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La madeja del pensamiento

La madeja del pensamiento
Título de la obra en inglés: The Network of Thought
Traducción de Armando Clavier

1

VEO que se encuentran aquí algunos de mis viejos amigos ‑y me alegra verlos. Como habrá siete pláticas, y lo que voy a decir abarca el campo total de la vida, debemos examinarlo cuidadosamente; así que, por favor, los que me han escuchado con anterioridad tengan paciencia, sean tolerantes si quien les habla se repite, porque la repetición posee cierto valor.

El prejuicio tiene algo en común con los ideales, las creencias y la fe. Nosotros debemos ser capaces de pensar juntos; pero nuestros prejuicios, nuestros ideales, etcétera, limitan la capacidad y la energía que se requiere para pensar, para observar y examinar juntos a fin de descubrir por nosotros mismos qué hay detrás de toda la confusión, la desdicha, el terror, la destrucción y la tremenda violencia en el mundo. Para comprender, no sólo los meros hechos externos que ocurren, sino también la profundidad y significación de todo ello, tenemos que ser capaces de observar juntos ‑no que ustedes observen de un modo y quien les habla de otro, sino observar juntos la misma cosa. Esa observación, ese examen se obstaculiza si nos aferramos a nuestros prejuicios, a nuestras experiencias particulares o a nuestra particular comprensión. Pensar juntos es tremendamente importante, porque tenemos que enfrentarnos a un mundo que se está desintegrando y degenera rápidamente, un mundo en el que no hay sentido alguno de moralidad, donde nada es sagrado, donde nadie respeta a nadie. Para comprender todo esto, no sólo de manera casual, no sólo superficialmente, tenemos que penetrar en las profundidades de ello, en lo que hay detrás. Tenemos que investigar por qué después de todos estos millones de años de evolución del hombre, ustedes y todo el mundo se han vuelto tan violentos, tan insensibles y destructivos, por qué toleran las guerras y la bomba atómica. El mundo tecnológico se desarrolla más y más; tal vez sea ése uno de los factores causantes de que el hombre haya llegado a ser esto que es. De manera que, por favor, pensemos juntos, no conforme a mi modo o al de ustedes, sino usando simplemente la capacidad de pensar.

El pensamiento es el factor común a toda la humanidad. No hay pensamiento oriental o pensamiento occidental; sólo existe la común capacidad de pensar, tanto si uno es enteramente pobre, como si es altamente refinado y vive en medio de una sociedad opulenta. Sea uno un cirujano, un carpintero, un labriego o un gran poeta, el pensamiento es el factor común a todos nosotros. Parece que no nos damos cuenta de que el pensamiento es el factor común que nos liga a todos. Cada uno de ustedes piensa de acuerdo con su capacidad, con su energía, su experiencia y sus conocimientos; otros piensan de manera diferente, conforme a su propia experiencia y condicionamiento. Todos estamos presos en esta red del pensamiento. Este es un hecho, irrefutable y verdadero.

Hemos sido programados biológica y físicamente, y también estamos programados en lo mental, en lo psicológico. Tenemos que darnos cuenta de que estamos programados como una computadora. Los expertos programan las computadoras para que produzcan los resultados que ellos desean. Y estas computadoras aventajarán en pensamiento al hombre. Estas computadoras pueden reunir experiencias y de esas experiencias pueden aprender, acumular conocimientos conforme a su programación. Poco a poco van a superar en exactitud todo nuestro pensar, y lo harán muy rápidamente. Por supuesto, no podrán componer como Beethoven o como Keats, pero nos aventajarán en nuestro pensar.

¿Qué es, entonces, el hombre? Está programado para ser católico, protestante, italiano, británico y así sucesivamente. Por siglos ha sido programado ‑para creer, para tener fe, para seguir ciertos rituales, ciertos dogmas; programado para ser nacionalista e ir a la guerra. Y así su cerebro ha llegado a ser como una computadora, pero no tan capaz, porque su pensamiento es limitado; mientras que la computadora, aunque también es limitada, puede pensar mucho más rápidamente que el ser humano y puede dejarlo atrás.

Estos son hechos, esto es lo que efectivamente está sucediendo. Entonces, ¿qué ocurre con el hombre? ¿Qué es el hombre? Si los robots y la computadora pueden hacer casi todo lo que puede hacer el ser humano, ¿cuál es, entonces, el futuro de la sociedad humana? Cuando los automóviles puedan ser construidos por el robot y la computadora ‑probablemente mucho mejor‑ ¿qué va a pasar entonces con el hombre como entidad social? Estos y muchos otros problemas son los que afrontamos. No podemos pensar más como cristianos, budistas, hindúes y musulmanes. Estamos enfrentándonos a una tremenda crisis; una crisis que los políticos nunca pueden resolver porque están programados para pensar de un modo particular ‑y tampoco los científicos comprenden ni resuelven la crisis; ni lo hace el mundo de los negocios, el mundo del dinero. El momento crucial, la decisión inteligente, el reto, no está en la política ni en la religión ni en el mundo científico; está en nuestra conciencia. Uno tiene que comprender la conciencia de la humanidad, esa conciencia que nos ha llevado a este punto. Y uno tiene que ser muy serio en esta cuestión, porque nos estamos enfrentando realmente a algo muy peligroso para el mundo ‑donde prolifera la bomba atómica que algún lunático hará estallar. Todos debemos estar lúcidamente conscientes de esto.

Uno tiene que ser muy, muy serio; no puede ser indiferente, trivial, sino que debe interesarse en comprender esta conducta y el modo en que el pensamiento humano nos ha traído a todos a esta situación. Debemos ser capaces de penetrar en ello con mucho cuidado, con cierta vacilación y con una observación profunda para poder comprender juntos qué está ocurriendo, tanto fuera como dentro de nosotros. La actividad psicológica interna siempre se opone a lo externo, por muchas regulaciones, sanciones y decisiones que puedan ustedes tener exteriormente; todo ello es hecho añicos por nuestros deseos psicológicos, nuestros temores y ansiedades, por el anhelo vehemente de seguridad. A menos que comprendamos eso, cualquiera sea la apariencia de orden que podamos tener, el desorden interno se impone a lo que se amolda, se disciplina, se regula exteriormente. Pueden existir instituciones ‑políticas, religiosas, económicas- esmeradamente construidas, pero cualquiera sea el carácter de esas construcciones, a menos que nuestra conciencia interna se encuentre en un estado de orden total, el desorden interno triunfará siempre sobre lo externo. Esto lo hemos visto históricamente, y ahora está sucediendo frente a nuestros ojos. Es un hecho.

El momento crucial se halla en nuestra conciencia. Nuestra conciencia es una cuestión muy complicada. Se han escrito volúmenes al respecto, tanto en oriente como en occidente. Nosotros no tenemos una clara percepción de nuestra conciencia; para examinar esa conciencia en toda su complejidad, uno tiene que estar libre para mirar, para percibir sin opción ni preferencia alguna, su movimiento. Quien les habla no está dándoles una dirección para que miren o escuchen de un modo particular todo el movimiento interno de la conciencia. La conciencia es común a toda la humanidad. En todo el mundo el hombre sufre, tanto interna como externamente; hay ansiedad, incertidumbre, y está la completa desesperación de la soledad; hay inseguridad, celos, codicia, envidia y sufrimiento. La conciencia humana es una totalidad; no es la conciencia de ustedes o mi conciencia. Esto es lógico, cuerdo, racional; por donde uno vaya, cualquiera sea el clima en que viva, ya sea uno rico o sufra una degradante pobreza, si cree en Dios o en alguna otra entidad, esa creencia y fe son comunes a todos los seres humanos ‑las imágenes y los símbolos pueden ser diferentes en distintas localidades, pero emanan de algo que es común a toda la humanidad. Esto no es una mera declaración verbal. Si lo toman ustedes como una declaración verbal, como una idea, un concepto, entonces no verán la profunda significación que ello envuelve. La significación es que la conciencia de cada uno de nosotros es la conciencia de toda la humanidad, porque uno sufre, está ansioso, se siente solo, inseguro, confuso, exactamente igual que otros, aunque estos vivan a diez mil millas de distancia. La comprensión, el sentimiento de ello ‑el sentirlo en las propias entrañas- es algo por completo diferente de la mera aceptación verbal.

Cuando comprendemos que somos el resto de la humanidad, ello trae consigo una energía inmensa; uno se ha abierto paso por el angosto surco de la individualidad, el círculo estrecho del yo y el tú, el nosotros y el ellos. Estamos examinando juntos esta muy compleja conciencia del hombre, no del hombre europeo ni del hombre asiático ni del hombre del Medio Oriente, sino que examinamos juntos este extraordinario movimiento en el tiempo, movimiento que ha estado desarrollándose en la conciencia por millones de años.

Por favor, no acepten lo que se les está diciendo; si lo hacen, ello no tendrá ningún significado. Si no empiezan por dudar, cuestionar, por ser escépticos a fin de inquirir, si se aferran a sus propias creencias particulares, a la propia fe, a la experiencia o al conocimiento que han acumulado, entonces reducirán todo esto a alguna clase de pequeñez con muy escaso significado. Si así lo hacen, no estarán encarando el tremendo problema a que se enfrenta el hombre.

Tenemos que ver en qué consiste, de hecho, nuestra conciencia. El pensamiento y todas las cosas que el pensamiento ha acumulado, forman parte de nuestra conciencia ‑la cultura en que vivimos, los valores estéticos, las presiones económicas, la herencia nacional. Si uno es un cirujano o un carpintero, si se especializa en determinada profesión, esa conciencia de grupo forma parte de nuestra conciencia. Si uno vive en cierto país con su particular tradición y su cultura religiosa, esa particular conciencia de grupo se ha vuelto una parte de la propia conciencia. Estos son hechos. Si uno es un carpintero, tiene que poseer ciertas habilidades, conocer la naturaleza de la madera y conocer las herramientas del oficio; y así, poco a poco, entra a pertenecer a un grupo que ha cultivado estas habilidades especiales y que tiene su conciencia propia ‑lo mismo ocurre con el científico, el arqueólogo; al igual que los animales, tienen su propia conciencia particular de grupo. Si se trata de un ama de casa, ella tiene su propia conciencia particular de grupo, como todas las otras amas de casa. La permisividad se ha extendido por el mundo; comenzó en el lejano Oeste y se ha extendido por toda la tierra. Ese es un movimiento de conciencia de grupo. Vean la significación que eso tiene; investíguenlo por sí mismos, vean lo que ello implica.

Nuestra conciencia incluye, en sus capas más profundas, nuestros miedos. El hombre ha vivido con miedo generación tras generación. Ha vivido con el placer, con la envidia, con todos los tormentos de la soledad, la depresión y el desorden. Ha vivido con gran dolor, con lo que él llama amor y con el perpetuo miedo a la muerte. Todo esto es nuestra conciencia, que es común a toda la humanidad. Dense cuenta de lo que eso significa: significa que ya no somos individuos separados. Esto es muy difícil de aceptar, porque se nos ha programado ‑como a una computadora‑ para pensar que somos individuos. Se nos ha programado religiosamente para creer que uno tiene un alma separada de todos los demás. Al estar programado, nuestro cerebro trabaja dentro del mismo patrón siglo tras siglo.

Si uno comprende la naturaleza de nuestra conciencia, entonces el empeño particular del ‘yo’ que sufre, se ha vuelto algo global y, de ese modo, tiene lugar una actividad por completo diferente. Esa es la crisis en que nos encontramos. Hemos sido programados, estando programados, podemos aprender ‑ocasionalmente, podemos tener un destello de discernimiento- pero nuestro cerebro se repite a sí mismo una y otra vez. Vean simplemente la realidad de ello: uno es cristiano o budista o hindú; está contra el comunismo, es comunista, o es demócrata, y repite, repite, repite. Y en este estado de repetición suele haber, ocasionalmente, una ruptura.

Entonces, ¿de qué modo un ser humano ‑quien es realmente el resto de la humanidad- habrá de enfrentarse a esta crisis, a este momento crucial? ¿De qué modo cada uno de ustedes, como ser humano que ha evolucionado por milenios y milenios pensando como un individuo ‑lo que de hecho es una ilusión‑ se enfrenta a un momento crucial, ve lo que realmente ocurre y, en esa percepción misma, se mueve totalmente en otra dirección?

Comprendamos juntos que significa mirar ‑mirar la realidad del pensamiento. Todos ustedes piensan; por eso están aquí. Piensan, y el pensamiento se expresa en palabras, o mediante un gesto, una mirada, o por algún movimiento corporal. Como las palabras son comunes a cada uno de nosotros, entendemos a través de esas palabras el significado de lo que se dice. Sin embargo, el pensamiento es común a toda la humanidad ‑es una cosa de lo más extraordinaria si uno ha descubierto eso, porque entonces ve que el pensamiento no es el pensamiento de uno; es pensamiento. Tenemos que aprender a ver las cosas como son realmente ‑no como ustedes están programados para mirarlas. Vean la diferencia. ¿Podemos estar libres de la programación y mirar? Si miramos como cristianos, demócratas, comunistas, socialistas, católicos o protestantes ‑que son todos prejuicios- no podremos comprender entonces la enormidad del peligro, de la crisis que estamos afrontando.

Si ustedes pertenecen a un grupo determinado, o siguen a cierto gurú, o se hallan comprometidos con alguna forma de acción, entonces, debido a que están programados, serán incapaces de mirar las cosas como son realmente. Sólo si no pertenecen a ninguna organización, a ningún grupo, a ninguna religión ni nacionalidad en particular, pueden observar realmente. Si han acumulado una gran cantidad de conocimientos extraídos de los libros y de la experiencia, la mente de ustedes ya está llena, el cerebro se ha sobrecargado con las experiencias, con las tendencias particulares de cada uno, etcétera ‑todo lo cual va a impedirles mirar. ¿Podemos estar libres de todo eso para mirar lo que está sucediendo en el mundo? ‑el terror y las terribles divisiones sectarias de las religiones, un gurú opuesto a otro gurú idiota, y detrás de todo eso la vanidad, el poder, la posición, la opulencia de estos gurús, ¡es pasmoso! ¿Pueden mirarse a sí mismos ‑no como un ser humano separado, sino como un ser humano que es realmente todo el resto de la humanidad? Tener un sentimiento semejante implica que sentimos un amor tremendo por los seres humanos.

Cuando uno es capaz de ver claramente, sin distorsión alguna, entonces comienza a inquirir en la naturaleza de la conciencia, incluyendo las capas mucho más profundas. Ustedes tienen que investigar el movimiento total del pensar, porque el pensamiento es el responsable de todo el contenido de la conciencia, tanto de las capas profundas como de las superficiales. Si no tuvieran ustedes pensamiento, no habría temores, ni sentido del placer, ni tiempo; el pensamiento es el responsable. Es responsable por la belleza de una gran catedral, pero también es responsable por todos los desatinos que ocurren dentro de la catedral. Todos los logros de los grandes pintores, poetas, compositores, son la actividad del pensamiento: el compositor, al escuchar internamente el maravilloso sonido, lo registra sobre el papel; ése es el movimiento del pensar. El pensamiento es el responsable de todos los dioses del mundo, de todos los salvadores, de todos los gurús, de toda la obediencia y la devoción. Todo ello es el resultado del pensamiento que busca gratificación y escape de la soledad. El pensamiento es el factor común a todos los seres humanos. El aldeano más pobre de la India piensa igual que el jefe ejecutivo, igual que el líder religioso. Ese es un hecho común y cotidiano; es el suelo en que todos los seres humanos están parados. Ustedes no pueden escapar de eso.

El pensamiento ha hecho cosas maravillosas para ayudar al hombre, pero también ha producido gran destrucción y terror en el mundo. Tenemos que comprender la naturaleza y movimiento del pensar; por qué piensa uno de cierto modo; por qué se apega a ciertas experiencias; por qué el pensamiento no ha comprendido nunca la naturaleza de la muerte. Tenemos que examinar la estructura misma del pensamiento ‑no el pensamiento de ustedes, porque es bastante obvio qué es ese pensamiento, ya que están ustedes programados. Pero si investigamos seriamente lo que es el pensar, penetramos entonces en una dimensión por completo diferente ‑no la dimensión de nuestro propio pequeño problema particular. Tenemos que comprender el tremendo movimiento del pensar, la naturaleza del pensar ‑comprenderlo no como un filósofo, no como un hombre religioso, no como un miembro de una profesión particular o como una ama de casa ‑tenemos que comprender la inmensa vitalidad del pensar.

El pensamiento es el responsable de toda la crueldad, de las guerras, las máquinas de guerra y la brutalidad de la guerra; es el responsable del asesinato, del terror, del lanzamiento de bombas, de la toma de rehenes en nombre de una causa ‑o sin ninguna causa. El pensamiento es también el responsable de las catedrales y de la belleza de sus estructuras, de los poemas más exquisitos; también es el responsable de todo el desarrollo tecnológico, de la computadora con su extraordinaria capacidad para aprender y aventajar al pensamiento del hombre.

¿Qué es el pensar? Es una respuesta, una reacción de la memoria. Si no tuvieran ustedes memoria, no podrían pensar. La memoria está acumulada como pensamiento en el cerebro, y es el resultado de la experiencia. Así es como opera nuestro cerebro. Primero, la experiencia; esa experiencia puede haber existido desde los comienzos del hombre y nosotros la hemos heredado; es la que provee el conocimiento que se almacena en el cerebro; del conocimiento proviene la memoria, y de esa memoria surge el pensamiento. Y, basados en el pensamiento, actuamos. De esa acción aprendemos más y, de ese modo, repetimos el ciclo. Experiencia, conocimiento, memoria, pensamiento, acción; de esa acción aprendemos más, y el ciclo se repite. Así es como estamos programados. Siempre hacemos esto; habiendo recordado un dolor, en el futuro evitamos el dolor no haciendo la cosa que habrá de causarlo, y esto se convierte en conocimiento y se repite. Hay placer sexual, y ello se repite. Este es el movimiento del pensar. Vean la belleza de ello, vean cómo el pensamiento opera mecánicamente. El pensamiento se dice a sí mismo: “Soy libre para operar”. Sin embargo, el pensamiento nunca es libre, porque se basa en el conocimiento, y el conocimiento, obviamente, siempre es limitado. Y debe ser siempre limitado porque forma parte del tiempo. Yo aprenderé más, y para aprender más debo tener tiempo. No conozco el idioma ruso, pero lo aprenderé. Puede que me tome seis meses o un año o toda la vida. El conocimiento es el movimiento del tiempo. Tiempo, conocimiento, pensamiento y acción; y en este ciclo vivimos. El pensamiento es limitado y, por tanto, cualquier acción que el pensamiento genera, debe ser limitada, y una limitación semejante debe crear conflicto, debe ser divisiva.

Si yo digo que soy un hindú, o que soy indio, estoy limitado, y esa limitación produce no solamente corrupción sino conflicto, porque hay otro que dice: “Yo soy cristiano” o, “Yo soy budista”, de modo que entre nosotros hay conflicto. Desde que nacemos hasta que morimos, nuestra vida es una serie de luchas y conflictos de los cuales siempre estamos tratando de escapar, lo que a su vez causa más conflicto. Y en este perpetuo y constante conflicto, vivimos y morimos. Jamás buscamos la raíz de ese conflicto; esa raíz es el pensamiento, porque el pensamiento es limitado. Por favor, no pregunten: “¿Qué hago para detener el pensamiento?” ‑ese no es el punto. El punto es comprender la naturaleza del pensamiento, mirarlo.

12 de julio de 1981

2

DECÍAMOS que la conciencia humana es similar en todos los seres humanos. Sea que vivamos en Oriente o en Occidente, nuestra conciencia está compuesta de muchas capas de temores, ansiedades, placeres, dolores y de toda clase de creencias. Puede que, ocasionalmente, en esa conciencia haya también amor, compasión, y que de esa compasión surja una clase por completo diferente de inteligencia. Y siempre está el miedo al fin ‑a la muerte. Desde tiempos inmemoriales, en todo el mundo los seres humanos han tratado de descubrir si existe algo sagrado más allá del pensamiento, algo incorruptible e intemporal.

Están las diversas conciencias de grupo; el hombre de negocios con su conciencia, los científicos con la suya y el carpintero con su conciencia propia ‑ellos pertenecen al contenido de la conciencia y son el producto del pensamiento. El pensamiento ha creado cosas sorprendentes; desde la extraordinaria tecnología de las computadoras, a las telecomunicaciones, los robots, la cirugía y la medicina. El pensamiento ha inventado las religiones; todas las organizaciones religiosas del mundo son un producto del pensamiento.

El pensamiento ha inventado la computadora. Ustedes tienen que comprender la complejidad y el futuro de la computadora; ésta va a sobrepasar al hombre en su pensamiento; va a cambiar la estructura de la sociedad y de los gobiernos. Esta no es una conclusión fantástica de quien les habla, o algo imaginario, es una cosa que efectivamente está ocurriendo ahora, y de la cual tal vez no sean ustedes conscientes. La computadora tiene una inteligencia mecánica; puede aprender e inventar. La computadora va a hacer innecesario el trabajo del hombre ‑tal vez trabaje sólo dos horas por día. Todos estos cambios están muy próximos. Puede que a ustedes no les guste, que se rebelen contra ello, pero es algo que está por suceder.

El pensamiento ha inventado la computadora, pero el pensamiento humano es limitado, y la inteligencia mecánica de la computadora está superando a la inteligencia mecánica del hombre. Va a revolucionar totalmente nuestras vidas. Entonces, ¿qué será en esas condiciones un ser humano? Estos son hechos, no algunas conclusiones especializadas de quien les habla.

Cuando consideramos lo que es la capacidad de la computadora, no podemos dejar de preguntarnos: ¿Qué hará el ser humano? La computadora va a tomar a su cargo la mayor parte de las actividades del cerebro. ¿Qué le ocurre, entonces, al cerebro? Cuando la computadora o el robot asumen las ocupaciones de un ser humano, ¿qué sucede con lo humano? Nosotros, los seres humanos, hemos sido programados biológica, intelectual, emocional y psicológicamente a través de millones de años, y repetimos el patrón del programa una y otra y otra vez. Hemos cesado de aprender; y debemos investigar si el cerebro humano, programado por tantos siglos, es capaz de aprender y transformarse instantáneamente a sí mismo pasando entonces a una dimensión por completo diferente. Si no somos capaces de hacer eso, la computadora, que es mucho más capaz, rápida y exacta, va a asumir la dirección de las actividades del cerebro. Esto no es algo casual, es un asunto muy, muy serio, desesperadamente serio. La computadora puede inventar una nueva religión. Puede ser programada por un experto y erudito hindú, por un católico, por un protestante o un musulmán, ¡y ella fabricará una maravillosa estructura para una nueva religión! Y nosotros, si no nos damos cuenta cabalmente de lo que está ocurriendo, seguiremos esa nueva estructura fabricada por la computadora. Vean la seriedad de todo esto, por favor.

Nuestra conciencia se halla programada por miles y miles de años para que pensemos en nosotros mismos como individuos, como entidades separadas que luchan, en permanente conflicto, desde que nacen hasta que mueren. Estamos programados para eso, lo hemos aceptado. Jamás lo hemos puesto en tela de juicio; no nos hemos preguntado nunca si es posible vivir una vida absolutamente desprovista de conflictos. Si nunca nos lo preguntamos, nunca aprenderemos al respecto. No hacemos sino repetir. Forma parte innata de nuestra existencia el hallarnos en conflicto ‑“la naturaleza está en conflicto”, ése es nuestro argumento‑ y consideramos que únicamente a través del conflicto hay progreso. Las organizaciones religiosas han sostenido, a lo largo de la historia, la idea de la salvación individual. Nosotros estamos cuestionando muy seriamente si existe una conciencia individual, si cada uno de nosotros, como ser humano, tiene una conciencia separada del resto de la humanidad. Y ustedes tienen que responder a esto, no meramente jugar con ello.

Como se nos ha educado, programado, condicionado para ser individuos, nuestra conciencia es, entonces, toda esta actividad del pensamiento. El miedo y la persecución del placer son el movimiento del pensar. El sufrimiento, la ansiedad, la incertidumbre y los remordimientos profundos, las heridas psicológicas, la carga de siglos de dolor, todo eso forma parte del pensamiento. El pensamiento es el responsable de lo que llamamos amor, que se ha vuelto placer sensual, una cosa del deseo.

