cosas mientras son jóvenes, porque entonces, cuando crezcan, serán verdaderos revolucionarios ‑revolucionarios no conforme a una ideología, teoría o libro, sino revolucionarios en el sentido total de la palabra, seres humanos integrados por completo, de modo que no quede en ustedes ni un solo punto contaminado por lo viejo. Entonces tendrán una mente fresca, inocente y, por tanto, capaz de una creatividad extraordinaria. Pero si confunden el significado de todo esto, la vida se les volverá muy monótona y rutinaria, porque serán arrollados por la sociedad, por la familia, por la esposa o el marido, por las teorías, por las organizaciones religiosas o políticas. Por eso es tan perentorio para ustedes que se los eduque apropiadamente ‑lo cual implica que han de tener maestros que puedan ayudarlos a abrirse paso por la costra de la así llamada civilización, a fin de que sean, no máquinas repetidoras, sino individuos en cuyo interior haya realmente un canto y que, por tanto, sean seres humanos felices, creativos.

Interlocutor: ¿Qué es la ira y por qué se enoja uno?

Krishnamurti: Si yo te piso los dedos de los pies, o te pellizco, o te quito alguna cosa, ¿no te enojarás? ¿Y por qué no deberías enojarte? ¿Porque piensas que el enojo es malo? ¿Porque alguien te lo ha dicho? Es importante, entonces, averiguar por qué se enoja uno, ver la verdad de la ira, y no decir meramente que es malo enojarse.

Y bien, ¿por qué te enojas? Porque no quieres que te lastimen ‑ésa es la normal exigencia humana para poder sobrevivir. Sientes que no debes ser usado, triturado, destruido o explotado por un individuo, por un gobierno o por la sociedad. Cuando alguien te abofetea, te sientes ofendido, humillado, y ese sentimiento no te gusta. Si la persona que te ofende es grande y poderosa como para que no puedas devolverle el golpe, tú a tu vez lastimas a algún otro, te desquitarás con tu hermano, tu hermana, tu sirviente ‑si es que tienes uno. Y así, el juego de la ira prosigue.

En primer lugar, evitar que a uno lo lastimen es una respuesta natural. ¿Por qué debería alguno aprovecharse de nosotros? Por lo tanto, a fin de que no nos lastimen, nos protegemos, comenzamos a desarrollar defensas, una barrera. Internamente construimos un muro alrededor de nosotros al no estar abiertos, receptivos; por consiguiente, somos incapaces de explorar, de sentir con generosidad. Decimos que la ira es muy mala y la condenamos, como condenamos varios otros sentimientos; y así, gradualmente, nos volvemos áridos, vacíos, carecemos en absoluto de sentimientos intensos. ¿Comprendes?

Interlocutor: ¿Por qué amamos tanto a nuestras madres?

Krishnamurti: ¿Amas a tu madre si odias a tu padre? Escucha cuidadosamente. Cuando amas mucho a alguien, ¿excluyes a otros de ese amor? Si amas realmente a tu madre, ¿no amas también a tu padre, a tu tía, a tu vecino, a tu sirviente? ¿No tienes primero el sentimiento de amor y después amas a alguien en particular? Cuando dices: “Amo mucho a mi madre”, ¿no eres considerado con ella? ¿Puedes acaso ocasionarle un montón de preocupaciones sin sentido? Y si eres considerado con tu madre, ¿no lo eres también con tu hermano, con tu hermana, con tu vecino? De lo contrario, no amas verdaderamente a tu madre; ésa es sólo una palabra, una conveniencia.

Interlocutor: Yo estoy lleno de odio. ¿Podría usted enseñarme a amar?

Krishnamurti: Nadie puede enseñarle cómo amar. Si a la gente pudiera enseñársele cómo amar, el problema del mundo sería muy sencillo, ¿no es así? Si pudiéramos aprender en un libro cómo amar, tal como aprendemos matemática, éste sería un mundo maravilloso; no habría odio ni explotación ni guerras ni división de ricos y pobres, y todos podríamos ser verdaderamente amigos unos de otros. Pero el amor no se obtiene tan fácilmente. Es fácil odiar, y el odio reúne a la gente detrás de algo en común; crea toda clase de fantasías, produce diferentes tipos de cooperación, como ocurre en la guerra. Pero el amor es mucho más difícil. Usted no puede aprender el modo de amar, pero lo que puede hacer es observar el odio y desecharlo suavemente. No luche contra el odio, no diga que es horrible odiar a las personas; sólo observe por qué odia y deje que el odio se desprenda de usted; ignórelo, no es importante. Lo importante es no dejar que el odio eche raíces en nuestra mente. ¿Comprende? Nuestra mente es como la tierra rica, y si a cada problema que llega le damos el tiempo suficiente, este problema echa raíces como la mala hierba, y después tenemos la dificultad de arrancarla. Pero si no le damos al problema el tiempo suficiente para que arraigue, entonces no tendrá lugar para crecer y se marchitará. Si alentamos el odio, si le damos tiempo para que eche raíces y crezca y madure, se convierte en un problema enorme. Pero si cada vez que el odio surge usted lo deja pasar, descubrirá que la mente se vuelve muy sensible sin ser sentimental; por lo tanto, conocerá el amor.

La mente puede perseguir sensaciones, deseos, pero no puede perseguir el amor. El amor tiene que llegar a la mente. Y una vez que el amor está ahí, no existe en él la división de amor sensorio y amor divino: es amor. Eso es lo extraordinario que hay con respecto al amor: es la única cualidad que trae completa comprensión de la totalidad de la existencia.

Interlocutor: ¿Qué es la felicidad en la vida?

Krishnamurti: Si uno desea hacer algo agradable, piensa que será feliz cuando lo haga. Uno puede desear casarse con la joven más hermosa, o (si es mujer) con el hombre más rico, o desea aprobar algún examen, o ser elogiado por alguien, y piensa que si logra aquello que desea, será feliz. Pero, ¿es eso la felicidad? ¿No se desvanece pronto como la flor que se abre en la mañana y se marchita al anochecer? Sin embargo, ésa es nuestra vida, y eso es lo que todos queremos. Nos sentimos satisfechos con esas superficialidades: con tener un automóvil o una posición segura, con sentir una pequeña emoción respecto de algo trivial, como el niño que se siente feliz remontando una cometa en medio de un viento fuerte, y pocos minutos después está llorando. Ésa es nuestra vida, y nos satisfacemos con ella. Jamás decimos: “Entregaré mi corazón, mi energía, todo mi ser para descubrir qué es la felicidad”. No somos muy serios, no sentimos la vida con gran intensidad, y por eso nos complacen las cosas pequeñas.

Pero la felicidad no es algo que uno pueda buscar; no es un resultado, una consecuencia. Si perseguimos la felicidad por sí misma, eso no tendrá sentido alguno. La felicidad llega sin ser invitada; y en el momento en que uno se torna consciente de que es feliz, ya ha dejado de serlo. No sé si han advertido esto. Cuando uno se siente de pronto gozoso por nada en particular, existe la libertad de sonreír, de ser feliz; pero, en el instante en que uno se vuelve consciente de ello, lo ha perdido, ¿verdad? Tener conciencia de que se es feliz, o perseguir la felicidad, implica el final mismo de la felicidad. La felicidad existe solamente cuando hemos desechado al yo con sus exigencias.

A ustedes les enseñan muchísima matemática, pasan sus días estudiando historia, geografía, ciencia, física, biología, etc., ¿pero dedican ustedes y sus maestros siquiera algo de tiempo para reflexionar acerca de estas cuestiones que son mucho más serias? ¿Se sientan alguna vez tranquilos, con la espalda muy recta, sin hacer movimiento alguno, y conocen así la belleza del silencio? ¿Dejan alguna vez que la mente divague, no sobre cosas insignificantes, sino de una manera expansiva, amplia, profunda, para así poder explorar, descubrir?

¿Y saben ustedes qué está sucediendo en el mundo? Lo que sucede en el mundo es una proyección de lo que ocurre dentro de cada uno de nosotros; el mundo es lo que somos. Casi todos estamos confundidos, somos codiciosos, posesivos, celosos, y condenamos a la gente; y eso es, exactamente, lo que ocurre en el mundo, sólo que de una manera más dramática, más despiadada. Pero ni ustedes ni sus maestros dedican tiempo alguno para pensar acerca de todo esto; y es solamente cuando uno emplea algún tiempo cada día reflexionando seriamente sobre estas cuestiones, que existe una posibilidad de producir una revolución total y crear un mundo nuevo. Y yo les aseguro que un mundo nuevo tiene que crearse, un mundo que no sea una continuación, en forma diferente, de la misiva sociedad corrupta. Pero no podemos crear un mundo nuevo si nuestra mente no está alerta, si no es observadora, intensamente perceptiva; y por eso es tan importante que, mientras son jóvenes, empleen algún tiempo en reflexionar sobre estas cuestiones tan serias, y no pasen meramente sus días en el estudio de unas cuantas materias, lo cual no conduce a ninguna parte, salvo a un empleo y a la muerte. De modo que consideren seriamente todas estas cosas, porque en virtud de esa consideración adviene un sentimiento extraordinario de júbilo, de felicidad.

Interlocutor: ¿Qué es la verdadera vida?

Krishnamurti: ¿Qué es la verdadera vida? Esta pregunta la ha formulado un niño pequeño. Jugar, alimentarse bien, correr, saltar, empujar ‑ésa es la verdadera vida para él. Ya ven, dividimos la vida en la verdadera y la falsa. La verdadera vida es hacer algo que amamos con todo nuestro ser, de modo tal que no haya contradicción interna, ni una guerra entre lo que estamos haciendo y lo que pensamos que deberíamos hacer. La vida es entonces un proceso completamente integrado en el cual hay una alegría inmensa. Pero eso puede ocurrir únicamente cuando no dependemos en lo psicológico de ninguna persona, de ninguna sociedad, cuando existe un completo desapego interno, porque sólo entonces hay una posibilidad de amar realmente lo que hacemos. Si uno se encuentra en un estado de revolución total, no tiene importancia si es jardinero o si llega a Primer Ministro o si hace alguna otra cosa; uno amará lo que haga, y gracias a ese amor adviene un sentido extraordinario de creatividad.

9. UNA MENTE ABIERTA

¿Saben?, es muy interesante descubrir qué es el aprender. De un libro o de un maestro aprendemos matemáticas, geografía, historia; aprendemos dónde se encuentran Londres, Moscú o Nueva York; aprendemos cómo funciona una maquina, o cómo los pájaros construyen sus nidos y cuidan a sus crías, etcétera. Aprendemos mediante la observación y el estudio. Ése es un modo de aprender.

Pero, ¿no existe también otra forma de aprender ‑el aprender que llega a través de la experiencia? Cuando vemos una embarcación en el río, con sus velas que se reflejan en las tranquilas aguas, ¿no es ésa una experiencia extraordinaria? ¿Qué ocurre entonces? La mente acumula una experiencia de ese tipo, exactamente igual que como acumula los conocimientos, y al atardecer siguiente salimos para observar la embarcación, con la esperanza de tener la misma clase de sentimiento ‑una experiencia de júbilo, la sensación de una paz que muy raramente adviene en nuestras vidas. De ese modo, la mente acumula con suma asiduidad las experiencias; y este acumular la experiencia como memoria, es lo que nos hace pensar, ¿verdad? Lo que llamamos el pensar es la respuesta de la memoria. Al observar ese bote en el río y al experimentar una sensación de júbilo, atesoramos la experiencia como memoria y luego deseamos repetirla; así es como se pone en marcha el proceso del pensar, ¿correcto?

Vean, muy pocos de nosotros sabemos realmente cómo pensar. Casi todos repetimos meramente lo que henos leído en un libro, o lo que alguien nos ha dicho; o bien nuestro pensar es el resultado de nuestra propia y muy limitada experiencia. Aun si viajamos por todo el mundo y tenemos innumerables experiencias ‑conociendo personas muy diferentes y escuchando lo que tienen que decir, observando sus costumbres, sus religiones, sus comportamientos‑ lo que retenemos es el recuerdo de todo eso, del cual emana lo que llamamos el pensar. Comparamos, juzgamos, escogemos, y mediante ese proceso esperamos encontrar alguna razonable actitud hacia la vida. Pero esa clase de pensar es muy limitada, está restringida a un área muy pequeña. Tenemos una experiencia como la de ver el bote en el río, o un cadáver que llevan a los desfiladeros para su cremación, o a una aldeana agobiada por una pesada carga ‑todas estas impresiones están ahí, pero somos tan insensibles que no penetran hasta hundirse y madurar dentro de nosotros; sólo a través de la sensibilidad a todo cuanto nos rodea, tiene comienzo una diferente clase de pensar no limitada por nuestro condicionamiento.

Si nos aferramos firmemente a un grupo u otro de creencias, todo lo miramos a través de ese prejuicio o esa tradición en particular ‑no tenemos ningún contacto con la realidad. ¿Han reparado alguna vez en la mujer de la aldea que lleva una pesada carga a la ciudad? Cuando de veras reparan en ella, ¿qué les ocurre, qué sienten? ¿O es que han visto pasar a estas mujeres tan a menudo, que no sienten nada en absoluto porque se han habituado a ello y, por eso, apenas si las advierten? Y aun cuando observan algo por primera vez, ¿qué ocurre? Lo que ven lo traducen automáticamente con arreglo a sus prejuicios, ¿no es así? Experimentan eso conforme a su condicionamiento como comunistas, socialistas, capitalistas, o algún otro “ista”. Mientras que si no son ninguna de estas cosas y, por lo tanto, no miran a través de la pantalla de alguna idea o prejuicio, sino que hay un contacto directo, advertirán qué relación extraordinaria existe entre ustedes y aquello que observan. Si no tienen ningún prejuicio, ninguna predilección, si están abiertos, entonces todo lo que los rodea se vuelve extraordinariamente interesante, tremendamente vital.

Por eso es muy importante que se den cuenta de todas estas cosas mientras son jóvenes. Que estén atentos al bote en el río, que observen el tren que pasa, que vean al labriego que lleva una pesada carga, que observen la insolencia del rico, el orgullo de los ministros, de las personas importantes, de aquellos que creen que saben muchísimo ‑sólo obsérvenlos, no los critiquen. En el momento en que critican, no están en relación, ya tienen una barrera entre ustedes y ellos; pero si solamente observan, entonces tendrán una relación directa con la gente y con las cosas.

Si pueden observar atentamente, profundamente, pero sin juzgar ni sacar conclusiones, descubrirán que el pensar de ustedes se vuelve asombrosamente agudo. Entonces están aprendiendo todo el tiempo.

En todas partes alrededor de nosotros hay nacimiento y muerte, está la lucha por el dinero, por la posición, por el poder, el incesante proceso de lo que llamamos vida. Y, ¿no se preguntan a veces, cuando aún son muy jóvenes, qué es todo eso? Vean, casi todos queremos una respuesta, queremos que se nos diga qué es todo eso; de manera que acudimos a un libro político o religioso, o le pedimos a alguien que nos lo diga. Pero nadie puede decírmelo, porque la vida no es algo que podamos entender por medio de un libro, ni su significación puede captarse siguiendo a otro o mediante alguna- forma de plegaria. Ustedes y yo tenemos que comprenderla por nosotros mismos ‑y eso podemos hacerlo solamente cuando estamos completamente despiertos, muy alertas, vigilando, observando, interesándonos en todo lo que nos rodea; y entonces descubriremos qué es ser realmente feliz.

Las personas son, en su mayoría, desdichadas; y lo son porque no hay amor en sus corazones. El amor surge en nuestro corazón cuando no hay una barrera entre uno mismo y otro, cuando nos enfrentamos a las personas y las observamos sin juzgarlas, cuando vemos el velero en el río y disfrutamos de su belleza. No dejen que sus prejuicios les empañen la observación de las cosas tal como son; sólo observen, y descubrirán que, gracias a esta simple observación, a esta percepción de los árboles, de los pájaros, de la gente que trabaja, que camina, que sonríe, algo sucede dentro de ustedes. Si esta cosa extraordinaria no nos ocurre, si no surge el amor en nuestros corazones, la vida tiene muy poco sentido; y por eso es tan importante que el educador se eduque a fin de que pueda ayudarlos a comprender la significación de todas estas cosas.

Interlocutor: ¿Por qué queremos vivir en el lujo?

Krishnamurti: ¿Qué entiende usted por lujo? Tener ropas limpias, mantener limpio el cuerpo, alimentarse bien, ¿llama lujo a eso? Puede parecerle un lujo al hombre que se está muriendo de hambre, que viste harapos y no puede bañarse todos los días. Así que el lujo varía de acuerdo con los deseos de uno; es una cuestión de grados.

Ahora bien, ¿sabe bien qué pasa con usted si es aficionado al lujo, si está apegado al confort y siempre quiere sentarse en un sofá o en una silla demasiado mullida? Su mente se adormece. Es bueno tener un poco de comodidad corporal; pero enfatizar el confort, darle una gran importancia, es tener una mente soñolienta. ¿No ha notado lo felices que son casi todas las personas gordas? Nada parece perturbarlas a través de sus muchas capas de grasa. Esa es una condición física, pero también la mente acumula capas de grasa; no desea ser cuestionada ni molestada de cualquier otra manera, y una mente así, poco a poco se echa a dormir. La que ahora llamamos educación, generalmente adormece al estudiante, porque si éste formula preguntas realmente agudas, penetrantes, el maestro se inquieta mucho y dice: “Sigamos con nuestra lección”.

Por lo tanto, cuando la mente se apega a cualquier forma de confort, cuando se aficiona a un hábito, o a un sitio particular que llama “mi casa”, comienza a adormecerse; y comprender este hecho es más importante que preguntar si vivimos lujosamente o no. La mente que es muy activa, alerta, observadora, nunca se aficiona al confort; el lujo nada significa para ella. Pero el poseer solamente muy pocas ropas, no quiere decir que uno tiene una mente alerta. El sannyasi que exteriormente vive de una manera muy sencilla, puede ser muy complejo en lo interno, cultivando la virtud, deseando alcanzar la verdad, llegar a Dios. Lo importante es ser muy sencillos, muy austeros internamente, lo cual implica tener una mente no obstruida por creencias, por temores, por innumerables deseos, porque sólo una mente así es capaz de un verdadero pensar, sólo ella puede explorar y descubrir.

Interlocutor: ¿Puede haber paz en nuestra vida mientras tengamos que luchar con nuestro ambiente?

Krishnamurti: ¿No deben ustedes luchar con su ambiente? ¿No deben abrirse paso por él? Aquello en que creen sus padres, el trasfondo social, las tradiciones, la clase de alimentos que comen, las cosas que los rodean tales como la religión, el sacerdote, el hombre rico, el pobre, todo eso es el ambiente en que viven. ¿Acaso no deben abrirse paso por ese ambiente cuestionándolo, rebelándose contra él? Si uno no se rebela, si meramente acepta su ambiente, hay una cierta clase de paz, pero ésa es la paz de la muerte; mientras que si luchamos para abrirnos paso por el ambiente y encontrar por nosotros mismos aquello que es verdadero, entonces descubriremos una clase diferente de paz que no es mero estancamiento. Es esencial que luche usted con su ambiente. Tiene que hacerlo. Por lo tanto, lo importante no es la paz. Lo que importa es que comprenda su ambiente y se abra paso por él; y desde ahí llega la paz. Pero si busca la paz mediante la mera aceptación de su ambiente, se dormirá usted, y entonces es como si se muriera. Por eso es que, desde la más tierna edad, tiene que haber en ustedes un sentido de rebelión. De lo contrario, sólo se deteriorarán, ¿no es así?

Interlocutor: ¿Es usted feliz o no?

Krishnamurti: No lo sé. Jamás he pensado al respecto. En el momento en que uno piensa que es feliz, deja de ser feliz, ¿no es cierto? Cuando ustedes juegan y gritan con alegría, ¿qué sucede en el instante en que se vuelven conscientes de que están alegres? Dejan de estarlo. ¿No lo han notado? Por lo tanto, la felicidad es algo que no se encuentra en el campo de la conciencia egocéntrica.

Cuando uno trata de ser bueno, ¿es bueno? ¿Puede practicarse la bondad? ¿O la bondad es algo que llega naturalmente porque uno ve, observa, comprende? Del mismo modo, cuando uno tiene conciencia de que es feliz, la felicidad se va por la ventana. Es absurdo buscar la felicidad, porque hay felicidad solamente cuando uno no la busca.

¿Saben qué significa la palabra “humildad”? ¿Puede uno cultivar la humildad? Si uno se repite cada mañana: “Voy a ser humilde”, ¿es eso humildad? ¿O la humildad surge por sí misma cuando ya no alimentamos el orgullo, la vanidad? De la misma manera, cuando las cosas que impiden la felicidad han desaparecido, cuando han llegado a su fin la ansiedad, la frustración, la búsqueda de la propia seguridad, entonces la felicidad está ahí, uno no tiene que buscarla.

¿Por qué están tan silenciosos casi todos ustedes? ¿Por qué no discuten conmigo? ¿Saben?, es importante que expresen sus pensamientos y sentimientos por mal que lo hagan, porque eso tendrá para ustedes un gran significado, y les diré por que. Si comienzan a expresar sus pensamientos y sentimientos ahora, aunque sea de una manera vacilante, cuando crezcan no serán asfixiados por el ambiente, por sus padres, por la sociedad, por la tradición. Pero, desafortunadamente, sus maestros no los alientan para que cuestionen, no les preguntan qué piensan ustedes.

Interlocutor: ¿Por qué lloramos y qué es el dolor?

Krishnamurti: Un niño pequeño quiere saber por qué lloramos y qué es el dolor. ¿Cuándo lloras tú? Lloras cuando alguien te quita tu juguete, o cuando te sientes ofendido, o cuando no ganas en el juego, o cuando tu maestro o tus padres te reprenden, o cuando alguno te golpea. A medida que vas creciendo lloras menos y menos, porque te endureces contra la vida. Muy pocos de nosotros lloramos cuando somos mayores, porque hemos perdido la extraordinaria sensibilidad de la infancia. Pero el dolor no es meramente la pérdida de algo, no es sólo el sentirnos reprimidos, frustrados; el dolor es algo mucho más profundo. Mira, existe una cosa como la falta de comprensión. Si falta la comprensión, hay un gran dolor. Es una desdicha cuando la mente no puede penetrar más allá de sus propias barreras.

Interlocutor: ¿Cómo podemos llegar a integrarnos sin conflicto?

Krishnamurti: ¿Por qué objeta usted el conflicto? Todos ustedes parecen pensar que el conflicto es una cosa terrible. Ahora usted y yo estamos en conflicto, ¿no es así? Yo trato de decirle algo y usted no comprende; hay entonces una sensación de conflicto, de fricción. ¿Y qué hay de malo con la fricción, con el conflicto, con la inquietud? ¿Es que no han de inquietarse ustedes? La integración no llega cuando uno la busca evitando el conflicto. Es sólo a través del conflicto y de la comprensión del mismo, que hay integraron.

La integración es una de las cosas más difíciles de lograr, porque implica la completa unificación de nuestro ser en todo lo que hacemos, decimos y pensamos. Y eso no es posible si no se comprende la relación ‑la relación que uno tiene con la sociedad, con el pobre, con el aldeano, el mendigo, el millonario y el gobernador. Para comprender la relación tienen ustedes que bregar con ella, tienen que cuestionar y no meramente aceptar los valores establecidos por la tradición, por sus padres, por el sacerdote, por la religión y el sistema económico de la sociedad que los rodea. Por eso es esencial que se rebelen, de lo contrario jamás estarán integrados.

10. LA BELLEZA INTERIOR

Estoy seguro de que todos hemos experimentado, una que otra vez, una gran sensación de tranquilidad y belleza que llega a nosotros desde los campos verdes, desde el sol poniente, desde las serenas aguas o los picos coronados de nieve. Pero, ¿qué es la belleza? ¿Es meramente lo que apreciamos, o la belleza es algo aparte de la percepción? Si uno tiene buen gusto en el vestir, si usa colores que armonizan, si tiene modales dignos, si habla serenamente y se mantiene erguido, todo eso contribuye a la belleza, ¿no es así? Pero ésa es meramente la expresión externa de un estado interior, como un poema que escribimos o un cuadro que pintamos. Uno puede mirar el campo verde que se refleja en el río, y no experimentar sensación alguna de belleza, pasar simplemente de largo. Si, como ocurre con el pescador, vemos todos los días como las golondrinas vuelan sobre la superficie del agua, eso probablemente significará muy poco para nosotros; pero si estamos atentos a la extraordinaria belleza de algo como eso, ¿qué es lo que pasa dentro de nosotros y nos hace decir: “¡Qué bello es!”? ¿Qué es lo que hace surgir este sentido interno de la belleza? Está la belleza de la forma externa: ropas de buen gusto, hermosas pinturas, muebles atractivos, o ausencia total de muebles, paredes bien proporcionadas, ventanas perfectas en su diseño, etc. No estoy hablando solamente de eso, sino de aquello que hace surgir esta belleza interior.

Ciertamente, para poseer esta belleza interior, tiene que haber una total entrega del ser; hay que sentir que no se está apegado a nada, que no hay represión ni defensa ni resistencia alguna; pero si esto no viene acompañado por la austeridad, la entrega de uno mismo se vuelve caótica. Y, ¿sabemos nosotros qué significa ser austeros, contentarnos con poco y no pensar en términos de “más”? Tiene que existir esta entrega total acompañada de una profunda austeridad interna ‑la austeridad que es extraordinariamente sencilla porque la mente no está adquiriendo o ganando nada-; no piensa en términos de “más”. Es la sencillez nacida de la entrega de nosotros mismos con austeridad, la que da origen a la belleza creativa. Pero si no hay amor, no podemos ser sencillos, no podemos ser austeros. Podremos hablar de sencillez y austeridad, pero sin amor éstas son una mera forma de compulsión y, por lo tanto, no existe la entrega de nosotros mismos. Sólo tiene amor aquel que se entrega y se olvida por completo de sí mismo y, por eso, da origen al estado de belleza creativa.

La belleza, obviamente, incluye la armonía de la forma; pero sin la belleza interior, la mera apreciación sensoria de la belleza formal, conduce a la degradación, a la desintegración. Hay belleza interior sólo cuando sentimos verdadero amor por la gente y por todas las cosas de la tierra; y con ese amor adviene un sentido extraordinario de consideración, de atención, de paciencia. Podremos tener una técnica perfecta, como la que tienen un cantante o un poeta, podremos saber cómo pintar o cómo reunir palabras, pero sin esta creativa belleza interior nuestro talento tendrá muy poca significación.

Desafortunadamente, casi todos nos estamos convirtiendo en meros técnicos. Aprobamos exámenes, adquirimos esta u otra técnica a fin de ganarnos la subsistencia; pero adquirir cierta técnica o desarrollar una capacidad sin prestar atención al estado interno, origina fealdad y caos en el mundo. Si despertamos interiormente la belleza creativa, ésta se expresa a sí misma en lo externo, y entonces hay orden. Pero eso es mucho más difícil que adquirir una técnica, porque implica la completa abnegación de nosotros mismos, implica vivir sin temor alguno, sin represión, sin resistencia, sin defensas; y podemos entregarnos así sólo cuando hay austeridad, un sentido de gran sencillez interna. Externamente podremos ser muy sencillos, no tener más que unas pocas ropas y conformarnos con una comida al día; pero eso no es austeridad. Hay austeridad cuando la mente es capaz de una experiencia infinita ‑cuando tiene experiencias y, no obstante, permanece siendo muy sencilla. Pero ese estado puede surgir sólo cuando la mente ya no está pensando en términos de “más”, en términos de poseer o de llegar a ser alguna cosa a través del tiempo.

Aquello de que estoy hablando puede ser difícil de comprender para ustedes, pero es realmente muy importante. Vean, los técnicos no son creadores; y hay cada vez más técnicos en el mundo, personas que saben lo que tienen que hacer y cómo hacerlo, pero que no son creadoras. En los Estados Unidos hay máquinas calculadoras capaces de resolver, en pocos minutos, problemas matemáticos que a un hombre le tomarla cien años resolverlos trabajando a razón de diez horas por día. Ya se están desarrollando estas máquinas extraordinarias. Pero las máquinas jamás pueden ser creadoras ‑y los seres humanos se están volviendo más y más como máquinas. Aun cuando se rebelan, su rebelión está dentro de los límites de la máquina y, por consiguiente, no es rebelión en absoluto.

Es, pues, muy importante descubrir qué implica ser creativo. Podemos ser creativos sólo cuando hay una completa entrega de nosotros mismos ‑o sea, cuando realmente no hay sentido alguno de compulsión, ni temor de no ser, de no lograr, de no llegar. Entonces existe una gran austeridad, una gran sencillez y, con ello, hay amor. Todo eso es la belleza, el estado de creatividad.

Interlocutor: ¿Sobrevive el alma después de la muerte?

Krishnamurti: Si usted realmente quiere saberlo, ¿como lo va a averiguar? ¿Leyendo lo que han dicho al respecto Shankara, Buda o Cristo? ¿Escuchando a su propio líder o santo particular? Pueden estar todos equivocados. ¿Está usted preparado para admitir esto ‑lo cual implica que su mente está en posición de inquirir?

Por cierto, primero tiene que descubrir si es que existe un alma, y después si sobrevive o no. ¿Qué es el alma? ¿Sabe usted lo que es? ¿O meramente le han dicho que hay un alma ‑se lo han dicho sus padres, el sacerdote, un libro determinado, su ambiente cultural- y usted ha aceptado eso?

La palabra “alma” implica algo que está más allá de la simple existencia física, ¿no es así? Está su cuerpo físico, y también su carácter, sus tendencias, sus virtudes; y usted dice que, trascendiendo todo esto, está el alma. Si tal estado existe en absoluto, tiene que ser espiritual, algo que posee la calidad de lo intemporal; y usted pregunta si ese algo espiritual sobrevive a la muerte. Esa es una parte de la pregunta.

La otra parte es: ¿Qué es la muerte? ¿Sabe usted qué es la muerte? Desea saber si hay supervivencia después de la muerte; vea, esa pregunta no es importante. La pregunta que importa es: ¿Puede uno conocer la muerte mientras está viviendo? ¿Qué sentido tiene si alguien le dice que hay o que no hay supervivencia después de la muerte? Usted seguirá sin saberlo. Pero uno puede descubrir por sí mismo qué es la muerte, no después de morirse, sino mientras está vivo, sano, vigoroso, mientras está pensando, sintiendo.

Esto también forma parte de la educación. Educarse no es solamente llegar a ser un experto en matemáticas, historia o geografía; es también la capacidad de comprender esta cosa extraordinaria llamada muerte ‑no cuando uno se está muriendo físicamente, sino mientras está vivo, mientras ríe, mientras trepa a un árbol, mientras navega en un velero o mientras está nadando. La muerte es lo desconocido, y lo que importa es saber acerca de lo desconocido mientras uno está viviendo.

Interlocutor: ¿Por qué, cuando nos enfermamos, nuestros padres se atormentan y atormentan por nosotros?

Krishnamurti: A casi todos los padres les concierne, al menos hasta cierto punto, atender a sus hijos, cuidarlos, pero cuando se atormentan y atormentan, ello indica que están más preocupados por sí mismos que por sus hijos. Ellos no quieren que éstos mueran, porque dicen: “Si muere nuestro hijo (o hija), ¿qué va a ser de nosotros?” Si los padres amaran a sus hijos, ¿saben lo que ocurriría? Si sus padres los amaran realmente, se ocuparían de que ustedes no tuvieran motivo alguno para estar atemorizados, de que fueran seres humanos saludables y dichosos, de que no hubiera guerras ni pobreza en el mundo, de que la sociedad no los destruyera ni a ustedes ni a ninguno de los seres que los rodean, ya sean los aldeanos, o los habitantes de las ciudades, o los animales. Es porque los padres no aman verdaderamente a sus hijos que hay guerras, que existen el rico y el pobre. Han investido con sus propios egos a sus hijos, y a través de sus hijos esperan continuar, y si sus hijos se enferman seriamente, ellos se atormentan; por lo tanto, se preocupan por su propio dolor. Pero no admitirán eso.

Vean, la propiedad, la tierra, el nombre, la riqueza y la familia, son los medios de nuestra propia continuidad, a la que también llamamos “inmortalidad”; y cuando algo les ocurre a sus hijos, los padres se aterran, se sumergen en un gran dolor, porque están preocupados principalmente por ellos mismos. Si de verdad se preocuparan por sus hijos, la sociedad se transformaría de la noche a la mañana; tendríamos una clase diferente de educación, hogares diferentes, un mundo sin guerras.

Interlocutor: Los templos, ¿no deberían estar abiertos para todo el mundo, a fin de que todos pudieran orar en ellos?

Krishnamurti: ¿Qué es el templo? Es un lugar de adoración en el que existe un símbolo de Dios, siendo el símbolo una imagen concebida por la mente y tallada en piedra por la mano. Esa piedra, esa imagen no es Dios ¿verdad? Es solamente un símbolo, y el símbolo es como nuestra sombra cuando caminamos al sol. La sombra no somos nosotros; y estas imágenes, estos símbolos en el templo, no son Dios, no son la verdad. ¿Qué importa, entonces, quién entra o quién no entra en el templo? ¿Por qué agitarse tanto al respecto? La verdad puede hallarse debajo de una hoja muerta, o en una piedra al borde del campo, o en las aguas que reflejan la belleza de un atardecer; puede hallarse en las nubes, en la sonrisa de una mujer que lleva una carga. La realidad existe en todo este mundo, no necesariamente en el templo; y, por lo general, no se encuentra en el templo, porque el templo es creado por el temor del hombre, se basa en su deseo de seguridad, en sus divisiones de credo y de casta. Este mundo es nuestro, somos seres humanos que vivimos juntos, y si un hombre está buscando a Dios, evita los templos, porque éstos dividen a la gente. La iglesia cristiana, la mezquita mahometana, los propios templos hindúes de ustedes, todos dividen a la gente, y un hombre que está buscando a Dios no tendrá que ver con ninguna de estas cosas. Por lo tanto, la cuestión de si esta u otra persona debería o no debería entrar en el templo, se vuelve un asunto meramente político; carece de realidad.

Interlocutor: ¿Qué papel juega la disciplina en nuestras vidas?

Krishnamurti: Desafortunadamente, juega un gran papel, ¿no es así? Una gran parte de la vida de ustedes se halla disciplinada: haz esto y no hagas eso. Se les dice cuándo tienen que levantarse, qué han de comer y qué no han de comer, lo que deben saber y no saber; se les dice que deben leer, asistir a las clases, aprobar los exámenes, etc. Sus padres, sus maestros, la sociedad, la tradición, sus libros sagrados, todos les dicen qué cosas deben hacer; de modo que la vida de ustedes está atada, entorpecida por la disciplina, ¿no es así? Son prisioneros de los hazlo y los no lo hagas, que constituyen los barrotes de la jaula en que se encuentran.

Ahora bien, ¿qué le ocurre a una mente que está amarrada por la disciplina? Ciertamente, es sólo cuando le tememos a algo, cuando oponemos resistencia a algo, que tiene que haber disciplina; entonces tenemos que controlarnos, que refrenarnos a nosotros mismos. O uno hace esto por su propia voluntad, o la sociedad lo hace por uno ‑siendo la sociedad nuestros padres, nuestros maestros, nuestra tradición, nuestros libros sagrados. Pero si uno comienza a inquirir, a descubrir, si aprende y comprende sin temor, ¿es entonces necesaria la disciplina? Entonces esa comprensión misma genera su propio y verdadero orden, que no nace de imposición ni compulsión alguna.

Reflexionen seriamente sobre esto; porque cuando se disciplinan por medio del temor, cuando son agobiados por la compulsión de la sociedad, dominados por lo que dicen sus padres y sus maestros, no existe para ustedes la libertad ni la alegría, y toda iniciativa ha muerto. Cuanto más antigua es la cultura, más grande es el peso de la tradición que los disciplina, que les dice lo que deben y no deben hacer; y así quedan abrumados, aplastados psicológicamente, como si una apisonadora hubiera pasado por encima de ustedes. Eso es lo que ha sucedido en la India. El peso de la tradición es tan enorme que ha destruido toda la iniciativa, y ustedes han dejado de ser individuos; son meramente partes de una maquinaria social, y están contentos con eso, ¿entienden? No se rebelan, no estallan, no rompen con ello. Sus padres no desean que se rebelen, sus maestros no desean que rompan con la maquinaria; por consiguiente, la educación aspira a hacer que ustedes se amolden al patrón establecido. Entonces no son seres humanos completos, porque el miedo les roe el corazón; y mientras hay miedo, no hay alegría, no hay creatividad.

Interlocutor: Hace un momento, cuando usted hablaba del templo, se refirió al símbolo de Dios como meramente una sombra. No podemos ver la sombra de un hombre sin el hombre real que la proyecta.

Krishnamurti: ¿Está usted satisfecho con la sombra? Si tiene hambre, ¿se contentará meramente con mirar la comida? ¿Por qué, entonces, satisfacerse con la sombra en el templo? Si quiere comprender profundamente lo real, hará caso omiso de la sombra. Pero ya lo ve, ustedes están hipnotizados por la sombra, por el símbolo, por la imagen de piedra. Mire lo que pasa en el mundo: las gentes están divididas porque adoran una sombra particular en la mezquita, en el templo, en la iglesia. Puede haber multiplicidad de sombras, pero sólo existe una realidad, la cual no puede dividirse. Y no hay sendero alguno que conduzca hacia la realidad ‑ni cristiano ni musulmán ni hindú ni ningún otro sendero.

Interlocutor: Los exámenes pueden ser innecesarios para el joven rico o la joven cuyo futuro está asegurado; pero, ¿no son necesarios, acaso, para los estudiantes pobres que deben prepararse a fin de ganarse la vida? ¿Y es esa necesidad menos apremiante, en especial si consideramos la sociedad tal como es?

Krishnamurti: Usted da por sentada la sociedad tal como es. ¿Por qué? Usted, que no pertenece a la clase pobre, que está bastante acomodado, ¿por qué no se rebela ‑no como comunista o socialista, sino contra todo el sistema social? Usted tiene los medios para hacerlo; entonces, ¿por qué no usa su inteligencia para descubrir lo verdadero y crear una sociedad nueva? El hombre pobre no se va a rebelar de ese modo, porque le falta la energía o el tiempo para pensar; está totalmente ocupado, necesita comida, trabajo. Pero usted, que dispone de ocio, que tiene un poco de tiempo libre para usar su inteligencia, ¿por qué no se rebela? ¿Por qué no descubre usted qué es una sociedad justa, una sociedad verdadera, y construye una nueva civilización? Si ello no comienza con usted, es obvio que no comenzará con el pobre.

Interlocutor: ¿Estarán dispuestos alguna vez los ricos a entregar, por el bien de los pobres, mucho de lo que poseen?

Krishnamurti: No estamos hablando de lo que los ricos deberían entregar por el bien de los pobres. Cualquier cosa que entregaran, no sería suficiente para satisfacer a los pobres ‑pero ése no es el problema. Usted, que está bien acomodado, y que por eso tiene la oportunidad de cultivar la inteligencia, ¿no puede rebelarse a fin de crear una sociedad nueva? Eso depende de usted, no de algún otro; depende de cada uno de nosotros, no del rico o del pobre, ni de los comunistas. Vea, casi ninguno de nosotros tiene este espíritu de rebelión, este impulso de abrirse paso, de descubrir; y este espíritu es lo esencial.

11. CONFORMIDAD Y REBELIÓN

¿Nos hemos sentado alguna vez muy quietamente con los ojos cerrados, observando el movimiento de nuestro propio pensar? ¿Hemos observado cómo trabaja nuestra mente? O más bien, ¿se ha observado nuestra mente a sí misma mientras opera, sólo para ver lo que son nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, para ver como miramos los arboles, las flores, los pájaros, cómo miramos a la gente, cómo respondemos a una sugestión o cómo reaccionamos a una idea nueva? ¿Hemos hecho esto alguna vez? ¿Lo han hecho ustedes? Si no lo han hecho, se están perdiendo muchísimo. Saber cómo trabaja la mente de uno es un propósito básico de la educación. Si no sabemos cómo reacciona nuestra mente, si nuestra mente no se da cuenta de sus propias actividades, jamás descubrirá qué es la sociedad. Podremos leer libros sobre sociología, estudiar ciencias sociales, pero si no sabemos cómo trabaja nuestra propia mente, no podremos comprender qué es la sociedad, porque nuestra mente forma parte de la sociedad; es la sociedad. Nuestras reacciones, nuestras creencias, nuestro acudir al templo, las ropas que vestimos, las cosas que hacemos y no hacemos, lo que pensamos, la sociedad está constituida por todo esto, es la réplica de lo que ocurre en nuestra propia mente. Por lo tanto, nuestra mente no se encuentra aparte de la sociedad, no es distinta de nuestra cultura, de nuestra religión, de las múltiples divisiones de clase, de las ambiciones y conflictos de las masas. Todo esto es la sociedad, y nosotros formamos parte de ella. No hay un “nosotros” o un “ustedes” separado de la sociedad.

Ahora bien, la sociedad está tratando siempre de controlar, de formar, de moldear el pensar de los jóvenes. Desde el momento en que nacen y comienzan a recibir impresiones, el padre y la madre de ustedes les están diciendo constantemente lo que deben y no deben hacer, lo que deben y no deben creer; les dicen que hay un Dios, o que no hay un Dios sino un Estado y que cierto dictador es el profeta del mismo. Desde la infancia vierten estas cosas dentro de ustedes, lo cual implica que sus mentes ‑que son muy jóvenes, impresionables, inquisitivas, que tienen curiosidad de conocer, deseo de descubrir- se vean gradualmente encajonadas, condicionadas, moldeadas para que ustedes se ajusten a una sociedad particular y no sean revolucionarios. Puesto que el pensar conforme a un patrón ya ha sido establecido en ustedes, cuando alguna vez se “repelan” lo hacen dentro del patrón. Como los prisioneros que se rebelan para tener mejor comida, mayores comodidades ‑pero siempre dentro de la prisión. Cuando buscan a Dios, o tratan de averiguar qué gobierno es el apropiado, lo hacen siempre dentro del patrón de la sociedad, que dice: “Esto es verdadero y aquello es falso, esto es bueno y aquello es malo, éste es el líder justo y éstos son los santos”. Por consiguiente, la rebelión de ustedes ‑como la así llamada “revolución” que llevan a cabo personas ambiciosas o muy hábiles- está siempre limitada por el pasado. Eso no es rebelión, eso no es revolución; es meramente una actividad más intensa, una lucha más valerosa dentro del patrón. La verdadera rebelión, la verdadera revolución, consiste en romper con el patrón e investigar fuera de él.

Vean, todos los reformadores ‑no importa quiénes sean- se interesan tan sólo en mejorar las condiciones dentro de la prisión. Jamás nos dicen que no nos amoldemos, jamás dicen: “Ábranse paso por los muros de la tradición y la autoridad, quítense de encima el condicionamiento que sujeta a la mente”. Y ésa es la verdadera educación; no solamente exigirles que aprueben sus exámenes para los cuales se han llenado la cabeza, o que formulen por escrito lo que han aprendido de memoria; la educación es para ayudarles a que vean los muros de esta prisión en que se halla recluida la mente. La sociedad influye sobre todos nosotros, moldea constantemente nuestro pensar, y esta presión que la sociedad ejerce desde lo externo, gradualmente se traduce como lo interno mientras no nos abrimos paso por este condicionamiento. Ustedes tienen que saber lo que piensan, y si están pensando como hindúes, o musulmanes, o cristianos; o sea, si piensan en los términos de la religión a que puedan pertenecer. Deben estar conscientes de lo que creen o no creen. Todo esto es el patrón de la sociedad y, a menos que se den cuenta del patrón y rompan con él, siguen siendo prisioneros aunque puedan pensar que son libres.

