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La mente que no mide

La mente que no mide
Título de la obra en inglés: Mind without Measure

LA CAUSA FUNDAMENTAL DE LA CONFUSIÓN

Esta no es una conferencia sobre un tema en particular con el fin de adoctrinarlos y moldear sus pensamientos u opiniones, sino que es más bien una conversación entre dos personas, ustedes y quien les habla. Somos dos amigos que, sentados en el banco de un parque, discutimos juntos acerca de nuestros problemas, dos amigos profundamente interesados en lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, en la confusión y el caos que imperan en todas partes del mundo. No sé si ustedes tienen un amigo con el que hablan, al que le revelan sus propios sentimientos, sus conceptos, sus ideas, sus desengaños, etcétera. Vamos a conversar juntos de esa manera ‑explorando, investigando sin ningún prejuicio, con una gran amistad, que implica un gran afecto, y respetándonos uno a otro, sin que haya ninguna clase de pensamientos o motivos ocultos.

En primer lugar, veamos sin prejuicio alguno ‑no como alemán, inglés, americano o ruso- lo que está sucediendo alrededor de nosotros, exteriormente. Somos seres humanos, cualquiera que sea el país al que pertenezcamos. Uno observa países que atraviesan por una enorme confusión, por una gran incertidumbre; hay muchísimo caos. La gente está desorientada. Pero, infortunadamente, al estar condicionados, confundidos, inseguros, tratamos de encontrar una solución en el pasado, y nos volvemos a nuestras tradiciones. Esto es lo que está ocurriendo en todo el mundo. Están los fundamentalistas que aceptan la Biblia como su autoridad, los fundamentalistas islámicos que acuden al Korán. Y están los fundamentalistas que acuden a Marx. Así, cuando nos sentimos inseguros, confundidos, grandemente perturbados, acudimos al pasado, a algún tipo de autoridad, a cierta clase de libros, con el fin de encontrar una orientación. Ahora bien; en este país, como pueden observar, hay demasiados libros, demasiados marbetes. De modo que aquí la tradición es incierta. Ustedes tienen todos los líderes, todos los gurús, pero todos aquellos que se titulan santos, no han ayudado a la humanidad.

¿Cuál es la causa fundamental de toda esta confusión? Cuando uno puede encontrar la causa, entonces puede ponerle fin ‑una causa tiene un final. Nos estamos preguntando cuál es la causa o cuáles son las causas de esta confusión, de esta falta de integridad, de esta sensación de extremo deterioro. ¿Cuál es el origen de todo esto? Casi todos nosotros jugamos con los síntomas. Decimos que ellos se debe a la superpoblación, a los malos gobiernos. Es igual en todo el mundo ‑falta de dirección, falta de moralidad. Son todos síntomas. Uno jamás se pregunta cuál es la causa de todo esto. Cuando empezamos a investigar la causa, cada uno de nosotros ofrece opiniones diferentes. Cuanto más eruditos somos, tanto mayor es nuestra afirmación acerca de la causa o las causas. Pero nosotros no somos personas muy eruditas. Somos personas comunes, legos, no somos muy brillantes ni muy inteligentes. Pero estamos presos en esta confusión que existe en el mundo y aquí, en este país. Cada nación, cada grupo está preparándose para la guerra. Todos los países, especialmente los países industriales, están proveyendo de armamentos al resto del mundo. Nadie pregunta: “¿Por qué hemos de tener guerras, por qué tenemos que matarnos, que asesinarnos unos a otros?” Se habla de detener las guerras nucleares, pero no de poner fin a todas las guerras. ¿Por qué los seres humanos se han reducido a sí mismos a esta condición? Es una pregunta muy importante. ¿Por qué tenemos que matar a otras personas? ¿Es por nuestra nación, por nuestro grupo particular? Hemos aceptado la idea de la guerra como un proceso histórico, y ella se ha vuelto una realidad. Pero el origen de todo esto es que vivimos en una ilusión, la ilusión de que nuestro país debe ser protegido. ¿Qué es el país de uno? ¿Qué es lo que está protegiendo cada uno de ustedes? ¿Su casa, su hogar, sus ideas, su cuenta bancaria? Todo el mundo se está deteriorando, se está derrumbando, y nosotros no investigamos las causas fundamentales.

Entonces, ¿cuál es la causa? ¿Es que tanto hemos acudido en procura de ayuda a los líderes políticos, religiosos y económicos con sus ideas particulares, con sus peculiares sistemas, que siempre estamos dependiendo de otros para que nos guíen, para que nos digan lo que debemos hacer? ¿Es ése el origen, la causa fundamental de esto, o culpan ustedes al medio en que viven? El medio en que viven es el gobierno que no tiene un líder adecuado, un gurú honesto. Ése es el medio ‑algo exterior a nosotros. ¿Es ésa la causa de esto, lo cual significa que hemos confiado enteramente en la autoridad ‑la autoridad de la tradición, la autoridad de los libros, de los líderes, de los gurús, etc.? Cuando uno depende así, poco a poco se debilita, se enferma, es incapaz de pensar claramente. Este es un hecho. Los periódicos les dicen a ustedes lo que deben pensar. Todas las reuniones a las que asisten, los discursos que escuchan, los adoctrinan. De modo que la falta de confianza en nosotros mismos, la falta de un sentido de responsabilidad por nosotros mismos, puede que sea el origen fundamental de toda esta confusión. Nos hemos vuelto irresponsables porque dependemos.

¿Es posible ser una luz para sí mismo y no depender de ninguna persona? Uno tiene que depender del lechero, del cartero, del policía que cuida el orden en los cruces de las calles. Uno depende del médico, del cirujano. Pero en lo interno, en lo psicológico, si podemos ser una luz para nosotros mismos, no tenemos que depender de nadie para pensar claramente, para observar nuestras propias reacciones y respuestas. ¿Comprenden lo que esto significa ‑ser luz para uno mismo? No es la confianza en uno mismo, la cual forma parte de la condición egocéntrica, egotista. Pero el ser luz para sí mismo, requiere gran libertad, un cerebro muy claro, no un cerebro condicionado. Y tener un cerebro activo, capaz de afrontar retos, de cuestionar, de dudar, implica tener energía. Pero cuando uno depende de otros, pierde la energía.

Prosigamos, pues, a partir de ahí. La mente, el cerebro de ustedes, ¿está condicionado? ¿Entienden esa palabra ‘condicionado’? Desde el instante en que nacemos, el cerebro va siendo condicionado, moldeado por la tradición, por la religión, por la literatura que leemos, por los periódicos, por nuestros padres. El cerebro ha vivido por millones de años. Ha tenido innumerables experiencias. Se ha enfrentado a guerras, al dolor, al placer, a sufrimientos, agonías, grandes perturbaciones. Y está condicionado como hindú, sikh, musulmán, cristiano... ¿Por qué está condicionado? Estamos investigando seriamente si el condicionamiento de nuestro cerebro puede terminar. ¿Nos damos cuenta de ese condicionamiento, vemos claramente que estamos condicionados? ¿Al menos en esto estamos de acuerdo ustedes y yo? Si uno se halla condicionado, eso implica que su existencia se vuelve mecánica ‑uno repite que es hindú, que es musulmán, que es marxista y así sucesivamente. Nuestro cerebro se vuelve mecánico, repitiendo la misma cosa una y otra y otra vez. Así que, en primer lugar, conversando uno con otro como dos amigos, ¿nos damos cuenta realmente de que nuestros cerebros están condicionados? Entonces nos preguntamos si es posible librar al cerebro de ser hindú, musulmán, cristiano, marxista. Somos seres humanos, no etiquetas. Pero las etiquetas cuentan muchísimo. Eso es lo que ocurre.

Cuando hay condicionamiento, no hay libertad. No puede haber amor, no puede haber afecto. Es imperativo, absolutamente esencial para el futuro de la humanidad, que nos ocupemos de investigar el cerebro con su condicionamiento. Si nos damos cuenta de eso, entonces podemos proceder a averiguar si es posible liberar al cerebro. Se sobreentiende que la relación entre el cerebro y la mente puede darse cuando el cerebro es completamente libre. Entonces el cerebro es la mente. Examinaremos esto más tarde a medida que avancemos.

Estamos condicionados, y nos preguntamos si es posible librarnos de ese condicionamiento. No digan que sí o que no, porque eso sería absurdo; mientras que si investigan, entonces están aprendiendo gracias a la investigación. ¿Por dónde empiezan a investigar si es posible liberar al cerebro de su condionamiento, a investigar si es posible no ser un hindú o un musulmán o un sikh, sino un ser humano con todos los afanes, las ansiedades, las incertidumbres de la humanidad, con toda la profundidad de la angustia y el dolor humanos? ¿Empezarán a investigar desde afuera, o empezarán a hacerlo desde adentro? O sea, ¿es el mundo exterior diferente del mundo en que vivimos internamente? ¿Comprenden esa pregunta? La sociedad, la moral, el mundo exterior, ¿es diferente de ustedes, o son ustedes los que lo han creado? Por favor, consideren esto. El mundo es cada uno de ustedes, y cada uno de ustedes es el mundo. Es muy importante que esto se comprenda. En nuestro desorden, en nuestra confusión, en nuestro deseo de seguridad, hemos creado un mundo exterior a nosotros, que es la sociedad, la cual es corrupta, inmoral, confusa y está permanentemente en guerra, porque nosotros mismos estamos internamente confundidos y en conflicto.

Entonces, ¿por dónde comienzan, sabiendo que son ustedes los que han creado este mundo? Tienen que comenzar consigo mismos, no con la modificación del sistema, del mundo exterior. Eso implica no ir en busca de un nuevo líder, un nuevo sistema, una nueva filosofía o nuevos gurús, sino mirarse cada uno a sí mismo tal como es. ¿Pueden ustedes observarse a sí mismos como observarían el propio rostro en un espejo? ¿Pueden observar así sus reacciones, sus respuestas? Porque sus reacciones y sus respuestas son lo que son ustedes. Por lo tanto, comencemos a investigar ahí.

La vida es un proceso de relación. La vida no existe sin relación. Éste es un hecho. Uno puede ser un ermitaño, un monje, puede apartarse de toda la sociedad, pero está relacionado. Como ser humano, uno no puede evadir el estar relacionado. Estamos relacionados con nuestra esposa, con nuestro marido, con nuestros hijos, estamos relacionados con nuestro gobierno, nos relacionamos con el ermitaño que se retira del mundo, porque lo alimentamos, y él a su vez, está relacionado con sus ideas. De modo que la relación es la base de la existencia humana. Sin relación no hay existencia. Ustedes se relacionan, o bien con el pasado, es decir, con toda la tradición, con todos los recuerdos, con los monjes, o se relacionan con alguna ideación sobre el futuro. Por lo tanto, la relación es la cosa más importante en la vida. ¿Ven la verdad de eso, no verbalmente, no con el intelecto, sino realmente, con la mente y el corazón?

Estamos investigando qué relación establecen ustedes con otro, sea esta relación intima o no. ¿Es que desde la infancia se les lastima, se les hiere psicológicamente y, en consecuencia, desde esa lastimadura, desde esa herida psicológica engendran ustedes violencia? La consecuencia de hallarnos lastimados, heridos internamente, es que nos encerramos más y más en nosotros mismos a fin de que no se nos lastime. Y nuestra relación con otro se vuelve entonces muy estrecha, muy limitada. Primero debemos investigar y descubrir si es posible que uno no sea lastimado jamás. ¿Cuál es el origen de que nos sintamos lastimados psicológicamente? ¿Cuál es la causa? Cuando digo que me siento lastimado, que me han lastimado en mi orgullo, ¿qué significa eso? Mi maestro me ha lastimado, me han lastimado mis padres. Todos nos sentimos lastimados. Todos estamos psicológicamente heridos por un incidente, por una palabra, una mirada, un gesto. ¿Qué es, entonces, lo que se halla lastimado? Uno dice: “Yo me siento lastimado”. ¿Qué es ese ‘yo’ al que lastiman? ¿No es acaso una imagen que hemos construido de nosotros mismos?

Estamos formulando una pregunta muy seria: ¿Qué es lo que está lastimado? El cerebro tiene la capacidad de crear imágenes. Las imágenes son las ilusiones. Nosotros tenemos ilusiones; la guerra es una ilusión, y la aceptamos. Ustedes aceptan matar a otro ser humano, matar otra vida; aceptan eso como parte de la imagen que tienen. Ustedes tienen muchas, muchísimas imágenes. Y una de esas imágenes es: “Me lastiman”. Estamos investigando cuál es la entidad lastimada. La entidad es la imagen que he construido de mí mismo. Pienso que soy un gran hombre y viene uno de ustedes y me dice: “No sea idiota”. Quedo lastimado. Donde hay comparación, hay heridas psicológicas. Cuando me comparo con alguien que es más hábil, más brillante, más inteligente, o sea, cuando existe el medir, tengo que quedar lastimado. Así que, por favor, investiguen si pueden ustedes vivir sin comparar, sin medir. Siempre estamos comparándonos con alguien. Comienza en la escuela, cuando al niño se le dice que debe ser tan bueno como su hermano. Eso es comparación, eso es medida, y ese proceso continúa a lo largo de toda la vida.

¿Es, por tanto, posible vivir sin medir, sin comparar? Esta es una cuestión tremendamente complicada. Porque la palabra ‘mejor’ implica medida. La palabra ‘más’ implica medida. El mejoramiento de uno mismo implica medida. Averigüen si es posible vivir sin medir, lo que equivale a vivir sin comparar. Forma parte de la meditación investigar el significado del no devenir; el devenir, el llegar a ser, implica medida. ¿Es posible que en nuestra relación de unos con otros, por intima que sea, no intervenga la medida? Eso quiere decir que nuestro cerebro debe estar activo en la relación; debe investigar nuestra relación, investigar si en esa relación hay heridas psicológicas, y ver que esas heridas producen más temor, más encierro en uno mismo y, por consiguiente, más aislamiento. Y mientras haya aislamiento, sea externa o internamente, tiene que haber conflicto.

Estamos diciendo que el cerebro ha sido condicionado al aislamiento como hindú, como budista, etcétera. Para investigar esta cuestión de si el cerebro puede librarse de su propio condicionamiento, tenemos que investigar la relación. ¿Qué relación establecen ustedes con otro, con la esposa, con el marido, con los hijos? Empiecen por ahí, cerca de la casa, no a gran distancia. Ustedes saben, señores, que para ir muy lejos, tienen que empezar muy, muy cerca. Para ir muy lejos, deben ustedes poner la propia casa en orden. ¿Pueden estar atentos, alertas, de modo que observen la relación que establecen y, desde ese estado de atención alerta, aprendan cómo responden, cómo reaccionan? Esa es la vida, la vida de todos los días. Ella requiere atención constante a cada reacción, a cada pensamiento. Pero casi todos nosotros somos muy perezosos. Nos hemos vuelto perezosos porque dependemos unos de otros.

Como dos amigos, hemos examinado este problema de la relación e investigaremos, además, la naturaleza de esa relación. El cerebro humano, ¿es ‘mi’ cerebro o es el cerebro de la humanidad? Esta es realmente una pregunta muy seria. El cerebro de cada uno de ustedes, ¿es un cerebro individual, o es el cerebro de la humanidad? Cuando uno dice, “es mi cerebro”, cuando uno dice, “es mi conciencia”, ¿es así realmente? ¿O es la conciencia de la humanidad? Investíguenlo. Sufrimos, nos sentimos inseguros, ansiosos, padecemos angustias, dolor. Somos eso. Tenemos creencias, conocimientos, carácter, y eso es lo que somos cada uno de nosotros. Y eso, exactamente, es nuestro vecino. Sufre, pasa angustias, pesares, dolores, infortunios. ¿Está, pues, la conciencia de cada uno de nosotros separada del resto de la humanidad? No, por supuesto que no. Si advertimos eso, si vemos la verdad de eso, entonces, ¿es cada uno de nosotros un individuo? Uno puede pensar que es un individuo porque es moreno, porque es bajo, porque la actividad periférica le hace creer que es un individuo; pero bien en lo profundo, ¿no es uno el resto de la humanidad? Cuando uno comprende eso, jamás matará a otro, porque estará matándose a sí mismo. Entonces de ello surge una gran compasión, un gran amor.

Interlocutor: ¿Qué es una acción impersonal?

Krishnamurti: ¿Qué es una acción impersonal? Ante todo, ¿qué es la acción? ¿Qué entiende usted por esa palabra ‘acción’? Usted actúa ya sea conforme a un patrón de conducta, o a alguna idea, o a su experiencia que es el pasado, o conforme a algún ideal que está en el futuro, o según su conocimiento que también es el pasado; o actúa conforme a su conveniencia. ¿Qué entiende usted, entonces, por esa palabra? La palabra significa actuando ‑no ‘he actuado’ o ‘actuaré’. Acción implica actuar en el presente. Que esa acción sea correcta, verdadera, real, depende de la cualidad de nuestro cerebro, de nuestro corazón, no de meras teorías. Por lo tanto, señores, investiguen qué es la acción. Todos estamos actuando de la mañana a la noche. Usted está sentado allí y quien les habla se sienta aquí. Usted escucha y él habla ‑ésa es una acción. Si escucha, eso es acción; o si no escucha, ésa es una acción. El modo en que escucha es una acción.

¿Qué entiende usted por ‘impersonal’? Vea cómo tenemos conceptos. ¿Qué entiende usted por ‘persona’ ‑la palabra, el nombre, la forma ? ¿Es usted un individuo para considerarse a sí mismo personal y luego preguntar:? “¿Puedo yo ser impersonal?” ¿Es usted un individuo? Todos ustedes piensan que son individuos. Todas las religiones, la tradición que tienen, les dicen que son ustedes individuos. ¿Lo son? ¿No es usted acaso el resultado de siglos de empeño humano? No queremos poner en duda todas estas cosas. Tenemos miedo. Si uno no es un individuo, ¿qué podría sucederle? La individualidad es una forma de aislamiento y, por lo tanto, toda la vida nos estamos estrangulando unos a otros. No hay amor. Hablamos del amor a Dios, pero no nos amamos el uno al otro. Y además, ese ‘dios’ es la invención del hombre. Sé que todos ustedes creen en Dios, pero son ustedes los que han inventado esa entidad. Si ese Dios existe realmente, y si él nos ha creado a nosotros, ¡qué mísero dios debe ser! Ustedes no quieren verlo de ese modo. Adoran una ilusión, la ilusión les gusta y piensan que en la ilusión hay seguridad. Y están descubriendo que no hay seguridad en la ilusión. El dios de ustedes los ha traicionado y, no obstante, lo siguen adorando ‑el dios cristiano, el dios hindú, el dios musulmán... ¡Es todo tan absurdo, tan infantil!

Descubramos, pues, si podemos ser una luz para nosotros mismos, sin depender de nadie psicológicamente, internamente. No depender de nuestra esposa, de nuestro marido, o de nuestro gurú, o de un libro, sino vivir una vida libre, plena de vitalidad, de energía, y así tener un cerebro activo, no mecánico. Nuestros cerebros se han convertido en una nueva forma de computadora. Por favor, averigüen seriamente si existe una manera diferente de vivir.

Nueva Delhi,

30 de octubre de 1982

CONFLICTO, DUALIDAD Y OBSERVACIÓN

Esta tarde vamos a conversar juntos acerca de muchas cosas. Uno nunca escucha verdaderamente a otro. Cuando ustedes escuchan, siempre existe una defensa, una resistencia a todo lo que se dice, a algo nuevo. Hay una reacción inmediata para resistir porque ello podría ser perturbador. Existe, pues, un arte de escuchar: escuchar lo que se dice, sin interpretarlo para que se acomode a la propia conveniencia, al propio lenguaje convencional, sino prestar atención a la palabra, al significado de la palabra, y ver que nos entendamos el uno al otro. Para escuchar, uno ha de tener no sólo cierta cualidad de atención, sino también un sentimiento de afecto, un sentimiento por el cual uno trata de comprender lo que el otro amigo está diciendo. La comunicación en profundidad sólo es posible cuando ambos estamos interesados en el mismo tema, acerca de las mismas ideas, o nos interesamos en la misma cosa. Entonces estamos ambos en comunicación el uno con el otro. Pero si ustedes resisten, como probablemente van a resistir muchísimo lo que va a decirles quien les habla, entonces la comunicación no es posible. Uno tiene que aprender el arte de escuchar. Cuando escuchan la música que les agrada, no hay resistencia. Ustedes la acompañan, mueven la cabeza, aplauden, hacen toda clase de cosas para expresar su apreciación, su comprensión de la música, etcétera. No hay forma alguna de defensa ni de resistencia; acompañan la música, fluyen con ella. Del mismo modo, escuchen naturalmente, no para que se les instruya o se les diga lo que deben hacer, sino para comprender lo que se está expresando.

Así que, por favor, aprendan el arte de escuchar, no solamente a quien les habla, sino a la esposa, al marido, a sus hijos, escuchen los pájaros, el viento, la brisa, de modo tal que se vuelvan extraordinariamente sensibles en el escuchar. Cuando uno escucha, capta las cosas rápidamente, no necesita un montón de explicaciones, descripciones y análisis; uno fluye junto con el otro. Nosotros estamos departiendo como dos amigos que están tranquilamente sentados en un parque, o en un bosque; cantan los pájaros, hay mucha luz que llega entre las hojas y se proyecta sobre el suelo. Existe un sentimiento de apreciación de la belleza. Cuando uno escucha así, ocurre el milagro. Escuchar de este modo es como plantar una semilla. Si la semilla es vital, fuerte, sana, y el terreno ha sido adecuadamente preparado, es inevitable que la semilla germine. Por lo tanto, uno ha de aprender el arte de escuchar. Si escuchan con mucho, mucho cuidado, captan muy rápidamente el significado de lo que el otro está diciendo. Es posible que, desdichadamente, muchos de ustedes hayan escuchado por cierto número de años a quien les habla, y se han habituado a él; se han habituado a su lenguaje, a sus gestos, a su apariencia, y poco a poco se escabullen.

Y preguntan: “¿Por qué después de tantos años de escuchar a este hombre, no he cambiado?” Es porque realmente no le han escuchado con el corazón, con la mente, con toda la energía. Por lo tanto, no culpen al que les habla; aprendan, más bien, la manera de escuchar ‑si es que uno puede sugerirlo con el mayor respeto. Hay una gran belleza en escuchar a un pájaro, al viento entre las hojas, y escuchar una palabra que se pronuncia con profundidad, significativamente, con pasión.

Decíamos ayer que está en juego el futuro del hombre, y que el ser humano no existe en aislamiento ‑aislamiento como nación, como grupo, aislamiento en la religión, aislamiento como individuo y aislamiento en la conciencia. La mayoría de nosotros considera que el pensar es individual. Ustedes piensan que existe una diferencia, una división ‑su opinión contra mi opinión, mi pensamiento contra su pensamiento, o contra el pensamiento de mi esposa, o el de mi marido. Pero el pensar no es individual. El pensar es el factor común a todos los hombres, desde el más pobre e ignorante, al ganador del Premio Nobel, el científico. Ambos son pensadores. Pero cada uno de nosotros tiene la idea de que su pensar es ‘suyo’, mientras que el pensar es la naturaleza misma del hombre. Seamos claros en este punto. Cuando uno piensa, ése no es su pensar individual; es la capacidad que tiene nuestro cerebro para estar activo y responder en forma de palabras, y ésa es la naturaleza del hombre. Pero nosotros hemos reducido el pensar a mi pensar como opuesto a su pensar. Casi todos tenemos fuertes opiniones, prejuicios, conclusiones. Hemos experimentado muchísimo, y pensamos que nuestra conclusión es el resultado de nuestra experiencia personal. Cuando se nos pone frente a un punto de vista nuevo, nos negamos a mirar. Pero el pensar es la naturaleza del ser humano.

¿Podemos proseguir a partir de ahí? Cuando observamos lo que ocurre en el mundo exterior a nosotros, vemos que cada país, cada grupo, se está aislando a sí mismo ‑el musulmán, él hindú, el budista, el tibetano, el ruso, y así sucesivamente. Este factor de aislamiento está destruyendo al mundo, está separando a la humanidad. Este es un hecho real que ocurre en todas partes. Luego, internamente, cada uno de nosotros piensa que está separado de los demás. La tradición, la religión, todo eso nos ha condicionado para pensar que somos seres humanos separados. Estamos separados en el sentido de que uno es mujer y otro es hombre, uno alto, otro bajo, blanco, negro, etc. Pero estamos hablando en profundidad, o sea, que la conciencia humana es general, la comparten todos los seres humanos. Todos los seres humanos sufren, pasan por grandes angustias, derraman lágrimas, se sienten solitarios, experimentan dolor, ansiedad, depresión, incertidumbre. El más pobre y el más sofisticado y erudito de los seres humanos, poseen todos este factor general. Todos comparten esto. Es así.

De modo que nuestra conciencia no es de ustedes o mía; es la conciencia de todos los seres humanos. Para la mayoría de la gente es muy difícil ver la realidad de esto, porque hemos sido muy condicionados. Para la cristiandad, uno es un alma separada. Aquí, entre los hindúes, uno reencarna una y otra vez hasta que alcanza dios sabe qué. Todo eso sigue acentuando la idea de que uno es un individuo separado. ¿Es así? Lo estamos cuestionando. Tenemos que averiguar, dudar, inquirir, lo cual quiere decir que ustedes están escuchando sin ninguna defensa, sin resistencia alguna a esta verdad. Estamos empleando la palabra correctamente: es la verdad. En la periferia, en lo exterior, pueden ustedes tener ciertas peculiaridades, ciertos hábitos, tendencias, capacidades, pero si se mueven de lo externo a lo interno, todos comparten los mismos problemas comunes. A menos que comprendamos esto, no verbalmente, no con el intelecto, sino en nuestros corazones, en nuestras mentes, en nuestra sangre, vamos a destruirnos unos a otros.

Nosotros somos capaces de prestar atención al hecho real de que nuestra conciencia es su contenido; nuestra conciencia está compuesta por su contenido. ¿No es así? Miren, se han escrito muchísimos libros acerca de la conciencia. Hay especialistas de la conciencia; por todo el mundo se dictan conferencias sobre la conciencia. Uno ha de investigar la naturaleza de su propia conciencia, observar el contenido, porque sin el contenido no hay conciencia. ¿Están siguiendo todo esto? La conciencia de uno está constituida por sus creencias, sus tendencias, sus deseos secretos, sus ansiedades, su soledad, y así sucesivamente. Es el contenido el que constituye la conciencia. Sin el contenido, no existe la conciencia tal como la conocemos. Si uno observa su propia conciencia, ve que uno es eso; la conciencia de uno es lo que uno es. Mis temores, mis deseos, mis placeres, mi soledad, mi desaliento, mi ansiedad, todo eso es lo que yo soy, y es en eso que creo.

De modo que el contenido constituye la conciencia, y esa conciencia está condicionada. Puesto que está condicionada, tiene que hallarse en conflicto. ¿Acaso no están todos ustedes en conflicto de una u otra clase? ‑siendo el conflicto la disensión entre dos personas, el conflicto con uno mismo, el conflicto entre lo que es y lo que debería ser. Eso es el conflicto. Aparentemente, todos los seres humanos son violentos. El contenido de nuestra conciencia forma parte de esa violencia. El conflicto surge cuando hay dualidad. O sea: yo soy violento, yo no debería ser violento. O bien tengo el ideal de la no violencia, o el de practicar la no violencia, pero el hecho es que soy violento. Ese es un hecho. Lo otro no es un hecho.

Esto tenemos que investigarlo muy cuidadosamente, porque estamos tratando de comprender por qué los seres humanos viven perpetuamente en conflicto, por qué existe una contradicción ‑yo soy, yo debería ser; yo soy violento, yo debo llegar a ser no violento. La no violencia es una idea, un concepto; no es una realidad, porque yo soy violento. Este es un hecho, una realidad. Lo otro no es un hecho, pero nosotros pensamos que la búsqueda de la no violencia nos ayudará a volvernos no violentos, a liberarnos de la violencia. Entendamos bien el contenido de esa palabra. ¿Qué significa ‘violencia’? Está la violencia física. Uno dispara un arma, o golpea a otros, o arroja una bomba; uno abofetea a alguien, lo insulta ‑ésa es la violencia física. ¿Qué es la violencia psicológica? ‑la ira interna, el odio, el deseo de dominar a la gente, no sólo el dominio físico, sino la dominación mediante ideas: “Yo sé, ustedes no saben; yo les diré qué hacer y ustedes obedecerán”. Los gurús son violentos, porque con sus ideas, con sus sistemas de meditación y todo eso, están dominando a la gente. Por favor, comprendan esto. No estamos atacando a los gurús. Solamente señalo que la dependencia psicológica, la imitación, la conformidad, la dominación, que todo eso es violencia interna. Ese es un hecho. ¿Podemos habérnoslas con el hecho y no con la idea del opuesto? El opuesto no existe, ¿correcto? Hay opuestos tales como oscuridad y luz, hombre y mujer, alto y bajo, negro y blanco, etc. Internamente, ¿existe en absoluto una dualidad? Nos estamos preguntando: ¿Hay realmente una dualidad, o sólo existe ‘lo que es’? Solamente existe ‘lo que es’; o sea, yo soy violento. Ahora bien, ¿es posible verse libre de la violencia ‑no ‘llegar a ser’ no violento? ¿Está claro? Este país ha propagado la idea de la no violencia. Siendo violentos, ellos están propagando algo que no son. Eso significa que yo, poco a poco, día tras día, practico para alcanzar eso, no para comprender la violencia, sino para llegar a algo que he llamado ‘no violencia’. ¿Ven ustedes la diferencia? Por lo tanto, hay conflicto. Cuando observo, cuando investigo el hecho y aprendo, no hay conflicto en mi mente. Pero si mi mente está diciendo todo el tiempo: “Debo lograr la no violencia”, entonces hay conflicto. Si en cambio digo: “Soy violento, ¿cuál es la raíz, la naturaleza de la violencia?”, entonces no condeno la violencia, la observo.

¿Qué es la observación? Cuando ustedes observan la luna llena, ¿la observan, ven la belleza de esa luz, la cualidad extraordinaria de esa luz? ¿O dicen que es la luna llena y hacen alguna otra cosa? ¿Qué entienden ustedes por observar? ¿Alguna vez observan la montaña cubierta de nieve, con toda esa grandeza, esa belleza, con los valles profundos llenos de misteriosas sombras, la extraordinaria majestad de esa montaña? Cuando observamos por un solo instante, todos nuestros problemas desaparecen, porque la majestad de esa montaña ha alejado por un segundo todos nuestros problemas. ¿Lo han advertido? Pero nuestros problemas vuelven inmediatamente. Así que ustedes y yo vamos a hablar acerca de lo que significa observar.

Supongamos, pues, que soy violento. ¿Cómo observo esa violencia? Necesito comprender la naturaleza de esa violencia. Necesito explorar, descubrir los factores extraordinarios que contribuyen a la violencia. ¿Cómo observo? En primer lugar, ¿es la violencia diferente de mí mismo? ¿Entienden mi pregunta? Pregunto si esa violencia que veo cuando digo que soy violento, es diferente de mí, o si yo soy esa violencia. Cuando uno está iracundo, es la ira; uno no es diferente de la ira. Es diferente de la ira sólo cuando desea controlarla, cuando dice: “Debo reprimirla”; pero de hecho, ¿es uno diferente, está separado de la violencia? ¿Es así? La palabra ‘violencia’ ‑separada a causa de la tradición, a causa del hablar constantemente acerca de la violencia, etc.- ¿es la palabra misma la que se ha separado de la observación?

El observador dice: “Yo soy diferente de eso, soy diferente de la violencia”. Tenemos que investigar quién es el observador. El observador es el pasado, que ha conocido lo que es la violencia. Es el pasado, el conocimiento, la experiencia, todos los recuerdos almacenados en la memoria. Esos recuerdos, esas innumerables formas de conocimiento y el movimiento de todo eso, es el pasado. El pensamiento se ha dividido a sí mismo como pasado, presente y futuro. Se ha dividido como el observador y lo observado. El pensamiento ha dicho: “Yo no soy violento, la violencia no forma parte de mí”. Pero cuando uno observa la cosa muy atentamente, ve que es violento, que es iracundo, codicioso, envidioso, competidor ‑uno ve que es todo eso. ¿De acuerdo? El observador no es diferente de aquello que él observa. Por favor, entiendan esto. Es muy importante porque, si realmente comprenden esto con todo el corazón, con toda la mente, con la totalidad del cerebro, entonces el conflicto toca a su fin; no hay dualidad en absoluto. Olviden sus libros, el Vedanta y todos los demás. El hecho es que, excepto en lo físico, no existe el opuesto. Psicológicamente, internamente, sólo existe el hecho. Y el hecho es que uno es violento, es celoso, etc. etc.

Ahora bien, ¿pueden ustedes observar el hecho sin su opuesto ‑el opuesto que ha inventado el pensamiento? ¿Ven esto, pueden observar ‘lo que es’? En esa observación el observador es lo observado, el pensador es el pensamiento, el experimentador es lo experimentado. Pero nosotros lo hemos separado. Decimos: “Tengo que experimentar la iluminación”, o lo que fuere que ustedes deseen experimentar. Por lo tanto, el pensador es el pensamiento. Sin pensamiento no hay pensador. El observador es lo observado, el analizador es aquello que él está analizando. Puedo exponer esto de diferentes maneras, pero ése es un hecho: el observador es lo observado. En consecuencia, internamente uno elimina por completo el sentimiento de la dualidad. Entonces no es cuestión de reprimir el hecho, de analizarlo, de evadirlo. Está ahí. ¿Qué ocurre entonces? ¿Qué ocurre cuando se comprende realmente esta verdad de que sólo existe el hecho, ‘lo que es’, y no el opuesto inventado? En ello no hay división como el observador y lo observado. Entonces, ¿qué ocurre? ¿Comprenden mi pregunta?

El hombre ha vivido en conflicto desde tiempos inmemoriales. Si uno mira los grabados en las piedras, o los que aparecen en las cuevas de Francia y en ciertas partes del mundo, verá que siempre ha existido esta batalla entre lo bueno y lo malo ‑el bien contra el mal. Esta ha sido la historia del hombre ‑el conflicto. Nos preguntamos si este conflicto puede terminar. Si termina, entonces el hombre es un ser humano vital, creativo, y tiene en sí algo extraordinario. Cuando existe esta comprensión de que uno es violento, no de que uno está separado y la violencia está separada, sino que uno es eso, ¿qué ocurre? Uno es moreno, tiene ciertas características, tiene preocupaciones, es un profesor o un científico ‑todo eso no está separado de uno mismo. ¿Qué ocurre, pues, cuando este hecho, esta verdad se comprende, no intelectualmente, no de manera verbal, sino bien a fondo, como un hecho, como la verdad que es? ¿Acaso no hemos eliminado completamente el opuesto? Sólo existe esto, y entonces vivimos con ello como si fuera una piedra preciosa que hemos descubierto; la contemplamos, vemos la belleza de esa joya, la luz, los múltiples aspectos que nos revela, a medida que lo observamos, eso que forma parte de nosotros mismos. Por lo tanto, mirar, observar es extraordinariamente importante, de modo tal que no haya división alguna entre el observador y lo observado. Entonces uno se da cuenta de que nada puede hacer al respecto. Uno es moreno, no puede cambiar eso. El hecho es que, cuando existe tal observación, ésta no es la palabra, no es la memoria; es algo totalmente nuevo. Uno se enfrenta a esta nueva reacción que llama violencia, en una forma nueva, diferente. O sea, ¿han observado alguna cosa de esa manera? ¿Han visto la luna, la luna nueva que surge, como si fuera la primera vez en la vida que la ven? ¿Han mirado a la esposa o al marido como si lo hicieran por vez primera? ¿O dicen meramente, “ella es mi esposa, él es mi marido”, sólo como una observación mecánica? El observar requiere mucha energía, mucha vitalidad, una gran investigación a fin de ver lo que realmente es.

Ahora estamos interesados en la eliminación completa de toda clase de conflicto. ¿Por qué tenemos opiniones? Ustedes tienen opiniones, juicios, ¿no es así? Por favor, investiguen esto. ¿Por qué tienen tantas opiniones? Es una carga. Yo soy un brahmín, usted no lo es. Yo soy un sikh y usted no. Yo soy musulmán y usted no. ¿Por qué tenemos estas opiniones? Ello indica una mente, un cerebro tan atestado de opiniones, que se está volviendo pequeño, mezquino, estrecho. No es libre para mirar, para investigar.

¿Por qué la mente humana, el cerebro humano está siempre ocupado, jamás está quieto, jamás es libre? Investiguen todo esto, porque tenemos una crisis tremenda en el mundo, y también una crisis en nuestra conciencia.

También debemos hablar ustedes y yo, acerca de la relación. ¿Por qué en nuestra relación con otro, por íntima, sexual, por próxima que sea, hay conflicto? ¿Por qué dos personas no pueden vivir en paz? ¿Se han planteado alguna vez esa pregunta? Porque esto es muy importante. Si yo no sé cómo vivir en paz con mi esposa, con mi marido, con mi amiga, no puedo vivir en paz con el mundo. Puedo hablar de paz, puedo escribir muchísimo acerca de la paz, puedo viajar por todo el mundo diciendo cosas sobre la paz, pero estoy riñendo con mi amiga, con mi esposa, con mi marido. De modo que en nuestra relación hay conflicto. ¿Por qué? ¿Desean ustedes que uno se lo diga, o estamos investigando juntos?

Si realmente están investigando, eso implica un compartir, un moverse juntos, no el mero estar de acuerdo ustedes y yo, sino el pensar paso a paso, caminando uno junto al otro, como si paseáramos tomados de la mano por el sendero donde hay tanta belleza, tanto afecto y amor. ¿Por qué, en nuestras relaciones, existe esta disensión, esta división entre hombre y mujer, entre un ser humano y otro? ¿Lo han advertido? Somos como dos líneas paralelas, nunca nos encontramos. Nunca decimos lo que realmente pensamos y nos atenemos a eso. De modo que vamos a averiguar juntos por qué en la relación humana tenemos tan graves y feos conflictos. Yo tengo mi ambición, mis deseos, mis problemas. En la oficina soy competidor, agresivo; estoy persiguiendo mi propia meta. Y mi esposa también está persiguiendo su propia ambición. Yo domino, y ella resiste ese dominio. Nos preguntamos, pues, por qué existe este conflicto, puesto que ambos tenemos que vivir juntos. Tenemos sexo, tenemos hijos, pero los dos estamos separados. ¿No es este un hecho? Yo la domino o ella me domina, ella me intimida o yo la intimido. Yo la sermoneo o ella me sermonea. No la golpeo, pero me enfurezco con ella. Quisiera golpearla, pero estoy un poco más controlado. Ustedes se ríen; sin embargo, todos estos son hechos. Yo soy un individuo, ella es un individuo; cada cual tiene que salirse con la suya ‑en hábitos, en deseos. Entonces, ¿cómo pueden dos personas vivir juntas? Lo cual significa que no amamos en absoluto a nuestra esposa o a nuestro marido.

¿Saben ustedes lo que significa amar a otro? ¿Alguna vez han amado a alguien? El amor, ¿es dependencia, es deseo, es placer? Yo no amo a mi esposa, ella no me ama. Somos dos individuos separados. Podemos encontrarnos sexualmente; en lo demás, seguimos nuestros propios caminos particulares. ¿Comprenden, señores? ¿Existe el amor en este país? No pregunten: “¿Acaso existe en Europa?” Cuando quien les habla está en Europa, trata este tema allá. Pero como nosotros nos encontramos en este país, en esta parte del mundo, estamos hablando de eso aquí. ¿Hay amor en este país? ¿Aman ustedes a alguien? ¿Puede el amor coexistir con el miedo, o cuando cada uno está tratando de llegar a ser esto o aquello? ¿Puede haber amor cuando yo deseo convertirme en un santo y ella no, o ella quiere llegar a ser una santa y yo no lo soy? ¿Puede haber amor cuando cada uno está queriendo ‘llegar a ser’ alguna cosa? Por favor, entiendan todo esto; es la vida de ustedes. Cuando cada uno está deseando ‘llegar a ser’ alguna cosa, ¿cómo puede haber amor? ¿Es posible amar a alguien sin desear nada del otro, ni emocionalmente, ni físicamente, de ningún modo? ¿Es posible amar a la esposa sin requerir nada de ella? Ella puede sentir afecto por mí porque me necesita, porque tal vez sea yo quien trae el dinero a la casa; no estoy hablando de eso. Pero internamente, el amor no puede existir cuando hay apego. Si estamos apegados a nuestro gurú, no hay amor en nuestro corazón.

Esto es muy, muy serio. Sin amor no existe una acción correcta. Hablamos de acción, desarrollamos muchas clases de trabajo social. Pero cuando hay amor en nuestro corazón, en nuestros ojos, en nuestra sangre, en nuestro rostro, somos un ser humano diferente. Cualquier cosa que hagamos entonces, tiene belleza, tiene gracia, es una acción correcta. Todo esto puede ser un conjunto de excelentes palabras que ustedes escuchan, pero ¿tienen esta cualidad que no puede ser cultivada ni practicada? Uno no puede comprarla a su gurú, no puede comprarla en ninguna parte. No obstante, sin esa cualidad somos seres humanos muertos. ¿Qué harán, pues? Por favor, formúlense esta pregunta, descubran por sí mismos por qué no existe esta llama, por qué se han convertido ustedes en mendigos semejantes. A menos que pongamos la propia casa en orden, nuestra casa ‑que somos cada uno de nosotros- no habrá orden en el mundo. Podremos meditar por el resto de nuestras vidas, pero sin eso nuestra meditación no tiene significado alguno. Así que, por favor, esta pregunta se les formula con el mayor respeto. ¿Cuál es la respuesta de ustedes?

Interlocutor: Bueno, señor, usted ha estado hablando de la transformación radical por los últimos 50 años, y es obvio que no hay ninguna transformación radical en el mundo. Yo le pregunto a usted, entonces, ¿por qué habla?

Krishnamurti: El caballero dice: Usted ha hablado de la transformación fundamental de la conciencia humana y todo eso, por los últimos cincuenta años y más, y no hay en absoluto ninguna transformación. Entonces le pregunto: ¿Por qué habla usted? Quien les habla no lo hace para entretenerse, realizarse o estimularse. Si él no hablara, no se sentiría deprimido, no sentiría que le falta algo. Entonces, ¿por qué habla? ¿Alguna vez se ha preguntado usted por qué florece el loto? ¿Lo ha hecho, señor? ¿Se ha preguntado jamás por qué florece una flor, por qué tiene tanta belleza, un color tan maravilloso, por qué la profundidad y el perfume y la gloria de una simple flor? Quizás uno haya estado hablando acerca de la compasión.

Nueva Delhi

31 de octubre de 1982

LOS FACTORES DEL DESORDEN

Si a uno se le permite señalarlo, estamos indagando, cuestionando, dudando, inquiriendo juntos, y ésta no es una conferencia. Estamos investigando al mismo tiempo, paseando juntos por todo el campo de la existencia, no abordando un problema particular sino el problema del hombre, el problema de los seres humanos. Uno de los factores en nuestra existencia, es que vivimos en desorden. Aparentemente, al cabo de treinta, cuarenta mil años o más, no hemos sido capaces de vivir totalmente en orden en el universo; no un orden relativo, sino un orden interno, bajo todas las circunstancias y dondequiera que vivamos ‑en lo social, en lo político, etcétera. Lo importante es que nosotros, ustedes y quien les habla, pongamos en claro las causas del desorden; no que ustedes escuchen meramente la explicación o la descripción que uno podría ofrecer, sino que juntos pensemos, observemos, inquiramos en nosotros mismos, no de manera egoísta o egocéntrica, sino mirando nuestras vidas, viendo lo que hemos hecho del mundo, preguntándonos por qué el hombre, el ser humano, vive en perpetuo desorden tanto externa como internamente. Investigaremos si es posible vivir, ante todo, en orden interno, y sólo después externamente ‑no a la inversa. Primero, si en lo interno, en lo profundo de nosotros mismos, podemos vivir en completo orden. También podremos discutir, abordar juntos esta tarde, el problema del sufrimiento y este inmenso misterio de la muerte.

La belleza es orden total. Pero muy pocos de nosotros tenemos este sentido de la belleza en nuestras vidas. Podemos ser grandes artistas, grandes pintores, expertos en diversas cosas, pero en nuestra existencia diaria con todas sus ansiedades y desdichas vivimos, infortunadamente, una vida muy desordenada. Este es un hecho. Uno puede ser un gran científico, un reconocido experto en alguna materia, pero tiene sus propios problemas, sus luchas, sus pesares, sus ansiedades y todo eso. Nos preguntamos, juntos ustedes y quien les habla: ¿Es posible vivir en completo orden interno, no mediante la imposición de disciplinas o controles, sino inquiriendo en la naturaleza de este desorden? ¿Y, es posible, al investigar cuáles son las causas, disipar, remover, eliminar esas causas? Entonces hay un orden viviente en el universo.

