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La crisis del hombre

La crisis del hombre
Conferencias de J. KRISHNAMURTI Pronunciadas en la India
Traducción del inglés: Pedro Sánchez Hernández

PREAMBULO

Dice Krishnamurti:

ACTUALMENTE no sois individuos, sois simplemente máquinas imitadoras, el producto de una cultura particular, de una educación determinada. Sois lo colectivo, no lo individual. . .*

“Ciertamente, el problema individual es el problema del mundo. La sociedad es como la hemos hecho nosotros. Hay los que tienen y los que no tienen, los que saben y los ignorantes, los que están realizando su ambición y los frustrados; existen las diversas religiones, con sus ceremonias y creencias dogmáticas, y la incesante batalla dentro de la sociedad, esta perpetua competencia de unos con otros para lograr, para llegar a ser algo. Todo esto es lo que vosotros y yo hemos creado. Se pueden producir reformas sociales mediante la legislación o por la tiranía, pero a menos que el individuo cambie radicalmente, siempre llegará él a sobreponerse a las nuevas normas, para acomodarlas a sus exigencias psicológicas. . .*

“Mientras psicológicamente reclamemos el ‘más’, nuestra sociedad será adquisitiva, y habrá forzosamente conflicto y violencia. Esto no significa que debamos eliminar las comodidades materiales, la ayuda mecánica producida por la técnica, pero lo que nos está destruyendo es el impulso psicológico a utilizar estas cosas para la propia expansión, que es la exigencia del ‘más’. . . *

“Salvo que comprendáis todo el contenido de vuestro ser, los motivos, los impulsos, las modalidades de vuestro pensamiento, salvo que conozcáis toda la sustancia y hondura de vuestra mente, poco a poco os convertiréis en otra máquina, simplemente, que es lo que actualmente está pasando. Lenta, indefectiblemente, se os está convirtiendo en máquinas, máquinas que están creando problemas. . .*

“Esta sociedad industrial tiene que existir, y la producción ha de ser intensificada aun más; pero desgraciadamente, al crear una mayor producción, al mecanizar granjas e industrias, el peligro está en que la mente también se mecanice. Creemos que la ciencia va ha resolver todas nuestras dificultades. No es así. La solución de nuestras dificultades depende, no de las máquinas y de los inventos de unos pocos grandes hombres de ciencia, sino de cómo consideramos la vida…”*

I. 1ª CONFERENCIA Y DISCUSIÓN EN BENARES

CREO que podría ser importante el que pudiéramos penetrar en la cuestión de lo que es enseñar y aprender; porque, al fin y al cabo, os habéis congregado aquí para aprender algo, ¿no es así? Cuando asistís a una plática, generalmente es para reunir información, para aprender algo, de lo cual puede ser que aun no os deis cuenta. Creo, pues, que es importante discutir sobre qué es lo que estamos aprendiendo y qué es lo que se está enseñando, y espero que al fin de esta pequeña charla podamos entrar juntos en la cuestión, de modo que se aclare para cada uno de nosotros qué es lo que tratamos de hacer cuando asistimos a una reunión de esta clase.

¿Estáis aquí para aprender algo del que habla? Podéis venir con la idea de que vais a aprender algo que se está enseñando; pero si ésa no es, en absoluto, la intención del que habla, entonces no hay comunicación directa entre él y el auditorio, y por lo tanto os marcharéis más bien desilusionados y preguntándoos lo que habéis sacado de ello.

Con el fin de evitar eso enteramente, tenemos que discutir esta cuestión del aprender y el enseñar, y espero que ahondaréis en ello conmigo. Es importante aclarar esta idea de que estamos aprendiendo algo, pues creo que mucho daño se origina en tal concepto del aprendizaje.

¿Percibe uno directamente por el aprendizaje algo que puede ser verdad, real, algo que sea diferente de las formulaciones de la mente? ¿Comprendéis lo que quiero decir? ¿Hay percepción directa por medio del aprendizaje, por el conocimiento, o es que percibimos directamente sólo cuando no existe la barrera del aprender, cuando no hay conocimiento?

¿Qué entendéis por aprender? Queréis hallar la felicidad, la realidad, la serenidad, la libertad. En pos de eso andáis a tientas la mayoría de vosotros. Como estáis descontentos, insatisfechos con las cosas, con vuestras relaciones, con las ideas, buscáis algo que esté más allá y acudís a un swami1, un gurú2, o a “X”, que creéis tiene esta cualidad que buscáis. Queréis aprender la manera de llegar a tal extraordinaria integración de la totalidad de la conciencia humana, y venís aquí como vais a cualquier instructor religioso, con la intención de aprender. Después de todo, ésa es la intención de la mayoría de las personas que están aquí, y si hacéis el favor de prestar atención a lo que se dice, estoy seguro de que valdrá la pena.

Ahora bien, ¿se os puede enseñar a tener percepción directa? ¿Puede haber esta totalidad de integración, esta claridad de percepción, a través del conocimiento, por medio del aprendizaje, por un método? ¿Conducirá a ello el aprender una técnica o el seguir un sistema determinado? En la mayoría de nosotros, aprender es adquirir una nueva técnica, sustituyendo lo viejo por lo nuevo. Espero que estaré expresándome claramente sobre este asunto.

Hay varios métodos con los cuales estáis muy familiarizados, uno u otro de los cuales practicáis en la esperanza de percibir directamente algo que puede ser llamado realidad ese estado que no tiene devenir o llegar a ser, sino que es sólo ser. Del mismo modo, habéis venido aquí a aprender, ¿no es así? Queréis descubrir qué método ofrecerá el orador para revelar este extraordinario estado. Queréis aprender la manera de acercaros a tal estado, paso a paso, mediante la práctica de ciertas formas de meditación, mediante el cultivo de la virtud, la autodisciplina, etc. Mas yo no creo que ningún método produzca clara percepción, sino al contrario.

El método implica tiempo, ¿no es así? Cuando practicáis un método, tenéis que tener tiempo para llenar la brecha entre lo que es y lo que debería ser. El tiempo es necesario para recorrer la distancia creada por la mente entre el hecho y la disolución del hecho, que es el fin que se ha de lograr. Toda nuestra ideología se basa en este sentido de la realización a través del tiempo, y así empezamos a adquirir, a aprender, y por lo tanto confiamos en el maestro, el gurú, el instructor, porque él va a ayudarnos a llegar allá.

¿Es, pues, la percepción o la experiencia directa de esa realidad cuestión de tiempo? ¿Hay una brecha que debe salvarse por el proceso del conocimiento? Si la hay, entonces el conocimiento se vuelve extraordinariamente importante. Entonces cuanto más sabéis, cuanto más practicáis, cuanto más os disciplináis, etc., tanto mayor será vuestra capacidad para construir este puente para alcanzar la realidad. Hemos dado por sentado que el tiempo es necesario. Esto es, si soy violento, digo que el tiempo me es necesario para encontrarme en un estado de no violencia; debo tener tiempo para practicar la no violencia, para controlar, para disciplinar la mente. Hemos aceptado esta idea y ella puede ser una ilusión, puede ser totalmente falsa. La percepción puede ser inmediata, no en el tiempo. Creo que no es cuestión de tiempo en absoluto (si se me permite usar la palabra ‘creo’, no para transmitir una opinión, sino un hecho real). Uno percibe o no percibe. No hay un proceso gradual de aprender a percibir. Hay percepción cuando no existe la experiencia que se basa en el conocimiento.

¿Es todo esto demasiado difícil o abstracto? Voy a presentar el problema de un modo diferente.

Nuestras actividades, nuestros empeños, son egocéntricos. Para usar una palabra corriente, nuestra acción, nuestro pensamiento es egoísta, gira alrededor del ‘yo’, y leemos u oímos que el ‘yo’ es una barrera, y que por lo tanto es necesario que cese el ‘yo’; no el ‘yo’ superior o el inferior, sino el ‘yo’, la mente que es ambiciosa, que tiene miedo, que es astuta en los tortuosos empeños de su propia codicia y dependencia, la mente que es el resultado del tiempo. Esa mente está interesada en sí misma; y ¿puede ese autointerés ser disipado inmediatamente, o ha de ser eliminado capa tras capa por medio de un gradual proceso de conocimiento, de experiencia y de la continuación del tiempo? ¿Comprendéis el problema, señores?

Mirad, vamos a discutir este asunto cuando haya hablado un poco más, si se me permite; porque, al fin y al cabo, estamos aquí para vivenciar, no para aprender, y yo quiero diferenciar entre aprender y vivenciar. Podéis vivenciar lo que aprendéis, pero tal experiencia está condicionada por lo que habéis aprendido. Podéis aprender algo y luego experimentarlo, lo cual es bastante evidente. Yo puedo leer sobre la vida del Cristo y quedar muy emocionado, muy conmovido por todo ello, y experimentar entonces lo que he leído. Puedo leer el Gita, evocar toda clase de ideas, y experimentarlas. Tanto la lectura consciente como el aprendizaje inconsciente provocan ciertas formas de experiencia. Podéis no haber leído un solo libro, pero como sois un hindú, condicionado por siglos de hinduismo, consciente o inconscientemente la mente se ha convertido en el repositorio de ciertas tradiciones y creencias, que pueden provocar experiencias a las cuales concedéis enorme importancia; pero en realidad, cuando examináis esas experiencias, no son otra cosa que la reacción de una mente condicionada.

Ahora bien, lo que tratamos de descubrir en esta plática y en las próximas que vamos a tener aquí, es si puede haber experiencia directa, despojada de todo conocimiento, de todo aprendizaje, de manera que sea de veras experiencia directa y no meramente la reacción del propio condicionamiento como hindú, budista, cristiano, o como miembro de alguna otra estúpida secta. La percepción no puede ser verdadera mientras se base en un método, porque es evidente que el método produce su propia experiencia. Si creo en el cristianismo o en alguna otra religión, y practico un método que me ha de llevar a la verdad según esa creencia, seguramente carece de toda validez la experiencia que ello produzca. Es una experiencia basada en mi propia convicción, en mi propia pequeñez, en mi mente condicionada. Lo que se experimenta es sólo el resultado de ese método determinado, mientras que aquello de lo que estoy hablando es algo totalmente diferente.

Si vemos que el método es falso, una ilusión, el producto del tiempo, y que el tiempo no puede conducir a la experiencia directa, entonces esa percepción misma es la liberación del tiempo. Nuestra relación es entonces enteramente diferente. ¿Comprendéis, señores? No estamos aquí para aprender un nuevo método o técnica, una nueva manera de abordar la vida, y todas esas cosas. Estamos aquí para despojar la mente de toda ilusión y percibir directamente, y eso requiere asombrosa atención a lo que se está diciendo, no una casual comunicación de uno con otro, como si simplemente estuvierais asistiendo a otra conferencia más. Lo que importa es liberar a la mente del conocimiento y del método, de la práctica basada en ese conocimiento, que es lo único que puede conducir a la cosa que anhelamos. He aquí por qué tiene gran importancia comprender lo que estoy diciendo, ver la ilusión que la mente ha creado en forma de tiempo a través del cual se adquiere, se aprende, se llega, se gana.

No digáis inmediatamente que la realidad, Dios, el Atman, está dentro de nosotros, y todo lo demás. No es así. Esa es vuestra idea, vuestra superstición, vuestra condicionada manera de pensar. Decís que Dios está dentro de nosotros, y el comunista, que ha sido instruido de otra manera desde la niñez, dice que no hay Dios en absoluto, que lo que estáis diciendo carece de sentido. Vosotros estáis condicionados para creer de un modo, y él en otro, de modo que ambos sois lo mismo. Mientras que todo el interés de estas pláticas está en descubrir si la mente puede despojarse inmediatamente de esta creencia, de este conocimiento, de este condicionamiento, de modo que haya percepción directa. Puede uno vivir mil vidas y practicar la autodisciplina; puede uno sacrificar, subyugar, meditar; pero, esto jamás conducirá a la percepción directa; que sólo puede tener lugar en la libertad, no mediante el control, la subyugación, la disciplina; y sólo puede haber libertad cuando la mente se da cuenta inmediatamente de su condicionamiento, lo cual produce la cesación de ese condicionamiento.

Bueno, ¿podemos ahora discutir esto?

Interlocutor: Normalmente estamos tan estrechamente identificados con nuestro condicionamiento, que no nos damos cuenta en absoluto de tal condicionamiento.

Interlocutor: Hay un movimiento incesante con el cual nos hallamos totalmente identificados y del cual estamos constantemente tratando de escapar; y el agotamiento nervioso causado por este conflicto produce embotamiento de cuerpo y mente. ¿Sería acertado decir que es absolutamente indispensable cierto estado de alerta, tanto del cuerpo como de la mente, si hemos de proseguir la investigación que nos habéis expuesto?

Krishnamurti: Evidentemente, señor. Si quiero participar en una carrera, tengo que seguir el adecuado régimen alimenticio; si quiero hacer cualquier cosa con gran eficiencia, tengo que tomar el alimento apropiado, no recargar el estómago, realizar la adecuada cantidad de ejercicio, y así sucesivamente. Mi mente y cuerpo han de estar extraordinariamente alertas.

Interlocutor: Este estado de alerta no viene a nosotros si no hemos vivido con reflexión día anterior. Desde el momento en que nos sentamos a pensar seriamente, es necesario que estemos adecuadamente sentados, de lo contrario la mente vagará y no podremos pensar esforzadamente. Cuando decís que la percepción directa no puede venir mediante ninguna forma de disciplina, sino sólo cuando hay la más completa libertad, nuestras mentes de inmediato tienden a sumirse en una especie de pereza. Veo que esto me pasa a mí mismo. Aunque es evidente que cosas tales como la disciplina, la correcta postura y la respiración regulada no nos van a dar experiencia directa, sí producen cierto estado corporal de alerta, en el cual la mente no es perezosa ni está corriendo tras algo, sin saber de qué. A menos que uno sea capaz de vivir en este estado de alerta, que es una condición normal de la mente, cualquier cosa de que habléis es como si fuera griego.

Krishnamurti: Comprendo, señor, pero creo que el problema es algo diferente. Uno puede adoptar la correcta actitud corporal, respirar bien y todo lo demás, pero eso tiene una importancia relativamente pequeña con respecto a aquello de que estamos hablando.

Voy a decirlo de otra manera. Si veo que odio, ¿me es posible amar inmediatamente, o ha de ser eliminado gradualmente el odio, de modo que con el tiempo pueda yo amar? Ese es el problema, ¿comprendéis señor? ¿Es posible que la mente se transforme inmediatamente y se encuentre en un estado de amor?

Interlocutor: Si puedo hacer referencia a lo que habéis dicho antes sobre la memoria, se reconoce que una gran parte de nuestra actividad mental es una respuesta puramente mecánica de la memoria, y, por la identificación, la mayoría de nosotros nos estamos perdiendo constantemente en nuestros amores y odios, sin darnos cuenta de ello. Aun cuando nos demos cuenta de esto, ¿no es también mecánico, resultado del esfuerzo, este ‘darse cuenta’? ¿Es esto aplicable a lo que estéis diciendo, o no?

Krishnamurti: No estoy seguro de que lo sea. El problema es éste. Se da uno cuenta de que es ambicioso, y estando suficientemente alerta, siendo inteligente u observador, uno ve cuan absurdo, cuan destructivo ello es. La ambición, incluso la ambición espiritual, implica evidentemente un estado en el que no hay amor. Querer ser alguien espiritualmente, querer ser no violento, es aún ambición. Percibiendo todo eso, ¿es posible para uno borrar en el instante la ambición, sin pasar por este perpetuo esfuerzo de investigación, análisis, disciplina, idealización y todo lo demás? ¿Puede la mente disipar la ambición al instante y estar en el otro estado? ¿Es esto posible? No aprobéis, señores; no se trata de conformidad o disconformidad. ¿Habéis pensado sobre ello?

Interlocutor: Nuestras mentes siempre están tratando de modificar nuestro condicionamiento.

Krishnamurti: No os apartéis de mi tema, si es un problema para vosotros. ¿O es que estoy yo convirtiéndolo en problema para vosotros y por lo tanto no es realmente vuestro problema? ¿Cuál es vuestra respuesta?

Interlocutor: Nos gustaría saber cómo hacerlo.

Krishnamurti: Este señor pregunta cómo hacerlo, y ahí está todo el asunto. Primero, considerad, por favor, la pregunta en sí: el ‘cómo’. Soy ambicioso y quiero realizar un estado de amor; por lo tanto debo disipar la ambición, y ¿cómo voy a hacerlo? Fijaos bien en esto. La pregunta misma implica tiempo, ¿no es así? En el momento en que preguntáis ‘cómo’, habéis introducido el problema del tiempo ‑tiempo para salvar la brecha, tiempo para llegar a ese estado llamado amor- y, por lo tanto, nunca podéis llegar a ello. ¿Comprendéis, señores?

Interlocutor: Habéis hablado sobre el estado de percepción directa. ¿No es justo inquirir sobre ese estado? La percepción implica tres factores: el que ve, el acto de ver y el objeto visto. Así es como entendemos la percepción. ¿Estáis hablando de una facultad diferente de ésta?

Krishnamurti: ¡También yo estoy al tanto de todo esto! ¿Qué es el perceptor? Y ¿está el que percibe separado del objeto de su percepción? ¿Está el pensador separado del pensamiento? Eso es lo que decís, ¿no es así? Pero ese no es nuestro problema por el momento. No me entendáis mal, no estoy tratando de...

Interlocutor: Vos usasteis las palabras ‘percepción directa’.

Krishnamurti: Podemos cambiar las palabras, no son importantes. Voy a decirlo de otra manera.

Me doy cuenta de que soy ambicioso, cruel, estúpido, lo que queráis, y los libros sagrados, los ritos, la creencia en los Maestros, en la evolución y todas las demás cosas, apoyan lo que se acepta generalmente: que por medio de un lento y gradual proceso de esfuerzo, transcenderé lo que soy y llegaré a algo que está más allá. Veo lo que está implicado en esto: el autor del esfuerzo, el esfuerzo y el objeto hacia el cual él realiza tal esfuerzo, todo lo cual es un proceso mental. Viendo esto, me digo: ‘¿me es posible abandonar por completo la ambición y hallarme en ese estado que puede llamarse amor?’ No voy a describir lo que es ese estado. Mi problema es que soy violento, y ¿me es posible quedar libre por completo de mi violencia en el instante?

Interlocutor: ¿Es la posibilidad cuestión de casualidad, o de esfuerzo?

Krishnamurti: Señor, pensadlo no más. Si hay esfuerzo, estaréis otra vez en el viejo campo de lo gradual; si es mera casualidad, cuestión de buena suerte, entonces, carece de sentido. Si se me permite decirlo, no creo que os estéis planteando realmente la cuestión.

Soy agresivo, ambicioso, y veo que toda la corrupta sociedad en torno mío es también ambiciosa y agresiva en diferentes grados. Todo eso es muy falso, estúpido, vano, y sin embargo estoy enredado en ello; y ¿es posible librarme de la ambición por completo, dejarla y jamás volver a tocarla? ¿Comprendéis mi pregunta, señor? Pero ésta no es mi pregunta, es la vuestra, si alguna vez habéis enfrentado este problema ¿O es que decís: ‘Soy ambicioso y me desembarazaré de la ambición lentamente, mañana o en mi próxima vida, mediante la disciplina, mediante el uso del adecuado mantrams3, practicando el recto despertar, y todo ese galimatías’? ¿Es este vuestro problema, señor? Si no lo es, yo no voy a imponéroslo. Más si es vuestro problema, ¿qué haréis con él?

Señor, mirad; la mayoría de nosotros no tiene amor, sea lo que fuere esa cualidad. Podemos tener un sentimiento temporal que llamamos amor, pero que es casi semejante al odio; no es esa cosa extraordinaria. Tal vez algunos podamos tener esta cosa floreciente, esta cosa nutricia, creativa, pero la mayoría de nosotros nos hallamos en estado de confusión y dolor. Ahora bien, ¿podemos simplemente dejar todo esto y ser lo otro, sin pasar por las enormes complicaciones de tratar de llegar a ser algo, sin argüir sobre si el que percibe está separado del objeto percibido, etc.?

Interlocutor: Esto también implicaría tiempo.

Krishnamurti: ¿Qué hará usted, señor?

Interlocutor: Nada.

Krishnamurti: Señor, ¿qué os está en realidad ocurriendo ahora? O hablamos teóricamente, en abstracto, para pasar una tarde discutiendo juntos, o bien queremos realmente descubrir, vivenciar, y no limitarnos a seguir perpetuamente verbalizando. ¿Cuál es la verdadera respuesta a este problema por parte de cada uno de nosotros? Si podemos discutir, verbalizar, lo que efectivamente está ocurriendo en respuesta al problema, ello tendrá importancia, pero el limitarnos a enhebrar un montón de palabras, carece de valor.

Interlocutor: Toda esta discusión no es más que una cosa verbal.

Krishnamurti: ¿Qué significa para vos? Dejad en paz a los demás. Por favor, señor, no os estoy atacando, no os estoy acorralando en un rincón; pero cuando este problema se os plantea, ¿cuál es vuestra respuesta?

Interlocutor: Ser es ser. No puede describirse con ninguna palabra.

Krishnamurti: Comprendo eso, señor. Pero aquí hay un muy grave problema, que implica una completa revolución en el pensar. Ello significa prescindir de todos los líderes, de todos los gurús, de todos los métodos ¿no es así? ¿Y qué ocurre cuando se le plantea a uno un problema de esta clase?

Es decir, ¿qué hacemos generalmente cuando nos damos cuenta de que odiamos y queremos estar libres del odio? Tratamos de hallar, por medio de un libro, de un gurú, etc., un método para liberarnos del odio. Ahora bien, ¿ve uno que la práctica de un método es una ilusión, o pensamos que un método es necesario? Esta es la primera cuestión, evidentemente. ¿Qué sentís, señor? No es que yo os obligue a decir que no tiene que haber ningún método; esa sería otra ilusión, una mera repetición de palabras, o una ‘pose’ que no tendría sentido alguno. Pero si de hecho veis que cualquier práctica de un método para libraros del odio es una ilusión, y que por lo tanto carece de toda validez, entonces, vuestra manera de mirar al odio habrá sufrido una transformación total, ¿verdad?

Cuando contemplamos el odio ahora, decimos: ‘¿cómo voy a liberarme de él?’ Mas si podemos mirar al odio sin el ‘cómo’, entonces tendremos una reacción totalmente diferente en relación con lo que percibimos. De modo que tenemos que saber cuál es nuestra respuesta a esta pregunta, ¿comprendéis, señor?

Por favor, ¿queréis primero tener la bondad de escuchar para descubrir, y no preguntar cómo vais a libraros del odio? No me interesa cómo librarse de él. Ese es un asunto muy trivial. El problema es éste. Dándonos cuenta de que odiamos, decimos ahora: ‘¿Cómo me voy a librar de esto, qué voy a hacer para quedar libre de este veneno?’ En cuanto surge en nosotros esa reacción, cómo librarnos, hemos introducido varios factores que carecen de toda validez. Uno de esos factores es el proceso de ir eliminando poco a poco el odio en un período de tiempo; otro es el de realizar un esfuerzo para lograr un resultado; y otro más es el depender de alguien para que nos diga cómo hacerlo. Estas son todas actividades egocéntricas, que también son una forma de odio. No se si estáis siguiendo todo esto.

¿Piensa uno, pues, aun en términos de cómo librarse del odio? Esa es la cuestión, y no cómo librarse ni qué ocurre cuando uno está libre, sino ésta: ¿Piensa uno aún en términos del ‘cómo’?

Interlocutor: Entonces el ‘cómo’ no es tan importante.

Krishnamurti: ¿Qué es lo que os está ocurriendo en realidad, señor? ¿Qué es lo que realmente pasa cuando os enfrentáis a esta cuestión? Si sois muy sincero para con vos mismo, veréis que aun estáis pensando en términos del ‘cómo’, lo cual revela que la mente todavía quiere alcanzar un estado, ¿no es así? Y el alcanzar es el proceso del tiempo. Un hombre de ciencia que está experimentando para encontrar algo, por ejemplo, obviamente necesita tiempo; pero, ¿habrá de disolverse el odio mediante el tiempo? Los yoguis, los swamis, el Gita4, los Mahatmas5, todos ellos dicen que el odio ha de disolverse a través del tiempo; pero todos ellos pueden estar equivocados, y probablemente lo están. ¿Por qué no habían de estarlo? Y yo quiero descubrir si hay una manera diferente de contemplar este problema en lugar de aceptar el enfoque tradicional, que, según veo, invariablemente degenera en mediocridad. Aceptar meramente la tradición es estúpido. Aun cuando diez mil personas digan que algo es verdad, ello no significa que estén en lo cierto. De modo que mi problema es: ¿es posible liberarse del odio ahora, no en el futuro?

Interlocutor: Si puede uno hacer una pregunta directa, ¿cual es la finalidad de vuestras pláticas?

Krishnamurti: ¿Cuál es la finalidad de hablar?: Comunicar ¿no es así? De lo contrario, uno no hablaría. Ahora bien, ¿qué es lo que estoy tratando de comunicaros? Trato de comunicaros el hecho de que cierta manera de pensar, ampliamente aceptada, es ilusoria y carece en absoluto de base. Mas, para comunicar, tiene que haber alguien que escuche, alguien que diga: ‘Estoy realmente escuchándoos’. ¿Me estáis escuchando, señor? ¿Sí? Y ¿qué entendéis por escuchar? No estoy tratando de acorralaros. ¿Escucháis alguna vez realmente algo, o sólo lo hacéis parcialmente? Si vuestra mente aun se interesa en el ‘cómo’, no estáis escuchando. Sólo podéis escuchar cuando prestáis plena atención, y no prestáis atención completa en tanto pensáis que tiene que haber un método, porque entonces vuestra mente no está libre para contemplar lo que se está diciendo. Hay atención completa únicamente cuando uno se dice: Él puede estar totalmente equivocado, puede estar diciendo tonterías, pero al menos voy a descubrir qué es lo que trata de transmitir’. Y ¿estáis haciendo esto? Esto es en sí una cosa muy difícil, ¿no es así? Porque prestar completa atención es conocer el amor, es sentir cabalmente que uno va a descubrir lo que otro está diciendo, sin aceptarlo ni rechazarlo; lo cual no significa que yo me vaya a convertir en vuestra autoridad. ¿Prestáis atención de esa manera?

Interlocutor: ¿Es eso posible, señor?

Krishnamurti: Si no es posible, no hay comunicación. Esa es la dificultad. Señor, mirad: si estáis diciéndome algo y yo quiero descubrir qué es lo que tratáis de transmitir, tengo que escucharos, ¿verdad?; no puedo pensar para mis adentros que estáis hablando del mismo viejo tema, que sois esto o lo otro, o que ya es hora de marchar. Tengo que prestar completa atención a lo que decís y no tener barrera alguna verbal o de otra clase en mi mente. ¿Escuchamos de esa manera?

Interlocutor: ¿Es la atención completa un estado mental diferente del originado estado de atención?

Krishnamurti: Como veis, no estáis escuchando en absoluto a lo que hablo. Queréis saber lo que es la plena atención. Puedo describirla, pero ¿qué importa eso? Lo que primordialmente importa es: ¿estáis escuchando? Veis cuán difícil es para la mayoría de nosotros inquirir realmente, descubrir, escuchar. Y no es que debáis escucharme a mí especialmente, porque a mí no me importa que escuchéis o no; pero desde que os habéis tomado la molestia de venir aquí, yo digo: por amor de Dios, escuchad, no sólo a mí, sino al funcionamiento de vuestra propia maquinaria mental, que se enfrenta ahora con un problema. El problema es: ¿puede el odio ser disuelto inmediatamente’’ Descubrir cómo respondéis a esa pregunta, tiene validez. Si decís, ‘sí, estoy escuchando’, pero vuestra intención es encontrar un método que os libre del odio, entonces, no estáis contemplando el problema, porque sólo estáis interesados en el ‘cómo’. Pero ¿hay jamás un ‘cómo’ en cuestiones psicológicas? ¿Comprendéis, señores? Este es un problema muy complejo, de modo que no digáis simplemente ‘sí’ o ‘no’. En los procesos técnicos, en la construcción, en la cocina, en la fabricación de un ‘jet’, en el lavado eficiente de los platos, etc., hay un ‘cómo’, y cuanto más alerta estéis más eficiente llega a ser ‘el cómo’; pero en las cuestiones psicológicas, ¿hay acaso un ‘cómo’? ¿Existe un proceso gradual de evolución, de cambio, o solamente inmediata transformación?

Interlocutor: Entonces, ¿qué hay que hacer con el problema psicológico?

Krishnamurti: Señor, contemplad el problema. Tendré que terminar ya. No podéis absorber más de una hora de esta clase de plática.

Existe el problema del morir. Todos estamos muriendo; y, ¿puede estar la mente en un estado en el que no hay muerte? Es esencialmente el mismo problema, sólo que estoy usando una serie diferente de palabras. La mente se da cuenta de que va a morir, de manera que acude a varias doctrinas, al conocimiento, a la experimentación, cree en la reencarnación, lee los Upanishads6, etc., todo lo cual se basa en el deseo de continuar. Y, ¿puedo yo descubrir directamente, por mí mismo, si existe un estado en el cual no hay muerte, y no depender de que algún señor barbudo me diga qué hay después de la muerte? Este es el mismo problema que el de ser ambicioso, violento, codicioso, envidioso, y si es posible liberarse de todo ello por completo, lo cual significa, en realidad, descubrir si uno está persiguiendo un método.

¿Buscáis un método que os ayude a disolver el odio? La mayoría de vosotros habéis aceptado como un hecho que un método es necesario, y como ahora estoy poniendo en duda la verdadera naturaleza de lo que habéis aceptado, resistís lo que digo. Pero si a través de la duda, mediante la consideración del problema, vosotros mismos os dais cuenta de que la práctica de un método es una total ilusión, entonces vuestra manera de contemplar el odio habrá sufrido un enorme cambio; y esta percepción de la ilusión obviamente no llega por medio del esfuerzo.

Señores, por favor, vamos a reunirnos no sé cuántas veces, y en vez de daros una conferencia, ¿no podremos en cambio entrar en este asunto como dos seres humanos, como amigos que están realmente prestando atención al problema y tratando de descubrir lo que es verdad? No nos estamos oponiendo uno al otro, ni estáis vosotros aceptando lo que yo digo, porque en esta búsqueda no hay autoridad, no hay maestro y shishya7, no hay gurú ni todas esas tonterías. Aquí todos somos iguales, puesto que en el hecho de procurar descubrir lo que es verdad existe real igualdad. Por favor, señores, escuchad lo que os estoy diciendo. Es sólo cuando no estáis buscando la realidad que existe esta falsa división del maestro y el discípulo. Por cierto, cuando hay amor no hay ninguna desigualdad. Tiene que haber amor cuando buscamos, y no estamos buscando cuando tratamos a otro como un discípulo o como un gurú. Para inquirir en la verdad tiene que cesar todo conocimiento. Donde hay amor hay igualdad, no el hombre que está arriba y el que está abajo.

11 de diciembre de 1955

II. 2ª CONFERENCIA Y DISCUSIÓN EN BENARES

ME gustaría, si se me permite, discutir con vosotros el problema de la búsqueda, y qué significa ser serio. ¿Qué queremos significar cuando decimos que estamos buscando? Se supone que las llamadas personas religiosas están buscando la verdad, Dios. ¿Qué significa esta palabra? No el sentido que da el diccionario, sino lo que es la naturaleza intima del buscar, su proceso psicológico. Creo que sería importante el que pudiéramos entrar en esta materia muy profundamente; y quisiera recordar de nuevo a los que están aquí, que mediante la descripción o la explicación verbal ellos deberían experimentar realmente lo que se está discutiendo; de lo contrario tendrá muy poco sentido. Si consideráis estas pláticas simplemente como algo para tornar notas, sólo como una nueva serie de ideas que han de sumarse al conjunto de vuestras ideas anteriores, ellas carecerán de valor.

Veamos, pues, si podemos penetrar juntos en este problema fundamental de saber qué es el buscar. ¿Puede encontrarse nada nuevo mediante la búsqueda? ¿Por qué buscamos y qué buscamos? ¿Cuál es el motivo, el proceso psicológico que nos hace buscar? De eso depende lo que encontramos, seguramente. ¿Por qué busco la verdad, la felicidad, la paz, o algo más allá de toda actividad mental? ¿Cuál es el ímpetu, el impulso que nos compele a buscar? Sin comprender ese impulso, la mera búsqueda tendrá muy poco sentido, porque lo que uno está realmente buscando puede ser alguna clase de satisfacción, sin relación con la realidad. Mas si podemos poner al descubierto todo el mecanismo de este proceso del buscar, entonces tal vez lleguemos a un punto en el que no haya búsqueda en absoluto, y puede que ése sea el estado necesario para que algo nuevo tenga lugar.

Mientras la mente este buscando, tiene que haber empeño, esfuerzo, que invariablemente se basa en la acción de la voluntad; y por muy refinada que sea, la voluntad es el resultado del deseo. La voluntad puede ser el resultado de un conjunto de deseos, o de un solo deseo, y esa voluntad se expresa a través de la acción, ¿no es así? Cuando decís que buscáis la verdad, detrás de toda meditación, de la devoción, de la disciplina que están implicadas en esa búsqueda, se halla seguramente esta acción de la voluntad, que es deseo; y al perseguir la realización del deseo, al tratar de llegar aun estado pacífico de la mente, de encontrar a Dios, la verdad, o de tener este extraordinario estado de creatividad, viene la seriedad.

Puede uno buscar, pero si no hay seriedad, nuestra búsqueda se disipará, será esporádica y desconectada. La seriedad acompaña invariablemente a la búsqueda, y al parecer la mayor parte de vosotros estáis aquí porque sois serios. La tarde del domingo es una ocasión agradable para pasear en bote, pero en vez de ello, os habéis tomado la molestia de venir aquí a escuchar, acaso porque sois serios. Estando insatisfechos con las ideas tradicionales y el habitual punto de vista, buscáis, y escuchando esperáis encontrar algo nuevo. Si estuvierais completamente satisfechos con lo que tenéis, no estaríais aquí; de modo que vuestra presencia en estas charlas indica que estáis insatisfechos. Estáis buscando algo, y vuestra búsqueda se basa evidentemente en el deseo de quedar satisfechos a un nivel más profundo. La satisfacción en pos de la cual vais es noble, más refinada, pero vuestra búsqueda sigue siendo la persecución de la satisfacción.

Es decir, queremos encontrar la integración total de nuestro entero ser, porque hemos leído, u oído, o imaginado, que ese es el único estado en que hay imperturbable felicidad, duradera paz. Nos volvemos, pues, muy serios, leemos, buscamos filósofos, analistas, psicólogos, yoguis, en la esperanza de encontrar este estado de integración; mas el ímpetu, el impulso, es aún el deseo de realizar, de hallar alguna clase de satisfacción, un estado mental que nunca se perturbe.

Ahora bien, si hemos de inquirir realmente en este asunto, nuestra indagación tiene que basarse seguramente en el pensar negativo, que es la manera suprema de pensar. Si tenemos las mentes atadas a cualquier norma o fórmula positiva, no podemos inquirir. Si aceptamos o presumimos cualquier cosa, entonces toda investigación es inútil. Podemos inquirir, buscar, únicamente cuando hay pensar negativo, cuando el pensar no sigue ninguna línea positiva. La mayoría de nosotros está convencida de que es necesario el pensar positivo para descubrir qué es la verdad. Por ‘pensamiento positivo’ entiendo la aceptación de la experiencia de otros, o de uno mismo, sin la comprensión de la mente condicionada que piensa. Al fin y al cabo, todo nuestro pensar se basa actualmente en el trasfondo, en la tradición, en la experiencia, en el conocimiento que hemos acumulado. Creo que eso es bastante claro. El conocimiento da una dirección positiva a nuestro pensar, y siguiendo esta dirección positiva esperamos encontrar aquello que es la verdad, Dios, o lo que queráis; pero lo que efectivamente hallamos se basa en la experiencia y en el proceso del reconocimiento.

Por supuesto, lo que es nuevo no puede ser reconocido. El reconocimiento sólo puede proceder de la memoria, la experiencia acumulada que llamamos conocimiento. Si reconocemos algo, ello no es nuevo, y mientras nuestra búsqueda se base en el reconocimiento, cualquier cosa que encontremos ha sido ya experimentada, y por lo tanto proviene del trasfondo de la memoria. Os reconozco porque nos hemos encontrado antes. Algo totalmente nuevo no puede ser reconocido. Dios, la verdad, o lo que sea que resulte de la total integración de nuestra conciencia completa, no es reconocible, tiene que ser algo totalmente nuevo; y la búsqueda misma de ese estado implica un proceso de reconocimiento, ¿no es cierto?

No creo que aquello de lo que estoy hablando sea tan difícil como parece. Realmente es bastante sencillo. La mayor parte de nosotros desea encontrar algo, que por el momento podemos llamar Dios o la verdad, no importa lo que ello pueda significar. ¿Cómo sabemos lo que es la verdad o Dios? Sabemos lo que es porque hemos leído sobre ello, o porque lo hemos experimentado; y cuando llega esa experiencia, podemos reconocerla como la verdad o Dios. Su reconocimiento sólo puede surgir del trasfondo de conocimiento previo, lo cual significa que aquello que se reconoce no es nuevo; por lo tanto, no es la verdad, no es Dios. Es lo que pensamos que es.

Así pues me pregunto, y espero que vosotros os preguntéis: ¿Qué es esto que llamamos búsqueda? He explicado lo que está implícito en todo este problema del buscar. Cuando vamos de gurú en gurú, cuando practicamos varias disciplinas, cuando hacemos sacrificios, meditamos o adiestramos la mente en alguna forma, el ímpetu tras todo este esfuerzo es el apremio para encontrar algo, y lo que se encuentra ha de ser reconocible, pues de lo contrario no podrá encontrarse. De modo que lo que la mente halle no podrá ser más que el resultado de su propio trasfondo, de su propio condicionamiento; y tan pronto como la mente comprende este hecho, entonces la búsqueda puede no tener este sentido en absoluto, puede tener una significación totalmente diferente. La mente puede entonces dejar por completo de buscar ‑lo cual no significa que acepte su condicionamiento, sus afanes, sus desdichas. Después de todo, es la mente misma la que ha creado toda la desdicha. Y cuando la mente empieza a comprender su propio proceso, entonces acaso sea posible que surja ese otro estado, sea lo que fuere, sin este perpetuo esfuerzo por hallar.

Ahora, señores, discutamos esto. ¿Es esto un problema para vosotros, o es que os lo estoy imponiendo? Tenéis que haber observado cómo millones de personas están buscando, siguiendo cada una un determinado gurú, o practicando un sistema particular de meditación; o bien, van de maestro en maestro ingresando en una sociedad, dejándola, para ir a otra? perpetuamente buscando, buscando, buscando, lo cual, desde luego, puede también convertirse en un juego. Así que tal vez os hayáis preguntado qué significa todo eso. Leéis los Upanishads, o el Gita, o escucháis una conferencia en la que se dan ciertas explicaciones, se describen ciertos estados, y todos ellos dicen: ‘Haced esto, dejad eso, y descubriréis lo eterno’. Todos estamos buscando en cierto grado, intensiva o débilmente, y creo que es importante descubrir qué significa esta búsqueda. ¿Podemos preguntarnos muy sencilla y directamente, cada uno de nosotros, si estamos buscando, y si estamos buscando, cuál es el impulso que está tras esta búsqueda?

Interlocutor: La insatisfacción.

Krishnamurti: ¿Estáis seguro de que ésta es vuestra propia experiencia y no la de algún otro? Si es vuestra propia experiencia que vuestra búsqueda se basa en el ansia que provoca la insatisfacción, entonces, ¿qué hacéis, señor?

Interlocutor: Vamos de gurú en gurú, hasta que hallamos satisfacción. Pero aun entonces no sabemos lo que ocurrirá en el futuro. La insatisfacción nos compele, es el estado en que pasamos nuestra vida.

Krishnamurti: Y a medida que avanzáis en edad os volvéis cada vez más serios en esta búsqueda; pero nunca habéis inquirido si acaso existe tal cosa como la satisfacción.

Interlocutor: El hombre está siempre sediento y quiere satisfacer su sed.

Krishnamurti: Señor, si estuvieseis siempre sediento después de beber, ¿no descubrirías si puede jamás apagarse la sed? Y si la satisfacción es sólo momentánea, entonces, ¿por qué dar esta enorme importancia a gurús, sacrificios, disciplinas, sadbanas8, y todo lo demás? Por qué dividiros en sectas y crear conflictos con vuestros vecinos y en la sociedad, por un consuelo pasajero? ¿Por qué dejarse atrapar en el hinduismo o el cristianismo, si ello es meramente un alivio temporario? Podéis decir: ‘Sé que todo esto sólo da alivio temporario, y no le concedo mucha importancia’. Pero, ¿acudís realmente a vuestro gurú y le decís que habéis ido simplemente para un alivio temporario? ¿No debéis inquirir sobre esto? ¿Y puede haber indagación si el propio corazón es obstinado? La obstinación del corazón impide investigar, ¿no es así?

Empecemos con eso. Si soy obstinado en mi manera de pensar, que es lo que se llama ser positivo; si mi mente está atada a alguna forma de conclusión, opinión o juicio, ¿es que puedo siquiera inquirir? Decís que no. Todos coincidimos, pero, ¿no están presas nuestras mentes en alguna conclusión, en alguna experiencia? Por lo tanto la indagación es no sólo tendenciosa sino que es imposible.

Señores, ¿podemos realmente hablar con un poquito de precisión sobre esto, investigando profundamente en nuestras propias mentes y despertando así el conocimiento de uno mismo? ¿Podemos descubrir si estamos entregados a alguna fórmula, a alguna conclusión o experiencia, a la cual se aferra la mente?

Interlocutor: Siempre hay una esperanza de hallar la satisfacción última.

Krishnamurti: Primero veamos si tenemos las mentes atadas a alguna experiencia, a alguna conclusión o creencia que nos vuelve obstinados, inflexibles en sentido profundo. Simplemente quiero empezar con eso, porque, ¿cómo puede haber indagación mientras la mente sea incapaz de ceder? Hemos leído el Gita, la Biblia, los Upanishads, este o aquel libro, lo que ha dado un prejuicio a la mente, cierta conclusión a la que ésta se ata. ¿Puede inquirir una mente así? ¿No nos pasa eso a la mayoría de nosotros, y no deben nuestras mentes estar libres de todos los compromisos como hindúes, teósofos, católicos, o lo que sea, antes de poder inquirir? ¿Y por qué no estamos libres de todo eso? Cuando tenemos compromisos y luego inquirimos, eso no es indagación, no es más que una repetición de opiniones, juicios, conclusiones. Así que al hablar esta tarde, ¿podemos librarnos de esas conclusiones?

Seguramente, aun los más grandes hombres de ciencia tienen que abandonar todo su conocimiento antes de poder descubrir algo nuevo; y si sois serios, tiene que realizarse, de hecho este abandono del conocimiento, de la creencia, de la experiencia. La mayoría de nosotros somos un tanto serios, en términos de nuestras conclusiones particulares, mas yo no considero que eso sea seriedad en manera alguna. Eso carece de valor. El hombre serio, ciertamente, es aquél que es capaz de abandonar todas sus conclusiones porque ve que sólo entonces está en condiciones de inquirir.

Interlocutor: Podemos decir que hemos dejado nuestras conclusiones, pero se presentan de nuevo.

Krishnamurti: ¿Sabemos que nuestras mentes están ancladas en una conclusión? ¿Se da cuenta la mente de que está sujeta a una creencia determinada? Señores, permitidme que lo exponga muy sencillamente. Muere mi hijo y yo estoy apenado, y me encuentro con la creencia en la reencarnación. En esa creencia hay gran esperanza y promesa, y por eso mi mente se aferra a ella. Ahora bien, ¿es capaz una mente así de inquirir todo el problema de la muerte, y no sólo la cuestión de si existe un más allá? ¿Puede abandonar mi mente esa conclusión? ¿Y no tiene la mente que abandonarla, si ha de descubrir lo que es verdadero? ‑abandonarla, no mediante ninguna forma de compulsión o recompensa, sino porque la indagación misma requiere que sea abandonada. Si uno no la abandona, no es serio.

Señoras y señores, por favor no os sintáis frustrados por mis preguntas, que parecen tan evidentes. Si tengo la mente atada a la estaca de la creencia, de la experiencia o del conocimiento, no puedo ir muy lejos; y la investigación implica estar libre de esa estaca, ¿no es así? Si estoy realmente buscando, entonces esta situación de estar atado a una estaca tiene que terminar, ha de haber una ruptura, tengo que cortar la cuerda. Nunca es cuestión entonces de saber cómo cortar la cuerda. Cuando se percibe el hecho de que la indagación es posible únicamente cuando se está libre de la obstinación, o del apego a una creencia, entonces esa misma percepción libera a la mente.

Ahora bien, ¿por qué no nos pasa esto a cada uno de nosotros?

Interlocutor: Se siente uno más seguro atado a la cuerda

Krishnamurti: Así es, ¿no es verdad? Os sentís más seguro cuando la mente está condicionada, de modo que no hay aventura, no hay el arriesgarse, y toda la estructura social es así. Conozco todas estas respuestas; pero, ¿por qué no dejáis vuestra creencia? Si no lo hacéis, no sois serios. Si estáis realmente inquiriendo no diréis, ‘estoy buscando en una dirección particular, y debo ser tolerante hacia cualquier dirección diferente’, porque termina toda esa manera de pensar. Entonces no existe esta división de ‘vuestro sendero’ y ‘mi sendero’, el místico y el ocultista, y quedan descartadas todas las estúpidas explicaciones del hombre que quiere explotar.

Interlocutor: ¿Queda descartada la búsqueda misma? ¿Búsqueda de qué?

Krishnamurti: Ese no es nuestro problema por el momento. Yo digo que no hay indagación cuando la mente está apegada. La mayoría de nosotros decimos que buscamos, y buscar es realmente inquirir; y pregunto: ¿podéis inquirir en tanto tengáis la mente apegada a cualquier conclusión? Es evidente que cuando se os hace tal pregunta, decís: ‘Desde luego que no’.

Interlocutor: ¿Visualizáis un día en que no haya iglesias ni templos de ninguna clase? Y, mientras haya iglesias y templos, ¿podrá la gente mantener sus mentes desligadas?

Krishnamurti: La gente es siempre vos y yo. Estamos hablando acerca de nosotros mismos, no de la gente.

Interlocutor: Pero, ¿podemos tener las mentes desligadas mientras haya iglesias?

Krishnamurti: ¿Por qué no, señor? Si me lo permitís: olvidad a la gente, las iglesias y los templos. Yo pregunto: ¿tenéis vuestra mente atada? ¿Es vuestra mente obstinada? ¿está apegada a alguna experiencia, a alguna forma de conocimiento o creencia? Si es así, entonces esa mente es incapaz de inquirir. Podéis decir: ‘Estoy buscando’; pero es evidente que no buscáis, ¿verdad? ¿Cómo puede tener libertad de movimiento la mente si está sujeta? Decimos que estamos buscando, pero realmente no hay búsqueda en absoluto. Buscar implica estar libre del apego a cualquier fórmula, a cualquier experiencia, a cualquier forma de conocimiento, porque sólo entonces la mente es capaz de moverse extensivamente. Esto es un hecho, ¿verdad? Si quiero ir a Benarés, no puedo estar atado, sujeto en una habitación; tengo que salir de ella y marchar. Del mismo modo, tenéis ahora la mente sujeta y decís que estáis buscando; mas yo digo que no podéis buscar o inquirir en tanto vuestra mente esté atada, lo cual es un hecho que todos reconocéis. Entonces, ¿por qué no se libra la mente? Si no lo hace, ¿cómo podemos inquirir juntos? Y ésta es nuestra dificultad, ¿no es así, señores?

Interlocutor: Mientras estén ahí las iglesias y los templos, es difícil librarse.

Krishnamurti: Señor, ¿quién ha creado las iglesias y los templos? Hombres como vos y yo.

Interlocutor: No eran como yo, como nosotros.

Krishnamurti: Vos y yo podemos no haber creado un templo, en lo exterior, pero tenemos nuestros templos interiores.

Interlocutor: Ese es un concepto muy elevado. No es posible que todos los seres humanos corrientes busquen el yo interno.

Krishnamurti: Me temo que no haya comunicación entre nosotros. No se trata de buscar el yo interno. Estoy diciendo que no buscamos en absoluto cuando hay apego a cualquier fórmula, a cualquier experiencia, al conocimiento en cualquier forma que sea. ¡Eso es tan evidente! Si pensáis en términos de catolicismo, protestantismo, budismo o hinduismo, es claro que vuestra mente será incapaz de inquirir. Cuando veis un hecho como éste, ¿por qué es tan difícil para la mente librarse de su atadura y empezar a inquirir? Estáis sentados aquí escuchando, tratando de descubrir, de inquirir, y yo digo que no podéis inquirir si existe cualquier forma de apego, es decir, si la mente es esclava de cualquier conclusión, de cualquier fórmula, de cualquier clase de conocimiento o experiencia. Reconocéis que esto es perfectamente cierto, y sin embargo no decís, ‘Voy a dejar todo apego’, lo cual indica realmente que no sois serios, ¿no es así? Podéis hablar de ser serios, pero yo digo que esa palabra no tiene valor ni significación mientras tengáis la mente atada. Podéis levantaros a las cuatro a meditar, controlar vuestras palabras, vuestros gestos, hacer todas las cosas disciplinarias, creyendo que sois muy serios; mas yo digo que éstas son meras observancias superficiales. Una mente seria es la que, dándose cuenta de su cautiverio, lo abandona, y comienza a inquirir.

Interlocutor: ¿Cuál es el medio de romper el propio apego a una conclusión?

Krishnamurti: Señor, ¿existe un medio? Si existe, entonces estáis apegado al medio (risas). Ya sé que lo despacháis con risas, pero esto no es sólo una afirmación ingeniosa. Señores, ¿no está la libertad implícita en el inquirir? Y por eso es que la libertad está al principio, no al fin. Cuando decís: ‘Tengo que pasar por toda esta disciplina para ser libre’, es como si dijerais: ‘Conoceré la sobriedad por medio de la embriaguez’. Por cierto, sólo podrá haber indagación citando haya libertad. De modo que la libertad ha de existir al comienzo, y mientras no sea así, no tendrá sentido lo que hagáis, aunque sea satisfactorio social y convencionalmente. Tiene cierto valor para las personas que buscan una sensación de seguridad, pero no tiene el valor del descubrimiento. Aunque estas personas se levanten temprano y pasen por todos los rigores de la disciplina, digo que no son serias. La seriedad consiste en darse cuenta de que la mente está atada a una experiencia, o a una creencia, y liberarse de ella, que es lo que no queréis hacer. ¿No es, pues, importante que investiguéis esto? De lo contrario vendréis aquí día tras día año tras año, y escucharéis sólo palabras, lo cual tendrá muy poco sentido.

Interlocutor: Decís que la libertad precede al inquirir, mas nosotros deseamos inquirir sobre la libertad.

Krishnamurti: Señor, ¿cómo podéis inquirir si tenéis la mente sujeta? Esto no es más que cuestión de simple razón, de sentido común. Si vuestro gurú dice: ‘Este es el camino’, y eso os sujeta, ¿cómo podéis mirar más allá? Vais al gurú para inquirir y quedáis presos de sus palabras, hipnotizados por su personalidad, envueltos en todas las cosas que él sostiene. Vuestro impulso original es inquirir, pero este impulso se basa en vuestro deseo de alguna clase de esperanza, satisfacción, y todo lo demás. Digo, pues, que para inquirir tiene que haber primero libertad. No tenéis que buscar la libertad. Estoy invistiendo todo vuestro proceso de pensar, que evidentemente es falso, aunque los libros sagrados digan otra cosa.

Interlocutor: ¿Qué vendrá tras la indagación?

Krishnamurti: Esa es una pregunta sólo intelectual, si puedo decirlo así. ¿No comprendéis? Queréis saber qué pasará ‘después’, lo cual es teórico. A la mente le gusta hilar palabras, especular. Yo digo que ya descubriréis. Es como un preso que diga: ‘¿Cómo será después que yo salga de la cárcel?’ Para descubrirlo tiene que salir de su prisión.

Interlocutor: Señor, los que estamos sentados en este salón somos personas de diversos cultos, credos y creencias, y escuchamos lo que estéis diciendo, aunque realmente no lo entendemos. Lo que decís es nuevo para la mayoría de nosotros; nunca lo hemos oído anteriormente, y aunque suena muy bien al oído, no podemos entenderlo. ¿Qué es lo que hace que la gente esté tranquilamente sentada durante una hora, escuchando con seriedad algo que no puede captar? ¿No es esto, en sí mismo, una forma de inquirir? Lo cual significa que la mente no está en realidad atada a una conclusión. Si la mente estuviese atada a una conclusión, no existiría este deseo de encontrar una manera diferente de vivir, y estas personas no vendrían aquí, o se limitarían a taparse los oídos; y sin embargo, vienen y escuchan con gran atención. ¿No indica esto cierta libertad para inquirir?

Krishnamurti: ¿Qué es lo que os hace escuchar, señores? ¿Qué es lo que os hace escuchar a alguien que dice cosas totalmente contrarias a todo lo que creéis y sostenéis? ¿Es su personalidad, su reputación, el sensacionalismo, el alborote que se hace en torno a él? ¿Es eso lo que os hace escuchar? Si lo es, entonces vuestro escuchar tiene muy poco sentido. ¿Qué es, pues, lo que os hace escuchar? Tal vez sea el hecho de que estáis enfrentados con algo que resulta ser verdad y, a pesar de que estáis atados, no podéis menos de escuchar; y sin embargo, volveréis al estado de condicionamiento. ¿Es eso lo que hace que escuchéis? ¿O es que estáis realmente escuchando? ¿Entendéis? ¿Estáis realmente escuchando, o es que os habéis acostumbrado a estar tranquilamente sentados cuando alguien habla, porque os gusta que os den conferencias?

Estas no son preguntas vanas. Realmente trato de descubrir por qué no hay respuesta inmediata cuando se dice alguna verdad. De hecho, esta es la pregunta que hago. Decís, o yo digo, que no puede haber indagación sin libertad, lo cual es cierto, evidentemente; es un hecho real, no importa quien lo diga. Ahora bien, ¿por qué no produce ese hecho una acción inmediata, tajante? ¿O es que ese hecho real tiene una acción misteriosa propia, que no puede expresarse de inmediato? Alguien ha afirmado el hecho de que, para inquirir, tiene que haber libertad, libertad de atadura, y vosotros escucháis ese hecho. Por muy parcialmente que escuchéis, ese hecho ha arraigado en la mente, porque tiene vitalidad; la semilla va a florecer, no dentro de determinado período, pero va a florecer, y puede que por eso sea importante escuchar los hechos, tanto si escucháis de buen grado, conscientemente, como si sólo escucháis a medias. Mas, después de todo, así es como actúa la propaganda. Se insiste en repetir: ‘compre Ud. el jabón tal o tal’, y con el tiempo acabáis por comprarlo. ¿Es eso lo que está pasando aquí? Si oís la reiteración constante de cierto hecho, y luego actuáis de acuerdo con ese hecho, esa ‘acción será totalmente diferente de la acción del hecho mismo.

Señores, tendremos que terminar. No os pediré que reflexionéis sobre ello, porque el limitarse a reflexionar sobre ello carece de sentido; pero si realmente queréis inquirir todo este problema del buscar y de lo que es ser serio, entonces la mente debe descubrir la manera de inquirir y lo que es el inquirir. Toda suposición previa, toda conclusión, todo apego al conocimiento o a la experiencia, es un impedimento para inquirir. Mientras la mente está atada a alguna conclusión, el inquirir es una inmensa lucha, un proceso de esfuerzo, afán de superación; pero si la mente ve la verdad de que sólo se puede inquirir cuando hay libertad, entonces el inquirir tiene otro sentido totalmente diferente. Si uno comprende esto, nunca será esclavo de ningún gurú, de ninguna fórmula, de ninguna creencia. Entonces Vosotros y yo podemos inquirir juntos, y como consecuencia podemos cooperar, actuar, vivir. Pero mientras la propia mente esté atada, existirá ‘vuestro camino’ y ‘mi camino’, ‘vuestra opinión’ y ‘mi opinión’, ‘vuestro sendero’ y ‘mi sendero’, y todas las muchas divisiones y subdivisiones que se interponen entre hombre y hombre.