Como dijimos ‑y lo repetiremos una y otra vez hasta que estemos seguros de ello‑ estamos pensando juntos, quien les habla no les dice qué es lo que deben pensar. No está haciendo propaganda ‑¡es una cosa horrible la propaganda! No les está diciendo cómo deben actuar o qué deben creer, sino que juntos estamos investigando la catástrofe que está ocurriendo en el mundo exterior, con su absoluta crueldad y violencia; y también el extraordinario conflicto que se desarrolla internamente en cada ser humano. Juntos estamos examinando todo esto. No se trata ‑si se me permite señalarlo- de que ustedes escuchen meramente algunas ideas o conclusiones; no estamos hablando de ideas, conclusiones o creencias. Estamos considerando este mundo que los seres humanos han producido y del cual todos nosotros somos responsables. Tenemos que ser muy claros en nuestra comprensión -a cualquier nivel que esa comprensión se encuentre, ya sea una comprensión intelectual (que es meramente verbal), o la comprensión de significado profundo, que es acción en sí misma‑ de que hemos llegado a un punto en el que debemos tomar una decisión; no mediante el ejercicio de la voluntad, sino la decisión que advendrá naturalmente cuando empecemos a comprender la total estructura y naturaleza del mundo, tanto externa como internamente. Esa percepción originará una decisión, una acción.

El pensamiento ha creado los problemas que nos rodean, y nuestros cerebros están adiestrados, educados, condicionados para la solución de problemas. El pensamiento ha creado la división y el conflicto entre las distintas estructuras económicas; el pensamiento ha creado las diferentes religiones y las divisiones entre ellas y, por lo tanto, hay conflicto. El cerebro se ha adiestrado para tratar de resolver estos conflictos creados por el pensamiento. Es esencial que comprendamos profundamente la naturaleza de nuestro pensar y la naturaleza de las reacciones que surgen de nuestro pensar. Cualquier cosa que hagamos, el pensamiento domina nuestras vidas; sea cual fuere la cosa que ocurra, detrás de esa acción está el pensamiento. En toda actividad, sea sensual o intelectual o biológica, el pensamiento está operando todo el tiempo. Biológicamente, el cerebro ha sido programado, condicionado durante siglos; el cuerpo actúa a su propio modo ‑la acción de respirar, el latido del corazón, etcétera. Y, de igual manera, si uno es católico, hindú o budista, repite ese condicionamiento una y otra y otra vez.

El pensamiento es un movimiento en el tiempo y el espacio; es memoria, recuerdo de cosas pasadas. Es la actividad del conocimiento, del conocimiento reunido durante millones de años y almacenado como memoria en el cerebro. Si observamos la actividad de nuestro pensar, veremos que la experiencia y el conocimiento son las bases de nuestra vida. El conocimiento jamás es completo, siempre debe marchar junto a la ignorancia. Pensamos que el conocimiento va a resolver todos nuestros problemas ‑sea el conocimiento del sacerdote, del gurú, del científico, del filósofo o el conocimiento del psiquiatra de moda. Pero nunca nos hemos preguntado si el conocimiento en sí mismo puede resolver alguno de nuestros problemas ‑excepto, quizá, los problemas tecnológicos.

El conocimiento llega a través del tiempo. Para aprender un idioma necesitamos tiempo. Aprender un arte o aprender a manejar un automóvil toma tiempo. El mismo movimiento del tiempo se traslada al campo psicológico, y ahí también decimos: “Debo tener tiempo para aprender acerca de mí mismo”, “Debo tener tiempo para transformarme de lo que soy a ‘lo que debería ser’”. Traer la actividad del mundo exterior introduciéndola en el mundo psicológico, implica que el tiempo es un gran factor en nuestra vida ‑mañana, el pasado y el presente. El tiempo es pensamiento. Se requiere tiempo para la adquisición de conocimientos a través de la experiencia, tanto externamente en el mundo, como internamente. Ese es el modo en que se nos ha programado.

Estando programados así, consideramos que el tiempo es necesario para producir una profunda y fundamental transformación en la estructura humana. Empleamos el tiempo como pensamiento: “Soy esto, seré aquello”. También en el mundo tecnológico, ustedes dirían: “No sé cómo construir una computadora, pero aprenderé”. Tiempo, conocimiento, memoria, pensamiento son una sola unidad; no son actividades separadas sino un movimiento único. El pensamiento, que es el resultado del conocimiento que hemos acumulado, debe ser perpetuamente incompleto y, por ende, limitado, porque el conocimiento es incompleto. Y todo lo que sea limitado debe originar conflicto. La nacionalidad es limitada; la creencia religiosa es limitada; una experiencia que han tenido o que anhelan tener, es limitada. Toda experiencia tiene que ser, por fuerza, limitada.

Interlocutor: ¿Por qué?

KRISHNAMURTI: Porque hay más experiencias. Puedo tener una experiencia sexual, o la experiencia de poseer riquezas, o la de renunciar a todo y entrar en un monasterio ‑esas experiencias son todas limitadas.

El pensamiento, por ser limitado, crea problemas ‑divisiones nacionales, económicas y religiosas. Entonces el pensamiento dice: “Debo resolverlos”. De modo que el pensamiento está funcionando siempre en la solución de problemas. Y la computadora, un mecanismo que hemos programado, puede aventajarnos a todos nosotros porque no tiene problemas; la computadora deduce, aprende, acciona.

Nuestra conciencia ha sido programada como una conciencia individual. Y nos estamos preguntando si esa conciencia, que hemos aceptado como individual es, en modo alguno, realmente individual. No digan: “¿Qué ocurrirá si yo no soy un individuo?” Puede ocurrir algo por completo diferente. Uno puede estar adiestrado individualmente en un oficio particular, en una particular profesión; puede ser un cirujano, un médico, un ingeniero, pero eso no lo convierte a uno en un individuo. Podemos tener diferentes nombres, formas diferentes, pero eso no hace la individualidad. Ni la hace el aceptar lo que a través del tiempo el cerebro ha afirmado: “Yo soy un individuo, mi deseo es realizarme, llegar a ser alguien mediante el esfuerzo y la lucha”. Esa llamada conciencia individual, o sea, la conciencia de cada uno de ustedes, es la conciencia de toda la humanidad.

Si nuestra conciencia, que hemos aceptado como separada, no está separada, entonces, ¿cuál es la naturaleza de nuestra conciencia? Una parte la constituyen las respuestas sensorias. Esas respuestas sensorias están naturalmente, necesariamente programadas para defendernos ‑mediante el hambre buscamos alimento, respiramos sin que intervenga la conciencia. En lo biológico, estamos programados. Después, está el contenido de nuestra conciencia que incluye las múltiples ofensas y heridas psicológicas que hemos recibido desde la infancia, las diversas formas que adopta el sentimiento de culpa; también incluye las diferentes ideas, las certidumbres imaginarias, las distintas experiencias, tanto las sensorias como las psicológicas; y siempre está la base, la raíz del miedo en sus múltiples formas. Y naturalmente, acompañando al miedo está el odio. Cuando hay miedo, tiene que haber violencia, agresión, el tremendo impulso hacia el éxito, tanto en el mundo físico como en el psicológico. En el contenido de la conciencia está la constante persecución del placer; el placer de la dominación, de la posesión, el placer del dinero que da poder, el placer de un filósofo con su inmenso conocimiento, el del gurú con su circo. El placer, a su vez, tiene formas innumerables. También están el sufrimiento, la ansiedad, el hondo sentimiento de permanente soledad, y está el dolor, no sólo el llamado dolor personal, sino también el enorme dolor producido por las guerras, por la negligencia, por esas incesantes conquistas que un grupo de personas realiza a costas de otro. En esa conciencia está el contenido racial y el del grupo que le corresponde; y finalmente, está la muerte.

Esta es nuestra conciencia ‑creencias, certidumbres e incertidumbres, ansiedad, soledad y desdicha interminable. Estos son los hechos. Y nosotros decimos: “ ¡ Esta conciencia es mía!” ¿Es así? Vayan al lejano Oriente, o al cercano Oriente, vayan a América, a Europa, a cualquier lugar en que estén los seres humanos; sufren, están ansiosos, se sienten solos, deprimidos, melancólicos, luchan y se hallan en conflicto ‑son exactamente iguales a cualquiera de ustedes. Por lo tanto, ¿es la conciencia de uno diferente de la de otro? Sé que para la gente es muy difícil aceptar esto ‑puede que lógicamente lo acepten, que intelectualmente digan: “Sí, es así, puede ser”. Pero para percibir este sentimiento humano total de que uno es el resto de la humanidad, se requiere una dosis de sensibilidad muy grande. Este no es un problema que deba ser resuelto; no es que ustedes deban aceptar que no son individuos, que deban esforzarse para sentir esta entidad humana global, porque entonces habrán convertido esto en un problema, ¡problema que el cerebro está demasiado dispuesto a tratar de resolver por sí solo! Pero si de verdad consideran esto con la mente, con el corazón, con el ser íntegro totalmente atento a este hecho, entonces han roto el programa, lo han eliminado. Se ha eliminado naturalmente. Pero si dicen, “lo eliminaré”, entonces están de vuelta otra vez dentro del mismo patrón.

Para quien les habla, ésta es una realidad absoluta, no algo que acepta verbalmente porque es agradable; se trata de un hecho. Puede que ustedes lo hayan examinado lógicamente, razonablemente, cuerdamente, y encuentren que es así; pero el cerebro, que se halla programado para el sentimiento de la individualidad, va a rebelarse contra ello (que es lo que ahora está haciendo). El cerebro es reacio a aprender. Mientras que la computadora aprenderá porque no tiene nada que perder. Pero aquí están ustedes, temerosos de perder alguna cosa.

¿Puede el cerebro aprender? Ese es todo el punto; así que ahora vamos a investigar esta cuestión de lo que es el aprender. Para la mayoría de nosotros, el aprender es un proceso de adquirir conocimientos: yo no conozco el idioma ruso, pero lo aprenderé. Aprenderé día tras día, memorizando, reteniendo ciertas palabras, ciertas frases y sus significados, la sintaxis y la gramática. Si me dedico a ello, puedo aprender casi cualquier idioma ‑dentro de cierto tiempo. Para nosotros, el aprender es esencialmente la acumulación de conocimientos o de experiencia. Nuestros cerebros están condicionados para ese patrón: acumular conocimientos, y actuar a partir de los mismos. Cuando aprendo un idioma, el conocimiento es necesario. Pero si estoy aprendiendo psicológicamente acerca del contenido de mi mente, de mi conciencia, ese aprender, ¿implica examinar cada capa de la conciencia y acumular conocimientos al respecto, y entonces actuar a base de esos conocimientos ‑siguiendo el mismo patrón que cuando aprendemos un idioma? Si el cerebro repite ese patrón cuando estoy aprendiendo acerca del contenido de mi conciencia, ello significa que necesito tiempo para acumular conocimientos sobre mí mismo, sobre mi conciencia. Entonces determino cuáles son los problemas y el cerebro está dispuesto a resolverlos. Está repitiendo este patrón inacabable, y a eso lo llamamos aprender. ¿Hay un aprender que no sea éste? ¿Existe una acción diferente de aprender que no sea la acumulación de conocimientos? ¿Comprenden la diferencia?

Lo pondré de otro modo: de la experiencia adquirimos conocimiento, del conocimiento, memoria; la respuesta de la memoria es el pensamiento; luego, del pensamiento emerge la acción, y de la acción aprenden ustedes más, y así el ciclo se repite. Ese es el patrón de nuestra vida. Tal forma de aprender jamás resolverá nuestros problemas, porque es una repetición. Adquirimos más conocimientos que puedan conducir a una acción mejor; pero esa acción es limitada, y esto es lo que seguimos repitiendo. La actividad que proviene de ese conocimiento no resolverá en absoluto nuestros problemas humanos. ¡Es tan obvio que no los hemos resuelto! Después de millones de años no hemos resuelto nuestros problemas: nos cortamos el cuello unos a otros, estamos compitiendo, nos odiamos mutuamente, queremos obtener éxito..., todo el patrón se repite desde los comienzos del hombre, y todavía seguimos en lo mismo. Hagan lo que hagan conforme a este patrón, no resolverán ningún problema humano, ya se trate de un problema político, religioso o económico, porque es el pensamiento el que está operando.

Ahora bien; ¿existe otra forma de aprender? ¿Aprender no en el contexto del conocimiento, sino una forma diferente, una percepción‑acción no acumulativa? Para descubrirlo, debemos investigar si es posible observar el contenido de nuestra conciencia y observar el mundo sin un solo prejuicio. ¿Es eso posible? No digan que no es posible, simplemente formúlense la pregunta. Vean si, cuando tienen un prejuicio, pueden observar claramente. No pueden, es obvio. Si tienen alguna conclusión, un cierto conjunto de creencias, conceptos e ideales, y quieren ver claramente qué es el mundo, todas esas conclusiones, ideales, prejuicios, etcétera, de hecho lo impedirán. La cuestión no es cómo liberarse de los prejuicios; consiste en ver claramente, inteligentemente, que cualquier forma de prejuicio ‑por noble o innoble que sea‑ impedirá realmente la percepción. Cuando vemos eso, los prejuicios desaparecen. Lo que importa no es el prejuicio, sino la exigencia de ver claramente.

Si yo quiero ser un buen cirujano, no puedo serlo con ideales o prejuicios acerca de los cirujanos; debo practicar de hecho la cirugía. ¿Pueden ustedes ver que es posible una nueva forma de acción, una nueva forma de conocimiento no acumulativo que provocará la ruptura del patrón, la eliminación del programa, lo cual hará que actúen de un modo por completo diferente?

La manera en que hemos vivido por millones de años, ha consistido en la repetición del mismo proceso de adquirir conocimiento, y luego actuar a base de dicho conocimiento. Tanto ese conocimiento como la acción son limitados. Esa limitación crea problemas, y el cerebro se ha acostumbrado a resolver los problemas que el conocimiento ha creado repetidamente. El cerebro está preso en ese patrón, y aquí nosotros sostenemos que ese patrón nunca, en ninguna circunstancia, habrá de resolver nuestros problemas humanos. Es obvio que no los hemos resuelto hasta ahora. Tiene que haber un movimiento diferente, por completo diferente, un movimiento no acumulativo de percepción-acción. Tener una percepción no acumulativa es no tener ningún prejuicio; es no tener en absoluto ninguna clase de ideales, conceptos o creencias ‑porque todas esas cosas destruyen al hombre, no han resuelto sus problemas.

Bien, ¿tienen ustedes un prejuicio? ¿Un prejuicio que tenga algo en común con un ideal? ¡Por supuesto! Los ideales son para lograrse en el futuro, y el conocimiento se vuelve tremendamente importante en la realización de los ideales. Entonces, ¿pueden observar sin la acumulación, sin la destructiva naturaleza del prejuicio, de los ideales, de la fe, de las creencias y de sus propias experiencias y conclusiones? Existen la conciencia del grupo, la conciencia nacional, la conciencia lingüística, la conciencia profesional, la conciencia racial, y están el miedo, la ansiedad, la soledad, el dolor, la persecución del placer, el amor y, finalmente, la muerte. Si ustedes permanecen actuando en ese círculo, sostienen la conciencia humana del mundo. Vean simplemente la verdad de esto. Cada uno de ustedes es una parte de esa conciencia, y la alimenta diciendo: “Yo soy un individuo. Mis prejuicios son importantes. Mis ideales son esenciales”. ‑repitiendo perpetuamente la misma cosa. Por lo tanto, dicha conciencia se mantiene, se sustenta, se nutre cuando siguen repitiendo ese patrón. Pero cuando rompen con ese patrón, están introduciendo un factor completamente nuevo en la totalidad de esa conciencia.

Ahora bien; si comprendemos la naturaleza de nuestra propia conciencia, si vemos cómo está operando en este inacabable ciclo de conocimiento, acción y división ‑una conciencia que hemos alimentado por milenios- si vemos la verdad de que todo esto es una forma de prejuicio y rompemos con ello, introducimos un factor nuevo dentro de lo viejo. Ello significa que uno, como un ser humano que pertenece a la conciencia del resto de la humanidad, puede funcionar fuera del viejo patrón de obediencia y aceptación. Este es el verdadero momento crucial en nuestra vida. El hombre no puede continuar repitiendo el viejo patrón, éste ha perdido su significación ‑en el mundo psicológico ha perdido totalmente su significación. Si uno se realiza a sí mismo, ¿a quién le interesa? Si uno llega a ser un santo, ¿qué importancia tiene? Mientras que si uno actúa fuera de todo eso, afecta la conciencia total de la humanidad.

14 de julio de 1981

3

ME gustaría reiterar que no estamos tratando de convencerlos de nada ‑eso debe entenderse claramente-. No tratamos de persuadirlos a que acepten un particular punto de vista. No tratamos de impresionarlos acerca de nada; no estamos haciendo ninguna clase de propaganda. No hablamos de personalidades, ni de quién está en lo cierto o de quién se equivoca; lo que tratamos, más bien, es de reflexionar, de observar juntos qué es el mundo y qué somos nosotros, qué hemos hecho del mundo y qué hemos hecho de nosotros mismos. Estamos tratando de examinar juntos al hombre, tanto al hombre interno como al externo.

A fin de observar claramente, uno debe estar libre para mirar ‑es obvio. Si nos aferramos a nuestras experiencias particulares, a nuestros juicios y prejuicios, entonces no es posible pensar con claridad. La crisis mundial que está bien frente a nosotros, nos exige, nos insta a que pensemos juntos, no conforme a alguna persona en particular, a un filósofo o a un gurú determinado. Estamos tratando de observar juntos. Es importante que tengamos presente todo el tiempo que quien les habla señala meramente algo que estamos examinando juntos. No se trata de algo unilateral, sino que más bien estamos cooperando en el examen, en hacer juntos un viaje y, de ese modo, actuar simultáneamente.

Es muy importante comprender que nuestra conciencia no es nuestra conciencia individual. Nuestra conciencia no es solamente la del grupo especializado ‑nacionalidad y todo eso- sino que también es todo el tormento humano, el conflicto, la desdicha, la confusión y el dolor. Estamos examinando juntos esa conciencia humana que es nuestra conciencia, no la de ustedes o la mía, sino nuestra conciencia.

Uno de los factores que se requieren en este examen es la capacidad de la inteligencia. La inteligencia es la aptitud para discernir, para comprender, para distinguir; también es la aptitud para observar, para reunir todo lo que hemos recogido y actuar basados en ello. Ese reunir, ese discernimiento, esa observación pueden estar viciados de prejuicio; y la inteligencia es negada cuando hay prejuicio. Si seguimos a otro, negamos la inteligencia; el seguir a otro, por noble que sea, niega nuestra propia percepción, nuestra propia observación ‑estamos meramente siguiendo a alguien que nos dice lo que debemos hacer, lo que debemos pensar. Si hacemos eso, entonces la inteligencia no existe; porque en eso no hay observación y, por tanto, no hay inteligencia. La inteligencia exige dudar, cuestionar, no ser impresionados por otros, por el entusiasmo, por la energía de otros. La inteligencia requiere que haya una observación impersonal. La inteligencia no es sólo la capacidad de comprender lo que se explica de modo racional, verbal, sino que implica también que reunamos la mayor información posible sabiendo, no obstante, que esa información jamás puede ser completa acerca de nada ni de nadie.

Cuando hay inteligencia, hay duda, hay observación y existe la claridad de un pensar racional e impersonal. La comprensión de la totalidad del hombre, de todas sus complejidades, de todas sus respuestas físicas, de sus reacciones emocionales, de sus capacidades intelectuales, de su afecto y sus afanes; la percepción de todo eso en una sola mirada, en un solo acto, es suprema inteligencia. Hasta ahora, la inteligencia no ha podido trascender el conflicto. Vivimos con el conflicto desde que nacemos, y continuamos así hasta que morimos. Está la constante lucha por ser, por llegar a ser algo en lo espiritual ‑así lo llamamos- o en lo psicológico; la lucha para alcanzar el éxito en el mundo, para realizarnos ‑todo eso es el movimiento del devenir; ahora soy esto, pero alcanzaré mi máximo destino, el principio supremo, sea que ese principio se llame Dios, Brahman o tenga cualquier otro nombre. La lucha constante por ser o por devenir, es la misma cosa. Pero cuando uno está tratando de devenir, de realizarse en distintas direcciones, está negando el ser. Cuando uno trata de ser, también está realizándose, deviniendo. Vean este movimiento de la mente, del pensamiento: Yo pienso en lo que soy y, estando insatisfecho, descontento con lo que soy, trato de realizarme en algo, me dirijo hacia una meta particular; ello puede ser doloroso, pero pienso que el final será grato. Existe esta lucha constante por ser y por realizarse.

Todos estamos tratando de alcanzar algo; físicamente, deseamos una casa mejor, una mejor posición con mayor poder, un status más alto. Biológicamente, si no nos sentimos bien, queremos llegar a sentirnos bien. Psicológicamente, todo el proceso interior del pensamiento, de la conciencia, todo el impulso que nos mueve internamente, consiste en reconocer que uno realmente no es nada y en escapar de ello tratando de ‘llegar a ser’ algo.

Psicológicamente, internamente, siempre está el escapar de ‘lo que es’, siempre huimos de lo que somos, de lo que no nos satisface, y nos movemos hacia lo que habrá de satisfacernos. Sea que tal satisfacción la concibamos como un contentamiento profundo, como la felicidad o la iluminación (que es una proyección del pensamiento), o como la adquisición de mayores conocimientos, ello siempre sigue siendo el proceso del devenir ‑yo soy, yo seré.

Ese proceso involucra al tiempo. El cerebro está programado para esto. Toda nuestra cultura, nuestras sanciones religiosas, todo dice: ‘Devenir’. Es un fenómeno que puede verse en todo el mundo. No sólo en este mundo occidental sino en Oriente, cada cual está tratando de devenir, o de ser, o de huir de algo. Entonces, ¿es ésta la causa del conflicto interno y externo? Internamente, existe esta imitación, esta competencia, este conformarse a un ideal; externamente, tenemos esta rivalidad entre los llamados individuos de un grupo contra los de otro grupo, de una nación contra otra. Interna y externamente siempre existe este impulso de devenir y de ser.

Nos estamos preguntando: ¿Es ésta la causa básica de nuestro conflicto? ¿Está el hombre condenado ‑mientras viva sobre esta tierra maravillosa- al conflicto perpetuo? Uno puede racionalizar este conflicto, puede decir que la naturaleza está en conflicto, que el árbol que se esfuerza por alcanzar el sol está en conflicto, y que ese conflicto forma parte de nuestra naturaleza porque, mediante el conflicto, mediante la competencia hemos evolucionado, hemos crecido hasta convertirnos en este maravilloso ser humano que somos ‑esto no se está diciendo sarcásticamente. Nuestro cerebro está programado para el conflicto. Tenemos un problema que Jamás hemos sido capaces de resolver. Ustedes pueden escapar neuróticamente hacia alguna fantasía y en esa fantasía estar totalmente contentos, o pueden imaginar que interiormente han realizado algo y estar totalmente satisfechos con eso; una mente dotada de inteligencia debe cuestionar todo esto, debe ejercitar la duda, el escepticismo. ¿Por qué los seres humanos, por millones de años, desde el comienzo del hombre hasta nuestros días, han vivido en conflicto? Lo hemos aceptado, lo hemos tolerado, hemos dicho que el competir, el ser agresivos, el imitar, el amoldarnos forma parte de nuestra naturaleza; hemos dicho que ello integra el patrón eterno de la vida.

¿Por qué el hombre, que es tan altamente refinado en una dirección, carece por completo de inteligencia en otras direcciones? ¿Se termina el conflicto por medio de los conocimientos ‑conocimientos acerca de uno mismo, o acerca del mundo, conocimiento sobre la materia, más estudios sobre la sociedad para tener mejores organizaciones e instituciones, adquiriendo así más y más conocimientos? ¿Resolverá eso nuestro conflicto humano? ¿O es que la libertad con respecto al conflicto nada tiene que ver con el conocimiento?

Tenemos una gran cantidad de conocimientos acerca del mundo, de la materia y del universo; también tenemos muchísimos conocimientos históricos acerca de nosotros mismos. Esos conocimientos, ¿liberan al ser humano del conflicto? ¿O el liberarse del conflicto nada tiene que ver con el análisis, con el descubrimiento de las múltiples causas y factores de conflicto? El descubrimiento analítico de la causa o de las muchas causas, ¿libera al cerebro del conflicto ‑el conflicto que tenemos mientras estamos despiertos durante el día y el conflicto que continúa mientras estamos dormidos? Podemos examinar e interpretar los sueños, podemos investigar toda la cuestión de por qué los seres humanos tienen siquiera que soñar. ¿Resolverá eso el conflicto? La mente analítica que analiza muy claramente, racionalmente, cuerdamente la causa del conflicto, ¿termina con el conflicto?