El orden no consiste en seguir un patrón particular de vida, o en seguir ciega o abiertamente ciertos sistemas, sino en investigar dentro de nosotros mismos y descubrir por nosotros mismos; no que se nos diga lo que debemos hacer o que se nos guíe, sino exponer en nosotros mismos las causas reales de este desorden. Por lo tanto, ¿cuáles son las causas de este caos, no sólo el del mundo exterior a nosotros, sino también el de nuestra confusión psicológica interna que ha producido el desorden que impera exteriormente?

¿Considerarían ustedes al deseo como uno de los factores del desorden? ¿Qué es el deseo? Para la mayoría de nosotros el deseo es un factor poderoso; el deseo nos maneja, el deseo produce un sentimiento de felicidad o de desastre. El deseo cambia con los objetos del deseo. ¿Es el deseo una de las causas? ¿Por qué todas las religiones, todas las personas que se llaman religiosas, han reprimido el deseo? En todo el mundo, los monjes, los sanyasis, han negado el deseo ‑aunque por dentro puedan estar hirviendo. El fuego del deseo arde, pero ellos lo niegan reprimiéndolo o identificando el deseo con un símbolo, con una figura, y rindiendo ese deseo a la figura, a esa persona. Pero ello sigue siendo deseo. La mayoría de nosotros, cuando se da cuenta de sus deseos, o bien los reprime o cede a ellos o entra en conflicto; la batalla continúa. Aquí no estamos abogando ni por reprimir el deseo, ni por rendirse a él ni por controlarlo. Eso es lo que han hecho en todo el mundo las personas religiosas. Nosotros estamos examinando el deseo muy cuidadosamente, a fin de que por nuestra propia comprensión del deseo, del modo en que éste surge, de su naturaleza, por esta comprensión, por esta percepción del propio deseo, se despierte en uno la inteligencia. Entonces es esa inteligencia la que actúa, no el deseo.

En primer lugar, ¿nos damos cuenta, cada uno de nosotros, de la extraordinaria potencia que tiene el deseo ‑deseo de poder, deseo de ciertas cosas, deseo de dios, deseo de iluminación, deseo de seguir algún sistema? El deseo tiene innumerables aspectos. Es tan intrincado como el tejido de un gran maestro tejedor. Uno tiene que mirarlo de manera muy, muy sencilla, y entonces aparece la complejidad. Pero si empezamos con la complejidad, entonces no podremos avanzar más. Si empezamos sencillamente, podremos llegar muy lejos. Estamos mirando el deseo ‑la raíz y el origen del deseo.

¿Alguna vez han advertido ustedes cómo operan nuestros sentidos? ¿Llega uno a percibir sus sentidos, no un sentido particular sino la totalidad de los sentidos ‑el tacto, el gusto, el oído, el olfato, la vista- todos estos sentidos operando plenamente? Cuando todos los sentidos están activos, funcionando, ¿han mirado alguna vez un árbol de ese modo? ¿Alguna vez han mirado el mar, la montaña, las colinas y el valle con todos sus sentidos? Si lo hacen, entonces no hay un centro desde el cual estén mirando. Todas sus reacciones sensorias son completas ‑no están controladas, moldeadas o reprimidas. A menos que comprendan esto muy claramente, es peligroso decir una cosa así, porque para casi todos nosotros nuestros sentidos son parciales ‑¡podemos tener muy buen gusto para la ropa y un pésimo gusto para los muebles! Ya conocen todo esto. Tal como ahora vivimos, nuestros sentidos son limitados. Nadie, ninguna religión ni otros filósofos han dicho esto: Todos los sentidos tienen que florecer y, en ese florecimiento, perciben la belleza del mundo.

¿Cuáles son, pues, las causas del deseo? Investiguemos esto muy cuidadosamente. ¿Qué es el deseo? ¿Cómo surge? El deseo no aparece por sí mismo. Surge a causa de la sensación, del contacto, de ver algo ‑ver a un hombre o a una mujer, ver un vestido en el escaparate, ver un traje o un automóvil o las grandes colinas... Hay una sensación inmediata. Es natural, es sano tener tal sensación, tal respuesta. ¿Qué sucede entonces? Veo a una mujer hermosa, a un hombre hermoso, una linda casa, un lindo vestido. Veo una bonita camisa muy delicadamente confeccionada; entro y toco el material. Primero el ver, después el contacto y, de ese contacto, la sensación. ¿Correcto? ¿Qué ocurre entonces? Investíguenlo; uno ha tocado la camisa, tiene la sensación de su calidad, de su color. Hasta ahora no ha habido deseo ‑sólo ha existido la sensación. ¿Qué ocurre después? Uno ha tocado esa camisa o ese traje. Entonces el pensamiento crea la imagen de uno vestido con esa camisa o traje, o manejando ese automóvil. Cuando el pensamiento crea esa imagen, ése es el instante en que nace el deseo. O sea, que el deseo comienza cuando el pensamiento crea la imagen. Veo un hermoso violín ‑quiero tenerlo, quiero tener la belleza del sonido que hace el violín- me gustaría poseerlo. Miro, toco el violín, recibo la sensación de esa antigua estructura, y me gustaría tenerlo. Ese es el instante en que el pensamiento penetra en el campo de la sensación y crea la imagen; entonces comienza el deseo.

Ahora la pregunta es si puede haber un hiato, un resquicio; o sea, tener solamente la sensación y no permitir que intervenga el pensamiento y controle la sensación. Ese es el problema. ¿Por qué el pensamiento crea la imagen y se aferra a esa sensación? ¿Es posible mirar la camisa, tocarla ‑sensación- y detenerse ahí, no permitir que el pensamiento penetre en ello? ¿Han intentado jamás alguna de estas cosas? Cuando el pensamiento penetra en el campo de la sensación ‑y el pensamiento es también una sensación- entonces el pensamiento toma el control de la sensación y comienza el deseo. ¿Es posible observar solamente ‑contacto, sensación y nada más? ¿Comprenden eso? Y en esto no tiene cabida la disciplina, porque en el momento en que uno empieza con la disciplina, ésa es otra forma de deseo ‑el deseo de lograr algo. Por lo tanto, uno tiene que descubrir el comienzo del deseo y ver qué ocurre. No comprar la camisa inmediatamente, sino ver qué sucede. Uno puede mirarla, pero estamos tan ansiosos por obtener algo, por poseer una camisa, poseer a un hombre, a una mujer, o algún status, que jamás tenemos el tiempo, la tranquilidad necesaria para considerar todo esto. Así que el deseo es uno de los factores de nuestro desorden. Hemos sido educados para reprimir o para cambiar el objeto de nuestro deseo. Pero nunca hemos prestado atención al instante en que se produce el florecimiento del deseo. Esa es una de las causas del desorden en nuestra vida. Por favor, ténganlo presente, no estamos tratando de controlar el deseo ‑eso lo han intentado todos los que se llaman santos- ni estamos hablando de rendirnos al deseo, sino que miramos el deseo como si miráramos una flor, viendo cómo nace y crece.

¿Es, entonces, el miedo una de las causas del desorden? Obviamente, lo es ‑miedo al fracaso, miedo a no ser capaz de realizarse, miedo a perder, a no ganar. Tenemos toda clase de miedos. Uno le teme al gurú ‑¿han notado ustedes cómo se arrastran delante de un gurú? En cierto modo se vuelven inhumanos, están amedrentados. Desean algo del gurú y por eso lo adoran. En esa adoración hay miedo. Existen, pues, muchas formas de miedo, no estamos hablando de una forma particular. Nos preguntamos cuál es la raíz del miedo. Si podemos descubrir la raíz del miedo, entonces todo el árbol está ahí. Pero si sólo me interesa mi pequeño temor privado a la oscuridad, o el temor a mi esposa o esposo, a esto o aquello, entonces mi cerebro no participa en el descubrimiento de la raíz completa del miedo. Eso está claro. Entonces, ¿cuál es la raíz del miedo? ¿Cómo surge éste? Se trata de un problema muy complejo. Todo problema complejo debe ser abordado muy sencillamente, cuanto más sencillamente mejor. Y esto implica decir: “No sé cómo habérmelas con el miedo”. Entonces comienza uno a descubrir. Si ya han llegado a una conclusión acerca de cuál es la raíz del miedo, jamás descubrirán la raíz. Tienen que abordar el miedo de una manera muy simple ‑el tronco y la raíz del miedo, no las ramas. Nos estamos preguntando cuál es la causa o el proceso que da origen al miedo.

¿Dirían ustedes que el tiempo es un factor del miedo? El tiempo ‑o sea, estoy vivo, podría morir mañana, lo cual es tiempo. ¿Correcto? Ir de aquí a nuestra casa, requiere tiempo. Sólo existen dos clases de tiempo: una, el tiempo de la salida o puesta del sol, el del reloj, el de la distancia que tenemos que cubrir ‑o sea, el tiempo físico. Y está el otro tiempo, que es psicológico, interno: soy esto, pero seré aquello; soy violento, pero estoy practicando la no violencia; soy brutal, pero dénme tiempo y superaré eso; espero encontrarme con mi amigo mañana. La esperanza implica tiempo. ¿Comprenden esto? Está el tiempo del reloj, y está el tiempo psicológico, el trepar por la escala del devenir, o sea, crear un ideal y después tratar de alcanzar ese ideal. Soy esto, pero mañana seré diferente; no he alcanzado la posición del poder, pero dénme tiempo y la alcanzaré ‑todo eso implica tiempo psicológico. ¿Está claro? Por lo tanto, uno de los factores del miedo es el tiempo.

Tenemos que averiguar qué es el tiempo, no el del reloj sino nuestro tiempo interno, que es medida: “Tengo la esperanza de que lo lograré”. La esperanza implica medida. El tiempo es movimiento, ¿verdad? Sólo cuando comenzamos a comprender que, internamente, puede haber un cese completo del miedo, existe una posibilidad de vernos totalmente libres del miedo. Para descubrir esto, uno debe empezar a investigar. El deseo es uno de los factores del desorden. El miedo es otro de los factores. El miedo es tiempo. El tiempo es un movimiento de un punto a otro punto, tanto física como psicológicamente ‑necesito tiempo para aprender un idioma; puede tomarme uno, dos o tres meses. Ir de aquí a Londres toma tiempo. Para saber manejar un automóvil, necesito tiempo. Ahí el tiempo es necesario. Pero cuando usamos ese tiempo para llegar a ser algo interiormente, hemos pasado del hecho físico que es aprender un idioma, al campo psicológico, y entonces decimos: Necesito tiempo para evolucionar, para volverme menos violento. ¿Comprenden esto? Para aprender un idioma necesito tiempo, y pienso que también necesito tiempo para superar la violencia, para producir paz en el mundo. Ese es un movimiento en la medida, es un movimiento que implica pensar. El pensar es un movimiento, y el pensamiento ha creado al tiempo. O sea, que yo quiero cambiar ‘lo que es’, y para cambiarlo necesito tiempo.

En consecuencia, el deseo, el tiempo y el pensamiento son los factores que originan el miedo. He hecho algo malo hace dos años, y como eso ha causado dolor, no haré la misma cosa otra vez. Ahora bien, ¿qué es el pensamiento? Todo el mundo se mueve en el reino del pensamiento. El mundo tecnológico con toda su extraordinaria complejidad, es producido por el pensamiento. El hombre ha construido las más maravillosas y complicadas máquinas, tales como la computadora, el avión a reacción, etcétera. Eso también lo produce el pensamiento. Todas las grandes catedrales son producto del pensamiento, así como los templos y todas las cosas que están en los templos y en las catedrales. Los rituales son una invención del pensamiento. El gurú es inventado por el pensamiento. Cuando alguien dice: “Yo soy un sikh”, eso es pensamiento que se condiciona a sí mismo como sikh y opera. Así que el pensamiento se ha vuelto el factor más importante en nuestra vida. Nuestra relación se halla dominada por el pensamiento. El pensamiento ha creado los problemas de la guerra, y después el pensamiento dice: “También debo tener paz”, lo cual es una contradicción. ¿Comprenden? ¿Por qué el pensamiento ha llegado a ser tan extraordinariamente importante?

¿Qué es el pensamiento, cuál es el origen y el principio del pensamiento, y por qué el hombre depende del pensamiento? Todos los grandes intelectuales, los grandes filósofos y científicos, todos los libros que se han escrito, son el resultado del pensamiento, se basan en el pensamiento. ¿Qué es el pensamiento por medio del cual vivimos? ¿Hay un pensar sin el conocimiento? Existen diversas clases de conocimiento, pero consideraremos dos: uno, el conocimiento que adquirimos yendo a una escuela, colegio o universidad, o siendo un aprendiz y acumulando destreza poco a poco. Si uno quiere ser carpintero, tiene que conocer la fibra de la madera, la clase de madera que emplea, las herramientas que usa, etc. Si quiere ser un científico, tiene que poseer conocimientos enormes. El conocimiento nace de la experiencia. Un científico descubre algo; otro científico aumenta eso o lo disminuye. Así, hay una paulatina acumulación de conocimientos. Ahora bien, ¿es completo el conocimiento, o es siempre limitado? ¿Puede el pensamiento humano que nace del conocimiento, puede ese conocimiento ser totalmente completo acerca de cualquier cosa? El conocimiento es siempre limitado. El Gita, los Upanishads, la Biblia, son todos conocimiento. Y el conocimiento, ya sea que provenga de un santo, de un político o de un filósofo, es limitado. De modo que no le rindan culto al conocimiento. Si es limitado, como lo es, el conocimiento vive siempre con la ignorancia. Por lo tanto, el proceso del pensar nace del conocimiento. ¿Comprenden esto ‑la complejidad, la delicadeza, la extraordinaria capacidad del pensamiento? En un sentido, el tecnológico, ese pensamiento ha inventado las guerras, ha creado los instrumentos de guerra. Queremos matarnos unos a otros. Si el pensamiento es el único instrumento que tenemos, y si ese instrumento se está volviendo ineficaz y crea problemas, nos preguntamos entonces si existe otra clase de instrumento que no sea el proceso del pensar.

Vemos el desorden que impera en nuestras vidas, cualquiera sea el nivel en que vivamos. Uno puede tener el poder más grande de la tierra, ser un político o un gurú, pero internamente vive en desorden. Por lo tanto, cualquier cosa que uno toca, genera en ella desorden. Esto lo vemos en todo el país. Hay muchos factores de desorden, y el deseo es uno de ellos. Hemos investigado esto ‑el deseo, el tiempo y el pensamiento. Si ustedes ejercitan el pensamiento para crear orden, siguen creando desorden. ¿Comprenden? Toda nuestra vida se basa en la disciplina. Nos hemos disciplinado para hacer esto y para no hacer aquello. La raíz etimológica de la palabra ‘disciplina’ significa ‘aprender’, no de algún otro sino de nosotros mismos, aprender de nuestras propias reacciones, de nuestra observación, de nuestras propias actividades y de nuestra conducta. Pero la disciplina jamás da origen a la inteligencia. Lo que abre las puertas de la inteligencia es la observación, el estar libres de miedo y el comprender la naturaleza del deseo. Por ejemplo, si comprendemos el deseo, si vemos su naturaleza, su estructura, su vitalidad, y descubrimos por nosotros mismos la sensación y el momento cuando interviene en ella el pensamiento, si nos damos cuenta de eso, estamos comenzando a tener inteligencia ‑que no es mi inteligencia o la inteligencia de ustedes, sino inteligencia. ¿Es posible, pues, estar libre de miedo, que es una carga tan tremenda? Ustedes han escuchado; ¿están libres de miedo? Si son honestos, no lo están. ¿Por qué? Porque no han investigado realmente, no han examinado el hecho paso a paso, no han dicho, “investiguemos”, con toda la pasión, con las entrañas, con toda la vitalidad que poseen puesta en ello. No lo han hecho. Sólo han escuchado de manera casual, temen mirar el miedo frente a frente. Y entonces viven con el miedo como con alguna horrible enfermedad, viven con miedo, y ello está causando desorden. Si ven eso, ya están operando desde la inteligencia. Si comprenden la naturaleza del pensamiento, las intrincaciones, las sutilezas, la belleza de todo ello, de esa comprensión se abre una flor. Ese es el florecimiento ‑la belleza de la flor.

¿Ven ustedes la belleza de la flor, de la montaña, de la luna llena sobre el follaje, de las luces plateadas sobre un pedazo de roca? Señores, ¿qué es la belleza, no la belleza en una pintura, sino la belleza en nuestra vida? ¿Cuál es la naturaleza del dolor, el fin de esa carga, la eliminación del dolor? Si sufren el dolor, la ansiedad, ambición, etcétera, no saben lo que es el amor. Ustedes quieren ser ambiciosos, quieren tener poder, posición, una casa mejor, mejores automóviles. ¿Alguna vez han entendido que un hombre ambicioso no tiene amor en su corazón? Y nosotros somos todos muy ambiciosos, deseamos alcanzar el nirvana o el moksha, o llegar a ser gerente de Banco. Alcanzar el nirvana o el moksha es la misma cosa que llegar a ser el gerente de un Banco, porque ambas son ambiciones. Vivir una vida de inteligencia, significa ser tremendamente activos, pero no ambiciosos.

Señores, tenemos que considerar juntos el cese del dolor, cuáles son las implicaciones de la muerte y qué es la religión. Sin religión no pueden ustedes crear una estructura nueva, una nueva sociedad. Lo que tenemos como religión, es un completo desatino, carece de sentido. Debemos investigar en profundidad esa palabra religión. Porque una nueva cultura, una nueva civilización sólo puede nacer de la verdadera religión, no de todo ese ostentoso despliegue que tiene lugar en nombre de la religión. La religión es algo por completo diferente. Llevar una vida religiosa significa tener compasión, amor; significa terminar con el dolor y descubrir la verdadera relación de unos con otros. Lo que casi todas las personas desean, es que no se las perturbe. Quieren continuar con sus propios patrones particulares de existencia. Así que, por favor, consideren esto, pongan su energía, su capacidad, para descubrir si existe un modo diferente de vivir en esta tierra.

Ustedes no aman a nadie. Si amaran a alguien, este país no estaría en el caos que está; si amáramos a la gente, no habría guerras. Nuestros libros, los rituales, los japas, carecen totalmente de significación, porque hemos perdido lo más precioso que hay en la vida. Ustedes probablemente jamás lo han tenido: amar sin celos, sin posesión. El amor no es apego. Si todos los que estamos en esta carpa, si todos nosotros amáramos, entonces mañana habría una India diferente. Todos ustedes son tan verbalistas, sólo usan palabras. Pero descubran por qué sus vidas son tan vacías, tan superficiales, por qué carecen de amor, por qué no hay compasión, por qué son hindúes, sikh y musulmanes. Jamás se han formulado estas preguntas, señores. La meditación consiste en formularse estas preguntas. Meditar es plantearse estas preguntas, es descubrir la realidad de estas preguntas y la verdad que reside tras de estas preguntas.

Nueva Delhi,

6 de noviembre de 1982

EN EL FIN, HAY UN NUEVO COMIENZO

Es necesario que hablemos acerca del sufrimiento ‑si puede haber un cese para el sufrimiento- y del significado de la muerte. Eso forma parte de nuestra vida. También debemos investigar el problema de la religión, qué implica la religión, qué es una mente religiosa. Y debemos hablar acerca de la meditación. Conversaremos ustedes y yo como dos amigos que se han conocido por algún tiempo, dos amigos que no se oponen el uno al otro, que no se defienden ni se acusan, sino que investigan, indagan poco a poco, porque lo verdadero puede descubrirse únicamente cuando no hay certidumbre. Aquellos que empiezan con certidumbre, terminan en la incertidumbre. Los que empiezan con incertidumbre, inquiriendo, preguntando, dudando, indagando, terminan con una absoluta certidumbre, no con una certidumbre relativa.

¿Qué es, entonces, el sufrimiento? ¿Puede éste terminar? Y si hay sufrimiento, ¿puede haber amor? En todo el mundo, los seres humanos han sufrido increíblemente. En las dos últimas guerras, y en los 5000 años anteriores en que ha habido guerras ‑prácticamente todos los años- el hombre, la mujer, han derramado innumerables lágrimas. El ser humano ha sufrido y continúa sufriendo. Los pobres en este país sufren mucho, hay enfermedad, dolor, y está toda la angustia de la existencia humana. La vida no es placentera; la vida es confusión, agonía. Uno se vuelve más y más consciente de todo esto. Comienza a ver muy claramente que todos los seres humanos llevan la misma carga, comparten el mismo dolor; no un dolor particular, no el dolor por la muerte del propio hijo o hermano, o el dolor por la mujer o el marido que nos abandonan, sino el dolor que el hombre ha acumulado por miles de años. El dolor de cada uno de nosotros es el dolor de la humanidad, es el dolor de todos los seres humanos, sea que vivamos en Rusia o en China o en este infortunado país.

Estamos inquiriendo, nos preguntamos cuáles son las causas del dolor, el tormento del dolor, la aflicción, la ansiedad que vienen con el dolor, la total y absoluta soledad del dolor. Igual que al placer, al dolor lo reduce uno a ser ‘su’ dolor. Cuando sólo nos preocupa nuestro propio dolor particular, descuidamos, desatendemos, no nos interesa el dolor de la humanidad; mientras que nuestra conciencia es la conciencia de la humanidad. Uno debe comprender esto muy claramente porque, al comprender la naturaleza de nuestra conciencia ‑lo que somos- comenzamos a ver que nuestro pesar, nuestra soledad, nuestro desaliento, nuestras alegrías, nuestras creencias, son compartidas por toda la humanidad. Uno puede creer en una clase de dios y otro puede creer en una clase de dios diferente, pero la creencia es común, es general, y ésa es nuestra conciencia. Eso es lo que somos. El idioma que hablan, el alimento que comen, el clima, las ropas, la educación, la repetición constante de ciertas frases, el sentimiento de soledad, el miedo final a la muerte, constituyen el suelo sobre el cual descansa toda la humanidad. Nosotros somos la humanidad. Nuestra conciencia no es individual. Es la conciencia de toda la humanidad con sus mitos, sus supersticiones, sus imágenes, temores, etc. etc. Es importante que esto se comprenda, no verbalmente, no sólo con el intelecto, sino con la mente y el corazón, porque, cuando llegamos a esta cuestión de lo que es la muerte, en primer lugar debemos comprender la naturaleza de nuestra conciencia, de lo que realmente somos; no lo que deberíamos ser, sino lo que de hecho somos en nuestra vida cotidiana. Esa realidad es compartida por todos y cada uno de los seres humanos que habitan en el mundo.

Cuando investigamos la naturaleza del dolor, no estamos discutiendo el particular, estrecho, pequeño dolor y la agonía que experimenta cada uno de nosotros, sino la agonía de la humanidad, y nosotros somos realmente la humanidad. Esta investigación no es egoísta. Es una investigación que abre posibilidades inmensas. Escuchen con naturalidad, con afecto, descubran por sí mismos la naturaleza del dolor, la razón de que los seres humanos de todo el mundo hayan pasado por esas torturas, por ese sufrimiento. ¿Qué es el dolor, y por qué la humanidad no lo ha descartado, no se ha librado de él? Por favor, formúlense la pregunta a sí mismos. ¿Por qué deben ustedes experimentar alguna clase dé dolor, alguna clase de aflicción, de pena ‑como el dolor de la soledad aunque puedan estar casados y tengan hijos? Somos personas solitarias. Nos hemos separado a nosotros mismos enormemente. Cuando hay una gran aflicción, nos damos cuenta de lo aislados que estamos. Este sentimiento de soledad, ¿es una de las causas del dolor? El aislamiento es el resultado de nuestra vida cotidiana. Cada uno de nosotros, desde el más alto al más bajo, está completamente convencido de que él es un alma separada, una entidad separada, y toda su actividad se centra en sí mismo. La actividad diaria de esta condición egocéntrica, producirá inevitablemente aislamiento, soledad, separación, división. Nos preguntamos: ¿Es este aislamiento en nuestro modo de pensar, en nuestro sistema de vida, una de las causas del dolor?

Y, ¿es el apego la causa del dolor? Estoy apegado a mi esposa, a mi hijo, a mis recuerdos, a mis creencias, a mi experiencia. Estoy apegado a eso. Creo, y estoy apegado, adherido a esa creencia; y cuando esa creencia es cuestionada, puesta en tela de juicio, perturbada, hay incertidumbre, angustia. ¿Es ésa una de las causas del dolor? ¿Es posible librarse de todas las creencias, no de una creencia o un ideal particular, sino verse libre de todos los ideales, de todas las creencias? Tengan la bondad de no preguntar: “Si uno está libre de creencias e ideales, ¿con qué los reemplaza?” Esa es una pregunta equivocada. Vean la verdad de que cualquier creencia, cualquier ideal, divide a la gente. Yo creo que Dios existe o creo que no existe. Creo en cierta ideología ‑comunista, socialista, capitalista, la que fuere- por la que estoy dispuesto a pelear, a matar gente. Tenemos creencias porque ellas nos dan cierto sentimiento de seguridad. Ustedes pueden creer en Dios, como casi todos lo hacen, porque ello les ofrece una sensación de que se les protege, se les guía, de que están seguros. La mente, el cerebro, ha inventado diversas formas de seguridad ‑nacionalismo, figuras religiosas, y los que ustedes llaman libros sagrados. Todo ello les ha dado cierta condición de seguridad. De hecho, no existe en absoluto la seguridad. Es una ilusión. Comprender que la creencia, los ideales y todas esas cosas son muy, muy destructivas, que separan al hombre del hombre, y ver la verdad de ello, es volverse inteligente. Sólo en la inteligencia hay completa seguridad, no en nuestras creencias, en nuestros mitos e ideales. Descubrir esta inteligencia ‑que no es de ustedes ni de quien les habla, es inteligencia- es ver lo falso como falso y terminar con lo falso. Es ver ‘lo que es’ realmente, no imaginarlo o escapar de ello, sino ver lo que de hecho somos; y en esa exploración está el despertar de la inteligencia.

Nos preguntamos, pues: ¿El pesar, la angustia, el dolor, son producidos por el aislamiento de la mente, del pensamiento, de la acción? ¿Es el dolor un resultado de nuestro apego diario, del modo en que nos apegamos a las personas? Por favor, despierten a todo esto, vean la verdad de todo esto. Tengan la bondad de explorar la naturaleza del apego. Este engendra ansiedad, temor, pesadumbre, celos, odio. Todas esas cosas son las consecuencias del apego. Uno está apegado a su esposa o a su marido. Vean las consecuencias de ello. Dependemos el uno del otro, y esa dependencia nos da una forma de seguridad. Cuando esa persona nos deja o muere o huye de nosotros, entonces sufrimos, nos angustiamos. O tenemos sospechas, y hay odio, dolor. ¿Acaso no conocen ustedes todo esto? No es nada nuevo. Es un hecho corriente de la vida. Puede no sucederles a algunos de ustedes, pero les está sucediendo a otros, a millones de otros que en su relación experimentan dolor, miedo, agonía.

¿Es, pues, el apego una de las causas de este dolor? Estoy apegado a mi hijo y él muere, y entonces invento diversas formas de consuelo. Jamás permanezco con el dolor. Hay que permanecer con el dolor, no escapar, no buscar consuelo, no huir hacia alguna forma de entretenimiento ‑religioso o de otra clase- sino mirar el dolor, vivir con él, comprender su naturaleza; cuando uno hace eso, el dolor abre la puerta a la pasión. Ustedes no son apasionados porque jamás han comprendido la naturaleza del dolor y lo que implica el cese del dolor. Se han vuelto personas muy torpes; aceptan cualquier cosa, aceptan el dolor, aceptan el miedo, aceptan ser dominados por los políticos, por sus gurús, por todos los libros y las tradiciones. Eso significa que nunca quieren ser libres, que tienen miedo de ser libres, que le temen a lo desconocido. Inventan múltiples formas de consuelo, imágenes y esperanzas ilusorias.

Entonces, después de haber dicho todo esto acerca del dolor, de haber mirado el dolor, cuando mi hijo muere me doy cuenta de lo apegado que estaba a él, comprendo que lo he perdido para siempre y permanezco con ese dolor. ¿Comprenden esto? Es como una flor. Florece, se abre y se marchita. Muere al terminar el día. Puede morir al finalizar la semana, pero se marchita. Uno tiene que darle una oportunidad a la flor ‑el florecimiento del dolor y la terminación del dolor. Entonces tiene uno pasión, vitalidad, energía, empuje. Cuando hay dolor, no puede haber amor. Una mente, un cerebro angustiado, solitario, egocéntrico, ¿cómo puede amar? El amor no es una cosa emocional, sentimental, romántica, fantasiosa, consoladora. Es algo tremendamente vital, tan poderoso como la muerte. Cuando hay dolor no hay amor. Casi todos los seres humanos del mundo sufren, y jamás resuelven los problemas del sufrimiento. Por eso no saben lo que es amar. Han reducido el amor a diversas formas de placer, al apego sexual, etcétera.

Debemos preguntarnos: El amor, ¿es placer? ¿Es deseo? ¿Es pensamiento? ¿Puede jamás cultivarse el amor? Sin amor, sin el sentimiento de compasión, sin su llama, sin su inteligencia, la vida tiene muy poca significación. Uno puede inventarle un propósito a la vida ‑la perfección- ya conocen ustedes todo eso, pero sin esta fundamental belleza del amor, la vida nada significa. ¡Realmente, esta vida nuestra, cuando uno la mira...! Ir a la oficina todos los días por los siguientes 50 años, ¿qué significado tiene todo eso? ‑traer un poco de dinero, lograr un poco de poder, engendrar hijos, darles una clase equivocada de educación y así perpetuar esta increíble crueldad que impera en el mundo... Pueden ustedes leer todos los libros del mundo, visitar todos los muscos del mundo, escuchar pláticas como esta ofrecidas por una clase diferente de orador, pero si no existe esta cualidad, este extraordinario sentido de la belleza con su gran sensibilidad, la vida tiene muy poca significación. Sin esta cualidad, se vuelven ustedes más y más dañinos, más y más caóticos en el mundo. ¿Aman a alguien? Ese amor, ¿contiene celos, afán posesivo, dominación, apego? Entonces no hay amor. Es sólo una forma de placer, de entretenimiento. Cuando hay dolor, no puede haber amor y, por lo tanto, no puede haber inteligencia. La compasión tiene la cualidad de esta pura, no adulterada inteligencia. Cuando eso existe, la inteligencia opera en este mundo. Esa inteligencia no es el resultado del pensamiento; el pensamiento es un asunto de poca importancia. Cuando ustedes escuchan todo esto, cuando ven la verdad de todo esto ‑si la ven- ¿perciben el perfume, tienen el sentimiento de que aman completamente, o vuelven a la vieja rutina?

También debemos considerar juntos la cuestión de la muerte. Como el amor, el odio, la pena, el dolor y el miedo, la muerte forma parte de nuestra vida; uno puede posponerla, puede decir: “Tengo diez años más para vivir”, pero al final de ello la muerte está aguardando. Toda la humanidad teme a la muerte, o la racionaliza diciendo que la muerte es inevitable. Para comprender la profundidad y la plena significación de este extraordinario suceso al que llamamos muerte, tenemos que comprender la naturaleza de nuestra propia conciencia, la naturaleza de lo que somos. Si no comprendemos lo que somos realmente ‑no de manera descriptiva- entonces la muerte se vuelve una cosa terrible.

Si vamos a investigar esta cuestión de la muerte, tenemos que comprender lo que es cada uno de nosotros: un nombre, una forma ‑hombre o mujer- con ciertas cualidades, ciertas tendencias e idiosincrasias, deseo, pena, ansiedad, incertidumbre, confusión. Desde esta confusión, uno inventa algo permanente ‑el Absoluto, Brahman o Dios. Pero lo que realmente somos, es el movimiento del pensar. El pensamiento puede inventar la idea de que uno tiene dentro de si la chispa de la divinidad, pero eso sigue siendo el movimiento del pensar. Por lo tanto, ¿qué somos aparte de nuestras reacciones físicas, de nuestra educación diferente, de nuestra riqueza o pobreza? De hecho, cuando uno se mira a sí mismo, ¿qué es uno? ¿Acaso no es todo esto? Si dentro de nosotros hay algo permanente, ¿por qué, entonces, buscamos la permanencia en alguna otra cosa? ¿Comprenden mi pregunta? Como dijimos antes, empiecen con incertidumbre, no sabiendo. Esto es lo que somos. Conocemos nuestro rostro cuando nos miramos en un espejo. También, internamente, somos toda la lucha, el dolor, el conflicto, la desdicha, la confusión. Eso es lo que somos realmente. Ese es el estado de todos los seres humanos. De modo que la conciencia de cada uno de nosotros no es ‘nuestra’, sino que es el suelo común que pisamos y compartimos todos los seres humanos. Si esto se ve con claridad, ¿qué es, entonces, la muerte?

La muerte es el fin de todo: mis placeres, mis recuerdos, mis experiencias, mis apegos, ideales, creencias ‑todo eso llega a su fin. Pero a nosotros no nos gusta el fin; para nosotros el fin es dolor. Así que comenzamos a inventar, a buscar consuelo en la reencarnación. ¿No lo hacen ustedes? Jamás se preguntan qué es lo que reencarna en la próxima vida. ¿Qué es lo que reencarna ‑sus recuerdos, sus experiencias, sus esperanzas: una vida mejor, una casa mejor? Esto es lo que ustedes son hoy. Y van a reencarnar en la próxima vida. Si realmente, si de hecho creen profundamente, si sienten que van a nacer en la próxima vida, entonces lo que hacen ahora es de extrema importancia. Lo que hacen ahora, lo que piensan, lo que sienten, el modo en que reaccionan, importa enormemente porque eso es lo que va a moldear la próxima vida. Pero ustedes en verdad no creen. Lo real es la vida que viven ahora, y no quieren enfrentarse a ella; la muerte es, para ustedes, algo que hay que evitar. Siempre preguntamos qué es lo que sucede después de la muerte. Pero jamás nos hemos preguntado qué ocurre antes de la muerte, que ocurre ahora en nuestra vida. ¿Qué es nuestra vida? ‑trabajo, oficina, dinero, sufrir, esforzarse, trepar la escala del éxito. Esa es nuestra vida. Y la muerte pone fin a todo eso. ¿Es, entonces, posible morir mientras vivimos ‑morir para nuestro apego, para nuestra creencia? Poner fin a todo eso, percibir la belleza de terminar con algo voluntariamente, sin motivo alguno, sin que en ello intervenga el placer- ¿pueden hacerlo?

En el fin, hay un nuevo comienzo. Si mueren de este modo, existe algo, las puertas están abiertasí pero nosotros, antes de morir para algo, queremos estar seguros de que las puertas se abrirán. Y así jamás terminamos con nada, jamás ponemos fin a nuestro motivo. Comprender la muerte es vivir una vida en la que constantemente hay un morir interno.

Ahora también debemos considerar juntos la religión y la meditación. ¿Qué es la religión? ¿Qué es la religión para la mayoría de ustedes? Creencias, rituales. Si uno es cristiano, cree en un Salvador, en un Salvador particular, con todos los rituales, con toda la maravillosa y bella arquitectura que hay en el interior de las iglesias, de las grandes catedrales. ¿Han visto ustedes una catedral donde se celebra una misa? Es un espectáculo imponente, de una gran belleza, de total precisión, montado con el fin de impresionar a la pobre gente que cree en todos los rituales y los practica diariamente; y que, sobre todo, cree en Dios. Esto es lo que ustedes, que también tienen su puja, llaman religión, la cual no tiene absolutamente nada que ver con sus vidas cotidianas. Todas las religiones organizadas o no organizadas, han dicho: “No mates, ama a tu prójimo”. Pero continuamos matando, continuamos adorando falsos dioses, que son nuestro nacionalismo, nuestro espíritu tribal. Así es como nos estamos matando unos a otros. Eso es lo que todos ustedes llaman religión. Para descubrir la naturaleza de una mente religiosa, deben ustedes desechar todas esas cosas infantiles. ¿Lo harán? Por supuesto que no. Continuarán practicando su puja, sus ceremonias, volviéndose esclavos de los sacerdotes. La religión se ha convertido en una forma de entretenimiento. ¿Pueden descartar todo eso y no pertenecer a ninguna religión, no ser cristianos ni hindúes ni budistas ni musulmanes? Abandonen todo eso; es una propaganda de siglos. Ustedes han sido programados, como una computadora. Cuando dicen: “Soy hindú”, han sido programados por los últimos 5000 años. Si investigan la naturaleza de la religión, deben estar libres de todo esto. ¿Lo harán? Cuando uno se libera de todo eso que es falso, ilusorio, entonces comienza a investigar qué es la meditación; no antes.

Una mente en conflicto, un cerebro que se esfuerza, no puede meditar. Podemos sentarnos por 20 minutos todos los días, pero si el cerebro está en conflicto, si hay pena, ansiedad, dolor, aislamiento interno, ¿qué valor tiene nuestra meditación? Vamos a investigar qué es la meditación, no cómo hay que meditar. Ustedes han pedido que se les diga cómo tienen que meditar, lo cual implica darles un sistema, un método, una práctica. ¿Saben lo que le hace a nuestro cerebro el practicar todos los días? El cerebro se vuelve torpe, mecánico; se tortura esforzándose por lograr cierto silencio, cierto estado de experiencia. Eso no es meditación. Esa es otra forma de realización personal, como la de un político que llega a ministro. En su meditación, ustedes desean alcanzar la iluminación, el silencio. Es el mismo patrón que se repite, sólo que ustedes llaman a esto realización religiosa y a lo otro realización política. No hay mucha diferencia.

¿Qué es la meditación? ¿Qué significa esa palabra? Si buscan en el diccionario, encontrarán que significa “reflexionar sobre”, ser capaz de pensar con claridad, no confusamente, no con objetivos personales, sino claramente. Meditación también quiere decir “medida”, “medir”. Nosotros estamos siempre midiendo, o sea, comparando ‑yo soy esto, seré aquello, seré mejor- lo cual es una forma de medida. La palabra ‘mejor’ implica medida. Compararse uno mismo con otro es medir. Cuando uno le dice a su hijo o a alguien que tiene que ser como su hermano mayor, eso es medida. Vivimos a base de medida, siempre comparamos. Es un hecho. Nuestro cerebro está condicionado para medir ‑hoy soy esto, espero ser diferente dentro de un año- no físicamente sino psicológicamente. Eso es medida.

Ahora bien; vivir sin la medida, estar total, completamente libre de toda medida, forma parte de la meditación. No que “estoy practicando esto, y lograré algo de aquí a un año”. Eso implica medida, que es la naturaleza misma de nuestra actividad egotista. Comparamos en las escuelas, en las universidades. Nos comparamos a nosotros mismos con alguien que es más inteligente, que es físicamente más hermoso ‑constantemente prosigue esta acción de medir. O bien uno lo reconoce conscientemente, o no se da cuenta de este movimiento de medir. Con la meditación cesa la medida, termina completamente la comparación. Vean lo que ello implica ‑que no hay huellas psicológicas. ‘Mañana’ es la medida de lo que está en el tiempo. ¿Comprenden esto? Por lo tanto, la medida, la comparación y la acción de la voluntad deben cesar completamente.

En la meditación no interviene la acción de la voluntad. Toda forma, todo sistema de meditación, es una acción de la voluntad. ¿Qué es la voluntad? Yo meditaré, me sentaré muy quieto, me controlaré a mí mismo, limitaré mis pensamientos y practicaré ‑todo eso es la acción del deseo, que es la esencia de la voluntad. En la meditación no existe actividad alguna de la voluntad. ¿Comprenden la belleza de todo esto? Cuando no hay medida, ni comparación, ni deseo de realizarse o de llegar a ser, existe el silencio de la negación del ‘yo’. En la meditación está ausente el ‘yo’. Por lo tanto, una mente, un cerebro que está entregado a la meditación, es total. La totalidad de la vida es meditación ‑no un periodo de meditación cuando uno está meditando. La meditación es el movimiento total del vivir. Pero nosotros hemos separado la meditación como algo aparte de nuestra vida; es una forma de relajación, como tomar una droga. Si lo que ustedes desean es repetir palabras, repitan ‘Coca Cola’ (o cualquier otra ‘Cola’), y eso tiene el mismo efecto para embotar la mente; mientras que en la meditación, cuando no existe el medir, cuando no hay acción de la voluntad y de la mente, el cerebro está por completo libre de todos los sistemas. Entonces hay un gran sentido de libertad. En esa libertad hay orden absoluto, y eso es lo que debemos tener en la vida. Entonces, en ese estado de la mente, hay silencio, no el anhelo, el deseo de tener una mente quieta. En ese estado, la mente está libre de medida. Y es en esa libertad que hay orden absoluto, silencio.

Entonces, ¿existe algo sagrado, no inventado por el pensamiento? Nada hay de sagrado en el templo, en la mezquita, en las iglesias. Esas son todas invenciones del pensamiento. Cuando uno descarta todo eso, ¿existe algo inexpresable, intemporal, algo que es el resultado de una gran belleza y de un orden total que comienza a manifestarse en nuestra vida cotidiana? Por eso la meditación es el movimiento del vivir. Si no comprendemos la base de todo esto que es nuestra vida, que son nuestras reacciones y nuestro comportamiento, la meditación que podamos practicar carece en absoluto de sentido. Uno puede sentarse a las orillas del Ganges o en algún otro lugar, y realizar toda clase de tretas consigo mismo. Eso no es meditación. La meditación es algo que pertenece a nuestra vida de todos los días. Es nuestro movimiento de la vida, y entonces, en ese movimiento hay libertad, orden, y de ello florece un gran silencio. Sólo cuando uno ha llegado a ese punto, descubre que existe algo que es absolutamente sagrado.

Nueva Delhi,

7 de noviembre de 1982

LA CONDICIÓN HUMANA

Desde el comienzo mismo, debemos establecer nuestra relación. Esta no es una conferencia tal como se entiende comúnmente. Una conferencia es un discurso sobre un tema particular, a manera de instrucción. Esta es una conversación entre ustedes y quien les habla. Aquí no se les dice lo que deben hacer o pensar, ni el modo en que deben comportarse y cosas así. Esta es una conversación entre dos personas que se interesan en lo que está ocurriendo en el mundo. Nos interesa lo que el hombre le está haciendo al hombre, lo que ha hecho a otros hombres, lo que exactamente sucede en el mundo ‑no en alguna parte especial del mundo, sino lo que le está sucediendo al hombre sobre la tierra.

Para tener una conversación con otro, una comunicación seria, amistosa de uno con otro, tenemos que aprender a escuchar. Apenas si escuchamos alguna vez a otro. Cargamos con nuestros propios pensamientos, con nuestros propios problemas, con nuestras propias ideas y conclusiones particulares, y así es muy difícil escuchar a otro. Estamos sugiriendo que ustedes escuchen. Hay un arte de escuchar. Vamos a considerar juntos una gran cantidad de cosas ‑el estado de guerra, las naciones divididas, los grupos separados, la relación humana. Juntos vamos a considerar los problemas del miedo, del placer, y la complejidad del pensamiento humano. Consideraremos ustedes y yo si el dolor puede terminar alguna vez, y examinaremos las implicaciones y complejidades de la muerte. También vamos a ver juntos qué es la religión, qué es la meditación y si existe algo que sea sagrado, eterno. Consideraremos todas estas cosas. Y para todo esto es indispensable el arte de escuchar; no lo que ustedes piensan con todas sus tradiciones, con todos sus conocimientos, sino escuchar a otro que está diciéndoles algo. Entonces la comunicación se vuelve sencilla, fácil. Pero si no pensamos juntos ‑lo cual es una tarea bastante ardua- entonces ustedes y quien les habla estarán pensando en dos direcciones diferentes.

Así, pues, existe un arte de escuchar; no traducir lo que uno les está diciendo, sino escuchar la palabra, el contenido de la palabra, la significación y profundidad de la palabra. Estamos usando un lenguaje común, cotidiano. No hay una jerga, no hay un tema especializado acerca del cual estemos hablando. Hablamos de los seres humanos y sus problemas. La palabra tiene profundidad, significado, y estamos hablando en inglés, usando un lenguaje de todos los días sin emplear ninguna clase de términos misteriosos. Es importante que ustedes y quien les habla establezcan una relación correcta. Él no es un gurú; no va a informarles acerca de lo que deben pensar o cómo deben pensar, sino que juntos vamos a observar las actividades que los seres humanos desarrollan en todo el mundo, y por qué se han convertido en lo que son.