Pero ya ven, casi todos nosotros nos interesamos en rebelarnos dentro de la prisión; queremos comer mejor, queremos un poco más de luz, una ventana más grande para poder ver un poco más de cielo. Nos preocupa si el paria debe o no debe entrar en el templo; queremos terminar con esta casta particular, y en el acto mismo de terminar con una, creamos otra, una casta “superior”; por lo que seguimos siendo prisioneros, y dentro de la prisión no hay libertad. La libertad se encuentra fuera de los muros, fuera del patrón de la sociedad; pero a fin de librarnos de ese patrón, tenemos que comprender todo lo que contiene, lo cual implica comprender nuestra propia mente. Esa es la mente que ha dado origen a la actual civilización, a esta cultura o sociedad atada a la tradición. Y, sin comprender nuestra propia mente, tiene muy poco sentido rebelarse como comunista, socialista, esto o aquello. Por eso es muy importante el conocimiento propio, el darnos cuenta de todas nuestras actividades, de nuestros pensamientos y sentimientos ‑y esto es educación, ¿verdad? Porque cuando somos plenamente conscientes de nosotros mismos, nuestra mente se vuelve muy sensible, muy alerta.

Intenten esto ‑no algún día en el lejano futuro, sino mañana o esta tarde. Si en la habitación hay demasiadas personas, o si la casa en que viven está atestada, entonces salgan afuera solos, siéntense bajo un árbol o a la orilla del río, y observen con tranquilidad cómo trabaja la propia mente. No la corrijan, no digan: “Esto está bien, aquello está mal”; sólo obsérvenla, como lo harían con una película. Cuando van al cine no toman parte en la película; los que la interpretan son los actores y las actrices, pero ustedes sólo la están observando. Del mismo modo, observen cómo está trabajando la propia mente. Es en verdad muy interesante, mucho más interesante que cualquier película, porque nuestra mente es el residuo de todo el mundo y contiene todo lo que han experimentado los seres humanos. ¿Comprenden? Nuestra mente es la humanidad, y cuando perciban esto, tendrán una compasión inmensa. Cuando esto se comprende, a causa de esta comprensión adviene un gran amor; y entonces, con ese amor, sabrán qué es la belleza.

Interlocutor: ¿Cómo aprendió usted todo aquello de que habla, y cómo podemos nosotros llegar a conocer eso?

Krishnamurti: Es una buena pregunta, ¿no?

Bien, si se me permite hablar un poco acerca de mí mismo, yo no he leído ninguna clase de libros que traten de estas cosas, ni los Upanishads ni el Bhagavad Gita ni libros psicológicos; pero, tal como les dije, si uno observa su propia mente, ahí está todo. Así, una vez que emprendemos el viaje del conocimiento propio, los libros no son importantes. Es como penetrar en una tierra extraña donde comenzamos a encontrar cosas nuevas y a hacer descubrimientos asombrosos; pero vea, todo eso se destruye si nos damos importancia a nosotros mismos. En el momento en que decimos: “He descubierto, sé, soy importante porque he dado con esto y con aquello”, estamos perdidos. Si usted ha de emprender un largo viaje, es muy poco lo que tiene que llevar consigo; si desea escalar hasta una gran altura, ha de viajar con poco equipaje.

Por lo tanto, esta cuestión es realmente importante, porque el descubrimiento y la compresión llegan a través del conocimiento propio, llegan observando los comportamientos de la mente. Observando lo que opinamos de nuestro prójimo, el modo en que hablamos, en que caminamos, en que miramos el cielo, los pájaros, en que tratamos a la gente, en que cortamos una rama ‑todas estas cosas son importantes, porque actúan como espejos en que vemos lo que somos; y, si estamos alertas, todo lo que descubrimos de instante en instante es nuevo.

Interlocutor: ¿Debemos o no debemos formarnos una idea acerca de alguien?

Krishnamurti: ¿Debe uno tener ideas acerca de la gente? ¿Debe formarse una opinión, emitir un juicio con respecto a alguien? Cuando tenemos ideas acerca de nuestro maestro, ¿qué es lo importante para nosotros? No el maestro, sino nuestras ideas sobre él. Y eso es lo que sucede en la vida, ¿no es así? Todos tenemos opiniones sobre la gente; decimos: “él es bueno”, “él es vanidoso”, “él es supersticioso”, “él hace esto o aquello”. Existe una pantalla de ideas entre nosotros y la otra persona ‑por lo tanto, jamás conocemos realmente a esa persona. Habiendo visto a alguien hacer alguna cosa, decimos: “Él ha hecho esto”; así, se vuelve importante fechar acontecimientos, ¿comprende? Si alguno hace algo que consideramos bueno o malo, tenemos entonces una opinión de él, la cual tiende a fijarse y, cuando nos encontramos con esa persona diez días o un año después, seguimos pensando acerca de ella en los términos de nuestra opinión. Pero durante este período, esa persona puede haber cambiado. Por lo tanto, es muy importante no decir: “Él es así’, sino decir: “Él era así en febrero”, porque a fines de año él puede ser por completo diferente. Si decimos de alguien: “Yo conozco a esa persona”, podemos estar completamente equivocados, porque la conocemos sólo hasta cierto punto, o por los sucesos que tuvieron lugar en una fecha determinada, y más allá de eso no la conocemos en absoluto. En consecuencia, lo que importa es acercarnos siempre a otro ser humano con la mente fresca y no con nuestros prejuicios, con nuestras ideas fijas, con nuestras opiniones.

Interlocutor: ¿Qué es el sentir y de qué modo sentimos?

Krishnamurti: Si ustedes estudian psicología, el maestro les habrá explicado probablemente cómo está formado todo el sistema nervioso humano. Cuando alguien nos pincha sentimos dolor. ¿Qué significa eso? Nuestros nervios llevan una sensación al cerebro, el cerebro la traduce como dolor, y entonces decimos: “Me has hecho daño”. Bien, ésta es la parte física del sentir.

De la misma manera, existe el sentimiento psicológico, ¿no es así? Si uno piensa que es maravillosamente hermoso, y alguien dice: “Qué persona fea es usted”, uno se siente lastimado. ¿Eso qué quiere decir? Escuchamos ciertas palabras que nuestro cerebro traduce como desagradables o insultantes, y nos sentimos perturbados; o alguien nos elogia, y decimos: “¡Qué grato es escuchar esto!” Por lo tanto, el sentir‑pensar es una reacción ‑una reacción a un pinchazo, a un insulto, a un elogio, etcétera. La totalidad de esto es el proceso del sentir‑pensar, pero es mucho más complejo que esto, y uno puede profundizar más y más en ello.

Vea, cuando sentimos algo siempre lo nombramos, ¿verdad? Decimos que es placentero o doloroso. Cuando nos enojamos, a ese sentimiento le damos un nombre, lo llamamos enojo. ¿Alguna vez han pensado qué pasaría si no nombraran un sentimiento? Inténtenlo la próxima vez que se enojen, no lo llamen enojo; sólo estén alertas al sentimiento sin darle un nombre, y vean qué ocurre.

Interlocutor: ¿Cuál es la diferencia entre la cultura india y la cultura norteamericana?

Krishnamurti: Cuando hablamos de la cultura norteamericana, generalmente queremos decir la cultura europea que fue trasplantada a América del Norte, una cultura que desde entonces se ha modificado extendiéndose y encontrando nuevas fronteras, tanto físicas como mentales.

¿Y qué es la cultura india? ¿Qué es la cultura que ustedes tienen aquí? ¿Qué entienden por la palabra “cultura”? Si uno ha practicado algo la jardinería, sabe como preparar y cultivar la tierra. Cava, saca las piedras Y. Si es necesario, agrega abono ‑una mezcla descompuesta de hojas, heno, estiércol y otras clases de materia orgánica, a fin de enriquecer el suelo- y luego planta. La tierra rica nutre la planta, y la planta produce, gradualmente, eso tan maravillosamente hermoso que se llama una rosa.

Ahora bien, la cultura india es como eso. Millones de personas la han producido mediante sus luchas, ejerciendo la voluntad, deseando esto y resistiendo aquello, pensando constantemente, sufriendo, temiendo, eludiendo, gozando; también han influido en ella el clima, la alimentación y el vestir. Tenemos, pues, un suelo extraordinario, siendo el suelo la mente; y antes de que ésta fuera completamente moldeada, hubo unas cuantas personas vitales, creativas, que extendieron explosivamente la cultura india por todo el Asia. Ellas no dijeron, como dicen ustedes: “Debo aceptar los mandatos de la sociedad. ¿Qué pensará mi padre si no lo hago?” Por el contrario, eran personas que habían descubierto algo, y no eran seres tibios, ardían con eso. Y bien, la totalidad de eso es la cultura india. Lo que ustedes piensan, lo que comen, las ropas que visten, sus modales, sus tradiciones, su manera de hablar, sus pinturas y estatuas, sus dioses, sus sacerdotes y sus libros sagrados, todo eso es la cultura india, ¿correcto?

Así que la cultura india es de algún modo diferente de la cultura europea, pero por debajo el movimiento es el mismo. Este movimiento puede expresarse de manera diferente en América, porque los requerimientos son distintos ahí; hay menos tradición y tienen más refrigeradores, automóviles, etc. Pero por debajo de ello, el movimiento es el mismo ‑el movimiento para hallar la felicidad, para descubrir qué es Dios, qué es la verdad; y cuando este movimiento se detiene, la cultura declina, como ha sucedido en este país. Cuando este movimiento es bloqueado por la autoridad, por la tradición, por el miedo, hay decadencia, deterioro.

El impulso para descubrir qué es la verdad, qué es Dios, es el único impulso real, y todos los otros impulsos son secundarios. Cuando arrojamos una piedra en un agua tranquila, genera círculos que se expanden. Los círculos que se expanden son los movimientos secundarios, las reacciones sociales, pero el movimiento real está en el centro, y es el movimiento para hallar la felicidad, la verdad, para encontrar a Dios; y eso no podemos encontrarlo mientras estamos atrapados en el temor, sujetos a una amenaza. Desde el momento en que surgen la amenaza y el temor, la cultura declina.

Por eso es muy importante, mientras son jóvenes, que no queden condicionados, que no estén sujetos por el temor a sus padres, a la sociedad, de modo tal que exista en ustedes este movimiento intemporal para descubrir qué es la verdad. Los hombres que anhelan saber qué es la verdad, qué es Dios, sólo ellos podrán crear una nueva civilización, una cultura nueva; no las personas que se someten, o que meramente se rebelan dentro de la prisión del viejo condicionamiento. Podremos ponernos las ropas de un asceta, ingresar a tal o cual sociedad, dejar una religión por otra, intentar de distintas maneras ser libres; pero a menos que exista dentro de nosotros este movimiento para descubrir qué es lo real, qué es la verdad, qué es el amor, nuestros esfuerzos carecerán por completo de significación. Ustedes podrán ser muy instruidos y hacer las cosas que la sociedad llama buenas, pero todas ellas están dentro de los muros de la cárcel que es la tradición y, por tanto, no tienen ningún valor revolucionario.

Interlocutor: ¿Qué piensa usted de los indios?

Krishnamurti: Ésta es realmente una pregunta inocente, ¿no es así? Ver los hechos sin opinión previa es una cosa, pero tener opiniones acerca de los hechos es totalmente otra. Una cosa es ver simplemente el hecho de que todo un pueblo está preso en la superstición, en el temor, pero es por completo otra cosa ver ese hecho y condenarlo. Las opiniones no son importantes, porque yo tendré una opinión, él tendrá otra y una tercera persona tendrá otra opinión más. Interesarse en las opiniones es una forma tonta de pensar. Lo que importa es ver los hechos como son, sin formarse opinión alguna, sin juzgar, sin comparar. Percibir la belleza sin opinar es la única percepción verdadera de la belleza. De igual modo, si podemos ver al pueblo de la India exactamente como es, verlo muy claramente sin opiniones fijas, sin juicios, entonces lo que veremos será lo real.

Los indios tienen ciertos comportamientos, ciertas costumbres propias, pero en lo fundamental son como cualquier otro pueblo. Se aburren, son crueles, temerosos, se rebelan dentro de la prisión de la sociedad, igual que los demás pueblos en todas partes. Como los norteamericanos, también anhelan el confort, sólo que al presente no lo tienen en la misma medida. Tienen una pesada tradición acerca de renunciar al mundo y tratar de ser santos; pero también tienen ambiciones profundamente arraigadas, hipocresía, codicia, envidia, y están divididos por castas, como lo están los seres humanos en otras partes, sólo que aquí eso es mucho más brutal. Aquí en la India uno puede ver más de cerca todo el fenómeno de lo que está sucediendo en el mundo. Queremos ser amados, pero no sabemos lo que es el amor; somos desdichados, estamos sedientos de algo verdadero, y nos volvemos a los libros, a los Upanishads al Gita, o a la Biblia; y así nos perdemos en las palabras, en las especulaciones. Tanto aquí como en Rusia o en Norteamérica, la mente humana es similar, sólo que se expresa de maneras diferentes bajo cielos diferentes y gobiernos diferentes.

12. LA CONFIANZA DE LA INOCENCIA

Hemos estado discutiendo el problema de las rebeliones dentro de la prisión: cómo todos los reformadores, los idealistas y otros que se hallan en una incesante actividad con el fin de producir ciertos resultados, están siempre rebelándose dentro de los muros de su propio condicionamiento, de su propia estructura social, dentro del patrón cultural de la civilización ‑que es una expresión de la voluntad colectiva de la masa. Pienso que ahora valdría la pena si pudiéramos ver qué es la confianza y cómo se origina.

La confianza se origina a través de la iniciativa, pero la iniciativa dentro del patrón sólo trae confianza en sí mismo, la cual es por completo diferente de la confianza sin el “sí mismo”, sin el “yo”. ¿Saben qué significa tener confianza? Si hacen algo con sus propias manos, si plantan un árbol y lo ven crecer, si pintan un cuadro o escriben un poema, o, si cuando son mayores, construyen un puente o dirigen sumamente bien alguna tarea administrativa, eso les da la confianza de que son capaces de realizar estas cosas. Pero ya lo ven, la confianza tal como ahora la conocemos, está siempre dentro de los muros de la prisión, la prisión que la sociedad ‑ya sea comunista, hindú o cristiana- ha construido alrededor de nosotros. La iniciativa dentro de la prisión crea, es verdad, cierta confianza, porque sentimos que podemos hacer cosas; podemos diseñar un motor, ser un buen médico, un científico excelente, etc. Pero este sentimiento de confianza que llega con la capacidad de triunfar dentro de la estructura social, o de hacer reformas, de dar más iluminación, de decorar el interior de la cárcel... ese sentimiento es, en realidad, confianza en sí mismo, confianza egocéntrica; uno sabe que puede hacer algo y se siente importante al hacerlo. Mientras que, si a través de la investigación, de la comprensión, uno rompe con la estructura social de la que forma parte, entonces surge una clase por completo diferente de confianza, en la cual no hay sentido alguno de importancia propia. Y, si pudiéramos comprender la diferencia entre ambas ‑entre la confianza egocéntrica y la confianza sin el ego creo que ello tendría una gran significación en nuestra vida.

Cuando ustedes practican muy bien un juego ‑como el volante, o el fútbol, o el criquet- tienen cierto sentimiento de confianza, ¿no es así?, el sentimiento de que son muy buenos en ese juego. Si son rápidos en resolver problemas matemáticos, eso también genera un sentimiento de seguridad en sí mismos. Cuando la confianza nace de la acción que tiene lugar dentro de la estructura social, viene siempre acompañada de una extraña arrogancia, ¿no es cierto? La confianza de un hombre que puede hacer cosas que es capaz de obtener resultados, está siempre coloreada por esta arrogancia del yo, por el sentimiento de “soy yo” quien lo hace”. Por tanto, en el acto mismo de obtener un resultado, de producir una reforma social dentro de la prisión, está la arrogancia del yo, el sentimiento de que yo lo he hecho, de que mi ideal es importante, de que mi grupo ha triunfado. Este sentido del mí y lo mío, viene siempre acompañado de la confianza que se expresa a sí misiva dentro de la prisión.

¿No han notado qué arrogantes son los idealistas, los líderes políticos que producen ciertos resultados, que logran grandes reformas?, ¿han notado qué llenos están de sí mismos, qué inflados están con sus ideales y sus logros? En su estimación propia son muy importantes. Lean unos cuantos de esos discursos políticos, observen a algunas de esas personas que se llaman a sí mismas “reformadores”, y verán que en el proceso mismo de la reforma están cultivando su propio ego; sus reformas, por amplias que sean, siguen estando dentro de la prisión; por lo tanto, son destructivas y finalmente traen más desdicha y conflicto al hombre.

Ahora bien, si uno puede ver a través de toda esta estructura social, del patrón cultural de la voluntad colectiva que llamamos civilización ‑si uno puede comprender todo eso y romper con ello, abrirse paso a través de los muros de la prisión que es la sociedad particular en que uno vive, ya sea comunista, hindú o cristiana-, descubrirá entonces que surge una confianza no teñida por el sentimiento de arrogancia. Esa es la confianza de la inocencia. Es como la confianza de un niño que es tan por completo inocente, que no intentará hacer nada. Es esta confianza inocente la que podrá dar origen a una nueva civilización; pero esta confianza inocente no puede existir mientras uno permanece dentro del patrón social.

Tengan la bondad de escuchar esto cuidadosamente. El que les habla no tiene la más mínima importancia; sí es muy importante para ustedes comprender la verdad de lo que se está diciendo. Después de todo, la educación es eso, ¿no? Su función no es la de hacer que encajen en el patrón social; por el contrario, es la de ayudarlos a que comprendan de manera completa, plena y profunda el patrón social y, en consecuencia, rompan con él a fin de que puedan ser individuos sin la arrogancia del yo, pero que tienen confianza porque son en verdad inocentes.

¿No es una gran tragedia que la mayoría de nosotros sólo se interese en el modo de encajar dentro de la sociedad, o en cómo reformarla? ¿No han advertido que casi todas las preguntas que ustedes formulan reflejan esta actitud? Dicen, en efecto: “¿Cómo puedo encajar en la sociedad? ¿Qué dirán mi padre y mi madre y qué me sucederá si no lo hago?” Una actitud semejante destruye cualquier confianza, cualquier iniciativa que tengan. Y entonces dejan la escuela y el colegio como tantos otros autómatas, muy eficientes; tal vez, pero sin la llama creativa. Por eso es tan importante comprender la sociedad, el medio en que uno vive, y, en ese proceso mismo de la comprensión, romper con dicho medio.

Vean, éste es un problema en todo el mundo. El hombre está buscando una respuesta nueva, una nueva manera de abordar la vida, porque las viejas maneras están decayendo, sea en Europa, en Rusia o aquí. La vida es un reto continuo, y el tratar de producir meramente un orden económico mejor no es una respuesta total a ese reto, el cual es siempre nuevo; y cuando los pueblos, las culturas, las civilizaciones son incapaces de responder totalmente al reto de lo nuevo, se destruyen.

A menos que a ustedes se los eduque apropiadamente, a menos que tengan esta confianza extraordinaria de la inocencia, serán inevitablemente absorbidos por lo colectivo y se perderán en la mediocridad. Pondrán algunas siglas después de sus apellidos, se casarán, tendrán hijos, y ése será el fin para ustedes.

Como ven, casi todos vivimos con temor. Sus padres temen, sus educadores temen, los gobiernos y las religiones temen que ustedes lleguen a ser individuos totales, porque todos ellos quieren que sigan estando seguros dentro de la prisión del medio y de las influencias culturales. Pero son sólo los individuos que, al comprender el patrón social se abren paso por él y, en consecuencia, como no están atados por sus propias mentes, pueden dar origen a una nueva civilización; no así las personas que meramente se amoldan, o las que resisten un patrón particular porque están moldeadas por otro. La búsqueda de Dios o de la verdad no se halla dentro de la prisión, sino más bien en la comprensión de ésta y en la acción de abrirse paso por sus muros ‑y este movimiento mismo hacia la libertad, crea una cultura nueva, un mundo diferente.

Interlocutor: Señor, ¿por qué deseamos tener un compañero?

Krishnamurti: Una niña pregunta por qué deseamos un compañero. ¿Por qué desea uno un compañero? ¿Puede uno vivir solo en este mundo, sin un esposo o una esposa, sin hijos, sin amigos? Casi ninguno de nosotros puede vivir solo, por lo tanto necesitamos compañeros. El permanecer solos requiere una inteligencia enorme; y uno tiene que estar solo para encontrar a Dios, la verdad. Es agradable tener la compañía de un esposo o una esposa, y también tener hijos; pero ya lo ven, nos perdemos en todo eso, nos perdemos en la familia, en el empleo, en la aburrida, monótona rutina de una existencia que nos deteriora. Nos acostumbramos a ello, y entonces el pensamiento de vivir solos se vuelve terrible, es algo que nos aterroriza. La mayoría de nosotros ha puesto su fe en una sola cosa, nos lo hemos jugado todo a una sola carta, y nuestras vidas no tienen riqueza alguna aparte de nuestros compañeros o compañeras, aparte de nuestras familias y de nuestros trabajos. Pero si en la vida de uno hay riqueza ‑no la riqueza del dinero o del conocimiento, que cualquiera puede adquirir, sino esa riqueza que es el movimiento de la realidad sin principio ni fin- entonces el tener la compañía de alguien se vuelve un asunto secundario.

Pero como ven, no se los educa para estar solos. ¿Salen alguna vez a hacer una caminata completamente solos? Es muy importante salir solos, sentarnos debajo de un árbol ‑no con un libro, no con la compañía de alguien sino solos- y observar la caída de una hoja, oír el suave sonido del agua, escuchar el canto de los pescadores, seguir con la mirada el vuelo de un pájaro, y el de los propios pensamientos mientras éstos se persiguen unos a otros a través del espacio de nuestra mente. Si somos capaces de estar solos y observar estas cosas, entonces descubriremos riquezas extraordinarias que ningún gobierno puede evaluar, que ningún agente humano puede corromper, y que jamete pueden ser destruidas.

Interlocutor: ¿Es su pasatiempo favorito el de ofrecer conferencias? ¿No se cansa usted de hablar? ¿Por qué lo hace?

Krishnamurti: Me alegra que haya usted formulado esta pregunta. ¿Sabe?, si uno ama algo jamás se cansa de ello ‑me refiero al amor en el que no se busca un resultado ni se desea obtener cosa alguna. Cuando se ama algo, no hay realización egocéntrica y, por lo tanto, no hay desengaño, no hay una finalidad. ¿Por qué estoy haciendo esto? Del mismo modo podría preguntar usted por qué la rosa florece, por qué el jazmín entrega su perfume, o por qué el pájaro vuela.

Vea, yo he tratado de no hablar, de averiguar qué sucede si no hablo. Eso está igualmente bien. ¿Comprende? Si uno habla porque obtiene algo de ello ‑dinero, una recompensa, un sentimiento de la propia importancia- entonces hay cansancio, entonces el hablar de uno es destructivo, no tiene sentido porque es solamente realización propia; pero si hay amor en nuestro corazón, y el corazón no está lleno con las cosas de la mente, entonces es como un manantial, como una fuente que eternamente está dando agua fresca.

Interlocutor: Cuando amo a una persona y ésta se enoja, ¿por qué su ira es tan intensa?

Krishnamurti: Primero que nada, ¿amas tú a alguien? ¿Sabes lo que es amar? Es entregar por completo tu mente, tu corazón, todo tu ser, y no pedir nada en cambio, no extender una escudilla de limosnero para recibir amor. ¿Comprendes? Cuando existe esa clase de amor ¿hay ira? ¿Y por qué nos enojamos cuando amamos a alguien con lo que corrientemente llamamos amor? Es porque no obtenemos algo que esperamos de esa persona, ¿no es así? “Amo” a mi esposa o marido, a mi hijo o hija, pero en el momento en que hacen algo “incorrecto”, me enojo. ¿Por qué?

¿Por qué se enoja el padre con su hijo o hija? Porque; quiere que sea o haga algo a fin de que encaje en cierto patrón, y el hijo o la hija se rebela. Los padres tratan de realizarse, de inmortalizarse a través de su propiedad, a través de sus hijos y, cuando el hijo hace algo que ellos desaprueban, montan violentamente en cólera. Tienen un ideal de lo que el hijo debería ser, y por medio de ese ideal se están realizando ellos mismos. Y se enojan cuando el hijo no encaja en el patrón que es esa realización de sus padres.

¿Has notado cómo te enojas a veces con un amigo tuvo? Es el mismo proceso. Esperas algo de él, y cuando esa expectativa no se realiza, te decepcionas ‑lo cual implica, en realidad, que internamente, psicológicamente, dependes de esa persona. Por lo tanto, dondequiera que haya dependencia psicológica, tiene que haber frustración; y la frustración inevitablemente engendra ira, amargura, celos y otras formas diversas de conflicto. Por eso es muy importante, especialmente cuando somos jóvenes, que amemos algo con todo nuestro ser ‑un árbol, un animal, a nuestro maestro, a nuestro padre‑ porque entonces descubrimos por nosotros mismos qué es vivir sin conflicto, sin temor.

Pero ya lo ven, el educador se interesa generalmente en sí mismo, está atrapado en sus preocupaciones personales respecto de su familia, de su dinero, de su posición. En su corazón no hay amor, y ésta es una de las dificultades en la educación. Ustedes pueden tener amor en sus corazones, porque el amor es algo natural cuando uno es joven; pero muy pronto ese amor es destruido por los padres, por el educador, por el medio social. Mantener esa inocencia, ese amor que es el perfume de la vida, resulta extraordinariamente arduo; requiere inteligencia, discernimiento.

Interlocutor: ¿Cómo puede la mente ir más allá de sus impedimentos?

Krishnamurti: Para ir más allá de sus impedimentos, la mente debe primero percatarse de ellos, ¿no es así? Uno tiene que conocer las limitaciones, los lindes, las fronteras de su propia mente; pero muy pocos de nosotros las conocemos. Decimos que sí, pero ésa es una mera aseveración verbal. Nunca decimos: “Aquí hay un barrera, un cautiverio dentro de mí, y necesito comprenderlo; por lo tanto, voy a tomar conocimiento de ello, a averiguar cómo se origina y cuál es su naturaleza”. Si uno conoce cuál es la enfermedad, existe una posibilidad de curarla. Pero para conocer la enfermedad, para conocer la limitación particular, la barrera o la traba de la mente y comprenderla, no debemos condenarla, no debemos decir que está bien o está mal. Tenemos que observarla sin tener opinión alguna al respecto ‑lo cual es extraordinariamente difícil, porque se nos ha educado para condenar.

Para comprender a un niño no debemos condenarlo. El condenarlo no tiene sentido. Uno tiene que observarlo mientras juega, llora o come, observarlo en todos sus comportamientos; pero uno no puede hacer esto si dice que el niño es feo, o que es estúpido o esto o aquello. De igual manera, si uno puede observar los impedimentos de la mente, no sólo los superficiales sino los más profundos que están en el inconsciente ‑observarlos sin condenarlos- entonces la mente puede ir más allá de sus impedimentos; y este ir más allá es un movimiento hacia la verdad.

Interlocutor: ¿Por qué ha creado Dios tantos hombres y mujeres en el mundo?

Krishnamurti: ¿Por qué da usted por hecho que Dios nos ha creado? Hay una explicación muy simple: el instinto biológico. El instinto, el deseo, la pasión, la lujuria, forman parte de la vida. Si usted dice: “La vida es Dios”, entonces ése es un asunto diferente. Entonces Dios es todo, incluyendo la pasión, la lujuria, la envidia, el miedo. Todos estos factores han contribuido a producir en el mundo un número abrumador de hombres y mujeres, y entonces tenemos el problema de la superpoblación, que es una de las maldiciones de este país. Pero vea, este problema no se resuelve tan fácilmente. Existen múltiples impulsos y compulsiones que el hombre hereda y, sin comprender ese complejo problema en su totalidad, el mero tratar de regular la tasa de nacimientos no tiene mucho sentido. Hemos hecho, cada uno de nosotros, una confusión de este mundo, porque no sabemos qué es el vivir. El vivir no es esta cosa de mal gusto, mediocre, disciplinada que llamamos nuestra existencia. El vivir es algo por completo diferente; es abundantemente rico, eternamente cambiante, y mientras no entendamos ese movimiento eterno, nuestras vidas estarán destinadas a tener muy poco sentido.

13. IGUALDAD Y LIBERTAD

La lluvia en un país seco es una cosa extraordinaria, ¿no es así? Lava y deja limpias las hojas, refresca la tierra. Y yo pienso que todos debemos lavar nuestras mentes y dejarlas completamente limpias, tal como la lluvia lava los árboles, porque nuestras mentes se hallan pesadamente cargadas con el polvo de muchos siglos, el polvo de lo que llamamos conocimiento, experiencia. Si ustedes y yo pudiéramos limpiar la mente todos los días, librarla de los recuerdos del ayer, cada uno de nosotros tendría entonces una mente fresca, una mente capaz de habérselas con los múltiples problemas de la existencia.

Ahora bien, uno de los grandes problemas que perturban al mundo es lo que llamamos “igualdad”. Hasta cierto punto, no existe tal cosa como la igualdad, porque todos tenemos muchas capacidades diferentes; pero lo que estamos discutiendo es la igualdad en el sentido de que todas las personas deben ser tratadas de la misma manera. En una escuela, por ejemplo, las posiciones del director, de los maestros, del personal jerárquico, son meramente empleos, funciones; pero ciertos empleos o funciones van acompañados de lo que se llama status, y el status es respetado porque implica poder, prestigio; significa estar en situación de designar personas, de tener mando, de dar empleos a los amigos y a los familiares de uno. Por lo tanto, la función y el status marchan juntos; pero si pudiéramos eliminar toda esta idea del status, del poder, de la posición, del prestigio, de la idea de beneficiar a otros, entonces la función tendría un significado sencillo y por completo diferente, ¿no es así? Entonces, si las personas fueran gobernadores, primeros ministros, cocineros, o pobres maestros, serían tratadas todas con el mismo respeto, porque todas estarían desempeñando una función diferente pero necesaria en la sociedad.

¿Saben ustedes lo que ocurriría, especialmente en una escuela, si pudiéramos realmente eliminar de la función todo el sentido del poder, de la posición, del prestigio; el sentido de “Yo soy el Jefe, soy importante”? Todos estaríamos viviendo en una atmósfera por completo diferente, ¿verdad? No habría autoridad en el sentido de lo superior y lo inferior, el hombre grande y el hombre pequeño; por lo tanto, habría libertad. Y es muy importante que creemos una atmósfera así en la escuela una atmósfera de libertad en la que haya amor, en la que cada uno experimente una tremenda sensación de confianza; porque la confianza llega cuando uno se siente completamente seguro, en casa. ¿Acaso alguno de ustedes se siente cómodo en su propia casa si el padre y la madre y la abuela están constantemente diciéndole lo que debe hacer, de modo tal que va perdiendo gradualmente toda confianza en poder realizar algo por sí mismo? Cuando crezcan deben ser capaces de discutir, de descubrir si lo que piensan es verdadero y atenerse a ello. Deben ser capaces de sostener algo que sienten que es correcto, aunque ello pueda traer angustia, sufrimiento, pérdida de dinero y cosas así; y para eso tienen que sentirse, mientras son jóvenes, completamente seguros y tranquilos.

La mayoría de los jóvenes no se sienten seguros, porque están asustados. Tienen miedo de sus mayores, de sus maestros, de sus madres y padres, y así nunca sienten que se encuentran realmente en casa. Pero cuando uno sí se siente en casa, ocurre una cosa muy extraña. Si puede ir a su habitación, cerrar la puerta y permanecer allí solo, inadvertido, sin que nadie le diga qué tiene que hacer, uno se siente completamente seguro; y entonces comienza uno a florecer, a comprender, a desarrollarse internamente. Ayudarlos a que se desarrollen es la función de una escuela; y si ésta no los ayuda a este desarrollo interno, no es escuela en absoluto.

Cuando estando en un lugar se sienten ustedes en casa ‑en el sentido de que se sienten seguros, no empujados de un lado para otro, no obligados a hacer esto o aquello-, cuando se sienten muy felices, completamente cómodos, entonces no son díscolos, ¿verdad? Cuando son realmente dichosos no quieren hacer daño a nadie, no desean destruir cosa alguna. Pero es extraordinariamente difícil hacer que el estudiante se sienta completamente feliz, porque él llega a la escuela con una idea de que el director, los maestros y los tutores van a decirle lo que debe hacer y van a presionarlo al respecto, y es por eso que hay temor.

Casi todos ustedes provienen de hogares o de escuelas en las que se los ha educado para respetar el status. El padre y la madre de uno tienen status, el director tiene status, de manera que uno llega aquí con miedo y respetando el status. Pero nosotros tenemos que crear en la escuela una verdadera atmósfera de libertad, y eso puede ocurrir solamente cuando existe la función sin el status y, por lo tanto, hay un sentido de igualdad. El verdadero interés por una educación apropiada se revela cuando a ustedes se los ayuda a que sean seres humanos sensibles, a que no tengan miedo ni un falso sentido del respeto a causa del status.

Interlocutor: ¿Por qué encontramos placer en nuestros juegos y no en nuestros estudios?

Krishnamurti: Por la muy sencilla razón de que sus maestros no saben enseñar. Eso es todo, no hay una razón muy complicada para ello. ¿Saben?, si un maestro ama las matemáticas, o la historia, o lo que sea que enseñe, entonces también ustedes amarán esa materia, porque el amor es algo que se comunica a sí mismo. ¿No saben eso? Si un músico ama el canto y todo su ser está puesto en lo que canta, ¿acaso ese sentimiento no se comunica a ustedes que lo escuchan? Uno siente que quisiera aprender a cantar. Pero la mayoría de los educadores no aman su asignatura; para ellos se ha vuelto un fastidio, una rutina por la que tienen que pasar para ganarse la subsistencia. Si sus maestros amaran realmente la enseñanza, ¿saben qué ocurriría con ustedes? Serían seres humanos extraordinarios. Amarían no sólo sus juegos y sus estudios, sino también las flores, el río, los pájaros, la tierra, porque tendrían esta cosa vibrando en sus corazones; y aprenderían con mucha más rapidez, sus mentes serían excelentes y no mediocres.

Por eso es muy importante educar al educador ‑lo cual resulta muy difícil, porque casi todos los educadores están ya muy bien afirmados en sus hábitos. Pero el hábito no se asienta tan pesadamente en los jóvenes; y si ustedes amaran siquiera una cosa por sí misma ‑si realmente amaran sus juegos, o las matemáticas, o la historia, o la pintura, o el canto‑ entonces descubrirían que intelectualmente están muy alertas, vitales, y serían muy buenos en todos sus estudios. Después de todo la mente necesita inquirir, conocer, porque es curiosa; pero esa curiosidad se destruye por la errónea clase de educación. Por lo tanto, no es sólo el estudiante el que tiene que recibir educación, sino también el maestro. El vivir es en sí mismo un proceso de educación, un proceso de aprendizaje. Para los exámenes hay un final, pero el aprender no tiene fin y, si nuestra mente es curiosa, si está alerta, podemos aprender de todo cuanto nos rodea o nos sucede.

Interlocutor: Usted ha dicho que cuando vemos que alguna cosa es falsa, esa cosa falsa llega a su fin. Yo veo todos los días que el fumar es falso, pero éste no llega a su fin.

Krishnamurti: ¿Ha observado usted alguna vez a los adultos cuando fuman, ya sean sus padres, o sus maestros, o sus vecinos, o algún otro? Eso se ha vuelto un hábito en ellos, ¿no es así? Siguen fumando día tras día, sin interrupción, y se han vuelto esclavos del hábito. Muchos de ellos se dan cuenta de lo estúpido que es ser esclavo de algo, y combaten el hábito, se disciplinan contra él, lo resisten, intentan toda clase de métodos para librarse de ese hábito. Pero vea, el hábito es una cosa muerta, una acción que se ha vuelto automática, y cuanto más uno la combate más fuerza le da. Pero si la persona que fuma se torna consciente de su hábito, si advierte cómo introduce la mano en el bolsillo, y saca el cigarrillo, y lo golpea ligeramente contra la uña, y lo pone en la boca, y lo enciende, y aspira la primera bocanada de humo ‑si cada vez que pasa por esta rutina simplemente la observa sin condenarla, sin decir “qué terrible es fumar”, entonces no está dando nueva vitalidad a ese hábito particular. Para desprenderse realmente de algo que se ha convertido en un hábito, uno tiene que investigarlo mucho más, lo cual implica examinar todo el problema de por qué la mente cultiva el hábito ‑vale decir, por qué la mente está inatenta. Si usted limpia sus dientes todos los días mientras mira afuera por la ventana, la limpieza de los dientes se vuelve un hábito; pero si siempre limpia sus dientes con sumo cuidado, prestando a ello su atención completa, entonces el limpiarse los dientes no se convierte en un hábito, en una rutina que se repite irreflexivamente.

Experimente con esto, observe cómo la mente, por hábito, quiere adormecerse y así permanecer tranquila, sin ser perturbada. Las mentes de la mayoría de las personas están siempre funcionando en la rutina del hábito y, a medida que envejecen, eso empeora. Probablemente usted ya ha adquirido muchísimos hábitos. Tiene miedo de lo que sucederá si no hace lo que sus padres le dicen, si no se casa tal como su padre quiere que lo haga... de modo que su mente ya está funcionando en una rutina; y cuando uno funciona en una rutina, pueda tener sólo diez o quince años de edad, ya es viejo, está declinando internamente. Puede poseer un buen cuerpo, pero nada más. El cuerpo puede ser joven y erguido, pero la mente está agobiada por su propio peso.

Es, pues, muy importante comprender todo el problema de por qué la mente reside siempre en los hábitos y se desliza en las rutinas, por qué se mueve a lo largo de un juego particular de rieles, igual que un tranvía, y tiene miedo de cuestionar, de inquirir. Si usted dice: “Mi padre es un sikh, por lo tanto, yo soy un sikh y voy a dejarme crecer el cabello y a vestir un turbante”, si usted dice eso sin inquirir, sin cuestionar, sin que ningún pensamiento rompa con ello, entonces es usted como una máquina. El fumar también hace que usted sea como una máquina, un esclavo del hábito, y es sólo cuando uno comprende todo esto que la mente se vuelve fresca, joven, activa, de modo que cada día es un día nuevo, cada amanecer que se refleja en el río es algo digno de contemplarse gozosamente.

Interlocutor: ¿Por qué nos asustamos cuando algunos de nuestros mayores están serios? ¿Y qué hace que sean tan serios?

Krishnamurti: ¿Alguna vez has pensado en lo que significa ser serio? ¿Estás serio en algún momento? ¿Acaso estás siempre risueño, alegre, riéndote, o hay momentos en que estás quieto, serio ‑no serio con respecto a algo, sino simplemente serio? ¿Y por qué hemos de tener miedo cuando las personas mayores están serias? ¿Qué hay ahí que pueda asustarte? ¿Tienes miedo de que ellos puedan decir algo de ti que a ti mismo te desagrada? Mira, casi nadie piensa a fondo en estas cuestiones; si sentimos temor en presencia de una persona mayor grave o seria, no inquirimos en ello, no nos preguntamos: “¿Por qué estoy asustado?”

Ahora bien, ¿qué significa ser serio? Investiguémoslo. Uno puede ser serio con respecto a cosas muy superficiales. Cuando está comprando un sari, por ejemplo, uno puede poner toda su atención en ello, preocuparse al respecto, ir a diez tiendas diferentes y pasarse toda la mañana mirando diversos modelos. A eso también se le llama ser serio; pero una persona así es seria sólo superficialmente. Luego, uno puede ser serio yendo todos los días al templo, depositando allí una guirnalda y entregando dinero a los sacerdotes; pero todo eso es algo muy falso, ¿no? Porque la verdad o Dios no se encuentra en ningún templo. Y uno tampoco puede ser serio con respecto al nacionalismo, que es otra cosa falsa.

¿Saben ustedes qué es el nacionalismo? Es el sentimiento de “Mi India, mi país ‑bueno o malo‑“, o el sentimiento de que la India guarda inmensos tesoros de conocimiento espiritual y, por consiguiente, es más importante que cualquier otra nación. Cuando nos identificamos con un país particular y nos sentimos orgullosos de él, generamos nacionalismo en el mundo. El nacionalismo es un falso dios, pero millones de personas son muy serias al respecto; Irán a la guerra, destruirán, matarán o serán muertas en el nombre de su país, y esta clase de seriedad es utilizada y explotada por los políticos.

De manera que podemos ser serios con respecto a cosas falsas. Pero si uno empieza realmente a inquirir en lo que significa ser serio, descubrirá que existe una seriedad que no está medida por la actividad de lo falso ni moldeada por un patrón particular ‑una seriedad que surge cuando la mente no está persiguiendo un resultado, una finalidad.

Interlocutor: ¿Qué es el destino?

Krishnamurti: ¿Desea usted realmente investigar este problema? Formular una pregunta es la cosa más fácil del mundo, pero su pregunta sólo tiene un sentido si le afecta directamente, porque entonces es usted muy serio al respecto. ¿Ha notado cuántas personas pierden interés tan pronto como han formulado su pregunta? El otro día un hombre hizo una pregunta y después empezó a bostezar, a rascarse la cabeza y a hablar con su vecino; había perdido completamente el interés. Le sugiero, por lo tanto, que no haga una pregunta a menos que sea realmente serio en relación con la misma.

Este problema de qué es el destino es muy difícil y complejo. Vea, si una causa se pone en marcha, debe producir inevitablemente un resultado. Si un gran número de personas, ya sean rusos, americanos o hindúes, se prepara para la guerra, su destino es la guerra; aunque puedan decir que desean la paz y se preparan sólo para su propia defensa, ponen en marcha las causas que producen la guerra. De igual matrera, cuando millones de personas han tomado parte por siglos en el desarrollo de una civilización o cultura, han puesto en marcha un movimiento en el que los seres humanos individuales quedan presos y son arrastrados les guste o no; y todo este proceso de estar presos y ser arrastrados en una corriente particular de la cultura o de la civilización, puede llamarse destino.

Después de todo, si usted ha nacido como hijo de un abogado que insiste en que usted también sea abogado, y usted acata sus deseos aun cuando preferiría hacer alguna otra cosa, entonces su destino es, obviamente, convertirse en abogado. Pero si rehusa ser un abogado, si insiste en: hacer lo que siente que es verdadero para usted, lo que realmente ama ‑puede ser escribir, pintar, o no tener dinero y pedir limosna- entonces se ha salido de la corriente, ha roto con el destino que su padre reservaba para usted. Lo mismo sucede con una cultura o una civilización.

Por eso es muy importante que se nos eduque apropiadamente ‑que se nos eduque no para ser asfixiados por la tradición, o para caer en el destino de un particular grupo racial, cultural o familiar, o para convertirnos en seres mecánicos movidos hacia una finalidad predeterminada. El hombre que comprende todo este proceso, que rompe con él y se queda solo, crea su propio ímpetu, su propio movimiento; y si su acción es un romper con lo falso para ir hacia la verdad, entonces ese movimiento mismo se convierte en la verdad. Hombres así están libres del destino.

14. AUTODISCIPLINA

¿Alguna vez han considerado ustedes por qué somos disciplinados, o por qué nos disciplinamos a nosotros mismos? Los partidos políticos de todo el mundo insisten en que se debe seguir la disciplina del partido. Los padres de ustedes, sus maestros, la sociedad que los rodea, todos les dicen que deben disciplinarse, controlarse. ¿Por qué? ¿Y hay realmente necesidad alguna de disciplinarse en absoluto? Sé que estamos acostumbrados a pensar que la disciplina es necesaria ‑la disciplina impuesta ya sea por la sociedad, o por un maestro religioso, o por un particular código moral, o por nuestra propia experiencia. Para el hombre ambicioso que desea alcanzar el éxito, que anhela hacer muchísimo dinero, que quiere ser un gran político, su ambición misma se convierte en el medio de su propia disciplina. Así que toda la gente que los rodea dice que la disciplina es necesaria: ustedes tienen que acostarse y levantarse a cierta hora, tienen que estudiar, aprobar sus exámenes, obedecer a sus padres, etc.

Ahora bien, ¿por qué deben ustedes disciplinarse en absoluto? ¿Qué significa la disciplina? Significa que deben ajustarse a algo, ¿no es así? Ajustar el propio pensar a lo que dicen otras personas, resistir algunas formas de deseo y aceptar otras, cumplir con esta práctica y no con aquella, amoldarse, reprimirá seguir, no sólo en la superficie de la mente sino también muy en el fondo ‑todo esto implica la disciplina, y por siglos, generación tras generación, el maestro, los gurús, los sacerdotes, los políticos los reyes, los abogados, la sociedad en que vivimos, les han dicho que tiene que haber disciplina.

