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La revolución fundamental

La revolución fundamental
12 CONFERENCIAS DE J. KRISHNAMURTI PRONUNCIADAS EN INDIA EN 1949-50
Título original inglés : Krishnamurti Talks, 1949-50 (Verbatin Report) India
TRADUCCION DEL INGLES POR: Dr. ARTURO ORZABAL QUINTANA

I. 1ª CONFERENCIA EN RAJAHMUNDRY

EXISTE un arte de escuchar. Escuchad para descubrir si lo que se dice tiene significación, y, después de escuchar, juzgad, aceptad o rechazad; pero antes que nada, escuchad. La dificultad, para la mayoría de nosotros, está en que no escuchamos. Venimos predispuestos a ser antagonistas o amigos, no a escuchar neutralmente. Si escucháis neutralmente, sólo entonces, por cierto, empezáis a descubrir lo que hay más allá de las palabras. Las palabras son medio de comunicación. Tenéis que aprender mi vocabulario, el sentido de mis palabras, y entonces, hallaréis la significación del tema. Lo que reviste primordial importancia es aprender a escuchar correctamente. Si leéis un poema y tenéis prejuicios, ¿cómo podréis comprenderlo? Para apreciar lo que el poeta desea que comprendáis, debéis venir con libertad para ello.

El problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros en esta época es el de saber si el individuo es un mero instrumento de la sociedad, o si es el fin de la sociedad. ¿Vosotros y yo, como individuos, hemos de ser utilizados, dirigidos, educados, controlados, plasmados conforme a cierto molde por la sociedad, por el gobierno, o es que la sociedad, el Estado, existen para el individuo? ¿Es el individuo el fin de la sociedad, o es tan sólo un títere al que hay que enseñar, que explotar, que enviar al matadero como instrumento de guerra? Ese es el problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros. Ese es el problema del mundo: el de saber si el individuo es mero instrumento de la sociedad, juguete de influencias que haya de ser moldeado; o bien si la sociedad existe para el individuo.

¿Cómo habréis de descubrir eso? Es un serio problema, ¿verdad? Si el individuo no es más que un instrumento de la sociedad, entonces la sociedad es mucho más importante que el individuo. Si eso es cierto, debemos renunciar a la individualidad y trabajar para la sociedad; entonces todo nuestro sistema educativo debe ser enteramente revolucionado, y el individuo convertido en instrumento para ser usado y destruido, liquidado y descartado. Pero si la sociedad existe para el individuo, entonces la función de la sociedad no consiste en hacer que él se ajuste a molde alguno, sino en darle el sentido y el impulso de la libertad. Debemos, pues, descubrir qué es lo falso.

¿Cómo investigaríais este problema? Es un problema vital, ¿no es cierto? Él no depende de ideología alguna, de izquierda o de derecha; y en caso de que sí dependa de una ideología, resulta ser mero asunto de opinión. Las ideas siempre engendran enemistad, confusión, conflicto. Si dependéis de libros de izquierda o de derecha, o de libros sagrados, entonces dependéis de meras opiniones, sean ellas las de Buda, de Cristo, del capitalismo, del comunismo o de lo que os plazca. Se trata de ideas, no de la verdad. Un hecho nunca puede ser negado. La opinión acerca del hecho puede negarse. Si podemos descubrir cuál es la verdad en este asunto, podremos actuar independientemente de la opinión. ¿No resulta necesario, por lo tanto, descartar lo que otros han dicho? La opinión de los izquierdistas u otros líderes es el resultado de su condicionamiento. De suerte que si dependéis para vuestro descubrimiento de lo que se encuentra en los libros, estáis simplemente limitados por la opinión. No es cuestión de conocimiento.

¿Cómo habrá de descubrirse la verdad acerca de esto? Sobre esa base actuaremos. Para hallar la verdad al respecto, hay que estar libre de toda propaganda, lo cual significa que sois capaces de considerar el problema independientemente de la opinión. Todo el cometido de la educación consiste en despertar al individuo. Para ver la verdad respecto de esto habréis de ser muy claros, es decir, no podréis depender de un líder. Cuando escogéis un líder, lo hacéis por confusión, de suerte que vuestros lideres también están confusos; y eso es lo que ocurre en el mundo. No podéis, por consiguiente, esperar de vuestro líder guía ni ayuda.

El problema, entonces, es cómo hallar la verdad en este asunto: si el individuo es el instrumento de la sociedad, o si la sociedad exista para el individuo. ¿Cómo habréis de descubrirlo, no intelectualmente sino “factualmente”?

¿Qué entendéis por individuo? ¿Qué es el “vosotros”? ¿Qué somos nosotros, en lo físico y en lo psicológico, por fuera y por dentro? ¿No somos el resultado de influencias ambientales? ¿No somos el resultado dé nuestra cultura, nacionalidad, religión, etc.? El individuo, pues, es el resultado de la educación técnica o clásica. Sois el resultado del medio ambiente. Y están los que dicen que vosotros no sois tan sólo físico, sino algo más; que en vosotros está la realidad, Dios. Esto, después de todo, no es más que una opinión, el resultado de la influencia de la sociedad. Es una respuesta condicionada, nada más. Aquí en la India creéis que sois algo más que el resultado de influencias materiales. Otros creen que no son nada más que eso. Ambas creencias son condicionadas. Ambas son el resultado de influencias sociales, económicas y otras, lo cual es bastante obvio. Tenemos primero que reconocer, por lo tanto, que somos el resultado de las influencias sociales que nos rodean. Sea que creáis en el hinduismo, en el cristianismo, en la ideología izquierdista, o en nada, vosotros sois el resultado de ese condicionamiento.

Ahora bien, para descubrir si sois algo más, es preciso estar libre de condicionamiento. Para estar libres, debéis poner en tela de juicio toda la respuesta social; y sólo entonces podréis descubrir si el individuo es un mero resultado de la sociedad, o algo más. Esto es, sólo podréis descubrir la verdad acerca de esto, poniendo en toda de juicio la influencia social, económica ambiental, las ideologías, etc. Sólo los que inquieren son capaces de engendrar la revolución social. Estando tales individuos libres de normas, de creencias, de ideologías, pueden contribuir a crear una nueva sociedad que no se base en ningún condicionamiento.

Viendo, pues, que el mundo en la época actual está en conflicto: imperialismo, guerras, hambre, aumento de población, desocupación, antagonismos, viendo todo eso, la persona realmente seria habrá de descubrir si el individuo es el fin de la sociedad, es decir, si la sociedad existe para el individuo. Si esto es cierto, entonces la relación entre el individuo y la sociedad es enteramente diferente. Entonces el individuo es un ser libre en relación con la sociedad, que también es libre. Esto requiere una enorme comprensión de uno mismo. Sin conocimiento propio no hay base para pensar: os plasman simplemente los vientos de las circunstancias. Sin conocer el “uno mismo” total no puede haber recto pensar. La comprensión de uno mismo no ha de hallarse en el retiro de la vida, huyendo de la sociedad a los bosques; al contrario, ella ha de hallarse en la relación con la propia esposa, con el propio hijo, con la sociedad. La convivencia es un espejo en el cual os veis; mas no podéis veros tal cuales sois si condenáis lo que veis. Después de todo, si queréis comprender a alguien, no lo condenáis sino que lo estudiáis, lo observáis bajo todas las condiciones. Sois un vigía silencioso que observa, que no condena; y sólo entonces comprendéis. De esa comprensión proviene la claridad, que es la base del recto pensar. Mas con la mera repetición de ideas, por maravillosas que ellas puedan ser, nos volvemos fonógrafos que funcionan de acuerdo a diversas influencias, pero que sólo son fonógrafos. Únicamente cuando dejamos de ser fonógrafos, el individuo adquiere significación. Entonces somos verdaderos revolucionarios, porque descubrimos lo real. El estar libre de ideas, de condicionamiento, es, lo único que puede traer revolución; y ésta debe empezar por vosotros, no por un plan de acción. Cualquier persona sagaz puede redactar un plan, pero ello es inútil. El descubrir lo que uno es trae una revolución radical, y ese descubrimiento no depende de un plan. Tal descubrimiento es esencial para crear un nuevo Estado.

Se me han entregado varias preguntas. Antes de contestarlas, es importante averiguar por qué hacéis preguntas. ¿Es para fortalecer vuestras opiniones, para suscitar una controversia, o para negar lo que se dice? Porque, si os aferráis a vuestros puntos de vista, escucharéis con vuestros argumentos y no para averiguar qué es lo que se dice. Espero que no escucharéis con espíritu de antagonismo sino para descubrir qué es la verdad. Si a lo que se dice le hacéis frente con vuestras opiniones, ¿qué valor tiene el escuchar?

Pregunta: En sus pláticas dice usted que el hombre es la medida del mundo, y que, cuando él se transforme a sí mismo, el mundo estará en paz. ¿La propia transformación de usted ha mostrado que eso sea verdad?

Krishnamurti: ¿Qué implica esta pregunta? Que aunque yo diga que reconozco que soy el mundo, y que el mundo no está separado de mí, aunque yo hable contra las guerras y otras cosas, la explotación continúa, de suerte que lo que yo digo es inútil. Examinemos esto. Vosotros y el mundo no sois dos entidades diferentes. Vosotros sois el mundo, no como ideal sino “factualmente”, de hecho. Sois el resultado del clima, de la nacionalidad, de diversas formas de condicionamiento; y lo que pensáis, lo que sentís, eso proyectáis, creando un mundo de división. Deseáis ser tirios contra troyanos, Dios sabrá por qué. Lo que vosotros proyectáis, eso es el mundo; vosotros creáis el mundo. Si sois codiciosos, eso es lo que proyectáis; el mundo, pues, sois vosotros mismos. Como el mundo sois vosotros mismos, para transformar el mundo debéis conoceros a vosotros mismos. Con vuestra transformación producís una transformación en la sociedad. El interlocutor insinúa que, como la explotación no cesa, lo que yo digo resulta fútil. ¿Es verdad eso? Yo recorro el mundo tratando de señalar la verdad, no haciendo propaganda. La propaganda es una mentira. Podéis propagar una idea, pero no podéis propagar la verdad. Yo ando en gira señalando la verdad; y a vosotros os incumbe reconocerla o no. Un hombre no puede cambiar el mundo, pero vosotros y yo, juntos, podemos cambiar el mundo. Esta no es una conferencia política. Vosotros y yo hemos de descubrir qué es la verdad; pues la verdad es lo que disuelve las tribulaciones, las miserias del mundo. El mundo no está allá lejos, en Rusia, en América o en Inglaterra. El mundo está donde vosotros estáis, por pequeño que él pueda parecer; el mundo sois vosotros, vuestro medio ambiente, vuestra familia, vuestro vecino, y si eso es transformado, producís transformación en el mundo. Pero la mayoría de nosotros somos perezosos, indolentes. Lo que yo digo es real en sí mismo; pero resulta fútil si vosotros no estáis dispuestos a comprenderlo. La transformación sólo puede ser producida por el individuo. Las grandes cosas las realizan los individuos, y vosotros podréis causar una revolución fenomenal, radical, cuando os comprendáis a vosotros mismos. ¿No habéis notado, en la historia, que no es la masa sino los individuos quienes transforman? En la masa se puede influir, ella puede ser utilizada; pero las revoluciones radicales en la vida ocurren tan sólo con individuos. Dondequiera viváis, en cualquier nivel de la sociedad que estéis colocados, si os comprendéis a vosotros mismos produciréis transformación en vuestras relaciones con los demás. Lo importante es dar fin al dolor; pues la terminación del dolor es el comienzo de la revolución, y esa revolución produce transformación en el mundo.

Pregunta: Dice usted que los “gurús” son innecesarios, ¿pero cómo puedo yo encontrar la verdad sin la sabia guía y ayuda que sólo un “gurú” puede brindar?

Krishnamurti: Se trata de saber si un “gurú” es necesario o no. ¿Puede hallarse la verdad por intermedio de otro? Algunos dicen que sí se puede, y otros dicen que no. Como ésta es una cuestión de importancia, espero que prestaréis suficiente atención. Queremos conocer la verdad acerca de esto, no mi opinión como contraria a la opinión de otro. En este asunto yo no tengo opinión. O es así, o no lo es. Que sea esencial el que tengáis o no un “gurú”, no es cuestión de opinión. La verdad en este asunto no depende de opiniones, por profundas, eruditas o universales que sean. La verdad sobre la materia ha de ser descubierta, en realidad.

En primer lugar, ¿por qué queremos un “gurú”? Decimos que queremos un “gurú” porque estamos confusos, y el “gurú” resulta provechoso: él señalará qué es la verdad, nos ayudará a comprender, sabe mucho más acerca de la vida que nosotros, actuará como un padre, como un maestro para enseñarnos a vivir; posee vasta experiencia, y nosotros muy poca; nos ayudará gracias a su mayor experiencia, etc. Es decir, fundamentalmente, recurrís a un instructor porque estáis confusos. Si en vosotros hubiese claridad, no os allegaríais a un “gurú”. Es obvio que si fuerais profundamente felices, si no hubiera problemas, si comprendieseis la vida completamente, no recurriríais a ningún “gurú”. Espero que veáis el significado de esto. Es porque estáis confusos que buscáis un instructor. Acudís a él para que os muestre un camino en la vida, para que disipe vuestra confusión, para hallar la verdad. Escogéis vuestro “gurú”, porque estáis confusos, y esperáis que él os dé lo que pedís. Es decir, elegís un “gurú” que satisfaga vuestra demanda; escogéis de acuerdo a la satisfacción que él os brindará, y vuestra elección depende de vuestra satisfacción. No escogéis un “gurú” que diga “depended de vosotros mismos”; lo escogéis según vuestros prejuicios. Y puesto que escogéis vuestro “gurú” según la satisfacción que os brinda, no buscáis la verdad sino una salida de la confusión; y a la salida de la confusión se le llama equivocadamente “verdad”.

Examinemos primero esta idea de que un “gurú” pueda disipar nuestra confusión. ¿Puede alguien disipar nuestra confusión? ‑siendo la confusión el producto de nuestras reacciones. Nosotros la hemos creado. ¿Creéis que alguna otra persona haya causado estas miserias, esta batalla en todos los niveles de la existencia, por dentro y por fuera? Ella es el resultado de nuestra propia falta de conocimiento de nosotros mismos. Es porque no nos comprendemos a nosotros mismos, porque no comprendemos nuestros conflictos, nuestras reacciones, nuestras miserias, que recurrimos a un “gurú”, el cual, según creemos, nos ayudará a vernos libres de esa confusión. Sólo podemos comprendernos a nosotros mismos en relación con el presente; y esa relación misma es el “gurú”, no alguien de afuera. Si no comprendo esa relación, cualquier cosa que el “gurú” diga resulta inútil; porque si no comprendo la interrelación ‑mi relación con la propiedad, la gente, las ideas- ¿quién puede resolver el conflicto dentro de mí? Para resolver ese conflicto, debo comprenderlo yo mismo, lo cual significa que debo darme cuenta de mí mismo en la interrelación. Para darse cuenta no es necesario ningún “gurú”. Si no me conozco a mí mismo, ¿para qué sirve un “gurú”? Tal como un líder político es elegido por los que están en confusión ‑y cuya elección es también confusa- así yo elijo un “gurú”. Sólo puedo elegirlo conforme a mi confusión; de ahí que, como el líder político, él esté confuso.

Lo importante, pues, no es quién está en lo cierto, si yo o los que dicen que un “gurú” es necesario, sino el descubrir por qué necesitáis un “gurú”. Los “gurús” existen para diversas clases de explotación, pero eso no viene al caso. Os brinda satisfacción que alguien os diga que estáis progresando. Pero el descubrir por qué necesitáis un “gurú”: ahí está la clave. Otro puede señalar el camino; pero vosotros tenéis que hacer todo el trabajo, aun cuando tengáis un “gurú”. Como no queréis enfrentaros con eso, descargáis en el “gurú” la responsabilidad. El “gurú” se vuelve inútil cuando existe una partícula de conocimiento propio. Ningún “gurú”, ningún libro ni escritura, puede daros conocimiento propio; éste llega cuando os dais cuenta de vosotros mismos en la interrelación. Ser, es estar relacionado; no comprender la interrelación es desgracia, lucha. No daros cuenta de vuestra relación con la propiedad, es una de las causas de confusión. Si no conocéis vuestra verdadera relación con los bienes, por fuerza tiene que haber conflicto, lo cual acrecienta el conflicto en la sociedad. Si no comprendéis la relación entre vosotros y vuestra esposa, entre vosotros y vuestro hijo, ¿cómo puede otra persona resolver el conflicto que surge de esa relación? Algo análogo ocurre tratándose de ideas, creencias, etc. Estando confusos en vuestra relación con las personas, con los bienes, con las ideas, buscáis un “gurú”. Si él es un verdadero “gurú”, os dirá que os comprendáis a vosotros mismos. Vosotros sois la fuente de todo malentendido y confusión y sólo podéis resolver ese conflicto cuando os comprendéis a vosotros mismos en la vida de relación.

No podéis hallar la verdad por intermedio de nadie. ¿Cómo lo podríais? La verdad, por cierto, no es algo estático; no tiene morada fija; no es un fin, una meta. Por el contrario, ella es viviente, dinámica, alerta, animada. ¿Cómo podría ser un fin? Si la verdad es un punto fijo, ya no es la verdad; es entonces una mera opinión. La verdad, señor, es lo desconocido, y una mente que busca la verdad jamás la encontrará. Porque la menté está hecha de lo conocido; es el resultado del pasado, del tiempo, cosa que podéis observar por vosotros mismos. La mente es el instrumento de lo conocido, y de ahí que no pueda hallar lo desconocido; sólo puede moverse de lo conocido a lo conocido. Cuando la mente busca la verdad, la verdad sobre la que ha leído en los libros, esa “verdad” es autoproyectada; pues entonces la mente sólo anda en busca de lo conocido, de algo conocido más satisfactorio que lo anterior. Cuando la mente busca la verdad, lo que busca es su propia autoproyección, no la verdad. Un ideal, después de todo, es autoproyectado; es ficticio, irreal. Lo real es aquello que es, no lo opuesto. Pero una mente que busca la realidad, Dios, busca lo conocido. Cuando pensáis en Dios, vuestro Dios es la proyección de vuestro propio pensamiento, el resultado de influencias sociales. Sólo podéis pensar en lo conocido; no podéis pensar en lo desconocido, no podéis concentraros en la verdad. En el momento en que pensáis en lo desconocido, ello es simplemente lo conocido autoproyectado. De suerte que en Dios o en la verdad no se puede pensar. Si pensáis al respecto, no es la verdad. La verdad no puede buscarse: ella viene a nosotros. Sólo podéis ir en pos de lo que es conocido. Cuando la mente no está torturada por lo conocido, por los efectos de lo conocido, sólo entonces la verdad puede revelarse. La verdad está en toda hoja, en toda lágrima; ha de ser conocida de instante en instante. Nadie puede conduciros a la verdad; y si alguien os conduce, sólo puede ser a lo conocido.