En el análisis, el analizador trata de analizar el conflicto, y al hacerlo se separa a sí mismo del conflicto; ¿eso lo resolverá? ¿O es que la libertad no tiene absolutamente nada que ver con ninguno de estos procesos? Si ustedes siguen a alguien que dice: “Yo te enseñaré el camino”, ¿eso les ayudará? Este ha sido el papel del sacerdote, el papel del gurú, el del que llaman hombre iluminado ‑“Sígueme, yo te enseñaré”; o, “Yo te indicaré cuál es tu meta”. La historia nos muestra esto por milenios y milenios y, sin embargo, el hombre no ha podido resolver su conflicto, tan profundamente arraigado.

Descubramos juntos ‑no para aceptarlo, no como un concepto verbal o intelectual‑ si existe una percepción, una acción que terminará con el conflicto, no poco a poco sino inmediatamente. ¿Cuáles son las implicaciones de eso? El cerebro, habiendo sido programado para el conflicto, está preso en ese patrón. Nosotros nos estamos preguntando si ese patrón puede ser roto de inmediato, no paulatinamente. Quizá piensen ustedes que pueden romperlo por medio de drogas, del alcohol, del sexo, a través de distintas formas de disciplina, o mediante la entrega personal a algo ‑el hombre ha probado mil maneras diferentes para escapar de este terror del conflicto. Y ahora nosotros preguntamos: ¿Es posible, para un cerebro condicionado, romper con ese condicionamiento inmediatamente? Esta podría ser una pregunta teórica, carente de realidad. Ustedes pueden decir que es imposible estar libre de este conflicto, que eso es nada más que una teoría, que es solamente un anhelo, un deseo. Pero si examinan la cuestión racionalmente, con lógica, con inteligencia, ven que el tiempo no resolverá este condicionamiento.

Lo primero que hay que comprender, es que no existe un mañana psicológico. Si uno mira y ve realmente, no de manera verbal, si ve profundamente en su propio corazón, en su mente, si ahonda en las profundidades más recónditas de su ser, se dará cuenta de que el tiempo no resolverá este problema. Y eso significa que uno ya ha roto el patrón, que ha comenzado a ver resquebrajaduras en el patrón que hemos aceptado ‑el patrón del tiempo como un medio para desenmarañar y poner fin a este cerebro programado. Una vez que vemos por nosotros mismos, que vemos clara, absoluta e irrevocablemente que el tiempo no es un factor liberador, entonces ya comenzamos a divisar grietas en los muros que tapian el cerebro. Los filósofos y los científicos han dicho que el tiempo es un factor de crecimiento ‑biológica, lingüística y tecnológicamente- pero jamás han investigado la naturaleza del tiempo psicológico ‑yo soy esto, pero seré aquello; soy infeliz, no me siento realizado, estoy desesperadamente solo, pero mañana será diferente. Si percibimos que el tiempo es el factor de conflicto, esa percepción misma es, entonces, acción; la decisión ha tenido lugar ‑uno no tiene que decidir-, la propia percepción es la acción y la decisión.

Existen múltiples formas de conflicto; hay miles de opiniones, por lo tanto, hay miles de formas de conflicto. Pero nosotros no estamos hablando de las múltiples formas del conflicto, sino del conflicto mismo. No hablamos de algún conflicto particular ‑no me llevo bien con mi esposa, o me va mal en los negocios, o esto o lo de más allá- sino del conflicto que soporta el cerebro humano durante su existencia. ¿Existe una percepción ‑no nacida de la memoria, del conocimiento‑ una percepción que vea la total naturaleza y estructura del conflicto, una percepción de esa totalidad? ¿Existe en absoluto una percepción semejante ‑no la percepción analítica, no la observación intelectual de los distintos tipos de conflicto, no la respuesta emocional al conflicto? ¿Existe una percepción que no pertenezca al recuerdo, que es tiempo, pensamiento? ¿Hay una percepción que no sea del tiempo o del pensamiento, una percepción que pueda ver la naturaleza total del conflicto y, por esa percepción misma, producir el fin del conflicto? El pensamiento es tiempo. El pensamiento es experiencia, conocimiento acumulado en el cerebro como memoria. Es el resultado del tiempo ‑“Hace una semana no sabía, pero ahora sé”. La multiplicación del conocimiento, la expansión del conocimiento, la profundidad del conocimiento pertenecen al tiempo. De modo que el pensamiento es tiempo ‑cualquier movimiento psicológico es tiempo. Si yo quiero ir de aquí a Montreux, si quiero aprender un idioma, si quiero encontrarme con alguien en algún lugar distante, eso requiere tiempo. Y ese mismo proceso externo lo continuamos internamente ‑“Yo no soy, yo seré”. En consecuencia, el pensamiento es tiempo. Pensamiento y tiempo son indivisibles.

Y nosotros nos estamos preguntando: ¿Existe una percepción que no sea del tiempo y del pensamiento ‑una percepción que esté enteramente fuera del patrón al que el cerebro se ha acostumbrado? ¿Existe una cosa semejante que tal vez resolvería por sí sola el problema? No hemos resuelto el problema en un millón de años de conflicto; y continuamos en el mismo patrón. Debemos descubrir, inteligentemente, con cuidado, con vacilación, si existe un modo, si hay una percepción que abarque la totalidad del conflicto, una percepción que rompa el patrón del cerebro.

Quien les habla ha planteado esta pregunta. Entonces, ¿cómo afrontamos esto juntos? Él puede estar equivocado, lo que dice puede ser irracional, pero después de que lo han escuchado atentamente, es también responsabilidad de ustedes ver si es así, si ello es posible. No digan: “Bueno, eso no es posible porque yo no lo he hecho; no está dentro de mi esfera de acción; no he pensado bastante al respecto”. O, “No quiero pensar en todo eso porque estoy satisfecho con mi conflicto y porque tengo la certeza absoluta de que un día la humanidad estará libre de conflictos”. Todo eso es meramente un escapar del problema. De modo que, juntos, nos damos cuenta de todas las complejidades del conflicto y no lo negamos. Está ahí, está ahí con tanta realidad como el dolor en el cuerpo. ¿Percibimos inteligentemente, sin preferencia alguna, que es así? Y, al propio tiempo, ¿nos preguntamos si hay una manera por completo diferente de abordar esto?

Ahora bien; ¿podemos observar algo ‑no importa qué cosa sea- sin nombrarlo, sin el recuerdo? Miren a un amigo, a la propia esposa o a quienquiera que sea, observen a esa persona sin las palabras ‘mi esposa’, o ‘mi amigo’ o ‘pertenecemos al mismo grupo’ ‑sin nada de eso‑ observen de modo tal que no estén observando a través del recuerdo. ¿Lo han intentado directamente alguna vez? Miren a la persona sin nombrarla, mírenla sin el tiempo, sin la memoria, y también mírense a sí mismos ‑miren la imagen que han construido de sí mismos, miren la imagen que han construido del otro, miren como si estuvieran mirando por primera vez, como podrían mirar una rosa por primera vez.

Aprendan a mirar; aprendan a observar esta cualidad que aparece sin toda la operación del pensamiento. No digan que no es posible. Si acuden a un profesor no conociendo su materia pero deseando aprender de él (yo no soy el profesor de ustedes), van para escuchar. No dicen: “Conozco algo al respecto” o, “usted está equivocado” o, “usted está en lo cierto” o, “no me gusta su actitud”. Escuchan, averiguan. Cuando ustedes comienzan a escuchar sensiblemente, con atención, empiezan a descubrir si el profesor es un farsante que usa un montón de palabras, o es un profesor que realmente ha penetrado a fondo en su asignatura. Ahora bien, ¿podemos escuchar y observar juntos, sin la palabra, sin la memoria, sin todo el movimiento del pensar? Lo cual significa atención completa; atención no desde un centro, sino atención en la que no hay un centro. Si tienen ustedes un centro desde el cual están atendiendo, ésa es meramente una forma de concentración. Pero si están atendiendo y no hay un centro, ello significa que prestan atención completa; en esa atención no existe el tiempo.

Muchos de ustedes, afortunada o desgraciadamente, han escuchado por muchos años a quien les habla, y uno ve que esta ruptura del programa del cerebro no se ha producido. Escuchan repetidamente, año tras año, esa afirmación y ello no ha sucedido. ¿Es porque desean conseguirlo, llegar a ello, poseer un estado en el cual se ha roto el patrón del cerebro? Ustedes han escuchado, y ello no ha sucedido; y tienen la esperanza de que suceda ‑lo cual es otra forma de esforzarse por llegar a ser. Por lo tanto, siguen en conflicto. Entonces deciden dejar de lado todo eso y dicen que no vendrán aquí nunca más porque no han obtenido lo que deseaban‑ “yo anhelo eso, pero no lo he conseguido”. Ese anhelo es el deseo de ser algo o alguien, y es causa de conflicto. Ese deseo proviene del cerebro programado. Quien les habla dice: Para romper ese patrón, ese programa, observen sin el movimiento del pensar. Eso suena muy simple, pero vean la lógica, la razón, la cordura de ello, no porque uno lo diga, sino porque es razonable, cuerdo. Obviamente, uno debe ejercitar la capacidad lógica, racional y, no obstante, debe conocer su limitación; porque el pensar racional, lógico, sigue formando parte del pensamiento. Sabiendo que el pensamiento es limitado, estén atentos a esa limitación y no la lleven más lejos, porque por lejos que vayan ello seguirá siendo limitado, mientras que si observan una rosa, una flor, sin la palabra, sin nombrar el color, sino que simplemente la miran, entonces ese mirar da origen a una gran sensibilidad, termina con esa sensación de letargo del cerebro y da una vitalidad extraordinaria. Existe una clase por completo diferente de energía cuando hay percepción pura, la cual no tiene relación alguna con el pensamiento y el tiempo.

16 de julio de 1981

4

EL ORDEN es indispensable en nuestra actividad cotidiana; orden en nuestra acción y orden en nuestra relación con los demás. Uno tiene que comprender que la verdadera cualidad del orden es por completo diferente de la cualidad de la disciplina. El orden adviene a través del directo aprender acerca de nosotros mismos ‑no conforme a algún filósofo o psicólogo. Uno descubre por sí mismo el orden, cuando está libre de todo sentido de compulsión, de que es necesario un determinado esfuerzo para obtener el orden siguiendo un sendero particular. Ese orden llega muy naturalmente; en ese orden hay virtud. Es orden no de acuerdo con algún patrón de conducta, y no sólo en el mundo exterior (que se ha vuelto tan completamente caótico) sino que es orden interno, orden dentro de nosotros mismos, donde estamos tan confundidos e inseguros, donde falta claridad. Aprender acerca de nosotros mismos, forma parte del orden. Si ustedes siguen a otro, por erudito que sea, no podrán comprenderse a sí mismos.

Para descubrir qué es el orden, debemos comenzar por comprender la naturaleza de nuestras relaciones. Nuestra vida es un movimiento de relación; por mucho que pueda uno pensar que vive solo, siempre está relacionado con una cosa u otra, sea con el pasado o con alguna imagen proyectada en el futuro. Por lo tanto, la vida es un movimiento de relación, y en esa relación hay desorden. Debemos examinar muy detenidamente por qué impera semejante desorden en nuestra vida de relación con los demás ‑por íntima o superficial que sea dicha relación.

Quien les habla no está tratando de persuadirlos para que piensen en una dirección particular, ni ejerce ninguna clase de presión persuasiva o sutil sobre ustedes. Por el contrario, juntos estamos considerando nuestros problemas humanos, descubriendo la cualidad de nuestra relación mutua y viendo si podemos introducir orden dentro de esa relación. Para comprender el pleno significado de la relación mutua, por cercana o distante que pueda ser, debemos empezar por comprender por qué el cerebro crea imágenes. Tenemos imágenes acerca de nosotros mismos e imágenes de los demás. ¿Por qué cada cual tiene una imagen peculiar y se identifica con esa imagen? ¿Esa imagen es necesaria, le brinda a uno un sentimiento de seguridad? La imagen, ¿no genera la separación entre los seres humanos?

Tenemos que observar muy atentamente la relación con nuestra esposa, marido o amigo; tenemos que mirar con mucha atención, sin tratar de eludir el hecho, sin tratar de ignorarlo. Debemos explorar juntos y descubrir por qué los seres humanos de todo el mundo tienen esta notable maquinaria que crea imágenes, símbolos y patrones. ¿Es porque en esos patrones, símbolos e imágenes encontramos una gran seguridad?

Si observan, verán que cada uno de ustedes tiene una imagen de sí mismo, ya sea una imagen de orgullo ‑que es arrogancia- o lo contrario de eso. O han acumulado una gran cantidad de experiencias, han adquirido muchísimo conocimiento, que en sí crea la imagen, la imagen del experto. ¿Por qué tenemos imágenes de nosotros mismos? Esas imágenes separan a la gente. Si uno tiene una imagen de sí mismo como suizo o inglés o francés o lo que fuere, esa imagen no sólo deforma su observación de la humanidad, sino que también lo separa a uno de los demás. Y dondequiera haya separación, división, tiene que haber conflicto ‑como hay conflictos desarrollándose en todo el mundo, el árabe contra el israelí, el musulmán contra el hindú, una iglesia cristiana contra otra. Divisiones nacionales y divisiones económicas, todo ello un resultado de las imágenes, de los conceptos, de las ideas, y el cerebro se aferra a estas imágenes; ¿por que? ¿Es a causa de nuestra educación, a causa de nuestra cultura en la cual el individuo es lo más importante y donde la sociedad colectiva es algo por completo diferente del individuo? Eso forma parte de nuestra cultura, de nuestra enseñanza religiosa y de nuestra educación cotidiana. Cuando uno tiene una imagen de sí mismo como inglés o norteamericano, la imagen le da cierta seguridad. Es bastante obvio. Habiendo creado la imagen de uno mismo, esa imagen se vuelve semipermanente; detrás o en esa imagen, uno trata de encontrar seguridad, amparo, una forma de resistencia. Cuando uno está relacionado psíquica o físicamente con otro, por delicada y sutil que sea esa relación, hay una respuesta que se basa en una imagen. Si uno está casado o tiene una relación intima con alguien, hay una imagen que se ha formado en la vida cotidiana; sea que esa relación tenga una semana o diez años, la imagen con respecto a la persona se ha ido formando lentamente, paso a paso; uno recuerda cada reacción, sumándola a la imagen y almacenándola en el cerebro, de modo tal que la relación ‑que puede ser física, sexual o psíquica‑ se establece de hecho entre dos imágenes, la propia y la del otro.

Lo que se está diciendo no es algo extravagante o exótico o fantástico; quien les habla está meramente señalando que estas imágenes existen ‑existen, y uno jamás puede conocer a otro completamente. Si uno está casado o tiene una amiga, nunca puede conocerla totalmente; piensa que la conoce, porque habiendo vivido con esa persona, uno ha acumulado recuerdos de múltiples incidentes, irritaciones y otros sucesos que tienen lugar en la vida cotidiana; y ella también ha experimentado sus propias reacciones, y las imágenes de esas reacciones se han establecido en su cerebro. Esas imágenes juegan un papel extraordinariamente importante en nuestra vida. Parece ser que muy pocas personas están libres de alguna forma de imagen. La verdadera libertad implica estar libre de imágenes. En esa libertad no existe la división que tales imágenes originan.

Si uno es un hindú, nacido en la India con todo el condicionamiento a que está sometido, el condicionamiento de la raza, o el de un grupo particular con sus supersticiones, sus creencias religiosas, sus dogmas y rituales ‑toda la estructura de esa sociedad‑ uno vive con ese complejo de imágenes, el cual constituye nuestro condicionamiento. Y por mucho que pueda uno hablar de hermandad, unidad, totalidad, esas son meramente palabras vacías que carecen de todo significado en la vida cotidiana. Pero si uno se libera de toda esa imposición, de todo el condicionamiento contenido en ese supersticioso desatino, entonces está desbaratando la imagen. Y lo mismo es con las relaciones que uno establece; si se está casado o si se vive con alguien, ¿es posible no crear en absoluto ninguna imagen ‑no registrar un incidente que puede haber sido placentero o doloroso en esa relación particular, no registrar ni el insulto ni el halago, ni el estímulo ni el desaliento?

¿Es posible no registrar en absoluto? Porque si el cerebro está registrando constantemente todo lo que sucede en lo psicológico, jamás está libre para hallarse quieto, nunca puede estar tranquilo, en paz. Si la maquinaria del cerebro está operando todo el tiempo, es obvio que se desgasta. Esto es lo que ocurre en nuestras relaciones con los demás ‑cualquiera sea la índole de esas relaciones‑ y si existe un constante registro de todo, entonces, poco a poco, el cerebro empieza a deteriorarse; y eso, esencialmente, es la vejez.

De modo que, al investigar, nos encontramos con este interrogante: ¿Es posible en nuestras relaciones ‑con todas sus reacciones y sutilezas, con todas sus respuestas esenciales- es posible no retener recuerdos? Este recordar y registrar se desarrolla todo el tiempo. Nos estamos preguntando si es posible no registrar psicológicamente más que aquello que es absolutamente necesario que se registre. En ciertas direcciones el registro resulta esencial; por ejemplo, uno tiene que registrar lo que necesita para aprender matemática. Si he de ser un ingeniero, debo registrar todas las matemáticas que se relacionan con las estructuras, etcétera. Si voy a ser un físico, tengo que registrar lo que ya se ha establecido en esa materia. Para aprender a manejar un automóvil, debo registrar. Pero, ¿es de algún modo necesario en nuestras relaciones el proceso de registrar psicológicamente, internamente? El recuerdo de incidentes pasados, ¿es amor? Cuando le digo a mi esposa, “te amo”, ¿proviene eso del recuerdo de todas las cosas por las que hemos pasado juntos ‑los incidentes, el tormento, las luchas que están registradas, almacenadas en el cerebro? Ese recuerdo, ¿es verdadero amor?

¿Es posible entonces, estar libre y no registrar psicológicamente en absoluto? Ello sólo es posible cuando hay atención completa. En la atención completa no existe el registrar.

Yo no sé por qué necesitamos explicaciones, o por qué nuestros cerebros no son lo bastante rápidos como para captar, para penetrar con discernimiento instantáneo en la cosa total. ¿Por qué no podemos ver esto, la verdad de todo esto, y dejar que la verdad opere y, por tanto, borre la pizarra para que así podamos tener un cerebro que psicológicamente no registre en absoluto? Pero los seres humanos son, en su mayoría, bastante indolentes, quieren más bien vivir en sus viejos patrones, en sus hábitos peculiares de pensamiento; rechazan cualquier cosa que sea nueva, porque piensan que es mucho mejor vivir con lo conocido antes que con lo desconocido. En lo conocido están a salvo ‑al menos piensan que están a salvo, seguros- y, en consecuencia, continúan repitiéndose, trabajando y luchando dentro del campo de lo conocido. ¿Podemos observar sin que opere todo el proceso y la maquinaria de la memoria?

¿Qué es el amor? Esta es una cuestión muy compleja; todos nosotros sentimos que amamos una cosa u otra ‑amor abstracto, amor a una nación, amor a una persona, amor a Dios, amor a la jardinería, amor a la comida excesiva. Hemos abusado tanto de la palabra amor, que ahora debemos descubrir qué es, básicamente, el amor.

El amor no es una idea. El amor a Dios es una idea, el amor a un símbolo sigue siendo una idea. Cuando ustedes van a la iglesia y se arrodillan y rezan, en realidad están adorando o le están rezando a algo que ha creado el pensamiento. Vean, entonces, qué es lo que ocurre el pensamiento ha creado eso ‑éste es, efectivamente, un hecho‑ y ustedes adoran ese producto del pensamiento, lo cual significa que, de un modo muy sutil, se están adorando a sí mismos. Esta puede parecer una afirmación sacrílega, pero es un hecho; es lo que está sucediendo en todo el mundo. El pensamiento crea el símbolo con todos los atributos de ese símbolo, sea éste romántico o lógico y sensato; habiendo creado el símbolo, le profesamos amor y nos volvemos intolerantes hacia cualquier otra cosa. Todos los gurús, los sacerdotes todas las estructuras religiosas se basan en eso. Vean la tragedia que ello implica. El pensamiento crea la barrera, el símbolo de un país particular, y después ustedes combaten, se matan unos a otros por esa bandera; la nación de unos destruirá la tierra en rivalidad con la nación de otros, y así es como la bandera llega a ser para ustedes un símbolo de amor. Por millones de años hemos vivido de ese modo, y seguimos siendo los extraordinariamente destructivos, violentos, cínicos y brutales seres humanos que siempre hemos sido.

Cuando decimos que amamos a otro, en ese amor hay deseo, están las placenteras proyecciones de las variadas actividades del pensamiento. Uno tiene que averiguar si el amor es deseo, si el amor es placer, si en el amor hay miedo; porque donde hay miedo, tiene que haber odio, celos, ansiedad, sentido de posesión, dominio. En la relación hay belleza, y todo el cosmos es un movimiento de relación. Cosmos es orden, y cuando uno tiene orden internamente, tiene orden en sus relaciones y, por tanto, hay una posibilidad de orden en nuestra sociedad. Si investigamos la naturaleza de la relación, descubrimos que es absolutamente esencial que tengamos orden; y desde ese orden surge el amor.

¿Qué es la belleza? Ustedes ven en esta mañana pura la nieve fresca en las montañas, una encantadora visión. Ven aquellos árboles solitarios que se recortan negros contra esa blancura. Al mirar el mundo que nos rodea, ven ustedes la maravillosa maquinaria, la notable computadora con su especial belleza; ven la belleza de un rostro, la belleza de una pintura, la belleza de un poema ‑ustedes reconocen, al parecer, la belleza exterior. En los museos o cuando asisten a un concierto y escuchan a Beethoven o a Mozart, existe ahí una gran belleza ‑pero es siempre externa. En los cerros, en los valles con sus corrientes de agua, en el vuelo de los pájaros y en el canto de un mirlo en la madrugada, hay belleza. Pero, ¿está la belleza solamente en lo externo? ¿O la belleza es algo que únicamente existe cuando el ‘yo’ está ausente?

Cuando en una mañana soleada, miramos aquellas montañas que resplandecen contra el cielo azul, esa majestad desaloja por un momento todos los recuerdos que hemos acumulado acerca de nosotros mismos. Ahí, la belleza, la magnificencia externa, la majestad y fuerza de las montañas, barre con todos nuestros problemas ‑aunque sólo sea por un segundo, nos hemos olvidado de nosotros. La belleza existe cuando hay una total ausencia del ‘sí mismo’. Pero nosotros no estamos libres del ‘yo’; somos gente egoísta que sólo se interesa en sí misma, en su propia importancia o en sus problemas, en sus agonías y dolores, en su soledad personal. A causa de esa desesperada soledad necesitamos identificarnos con una cosa u otra, y nos aferramos a una idea, a una creencia, a una persona ‑especialmente a una persona. En la dependencia es donde surgen todos nuestros problemas. Donde hay dependencia psicológica, está el comienzo del temor. Cuando estamos atados a algo, ahí principia la corrupción.

El deseo es el más apremiante y vital impulso de nuestra vida. Estamos hablando del deseo mismo, no del deseo por una cosa en particular. Todas las religiones han dicho que si uno quiere servir a Dios, debe subyugar al deseo, debe destruir, controlar el deseo. Han dicho: Sustituyan el deseo por una imagen que ha creado el pensamiento ‑la imagen que poseen los cristianos, la que poseen los hindúes y así sucesivamente. Sustituyan lo real por una imagen. Lo real es el deseo ‑el deseo que arde‑ y ellos piensan que uno puede dominar ese deseo reemplazándolo con alguna otra cosa. O que puede hacerlo entregándose a aquello que uno piensa que es el maestro, el salvador, el gurú ‑lo cual es otra vez la actividad del pensamiento. Este ha sido el patrón de todo el pensar religioso. Uno ha de comprender todo el movimiento del deseo porque, obviamente, el deseo no es amor ni es compasión. Y sin amor, sin compasión, la meditación no tiene ningún sentido. El amor y la compasión poseen su inteligencia propia ‑que no es la inteligencia del ingenioso pensamiento.