Así que me pregunto ‑y espero que también ustedes se lo estén preguntando‑ si la disciplina es en absoluto necesaria, y si no hay una manera diferente de abordar esta cuestión. Creo que hay una manera diferente de abordarla, y éste es el verdadero problema a que se están enfrentando no sólo las escuelas sino todo el mundo. Vean, por lo general se acepta que, a fin de ser eficientes, ustedes deben disciplinarse, ya sea mediante un código moral, o un credo político, o adiestrándose para trabajar como una máquina en una fábrica; pero este proceso mismo de la disciplina embota la mente a través de la conformidad.

Ahora bien, la disciplina, ¿los libera, o hace que se ajusten a un patrón ideológico, ya se trate del patrón utópico del comunismo, o de alguna clase de patrón moral o religioso? ¿Puede alguna vez la disciplina hacer que sean libres? Habiéndolos amarrado, aprisionado como lo hacen todas las formas de disciplina, ¿puede entonces soltarlos? ¿Cómo podría hacerlo? ¿O hay una manera por completo diferente de abordar esto que consiste en despertar un discernimiento realmente profundo en la totalidad del problema de la disciplina? O sea, ¿puede cada uno de nosotros, como individuo, tener un solo deseo y no dos o muchos deseos en conflicto? ¿Entienden lo que quiero decir? En el momento en que uno tiene dos, tres o diez deseos, existe el problema de la disciplina, ¿no es así? Uno desea ser rico, poseer automóviles, casas y, al mismo tiempo, desea renunciar a estas cosas porque piensa que poseer poco o nada es moral, ético, religioso. Y, ¿es posible que se nos eduque apropiadamente, de modo tal que todo nuestro ser esté integrado, que no haya en él contradicción alguna y que, por lo tanto, la disciplina no sea necesaria? Estar integrado implica un sentido de libertad, y cuando tiene lugar esta integración, ciertamente no hay necesidad alguna de disciplina. Estar integrado implica ser totalmente una sola cosa, en todos los niveles y al mismo tiempo.

Ya lo ven, si pudiéramos tener la educación apropiada desde la más tierna edad, una educación así daría origen a un estado en el cual no habría en absoluto ninguna contradicción, ni en lo interno ni en relación con lo externo; y entonces no necesitaríamos de la disciplina ni de la compulsión, porque estaríamos haciendo algo libremente, completamente, con la totalidad del ser. La disciplina surge sólo cuando existe una contradicción. Los políticos, los gobiernos, las religiones organizadas quieren que tengamos una sola manera de pensar, porque si ellos pueden hacer de cada uno de nosotros un completo comunista, un completo católico o lo que fuere, entonces no somos un problema, simplemente creemos y funcionamos como máquinas; entonces no hay contradicción porque sólo somos seguidores. Pero todo seguimiento es destructivo porque es mecánico, es mera conformidad en la que no existe la liberación creadora.

Entonces, ¿podemos generar, desde la más tierna edad, un sentido de seguridad completa, un sentimiento de que se encuentran ustedes en casa, de modo que no haya esfuerzo alguno por ser esto y no ser aquello? Porque cuando existe una lucha interna hay conflicto, y para superar ese conflicto tiene que haber disciplina. Mientras que si a ustedes se los educa apropiadamente, entonces todo cuanto hagan será una acción integrada; en ella no habrá contradicción y, en consecuencia, no habrá acción compulsiva. En tanto no haya integración tiene que haber disciplina, y la disciplina es destructiva porque no conduce hacia la libertad.

Estar integrado no requiere ninguna forma de disciplina. Vale decir que, si hago lo que está bien, lo que es intrínsecamente verdadero, lo que es realmente bello, y estoy haciéndolo con todo mí ser, entonces no hay contradicción en mí y no me estoy ajustando meramente a algo. Si lo que hago es totalmente bueno, correcto en sí mismo ‑no correcto de acuerdo con alguna tradición hindú o alguna teoría comunista, sino siempre correcto bajo todas las circunstancias-, entonces soy un ser humano integrado y no tengo necesidad alguna de disciplina. ¿Y acaso no es la función de una escuela generar en ustedes este sentido de confianza integrada, de modo que lo que estén haciendo no sea meramente lo que desean hacer, sino lo que es fundamentalmente bueno y correcto, eternamente verdadero?

Les diré, si uno ama no hay necesidad alguna de disciplina, ¿verdad? El amor trae su propia comprensión creadora; por lo tanto, no hay resistencia ni conflicto; pero amar con integración tan completa sólo es posible cuando uno se siente profundamente seguro, completamente en casa, especialmente cuando es joven. Esto simplifica, realmente, que el educador y el estudiante deben tenerse una gran confianza mutua; de lo contrario, crearemos una sociedad que será tan fea y destructiva como la actual. Si pudiéramos comprender la importancia de una acción completamente integrada en la que no hay contradicción alguna y que, por tanto, no necesita de la disciplina, entonces creo que daríamos origen a una clase por completo diferente de cultura, a una nueva civilización. Pero si meramente resistimos, si reprimimos, entonces eso que se reprime repercutirá inevitablemente en otras direcciones y pondrá en marcha diversas actividades dañinas y acontecimientos destructivos.

Es muy importante, pues, comprender toda esta cuestión de la disciplina. Para mí, la disciplina es algo completamente reprensible; no es creativa, es destructiva. Pero detenerse meramente ahí, con una declaración de ese tipo, tal vez parezca implicar que uno puede hacer lo que se le antoje. Por el contrario, un hombre que ama no hace lo que se le antoja. Unicamente el amor conduce a la acción correcta. Amar y dejar que el amor haga lo que quiera es lo que trae orden en el mundo.

Interlocutor: ¿Por qué detestamos al pobre?

Krishnamurti: ¿Detesta usted realmente al pobre? Yo no lo estoy condenando, sólo le pregunto si realmente detesta al pobre. Y si lo hace, ¿por qué? ¿Es porque usted mismo también puede ser pobre un día, e imaginando su propia situación la rechaza? ¿O es que le desagrada la sórdida, sucia, desarreglada existencia del pobre? Por desagradarle el desaseo, el desorden, la escualidez, la inmundicia, usted dice: “No quiero tener nada que ver con el pobre”. ¿Es eso? Pero, ¿quién ha creado el desorden, la pobreza, la escualidez en el mundo? Usted, sus padres, su gobierno ‑toda nuestra sociedad las ha creado; porque ya lo ve, no hay amor en nuestros corazones. No amamos ni a nuestros hijos ni a nuestro prójimo, no amamos ni a los vivos ni a los muertos. No sentimos amor por nada en absoluto. Los políticos no van a erradicar toda esta miseria y fealdad que hay en el mundo, ni lo harán tampoco las religiones y los reformadores, porque sólo se interesan en un pequeño remiendo aquí y allá; pero si hubiera amor, entonces todas esas cosas horribles desaparecerían mañana mismo.

¿Ama usted algo? ¿Sabe lo que es amar? Le diré, cuando uno ama algo completamente, con todo su ser, ese amor no es sentimental, no es un deber, no está dividido como amor físico o amor divino. ¿Ama usted algo o a alguien con todo su ser ‑a sus padres, o a un amigo, o a su perro, o un árbol? ¿Sí? Me temo que no. Por eso es que en su ser tiene usted vastos espacios en los que hay fealdad, odio, envidia. Vea, el hombre que ama no tiene lugar para ninguna otra cosa. Nosotros tendríamos que emplear realmente nuestro tiempo discutiendo todo esto y tratando de descubrir cómo eliminar las cosas que, al obstruir de tal modo nuestras mentes, nos impiden amar; porque es sólo cuando amamos que podemos ser libres y dichosos. Sólo las personas que aman, que son vitales, felices, pueden crear un mundo nuevo ‑no los políticos, no los reformadores o unos cuantos santos ideológicos.

Interlocutor: Usted habla de la verdad, de la bondad y de la integración, lo cual implica que del otro lado hay falsedad, maldad y desintegración. ¿Cómo, entonces, puede uno ser veraz, bueno e integrado sin que haya disciplina?

Krishnamurti: En otras palabras, siendo envidioso, ¿cómo puede uno estar libre de la envidia sin que haya disciplina? Pienso que es muy importante comprender la pregunta misma; porque la respuesta se encuentra en la pregunta, no aparte de ella.

¿Sabe usted qué implica la envidia? Usted es muy bien parecido, viste con elegancia, o lleva un turbante o un sari hermoso, y yo también quiero vestirme así; pero no puedo hacerlo, y entonces siento envidia porque deseo tener lo que tiene usted ‑quiero ser diferente de lo que soy.

Soy envidioso porque quiero ser tan bien parecido como usted; deseo poseer las ropas finas, la casa elegante, la alta posición que usted tiene. Estando insatisfecho con lo que soy, quiero ser como usted; pero si yo comprendiera mi insatisfacción y su causa, entonces no desearía ser como usted ni anhelaría las cosas que usted posee. En otras palabras, una vez que comience a comprender lo que soy, jamás me compararé con otro ni envidiaré a nadie. La envidia surge porque deseo cambiar lo que soy y llegar a ser igual que alguna otra persona. Pero si digo: “Cualquier cosa que yo sea, eso es lo que quiero comprender”, entonces la envidia ha desaparecido; entonces no necesito de la disciplina, y gracias a la comprensión de lo que soy llega la integración.

Nuestra educación, el medio que nos rodea, toda nuestra cultura, insisten en que debemos “llegar a ser” esto o aquello. Nuestras filosofías, nuestras religiones y libros sagrados, todos dicen la misma cosa. Pero ahora veo que el proceso mismo de “llegar a ser” algo, implica envidia, lo cual quiere decir que no estoy satisfecho de ser lo que soy. Y yo quiero comprender lo que soy, quiero descubrir por qué estoy siempre comparándome con otro, tratando de llegar a ser alguna cosa; y para comprender lo que soy, no necesito de la disciplina. La integración nace en el proceso de esa comprensión. La contradicción que hay en mí cede ante la comprensión de mí mismo, y esto, a su vez, genera una acción integral, completa.

Interlocutor: ¿Qué es el poder?

Krishnamurti: Está el poder mecánico, el poder producido por el motor de combustión interna, por el vapor o por la electricidad. Está el poder que reside en un árbol y que hace que fluya la savia y que crea la hoja. Existe el poder de pensar muy claramente, el poder de amar, el poder de odiar, el poder de un dictador, el poder para explotar a la gente en el nombre de Dios, en el nombre de los Maestros, en el nombre de un país. Todas éstas son formas de poder.

Ahora bien, el poder como electricidad o luz, el poder atómico, etc., todas esas formas de poder son buenas en sí mismas, ¿no es así? Pero el poder de la mente que las utiliza para propósitos de agresión y tiranía, con el fin de ganar algo para sí, tal poder es nocivo bajo todas las circunstancias. El jefe de cualquier sociedad, iglesia o grupo religioso, que tiene poder sobre otra gente, es una mala persona, porque controla, moldea, guía a otros sin saber él mismo adónde va. Esto es verdad no sólo en las grandes organizaciones, sino en las pequeñas sociedades de todo el mundo. En el momento en que una persona tiene claridad, en que ya no está confusa, deja de ser un líder y, por lo tanto, no tiene poder.

Es, entonces, muy importante comprender por qué la mente humana necesita tener poder sobre otros. Los padres tienen poder sobre sus hijos, la esposa sobre el marido, o el marido sobre la esposa. Comenzando con la pequeña familia, el mal se expande hasta que se convierte en la tiranía de los gobiernos, de los líderes políticos y de los intérpretes religiosos. Y, ¿puede uno vivir sin este hambre de poder, sin el deseo de influenciar a la gente o de explotarla, sin anhelar el poder para uno mismo, o para un grupo o una nación, o para un Maestro o un santo? Tales formas de poder son todas destructivas, traen desdicha al hombre, mientras que ser realmente benévolo, considerado, implica amar ‑ésta es una cosa extraña, tiene su propio efecto intemporal. El amor es su propia eternidad, y donde hay amor no existe el nocivo poder.

Interlocutor: ¿Por qué buscamos la fama?

Krishnamurti: ¿Ha reflexionado usted alguna vez al respecto? Uno quiere ser famoso como escritor, como poeta, como pintor, como político, como cantante o lo que guste. ¿Por qué? Porque uno no ama realmente lo que hace. Si amara el cantar, o el pintar, o el escribir poemas ‑si verdaderamente lo amara- no le interesaría si es famoso o no. Desear ser famoso es de mal gusto, trivial, tonto, no tiene sentido; porque, a causa de que no amamos lo que hacemos, queremos enriquecernos con la fama. Nuestra educación actual es corrupta porque nos enseña a amar el éxito y no lo que hacemos. El resultado se ha vuelto más importante que la acción.

¿Sabe?, es bueno sepultar el propio brillo bajo una tonelada, ser anónimo, amar lo que uno hace y no alardear de ello. Es bueno ser amable sin un nombre. Eso no nos hace famosos, no hace que nuestra fotografía aparezca en los periódicos, los políticos no llegan hasta nuestra puerta. Uno es sólo un ser humano creativo que vive anónimamente, y en eso hay plenitud de vida y una gran belleza.

15. COOPERACIÓN Y PARTICIPACIÓN

Hemos estado hablando de muchísimas cosas, de los múltiples problemas de la vida, ¿no es así? Pero me pregunto si realmente sabemos qué es un problema. Los problemas se vuelven difíciles de resolver si se les permite que arraiguen en la mente. La mente crea los problemas y después se convierte en el suelo donde estos echan sus raíces; y una vez que un problema se ha afirmado bien en la mente, es muy difícil desarraigarlo. Lo esencial es que la mente misma vea el problema y no le suministre el suelo donde pueda desarrollarse.

Uno de los problemas básicos a que se enfrenta el mundo es el problema de la cooperación. ¿Qué significa la palabra “cooperación”? Cooperar es hacer las cosas juntos, construir juntos, sentir juntos, tener algo en común de modo que podamos trabajar libremente juntos. Pero por lo general no nos sentimos inclinados a trabajar juntos con naturalidad, fácilmente, dichosamente; y por eso se nos obliga a trabajar juntos mediante diversos incentivos: amenazas, miedo, castigó, recompensa. Es la práctica corriente en todo el mundo. Bajo los gobiernos tiránicos se nos fuerza brutalmente a trabajar juntos; si no “cooperamos” nos liquidan o nos envían a un campo de concentración. En las naciones que se llaman civilizadas, se nos induce a que trabajemos juntos por el concepto de “mi país”, o por una ideología que ha sido cuidadosamente elaborada y ampliamente propagada a fin de que la aceptemos; o bien trabajamos juntos para llevar a cabo un plan que alguien ha trazado, un anteproyecto para una utopía.

Por lo tanto, lo que persuade a las personas para que trabajen juntas es el plan, la idea, la autoridad. Esto es lo que generalmente se llama cooperación, y en ello están siempre implicados la recompensa o el castigo, lo cual significa que detrás de tal “cooperación” hay miedo. Ustedes siempre trabajan por algo ‑por el país, por el rey, por el partido, por Dios o el Maestro, por la paz, o para producir esta o aquella reforma. La idea que tienen de la cooperación es la de trabajar juntos por un resultado en particular. Tienen un ideal ‑fundar una escuela perfecta o lo que fuere- para el cual trabajan; por lo tanto, dicen que es necesaria la cooperación. Todo esto implica autoridad, ¿no es así? Siempre hay alguno de quien se supone que sabe lo que es correcto y tiene que hacerse, por lo cual ustedes dicen: “Tenemos que cooperar para llevar eso a la práctica”.

Bien, de ningún modo llamo cooperación a eso. Es una forma de codicia, una forma de temor, de compulsión. Tras ello está la amenaza de que si ustedes no “cooperan”, el gobierno no los reconocerá, o el Plan Quinquenal habrá de fracasar, o se los enviará a un campo de concentración, o el país de ustedes perderá la guerra, o no irán al cielo. Siempre hay una fortuna de persuasión, y donde hay persuasión no puede haber una verdadera cooperación.

Tampoco se trata de cooperación cuando ustedes y yo trabajamos juntos sólo porque acordamos mutuamente hacer alguna cosa. En cualquier acuerdo semejante, lo que importa es realizar esa cosa en particular, no el trabajar juntos. Ustedes y yo podemos ponernos de acuerdo para construir juntos un puente o un camino, o para plantar algunos árboles, pero en ese acuerdo está siempre el miedo al desacuerdo, el miedo de que yo pueda no hacer mi parte y dejar que todo lo hagan ustedes.

De manera que cuando trabajamos juntos mediante cualquier forma de incentivo, o por mero acuerdo, eso no es cooperación, porque detrás de todo esfuerzo semejante, está la implicación de ganar o de evitar algo.

Para mí, la cooperación es algo por completo diferente. La cooperación es la alegría de estar y actuar juntos ‑no necesariamente realizar alguna cosa en particular. ¿Comprenden? Los niños pequeños tienen normalmente ese sentimiento de estar y actuar juntos. ¿No han advertido esto? Ellos cooperarán en todo. No es un asunto de estar o no estar de acuerdo, de recompensa o castigo; ellos sólo desean ayudar. Cooperan instintivamente, por el regocijo mismo de ser y de actuar juntos. Pero las personas adultas destruyen este natural, espontáneo espíritu de cooperación que hay en los niños, diciéndoles: “Si haces esto te daré eso; si no lo haces, no te dejaré ir al cine”, lo cual introduce el elemento de corrupción.

Por lo tanto, la verdadera cooperación surge, no a través de un acuerdo para llevar a cabo juntos algún proyecto, sino con la alegría, con el sentimiento de solidaridad ‑si es que se me permite usar esa palabra; porque en ese sentimiento no existe la obstinación de las ideaciones y opiniones personales.

Cuando ustedes conozcan esa cooperación, también sabrán cuándo no cooperar, lo cual es igualmente importante. ¿Comprenden? Es indispensable para todos que despertemos en nosotros este espíritu de cooperación, porque entonces no será un mero plan o un acuerdo la causa de que trabajemos juntos, sino un sentimiento extraordinario de solidaridad, la alegría de ser y actuar juntos sin que haya pensamiento alguno de recompensa o castigo. Eso es muy importante. Pero es igualmente importante saber cuándo no cooperar; porque si no somos sensatos, podríamos cooperar con la insensatez, con líderes ambiciosos que tienen esquemas impresionantes, ideas fantásticas ‑como Hitler y otros tiranos de todos los tiempos. Por consiguiente, tenemos que saber cuándo no cooperar; y esto podemos saberlo únicamente cuando conocemos la alegría de la verdadera cooperación.

Es ésta una cuestión muy importante que debemos considerar, porque cuando se sugiere que trabajemos en conjunto, nuestra respuesta inmediata probablemente sea: “¿Por qué? ¿Qué es lo que hemos de hacer juntos?” En otras palabras, la cosa que henos de hacer se vuelve más importante que el sentimiento de estar y actuar juntos; y cuando la cosa que ha de hacerse ‑el plan, el concepto, la utopía ideológica- asume primordial importancia, no existe entonces una verdadera cooperación. Entonces es sólo la idea la que nos junta; y si una idea puede juntarnos, otra idea puede separarnos. Por lo tanto, lo que importa es despertar en nosotros mismos este espíritu de cooperación, este sentido de estar y actuar juntos sin pensamiento alguno de recompensa o castigo. La mayoría de los jóvenes tiene este sentido espontáneamente, libremente, siempre que ello no sea corrompido por sus mayores.

Interlocutor: ¿Cómo podemos librarnos de nuestras preocupaciones mentales, si no podemos evitar las situaciones que las provocan?

Krishnamurti: Entonces tiene usted que afrontarlas, ¿no es así? Para librarse de la preocupación, uno trata generalmente de escapar del problema; va al templo o al cine, lee un periódico, enciende la radio, o busca alguna otra forma de distracción. Pero el escapar no resuelve el problema, porque cuando uno regresa de ello, el problema sigue estando ahí. Entonces, ¿por qué no afrontarlo desde el principio mismo?

Ahora bien, ¿qué es la preocupación? A usted le preocupa si va a aprobar sus exámenes y tiene miedo de no lograrlo; por consiguiente, se afana al respecto, pasa noches sin dormir. Si no los aprobara, sus padres se disgustarían; además, a usted le complacería poder decir: “Lo he logrado, he aprobado mis exámenes”. Y se sigue preocupando hasta el día mismo del examen, y luego hasta que conoce los resultados. ¿Acaso puede usted escapar de la situación, zafarse de ella? De hecho, no puede hacerlo, ¿verdad? De modo que tiene que afrontarla. ¿Pero por qué preocuparse al respecto? Ha estudiado, ha hecho lo mejor que podía, y aprobará o no aprobará. Cuanto más se preocupa, más asustado y nervioso se pone y menos capacidad tiene de pensar; y cuando llega el día no puede escribir nada, sólo puede mirar el reloj ‑¡qué es lo que me sucedió a mí!

Cuando la mente examina y examina un problema y está incesantemente ocupada con él, a eso lo llamamos preocupación, ¿no es así? Entonces, ¿cómo ha de librarse uno de la preocupación? En primer lugar, es esencial que la mente no le dé al problema el suelo donde pueda arraigar.

¿Sabe usted qué es la mente? Grandes filósofos han dedicado muchos años a examinar la naturaleza de la mente, y se han escrito libros al respecto; pero si uno presta a ello toda su atención, pienso que es bastante sencillo descubrir qué es la mente. ¿Alguna vez ha observado su propia mente? Todo lo que ha aprendido hasta ahora, la memoria de todas sus pequeñas experiencias, lo que le han dicho sus padres, sus maestros, las cosas que ha leído en los libros o que ha observado en el mundo que lo rodea ‑todo esto es la mente. Es la mente la que observa, la que discierne, la que aprende, la que cultiva las así llamadas virtudes, la que comunica ideas, la que tiene deseos y temores. No es solamente lo que usted ve en la superficie, sino también las capas profundas del inconsciente que contienen ocultas las ambiciones raciales, los motivos, los instintos, los conflictos. Todo esto es la mente, y a eso se le llama conciencia.

Ahora bien, la mente necesita estar ocupada con algo, como una madre que se preocupa por sus hijos, o un ama de casa por su cocina, o un político por su popularidad o su posición en el parlamento; y una mente que se halla ocupada es incapaz de resolver problema alguno. ¿Alcanza usted a verlo? Sólo la mente que no está ocupada es la que puede tener la lozanía indispensable para comprender un problema.

Observe su propia mente y verá qué inquieta está, siempre ocupada con algo: con lo que alguien dijo ayer, con algo que usted acaba de aprender, con lo que va a hacer mañana, etcétera. Nunca está desocupada ‑lo cual no implica una mente inactiva, o alguna clase de vacío mental. En tanto sigue ocupada, ya sea con lo más elevado o con lo más bajo, la mente es pequeña, mezquina; y una mente mezquina nunca puede resolver ningún problema, sólo puede estar ocupada con él. Por grande que pueda ser un problema, al estar ocupada con él la mente lo vuelve trivial. Sólo una mente que no se halla ocupada y que, por lo tanto, es fresca, lozana, puede abordar un problema y resolverlo.

Pero es muy difícil tener una mente no ocupada. A veces, cuando usted se sienta quietamente junto al río, o en su habitación, obsérvese a sí mismo y verá cómo ese pequeño espacio del que tenemos conciencia y al que llamamos nuestra mente, está de continuo lleno con los múltiples pensamientos que, atropellándose, se adueñan de ella. Mientras la mente permanece llena, ocupada con algo ‑puede ser la mente de un ama de casa o la del más grande de los científicos‑ es pequeña, insignificante, y cualquiera que sea el problema que aborde, no podrá resolverlo. Mientras que una mente que no se halla ocupada, que tiene espacio, puede habérselas con el problema y resolverlo, porque una mente así tiene frescura y aborda el problema de un modo nuevo, no con la vieja herencia de sus propios recuerdos y tradiciones.

Interlocutor: ¿Cómo podemos conocernos a nosotros mismos?

Krishnamurti: Usted conoce su rostro porque lo ha visto con frecuencia reflejado en el espejo. Pues bien, existe un espejo en el cual usted puede verse completamente a sí mismo ‑no su rostro, sino todo lo que piensa, todo lo que siente, sus motivos, sus apetitos, sus instintos y temores. Ese espejo es el espejo de la relación: la relación entre usted y sus padres, entre usted y sus maestros, entre usted y el río, los árboles, la tierra... entre usted y sus pensamientos. La relación es un espejo en el cual puede verse a sí mismo, no como debería ser sino como es. Yo puedo desear, cuando me miro en un espejo corriente, que éste me muestre que soy hermoso, pero no sucede eso porque el espejo refleja mi rostro exactamente como es, y no puedo engañarme a mí mismo. De igual manera, puedo verme exactamente como soy en el espejo de mi relación con los demás. Puedo observar cómo le hablo a la gente ‑con mayor cortesía a los que creo que pueden darme algo, y con rudeza y desdeñosamente a los que no pueden hacerlo. Soy atento con aquellos que me inspiran temor. Me pongo de pie cuando entra alguna persona importante, pero cuando entra el sirviente ni siquiera le presto atención. Así, observándome en la relación, he descubierto de qué manera tan falsa respeto a la gente, ¿no es cierto? Y también puedo descubrirme tal como soy en mi relación con los árboles y los pájaros, con las ideas y los libros.

Uno podrá tener todos los títulos académicos del mundo, pero si no se conoce a sí mismo es la más ignorante de las personas. El conocimiento de uno mismo es el verdadero propósito de toda la educación. Sin el conocimiento propio, el mero recoger hechos o tomar notas a fin de poder aprobar los exámenes, es una manera tonta de vivir. Usted podrá ser capaz de citar el Bhagavad Gita, los Upanishads el Corán y la Biblia, pero a menos que se conozca a sí mismo, es como un loro que repite palabras. Mientras que si comienza a conocerse a sí mismo, por poco que sea, ya se ha puesto en marcha un proceso extraordinario de creatividad. Es un descubrimiento el verse uno de pronto tal como es realmente: codicioso, pendenciero, iracundo, envidioso, necio. Ver el hecho sin tratar de alterarlo, sólo ver exactamente lo que uno es, constituye una revelación asombrosa. Desde ahí puede uno profundizar hasta el infinito, porque el conocimiento propio nuca se termina.

Gracias al conocimiento propio comienza usted a descubrir qué es Dios, qué es la verdad, qué es ese estado intemporal. Su maestro puede trasmitirle el conocimiento que él ha recibido de su maestro, y a usted puede irle bien en sus exámenes, puede obtener un titulo y todas esas cosas; pero si no se conoce a sí mismo tal como conoce su propio rostro en el espejo, todo el otro conocimiento significa muy poco. Las personas instruidas que no se conocen a sí mismas son en realidad poco inteligentes; no saben qué es el pensar, qué es la vida. Por eso es esencial que al educador se lo eduque en el verdadero sentido de la palabra, lo cual significa que tiene que saber como funciona su propia mente y su corazón, tiene que verse en el espejo de la relación exactamente como es. El conocimiento propio es el principio de la sabiduría. En el conocimiento de uno mismo está todo el universo; ese conocimiento abarca todas las luchas de la humanidad.

Interlocutor: ¿Podemos conocernos a nosotros mismos sin alguien que nos inspire?

Krishnamurti: ¿Para conocerse a sí mismo debe usted tener alguien que lo inspire, que lo apremie, que lo estimule, que lo impulse? Escuche la pregunta muy cuidadosamente y descubrirá la verdadera respuesta. Vea, la mitad del problema está resuelta si uno lo estudia, ¿no es así? Pero usted no puede estudiar el problema en su totalidad si su mente está ocupada con la excesiva ansiedad de encontrar una respuesta.

La pregunta es: a fin de dar con el conocimiento propio, ¿no debe haber alguien que nos inspire?

Ahora bien, si usted necesita un gurú, alguien que lo inspire, que lo estimule, que le diga que lo está haciendo bien, eso significa que estará perdido cuando esa persona se marche algún día. Tan pronto depende usted de una persona o de una idea para su inspiración, por fuerza tiene que haber miedo y, por lo tanto, eso no es en absoluto la verdadera inspiración. Mientras que si observa, por ejemplo, como se llevan un cuerpo muerto, u observa a dos personas que riñen ¿eso no le hace pensar? Cuando ve a alguien que es muy ambicioso, o nota cómo cae usted a los pies del gobernador cuando él llega, ¿no le hace eso reflexionar? Hay, pues, inspiración en todo, desde la caída de una hoja o la muerte de un pájaro, hasta la propia conducta humana. Si usted observa todas estas cosas, está aprendiendo permanentemente; pero si considera que una persona es su instructor, entonces está perdido y esa persona se convierte en su pesadilla. Por eso es muy importante no seguir a nadie, no tener un instructor en particular, sino aprender del río, de las flores, de los árboles, de la mujer que lleva una carga, de los miembros de su familia y de sus propios pensamientos. Esta es una educación que nadie puede darle excepto usted mismo, y ésta es la belleza de una educación así, la cual requiere una incesante vigilancia una mente en constante estado de investigación. Uno tiene que aprender observándose cuando lucha, cuando es feliz y cuando está bañado en llanto.

Interlocutor: Con todas las contradicciones que hay en uno mismo, ¿cómo es posible ser y actuar simultáneamente?

Krishnamurti: ¿Sabe usted qué es la contradicción en uno mismo? Si yo deseo hacer una cosa particular en la vida, y al mismo tiempo quiero agradar a mis padres que se sentirían complacidos si yo hiciera otra, entonces hay en mí un conflicto, una contradicción. ¿Cómo he de resolver eso? Si no puedo resolver esta contradicción dentro de mí mismo, es obvio que no puede haber integración del ser y el actuar. Por lo tanto, lo primero es estar libres de la contradicción interna.

Supongamos que usted desea estudiar pintura porque pintar es la felicidad de su vida, y su padre le dice que tiene que ser un abogado o un hombre de negocios, de lo contrario él romperá con usted y dejará de pagarle su educación; entonces hay en usted una contradicción, ¿no es así? Ahora bien, ¿cómo eliminará esa contradicción interna a fin de librarse de la lucha y el dolor que ello implica? Mientras está preso en esa contradicción no puede pensar; por consiguiente, tiene que eliminar la contradicción, tiene que hacer una cosa o la otra. ¿Cuál de ellas será? ¿Cederá usted a los deseos de su padre? Si lo hace, significa que ha desechado su felicidad y se ha comprometido con algo que usted no ama; y, ¿resolverá eso la contradicción? Mientras que si se opone a su padre, si dice: “Lo siento, no me importa si tengo que mendigar, si paso hambre, pero voy a pintar”, entonces no hay contradicción; entonces el ser y el actuar son simultáneos, porque usted sabe lo que quiere hacer y lo hace con todo el corazón. Pero si llega a ser un abogado o un hombre de negocios mientras internamente está ardiendo por ser un pintor, entonces por el resto de su vida será un ser humano torpe, aburrido, que vivirá atormentado en medio de la frustración y la desdicha, destruyéndose y destruyendo a otros.

Éste es un problema muy importante sobre el que tiene usted que reflexionar, porque a medida que crezca, sus padres van a querer que haga ciertas cosas, y si usted no está muy claro en sí mismo acerca de lo que realmente anhela hacer, será conducido como una res al matadero. Pero si descubre qué es aquello que verdaderamente quiere hacer y entrega a eso toda su vida, entonces no hay contradicción, y en ese estado su ser es su actuar.

Interlocutor: Por el bien de aquello que queremos hacer, ¿tenemos que olvidar el deber hacia nuestros padres?

Krishnamurti: ¿Qué entiende usted por esa extraordinaria palabra “deber”? ¿Deber hacia quién? ¿Hacia sus padres, hacia el gobierno, hacia la sociedad? Si sus padres le dicen que su deber es recibirse de abogado y mantenerlos como corresponde, y lo que usted quiere realmente es ser un sannyasi, ¿qué hará? En la India, ser un sannyasi es seguro y respetable, de modo que su padre tal vez accediera a eso. Cuando usted se pone la túnica del asceta, ya se ha vuelto un gran hombre, y su padre puede aprovecharse de ello. Pero si usted quiere trabajar con sus manos, si desea ser un simple carpintero o fabricar bellas cosas en arcilla, ¿dónde reside, entonces, su deber? ¿Puede alguien decírselo? ¿No debe, acaso, considerarlo cuidadosamente usted mismo, viendo todas las implicaciones que contiene, de modo que pueda decir: “Esto que siento es lo que verdaderamente tengo que hacer, y me atendré a ello estén o no estén de acuerdo mis padres”? No acatar meramente lo que sus padres y la sociedad quieren que haga, sino considerar realmente las implicaciones del “deber”; ver con mucha claridad qué es lo verdadero y atenerse a ello durante toda su vida, aun cuando pueda significar hambre, miseria, muerte ‑hacer eso requiere muchísima inteligencia, percepción, discernimiento, y también mucho amor. Vea, si usted mantiene a sus padres sólo porque piensa que ése es su deber, entonces su acción de mantenerlos es una cosa del mercado sin ninguna significación profunda, porque en eso no hay amor.

Interlocutor: Por mucho que yo quiera ser un ingeniero, si mi padre se opone a ello y no me ayuda, ¿cómo puedo estudiar ingeniería?

Krishnamurti: Si usted persiste en querer ser ingeniero aunque su padre lo eche de la casa, ¿piensa que no encontrará los caminos y los medios que le permitan estudiar ingeniería? Pedirá limosna, acudirá a los amigos... Señor, la vida es muy extraña. En el momento en que usted tiene muy claro lo que desea hacer, las cosas ocurren. La vida viene en su ayuda ‑un amigo, una relación, un maestro, una abuela, alguien lo ayuda. Pero si tiene miedo de intentarlo porque su padre podría echarlo de la casa, entonces está perdido. La vida jamás viene en ayuda de aquellos que meramente ceden a alguna exigencia a causa del miedo. Pero si usted dice: “Esto es lo que realmente quiero hacer y voy a persistir en ello”, entonces descubrirá que ocurre algo milagroso. Podrá pasar hambre, podrá tener que luchar para abrirse paso, pero será un ser humano valioso, no una mera copia, y ése es el milagro de ello.

Vea, casi todos nosotros tenemos miedo de estar solos; y sé que esto es especialmente difícil para ustedes que son jóvenes, porque en este país no existe una libertad económica como la que hay en América o Europa. Aquí el país está superpoblado, de manera que todos ceden a las exigencias del medio. Usted dice: “¿Qué me sucederá?

Pero si se mantiene firme, encontrará que algo o alguien le ayuda. Cuando uno se yergue de veras contra la exigencia popular, entonces es un individuo y la vida acude en su ayuda.

Vea, en biología hay un fenómeno que se llama mutación (sport), el cual consiste en una súbita y espontánea desviación con respecto a la norma. Si usted tiene un jardín y ha cultivado una especie particular de flor, una mañana puede encontrarse con que algo totalmente nuevo ha surgido de esa especie. Eso nuevo es lo que se llama la mutación. Como es algo nuevo se destaca, y el jardinero pone especial interés en ello. Y la vida es como eso. En el momento en que usted se arriesga, algo ocurre en usted y en relación con usted. La vida viene en su ayuda de distintos modos. Puede que a usted no le guste la forma en que le llega esa ayuda ‑puede ser la miseria, la lucha, el hambre- pero cuando uno invita a la vida, las cosas empiezan a suceder. Pero ya lo ve, nosotros no invitamos a la vida, queremos jugar un juego que sea seguro; y quienes juegan un juego seguro, mueren muy asegurados. ¿No es así?

16. RENOVANDO LA MENTE

La otra mañana vi cómo llevaban un cuerpo muerto para su cremación. Estaba envuelto en una tela de color magenta brillante, y se balanceaba con el ritmo de los cuatro sujetos que lo transportaban. Me pregunto qué clase de impresión les causa un cuerpo muerto. ¿No se preguntan ustedes por qué existe el deterioro? Uno compra un motor nuevo de marca, y en unos pocos años se ha gastado. El cuerpo también se gasta; pero, ¿no inquieren ustedes un poco más allá a fin de averiguar por qué se deteriora la mente? Tarde o temprano ocurre la muerte del cuerpo, pero la mayoría de nosotros tiene mentes que ya están muertas. El deterioro ya se ha producido; y, ¿por qué se deteriora la mente? El cuerpo se deteriora porque lo usamos constantemente, y el organismo físico se agota. Enfermedad, accidente, vejez, mala alimentación, una herencia pobre ‑éstos son los factores que originan el deterioro y la muerte del cuerpo. Pero, ¿por qué debe deteriorarse la mente, por qué debe envejecer, embotarse?

Al ver un cuerpo muerto, ¿nunca se han hecho preguntas al respecto? Aunque nuestros cuerpos tienen que morir, ¿por qué debería, de modo alguno, deteriorarse la mente? ¿Jamás se les ha ocurrido esta pregunta? Porque la mente sé se deteriora ‑lo vemos no sólo en las personas viejas, sino también en los jóvenes. Vemos cómo la mente de los jóvenes ya se está embotando, cómo se vuelve pesada, insensible; y si pudiéramos averiguar por qué la mente se deteriora, entonces tal vez descubriríamos algo verdaderamente indestructible. Podríamos comprender qué es la vida eterna, la vida que no tiene fin, que no pertenece al tiempo, la vida que es incorruptible, que no declina como el cuerpo que llevan a los ghats para quemarlo y arrojar los despojos en el río.

Entonces, ¿por qué se deteriora la mente? ¿Jamás han reflexionado al respecto? Siendo todavía muy jóvenes ‑si ya no los han embotado la sociedad, sus padres o las circunstancias- tienen ustedes una mente fresca, entusiasta, curiosa. Quieren saber por qué existen las estrellas, por qué mueren los pájaros, por qué caen las hojas, como vuelan los aviones; desean saber acerca de muchísimas cosas. Pero el impulso vital de inquirir, de descubrir, pronto es sofocado, ¿verdad? Lo sofocan el temor, el peso de la tradición, nuestra propia incapacidad de enfrentarnos a esta cosa extraordinaria llamada vida. ¿No han notado qué rápidamente se destruye ese entusiasmo de ustedes ante una palabra mordaz, o un gesto de menosprecio, o por el temor a un examen o ante la amenaza de un padre ‑lo cual implica que la sensibilidad se ha echado a un lado y que la mente se está embotando?

Otra causa de embotamiento mental es la imitación. La tradición los ha preparado para imitar. El peso del pasado los obliga a amoldarse, a observar las reglas, y a causa de este acatamiento al pasado, la mente se siente a salvo, segura; se afirma en un surco bien aceitado de modo que pueda deslizarse suavemente sin ninguna perturbación, sin un solo estremecimiento de duda. Observen a las personas adultas que los rodean y verán que sus mentes no desean ser perturbadas. Quieren paz, aunque ésa sea la paz de la muerte; pero la verdadera paz es algo por completo distinto.

Cuando la mente se establece ella misma en una rutina, en un patrón, ¿no han advertido que siempre se halla impulsada por el deseo de estar segura? Por eso es que sigue un ideal, un ejemplo, un gurú. Quiere sentirse segura, no desea que la molesten; en consecuencia, imita. Cuando en sus libros de historia ustedes leen acerca de los grandes líderes, los santos, los guerreros, ¿no se descubren a sí mismos deseando copiarlos? No es que no haya grandes personas en el mundo; pero el instinto es imitarlas, tratar de ser como ellas, y ése es uno de los factores de deterioro, porque entonces la mente se coloca a sí misma en un molde.

Además, la sociedad no quiere individuos alertas, sensitivos, revolucionarios, porque individuos así no encajarán en el bien establecido patrón social, y hasta podrían romperlo. Es por eso que la sociedad busca mantener las mentes de ustedes dentro de su propio patrón, y por eso la que llaman educación los incita a que imiten, a que sigan a alguien y se amolden.

Ahora bien, ¿puede la mente dejar de imitar? O sea, ¿puede cesar de formar hábitos? ¿Y puede la mente que ya se encuentra atrapada en un hábito, librarse del hábito?

La mente es el resultado del hábito, ¿no es así? Es el resultado de la tradición, el resultado del tiempo ‑siendo el tiempo repetición, una continuidad del pasado. ¿Y puede la mente, la mente de ustedes dejar de pensar en términos de lo que ha sido- y de lo que será, que es en realidad una proyección de lo que ha sido? ¿Puede esa mente estar libre de los hábitos y de la creación de hábitos? Si investigan bien a fondo este problema, descubrirán que eso es posible; y que cuando la mente se renueva a sí misma sin formar nuevos patrones, hábitos, sin caer de nuevo en la rutina de la imitación, permanece lozana, joven, inocente y, por lo tanto, es capaz de una comprensión infinita.

Para una mente así no existe la muerte, porque ya no hay un proceso de acumulación. Es el proceso de acumulación el que crea el hábito, la imitación, y para la mente que acumula hay deterioro, muerte. Pero para una mente que no acumula, que no acopia, que muere cada día, cada minuto, para una mente así, la muerte no existe. Se encuentra en un estado de espacio infinito.

Por lo tanto, la mente tiene que morir para todo lo que ha acumulado ‑para todos los hábitos, para las virtudes imitadas, para todas las cosas en que confiaba a fin de sentirse segura. Entonces ya no está atrapada en la red de su propio pensar. Al morir de instante en instante para el pasado, la mente adquiere lozanía; por lo tanto, jamás puede deteriorarse ni poner en movimiento la ola de la oscuridad.

Interlocutor: ¿Cómo podemos poner en práctica lo que usted nos dice?

Krishnamurti: Usted oye algo que considera correcto y quiere llevarlo a la práctica en su vida cotidiana; existe, pues, un vacío que separa lo que usted piensa de lo que hace, ¿no es así? Piensa una cosa y hace otra. Pero desea poner en práctica lo que piensa, de modo que hay un vacío entre la acción y el pensamiento; y entonces pregunta cómo puede llenar el vacío, cómo puede conectar su pensar con su acción.

Ahora bien, cuando usted desea muchísimo hacer algo, lo hace, ¿verdad? Cuando desea ir a jugar al criquet, o hacer alguna otra cosa que realmente le interesa, encuentra las maneras y los medios de hacerla; nunca pregunta cómo poner eso en práctica. Lo hace porque anhela hacerlo, porque todo su ser, su mente y su corazón están puestos en ello.

Pero en esta otra cuestión se ha vuelto muy astuto, piensa una cosa y hace otra. Dice: “Ésa es fina idea excelente, e intelectualmente la apruebo, pero no sé qué hacer al respecto, así que por favor dígame cómo ponerla en práctica” ‑lo cual significa que usted no quiere hacer eso en absoluto. Lo que en realidad quiere es posponer la acción, porque le gusta ser un poquito envidioso, o lo que fuere. Dice: “Todos los demás son envidiosos, ¿por qué no yo, entonces?”, y sigue exactamente igual que antes. Pero si realmente no quiere ser envidioso, y ve la verdad de la envidia tal como ve la verdad de una cobra, entonces deja de ser envidioso y se terminó; jamás preguntará cómo puede librarse de la envidia.

Lo importante, pues, es ver la verdad de algo, y no preguntar cómo llevarlo a la práctica ‑lo cual implica realmente que uno no ve la verdad de ello. Cuando usted se encuentra con una cobra en el camino, no pregunta: “¿Qué tengo que hacer?” Comprende muy bien el peligro de una cobra y se mantiene apartado de ella. Pero jamás ha examinado realmente todas las implicaciones de la envidia; nadie le ha hablado al respecto, nadie lo ha investigado profundamente con usted. Le han dicho que no debe ser envidioso, pero usted jamás ha investigado la naturaleza de la envidia; jamás ha observado como la sociedad y todas las religiones organizadas se basan en ella, en el deseo de llegar a ser algo o alguien. Pero en el momento en que usted investiga la envidia y ve realmente la verdad de ella, la envidia se retira.

La pregunta, “¿Cómo he de hacerlo?” es una pregunta irreflexiva, porque cuando usted se interesa realmente en algo y no sabe cómo hacerlo, emprende la acción y pronto comienza a descubrir. Si se sienta cómodamente y dice: “Por favor, indíqueme un método para librarme de la codicia”, continuará siendo codicioso. Pero si inquiere en la codicia con una mente alerta, sin ningún prejuicio, y si entrega a ello todo su ser, descubrirá por sí mismo la verdad de la codicia. Y es la verdad la que lo libera, no su búsqueda de un método para ser libre.