La verdad sólo puede llegar a la mente que está vacía de lo conocido. Adviene en un estado en el cual lo conocido está ausente, no funciona. La mente es el depósito de lo conocido, el residuo de lo conocido; y para que la mente se halle en ese estado en que lo desconocido se manifiesta, ella debe darse cuenta de sí misma, de sus experiencias anteriores, conscientes así como inconscientes, de las respuestas, reacciones y estructura. Cuando hay completo conocimiento propio, entonces lo conocido tiene fin y la mente está del todo vacía de lo conocido. Sólo entonces la verdad puede venir a vosotros, sin que la invitéis. La verdad no pertenece a vosotros ni a mí. No podéis rendirle culto. No es bien conocida, ella es irreal. El símbolo no es real, la imagen no es real; mas cuando hay comprensión de uno mismo, cesación del “yo”, entonces adviene la eternidad.

Pregunta: ¿Para tener la mente en paz no debo aprender a dominar mis pensamientos?

Krishnamurti: Para comprender esta cuestión apropiadamente, debemos ahondar mucho en ella, lo cual requiere gran atención. Espero que no estéis demasiado cansados para seguirla.

Mi mente divaga. ¿Por qué? Quiero pensar en un cuadro, en una frase, en una idea, en una imagen, y al pensar en ello veo que mi mente se ha trasladado al ferrocarril o a algo que sucedió ayer. El primer pensamiento se ha ido, y otro ha ocupado su lugar. Examino, por lo tanto, todo pensamiento que surge. Eso es inteligente, ¿verdad? Pero vosotros hacéis un esfuerzo para fijar vuestro pensamiento en algo. ¿Por qué habríais de fijarlo? Si os interesáis en el pensamiento que os viene, él os brinda su significación. La divagación no es distracción; no le deis un nombre. Seguid la divagación, la distracción, averiguad por qué la mente ha divagado; perseguid la distracción, ahondad en ella plenamente. Cuando la distracción ha sido comprendida del todo, esa particular distracción se ha ido. Cuando otra se produce, seguidla también. La mente está hecha de innumerables exigencias y anhelos; y, cuando los comprende, ella es capaz de una alerta percepción que no es exclusiva. La concentración es exclusividad, es resistencia contra algo. Tal concentración es como ponerse anteojeras; es evidentemente inútil, no conduce a la realidad. Cuando un niño está interesado en un juguete, no hay distracción

Comentario del auditorio: Pero eso es momentáneo.

Krishnamurti: ¿Qué quiere usted decir? ¿Queréis que un muro os mantenga encerrados? ¿Sois seres humanos o máquinas que hay que limitar, circunscribir? Toda concentración es exclusiva. En esa exclusión concentrada, nada puede descubrir el propio deseo de ser algo. Así, pues, la concentración que muchos practican es la negación de la meditación verdadera. La meditación es el comienzo del conocimiento propio, y sin conocimiento propio no podéis meditar. Sin conocimiento propio, vuestra meditación nada vale; es una mera escapada romántica. De suerte que la concentración, que es un proceso de exclusión, de resistencia, no puede abrir la puerta a ese estado de la mente en el que no hay resistencia. Si resistís a vuestro niño, no lo comprendéis. Debéis estar abiertos a todos sus antojos, a cada uno de sus estados de ánimo. De igual modo, para comprenderos a vosotros mininos debeéis ser sensibles a todo movimiento de la mente, a todo pensamiento que surge. Todo pensamiento que os viene representa algún interés. No le llaméis distracción ni lo condenéis: seguidlo completamente, plenamente. Deseáis concentraros en lo que se esta diciendo, y vuestra mente divaga hacia lo que un amigo dijo anoche. A este conflicto le llamáis distracción. Decís, pues: ayudadme a aprender la concentración, a fijar mí mente en una cosa”. Pero si comprendéis lo que causa la distracción, no hay necesidad de procurar concentrarse: cualquier cosa que hacéis es concentración. El problema, pues, no es la divagación, sino por qué la mente divaga. Cuando la mente divaga y se aleja de lo que se esta diciendo, es que no os interesa lo que oís. Si estéis interesados, no estáis distraídos,

Creéis que deberíais interesaros por un cuadro, una idea, una conferencia, pero vuestro interés no está en ello; de ahí que la mente se desvíe en todas direcciones. ¿Por qué no habríais de reconocer que no estáis interesados, dejando que la mente divague? Cuando no estáis interesados, es desperdiciar esfuerzo el fijar la mente, lo cual no hace más que engendrar conflicto entre lo que creéis que deberíais ser, y lo actual. Es como un automóvil que se mueve con los frenos aplicados. Tal concentración es inútil. Es exclusión, rechazo. ¿Por qué no reconocer la distracción primero? Se trata de un hecho. Cuando la mente se aquieta, cuando todas los problemas están resueltos, ella está como un lago de aguas tranquilas en el que podéis ver claro. No está quieta cuando se halla atrapada en la red de los problemas, pues entonces recurrís a la represión. Cuando la mente sigue y comprende todo pensamiento, no hay distracción; y entonces ella está quieta. Sólo en la libertad cabe el silencio de la mente. Cuando la mente está en silencio, y no sólo en la superficie sino plenamente; cuando está libre de todos los valores, de la persecución de sus propias proyecciones, entonces no hay distracción; y sólo entonces surge la realidad.

20 de Noviembre de 1949.

II. 2ª CONFERENCIA EN RAJAHMUNDRY

ES MUY obvio que todos los problemas requieren, no una respuesta, una conclusión, sino la comprensión del problema en sí. Pues la respuesta, la solución del problema, está en el problema; y para comprender un problema, cualquiera que sea ‑personal o social, íntimo o general- resulta indispensable cierta quietud, cierta cualidad de no identificación con el problema. Es decir, vemos en el mundo de hoy desarrollarse grandes conflictos: conflictos ideológicos, confusión y lucha de ideas antagónicas, que al final conducen a la guerra; y, a troves de todo eso queremos paz. Porque es obvio que, sin paz, no es posible la creación individual, la cual requiere cierta quietud, una sensación de existencia sin perturbaciones. Para crear, para pensar de un modo nuevo acerca de cualquier problema, es esencial vivir con tranquilidad, pacíficamente.

Ahora bien, ¿cuál es el principal factor que ocasiona esa falta de paz, dentro y fuera de uno mismo? Ese es nuestro problema. Tenemos innumerables problemas de diversos tipos; y para resolverlos, es preciso que haya un terreno de quietud, un sentido de observación paciente, un enfoque silencioso Eso es indispensable para la solución de cualquier problema. ¿Qué cosa es esa que impide la paz, la silenciosa observación de lo que es? Paréceme que, antes de empezar a hablar de paz, deberíamos comprender el estado de contradicción, porque ése es el factor de perturbación que obstaculiza la paz. En nosotros y en torno nuestro vemos contradicción; y, como he procurado explicarlo, lo que nosotros somos, eso es el mundo. Sean cuales fueren nuestras ambiciones, nuestros empeños, nuestros objetivos, sobre ellos basamos la estructura de la sociedad. De suerte que, como estamos en contradicción, hay falta de paz en nosotros y por tanto fuera de nosotros. Hay en nosotros un estado constante de negación y afirmación: lo que queremos ser y lo que somos. El estado de contradicción engendra conflicto, y este conflicto no trae paz, lo cual es un hecho obvio, sencillo. Esta contradicción intima no debe interpretarse como dualismo filosófico de algún género, porque eso resulta una muy fácil evasión. Esto es, diciendo que la contradicción es un estado de dualismo, creemos haberla resuelto, lo cual, evidentemente, resulta mera convención, algo que contribuye a eludir lo existente.

Bueno, ¿qué entendemos por conflicto, por contradicción? ¿Por que hay contradicción en nosotros? Comprendéis lo que entiendo por contradicción: esta constante lucha por ser algo distinto de lo que soy. Soy esto, y deseo ser aquello. Esta contradicción es en nosotros un hecho, no un dualismo metafísico, lo cual no necesitamos discutir. La metafísica nada significa para la comprensión de lo que es. Podemos discutir, digamos, el dualismo, lo que es, si existe, etc. ¿Pero qué valor tiene eso si no sabemos que hay contradicción en nosotros, deseos opuestos, intereses opuestos, empeños opuestos? Es decir, quiero ser bueno y no soy capaz de serlo. Esta contradicción, esta oposición en nosotros debe ser comprendida, porque engendra conflicto; y estando en conflicto, en lucha, no podemos crear individualmente. Veamos claramente en qué estado nos hallamos. Hay contradicción, y por ello tiene que haber lucha; y la lucha es destrucción, despilfarro. En ese estado no podemos producir más que antagonismo, lucha, mayor amargura y dolor. Si podemos comprender esto plenamente y así librarnos de contradicción, podrá haber paz interior, la cual traerá comprensión entre unos y otros.

El problema es, pues, éste: viendo que el conflicto es destructivo, ruinoso, ¿por qué es que en cada uno de nosotros hay contradicción? Para comprender eso, debemos avanzar un poco más. ¿Por qué existe la sensación de deseos opuestos? No sé si nos damos cuenta de ello en nosotros mismos, de esta contradicción, de este sentido de querer y no querer, de recordar algo y tratar de olvidarlo y enfrentar alguna cosa nueva. Observad eso, nada mas. Es muy sencillo y normal. No es una cosa extraordinaria. El hecho real es que hay contradicción. ¿Por qué, entonces, surge esta contradicción? ¿No es importante comprender esto? Porque si no hubiera contradicción no habría conflicto, no habría lucha; entonces lo que es podría ser comprendido sin introducirle un elemento opuesto que crea conflicto. Nuestro interrogante es, pues, éste: ¿por qué existe esta contradicción, y por tanto esta lucha que es desgaste y destrucción? ¿Qué entendemos por contradicción? ¿No implica ella un estado transitorio que se ve contrariado por otro estado transitorio? Esto es, yo creo tener un deseo permanente. Afirmo que hay en mí un deseo permanente, y surge otro que lo contradice; y esta contradicción produce conflicto, el cual es un desgaste. Es decir, hay constante negación de un deseo por otro deseo; un empeño se sobrepone a otro empeño. ¿Pero existe tal deseo permanente? Todo deseo, por cierto, es transitorio, no en un sentido metafísico sino efectivamente. No convirtáis esto en algo metafísico, creyendo que lo habéis comprendido. De hecho, todo deseo es impermanente. Yo quiero un empleo, es decir, espero que cierto empleo sea un medio de felicidad; y, cuando lo obtengo, no me siento satisfecho. Quiero llegar a ser gerente, luego propietario, y así sucesivamente, no sólo en este mundo sino en el mundo llamado espiritual: el maestro de escuela quiere llegar a director, el cura quiere llegar a obispo, el discípulo quiere llegar a maestro.

Así, pues, este constante devenir, este llegar a un estado tras otro, produce contradicción, ¿no es cierto? ¿Por qué, por lo tanto, no considerar la vida como una serie de fugaces deseos, siempre en contradicción unos con otros, en vez de considerarla como un deseo permanente? De ese modo la mente no necesita hallarse en un estado de contradicción. Si miro la vida, no como un deseo permanente sino como una serie de deseos temporarios que cambian constantemente, entonces no hay contradicción. No sé si me explico claramente; porque es importante comprender que dondequiera exista contradicción hay conflicto, y el conflicto es improductivo, ruinoso, ya se trate de una reyerta entre dos personas, o de una lucha interior. Como la guerra, el conflicto es totalmente destructivo. De suerte que la contradicción surge tan sólo cuando la mente tiene un punto fijo de deseo; es decir, cuando la mente no considera todo deseo como movedizo, transitorio, sino que se apodera de un deseo y hace de él una cosa permanente; y sólo entonces, cuando surgen otros deseos, hay contradicción. Pero todos los deseos están en movimiento constante; no hay fijación de deseo. No hay punto fijo de deseo, pero la mente establece un punto fijo porque todo lo trata como medio de llegar, de ganar; y tiene que haber contradicción, conflicto, mientras uno está llegando. No sé si veis ese punto.

Es importante ver, ante todo, que el conflicto es esencialmente destructivo, ya se trate de conflicto entre comunidades, entre naciones, entre ideas, o del conflicto dentro del individuo. Resulta improductivo; y la lucha es utilizada, explotada, por los sacerdotes y los políticos. Si esto lo comprendemos, y si vemos real. mente que la lucha es destructiva, tenemos luego que descubrir cómo producir la cesación de la lucha, y por lo tanto debemos investigar la contradicción; y la contradicción implica siempre deseo de devenir, de ganar, de llegar. Y eso, después de todo, es lo que entendemos por la llamada “busca de la verdad”. Es decir, deseáis llegar, lograr éxito, deseáis encontrar un Dios o verdad que sea vuestra permanente satisfacción. Por consiguiente no buscáis la verdad, no buscáis a Dios. Lo que buscáis es satisfacción duradera, y a esa satisfacción la revestís de una idea, de una palabra de sonido respetable, tal como Dios, la verdad. En realidad, empero, cada uno de vosotros busca satisfacción, y ese placer, esa satisfacción, la colocáis en el punto más alto, llamándole Dios; y el punto más bajo es la bebida. Mientras la mente busque satisfacción, no hay mucha diferencia entre Dios y la bebida. Socialmente, puede que la bebida sea mala; pero el deseo intimo de satisfacción, de ganancia, es aún más dañoso, ¿verdad? Si realmente queréis hallar la verdad, debéis ser en extremo honestos, no sólo en el Nivel verbal sino del todo; tenéis que ser extraordinariamente claros, y no podéis serlo si no estáis dispuestos a enfrentar los hechos. Eso es lo que intentamos hacer en estas reuniones: ver claramente por nosotros mismos lo que es. Si no queréis ver os podéis ir; pero si queréis encontrar la verdad, debéis ser extraordinaria y escrupulosamente claros. Por consiguiente, es obvio que un hombre que desea comprender la realidad debe comprender todo este proceso de la satisfacción, y no sólo de la satisfacción en el sentido literal sino en el sentido más psicológico. Mientras la mente esté fija como centro “permanente”. identificada con una idea, con una creencia, tiene que haber contradicción en la vida; y esa contradicción engendra antagonismo, confusión, lucha, lo cual significa que no puede haber paz. De suerte que el mero hecho de forzar la mente a ser pacífica resulta totalmente inútil; porque una mente disciplinada, forzada, compelida a ser pacífica, no está en paz. Aquello que ha sido pacificado no es pacífico. Podéis imponer a un niño vuestra voluntad, vuestra autoridad, para hacer que sea pacífico; pero este niño no es pacífico. Ser pacífico es cosa del todo diferente.

Para comprender, pues, todo este problema de la existencia en la que hay constante lucha, dolor, constante desacuerdo, constante frustración, debemos comprender el proceso de la mente; y esa comprensión del proceso de la mente es conocimiento propio. Después de todo, si no sé pensar, ¿qué base tengo para pensar rectamente? Tengo que conocerme a mí mismo. Conociéndome a mí mismo adviene la quietud, la libertad; y en esa libertad está el descubrimiento de lo que es la verdad ‑o la verdad en un nivel abstracto sino en todo incidente de la vida, en mis palabras, en mis gestos, en mi modo de hablarle a mi sirviente. La verdad ha de ser hallada en los temores, en las penas, en las frustraciones del diario vivir, porque ese es el mundo en que vivimos, el mundo del tumulto, el mundo de las miserias. Si eso no lo comprendemos, el comprender simplemente alguna realidad abstracta es una evasión que conduce a más desdicha. Lo importante, pues, es comprenderse uno mismo; y la comprensión de uno mismo no es cosa separada del mundo, porque el mundo está donde vosotros estáis, no a millas de distancia; el mundo es la comunidad en que vivís, vuestras influencias ambientales, la sociedad que habéis creado ‑todo eso es el mundo. Y en ese mundo, a menos que os comprendáis a vosotros mismos, no puede haber transformación radical ni revolución, y por lo mismo ninguna “creatividad” individual. No os asuste esa palabra “revolución”. Es realmente una palabra maravillosa, de tremendo significado, si sabéis lo que ella quiere decir. Pero la mayoría de nosotros no quiere cambio, resiste al cambio; nos gustaría una continuidad modificada de lo que es, a la que se le llama “revolución” pero que no es revolución. La revolución podrá producirse ‑y es esencial que ocurra tal revolución- tan sólo cuando vosotros como individuos os comprendáis a vosotros mismos en relación con la sociedad, y por lo tanto os transforméis; y tal revolución no es momentánea sino constante

La vida es, pues, una serie de contradicciones; y sin comprender esas contradicciones no puede haber paz. Es indispensable tener paz, tener seguridad física, para vivir, para crear. Pero todo lo que hacemos la contradice. Queremos paz, y todos nuestros actos producen guerra. No queremos luchas “comunales”, y sin embargo esa esperanza se ve denegada. Así, pues, hasta que comprendamos este proceso de la contradicción en nosotros mismos, no puede haber paz, y por lo tanto ninguna nueva cultura ningún nuevo Estado; y para comprender esa contradicción debemos enfrentarnos con nosotros mismos, no en teoría sino tal como somos, ni con previas conclusiones, con citas del Bhagavad Gita, de Sankara, etc. Debemos considerarnos a nosotros mismos tal como realmente somos, lo agradable y asimismo lo desagradable, cosa que requiere capacidad para mirar exactamente lo que es: y no podemos comprender lo que es si condenamos, si nos identificamos, si justificamos. Debemos mirarnos a nosotros mismos como miraríamos aquel hombre que camina por la carretera; y eso requiere constante percepción, alerta percepción, no en algún nivel extraordinario sino percepción de lo que somos, de nuestro lenguaje, de nuestras reacciones, de nuestra relación con los bienes, con la gente pobre, con el mendigo, con el hambre de letras, etc. La alerta percepción debe empezar a ese nivel, porque, para ir lejos, uno tiene que empezar cerca; pero la mayoría de nosotros no estamos dispuestos a empezar cerca. Es mucho más fácil ‑por lo menos así lo creemos- empezar lejos, lo cual es evadirse de lo cercano. Todos tenemos ideales. Somos peritos en evasiones, y ésa es la maldición de estas religiones “escapistas”. Para ir lejos hay que empezar cerca. Esto no requiere algún extraordinario renunciamiento, sino un estado de alta sensibilidad; porque aquello que es altamente sensible es receptivo, y sólo en ese estado de sensibilidad puede haber recepción de la verdad, que no es para el hombre lerdo, para el holgazán, para el que no se da cuenta. Él nunca podrá encontrar la verdad. Pero el hombre que empieza cerca, que se da cuenta de sus gestos, de sus palabras, de su manera de comer, de su modo de hablar, de las modalidades de su conducta ‑para él existe una posibilidad de ahondar muy extensivamente, muy ampliamente, en las causas de conflicto. No podéis trepar alto si no empezáis bajo; pero no deseáis empezar bajo, no queréis ser sencillos ni queréis ser humildes. La humildad es buen humor, y sin buen humor no podéis ir lejos. Pero el buen humor no es cosa que podáis cultivar. Un hombre pues, que quiera realmente buscar, conocer lo que es la verdad o que quiera abrirse a la verdad, debe empezar muy cerca, debe sensibilizarse a sí mismo mediante la alerta percepción para que su mente sea refinada, clara y simple. Una mente así no persigue sus propios deseos, no rinde culto a un ideal de fabricación casera. Sólo entonces puede haber paz; pues una mente así descubre aquello que es inconmensurable.