18 de diciembre de 1955

III. 3ª CONFERENCIA Y DISCUSIÓN EN BENARES

CREO que sería interesante y que valdría la pena, si pudiéramos examinar esta tarde el problema: qué ocasiona el deterioro de la mente. Cuando somos jóvenes estamos llenos de celo, tenemos muchas ideas entusiastas y revolucionarias, pero, generalmente quedamos enredados en alguna clase de actividad, y lentamente nos vamos apagando. Vemos que esto ocurre alrededor de nosotros y en nosotros mismos; y ¿es posible detener este proceso de deterioro, que es seguramente uno de nuestros mayores problemas No creo que el problema consista en si el socialismo o el capitalismo, la izquierda o la derecha, debieran organizar el bienestar del mundo, ahora que hay una producción tan inmensa. Creo que el problema es mucho más profundo, y que es éste: ¿Puede liberarse la mente de tal manera que permanezca libre todo el tiempo, y, por lo tanto, no esté sujeta a deterioros

No sé si habéis pensado sobre este problema, o si habéis observado cómo van menguando poco a poco la vitalidad, el vigor, el entusiasmo de nuestras propias mentes, y cómo la mente poco a poco llega a ser un mero instrumento de hábitos mecánicos y creencias, todo un complejo de rutina, y repetición. Si hemos pensado siquiera sobó e ello, creo que éste tiene que ser un problema para la mayoría de nosotros. Al ir uno envejeciendo, el peso del pasado, la carga de las cosas recordadas, las esperanzas, las frustraciones, los temores, todo esto parece encerrar la mente, y fuera de eso jamás hay nada nuevo, sino sólo una repetición, una sensación de ansiedad, un constante huir de sí mismo y, finalmente, el deseo de hallar alguna liberación, alguna paz, un Dios que sea completamente satisfactorio.

Ahora bien, si pudiéramos indagar este asunto, creo que valdría la pena. ¿Puede liberarse la mente de todo este proceso de deterioro e ir más allá de sí misma, no misteriosamente o por algún milagro, no mañana o en alguna fecha futura, sino de inmediato, instantáneamente? Descubrir eso puede ser el camino de la meditación. Así, pues, ¿por qué ocurre que nuestras mentes se deterioran? ¿Por qué es que no hay en nosotros nada original, que todo lo que conocemos es mera repetición, que nunca hay una constante creatividad? Estos son hechos ¿no es así? ¿Qué es lo que causa este deterioro? Y, ¿puede la mente hacerlo cesar? A su tiempo lo vamos a discutir, y espero participéis en la discusión.

Para mí es evidente que tiene que haber deterioro en tanto haya esfuerzo; y uno observa que toda nuestra vida se basa en el esfuerzo: esfuerzo para aprender, para adquirir, para retener, para ser algo, o para dejar de lado lo que somos y llegar a ser otra cosa. Existe siempre esta lucha para ser o para llegar a ser, consciente o inconsciente, voluntaria o forzada por deseos desconocidos. Y, ¿no es esta lucha la mayor causa del deterioro de la mente?

Como dije, vamos a discutir todo esto después que haya hablado un poco, de modo que no os limitéis a escuchar las palabras. Estamos tratando de descubrir juntos por qué la ola del deterioro está siempre siguiéndonos. Ya sé que existe el problema inmediato del alimento, del vestido y de la casa pero creo que debemos considerar este problema desde un preferente ángulo, si hemos de resolverlo; y aun aquellos de nosotros que tengan bastante alimento, ropa y casa, tienen otro problema, que está mucho más hondo. Ve uno que hay en el mundo completa tiranía y relativa libertad; y si nos interesáramos sólo en la distribución universal de alimentos y otros productos, entonces acaso podría ser útil la tiranía absoluta. Pero en ese proceso quedaría destruido el desenvolvimiento creador del hombre; y si nos interesamos en la totalidad del hombre, y no sólo en el problema económico o social, entonces creo que es inevitable que surja una cuestión mucho más fundamental. ¿Por qué existe este proceso de deterioro, esta incapacidad para descubrir lo nuevo, no en el campo de la ciencia, sino dentro de nosotros mismos? ¿Por qué ocurre que no somos creadores?

Si observáis lo que está ocurriendo aquí, en Europa o en América, creo que veréis que la mayoría de nosotros estamos imitando, adaptándonos al pasado, a la tradición, y como individuos nunca hemos descubierto nada honda y fundamentalmente por nosotros mismos. Vivimos como máquinas, lo cual trae una sensación de infelicidad, ¿no es así? No sé si habéis siquiera considerado esto, pero me parece que una de las grandes causas de esta conformidad es el deseo de sentirse uno internamente seguro. Para estar psicológicamente seguro, tiene que haber exclusivismo, y para ser exclusivo tiene que haber esfuerzo, el esfuerzo para ser algo; y éste puede ser uno de los factores que impiden el descubrimiento de algo nuevo por parte de cada uno de nosotros. ¿Podemos discutir esto? (Pausa)

Muy bien, señores, vamos a presentar el problema de una manera diferente. Puede uno ver que la meditación es necesaria, porque por la meditación descubre uno muchísimas cosas. La meditación abre la puerta a extraordinarias experiencias, tanto fantasiosas como reales; y siempre estamos inquiriendo sobre la manera de meditar, ¿no es así? La mayor parte de nosotros leemos libros que prescriben un sistema de meditación, o acudimos a algunos maestros para que nos digan cómo meditar. Mientras que ahora estamos tratando de descubrir, no la manera de meditar, sino qué es la meditación, y el propio inquirir sobre lo que es la meditación, es meditar. Pero nuestras mentes desean saber cómo meditar, y por lo tanto invitamos el deterioro.

Si el pensamiento puede inquirir muy profundamente y exponerse ante sí mismo, nunca corrigiendo, sino siempre observando para descubrir, nunca condenando sino siempre explorando, entonces ese estado de la mente puede llamarse meditación; y una mente semejante, por ser libre, puede descubrir. Para una mente así, no hay deterioro, porque no hay acumulación. Pero la mente que dice: ‘Indicadme la manera de ser pacifico, decidme cómo llegar a eso, y trataré de seguirlo’, es evidentemente imitativa, sin coraje, y por lo tanto provoca su propio deterioro.

La mayoría de nosotros nos interesamos en el ‘cómo’, que es un medio de seguridad, de salvaguardia. Por noble, por exigente, por disciplinario que pueda ser el ‘cómo’ y sea lo que fuere que prometa, sólo puede conducir a la conformidad. Una mente que se conforma, por sus propios esfuerzos se esclaviza a un método, y por lo tanto pierde esta extraordinaria capacidad para el descubrimiento; y sin descubrir en vosotros mismos algo original, nuevo, no contaminado, aunque tengáis la más perfecta organización para producir y distribuir las cosas materiales necesarias, seréis aún como una máquina. Este es, pues, vuestro problema, ¿no es así? ¿Puede la mente, que es tan mecánica, dominada por el hábito, llena del pasado, librarse de este último y descubrir lo nuevo, llámese Dios o lo que queráis? ¿Podemos discutir esto? (Pausa)

Señores, ¿es este un problema nuevo para vosotros, o es que no habéis pensado sobre estas cosas de esta manera? Dejadme que de nuevo os presente el problema de modo distinto.

Todos estáis muy versados en los Upanishads, el Gita, la Biblia. Estáis familiarizados con la filosofía del hinduismo, del cristianismo, del comunismo, etc. Estas filosofías, estas religiones, no han resuelto, como es evidente, el problema humano. Si decís: ‘El problema humano no se ha resuelto porque no hemos seguido rigurosamente los mandamientos del Gita, la respuesta obvia es que cualquier seguimiento de autoridad, por noble o tiránica que sea, vuelve la mente mecánica, no original, como un disco de fonógrafo, que repite una y otra vez; y no podéis ser felices en ese estado.

Ahora bien, dándoos cuenta de ese hecho, ¿cómo os vais a poner a descubrir lo real por vosotros mismos? ¿Comprendéis, señores? Dios, la verdad, o lo que sea, tiene que ser totalmente nuevo, algo que está fuera del tiempo, fuera de la memoria ¿no es así? No puede ser algo que se recuerde del pasado, algo que os han dicho o que la mente ha conjeturado, creado. ¿Y cómo lo encontraréis? Sólo puede hallarse, seguramente, cuando la mente está libre del pasado, cuando la mente cesa de formular cualquier imagen, cualquier símbolo. ¿No es un factor de real deterioro el hecho de que la mente formule imágenes, símbolos? Y esto puede ser lo que esta ocurriendo en la India, así como en el resto del mundo.

¿Estoy explicando bien el problema? ¿O no es problema para vosotros?

Interlocutor: La mente no puede ir más allá de sus pasadas experiencias.

Otro Interlocutor: Cuando la mente está condicionada. . .

Krishnamurti: Señor, ese caballero ha hecho una pregunta.

Interlocutor: ¿Era una pregunta o una afirmación?

Krishnamurti: Probablemente lo que deseaba hacer era una pregunta. Desgraciadamente, la mayoría de nosotros estamos tan ocupados con la formulación de una pregunta, o con nuestra propia manera de ver las cosas, que nunca nos escuchamos realmente unos a otros. Ese señor ha dicho que no es posible que la mente se libre del pasado. ¿No es este nuestro problema tanto como de él?

Interlocutor: Si él quiere saber cómo desligarse del pasado, ésa es una pregunta y no una afirmación.

Krishnamurti: Por favor, señor, no hemos venido aquí para exhibirnos verbalmente, ni para demostrar quien esta en lo cierto y quién está equivocado. Estamos realmente tratando de indagar por qué nunca descubre la mente nada nuevo. Por el momento no nos referimos a especialistas como los hombres de ciencias, los físicos, etc., sino a nosotros mismos, como seres humanos corrientes. ¿Por qué nunca descubrimos en nosotros nada nuevo?

Interlocutor: Con respecto a la cuestión suscitada por ese señor sobre si la mente puede deshacerse del pasado, yo quisiera preguntar: ¿Qué se entiende por el pasado?

Krishnamurti: El pasado es experiencia, memoria, conocimiento, la influencia de la tradición, la impresión dejada por el insulto y el elogio, por los libros que habéis leído, por la risa o por el espectáculo de la muerte. Todo eso es el pasado, que es el tiempo.

Interlocutor: Decís que la mente está condicionada por el pasado, pero ¿está la mente tan rígidamente condicionada por el pasado que no pueda seguir inquiriendo?

Krishnamurti: Señor, ¿qué es la mente? Os ruego no respondáis a esta pregunta teóricamente ni de acuerdo a lo que hayáis leído en libros. ¿Podemos vosotros y yo encontrar aquí, esta tarde, lo que es la mente?

Interlocutor: La mente es resultado del pasado.

Krishnamurti: ¿Es vuestra mente resultado del pasado? ¿Qué entendéis por pasado?

Interlocutor: Cualquier cosa que esté en mi mente ahora es totalmente del pasado.

Krishnamurti: ¿Podéis separar el pasado de la mente? Por favor, examinemos la mente, no una mente teórica, sino la de cada uno de nosotros. Vuestra mente es el resultado de muchas influencias, tanto colectivas como individuales, ¿verdad? Vuestra mente es el resultado de la educación, del alimento, del clima, de muchos siglos de tradición, está formada por vuestras creencias, deseos, recuerdos, las cosas que habéis leído, etc. Esa es la mente ¿no es así, señor? La mente consciente que funciona a diario, y la mente que está más profunda, oculta, son ambas resultado del pasado. Hasta donde puede uno ver, toda el área de la mente es resultado del pasado. Podéis creer que hay Dios, o que no hay Dios, podéis pensar que hay un yo superior y otro inferior, etc.; pero todo eso es el resultado de vuestra educación, condicionamiento, lo que significa que vuestra mente es el resultado del pasado, ¿no es cierto? Y esa misma mente está tratando de encontrar algo nuevo; dice: ‘Tengo que saber qué es Dios, qué es la verdad’. ¿No es eso lo que estáis haciendo, señores y señoras? Y yo digo que es imposible, que es una contradicción.

Interlocutor: Creo que la mayoría de las personas no se preocupa por Dios. Nos interesamos por los problemas de la vida.

Krishnamurti: Lo cual significa que hay antagonismo, amargura, frustración, deseos de poder, de posición, de prestigio; porque algún otro tiene lo que vosotros deseáis, os sentís celosos, etc. Estos son los problemas de la vida, ¿no es así? Querer ser amado, querer más dinero querer mejorar la aldea mediante este o aquel sistema, tener una creencia o un ideal que está en contradicción con la existencia cotidiana, y tratar de salvar la brecha entre el hecho y el ideal ‑todo eso es la vida.

Interlocutor: La vida es también algo más. Si soy maestro, quiero enseñar mejor.

Krishnamurti: Lo cual es la misma cosa. Todos éstos son problemas de la vida, y abordando cualquiera de ellos llegáis a la cuestión principal. Decís que queréis enseñar mejor, pensar mejor, vivir una vida más integrada, etc. ¿Qué entendéis por pensar mejor? ¿Es un procedimiento para adquirir más información? ¿Cómo descubrís lo que es mejor?

Interlocutor: Pensando profundamente.

Krishnamurti: ¿Qué quiere decir pensar profundamente? ¿Y qué entendéis por pensar? Si no sabéis qué es pensar, no podéis pensar profundamente. ¿Qué es pensar? Os ruego me digáis qué es pensar.

Interlocutor: Pensar es un proceso de atraer cada vez más asociaciones.

Krishnamurti: Os estoy preguntando lo que es pensar, y si observáis vuestras propias mentes, descubriréis como reaccionáis a esta pregunta sobre lo que es el pensar, ¿no es así? ¿Seguís lo que estoy diciendo?

Interlocutor: Esto es demasiado técnico.

Krishnamurti: Simplemente observaos a vos mismo y veréis. Os estoy haciendo una pregunta. ¿Qué es pensar?

Interlocutor: El que preguntéis qué es la mente, o qué es el pensar, se reduce a la misma cosa.

Krishnamurti: Yo deseo descubrir qué es pensar. Ahora bien, ¿cuál es el proceso que se pone en marcha dentro de vos por causa de esta pregunta?

Interlocutor: Cuando empezamos a mirar el pensar, la mente se detiene. No hay respuesta.

Otro Interlocutor: El pensar es tan espontáneo, que no sabemos lo que es.

Krishnamurti: Os estoy haciendo una pregunta: ¿qué es pensar? Ahora bien ¿qué hace vuestra mente cuando se os plantea esta cuestión? ¿No queréis saber cómo funciona vuestra mente? ¿Qué pasa cuando la mente se enfrenta con una cuestión de esta clase? Durante un momento la mente vacila, porque probablemente nunca ha pensado sobre ello hasta ahora; luego mira en la cámara de la memoria, y dice: ‘Vamos a ver, los Upanishads dicen esto, la Biblia dice esto otro; Bertrand Russell, alguna otra cosa. Y yo ¿qué pienso? Estáis pues, buscando una respuesta del pasado, ¿no es verdad?

Interlocutor: No pensamos en Bertrand Russell.

Krishnamurti: Tal vez no; pero éste es el funcionamiento real de vuestra mente cuando se os hace una pregunta. Si está familiarizada vuestra mente con la pregunta que se os hace, hay una respuesta inmediata. Si alguno os pregunta dónde vivís, respondéis en seguida, porque estáis familiarizados con eso. Vuestra asociación con ello es constante. Mientras que, si se os hace una pregunta no familiar, vuestra mente vacila, y esa vacilación indica que estéis buscando respuesta ¿no es así? ¿Y dónde buscáis la respuesta? En vuestra memoria, evidentemente. Así, pues, vuestro pensar es la respuesta de la memoria, ¿no?

Interlocutor: ¿Significa ello que una persona que ha perdido la memoria no puede pensar?

Krishnamurti: El olvido completo se llama amnesia, y una persona en ese estado tiene que volver a aprenderlo todo de nuevo.

Interlocutor: ¿Es cosa buena o mala el tener memoria?

Krishnamurti: Si no supierais dónde vivís, ¿qué haríais? ¿Si no conocieseis el nombre de la calle por la cual vais a vuestra casa, ¿sería eso bueno o malo?

Estamos tratando de descubrir, señor, qué es pensar. Para la mayoría de nosotros, pensar es la respuesta de la memoria, ¿no es esto? Como sé donde vivo, respondo rápidamente cuando se me pregunta; y cuando se me hace una pregunta más sutil, miro en mi memoria para encontrar una respuesta. Pero la memoria es la experiencia de siglos, de modo que mi respuesta tiene que ser inevitablemente condicionada. Por cierto que esto es bastante claro.

Señor, si sois hindú y os pregunto si existe eso de la reencarnación, vuestra respuesta instintiva consiste en decir que es un hecho, y esta respuesta se basa en la influencia de vuestros padres, de vuestros libros sagrados y del ambiente general en torno vuestro. Respondéis de acuerdo con lo que se os ha dicho; vuestro pensar es el resultado de la influencia, y por lo tanto está evidentemente condicionado. Ahora nos preguntamos: ¿Puede la mente disociarse de lo pasado y descubrir lo que es verdadero?

Interlocutor: Parece que describís la mente como una colección de experiencias pasadas, y creo que todos estamos conformes, pero ahora preguntáis si es posible que la mente se disocie de todo ello. ¿Qué significa ello?

Krishnamurti: ¿Me estáis preguntando a mí, u os preguntáis a vos mismo?

Interlocutor: Me estoy preguntando a mí mismo tanto como a vos.

Krishnamurti: Eso es mejor. Os estáis preguntando a vos mismo, no a mí. La mente es el resultado del tiempo; y ¿puede una mente así descubrir jamás algo nuevo, que tiene ‘que ser atemporal? ¿Comprendéis mi pregunta, señor? Veo que mi mente está formada por el pasado, sin embargo ella es el único instrumento que puede observar y descubrir. Entonces, ¿qué tiene que hacer? No hay otro instrumento para descubrir, y sin embargo ese instrumento es resultado del pasado, lo cual es un hecho y no importa cuánto se discuta o se niegue, eso nada afectará al hecho. Y ¿puede una mente así descubrir jamás algo nuevo? ¿O continuará siempre lo conocido, que es el pasado, aunque yo sea inconsciente de ello, de modo que sólo puede haber continuidad de lo conocido en diferentes formas? Ya que la mente jamás puede experimentar lo desconocido, sea ello lo que fuere, entonces tratamos de modificar lo conocido, embellecerlo, pulirlo, acumular más información, pero quedándonos siempre dentro del área de la mente, de lo conocido. ¿Comprendéis, señor? Esta suposición de que la mente está imposibilitada, de que nunca puede salir de su propio terreno porque es el resultado de lo conocido, puede ser el factor de deterioro. ¿Comprendéis lo que quiero decir? Si aceptáis eso, entonces es evidente que tenéis que pulir de manera constante la mente, ponerla en orden, disciplinarla, rellenarla con más información, etc. Entonces no tenéis problema, porque estáis viviendo dentro del campo de lo conocido. Pero en el momento en que empezáis a inquirir sobre lo desconocido, tenéis un problema, ¿no es verdad, señor?

Interlocutor: Empezasteis preguntando qué es el pensar. A mí me parece que el pensar siempre está relacionado con algo, que no existe el pensar puro.

Krishnamurti: Pensar es responder a un reto, ¿verdad? No hay pensamiento aislado. Es sólo cuando hay un reto que respondéis. Aun si pensáis estando en vuestro dormitorio, donde no hay reto exterior, el pensar sigue siendo la respuesta a un reto interior vuestro. Existe esta constante relación de reto y respuesta, y como respondéis de acuerdo a vuestras creencias, a la forma en que se os ha criado, y todo lo demás, vuestra reacción es siempre restringida, estrecha, mezquina.

Ahora bien, nosotros estamos tratando de descubrir dónde cesa el pensar, y tiene lugar algo nuevo, que no es el pensar.

Interlocutor: Estáis preguntando dónde termina el pensar y empieza la meditación.

Krishnamurti: Muy bien, señor. ¿Dónde termina el pensar? Esperad un instante. Estoy indagando qué es el pensar, y digo que esta misma indagación es meditar. No es que exista primero la terminación del pensar y luego empiece la meditación. Os ruego me acompañéis, señores y señoras, paso a paso. Si yo puedo descubrir qué es el pensar, entonces nunca preguntaré cómo meditar, porque en el proceso mismo de descubrir lo que es el pensar hay meditación. Mas esto significa que debo prestar atención completa al problema, y no sólo concentrarme en él, lo cual es una forma de distracción. No sé si me explico.

Al tratar de descubrir qué es el pensar, tengo que prestar atención completa, en la cual no puede haber esfuerzo. ni conflicto; porque en el esfuerzo, en el conflicto, hay distracción. Si tengo realmente la intención de descubrir lo que es el pensar, esa misma pregunta provoca una atención en la cual no hay desviación, no hay conflicto, no existe la sensación de que debo prestar atención.

Así pues, ¿qué es el pensar? Veo que el pensar es la respuesta de la memoria, en cualquier nivel, consciente o inconsciente; es siempre la reacción de ese campo de la mente que es lo conocido, lo pasado. La mente ve esto como un hecho. Entonces la mente se pregunta si todo pensar es meramente verbal, simbólico, una reacción del pasado; ¿o hay un pensar sin palabras, sin el pasado?

Ahora bien, ¿es posible descubrir si existe alguna actividad de la mente que no esté contaminada por lo pasado? ¿Comprendéis, señores? Estoy inquiriendo, no doy nada por supuesto. La mente ve que ella es resultado del pasado, y se pregunta si es posible estar libre del pasado. Si la mente responde en una forma u otra, si dice que es posible, o que no lo es, entonces esa suposición es resultado del pasado, ¿no es así? Os ruego que avancéis paso a paso conmigo, y así comprenderéis. La mente se da cuenta de que es resultado del pasado; pregunta si puede librarse de éste; y ve que toda suposición de que puede o que no puede proviene del pasado. ¿Cuál es, pues, el estado de la mente que no tiene asociación, que no supone nada?

Interlocutor: Ya no es la mente, la mente limitada que conocemos.

Krishnamurti: No hemos llegado a eso todavía. Quiero ir poco a poco.

Interlocutor: La cuestión es: ¿quién es el que piensa?

Krishnamurti: Sabemos quién piensa, señor. La mente se ha dividido a sí misma en el pensador y el pensamiento, pero es evidente que sigue siendo la mente. Todo el proceso de la separación entre el pensador y el pensamiento sigue estando dentro de ese campo de la mente, que es el resultado del tiempo, del pasado; y la mente ahora se pregunta si puede librarse del pasado.

Interlocutor: Señor, si nosotros, que os estamos escuchando, dudamos de la verdad de lo que decís, continuará nuestro antiguo condicionamiento. Por el contrario, si tenemos fe en lo que decís, entonces nuestras mentes de nuevo serán condicionadas por eso.

Krishnamurti: No os pido que tengáis fe. Sólo estoy observando el funcionamiento de mi propia mente, y espero que estéis haciendo la misma cosa. Estamos observando el funcionamiento de la mente y descubriendo sus procesos. Eso es todo lo que estamos haciendo, lo cual no significa que debáis o no debáis tener fe. Estamos tratando de descubrir cómo funcionan nuestras mentes, lo cual es meditación.

Interlocutor: ¿Cómo descubre algo nuevo un hombre de ciencia?

Krishnamurti: Si vos y yo fuéramos hombres de ciencia, podríamos discutir esa cuestión; pero no somos científicos somos personas corrientes, y estamos tratando de averiguar si la mente puede alguna vez descubrir algo nuevo. ¿Cuál es el proceso de esto, señor?

Tendremos que terminar. ¿Puedo ahondar un poco en ellos

Estoy observando el funcionamiento de mi mente. Eso es todo. Hay reto y respuesta. La respuesta está invariablemente de acuerdo con la cultura, los valores, la tradición en que se ha criado la mente, y que por el momento llamaremos su condicionamiento. La mente comprende esto y se pregunta: ¿es toda respuesta el resultado de este condicionamiento, o es posible que haya una respuesta más allá de él? No digo que sea o no sea posible. La mente sólo se pregunta a sí misma. Toda suposición de la mente de que sea posible o no lo sea sigue siendo una respuesta del trasfondo. Esto está claro, ¿verdad? De modo que la mente sólo puede decir: ‘no lo sé’. Tal es la única respuesta acertada a esta pregunta sobre si la mente puede librarse del pasado.

Ahora bien, cuando decís No lo sé’, ¿a qué nivel, a qué profundidad lo decís? ¿Es meramente una declaración verbal, o es la totalidad de vuestro ser la que dice ‘no lo sé’? Si todo vuestro ser dice sinceramente ‘no lo sé’, ello significa que ya no os referís a la memoria para encontrar respuesta. ¿No está entonces la mente libre del pasado? Y ¿no es meditación todo este proceso de inquirir? La meditación no es un proceso de aprender cómo meditar; el mismo indagar qué es la meditación, es meditación. Para averiguar qué es la meditación, la mente tiene que librarse de lo que ha aprendido sobre la meditación; y la liberación de la mente de lo que ha aprendido es el principio de la meditación.

25 de diciembre de 1955

IV. 1ª CONFERENCIA EN MADRÁS

DEBE ser bastante obvio para cada uno de nosotros cuando contemplamos el mundo, y especialmente el estado de este país, que tiene que haber alguna especie de revolución fundamental. Utilizo esta palabra para indicar, no una reforma de remiendos, superficial, ni una revolución instigada como un riesgo calculado de acuerdo con una particular norma de pensamiento, sino la revolución que sólo puede producirse en el más alto nivel, cuando empezamos a comprender toda la significación de la mente. Sin comprender esta cuestión fundamental, me parece que cualquier reforma, en cualquier nivel que sea, por muy beneficiosa que resulte temporariamente, tiene que conducir forzosamente a más desgracia y caos.

Creo que este punto debe ser muy claramente comprendido, si ha de haber alguna clase de relación entre el que habla y vosotros; pues la mayoría de nosotros nos interesamos en alguna clase de reforma social. Hay muchísima pobreza, ignorancia, miedo, superstición, idolatría; existe la vana repetición de palabras que se llama oración, y al mismo tiempo una vasta acumulación de conocimiento científico, así como del así llamado conocimiento acopiado de los libros sagrados. No tiene uno que ir a muchos países para ver todo esto; puede observarse mientras uno pasea por las calles aquí, o en Europa o América. Puede ser que los bienes materiales necesarios sean abundantes en América, donde impera el materialismo y puede uno comprar cualquier cosa; pero cuando viene uno a este país, ve esta despiadada pobreza. Ve también la lucha de clases ‑y no utilizo esa expresión ‘lucha de clases’ en el sentido comunista, sino meramente para transmitir la observación de un hecho, sin interpretarlo en forma alguna. Ve uno la división de religiones, la cristiana, la hindú, la musulmana, la budista, con sus varias subdivisiones, clamando todas por convertirnos, o por mostrarnos un diferente camino, un diferente sendero. La máquina ha hecho posibles milagros de producción, especialmente en América; pero aquí en la India todo es limitado, escaso. En este país, aunque repetimos mucho la palabra ‘Dios’, aunque oramos, celebramos ritos y todo lo demás, somos exactamente tan materialistas como en Occidente, sólo que hemos convertido la pobreza en virtud, en necesidad inevitable, y la toleramos.

Viendo este extraordinariamente complejo cuadro de riqueza y pobreza, de gobiernos soberanos, de ejércitos y de los últimos instrumentos de destrucción en masa, se pregunta uno qué es lo que va a salir de todo este caos, y adónde va a conducir todo ello. ¿Cuál es la respuesta? Si de alguna manera es uno serio, creo que debe haberse formulado esta pregunta. ¿Cómo tenemos que enfrentar este problema, como individuos y como grupos? Estando confusos, la mayoría de nosotros acudimos a alguna clase de norma religiosa o social, esperamos que algún líder nos guíe para salir de este caos, o insistimos en volver a las antiguas tradiciones. Decimos: ‘Volvamos a lo que nos han enseñado los rishis9, que está todo en los Upanishads, en el Gita; tengamos más plegarias, más ritos, más gurús, más maestros’. Esto es lo que en realidad está ocurriendo, ¿no es así?

Hay en el mundo a la vez extraordinaria tiranía y relativa libertad. Ahora bien, viendo todo este caótico cuadro (no filosóficamente, no como un mero observador que contempla el paso de los acontecimientos, sino como alguien cuyas simpatías son incitadas y tiene un germen de compasión, como estoy seguro tenemos la mayoría, ¿cómo respondéis a todo ello? ¿Cuál es vuestra responsabilidad ante la sociedad? ¿O es que meramente estáis aprisionados en los engranajes de la sociedad, siguiendo la pauta tradicional establecida por una determinada cultura, occidental u oriental, y por lo tanto estáis ciegos para toda esta cuestión? Y si efectivamente abrís los ojos, ¿os interesáis meramente en la reforma social, en la acción política, en el ajuste económico? ¿Reside en cualquiera de estas cosas la solución de este problema enormemente complicado, o se halla en una dirección totalmente diferente? ¿Es el problema simplemente económico y social? ¿O es que existen el caos y la constante amenaza de guerra por el hecho de que la mayoría de nosotros no nos interesamos en absoluto en las cuestiones más profundas de la vida, en el desenvolvimiento total del hombre? ¿Es nuestra educación lo que falta? Superficialmente se nos educa para tener cierta clase de técnica, lo cual trae su propia cultura, y parece que quedamos satisfechos con eso.

Pues bien, viendo este estado de cosas (del que estoy seguro os dais buena cuenta, a menos que seáis insensibles o tratéis de cerraros a ello), ¿cuál es vuestra respuesta? Por favor, no respondáis teóricamente, de acuerdo al modelo comunista, al capitalista, al hindú o algún otro, lo que meramente es una imposición y por lo tanto no es verdadero; en vez de ello, despejad la mente de todas sus reacciones inmediatas, las así llamadas reacciones educadas, y descubrid cuál es vuestra reacción como individuos. ¿Cómo resolveríais este problema?

Si hacéis esta pregunta al comunista, él tiene una respuesta muy definida, lo mismo que la tiene el católico o el hindú ortodoxo, o el musulmán; pero sus respuestas son evidentemente condicionadas. Ellos han sido educados para pensar siguiendo ciertas líneas, amplias o estrechas, por una sociedad o cultura que no se interesa nada en el desenvolvimiento total de la mente; y, como responden partiendo de su pensar condicionado, sus respuestas están inevitablemente en contradicción, y por lo tanto han de crear siempre enemistad, lo cual creo que es también bastante evidente. Si sois hindú cristiano, o lo que queráis, vuestra respuesta tiene que estar forzosamente de acuerdo con vuestro trasfondo condicionado, con la cultura en que se os ha criado. El problema esta más allá de todas las culturas, de toda norma particular, y sin embargo estamos buscando una respuesta en términos de una pauta determinada, y de aquí que haya creciente confusión, mayor desdicha. Así, a menos que haya una fundamental ruptura con todo condicionamiento, un corte total, es evidente que crearemos más caos, por muy bien intencionados o supuestamente religiosos que seamos.

Me parece que el problema reside en un nivel totalmente diferente, y creo que al comprenderlo produciremos una acción enteramente distinta de la del modelo socialista, capitalista o comunista. Para mí, el problema está en comprender los hábitos de la mente; porque si uno no puede observar y comprender en sí mismo el proceso del pensamiento, no hay libertad, y por ello no puede uno llegar muy lejos. En la mayoría de nosotros, la mente no es libre, está atada consciente o inconscientemente a alguna forma de conocimiento, a innumerables creencias, experiencias, dogmas; y ¿cómo puede una mente así ser capaz de descubrimiento, de investigación en busca de algo nuevo?

A cada reto, es obvio que tiene que haber una respuesta nueva, porque hoy el problema es totalmente diferente de lo que era ayer. Todo problema es siempre nuevo, está todo el tiempo sufriendo transformación. Cada reto reclama una nueva respuesta, y no puede haber respuesta nueva si la mente no es libre. Y así, la libertad está al principio, no meramente al fin. Desde luego que la revolución debe empezar, no en el nivel social, cultural o económico, sino al más alto nivel; y el descubrimiento del nivel más elevado es el problema ‑su descubrimiento, no la aceptación de lo que se dice que es el nivel más elevado. No sé si me explico claramente sobre este punto. Algún gurú, algún individuo listo, le puede decir a uno cuál es el más alto nivel, y uno puede repetir lo que ha oído, pero ese proceso no es descubrimiento. Es simplemente la aceptación de la autoridad; y la mayoría de nosotros aceptamos la autoridad, porque somos perezosos. Todo ello ha sido pensado, y nosotros nos limitamos a repetir como un disco de fonógrafo.

Ahora bien, veo la necesidad del descubrimiento, porque es obvio que tenemos que crear una clase de cultura totalmente distinta, una cultura no basada en la autoridad, sino en el descubrimiento por cada individuo de lo que es verdadero; y ese descubrimiento exige libertad completa. Si una mente está sujeta, por larga que sea la cuerda, sólo puede funcionar dentro de un radio fijo, y por lo tanto no es libre. Así pues, lo importante es descubrir el más alto nivel en que pueda realizarse la revolución, y eso exige gran claridad de pensamiento, exige una buena mente; no una mente espuria, repetidora, sino una mente capaz de pensar con intensidad, razonar hasta el fin, clara, lógica y cuerdamente. Tiene uno que poseer una mente así y sólo entonces es posible ir más allá.

Así pues, la revolución sólo puede realizarse en el más elevado nivel, el cual debe ser descubierto; y sólo lo podéis descubrir por medio del autoconocimiento, no por el conocimiento acumulado de vuestros antiguos libros, o de los libros de los modernos analistas. Tenéis que descubrirlo en la interrelación, descubrirlo, y no sólo repetir algo que habéis leído u oído. Entonces encontraréis que la mente se torna extraordinariamente clara. Al fin y al cabo, la mente es el único instrumento que tenemos. Si esa mente está obstruida y es mezquina, medrosa, como lo son la mayor parte de nuestras mentes, carecerán de todo sentido su creencia en Dios, su adoración, su busca de la verdad. Sólo la mente capaz de clara percepción y, por lo tanto, de estar muy quieta, es la que puede descubrir si existe la verdad o no; y es sólo una mente así la que puede producir revolución en el más alto nivel. La mente religiosa es la única verdaderamente revolucionaria; y la mente religiosa no es la que repite, la que va a la iglesia o al templo, la que practica puja10 cada mañana, la que sigue a alguna especie de gurú o adora un ídolo. Una mente semejante no es religiosa, es realmente una mente tonta, limitada; por eso nunca puede responder libremente al reto.

Este conocimiento propio no es para ser aprendido de otra persona. Yo no puedo deciros lo que es. Pero uno puede ver cómo funciona la mente, no sólo la que está activa todos los días, sino la totalidad de la mente, la que es consciente tanto como la oculta. Todas las muchas capas de la mente tienen que percibirse, investigarse, lo que no significa introspección. El autoanálisis no revela la totalidad de la mente, porque siempre hay la división entre el analizador y lo analizado. Pero si podéis observar el funcionamiento de vuestra propia mente sin ningún sentido de juicio, de evaluación, sin condena ni comparación; simplemente observando como observaríais una estrella, desapasionadamente, tranquilamente, sin ninguna sensación de ansiedad, entonces veréis que el autoconocimiento no es cuestión de tiempo, que no es un proceso de sondear en lo inconsciente para remover todos los motivos o para comprender los diversos impulsos y compulsiones. Lo que crea el tiempo es la comparación, ciertamente; y puesto que nuestras mentes son el resultado del tiempo, siempre están pensando en términos del ‘más’, a lo cual llamamos progreso.

Siendo, pues, resultado del tiempo, la mente está siempre pensando en términos de crecimiento, de logro; y ¿puede la mente librarse del ‘más’, que es realmente disociarse por completo de la sociedad? La sociedad insiste en el ‘más’. Después de todo, nuestra cultura se basa en la envidia y en la adquisividad, ¿no es así? Nuestra adquisividad no se refiere sólo a cosas materiales, sino también al reino de lo que se llama espiritualidad, en el cual queremos tener más virtud, estar más cerca del maestro, del gurú. Así es que toda la estructura de nuestro pensamiento se basa en el ‘más’; y cuando uno comprende por completo la exigencia del ‘más’, con todos sus resultados, hay seguramente una completa disociación con respecto a la sociedad; y sólo el individuo que está por completo disociado de la sociedad puede actuar sobre ésta. El hombre que se pone un taparrabos o una túnica de sannyasi11, que meramente se convierte en monje, no está disociado de la sociedad; sigue formando parte de ésta, sólo que su demanda de ‘más’ está en otro nivel. Él está aún condicionado por los límites de una cultura particular, y por lo tanto está atrapado dentro de ella.

Creo que ésta es la verdadera cuestión, y no la manera de producir más cosas y distribuir lo que se produce. Se tienen ahora las máquinas y las técnicas para producir todo lo que le hace falta al hombre, y pronto habrá probablemente una distribución equitativa de las necesidades materiales y una cesación de la lucha de clases; pero el problema fundamental quedará. El problema básico consiste en que el hombre no es creativo, no ha descubierto por sí mismo esta extraordinaria fuente de creatividad que no es una invención de la mente; y es sólo cuando uno descubre esta atemporal creatividad que hay bienaventuranza.

Pregunta: He venido aquí a aprender y a que se me instruya. ¿Podéis enseñarme?

Krishnamurti: Es realmente una pregunta interesante, si podemos penetrar en ella. ¿Qué queremos decir con la palabra aprender? Aprendemos una técnica, aprendemos a ser eficientes en ganarnos la vida o en realizar alguna tarea material o mental. Aprendemos a calcular, a leer, a hablar un idioma, a construir un puente, y así sucesivamente. Aprender es hallar la manera de hacer las cosas, y desarrollar la capacidad para hacerlas. Fuera de eso, ¿hay alguna otra forma de aprender? Os ruego que penséis esto conmigo.

Cuando hablamos de aprender, queremos significar acumulación, ¿verdad? Y cuando hay cualquier forma de acumulación, ¿puede la mente aprender? Aprender es una necesidad sólo para tener capacidad. Yo no podría comunicar si no hablase un idioma. Y para hablar un idioma tengo que aprenderlo, tengo que acopiar en la mente las palabras y el significado de esas palabras, lo cual es cultivo de la memoria. De modo semejante aprende uno la manera de construir una carretera, de manejar una máquina, de conducir un coche, etc.

Ahora bien, el que pregunta no se refiere a eso; no está aquí para hallar la manera de conducir un automóvil ni nada parecido. Quiere ser instruido, aprender la forma de descubrir aquello que puede llamarse verdad o Dios ¿no es así? Cuando acudís a un gurú, a un maestro religioso, para aprender, ¿qué es lo que aprendéis? El no puede enseñaros más que un sistema, una norma de lo que hay que pensar. Y eso es lo que queréis de mí. Queréis aprender una nueva norma de comportamiento, de conducta, o una nueva manera de vivir, que es también el cultivo de la memoria en otra forma; y si observáis este proceso muy claramente y de cerca, veréis que en realidad os impide aprender. Es realmente muy sencillo.

Sois todos hindúes, o lo que seáis, y ¿qué pasa cuando se presenta algo nuevo ante vosotros? Traducís lo nuevo en términos de lo viejo, y por tanto ya no es lo nuevo, o lo rechazáis; y esto es lo que en realidad está pasando. Así que una mente que está acumulando, pensando de acuerdo a normas, una mente que está llena de lo que se llama conocimiento, que ha salido a aprender una nueva manera de pensar o de conducirse, seguramente que una mente así jamás podrá aprender.

Y ¿qué hay que aprender? Por favor, seguid esto. ¿Qué es lo que hay que aprender? ¿Vais a aprender sobre la reencarnación, sobre Dios, sobre lo que es la verdad? Cuando decís: ‘Instruidme, enseñadme, estoy aquí para aprender’, ¿qué significa todo eso? ¿Es posible enseñar? ¿Enseñar qué? ¿La manera de darse cuenta? Conocéis muy bien la manera de daros cuenta. Cuando estáis interesados os dais plena cuenta. Cuando queréis hacer dinero como abogado, os dais muy buena cuenta entonces. Cuando queréis hacer algo con interés profundamente vital, allí está vuestra plena atención.

La atención no es algo que haya de enseñarse. Se os puede enseñar la manera de concentraros, pero atención no es concentración. Como veis, la mente siempre está pensando en normas: cómo meditar, cómo construir un puente, cómo jugar a los naipes, cómo leer más rápidamente, cómo conducir un coche, cómo andar debidamente o seguir un buen régimen alimenticio. Del mismo modo queréis aprender cuál es el camino hacia Dios, hacia la verdad; queréis alguien que os muestre el sendero que conduce a ese estado extraordinario. Es evidente que no hay sendero a ese estado, porque ese estado no es estático, y os estará engañando cualquier persona que diga que hay un sendero hacia aquel estado. Un sendero sólo puede existir hacia aquello que es estático, que está muerto. No hay muchos senderos hacia la verdad, ni hay un sendero único; no hay senderos en absoluto, y ahí está la belleza de ello. Pero la mente rechaza este hecho porque quiere estar segura, y piensa en la verdad como si fuera la seguridad final; busca, pues, un sendero por el cual llegar a esa seguridad.

Ahora bien, si veis todo este proceso, ¿qué hay entonces que aprender? ¿Y podéis ser libres por el aprendizaje? Os ruego que lo penséis conmigo; no lo aceptéis ni lo rechacéis. Este es vuestro problema. ¿Puede ser jamás libre una mente que esté aprendiendo, acumulando, acopiando? Y si la mente nunca es libre, ¿cómo puede averiguar, descubrir? Y ciertamente que es esencial descubrir; porque averiguar, descubrir, es el potencial creativo en el hombre. Por consiguiente la mente debe estar libre de toda autoridad ‑la ponzoñosa autoridad de lo que se llama religión y de los líderes religiosos- porque sólo entonces es capaz de descubrir lo que es verdad, lo que es Dios, lo que es bienaventuranza.

Señores, si realmente estáis prestando atención a lo que se está diciendo, y no lo estáis comparando con lo que habéis aprendido, o preocupándoos sobre la forma en que afectará a vuestros compromisos, vuestros intereses creados, a vuestra posición en la sociedad, y todo lo demás de esa estúpida tontería, veréis que hay libertad y descubrimiento inmediatamente.

El aprender no acercará la verdad a nosotros. Sólo la mente que ha emprendido un viaje de perpetuo descubrimiento, la que ya no está acumulando, la que está muerta para todo lo que acumuló ayer, y que es por eso nueva, inocente, libre, sólo una mente así puede descubrir lo que es la verdad y producir una revolución en este mundo. Tan sólo una mente así es capaz de amor y compasión ‑no la mente que está practicando el amor y la compasión, cultivando la virtud de acuerdo a una norma, todo lo cual es autointerés.

Siento que sea tarde para contestar a otra pregunta.

Si comprendemos lo que es prestar atención, entonces acaso se realice esta honda revolución a pesar de nosotros mismos. Si cada uno de nosotros puede estar puramente atento, sin querer producir un resultado o transformarnos, entonces veremos que la mente no es cosa del tiempo. El tiempo aparece solamente cuando hay comparación; y la mente que esté comparando no está atenta. ¿Habéis observado alguna vez lo difícil que es contemplar algo, simplemente observar una cualidad, una persona, una idea, un sentimiento, sin ninguna sensación de negar, condenarlos o justificarlos? Cuando la mente es capaz de observar así, encontraréis que la reacción no tiene sentido alguno, y en ese estado de plena atención puede borrarse todo el contenido de la conciencia.

Al fin y al cabo, la totalidad de nuestra conciencia es el resultado de muchas influencias: la influencia del clima, la dieta, de la educación, de la raza y la religión; de lo que leemos, de la sociedad, y la influencia de nuestras propias intenciones y deseos. Espero me estéis escuchando con atención y no sólo con la memoria, y que estéis realmente vivenciando el hecho de que vuestra conciencia es el resultado de muchas influencias. Estas influencias son de hechura humana. Y ¿puede la conciencia condicionada por ellas encontrar algo más allá de sí misma, por mucho que pueda intentarlo? Es evidente que no. Solamente puede proyectar su propio estado en una forma diferente. Así, la conciencia está condicionada, y cualquier cosa que surja de esa conciencia no podrá jamás ser libre; y, sin embargo, es sólo la mente libre la que puede descubrir.

Ahora bien, cuando os dais cuenta de que el proceso del pensar, a cualquier nivel, por muy profundo o superficial que sea, está condicionado, comprendéis que el pensar no es el factor liberador; pero tenéis que pensar muy claramente para ver la limitación del pensar. Todo pensamiento que surja de la mente condicionada sigue estando condicionado. Cuando la mente condicionada piensa sobre Dios, su Dios es ella misma. Si la mente se da completa cuenta de esto y le presta plena atención, entonces veréis que hay libertad; entonces la mente ya no es el juguete de la sociedad, ya no está compuesta por el hombre, y solo entonces puede vivenciar algo que está más allá de sí misma.

11 de enero de 1956

V. 2ª CONFERENCIA EN MADRÁS

SI observa uno los acontecimientos de cada día, creo que es bastante aparente que, en el intento mismo de resolver los muchos problemas que nos asedian, no hacemos más que provocar nuevos problemas; y me parece que mientras no comprendamos los procesos del pensamiento y no seamos capaces, por lo tanto, de depurar la mente, nuestros problemas inevitablemente aumentarán y se multiplicarán. Aunque cada uno lo exprese en forma diferente, toda persona inteligente se da cuenta de que la mente debe ser depurada; y, para decirlo muy sencillamente, esto implica que, hasta que el instrumento con el cual actúa el hombre ‑que es la mente- sea claro, desapasionado, libre del ‘yo’ con sus innumerables prejuicios y temores, tanto conscientes como inconscientes, hasta que la mente sea purificada de todo eso, nuestros problemas aumentarán. Todos nosotros sabemos esto, y toda religión de algún valor lo afirma de diferentes maneras; sin embargo, ¿por qué es que nunca parecemos capaces de depurar nuestras mentes? ¿Es que no hay bastantes sistemas, o que aun no ha sido inventado y aplicado el verdadero? ¿O es que ningún método o sistema puede jamás traer esta purificación? Por cierto, todos los sistemas y métodos engendran tradición la cual trae mediocridad de mente; y una mente mediocre, al enfrentarse con un gran problema, traducirá inevitablemente ese problema en términos de su propio condicionamiento.

Es decir, para acometer cualquier cuestión principal en los asuntos humanos, vemos la necesidad de una mente que sea clara, que esté depurada de todos sus prejuicios, y, para depurar la mente, decimos que debemos tener un sistema, un método, una práctica; pero si uno está bien alerta, ve que en el mismo hecho de practicar un sistema, la mente queda atrapada en este, y por lo tanto no está libre, no esta depurada, no está purificada. Estando aprisionada en un sistema, la mente traduce o responde al reto de acuerdo a este condicionamiento. También esto es bastante evidente, si indagáis en ello.

Tenemos muchos problemas en todos los niveles de nuestra existencia, y, para responder a estos problemas, la mente ha de ser sana, ávida, alerta. Para producir esa mente clara, sana, inocente, decimos que es necesaria la práctica de un sistema; pero vemos que, en la práctica misma de un sistema, la mente se deforma, se limita, se retuerce. Está pues muy claro que los sistemas no liberan la mente, y creo que este hecho debe ser plenamente comprendido antes de que podamos seguir indagando más.

La mayoría de nosotros cree que un método, un sistema, una práctica, va a liberar la mente, o que la ayudará a pensar con claridad. Pero, ¿ayuda a la mente un sistema, de cualquier clase que sea, a pensar muy claramente, sin parcialidad, sin el centro del ‘yo’, del ‘ego’? ¿No estimula al ‘mí mismo’ la práctica de un sistema? Aunque se espera que el sistema os ayude a libraros del yo, del mí, del ego, o como llame uno a esa actividad egocéntrica de la mente ¿no acentúa la práctica misma de un sistema el egocentrismo, aunque sea a lo largo de una línea diferente?

Así, pues, nunca podrá la mente hacerse libre por medio de un sistema. Sin embargo, la mayor parte de las mentes están atrapadas en un sistema, que es el camino de la tradición, y que invariablemente engendra mediocridad. Esto es lo que nos ha ocurrido a casi todos nosotros, ¿no es así? Al funcionar en los hábitos, en la tradición, antigua o moderna, a la que llamamos conocimiento, la mente se enfrenta con un problema inmenso, un problema que está siempre cambiando. Sea personal o impersonal, colectivo o individual, ningún problema es estático. Pero la mente es estática, porque está presa en un carril de tradición, de costumbres, está habituada a cierta manera de pensar; hay, pues, siempre una contradicción entre la condición estática de la mente y el problema que esta siempre cambiando, moviéndose. Una mente así es incapaz de hacer frente al problema y resolverlo ‑lo cual creo que es bastante claro.

Después de todo, vosotros, hacéis frente a los problemas como hindúes, es decir, con la tradición de la cultura hindú, lo mismo que el católico o el comunista encara cualquier cuestión de acuerdo con su particular condicionamiento. No obstante, la mayoría de nosotros reconocemos que la mente debe ser depurada, purificada, para hacer frente a la vida, para encontrar a Dios, a la verdad, o lo que queráis.

Ahora bien, deseando hacer frente a ese reto, descubrir esa cosa nueva, decimos que la mente ha de ser purificada por la práctica de un sistema; y, sin embargo, cuando lo contemplamos con mucha atención, vemos que un sistema paraliza la mente, no la libera. ¿Qué va uno, pues, a hacer? Este es un problema con el cual todos nos enfrentamos, ¿verdad? El reto, que es el mundo tal como es hoy, es totalmente nuevo, con nuevas demandas, y es imposible que respondamos a lo nuevo con las tradiciones en decadencia, las ideas, los recuerdos y el conocimiento de lo viejo. Ve uno que en la práctica misma de un método, la mente está paralizada; que en el proceso mismo de cultivar la virtud se refuerza el ego. Tiene que haber virtud, porque la virtud trae orden; pero la virtud que se cultiva, que se practica día tras día, deja de ser virtud. Viendo esto ¿qué va a hacer la mente?

Puede uno ver muy bien que para encararse con el reto, para hacer frente a este mundo extraordinario, con sus múltiples pesares, con sus enormes contradicciones y frustraciones, la mente debe volverse nueva, sana, pura, inocente; y ;cómo se va a producir este estado mental? ¿Puede hacerlo el tiempo? Es decir, persiguiendo el ideal de la pureza, de la inocencia, de la claridad, ¿puede la mente que es torpe, estúpida, mediocre, lograr aquel otro estado a través del tiempo? ¿Puede transformarse lo que es en lo que debería ser, mediante la persecución del ideal? Cuando la mente dice: ‘Aquí estoy, y hará falta tiempo para alcanzar el estado ideal, que está allí’ ¿qué ha hecho la mente? Ha inventado el ideal aparte del hecho real, y entonces el tiempo es necesario para salvar la distancia entre ambos; al menos, eso es lo que decimos. Tenemos pues cómodas teorías sobre lo inevitable del tiempo: evolución, desarrollo a través del crecimiento, etc. Pero, si observáis muy atentamente la idea de que el tiempo es un medio para lograr el ideal, encontraréis que proviene de una actitud sumamente perezosa y sutil, de aplazamiento.

Desde la infancia se nos cría en este concepto del ideal, el ejemplo, la perfección última, para cuya realización decimos que el tiempo es necesario. Pero, ¿disolverá el tiempo la egocéntrica actividad del ‘yo’, del ego, que es la causa de todo el mal, de todo el sufrimiento? El tiempo implica práctica, progreso hacia algo que debería ser; pero ese algo es la proyección de una mente presa en su propia desgracia, en su propio condicionamiento. Así que el ideal, lo que debería ser, es el resultado de una mente condicionada, es la proyección de una mente que está triste, que es ignorante, que está llena de actividad egocéntrica; por lo tanto, el ideal contiene la semilla del presente; y, si lo miráis con mucho cuidado, si lo consideráis profundamente, veréis que el tiempo no trae la depuración del ‘yo’. Entonces, ¿qué tiene que hacer la mente?

¿Comprendéis? Ningún sistema resolverá este problema. Aunque practicaseis un sistema durante mil años, el ego subsistiría, porque la práctica misma de un sistema refuerza el ‘yo’. Ni tampoco resolverá el ideal jamás este problema, porque el ideal exige tiempo en el cual progresar desde lo que es, que es el hecho, hacia lo que debería ser; y esta persecución de lo que debería ser interfiere con la comprensión de lo que es. Lo que es sólo puede ser comprendido cuando la mente esté completamente libre del ideal, de la idea de progreso a través del tiempo. Y, sin embargo, estos son los dos únicos medios que tenéis, ¿no es verdad? Utilizáis el ideal como palanca para libraros de lo que es, o practicáis un sistema, el cual inevitablemente engendra mediocridad; y a la mente mediocre no le es posible responder a un reto que es extraordinariamente dinámico, que reclama vuestra completa atención. ¿Qué tiene, pues, que hacer la mente?

No sé sí habéis pensado siquiera en este asunto. Tenemos problemas en todos los niveles de nuestra existencia, económicos, sociales, emocionales, intelectuales, y siempre hemos abordado estos problemas desde un punto de vista tradicional o idealista. Hacemos frente a los hechos con teorías; y puede uno ver muy bien que una mente presa en formulaciones, en conclusiones, que elabora una teoría sobre un hecho, no es posible que pueda comprender él hecho. Siempre hay conflicto entre el hecho y la teoría; y nuestra meditación, nuestro sacrificio, nuestra práctica, que es el cultivo de la virtud, jamás pueden resolver el problema, porque cultivar la virtud es fortalecer el ‘yo’. El ‘yo’ se vuelve responsable, eso es todo. Al ver esto, ¿qué tiene que hacer la mente?

Acaso debemos experimentar con algo esta noche. Hasta ahora, habéis seguido lo que he dicho, que es bastante claro, y no creo que estéis en desacuerdo. No hay nada que aceptar ni rechazar, porque éstos son hechos. Si estáis en desacuerdo, estaréis meramente negando un hecho; y, por mucho que negareis un hecho, el hecho existe. La dificultad es que la mayor parte de nosotros está presa en la tradición ‑tradición como conocimiento heredado o adquirido, como experiencia- y con una mente así abordamos un hecho, negándolo o traduciéndolo de acuerdo con nuestro condicionamiento. Esto es lo que de hecho está pasando dentro de cada uno de nosotros, en diferentes niveles y con distintos grados de intensidad.

Como decís, ¿podemos intentar algo esta noche, que es escuchar, no con la memoria ni con la tradición, ni con la intención de obtener algo por el hecho de escuchar, sino con atención completa? Si es uno capaz de escuchar de esta manera, hay transformación inmediata ­‑no importa que sea por un tiempo largo o corto. La duración no es importante; lo importante es la capacidad para escuchar con atención completa. Si la mente puede quitar todas las tradiciones, las opiniones, las evaluaciones, las comparaciones, y tan sólo escuchar lo que se está diciendo, encontraréis que, partiendo de esa atención completa, seréis capaces de abordar cualquier problema; porque en esa atención no hay problema alguno. El problema es creado por la falta de atención. La atención es lo bueno, pero lo bueno no puede ser cultivado por la mente ‑la mente que está condicionada por la tradición, por el ambiente, por toda clase de influencias. Lo que importa es tener la capacidad de atender sin interpretar ni evaluar; pero no podéis practicar esta atención. Si lo hacéis, la volvéis a reducir a la mediocridad, se convierte en mera tradición. Pero si la mente puede encarar el problema con atención completa, entonces hallaréis que el problema ha cesado, porque en tal caso la mente es una entidad totalmente diferente. Ya no es más el producto del tiempo; y una mente así es capaz de recibir aquello que es eterno.

La dificultad que tenemos la mayoría de nosotros es que nunca damos atención completa a nada, ni aun cuando estamos interesados. Cuando estamos interesados en algo, ello nos absorbe, como el juguete absorbe al niño; y la absorción no es atención. Pero si podéis escuchar completamente, sin interpretación, sin comparación, sin evaluación, lo cual es prestar toda vuestra atención, entonces se trasciende toda tradición, y la mente queda extraordinariamente clara, inocente, pura; y una mente así es capaz de resolver los problemas de la vida.

Pregunta: Gandhiji recurrió al ayuno como medio para cambiar el corazón de otros. Su ejemplo lo están siguiendo algunos líderes en la Indio, que consideran el ayuno como medio de purificarse y de purificar a la sociedad que los rodea. ¿Puede ser purificador el sufrimiento autoinvitado? Y ¿existe la purificación vicaria?