Vamos a considerar juntos por qué el hombre ha llegado a ser lo que es ‑cruel, destructivo, violento, idealista, mientras que en el mundo de la tecnología realiza cosas sorprendentes que la mayoría de nosotros desconoce. Veremos por qué, después de miles de años de guerras, de derramar tantas lágrimas, el ser humano se comporta actualmente de esta manera. El hombre ha dividido el mundo en nacionalidades; lo ha dividido religiosamente en católico, protestante, hindú, musulmán y así sucesivamente. Donde hay división como árabe y judío, hindú y musulmán, etc., tiene que haber conflicto. Esta es una ley natural, y eso es lo que de hecho ocurre en el mundo. ¿Por qué existe esta división? ¿Quién ha producido esto? ¿Por qué el hombre ha llegado a ser lo que es, no obstante su gran experiencia, sus enormes conocimientos y su inmenso progreso tecnológico? ¿Por qué ha permanecido siendo más o menos lo que ha sido por 40.000 años? ¿Por qué? ¿Es porque nuestra mente, nuestro cerebro está programado, igual que una computadora?

La computadora es programada por profesionales, y puede repetir quizá más rápidamente, más velozmente que el hombre, ofreciendo infinita información. ¿Es que todos los seres humanos de este mundo han sido programados para ser bengalíes, musulmanes, hindúes y así sucesivamente? ¿Está el cerebro de ustedes programado para pensar de una manera convencional, estrecha, limitada? El cerebro contenido en el cráneo, es limitado. Pero la capacidad que tienen de inventar, de progresar tecnológicamente, es extraordinaria. Tal vez la mayoría de nosotros desconoce lo que actualmente está ocurriendo en el campo biológico, en el campo tecnológico, en el campo de los armamentos, porque casi todos nosotros nos interesamos en nuestra existencia cotidiana, en nuestros propios problemas particulares, en nuestros propios logros. Y así, olvidamos generalmente que el inmenso progreso de la humanidad se está haciendo en una sola dirección, la del mundo tecnológico, y que el mundo psicológico, el mundo del comportamiento humano, el mundo de la conciencia, se descuida completamente, de manera total. ¿Cuáles son las causas de todo esto? ¿Por qué los seres humanos han sido programados como cristianos por 2000 años, creyendo en ciertas doctrinas, profesando ciertas creencias, buscando un único Salvador; y los musulmanes, programados también por los últimos 1000 años o más, para creer en ciertos principios y llamarse a sí mismos ‘musulmanes’; y los hindúes, programados como tales quizá por los últimos tres o cinco mil años...? Nuestros cerebros están, pues, condicionados. ¿Se da cuenta uno de cómo su cerebro actúa, piensa, mira? Donde hay limitación, hay conflicto.

Nuestros cerebros están condicionados para ser esto o aquello, para conducirse de cierta manera, para gozar, para sufrir, para soportar una gran carga de temor, incertidumbre, confusión, y el miedo final a la muerte. Estamos condicionados para eso, y hay todo un grupo de personas, profesores, eruditos, escritores ‑incluidos los comunistas con su gurú Marx- que sostienen que el cerebro humano estará siempre condicionado, que jamás podrá ser libre, que uno puede modificar ese condicionamiento mediante la influencia ambiental o por medio de la ley. Siempre puede modificarse, cambiar aquí y allá, pero de hecho el cerebro humano ‑dicen- jamás puede ser libre. Por favor, comprendan la implicación que eso tiene. En consecuencia, los gobiernos totalitarios controlan el pensamiento humano no permitiendo que la gente piense con libertad; y quienes piensan libremente, son remitidos a pabellones psiquiátricos o a campos de concentración. Es sumamente importante descubrir por uno mismo si el cerebro humano, que ha sido condicionado por la experiencia, por el conocimiento, si ese cerebro puede alguna vez ser libre, si puede no tener miedo, si puede no estar condicionado. Donde hay condicionamiento, tiene que haber conflicto, porque todo condicionamiento es limitado.

Mientras consideramos juntos todo esto, podemos percibir nuestro propio pensar, nuestras propias reacciones y respuestas, lo limitadas, lo condicionadas que están, y cómo dependemos del conocimiento pasado. Vemos cómo nuestra vida se vuelve muy estrecha, bastante desordenada, confusa, y cómo hay miedo a la inseguridad. Si uno se da cuenta de todas sus propias actividades internas, de sus pensamientos y sentimientos, de sus reacciones, entonces descubre por sí mismo lo condicionado que se encuentra, lo limitado que es. Cuando reconocemos ese hecho, comprendemos las consecuencias de ese condicionamiento, de esa limitación. Dondequiera que exista una limitación como hindú o musulmán, tiene que haber conflicto. Dondequiera que haya una división entre esposo y esposa, tiene que haber conflicto. Y los seres humanos de todo el mundo, después de toda esta evolución, siguen estando en conflicto unos con otros.

Por favor, consideren todo esto, porque nos interesa la vida de cada uno de nosotros como ser humano. Y esa vida ‑nuestro diario vivir- se ha vuelto extraordinariamente compleja, extraordinariamente peligrosa, difícil, incierta. Está realmente en juego el futuro del hombre. Esto no es una amenaza, no es un enfoque pesimista. La crisis no es sólo física, sino que está en nuestra conciencia, en nuestro ser. Así, mientras lo discutimos juntos, dense cuenta de todo esto. Al darse cuenta, comienzan ustedes a descubrir. Empiezan a percibir por sí mismos cómo la vida que viven se ha vuelto semejante tormento, ansiedad e incertidumbre. Si perciben de este modo, pueden entonces proseguir a una profundidad mayor, pero si escuchan meramente las palabras, éstas tienen muy poco sentido. Las palabras poseen cierta significación, pero si uno vive a base de palabras ‑como lo hace la mayoría de la gente- de símbolos, de mitos, de necedades románticas, entonces hacemos nuestra vida más y más difícil, más y más peligrosa para unos y otros. Así que, por favor, escuchen para descubrir, para cuestionar, para dudar; de ese modo, nuestro propio cerebro se vuelve consciente de sí mismo. Nos estamos preguntando por qué los seres humanos, que han desarrollado la más maravillosa tecnología que el mundo haya conocido jamás, han permanecido más o menos igual psicológicamente, internamente por los últimos 40.000 años. Tenemos sistemas, tenemos ideales, tenemos todos los libros que llamamos sagrados, pero no hemos producido una transformación radical, una revolución psicológica. Y vamos a investigar eso ‑si es posible producir una mutación total en las células cerebrales mismas.

Estamos hablando de producir una transformación radical en la conducta humana a fin de terminar con esta condición egocéntrica del hombre, la cual está causando tan enorme destrucción en el mundo. Si tenemos clara conciencia de ello, entonces podemos comenzar a preguntarnos si ese condicionamiento puede ser totalmente transformado, de manera tal que el hombre sea completamente libre. Ahora piensa que es libre para hacer lo que le place. En todo el mundo, cada individuo cree que puede hacer lo que se le antojo, y su libertad se basa en la elección, porque puede elegir el sitio donde va a vivir, la clase de trabajo que quiere hacer, puede elegir entre esta idea y aquella idea, entre este ideal y aquel ideal, puede cambiar de un dios a otro dios, de un gurú a otro, de un filósofo a otro. Esta capacidad de elegir, introduce el concepto de libertad; pero en los estados totalitarios no hay libertad, uno no puede hacer lo que quisiera hacer ‑eso está totalmente controlado. La elección no es libertad. Elegir es moverse meramente de un rincón a otro en el mismo campo. ¿Está claro? Y nos preguntamos: Siendo nuestro cerebro limitado, ¿es posible para el cerebro liberarse a sí mismo de tal manera que no haya en él temor alguno? Entonces existe una correcta relación con todos nuestros semejantes en el mundo.

Ahora vamos a investigar la naturaleza de nuestra conciencia. Nuestra conciencia es lo que somos ‑nuestras creencias e ideales, nuestros dioses, nuestra violencia, nuestro temor, los conceptos románticos, el placer, el dolor, el miedo a la muerte y la eterna pregunta que el hombre se ha formulado desde tiempos inmemoriales: si más allá de todo esto, existe algo sagrado. Esa es nuestra conciencia. Eso es lo que somos. Uno no es diferente de su conciencia. Nos estamos preguntando si ese contenido de la conciencia puede cambiar, si puede ser totalmente transformado.

En primer lugar, la conciencia de uno no es ‘su’ conciencia; es la conciencia de toda la humanidad, porque lo que uno piensa, las creencias que uno profesa, sus sensaciones, sus reacciones, su pena, su dolor, su inseguridad, sus dioses, etcétera, son compartidos por toda la humanidad. Sea que vaya uno a América, a Inglaterra, a Rusia o a China, encontrará que los seres humanos sufren en todas partes. Temen a la muerte, tienen creencias, tienen ideales. Hablan un idioma particular, pero su pensar, sus reacciones, sus respuestas son generalmente compartidas por todos los seres humanos. Es un hecho que uno sufre y que su prójimo sufre ‑ese prójimo puede estar a miles de millas de distancia, pero sufre. Él se siente tan inseguro como uno; puede tener muchísimo dinero, pero internamente hay inseguridad. El hombre rico en Norteamérica, o el hombre que tiene poder, todos pasan por este dolor, por esta ansiedad, esta desesperación, este sentimiento de soledad. Por tanto, la conciencia de uno no es ‘su’ conciencia, como tampoco lo es el pensar de uno ‑nuestro pensar no es un pensar individual. El pensar es común, es general, desde el hombre más pobre, menos educado, menos refinado que vive en una pequeña, diminuta aldea, hasta el más sofisticado de los cerebros ‑el de los grandes científicos. Todos ellos piensan. El pensar puede ser más complejo, pero es general, lo comparten todos los seres humanos. Por consiguiente, el pensar de uno no es individual. Esto es bastante difícil de ver, es difícil conocer la verdad de ello debido a que estamos tan condicionados como individuos. Todos nuestros libros religiosos, sean cristianos, musulmanes o de otro origen, todos sostienen y alimentan esta idea, este concepto del individuo. Tenemos que cuestionar eso. Tenemos que descubrir la verdad en esta materia.

Estamos investigando juntos, y vemos que la conciencia humana es similar y la comparten todos los seres humanos. En consecuencia, no hay tal individuo. Otro puede ser más educado que uno, puede ser más alto o más bajo; exteriormente puede ser distinto, pero internamente compartimos el suelo de toda la humanidad. Este es un hecho. Pero si uno está atemorizado, si está preso en ese condicionamiento de ser un individuo, jamás comprenderá la inmensidad, el hecho extraordinario de que uno es toda la humanidad. De la comprensión de ese hecho, surgen el amor, la compasión, la inteligencia; pero si uno está meramente condicionado a la idea de que es un individuo, entonces sufre infinitas complicaciones, porque esa idea se basa en una ilusión, no en un hecho. La ilusión puede tener miles de años, pero sigue siendo una ilusión. Uno es el resultado de su ambiente, es el resultado del idioma que habla, del alimento que come, de la ropa, del clima, de la tradición transmitida de generación en generación ‑uno es todo eso. Uno es el producto de la sociedad que ha creado. La sociedad no es diferente de uno mismo. El hombre ha creado la sociedad, la sociedad de la codicia, de la envidia, el odio, la violencia, las guerrasí ha creado todo eso, y también ha creado el extraordinario mundo de la tecnología. Por lo tanto, uno es el mundo y el mundo es uno mismo. La conciencia de uno no es ‘su’ conciencia, es el suelo sobre el que caminan y piensan todos los seres humanos. De modo que uno no es realmente un individuo. Esa es una de las realidades, la verdad que uno debe comprender.

No acepten lo que dice quien les habla; cuestionen el propio aislamiento en que viven, porque el individuo implica aislamiento. Separarse uno mismo de otro es aislamiento, igual que las naciones, que se aíslan a sí mismas como India, etc.. pensando que en el aislamiento hay seguridad. No hay seguridad en el aislamiento. Pero los gobiernos del mundo, que representan a la humanidad de cada país, mantienen este aislamiento y, en consecuencia, están perpetuando las guerras. Si reconocemos la verdad, el hecho de que no somos individuos, de que internamente no hay división, de que todos compartimos los mismos problemas, entonces la pregunta es: ¿Puede uno, como ser humano que representa a toda la humanidad, producir una revolución psicológica fundamental? Ustedes podrían preguntar: “Si yo, como ser humano, cambio, ¿afectará eso de algún modo al resto de la humanidad?” Si de hecho cambio, si hay un cambio en una persona particular, ¿cómo influirá eso en toda la conciencia de la humanidad? Por favor, formúlense realmente esa pregunta a sí mismos; aun como un simple ser humano aislado, uno se pregunta: Si yo cambio, ¿qué efecto tiene eso en el mundo?

La cuestión es que, si uno cambia fundamentalmente, influye en toda la conciencia del hombre. Napoleón influyó en toda la conciencia de Europa. Stalin influyó en toda la conciencia de Rusia. El Salvador cristiano influyó en la conciencia del mundo; y los hindúes, con sus dioses peculiares, también han afectado la conciencia del mundo. Cuando uno, como ser humano, se transforma radicalmente en lo psicológico, o sea, que está libre de temor, que tiene una relación correcta con el prójimo, que ha terminado con el dolor, etc., lo cual implica una transformación radical, entonces influye en toda la conciencia del hombre. Ello no es un asunto individual. No es una cuestión egoísta. No es la salvación individual; es la salvación de todos los seres humanos, de los cuales uno forma parte.

Primero, vamos a investigar qué es la relación. ¿Por qué, en la relación de unos seres con otros, existe un conflicto semejante, tanta desdicha, tan intenso sentimiento de soledad? Por la historia pasada, por todo el conocimiento adquirido, estudiado, vemos que el hombre ha vivido siempre en conflicto con el hombre. Pero la existencia es relación; sin relación uno no puede existir. En esa existencia hay conflicto. La relación es absolutamente necesaria. La vida es relación, la acción es relación; lo que uno piensa, genera relación o destruye la relación. El ermitaño, el monje, el sanyasi, puede pensar que está separado, pero está relacionado ‑se relaciona con el pasado, con el medio ambiente, con el hombre que le trae algunos granos, algún alimento, algunas ropas. De modo que la vida es relación.

Vamos a explorar juntos por qué los seres humanos viven en conflicto unos con otros, por qué hay conflicto entre esposa y esposo. Porque donde hay conflicto en la relación, no hay amor, no hay compasión y no hay inteligencia. ¿Están ustedes realmente relacionados? Pueden estar relacionados sexualmente como hombre y mujer, pero aparte de eso, ¿están relacionados con alguien? Relación significa no aislamiento. O sea: el hombre concurre todos los días de su vida a la oficina, a una fábrica, a alguna clase de ocupación; deja la casa a las 8.00 de la mañana, pasa todo el día en el trabajo ‑por 50 o 60 años- y después muere. Y ahí, el hombre es ambicioso, codicioso, envidioso, lucha, compite; vuelve al hogar y la mujer, su esposa, también es competidora, celosa, ansiosa, y sigue su propio camino. Puede que se encuentren sexualmente, que conversen uno con otro, que haya un poco de cariño, pero ambos permanecen separados, como dos vías férreas que jamás se encuentran. Esta es la realidad de lo que llamamos relación. En la vida cotidiana de todos ustedes, es un hecho la perpetua división entre dos personas, cada una aferrándose a sus propias opiniones y conclusiones. Lo real es que, por íntima que pueda ser esa relación, siempre hay conflicto, siempre hay uno que domina al otro, que cela al otro. Esto es lo que llamamos relación. Ahora bien; ¿puede esa relación que conocemos, ser totalmente transformada? Pregúntenselo ustedes mismos.

¿Por qué hay conflicto entre dos seres humanos, sea que estén altamente educados o que no tengan educación alguna? Pueden ser grandes científicos, pero son seres humanos corrientes como cualquiera de nosotros ‑son ambiciosos, riñen, luchan. ¿Por qué existe este estado de cosas? ¿No es porque cada persona sólo se interesa en sí misma? Y de este modo se está aislando a sí misma. En el aislamiento, uno no puede tener una relación correcta. Ustedes escuchan esto, pero no harán absolutamente nada al respecto, porque todos caen en un hábito, en una costumbre, en una rutina, se deslizan en una vida estrecha e insignificante; y toleran esa vida, por desdichada, infeliz, pendenciera y fea que pueda ser. Por lo tanto, tengan la bondad de cuestionar, de dudar, de investigar si es posible vivir con otro en completa armonía, sin disensión ni división alguna. Si realmente investigan esto en profundidad descubrirán que, tanto el marido como la esposa, ha creado cada uno de ellos una imagen del otro. Estas dos imágenes, estas dos representaciones mentales, estas palabras son las que se relacionan entre sí. Cuando existe una imagen, una representación mental del otro, tiene que haber conflicto. Estoy seguro de que todos ustedes tienen una imagen con respecto a quien les habla. Estoy totalmente seguro de eso. ¿Por qué la tienen? Ustedes no conocen a quien les habla, nunca pueden conocerlo, pero han creado una imagen de él: que es religioso, que no es religioso; que es estúpido, que es muy inteligente, que es hermoso, que es esto, que es aquello. Y con esa imagen miran a la persona. La imagen no es la persona. La imagen es la reputación, y las reputaciones se fabrican fácilmente; la reputación puede ser buena o mala. Pero el cerebro humano, el pensamiento, crea la imagen. La imagen es la conclusión, y nosotros vivimos a base de imágenes y de imaginación. La fabricación de imágenes mentales no tiene cabida en el amor. No nos amamos unos a otros; podemos tomarnos de la mano, podemos dormir juntos, podemos hacer esto y diez cosas diferentes, pero no hay amor entre nosotros. Si tuvieran ustedes esa cualidad, ese perfume del amor, no habría guerras. No existiría la división de hindú y musulmán, judío y árabe. Pero ustedes escuchan todo esto y siguen conservando sus imágenes; siguen riñendo, peleándose unos con otros. ¡La vida que viven se ha vuelto tan extraordinariamente vacía y sin sentido!

No sé cuántos de ustedes se dan cuenta de que somos un producto del pensamiento. Nuestros deseos, los crea el pensamiento. Todos los rituales, todos los dogmas, las filosofías, todo eso lo produce el pensamiento, y el pensamiento no es sagrado. El pensamiento es siempre limitado. El pensamiento ha creado una imagen de ustedes como el auditorio, como el esposo y la esposa, ha creado la imagen de uno como hindú y del otro como americano, etc., etc. Estas imágenes son irreales, y son las que están dividiendo a la humanidad. Uno jamás debería llamarse a sí mismo norteamericano, ruso o indio. Somos seres humanos. Entonces no tendríamos guerras. Tendríamos un gobierno global, una relación global; pero ustedes escuchan todo esto y no les interesa. Y si no cambian radicalmente, están originando destrucción para la generación futura. Así que, por favor, presten oídos, pensamiento, atención a lo que sucede exteriormente y también a lo que ocurre dentro de cada uno de ustedes, porque la psiquis interna conquista el medio exterior. Como lo vemos en Rusia, donde se da tanta importancia a lo externo. Debemos tener una sociedad justa, leyes justas, debemos alimentar al pobre, interesarnos en el pobre; pero el pensar interno, el sentimiento interno, el aislamiento interno, están separando al hombre del hombre, y nosotros somos responsables de esto. Cada uno de nosotros es responsable de esto. A menos que cambiemos fundamentalmente en lo interno, el futuro es muy peligroso. A menos que produzcamos una transformación fundamental en nuestra vida de todos los días, y tengamos una correcta relación de unos con otros, y vivamos rectamente, sin ser ambiciosos y todo eso, no hay posibilidad alguna de que llegue a su fin el conflicto entre los seres humanos.

Calcuta,

20 de noviembre de 1982

EL MOVIMIENTO DEL DEVENIR

Cuando uno observa el mundo exterior, ve que en todos los países el caos es cada vez mayor. Y en este país eso es bastante obvio ‑es muy evidente, se palpa. Hay incertidumbre, disturbios, falta de credibilidad política; se sabe que en todas partes los políticos están empeorando mucho las cosas, que las religiones de todo el mundo han perdido en absoluto su significación; al ver todo esto, están los que se han denominado a sí mismos ‘fundamentalistas’, que regresan a la Biblia o al Corán o a las diversas escrituras que llaman religiosas, pensando que si siguen esos libros habrá menos caos. Esto es lo que está ocurriendo por todo el mundo; el regreso al pasado, el aferrarse a ciertas creencias, a la tradición. La mayoría de nosotros hace esto de un modo u otro. En un mundo que es muy, muy caótico, inquietante, peligroso y que se prepara para la guerra, uno naturalmente desea alguna clase de seguridad, externa o interna. En el mundo exterior no hay mucha seguridad. Uno puede ser muy rico, muy poderoso políticamente, o podría encontrar cierta seguridad en algún dogma, en alguna creencia, pero en ninguna de estas cosas hay seguridad absoluta. El hombre necesita seguridad. Todos tenemos que tener seguridad ‑seguridad en el sentido de comida, ropa y techo. También queremos seguridad internamente, algo que habrá de darnos garantía, estabilidad, una sensación de fuerza. Pero no hay seguridad en ninguna creencia, en ningún dogma, en ningún ideal. No encontrando seguridad en ninguna de esas cosas, el hombre se vuelve al pasado y espera con eso encontrar alguna confianza, alguna clase de palabras a las cuales poder aferrarse.

Yo no sé si ustedes han advertido que, cuanto más se aferran a alguna clase de conclusión, una conclusión razonable, una conclusión lógica, o las conclusiones de ciertas autoridades, tanto menos energía tienen. Donde hay una conclusión tiene que haber falta de energía porque, cuando uno llega a alguna conclusión ‑o sea, que después de discutir, de argüir, llega a un punto que supone correcto- cierra la puerta a toda investigación ulterior. Y eso es lo que está ocurriendo en el mundo. Todos queremos conclusiones: si Dios existe, si va a haber alguna clase de paz, etcétera. Faltándonos seguridad interna y externa, faltándonos algo en que podamos confiar plenamente, algo con que podamos contar, que nos dé consuelo, un sentimiento de bienestar, nos aferramos a algunas conclusiones tradicionales y, de tal modo, perdemos esa energía creativa de la investigación. Investigar significa penetrar, indagar, explorar, abrir la puerta y descubrir qué hay más allá. Pero la mayoría de nosotros carece de esa energía, y así recurrimos a algo que llamamos tradición, o a uno que otro libro.

A quien les habla, le parece que no estamos liberando energía creativa como para dar origen a una nueva cultura, a un nuevo estilo de vida, porque la antigua cultura brahmánica de este país ha desaparecido completamente ‑una cultura que no decimos que fuera buena o mala; una cultura que ha existido quizá por cinco mil años, ha muerto totalmente de la noche a la mañana, ha desaparecido por completo. Y uno se pregunta por qué ha desaparecido por completo una cultura particular con la cual los seres humanos han vivido durante tanto tiempo. Tal vez no era una cultura en absoluto. Quizás era nada más que una serie de palabras, de tradiciones sin ninguna vida tras de ellas. Por tanto, al explorar juntos la condición de nuestra mente y de nuestro corazón, al investigar la naturaleza del cerebro que es el centro de todas nuestras acciones, de todos nuestros sentimientos y pensamientos, veremos si es posible liberar esa energía creativa. Y vamos a investigar esto muy cuidadosamente.

Hay un arte de escuchar y hay un arte de aprender. Casi todo nuestro aprender consiste en la acumulación de conocimientos; no sabiendo nada de matemáticas, o biología, o física, poco a poco acumulamos una gran cantidad de información al respecto y la almacenamos en el cerebro; y esa información se convierte en nuestro conocimiento sobre matemáticas, física o lo que fuere. Eso es lo que hacemos, y a eso lo llamamos aprender ‑acumular un montón de conocimientos sobre diversos tópicos- como ingeniero, como astrónomo, como político. Acumulamos conocimientos para actuar expertamente en el mundo, ya sea como carpintero, como albañil o como médico; desde el conocimiento acumulado actuamos con destreza o sin destreza, con eficiencia o ineficientemente. Por lo tanto, debemos investigar juntos qué es el conocimiento, qué lugar ocupa el conocimiento en la relación que establecemos unos con otros. Quizá nunca nos hemos preguntado qué lugar tiene el conocimiento en la vida ‑aparte de servirnos para conseguir una ocupación, para llegar a ser un buen científico, médico, ingeniero, etcétera. Nos estamos formulando una pregunta muy seria, o sea: ¿Qué lugar tiene el conocimiento en la relación humana?

El conocimiento está siempre en el pasado. No hay conocimiento futuro. El conocimiento implica el proceso del tiempo como pasado. Y este conocimiento, tanto en el mundo científico como en el de la relación humana, se basa en la experiencia. Esta experiencia puede haberse adquirido por millones de años o por los últimos 300 años. Y ese conocimiento es usado para acumular más conocimiento, más indagaciones ulteriores, pero el conocimiento está siempre en el pasado. Acerca de esto no cabe ninguna duda. Y el conocimiento jamás es completo acerca de nada. Ese es un hecho. Así, pues, nuestro conocimiento se almacena como memoria en el cerebro, y la reacción de esa memoria es el pensamiento. Es decir, que la experiencia heredada o acumulada en el presente, se convierte en conocimiento. Luego ese conocimiento constituye la memoria, que es el pasado, y la reacción de esa memoria es el pensamiento. ¿Está claro esto?

De modo que el pensamiento es siempre limitado. Uno ha acumulado, por ejemplo, conocimiento científico. Ese conocimiento se incrementa más y más todo el tiempo. Por consiguiente, el conocimiento científico jamás es completo. El pensamiento, haga lo que haga, es limitado. Sostenemos categórica y definitivamente que el conocimiento es limitado. Porque no existe el conocimiento completo acerca de nada, el conocimiento va siempre acompañado por una sombra de ignorancia. Y cualquier pensamiento que nazca de ahí, debe inevitablemente ser fragmentario, limitado, finito. El pensamiento puede inventar algo inmensurable, algo trascendente, infinito, pero ello sigue siendo el movimiento del pensar. Una persona puede inventar a dios porque siente que necesita a dios para su propio consuelo, para su seguridad; pero ese dios es el producto del pensamiento, que es limitado. Debemos ser muy claros en este punto, ustedes deben ver por sí mismos el hecho, la verdad de que el pensamiento, bajo todas las circunstancias, y cualquiera sea la índole de ese pensamiento ‑aun el del científico o el del gran filósofo- está siempre atado, es limitado, estrecho. El pensamiento ha inventado las nacionalidades y, habiéndolas creado, produce división entre la gente ‑el musulmán y el hindú, el judío y el árabe, el comunista, el socialista, el capitalista, etc. El pensamiento ha inventado todo esto. Todos los rituales son el producto del pensamiento. Y el pensamiento ha creado problemas tales como la guerra, el conflicto y todo eso. Después, el pensamiento trata de resolver estos problemas.

Vemos, pues, que el pensamiento ha creado problemas innumerables, política, religiosamente y entre un ser humano y otro. Y el pensamiento dice: “Resolveré eso”. En esa solución estamos produciendo más problemas. Y de ese modo la vida se está volviendo más y más compleja, más llena de problemas, porque creemos que el pensar es el único instrumento; y ese pensar es limitado. ¿Está claro? Entonces podemos preguntarnos: ¿Existe un instrumento nuevo? ¿Cuál es la naturaleza del pensamiento? El pensamiento es un proceso material, porque está contenido en las propias células cerebrales. Cualquier cosa que el pensamiento piensa o inventa, es el resultado de un proceso material. Cuando el pensamiento crea a dios, ello sigue siendo un proceso material. El pensamiento no es sagrado. Si esto está bien claro, no en lo verbal sino profundamente, entonces podemos preguntarnos: ¿Existe un instrumento nuevo? ‑no la conciencia superior o la conciencia inferior; ésa es otra invención del pensamiento.

Vamos a averiguar juntos si hay un instrumento nuevo, por completo diferente del pensamiento y al que el pensamiento jamás ha tocado en modo alguno, porque cualquier cosa que el pensamiento toca debe por fuerza ser limitada y, al serlo, debe inevitablemente engendrar conflicto y producir fragmentación, tal como lo ha hecho en el mundo ‑fragmentación religiosa, fragmentación política, etcétera. ¿Está claro esto? ¿Podemos proseguir a partir de ahí? Si son ustedes totalmente serios, si se interesan profundamente, si sienten un gran afecto por la humanidad, entonces poseen la energía necesaria para investigar, tienen el impulso, la pasión para descubrir. Un instrumento nuevo es así absolutamente imprescindible en este mundo que está degenerando, destruyéndose día a día. Al cuestionar la naturaleza del pensamiento, al dudar, al inquirir, al indagar, vamos a descubrir por nosotros mismos que el pensamiento, en cualquier nivel, es fragmentario, limitado, finito, y que esta limitación ha condicionado al cerebro. El cerebro posee una capacidad extraordinaria, como puede verse por lo que está pasando en el mundo tecnológico, pero esa capacidad se ha desarrollado en una sola dirección, o sea, en el campo de la tecnología ‑el médico, el cirujano, el matemático, el experto en computación, etcétera. Pero los problemas humanos que son nuestros conflictos en la relación de unos con otros, nuestro dolor, nuestras penas y aflicciones, la lucha interminable en que vivimos, eso jamás podrá solucionarlo el mundo tecnológico. Ningún político, ningún sistema, ningún método se interesa en todo eso. Como seres humanos corrientes, vamos a averiguar por nosotros mismos si existe o no existe un instrumento nuevo que no haya sido tocado por el pensamiento, que no sea el resultado del tiempo, que no esté atrapado en el proceso de evolución que es el pensamiento.

Vamos a investigar esto paso a paso, si es que somos serios y estamos dispuestos a hacerlo. Deben estar muy alertas, muy atentos, deben tener una gran capacidad, una gran sensibilidad; no pueden estar comprometidos con ningún grupo, creencia o dogma. Tienen que tener una mente global, no una pequeña mente mezquina que sólo se interesa en los insignificantes problemas propios. En lo más grande desaparece lo más pequeño. En el contexto mayor de la humanidad, se disuelven los pocos y pequeños problemas humanos. Sin comprender la vasta complejidad del cerebro humano, de la mente y el corazón, jamás resolverán ustedes problema alguno. Así que, por favor, presten atención y cuidado para descubrir por sí mismos y no repetir lo que dice quien les habla. Él no tiene valor alguno, es sólo un teléfono, pero lo que dice tal vez pueda tener importancia. Son, pues, ustedes quienes deben averiguarlo.

¿Alguna vez han tratado de observarse a sí mismos, a la esposa, al árbol que está al otro lado del camino o al animal que pasa junto a ustedes, han tratado de observar sin la palabra? ¿Han intentado alguna vez mirar un árbol sin nombrarlo, sin introducir todas las imágenes pasadas acerca del árbol, simplemente observar el árbol, mirarlo sin la palabra? ¿Lo han hecho alguna vez? ¿Han mirado jamás de ese modo a la propia esposa, al marido o a los políticos? ¿Alguna vez los han mirado sin el símbolo? ¿Pueden mirar sin la palabra a quien les habla, mirarlo sin todos los desatinos y toda esa reputación, mirarlo sin la imagen que han construido acerca de él? Tal vez les resulte fácil mirar de ese modo a quien les habla, porque él no los conoce ni ustedes le conocen a él. Pero mirar así a la propia esposa, o al marido, es mucho más difícil. ¿Pueden mirar al animal sin la representación mental, sin la imagen, sin la palabra? Primero, dense cuenta si pueden ver, observar, mirar sin una sola palabra la imagen, ya que en tal caso despertarán la sensibilidad. Ustedes no son sensibles al polvo del camino, a la escualidez, a la desdicha, a la pobreza; simplemente han aceptado todo eso. La pobreza en este país jamás podrá resolverse a menos que abandonen ustedes completamente su nacionalismo. Se resolverá únicamente cuando hayan comprendido la relación global del hombre con el hombre. Entonces no existirán fronteras. Eso probablemente no lo han comprendido. Por lo tanto, yo digo que la primera cualidad esencial al investigar, al inquirir, es que uno tiene que ser extraordinariamente sensible.

Todas las religiones han dicho: “Reprime tus sensaciones, reprime tus sentimientos”, y así, poco a poco, han ido ustedes perdiendo la sensibilidad de los sentidos. Quien les habla dice completamente lo contrario. Él dice: “Despierten todos los sentidos a su más alto nivel, de modo que puedan mirar el mundo con la totalidad de los sentidos”. Cuando miran el mundo con esa inmensa sensibilidad en la que todos los sentidos están plenamente despiertos, hay en ello un extraordinario sentimiento de energía, de belleza. Al investigar el otro instrumento, lo primero que vemos es que el hombre se ha embotado a causa de la repetición, de la tradición, de la presión ejercida por el ambiente; el ambiente no es sólo la naturaleza; el ambiente es el político, el gurú y todo lo que sucede alrededor de uno. Ustedes han perdido poco a poco toda sensibilidad, toda energía creativa; nosotros hablamos de creación en el sentido de dar origen a algo totalmente nuevo, y para tener esa capacidad, ese impulso, esa belleza, uno debe poseer una sensibilidad muy grande. Y no podemos poseer una gran sensibilidad si todos los sentidos no están funcionando plenamente, si no están por completo despiertos.

Ahora bien; ¿por qué nos hemos destruido a nosotros mismos? Las religiones, las escrituras de este país y los líderes religiosos han dicho, el mundo cristiano ha dicho: “Reprime el deseo, reprime tus sentimientos, no mires a una mujer, tortúrate a ti mismo: sólo entonces encontrarás a Dios, o el nirvana o el moksha, o lo que quieras encontrar; sólo entonces serás un iluminado”. Lo cual es un completo desatino. ¿Cómo puede uno destruir el más maravilloso instrumento que posee: el cuerpo, la belleza del cuerpo con todos sus sentidos? Es un instrumento extraordinario. Estas personas dicen: “Reprime el deseo, no te sometas al deseo”. En consecuencia, tenemos que comprender la naturaleza del deseo. Es muy importante, en la investigación de un nuevo instrumento, comprender bien que el instrumento viejo ‑el pensamiento- no está resolviendo ninguno de los problemas humanos. Al investigar todo eso, hemos dado ahora con esa cosa llamada deseo. ¿Qué es el deseo? ¿Por qué hay personas que han instado a reprimirlo, a negarlo? Si uno no puede identificar el deseo con algo más grande, siempre existe un problema de esfuerzo. Nosotros no abogamos aquí por la represión, la anulación, el escape y todas esas cosas. Estamos investigando juntos la naturaleza del deseo, cómo surge el deseo, por qué estamos atrapados en él y por qué se ha vuelto tan extraordinariamente poderoso.

¿Qué es el deseo? Uno ve un objeto agradable, bello, una mujer hermosa o un hombre. Desea ese objeto, esa mujer, ese hombre. Es así. Uno ve un hermoso automóvil, pulido, con buenos faros, poderoso; lo toca, se sube a él, siente el placer de poseerlo ‑si es que tiene recursos para ello. Entonces el deseo está ahí. Primero el objeto crea el deseo, o el deseo existe aparte del objeto; o sea, el objeto ‑el automóvil- crea el deseo, o el deseo existe y el objeto puede variar. No estamos discutiendo los objetos del deseo ‑ser un ministro poderoso o un primer ministro, un gobernante, un ejecutivo o un talentoso violinista- sino que estamos investigando la estructura misma y la naturaleza del deseo. Si comprendemos eso, no verbalmente sino de hecho, entonces no existe jamás el problema de reprimir el deseo, de controlarlo. Lo hemos controlado sin comprender jamás quién es el controlador. Hemos controlado el deseo, hemos controlado nuestro sexo, nos hemos educado para controlar. Y ahora estamos tratando de comprender el deseo, de investigarlo, de explorar en él, no de controlarlo. Si esto está claro, entonces podemos investigar y comprender juntos la verdad del deseo, qué lugar tiene éste en la vida, o si no tiene lugar alguno. Por consiguiente, no podemos empezar con ninguna conclusión; o sea, si hay que reprimir el deseo o si hay que dejarlo fluir desenfrenadamente. Despacio, con vacilación, con sumo cuidado, vamos a examinar esto que llega a ser un factor extraordinario en la vida, y también una tortura.

¿Cuál es el origen, la fuente del deseo? Investiguemos esto muy, muy profundamente a fin de captar todo el movimiento del deseo, su implicación, su profundidad, su realidad. Si uno no tuviera sentidos, no existiría la sensación. La sensación surge cuando uno ve algo en el escaparate de un comercio: una camisa, una radio o lo que fuere. Uno ve eso ‑percepción visual. Entonces entra en el comercio, toca el material y, debido a ese contacto, hay una sensación. Esto es muy sencillo. Vemos el automóvil, lo tocamos, miramos los faros, el pulimento ‑no los automóviles de la India, sino algunos de los automóviles europeos, que son extraordinariamente hermosos, como un avión, que es extraordinariamente bello ‑y uno lo toca, toca esa camisa que ve en el escaparate, una camisa azul, y debido al contacto mismo, hay una sensación. ¿Qué ocurre entonces? Entonces, si uno observa muy detenidamente, el pensamiento dice: “¡Qué hermoso sería si yo tuviera puesta esa camisa, si me subiera a ese automóvil!” Y así, en ese momento, cuando el pensamiento crea la imagen a causa de la sensación, se origina el deseo.

Uno ve un árbol hermoso, que no ha sido creado por el hombre. El hombre ha creado la catedral, la mezquita, el templo, y todas las cosas que hay en el interior; pero no ha creado el árbol. El hombre no ha creado la naturaleza, pero está destruyendo la naturaleza. Entonces uno mira un árbol hermoso, y quisiera tenerlo en su jardín. Uno lo ve. Está el sentimiento de la dignidad, las sombras, la luz sobre las hojas, el movimiento del árbol. Y surge la sensación. Y entonces el pensamiento dice: “¡Qué bueno sería si yo tuviera ese árbol en mi jardín!” Cuando el pensamiento crea la imagen de ese árbol en nuestro jardín, en ese segundo ha nacido el deseo. ¿De acuerdo? Existe el hecho, es natural ser sensible, tener sensaciones. De lo contrario, estaría uno paralizado. Debemos tener sensación, debemos tener sensibilidad en nuestros dedos, en nuestros ojos, en nuestros oídos, y mirar; y uno es sensible para observar, para mirar ‑a causa de ese mirar, de ese observar, surge inevitablemente la sensación. Debe surgir; de otra manera, uno estaría ciego, sordo. Cuando hay sensación, el pensamiento crea una imagen, y en ese momento ha nacido el deseo. ¿Han descubierto que es así? ¿O van a repetir meramente lo que uno ha dicho? ¿O volverán a su tradición y dirán que debemos reprimir el deseo? ¿O dirán: “Lo que usted sostiene es un disparate”? Si realmente investigan esta cuestión del deseo, que es tan importante en la vida, descubrirán por sí mismos el origen, el comienzo del deseo. Entonces, la cuestión es mirar un automóvil, una camisa, un cuadro, mirar a una mujer; de ahí surge la sensación. Averigüen si el pensamiento puede quedar en suspenso, sin crear inmediatamente una representación mental, una imagen de uno mismo con esa camisa, o en ese auto, y así sucesivamente. ¿Puede haber una brecha entre la sensación y el pensamiento que se inmiscuye en esa sensación? Descúbranlo. Ello hará que la mente, el cerebro de ustedes esté alerta, despierto.

También debemos considerar juntos, en la investigación de un instrumento nuevo, si el hombre puede alguna vez verse libre del miedo. Siempre tenemos miedo de algo, sea del pasado o del futuro o del presente activo ‑estamos inseguros en nuestras actividades diarias, inseguros con respecto al proceso del presente. Siempre sentimos este miedo, el hombre jamás ha resuelto el problema; ha escapado de él. Tiene múltiples modos de reprimirlo, de negarlo, de evadirlo, pero jamás ha solucionado este problema. Cuando hay miedo, tienen lugar actividades terribles, ocurren toda clase de acciones erróneas. Todo nuestro cuerpo, toda nuestra mente se contraen cuando hay miedo al peligro. Este es un problema que debemos resolver, no teóricamente sino de hecho, y tenemos que estar completamente libres del miedo. ¿Es eso posible?

¿Cuál es la causa del miedo? Donde hay una causa, siempre hay un final para esa causa. Esto es lógico, es natural. Puedo experimentar dolor, y la causa puede ser el cáncer. Si descubro la causa, el dolor cesará, o será el dolor final. Nosotros investigamos la causa a través del síntoma. Estamos mirando juntos no los síntomas del miedo ‑miedo a la oscuridad, miedo a nuestros padres o abuelos, miedo a la esposa o al marido, miedo al político, etc. Esos son todos síntomas, los objetos del miedo, pero nosotros nos preguntamos cuál es la raíz del miedo. Es como derribar un árbol, como ir a la raíz misma de las cosas. Vamos a considerar eso.

En primer lugar nos preguntamos: ¿La causa del miedo es el tiempo? Considérenlo cuidadosamente. ¿Es el tiempo la causa principal del miedo? Siendo el tiempo el mañana, lo que podría suceder mañana, lo que ha sucedido ayer o hace muchos miles de ayeres, o lo que podría suceder hoy mismo. ¿Comprenden mi pregunta? ¿Es el tiempo uno de los factores del miedo? Puedo haber hecho algo malo la semana pasada; ello ha causado dolor y espero que no se repita nuevamente. O sea, que la palabra ‘espero’ implica el futuro. ¿Están siguiendo esto? Está el tiempo del reloj, que es el tiempo de la salida y puesta del sol, el tiempo como ayer, hoy y mañana; el tiempo como los recuerdos del ayer, las experiencias, modificándose en el presente y prosiguiendo hacia el futuro. Todo eso es el tiempo. El tiempo físico ‑para cubrir una distancia de aquí hasta allá, de un punto a otro punto, desde este lugar para volver a nuestra casa- todo ello requiere tiempo. Y está el que llamamos tiempo psicológico ‑el tiempo interno. Es decir: “Espero obtener un empleo mejor a fines de este año, espero ser mejor, más noble o lo que fuere, alguna vez en el futuro; mañana espero encontrarme con una persona agradable”. Por lo tanto, la palabra ‘espero’ implica tiempo. Como esa otra idea de lo ‘mejor’: soy esto, pero seré mejor; soy violento, pero llegaré a ser no violento. Está ‘lo que es’; y este proceso de transformar lo que es en alguna otra cosa, es un proceso de tiempo. En consecuencia, el tiempo es un factor de miedo. Estoy vivo, estoy lleno de energías, pero algo, un accidente, podría matarme. Advierto que la muerte está siempre ahí. De modo que existe este sentido del tiempo, un intervalo. Ese intervalo se traduce como ‘lo mejor’, como ‘esperanza’, como ‘autosuperación’, etcétera. Quiero realizarme y probablemente no pueda hacerlo. Solicito un empleo, y puede que no tenga la capacidad para el empleo. Por consiguiente, hay miedo. El tiempo es uno de los factores del miedo.

No estamos hablando de cómo eliminar el tiempo. Lo que investigamos es la naturaleza del miedo. Entonces, ¿no es el pensamiento, no es el proceso del pensar, otro de los factores del miedo? Obsérvenlo. Pienso que puedo morir. Pienso que Dios existe, pero viene alguien y amenaza mi creencia, y entonces tengo miedo. Por lo tanto, el pensar en un incidente del pasado, el esperar que el dolor no se repita nuevamente, el pensar al respecto y el desear que ello no vuelva a ocurrir otra vez, todo eso es el proceso del pensamiento.

De manera que el pensamiento y el tiempo son la raíz misma del temor. Está el tiempo físico ‑ir de aquí a nuestra casa, requiere tiempo- ese tiempo no puede uno detenerlo. Aprender un idioma, aprender alguna técnica, requiere tiempo. Vemos que el tiempo es uno de los factores del temor, así como lo es el pensamiento. El pensar es, pues, un movimiento. El tiempo es un movimiento. ¿De acuerdo? Entonces pregunto: ¿Existe en absoluto el tiempo psicológico, existe realmente, de hecho? ¿Comprenden mi pregunta? El problema del tiempo es muy importante, como lo es el problema del pensamiento. Vivimos a base de tiempo. Todo nuestro conocimiento se basa en el tiempo ‑el esfuerzo para volverse menos violento, la lucha por llegar a ser esto o aquello, todo lo cual implica medida. Soy desdichado, violento, me siento solo, deprimido, ansioso. Eso es ‘lo que es’ ‑es un hecho. Luego viene la idea: “Debo convertirme en otra cosa diferente de ‘lo que es’”. Ese ‘convertirse en’, ese ‘llegar a ser’, ese devenir es tiempo ‑como convertirse de oficinista en gerente, lo cual requiere tiempo. Ese mismo proceso del devenir, lo hemos introducido en el campo de la psiquis, en el campo del pensar. O sea: “Soy violento, llegaré a ser no violento”; lo cual equivale a permitir que se introduzca el tiempo, que interfiera. Pero cuando uno dice: “Soy violento, voy a comprender eso, voy a mirarlo, a observarlo, a examinarlo rápida y profundamente”, en eso no hay tiempo psicológico. Pero si uno trata de convertirse en alguna otra cosa, introduce el tiempo.