Pregunta: ¿Por qué no alimenta usted a los pobres en vez de disertar?

Krishnamurti: Es esencial ser críticamente perceptivo, pero no emitir juicios; porque, en cuanto emitís juicios, ya habéis llegado a una conclusión. No sois críticamente perceptivos. En el momento en que llegáis a una conclusión vuestra capacidad critica está muerta. Ahora bien, el interlocutor quiere decir que él alimenta a los pobres y yo no. Desearía saber si el interlocutor alimenta a los pobres... Haceos, pues, esta pregunta: “¿Alimentáis vosotros a los pobres?” Estoy tratando de investigar la mentalidad del interlocutor. O él critica para descubrir, y por lo tanto está en perfecta libertad para criticar, para indagar; o él critica con una conclusión, y entonces ya no es un crítico y no hace más que imponer su conclusión; o bien, si el interlocutor alimenta a los pobres, su pregunta está justificada. ¿Pero es que alimentáis a los pobres? ¿Tenéis noción alguna acerca de los pobres? Como término medio la gente muere en la India a los 27; en América y Nueva Zelandia es a los 64 o 67. Si vosotros os dieseis cuenta de la pobreza, este estado de cosas no continuaría en la India.

Luego, el interlocutor desea saber por qué yo hablo. Os lo diré. Para alimentar a los pobres, os hace falta una revolución completa ‑no una revolución superficial de izquierda o de derecha, sino una revolución radical; y sólo podréis tener revolución radical cuando las ideas hayan cesado. Una revolución basada en una idea no es una revolución; porque una idea es mera reacción ante determinado condicionamiento y la acción basada en el condicionamiento no produce un cambio fundamental. Así, yo hablo para producir, no un mero cambio superficial, sino un cambio fundamental. Esto no es cuestión de inventar nuevas ideas. Sólo cuando vosotros y yo estemos libres de ideas, sean ellas de izquierda o de derecha, podremos producir una revolución radical, en lo intimo y por tanto exteriormente. Entonces ya no se trata de ricos o de pobres. Entonces hay dignidad humana, derecho al trabajo, oportunidad y felicidad para cada uno. Entonces ya no hay hombre que, teniendo demasiado, deba alimentar a los que tienen muy poco. No hay diferencias de clase. Esto no es una simple idea: no es una utopía. Es un hecho cuando esta revolución radical ocurre interiormente, cuando en cada uno de nosotros hay cambio fundamental. Entonces no habrá clases, ni nacionalidades, ni guerras, ni separatismo destructivo; y eso puede advenir tan sólo cuando en vuestro corazón hay amor. La verdadera revolución sólo puede llegar cuando hay amor, no de otro modo. El amor es la única llama sin humo; pero, infortunadamente, hemos llenado nuestro corazón con las cosas de la mente, y por eso nuestro corazón está vacío y nuestra mente llena. Cuando llenáis el corazón de pensamientos, el amor resulta mera idea. El amor no es idea. Y si pensáis en el amor, ello no es amor: es simplemente una proyección del pensamiento. Para depurar la mente, tiene que beber plenitud de corazón; pero, antes de que puede estar pleno, el corazón debe vaciarse de la mente, y eso es una tremenda revolución. Todas las otras revoluciones son mera continuación de un estado modificado.

Señores, cuando amáis a alguien ‑no como amamos a las personas, que sólo es pensar en ellas- cuando amáis al prójimo completamente, íntegramente, entonces no hay ricos ni pobres. Entonces no sois conscientes de vosotros mismos. Entonces existe esa llama en la que no hay humo de celos, de envidia, de codicia, de sensación. Sólo esa revolución puede alimentar al mundo; y ella os incumbe a vosotros, no a mí. Pero la mayoría de nosotros se ha acostumbrado a escuchar conferencias porque vivimos en las palabras. Las palabras han llegado a ser importantes porque somos lectores de periódicos; habitualmente escuchamos discursos políticos que están llenos de palabras sin mucho sentido. Se nos llena, pues, de palabras; sobrevivimos a fuerza de palabras. Y la mayoría de vosotros sólo escucha estas pláticas en el nivel verbal, y por eso no hay en vosotros verdadera revolución. Pero a vosotros os incumbe producir esa revolución, no la revolución con sangre ‑la cual es una continuidad modificada que impropiamente llamamos “revolución”- sino aquella revolución que adviene cuando la mente ya no llena el corazón, cuando el pensamiento ya no ocupa el lugar del afecto, de la compasión. Pero no podéis tener amor cuando la mente predomina. La mayoría de vosotros no es culta, sino simplemente leída; y vivís con lo que habéis aprendido. Tal saber no produce revolución, no trae transformación. Lo que causa transformación es el comprender los conflictos de todos los días, las diarias relaciones. Cuando el corazón está vacío de las cosas de la mente, sólo entonces esa llama de la realidad llega. Pero hay que ser capaz de recibirla; y, para recibirla, uno no puede tener una conclusión basada en el conocimiento y la decisión. Una mente así, pacífica, no atada por ideas, resulta capaz de recibir aquello que es infinito, y por lo tanto engendra revolución ‑no simplemente para alimentar a los pobres, o para darles empleo, o para dar el poder a los que no lo tienen. Será un mundo diferente, de valores diferentes que no se basarán en la satisfacción monetaria.

Las palabras, pues, no alimentan a los hambrientos. Para mí las palabras no son importantes; sólo empleo palabras como medio de comunicación. Podemos usar cualquier palabra mientras nos comprendamos unos a otros; y yo no os estoy dando ideas, no os estoy alimentando con palabras. Hablo para que veáis claramente por vosotros mismos aquello que sois; y con esa percepción podréis actuar claramente y con propósitos definidos. Sólo entonces habrá una posibilidad de acción cooperativa. Hablar tan sólo para divertirnos carece de valor; pero hablar para comprendernos a nosotros mismos y así producir la transformación, es esencial.

Pregunta: En sus pláticas de 1944 se le hizo a usted la siguiente pregunta: “Usted se halla en una situación feliz. Todas sus necesidades son satisfechas. Nosotros tenemos que ganar dinero para nosotros mismos, nuestra esposa y nuestra familia. Tenemos que estar en el mundo. ¿Cómo puede usted comprendernos y ayudarnos?” Esa es la cuestión.

Krishnamurti: Traté de contestar la pregunta, no la eludí; pero tal vez me haya expresado de un modo que al interlocutor le pareció evasiva. La vida no es cosa que haya de decidirse por “sí” o por “no”; la vida es complicada, no tiene tal conclusión permanente. Es como vuestro deseo de saber si hay o no hay reencarnación. Debemos ahondar en esto. Al discutirlo, vosotros pensáis que yo me esquivo porque vuestra mente está fija en una cosa: que “hay” o que “no hay”. Desde vuestro punto de vista, pues, se trata evidentemente de una evasiva; pero si la examináis algo más claramente, veréis que no se trata de evasiva.

Ahora el interlocutor quiere saber, puesto que mis necesidades son atendidas por otros, cómo puedo yo comprender a los que luchan con la vida para proveer lo necesario a su familia y a sí mismos. ¿Qué implica esta pregunta? Que “usted es un privilegiado y nosotros no; ¿y cómo puede la clase privilegiada comprender a los no privilegiados?” La pregunta es, pues, ésta: ¿Puede la persona privilegiada comprender a los que no lo son?

Antes que nada, ¿soy yo un privilegiado? Sólo soy un privilegiado cuando acepto posición, autoridad, poder, el prestigio de afirmar que soy alguien, cosa que jamás he hecho; porque el ser alguien es altamente inmoral, falto de ética y de espiritualidad. El ser alguien niega la realidad; y sólo el que es alguien es un privilegiado. Explota y niega, pero yo no me hallo en esa situación. Voy por ahí y hablo, y para eso se me paga como a vosotros se os paga por vuestro trabajo; y se me trata exactamente en ese nivel. Mis necesidades no son muy grandes, pues no creo en grandes necesidades. Un hombre cargado de muchas posesiones es irreflexivo; pero el hombre que evita las posesiones y el hombre que esta identificado con unas pocas posesiones, son igualmente irreflexivos. De suerte que yo gano mi vida como vosotros ganáis la vuestra. Hablo, y se me pide que vaya a diferentes partes del mundo. Los que me piden que vaya, pagan. Si no lo piden, si no hablo, perfectamente. El hablar no es para mí un medio de autoexpresión o de explotación. En ello no hallo satisfacción; no es un medio de explotaros ni de conseguir vuestro dinero, porque no deseo que hagáis caridad alguna, que creáis esto o no creáis aquello. Hablo simplemente para ayudaros a ver lo que sois, a ser claros en vosotros mismos. Pues en la claridad hay felicidad; en la comprensión hay iluminación. Hay felicidad en discutir juntos, pues en esa discusión podemos vernos a nosotros mismos, tal cuales somos. Esta interpelación podrá hacer las veces de espejo, pues toda relación es un espejo en el cual vosotros y yo nos descubrimos a nosotros mismos.

Pero el interlocutor desea saber cómo puedo comprender y ayudar a los que ganan dinero para mantener su familia. En otras palabras, el interlocutor dice: “Usted no tiene familia. Usted no pasa por la diaria rutina de la escuela, donde los muchachos lo insultan. Usted no está en el caso de que una esposa lo importune y le haga objeto de sátiras. ¿Cómo, pues, puede usted comprenderme a mi, que día a día tengo que tropezar con todo ese horror?”

Tal vez yo comprenda porque es muy sencillo, y puede que vosotros no comprendáis. Puede que vosotros no os enfrentéis con la cosa tal cual es. Cuando soportáis la baraúnda, las responsabilidades, ¿por qué las soportáis? ¿Por qué soportáis la rutina de ir al empleo? A eso le llamáis responsabilidad, deber. ¿Por qué toleráis las cosas feas de la vida? ¿Por qué aguantáis a vuestra esposa e hijos, o por qué los amáis ‑si es que los amáis? Píenselo para usted mismo, señor. No me conteste. No se ría de ello. Esa es una de las maneras más fáciles de echar eso a un lado: tomarlo en broma. Vuestra esposa e hijos, al parecer, son simplemente un deber, una responsabilidad. y por eso encontráis que la vida es hueca y aburrida. Y yo os digo: ¿por qué aguantéis todo eso? Vosotros decís: “No puedo evitarlo. Huir de ello es imposible. Desearía verme libre, pero la sociedad condenaría mi acción. ¿Qué le ocurriría a mis hijos, a mi mujer, a mi marido?” Decís, pues, que es vuestro “karma”, vuestro deber, vuestra responsabilidad, y aplazáis el problema. No queréis considerar la cosa tal cual es. Sólo cuando la penséis bien, sin miedo, cuando la enfrentéis directamente, veréis que tendréis una relación diferente con vuestra esposa, con vuestro hijo. Señor, es porque usted no ama a su esposa y a sus hijos, que su vida de familia le resulta un horror. Habéis hecho del sexo un enorme problema porque vuestra mente, vuestras emociones y vuestra moral no conocen otra relación. Estáis atados por vuestra religión, por la sociedad, y la única otra liberación para vosotros es lograr éxito; y como estáis atrapados, atados y sujetos, os rebeláis contra ello; queréis ser libres, y sin embargo no lo sois. Esa es la contradicción, y por eso lucháis, lo cual es cosa muy ruinosa. Y, al fin y al cabo, ¿por qué hemos de vivir en la rutina oficinesca para ganar dinero, para tener un empleo? ¿Nunca ha probado, señor, de no hacer nada, de abandonarlo todo sin calcular? Entonces verá usted que la vida lo alimentará. Pero el renunciamiento por cálculo no es renunciamiento. El renunciamiento con un fin en vista, el desistir para hallar a Dios, es simplemente la búsqueda del poder. No es renunciamiento. Para renunciar, no podéis esperar nada del mañana. Pero, bien lo veis, no nos abrevemos a pensar en esos términos. Somos gente res potable. Hemos cultivado la mente. Hacemos un juego doble. No somos honestos con nosotros mismos, y por lo tanto no lo somos con nuestra familia, con nuestros hijos, con la sociedad. Estando interiormente inciertos, inseguros, nos aferramos a las cosas externas, a la posición, a la esposa, al marido, a los hijos, y ellos se convierten en medio de satisfacción. Quiero que alguien ‑por lo general la esposa o el marido- esté conmigo y me dé ánimo. Así nos servimos de los demás para nuestra propia satisfacción. Nada de esto, por cierto, es muy difícil de comprender. Sólo resulta difícil cuando examináis su lado superficial. La mayoría de nosotros no desea ahondar mucho en estas cuestiones, de modo que procuramos eludirlas. Señor: una persona que evite, que eluda considerar lo que es, jamás encontrará la realidad. Persona religiosa es la que ve directamente lo que es; ella no busca la realidad fuera de eso. La realidad está en vuestra relación con vuestra esposa e hijos, en el modo como ganáis dinero: no está en alguna otra parte. No podéis ganar dinero por malos medios; debéis tener buenos medios de vida. La verdad no está fuera de eso, y ha de ser descubierta en la acción de todos los días; y es porque eludimos todas esas cosas que nuestra vida es una miseria. Nuestra vida es vacía, no tiene otro sentido que engendrar hijos, ganar la subsistencia, dominar unas cuantas palabras de sánscrito y practicar algo el “puja”. A eso le llamados existencia. A eso le llamamos vivir, a esa cosa vacía sin mucha significación. Señalar todo esto, no es por cierto eludir la cuestión. Es obvio que, para comprenderla, vosotros y yo debemos ahondar en ella. Yo no soy vuestro “gurú”; porque si me elegís como vuestro “gurú”, haréis de mí otra evasión, y lo que escogéis partiendo de vuestra confusión tiene también que estar confuso. La verdad, pues, es algo que ha de ser descubierto de instante en instante, en todo movimiento de la vida; y, para comprender eso, vosotros y yo podemos considerarlo, pensarlo juntos. Yo no os impongo algo que jamás examinaréis. Estamos discutiéndolo pala ver vuestro problema claramente, con dignidad de seres humanos, no con el deseo de adorarnos unos a otros.

Lo importante, pues, en esta cuestión, es que yo os pueda ayudar realmente a comprenderos a vosotros mismos. Sólo os puedo ayudar si vosotros deseáis comprenderos a vosotros mismos. Si no lo deseáis, el problema es sencillo: no puedo ayudaros. Eso no está mal ni bien; no puede hacerse, simplemente. Pero si por ambas partes queremos comprender, y por lo tanto vosotros y yo tenemos una relación en la que no hay temor ni suLordinación, entonces podéis descubriros a vosotros mismos tal cual sois. Eso es todo lo que la interrelación puede hacer: ofrecer un espejo en el que uno se descubra. Y cuanto más comprendéis, mayor quietud y tranquilidad hay en la mente; y en esa paz. en ese silencio, la realidad se manifiesta.

Pregunta: ¿Cuál es el objeto de la oración?

Krishnamurti: Para contestar esta pregunta debemos ahondar en ella plenamente, porque es un problema complejo. Veamos qué entendemos por oración; luego averiguaremos cuál es su objeto. ¿Qué entendéis por oración? ¿Cuándo oráis? No cuando sois felices, ni cuando estáis deleitados, ni cuando en vosotros hay alegría o placer. Rezáis tan sólo cuando os halláis en confusión, en dificultades, y entonces vuestra plegaria es una petición. Un hombre en dificultades reza, lo cual significa que él implora que necesita ayuda. Suplica, pide que se le consuele. (Risas). No hay de qué reír. De suerte que el hombre que está contento, que es feliz, el hombre que ve muy claramente y comprende la realidad en la acción de cada día ‑un hombre así no tiene necesidad de rezar. No rezáis cuando estáis gozosos; no rezáis cuando hay deleite en vuestro corazón. Sólo rezáis cuando hay confusión, o bien vuestro rezo es una súplica mendicante, un pedido de ayuda, de consuelo, de alivio. ¿No es así? En otros términos: estáis confusos, y queréis que alguna fuerza externa os saque de esa confusión. Deseáis que alguien os ayude; y cuantos más elementos psicológicos hay en vuestro problema, tanto más urgente es el reclamo de ayuda exterior. De suerte que imploráis a Dios, o, si sois personas modernas, recurrís a un psicólogo; o bien, para escapar a esa confusión, repetís una cantidad de palabras. Asistís a diversas reuniones donde se reza, y donde sois pastoreados y colocados en cierto estado hipnótico; y creéis que tenéis la respuesta. Se trata de hechos reales. No estoy inventando; no hago sino mostrar lo que implica eso que entendéis por oración. Así como recurrimos a un médico en caso de dolencia física, cuando nos hallamos en estado de confusión psicológica nos evadimos hacia el hipnotismo en masa o imploramos ayuda a alguna fuerza externa Es eso lo que hacemos, ¿verdad? Estoy pensando en alta voz por vosotros; nada os impongo. De suerte que nuestra oración no va dirigida a la verdad sino a una fuerza externa que llamamos guía, “gurú” o Dios. Esto es, cuando estamos apenados, en conflicto psicológico, recurrimos a alguien. Es el instinto natural de un chico que recurre a su padre para que lo ayude. Cuando no comprendo mis relaciones con la gente, cuando me hallo en estado de confusión, llamo a alguien que me ayude. Eso es un instinto natural, ¿no es cierto?

Ahora bien, ¿puede una fuerza externa ayudarme? No es que no haya fuerza externa; eso lo examinaremos otra vez. ¿Pero puede una fuerza externa ayudarme cuando tengo un problema, cuando me hallo en un conflicto, en una confusión que yo mismo he creado? He originado conflicto en mi relación con la sociedad. He hecho algo que causa conflicto. Yo, por cierto, soy responsable de esa confusión, no otra persona; y hasta que la comprenda, ¿qué valor tiene el que yo recurra a una fuerza externa? La fuerza externa podrá ayudarme a salir de ella, podrá ayudarme a esquivarla: pero, mientras yo no comprenda mi disturbio, causaré otro. Esto es lo que hacemos: creamos una confusión, hallamos algún modo de salir de ello, y nos hundimos en otra confusión. De suerte que, hasta que comprenda al autor de la confusión, que soy yo mismo, hasta que disipe por mí mismo esa confusión, el mero hecho de recurrir a alguna fuerza externa tiene muy escaso valor. Sé que esto no os gustará, que lo resistiréis, porque no queréis mirar las cosas como son; pero lo cierto es que debo mirarme claramente a fin de comprender la causa de la confusión. Ese, pues, es un hecho.