Krishnamurti: Sin aceptar ni negar nada, investiguemos la cuestión. Se dice que el sufrimiento es necesario como medio para purificar la mente. Filosofías y religiones enteras se edifican sobre esta idea de que alguien sufre por vos y os purifica. ¿Puede hacerse eso? ¿Y qué entendemos por sufrimiento? Hay el sufrimiento causado por la inanición, por el decaimiento, la enfermedad, el deterioro físico. Una sociedad basada en la adquisividad y en la envidia debe crear inevitablemente sufrimiento físico: los que tienen y los que no tienen. Todo esto es muy claro. Luego tenemos el sufrimiento psicológico. Si os amo y vos no me amáis, sufro. Si soy ambicioso, si quiero alcanzar plenitud ocupando una posición prominente, y ocurre algo que me lo impide, me siento frustrado v sufro. Decimos que el sufrimiento es un proceso inevitable, y lo aceptamos; nunca lo ponemos en duda, nunca preguntamos si es necesario sufrir psicológicamente.

Y ¿puedo yo sufrir por el bien de otro? ¿Puedo cambiar la sociedad por medio de mi ejemplo? Cuando hay un ejemplo, ¿qué ocurre? Se establece la autoridad; el seguimiento de la autoridad engendra el temor; y el temor origina la mediocridad de una mente superficial. Se nos educa en esta idea de que el ejemplo, el héroe, el santo, el líder, el gurú, es necesario; así nos convertimos en seguidores sin iniciativa alguna, discos de gramófono que repiten la misma vieja norma. Cuando nos limitamos a seguir, perdemos todo el sentido de la individualidad, la plenitud de comprensión como individuos, y evidentemente eso no resuelve nuestros problemas.

Además, si habéis de ayunar, ¿por qué tenéis que hacerlo en público? ¿Por qué este pregonar, este ruido, esta publicidad, este batir el tambor? Es porque queréis impresionar a la gente, y la gente se impresiona fácilmente. Y luego, ¿qué? ¿han cambiado ellos? Al ayunar, ¿es vuestra intención impresionar a la gente, o descubrir el estado de vuestra propia mente? Si tratáis de impresionar a la gente, entonces ello tiene muy poco sentido; es sólo político, y ahí está la explotación.

Más si vuestra intención es conseguir autopurificación y comprensión, ¿es entonces necesario el ayuno? Lo necesario es una agudeza, una claridad mental, no en ciertos períodos del año, sino en todo momento, lo cual es ser plenamente perceptivo en vuestras relaciones; y es ese darse cuenta el que os revela lo que sois. Un estómago pesado evidentemente hace que la mente quede embotada; pero una mente embotada es también la que practica un sistema con el fin de ser clara. Es obvio que la mente se embota por la práctica de la virtud; y sin embargo creemos que el sufrimiento, el ayuno, los ejemplos, son necesarios para producir un cambio en la sociedad. Seguramente, el ejemplo engendra autoridad, por noble, estúpido o histórico que pueda ser; y cuando existe la tiranía del ejemplo, la mente tan sólo se ajusta a un modelo. El modelo puede ser amplio o estrecho, pero sigue siendo un modelo, un marco, y la mente que sigue un modelo es inevitablemente muy superficial.

Es obvio que la conformidad es una maldición. ¿Puede ser libre la mente por medio de la conformidad? ¿Tiene que volverse servil la mente para ser libre, o debe existir la libertad desde el principio mismo? La libertad no es una cosa que deba ganarse como recompensa al fin de la vida; no es la meta de la vida, porque una mente que sea incapaz de ser libre ahora no puede descubrir nunca lo que es verdadero.

La sociedad no cambia por el ejemplo. La sociedad puede reformarse, puede producir ciertos cambios por medio de la revolución política o económica, pero sólo el hombre religioso puede crear una transformación fundamental en la sociedad; y el hombre religioso no es aquél que practica el ayuno como ejemplo para impresionar la sociedad. El hombre religioso no se interesa nada por la sociedad, porque ésta se basa en la adquisividad, la envidia, la codicia, la ambición, el miedo. Esto es, la mera reforma del modelo de la sociedad, cambia solo la superficie, produce una forma más respetable de ambición. Por el contrario, el hombre verdaderamente religioso está totalmente fuera de la sociedad porque no es ambicioso, no tiene envidia, no sigue ningún rito, dogma ni creencia; y es sólo un hombre así el que puede transformar fundamentalmente la sociedad, no el reformador. El hombre que se pone a dar ejemplo no hace más que engendrar conflicto, reforzar el temor y producir diversas formas de tiranía.

Es muy extraño cómo adoramos los ejemplos, los ídolos. No queremos lo que es puro, verdadero en sí mismo; queremos intérpretes, ejemplos, maestros, gurús, como medio a través del cual alcanzar algo, todo lo cual es puro disparate, y se utiliza para explorar a la gente. Si cada uno de nosotros pudiera pensar claramente desde el principio mismo, o nos pudiéramos reeducar para pensar claramente, entonces todos estos ejemplos, maestros, gurús, sistemas, serían absolutamente innecesarios, como lo son de todos modos.

Como veis, el mundo es, desgraciadamente, demasiado para la mayoría de nosotros; nuestras circunstancias pesan demasiado; nuestras familias, nuestro país, nuestros líderes, nuestros puestos de trabajo, nos atan, nos sujetan al engranaje, y esperamos vagamente encontrar de alguna manera felicidad. Pero esta felicidad no viene vagamente, no viene si estáis sujetos por la sociedad, si sois esclavos del ambiente; viene sólo cuando hay libertad de la mente, que no es libertad de pensamiento. El pensamiento nunca es libre; pero la mente puede serlo, y esa libertad viene, no mediante la penetración en las muchas capas de lo inconsciente, analizando el recuerdo de incidentes y experiencias, sino tan sólo cuando hay completa atención. En el proceso de autoanálisis siempre tiene que estar el analizador; pero el analizador es parte de lo analizado, como el pensador es parte del pensamiento; y, si no comprendéis la cuestión central, no haréis más que aumentar los problemas y producir más desdicha.

No puede hacerse que la mente sea clara, pura, inocente, por ningún método, por ninguna disciplina, por la práctica de ninguna virtud. La virtud es esencial, pero una virtud cultivada no es virtud. Es obvio que hay que comprender el sufrimiento. Mientras exista el ‘yo’, el ‘mí’, el ‘ego’, tiene que haber sufrimiento. El hombre elude ese sufrimiento, pero en la misma acción de eludirlo fortalece el ego; y todas sus actividades sociales, sus reformas, sólo crean más pena. También esto es evidente, con sólo que seáis reflexivos.

Tiene, pues, que haber una acción enteramente desligada de la sociedad, una manera de pensar que no esté contaminada por la sociedad, y sólo entonces existe la posibilidad de verdadera revolución, que no es esa revolución superficial sólo en un nivel, económico, social o cualquier otro. Una revolución total ha de tener lugar en el hombre mismo, y sólo una mente así es la que puede resolver los crecientes problemas de la sociedad.

Ahora bien, habéis escuchado todo esto, ya sea de acuerdo o en desacuerdo; pero, como dije, no hay nada con lo cual estar conforme o disconforme. Estos son hechos, y, conociendo estos hechos, ¿qué vais a hacer? Por cierto, es muy importante descubrir esto. ¿Volveréis a la sociedad de la cual sois prisioneros, o habéis escuchado con atención completa? Si escucháis con completa atención, entonces esa atención misma trae su propia acción, vosotros no tenéis que hacer nada. Es como el amor amad y ello actuará; pero sin amor, aunque hagáis lo que queráis (practicar, disciplinar, reformar) el corazón nunca puede ser puro. Y eso es lo que está ocurriendo en el mundo. Tenemos ejemplos, disciplinas, maravillosas técnicas, pero nuestros corazones están vacíos, porque se han llenado con las cosas de la mente; y cuando tenemos los corazones vacíos, nuestras soluciones para los muchos problemas son también vacías. Sólo la mente que es capaz de atención completa sabe amar, porque esa atención es la ausencia del ‘yo’.

15 de enero de 1956

VI. 3ª CONFERENCIA EN MADRÁS

UNO de nuestros grandes problemas, a mi juicio, es ‘qué hacer, qué clase de acción debe emprenderse en esta civilización que es tan confusa, tan contradictoria, tan exigente. A la mayoría se nos educa para una cosa, pero en realidad queremos hacer alguna otra. Los gobiernos desean soldados y burócratas eficientes, y los padres desean que sus hijos se ajusten a la sociedad y se ganen la vida. Y esa es poco más o menos la norma seguida en todo el mundo. La ocupación del individuo está determinada en gran medida por su educación y por las demandas de la sociedad que lo rodea.

Si me permitís, voy a discutir esta tarde un problema bastante complicado, y, si tenéis la bondad de prestar un poco de atención, creo que descubriréis que surge una acción que no es cultivada ni modelada por una determinada cultura; y esa acción puede ser la solución para el complicado problema de nuestra existencia.

Naturalmente, todos estamos ocupados con la acción, con ‘qué hacer’, y el ‘qué hacer’ es generalmente dictado por el mundo que nos rodea. Es decir, sabemos que tenemos que ganarnos la vida mediante alguna capacitación, como ingenieros, hombres de ciencia, abogados, empleados o lo que queráis; y nuestra cultura superficial, nuestra educación se limita a eso. Nuestras mentes están ocupadas la mayor parte del día en cómo ganarnos la vida, cómo adaptarnos a las normas de una determinada sociedad. Lo que llamamos nuestra educación se limita al cultivo de capacidades y a la memorización de una serie de hechos que nos ayudarán a pasar algún examen y obtener un determinado empleo; nuestra acción se establece pues a ese nivel, se ajusta de acuerdo con las necesidades de una particular sociedad, una sociedad que se está preparando para la guerra. La industrialización reclama más hombres de ciencia, más físicos, más ingenieros, de modo que se cultiva esta capa particular de la mente; y esto es lo que principalmente interesa a la sociedad.

De hecho, si lo examináis, eso es lo que nos interesa a la mayoría: adaptarnos a las exigencias de la sociedad. Hay pues una contradicción en nuestra vida entre la llamada capa educada de la mente y la ocupación profunda, inconsciente, una contradicción de la cual muy pocos de nosotros nos damos cuenta; y si nos damos cuenta efectivamente de esta contradicción, sólo buscamos alguna clase de satisfacción, alguna especie de fácil solución para la desgracia de tener que ganarnos la vida con una determinada profesión, mientras que interiormente queremos ser o hacer alguna otra cosa. Esto es lo que de hecho ocurre en nuestra vida, nos demos cuenta de ello o no. Cualquier acción nacida de la capa superficial, educada, de la mente, como es obvio, es una acción incompleta, y tal acción parcial está siempre en contradicción con la acción total del hombre. Creo que esto está bastante claro.

Es decir, a uno se le educa como empleado de oficina, como abogado, o para cualquier otra profesión, y a la sociedad le interesa sólo eso. El gobierno y la industria reclaman científicos, físicos, ingenieros, para prepararse para la guerra, para aumentar la producción, etc. Se le educa a uno, pues, para una profesión, pero la totalidad del propio ser no se descubre, no se revela, y por esto, el hombre siempre está en conflicto en su interior. Creo que esto es muy claro si observamos las actividades sociales y políticas y los afanes religiosos del hombre. La mayoría de nosotros hacemos en la vida diaria algo que contradice todo lo que sentimos que deseamos realmente hacer. Tenemos responsabilidades que nos atan y de las cuales queremos escapar, y la huida toma la forma de especulación, teorías sobre Dios, ritos religiosos, etc. Hay innumerables formas de escapar, entre ellas la bebida, pero ninguna resuelve este conflicto interior. ¿Qué va uno pues a hacer?

No sé si alguna vez os habéis planteado esa cuestión. Cualquier acción nacida de esta íntima contradicción tiene que crear más males, más desdicha. Esto es lo que están haciendo los políticos en el mundo. Por sabio que sea un político, inevitablemente tiene que crear daño, a menos que comprenda la ocupación total de la mente y produzca una acción surgida de la comprensión de esa totalidad. Y esto es lo que quiero discutir; si puede surgir una acción que no sea la resultante de la mera influencia y motivo.

Seguid un poco esto, os lo ruego. La acción nacida de la influencia es restringida. Nuestras mentes son el resultado de innumerables y contradictorias influencias, y cualquier acción nacida de ese estado contradictorio tiene que ser también contradictoria; y una cultura, una sociedad que se base en esta contradicción tiene que crear interminables conflictos y desdichas. También esto es bastante evidente, es un hecho histórico, os guste o no. Podemos ver que mientras la mente está ocupada en la superficie con el vivir cotidiano, bajo ello hay innumerables motivos de satisfacción, de codicia, de envidia, las compulsiones de la pasión, el miedo, etc., que ocupan también la mente aunque no se dé uno cuenta de ello. Y ¿puede la mente penetrar aun más bajo?

Para decirlo de otra manera: ¿con qué está la mente ocupada? Por favor, no la mía, sino la vuestra. ¿Sabéis en qué se ocupa vuestra mente? Es evidente que está ocupada durante el día, cuando estáis atareados en la oficina, con la rutina de nuestro trabajo. Debajo de esa ocupación superficial de la mente, transcurre otra clase de ocupación, que puede ser autoprotección, seguridad, ambición, etc., y que generalmente está en contradicción con la otra ocupación.

Para que esta plática valga la pena y sea significativa, ¿puedo sugerir que escuchéis para observar y descubrir de qué manera está ocupada vuestra propia mente? Quiero penetrar en el problema de la ocupación, porque me parece que si podemos entender todo este asunto de la ocupación de la mente, de esa comprensión surgirá una acción que es la verdadera, una acción que no nace de la voluntad, de la disciplina, y que por lo tanto no es contradictoria. ¿Me explico claramente?

Es decir, a menos que comprendáis la totalidad de vuestra ocupación; no puede haber una acción integrada. Vuestra mente está superficialmente ocupada durante el día con las tareas de vuestro empleo y actividades semejantes; pero está también ocupada en otros niveles, en otras direcciones. Hay, pues, una contradicción entre estas dos capas de la mente, y nosotros tratamos de superar la contradicción por medio de la disciplina, de la conformidad, por medio de diversas formas de ajuste basadas en el miedo; por lo tanto, la acción sigue siendo siempre contradictoria, que es lo que nos pasa a todos. Qué va uno a hacer no es el problema en modo alguno, porque cuando preguntáis qué hacer, la respuesta inevitablemente estará de acuerdo con las capas de vuestra ocupación, y sólo creará más contradicción.

Ahora bien, ¿con qué está ocupada vuestra mente? Os ruego sigáis esto. ¿Sabéis en qué se ocupa vuestra mente cada día? Sabéis muy bien que está ocupada con las actividades cotidianas. Por debajo de eso, ¿en qué otra cosa se ocupa? ¿Os dais cuenta de esa ocupación más profunda? Si es así, entonces veréis que está en contradicción con las tareas diarias; y la mente, o se las arregla de algún modo para conformarse, para ajustarse a las tareas diarias, o bien la contradicción es tan completa que hay un conflicto perpetuo, que conduce a toda clase de enfermedades.

Ahora, señores, ¿de dónde debe partir la acción? Quiero hacer cosas en el mundo, tengo que ganarme la vida y tengo que trabajar duro; o quiero pintar, escribir, pensar o ser un hombre religioso. Quiero trabajar de alguna manera y debe haber acción. ¿De qué fuente, de qué centro, ha de brotar esta acción? Ese es el problema. Veo que la acción que surge de cualquier nivel de ocupación tiene que crear contradicción, desdicha. No hay diferencia entre la acción de un ama de casa, la acción de un abogado y la acción de una mente que está buscando a Dios. En lo social pueden ser diferentes, pero en realidad no hay diferencia, porque el ama de casa, el abogado y el hombre que va en busca de Dios están todos ocupados. Socialmente una ocupación puede ser mejor que otra, pero en lo fundamental toda ocupación es más o menos lo mismo. No hay una ocupación que sea ‘mejor’.

Así pues, ¿de dónde debe arrancar la acción? ¿Partiendo de qué centro la acción no será contradictoria y no conducirá al mal, a la desdicha y la corrupción? ¿Puede haber acción que parta de una fuente verdadera y que no sea la acción de la ocupación? ¿Explico claramente mi punto de vista? Probablemente, no. Como dije, es un problema muy complejo, y espero que no lo esté volviendo demasiado complicado.

Permitidme presentar la cuestión de distinta manera. Tenéis las mentes ocupadas, ¿no es así? Esto es bastante evidente. Ahora bien, ¿por qué está la mente ocupada? Y ¿qué pasaría si la mente no estuviera ocupada? ¿Qué le ocurriría a una mujer si no estuviera ocupada en la cocina; o a un hombre si no estuviese ocupado con el negocio? ¿Qué os ocurriría si vuestra mente no estuviera ocupada en estas cosas? La respuesta inmediata es decir en qué estaría uno ocupado si no fuera en sus actuales actividades, lo cual indica el deseo de ocupación. Una mente que no está ocupada se siente perdida, y así la mente está siempre buscando ocupación. Su ocupación es invariablemente contradictoria, lo cual crea daño; y, después de crear el daño, nos interesamos en la manera de eliminarlo; nunca nos interesamos en la ocupación de la mente. Mas, si podemos comprender la ocupación de la mente en distintos niveles, descubriremos entonces la acción que viene cuando la mente no está ocupada, acción que no crea daño o mal.

¿Habéis tratado alguna vez de descubrir por qué está ocupada la mente? Intentadlo ahora, señores, aunque sólo sea por divertiros con ello. Pero antes habéis de daros cuenta de que vuestra mente está ocupada, lo cual es evidente. Estáis ocupados con vuestro negocio, con vuestro ascenso o fracaso, con la forma en que vuestra esposa riñe con vos o vos reñís con ella, etc.; y existe la ocupación de un sannyasi, del llamado hombre religioso, que siempre está leyendo, musitando palabras, canturreando, que es prisionero de la repetición de ritos, que se atarea en disciplinarse, que se conforma al modelo de un ideal. Todo eso es ocupación.

Todos estamos ocupados, ¿no es verdad? ¿Por qué? ¿Por qué está ocupada la mente? ¿Es la naturaleza de la mente estar ocupada? Si está en la naturaleza de la mente el estar ocupada con lo elevado o con lo bajo, que son relativos, entonces una mente así nunca podrá encontrar la acción verdadera. La mente puede observar, atender, descubrir, no cuando está constantemente atareada, sino sólo cuando es capaz de no estar ocupada. Mientras la mente esté ocupada, toda acción nacida de esa ocupación tiene que ser restrictiva. Imitadora, y causante de confusión. Probadlo y veréis cuán extraordinariamente sutil y difícil es tener una mente que no esté perpetuamente llena. Sin embargo tenéis que llegar a este punto si existe el apremio por descubrir lo que es la verdadera acción en este mundo de locura, confusión y sufrimiento.

Nuestro problema es, entonces, de qué fuente, de qué centro tiene que surgir la acción si no ha de ser contradictoria y causante de confusión. El reformador social no hace esta pregunta, porque quiere actuar, reformar, y en el mismo proceso de la reforma él está creando el mal. Todos los políticos y jefes religiosos están haciendo esto. Jamás ha resuelto nuestros problemas ninguna cantidad de lectura de las escrituras, de conformismo, de ajuste a la sociedad; por el contrario, se multiplican nuestros problemas. Viendo todo esto, tenemos que comprender por que ha llegado a existir este confuso y doloroso estado. Ha surgido porque todos queremos acción inmediata; y la acción inmediata sólo puede encontrarse en las capas superficiales de nuestra conciencia, proviene de la ocupación, de la llamada mente educada.

Ahora bien, ¿existe una acción que no sea resultado del esfuerzo, que no sea acción de la voluntad? La acción de la voluntad es la del deseo; y el deseo, educado o no, restringido o libre, está limitado a los niveles contradictorios de la conciencia. ¿No habéis observado, señores, que cuando queréis hacer una cosa determinada existe inmediatamente una contradicción en forma de restrictivos temores, exigencias, ejemplos, un sentido de la disciplina que dice: ‘No hagáis eso’? Y así os veis atrapados en el conflicto. Todo a lo largo de nuestra vida nos vemos aprisionados de esta manera; desde la infancia hasta que morimos, existen esta perpetua contradicción y conformidad. Viendo esto, ¿puede la mente descubrir una acción que no sea contradictoria, que no sea mera conformidad, que no sea el producto de la influencia? Creo que esa es la cuestión fundamental, la acertada pregunta; y sólo puede uno hallar semejante acción cuando se da cuenta de la ocupación total de la mente y la comprende.

¿Sabéis qué es lo que ocupa vuestra mente? Id capa por capa, y descubriréis que no hay espacio en ninguna parte de la mente que no esté ocupado. Y cuando de hecho inquirís en lo inconsciente para descubrir qué es su ocupación, aun entonces tiene su propia ocupación la mente superficial que está examinando lo inconsciente. ¿Qué va uno pues a hacer? Quiere tino descubrir la ocupación total de la mente porque ve que, sin darse cuenta de la ocupación total de la mente, cualquier acción tiene que crear contradicción y, por lo tanto, mayor desdicha.

Y ¿qué es lo que ocupa a la mente, a vuestra mente? Y, si no estuviese ocupada, ¿qué ocurriría? ¿No os asustaría el descubrir que no tenéis ocupada en absoluto la mente? Habría, pues, un impulso inmediato a ocuparse en algo. Probadlo y descubriréis que nunca hay un momento en que la mente no esté ocupada, y aun si en un raro momento experimentáis que la mente no está ocupada, lo cual es un estado extraordinario, entonces, el cómo volver a ese estado o retenerlo, vuélvase vuestra nueva ocupación.

Por lo tanto, sugiero que la verdadera acción sólo puede venir cuando la mente ha comprendido la totalidad de su ocupación, tanto consciente corno inconsciente, y conoce el momento en que no está ocupada. Encontraréis que la única acción integrada es la que procede de esos momentos en que la mente no está ocupada. En tal caso, la mente no está contaminada por la sociedad, no es producto de innumerables influencias, no es hindú ni cristiana, comunista ni capitalista; por lo tanto, es en sí misma una totalidad de acción, de la cual no tenéis que ocuparos pensar sobre ella.

Ahora bien, si habéis tenido la bondad de escuchar atentamente todo esto, si no habéis estado dormidos sino que habéis escuchado con plena atención, entonces habréis experimentado inmediatamente el estado de no estar ocupados. Al hablar o escuchar, se da cuenta uno de los diversos niveles de ocupación y de lo contradictorios que e son; y, dándose cuenta de la naturaleza totalmente contradictoria de la conciencia, la mente descubre un estado en el cual no está ocupada. Esto produce un sentido de la acción totalmente diferente. Entonces no tenéis que hacer nada, porque la mente misma actuará.

Pregunta: En mi hay hondo descontento, y estoy en busca de algo que alivie este descontento. Maestros como Shankara y Ramanuja han recomendado rendirse a Dios. También recomendaron el cultivo de la virtud y el seguir el ejemplo de nuestros maestros. Parece que vos consideráis esto como fútil. ¿Queréis hacer el favor de explicar?

Krishnamurti: ¿Por qué estarnos descontentos y qué mal hay en el descontento? Evidentemente estamos descontentos porque, para decirlo muy sencillamente, queremos ser algo. Si soy un buen pintor, pinto para que se me conozca mejor; si escribo un poema, estoy insatisfecho, porque no es bastante bueno, de modo que lucho por mejorar. Si soy lo que se llama una persona religiosa, ahí también quiero ser algo. Sigo el ejemplo de los diversos santos y quiero tener una reputación tan buena como ellos. Desde la infancia se me ha dicho que tengo que ser tan bueno o mejor que ciertas personas. Se me ha educado en la comparación, en la competencia, en la ambición, de modo que toda mi vida está bajo la carga del descontento. Después de todo, el descontento es la envidia: y nuestra cultura religiosa y social se basa en la envidia. Se nos alienta para ser algo por la causa de Dios. Por una parte, se estimula el descontento, y por la otra tratamos de encontrar medios y modos de vencer ese descontento. Como estamos descontentos en lo económico y en lo social, nos volvemos hacia los ejemplos religiosos para encontrar satisfacción; meditamos, practicamos disciplinas, para no tener descontento y para estar en paz. Esto es lo que sucede con todos vosotros, y yo digo que es una tarea fútil, que no tiene sentido alguno. Seguir, imitar, tener autoridad en cuestiones religiosas, es malo, lo mismo que es malo tener tiranía en el gobierno, porque entonces el individuo se pierde por completo.

Actualmente no sois individuos, sois simplemente máquinas imitadoras, el producto de una cultura particular, de una educación determinada. Sois lo colectivo, no lo individual, cosa que también es bien obvia. Todos sois hindúes o cristianos, esto o aquello, con ciertos dogmas, creencias, lo que significa que sois el producto de la masa; por lo tanto no sois individuos. Tenéis que estar totalmente descontentos para descubrir; pero la sociedad no quiere que estéis descontentos, porque entonces seríais vitales, empezaríais a inquirir, a buscar, a descubrir, y por lo tanto seríais peligrosos.

Desgraciadamente, en la mayoría de vosotros el descontento se basa en la demanda de satisfacción, y en el momento en que estéis satisfechos, vuestro descontento se va. Entonces os marchitáis y decaéis ¿No habéis observado cómo pierden su descontento cuando logran un buen empleo las personas que estaban descontentas en su juventud? Dad al comunista un buen empleo y todo ha terminado. Lo mismo ocurre con las personas religiosas. No riáis, lo mismo os pasa a vosotros. Queréis encontrar al buen maestro, el gurú, la adecuada disciplina, lo cual es una jaula que os ahogará, os destruirá, y a ésta destrucción se la llama la búsqueda de la verdad. Esto es, queréis estar permanentemente satisfechos, de modo que no tengáis ninguna perturbación, ningún descontento, ninguna razón para inquirir. Esto es en realidad lo que ha pasado; y cuanto más antigua sea la cultura, más destructiva es, porque la tradición invariablemente genera mediocridad.

Vemos, pues, que el descontento, tal como lo conocemos ahora, es simplemente el deseo de hallar satisfacción permanente. Y, ¿existe eso de la satisfacción permanente, un permanente estado de paz? ¿O es que sólo hay un estado en que nada es permanente? Sólo puede descubrir lo que es verdad la mente que sea del todo impermanente, que esté totalmente incierta; porque la verdad no es estática. La verdad es siempre nueva, y sólo la puede comprender una mente que esté muriendo para toda acumulación, para toda experiencia, y que sea por lo tanto fresca, joven, inocente.

Ahora bien, ¿existe un descontento que no tenga objeto, que no tenga motivo? ¿Comprendéis? Una mente cuyo descontento tenga un motivo hallará una conclusión que la satisfaga y destruya su descontento; y una mente así decae, se marchita. Todo nuestro descontento se basa en un motivo, ¿no es así? Pero ahora estamos preguntando una cosa muy diferente. ¿Hay un descontento que no tenga motivo, que no sea el producto de una causa? ¿No es preciso que indaguéis sobre esto y descubráis? Ciertamente, un descontento así es necesario, o usemos una palabra distinta, no importa; llamémoslo un movimiento que no tiene causa ni motivo. Pienso que tal movimiento existe, y no se trata de mera especulación, ni de una esperanza. Cuando la mente comprende el descontento que tiene un motivo, el descontento que nace de la demanda de satisfacción, de permanencia ‑cuando se ve realmente la verdad de ese descontento- entonces el otro es. Pero el otro no puede ser comprendido ni vivenciado si hay descontento que tenga un motivo, y actualmente todo nuestro descontento tiene un motivo; no puedo conseguir lo que quiero, mi esposa no me ama, no soy bueno tal como soy, de modo que tengo que ser diferente, etc. Existe esta interminable multiplicación de causa y efecto, de la cual proviene lo que llamamos descontento.

Ahora, si la mente se da cuenta de todo ese proceso y lo comprende totalmente, ve su verdad. Entonces hallaréis que existe un movimiento que carece en absoluto de motivo. Es un movimiento, una acción, no es cosa estática, y puede llamárselo Dios, verdad, o como queráis. En ese movimiento hay enorme belleza, y ese movimiento puede ser llamado amor; porque, después de todo, el amor es sin motivo. Si os amo y quiero algo de vos, ello no es amor ‑aunque lo llame así- porque hay un motivo tras de ello. La actividad social o religiosa basada en un motivo, aunque se la llame servicio, no tiene nada de servicio; es autorrealización del yo.

¿Puede uno, pues, descubrir lo que es amar sin motivo? Tiene que descubrirse, no puede practicarse. Si decís ‘¿Cómo voy a conseguir ese amor?’, estaréis haciendo una pregunta que carece de sentido, porque al querer conseguirlo ya tenéis un motivo. Cuando utilizáis un método para lograr ese amor, el método sólo fortalece el motivo’ que es vuestro ‘yo’. Entonces, vos sois importante, no el amor.

Si queréis penetrar en esto muy profundamente ‑cosa que es un trabajo bastante arduo, y que en sí mismo es meditación- creo que encontraréis que hay un movimiento sin motivo, un movimiento que no tiene causa; y es un movimiento así lo que trae paz al mundo, y no vuestro movimiento de descontento, con una causa. El hombre en quien existe este movimiento sin una causa, es un hombre religioso; es un hombre que ama; por consiguiente puede hacer lo que quiere. Pero el político, el reformista social, el hombre que cultiva la virtud para ser feliz o para conocer a Dios, y cuyos esfuerzos son el resultado de un motivo, a cualquier nivel, las actividades de un hombre así sólo engendran odio, antagonismo y desgracia.

Por eso, es muy importante para cada uno de nosotros encontrar por nosotros mismos, y no seguir a Shankara, Ramanuja, Buda o Cristo. Para encontrar por nosotros mismos, para descubrir algo, tenemos que ser libres; y no somos libres si nos limitamos a citar a Shankara o alguna otra autoridad. Si seguimos, nunca hallaremos. La libertad está pues al principio, no al fin. La liberación existe ahora, no en el futuro. Liberación significa estar libres de autoridad, de ambición, de codicia, de envidia y de esta sofocación del descontento real por el descontento que tiene un motivo y que reclama un fin.

Es esencial, para que tenga lugar una revolución, que no ocurra dentro del molde de la sociedad, sino dentro de cada uno de nosotros, de modo que nos convirtamos en individuos totales, y no en pequeños Shankaras, pequeños Budas, pequeños Cristos. Tenemos que emprender el viaje por nosotros mismos, completamente solos, sin apoyo, sin influencia, sin ser alentados ni desanimados; porque así no hay ningún motivo. El viaje mismo es el motivo, y sólo los que emprenden ese viaje traerán algo nuevo, algo incorrupto, a este mundo, y no los reformistas sociales, los ‘bienhechores’; no los maestros y sus discípulos, ni los predicadores de la fraternidad. Estas personas jamás traerán paz al mundo. Son los que hacen el mal. El hombre de paz es el que deja de lado toda autoridad, que comprende las maneras de ser de la ambición, de la envidia, el que se separa por completo de la estructura de esta sociedad adquisitiva, y de todas las cosas que están involucradas en la tradición. Sólo entonces la mente es fresca; y necesitáis una mente fresca para hallar a Dios, la verdad, o lo que queráis, no una mente estructurada por la cultura, por la influencia.

18 de enero de 1956

VII. 4ª CONFERENCIA EN MADRÁS

ME parece que una de las cosas más difíciles para nosotros es descubrir por nosotros mismos qué es lo que estamos buscando, ya sea colectiva o individualmente. Algunos podemos querer mejorar la sociedad, producir una igualdad de oportunidades económicas para todos, de acuerdo con la norma comunista, socialista o cualquier otra, esperando con ello favorecer el bienestar del hombre. O acaso estamos tratando de descubrir individualmente lo que significa esta vida, por qué sufrimos, por qué tenemos sólo raros momentos de alegría. Hay el fin inevitable, que llamamos muerte, y el miedo a la aniquilación completa; así, nuestras mentes están siempre esperando encontrar un remedio, un sistema económico o religioso que, al menos por el momento, resuelva nuestros muchos y difíciles problemas. Otros tratan de encontrar una manera mejor de criar o educar a sus hijos, para que el ser humano no tenga que pasar por toda esta batalla de la competencia, la comparación, la lucha de la codicia, la envidia y los deseos sensuales.

Me parece, pues, muy importante descubrir qué es lo que perseguimos, tanto individual como colectivamente. Cuando estáis aquí sentados y escucháis, ¿qué es lo que escucháis? Y ¿cuál es el motivo, la intención, el competente impulso que no sólo os hace escuchar ahora, sino que os lleva perpetuamente a buscar, a esforzaros? ¿Es individual o es colectiva la búsqueda?

Es decir, todos queremos algo, todos estamos tentando algún fin. Algunos de nosotros creemos haber descubierto un sistema económico que resolverla los problemas del mundo, con sólo que la gente escuchase y pudiera ser organizada. Otros no se preocupan de los muchos, sino que tratan individualmente de crear un mundo mejor por medio de la comprensión de sí mismos o la realización de Dios, la verdad o lo que queráis.

Es, pues, importante, ¿no es verdad? el ser conscientes de lo que buscamos y por qué lo buscamos. Hasta que deliberadamente nos hagamos conscientes de aquello tras de lo cual se esfuerza la mente, por qué nos adherimos a diversas organizaciones, por qué seguimos a un determinado gurú o vivimos de acuerdo con alguna norma que promete traer una sociedad bien organizada; hasta que nos demos cuenta del significado de todo ese proceso, creo que tendrá muy poco sentido aquello por lo cual nos esforzamos, y lo que encontremos.

La mayoría de nosotros queremos una sociedad bien organizada, que no se base en los valores de la ambición, en la adquisividad, en la codicia, en la envidia. Cualquier hombre inteligente quiere crear una sociedad de esa clase; y también quiere descubrir si hay algo más que la supervivencia material, algo que esté más allá de la acción y reacción de la mente, llámese amor, Dios, verdad o lo que queráis. Creo que la mayoría de nosotros queremos un mundo cuerdo, ordenado y equilibrado, en el cual no existan la pobreza ni la degradación, y donde no existan los pocos opulentos, ni los pocos que llegan a ser extraordinariamente poderosos y tiránicos en nombre del proletariado, y todo lo demás. Queremos producir un mundo diferente. Seguro que eso es lo que quieren y se esfuerzan en crear las personas inteligentes, las sensibles y compasivas. Y también sentimos que la vida no es una mera cuestión de producción y consumo, ¿no es verdad? La vida tiene que ser algo más vital, más significativo, algo que valga más la pena.

Esto es, pues, lo que queremos la mayor parte de nosotros. Y ¿por dónde vamos a empezar? Si siento que esto es esencial para los seres humanos en todas partes, ¿en qué extremo tengo que trabajar? ¿Tengo que dedicar mi vida, mis energías, mis actividades, a producir un mundo cuerdo, ordenado y equilibrado, un mundo en que no haya tiranía ni pobreza, un mundo en que los pocos no dirijan la vida de los muchos por medio de la violencia, por los campos de concentración, etc.? ¿Tengo que empezar interesándome en la mejora del mundo y en el bienestar económico del hombre? ¿O voy a empezar por el extremo psicológico, que al fin llega a dominar al otro? Aun cuando fuésemos a crear un mundo bien organizado y equitativo, ¿no produciría de nuevo caos y desdicha el hombre que está buscando poder y cuyo afán psicológico es tener posición, prestigio? ¿Por donde empezaremos, pues? ¿Tenemos que dar importancia a lo psicológico, o a lo físico, lo económico?

Este es un problema con el cual todos nos confrontamos; no os lo estoy imponiendo. Es evidente que tiene que haber alguna clase de revolución. ¿Deberá ser económica o religiosa la revolución? Esta es realmente la cuestión. Considerando el extraordinario estado del mundo: la violencia, la desdicha, la confusión, el clamor de los diversos expertos, ¿no es vuestro problema, si acaso sois serios y activamente inquisitivos, el descubrir por vosotros mismo si, como individuos, podéis contribuir a una revolución fundamental? Si la revolución es puramente económica, no creo que tenga mucha importancia. Creo que la revolución debería ser religiosa, es decir, psicológica. Para mí, lo primordial es tener la capacidad de producir una diferente manera de pensar, una revolución total de la mente; porque, bien mirado, es la mente lo que nos concierne, pues la mente puede utilizar cualquier sistema para obtener provecho para sí misma. Sea la que fuere la legislación, los castigos que introduzcáis, la mente seguirá laborando en su propio beneficio. Hemos visto esto históricamente revolución tras revolución.

Así pues, para aquellos de nosotros que sentimos que es imperativo que la mente sufra una revolución, ¿cómo ha de realizarse esta revolución religiosa? Al decir ‘religiosa’ no me refiero a lo dogmático, a lo tradicional, a la aceptación de esta o aquella doctrina, creencia; para mí, estas cosas no son religiosas. Las personas que practican ciertas formas de ceremonia, que llevan el cordón sagrado, que se ponen algo en las frentes, o que meditan durante cierto número de horas cada día, no son nada religiosas; se limitan a aceptar la autoridad y a seguirla sin pensar. Religión, por cierto, es algo totalmente distinto.

Ahora bien, ¿cómo va a realizarse esta revolución en la mente? Creo que puede sólo realizarse cuando comprendemos la totalidad de la conciencia, que es un asunto muy complicado, como lo es casi todo lo demás en la vida. Si la mente puede comprender enteramente su propio funcionamiento entonces hay una posibilidad de que se libre de lo colectivo y produzca esta revolución interna.

Actualmente no sois un individuo, ¿verdad? Podéis tener una casa aparte, un nombre distintivo, una cuenta bancaria propia y ciertas cualidades, idiosincrasias, capacidades; pero ¿es eso lo que constituye la individualidad? ¿O es que la individualidad surge sólo cuando comprendemos el proceso colectivo de la mente? La mente, al fin y al cabo, es el resultado de lo colectivo; está moldeada por la sociedad y es la resultante de innumerables condicionamientos. Tanto si sois hindú como musulmán’ cristiano o comunista, sois resultado del condicionamiento, de la educación, de las influencias sociales, económicas y religiosas que os hacen pensar de cierta manera. Sois, pues, el producto de lo colectivo; y ¿puede la mente liberarse de lo colectivo?; desde luego, sólo entonces existe una posibilidad de pensar en forma totalmente nueva, y no en términos de ninguna religión o ‘ismo’, ya sea de Occidente o de Oriente. Nuestros problemas reclaman una respuesta que no sea tradicional, que no se ajuste a algún patrón o sistema de pensamiento. La pregunta es, pues, ésta: ¿Puede la mente librarse del pasado, de todas las influencias que ha heredado, y descubrir algo totalmente nuevo, algo no experimentado antes, que pueda llamarse realidad, Dios, o lo que queráis? ¿Expongo esto claramente?

Tenemos que encararnos con una extraordinaria serie de retos, ¿no es cierto? El reto es siempre nuevo; y mientras la mente esté condicionada por la creencia, cautiva de la tradición, formada según cierto modelo, ¿puede responder adecuadamente a lo nuevo? Es obvio que no puede, y sin embargo, la mayoría de nosotros está en esa situación. Los políticos, los expertos, las personas llamadas religiosas, todos responden desde un trasfondo condicionado, lo que significa que su respuesta es siempre inadecuada, y por lo tanto crean cada vez más problemas. Aceptamos estos problemas como inevitables, como parte del proceso del vivir, y los aguantamos; pero acaso haya una manera diferente de acometer toda esta cuestión.

Es decir, ¿puede la mente descondicionarse? Os ruego escuchéis, no digáis ‘sí’ o ‘no’, sino descubramos juntos si la totalidad de la mente (no sólo la mente consciente, ocupada con el diario acontecer, sino también las capas profundas de la mente, la mente que está condicionada para pensar en términos de la tradición en la cual se ha criado), si esta mente total puede liberarse de todo condicionamiento. Y ¿es cuestión de tiempo esa libertad, o es inmediata? Una mente condicionada puede afirmar que el descondicionamiento de sí misma ha de hacerse gradualmente, a lo largo de un período de tiempo; pero esa misma aserción puede ser otra respuesta de su condicionamiento.

Os ruego sigáis el proceso de vuestra propia mente, y no simplemente lo que estoy diciendo. Ridiculizar esto, o aceptarlo, o negarlo, evidentemente sería absurdo, porque esta cuestión tiene que seguir surgiendo. La mayoría de nosotros ha aceptado como parte de nuestro condicionamiento la idea de que el descondicionamiento de la mente es un proceso gradual, que se extiende a lo largo de varias vidas y exige la práctica de la disciplina, etc. Ahora bien, ésa puede ser la más errónea manera de pensar, y, por el contrario, el descondicionamiento de la mente puede ser una cosa inmediata. Pienso que es inmediata, lo cual no es cuestión de opinión. Si examináis todo el proceso de vuestra mente, veréis que ésta es resultado del tiempo, de la experiencia acumulativa, del conocimiento, y que su respuesta parte siempre de ese trasfondo; de modo que cuando afirmáis que el descondicionamiento de la mente sólo puede hacerse gradualmente y que es cuestión de tiempo, estáis sólo respondiendo de acuerdo a vuestro condicionamiento. Mientras que, si no respondéis en absoluto, sino que os limitáis a escuchar, porque no sabéis (de hecho, no sabéis si la mente puede descondicionarse inmediatamente o no), entonces hay una posibilidad de descubrir la verdad del asunto.

Hay quienes dicen que la mente nunca puede descondicionarse, y por lo tanto, debemos condicionarla mejor. Antes se la condicionó para adorar a Dios, lo que es una fantasía, un mito, una irrealidad, y ahora la condicionaremos en una forma mejor, que es adorar al Estado, siendo el Estado los pocos, los expertos en esta o aquella ideología. Para tales gentes, el problema es muy sencillo: afirman que la mente no puede ser descondicionada, y por lo tanto sólo se interesan en mejorar su condicionamiento; pero también su afirmación es mero dogmatismo, y no se indaga para descubrir qué es la verdad. Por cierto, para descubrir lo verdadero, la mente no puede afirmar nada, no puede aceptar ni rechazar.

Pero, ¿cuál es el estado de la mente ‑y espero que os encontraréis en ese estado- que ni acepta ni rechaza? Desde luego que entonces vuestra mente tiene libertad para indagar. Y cuando la mente está libre para inquirir, ¿no está ya descondicionada? Cuando la mente inquiere, no en forma superficial, inquisitiva, o por curiosidad, sino por persistencia, con su capacidad total para descubrir, es evidente que una mente así está libre de todos los dogmas religiosos y políticos, no pertenece a ninguna religión, no está atrapada en la red de ninguna creencia o ideología, carece de autoridad. Allí donde hay inquirir, no puede haber autoridad. Sólo la mente que está libre para inquirir, para descubrir, sólo una mente así puede producir la revolución religiosa que es tan esencial. Una mente libre es verdaderamente religiosa, porque es fresca, inocente, nueva; y entonces tal vez esa misma mente sea lo real.

Pregunta: Decís que el camino de la tradición crea invariablemente mediocridad. Pero, ¿no se sentirá uno perdido sin tradición?

Krishnamurti: ¿Qué entendemos por tradición? Es la transmisión, por escrito o por medio de la expresión verbal, de una creencia, de una costumbre, de la experiencia, del conocimiento, ya sea científico, musical, artístico, religioso o moral. Eso es, seguramente lo que entendemos por tradición. Y cuando inútilmente repito las tradiciones transmitidas, esa repetición hace a mi mente torpe, mediocre. El conocimiento es necesario en ciertas ocupaciones. Para construir un puente, para dividir el átomo, para hacer funcionar un motor, para producir las muchas cosas que son necesarias en la vida moderna, es necesario el conocimiento; pero desde el momento en que el conocimiento se vuelve tradicional, la mente deja de crear y sólo funciona mecánicamente. Hay máquinas que pueden calcular más rápidamente que el hombre; y si en la religión y en otras direcciones sólo aceptamos la tradición, es evidente que somos exactamente como máquinas. La tradición nos da cierta seguridad en la sociedad, y tememos salir de esa rutina. Nos atemoriza lo que puedan decir los vecinos; tenemos que casar una hija, y por lo tanto debemos andar con cuidado. Nuestras mentes funcionan tradicionalmente, de modo que nos volvemos mediocres y perpetuamos la miseria, lo cual es bastante obvio. Verbalmente reconocemos este hecho, pero no internamente y en la acción, porque todos queremos estar seguros. Y la seguridad es una cosa muy extraña. Desde el momento en que tratamos de estar seguros, invariablemente creamos circunstancias y valores que producen inseguridad, lo cual es exactamente lo que está sucediendo en el mundo en los tiempos actuales. Todos buscamos seguridad en diversas direcciones: económica, social, nacional, y sin embargo ese mismo deseo de estar seguros está creando caos y produciendo inseguridad.

Así, la mente funciona en la rutina de la tradición, porque espera estar segura; y una mente que busca seguridad nunca está libre para descubrir. No podéis dejar de lado la tradición; pero si comprendéis todo el proceso, sus implicaciones psicológicas, encontraréis que la tradición ya no tiene sentido alguno, y entonces ya no tenéis que dejarla de lado, se desprende como una hoja seca. Entonces la vida tiene una significación muy diferente.

Pregunta: Hay varios sistemas de meditación para realizar la propia divinidad, pero no parece que creáis en ninguno de ellos. ¿Qué pensáis que es la meditación?

Krishnamurti: No importa mucho lo que piense uno que es la meditación, porque el pensamiento siempre está condicionado; y ciertamente es muy importante descubrir que el pensamiento está condicionado. No hay pensar libre, porque el pensamiento es la respuesta de la memoria; y si no tuvierais memoria seríais incapaces de pensar. La reacción de la memoria, que está condicionada, es lo que llamamos pensar; no se trata, pues, de saber qué es lo que pensamos sobre la meditación, sino de descubrir lo que es la meditación.

Una mente que es incapaz de atención completa ‑no concentración, sino atención completa- nunca puede descubrir nada nuevo. De modo que la meditación es necesaria; pero la mayoría de nosotros se preocupa del sistema, el método, la práctica, la postura, la manera de respirar y todo lo demás. Nos interesa, no el descubrimiento de lo que es la meditación, sino la manera de meditar, y pienso que hay una enorme diferencia entre ambas cosas. Para mí, la meditación es el proceso mismo de descubrir lo que es la meditación; no es el seguimiento de un sistema, por antiguo que sea y no importa quien os lo haya enseñado. Cuando la mente sigue un determinado sistema o disciplina, por beneficioso y productivo que sea de un resultado deseado, se halla condicionada por ese sistema, lo cual es evidente; por lo tanto, jamás podrá estar libre para descubrir qué es lo real. Así pues, estamos tratando de descubrir qué es la meditación, no cómo meditar; y, si escucháis ésto, no sólo de modo verbal, sino de hecho, descubriréis por vos mismo lo que es.

¿Sabéis lo que es la meditación? Sólo podéis saberlo en términos de un sistema, porque queréis lograr un resultado de la meditación. Queréis ser felices, alcanzar este o aquel estado, y así vuestra meditación ha sido ya premeditada. Por favor no despachéis el asunto riéndoos, más bien observadlo. Vuestra meditación es simplemente repetición, porque queréis un resultado que está ya establecido en vuestra mente: ser feliz, ser bueno, descubrir a Dios, la verdad, la paz o lo que queráis. Habéis proyectado lo que deseáis, y habéis hallado un método para alcanzarlo, y eso es lo que llamáis meditación. Después de todo, esa proyección es el resultado, lo opuesto de lo que tenéis, de lo que sois. Como sois violentos, queréis paz; encontráis, pues, un sistema, un método para conseguirlo; pero en el mismo proceso de lograr esa paz, condicionáis la mente de tal manera que es incapaz de descubrir lo que es la paz. La mente sólo ha proyectado la idea de paz, partiendo de su propia violencia.

La mayoría de nosotros cree que aprender a concentrarse es meditar; pero ¿es eso? Todos los niños se concentran cuando les dais un nuevo juguete. Cuando realizáis vuestra tarea, si de alguna manera estéis interesados en ella, estáis concentrados; o bien os concentráis porque está en juego vuestro sustento. Pero nada muy vital depende de vuestra llamada meditación, de modo que tenéis que forzaros para concentraros; vuestra mente se desvía y seguís esforzándoos para hacerla volver de nuevo, lo cual evidentemente no es meditación. Esto es tan sólo aprender un truco; cómo concentrarse en algo que no os interesa vitalmente. Y puede uno ver que una virtud que se practica deja de ser virtud. La virtud es algo que carece de motivo. La bondad no tiene incentivo; si lo tiene, ya no es lo bueno. Si soy bueno porque se me recompensa por ello, por cierto que esto deja de ser bueno; y, para estar libre de recompensa, de incentivo, mi mente tiene que sufrir una completa revolución mediante una adecuada clase de educación. Todo esto es meditación; ayuda a la mente a descubrir lo que es la meditación.

Por cierto, la meditación no puede existir sin autoconocimiento; y el conocimiento propio consiste en ver cómo la mente busca incentivos, cómo usa sistemas y se disciplina para conseguir aquello tras de lo cual va, lo que espera ganar. Darse cuenta de todo esto es meditación, y no meramente el tratar de aquietar la mente. La quietud de la mente puede producirse muy fácilmente tomando una droga, o repitiendo ciertas frases; mas en ese estado la mente no está quieta. Sólo puede estarlo cuando existe la comprensión de lo que es la meditación. Una mente quieta no está dormida, está extraordinariamente alerta; pero una mente a la que se hice estar quieta está estancada, y una mente estancada nunca puede comprender lo que está más allá de sí misma. La mente sólo puede descubrir o experimentar algo más allá de sí cuando comprende el proceso total de sí misma; y esa comprensión requiere completa atención, darse plena cuenta del significado de sus propias actividades. No tenéis que practicar un sistema de disciplina. Para la mente, observarse sin distorsión es en sí una asombrosa disciplina. Para no falsear lo que ve, la mente tiene que estar libre de toda comparación, de todo juicio, de toda condenación, y no eventualmente o con el tiempo, sino ser libre desde el principio mismo; y eso requiere una gran dosis de atención. Entonces encontraréis que la mente se aquieta por completo sin que se la apremie, no sólo en el nivel superficial, sino en lo hondo. En raros momentos, puede uno tener una experiencia de quietud; pero esa misma experiencia se convierte en un obstáculo, porque llega a ser un recuerdo, una cosa muerta.

De modo que, para que la mente esté quieta, tiene uno que morir para toda experiencia; y cuando la mente está realmente quieta, entonces en esa misma quietud hay algo que no puede expresarse en palabras, porque no hay posibilidad de reconocimiento. Todo lo que sea reconocible ha sido ya conocido; y cuando la mente está quieta, hay una liberación total de lo conocido.

VIII. 5ª CONFERENCIA EN MADRÁS

ME parece que una de las cosas más difíciles y arduas de la vida es mirar algo como un todo, sentir la totalidad de las cosas; y creo que es muy importante comprender por qué la mente fragmenta de manera tan invariable la acción inmediata en normas, en detalles; por qué parece ser incapaz de captar de una ojeada el significado total de la existencia. No sé si habéis llegado a pensar siquiera sobre ello desde este punto de vista. La mayoría de nosotros aborda todas las complejidades, los problemas, las miserias y luchas de la vida con una perspectiva de detalle, con una mente muy pequeña, una mente que está condicionada, moldeada por la cultura, por la sociedad en que vivimos. Parece que nunca somos capaces de captar de inmediato el significado total de nada. Es como si, en lugar de ver la totalidad del árbol de una vez, mirásemos sólo una hoja, y desde allí empezásemos a ver gradualmente el árbol entero. Creo, pues, que es importante descubrir por qué la mente al parecer no es capaz de ver en el instante la verdad de algo, y dejar que esa verdad actúe, en vez de actuar ella misma sobre la verdad. Después de todo, a la realidad, Dios, o lo que queráis, no se acerca uno poco a poco, no puede componerse pieza por pieza, como se compone una rueda; tiene que verse inmediatamente o no se ve en absoluto.

Creo que la mayoría de nosotros hemos sido instruidos para abordar este problema mediante la acumulación de conocimiento, mediante el análisis o el cultivo de la virtud. Si observa uno las actividades diarias de la propia mente, todas sus maneras de funcionar, ve cómo está siempre acopiando, aprendiendo, adquiriendo, o construyendo las cosas poco a poco, esperando con ello captar algo que está más allá de este proceso de acumulación; y éste puede ser el más grave error.

¿Qué es lo que busca la mayoría de nosotros? Ya seamos cristianos, hindúes o lo que queráis, tratamos de hallar algo que está más allá del mero proceso mental, ¿no es así? Es a esta búsqueda a lo que llamamos religión. Practicamos diversas disciplinas, meditamos según ciertos sistemas, siempre en la esperanza de dar con aquello que no es el mero resultado de una mente cultivada. Pero desde luego, para comprender o vivenciar lo que está más allá de la mente, tiene que haber no un abandono cuidadosamente cultivado del ego, del yo y de lo mío, sino su abandono completo, sin elaboración. No se si me expreso claramente sobre este punto. Aunque vemos que es importante que el ‘yo’, el ‘mí’, el ego, se vaya, sin embargo todas nuestras actividades, todos nuestros pensamientos, nuestras prácticas nuestras disciplinas religiosas, alientan en realidad al ‘yo’. Y viendo la futilidad del analizador y lo analizado, percibiendo que las diversas formas de sustitución, las varias disciplinas, solo están fortaleciendo el ‘yo’ de una manera sutil y son por lo tanto un impedimento, ¿puede la mente abandonar la totalidad de ese proceso?

Para decirlo de modo diferente, tenemos las mentes condicionadas, ¿no es así? La cultura, la sociedad en que se nos cría, y otras varias influencias, moldean nuestras mentes desde la niñez como hindúes, como comunistas, etc. Y, ¿puede descondicionarse la totalidad de la mente, lo inconsciente tanto como lo consciente, no por grados, no poco a poco, sino inmediatamente? Por cierto, ese es uno de nuestros problemas. Nuestras mentes están moldeadas, condicionadas, encerradas dentro de un marco; y por mucho que trate la mente de romper el marco en que está presa, ese esfuerzo mismo es resultado de su condicionamiento, porque el pensador no está separado del pensamiento; el que hace el esfuerzo para escapar de la prisión del ‘yo’, forma parte también del ‘yo’, ¿no es esto? Y cuando vemos eso, cuando percibimos su verdad, ¿puede abandonar la mente por completo este condicionado modo de pensar?

Creo que debemos considerar aquí el problema de lo que significa escuchar algo. Cuando escuchamos lo que se está diciendo, ¿cómo lo hacemos? Si escuchamos con la intención, con el deseo de encontrar algo, de descubrir, de aprender, entonces es evidente que no escuchamos en absoluto, porque estamos interesados en adquirir. El escuchar se vuelve entonces simplemente un oír superficial, sin gran significado. Pero si podemos escuchar con esa atención que no tiene objetivo de logro, entonces creo que se produce una cosa revolucionaria, lo inesperado, lo impremeditado.

Como decía el otro día, sabéis, señores, que todos estamos en busca de algo, y la mayoría no sabemos qué es lo que realmente buscamos. Para buscar, para inquirir, tiene primero que haber libertad; pero es evidente que no somos libres, y por lo tanto nuestra búsqueda no tiene sentido alguno. Nuestra búsqueda es sólo para hallar mayor consuelo, mayor seguridad, y por eso somos prisioneros de nuestro propio deseo. Lo que buscamos es la realización de nuestro propio anhelo, y así nuestra búsqueda ya no es verdadera búsqueda. Si nos observamos veremos que existe este constante deseo de hallar alguna paz, de tener un estado permanente de comodidad, completa seguridad; y este deseo nos aprisiona desde el principio mismo.

Me parece, pues, que lo importante no es si existe una realidad, Dios, esto o aquello, sino comprender el proceso de nuestra propia mente. Sin autoconocimiento, sin conocerse a sí mismo, toda búsqueda es obviamente vana. Y, ¿es muy difícil conocerse? El yo está hecho de los propios deseos, codicias, ambiciones, motivos, envidias, y de las creencias a que se aferra la mente. Y es por cierto esencial conocer todo ese proceso, consciente tanto como inconsciente, antes de que pueda uno descubrir nada nuevo. Y sin embargo no nos interesa eso. No nos interesa el autoconocimiento, el conocer las modalidades de nuestras propias mentes. Por el contrario, siempre estamos escapando de eso, e imponiendo a la mente ciertas normas, con arreglo a las cuales tratamos de vivir.