Está el devenir, que es medida, que requiere tiempo. Digamos, por ejemplo, que uno se compara con alguien que es más inteligente, más brillante; esa comparación implica medida. Si uno no se compara en absoluto con nadie, incluyendo nuestros grandes dioses y santos y todo eso, ¿qué ocurre entonces? Uno es lo que es. Y comienza desde ahí. Pero cuando uno está comparando, tratando de llegar a ser alguna otra cosa, jamás se comprende a sí mismo, jamás comprende lo que es. Por lo tanto, el tiempo psicológico es un devenir, un devenir que no es factual. O sea: “Soy violento, debo llegar a ser no violento”. La no violencia carece de realidad, no es un hecho. Aunque uno pueda hablar muchísimo al respecto en este país, la no violencia no existe. Lo que existe es la violencia. Si nos olvidamos de la no violencia, entonces podemos abordar la violencia, investigarla. La comprensión de la violencia puede tardar mucho o puede ser muy rápida. Nuestra investigación de la violencia puede tomarnos tiempo porque somos perezosos, o puede que digamos: “Eso lo investigaré mañana, no es importante”, etc. Pero un hombre verdaderamente interesado en la violencia que se extiende por todo el mundo y que está destruyendo a la humanidad, un hombre que quiere comprender la profundidad de la violencia, la comprenderá instantáneamente. Donde hay un ‘llegar a ser’, un devenir interno, uno necesita tener el tiempo psicológico. Ese devenir es ilusorio. El hecho es lo que existe, lo que uno es en ese momento ‑su ira, sus reacciones, sus temores. Eso es lo que hay que mirar. El tiempo es un factor principal del temor, y también lo es el pensamiento. Ustedes no pueden detener el tiempo físico, pero cuando comiencen a comprender la naturaleza del tiempo interno, el devenir y el no devenir, y comprendan todo el movimiento del pensar, no lo repriman, no lo nieguen, no digan: “¿Cómo he de controlar el pensamiento?”, porque en tal caso, ¿quién es el controlador? El controlador es otra parte del pensamiento.

Si se interesan real y profundamente en la naturaleza del miedo y en la terminación total del miedo psicológico, tienen que investigar a fondo la cuestión del tiempo y también la naturaleza y estructura del pensamiento. Pero si dicen: “Por favor, enséñenos un método para librarnos del miedo”, entonces están planteando el problema de una manera terriblemente errónea, porque el verdadero problema implica que no se han comprendido a sí mismos, que no se han mirado a sí mismos. Muerte, conflicto, pena, dolor, placer, miedo, meditación, todo eso es la vida de ustedes, y para comprenderla necesitan tener vitalidad, fuerza, y no tendrán esa energía si meramente repiten palabras, si se aferran a alguna creencia, a ciertas conclusiones; eso destruye toda la energía. Energía implica libertad; no para hacer lo que les plazca, sino libertad. Sólo entonces tienen una energía extraordinaria.

Calcuta,

21 de noviembre de 1982

LA CESACIÓN DEL DOLOR

Esta tarde debemos considerar juntos por qué los seres humanos, que han vivido por más de 40.000 años, se comportan como lo hacen, qué les ha ocurrido, qué nos ha sucedido a cada uno de nosotros, que no llevamos una vida ordenada, equilibrada, sensata. Hemos creado esta sociedad que es destructiva, corrupta, inmoral, muy poco ética. Cada uno de nosotros ha contribuido a ello, y si ha de haber un cambio radical en la estructura social, tenemos que comenzar con nosotros mismos, no con los políticos, no con el marxismo o con alguna clase de retiro para apartarnos del presente. Primero tenemos que poner orden en nuestra casa. Somos seres desordenados, violentos, confusos, solitarios. Así que esta tarde vamos a considerar juntos qué es el orden total, si existe alguna clase de amor, qué es la compasión, si el dolor puede terminar alguna vez ‑el dolor de los seres humanos en todo el mundo.

Estamos examinando juntos ‑ustedes y quien les habla- nuestros problemas. Lo hacemos amigablemente, sin ninguna resistencia, no concordando sino explorando, investigando, viendo por qué vivimos vidas tan desordenadas y por qué aceptamos las cosas como son. No estamos abogando por la violencia física, por la revolución física; no hablamos de eso. Al contrario, tales revoluciones jamás han producido una buena sociedad. Estamos hablando acerca de la conducta humana, nos preguntamos por qué el hombre es como es. No podemos culpar al medio, no podemos culpar a los políticos ni a los científicos. Esa es una manera muy fácil de escapar; lo que debe interesarnos es por qué personas en cierto modo educadas, en cierto modo inteligentes, llevan vidas tan desordenadas. Así que nos preguntamos: ¿Qué es el desorden?

Una mente confusa, una vida confusa, no pueden descubrir qué es el orden. ¿Podríamos juntos descubrir por nosotros mismos qué es lo que causa desorden en nuestras vidas, qué es lo que produce una sociedad completamente desordenada? ¿Qué es el desorden? ¿Cuál es la naturaleza y estructura del desorden? Hay desorden, ¿no es así? Donde hay contradicción ‑cuando se dice una cosa y se hace algo por completo diferente- por fuerza tiene que haber desorden. Me pregunto si se dan cuenta de esto. Después, hay conflicto, desorden cuando estamos persiguiendo ideales ‑ya sean ideales políticos, religiosos, o nuestra propia proyección de lo que pensamos que deberíamos ser. Es decir, que la división entre lo que realmente está ocurriendo dentro de nosotros y el ideal que perseguimos al desatender esa realidad, es una de las causas del desorden. Otra de las causas del desorden en la vida psicológica, en la que llamamos vida interior, es el seguimiento de la autoridad ‑la autoridad de un libro, la autoridad de un gurú, la autoridad de las personas que se denominan espirituales. En nuestra vida interior aceptamos muy fácilmente la autoridad. Por supuesto, tenemos que aceptar la autoridad de los científicos, la autoridad del tecnócrata, del médico, del cirujano. Pero internamente, psicológicamente, ¿por qué aceptamos la autoridad en absoluto? Esta es una pregunta importante que debe formularse. Volveremos a ella.

Estamos averiguando cuáles son las causas del desorden. Dijimos que perseguir una idea implica desorden, que aceptar la autoridad de otro en el mundo de la mente, en el estado psicológico interno, es desorden. Otra de las causas del desorden es el perpetuo intento de llegar a ser alguna cosa internamente. De modo que éstas y otras causas probablemente sean las que originan el desorden. Vamos a investigar cada una de ellas. ¿Por qué tenemos ideales en absoluto? ¿Qué es un ideal? Originalmente, la raíz etimológica de esa palabra ‘idea’ significaba observar, mirar, buscar. Pero eso lo hemos traducido como una proyección de un concepto particular originado por el pensamiento, y ése es el ideal. Y el ideal es así mucho más importante que la realidad; y la persecución de ese ideal se vuelve devastadora cuando uno descuida totalmente ‘lo que es’. Lo importante es ‘lo que es’, no el ideal. Usamos la expresión ‘lo que es’ en el sentido de lo que realmente está sucediendo, tanto externa como internamente. Somos violentos, como lo es la mayoría de los seres humanos. Tener una idea de no violencia carece de realidad, no tiene validez; lo que tiene validez, realidad, es el hecho de que somos violentos y la acción de abordar esa violencia, no en términos de ideales y normas. Puede ser que en este país, la persecución de la no violencia ‑que es una ilusión- nos haya despojado de nuestra energía para mirar lo que realmente está sucediendo.

Jamás miramos ‘lo que es’. Queremos cambiar lo que está ocurriendo, en alguna otra cosa. Este ha sido el proceso de siglos y siglos. El ideal político, el ideal religioso, el ideal que uno ha creado para sí mismo, un objetivo, una meta ‑y la meta, el objetivo, el ideal, se vuelven extraordinariamente importantes, y no lo que realmente está sucediendo. O sea: ‘lo que es’ lo transformamos en ‘lo que debería ser’. Entonces hay lucha, hay desorden. Mientras que si concedemos nuestra atención a ‘lo que es’ ‑y ‘lo que es’ es violencia, odio, antagonismo, brutalidad- entonces podemos habérnoslas con ello. Nos interesa descubrir las causas del desorden. Sostenemos que uno de los factores principales del desorden en la vida, es tratar de transformar o cambiar ‘lo que es’ en ‘lo que debería ser’. ‘Lo que debería ser’ es totalmente irreal, pero es de suma importancia ‘lo que es’. Si soy codicioso, tengo que investigar la naturaleza de la codicia, ver si esa codicia puede terminar realmente o si debe continuar ‑y no alimentar el ideal de la no codicia. Ver ‘lo que es’ y descubrir su naturaleza ilusoria, es el comienzo de la inteligencia.

Hay, pues, división entre nosotros, hay dualidad, está el opuesto. ¿Existe en absoluto un opuesto? Hay opuestos como luz y oscuridad, alto y bajo, etc. Pero básicamente, ¿existe de algún modo el opuesto? Decimos que el opuesto existe en el mundo de la psiquis, en el mundo del espíritu. Decimos que existe lo bueno y lo malo, el bien y el mal. ¿Es el bien el opuesto del mal? Si es el opuesto, entonces el bien tiene sus raíces en su propio opuesto. Si el mal es el opuesto del bien, entonces ese mal tiene una relación con el bien. El opuesto es producido por el pensamiento. O el bien está totalmente divorciado del mal, o es su consecuencia ‑el opuesto inventado por el pensamiento como el bien. Por lo tanto, ¿qué es el bien? Investiguemos eso.

¿Qué es el bien? De acuerdo con el diccionario, el uso corriente de esa palabra implica buena conducta, buena en el sentido de que es total, de que no está fragmentada, sino que contiene en sí ese sentimiento, esa comprensión de la naturaleza de la vida como una totalidad; y en ello no existe una fragmentación como el mal. Pero si el mal es el resultado del bien, entonces ese mal está relacionado con el bien. Estamos investigando juntos si existe un opuesto en nuestra vida, si hay odio y amor. ¿Puede el amor tener una relación con el odio, con los celos? Si el odio tiene una relación con el amor, entonces eso no es amor, obviamente. Si yo odio a alguien, y al mismo tiempo hablo de amor, eso es incompatible. Ambas cosas no se tocan. Nos estamos preguntando: ¿Existe en absoluto un opuesto? Cuando hay un opuesto, tiene que haber conflicto. Yo odio a alguien, y también pienso que lo amo. El opuesto del odio no es amor. El opuesto del odio sigue siendo odio.

Ese es, entonces, uno de los factores del desorden en nuestra vida: el ideal, el opuesto y la aceptación de la que llamamos autoridad espiritual. Está la autoridad de la ley, la autoridad del gobierno, la autoridad del policía, la autoridad del buen cirujano. Pero psicológicamente, internamente, ¿por qué aceptamos la autoridad ‑la autoridad del sacerdote, la autoridad de un libro, la autoridad de un gurú? Cuando seguimos a alguien y somos guiados por alguien, guiados con respecto a lo que debemos creer y no creer, orientados para aceptar un sistema particular de iluminación y todas esas cosas, ¿qué le está ocurriendo a nuestro cerebro, a nuestro propio estado interno? Él es mi gurú. Él me dice lo que debo hacer, lo que debo pensar, lo que debo creer y los diversos pasos al que tengo que dar para obtener la iluminación o como fuere que ellos llamen a eso; y yo, que soy bastante crédulo, quiero escapar de mi vida, que es desordenada, corrupta, insegura. Confío en el gurú. Le entrego mi vida, y digo que dedico, que consagro mi vida al logro de esa iluminación. ¿Por qué hago eso? Porque deseo cierto género de seguridad, cierto género de garantía de que algún día tendré alguna clase de felicidad y que, de algún modo, podré librarme de mis preocupaciones y desdichas cotidianas. El gurú les da una garantía y ustedes se sienten satisfechos. Pero jamás cuestionan al gurú, nunca ponen en duda lo que él les dice, nunca discuten con él; lo aceptan. Esa ha sido, por millones de años, la condición de los seres humanos en todo el mundo. El intérprete entre Dios y ustedes, entre lo sagrado y ustedes ‑y ustedes, que anhelan consuelo, seguridad, aceptarán al gurú sin la más mínima duda.

Ahora bien, cuestionar la autoridad espiritual ‑sea la autoridad cristiana o la autoridad del Islam con su libro o la del gurú con su sistema- cuestionarla, dudar de ella, es confiar enteramente en uno mismo, ser luz para uno mismo, y esa luz no puede encenderla otro. Ello requiere que cuestionemos, que pongamos en tela de juicio no sólo la autoridad externa, la espiritual, sino nuestra propia autoridad ‑por qué creemos- de modo que nuestra propia mente se vuelva clara, vital, y haya energía para la actividad creadora. Pero cuando seguimos a alguien, nuestro cerebro se embota, se vuelve rutinario, mecánico, lo cual constituye la naturaleza misma de la mente humana, o del cerebro humano. Así que, por favor, vean por qué existe este desorden en nuestra vida; entonces, cuando comienzan a investigar este desorden, de ello surge el orden. Cuando se disipan las causas del desorden, hay orden. Entonces no tienen ustedes que ir en busca de lo que es el orden. El orden es virtud. Orden significa libertad.

Tenemos que investigar también qué es la libertad. Hemos dicho que donde hay orden en nuestra vida, orden total, ese orden es virtud, y ese orden mismo es libertad. Todos emplean mal la palabra ‘libertad’. Está la libertad con respecto a algo, y está la libertad. Estar libre de algo no es libertad. Examinaremos eso. Soy un prisionero de mis propias ideas, de mis propias teorías, de mis propias concepciones ‑mi cerebro es un prisionero de eso. En tales condiciones, la libertad consiste para mí en estar libre de una prisión para caer en otra prisión. Me libero de un condicionamiento particular y, sin advertirlo o inconscientemente, caigo en otro condicionamiento. De esa manera, me libero de algo ‑de la ira, de los celos. Nada de eso es libertad en absoluto. Libertad significa ser libre, no estar libre de algo. Esto requiere mucha investigación; quiere decir que nuestro cerebro está condicionado como una computadora, programado para ser hindú, musulmán, cristiano, y así sucesivamente. La computadora es programada; nuestro cerebro ha sido programado por miles de años, y eso constituye nuestro condicionamiento. La libertad es el fin de ese condicionamiento. Cuando llega a su fin el condicionamiento, sólo entonces hay libertad. Si no existe esa libertad, tiene que haber desorden. Cuando eso llega a su fin, hay orden. Ustedes dirán que eso es imposible, que es imposible no seguir a alguien; debido a que son tan indecisos, tan inseguros, están dispuesto a seguir tan fácilmente a alguien, lo cual implica que el cerebro de ustedes se está volviendo torpe, inactivo. Pueden estar activos físicamente, pero psicológica, internamente, dejan de estar activos.

Debemos investigar juntos el dolor, ver si hay un cese para el dolor. Cuando el dolor llega a su fin, sólo entonces hay amor, sólo entonces hay compasión. ¿Qué es el dolor, la aflicción, la pena, el sentimiento de soledad, la sensación de aislamiento? ¿Cuál es la naturaleza del dolor ‑que es angustia, miedo, soledad desesperada? ¿Por qué los seres humanos, desde tiempos inmemoriales, han sufrido y continúan sufriendo, no a causa del dolor físico ‑alguna enfermedad fatal o un sentimiento de total exclusión- sino a causa de la naturaleza interna del dolor ‑la aflicción, los temores y el permanente escapar de ello? No sé si nos hemos dado cuenta de que en los últimos mil años han habido muchas guerras, ¡y cuánta gente ha llorado, cuántas madres han derramado lágrimas! La aflicción, la ansiedad, la esperanza, todo eso constituye el dolor, y este dolor existe en todos los días de nuestra vida; parece que jamás nos libramos de él, que jamás terminamos completamente con ese dolor.

Juntos vamos a examinar esto, porque existe un cese para el dolor. El dolor llega cuando perdemos a alguien, cuando alguien muere. Muere mi hijo ‑lo he perdido; hay pesar, lágrimas y una gran sensación de inmensa soledad. Entonces, en ese estado de shock, en ese estado de dolor, de ansiedad, de soledad desesperada, busco consuelo, quiero escapar de esta agonía. Escapo mediante las formas de entretenimiento, ya sea la droga, el alcohol, el templo, la mezquita o la iglesia. Comienzo a inventar toda clase de conceptos fantásticos. Lo he perdido, está muerto, ha desaparecido; y existe ese dolor. ¿Puede uno permanecer con ese dolor? ¿Puedo mirar ese dolor, retenerlo, retenerlo como una joya preciosa ‑no escapar de él, no reprimirlo, no racionalizarlo, no buscar la causa de ese dolor, sino contenerlo dentro de mí, como un vaso contiene el agua? Contener en uno esta cosa llamada dolor. O sea, he perdido a mi hijo y me siento solo; no escapo de ese sentimiento de soledad, no lo reprimo, no lo racionalizo intelectualmente, sino que miro esa soledad, comprendo su profundidad, su naturaleza. Esa soledad es el aislamiento total que se origina en nuestra actividad cotidiana con sus ambiciones egoístas, o sus ambiciones ideológicas, su competencia ‑cada cual luchando por su propio bienestar. Esas son las actividades que dan origen al sentimiento de soledad. Pero si uno escapa de esa soledad, jamás podrá resolver el problema del dolor.

La misma palabra ‘dolor’, etimológicamente significa ‘pasión’. La mayoría de nosotros carece de pasión. Podemos tener lujuria, podemos tener ambición, el deseo de volvernos ricos; y entregamos nuestras energías a todo eso. Pero eso no produce la pasión. Solamente con el cese del dolor hay pasión. Esa pasión es la energía total no limitada por el pensamiento. En consecuencia, es importante comprender la naturaleza del sufrimiento y el cese del sufrimiento. El cese implica retener ese dolor, mirarlo. Es algo maravilloso saber retener el dolor y mirarlo, permanecer con él, vivir con él, no volverse amargo, cínico, sino ver la naturaleza del dolor. En ese dolor hay belleza, hay profundidad.

También tenemos que considerar juntos qué es el amor. ¿Qué significa esa palabra para ustedes? Si en una recepción social les preguntaran qué significado le asignan a esa palabra, ¿qué responderían? ¿Qué entienden ustedes por amor? Amo el juego del golf, amo la lectura, amo a mi esposa, amo a Dios. ¿Es amor eso? ¿Aman ustedes a sus esposas, aman a sus maridos? ¿Aman al amigo? Estamos investigando qué es el amor. Es muy importante que esto se investigue, porque sin amor la vida está vacía. Uno puede poseer todas las riquezas de la tierra, puede ser un gran banquero, un gran científico, un matemático, un gran técnico capaz de desarrollar una extraordinaria tecnología, pero sin amor está uno perdido, es una cáscara vacía. Juntos vamos a averiguar, no qué es el amor, sino qué no es el amor. Es decir, a través de la negación, se llega a lo positivo. ¿Son amor los celos, los celos en los que hay apego, ansiedad? Los celos contienen odio. ¿Es amor eso? Uno está apegado a su familia, está apegado a una persona, a una idea, a un concepto o a una conclusión. ¿Cuáles son las implicaciones de nuestro apego? Supongamos que estoy casado, que estoy apegado a mi esposa. ¿Qué significa eso? Donde hay apego, hay temor. Donde hay apego, hay afán de poseer. Cuando hay apego a un ideal, a un concepto, a una creencia o a una persona, con todas las consecuencias de celos, ansiedad, odio y sospechas, ciertamente que eso no es amor. Para comprender la naturaleza del amor, ¿es posible estar totalmente libres del apego? Por favor, formúlense esta pregunta a sí mismos.

Todos ustedes están apegados a una cosa u otra. Si se me permite sugerirlo con el mayor respeto, dénse cuenta de las consecuencias de ese apego. Si uno está apegado a un ideal, siempre se halla a la defensiva o al ataque. Si llega a una conclusión, el aferrarse a esa conclusión es poner fin a toda investigación ulterior. Donde hay apego, tiene que haber dolor. Estoy apegado a mi esposa y ella puede fugarse, puede mirar a otro hombre, o puede morir. En el apego siempre hay miedo, ansiedad, recelo, vigilancia. Por cierto que eso no es amor. ¿Puede uno, entonces, estar completamente libre de todo apego? Eso depende de ustedes, pero cuando están apegados no hay amor. Porque en ese apego hay miedo. El miedo no es amor. Y el hombre ambicioso que anhela trepar la escala del éxito, carece de amor porque sólo se interesa en sí mismo, en sus logros, que consisten en acumular poder, posición, prestigio. ¿Cómo puede un hombre así amar a alguien? Puede tener una familia, hijos, pero en ese hombre no hay amor. Cuando ustedes dicen: “Amo a Dios como el principio supremo”, ¿es eso amor? Ese dios es inventado por el hombre. Estoy seguro de que esto no les gusta. Pero ustedes están apegados al concepto ‘Dios existe’. Entonces preguntan quién es el creador de toda esta desdicha. Dios no ha creado todo esto, ¿verdad? Si lo ha hecho, debe ser un dios muy singular, debe ser un dios sádico. Todos los dioses del mundo son inventados por el pensamiento, y para descubrir qué es el amor, tiene que haber un cese para el dolor, un cese para el apego, para todo aquello con que estamos internamente comprometidos.

Donde está el yo, el sí mismo, el ego, no está el amor. Ustedes escuchan todo esto, y saldrán de aquí con el mismo apego, con las mismas convicciones, y nunca investigarán más allá, porque cuanto más investigan acerca de todo esto, más peligrosa se vuelve la vida. Puede que tengan que renunciar a un montón de cosas naturalmente, fácilmente ‑no como un sacrificio personal. Tenemos que comprender la naturaleza del apego y liberarnos de él. Tenemos que darnos cuenta de que, cuando vemos la realidad de algo, estamos completamente solos ‑puede que percibamos eso y que eso nos atemorice. Puede que veamos internamente la verdad acerca de la naturaleza del apego, pero como no queremos reñir con nuestra esposa o nuestro marido, lo aceptamos. Y así, poco a poco, nos volvemos hipócritas.

También debemos discutir la naturaleza de la inteligencia. La compasión tiene su propia inteligencia, el amor tiene su propia inteligencia. Vamos a investigar qué es la inteligencia. Ciertamente, ésta no puede comprarse en los libros. El conocimiento no es inteligencia. Donde hay amor, donde hay compasión, ésta tiene la belleza de su propia inteligencia. La compasión no puede existir si uno es hindú, católico, protestante, budista o marxista. El amor no es el producto del pensamiento. En la comprensión de la naturaleza del amor, de la compasión, que implica negar todo aquello que no lo es, ver lo falso como falso, y percibir la verdad en lo falso, está el comienzo de la inteligencia. Está en ver la naturaleza del desorden y ponerle fin, en no continuar con el desorden día tras día, sino en acabar con él. En el cese del desorden está la percepción instantánea, que es inteligencia.

Estamos investigando qué es la inteligencia. El ingenio no es inteligencia. Poseer una gran cantidad de conocimientos acerca de diversas materias ‑matemática, historia, ciencia, poesía, pintura- no es la actividad de la inteligencia. El investigador de la estructura atómica puede tener una extraordinaria capacidad de concentración, de imaginación, de indagación; una gran capacidad para cuestionar, para formular hipótesis tras hipótesis, teoría tras teoría, pero todo eso no es inteligencia. La inteligencia es la acción de la totalidad de la vida, y esa inteligencia no es de ustedes ni mía. No pertenece a ningún país, a ningún pueblo; tal como el amor no es el amor cristiano, o el amor hindú, etc. Así que, por favor, investiguen todo esto porque nuestra vida depende de todo esto. Somos personas infelices, desdichadas, siempre afanándonos, siempre en conflicto. Hemos aceptado esto como nuestro estilo de vida. Pero al investigar todo esto, hay un despertar de esa inteligencia, y cuando esa inteligencia opera, cuando actúa, sólo existe la acción correcta.

Calcuta,

27 de noviembre de 1982

EL SIGNIFICADO DEL VIVIR COTIDIANO

Hemos estado hablando de muchas cosas, de muchos problemas humanos, y esta tarde debemos considerar algunas cosas más. Ustedes y quien les habla tienen que reflexionar juntos ‑no concordar ni discrepar ni rechazar. El pensamiento ha sido el responsable de todas las desdichas de los seres humanos, a pesar de que ha creado las cosas más extraordinarias en el mundo de la tecnología. Al parecer, es sumamente perentorio e imprescindible que reflexionemos juntos, que cooperemos juntos, que descubramos por nosotros mismos, porque no podemos confiar más en ningún líder, en ningún político, en ningún gurú. Somos absoluta y totalmente responsables por nosotros mismos. Como la crisis es muy grande, debemos ser capaces de pensar juntos, y aparentemente, ésa es una de las cosas más difíciles de hacer; cada uno de nosotros tiene tantas opiniones, tantas conclusiones, que ello es un obstáculo para nuestra comunicación. Pensar juntos implica descartar todos nuestros prejuicios, predilecciones, opiniones y las diversas formas de conclusión que realmente nos impiden comunicarnos unos con otros. Podríamos desechar todo eso y así descubrir por nosotros mismos la verdad, la realidad de la vida; podríamos examinarla sin prejuicio alguno, no como comunistas, marxistas, socialistas, o como integrantes de alguna secta, religión o nacionalidad, sino que juntos podríamos mirar nuestras vidas con la mayor atención. Nadie va a transformar nuestras vidasí ni el medio, ni la autoridad, ni libro alguno. Juntos tenemos que observarnos a nosotros mismos tal como somos, y explorar a gran profundidad el significado de la existencia, el sentido de nuestras vidas, la significación de nuestras actividades.

Consideremos juntos toda nuestra vida tal como es ahora: ir a la oficina día tras día por los próximos 40 o 50 años y finalmente morir ‑la fealdad y brutalidad de todo ello. Debemos ser capaces de mirar esta existencia que constituye la vida de cada uno de nosotros; observarla, no dirigirla, no preguntarnos cuál es su propósito o qué deberíamos hacer al respecto, sino primeramente conocernos, comprendernos a nosotros mismos, comprender lo que somos realmente, por qué hacemos ciertas cosas, por qué pertenecemos a esto o a aquello. Es importante que observemos nuestra vida. Si la observan ustedes con mucha atención, verán que la vida que llevan está fragmentada, dividida. Sea uno hombre de negocios, médico, cirujano o lo que fuere, en su propia vida personal, por intima que pueda ser, existe siempre esta división entre uno mismo y el otro. Siempre existe esta fragmentación, esta lucha, este dolor. Por supuesto, hay también alguna clase de regocijo, de placer, pero eso es sólo una parte de la existencia. Nuestra vida, tal como es ahora, está dividida, fragmentada, y esta fragmentación ocurre porque nuestro pensar es también fragmentario.

Nuestro pensar es el resultado del conocimiento, y el conocimiento es siempre fragmentario. El conocimiento marcha siempre mano a mano con la ignorancia. No hay un conocimiento completo acerca de nada. Uno puede ser científico, ingeniero, psicólogo, etc., pero su pensar, que nace de su conocimiento, es siempre limitado, restringido, y lo que es limitado debe inevitablemente crear fragmentación cuando actúa. El pensamiento mismo es la causa de todas las divisiones, de todas las fragmentaciones. A menos que uno comprenda la naturaleza y estructura del pensamiento, no puede ir muy lejos; y para llegar muy lejos uno tiene que empezar muy cerca ‑y ese muy cerca es uno mismo, la manera en que uno piensa, las cosas que piensa- y descubrir por sí mismo que el pensamiento es siempre limitado. El pensamiento puede inventar a Dios, lo inmensurable, lo innominable, lo invisible, lo supremo, pero eso sigue siendo el producto del pensamiento. De modo que el pensamiento es uno de los principales factores de nuestro conflicto, de nuestra desdicha, de nuestro dolor. A menos que uno comprenda esto básicamente, profundamente ‑no de manera intelectual, verbal, argumentativa o lógica- a menos que uno comprenda la naturaleza del pensar, no puede comenzar a descubrir por sí mismo un nuevo instrumento, un instrumento por completo diferente. Porque el único instrumento que tenemos ahora es el pensar, y el pensamiento ha creado problemas increíbles, los más complejos problemasí y el pensamiento trata de resolver esos problemas, creando así más problemas. Ustedes deben haber notado esto en lo político, en lo religioso, etcétera. Tenemos que encontrar juntos un nuevo instrumento, y eso es lo que vamos a hacer cuando hablemos acerca de la muerte, de la religión, de la meditación. Y para comprender, para descubrir, para dar con algo que no sea hecho por el hombre, ese algo debe estar más allá del tiempo, más allá de toda medida.

Es mucho más importante comprender lo que sucede antes de la muerte, que lo que sucede después de la muerte. Siempre estamos inquiriendo acerca de lo que sucede después de la muerte, pero nunca investigamos qué ocurre antes de la muerte; no en el último día o en el último minuto, sino la manera en que vivimos por treinta, cuarenta, cincuenta años o más. El tiempo es muerte. Está el tiempo interno, el tiempo psicológico, el tiempo que ha creado la idea del pensamiento; “Espero llegar a ser algo, espero llegar a ser rico, espero llegar a ser un santo o una persona especial”. Es el tiempo interno, el tiempo psicológico de la esperanza, del logro, de aquello que debe cambiar para ser una cosa diferente ‑todo eso involucra el tiempo, tanto física como psicológicamente. Hablamos del tiempo psicológico, un tiempo que está, como si dijéramos, bajo la piel ‑ese tiempo es muerte. Pensar en términos de tiempo es producir división, fragmentación, es dar al futuro mayor significación que al presente.

El tiempo es un movimiento inventado por el pensar. El tiempo psicológico lo ha inventado el pensamiento, y el pensamiento mismo es producto del tiempo. Es producto del tiempo porque el hombre ha adquirido el conocimiento a través de una larga evolución; la evolución implica tiempo, y cuando pensamos en términos de tiempo, dividimos la vida, la fragmentamos ‑yo soy hindú, él es budista, yo soy musulmán, él es cristiano, y así sucesivamente. Esta fragmentación es el resultado del pensamiento, que en sí mismo es limitado. Y el pensamiento inventa el tiempo psicológico. Cuando uno dice: “Yo soy, yo seré ‑soy esto pero un día seré diferente”, esa brecha entre lo que uno es y lo que uno debería ser o desea ser, esa brecha es tiempo. Cuando el tiempo existe en nosotros, tiene que haber fragmentación. La vida es estar vivo ahora, y en esa vida nosotros hemos separado la muerte del vivir.

Jamás investigamos profundamente qué ocurre mucho antes de la muerte, qué le ocurre a nuestra vida. Hay pocas personas que se preguntan eso. Sólo se interesan en lo que sucede después de la muerte ‑si viviremos, si nos encontraremos con nuestro hermano y todas esas cosas- pero no les interesa el largo periodo de treinta, cuarenta, cincuenta años, que es mucho más importante que lo que sucede después. Vamos, pues, a examinar, a observar qué es nuestra vida. Porque, si eso no lo comprendemos profundamente, cuando nos enfrentamos a la muerte estamos aterrorizados, completamente ciegos para todo. Debemos investigar nuestra vida, la que vivimos diariamente, y ver si tiene algún valor, alguna significación, profundidad, belleza. Quizás acudan ustedes a una oficina de nueve a cinco por el resto de sus vidas. ¿Alguna vez han pensado en la tragedia que es esto? ¿Y para qué trabajan ustedes? Dirán: “Mi responsabilidad, el deber para con mi familia, tengo que ganar dinero, por eso voy a la oficina de nueve a cinco y lo seguiré haciendo por los próximos 60 años”. Después uno se retira y muere. Ese es uno de los factores de nuestra existencia cotidiana. Allí, en la oficina o en la fábrica, uno lucha, compite, desea llegar a gerente, el oficinista anhela convertirse en un ejecutivo, vuelve cansado, aislado en sí mismo, hastiado. ¿A qué llaman ustedes hogar? ¿Sólo el techo y media docena de habitaciones (o una sola habitación)? ¿Qué es un hogar? ¿Han reflexionado alguna vez sobre todo esto? ¿Qué significado tiene para ustedes esa palabra ‘hogar’? ¿Es solamente el lugar donde habitan, donde comen, donde tienen sexo, hijos, reyertas, disputas, discusiones, intimidaciones mutuas? ¿O se apartan de todo eso para convertirse en monjes, en sanyasis? Uno no puede apartarse de la vida; puede ponerse diferentes vestiduras, pero la vida está donde uno se encuentra, está en lo que uno es, y durante estos 40 o 50 años, lo que hay es una constante lucha, un conflicto perpetuo, dolor, pequeñas alegrías, la persecución del placer y el inevitable enfrentarse a la muerte. Esa es nuestra vida expresada en pocas palabras. Ustedes no pueden negarlo, es así. Actualmente ésta es la vida de todo ser humano en la tierra, sea que viva en una sociedad opulenta o bajo una dictadura o en un estado totalitario, sea marxista, leninista o democrático. Esta es la vida del ser humano ‑dolor, lucha, conflicto, y el trabajar de la mañana a la noche. ¿Saben ustedes qué le ocurre a un ser humano así, qué le ocurre a su capacidad de pensar? Este es el estado, la conciencia de todos los seres humanos.

Uno es realmente el resto de la humanidad. Esta no es una conclusión lógica, es un hecho. Tenemos que comprender este hecho: de lo contrario, cuando más adelante hablemos acerca de la muerte, no entenderemos su significación, que es la de nuestra conciencia con su contenido. El contenido es la creencia, el dogma, el nombre, la forma, el dolor, la ansiedad, la soledad, el desaliento, el deseo; somos todo eso. Eso es realmente cada uno de nosotros. Esta conciencia es la conciencia de todos los seres humanos. Si uno siente la profundidad de ello, su extraordinaria belleza, su fuerza ‑que cada uno de nosotros es el resto de la humanidad, que ese es un hecho- si uno siente eso en su sangre, en su corazón, en su mente, entonces ya no es más un individuo. Yo sé que para ustedes es difícil tragarse esto o siquiera pensar en ello, porque están condicionados para ser individuos ‑pero no lo son. Uno puede ser alto, puede ser bajo, inteligente, etcétera, pero en lo interno es igual al resto de la humanidad.

Si uno es el resto de la humanidad, uno es la humanidad. Entonces, ¿cuál es su responsabilidad hacia el hombre? ¿Cuál es su responsabilidad hacia lo que está sucediendo en el mundo? Es posible que ustedes jamás se hayan formulado esta pregunta. Dicen: “Mi responsabilidad es hacia mi familia, hacia mi país”. Pero la idea de ‘mi país’ es sólo otra invención del pensamiento. Cuando uno se pregunta cuál es su responsabilidad hacia el resto de la humanidad, tiene que descubrir por sí mismo cuál es esa responsabilidad, cuál es la acción correcta. No puede escapar de ello. Puede limitarse a ciertas responsabilidades inmediatas, pero cada uno de nosotros como ser humano que es el resto de la humanidad, también es responsable por la humanidad. Por lo tanto, su conciencia particular no es su conciencia. Esa conciencia la comparten todos los seres humanos que viven en esta tierra. Ellos pasan por toda clase de desdichas, por toda clase de sufrimientos ‑dolor, ansiedad, desesperación, y el sentimiento de absoluta soledad. Si uno tiene cabal conciencia de lo que ocurre en el mundo, entonces tendrá que preguntarse cuál es su responsabilidad, cuál es su acción.

Ahora bien; ustedes piensan que son individuos, piensan que están separados del resto de la humanidad, y entonces preguntan: “¿Qué me sucede después de la muerte? ¿No encarno?” Examinemos eso muy atentamente. ¿Qué son ustedes? Cuando dicen: “Quiero nacer en la próxima vida, creo en la reencarnación, etcétera”, qué es eso que va a reencarnar? ¿Qué es uno? Examinémoslo juntos desapasionadamente. Uno es el nombre, la forma, el cuerpo; uno es lo que piensa, es el resultado de su educación ‑si es que ha tenido alguna. ¡Y la educación es tan corrupta! Sólo nos condiciona para que nos convirtamos en un ingeniero, un oficinista, esto o aquello. No se nos educa para comprender la belleza, la totalidad de la vida. Nos dan muchísimos conocimientos para que podamos actuar en el mundo, con destreza o sin ella. Eso no es educación. Es sólo una parte muy pequeña de la educación. La educación es el cultivo del ser humano total, el desarrollo, el florecimiento de una mente humana, no la mutilación de la mente por medio de la especialización. ¿Qué es uno, entonces? ¿Es una serie de palabras, una serie de ideas, una memoria repetitiva, una continuidad de convicciones? Eso es todo. Es así. Esta es una estructura verbal. Pero ustedes dirán que eso no es todo, que hay algo mucho más profundo. Cuando dicen que hay algo mucho más profundo, Dios, o el atman o como gusten llamarlo ‑el alma, como lo llaman los cristianos, y ustedes lo llaman con otro nombre- cuando dicen, “Yo soy todo eso, soy mucho más, en mi hay un fragmento de la luz”; cuando dicen que hay algo más que los meros atributos físicos, más que las meras conclusiones, conceptos, creencias y palabras, que hay algo más allá; cuando sostienen que son más que eso, ello también es la invención del pensamiento. Obviamente. Ustedes son un producto del pensamiento. Uno se llama a sí mismo hindú, otro se llama musulmán, y así sucesivamente. Toda esa división es el resultado del pensamiento. De hecho, son ustedes una serie de recuerdos, una serie de reacciones y respuestas que se basan en sus conocimientos, en sus experiencias, en la cualidad de sus mentes. Eso es lo que son, lo cual, en esencia, es muerte. Están viviendo en el pasado, y el pasado es muerte. Todo conocimiento está en el pasado y, por lo tanto, cuando ustedes viven con el conocimiento que es el pasado, y como ese pasado ya no existe, ¿qué son ustedes? Mírense a sí mismos, como si se miraran en un espejo. Eso es lo que son. Y dicen: “Si muero, encarno en otra persona”, lo cual implica trasladar la misma cosa a la próxima vida, entonces lo que hacen ahora importa más, porque en la próxima vida pagarán por ello. Esta es la convicción de ustedes. Es por eso que este país, que cree en tantas cosas, que tiene tantos credos, tantas supersticiones, cree en la reencarnación. Es por eso que aquí hay un lento morir.

Nos preguntamos, entonces: ¿Qué es la muerte? Por favor, formúlense esta pregunta: ¿Somos solamente el vasto depósito de la memoria, un depósito de palabras, imágenes, símbolos? ¿No es nuestra conciencia la conciencia del resto de la humanidad, y uno no es entonces un individuo? ¿Y lo que uno piensa, o lo que otra persona piensa ‑nuestro pensar- no es individual y solamente existe el pensar? Cuando uno se da cuenta de que no es un individuo ‑aunque pueda tener una forma diferente, una diferente configuración de la cabeza, un empleo diferente, etc.- sino que internamente es como el resto de la humanidad, ¿qué significado tiene entonces la muerte? Vean, señores; supongamos que soy todo eso: el nombre, el pensamiento, la educación, las respuestas físicas, las reacciones psicológicas, todos los recuerdos raciales que he heredado y los recuerdos personales ‑todo lo cual está en el pasado- si soy todo eso, y los demás seres humanos son eso, si toda la conciencia humana es eso, ¿qué significa, entonces, morir? Formúlense esta pregunta, señores. Ahora estamos viviendo, estamos repetidamente, mecánicamente activos, como lo está la mayoría de la gente; tenemos vida, tenemos sensaciones, sentimientos, reacciones, y cuando llega la muerte, todo eso es aniquilado. Eso es lo que llamamos muerte, que es el fin de todas las cosas que hemos guardado, nuestros placeres, nuestra casa, nuestra cuenta bancaria, nuestra esposa, nuestros hijos. Eso es la muerte -el fin de uno y de sus apegos. Pero ustedes quieren llevarse eso a la próxima vida, lo cual es meramente una idea, una visión, la satisfacción de un deseo. Por favor, escuchen: Mientras están vivos, ¿pueden terminar con el apego? Porque cuando mueren, todos los apegos llegan a su fin. Pero, ¿pueden ustedes invitar a ese fin del apego? ¿Comprenden esto? Ese es el final. El final es la muerte. Por lo tanto, ¿pueden mientras viven, mientras están vigorosos, activos, poner fin a sus apegos, pueden terminar voluntariamente, fácilmente, tranquilamente, con un hábito particular? Porque entonces, cuando existe un final, hay un comienzo por completo diferente. Cuando uno termina con algo como el apego, tiene lugar una acción distinta: encarnar en el presente, ahora. Eso es creatividad. Depende de ustedes que quieran hacer todo esto.

Debemos considerar juntos qué es la religión, qué es una vida religiosa, qué es una mente religiosa. Vamos a investigar, ustedes y quien les habla, qué es una vida religiosa, qué es la meditación, y si existe algo que jamás haya sido tocado por el pensamiento. A las religiones que actualmente existen en el mundo, ¿las consideran ustedes religiosas? Ustedes son hindúes, creen, la religión que tienen dice esto y aquello, adoran un ídolo; el musulmán no hace eso, pero tiene su propia forma de adoración. El cristiano tiene su símbolo ‑los rituales, los dogmas, las creencias, las supersticiones, todo eso. A la estructura jerárquica de una sociedad religiosa la llaman ustedes ‘religión’. La creencia que tienen es Dios. A menos que creamos en Dios o en algún principio supremo, se considera que no somos religiosos. Nos decimos a nosotros mismos: “Tiene que haber algo más, algo que protege, que consuela, que crea”. El pensamiento elabora la idea basándose en los libros, en la tradición, por haber sido programado para creer en Dios. ¿Están de acuerdo? ¡Por supuesto que no! Pero eso no es religión: las creencias de ustedes, los cultos, el acudir al templo, a la mezquita, a la iglesia, el repetir ciertas frases totalmente divorciadas de la vida cotidiana. Comprender la vida cotidiana, producir una transformación radical en esa vida, tener un cerebro que no sea supersticioso, implica enfrentarse realmente a los hechos, enfrentarse a lo que uno es e ir más allá de ‘lo que es’. Ese es el principio de una mente religiosa.

Religión es comprender el significado total del diario vivir, que es comprender la relación de uno con el otro, amar, tener esa cualidad del amor, tener ese perfume, esa belleza, esa llama. Esa es la mente religiosa. Vivir una vida exenta de conflicto, una vida que tiene el sentimiento de la compasión, con su amor, con su inteligencia ‑esa es una vida religiosa. La compasión es inteligencia. Esa es la vida religiosa. Pero eso no basta. Tenemos que comprender cosas mucho más profundas, o sea, comprender qué es la meditación.

¿Qué es la meditación? ¿Es sentarse en cierta postura, cerrar los ojos, repetir alguna frase, algún mantra? La palabra mantra significa, en sánscrito, meditar sobre, considerar, no devenir. Cuando uno no está deviniendo, ¿qué es uno? Esa palabra mantra también significa resolver y eliminar la actividad egocéntrica. Ese es el real significado de la palabra mantra. Ahora miren lo que ustedes han hecho con ella: repiten algunas palabras y a eso lo llaman mantra. Como dijimos, la vida religiosa implica el no devenir, el no llegar a ser algo internamente; pero tenemos que ir mucho más a fondo que eso. La meditación es el cese de toda medida. Investigaré eso ‑qué es la meditación, no cómo meditar. Cuando ustedes plantean el ‘cómo’, cuando usan esa palabra ‘cómo’, ello quiere decir: “Déme un sistema, por favor, dígame lo que debo hacer, muéstreme el sendero”. Si uno puede erradicar por completo de su mente esa palabra ‘cómo’ y después mirar, ¿qué es, entonces, la meditación? Los sistemas, métodos, las prácticas, ciertas formas de disciplina, el respirar correctamente, profundamente, etc., etc., todo eso no es meditación. Es un trueque, una plaza de mercado donde el gurú les vende algo y ustedes lo practican.

Vamos a ver qué es la meditación. La meditación no es la práctica de sistema alguno. Porque cuando uno practica un sistema, su cerebro se atrofia, se embota. Pierde vida, actividad. Si la meditación nos interesa real y profundamente, entonces no hay sistema ni método. Practicar todos los días sentándose quietamente por media hora, no es meditar. ¿Pueden negar todo eso inteligentemente, negarlo porque ven lo absurdo de practicar un método y cómo éste genera una rutina? Mientras que en la meditación tiene que haber libertad ‑libertad con respecto al temor, a la envidia, a la codicia, al dolor y a todas las ofensas y heridas psicológicas que uno ha recibido desde la infancia. Uno debe estar libre de todo eso.