Por lo tanto, es fundamental comprender la naturaleza del deseo; comprender por qué el deseo ha jugado un papel tan extraordinariamente importante en nuestra vida, comprender cómo deforma la claridad, cómo impide esa cualidad extraordinaria del amor. Es esencial que lo comprendamos, sin reprimirlo, sin tratar de controlarlo o de dirigirlo en una dirección particular que pensamos habrá de darnos la paz. Por favor, tengan bien presente que quien les habla no está tratando de impresionarlos o de guiarlos y ayudarlos, sino que juntos estamos recorriendo un sendero muy sutil y complejo. Tenemos que escucharnos mutuamente para descubrir la verdad acerca del deseo. Cuando uno comprende la significación, el sentido, la plenitud y verdad del deseo, entonces el deseo tiene un valor o implica un impulso por completo diferente en nuestra vida.

Cuando uno observa el deseo, ¿lo está observando como un espectador externo que mirara el deseo? ¿O está observando el deseo a medida que surge? No el deseo separado de uno mismo ‑uno es el deseo. ¿Ven la diferencia? O uno observa el deseo como cuando vemos en la vidriera algo que nos gusta y deseamos comprarlo ‑de modo que el objeto es diferente de ‘uno mismo’- o bien el deseo es ‘uno mismo’, y entonces hay una percepción del deseo sin el observador que observa el deseo.

Uno puede mirar un árbol. ‘Arbol’ es la palabra por la cual uno reconoce eso que se levanta en el campo. Pero uno sabe que la palabra ‘árbol’ no es el árbol. Del mismo modo, la esposa de uno no es la palabra, pero uno ha hecho que la palabra sea la esposa. No sé si ven todas las sutilezas de esto. Debemos comprender muy claramente, desde el principio, que la palabra no es la cosa. La palabra ‘deseo’ no es el sentimiento de ello ‑el extraordinario sentimiento que hay tras de esa reacción. Por lo tanto, uno debe estar muy alerta para no quedar atrapado en la palabra. El cerebro también debe estar lo suficientemente activo para ver que el objeto puede crear el deseo ‑el deseo que se separa del objeto. ¿Se da uno cuenta de que el objeto puede crear el deseo, pero que el deseo es independiente del objeto?

¿Cómo florece el deseo? ¿Por qué tras de él existe una energía tan extraordinaria? Si no comprendemos profundamente la naturaleza del deseo, siempre estaremos en conflicto unos con otros. Uno puede desear una cosa, y la esposa de uno puede desear otra y los hijos de uno algo diferente. Y así estamos siempre disputando entre nosotros. Y a esta batalla, a esta lucha la llamamos amor, relación.

Y ahora nos preguntamos: ¿Cuál es el origen del deseo? En esto debemos ser muy veraces, muy honestos, porque el deseo es sumamente engañoso, es muy sutil a menos que lo comprendamos en su misma raíz. Para todos nosotros son importantes las respuestas sensorias ‑vista, tacto, gusto, olfato, oído. Y una respuesta sensoria particular puede ser para algunos más importante que las otras respuestas. Si somos artistas, vemos las cosas de un modo especial. Si uno se ha adiestrado como ingeniero, entonces las respuestas sensorias son diferentes. Por lo tanto, nunca observamos totalmente, con todas las respuestas sensorias. Cada uno de nosotros responde en cierto modo específicamente, dividido. ¿Es posible que respondamos de manera total, con todos nuestros sentidos? Vean la importancia de ello. Si uno responde totalmente, con todos sus sentidos, tiene lugar la eliminación del observador centralizado. Pero cuando uno responde de un modo específico a una cosa particular, entonces comienza la división. Cuando dejen esta carpa, y miren la corriente de un río, la luz que centellea en sus rápidas aguas, averigüen si pueden mirar eso con todos sus sentidos. No me pregunten cómo hacerlo, porque entonces ello se vuelve mecánico. Pero edúquense a sí mismos en la comprensión de la respuesta sensoria total.

Cuando vemos algo, el ver origina una respuesta. Uno ve una camisa verde o un vestido verde, y el ver despierta la respuesta. Entonces se produce el contacto. Después, a causa del contacto, el pensamiento crea la imagen de uno con esa camisa o vestido, y entonces surge el deseo. O uno ve un automóvil detenido en la carretera; tiene líneas hermosas, un pulido perfecto y tras de todo ello se percibe muchísimo poder. Luego uno camina alrededor del auto, examina el motor... Entonces el pensamiento crea la imagen de uno mismo que entra en el automóvil, enciende el motor y, poniendo los pies en los pedales, lo maneja. Así es como comienza el deseo, y el origen del deseo es el pensamiento que crea la imagen; hasta llegar a ese punto, no hay deseo. Están las respuestas sensorias, que son normales, pero luego el pensamiento crea la imagen y, desde ese instante, comienza el deseo.

Ahora bien; ¿es posible que el pensamiento no surja, así no genere la imagen? Esto implica aprender acerca del deseo, lo cual en sí es disciplina. Disciplina es el acto de aprender acerca del deseo, no el de controlarlo. Si aprendemos realmente acerca de algo, ello se ha terminado. Pero si decimos que debemos controlar el deseo, nos encontramos entonces en un terreno por completo diferente. Cuando ustedes vean la totalidad de este movimiento, descubrirán que el pensamiento con su imagen ya no interfiere. Solamente ven y tienen la sensación; ¿qué hay de malo en ello?

¡Estamos todos tan enloquecidos con el deseo! Todos queremos realizarnos a través del deseo. Pero no vemos los estragos que el deseo causa en el mundo ‑el deseo de seguridad individual, de logros individuales, de éxito, de poder, de prestigio. No sentimos que somos totalmente responsables por todo lo que hacemos. Si uno comprende el deseo, la naturaleza del deseo, entonces, ¿cuál es el lugar que éste ocupa? ¿Tiene cabida alguna donde hay amor. I amor, ¿es entonces algo tan extraordinariamente ajeno a la existencia humana que realmente carece en absoluto de valor? ¿O es que no vemos lo bello, lo profundo, lo inmenso y sagrado que hay en la realidad del amor. ¿Es que no tenemos la energía, el tiempo para estudiarnos y educarnos a fin de comprender qué es el amor. Sin el amor y la compasión con su inteligencia, la meditación tiene muy poco sentido. Sin ese perfume, jamás podremos encontrar aquello que es eterno. Y por eso es tan fundamental que pongamos ‘la casa’ de nuestra vida, de nuestro ser, de nuestras luchas, en orden, en completo orden.

19 de julio de 1981

5

TENEMOS que considerar juntos si el cerebro, que ahora sólo opera parcialmente, tiene la capacidad de funcionar en su plenitud, de manera total. Actualmente sólo estamos empleando una parte del cerebro, cosa que cada uno puede observar por sí mismo. Uno puede ver que la especialización, que tal vez sea necesaria, hace que funcione únicamente una parte del cerebro. Si uno es un hombre de ciencia que se está especializando en su materia, lo natural es que sólo esté funcionando una parte del cerebro; lo mismo si uno es matemático. En el mundo moderno uno tiene que especializarse, y nosotros nos preguntamos: aun así, ¿es posible que dejemos al cerebro operar totalmente, completamente?

Y otra pregunta que nos formulamos es: ¿Qué va a suceder con la humanidad, con todos nosotros, cuando la computadora aventaje al hombre en rapidez y exactitud de pensamiento ­tal como los expertos en computadoras dicen que hará? Con el desarrollo del robot, el hombre tendrá que trabajar, probablemente, nada más que dos horas por día. Puede ser que esto suceda dentro de un futuro previsible. ¿Qué es lo que el hombre hará entonces? ¿Va a ser absorbido por el campo del entretenimiento? Eso es lo que ya está ocurriendo; los deportes se están volviendo más y más importantes; está el mirar la televisión; y tenemos las distintas variedades de entretenimientos religiosos. ¿O el hombre se volverá hacia lo interno, lo cual no es un entretenimiento sino algo que exige una gran capacidad de observación, de examen y de percepción impersonal? Estas son las dos posibilidades. El contenido básico de nuestra conciencia humana es la persecución del placer y la evitación del dolor. La humanidad, ¿va a seguir cada vez más el entretenimiento? Uno espera que estas reuniones no sean una forma de entretenimiento.

Ahora bien; ¿puede el cerebro estar totalmente libre como para funcionar de manera completa? ‑porque cualquier clase de especialización, cualquier seguimiento de algún sendero, de cierta rutina o patrón, implica inevitablemente que el cerebro está funcionando de modo parcial y, por tanto, con energía limitada. Vivimos en una sociedad de especialización ‑ingenieros, físicos, cirujanos, carpinteros..., y las especializaciones de las creencias, dogmas y rituales particulares. Ciertas especializaciones son indispensables, como la del cirujano o la del carpintero, pero ¿puede el cerebro, a pesar de ellas, funcionar plenamente, totalmente y, en consecuencia, tener una energía tremenda? Creo que ésta es una cuestión muy seria en la cual tenemos que inquirir juntos.

Si observamos nuestra propia actividad, descubrimos que el cerebro funciona muy parcialmente, fragmentariamente, con el resultado de que nuestra energía disminuye más y más a medida que envejecemos. Biológica, físicamente, cuando uno es joven está lleno de vitalidad; pero como a uno lo educan y después tiene que ganarse la vida, y eso requiere especialización, la actividad del cerebro se reduce, se limita y su energía es cada vez menor.

Aunque el cerebro pueda requerir cierta forma de especialización (no necesariamente especialización religiosa, porque eso es superstición), como la del cirujano, por ejemplo, ¿puede también operar totalmente? El cerebro sólo puede operar totalmente, con toda la tremenda vitalidad de un millón de años tras él, cuando es completamente libre. La especialización, que hoy se hace indispensable para ganarse la vida, puede no ser necesaria si la computadora la toma a su cargo. No se encargará de las operaciones quirúrgicas, obviamente. Tampoco se hará cargo del sentimiento de la belleza, como cuando miramos las estrellas en el anochecer, pero puede asumir por completo la dirección de otras funciones.

¿Puede el cerebro humano estar totalmente libre, sin ninguna forma de apego ‑apego a ciertas creencias, experiencias, etcétera? Si el cerebro no puede estar totalmente libre, se deteriorará. Cuando el cerebro está ocupado con problemas, con la especialización, con los medios de subsistencia, se halla en una actividad limitada. Pero cuando la computadora se encargue de eso, esta actividad irá disminuyendo y, en consecuencia, el cerebro irá deteriorándose poco a poco. Esto no es algo que se encuentre en el futuro, está sucediendo realmente ahora; basta con que uno observe su propia actividad mental.

¿Puede nuestra conciencia, con su contenido básico de temor, de persecución del placer con todas sus implicaciones de pesadumbre, angustia y dolor, con sus heridas psicológicas, etcétera, puede esa conciencia llegar a ser completamente libre? Podemos tener otras formas conciencia nacional, la conciencia del grupo católico, la del grupo hindú, etc., pero básicamente, el contenido de nuestra conciencia es temor, persecución del placer con la angustia y el dolor resultantes y, por último, la muerte. Esto constituye el contenido principal de nuestra conciencia.

Estamos observando juntos el fenómeno total de la existencia humana ‑que es nuestra existencia. Somos la humanidad, porque nuestra conciencia, sea la de un cristiano que vive en el mundo occidental, o la de un musulmán en el Medio Oriente, o la de un budista en el mundo asiático, es básicamente miedo, persecución del placer y la inacabable carga de angustia, heridas psicológicas y dolor. La conciencia de uno no es algo personal para uno mismo. Esto es muy difícil de aceptar, porque hemos sido condicionados, educados de tal manera que resistimos el hecho real de que no somos individuos en absoluto, de que somos el total de la humanidad. Esta no es una idea romántica, no es un concepto filosófico no es en absoluto un ideal; examinado atentamente, es un hecho. Por lo tanto, tenemos que descubrir si el cerebro puede liberarse del contenido de su conciencia.

Señores, ¿por qué escuchan al que les habla? Al escucharlo, ¿se están escuchando a sí mismos? ¿Es eso lo que ocurre? Uno sólo está señalando algo, está actuando como un espejo donde ustedes pueden verse, ver la realidad de sus propias conciencias. No es la descripción lo que uno está señalando, la cual se vuelve meramente una idea si no hacen más que seguirla. Pero, si a través de la descripción, cada uno de ustedes percibe como un hecho el estado de su propia mente, de su propia conciencia, entonces escuchar a quien les habla tiene cierta importancia. Y si al finalizar estas pláticas, algunos se dicen a sí mismos: “No he cambiado; ¿por qué? La culpa es suya. Usted ha hablado quizá por cincuenta años y yo no he cambiado”. ‑¿la culpa de eso la tiene quien les habla? O dicen: “No he podido aplicarlo; naturalmente, la falla está en el que nos ofrece las pláticas”. Y, en tal caso, se vuelven cínicos y hacen toda clase de cosas absurdas. Así que, por favor, recuerden que no están escuchando tanto a quien les habla como mirando la propia conciencia a través de la descripción en palabras ‑y esa conciencia de cada uno de ustedes es la conciencia de toda la humanidad. El mundo occidental puede creer en ciertos símbolos y rituales religiosos; el mundo oriental procede de igual modo, pero tras de todo eso está el mismo miedo, la misma persecución del placer, la misma carga de angustia, codicia, heridas psicológicas, anhelo de realización personal ‑factores comunes a toda la humanidad.

Por lo tanto, al escuchar estamos aprendiendo acerca de nosotros mismos, no sólo siguiendo la descripción. Estamos realmente aprendiendo a mirarnos y, en consecuencia, damos origen a un estado de completa libertad en el que puede operar la totalidad del cerebro. Después de todo, la meditación, la compasión y el amor existen cuando opera la totalidad del cerebro. Cuando opera la totalidad, hay un orden integral. Si hay un orden interno integral, hay total libertad. Es solamente entonces que puede haber algo que es intemporalmente sagrado. Ello no constituye una recompensa, no es algo que pueda ser obtenido; lo que es eternamente intemporal, sagrado, adviene sólo cuando el cerebro está completamente libre para funcionar en su totalidad.

El contenido de nuestra conciencia es el producto de todas las actividades del pensamiento; ¿puede ese contenido ser liberado alguna vez de modo que haya una dimensión total y absolutamente distinta? Observemos, pues, el movimiento total del placer. No sólo existe el placer biológico ‑que incluye lo sexual; también hay placer en las posesiones, en tener dinero, hay placer en la obtención de algo por lo cual hemos estado trabajando; hay placer en el poder politice o religioso, en el poder que tenemos sobre una persona; placer en la adquisición de conocimientos, y en la expresión de esos conocimientos como profesor, como escritor, como poeta; existe la gratificación que se produce mediante una vida muy estricta, ascética y moral, el placer de alcanzar en lo interno algo que no es común al hombre corriente. Este ha sido el patrón de nuestra existencia durante millones de años. El cerebro se ha condicionado para ello y, en consecuencia, se ha vuelto limitado. Todo cuanto está condicionado tiene que ser limitado; por lo tanto, cuando el cerebro está persiguiendo las múltiples formas del placer, debe inevitablemente volverse pequeño, limitado, estrecho. Y es probable que, dándonos cuenta inconscientemente de esto, buscamos diferentes formas de realización personal.

Por favor, observen esto en sí mismos, en la actividad que desarrollan en la vida cotidiana. Si observan, verán que el cerebro está ocupado todo el día con una cosa u otra, parloteando, hablando incesantemente, continuamente, como una máquina que jamás se detiene. Y, de ese modo, el cerebro se va desgastando poco a poco ‑y está en camino de volverse inactivo si la computadora toma su lugar.

¿Por qué, pues, los seres humanos se hallan atrapados en esta perpetua persecución del placer? ¿Por qué? ¿Es porque están tan absolutamente aislados en sí mismos, y escapan de esa sensación de aislamiento? ¿Es que desde la infancia se les condiciona para eso? ¿Es que el pensamiento crea la imagen del placer y luego la persigue? ¿Es el pensamiento el origen del placer? Por ejemplo, uno ha tenido cierta clase de placer, una comida muy sabrosa, un placer sexual, o el placer de un halago personal, y el cerebro registra ese placer. Los incidentes que han producido placer se han grabado en el cerebro, y el recuerdo de estos incidentes de ayer, o de la semana pasada, es el movimiento del pensar. El pensamiento es el movimiento del placer; el cerebro ha registrado sucesos placenteros y excitantes, merecedores de recordarse, y el pensamiento los proyecta hacia el futuro y los persigue. Entonces, la pregunta es: ¿Por qué el pensamiento carga con el recuerdo de un suceso que ya pasó y está terminado? ¿Acaso eso no forma parte de nuestra ocupación? Un hombre que desea dinero, poder, posición, está perpetuamente ocupado con eso. Puede ser que, de manera similar, el cerebro está ocupado rememorando algo que una semana atrás nos proporcionó un gran placer; ello quedó retenido en el cerebro, y el pensamiento lo proyecta como placer futuro y lo persigue. La repetición del placer es el movimiento del pensar y, por tanto, es limitada; debido a eso, el cerebro nunca puede funcionar en su totalidad, sólo puede hacerlo parcialmente.

La siguiente pregunta que surge ahora es: Si éste es el patrón del pensamiento, ¿cómo se puede detener el pensamiento? O más bien, ¿cómo puede el cerebro dejar de registrar el suceso que ayer nos ha brindado deleite? Esa es la pregunta obvia, pero ¿por qué la formula uno? ¿Por qué? ¿Es porque uno desea escapar del movimiento del placer? Y, ¿acaso ese mismo escape no es una forma de placer? Mientras que si uno ve el hecho de que el acontecimiento que ha producido gran deleite, placer, excitación, ya se ha ido y no es más una cosa viviente sino algo que ocurrió hace una semana ‑fue una cosa viviente pero ahora no lo es‑ ¿no es posible, entonces, terminar con ello, no seguir guardándolo? No se trata de cómo terminar con ello o cómo detenerlo. Sólo se trata de ver realmente de qué modo el cerebro, el pensamiento está operando. Si uno se da cuenta de eso, entonces el pensamiento se detendrá por si solo. El registro del placer ha terminado, concluyó.

El miedo es el estado común a toda la humanidad, sea que uno viva en una casita o en un palacio, que carezca de trabajo o lo tenga en abundancia, que posea enormes conocimientos acerca de todo lo que hay sobre la tierra o sea un ignorante, que sea un sacerdote o el más alto representante de Dios; cualquier cosa que uno sea, siempre está este miedo profundamente arraigado que es común a toda la humanidad. Y ése es el terreno común sobre el cual toda la humanidad se sostiene. Acerca de esto no hay ninguna duda. Se trata de un hecho absoluto, irrevocable, que no puede refutarse. En tanto el cerebro se encuentra preso en este patrón del miedo, su funcionamiento es limitado y, por ende, nunca puede operar totalmente. En consecuencia, si la humanidad ha de sobrevivir completamente como una humanidad de seres humanos, y no como un conjunto de máquinas, es indispensable que descubramos por nosotros mismos si es posible estar totalmente libres del miedo.

Estamos interesados en el miedo mismo, no en las expresiones del miedo. ¿Qué es el miedo? Cuando hay miedo, ¿existe, en ese mismo instante, un reconocimiento de eso como miedo? ¿Puede uno describir el miedo en el momento en que ocurre la reacción? ¿O la descripción viene después? ‘Después’ es tiempo. Supongamos que uno tiene miedo. ¿Está uno temeroso de algo, algo que uno ha hecho en el pasado y no quiere que otros lo sepan? ¿O algo ha sucedido en el pasado que nuevamente despierta el temor? ¿O existe un miedo en sí mismo, sin un objeto que lo despierte? En el segundo en que hay miedo, ¿lo llama uno miedo? ¿O eso ocurre más tarde? Ciertamente, es después de que ha ocurrido. Lo cual quiere decir que esos incidentes anteriores del miedo, que han sido guardados en el cerebro, se recuerdan inmediatamente después de que ha tenido lugar la reacción; la memoria dice: “Eso es miedo”. A la reacción inmediata uno no la llama miedo. Es sólo después de que ha ocurrido, que uno la nombra como ‘miedo’. El nombrarla como miedo, proviene del recuerdo de otros incidentes que han aparecido en la memoria y a los que uno ha llamado miedo. Uno rememora esos miedos del pasado y, a la nueva reacción que surge, uno la identifica inmediatamente con la palabra ‘miedo’. Eso es bastante simple. Por lo tanto, es la memoria la que siempre está operando en el presente.

Entonces, ¿el miedo es tiempo? Miedo a algo que ha sucedido una semana atrás, lo cual ha causado un sentimiento que nosotros hemos nombrado como miedo, con la implicación futura de que eso no debe repetirse; sin embargo, ello podría volver a suceder y, por lo tanto, uno le teme. Nos preguntamos, pues: ¿Es el tiempo la raíz del miedo?

¿Qué es, entonces, el tiempo? El tiempo por el reloj es muy simple: el sol aparece en cierto momento y se pone en cierto momento ‑ayer, hoy y mañana. Esa es una secuencia natural del tiempo. También está el tiempo psicológico, interno: el incidente que ocurrió hace una semana y que ha producido placer o que ha despertado el sentimiento del temor, es recordado y proyectado hacia el futuro ‑yo puedo perder mi posición, mi dinero, puedo perder a mi esposa. Tiempo. Entonces, ¿el miedo forma parte del tiempo psicológico? Así parece. Y, ¿qué es el tiempo psicológico? No sólo el tiempo físico necesita espacio, sino que también lo necesita el tiempo psicológico ‑ayer, la semana pasada, el hoy modificado, el mañana. Hay espacio y tiempo. Eso es sencillo. ¿Es, entonces, el temor el movimiento del tiempo? Y el movimiento del tiempo, ¿no es psicológicamente el movimiento del pensar? Por lo tanto, el pensamiento es tiempo, y el tiempo es temor ‑obviamente. Uno ha experimentado dolor en el consultorio del dentista; ello se almacena, se recuerda, se proyecta; uno espera que ese dolor no se repita otra vez ‑el pensar es un movimiento. Por consiguiente, el miedo es pensamiento que se mueve en el espacio y el tiempo. Si uno ve eso, si lo ve no como una idea sino como un hecho (lo cual significa que uno ha concedido a ese temor atención completa en el instante mismo en que surge), entonces ello no se registra. Háganlo y lo descubrirán por sí mismos.

Cuando prestamos atención completa a un insulto, no hay insulto. O si viene alguien y dice: “¡Qué persona maravillosa es usted!” y prestamos atención, ello no produce efecto alguno. El movimiento del temor es pensamiento en el tiempo y el espacio. Eso es un hecho. No es algo descrito por quien les habla. Si lo han observado por sí mismos, entonces es un hecho absoluto, no pueden escapar de él. Uno no puede escapar de un hecho, está siempre ahí. Puede tratar de eludirlo, de reprimirlo, puede intentar toda clase de escapes, pero eso está siempre ahí. Si ustedes prestan atención completa al hecho de que el temor es el movimiento del pensar, entonces el temor no existe psicológicamente. El contenido de nuestra conciencia es el movimiento del pensar ‑movimiento en el tiempo y el espacio. Tanto si ese pensar es muy limitado, como si es amplio y extensivo, permanece siendo siempre un movimiento en el tiempo y el espacio.

El pensamiento ha creado, psicológicamente, numerosas y distintas formas de poder dentro de nosotros, pero son todas limitadas. Cuando uno se libera de la limitación, hay una asombrosa sensación de poder, no un poder mecánico sino un tremendo sentimiento de energía. Ello nada tiene que ver con el pensamiento y, por tanto, ese poder, esa energía no puede ser usada impropiamente. Pero si el pensamiento dice: “La usaré”, entonces ese poder, esa energía se disipa.

Otro factor que existe en nuestra conciencia es el dolor, el pesar, la angustia; y están las heridas y agravios que permanecen en la mayoría de los seres humanos desde la infancia. Ese daño psicológico, el tormento de ello, se recuerda, se retiene; de ahí surge la pesadumbre, y en ello está involucrado el dolor. Está el dolor global de la humanidad que se ha enfrentado a miles y miles de guerras por las cuales han llorado millones de personas. La maquinaria de la guerra sigue estando con nosotros, dirigida por los políticos, reforzada por nuestro nacionalismo, por nuestro sentimiento de separación con respecto a los demás, ‘nosotras’ y ‘ellos’, ‘tú’ y ‘yo’. Ese es un dolor global que los políticos fabrican, fabrican, fabrican... Estamos preparados para otra guerra, y cuando nos preparamos para algo, tiene que haber alguna clase de explosión en alguna parte ‑puede que no la haya en el Medio Oriente, puede que ocurra aquí. Toda vez que nos preparamos para algo, terminamos por conseguirlo ‑es como preparar la comida. Pero somos tan estúpidos que todo esto continúa ‑incluyendo el terrorismo.