Interlocutor: ¿Por qué nuestros deseos nunca se realizan plenamente? ¿Por qué siempre hay obstáculos que nos impiden hacer completamente lo que deseamos?

Krishnamurti: Si su deseo de hacer algo es completo, si todo su ser está en ello sin buscar un resultado, sin el anhelo de satisfacción ‑o sea, sin temor- entonces no hay obstáculos. Un obstáculo, una contradicción existen sólo cuando su deseo es incompleto, cuando está fragmentado: uno desea hacer algo y, al propio tiempo, teme hacerlo, o quiere hacer a medias alguna otra cosa. Además, ¿puede uno realizar alguna vez plenamente sus deseos? ¿Comprende? Lo explicaré.

La sociedad, que es la relación colectiva entre los hombres, no quiere que uno tenga un deseo completo, porque si lo tuviera sería un estorbo, un peligro para la sociedad. Se nos permite tener deseos respetables como la ambición, la envidia ‑eso está perfectamente bien. Estando constituida por seres humanos envidiosos, ambiciosos, que creen e imitan, la sociedad acepta la envidia, la ambición, la creencia, la imitación, aun cuando todas éstas sean intimaciones del temor. En tanto sus deseos encajan en el patrón establecido, es usted un ciudadano respetable. Pero tan pronto tiene un deseo completo que no pertenece al patrón, se vuelve usted un peligro; por ende, la sociedad está siempre vigilando para impedirle que tenga un deseo completo, un deseo que sería la expresión de su ser total y que, en consecuencia, daría origen a una acción revolucionaria.

La acción del ser es por completo diferente de la acción del devenir. La acción del ser es tan revolucionaria que la sociedad la rechaza y se interesa exclusivamente en la acción del devenir, la cual es respetable porque encaja dentro del patrón. Pero cualquier deseo que se expresa en la acción del devenir ‑que es una forma de ambición- carece de una realización completa. Tarde o temprano, ese deseo se ve contrariado, impedido, frustrado, y contra esa frustración nos rebelamos mediante procedimientos dañinos.

Ésta es una cuestión muy importante que hay que investigar, porque a medida que pasen los años ustedes encontrarán que sus deseos jamás se realizan realmente. En la realización está siempre la sombra de la frustración, y entonces no llevan ustedes en el corazón un canto sino un grito. El deseo de llegar a ser ‑llegar a ser un gran hombre, un gran santo, un gran esto o aquello- no tiene fin y, por tanto, no se realiza nunca; siempre exige “mas”, y un deseo semejante engendra permanentemente angustia, desdicha, guerras. Pero cuando uno está libre de todo deseo de devenir, hay un estado del ser cuya acción es por completo diferente. Es. Y lo que es, no pertenece al tiempo. No piensa en términos de realización. Su existen la misma es su realización.

Interlocutor: Yo veo que soy torpe, pero otros dicen que soy inteligente. ¿Qué es lo que debiera influir en mí, mi propio ver o lo que ellos dicen?

Krishnamurti: Bien, escuche la pregunta muy cuidadosamente, muy tranquilamente, no trate de encontrar una respuesta. Si usted me dice que soy un hombre inteligente y yo sé muy bien que soy torpe, ¿me afectará lo que usted dice? Lo hará si estoy tratando de ser inteligente, ¿no es así? Entonces me sentiré halagado, influenciado por su comentario. Pero si veo que una persona torpe jamás puede dejar de ser torpe tratando de ser inteligente, ¿qué ocurre?

Ciertamente, si soy un necio y trato de ser inteligente seguiré siendo un necio, porque el tratar de ser o de llegar a ser alguna cosa forma parte de la necedad. Una persona necia puede adquirir los accesorios de la destreza, puede aprobar unos cuantos exámenes, conseguir un empleo pero no por eso deja de ser necia. (Por favor, entiendan esto, no es una afirmación cínica). Pero en el momento en que una persona se da cuenta de que es torpe, necia y, en vez de tratar de ser inteligente comienza a examinar y a comprender su necedad, en ese momento se produce el despertar de la inteligencia.

Tomemos la codicia. ¿Sabe usted qué es la codicia? Es comer más de lo necesario, es querer brillar más que otros en los juegos, querer poseer más propiedades, un automóvil más grande que el de alguna otra persona. Entonces usted dice que no debe ser codicioso y, por tanto, practica la no codicia ‑lo cual es tonto, porque la codicia no puede terminar jamás al tratar de volverse no codicia. Pero si usted comienza a comprender todas las implicaciones de la codicia, si dedica su mente y su corazón a descubrir la verdad de la codicia, entonces está libre tanto de la codicia como de su opuesto. Entonces es usted un ser humano de verdad inteligente, porque está abordando “lo que es” y no imitando “lo que debería ser”.

Por lo tanto, si es usted torpe, no trate de ser inteligente o ingenioso; comprenda más bien qué es lo que hace que sea torpe. La imitación, el temor, el seguir un ejemplo o un ideal ‑todo eso entorpece la mente. Cuando usted deja de seguir, cuando no tiene miedo, cuando es capaz de pensar claramente por sí mismo, ¿no es usted, entonces, el más despierto de los seres humanos? Pero si es torpe y trata de ser ingenioso, pasará a integrar las filas de aquellos que son considerablemente torpes en su ingeniosidad.

Interlocutor: ¿Por qué somos desobedientes?

Krishnamurti: Si usted se formula esa pregunta en el momento de ser desobediente, entonces tiene sentido, tiene significación. Pero cuando está enojado, por ejemplo, nunca se pregunta por qué está enojado, ¿verdad? Sólo después formula la pregunta. Habiendo estado enojado, dice: “¡Qué estúpido soy! No debería haberme enojado”. Mientras que si está alerta, atento en el momento del enojo y no lo condena, si está “en sus cabales” cuando el disturbio aparece en su mente, entonces verá con cuánta rapidez se desvanece.

Los niños son desobedientes a cierta edad, y deben serlo, porque están llenos de entusiasmo y energía, llenos de vida, de bríos, y eso tiene que estallar de un modo u otro. Pero vea, éste es un problema realmente complejo, porque la desobediencia puede deberse a una mala alimentación, a falta de sueño, a un sentimiento de inseguridad, etc. Si todos esos factores involucrados no se comprenden correctamente, entonces la desobediencia de los niños se convierte en una rebelión dentro de la sociedad, y en esa rebelión no hay alivio para ellos.

¿Sabe usted qué son los niños “delincuentes”? Son niños que hacen toda clase de cosas terribles; se rebelan dentro de la prisión de la sociedad, porque jamás se los ha ayudado a comprender el problema total de la existencia. Son tan vitales, y algunos de ellos son extraordinariamente inteligentes; su rebelión es una manera de decir “Ayúdennos a comprender, a abrirnos paso por esta compulsión, por este terrible conformismo”. Por eso este problema es muy importante para el educador, quien necesita más educación que los niños.

Interlocutor: Estoy acostumbrado a tomar té. Un maestro dice que es un mal hábito, y otro dice que está muy bien.

Krishnamurti: ¿Qué piensa usted? Descarte por el momento lo que dicen otras personas, puede ser el prejuicio de ellas, y escuche la pregunta. ¿Qué piensa usted de un joven que ya está siendo “usado” para algo ‑la bebida el té, el fumar, la comida competitiva, o lo que fuere? Podrá estar muy bien que caiga en el hábito de hacer alguna cosa cuando tenga setenta u ochenta años y esté con un pie en la tumba; pero recién está comenzando a vivir, y es terrible que ya lo usen para algo, ¿no es así? Eso es lo importante, no si debe o no debe tomar té.

Vea, cuando usted se ha acostumbrado a algo, su mente está ya en camino al cementerio. Si piensa como hindú, o comunista, o católico, o protestante, entonces su mente ya declina, ya se está deteriorando. Pero si su mente está alerta, si inquiere para descubrir por qué está usted atrapado en cierto hábito, por qué piensa de una determinada manera, entonces puede habérselas con el problema secundario de si debe o no debe fumar o tomar té.

17. EL RÍO DE LA VIDA

No sé si en sus paseos han reparado ustedes en una larga y estrecha alberca que hay junto al río. Deben haberla excavado algunos pescadores, y no está conectada con el río. Éste fluye firmemente, ancho y profundo, pero la alberca se halla saturada de desperdicios porque no se conecta con la vida del río y no contiene peces. Es una alberca estancada, y el río profundo, lleno de vigor y vitalidad, pasa velozmente de largo.

¿No creen ustedes que así son los seres humanos? Cavan una pequeña alberca para sí mismos lejos de la rápida corriente de la vida, y en esa pequeña alberca se estancan, mueren; y a este estancamiento, a este deterioro lo llamamos nuestra existencia. O sea, que todos anhelamos un estado de permanencia; queremos que ciertos deseos duren para siempre, ansiamos placeres que no terminen nunca. Cavamos un pequeño agujero y en él nos atrincheramos con nuestras familias, con nuestras ambiciones, nuestras culturas, nuestros temores, nuestros dioses, nuestras diversas formas de adoración, y allí morimos, dejando que pase la vida ‑esa vida que no es permanente, que cambia continuamente, que es tan rápida, que tiene profundidades tan enormes, una vitalidad y una belleza tan extraordinarias.

¿No han advertido que si se sientan quietamente a la orilla del río pueden escuchar su canto ‑el suave chapaleteo de las olas, el sonido de la corriente que pasa? Siempre hay una sensación de movimiento, un movimiento extraordinario hacia lo más ancho y profundo. Pero en la pequeña alberca no hay movimiento alguno, sus aguas se hallan estancadas. Y, si observan bien, verán que esto es lo que desea la mayoría de nosotros: pequeñas albercas estancadas lejos de la vida. Decimos que nuestra “existencia de alberca” está bien, y hemos inventado una filosofía para justificarla; hemos desarrollado teorías sociales, políticas, económicas y religiosas en apoyo de esa filosofía, y no queremos que se nos perturbe porque lo que perseguimos es un sentido de permanencia.

¿Saben ustedes lo que significa buscar la permanencia? Significa anhelar que lo placentero continúe indefinidamente y que lo que no es placentero se acabe lo más pronto posible. Queremos que el apellido que llevamos sea conocido y se prolongue a través de la familia, de la propiedad. Deseamos un sentido de permanencia en nuestras relaciones, en nuestras actividades, lo cual implica que buscamos una vida continua y duradera dentro de la alberca estancada. No queremos que haya ahí ningún tipo de cambios verdaderos; por lo tanto, hemos construido una sociedad que nos garantiza la permanencia de la propiedad, del nombre, de la fama.

Pero ya lo ven, la vida no es así en absoluto; la vida no es permanente. Como las hojas que caen de un árbol, todas las cosas son transitorias, nada perdura; siempre hay cambio y muerte. ¿Han reparado en un árbol que se levanta desnudo contra el cielo, lo hermoso que es? Se perfilan todas sus ramas, y en su desnudez hay un poema, hay un canto. Todas las hojas han desaparecido y el árbol aguarda la llegada de la primavera. Cuando la primavera llega cubre nuevamente al árbol con la música de muchísimas hojas, y éstas caen en la estación correspondiente y el viento se las lleva; y así es como actúa la vida.

Pero nosotros no queremos nada parecido. Nos aferramos a nuestros hijos, a nuestras tradiciones, a nuestra sociedad, a nuestros nombres y a nuestras pequeñas virtudes, porque anhelamos la permanencia; y es por eso que tenemos miedo de morir. Tenemos miedo de perder las cosas que conocemos. Pero la vida no es lo que a nosotros nos gustaría que fuera ‑no es permanente en absoluto. Los pájaros mueren, las nieves se derriten, los árboles son derribados o destruidos por las tormentas, etc. Pero queremos que todo cuanto nos brinda satisfacción sea permanente; queremos que dure nuestra posición, la autoridad que ejercemos sobre otros. Nos negamos a aceptar la vida tal como es de hecho.

De hecho, la vida es como el río: se encuentra en movimiento incesante, siempre buscando, explorando, empujando, desbordando sus orillas, penetrando con sus aguas en cada hendedura. Pero ya ven, la mente no permitirá que eso le ocurra a ella. La mente ve que es arriesgado, peligroso, vivir en un estado de impermanencia, de inseguridad; y entonces construye una muralla alrededor de sí misma: la muralla de la tradición, de la religión organizada, de las teorías políticas y sociales. La familia, el nombre, la propiedad, las pequeñas virtudes que hemos cultivado, todo eso está dentro de la muralla, fuera de la vida. La vida no es permanente, se mueve e incesantemente trata de penetrar, de derribar estos muros, tras los cuales hay confusión y desdicha. Los dioses que están dentro de la muralla son todos dioses falsos, y sus escrituras y filosofías no tienen sentido alguno, porque la vida está más allá de todo eso.

Ahora bien, para una mente que no tiene murallas, que no está recargada con sus propias adquisiciones y acumulaciones, con su propio conocimiento, para una mente que vive con un sentido de intemporalidad, de inseguridad, la vida es algo extraordinario. Esa mente es la vida misma, porque la vida no tiene un lugar de reposo. Pero casi todos nosotros queremos un lugar de reposo; queremos una pequeña casa, un nombre, una posición, y decimos que estas cosas son muy importantes. Exigimos permanencia y creamos una cultura que se basa en ese requerimiento, inventando dioses que no son dioses en absoluto sino meras proyecciones de nuestros propios deseos.

Una mente que busca permanencia pronto se estanca como esa alberca paralela al río, pronto se llena de corrupción y deterioro. Sólo la mente que no tiene murallas ni apoyos ni barreras ni lugar de reposo, que se mueve completamente con la vida, eternamente avanzando, explorando, estallando, sólo una mente así puede ser feliz, perpetuamente nueva, porque es en esencia creativa.

¿Entienden de qué estoy hablando? Deberían entenderlo, porque todo esto forma parte de la verdadera educación y, cuando se comprende, toda nuestra vida se transforma; nuestra relación con el mundo, con nuestro vecino, con nuestra esposa o marido, tiene un significado por completo diferente. Entonces no tratamos de realizarnos en lo personal a través de nada, porque vemos que la búsqueda de realización sólo invita al dolor y a la desdicha. Por eso es que deben interrogar a sus maestros acerca de todo esto y discutirlo entre ustedes. Si lo comprenden, habrán comenzando a comprender la extraordinaria verdad de lo que es la vida, y en esa comprensión hay gran belleza y amor, está el florecimiento de la bondad. Pero los esfuerzos de una mente que busca un estanque de seguridad, de permanencia, sólo pueden conducir a la oscuridad y a la corrupción. Una vez que se ha establecido en el estanque, una ponente así tiene miedo de aventurarse afuera para investigar, para explorar; pero la verdad, la realidad, Dios o como gusten llamarlo, está más allá del estanque.

¿Saben qué es la religión? La religión no está en los cánticos, ni en la práctica del puja o de cualquier otro ritual, ni en la adoración de los dioses de hojalata o las imágenes de piedra, no está en los templos ni en las iglesias, ni en la lectura de la Biblia o del Gita, no está en la repetición de un nombre sagrado ni en el seguimiento de alguna otra superstición inventada por los hombres. Ninguna de estas cosas es religión.

La búsqueda de Dios, de la verdad, el sentir que uno es completamente bueno ‑no el cultivo de la bondad, de la humildad, sino la búsqueda de algo que se encuentra más allá de las invenciones y tretas de la mente, lo cual implica percibir y ser esa cosa, vivir en ella-, eso es verdadera religión. Es ese sentimiento de bondad, ese amor que es como el río, que vive, que se mueve perpetuamente. En ese estado descubrirán ustedes que llega un momento en que ya no hay en absoluto ninguna búsqueda; y esta terminación de la búsqueda es el comienzo de algo por completo diferente. Pero eso pueden hacerlo sólo cuando abandonan el estanque que han excavado para sí mismos y salen afuera penetrando en el río de la vida. Entonces la vida tiene una manera asombrosa de tomarlos bajo su protección, porque ustedes han dejado de protegerse a sí mismos. La vida los conduce adonde ella quiere, porque ustedes son parte de ella misma; entonces no existe el problema de la seguridad, de lo que la gente dice o no dice; y ésa es la belleza de la vida.

Interlocutor: ¿Qué es lo que nos hace temer a la muerte?

Krishnamurti: ¿Cree usted que una hoja que cae al suelo teme a la muerte? ¿Cree que un pájaro vive con el temor de morir? Se enfrenta a la muerte cuando la muerte llega; pero no se preocupa por la muerte, está demasiado ocupado con el vivir: ocupado en atrapar insectos, en construir un nido, en cantar, en volar por el júbilo mismo del vuelo. ¿Ha observado alguna vez a los pájaros que, llevados por el viento, se remontan en el aire hasta una gran altura, sin un solo batir de alas?

¡Cómo parecen deleitarse sin cesar! No se preocupan de la muerte. Si la muerte llega, está bien, han terminado. No hay preocupaciones acerca de lo que va a suceder; viven de instante en instante, ¿no es así? Somos nosotros, los seres humanos, los que siempre estamos preocupados por la muerte ‑porque no estamos viviendo. Esa es la dificultad; estamos muriendo, no viviendo. Los viejos se encuentran próximos a la sepultura, y no muy detrás están los jóvenes.

Vea, existe esta preocupación con respecto a la muerte porque tememos perder lo conocido, las cosas que hemos acumulado. Tenemos miedo de perder una esposa o un marido, un hijo o un amigo; miedo de perder lo que hemos aprendido y atesorado en la memoria. Si pudiéramos conservar todas las cosas que hemos reunido ‑nuestros amigos, nuestras posesiones, nuestras virtudes, nuestro carácter- entonces no temeríamos a la muerte, ¿verdad? Por eso inventamos teorías sobre la muerte y el más allá. Pero está el hecho de que la muerte es un final, y casi ninguno de nosotros está dispuesto a afrontar este hecho. No queremos abandonar lo conocido; por lo tanto, lo que crea ese temor en nosotros es el aferrarnos a lo conocido, no lo desconocido. Lo conocido no puede percibir lo desconocido. Pero la mente, al estar constituida por lo conocido, dice: “Voy a terminar”, y por eso está asustada.

Ahora bien, si usted puede vivir de instante en instante y no preocuparse acerca del futuro, si puede vivir sin el pensamiento del mañana ‑lo cual no implica la superficialidad de ocuparse meramente del hoy-, si estando alerta a todo el proceso de lo conocido puede renunciar a lo conocido, desasirse completamente de ello, descubrirá que ocurre algo asombroso. Inténtelo por un solo día ‑descarte todo lo que conoce, olvídelo, y vea simplemente lo que sucede. No cargue con sus preocupaciones de día en día, de hora en hora, de instante en instante; despréndase de todas ellas y verá que, gracias a esta libertad, adviene una vida extraordinaria que incluye tanto el vivir como el morir. La muerte es tan sólo la terminación de algo, y en ese morir mismo existe una renovación.

Interlocutor: Se dice que en cada uno de nosotros la verdad es permanente y eterna; pero, puesto que nuestra vida es transitoria, ¿cómo puede haber tal verdad en nosotros?

Krishnamurti: Mire, nosotros hemos hecho de la verdad algo permanente. Y, ¿es permanente la verdad? Si lo es, entonces está dentro del campo del tiempo. Decir que algo es permanente implica que es continuo; y lo que es continuo no es la verdad. Ésa es la belleza de la verdad: tiene que ser descubierta de instante en instante, no recordada. Una verdad recordada es una cosa muerta. La verdad ha de ser descubierta de instante en instante porque es algo viviente, jamás es lo mismo; y, no obstante, cada vez que uno la descubre es la misma.

Lo importante es no hacer de la verdad una teoría, no decir que la verdad es permanente en nosotros, y todas esas cosas que se dicen ‑son invenciones de los viejos que tienen miedo tanto de la muerte como de la vida. Estas maravillosas teorías ‑que la verdad es permanente, que uno no necesita tener miedo porque es un alma inmortal, etcétera- han sido inventadas por personas temerosas cuyas mentes están declinando y cuyas filosofas carecen de toda validez. El hecho es que la verdad es la vida, y la vida no tiene permanencia. La vida ha de ser descubierta de instante en instante, de día en día; ha de ser descubierta, no puede darse por sentada. Si uno da por sentado que conoce la vida, no está viviendo. Tres comidas al día, ropa, refugio, sexo, nuestro empleo, nuestros entretenimientos y nuestro proceso del pensar ‑ese proceso tedioso, repetitivo- no es la vida. La vida es algo que tiene que ser descubierto; y usted no puede descubrirlo si no ha dejado atrás, si no ha descartado las cosas que ha reunido. Experimente a fondo con lo que estoy diciendo. Deseche sus filosofías, sus religiones, sus costumbres, sus tabúes raciales y todo eso, porque esas cosas no son la vida. Si está atrapado en ellas, jamás descubrirá la vida; y el propósito de la educación es, ciertamente, ayudarle a descubrir la vida todo el tiempo.

Un hombre que dice que sabe, ya está muerto. Pero aquel que dice: “No sé”, que está encontrando, descubriendo, que no busca una finalidad, que no piensa en términos de llegar o de devenir, un hombre asé está viviendo, y ese vivir es la verdad.

Interlocutor: ¿Puedo lograr una idea de perfección?

Krishnamurti: Probablemente pueda. Especulando inventando, proyectando, diciendo: “Esto es feo y aquello es perfecto”, lo que tendrá es una idea de perfección. Pero su idea de la perfección, como su creencia en Dios, no tiene sentido alguno. La perfección es algo que se vive en un instante no premeditado, y ese instante no tiene continuidad; por lo tanto, la perfección no puede ser pensada, ni hay método alguno para hacerla permanente. Sólo la mente que se halla muy quieta, que no está premeditando nada, que no inventa, que no proyecta, puede conocer un instante de perfección, un instante pleno, completo.

Interlocutor: ¿Por qué queremos vengarnos lastimando a otro que nos ha lastimado?

Krishnamurti: Ésa es la respuesta instintiva de la supervivencia, ¿no es así? Mientras que la mente con inteligencia, la mente que se halla despierta, que ha reflexionado muy profundamente al respecto, no siente deseo alguno de devolver el golpe ‑no porque esté tratando de ser virtuosa o de cultivar el perdón, sino porque percibe que devolver golpe por golpe es tonto, que no tiene ningún sentido. Pero eso requiere meditación.

Interlocutor: Yo me divierto fastidiando a otros, pero me enojo cuando me fastidian.

Krishnamurti: Me temo que lo mismo pasa con las personas mayores. A casi todos nos gusta explotar a otros, pero en cambio no nos gusta cuando nos explotan. El deseo de lastimar o fastidiar a otros es el más irreflexivo de los estados, ¿no es así? Surge de una vida basada en el egocentrismo. Ni a ti ni al otro compañero tuyo les gusta que los fastidien. Entonces, ¿por qué no dejan ambos de fastidiar? Eso significa ser reflexivos.

Interlocutor: ¿Cuál es la tarea del hombre?

Krishnamurti: ¿Cuál cree usted que es? ¿Estudiar, aprobar exámenes, conseguir un empleo y hacer eso por el resto de su vida? ¿Ir al templo, afiliarse a grupos, emprender diversas reformas? ¿Es la tarea del hombre matar animales para alimentarse? ¿Es la tarea del hombre construir un puente para que un tren lo atraviese, excavar pozos en una tierra seca, encontrar petróleo, escalar montañas, conquistar la tierra y el aire, escribir poemas, pintar, amar, odiar? ¿Es ésta toda la tarea del hombre? ¿Edificar civilizaciones que van a venirse abajo en unos cuantos siglos, causar guerras, crear a Dios a su propia imagen, matar a la gente en nombre de la religión o del Estado, hablar de paz y de hermandad mientras usurpa el poder y es despiadado con sus semejantes...? Esto es lo que el hombre está haciendo en todas partes, ¿no es asir? ¿Y es ésta la verdadera tarea del hombre?

Usted puede ver que todo esto conduce a la destrucción y a la desdicha, al caos y a la desesperación. Grandes lujos existen codo a codo con una extrema pobreza; la enfermedad y la inanición junto a los refrigeradores y a los aviones. Todo esto es la tarea del hombreé y cuando usted ve eso, ¿no se pregunta: “Eso es todo? ¿No hay ninguna otra cosa que constituya la verdadera tarea del hombre?” Si podemos descubrir cuál es esa tarea, entonces los aviones, las máquinas de lavar, los puentes, tendrán un significado por completo diferente; pero sin descubrir cuál es la verdadera tarea del hombre, el mero complacerse en reformas, en rehacer lo que el hombre ya ha hecho, no conducirá a ninguna parte.

¿Cuál es, entonces, la verdadera tarea del hombre? Ciertamente, esa tarea es el descubrimiento de la verdad, de Dios; es amar y no quedar atrapado en actividades que lo encierran en sí mismo. En el propio descubrimiento de lo que es verdadero, hay amor, y ese amor en la relación del hombre con el hombre, creará una civilización diferente, un mundo nuevo.

Interlocutor: ¿Por qué adoramos a Dios?

Krishnamurti: Me temo que no adoramos a Dios. No se rían. Vean, no amamos a Dios. Si realmente amáramos a Dios, no existiría esta cosa que llamamos adoración. Adoramos a Dios porque le tememos; en nuestros corazones hay miedo, no amor. El templo, el puja, el hilo sagrado, estas cosas no son de Dios, son creaciones del temor y la vanidad del hombre. Son sólo los desdichados, los temerosos quienes rinden culto a Dios. Los que tienen riquezas, posición y autoridad no son personas felices. Un hombre ambicioso es el más desdichado de los seres humanos. La felicidad llega solamente cuando estancos libres de todo eso ‑y entonces no adoramos a Dios. Son los desdichados, los torturados, los que están en la desesperación, quienes se arrastran hasta un templo; pero si desecharan ésta que llaman adoración y comprendieran su desdicha, entonces serian hombres y mujeres felices, porque habrían descubierto qué es la verdad, qué es Dios.

18. LA MENTE ATENTA

¿Alguna vez han prestado atención al tener de las campanas de un templo? Bien, ¿a qué prestan atención ustedes? ¿A las notas, o al silencio que hay entre las notas? Si no hubiera silencio, ¿habría notas? Y si prestaran atención al silencio, ¿no serían las notas más penetrantes, de una cualidad diferente? Pero va lo ven, raramente prestamos atención a nacía; y pienso que es importante descubrir qué significa prestar atención. Cuando el maestro les está explicando un problema de matemáticas, o cuando están leyendo historia, o un amigo les está hablando, narrándoles algo, o cuando se encuentran cerca del río y escuchan cómo las aguas bañan la orilla, por lo general prestan ustedes muy poca atención; y si pudiéramos averiguar qué significa prestar atención, es posible que el aprender tuviera entonces un significado por completo diferente y resultaría mucho más fácil.

Cuando el maestro les pide que pongan atención en clase, ¿qué quiere decir con eso? Quiere decir que no deben ustedes mirar afuera por la ventana, que tienen que retirar su atención de cualquier otra cosa y concentrarla totalmente en lo que se supone están estudiando. O, cuando están absortos en una novela, la mente de ustedes se halla tan por completo concentrada en eso, que momentáneamente han perdido interés en todo lo demás. Ésa es otra forma de atención. Por lo tanto, en el sentido corriente del concepto, prestar atención es un proceso limitativo, ¿no es así?

Ahora bien, yo creo que hay una clase de atención por completo diferente. La atención por la que generalmente abogamos practicándola o complaciéndonos en ella, consiste en limitar la mente a un punto, lo cual constituye un proceso de exclusión. Cuando uno se esfuerza por prestar atención, lo que realmente está haciendo es resistir algo ‑el deseo de mirar por la ventana, de ver quién entra, etc. Parte de nuestra energía ya se ha disipado en la resistencia. Construimos un muro alrededor de nuestra mente para hacer que se concentre por completo sobre una cosa en particular, y a esto lo llamamos disciplinar la mente para que preste atención. Tratamos de excluir de la mente todo pensamiento que no sea aquel en el que queremos concentrarnos por completo. Eso es lo que casi todos entendemos por prestar atención. Pero yo creo que hay una clase distinta de atención, un estado de la mente que no es exclusivo, que no cierra la puerta a nada; y debido a que no hay resistencia, la mente es capaz de desarrollar una atención mayor. Pero la atención sin resistencia no implica la atención del ensimismamiento.

La clase de atención que me gustaría discutir es en absoluto diferente de la que por lo general entendemos como atención, y tiene posibilidades inmensas porque no es exclusiva. Cuando nos concentramos en un tema, en una charla, en una conversación, consciente o inconscientemente levantamos un muro de resistencia contra la intromisión de otros pensamientos, y así nuestra mente no está ahí de una manera completa; sólo lo está parcialmente por mucha atención que pongamos, porque parte de la mente está resistiendo cualquier intromisión, cualquier desviación o distracción.

Comencemos a la inversa. ¿Saben ustedes qué es la distracción? Uno quiere prestar atención a lo que está leyendo, pero su mente se distrae por algún ruido exterior y uno mira afuera por la ventana. Cuando queremos concentrarnos en algo y nuestra mente divaga, a ese divagar lo llamamos distracción; entonces una parte de nuestra mente resiste la así llamada distracción, y en esa resistencia hay un desgaste de energía. Mientras que si estamos atentos a cada movimiento de la mente de instante en instante, entonces no hay tal distracción en ningún momento, y la energía mental no se disipa en resistir cosa alguna. Tiene importancia, pues, descubrir qué es realmente la atención.

Si uno escucha tanto el sonido de la campana como el silencio que hay entre los tañidos, la totalidad de ese escuchar es atención. De igual manera, cuando alguien está hablando, la atención consiste en dedicar nuestra mente no sólo a percibir las palabras, sino también el silencio entre las palabras. Si experimentan con esto, descubrirán que la mente puede prestar atención completa sin distracción ni resistencia alguna. Cuando disciplinan la mente diciendo: “No debo mirar afuera por la ventana, no debo observar a las personas que entran, debo prestar atención aunque desee hacer alguna otra cosa”, ello crea una división que es muy destructiva porque disipa la energía mental. Pero si escuchan comprensivamente, de modo que no haya división y, por lo tanto, ninguna forma de resistencia, descubrirán entonces que la mente puede prestar atención completa a todo sin esfuerzo alguno. ¿Entienden esto? ¿Me expreso con claridad?

Por cierto, disciplinar la mente para que preste atención, es producir su deterioro ‑lo cual no quiere decir que la mente debe divagar saltando de una cosa a otra como un mono. Pero, aparte de la atención del ensimismamiento, existen estos dos estados que todos conocemos: o bien tratamos de disciplinar la mente con tanta rigurosidad que no pueda desviarse, o le permitimos que simplemente divague de una cosa a otra. Ahora bien, lo que estoy describiendo no es un compromiso entre ambos estados; por el contrario, no tiene nada que ver con ninguno de los dos. Es un modo por completo diferente de abordar las cosas; consiste en estar totalmente alertas, de modo que la mente esté todo el tiendo atenta sin quedar atrapada en el proceso de exclusión.

Traten de hacer lo que estoy diciendo, y verán con cuánta rapidez la mente puede aprender. Uno puede oír un canto o un sonido y permitir que la mente se llene por completo de ello sin que exista el esfuerzo de aprender. Después de todo, si saben cómo escuchar lo que el maestro les está relatando acerca de algún hecho histórico, si pueden escucharlo sin resistencia alguna porque la mente tiene espacio y silencio y, por tanto, no está distraída, entonces estarán atentos no sólo al hecho histórico sino también al posible prejuicio con que el maestro puede estar trasmitiéndolo, así como a la propia respuesta interna de ustedes.

Les diré algo. Todos saben qué es el espacio. Hay espacio en esta habitación. La distancia entre aquí y el lugar donde se hospedan, entre el puente y la casa de uno, entre esta orilla del río y la otra, todo eso es espacio. Ahora bien, ¿hay asimismo espacio dentro de nuestra mente? ¿O se halla tan atestada que no contiene espacio alguno en absoluto? Si la mente tiene espacio, entonces en ese espacio hay silencio ‑y de ese silencio proviene todo lo otro, porque entonces podemos escuchar, podemos prestar atención sin resistencia alguna. Por eso es muy importante disponer de espacio en la mente. Si ésta no se halla atestada, ocupada incesantemente, entonces puede prestar atención a ese perro que ladra, al sonido de un tren que cruza el puente distante, y también puede estar totalmente atenta a lo que dice la persona que aquí les habla. Entonces la mente es algo vivo, no está muerta.

Interlocutor: Ayer, después de la reunión, vimos cómo observaba usted a dos niños aldeanos, típicamente pobres, que jugaban junto a la orilla del camino. Nos gustaría saber qué sentimientos surgían entonces en su mente.

Krishnamurti: Ayer en la tarde, algunos de los estudiantes se encontraron conmigo en el camino, y poco después que los dejé vi a los dos hijos del jardinero que estaban jugando. El interlocutor quiere saber qué sentimientos experimenté mientras observaba a los niños.

Bien, ¿qué sentimientos tiene usted cuando observa a los niños pobres? Es mucho más importante descubrir eso que lo que yo pueda haber sentido. ¿O está usted siempre tan ocupado yendo a su hospedaje o a su clase, que jamás los observa en absoluto?

Ahora bien, cuando observa a esas pobres mujeres que llevan una pesada carga al mercado, o mira cómo los niños de la aldea juegan en el barro sin tener casi ninguna otra cosa con qué jugar, esos niños que no recibirán la educación que usted recibe, que no tienen una casa digna donde vivir ni limpieza ni ropa ni comida suficiente y adecuada, cuando observa todo eso, ¿cuál es su reacción? Es muy importante que descubra por sí mismo cuál es su reacción. Le diré cuál fue la mía.

Esos niños carecen de un lugar apropiado donde dormir; el padre y la madre están ocupados durante todo el día sin tener nunca un período de vacaciones; los niños no conocen jamás lo que es ser amados, cuidados; los padres nunca se sientan con ellos y les cuentan historias acerca de la belleza de la tierra y de los cielos. Y, ¿qué clase de sociedad es la que ha producido estas circunstancias ‑una sociedad en la que hay personas inmensamente ricas que tienen todo lo que pueden anhelar en la tierra, y al mismo tiempo hay niños y niñas que no tienen nada? ¿Qué clase de sociedad es y cómo se ha originado? Ustedes podrán hacer revoluciones, romper el patrón de esta sociedad, pero en la ruptura misma de un patrón ha nacido uno nuevo que es otra vez la misma cosa en una forma distinta ‑los comisarios políticos con sus casas especiales en el campo, los privilegios, los uniformes, y así sucesivamente. Esto ha ocurrido después de toda revolución, la francesa, la rusa, la china. Y, ¿es posible crear una sociedad en que toda esta corrupción y miseria no existan? Podrá crearse sólo cuando usted y yo, como individuos, rompamos con lo colectivo, cuando estemos libres de ambición y sepamos qué significa amar. Esa fue, en un solo destello, toda mi reacción.

¿Pero prestó usted atención a lo que dije?

Interlocutor: ¿Cómo puede la mente escuchar varias cosas al mismo tiempo?

Krishnamurti: No es de eso que he estado hablando. Hay personas que pueden concentrarse sobre muchas cosas al mismo tiempo ‑es una mera cuestión de adiestrar la mente. No me refiero a eso en absoluto. Hablo de una mente que no ofrece resistencia, que puede escuchar porque tiene el espacio y el silencio desde los cuales puede emanar todo pensamiento.

Interlocutor: ¿Por qué nos gusta ser perezosos?

Krishnamurti: ¿Qué hay de malo con la pereza? ¿Qué hay de malo en sentarse tranquilamente y escuchar un sonido distante que se aproxima más y más? ¿O en permanecer en la cama una mañana observando a los pájaros en un árbol cercano, o una hoja aislada de las demás que danza en la brisa cuando todas las otras están muy quietas? ¿Qué hay de malo en eso? Condenamos la pereza porque pensamos que está mal ser perezoso; averigüemos, pues, qué entendemos por pereza. Si usted se siente bien y, no obstante, permanece en la cama después de cierta hora, algunas personas pueden calificarlo de perezoso. Si no quiere jugar o estudiar porque le falta energía, o por otras razones de salud, eso también puede ser tildado de pereza por alguien. Pero, ¿qué es realmente la pereza?

Cuando la mente no está atenta a sus reacciones, a sus propios movimientos sutiles, una mente así es perezosa ignorante. Si usted no puede aprobar sus exámenes, si no ha leído muchos libros y tiene muy poca información, eso no es ignorancia. La verdadera ignorancia es no conocernos a nosotros mismos, no percibir cómo trabaja nuestra mente, cuáles son nuestros motivos, nuestras respuestas. De igual manera, hay pereza cuando la mente está dormida. Y las mentes de casi todos nosotros están dormidas. Estamos narcotizados por el conocimiento, por las Escrituras, por lo que Shankara o algún otro han dicho. Seguimos una filosofía, practicamos una disciplina, y así nuestras mentes ‑que deberían ser ricas, plenas, desbordantes como el río- se limitan, se embotan, se fatigan. Una mente así es perezosa. Y una mente que es ambiciosa, que persigue un resultado, no está activa en el verdadero sentido de la palabra; aunque pueda estar superficialmente activa, impulsándose, trabajando todo el día para conseguir lo que quiere, por debajo está agobiada por la desesperación, por la frustración.

Tenemos, pues, que estar muy atentos para descubrir si somos realmente perezosos. Si la gente le dice que es usted perezoso, no lo acepte. Descubra por sí mismo qué es la pereza. Un hombre que meramente acepta, rechaza o imita, un hombre que, estando asustado, cava para sí un pequeño surco, un hombre así es perezoso y, por lo tanto, su mente se deteriora, se desmoraliza por completo.

Pero un hombre atento, alerta, no es perezoso aun cuando pueda con frecuencia sentarse quietamente y observar los árboles, los pájaros, las personas, las estrellas y el río silencioso.

Interlocutor: Usted dice que debemos rebelarnos contra la sociedad, y al mismo tiempo dice que no debemos tener ambición. El deseo de mejorar la sociedad, ¿no es una ambición?

Krishnamurti: He explicado muy detalladamente qué entiendo por rebelión, pero usaré dos palabras diferentes para hacerlo mas claro. Rebelarse dentro de la sociedad a fin de mejorarla un poquito, de producir ciertas reformas, es como la rebelión de los prisioneros para mejorar su vida dentro de los muros de la prisión; y una rebelión así no es rebelión en absoluto, sólo es un motín. ¿Alcanza a ver la diferencia? La rebelión dentro de la sociedad es como el motín de los prisioneros que quieren una comida mejor, un mejor trato dentro de la prisión; pero la rebelión que nace de la comprensión, es una ruptura individual con la sociedad, y eso es revolución creativa.

Ahora bien, si usted como individuo rompe con la sociedad, ¿está ese acto motivado por la ambición? Si lo está, entonces no ha roto en absoluto, sigue estando dentro de la prisión, porque la base misma de la sociedad es la ambición, el deseo de adquirir, la codicia. Pero si usted comprende todo eso y produce una revolución en su propia mente, en su corazón, entonces ya no es más ambicioso, ya no está motivado por la envidia, la codicia, el ansia de poseer; por lo tanto, estará enteramente fuera de una sociedad que se basa en esas cosas. Entonces es un individuo creativo y en su acción estará la semilla de una cultura diferente.

Existe, pues, una gran diferencia entre la acción de la revolución creativa, y la acción de la revuelta o el motín dentro de la sociedad. En tanto nos interesemos en la mera reforma, en decorar los barrotes y muros de la prisión, no serenos creativos. La reforma siempre necesita más reforma, y sólo trae más desdicha, más destrucción. Mientras que la mente que comprende toda esta estructura de la codicia, de la ambición, y rompe con ella está en una revolución constante. Es una mente expansiva, creadora; por lo tanto, como una piedra que arrojan dentro de un estanque de aguas tranquilas, su acción produce ondas, y esas ondas formarán una civilización por completo diferente.

Interlocutor: ¿Por qué me aborrezco a mí mismo cuando no estudio?

Krishnamurti: Escuchen la pregunta. ¿Por qué me aborrezco a mí mismo cuando no estudio como se supone que debería hacerlo? ¿Por qué me aborrezco cuando no soy agradable como debería serlo? En otras palabras, ¿por qué no vivo a la altura de mis ideales?

Y bien, ¿acaso no sería mucho más sencillo no tener ideales en absoluto? Si uno no tuviera ideales, ¿tendría entonces razón alguna para aborrecerse? ¿Por qué dice entonces: “Tengo que ser amable, tengo que ser generoso, tengo que prestar atención, tengo que estudiar”? Si pudiera usted descubrir por qué, y estar libre de ideales, entonces tal vez actuaría de un modo por completo diferente ‑cosa que voy a investigar en seguida.

Entonces, ¿por qué tiene usted ideales? En primer lugar, porque la gente le ha dicho siempre que si carece de ideales es un joven inútil. La sociedad, ya sea de acuerdo con el patrón comunista o con el patrón capitalista, dice: “Éste es el ideal”, y usted lo acepta, trata de vivir a la altura de ese ideal, ¿no es así? Ahora bien, antes de que trate de vivir a la altura de ningún ideal, ¿no debería averiguar si es necesario tener ideales? Por cierto que eso tendría mucho más sentido. Ustedes tienen el ideal de Rama y de Sita, y así muchos otros ideales que la sociedad les ha trasmitido o que ustedes han inventado por sí mismos. ¿Sabe por qué los tiene? Porque tiene miedo de ser lo que es.

Hagámoslo sencillo, no lo compliquemos. Usted tiene miedo de ser lo que es ‑lo cual implica que le falta confianza en sí mismo. Por eso trata de ser lo que la sociedad, lo que sus padres y su religión le dicen que debe ser.

¿Por qué, entonces, tiene usted miedo de ser lo que es? ¿Por qué no empieza con lo que es y no con lo que debería ser? Sin comprender lo que usted es, no tiene sentido que trate de cambiar eso por lo que piensa que debería ser. Por consiguiente, deseche todos los ideales. Yo sé que a las personas mayores no les gustará esto, pero no importa. Abandone todos los ideales, ahóguelos en el río, arrójelos al cesto de los papeles y comience con lo que usted es. ¿Qué es usted?

Usted es perezoso, no quiere estudiar, quiere jugar, quiere divertirse como todos los jóvenes. Comience con eso. Use su mente para examinar qué quiere usted decir cuando habla de divertirse ‑descubra qué es lo que realmente implica eso, no se atenga a lo que dicen sus padres o sus ideales. Use su mente para descubrir por qué no desea usted estudiar. Use su mente para averiguar qué quiere hacer en la vida ‑lo que usted quiere hacer, no lo que la sociedad o algún ideal le dicen que haga. Sí pone todo su ser en esta investigación, entonces es usted un revolucionario. Entonces tiene confianza para crear, para ser lo que es, y en ello existe una vitalidad siempre renovada. De lo contrario, está siempre disipando su energía en tratar de ser como algún otro.

¿No lo ve? Es realmente algo extraordinario que esté usted tan atemorizado de ser lo que es; porque la belleza radica en que uno sea lo que es. Si usted ve que es perezoso que es necio, y si comprende la pereza y se enfrenta cara a cara con la necedad, sin tratar de cambiarla en alguna otra cosa, entonces descubrirá que en ese estado hay un alivio enorme, una gran belleza, una gran inteligencia.

Interlocutor: Aunque realmente creáramos una nueva sociedad rebelándonos contra la actual, esta creación de una sociedad nueva, ¿no seguiría siendo otra forma de ambición?

Krishnamurti: Me temo que no escuchó usted lo que dije. Cuando la mente se rebela dentro del patrón de la sociedad, una rebelión semejante es como un motín en una prisión, y ésa es meramente una forma de ambición más. Pero cuando la mente comprende la totalidad de este proceso destructivo de la sociedad actual y se sale de él, su acción no es ambiciosa. Esta acción puede crear una nueva cultura, un orden social mejor, un mundo distinto, pero la mente que ha comprendido no se ocupa de esa creación. Su único interés es el de descubrir lo verdadero; y es el movimiento de la verdad el que crea un mundo nuevo, no la mente que se rebela contra la sociedad.