Conocemos luego el modo sencillo de eludir lo que es negándolo. O lo encubrimos mediante una repetición de palabras, o lo esquivamos asistiendo a una reunión de oración en masa. Conocemos estos diversos expedientes. Vais a un templo y repetís una cantidad de palabras; seguís repitiendo, y creéis estar transformados. Tenéis una respuesta, habéis encontrado una conclusión. Ese es, simplemente, un modo de eludir el problema. No habéis considerado el problema. ¿Qué sucede cuando rezáis? ¿Qué hacéis cuando rezáis? Repetís ciertas palabras, ciertas frases. ¿Qué le ocurre a la mente cuando repetís sin cesar ciertas oraciones? Mediante la repetición de frases, la mente es aquietada. No está quieta sino aquietada. Hay una diferencia entre una mente quieta y una mente aquietada. La mente aquietada por la repetición ha sido hipnotizada, compelida al silencio. ¿Y qué ocurre cuando la mente, hipnotizada, entra en silencio? ¿Qué sucede cuando la mente es aquietada de un modo artificial? ¡Lo habéis pensado? Pensadlo bien, y ved adónde ello conduce. Tenéis que prestar un poco de atención, que experimentar con vosotros mismos, y no ser distraídos por los que entran y salen. Aquellos de vosotros que estáis interesados, sentaos cerca.

Bueno, ¿qué le sucede a una mente que es aquietada? Esto es, tenéis un problema y deseáis hallar una respuesta. Por eso rezáis, lo cual es una repetición de ciertas frases, y gracias a eso la mente se ve aquietada. ¿Qué relación hay entre esa mente hipnotizada y el problema? Os ruego prestéis a esto un poco de atención. Deseáis hallar una respuesta al problema, y por lo tanto empleáis, cantéis ciertas palabras para aquietar la mente; es decir, queréis una respuesta satisfactoria al problema, una respuesta que resulte grata, no una respuesta que os contradiga. Así, pues, cuando oráis y aquietáis la mente por medio de palabras, buscáis una respuesta que sea satisfactoria. Ya habéis concebido la respuesta, que tiene que ser satisfactoria; hallaréis, por consiguiente, tal respuesta. Ved, señores, por favor, la importancia de esto. Vosotros creáis lo que deseáis, embotando y aquietando la mente. Forzando la mente a rezar, ya habéis establecido lo que queréis: una respuesta que sea satisfactoria, apacible, completamente grata. Por lo tanto, la mente que busca una respuesta al problema mediante la oración, encontrará la respuesta que sea satisfactoria, ello está, pues, arreglado, y decís que la respuesta es de Dios. Es por eso que los dirigentes políticos gritan que ellos representan a Dios, o que Dios les ha hablado directamente; por haberse identificado con el país, obtienen una respuesta satisfactoria.

¿Qué le sucede, pues, a una mente que no está dispuesta a comprender el problema y de ese modo busca la respuesta de una fuerza externa? Consciente o inconscientemente, ella consigue una respuesta satisfactoria; de otro modo rechazaría la respuesta. Esto es, los que rezan buscan satisfacción, y son por lo tanto incapaces de comprender el problema en sí. Cuando la mente es aquietada mediante la oración, lo inconsciente ‑que es el residuo de vuestras propias conclusiones satisfactorias- se proyecta en la mente consciente, y por eso vuestra oración recibe respuesta. Cuando rezáis, pues, buscáis una evasión, la felicidad; y la fuerza externa que os responde es vuestra propia satisfacción, vuestra propia identificación, consciente o inconsciente, con un determinado deseo que queréis satisfacer.

Tengo, pues, un problema. No deseo esquivarlo; no deseo una respuesta ni una conclusión. Quiero comprenderlo, porque en el momento en que comprendo algo estoy libre de ello. ¿Necesito, pues, pasar por el proceso de hipnotizarme a mí mismo a fin de comprender, o de ser hipnotizado por palabras, forzando la mente a estar quieta? Por cierto que no. Cuando tengo un problema, quiero comprenderlo. La comprensión sólo puede llegar cuando la mente ya no juzga el problema, es decir, cuando la mente puede considerarlo sin condenación ni justificación. Entonces la mente está quieta, no aquietada; y cuando la mente está quieta, veréis que el problema se pone en claro. Si no condenáis, si no tratáis de hallar una respuesta, la mente está quieta; y en esa quietud el problema revela su propia respuesta, no una que os satisfaga. La verdad respecto del problema, por consiguiente, viene del problema mismo; mas no podéis ver la verdad acerca del problema si lo abordáis con una conclusión, con una plegaria, con una súplica, que se interpone entre vosotros y el problema.

Así, pues, el hombre que quiere comprender cualquier problema, sólo puede comprenderlo cuando la mente está quieta y no toma partirlo. Cuando queréis comprender el problema del desempleo, de la miseria humana, no podéis tomar partido. Pero vuestros políticos desean que lo toméis. Si es que habéis de comprender el problema, no puede haber bandos, porque el problema no es asunto de opinión, no exige una ideología. Exige que lo consideréis claramente para comprender su contenido; y no podéis comprender el contenido de un problema si tenéis un tamiz ideológico entre vosotros y el problema. De un modo análogo, la oración sin conocimiento propio conduce a la ignorancia a la ilusión. El conocimiento propio es meditación, y sin conocimiento propio no hay meditación. La meditación no consiste en fijar la mente en algún objeto: meditar es comprender lo que es en la vida de relación. Entonces la mente no necesita que se la fuerce a estar quieta. Entonces la mente es en extremo sensible, y por lo tanto altamente receptiva. Pero el disciplinar la mente para que esté quieta destruye la sensibilidad.

Esto lo discutiremos quizá el domingo próximo. Para comprender un problema, debéis comprender al creador del problema, que sois vosotros mismos. El problema no está separado de vosotros. De suerte que el comprenderos a vosotros mismos es de suprema importancia; y para comprenderos a vosotros mismos no podéis retiraros de la vida de relación, pues la convivencia es un espejo en el que os veis a vosotros mismos. La convivencia es acción, no acción abstracta sino diaria acción: vuestras reyertas, vuestra ira, vuestra pena; y, a medida que comprendéis todo eso con relación a vosotros mismos, adviene la quietud de la mente, la tranquilidad. En esa calma hay libertad. Y sólo con esa libertad percíbese la verdad.

27 de Noviembre de 1949.

III. 3ª CONFERENCIA EN RAJAHMUNDRY

HABRÁ una discusión mañana a las 7.45, y también el martas a la misma hora; pero no habrá conversación el domingo próximo. Esta es la última plática.

He dicho que hay un arte de escuchar, y quizá pueda ahondar en ello algo más, porque creo importante el escuchar como es debido. Generalmente oímos lo que queremos oír, y excluimos todo lo que resulta perturbador. A toda expresión de una idea perturbadora le hacemos oídos sordos; y especialmente en asuntos que son profundos, religiosos, que tienen significación en la vida, somos propensos a escuchar muy superficialmente. Si algo oímos, es simplemente las palabras, no el contenido de las palabras, porque, la mayoría de nosotros no deseamos ser perturbados. Casi todos queremos continuar con nuestros viejos hábitos; porque el modificarse, el producir un cambio, significa perturbación: perturbación en nuestra vida diaria, perturbación en nuestra familia, perturbación entre marido y mujer, entre nosotros y la sociedad. Como a la mayoría de nosotros no nos agrada ser perturbados, preferimos seguir en la existencia el camino fácil; y que él conduzca a la desgracia, al disturbio y al conflicto, tiene al parecer muy poca importancia. Lo único que queremos es una vida fácil: no tener demasiadas dificultades ni perturbaciones, no pensar demasiado. Por eso, cuando escuchamos, en realidad nada oímos. Casi todos tenemos miedo de escuchar con hondura; pero es sólo cuando escuchamos así, cuando los sonidos penetran profundamente, que existe una posibilidad de cambio fundamental, radical. Tal cambio no es posible si escucháis superficialmente; y, si puedo insinuarlo, esta tarde por lo menos tened a bien escuchar sin resistencia alguna, sin ningún prejuicio; escuchad, nada más. No hagáis un esfuerzo tremendo por comprender, porque la comprensión no viene con el esfuerzo, no viene luchando. La comprensión llega velozmente, inadvertidamente, cuando el esfuerzo es pasivo; sólo cuando el que hace el esfuerzo está en silencio, llega la onda de comprensión. De suerte que, si puedo sugerirlo, escuchad como escucharíais correr el agua. Entonces no imagináis, no os esforzáis por escuchar; escucháis, nada más. Entonces el sonido transmite su propio significado, y esa comprensión es mucho más profunda, mayor y más duradera que la mera comprensión de palabras que resulta del esfuerzo intelectual. El entender las palabras, que se llama comprensión intelectual, es algo totalmente vacío. Vosotros decís “comprendo intelectualmente, pero no puedo ponerlo en práctica”; lo cual significa que en realidad no comprendéis. Cuando comprendéis, comprendéis el contenido; no hay comprensión intelectual. La comprensión intelectual es puramente verbal. Oír las palabras no es comprender su contenido. La palabra no es la cosa; la palabra no es la comprensión. La comprensión llega cuando la mente cesa en su esfuerzo, es decir, cuando no opone resistencia, cuando no tiene prejuicios y escucha libre y plenamente. Y si puedo sugerirlo, eso es lo que debiéramos tratar de hacer esta tarde; porque entonces hay en el escuchar un gran deleite, como escuchar un poema, una canción, o ver el movimiento de un árbol. Entonces esa observación misma, esa atención, brinda una significación tremenda a la existencia

La religión, ciertamente, es el descubrimiento de la realidad. Religión no es creencia. Religión no es la búsqueda de la verdad. La búsqueda de la verdad es mera realización de la creencia. Religión es la comprensión del pensador; porque lo que el pensador es, eso crea. Sin comprender el proceso del pensador y del pensamiento, el estar simplemente atrapado en un dogma no es, por cierto, el descubrimiento de la belleza de la vida, de la existencia, de la verdad. Si buscáis la verdad, es que ya conocéis la verdad. Si emprendéis la búsqueda de algo, ello implica que lo habéis perdido, es decir, que ya sabéis lo que es. Lo que ya sabéis es creencia; y la creencia no es la verdad. Ninguna creencia, ninguna tradición, por mucha que sea, ninguna de las ceremonias religiosas en las que tanto se prejuzga acerca de la verdad, conduce a la religión. Tampoco es religión la creencia, el Dios del hombre irreligioso, del “creyente” que no cree.

La religión consiste, por cierto, en permitir que surja la verdad, sea cual fuere esa verdad ‑no la verdad que deseáis, porque entonces no es sino la satisfacción de un determinado deseo que llamáis creencia. Es necesario, pues, tener una mente que sea capaz de recibir la verdad, cualquier cosa que ella sea; y una mente así resulta posible tan sólo cuando escucháis pasivamente. La alerta percepción pasiva surge cuando no hay esfuerzo, ni represión, ni sublimación; porque, después de todo, para recibir tiene que haber una mente que no esté cargada de opiniones ni ocupada con su propio parloteo. Partiendo de una opinión o una creencia, la mente puede proyectar una idea o una imagen de Dios; pero eso es una proyección de sí misma, de su propio parloteo, de su propia elaboración, y por consiguiente no es real. Lo real no puede ser proyectado ni invitado; sólo puede advenir cuando la mente, el pensador, se conoce a sí mismo. Sin comprender el pensamiento y el pensador, no es posible recibir la verdad, porque el que hace el esfuerzo es el pensamiento, o sea el pensador. Sin pensamiento no hay pensador; y, buscando más seguridad, el pensador se refugia en una idea que llama Dios, religión. Pero, eso no es religión; eso es mera extensión de su propio egoísmo, una proyección de sí mismo. Es una rectitud proyectada, una respetabilidad proyectada; y esa respetabilidad no puede recibir aquello que es la verdad. La mayoría de nosotros somos muy “respetables”, en un sentido político, económico o religioso. Queremos ser algo, en este mundo o en el otro. El deseo de existir en otro mundo, en una forma diferente, sigue siendo autoproyección, adoración de uno mismo; y tal proyección no es religión, ciertamente. La religión es algo mucho más amplio, mucho más profundo que las proyecciones del “yo”; y, al fin y al cabo, vuestra creencia es una proyección. Vuestros ideales son autoproyecciones, nacionales o religiosas; y el seguir toles proyecciones, evidentemente, es satisfacción del “yo”, y por lo tanto encierro de la mente dentro de una creencia. Por eso no es real.

La realidad sólo adviene cuando la mente está en silencio, no reducida al silencio. No se debe por lo tanto, disciplinar la mente para que esté en silencio. Cuando os disciplináis a vosotros mismos ello es simplemente la proyección de un deseo de hallaros en un estado determinado. Tal estado no es el estado de pasividad. La religión es la comprensión del pensador y del pensamiento, lo cual significa comprensión de la acción en la convivencia. La comprensión de la acción en la conducta es religión. No lo es el culto de idea alguna, por grata, por tradicional que sea, y sea quien fuere el que la haya enunciado. Religión es comprender la belleza, la profundidad, la extensiva significación de la acción en la convivencia. Porque, después de todo, la vida es interpelación; será es estar relacionado. De otro modo no tenéis existencia. No podéis vivir en el aislamiento. Estáis relacionados con vuestros amigos, con vuestra familia, con aquellos con quienes trabajáis. Aun cuando os retiréis a una montaña, estáis relacionados con el hombre que os trae alimento; estáis relacionados con una idea que habéis proyectado. La existencia implica ser, es decir, interrelación; y si no comprendemos esa interrelación, no hay comprensión de la realidad. Mas como la interrelación es dolorosa, perturbadora, constantemente cambiante en sus exigencias. nos escapamos de ella hacia lo que llamarnos Dios, y creemos que eso es búsqueda de la realidad. El buscador no puede perseguir lo real; sólo puede perseguir su propio ideal, que es autoproyectado. De suerte que nuestra vida de relación, y la comprensión de la misma, es la verdadera religión. Ninguna otra cosa lo es, porque en esa interrelación está contenido todo el significado de la existencia. En las relaciones, ya sea con personas, con la naturaleza, con los árboles, con las estrellas, con las ideas, o con el Estado ‑en esa vida de relación está el total descubrimiento del pensador y del pensamiento, que es el hombre, que es la mente. El “yo” surge a la existencia a través del foco de conflicto; la concentración del conflicto da autoconciencia a la mente. De otro modo no hay “yo”; y aunque coloquéis ese “yo” a un alto nivel, él sigue siendo el “yo” de la satisfacción.

Así, pues, el hombre que quiera recibir la realidad, no buscar la realidad, que quiera oír la voz de lo eterno ‑sea lo que fuere lo eterno tiene que comprender la interrelación; porque en la interrelación hay conflicto, y es ese conflicto que impide lo real. Es decir, en el conflicto está la fijación de la autoconciencia, que procura esquivar, eludir el conflicto; pero sólo cuando la mente comprende el conflicto es capaz de recibir lo real. De suerte que, sin comprender la interrelación, el perseguir lo real es perseguir una evasión, ¿no es así? ¿Por qué no hacer frente a la interrelación? Si no se comprende lo existente, ¿como podéis ir más allá? Podréis cerrar los ojos, huir hacia los altares y adorar huecas imágenes; pero el culto, la devoción, el “puja”, las ofrendas florales, los sacrificios, los ideales, las creencias, todo eso carece de sentido sin comprender el conflicto en la vida de relación. De suerte que la comprensión del conflicto en la convivencia es de primordial importancia, no siéndolo ninguna otra cosa; pues en ese conflicto descubrís todo el proceso de la mente. Sin conoceros a vosotros mismos tal cuales sois ‑no como técnicamente se supone que sois: Dios encerrado en la materia, o cualquier otra teoría- sino tal cuales sois efectivamente, en el conflicto de la existencia diaria, económico, social e ideológico; sin comprender ese conflicto, ¿cómo podéis ir más allá y encontrar algo? La búsqueda del “más allá” es una mera evasión de lo que es; y si queréis evadiros, entonces la religión o Dios es tan buena evasión como la bebida. No pongáis reparos a que la bebida y Dios sean colocados en el mismo nivel. Todas las evasiones están en el mismo nivel, sea que escapéis mediante la bebida, el “puja” o lo que fuere.

Así, pues, la comprensión del conflicto en la vida de relación es de primordial importancia; ninguna otra cosa lo es. Porque es con ese conflicto que creamos el mundo en el que vivimos a diario, causando la desdicha, la miseria, la fealdad de la existencia. La interrelación es la respuesta al movimiento de la vida. Esto es, la vida es un reto constante, y cuando la respuesta es inadecuada, hay conflicto; pero el responder al reto de inmediato, verdaderamente, adecuadamente, produce plenitud. En la respuesta que es adecuada al reto está la cesación del conflicto, y por lo tanto resulta importante comprenderse uno mismo, no en la abstracción sino en la realidad, en la existencia diaria. Lo que vosotros sois en la vida diaria es de suprema importancia; no lo que pensáis ni las ideas que tenéis al respecto, sino cómo os conducís con vuestra esposa o esposo, con vuestros hijos, con vuestros empleados. Porque de lo que sois, creáis el mundo. La conducta no es un ideal; no hay conducta ideal. La conducta es lo que vosotros sois de instante en instante, cómo os comportáis de instante en instante. El ideal es una evasión de lo que sois. ¿Cómo podéis ir lejos cuando no os dais cuenta de lo que está cerca de vosotros, cuando no conocéis a vuestra esposa? Lo cierto es que debéis empezar cerca para ir lejos. Ello no obstante, vuestros ojos están fijos en el horizonte. y a eso le llamáis religión; y tenéis todos los atavíos de la creencia para ayudaros a escapar. Lo importante, pues, no es cómo evadirse, porque cualquier evasión es tan buena como otra; las evasiones religiosas y las mundanas son todas lo mismo, y las evasiones no resuelven nuestro problema. Nuestro problema es el conflicto, no sólo el conflicto entre individuos sino el conflicto mundial. Vemos lo que ocurre en el mundo, el creciente conflicto de la guerra, de la destrucción de la miseria. Eso no lo podéis detener; todo lo que podéis hacer es alterar vuestra relación con el melado, no con el mundo de Europa o de América, sino con el mundo de vuestra esposa o esposo, de vuestro trabajo, de vuestro hogar. Ahí podéis producir un cambio, y ese cambio obra en círculos cada vez más amplios; pero sin ese cambio fundamental no puede haber paz de la mente. Podréis sentaron en un rincón o leer algo que os haga dormir, que es lo que la mayoría de la gente llama “meditación”; pero eso no es el descubrimiento, la recepción de lo real. Lo que casi todos deseamos es una evasión satisfactoria; no queremos hacer frente a nuestros conflictos porque son demasiado dolorosos. Y lo son tan sólo porque nunca procuramos ver en qué consisten todos ellos; buscamos algo que llamamos Dios, pero jamás examinamos la causa del conflicto. Pero si comprendemos el conflicto de la existencia diaria, entonces podemos ir más lejos porque en ello estriba el significado íntegro de la vida. Una mente que está en conflicto es una mente destructiva, una mente inútil, y los que están en conflicto jamás podrán comprender; mas el conflicto no se acalla con sanciones, creencias ni disciplinas, porque es el conflicto en si lo que hay que comprender. Nuestro problema está en la interrelación, que es la vida; y la religión es la comprensión de esa vida, comprensión que produce un estado en el que la mente está quieta. Una mente así es capaz de recibir lo real. Eso, después de todo, es religión, no vuestros hilos sagrados. vuestros “pujas”, vuestra repetición de palabras, frases y ceremonias. Nada de eso, por cierto, es religión. Todo eso son divisiones, pero una mente que comprende la convivencia no tiene división. La creencia de que la vida es una, no pasa de ser una idea y por tanto carece de valor; mas para el hombre que comprende la interpelación, no existe el “de afuera” ni el “de adentro”, no hay extranjero ni persona allegada. La interpelación es el proceso de comprenderse uno mismo, y el comprenderse uno mis no de instante en instante es conocimiento propio. El conocimiento propio no es una religión, un objetivo final. No hay tal cosa, o sea un objetivo final. Hay tal cosa para el hombre que desee evadirse; pero la comprensión de la convivencia, en la que hay conocimiento propio en desarrollo constante, es inconmensurable.