Nos estamos preguntando si todo este patrón de sentirnos lastimados, de conocer la tristeza de la soledad y la angustia, de resistir, de apartarnos, de aislarnos ‑lo cual da origen a más angustia‑ si todo ello puede tocar a su fin; ya se trate del pensar, del dolor de perder alguna preciada creencia a la que nos hemos aferrado, o de la desilusión que llega cuando perdemos a alguien a quien hemos seguido y por quien nos hemos esforzado entregándonos de lleno a él, ¿puede también eso terminarse? ¿Es posible estar para siempre libres de todo esto? Es posible si nos dedicamos a ello, no si hablamos interminablemente al respecto. Tal como es ahora, nos damos cuenta de que estamos psicológicamente lastimados desde la infancia, vemos todas las consecuencias de esas heridas, vemos que las resistimos, que nos aislamos deseando no ser lastimados nunca más. Fomentamos el aislamiento y, por tanto, construimos un muro alrededor de nosotros. Y lo mismo hacemos en nuestras relaciones.

Las consecuencias de estar lastimados desde la infancia, son la angustia, la resistencia, el retiro, el aislamiento y un miedo cada vez más profundo. Y, como ha dicho quien les habla, está el dolor global de la humanidad; los seres humanos han sido torturados por las guerras, torturados bajo las dictaduras, el totalitarismo, torturados en diferentes partes del mundo. Y está el dolor de mi hermano, de mi hijo, mi esposa, que se han alejado de mí o que han muerto; el dolor de la separación, el dolor que surge cuando uno está profundamente interesado en algo y el otro no lo está. En todo este dolor no hay compasión, no hay amor. El fin del dolor trae consigo el amor ‑no el placer, no el deseo, sino el amor. Cuando hay amor, hay compasión, y con ello adviene la inteligencia, la que nada tiene que ver con la ‘inteligencia’ del pensamiento.

Tenemos que mirarnos muy atentamente a nosotros mismos como humanidad, y ver por qué hemos cargado con todas estas cosas a lo largo de nuestras vidas, por qué jamás hemos puesto fin a esta condición. ¿Es en parte por indolencia, en parte por hábito? Generalmente decimos: “Ello forma parte de nuestro hábito, de nuestro condicionamiento; ¿qué puedo hacer? ¿Cómo puedo liberarme de ese condicionamiento? No puedo encontrar respuesta; iré a ver al gurú de al lado” ‑o al de más lejos, o al sacerdote, a éste o a aquel. Nunca decimos: “Mirémonos con mucha atención a nosotros mismos y veamos si podemos romper con eso, como con cualquier otro hábito”. Uno puede terminar con el hábito de fumar, o con el de las drogas y el alcohol. Pero decimos: “¿Y qué importancia tiene? De todas maneras estoy envejeciendo, el cuerpo se destruye; por lo tanto, ¿qué importa un poco más de placer?” Y así continuamos con ello. No nos sentimos cabalmente responsables por todas las cosas que hacemos. O bien hacemos responsables de ellas al medio en que vivimos, a la sociedad, a nuestros padres, o a la herencia del pasado; siempre encontramos alguna excusa, pero jamás asumimos la responsabilidad nosotros mismos.

Si realmente tuviéramos el impulso, el impulso urgente, perentorio de descubrir por qué nos sentimos tan lastimados, podríamos hacerlo. Estamos lastimados porque hemos construido una imagen de nosotros mismos. Ese es un hecho. Cuando uno dice, “estoy lastimado”, es la imagen que uno tiene de sí mismo la que está lastimada. Viene alguien y pone su pesada bota sobre esa imagen, y uno queda lastimado. Uno queda lastimado a través de la comparación: “Yo soy esto, pero algún otro es mejor”. Mientras uno tenga una imagen de sí mismo, va a ser lastimado. Ese es un hecho, y si no prestamos atención a ese hecho y retenemos una imagen propia de cualquier clase que sea, alguien clavará un alfiler en ella y seremos lastimados. Si uno tiene una imagen de sí mismo dirigiendo la palabra a grandes auditorios, siendo famoso, con una reputación ganada que uno desea mantener, entonces alguien va a lastimar esa imagen ‑algún otro con un auditorio más grande. Si concedemos atención completa a la imagen que tenemos de nosotros mismos ‑atención, no concentración sino atención- veremos que la imagen no tiene sentido, y entonces desaparece.

21 de julio de 1981

6

CREO que deberíamos considerar juntamente, penetrando en ello a bastante profundidad, la implicación del dolor, y así descubrir por nosotros mismos si el dolor y el amor pueden existir al mismo tiempo. Y también descubrir cuál es nuestra relación con el dolor de la humanidad ‑no sólo con nuestras personales aflicciones, ofensas y angustias cotidianas, y con el dolor que acompaña a la muerte. La humanidad ha sufrido miles de guerras; no parece haber fin para las guerras. Hemos dejado a los políticos de todo el mundo la tarea de traernos la paz, pero lo que ellos están haciendo, si uno los ha entendido, nunca traerá la paz. Todos nos estamos preparando para la guerra. Las preparaciones van a tener alguna clase de estallido en alguna parte del mundo. Nosotros, los seres humanos, nunca hemos sido capaces de vivir en paz unos con otros. Hablamos muchísimo de la paz. Las religiones la han predicado ‑paz y buena voluntad en la tierra‑ pero parece que jamás ha sido posible tener paz en la tierra, en la tierra sobre la cual vivimos, que no es la tierra británica o la tierra francesa; es nuestra tierra. Nunca hemos podido resolver el problema que implica matarnos entre nosotros.

Probablemente tenemos violencia en nuestros corazones. Nunca hemos estado libres de un sentimiento de antagonismo, de venganza, jamás nos hemos liberado de nuestros miedos, de nuestros sufrimientos, de nuestras heridas internas y de nuestra angustia cotidiana; nunca tenemos paz y bienestar, siempre vivimos atormentados. Ello forma parte de nuestra vida, de nuestro sufrimiento diario. El hombre ha intentado muchos, muchos métodos para librarse de este sufrimiento en el que no hay amor; lo ha reprimido, ha escapado de él, se ha identificado con algo más grande, se ha entregado a algún ideal, a alguna fe o creencia. Y parece que este dolor jamás puede terminarse; nos hemos acostumbrado a él, lo soportamos, lo toleramos y nunca nos preguntamos seriamente, con interés profundo y lúcido, si es posible terminar con el dolor.

Debemos también considerar juntos las inmensas implicaciones de la muerte. La muerte forma parte de la vida, aunque generalmente la posponemos o la eludimos incluso hablando acerca de ella. Pero está ahí, y es necesario que la examinemos. Y también tenemos que investigar si el amor ‑no el recuerdo del placer, que nada tiene que ver con el amor y la compasión- si el amor con su propia y peculiar inteligencia que todo lo comprende, puede existir en nuestra vida.

En primer lugar, como seres humanos, ¿queremos realmente vernos libres del dolor? ¿Alguna vez lo hemos examinado, hemos afrontado y comprendido efectivamente el movimiento del dolor, sus implicaciones? ¿Por que nosotros, los seres humanos ‑que somos tan extraordinariamente ingeniosos en el mundo tecnológico- jamás hemos resuelto el problema del dolor? Es indispensable que consideremos esta pregunta juntos, y descubramos por nosotros mismos si el dolor puede realmente terminar.

Todos sufrimos de diversas maneras. Está el dolor por la muerte de alguien, el dolor de la gran pobreza ‑que el Oriente conoce muy bien- y el inmenso dolor de la ignorancia ‑‘ignorancia’ no en el sentido del conocimiento libresco, sino la ignorancia de no conocernos totalmente a nosotros mismos, de no conocer la total y compleja actividad del yo. Si eso no lo comprendemos muy profundamente, entonces sigue estando ahí el dolor de esa ignorancia. También existe el dolor de no poder comprender algo de manera fundamental, profunda ‑aunque seamos muy diestros en el logro del éxito tecnológico y de otros éxitos en este mundo. Por muy estudiosos o eruditos que podamos ser, jamás hemos sido capaces de comprender el dolor, no sólo el dolor físico, sino el profundo dolor psicológico. Está el dolor de la lucha constante, el conflicto desde el momento en que nacemos hasta que morimos; el dolor de no ser hermosos exteriormente o de carecer de belleza interna; el dolor del apego con su miedo, que es corrupción; el dolor de no ser amados y anhelar vehementemente que se nos ame; el dolor de no comprender jamás algo que esté más allá del pensamiento, algo que sea eterno. Y, por último, está el dolor de la muerte.

Hemos descrito distintas formas de dolor. El factor básico del dolor es la actividad egocéntrica. Estamos todos muy preocupados por nosotros mismos, por nuestros inacabables problemas, por la vejez, por nuestra incapacidad de tener una profunda y, además, global perspectiva de la vida. Todos tenemos imágenes de nosotros mismos y de los demás. El cerebro siempre está activo, soñando despierto, ocupado con una cosa u otra, o creando con la imaginación cuadros e ideas. Desde la infancia, uno va construyendo poco a poco la imagen que es el ‘yo’. Cada uno de nosotros hace esto constantemente; esta imagen del ‘yo’ es la que se siente lastimada. Cuando el ‘yo’ se siente lastimado, hay resistencia, construimos un muro alrededor de nosotros como para que no se nos lastime nunca más; y esto origina más aislamiento y miedo, crea el sentimiento de no estar relacionados con nada, fomenta la soledad, esa soledad que también es causa de dolor.

Una vez que se han descrito las distintas formas del dolor, ¿podemos mirarlas sin verbalizar, sin escapar del dolor adaptándonos intelectualmente a alguna clase de conclusión racional o religiosa? ¿Podemos mirar el dolor completamente, no alejándonos sino permaneciendo con él? Supongamos que tengo un hijo sordo o ciego; yo soy responsable de él, y produce dolor saber que jamás podrá mirar la belleza del cielo, que nunca podrá escuchar el sonido de la lluvia. Existe este dolor; permanezcan con él, no se aparten. O supongamos que experimento un gran dolor por la muerte de alguien con quien he vivido por muchos años. Luego está ese dolor que es la esencia del aislamiento: nos sentimos totalmente aislados, completamente solos. Permanezcan entonces completamente con ese sentimiento, sin verbalizarlo, sin racionalizarlo, sin escapar de él, sin tratar de superarlo ‑todo lo cual es el movimiento producido por el pensar. Cuando existe ese dolor y el pensamiento no interviene para nada en él ‑lo cual significa que uno es completamente dolor, que no trata de dominarlo sino que es totalmente dolor- entonces el dolor desaparece. Hay dolor solamente cuando existe la fragmentación del pensamiento.

Cuando haya dolor, permanezcan con él sin un solo movimiento del pensar, de modo que la totalidad sea dolor. La totalidad del dolor no significa que yo experimento dolor, significa que soy el dolor ‑y entonces ello no involucra fragmentación alguna. Cuando existe esa totalidad del dolor, sin ningún movimiento de escape, entonces el dolor se marchita y muere.

Sin el cese del dolor, ¿cómo puede haber amor? Extrañamente, hemos asociado el dolor con el amor. Yo amo a mi hijo, y cuando él muere estoy lleno de dolor ‑dolor que asociamos con el amor. Y ahora nos preguntamos: Cuando hay sufrimiento, ¿puede de algún modo haber amor? El amor, ¿es acaso deseo, es placer ‑de modo que cuando ese deseo, ese placer se nos niega, hay sufrimiento? Decimos que el sufrimiento como celos, apego y posesión, forma parte del amor; ése es nuestro condicionamiento, así se nos educa, eso integra nuestra herencia, nuestra tradición. Ahora bien, el amor y el dolor no pueden marchar juntos. Esta no es una declaración dogmática ni una afirmación retórica. Cuando uno examina en profundidad el dolor y comprende su movimiento, en el que están involucrados el placer, el deseo, el apego y las consecuencias de ese apego, que originan corrupción; cuando uno se da cuenta, sin opción posible, sin ningún movimiento, cuando percibe lúcidamente la naturaleza total del dolor, ¿pueden, entonces, coexistir el amor y el dolor? ¿O el amor es algo por completo diferente? Debemos tener bien en claro que la devoción a una persona, a un símbolo, a la familia, no es amor. Si siento devoción hacia alguien por diversas razones, hay un motivo tras de esa devoción; y el amor no tiene motivo. Si hay un motivo, obviamente, eso no es amor. Si alguien me proporciona placer sexualmente, o me brinda diversas formas de comodidad, entonces hay dependencia; el motivo es mi dependencia de la otra persona por que ella me da algo en cambio, y como vivimos juntos, llamo amor a eso. ¿Lo es? De modo que uno cuestiona toda la cosa y se pregunta: Donde hay un motivo, ¿puede existir el amor?

Donde hay ambición, sea en el mundo físico o en el mundo psicológico ‑ambición de estar en la cúspide de todo, de ser un gran triunfador, de tener poder religioso o físico‑ donde hay todo eso, ¿puede existir el amor? Es obvio que no. Reconocemos que no puede existir y, no obstante, continuamos así. Miren lo que le ocurre al cerebro cuando jugamos ardides semejantes. Soy ambicioso, espiritualmente deseo estar junto a Dios, en especial a su derecha; deseo obtener la iluminación ‑ustedes saben, todo ese engaño; uno no puede obtener la iluminación, no puede obtener lo que está más allá del tiempo. La competencia, la conformidad, los celos, la pusilanimidad, el odio, todo eso continúa psicológicamente, internamente. O somos conscientes de ello, o deliberadamente lo eludimos. Sin embargo, le digo a mi esposa o a mi padre o a quien fuere: “Yo te amo”. ¿Qué ocurre cuando en mi vida, en mis relaciones hay una contradicción tan profunda? ¿Cómo puede esa contradicción contener algún sentido de honda integridad? Y, no obstante, eso es lo que estamos haciendo hasta que nos morimos. ¿Puede uno vivir en este mundo, sin ambición, sin el sentido de la competencia? Vean lo que está sucediendo en el mundo exterior. Hay competencia entre las diversas naciones; los políticos compiten unos con otros, económicamente, tecnológicamente, mientras construyen los instrumentos de la guerra; y así es como estamos destruyéndonos a nosotros mismos. Permitimos que esto siga ocurriendo debido a que internamente también somos competidores.

Como lo hemos señalado, si unos pocos comprendieran verdaderamente aquello de que hemos estado hablando durante los pasados cincuenta años, y estuvieran realmente involucrados en ello habiendo puesto fin al miedo, al dolor, etcétera, entonces ello afectaría la totalidad de la conciencia humana. Probablemente ustedes dudan de que ello fuera a afectar a la conciencia de la humanidad. Hitler y su clase han afectado la conciencia de la humanidad ‑Napoleón, los Césares, los carniceros del mundo han afectado a la humanidad. También las personas buenas han afectado a la humanidad ‑por buenas no quiero decir las personas ‘respetables’. Buenos son aquellos que viven la vida totalmente, no fragmentados. Los grandes instructores del mundo han afectado la conciencia humana. Pero si hubiera un pequeño grupo de personas que comprendieran aquello de que hemos estado hablando ‑no verbalmente sino como un hecho, viviendo la vida con gran integridad- entonces ello influiría en toda la conciencia del hombre. Esto no es una teoría. Este es un hecho real. Si ustedes comprenden ese simple hecho, verán que opera siempre; la televisión, los diarios, todo está afectando la conciencia del hombre. Así que el amor no puede existir donde hay un motivo, donde hay apego, donde hay ambición y competencia; el amor no es deseo y placer. Sólo sientan eso, véanlo.

Estamos examinando todo esto a fin de producir orden en nuestra vida ‑orden en nuestra ‘casa’, que carece de orden. ¡Hay tanto desorden en nuestra vida! Y sin establecer un orden que sea total, integral, la meditación no tiene ningún sentido. Si la ‘casa’ de uno no está en orden, uno puede sentarse a meditar esperando que por medio de esa meditación producirá orden; pero, ¿qué ocurre cuando uno está viviendo en desorden y medita? Tiene ensueños fantásticos, ilusiones y toda clase de resultados absurdos. Pero un hombre cuerdo, inteligente, lógico, debe primero establecer orden en su vida diaria, y después penetrar en las profundidades de la meditación, en su significado y belleza, en la inmensidad y excelencia de la meditación.

Tanto si somos muy jóvenes, como de mediana edad o viejos, la muerte forma parte de nuestra vida, tal como el amor, la angustia, el recelo, la arrogancia forman parte de nuestra vida. Pero no vemos que la muerte forma parte de nuestra vida; queremos posponerla o colocarla tan lejos de nosotros como sea posible; y, de ese modo, tenemos un intervalo de tiempo entre la vida y la muerte. ¿Qué es la muerte? Esta es otra pregunta bastante compleja.

El concepto cristiano de la muerte y el sufrimiento, y la conclusión asiática acerca de la reencarnación, son meras creencias y, como todas las creencias, carecen de sustancia. De modo que descartemos todo eso y examinemos juntos la cuestión de la muerte. Puede que ello no sea agradable, que no quieran ustedes encararlo. Ahora están viviendo, sanamente, tienen placeres, miedo, ansiedad, y en el mañana hay esperanza, y ustedes no desean interesarse en el fin de todo esto. Pero si somos inteligentes, cuerdos, racionales, tenemos que enfrentarnos no sólo al vivir y a todas las implicaciones del vivir, sino también a las implicaciones del morir. Tenemos que conocer unas y otras. Esa es la totalidad de la vida en que no hay división. Entonces, ¿qué es la muerte aparte del cese de un organismo que ha vivido erróneamente, enviciado con la bebida, con las drogas, con los excesos o con el ascetismo y la renuncia? El cuerpo sufre esta constante batalla entre los opuestos, no tiene una vida armónica y equilibrada, sino que está siempre en uno de los extremos. El cuerpo pasa también por una gran tensión que le impone el pensamiento. El pensamiento ordena y, debido a eso, el cuerpo es controlado. Y, a causa de su limitación, el pensamiento ocasiona falta de armonía. Y ello hace que vivamos sin armonía física, forzando el cuerpo, controlándolo, subyugándolo, manejándolo ‑es esto lo que todos hacemos, incluyendo los ayunos por razones políticas o religiosas, los cuales son una forma de violencia

El cuerpo puede soportar todo esto por muchos años, alcanzando la vejez sin volverse senil Pero, inevitablemente, el cuerpo llegará a su fin, el organismo morirá ¿Es eso la muerte? ¿Es el cese del organismo ‑sea por alguna enfermedad, sea por vejez o accidente- lo que nos preocupa? ¿Es que el pensamiento se identifica a sí mismo con el cuerpo, con el nombre, con la forma, con todos los recuerdos, y dice: “La muerte debe ser evitada”? Lo que tememos, ¿es que llegue a su fin un cuerpo que hemos atendido, cuidado? Puede ser que no sea eso lo que especialmente temamos, tal vez haya una secreta ansiedad al respecto, pero eso no tiene mayor importancia. Lo que es mucho más importante para nosotros, es el fin de las relaciones que hemos tenido, de los placeres los recuerdos agradables o desagradables, todo lo cual compone lo que llamamos el vivir ‑el diario vivir, el concurrir a la oficina o a la fábrica, efectuar alguna hábil tarea, tener una familia, estar apegados a la familia con todos los recuerdos de la misma, mi hijo, mi hija, mi esposa, mi marido ‑en la unidad familiar, que rápidamente está desapareciendo. Existe el sentimiento de estar relacionados con alguien, aunque en esa relación pueda haber gran tormento y ansiedad; el sentimiento de estar en el hogar con alguien ‑o no en el hogar con alguien. ¿Es eso lo que nos asusta? ‑el fin de mis relaciones, mis apegos, el fin de algo que he conocido, algo a lo que me he aferrado, algo en lo cual me he especializado a lo largo de toda mi vida ‑¿es el fin de todo eso lo que me asusta? Ello implica el fin de todo lo que constituye el ‘yo’: la familia, el nombre, la casa, la tradición, la herencia cultural y racial; todo eso es el ‘yo’, el ‘yo’ que está batallando o que está contento. ¿Es eso lo que tememos? ‑el fin del ‘yo’ que, psicológicamente, es el fin de la vida que estoy llevando, la vida que conozco, con su angustia, con su dolor. ¿Es eso lo que nos atemoriza?

Si tenemos miedo de eso y no hemos resuelto ese miedo, lo mismo la muerte llega inevitablemente; ¿qué le ocurre, entonces, a esa conciencia que no es la conciencia personal mía o de ustedes, sino la conciencia del ser humano, la conciencia del total de la humanidad? En tanto tengo miedo como un individuo con mi conciencia limitada, eso es lo que me atemoriza, lo que me espanta. ¿Nos damos cuenta de que no es un hecho que la conciencia de uno esté totalmente separada de la de todos los demás ‑vemos que esa separación es ilusoria, que es ilógica, nociva? En tal caso uno comprende, quizás en su corazón, en su sentimiento, que uno es el total de la humanidad ‑no una conciencia individual, cosa que no tiene sentido. Y uno ha vivido esta clase de vida, que es angustia, dolor, ansiedad, y si el cerebro no ha transformado algo de eso, la vida de uno es solamente una confusión más en la totalidad. Pero si uno comprende que la propia conciencia es la conciencia de la humanidad, y que uno es totalmente responsable por la conciencia humana, entonces el liberarse de la limitación de esa conciencia se vuelve algo de extrema importancia. Cuando tal libertad existe, uno está contribuyendo a quebrar la limitación de esa conciencia La muerte tiene, entonces, una significación por completo diferente.

Uno ha vivido lo que llamamos una vida individual, preocupado por sí mismo y por sus problemas personales. Esos problemas no terminan jamás; aumentan. Uno ha vivido esa clase de vida; a uno lo han criado, educado, condicionado para esa clase de vida. Usted viene a mí como amigo ‑yo le agrado o usted siente afecto por mí‑ y me dice: “Mire, su conciencia no es suya; usted sufre igual que otras personas sufren”. Yo escucho eso y no rechazo lo que usted dice, porque ello es sensato, es cuerdo, y veo que en lo que acaba de decirme quizá radique la paz del mundo. Y entonces me pregunto: “Bien, ¿puedo librarme del miedo?” Veo que soy responsable, absolutamente responsable por la totalidad de la conciencia. Y veo que cuando estoy investigando el miedo, estoy ayudando a la conciencia humana total a disminuir el miedo. Entonces la muerte tiene una significación completamente distinta. Ya no tengo más fantasías de que voy a sentarme cerca de Dios, o de que voy a ir al cielo a través de alguna nebulosa peculiar. Estoy viviendo una vida que pertenece al total de la humanidad, y si comprendo la muerte, si comprendo el dolor, estoy purificando toda la conciencia humana Por esto es tan importante comprender el sentido de la muerte y descubrir, tal vez, que la muerte tiene una gran significación, una gran relación con el amor, porque donde uno pone verdadero fin a algo, ahí está el amor. Cuando uno termina con el apego completamente, entonces hay amor.

23 de julio de 1981

7

HEMOS hablado acerca del complejo problema de la existencia, de la formación de imágenes en nuestras relaciones con los demás, y de las imágenes que el pensamiento proyecta y a las que rendimos culto. Hemos hablado del miedo, del placer, del cese del dolor, y de lo que es el amor ‑aparte de todo el tormento que contiene eso que conocemos con el nombre de ‘amor’. Hemos hablado de la compasión con su inteligencia, y hemos hablado de la muerte. Debemos ahora hablar de la religión.

Muchos intelectuales, en todo el mundo, huyen asustados de la religión. Ellos ven lo que son las religiones en el mundo actual, con sus creencias, dogmas, rituales y la organización jerárquica de su existencia establecida; y más bien se burlan y escapan de cualquier cosa que tenga algo que ver con la religión. Y a medida que envejecen y se acercan a ese umbral llamado muerte, recaen con frecuencia en su antiguo condicionamiento; se vuelven católicos o siguen a algún gurú de la India o del Japón. En todo el mundo la religión ha perdido su credibilidad y ya no tiene significado alguno en la vida cotidiana. Cuanto más uno las examina y más advierte el contenido íntegro de todas las estructuras religiosas, más escéptico se vuelve sobre todo este asunto; y, como los intelectuales, nada quiere tener que ver con eso. Y los que no son escépticos, tratan a las religiones románticamente, emocionalmente o como una forma de entretenimiento.