19. CONOCIMIENTO Y TRADICIÓN

No sé cuántos de ustedes observaron el arco iris del último atardecer. Se reflejaba en el agua y uno dio súbitamente con él. Era algo bello para ser contemplado, y le produjo a uno un gran sentimiento de júbilo, una percepción de la vastedad y belleza de la tierra. Para poder comunicar un júbilo semejante, uno debe tener un conocimiento de las palabras, del ritmo y la belleza del lenguaje apropiado, ¿no es así? Pero lo que es mucho más importante es el sentir mismo, el éxtasis que adviene con la profunda apreciación de algo bello; y este sentir no puede ser despertado mediante el mero cultivo del conocimiento o de la memoria.

Vean, necesitamos el conocimiento para poder comunicarnos, para decirnos algo el uno al otro; y para cultivar el conocimiento tiene que haber memoria. Sin el conocimiento no podríamos hacer volar un avión, ni construir un puente o una casa hermosa, no podríamos construir grandes carreteras, cuidar de los árboles, de los animales, y hacer tantas cosas que un hombre civilizado tiene que hacer. Para generar electricidad, para trabajar en las distintas especialidades científicas, para ayudar al hombre mediante la medicina, etc., para todo esto nos hace falta tener conocimientos, información, memoria, y en estas cuestiones es necesario recibir la mejor instrucción posible. Por eso es muy importante que, técnicamente, tengan ustedes maestros de primera clase que les trasmitan la información apropiada y los ayuden a cultivar un conocimiento cabal de las diversas materias.

Pero vean, si bien el conocimiento es necesario en un nivel, en otro nivel se convierte en un obstáculo. Hay muchísimo conocimiento disponible acerca de la existencia física, y se le añade más conocimiento todo el tiempo. Es esencial tener un conocimiento semejante y utilizarlo en beneficio del hombre. Pero, ¿no existe otra clase de conocimiento que, en el nivel psicológico, se convierte en un obstáculo para el conocimiento de lo verdadero? Después de todo, el conocimiento es una forma de tradición, ¿no es así? Y la tradición es el cultivo de la memoria. La tradición en asuntos mecánicos es esencial, pero cuando la tradición se utiliza como un medio de guiar al hombre internamente, se vuelve un obstáculo para el conocimiento de las grandes cosas.

En nuestra vida cotidiana y en cuestiones mecánicas, confiamos en el conocimiento, en la memoria. Sin los conocimientos no podríamos manejar un automóvil, seríamos incapaces de hacer muchas de las cosas que hacemos. Pero el conocimiento es un obstáculo cuando se convierte en una tradición, en una creencia que guía la mente, la psique, el ser interior; y también divide a la gente. ¿No han notado cómo en todo el mundo los seres humanos están divididos en grupos que se llaman a sí mismos hindúes musulmanes, budistas, cristianos, etc.? ¿Qué los divide? No las investigaciones de la ciencia, no el conocimiento de la agricultura, o el que les permite construir puentes o hacer volar a los aviones. Lo que divide a la gente es la tradición, son las creencias que condicionan la mente de una determinada manera.

De modo que el conocimiento es un obstáculo cuando se ha vuelto una tradición que moldea o condiciona la mente a un patrón particular, porque entonces no sólo divide a las personas y crea enemistad entre ellas, sino que también impide el profundo descubrimiento de lo que es la verdad, la vida, Dios. Para descubrir qué es Dios, la mente tiene que estar libre de toda tradición, de toda acumulación, de todo conocimiento que utiliza como salvaguarda psicológica.

El propósito de la educación es dar al que estudia un conocimiento abundante en los diversos campos del esfuerzo humano y, al mismo tiempo, liberar su mente de toda tradición, para que sea capaz de investigar, de descubrir. De lo contrario, la mente se vuelve mecánica, agobiada por la maquinaria del conocimiento. A menos que esté liberándose constantemente a sí misma de las acumulaciones de la tradición, la mente es incapaz de descubrir lo supremo, lo eterno. Pero, obviamente, tiene que adquirir conocimientos e informaciones en permanente expansión para que sea capaz de habérselas con las cosas que el hombre necesita y tiene que producir.

Por consiguiente, el conocimiento que consiste en el cultivo de la memoria es útil y necesario en un cierto nivel, pero en otro nivel se vuelve perjudicial. Reconocer la diferencia ‑ver dónde el conocimiento es destructivo y tiene que dejarse de lado, y dónde es esencial y ha de permitírsele funcionar con la mayor amplitud posible- es el principio de la inteligencia.

Ahora bien, ¿qué está sucediendo actualmente con la educación? A ustedes se les imparte diversas clases de conocimientos, ¿no es así? Cuando van al colegio, pueden llegar a ser ingenieros, médicos, abogados, pueden doctorarse en filosofía, en matemáticas o en alguna otra rama del conocimiento, pueden estudiar ciencias domésticas y aprender a llevar una casa, a cocinar, etc.; pero nadie les ayuda a librarse de todas las tradiciones a fin de que, desde el principio mismo, la mente esté fresca, ávida de aprender y, por lo tanto, sea capaz de estar descubriendo siempre algo totalmente nuevo. Las filosofías, las teorías y creencias que adquieren de los libros y que se convierten para ustedes en la tradición, son en realidad un impedimento para la mente, porque la mente utiliza estas cosas como un medio para su propia seguridad psicológica y, por lo tanto, se condiciona con ellas. En consecuencia, es necesario liberar la mente de toda tradición y, al propio tiempo, cultivar el conocimiento, la técnica; y éste es el propósito de la educación.

La dificultad está en liberar la mente de lo conocido a fin de que esté todo el tiempo capacitada para descubrir lo nuevo. Un gran matemático me contó una vez como había estado trabajando sobre un problema durante un número de días sin poder hallar la solución. Una mañana, mientras daba su paseo habitual, súbitamente vio la respuesta. ¿Qué había ocurrido? Su mente, al hallarse quieta estaba libre para mirar el problema, y el problema mismo reveló la respuesta. Uno tiene que poseer información acerca de un problema, pero la mente tiene que estar libre de esa información para encontrar la respuesta.

Casi todos nosotros aprendemos hechos, reunimos información o conocimientos, pero la mente jamás aprende a estar quieta, a librarse de todos los tormentos de la vicia, del suelo en que los problemas arraigan. Ingresamos en sociedades, nos adherimos a alguna filosofía, nos abandonamos a una creencia, pero todo esto es completamente inútil porque no resuelve nuestros problemas humanos. Al contrario, provoca una desdicha mayor, un dolor más grande. Lo que se necesita no son filosofías ni creencias, sino que la mente esté libre para investigar, para descubrir y ser creativa.

Ustedes se llenan la cabeza para pasar los exámenes acumulan gran cantidad de información, y todo eso lo formulan por escrito para obtener un titulo, esperando con ello lograr un buen empleo y casarse. ¿Y es eso todo? Han adquirido conocimientos, una técnica, pero no tienen una mente libre y, en consecuencia, se vuelven esclavos del sistema imperante lo cual significa, en realidad, que no son seres humanos creativos. Pueden tener hijos, pueden pintar unos cuantos cuadros o escribir ocasionalmente un poema, pero eso no es, ciertamente, creatividad. Para que tenga lugar la creatividad, la mente tiene que estar libre, y entonces la técnica puede usarse para expresar esa creatividad. Pero no tiene sentido poseer la técnica sin una mente creativa, sin la extraordinaria creatividad que adviene con el descubrimiento de lo verdadero. Desafortunadamente, muy pocos de ustedes conocen esta creatividad, porque casi todos han recargado sus mentes con el conocimiento, con la tradición, con la memoria, con lo que han dicho Shankara, Buda; Marx o alguna otra persona. Mientras que si la mente está libre para descubrir lo que es verdadero, encontrarán que surge una abundante, e incorruptible riqueza en la que hay una gran felicidad. Entonces todas sus relaciones con la gente, con las ideas y las cosas, tienen un significado por completo diferente.

Interlocutor: El niño desobediente, ¿cambiará mediante el castigo o a través del amor?

Krishnamurti: ¿Qué piensa usted? Preste atención muy cuidadosa a la pregunta; considérela a fondo, sondéela. ¿Cambiará un niño desobediente mediante el castigo o a través del amor? Si cambiara a causa del castigo, que es una forma de compulsión, ¿sería cambio eso? Usted es una persona mayor, tiene autoridad como maestro o como padre, y si amenaza al niño, si lo asusta, el pobre puede ser que haga lo que usted le dice; pero, ¿es eso un cambio? ¿Hay cambio mediante forma alguna de compulsión? ¿Puede jamás haber cambio a través de la legislación, mediante cualquier forma de temor?

Y, cuando usted pregunta si el amor producirá un cambio en el niño desobediente, ¿qué entiende por esa palabra amor? Si amar es comprender al niño ‑no cambiarlo sino comprender las causas que están originando la desobediencia- entonces esa comprensión misma producirá en él la terminación de la desobediencia. Si quiero cambiar al niño de modo que deje de ser desobediente, mi deseo mismo de cambiarlo es una forma de compulsión, ¿no es así? Pero si comienzo por comprender por qué es desobediente, si puedo descubrir y erradicar las causas que están produciendo la desobediencia en él ‑podrían ser una mala alimentación, la falta de sueño, la necesidad de afecto, el hecho de ser fastidiado por otro niño, etcétera- entonces el niño no será desobediente. Pero si lo único que deseo es cambiar al niño, lo cual implica querer encajarlo en un patrón particular, entonces no lo he comprendido.

Vea, esto trae a colación el problema de lo que entendemos por cambio. Aun si el niño deja de ser desobediente gracias al amor que usted le profesa ‑que es un tipo de influencia- ¿es ése un cambio real? Puede que sea amor, pero sigue siendo una forma de presión sobre él para que haga o sea esto o aquello. Y cuando usted dice que un niño debe cambiar, ¿qué quiere decir con eso? ¿Cambiar de qué a qué? ¿De lo que es a lo que debería ser? Si cambia a lo que debería ser, ¿no ha modificado meramente lo que era y, por lo tanto, eso no es cambio en absoluto?

Para expresarlo de otra manera: si yo soy codicioso y me vuelvo no codicioso porque usted y la sociedad y los libros sagrados me dicen todos que debo obrar así, ¿he cambiado o estoy meramente llamando a la codicia con otro nombre? Mientras que si soy capaz de investigar y comprender todo el problema de mi codicia, entonces estaré libre de ella ‑cosa por completo diferente de volverme no codicioso.

Interlocutor: ¿Cómo ha de volverse uno inteligente?

Krishnamurti: Tan pronto trata usted de volverse inteligente, deja de ser inteligente. Esto es realmente importante, de manera que preste un poco de atención. Si soy un necio y alguien me dice que debo volverme inteligente, ¿qué es lo que ocurre por lo general? Me esfuerzo por ser inteligente, estudio más, trato de obtener mejores calificaciones. Entonces la gente dice: “Él está trabajando más duro”, y me palmea la espalda; pero yo sigo siendo un necio porque sólo he adquirido los accesorios de la inteligencia. De modo que el problema no es cómo volverme inteligente sino cómo librarme de la necedad. Si, siendo un necio, trato de volverme inteligente, sigo funcionando dentro de la necedad.

Vea, el problema básico es el del cambio. Cuando uno pregunta: “¿Qué es la inteligencia y cómo ha de volverse uno inteligente?” ello implica un concepto de lo que la inteligencia es, y entonces uno trata de llegar a ser como ese concepto. Ahora bien, tener una fórmula, una teoría o un concepto de lo que es la inteligencia, y tratar de amoldarse uno mismo conforme a ese patrón, es tonto, ¿verdad? Mientras que si uno es torpe y comienza a averiguar qué es la torpeza, sin ningún deseo de cambiarla en otra cosa, sin decir: “Soy torpe, estúpido, ¡qué terrible!”, entonces uno encontrará que, al desenredarse el problema adviene, sin esfuerzo alguno, una inteligencia que se halla libre de la necedad.

Interlocutor: Yo soy musulmán. Si no sigo diariamente las tradiciones de mi religión, mis padres me amenazan con echarme de la casa. ¿Qué debo hacer?

Krishnamurti: Ustedes, los que no son musulmanes, probablemente le aconsejarán al interlocutor que deje su casa, ¿no es así? Pero sin tomar en cuenta el rótulo que lleven ‑hindú, parsi, comunista, cristiano o lo que fuere- lo mismo se les aplica a ustedes, de modo que no se sientan superiores, no se comporten con arrogancia. Si les dijeran a sus padres que las tradiciones de ellos son en realidad viejas supersticiones, también ellos podrían echarlos de la casa.

Ahora bien, si también usted, como él, se hubiera educado en una, religión particular, y su padre le dijera que debe abandonar la casa a menos que observe ciertas prácticas que usted considera viejas supersticiones, ¿qué haría? Ello depende de cuán vitalmente no quiere usted seguir las viejas supersticiones, ¿verdad? ¿Dirá acaso: “He reflexionado mucho sobre esta cuestión, y pienso que llamarse uno a sí mismo musulmán, hindú, budista, cristiano o cualquiera de esas cosas, es un disparate. Si por esta razón tengo que dejar la casa, lo haré. Estoy dispuesto a afrontar lo que la vida me traiga, incluso la miseria y la muerte, porque siento que esto es lo correcto y voy a atenerme a ello”? Si no lo hace, será simplemente tragado por la tradición, por lo colectivo.

¿Qué van a hacer ustedes, pues? Si la educación no les da esa clase de confianza, ¿cuál es, entonces, el propósito de la educación? ¿Es meramente prepararlos para que consigan un empleo y encajen dentro de una sociedad que es obviamente destructiva? No digan: “Sólo unos pocos pueden romper con la tradición y yo no soy lo bastante fuerte”. Cualquiera que se lo proponga puede hacerlo. Para comprender las presiones de la tradición y oponerse a ellas, uno debe tener, no fuerza sino confianza ‑la tremenda confianza que llega cuando uno sabe cómo resolver las cosas por sí mismo. Pero ya lo ven, la educación que reciben no les enseña cómo pensar; les dice qué tienen que pensar. A ustedes les dicen que son musulmanes, hindúes, cristianos, esto o aquello. Pero la función de una verdadera educación es ayudarle a uno para que piense por sí mismo, de modo que gracias a ese pensar propio, sienta una confianza inmensa. Entonces uno es un ser humano creativo y no una máquina servil.

Interlocutor: Usted dice que cuando prestamos atención no debiera haber resistencia. ¿Cómo puede ser esto?

Krishnamurti: He dicho que cualquier forma de resistencia es inatención, distracción. No lo acepte, considérelo. No acepte nada, lo diga quien lo diga; antes bien, investigue la cuestión por sí mismo. Si meramente acepta, se vuelve usted mecánico, torpe, ya está muerto; pero si investiga, si considera las cosas por sí mismo, entonces es un ser humano enérgico, vital, creativo.

Ahora bien, ¿puede usted prestar atención a lo que se está diciendo y, al mismo tiempo, percatarse de que alguien está entrando, sin volver la cabeza para ver quién es y sin ninguna resistencia contra el movimiento de volver la cabeza? Si resiste el movimiento de volver la cabeza para mirar, su atención ya se ha ido y usted está disipando su energía mental en esa resistencia. ¿Puede, pues, haber un estado de atención total en el que no haya distracción alguna y, por tanto, no haya resistencia? O sea, ¿puede usted prestar atención a algo con la totalidad de su ser y, no obstante, mantener la parte exterior de la conciencia sensible a todo cuanto ocurre alrededor y dentro de usted minino?

Mire, la mente es un instrumento extraordinario, está absorbiendo constantemente ‑viendo múltiples formas y colores, recibiendo innumerables impresiones, captando el sentido de las palabras, la significación de una mirada, etcétera; y nuestro problema es prestar atención a algo y, al mismo tiempo, mantener la mente muy sensible a todo lo que está ocurriendo, inclusive a todas las impresiones y respuestas inconscientes.

Lo que digo abarca, en realidad, todo el problema de la meditación. No podemos entrar en eso ahora; pero si uno no sabe meditar, no es un ser humano maduro. La meditación es una de las cosas más esenciales que hay en la vida ‑mucho más esencial que aprobar exámenes para lograr un título. Comprender qué es la verdadera meditación no es practicar la meditación. La “práctica” de cualquier cosa en cuestiones espirituales es mortal. Para comprender qué es la verdadera meditación, tenemos que percatarnos lúcidamente de las operaciones de nuestra propia conciencia, y entonces hay atención completa. Pero la atención completa no es posible cuando existe cualquier forma de resistencia. Vea, a casi todos se nos educa para prestar atención a través de la resistencia, y así nuestra atención es siempre parcial, jamás es completa ‑y por eso el aprendizaje se vuelve tedioso, aburridor, una cosa terrible. Por tanto, es muy importante prestar atención en el profundo sentido de la palabra, lo cual implica darnos cuenta de las operaciones de nuestra propia mente. Sin el conocimiento propio, uno no puede prestar atención completa. Es por eso que, en una verdadera escuela, al estudiante no sólo deben enseñársele las distintas materias sino que también hay que ayudarle a que perciba el proceso de su propio pensar. Al comprenderse a sí mismo, sabrá él qué es prestar atención sin resistencia, porque la comprensión de uno mismo es el camino de la meditación.

Interlocutor: ¿Por qué nos interesa formular preguntas?

Krishnamurti: Muy sencillo, porque somos curiosos. ¿Acaso no quiere usted saber cómo hay que jugar al criquet o al fútbol, o cómo se remonta una cometa? Tan pronto deja uno de formular preguntas, ya está muerto ‑que por lo general es lo que les ha pasado a las personas mayores. Han cesado de inquirir porque sus mentes están recargadas con información, con lo que otros han dicho; ellas han aceptado eso y se han establecido en la tradición. Mientras siga usted formulando preguntas, se estará abriendo paso, pero tan pronto comience a aceptar, ya estará psicológicamente muerto. Por lo tanto, a lo largo de toda su vida no acepte cosa alguna; inquiera, investigue. Entonces descubrirá que su mente es algo en verdad extraordinario, algo que no termina jamás; y para una mente así no existe la muerte.

20. SER RELIGIOSO ES SER SENSIBLE A LA REALIDAD

Aquel campo verde con las flores amarillas de mostaza y una corriente que lo atraviesa, es algo bello digno de contemplarse, ¿verdad? Ayer en la tarde lo estuve observando, y al ver la extraordinaria belleza y quietud de la campiña, uno invariablemente se pregunta qué es la belleza. Hay en nosotros una respuesta inmediata a lo bello y también a lo feo, la respuesta del placer o del dolor, y ese sentimiento lo ponemos en palabras diciendo: “Esto es bello” o “Esto es feo”. Pero lo que importa no es el placer o el dolor; antes bien, es el estar en comunión con todo, el ser sensibles tanto a lo bello como a lo feo.

Entonces, ¿qué es la belleza? Ésta es una de las preguntas más fundamentales ‑no es superficial, de modo que no la ignoren. Comprender qué es la belleza implica tener ese sentido de la bondad que adviene cuando el corazón y la mente están en comunión con algo bello sin obstáculo alguno, de modo que uno se siente completamente cómodo ‑ciertamente, esto tiene una gran significación en la vida; y a menos que conozcamos esta respuesta a la belleza, nuestras vidas serán muy superficiales. Uno puede estar rodeado por una gran belleza, por montañas, campos y ríos, pero a menos que esté vivamente despierto a todo ello, lo mismo podría estar muerto.

Ustedes, niños y niñas y las personas mayores, sólo formúlense a sí mismos esta pregunta: ¿Qué es la belleza? La limpieza y pulcritud en el vestir, una sonrisa, un gesto gracioso, el ritmo en el caminar, una flor prendida en el cabello, buenos modales, claridad en el hablar, solicitud, consideración por los demás (que incluye el ser puntuales), todo esto forma parte de la belleza; pero está sólo en la superficie, ¿no es así? ¿Y es eso todo lo que hay en relación con la belleza? ¿O existe algo mucho más profundo?

Está la belleza de la forma, la belleza del diseño, la belleza de la vida. ¿Han observado la hermosa forma que tiene un árbol cuando está cubierto de follaje, o la extraordinaria delicadeza de un árbol desnudo contra el cielo? Son cosas bellas para ser contempladas, pero todas son expresiones superficiales de algo más profundo. Entonces, ¿qué es aquello que llamamos belleza?

Uno puede tener un rostro hermoso, rasgos nítidamente perfilados, puede vestir con buen gusto y tener refinamiento en los modales, puede pintar o escribir acerca de la belleza del paisaje, pero sin este sentido interno de bondad, todos los aditamentos externos de la belleza conducen a una vida muy superficial y sofisticada, a una vida sin mucha significación.

Debemos, pues, descubrir qué es realmente la belleza, ¿no es así? Cuidado, no estoy diciendo que debemos evitar las expresiones externas de la belleza. Todos debemos tener buenos modales, debemos estar físicamente limpios y vestir con buen gusto, sin ostentación, debemos ser puntuales, claros en el hablar y todo eso. Estas cosas son necesarias y crean una atmósfera agradable; pero no significan mucho por sí mismas.

Es la belleza interna la que da gracia, exquisita delicadeza a la forma y al movimiento externos. ¿Y qué es esta belleza interna sin la cual la vida de uno es muy superficial? ¿Alguna vez han reflexionado al respecto? Probablemente no. Están demasiado ocupados con el estudio, con los juegos, con el charlar, el reír y el fastidiarse unos a otros. Ayudarlos a descubrir qué es la belleza interna, sin la cual la forma y el movimiento externos tienen muy poco sentido, es una de las funciones de la correcta educación; y la profunda apreciación de la belleza es una parte esencial de la propia vida de ustedes.

¿Puede una mente trivial apreciar la belleza? Puede hablar de la belleza, pero ¿puede experimentar este inmenso júbilo que brota cuando miramos algo que es realmente bello? Cuando la mente sólo se interesa en sí misma y en sus propias actividades, no es bella; cualquier cosa que haga sigue siendo fea, limitada ‑por lo tanto, es incapaz de saber qué es la belleza. Mientras que una mente que no está interesada en sí misma, que se halla libre de ambición, una mente que no es prisionera de sus propios deseos ni está impulsada por su propia persecución del éxito, una mente así no es trivial y florece en la bondad. ¿Comprenden? Es esta bondad interna la que da belleza, incluso a un rostro de los que se llaman “feos”. Cuando existe la bondad interna, el rostro feo se transmuta, porque la bondad interna es en realidad un sentimiento profundamente religioso.

¿Saben ustedes qué es ser religioso? Ello nada tiene que ver con las campanas del templo, aunque éstas puedan sonar muy bien en la distancia, ni con los pujas ni con las ceremonias de los sacerdotes y todo el resto del desatino ritualista. Ser religioso es ser sensible a la realidad. Nuestro ser total ‑cuerpo, mente y corazón- es sensible a la belleza y a la fealdad, al asno que está atado a un poste, a la pobreza y suciedad que reman en este pueblo, a las risas y a las lágrimas, a todo lo que nos rodea. Es de esta sensibilidad a la existencia total que emanan la bondad, el amor; y sin esta sensibilidad no hay belleza, aunque uno pueda tener talento, aunque esté muy bien vestido, viaje en un automóvil lujoso y esté escrupulosamente limpio.

El amor es algo extraordinario, ¿verdad? Uno no puede amar si sólo piensa en sí mismo ‑lo cual no quiere decir que uno tenga que pensar en algún otro. El amor es, no tiene una finalidad. La mente que ama es verdaderamente religiosa, porque se encuentra en el movimiento de la realidad de la verdad, de Dios, y es sólo una mente así la que puede saber qué es la belleza. La mente que no está presa en ninguna filosofía, que no está encerrada en ningún sistema o creencia, que no es impulsada por su propia ambición y que, por lo tanto, es sensible, alerta, observadora, tiene belleza.

Es muy importante que aprendan, mientras son jóvenes, a ser aseados y limpios, a sentarse bien sin moverse inquietos, a tener buenos modales en la mesa y a ser considerados, puntuales; pero todas estas cosas, por necesarias que sean, son superficiales; y si meramente cultivan lo superficial sin comprender lo profundo, jamás conocerán el verdadero significado de la belleza. Una mente que no pertenece a ninguna nación, grupo o sociedad, que no ejerce autoridad alguna, que no está motivada por la ambición ni sostenida por el miedo, una mente así está siempre floreciendo en el amor y en la bondad. Porque es en el movimiento de la realidad que ella sabe lo que es la belleza; siendo sensible tanto a lo feo como a lo bello, es una mente creativa, está dotada de una comprensión infinita.

Interlocutor: Si tengo una ambición en la infancia, ¿seré capaz de realizarla cuando crezca?

Krishnamurti: Una ambición infantil por lo general no es muy duradera, ¿verdad? Un niño pequeño quiere ser maquinista; o ve un avión que brillando cruza el cielo y desea ser piloto; o escucha a algún orador político y quiere ser como él, o ve a un sannyasi y decide convertirse también en uno. Una niña puede desear tener muchos hijos, o ser la esposa de un hombre rico y vivir en una casa grande, o puede aspirar a ser pintora, o a escribir poemas.

Ahora bien, ¿se cumplirán los sueños de la infancia? ¿Y vale la pena que los sueños se cumplan? Buscar el cumplimiento de cualquier deseo, no importa cuál sea, trae siempre dolor. Tal vez ustedes no hayan advertido esto, pero lo verán cuando crezcan. El dolor es la sombra del deseo. Si anhelo ser rico o famoso, lucho por alcanzar mi meta desalojando del camino a otros y creando enemistad; y, aun cuando pueda lograr lo que deseo, tarde o temprano ocurre invariablemente algo. Caigo enfermo, o en la realización misma de mi deseo anhelo algo más; y siempre esta la muerte acechando a la vuelta de la esquina. La ambición, el deseo y la realización personal conducen inevitablemente a la frustración y al dolor. Pueden observar este proceso por sí mismos. Estudien a las personas mayores que los rodean, a los hombres famosos, a los que son grandes en la tierra, aquellos que se han adjudicado títulos a sí mismos y que tienen poder. Miren sus rostros; vean qué tristes, o qué gruesos y pomposos son. Sus rostros tienen líneas feas. Ellos no florecen en la bondad porque hay dolor en sus corazones.

¿No es posible vivir en este mundo sin tener ambiciones, siendo sencillamente lo que somos? Si comenzamos a comprender lo que somos sin tratar de cambiarlo, entonces experimentamos una transformación. Pienso que uno puede vivir en este mundo anónimamente, completamente desconocido, sin ser famoso, ambicioso, cruel. Uno puede vivir muy dichosamente cuando no le da importancia al yo y esto también es parte de la correcta educación.

Todo el mundo adora el éxito. Uno escucha historias de como el muchacho pobre estudiaba por las noches y finalmente llegó a ser juez, o cómo empezó vendiendo periódicos y terminó siendo multimillonario. A ustedes los alimentan con la glorificación del éxito. Con el logro de un gran éxito hay también un gran dolor; pero casi todos estamos presos en el deseo de alcanzar el éxito, y el éxito es para nosotros mucho más importante que la comprensión y disolución del dolor.

Interlocutor: En el presente sistema social, ¿no es muy difícil poner en acción lo que usted dice?

Krishnamurti: Cuando usted siente algo intensamente ¿considera difícil llevarlo a la acción? Cuando está ansioso por jugar al criquet, lo juega con todo su ser, ¿verdad? ¿Y llama difícil a eso? Sólo cuando no percibe vitalmente la verdad de algo, dice usted que es difícil llevarlo a la acción. Es porque no lo ama. Lo que usted ama lo hace con ardor, hay en ello alegría, y entonces no le importa lo que podían decir sus padres o la sociedad. Pero si no está profundamente convencido, si no se siente libre y feliz haciendo lo que considera correcto, ciertamente su interés en ello es falso, irreal; por lo tanto, eso se le convierte en algo enorme y usted dice que es difícil ponerlo en acción.

Al hacer lo que ama habrá, por supuesto, dificultades, pero eso no le importará, porque forma parte de la vida. Vea, hemos hecho una filosofía de la dificultad, consideramos una virtud hacer esfuerzos, luchar, oponernos.

No hablo de la destreza que se adquiere a través del esfuerzo y la lucha, sino de hacer algo por amor. Pero no luche contra la sociedad, no ataque las tradiciones muertas a menos que exista en usted este amor, porque su lucha no tendrá sentido y usted meramente causará más daño. Mientras que si percibe profundamente lo que es correcto y, por lo tanto, puede permanecer solo, entonces su acción nacida del amor tendrá una significación extraordinaria, tendrá vitalidad, belleza.

¿Sabe?, es sólo en una mente muy quieta que nacen las grandes cosas; y una mente muy quieta no adviene mediante el esfuerzo, ni a través del control o de la disciplina.

Interlocutor: ¿Qué entiende usted por cambio total, y cómo puede éste realizarse en nuestro propio ser?

Krishnamurti: ¿Cree usted que puede haber un cambio total si trata de producirlo? ¿Sabe qué es el cambio? Supongamos que es usted ambicioso y ha comenzado a ver todo lo que implica la ambición: esperanza, satisfacción, frustración, crueldad, dolor, desconsideración, codicia, envidia, una falta total de amor. Viendo todo esto, ¿qué hará usted? Hacer un esfuerzo para cambiar o transformar la ambición, es otra forma de ambición, ¿no es así? Implica el deseo de ser alguna otra cosa. Usted podrá rechazar un deseo, pero en ese proceso mismo cultiva otro deseo que también engendra dolor.

Ahora bien, si usted ve que la ambición engendra dolor, y que el deseo de poner fin a la ambición también engendra dolor, si por sí mismo ve muy claramente la verdad de esto y no actúa usted sino que le permite actuar a la verdad, entonces esa verdad produce un cambio fundamental en la mente, una revolución total. Pero esto requiere muchísima atención, penetración, discernimiento.

Cuando le dicen, como les dicen a todos ustedes, que debe ser bueno, que debe amar, ¿qué es lo que generalmente ocurre? Usted dice: “Tengo que practicar la bondad, tengo que mostrar amor a mis padres, al sirviente, al asno, a todo”. Eso significa que usted está haciendo un esfuerzo para mostrar amor ‑y entonces el “amor” se vuelve muy ostentoso, muy pulcro, como ocurre con esas personas nacionalistas que están eternamente practicando la fraternidad, lo cual es absurdo, estúpido. El origen de estas prácticas es la codicia. Pero si usted ve la verdad del nacionalismo, de la codicia, y deja que esa verdad opere sobre usted, si deja que la verdad actúe, entonces será usted fraternal sin hacer ningún esfuerzo. Una mente que practica el amor no puede amar. Pero si uno ama y no interfiere con el amor, entonces el amor operará.

Interlocutor: Señor, ¿qué es la expansión propia?

Krishnamurti: Si uno quiere llegar a ser un gobernador o un profesor famoso, si imita a un gran hombre o a un héroe, si trata de seguir a su gurú o a un santo, entonces ese proceso de devenir, de imitar, de seguir, es una forma de expansión propia, ¿no es así? Un hombre ambicioso, un hombre que quiere ser grande, que quiere realizarse en lo personal, puede decir: “Estoy haciendo esto en nombre de la paz y por el bien de mi país”; pero su acción sigue siendo la expansión propia.

Interlocutor: ¿Por qué es orgulloso el hombre rico?

Krishnamurti: Un niño pequeño pregunta por qué el hombre rico es orgulloso. ¿Has notado realmente que el hombre rico es orgulloso? ¿Acaso no tiene también orgullo el pobre? Todos tenemos nuestra forma peculiar de arrogancia que demostramos de distintas maneras. El hombre rico, el hombre pobre, el hombre instruido, el talentoso, el santo, el líder ‑cada cual a su propio modo siente que ha llegado, que es todo un éxito, que es “alguien” o que puede hacer algo. Pero el hombre que es nadie, que no quiere ser un personaje, que es sólo él mismo y se comprende a sí mismo, un hombre así está libre de arrogancia, de orgullo.

Interlocutor: ¿Por qué estamos siempre atrapados en el “yo” y “lo mío”, y por qué en nuestras reuniones con usted siempre estamos trayendo a colación los problemas que produce este estado de la mente?

Krishnamurti: ¿Quiere usted saberlo realmente, o alguien le ha sugerido que formule esta pregunta? El problema del “yo” y de “lo mío” es un problema que nos involucra a todos. Es, en realidad, el único problema que tenemos, y estamos perpetuamente refiriéndonos a él de diferentes maneras, a veces en términos de realización, y a veces en términos de frustración, de dolor. El deseo de tener una felicidad duradera, el temor de morir o de perder la propiedad, el placer cuando nos adulan, el resentimiento cuando nos insultan, las disputas sobre el dios de uno y el dios del otro, su manera de ser y mi manera de ser... la mente está continuamente ocupada con todo esto y con nada más. Puede pretender que busca la paz, que se siente fraternal, que es buena, que anua, pero tras esta pantalla de palabras continúa atrapada en el conflicto del ‘yo” y “lo mío”, y por eso crea los problemas que, en palabras diferentes, traen ustedes a colación cada mañana.

Interlocutor ¿Por qué las mujeres se visten de manera tan llamativa?

Krishnamurti: ¿No se lo ha preguntado a ellas? ¿Y nunca ha observado a los pájaros? A menudo es el macho el que luce más colores, el que muestra mayor vivacidad Ser físicamente atractivo forma parte de la relación sexual destinada a engendrar hijos. Ésa es la vida. Y los muchachos también lo hacen. Cuando son más grandes les gusta peinarse de una manera particular, ponerse una gorra bonita, vestir ropas atractivas ‑es la misma cosa. Todos queremos destacarnos. El rico en su costoso automóvil, la muchacha embelleciéndose más, el joven tratando de mostrarse muy ingenioso ‑todos desean mostrar que poseen algo. Es un mundo extraño, ¿no? Vea, un lirio o una rosa jamás aparentan, y su belleza consiste en ser lo que son.

21. EL PROPÓSITO DEL APRENDER

¿Les interesa tratar de descubrir qué es el aprender? Ustedes van a la escuela para aprender, ¿no es así? ¿Y qué es el aprender? ¿Han pensado alguna vez en ello? ¿Cómo aprenden, por qué aprenden, y qué es lo que están aprendiendo? ¿Cuál es el sentido, el significado profundo del aprender? Ustedes tienen que aprender a leer y escribir, tienen que estudiar diversas materias, y también adquirir una técnica, tienen que prepararse para una profesión que les permitirá ganarse la vida. Todo eso queremos decir cuando hablamos del aprender ‑y después casi todos nos detenemos ahí. Tan pronto aprobamos ciertos exámenes y tenemos un empleo, una profesión, parecemos olvidarlo todo acerca del aprender.

Pero, ¿hay un final para el aprender? Decimos que aprender de los libros y aprender de la experiencia son dos cosas diferentes; ¿lo son? De los libros aprendemos, por ejemplo, lo que otras personas han escrito acerca de las ciencias. Luego hacemos nuestros propios experimentos y continuamos aprendiendo a través de esos experimentos. Y también aprendemos mediante la experiencia ‑al menos eso es lo que decimos. Pero, después de todo, para adentrarse en las extraordinarias profundidades de la vida, para descubrir qué es la verdad, qué es Dios, es necesario que haya libertad; y, mediante la experiencia, ¿hay libertad para descubrir, para aprender?

¿Se han preguntado alguna vez qué es la experiencia? Es el sentimiento que surge en respuesta a un reto, ¿no es así? La experiencia es la respuesta a un reto. Y, ¿aprenden ustedes de la experiencia? Cuando responden a un reto, a un estímulo, esa respuesta se basa en el condicionamiento que tienen, en la educación que han recibido, en el trasfondo cultural, religioso, social y económico. Condicionados por el propio trasfondo, responden a un reto como hindúes, cristianos, comunistas o lo que fueren. Si no rompen realmente con ese trasfondo, la respuesta que dan a cualquier reto sólo fortalece o modifica ese trasfondo. En consecuencia, nunca son libres para explorar, para descubrir, para comprender qué es la verdad, qué es Dios.

Por lo tanto, la experiencia no libera la mente, y el aprender a través de la experiencia es sólo un proceso de formar nuevos patrones basados en nuestro viejo condicionamiento. Pienso que es muy importante que esto se comprenda, porque a medida que pasan los años nos atrincheramos más y más en nuestra experiencia, esperando con eso aprender; pero lo que aprendemos está dictado por el trasfondo ­lo cual quiere decir que mediante la experiencia por la que aprendemos, jamás hay libertad, sólo hay modificación del condicionamiento.

¿Qué es, entonces, el aprender? Ustedes empiezan por aprender a leer y escribir, a quedarse quietos, a obedecer o no obedecer; aprenden la historia de éste o aquel país, aprenden idiomas que son necesarios para comunicarse; aprenden cómo ganarse la subsistencia, cómo fertilizar los campos, etc. ¿Pero existe un estado de aprender en el cual la mente esté libre del trasfondo, un estado en que no haya búsqueda alguna? ¿Comprenden la pregunta?

Lo que llamamos aprender es un proceso continuo de adaptación, resistencia, dominación; aprendemos para evitar o para obtener algo. Ahora bien, ¿existe un estado en el cual la mente no es el instrumento del aprender sino del ser? ¿Ven la diferencia? En tanto estemos adquiriendo, obteniendo, evitando, la mente tiene que aprender, y en un aprender así siempre hay muchísima tensión, resistencia. Para aprender tenemos que concentrarnos, ¿no es así? ¿Y qué es la concentración?

¿Han reparado alguna vez en lo que ocurre cuando se concentran en algo? Cuando se les exige que estudien un libro que no desean estudiar ‑o aun cuando quieran estudiar- tienen que resistir y descartar otras cosas. A fin de concentrarse, resisten la propensión que tienen a mirar afuera por la ventana o de hablar con alguien. Por lo tanto, en la concentración hay siempre un esfuerzo, ¿no es así? Hay un motivo, un incentivo, un esfuerzo para aprender a un de adquirir algo; y nuestra vida es una serie de esfuerzos semejantes, un estado de tensión en el que estamos tratando de aprender. Pero si no hay tensión en absoluto, ni un adquirir ni un acumular conocimientos, ¿no es capaz, entonces, la mente de aprender con mayor profundidad y rapidez? Entonces se convierte en un instrumento de investigación para descubrir qué es la verdad, qué es la belleza, qué es Dios ‑lo cual implica, en realidad, que la mente no se somete a autoridad alguna, ya sea la autoridad del conocimiento, de la sociedad, de la religión, de la cultura o del condicionamiento.

Vean, sólo cuando la mente está libre de la carga del conocimiento puede descubrir aquello que es verdadero; y en el proceso de descubrir algo no hay acumulación, ¿verdad? Cuando comenzamos a acumular lo que hemos experimentado o aprendido, ello se vuelve un ancla que retiene nuestra mente y le impide seguir avanzando. En el proceso de investigar, la mente se desprende día a día de lo que ha aprendido, de modo que está siempre fresca, no contaminada por la experiencia del ayer. La verdad es algo activo, no estático, y la mente que quiera descubrir la verdad, también ha de estar activa, no recargada con el conocimiento o la experiencia. Sólo entonces existe ese estado en que la verdad puede manifestarse.

Todo esto puede ser difícil de exponer verbalmente, pero el significado no es difícil si ponen en ello toda su atención. Para investigar las cosas más profundas de la vida, la mente tiene que estar libre; pero cuando uno aprende y hace de ese aprender la base para una investigación ulterior, su mente no está libre y uno ya no está investigando.

Interlocutor: ¿Por qué olvidamos con tanta facilidad lo que encontramos difícil de aprender?

Krishnamurti: ¿Aprende usted meramente porque las circunstancias lo obligan a aprender? Después de todo, si uno estudia física y matemáticas, y lo que realmente desea es ser abogado, pronto olvidará la física y las matemáticas. ¿Aprende usted, en realidad, si tiene un incentivo para aprender? Si desea pasar ciertos exámenes sólo para conseguir un empleo y casarse, puede que haga un esfuerzo de concentración para aprender; pero una vez que aprueba sus exámenes pronto olvida lo que ha aprendido, ¿no es así? Cuando el aprender es sólo un medio para llegar a alguna parte, tan pronto ha llegado uno adonde quería llegar, olvida el medio ‑y por cierto que eso no es aprender en absoluto. En consecuencia, el estado de aprender puede existir solamente cuando no hay un motivo ni un incentivo, cuando lo que uno hace lo hace por amor.

Interlocutor: ¿Cuál es el significado de la palabra “progreso”?

Krishnamurti: Como la mayoría de las personas, usted tiene ideales, ¿no es así? Y el ideal carece de realidad, no es factual; es lo que debería ser, es algo que está en el futuro. Pues lo que yo digo es esto: olvide el ideal, y esté atento a lo que usted es. No persiga lo que debería ser, sino comprenda lo que es. La comprensión de lo que uno es realmente tiene mucha más importancia que la persecución de lo que uno debería ser. ¿Por qué? Porque en la comprensión de lo que uno es tiene comienzo un proceso espontáneo de transformación, mientras que en el llegar a lo que uno debería ser, no hay cambio en absoluto, sino una continuación de la misma cosa vieja en una forma distinta. Si la mente, viendo que es necia, trata de cambiar su necedad en inteligencia ‑en lo que debería ser- eso es tonto, no tiene sentido ni realidad; sólo es perseguir la propia proyección, posponer la comprensión de lo que es. Mientras la mente esté tratando de cambiar su necedad en alguna otra cosa, seguirá siendo necia. Pero si dice: “Me doy cuenta de que soy necia y quiero comprender qué es la necedad; por lo tanto, la investigaré, observaré cómo surge”, entonces, ese proceso mismo de investigación produce una transformación fundamental.

¿Cuál es el significado de la palabra “progreso”? ¿Existe tal cosa como el progreso? Uno ve la carreta de bueyes avanzando a dos millas por hora, y esa cosa extraordinaria llamada avión a reacción viajando a 600 o más millas por hora. Eso es el progreso, ¿verdad? Existe el progreso tecnológico: mejores medios de comunicación, mejor salud, etc. Pero, ¿hay alguna otra forma de progreso? ¿Existe acaso el progreso psicológico en el sentido de un avance espiritual a través del tiempo? La idea del progreso en la espiritualidad, ¿es realmente espiritual, o es una mera invención de la mente?

¿Sabe?, es muy importante formular preguntas fundamentales pero desgraciadamente hallamos respuestas muy fáciles a preguntas fundamentales. Pensamos que la respuesta fácil es una solución, pero no lo es. Debemos formular una pregunta fundamental y dejar que la pregunta opere, permitirle que trabaje dentro de nosotros para descubrir cuál es la verdad que hay en ella.

El progreso implica tiempo, ¿no es así? Después de todo, nos ha tomado siglos llegar de la carreta de bueyes al jet. Y pensamos que podemos encontrar la realidad, encontrar a Dios, de la misma manera, a través del tiempo. Estamos aquí, y pensamos que Dios está allá, o en alguna parte muy lejos, y para cubrir esa distancia, ese espacio intermedio, decimos que necesitamos tiempo. Pero Dios o la realidad no es algo fijo, ni nosotros estamos fijos; no hay un punto fijo desde el cual empezar a moverse, ni hay punto fijo hacia el cual moverse. Por razones de seguridad psicológica nos aferramos a la idea de que en cada uno de nosotros hay un punto fijo, y que la realidad también es fija; pero esto es una ilusión, no es algo verdadero. Cuando necesitamos tiempo en el cual evolucionar o progresar internamente, espiritualmente, lo que estamos haciendo ha dejado de ser espiritual, porque la verdad no pertenece al tiempo. Una mente que está presa en el tiempo necesita del tiempo para encontrar la realidad. Pero la realidad está más allá del tiempo, no tiene un punto fijo. La mente tiene que estar libre de todas sus acumulaciones, tanto de las conscientes como de las inconscientes, y sólo entonces es capaz de descubrir qué es la verdad, qué es Dios.

Interlocutor: ¿Por qué los pájaros huyen volando cuando yo me acerco?