Desde luego que el principio de la sabiduría es el conocimiento de sí mismo. Sin conocer nuestro yo, el cual es una entidad muy compleja, todo pensar tiene muy escaso sentido. Si la mente no conoce sus propios prejuicios, vanidades, temores, ambiciones, codicias, ¿cómo podrá ser capaz de descubrir lo que es verdadero? Lo único que puede hacer es especular sobre qué es verdad, tener creencias, dogmas, ponerse restricciones, pensar mecánicamente, seguir la tradición y crear por ello cada vez más y más problemas. Por consiguiente lo importante es comprender los hábitos del yo; y comprender el yo no es cambiarlo, ni negarlo o dominarlo, sino observarlo. Si quiero comprender algo, no puedo condenarlo, ¿verdad? Si quiero comprender a un niño, no debo condenarlo ni compararlo con otro chico; tengo que estudiarlo, observarlo, darme cuenta de todos sus hábitos. Del mismo modo, si quiero comprender el proceso total de mi mente, tengo que ser observador, vigilante, darme cuenta pasivamente de mi manera de hablar, de mis gestos, de los motivos subyacentes; y eso no es posible si condeno o comparo. Creo que es en realidad la cosa más importante de la vida el comprender la totalidad de la propia mente; y sólo puede uno vigilar el funcionamiento de la mente en la interpelación, porque nada existe en el aislamiento. Sólo existimos en la interpelación, y ésta es el espejo en el cual han de observarse las actividades de la mente.

Así pues, la mente está condicionada, es el resultado del pasado, todo nuestro pensar es el proceso del pasado; y el problema es: ¿puede una mente así comprender aquello que es atemporal, que está más allá de sí misma? Como señalaba el otro día, lo necesario es una revolución religiosa; y una revolución religiosa sólo puede producirse cuando cada uno de nosotros se libera de todos los dogmas, creencias y ritos. Por cierto, sólo entonces la mente es capaz de comprenderse a sí misma, y de llegar, por ello mismo, a ese estado en que no hay pensamiento ‑siendo el pensamiento el movimiento del pasado.

Ahora tratamos de resolver nuestros problemas mediante el pensamiento, y es el pensamiento el que ha creado los problemas, porque el pensamiento es el resultado, el proceso del pasado. Todo pensamiento está condicionado. Si observáis, veréis que no hay pensamiento libre, porque el pensar es el movimiento del pasado, es la reacción de la memoria; y hemos usado el pensamiento como medio para descubrir la verdad. Mas la verdad sólo puede descubrirse cuando la mente esta por completo quieta, no aquietada, no disciplinada, coaccionada. La quietud surge sólo cuando se comprende la totalidad de la mente a través del autoconocimiento. El conocimiento de sí mismo viene por el darse cuenta, por la vigilancia sobre el pensamiento, en la que no hay una entidad que esté observando al pensamiento. El observador del pensamiento sólo surge cuando hay condenación, cuando hay deseo de dirigir el pensamiento. Después de todo, el pensador es parte del pensamiento, ¿no es así? No hay pensador si no hay pensamiento; pero hemos separado al pensador del pensamiento por razones de nuestra propia seguridad. Hemos creado esta división por nuestro deseo de tener una entidad permanente a la que llamamos espiritual; pero si observáis muy atentamente, veréis que no hay permanencia en absoluto. Sólo hay pensamiento, y el pensamiento es un movimiento del pasado, de la experiencia, del conocimiento.

Ahora bien, mientras exista el pensador separado del pensamiento, tiene que haber conflicto, el proceso de la dualidad, tiene que haber esta brecha entre la acción y la idea. Pero, ¿no puede la mente experimentar de hecho ese extraordinario estado en que sólo hay pensar, y no hay pensador, en que sólo hay un darse cuenta sin condenación o comparación? El proceso condenatorio y comparativo es la modalidad del pensador separado del pensamiento. Sólo hay pensamiento, y el pensamiento es impermanente. Viendo la impermanencia del pensamiento, la mente crea lo permanente, en forma de Atman, el yo superior, y todo lo demás; pero ello sigue siendo el proceso del pensamiento. El pensamiento está condicionado, es el resultado del pasado, de la experiencia acumulada, del conocimiento, de modo que jamás puede conducir a lo desconocido, lo atemporal. Al fin y al cabo, el ‘yo’, el ‘ego’, no es otra cosa que un manojo de recuerdos; y aun cuando le deis una calidad espiritual, un valor permanente, sigue estando dentro del campo del pensamiento, y sigue por lo tanto impermanente.

La dificultad para la mayoría de las gentes está en abandonar esta calidad mental de la ‘permanencia’, que es invención de la propia mente. La mayoría de nosotros quiere permanencia en una u otra forma, y así la mente ha dado una calidad de permanencia a lo que llama realidad, Dios. Por cierto, nada hay permanente. La realidad no es continua, no es permanente, sino algo que debe ser descubierto de instante en instante. Cuando la mente tiene una momentánea experiencia de algo real, desea hacer permanente esa realidad, y lo permanente se convierte en el pasado, se mantiene dentro del campo del pensamiento; pero lo nuevo sólo puede existir cuando el pasado ha muerto. Es por eso que tiene uno que morir para toda experiencia. La mente sólo es capaz de percepción inmediata cuando es sencilla, fresca, inocente, desembarazada de conocimiento.

Todas las formas de experiencia llegan a ser medios de ulterior reconocimiento, ¿no es así? Habiéndoos encontrado ayer, os reconozco hoy. La mente es un proceso de reconocimiento, y con ese proceso de reconocimiento tratamos de vivenciar lo real; mas lo real no puede ser vivenciado así, pues no puede ser reconocido; si podéis reconocerlo, ha salido del pasado, está contenido en la memoria, se ha conocido ya; por consiguiente no es lo real. Así pues, la mente tiene que hallarse en ese estado cuando no hay experimentador alguno, lo que significa que el proceso de reconocimiento tiene que cesar. Veréis que esto no es tan fantástico como parece. Cuando veis una bella puesta de sol, ¿qué ocurre? Hay una inmediata reacción a esa belleza, y entonces empezáis a comparar; la puesta de sol que visteis hace una semana era mucho más bella. Habéis establecido, pues, una conexión, la nueva experiencia ya está relacionada con el pasado. Este proceso de comparación es la acción del reconocimiento, que impide a la mente vivencias constantemente algo nuevo.

Después de todo, la mente es el resultado de lo conocido, y está siempre tratando de captar lo desconocido en términos de lo conocido. La manifestación de lo desconocido sólo es posible cuando estamos libres de lo conocido. Lo conocido es el yo, y tanto si lo colocáis en el nivel más alto como en el más bajo, sigue siendo el ‘yo’, que es experiencia acumulada, el proceso de reconocimiento. El ‘yo’ es incapaz de ver la totalidad de esta cosa extraordinaria que llamamos vida, y por eso hemos dividido el mundo en cristiano e hindú, budista y musulmán, y por eso estamos dividiendo la India en pequeños fragmentos lingüísticos. Todo eso es el proceso de la mente mezquina, presa dentro del campo de lo conocido.

Tiene uno que estar libre de lo conocido para que se manifieste lo desconocido. Eso es un hecho, es evidentemente así; porque la realidad, Dios, o lo que queráis, no puede conocerse, no puede reconocerse. El conocimiento, el reconocimiento, es el resultado del pasado, y una mente que esté buscando lo desconocido a través de lo conocido, jamás podrá encontrarlo. Es sólo cuando la mente está libre de lo conocido, que lo otro es.

Ahora bien, cuando escucháis esta declaración, que es un hecho evidente, ¿qué pasa? Si le prestáis toda vuestra atención, no preguntáis cómo libraros de lo conocido. La mente jamas puede librarse de lo conocido. Si lo hace, sólo creará otro conocido. Más si prestáis toda vuestra atención a ese echo, veréis que el hecho mismo empieza a actuar por sí solo, lo mismo exactamente que la vida en la semilla empieza a empujar a través del suelo; entonces la mente no tiene que hacer nada. Si la mente actúa sobre el hecho, sólo puede hacerlo en detalle, reuniendo muchas pequeñas partes para hallar el todo; pero la reunión de muchas partes no hace el todo. El todo ha de ser percibido instantáneamente. Por eso es importante comprender las modalidades de la mente, no mediante libros, no leyendo el Gita o los Upanishads, sino vigilándoos en relación con vuestra esposa, con vuestro hijo con vuestro vecino, con vuestro jefe, observando la forma en que hablas a vuestro criado, al guarda del ómnibus. Entonces comenzaréis a descubrir cuán profundamente está condicionada la mente; y en ese mismo descubrimiento del propio condicionamiento, hay libertad. Lo importante es descubrir, no simplemente repetir. Mediante este constante descubrimiento de las modalidades del ‘yo’, la mente llega a estar muy quieta, sin supresión, sin restricción, sin ser puesta dentro de un marco; y, para una mente así, puesto que esta libre de lo conocido, existe una posibilidad de que lo desconocido surja.

Pregunta: En la India se nos ha dicho durante siglos que debernos ser espirituales, y nuestra vida diaria es una serte interminable de ritos y ceremonias. ¿Es esto espiritualidad? Si no lo es, entonces, ¿en qué consiste el ser espiritual?

Krishnamurti: Señor, descubramos lo que significa ser espiritual; no la definición de esa palabra, que podéis buscar en un diccionario, sino que realmente experimentemos ese estado mientras estamos sentados aquí juntos, si es que existe siquiera tal estado.

Una mente que esté paralizada por la autoridad, ya sea la autoridad de un libro, de un gurú, de una creencia o de una experiencia, evidentemente es incapaz de descubrir qué es verdad, ¿no es cierto? Y ¿puede la mente estar libre de toda autoridad? Es decir, ¿puede dejar de buscar seguridad en la autoridad? Por cierto, sólo una mente que no tenga miedo de estar insegura, incierta, es capaz de descubrir lo que es ser espiritual. El hombre que meramente acepta una creencia, un dogma, que celebra ritos y ceremonias, no puede descubrir qué es verdad, o qué es ser espiritual, porque su mente está apresada dentro del molde de la tradición, del miedo, de la codicia.

Ahora bien, ¿puede la mente que ha estado presa de las ceremonias dejarlas inmediatamente? Ciertamente que esa es la única prueba, porque al dejarlas, descubriréis todas las complicaciones implícitas; aparecerán los temores, los antagonismos? las contiendas, todas las cosas con las que la mente no ha querido encararse. Pero nunca hacemos eso. Tan solo hablamos de ser espirituales. Leemos los Upanishads, el Gita, repetimos algunos mantrams, jugamos con las ceremonias, y a esto lo llamamos religión.

Por cierto, lo que es espiritual tiene que ser atemporal. Pero la mente es el resultado del tiempo, de innumerables influencias, ideas, imposiciones; es el producto del pasado que es tiempo. Y ¿puede una mente así percibir jamás aquello que es atemporal? Es evidente que no. Puede especular, puede vanamente buscar a tientas o repetir algunas experiencias que otros hayan tenido; pero siendo el resultado del pasado, la mente jamás puede encontrar aquello que está más allá del tiempo. Así, pues, lo único que puede hacer la mente es estar completamente quieta, sin ninguna agitación del pensamiento, y sólo entonces existe una posibilidad de que surja ese estado que es atemporal; entonces la mente misma es atemporal.

Las ceremonias no son, pues, espirituales, ni lo son los dogmas, ni las creencias, ni la práctica de un determinado sistema de meditación; pues todas estas cosas provienen de una mente que está buscando seguridad. El estado de espiritualidad puede experimentarlo sólo una mente que no tenga motivo, una mente que ya no esté buscando; pues toda búsqueda se basa en un motivo. La mente que es capaz de no pedir, de no buscar, de ser completamente ‘nada’, sólo una mente así puede comprender lo que es atemporal.

Pregunta: He asistido a las recientes discusiones matinales. ¿Queréis que no pensemos nada? Y, si tenemos que pensar, ¿cómo vamos a hacerlo?

Krishnamurti: Señor, no pensar en absoluto sería un estado de amnesia, un estado de idiotez. Si no supierais dónde vivís, si no recordarais el camino a vuestra casa, algo andaría mal, ¿no es así? Tenemos que pensar. Tenemos que pensar claramente, con cordura, deliberada y directamente. La mente es el único instrumento que poseemos, y tenemos que pensar para aprender una técnica que nos permita obtener un empleo y ganarnos la vida; pero fuera de eso, nuestro pensar se convierte en ambición, codicia, envidia, y nuestra sociedad está construida sobre estas cosas. En nuestra educación, lo que permanentemente nos interesa es ayudar a los educandos a adaptarse a la sociedad; así nuestro pensamiento, y el pensamiento de la próxima generación, procura adaptarnos a una sociedad que se basa en la codicia, en la envidia y en el afán adquisitivo. Pero ciertamente, la función de la educación no consiste en ayudar a los jóvenes a adaptarse a esta corrupta sociedad, sino a estar libres de sus influencias, de modo que ellos puedan crear una nueva sociedad, un mundo diferente.

Pensar es esencial; pero cuando la mente está ocupada con la codicia, con la envidia, con todo el proceso del yo, entonces es evidente que el pensamiento está corrompido, y toda sociedad basada en ese pensamiento degenera inevitablemente. El pensar en el cual se cultiva el ‘yo’ como virtud, como respetabilidad, como conformidad, llega a ser un impedimento para descubrir lo que es real. Por eso es importante que se realice en la mente una revolución, una revolución religiosa; y eso sólo puede producirse cuando vosotros y yo ya no pertenecemos a la sociedad. Esto no quiere decir que nos pongamos un taparrabo y que tengamos un pequeño, o ningún albergue. Significa separarse por completo, interiormente, de todo afán adquisitivo. Significa no ser codicioso, no ser ambicioso, no perseguir el poder, de modo que no haya un yo convirtiéndose en algo, mundano o espiritual. La única revolución es esta revolución religiosa, que no tiene nada que ver con ninguna iglesia, con ninguna organización, con ningún dogma o creencia. Tiene que sobrevenir en cada uno de nosotros, y sólo entonces hay posibilidad de crear un nuevo mundo.

1° de febrero de 1956

IX. 1ª CONFERENCIA EN MADANAPALLA

CUANDO nos vemos enfrentados con tantos problemas, cuando el mundo está en guerra o preparándose para la guerra, cuando hay tanta producción y al mismo tiempo hambre, creo que lo mas importante en toda esta lucha humana es comprender la mente. Por cierto, la mente es el único instrumento que puede hallar la acertada respuesta a los muchos problemas que existen, y sin embargo muy raramente pensamos o examinamos el proceso de la mente. Creemos que resolverán nuestros problemas las respuestas preparadas, o ciertas normas de pensamiento. Como hindúes tenemos cierta manera de pensar que esperamos resolverá nuestros complejos problemas, y si somos comunistas, cristianos o budistas, tenemos otras respuestas ya preparadas. Muy pocos de nosotros damos verdadera importancia al proceso del pensar, a las modalidades de la mente misma; y a mí me parece que la solución está ahí, y no en abordar el problema con una mente ya moldeada o condicionada.

Quisiera, pues, esta tarde, si se me permite, considerar esta cuestión de lo que es la mente porque es obvio que, sin penetrar muy a fondo en todo este problema, sin comprender la composición y el estado de la mente, es por completo fútil el mero pensar especulativo, o la identificación con una creencia determinada. Y al tratar de comprender el proceso de la mente, creo que es importante escuchar bien. La mayor parte de nosotros escucha con una mente ya preparada o cargada de preconceptos, o bien escuchamos para encontrar un argumento polémico, y muy pocos escuchan con atención, con libertad; pero es solo cuando inquirimos libremente, sin estar atados a ninguna determinada creencia, que la mente puede hallar la verdad en cualquier problema. De modo que esta charla sólo será de valor si podemos escuchar correctamente, lo cual es difícil, y no tratarla como una mera disertación casualmente escuchada una tarde, y dejada luego de lado.

Como decía, si no comprendemos las modalidades de la mente, no es posible que comprendamos el complejo problema del vivir. Ahora bien, ¿qué es la mente? Estamos tratando de descubrir, no malamente afirmar o aceptar. Y para descubrir, tenéis que observar vuestra propia mente en funcionamiento, al escuchar la descripción de lo que es la mente. Es decir, aunque estoy hablando, describiendo la mente, daos cuenta del proceso de vuestro propio pensar, y de esa manera descubrid vosotros mismos lo que es la mente.

Dejemos bien aclarado por qué es importante comprender la mente. La mente es el único instrumento que tenemos, el instrumento de percepción, de comprensión, de pensamiento; y, sin clarificación de la mente, muy poca significación puede tener nuestro esfuerzo para descubrir lo que es la realidad, la verdad, Dios o lo que queráis. Tratamos, pues, de inquirir acerca del proceso real de la mente. No nos limitamos a aceptar o rechazar lo que se dice.

Por cierto, la mente es lo consciente tanto como lo inconsciente; es una totalidad que incluye tanto los procesos visibles como los ocultos del pensamiento. La mayoría de nosotros nos ocupamos exclusivamente de lo consciente, de los diarios acontecimientos, ambiciones, luchas, codicias y no nos damos cuenta en absoluto del contenido del inconsciente, es decir, de la mente que yace bajo las diarias actividades de la mente consciente; y mientras no comprendamos la totalidad, incluso lo que está en el inconsciente, tendrá muy poco sentido la mera ocupación con lo consciente.

Sabemos que la mente consciente está ocupada con los acontecimientos cotidianos, con el empleo, con el ganarse la vida, con sus reacciones y constantes ajustes a los problemas inmediatos. Es la mente consciente la que se educa en determinada técnica, la que acumula el conocimiento y lo que llamamos cultura. Debajo de esa mente superficial están las muchas capas de lo inconsciente, en las cuales tienen sus raíces los impulsos raciales, culturales y sociales, las creencias y tradiciones religiosas, las respuestas instintivas basadas en los valores de la particular sociedad en que se nos ha criado. Sin entrar en muchos detalles, ésa es la totalidad de la mente ¿no es así? De modo que la totalidad de la mente está condicionada, moldeada, limitada por muchas influencias: por nuestro régimen alimenticio, por el clima y la cultura en que vivimos, por los valores sociales y económicos.

Ahora bien, con esa mente condicionada, de la cual estamos insatisfechos, estamos tratando de encontrar algo que está más allá de ella. Vemos que la mente es muy pequeña, confusa, contradictoria, y con esa mente tratamos de comprender lo incognoscible. Después de todo, nuestras mentes son el resultado del tiempo, siendo éste lo conocido, el pasado, la acumulación de conocimiento; y con este ‘instrumento’ que aun está dentro del campo del tiempo, la gente llamada religiosa trata de encontrar algo que transciende el tiempo. Surge, pues, inevitablemente esta pregunta: ¿Puede la mente condicionada comprender o experimentar aquello que no es de su propia fabricación? Ese es uno de nuestros grandes problemas, ¿no es así? Y ciertamente nunca podremos resolver nuestros problemas mientras estemos pensando como hindúes, cristianos o comunistas, puesto que ha sido por pensar en estos mismos términos que hemos creado los problemas. Es sólo cuando la mente está libre de todas las tradiciones, valores, creencias, supersticiones, aceptaciones, que hay una posibilidad de resolver nuestros muchos problemas humanos.

La cuestión es, pues, ésta: ¿Puede librarse de ciertas normas la mente que ha sido criada, educada en ellas? Es decir, ¿puede la mente abandonar las creencias, tradiciones y valores que se basan en la autoridad, en la mera aceptación? ¿Puede ser abandonado todo esto, de modo que la mente esté libre para investigar, para descubrir? Ese es nuestro problema, ¿verdad? Lo cual significa realmente: ¿Es posible que la mente se libere de las seguridades a que está atada? Porque, después de todo, lo que está buscando la mayoría de nosotros, exterior o interiormente, es alguna forma de seguridad. Si tengo la seguridad externa de la posición, el prestigio, el dinero, puedo estar temporariamente satisfecho; pero llega un tiempo en que empiezo a reclamar una seguridad interna, me refugio psicológicamente en la creencia, en el dogma, en la tradición, en cierta manera imitativa de pensar. Y ¿puede jamas encontrar la realidad, Dios, o como queráis llamarlo, la mente que está buscando seguridad y que quiere estar a salvo, sin perturbación? Es evidente que no. La mente que desea estar segura encontrará lo que busca, más no aquello que es la verdad.

¿Puede, pues, la mente librarse de esta ansiedad por estar segura? Y, por cierto una mente que interna o psicológicamente reclama seguridad, invariablemente creará inseguridad externa en la estructura social. El nacionalismo, por ejemplo, es una idea a la que se aferra la mente como medio de seguridad psicológica; y este culto del nacionalismo inevitablemente tiene que crear inseguridad exterior, que es precisamente lo que está pasando en el mundo.

Ahora bien, si lo observáis con mucha atención, veréis que la mente está tratando siempre de hallar algo permanente, a lo que llama paz, realidad, o como queráis. Y ¿existe algo que sea permanente? Sin embargo, la mente crea valores que supone son permanentes, y luego cree en ellos; establece ciertos hábitos de pensamiento que se vuelven permanentes, y una mente así nunca está libre para inquirir. Pienso que es importante comprender la significación de esto, porque, después de todo, la libertad está al principio, no al fin. Es sólo la mente libre la que puede inquirir, no una mente atada, no la que está sujeta por la creencia, el dogma, la tradición; sin embargo toda nuestra educación se basa en estas cosas, no sólo en la escuela, sino también a lo largo de la vida, que es igualmente parte de la educación. Nunca inquirimos sobre la posibilidad de tener libertad al principio, porque la indagación de tal naturaleza requiere un proceso de pensamiento que no empieza con una suposición, ni con la experiencia acumulada, ya sea la propia o la de otros.

Me parece, pues, que para encontrar la realidad, lo incognoscible, sobre lo cual no se puede premeditar ni especular, la mente debe estar libre de todo lo que ha conocido, debe morir para todos sus muchos ayeres. Tan sólo entonces la mente es inocente, y por lo tanto, capaz de descubrir lo real.

Hay aquí algunas preguntas, y yo pienso por qué hacemos preguntas. ¿Es con la intención de recibir una respuesta? Y ¿hay respuesta, o solamente un sondeo del problema sin buscar una respuesta? Si espero una respuesta, entonces mi mente estará del todo concentrada en el descubrimiento de tal respuesta, y no en la comprensión del problema. La mayoría de nosotros está interesada en la solución, en la respuesta, de modo que prestamos al problema una atención dividida; por consiguiente, el problema nunca se comprende, y así, no hay respuesta. Para indagar sobre el problema, se requiere una mente que no esté buscando una respuesta, sino que sea capaz de investigar sin juzgar ni condenar. ¿Podemos mirar algo sin comparar, juzgar, o condenar? Si queréis experimentar con ello, veréis cuán extraordinariamente difícil es, porque todo el proceso de nuestro pensar se basa en la comparación, en el juicio, en la condenación. Mas si podemos indagar el problema sin esperar una respuesta, entonces el problema mismo se resuelve sin buscar respuesta.

Pregunta: ¿Puede haber paz en el mundo sin un gobierno mundial que la establezca y mantenga? ¿Y cómo puede producirse eso?

Krishnamurti: ¿Es externa o interna la paz? ¿Puede algún gobierno traer paz, aun cuando haya un gobierno, para todo el mundo? Puede establecer orden externo, sin la constante amenaza de guerra, mas aun eso solamente puede ocurrir cuando no hay nacionalismo, cuando no hay fronteras, políticas ni religiosas. Por lo tanto, debemos ser claros en cuanto a lo que entendemos por paz.

¿Es la paz algo que pueda ser creado por la autoridad de ningún gobierno, ya sea comunista, imperialista, capitalista, o lo que fuere? ¿Vendrá la paz mediante la legislación? Puede uno ver que un gobierno mundial podría producir cierto tipo de paz. Podría quizá abolir los gobiernos soberanos y sus fuerzas armadas, que son una de las causas de la guerra; pero por cierto ese no es todo el sentido de la paz. La paz es de la mente. Y ¿puede la mente estar en paz mientras sea ambiciosa, codiciosa, envidiosa? ¿No es la mente codiciosa, adquisitiva, envidiosa, la que ha creado esta sociedad guerrera en que vivimos? Nuestra sociedad se basa en la adquisividad, en la envidia, la codicia y la impulsiva ambición de ser algo; y así, dentro de nuestra sociedad hay constante batalla, conflicto.

La paz es, pues, de la mente, no puede ser creada por la mera legislación. La tiranía puede establecer alguna especie desorden en una sociedad confusa y contradictoria, y el orden también puede crearse mediante la acción parlamentada de un gobierno democrático. Pero mientras exista el espíritu del nacionalismo, que crea gobiernos soberanos con sus fuerzas armadas, mientras haya fronteras y divisiones raciales, forzosamente tiene que haber guerras. Así el hombre que quiera ser pacífico no puede pertenecer a ningún país; ni puede pertenecer a ninguna religión, porque la religión hoy no es más que dogmatismo organizado.

Esto que llamamos paz es algo que tiene que ser comprendido internamente, y no ser buscado tan sólo a través de la legislación, o por la conjunción de muchas opiniones. Si observáis, veréis cómo rendimos culto al nacionalismo y sostenemos la bandera de un determinado país. Nos identificamos con el conjunto que llamamos India porque, siendo insignificantes, interiormente vacías, y viviendo en un pequeño lugar como Madanapalla, eso nos da cierto orgullo, halaga nuestra vanidad el llamarnos indos; y por ese orgullo y vanidad estamos dispuestos a matar y a que se nos mate. Este mismo complejo proceso psicológico, que actúa en todos los países, tiene que ser comprendido por cada uno de nosotros, y no sólo legislar contra él. Por eso el hombre verdaderamente religioso no pertenece a ninguna religión, ni a un determinado país.

Pregunta: Sois un indo y un ‘Andhra’, nacido aquí, en Madanapalla. Estamos orgullosos de vos y de vuestra buena obra en el mundo. ¿Por qué no pasáis más tiempo en vuestro país natal, en vez de vivir en América? Se os necesita aquí.

Krishnamurti: Como sabéis, se trata de un peculiar proceso que se desarrolla en el mundo, esta identificación de uno mismo con una particular porción de suelo, o con lo que se llama una religión. ¿Importa mucho el sitio en que habéis nacido, o el idioma que habláis, o la particular cultura en que se os haya criado? Mirad lo que está pasando en este país: lo estamos fragmentando en partes, llamándonos tamiles, telugus, maharashtrianos y todo lo demás. Este proceso de división se mantiene también en Europa, con los alemanes, los ingleses, los franceses, los italianos, y así sucesivamente. Cuando un hombre rinde culto a lo particular y se identifica con ello, sus luchas llegan a ser mucho mayores, sus desdichas aumentan. Mientras yo siga siendo un Andhra, perteneciente a una particular clase y una determinada religión, tendré una mente muy mezquina, pequeña, estrecha. Es por cierto la función de la mente trascender todas esas limitaciones y encontrar el todo; pero el todo no está compuesto de partes. Reuniendo muchas partes no se encuentra el todo. Sólo cuando no estamos enredados en la parte hay una posibilidad de descubrir el todo en forma inmediata.

Pregunta: Tengo un hijo que me es muy querido, y veo que se le está sometiendo a muchas mulas influencias, tanto en casa como en la escuela. ¿Qué tendría que hacer?

Krishnamurti: Todos somos el producto, no de una particular influencia, sino de muchas influencias contradictorias, ¿no es verdad? Y el interlocutor quiere saber cómo va a impedir que su hijo esté sometido a las malas influencias tanto en el hogar como en la escuela. Pero seguramente que el problema es mucho más complejo que el de encontrar meramente un medio de resistir a las malas influencias. Lo que tenemos que considerar es todo el proceso de la influencia, ¿no es esto? Al fin y al cabo, el estudiante está expuesto inevitablemente a muchas influencias, buenas y malas. No sólo existe la influencia del hogar y la de la escuela, sino que hay también la influencia de lo que lee, de las cosas que oye, del clima, de la clase de alimentos que toma, de la religión y la cultura en que se le cría. Él es la suma total de estas muchas influencias, como lo somos vosotros y yo, y no podemos rechazar algunas y adherirnos a otras. Lo único que podemos hacer es observar todas estas influencias y descubrir si la mente puede estar libre de ellas. Pero desgraciadamente, tal como influencias. Eso es una parte; la otra es un proceso de atiborrar su mente de cierta información para que pueda pasar algún examen, poner un titulo tras su nombre, y conseguir un empleo. Eso es lo único que nos interesa en lo que ahora llamamos educación.

Pero la acertada educación es algo del todo diferente, ¿no es cierto? No es meramente cuestión de dar al estudiante el conocimiento técnico que lo capacitará para obtener un empleo, sino que consiste en ayudarle a darse cuenta de todas estas influencias y a no quedar aprisionado en ninguna de ellas. Para hacer esto tiene que tener una buena mente, y una buena mente es la que está aprendiendo, no la que ha aprendido; porque la mente que acumula ha dejado de aprender. El aprender llega a ser entonces algo que proviene del pasado, y así no hay más indagación.

¿Qué es, pues, la acertada educación. ¿Es meramente una definición recogida en algún libro, o es un constante proceso de comprensión de las muchas influencias que inciden sobre la mente, de manera que ésta se halle libre al principio mismo y sea por lo tanto capaz de indagación real? Por cierto, una mente que es capaz de inquirir está siempre aprendiendo, no es un mero depósito de información. Cualquiera que sepa leer puede buscar información en una enciclopedia. Aunque en la educación es evidentemente necesario impartir conocimiento técnico para que el estudiante pueda obtener un empleo, actualmente esto es lo único que interesa a la mayoría de los padres. Quieren que sus hijos estén preparados para obtener una buena posición en la actual estructura social, que ‑se le ayude a amoldarse a esta sociedad, que se basa en la codicia, la envidia y la ambición. Queréis que vuestro hijo se adapte dentro de ese marco, no queréis que sea un revolucionario y así, tenéis eso que llamáis educación, que le ayuda simplemente a amoldarse, a imitar, a seguir. Mas ¿no es posible que los que realmente aman a sus hijos les ayuden a comprender las muchas influencias de la sociedad, de la cultura en que nacieron, de modo que cuando crezcan no se conformen a las normas de una cultura determinada, sino que tal vez creen su propia sociedad, libre de envidia, de ambición y codicia? Por cierto, tales personas son las únicas verdaderamente religiosas. La revolución es religiosa no tan sólo económica. Religión no es la aceptación de algún dogma o tradición, o de los llamados libros sagrados. La religión consiste en inquirir para hallar lo desconocido.

12 de febrero de 1956

X. 2ª CONFERENCIA EN MADANAPALLA

ESTOY seguro de que la mayoría de nosotros siente que es necesaria una revolución fundamental en un mundo en que hay tanto caos, miseria, hambre, y la constante amenaza de la guerra. Tenemos la impresión de que debe producirse alguna clase de cambio, y cada grupo tiene su propia panacea o método particular para lidiar con las miserias del mundo. Los comunistas tienen un patrón; los capitalistas otro y aun otro las gentes llamadas religiosas. Estando ansiosos de que se produzca un cambio, que evidentemente es tan necesario, nos asociamos a uno u otro de estos diversos grupos y creo que es importante descubrir lo que entendemos por cambio: no el cambio que produce la mera acción legislativa exterior, sino un cambio mucho más fundamental, más radical. Podemos ver que cualquier cambio que se realiza de acuerdo a un plan preconcebido implica un organismo ejecutivo que lleve a cabo ese plan, y que la autoridad con que debe investirse ese organismo se vuelve invariablemente tiránica ‑que es lo que efectivamente sucede en el mundo. Existe la tiranía de la autoridad bien organizada en manos de unos pocos, o la tiranía de una determinada religión, o bien la tiranía de la autoridad que asume una sección particular de la sociedad. Viendo todo esto, vosotros y yo, personas corrientes, estamos deseosos de producir un cambio para mejorar, de manera que la humanidad tenga en todas partes adecuado alimento, ropa y vivienda, una más amplia educación, etc.

Ahora bien, como dije, es importante descubrir qué entendemos por cambio. Para la mayoría de nosotros, el cambio implica una continuidad modificada de lo que ha existido, ¿no es eso? Aunque los que se llaman revolucionarios desean producir una transformación radical de la sociedad, su actitud, sus valores, sus conceptos y fórmulas, se basan todos en lo pasado, en la reacción de lo que han conocido, y todo cambio que surja de esa fuente no será más que una continuidad de lo que ha existido, por modificado que sea. Puede ser que no comiencen de ese modo, pero eventualmente se llega a eso, y para mí eso no es cambio en absoluto. El cambio implica algo enteramente diferente, y me gustaría, si se me permite, ahondar en toda esta cuestión.

Comprendemos que tiene que haber un cambio fundamental en nuestra manera de pensar, una radical transformación de la mente y el corazón del hombre; pero este cambio extraordinario no puede producirse por la mera continuación de lo anterior en una forma modificada. Ni puede tampoco producirse esta radical revolución en la mente mediante la educación tal como ahora existe; pues lo que ahora llamamos educación no es más que el aprendizaje de una técnica para ganarnos la vida y amoldarnos al patrón impuesto por la sociedad.

Viendo, pues, todo esto, ¿por dónde vamos a empezar? ¿Por dónde empieza uno a producir este cambio fundamental, que obviamente es tan esencial en el orden social? Ciertamente, el problema individual es el problema del mundo. La sociedad es como la hemos hecho nosotros. Hay los que tienen y los que no tienen; los que saben y los ignorantes, los que estén realizando su ambición y los frustrados; existen las diversas religiones, con sus ceremonias y creencias dogmáticas, y la incesante batalla dentro de la sociedad, esta perpetua competencia de unos con otros para lograr, para llegar a ser algo. Todo esto es lo que vosotros y yo hemos creado. Se pueden producir reformas sociales mediante la legislación o por la tiranía; pero a menos que el individuo cambie radicalmente, siempre llegará él a sobreponerse a las nuevas normas, para acomodarlas a sus exigencias psicológicas, es también lo que está ocurriendo en el mundo.

Me parece entonces muy importante comprender el proceso total de la individualidad, porque es sólo cuando el individuo cambia radicalmente que puede haber una revolución fundamental en la sociedad. Es siempre el individuo, nunca el grupo o lo colectivo, que provoca un cambio radical en el mundo, y también esto es históricamente así.

Ahora bien, ¿puede el individuo, es decir, vosotros y yo, cambiar radicalmente? Esta transformación del individuo, pero no de acuerdo a un patrón, es lo que nos interesa, y para mí es la más elevada forma de educación. Es esta transformación del individuo lo que constituye la religión, no la mera aceptación de un dogma, una creencia, que no es religión en absoluto. La mente condicionada a una norma particular que llama religión, ya sea hindú, cristiana, budista o lo que queráis, no es una mente religiosa, por mucho que practique todos los llamados ideales religiosos.

¿Podemos pues, vosotros y yo, producir una transformación radical en nosotros mismos, sin compulsión, sin motivo? Toda forma de compulsión es una actividad egocéntrica, falsea la mente, y el motivo está siempre basado en el proceso del yo, del ‘mí’, del ego. Y ¿puede haber un cambio fundamental en cada uno de nosotros sin motivo, sin compulsión? Creo que ésta es una cuestión que requiere mucha reflexión, indagación. No puede despacharse fácilmente diciendo que puede o que no puede haber tal cambio. Un hombre realmente serio tiene que entrar a fondo en este problema de producir una transformación dentro de sí mismo. Ciertamente, este cambio interior no es conforme a una norma, o a un concepto religioso, sino que viene sólo a través del conocimiento de sí mismo. Esto es, sin conocer la totalidad de mí conciencia, todo mi ser, cualquier ideal, fórmula, concepto o creencia que pueda yo tener será tan sólo un deseo, una idea, no tendrá base, y por lo tanto no será una realidad en absoluto. A menos que haya autoconocimiento, es decir, a menos que yo empiece a conocerme a mí mismo completamente, cualquiera actividad que yo emprenda será destructiva y sólo causará más daño. Así, si uno es serio en alguna medida, si uno se preocupa realmente del caos y de la desdicha del mundo, ¿no es de importancia vital comprender el proceso de uno mismo?

Ahora bien, ¿qué es el conocimiento de sí mismo? El autoconocimiento no se obtiene de ningún libro, no puede tenerse mediante la autoridad de ninguna persona. Las modalidades de mi pensamiento deben ser descubiertas, y sólo puedo descubrirlas en la convivencia; porque ésta es un espejo en el cual puedo verme, no teóricamente, sino como de hecho soy. Por cierto, es en la convivencia con mi esposa, con mis hijos, con mis vecinos, con mis sirvientes, con mi jefe, con toda la sociedad, que me descubro tal como soy; pues en ese espejo de la convivencia puedo ver mis supersticiones, mis juicios, mis hábitos de pensamiento, las tradiciones que sigo, los valores comparativos que doy a las experiencias y a las cosas.

Lo que en general ocurre es que nos gusta o disgusta lo que vemos en el espejo de la convivencia, y por consiguiente lo aceptamos o lo condenamos. Pero sólo es posible descubrir las modalidades del pensamiento, los ocultos motivos y empeños, las reacciones de una mente condicionada por una particular sociedad, cuando miramos a ese espejo sin ningún sentido de condenación o comparación, sin juzgar. Sólo entonces la mente, tanto consciente como inconsciente, se libera de su propio cautiverio, y así tal vez pueda trascender las propias limitaciones. Después de todo, eso es la meditación, ¿no es así?

La verdadera religión consiste en que la mente comprenda sus propios procesos, es decir, su ambición, envidia, codicia, odio, porque la comprensión misma de esas cosas las hace terminar sin compulsión, y por lo tanto la mente está libre para explorar. Entonces hay una posibilidad de hallar aquello que es la realidad, la verdad, Dios, o el nombre que queráis darle. Pero sin autoconocimiento, afirmar o negar meramente que Dios o la realidad existe, carece de todo significado.

Podemos ver que una parte del mundo está condicionada para aceptar la idea de Dios, mientras que otra parte está siendo condicionada, no para creer en Dios, sino para creer en el Estado y sacrificarse por él. Y ¿es posible que la mente se libere de todo condicionamiento? Desde luego, es sólo la mente que se está descondicionando, y que por lo tanto es capaz de actuar, la que produce una revolución radical. Por eso es muy importante para vosotros y para mí individualmente liberarnos de lo colectivo; porque si uno no es libre, no existe la posibilidad de explorar para descubrir lo que es verdad.

Así, quienes son serios deben obviamente inquirir en esta cuestión, y no ajustarse meramente a una norma de pensamiento. Sólo el individuo que es religioso en el verdadero sentido de la palabra puede producir un nuevo estado, una nueva manera de encarar la vida; y el individuo verdaderamente religioso es el que se está liberando del condicionamiento de una particular sociedad, y es por consiguiente verdaderamente revolucionario.

Pregunta: Sin creer en un Planificador de este universo, pienso que la vida carece de sentido. ¿Qué hay de malo en esta creencia?

Krishnamurti: Seguramente, por ‘Planificador de este universo’ queréis decir Dios, sólo que usáis un nombre diferente. Ahora bien, ¿que es la creencia? ¿Qué entendemos con esa palabra, no simplemente el sentido que le da el diccionario, sino cuál es su contenido psicológico?

Y ¿cuál es el proceso de una mente que necesita de una creencia? ¿Qué es lo que os hace decir ‘creo en Dios’ o ‘no creo en Dios’? ¿Cuál es el impulso psicológico que hace que la mente acepte o rechace la creencia en Dios, en un Planificador del universo? Mientras no descubramos eso, creer o no creer simplemente tiene muy poco sentido.

Evidentemente, si desde la infancia se os dice que creáis en Dios, crecéis creyendo, lo mismo que otro a quien desde pequeño se le diga lo contrario se criará incrédulo. A uno se le llama creyente y al otro ateo, pero ambos están condicionados. Cuando creéis en un Planificador del universo es porque desde la infancia se os ha alentado a creer, y vuestra mente ha quedado impregnada con esta idea; o bien tenéis la impresión de que esta vida es tan insegura, tan fluctuante, que vuestra mente se aferra a algo que considera permanente, y a esa permanencia le llamáis Dios, o por cualquier otro nombre, dándole ciertos atributos, cualidades. Esto no está bien ni mal, es de hecho el proceso de la mente. Como vemos en torno nuestro tanta desdicha, caos, tal impermanencia, una completa falta de paz interior y exterior, la mente crea algo atemporal algo perpetuamente bello, pacífico, y se aferra a ello. Así, en su incertidumbre, la mente crea su propia certeza. Mas una mente que cree o no cree, que acepta o rechaza, jamás puede descubrir qué es Dios. Tenemos que encontrar, descubrir a Dios, no creer en él. Para encontrar, la mente tiene que estar libre de creencia y de incredulidad. Ciertamente, este estado al que llamamos Dios, esa realidad atemporal, debe ser algo totalmente nuevo, no imaginado, nunca experimentado antes y solo una mente libre puede descubrirlo, no la que esté atada a un dogma, a una creencia.

Al fin y al cabo, si observáis, si pensáis siquiera en ello, veréis que la mente es resultado del tiempo ‑siendo el tiempo la memoria, la experiencia, el conocimiento. Esto es, la mente es el resultado de lo conocido, del pasado, de muchos miles de años. Ahora bien, con esa mente intentamos hallar lo desconocido, ese algo que puede llamarse Dios, verdad o lo que queréis. Pero una mente así no puede hallar lo desconocido, solo puede proyectar hacia el futuro lo conocido. Cualquier creencia que mantenga la mente es el resultado de su propio condicionamiento; cualquier fórmula o concepto especulativo es el resultado de lo conocido; cualquier movimiento de la mente para inquirir sobre lo desconocido, es totalmente inútil y vano, porque la mente sólo puede pensar en términos de lo conocido. Cuando comprende este proceso total y está por lo tanto libre de lo conocido, la mente se vuelve muy quieta completamente silenciosa; y sólo entonces es posible que lo desconocido sea. Por cierto, esto es meditación; no lo es en cambio, la proyección de lo conocido hacia el futuro, y el culto a esa proyección.

Pregunta: En este mando, la bondad no es provechosa ¿Como podemos crear una sociedad que estimule la bondad?

Krishnamurti: Para los intelectuales, ‘bondad’ es una palabra terrible, y en general desean eludirla; pero ahora se está poniendo de moda aun entre los intelectuales el uso de esa palabra. ¿Y hay bondad cuando existe un motivo tras ella? Si tengo un motivo pare ser bueno, ¿traerá eso bondad? ¿O es la bondad algo enteramente libre de este afán de ser bueno, que se basa siempre en un motivo? ¿Es lo bueno lo opuesto e lo malo, lo opuesto al mal? Todo opuesto contiene la simiente de su propio opuesto, ¿verdad? Hay la codicia y hay la idea de la no codicia. Cuando la mente persigue la no codicia, cuando trata de no ser codiciosa, sigue siéndolo, porque quiere ser algo. La codicia implica desear, adquirir, expandirse. Y cuando la mente ve que no es provechoso el tener codicia, quiere no ser codiciosa, de modo que el motivo sigue siendo el mismo, que es ser o adquirir algo. Cuando la mente quiere no querer, sigue allí la raíz del querer, del deseo. Así, pues, la bondad no es lo opuesto del mal; es un estado totalmente diferente. Y ¿qué es ese estado?

Obviamente la bondad no tiene motivo, porque todo motivo se basa en el ‘yo’, es el movimiento egocéntrico de la mente. ¿Qué entendemos, pues, por bondad? Ciertamente, solo hay bondad cuando hay total atención. La atención no tiene ningún motivo. Cuando hay un motivo para la atención, ¿existe ésta? Si pongo atención para adquirir algo, la adquisición, llámese buena o mala, no es atención; es una distracción, una división. Puede haber bondad únicamente cuando existe una totalidad de atención en la que no haya esfuerzo para ser o no ser. Probablemente no estáis habituados a todo esto.

Para mí, el hacer esfuerzo con el fin de ser bueno es un proceso que en sí mismo produce el mal. Un hombre que trata de ser humilde, que practica la humildad, engendra el mal, pues desde el momento que sois conscientes de ser humildes, ya no sois humildes, sois arrogantes. Señores, no esquivéis esto con la risa. La humildad no se puede practicar; y un hombre que practica la humildad está nutriendo la arrogancia. La virtud no es una cosa que deba cultivarse; porque un hombre que cultiva la virtud, cultiva el ego, el ‘yo’, aunque bajo una vestidura más respetable. Así como la humildad no puede practicarse, tampoco se puede practicar la bondad; ella surge sólo cuando existe la completa atención que llega con la comprensión total de vosotros mismos.

Pensad sobre ello, y veréis que la práctica misma de la no violencia crea violencia. Para estar libres de violencia, tenéis que comprender todas las implicaciones de la violencia; y para eso tenéis que poner toda vuestra atención, cosa que no podéis hacer si estáis persiguiendo lo que se llama el ideal. Cuando la mente está en condiciones de prestar su atención íntegra a lo que es vale decir a la codicia, entonces veréis que la mente está totalmente libre de codicia. No es que se vuelva no codiciosa, es que está libre de codicia, lo cual es un estado enteramente diferente. Como veis, utilizamos el ideal de la no codicia como medio para desembarazarnos de la codicia; pero jamás podemos librarnos de ésta por medio de un ideal. Hemos practicado ese ideal durante siglos, y todavía somos codiciosos. Pero un hombre que realmente vea la necesidad de estar libre de la codicia, no tiene ningún ideal. Sólo le interesa la codicia, lo cual significa que le está prestando toda su atención. Y cuando consagráis a algo toda vuestra atención, en esa atención no hay ninguna comparación, ninguna condenación, ningún juicio. Una mente que está comparando, condenando la codicia, es incapaz de prestar plena atención, porque lo que le interesa es comparar y condenar.

Así pues, la bondad no es un opuesto, no es una virtud; es un estado de ser sin motivo que llega a través del conocimiento propio.

Pregunta: ¿Aceptáis el punto de vista de que el comunismo es la mayor amenaza para el progreso humano? En caso contrario, ¿qué pensáis acerca de esto?

Krishnamurti: Desde luego, toda forma de tiranía es perniciosa. Cualquier forma de poder sobre otros es pernicioso, tanto si es el pequeño poder ejercido por un burócrata en esta población, como si es la amplia tiranía de un grupo de personas que planifican el futuro del hombre según una ideología, y fuerzan a todos a adaptarse a lo que llaman el beneficio del conjunto. Semejante poder es pernicioso; pero miremos esto muy sencillamente y veamos la dificultad implicada en esta cuestión.

Evidentemente, una sociedad tiene que someterse a un plan. Pero, ¿qué sucede al planear una sociedad, y al ejecutar ese plan? Tiene que haber un organismo administrativo dotado de autoridad para llevarlo a cabo, lo que significa que los pocos tienen poder; y ese mismo poder se vuelve pernicioso cuando se ejerce en nombre de Dios, en nombre de la sociedad, o en nombre de una futura utopía. Y sin embargo necesitamos planificar, pues de otro modo la sociedad se vuelve caótica. Existe, pues, este problema del poder investido en los pocos, que llegan a ser tiránicos, crueles, y dicen: ‘Conocemos el futuro, y vosotros no. Hacemos planes para el bienestar del hombre, de modo que debéis adaptaros, de lo contrario os liquidaremos’. ¿Podemos, pues, planear una sociedad sin tiranizar al hombre? Esa es toda la cuestión.

El comunismo sólo es una nueva palabra para designar un juego que ha continuado durante siglos. La Iglesia católica romana lo ha hecho con su inquisición, excomunión y tortura para salvar las almas; y diversas formas de tiranía existen en la historia de toda religión. No es nada nuevo, solo tiene un nuevo nombre, con un nuevo grupo de personas que pretenden conocer el futuro. La tiranía, la tortura, la destrucción organizada, fueron perpetradas en el pasado por los sacerdotes en nombre de Dios; y ahora lo hacen los dictadores y comisarios en nombre del Estado o del partido. Por consiguiente nuestro problema no es la palabra ‘comunismo’, sino toda la cuestión de si el hombre vive para la sociedad o si ésta existe para el bienestar del hombre. ¿Existen, la religión y el gobierno, para educar al hombre a fin de que sea libre y descubra por sí mismo lo verdadero, a fin de ayudarle a ser bueno y tener la visión de la grandeza? ¿O existen para tiranizar al hombre, tratarlo brutalmente y liquidarlo porque unos pocos tienen el poder de destruir?

Es, pues, realmente una cuestión muy compleja. Lo importante no es lo que vosotros o yo pensemos sobre el comunismo, sino descubrir por qué la sociedad, ya sea comunista o democrática, compele a la mente a adaptarse, y por qué el individuo se rebaja a la conformidad. Por cierto, sólo la mente libre puede explorar, no una mente que esté ligada a un libro, a una religión organizada o a una ideología. Una sociedad que condiciona la mente para rendir culto al Estado, y una sociedad que la condiciona para adorar la idea llamada Dios, son igualmente tiránicas.

Ahora bien, ¿puede haber una sociedad que ayude al hombre, al individuo, a ser bueno, a no ser codicioso, a estar libre de envidia, de ambición? Seguramente, eso es lo que importa. El hombre puede ser bueno sólo cuando es libre, no para hacer lo que quiera, sino libre para comprender todo el movimiento de la vida. Eso requiere una diferente clase de escuela, otra clase de educación; exige padres y maestros que comprendan todas las implicaciones de la libertad. De lo contrario tendremos más tiranía, no menos, porque el Estado reclama eficiencia. Tenéis que ser eficientes para tener una nación industrializada, debéis ser eficientes para luchar, para matar, para destruir, y eso es todo lo que persiguen los gobiernos, tales como son ahora. Y los gobiernos están separados además por lo que llamamos religiones. Ninguna religión organizada se atreve a romper con el gobierno y decirle: ‘Estáis equivocados’; al contrario, ellas bendicen los cañones y los acorazados. Durante la última guerra, un hombre que arrojó bombas que mataron a millares de personas escribió un libro titulado ‘Dios fue mi copiloto’. Por supuesto, aquí en Madanapalla no tenéis que ver directamente con todo eso; pero seguramente la guerra es tan sólo una expresión extremada de nuestra vida diaria. Estamos en constante lucha con nosotros mismos y con nuestro prójimo; somos ambiciosos, queremos más poder, más prestigio, la mejor posición; y esta adquisividad se expresa a través del grupo, de la nación. Queremos ser poderosos para defendernos, o para ser agresivos; y así continúa todo ello.

Lo importante, pues, no es lo que vosotros o yo pensemos del comunismo, o de la democracia, sino descubrir cómo libertar la mente, porque sólo la mente libre es la que puede comprender lo que es la verdad, lo que es Dios; y, sin esa comprensión, la vida tiene muy poco sentido. Es la realización de la verdad, o de Dios ‑la experiencia efectiva, no la creencia en ella- lo que es de la más alta importancia, especialmente ahora que el mundo está en semejarte caos y miseria.

19 de febrero de 1956

XI. 3ª CONFERENCIA EN MADANAPALLA

CREO que la mayor parte de nosotros encontramos muy aburrida la vida. Para ganarnos el pan tenemos que realizar cierta tarea, y ésta se vuelve muy monótona; se pone en marcha una rutina que seguimos año tras año casi hasta nuestra muerte. Lo mismo si somos ricos que si somos pobres, y aunque seamos muy eruditos y tengamos una inclinación filosófica, en su mayor parte nuestras vidas son más bien superficiales, vacías. Es evidente que hay en nosotros una insuficiencia, y al darnos cuenta de este vacío, tratamos de enriquecerlo por medio del conocimiento, o por alguna clase de actividad social, o escapamos mediante distintas formas de diversión, o nos adherimos a una creencia religiosa. Aun si tenemos cierta capacidad y somos muy eficientes, nuestras vidas siguen siendo bastante aburridas, y para salir de este fastidio, de esta enfadosa monotonía de la vida, buscamos alguna forma de enriquecimiento religioso, tratamos de capturar ese estado de ser no mundano que no es rutina y que por el momento puede llamarse ‘lo otro’. Al buscar eso otro encontramos que hay muchos sistemas diferentes, diversos caminos o senderos que se supone conducen a ello, y esperamos alcanzar ese estado disciplinándonos, practicando un determinado sistema de meditación, celebrando algún rito o repitiendo ciertas frases. Por ser nuestra vida diaria una serie interminable de dolores y placeres, una variedad de experiencias sin gran significado, o una repetición sin sentido de la misma experiencia, para la mayoría de nosotros el vivir es una monótona rutina; por consiguiente, el problema del enriquecimiento, de captar aquello otro, llámese Dios, verdad, gloria o lo que queramos, se vuelve muy urgente, ¿no es así? Podéis ser rico y estar bien casado, podéis tener hijos, podéis ser capaces de pensar de manera inteligente y cuerda, pero, sin ese estado de ‘lo otro’, la vida llega a ser extraordinariamente vacía.

¿Qué va uno, pues, a hacer? ¿Cómo va uno a captar ese estado? ¿O no es posible siquiera alcanzarlo? Tales como ahora son, nuestras mentes son desde luego muy pequeñas, mezquinas, limitadas, condicionadas; y aunque una mente pequeña especule sobre aquello ‘otro’, sus especulaciones siempre serán pequeñas. Puede formular un estado ideal, concebir y describir aquello otro, pero su concepto seguirá estando dentro de las limitaciones de la mente pequeña. Y creo que ahí es donde reside la clave: en ver que la mente no puede experimentar ese otro viviéndolo, formulándolo o haciendo conjeturas sobre ello. Por cierto ésa es una tremenda comprobación: el ver que, por ser la mente limitada, mezquina, estrecha, superficial, cualquier movimiento suyo hacia aquel extraordinario estado es un impedimento. Percibir este hecho no como especulación, sino efectivamente, el comienzo de un diferente enfoque del problema.

Después de todo, nuestras mentes son el resultado del tiempo, de muchos miles de ayeres; son el resultado de la experiencia basada en lo conocido; y una mente así es la continuidad de lo conocido. La mente de cada uno de nosotros es el resultado de la cultura, de la educación, y por muy extenso que sea su conocimiento o su adiestramiento técnico, sigue siendo el producto del tiempo; por lo tanto es limitada, condicionada. Con esa mente tratamos, de descubrir lo incognoscible; y el comprender que una mente tal jamás puede descubrir lo que es incognoscible, es realmente una experiencia extraordinaria. El darse cuenta de que, por muy astuta, por muy sutil, por muy erudita que sea nuestra mente, no tiene posibilidad de comprender aquello otro, este darse cuenta en sí mismo trae cierta comprensión de hecho, y creo que ella es el principio de una manera de mirar la vida que puede abrir la puerta a ‘aquello otro’.

Para presentar el problema de manera distinta: la mente está sin cesar activa, parloteando, planeando, es capaz de extraordinarias sutilezas e invenciones; y ¿cómo puede estar en calma una mente así? Puede uno ver que toda actividad de la mente, todo movimiento en cualquier dirección, es una reacción del pasado; y ¿cómo puede estar en calma una mente así? Y si se la calma por medio de la disciplina, esa quietud es un estado en que no hay inquisición, no hay búsqueda, ¿verdad? Por lo tanto, no está abierta a lo desconocido, a ese estado que llamamos lo otro.

No sé si habréis siquiera pensado en este problema o habéis sólo pensado en él en términos del enfoque tradicional, que es tener un ideal y avanzar hacia el ideal mediante una formula, mediante la práctica de cierta disciplina. La disciplina implica invariablemente supresión y el conflicto de la dualidad, todo lo cual está dentro del área de la mente, y nosotros procedemos a lo largo de esta línea, esperando captar aquello otro; pero nunca hemos inquirido inteligente y sanamente si la mente puede jamás captarlo. Hemos entendido que la mente debe estar en calma, pero la calma siempre se ha cultivado por la disciplina. Es decir, tenemos el ideal de una mente quieta, y lo perseguimos mediante el control mediante la lucha, mediante el esfuerzo.

Pues bien, si consideráis todo este proceso, veréis que está todo dentro del campo de lo conocido. Dándose cuenta de la monotonía de su existencia, percibiendo la fatiga de sus múltiples experiencias, la mente está siempre tratando de captar aquello otro; mas cuando uno ve que la mente es lo conocido, y que cualquier movimiento que haga, nunca podrá captar eso otro, que es lo desconocido, entonces nuestro problema es, no el modo de captar lo desconocido, sino si la mente puede liberarse de lo conocido. Yo creo que este problema debe ser considerado por cualquiera que desee descubrir si existe la posibilidad de que surja lo otro, lo desconocido. Así pues, ¿cómo puede la mente, que es resultado del pasado, de lo conocido, liberarse de lo conocido? Espero estar explicándome claramente.