Si uno descarta las actitudes intelectuales, románticas y sentimentales hacia las religiones, puede entonces empezar a preguntarse ‑no con candidez sino seriamente: ¿Qué es la religión? ‑no atendiendo al mero significado de esa palabra, sino a su profundidad. Desde la antigüedad, el hombre siempre ha pensado que debe haber algo más allá de la vida ordinaria, de la usual desdicha que padecemos, de la confusión y el conflicto de la existencia cotidiana. En su búsqueda ha inventado toda clase de filosofías, ha creado toda clase de imágenes ‑desde aquellas de los antiguos egipcios e hindúes, hasta las de los tiempos modernos- quedando al parecer siempre atrapado en algún tipo de ilusión. Se engaña a sí mismo, y de esos engaños ilusorios crea todo género de actividades. Si uno pudiera desechar todo eso, no hipnotizándose a sí mismo, estando libre de cualquier tipo de ilusión, podría entonces empezar a examinar, a investigar muy profundamente si existe algo más allá de toda la contaminación del pensamiento, de toda la corrupción del tiempo, si hay algo más allá de nuestra existencia habitual en el espacio y el tiempo, y si existe algún sendero ‑o ningún sendero‑ que conduzca a ello, y de qué modo la mente puede llegar a alcanzarlo. Si uno se pregunta eso, entonces, ¿por dónde habrá de empezar? ¿Se necesita alguna clase de preparación ‑disciplina, sacrificio, control, un cierto período de preparación para luego avanzar?

En primer lugar, es fundamental comprender que uno debe estar libre de todas las ilusiones. Por lo tanto, ¿qué es lo que crea las ilusiones? ¿No es acaso el deseo de conseguir alguna cosa, de experimentar algo fuera de lo común ‑percepciones extrasensorial, visiones, experiencias espirituales? Uno debe ser muy claro con respecto a la naturaleza del deseo y comprender el movimiento del deseo ‑que es el pensamiento con su imagen‑ y también tiene que haber ausencia de cualquier motivo tras de la investigación que uno encara. Puede parecer muy difícil no tener una intención, no tener un sentido de dirección fija, pero sólo así el cerebro puede estar libre para investigar. Tiene que haber orden en nuestra propia casa, en nuestra existencia, en nuestras relaciones y en nuestras actividades. Sin orden, que es libertad, no puede haber virtud. La virtud, la probidad, no es algo intelectualmente cultivado. Cuando hay orden, hay virtud; ese orden es algo viviente, no una rutina, no un hábito.

En segundo lugar: ¿Hay algo que deba ser aprendido? ¿Podemos aprender de otro alguna cosa? Uno puede aprender de otro, historia, biología, matemática, física; todo el complejo conocimiento del mundo tecnológico puede uno aprenderlo de otro, de los libros. Pero, ¿hay algo que aprender de la psicología con respecto a nuestras vidas, o en relación con aquello que es eterno? ‑si es que existe algo que sea eterno. ¿O es que nada hay que deba aprenderse de otro, porque toda la experiencia humana, todo el conocimiento psicológico que la humanidad ha recogido y acumulado por millones de años, está dentro de uno mismo? Si es así, si la conciencia de uno es la conciencia total de la humanidad, parece entonces más bien absurdo y bastante cándido tratar de aprender de algún otro acerca de uno mismo. Requiere completa claridad de observación aprender con respecto a nosotros mismos. Eso es obvio. Por tanto, no existen ni la autoridad psicológica ni la espiritual, porque la historia total de los hombres, que es la historia de la humanidad, está en uno mismo. Por consiguiente, nada hay que experimentar. Nada hay que pueda aprenderse de otro que dice: “Yo sé” o, “Yo te mostraré el sendero hacia la verdad” ‑ni de los sacerdotes de todo el mundo, ni de los intérpretes entre lo ‘superior’ y lo ‘inferior’. Para aprender acerca de uno mismo, para comprenderse, hay que descartar toda autoridad. Es obvio. La autoridad forma parte de uno mismo; uno es el sacerdote, el discípulo, el maestro, uno es la experiencia y uno es lo supremo ‑si uno sabe comprender.

No hay nada que deba aprenderse de nadie, incluyendo a quien les habla; especialmente no deben ser influidos por quien les habla. Uno ha de estar libre para inquirir muy, muy profundamente, no de manera superficial. Uno puede haber hecho toda la investigación superficial durante los últimos cinco o cincuenta años, y puede haber llegado al punto en que ha establecido orden, más o menos, en su vida y, a medida que avance, es posible que establezca un orden mayor, de modo que pueda formular la pregunta: ¿Qué es la mente religiosa capaz de comprender la naturaleza de la meditación?

En los últimos cincuenta años, esa palabra meditación se ha vuelto muy popular en Occidente. Antes de eso, sólo unos pocos que habían estado en Asia investigaron las formas orientales de la meditación. Los asiáticos han sostenido que sólo a través de la meditación puede uno alcanzar y comprender aquello que es intemporal, que es inconmensurable. Pero durante los años recientes, personas que nada tienen que ver con eso pero que se llaman a sí mismas ‘gurús’, han venido a Occidente trayendo consigo esa palabra. Esta se ha vuelto una palabra que ha hecho que la meditación se parezca a una droga. También están los diversos sistemas de meditación ‑el tibetano, el hindú, el zen japonés y así sucesivamente. Estos sistemas han sido inventados por el pensamiento, y siendo el pensamiento limitado, los sistemas deben ser limitados, es inevitable. Y también se vuelven mecánicos, porque si uno repite y repite, es natural que su mente se embote, que se vuelva más bien estúpida y enteramente crédula. Todo esto requiere nada más que sentido común, pero es tal vez la avidez por experimentar algo espiritual, ya sea mediante las drogas o el alcohol, o siguiendo un sistema de meditación que esperamos nos brinde algún tipo de experiencia excitante; es tal el hastío que hay en la vida cotidiana de ir a la oficina por los siguientes cuarenta años y, finalmente, morirse. Es tan grande el fastidio con respecto a las religiones establecidas, que cuando alguien viene con algunas nociones fantásticas, la gente queda embaucada con ellas. Esto es lo que está sucediendo; no es una exageración, no es un ataque personal a nadie, sino una exposición del desatino que nos rodea.

Por lo tanto, si uno se da cuenta suficientemente de todo esto, lo habrá descartado por su absoluta falta de sentido; no necesitamos ir a la India, o al Tíbet, o a Roma, si empleamos el sentido común y tenemos una mente crítica que cuestiona lo que otros dicen y que también se cuestiona a sí misma. Es indispensable cuestionar todo cuanto uno considera que es una experiencia correcta, noble o real, y es esencial mantener una mente capaz, racional, cuerda, libre de toda ilusión y de cualquier forma de autohipnosis.

Entonces, ¿qué es un ser humano? El ser humano ha vivido a base del pensamiento; toda la arquitectura, toda la música, todas las cosas que se encuentran dentro de las iglesias, de los templos y las mezquitas, han sido inventadas por el pensamiento. Todas nuestras relaciones se basan en el pensamiento; aunque digamos, “Yo te amo”, ello tiene aun como base la imagen que el pensamiento ha creado con respecto al otro. Para el ser humano, el pensamiento es pasmosamente importante; y el pensamiento mismo es limitado; su acción tiende a producir fragmentación ­la fragmentación entre las personas ­mi religión, mi país, mi dios, mi creencia, que se opone a la suya; todo ello es el movimiento del pensar, es espacio y tiempo.

La meditación es la capacidad del cerebro que ya no funciona parcialmente ‑el cerebro que se ha liberado de su condicionamiento y que, por tanto, opera como una totalidad. La meditación de un cerebro semejante es diferente de la mera contemplación de uno que está condicionado como cristiano o como hindú, y cuya contemplación proviene de un trasfondo, de una mente condicionada. La contemplación no lo libera a uno del condicionamiento. La meditación requiere una investigación profunda, y se vuelve una exigencia extraordinariamente seria para que la mente no funcione de manera parcial. Por parcial se entiende el funcionamiento en una especialización particular o en una determinada ocupación, lo cual hace que el cerebro se limite, se estreche en la aceptación de creencias, tradiciones, dogmas y rituales, todo ello inventado por el pensamiento. Los cristianos emplean la palabra ‘fe’ ‑fe en Dios, fe en la providencia para que todas las cosas les salgan bien. Los asiáticos tienen sus propias formas de fe ‑el karma, la reencarnación y la evolución espiritual. La meditación es diferente de la contemplación, en el sentido de que la meditación exige que el cerebro actúe totalmente y deje de estar condicionado para la acción parcial. Ese es el requisito fundamental de la meditación; de lo contrario, ésta no tiene ningún sentido.

Por lo tanto, nos preguntamos: ¿Es posible vivir en este mundo que nos exige ciertas formas de especialización ‑un hábil mecánico, un matemático, un ama de casa- y, no obstante, estar libres de la especialización? Supongamos que soy un físico teórico y he gastado la mayor parte de mi vida en las formulaciones matemáticas, pensando en ellas, cuestionándolas, cultivando un considerable conocimiento sobre el particular, de modo que mi cerebro se ha especializado y limitado, y entonces comienzo a investigar la meditación. Al hacerlo así, sólo puedo comprender parcialmente el significado y la profundidad de la meditación, porque estoy fijo en una cosa, en la física teórica que constituye mi profesión; anclado ahí, comienzo a investigar teóricamente si existe la meditación, si existe lo intemporal; por lo tanto, mi investigación también se vuelve parcial. Pero yo tengo que vivir en este mundo; soy profesor en una universidad, tengo mujer e hijos, tengo esa responsabilidad, y quizá también estoy enfermo; no obstante, deseo investigar muy profundamente la naturaleza de la verdad, lo cual forma parte de la meditación. De modo que la pregunta es: ¿Puedo estar especializado como físico teórico y, no obstante, dejar eso en cierto nivel de modo que mi cerebro (el cerebro que es el cerebro común a toda la humanidad) pueda decir: Sí, tengo esa función especializada, pero tal función no va a interferir?

Si soy un carpintero, conozco la cualidad de la madera, su grano, su belleza, y las herramientas con que la trabajo. Y veo que eso es natural, pero también veo que el cerebro que ha cultivado la especialidad, no puede comprender la totalidad de la meditación. Si como carpintero comprendo esto, la verdad de ello ‑que como carpintero tengo un lugar, pero también que la especialización no tiene cabida en la totalidad de la comprensión, en la captación total de la meditación‑ entonces esa especialización se vuelve un asunto de poca importancia.

Entonces comienzo a preguntarme: ¿Qué es la meditación? En primer lugar, la meditación requiere atención, que consiste en poner toda nuestra capacidad y energía en la observación. La atención es diferente de la concentración. La concentración es un esfuerzo que el pensamiento hace para enfocar su capacidad, su energía, en un tema particular. Cuando ustedes van a la escuela se les adiestra para que se concentren, o sea, para que conduzcan toda la energía de que disponen, hacia un punto determinado. Al concentrarse, impiden que interfiera cualquier otra clase de pensamientos; la meditación implica controlar el pensamiento sin permitirle que divague, manteniéndolo enfocado sobre un tema en especial. Es la operación del pensamiento la que enfoca la atención, la energía, en ese tema. En ello hay compulsión, hay control.

Por lo tanto, en la concentración están el controlador y lo controlado. El pensamiento divaga; el pensamiento dice que no debe divagar y yo lo traigo de vuelta como el controlador que afirma: “Debo concentrarme en esto”. Hay, pues, un controlador y está lo controlado. ¿Quién es el controlador? El controlador es una parte del pensamiento y también es el pasado. El controlador dice: “Yo he aprendido mucho, y para mí, el controlador, es importante controlar el pensamiento”. O sea, que el pensamiento se ha dividido a sí mismo como el controlador y lo controlado; es una treta que el pensamiento está jugando consigo mismo. Ahora bien, en la atención no hay controlador ni existe lo controlado; solamente hay atención. Por lo tanto, es indispensable examinar cuidadosamente la naturaleza de la concentración con su controlador y lo controlado. En toda nuestra vida está presente este controlador: “Yo debo hacer esto, no debo hacer aquello, debo controlar mis deseos, controlar mi ira, controlar mis ímpetus”.

Tenemos que ser muy claros en comprender lo que es la concentración y lo que es atención. En la atención no existe un controlador. ¿Hay, pues, en la existencia cotidiana, una manera de vivir en que haya cesado toda forma de control psicológico? ‑porque el control significa esfuerzo, significa división entre el controlador y lo controlado; estoy airado, yo debo controlar mi ira; fumo, yo no debo fumar, tengo que resistir el fumar. Estamos diciendo que existe algo por completo diferente, y esto puede ser mal entendido y rechazado por completo, porque es muy común afirmar que toda la vida es control -“si no se controlan, se volverán permisivos, absurdos, lo que hagan no tendrá sentido; por lo tanto, deben ejercer el control”. Las religiones, las filosofías, los maestros, la familia, la madre, todos lo incitan a uno a controlarse. Nunca nos hemos preguntado: ¿Quién es el controlador? El controlador se origina en el pasado ‑el pasado que es el conocimiento, el pensamiento. El pensamiento se ha separado a sí mismo como el controlador y lo controlado. La concentración es eso operando. Comprendiéndolo, nos formulamos entonces una pregunta mucho más fundamental: ¿Puede uno vivir en este mundo, con una familia y responsabilidades, sin vestigio alguno de control? Vean la belleza de la pregunta que acaba de formularse. Nuestro cerebro ha sido adiestrado por miles de años para inhibir, para controlar, y ahora nunca está operando en su totalidad; vean por sí mismos lo que hace, vigilen al propio cerebro mientras opera, examínenlo racionalmente, críticamente, de manera que no haya engaño ni hipnosis. Casi todas las meditaciones que se han propugnado desde el mundo asiático, involucran el control; control del pensamiento para tener una mente en paz, una mente que se mantenga tranquila, que no esté parloteando eternamente. El silencio, la quietud y la tranquilidad absoluta de la mente son indispensables a fin de percibir; y para alcanzar tal estado, se proponen estas formas de meditación que, por sutiles que sean, tienen como base el control. Alternativamente, se entregan ustedes a un gurú, o a algún ideal, y se olvidan de sí mismos porque se han entregado a algo y, debido a eso, están en paz; pero nuevamente, lo que se mueve es el pensamiento, el deseo de obtener algo que les han ofrecido.

La atención no es el opuesto de la concentración. El opuesto tiene sus raíces en su propio opuesto. Si el amor es el opuesto del odio, entonces el amor ha nacido del odio. La atención no es el opuesto de la concentración, está totalmente divorciada de ella. La atención, ¿requiere un esfuerzo? Esa es una de nuestras actividades principales; yo debo esforzarme ‑soy perezoso, no deseo levantarme esta mañana pero debo hacerlo, debo hacer un esfuerzo. Yo no deseo hacer cierta cosa, pero debo hacerla. Vean lo extraordinario que es el hecho de que no podamos captar instantáneamente el significado de esto. Ello tiene que ser explicado y explicado y explicado. Pareciera que somos incapaces de percibir directamente la diferencia entre concentración y atención y, de tal modo, estar atentos.

¿Cuándo se produce la atención? Obviamente, no mediante el esfuerzo. Cuando uno realiza un esfuerzo para estar atento, ello indica que uno está inatento y trata de que esa inatención se convierta en atención. Pero tener un penetrante y rápido discernimiento, es ver instantáneamente, por ejemplo, la falsedad de todas las organizaciones religiosas, de modo tal que uno ya esté fuera de ellas. Es ver instantáneamente que el observador es lo observado y, por tanto, uno no hace esfuerzo alguno; es así. El esfuerzo existe cuando hay división. ¿No indica ello que el cerebro de uno se ha embotado, porque a uno lo han estado ejercitando y ejercitando, y así ha perdido su prístina viveza, su capacidad de ver directamente sin tantas explicaciones y palabras, palabras, palabras...

Pero, infortunadamente, uno tiene que examinar esto, porque nuestra mente, nuestro cerebro no puede, por ejemplo, captar instantáneamente que la verdad no tiene senderos; es incapaz de ver la inmensidad de esa declaración, de ver su belleza y descartar así todos los senderos, de modo que ese cerebro se vuelva extraordinariamente activo. Una de las dificultades es que nos hemos vuelto mecánicos. Si el cerebro de uno no es extraordinariamente vivaz y activo, paulatinamente irá deteriorándose. Así que el cerebro tiene que pensar, tiene que estar activo, aunque sea parcialmente; pero cuando la computadora asuma todo el trabajo y la mayor parte de nuestro pensamiento, operando a una velocidad que el cerebro no puede alcanzar, entonces el cerebro va a deteriorarse. Esto ya está sucediendo, no es una exageración de quien les habla, está sucediendo ahora y nosotros no lo advertimos.

En la concentración hay siempre un centro desde el cual uno está actuando. Cuando uno se concentra, lo hace por algún beneficio, por algún motivo profundamente arraigado; uno está observando desde un centro. Mientras que en la atención no hay centro en absoluto. Cuando uno mira algo inmenso ‑como las montañas con su majestad extraordinaria, con su perfil recortado contra el cielo azul, y la magnificencia del valle- la belleza de ello expulsa por un instante el centro; por un segundo quedamos pasmados ante esa inmensidad. La belleza es esa percepción que existe cuando el centro está ausente. Un niño a quien le han dado un juguete, está tan absorto en él que cesa en sus travesuras; está totalmente con el juguete. Pero rompe el juguete y está de vuelta consigo mismo. Nosotros estamos casi todos absortos en nuestros numerosos juguetes; cuando los juguetes desaparecen, volvemos a nosotros mismos. En la comprensión de nosotros mismos sin los juguetes, sin ninguna dirección, sin ningún motivo, está la libertad con respecto a la especialización, y esta libertad hace que el cerebro se encuentre totalmente activo. Cuando el cerebro está activo en su totalidad, ésa es la atención total.

Siempre estamos mirando o sintiendo con una parte de los sentidos. Uno escucha alguna música, pero jamás la escucha realmente. Jamás estamos atentos a nada con la totalidad de nuestros sentidos. Cuando uno mira una montaña, debido a su majestuosidad los sentidos de uno operan totalmente y, por ello, uno se olvida de sí mismo. Cuando uno mira el movimiento del mar, o el cielo con la luna naciente, cuando uno está íntegramente atento con la totalidad de sus sentidos, ésa es la atención completa en que no hay un centro. Lo cual implica que la atención es el silencio total del cerebro, en el que ya no hay parloteo sino una completa quietud ‑un silencio absoluto de la mente y el cerebro.

Existen varias formas de silencio ‑el silencio entre dos ruidos, el silencio entre dos notas, el silencio entre pensamientos, el silencio que hay cuando uno penetra en el bosque. En los lugares donde existe el riesgo de un animal peligroso, todas las cosas quedan en absoluto silencio; este silencio no es un producto del pensamiento ni surge a causa del temor. Cuando uno está realmente asustado, callan los nervios y el cerebro; pero la meditación no es esa cualidad del silencio, es algo por completo diferente. Su silencio es la operación de la totalidad del cerebro con todos los sentidos activos. Es la libertad lo que da origen al silencio total de la mente. Es sólo una mente semejante, una mente ‑cerebro de esta naturaleza, la que está completamente silenciosa y quieta‑ no con la quietud generada por el esfuerzo, por la determinación, por el deseo, por el motivo. Esta quietud es la libertad propia del orden, del orden que es virtud, que es probidad en la conducta. Unicamente en ese silencio, existe aquello que es innominable e intemporal. Eso es la meditación.

26 de julio de 1981

8

LAMENTABLEMENTE, sólo habrá dos pláticas, de modo que es necesario condensar lo que vamos a decir acerca de la totalidad de la existencia. No estamos haciendo ninguna clase de propaganda; no se les está persuadiendo para que piensen en una dirección particular ni se les está convenciendo de nada ­debemos estar completamente seguros de eso. No traemos nada exótico del Oriente, como el disparate que está ocurriendo en el nombre de los gurús y de esas personas que escriben cosas extrañas después de haber visitado la India ‑no pertenecemos en absoluto a ese grupo de gente. Y quisiéramos señalar que durante estas dos pláticas estamos pensando juntos, no escuchando meramente ciertas ideas para recordar o discrepar con ellas; no estamos creando argumentos, opiniones, juicios, sino que juntos ‑quiero decir, juntos ustedes y quien les habla- vamos a observar en qué se ha convertido el mundo, no sólo en Occidente sino también en Oriente, donde hay gran pobreza, gran miseria con enorme superpoblación, y donde los políticos, al igual que aquí en Occidente, son incapaces de habérselas con lo que está sucediendo. Todos los políticos piensan en términos de tribu; el sentimiento tribal se ha convertido en el glorificado nacionalismo. No podemos, por lo tanto, confiar en ninguno de los políticos, en ningún líder, en ningún libro que se haya escrito sobre religión. No es posible confiar en ninguna de estas personas, ni en los científicos, los biólogos o los psicólogos ‑no han sido capaces de resolver nuestros problemas humanos. Estoy completamente seguro de que en eso estamos todos de acuerdo. Tampoco podemos confiar en ninguno de los gurús que, infortunadamente, vienen a los países occidentales y explotan a la gente y se vuelven muy ricos; ellos no tienen absolutamente nada que ver con la religión.

Habiéndose dicho todo esto, es importante que nosotros ‑ustedes y quien les habla- pensemos juntos. Entendemos por pensar juntos, no aceptar meramente ninguna clase de opinión ni evaluación, sino observar juntos lo que está ocurriendo en el mundo, no sólo externamente sino lo que sucede internamente, en lo psicológico, con todos nosotros. Exteriormente, hay una gran incertidumbre, confusión, guerras, o la amenaza de la guerra. Hay guerras que se desarrollan actualmente en algunas partes del mundo; los seres humanos se están matando unos a otros. No ocurre en Occidente, aquí, pero existe la amenaza de un conflicto nuclear y se están preparando para la guerra. Y nosotros, seres humanos comunes, no parecemos ser capaces de hacer nada al respecto. Hay demostraciones, terrorismo, hambre, huelgas, etc. Un grupo tribal está contra otro grupo, y los hombres de ciencia están contribuyendo a eso; y los filósofos, aunque se opongan a ello, continúan interiormente pensando en términos de nacionalismo, de acuerdo con sus propias carreras particulares. De modo que eso es lo que actualmente está ocurriendo con el mundo exterior, cosa que cualquier ser humano inteligente puede observar.

E interiormente, en nuestras propias mentes y corazones, nosotros mismos también estamos muy confundidos. No hay seguridad, y no solamente para nosotros, sino quizá para la futura generación. Las religiones han dividido a los seres humanos como cristianos, hindúes, musulmanes, budistas, etc. Si consideramos, pues, todo esto, si lo observamos objetivamente, con calma y sin ninguna clase de prejuicio, es naturalmente importante que pensemos juntos acerca de todo ello. Pensar juntos, no tener opiniones opuestas a otros conjuntos de opiniones, no tener una conclusión contra otra conclusión, un ideal contra otro ideal, sino más bien pensar juntos y ver qué podemos hacer nosotros, los seres humanos. La crisis no está en el mundo económico ni en el mundo político; la crisis está en la conciencia. Creo que muy pocos de nosotros nos damos cuenta de esto. La crisis está en nuestra mente y en nuestro corazón; vale decir que la crisis está en nuestra conciencia. Nuestra conciencia es toda nuestra existencia, con nuestro nacionalismo, nuestras creencias, nuestras conclusiones, con todos los temores que tenemos; es nuestros placeres, los problemas aparentemente insolubles y la cosa que llamamos amor, compasión; la conciencia incluye el problema de la muerte ‑el preguntarnos si hay algo más allá, alguna cosa más allá del tiempo, más allá del pensamiento, y si existe algo que sea eterno. Ese es el contenido de nuestra conciencia.

Es el contenido de la conciencia de cada ser humano, en cualquier parte del mundo que esté habitando. El contenido de nuestra conciencia es el terreno común a toda la humanidad. Pienso que esto debe quedar muy ‑claro desde el principio mismo: un ser humano, en cualquier parte del mundo, sufre ‑no sólo físicamente sino también internamente. Está perplejo, asustado, confundido, ansioso, sin ningún sentimiento profundo de seguridad. De modo que nuestra conciencia es común a toda la humanidad. Por favor, escuchen esto. Puede que lo estén oyendo por primera vez, así que tengan la bondad de no descartarlo. Investiguémoslo, considerémoslo juntos, no cuando estén en su casa sino ahora; la conciencia de cada uno de ustedes, lo que piensan, lo que sienten, sus reacciones, la ansiedad, la soledad, el dolor, la angustia que experimentan, esa búsqueda de algo que no sea meramente físico sino que esté más allá de todo pensamiento, todo eso que siente y piensa cualquiera de ustedes, es igual a lo que siente y piensa una persona que vive en la India, en Rusia o en América.