De suerte que el conocimiento propio no es el conocimiento del “yo” colocado a un alto nivel es de instante en instante en la conducta diaria que es acción, que es convivencia; y sin ese conocimiento propio no hay recto pensar. No tenéis base para el recto pensar si no sabéis qué sois. No podéis conoceros a vosotros mismos en abstracción, en ideología. Sólo podéis conoceros en la interpelación de vuestra vida diaria. ¿No sabéis que estáis en conflicto? ¿Y de qué sirve alejarse de él, eludirlo, como un hombre que tiene un veneno en el organismo, y que por no expulsarlo, se muere lentamente? El conocimiento propio es, pues, el principio de la sabiduría, y sin ese conocimiento propio no podéis ir lejos; y el buscar lo absoluto, Dios, la verdad o lo que os plazca, es mera búsqueda de una satisfacción autoproyectada. Por consiguiente debéis empezar cerca, y escudriñar toda palabra que pronunciéis, todo gesto, vuestra manera de hablar, vuestro modo de actuar, de comer; daos cuenta de todo sin condenar. Entonces, en esa alerta percepción, conoceréis lo que realmente es y la transformación de lo que es, o sea el comienzo de la liberación. La liberación no es un fin. La liberación está de instante en instante en la comprensión de lo que es, cuando la mente es libre, no cuando se la torna libre. Sólo una mente libre puede descubrir, no una mente moldeada por una creencia o plasmada de acuerdo con una hipótesis. Una mente así no puede descubrir. No puede haber libertad si hay conflicto, pues el conflicto es la fijación del “yo” en la interpelación.

Muchas preguntas han sido enviadas, y, naturalmente, resulta imposible contestarlas todas. Por eso hemos escogido algunas que parecen representativas, y si vuestra pregunta no es respondida, no tengáis la impresión de que ha sido pasada por alto. Todos los problemas, al fin y al cabo, están relacionados, y si puedo comprender un problema en su totalidad, puedo comprender todos los problemas con él relacionados. Escuchad estas preguntas, pues, como escucharíais la plática; porque las preguntas son un reto, y sólo respondiendo a ellas adecuadamente, encontramos los problemas resueltos. Ellas son un reto a vosotros tanto como a mí, y por lo tanto pensémoslas juntos y respondamos plenamente.

Pregunta: ¿Qué es la verdadera educación? Como maestros y padres estamos confusos.

Krishnamurti: ¿Cómo vamos a hallar la verdad en este asunto? Resulta obvio que el mero hecho de encajar la mente en un sistema, en un molde, no es educación. De modo que, para descubrir lo que es la verdadera educación, debemos averiguar lo que entendemos por “educación”. La educación, por cierto no consiste en aprender cuál es el objeto de la vida, sino en comprender el sentido, el significado, el proceso de la existencia; porque si decís que la vida tiene un propósito, entonces el propósito es autoproyectado. Para descubrir qué es la verdadera educación, no hay duda de que primero tenéis que investigar la significación total de la vida, del vivir. ¿Qué es la actual educación? Aprender a ganar unas cuantas rupias, adquirir un oficio, llegar a ser ingeniero o sociólogo, aprender a matar a la gente o a leer un poema. Si decís que la educación es para hacer que una persona sea eficiente ‑lo cual significa darle conocimientos técnicos- entonces debéis comprender todo el significado de la eficiencia. ¿Qué sucede cuando una persona se vuelve de más en más eficiente? Sucede que se vuelve cada vez más cruel. No riáis. ¿Qué hacéis vosotros en vuestra vida diaria? ¿Qué ocurre hoy en el mundo? La educación significa desarrollo de determinada técnica, es decir, eficiencia, la cual implica industrialización, capacidad para trabajar con más rapidez y producir más y más, todo lo cual termina por conducir a la guerra. Esto lo veis ocurrir todo los días. La educación tal como es, conduce a la guerra, ¿y cuál es el fin de la educación? Destruir o ser destruido. Es obvio, pues, que el presente sistema educativo no sirve para nada. Lo importante, por consiguiente, es educar al educador. Estas no son sagaces afirmaciones que hayan de escucharse y tomarse en broma. Porque, si no se educa al educador, ¿qué puede él enseñar al niño, a no ser los principios de explotación en los que él mismo ha sido educado? La mayoría de vosotros ha leído muchos libros. ¿Y a qué habéis llegado? Tenéis dinero o podéis ganarlo, tenéis vuestros placeres y ceremonias, y, estéis en conflicto; ¿y en qué queda la educación, el aprender a ganar unas cuantas rupias, cuando toda vuestra existencia conduce a la desdicha y a la guerra? La verdadera educación, pues, debe empezar por el educador, el progenitor, el maestro; y el investigar la verdadera educación significa investigar la vida, la existencia, ¿no es así? ¿A qué conduce que se os eduque para ser abogados si sólo habréis de acrecentar los conflictos y mantener los litigios? Pero en eso hay dinero, y con eso medráis. De suerte que, si queréis realizar verdadera educación, es obvio que debéis comprender el sentido, el significado de la existencia. No se trata tan sólo de ganar dinero, de tener comodidades, sino de poder pensar de un modo verdadero, directo, no “consecuente”, porque el pensar consecuentemente es mera adaptación a una pauta. Un pensador consecuente es una persona irreflexiva; no hace más que repetir ciertas frases, y piensa siguiendo una rutina. Para descubrir qué es la verdadera educación, tiene que haber comprensión de la existencia, lo cual significa comprensión de vosotros mismos; porque no podéis comprender la existencia en abstracto. No podéis comprenderos a vosotros mismos teorizando acerca de lo que debiera ser la educación. Lo cierto es que la verdadera educación empieza con la justa comprensión del educador.

Mirad lo que ocurre en el mundo. Los gobiernos someten la educación a su control; naturalmente, puesto que todos los gobiernos se preparan para la Guerra. Vuestro propio gobierno tanto como el extranjero, deben inevitablemente prepararse para la guerra. Un gobierno soberano debe tener un ejército, una armada, una fuerza aérea; y para hacer a los ciudadanos eficientes para la guerra, para prepararlos a cumplir con sus deberes cabalmente, eficientemente, despiadadamente, el gobierno central tiene que controlarlos. Los educa, por lo tanto, como se fabrican los instrumentos mecánicos: para ser cruelmente eficientes. Si ese es el objeto y la finalidad de la educación: destruir o ser destruido, ella tiene que ser despiadada; y no estoy nada seguro que no sea eso lo que deseáis. Porque seguís educando a vuestros hijos a la manera antigua. La verdadera educación comienza con la comprensión del educador, del maestro, lo cual significa que él debe estar libre de moldes establecidos de pensamiento. La educación no consiste meramente en impartir información, saber leer, reunir hechos y ponerlos en correlación, sino en ver el significado total de la educación, del gobierno, de la situación mundial, del espíritu totalitario que está volviéndose cada vez más dominante a través del mundo. Estando confusos, creáis un educador que también está confuso; y mediante la llamada “educación” dais poder para destruir al gobierno extranjero. Antes por tanto, de preguntar qué es la verdadera educación, debéis comprenderos a vosotros mismos; y veréis que no lleva mucho tiempo el comprenderos a vosotros mismos, si estáis interesados en descubrir. Señores, sin comprenderos a vosotros mismos como educadores, ¿cómo podéis crear un nuevo género de educación? Volvemos, por consiguiente, a la eterna cuestión que sois vosotros mismos; y ese punto deseáis eludirlo, deseáis hacer recaer la responsabilidad en el maestro, en el gobierno. El gobierno es lo que vosotros sois, el mundo es lo que vosotros sois; y sin comprenderos a vosotros mismos, ¿cómo puede haber verdadera educación?

Pregunta: ¿Qué entiende usted por “vivir de instante en instante”?

Krishnamurti: Una cosa que continúa jamás puede ser nueva. Pensadlo, nada más, y veréis; no es un problema complicado. Por cierto, si puedo completar cada día y no transferir mis inquietudes, mis tribulaciones, al día siguiente, entonces puedo enfrentar el día de mañana de un modo nuevo. Hacer frente de un modo nuevo al reto es creación, y no puede haber creación sin terminación. Esto es, hacéis frente a lo nuevo con lo viejo; por eso tiene que haber terminación de lo viejo para enfrentar lo nuevo. Tiene que haber terminación a cada minuto, para que cada minuto sea nuevo. Eso no es entregarse a imágenes poéticas. Si hacéis la prueba, descubriréis qué ocurre. Pero, bien lo veis, nosotros queremos continuar. Deseamos tener continuación de instante en instante, de día en día, porque creemos que sin continuación no podemos existir.

Ahora bien, ¿aquello que es capaz de continuar puede renovarse? ¿Puede eso ser nuevo? Una cosa nueva sólo puede ocurrir por cierto, cuando hay terminación. Vuestro pensamiento es continuo. El pensamiento es resultado del pasado, se basa en el pasado; es una continuación del pasado que, en conjunción con el presente, crea y modifica el futuro. Pero el pasado a través del presente, hacia el futuro, sigue siendo una continuidad. No hay intervalo. Es tan sólo cuando hay un intervalo, que podéis ver algo nuevo. Continuar simplemente el pasado modificado por el presente, es no percibir lo nuevo. El pensamiento, por lo tanto, no puede percibir lo nuevo. El pensamiento debe terminar para que lo nuevo sea. Pero vosotros bien veis lo que hacemos. Nos valemos del presente como pasaje del pasado hacia el futuro. ¿Acaso no hacemos eso? Para nosotros el presente no es importante. El pensamiento, que es la acción presente, la interpelación presente, no creemos que sea importante. Creemos que lo importante es la consecuencia, el resultado del pensamiento, es decir, el futuro o el pasado. ¿No habéis notado cómo los viejos miran hacia el pasado, y también que los jóvenes a veces miran hacia el pasado o el futuro? Se ocupan de sí mismos, en el pasado o en el futuro, pero nunca dedican su plena atención al presente Así, pues, nos servimos del presente como de un pasadizo hacia alguna otra cosa, y por lo tanto no hay consideración ni observación alguna del presente; y, para observar el presente, el pasado debe terminar. Sin duda, para ver lo que es, no podéis mirar el presente a través del pasado. Si yo deseo comprenderos, debo miraros directamente; no debo traer a colación mis prejuicios pasados y miraros a través de esos prejuicios. Entonces miro tan sólo mis prejuicios. Sólo puedo miraros a vosotros cuando los prejuicios no existen; tiene que haber, por tanto, terminación de los prejuicios.

De suerte que para comprender lo que es, o sea la acción, la convivencia de todos los momentos, tiene que haber frescor; por consiguiente, el pasado tiene que terminar. Esto no es una teoría. Ponedlo a prueba y veréis que este finalizar no es tan difícil como creéis. Ensayadlo mientras escucháis, y veréis cuán fácil y completamente podéis terminar el pensamiento y así descubrir. Esto es, cuando no os halláis inducidos, cuando estáis interesados en algo vitalmente, profundamente, lo miráis de un modo nuevo. El interés mismo ahuyenta el pasado. Sólo os interesa observar lo que es y permitir que lo que es os cuente su historia. Cuando veis la verdad de esto, vuestra mente se vacía de instante en instante. Por lo tanto la mente descubre todo de nuevo, y es por eso que el conocimiento jamás puede ser nuevo. Sólo la sabiduría es nueva. Los conocimientos pueden enseñarse en una escuela, pero la sabiduría no puede enseñarse. Una escuela de sabiduría resulta un desatino. La sabiduría es el descubrimiento y la comprensión de lo que es de instante en instante, ¿y cómo se os puede enseñar a observar lo que es? Si se os enseña, eso es conocimiento; y entonces el conocimiento se interpone entre vosotros y el hecho. El saber, por lo tanto, es una barrera para lo nuevo, y una mente llena de conocimientos no puede comprender lo que es. Sois eruditos, ¿verdad? ¿Y es nueva vuestra mente? ¿O está llena de hechos aprendidos de memoria? Y una mente que se convierte cada vez más en una mera acumulación de hechos, ¿cómo puede ver algo nuevo? Para ver lo que es nuevo, tiene que haber un vacío en cuanto a conocimientos pasados. Sólo en el descubrimiento de lo que es de instante en instante, está la libertad que trae la sabiduría. La sabiduría, por lo tanto, es algo nuevo, no reiterativo; no es algo que aprendáis en un libro escolar o que aprendáis de Sankara, del Bhagavad Gita o de Cristo.

El conocimiento continuado es, pues, una barrera para comprender lo nuevo. Si al escuchar hacéis intervenir vuestros conocimientos anteriores, ¿como podéis comprender? Primero debéis escuchar. Un ingeniero, señores, tiene conocimiento de las fuerzas y tensiones; pero si él se pone a construir un puente, primero debe estudiar la ubicación y el terreno. Debe considerar eso independientemente de la estructura que habrá de construir, lo cual significa que debe encararla de un modo nuevo, no simplemente copiarla de un libro. Hay, empero, un peligro en las comparaciones; no abuséis de ellas. Lo importante es que haya una renovación en la que pueda haber creación, ese impulso creador, ese sentido de constante renacimiento; y eso puede producirse tan sólo cuando hay muerte a cada minuto. Una mente así puede recibir aquello que es la verdad. La verdad no es algo absoluto, final, lejano. Ha de ser descubierta de instante en instante, y no podéis descubrirla en un estado de continuidad. En la continuidad no puede haber libertad. Después de todo, la continuidad, es memoria, ¿y cómo la memoria puede ser nueva? ¿Cómo puede la memoria, que es experiencia, que es el pasado, comprender el presente? Sólo cuando el pasado es íntegramente comprendido y la mente está vacía, es ella capaz de ver el presente en toda su significación. Pero la mente de la mayoría de nosotros no está vacía. Está llena de conocimientos, y una mente así no es pensante. Es sólo una mente repetidora, un fonógrafo cuyos discos se cambian según las circunstancias. Una mente así es incapaz de descubrir lo nuevo. Lo nuevo sólo está en el finalizar; pero eso os asusta. Tenéis miedo de terminar, y toda vuestra charla, vuestra acumulación de hechos, es una mera salvaguardia, una evasión de aquello. Por eso buscáis continuidad; mas la continuidad nunca es nueva, en ella no puede haber renovación, ningún vacío en el cual podáis recibir. De suerte que la mente puede renovarse tan sólo cuando está vacía, no cuando está llena de vuestras inquietudes de día en día; y cuando la mente ha llegado a su fin, adviene una creación que es atemporal.

Pregunta: Cuanto más lo escucho, tanto más siento la verdad de las antiguas enseñanzas de Cristo, Sankara, el Bhagavad Gita y la Teosofía. ¿Realmente no ha leído usted nada de eso?

Krishnamurti: Primero contestaré la segunda parte de la pregunta, y luego me ocuparé de la primera parte. “¿Realmente no ha leído usted nada de eso?” No, señor, no he leído nada de eso. ¿Qué mal hay en ello? ¿Está usted sorprendido? ¿Se siente extrañado? ¿Y por qué habría usted de leer eso? ¿Por qué quiere leer los libros de otros cuando está el libro de usted mismo? ¿Por qué desea leer la Biblia o Sankara? Porque, sin duda, desea confirmación; quiere adaptarse. Por eso es que la mayoría de la gente lee: para verse confirmada en lo que cree o expresa, para estar segura, en salvo, para tener certeza. ¿Podéis descubrir algo teniendo certeza? Es obvio que no. Un hombre que está psicológicamente seguro, jamás podrá descubrir. ¿Para qué leéis, entonces? Puede que leáis por mera diversión, o para acumular hechos; o bien leéis para adquirir lo que llamáis “sabiduría”, y creéis haberlo comprendido todo porque podéis citar a Sankara; creéis que por el hecho de citar a Sankara habéis conseguido la plena significación de la vida. El hombre que cita es hombre irreflexivo, porque no hace más que repetir lo que alguien ha dicho. Señores, si no tuvierais libro alguno, nada de Bhagavad Gita ni de Sankara, ¿que haríais? Deberíais emprender el viaje hacia lo desconocido por vuestra propia cuenta. Os tendríais que aventurar solos. Cuando descubrís algo, lo que descubrís es vuestro; entonces no necesitáis libro alguno. Yo no he leído el Bhagavad Gita ni ninguno de los libros religiosos, psicológicos o filosóficos, pero he descubierto algo, y ese descubrimiento sólo puede producirse en la libertad, no mediante la repetición. Ese descubrimiento es mucho más grande que la experiencia ajena, porque el descubrimiento no es repetición ni imitación.

Viene luego la primera parte de la pregunta. ¿Por qué compara, señor? ¿Cuál es el proceso de la comparación? ¿Por qué dice usted “lo que usted dice es parecido a Sankara”? Que lo sea o no, carece de importancia. La verdad nunca puede ser la misma, siempre es nueva. Si es la misma, no puede ser la verdad, porque la verdad vive de instante en instante; no puede ser hoy lo que era ayer. ¿Pero por qué deseáis comparar? ¿No comparáis para estar en seguridad, para sentir que no necesitáis pensar, puesto que lo que yo digo es lo que dijo Sankara? Habéis leído a Sankara, y creéis que habéis comprendido; comparáis, pues, y descansáis, todo lo cual es rápido y no requiere esfuerzo. En verdad, no habéis comprendido, y es por eso que comparáis. Cuando comparáis no hay comprensión. Para comprender, debéis considerar directamente la cosa que se os presenta, y una mente que compara es una mente perezosa, inútil; es una mente que vive en seguridad, que está encerrada en la satisfacción. A una mente así no le es posible comprender la verdad. La verdad es algo viviente, no estático; y aquello que es viviente es incomparable; no puede compararse con el pasado ni con el futuro. La verdad es incomparable de instante en instante; y para una mente que trata de compararla, de pesarla, de juzgarla, no hay verdad alguna. Para una mente así hay tan sólo propaganda, repetición; y la repetición es una mentira, no es la verdad. Repetís porque no “vivenciáis”, y un hombre que “vivencia” jamás repite, porque la verdad no puede repetirse. No podéis repetir la verdad, pero vuestra conclusión, vuestro juicio acerca de ello puede ser repetido. Por eso una mente que compara, que dice “lo que usted está diciendo es exactamente lo que dijo Sankara” una mente así desea simplemente continuar, y con ello queda enervada, muerta.