Krishnamurti: ¡Qué hermoso sería que los pájaros no huyeran volando cuando uno se acerca! Si usted pudiera tocarlos, mostrarse amistoso con ellos, ¡qué hermoso sería eso! Pero ya lo ve, los seres humanos somos crueles. Matamos a los pájaros, los torturamos, los cazamos con redes y los encerramos en jaulas. ¡Piense en un bello loro encerrado en una jaula! Todas las tardes llama a su pareja y ve cómo los otros pájaros cruzan volando el cielo abierto. Si les hacemos todas estas cosas a los pájaros, ¿piensa usted que no estarán asustados cuando nos acerquemos a ellos? Pero si se sienta tranquilamente en un sitio aislado y permanece muy quieto, con un real sentimiento de bondad, pronto encontrará que los pájaros acuden a usted; verá que revolotean muy cerca y podrá observar sus movimientos vigilantes, sus delicadas patitas, la extraordinaria fuerza y belleza de sus plumas. Pero para hacer eso ha de tener usted una paciencia inmensa, lo cual implica que ha de sentir mucho amor y que no tiene que haber miedo. Los animales parecen percibir el miedo en nosotros, y ellos a su vez se asustan y escapan. Por eso es muy importante que uno se comprenda a sí mismo.

Trate de sentarse muy quietamente bajo un árbol, pero no sólo por dos o tres minutos, porque los pájaros no se acostumbrarán a usted en tan poco tiempo. Vaya y siéntese bajo el mismo árbol día tras día, y pronto comenzará a advertir que todo alrededor de usted está vivo. Verá las briznas de hierba centelleando al sol, la incesante actividad de los pajarillos, el resplandor extraordinario de una serpiente, o un milano que vuela alto en los cielos gozando de la brisa y sin un solo movimiento de las alas. Pero para poder ver todo esto y sentir el júbilo de ello, usted ha de experimentar un verdadero estado interno de quietud.

Interlocutor: ¿Cual es la diferencia entre usted y yo?

Krishnamurti: ¿Hay alguna diferencia fundamental entre nosotros? Usted puede tener una tez blanca y la mía puede ser más bien morena; usted puede ser muy inteligente y saber mucho más que yo; o yo puedo vivir en una aldea mientras que usted viaja por todo el mundo, y así sucesivamente. Obviamente, existen las diferencias de forma, de lenguaje, de conocimientos, de modales, de tradición y cultura; pero tanto si somos brahmanes como no brahmanes, americanos, rusos, japoneses, chinos o lo que fuere, ¿no hay una gran similitud entre todos nosotros? Todos sentimos temor, todos anhelamos la seguridad, todos queremos ser amados, todos queremos comer y ser felices. Pero ya lo ve, las diferencias superficiales destruyen nuestra percepción de la similitud fundamental que hay entre nosotros como seres humanos. El comprender esa similitud y estar libres de ella, trae consigo un gran amor, una gran consideración por todo. Infortunadamente, casi todos nosotros estamos atrapados en las diferencias superficiales de raza, de cultura, de creencia y, por tanto, éstas nos dividen. Las creencias son una calamidad, dividen a la gente y crean antagonismo. Es sólo yendo más allá de todas las creencias, de todas las diferencias y similitudes, que la mente puede estar libre para descubrir aquello que es verdadero.

Interlocutor: ¿Por qué el maestro se molesta conmigo cuando fumo?

Krishnamurti: Probablemente te ha dicho muchas veces que no fumes porque eso no es muy bueno para los niños; pero tú sigues fumando porque te gusta, y entonces él se molesta contigo. Ahora bien, ¿qué piensas tú? ¿Piensas que uno debe acostumbrarse a fumar, o que debe adquirir cualquier otro hábito mientras es tan joven? Si a tu edad el cuerpo se acostumbra a fumar, eso significa que ya eres esclavo de algo; ¿y no es terrible eso? El fumar puede estar bien para las personas mayores, pero aun eso es sumamente dudoso. Por desgracia, ellas tienen sus excusas para ser esclavas de diversos hábitos. Pero ustedes, que son muy jóvenes, inmaduros, adolescentes, ustedes que aún están creciendo, ¿por qué deberían acostumbrarse a cosa alguna, a caer en cualquier hábito, ya que todo eso sólo los vuelve insensibles? Tan pronto la mente se acostumbra a algo, comienza a funcionar en el surco del hábito; por lo tanto, se embota, deja de ser vulnerable; pierde esa sensibilidad indispensable para descubrir qué es la belleza, qué es el amor, qué es Dios.

Interlocutor: ¿Por qué los hombres cazan tigres?

Krishnamurti: Porque necesitan matar por la excitación de matar. Todos hacemos muchísimas cosas irreflexivas ‑como arrancarle las alas a una mosca para ver qué pasa. Murmuramos y decimos cosas duras de otros; matamos para comer; matamos por la llamada paz; matamos por nuestro país o por nuestras ideas. Hay, pues, un gran filón de crueldad en nosotros, ¿no es así? Pero si uno puede comprender eso y descartarlo, entonces existe un gran regocijo en el simple hecho de observar cómo el tigre pasa a nuestro lado ‑como algunos de nosotros hicimos una tarde en Bombay. Un amigo nos llevó en su automóvil al interior del bosque para que pudiésemos observar a un tigre que alguien había visto cerca de ahí. Regresábamos y acabábamos de dar la vuelta a una curva, cuando súbitamente el tigre apareció ahí en medio del camino. Amarillo y negro, de pelo liso y brillante, delgado, con una larga cola, era una cosa bella para ser contemplada tan llena de gracia y poder. Encendimos los faros delanteros y el animal vino gruñendo hacia nosotros, pasando tan cerca que casi tocó el automóvil. Era un espectáculo maravilloso. Si uno puede observar una cosa como ésa sin llevar consigo una escopeta, es mucho más entretenido, y hay en ello una gran belleza.

Interlocutor: ¿Por qué estamos tan agobiados por el dolor?

Krishnamurti: Aceptamos el dolor como una parte inevitable de la vida, y elaboramos filosofías al respecto; justificamos el dolor y decimos que el dolor es necesario para encontrar a Dios. Yo digo, por el contrario, que el dolor existe porque el hombre es cruel con el hombre. Además, hay muchísimas cosas en la vida que no comprendemos, y eso, en consecuencia, trae dolor ‑cosas como la muerte, como carecer de trabajo, como ver a los pobres en su desdicha. No comprendemos todo esto, y entonces nos torturamos; y cuanto más sensible uno es, más sufre. En vez de comprender estas cosas, justificamos el dolor; en vez de rebelarnos contra todo este sistema corrupto y salimos de él, meramente nos adaptamos. Para librarnos del dolor tenemos que estar libres del deseo de hacer daño ‑y también del deseo de hacer “el bien”, lo que llamamos “el bien”, que es igualmente el resultado de nuestro condicionamiento.

22. LA SENCILLEZ DEL AMOR

Un hombre vestido de sannyasi acostumbraba venir todas las mañanas para recoger flores de los árboles en un jardín cercano. Sus manos y sus ojos reflejaban la codicia por las flores, y él arrancaba todas las que estaban a su alcance. Evidentemente, iba a ofrecerlas a alguna imagen muerta, a una cosa hecha de piedra. Las flores eran cosas bellas, tiernas, recién abiertas al sol de la mañana, y él no las recogía suavemente, sino que las separaba con violencia, despojando fieramente al jardín de todo lo que contenía. Su dios exigía montones de flores ‑montones de cosas vivas para una imagen de piedra muerta.

Otro día estuve observando a algunos muchachos que arrancaban flores. No iban a ofrecerlas a ningún dios; hablaban entre ellos e irreflexivamente arrancaban las flores y las tiraban lejos. ¿Alguna vez se han observado haciendo esto? Me pregunto por qué lo hacen. Mientras van caminando desprenden una ramita, la despojan de sus hojas y la dejan caer. ¿Han notado esta acción irreflexiva de parte de ustedes? Los adultos también lo hacen, tienen su propio modo de expresar su brutalidad interna, esta espantosa falta de respeto por las cosas vivientes. Hablan de no hacer daño y, no obstante, todo lo que hacen es destructivo.

Uno puede comprender que alguien tome una flor o dos para colocárselas en el cabello, o para entregarlas a alguien con amor; ¿pero por qué arrancar las flores por el solo hecho de arrancarlas como hacen ustedes? Los adultos son feos en su ambición, se asesinan entre ellos en sus guerras y se corrompen mutuamente con dinero. Tienen su propia forma horrible de actuar; y, aparentemente, los jóvenes tanto aquí como en otras partes, están siguiendo sus pasos.

El otro día estaba afuera paseando con uno de los muchachos y dimos con una piedra que estaba en el camino. Cuando la quité, él preguntó: “¿Por qué hizo eso?” ¿Qué es lo que indica esta pregunta? ¿No es una falta de consideración, de respeto? Ustedes muestran respeto a causa del temor, ¿no es así? Se levantan rápidamente de un salto cuando una persona mayor entra en la sala, pero eso no es respeto, es temor; porque si realmente sintieran respeto no destruirían las flores, quitarían una piedra del camino, cuidarían los árboles y ayudarían al cuidado del jardín. Pero, ya seamos viejos o jóvenes, carecemos de un verdadero sentimiento de consideración. ¿Por qué? ¿Es que no sabemos qué es el amor?

¿Comprenden lo sencillo que es el amor? No la complejidad del amor sexual, no el amor a Dios, sino simplemente amor ‑ser realmente afectuosos, amables en nuestra manera de abordar todas las cosas. En el hogar no siempre tienen ustedes este sencillo amor, sus padres están demasiado ocupados; puede ser que en sus casas no haya verdadero afecto, ni ternura, y entonces llegan ustedes aquí con ese trasfondo de insensibilidad y se comportan igual que todos los demás. ¿Y cómo ha de generarse en uno esta sensibilidad? No es que deban tener reglamentos que impidan cortar las flores, porque cuando ustedes se reprimen meramente a causa de los reglamentos, lo que hay es temor. Pero, ¿cómo ha de originarse esta sensibilidad que los previene de causar daño alguno a las personas, a los animales, a las flores?

¿Les interesa todo esto? Debería interesarles. Si no les interesa ser sensibles, podrían igualmente estar muertos ‑y la mayoría lo está. Aunque coman tres veces al día, aunque tengan empleos, procreen hijos, manejen automóviles y vistan ropas finas, casi todos están prácticamente muertos.

¿Saben ustedes qué significa ser sensible? Significa, ciertamente, sentir afecto por todas las cosas; ver un animal que está sufriendo y hacer algo al respecto, quitar una piedra del sendero porque por él transitan muchos pies desnudos, levantar un clavo de la carretera porque el auto de alguien podría pinchar un neumático... Ser sensible es compadecerse de las personas, de los pájaros, de las flores, de los árboles ‑no porque sean de uno, sino simplemente porque uno está despierto a la extraordinaria belleza de las cosas. ¿Cómo, pues, despertar esta sensibilidad?

Cuando somos profundamente sensibles, es natural que no arranquemos las flores; hay un deseo espontáneo de no destruir cosas, de no hacer daño a la gente, lo cual implica tener verdadero respeto, amor. Amar es lo más importante en la vida. ¿Pero qué entendemos por amor? Cuando amamos a alguien porque esa persona a su vez nos ama, por cierto que eso no es amor. Amar es tener ese extraordinario sentimiento de afecto que no pide nada en cambio. Ustedes podrán ser muy hábiles, podrán aprobar todos sus exámenes, lograr un doctorado y alcanzar una alta posición, pero si carecen de esta sensibilidad, de este sencillo amor, tendrán el corazón vacío y serán desdichados por el resto de sus vidas.

Es esencial, pues, que el corazón se llene con este sentimiento de afecto, porque entonces ustedes no destruirán cosa alguna, no serán crueles, y no habrá guerras nunca más. Entonces serán seres humanos felices y, por serlo, no rezarán, no buscarán a Dios ‑porque esa felicidad misma es Dios.

Ahora bien, ¿cómo ha de nacer este amor? Ciertamente, el amor debe comenzar con el educador, el maestro. Si, además de darles información sobre matemáticas, geografía o historia, el maestro tiene en su corazón este sentimiento de amor y les habla de ello; si espontáneamente quita la piedra del camino y no deja que el sirviente haga todos los trabajos sucios; si en su conversación, en sus tareas, en sus juegos, cuando come, cuando está con ustedes o consigo mismo, él siente esta cosa tan extraña y se la señala a ustedes con frecuencia, entonces también ustedes sabrán qué es amar.

Pueden tener una piel clara, un rostro hermoso, pueden vestir un bello sari o ser un gran atleta, pero sin amor en el corazón son seres humanos feos, desmedidamente feos; y cuando aman, el rostro de ustedes, ya sea tosco o bello, irradia ese amor. Amar es lo más inmenso que existe en la vida; y es esencial hablar acerca del amor, sentirlo, nutrirlo, atesorarlo; de lo contrario, pronto se disipa, porque el mundo es muy brutal. Si no sienten amor mientras son jóvenes, si no miran con amor a la gente, a los animales, a las flores, cuando crezcan encontrarán que sus vidas están vacías; serán seres muy solitarios, y las oscuras sombras del miedo siempre estarán siguiéndolos. Pero en el momento en que tengan en sus corazones esta cosa extraordinaria llamada amor, y sientan su profundidad, su deleite, su éxtasis, descubrirán que para ustedes el mundo se ha transformado.

Interlocutor: ¿Por qué siempre se invita a las funciones de la escuela a tantas personas ricas e importantes?

Krishnamurti: ¿Qué piensa usted? ¿No quiere que su padre sea un hombre importante? ¿No se siente orgulloso si él se convierte en miembro del parlamento y lo mencionan en los diarios? Si lo lleva a vivir en una gran casa, si viaja a Europa y regresa fumando un cigarro, ¿acaso eso no le complace?

Vea, los ricos y los que tienen poder son muy útiles para las instituciones. La institución los halaga y ellos hacen algo por la institución, de modo que eso funciona en ambos sentidos. Pero la pregunta no es sólo por qué la escuela invita a sus funciones a personas importantes; es por qué también usted quiere ser una persona importante, o por qué quiere casarse con el hombre más rico, con el más conocido, o el más guapo. ¿No desean todos ustedes ser grandes en una cosa u otra? Y cuando tienen esos deseos, ya llevan dentro de sí la semilla de la corrupción. ¿Entiende lo que estoy diciendo?

Deje de lado por el momento la cuestión de por qué la escuela invita a los ricos, porque también hay personas pobres en estas funciones. Pero, ¿se sienta alguno de ustedes cerca de los pobres, cerca de los aldeanos? ¿Lo hacen? ¿Y ha notado otra cosa extraordinaria: canto los sannyasis quieren instalarse en lugares destacados, cómo se abren paso hacia el frente? Todos queremos que se nos note, que se nos reconozca. El verdadero brahmán es aquel que no le pide nada a nadie, no por orgullo, sino porque es luz para sí mismo; pero nosotros hemos perdido todo eso.

¿Saben?, hay un relato maravilloso acerca de Alejandro cuando llegó a la India. Habiendo conquistado el país, quiso conocer al Primer Ministro que había creado semejante orden en la población y había logrado tal honestidad, tal incorruptibilidad entre la gente. Cuando el rey le explicó que el Primer Ministro era un brahmán que había regresado a su aldea, Alejandro pidió que viniera a verlo. El rey envió por el Primer Ministro, pero éste no quiso venir porque no tenía interés en alardear ante nadie. Desafortunadamente, hemos perdido ese espíritu. Estando internamente vacíos, embotados, doloridos, psicológicamente somos mendigos que siempre están buscando algo ‑o alguien- que los aliente, que los sostenga, que les dé esperanzas, y por eso convertimos en desagradables, cosas que son normales.

Está muy bien que un prominente funcionario oficial venga a colocar la piedra angular de un edificio, ¿qué hay de perjudicial en eso? Pero la corrupción está en todo el espíritu que hay tras ello. Ustedes nunca van a visitar a los aldeanos, ¿verdad? Jamás les hablan, jamás se compadecen de ellos, jamás advierten por sí mismos qué poco tienen ellos para comer, cómo trabajan interminablemente día tras día sin descanso; pero como sucede que les he señalado ciertas cosas, están ustedes dispuestos a criticar a otros. No se reúnan para criticar, eso es vano; vayan en cambio y descubran por sí mismos qué condiciones imperan en las aldeas y hagan algo ahí: planten un árbol, hablen con los lugareños, invítenlos a que vengan aquí, jueguen con sus hijos. Entonces encontrarán que surge una clase diferente de sociedad, porque en el país habrá amor. Una sociedad sin amor es como una tierra sin ríos, como un desierto; pero donde hay ríos la tierra es rica, tiene abundancia, tiene belleza. Casi todos nosotros crecemos sin amor, y por eso hemos creado una sociedad que es tan horrible como la gente que vive en ella.

Interlocutor: Usted dice que Dios no está en la imagen esculpida, pero otros dicen que está efectivamente allí, y que si tenemos fe en nuestros corazones, su poder se manifestará. ¿Cuál es la verdad de la adoración?

Krishnamurti: El mundo está tan lleno de opiniones como lo está de personas. Y usted sabe qué es una opinión. Uno dice esto, y algún otro dice aquello. Cada cual tiene una opinión, pero la opinión no es la verdad; por lo tanto, no escuche una mera opinión, no importa de quién sea, sino descubra por sí mismo qué es lo verdadero. La opinión puede cambiar de la noche a la mañana, pero no podemos cambiar la verdad.

Bien, usted quiere descubrir por sí mismo si Dios o la verdad están en la imagen tallada, ¿no es así? ¿Qué es una imagen tallada? Es una cosa concebida por la mente y moldeada en madera o en piedra por la mano. La mente proyecta la imagen; y, ¿piensa usted que una imagen proyectada por la mente es Dios, aunque un millón de personas aseguren que lo es?

Usted asegura que si la mente tiene fe en la imagen, entonces la imagen le dará poder a la mente. Por supuesto, la mente crea la imagen y después obtiene poder de lo que ella misiva ha creado. Eso es lo que perpetuamente está haciendo: produce imágenes y extrae fuerza, felicidad y provecho de esas imágenes, por lo que permanece vacía, agobiada internamente por su pobreza. Lo importante, pues, no es la imagen, o lo que millones de personas puedan decir acerca de ella, sino comprender las operaciones de nuestra propia mente.

La mente hace y deshace dioses, puede ser cruel o bondadosa. La mente tiene el poder de realizar las cosas más extraordinarias. Puede sostener opiniones, puede crear ilusiones, puede inventar aviones a reacción que viajan a velocidades fantásticas; puede construir hermosos puentes, tender extensas líneas férreas, idear máquinas que calculan más allá de la capacidad humana. Pero la mente no puede crear la verdad. Lo que ella crea no es la verdad, es meramente una opinión, un juicio. Es esencial, pues, descubrir por uno mismo lo que es verdadero.

Para descubrirlo, la mente tiene que estar completamente silenciosa, sin ningún movimiento. Ese silencio es el acto de adoración ‑no el ir al templo a ofrecer flores mientras hacen a un lado al mendigo que encuentran en el camino. Ustedes propician a los dioses porque les tienen miedo, pero eso no es adoración. Cuando comprenden a la mente y la mente está en completo silencio, no silenciada, entonces ese silencio, esa quietud es el acto de adoración; y en esa quietud se manifiesta aquello que es verdadero, que es bello, que es Dios.

Interlocutor: Usted dijo un día que nosotros debemos sentarnos en silencio y observar la actividad de nuestra propia mente; pero nuestros pensamientos desaparecen tan pronto comenzamos a observarlos conscientemente. ¿Cómo podemos percibir nuestra propia mente cuando la mente es tanto el percibidor como aquello que ella percibe?

Krishnamurti: Ésta es una pregunta muy compleja, y hay muchas cosas involucradas en ella.

Bien, ¿existe un percibidor, o sólo hay percepción? Por favor, siga esto atentamente. ¿Hay un pensador, o sólo existe el pensar? Ciertamente, el pensador no existe primero. Primero está el pensar, y después el pensar crea al pensador ‑lo cual implica que ha tenido lugar una separación en el pensar. Es cuando ocurre esta separación que surgen el observador y lo observado, el percibidor y el objeto de la percepción. Y el interlocutor dice que si uno observa su mente, si observa un pensamiento, ese pensamiento desaparece, se desvanece; pero de hecho sólo existe la percepción, no un percibidor. Cuando usted mira una flor, cuando la ve, ¿hay en ese instante una entidad que ve? ¿O sólo existe el ver? El ver la flor hace que usted diga: “Qué bella es, la quiero”; por lo tanto, el “yo” surge a través del deseo, del miedo, de la codicia, de la ambición, que marchan tras la estela del ver. Son estos factores los que crean el “yo”, y el “yo” no existe sin ellos.

Si investiga más profundamente toda esta cuestión, descubrirá que cuando la mente está muy quieta, completamente silenciosa, cuando no hay movimiento alguno del pensar y, por tanto, no hay experimentador ni observador, entonces esa misma quietud tiene su propia comprensión creadora. En esa quietud la mente se transforma en otra cosa. Pero la mente no puede encontrar esta quietud por ningún medio, por ninguna disciplina o práctica; esa quietud no llega porque uno se siente en un rincón tratando de concentrarse. Llega cuando uno comprende las modalidades de la mente. Es la mente la que ha creado la imagen de piedra que la gente adora; es ella la que ha creado el Gita, las religiones organizadas, las innumerables creencias; y, para descubrir lo real, uno debe ir más allá de las creaciones de la mente.

Interlocutor: El hombre, ¿es sólo mente y cerebro, o es algo más que esto?

Krishnamurti: ¿Cómo va a averiguarlo? Si meramente cree, especula, o acepta lo que Shankara, Buda o algún otro ha dicho, usted no está investigando, no está tratando de descubrir lo que es verdadero.

Usted tiene un solo instrumento, que es la mente; y la mente también es el cerebro. Por lo tanto, para descubrir la verdad en esta cuestión, uno tiene que entender las peculiaridades de la mente, ¿no es así? Si la mente es torcida, uno jamás podrá ver rectamente; si la mente es muy limitada, uno no puede percibir lo inmensurable. La mente es el instrumento de percepción y, para percibir apropiadamente, debemos hacer que la mente funcione de manera correcta, que se limpie de todo condicionamiento, de todo temor. La mente también tiene que estar libre del conocimiento, porque el conocimiento la desvía y hace que las cosas se perciban deformadas. La mente tiene una capacidad enorme para inventar, imaginar, pensar, especular. ¿Y no debe desecharse esta capacidad a fin de que la mente sea muy clara y muy sencilla? Porque es sólo la mente en estado de inocencia, la mente que ha experimentado muchísimo y, no obstante, está libre del conocimiento y de la experiencia, la que puede descubrir aquello que es mucho más que el cerebro y la mente. De lo contrario, lo que uno descubra estará coloreado por lo que ya ha experimentado antes, y su experiencia es el resultado de su condicionamiento.

Interlocutor: ¿Cuál es la diferencia entre la necesidad y la codicia?

Krishnamurti: ¿No lo sabe? ¿No sabe cuándo tiene lo que necesita? ¿Y no hay algo que le diga cuándo es usted codicioso? Empiece en el nivel más bajo, y verá que es así. Cuando usted tiene suficientes ropas, joyas o lo que fuere, lo sabe, no tiene que filosofar al respecto. Pero tan pronto la necesidad penetra en el campo de la codicia, es entonces que comienza a filosofar, a racionalizar, a dar explicaciones para justificar su codicia. Un buen hospital, por ejemplo, requiere de tantas y tantas camas, necesita un cierto nivel de limpieza, algunos antisépticos, esto y aquello. Un hombre que viaja debe tal vez poseer un automóvil, un sobretodo, etc. Eso es necesidad. Usted necesita algún conocimiento y destreza para desempeñarse en su ocupación. Si es ingeniero tiene que saber ciertas cosas ‑pero ese conocimiento puede convertirse en un instrumento de la codicia. A causa de la codicia, la mente utiliza los objetos de la necesidad como un medio de mejoramiento propio. Si lo observa, verá que es un proceso muy simple. Si, percatándose de sus reales necesidades, usted ve también cómo se introduce la codicia, cómo la mente utiliza los objetos de la necesidad para su propio engrandecimiento, entonces no es muy difícil distinguir entre la necesidad y la codicia.

Interlocutor: Si la mente y el cerebro son una sola cosa, entonces, ¿por qué cuando surge un pensamiento o un impulso que el cerebro nos dice que es feo, la mente continúa en ello con tanta frecuencia?

Krishnamurti: ¿Qué es lo que realmente ocurre? Si un alfiler pincha su brazo, los nervios llevan la sensación al cerebro, el cerebro la traduce como dolor, y entonces la mente se rebela contra el dolor, y usted saca el alfiler o hace alguna otra cosa al respecto. Pero hay algunas cosas con las que la mente continúa aun cuando sepa que son feas o estúpidas. Ella sabe lo esencialmente estúpido que es el fumar, y sin embargo continúa fumando. ¿Por qué? Porque le gustan las sensaciones del fumar, y eso es todo. Si la mente percibiera la estupidez del fumar con la misma agudeza con que percibe el pinchazo del alfiler, dejaría de fumar inmediatamente. Pero ella no quiere ver eso con claridad, porque el fumar se ha vuelto un hábito placentero. Lo mismo ocurre con la codicia o la violencia. Si la codicia fuera para ustedes tan dolorosa como el pinchazo del alfiler en el brazo, dejarían de ser codiciosos al instante, no filosofarían al respecto; y si estuvieran realmente alertas al significado pleno de la violencia, no escribirían volúmenes acerca de la no violencia ‑lo cual no tiene sentido porque no lo sienten, sólo hablan al respecto. Si comen algo que les produce un violento dolor de estómago, no siguen comiendo eso, ¿verdad? Lo desechan inmediatamente. De igual manera, si alguna vez se dieran cuenta de lo ponzoñosas que son la ambición y la envidia, tan perversas, crueles y mortales como la picadura de una cobra, entonces estarían alertas a la ambición y la envidia. Pero, ya lo ve, la mente no quiere mirar estas cosas con demasiada atención; en esta área tiene intereses creados, y se niega a admitir que la ambición, la envidia, la codicia, la lujuria, son ponzoñosas. Por eso dice: “Discutamos sobre la no codicia, la no violencia, tengamos ideales” y mientras tanto, prosigue con sus venenos. Descubra, pues, por sí minino, qué corruptoras, ponzoñosas y destructivas son estas cosas, y pronto se desprenderá de ellas; pero si meramente dice: “No debo” y sigue como antes, está jugando a ser un hipócrita. Sea una cosa o la otra, frío o caliente.

23. LA NECESIDAD DE ESTAR SOLO

¿No es una cosa muy extraña que en este mundo, donde hay tanta distracción, tanto entretenimiento, casi todos sean espectadores y muy pocos sean actores? Cada vez que tenemos un poco de tiempo libre, casi todos buscamos alguna forma de diversión. Tomamos un libro serio, una novela o una revista. Si estamos en América, encendemos la radio o la televisión, o nos complacemos en charlas interminables. Hay una constante exigencia de diversión, de entretenimiento, de que se nos saque fuera de nosotros mismos. Tenemos miedo de estar solos, sin compañía, sin ninguna clase de distracción. Somos muy pocos los que caminamos alguna vez por los campos o los bosques sin charlar ni cantar canciones, sino sólo paseando en silencio, observando las cosas que hay alrededor y dentro de nosotros. Casi nunca hacemos eso porque, ya lo ven, casi todos estamos muy aburridos; nos hallamos atrapados en una monótona rutina de aprender o enseñar, en la rutina de los deberes domésticos o de un empleo, y entonces, cuando disponemos de tiempo libre, queremos divertirnos, ya sea con ligereza o seriamente. Leemos o vamos al cine ‑o nos volvemos hacia alguna religión, que es la misma cosa. La religión también se ha convertido en una forma de distracción, una especie de escape serio para evitar el aburrimiento, la rutina.

No sé si han advertido todo esto. La mayoría de la gente está constantemente ocupada con algo ‑con el puja, con la repetición de ciertas palabras, con las preocupaciones acerca de esto o lo otro porque casi todos tienen miedo de estar a solas consigo mismos. Traten ustedes de estar solos, sin ninguna forma de distracción, y verán lo rápidamente que desean escapar de sí mismos y olvidarse de lo que son. Es por eso que esta enorme estructura del entretenimiento profesional, de la distracción automatizada, constituye una parte tan prominente de lo que llamamos civilización. Si lo observan, verán cómo en todo el mundo la gente se está volviendo cada vez más hacia las distracciones, cada vez más sofisticada y mundana. La multiplicación de los placeres, los innumerables libros que se publican, las páginas de los diarios llenas de eventos deportivos, todo esto ciertamente indica nuestra constante necesidad de distraernos. Debido a que internamente nos sentimos vacíos, a que somos torpes, mediocres, usamos nuestras relaciones y nuestras reformas sociales como medio para escapar de nosotros mismos. No sé si se han dado cuenta de lo solitarios que somos casi todos nosotros. Y para escapar de esa soledad corremos a los templos, a las iglesias o a las mezquitas, nos vestimos de etiqueta y asistimos a las funciones sociales, miramos la televisión, escuchamos la radio, leemos, etcétera.

¿Saben ustedes qué significa la soledad (loneliness)1, el sentirse solitarios? Puede que a algunos de ustedes no les sea familiar esa palabra, pero el sentimiento lo conocen muy bien. Traten de salir a pasear solos, o de permanecer sin un libro, sin nadie con quien hablar, y verán qué rápidamente se aburren. Ese sentimiento lo conocen bastante bien, pero no saben por qué se aburren, jamás lo han investigado. Si investigan un poco el aburrimiento, encontrarán que la causa de éste es la soledad, la sensación de aislamiento. Es para escapar de la soledad que deseamos estar juntos, entretenernos, tener distracciones de todas clases: gurús, ceremonias religiosas, plegarias, o las novelas más recientes. Siendo internamente solitarios, nos convertimos en meros espectadores de la vida; y podremos ser actores sólo si, al comprender la soledad, la superamos y proseguimos más allá.

Después de todo, la mayoría se casa y busca otras relaciones sociales porque son pocos los que saben vivir solos. No es que uno tenga que vivir solo; pero si se casa porque desea que lo amen, o si está aburrido y usa su ocupación como un medio de olvidarse de sí mismo, encontrará que su vida no es otra cosa que una interminable búsqueda de distracciones. Muy pocos van más allá de este extraordinario miedo a la soledad; pero uno tiene que ir más allá, porque más allá está el verdadero tesoro.

¿Saben?, hay una diferencia inmensa entre la soledad del aislamiento (loneliness) y la soledad del hombre libre (aloneness). Algunos de los estudiantes más jóvenes puede que todavía no conozcan la primera de las dos soledades, pero las personas mayores la conocen bien: el sentimiento de estar completamente aislados, de sentir súbitamente temor sin causa aparente alguna. La mente conoce este temor que surge cuando por un momento se da cuenta de que no puede contar con nada, de que ninguna distracción puede librarla de esta sensación de vacuidad que la encierra en sí misma. Esa es una de las soledades. Pero la otra soledad es algo por completo diferente; es un estado de libertad que adviene cuando uno se ha abierto paso por el aislamiento y lo ha comprendido. En este otro estado de soledad uno no depende psicológicamente de nadie porque ya no está buscando placer, consuelo, gratificación. Es entonces que la mente está por completo sola, y ésa es la única mente en verdad creativa.

Todo esto forma parte de la educación: aprender a enfrentarse al dolor de la soledad ‑ese extraordinario sentimiento de vacuidad que todos conocemos y a no temerle cuando aparece; no encender la radio ni perderse en el trabajo ni correr al cine, sino mirar ese dolor, investigarlo, comprenderlo. No hay un ser humano que no haya sentido o no vaya a sentir esa estremecedora ansiedad. Es porque intentamos escapar de ella mediante todas las formas de distracción y gratificación ‑a través del sexo, de Dios, del trabajo, de la bebida, escribiendo poemas o repitiendo ciertas palabras que hemos aprendido de memoria- que nunca comprendemos esa ansiedad cuando nos ataca por sorpresa.

De modo que, cuando el dolor de la soledad los ataque afróntenlo, mírenlo sin intención alguna de escapar. Si escapan de él, jamás lo comprenderán, y el dolor estará siempre ahí, aguardándolos a la vuelta de la esquina. Mientras que si pueden comprender esta dolorosa soledad e ir más allá de ella, descubrirán que no hay necesidad alguna de escapar, ni existe el impulso de gratificarse o entretenerse, porque entonces la mente de ustedes conocerá una riqueza que es incorruptible y que no puede ser destruida.

Todo esto forma parte de la educación. Si en la escuela solamente estudian materias para aprobar exámenes, entonces el aprender mismo se vuelve un medio para escapar de la soledad. Reflexionen un poco sobre esto y lo verán. Considérenlo con sus educadores y pronto descubrirán qué solos se sienten ellos, qué solos se sienten ustedes. Pero aquellos que están internamente solos, cuyas mentes y cuyos corazones se hallan libres del dolor de la soledad, ellos son verdaderos seres humanos, porque pueden descubrir por sí mismos qué es la realidad, pueden recibir aquello que es eterno.

Interlocutor: ¿Cuál es la diferencia entre la percepción alerta y la sensibilidad?

Krishnamurti: Dudo de que haya diferencia alguna. ¿Sabe?, cuándo usted formula una pregunta, lo que importa es que descubra por sí mismo la verdad al respecto, y no que acepte meramente lo que diga algún otro. Averigüemos, pues, juntos, qué es la percepción alerta.

Vemos un hermoso árbol con sus hojas relucientes después de la lluvia; vemos la luz del sol que brilla sobre el agua y sobre las plumas grisáceas de los pájaros; vemos a los aldeanos dirigiéndose con sus pesadas cargas a la ciudad y escuchamos sus risas; oímos el ladrido de un perro, o el llamado de un ternero a su madre. Todo esto es parte de la percepción, la percepción de lo que nos rodea, ¿no es así? Acercándonos un poco más, advertimos nuestra relación con la gente, con las ideas y las cosas, percibimos cómo miramos la casa, el camino; observamos nuestras reacciones a lo que la gente nos dice, y vemos cómo nuestra mente está siempre evaluando, juzgando, comparando o condenando. Todo esto forma parte de la percepción, que comienza en la superficie y después penetra más y más en lo profundo; pero, para la mayoría de nosotros, la percepción se detiene en cierto punto. Nos percatamos de los ruidos, de los cantos, de los espectáculos feos o hermosos, pero no nos percatamos de nuestras reacciones a ellos. Decimos: “Eso es hermoso” o, “Eso es feo”, y seguimos de largo; no investigamos qué es la belleza, qué es la fealdad. Ciertamente, ver cuáles son nuestras reacciones, estar más y más alertas a cada movimiento de nuestro propio pensar, observar que nuestra mente está condicionada por la influencia de nuestros padres, de nuestros maestros, de nuestra raza y cultura, todo eso forma parte de la percepción alerta, ¿no es así?

Cuanto más se adentra la mente en lo profundo, en sus propios procesos de pensamiento, más claramente comprende que todas las formas del pensar están condicionadas; en consecuencia, la mente se aquieta de manera espontánea ‑lo cual no quiere decir que se adormezca. Por el contrario, la mente se halla entonces extraordinariamente alerta, ya no está más drogada por los mantrams, por la repetición de palabras, ni está moldeada por la disciplina. Este estado de alerta silencioso también forma parte de la percepción, del darnos cuenta; y si penetramos en ello aun más profundamente, descubriremos que no hay división alguna entre la persona que percibe y el objeto que ella percibe.

Ahora bien, ¿qué significa ser sensible? Darnos cuenta del color y la forma, de lo que la gente dice y de nuestra respuesta a ello; ser considerados, tener buen gusto, buenos modales; no ser rudos, no hacer daño a otros ni física ni internamente, pero sin ser conscientes de que obramos así; ver algo hermoso y demorarnos en ello; escuchar a título de ensayo y sin aburrirnos todo lo que se dice, de manera que la mente se vuelva sutil, aguda ‑todo esto es sensibilidad, ¿no es cierto? ¿Hay, pues, mucha diferencia entre la sensibilidad y la percepción alerta? No creo que la haya.

Vea, en tanto su mente esté condenando, juzgando, formándose opiniones, conclusiones, no es perceptiva ni sensible. Cuando usted es rudo con la gente, cuando arranca flores y las tira, cuando maltrata a los animales, cuando raspa los muebles para escribir en ellos su nombre, o rompe la pata de una silla, cuando no es puntual en las comidas y tiene en general malos modales, todo eso indica insensibilidad, ¿no es así? Indica que se tiene una mente incapaz de adaptarse a un estado de atención. Y, ciertamente, forma parte de la educación ayudar al estudiante a que sea sensible, de modo que no se amolde meramente ni resista, sino que esté atento a todo el movimiento de la vida. Las personas que son sensibles en la vida, pueden sufrir mucho más que las que son insensibles; pero si comprenden su sufrimiento y van más allá de éste, descubrirán cosas extraordinarias.

Interlocutor: ¿Por qué nos reímos cuando alguien da un traspié y cae?

Krishnamurti: Es una forma de insensibilidad, ¿no es así? También existe una cosa como el sadismo. ¿Sabe lo que significa esa palabra? Un autor llamado el Marqués de Sade escribió una vez un libro acerca de un hombre que disfrutaba lastimando a la gente y viéndola sufrir. De ahí se deriva la palabra “sadismo”, que significa obtener placer del sufrimiento ajeno. Para ciertas personas hay una satisfacción peculiar en ver sufrir a los demás. Obsérvese a sí mismo y vea si tiene este sentimiento. Puede no ser obvio, pero si está ahí encontrará usted que se expresa en el impulso de reír cuando alguien cae. Ustedes quieren ver derribados a los que están arriba, critican, murmuran irreflexivamente acerca de otros, todo lo cual es una expresión de insensibilidad, una forma de querer lastimar a la gente. Uno puede menoscabar a otro deliberadamente, por venganza, o puede hacerlo inconscientemente con una palabra, con un gesto, una mirada; pero en cualquiera de ambos casos el impulso es el de hacer daño a alguien, y son muy pocos los que descartan radicalmente esta forma pervertida de placer.

Interlocutor: Uno de nuestros profesores sostiene que lo que usted nos dice es completamente impracticable. Él lo reta a que eduque, con un salario de 120 rupias, a seis niños y seis niñas. ¿Cuál es su respuesta a esta crítica?

Krishnamurti: Si yo tuviera un salario de sólo 120 rupias, no intentaría educar a seis niños y seis niñas; eso es lo primero. Segundo, si yo fuera un profesor ésa sería una dedicación y no un empleo. ¿Ve la diferencia? La enseñanza en cualquier nivel no es una profesión, no es un mero empleo; es un acto de dedicación. ¿Comprende el significado de esa palabra “dedicación”? Estar dedicado es entregarse a algo completamente, sin pedir nada en cambio; es ser como un monje, como un ermitaño, como los grandes maestros y científicos ‑no como los que aprueban unos cuantos exámenes y se llaman a sí mismos profesores. Hablo de aquellos que se han consagrado a la enseñanza no por dinero, sino porque ésa es su vocación, porque ése es su amor. Si hubiera maestros así, encontrarían que a los niños y niñas se les puede enseñar más prácticamente todas las cosas de las que estoy hablando. Pero es el maestro, el educador, el profesor para quien el enseñar es sólo un empleo que le permite ganarse la vida, el que le dirá a usted que estas cosas no son prácticas.

Después de todo, ¿qué es lo práctico? Considérelo. El modo como estamos viviendo ahora, como estamos enseñando, como se manejan nuestros gobiernos con su corrupción y sus guerras incesantes, ¿a eso lo llama práctico? ¿Es práctica la ambición, es práctica la codicia? La ambición engendra competencia y, por tanto, destruye a la gente. Una sociedad basada en la codicia y en la adquisición lleva siempre dentro de sí el espectro de la guerra, del conflicto, del sufrimiento; ¿y es práctico eso? Obviamente, no lo es. Y esto es lo que trato de decirles en todas las charlas que tenemos.

El amor es la cosa más “práctica” que hay en el mundo. Amar, ser gentil, no ser codicioso ni ambicioso, no dejarse influir por otros sino pensar por uno mismo ‑todas estas cosas son muy prácticas, y podrán dar origen a una sociedad práctica, feliz. Pero el maestro que no se consagra a su enseñanza, que no ama, que podrá tener unas cuantas siglas después de su apellido pero que es meramente un proveedor de informaciones que ha extraído de los libros, él les dirá que todo esto no es práctico, porque en realidad jamás ha reflexionado al respecto. Amar es ser práctico, mucho más que el absurdo sentido práctico de la así llamada educación, la cual produce ciudadanos absolutamente incapaces de ser independientes y de resolver cualquier problema por sí mismos.

Vea, esto forma parte de la percepción alerta: darse cuenta de que ellos están obrando de una manera poco seria y, al mismo tiempo, continuar con la propia seriedad.

La dificultad con la mayoría de las personas mayores es que no han resuelto el problema de su propio vivir y, no obstante, les dicen: “Les mostraremos a ustedes lo que es práctico y lo que no lo es”. El enseñar es la más grande vocación en la vida aunque actualmente sea la más menospreciada; es la mas alta, la mas noble de las profesiones. Pero el maestro tiene que consagrarse enteramente a ella, tiene que entregarse por completo, tiene que enseñar con su mente y su corazón con todo su ser y es gracias a esa dedicación que las cosas se hacen posibles.

Interlocutor: ¿Cuál es el bien de la educación si, mientras nos educan, también somos destruidos por los lujos del mundo moderno?

Krishnamurti: Me temo que está usted usando palabras erróneas. Tenemos que tener cierta dosis de bienestar, ¿no es así? Cuando nos sentamos quietamente en una habitación, es bueno que la misma esté limpia y aseada, aunque pueda carecer por completo de muebles excepto una estera; además debe ser bien proporcionada y tener ventanas del tamaño apropiado. Si en la habitación hay un cuadro, debe ser de algo bello, y si hay una flor en un jarrón, debe tener tras ella el espíritu de la persona que la puso allí. Uno también necesita buena alimentación y un lugar tranquilo para dormir. Todo esto forma parte del bienestar que nos ofrece el mundo moderno. ¿Y está ese bienestar destruyendo al hombre que se titula educado? ¿O es el hombre que se titula educado el que, por su ambición y su codicia, está destruyendo el bienestar natural para todos los seres humanos? En los países prósperos, la educación moderna esta tornando a la gente más y más materialista y, por lo tanto, el lujo en todas sus formas está pervirtiendo y destruyendo la mente; y en los países pobres, como la India, la educación no los alienta a crear una clase radicalmente distinta de cultura, no nos ayuda a ser revolucionarios. Ya he explicado qué entiendo por revolucionario ‑no es el arrojar bombas, ni lo es la revolución sanguinaria. Esas personas no son revolucionarías. Un verdadero revolucionario es un hombre libre de cualquier inducción, libre de las ideologías y los enredos de nuestra sociedad, la cual es una expresión de la voluntad colectiva de las masas; y la educación que ustedes reciben no los ayuda a ser esa clase de revolucionarios. Por el contrario, les enseña a amoldarse, o a reformar meramente lo que ya está ahí.

Lo que los esta destruyendo, pues, es la así llamada educación, no los lujos que provee el mundo moderno. ¿Por qué no deberían ustedes tener automóviles y buenas carreteras? Pero ya lo ven, todas las técnicas e invenciones modernas se usan ya sea para la guerra, o meramente para el entretenimiento ‑como un medio de escapar de uno mismo- y así la mente se pierde entre artefactos. La educación moderna se ha convertido en el cultivo de los artefactos, de los aparatos mecánicos o de las máquinas que les ayudan a cocinar, a limpiar, a planchar, a calcular y hacer varias otras cosas esenciales, de modo que no tengan que pensar todo el tiempo en ellas. Y ustedes deben tener estos artefactos, y no perderse en ellos sino tener la mente libre para hacer algo por completo diferente.

Interlocutor: Yo tengo una piel muy negra, y la mayoría admira una tez más clara. ¿Cómo puedo ganar su admiración?

Krishnamurti: Creo que hay cosméticos especiales que se supone aclaran la piel; ¿pero resolverá eso su problema? Usted seguirá deseando que lo admiren, seguirá queriendo destacarse socialmente, seguirá anhelando posición, prestigio, y en esa exigencia misma de admiración, en la lucha por destacarse, está siempre la punzada del dolor.