Como dije, la mente actual, consciente tanto como inconsciente, es producto del pasado, es el resultado acumulado de las influencias raciales, climáticas, dietéticas, tradicionales y otras. La mente está, pues, condicionada ‑como cristiana, budista, hindú o comunista- y es evidente que proyecta lo que considera ser lo real. Pero tanto si su proyección es la del comunista que cree conocer el futuro y quiere forzar a toda la humanidad a meterse en el molde de su particular utopía, como si es la del llamado hombre religioso, que también cree conocer el futuro y educa al niño para que piense según su particular sendero, ninguna de ambas proyecciones es lo real. Sin lo real, la vida se vuelve muy insípida, como lo es actualmente para la mayoría de las personas; y siendo nuestras vidas insípidas, nos tornamos románticos, sentimentales, acerca de aquello otro, lo real.

Ahora bien, viendo toda esta forma de existencia, sin entrar en demasiados detalles, ¿es posible que la mente se libere de lo conocido, siendo lo conocido las acumulaciones psicológicas del pasado? Hay también lo conocido de la diaria actividad, pero de esto es claro que la mente no puede liberarse; porque si uno olvidase el camino de su casa o el conocimiento que le permite ganarse la vida, estarla al borde de la locura. Pero ¿puede la mente liberarse de los factores psicológicos de lo conocido, que dan seguridad mediante la asociación y la identificación?

Para inquirir en esta materia, tendremos que descubrir si hay realmente diferencia entre el pensador y el pensamiento, entre el que observa y la cosa observada. Actualmente hay una división entre ambos, ¿no es así? Creemos que el ‘yo’, la entidad que experimenta, es diferente de la experiencia, del pensamiento. Hay una brecha, una división entre el pensador y el pensamiento, y por eso decimos: ‘Tengo que dominar el pensamiento’. Pero, ¿es el ‘yo’, el pensador, diferente del pensamiento? El pensador está siempre tratando de dominar el pensamiento, de moldearlo de acuerdo a lo que considera ser un buen ejemplo. Pero, ¿hay un pensador si no hay pensamiento? Es evidente que no. Sólo existe el pensar, que crea al pensador. Podéis colocar al pensador a cualquier nivel, podéis llamarlo lo Supremo, el Atman, o como os guste; pero seguirá siendo el resultado del pensar. El pensador no ha creado el pensamiento; es el pensamiento el que ha creado al pensador. Dándose cuenta de su propia impermanencia, el pensamiento crea al pensador como entidad separada a fin de darse permanencia ‑que es precisamente lo que todos queremos. Podéis decir que la entidad que llamáis el Atman, el alma, el pensador, está separada del pensamiento, de la experiencia; pero sólo os dais cuenta de una entidad separada a través del pensamiento, y también a través de vuestro condicionamiento como hindú, cristiano o lo que dé la casualidad que seáis. Mientras exista esta dualidad entre el pensador y el pensamiento, tiene que haber conflicto, esfuerzo, lo que implica voluntad; y una mente que quiere liberarse, que dice: ‘Tengo que liberarme del pasado’, simplemente está creando otro patrón.

Así pues, la mente puede liberarse a sí misma ‑y puede de ese modo, quizá, surgir aquello ‘otro’- únicamente cuando cesa el esfuerzo en la forma del ‘yo’ que desea lograr un resultado. Pero como veis, toda nuestra vida se basa en el esfuerzo: el esfuerzo para ser buenos, el esfuerzo para disciplinarnos, el esfuerzo para alcanzar un resultado en este mundo, o en el próximo. Todo lo que hacemos se basa en la lucha, la ambición, el éxito, el logro; y así pensamos que la realización de Dios o de la verdad, tiene que venir también por el esfuerzo. ¿Pero no implica, tal esfuerzo, la egocéntrica actividad del logro? Eso no es el abandono del ‘yo’.

Ahora bien, si os dais cuenta de todo este proceso de la mente, consciente tanto como inconsciente, si realmente lo veis y lo comprendéis, entonces encontraréis que la mente se torna extraordinariamente quieta, sin ningún esfuerzo. La quietud que es producida por la disciplina, el control, la supresión o represión, es la quietud de la muerte, pero la quietud de que hablo viene sin esfuerzo, cuando uno comprende todo este proceso de la mente. Sólo entonces existe una posibilidad de que surja eso otro que puede llamarse verdad, o Dios.

Pregunta: ¿No admitís que la guía es necesaria? Si, como decís, no debe haber tradición ni autoridad alguna, entonces cada uno tendrá que empezar a establecer una nueva base para sí. Del mismo modo que el cuerpo físico ha tenido un principio, ¿no hay también un comienzo para nuestro cuerpo espiritual y mental, y no deben ellos desarrollarse desde cada etapa a la próxima superior? Lo mismo que se aviva nuestro pensamiento escuchándoos, ¿no necesita reavivarse entrando en contacto con las grandes mentes del pasado?

Krishnamurti: Señor, este es un viejo problema. Creemos necesitar un gurú, un maestro que despierte nuestras mentes, pero, ¿qué está implicado en todo eso? Implica uno que sabe y el otro que no sabe. Procedamos despacio, no en una forma prejuzgada. El que sabe se convierte en la autoridad, y el que no sabe llega a ser el discípulo; y el discípulo está perpetuamente siguiendo, esperando alcanzar al otro, ponerse al nivel del maestro. Por favor, seguid esto. Cuando el gurú dice que sabe, deja de ser el gurú, el hombre que dice que sabe, no sabe. Os ruego veáis por qué. Puesto que la verdad, la realidad, o aquello ‘otro’, no tiene punto fijo, es evidente que a ello no podemos acercarnos por ningún sendero, sino que ha de ser descubierto de instante en instante. Si tiene un punto fijo, entonces ese punto está dentro de los límites de tiempo. Hacia un punto fijo puede haber un sendero, como lo hay a vuestra casa; mas, para una cosa que es viviente, que no tiene morada, que no tiene principio ni fin, no puede haber ningún sendero.

Ciertamente, un gurú que dice que os ayudará a realizar, sólo puede ayudaros a realizar lo que ya conocéis; porque aquello que realizáis, que experimentéis, debe ser reconocible, ¿no es así? Si podéis reconocerlo, entonces decís: ‘he experimentado’; pero lo que podéis reconocer no es aquello ‘otro’. Aquello otro no es reconocible, no es conocido; no es algo que hayáis experimentado y podáis, pues, reconocer. Aquello ‘otro’ es una cosa que ha de ser descubierta de momento a momento; y para descubrirla, la mente ha de estar libre. Señor, la mente debe estar libre para descubrir cualquier cosa; y una mente que está atada por la tradición, ya sea antigua o moderna, una mente que está cargada con creencias, con dogmas, con ritos, evidentemente no es libre. Para mí, la idea de que otro puede despertaros carece de validez. Esto no es una opinión, es un hecho. Si otro os despierta, entonces estáis bajo su influencia, dependéis de él; por lo tanto, no sois libre; y sólo la mente libre es la que puede hallar.

El problema es, pues, este ¿verdad?: Queremos aquello otro, y, desde que no sabemos cómo conseguirlo, invariablemente dependemos de alguien a quien llamamos el maestro, el gurú, o de un libro, o de nuestra propia experiencia. Así se crea la dependencia, y donde hay dependencia hay autoridad; por lo tanto, la mente se hace esclava de la autoridad, de la tradición, y es evidente que una mente así no es libre. Tan sólo la mente libre es la que puede encontrar; y confiar en otro para el despertamiento de vuestra mente es como confiar en una droga. Desde luego, podéis tomar una droga que os haga ver cosas muy aguda y claramente. Hay drogas que momentáneamente pueden hacer que la vida parezca mucho más vital, de modo que todo resalte con brillantez; los colores que veis todos los días sin que os llamen la atención, se vuelven extraordinariamente hermosos, etc. Ese puede ser vuestro ‘despertamiento’ mental, pero entonces estaréis dependiendo de la droga, como ahora dependéis de vuestro gurú o de algún libro sagrado; y desde el momento en que la mente esté en dependencia, se embotará. De la dependencia viene el miedo: miedo de no conseguir, de no ganar. Cuando dependéis de otro, ya sea el Salvador o cualquier otro, ello significa que la mente está buscando éxito, un fin que satisfaga. Podéis llamarlo Dios, verdad o lo que gustéis, pero sigue siendo una cosa que hay que ganar; la mente queda, pues, aprisionada, se hace esclava, y, haga lo que hicieres ‑sacrificarse, disciplinarse, torturarse‑ una mente así nunca puede encontrar aquello otro.

Así, el problema no es saber quién es el verdadero maestro, sino si la mente puede mantenerse despierta; y hallaréis que sólo puede mantenerse despierta cuando toda relación es un espejo en el que ella se ve tal como es. Pero la mente no puede verse como es si hay condenación o justificación de aquello que ve, o cualquier forma de identificación. Todas estas cosas entorpecen la mente, y siendo torpes, queremos que se nos despierte; por lo tanto buscamos alguien que nos despierte. Más, por esta misma exigencia de ser despertada, una mente torpe se entorpece aun más, porque no ve la causa de su torpeza. Es sólo cuando la mente ve y comprende todo este proceso, y no depende de la explicación de otro, que está en condiciones de liberarse.

Pero ¡cuán fácilmente nos satisfacemos con palabras, con explicaciones! Muy pocos de nosotros rompemos la barrera de las explicaciones, vamos más allá de las palabras y descubrimos por nosotros mismos lo que es verdadero. La capacidad viene con la aplicación, ¿no es así? Pero nosotros no la aplicamos a nosotros mismos, porque nos satisfacemos con palabras, con especulaciones, con las tradicionales respuestas y explicaciones en que se nos ha educado.

Pregunta: En todas las religiones se propugna la oración como cosa necesaria. ¿Qué decís sobre la oración?

Krishnamurti: No se trata de lo que yo diga sobre la oración, porque entonces eso se convierte meramente en una opinión frente a otra, y la opinión no tiene validez; pero lo que podemos hacer es descubrir cuáles son los hechos.

¿Qué entendemos por oración? Una parte de la oración es súplica, petición, demanda. Estando en un aprieto, en sufrimiento, y queriendo que se os consuele, oráis. Estáis confusos, y queréis claridad. Los libros no os satisfacen, el gurú no os da lo que queréis, de modo que oráis; es decir, suplicáis en silencio, o bien repetís verbalmente ciertas frases.

Ahora bien, si persistís en la repetición de ciertas palabras o frases, hallaréis que la mente se aquieta mucho. Es un evidente hecho psicológico que la quietud de la mente superficial es inducida por la repetición. ¿Y qué ocurre entonces? El subconsciente puede tener una respuesta para el problema que agita la mente superficial. Cuando ésta se aquieta, el inconsciente puede insinuar su solución v entonces decimos: ‘Dios me ha respondido’. Es realmente fantástico, cuando llegáis a pensar en ello, el que la insignificante y pequeña mente, presa en el dolor que ella misma se ha acarreado, espere una respuesta de ‘aquello otro’, lo inmensurable, lo desconocido. Pero nuestra petición es respondida, hemos encontrado una solución y quedamos satisfechos. Esa es una de las formas de orar, ¿no es así?

Pero, ¿oráis jamas cuando sois felices? Cuando percibió las sonrisas y las lágrimas de los que os rodean; cuando veis la belleza de los cielos, las montañas, los ricos campos y el veloz movimiento de las aves; cuando hay gozo y deleite en vuestro corazón, ¿os entregáis a lo que llamáis oración. Es claro que no. Y sin embargo, ver la belleza de la tierra, notar el hambre y la miseria, darse cuenta de todo lo que oculte en torno nuestro, es también por cierto una forma de oración. Tal vez tenga esto mucho más importancia, mucho más valor, porque puede barrer las telarañas de la memoria, de la venganza, todas las acumuladas estupideces del ‘yo’. Más una mente preocupada de sí misma y sus designios, presa de sus creencias, sus dogmas, temores y celos, su ambición, codicia, envidia, una mente semejante no es posible que se dé cuenta de esta cosa extraordinaria llamada vida. Está atada por su propia actividad egocéntrica; y cuando una mente así ora, tanto si es para tener una refrigeradora como si es para que se resuelvan sus problemas, sigue siendo pobre aun cuando pueda recibir una respuesta.

Todo esto trae la cuestión de qué es la meditación, ¿no es así? Es evidente que tiene que haber meditación. La meditación es una cosa extraordinaria, pero la mayoría de nosotros no sabe lo que significa meditar; sólo nos interesa cómo meditar, practicar un método o un sistema mediante el cual esperamos conseguir algo, realizar lo que llamamos paz, o Dios. Nunca nos preocupamos de descubrir qué es la meditación, y quién es el que medita; mas si empezamos a inquirir sobre lo que es la meditación, entonces quizá descubramos cómo meditar. Investigar la meditación, es meditación. Pero para investigar la meditación, no podéis estar ligado a ningún sistema, porque entonces vuestra indagación estará condicionada por el sistema. Para explorar realmente todo este problema de qué es la meditación. tienen que ser abandonados todos los sistemas. Únicamente una mente libre puede explorar; y el proceso mismo de liberar la mente para explorar, es meditación.

Pregunta: El pensamiento de la muerte sólo es soportable para mí si puedo creer en una vida futura; pero vos decís que la creencia es un obstáculo para la comprensión. Os ruego me ayudéis a ver la verdad de esto.

Krishnamurti: La creencia en una vida futura es el resultado del propio deseo de consuelo. Si hay o no una vida futura, en realidad sólo puede descubrirse cuando la mente no está deseosa de ser confortada por una creencia. Si estoy apenado porque ha muerto mi hijo, y para sobreponerme a esa pena creo en la reencarnación, en la vida eterna o en lo que queréis, entonces la creencia llega a ser para mí una necesidad; y es evidente que una mente así jamás podrá descubrir lo que es la muerte, porque lo único que le interesa es tener una esperanza, un consuelo, reanimarse.

Ahora bien, si hay o no continuidad después de la muerte, es un problema muy distinto. Vemos que el cuerpo termina; por el constante uso, el organismo físico se gasta. Entonces, ¿qué es lo que continúa? Es la experiencia acumulada, el conocimiento, el nombre, los recuerdos, la identificación del pensamiento en forma de ‘yo’. Pero eso no os satisface; decís que tiene que haber otra forma de continuación, como el alma permanente, el Atman. Si existe este Atman que continúa, será la creación del pensamiento, y el pensamiento que ha creado el Atman sigue formando parte del tiempo; no es, pues, espiritual. Si realmente penetráis en este asunto, veréis que sólo hay el pensamiento identificado en forma de ‘yo’ ‑mi casa, mi esposa, mi familia, mi virtud, mi fracaso, mi éxito y así sucesivamente- y queréis que esto continúe. Decís: ‘Quiere terminar mi libro antes de morir’, o bien, ‘Deseo perfeccionar las cualidades que he estado tratando de desarrollar, y ¿de qué me sirve el haber luchado todos estos años para logras algo, si al fin hay aniquilación?’ Así la mente, que es el producto de lo conocido, quiere continuar en el futuro; y como existe la incertidumbre que llamamos muerte, estamos asustados y queremos reanimarnos.

Mas yo creo que el problema debe enfocarse de manera diferente, esto es, descubrir por sí mismo si es posible experimentar, mientras vive uno, ese estado de terminación que llamamos muerte. Esto no significa suicidarse, sino que es experimentar efectivamente ese estado asombroso, ese sagrado momento de morir para todo lo de ayer. Al fin y al cabo, la muerte es lo desconocido, y ninguna suma de racionalización, ninguna creencia o incredulidad, traerán jamás esa extraordinaria experiencia. Para tener esa interna plenitud de vida, que incluye la muerte, la mente debe liberarse de lo conocido. Lo conocido tiene que cesar para que lo desconocido sea.

26 de febrero de 1956

XII. 1ª CONFERENCIA EN BOMBAY

CREO que es importante comprender que la libertad está al principio y no al fin. Creemos que la libertad es algo que se logra, que la liberación es un estado ideal de la mente que se alcanza gradualmente, con el tiempo, mediante diversas prácticas; mas, para mí, éste es un enfoque totalmente erróneo. La libertad no es cosa que haya de ser conseguida; la liberación no es cosa que haya de ganarse. La libertad o liberación, es aquel estado de la mente que es esencial para el descubrimiento de cualquier verdad, cualquier realidad, y por lo tanto no puede ser un ideal; tiene que existir desde el principio mismo. Sin libertad al principio, no puede haber ningún momento de comprensión directa, porque todo pensar es entonces limitado, condicionado. Si vuestra mente está atada a cualquier conclusión, a cualquier experiencia, a cualquier forma de conocimiento o creencia, no está libre; y a una mente así le es imposible percibir lo que es verdad.

Esto es algo que ha de ser sentido y comprendido inmediatamente, no discutido interminablemente, porque es un hecho. ¿Cómo podrá tener la capacidad para explorar y descubrir, una mente que esté paralizada, vegeta por una creencia, por un dogma, o por sus propios conocimientos y experiencias? Así pues, la libertad es esencial para descubrir lo que es la verdad, y sólo el individuo que no sea meramente resultado de lo colectivo, es el que puede ser libre. Para que la mente sea capaz de libertad, es obvio que debe haber aplicación: la aplicación que viene por la atención; y esto es lo que quisiera discutir esta noche. Es esencial, creo, descubrir el modo de escuchar, porque en el acto mismo de escuchar hay aclaración. Hay esclarecimiento inmediato, no por la argumentación o el conocimiento comparativo, sino cuando se escucha por completo. Es muy difícil escuchar completamente, porque nuestra plena atención no existe; pero es sólo cuando escuchamos algo por completo que hay comprensión inmediata.

Pues bien, si observáis vuestra propia mente mientras estáis sentados aquí, notaréis que estáis escuchando a través de diversas pantallas ‑la pantalla de lo que conocéis, o de lo que habéis oído o leído, la pantalla de vuestras propias experiencias- y estas pantallas de hecho impiden escuchar. Realmente nunca escucháis, siempre estáis interpretando lo que oís, según vuestro trasfondo, vuestros prejuicios, según las conclusiones a que habéis llegado; por lo tanto no escucháis. Y solamente hay transformación inmediata cuando uno escucha plenamente, esto es, no permite que se interpongan las cosas que uno ha aprendido. Escuchar completamente es no juzgar, no evaluar, de modo que todo vuestro ser está atento; y cuando estáis escuchando de esa manera, hallaréis que hay esclarecimiento inmediato. Ese esclarecimiento es libertad atemporal, liberación.

Me parece que tenemos que diferenciar entre aprender y ser enseñados. Estoy seguro de que la mayoría de vosotros estáis aquí para escuchar a alguien que creéis os enseñará algo; de modo que vuestra actitud ante el que habla es la de un individuo que espera ser enseñado por un maestro. Mas no creo que haya ninguna enseñanza; sólo hay el aprender, y es muy importante comprender esto. Cuando el individuo que escucha considera que quien habla le está enseñando algo, semejante actitud crea y mantiene la división de discípulo y maestro, del que sabe y el que no sabe. Pero sólo existe el aprender; y pienso que es muy importante comprender esto desde el principio mismo, y establecer entre nosotros la justa relación. El hombre que dice que sabe, no sabe; el hombre Que dice haber alcanzado la liberación, no ha comprendido. Si creéis que vais a aprender algo de mí, que yo sé y que vosotros no sabéis, entonces os convertís en seguidores; y el que sigue jamás descubrirá lo que es la verdad. Por eso es muy importante que comprendáis esto.

Un hombre puede tener conocimiento sólo sobre cosas conocidas; no puede tener conocimiento sobre lo desconocido. Lo desconocido surge de instante en instante, no se lo puede juntar, acumular. Siendo atemporal, no puede ser acumulado y usado. El gurú, el llamado maestro, que afirma que sabe, no puede conocer más que las cosas que ha experimentado; y lo que ha experimentada está condicionado, es del tiempo, y, por consiguiente, no es verdadero. Es pues esencial, si vosotros y yo queremos comprendernos unos a los otros, establecer la justa relación entre nosotros desde el principio mismo. No estáis escuchando para que yo os enseñe; estáis escuchando para aprender. La vida es un proceso de aprender; pero no se puede aprender mientras la mente está acumulando. ¿Cómo podéis aprender si la mente se interesa en acumular, y en utilizar lo recién adquirido para aumentar su acumulación?

Os ruego sigáis esto, señores. Cuando decimos: ‘Tengo que aprender’, entendemos que, en el proceso dé aprender, vamos a acumular lo aprendido para conocer mas, ¿no es así? Semejante aprendizaje es esencial en la adquisición del conocimiento técnico. Si queréis construir un puente, tenéis que acumular el conocimiento requerido; si sois hombre de ciencia, tenéis que conocer los experimentos anteriores y los descubrimientos de otros científicos. Esa clase de conocimiento es indispensable para el bienestar material del hombre. Más yo no estoy hablando del conocimiento en ese sentido. Aun en la ciencia, no adoráis ni seguís a nadie; seguís los hechos, no los individuos. En la ciencia, el proceso mismo de experimentación trae sus propios descubrimientos. Si sois un gran hombre de ciencia, no tenéis a nadie que os lleve al descubrimiento en la experimentación; estaréis constantemente investigando, desechando, explorando, inquiriendo para descubrir. Pero nunca hacemos eso con respecto a la vida interior, religiosa, que es mucho más importante que el mero descubrimiento de hechos científicos; porque los hechos científicos pueden ser desviados y utilizados por una mente egocéntrica, interesada en sí misma y en su propio progreso.

Lo que nos concierne aquí es la comprensión de lo que es la verdad, qué es la vida religiosa, la vida buena. Si simple mente os está enseñando una persona que afirma saber, o que vosotros consideráis que ha alcanzado algo, estaréis creando una división entre vosotros y esa persona; estará el maestro y el discípulo, progresando el maestro adelante y siguiéndole el discípulo; existe un estado de desigualdad, y en materia espiritual tal desigualdad es antiespiritual, inmoral, porque cuando os convertís en seguidor, os destruís.

Os ruego comprendáis esta muy sencilla verdad: mientras sigáis a otro, no importa quien sea, jamás encontraréis lo eterno, aquello ‘otro’ que está más allá de la mente. Tiene, pues, que haber libertad desde el principio mismo; libertad, no para escoger vuestros diversos, gurús, cosa que no es libertad, sino libertad para investigar, lo cual significa que no puede haber seguimiento. Por consiguiente no hay gurú, no hay maestro, no hay libro sagrado. Para ser capaz de descubrir lo que es verdadero, la mente debe estar libre; y la mente no es libre cuando se encuentra cargada de conocimientos acumulados, de sus propias experiencias. Aprender es un proceso de constante descarte de aquello que se está acumulando, de descartar a fin de descubrir.

Una mente que se ha consagrado al Gita, al Corán, a la Biblia, o a alguna creencia, nunca puede aprender, sólo puede seguir; y sigue porque quiere seguridad. Mientras la mente desee estar segura, sin perturbación, de manera permanente, mientras busque su propia perpetuación mediante una creencia, será evidentemente incapaz de descubrirlo que es Dios, lo que es la verdad.

La mente sólo puede aprender cuando renuncia, es decir, cuando se despoja constantemente de lo que está aprendiendo. Si el aprender es meramente acumulativo, entonces no existe el aprender. Os ruego veáis este hecho. Mientras la mente este acumulando, acopiando, ¿cómo podrá aprender, si lo que aprende siempre será interpretado de acuerdo con lo que ya ha acumulado? Donde hay acumulación, nunca puede haber el movimiento del aprender; porque es únicamente cuando la mente está libre para explorar, que puede aprender. Si la mente ve en realidad este hecho, no por la argumentación, verbal o intelectualmente, como se dice, sino honda y verdaderamente, entonces una mente así es capaz de encontrar aquello que puede llamarse bienaventuranza, verdad, Dios o como queráis.

Me parece, pues, muy importante que comprendáis desde el principio mismo de estas pláticas que no os estoy enseñando nada, pues de lo contrario estaremos moviéndonos en opuestas direcciones. No sé literalmente nada, excepto cosas tales como conducir un coche, escribir cartas, etc. Hallándose, pues, en un estado de no saber, la mente es capaz de investigación completa. Una mente que sabe, no puede investigar; y sólo una mente que está libre de lo conocido puede hallar lo desconocido.

Estas pláticas no están destinadas a guiaros, a deciros lo que tenéis que hacer, sino más bien a liberar la mente para que descubra por sí misma lo que hay que hacer, y no siga a nadie. Esto significa romper con la tradición. descartar toda idea de adorar a alguien para encontrar a Dios. Nos hemos criado en la noción de que el gurú es necesario porque él sabe y nos dirá lo que tenemos que hacer; estamos impregnados de esa tradición, y ha de ser descartada inmediatamente si hemos de comprender todo eso. Como veis, nos asusta el no tener líderes, porque estamos tan confusos; y cuando actuamos partiendo de nuestra confusión, ésta aumenta. Pero esta confusión sólo puede ser disipada por cada uno de nosotros, y por eso es tan importante que el individuo se comprenda a sí mismo. Con la comprensión de uno mismo viene una acción que no es confusa ni produce confusión. Así, el conocimiento propio es indispensable ‑pero no el que se enseña en los libros, pues eso no es en modo alguno conocimiento propio; no es más que vana repetición. Lo que tiene valor es no suponer nada de antemano: que sois el Atman, el Paramatman, etc., sino descubrir en vuestras relaciones diarias lo que efectivamente sois, lo cual es aprender sobre vosotros mismos. Pero no podéis aprender sobre vosotros mismos si habéis acumulado lo que aprendisteis ayer, porque entonces comparáis el ayer con el hoy, y esta comparación destruye el ulterior descubrimiento. El conocimiento propio es una cosa viviente, no los despojos acumulados del acopio de ayer.

Si uno ve realmente esta cosa, ¡cuán extraordinariamente sencilla es! Y la mente tiene que ser sencilla, inocente, en el sentido de no tener ninguna acumulación del ayer. Sólo una mente así es la que puede descubrir el significado de todo este proceso del vivir, que es ahora tan caótico, desdichado, violento. Por eso es esencial comprender, desde el principio mismo, que la vida no es una escuela en la cual estén un maestro y los discípulos. El significado de la vida hay que encontrarlo en el vivir: pero desde el momento en que acumuléis, estaréis muertos, como un charco de agua estancada. Es pues esencial que la mente sea como las aguas vivas del río, siempre avanzando, lo que significa que tiene que haber libertad al principio mismo.

Antes de que consideremos juntos algunas de estas preguntas, comprendamos de nuevo nuestro intento. No es que yo esté contestando a tales preguntas, pues no hay contestación. Os ruego comprendáis esto, de lo contrario estaréis desperdiciando vuestro tiempo al escuchar lo que digo. No hay respuesta, sólo hay el desarrollo del problema, y por tanto la belleza del descubrimiento de la verdad en el problema. Una mente que esté buscando respuesta nunca investigará el problema, porque está ocupada con la respuesta; y es muy difícil que la mente no esté ocupada con la respuesta, porque anhela ser satisfecha. La mayoría de nosotros queremos una respuesta agradable y fácil para nuestros problemas. Pero aquí no estamos respondiendo, estamos desplegando el problema, descubriendo todas sus facetas, sus sutilezas, discerniendo aquella cosa extraordinaria que está tras del problema. Después dé todo, la mente es nuestro único instrumento de percepción, y cuando está ocupada con una respuesta, se ha bloqueado ella misma. La mente que busca un resultado, una conclusión, estorba su propia acción, su propio vivir; está encerrada por los muros de sus propios argumentos, de sus autodecididos esfuerzos. Haced, pues, el favor de tener presente que no estoy contestando a estas preguntas; estamos tratando juntos de descubrir la verdad del problema, no la respuesta; porque la mente quiere ser satisfecha, desea una respuesta cómoda y agradable, y tal respuesta no es la verdad.

Pregunta: Después de haberos escuchado ávidamente durante tantos años, nos encontramos exactamente donde estábamos. ¿Es esto todo lo que podemos esperar?

Krishnamurti: La dificultad en este problema está en que queremos un resultado que nos convenza de que hemos progresado, que nos hemos transformados. Queremos saber que hemos llegado; y un hombre que ha llegado, un hombre que ha escuchado y obtenido un resultado, es evidente que no ha escuchado en absoluto (risas). Señores ésta no es una respuesta ingeniosa. El que pregunta dice que ha escuchado durante muchos años. Pero ¿ha escuchado con completa atención, o ha escuchado para llegar a alguna parte y ser consciente de haber arribado? Es como el hombre que practica la humildad. ¿Puede practicarse la humildad? Ciertamente que el ser consciente de que sois humilde, es no ser humilde. Queréis saber que habéis llegado. Eso indica, ¿no es así?, que estáis escuchando para alcanzar un estado determinado, un lugar donde nunca se os molestará, donde encontraréis perpetua felicidad permanente ventura. Más, como dije antes, no hay llegada, solo hay el movimiento de aprender, y esa es la belleza de la vida. Si habéis llegado, no hay nada más. Y todos vosotros habéis llegado, o queréis llegar, no solo en vuestros negocios, sino en todo lo que hacéis; estáis, pues, insatisfechos, frustrados, desdichados. Señores, no hay ningún lugar al cual haya que llegar; hay simplemente este movimiento del aprender, que sólo se vuelve doloroso cuando hay acumulación. Una mente que escuche con completa atención nunca buscará un resultado, porque está constantemente abriéndose; como un río, siempre está en movimiento. Una mente así es enteramente inconsciente de su propia actividad, en el sentido de que no hay perpetuación de un ego, de un ‘yo’ que esté tratando de lograr un fin.

Pregunta: En todas direcciones, Tanto interior como exteriormente, vemos incitación a la violencia. Se han desenfrenado el odio, la mala voluntad, la bajeza y la agresión, no sólo en la India, sino en todos los rincones del mundo, y en la psiquis misma del hombre. ¿Cuál es vuestra respuesta a esta crisis?

Krishnamurti: Este problema, como todos los demás problemas humanos, es muy complejo. No hay respuesta afirmativa o negativa. ¿Por qué somos violentos como individuos, y, por lo tanto, como grupo, como nación? Mirad lo que ha sucedido recientemente en esta población. ¿Por qué somos violentos, y sobre qué? ¿Quién se preocupa de que os llaméis Gujarathi o Maharashtrian?12 ¿Qué es lo que hay en un nombre? Pero tras del nombre están todos los prejuicios encerrados, el provincialismo estrecho, estúpido y aislador; y de la noche a la mañana odiáis, acuchilláis a vuestro prójimo con palabras y de hecho. ¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué estamos, como grupo de hindúes, opuestos a los cristianos? ¿Y por qué están los alemanes o los americanos, como grupos, opuestos a algún otro grupo? ¿Por qué somos así? Vosotros y yo podemos inventar excusas y explicaciones en gran número, y cuanto más ingeniosos seamos, tanto más razonadas serán nuestras explicaciones. Pero prescindiendo de las explicaciones, ¿sabéis que sois así? ¿Os dais cuenta de que de repente os volveréis contra vuestro vecino por causa de una división territorial en el mapa, porque ciertos políticos anhelan lograr más poder, y vosotros deseéis apoyarlos porque también estáis buscando poder? ¿Por qué sois así? Los musulmanes y los hindúes se oponen mutuamente. ¿Por qué? Y ¿os dais cuenta de esto en vosotros mismos? ¿No es importante saber que sois así, y no pretender idealmente ser no violento, y otras tonterías? El hecho real es que sois violentos; y creo que el problema está en que no os dais cuenta de que lo sois, porque siempre estáis pretendiendo ser no violentos. Se os ha educado, criado, enseñado en el ideal de la no violencia; pero el ideal es cosa falsa, no existe en absoluto. Lo que existe es lo que sois, que es el ser violentos, y la brecha entre el ideal y el hecho crea esta hipócrita existencia dual que es una de nuestras desgracias en este país. Todos vosotros sois personas así idealistas, siempre estáis hablando sobre la no violencia y masacrando a vuestros vecinos (risas). Señores, no riáis, no es cosa divertida. Son hechos. ¿Queréis decir que toleraríais la pobreza, la degradación, los horrores que existen en cada ciudad y aldea de la India, si fuerais realmente misericordiosos? No sois misericordiosos y compasivos de hecho sólo lo sois en teoría, y es por eso que vivís vidas duales.

El hecho es mucho más importante que lo que debería ser. El hecho es que sois violentos, y rehusáis enfrentar ese hecho porque decís que no debéis ser así; vituperáis la violencia, la repudiáis, pero sigue ahí. Cuando en vez de perseguir el ideal de la no violencia, que no existe, reconocéis el hecho de que sois violentos, tan sólo entonces podéis acabar con la violencia; entonces vuestra atención no está desviada, se entrega plenamente a la comprensión de la violencia, y por consiguiente podéis hacer algo con respecto a ella; podéis ocuparos atenta, diligentemente con el hecho de la violencia, la mala voluntad, la mezquindad, la crueldad. Por eso es muy importante que el ideal sea abandonado, abolido por completo.

Todos sabéis que la crueldad prosigue en todas partes en este país; crueldad no sólo para el prójimo, para el aldeano, sino también para con los animales. Si comprendierais la falsedad del ideal, ¿queréis decir que no podríais encarar este hecho y ponerle fin? Entonces seríais un pueblo por completo diferente, haríais surgir una cultura diferente, una distinta sociedad, no seríais imitadores del Occidente; seríais algo real, y la realidad es original, no es imitativa. Pero no podréis ver lo original, lo real, mientras vuestra atención esté distraída por lo ideal.

Lo ideal no tiene importancia; lo que tiene importancia es el hecho. A través del ideal esperáis desembarazaros del hecho, mas esto no puede hacerse, y creo que esto también es muy importante comprenderlo. La mente que va en pos de un ideal es una mente irreal, una mente que escapa, que elude los hechos. Pero enfrentar el hecho es muy difícil para una mente que ha sido enseñada durante siglos para aceptar el ideal como algo que vale la pena. Practicáis la no violencia, Ahimsa, y todo lo demás, lo cual es para mí un completo disparate, porque no es un hecho. El hecho es que sois violentos, como se comprueba una y otra vez, lo que significa que no tenéis compasión; y no podéis tener compasión como un ideal. O sois compasivos, o no lo sois. La violencia existe en el mundo porque existe en vuestro corazón, y el rechazar la violencia debería ser vuestra única preocupación, no el perseguir el ideal de la no violencia. Para desprenderos de la violencia, tenéis que aplicarle vuestra atención en la vida cotidiana, tenéis que daros cuenta de ella en vuestras palabras, en vuestros gestos, en el modo en que habláis a vuestros sirvientes, a vuestros vecinos, a la esposa y los hijos. Vuestra violencia indica que no tenéis amor, y eso es un hecho. Si podéis mirar al hecho, entonces ese mismo mirar transformará, hará algo respecto del hecho.

Pregunta: Admitiendo que la religión es de la más alta importancia en la vida, ¿no deberá interesarse la persona verdaderamente religiosa en las dificultades de su prójimo?

Krishnamurti: Todo depende de a quién llamáis persona religiosa, y lo que entendéis por interesarse. Os ruego que sigáis, esto, señores. ¿Debe ocuparse el hombre religioso en la reforma social? ¿Qué está pasando actualmente en el mundo? La llamada persona religiosa se ocupa de la desgracia, los trastornos, la pobreza de su prójimo, cosa que se llama reforma social. Esto ocurre aquí en la India y en otras partes.

Ahora, como sabemos, está aumentando la producción, y es bastante seguro que dentro de 50 ó 100 años vamos a tener suficiente alimento, ropas y viviendas; porque, a su modo brutal y tiránico, los comunistas aspiran a eso, y los capitalistas también, para sus propios fines. Todos estamos trabajando para aminorar la pobreza y aumentar la producción mediante una mayor eficiencia, invenciones mecánicas, etc. Todo esto está ocurriendo, y ocurrirá más ampliamente, como debe ser. Pero lo que es de la mayor importancia, por cierto, es ver la pobreza, ver la degradación, ver cómo el hombre trata al hombre, que es algo espantoso, y sentirlo, no preguntar qué hay que hacer sobre ello. Lo que hay que hacer al respecto vendrá después. Pero la mayoría de nosotros pierde el amor por el hombre en la acción de emprender algo para reformarlo. Esta reforma va a realizarse a través del comunismo, con sus elementos destructores, a través del socialismo, a través del capitalismo, y por la constante presión de los países agobiados por la pobreza sobre los países que son ricos. Esa presión misma va a producir cambio, revolución.

Así pues, el problema consiste en saber quién es un hombre religioso. Y ¿debe interesarse un hombre religioso en esta reforma social, que es cuestión de eliminar la pobreza y producir una equitativa distribución de los bienes mundanos? Es evidentemente indispensable eliminar la pobreza, tener buena salud, suficiente alimento, casas adecuadas para vivir, y todo lo demás; y esto ha de realizarse mediante la legislación, por la presión, la producción en masa, etc.

¿Pero qué es lo que entendemos por ‘hombre religioso’? Por cierto, hombre religioso es el que ayuda a liberar al individuo, y a sí mismo, de toda la crueldad y el sufrimiento en la vida, lo que significa que él está libre de toda creencia. No tiene autoridad, no sigue a nadie, porque es su propia luz y esa luz viene del conocimiento propio, es la liberación que surge cuando el individuo se comprende por completo a si mismo. El hombre religioso es un hombre que es creador, no en el sentido de pintar cuadros o escribir poesías, sino que hay en él una creatividad que es perpetua, atemporal.

Y ¿se ocupará de la reforma social ese hombre religioso, que está descubriendo a cada momento? ¿O permanecerá fuera de la sociedad y ayudará al individuo que está aprisionado en su lucha incesante? Seguramente, el hombre verdaderamente religioso está fuera de la sociedad, porque para él no hay autoridad. No está buscando un resultado; por consiguiente los resultados llegan a pesar de él; y un hombre así no se interesa en la reforma social.

Fijaos, la reforma social es indispensable. Pero hay muchas personas que actúan en la reforma social; y ¿por qué lo hacen? ¿Es por amor? ¿O es, esa particular actividad que se llama reforma social, un medio para su propia autorrealización? Darse cuenta del mendigo en la calle, ver la espantosa pobreza y degradación en los pueblos y sentirla, tener amor, compasión por el mendigo, por el aldeano, no es buscar la propia realización en la actividad de la reforma social, aunque podáis ser activo socialmente. Más cuando llegáis a ser importante en la obra social, ¿no es porque estáis dando plenitud a vuestra persona mediante esa acción? Cuando hacéis eso, dejáis de amar; y amar, tener compasión, ser sensible a la belleza y a la fealdad, es mucho más importante que realizaros en alguna presuntuosa obra a la cual llamáis reforma social.

Es pues el hombre religioso el verdaderamente revolucionario, no el que trata de producir una revolución en el sentido económico. El hombre religioso carece de autoridad, no es codicioso, ambicioso, no está buscando un resultado, no es político; por consiguiente sólo el hombre religioso es quien puede producir la verdadera clase de reforma. Por eso es importante que todos nosotros, no como grupos, sino como individuos, nos liberemos inmediatamente de las creencias y los dogmas, la codicia y la ambición. Entonces hallaréis que la mente se vuelve asombrosamente sensible; y un hombre así es un reformador en un sentido enteramente diferente, su acción tiene un significado totalmente distinto, porque él ayuda a liberar la mente para descubrir, para ser creativa. La mente que está ocupada nunca puede ser creadora; la mente interesada en su propia realización jamás podrá hallar lo desconocido. Tan sólo la mente que está completamente desocupada puede descubrir y comprender lo eterno, y una mente semejante producirá su propia acción sobre la sociedad.

4 de marzo de 1956

XIII. 2 CONFERENCIA EN BOMBAY

EL domingo pasado estuvimos discutiendo la cuestión de librarse el individuo de todas las limitaciones impuestas sobre él por la sociedad, y del condicionamiento de la religión; porque, es únicamente cuando el individuo está libre de su condicionamiento, que puede ser creativo. Entiendo por creatividad el instante en que se está libre del tiempo, que es el único estado que puede traer la justa clase de transformación social y el total bienestar del hombre.

No creo que nos demos cuenta del pleno significado de la libertad individual con respecto a lo colectivo, ni que veamos su importancia. Y ¿es posible que el individuo emerja de lo colectivo? Después de todo, aunque tenemos diferentes nombres, cuentas bancarias particulares, casas separadas, distintivas cualidades personales, etc., no somos realmente individuos, somos meramente el resultado de lo colectivo. Siglo tras siglo de valores tradicionales, de creencias y dogmas, ya sea conscientes o almacenados en lo subconsciente, trazan nuestra senda y compelen a la mente, que creemos es un individuo. Pero la mente es un resultado de la totalidad de estas compulsiones, de estas incitaciones y deseos, y aunque se le da un nombre separado, en forma de Señor X, no tiene verdadera individualidad; y no creo que percibamos cuán esencial es que el individuo salga de este total condicionamiento humano. Es en el instante de liberarse de lo colectivo que existe el individuo creador, y la iniciación de esta creatividad es la cuestión fundamental, porque solamente entonces puede uno descubrir si existe una realidad atemporal, un estado que puede ser llamado Dios. La mera afirmación de que existe o no existe semejante estado, carece de todo valor; lo que tiene valor es la experiencia directa, no contaminada por el pasado.

Como explicaba la ultima ver que nos reunimos, la liberación tiene que estar al principio, no al fin. La libertad delate venir lo primero, no lo último, y sólo puede hallar libertad cuando desde el principio mismo la mente empieza a liberarse de su propio condicionamiento. Por esto es importante para cada uno de nosotros hacer efectiva esa libertad, y exigirla para nuestros hijos por medio de la correcta educación, etc., que es lo que quisiera yo discutir esta tarde.

Pues bien, es evidente que no somos libres mientras estemos siguiendo a otro. Tiene que haber libertad del maestro, del gurú, lo que implica, ¿no es así?, que uno debe convertirse en su propia luz, y no depender de ningún otro para esa luz. Y ¿podemos realmente ensayar la descarga de la mente su liberación del líder, del instructor, del gurú? ¿Podemos experimentar en realidad ese estado ahora, mientras estamos discutiéndolo, de modo que la mente no dependa de otro para su orientación?

Todas vuestras llamadas enseñanzas religiosas crean un ideal que seguís, y que también es otra forma de maestro. Y ciertamente, esta libertad total del concepto de un líder de un maestro, del seguimiento en cualquier forma, es indispensable; porque, seguir a un maestro implica la acumulación de conocimiento, y únicamente puede haber liberación cuando se renuncia totalmente al conocimiento. Al fin y al cabo, es el conocimiento lo que realmente estamos buscando en la vida cotidiana, ¿no es así? Queremos conocimiento para hacer cosas, conocimiento para actuar, conocimiento que nos guíe hacia la meta, hacia el éxito, hacia la realización; y precisamente ese conocimiento se convierte en el factor que ata. Así pues, ¿puede la mente liberarse del conocimiento? Creo que ésta es una cuestión importante que considerar; investiguemos pues y no la desechemos, como imposible, no afirmemos meramente que puede hacerse.

Todo seguimiento implica acumulación de conocimiento, ¿no es verdad? donde haya acumulación de conocimiento, tiene que haber imitación. Después de todo, cuando se os hace una pregunta familiar, vuestra respuesta es inmediata. Cuando se os pregunta dónde vivís, cuál es vuestra tarea, vuestro nombre, etc., la memoria responde instantáneamente porque estáis familiarizados con todo eso. Pero si se hace una pregunta más compleja, hay hesitación, lo que implica que la mente está buscando en el depósito de la memoria la acertada respuesta. Y si se os pregunta una cosa de la cual prácticamente no sabéis nada, acudís a un libro, o buscáis más profundamente en esa parte de la conciencia que es la memoria. Siempre os está, pues, guiando la memoria. La memoria tiene que existir, pues de lo contrario no sabríais cómo volver a vuestra casa, cómo hacer vuestra tarea, construir un puente, etc. Aprendemos una multitud de cosas necesarias, y es evidente que tal conocimiento no debe olvidarse. Mas yo estoy hablando de una clase de conocimiento totalmente distinto: el conocimiento que acumula la psiquis para protegerse en el futuro y lograr cualquier cosa que desee realizar psicológicamente, espiritualmente. Es este conocimiento el que nos vuelve egocéntricos, porque la mente lo utiliza como medio para su propia continuidad, que es la expansión del ‘yo’; y es a este conocimiento al que hay que renunciar totalmente. Ésta es la única renunciación real, y no el abandonar una pequeña propiedad, una casa, o un trozo de tierra, y ponerse un taparrabo.

Existe, pues, este conocimiento acumulado sobre el cual la psiquis construye y se sostiene; y ¿puede la mente, que es un resultado del pasado, renunciar a todo eso? Ciertamente, mientras la mente no haya desechado todo eso, nunca podrá descubrir lo que es nuevo, jamás podrá conocer ese instante de atemporalidad que es la creatividad. Como veis, lo que necesitamos en este mundo no son más físicos, científicos, ingenieros, burócratas, políticos, sino individuos que hayan sentido esta creatividad, pues ellos son las personas verdaderamente religiosas, lo que significa que no pertenecen a ninguna sociedad, a ningún grupo, a ninguna clasificación. Por eso es muy importante comprender todo este proceso de la acumulación de conocimientos, por el cual entiendo la identificación y el sentido de evaluación. ¿Puede la mente estar libre para observar sin evaluación, sin juzgar? Por cierto, sus evaluaciones, sus comparaciones, sus condenaciones, se basan todas en el conocimiento, y una mente semejante es incapaz de comprender lo que es verdadero.

Si observáis el proceso de vuestro propio pensar, veréis que a la mente sólo le interesa acumular cada vez más y más conocimiento, y por consiguiente nunca hay un momento de libertad para explorar; y creo que es importante comprender ‑vale decir, experimentar en el instante- este estado de libertad sin la continuidad de lo pasado, y no meramente afirmar que la mente puede o no puede estar libre. Esto será bastante sencillo si podemos escuchar exactamente lo que se está diciendo; porque es una cosa que ha de experimentarse, sentirse, y no disputar sobre ella.

Después de todo, la mente es el resultado del pasado, de muchos ayeres, lo cual es bastante obvio; es el residuo de lo conocido, siendo lo conocido lo experimentado, la palabra, el símbolo, el nombre, todo el proceso del reconocimiento. Desde luego, una mente así es incapaz de descubrir o experimentar lo desconocido. Puede especular, pero su especulación se basará en lo conocido, en lo que haya leído. La mente puede experimentar ese estado tan sólo cuando el conocimiento ‑que implica el recuerdo de las muchas experiencias, todo el proceso del reconocimiento que es el ego, el ‘yo’- ha terminado.

Así pues, si podéis no sólo escuchar lo que se está diciendo, sino que efectivamente dejáis de lado todo lo que habéis conocido: las conclusiones, las valoraciones, las determinaciones, dos ideales, entonces hallaréis que sobreviene un estado que no tiene continuidad en forma de memoria, pero que en el instante es la totalidad del ser. Es este instante lo más elevado, lo supremo, y eso hay que experimentarlo; pero sólo puede ser experimentado cuando la mente está en completa quietud, por la comprensión de la totalidad de su propia estructura. Es por el conocimiento propio que viene la quietud de la mente, no por la disciplina, no por la compulsión; y en esa calma total hallaréis que hay un momento sin relación con el pasado, un instante en el cual tiene lugar toda creación. Es esta creatividad lo esencial, porque libra a la mente de lo colectivo y contribuye a la individualidad.

Lo colectivo es la mente que está condicionada por la sociedad, por innumerables influencias, por los valores y creencias que la multitud mantiene y los pocos desechan, sólo para añadir otra creencia. Viendo todo esto, ¿es posible que la mente, sin esfuerzo, renuncie al pasado? Mientras no lo haga, tiene que haber el seguimiento de la tradición, sea la de ayer o la tradición de un millar de ayeres; y una mente que sigue la tradición es imitativa, depende de un maestro, y por lo tanto mantiene la desigualdad, no sólo en el nivel material, sino también en el psicológico. Para una mente así, la creatividad no es más que una palabra sin ningún significado. Para crear un diferente estado, una cultura diferente, una diferente manera de vivir, debe haber liberación del individuo, de esta interna creatividad, que entonces producirá su propia sociedad, sus propios valores.

Pregunta: Los días se suceden en este vano tránsito de la existencia. ¿Que significa todo ello? ¿Tiene la vida algún significado?

Krishnamurti: Los más de nosotros hacemos esta pregunta, ¿no es así? La mayoría de nosotros estamos confusos; y cuando preguntamos si la vida tiene algún significado, queremos que se nos asegure que lo tiene, o deseamos que se nos diga el propósito, el objeto de la vida.

Ahora bien, ¿tiene la vida un objeto, un propósito? y ¿cuál es el estado de la mente que hace tal pregunta? Por cierto, esto es mucho más importante que descubrir si la vida tiene significado. Después de todo, ¿qué es la vida? ¿Puede ser abarcada por la mente? La vida es pena y alegría, las sonrisas, las lágrimas, y la lucha incesante; es la extraordinaria profundidad y belleza de cada cosa y de ninguna. La vida es inmensa, no puede ser abarcada por una mente pequeña; y es la pequeña mente que formule esta pregunta. Porque la pequeña mente está confusa, como lo estamos la mayoría de nosotros, quiere saber cuál es el propósito de la vida. Como estamos confusos en lo político, en lo económico, y también en lo espiritual, en lo íntimo, deseamos una directiva, queremos que se nos diga lo que debemos hacer; y cuando preguntamos, la respuesta que recibimos es invariablemente confusa, porque la mente confusa proyecta o interpreta la respuesta.

La cuestión no es, pues, averiguar cuál es el propósito, el significado de la vida, porque no podéis sujetar el viento en vuestro puño, ni poner la inmensidad de la vida en un marco y adorarla. Pero lo que sí podéis hacer es ver el estado de confusión en que estáis, y descubrir cómo hacerle frente. Una vez que comprendamos nuestra propia confusión, nunca repuntaremos cuál es el significado de la vida, porque entonces estaremos viviendo, no estaremos limitados por el tiránico molde de una sociedad determinada, ya sea comunista o capitalista; y ese vivir mismo hallará su propia respuesta.

Una mente confusa que busca claridad sólo hallará aun más confusión. Esto es así, ¿verdad? Si yo estoy confuso y busco un camino, una orientación, el camino o la orientación serán también confusos. Sólo una mente clara puede hallar el camino ‑si es que hay un camino- no una mente confusa. Por cierto, eso es muy sencillo y evidente.

Luego, si comprendo que es inútil buscar una orientación mientras estoy confuso, ¿seguiré buscándola? ¿O rehusaré acudir a nadie para pedir orientación, porque veo que mi elección de un gurú, de un político, de un libro, o de ciertos valores, por basarse en mi propia confusión, debe también ser confusa, Pienso pues que es indispensable comprender la totalidad de la propia confusión, no teóricamente, sino como una efectiva experiencia.

El hecho es que estáis confusos, sólo que os asusta reconocerlo; estáis nerviosos, aprensivos, porque si admitís que estáis confusos, no sabréis qué hacer; por consiguiente os dejáis llevar por la acción inmediata. Pero si os dais cuenta de la totalidad de vuestra propia confusión. ¿qué ocurre? Sabiendo que cualquier movimiento de una mente confusa sólo puede crear más confusión, ¿no os detenéis? Entonces toda búsqueda cesa; y cuando una mente confusa deja de buscar, la confusión también cesa, y hay un nuevo comienzo. Es muy sencillo; pero lo difícil es reconocer para uno mismo que está confuso.

Así pues, ¿estáis experimentando ‑de hecho y no solo verbalmente- este estado de confusión en que os halláis aprisionados? Si es así, entonces no le preguntaréis a nadie cuál es el significado de la vida. Si realmente veis vuestra propia confusión, si la experimentáis efectivamente como un hecho, como una realidad, forzosamente dejaréis de preguntar, de pedir, de buscar; y ese mismo acto de deteneros es el comienzo de una clase enteramente nueva de indagación. Entonces la mente descubrirá el extraordinario significado de la vida sin que se lo digan.

Actualmente, queremos que otro nos saque de nuestra confusión; pero nadie puede sacarnos de nuestra confusión. Mientras haya elección, tiene que haber confusión. Elegir indica confusión; y sin embargo nos enorgullecemos mucho de esa elección, a la cual llamamos libre albedrío. Únicamente la mente que no elige, sino que percibe directamente sin interpretación, sin ser influida, sólo una mente así no está confusa, y por lo tanto puede proceder a descubrir y explorar lo incognoscible.

Pregunta: ¿Hay algún medio de crear buena voluntad? ¿Podéis decirnos cómo vivir juntos en paz, en vez de en este cruel antagonismo que existe entre nosotros?

Krishnamurti: Ciertamente, la paz y la buena voluntad son muy difíciles de crear. Podéis construir un puente, o trabajar juntos en una oficina, porque tenéis un jefe por encima de vosotros, alguien que os dice lo que hay que hacer; pero la verdadera cooperación no puede ser impuesta, ni surge siguiendo la pauta trazada por un arquitecto. La paz y la buena voluntad sólo pueden crearse cuando sentimos que este mundo es nuestro, no de los comunistas, de los socialistas, o de los capitalistas, sino vuestro y mío. Es nuestro mundo, que debemos enriquecer, compartir, y no dividir en naciones, en razas, ni según las creencias, los credos y dogmas de las diversas religiones organizadas.

Por favor, escuchad todo esto, señores; no es una simple serie de palabras. Si realmente queréis crear buena voluntad y vivir juntos en paz, tenéis que eliminar todas las diferencias de clase y las barreras religiosas: las barreras del dogma, de la tradición y de la creencia. No podéis confiar en la legislación del gobierno para traer esta paz de buena voluntad, porque la paz de los políticos no es la misma que la de un hombre religioso; son dos cosas totalmente distintas. Es cuestión de sentir efectivamente la paz y la buena voluntad cada día, de ser realmente bueno y no avergonzarse de esa palabra, de no dejarse atrapar en organizaciones que se supone que van a traer la paz, pero que en realidad la destruyen por la persecución de sus propios intereses creados. Cuando existe este sentimiento de paz y buena voluntad dentro de cada uno de nosotros, él creará su propio mundo. Pero desgraciadamente, la mayoría de nosotros no se interesa en crear este sentimiento en la convivencia. Lo que generalmente nos une no es el amor, no es la simpatía, no es la compasión, sino el odio, al identificarnos con un grupo en oposición a otro. Cuando nuestro particular grupo es amenazado por otro en lo que se llama la guerra, esto nos une; y nos separamos de nuevo cuando ha pasado la amenaza, cosa que se puede comprobar día tras día.

De modo que lo necesario no es el ideal de la paz y la buena voluntad, sino hacer frente efectivamente al hecho de que sois violentos. Cuando os llamáis Maharashtrianos, Gujarathis, o quién sabe cuántas cosas más, sois violentos, porque os habéis separado con una palabra; y esa palabra estimula el antagonismo, crea una barrera entre vosotros y algún otro. Pero todos somos seres humanos con esencialmente las mismas dificultades, fastidios, miserias, sufrimientos; y lo que importa, por cierto, es darse cuenta de este hecho evidente, desechar fácil y felizmente nuestro nacionalismo, nuestras insignificantes y mezquinas organizaciones y comunidades, y ser simplemente humanos. Pero la mayoría preferimos gastar nuestros días especulando sobre Dios, discutiendo el Gita, y todas esas cosas aprendidas en libros, que carecen de sentido en absoluto; por lo tanto nuestro antagonismo continúa. Lo que tiene sentido es la convivencia; y si juntos queremos crear paz y buena voluntad, tenemos que dejar de ser meramente idealistas, y desechar efectivamente las absurdas estupideces del nacionalismo, del provincialismo, despojarnos de creencias y vanidades, y empezar de nuevo, libre y felizmente.

Esto no es una conferencia ni una respuesta para animaros a hacer estas cosas. Un hombre inteligente actuará por su propia comprensión. Es sólo el hombre estúpido el que busca estímulo; y si es estimulado, seguirá siendo estúpido. Pero si él sabe que lo es, entonces puede hacer algo sobre ello. Si se da cuenta de su propia pequeñez, sus celos, su violencia, y ve que el seguir ideales es otra forma de estupidez, entonces puede provocar una transformación de sí mismo. Si sé que soy arrogante, puedo ocuparme de ello, o no, según sea el caso. Pero el hombre que es arrogante y pretende ser humilde, o el que persigue el ideal de la humildad, es estúpido, porque está escapando del hecho hacia la irrealidad. La no arrogancia es un estado irreal para el hombre que es arrogante; mas se nos ha criado con esta división en nosotros mismos, entre el hecho y el ideal, y por lo tanto somos hipócritas. Mientras que el saber que uno es arrogante, y hacer frente a este hecho, es el principio del fin de la arrogancia.