Por lo tanto, hemos de investigar primero qué significa darse cuenta de algo. Implica tres cosas: qué significa percibir, qué significa concentrarse y qué significa estar atento. Porque la meditación entraña todo esto ‑percibir, ser conscientes del medio que nos rodea, darnos cuenta de cómo hablamos, cómo caminamos, cómo comemos y qué comemos; darnos cuenta del modo en que le hablamos a otro, del modo en que le tratamos, Implica, mientras está uno sentado aquí, percibir al vecino, el color de su abrigo, la manera en que mira. Sin espíritu critico ‑sólo percibir, darse cuenta. Ello le da a uno una gran sensibilidad, empatía, de tal modo que el cuerpo se vuelve sensible, sutil, lúcidamente perceptivo a todo lo que ocurre alrededor de uno. Eso es percibir ‑darnos cuenta sin preferencia alguna, ver dónde estamos, mirar sin la más mínima opción todo lo que nos rodea, mirar así a quien les habla ‑simplemente mirar.

Consideremos ahora la concentración. Cuando ustedes se concentran, ¿qué ocurre? Controlan todos los pensamientos excepto uno; eso es concentrarse en algo, concentrarse en un libro, concentrarse en lo que uno está haciendo, lo cual implica cerrarse a todo otro pensamiento excepto a un pensamiento, implica centrar todo el pensamiento en un punto particular ‑eso es lo que generalmente significa la concentración. Es decir, que mientras uno está tratando de concentrarse, todos los otros pensamientos vagan de aquí para allá, empujan, entran y salen. De esa manera construimos una resistencia a todo otro pensamiento que no sea un pensamiento, una idea particular. Véanlo. Eso es lo que generalmente se llama concentración.

Después, está la atención. ¿Alguna vez han prestado ustedes atención a algo, le han dedicado toda la energía, han escuchado totalmente a otro, le han prestado atención completa? No como un soldado a quien se le ejercita para atender. Pero si uno comprende la naturaleza del percibir, del concentrarse, ¿qué es, entonces, la atención? Si ahora están prestando atención completa a lo que se dice, en esa atención no existe un centro como el ‘yo’. ¿Están atendiendo de ese modo a lo que se dice? O sea, ¿ponen en ello toda la energía, escuchan vibrantemente, activamente? Si lo hacen así, descubrirán que no hay un centro como el ‘yo’ que esté atendiendo. Entonces, cuando uno está tan profundamente atento, el cerebro se aquieta naturalmente. No hay parloteo, no hay control. ¿Quién es el controlador para controlar el pensamiento? El controlador es otra parte del pensamiento, ¿no es así? Una parte del pensamiento dice: “Yo soy el testigo, voy a controlar mi pensamiento”. El controlador es lo controlado. En la meditación no hay un controlador, no hay acción de la voluntad, que es deseo. Entonces el cerebro, el movimiento total del cerebro ‑aparte de su ansiedad propia que tiene su propio ritmo- se aquieta completamente, queda en completo silencio. No es el silencio cultivado por el pensamiento. Es el silencio de la inteligencia, el silencio de la suprema inteligencia. En ese silencio adviene lo que jamás ha sido tocado por el pensamiento, por el empeño, por el esfuerzo. Ese es el camino de la inteligencia, que es el camino de la compasión. Entonces aquello que es sagrado, es eterno. Eso es la meditación. Una vida así es una vida religiosa. En ello hay una gran belleza.

Calcuta.

28 de noviembre de 1982

LA NATURALEZA Y EL CONTENIDO DEL PENSAMIENTO

Vamos a considerar juntos una gran cantidad de cosas que se relacionan con nuestra vida cotidiana. Esta no es una conferencia tal como se la entiende comúnmente, sino una conversación entre dos amigos que se interesan no sólo en lo que sucede en el mundo externo, ambiental, sino en lo que le está sucediendo al ser humano. ¿Qué le está sucediendo a nuestro cerebro, a nuestra conducta? ¿Por qué los seres humanos, que hemos vivido en esta tierra tal vez por un millón de años o más, hemos degenerado de ese modo y carecemos por completo de vigor interno, de integridad?

No estamos escuchando meramente una serie de ideas o ciertas conclusiones o algunos nuevos principios y valores, sino que, juntos ustedes y quien les habla, vamos a examinar muy de cerca, con cierta vacilación, con sumo cuidado, lo que está ocurriendo en el mundo exterior y lo que nos ocurre en nuestra propia vida cotidiana, en nuestra vida interna. Por lo tanto, estamos considerando juntos todo esto. Si se aferran ustedes a sus propias opiniones, por sutiles u obstinadas que puedan ser, entonces va a resultar imposible que tengamos una conversación o nos comuniquemos uno con otro. Esto debe comprenderse claramente desde el comienzo mismo de estas pláticas ‑que ustedes y quien les habla vamos a examinar estas cosas, no desde algún punto de vista religioso, ni como comunistas, socialistas, marxistas, conservadores, o como pertenecientes a la izquierda o a la derecha o a alguna nación en particular, sino que vamos a examinarlo todo en libertad. Para examinar, uno debe tener una mente libre, no una mente llena de opiniones, no una mente tradicional; no debe uno pertenecer a ninguna secta, a ninguna orden, institución o grupo religioso. Están las amenazas de la guerra, de la guerra nuclear o convencional; está la decadencia de todas las religiones; no hay actividad moral. Casi todos nosotros vivimos superficialmente, intelectualmente; jamás examinamos, jamás cuestionamos, jamás dudamos ‑todo eso está ocurriendo en el mundo. Y para examinar, inquirir, observar, se requieren una mente y un corazón muy claros, un cerebro que no esté apegado a ninguna tradición. El cerebro se ha desarrollado a través de milenios, y ya viene condicionado. Si no nos damos cuenta de las actividades de nuestras propias respuestas sensorias, se vuelve casi imposible examinar y observar lo que está sucediendo en el mundo.

Conversemos ustedes y yo como dos seres humanos, como amigos, sin imponernos el uno al otro ninguna idea, ninguna conclusión dogmática o argumentativa; conversemos como dos amigos que se han conocido por algún tiempo y que, sentados bajo un árbol hermoso, en un clima fresco, miran el mundo. ¿Qué es el mundo? ¿Qué es lo que está sucediendo ahí afuera? ¿Quién ha creado eso? ¿Por qué el hombre ha llegado a ser lo que es, irreflexivo, descuidado, indiferente, brutal, violento, carente por completo de amor? ¿Por qué nos hemos convertido en algo como esto? Podríamos culpar a nuestra herencia, al medio que nos rodea, a nuestra cultura o a la sociedad. Pero, ¿quién ha creado esta sociedad? Cada uno de nosotros, la generación pasada y la generación presente están contribuyendo a ello. Nosotros hemos creado este mundo, y no podemos escapar de ese hecho. Cada uno de nosotros ha contribuido a ese caos, a la confusión, al desorden, a la anarquía que impera en el mundo.

El pensamiento ha dividido el mundo en nacionalidades, y las nacionalidades son una de las causas de la guerra. La nacionalidad, inventada por el pensamiento en su búsqueda de seguridad, ha dividido el mundo en británico, francés, musulmán, pakistaní, ruso y así sucesivamente. El pensamiento ha creado la guerra mediante esta división, y crea los preparativos de guerra para matar a otros seres humanos. El pensamiento ha sido el responsable de esto. En su búsqueda de estar a salvo, de encontrar en una u otra parte un sentimiento de seguridad, comienza con la familia, con la comunidad, después con un grupo más grande y un grupo más vasto aún, esperando con eso hallar alguna clase de amparo, protección, seguridad. Empieza con un grupo pequeño y termina en las nacionalidades, en grupos ‑como los hindúes y los musulmanes, los chinos y los rusos, los americanos y los ingleses y los franceses, etc., etc. El pensamiento ha sido el responsable de la división en religiones ‑la cristiana, la budista, la hindú, la musulmana, etcétera. El pensamiento ha creado las maravillosas catedrales, las grandes mezquitas y los hermosos templos. El pensamiento ha puesto en estos templos, mezquitas e iglesias, las cosas que él mismo ha inventado: los rituales, los dogmas, todas las ceremonias, etc. El pensamiento también ha sido responsable por el extraordinario desarrollo de la tecnología. Muy pocos de nosotros conocemos realmente lo que está sucediendo en el mundo tecnológico; las cosas terribles que ahí se están haciendo biológicamente, la invención de los grandes instrumentos de destrucción del hombre ‑este es el vasto e ilimitado movimiento de la tecnología. Y también es el pensamiento el que ha organizado los asesinatos masivos en nombre de la paz, en nombre del país, en nombre de Dios. Por lo tanto, hay un gran conflicto en marcha, del cual es responsable el pensamiento.

El pensamiento ha producido grandes beneficios higiénicos, ha creado las comunicaciones, los transportes rápidos y todas esas cosas. El cerebro tiene una capacidad infinita, y esa capacidad, esa energía del pensamiento ha creado este mundo de la tecnología con todos los problemas que involucra ‑problemas sociales y ambientales. Y el pensamiento también ha producido estragos en nuestra vida diaria, en nuestras relaciones mutuas, en la relación de hombre y mujer. Sostenemos que el pensamiento es responsable de todas las desdichas que ha originado en el mundo. El pensamiento también ha hecho grandes cosas para la humanidad. Por favor, no rechacen ni acepten lo que dice quien les habla. Él está exponiendo esto ante ustedes para que lo examinen, lo cuestionen, lo pongan en duda; no para que lo acepten o para que estén de acuerdo con ello.

Debemos, pues, examinar juntos cuál es el origen del pensamiento, por qué el pensamiento ha creado tal desastre en el mundo; debemos averiguar si el pensamiento puede jamás tener por compañero al amor, o si el amor es por completo diferente de las actividades del pensamiento. ¿Es posible examinar esto sin sentido alguno de autoridad, sin el sentimiento de pertenecer a algún grupo, y así ir más allá del caos y la confusión presentes? Por favor, escuchen, no concuerden con lo que se dice, escuchen para descubrir. Tenemos que ser tanto el maestro como el discípulo. El significado de esa palabra ‘discípulo’ es ‘el que aprende’. También tenemos que ser el maestro. El propio acto de aprender nos da la responsabilidad para enseñar. Por lo tanto, juntos vamos a aprender, no a aferrarnos a nuestras propias tradiciones, opiniones y conclusiones; juntos vamos a aprender mediante la investigación sobre la naturaleza del pensamiento y la naturaleza del cerebro ‑no el cerebro fisiológico, sino las actividades de un cerebro condicionado. Así que, en primer lugar, vamos a examinar juntos por qué el cerebro, que ha evolucionado por miles de años, que ha pasado por toda clase de acontecimientos, de accidentes, se ha vuelto tan limitado. En el mundo tecnológico no está limitado en absoluto; se mueve con rapidez extraordinaria. Por lo tanto, en un sentido, en el sentido de la tecnología, el cerebro tiene un alcance infinito ‑ha puesto al hombre en la luna, ha inventado cosas terribles para matar seres humanos. La tecnología le ha dado también al hombre un gran confort, higiene, comunicaciones, etc. Pero el cerebro es limitado porque no puede ir en ninguna otra dirección que ésa. Al presente, es incapaz de penetrar en lo interno; pero si puede ir en una dirección, la externa con tan extraordinario vigor, con una energía tan extraordinaria, entonces también podría moverse en la otra dirección, en el mundo de la psiquis, el mundo psicológico.

Vamos a investigar juntos todo el mundo psicológico; investigaremos por qué, después de todos estos miles de años, vivimos en conflicto unos con otros; por qué el hombre se ha vuelto tan desgraciado, infeliz, ansioso, inseguro, hipócrita, deshonesto, corrupto, y por qué pasa por tan enormes sufrimientos. Ese es nuestro mundo interno, el reino psicológico en el cual muy pocos han investigado a fondo, profundamente. Los psicólogos, los teóricos, los analistas, los psicoterapeutas, no han resuelto nuestros problemas humanos. Han escrito innumerables volúmenes al respecto, pero seguimos siendo lo que somos. ¿Cómo, pues, investiga uno algo que es uno mismo, que es su conciencia? Somos tanto lo inconsciente como lo consciente, todo el reino de nuestra actividad interna que dicta nuestra actividad externa. Si esa actividad interna no está en orden, entonces creamos una sociedad como la que hemos creado, que está totalmente en desorden. No pueden ustedes crear un orden externo, a menos que haya un orden interno. ¿Ha comprendido uno este hecho, que el caos externo ‑la guerra, la confusión, la brutalidad, la violencia, el odio- es el resultado de nuestra propia vida, de nuestro propio desorden, el resultado del conflicto que existe en nuestra propia conciencia? ¿Puede toda esta desdicha, esta confusión, este conflicto, esta ansiedad, terminar alguna vez? Esta cuestión de si es posible cambiar radicalmente el contenido de nuestra conciencia, es muchísimo más seria que la guerra nuclear o la guerra neutrónica o cualquier clase de guerra que pudiera haber. La crisis está ahí, no en el mundo, no en la guerra nuclear ni en la terrible división y crueldad que imperan. La crisis está en nuestra conciencia, la crisis es lo que somos, lo que hemos llegado a ser. A menos que nos enfrentemos a esta crisis, a este reto, vamos a perpetuar las guerras, la destrucción, y habrá caos externo.

Cuando exteriormente hay una gran perturbación, incertidumbre, inseguridad, el hombre se vuelve a la tradición, como lo está haciendo el mundo musulmán; ellos regresan al Corán, y en el mundo cristiano, en el hindú, hay tantos libros que ahí no pueden regresar a los libros, pero regresan a sus tradiciones. Hoy tenemos dioses tribales en cada rincón del país, y es porque el mundo se ha vuelto tan inseguro y peligroso. Y todos nosotros hacemos lo mismo: queremos pertenecer a algún grupo, a alguna secta, a algún dios local. ¿Cómo, entonces, ha de investigar uno el mundo psicológico, es decir, el mundo de la conciencia? El contenido de esa conciencia es lo que somos cada uno de nosotros. Esta no es una afirmación dogmática, no es una conclusión, sino un hecho. Lo que somos es el contenido de nuestra conciencia ‑nuestras creencias, opiniones, experiencias, ilusiones, supersticiones, nuestros dioses, nuestro temor, nuestro placer, nuestra soledad, y el dolor y la gran aflicción y el miedo a la muerte. Eso es lo que somos.

Podemos dividir ese contenido de nuestra conciencia en diversas partes, podemos inventar una superconciencia, pero ello sigue siendo el contenido de nuestra conciencia. Podemos meditar sentándonos con las piernas cruzadas y hacer todas esas cosas, pero ello forma parte de nuestra conciencia. Y el contenido de nuestra conciencia es un producto del pensamiento. Por favor, examinen esta situación. Decimos que el contenido de nuestra conciencia lo produce el pensamiento, el pensar; el pensar que uno es hindú, o cristiano, o marxista, o maoísta o lo que a ustedes les guste pensar. El pensamiento, que es limitado, ha dado origen a las limitaciones en la conciencia. Puede ensanchar la conciencia pensando que es capaz de expandirse y experimentar en la expansión, pero ello sigue siendo la actividad del pensamiento.

La pregunta es si nuestra conciencia, que es la actividad del cerebro ‑el cerebro con todas sus respuestas sensorias, el cerebro, que es el centro del pensamiento- si ese pensamiento no ha originado el temor, si el pensamiento, que también es un movimiento en el tiempo, no es el responsable de todo el contenido de nuestra conciencia. Decimos que el pensamiento es limitado porque es el producto del conocimiento. Es el resultado, el producto final de la experiencia, del conocimiento almacenado en el cerebro como memoria; la respuesta a cualquier reto es el pensar. Y el conocimiento es siempre limitado. Todo conocimiento en cualquier campo es limitado ‑en el campo biológico, en el sociológico, en el tecnológico, y en el mundo de las religiones con todos sus dioses; todos los dioses son inventados por el pensamiento. Examínenlo, por favor. El pensamiento ha inventado a todos los dioses de la tierra, y después el pensamiento adora eso que ha inventado; y a esto lo llaman ustedes religión. La raíz etimológica de la palabra ‘religión’ es muy difícil de determinar, no se ha establecido cuál es su significado original. El pensamiento es, entonces, limitado, y cualquiera sea su actividad, es siempre limitado; y al serlo, debe crear problemas inevitablemente ‑no sólo problemas en el campo tecnológico sino también problemas en la relación humana, que es mucho más difícil de comprender que el mundo tecnológico, porque nosotros, los seres humanos, estamos perpetuamente en conflicto unos con otros, discrepando, concordando, creyendo y no creyendo. Es una guerra perpetua entre los seres humanos. Y es creada por el pensamiento. Y habiendo creado los problemas, el pensamiento después trata de resolverlos y así aumenta los problemas, que es lo que está sucediendo actualmente.

Si uno ve eso, no intelectualmente, no como una idea o una conclusión sino como una realidad, como un hecho, entonces puede ver que el único instrumento que tenemos es el pensar. Por favor, comprendan la naturaleza y el contenido del pensamiento. El pensamiento es todas las respuestas sensorias, las imaginaciones, todos los símbolos sexuales, las imágenes sexuales, etc., y es el sentimiento de depresión, de regocijo, de ansiedad; todo esto es el producto del pensamiento limitado, porque el pensamiento es la consecuencia del conocimiento limitado. No hay conocimiento completo acerca de nada. Y ahora nos formulamos una pregunta por completo distinta, que es: ¿Existe un instrumento diferente? Si el pensar no es el instrumento para resolver los problemas humanos, ¿cuál es, entonces, el instrumento? El pensar es un instrumento gastado, romo. Puede ser hábil, puede dar solución a ciertos problemas, pero no a los problemas que el pensamiento ha creado en y entre los seres humanos. El instrumento del pensar que hemos utilizado para resolver los problemas de nuestra vida cotidiana, en la relación, ese instrumento está embotado, gastado; es insuficiente. A menos que encontremos un instrumento nuevo, no puede haber un cambio fundamental, radical de la psiquis humana. Por lo tanto, vamos a investigar juntos la naturaleza de ese instrumento, su cualidad, su estructura, su belleza. Pero antes de que podamos investigarlo, tiene que quedar absolutamente claro que el instrumento que ahora tenemos como el pensar, ha llegado a su límite. No puede resolver el problema de la relación humana, y en esa relación humana hay conflicto, y debido a ese conflicto hemos creado esta sociedad debido a nuestra codicia, a nuestra brutalidad, a nuestra violencia.

Tiene que estar absoluta e irrevocablemente claro, que el pensar no es el instrumento para resolver nuestros problemas humanos. Hemos ensayado todos los métodos para resolverlos, sometiéndonos a ciertos ideales, a algún gurú, a algún concepto, a alguna conclusión ‑todas estas cosas hemos hecho. Hemos seguido a toda clase de líderes ‑políticos, religiosos- a diversos charlatanes, a muchos gurús. Y seguimos siendo lo que somos, ligeramente modificados, un poquito más atentos, más amables, pero básicamente, milenios tras milenios, somos lo que hemos sido desde el principio de los tiempos. Y el instrumento que tenemos, que es el pensamiento, ya no puede resolver nuestros problemas. Esto es muy claro, y requiere una gran observación, cuestionamiento, duda, investigación; requiere no aceptar jamás la autoridad de las instituciones, la autoridad de aquellos que dicen, ‘Yo sé’. Una mente que investiga la naturaleza, la cualidad y estructura de un instrumento nuevo, debe estar enteramente libre de autoridad ‑no la autoridad del policía o la autoridad de los gobiernos.

Por lo tanto, una mente que investiga algo, necesita tener una gran sensibilidad y libertad; ello exige un cerebro estable, no un cerebro inconstante, desordenado. No sé si han advertido ustedes lo desordenadas que son nuestras mentes. Vamos de un gurú a otro, especialmente en este país. Toleramos cualquier cosa ‑la suciedad, la escualidez, la corrupción, la tradición que está muerta, y todas las construcciones de templos que se están extendiendo por el mundo y que carecen en absoluto de significación. Ustedes miran todo esto, lo observan; y una mente que inquiere debe ser extraordinariamente libre, debe tener una gran sensibilidad. No sé si se han dado cuenta de lo limitados que son nuestros sentidos. Los sentidos, o sea, el observar ópticamente, visualmente, el oír ‑oír a otro de manera tan completa que uno comprenda instantáneamente lo que se dice. Una mente así debe tener simpatía, empatía, el sentimiento de cooperación, de afecto, de amor. Aquí no tenemos eso. Pero ustedes ‘aman’ a Dios, les gusta acudir a un templo, cubrirse de cenizas, pertenecer a algún dios tribal ‑porque tienen miedo, y donde hay miedo, no hay libertad para investigar.

Estamos hablando, pues, de nuestra vida diaria, de nuestros conflictos, de nuestra soledad, de nuestra desesperación; y ninguna de esas cosas puede ser resuelta por el pensamiento. Entonces, ¿cuál es el instrumento que habrá de resolver nuestros problemas? No esperen que se lo diga quien les está hablando. Porque en ese caso, él se convierte en el gurú de ustedes, en el líder, y quien les habla no quiere ser para ustedes el gurú, la autoridad. Movámonos juntos, como dos seres humanos que se interesan en la humanidad, porque después de todo son ustedes el resto de la humanidad. El resto de la humanidad tiene también la misma conciencia que tiene cada uno de nosotros. Todos los seres humanos del mundo sufren, lloran, están ansiosos, se sienten inseguros, confusos, solitarios. La conciencia de cada uno de ustedes no es su conciencia, es como la del resto de la humanidad. Por lo tanto, son ustedes la humanidad. Esta no es una mera conclusión intelectual, lógica, analítica. Que uno no es un ser humano separado, que no es un individuo, es un hecho que debe sentirse, vivirse. Resulta una píldora difícil de tragar, porque todos pensamos que somos individuos separados con nuestros propios pequeños cerebros. Ese es nuestro condicionamiento: pensar que cada uno de nosotros está separado; pero no lo estamos. Somos el resultado de miles de años de humanidad ‑con su sufrimiento, su soledad, su desesperación, su excitación, su gozo, su sexo. Lo que ustedes piensan, lo piensan otros ‑el gran científico piensa, y así lo hace el aldeano sin educación, pobre y hambriento, que trabaja de la mañana a la noche. De modo que el pensar no es nuestro pensar individual. Sólo existe el pensar. Uno puede pensar de una manera, otro puede pensar de otra manera. Ello sigue siendo el pensar. Por tanto, la conciencia pensante es compartida por todos los seres humanos. Y cuando uno comprende realmente esa verdad fundamental, toda su actividad se transforma. A uno le concierne entonces toda la humanidad, o sea, su hijo, su vecino, su esposa o esposo, y el hombre que vive a muchas millas de distancia.

Madrás,

25 de diciembre de 1982

LA VIDA ES UN MOVIMIENTO EN LA RELACIÓN

Estamos sosteniendo una conversación, como dos amigos que han estado paseando por un sendero arbolado con abundancia de sombras y cantos de pájaros, y ahora se han sentado juntos y conversan sobre todo el problema de la existencia, que es muy complejo. No estamos convenciéndonos mutuamente acerca de ningún tema, no tratamos de persuadirnos ni de sobreponernos el uno al otro mediante argumentos o apegándonos dogmáticamente a las propias opiniones y prejuicios; más bien vamos a mirar juntos el mundo tal como es, y también miraremos el mundo que existe dentro de nosotros.

Muchos volúmenes se han escrito acerca del mundo exterior ‑el ambiente, la sociedad, la política, la economía, etc.‑ pero muy pocos han llegado al extremo de descubrir lo que realmente somos. Descubrir por qué los seres humanos se comportan del modo en que lo hacen ‑matándose unos a otros, constantemente angustiados, siguiendo una autoridad u otra, algún libro, alguna persona, algún ideal, y careciendo de una verdadera relación con sus amigos, sus esposas, esposos e hijos; por qué los seres humanos, después de tantos milenios, han llegado a ser tan vulgares, tan brutales, tan completamente faltos de afecto, de consideración, de atención hacia los demás, por qué niegan todo el proceso de lo que se considera que es el amor.

Exteriormente, el hombre ha vivido en medio de guerras por miles y miles de años. Ahora estamos tratando de detener la guerra nuclear, pero jamás detendremos las guerras. No ha habido en ninguna parte del mundo manifestaciones públicas para detener todas las guerrasí sólo se han hecho manifestaciones contra determinadas guerras, y estas guerras han continuado ‑la gente es explotada, oprimida, y los opresores se convierten en los oprimidos. Este es el ciclo de la existencia humana con su dolor, su soledad, su gran desaliento, su ansiedad creciente, su absoluta falta de seguridad. No tenemos una verdadera relación con la sociedad ni con nuestros seres más íntimos, una relación sin disputas, sin conflictos, sin riñas, sin opresión de unos por otros, etc., etc. Este es el mundo en que vivimos y al que estoy seguro conocen bien todos ustedes.

Como dijimos ayer, debemos mirar las actividades del pensamiento, porque vivimos a base de pensamiento. Todas nuestras acciones se basan en el pensamiento, todos nuestros esfuerzos deliberados tienen como base el pensamiento ‑nuestras meditaciones, nuestros cultos, nuestras plegarias. El pensamiento ha producido la división entre nacionalidades, que es el origen de las guerras, la división en religiones, como la judía, la árabe, la musulmana, la cristiana, la hindú, la budista, etcétera. El pensamiento ha dividido el mundo, no sólo geográficamente, sino también psicológicamente, internamente. El hombre está fragmentado, dividido no sólo en el nivel psicológico, mecánico de su existencia, sino también en el de sus ocupaciones. Si uno es un profesor, tiene su propio pequeño circulo y vive dentro de él. Si es un hombre de negocios, se ocupa de hacer dinero; si es un político, vive en esa área. Y si es una persona religiosa en el sentido aceptado de la palabra ‑la práctica de diversas formas de puja, rituales, meditaciones, la adoración de algún ídolo, etc.- entonces también vive una vida fragmentada. Cada fragmento tiene su energía propia, su propia capacidad, su propia disciplina, y cada curso de acción juega un papel extraordinario en contradicción con el otro curso. Ustedes deben conocer todo esto. Esta división ‑tanto externamente, geográficamente, como en lo religioso, en lo nacional, y en la relación que existe entre uno mismo y otro ser humano- es un enorme derroche de energías. Es un conflicto que nos divide, que disipa nuestra energía en las disputas ‑cada cual persiguiendo lo suyo, ambicionando lo suyo, exigiendo su propia seguridad, etcétera. Toda acción requiere energía, todo pensar requiere energía. Esta energía que se fragmenta constantemente, implica una disipación energética. Cuando una energía contradice a otra, cuando una acción contradice a otra acción ‑decir una cosa y hacer otra, lo cual es, obviamente, una aceptación hipócrita de la vida- hay disipación de energía. Todas las acciones de esta naturaleza tienen por fuerza que condicionar la mente, el cerebro. Estamos condicionados como hindúes, budistas, musulmanes, cristianos, con todas las supersticiones y creencias que ello implica. Estamos condicionados, y acerca de esto no cabe ninguna duda. No podemos argumentar que no estamos condicionados; lo estamos, religiosamente, políticamente, geográficamente.

Hasta que no estemos libres del condicionamiento, libres de las actividades del pensar que crea los grandes problemas, esos problemas no podrán resolverse. Se necesita un nuevo instrumento para resolver nuestros problemas humanos, y vamos a conversar acerca de eso a medida que avancemos; pero no le corresponde a quien les habla decirles cuál es la cualidad de ese instrumento; cada uno tiene que descubrirlo por sí mismo. Por eso es que debemos pensar juntos, de ser posible. Eso requiere que ustedes y quien les habla, sintamos hondamente, que investiguemos, examinemos, cuestionemos, pongamos en duda todas estas cosas que el hombre ha producido, todas las cosas que hemos creado como barreras entre unos y otros. Como seres humanos que vivimos en esta hermosa tierra que es lentamente destruida, en esta tierra que es nuestra tierra ‑no la tierra India o la británica, o la americana- tenemos que vivir inteligentemente, dichosamente; pero, al parecer, eso no es posible porque estamos condicionados. Este condicionamiento es como el de una computadora: estamos programados. Programados para ser hindúes, musulmanes, católicos, protestantes. El mundo cristiano ha sido programado por 2000 años, y el cerebro se ha condicionado, a causa de ese programa, como una computadora. De modo que nuestros cerebros están profundamente condicionados, y nos preguntamos si es de algún modo posible librarse de ese condicionamiento. A menos que estemos totalmente, completamente libres de esa limitación, no tiene sentido el mero inquirir o preguntar en qué consiste el nuevo instrumento que no es el pensar.

En primer lugar, uno debe empezar muy cerca para ir muy lejos. Nosotros queremos llegar muy lejos sin dar el primer paso, y tal vez el primer paso sea el último paso. ¿Nos estamos comprendiendo el uno al otro, nos estamos comunicando o estoy hablándome a mí mismo? Si estoy hablándome a mí mismo, puedo hacer esto en mi propia habitación. Pero si estamos hablando nosotros, si sostenemos una conversación ustedes y yo, esa conversación tiene un significado cuando ambos nos encontramos en el mismo nivel, con la misma intensidad y al mismo tiempo. Eso es amor. Esa es la verdadera y honda amistad. Para mí, esta no es una conferencia en el sentido corriente de la palabra. Juntos estamos tratando de examinar y resolver los problemas humanos. Eso requiere mucha investigación, porque los problemas humanos son muy, muy complejos. Uno debe tener la cualidad de la paciencia ‑que no pertenece al tiempo. Todos estamos impacientes por avanzar- “dígame rápidamente esto o aquello”- pero si ustedes tienen paciencia, o sea, si no están tratando de obtener algo, de llegar a algún fin, a alguna meta, entonces investiguen paso a paso.

Como decíamos, estamos programados. Nuestro cerebro humano es un proceso mecánico. Nuestro pensamiento es un proceso material, y ese pensamiento ha sido condicionado para pensar como budista, hindú, cristiano, etc. Así que nuestro cerebro está condicionado. ¿Es posible librarse de ese condicionamiento? Están los que dicen que no es posible, porque preguntan: “¿Cómo puede ser que un cerebro que ha sido condicionado por tantos siglos y siglos, ese condicionamiento sea eliminado de modo tan completo que el cerebro humano sea extraordinariamente prístino, original y esté dotado de una capacidad infinita?” Mucha gente afirma esto, y se satisface meramente con modificar el condicionamiento. Pero nosotros decimos que este condicionamiento puede ser examinado, observado, y que uno puede liberarse totalmente de él. Para descubrir por nosotros mismos si eso es o no posible, tenemos que investigar nuestra relación.

La relación es el espejo en que nos vemos tal como somos. Toda la vida es un movimiento en la relación. No existe nada viviente en la tierra, que no esté relacionado con una cosa u otra. Aun el ermitaño, que se larga a algún paraje solitario, sigue en relación con el pasado, se relaciona con aquellos que están alrededor de él. No es posible escapar de la relación. En esa relación, que es el espejo en el cual uno puede verse a sí mismo, podemos descubrir lo que somos, nuestras reacciones, nuestros prejuicios, nuestros temores y ansiedades, nuestro desaliento, la soledad, el dolor, la pena, la angustia. También podemos descubrir si amamos o si no hay amor en nosotros. Por lo tanto, examinaremos este problema de la relación, porque esa relación es la base del amor, es la única cosa que ahora tenemos los unos para con los otros. Si no puede uno descubrir la verdadera relación, si vive su propia y estrecha vida particular aparte de su esposa, de su marido, etcétera, esa existencia aislada engendra su propia destrucción.

La relación es la cosa más extraordinariamente importante que hay en la vida. Si no comprendemos esa relación, no podremos crear una nueva sociedad. Vamos a investigar muy detenidamente qué es la relación ‑por qué los seres humanos, a través de toda su larga existencia de vida, jamás han tenido una relación sin sentimiento posesivo, sin opresión, apego, contradicción, etc. ¿Por qué siempre existe esta división ‑hombre y mujer, nosotros y ellos? Vamos a examinar esto juntos. Este examen puede ser intelectual o meramente verbal, pero tal comprensión intelectual no tiene valor alguno. Es sólo una idea, un concepto; pero si podemos mirar nuestra relación como una totalidad, entonces tal vez podamos ver la profundidad, la belleza y la calidad de la relación. ¿De acuerdo, señores? ¿Podemos proseguir? Nos preguntamos cuál es realmente la relación que ahora tenemos el uno con el otro, no la teórica, la romántica o la idealista ‑que son todas irreales- sino la diaria relación que de hecho existe, por ejemplo, entre el hombre y la mujer. ¿Estamos relacionados en absoluto? Está la relación biológica; esa relación es sexual, placentera. Es posesión, apego, diversas formas de intrusión mutua.

¿Qué es el apego? ¿Por qué tenemos una necesidad tan tremenda de apego? ¿Cuáles son las implicaciones del apego? ¿Por qué nos apegamos? Cuando uno está apegado a algo, siempre hay temor, temor de perder aquello a lo que uno está apegado. Hay siempre un sentimiento de inseguridad. Por favor, obsérvenlo en ustedes mismos. Siempre existe un sentimiento de separación. Estoy apegado a mi esposa; estoy apegado a ella porque me brinda placer sexualmente, me brinda el placer de su compañía. Ustedes conocen todo esto sin que yo se lo diga. Estoy, pues, apegado a ella, lo cual implica que estoy celoso, que tengo miedo. Donde hay celos, hay odio. Y, ¿es apego el amor? Ese es un punto a observar en nuestra relación.

Entonces, en nuestra relación cada uno ha creado, a través de los años, una imagen con respecto al otro. Esas imágenes que ella y él han creado el uno del otro, es la real relación que tienen. Pueden dormir juntos, pero el hecho es que ambos tienen una imagen del otro, y en esa relación de imágenes, ¿cómo puede haber entre ellos una relación factual, verdadera? Todos nosotros, desde nuestra infancia, hemos construido imágenes acerca de nosotros mismos y de los demás. Nos formulamos ahora una pregunta muy, muy seria: ¿Podemos vivir sin una sola imagen en nuestra relación? Indudablemente, todos ustedes tienen una imagen de quien les habla, ¿no es así? Obviamente la tienen. ¿Por qué? Ustedes no lo conocen, realmente no lo conocen. Él se sienta en una plataforma, habla, pero ustedes no se relacionan con él porque tienen una imagen de su persona. Han creado una imagen de él, y también tienen sus propias imágenes personales de sí mismos. ¡Tienen tantas imágenes de los políticos, de los hombres de negocios, del gurú, de esto y aquello! ¿Puede uno vivir profundamente sin una sola imagen? La imagen puede ser una conclusión acerca de la esposa de uno, una representación mental, una imagen sexual; puede ser la imagen de un vinculo mejor, y así sucesivamente. ¿Por qué los seres humanos tenemos imágenes en absoluto? Por favor, formúlense esta pregunta a sí mismos. Cuando tenemos una imagen del otro, esa imagen nos da un sentimiento de seguridad.

El amor no es pensamiento. El amor no es deseo, no es placer, no es el movimiento de imágenes, y en tanto uno tenga imágenes del otro, no hay amor. Y nos preguntamos: ¿Es posible vivir una vida en la que no haya una sola imagen? Entonces tenemos una verdadera relación con la otra persona. Tal como sucede ahora, es como si fueran dos líneas paralelas que jamás se encuentran, excepto sexualmente. Un hombre va a la oficina, es ambicioso, codicioso, envidioso, procura alcanzar una posición en el mundo de los negocios, en el mundo religioso, en el profesional, y la mujer moderna también se va a la oficina, y ambos se encuentran luego en la casa para engendrar hijos. Y entonces viene todo el problema de las responsabilidades, de la educación, de la indiferencia total. A ustedes no les importa lo que después puedan ser los hijos, lo que pueda pasarles. Quieren que ellos sean iguales a ustedes ‑un casamiento seguro, una casa, un buen empleo, etc. ¿Correcto? Esta es nuestra vida, nuestra vida cotidiana, y es realmente una vida deplorable. Por consiguiente, si se preguntan ustedes por qué los seres humanos viven a base de imágenes ‑todos los dioses que adoran son imágenes, el dios cristiano, el dios musulmán y el dios de ustedes‑ verán que esas imágenes las crea el pensamiento, y el pensamiento es incierto, temeroso. No hay seguridad en las cosas que el pensamiento ha producido. ¿Es posible, pues, que nos liberemos de nuestro condicionamiento en la relación? O sea, que en el espejo de la relación debemos observar atenta, minuciosa y persistentemente cuáles son nuestras reacciones, si son mecánicas, si son un producto del hábito, de la tradición. En ese espejo descubrimos realmente lo que somos. En consecuencia, la relación es extraordinariamente importante.

Tenemos que investigar qué es observar. ¿Cómo observa uno mismo lo que es, en el espejo de la relación? ¿Qué significa observar? Esta es realmente otra cosa importante que uno ha de descubrir. ¿Qué significa mirar? Cuando ustedes miran un árbol, que es una de las cosas más bellas, más exquisitas que hay en la tierra, ¿cómo lo miran? ¿Lo miran alguna vez, miran alguna vez la luna nueva ‑el contorno de la luna nueva, tan delicada, tan pura, tan joven; alguna vez la han mirado? ¿Pueden mirarla sin usar la palabra ‘luna’? ¿Se interesan realmente en todo esto? Continuaré, como un río que corre. Ustedes están sentados en las orillas y miran el río, pero jamás se convierten en el río porque nunca participan del río, nunca se unen a la belleza del movimiento que no tiene comienzo ni fin. Así que, por favor, consideren lo que es observar.

Cuando observan un árbol, o la luna, algo exterior a ustedes, siempre emplean la palabra ‑árbol, luna. ¿Pueden mirar la luna, el árbol, sin nombrarlos, sin usar la palabra que los identifica? ¿Pueden mirar sin la palabra, sin el contenido de la palabra, sin identificar la palabra con el árbol, con la cosa? Ahora bien, ¿pueden mirar a la esposa, al marido, a los hijos, sin las palabras ‘mi esposa’, ‘mi marido’, ‘mis hijos’, sin las imágenes? ¿Lo han intentado alguna vez? Cuando observan sin una palabra, sin un nombre, sin la forma que han creado de él o de ella, en esa observación no existe un centro desde el cual estén observando. Descubran qué ocurre entonces. La palabra es el pensamiento. El pensamiento nace de la memoria. Tenemos, pues, la memoria, la palabra, el pensamiento, la imagen que interfiere entre uno mismo y el otro. ¿Correcto? Pero aquí, donde no existe el centro, no hay pensamiento ‑pensamiento en el sentido de la palabra, el contenido y la significación de la palabra- no hay pensamiento que mire, que observe. Luego, en esa observación no hay un centro como el ‘yo’ mirando al ‘tú’. Sólo entonces existe una verdadera relación con el otro. En ello está la cualidad del aprender, una cualidad de indudable sensibilidad y belleza.

¿Podemos proseguir? ¿Por qué los seres humanos de todo el mundo viven en perpetuo conflicto? Tengan la bondad de preguntárselo ustedes mismos, ya que todos viven en conflicto. La meditación que practican es conflicto, sus cultos son conflicto. Tienen ustedes diversos dioses que están en conflicto unos con otros y con ustedes. ¿Por qué en todo el mundo los seres humanos viven en constante lucha, angustia, conflicto? ¿Qué es el conflicto? ¿Cuál es la causa del conflicto? Donde hay una causa, esa causa tiene un final. Si mi dolor tiene una causa, el médico examina la causa y el síntoma, que es el dolor. Entonces la causa puede ser eliminada. Descubran, pues, por sí mismos, cuál es la causa del conflicto con el cual el hombre ha vivido desde tiempos inmemoriales. No esperen que yo se lo diga. Investiguen ustedes mismos, como lo estamos haciendo ahora. Descubran cuál es la causa de este conflicto, tanto externa como internamente. ¿Existe una sola causa, o hay muchas causas? Si hay muchas causas, podemos examinarlas y, lentamente, resolver cada una.

Una de las causas puede ser el constante intento de llegar a ser algo o alguien ‑el devenir: yo soy esto, debo ser aquello; soy codicioso, y espero que no seré codicioso. Eso es llegar a ser alguna cosa diferente de lo que soy: no soy hermoso, pero llegaré a ser hermoso; soy violento, pero llegaré a ser no violento. De modo que el llegar a ser, el devenir, es un proceso de evolución. Todo devenir ‑el de un oficinista llegando a gerente, o el gerente a presidente del directorio- es un proceso de tiempo que implica evolución, de lo bajo a lo alto. Uno planta un arbolillo que deviene un árbol grande, lo cual es la evolución de esa planta, de ese árbol. ¿Es la evolución una de las causas del conflicto? O sea, yo soy violento. Aparentemente, y muy infortunadamente, todos los seres humanos son violentos. Soy violento y llegaré a ser no violento. El devenir de ‘lo que es’, es un proceso de evolución que requiere tiempo, espacio. Y nos preguntamos: ¿Es la evolución, ese movimiento desde ‘lo que es’ a ‘lo que debería ser’ ‑que constituye el movimiento del tiempo- una de las causas del conflicto? ¿Es el tiempo una de las causas del conflicto, es decir, de la dualidad? En el mundo físico, hay dualidad como luz y sombra, hombre y mujer, etc. Hay dualidad entre una tela buena y una tela mala, entre un hermoso traje de buen gusto, de material bueno, y uno de material malo, entre un automóvil bueno y un automóvil malo. Es obvio que físicamente hay una diferencia; hay dualidad. Y preguntamos: Internamente, psicológicamente, ¿existe en absoluto la dualidad?

¿El conflicto existe, entonces, en tanto haya dualidad? ¿Por qué tenemos dualidad psicológicamente, internamente? Yo soy violento, y he pensado que no debo ser violento, y entonces invento una idea llamada no violencia que, en este país, está de moda. Y esta moda de la no violencia se está extendiendo por todo el mundo, lo cual no tiene sentido. Porque la violencia es real, es el hecho; la no violencia es ficción. Por tanto, sólo existe ‘lo que es’, no ‘lo que debería ser’; de modo que si uno se da cuenta de que la realidad es ‘lo que es’ y no ‘lo que debería ser’, entonces puede prescindir de lo que ‘debería ser’. Entonces no hay dualidad. ¿Comprenden esto?

Desde el momento en que existe la idea, ‘yo no debo’ o ‘yo no debería’ o ‘yo seré’, una idea alejada de ‘lo que es’, tiene que haber conflicto. ¿Esto lo percibe uno intelectualmente o de hecho ‑que psicológicamente, internamente no existe el opuesto, sino sólo ‘lo que es’? Uno trata con ‘lo que es’, no con ‘lo que debería ser’. Yo soy violento, y esta idea de la no violencia es ficticia, es hipócrita. No tiene ningún valor porque, mientras trato de volverme no violento, estoy sembrando todo el tiempo las semillas de la violencia. De modo que sólo existe la violencia. ¿Cuál es la naturaleza y estructura de la violencia? No sólo es violencia la ira ‑golpear a alguien, matar a alguien, y no sólo matar a seres humanos, sino matar animales, matar a la naturaleza; también es violencia la imitación, la conformidad, el tratar de llegar a ser algo que uno no es. ¿Podemos mirar la violencia con todo el contenido de esa palabra y retenerlo, observarlo, no alejarnos de él, ni reprimiéndolo ni rehuyéndolo, sino sólo mirándolo, como miraríamos una joya preciosa? Cuando miramos de ese modo el con tenido de la violencia, ¿lo miramos como si fuera algo separado de nosotros, o lo que observamos es lo que somos? Es importante que esto se comprenda. Somos violentos. Uno ha pensado que esa violencia es diferente de ‘uno mismo’. Por lo tanto, trata de cambiarla para convertirla en alguna otra cosa. Esa violencia soy yo. Yo no soy diferente de la violencia ‑o de la codicia, o del odio, o de los celos. El sufrimiento soy yo, pero yo he separado la ira, los celos, la soledad, el dolor, como si todo eso fuera algo diferente de mí, para así poder controlarlo, moldearlo, escapar de ello; pero si eso soy yo, nada puedo hacer al respecto sino solamente observarlo. Así, el observador es lo observado, el pensador es el pensamiento, el experimentador es lo experimentado. No están separados el uno del otro.

En consecuencia, donde hay división tiene que haber conflicto. Si yo estoy psicológicamente separado de mi esposa, es inevitable que haya conflicto. De modo que el tiempo, la evolución, el sentido de los opuestos, son los factores de la violencia. Y estos son los otros factores. ‘Yo’ soy todos estos factores. Y el ‘yo’ es, en esencia, la causa del conflicto. Si preguntan, ¿cómo he de liberarme del ‘yo’?, esa es una pregunta equivocada; sólo observen todo el movimiento del conflicto, no traten de entenderlo, sólo obsérvenlo como si observaran el maravilloso movimiento de los cielos, del océano. Entonces el conflicto les revela todo su contenido sin que ustedes lo analicen. Así, un cerebro que mecánicamente, psicológicamente se halla en conflicto, debe por fuerza generar desorden dentro de sí mismo y, por tanto, externamente. ¿Es posible que los seres humanos puedan estar total y completamente libres de conflicto? Cuando existe esa libertad, hay orden, hay amor, compasión; y esa compasión es inteligencia.