Mientras desee ser admirado, distinguido, su educación va a destruirlo, porque lo ayudará a convertirse en “alguien” dentro de esta sociedad, y esta sociedad está muy corrompida. Hemos formado esta sociedad destructiva a causa de nuestra codicia, de nuestra envidia, de nuestro miedo, y no va a transformarse porque la ignoremos o la llamemos una ilusión. Sólo la correcta clase de educación podrá extirpar la codicia, el miedo, el deseo de adquirir de modo que podamos establecer una cultura radicalmente nueva, un mundo por completo diferente; y la correcta clase de educación puede existir sólo cuando la mente quiere de verdad comprenderse a sí misma y estar libre del dolor.

24. LA ENERGÍA DE LA VIDA

Uno de nuestros problemas más difíciles es el de la llamada disciplina, y es realmente muy complejo. Vean, la sociedad considera que debe controlar o disciplinar al ciudadano, moldear su mente conforme a ciertos patrones religiosos, sociales, morales y económicos.

Ahora bien, ¿es en absoluto necesaria la disciplina? Por favor, escuchen cuidadosamente. No digan de inmediato “sí” o “no”. Casi todos sentimos, en especial cuando somos jóvenes, que no tiene que haber disciplina, que ha de permitírsenos hacer lo que nos plazca, y pensamos que eso es la libertad. Pero decir meramente que debemos o no debemos tener disciplina, que debemos ser libres, etc., tiene muy poco sentido sin la comprensión del problema total de la disciplina.

El atleta entusiasta se disciplina a sí mismo todo el tiempo, ¿verdad? La felicidad que siente en la práctica del deporte y la necesidad misma de mantener su estado físico le hace acostarse temprano, abstenerse de fumar, comer lo apropiado y, en general, observar las reglas de una buena salud. Su disciplina no es una imposición ni un conflicto, sino el resultado natural del gozo que le produce el atletismo.

Pues bien, la disciplina, ¿aumenta o disminuye la energía humana? En todo el mundo, los seres humanos de cualquier religión, escuela o filosofa, imponen disciplinas a la mente, lo cual implica control, resistencia, amoldamiento, represión. Y, ¿es necesario todo eso? Si la disciplina produce un mayor rendimiento de la energía humana, entonces es valiosa, tiene sentido; pero si meramente reprime la energía humana es muy dañina, destructiva. Todos tenemos energía, y la cuestión es si esa energía, a través de la disciplina, puede hacerse vital, rica y abundante, o si la disciplina destruye toda la energía que tenemos. Pienso que éste es el problema fundamental.

Muchos seres humanos no tenemos una gran energía, y la poca energía de que disponemos pronto queda sofocada, destruida por los controles, las amenazas y las prohibiciones de nuestra sociedad particular con su llamada educación; por lo tanto, nos volvemos imitadores, insulsos ciudadanos de esa sociedad. Y si un individuo tiene al comienzo un poco más de energía, ¿se incrementa esa energía con la disciplina? ¿La existencia de ese individuo se vuelve más rica y plena de vitalidad?

Cuando ustedes son muy jóvenes, como lo son, están llenos de energía, ¿no es así? Quieren jugar, correr por todas partes, charlar; no pueden estar quietos, están llenos de vida. ¿Qué ocurre después? A medida que van creciendo, sus maestros comienzan a coartar esa energía moldeándola, introduciéndola en diversos patrones; y cuando al fin se convierten en hombres y mujeres, la poca energía que les han dejado pronto es sofocada por la sociedad, que les dice que tienen que ser muy buenos ciudadanos, que deben comportarse de una determinada manera. A causa de la llamada educación y de la compulsión social, esta abundante energía que tienen cuando son jóvenes, se destruye gradualmente.

Ahora bien, ¿puede la energía de que hoy disponen vitalizarse mediante la disciplina? Si sólo tienen poca energía, ¿puede la disciplina incrementarla?

Si puede hacerlo, entonces tiene un sentido; pero si la disciplina destruye realmente nuestra energía, entonces es obvio que debe ser descartada.

¿Qué es la energía que todos tenemos? Esta energía es el pensar, el sentir; es el interés, el entusiasmo, la codicia, la pasión, la lujuria, la ambición, el odio. Pintar cuadros, inventar máquinas, construir puentes, hacer caminos, cultivar los campos, practicar deportes, escribir poemas, cantar, bailar, ir al templo, adorar ‑todas estas son expresiones de la energía; y la energía crea también ilusión, daño, desdicha. Las más excelentes y las más destructivas cualidades son igualmente expresiones de la energía humana. Pero ya lo ven, el proceso de controlar o disciplinar esta energía, de permitirle que opere en una dirección y limitarla en otra, se vuelve una mera conveniencia social; la mente es moldeada de acuerdo con el patrón de una cultura particular y, en consecuencia, su energía se disipa gradualmente.

Por lo tanto, nuestro problema es si esta energía que todos poseemos en mayor o menor grado, puede ser incrementada, si puede dársele mayor vitalidad; y en tal caso, ¿para hacer qué? ¿Para qué es la energía? ¿Es el propósito de la energía hacer la guerra? ¿Es el de inventar aviones y otras innumerables máquinas, seguir a algún gurú, aprobar exámenes, tener hijos, preocuparnos interminablemente sobre este y aquel problema? ¿O la energía puede usarse de un modo diferente, a fin de que todas nuestras actividades tengan un significado en relación con algo que trasciende todo eso? Por cierto, si la mente humana, que es capaz de desarrollar una energía tan asombrosa, no está buscando la realidad, no busca a Dios, entonces todas las expresiones de su energía se vuelven medios de destrucción y desdicha. Para buscar la realidad se requiere una energía inmensa; y, si el hombre no está haciendo eso, disipa su energía en comportamientos que perjudican a la sociedad y, por lo tanto, la sociedad tiene que controlarlo. Ahora bien, ¿es posible liberar la energía en la búsqueda de Dios o de la verdad y, en el proceso de descubrir lo verdadero, ser un ciudadano que comprende las cuestiones fundamentales de la vida y a quien la sociedad no puede destruir? ¿Están siguiendo esto o es algo demasiado complejo?

Vean, el hombre es energía, y si el hombre no busca la verdad esta energía se vuelve destructiva; por lo tanto, la sociedad controla y moldea al individuo, lo cual sofoca esta energía. Eso es lo que ha sucedido con la mayoría de la gente adulta en todo el mundo. Y tal vez hayan ustedes advertido otro hecho muy simple e interesante: que tan pronto quieren realmente hacer algo, tienen la energía para hacerlo. ¿Qué ocurre cuando están ansiosos por participar en un juega? Inmediatamente tienen la energía, ¿no es así? Y la propia energía que tienen se vuelve el medio de que esa energía se controle a sí misma, de modo que no necesitan de ninguna disciplina externa. En la búsqueda de la realidad, la energía crea su propia disciplina. El hombre que espontáneamente busca la realidad, se convierte en la correcta clase de ciudadano, la cual no responde al patrón de ninguna sociedad ni gobierno en particular.

Por consiguiente, tanto los estudiantes como los maestros tienen que trabajar juntos para producir la liberación de esta tremenda energía, y así poder encontrar la realidad o la verdad, encontrar a Dios. En la misma búsqueda de la verdad habrá disciplina, y entonces existirá un verdadero ser humano, un individuo completo, y no meramente un hindú o un parsi limitado por su particular sociedad y cultura. Si, en vez de coartar esta energía como ahora lo hace, la escuela puede ayudar al estudiante a despertar su energía en la búsqueda de la verdad, entonces descubrirán ustedes que la disciplina tiene un significado por completo diferente.

¿Por qué en la casa, en la clase y en el hospedaje donde se alojan, a ustedes siempre les dicen lo que tienen y no tienen que hacer? Ciertamente, es porque sus padres y sus maestros, como el resto de la sociedad, no han percibido que el hombre existe para un único propósito, que es el de encontrar la realidad, encontrar a Dios. Si tan siquiera un pequeño grupo de educadores comprendiera esta búsqueda y le dedicara su atención completa, crearía una nueva clase de educación y una sociedad por completo diferente.

¿No advierten ustedes qué poca energía tienen casi todas las personas que los rodean, incluyendo sus padres y sus maestros? Están muriendo lentamente, aun cuando sus cuerpos no hayan envejecido todavía. ¿Por qué? Porque han sido sometidos por la sociedad. Vean, sin comprender su propósito fundamental, que es el de liberar la extraordinaria cosa llamada mente ‑con su capacidad de crear submarinos atómicos y aviones a reacción, de escribir la más maravillosa poesía y prosa, de hacer del mundo algo tan bello y también de destruirlo- sin comprender su propósito fundamental que es el de encontrar la verdad, encontrar a Dios, esta energía se vuelve destructiva; y entonces la sociedad dice: “Tenemos que moldear y controlar la energía del individuo”.

Me parece, pues, que el propósito de la educación es el de liberar la energía en la búsqueda de la bondad, de la verdad, de Dios, búsqueda que a su vez hace del individuo un verdadero ser humano y, por lo tanto, la clase correcta de ciudadano. Pero sin la comprensión de todo esto, la mera disciplina no tiene sentido, es una cosa de lo más destructiva. A menos que cada uno de ustedes reciba una educación tal que, cuando deje la escuela y penetre en el mundo, esté lleno de vitalidad e inteligencia, lleno de una energía tan rica que le permita descubrir aquello que es verdadero, será meramente absorbido por la sociedad; será sofocado, destruido, y se convertirá en un ser humano miserablemente infeliz por el resto de su vida. Como un río crea las márgenes que lo contienen, así la energía que busca la verdad crea su propia disciplina sin ninguna forma de imposición; y tal como el río encuentra el mar, así esa energía encuentra su propia libertad.

Interlocutor: ¿Por qué los ingleses llegaron a gobernar la India?

Krishnamurti: Vea, los pueblos que tienen mas energía, más vitalidad, más capacidad, más espirito, traen tanto miseria como bienestar a sus vecinos con menos energía. En un tiempo, la India se expandió por todo el Asia; su pueblo estaba lleno de fervor creativo, y trajo la religión a China, al Japón, a Indonesia, a Burma. Otras naciones eran comerciales, lo cual también puede haber sido necesario y asimismo tenía sus desdichas, pero ésa es la vida. La parte extraña de esto es que aquellos que están buscando la verdad, que buscan a Dios, son mucho más explosivos, liberan una energía extraordinaria, no sólo en sí mismos sino en otros; y son ellos los verdaderos revolucionarios, no los comunistas, los socialistas, o los meros reformadores. Los conquistadores y los gobernantes vienen y van, pero el problema humano es siempre el mismo: todos queremos dominar, someter o resistir; pero el hombre que busca la verdad está libre de todas las sociedades y de todas las culturas.

Interlocutor: Aun en el momento de la meditación, uno no parece ser capaz de percibir lo verdadero; ¿tendría usted, pues, la bondad de decirnos qué es lo verdadero?

Krishnamurti: Dejemos por el momento la cuestión de lo que es verdadero y consideremos primero qué es la meditación. Para mí, la meditación es algo por completo diferente de lo que los gurús de ustedes y los libros les han enseñado. Meditación es el proceso de comprender nuestra propia mente. Si no comprendemos nuestro propio pensar ‑comprensión que implica conocernos a nosotros mismos- cualquier cosa que pensemos tiene muy poca significación. Sin las bases fundamentales del conocimiento propio, el pensar conduce a actividades nocivas. Cada pensamiento tiene un significado; y si la mente es incapaz de ver el significado, no sólo de uno o dos pensamientos sino de cada pensamiento a medida que surge, entonces el concentrarse meramente en una idea, una imagen o un conjunto de palabras en particular ‑a lo cual generalmente se le llama “meditación”‑ es una forma de autohipnosis.

Por consiguiente, ¿están ustedes alertas al significado de cada pensamiento, de cada reacción que suelen tener cuando se encuentran sentados en silencio, o cuando hablan o juegan? Traten de hacerlo y verán lo difícil que es estar alertas a cada movimiento del propio pensar, porque los pensamientos se amontonan muy rápidamente unos sobre otros. Pero si ustedes quieren examinar cada pensamiento, si realmente desean ver lo que contiene, descubrirán que sus pensamientos van más despacio y que entonces pueden observarlos. Este aquietamiento del pensar y el examen de cada pensamiento es el proceso de la meditación; y si penetran en ello descubrirán que, al estar lúcidamente alertas a cada pensamiento, la mente de ustedes ‑que es ahora un vasto depósito de inquietos pensamientos que chocan unos con otros- se queda muy tranquila, completamente silenciosa. Entonces no hay instintos ni compulsiones, ni hay miedo de ningún tipo; y, en esta quietud, se manifiesta lo que es verdadero. No existe un “yo” que experimente la verdad sino que, al estar la mente quieta y en silencio, la verdad se manifiesta en ella. En el momento en que hay un “yo”, está el experimentador, y el experimentador es meramente el resultado del pensamiento, sin el cual no tiene base alguna.

Interlocutor: Si cometemos un error y alguien nos lo señala, ¿por qué volvemos a cometer el mismo error?

Krishnamurti: ¿Qué piensa usted? ¿Por qué arranca las flores, o destroza las plantas, o destruye los muebles, o tira papeles por todas partes, aunque estoy seguro de que muchas veces le han dicho que no debe hacerlo? Escuche cuidadosamente y lo verá. Cuando hace estas cosas se halla en un estado de irreflexión, ¿verdad? No está alerta, no está pensando en ello, su mente se ha adormecido, y entonces usted hace cosas que son obviamente tontas. Mientras no se halle por completo consciente, mientras no esté totalmente ahí, no es bueno que meramente le digan que no haga ciertas cosas. Pero, si el educador puede ayudarle a que sea reflexivo, a que esté en verdad alerta, a que observe con deleite los árboles, los pájaros, el río, la riqueza extraordinaria de la tierra, entonces tan sólo una insinuación será suficiente, porque entonces será usted sensible, estará despierto a todo lo que hay alrededor y dentro de usted.

Infortunadamente, esa sensibilidad se destruye porque desde el momento en que nacen hasta que mueren, se les dice perpetuamente que hagan esto y que no hagan lo otro. Los padres, los maestros, la sociedad, la religión, el sacerdote, y también las propias ambiciones de ustedes, sus propias codicias y envidias, todo les dice “hazlo” y “no lo hagas”. Se requiere mucha reflexión para estar libres de todos estos “hazlo” y “no lo hagas” y, no obstante, tener esa sensibilidad que espontáneamente hace que sean amables y no lastimen a la gente, que no arrojen papeles en cualquier parte, que no pasen junto a una piedra en el camino sin quitarla de ahí, etc. Y el propósito de la educación no es, ciertamente, el de darles unas cuantas letras del alfabeto para que las agreguen después de sus apellidos, sino despertar en ustedes este sentido de reflexión, de modo que sean sensibles, alertas, observadores, amables.

Interlocutor: ¿Qué es la vida, y cómo podemos ser felices?

Krishnamurti: Una muy buena pregunta de un niño pequeño. ¿Qué es la vida? Si uno se lo pregunta al hombre de negocios, él dirá que su vida es una cuestión de vender, de hacer dinero, porque ésa es su vida de la mañana a la noche. El hombre ambicioso dirá que su vida es una lucha para realizarse, para alcanzar el éxito. Para el hombre que ha logrado posición y poder, que está a la cabeza de una organización o de un país, la vida está llena de una actividad que es de su propia hechura. Y para el jornalero, especialmente en este país, la vida es un trabajar incesante sin un solo día de descanso ‑es estar sucio, pasar miseria, tener comida insuficiente.

Pues bien, ¿puede un hombre ser feliz a través de toda esta competencia, de esta lucha, a través del hambre y la miseria? Obviamente, no. ¿Qué hace entonces? No cuestiona, no se pregunta qué es la vida, sino que filosofa sobre la felicidad. Habla de hermandad mientras explota a otros. Inventa el yo superior, la súper alma, algo que: con el tiempo va a hacerlo permanentemente feliz. Pero la felicidad no llega cuando uno la busca; surge como una consecuencia, cuando hay bondad, cuando hay amor, cuando no hay ambición, cuando la mente está buscando en silencio aquello que es verdadero.

Interlocutor: ¿Por qué peleamos entre nosotros?

Krishnamurti: Pienso que las personas mayores también se formulan esta pregunta, ¿no es así? ¿Por qué peleamos? América se opone a Rusia, China está en contra de Occidente. ¿Por qué? Hablamos de paz y nos preparamos para la guerra. ¿Por qué? Creo que es porque a casi todos los seres humanos les gusta competir, luchar; ése es, sencillamente, el hecho. De lo contrario, terminaríamos con todo eso. En la lucha hay una sensación más intensa de estar activos, ése es también un hecho. Pensamos que la lucha en todas sus formas es necesaria para mantenernos vivos; pero ya lo ven, esa forma de vivir es muy destructiva. Hay una forma de vivir sin lucha. Es como el lirio, como la flor que se abre: no lucha, es. La existencia misma de cualquier cosa es su virtud. Pero no se nos educa para eso en absoluto. Nos educan para competir, para luchar, para ser soldados, abogados, policías, profesores, directores, hombres de negocios, todos deseando llegar a la cima. Todos anhelamos el éxito. Hay muchos que tienen las pretensiones exteriores de la humildad, pero sólo los que son verdaderamente humildes en lo interno conocen la felicidad, y son ellos los que no pelean jamás.

Interlocutor: ¿Por qué la mente maltrata a otros seres humanos y también se maltrata a sí misma?

Krishnamurti: ¿Qué entendemos por maltratar? Una mente que es ambiciosa, codiciosa, envidiosa, una mente cargada con la creencia y la tradición, una mente cruel que explota a la gente es, por supuesto, dañina en su acción y da origen a una sociedad llena de conflictos. En tanto la mente no se comprenda a sí misma, su acción será inevitablemente destructiva; en tanto le falte el conocimiento propio, por fuerza engendrará enemistad. Por eso es esencial que se conozcan ustedes a sí mininos y no que aprendan meramente de los libros. Ningún libro puede enseñarles el conocimiento propio. Un libro puede darles información acerca del conocimiento propio, pero eso no es lo mismo que conocerse en la acción. Cuando la mente se ve a sí misma en el espejo de la relación, de esa percepción surge el conocimiento propio; y sin el conocimiento propio no podemos aclarar esta confusión, esta terrible desdicha que hemos creado en el mundo.

Interlocutor: La mente que busca el éxito, ¿es distinta de la mente que busca la verdad?

Krishnamurti: Es la misma mente, ya sea que busque el éxito o la verdad; pero, en tanto la mente esté buscando el éxito, no podrá descubrir lo verdadero. Comprender la verdad, es ver la verdad en lo falso y ver lo verdadero como verdadero.

25. VIVIR SIN ESFUERZO

¿Alguna vez se han preguntado por qué, a medida que la gente envejece, parece perder toda la alegría de vivir? Al presente casi todos ustedes, los jóvenes, son bastante felices; tienen sus pequeños problemas, están los exámenes que los inquietan, pero a pesar de estas preocupaciones hay en la vida de ustedes cierta alegría, ¿no es así? Existe una espontánea, fácil aceptación de la vida, un mirar las cosas jovial y dichosamente. ¿Y por qué, a medida que envejecemos, parecemos perder esa jubilosa insinuación de algo que está más allá, algo de mayor significación? ¿Por qué tantos de nosotros, cuando llegamos a la llamada madurez, nos volvemos torpes, insensibles a la alegría, a la belleza, a los cielos abiertos y a la tierra maravillosa?

¿Saben?, cuando uno se formula esta pregunta, son muchas las explicaciones que acuden a la mente. Una explicación es que estamos muy ocupados con nosotros mismos. Luchamos para llegar a ser “alguien”, para alcanzar y mantener cierta posición; tenemos hijos y otras responsabilidades, y tenemos que ganarnos la subsistencia. Todas estas cosas externas pronto nos abruman y, en consecuencia, perdemos la alegría de vivir. Miren los rostros más viejos que los rodean, vean qué tristes son casi todos, qué llenos de ansiedad y más bien enfermos se los ve, qué retraídos, solitarios y a veces neuróticos, sin una sola sonrisa... ¿No se preguntan por qué? Y aun cuando sí se lo preguntan, casi todos parecen satisfacerse con meras explicaciones.

Ayer en la tarde vi una embarcación que navegaba río arriba a toda vela, llevada por el viento del Oeste. Era un bote grande, cargado con leña para la ciudad. El sol se estaba poniendo, y este bote recortado contra el cielo era asombrosamente bello. El botero sólo lo guiaba, no había ningún esfuerzo porque el viento hacía todo el trabajo. De igual manera, si cada uno de nosotros pudiera comprender el problema del esfuerzo y el conflicto, entonces creo que podríamos vivir sin esforzarnos, dichosamente, con una sonrisa en el rostro.

Pienso que es el esfuerzo lo que nos destruye, esta lucha en que gastamos casi todos los instantes de nuestra vida. Si observan a las personas mayores que los rodean, verán que para la mayoría de ellas la vida es una serie de batallas consigo mismas, con sus esposas o sus maridos, con sus vecinos, con la sociedad; y esta lucha incesante disipa la energía. El hombre que conoce la alegría, que es realmente feliz, no está preso en el esfuerzo. Vivir sin esfuerzo no significa que uno tenga que vegetar, que tenga que ser torpe, necio; por el contrario, sólo el hombre sabio, extraordinariamente inteligente, está en verdad libre del esfuerzo, de la lucha.

Pero ya ven, cuando oímos hablar de vivir sin esfuerzo, deseamos ser así, queremos alcanzar un estado en el cual no tendremos lucha ni conflicto; de modo que hacemos de eso nuestra meta, nuestro ideal y nos esforzamos por lograrlo; y tan pronto hacemos esto, hemos perdido la alegría de vivir. Estamos nuevamente atrapados en el esfuerzo, en la lucha. El objeto de la lucha varía, pero toda lucha es esencialmente lo mismo. Uno puede luchar para producir reformas sociales, o para encontrar a Dios, o para crear una relación mejor entre uno mismo y su esposa o marido, o con su vecino; uno puede sentarse a la orilla del Ganges, adorar a los pies de algún gurú, etcétera. Todo esto es esfuerzo, lucha. Lo importante, pues, no es el objeto de la lucha, sino comprender la lucha misma.

Ahora bien, ¿es posible que la mente no sólo advierta de manera casual que por el momento no está luchando, sino que esté por completo libre de la lucha durante todo el tiempo, de modo que descubra un estado de felicidad en que no existe el sentido de lo superior y lo inferior?

Nuestra dificultad estriba en que la mente se siente inferior, y por eso lucha para ser o llegar a ser algo, o para tender un puente sobre sus múltiples deseos contradictorios. Pero no nos entreguemos a explicaciones de por qué la mente está llena de luchas. Todo hombre que piensa sabe por qué existe la lucha tanto interna como externamente. Nuestra envidia, nuestra codicia, nuestra ambición, nuestro afán competitivo que conduce a una eficiencia despiadada, éstos son, obviamente, los factores que originan nuestra lucha, ya sea en este mundo o en el mundo del futuro. Por lo tanto, no tenemos que estudiar libros de psicología para saber por qué luchamos; y lo esencial, sin duda, es descubrir si la mente puede estar por completo libre de la lucha.

Después de todo, el conflicto es entre lo que somos y lo que deberíamos ser o quisiéramos ser. Pues bien, sin dar explicaciones, ¿puede uno comprender todo este proceso de lucha para que llegue a su fin? Como ese bote que se estaba moviendo con el viento, ¿puede la mente dejar de luchar? Por cierto que ésta es la pregunta, y no cómo alcanzar un estado en que no haya lucha. El esfuerzo mismo de alcanzar tal estado, es un proceso de lucha y, por lo tanto, ese estado nunca se alcanza. Pero si observamos de instante en instante cómo la mente queda atrapada en una lucha perpetua ‑si sólo observamos el hecho sin tratar de alterarlo, sin tratar de forzar en la mente cierto estado al que llamamos “paz”- entonces descubriremos que, con total espontaneidad, la mente cesa de luchar; y en ese estado puede aprender enormemente. Entonces el aprender no es meramente el proceso de reunir información, sino el descubrimiento de las extraordinarias riquezas que se encuentran más allá del alcance de la mente; y para la mente que hace este descubrimiento hay felicidad.

Obsérvense a sí mismos y verán cómo luchan de la mañana a la noche, y cómo la energía de que disponen se desgasta en esta lucha. Si uno meramente trata de explicar por qué lucha, se pierde en explicaciones y la lucha continúa; mientras que si observa su mente en silencio, sin dar explicaciones, si sólo deja que la mente se percate de sus propias luchas, uno pronto descubrirá que llega un estado en que no hay lucha en absoluto, sino una asombrosa percepción alerta. En ese estado de percepción alerta no hay sentido alguno de lo superior y lo inferior, no existe el gran hombre y el hombre pequeño, no existe el gurú. Todos esos absurdos han desaparecido porque la mente esta por completo despierta; y la mente que está por completo despierta es alegre, feliz.

Interlocutor: Yo deseo hacer cierta cosa, y aunque lo he intentado varias voces no he tenido éxito. ¿Debo renunciar a la lucha, o debo persistir en este esfuerzo?

Krishnamurti: Tener éxito es arribar, llegar a alguna parte; y nosotros adoramos el éxito, ¿no es así? Cuando un muchacho pobre crece y llega a multimillonario, o un estudiante común llega a ser Primer Ministro, se lo aplaude, se lo trata con gran deferencia; por lo tanto, todos los muchachos y las niñas quieren tener éxito de un modo u otro.

Ahora bien, ¿existe una cosa como el éxito, o sólo es una idea que el hombre persigue? Porque apenas llegamos, siempre hay un punto más por delante al cual todavía tenemos que llegar. En tanto estemos persiguiendo el éxito en cualquier dirección que sea, estamos obligados a luchar, a estar en conflicto, ¿no es así? Aun cuando hayamos llegado, no hay descanso para nosotros, porque deseamos llegar todavía más alto, deseamos tener más. ¿Comprende? La persecución del éxito es el deseo de “más”, y una mente que, de manera constante, está exigiendo “más”, no es inteligente; al contrario, es una mente mediocre, necia, porque su exigencia de más implica una lucha permanente en términos de un patrón que la sociedad ha establecido para ella.

Después de todo, ¿qué es el contento y qué es el descontento? El descontento es la lucha por “más”, y el contento es la cesación de esa lucha; pero usted no puede llegar al contento sin comprender todo el proceso del “más” y la razón de que la mente lo exija.

Si fracasa en un examen, por ejemplo, tiene que repetirlo ¿verdad? Los exámenes, de cualquier manera, son de lo más desafortunados, porque no indican nada significativo, no revelan el verdadero valor de su inteligencia. La aprobación de un examen es mayormente un truco de la memoria, o puede ser una cuestión del azar; pero ustedes se esfuerzan por aprobar sus exámenes, y si no tienen éxito persisten en ello. Con la mayoría de nosotros es el mismo proceso en la vida de todos los días. Nos esforzamos por conseguir alguna cosa, y jamas nos hemos detenido a preguntarnos sí vale la pena que luchemos por esa cosa. Nunca nos hemos preguntado si vale la pena el esfuerzo, y por eso jamás hemos descubierto aún que no lo vale, porque ello significaría oponemos a la opinión de nuestros padres, de la sociedad, de los maestros y los gurús. Solamente cuando hemos comprendido la total significación del “más”, dejamos de pensar en términos de éxito y fracaso.

Vea, tenemos mucho miedo de fracasar, de cometer errores, no sólo en los exámenes sino en la vida. Consideramos que es terrible equivocarnos, porque seremos criticados por ello, alguien nos reprenderá. Pero después de todo, ¿por qué no habría uno de equivocarse? ¿Acaso toda la gente en el mundo no está cometiendo errores? ¿Y dejaría el mundo de encontrarse en esta terrible confusión si uno nunca cometiera un error? Si usted tiene miedo de equivocarse, jamás aprenderá. Las personas mayores se equivocan todo el tiempo, pero no quieren que ustedes se equivoquen; por lo tanto, sofocan en ustedes la iniciativa ¿Por qué? Porque tienen miedo de que, observándolo y cuestionándolo todo, experimentando y equivocándose, puedan ustedes descubrir algo por sí mismos y romper con la autoridad de sus padres, de la sociedad, de la tradición. Es por eso que les muestran el ideal del éxito para que lo sigan; y el éxito, ya lo advertirán, siempre lo es en términos de respetabilidad. Aun el santo, en sus llamadas realizaciones espirituales, tiene que volverse respetable, de lo contrario, no tiene reconocimiento, no lo siguen.

Por consiguiente, estamos siempre pensando en términos de éxito, en términos de “más”; y el más es valorado por la respetable sociedad. En otras palabras, la sociedad ha establecido muy cuidadosamente un determinado patrón según el cual afirma nuestro éxito o nuestro fracaso. Pero si amamos algo con todo nuestro ser, entonces no nos interesan ni el éxito ni el fracaso. A ninguna persona inteligente le interesan. Pero, por desgracia, hay muy pocas personas inteligentes, y a ustedes nadie les dice nada acerca de esto. Todo el interés de una persona inteligente radica en ver los hechos y comprender el problema ‑lo cual no es pensar en términos de éxito o fracaso. Sólo cuando no amamos verdaderamente lo que hacemos, pensamos en esos términos.

Interlocutor: ¿Por qué somos fundamentalmente egoístas? Podemos intentarlo todo para ser generosos en nuestra conducta, pero cuando nuestros propios intereses están involucrados, nos abstraemos en nosotros mismos volviéndonos indiferentes a los intereses de otros.

Krishnamurti: Pienso que es muy importante no llamarnos a nosotros mismos egoístas o generosos, porque las palabras tienen una influencia extraordinaria sobre la mente. Llamen egoísta a un hombre, y ya está condenado; llámenlo profesor, y algo sucede con la manera que tienen de abordarlo; llámenlo mahatma, e inmediatamente lo ven rodeado de un halo. Observe sus propias respuestas internas y verá que palabras tales como “abogado”, “comerciante”, “gobernador”, “sirviente”, “amor”, “Dios”, tienen un efecto extraño tanto sobre sus nervios como sobre su mente. La palabra que denota una función particular evoca el sentido de status. Lo primero, pues, es librarse de este hábito inconsciente de asociar ciertos sentimientos con ciertas palabras, ¿no es así? Nuestra mente ha sido acondicionada para pensar que el término “egoísta” representa algo muy malo, algo no espiritual, y en el momento en que aplicamos ese término a alguien, nuestra mente ya lo condena. Por lo tanto, cuando usted formula esta pregunta: “¿Por qué somos fundamentalmente egoístas?” eso tiene ya una significación condenatoria.

Es esencial darse cuenta de que ciertas palabras originan en ustedes una respuesta nerviosa, emocional o intelectual de aprobación o condena. Cuando usted, por ejemplo, se califica a sí mismo como persona celosa, se ha bloqueado inmediatamente para una investigación ulterior, ha dejado de adentrarse en el problema total de los celos. De igual manera, hay muchas personas que afirman estar trabajando por la fraternidad humana y, no obstante, todo lo que hacen conspira contra la fraternidad; pero no ven este hecho porque la palabra “fraternidad” significa algo para ellas y ya están persuadidas por esa palabra; no investigan más allá prescindiendo de la respuesta neurológica o emocional que esa palabra evoca; por lo tanto, nunca descubren cuáles son los hechos.

De modo que esto es lo primero: experimentar y descubrir si puede usted mirar los hechos sin las implicaciones condenatorias o elogiosas asociadas con ciertas palabras. Si puede mirar los hechos sin sentimientos de condena o aprobación encontrará que en el proceso mismo de mirar hay una disolución de todas las barreras que la mente ha erigido entre ella misma y los hechos.

Sólo observe cómo aborda usted a una persona a quien la gente llama un gran hombre. Las palabras “gran hombre” han influido en usted; los diarios, los libros, los seguidores dicen todos que él es un gran hombre, y su mente ha aceptado eso. O bien adopta usted el punto de vista opuesto y dice: “Qué tontería, él no es un gran hombre”. Mientras que si usted puede disociar su mente de toda influencia y simplemente mirar los hechos, encontrará que su manera de abordar las cosas es por completo diferente. Del mismo modo, la palabra “aldeano”, con sus asociaciones de pobreza, suciedad, escualidez, o lo que fuere, ejerce influencia sobre su pensar. Pero cuando la mente está libre de influencias, cuando ni condena ni aprueba sino que meramente mira, observa, entonces no está absorta en sí misma y ya no existe más el problema del egoísmo tratando de ser generoso.

Interlocutor: ¿Por qué, desde el nacimiento a la muerte, el individuo siempre desea ser amado y, si no consigue este amor, no se lo ve tan sereno y lleno de confianza como sus semejantes?

Krishnamurti: ¿Piensa usted que sus semejantes están llenos de confianza? Pueden pavonearse, darse ínfulas, pero usted encontrará que detrás de la exhibición de confianza, casi todos ellos están vacíos, embotados, son mediocres y no tienen en absoluto una verdadera confianza. ¿Y por qué queremos que se nos ame? ¿Acaso no desea usted ser amado por sus padres, por sus maestros, por sus amigos? Y, si somos adultos, deseamos ser amados por nuestra esposa o marido, por nuestros hijos, o por nuestro gurú. ¿Por qué existe este perpetuo anhelo de que se nos ame? Escuche cuidadosamente. Uno quiere ser amado porque no ama; pero en el momento en que uno ama, se terminó, ya no anda inquiriendo si alguien lo ama o no. En tanto estemos exigiendo que se nos ame, no hay amor en nosotros; y si no sentimos amor, somos feos, groseros. Entonces, ¿por qué deberían amarnos? Sin amor, uno es una cosa muerta; y cuando la cosa muerta pide amor, sigue estando muerta. Mientras que si nuestro corazón está lleno de amor, nunca pedimos que se nos ame, nunca extendemos nuestra escudilla de limosnero para que alguien la llene. Sólo lo vacío necesita ser llenado, y un corazón vacío jamás puede llenarse corriendo detrás de los gurús o buscando amor de otras cien maneras diferentes.

Interlocutor: ¿Por qué roban los adultos?

Krishnamurti: ¿Acaso ustedes no roban a veces? ¿Nunca has sabido de un niño pequeño que roba algo que desea de otro niño? Es exactamente lo mismo durante toda la vida, tanto si somos jóvenes o viejos, sólo que las personas mayores lo hacen más astutamente, con un montón de palabras que suenan bien; desean riqueza, poder, posición, y disimulan, maquinan, filosofan para conseguir lo que desean. Roban, pero a eso no se le llama robar, se le aplica algún nombre más respetable. ¿Y por qué robamos? En primer lugar, porque tal como ahora esté constituida la sociedad, ésta priva a mucha gente de las necesidades de la existencia; ciertos sectores de las masas tienen insuficiente comida, ropa y albergue; por lo tanto, hacen algo al respecto. También están los que roban no porque les falte comida, sino porque son lo que se llama antisociales. Para ellos el robar se ha vuelto un juego, una forma de excitación ‑lo cual implica que no han tenido una verdadera educación. La verdadera educación consiste en comprender el significado de la vida, no en el mero cargarse de informaciones para aprobar los exámenes. Existe también el robo a un nivel más alto: robar las ideas de otras personas ‑el robo del conocimiento. Cuando corremos tras el “más” en cualquiera de sus formas, obviamente estamos robando.

¿Por qué siempre estamos pidiendo, mendigando, deseando, robando? Porque dentro de nosotros mismos no hay nada; internamente, psicológicamente, somos como un recipiente vacío. Estando vacíos, tratamos de llenarnos, no sólo robando cosas, sino imitando a otros. La imitación es una forma de robo: uno mismo es nadie, pero el otro es alguien, de modo que uno va a obtener algo de la gloria del otro copiándolo. Esta corrupción se extiende a lo largo de toda la vida, y son muy pocos los que se libran de ella. Lo esencial, pues, es descubrir si la vacuidad interna puede llenarse alguna vez. En tanto la mente esté procurando llenarse a sí misma, seguirá con su vacuidad. Cuando la mente no se interesa más en llenar su propia vacuidad, sólo entonces esa vacuidad cesa de existir.

26. LA MENTE NO LO ES TODO

¿Saben?, es tan bueno permanecer simplemente muy quietos, sentarse erguidos con dignidad, con aplomo es tan importante como lo es mirar aquellos árboles deshojados. ¿Han advertido lo hermosos que se ven esos árboles contra el azul pálido del cielo de la mañana? Las ramas desnudas de un árbol revelan su belleza; y los árboles están rodeados de una belleza extraordinaria durante la primavera, el verano y el otoño. Su belleza cambia con las estaciones, y advertir eso es tan importante como lo es el considerar los comportamientos de nuestra propia vida.

Ya sea que vivan os en Rusia, en América o en la India, somos todos seres humanos; como seres humanos tenemos problemas comunes, y es absurdo que pensemos en nosotros mismos como hindúes, americanos, rusos, chinos, etc. Hay divisiones políticas, geográficas, raciales y económicas, pero poner el énfasis en las divisiones sólo engendra antagonismo y odio. Los americanos pueden ser por el momento mucho más prósperos, lo cual implica que tienen más artefactos, más radios, más televisores, más de todo incluyendo un excedente de alimentos, mientras que en este país hay mucha hambre, escualidez, superpoblación y desempleo. Por dondequiera que vivamos somos todos seres humanos, y como tales creamos nuestros propios problemas humanos; y es muy importante comprender que al pensar en nosotros mismos como hindúes, americanos o ingleses o, como blancos, morenos, negros o amarillos, estamos creando barreras innecesarias entre nosotros.

Una de nuestras principales dificultades es que la educación moderna en todo el mundo se interesa fundamentalmente en hacer de nosotros meros técnicos. Aprendemos cómo diseñar aviones a reacción, cómo construir carreteras pavimentadas, cómo fabricar automóviles o cómo producir los más recientes submarinos nucleares, y en medio de toda esta tecnología nos olvidamos de que somos seres humanos ‑lo cual significa que llenamos nuestros corazones con las cosas de la mente. En América del Norte la automatización está liberando cada vez a más personas de largas horas de trabajo, como pronto lo hará en este país, y entonces tendremos el inmenso problema de cómo utilizar nuestro tiempo. Enormes fábricas que ahora emplean a muchos miles de obreros, probablemente serán manejadas por unos cuantos técnicos. ¿Y qué ocurrirá con los otros seres humanos que acostumbraban trabajar ahí y que tendrán tanto tiempo disponible en sus manos? Hasta que la educación no comience a tomar en cuenta éste y otros problemas humanos, nuestras vidas estarán muy vacías.

Nuestras vidas están muy vacías ahora, ¿no es así? Ustedes podrán tener un título universitario, podrán casarse y ser muy prósperos, muy hábiles, podrán poseer una gran cantidad de información, conocer los libros más recientes; pero en tanto estén llenando el corazón con las cosas de la mente, sus vidas estarán inevitablemente vacías y tendrán muy poco sentido. La vida tiene significación y belleza sólo cuando el corazón se ha limpiado de las cosas de la mente.

Vean, todo esto es nuestro problema individual, no es algún problema especulativo que no nos concierne. Si, como seres humanos, no sabemos cuidar la tierra y las cosas de la tierra, si no sabemos amar a nuestros hijos y meramente nos interesamos en nosotros mismos, en nuestro progreso y éxito personal o nacional, haremos de nuestro mundo algo espantoso ‑que es lo que actualmente estamos haciendo. Un país puede volverse muy rico, pero sus riquezas son un veneno mientras exista otro país que esté padeciendo hambre. Somos una sola humanidad, la tierra es nuestra para que la compartamos, y con un cuidado afectuoso producirá alimento, ropa y albergue para todos nosotros.

El propósito de la educación, pues, no es el de prepararlos meramente para que aprueben unos cuantos exámenes, sino el de ayudarles a comprender todo este problema del vivir ‑en el cual se incluye el sexo, el ganarse la subsistencia, el reír, el tener iniciativa, el ser serios y saber pensar con profundidad. Es también nuestro problema descubrir qué es Dios, porque ése es el verdadero fundamento de nuestra vida. Una casa no puede sostenerse por mucho tiempo sin los cimientos apropiados, y todas las astutas invenciones del hombre no tendrán ningún sentido si no tratamos de descubrir qué es Dios, qué es la verdad.

El educador debe ser capaz de ayudarles a comprender esto, porque ustedes tienen que comenzar desde la infancia, no cuando tengan sesenta años. A los sesenta nunca encontrarán a Dios, porque a esa edad casi todos están agotados, terminados. Tienen que comenzar cuando son muy jóvenes, porque entonces pueden echar los cimientos apropiados, de modo que la casa de ustedes se sostenga a través de todas las tempestades que los seres humanos crean para sí mismos. Entonces podrán vivir dichosamente, porque esa dicha no dependerá de cosa alguna, no dependerá de saris y joyas, de automóviles y radios, o de alguien que los ama o los rechaza. Serán felices no porque posean algo, no porque tengan posición, riquezas o erudición, sino porque la vida que viven tiene sentido en sí misma. Pero ese sentido se descubre sólo cuando están buscando la realidad de instante en instante ‑y la realidad está en todo, no ha de encontrarse en la iglesia, en el templo, en la mezquita o en algún ritual.

Para buscar la realidad tenemos que saber cómo empezar a remover el polvo de los siglos que se ha depositado sobre ella; y por favor, créanme, esa búsqueda de la realidad es la verdadera educación. Cualquier hombre listo puede leer libros y acumular informaciones, puede alcanzar una posición y explotar a otros, pero eso no es educación. El estudio de ciertos temas es sólo una parte muy pequeña de la educación; pero existe una vasta extensión de nuestra vida para la cual no se nos educa en absoluto, y a la que no abordamos de manera apropiada.

La educación consiste en descubrir cómo abordar la vida de modo que nuestra existencia cotidiana, nuestras radios, nuestros automóviles y aviones tengan un sentido en relación con alguna otra cosa que incluye y trasciende todo eso. En otras palabras, la educación tiene que comenzar con la religión. Pero la religión no tiene nada que ver con el sacerdote, con la iglesia, con ningún dogma o creencia.

La religión es amar sin motivo, ser generoso, ser bueno, porque sólo entonces somos verdaderos seres humanos; pero la bondad, la generosidad o el amor no surgen sino a través de la búsqueda de la realidad.

Desafortunadamente, todo este vasto campo de la vida es ignorado por la llamada educación de hoy en día. Ustedes están constantemente ocupados con sus libros, lo cual tiene muy poca significación, y con la aprobación de los exámenes, cosa que tiene menos significación todavía. Eso puede conseguirles un empleo, lo cual sí tiene algún sentido. Pero pronto muchas fábricas serán manejadas casi enteramente por máquinas, y es por eso que ahora tenemos que comenzar a educarnos para usar correctamente nuestro tiempo libre ‑no en la persecución de ideales, sino en descubrir y comprender las vastas áreas de nuestra existencia de las que hoy somos inconscientes y nada sabemos. La mente con sus hábiles argumentos no lo es todo. Hay algo inmenso, inconmensurable que está más allá de la mente, una belleza que la mente no puede comprender. En esa inmensidad hay éxtasis, gloria; y vivir en eso, experimentar eso es el sentido de la educación. A menos que tengan ustedes esa clase de educación, cuando salgan y entren de lleno en el mundo, perpetuarán esta confusión espantosa que las generaciones pasadas han creado.

Por lo tanto, maestros y estudiantes, piensen bien en todo esto. No se lamenten, sino arrimen el hombro y ayuden a crear una institución donde la religión, en el verdadero sentido, sea investigada, amada, lograda y vivida. Entonces encontrarán que la vida se vuelve asombrosamente rica ‑mucho más rica que todas las cuentas de banco en el mundo.

Interlocutor: ¿Cómo llegó el hombre a tener tanto conocimiento? ¿Cómo evolucionó materialmente? ¿De dónde saca tan inmensas energías?

Krishnamurti: “¿Cómo llegó el hombre a tener tanto conocimiento?” Eso es bastante sencillo. Uno sabe algo y lo transmite a sus hijos; ellos agregan un poco más y lo transmiten a sus hijos, y así sucesivamente a través de las edades. Acumulamos el conocimiento poco a poco. Nuestros bisabuelos no sabían nada sobre aviones a reacción y sobre las maravillas electrónicas de hoy; pero la curiosidad, la necesidad, la guerra, el miedo y la codicia, han producido, paso a paso, todo este conocimiento.