Todos pasan por los mismos problemas que ustedes, los mismos problemas de relación mutua, hombre, mujer. Todos estamos, pues, sobre el mismo terreno de la conciencia; nuestra conciencia es común a todos nosotros y, por tanto, no somos individuos. Por favor, consideren bien esto. Nos han educado, adiestrado tanto religiosa como escolásticamente, para pensar que somos individuos, almas separadas que luchan cada una para sí; pero esa es una ilusión, porque nuestra conciencia es común a toda la humanidad. Por consiguiente, somos la humanidad, no individuos separados bregando por nosotros mismos. Esto es lógico, racional, cuerdo. No somos entidades separadas con contenidos psicológicos separados, que luchan para sí mismas, sino que cada uno de nosotros es, efectivamente, el resto de la humanidad.

Tal vez acepten intelectualmente la lógica de esto, pero si lo sienten profundamente, entonces toda la actividad que desarrollan experimentará una radical transformación. Esa es la primera cuestión en la que debemos reflexionar juntos: que nuestra conciencia, el modo en que pensamos, en que vivimos ‑algunos quizá con más comodidades, con más riquezas, con mayores facilidades para viajar que otros- es internamente, psicológicamente, exactamente igual que la conciencia de quienes viven alejados a miles y miles de kilómetros de nosotros.

Todo es relación, nuestra existencia misma es estar relacionados. Observen lo que hemos hecho de nuestras relaciones con los demás, sean éstas íntimas o no. En toda relación hay tremendo conflicto, lucha; ¿por qué? ¿Por qué los seres humanos, que han vivido por más de un millón de años, no han resuelto este problema de la relación? Así que esta mañana vamos a examinar juntos el problema. Observaremos juntos lo que, de hecho, es la relación entre hombre y mujer. Toda sociedad se basa en la relación; no hay sociedad si no hay relación; la sociedad se vuelve, en tal caso, una mera abstracción.

Uno observa que hay conflicto entre hombre y mujer. El hombre tiene sus propios ideales, sus propias búsquedas y ambiciones, siempre anda detrás del éxito, siempre busca ser alguien en el mundo. Y la mujer también está luchando, también desea ser alguien, desea realizarse. Cada uno está persiguiendo su propia dirección; son como dos rieles de ferrocarril que corren paralelos y jamás se encuentran excepto, tal vez, en la cama; pero por lo demás ‑si lo observan con atención- nunca se encuentran realmente en lo psicológico, en lo interno. ¿Por qué? Esa es la cuestión. Cuando preguntamos por qué, siempre estamos buscando la causa, pensando en términos de causalidad esperando que, si pudiéramos entender la causa, cambiaríamos tal vez el efecto.

Nos estamos formulando, pues, una pregunta muy sencilla pero, al propio tiempo, muy compleja: ¿Por qué nosotros, los seres humanos, no hemos sido capaces de resolver este problema de la relación, pese a haber vivido sobre esta tierra por millones de años? ¿Es porque cada uno tiene su imagen particular producida por el pensamiento, y entonces nuestra relación está basada en dos imágenes ‑la imagen que el hombre se forma con respecto a ella, y la imagen que la mujer se forma con respecto a él? En esta relación somos, pues, como dos imágenes que viven juntas. Ese es un hecho. Si lo observan muy detenidamente por sí mismos ‑y si se me permite señalarlo- ustedes han creado esas imágenes, el hombre con respecto a ella, y ella, la mujer, ha creado una representación, una estructura verbal con respecto al hombre. De tal modo, la relación se establece entre estas dos imágenes, que son un producto del pensamiento. Y el pensamiento no es amor.

Todos los recuerdos de esta relación entre uno y otro, las representaciones mentales, las conclusiones mutuas son, si uno lo observa bien detenidamente y sin ningún prejuicio, el producto del pensamiento; son el resultado de múltiples recuerdos, experiencias, irritaciones y sentimientos de soledad; y así, la relación entre uno y otro no es amor sino la imagen que ha engendrado el pensamiento. De manera que si hemos de comprender la realidad de las relaciones, tenemos que comprender todo el movimiento del pensar, porque vivimos por medio del pensamiento; todas nuestras acciones se basan en el pensamiento, todos los grandes edificios, todas las catedrales, las iglesias, templos y mezquitas del mundo, son el resultado del pensamiento. Y todo lo que hay en el interior de estos edificios religiosos ‑las figuras, los símbolos, las imágenes‑ son una invención del pensamiento. Esto no puede refutarse.

El pensamiento ha creado no sólo los más maravillosos edificios y lo que esos edificios contienen, sino que también ha creado los instrumentos de la guerra, la bomba en todas sus numerosas formas. El pensamiento ha producido también al cirujano y sus maravillosos y delicados instrumentos quirúrgicos. Y el pensamiento ha producido al carpintero, con su estudio de la madera y las herramientas que emplea. Lo que contiene una iglesia, la destreza de un cirujano, la pericia del ingeniero que construye un hermoso puente, todo ello es el resultado del pensamiento ‑no hay manera de rebatir eso.

Por lo tanto, hemos de examinar qué es el pensamiento, por qué los seres humanos viven a base del pensamiento, y la rasen de que el pensamiento haya producido un caos semejante en el mundo ‑guerra y falta total de relación entre unos y otros. Y hemos de examinar la gran capacidad del pensamiento con su energía extraordinaria. Debemos también ver cómo, a través de millones de años, el pensamiento ha traído tanto dolor a la humanidad. Por favor, observemos esto juntos, examinémoslo juntos. No se opongan meramente a lo que se está diciendo; antes bien examinen junto con quien les habla lo que éste expresa, para que así comprendamos lo que realmente nos está sucediendo a todos los seres humanos, por qué nos estamos destruyendo a nosotros mismos.

El pensamiento es la respuesta de la memoria ‑memoria de las cosas pasadas; también se proyecta como esperanza hacia el futuro. La memoria es conocimiento; el conocimiento es el recuerdo de la experiencia. O sea, que está la experiencia; de la experiencia, hay conocimiento como memoria, y de la memoria emana nuestra acción. De esa acción aprendemos, y ello se constituye en más conocimiento. Vivimos, pues, en este ciclo experiencia, memoria, conocimiento, pensamiento y, desde ahí, la acción. Vale decir, que siempre estamos viviendo dentro del campo del conocimiento.

Lo que estamos considerando es muy serio. No es algo para un fin de semana o para escucharse casualmente; se relaciona con una transformación radical de la conciencia humana. Tenemos, pues, que reflexionar juntos acerca de esto, mirarlo juntos, y preguntarnos por qué nosotros, los seres humanos que hemos vivido sobre esta tierra por tantos millones de años, aún seguimos siendo como somos. Podemos haber avanzado tecnológicamente, podemos tener mejores medios de comunicación, mejores transportes, más higiene y cosas así, pero en lo interno somos más o menos iguales que antes ‑infelices, inseguros, solitarios, arrastrando interminablemente la carga del dolor. Y cualquier hombre serio que se enfrenta a este reto, tiene que responder a él; no puede tomarlo indiferentemente, darle la espalda. Es por eso que estas reuniones son muy, pero muy serias; por eso es que tenemos que dedicar nuestras mentes y corazones a descubrir si es posible producir una mutación radical en nuestra conciencia y, por tanto, en nuestra acción y conducta.

El pensamiento nace de la experiencia y el conocimiento, y no hay absolutamente nada que sea sagrado en relación con el pensamiento. El pensar es material, es un proceso de la materia. Y hemos confiado al pensamiento la solución de nuestros problemas en política y religión, y también los que surgen en nuestras relaciones. Nuestras mentes, nuestros cerebros están condicionados, educados para resolver problemas. El pensar ha creado los problemas, y entonces nuestros cerebros, nuestras mentes están adiestradas para resolverlos con más pensamiento. Todos los problemas son creados psicológica, internamente por el pensamiento. Sigan bien esto, vean lo que sucede: el pensamiento crea, psicológicamente, el problema; la mente está educada para resolver problemas pensando ulteriormente sobre ellos; así el pensamiento, al crear el problema, trata después de resolverlo. Está, pues, atrapado en un proceso continuo, en una rutina.

Los problemas se están volviendo más y más complejos, más y más insolubles, de modo que podemos descubrir si es de algún modo posible abordar la vida de una manera diferente, no a través del pensamiento ‑porque el pensamiento no resuelve nuestros problemas; por el contrario, el pensamiento ha engendrado una complejidad mayor. Debemos averiguar si hay o no hay alguna posibilidad, si existe una dimensión diferente, una manera por completo diferente de abordar la vida. Y por eso es importante comprender la naturaleza de nuestro pensar. Nuestro pensar se basa en la recordación de cosas pasadas ‑que implica pensar en lo que ha sucedido una semana atrás, pensar en ello modificándolo en el presente y proyectándolo en el futuro. Este es, de hecho, el movimiento de nuestra vida. Y así es como el conocimiento se ha convertido en algo de máxima importancia para nosotros, pero el conocimiento nunca es completo. Por lo tanto, el conocimiento siempre está viviendo en la sombra de la ignorancia. Ese es un hecho. No es una invención o conclusión de quien les habla, sino que es así.

El amor no es recordación. El amor no es conocimiento. El amor no es deseo o placer. La recordación, el conocimiento, el deseo y el placer, se basan en el pensamiento. Nuestra relación con los demás, por cercana que sea, por íntima que la consideremos, descansa en los recuerdos, que son pensamiento. De modo que esa relación ‑aunque uno pueda decir que ama a su esposa o esposo o novia‑ se basa de hecho en la recordación, que es pensamiento. Y en eso no hay amor. ¿Ustedes ven realmente ese hecho? ¿O dicen: “Qué cosa terrible dice usted, yo amo de verdad a mi esposa”? Pero, ¿es así? ¿Puede haber amor cuando hay celos, afán posesivo, apego, cuando cada cual está persiguiendo su propia dirección particular de ambición, codicia, envidia, como dos líneas paralelas que nunca se encuentran? ¿Es amor eso?

Espero que estemos pensando juntos, observando juntos, como dos amigos que pasean por un camino y ven lo que sucede alrededor de ellos, no sólo lo que está cerca y es inmediatamente percibido, sino lo que se encuentra a distancia. Estamos haciendo el viaje juntos, quizá con afecto, tomados de la mano ‑dos amigos que examinan cordialmente el complejo problema de la vida, ninguno de ellos líder o gurú, porque cuando uno ve realmente que su conciencia es la conciencia del resto de la humanidad, comprende que uno es tanto el maestro como el discípulo, porque todo eso está dentro de la conciencia de cada uno de nosotros. Esa es una comprensión inmensa. Así, a medida que uno comienza a comprenderse profundamente, se vuelve una luz para sí mismo y no depende de nadie, de ningún libro, de ninguna autoridad ‑incluyendo a quien les habla‑ y de este modo, al ser luz para sí mismo, puede uno comprender todo este problema del vivir.

En el amor no hay problemas, y para comprender la naturaleza del amor y de la compasión con su inteligencia propia, debemos comprender juntos qué es el deseo. El deseo tiene una vitalidad, una persuasión, un impulso de realización extraordinarios. Todo el proceso de llegar a ser, de triunfar, tiene su base en el deseo ‑el deseo hace que nos comparemos unos con otros, que imitemos, que nos amoldemos. En la comprensión de nuestra naturaleza íntima, es muy importante que comprendamos qué es el deseo; sin reprimirlo, sin escapar de él, sin tratar de superarlo sino comprendiéndolo, viendo la totalidad del movimiento que lo impulsa. Podemos hacer eso juntos, lo cual no quiere decir que ustedes estén aprendiendo de quien les habla. El no tiene nada que enseñarles. Por favor, entiendan esto. Quien les habla está actuando meramente como un espejo en el que ustedes pueden verse a sí mismos. Entonces, cuando se ven a sí mismos claramente, pueden descartar el espejo, éste ya no tiene importancia, pueden ustedes romperlo.

Para comprender el deseo se requiere atención, seriedad. Es un problema muy complejo comprender por qué los seres humanos han vivido a base de esta extraordinaria energía del deseo, tal como lo han hecho con la energía del pensamiento. ¿Qué relación hay entre el deseo y la voluntad? Nosotros vivimos una gran parte de nuestra existencia mediante el ejercicio de la voluntad. ¿Cuál es, entonces, el movimiento, la fuente, el origen del deseo? Si uno se observa a sí mismo, ve el origen del deseo; el deseo nace con las respuestas sensorias; después, el pensamiento crea la imagen y, en ese instante, comienza el deseo. Uno ve algo en la vidriera: una túnica, una camisa, un automóvil, lo que fuere; uno ve eso, hay una sensación, luego uno lo toca y entonces el pensamiento dice: “Si yo me pusiera esa camisa o ese vestido, ¡qué bien me quedaría!” ‑ello crea la imagen, y entonces comienza el deseo. Por lo tanto, la relación entre el deseo y el pensamiento es una relación muy íntima. Si no hubiera pensamiento, solamente existiría la sensación. El deseo es la quintaesencia de la voluntad. El pensamiento domina la sensación y crea el impulso, el deseo, la voluntad de poseer. Cuando en la relación opera el pensamiento ‑que es recuerdo, que es la imagen que uno crea del otro por medio del pensar‑ entonces no puede haber amor. El deseo ‑sexual u otras formas de deseo‑ impide el amor, porque el deseo forma parte del pensamiento.

Debemos considerar en nuestro examen la naturaleza del miedo, porque todos estamos presos en esta terrible cosa llamada miedo, y parece que no somos capaces de resolver el problema. Vivimos con el miedo, nos hemos acostumbrado a él o escapamos del miedo mediante la diversión, mediante el culto y distintas formas de entretenimiento, religioso o de otra clase. El miedo es común a todos nosotros, sea que vivamos en este ordenado y limpio país, o en la India, donde todo es desorden, suciedad y superpoblación. El problema del miedo es el mismo; el hombre ha vivido con miedo por miles y miles de años, y no ha sido capaz de resolverlo. ¿Es posible ‑uno formula esta pregunta muy seriamente‑ es de algún modo posible estar totalmente, completamente libre del miedo, no sólo de las formas físicas del miedo, sino de las mucho más sutiles formas del miedo interno ‑los temores conscientes y los profundos y escondidos temores que jamás hemos sabido siquiera que estaban ahí?

Examinar estos temores no significa analizarlos. Es la moda acudir al analista si tenemos algún problema. Pero el analista es como ustedes o yo, sólo que tiene cierta técnica. El análisis implica que hay un analizador. El analizador, ¿es diferente de aquello que analiza? ¿O el analizador es lo analizado? El analizador es lo analizado. Se trata de un hecho obvio. Si yo me estoy analizando a mí mismo, ¿quién es en mi el analizador que dice: “Debo analizar”? Sigue siendo el analizador que se separa a sí mismo de lo analizado y después examina lo que ha de analizar. Por consiguiente, el analizador es aquello que él está analizando. Ambos son lo mismo. El separarlos es una treta del pensamiento. Pero cuando observamos, no hay análisis; solamente existe el acto de observar las cosas tal como son ‑la observación de aquello que realmente es, no el análisis de lo que es, porque en el proceso de analizar podemos engañarnos a nosotros mismos. Si a ustedes les gusta jugar a ese juego, pueden hacerlo y continuar analizando hasta que mueran, sin que produzcan una transformación radical en sí mismos. Mientras que mirar el presente tal como es ‑no mirarlo como holandeses o ingleses o franceses o esto o aquello‑ es ver lo que de hecho está sucediendo, es observación para de las cosas así como son.

Observar qué es el temor no es examinar la causa del temor ‑lo cual implica análisis y más y más retroceso hacia el origen del temor. Es aprender el arte de observar y no traducir o interpretar lo que uno observa, sino sencillamente observar, como uno podría hacerlo con una hermosa flor, o la luz del atardecer en una nube, o un árbol en medio del bosque; simplemente observen. Así, del mismo modo, podemos observar el temor y ver cuál es la raíz del temor ‑no los diversos aspectos del temor.

Nos preguntamos si es de algún modo posible estar libres del temor, absolutamente libres. Psicológicamente, internamente, ¿cuál es la raíz del temor? ¿Qué significado tiene el temor? ¿Acaso el temor no surge de algo que les ha ocasionado un dolor en el pasado y que podría repetirse en el futuro? No lo que podría suceder ahora, porque en el ahora no hay temor. Ustedes pueden ver por sí mismos que el temor es un proceso de tiempo. Algo ocurrió la semana pasada, un incidente ocasionó dolor físico o psicológico, y de ahí surge el temor de que aquello pudiera repetirse mañana. El temor es un movimiento en el tiempo; un movimiento del pasado que, a través del presente, modifica el futuro. El origen del temor es, entonces, el pensamiento. Y el pensamiento es tiempo, es la acumulación de conocimientos a través de la experiencia; primero la respuesta de la memoria como pensamiento, y después la acción. De modo que el pensamiento y el tiempo son una sola cosa; el pensamiento y el tiempo son la raíz del temor. Ello resulta bastante obvio. Es así.

Ahora bien, no es cuestión de detener el pensamiento o el tiempo. Desde luego que sería imposible detenerlos, porque la entidad que dice, “Debo detener el pensamiento”, forma parte del pensamiento. Así que la idea de detener el pensamiento es absurda; implica un controlador que trata de controlar el pensamiento, y tal controlador es una creación del pensamiento. Por favor, sólo observen este hecho: la observación es una acción en sí misma, no es que uno deba hacer algo con respecto al temor. No sé si lo comprenden.

Supongamos que temo alguna cosa, le temo a la oscuridad, temo que mi mujer me abandone, le tengo miedo a la soledad, a esto o aquello. Estoy profundamente atemorizado. Vienen ustedes y me explican todo el movimiento del temor, el origen del temor ‑que es el tiempo. Experimenté un dolor; sufrí un accidente o me sucedió algo que ocasionó dolor y que se registró en el cerebro; y el recuerdo de un acontecimiento del pasado produce el pensamiento de que ello podría volver a ocurrir y, en consecuencia, hay temor. Así que ustedes me han explicado esto. Yo he escuchado muy atentamente la explicación que me dieron, veo la lógica, la cordura de esa explicación y no la rechazo; escucho. Y eso implica que el escuchar se vuelve un arte. No rechazo lo que ustedes me dicen, ni lo acepto, sino que observo. Y observo que lo que ustedes me dicen acerca del pensamiento y el tiempo, es un hecho. No digo: “Debo detener el tiempo y el pensamiento”, sino que al haberme ustedes explicado eso, observo simplemente cómo el temor aparece, veo que es un movimiento del pensar, del tiempo. Sólo observo este movimiento y no me aparto de él, no escapo del temor sino que vivo con él, lo miro, pongo toda mi energía en el mirar. Veo entonces que el temor comienza a disolverse porque no he hecho nada al respecto, simplemente he observado, le he concedido al temor mi atención total. Esa atención misma es como arrojar luz sobre el temor. Atención quiere decir que uno pone toda su energía en esa observación.

¿Por qué el hombre persigue el placer? Por favor, formúlense esta pregunta: ¿por qué? El placer, ¿es el opuesto del dolor? Todos hemos tenido dolores de distintas clases, tanto físicos como psicológicos. Psicológicamente, a casi todos nos han herido, nos han lastimado desde la infancia; eso es dolor. Como consecuencia de ese dolor, nos apartamos, nos aislamos a fin de que no se nos lastime más. Desde la infancia, durante los años de escuela, por compararnos con algún otro que es más inteligente, nos hemos lastimado a nosotros mismos, y otros nos han lastimado mediante diversas formas de represión, al decirnos algo brutal, al aterrorizarnos. Y existe esta profunda herida psicológica con todas sus consecuencias, que son el aislamiento, la resistencia, y un apartarnos cada vez más de nuestros semejantes.

Y pensamos que el opuesto de eso es el placer. El dolor y su opuesto, el placer. La bondad, ¿es el opuesto de lo que no es bueno? Si la bondad es el opuesto, entonces esa bondad contiene su propio contrario y, por lo tanto, no es bondad. La bondad es algo que está totalmente separado de aquello que no es bondad. Por lo tanto, ¿es el placer algo opuesto al dolor? ¿Están en contraste? Siempre estamos persiguiendo el contraste, el opuesto. Así que uno se pregunta: ¿Está el placer enteramente separado ‑como la bondad- de aquello que no es placentero? ¿O el placer está contaminado por el dolor? Cuando uno mira detenidamente el placer, ve que siempre es una reminiscencia, ¿no es así? Cuando son felices, ustedes nunca dicen: “ ¡Qué feliz soy!”, ello siempre sucede después; es el recuerdo de aquello que les proporcionó placer, como una bella puesta de sol, la gloria de un crepúsculo lleno de esa luz extraordinaria; ello produjo un gran deleite. Entonces uno rememora eso y ahí ha nacido el placer. De modo que el placer también forma parte del pensamiento ‑¡es tan obvio!

Comprender la relación, el temor, el placer y el dolor, es introducir el orden en nuestra casa. Sin orden no es posible meditar. Ahora bien, quien les habla pone la meditación al final de la plática porque una verdadera meditación resulta imposible cuando nuestra casa psicológica se encuentra en desorden; si lo que somos está en desorden, ¿qué sentido tiene la meditación? Es solamente un escape; conduce a toda clase de ilusiones. Podrán ustedes sentarse con las piernas cruzadas o pararse sobre la cabeza por el resto de sus vidas, pero eso no es meditación. La meditación debe comenzar con la puesta en orden de nuestra casa ‑orden en nuestras relaciones, en nuestros deseos, placeres, etcétera.

Una de las causas del desorden en nuestra vida es el dolor. Este es un factor común, una condición común a todos los seres humanos. Todos pasan por esta tragedia del dolor, sea en el mundo asiático o en el occidental. Es ésta nuevamente una cosa que todos compartimos. No sólo está el dolor llamado personal, sino que existe el dolor de la humanidad, el dolor que las guerras han causado ‑cinco mil años de registros históricos, y en cada año ha habido una guerra, asesinatos, violencia, terror, brutalidad, mutilación de personas, personas que han perdido sus manos, sus ojos ‑los horrores y la brutalidad de guerras que han originado desdicha incalculable a la humanidad. No es sólo el dolor de uno mismo, sino el dolor de la humanidad; el dolor de ver a un hombre que carece absolutamente de todo, que no tiene más que un taparrabo y que seguirá así por el resto de su vida ‑no tanto en estos países occidentales, pero en el mundo asiático es así. Y cuando uno ve a esa persona, hay dolor. También hay dolor cuando la gente está presa en la ilusión, como cuando va de un gurú a otro escapando de sí misma. Es doloroso observar esto, las personas listas que se van a Oriente, y escriben libros al respecto, y encuentran a algún gurú ‑¡hay tantos que son embaucados con ese desatino! Está el dolor que surge cuando uno ve lo que los politices están haciendo en el mundo ‑pensando en términos de tribu.

Existe el dolor personal, y la vasta nube del dolor humano.

El dolor no es algo romántico, sentimental o ilógico; ¡está ahí! Hemos vivido con este dolor desde tiempos inmensurables y, aparentemente, no hemos resuelto este problema. Cuando sufrimos buscamos consuelo, que es un escape del hecho del dolor. Cuando existe esa pena, buscan ustedes toda clase de entretenimientos y escapes, pero eso está siempre ahí. Aparentemente, la humanidad no lo ha resuelto. Y nosotros nos preguntamos: ¿Es posible librarse completamente del dolor? No eludirlo, no buscar consuelo, no escapar del dolor mediante alguna teoría fantástica, sino descubrir si es posible vivir con él. Comprendan esas palabras: “vivir con él”; no significan dejar que el dolor se convierta en un hábito. La mayoría de la gente vive con el dolor, con el nacionalismo, que es de lo más destructivo, vive con sus propias convicciones religiosas separadas, con sus propias ideas e ideales fantásticos, todo lo cual produce más conflicto. De modo que vivan con algo, vivan con el dolor, sin aceptarlo, sin habituarse a él ‑sólo mírenlo, obsérvenlo sin ningún escape, sin ningún intento de superarlo, simplemente ‘reténganlo en la mano’ y mírenlo.