Madrás,

26 de diciembre de 1982

ACERCA DEL TIEMPO

Hemos estado considerando juntos, como en una conversación entre dos amigos, el muy complejo problema de nuestro vivir desde el momento en que nacemos hasta que morimos. Hablamos sobre si es de algún modo posible vivir una vida sin una sombra de conflicto ‑conflicto en nuestra relación de unos con otros, por íntima o distante que sea esa relación. El conflicto genera desorden, y en tanto cada uno de nosotros viva en desorden, no podremos producir una revolución psicológica en la estructura de la sociedad. Esta tarde debemos hablar sobre la naturaleza del tiempo, sobre el deseo, el miedo, el placer, y si el dolor, que resulta ser la suerte del hombre en todo el mundo, puede tocar a su fin. Juntos ustedes y quien les habla vamos a investigar la naturaleza del tiempo, a explorar el deseo, que es muy complejo, y también vamos a averiguar juntos si se puede terminar con el dolor. Porque donde hay dolor, no puede haber amor, no puede haber compasión ni inteligencia. Por tanto, es importante que ambos nos encontremos en el mismo nivel, al mismo tiempo y con la misma intensidad. De lo contrario, no podremos comunicarnos. Uno espera que nos encontremos en el mismo nivel, porque quien les habla no tiene autoridad alguna, no les indica cómo han de obrar ni les dice lo que deben hacer con sus vidas, sino que juntos estamos discutiendo, dialogando sobre un problema que nos interesa a todos, que nos concierne tanto a ustedes como a quien les habla. Encontrarse meramente en un nivel verbal, como casi todos lo hacen, tiene muy poca significación, porque no nos interesa la revolución física, sino la revolución psicológica ‑la radical, fundamental transformación interna. Por milenios tras milenios hemos vivido con el dolor, la pena, la ansiedad, la soledad, la desesperación, el miedo y la persecución del errante deseo, y el hombre siempre se ha preguntado si puede haber un cese para el tiempo.

¿Qué es el tiempo? El tiempo implica fundamentalmente división, evolución, realización, movimiento de aquí hacia allá, la constante división como ayer, hoy y mañana ‑el sol que sale, el sol que se pone, la luna llena de un hermoso anochecer, y el tiempo para encontrarnos con el amigo. El tiempo es esperanza. El tiempo es un asunto muy complejo, y examinarlo requiere paciencia. La paciencia es intemporal; sólo la impaciencia pertenece al tiempo. Para investigar la naturaleza del tiempo, uno debe tener una gran dosis de paciencia; no ser impaciente, no decir: “Siga adelante, entiendo lo que usted dice”. Hemos dividido nuestra vida en un movimiento de tiempo. El movimiento es tiempo. Ir desde aquí hasta allá requiere tiempo. Aprender un idioma requiere tiempo. Acumular conocimientos, experimentar, anticipar algo como el placer o el miedo, recordar el ayer, miles de ayeres que se enfrentan al presente, lo modifican y lo proyectan hacia el futuro ‑todo esto es tiempo. Requiere tiempo que un oficinista llegue a gerente, que adquiera alguna destreza. El deseo de experimentar alguna otra cosa que la experiencia habitual y perseguir eso, también es tiempo. ¿Existe en absoluto el tiempo psicológico? Volverse no violento siendo uno violento, requiere tiempo. La persecución de un ideal, requiere tiempo. Uno tiene la falsa idea de que evolucionará para convertirse en algo por completo diferente de ‘lo que es’. Todo esto implica tiempo. Por lo tanto, debemos comprender juntos ‑no de manera verbal- el sentimiento del tiempo, el sentido del tiempo.

El tiempo es memoria ‑el pasado como observador, el observador que observa lo que está sucediendo y lo traduce a su propio condicionamiento, a su propia experiencia, etc. El tiempo implica, esencialmente, división. Así, para cambiar exteriormente, imaginamos que el tiempo es necesario, que el hombre, que se halla dividido, que se ha dividido a sí mismo en nacionalidades, a la larga se volverá internacional y, poco a poco, abandonará todas sus tendencias nacionalistas y tendrá una relación global. Pensamos que todo eso requiere tiempo. El tiempo es, fundamentalmente, un proceso de fragmentación. Exteriormente, físicamente, el tiempo es necesario ‑como la semilla que crece hasta convertirse en un gran árbol, lo cual requiere tiempo, años. Hay un árbol en California que tiene más de 5000 años. Para que llegara a esa edad, ha habido muchas, muchas lluvias, tormentas, incendios, rayos... todo lo cual es crecimiento en el tiempo. Vemos que externamente, físicamente, necesitamos del tiempo; la adquisición de conocimientos, el proceso acumulativo de aprender matemáticas, física o cómo hacer volar uno de estos aviones a propulsión, requiere tiempo. Uno no puede escapar de ese tiempo ni tratar de detener esa clase de tiempo. Eso sería totalmente insensato y tonto.

Ahora vamos a investigar juntos si existe en absoluto el tiempo psicológico. Pensamos que el el tiempo es necesario para cambiar de una respuesta psicológica o una respuesta sensoria a otra. Pensamos que el tiempo es necesario para estar libres de la violencia, para librarnos de la envidia. Soy envidioso, pero necesito tiempo para estar libre de ese dolor o ese placer particular. Estamos poniendo en duda si, psicológicamente, existe en absoluto el tiempo. ¿Comprenden mi cuestionamiento? Uno necesita tiempo para construir una casa. La educación, si es que tiene uno que educarse, necesita tiempo. Pero ahora investigaremos algo mucho más importante, más esencial, porque estamos condicionados a la idea, al concepto o a la ilusión de que el tiempo es necesario para cambiar de ‘lo que es’ a ‘lo que debería ser’. Nosotros, ustedes y quien les habla, estamos cuestionando eso ‑que el tiempo sea en absoluto necesario para una transformación radical. ¿He planteado el problema claramente, de modo que todos podamos enfrentarnos a él? Dijimos que el tiempo es división ‑división como ‘yo soy, yo debería ser’. El ‘yo debería ser’ requiere tiempo, ¿correcto? Estamos cuestionando eso. Dijimos que no existe eso de ‘llegar a ser’ ‑el devenir psicológico. La iluminación de la que tantas personas hablan, ¿exige tiempo? Estamos poniendo en tela de juicio la cosa más fundamental. Toda nuestra filosofía, nuestra vida, todos los libros sagrados han dicho que el tiempo es necesario, que uno debe pasar por diversas disciplinas, por diversas prácticas a fin de acercarse a lo que ustedes llaman Dios, una experiencia que está más allá de toda medida, un estado de la mente que jamás ha sido tocado por el tiempo.

Tenemos que investigar muy detenidamente la cuestión de si existe en absoluto el tiempo psicológico. Desde el momento en que ustedes admiten que el tiempo psicológico existe ‑siendo el tiempo división- tiene que haber conflicto. Soy violento, y para llegar a ser no violento, necesito tiempo. Inmediatamente tiene lugar una división. Somos violentos y creamos el opuesto. Cuando existe el opuesto, tiene que haber división y, por tanto, tiene que haber conflicto; y el tiempo es la causa del conflicto. Mírenlo de manera muy simple: soy codicioso, y ser no codicioso toma tiempo. Donde aparece el tiempo, tiene que haber conflicto, y el ‘llegar a ser’ algo resulta interminable. Preguntamos: ¿Existe un cese para la violencia en el cual no intervenga en absoluto el tiempo? Este es un problema muy, muy serio. Ustedes han aceptado el tiempo, la división, como un medio para terminar con el conflicto. Nosotros estamos sosteniendo todo lo contrario. Donde hay una división como el ‘yo’ que quiere llegar a ser alguna cosa ‑la cosa puede ser noble o lo que fuere- esa división misma es el proceso del tiempo. Y nos preguntamos: Esa división, ¿existe en absoluto? O sea: yo soy violento. Ese es el único hecho que tengo. Lo otro, la no violencia, carece de realidad. Es tan sólo un concepto, una estructura del pensamiento que no puede comprender la violencia ni puede terminar con ella. Es el proceso de escape, el ideal: soy esto, seré aquello. Eso es medida. Y todo ello implica tiempo psicológico. Es la ilusión en que vivimos. Y nosotros estamos cuestionando ahora la realidad de eso. Sólo existe ‘lo que es’; sólo existe la codicia; sólo existe la violencia; sólo existe la guerra.

Ahora investigaremos eso muy cuidadosamente. Los seres humanos son violentos. ¿No es importante descubrir si esa violencia puede terminar inmediatamente? ¿No es importante terminar con ella, y no decir, “Debo llegar a ser no violento”? Cuando uno quiere llegar a ser no violento, eso implica un período de tiempo. Durante ese periodo uno está sembrando las semillas de la violencia. ¿Es posible terminar instantáneamente con la violencia ‑o la codicia, o la ira, o lo que ustedes quieran? ¿Puede uno terminar íntegramente con la totalidad de la violencia? ¿Qué es la violencia? No es meramente la ira, la agresión física ‑insultar a otro, odiarlo, criticarlo, lastimar a otro tanto física como psicológicamente- es también la imitación, el conformismo; es todo el movimiento de la violencia. ¿Puede ese movimiento cesar por completo? Para averiguar eso, uno debe comprender el tiempo como división. Yo he dividido, el pensamiento ha dividido ‘lo que es’ en ‘lo que debería ser’. Ahora nos preguntamos si es posible terminar con la violencia, con la codicia ‑lo que fuere- instantáneamente, de modo tal que eso no surja otra vez.

¿Cómo observan ustedes la violencia? La violencia es una respuesta sensoria. Usted me ha ofendido y yo me siento lastimado. La imagen que tengo de mí mismo ha sido lastimada. Puede que usted no me haya lastimado físicamente, pero me ha herido internamente porque tengo una imagen de mí mismo como un gran hombre, como un profesor, etc. Esa imagen ha sido lastimada. Para superar esa herida interna, yo digo, “Denme tiempo”. Todo ello es esfuerzo, el cual se origina en la división del tiempo. ¿Es entonces posible terminar con la violencia de manera tan completa que no regrese jamás? Por eso es que preguntamos cómo miran ustedes la violencia, cómo la perciben. ¿Cómo miran un árbol, la luna, las estrellas, el cielo y la belleza de la noche ‑cómo los miran ustedes? ¿Cómo mira uno a su esposa, a su marido, al amigo? ¿Mira a la esposa o al marido, mira el árbol o la luna o los ríos, con los recuerdos que uno tiene, con las ofensas acumuladas, los placeres acumulados y atesorados en el cerebro como memoria? ¿Miran ustedes a la esposa o al marido con esos recuerdos? La memoria es tiempo. Donde hay tiempo, tiene que haber división. En consecuencia, tienen ustedes querellas, disputas y todo lo demás en la relación que establecen con otro.

Es de suma importancia descubrir cómo observar, cómo observar, por ejemplo, un árbol, que es una de las cosas más bellas de la tierra. ¿Cómo lo miran ustedes? Cuando usan la palabra ‘árbol’ o nombran la especie del árbol, no están mirando. La palabra, el recuerdo, nos impiden mirar. Uno quiere mirar a su esposa. Probablemente nunca la ha mirado. La ha mirado como ‘su esposa’, su posesión, su placer ‑sexual o de otra índole. La ha mirado con todos los recuerdos de los últimos diez días o diez años o cincuenta años. Esos recuerdos se interponen entre uno mismo y ella; y ella también tiene sus recuerdos. Por lo tanto, es muy importante descubrir si podemos mirar a la esposa o al marido, o si podemos mirar un árbol o la luna o las ondulantes aguas de un gran río, sin el nombre ‑que es el pasado. ¿Pueden ustedes mirar la violencia o la codicia o lo que fuere, sin la palabra? En el momento en que usan la palabra ‘violencia’, ya han introducido la violencia en el tiempo. Cuando usan una palabra como violencia, palabra que hemos utilizado miles de veces antes, esa misma palabra es factor del tiempo. Por lo tanto, ustedes ya han generado una división. ¿Alcanzan a ver esto?

¿Pueden, entonces, observar a quien les habla, observarlo sin la reputación que tiene, mirarlo sin ninguna imagen? ¿Pueden mirar a la esposa, al amigo, o mirar un árbol, una flor, sin el movimiento del pensar? El movimiento del pensar es tiempo. El pensamiento divide, como el tiempo divide. Cuando ustedes miran, están mirando como el observador, que es el pasado, la palabra, la memoria. El pasado divide, el pasado es tiempo. En el espejo de la relación es donde uno se mira a sí mismo, como miraría en el espejo para verse el propio rostro. Ahí puede uno percibir cada movimiento del pensar, cada movimiento de reacción. Así, el percibidos es lo percibido, el analizador es lo analizado. Yo deseo experimentar algo extraordinario; estoy hastiado de todas las experiencias que he tenido ‑sexo y placer. Quiero experimentar algo supremo, algo que esté más allá de todo pensamiento ‑y el experimentador es lo experimentado. Una mente que no exige experiencias, es por completo diferente. En consecuencia, tenemos que aprender a escuchar, a observar, no acumular sino simplemente escuchar, simplemente observar sin toda la memoria. Entonces veremos aquello que observamos, que es la violencia, y que no hay división entre el observador y lo observado. El observador es la violencia. ¡No sé si ustedes ven eso! Cuando están alertas de ese modo, mirando, observando, es como si proyectaran una gran luz sobre la cosa que observan. Y entonces eso desaparece completamente para no volver jamás.

Ahora debemos considerar juntos qué es el deseo, porque el tiempo, el deseo y el pensamiento son los factores principales del temor. ¿Qué es el deseo? ¿Cuál es la errante naturaleza del deseo ‑el deseo que jamás se satisface, el deseo que todas las religiones aconsejan reprimir? ¿Por qué los líderes religiosos de todo el mundo, y todos los libros sagrados, dicen que debemos reprimir nuestro deseo, que desear a Dios está muy bien, pero que no debemos desear a una mujer, una casa, las cosas bellas que hay sobre la tierra, la belleza de una pintura, la belleza de una estatua, de un poema de Keats... que todo eso no debemos desearlo? A través de los tiempos, hemos aprendido el arte de reprimir el deseo o de someternos al deseo.

¿Qué es, entonces, el deseo? ‑no el objeto del deseo o el objeto que da origen al deseo. ¿Es el objeto el que da origen al deseo, o el deseo existe y el objeto varía? Tenemos que ser claros en este punto. Uno ve un hermoso automóvil, una linda camisa, una casa magnifica o una bella pintura. Esa pintura, esa casa, el automóvil, la mujer, el hombre ‑¿es el objeto el que da origen al deseo, o el deseo existe y los objetos carecen de importancia? Si el objeto crea al deseo, entonces hay una investigación por completo diferente; pero si el deseo existe y la naturaleza del deseo está vagando de una cosa a otra, entonces la investigación es difícil. Tenemos que examinar juntos cuál es el origen, el comienzo del deseo. Si uno puede comprender el origen, la fuente del deseo, entonces puede habérselas con él. Si no averiguamos el origen, el comienzo, entonces estamos meramente podando las ramas del deseo.

¿Qué es el deseo, pues? Vivimos a base de sensaciones. La reacción de nuestras respuestas sensorias es la actividad de la sensación. Yo veo a alguien bien vestido, limpio, sano, hermoso o lo que fuere. Lo veo. El ver es el comienzo de las respuestas sensorias. El ver, el observar, el contacto y la sensación, son las respuestas de los sentidos. ¿Correcto? ¿Entonces qué ocurre? Veo una hermosa casa, un encantador chalet en las montañas, sólido, bellamente construido. Lo veo, entro en contacto real con él, y de ello surge la sensación. ¿Qué sucede entonces? Es realmente importante que esto se comprenda. Ustedes ven a una bella mujer, o a un hombre bien parecido. El propio ver esa belleza, es una sensación, ¿verdad? Entonces, ¿cuál es el próximo paso que tiene lugar? Uno ve algo bello, una estatua que ha sido creada por el amor y la destreza y la materia. Mientras uno la ve, surge la sensación. Después uno la toca; ¿qué sucede entonces? Por favor, descúbranlo por sí mismos. Entonces interviene el pensamiento y dice: “¡Qué hermosa! Cómo quisiera tener esa estatua en mi salón”. O bien, “Cómo quisiera estar en ese automóvil, o tener esa casa”. En ese instante, cuando el pensamiento toma a su cargo la sensación, en ese preciso instante, nace el deseo. ¿Comprenden esto, señores? La sensación es normal, sana, vital; de lo contrario, uno estaría muerto. Suprimir la sensación implica estar muerto, y probablemente es eso lo que ha sucedido en este país. Ustedes leen el Gita y los Upanishads y todos los libros sagrados, y siguen a un gurú tras otro, disciplinan sus deseos, los controlan, los reprimen, escapan de ellos, etcétera. En cambio, lo que nosotros decimos es algo por completo diferente. ¿Pueden ustedes observar la sensación, la inmediata asociación del cerebro con el objeto, y después al pensamiento que dice: “¡Qué agradable sería estar sentado en ese hermoso automóvil, y sentir el tremendo poder que tiene tras sí!”? Ahí es donde comienza el deseo. ¿Es posible, entonces, que el pensamiento no intervenga inmediatamente diciendo: “Me veré sentado en el automóvil”? ¿Hay un intervalo entre la sensación y el pensamiento, de modo que el pensamiento no se haga cargo de inmediato, que haya una brecha? Si existe una brecha, ¿qué ocurre? Requiere extraordinaria destreza y atención ver dónde las sensaciones son importantes, porque, si nuestros sentidos no están activos, no podemos percibir la belleza de la tierra, el movimiento del mar. Por lo tanto, las sensaciones, las respuestas sensorias, son esenciales para la vida; pero cuando el pensamiento controla, moldea y da identidad a la sensación, en ese preciso instante nace el deseo.

¿Podemos descubrir ‑sin controlar, sin reprimir- podemos simplemente ver cómo el pensamiento actúa sobre la sensación, aun verbalmente, aun intelectualmente, y penetrar en ello, investigarlo a gran profundidad? ¿Podemos tener tal agudeza mental, un esmero, una atención, un amor tal que nos permitan ver la naturaleza del deseo, ver cómo éste surge? Ustedes tienen que ver qué es el pensamiento, cómo el pensamiento se convierte toda la vida en un problema. El pensamiento es un movimiento material. El pensamiento es limitado, porque todo conocimiento, toda experiencia son limitados. El pensar brota del conocimiento, de la experiencia, de la memoria. Y todo este proceso es limitado. No existe un conocimiento completo acerca de nada, jamás puede haberlo. La ciencia, la tecnología están siempre añadiendo más y más. Así, el tiempo, el deseo, el pensamiento, son los factores del temor. Yo temo lo que podría sucederme, porque he tenido un accidente hace un par de años o hace un año, y tengo miedo de que eso podría suceder nuevamente. Vigilo lo que ocurre, hay temor. Temo a la oscuridad, temo a mi mujer, a mi marido, al jefe. ¿No tienen miedo todos ustedes? No se avergüencen de ello, es el sino común del hombre. Puede que no lo admitan, que no quieran afrontarlo, pero están asustados, y el miedo ocasiona cosas terribles a los seres humanos. Mentalmente, psicológicamente, el miedo limita, cercena. Hace que los seres humanos sean esclavos de la autoridad, de ciertas ideas. ¡Se han vuelto tan dependientes, tan apegados, tan inhumanos! No estamos hablando de las múltiples expresiones del miedo, sino del miedo mismo. No hablamos de los diversos aspectos del miedo, sino del origen, de la raíz del miedo.

¿Cuál es la raíz del miedo? ¿No lo son el tiempo y el pensamiento? O sea: soy un oficinista, puede que jamás llegue a gerente. Soy un discípulo, puede que nunca llegue a ser el gurú que quiero ser. Soy un ignorante en el profundo sentido de la palabra, soy profundamente ignorante, vale decir que no me conozco. Eso es la ignorancia ‑un movimiento que no tiene principio y que tal vez no tenga fin; y para comprender esa profunda ignorancia, imagino que necesito tiempo, experiencia, pienso que necesito acumular, creer en la reencarnación y todo eso. Por lo tanto, hay miedo. Nos estamos preguntando, ustedes y quien les habla, cuál es la raíz de todo ello. ¿Por qué el hombre, a través de las edades, y desde un principio que se pierde en el tiempo, ha llevado sobre si esta carga del miedo? No ha sido capaz de resolverlo. Puede acudir a todos los templos, a todas las iglesias, a todos los gurús, a diversos sistemas de meditación, pero el miedo está siempre ahí. Pueden ustedes negarse a verlo, pueden querer evadirlo, pero siempre está ahí, de una forma u otra.

Nos preguntamos, pues: ¿Cuál es la raíz del miedo? La raíz del miedo es el tiempo y el pensamiento. He tenido un pesar hace un par de semanas, y temo que ello pueda repetirse nuevamente ‑lo cual implica tiempo. Está el recuerdo de ese pesar y el temor de que éste pueda acaecer de nuevo. Mi esposa me ha lastimado, como yo la he lastimado a ella ‑no físicamente sino internamente- y tengo la esperanza de que no me lastime más con sus palabras, sus gestos, sus lágrimas. Temo que ella pueda lastimarme; por lo tanto, hay miedo. El miedo es tiempo y pensamiento. Si uno comprende la naturaleza del tiempo y del pensamiento, y el movimiento errante del deseo ‑si lo comprende en el sentido de ver instantáneamente la verdad de ello, no la conclusión verbal al respecto sino el hecho, la realidad de ello, su profundidad, su intensidad- si uno ve eso con claridad absoluta, entonces jamás preguntará cómo terminar con el temor. Ni preguntará: “¿Cómo puedo controlar el pensamiento?” O, “¿Cómo he de detener el tiempo?” ‑que son las causas del temor. Jamás preguntará eso porque no puede formular esa pregunta al respecto. Uno ve realmente la verdad. Está ahí. Está para que uno la vea, no para que la acepte, la debata, la analice, la discuta o tome partido por ella; eso no es posible. Es como ver la cosa más bella de la tierra, que está ahí ‑un mar excelente, una mente excelente que está ahí, un corazón siempre en llamas que está ahí. Si uno ve esa verdad, entonces el miedo llega a su fin. Y donde termina el miedo, no hay un dios. Es a causa del miedo, a causa del deseo, que inventamos los dioses. Cuando un hombre no tiene miedo, es un ser humano por completo diferente y no necesita un dios. Y, señoras y señores, pongan el corazón para considerar todo esto ‑no la mente, no el intelecto. El intelecto tiene su lugar, pero cuando examinamos algo muy, muy seriamente, el corazón debe intervenir en esa consideración. Es cuando interviene el corazón, que hay amor para observar, para mirar, para ver; entonces, cuando uno ve la verdad del deseo, del tiempo y del pensamiento, el miedo no existe en absoluto. Entonces sólo puede haber amor. El miedo y el amor no pueden marchar juntos. El miedo y el placer van juntos, pero no el amor y el miedo.

Madrás,

primero de enero de 1983

LA MEDITACIÓN ES LA EXPRESIÓN DE LA ACTIVIDAD DIARIA

Ayer en la tarde hablamos acerca del miedo, de la naturaleza del miedo y del origen del miedo. Dijimos que las causas del miedo son el tiempo, el deseo y el pensamiento, y que el hombre ha vivido siempre con miedo. Vivimos con miedo ahora ‑miedo al pasado, miedo al futuro de la humanidad, a lo que va a suceder con el hombre. Ciertamente, el futuro del hombre será lo que el hombre es ahora. Si en lo psicológico, en lo interno, no cambia radicalmente, el futuro será lo que él es en la actualidad. Eso está garantizado, porque habrá más guerras, más instrumentos de guerra, más destrucción, más violencia, más fragmentación de los seres humanos en nacionalidades, etcétera. El futuro es lo que somos ahora. Es, entonces, urgentemente necesario producir la revolución psicológica. ¿Qué significa producir una transformación ‑no moverse de una forma a otra, de un sistema a otro, de una idea a otra? ¿Es posible para los seres humanos, que por tantos milenios han vivido en esta hermosa tierra, experimentar un cambio radical?

Esta tarde debemos considerar juntos si el dolor puede terminar alguna vez ‑el dolor del hombre. También veremos qué es el amor, qué es la compasión, qué es la inteligencia, el significado de la muerte, y todo el problema de la meditación. Hemos vivido con el dolor generación tras generación ‑la angustia, el dolor del aislamiento, el dolor de la gran ansiedad, el dolor de no tener una correcta relación con otro, el dolor de una madre, de un padre que pierden un hijo, de una esposa cuyo marido ha muerto en la guerra. También está el dolor de la ignorancia. El dolor tiene muchas formas. No es sólo un incidente llamado muerte, no sólo un acontecimiento en la vida de uno, sino una serie de incidentes, de accidentes y experiencias que contienen placer y sufrimiento; el dolor de este movimiento de recompensa y castigo, el dolor de la vejez, de la enfermedad, de la ceguera, de los hijos deformes... El hombre ha arrastrado la carga del dolor y trata de escapar de ella. Inventa toda clase de teorías, toda clase de posibilidades, de conceptos románticos, pero el dolor permanece con el hombre. Me pregunto si uno ha mirado bien lo que las guerras le han hecho al ser humano ‑cuántas mujeres, padres, hermanos, hermanas, han derramado lágrimas porque uno se aferra al nacionalismo, a los prejuicios raciales, a las diferencias lingüísticas. Todo esto ocasiona enorme dolor en el mundo. No sólo existe el dolor personal por la pérdida de algo, de alguien a quien uno ha amado, sino el dolor de no haber tenido jamás un solo día original, feliz; el dolor de ver la pobreza en este país sin que se haga nada al respecto. El hombre ha soportado este dolor desde tiempos incalculables. Y seguimos agobiados por el dolor, temerosos, ansiosos, solitarios, afligidos, con una profunda pena interna por no tener éxito, por la falta de oportunidades, por la falta de cosas que todos anhelamos.

¿Es posible terminar con esta enorme carga que ha llevado consigo la humanidad y los que aún siguen sufriendo? ¿Qué es el dolor? ¿Cuál es la causa del dolor? Cuando hay una causa, existe un cese. Si uno tiene cáncer ‑la causa del dolor- entonces tal vez la causa pueda eliminarse. Por lo tanto, cuando hay una causa para algo, existe un cese para ello. La causalidad es un movimiento, no es un punto fijo. Si podemos descubrir y comprender la causa de esta carga de dolor, entonces quizá podamos comprender la naturaleza del amor; no el amor a Dios, o el amor al gurú, o a algún libro o a un poema, sino el amor a los seres humanos ‑el amor a la esposa, al marido, a los hijos. Para descubrir ese extraordinario perfume que es realmente la luz del mundo, uno tiene que comprender la naturaleza del sufrimiento, la estructura del sufrimiento.

Espero que esto lo estemos investigando juntos ustedes y quien les habla. No que uno investiga y ustedes escuchan, concuerdan o discrepan, aceptan o rechazan, sino que juntos estamos explorando un problema muy, muy profundo de la humanidad. Para comprender el dolor, se requiere abordarlo de una manera no emocional; no sentimentalmente, no con una conclusión de que el dolor habrá de cesar o de que el dolor habrá de permanecer para siempre con la humanidad. Juntos debemos considerar este problema muy a fondo. Y sólo podemos considerar esto cuando la mente está en el corazón. Nosotros usamos nuestro intelecto para entender, para discernir, para argumentar. Usamos el intelecto para elegir, para medir. Y el intelecto es una de las facultades del cerebro. Si vamos a examinar este extraordinario y profundo problema, el mero intelecto tiene poca cabida; y casi todos nosotros somos muy intelectuales, sumamente educados, y poseemos esta extraordinaria cualidad del análisis. Ustedes, en la India, pueden analizar cualquier cosa que exista sobre la tierra. Tienen mentes bastante sutiles, pero para comprender el dolor, el mero intelecto no puede ir muy lejos. Estamos diciendo que todos nosotros tenemos la capacidad de emplear nuestro intelecto ‑lo que implica entender argumentar, elegir, discernir, comparar una cosa con otra. Esta es la función del intelecto. Y como casi todos tenemos esa capacidad ‑si ustedes están abordando este problema del dolor de ese modo- entonces nuestro intelecto, nuestra mente domina el proceso de la investigación y, por lo tanto, lo distorsiona.

¿Es posible, en cambio, abordar el dolor con un movimiento holístico? Jamás abordamos algo como una totalidad. Jamás miramos la vida como una totalidad. Hemos fragmentado la vida, la hemos dividido como intelecto, emociones, amor, etc., y así nunca podemos mirar un problema de manera total. La palabra ‘total’ también significa ‘sano’ ‑una mente sana, no una mente mutilada, paralizada, sino una mente que es total, con un sentimiento de abarcar la tierra y los cielos y la belleza que todo ello encierra. ‘Total’ significa también ‘sagrado’1. Al investigar, al explorar este problema, uno necesita tener esa cualidad de una mente que está en el corazón, que no es romántica ni idealista ni imaginativa, sino que es una mente muy factual, templada con la cualidad del amor. Cuando usamos la palabra ‘sagrado’, entendemos por ello una mente en el corazón, una mente dentro de la cualidad del amor, una mente que nada tiene que ver con ideal alguno ni con la obediencia. Para observar, tiene que haber libertad. Veamos, pues, juntos esta cuestión de lo que es el dolor y por qué el hombre ha tolerado este dolor, por qué lo ha aceptado, tal como ha aceptado el temor, el placer, el deseo y todas las cosas que lo rodean tanto externa como internamente.

¿Qué es, entonces, el dolor? ¿Cuál es su naturaleza? En esa cosa que llamamos dolor, hay pesar, aflicción, hay una sensación de aislamiento, de soledad en la que no existe relación alguna. No es solamente un shock físico sino una gran crisis en la conciencia, en la psiquis. He perdido a mi hijo ‑tomo esto sólo como un ejemplo. He perdido a mi hijo, a quien estaba apegado. Deseaba de él que llegara a ser un hombre de negocios, que tuviera alguna clase de ingresos sustanciales, una casa, etc., y súbitamente él ha desaparecido. ¿Cuál es esa cualidad de lo repentino, cuando desaparece alguien que me ha dado gran alegría, gran pesar, gran ansiedad, preocupación por su futuro? Todo ese movimiento ‑mi afecto, mi preocupación, mi solicitud, mi sentir de que debo ayudarle para que tenga buen gusto, para que viva estéticamente- de pronto llega a su fin. ¿No conocen ustedes todos estos sentimientos? En cada casa existe esta sombra del dolor. Hay un súbito final para mi apego, para toda la esperanza que he depositado en él ‑súbito en el sentido de un shock profundo. Y toda la vida queda vacía. O me vuelvo muy cínico, o encuentro una explicación racional, o me sumerjo en alguna forma de entretenimiento ‑droga, viajes, y todas esas cosas- o bien creo en alguna vida futura. Esta es la suerte de todos los seres humanos.

¿Qué es este final? ¿Qué significa terminar con algo? ¿Alguna vez hemos terminado con algo sin un motivo, sin que detrás exista la recompensa o el castigo? Donde hay un cese, existe un comienzo totalmente nuevo. Pero nosotros jamás ponemos fin a nada. Terminamos con cosas que nos ocasionan dolor, o si con ello obtenemos algún beneficio. Nuestra vida se basa en la recompensa y el castigo, tanto externa como internamente, pero jamás terminamos con algo sin que haya una causa. Así, la pena, la soledad y el sentimiento de separación que es esencialmente tiempo, identificación, dedicación y todas las cosas que uno ha cultivado en otro, todo eso llega a su fin y hay un shock, y a ese shock lo llamamos dolor. Ahora bien; ¿puede uno permanecer con eso, no escapar, no buscar consuelo? ¿Pueden ustedes permanecer con ese tremendo reto sin un solo movimiento del pensar ‑porque el dolor es tal vez uno de los mayores retos, de las mayores exigencias para la mente humana, para la calidad humana? Si meramente escapamos de él, lo evadimos o racionalizamos, entonces el dolor es nuestra sombra; pero con el cese del dolor hay pasión, que es la esencia misma de la energía. Muy pocos de nosotros tenemos esa pasión viviente, esa pasión que mueve el universo.

Debemos, pues, examinar qué es el amor. Esa palabra ha sido muy estropeada. ¡Le hemos dado un significado tan trivial! Ustedes pueden decir, “Amo a mi esposa”, o, “Amo a mi marido”. Uno cuestiona ese amor. Ese amor puede ser apego, puede ser búsqueda de consuelo, de placer sexual, del placer que representa la compañía de alguien, etcétera. Vamos a considerar qué es el amor, vamos a ver la profundidad, la belleza y la cualidad extraordinaria del amor. Puede que el amor esté relacionado con la muerte.

Ciertamente, para descubrir algo verdadero, uno debe negar aquello que no es verdadero, debe negar lo falso. Para descubrir qué es falso y qué es verdadero y qué es lo verdadero en lo falso, se requiere no sólo la capacidad de pensar claramente, sino que es necesario inquirir, formularse preguntas. Entonces, ¿qué es el amor? ¿Dirían ustedes que el amor es deseo? ¿Dirían que es placer, que es apego? Quien les habla formula estas preguntas para que ustedes las contesten por sí mismos; que las contesten, no que se engañen a sí mismos ‑cosa muy fácil de hacer. Uno puede pensar que es un ser humano maravilloso y que está fuera de todo esto. Pero descubrir lo que no es el amor, implica negación, y esta es la más positiva de las acciones. Preguntamos: ¿El amor es deseo? El deseo es un movimiento errante. ¿Es errante el amor, es inestable, débil, o es algo tan poderoso, tan vital como la muerte? ¿El amor es placer sexual, es el placer de poseer, de dominar a una persona? ¿Eso es amor? ¿Es el apego a la persona ‑mi mujer, mi marido, mi familia- apego que significa asirse, aferrarse a alguien, es eso amor? ¿O en el apego hay miedo, celos, ansiedad, odio? Donde hay celos hay odio. ¿Es eso el amor?

¿Tiene el odio relación alguna con el amor? ¿Es el amor el opuesto del odio? ¿Es lo bueno el opuesto de lo que no es bueno? Si el odio es el opuesto del amor, entonces el odio tiene su raíz en el amor. Todos los opuestos tienen raíces en sus propios opuestos. Por favor, examinen honestamente sus propias vidas y formúlense estas preguntas. Deseo, placer, apego, celos, ansiedad, temor a la pérdida, ¿es amor todo eso? ¿Puede uno verse libre del apego, no en el último momento cuando la muerte ya está ahí? ¿Puede uno terminar con el apego que tiene hacia otra persona? Vean las implicaciones del apego, sus consecuencias. Donde hay celos, hay ira, odio. ¿Es amor todo eso?

Y, ¿qué es la compasión? ‑no la definición que uno puede buscar en el diccionario. ¿Qué relación hay entre el amor y la compasión? ¿O es el mismo movimiento? Cuando usamos la palabra ‘relación’, implicamos con ella una dualidad, una separación, pero lo que ahora preguntamos es qué lugar ocupa el amor en la compasión. ¿O es el amor la expresión más alta de la compasión? ¿Cómo pueden ustedes ser compasivos si pertenecen a alguna religión, si siguen a algún gurú, si creen en algo, si creen en sus escrituras, etc., si se apagan a una conclusión? ¿Y puede haber compasión cuando uno cree firmemente en un dios o en un salvador, en esto o en aquello? Uno puede hacer trabajo social, ayudar al pobre por piedad, por caridad, por simpatía, pero ¿es todo eso amor y compasión? Cuando uno comprende la naturaleza del amor, cuando uno tiene esa cualidad de la mente en el corazón, eso es inteligencia. La inteligencia es la compasión o el descubrimiento de lo que es el amor. La inteligencia no tiene absolutamente nada que ver con el pensamiento, con el ingenio, con el conocimiento. Uno puede ser muy diestro en sus estudios, en su empleo, en su capacidad de argumentar muy ingeniosamente, muy razonablemente, pero eso no es inteligencia. La inteligencia acompaña al amor y a la compasión; y uno, como individuo separado, no puede dar con esa inteligencia. La compasión no es de ustedes ni mía, tal como el pensamiento no es mío ni de ustedes. Cuando hay inteligencia, no existen el ‘yo’ y el ‘tú’. Y la inteligencia no reside en nuestro corazón o en nuestra mente. Esa inteligencia es suprema y está en todas partes. Es esa inteligencia la que mueve la tierra y los cielos y las estrellas, porque esa inteligencia es compasión.

También vamos a considerar juntos esta cuestión de la muerte ‑siendo la muerte el final, el final de nuestros recuerdos, de nuestros apegos, de nuestra cuenta bancaria ‑si es que tenemos una. Uno no puede llevarse eso consigo, pero le gustaría tenerlo hasta el último momento. ¿Qué es, entonces, la muerte y qué es lo que muere? ¿Y qué es la vida? ¿Comprenden? ¿Qué es eso que muere, y qué significa morir? No nos referimos al cese del organismo físico, sino que estamos investigando la vida, el cese de la vida y la gran significación de lo que entendemos por muerte. ¿Qué es esa vida que hemos separado de la muerte? Existe un intervalo de 40, 50 o 100 años. Queremos prolongar nuestra vida tanto como sea posible. La medicina moderna, la cirugía, la salubridad, todo eso ayuda a que prolonguemos nuestra vida. No sé para qué, pero queremos prolongarla. ¿Qué es, entonces, la vida, la vida de ustedes o del universo, la vida de la tierra, la vida de la naturaleza, la vida que es el vasto movimiento sin principio ni fin? No retrocedan para caer en la trampa de sus tradiciones. Eso está muerto, está completamente muerto.

Debemos, pues, examinar, cuando hablamos del vivir, qué significa eso ‑la vida de un árbol, del pez en el agua, la vida que hay en la belleza de un tigre, la vida del universo, esta vida que parece tan extraordinariamente vasta, inmensa, inconmensurable. ¿Estamos hablando de eso, o de la vida de ustedes? Si hablamos de la vida de ustedes, ¿qué es esa vida? ¿Ir a la oficina de la mañana a la noche por 50, 60 años, tener hijos, pertenecer a alguna secta, seguir a algún gurú? La vida de ustedes es conflicto, conflicto como placer, conflicto como temor; y es la persecución del placer y del deseo. Esta es la vida de ustedes. ¿Es acerca de eso que estamos hablando, del final de esa vida? ¿Qué es lo importante, lo que está antes o lo que está después de la muerte? La vida, la belleza de la vida, la energía, el goce, la inmensidad del vivir, todo ello lo hemos reducido a ese trivial y mezquino ‘yo’. ¿Nos interesa eso, el ‘yo’ que va a morir? ¿Nuestro nombre, nuestra forma, nuestro aspecto, nuestra cuenta bancaria, nuestras creencias, nuestras experiencias? ¿Qué es lo que somos, entonces, qué son ustedes? Por favor, mírenlo, cuestiónenlo, pónganlo en duda, inquieran. ¿Es eso lo que les asusta que muera? ¿El saber que el cuerpo, el organismo va a morir? Pueden prolongarlo por un largo tiempo, pero va a llegar a su fin. O puede que digan: “He tenido una vida buena y placentera, no me importa morir”.

Nos preguntamos qué es lo que muere y qué es lo que se aferra a la vida. Por ‘vida’ quiero decir el ir a la oficina, el sexo, la pena, el placer, las luchas, las disputas, la destrucción de unos por otros. Esta es la vida de ustedes, sean jóvenes o viejos. ¿Es esto lo que temen que termine? ¿O consideran la vida como una totalidad, la vida del universo, que es tan vasto, tan inmenso, tan incalculable? Por favor, pregúntense qué son ustedes; es a eso que se aferra el pensamiento, a la imagen que hemos fabricado de nosotros, al ‘sí mismo’, no a la inmortalidad de nuestra alma. El ‘sí mismo’ se construye a través del tiempo ‑nuestra imagen como el ‘yo’ desde el instante en que nacemos hasta el presente. Y aceptamos ese ‘yo’ como una realidad. Ese ‘yo’, ¿es en absoluto real? ¿O es una serie de palabras, una serie de recuerdos, de experiencias casuales, todo ello producto del pensamiento, y es ese ‘yo’ el que se aferra a todo este tormento del vivir? Si uno no se aferra a eso, entonces la vida es algo por completo diferente. Es un movimiento vasto e inmensurable. Pero eso sólo puede verse cuando el ‘yo’ está ausente.

Ahora debemos formularnos una pregunta: ¿Qué es la meditación? Vamos a examinar juntos qué es la meditación; no cómo hay que meditar, sino cuál es la naturaleza, la cualidad, la estructura, la belleza de la meditación. La palabra ‘meditación’ significa, según el diccionario, examinar, reflexionar sobre algo, considerar, indagar, investigar, contemplar. Y esa palabra también quiere decir medida, medir. Creo que en sánscrito ma es medir. La medida significa comparación. ¿Han considerado ustedes alguna vez cómo la antigua Grecia, 450 años a.C., se expendió por toda Europa? Grecia fue la responsable de la medida; los griegos inventaron la medida. Sin la medida no puede haber una tecnología. Y el mundo occidental ha sido capaz de desarrollar una gran tecnología, la que se ha trasladado al Japón. Los antiguos indios decían que la medida es una ilusión; y la India se expendió por todo el Asia. No se sientan orgullosos por ello, todo eso ha desaparecido. Ustedes han perdido lo único que era realmente precioso. Han perdido la joya más extraordinaria que alguna vez poseyeron.

La meditación significa, pues, pensar, examinar, y también significa medir. O sea, soy esto, debo ser aquello; me comparo a mí mismo con otro que es inteligente, hermoso, agradable, y yo no lo soy ‑eso es medir. Seguir un ejemplo es medir. Dondequiera que haya comparación en lo psicológico, no puede haber meditación. No puede haber meditación donde hay medida. Uno puede comparar entre dos automóviles, entre dos materiales ‑una ropa mejor, un papel mejor, una casa mejor, una mejor comida, pero donde la mente piensa psicológicamente en términos de ‘lo mejor’, la meditación no es posible. Pueden ustedes sentarse con las piernas cruzadas, practicar toda clase de yoga, toda clase de control, pero donde hay control tiene que haber conflicto y tiene que haber medida. Y eso no es meditación.

La meditación implica vivir una vida diligente. La meditación no está separada del vivir cotidiano; no consiste en irse a vivir a un pequeño rincón y meditar por veinte minutos todas las mañanas, o todas las tardes o todas las noches. Eso es como dormir una siesta. No hay sistemas de meditación. El sistema implica una práctica. La práctica significa medida ‑desde lo que uno es a lo que uno quiere ser- y uno puede estar practicando la nota falsa. Y es lo que probablemente hacemos. Y a eso lo llamamos meditación. Esa meditación está totalmente separada de nuestro diario vivir. Averigüen si es posible vivir una vida cotidiana de meditación ‑lo cual implica no medir en ningún momento. En la meditación no hay control, porque el controlador es lo controlado. En la meditación no actúa la voluntad, porque la voluntad es deseo. La voluntad es la esencia del deseo ‑“yo meditaré, yo practicaré esto día tras día”. En la meditación no existe esfuerzo en absoluto, porque no hay un controlador. La meditación implica percepción atenta y lúcida; implica percibir la tierra, la belleza de la tierra, la hoja muerta, el perro moribundo; implica percibir el medio que a uno lo rodea, percibir al vecino, los colores que uno viste, por qué usa uno ese color, por qué lleva ese rosario ‑implica estar atento a todo eso. Meditar es percibir la belleza del viento entre las hojas, darse cuenta de los propios pensamientos, de los sentimientos; o sea, estar atento sin opción ni preferencia alguna ‑simplemente estar atento. Eso intensifica nuestra sensibilidad ‑el observarlo todo diligentemente. Cuando uno dice que hará alguna cosa, hacerla, sin olvidar jamás lo que uno ha dicho. No decir algo que uno no quiere decir. Eso forma parte de la meditación. O sea, percibir los propios sentimientos, la condición de uno, las opiniones, los juicios, las creencias, de modo tal que en esa percepción no haya preferencia alguna ‑simplemente percibir la belleza de la tierra, de los cielos y de los mares. Cuando uno percibe de ese modo, hay atención. Atender no sólo a lo que dice quien les habla, sino prestar atención a lo que nos dicen nuestra esposa, o nuestro marido, o nuestros hijos; a lo que nos dicen los políticos ‑con sus embustes, su búsqueda de poder, de posición. Cuando uno está así de profundamente atento, no hay un centro como el ‘yo’ que atienda. Eso también es meditación.