Ahora bien, existe algo peculiar en relación con el conocimiento. Uno puede conocer muchísimo, acumular grandes depósitos de información; pero una mente nublada por el conocimiento, cargada de información, es incapaz de descubrir. Puede utilizar un descubrimiento mediante su información y su técnica, pero el descubrimiento es en sí mismo algo original que, de manera súbita, irrumpe en la mente prescindiendo del conocimiento; esta explosión del descubrimiento es lo esencial. Casi todos, especialmente en este país, están tan abrumados con el conocimiento, con la tradición, con las opiniones, con el temor a lo que dirán sus padres, o sus vecinos, que carecen por completo de confianza en sí mismos. Son como personas muertas ‑y eso es lo que la carga del conocimiento le hace a la mente. El conocimiento es útil, pero sin alguna otra cosa es también muy destructivo, y esto lo demuestran en el presente todos los acontecimientos del mundo.

Mire lo que está sucediendo en el mundo. Están todos estos inventos maravillosos; el radar que detecta el acercamiento de un avión cuando éste se encuentra todavía a muchas millas de distancia; los submarinos que, sumergidos, pueden recorrer todo el mundo sin subir a la superficie; el milagro de poder hablar desde Bombay a Benarés o Nueva York, etcétera. Todo esto es el resultado del conocimiento. Pero hay algo más que el hombre pasa por alto y, en consecuencia, emplea mal el conocimiento: hay guerras, destrucción, desdicha e incontables millones de personas pasan hambre. Tienen una sola comida por día, o aun menos ‑y ustedes no conocen nada acerca de todo esto. Solamente conocen sus libros y sus insignificantes problemas y placeres en un rincón de Benarés, Delhi o Bombay. Vean, podemos tener muchísimos conocimientos, pero sin esa otra cosa por la cual el hombre vive y en la que hay júbilo, gloria, éxtasis, vamos a destruirnos a nosotros mismos.

Materialmente es la misma cosa: el hombre ha evolucionado materialmente a través de un proceso gradual. ¿Y de dónde ha sacado tan enormes energías? Los grandes inventores, los exploradores y descubridores en todos los campos deben haber tenido energías inmensas; pero la mayoría de nosotros tiene muy poca energía, ¿no es así? Mientras somos jóvenes jugamos, nos divertimos, bailamos y cantamos; pero cuando pasan los años, esa energía pronto se destruye. ¿Lo han notado? Nos convertimos en cansadas amas de casa, o acudimos a la oficina durante horas interminables, día tras día, mes tras mes, sólo para ganarnos la subsistencia; es natural que así tengamos poca o ninguna energía. Si tuviéramos energía podríamos destruir esta corrupta sociedad, podríamos hacer cosas muy inquietantes; por lo tanto, la sociedad se encarga de que no tengamos energía para ello, y gradualmente nos ahoga mediante la “educación”, mediante la tradición, mediante eso que llamamos religión y cultura. Vean, la función de una educación verdadera es despertar nuestra energía y hacer que estalle, que tenga continuidad, fuerza, pasión, y, no obstante, que se restrinja espontáneamente usándose a sí misma en el descubrimiento de la realidad. Entonces esa energía se vuelve inmensa, ilimitada, y no causa más desdichas, sino que la propia energía es la creadora de una nueva sociedad.

Escuchen lo que estoy diciendo, no lo ignoren, porque es realmente muy importante. No se limiten a asentir o disentir, sino descubran por sí mismos si lo que se está diciendo es verdadero. No sean indiferentes ‑sean cálidos o fríos, no tibios. Si ven la verdad de todo esto y son realmente cálidos al respecto, si arden con ello, ese calor, esa energía crecerá y producirá una sociedad nueva. No se disipará en meras revueltas contra la sociedad actual, que son como decoraciones en los muros de una prisión.

Nuestro problema, pues, especialmente en la educación, es cómo mantener la energía que tenemos, cualquiera que sea, dándole más vitalidad, una mayor fuerza explosiva. Esto va a requerir muchísima comprensión, porque los maestros mismos tienen generalmente muy poca energía; están abrumados con la mera información y se ahogan en sus propios problemas; por lo tanto, no pueden ayudar al estudiante para que éste pueda despertar su propia energía creativa. Es por eso que la comprensión de estas cosas concierne tanto a los maestros como a los estudiantes.

Interlocutor: ¿Por qué mis padres se enojan cuando les digo que quiero seguir otra religión?

Krishnamurti: En primer lugar, ellos están atados a su propia religión, piensan que es la mejor si no la única religión en el mundo; por lo tanto, desean naturalmente que usted también la siga. Además, quieren que usted se adhiera a la manera particular en que ellos piensan, a su grupo, a su raza, a su clase. Éstas son algunas de las razones; y también, como ve, si usted siguiera otra religión se convertiría en una molestia, una preocupación para la familia.

Pero aun cuando usted si deja una religión organizada para seguir otra, ¿qué es lo que ha sucedido? ¿No se ha trasladado meramente a otra prisión? Vea, en tanto la mente se aferra a una creencia, está retenida en una prisión. Si usted ha nacido hindú y se convierte en cristiano, sus padres podrán enojarse, pero ése es un detalle secundario. Lo esencial es ver que cuando uno se asocia a otra religión, lo que ha hecho es adoptar nuevamente una serie de dogmas nuevos en lugar de los viejos. Podrá estar un poco más activo, un poco más de esto o aquello, pero sigue estando dentro de la prisión de la creencia y del dogma.

No canjee, pues, religiones, porque eso es sublevarse meramente dentro de la prisión; más bien ábrase paso por los muros de la prisión y descubra por sí mismo qué es Dios, qué es la verdad. Eso es lo que tiene sentido, y es lo que le dará una vitalidad y una energía enormes. Pero el ir meramente de una prisión a otra y reñir acerca de cuál prisión es mejor, es un juego infantil.

Para salir de la prisión de la creencia se requiere una mente madura, reflexiva, una mente que perciba la naturaleza de la prisión misma y no compare una prisión con otra. Para comprender algo, usted no puede compararlo con ninguna otra cosa. La comprensión no llega a través de la comparación; sólo llega cuando examinamos la cosa misma. Si usted examina la naturaleza de la religión organizada, verá que todas las religiones son iguales en su esencia, ya sea el hinduismo, el budismo, el mahometismo, el cristianismo, o el comunismo ‑que es otra forma de religión, la más reciente. En el momento en que uno comprende la prisión ‑que es percibir todas las implicaciones de la creencia, de los rituales y los sacerdotes‑ ya nunca volverá a pertenecer a ninguna religión; porque sólo el hombre que se halla libre de creencias puede descubrir aquello que está más allá de toda creencia, que es inconmensurable.

Interlocutor: ¿Cuál es el verdadero modo de formar un carácter?

Krishnamurti: Tener carácter significa, ciertamente, ser capaz de oponerse a lo falso y dar cabida a lo verdadero; pero formar un carácter es difícil, porque lo que dice el libro, lo que dicen el maestro, el padre, el gobierno, es, para la mayoría de nosotros, más importante que descubrir lo que uno mismo piensa. El pensar por uno mismo, el descubrir lo que es verdadero y sostenerlo sin dejarse influir por nada, cualquiera que sea la vida que ello pueda traer consigo, desdichada o feliz, es lo que forma el carácter.

Digamos, por ejemplo, que usted no cree en la guerra, no a causa de lo que ha dicho algún reformador o algún maestro religioso, sino porque lo ha considerado cuidadosamente por sí mismo. Ha investigado el problema, ha ahondado en él, ha meditado al respecto, y para usted cualquier forma de matar es mala, tanto el matar para comer, como el matar por odio, o el matar por lo que llaman el amor a la patria. Ahora bien, si usted siente eso con mucha fuerza y se atiene a ello a pesar de todo, sin considerar si va a la cárcel o lo fusilan por eso ‑como podría sucederle en ciertos países- entonces tendrá carácter. En tal caso, el carácter tiene un significado por completo diferente, no es el “carácter” que cultiva la sociedad.

Pero ya lo ve, no se nos alienta en esta dirección; y ni el educador ni el estudiante tienen la vitalidad, la energía para considerar y ver lo que es verdadero y atenerse a ello abandonando lo falso. Pero si usted puede hacer esto, entonces no seguirá a ningún líder político o religioso, porque será una luz para sí mismo; y el descubrimiento y cultivo de esa luz, no sólo cuando uno es joven sino a lo largo de toda la vida, eso es educación.

Interlocutor: ¿De qué modo la edad es un impedimento en la realización de Dios?

Krishnamurti: ¿Qué es la edad? ¿El número de años que uno ha vivido? Eso forma parte de la edad; uno ha nacido en tal y tal año, y ahora tiene quince años, o cuarenta o sesenta. El cuerpo envejece ‑y así ocurre con la mente cuando está cargada con todas las experiencias, desdichas y fatigas de la vida, y una mente semejante jamás puede descubrir qué es la verdad. La mente puede descubrir algo sólo cuando es joven, lozana, inocente; pero la inocencia no es una cuestión de edad. No sólo el niño es inocente ‑puede no serlo- sino también la mente que es capaz de experimentar sin acumular los residuos de la experiencia. La mente tiene que experimentar, eso es inevitable. Tiene que responder a todo ‑al río, al animal enfermo, al cuerpo muerto que llevan para la cremación, a los pobres aldeanos que transportan sus cargas por el camino, a las torturas y miserias de la vida- de lo contrario, la mente ya está muerta. Pero tiene que ser capaz de responder sin estar retenida por la experiencia. La tradición, la acumulación de experiencias, las cenizas de la memoria, todo eso es lo que envejece a la mente. La mente que muere cada día a los recuerdos del ayer, a todas las alegrías y dolores del pasado, una mente así es lozana, inocente, no tiene edad; y sin esa inocencia, ya sea que uno tenga diez años o sesenta, no encontrará a Dios.

27. BUSCAR A DIOS

Uno de los principales problemas que afrontamos todos nosotros, y especialmente aquellos que ahora reciben educación y pronto tendrán que salir y enfrentarse al mundo, es la cuestión de la reforma. Diversos grupos de personas ‑los socialistas, los comunistas y los reformadores de todo tipo- se interesan en producir ciertos cambios en el mundo, cambios que son obviamente necesarios. Si bien en algunos países existe un considerable grado de prosperidad, en todo el mundo sigue habiendo hambre, inanición, y millones de seres humanos no tienen ropa suficiente ni un sitio apropiado para dormir. ¿Y cómo podría tener lugar una reforma fundamental que no produjera más caos, más desdicha y conflicto? Ése es el verdadero problema, ¿no es así? Si uno lee un poco de historia y observa el actual giro que toman los acontecimientos políticos, resulta obvio que lo que llamamos reforma, por deseable y necesaria que pueda ser, siempre trae como secuela otras formas ulteriores de confusión y conflicto; y para contrarrestar esta nueva desdicha, se hacen necesarias más leyes, más frenos y controles. La reforma crea nuevos desórdenes; al enmendar éstos, se siguen produciendo más desórdenes, y así continúa el círculo vicioso. Es a esto que nos enfrentamos, y es un proceso que parece no terminar jamás.

Ahora bien, ¿cómo hemos de abrirnos paso a través de este círculo vicioso? Ténganlo presente, es obvio que la reforma es necesaria; pero, ¿es posible la reforma sin que se siga produciendo más confusión? Me parece que éste es uno de los problemas fundamentales en que debe interesarse cualquier persona reflexiva. La cuestión no es qué clase de reforma se necesita, o a qué nivel; lo importante es averiguar si cualquier reforma es completamente posible sin que traiga consigo otros problemas que, a su vez, crean la necesidad de más reformas. ¿Y qué ha de hacer uno para romper con este proceso interminable? Ciertamente, el propósito de la educación, tanto en la escuela pequeña como en la gran universidad, es abordar este problema no de manera abstracta o teórica, no mediante el mero filosofar o escribir libros al respecto, sino afrontándolo efectivamente a fin de descubrir el modo de resolverlo. El hombre está atrapado en este círculo vicioso de las reformas que siempre requieren reformas ulteriores y, si este círculo no se rompe, nuestros problemas no pueden tener solución.

¿Qué clase de educación, pues, qué clase de pensar se necesita para romper este círculo vicioso? ¿Qué acción pondrá fin al incremento de los problemas en todas nuestras actividades? ¿Hay algún movimiento del pensar, en cualquier dirección que sea, que pueda liberar al hombre de esta manera de vivir que, al reformarse, necesita siempre de más reformas? En otras palabras, ¿existe una acción que no nazca de la reacción?

Pienso que hay un modo de vivir en el que no existe este proceso de las reformas que engendran más infortunio, y ese modo puede llamarse religioso. La persona verdaderamente religiosa no se interesa en la reforma, no se interesa en producir meramente un cambio en el orden social; por el contrario, ella está buscando lo que es verdadero, y esa búsqueda minina tiene un efecto transformador sobre la sociedad. Por eso es que la educación tiene que interesarse principalmente en ayudar al estudiante a buscar la verdad, a buscar a Dios, y no en prepararlo meramente para que encaje en el patrón de una sociedad determinada.

Pienso que es muy importante comprender esto mientras somos jóvenes; porque, a medida que pasan los años y empezamos a dejar de lado nuestros pequeños entretenimientos y nuestras distracciones, nuestras pequeñas ambiciones y nuestros apetitos sexuales, nos volvemos más agudamente conscientes de los inmensos problemas que afronta el mundo, y entonces queremos hacer algo al respecto, querernos producir alguna clase de mejoramiento. Pero a menos que seamos profundamente religiosos, sólo crearemos más confusión, más desdicha. Y la religión no tiene nada que ver con sacerdotes, iglesias, dogmas o creencias organizadas. Estas cosas no son religión en absoluto, son meramente conveniencias sociales para sujetarnos dentro de un patrón particular de pensamiento y acción; son medios para explotar nuestra credulidad, nuestra esperanza y nuestro miedo. La religión es la búsqueda de la verdad, de Dios, y esta búsqueda requiere una energía enorme, una inteligencia amplia, un pensar sutil. Es en esta búsqueda misma de lo inconmensurable que existe la correcta acción social, no en la llamada reforma de una sociedad particular.

Para descubrir qué es la verdad tiene que haber un gran amor y una profunda percepción de la relación del hombre con todas las cosas ‑lo cual implica que uno no se interesa en su progreso propio, en sus logros personales. La búsqueda de la verdad es auténtica religión, y únicamente el hombre que está buscando la verdad es un hombre religioso. Un hombre así, gracias a su amor, está fuera de la sociedad, y su acción sobre la sociedad es, en consecuencia, por completo diferente de la de un hombre que está dentro de la sociedad y se interesa en reformarla. El reformador nunca podrá crear una cultura nueva. Lo que se necesita es la acción del hombre verdaderamente religioso, porque esta acción, esta búsqueda religiosa misma, produce su propia cultura, y ésa es nuestra única esperanza. Vean, la búsqueda de la verdad otorga una explosiva creatividad a la mente, lo cual es la verdadera revolución, porque en esta búsqueda la mente no se contamina con los edictos y sanciones de la sociedad. Al estar libre de todo eso, el hombre religioso puede descubrir lo que es verdadero; y es este descubrimiento, de instante en instante, el que crea una nueva cultura.

Por eso es muy importante que tengan ustedes la clase apropiada de educación. Para ello el educador mismo debe educarse apropiadamente, de modo que no considere la enseñanza como un mero medio de ganarse la subsistencia, sino que sea capaz de ayudar al estudiante para que éste deje de lado todos los dogmas y no esté aferrado a ninguna religión o creencia Las personas que se reúnen basándose en una autoridad religiosa, o para practicar ciertos ideales, se interesan todas en la reforma social, que es meramente el decorado de los moros de la prisión. Sólo el hombre genuinamente religioso es verdaderamente revolucionario; y la educación tiene como función ayudarnos a cada uno de nosotros a ser religiosos en el verdadero sentido de la palabra, porque sólo en esa dirección reside nuestra salvación.

Interlocutor: Yo deseo hacer trabajo social, pero no sé por dónde empezar.

Krishnamurti: Pienso que es muy importante descubrir no cómo empezar, sino por qué quiere usted hacer trabajo social. ¿Por qué quiere hacerlo? ¿Es porque ve usted la desdicha que hay en el mundo ‑hambre, enfermedad, explotación, brutal indiferencia de la parte muy rica de la sociedad hacia la que padece una pobreza espantosa, enemistad entre hombre y hombre-, es ésa la razón? ¿Quiere hacer trabajo social porque en su corazón hay amor y, por lo tanto, no se interesa usted en su propia realización personal? ¿O el trabajo social es una forma de escapar de usted mismo? ¿Comprende? Usted ve, por ejemplo, toda la fealdad que implica el matrimonio ortodoxo, de modo que dice: “Jamás me casaré” y en vez de eso se lanza al trabajo social, o tal vez sus padres lo han instado a ello, o tiene usted un ideal. Si es un medio de escape, o si está usted persiguiendo meramente un ideal establecido por la sociedad, por un líder o un sacerdote, o por usted mismo, entonces cualquier trabajo social que pueda hacer sólo creará más infortunio. Pero si en su corazón hay amor, si está usted buscando la verdad y, en consecuencia, es una persona genuinamente religiosa, si ya no es más ambicioso, si ya no persigue el éxito y su virtud no conduce a la respetabilidad, entonces la vida misma que usted lleva ayudará a producir una transformación total de la sociedad.

Pienso que es fundamental comprender esto. Cuando somos jóvenes ‑como lo es la mayoría de ustedes- queremos hacer algo, y el trabajo social está en el ambiente. Los libros hablan de él, los diarios hacen su propaganda, hay escuelas donde se adiestra a trabajadores sociales, etcétera. Pero vea, sin el conocimiento propio, sin comprenderse uno a sí mismo y a sus relaciones, cualquier trabajo social que haga le dejará gusto a cenizas en la boca.

El hombre feliz, no el idealista o el desdichado que escapa, es el revolucionario; y el hombre feliz no es aquel que tiene muchas posesiones. El hombre feliz es el hombre verdaderamente religioso, y su vivir mismo es trabajo social. Pero si usted se convierte meramente en uno de los innumerables trabajadores sociales, su corazón estará vacío. Podrá regalar su dinero, o persuadir a otros para que hagan lo mismo con el de ellos, podrá producir reformas maravillosas; pero en tanto su corazón esté vacío y su mente llena de teorías, su vida será opaca, tediosa y carente de alegría. Por lo tanto, primero compréndase a sí mismo, y gracias a ese conocimiento propio llegará la correcta clase de acción.

Interlocutor: ¿Por qué el hombre es tan insensible?

Krishnamurti: Eso es bastante simple, ¿no? Cuando la educación se limita a comunicar conocimientos preparando al estudiante para un empleo, cuando meramente sostiene ideales y le enseña al estudiante a interesarse en su propio éxito, obviamente, el hombre se vuelve insensible. Vea, casi todos nosotros carecemos de amor en nuestros corazo­nes. Jamás miramos las estrellas ni escuchamos con delei­te el susurro de las aguas; jamás observamos la danza de la luz lunar sobre una rápida corriente ni contemplamos el vuelo de un pájaro. No hay un canto en nuestros corazones; estamos siempre ocupados; nuestras mentes están llenas de esquemas e ideales para salvar a la humanidad, profesamos la fraternidad, y nuestro aspecto mismo la niega. Por eso es fundamental que tengamos la apropiada clase de educación mientras somos jóvenes, de modo que nuestras mentes y nuestros corazones estén abiertos, sean sensibles, apasionados. Pero esa pasión, esa energía, esa comprensión explosiva se destruye cuando tenemos miedo; y la mayoría de nosotros tiene miedo. Tenemos miedo de nuestros padres, de nuestros maestros, del sacerdote, del gobierno, del jefe; tenemos miedo de nosotros mismos. De ese modo la vida se convierte en un objeto de temor, de oscuridad, y por eso el hombre es insensible.

Interlocutor: ¿Puede uno refrenarse de hacer lo que le gusta y, no obstante, encontrar el camino de la libertad?

Krishnamurti: Usted sabe, una de las cosas más difí­ciles que hay, es descubrir lo que queremos hacer, no sólo mientras somos adolescentes, sino durante toda la vida. Y a menos que usted descubra por sí mismo lo que verdaderamente quiere con todo su ser, terminará haciendo algo que no tiene ningún interés vital para usted, y entonces su vida será desdichada; y, siendo usted desdichado, bus­cará distracción en los cines, en la bebida, en leer innume­rables libros, en alguna clase de reforma social y todas esas cosas.

¿Puede, pues, el educador, ayudarlo a descubrir qué es lo que desea hacer a lo largo de toda su vida, prescindiendo de lo que sus padres o la sociedad puedan querer que haga? Esa es la verdadera pregunta, ¿no? Porque una vez que descubra qué actividad ama con todo su ser, será un hombre libre; entonces tendrá capacidad, confianza inicia­tiva. Pero si no sabe qué actividad es la que realmente ama, y se convierte en un abogado, un político, esto o aquello, no habrá felicidad para usted, porque esa profe­sión misma llegará a ser el medio para que se destruya usted y destruya a otros.

Usted tiene que descubrir por sí mismo qué es lo que en verdad quiere hacer. No piense en términos de elegir una vocación a fin de encajar en la sociedad, porque de ese modo nunca descubrirá qué actividad es la que ama. Cuando uno ama realmente lo que hace, no hay problema alguno de elección. Cuando usted ama y deja que el amor haga lo que quiera, hay una acción correcta, porque el amor jamás busca el éxito, jamás está preso en la imita­ción; pero si entrega su vida a algo que no ama, nunca será un hombre libre.

Pero el hacer meramente lo que a uno le gusta, no es hacer lo que uno ama. Para descubrir qué es lo que uno ama realmente, se requiere mucha penetración, mucho discernimiento. No empiece pensando en términos de ganarse la subsistencia; si usted descubre qué es lo que realmente desea hacer entonces tendrá un medio de vida.

Interlocutor: ¿Es verdad que sólo el puro puede real­mente vivir sin miedo?

Krishnamurti: No tenga ideales de pureza, de castidad, de fraternidad, de no violencia y todas esas cosas, porque no tienen sentido. No trate de ser valiente, porque ésa es meramente una reacción al miedo. Para vivir sin miedo se requiere un discernimiento inmenso, una comprensión de todo el proceso del miedo y de su causa.

Vea, el miedo existe mientras usted quiere sentirse seguro ‑seguro en su matrimonio, seguro en su empleo, seguro en sus ideas, en sus creencias, seguro en su relación con el mundo o en su relación con Dios. El movimiento de la mente que busca seguridad o gratifica­ción, está atado al temor; y lo esencial es darse cuenta de este proceso y comprenderlo. No es una cuestión de la llamada pureza. La mente alerta, observadora, libre de temor, es una mente inocente; y es sólo una mente inocen­te la que puede comprender la realidad, la verdad, la que puede comprender a Dios.

Infortunadamente, en este país como en cualquier otra parte, los ideales han asumido una importancia extraordinaria ‑siendo el ideal lo que debería ser; yo debería ser no violento, debería ser bueno, etc. El ideal, lo que debería ser, siempre se encuentra muy lejos en alguna parte; por lo tanto, no es. Los ideales son una calamidad porque nos impiden pensar directamente, sencillamente, con la ver­dad, cuando nos enfrentamos a los hechos. El ideal, lo que ­debería ser, es un modo de escapar de lo que es. Lo que es, es el hecho que lo atemoriza ‑usted tiene miedo de lo que dirán sus padres, de lo que pueda pensar la gente, lo asustan la sociedad, la enfermedad, la inserte; y si afronta lo que es, si lo mira, si profundiza en ello (cualesquiera que sean las consecuencias para su persona), y lo comprende, entonces encontrará que su mente se vuelve extraordina­riamente sencilla, clara; y en esa claridad misma está la cesación del temor. Por desgracia, se nos educa en todos los absurdos filosóficos de los ideales, que son un mero aplazamiento; carecen en absoluto de toda validez.

Ustedes tienen, por ejemplo, el ideal de la no violencia; pero, ¿son no violentos? ¿Por qué, entonces, no se enfren­tan a la violencia, por qué no miran lo que son? Si observan su propia codicia, su ambición, sus placeres y distracciones, y comienzan a comprender todo eso, descu­brirán que el tiempo como un medio para progresar, como un medio de lograr el ideal, se ha terminado. Vea, la mente inventa el tiempo para alcanzar en él lo que desea; por tanto, jamás está quieta, silenciosa. Una mente silenciosa es inocente, lozana, aunque pueda haber tenido mil ayeres de experiencias, y por eso es capaz de resolver las dificul­tades de su propia existencia en la relación.

Interlocutor: El hombre es la víctima de sus propios deseos, los que crean múltiples problemas. ¿Cómo podemos producir un estado sin deseos?

Krishnamurti: Querer producir un estado sin deseos es un mero truco de la mente. Viendo que el deseo crea desdicha y queriendo escapar de ello, la mente proyecta el ideal del estado sin deseos y después pregunta: “¿Cómo he de alcanzar ese ideal?” ¿Qué ocurre entonces? Para estar sin deseos, usted reprime su deseo, ¿no es así? Estrangula su deseo, trata de matarlo, y después piensa que ha alcanzado un estado sin deseos ‑lo cual es todo falso.

¿Qué es el deseo? Es energía, ¿verdad? Y en el momento en que usted sofoca su energía, ha hecho de sí mismo un ser apagado, carente de vida. Eso es lo que ha sucedido en la India. Todos los hombres llamados religiosos han sofo­cado su deseo; existen muy pocos que piensan y son libres. Por lo tanto, lo importante es no ahogar el deseo, sino comprender la energía y utilizar la energía en la dirección correcta.

Vea, cuando ustedes son jóvenes tienen energía en abundancia ‑energía que les hace querer saltar sobre los cerros, alcanzar las estrellas. Entonces interviene la socie­dad y les dice que contengan esa energía dentro de los muros de la prisión que ella llama respetabilidad. Median­te la educación, mediante todas las formas de control termina por extinguir esa energía. Pero ustedes necesitan más energía, no menos, porque sin una energía inmensa jamás descubrirán lo que es verdadero. El problema, pues, no es cómo reducir la energía, sino cómo mantenerla e incrementarla, cómo hacer que sea independiente y conti­nua ‑pero no a instancias de ninguna creencia o socie­dad‑ de modo que llegue a ser el movimiento hacia la verdad, hacia Dios. Entonces la energía tiene un significa­do por completo diferente. Como un guijarro que arrojan en un lago tranquilo crea un círculo que se amplía cada vez más, así la acción de la energía en la dirección de lo que es verdadero, crea las ondas de una nueva cultura. Entonces la energía es ilimitada, inconmensurable, y esa energía es Dios.

ÍNDICE DE PREGUNTAS

Capítulo 1: EL PROPÓSITO DE LA EDUCACIÓN.....9

(a) Si todos los individuos se rebelaran, ¿no cree usted que habría caos en el mundo?.................13

(b) El rebelarse, el aprender, el amar, ¿están estos tres procesos separados, o son simultáneos? .....14

(c) Es cierto que la sociedad se basa en la codicia y en la ambición, pero si no tuviéramos ambición, ¿no decaeríamos?................................................15

(d) En la India, como en la mayoría de los otros países, la educación es controlada por el gobierno. Bajo tales circunstancias, ¿es posible emprender un experimento como el que usted describe?....16

Capítulo 2: EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD....................18

(a) ¿Qué es la inteligencia? .....................................21

(b) ¿Puede volverse sensible la mente vulgar? ...23

(c) ¿De qué modo puede el niño descubrir cómo es, sin la ayuda de sus padres y maestros? ...24

(d) Los niños me cuentan que han visto en las aldeas ciertos fenómenos sobrenaturales, como las apariciones, y me dicen que tienen miedo de los fantasmas, de los espíritus y esas cosas. También hacen preguntas acerca de la muerte. ¿Qué debe uno responder a todo esto? 25

Capítulo 3: LA LIBERTAD Y EL AMOR 26

(a) ¿Cuál es el origen del deseo, y cómo puede uno librarse de él? .................................................... 29

(b) ¿Cómo podemos librarnos de la dependencia mientras estamos viviendo en la sociedad?............... 31

(c) ¿Por qué pelean los hombres? ........................... 32

(d) ¿Qué son los celos? ............................................ 33

(e) ¿Por qué nunca estoy satisfecho con nada? ...... 34

(f) ¿Por qué tenemos que leer?.. 34

(g) ¿Qué es la timidez?... 35

Capítulo 4: ESCUCHAR..............................................................36

(a) La adoración de Dios, ¿no es verdadera religión? 40

Capítulo 5: EL DESCONTENTO CREATIVO..........................44

(a) El descontento impide el claro pensar. ¿Cómo hemos de superar este obstáculo? .....................47

(b) ¿Qué es el conocimiento propio, y como podemos obtenerlo? 49

(c) ¿Qué es el alma? 50

Capítulo 6: LA TOTALIDAD DE LA VIDA 53

(a) ¿Por qué deseamos ser famosos? .......................55

(b) Cuando usted era joven escribió un libro en el que decía: “Éstas no son mis palabras, son las palabras de mi Maestro”. ¿Cómo es que ahora insiste en que pensemos por nosotros mismos? ¿Y quién fue su Maestro? .......................................56

(c) ¿Por qué es orgulloso el hombre? ....57

(d) Cuando somos niños se nos dice qué es bello y qué es feo, con el resultado de que durante toda la vida seguimos repitiendo: “Esto es bello, eso es feo”. ¿Cómo ha de saber uno realmente qué es la belleza y qué es la fealdad? ........................58

(e) Perdóneme, pero usted no ha dicho quién fue su Maestro...............................................................59

Capítulo 7: LA AMBICIÓN.........................................................61

(a) ¿Por qué siente usted timidez?..........................65

(b) ¿Cómo podemos realizar la verdad en nuestra vida de cada día? .......................................65

(c) ¿Acaso las imágenes, los Maestros y los santos, no nos ayudan a meditar correctamente? .........66

(d) ¿Cuáles son los deberes de un estudiante? .......67

(e) ¿Cuál es la diferencia entre respeto y amor?....68

Capítulo 8: EL PENSAR ORDENADO .....................................70

(a) ¿Qué es la ira y por qué se enoja uno? 73

(b) ¿Por qué amamos tanto a nuestras madres? .... 74

(c) Yo estoy lleno de odio. ¿Podría usted enseñarme a amar? ..........................75

(d) ¿Qué es la felicidad en la vida? .............. 76

(e) ¿Qué es la verdadera vida? ...............................78

Capítulo 9: UNA MENTE ABIERTA...........................79

(a) ¿Por qué queremos vivir en el lujo?........82

(b) ¿Puede haber paz en nuestra vida mientras tengamos que luchar con nuestro ambiente?.........83

(c) ¿Es usted feliz o no?.. 84

(d) ¿Por qué lloramos y qué es el dolor? 85

(e) ¿Cómo podemos llegar a integrarnos sin conflicto? 85

Capítulo 10: LA BELLEZA INTERIOR 87

(a) ¿Sobrevive el alma después de la muerte? 90

(b) ¿Por qué, cuando nos enfermamos, nuestros padres se atormentan y atormentan por nosotros? 91

(c) Los templos, ¿no deberían estar abiertos para todo el mundo, a fin de que todos pudieran orar en ellos? 92

(d) ¿Qué papel juega la disciplina en nuestras vidas? 92

(e) Hace un momento, cuando usted hablaba del templo, se refirió al símbolo de Dios como meramente una sombra. No podemos ver la sombra de un hombre sin el hombre que la proyecta 94

(f) Los exámenes pueden ser innecesarios para el joven rico o la joven cuyo futuro está asegurado; pero, ¿no son necesarios, acaso, para los estudiantes pobres que deben prepararse a fin de ganarse la vida? ¿Y es esa necesidad menos apremiante, en especial si consideramos la sociedad tal como es? 94

(g) ¿Estarán dispuestos alguna vez los ricos a entregar, por el bien de los pobres, mucho de lo que poseen? 95

Capítulo 11: CONFORMIDAD Y REBELIÓN.........................96

(a) ¿Cómo aprendió usted todo aquello de que habla, y cómo podemos nosotros llegar a conocer eso? 99

(b) ¿Debemos o no debemos formarnos una idea acerca de alguien? 100

(c) ¿Qué es el sentir, y de qué modo sentimos? 101

(d) ¿Cuál es la diferencia entre la cultura india y la cultura norteamericana? 102

(e) ¿Qué piensa usted de los indios? 104

Capítulo 12: LA CONFIANZA DE LA INOCENCIA 106

(a) Señor, ¿por qué deseamos tener un compañero? 110

(b) ¿Es su pasatiempo favorito el de ofrecer conferencias? ¿No se cansa usted de hablar? ¿Por qué lo hace? 111

(c) Cuando amo a una persona y ésta se enoja, ¿por qué su ira es tan intensa? . 111

(d) ¿Cómo puede la mente ir más allá de sus impedimentos? 112

(e) ¿Por qué ha creado Dios tantos hombres y mujeres en el mundo? ...............................................113

Capítulo 13: IGUALDAD Y LIBERTAD 115

(a) ¿Por qué encontramos placer en nuestros juegos y no en nuestros estudios? 117

(b) Usted ha dicho que cuando vemos que alguna cosa es falsa, esa cosa falsa llega a su fin. Yo veo todos los días que el fumar es falso, pero éste no llega a su fin......................................................118

(c) ¿Por qué nos asustamos cuando algunos de nuestros mayores están serios? ¿Y qué hace que sean tan serios? 120

(d) ¿Qué es el destino? 121

Capítulo 14: AUTODISCIPLINA 124

(a) ¿Por qué detestamos al pobre? 128

(b) Usted habla de la verdad, de la bondad y de la integración, lo cual implica que del otro lado hay falsedad, maldad y desintegración. ¿Cómo, entonces, puede uno ser veraz, bueno e integrado sin que haya disciplina? 129

(c) ¿Qué es el poder? 130

(d) ¿Por qué buscamos la fama? 131

Capítulo 15: COOPERACIÓN Y PARTICIPACIÓN 132

(a) ¿Cómo podemos librarnos de nuestras preocupaciones mentales, si no podemos evitar las situaciones que las provocan? 135

(b) ¿Cómo podemos conocernos a nosotros mismos? 137

(c) ¿Podemos conocernos a nosotros mismos sin alguien que nos inspire?.......................................139

(d) Con todas las contradicciones que hay en uno mismo, ¿cómo es posible ser y actuar simultáneamente? ..140

(e) Por el bien de aquello que queremos hacer, ¿tenemos que olvidar el deber hacia nuestros padres? 141

(f) Por mucho que yo quiera ser un ingeniero, si mi padre se opone a ello y no me ayuda, ¿cómo puedo estudiar ingeniería? .......................................142

Capítulo 16: RENOVANDO LA MENTE .................................144

(a) ¿Cómo podemos poner en práctica lo que usted nos dice? 147

(b) ¿Por qué nuestros deseos nunca se realizan plenamente? ¿Por qué siempre hay obstáculos que nos impiden hacer completamente lo que deseamos? 148

(c) Yo veo que soy torpe, pero otros dicen que soy inteligente. ¿Qué es lo que debiera influir en mí, mi propio ver o lo que ellos dicen? 150

(d) ¿Por qué somos desobedientes?....................151

(e) Estoy acostumbrado a tomar té. Un maestro dice que es un mal hábito, y otro dice que está muy bien ....152

Capítulo 17: EL RÍO DE VIDA ..... 153

(a) ¿Qué es lo que nos hace temer la muerte? 157

(b) Se dice que en cada uno de nosotros la verdad es permanente y eterna; pero, puesto que nuestra vida es transitoria, ¿cómo puede haber tal verdad en nosotros? 158

(c) ¿Puedo lograr una idea de perfección? 160

(d) ¿Por qué queremos vengarnos lastimando a otro que nos ha lastimado? 160

(e) Yo me divierto fastidiando a otros, pero me enojo cuando me fastidian 160

(f) ¿Cuál es la tarea del hombre? 161

(g) ¿Por qué adoramos a Dios? 162

Capítulo 18: LA MENTE ATENTA 163

(a) Ayer, después de la reunión, vimos cómo observaba usted a dos niños aldeanos, típicamente pobres, que jugaban junto a la orilla del camino. Nos gustaría saber qué sentimientos surgían entonces en su mente 166

(b) ¿Cómo puede la mente escuchar varias cosas al mismo tiempo? 168

(c) ¿Por qué nos gusta ser perezosos? 168

(d) Usted dice que debemos rebelarnos contra la sociedad, y al mismo tiempo dice que no debemos tener ambición. El deseo de mejorar la sociedad, ¿no es una ambición? 169

(e) ¿Por qué me aborrezco a mí mismo cuando no estudio? ...............................................................170

(f) Aunque realmente creáramos una nueva sociedad rebelándonos contra la actual, esta creación de una sociedad nueva, ¿no seguiría siendo otra forma de ambición? .172

Capítulo 19: CONOCIMIENTO Y TRADICIÓN 173

(a) El niño desobediente, ¿cambiará mediante el castigo o a través del amor?.........................177

(b) ¿Cómo ha de volverse uno inteligente? ...178

(c) Yo soy musulmán. Si no sigo diariamente las tradiciones de mi religión, mis padres me amenazan con echarme de la casa. ¿Qué debo hacer? 179

(d) Usted dice que cuando prestamos atención, no debiera haber resistencia. ¿Cómo puede ser esto? 180

(e) ¿Por qué nos interesa formular preguntas? 182

Capítulo 20: SER RELIGIOSO ES SER SENSIBLE A LA REALIDAD ......................................183

(a) Si tengo una ambición en la infancia, ¿seré capaz de realizarla cuando crezca? 186

(b) En el presente sistema social, ¿no es muy difícil poner en acción lo que usted dice? 187

(c) ¿Qué entiende usted por cambio total, y cómo puede éste realizarse en nuestro propio ser? 188

(d) Señor, ¿qué es la expansión propia? 189

(e) ¿Por qué es orgulloso el hombre rico? 190

(f) ¿Por qué estamos siempre atrapados en el “yo” y “lo mío”, y por qué en nuestras reuniones con usted siempre estamos trayendo a colación los problemas que produce este estado de la mente? 190

(g) ¿Por qué las mujeres se visten de manera tan llamativa? 191

Capítulo 21: EL PROPÓSITO DEL APRENDER 192

(a) ¿Por qué olvidamos con tanta facilidad lo que encontramos difícil de aprender? 195

(b) ¿Cuál es el significado de la palabra “progreso”? 195

(c) ¿Por qué los pájaros huyen volando cuando yo me acerco? 197

(d) ¿Cuál es la diferencia entre usted y yo? 198

(e) ¿Por qué el maestro se molesta conmigo cuando fumo?........................................ 199

(f) ¿Por qué los hombres cazan tigres? ................ 199

(g) ¿Por qué estamos tan agobiados por el dolor? .. 200

Capítulo 22: LA SENCILLEZ DEL AMOR..............................201

(a) ¿Por qué siempre se invita a las funciones de la escuela, a tantas personas ricas e importantes? 204

(b) Usted dice que Dios no está en la imagen esculpida, pero otros dicen que está efectivamente allí, y que si tenemos fe en nuestros corazones su poder se manifestará. ¿Cuál es la verdad de la adoración? ..........206

(c) Usted dijo un día que nosotros debemos sentarnos en silencio y observar la actividad de nuestra propia mente; pero nuestros pensamientos desaparecen tan pronto comenzamos a observarlos conscientemente. ¿Cómo podemos percibir nuestra propia mente cuando la mente es tanto el percibidos como aquello que ella percibe? 207

(d) El hombre, ¿es sólo mente y cerebro, o es algo más que esto? 208

(e) ¿Cuál es la diferencia entre la necesidad y la codicia? 209

(f) Si la mente y el cerebro son una sola cosa, entonces, ¿por qué cuando surge un pensamiento o un impulso que el cerebro nos dice que es feo, la mente continúa en ello con tanta frecuencia? 210

Capítulo 23: LA NECESIDAD DE ESTAR SOLO 212

(a) ¿Cuál es la diferencia entre la percepción alerta y la sensibilidad? 216

(b) ¿Por qué nos reímos cuando alguien da un traspié y cae? 218

(c) Uno de nuestros profesores sostiene que lo que usted nos dice es completamente impracticable. Él lo reta a que eduque, con un salario de 120 rupias, a seis niños y seis niñas. ¿Cuál es su respuesta a esta crítica? 218

(d) ¿Cuál es el bien de la educación si, mientras nos educan, también somos destruidos por los lujos del mundo moderno? 220

(e) Yo tengo una piel muy negra, y la mayoría admira una tez más clara. ¿Cómo puedo ganar su admiración? 221

Capítulo 24: LA ENERGÍA DE LA VIDA 223

(a) ¿Por qué los ingleses llegaron a gobernar la India? 227

(b) Aun en el momento de la meditación, uno no parece ser capaz de percibir lo verdadero; ¿tendría usted, pues, la bondad de decirnos qué es lo verdadero? 228

(c) Si cometemos un error y alguien nos lo señala, ¿por qué volvemos a cometer el mismo error?.. 229

(d) ¿Qué es la vida y cómo podemos ser felices?.... 230

(e) ¿Por qué peleamos entre nosotros? 231

(i) ¿Por qué la mente maltrata a otros seres humanos y también se maltrata a sí misma? 232

(g) La mente que busca el éxito, ¿es distinta de la mente que busca la verdad? 232

Capítulo 25: VIVIR SIN ESFUERZO 233

(a) Yo deseo hacer cierta cosa, y aunque lo he intentado varias veces no he tenido éxito. ¿Debo renunciar a la lucha, o debo persistir en este esfuerzo? 236

(b) ¿Por qué somos fundamentalmente egoístas? Podemos intentarlo todo para ser generosos en nuestra conducta, pero cuando nuestros propios intereses están involucrados, nos abstraemos en nosotros mismos volviéndonos indiferentes a los intereses de otros 238

(c) ¿Por qué, desde el nacimiento a la muerte, el individuo siempre desea ser amado y, si no consigue este amor, no se lo ve tan sereno y lleno de confianza como sus semejantes? 240

(d) ¿Por qué roban los adultos?......241

Capítulo 26: LA MENTE NO LO ES TODO 243

(a) ¿Cómo llegó el hombre a tener tanto conocimiento? ¿Cómo evolucionó materialmente? ¿De dónde saca tan inmensas energías? 247

(b) ¿Por qué mis padres se enojan cuando les digo que quiero seguir otra religión? 249

(c) ¿Cuál es el verdadero modo de formar un carácter? 251

(d) ¿De qué modo la edad es un impedimento en la realización de Dios?............................................252

Capítulo 27: BUSCAR A DIOS..................................................253

(a) Yo deseo hacer trabajo social, pero no sé por dónde empezar...................................................256

(b) ¿Por qué el hombre es tan insensible?....257

(c) ¿Puede uno refrenarse de hacer lo que le gusta y, no obstante, encontrar el camino de la libertad? ........258

(d) ¿Es verdad que sólo el puro puede realmente vivir sin miedo?.. 259

(e) El hombre es la víctima de sus propios deseos, los que crean múltiples problemas. ¿Cómo podemos producir un estado sin deseos?. 261

Contraportada

Krishnamurti examina en este volumen, con su característica objetividad y percepción, las expresiones de lo que gustamos considerar como nuestra cultura, nuestra educación, nuestra tradición; y arroja mucha luz sobre motivaciones básicas tales como la ambición, la codicia, el deseo de seguridad y poder, todos ellos factores de deterioro en la sociedad humana. El libro expone preguntas fundamentales como: ¿qué sentido tiene lo que hoy conocemos por educación? ¿Debe limitarse a hacer de los alumnos buenos expertos en superar exámenes? ¿O la educación debería preparar para comprender el proceso total de la vida?

Ya sea que escriba acerca de una conversación con alguien, o describa una puesta de sol, Krishnamurti parece dirigir sus comentarios no sólo a sus oyentes inmediatos sino a todos aquellos que, en cualquier parte, estén dispuestos a escuchar; y son muchos los que en todo el mundo están ansiosos de escuchar. Porque lo que él dice está exento de prejuicio alguno; es universal y, de una manera extrañamente conmovedora, revela las verdaderas raíces de nuestros problemas humanos.

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