Del mismo modo, si realmente deseamos crear juntos paz y buena voluntad, tiene que haber amor, no el amor ideal, sino simplemente amor, bondad, compasión, lo que implica romper con una particular comunidad y desprendernos de todos nuestros prejuicios nacionales, raciales y religiosos. Somos seres humanos, conviviendo en este mundo, este mundo que es nuestro; y para sentir la verdad de eso, tiene uno que ser extraordinariamente humilde. Para sentir cualquier cosa hondamente, tiene que haber humildad; pero la humildad cesa cuando vamos en pos del ideal.

Pregunta: Decís que hagamos lo que hiciéramos, nunca podría surgir el estado de realidad a través de nuestros propios esfuerzos, y que aun el desearlo es un obstáculo. Entonces, ¿qué podemos hacer que no cree un obstáculo?

Krishnamurti: Ahora, vosotros no me estáis escuchando, ni yo estoy respondiendo, sino que estamos investigando juntos este problema. El problema es, ¿cómo podemos experimentar lo real, lo desconocido, si la mente no puede captarlo mediante su propio esfuerzo, su empeño? Tenemos pues que comprender la mente, y por qué hacemos el esfuerzo.

Si no hiciéramos esfuerzos en el nivel físico, no sobreviviríamos. Si no hubiera el esfuerzo de trabajar en un empleo, de buscar la adecuada clase de alimento, de hacer ejercicio, etc., el cuerpo se desintegraría. Esto es un hecho obvio. De modo que hacemos esfuerzos para sobrevivir físicamente.

Ahora bien, de la misma manera, hacemos esfuerzos para sobrevivir psicológicamente; es decir, para lograr lo que llamamos la realidad. Pensamos que la realidad es un estado que se alcanza mediante la disciplina, el control, la represión, mediante las diversas formas de compulsión, y forzamos la mente a ajustarse a un patrón en la esperanza de llegar a ese estado. Todo esto implica, ¿no es así?, que la mente está siempre buscando seguridad; como teme la incertidumbre, quiere hallar certeza, una certeza que sea permanente y a la que llama realidad, Dios, verdad, o lo que queráis. Esto es lo que nos preocupa a la mayoría. Queremos un estado en el cual no haya perturbación de ninguna clase, y que nunca termine, un estado permanente que llamamos paz; y la mente está haciendo un esfuerzo constante para alcanzar ese estado, para penetrar en él. De modo que tenemos que comprender el proceso que este esfuerzo implica.

Como dije, lo mismo que hacemos esfuerzos para sobrevivir materialmente, también nos esforzamos para continuar como ‘yo’. ¿Comprendéis? Mientras yo quiera sobrevivir espiritualmente, tengo que realizar un esfuerzo hacia la consecución de eso que llamo realidad. Pero, ¿qué es el ‘yo’ que está haciendo este esfuerzo? ¿Qué sois? Ciertamente, sois un nombre ligado a un manojo de recuerdos, de experiencias; sois una acumulación de motivos ocultos y de persecuciones externas, de diversas cualidades, pasiones, temores, virtudes. Todo eso es el ‘vosotros’, ¿no es así? Y ese ‘vosotros’, queréis que continúe en una dirección que lleve a la realidad; hacéis pues un esfuerzo, meditáis, practicáis alguna forma de disciplina. Por cierto, sólo cuando la mente deja de hacer este esfuerzo y está en quietud completa sin ser inducida o compelida a estar quieta; sólo cuando no quiere nada, y por lo tanto no busca ninguna experiencia, sólo entonces existe una posibilidad de que surja lo desconocido.

La mente, al fin y al cabo, es el resultado de lo conocido, y cualquier esfuerzo que haga tiene que estar dentro del campo de lo conocido; por consiguiente no puede hacer un esfuerzo hacia lo desconocido. Ningún movimiento en el campo de lo conocido puede jamás conducir a lo desconocido. Esto es asimismo muy sencillo y claro. La mente está en calma únicamente cuando ha renunciado del todo a lo conocido; en esa quietud no hay esfuerzo alguno, y sólo entonces es posible que lo desconocido se manifieste.

7 de marzo de 1956.

XIV. 3ª CONFERENCIA EN BOMBAY

UNA de nuestras grandes dificultades al comunicarnos unos con otros es la de comprender el contenido, la intención de las palabras que usamos, ¿no es cierto? La profundidad de nuestras palabras depende, seguramente, de la forma en que pensamos, sentimos y actuamos. Si decimos la palabra superficialmente, o si la palabra no es más que una abstracción, ella tiene muy poco sentido; mientras que si la palabra no es una mera abstracción, sino que tiene un referente que ambos comprendemos, un referente que hayamos establecido juntos con equilibrio, con cordura, con claridad, entonces hay una posibilidad de comunicarnos mutuamente, y una reunión de esta clase será útil. Pero la dificultad generalmente está en que vosotros tenéis un cierto referente, mientras yo tengo otro muy distinto; o puede ser que yo esté hablando meramente en abstracto, y no tenga referente alguno; por tanto la comunicación, un hondo intercambio de pensamiento entre nosotros, se vuelve casi imposible. Me parece pues muy importante, en una reunión de esta clase, que nos comuniquemos en el mismo nivel, al mismo tiempo; y tal comunicación puede tener lugar únicamente cuando ambos comprendemos el pleno contenido de las palabras que usamos. La comprensión, desde luego, es instantánea; no para mañana, ni para después que hayáis oído la plática.

Creo que para comprendernos mutuamente, es necesario que no estemos enredados en palabras; porque, por ejemplo, una palabra como ‘Dios’ puede tener para vosotros un significado particular, mientras que para mí puede representar una formulación enteramente distinta, o ninguna formulación en absoluto. De modo que es casi imposible que nos comuniquemos a menos que ambos tengamos la intención de comprender y de ir más allá de las meras palabras. La palabra ‘libertad’ implica generalmente estar libre de algo, ¿no es así? De ordinario significa estar libre de codicia, de envidia, de nacionalismo, de cólera, de esto o aquello. Mientras que, ‘libertad’, puede tener un significado muy diferente, que es un sentido de ser libre, no de nada, sino el darse cuenta del hecho de ser libre; y creo que es muy importante comprender este sentido.

La mayoría de nosotros no estamos familiarizados con el sentimiento de ser libres, y me parece que debe llegar a sernos familiar, que tenemos que conocer ese sentimiento; porque por todo el mundo se va propagando la tiranía. Ya sea a guisa de fascismo, comunismo, socialismo, o lo que queráis, la sociedad va siendo organizada cada vez más para ajustarse a una pauta, a un plan de cinco o de diez años, lo que implica que tiene que haber un cuerpo ejecutivo investido con la autoridad para llevarlo a cabo; y por allí empieza la tiranía. Y sin embargo, la sociedad tiene que ser organizada. De modo que el problema de qué es la libertad, es muy complejo, y creo que es realmente muy importante ahondar en él.

Sin libertad, es evidente que no hay posibilidad de explorar y descubrir lo que es la verdad. Pero, ¡cuán difícil es que la mente sea libre, que de hecho experimente ese estado, y no se limite a creer que es libre! Para explorar y descubrir, la mente ha de tener esta calidad de libertad, que no es el estado negativo de hallarse libre de algo. Creo que hay una diferencia entre ambas cosas. Cuando meramente estoy libre de algo, ese estado de libertad es negación, es un vacío; mas al realizar el hecho de ser libre, no de algo, es un estado positivo. Creo, pues, que debemos comprender el contenido de esta palabra ‘libertad’.

Desde nuestra infancia, no se nos educa para ser libres, sino que se nos condiciona, se nos ajusta al molde de la sociedad. Como tememos que la libertad haga que el niño se extravíe, que se pierda, nosotros establecemos a nuestra vez diversas reglas y reglamentos, órdenes y prohibiciones, creyendo que ellas guiarán al niño en la justa dirección, que lo conducirán hacia la felicidad, hacia Dios, la verdad, o como quiera que pueda llamarse. Desde el principio mismo afirmamos que la mente necesita ser condicionada, moldeada; de modo que nunca hemos inquirido en este problema de la libertad. Si lo hubiéramos hecho, serían enteramente diferentes nuestros valores, nuestra acción, toda nuestra actitud ante la vida.

La cuestión es, entonces, si la mente, que es el resultado de innumerables influencias, de los libros que ha leído, del ambiente social, cultural y religioso en que se ha criado, de la memoria que la ha moldeado y la ha hecho como es, si una mente así puede liberarse, no en abstracto, o como un ideal, sino liberarse efectivamente del pasado. Y ¿qué es la continuidad del pasado? ¿Comprendéis el problema?

Es evidente que ahora la mente es un depósito de recuerdos, siendo el recuerdo acumulación, asociación, reconocimiento y respuesta. Es muy interesante observar que hay ahora máquinas que pueden hacer todo esto con mucha mayor rapidez que la mente humana, lo que demuestra que es un proceso puramente mecánico; y una mente presa en ese proceso, sea cual fuere su actividad, tiene que ser también mecánica. Así pues, ¿puede la mente, dándose cuenta de todo esto, hallarse en un estado de libertad, aunque emplee la máquina?

No sé si estoy explicando claramente esta cuestión, pero creo que es importante; porque me parece que nuestra existencia como individuos ‑si es que somos siquiera individuos, pues tal vez no lo somos- es mecánica, rutinaria, y que como individuos no somos creativos. No me refiero a la creatividad en el estrecho sentido de mera producción; hablo de creatividad en un sentido enteramente distinto, en el que penetraremos ahora.

Pues bien, ¿qué es lo que da a la mente este sentido de continuidad en el cual no hay un momento de libertad, sino meramente una constante modificación, un proceso mecánico de añadir o substraer? Ciertamente, la creatividad sólo es posible cuando la mente no está ocupada con la maquinaria de la memoria. Creo que esto es muy claro si lo seguís, aunque verbalmente puede ser difícil. Si observáis vuestra propia mente en funcionamiento, veréis que está continuamente respondiendo desde el trasfondo de la memoria; y una mente tal no puede conocer el estado de libertad, que es el único en que hay creatividad. Para mí, éste es el problema supremo; porque es sólo en el instante de estar libre que puede la mente descubrir algo totalmente nuevo, impremeditado, no contaminado por el pasado.

¿Qué es, pues, lo que da a la mente esta continuidad mecánica, y por qué teme la mente desprenderse de ella? ¿Y qué es lo que crea el tiempo ‑no el cronológico, sino el tiempo en forma de esta sensación de avanzar desde el ayer, a través del hoy, al mañana? Por cierto, mientras la mente esté buscando el ‘más’, tiene que haber este sentimiento de continuidad. Como estoy descontento de mí mismo tal como soy, quiero cambiar; y para cambiar digo que debo tener tiempo. El cambio es siempre en términos del ‘más’; y desde el momento en que deseo el ‘más’, tiene que haber continuidad. La exigencia de ‘más’ es envidia, y nuestra estructura social se basa en la envidia. Hay envidia, no sólo en nuestras relaciones mundanas, sino también en nuestro deseo de ser más espirituales. Mientras la mente piense en términos del ‘más’, interior o exteriormente, tiene que haber envidia; y liberarse de la envidia no es repudiarla o abstraerse de ella, sino la total ausencia de envidia, sin esforzarse para ser no envidioso.

¿Podemos profundizar un poco en esto? Sabéis lo que es la envidia, ¿no? Creo que la mayoría de nosotros estamos muy familiarizados con ese sentimiento, y acaso hayamos notado que toda nuestra sociedad se basa en él. Hay un esfuerzo constante para ser algo más, no sólo en la estructura social jerárquica, sino también internamente. Veo un coche y quiero poseerlo; veo un santo, y quiero llegar a ser como él. Este esfuerzo constante para tener o para llegar a ser algo, indica un extraordinario descontento con lo que somos; pero si queremos comprender lo que somos, no podemos compararlo con lo que quisiéramos ser. La comprensión de lo que es no se produce mediante la comparación de lo que es con lo que debería ser.

No sé si alguna vez habréis encarado este problema de la envidia. En nuestros trabajos, en nuestra vida y labor diaria, la envidia es dominante; se muestra en el respeto que rendimos al hombre que sabe más, al que tiene poder, posición, prestigio, y en la constante lucha por el ‘más’ dentro de nosotros mismos. Todos conocemos este sentimiento de envidia, y mientras exista tiene que haber frustración y dolor.

Ahora bien, ¿puede la mente estar totalmente libre de envidia? Creo que ésta es una pregunta muy importante; porque si la mente no puede nunca estar totalmente libre de envidia, perpetuaremos una sociedad basada en la adquisividad, en la ambición y todos los demás horrores, y habrá incesante conflicto entre nosotros, la lucha sin sentido para llegar a ser algo en todos los niveles de nuestra existencia. Así pues, ¿puede la mente estar libre de envidia? Si me esfuerzo para estar libre de envidia, por la disciplina, practicando un método, ciertamente dará continuidad a la envidia en una forma diferente. Está todavía el deseo de ser algo, y sólo he cambiado el objeto de ese deseo. Ahora quiero ser lo que llamo no envidioso; pero el querer sigue siendo el mismo, la exigencia de ‘más’ sigue allí. Dándose cuenta, pues, de este hecho, ¿puede la mente estar libre de envidia? Creo que lo veréis, si queréis ir despacio conmigo, paso a paso.

¿Cuándo soy consciente de la envidia? ¿No surge la envidia por la comparación? Sin duda, soy envidioso porque vosotros tenéis, y yo no tengo. El proceso mismo de la comparación es envidia. Yo soy un mezquino y pequeño ser, y vos sois un gran santo, y yo quiero ser como vos. Así, donde hay comparación hay envidia, y si observáis veréis que se nos educa sobre esta base; nuestra educación, nuestra cultura, toda nuestra manera de pensar, se basan en la comparación y el culto a la capacidad. Y, ¿comprendemos algo por la comparación? Mediante la comparación podemos ampliar el conocimiento; pero el conocimiento, ciertamente, no es la comprensión.

La palabra ‘envidia’ implica, pues, ambición, codicia, el deseo de ser algo, no sólo socialmente, sino en lo psicológico. Y, ¿puede la mente estar enteramente libre de esta exigencia del ‘más’? ¿Por qué reclamamos el ‘más’? Y ¿conduce esa demanda al progreso? Cuando deseamos una heladera, un coche mejor, etc., ello trae progreso en un nivel, evidentemente. Pero cuando pedimos más poder, más realización, mayor virtud, cuando psicológicamente queremos lograr un resultado, esa exigencia interna destruye los beneficios del progreso técnico, y trae desdicha al hombre. Mientras psicológicamente reclamemos el ‘más’, nuestra sociedad será adquisitiva, y habrá forzosamente conflicto y violencia. Esto no significa que debamos eliminar las comodidades materiales, la ayuda mecánica producida por la técnica; pero lo que nos está destruyendo es el impulso psicológico a utilizar estas cosas para la propia expansión, que es la exigencia del ‘más’.

¿Puede, pues, liberarse la mente de la envidia? Sólo puede liberarse de la envidia cuando la comparación cesa, esto es, cuando la mente se ve directamente ante el hecho de que es envidiosa. ¿Comprendéis, señores? Afrontar directamente el hecho de que soy envidioso, no es lo mismo que comprobar ese hecho a través de la comparación. Espero que estéis escuchando, no meramente mi expresión verbal, la descripción de lo que estoy tratando de transmitir, sino escuchando en el sentido de experimentar efectivamente lo que digo, que es observar la actividad de vuestra propia mente y llegar al punto en que os dais cuenta, en que sois directamente conscientes del hecho de que sois envidiosos.

Ahora bien, ¿cuándo sabéis que sois envidiosos? ¿Sabéis que sois envidiosos sólo cuando existe la comparación, y cuando empleáis la palabra ‘envidia’? ¿No sabéis que sois envidiosos cuando veis algo que queréis, y existe la exigencia del ‘más’: más placer, más prestigio, más dinero, más virtud, etc.? ¿O sabéis que sois envidiosos sin el proceso de querer el ‘más’? Es decir, ¿puede la mente ver el hecho de que es envidiosa sin esta exigencia? ¿Puede la mente liberarse de la palabra ‘envidia’?

Después de todo, la mente está hecha de palabras, entre otras cosas. Así pues, ¿puede la mente librarse de la palabra ‘envidia’? Experimentad con esto y veréis que, palabras como ‘Dios’, ‘verdad’, ‘odio’, ‘envidia’, tienen un profundo efecto sobre la mente. Y ¿puede estar libre la mente de estas palabras, tanto neurológica como psicológicamente? Si no está libre de ellas, es incapaz de enfrentar el hecho de la envidia. Cuando la mente puede ver directamente el hecho que llama ‘envidia’, entonces el hecho mismo actúa mucho más velozmente que el esfuerzo mental para hacer algo con respecto al hecho. En tanto la mente piense en desembarazarse de la envidia por medio del ideal de la no envidia, etc., estará distraída, no estará haciendo frente al hecho; y la palabra misma ‘envidia’ es una distracción del hecho. El proceso de reconocimiento ocurre a través de la palabra; y en cuanto reconozco el sentimiento por la palabra, doy continuidad a ese sentimiento.

Ciertamente, un hombre que se interese en la total liberación de la envidia tiene que entrar en todo esto; tiene que ver que todo nuestro trasfondo cultural se basa en la envidia, en la adquisividad, tanto espiritual como mundanalmente. Esto es, la mayoría de nosotros queremos ser algo, en esta vida o en la próxima. Queremos más conocimiento”, mayor poder, una posición más alta, más virtud; así, la continuidad de la mente en forma del ‘yo’ se realiza mediante la demanda del ‘más’, lo cual es envidia. La envidia es también el proceso de la dependencia .

Así pues, oliendo las modalidades extraordinariamente complejas de la envidia, ¿puede la mente liberarse totalmente de ella? En caso contrario, no podrá estar libre para explorar, para descubrir, para comprender. Puede estar libre de envidia sólo cuando se da cuenta directamente del hecho de que es envidioso; y no puede darse cuenta directamente de ese hecho mientras condene o compare. Eso es realmente muy sencillo. Si queréis comprender a vuestro hijo, tenéis que estudiarlo, ¿no es así? Estudiar a vuestro hijo implica observarlo, y no compararlo con su hermano mayor, ni con ningún otro; significa verlo a él directamente, y no pensar en él en forma comparativa. En el momento en que penséis comparativamente, lo estaréis destruyendo, porque la imagen del otro se vuelve entonces más importante que vuestro hijo.

¿Puede, pues, la mente vigilar en sí misma este desarrollo de la envidia, pero sin condenar ni comparar? ¿Puede ser conocedora del hecho de que es envidiosa, y no actuar sobre ese hecho? La acción de la mente sobre el hecho es también envidia, porque la mente entonces desea cambiar el hecho en alguna otra cosa. A menos que la mente esté totalmente libre de la envidia, siempre estaremos en cautiverio, siempre habrá sufrimiento, y sea cual fuere la actividad de la mente, sólo creará más daño. La mente que se interesa en librarse totalmente de la envidia tiene que darse cuenta del hecho, y no actuar sobre él. Entonces veréis cuán velozmente el hecho mismo trae un resultado, una acción, que no es la acción de una mente separada del hecho; y sólo entonces puede la mente estar en calma. Ningún control, o autohipnosis, puede jamás aquietar en realidad la mente; y es indispensable que la mente esté quieta, no ocupada consigo misma, pues sólo entonces hay una posibilidad de descubrir o experimentar algo nuevo. Toda experiencia que tiene continuidad se basa en la envidia, en la demanda del ‘más’; así, la mente tiene que morir para todo lo que ha aprendido, adquirido, experimentado. Entonces hallaréis que la mente está en silencio, y este silencio tiene su propio movimiento, no contaminado por el pasado; por tanto, es posible que tenga lugar algo enteramente nuevo.

Al considerar juntos estas preguntas, repito que creo importante darse cuenta de que no hay respuesta; y este darse cuenta es en sí mismo una experiencia extraordinaria. Más, el comprender que no hay respuesta es muy difícil para la mayoría de nosotros, porque la mente está buscando un resultado. Cuando la mente busca un resultado, encontrará lo que busca; pero ese mismo resultado crea problemas.

Pregunta: Cuando os escucho, ello parece crear e intensificar mi perplejidad. Hace ocho días yo estaba sin un problema, y ahora estoy sumido en la confusión. ¿Cuál es el motivo de esto?

Krishnamurti: Puede ser muy sencillo. Acaso hayáis estado dormido y ahora estéis empezando a pensar. Al venir a sentaros aquí casualmente, tal vez hayáis sido obligado, acorralado, estimulado; por consiguiente estáis confuso; pero si sólo os sentís estimulado, cuando salgáis de aquí volveréis a caer en la misma condición anterior. El estimulo embota la mente, no la despierta; puede despertarla por un minuto o un segundo, pero la mente recaerá en su habitual embotamiento. Depender de estas reuniones como medio de estimulo es como tomar una bebida: al final embotará la mente. Si dependéis de una persona que os estimula a pensar, os convertís en su discípulo, su seguidor, su esclavo, con todo el desatino que ello implica; y así forzosamente seréis torpe. Mientras que, si os dais cuenta de que tenéis problemas ‑pueden estar latentes por el momento, pero están ahí- y empezáis a afrontarlos directamente, entonces no tendréis que ser estimulado por mí, ni por ningún otro. Entonces no tendréis que buscar los problemas, porque los veréis en vos mismo, y en todo lo que os rodea mientras vais por la calle: lágrimas, enfermedad, pobreza, muerte.

La cuestión es, pues, cómo acometer, cómo abordar el problema. Si abordáis cualquier problema con la intención de encontrar una respuesta, entonces la respuesta creará más problemas, lo cual es muy evidente. Lo importante es penetrar en el problema y empezar a comprenderlo; y eso no lo podéis hacer más que cuando no lo condenáis, no lo resistís ni lo rechazáis. La mente no puede resolver un problema mientras esté condenando, justificando o comparando. La dificultad no está en el problema, sino en la mente que encara el problema con una actitud de condena, justificación o comparación. De manera que primero tenéis que comprender cómo vuestra mente está condicionada por la sociedad, por las innumerables influencias que existen en torno vuestro. Os llamáis hindúes, cristianos, musulmanes, o como queráis, lo que significa que tenéis la mente condicionada; y es la mente condicionada la que crea el problema. Cuando una mente condicionada busca respuesta para un problema, y se pone a dar vueltas, su búsqueda carece de sentido; y vuestra mente está condicionada, porque sois envidiosos, porque comparáis, juzgáis, evaluáis, porque estáis atados a creencias, dogmas. Ese condicionamiento es lo que crea el problema.

Pregunta: ¿Cómo puedo ser activo políticamente sin ser contaminado por esa acción?

Krishnamurti: Señor, ¿qué queremos significar por ‘acción política’? ¿Qué es la política? Sin duda, es un segmento, una parte de un vasto complejo, ¿no es así? La vida comprende muchas partes: política, social, religiosa; y si os dedicáis a una parte, a la que llamáis acción política, sin considerar el todo, es decir, sin considerar la totalidad de la vida, entonces, hagáis lo que hiciereis, vuestra acción os corromperá. Creo que eso es bastante obvio. Sólo la mente que esté buscando, tentando, que no piense en compartimentos, ya sea políticos, sociales o religiosos, podrá comprender la totalidad de la vida. Un hombre que piensa como Maharashtrian, o como Gujarathi, no podrá percibir el significado de esa totalidad, no verá que esta tierra es nuestra. Sólo podrá pensar en términos de Poona o Bombay, cosa que es tan tonta; y su pensamiento separativo tiene que llevar eventualmente al agravio y al asesinato, como ya ha ocurrido. La mente se está siempre separando, como indio, hindú, musulmán, comunista, cristiano, esto o aquello, y aferrándose a su separación, a su provincialismo, por lo cual crea desdicha cada vez mayor. En cambio, el hombre que no se considera indio, cristiano o hindú, sino sólo un ser humano, y que piensa en términos de la totalidad de la vida, la acción de un hombre así, no será corruptora. Pero esto es muy difícil para la mayoría de nosotros, porque siempre estamos pensando en sectores, y esperamos que reuniendo esos sectores haremos el todo. Eso nunca podrá ocurrir. Tiene uno que tener el sentimiento de la totalidad de la vida, y entonces podrá trabajar de modo distinto.

Desgraciadamente, los que tienen mentalidad política quieren aferrarse a su política, e introducir en ella la religión; pero eso es un imposible, porque la religión es algo enteramente distinto. La religión no es dogma, no es ritual, no es conocimiento del Gita, de la Biblia, ni de libro alguno. La religión es una experiencia, en el instante, de aquel estado de la mente que carece de la continuidad del tiempo. Es un sólo segundo de estar libre del tiempo; y ese estado no puede actuar políticamente, ni en términos de reforma social. Pero cuando un hombre tiene ese sentir que carece de la continuidad del tiempo, su acción, sea la que fuere, tendrá un sentido muy diferente. A través de la parte no podéis llegar al todo, ni daros cuenta de esto. No hay sendero hacia la verdad, ni hindú, ni cristiano, ni budista, ni musulmán. La verdad no tiene sendero, debe ser descubierta de instante en instante; y sólo podréis descubrirla cuando la mente está libre, sin la carga de la continuidad de las experiencias.

Pregunta: Escuchamos todo lo que decís hasta la saciedad. ¿Es posible que os escuchemos tanto? ¿No nos embotaremos por el exceso de estímulo?

Krishnamurti: ¿Hay tal escuchar demasiado? ¿Qué entendéis por escuchar? Si escucho para acumular, a fin de actuar partiendo de ese conocimiento acumulado, entonces el escuchar puede llegar a ser excesivo, porque no es más que un estímulo para la acción ulterior. Eso es lo que hacemos la mayoría de nosotros. Escuchamos para aprender, para adquirir; retenemos en la mente lo que hemos aprendido, y desde ahí procedemos a actuar. Mientras el escuchar sea un proceso de acumulación, naturalmente que puede haber exceso, un hartazgo; pero si escucho sin ningún sentido de adquisición, sin acumular, entonces el escuchar tendrá un significado muy diferente. Escuchar es aprender; pero si acumulo lo que aprendo, entonces el aprendizaje se vuelve imposible. Lo que aprendo queda entonces contaminado por lo que he acumulado, y por lo tanto ya no es aprender. Es en el proceso de la acumulación que el escuchar se vuelve fatigoso, excesivo, y como cualquier otro estimulante, pronto embota la mente; sabéis ya lo que se va a decir, ya se ha dicho, y llegáis al fin de la frase antes de que yo la termine. Eso no es escuchar. Escuchar es un arte; es oír la totalidad de una cosa, no meramente las palabras; y de semejante manera de escuchar nunca puede haber exceso.

Pregunta: ¿Es Dios una realidad para vos? En tal caso, habladnos sobre Dios.

Krishnamurti: Es la mente indolente la que hace esta pregunta, ¿no es así? Es como un hombre que esté cómodamente sentado en el valle y quiera una descripción de lo que está al otro lado de las montañas. Eso es lo que estamos haciendo todos. Las palabras que leemos en los libros llamados sagrados satisfacen e la mente. Las descripciones de las experiencias de otros nos satisfacen, y creemos haber comprendido; pero nunca nos ponemos en movimiento, nunca salimos del valle, trepamos las escarpadas cuestas y descubrimos por nosotros mismos. Por eso es muy importante empezar de nuevo, dejar de lado todos los libros, todos los guías, todos los instructores, y emprender el viaje uno mismo. Dios, lo desconocido, es cosa que debe ser descubierta, que no puede ser explicada, y sobre la que no cabe especular. Aquello sobre lo cual se especula proviene de lo conocido; y una mente que esté paralizada, agobiada, ocupada con lo conocido, nunca podrá hallar lo desconocido. Podéis practicar la virtud, sentaros a meditar horas, pero jamas conoceréis lo desconocido, porque lo desconocido surge sólo por el conocimiento de sí mismo. La mente ha de liberarse del sentido de su propia continuidad, que es lo conocido; y entonces nunca preguntaréis si Dios es una realidad. El hombre que dice que sabe lo que es Dios, no sabe. Es sólo la mente que se libera de la experiencia que tuvo hace un segundo, la que puede conocer lo desconocido. Dios o la verdad no tiene morada, y ésa es su belleza; no puede convertirse en un refugio para la mente pequeña e insignificante. Es una cosa viviente, dinámica, como las movedizas aguas de un río. Es tan sólo una mente que no esté atada a ninguna religión organizada, a ningún dogma o creencia, que no esté agobiada con lo conocido, es sólo una mente así la que puede descubrir si hay, o si no hay Dios. Afirmar que existe, o que no existe, paraliza todo descubrimiento. Pero como la mente misma es impermanente, quiere que se le asegure que existe algo permanente, y así dice que tiene que existir lo eterno, lo perdurable. De su propia naturaleza temporal, proyecta algo que llama lo atemporal, y entonces especula sobre ello; mas sólo la mente que se libera del tiempo puede conocer lo desconocido.

11 de marzo de 1956

XV. 4ª CONFERENCIA EN BOMBAY

PODEMOS convenir teórica o verbalmente que es muy importante que el individuo salga de lo colectivo, pero no creo que prestemos suficiente atención al problema; porque es sólo cuando existe la liberación creadora del individuo, que hay una posibilidad de descubrir y vivir una clase de vida totalmente diferente de aquella que estamos viviendo ahora. Actualmente nuestra vida, nuestro pensar, es colectivo; somos parte de lo colectivo; y si hemos de producir una sociedad distinta, con valores diferentes, me parece que el individuo tiene que empezar a comprender todas las impresiones colectivas que ha acumulado la mente a través de los siglos. Y como decía, es sólo cuando hay libertad en el principio mismo que puede surgir el verdadero individua. Al fin y al cabo, la mayoría de nosotros somos producto del ambiente; nuestros pensamientos, nuestras actividades, nuestras creencias, nuestras diversas persecuciones, están condicionados por las muchas influencias que existen en torno nuestro; y para descubrir lo que es la verdad, tiene uno que liberar la mente de este conglomerado de influencias, cosa extraordinariamente ardua y difícil. No creo que demos bastante importancia a esto. Hasta que la mente no se libere de estas muchas influencias no será incorrupta, y sólo entonces hay una posibilidad de descubrir algo enteramente nuevo: algo que no ha sido premeditado, que no es una autoproyección, que no es el resultado de ninguna cultura, sociedad o religión.

La propaganda es el cultivo de los prejuicios; y todos tenemos prejuicios, porque se nos ha educado para aceptar o para rechazar, pero nunca para inquirir sobre todo este problema de la influencia. Decimos que estamos buscando la verdad; pero ¿qué es lo que está buscando la mayoría de nosotros? Si os dais siquiera cuenta, si sois observadores de vosotros mismos, sabréis que estáis buscando un resultado de alguna clase; queréis alguna forma de satisfacción, una estabilidad o permanencia interna a la que dais diversos nombres, según el ambiente en que os hayáis criado. Y, ¿no estáis buscando éxito? Queréis triunfará no sólo en este mundo, sino también en el próximo. Me parece que este deseo de tener éxito, de llegar, de convertiros en algo, es resultado de una equivocada educación. Y ¿puede la mente librarse por entero de este deseo?

No creo que nos hagamos esta pregunta, porque lo único que nos interesa es seguir un método, un sistema, o un ideal, que esperamos producirá un resultado, nos conducirá a la certeza, al éxito, a una definida y permanente felicidad, a la gloria, o como queráis. Por eso nuestras mentes están siempre ocupadas en el esfuerzo de llegar a algo; y mientras la mente esté buscando una meta, un fin, un resultado que la satisfaga por completo, tiene que haber la creación y el seguimiento de la autoridad. Esto es así, ¿verdad? Mientras yo crea que la gloría la felicidad, Dios, la verdad, o lo que queráis, es un fin que hay que alcanzar, existirá el deseo de alcanzarlo; debo, pues, tener un gurú, una autoridad, que me ayude a lograr lo que quiero. Por consiguiente me vuelvo un seguidor, dependo de otro; y mientras haya dependencia, no puede hablarse de que el individuo emerja de lo colectivo y descubra por sí mismo lo que es la verdad, o cuál es la cosa acertada que debe hacerse.

Así, si observáis, veréis que siempre estamos buscando alguien que nos diga lo que hay que hacer. Como estamos confusos, vamos a otro en busca de consejo. El resultado es que siempre estamos siguiendo, y por ello estableciendo psicológicamente la autoridad que invariablemente oscurece nuestro pensar e impide la creatividad que es tan esencial. Exteriormente, en esta sociedad competidora y adquisitivas somos ambiciosos, crueles, porque de otro modo seremos desplazados, dejados de lado. Interiormente, en lo psicológico, somos igualmente ambiciosos: también allí queremos llegar a cierta altura, por lo cual perseguimos un fin, ya sea autoproyectado o creado por otro. Viendo todo esto, ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo va uno a descubrir qué es la verdadera acción?

Ciertamente, este tiene que ser un problema para todos nosotros. Vemos confusión en nuestro interior y en torno nuestro; los viejos valores, las creencias y dogmas, los líderes que hemos seguido, ya no nos satisfacen, han perdido su poder de retenernos; y, viendo todo este caos, ¿qué va uno a hacer? ¿Cómo va a descubrir qué es la verdadera acción? Para ahondar en este problema, tenemos que preguntarnos qué entendemos por buscar, ¿no es así? Todos decimos que estamos buscando ‑al menos aquellos de nosotros que somos serios, sinceros; pero antes de seguir adelante con nuestra búsqueda, ciertamente debemos descubrir qué entendemos con esa palabra, y qué es lo que cada uno de nosotros está buscando.

Señores, ¿podéis encontrar nada nuevo buscándolo? ¿O es que en vuestra búsqueda sólo podéis encontrar aquello que ya habéis conocido y proyectado hacia el futuro? Creo que ésta es una cuestión importante. ¿Que es lo que estamos buscando? Y ¿puede, una mente que busca, encontrar jamás algo que está más allá del tiempo, más allá de sus propias proyecciones? Esto es, digo que estoy buscando la verdad. Dios, la gloria; mas, para hallar esto, tengo que poder reconocerlo, ¿no es así? Y para poder reconocerlo, tengo que haberlo experimentado ya. La experiencia previa es necesaria para el reconocimiento, de modo que lo que yo puedo reconocer ya ha existido en mi mente; por lo tanto no es la verdad, es mi propia proyección. Y, sin embargo, eso es lo que estamos haciendo la mayoría de nosotros. Cuando buscamos, estamos buscando algo que la mente ya ha experimentado y trata de recapturar; por consiguiente aquello tras de lo cual realmente vamos es la permanencia de una experiencia de placer, de satisfacción. Así pues, mientras la mente esté buscando, es evidente que nunca podrá descubrir lo que es la verdad. Tan sólo cuando la mente ya no busca ‑lo cual no significa que se vuelva torpe, distraída- y comprende todo este proceso de la búsqueda, es cuando existe una posibilidad de descubrir algo que no es de su propia proyección, de su propia evaluación.

Por ejemplo, leéis en el Gita, o en los Upanishads una descripción de algo permanente, una dicha perpetua, o como queráis; y como esta vida es pasajera y vuestro pensamiento, vuestras actividades, vuestras relaciones, son confusas, perturbadoras, desdichadas, queréis ese otro estado sobre el cual habéis leído. Eso es lo que estáis buscando. Al buscar ese estado, cultiváis la aceptación de la autoridad, acudís a alguien que promete conduciros a lo que queréis. Por lo tanto os convertís en un seguidor, y mientras sigáis, seréis parte de lo colectivo, de la masa. Habéis ya reconocido, habéis establecido en vuestra mente lo que es ese otro estado, y lo estáis buscando mediante el seguimiento de un gurú, por la meditación, por la práctica de diversas formas de disciplina etc. Lo que realmente buscáis es algo que ya conocéis, o que se os ha enseñado, un estado sobre el cual habéis leído o vagamente experimentado; vuestra búsqueda es, pues, en pos de la continuación de una experiencia satisfactoria, o de descubrimiento de un estado placentero que esperáis exista, ¿no es así? Y yo digo que esta búsqueda jamás revelará lo desconocido; por lo tanto toda búsqueda debe cesar.

Os ruego que tengáis la amabilidad de escuchar todo esto con un poco de atención. Tales como ahora son, nuestras vidas son contradictorias, superficiales, vacías, y estamos muy confusos. Vamos de un gurú a otro, de un libro a otro; estamos rodeados de especialistas en lo que llamamos espiritualidad, ofreciendo cada uno una particular forma de meditación, de disciplina, y tenemos que escoger cuál es la cosa acertada que hay que hacer. Ahora bien, mientras haya elección, tiene que haber confusión; y me parece que antes de escoger, de buscar, es imperativo descubrir por nosotros mismos lo que es la libertad. Porque es sólo la mente libre la que puede inquirir, y no la que está presa en la tradición, la que está condicionada, infunda; ni la mente que está buscando un resultado, ni aquella que está llena dé la actividad de lo inmediato en relación con un proyectado futuro.

Sin duda, entonces, necesitamos descubrir por nosotros mismos el pleno significado de la libertad, no como una meta, no como un fin, sino ahora. ¿Qué es lo que significa la libertad para todos nosotros? Mientras la mente esté condicionada por la sociedad, por la cultura, mientras esté agobiada con su propia soledad, con su vacuidad, mientras sea esclava de cualquier clase de influencia, no será libre. ¿Puede, pues, la mente darse plena cuenta de las influencias que existen fuera y dentro de ella, y que la hacen pensar en una dirección determinada, incapacitándola así para pensar directamente? Mientras haya presión tras el pensamiento, este jamás podrá ser directo; y, ¿puede la mente eliminar toda esta presión? Es decir, ¿puede estar libre de motivación, de toda compulsión para ser esto o aquello? Podremos no ser conscientes de las presiones, que están detrás de nuestro pensamiento, de las compulsiones del miedo, del motivo, del dogma y la creencia; pero ahí están. Entonces, ¿podemos darnos plena cuenta de estas influencias, y dejar que la mente piense muy suave y directamente por sí misma? Sin duda, ese es uno de nuestros más grandes problemas, ¿no es así? ¿Podemos descubrir cuáles son las presiones sobre la mente y en ella misma, que nos hacen pensar y actuar en cierta dirección? Consideremos el problema desde otro punto de vista.

Vivís aquí en Bombay. ¿Os vais a poner de parte del Maharashtra, o del Gujarat? ¿A qué estado deberá pertenecer Bombay? Ahora todos os erguís y vuestro interés se aviva, ¿no es así? (Risas). Es muy sorprendente. Pero, ¿qué vais a hacer? Si decís, ‘Como ciudadano, tengo que elegir’, y actuáis como un maharashtrian, o como un gujarathi, esa acción tiene que conducir a mayor desdicha. Mientras que si no actuáis ni como maharashtrian ni como gujarathi, sino como ser humano que no está envuelto en ninguno de estos asuntos ‑con toda su estupidez y estrecho prejuicio, con su apego a la casta y todos los demás disparates- entonces es evidente que vuestra acción será totalmente distinta.

Tenemos, pues, que investigar cuáles son las presiones, los motivos que nos compelen a obrar de esta o aquella manera; porque a menos que comprendamos estas influencias y nos libremos de ellas, nuestra acción conducirá invariablemente a un mayor dolor y confusión. Por eso es muy importante tener autoconocimiento, que es comprender el trasfondo, el condicionamiento de la propia mente, y estar liberándose de él continuamente. Como veis, cuando estamos meramente preocupados con la acción inmediata, nos dejamos llevar por ella, sin indagar en todo el problema del condicionamiento, cómo la mente está moldeada como hindú, como cristiano, o lo que sea; y, si la mente no se está liberando de su condicionamiento, cualquier acción que emprendamos tiene que ser desintegradora, y sólo podrá crear más caos. Así lo que nos concierne no es escoger esta o aquella línea de acción, sino comprender cómo está condicionada la mente; pues al liberar a la mente de su condicionamiento, viene una acción que es sana, racional, inteligente.

Lo importante, entonces, es descubrir por nosotros mismos lo que cada uno de nosotros está buscando, y si lo que buscamos tiene alguna validez, o es simplemente una evasión. Es imperativo tener autoconocimiento, conocerse a sí mismo; no como el Atman, y todo eso, sino como uno es de día en día, lo cual implica observar cómo piensa uno, ver cuáles son las influencias tras del propio pensamiento, y darse cuenta de los movimientos tanto conscientes como inconscientes de la mente. Entonces la mente puede estar muy quieta; y es sólo en esa quietud que puede tener lugar algo real.

Pregunta: Una de las ideas dominantes del hinduismo es la de que este mundo es una ilusión. ¿No creéis que esta idea, al través de los siglos, ha sido un factor que ha contribuido poderosamente a la actual miseria?

Krishnamurti: No sé cuáles son las doctrinas del hinduismo, porque no soy, hindú; ni soy cristiano, ni budista. Pero sé, como sabemos todos, que la mente tiene el poder de crear ilusión. Puede hipnotizarse para creer que no existen los árboles ni las casas, o que no hay sufrimiento; tiene la extraordinaria facultad de creer todo lo que quiere, independientemente de los hechos, lo cual es el poder de crear ilusión. La ilusión es de diferentes clases. Hemos creado la ilusión del ideal. Decimos que este mundo no importa, que es sólo el próximo el que importa, y que este mundo es meramente un pasaje hacia el otro. O decimos: ‘Soy ahora rico porque viví una vida de bien la última vez’. Así podemos explicarlo todo, pero sigue en pie el hecho de que la mente tiene el poder de crear ilusión.

Ahora bien, ¿puede la mente liberarse de ese poder y ver dos hechos como son, en lugar de opinar sobre los hechos? ¿Es posible ver que uno es cruel, y no evadirse de la crueldad con una explicación, o especular acerca de lo que le ha vuelto a uno cruel? ¿Puede uno ver el hambre, la degradación, la miseria, el conflicto, la brutalidad que existe en el mundo, y no explicarla? ¿Podemos simplemente darnos cuenta del hecho de que somos brutales, violentos, crueles, no sólo exteriormente, sino también interiormente? Si nos limitamos a ver el hecho sin explicarlo, ¿qué ocurre? Entonces el hecho empieza a actuar sobre la mente, no es ésta la que actúa sobre el hecho. La mente actúa sobre el hecho únicamente cuando evaluamos el hecho, cuando tenemos opiniones sobre él. Como soy cruel, tengo el ideal de la bondad, de la compasión, que está allá, lejos del hecho. Lo que está allá es una ilusión creada por la mente; el hecho es que soy cruel. Pero, ¿puede la mente quedar con el hecho, no morbosamente, sino simplemente quedar con el hecho de que soy cruel, nada más? El ideal ha sido creado por la mente, y es una total ilusión; existe porque quiero escapar del hecho. Pero si la mente está libre de esa ilusión que llama el ideal, entonces el hecho puede actuar sobre la mente. Vamos a decirlo más clara y sencillamente.

Estoy seguro de que la mayoría de vosotros tenéis ideales; y los ideales existen porque la mente tiene el poder de crearlos. Carecen de validez, no son hechos reales: son lo que la mente concibe que debería ser, que es enteramente diferente de lo que es. Lo que es, es el hecho, no lo que debería ser; pero desgraciadamente somos todos idealistas, y así existe la doble personalidad. Siempre estamos hablando de la no violencia, Ahimsa -¡cuán a flor de labios tenemos esta palabra!- y sin embargo somos maharashtriaras, gujarathis, telugus, y Dios sabe qué cosas más. (Risas). Señores, ¿por qué tener ideales, que carecen de todo valor? Si no tenemos ideales, entonces el hecho de la miseria, del hambre, y de la espantosa crueldad a que nos entregamos, nos forzará a hacer algo.

Mientras pertenezcamos a cualquier religión, a cualquier casta, a cualquier grupo particular, mientras hagamos de la familia o de la nación la unidad más importante, tiene que haber crueldad; y nunca nos enfrentamos con este hecho, nunca lo miramos, sino que siempre estamos intentando alcanzar el ideal, sin lograrlo jamás. Cuando la mente se libera de la idea de lo que debería ser, puede mirar al hecho de lo que es; y entonces el hecho evidentemente obrará algo sobre le mente. Mientras me limito a hacer conjeturas sobre si habrá una serpiente venenosa en mi cuarto, puedo seguir conjeturando por tiempo indefinido, y no hay acción; pero si hay efectivamente una serpiente, entonces la acción es inmediata, no tengo que pensar sobre la acción.

Por consiguiente, puede ser en parte porque hemos pensado que este mundo es ilusorio, o que es un peldaño hacia algo mucho más grande, que no nos interesen mucho sus horrores sociales y completa desdicha; pero esto no significa que cada uno de nosotros deba entrar inmediatamente en el campo de la reforma social, cosa que no haría sino aumentar el actual caos. Lo importante es descubrir cómo funciona vuestra mente, lo que implica ver las presiones, las compulsiones que os mueven a hacer cierta cosa, y liberar la mente de su condicionamiento. Mientras la mente piense como hindú, brahmín, católico, o como queráis, su condicionamiento le impide enfrentarse con el hecho; pero en el momento en que se libera de ese condicionamiento y enfrenta el hecho, hay una acción que no está influida por el pasado.

Señores, el problema es muy complejo. Como sabéis, todas las ideas creadas por la mente son el resultado de su trasfondo, de su prejuicio, de su propensión; y una mente que quiera descubrir lo que corresponde hacer en toda esta caótica miseria, ha de comprender su trasfondo y liberarse de él, lo cual es mucho más importante que el descubrir lo que hay que hacer. El ‘qué hacer’ vendrá de la comprensión del trasfondo. Mientras penséis como un brahmín, o como un no brahmín, mientras sigáis este o aquel sendero, toda acción nacida de tal pensar creará inevitablemente más confusión, más guerras, más odio. Pero si empezáis a comprender el trasfondo, habrá necesariamente recta acción; y la comprensión del trasfondo sólo viene a través de la alerta percepción en la convivencia.

Pregunta: ¿Puede haber una síntesis de Oriente y Occidente, y no es ese el único medio de salvar el abismo entre ellos?

Krishnamurti: Señor, ¿qué son el Oriente y el Occidente? Ya veis, estamos haciendo una pregunta errónea y tratando de encontrar una respuesta correcta. ¿Existen un Oriente y un Occidente, excepto geográficamente? ¿Hay una cultura oriental y otra occidental? ¿Hay una manera oriental de pensar y otra occidental? Superficialmente puede haberla; pero ya sea llamada oriental u occidental, comunista o católica, cada uno de nosotros está condicionado por la cultura en la cual se ha criado. Podéis vivir en el Este, y otro en el Oeste; pero él estará condicionado por su sociedad, por el clima, por el alimento que toma, por las innumerables impresiones, presiones, influencias, que existen en torno de él, lo mismo que vosotros. En Occidente, la gente usa cierta clase de ropa, y aquí usan algo diferente; pero el ser humano es el mismo en todo el mundo, sea lo que fuere que use, y tanto si su piel es morena, blanca, negra o amarilla. Todos somos ambiciosos, codiciosos, envidiosos, todos deseamos éxito, aunque el ‘éxito’ puede tomar una forma allá y otra diferente acá. Somos seres humanos, no orientales y occidentales; éste es nuestro mundo, no es el mundo de los comunistas, de los católicos, ni de ningún otro grupo, por mucho que ellos quieran que lo sea. Grandes grupos de personas están siendo deliberadamente condicionados para pensar en cierta manera. Pero no existe un condicionamiento ‘mejor’, sólo hay el pensar condicionado; y mientras nuestras mentes estén condicionadas y actuemos de acuerdo con ese condicionamiento, forzosamente engendraremos guerras. Mientras penséis como hindúes, en oposición a los americanos, o a los rusos, o a los musulmanes, o a quienes fuera, inevitablemente produciréis antagonismo; mientras penséis de vos mismo como gujarathi, o maharashtrian, vais a tener espantosas brutalidades.

Sólo hay, pues, la mente humana, sólo hay el pensar, aquí o en Occidente; y es la tarea primordial de toda persona seria el inquirir sobre todo el proceso del pensar, porque toda acción surge del pensamiento. Sin pensar, no hay acción; y el pensar está ahora dividido en indio, europeo, esto o aquello, lo que significa que está condicionado, influido, moldeado por una particular cultura. Habiendo producido su propia cultura, la mente entonces queda atrapada en esa cultura, en esa sociedad; y comprender este proceso, penetrar en él y trascenderlo, es la función de todo ser humano responsable. Es sólo cuando liberamos a la mente de su condicionamiento que podemos saber qué es el amor, qué es la compasión; y mientras sigamos siendo hindúes, maharashtrians, o lo que queráis, será total disparate el hablar sobre Dios, la verdad, el amor, la compasión.

No es posible que llegue a existir un nuevo mundo a menos que cada uno de nosotros sienta que esta tierra es nuestra, vuestra y mía, para que vivamos en ella; y no podemos vivir en ella pacíficamente si yo me considero brahmín, o un gran santo, y os miro como un pobre hombre, un sirviente del cual se puede abusar. Somos un conjunto de seres humanos, y el cambio de corazón es mucho más importante que el cambio de legislación. Las leyes no pueden cambiar el corazón; y el corazón o la mente ambiciosa puede utilizar o soslayar cualquier clase de legislación para enriquecerse. Por eso es muy importante comprender todo esto, y no dividir el mundo en oriental y occidental.

Pregunta: Según vos, lo conocido nunca puede descubrir a lo desconocido. ¿Cómo puede uno, entonces, reconocer lo desconocido? ¿Es tan enteramente diferente?

Krishnamurti: Por cierto, la mente es el resultado de lo conocido. La mente sólo conoce como un hecho lo que ha sido; jamás puede conocer como un hecho lo que será. Puede conjeturar; pero hay innumerables influencias que están constantemente cambiando el futuro, de modo que ningún hombre puede decir lo que será el futuro; y creo que es muy importante comprender esto políticamente. Ningún grupo de personas, ya sea comunista, católico, socialista, o cualquier otro, puede conocer el futuro. Suponer que puede conocerse el futuro es tener un modelo, de lo cual surge el esfuerzo para obligar al hombre a ajustarse a tal modelo, liquidándolo si no lo hace, o destruyéndolo en campos carcelarios, y todos los demás horrores. Lo que puede conocerse es el proceso del propio pensar. Lo conocido es lo pasado, el reconocimiento es todo el proceso de lo conocido.

El interlocutor pregunta, en efecto: ‘¿Puedo reconocer lo desconocido? ¿Puedo experimentar lo desconocido y saber que estoy experimentándolo?’ Ahora bien, ¿qué entendemos por reconocimiento? Por cierto, sólo podemos reconocer algo que hayamos conocido. Como os he visto antes, os reconozco; si no os hubiera visto previamente, no podría reconoceros, ya que el reconocimiento es la familiaridad con el nombre, el aspecto y la forma del rostro, la manera de hablar, el gesto, y todo lo demás. El reconocimiento es siempre, pues, la consecuencia de lo conocido. Reconozco, porque he experimentado antes, que eso es una casa, aquello un árbol, aquél un hombre, una mujer o un niño; lo sé, porque me lo han dicho, y también por mi propia experiencia. Lo sé por experiencia; de modo que la mente es el resultado de lo conocido. Partiendo de lo conocido puedo proyectar lo desconocido, llamándolo Dios, verdad, o como queráis; pero seguirá siendo una proyección de lo conocido.

¿Puede, pues, lo conocido experimentar lo desconocido? Es evidente que no. Semejante pregunta es una contradicción, carece de validez. La cuestión no es si la mente puede reconocer o experimentar lo desconocido, sino, si puede liberarse de lo conocido. Siendo el resultado de lo conocido, ¿puede la mente liberarse de lo conocido? Éste es un problema extraordinario, si realmente os lo formulais y ahondáis en él. La mente se ha vuelto mecánica, porque funciona de lo conocido a lo conocido. Como las máquinas electrónicas que se han inventado, sólo puede funcionar mediante la asociación. Nuestro pensar es el resultado de lo conocido, pues de lo contrario no hay pensar; es la reacción de la memoria, que es el pasado; y es el pasado el que pregunta: ‘¿Puedo conocer o experimentar algo que es atemporal, algo inconmensurable, que está más allá del reconocimiento?’ La respuesta es obvia.

Por consiguiente, todo lo que podemos hacer es comprender el funcionamiento de lo conocido, ver cómo piensa, siente, inquiere la mente, lo cual es meditación; y sólo entonces está la mente completamente en calma. La tranquilidad de la mente puede ser inducida por drogas, o por la disciplina, o la represión, mas eso no es meditación; no es más que un truco, y una mente así no está quieta. Es sólo inquiriendo en lo conocido que puede estar quieta la mente, completamente en calma: la totalidad de la mente, consciente tanto como inconsciente, y no sólo la mente superficial que dice, ‘Tengo que estar en calma para experimentar lo desconocido’. La totalidad de la mente tiene que estar en calma, lo que significa que todo el proceso del pensamiento debe terminar; y no puede terminar cortándolo, ni actuando sobre él, sino sólo comprendiéndolo. Cuando se comprende todo el proceso del pensamiento, adviene a la mente una calma en la cual no existe el experimentador ni lo experimentado, no hay movimiento alguno; y únicamente entonces hay posibilidad de que surja algo que está más allá de la medida del tiempo.

Lo que nos incumbe, entonces, no es inquirir sobre lo desconocido, sino descubrir si la mente puede liberarse de lo conocido. Si realmente os formulais esta pregunta, de hecho y no teóricamente, descubriréis si puede o no ser libre la mente. Yo no puedo decíroslo; a vosotros os toca descubrir la verdad del asunto. Y forzosamente tenéis que formularos esta pregunta, porque, tal como es ahora, vuestra mente es mecánica, repite incesantemente lo que se le ha enseñado, lo que ha aprendido, lo que ha leído: el eterno parloteo sobre lo conocido. Sólo cuando la mente se comprende a sí misma, es posible la libertad de lo conocido.

14 de marzo de 1956.

XVI. 5ª CONFERENCIA EN BOMBAY

LAS cuatro últimas veces que nos hemos reunido aquí, he estado hablando sobre lo importante que es para el individuo liberarse de as muchas influencias sociales, culturales y religiosas; sólo entonces puede tener lugar la liberación creativa de la buena mente. Me parece muy importante comprender la calidad de la mente, y hacer surgir la que es buena. A la mayoría de nosotros no le preocupa tener una buena mente, sino sólo que hacer; la acción se ha vuelto mucho más importante que la calidad de la mente. Para mí, la acción es secundaria. Si puedo decirlo así, la acción no importa, no es importante en absoluto; porque cuando existe la buena mente, la mente que es explosivamente creadora, entonces de esa creadora explosividad surge la acción recta; no es: ‘hacer es ser’, sino, ‘ser es hacer’.

Para la mayoría de nosotros, la acción parece vital, importante, y por eso quedamos atrapados en la acción; pero el problema no es la acción, aunque parezca serlo. A la mayoría de nosotros nos preocupa cómo vivir, que hacer en ciertas circunstancias, si hemos de ponernos de este o de aquel lado en política, etc. Si observáis, veréis que nuestra búsqueda es generalmente para descubrir cuál es la justa acción que hay que emprender, y es por eso que hay ansiedad, esta persecución del conocimiento, esta búsqueda del gurú. Inquirimos para descubrir lo que hay que hacer; y me parece que esta actitud ante la vida tiene que conducir inevitablemente a mucho sufrimiento y desdicha, a la contradicción, no sólo dentro de uno mismo, sino socialmente, una contradicción que invariablemente origina frustración. Para mí, la acción resulta inevitablemente de ser. Es decir, la misma actitud de escuchar es un acto de humildad. Si la mente es capaz de escuchar, ese mismo escuchar produce la buena mente, de la cual puede surgir la acción. Mientras que, sin una buena mente, sin esa extraña y explosiva cualidad creativa, la mera búsqueda de la acción conduce a la mezquindad, a la superficialidad de corazón y mente.

No sé si habéis notado cómo la mayoría de nosotros está ocupada con lo que hay que hacer, y probablemente nunca hemos tenido esta cualidad mental que inmediatamente percibe la totalidad. La percepción misma de la totalidad es su propia acción, y creo que es importante comprender esto, porque nuestra cultura nos ha hecho muy superficiales; somos imitadores, estamos tradicionalmente atados, somos incapaces de amplia y honda visión, porque nuestros ojos están cegados por la acción inmediata y sus resultados. Observad vuestra propia mente y veréis cuán preocupados estáis por lo que has que hacer; y esta constante ocupación de la mente con lo que hay que hacer sólo puede conducir a un pensar muy superficial. En cambio, si la mente está interesada en la percepción del todo ‑no en cómo percibir el todo, qué método usar, lo cual es también estar atrapado en la acción inmediata-, entonces veréis que de esta intención viene la acción, y no al revés.