Señores, no hay canción alguna en vuestro corazón si sólo repetís una canción, y por lo tanto seguís al cantor. Lo importante no es saber si yo he leído libros sagrados, o si lo que yo digo es comparable a Sankara, al Bhagavad Gita o a Cristo; lo que importa es saber por qué vosotros repetís, por qué comparáis. Comprended por qué comparáis, y entonces os comprenderéis a vosotros mismos. La comprensión de vosotros mismos es mucho más importante que vuestra comprensión de Sankara, porque vosotros sois mucho más importantes que Sankara o que cualquiera ideología. Es sólo a través de vosotros mismos, que podéis descubrir la verdad. Vosotros sois los descubridores de la verdad, no Sankara ni el Bhagavad Cita, cuya lectura carece de importancia; es sólo un medio de autohipnotizaros, como leer un periódico. De suerte que una mente capaz de recibir la verdad es una mente que no compara, pues la verdad es incomparable. Para recibir la verdad, la mente debe estar sola, y no está sola cuando Sankara o Buda influyen sobre ella. Por lo tanto toda influencia, todo condicionamiento, debe cesar. Sólo en ese estado en que todo conocimiento ha cesado, hay terminación, y por consiguiente la “unitotalidad” de la verdad.

Pregunta: ¿Qué entiende usted exactamente por “meditación”? ¿Es un proceso o un estado?

Krishnamurti: Aunque yo hable y vosotros escuchéis, experimentemos y descubramos juntos qué es la meditación. No voy a enseñaros cómo meditar, sino que juntos procuraremos descubrir qué es la meditación. Escuchad, pues, y experimentad a medida que proseguimos, pues las palabras sólo tienen sentido cuando nos movemos, cuando viajamos juntos.

¿Qué es la meditación? La meditación es la comprensión del que medita; el “meditador” es la meditación. La meditación no es exclusión, concentración. ¿Qué entendéis por concentración? Voy a explicar. Estamos emprendiendo un viaje juntos: vosotros descubrís y yo descubro, y lo importante es descubrir, no simplemente imitar, seguir. La mayoría de nosotros considera que la concentración es meditación, pero no lo es, y os mostraré por qué no lo es. La concentración significa exclusión: enfocar un interés prescindiendo de otros intereses. Os concentráis y resistís; la concentración es, pues, el enfoque de la resistencia. Tratáis de concentraros en un cuadro, en una imagen, en una idea, y vuestra mente divaga hacia otros intereses; y a la resistencia exclusiva de los diversos intereses le llamáis meditación. Esa concentración, por cierto, no es meditación, porque en ese esfuerzo hay conflicto entre aquello que resiste y aquello que se inmiscuye. Es decir, vosotros empleáis vuestro tiempo en resistir, en batallar, en disciplinaros contra algo. Pasáis días y años en esa batalla, hasta que por fin podéis concentrar vuestra mente en el objeto de vuestro deseo. El objeto de vuestro deseo es autoproyectado, forma parte del proceso del pensamiento, es vuestra propia creación, y en eso procuráis concentraros; os concentráis, pues, en vosotros mismos, aunque llaméis a eso “el ideal”. Es, por lo tanto, un proceso de encierro, de exclusión.

Ahora bien, la meditación no es exclusión. Estamos descubriendo interrogativamente qué es la meditación; y el decir qué es, resulta mera imitación. Sólo cuando decís lo que ella no es, decís lo que ella es. La concentración, pues, no es meditación. Cuando un escolar se interesa por un juguete, tiene concentración. Eso, por cierto, no es meditación. El juguete no es dios, y la búsqueda de la virtud no es meditación. Veamos, entonces, qué significa eso. ¿El cultivo de la virtud es virtud? ¿El cultivar la bondad es virtud? Decir “voy a ser fraternal”, y meditar sobre el espíritu fraternal, ¿es acaso virtud? Tal meditación sobre la virtud es mero cálculo personal. La virtud implica libertad, y vosotros no sois libres cuando estáis tramando llegar a ser virtuosos. Así, pues, el hombre que a diario medita para llegar a ser virtuoso, no es virtuoso. Ello es un pretexto, lo cual es mera “respetabilidad”. Señores, ¿cuando habláis de humildad sois realmente humildes, o sólo os cubrís con el manto de la humildad? ¿Sabéis qué es ser humilde? Eso no podéis cultivarlo. No podéis cultivar la ‘no-codicia”. Como sois codiciosos, queréis ser “no‑codiciosos”. ¿Cómo puede la estupidez convertirse en inteligencia? Donde hay estupidez no hay inteligencia. La estupidez en toda circunstancia es lo que es. Sólo con la terminación de la estupidez hay inteligencia; sólo con la terminación de la codicia hay liberación de la codicia. Por tanto la virtud es libertad; no es llegar a ser algo, lo cual es interminable continuidad.

Vemos, pues, que la concentración no es meditación, que la búsqueda de la virtud no es meditación. La devoción, evidentemente no es meditación, pues el objeto de vuestra devoción es autoproyectado. Vuestro ideal es el resultado de vuestro propio pensar. Es obvio, señores, que vuestro ideal es autoproyectado, ¿verdad? Sois esto, y deseáis llegar a ser aquello. El aquello de vuestro devenir sale de vosotros, sale de vuestro propio deseo. Sois violentos y queréis llegar a ser “no violentos”. El ideal está dentro de vosotros mismos; por lo tanto vuestro ideal es de hechura casera. Por eso, cuando consagráis al ideal vuestra devoción, rendís culto a aquello que vosotros habéis creado. Vuestra devoción es, pues” autogratificación. No sois devotos de algo que no os agrada, que es penoso. Sois devotos de algo que os brinda placer, lo que cual significa, evidentemente, que es algo creado por vosotros mismos; y eso, por lo tanto, no es meditación. Y no es meditación la búsqueda de la verdad, porque no podéis buscar algo que no conocéis. Sólo podéis buscar aquello que conocéis. Si conocéis la verdad, ello ya no es la verdad. Lo que conocéis es el resultado del pasado, de la memoria, y por consiguiente no es la verdad. Por eso, cuando decís “mediante la meditación busco la verdad”, no hacéis más que cargar la mente con vuestra propia creación, que no es la verdad. De suerte que la concentración, la devoción, la persecución de la virtud, la búsqueda de la verdad, no es meditación.

¿Qué es, entonces, la meditación? Es obvio que las cosas que hemos estado haciendo regularmente: ejercitarnos, disciplinarnos, forzar la mente, no son meditación, porque en ellas no hay libertad; y sólo en la libertad puede surgir la verdad. Tampoco la oración es meditación, como lo hemos discutido antes. Cuando toda esa superestructura se elimina de la mente: la búsqueda del ideal, de la verdad, el volverse virtuoso, la concentración, el esfuerzo, la disciplina, el condenar, el juzgar, cuando todo eso se ha ido, ¿qué es la mente? Cuando eso no está, el “meditador” no está; y por lo tanto hay meditación. Cuando el “meditador” no está, hay meditación; pero el “meditador” jamás puede meditar. Sólo puede meditar sobre sí mismo, proyectarse, pensar en sí mismo; pero él no conoce meditación alguna. Cuando el “meditador” se comprende a sí mismo y finaliza, sólo entonces hay meditación; pues el finalizar del “meditador” es meditación. La concentración, el buscar la verdad, el hacerse virtuoso, condenar, juzgar, disciplinarse, todo eso es el proceso del “meditador”; y sin comprender el proceso del “meditador” no hay meditación. Por lo tanto, sin conocimiento propio no hay meditación. No hay meditación sin tranquilidad de la mente; pero la tranquilidad no viene con la búsqueda o la dirección del “meditador”. Cuando el proceso íntegro, total, del “meditador” termina, hay un silencio que no es producido por la mente como una idea, como un ideal que sólo es gratificación autoproyectada. Solamente cuando el “proyector”, el “meditador”, el “yo”, está completamente ausente, totalmente terminado, hay un silencio que no es producto de la mente. La meditación es ese silencio que adviene cuando el “meditador” y sus procesos son comprendidos. Ese silencio es inagotable; no es del tiempo, y por lo tanto es inconmensurable. Sólo el “meditador” compara, juzga, mide; mas cuando no hay medición, lo inconmensurable adviene. Por lo tanto, sólo cuando la mente está en un completo silencio, completamente en calma, tranquila; cuando no proyecta ni piensa ‑sólo entonces surge lo inmensurable. Pero eso inmensurable no es para ser pensado. Aquello en que pensáis es lo conocido, y lo conocido no puede comprender lo desconocido. Sólo, por lo tanto, cuando lo conocido termina, lo desconocido volviese. Sólo entonces hay bienaventuranza.

4 de Diciembre de 1949.

IV. 1ª CONFERENCIA EN MADRÁS

SI PODEMOS comprender todo este problema de la indagación, de la búsqueda, seremos tal vez capaces de penetrar el complejo problema de la falta de satisfacción y del descontento. La mayoría de nosotros busca algo en diversos niveles de la existencia, comodidad física o bienestar psicológico; o decimos que buscamos la verdad o que buscamos la sabiduría. Siempre, al parecer, andamos en busca de algo. ¿Y eso qué significa realmente? ¿Qué es lo que buscamos? Sólo podemos buscar algo que conocemos; no podemos buscar algo que no conocemos. No podemos indagar algo que no sabemos si existe; sólo podemos buscar algo que hemos tenido y hemos perdido. La búsqueda es el deseo de satisfacción.

La mayoría de nosotros estamos descontentos, a la vez exteriormente y en nuestro fuero íntimo; y si nos observamos con atención, encontraremos que este descontento es simplemente la búsqueda de una satisfacción duradera en diferentes niveles de la existencia, a la que llamamos “verdad”, “felicidad”, “comprensión” o cualquier otro término. Este impulso, en el fondo, es el de hallar satisfacción perdurable; y estando descontentos de todo lo que hacemos, no hallando satisfacción en ninguna de las cosas que hemos intentado, vamos de un instructor, de una religión, de un sendero, a otro, esperando encontrar satisfacción final. De suerte que, esencialmente, lo que buscamos es satisfacción, no la verdad. La mayoría de nosotros estamos descontentos, disgustados, de las cosas tal cuales son, y nuestra lucha psicológica íntima es para hallar un refugio permanente. Que este refugio sea de ideas o de inmediata interpelación, el impulso básico es un deseo de lograr satisfacción completa. Esta intención es lo que llamamos “búsqueda”.

Ensayamos diversas satisfacciones, diversos “ismos”, el comunismo inclusive; y, cuando ellos no nos satisfacen, recurrimos a la religión y seguimos a un “gurú” tras otro, o nos volvemos cínicos. El cinismo también brinda gran satisfacción. Nuestra búsqueda es siempre la de un estado mental en el que no haya perturbación alguna, en el que ya no haya lucha sino completa satisfacción. ¿Existe la posibilidad de una completa satisfacción en algo que la mente busca? La mente anda en busca de sus propias proyecciones, que han de ser satisfactorias, gratas; y, no bien encuentra penosa una de esas proyecciones, la abandona y se encamina hacia otra. Es decir, andamos en busca de un estado psicológico que sea tan pacificador, tan reconciliado, que elimine todos los conflictos. Si ahondamos en ello, veremos que ningún estado semejante es posible a menos que estemos sumidos en una ilusión o apegados a alguna forma de afirmación psicológica.

¿Puede jamás el descontento hallar satisfacción permanente? ¿Y qué es aquello de que estamos descontentos? ¿Buscamos mejor empleo, más dinero, una esposa mejor o una mejor formulación religiosa? Si lo examinamos con cuidado, hallaremos que todo nuestro descontento es una búsqueda de satisfacción permanente; y que no puede haber satisfacción permanente. Hasta la seguridad física es imposible. Cuanto más seguros deseamos estar, tanto más encerrados y nacionalistas nos volvemos, lo cual conduce finalmente a la guerra. De suerte que mientras busquemos satisfacción, tendrá que haber conflicto siempre creciente.

¿Es posible estar siempre contento? ¿Qué es en realidad el contentamiento? ¿Qué es lo que trae contento, y cómo ocurre? El contento, por cierto, viene tan sólo cuando comprendemos lo que es. Lo que trae descontento es el enfoque complejo de lo que es. Es porque quiero convertir lo que es en alguna otra cosa, que existe la lucha del devenir. Pero también crea un problema la mera aceptación de lo que es. Para comprender lo que es, tiene sin duda que haber vigilancia pasiva sin el deseo de convertirlo en alguna otra cosa; lo cual significa que uno debe darse cuenta pasivamente de lo que es. Entonces resulta posible ir más allá de la mera apariencia de lo que es. Lo que es, nunca es estático aunque nuestra respuesta sea estática.

Nuestro problema, por lo tanto, no es la búsqueda de una satisfacción fundamental que llamamos verdad, Dios, o de una mejor convivencia, sino la comprensión de lo que es. El comprender lo que es, requiere una mente en extremo veloz, que vea la inutilidad del deseo de convertir lo que es en alguna otra cosa, de comparar o tratar de reconciliar lo que es con alguna otra cosa.

Esta comprensión no viene por medio de la disciplina, del control, ni de la inmolación de uno mismo, sino eliminando los estorbos que nos impiden ver directamente lo que es.

La satisfacción no tiene fin, es continua; y a menos que veamos eso, seremos incapaces de habérnoslas con lo que es tal como es. La relación directa de lo que es, es la recta acción. La acción basada en una idea es mera autoproyección. La idea, el ideal, la ideología, todo eso forma parte del proceso del pensamiento, y el pensar es una respuesta al condicionamiento en cualquier nivel. Por eso el perseguir una idea, un ideal o una ideología, es un círculo en el que la mente se halla atrapada. Cuando vemos todo el proceso del pensamiento, y todo su artero maniobrar, sólo entonces existe la comprensión que trae transformación.

Pregunta: Vemos desigualdad entre los hombres, y algunos están muy por encima del resto de la humanidad. Es seguro, entonces, que debe haber seres de un orden superior, tales como los maestros y “devas”, que pueden hallarse profundamente interesados en cooperar con el género humano. ¿Se ha puesto usted en contacto con algunos de ellos? Si es así, ¿puede decirnos cómo podemos entrar en contacto con ellos?

Krishnamurti: A la mayoría de nosotros nos interesa la chismografía; y ella es cosa en extremo estimulante, ya se trate de Maestros y “devas”, o de nuestros vecinos. Cuanto más torpes somos, más nos gusta la chismografía. Cuando a uno lo llenan de chismes sociales, se siente impulsado a magnificar los chismes. Estamos interesados, no en el problema de la desigualdad, sino en los chismes selectos acerca de extraños entes que no vemos; y así buscamos escapar a nuestra superficialidad. Al fin y al cabo, Maestros y “devas” son vuestras propias proyecciones; cuando los seguís, seguís vuestras propias proyecciones. Si ellos fueran a decirnos “desechad vuestro nacionalismo, vuestras sociedades, no seáis codiciosos, no seáis crueles”, no tardaríais en abandonarlos y en seguir a otros que os satisfagan. Deseáis que yo os ayude a poneros en contacto con los Maestros. A mí, en realidad, los Maestros no me interesan. Se charla mucho acerca de ellos, y eso ha llegado a ser un modo solapado de explotar a la gente. Hacemos un embrollo en el mundo, y queremos que un hermano mayor venga y nos ayude a salir de él. Mucho de eso es gazmoñería. ¿Esta división entre Maestro y alumno, este trepar jerárquico de la escalera del éxito, es algo realmente espiritual? Toda esta idea del devenir jerárquico, de la lucha por llegar a ser lo que llamáis “espiritual”, por alcanzar la liberación, ¿es acaso espiritual? Cuando nuestro corazón está vacío lo llenamos con imágenes de Maestros, lo que significa que no hay amor. Cuando amáis a alguien, no sois conscientes de igualdad ni de desigualdad. ¿Por qué os ocupáis tanto con la cuestión de los Maestros? Los Maestros son importantes para vosotros porque tenéis un sentido de autoridad, y conferís autoridad a algo que no la tiene. Conferís autoridad porque ella os agrada; es autolisonja.

El problema de la desigualdad es más fundamental que el deseo de entrar en contacto con los Maestros. Hay desigualdad en la capacidad, en el pensamiento, en la acción; entre el genio y el hombre lerdo, entre el hombre libre y el que practica una rutina. Las revoluciones de todo género han intentado acabar con eso, y en el proceso han creado otra desigualdad. El problema consiste en ir más allá del sentido de desigualdad, de lo inferior y lo superior. Eso es verdadera espiritualidad, no el buscar Maestros, manteniendo con ello el sentido de desigualdad. El problema no consiste en cómo traer la igualdad, porque la igualdad es una imposibilidad. Sois enteramente diferentes de los demás. Veis más, estáis mucho más alertas que otros; tenéis una canción en vuestro corazón, y el corazón de otros está vacío, y para ellos una hoja muerta es una hoja muerta que entregan a las llamas. Algunas personas poseen extraordinaria capacidad; son veloces y flexibles. Otros son lerdos, torpes, incapaces de observar. Las diferencias físicas y psicológicas son sin fin, y no podéis suprimirlas; es absolutamente imposible. Lo único que podéis hacer es dar una oportunidad al hombre torpe, y no tratarlo a puntapiés ni explotarlo. No podéis hacer de él un genio.

El problema, pues, no consiste en cómo lograr contacto con los Maestros y “devas” sino en trascender el sentido de desigualdad, tratar de ponerse en contacto con Maestros es empaño de hombres muy, muy torpes. Cuando os conocéis a vosotros mismos, conocéis al Maestro. Un verdadero Maestro no puede ayudaros, porque tenéis que comprenderos a vosotros mismos. Constantemente seguimos a falsos Maestros; buscamos consuelo, seguridad, y proyectamos la clase de Maestros que queremos, en la esperanza de que ese Maestro habrá de darnos todo lo que deseamos. Como no hay tal consuelo, el problema es mucho más fundamental, es decir, consiste en cómo ir más allá del sentido de desigualdad. La sabiduría no es la lucha por llegar a ser más y más.