El dolor también forma parte del tremendo sentimiento de soledad; uno puede tener muchos amigos, puede estar casado, puede poseer toda clase de cosas, pero internamente existe esta sensación de hallarse completamente aislado de todo. Y eso es parte del dolor. Observen ese sentimiento de soledad, obsérvenlo sin dirigir la observación, sin intentar trascenderlo, sin tratar de encontrarle un sustituto; vivan con ello, no le rindan culto, no se vuelvan psicopáticos al respecto, antes bien, concédanle toda la atención a esa soledad, a esa pena, a ese dolor.

Es una gran cosa comprender el sufrimiento, porque donde hay libertad con respecto al dolor, hay compasión. Uno carece de compasión en tanto se encuentra anclado en alguna creencia, fijo en alguna forma particular de símbolo religioso. La compasión implica que uno está libre del dolor. Donde hay compasión, hay amor. Esa compasión marcha junto con la inteligencia ‑no la inteligencia del pensamiento con su astucia, con sus ajustes, con su capacidad de soportar cualquier cosa. La compasión significa el fin del dolor, y únicamente entonces hay inteligencia.

19 de septiembre de 1981

9

SOMOS COMO DOS AMIGOS que, en un hermoso día, estamos sentados en el parque hablando acerca de la vida, de nuestros problemas, investigando la naturaleza misma de nuestra existencia y preguntándonos seriamente por qué la vida se ha convertido en un problema semejante; por qué, aunque intelectualmente somos tan refinados, nuestra vida es tan agobiante, tan carente de significación alguna, excepto en la supervivencia ‑la cual, por otra parte, es más bien dudosa. ¿Por qué la vida, la existencia cotidiana, se ha vuelto una tortura semejante? Podemos ir a la iglesia, seguir a algún líder político o religioso, pero la vida cotidiana es siempre una confusión; aunque haya ciertos períodos ocasionalmente gozosos, felices, siempre hay sobre nuestra vida una nube oscura. Y estos dos amigos, como nosotros (ustedes y quien les habla) lo somos, estamos considerando juntos de una manera cordial, posiblemente con afecto, con solicitud, con interés, si es de algún modo posible vivir nuestra vida cotidiana sin un solo problema. Aunque seamos altamente educados y poseamos carreras y especializaciones, tenemos no obstante estas luchas que no hemos resuelto, estas penas y sufrimientos y, a veces, alegría y cierto sentimiento de no ser totalmente egoístas.

Investiguemos, pues, esta cuestión de por qué nosotros, los seres humanos, vivimos de este modo, yendo a la oficina desde las nueve de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde durante cincuenta años, y con la mente, el cerebro constantemente ocupados. Nunca hay quietud, nunca hay paz, sino siempre esta ocupación con una cosa u otra. Y ésa es nuestra vida. Esa es nuestra vida diaria, monótona, más bien solitaria, insuficiente. Y tratamos de escapar de ello mediante la religión, mediante diversas formas de entretenimiento. Y al final del día seguimos estando donde hemos estado por miles y miles de años. Parece que psicológicamente, internamente hemos cambiado muy poco. Nuestros problemas se multiplican, y siempre está ahí el miedo a la vejez, a la enfermedad, a algún accidente que pueda acabar con nosotros.

De modo que ésta es nuestra existencia, desde la infancia hasta que morimos ‑hasta que morimos de buena o de mala gana. Y al parecer, no hemos sido capaces de resolver ese problema, el problema del morir. Especialmente cuando envejecemos, vamos rememorando todas las cosas que han sido, las épocas de placer, las épocas de angustia y las de dolor y lágrimas. No obstante, siempre está ahí esta cosa desconocida llamada muerte, de la que la mayoría de nosotros está atemorizada. Y como dos amigos sentados en un banco del parque, no en este salón con toda esta luz más bien desagradable, sino sentados a la luz moteada del sol que se filtra a través de las hojas, con los patos en el canal y con toda la belleza de la tierra, discutamos juntos acerca de esto. Conversemos como dos amigos que han vivido una vida larga y seria, con todas sus perturbaciones, las perturbaciones del sexo, de la soledad, de la desesperación, de la ansiedad y la incertidumbre, con un sentimiento de insensatez, de falta de sentido en todo ‑y al final de ello, siempre la muerte.

Cuando hablamos de la muerte, la abordamos intelectualmente ‑o sea, que la racionalizamos, decimos que es inevitable, que no hay que tenerle miedo ni escapar de ella mediante algún tipo de creencia en el más allá o en la reencarnación o, si somos sumamente intelectuales, nos decimos que la muerte es el fin de todas las cosas, de nuestra existencia, de nuestras experiencias, de nuestros recuerdos, aunque éstos sean tiernos, encantadores, abundantes; también que es el fin de la pena y el sufrimiento. ¿Qué significa todo eso, toda esta vida que, si uno la examina a fondo, realmente resulta bastante carente de sentido? Intelectualmente, verbalmente, podemos fabricarle un sentido a la vida, pero el modo en que de hecho vivimos, tiene muy poco sentido. Vivir y morir es todo lo que conocemos. Aparte de eso, todo lo demás es teoría, especulación; insensata persecución de una creencia en la que encontramos alguna clase de seguridad y esperanza. Tenemos ideales proyectados por el pensamiento y luchamos para alcanzarlos. Esta es nuestra vida, incluso cuando somos muy jóvenes, llenos de vitalidad y alegría, con el sentimiento de que podemos hacerlo casi todo; pero con la juventud, la madurez y la vejez que sobreviene, siempre existe este problema de la muerte.

Si a uno se le permite señalarlo, ustedes no están escuchando meramente una serie de palabras, algunas ideas, sino que juntos ‑y quiero decir juntos‑ estamos investigando todo este problema del vivir y del morir. Y, o bien lo hacen ustedes con el corazón, con la totalidad de la mente, o de lo contrario lo harán de manera parcial, superficial y, por lo tanto, ello tendrá muy escasa significación.

En primer lugar, debemos observar que nuestros cerebros nunca actúan en su plenitud, completamente; sólo usamos una parte muy pequeña de nuestro cerebro. Esa parte es la actividad del pensamiento. Siendo en sí mismo una parte, el pensamiento es incompleto. El cerebro funciona dentro de un área muy estrecha y depende de nuestros sentidos, los que también son limitados, parciales; los sentidos jamás son libres ni están despiertos en su totalidad. No sé si han hecho la prueba de observar algo con la totalidad de sus sentidos, observar el mar, los pájaros y, por la noche, la luz de la luna sobre el césped verde; en tal caso, vean si observan parcialmente o si lo hacen con todos los sentidos plenamente despiertos. Ambos estados son por completo diferentes. Cuando uno observa algo parcialmente, está afirmando más aun la actitud separativa, egoístamente centrada con respecto al vivir. Pero si ustedes observan esa luz lunar que traza un sendero de plata sobre el agua, si la observan con todos sus sentidos, o sea, con la mente, con el corazón, con los nervios, si a ese observar le dedican toda la atención, entonces verán por sí mismos que no hay un centro desde el cual estén escuchando.

Nuestro ego, nuestra personalidad, toda nuestra estructura como individuos, se ha formado enteramente a base de la memoria; somos memoria. Por favor, éste es un tema que debe ser investigado, no lo acepten. Obsérvenlo, escuchen. Quien les habla está diciendo que el ‘tú’, el ego, el ‘yo’, es totalmente memoria. No hay sitio ni espacio donde haya claridad ­‑pueden creer, tener esperanza, fe de que existe algo en ustedes que es incontaminado, que es Dios, que es una chispa de lo intemporal, pueden creer todo eso, pero tal creencia es meramente ilusoria. Todas las creencias lo son. Pero el hecho es que nuestra existencia se compone enteramente de memoria, de recuerdos. No hay un punto ni hay un espacio que, internamente, sea otra cosa que memoria. Ustedes pueden investigar esto; si están inquiriendo seriamente en sí mismos, verán que el ‘yo’, el ego, es todo memoria, reminiscencias. Y ésa es nuestra vida. Funcionamos, vivimos a base de memoria. Y para nosotros, la muerte es el fin de esa memoria.

¿Me estoy hablando a mí mismo, o estamos todos juntos en esto? Quien les habla acostumbra a hacerlo al aire libre, bajo los árboles o en una gran tienda, sin estas luces intensas y molestas; en esas circunstancias podemos tener una comunicación intima entre nosotros. De hecho, sólo existimos dos seres humanos, ustedes y yo, que conversamos uno con otro, no este enorme auditorio en un vasto salón, sino ambos sentados en un banco junto a las márgenes de un río, considerando juntos esta cuestión. Y uno de nosotros le está diciendo al otro que no somos sino memoria, y que es a esta memoria que nos apegamos ‑mi casa, mi propiedad, mi experiencia, mis relaciones, la oficina o la fábrica a la que concurro, la destreza que me gusta practicar por un cierto periodo de tiempo ‑yo soy todo eso. Y el pensamiento se halla apegado a todo eso. Y a eso es a lo que llamamos vivir. Y este apego engendra toda clase de problemas; cuando estamos apegados hay miedo de perder; estamos apegados porque nos encontramos aislados en un constante y profundo sentimiento de soledad que nos ahoga y deprime. Y cuanto más apegados estamos a otro ‑lo cual es meramente memoria, porque el otro es en nosotros sólo una imagen, un recuerdo- más problemas hay. Yo estoy apegado al nombre, a la forma; mi existencia es el apego a esos recuerdos que he acumulado durante mi vida. Donde existe el apego, observo que hay corrupción. Cuando estoy apegado a una creencia, esperando que en ese apego haya cierta seguridad ‑tanto física como psicológica‑ tal apego impide cualquier examen ulterior. Cuando uno está fuertemente apegado a algo, a una persona, a una idea, a una experiencia, teme examinar. Por consiguiente, donde hay apego, hay corrupción.

Toda nuestra vida es un movimiento dentro del campo de lo conocido. Esto es obvio. La muerte implica el fin de lo conocido. Significa el fin del organismo físico, el fin de toda la memoria que soy ‘yo’, porque ‘yo’ no soy más que memoria ‑siendo la memoria lo conocido. Y nos asusta soltar todo eso, lo cual implica muerte. Pienso que esto es bastante claro, al menos verbalmente. Pueden aceptarlo con el intelecto, porque es lógico, cuerdo. Se trata de un hecho.

El mundo asiático cree en la reencarnación; o sea, que el alma, el ego, el ‘yo’, que es un manojo de recuerdos, nacerá la próxima vez a una vida mejor si uno procede rectamente ahora, si se comporta virtuosamente, si vive una vida sin violencia, sin codicia y todo eso; entonces, en la próxima reencarnación tendrá una vida mejor, una mejor posición. Pero una creencia en la reencarnación es meramente una creencia, porque los que creen fuertemente en esto, no viven una vida recta hoy. Es solamente una idea ésa de que la próxima vida será maravillosa. Ellos dicen que la cualidad de la próxima vida debe corresponder a la cualidad de la vida presente. Pero la vida presente es tan tortuosa, tan exigente, tan compleja, que olvidan la creencia y pelean, engañan, se vuelven hipócritas y aceptan todo género de vulgaridad. Esa es una de las respuestas a la muerte: creer en la próxima vida. Pero, ¿qué es lo que va a reencarnar? ¿Qué es lo que continuará? ¿Qué es lo que posee continuidad en nuestra presente vida cotidiana? Es la memoria de las experiencias de ayer, de los placeres, los temores, las ansiedades; y eso continúa a lo largo de toda nuestra vida a menos que rompamos con ello y nos apartemos de esa corriente.

Y ahora nos preguntamos: ¿Es posible, mientras uno está viviendo con toda su energía, capacidad y agitación, terminar, por ejemplo, con el apego? Porque eso es lo que va a atraer cuando mueran; podrán estar apegados a la esposa, al marido o a la propiedad que poseen. Puede que estén apegados a alguna creencia en Dios, la que es meramente una proyección o una invención del pensamiento, pero están apegados a ella porque les da cierto sentimiento de seguridad, por ilusorio que sea. La muerte significa el fin de ese apego. Ahora bien, ¿pueden ustedes, mientras están viviendo, terminar de buen grado, fácilmente, sin esfuerzo alguno, con esa forma de apego? Lo cual implica morir para algo que han conocido, ¿entienden? ¿Pueden hacerlo? Porque ése es un morir simultáneo con el vivir, no separado por cincuenta años o cosa así, mientras esperan que alguna enfermedad termine con ustedes. Es vivir con toda la vitalidad de que uno dispone, con la totalidad de su energía, de su capacidad intelectual y de su sentimiento y, al mismo tiempo, terminar con ciertas conclusiones, ciertas idiosincrasias, experiencias, apegos, heridas psicológicas ‑morir para todo eso. Vale decir que, mientras uno está viviendo, también vive con la muerte. Entonces la muerte no es algo que se encuentra lejos, no es algo que está al final de nuestra vida y que llega como resultado de algún accidente, de una enfermedad o de la vejez, sino que es más bien un cese para todas las cosas de la memoria ‑eso es la muerte, una muerte que no está separada del vivir.

También debemos considerar, como dos amigos sentados uno junto al otro a la orilla de un río, con las claras aguas que fluyen ‑no aguas turbias, no aguas contaminadas- viendo el movimiento de las ondas que se persiguen unas a otras hacia la parte baja del río, debemos considerar por qué la religión ha jugado un papel tan grande en la vida de los pueblos, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días. ¿Qué es una mente religiosa, cómo es? ¿Qué significa realmente la palabra ‘religión’? Porque históricamente han desaparecido civilizaciones, y nuevas creencias han ocupado su lugar, las que han traído consigo nuevas civilizaciones y nuevas culturas ‑no el mundo tecnológico de las computadoras, de los submarinos, de los materiales de guerra, de los hombres de negocios, de los economistas, sino que personas religiosas de todo el mundo han originado un tremendo cambio. Debemos, pues, investigar juntos qué entendemos por ‘religión’. ¿Qué significado tiene esa palabra? ¿Se trata de una superstición, ilógica y carente de sentido? ¿O es algo mucho más inmenso, algo de infinita belleza? Para averiguar eso, ¿no es necesario ‑estamos considerando esto juntos, como dos amigos- no es necesario estar libres de todas las cosas que el pensamiento ha inventado con respecto a la religión?

El hombre siempre ha anhelado algo más allá de la existencia física. Siempre ha buscado, se ha formulado interrogantes, se ha torturado a sí mismo para descubrir si existe algo que no sea del tiempo, que no sea del pensamiento, que no sea una fe o una creencia. Para descubrir eso uno debe ser absolutamente libre, porque si está fijo en una particular forma de creencia, esa misma creencia impedirá investigar lo eterno ‑investigar eso que llamamos la eternidad, que está más allá de todo tiempo, de toda medida. Debe uno, pues, estar libre ‑si uno es serio al investigar la naturaleza de la religión‑ debe estar libre de todas las cosas que el pensamiento ha inventado acerca de eso que se considera religioso. O sea, de todas las cosas que ha inventado, por ejemplo, el hinduismo con sus supersticiones, sus creencias, sus imágenes y su antigua literatura, como la de los Upanishads ‑uno debe estar completamente libre de todo eso. Si está apegado a ello, entonces es imposible ‑naturalmente- descubrir aquello que es original.

¿Comprenden el problema? Si mi mente, si mi cerebro está condicionado por las supersticiones, las creencias, los dogmas y la idolatría hindú con toda su antigua tradición, entonces está sujeto a eso y no puede moverse, no es libre. Del mismo modo debe uno estar completamente libre de todas las invenciones del pensamiento, de los rituales, los dogmas, los símbolos, los salvadores, etcétera, del cristianismo. Eso puede resultarles bastante más difícil, ya que está “más cerca de casa”. Pero todas las religiones, sea la musulmana, la cristiana, la hindú o la budista, son el movimiento del pensar que continúa a través del tiempo mediante la literatura, los símbolos, las cosas fabricadas por la mano o por la mente ‑y todo eso se considera religioso en el mundo moderno. Para quien les habla, eso no es religioso, sino una forma de ilusión, de consuelo, que puede ser satisfactoria, romántica o sentimental, pero que no es real. La religión debe afectar el modo en que vivimos, la significación de la existencia, porque sólo entonces hay orden en nuestra vida. El orden es algo que está completamente disociado del desorden. Nosotros vivimos en desorden ‑o sea, en conflicto, en contradicción, diciendo una cosa y haciendo otra, pensando de una manera y actuando de otra; eso es contradicción. Donde hay contradicción, que es división, tiene que haber desorden. Y una mente religiosa está por completo libre del desorden. Esa es la base fundamental de una vida religiosa ‑no todo el disparate que está ocurriendo con los gurús y sus idioteces.

Es una cosa de lo más notable la cantidad de gurús que han venido a ver a quien les habla, algunos de ellos porque piensan que uno los ataca. Ellos desean persuadirme de que no los ataque. Dicen: “Lo que usted sostiene y lo que vive es la verdad absoluta, pero eso no es para nosotros porque debemos ayudar a aquellas personas que no están tan avanzadas como usted”. Vean la estratagema que emplean ‑¿entienden? De ahí que uno se pregunte por qué tantas personas de Occidente van a la India, siguen a estos gurús, obtienen la ‘iniciación’ ‑cualquier cosa que eso pueda significar‑ se ponen encima diferentes túnicas y piensan que son muy religiosas. Pero despójenlas de sus túnicas, deténganlas y examínenlas, y son exactamente iguales a cualquiera de nosotros.

De modo que la idea de ir a alguna parte para encontrar la iluminación, la idea de cambiar el propio nombre por un nombre sánscrito, parece extrañamente absurda, romántica y carente de toda realidad ‑pero hay miles que hacen eso. Probablemente es una forma de entretenimiento sin mayor significado. Uno no está atacando a nadie. Por favor, comprendan eso: no estamos atacando cosa alguna, sencillamente estamos observando ‑observando la absurda condición de la mente humana, la facilidad con que quedamos atrapados. ¡Somos tan crédulos!

Una mente religiosa es una mente muy factual; trata con hechos, con lo que efectivamente está sucediendo en el mundo exterior y en el mundo interno. El mundo exterior es la expresión del mundo interior; no hay división entre lo de afuera y lo de adentro. Una vida religiosa es una vida en orden y diligencia, una vida que aborda lo que realmente existe dentro de uno mismo, sin ninguna ilusión, de modo tal que uno lleva una existencia ordenada, virtuosa. Cuando eso se ha establecido inconmovible en nosotros, podemos entonces comenzar a investigar qué es la meditación.

Tal vez esa palabra no existía en el mundo occidental ‑del modo en que actualmente se usa- hasta hace más o menos unos treinta años. Fueron los gurús orientales quienes la introdujeron aquí. Existen la meditación tibetana, la meditación zen, la meditación hindú, la meditación particular de un gurú particular, la meditación yoga, sentarse con las piernas cruzadas, respirar ‑ya conocen ustedes todo eso. Y eso es lo que llaman ‘meditación’. No estamos denigrando a las personas que hacen todas estas cosas. Sólo estamos señalando el absurdo en que se ha convertido la meditación. El mundo cristiano cree en la contemplación, en el abandono a la voluntad de Dios, en la Gracia, y así sucesivamente. Lo mismo ocurre en el mundo asiático, sólo que ellos emplean palabras diferentes en idioma sánscrito, pero es la misma cosa ‑el hombre que va en busca de alguna clase de seguridad, de felicidad y paz perdurables y que, al no encontrarlas en la tierra, espera que existan en alguna otra parte‑ la desesperada búsqueda de algo imperecedero ‑la búsqueda del hombre desde tiempos que están más allá de toda medida.

Debemos, pues, investigar juntos, profundamente, qué es la meditación y si existe algo que sea sagrado, santo ‑no la cosa que el pensamiento ha inventado como santa, eso no es santo. Lo que el pensamiento produce no es santo, no es sagrado, porque se basa en el conocimiento y, ¿cómo puede ser sagrado algo que inventa el pensamiento que, en sí, es incompleto? Pero en todo el mundo rendimos culto a lo que el pensamiento ha inventado.

No existe sistema ni práctica alguna, sino la claridad de percepción de una mente que está libre para observar, una mente que no se mueve en una dirección predeterminada, una mente que no elige. Los sistemas de meditación tienen casi todos el problema de controlar el pensamiento; sea la meditación zen, la hindú, la budista, la cristiana o la del gurú más reciente, todas tratan de controlar el pensamiento; mediante el control, uno centraliza, trae toda la energía a un punto determinado. Eso es concentración, que implica un controlador diferente de aquello que él controla. El controlador es pensamiento, memoria, y lo que controla sigue siendo pensamiento ‑el cual divaga, y entonces hay conflicto. Uno se sienta tranquilo y el pensamiento se dispara; es como si uno fuera un escolar que mira por la ventana, y el maestro dice: “No mires hacia afuera por la ventana, concéntrate en tu libro”.

Tenemos que aprender el hecho de que el controlador es lo controlado. Pensamos que el controlador, el pensador, el experimentador, son diferentes de lo controlado, del movimiento del pensar, de la experiencia. Pero si observamos atentamente, vemos que el pensador es el pensamiento. El pensamiento ha hecho que el pensador se separe del pensamiento, y entonces el pensador dice: “Yo debo controlar”. Por lo tanto, cuando uno ve que el controlador es lo controlado, elimina el conflicto totalmente. El conflicto existe sólo cuando existe la división. Cuando hay división entre el observador, el testigo, el que experimenta, y aquello que él observa y experimenta, tiene que haber conflicto. Nuestra vida se halla en conflicto porque vivimos con esta división. Pero tal división es engañosa, no es real; el controlar se ha convertido en nuestro hábito, en nuestra cultura. Nunca vemos que el controlador es lo controlado.

Entonces, cuando uno se da cuenta de ese hecho ‑no verbalmente, no de modo idealista, no como un estado utópico por el cual tiene uno que luchar‑ cuando realmente ve en su vida que el controlador es lo controlado, que el pensador es el pensamiento, entonces el patrón completo del propio pensar experimenta una transformación radical y no hay más conflicto.

Esa transformación es absolutamente necesaria si uno ha de meditar, porque la meditación exige una mente compasiva en alto grado y, por lo tanto, muy inteligente, con una inteligencia nacida del amor y no del ingenioso pensamiento. La meditación significa el establecimiento del orden en nuestra vida cotidiana y, de tal modo, no hay contradicción; significa haber rechazado por completo todos los sistemas de meditación, y entonces la mente es absolutamente libre, no es dirigida, y está en completo silencio. ¿Es eso posible? Porque uno está parloteando incesantemente; en el momento que dejen ustedes este lugar, comenzará el parloteo. La mente continuará perpetuamente ocupada, parloteando, pensando, esforzándose y, de ese modo, no hay espacio. El espacio es indispensable para que haya silencio, porque una mente que practica, que se esfuerza para estar en silencio, jamás está en silencio. Pero cuando ve que el silencio es absolutamente necesario ‑no el silencio proyectado por el pensamiento, no el silencio entre dos notas, entre dos ruidos, entre dos guerras, sino el silencio del orden‑ entonces en ese silencio existe la verdad, que no tiene senderos que conduzcan a ella. Existe la verdad, que es intemporal, sagrada, incorruptible. Eso es meditación, ésa es una mente religiosa.

20 de septiembre de 1981

Contraportada

En estas charlas, que se dieron en Saanen, Suiza, y en Amsterdam, durante el año 1981, Krishnamurti compara el condicionamiento de la mente humana con la programación de una computadora ‑“el cerebro ha sido programado”.

Es la programación del cerebro, como resultado del medio ambiente familiar y social y de la educación, lo que hace que una persona se identifique con una religión particular o que se torne en ateo, o adopte una de las divisiones del partidismo político. Cada cual piensa de acuerdo con su particular programación que lo domina, cada cual está atrapado en su propia y particular ‘madeja’ del pensamiento.

El ‘yo’, el ego, la personalidad, no es más que la manifestación personal de una programada madeja del pensar. El pensar es un proceso material, el funcionamiento del cerebro, no es en sí mismo inteligente. Obsérvese la cualidad divisiva cuando el pensamiento afirma: “Yo soy musulmán” o “Yo soy cristiano”, o “Yo soy socialista” ‑cada ‘yo’ se opone violentamente al otro.

Krishnamurti señala que la libertad significa llegar a ser libre de la ‘programación’ que se ha impuesto al propio cerebro. Esto implica la pura observación de la naturaleza del propio pensar; quiere decir observar sin el pensamiento, una paradoja que se resuelve por el hecho de que cuando hay ‘pura observación’ no hay pensamiento que observa. “La observación es una acción en sé misma”, es inteligencia, la cual nos libera de toda ilusión y temor.

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