¿Qué es aquello en que ahora nos interesamos la mayoría de nosotros? En la violencia y la no violencia, en adquirir un poco de virtud, en la particular casta o nación a que pertenecemos, en si hay Dios o no, en qué clase de meditación practicar, etc., todo lo cual está dentro de una escala limitada, mezquina. Por eso la mente se pierde en pequeñas cosas; pero esto no significa que uno no deba inquirir sobre qué es la meditación. Descubrir lo que es la meditación es una cuestión muy diferente. Pero la mente está preocupada con el sistema de meditación que ha de utilizar para llegar, y esta preocupación por el sistema vuelve a la mente mezquina, superficial, vacía, que es lo que nos está pasando a la mayoría de nosotros. Repetimos el Gita, la Biblia, el Corán, o algún libro budista, o citamos a Lenin o Marx, y creemos haber resuelto todas las cuestiones. En cambio, me parece que lo importante es hacer surgir la buena mente, esa extraordinaria calidad mental que capta instantáneamente la totalidad del sentir, la totalidad del ser; y creo que no puede haber una mente buena mientras haya esfuerzo. Mientras uno se está esforzando en cualquier sentido, haciendo un esfuerzo para ser o no ser esto o aquello, no es posible la mente buena, que es capaz de percibir el todo. Sólo la mente que se esté liberando del esfuerzo, del empeño, es la que podrá comprender la totalidad del ser.

¿Por qué realizamos esfuerzo? Mirad, se trata de una cuestión seria; pensemos juntos sobre ella. El esfuerzo es evidentemente necesario en cierto nivel de nuestra existencia: para adquirir conocimiento en la escuela, para aprender una técnica, etc. Pero, ¿por qué hace la mente un esfuerzo para ser algo, para ser no violenta, o para ser pacífica? ¿No es porque, dándose cuenta de que es violenta, codiciosa, o estúpida, la mente quiere transformar ese estado en algún otro? El deseo de cambiar de lo que es a lo que debería ser, acarrea el proceso del esfuerzo, ¿no es así? Soy ignorante, y debo adquirir conocimientos; soy envidioso, y tengo que ser no envidioso. De modo que el deseo de ser no envidioso engendra esfuerzo, la lucha por ser algo. Para mí, este esfuerzo, en el que está atrapada la mayor parte de la gente, es el factor deteriorarte. Como dije, el acto mismo de escuchar es humildad; pero nosotros no escuchamos. Nos decimos, ‘¿De qué está hablando? ¿Qué me ocurrirá si no hago ningún esfuerzo para ser algo? ¿Cómo viviré? ¿Cómo conseguiré un empleo o un ascenso?’ Toda vida, tal como sabemos, es lucha, esfuerzo, presión, compulsión; estamos acostumbrados a ese ritmo, a esa manera de pensar, y por eso nunca escuchamos. Escuchamos a través de la oposición de nuestras propias opiniones.

Ahora bien, ¿podemos dejar todo eso de lado y simplemente escuchar? Cuando estamos escuchando meramente, ¿qué ha ocurrido? Ese acto mismo de escuchar es humildad. No implica esfuerzo, la mente no ha hecho nada para ser humilde; es humilde. Por consiguiente, es capaz de escuchar. ¿Comprendéis? Como quiero comprender aquello sobre lo que otro está hablando, no presento mi opinión, mis objeciones, mis argumentos; dejo todo eso de lado y escucho lo que se dice. Ese escuchar mismo es humildad; la mente es humilde en ese acto mismo; por lo tanto no hay esfuerzo para ser humilde. La mente arrogante no puede escuchar. La mente que está llena de conocimiento, de argumentación, que ha adquirido, que ha experimentado, una mente así es incapaz de escuchar, porque está llena de vanidad, de engreimiento. El problema no es, pues, cómo desembarazarse del engreimiento, sino, si la mente puede escuchar. Cuando puede escuchar, la mente se halla en un estado de humildad, y entonces es capaz de percibir totalmente, de lo cual se sigue la acción. Pero, ¿qué nos interesa ahora? A la mayoría de nosotros nos preocupa acumular un poco de virtud, un poco de conocimiento, y multiplicarlo, hacerlo mayor, más amplio; pero sigue siendo un proceso de acopio. Tenemos conocimientos, sabemos qué dice el Gita, lo que dice nuestro gurú, pero la mente buena falta; por tanto la mente es incapaz de percibir, de comprender el todo, sin esta perpetua lucha.

Me parece, pues, que el mayor factor en el deterioro de la mente es este esfuerzo por ser algo. Después de todo, cuando deseáis ser algo, cuando tenéis una meta, un fin en vista, os esforzáis por ese fin y toda vuestra vida está moldeada por él; por consiguiente vuestra mente no se interesa en su propia calidad y profundidad, sino sólo en el resultado del esfuerzo.

Pensad sobre esto y veréis cuán poco creadores somos en todo el mundo. Somos simplemente imitadores, estamos formados por el molde de la sociedad, por el patrón de una determinada cultura; y, ¿puede ser creadoramente explosiva una mente así? Es evidente que no. Y no obstante, lo único que nos interesa es saber qué hay que hacer. Existe el hambre en el mundo, hay desdicha, sufrimiento, tanto exterior como interiormente, y sólo nos preocupa cómo poner fin a todo eso. La mente queda atrapada en el ‘cómo’, en la respuesta, la explicación: cómo hallar a Dios, cómo meditar, si hay o no hay continuidad después de la muerte, cuál es la acción adecuada, quién es el buen gurú, cuál es el buen libro, etc. Eso es lo único que os interesa, ¿no es así? No os interesa la calidad de la mente, sino sólo los muchos ‘cómo’, cosa que evidentemente vuelve a la mente superficial. Podéis tener el mejor gurú, leer todos los libros sagrados, ser extraordinariamente virtuoso; pero si no tenéis esta cualidad creadoramente explosiva de la mente buena, vuestra virtud se vuelve muy superficial, respetable, y por tanto carece de validez, porque la virtud no es un fin en sí misma.

Por eso, me parece que lo importante es en realidad averiguar la calidad de una buena mente, que es una mente que no es imitadora, que no se limita a seguir, sino que es literal y creadoramente explosiva; porque, sin esa calidad, ¿de qué valor es vuestra virtud, vuestro conocimiento, vuestra búsqueda de la verdad? Y ¿puede la mente superficial, mediocre, la que está educada simplemente para ajustarse a la sociedad, que está vencida, abatida, sufriendo, puede una mente así hallar esa calidad creadoramente explosiva?

Señores, ante todo tenemos que comprender que nuestras mentes son superficiales, vacías; podemos llenarlas con muchas palabras, con el conocimiento de los libros, pero siguen siendo vacías. Y ¿puede una mente mezquina, superficial romper su mezquindad, su superficialidad? ¿Puede hacerse vasta y profunda? Ahora bien, cuando hacéis esta pregunta. ¿con qué intención la formulais? ¿Es con el fin de llegar; un resultado, de encontrar un método? ¿O la hacéis simplemente como el jardinero planta una semilla, la riega y la deja crecer? No sé si presento claramente esta cuestión. Para mí, la explicación de por qué es mezquina la mente carece de importancia; lo importante es que la mente descubra por qué hace esta pregunta.

Dándose cuenta de que es vacía, ¿qué hace la mente? Procede a adquirir más conocimiento, se esfuerza en llenarse, en enriquecerse. Como se siente superficial, quiere ser profunda, y entonces surge el problema de cómo ser profunda; practica, pues, un método que promete lo que ella quiere, y por ello queda atrapada en el método. Para mí, este procedimiento es totalmente equivocado, es sumamente destructivo, porque conduce a mayor superficialidad, mayor vacuidad. La mente que está atrapada en un método, continúa siendo mezquina, porque no se interesa más que en su propio enriquecimiento, no se ha comprendido. Mientras que, si la mente se da cuenta que es superficial, y se pregunta por qué lo es, sin buscar una explicación, una respuesta, entonces tiene lugar un proceso muy diferente. Como dije, es como un jardinero que siembra una semilla y la riega. Si el agua y el suelo son buenos y si la semilla tiene vitalidad, echa un brote. Análogamente, si la mente se pregunta por qué es superficial, y no busca una respuesta ni trata de hallar modos y medios de enriquecerse, entonces esa pregunta misma produce su propia explosión. Entonces hallaréis que llega un estado totalmente distinto, en el cual la mente ya no está esforzándose para lograr, para acumular; y una mente así no conoce deterioro.

Actualmente, nuestras mentes están todas deteriorándose, y lo que importa, desde luego, es poner fin a ese deterioro. Esto no puede hacerse buscando y explicando simplemente la causa del deterioro. Mas, si se da uno cuenta de este deterioro interno, y, sin buscar una respuesta, se pregunta por qué existe el deterioro, entonces ese mismo inquirir es un acto de escuchar. Para escuchar, tiene que haber humildad, y la humildad limpia la mente del pasado; la mente es entonces fresca, inocente, y por lo tanto es capaz de percibir la totalidad, lo íntegro. Sólo una mente así es la que puede producir orden y crear una nueva sociedad con valores enteramente diferentes de los que existen ahora.

Pregunta: ¿Qué decís sobre los Tapas13 y el Sandhana de que hablan los libros hindúes, para provocar la cesación del pensamiento?

Krishnamurti: Creo que es un gran error el interpretar lo que os dicen los libros. Os ruego sigáis esto, no estoy diciendo nada irracional. Los libros os dicen que hagáis esto o aquello, y los libros pueden estar equivocados; y es posible también que el pensamiento no pueda cesar nunca. Mas lo que podéis hacer es descubrir directamente por vosotros mismos, sin depender de ninguna persona o libro, si puede o no terminar el pensamiento. Eso es mucho más vital, mucho más significativo, que el practicar algún método que promete la cesación del pensamiento.

Ahora bien, ¿por qué queréis que cese el pensamiento? ¿Es porque el pensamiento es muy inquietante, contradictorio, pasajero? Y ¿cómo sabéis que el pensamiento puede cesar? ¿Lo sabéis porque los libros lo han dicho? ¿O está inquiriendo vuestra mente sobre todo el proceso del pensar? ¿Comprendéis, señores? Nuestro problema está en comprender el proceso del pensar, y no en cómo hacer cesar el pensamiento. Podéis hacer cesar el pensamiento tomando una droga, o aprendiendo unos cuantos artificios que llamáis meditación; pero la mente seguirá torpe, trivial. Mientras que, si empezáis a inquirir qué es el pensar, descubriréis si puede o no terminar el pensamiento.

Veamos muy claramente esto. Un método, por muy noble y prometedor que sea, lo único que puede hacer es paralizar el pensamiento y mantenerlo en una situación estática; pero eso no es la cesación del pensamiento. No habréis hecha más que ahogarlo, ponerle una tapa. En cambio, si empezáis a inquirir sobre todo el proceso del pensar, descubriréis entonces lo que es ese proceso.

Pensar, ciertamente, es la respuesta de la memoria al reto, siendo la memoria la continuidad del pasado. Detrás del pensar hay ciertas presiones, compulsiones, que tuercen el pensamiento. Cuando hay presión de cualquier clase tras el pensar ‑entendiendo por presión el motivo, la compulsión, el impulso-, el pensamiento invariablemente tiene que torcerse. Pero si la mente puede librarse de todas las presiones, de todos los motivos, entonces hallaréis que la mente se vuelve extraordinariamente quieta, y en esta quietud está la cesación de lo que llamáis pensar. Si meramente deseáis la cesación del pensamiento porque esperáis que ello resolverá todos vuestros problemas, o porque los libros prometen una recompensa, puede ser que consigáis aquietar mucho la mente; pero seguirá siendo una mente pobre. Así pues, lo que nos concierne no es la manera de poner término al pensamiento, sino poner término a la pobreza, a la superficialidad; y para que la mente deje de ser pobre tiene que estar libre de toda autoridad, de todo seguimiento, de modo que sea capaz de pensar en forma nueva.

Señores, para presentar el problema de modo distinto, una creencia colectiva es muy destructora. Muchos de vosotros os llamáis hindúes, lo que significa que aun estáis atados por los dogmas colectivos, las tradiciones e influencias que os han hecho como sois. Donde haya creencia colectiva, habrá deterioro, un proceso destructor estará en marcha, y eso exactamente es lo que está sucediendo por todo el mundo actualmente. Todos somos comunistas o socialistas, hindúes o cristianos, esto o aquello, lo cual es la colectivización de la creencia, y así no existe en absoluto la individualidad; y por eso es muy importante ver el daño de la creencia colectiva. En la percepción misma de ese daño, emerge lo individual. Sólo la mente que no sea comunista ni capitalista, cristiana ni hindú, la mente que no tenga compulsión, presión ni motivo tras de sí, sólo una mente así puede estar sin pensamiento. Con la cesación del pensamiento sobreviene una quietud como la de las aguas vivas, y en esa quietud hay un vasto movimiento que no puede ser comprendido por la mente que está impulsada por la presión, por el motivo. Todo lo que practique una mente pobre sólo la hará todavía más pobre, porque no se comprende a sí misma, no se da cuenta de su propia pobreza; puede aprender nuevos artificios, nuevos medios o métodos, pero aún será pobre. Todo lo que puede hacer una mente insignificante es darse cuenta de que lo es, y no hacer nada sobre ello. Cuando la mente se da cuenta de que es pobre, ya ha hecho todo lo que puede hacer.

Pregunta: Decís que el pasado tiene que cesar totalmente para que lo desconocido sea. Lo he probado todo para estar libre de mi pasado, pero los recuerdos aun existen y me arrebatan. ¿Significa esto que el pasado tiene una existencia independiente de mí? Si no es así, os ruego me mostréis como puedo liberarme de él.

Krishnamurti: Ante todo, ¿es el pasado diferente del ‘yo’? ¿Es el pensador, el observador, el experimentador, diferente del pasado? Lo pasado es la memoria, todas las experiencias de uno mismo, las propias ambiciones, el residuo racial, la tradición heredada, los valores culturales, las influencias sociales; todo eso es el pasado, todo eso es la memoria. Está ahí, tanto si somos conscientes como si somos inconscientes de ello. Luego, ¿es la totalidad de todo eso diferente del ‘yo’ que dice, ‘Quiero estar libre del pasado’?

Os ruego sigáis esto pacientemente conmigo. Existe esta permanencia de la memoria, que es extensa y profunda, y que está continuamente respondiendo al reto. Pero, ¿es esta menoría diferente del ‘yo’, o es el ‘yo’? ¿Comprendéis? Si no hubiera nombre, ni asociación con la familia, con el pasado, con la raza, y todo lo demás, ¿habría entonces un ‘yo’? ¿Habría un ‘yo’, un pensador, si no hubiera pensamiento? ¿O decís que por encima del ‘yo’ está el Atman, una entidad independiente que vigila sin cesar? Si hay una entidad independiente, seguro que la mente que es dependiente es incapaz de conocerla. ¿Comprendéis? La mente que es a la vez dependiente del pasado y resultado de él, ha dicho que existe el Atman, el que vigila desde arriba, que es libre, independiente; pero aun es la mente dependiente la que lo ha dicho; por lo tanto, lo que ella llama el Atman forma parte de la mente, está dentro del campo de la memoria, de la tradición. Eso es bastante obvio, ¿verdad? Se os educa mediante la tradición, mediante la repetición, mediante la lectura, y todo lo demás, para creer que existe algo que es independiente de este ‘yo’, algo situado más allá de este campo de la memoria; pero un hombre educado en Rusia dirá que no hay tal cosa, que todo eso es un disparate, que sólo existe este ‘yo’. Somos pues todos el resultado de nuestra educación, estamos condicionados por nuestro pasado, por la cultura en que vivimos, por las influencias religiosas, políticas y sociales en que nos hemos criado; y presumir, postular, suponer que hay algo superior a este ‘yo’, aunque puede haber, es una manera de pensar de lo más infantil y falta de madurez, que ha conducido a mucha confusión y desdicha.

Así pues, no hay ‘yo’ separado del pasado. El ‘yo’ es el pasado, es la cualidad, la virtud, la experiencia, el nombre, la asociación familiar, las diversas tendencias, tanto conscientes como inconscientes, la herencia racial: todo eso es el ‘yo’, y la mente no está separada de ello. El alma, el Atman, forma parte de la mente, porque la mente ha inventado estas palabras.

El problema es, entonces, ¿cómo puede la mente, que es resultado del pasado, liberarse de su propia sombra? ¿Comprendéis? ¿Cómo puede la mente, que es la totalidad de la memoria, liberarse del pasado? ¿Es ésa una pregunta correcta, señores? Creo que es una pregunta errónea. Lo único que puede hacer la mente es darse cuenta del pasado, de cómo deriva del pasado toda reacción, toda respuesta: simplemente darse cuenta por completo de ello, sin el deseo de cambiarlo, sin escoger lo que del pasado es bueno y sin rechazar lo que es malo. Si la mente se esfuerza por terminar, por olvidar o alterar el pasado, se separa de él y así crea una dualidad en la cual hay conflicto; y ese conflicto mismo es el deterioro de la mente. Mientras que, si la mente ve la totalidad de esta memoria, y simplemente se da cuenta de ella, hallaréis entonces que ocurre algo extraño. Sin esfuerzo, el pasado ha llegado a su fin.

Probadlo, no porque yo lo diga, sino porque vosotros mismos los veis. Una mente que es el resultado del pasado no puede liberarse de éste por su propio esfuerzo. Todo lo que puede hacer es darse cuenta de sus reacciones, darse cuenta de como acumula resentimiento, y luego perdona; de cómo adquiere, y luego renuncia; de cómo escoge, y queda entonces confundida en la elección. Una mente que elige es una mente confusa. Daos cuenta de todo esto y hallaréis que la mente se vuelve asombrosamente tranquila. Entonces no hay elección, porque la mente ve lo equivocado de hacer algo para liberarse del pasado. De esa percepción viene, no una libertad del pasado, sino un sentido de libertad que puede hacer frente a ese pasado.

Pregunta: El más vigoroso mandamiento subyacente en todas las religiones es: Ama a tu prójimo. ¿Por qué es tan difícil de llevar a la práctica esta sencilla verdad?

Krishnamurti: ¿Por qué es que somos incapaces de amar? ¿Qué significa amar a vuestro semejante? ¿Es un mandamiento? ¿O es un simple hecho el de que, si no os amo y no me amáis, sólo puede haber odio, violencia y destrucción? ¿Qué nos impide ver el sencillo hecho de que este mundo es nuestro, de que esta tierra es vuestra y mía, para que vivamos en ella, no divididos por nacionalidades, por fronteras, para vivir en ella feliz y fructíferamente, con deleite, con afecto y compasión? ¿Por qué es que no vemos esto? Os puedo dar muchas explicaciones, y vosotros podéis darme muchas mas, pero las meras explicaciones nunca desarraigarán el hecho de que no amamos a nuestro prójimo. Al contrario, es porque estamos siempre dando explicaciones, señalando causas, que no podemos hacer frente al hecho. Señaláis una causa, yo doy otra, y peleamos sobre causas y explicaciones. Estarnos divididos como hindúes, budistas, cristianos, esto o aquello. Decimos que no amamos debido a las condiciones sociales, o porque es nuestro karma, o porque alguien tiene mucho dinero mientras nosotros tenemos muy poco. Ofrecemos innumerables explicaciones, muchas palabras, y en la red de las palabras quedamos atrapados. El hecho es que no amamos a nuestro prójimo, y nos da miedo encararnos con ese hecho, por lo cual nos contentamos con explicaciones, con palabras, con la descripción de las causas; citamos el Gita, la Biblia, el Corán, cualquier cosa, para evitar el enfrentarnos con el sencillo hecho.

¿Comprendéis, señoras y señores? ¿Qué pasa cuando hacéis frente al hecho y sabéis por vosotros mismos que no amáis a vuestro prójimo? Vuestro hijo es vuestro prójimo, no tenéis pues que ir muy lejos. No amáis a vuestro hijo, y eso es un hecho. Si amaseis a vuestro hijo, lo educaríais en forma enteramente diferente; lo educaríais, no para que encajase en esta sociedad corrupta, sino para que fuese autosuficiente, inteligente, y se diese cuenta de todas las influencias en torno suyo que lo aprisionan, lo sofocan, y nunca le permiten ser libre. Si amarais a vuestro hijo, que es también vuestro vecino, no habría guerras entre Pakistán y la India, o entre Alemania y Rusia, porque querríais protegerlo a él y no a vuestra propiedad, a vuestra mezquina y pequeña creencia, a vuestra cuenta bancaria, vuestro feo país o vuestra estrecha ideología. Así pues, no amáis, y eso es un hecho.

La Biblia puede deciros que améis a vuestro prójimo, y el Gita y el Corán pueden deciros lo mismo, pero el hecho es que no amáis. Ahora, cuando os encaráis con ese hecho, ¿qué ocurre? ¿Comprendéis? ¿Qué sucede cuando os dais cuenta de que no amáis, y dándoos cuenta de ese hecho, no ofrecéis explicaciones ni señaláis las causas de por qué no amáis? Esto es muy claro. Quedáis con la desnuda realidad de que no amáis, que no sentís compasión, que no dedicáis un solo pensamiento a otro. La forma despectiva en que habláis a vuestros criados, el respeto que mostráis a vuestro jefe, el profundo y reverente saludo con que saludáis a vuestro gurú, vuestro afán de poder, vuestra identificación con un país, vuestra búsqueda de los grandes, todo esto indica que no amáis. Si partís de ahí, entonces podéis hacer algo. Señores, si estáis ciegos y realmente lo sabéis, si no os imagináis que ponéis ver, ¿qué sucede? Os movéis lentamente, tocáis, palpáis; surge una nueva sensibilidad.

De modo semejante, cuando sé que no tengo amor, y no pretendo que amo; cuando me doy cuenta del hecho de que no tengo compasión, y no persigo el ideal, cosas todas que son disparatadas, entonces, al enfrentar ese hecho, aparece una cualidad diferente; y es esta cualidad la que salva al mundo, no alguna religión organizada, ni una ideología inventada por los astutos. Es cuando el corazón está vacío que las cosas de la mente lo llenan; y las cosas de la mente son las explicaciones de esa vacuidad, las palabras que describen sus causas.

Así pues, si realmente queréis hacer cesar las guerras, si realmente queréis poner fin a este conflicto dentro de la sociedad, debéis enfrentaros con el hecho de que no amáis. Podéis ir a un templo y ofrecer flores a alguna imagen de piedra, pero eso no dará al corazón esta extraordinaria cualidad de la compasión, del amor, que sólo llega cuando la mente está en calma, y no es codiciosa, envidiosa. Cuando os dais cuenta del hecho de que no tenéis amor, y no lo eludís tratando de explicarlo, o de encontrar su causa, entonces ese mismo darse cuenta empieza a hacer algo; trae afabilidad, un sentido de compasión. Entonces hay una posibilidad de crear un mundo totalmente distinto de esta caótica y brutal existencia que ahora llamamos vida.

18 de marzo de 1956.

XVII. 6ª CONFERENCIA EN BOMBAY

ME parece que una de las cosas más difíciles en nuestra vida es comprender todo lo implicado en el vivir, y en qué consiste todo ello. Con sus placeres y pesares, su variedad de experiencias, su pugna y tensión, este enorme proceso que llamamos vivir tórnase sumamente complejos y tal vez muy pocos de nosotros lo comprendemos por completo. En este vasto proceso, hay muchos problemas, unos impersonales, fuera de nosotros, y otros que están íntimamente relacionados con el individuo, que casi nunca tomamos en consideración. ¿Por qué realizamos cualquier acción, y cuál es su significado, cuáles son sus implicaciones? Existe una tal cosa como lo absoluto, lo que no tiene medida, y hay alguna relación entre esa inmensidad y nuestra vida cotidiana? Todas estas cosas las mantenemos en compartimentos herméticamente cerrados, y luego tratamos de encontrar una relación entre ellas. Desgraciadamente, se nos educa, no para comprender todo el sentido de la vida, sino únicamente para tener un empleo, para realizar alguna acción inmediata, para ganarnos la vida: y así la mente es incapaz de pensar hondamente sobre ninguna cuestión.

Mas no creo que el problema de la acción inmediata, el problema de lo que hay que hacer, ya sea en este país o en cualquier otro, pueda divorciarse de la indagación sobre si existe una cosa tal como lo absoluto, lo inconmensurable, algo que esté más allá del campo de la mente; porque, sin esta indagación, creo que la mera acción, por satisfactoria y necesaria que sea, no conducirá más que a nueva desdicha. Si queremos comprendernos unos a otros, creo que debe quedar muy claro este punto. Nuestro problema fundamental no es el de aun hay que hacer, sino más bien cómo despertar la creatividad del individuo; esto es, la manera de no quedar tan envueltos en la acción inmediata, que se niegue o deje de lado el inmenso significado de esta liberación creadora. Después de todo, ¿por qué es que estamos escuchando? Seguramente que no es para que se nos diga lo que hay que hacer, sino más bien, si somos siquiera algo serios y reflexivos, para descubrir juntos ‑no como discípulo y maestro, sino juntos- como queda atrapada la mente en todas las diversas influencias a que está sometida, y se vuelve así incapaz de honda indagación. Sin honda investigación, sin búsqueda, puede uno producir resultados inmediatos que causen temporario alivio; mas ésta puede ser la causa de más desdicha, de más lucha.

Creo pues que es muy importante que cada uno de nosotros descubra por sí mismo que es en última instancia lo que quiere, y si hay tal cosa inmensurable, en la comprensión de lo cual su actividad presente tendrá un sentido muy distinto. Para mí, indudablemente, la inmediata actividad tiene significado solo en la comprensión de esa inmensidad, llámesela Dios, verdad, realidad, o como queréis, e interesarse en el cambio o la reforma inmediata, divorciada de lo otro, no tiene sentido alguno.

Para los más de nosotros, la vida es principalmente el proceso de ganar un sustento, con sus constantes presiones económicas y sociales, y las complejas exigencias de las relaciones individuales. Estamos atrapados en este proceso y tratamos de hacer algo dentro de su campo, tratamos de ser nobles, no violentos, y todo lo demás. Parece que somos incapaces de inquirir sobre toda esta cuestión, de hallar su significado en un nivel más profundo. ¿Por qué, pues, no es uno capaz de profunda investigación? Creo que ésta es una pregunta legítima para que todos nos la formulemos. ¿Por qué es que aparentemente somos incapaces de penetrar en las cuestiones más profundas de la vida? ¿Por qué es que ni siquiera hacemos preguntas fundamentales? ¿Es que estamos obstaculizados por la llamada educación, por la sociedad, por nuestras relaciones, por nuestras propias miserias y conflictos? ¿Qué es lo que efectivamente obstruye o impide esta inquisición? Y ¿somos obstaculizados o es que sencillamente somos incapaces de verdadera indagación?

Estamos tratando de descubrir si puede haber una liberación creativa del individuo, de modo que la mente sea capaz de constante investigación, de penetrar a extraordinarias profundidades, no en teoría o en abstracto, sino de hecho. ¿Está obstaculizada por nuestro propio pensar esta capacidad de sondear, de penetrar a fondo? ¿O no existe en nosotros en absoluto?

Sabemos cuándo se nos obstruye, sabemos lo que esta palabra significa. Cuando quiero hacer algo, tengo conciencia de que me obstaculiza, me lo impide, me estorba la sociedad, alguna persona de mi relación o un acto particular; o bien hay un obstáculo inconsciente. Esta obstrucción consciente o inconsciente puede ser el factor que está impidiendo a la mente penetrar a grandes profundidades. ¿Existe la obstrucción por el hecho de ser tan superficial nuestra educación que no podemos inquirir profundamente? ¿Es porque lo que llamamos nuestro adiestramiento intelectual es tan limitado o especializado, que nuestras mentes no pueden penetrar profundamente, o plantear cuestiones realmente fundamentales?

Nuestra educación es ahora mero cultivo de la memoria, es la repetición de frases, palabras, el aprendizaje de técnicas; es tan superficial como el encender una lámpara. Con una mente educada así, tratamos de inquirir; y nos sentimos obstaculizados, incapaces de hacer una pregunta realmente seria y de ahondar en ella solos. Ahora bien, ¿existe el obstáculo, o es que no tenemos capacidad para inquirir? Creo que hay diferencia entre ambas cosas. Puede ser que yo obstaculice mi propia inquisición mediante diversos temores, frustraciones, y todo lo demás; o puede ser sencillamente que yo no tenga la capacidad de inquirir con persistencia, de ahondar a gran profundidad y descubrir algo extraordinariamente importante que arrojará luz sobre mis actividades diarias.

¿Qué entendemos por capacidad de inquirir? ¿Puede penetrar a grandes profundidades una mente que haya sido adietó traca, educada para pensar sólo superficialmente? Es evidente que no. Después de todo, el hombre que ha leído el Gita el Corán, o lo que queráis, y que conoce todas las respuestas hechas; el hombre que ha comparado los diversos maestros, y que ha aprendido un astuto modo de abordar todo problema ha adquirido un conocimiento que es muy superficial. Repite lo que otros han escrito, y esta repetición, que es tradicional vuelve a la mente muy trivial. Si habla uno con un hombre que sea erudito, que haya leído todos los Shastras, que esté familiarizado con las enseñanzas de Buda y Shankara, que tenga gran conocimiento así como la facultad de expresión, y que por lo tanto se haya convertido en prominente autoridad, si habla uno con semejante hombre, vera que su mente es muy superficial. Un hombre así nunca se ha planteado una cuestión fundamental, ni ha encontrado por sí mismo la verdad de ella; siempre está citando alguna autoridad. También a nosotros se nos adiestra para ser así, y por lo tanto la mente es muy superficial, limitada, pobre; y con una mente así tratamos de inquirir. Mas yo digo que una mente superficial no puede penetrar muy hondo, ni plantear cuestiones que tengan profundo significado. ¿Qué va uno, pues, a hacer? Creo que éste es vuestro problema si realmente pensáis sobre ello.

Digámoslo de otro modo. Vemos gran confusión en torno nuestro, no sólo entre los expertos, las autoridades, sino también entre nosotros y en nuestro propio pensar, hay muchas organizaciones políticas, sociológicas, y las llamadas religiosas, y la mayoría de nosotros nos unimos a una u otra de ellas, sumiéndonos en sus tareas, porque creemos que tienen la respuesta final. Llegamos, pues, a depender de organizaciones, o de líderes que nos ofrecen una seguridad; ellos saben, y por lo tanto nosotros seguimos, imitamos, pertenecemos a estos diversos grupos. Todo esto indica, ¿no es cierto?, una mente que no es solitaria, independiente, una mente que es incapaz de pensar un problema a fondo por sí misma, porque es dependiente. Desde el momento en que la mente empieza a depender, queda incapacitada para inquirir; como un niño que depende de su madre, una mente tal no es libre para indagar.

Así, la mente se hace incapaz de honda penetración por la dependencia de organizaciones y autoridad, por lo que llamamos educación, cultura, por nuestra propia constante ambición, nuestro deseo de poder, posición y prestigio. Si observáis en efecto vuestra propia mente ‑repito esto con todo respeto- veréis cuán incapaz es de verdadera penetración en lo que puede llamarse verdad, o Dios. Probablemente nunca se ha preguntado vuestra mente en qué consiste todo esto de la vida, y, cuando se lo pregunta tiene una respuesta según Buda, Cristo, Shankara, los Upanishads, o lo que queráis, de modo que queda satisfecha. Sólo la mente que es independiente, que es realmente libre, puede penetrar a grandes profundidades sin buscar ningún resultado estúpido. Pero nuestras mentes no son así; y hasta que no lo sean, nuestra vida tendrá muy escaso sentido, solo podrá provocar más guerras, más desesperación, más caos, como lo demuestra el mundo de hoy.

¿Es pues posible para vosotros y para mí, que no tenemos capacidad para ello, penetrar hondamente? Y sin esa capacidad, ¿tiene algún significado para nosotros el inquirir en aquello que puede ser la respuesta final a todos nuestros problemas? Por cierto, tenéis que haberos formulado esta pregunta. Si no, ahora la formulo yo. Al fin y al cabo, si no tenéis capacidad para inquirir, ¿de qué sirve seguir a alguien? Por ese mismo seguimiento os volvéis más dependientes, y por tanto menos capaces de inquirir. Ser capaz de inquirir profundamente, requiere una mente que esté sola por completo, sola en el sentido de que no se la empuje en ninguna dirección, que no sea movida por la ansiedad de la acción inmediata, de la reforma y la demanda inmediatas. ¿Que debe uno, pues, hacer?

Como veis, la dificultad para la mayoría de nosotros está en que queremos una prueba tangible de que hemos llegado; queremos que se nos asegure un resultado, queremos que se nos diga que hemos cambiado, que somos buenos, o que somos entidades sociales eficaces. Para mí, todas estas cosas carecen de importancia, porque veo que la capacidad de inquirir, de descubrir lo que es la verdad, no puede ser cultivada. Lo único que puede hacer la mente es darse cuenta de que es incapaz de inquirir, y no seguir imitando, copiando. Señores, es como dejar la ventana abierta; entonces el aire puro entra cuando quiere, si existe ese aire puro. Del mismo modo, lo único que puede uno hacer es dejar abierta la ventana de la mente, no preguntar cómo se deja abierta, sino dejarla abierta en realidad. Espero veáis la diferencia entre las dos cosas. Preguntar: ‘¿Cómo voy a dejar abierta la ventana de la mente, para que pueda penetrar la realidad?’, sólo os hace incapaces de dejarla abierta. Cuando queréis saber el ‘cómo’, el método, sois un seguidor del método, y os convertís en un esclavo del método. Cualquier método no puede producir más que su propio resultado, que no es abrir la mente la mente estará abierta desde el momento en que realmente comprendáis esto. Entonces veréis que vuestra indagación ya no tiene un objeto particular; y como la mente está abierta, libre de todo sistema, es capaz de recibir algo inmensurable. Sobre esa cosa inmensurable no cabe hablar, no tiene sentido que se limite uno a leer sobre ella y repetirlo. Tiene que ser vivenciada; y esa vivencia misma produce una acción en el mundo, sin la cual esta existencia carece de todo sentido, excepto el de producir más miseria.

Al fin y al cabo, ¿qué es lo que todos queremos? La vida, con su constante cambio, su lucha, su variedad de experiencias, es muy fugaz; y la mente dice, ‘¿Es esto todo?’ Cuando se hace esta pregunta, generalmente acude a un libro, o a una persona, y por ello queda presa de la autoridad, porque la mente se satisface con mucha facilidad con las palabras. Pero cuando la mente no se satisface con palabras, con explicaciones, sino que procede a ahondar, a inquirir libremente, tranquilamente, sin presión alguna, entonces surge ese extraordinario algo ‑el nombre no importa- que resolverá todas las complejidades de nuestra vida.

Señores, ¿qué es un problema? ¿No existe acaso el problema sólo cuando la mente le ha proporcionado el terreno para arraigar? Si no hay suelo en que el problema eche raíces, entonces podéis enfrentaros con el problema. Al presente, la mente tiene tantos problemas arraigados, que no es más que un semillero de problemas. Así, la cuestión es, no cómo resolver algún particular problema, sino, si es posible que la mente no proporcione el terreno a los problemas. En cuanto la mente prepara el terreno, el problema arraiga y se desarrolla. Ahora bien, escuchad esto y comprendedlo. No preguntéis la manera de no proporcionar el terreno a los problemas, sino ved que un problema existe solamente cuando hay terreno en la mente para que el problema arraigue. Simplemente el ver y comprender ese hecho es suficiente para disolver el problema.

Pregunta: De lo que dijisteis el domingo pasado, infiero que creéis que no amamos a nuestros hijos. ¿No sabéis, señor, que el amor por nuestros hijos es uno de los mayores y más hondamente arraigados afectos humanos? Ciertamente que comprenderéis cuan incapacitados estamos individualmente para hacer nada sobre la guerra y la paz.

Krishnamurti: Si amáramos a nuestros hijos, no habría guerras, porque nuestra educación sería enteramente distinta, y crearíamos una clase de sociedad totalmente diferente. Pero ya que hay guerras y nuestra sociedad está en perpetuo conflicto dentro de sí misma, estando cada hombre en contra de otro, ello indica que no amamos a nuestros hijos. Esto es lo que dije el domingo pasado, y creo que es un hecho. Decís que vuestro amor por los hijos es grande y hondamente arraigado; pero el hecho es que os acogotáis unos a los otros. Hay ambición, y cuando el hombre es ambicioso, no hay amor en su corazón; cuando estimula a su hijo a escalar los peldaños del éxito y llegar a la cúspide, es evidente que lo incita a ser despiadado. Ciertamente que todo esto indica que no hay amor ¿no es verdad?

Al fin y al cabo, como padre, sois también maestro, porque vuestro hijo vive con vos; lo adiestráis, él os sigue, se forma a vuestra imagen. En la escuela está el maestro, pero vos sois el maestro en el hogar, y enseñáis al niño a base de órdenes y prohibiciones, obligándolo a imitar, a copiar, a seguir vuestros pasos y llegar a ser alguien en la sociedad. Todo lo que es preocupa es la seguridad del chico, que es la vuestra propia; queréis que sea respetable, que se gane la vida, que se ajuste a las exigencias del orden social existente. A eso lo llamáis amor; y ¿es amor? ¿Qué significa amar a un niño? Por cierto, no significa animarlo a que se convierta en vuestra pequeña imagen, moldeada por la sociedad, por lo que se llama cultura; significa, más bien, ayudarle a crecer libremente. Ha adquirido ciertas tendencias, ha heredado de vosotros ciertos valores, de modo que no puede ser libre desde el principio; pero amarlo es ayudarlo desde el principio a liberarse constantemente, de modo que llegue a ser un verdadero individuo, no simplemente una máquina de imitar.

Si amáis a vuestro hijo, lo educaréis, no para que se conforme a la sociedad, sino para crear su propia sociedad, que puede ser totalmente diferente de la actual; lo ayudaréis a tener, no una mente tradicional, sino una mente que sea capaz de inquirir sobre el significado de todas las influencias culturales, sociales, religiosas y nacionales que le rodean, sin dejarse atrapar en ninguna de ellas, de modo que su mente esté libre para descubrir qué es lo verdadero. Ciertamente, eso es verdadera educación. Entonces el niño se desarrollará como un ser humano libre, autosuficiente y capaz de crear su propio mundo, una clase de sociedad totalmente diferente; teniendo confianza, la capacidad para elaborar su propio destino, no deseará vuestra propiedad, vuestro dinero, vuestra posición, vuestro nombre. Pero ahora es al contrario; esperáis que vuestro hijo continúe con vuestra propiedad, con vuestra riqueza, con vuestro nombre, y es a eso a lo que llamáis amor.

¿Que puede hacer el individuo sobre todo esto? Desde luego, únicamente el individuo es quien puede hacer cambiar el mundo, el individuo que siente muy intensamente que es necesario producir un nuevo tipo de educación un nuevo modo de vivir. Empieza con el individuo, con aquellos de vosotros que realmente sientan la importancia de estas cosas. Quizá no podáis impedir una guerra inmediata, pero podéis impedir guerras futuras si veis por vosotros mismos, y si ayudáis a vuestros hijos a ver la estupidez de las guerras, de las divisiones de clase, del conflicto social. Pero desgraciadamente, la mayoría de nosotros no se da cuenta de las implicaciones de todo esto, lo que significa que la nueva generación es una imitación de nosotros mismos en forma modificada, y así no hay nuevo mundo. Es sólo cuando amemos a nuestros hijos en el verdadero sentido de la palabra, que crearemos el tipo apropiado de educación, y con ello pondremos fin a la guerra.

Pregunta: ¿Qué es la belleza?

Krishnamurti: Al explorar esta cuestión ¿estamos buscando una explicación, el significado de esa palabra según el diccionario? ¿O es que tratamos de percibir el pleno significado de la belleza? Si estamos meramente buscando una definición, entonces no seremos sensibles a lo que llamamos belleza. Por cierto, la mente tiene que ser muy sencilla para apreciar lo que es bello. Seguid esto un poco, por favor. Estoy pensando en voz alta, explorando a medida que avanzo. La mente tiene que ser sensible, no sólo para lo que cree es bello, sino también para lo que es feo; tiene que ser sensible a los pueblos sucios, a las chozas lo mismo que a los palacios y a los hermosos árboles. Si la mente es sensible sólo a lo bello, entonces no es sensible en absoluto. Para ser sensible tiene que estar abierta tanto a lo feo como a lo bello. Eso es así, evidentemente. Buscar la belleza y rechazar lo que no es bello hace insensible a la mente. Para sentir lo que es feo (que puede no serlo), y lo que es bello (que puede carecer de belleza), tiene que haber sensibilidad: sensibilidad a la pobreza, al hombre sucio que va sentado en el ómnibus, al pordiosero, al cielo, a las estrellas, a la tímida luna nueva.

Pero, ¿cómo va a manifestarse esta sensibilidad? Puede surgir tan sólo cuando hay abandono, no abandono calculado, sino el que viene cuando no hay autorrealización. Veis que no puede haber abandono sin austeridad. Pero no es la disciplinada austeridad del asceta, porque el asceta está buscando poder, y por consiguiente es incapaz de abandono. Sólo puede haber abandono cuando hay amor; y el amor sólo puede manifestarse cuando el ‘yo’ no es dominante. Así, la mente ha de ser muy sencilla, inocente, no hecha inocente. La inocencia no es un estado que haya de producirse por la disciplina, por el control, por ninguna forma de compulsión o represión. La mente es fresca, inocente, sólo cuando no esta repleta con los recuerdos de muchos siglos; y esto implica, seguramente, una extraordinaria sensibilidad, no sólo para una parte de la vida, que llamamos belleza, sino también para las lágrimas, para el sufrimiento, para la risa, para las chozas de los pobres, y para los cielos abiertos, es decir, para la totalidad de la vida.

Pregunta: Nos estáis ayudando a comprender el funcionamiento de nuestras propias mentes, y a ver cuán poco inteligentemente estamos viviendo; más, en una sociedad industrial, ¿es posible practicar lo que decís?

Krishnamurti: Señor, lo que yo digo no puede ser practicado, porque no hay nada que practicar. Desde el momento en que practicáis algo, vuestra mente queda atrapada de esa práctica, y por tanto se hace torpe, estúpida. La práctica crea hábito, y, sea él bueno o malo, es siempre hábito; y una mente que es mero instrumento del hábito, no es sensible, es incapaz de penetración, de indagación, de búsqueda profunda. Y sin embargo, toda vuestra tradición y educación consisten en practicar, practicar, practicar, lo que significa que os interesáis, no en ayudar a la mente a ser sensible, profunda, flexible sino en aprender unos cuantos artificios, de manera que no seáis perturbados. Si alguien ofrece un método que os permita no ser perturbados, practicáis ese método, y al practicarlo adormecéis la mente. Por cierto la mente que está alerta, vigilante, que inquiere, no necesita práctica alguna.

Y ¿qué es aquello de que estamos hablando? Estamos diciendo que a menos que os comprendáis a vosotros mismos, cualquier sociedad, sea industrial o de otra clase, va a destruiros; y efectivamente estáis siendo destruidos, aplastados, hechos in creativos. Salvo que comprendáis todo el contenido de vuestro ser, los motivos, los impulsos, las modalidades de vuestro pensamiento, salvo que conozcáis toda la sustancia y hondura de vuestra mente, poco a poco os convertiréis en otra máquina, simplemente, que es lo que actualmente está pasando. Lenta, indefectiblemente, se os está conviniendo en máquinas, máquinas que están creando problemas.

Así pues, lo que importa es que os comprendáis a vosotros mismos, que comprendáis las modalidades de vuestra propia mente; pero no mediante la introspección o el análisis ‑tanto si lo hace un analista como si lo hacéis vosotros-, ni leyendo libros sobre la mente. Las modalidades de la mente han de comprenderse en nuestras relaciones cotidianas, lo que significa ver lo que efectivamente somos, sin distorsión, como vemos nuestros rostros en el espejo. Pero destruimos la comprensión de lo que somos en cuanto comparamos o condenamos, rechazamos o aceptamos. Es simplemente viendo lo que es como la mente se libera; y sólo en la libertad se manifiesta eso que puede llamarse Dios, verdad, o como queráis.

Señores, cuando uno comienza a comprenderse a sí mismo, ese comienzo mismo es el momento de la libertad; y por eso es muy importante no tener un gurú, ni convertir en autoridad a ningún libro; porque sois vosotros quienes creáis la autoridad, el poder, la posición. Lo importante es comprenderos a vosotros mismos. Podéis decir: ‘Bueno, eso ya se ha dicho antes, muchos maestros lo han dicho’; pero el hecho es que no nos conocemos. Cuando empezáis a descubrir la verdad sobre vosotros mismos, hay algo enteramente nuevo, y esta calidad de nuevo sólo puede surgir a través del autodescubrimiento de instante en instante. No hay continuidad en el descubrimiento; todo lo que hayáis descubierto tiene que perderse para hallar otra vez lo nuevo. Si la mente hace esto realmente, entonces veréis que llega una extraordinaria calidad: la calidad de una mente que está completamente sola, sin influencias, que carece de motivo; y una mente semejante es la única que puede recibir algo que nunca se ha conocido antes. Tiene que haber libertad de lo conocido para que lo desconocido se manifieste; y todo este proceso es meditación. La mente meditativa es la única que puede descubrir algo que el más allá de sí misma.

21 de marzo de 1956.

XVIII. 7ª CONFERENCIA EN BOMBAY

ME parece que, en todo el mundo, hay muy poco respeto por el individuo; y, sin este respeto, el individuo queda totalmente aplastado, que es lo que está ocurriendo en la moderna sociedad. Es evidente que hay que producir un ambiente social distinto, pero no creo que comprendamos cuán importante es que el individuo sea libre; esto es, no vemos la importancia de que el individuo indague, que busque y se libere. Al fin, es sólo el individuo que puede encontrar la realidad, sólo él puede ser una fuerza creadora en esta sociedad que se desmorona; y no creo que comprendamos plenamente cuán urgente es que, como individuos, descubramos por nosotros mismos una manera de vivir disociada de las influencias culturales, sociales y religiosas que nos circundan. Si percibiéramos la importancia del individuo, jamás tendríamos líderes ni seriamos seguidores. Seguimos sólo cuando hemos perdido nuestra individualidad. Hay conductores sólo cuando, como individuos, estamos confusos, y somos por tanto incapaces de discernir claramente nuestros propios problemas, y actuar sobre ellos. Actualmente no somos individuos, somos el mero residuo de influencias colectivas, de impresiones culturales y de restricciones sociales. Si observáis atenta y cuidadosamente el funcionamiento de vuestra propia mente, veréis que pensáis de acuerdo con la tradición, con los libros, con los líderes o gurús, lo que significa que el individuo ha cesado por completo; y por cierto, es sólo el individuo quien puede crear algo nuevo.

Ahora bien, ¿por qué es que hemos perdido el respeto por el individuo? Hablamos mucho sobre la importancia del individuo; todos los políticos hablan sobre ello, incluyo los de la sociedad colectiva tiránica, justamente como los diversos líderes religiosos hablan de la importancia del alma. Pero, ¿cómo es que, de hecho, el individuo es oprimido, se pierde totalmente? No sé si este es un problema para alguno de vosotros; pero, si podemos prestar suficiente atención esta tarde, acaso podamos surgir de entre la masa de influencias colectivas, emerger efectivamente de ella, y descubrir por nosotros mismos lo que es ser individuos reales, seres humanos totalmente integrados.

Creo que una de las razones fundamentales del hecho de haber dejado de ser individuos, es que buscamos poder; todos queremos ser alguien, aun en la casa, en el piso, en la habitación. Así como las naciones crean la tensión del poder, así cada ser humano por su parte trata eternamente de ser algo en relación con la sociedad; quiere que se le reconozca corno un gran hombre, como un burócrata capaz, como un talentoso artista, como una persona espiritual, etc. Todos queremos ser algo, y el deseo de ser algo surge del ansia de poder. Si os examináis a vosotros mismos, veréis que lo que queréis es éxito, y que se reconozca vuestro éxito, no sólo en este mundo, sino en el próximo, si es que hay un mundo próximo. Queréis que se os reconozca, y para ese reconocimiento, dependéis de la sociedad. La sociedad sólo reconoce a los que tienen poder, posición, prestigio; y lo que buscamos la mayoría de nosotros es la vanidad, la arrogancia del poder, la posición, el prestigio. Nuestro hondo motivo subyacente es el orgullo del logro, y este orgullo se manifiesta de diferentes maneras.

Pero, mientras estemos buscando poder en cualquier dirección, la individualidad real queda aplastada, no solo nuestra propia individualidad, sino también la de otros. Creo que este es un hecho psicológico fundamental en la vida. Cuando tratamos de ser alguien, ello significa que deseamos ser reconocidos por la sociedad; por consiguiente nos convertimos en esclavos de la sociedad, en meros engranajes de la máquina social, y de ahí que dejemos de ser individuos. Creo que ésta es una cuestión fundamental, que no se puede dejar prontamente de lado. Mientras la mente busque cualquier forma de poder: poder a través de una secta, poder mediante el conocimiento, poder mediante la riqueza, poder mediante la virtud, tiene que engendrar invariablemente una sociedad que destruirá al individuo, porque entonces la mente humana está atrapada y educada en un ambiente que fomenta la dependencia psicológica del éxito. La dependencia psicológica es incompatible con la mente clara, ésta es independiente, incorrupta y es la única capaz de pensar profunda e individualmente los problemas, con independencia de la sociedad y de sus propios deseos.

La mente está, pues, perennemente tratando de ser algo, e incrementando de ese modo su propio sentido de poder, de posición, de prestigio. Del impulso a ser algo surge el dirigismo, el seguimiento, el culto al éxito; y de ahí que no haya honda percepción individual de la realidad interna. Si uno ve efectivamente todo este proceso, ¿será posible entonces cortar de raíz la propia búsqueda de poder? ¿Comprendéis el sentido de esa palabra ‘poder’? El deseo de dominar, de poseer, de explotar, de depender de otro, todo eso está implícito en esta búsqueda de poder. Podemos hallar otras y más sutiles explicaciones, pero el hecho es que la mente humana busca poder; y en la búsqueda de poder pierde su individualidad.

Así pues, ¿cómo se puede eliminar esta demanda de poder, que engendra arrogancia, orgullo, vanidad? La mente busca siempre adulación, pone su énfasis sobre sí misma, todas sus actividades son egocéntricas; y ¿Cómo va a extirpar estas cosas de raíz? No sé si habéis pensado sobre este problema de cómo estar totalmente libre del ansia de poder, pero creo que valdrá la pena ahondar en esto esta noche.

Existe el deseo de ser alguien en este mundo, o de ser alguien espiritualmente. Y, ¿es siquiera posible ver esto y extirparlo, de modo que nunca sigamos a un líder, que no tengamos sentido de autoimportancia, y que no queramos ser alguien en el mundo político o en cualquier otro? ¿Podemos ser nadie, aun cuando toda la corriente de la existencia se mueva de otro modo, apremiándonos desde la niñez a que seamos alguien? Toda nuestra educación es comparativa; siempre nos estamos comparando con alguien, cosa que también es la búsqueda de poder y posición. Y ¿puede uno desprenderse de este espíritu competitivo, no poco a poco, no gradualmente a través del tiempo, sino por completo e instantáneamente, como se corta la raíz de un árbol y se lo destruye? ¿Puede hacerse esto, o hemos de tener tiempo para salvar la brecha entre lo que es y lo que debería ser?

Creo que todos comprendemos lo que significa este deseo de ser algo, que produce imitación y destruye la verdadera individualidad, la clara percepción; de modo que no necesito entrar en más detalles esta tarde. Ahora bien, ¿puede ser destruido este deseo, eliminado instantáneamente, o necesita ello tiempo, lo que llamamos evolución? Tal como actualmente estamos educados, decimos que es cuestión de tiempo, de acercarnos gradualmente al estado ideal en que no hay deseo de poder, y en el que la mente está del todo integrada. Es decir, estamos aquí, y tenemos que llegar allá, a lo que está en alguna parte muy lejos; hay pues una brecha, un intervalo entre los dos, y por eso tenemos que luchar, tenemos que alejarnos de aquí para llegar allá, lo que requiere tiempo. Para mí, esta idea de que la raíz del deseo es algo que puede ser destruido con el tiempo, es totalmente falsa. Debe ser eliminada inmediatamente, o nunca podrá eliminarse; y si prestáis a esto plena atención, lo veréis por vosotros mismos. Escuchad por favor, no meramente lo que digo, sino lo que efectivamente está sucediendo en vuestra mente mientras hablo: la reacción, el proceso psicológico que en vosotros despiertan mis palabras, mi descripción.

Es obvio que cada uno de nosotros quiere ser algo; y vemos que ese deseo de ser algo engendra antagonismo, arrogancia, crimen. También vemos que trae una estructura social que estimula ese mismo deseo, y en la cual el individuo deja de existir, porque la mente queda atrapada en la organización del poder. Viendo todo este proceso, ¿puede desaparecer por completo el deseo de ser algo? Desde luego que sólo cuando la mente es capaz de completo y directo pensar, no influido por ninguna actividad egocéntrica, es cuando puede descubrir qué es lo real; y estando atrapada en este deseo extraordinariamente complejo de ser algo, ale es posible a la mente liberarse por completo? Si el problema y sus implicaciones están claros, podemos seguir adelante. Pero si decís: ‘Tomará tiempo liberarse del deseo de ser algo’, entonces ya estaréis considerando el problema con un prejuicio, con lo que se llama una mente educada. Vuestra educación, o el Gita, o vuestro gurú, os han dicho que ello tomará tiempo; así, cuando abordáis el problema ya tenéis una opinión preconcebida sobre él.

Ahora bien, ¿le es posible a la mente eliminar instantáneamente este deseo de ser algo, y por lo tanto no volver a crear jamás un líder, por haberse convertido en un secuaz? Es el secuaz quien crea al líder, de otro modo no hay líder; y en cuanto os convertís en un secuaz, sois una entidad imitadora, por lo que perdéis la individualidad creadora. ¿Puede pues, la mente eliminar por completo este sentido de seguimiento, este sentido de tiempo, este querer ser algo? Podéis eliminarlo sólo cuando le concedéis toda vuestra atención. Os ruego veáis esto. Cuando le concedéis vuestra entera atención y sois por completo observador, cuando os dais plena cuenta del hecho de que la mente está buscando poder, posición, de que quiere ser algo, sólo entonces podéis estar libre. Explicaré qué entiendo por ‘atención completa’.

La atención no ha de ser forzada, regulada; la mente no ha de ser forzada a prestar atención a algo. Os ruego consideréis esto, si hacéis el favor. Desde el momento en que tengáis un motivo para la atención, no habrá atención, porque el motivo es más importante que el prestar atención. Para que cese por completo el deseo do ser algo, se debe prestar atención completa a ese deseo. Pero no podéis prestarle completa atención si hay alguna motivación intención de eliminar ese deseo con el fin de lograr alguna otra cosa; y nuestras mentes están adiestradas, no para prestar atención, sino para obtener de la atención un resultado. Sólo prestáis atención cuando sacáis algo de ello; pero aquí semejante atención es una obstrucción, y creo que es muy importante comprender esto desde el principio mismo. Cualquier forma de atención que tenga un objetivo, se convierte en desatención, engendra indolencia; y la indolencia es uno de los factores que impiden la eliminación inmediata del deseo de que hablamos. La mente puede eliminar un particular deseo sólo cuando le concede completa atención; y no puede prestarle completa atención mientras esté buscando un resultado. Ese es uno de los factores de la desatención; y otro factor es cualquier forma de explicación, de verbalización. Es decir, no puede haber atención mientras la mente tenga explicaciones de por qué está buscando poder, posición, prestigio. Cuando estáis tratando de explicar la causa de todo eso, hay desatención; por consiguiente, nunca hallaréis libertad por medio de la explicación.

No hay atención mientras estéis comparando lo dicho sobre este problema por diversas autoridades, por Shankara, Buda, Cristo, o X, Y y Z. Cuando vuestra mente está llena del conocimiento de otras personas, de la experiencia de otros, cuando depende de guías, de sanciones, no puede haber atención. Ni hay atención si juzgáis o condenáis, cosa que es bastante evidente. Si condenáis una cosa, no podéis comprenderla. Y no puede haber atención cuando hay un ideal, porque el ideal crea dualidad. Os ruego veáis esto. El ideal crea dualidad, y en esa dualidad quedamos atrapados, especialmente en este desdichado país, donde todos tienen ideales. Todo el mundo habla sobre el ideal del gurú, el ideal de la no violencia, el ideal del amor al prójimo, el ideal de la vida una; y todo el tiempo estáis negando eso mismo en vuestro vivir. ¿Por qué, pues, no desechar el ideal? En cuanto tenéis un ideal, tenéis dualidad, y en el conflicto de esa dualidad la mente queda atrapada. El hecho es que existe este deseo de poder, este orgullo de ser algo, y sólo puede eliminarse instantáneamente, no a través del proceso del tiempo, sino sólo cuando la mente se da cuenta de el sin ser distraída por el ideal. El ideal es una distracción, que origina desatención.