Ahora bien, ¿es posible superar el sentido de desigualdad? Pues la desigualdad existe, no podemos negarlo. ¿Qué sucede cuando no negamos la desigualdad, cuando no la encaramos con mente prevenida, sino que nos enfrentamos con ella? Ahí está la sucia aldea, y también la casa agradable y limpia: ambas son lo que es. ¿Cómo abordáis la fealdad y la belleza? En eso estriba la solución Con lo bello deseáis estar identificados, y lo feo lo desecháis. Por lo inferior no tenéis consideración alguna, mas por lo superior sentís la máxima consideración y deferencia. Vuestro enfoque es la identificación con lo más elevado, y el rechazo de lo más bajo; miráis hacia arriba con servilismo y hacia abajo con desprecio

La desigualdad sólo puede ser superada cuando comprendemos nuestro enfoque de la misma. Mientras resistamos a lo feo y nos identifiquemos con lo bello, tiene por fuerza que haber todas estas miserias. Pero si abordamos la desigualdad sin condenación, identificación ni juicio, entonces nuestra respuesta es enteramente diferente. Ponedlo a prueba, por favor, y veréis qué cambio extraordinario ocurre en vuestra vida La comprensión de lo que es trae contento, que no es el contento del estancamiento, ni el que causa la posesión de bienes, de una idea, de una mujer. El contento es el estado en que se aborda lo que es tal cual es, sin barrera de ninguna especie. Sólo entonces hay amor, el amor que destruye el sentido de desigualdad; y sólo esto es revolucionario, sólo esto puede transformar. Y como no tenemos esa llama de la revolución, llenamos nuestro corazón y nuestra mente con ideas de revolución, de izquierda o de derecha, de modificación de lo que ha sido. Por ese camino no hay esperanza. Cuanto más reformáis, mayor necesidad hay de nuevas reformas.

No es importante saber cómo ponerse en contacto con los Maestros, pues ellos no tienen significación en la vida. Lo importante es comprenderos a vosotros mismos; de otro modo vuestro Maestro es una ilusión. Sin comprenderos a vosotros mismos, engendráis cada vez más miseria en el mundo. Mirad lo que ocurre en el mundo, observad el estrecho espíritu que ponen de manifiesto los celosos partidarios de la paz, de los Maestros, del amor y la fraternidad. Todos os empanáis por vosotros mismos, aunque eso lo disimuléis con bellas palabras. Queréis que los Maestros os ayuden para llegar a ser más gloriosos y encerrados en vosotros mismos,

Sé que en diferentes oportunidades he contestado esta pregunta de diversas maneras. También sé que, a pesar de todo lo que digo, habréis de cumplir vuestros ritos y sacudir ruidosamente vuestras espadas “por el rey y por la patria”. No queréis comprender ni resolver este problema de la desigualdad. Hay gente que me escribe diciéndome “es usted muy ingrato con los Maestros que lo han educado”. Es muy fácil formular tales afirmaciones. Todo eso es gazmoñería. Uno mismo debe descubrir que ningún Maestro puede ayudarle. ¿Es una ingratitud ver aquello que es falso y decir que es falso? Deseáis que yo esté agradecido a vuestra idea, a vuestra formulación de un Maestro; y cuando vuestras ideas sufren perturbación, me llamáis ingrato. El problema no es de gratitud hacia los Maestros, sino de comprensión de vosotros mismos.

Hay una gran alegría en comprender y descubrir lo que sois, todo el contenido de lo que sois, de instante en instante. El conocimiento propio es el comienzo de la sabiduría. Sin conocimiento propio, nada podéis conocer; o, si algo conocéis, haréis de ello un mal uso. Seguir al Maestro es fácil; pero tener conocimiento de uno mismo, ser pasivamente vigilante de todo pensamiento y sentimiento, es arduo. No podéis vigilar si hay juicio o identificación, pues la identificación y el juicio impiden la comprensión. Si observáis pasivamente, la cosa que observáis empieza a revelarse, y entonces hay una comprensión que se renueva de instante en instante.

Pregunta: En una de sus pláticas usted ha afirmado que si una persona reza, recibe, pero que al final pagará por ello. ¿Qué quiere usted decir? ¿Cuál es la entidad que accede a nuestros ruegos, y por qué no logramos obtener todo lo que pedimos mediante la oración?

Krishnamurti: ¿No os hace felices el que todo lo que pedís mediante la oración, no se os conceda? ¿Eso no sería mortalmente aburrido? Deberíais ver todo el cuadro, y no sólo la parte que os gusta. La mayoría de vosotros reza para hallar satisfacción. Vuestras oraciones son ruegos, súplicas para que se os ayude a salir de vuestra propia confusión. Es obvio que sólo oráis cuando os halláis confusos y en dificultades, cuando sois desdichados. No rezáis cuando estáis alegres sino cuando sentís miedo y cuando sufrís. ¿Qué ocurre cuando rezáis? Experimentad con vosotros mismos, por favor, y observad qué sucede. Cuando rezáis, aquietáis la mente repitiendo ciertas frases; esto es, la mente es aquietada, narcotizada, repitiendo una palabra o mirando un cuadro o una imagen. Cuando la mente superficial está quieta, a esa capa superior de la mente llega la respuesta más satisfactoria. Los rezos colectivos surten un efecto análogo. Suplicáis, extendéis vuestra escudilla de mendigo, para recibir; deseáis satisfacción, queréis escapar a vuestra confusión. Así, pues, cuando la mente es narcotizada hasta la insensibilidad o está en parte dormida, hacia ella se proyecta inconscientemente la respuesta satisfactoria, que es la influencia general del mundo que os rodea. Existe un depósito colectivo de la codicia, del universal reclamo ajeno a lo que es; y, cuando abrís el grifo, es obvio que conseguís lo que deseáis. ¿Pero ese depósito es acaso Dios, la verdad final? Considerad esto, por favor; observadlo atentamente, y veréis.

Cuando rogáis a Dios, rogáis a algo con lo cual estáis en relación, y sólo podéis estar en relación con algo que conocéis; por lo tanto vuestro “dios” es una proyección de vosotros mismos, heredada o adquirida. Cuando la mente implora, tendrá una respuesta, pero esa respuesta será siempre más gravosa, causará más autoencierro y creará más problemas. Ese es el precio que pagáis. Cuando os ponéis juntos a entonar cánticos, no hacéis sino eludir lo que es, buscar una evasión. Las evasiones brindan satisfacción; pero su precio consiste en tener aún que hacer frente al problema, que os persigue como una sombra. Vuestras oraciones podrán resultaros provechosas casi siempre; pero constantemente os sentís miserables, y deseáis huir. Vuestra búsqueda es con el fin de eludir. El comprender requiere vigilancia, conocer todo pensamiento, todo gesto. Pero sois perezosos. Tenéis cómodas escapatorias que os ayudan a eludir la comprensión de vosotros mismos, que sois los creadores del dolor. Hasta que comprendáis el problema de vosotros mismos, vuestras ambiciones, vuestra codicia, vuestra explotación, vuestro deseo de mantener la desigualdad; hasta que hagáis frente al hecho de que sois los creadores del dolor y del sufrimiento en el mundo, ¿qué valor tienen vuestras oraciones? Vosotros sois el problema. En último término, no podréis esquivarlo; y sólo podréis disolverlo comprendiéndolo en su totalidad.

De suerte que vuestra oración es un estorbo para la comprensión. Existe un tipo diferente de oración: Un estado mental en que no hay demanda, no hay súplica. En esa oración ‑si es que puede usarse el término- no hay movimiento para protegerse, no hay repulsión; ella no es cosa compuesta ni puede ser producida por ninguna clase de treta. Ese estado mental no busca un resultado, es silencioso, en él no se puede pensar ni meditar ni es posible practicarlo. Sólo ese estado de la mente puede descubrir la verdad, permitirle que se manifieste, y sólo él puede resolver nuestro problema. Ese estado mental de quietud llega cuando uno observa y comprende lo que es; y entonces la mente es capaz de recibir lo inagotable.

Pregunta: Hay desdicha generalizada en el mundo, y todas las religiones han fracasado; ello no obstante, usted parece hablar de religión de más en más. ¿Alguna religión nos ayudará a librarnos de la desdicha?

Krishnamurti: Debemos averiguar qué entendemos por religión. Las religiones han fracasado a través del mundo, tal vez porque no somos religiosos. Puede que os apliquéis ciertos nombres, pero vuestras creencias, vuestras imágenes, el hecho de que queméis incienso, nada tienen de religioso. Es todo eso lo que ha adquirido importancia para vosotros, no la religión. Mirad lo que hemos hecho a través del mundo. Las ideas han puesto al hombre contra el hombre. La extensión del dogma no es liberación del dogma. La creencia separa a los hombres. La separación es lo que la creencia acentúa y ella es un buen medio de explotar a los crédulos. En la creencia halláis consuelo, seguridad, todo lo cual es ilusión. Donde quiera haya una tendencia a la “separatividad, tiene que haber desintegración. Donde exista la fuerza encerradora de la creencia, tiene que haber desintegración. Os llamáis a vosotros mismos hindúes, musulmanes, cristianos; teósofos y de tantas otras maneras, con lo cual os encerráis. Vuestras ideas engendran oposición, enemistad y antagonismo; también vuestra filosofía, por inteligentes, idealistas y divertidas que sean. Así como un hombre es afecto a la bebida, vosotros lo sois a vuestras creencias. Por eso es que las religiones organizadas han fracasado a través del mundo.

La verdadera religión es vivencia, y nada tiene que ver con la creencia. Es ese estado mental que, en el proceso del conocimiento propio, descubre la verdad de instante en instante. La verdad no es continua; nunca es la misma, es incomparable. La verdad es lo “unitotal”; no es símbolo de nada. El culto de cualquier símbolo trae desastre, y una mente adicta a la creencia en cualquier forma no puede nunca ser una mente religiosa. Y es sólo la mente religiosa, no la mente ideológica, que es capaz de resolver el problema. Citar a otros de nada sirve. Una mente que cita; ya sea a Platón o a Buda, es incapaz de vivir la realidad. Para vivir la realidad, la mente debe estar del todo desnuda; y una mente así no es una mente que busca.

La religión, por lo tanto, no es creencia; la religión no es ceremonial; la religión no es una idea ni diversas ideas ensambladas para formar una ideología. Religión es “vivencias” lo que es de instante en instante. La verdad no es una extrema conclusión. Para la verdad no hay extrema conclusión. La verdad está en lo que es; está en el presente, nunca es estática. Una mente empanada por el pasado no tiene posibilidad de comprender la verdad. Todas las religiones, tal como son, dividen a los hombres. Las creencias de esas religiones no son la verdad. La verdad no ha de hallarse en ninguna creencia en la reencarnación; la verdad sólo es “vivenciada” cuando hay un final, el final que implica la muerte. Vuestra creencia en Dios no es religión, no es la verdad. Hay poca diferencia entre el creyente y el que no cree; ambos están condicionados por sus respectivos ambientes; ellos causan separación en el mundo con sus ideas y creencias. Ni el creyente ni el incrédulo, por lo tanto, pueden vivenciar la realidad.

Cuando veis las cosas como son, sin ningún prejuicio, sin encomio, ni condenación, en relación directa con lo que es, hay acción. Cuando la idea interviene, hay aplazamiento de la acción. La mente ‑que es la estructura de ideas, el residuo de todos los recuerdos y pensamientos- jamás podrá encontrar la realidad. Vuestras lecturas y citas no os ayudarán a vivir la realidad. La realidad debe venir a vosotros. Sólo podéis buscar algo que conocéis; no podéis buscar la realidad. Ved bien, os lo ruego, la verdad de esto; ved la belleza de la mente que “vivencia” de un modo directo y por consiguiente actúa sin recompensa ni castigo. Pero la experiencia no es el criterio de la verdad; la experiencia sólo nutre la memoria. Vuestro “yo” es pensamiento, y el pensamiento es memoria. La experiencia es memoria como el pensamiento. Una mente así, por lo tanto, puede organizar la palabra “verdad” y explotar a la gente; pero es incapaz de vivenciar la realidad. Sólo la mente que no tiene idea alguna puede vivencias la realidad.

El hombre religioso es el verdadero revolucionario. El hombre que actúa movido por ideas podrá matar a otros En la relación directa con lo que es está la vivencia, y entonces la mente ya no elabora ideas. Una mente que no tiene ninguna idea es sensible, es capaz de ver directamente lo que es, y por tanto es capaz de acción. Sólo tal acción es revolucionaria

Pregunta: Se ha dicho que la adquisición de sabiduría es el objeto fundamental de la vida, y que la sabiduría ha de buscarse poco a poco mediante una vida de purificación y dedicación, con la mente y las emociones dirigidas hacia los ideales elevados por medio de la oración y la meditación. ¿Está usted de acuerdo?

Krishnamurti: Averigüemos qué entendéis por “sabiduría”, y veamos luego si podemos encontrar esa sabiduría. ¿Qué entendéis por sabiduría? ¿Es ella la meta de la vida? Si lo es, y si conocéis la meta, el objeto de la vida, entonces la sabiduría es lo conocido. ¿Podéis conocer o adquirir sabiduría, o sólo podéis conocer hechos, adquirir conocimientos? Ciertamente, conocimiento y sabiduría son dos cosas distintas. Puede que todo lo sepáis acerca de algo; ¿pero es eso la sabiduría? ¿La sabiduría ha de adquirirse poco a poco, vida tras vida? ¿La sabiduría es acopio de experiencia? La adquisición implica acumulación; la experiencia implica residuo. ¿Es acaso sabiduría el residuo, la acumulación? Vosotros ya habéis acumulado los residuos raciales heredó dados, en conjunción con el presente. ¿Ese proceso de acumulación es sabiduría? Acumuléis para protegeros a vosotros mismos, para vivir en seguridad; adquirís experiencia gradualmente. La acumulación de conocimientos, el lento allegamiento de experiencia ‑¿es eso sabiduría? Vuestra vida entera es acumulación, un adquirir cada vez más. ¿Eso os tornará sabios? Habéis adquirido algo, habéis tenido una experiencia que ha dejado un residuo; y ese residuo condiciona vuestra experiencia ulterior. Vuestra respuesta es esta experiencia, y ella es la continuación del “trasfondo” de un modo diferente. Cuando decís, pues, que la sabiduría es experiencia, queréis significar colección de muchas experiencias. ¿Por qué no sois sabios? ¿Puede ser sabio el hombre que adquiere constantemente? ¿Puede ser sabio el hombre cargado de experiencia? ¿Puede ser sabio el hombre que sabe? El hombre que sabe no es sabio, y el hombre que no sabe es sabio. No sonriáis ni paséis esto por alto.

Cuando sabéis, habéis experimentado, habéis acumulado; y la proyección de esa acumulación es más conocimiento. La sabiduría, por lo tanto, no es un proceso lento ni ha de juntarse poco a poco como una cuenta bancaria. El creer que gradualmente, a través de varias vidas, llegaréis a ser Buda, es pensar y sentir sin madurez. Tales asertos parecen maravillosos, especialmente cuando se los atribuye a un Maestro. Cuando inquiráis para descubrir la verdad, veréis que sólo se trata de vuestra propia proyección, la cual desea continuar experimentando la misma cosa de antes.

La acumulación, pues, nunca es sabiduría, porque sólo puede haber acumulación de lo que es conocido; y lo que es conocido no puede nunca ser lo desconocido. El vaciar la mente no es un proceso lento; pero el tratar de vaciarla es un inconveniente. Si decís “vaciaré la mente”, entonces se trata del mismo viejo proceso. Ved, nada más, la verdad de que la mente que adquiere jamas podrá ser sabia, ni en seis vidas ni en diez. Un hombre que ha adquirido, ya es rico; y un hombre rico nunca es sabio. Deseáis ser ricos en conocimientos, que es la adquisición de experiencia en palabras; pero el hombre que tiene, nunca podrá ser sabio. Asimismo, el hombre que deliberadamente no tiene, jamás podrá ser sabio.

La verdad no puede ser acumulada. Ella no es experiencia. Es vivencia, en la que no hay experimentador ni experiencia. El conocimiento siempre tiene un acumulador, alguien que acopia; pero la sabiduría no tiene experimentador. La sabiduría es, como el amor es; y, sin ese amor, intentamos perseguir la sabiduría a través de la adquisición continua. Lo que continúa tiene que decaer. Sólo aquello que termina puede conocer la sabiduría. La sabiduría es siempre fresca, siempre nueva. ¿Cómo podéis conocer lo nuevo si hay continuidad? Hay continuidad mientras continuéis la experiencia. Sólo cuando hay terminación surge lo nuevo, lo que es creativo. Nosotros, empero, queremos continuar, queremos acumulación, o sea la continuidad de la experiencia; y una mente así no podrá nunca conocer la sabiduría. Sólo puede conocer su propia proyección, sus propias creaciones, y la reconciliación entre sus creaciones. La verdad es sabiduría. La verdad no puede buscarse. La verdad sólo llega cuando la mente está vacía de todo conocimiento, de todo pensamiento, de toda experiencia; y eso es sabiduría.

18 de Diciembre de 1949.

V. 2ª CONFERENCIA EN MADRÁS

VEAMOS qué lugar ocupa el individuo en la sociedad, y si el individuo puede hacer algo para producir un cambio radical en la sociedad; si el ente transformado, el ser humano inteligente que se ha transformado fundamentalmente a sí mismo, tiene alguna influencia, alguna acción, sobre el curso de los aconteció mientas; o si el individuo de que estoy hablando, el ente transformado, nada puede hacer por sí mismo pero puede, por su mera existencia, inyectar alguna clase de orden en la sociedad, en la corriente de caos y confusión. Vemos que a través del mundo la acción de masas produce evidentes resultados. Viendo eso, sentimos que la acción individual tiene muy poca importancia, que vosotros y yo, aunque nos transformemos, muy escasa influencia podemos tener; y entonces preguntamos qué valor tenemos desde que no podemos afectar la corriente.

Ahora bien, ¿por qué pensamos en términos de masa? ¿Las revoluciones fundamentales son producidas por la masa, o son iniciadas por los pocos que ven y que, con su palabra y su energía, influyen sobre mucha gente? Es así como se producen las revoluciones. ¿No es un error creer que, como individuos, nada podemos hacer? ¿No es falaz pensar que todas las revoluciones fundamentales las produce la masa? ¿Por qué creemos que los individuos no son importantes como tales? Si tenemos esta actitud mental, no pensaremos por nosotros mismos: responderemos como autómatas. ¿La acción es siempre de la masa? ¿No dimana esencialmente del individuo, difundiéndose luego de un individuo a otro? En realidad no hay tal “masa”. Después de todo, la masa es una entidad formada de gente que se ve atrapada, hipnotizada por palabras, por ideas. En el momento en que las palabras no nos hipnotizan, nos hallamos fuera de esa corriente, cosa que a ningún político le agrada. ¿No deberíamos mantenernos fuera de la corriente, y sumar fuera de ella cada vez más y más, para afectar la curtiente? ¿No es importante que haya primero una transformación fundamental en el individuo, que vosotros y yo cambiemos radicalmente primero, sin esperar que el mundo entero cambie? ¿No es un criterio “escapista”, una forma de pereza, un modo de eludir el problema, eso de creer que vosotros y yo, al menos en pequeño grado, no podemos afectar la sociedad en su conjunto?