Entonces, si se ha llegado tan lejos, si la mente ha avanzado hasta ahí, uno se pregunta qué es la religión. La religión no es ninguna de las cosas que ustedes tienen ‑los templos y el contenido de los templos, el puja, los tirupatis, las iglesias- todo eso no es religión. Los rituales, las creencias, son un producto del pensamiento, que es un proceso material; y ustedes adoran lo que el pensamiento ha creado, o sea, lo que ustedes mismos han creado. ¿Se han dado cuenta de que todos los rituales, todos esos dioses los han creado ustedes a causa del miedo, de la necesidad que tienen de sentirse seguros? Ya sé que no están de acuerdo con esto, pero préstenle atención. Ustedes seguirán haciendo lo mismo, porque sus mentes están condicionadas, atemorizadas y necesitan alguna clase de seguridad; pero un hombre religioso no pertenece a ningún grupo, a ninguna religión, no tiene ninguna creencia porque su mente es libre. La inteligencia es la más alta, la suprema forma de seguridad fundamental ‑no la inteligencia del astuto pensamiento. Existe la inteligencia de la compasión; en esa inteligencia no hay dudas, ni incertidumbre ni temor. Esa inteligencia es algo inmenso y universal. Y donde hay atención, hay silencio. Si ustedes atienden ahora a lo que dice quien les habla, atienden con sus oídos, con sus ojos, con sus nervios, con la totalidad del cuerpo; si atienden de ese modo, entonces, en esa calidad de atención hay silencio, un insondable silencio. Ese silencio no ha sido tocado jamás por el pensamiento, y sólo entonces adviene aquello que el hombre ha buscado desde tiempos inmemoriales, algo sagrado, algo innominado, supremo. Es sólo esa mente que está tan completamente libre de todos los afanes de la vida, es sólo una mente así la que puede encontrar lo supremo. Eso significa meditación, que es la expresión de la actividad cotidiana.

Madrás,

2 de enero de 1983

DONDE HAY UNA CAUSA, EXISTE UN FINAL

Si a uno se le permite señalarlo, esta no es una conferencia para instruirles sobre un tema particular o con miras a informarles o enseñarles algo, sin que, juntos ustedes y quien les habla, estamos investigando los múltiples problemas de nuestras vidas cotidianas a fin de ver si existen algunas soluciones para los mismos. Por consiguiente, es responsabilidad nuestra pensar juntos y descubrir, averiguar por nosotros mismos, si estamos encontrándonos mutuamente, no sólo en el nivel intelectual, emocional, o en el nivel de las ideas, sino encontrándonos en una relación que inquiere y cuestiona. Para inquirir, para cuestionar, uno tiene que estar libre de prejuicios. De lo contrario, la investigación no tiene ningún valor. Casi todos nosotros estamos ya comprometidos con muchos ideales, conclusiones, opiniones, y así jamás nos encontramos. Como quien les habla no tiene creencias ni ideales ni autoridad alguna, él puede investigar fácil, dichosa y libremente; pero si ustedes también fueran libres, podrían también examinar, investigar los vastos conflictos de nuestra sociedad, de nuestros gobiernos. Podrían investigar por qué los seres humanos, que han vivido en esta tierra tal vez por cuarenta, cincuenta mil años o más, han llegado a ser lo que son ‑torpes, violentos, supersticiosos. Nosotros somos la sociedad, hemos creado esta sociedad en que vivimos, y para generar orden en esa sociedad, nuestra propia casa debe hallarse en orden, un orden que no existe. Nuestra casa, la casa en que vivimos, no es la casa física, sino la casa de nuestras luchas, conflictos, desdichas, confusión y dolor. Esa es nuestra casa, y no producimos orden en ella. La mera exigencia de un orden externo, tiene muy poca significación.

Lo que nos concierne profundamente es por qué los seres humanos han llegado a ser esto que son. El futuro es lo que son ahora. Si no cambian ahora, el futuro será exactamente lo que ahora es, quizá con cierta modificación, cierta variación. Si ustedes, seres humanos, no producen una transformación radical, fundamental, en sus propias actitudes, en sus propias vidas ‑lo que implica poner orden- entonces tiene muy poco sentido que asistan a todas estas pláticas. Si eso está bien claro, entonces ustedes y yo nos estamos encontrando a un cierto nivel con la misma intensidad, al mismo tiempo; entonces la comunicación se vuelve muy sencilla. Porque, obviamente, quien les habla está aquí para decir algo, para explorar algo junto con ustedes. Si se aferran a sus compromisos, a sus creencias, a sus gurús y todo eso, jamás podremos comunicarnos ustedes y yo. Así que, por favor, esta es una charla o una conversación entre dos personas, un diálogo entre dos amigos que se interesan no sólo en sus propias vidas privadas, sino que les importa el mundo, les preocupa lo que está sucediendo en el mundo ‑el desorden global, la amenaza de las guerras, la pobreza, la violencia y la destrucción que tiene lugar en todas partes. Nosotros somos responsables de todo eso.

¿Qué es un problema? ¿Por qué, a lo largo de nuestra vida, tenemos problemas ‑desde el principio mismo, apenas vemos la luz, hasta que morimos? ¿Por qué tenemos problemas ‑problemas sociales, económicos, mecánicos, problemas de computadoras y nuestros propios problemas en la vida cotidiana, en nuestra relación de unos con otros? ¿Es necesario tener problemas? ¿No es posible vivir sin un solo problema? Si uno tiene problemas, obviamente esos problemas actúan como fricción y desgastan el cerebro, y así uno envejece y todo eso. En todo el mundo los seres humanos tienen muchos, muchos problemas. Toda la vida que llevan es un movimiento de problemas.

Ahora preguntamos: ¿Es posible no tener problemas? Vamos a investigar la pregunta, no diremos: “Si, es posible vivir sin problemas”; ese no es el punto. El punto es por qué tenemos el problema, qué es un problema y por qué el cerebro está siempre tratando de resolver problemas. Hay problemas mecánicos, problemas matemáticos, problemas de invención, problemas arquitectónicos, físicos. En el campo tecnológico hay muchos, muchísimos problemas, eso es inevitable. ¿Pero por qué tenemos problemas en nuestra vida, en nuestra relación, en nuestro propio modo de vivir, en nuestra familia? Vemos que en el mundo tecnológico los problemas tienen que existir. Vivimos en un mundo mecánico. Somos gente de negocios, somos médicos, cirujanos, físicos, biólogos, expertos diestros en computadoras. Y nuestro cerebro se ha adiestrado, educado, condicionado para resolver problemas. Esa misma actitud la extendemos a nuestra vida cotidiana. ¿Comprenden lo que estoy diciendo? Supongamos que soy un experto en computadoras. Tengo ahí diversos problemas, y he de resolver esos problemas mecánicamente, lo cual implica que mi cerebro está adiestrado, condicionado, educado para resolver problemas. Y ese mismo movimiento de solución de problemas, nosotros lo extendemos al campo psicológico.

El campo psicológico es el campo de nuestra relación, de nuestros temores, nuestra ansiedad y todas esas cosas. Con la misma mentalidad, pensamos que tales cosas tienen que ser resueltas, que estos son problemas que requieren solución ‑lo cual implica que miramos la vida, nuestro diario vivir, desde el punto de vista de nuestros problemas. Estamos adiestrados para resolver problemas. Tratamos de resolver un problema; en la solución de ese problema particular, agregamos más problemas. Y así vivimos con los problemas. Ahora planteamos algo por completo diferente, o sea, observar la vida, no con una mente adiestrada para resolver problemas, sino comprender por qué el cerebro está condicionado, preparado, educado para resolver problemas, y por qué encaramos la vida con ese mismo movimiento.

Vamos, pues, a considerar las múltiples cuestiones de nuestra vida, no con un cerebro adiestrado para resolver problemas, sino que observaremos esas cuestiones sin exigir una respuesta, sin pedir una solución, porque una vida vivida sin un solo problema, es una vida extraordinaria; está dotada de una capacidad inmensa, de una tremenda energía. Esa vida está renovándose permanentemente a sí misma. Pero si uno está siempre preso en el campo de los problemas y en su solución, jamás sale de esos problemas. ¿Está claro esto? Vamos a averiguar si es posible mirar cualquier cuestión y no llamarla ‘problema’, mirar cualquier circunstancia de nuestra existencia cotidiana sin etiquetaría como problema, sino solamente observarla, percibir toda la naturaleza de esa circunstancia que afrontamos, su contenido. Pero si la abordamos como un problema y, por lo tanto tratamos de encontrarle una respuesta, incrementaremos el problema. Digamos, por ejemplo, que es importante tener una mente vacía. Es solamente un cerebro que no se halla ocupado el que puede percibir algo nuevo un cerebro libre, dotado de una vitalidad tremenda. Es necesario tener una mente muy quieta, porque es sólo una mente quieta, una mente vacía, un cerebro capaz de ver las cosas con claridad, el que realmente puede pensar de una manera por completo distinta. Ahora bien, ustedes escuchan que es necesario tener una mente quieta, silenciosa, y entonces preguntan: “¿Cómo puedo lograr eso?” Y así lo convierten en un problema: “Necesito tener una mente quieta. Mi mente está ocupada, inquieta, parlotea todo el tiempo, ¿cómo he de detenerla?” El deseo de detenerla, origina problemas. “Cómo he de hacerlo”, es un problema. ¿Han entendido? Pero si abordan la cuestión de esa mente vacía sin introducir el ‘cómo’, entonces comenzarán a ver por sí mismos la naturaleza de la ocupación mental, por qué la mente se encuentra ocupada, por qué está explayándose constantemente sobre una cuestión en particular. Cuando ustedes la observan, cuando están lúcidamente atentos, ella les cuenta su historia. ¿Han comprendido esto?

Primeramente, debemos tener muy en claro que ustedes y quien les habla están considerando la vida no como un problema sino como un movimiento extraordinario. Si tienen el cerebro adiestrado para la solución de problemas, entonces abordarán este movimiento como un problema que debe ser resuelto. ¿Es posible mirar la vida con todos sus interrogantes, con todas las cuestiones que se suscitan, que son tremendamente complejas, mirarla, no como un problema, sino observarla claramente, sin prejuicios, sin llegar a ninguna conclusión, porque entonces será ésta la que habrá de dictar nuestra observación? Uno tiene que observar este vasto movimiento de la vida, no sólo su propia vida particular sino la vida de la humanidad, la vida de la tierra, la vida de los árboles, la vida del mundo en su totalidad ‑mirarla, observarla, moverse con ella. Pero si uno la trata como un problema, entonces creará más problemas. ¿Está claro esto?

¿Qué es, para nosotros, lo primero en la vida, el primer movimiento en nuestra vida, en la vida del hombre? No estamos hablando de la pequeña vida mezquina que llevamos, a lo cual llegaremos enseguida, sino de la vida que nos rodea, del vasto, inmenso, complejo movimiento de la existencia. ¿Qué es lo que primero nos conmueve? ¿Qué es lo que tiene tras de sí significación, hondura, un sentimiento de vitalidad? ¿Cuál sería la primera observación de ustedes, la primera respuesta, la primera indagación inmediata? Tal vez nunca se hayan formulado esta pregunta. Si miramos este vasto y extraordinario movimiento de la vida, del cual uno forma parte, ¿qué es lo que encontramos en primer lugar? ¿La relación, nuestro propio interés particular en nosotros mismos, nuestro propio temor, nuestra propia ansiedad, nuestra propia estrecha, limitada indagación personal, nuestra propia búsqueda de dios? ¿Cuál sería nuestro primer contacto natural, nuestra natural exigencia interna? ¿Acaso no miramos este vasto movimiento de la vida desde una pequeña y estrecha ventana, siendo esa ventana nuestro propio insignificante ‘yo’ ‑nuestras propias preocupaciones, nuestras ansiedades, nuestros requerimientos sexuales? ¿Miran ustedes este vasto movimiento, no desde un punto de vista particular, no desde una ventana, no desde un compromiso? ¿O están atrapados en un sistema, en una tradición, en el conocimiento como profesores, o filósofos, o escritores, o soldados, o especialistas? ¿O miran ese movimiento como seres humanos, seres humanos con múltiples dificultades, sufrimientos, penas, ansiedades? ¿Cómo miran ustedes todo esto?

Cuando uno plantea una pregunta así entre tanta gente, es natural que cada uno tenga una respuesta distinta. Pero como todos los seres humanos, somos el resto de la humanidad. Podemos tener cierto trasfondo, cierta tradición, una larga historia. Pero en lo fundamental, cada uno de nosotros es un ser humano, no un médico, ni un cristiano, ni un budista, ni un hindú; en lo fundamental, uno es un ser humano relacionado con todos los otros seres humanos. Por lo tanto, uno es el resto de la humanidad. Mi cuerpo puede ser diferente de otro cuerpo, el organismo físico puede ser diferente de otro organismo físico, pero el cuerpo nunca dice, “Yo soy”, el cuerpo nunca dice, “Yo soy algo especial”; nunca dice, “Mi progreso, mi éxito, yo debo encontrar a Dios”, y todas esas cosas. El cuerpo jamás es consciente de que está separado de alguna otra persona. Es el pensamiento el que dice que yo soy diferente. Es importante ver cómo el pensamiento divide. Por lo tanto, lo que primero uno advierte cuando mira este vasto movimiento de la vida, es cómo el hombre se ha dividido, cómo se ha separado de los otros hombres al considerarse a sí mismo como americano, judío, ruso, árabe, hindú, y así sucesivamente. ¿No reparan ustedes en esta extraordinariamente dividida entidad humana? ¿Se dan cuenta de eso? Si lo hacen, lo primero que ven es cómo el mundo se halla dividido geográfica, nacional, racial y religiosamente. Esta división está causando inmensos conflictos, está originando las guerras ‑el hindú contra el musulmán, el ruso contra el afgano, etc. ¿Acaso no es eso lo primero que ven ustedes en este mundo ‑cómo el hombre ha creado esta división? Esta división tiene que existir inevitablemente, porque es el pensamiento el que la ha creado.

Señores, si uno está del todo alerta, ve lo que el hombre se ha hecho a sí mismo y lo que ha hecho a otros. Eso es lo primero que uno observa ‑la destrucción que estas divisiones ocasionan, las guerras que se generan a consecuencia del nacionalismo. Una de las causas de la guerra es el nacionalismo, y nosotros jamás abordamos este vasto movimiento de la vida como una unidad. Hemos vivido de este modo durante miles de años, matándonos unos a otros en nombre de Dios, en nombre de la paz, en nombre del país, en nombre de una bandera, y al cabo de miles de años seguimos haciendo lo mismo. Uno se pregunta entonces: ¿Qué le pasa al hombre? ¿Por qué hace esto? Es extraordinariamente ingenioso en el campo tecnológico, donde ha inventado los más asombrosos y delicados instrumentos. Pero nosotros seguimos adelante, viviendo con la máxima estupidez nuestras propias vidas. Esa es, entonces, la primera cosa que uno advierte. Y se pregunta cuál es la causa de ello.

¿Cuál es el origen de todo esto ‑de esta división, de estas guerras, de la estructura que la autoridad jerárquica tiene en todos los países, tanto en el campo religioso como en el político y en el científico? Todo ello se basa en los principios jerárquicos ‑la autoridad del conocimiento, la autoridad de la experiencia, etc. ¿Cuál es, entonces, la causa de todo esto? ¿Quién es el responsable? Por favor, pregúntenselo. Porque donde hay una causa, existe un final para esa causa. Si uno experimenta dolor, y la causa es el cáncer u otra cosa, entonces a ese dolor puede ponérsele fin, o uno se muere. Por lo tanto, dondequiera que haya una causa, existe un final para la misma. Esa es una ley, es un principio. Nos preguntamos entonces: ¿Cuál es la causa de todo esto ‑de esta inmensa desdicha, de esta infelicidad, de esta tremenda incertidumbre?

¿Podemos investigar esto juntos ‑no que yo explique y ustedes lo acepten, sino que juntos, poco a poco, cuidadosamente, descubramos por nosotros mismos cuál es la raíz, el origen de todo esto? Si no lo descubrimos ahora, el futuro será exactamente igual, ustedes serán lo que son ahora ‑habrá guerras, división, dolor, angustia, ansiedad, incertidumbre. Averigüemos, pues, juntos, cuál es la causa de esta división. Esta división engendra disputas, guerra, perpetuo conflicto ‑conflicto entre hombres y mujeres, sexualmente, y todo lo demás. ¿Cuál es el origen, la causa de todo esto? Si se me permite preguntarlo, ¿cómo abordan ustedes una cuestión como ésta? ¿Cómo se aproximan a ella? Abordar algo significa acercarse a ello, establecer un contacto. Este es un interrogante que se les plantea. ¿Lo ven como un problema que debe ser resuelto, o lo abordan muy de cerca? Si lo hacen así, entonces están abiertos a la cuestión, pero si evitan el contacto con ella, entonces se cierran, no están despiertos al reto que deben afrontar.

¿Estamos, pues, abordando esta cuestión sin una tendencia determinada, sin ningún motivo? Porque si existe un motivo, es ese motivo el que dieta la respuesta y distorsiona la percepción. Supongamos que mi pregunta es ésta ‑me formulo la pregunta a mí mismo: ¿Cuál es el origen de todo esto? No tengo respuesta. No lo sé, pero voy a averiguarlo. Para averiguarlo, debo estar libre, libre de cualquier clase de tendencia. Porque si tengo una tendencia que me dirige, un motivo, si espero algún tipo de recompensa, entonces ese motivo, esa recompensa van a dictar mi investigación. Por lo tanto, uno debe estar libre a fin de observar esta pregunta: ¿Cuál es el origen de todo esto? ¿Es inevitable que todo ser humano que vive en esta bella tierra, deba vivir en conflicto, con ansiedad, con miedo? Si aceptan que eso es inevitable, entonces no hay investigación. Han arribado a una conclusión y con ello han cerrado las puertas. La conclusión significa el cese de la investigación. La propia palabra ‘conclusión’ implica cerrar, terminar. Si llegan a alguna conclusión, entonces no pueden responder al reto. Uno debe, pues, estar muy atento al modo en que aborda esta cuestión. Nos preguntamos: ¿El origen es el pensamiento? ¿Qué es el pensamiento? ¿El pensamiento nos pertenece, es un pensamiento individual? ¿El pensamiento de uno está separado del pensamiento de alguna otra persona? Todas las personas piensan ‑desde el hombre más estúpido e ignorante, desde el oprimido habitante de una aldea, al más grande de los científicos. Por lo tanto, el pensar es común a todos nosotros. No es el pensar de ustedes separado de mi pensar, sino que es el movimiento de toda la humanidad; no es un pensar individual. ¿Vemos eso? Es más bien difícil aceptarlo o verlo, debido a que estamos muy condicionados, adiestrados, educados para creer que el pensar de uno está separado del pensar de los demás, que la opinión de uno es diferente de la opinión de los otros. Pero la opinión es opinión; no es mi opinión o la opinión de ustedes.

¿Es, entonces, el pensar la raíz de toda esta desdicha, esta destrucción, esta decadencia, esta corrupción, este deterioro? Si lo es, ¿puede entonces el movimiento del pensar, que ha creado semejante devastación en el mundo, puede ese movimiento llegar a su fin? Es el pensar el que ha creado el asombroso mundo tecnológico, los grandes instrumentos de guerra, los extraordinarios submarinos, etcétera. También ha creado todas las religiones que hay en el mundo. Ha construido las maravillosas catedrales, las mezquitas, los templos, y todas las cosas que hay en los templos, en las mezquitas, en las iglesias. El pensamiento ha inventado todos los rituales, ha inventado al salvador en el mundo cristiano, ha inventado la liberación o moksha o como quieran ustedes llamarlo, en este país. También ha inventado los dioses. Cuando más inseguros se sienten ustedes, tanto más peligroso se vuelve el mundo. De modo que el pensamiento tiene que encontrar alguna seguridad, el sentimiento de certidumbre, de estar a salvo. Y así crea los dioses ‑su dios y mi dios, mi dios es mejor que el suyo, mi gurú es mejor que el suyo, etc. El pensamiento ha sido el responsable de todo esto. Si esa es la causa, si el pensamiento es la causa de todo esto ‑de nuestra desdicha, de nuestras supersticiones, de nuestra inmensa inseguridad e incertidumbre- ¿hay un final para esa causa? ¿Comprenden mi pregunta? ¿Existe un cese para el pensamiento psicológico? O sea, el pensamiento es el responsable de todo este mundo tecnológico, pero también lo es del mundo humano de desdicha, infelicidad, ansiedad; si el pensamiento es la causa de todo esto, ese pensamiento debe llegar a su fin. Vale decir que si uno tiene una enfermedad generada por diversos acontecimientos, esa enfermedad tiene una causa, y si ésta se ha descubierto, puede ser tratada y se puede terminar con ella. Igualmente, si el pensamiento psicológico es el responsable de todo esto ‑de nuestra diaria confusión, de nuestra desdicha, incertidumbre, dolor, y de todas las supersticiones que ese pensamiento ha creado alrededor de nosotros- si el pensamiento es la causa, ese pensamiento tiene un final.

Si ustedes dicen, “Dígame cómo terminar con el pensamiento”, entonces hacen de ello un problema, porque nuestro cerebro está adiestrado, educado para resolver problemas. Tal como un experto en computadoras está adiestrado para resolver los problemas que ahí se suscitan, ese mismo movimiento lo extendemos introduciéndolo en el mundo psicológico. Si el pensamiento es la causa de esto, la cuestión no es cómo terminar con él, sino comprender todo el movimiento del pensar. Si uno aborda ese movimiento como ‘su’ pensar y algún otro hace lo mismo, entonces las consecuencias son por completo diferentes; ello conduce a toda clase de ilusiones. Las supersticiones carecen de realidad, pero el pensar es el suelo sobre el que están parados todos los seres humanos ‑el negro, el blanco, el ‘rojo’, el musulmán, el hindú, el aldeano, el hombre inculto, el hombre de ciencia. Entonces uno abandona la idea de que ese es su pensar; uno se interesa entonces en el pensar global, no en el modo indio de pensar. Se interesa realmente en el mundo, en toda la humanidad a la que pertenece. Uno no es un individuo. ‘Individuo’ significa único, indiviso. Nosotros no somos únicos, estamos totalmente divididos, fragmentados en lo interno, somos el resultado de todas las generaciones pasadas. Nuestro cerebro no es ‘nuestro’. Ha evolucionado a través de miles y miles de años. Pero nuestra religión, nuestras escrituras, la vida cotidiana que llevamos, nos dicen que cada uno de nosotros está separado de todos los demás, y nos han educado para aceptar eso. Nunca lo hemos investigado, no lo hemos cuestionado, no lo hemos puesto en duda sino que lo aceptamos, y en esa aceptación radican nuestros problemas. Pero si ustedes ven todo esto como un vasto movimiento de la vida del cual forman parte, este movimiento que es ilimitado, que no tiene principio ni fin, entonces comienzan a investigar la naturaleza del pensamiento.

¿Cuál es, entonces, el origen del pensamiento? ¿Por qué el pensamiento está dividido en su naturaleza misma? ¿Por qué el propio movimiento del pensar es divisivo, fragmentario, limitado? Puesto que el pensamiento es tal vez la causa, no pidan: “Por favor, dígame cómo terminar con la causa”, porque en ese caso están de vuelta en el viejo campo de los problemas. Si tratan de resolver este problema, tienen otros problemas. El pensamiento está creando problemas, así que ustedes piden: “Díganos cómo detenerlos, díganos cómo detener el pensamiento”; y hay muchísimas personas que les dirán cómo hay que detener el pensar. Y esas personas varían de una a otra ‑“mediten, no mediten, intenten este sistema, etc.”- ya conocen ustedes todo eso. Y así es como multiplicamos los problemas uno tras otro. Observen, en cambio, este movimiento del pensar con que el hombre ha vivido por miles y miles de años, y pregúntense no cómo terminar con el pensamiento, sino cuál es la naturaleza del pensamiento, por qué el pensamiento se ha vuelto tan importante. El pensar implica conocimiento. Pregúntense qué lugar tiene el conocimiento en la vida.

Tenemos que detenernos ahora; proseguiremos mañana en la tarde. Pero por favor, cuando dejen ustedes este lugar, consideren todo esto, investíguenlo; ello implica un cerebro activo, que piensa, que discute, que no está meramente clavado en el insignificante y estrecho surco de la tradición o de algún sistema. Una de las calamidades del mundo, es que todos envejecemos; no sólo envejece el cuerpo, sino que envejecemos mentalmente. El deterioro empieza en lo interno, porque nos volvemos mecánicos. Nunca tenemos la energía, la vitalidad necesaria para descubrir. A todos se nos ha dicho lo que debemos hacer, todos hemos sido adoctrinados. Este no es un lugar de adoctrinamiento, ni se les dice a ustedes lo que deben hacer. Aquí somos serios a fin de encontrar una manera diferente de vivir; y podremos descubrirla sólo cuando comprendamos la naturaleza del pensamiento y el modo de vivir en el cual el pensamiento carece por completo de importancia.

Bombay,

22 de enero de 1983

LA BUENA MENTE

¿Podemos continuar con lo que hablábamos ayer en la tarde? Decíamos que la presente condición de las divisiones raciales, lingüísticas, religiosas, nacionales ‑el musulmán y el hindú, el judío y el árabe, el americano y el europeo, el ruso, el chino, etc.- ha sido el origen de muchas guerras. Decíamos que donde hay división ‑no sólo la división racial, religiosa y lingüística, sino la división que existe entre el hombre y la mujer en sus relaciones- tiene que haber conflicto. También examinamos la cuestión de por qué existe este conflicto constante entre los seres humanos, cuál es el origen de ello, la causa de todo este caos: anarquía, anarquía inminente, malos gobiernos, cada nación preparándose para una guerra, un gurú más importante que otro gurú, etc., etc. Vemos esta división en todo el mundo, división que históricamente también ha existido por muchos, muchos siglos. ¿Cuál es la causa de ello? ¿Quién es el responsable? Dijimos que el pensamiento ha dividido al hombre contra el hombre; el pensamiento ha creado también la extraordinaria arquitectura, la poesía, la pintura y todo el mundo de la tecnología, la medicina, la cirugía, las comunicaciones, las computadoras, los robots, etc. El pensamiento ha producido salud, buena medicina y diversas formas de bienestar humano. Pero el pensamiento también ha creado esta vasta división entre los hombres. Y nosotros nos preguntamos cuál es la causa de todo ello. ¿Quién es el responsable de que esto suceda? Y dijimos también que donde hay una causa, hay un final para esa causa. Cuando uno padece una enfermedad, puede encontrarse la causa de esa enfermedad, y entonces la enfermedad puede curarse. Por lo tanto, donde hay una causa, existe un final para esa causa. Ese es, obviamente, un hecho. Si el pensamiento ha creado esta confusión, esta incertidumbre, este perpetuo peligro, ¿qué ocurrirá, entonces, si no usamos el pensamiento?

Estamos investigando juntos, preguntándonos por qué en todo el mundo el hombre vive perpetuando el conflicto, no sólo en sí mismo sino externamente ‑en la sociedad, en la religión, en la economía, etcétera. Ese pensamiento es el responsable por la confusión y la división y toda la desdicha de los seres humanos, esto es muy evidente. Si uno reconoce ese hecho, no como una teoría o una enunciación filosófica, sino que reconoce el hecho real de que el pensamiento, por ingenioso, por hábil, por erudito que sea, es el responsable de esta confusión, ¿qué ha de hacer, entonces, el hombre? Aquí es donde dejamos ayer. Dijimos también que el pensamiento ha creado maravillosas catedrales, templos y mezquitas, y que todas las cosas que contienen los templos, las mezquitas y las iglesias, son la invención del pensamiento. El pensamiento, en su búsqueda de seguridad, ha creado los dioses. Al encontrar incertidumbre, inseguridad, conflicto en este mundo, el pensamiento inventa una entidad, un principio, un ideal que le proporciona seguridad, consuelo; pero ese consuelo, esa seguridad, es la invención del pensamiento. Es muy obvio, si observamos nuestro propio pensar, que el pensamiento ha creado esta división y este conflicto. Entonces podemos formularnos una pregunta: ¿Por qué existe este conflicto, por qué hemos vivido con el conflicto desde tiempos inmemoriales ‑conflicto entre el bien y el mal, entre ‘lo que es’ y ‘lo que debería ser’, entre lo real y lo ideal?

¿Por qué vive el hombre en conflicto? ¿Qué es el conflicto? ¿Cuál es la naturaleza del conflicto? No sé si algunos de ustedes han visto esas cuevas en el sur de Francia donde, entre otras cosas, hay una pintura que tiene una antigüedad de 25 o 30 mil años, en la cual se ve a un hombre luchando contra el mal representado en la forma de un toro. Por miles de años hemos vivido con el conflicto. El meditar se vuelve un conflicto. ¿El conflicto existe donde hay comparación? La comparación implica medida. Uno se compara a sí mismo con otro. Donde hay comparación, tiene que haber temor, tiene que haber conflicto. ¿Puede uno vivir sin comparar en absoluto? Pensamos que comparándonos con alguien, estamos progresando. Uno quiere ser como su gurú, quiere alcanzar la iluminación, una posición, quiere que lo sigan, quiere ser respetado, etc., etc. Así, cuando existe un devenir psicológico, tiene que haber conflicto. ¿Es posible vivir una vida absolutamente exenta de comparación y, por tanto, de conflicto? Estamos cuestionando todo el proceso del devenir psicológico. Un niño deviene un adolescente, luego crece hasta ser un hombre adulto. Para aprender un idioma necesitamos tiempo, lo necesitamos para adquirir alguna destreza. Y preguntamos: ¿Es el devenir psicológico una de las razones del conflicto ‑cambiar ‘lo que es’ por ‘lo que debería ser’: “yo no soy bueno pero seré bueno, soy codicioso, envidioso, pero tal vez un día estaré libre de todo esto”? El deseo de devenir, de ‘llegar a ser’, que implica medida, comparación, ¿constituye una de las causas del conflicto?

Existe otra razón para el conflicto, y es que hay dualidad. Estamos examinando esto para comprender la naturaleza del conflicto y para descubrir por nosotros mismos si es posible estar total y completamente libres de conflicto. El conflicto desgasta el cerebro, envejece la mente. Un hombre que ha vivido sin conflicto, es un ser humano extraordinario. Es importante que nos demos cuenta de lo necesario que es comprender el conflicto. Vemos que la medida, la comparación originan conflicto. También hemos dicho que hay dualidad. Algunos filósofos han afirmado eso, han postulado la existencia de la dualidad y han dicho que una de las razones de este conflicto, es la dualidad. Hay dualidad ‑noche y día, luz y sombra, alto y bajo, mañanas brillantes y nubladas, el sol naciente y el sol poniente. Físicamente hay dualidad: uno es hombre y otra es mujer. Pero nos preguntamos: ¿Existe en absoluto la dualidad psicológica? ¿O sólo existe ‘lo que es’? Yo soy violento, o sea, hay solamente violencia, no hay no violencia. La no violencia es tan sólo una idea, no es un hecho. Donde hay violencia y no violencia, tiene que haber conflicto. En este país ustedes hablan interminablemente de la no violencia, pero es probable que también sean personas muy violentas. Lo real es que, en todo el mundo, los seres humanos son violentos. Ese es un hecho. La violencia implica no sólo la violencia física, sino también la imitación, la conformidad, la obediencia, la aceptación.

Hay otras formas de violencia, pero sólo existe ‘lo que es’. Y si ustedes están condicionados para perseguir la no violencia mientras son violentos, o sea, si se alejan del hecho, entonces es inevitable que tengan conflicto. En cambio, si uno trata con ‘lo que es’, sólo existe un único hecho, y el hecho es que soy violento; y en la comprensión de la naturaleza y estructura de la violencia, la violencia puede llegar a su fin ‑pero el cese de la violencia no es un problema. Nuestras mentes están adiestradas, educadas para resolver problemas ‑problemas matemáticos, económicos, políticos, etc. Nuestros cerebros están condicionados para abordar mecánicamente los problemas, y convertimos la vida en una serie de interminables problemas psicológicos. Examinamos eso en la tarde de ayer. De modo que sólo existe el hecho, no el opuesto. ¿Está bien claro esto ‑que el ideal, el principio, aquello que ustedes llaman lo noble, son todos ilusiones? El hecho es que somos violentos, ignorantes, corruptos, indecisos, etcétera. Esos son hechos, y tenemos que habérnoslas con los hechos. Los hechos no crean problemas si uno los afronta. Descubro que soy violento, y no tengo para ello un opuesto. Rechazo totalmente el opuesto, no tiene ningún sentido. Sólo existe el hecho.

Entonces, ¿cómo trato el hecho, cómo lo abordo? ¿De qué modo miro ese hecho? ¿Cuál es mi motivo al mirar el hecho? ¿En qué dirección quiero que el hecho se mueva? Debo estar atento a la naturaleza y estructura del hecho, tengo que percibir el hecho sin preferencia alguna. ¿Cómo abordo el hecho? Es decir: ¿Cómo observo el hecho de que soy violento? Esa violencia se manifiesta cuando estoy iracundo, cuando estoy celoso. Si trato de compararme con otro, si hago todas esas cosas, entonces no puedo enfrentarme a los hechos. Una buena mente afronta hechos. Si uno está en los negocios, se enfrenta a hechos y trata con el hecho, cambia el hecho; uno no pretende hacer alguna otra cosa fuera del hecho. De lo contrario, uno no es un buen hombre de negocios. Pero aquí somos tan ineficientes debido a que no abordamos los hechos, o cuando los descubrimos realmente, los ocultamos. Y de esa manera, no hay solución para ninguno de ellos. Por lo cual nos preguntamos otra cosa: ¿Qué es una buena mente? ¿Una mente es buena cuando está llena de conocimientos?

¿Qué es el conocimiento? Todos nos enorgullecemos de poseer conocimientos, conocimientos académicos, conocimientos que se derivan de la experiencia, o de incidentes, de acontecimientos. El conocimiento es memoria acumulada. Una experiencia jamás puede ser completa. ¿Una buena mente es una mente libre, comprensiva, global, o es una mente intolerante, estrecha, nacionalista, tradicional? Una buena mente es una mente libre. No es una mente contemporánea, no pertenece al tiempo, no la afectan las cosas del tiempo, del medio en que vive. Puede habérselas con el medio, con el tiempo, pero en sí misma es totalmente libre. Una mente así no tiene miedo. Nuestras mentes, en cambio, han sido adiestradas, educadas de tal modo que carecemos de toda originalidad. No somos profundos; el conocimientos es siempre superficial.

Lo que aquí nos interesa es comprender al ser humano, su mente, su acción, su conducta; sus respuestas son limitadas porque sus sentidos son limitados. ¿Es posible que el ser humano sea completa, totalmente libre? Uno debe poseer una buena mente, no sólo una acumulación de palabras ‑lo que no significa una mente ingeniosa, astuta. Somos muy agudos, astutos, sutiles, pero eso no implica una buena mente. ¿Es, entonces, posible para nosotros, vivir en este mundo moderno con todas las actividades que se desarrollan, con las influencias y los diarios y la constante repetición, con nuestras mentes programadas, igual que computadoras, como hindúes, sikhs, etcétera, es posible vivir en este mundo con una mente sana, fuerte, activa y plenamente despierta? Una mente así es imprescindible. Sólo entonces es posible producir una revolución psicológica y, con ella, una nueva sociedad, una nueva cultura.

Espero que estén escuchando. Es importante conocer el arte de escuchar. Consiste en prestar atención a algo, ver la verdad de ello y actuar. En cambio, nosotros vemos que algo es verdadero, lo entendemos lógica y razonablemente con claridad, pero no actuamos. Existe un intervalo entre la percepción y la acción; entre ambas tienen lugar todos los otros incidentes. En consecuencia, jamás actuamos. Si vemos que la violencia es en nosotros un hecho y no tratamos de volvernos no violentos ‑lo cual no es un hecho- sino que percibimos la naturaleza, la complejidad de la violencia, y prestamos atención a nuestra propia violencia, ella nos revelará su intima naturaleza. Entonces hay un cese completo de la violencia.

Como dijimos antes, una mente parlanchina es una mente enfermiza. Charla permanentemente, no sólo de problemas de negocios, de problemas matemáticos, etcétera, sino de los problemas que se generan en la relación con la esposa, con el marido, con el vecino. Está perpetuamente ocupada, y tal ocupación sobrecarga inevitablemente el cerebro, desgasta su capacidad. Eso es obvio. ¿Es posible que la mente no parlotee? Cuando nos damos cuenta de este parloteo y nos preguntamos si es posible detenerlo, hacemos de ello un problema. Nuestros cerebros están adiestrados para la solución de problemas. En consecuencia, resolvemos esto diciendo: “No debo parlotear, debo tratar de controlar la mente”, y entonces aparece el problema. ¿Quién es el controlador? ¿El controlador es diferente de lo controlado? Cuando surge un problema, estamos listos para resolverlo, y cerebros como los nuestros están preparados para la solución de problemas. Al resolver un problema, se incrementan otros. Por consiguiente, vean el hecho de que son violentos, y permitan que la historia de la violencia se lea a sí misma. Lo hará si sus mentes están quietas. Pero no conviertan eso en un problema, no digan: “¿Cómo ha de aquietarse el cerebro?” ¿Es posible mirar, observar sin preferencia alguna, mirar nuestra codicia, nuestra envidia, nuestras ambiciones, nuestra arrogancia? ¿Han notado cuántas personas son arrogantes? No el político, eso se entiende; él desea posición, prestigio, poder. Donde está el poder, está el mal. El poder absoluto corrompe de manera absoluta.

Ahora bien, ¿son ustedes arrogantes? El hombre que, psicológicamente, aspira a ser esto o aquello, es arrogante. Una persona es arrogante cuando trata de convertirse en algo que no es. El devenir psicológico es el movimiento de la arrogancia. Señores, considérenlo. Eso niega totalmente el sentido de la humildad. Cuando uno se enfrenta a los hechos, tiene que ser totalmente humilde ‑no cultivar la humildad. Sólo el vanidoso cultiva la humildad. Esas personas que son vanidosas, arrogantes, pueden cultivar la humildad, pero su humildad sigue siendo arrogancia. Todos estamos recorriendo la misma senda del devenir y, por eso, somos totalmente deshonestos al pretender ser lo que no somos. Mientras que una buena mente se enfrenta al hecho ‑el hecho de que uno es violento, arrogante. Nadie tiene que decirme que son ustedes arrogantes, ¡es tan obvio! La manera en que hablan, el modo en que se comportan; si uno está completamente atento, ve la naturaleza de la arrogancia. Verla, entenderla, permanecer con ella sin tratar de eludirla, es resolverla. Cuando hay una percepción de ‘lo que es’ ‑o sea, de la arrogancia- esa percepción misma exige acción inmediata. Eso es inteligencia. Si veo algo peligroso ‑y la violencia es un peligro tremendo para una mente sana, cuerda, racional y apasionada- y si hay una percepción de ello, esa misma percepción exige que haya una acción inmediata. Esa acción es el cese de la violencia. La percepción no requiere análisis. La percepción es algo real, es mirar el hecho, comprenderlo y terminar con él; luego, a partir de ahí, puede uno razonar. Ese mismo razonamiento será lógico. Pero si empezamos por averiguar la causa empleando la lógica, la razón, eso nos tomará tiempo y la causa se multiplicará.

¿Es posible, pues, vivir una vida en la que no haya un solo problema? No hablamos de problemas matemáticos y esas cosas, sino de problemas de relación, de no tener problemas en la relación. ¿Es eso posible? Uno tiene problemas con su mujer, con su padre, su madre, sus hijos. ¿Por qué? Si la vida de todos los días no está en orden, puede uno meditar hasta que el rostro se le ponga amoratado, pero esa meditación no tiene ningún sentido, es meramente un escape. Uno podría igualmente tomar una droga y deleitarse con eso. Si no ponemos nuestra casa ‑que es nuestra relación- en orden, entonces nuestra sociedad no estará en orden. Tenemos que empezar cerca para llegar muy lejos. Lo cercano es nuestra relación. ¿Por qué hay problemas ahí? ¿Por qué tenemos problemas con nuestra esposa, con nuestro marido, con nuestros hijos, con el vecino, con el gobierno, con la comunidad, etc.? O sea, ¿qué es la relación? La vida es un movimiento en la relación. No podemos escapar de eso. Uno puede convertirse en un ermitaño, tomar votos, ponerse extrañas vestiduras y todas esas cosas, creyendo que con eso uno es extraordinario, excepcional; pero está relacionado. Comprender la relación es lo más importante que hay en la vida; no los dioses, no todas las escrituras, sino comprender la profundidad, el significado, la belleza, la calidad de la relación.

Ahora bien, ¿se están ustedes ahogando en un montón de palabras, o captan instantáneamente la hondura, la belleza, la calidad de la relación sin más explicaciones, sin más análisis? ¿Ven la extraordinaria importancia, la belleza de la relación? Donde no hay relación, hay desorden. Considerémoslo, pues, juntos, a fin de prestar atención a esto y arribar así a algo serio. Ustedes saben, casi todos nosotros tenemos hogares, tenemos casas, pisos, apartamentos ‑nos pertenecen, los poseemos. Es nuestra casa. Nunca nos damos cuenta de que también somos huéspedes de esa casa. ¿Comprenden el significado de eso? Uno puede ser un huésped en una casa, en su propia casa. ¿Comprenden lo que eso significa? Significa que uno debe ser tanto el maestro como el discípulo. No hay maestro fuera de uno mismo. Uno es el maestro y también es el discípulo que está aprendiendo del maestro ‑no de un maestro como el gurú. Uno está aprendiendo y enseñando. Uno es el dueño de su casa y también es el huésped de su casa. Eso implica que uno se ocupa de su casa, cuida a quienquiera que esté en la casa, porque uno es un huésped. Quien les habla ha viajado por todo el mundo durante los últimos sesenta años, y dondequiera que se encuentre, es un huésped. Eso significa que está siempre adaptándose, como un río que tiene tras de sí

un gran volumen de agua, y rodea cada piedra, cada roca que encuentra. El huésped es como eso. Volvamos a lo anterior.

La relación es una de las cosas más importantes de la vida. ¿Por qué hemos hecho de ella tal confusión, tal desdicha? ¿Qué es la relación? La palabra ‘relación’ implica estar en contacto, no sólo contacto físico, no el contacto sexual ‑todos ustedes conocen eso- sino estar en contacto mentalmente, emocionalmente, internamente, con otra persona, de manera que en ese contacto no haya división alguna. Eso es la relación. Pero nosotros no conocemos ese contacto. Soy ambicioso y mi mujer también es ambiciosa. Yo deseo esto, y ella desea alguna otra cosa. Puede que ella tenga razón y que yo esté equivocado. Ella desea vivir en una casa espléndida y yo le digo: “ ¡Por favor, por el amor de Dios!”; ella quiere ser popular y a mi eso no me importa. Yo soy un erudito, un profesor en mi pequeña rutina, y ella también tiene su pequeña rutina propia. Y así jamás estamos en contacto el uno con el otro, excepto sexualmente. Este es un hecho. Y a eso lo llaman ustedes relación. Yo tengo una imagen de ella, y ella tiene una imagen de mí. ¿Dónde interviene el amor en todo esto? ¿Comprenden mi pregunta? Cuando uno le dice a su esposa, “Yo te amo”, ¿qué significa eso? No sé si ustedes lo dicen siquiera... Lo dudo. Pero si de veras lo dicen, ¿qué significa amar a otro? La relación implica amar al otro. ¿Qué quiere decir esa palabra ‘amor’? Yo amo esto o yo amo aquello, amo a Dios, amo a mi gurú. ¿Qué significa ese amor? ¿Se basa en la recompensa y el castigo? Considérenlo, señores, porque siempre estamos atrapados entre los dos extremos: la recompensa y el castigo. Yo sigo a mi gurú porque él va a prometerme el cielo, me ha de consolar. Estamos presos en esto. ¿Es la relación un proceso de recompensa y castigo? ¿Es un movimiento como ése el amor? Considérenlo cuidadosamente.

Amar es encontrarse con la esposa de uno, con los hijos, con el prójimo, al mismo tiempo, en el mismo nivel y con la misma intensidad. ¿Comprenden esto? Para encontrarnos verdaderamente, para estar en contacto interno con alguien, debemos hacerlo al mismo tiempo, en el mismo nivel, con la misma intensidad. Entonces eso es relación. Pero si él es ambicioso, sigue el sendero volviéndose noble ‑o innoble- y todas esas cosas, y ella también sigue otro sendero. Naturalmente, pueden estar casados, pueden tener hijos y todo lo demás, pero jamás se encuentran. Eso engendra un sentimiento de desesperada soledad. ¿Acaso no conocen todo esto? Yo no tengo relación con nadie ‑ni con mi esposa, ni con mi jefe, ni con mi capataz- no tengo en absoluto relación alguna con nadie, porque soy egocéntrico. Y así, ese egocentrismo y la falta de relación, originan una gran sensación de aislamiento. Al descubrir ese aislamiento, esa soledad, hacemos de ella un problema ‑“¿Qué puedo hacer cuando me siento solo?” Nuestro cerebro está dispuesto a resolver el problema. Pero jamás permanecemos con esa soledad, jamás investigamos la causa de la misma.