Espero que ahora estéis prestando completa atención al problema, no porque yo os lo diga, sino porque veis por vosotros mismos el pleno significado de este deseo de ser algo. Si la mente presta completa atención al problema, no estará creando el opuesto; por consiguiente, habrá humildad. El hecho es que vuestra mente está buscando poder, posición, mundanal o espiritualmente, y causando por eso todo este desorden, el caos, la confusión y la desgracia del mundo. Cuando la mente ve en realidad ese hecho, lo que implica prestarle completa atención, entonces hallaréis que el orgullo y la arrogancia cesan por completo; y esta cesación es un estado totalmente diferente del producido por el deseo de ser humilde La humildad no puede ser cultivada; y si se la cultiva, ya no es humildad, es simplemente otra forma de arrogancia. Pero si podéis considerar el problema muy clara y directamente, que es darle vuestra entera atención, descubriréis que eliminar este deseo de ser algo ‑con su arrogancia, su vanidad y falta de respeto- no es cuestión de tiempo, porque entonces se elimina inmediatamente. Entonces sois un ser humano distinto, que acaso cree una diferente sociedad.

Pregunta: Me parece que lo más notable de la India es el sentimiento, que todo lo penetra, de atemporalidad, de paz y fervor religioso. ¿Creéis que esta atmósfera puede mantenerse en la moderna era industrial?

Krishnamurti: ¿Quién pensáis que ha creado este sentimiento de paz atemporal e intensidad religiosa? ¿Vosotros y yo? ¿O es que fue iniciado por algunas antiguas personas que vivieron quietamente, en el anónimo, que sintieron estas cosas intensamente y quizás las expresaron en poemas, en libros religiosos? Como sintieron intensamente este espíritu religioso, ha durado; mas no está en nuestra vida, está fuera, en alguna parte, y se ha convertido en nuestra tradición. Estamos inclinados a ser lo que se llama idealistas, que es la mayor desgracia; y un tanto subrepticiamente hemos mantenido este sentimiento de atemporalidad; o más bien, no lo hemos mantenido, sino que ha seguido a pesar de nosotros. Ahora estamos atrapados en esta moderna sociedad industrial. Está bien que tendamos máquinas para producir lo que es necesario en un país agobiada por la pobreza; pero como durante tanto tiempo no hemos tenido nada, ahora que podemos tener cosas, si no estamos muy alerta, si no somos de visión individual clara y nos damos cuenta de todo el problema, probablemente nos volveremos más materialistas que Norteamérica y otras naciones occidentales, mientras que Norteamérica y Europa pueden acaso llegar a ser más espirituales, más atemporales, más amables, más compasivas. Eso puede ocurrir.

¿Cuál es, pues, el problema? ¿Es el de cómo mantener el sentimiento de atemporalidad, el sentimiento de paz y de fervor religioso, a pesar de esta moderna sociedad industrial? Esta sociedad industrial tiene que existir, y la producción ha de ser intensificada aun más; pero desgraciadamente, al crear una mayor producción, al mecanizar granjas e industrias, el peligro está en que la mente también se mecanice. Creemos que la ciencia va a resolver todas nuestras dificultades. No es así. La solución de nuestras dificultades depende, no de las máquinas y de los inventos de unos pocos grandes hombres de ciencia, sino de cómo consideramos la vida. Después de todo, aunque hablemos de religión, no somos personas religiosas; porque la persona religiosa está libre del dogma, de la creencia, del ritual, de supersticiones, no está atada por la clase o la casta, lo que significa que está libre de la sociedad. El hombre que pertenece a la sociedad es ambicioso, está buscando poder, posición, es orgulloso, codicioso, envidioso; y un hombre así no es religioso, aunque cite los Shastras a docenas. Es la persona religiosa la que creará este sentimiento de atemporalidad, este sentimiento de paz, aun viviendo en una sociedad industrial, porque él es íntimamente fervoroso en el descubrimiento, de instante en instante, de aquello que es eterno. Pero esto requiere asombroso vigor, claridad mental; y no podéis tener claridad mental si vuestra mente está abarrotada de conocimientos extraídos de los Shastras, del Gita, del Corán, de la Biblia, de las escrituras budistas, y todo lo demás. El conocimiento es el pasado, es todo lo que la mente ha conocido, y mientras la mente esté recargada de conocimiento. será incapaz de descubrir qué es lo real. Sólo la mente religiosa puede ser atemporalmente creativa, y su acción es paz, porque refleja la intensidad y la plenitud de la vida.

Pregunta: ¿Hay algo nuevo en vuestra enseñanza?

Krishnamurti: Descubrir por vosotros mismos es mucho más importante que mi afirmación o negación. Es vuestro problema, no el mío. Para mí, todo esto es totalmente nuevo, porque tiene que ser descubierto de momento a momento; no puede ser acumulado después de descubierto, no es algo que haya de ser experimentado y luego retenido como recuerdo, lo cual sería como poner vino nuevo en odres viejos. Tiene que descubrirse según va uno viviendo día tras día, y es nuevo para la persona que así lo descubre. Pero vosotros estáis siempre comparando lo que se dice con lo que dijo algún santo, o Shankara, Buda o Cristo. Decís: ‘Todas estas personas dijeron esto antes, y lo único que hacéis ahora es darle otro giro, una expresión moderna’; y así, naturalmente, no es nada nuevo para vosotros. Sólo cuando hayáis dejado de comparar, cuando hayáis relegado a Shankara, a Buda, a Cristo, con todo su conocimiento, su información, de modo que vuestra mente éste sola, clara, ya no influenciada, controlada, compelida, ni por la psicología moderna ni por las antiguas sanciones y sentencias, sólo entonces descubriréis si hay o no algo nuevo, eterno. Pero eso requiere vigor, no indolencia: reclama una separación radical de todas las cosas que uno ha leído o que le han dicho sobre la verdad y Dios. Aquello que es eterno, nuevo, es algo viviente, y por lo tanto no se lo puede hacer permanente; y una mente que quiera hacerlo permanente nunca lo hallará.

Pregunta: Escuchándoos, siente uno que habéis leído mucho, y que os dais cuenta también directamente de la realidad. Si esto es así, entonces ¿por qué condenáis la adquisición de conocimiento?

Krishnamurti: Os diré por qué. Es un viaje que hay que emprender solo, y no podéis viajar solo si vuestro compañero es el conocimiento. Si habéis leído el Gita, los Upanishads, y la moderna psicología; si habéis obtenido información sobre vosotros mismos de los expertos, y sobre lo que dicen ellos que deberíais esforzaros por alcanzar, tal conocimiento es un estorbo. El tesoro no está en los libros, sino enterrado en vuestra propia mente, y sólo la mente puede descubrir este tesoro. Tener conocimiento propio es conocer las modalidades de vuestra mente, daros cuenta de sus sutilezas, con todas sus implicaciones; y para eso no tenéis que leer un solo libro. El hecho es que no he leído ninguna de estas cosas. Tal vez de muchacho, o de joven, miré casualmente algunos de los libros sagrados, pero nunca los he estudiado. No quiero estudiarlos, son aburridos, porque el tesoro está en otra parte. El tesoro no está en los libros, ni en vuestro gurú, está en vosotros mismos; y la llave del tesoro es la comprensión de vuestra propia mente. Tenéis que comprender vuestra mente, no según Patanjali, ni según algún psicólogo que explica ingeniosamente las cosas, sino vigilándoos, observando cómo funciona vuestra mente, no sólo la consciente, sino las hondas capas de lo inconsciente también. Si vigiláis vuestra mente, si jugáis con ella, si la observéis cuando es espontánea, libre, os revelará tesoros incalculables; y entonces estaréis más allá de todos los libros. Pero también eso requiere mucha atención, vigor, intensidad de búsqueda, no el diletantismo de las explicaciones fáciles. La mente ha de estar, pues, libre de conocimiento; porque una mente que esté ocupada con el conocimiento nunca podrá descubrir lo que es.

Pregunta: He ensayado diversos sistemas de meditación, pero no parece que avance mucho. ¿Qué sistema recomendáis?

Krishnamurti: No recomiendo ningún sistema, porque todo sistema convierte a la mente en prisionera; creo que es muy importante realmente comprender esto. No importa el sistema que practiquéis, la postura que adoptéis, la manera de regular vuestra respiración, y todo lo demás, porque vuestra mente queda presa de cualquier sistema que adoptéis. Pero tiene que haber meditación; pues la meditación es una cosa exquisita, que aclara la mente, trae orden, y revela el significado, la plenitud, profundidad y belleza de la vida. Sin meditación, la mente es superficial, vacua, torpe, depende del estímulo. La meditación es, pues, necesaria, mas no la meditación que ahora hacéis, que carece de todo valor; es una forma de autohipnosis. El problema no está en cómo meditaré ni en qué sistema seguir, sino en descubrir por vosotros mismos lo que es la meditación.

Ahora vamos a entrar en esta cuestión de lo que es la meditación, de modo que no cerréis los ojos y os echéis a dormir, creyendo que estáis meditando. Estamos inquiriendo, y la inquisición requiere atención, vigor, no cerrar los ojos y caer en trance, cosa que tendéis a hacer cuando oís esa palabra, ‘meditación’. Estamos tratando de descubrir lo que es la meditación; y descubrir qué es la meditación requiere meditación. (Risas.) Señores, os ruego no lo liquidéis con la risa. Para descubrir que es la meditación, vuestra mente tiene que estar meditando, no simplemente siguiendo algún estúpido sistema basado en las enseñanzas de un gurú, de Shankara o Buda. Todas las enseñanzas son estúpidas en cuanto se convierten en sistemas. Vosotros y yo estamos tratando de hallar juntos que es la meditación, y qué significa meditar; no nos interesa saber adónde va a conducirnos la meditación. Si estáis empeñados en descubrir adónde va a conducir la meditación, entonces nunca descubriréis qué es la meditación, porque estaréis interesados en el resultado, no en el proceso de la meditación.

Emprendemos pues un viaje para descubrir qué es meditación; y, para descubrir, para hallar qué es la meditación, la mente ante todo debe estar libre de sistemas, ¿no es verdad? Si estáis atado a un sistema, sea de quien sea, es evidente que no podéis descubrir qué es la meditación. Seguís un sistema porque queréis obtener de él un resultado, y eso no es meditación; como el practicar el piano, es meramente el desarrollo de cierta facultad. Cuando seguís un sistema, podéis aprender unos cuantos artificios, pero vuestra mente está atrapada en el sistema, que os impide descubrir qué es la meditación; por lo tanto, para descubrir, la mente ha de estar libre de sistemas. No se trata de cómo estar libre; porque en cuanto decís: ‘¿Cómo voy a liberarme del sistema en que está atrapada mi mente?’, el ‘cómo’ se convierte en otro sistema. Pero si veis la verdad de que la mente ha de estar libre de sistemas, entonces está libre, no tenéis que preguntar cómo.

Estando, pues, libre de sistemas, la mente tiene entonces que investigar todo el problema de la concentración. Esto es un poco más abstracto, pero haced el favor de seguirlo. Cuando un niño está jugando con un juguete, este absorbe su mente, retiene su atención. El no pone su atención en el juguete, sino que el juguete lo atrae. Esta es una forma de lo que llamáis concentración. Análogamente, tenéis frases, imágenes, símbolos, cuadros, ideales, que os atraen y os absorben; por lo menos, queréis ser absorbidos por estas cosas, como el niño lo es por el juguete. Pero ¿qué sucede? No quedáis tan absortos, como el niño; entran otros pensamientos, y tratáis de fijar la mente en la imagen o símbolo escogido, de modo que tenéis una batalla. Hay contradicción, pugna, un esfuerzo incesante para concentrarse, pero nunca lo lográis por completo. Este esfuerzo es lo que llamáis meditación. Pasáis el tiempo tratando de concentraros, cosa que cualquier chico puede hacer en cuanto esté interesado en algo; pero vosotros no estáis interesados, de modo que vuestra concentración es una forma de exclusión.

Pero, ¿hay atención si nada absorbe a la mente? ¿Hay atención sin concentrarse sobre un objeto? ¿Hay atención sin alguna forma de motivo, influencia, compulsión? ¿Puede la mente prestar plena atención sin ningún sentido de exclusión? Desde luego que puede, y ese es el único estado de atención; los demás son mera complacencia, o artificios de la mente. Si podéis prestar plena atención sin ser absorbidos por algo, y sin ningún sentimiento de exclusión, entonces descubriréis qué es meditar; porque en esa atención no hay esfuerzo, no hay división, no hay lucha, no se busca un resultado. De modo que la meditación es el proceso de liberar a la mente de sistemas, y de prestar atención sin quedar absorto, ni hacer un esfuerzo para concentrarse.

La meditación es también el proceso de liberar la mente de sus propias proyecciones; y sus proyecciones tienen lugar cuando la mente esta ocupada con el pasado. Esto es, cuando la mente está llena de experiencias, que son resultado del pasado, inevitablemente proyecta las imágenes o ideaciones del pasado, y queda atrapada en ellas. Proyectar una imagen de Rama, Siva, Cristo, Buda o Mataji, y luego adorar esa proyección, es una forma de autohipnosis que trae efectivamente visiones extraordinarias, un estado de trance, y todo lo demás de esa tontería; pero la meditación es el proceso de liberar a la mente del pasado, para que no haya tales prospecciones en absoluto.

De modo que el adorar una proyección, por noble que sea, no es meditación. Y la meditación no es oración, la oración, que reclama, pide, mendiga algún resultado. Ni es tampoco la persecución de la virtud, que se convierte en una actividad egocéntrica. Cuando la mente está libre de la hipnosis del pasado, de la persecución de sus propias actividades, de sus propias proyecciones, cuando ya no esta experimentando las cosas que ha aprendido, entonces descubriréis qué es meditación. Entonces nunca preguntareis cómo se medita, porque de la mañana a la noche, en cualquier cosa que estéis haciendo, estará allí sutil, oculto el perfume de la meditación. Pero el limitaros a cerrar los ojos, repetir algunas frases, manipular las cuentas (del rosario) es meramente vano. Estas cosas no liberan a la mente en absoluto; al contrario, la mente se hace esclava de ellas. Lo que tiene importancia es el investigar sobre que es la meditación, eso es lo que tiene gran profundidad y visión, no la indagación solare qué sistema seguir. Es solo la mente estúpida, arrogante, la que quiere un sistema. La mente libre jamás pregunta cómo, sino que está siempre descubriendo, moviéndose, viviendo.

25 de marzo de 1956.

XIX. 8ª CONFERENCIA EN BOMBAY

ESTA será la última de la presente serie de reuniones, y me pregunto qué hemos sacado la mayor parte de nosotros de estas charlas y discusiones. ¿Qué hemos comprendido, hasta dónde hemos penetrado en nuestros problemas y los hemos comprendido? ¿Hemos escuchado para hallar meramente una respuesta, una solución para nuestros problemas, una manera práctica de arreglarnos con el sufrimiento de cada día y las pruebas de la existencia? ¿O hemos penetrado en una más amplia y más profunda percepción de nosotros mismos, de modo que independiente y libremente podamos resolver los problemas que inevitablemente surgen en nuestra vida? Creo que es muy importante, después de haber escuchado estas conferencias y discusiones, descubrir por sí mismo lo que uno ha comprendido, y como opera esa comprensión en nuestras actividades diarias. Evidentemente, el mero escuchar, divorciado de la acción, tiene muy poco sentido; y me parece que sería completamente inútil y vano asistir a estas reuniones sin que de ellas salga algo, no algo que se compone, una conclusión a la que se llega lógicamente, o un plan que se piensa sistemáticamente para una futura actividad, sino más bien el derribo de los estrechos muros del condicionamiento de la mente, que la hacen incapaz de ver la totalidad de las cosas. La única cuestión importante es la de si esos muros han sido derribados al escuchar estas pláticas, y no cuánto ha aprendido uno de todo lo que se ha dicho. Lo que importa es descubrir por nosotros mismos nuestro propio condicionamiento y demolerlo espontáneamente, con facilidad, casi inconscientemente; porque no es el pensamiento deliberado, con su particular acción, sino más bien el espontaneo y casi inconsciente desprendimiento de este condicionamiento, lo que va a liberar a la mente.

Así, pues, considerando el estado actual de la sociedad, la total confusión en que nos encontramos ‑con guerras, desigualdad, diversas formas de degradación, y la constante batalla interna y externa- me parece muy importante, para aquellos de nosotros que hayamos tomado estas pláticas en serio, el descubrir si hemos producido en nosotros mismos un cambio radical; porque, después de todo, es sólo el individuo, no las circunstancias, lo que puede provocar un cambio radical. Cuando meramente cedemos al cambio de las circunstancias, la mente resuelve sus problemas en un nivel muy superficial, y por tanto se vuelve pobre e incapaz de ver el todo. Creo que es la comprensión del todo, lo total, lo ilimitado, o siquiera una ligera brecha en la mente condicionada, lo que va a resolver nuestros problemas, y no el proceso de disecar y analizar nuestros problemas uno por uno. Un árbol está formado, no sólo por el tronco, las ramas, las hojas, las flores y el fruto, sino también por las raíces ocultas en la profundidad de la tierra; y sin comprender todo eso, sin sentir la totalidad de ello, nunca podéis experimentar la plenitud, la belleza del árbol.

Ahora bien, me parece que lo que estamos haciendo la mayoría de nosotros es muy desafortunado. Tratando de comprender nuestras diarias luchas y miserias separadamente, es decir, por la gradual acumulación de conocimiento, creemos que comprenderemos lo totalidad de la vida. Pero reuniendo muchas partes no se hace lo íntegro. Juntando hojas, ramas, un tronco y algunas raíces, no tendréis un árbol; y sin embargo eso es lo que estamos haciendo. Abordamos los problemas de la vida separadamente, no como un proceso unitario; y lo íntegro no puede comprenderse mediante el conocimiento analítico, acumulativo. El conocimiento tiene su lugar; pero el conocimiento se convierte en un impedimento, en una completa barrera para el descubrimiento de la verdad en su totalidad, en su belleza, para lo cual la mente ha de ser extraordinariamente sencilla.

La mayoría de vosotros os interesáis por qué hacer, queréis saber qué resultados prácticos habéis obtenido por escuchar estas pláticas. Estoy seguro de que muchos de vosotros os habéis hecho esa pregunta, y otros me la han formulado a mí. Sinceramente espero que no hayáis ganado nada práctico; porque la mente busca lo que es práctico, lo que puede usarse, o llevarse a cabo, sólo cuando está preocupada con las pequeñas actividades de sus propias impulsiones. ¿Cómo puedo practicar lo que he oído? ¿De qué modo puedo utilizarlo? Todas esas preguntas me parecen muy superficiales, y es una mente pobre la que las hace, no una, mente que ve la totalidad, la inmensidad de la vida, con todos sus muchos problemas. Cuando uno ve realmente la inmensidad, la extraordinaria profundidad y amplitud de la vida, esa percepción misma produce una acción que no es la de la mente insignificante. Lo que hace la mente pobre, condicionada, es producir actividad en su propia dimensión, y así la confusión aumenta cada vez más.

¿Por qué es que pensamos en partes, es decir, en términos de un particular sector de la sociedad? ¿Os habéis preguntado alguna vez esto? ¿No es porque nuestras mentes están condicionadas por la literatura que leemos, la educación que se nos da, las influencias culturales y religiosas a que estamos expuestos desde la niñez? Todos estos factores condicionan la mente, y este condicionamiento es lo que nos hace pensar en partes. Pensamos de nosotros mismos como hindúes o cristianos, norteamericanos o rusos, como pertenecientes al mundo asiático o al occidental. Aquí en la India, nos dividimos aun más; somos malabares, madrasis o gujarathis, pertenecemos a esta o aquella casta, leemos este o aquel libro.

Señor, ¿os importarla no sacar fotografías ahora? No sé para qué creéis que son estas reuniones. Ya es bastante malo que se os tenga que recordar qué clase de asamblea es ésta. Cuando sacáis fotografiar, cuando observáis la gente que entra, cuando miréis para ver dónde se han sentado vuestros amigos, cuando conversáis unos con otros, todo esto indica gran falta de respeto, no para mí, sino para vuestro vecino y para vosotros mismos Cuando no podéis seguir diligente y deliberadamente un pensamiento hasta el fin, ello demuestra a qué extraordinaria superficialidad os habéis reducido. Con sólo que escuchéis, creo muy firmemente que en ese mismo acto de escuchar demoleréis vuestro condicionamiento; el acto de escuchar es lo único que hace falta. El pensamiento posterior, el pensamiento que acumuláis y os lleváis con vosotros para reflexionar no os va a liberar. Lo que derribará el muro es el prestar vuestra plena atención ahora; y no podéis prestar plena atención si muestra mente anda errante, si estáis distraídos. Cuando estáis escuchando una canción que os encanta, vuestra música favorita, no hay esfuerzo, simplemente escucháis y dejáis que la música ejerza su propia acción sobre vosotros. Del mismo modo, si queréis escuchar ahora con esa clase de atención, con esa facilidad, hallaréis que el acto mismo de escuchar hace algo que tiene una significación mucho mayor que cualquier deliberado esfuerzo por vuestra parte para oír, para racionalizar y para llevar a cabo lo que se dice.

Estaba yo preguntando por qué es que todos nosotros pensamos en partes, en pequeños segmentos, cuando por todo el mundo los seres humanos están luchando con más o menos los mismos problemas, tienen las mismas inquietudes, los mismos temores y transitorias alegrías. ¿Por qué no tomamos esta extraordinaria vida en nuestra tierra como un todo, como algo que vosotros y yo tenemos que comprender, no como indos o ingleses, chinos o alemanes, comunistas o capitalistas, sino como seres humanos? ¿No es porque pensamos en estos pequeños sectores que estamos siempre disputando, combatiendo, destruyéndonos unos a otros? Y este pensamiento parcial, esta dividida comprensión, tiene lugar porque, debido a la educación, a las influencias sociales, a lo que llamamos instrucción religiosa, a los libros y a su interpretación, nuestras mentes están condicionadas. Sólo puede ser libre la mente que no esté condicionada; y no podéis descondicionar la mente poniéndoos a hacerlo deliberadamente. Tenéis que comprender todo el proceso del condicionamiento, y por qué la mente está condicionada. Cada acto, cada pensamiento, cada movimiento de la mente, está limitado; y con esa mente limitada estamos tratando de comprender algo que tiene la hondura y amplitud de toda la existencia.

La cuestión no es, pues, qué hay que hacer, o si uno ha aprendido algo práctico asistiendo a estas reuniones. No es simplemente tratando de encontrar respuesta, una solución al problema, sino más bien escuchando, discutiendo, inquiriendo profundamente, haciendo serias y fundamentales preguntas, como se destruye el condicionamiento de la mente. Pero el condicionamiento ha de destruirse espontáneamente, la mente no puede hacer nada sobre ello. Estando condicionada, la mente no puede actuar sobre su propio condicionamiento. Una mente estrecha que trate de ser amplia, seguirá siendo estrecha. Una mente mezquina puede concebir a Dios, la verdad, pero su concepción no puede ser más que una proyección de su propia mezquindad. Cuando la mente comprende esto, ya no formula qué es Dios, ni lucha por ser libre. Abandona todo eso porque ahora sólo le interesa investigar todo el proceso del condicionamiento; y si sois serios, hallaréis que esta misma indagación abre la puerta para que vuestro condicionamiento se ponga de relieve y se destruya. Vosotros no destruís vuestro condicionamiento; pero la misma percepción del hecho de que estáis condicionados, trae una vitalidad que destruye ese condicionamiento. No creo que veamos esto. El hecho mismo de que soy codicioso, y de que lo sé, tiene su propia vitalidad para destruir la codicia.

Así pues, si realmente podemos inquirir y comprender por qué piensa la mente en partes, entonces creo que habremos descubierto un hecho muy importante sobre nosotros mismos; y es de este inquirir que surge la individualidad. Actualmente no somos individuos libres, estamos condicionados por la sociedad y somos meros juguetes del ambiente; pero si la mente puede inquirir sobre ese condicionamiento y liberarse así de él, entonces de allí surge el individuo libre que no sigue, que no tiene autoridad, ni líder; y con este estado de la mente libre de influencias, viene la creatividad que no es del tiempo.

Si se me permite sugerirlo, pues, no indaguéis para descubrir lo que podéis aprender. Si estáis escuchando meramente para aprender, entonces creáis un maestro al que seguís. Lo que importa, por cierto, es ver muy claro que vuestra mente está limitada, condicionada, lo cual es un hecho evidente, y que cualquier solución que la mezquina mente pueda hallar, será también mezquina. La comprensión misma de este hecho ‑que estáis condicionados, y que vuestros valores, vuestras opiniones, vuestro saber, vuestros juicios, son mezquinos, torpes, vacíos- es el comienzo de la humildad. No es la mente que ha cultivado la humildad; sólo una mente que es sencilla, humilde, que se encuentra siempre en un estado de no saber, es la que puede hallar lo incognoscible. La mente que persigue la virtud, la respetabilidad, la que busca un sistema o una filosofía práctica para vivir en este mundo, nunca encontrará lo incognoscible. Pero la que comprende su propio condicionamiento, y así se vuelve sencilla, humilde; la mente que no acumula, que está insegura, siempre en un estado de no saber, y que por eso es una cosa viviente, móvil, dinámica, una mente así es la que puede experimentar lo incognoscible, o que puede permitir que lo incognoscible sea.

Pregunta: Muchas veces me parece que presentáis el aspecto sombrío más bien que el feliz de la vida. ¿Lo hacéis así deliberadamente?

Krishnamurti: Señor, nuestra vida es a la vez sombría y alegre, oscura y clara. Sería terrible y destructor el que la vida no fuera más que luz, alegría, felicidad, o nada más que oscuridad; pero la vida no es así, ¿verdad? La vida tiene extraordinaria variedad. Pero desgraciadamente, queréis aferraros a la claridad, a lo placentero, a lo bello, y relegar todo lo demás; y llamáis sombrío a cualquier hombre que diga, ‘Mirad, existe también el otro lado, y si realmente lo comprendieseis, creo que surgiría un estado totalmente diferente’. Como veis, hemos dividido la vida en felicidad y desdicha, de modo que continuamente estamos debatiéndonos entre ambas. Sabemos que la vida a veces tiene deleite, pero para la mayoría de nosotros la vida es pesar. Para los que tienen dinero, posición, autoridad, respetabilidad, la vida puede ser alegre; pero eso hace muy superficial a la mente, como se observa en la moderna civilización. Mientras que, si cada uno de nosotros comprende todo el significado del pesar y la alegría como un proceso total, no como opuestos en conflicto uno con otro, entonces quizá hallemos que la vida no es pesar ni alegría, sino algo enteramente diferente, que no tiene esta condición dualista; y si nunca hemos sentido o experimentado ese estado, es sólo porque estamos presos en esta incesante lucha entre los opuestos.

Ese estado más allá de los opuestos no es una fórmula, un mero concepto, y ha de ser directamente experimentado; pero, como veis, no puede ser directamente experimentado mientras la mente esté buscando felicidad. La felicidad es un producto derivado; como la virtud, es de importancia secundaria. El hombre que persigue la felicidad nunca será feliz, dichoso, porque la felicidad nos llega repentina, obscura, inesperadamente. ¿No habéis notado que, en cuanto sabéis que sois feliz, habéis perdido la felicidad? Cuando decís, ‘Estoy alegre’, ello ha terminado, ha concluido. La felicidad, como el amor, es algo de lo cual la mente nunca puede ser consciente. En el momento en que la mente es consciente de que ama, ya no hay amor. Es muy extraño, y muy interesante, el hecho de que la mente que trata deliberadamente de experimentar algo, pierde todo el perfume de la vida. Este no es un decir poético desdeñable, sino más bien un hecho que hay que comprender. La mente no tiene que buscar nada, porque aquello que busque lo experimentará; y lo que entonces experimenta, no es la verdad, porque en su misma búsqueda ha proyectado lo que desea. Esa proyección proviene del pasado, ya ha sido sentida; por consiguiente la proyección, y el logro de esa proyección, no son felicidad, sino una ilusión, un proceso de autohipnosis. Una vez que comprendáis esto, si sois algo serios y os interesáis profundamente, hallaréis que vuestra mente siempre está vacía, siempre experimentando y sin acumular nunca.

Pero nuestras mentes están llenas, ¿no es así? Están llenas de virtudes adquiridas; están constantemente ocupadas persiguiendo ideales, buscando a Dios, la verdad, esto o aquello; por lo tanto, siempre hay una respuesta condicionada. Así, lo importante es comprender que, en su búsqueda misma, la mente crea su propio obstáculo; porque lo que encuentre será la proyección de su propio deseo. Cuando la mente comprende esto profundamente, toda búsqueda termina; la mente está muy quieta, alerta, y entonces surge un estado del todo distinto. Cuando empezáis a comprender el pesar, a observar cómo surge; cuando penetráis en ello, cuando lo ponderáis, en lugar de resistirlo meramente, entonces hallaréis que la mente no está aprisionada en el dolor ni en su opuesto, porque una mente así está vacía, en el sentido profundo de esa palabra. La mayoría de las mentes están vacías en el sentido superficial de que están perpetuamente ocupadas con problemas. No me refiero a esa clase de vacío. Hablo del vacío que tiene extraordinaria hondura y amplitud; y una mente que esté sin cesar ocupada con problemas y con soluciones inmediatas, no puede estar vacía en ese profundo sentido de la palabra.

Pregunta: ¿Qué es la enfermedad psicosomática? Y ¿podéis sugerir maneras de curarla?

Krishnamurti: No creo que sea posible encontrar medio de curar la enfermedad psicosomática; y quizá la búsqueda misma de un medio para curar la mente, sea lo que está produciendo la enfermedad. Encontrar un medio o practicar un método, implica inhibir, controlar, reprimir el pensamiento, que es no comprender la mente. Es bastante evidente que la mente crea enfermedad en el organismo físico. Si coméis cuando estáis irritado, se os trastorna el estómago; si odiáis a alguien violentamente, tenéis una perturbación física; si limitáis la mente a una determinada creencia, os volvéis mental o psíquicamente neurótico, y ello reacciona sobre el cuerpo. Todo esto es parte del proceso psicosomático. Por supuesto, no todas las enfermedades son psicosomáticas; pero el miedo, la ansiedad, y otras perturbaciones psíquicas, producen enfermedades físicas. Así pues, ¿es posible hacer que la mente sea sana? Muchos de nosotros nos preocupamos por mantener sano el cuerpo mediante un correcto régimen alimenticio, etc., lo cual es indispensable; pero a muy pocos les preocupa mantener la mente sana, joven, alerta, vital, de modo que no se deteriore.

Ahora bien, si la mente no ha de deteriorarse, es evidente que nunca debe seguir, tiene que ser independiente, libre. Pero nuestra educación no nos ayuda a ser libres; al contrario, nos ayuda a adaptarnos a esta sociedad en descomposición, y por lo tanto la mente misma se deteriora. Se nos incita desde la infancia a ser miedosos, competidores, a pensar siempre en nosotros mismos y en nuestra propia seguridad. Por cierto, una mente así tiene que estar en perenne conflicto, y ese conflicto produce efectos materiales. Lo importante, pues, es descubrir y comprender por nosotros mismos, mediante nuestra propia vigilante observación, todo el proceso del conflicto, sin depender de ningún psicólogo o gurú. Seguir un gurú es destruir vuestra mente. Lo seguís porque deseáis lo que creéis que él tiene; por tanto, habéis puesto en marcha un proceso de deterioro. El esfuerzo para ser algo, mundana o espiritualmente, es otra forma de deterioro, porque semejante esfuerzo siempre trae ansiedad; produce temor, frustración, haciendo enfermiza la mente, que a su vez afecta al cuerpo. Creo que esto es bastante sencillo. Pero el acudir a otro para curar la mente, es parte del proceso de deterioro.

Pregunta: Habéis sugerido que sólo mediante el darse cuenta es posible la transformación ¿Qué entendéis por darse cuenta?

Krishnamurti: Señor, esta es una cuestión muy compleja; pero trataré de describir lo que es darse cuenta, si tenéis la bondad de escuchar y seguirlo pacientemente paso a paso hasta el fin. Escuchar no es sólo seguir lo que estoy describiendo, sino también experimentar efectivamente lo que se describe, cosa que significa vigilar el funcionamiento de vuestra mente a medida que yo lo describo. Si os limitáis a seguir lo que se está describiendo, entonces no estáis dándoos cuenta, no observáis, no vigiláis vuestra propia mente. El seguir meramente una descripción es como leer una guía mientras el paisaje pasa desapercibido; pero si vigiláis vuestra mente mientras escucháis, entonces la descripción tendrá significado, y descubriréis por vos mismo lo que significa darse cuenta.

¿Qué queremos decir con la expresión ‘darse cuenta’? Empecemos al nivel más sencillo. Os dais cuenta del ruido que se produce, os dais cuenta de los coches, los pájaros, los árboles, las luces eléctricas, las personas que están sentadas en torno vuestro, el cielo sereno, el aire sofocante. De todo eso os dais cuenta, ¿no es así? Ahora bien, cuando oís un ruido, o una canción, o veis que se empuja un carretón, etc., lo que se oye, o lo que se observa, es traducido, es juzgado por la mente; eso es lo que estáis haciendo, ¿no es así? Os ruego que sigáis esto despacio. Cada experiencia, cada respuesta, es interpretada de acuerdo con vuestro trasfondo, según vuestros recuerdos. Si hubiera un ruido que oyerais por primera vez, no sabríais de qué se trata; pero habéis oído el ruido antes una docena de veces, de modo que vuestra mente lo traduce de inmediato, cosa que constituye el proceso que llamamos pensar. Vuestra reacción a un determinado ruido es el pensamiento de un carretón que es empujado, lo cual es una manera de darse cuenta. Os dais cuenta del color, de los diferentes rostros, las diversas actitudes, las expresiones, los prejuicios, etc. Y si estáis algo alerta, os dais cuenta también de cómo respondéis a estas cosas, no sólo superficial, sino también profundamente. Tenéis ciertos valores, ideales, motivos, impulsos, en diferentes niveles de vuestro ser; y el ser consciente de todo eso es parte del darse cuenta. Juzgáis lo que es bueno y lo que es malo, lo que es correcto y lo que es erróneo; condenáis, evaluáis, de acuerdo con vuestro trasfondo, es decir, según vuestra educación y la cultura en que os habéis criado. Ver todo esto es parte del darse cuenta, ¿no es así?

Ahora, vayamos un poco más allá. ¿Qué ocurre cuando os dais cuenta de que sois codiciosos, violentos, o envidiosos? Tomemos la envidia y fijémonos únicamente en ella. ¿Os dais cuenta de que sois envidiosos? Por favor, avanzad conmigo paso a paso, y tened presente que no estáis siguiendo una fórmula. Si lo convertís en una fórmula, habréis perdido el sentido de todo ello. Estoy desarrollando el proceso del darse cuenta; pero si meramente aprendéis de memoria lo que se ha descrito, estaréis exactamente donde estáis ahora. En cambio, si empezáis por ver vuestro condicionamiento, que es el daros cuenta del funcionamiento de vuestra propia mente a medida que sigo explicando, entonces llegaréis al punto en que es posible una efectiva transformación.

Os dais cuenta, pues, no sólo de las cosas externas y de vuestra interpretación de ellas, sino que también habéis empezado a daros cuenta de vuestra envidia. Pero, ¿qué ocurre cuando os dais cuenta de la envidia en vosotros mismos? La condenáis, ¿verdad? Decís que está mal, que no debéis ser envidiosos, que debéis amar, lo cual es el ideal. El hecho es que sois envidiosos, mientras que el ideal es lo que deberíais ser. Al ir tras el ideal, habéis creado una dualidad; así, has un conflicto constante, y en ese conflicto estáis presos.

¿Os dais cuenta, mientras estoy describiendo este proceso, que no hay más que una cosa, que es el hecho de que sois envidiosos? Lo otro, el ideal, es un disparate, no es una cosa efectiva. Y es muy difícil para la mente estar libre del ideal, estar libre de lo opuesto; porque tradicionalmente, a través de siglos de una particular cultura, se nos ha enseñado a aceptar el héroe, el ejemplo, el ideal del hombre perfecto, y a luchar por él. Eso es lo que se nos ha enseñado a hacer. Queremos cambiar la envidia en no envidia, pero nunca hemos descubierto la manera de cambiarla; y así estamos atrapados en una perpetua pugna.

Ahora bien, cuando la mente se da cuenta de que es envidiosa, esa palabra misma, ‘envidiosa’, es condenatoria. ¿Estáis siguiendo, señores? El mero nombrar ese sentimiento es condenatorio; pero la mente no puede pensar sino en palabras. Esto es, surge un sentimiento con el cual se ha identificado cierta palabra, de modo que el sentimiento nunca es independiente de la palabra. En cuanto hay un sentimiento, como la envidia, hay el nombrar, de modo que siempre estáis abordando un nuevo sentimiento con una vieja idea, una tradición acumulada. El sentimiento siempre es nuevo, y siempre es traducido en términos de lo viejo.

Ahora bien, ¿puede la mente no nombrar un sentimiento, como la envidia, sino abordarlo de nuevo como algo nuevo? El hecho mismo de nombrar ese sentimiento es convertirlo en lo viejo, es tomarlo y meterlo en el viejo molde. Y, ¿puede la mente no nombrar un sentimiento ‑es decir, no traducirlo dándole un nombre, y con ello condenándolo o aceptándolo- sino meramente observarlo como un hecho?

Señor, experimentad con vos mismo y veréis cuán difícil es para la mente no verbalizar, no dar un nombre a un hecho. Esto es, cuando uno tiene cierto sentimiento, ¿puede dejarse ese sentimiento sin nombre, y mirársele puramente como un hecho? Si podéis tener un sentimiento y seguirlo realmente hasta el fin sin nombrarlo, hallaréis entonces que acaece algo inesperado. Actualmente, la mente aborda el hecho con una opinión, con evaluación, con juicio, con negación o aceptación. Eso es lo que estáis haciendo Hay un sentimiento, que es un hecho, y la mente aborda este hecho con un término, con una opinión, con un juicio, con una actitud condenatoria, que son cosas muertas. ¿Comprendéis? Son cosas muertas, carecen de valor, son sólo el recuerdo que actúa sobre el hecho. La mente aborda el hecho con un recuerdo muerto, y por lo tanto el hecho no puede actuar sobre la mente. Pero si la mente sólo observa el hecho sin evaluar, sin juzgar, sin condenación, aceptación o identificación, entonces hallaréis que el hecho mismo tiene una extraordinaria vitalidad, porque es nuevo. Lo que es nuevo puede disipar lo viejo; por lo tanto no hay lucha para no ser envidioso: hay la total cesación de la envidia. Es el hecho que tiene vigor, vitalidad, no vuestros juicios y opiniones sobre el hecho; y pensar el asunto a fondo, del principia al fin, es todo el proceso del darse cuenta.

Pregunta: ¿Por qué hay tanto miedo a la muerte?

Krishnamurti: Nuevamente, si se me permite sugerirlo, pensemos el problema hasta el fin, sin detenernos a medio camino, o desviarnos por una tangente. Sabemos que el cuerpo decae y muere; el corazón sólo tate tantas veces en tantos años, y todo el organismo físico, estando en constante uso, tiene que gastarse inevitablemente y llegar al fin. No tenemos miedo de eso, es un evento común, cotidiano, y con frecuencia vemos llevar un cadáver a la incineración. Pero entonces decimos, ‘¿Es eso todo? ¿Al termina el cuerpo, terminarán también las cosas que he acumulado, mi saber, mi amor, mi virtud? Y si todo eso termina, entonces, ¿de qué sirve viviré?’ Empezamos, pues, a inquirir, queremos saber si hay aniquilación o continuidad después de la muerte.

Este no es un problema sólo para los supersticiosos, o para los llamados educados; es un problema para cada uno de nosotros, y tenemos que hallar por nosotros mismos la verdad del asunto, sin aceptar ni rechazar, sin creer ni ser escépticos. El hombre que tiene miedo de morir, y que por eso se aferra a la creencia en la reencarnación, en esto o aquello, nunca descubrirá la verdad del asunto; pero una mente que en realidad quiere saber y que está tratando de descubrir la verdad, se encuentra en un estado muy diferente; y eso es lo que estamos haciendo aquí.

Ahora bien, ¿qué es lo que continúa? ¿Comprendéis, señores? ¿Cómo sabéis que habéis continuado desde ayer, y que, si todo va bien y no hay ningún accidente, continuaréis a través del hoy hacia el mañana? Eso lo sabéis sólo por la memoria, ¿no es verdad? Pongamos la cuestión muy sencillamente, y no filosofemos ni introduzcamos muchas palabras. Conozco, pues, que existo sólo a causa de la memoria. La mera afirmación de que existo no tiene sentido; pero sé que existo porque hoy recuerdo haber existido ayer, y espero existir mañana. El hilo de la continuidad es. pues, la memoria, que se ha ido acumulando durante siglos, que ha pasado por muchísimas experiencias, desviaciones, frustraciones, penas, alegrías, por a interminable lucha de la ambición. Queremos que todo eso continúe; y como no sabemos lo que va a ser de todo eso cuando el cuerpo muera, surge el temor. Ese es un hecho. Y, ¿por qué separamos la muerte de la vida? Puede ser del todo falso el dividirla. Puede ser que vivir sea morir, y acaso sea esa la belleza del vivir. Pero el vivir es algo que la mayoría de nosotros no hemos captado o comprendido plenamente, ni hemos comprendido tampoco lo que es la muerte; tenemos, pues, miedo de vivir, y tenemos miedo a la muerte.

Ahora bien, ¿qué entendemos por vivir? Vivir no es meramente ir a la oficina, o aprobar exámenes, o tener hijos, o la eterna lucha por el pan y la manteca; eso es sólo parte de aquel. El vivir implica también ver los árboles, la luz del sol en el río, un ave en vuelo, la luna a través de las nubes; es darse cuenta de las sonrisas y las lágrimas, de las inquietudes y las ansiedades; es saber amar, ser bondadoso, compasivo, y percibir la extraordinaria hondura y amplitud de la existencia. ¿Conocemos todo eso? ¿O es que sólo conocemos una pequeña parte, la parte constituida por mi lucha, mi empleo, mi familia, mi virtud, mi religión, mi casta, mi país? Lo único que conocemos es el ‘yo’, con sus actividades egocéntricas, y eso es lo que llamamos vida.

De modo que no sabemos lo que es el vivir. Hemos separado el vivir del morir, lo que indica que no hemos comprendido toda la profundidad y amplitud de la vida, en la cual puede estar incluida la muerte. Creo que la muerte no Es algo que esté aparte de la vida. Es sólo cuando morimos cada día para todas las cosas que hemos acumulado ‑para nuestro conocimiento, nuestras experiencias, para todas nuestras virtudes- que podemos vivir. No vivimos porque continuamos del ayer, a través del hoy, hacia el mañana. Por cierto, sólo lo que termina tiene un comienzo; pero nosotros nunca terminamos. Tampoco esto es una mera frase poética, de modo que no la desdeñéis. No tenemos ningún comienzo porque no estamos muriendo; nunca conocemos un momento atemporal, y por eso nos preocupa la muerte. Para la mayoría de nosotros, el vivir es un proceso de lucha y lágrimas; y lo que nos atemoriza no es lo desconocido, aquello que llamamos muerte, sino la pérdida de todo lo que hemos conocido. ¿Y qué conocemos? No mucho. Esto no es cinismo, sino un hecho. ¿Qué es lo que realmente conocemos? Apenas algo. Nuestros nombres, nuestras pequeñas cuentas bancarias, nuestros empleos, nuestras familias, lo que otras personas han dicho en el Gita, en la Biblia o los Upanishads, las diversas preocupaciones de una vida superficial, esas son las cosas que conocemos; pero no conocemos las profundidades de nuestro propio ser. Estamos, pues, tapando lo desconocido con lo conocido, y nos da miedo tener que abandonar, que renunciar a lo conocido. Más renunciar para encontrar a Dios no es renunciación; es simplemente otra manera de buscar una recompensa. Un hombre que renuncie al mundo con el fin de hallar a Dios, nunca hallará a Dios, porque todavía sigue en busca de algo. Hay renunciación total sólo cuando no se pide nada, cuando no se acumula para mañana, lo cual es morir para todo lo de ayer. Entonces encontraréis que la muerte no es algo de temer y de lo que haya que huir, ni requiere creencia en el más allá. Es lo conocido lo que nos aprisiona y nos retiene, no lo desconocido; y la mente está llena de lo conocido. Es sólo cuando la mente está libre de lo conocido, que puede ser lo desconocido. La muerte y la vida son una sola cosa; y la muerte hay que experimentarla, no en el último momento de la enfermedad y la corrupción, o el accidente, sino mientras estamos viviendo y la mente es aún vigorosa.

Como veis, señores, la atemporalidad es un estado de la mente; y mientras estemos pensando en términos de tiempo, habrá muerte y miedo a la muerte. La atemporalidad no es cosa de la que se pueda hablar volublemente, sino que ha de ser directamente experimentada; y no puede experimentarse la atemporalidad mientras haya continuidad de todas las cosas que uno ha acopiado. La mente debe, pues, estar libre de todas sus acumulaciones, y es sólo entonces que surge lo desconocido. Lo que nos da miedo es abandonar lo conocido; pero una mente que no esté muerta para lo conocido, libre de lo conocido, jamás podrá experimentar el extraordinario estado de atemporalidad.

28 de marzo de 1956

Í N D I C E

PREAMBULO 11

I. 1ª CONFERENCIA Y DISCUSIÓN EN BENARES 13

II. 2ª CONFERENCIA Y DISCUSIÓN EN BENARES 29

III. 3ª CONFERENCIA Y DISCUSIÓN EN BENARES 43

IV. 1ª CONFERENCIA EN MADRÁS .......................... 57

He venido aquí a aprender y a que se me instruya. ¿Podéis enseñarme? .............63

V. 2ª CONFERENCIA EN MADRÁS .......................... 68

Gandhiji recurrió al ayuno como medio para cambiar el corazón de otros. Su ejemplo lo están siguiendo algunos líderes en la India, que consideran el ayuno como medio de purificarse y de purificar a la sociedad que los rodea. ¿Puede ser purificador el sufrimiento autoinvitado? Y, ¿existe la purificación vicaria? .....73

VI. 3ª CONFERENCIA EN MADRÁS 78

En mí hay hondo descontento, y estoy en busca de algo que alivie este descontento. Maestros como Shankara y Ramanuja han recomendado rendirse a Dios. También recomendaron el cultivo de la virtud y el seguir el ejemplo de nuestros maestros. Parece que vos consideráis esto como fútil. ¿Queréis hacer el favor de explicar? 85

VII. 4ª CONFERENCIA EN MADRÁS 90

Decís que el camino de la tradición crea invariablemente mediocridad. Pero ¿no se sentirá uno perdido sin tradición? 96

Hay varios sistemas de meditación para realizar la propia divinidad, pero no parece que creáis en ninguno de ellos. ¿Qué pensáis que es la meditación? 97

VIII. 5ª CONFERENCIA EN MADRÁS ..........................100

En la India se nos ha dicho durante siglos que debernos ser espirituales, y nuestra vida diaria es una serie interminable de ritos y ceremonias. ¿Es esto espiritualidad? Si no lo es, entonces ¿en qué consiste el ser espiritual? ...107

He asistido a las recientes discusiones matinales. ¿Queréis que no pensemos en nada? Y, si tenemos que pensar, ¿cómo vamos a hacerlo? 108

IX. 1ª CONFERENCIA EN MADANAPALLA ............ 110

¿Puede haber paz en el mundo sin un gobierno mundial que la establezca y mantenga? ¿Y cómo puede producirse eso? 114

Sois un indo y un ‘Andhra’, nacido aquí, en Madanapalla. Estamos orgullosos de vos y de vuestra buena obra en el mundo. ¿Por qué no pasáis más tiempo en vuestro país natal, en vez de vivir en América? Se os necesita aquí ..............116

Tengo un hijo que me es muy querido, y veo que se le está cometiendo a muchas malas influencias, tanto en casa como en la escuela. ¿Qué tendría qué hacer? 116

X. 2ª CONFERENCIA EN MADANAPALLA 119

Sin creer en un Planificador de este universo, pienso que la vida carece de sentido. ¿Qué hay de malo en esta creencia? 123

En este mundo, la bondad no es provechosa. ¿Como podemos crear una sociedad que estimule la bondad? ¿Aceptáis el punto de vista de que el comunismo es la mayor amenaza para el progreso humano? En caso contrario, ¿qué pensáis acerca de esto? 126

XI. 3ª CONFERENCIA EN MADANAPALLA 130

¿No admitís que la guía es necesaria? Si, como decís, no debe haber tradición ni autoridad alguna, entonces cada uno tendrá que empezar a establecer una nueva base para sí. Del mismo modo que el cuerpo físico ha tenido un principio, ¿no hay también un comienzo para nuestro cuerpo espiritual y mental, y no deben ellos desarrollarse desde cada etapa a la próxima superior? Lo mismo que se aviva nuestro pensamiento escuchándoos, ¿no necesita reavivarse entrando en contacto con las grandes mentes del pasado? . . 135

En todas las religiones se propugna la oración como cosa necesaria. ¿Qué decís sobre la oración? 137

El pensamiento de la muerte sólo es soportable para mí si puedo creer en una vida futura; pero vos decís que la creencia es un obstáculo para la comprensión. Os ruego me ayudéis a ver la verdad de esto 139

XII. 1ª CONFERENCIA EN BOMBAY . 141

Después de haberos escuchado ávidamente durante tantos años, nos encontramos exactamente donde estábamos. ¿Es esto todo lo que podemos esperar? 147

En todas direcciones, tanto interior como exteriormente, vemos incitación a la violencia. Se han desenfrenado el odio, la mala voluntad, la bajeza y la agresión, no sólo en la India, sino en todos los rincones del mundo, y en la psiquis misma del hombre. ¿Cuál es vuestra respuesta a esta crisis? .....................148

Admitiendo que la religión es de la más alta importancia en la vida, ¿no deberá interesarse la persona verdaderamente religiosa en las dificultades de su prójimo? 150

XIII. 2ª CONFERENCIA EN BOMBAY ..........153

Los días se suceden en este vano tránsito de la existencia. ¿Qué significa todo ello? ¿Tiene la vida algún significado? .......157

¿Hay algún medio de crear buena voluntad? ¿Podéis decirnos cómo vivir juntos en paz, en vez de en este cruel antagonismo que existe entre nosotros? ...159

Decís que, hagamos lo que hiciéramos, nunca podrá surgir el estado de realidad a través de nuestros propios esfuerzas, y que aun el desearlo es un obstáculo. Entonces, ¿qué podemos hacer que no cree un obstáculo? 162

XIV. 3ª CONFERENCIA EN BOMBAY ...........164

Cuando os escucho, ello parece crear e intensificar mi perplejidad. Hace ocho días yo estaba sin un problema, y ahora estoy sumido en la confusión. ¿Cuál es el motivo de esto? .........................171

¿Cómo puedo ser activo políticamente sin ser contaminado por esa acción? ...........................173

Escuchamos todo lo que decís hasta la saciedad. ¿Es posible que os escuchemos tanto? ¿No nos embotaremos por el exceso de estímulo? ..........................174

¿Es Dios una realidad para vos? En tal caso, habladnos sobre Dios . ................................175

XV. 4ª CONFERENCIA EN BOMBAY ...................177

Una de las ideas dominantes en el hinduismo es la de que este mundo es una ilusión. ¿No creéis que esta idea, al través de los siglos, ha sido un factor que ha contribuido poderosamente a la actual miseria? .....182

¿Puede haber una síntesis de Oriente y Occidente, y no es ese el único medio de salvar el abismo entre ellos? 185

Según vos, lo conocido nunca puede descubrir a lo desconocido ¿Cómo puede uno, entonces, reconocer lo desconocido? ¿Es tan enteramente diferente? 187

XVI. 5ª CONFERENCIA EN BOMBAY 190

¿Qué decís sobre los Tapas y el Sandhana de que hablan los libros hindúes, para provocar la cesación del pensamiento? 195

Decís que el pasado tiene que cesar totalmente para que lo desconocido sea. Lo he probado todo para estar libre de mi pasado, pero los recuerdos aun existen y me arrebatan. ¿Significa esto que el pasado tiene una existencia independiente de mí? Si no es así, os ruego me mostréis cómo puedo liberarme de él 198

El más vigoroso mandamiento subyacente en todas las religiones es: Ama a tu prójimo. ¿Por qué es tan difícil de llevar a la práctica esta sencilla verdad? 200

XVII. 6ª CONFERENCIA EN BOMBAY 203

De lo que dijisteis el domingo pasado, infiero que creéis que no amamos a nuestros hijos. No sabéis, señor, que el amor por nuestros hijos es uno de los mayores y más hondamente arraigados afectos humanos? Ciertamente que comprenderéis cuán incapacitados estamos individualmente para hacer nada sobre la guerra y la paz .............209

¿Qué es la belleza? 211

Nos estáis ayudando a comprender el funcionamiento de nuestras propias mentes, y a ver cuán poco inteligentemente estamos viviendo, mas, en una sociedad industrial, ¿es posible practicar lo que decís? .......212

XVIII. 7ª CONFERENCIA EN BOMBAY .....................215

Me parece que lo más notable de la India es el sentimiento, que todo lo penetra, de atemporalidad, de paz y fervor religioso. ¿Creéis que esta atmósfera puede mantenerse en la moderna era industrial? 221

¿Hay algo nuevo en vuestra enseñanza? ..........223

Escuchándoos, siente uno que habéis leído mucho, y que os dais cuenta también directamente de la realidad. Si esto es así, entonces, ¿por qué condenáis la adquisición de conocimiento? .....................223

He ensayado diversos sistemas de meditación, pero no parece que avance mucho. ¿Qué sistema recomendáis? ....224

XIX. 8ª CONFERENCIA EN BOMBAY 228

Muchas veces me parece que presentáis el aspecto sombrío más bien que el feliz de le vida. ¿Lo hacéis así deliberadamente? ...............................233

¿Que es la enfermedad psicosomática? Y ¿podéis sugerir maneras de curarla? .........235

Habéis sugerido que sólo mediante el darse cuenta es posible la transformación. ¿Qué entendéis por darse cuenta? 236

¿Por qué hay tanto miedo a la muerte? .......239

Última página

La ola de trivialidad que invade el mundo, es hoy motivo de alarma y preocupación general. Frente a la presión de las circunstancias, frente a la incertidumbre del mañana, frente a las exigencias materiales del diario vivir, con su áspera lucha sin cuartel, se busca la fácil salida de la expresión egocéntrica, de las sensaciones y los goces sensoriales. Es sin duda la línea de menor resistencia, pero es también el camino de las ilusiones. Las enfermizas consecuencias de la ambición, la envidia y el miedo, de la búsqueda de seguridad y felicidad personal en las diarias actividades, refléjanse en una honda y sorda angustia que oprime los corazones. Y de esta angustia se huye y se busca alivio apelando superficialmente a las distracciones, a las excentricidades de todo género, el cultivo de los intereses, o aun a las actividades intelectuales, sociales o religiosas. Pero todo esto sólo refuerza los factores determinantes del conflicto. Hay confusión, y lejos de auscultar con calma las causas intimas, los motivos profundos de esa confusión, de esos innumerables problemas y conflictos que a todos afligen, insístese ciegamente en el uso de antídotos y falsos remedios. El mundo está, sin duda, en crisis. Así como se derrumban los valores de la niñez y la juventud cuando llega la madurez, asé también se derrumban hoy los viejos valores sociales y morales en que confiaba el mundo. Y Krishnamurti, “el Instructor del mundo”, en este nuevo y extraordinario conjunto de pláticas que es La crisis del hombre, nos invita a detenernos, a serenarnos y a ponderar el sentido más hondo y final de todo cuanto pensamos y hacemos, de todos nuestros sentimientos de nuestras emociones y experiencias de cada momento, y hasta de nuestros gestos, para llegar asé a percibir lo que realmente somos, el verdadero sentido y valor de nuestra impulsión psicológica. el verdadero estado de nuestra mente.

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