Donde hay amor no existe la soledad del aislamiento. Cuando hay amor en nuestro corazón, no existen los problemas. Habiéndose expresado eso, no lo conviertan en un problema. Miren el hecho. El hecho es que no somos sensibles, no tenemos la profundidad de la belleza. El hecho es que no amamos. Ustedes no miran el hecho. Traten de permanecer con él, de ver ‘que es así’, no traten de racionalizarlo. Ese es un hecho: que uno no ama a su esposa. ¿Saben lo que implicaría que ustedes, por sí mismos, reconocieran ese hecho? Se echarían a llorar. Yo siento deseos de llorar por todos ustedes. Señores, una relación así es como la de dos líneas paralelas que jamás se encuentran; por lo tanto, el conflicto se incrementa día tras día hasta que mueren. Vean el hecho de que en el corazón de ustedes no hay amor. Amar es tener la mente en el corazón. Nosotros creemos que el amor puede obtenerse, cultivarse. El amor no es algo para cultivarse; o existe o no existe. Si no existe, miren ese hecho, permanezcan con él, dense cuenta de que el corazón de ustedes carece de amor, por lo cual se convierte en una máquina insensible, vulgar, grosera, que sólo se interesa en el sexo y en el placer. Señores, por favor, no estoy acosándolos ni sermoneándolos. Sólo estoy señalando lo que de hecho ocurre. Sus conocimientos, sus libros los han destruido a ustedes, porque el amor no se encuentra en los libros. No está junto al conocimiento. El conocimiento y el amor no marchan juntos. Ustedes dicen: “Yo conozco a mi esposa”, pero ese conocimiento es la imagen que tienen de ella. Ese conocimiento es un producto del pensar, y el pensamiento no es amor. Habiéndose, pues, establecido todo esto, ¿tienen ustedes amor en sus corazones, o eso es algo romántico, absurdo, poco práctico y sin valor alguno, que ya no les rinde ningún dinero? Bien, después de escuchar todo esto, ¿han llegado a comprender la profundidad de esa palabra ‘amor’, de modo que la mente de ustedes reside ahora en el corazón? Entonces tienen una relación verdadera. Cuando tienen una relación verdadera ‑que significa amor- jamás pueden proceder mal.

Bombay,

23 de enero de 1983

¿EXISTE LA EVOLUCIÓN PSICOLÓGICA?

Juntos debemos percibir por nosotros mismos qué es verdadero y qué es falso; no que se nos diga qué es lo falso o qué es lo verdadero, o qué es la ignorancia y qué es el conocimiento, sino que debemos encontrar en nosotros mismos un rincón quieto y silencioso ‑viviendo como vivimos en esta espantosa ciudad, habitando en espacios pequeños, trabajando todo el día, viajando a grandes distancias en trenes y autobuses atestados. Tenemos que encontrar por nosotros mismos un rincón silencioso, no en una casa o en un jardín o en un sendero solitario, sino muy profundamente en lo interno; y desde ahí actuar y descubrir qué es la belleza, qué es el tiempo, descubrir la naturaleza del temor y su movimiento, la persecución del placer y el cese del dolor. Debemos tener un rincón así, no en la mente sino en el corazón, porque entonces, donde hay afecto y amor, entendimiento, comprensión, llega la claridad, y de ella surge la acción. Pero casi todos nosotros vivimos muy penosamente, en conflicto, rodeados por muchas presiones. Si no encontramos por nosotros mismos algún espacio interno, un espacio no creado por el pensamiento, un espacio incontaminado, puro, en el cual haya una luz no encendida por otro, una luz propia que nos haga completamente libres, si no encontramos un espacio así, no somos seres humanos libres. Creemos que lo somos, creemos que somos libres porque podemos elegir, porque se nos permite hacer lo que nos place; pero la libertad es algo por completo diferente del deseo de hacer lo que a uno le place. Por lo tanto, sin guía, sin ayuda, sin ningún agente externo que nos diga lo que hay que hacer, tenemos que descubrir por nosotros mismos el modo de comportarnos, descubrir cuál es la acción correcta, y encontrar dentro de nosotros mismos ese espacio que no tiene fin ni principio.

En primer lugar, ¿qué es la belleza? Ustedes pueden preguntar qué tiene eso que ver con nuestra vida cotidiana. Nuestra vida cotidiana es más bien fea, egoísta; es conflicto, pena, ansiedad, y esa sensación de desesperado aislamiento. Esa es nuestra vida cotidiana. Para comprenderla, uno debe tener un gran sentido de percepción, debe ver lo que realmente ocurre. Uno de los factores de nuestra vida es el tiempo. Vamos a averiguar qué es el tiempo, qué papel juega el tiempo en nuestra vida; y si el tiempo, que es el proceso de división, que es un comienzo y un final, que es el devenir, si ese tiempo ‑aparte del tiempo cronológico, aparte del tiempo de la salida y puesta del sol, de la luna llena y la luna nueva- si ese tiempo, como un camino, incluye o excluye la belleza. Es importante que comprendamos esto, porque hemos perdido todo sentido estético en nuestro modo de vivir. Hemos perdido el sentimiento de la belleza natural, no solamente la belleza del rostro o del buen gusto en el vestir y esas cosas, sino la cualidad de la belleza en si. La belleza no puede existir sin la vida. La belleza no es del tiempo. La creación no es del tiempo.

El tiempo, pues, es un gran factor en nuestra vida. Está el tiempo por el reloj, el tiempo cronológico, y el tiempo de aprender un idioma, una habilidad, el tiempo para realizarse en este mundo ‑llegar de oficinista a ejecutivo, etc. Está, pues, el tiempo en ese sentido. ¿Existe el tiempo psicológicamente, en lo interno? ¿Existe el tiempo que implica progresar desde aquí hasta allá, en el sentido de volverse más noble, más libre de codicia, de ira, de violencia? El tiempo es evolución; de semilla en árbol, de criatura en hombre adulto ‑el crecimiento, el devenir, todo eso implica el tiempo. El tiempo como evolución. Ahora vamos a preguntarnos ustedes y yo si, psicológicamente, la evolución existe en absoluto. Eso es importante, porque el tiempo y el pensamiento constituyen el origen del temor. El temor no puede terminar o desvanecerse o disiparse si no comprendemos la naturaleza del tiempo y la naturaleza del pensamiento, que son las raíces de todo temor.

Estamos examinando juntos la naturaleza del tiempo. Está el tiempo físico: la luna nueva convirtiéndose en luna llena, la semilla deviniendo un árbol gigantesco. El tiempo es indispensable para aprender un idioma, un arte; es necesario para acumular conocimientos. Uno puede aprender un idioma en una semana o en seis meses. Ir de aquí a nuestras casas, de un punto a otro, toma tiempo. Todo movimiento físico, toda actividad física, un aprendizaje, requiere tiempo. La psiquis, o sea, el conjunto de todo nuestro pensar, de todos nuestros sentimientos, de todas nuestras conclusiones, creencias, dioses, esperanzas, temores, todo eso es un manojo que constituye nuestra conciencia ‑eso es lo que somos, esa es nuestra conciencia. Nuestra conciencia está compuesta de todas estas cosas ‑nuestros dioses, nuestro conocimiento, nuestra fe, las esperanzas, los temores, los placeres, nuestras conclusiones, nuestra soledad y el gran miedo al dolor, al sufrimiento. Nos preguntamos si para esa conciencia, existe en absoluto la evolución.

La evolución implica devenir. O sea: soy codicioso, envidioso, violento. ¿Puede la codicia evolucionar en no codicia? ¿Puede la ira, la soledad, convertirse paulatinamente en alguna otra cosa? Toda nuestra tradición, toda nuestra educación religiosa, nuestra fe, nuestras creencias y la que llamamos literatura sagrada, nos dicen que ‘llegaremos a ser’ esto o aquello. Si uno hace un esfuerzo, si lucha por algo, si medita, se moverá de esto a aquello, de ‘lo que uno es’ a ‘lo que uno debería ser’. Eso es evolución. Quien les habla está negando todo eso; dice que la codicia jamás puede volverse una codicia ‘mejor’. Solamente existe el cese de algo, no el devenir de algo en otra cosa. La mayoría de ustedes cree probablemente en la reencarnación. ¿Por qué creen en ella? O sea, desde esta vida a la próxima vida, donde tendrán mejores oportunidades, donde serán un poquito más nobles, donde tendrán un poco más de bienestar, más iluminación; vale decir que, de ‘lo que son’ llegarán a ‘lo que deberían ser’. A eso lo llaman evolución. Quien les habla cuestiona eso; dice que no existe tal evolución psicológica. Ustedes tienen que comprender la naturaleza de esta declaración, lo que implica ‑que no existe un movimiento como la evolución de la psiquis, lo que quiere decir que no existe el devenir psicológico. Yo no devengo noble, no alcanzo la iluminación si practico, si me esfuerzo, si niego esto o aquello, si controlo, etcétera, todo lo cual implica una realización gradual. De modo que uno ha de comprender la naturaleza del tiempo; el tiempo, como dijimos, significa esencialmente dividir, fragmentar. El tiempo implica un comienzo y un final.

Vamos, pues, a considerar juntos la naturaleza del temor; veremos si el temor puede terminar ahora o si tiene que ir terminándose gradualmente. Estamos habituados a la idea de que paulatinamente nos libraremos del temor, o sea: “Tengo miedo, pero dénme tiempo y lo superaré”. ¿Puede el miedo desaparecer a través del tiempo, o el tiempo es, en sí, la raíz del miedo? ¿Cuál es la raíz, el origen del miedo? ¿Qué es el miedo? Todos ustedes saben qué es el miedo ‑miedo de no llegar a ser esto o aquello, de no realizarse, miedo a la oscuridad, miedo a la autoridad, miedo a la propia esposa o marido; el miedo tiene muchos, muchos aspectos. No estamos interesados ahora en las múltiples facetas del miedo ni en la eliminación de uno o dos temores. Sería como podar las ramas de un árbol. Pero si uno quiere destruir el árbol, tiene que llegar hasta la raíz misma y desarraigarlo. Miren, pues, ese miedo. ¿Qué es el miedo? ‑miedo a que ocurra un accidente, miedo a la enfermedad, y el miedo final, que es el miedo a la muerte o el miedo de vivir. El miedo es algo demasiado profundo como para que uno pueda desecharlo o disiparlo o controlarlo o reprimirlo. Uno tiene que investigar su origen. ¿Cuál es el origen, la raíz del miedo? ¿Es el tiempo, es el recuerdo, es una experiencia dolorosa que hemos sufrido y que tememos vuelva a repetirse, es el miedo a la enfermedad? ¿No son todos estos los síntomas? No estamos tratando con síntomas. Tenemos interés en descubrir si es posible desarraigar el miedo en su totalidad. Si eso está claro, no es entonces un temor particular, el propio y especifico miedo neurótico que podamos estar experimentando lo que nos interesa, sino la naturaleza, la estructura, la causa del miedo; porque donde hay una causa, existe un final. Así que, juntos, vamos a averiguar la causa.

Una de las causas del miedo es el tiempo, vale decir, el futuro ‑miedo a lo que podría ocurrir- y el miedo al pasado ‑que es un recuerdo, que es pensamiento. Nos preguntamos: ¿Son el tiempo y el pensamiento la raíz, la causa del miedo? Me asusta lo que podría ocurrir, o sea, el futuro. O me atemoriza algo que ha sucedido en el pasado y que podría repetirse nuevamente, o sea, el pasado que invade el presente, se modifica a sí mismo y continúa. Por lo tanto, el tiempo es uno de los factores del miedo. Ahora pregunto si el pensamiento también es un factor de miedo, y si existe una diferencia entre el tiempo y el pensamiento. El tiempo es división como ayer, hoy y mañana; es el recuerdo del pasado que se proyecta hacia el futuro y nos atemoriza con respecto a lo que podría ocurrir. ¿Es, entonces, el pensamiento una de las causas o la causa del miedo? ¿Qué es, entonces, el pensamiento’ ¿Qué es el pensar? El mayor de los ignorantes que no sabe leer ni escribir, el desdichado que vive en una pequeña aldea agobiado por la pobreza, también piensa como piensa uno o como piensa el científico. El pensar es compartido por todos. No es el pensar de ustedes o el mío. No es un pensar individual. Nos preguntamos: ¿Es el pensamiento uno de los factores del miedo? Estamos investigando qué es el pensar. Este es compartido por toda la humanidad, tanto por el más refinado, educado, rico, poderoso, etc. de los hombres, como por la persona más simple, ignorante y medio muerta de hambre. Es común a todos. Por lo tanto, no es ‘nuestro’ pensar particular. Ustedes pueden expresar su pensar de una manera, y yo puedo hacerlo en palabras diferentes, pero el factor es que ambos pensamos, y el pensar no es de ustedes ni mío. Es el pensar. ¿Qué es, entonces, el pensar? ¿Por qué se ha vuelto tan extraordinariamente importante en nuestra vida? Por favor, entiendan esto, préstenle mucha atención. Porque el amar y el pensar no pueden marchar juntos. La compasión no es producto del pensamiento. El amor no puede existir a la sombra del pensamiento. El amor no es recuerdo. Por favor, dediquen la mente y el corazón a comprender esto ‑que el pensar es común a todos nosotros, que no es un pensar particular. Uno lo expresa de una manera y otro puede expresarlo de manera distinta, uno más académicamente y otro menos, pero el pensar es compartido por todos.

Entonces, ¿qué es el pensar? Cuando se les formula esta pregunta, ustedes empiezan a pensar, ¿no es así? ¿O prestan atención a la pregunta? Si prestan atención a la pregunta, o sea, si la mente no interfiere con sus conclusiones, con sus ideas, etc., si escuchan la pregunta con toda la atención, vale decir con todos sus sentidos completamente despiertos, entonces verán por sí mismos cuál es el origen del pensar. El origen del pensar es la experiencia. La experiencia nos da el conocimiento, ya sea el conocimiento científico o el conocimiento acerca de nuestra esposa o de nuestro marido. Está la experiencia, y el conocimiento almacenado en el cerebro como memoria; y la respuesta de la memoria es el pensar. Esto es muy simple. Es un hecho. Ustedes no pueden pensar si no hay memoria, si no hay conocimiento, si no hay experiencia. De modo que el pensar es un proceso de tiempo, porque el conocimiento es un proceso de tiempo, y el conocimiento jamás puede ser completo. Por lo tanto, el pensamiento jamás puede ser completo, y ustedes tienen que estar siempre fragmentados. En consecuencia, el miedo es hijo del pensamiento. Y así es como el pensamiento y el tiempo son los factores del miedo.

Ahora bien; ¿el pensamiento es diferente del tiempo, o el pensamiento es tiempo? El pensar es un movimiento, ¿no es así? Es un proceso material. Todo cuanto el pensamiento ha hecho es material. Los dioses que ustedes tienen, sus rituales, son una creación del pensamiento. Todas las cosas que ocurren en el nombre de la religión, son creadas por el pensamiento. El pensamiento está fragmentado y es limitado, y entonces toda acción se vuelve limitada. Donde hay limitación, tiene que haber miedo. Así que nos preguntamos: ¿El pensamiento y el tiempo operan juntos, o son dos cosas diferentes? ¿O sólo existe el pensamiento que está dividido como tiempo, como progreso, evolución, devenir? Señores, tengan la bondad de explorar todo esto. Investiguen, descubran. No permitan que sus cerebros se emboten a causa del conocimiento. La vida es tanto intelecto como emoción y sensaciones. Pero si uno deja que el pensamiento lo domine todo, tal como ocurre con ustedes, entonces la vida se fragmenta, se vuelve hueca y superficial.

Debemos considerar juntos qué es el amor. ¿Dirían ustedes que aman a alguien, que aman sin apego, sin celos? Si hay apego, no hay amor. Si hay cualquier tipo de antagonismo, de odio, el amor no puede existir. Donde hay miedo, donde hay ambición, no puede haber amor. Donde hay poder de cualquier clase, lo otro no puede existir. Si uno tiene poder sobre su esposa, o si ésta lo posee a uno, entonces no hay amor. La pregunta es: ¿Aman ustedes? Porque sin amor el sufrimiento habrá de continuar. Tenemos que investigar, averiguar si existe una posibilidad de terminar con el dolor, porque todas estas cosas se hallan conectadas entre si. El dolor no es diferente del miedo. El dolor no es diferente del pensamiento. El dolor no es diferente del odio, o de las heridas psicológicas que recibimos. Todas estas cosas se relacionan unas con otras. Es una sola cuestión, no son cuestiones separadas. Es algo que tenemos que abordar de manera total, no parcialmente. Pero si lo abordamos intelectualmente, de modo ideal o idealista o romántico, entonces no vemos la totalidad de la vida. Estamos investigando, pues, si hay una posibilidad de terminar con el dolor. El miedo, el placer y el dolor han existido desde tiempos inmemoriales.

El hombre siempre ha tenido estos tres factores en la vida ‑el miedo, la persecución del placer y el dolor- y aparentemente no ha ido más allá de eso. Ha intentado todos los métodos, todos los sistemas que puedan ustedes imaginar, ha tratado de reprimir esos factores, de evadirlos, ha inventado los dioses y ha sometido todo esto a esa invención, pero ello tampoco ha funcionado. Debemos pues, descubrir si es posible comprender la naturaleza del dolor, sus causas, y si puede haber un cese para el dolor. La causa del dolor, ¿es diferente del miedo, es diferente del placer ‑el placer del logro, el placer del talento, el placer de la riqueza? Averigüemos entonces si el dolor y el miedo pueden terminar alguna vez. La persecución del placer es infinita, inacabable; el placer de realizarse, el placer de estar apegado a alguien ‑sea ese apego a una persona, a una idea o a una conclusión. Mientras uno persigue ese placer, con ello está siempre la sombra del miedo. Donde hay miedo, hay dolor; van juntos, todos los factores están correlacionados. Y uno debe enfrentarse a ellos como una totalidad, no separadamente. Tengamos bien claro que no estamos tratando con el dolor separadamente como si fuera algo distinto del miedo. Estamos considerando, investigando la naturaleza del dolor y el cese del dolor, porque donde hay dolor, el amor no existe.

El dolor se expresa de múltiples maneras ‑el dolor de la soledad, el dolor de ver este vasto país donde imperan la pobreza, la corrupción, el absoluto descuido, la indiferencia de un ser humano hacia otro. Cuando uno observa esto día tras día, eso también es dolor. Como lo es el ver la completa negligencia que muestran los políticos en todo el mundo. Ellos sólo desean poder, posición, y donde está el poder, está el mal. Y es dolor la pérdida de alguien a quien amamos. Dolor es perder, dolor de que se termine algo que hemos estimado, algo a lo que nos hemos aferrado; el dolor de la duda, el dolor de ver que nuestra propia vida es como una cáscara hueca, una existencia sin sentido. Podemos tener dinero, sexo, hijos, podemos ser muy elegantes, muy ricos, pero es una vida vacía. Carece de profundidad. Ver eso, percibir su naturaleza, también es dolor. ¿Puede, pues, cesar el dolor? No es el propio dolor particular. Es tanto mío como de otros. No tratemos al dolor como si fuera un objeto precioso de nuestra pertenencia. Es compartido por toda la humanidad. Abordémoslo no como nuestro dolor particular, nuestro privado dolor oculto, sino como el dolor de todos los seres humanos, hombres o mujeres, ricos o pobres, mundanos o en la cumbre de la excelencia humana. Por favor, no traten con todos estos factores como el miedo, el placer, el dolor, el amor, etcétera, como si estuvieran separados unos de otros. Deben abordar esta cosa completa, no fragmentariamente. Si la abordan fragmentariamente, jamás la resolverán. Por lo tanto, miren la codicia, la pena, el dolor, como un movimiento total de la vida, no como algo diferente de la vida. Esta es nuestra vida cotidiana. A fin de descubrir si existe un final para todo esto ‑para la desdicha, el conflicto, la angustia, el dolor y el miedo- uno debe ser capaz de percibir estos factores, debe estar lúcidamente atento a ellos.

Tenemos que comprender qué es la percepción y cómo mirar. El observador que mira todo esto ‑la pobreza, el aislamiento, la ansiedad, la incertidumbre, el sufrimiento- ese observador, ¿es diferente de todo eso, o el observador es todo eso? Voy a explicarlo. Nosotros hemos separado al ‘yo’, que es el observador, de aquello que él observa. Yo digo que estoy sufriendo, y me digo a mí mismo que el sufrimiento tiene que terminar; y para que termine, debo reprimirlo, evadirlo, debo seguir cierto sistema. Por lo tanto, soy diferente del temor, del placer, de la angustia, del dolor. ¿Es uno diferente de todo eso? O tal vez pensemos que dentro de nosotros existe algo que es diferente de todo eso. Si pensamos así, ello forma parte de nuestro pensamiento y, en consecuencia, ahí no existe nada que sea sagrado. ¿Es, entonces, el observador diferente de lo observado? Cuando uno es iracundo, envidioso, brutal, violento, ¿acaso no es todo eso? El meditador es la meditación. Por favor, señores, considérenlo. El observador es lo observado. Vean la importancia de esto. Antes habíamos dividido al observador de lo observado. Ello implica una separación entre uno y otro. Por lo tanto, había conflicto. Uno podía controlarlo, reprimirlo, combatirlo; pero si uno es eso, si es el dolor, si es el miedo, si es el placer, es entonces el conglomerado de todo esto. Darse cuenta de ese hecho, implica una realidad tremenda; por consiguiente, no hay división y, por ende, no hay conflicto. El observador es lo observado.

Entonces tiene lugar una acción por completo diferente, una acción química por completo diferente. No es un logro intelectual, un concepto intelectual de la verdad, sino que uno ve el hecho, la verdad de que uno no es diferente de sus cualidades, que no es diferente de su ira, de sus celos, de su odio, sino que es todo eso. ¿Saben ustedes lo que ocurre cuando se dan cuenta de eso, no de manera verbal sino internamente? Descúbranlo. ¿O están esperando que yo se lo diga? No lo haré. Vean cómo funciona la mente de ustedes. Esperan que yo les diga cómo; no quieren descubrirlo por sí mismos. Si yo se lo digo, entonces dirán que sí, que funciona bien o mal, pero seguirán en lo de antes. Descubran por sí mismos la verdad factual de que el observador es lo observado, de que el vigilante es lo vigilado; que cada uno de nosotros es el manojo total de su conciencia, que el contenido de nuestra conciencia es lo que somos, y que el contenido de esa conciencia es un producto del pensamiento. Descubran, entonces, no cómo terminar con el pensamiento sino cómo observar el contenido; cuando observan sin la división, entonces tiene lugar una acción por completo diferente. Donde hay amor, no existe el observador. No existen uno y el otro a quien amamos. Sólo existe esa cualidad del amor.

Bombay,

29 de enero de 1983

¿QUÉ ES UNA MENTE RELIGIOSA?

Tenemos que considerar juntos el significado de la muerte; y hablaremos también acerca de la religión y la meditación. Antes de investigar todo eso, me pregunto si nos damos cuenta de lo que les ocurre a nuestras mentes, a nuestro cerebro; si nos damos cuenta de las cosas extraordinarias que ha producido el cerebro, que es el asiento del pensar. En lo tecnológico hemos progresado avanzando con mucha rapidez, pero psicológicamente, nuestra conducta, nuestras actitudes, nuestras acciones permanecen más o menos sin evolucionar. Seguimos siendo agresivos, brutales, crueles, irreflexivos como hace miles y miles de años. Aparentemente, el hombre se comporta todavía más o menos como se comportaba 40.000 años atrás. Si tuviéramos la misma energía, la misma intensidad a la que estamos habituados en el mundo tecnológico, si pudiéramos penetrar muy, muy profundamente dentro de nosotros e ir más allá de nosotros mismos, el cerebro tendría también ahí una capacidad infinita. Pero son muy pocos los que han hecho ese viaje, muy pocos han investigado esta cuestión de si la mente, el cerebro puede alguna vez ser totalmente libre y, por lo tanto, inquirir a mucha profundidad y descubrir qué hay más allá, si existe algo más allá del pensamiento.

Algunos de ustedes quizás hayan oído hablar de la ingeniería genética. Los expertos en genética dan por sentado que existe un factor, un elemento creativo, que transmite de los padres a los descendientes, ciertas tendencias y cualidades. Dicen que, puesto que el hombre no ha cambiado en miles de años, ellos suponen que pueden cambiarlo mediante la interferencia genética. Es una cuestión muy compleja que no vamos a discutir. Pero debemos comprender qué es lo que está ocurriendo, que como los seres humanos no han cambiado profundamente sus características, su estilo de vida, su violencia, se espera, mediante algún proceso químico y esas cosas, cambiar los genes, los factores que transmiten ciertas propiedades de padres a hijos. También debemos considerar qué está sucediendo en el mundo de la computadora. No podemos descuidar nada de esto. Se está tratando de crear una inteligencia mecánica, una máxima inteligencia por conducto de la computadora, que entonces habrá de pensar con mayor rapidez y exactitud e informará a los robots lo que deben hacer. Esto ya está ocurriendo, y lo que se intenta es crear una máquina, una computadora que esté dotada de inteligencia superior.

Así que, por un lado tenemos la ingeniería genética, y por el otro las computadoras actuando como seres humanos, inventando generación tras generación de computadoras, perfeccionándose, etc. No examinaré todo eso. ¿Qué es, entonces, lo que va a sucederle a la mente humana? ¿Qué va a sucedernos cuando la computadora pueda hacer casi todo lo que nosotros hacemos? ¿Ella podrá ‘meditar’, podrá inventar dioses ‑dioses mucho mejores que los de ustedes- podrá informar, educar a nuestros hijos con mayor eficacia que el maestro actual, y creará muchísimo tiempo libre para el hombre. ¿Comprenden ustedes la naturaleza de todo esto, su significación? O sea, ¿qué va a ocurrir con nuestras mentes? Ahora que la computadora y la ingeniería genética están avanzando tan rápidamente, ¿qué va a suceder con nosotros? Dispondremos de más ocio, ya que las computadoras y los robots harán una gran cantidad de cosas que nosotros hacemos en nuestras fábricas, oficinas, etc. El hombre tendrá más tiempo libre. ¿Cómo usará ese tiempo libre? Tengan la bondad de acompañarme por un rato en esta investigación. Si la computadora puede pensar más, si puede recordar mucho más que ustedes, si calcula con tan asombrosa rapidez y les proporciona tiempo libre, o bien siguen ustedes la senda del placer que es el entretenimiento ‑cinematógrafos, entretenimientos religiosos, ya conocen ustedes toda la industria de la diversión, incluyendo a los gurús- o se dedican a la investigación psicológica interna, explorando y descubriendo por sí mismos un área inmensa que está más allá de todo pensamiento. Son éstas las dos únicas posibilidades que nos dejan ‑el entretenimiento, o ahondar en la estructura total de la psiquis y actuar de acuerdo con ello. Nos preguntamos entonces, qué es nuestra mente humana, nuestro cerebro. Vamos a averiguarlo por nosotros mismos.

Comenzamos preguntándonos cuál es el significado de la muerte. Es el interrogante de toda la humanidad, tanto de los muy jóvenes como de los muy viejos. ¿Cuál es el sentido, la significación de la extraordinaria cosa que llamamos muerte? Ayer en la tarde hablamos de varios temas, de lo que es el amor, la compasión, de lo que es la relación que establecemos en la vida ‑que no es solamente la existencia humana- la relación con el amor, con la muerte y con toda la búsqueda del hombre por miles de años para encontrar algo que esté más allá del pensamiento. Tenemos que comprender el significado de la muerte, porque todos vamos a morir; es una certeza absoluta. O bien eso nos asusta mucho, o si no, lo racionalizamos. Decimos: “Sí, la acepto”; aceptamos la muerte como aceptamos la pena, como aceptamos el dolor o la soledad ‑así también aceptamos la muerte. Eso implica someterse a ella, sufrirla, permitir que toda la existencia de un ser humano llegue a su fin, ya sea por enfermedad, por vejez o por algún accidente. Jamás tratamos de descubrir, mientras estamos viviendo, qué significa morir, jamás intentamos comprender la profundidad de la muerte. La consideramos un incidente de la vida, un hecho de la vida. Si de algún modo somos razonables, cuerdos, debemos mirar de manera similar esta cuestión de la muerte, pero no aceptarla, no decir meramente que es inevitable ni tratar de averiguar qué hay después de la muerte, sino observar la naturaleza del morir.

¿Qué significa la muerte para la mayoría de nosotros? Sin duda significa el final, tanto orgánica como biológicamente, de todas las cosas a que nos hemos aferrado aquí, de todas las heridas psicológicas, de los sufrimientos, los sacrificios, las resistencias, la soledad, la desesperación ‑todo eso toca a su fin, lo cual implica que, o bien hay una continuidad del ‘sí mismo’, del ‘yo’, o hay una terminación del ‘yo’. Dijimos que la muerte es un final. Ustedes pueden creer en la reencarnación, como quizá lo haga la mayoría. Si es así, entonces tienen que preguntarse: ¿Qué es lo que continúa? ¿Hay una continuidad, o lo que hay es un cambio constante ‑ruptura, final, comienzo? Si ustedes creen ‑como casi todos en la India creen- que van a renacer, ¿qué es, entonces, lo que va a renacer? Ciertamente, no es el cuerpo físico; pero si creen en eso, lo que renace es una continuidad de lo que son ahora, una continuidad de sus creencias, de sus actividades, de su codicia y así sucesivamente ‑o sea, el manojo que constituye la conciencia, el ‘yo’. Ese ‘yo’, que esencialmente es la conciencia, es un producto del pensamiento; nuestra codicia, nuestra envidia, nuestras creencias religiosas, nuestras supersticiones, nuestra ira, etc. etc., son todas actividades del pensamiento. Somos el resultado de un continuo movimiento del pensar. Si ustedes creen en la reencarnación y todo eso, deben averiguar si es una ilusión o una realidad. Si uno es su nombre, su forma, sus ideas, sus conclusiones, sus experiencias, ¿son esos los factores de una continuidad como el ‘yo’ en la próxima vida? ¿Qué es ese ‘yo’?

Pensemos que cada uno de nosotros es una entidad separada; creemos que somos lo que se llama ‘individuos’. ¿Qué es la individualidad ‑el nombre, la forma, lo que uno recuerda, sus actitudes, su soledad, sus penas, su ansiedad, su caos, su dolor e incertidumbre? Uno puede vivir en una casa hermosa o en una pequeña habitación o en un piso espléndido, pero uno es todo eso. Uno es su cuenta bancaria. Cuando estamos apegados a nuestra cuenta bancaria, somos la cuenta bancaria; cuando estamos apegados a una casa, somos la casa; si estamos apegados a nuestro cuerpo, eso es lo que somos. Podemos poseer hermosos muebles ‑y hay muebles maravillosos- pero si estamos apegados a ellos, somos esos muebles. De modo que somos todas esas cosas. Cuando sentimos apego por una silla, por una persona, por una idea, un ideal, una experiencia personal, ¿cuáles son las implicaciones de ese apego? ¿Por qué nos apegamos, ya que la muerte nos dice que no podemos apegarnos, que ella es el fin de todos los apegos? Podemos creer en el futuro, pero la muerte dice que hemos terminado, que se acabaron nuestros apegos, nuestra cuenta bancaria, nuestro gurú y todas las cosas que hemos perseguido. ¿Qué es, entonces, lo que continúa, lo que renace? ¿Recuerdos, ideas? ¿Y eso qué es? Es algo muerto. ¿O no hay continuidad en absoluto?

Reflexionen, investiguen, por favor. La continuidad implica algo que prosigue modificándose a sí mismo. Ustedes llegan a algo, y al obtenerlo quieren más. La continuidad implica seguridad, certidumbre. ¿Están ustedes seguros de algo? ¿Hay seguridad en sus ideas? Deseamos la continuidad. Esperamos tener continuidad porque pensamos que en ella hay seguridad. Uno ha estado casado por diez, quince o cincuenta años, existe cierta continuidad, pero en esa continuidad hay conflicto, desdicha, infelicidad y todas esas cosas. Por lo tanto, no hay en absoluto tal continuidad. Si uno presta atención, ve que hay un cambio constante. Puede ser un cambio superficial o una mutación total. Eso que ha existido, experimenta un cambio completo. Uno tiene que descubrir por sí mismo cuál es la verdad en esta cuestión; no puede ser convencido por argumentos, por las llamadas evidencias, etcétera. No puede ser convencido acerca de nada. Uno ha de indagar, buscar y descubrir qué es verdadero y qué es una ilusión. Hemos vivido con esta ilusión de que somos entidades separadas, mientras que si examinamos esto muy detenidamente, veremos que nuestra conciencia ‑que somos cada uno de nosotros- es compartida por toda la humanidad. Otros sufren como uno sufre; están inseguros como uno lo está; se sienten solitarios, desdichados, confundidos, ansiosos, tal como uno se siente. De modo que la conciencia de uno, no es ‘de uno’, es la conciencia de toda la humanidad. Uno es la humanidad integra. Esta no es una mera conclusión u observación lógica. Es un hecho. Hemos sido adiestrados, preparados tanto desde el punto de vista religioso como del educacional, para pensar que somos individuos separados. Y nos espanta el hecho de que esa individualidad pueda llegar a su fin. Con tal pensamiento, con tal concepto acerca de uno como individuo, cuando abordamos la cuestión de la muerte, hay un miedo inmenso de terminar. Pero si uno ve la realidad, la verdad de que cada uno de nosotros es el resto de la humanidad, ¿qué es, entonces, la muerte?

¿Alguna vez se han preguntado cuál es la naturaleza del terminar, no el terminar para empezar algo, sino el terminar? O sea: estamos apegados, ese es un hecho común, estamos apegados a nuestros hijos, a nuestra esposa o marido, a una cosa u otra. Viene la muerte y elimina ese apego. No podemos llevarnos nuestro dinero al cielo. Puede que nos guste poseerlo hasta el último instante, pero no podemos llevárnoslo con nosotros ‑la muerte dice que no. ¿Podemos, entonces, mientras estamos vivos, comprender la naturaleza del apego con todo su temor, sus celos, su ansiedad, su sentimiento posesivo ‑podemos, mientras vivimos, liberarnos del apego? Mientras uno vive, terminar con algo voluntariamente, fácilmente, sin ninguna presión, sin recompensa ni castigo. Hay en ello una gran belleza. Entonces comprende uno la naturaleza de la libertad. En el terminar existe un comienzo, algo nuevo. Cuando terminamos verdaderamente con algo, existe ese sentimiento de libertad total con respecto a la carga que la humanidad ha arrastrado durante siglos y siglos. Ustedes escuchan todo esto, sonríen, inclinan la cabeza en señal de aprobación, pero seguirán estando apegados. Ese es el camino más fácil, el más cómodo y el más penoso, pero ustedes continuarán en él. Y a eso lo llaman ‘práctico’. Mientras que si comprenden lo que implica terminar completamente con algo, terminan entonces con su ambición en un mundo muy, muy competitivo, terminan con la arrogancia, el orgullo, el status. Cuando esto que llamamos el organismo llega a su fin, el contenido de la conciencia de la humanidad continúa a menos que uno produzca un cambio radical en esa conciencia, una mutación, de modo que uno ya no esté más en la corriente del egocentrismo; entonces uno ya no sigue atrapado, enjaulado, encerrado en la prisión del apego, de la incertidumbre, etcétera. Existe entonces un modo de vivir por completo diferente.

Debemos también hablar acerca de la religión. Es una cuestión muy compleja. Juntos vamos a descubrir qué es una mente religiosa, no una mente que practica puja, las ceremonias, las creencias y todas esas cosas. Eso no es religión. Son todas invenciones del pensamiento. Debido a que la vida de ustedes es tan insípida, tan aburrida, han inventado a dios. ¡Es una vida tan penosa! Así que inventan a dios, que es todo perfección, todo amor, y adoran eso. Adoran lo que ustedes mismos han fabricado con el pensamiento. De modo que el pensamiento los está engañando. Pero continúan con ello, porque les agrada vivir en la ilusión. Tenemos que descubrir qué es una mente religiosa, porque una mente religiosa genera un mundo nuevo, una nueva civilización, una nueva cultura, una nueva explosión de energía. Y esto tiene que descubrirlo uno por sí mismo. No que nos digan qué es una mente religiosa, que nos dirijan, que nos den explicaciones al respecto. ¿Qué es, entonces, una mente religiosa? Ustedes pueden descubrirlo si niegan por completo la presente estructura religiosa, las creencias e ideas religiosas; porque es sólo una mente libre la que puede descubrir cuál es la cualidad de la mente religiosa.

En primer lugar, tenemos que ver muy claramente que la libertad es esencial ‑no el estar libre de algo. Un prisionero anhela la libertad, lo que implica que primero está encerrado en una prisión, y después anhela la libertad para dejar esa prisión. Esa es tan sólo una reacción. Y esa reacción no es libertad. La libertad implica el cese completo de todas las ilusiones, de todas las creencias, de todos los deseos que hemos acumulado. Una mente religiosa es una mente cuerda, sana, factual; se enfrenta a hechos, no a ideas. Quien les habla puede seguir explicando qué es una mente religiosa. Quizás ustedes acepten o rechacen las definiciones; y el mero argüir, el analizar, el cuestionar, puede ser que ayude, pero no ha de producir necesariamente una mente religiosa. Por lo tanto, uno ha de tener una gran humildad, un sentimiento de no saber. Una mente religiosa también actúa, porque es compasiva. Esa acción nace de la inteligencia. La inteligencia, el amor y la compasión marchan juntos. Eso es la meditación. No se enderecen de pronto correctamente en sus asientos. Eso no tiene sentido. Pueden ustedes sentarse con las piernas cruzadas, pueden respirar correctamente y practicar diversos sistemas; eso no es meditación.

Vamos a investigar, a descubrir por nosotros mismos qué es la meditación. La palabra ‘meditación’ significa, de acuerdo con un buen diccionario, reflexionar, pensar bien, mirar detenidamente, entrar en contacto, no con algo sublime inventado por el pensamiento, sino establecer un contacto directo con nuestra vida cotidiana. Esa es la acepción corriente que nos da el diccionario para la palabra ‘meditación’. La meditación también implica ‑conforme a su significado- medida. De modo que comenzamos por preguntarnos: ¿Por qué medimos? ¿Qué entendemos por medida? ¿Por qué existe en nuestra mente y en nuestro corazón este constante medir? La medida implica comparación. Me comparo a mí mismo con otro, deseando ser como él, deseando ser como mi gurú, como mi ejemplo más elevado, lo que fuere. ¿Por qué comparamos del todo en la vida? Decimos que comparamos para progresar. Siempre estamos comparando. Usted es hermoso, yo no lo soy; quiero ser tan hermoso, tan poderoso como usted, tan iluminado como usted. Siempre existe entre nosotros esta competencia de la comparación. Jamás estamos libres de ese movimiento. Pero si lo estamos, ¿qué somos entonces? ¿Comprenden mi pregunta? ¿Es posible verse libre de la comparación, terminar con la comparación? Si uno no compara, se quita de encima una gran carga que carece de realidad. Porque entonces uno es ‘lo que es’. Desde ahí puede uno empezar; pero si siempre está comparando, tratando de llegar a ser algún otro, entonces es fundamentalmente desdichado, está ansioso, asustado y todo eso. Así que, por favor, pregúntense a sí mismos si pueden vivir sin comparar, sin ninguna forma de medida ‑lo cual es bastante difícil porque estamos adiestrados, educados, convencidos de que somos ‘esto’, pero que llegaremos a ser ‘aquello’. El ‘llegar a ser’ es una forma de medida. Vivir sin un solo movimiento de medida, forma parte de la meditación.

La mayoría de las personas que meditan, siguen diversos sistemas. Cada una tiene su propio gurú, el cual ha prescrito ciertos sistemas de meditación que ustedes practican, repitiendo determinadas palabras una y otra vez, y a eso lo llaman meditación. Cuando repetimos algo una y otra vez, ¿qué le está sucediendo a nuestro cerebro? Nos embotamos más y más, nos convertimos en una máquina y pensamos que eso es la meditación. Ustedes seguirán haciendo eso a pesar de lo que dice quien les habla. Al inquirir en la naturaleza de la meditación, no puede haber sistema ni esfuerzo alguno. El esfuerzo implica conflicto. ¿Podemos liberarnos de los sistemas, de las prácticas, y comprender el hecho de que nuestro cerebro, nuestros sentidos, se embotan? ¿Pueden ustedes librarse de los sistemas? ¿Puede la mente, el cerebro, darse cuenta de lo que significa seguir a alguien, obedecer lo que algún otro nos dice que hagamos, sólo porque él se llama a sí mismo ‘gurú’? Todo eso ha destruido la belleza de una mente religiosa. La meditación no es ninguna de estas cosas, incluido el yoga. ¿Qué es, entonces, la meditación?

Ustedes desean tener experiencias. Anhelan alguna experiencia extraña, la que llaman experiencia espiritual. Tienen suficientes experiencias en este mundo, experiencias de angustia, ansiedad, dolor; y dicen que anhelan algo más, una experiencia mayor. La experiencia no tiene nada que ver con la meditación. Para experimentar, tiene que haber un experimentador y, si hay un experimentador, ese experimentador es la continuidad de los recuerdos del pasado que constituyen el ‘yo’. Meditar es comprender toda la estructura del ‘yo’, del ‘sí mismo’, del ego, y descubrir si es posible liberarse totalmente del ‘yo’ ‑no buscar algún superyo. El superyo sigue siendo el mismo ‘yo’. Por lo tanto, la meditación no es una actividad cultivada, definida. Tiene que haber libertad, y donde hay libertad, hay espacio. ¿Tenemos nosotros espacio ‑aparte del mundo físico? ¿Tenemos espacio nosotros, que vivimos en Bombay? Difícilmente. Vivimos en un pequeño departamento o en una pequeña habitación, y nuestras mentes aceptan poco a poco ese espacio estrecho. Pero estamos hablando del espacio que no tiene paredes. Ustedes saben, cuando miramos el mar, cuando el smog se ha desvanecido y vemos el horizonte lejano, el enorme disco de la luna, y contemplamos en lo alto la extraordinaria brillantez de las estrellas, el espacio inmenso, percibimos lo estrecho, lo insignificante que es el espacio que tenemos en la mente. Ese espacio que hay en nuestra mente y en nuestro corazón, es controlado, moldeado, producido por nosotros mismos. Apenas si disponemos de algún espacio interno. Para comprender aquello que es sagrado, tiene que haber un vasto espacio dentro de uno mismo, no allá afuera en el mar. El espacio no es separación. El espacio no es división. Cuando dividimos, hay un espacio entre uno y su esposa, entre ustedes como la India y algún otro país, pero ese no es el espacio interno. Internamente, el espacio sólo puede existir cuando no hay en absoluto ningún conflicto. Entonces, cuando en la mente existe ese vasto espacio ilimitado, es únicamente en ese espacio que hay energía ‑no la energía y fricción del pensamiento. Esa inmensa energía nace de la libertad. Cuando existe ese espacio con su silencio y esa energía inmensurable, está aquello que es totalmente innominado, infinito, intemporal; está lo sagrado. Pero para descubrir eso, tiene que haber en uno un gran amor, una gran compasión, que deben comenzar en el hogar. Uno tiene que amar a su esposa, a su marido, a los hijos. El amor no puede coexistir con el apego. Si hay apego, entonces tenemos todos los problemas de la vida.

Así que, señoras y señores, ésta es la vida de ustedes. O producen un cambio radical, una revolución psicológica en sí mismos, o los expertos del mundo genético van a obligarles a hacer algo. Entonces se convertirán ustedes meramente en máquinas. Y así la vida tendrá muy poco significado. Pero existe un gran sentido, una gran significación en la vida si percibimos qué es el amor, qué es la compasión y la inteligencia. De ahí surge entonces un gran silencio y un espacio inmenso. Y todo eso no puede existir si hay algún vestigio de egocentrismo. Esto es meditación, y no la repetición de palabras. No es la disciplina de la voluntad, sino la disciplina del orden que adviene cuando no hay conflicto.

Bombay,

30 de enero de 1983

Contraportada

“¿Es, por tanto, posible vivir sin medir, sin comparar? Esta es una cuestión tremendamente complicada. Porque la palabra ‘mejor’ implica medida. La palabra ‘más’ implica medida. El mejoramiento de uno mismo implica medida. averigüen si es posible vivir sin medir, lo que equivale a vivir sin comparar. Forma parte de la meditación investigar el significado del no devenir; el devenir, el llegar a ser, implica medida. ¿Es posible que en nuestra relación de unos con otros, por intima que sea, no intervenga la medida? Eso quiere decir que nuestro cerebro debe estar activo en la relación; debe investigar nuestra relación, investigar si en esa relación hay heridas psicológicas, y ver que esas heridas producen más temor, más encierro en uno mismo y, por consiguiente más aislamiento. Y mientras haya aislamiento, sea externa o internamente, tiene que haber conflicto”.

Krishnamurti

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