Cuando vemos tantas miserias, no sólo en nuestra propia vida sino asimismo en la sociedad que nos rodea, ¿qué es lo que nos impide transformarnos a nosotros mismos, cambiarnos fundamentalmente? ¿Es mero hábito, mero letargo, esa condición de la mente que gusta del molde en que está encerrada y no desea que se rompa? No es sólo eso, ciertamente, porque las circunstancias económicas llegan a demoler el molde; pero el íntimo molde psicológico persiste. ¿Por qué persiste? Para cambiar fundamentalmente, radicalmente, ¿necesitamos una influencia o acción externa ‑como el dolor, una revolución económica o social, o un “gurú”- todo lo cual es una forma de compulsión? Una acción externa implica adaptación, dependencia, compulsión, miedo. ¿Cambiamos fundamentalmente mediante la dependencia? ¿Y no es una de nuestras dificultades el que dependamos, para cambiar, de las acciones externas, de los trastornos económicos, etc.? Tal dependencia de una acción externa impide la revolución radical? porque ésta puede ocurrir tan sólo comprendiendo el proceso total de uno mismo. Si dependéis de cualquier género de acción externa para producir la transformación, hacéis intervenir el miedo y ciertos otros factores que de hecho impiden la transformación. Un hombre que realmente quiera transformarse, no depende de ninguna acción externa, no tiene lucha alguna dentro de sí mismo; ve la necesidad, y se transforma

¿Es realmente difícil la transformación del individuo? ¿Es difícil ser bueno, compasivo, amar a alguien? Al fin y al cabo, ésa es la esencia misma de una transformación radical. Nuestra dificultad estriba en que tenemos una naturaleza dualista en la que hay odio, repulsión, diversas formas de antagonismo, etc., que nos aleja del problema central. Estamos tan atrapados en los impulsos que incitan al odio, a la repulsión, que la llama misma se pierde, y sólo nos queda el humo; y entonces nuestro problema es cómo deshacernos del humo. No tenemos para nada la llama de la creación, pero creemos que el humo es la llama. ¿No es necesario investigar qué es la llama, es decir, ver las cosas de un modo nuevo sin quedar atrapado en un molde, ver las cosas como son y no nombrarlas? ¿Es eso realmente difícil? La dificultad, en lo que atañe a la mayoría de nosotros, está en que nos hemos comprometido al extremo, hemos asumido innumerables responsabilidades, deberes, etc., y decimos que no podemos deshacernos de eso. Ésa, por cierto, no es una dificultad real. Cuando sentimos algo profundamente, hacemos lo que queremos sin tomar en cuenta la familia, la sociedad y todo lo demás. La sola dificultad, pues, que se interpone, es que no sentimos suficientemente la importancia de una transformación individual radical. Es imperativo producir la transformación. Ésta ocurrirá cuando vivamos sin “verbalización”. cuando veamos las cosas como son y aceptemos la verdad tal cuál es. La transformación debe empezar por nosotros como individuos. Si ella no empieza, es sólo porque no prestamos bastante atención, no consagramos todo nuestro ser a la comprensión de esta única cosa; vemos tanta miseria fuera de nosotros y tanta confusión en nuestro fuero íntimo, y sin embargo no queremos abrirnos paso a través de eso.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando tengo un problema y trato de resolverlo? En la resolución de ese problema encuentro que varios otros problemas se han introducido; al resolver un problema, lo he multiplicado. Deseo, pues, hallar la solución al problema sin acrecentarlo, deseo vivir dichosamente, deseo estar libre de aflicción psicológica sin encontrarle substituto. ¿Es posible descubrir si uno puede realmente resolver el dolor, investigarlo sin la autoridad de nadie, ahondarlo en uno mismo, observándose en todo momento, en todo género de relaciones? ¿No es ése el único modo de salir de la dificultad ‑observándonos a nosotros mismos constantemente, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que hacemos, manteniéndonos en ese estado de vigilancia en que todo se revela? Debéis experimentar con ello y no limitaros a decir que no es factible, ni repetirlo aceptando simplemente mi autoridad. Digamos que vosotros sois felices y yo no; y yo quiero ser feliz, no quiero que me narcotice la creencia ni nada de eso, sino llevar esto a término totalmente. Así, pues, acudo a vosotros e investigo, y ahondo en ello de más en más. ¿Qué es lo que os impide hacer esto ahora? ¿Por qué es que no tenéis la sensación de felicidad, de creación, de ver las cosas como son? ¿Por qué no operáis en ese sentido profundo? Porque decís que el dolor ayuda a ser feliz, que el dolor es un medio de felicidad, y habéis aceptado el dolor o algún género de substitución. Nos hemos embotado a tal punto que no vemos la necesidad de cambiar. Esa es la dificultad.

Podréis decir que deseáis cambiar, pero que hay algo que impide que el cambio se produzca. Las explicaciones no producirán el cambio. Decir que el “ego” se interpone, es una explicación, una mera descripción. Deseáis que yo os describa cómo vencer los impedimentos, pero debemos hallar, si podemos, un modo de saltar la valla, debemos aventurarnos en la corriente y ver qué sucede, no sentarnos a la orilla a especular. ¿Qué es realmente lo que nos impide dar el salto? La tradición ‑que es recuerdo, que es experiencia- nos lo impide, ¿no es así? Estamos tan satisfechos con las palabras, con las explicaciones, que no damos el salto, aun cuando vemos la necesidad de saltar. Se ha sugerido que uno no se aventura en la corriente por miedo a lo desconocido ¿Pero acaso puedo saber qué sucederá, puedo jamás conocer lo desconocido? Si lo supiese; entonces no tendría miedo ‑y ello no sería lo desconocido. Jamás podré conocer lo desconocido sin aventurarme.

¿Es el miedo lo que nos contiene y no nos deja correr el riesgo? ¿Qué es el miedo? El miedo sólo puede existir con relación a algo, no aisladamente. ¿Cómo puedo tenerle miedo a la muerte, cómo puedo tener miedo de algo que no conozco? Sólo puedo tener miedo de algo que conozco. Cuando digo que la muerte me da miedo, ¿temo realmente a lo desconocido ‑o sea a la muerte- o tengo miedo de perder lo que he conocido? Mi miedo no es a la muerte, sino a perder mi asociación con las cosas que me pertenecen. Mi miedo está siempre en relación con lo conocido, no con lo desconocido.

Por consiguiente, mi interrogante ahora es cómo se está libre del miedo a lo conocido, es decir, del miedo de perder mi familia, mi reputación, mi carácter, mi cuenta bancaria, mis apetitos, etc. Podréis decir que el miedo surge de la conciencia; pero vuestra conciencia está formada por vuestro condicionamiento, y ella podrá ser tonta o sensata, de modo que la conciencia sigue siendo el resultado de lo conocido. ¿Qué es lo que yo conozco? Conocer es tener ideas, opiniones sobre las cosas, tener un sentido de continuidad en cuanto a lo conocido, y nada más. Las ideas son recuerdos, resultados de la experiencia, la cual es respuesta al reto. Yo tengo miedo de lo conocido, lo que significa que temo perder personas, cosas o ideas, que temo descubrir lo que soy, que tengo miedo de hallarme en defecto, miedo de la ansiedad que pudiera presentarse cuando haya perdido o no haya ganado, o no tenga más placer.

Existe el miedo al dolor. El dolor físico es respuesta nerviosa. El dolor psicológico se produce cuando me aferro a las cosas que me brindan satisfacción, pues entonces tengo miedo de quienquiera o de cualquier cosa que pueda quitármelas. Las acumulaciones psicológicas impiden el dolor psicológico mientras se mantienen sin perturbación. Esto es, yo soy un manojo de acumulaciones, de experiencias, lo cual impide cualquier seria forma de perturbación; y no quiero ser perturbado. Tengo miedo, por lo tanto, de quienquiera que perturbe mis experiencias. Mi miedo es así a lo conocido; estoy temeroso por las acumulaciones ‑físicas o psicológicas- que he juntado ¿orno medio de evitar el dolor o de impedir el sufrimiento. Pero el sufrimiento esta en el proceso mismo de acumular para evitar el dolor psicológico. El conocimiento también ayuda a impedir el dolor. Así como el conocimiento médico ayuda a impedir el dolor físico, las creencias ayudan a impedir el dolor psicológico, y es por eso que tengo miedo de perder mis creencias, aunque no posea un conocimiento perfecto ni prueba concreta de la realidad de tales creencias. Puede que yo rechace algunas de las creencias tradicionales que me han sido inculcadas, porque mi propia experiencia me da fuerza, confianza, comprensión; pero tales creencias y los conocimientos que he adquirido, son fundamentalmente lo mismo: un medio de evitar el dolor.

El miedo existe mientras hay acumulación de lo conocido, la cual engendra temor de perder. Por consiguiente. el miedo a lo desconocido es en realidad miedo de perder lo conocido acumulado. La acumulación invariablemente significa temor, el cual a su vez significa dolor; y en el momento en que digo “no debo perder”, hay miedo. Aunque mi intención al acumular, sea la de evitar el dolor, éste es inherente al proceso de la acumulación. Las cosas mismas que yo poseo engendran miedo, que es dolor.

La semilla de la defensa produce ofensa. Deseo seguridad física; establezco así un gobierno soberano, el cual necesita fuerzas armadas; y éstas significan guerra, que destruye la seguridad física. Donde hay deseo de autoprotección, hay miedo. Cuando veo la falacia de reclamar seguridad, ya no acumulo. Si decís que veis eso pero que no podéis evitar de acumular, es porque en realidad no veis que, inherentemente, en la acumulación hay dolor.

El miedo existe en el proceso de la acumulación, y la creencia en algo forma parte del proceso acumulativo. Mi hijo muere, y yo creo en la reencarnación para que me impida psicológicamente tener más dolor; pero en el proceso mismo de creer hay duda. Exteriormente acumulo cosas, y atraigo guerra; interiormente acumulo creencias y atraigo dolor. Mientras yo quiera estar en seguridad, tener cuentas bancarias, placeres, etc., mientras quiera llegar a ser algo, fisiológica o psicológicamente, tiene que haber dolor. Las cosas mismas que hago para evitar el dolor me traen miedo, dolor.

El miedo surge cuando deseo estar en un determinado molde Vivir sin miedo significa vivir sin una norma determinada. Cuando exijo determinada manera de vivir, eso es en sí mismo sima fuente de temor. Mi dificultad es mi deseo de vivir en un marco determinado. ¿No puedo romper el marco? Sólo puedo hacer tal cosa cuando veo la verdad: que el marco causa temor, y que este temor fortalece el marco. Si yo digo que debo romper el armazón porque deseo estar libre de temor, entonces no hago mas que seguir otra norma, la cual causará más temor. Toda acción de mí parte, basada en el deseo de romper el armazón, sólo creará un nuevo molde, y por lo tanto temor. ¿Cómo habré de romper el marco sin causar miedo, es decir sin ninguna acción consciente o inconsciente de parte mía con relación a aquél? Esto significa que no debo acular, no debo hacer movimiento alguno para romper el armazón. ¿Qué me ocurre, pues, cuando miro simplemente el armazón sin hacer nada a su respecto? Yo veo que la mente es en sí el marco, el molde; vive en el molde habitual que se ha creado. De suerte que la mente misma es miedo. Cualquier cosa que la mente haga, contribuye a fortalecer un viejo molde o a fomentar uno muevo. Esto significa que todo lo que la mente hace para despojarse del miedo, causa miedo. Viendo la verdad de todo esto, viendo su proceso, ¿qué acontece? Que la mente se torna sensible, quieta.

Aflora bien, ¿por qué la mente no está quieta en todo momento? Cada vez que el molde cristaliza, ¿por qué la mente no ve la verdad al respecto? Porque la mente desea permanencia, estabilidad, un refugio desde el cual pueda actuar. La mente no quiere estar en seguridad. Prodúcese la ruptura de determinado molde, y pocos minutos después hay una nueva cristalización; y en vez de examinar esta nueva cristalización y comprenderla plenamente, la mente vuelve a la vieja experiencia y dice: “he visto la verdad, y eso debe continuar”. Al buscar continuación, la mente crea un nuevo molde y en él queda atrapada. Cada vez que ocurre la cristalización, ella ha de ser observada y comprendida, y la repetición ocurre a causa de lo incompleto de la comprensión.

La verdad está en la “no continuidad”. La verdad de ayer no es la verdad de hoy. La verdad no es temporal, y por consiguiente no pertenece a la memoria; no es algo que haya de ser experimentado, recordado, ganado, perdido o logrado. Perseguimos la verdad a fin de ganarla y conferirle continuidad; y una vez que esto lo veamos realmente, el molde se hará pedazos porque la mente ya se habrá lanzado a la ventura.

29 de Enero de 1950

VI. 3ª CONFERENCIA EN MADRÁS

EN TODAS nuestras relaciones ‑con personas, con la naturaleza, con ideas, con cosas- creamos al parecer más y más problemas. Y tratando de resolver un problema, ya sea económico, político, social, colectivo o individual, introducimos muchos otros problemas. Pareciera en cierto modo que engendrásemos cada vez más conflictos, y necesitásemos cada vez más reformas. Es obvio que toda reforma necesita ulteriores reformas y por consiguiente ello es en realidad retrogradación. Mientras la revolución ‑de izquierda o de derecha- sea mera continuidad de lo que ha sido en términos de lo que habrá de ser, también es retrogradación. Sólo puede haber revolución fundamental, una constante transformación interior, cuando nosotros como individuos comprendemos nuestra relación con lo colectivo. La revolución debe empezar por cada uno de nosotros y no por las influencias externas, ambientales. Somos nosotros lo colectivo, después de todo; tanto lo consciente como lo inconsciente en nosotros es el residuo de todas las influencias políticas, sociales y culturales del hombre. Por lo tanto, para producir una revolución externa fundamental es preciso que en cada uno de nosotros haya una transformación radical, una transformación que no dependa del cambio en el ambiente. Ella debe empezar por vosotros y por mí. Todas las grandes cosas se inician en pequeña escala, todos los grandes movimientos empiezan por vosotros y por mí como individuos; y si esperamos la acción colectiva, tal acción ‑si es que llega a ocurrir- resulta destructiva y conduce a mayores miserias.

La revolución, pues, debe empezar por vosotros y por mí. Esa revolución, esa transformación individual, sólo puede producirse cuando comprendemos la vida de relación, lo cual es el proceso del conocimiento propio. Si no conozco todo el proceso total de mi vida de relación en todos los diferentes niveles, lo que pienso y lo que llago carece totalmente de valor. ¿Qué base tengo para pensar si no me conozco a mí mismo? Estamos muy deseosos de actuar, muy ansiosos de hacer algo, de producir alguna clase de revolución, alguna clase de mejora, algún cambio en el mundo; pero sin conocer el proceso de nosotros mismos, tanto en la periferia como interiormente, no tenemos base alguna para la acción, y lo que hacemos tiene por fuerza que causar más miserias, más lucha.

La comprensión de uno mismo no llega por el proceso de retiro de la sociedad, o mediante el retraimiento en una torre de marfil. Si vosotros y yo abandonamos realmente en el asunto, con cuidado e inteligentemente, veremos que sólo podemos comprendernos a nosotros mismos en la vida de relación, no en el aislamiento. Nadie puede vivir en el aislamiento. Vivir es estar relacionado. Sólo en el espejo de la interrelación me comprendo a mí mismo, lo cual significa que debo ser extraordinariamente alerta en todos mis pensamientos, sentimientos y acciones en la vida de relación. Esto no es un proceso difícil ni un empeño sobrehumano; y, como ocurre con todos los ríos, mientras la fuente es apenas perceptible, las aguas adquieren impulso a medida que avanzan y que se vuelven más profundas. En este mundo insano y caótico, si entráis en este proceso deliberadamente, con cuidado, con paciencia, sin condenar, veréis cómo él empieza a ganar impulso, y que ello no es cuestión de tiempo.

La verdad es de instante en instante en la vida de relación consiste en ver cada acción, cada pensamiento y sentimiento a medida que surge en la convivencia. La verdad no es algo que puede ser acumulado, almacenado; ha de ser encontrada de nuevo en el momento de pensar y sentir a cada instante, lo cual no es un proceso acumulativo y por tanto no es cuestión de tiempo. Cuando decís que comprenderéis mediante la experiencia o el conocimiento, impedís esa misma comprensión porque la comprensión no llega mediante la acumulación. Podéis acumular conocimientos, pero no es comprensión. Esta llega mediante la mente está libre de conocimientos. Cuando la mente no reclama el cumplimiento de deseos, cuando no busca experiencia, hay silencio; y cuando la mente está callada, sólo entonces puede haber comprensión. Sólo cuando vosotros y yo estamos enteramente deseosos de ver las cosas claramente, como son, existe una posibilidad de comprensión. La comprensión no llega por medio de la disciplina, de la imposición, sino cuando la mente está quieta y dispuesta a ver las cosas con claridad. La quietud mental jamás se produce por ninguna forma de coacción, consciente o inconsciente; tiene que ser espontánea. La libertad no está al final sino al comienzo, porque el final y el comienzo no son diferentes; los medios y el fin son una sola cosa. El principio de la sabiduría es la comprensión del proceso total de uno mismo, y ese conocimiento propio, esa comprensión, es meditación.

Pregunta: Todos experimentamos soledad; conocemos su sufrimiento y vemos sus causas, sus raíces. ¿Pero qué es la “unitotalidad”? ¿Es diferente de la soledad?

Krishnamurti: La soledad es el dolor, la agonía de la vida solitaria, el estado de aislamiento cuando vosotros, como entidades no concordáis con nada, ni con el grupo, ni con el ni con vuestra esposa, ni con vuestros hijos, ni con vuestro esposo; os halláis aislados de los demás. Conocéis ese estado. Ahora bien, ¿conocéis la “unitotalidad”? Dais por supuesto que estáis solos; ¿pero estáis “solos”?

La “unitotalidad” es diferente de la soledad, pero vosotros no podéis comprenderla si no comprendéis la soledad. ¿Conocéis la soledad? La habéis observado subrepticiamente, la habéis mirado y no os ha gustado. Para conocerla, debéis comulgar con ella sin barrera alguna entre ella y vosotros, sin conclusión, prejuicio ni especulación; debéis allegaros a ella con libertad y no con temor. Para comprender la soledad, debéis abordarla sin sensación alguna de miedo. Si os allegáis a la soledad diciendo que ya conocéis su causa, sus raíces, entonces no podéis comprenderla. ¿Conocéis sus raíces? Las conocéis especulando desde afuera. ¿Conocéis el contenido intimo de la soledad? Sólo hacéis de ella una descripción, y la palabra no es la cosa, lo real. Para comprenderla, debéis llegar a ella sin ningún sentido de escapar de pensamiento mismo de sustraerse a la soledad es en sí una forma de intima insuficiencia. ¿No constituyen una evasión la mayor parte de nuestras actividades? Cuando estáis solos escucháis radio, practicáis “pujas”, andáis a la caza de “gurús”, chismeáis con otras personas, vais al cine, a las carreras, etc. Vuestra vida diaria consiste en alejaros de vosotros mismos, de suerte que las evasiones adquieren suprema importancia, y os disputáis acerca de las evasiones, ya se trate de la bebida o de Dios. La evasión es el problema, aunque podáis tener diferentes medios de escape. Puede que vosotros hagáis enorme daño psicológico con vuestras respetables evasiones, y que yo lo haga en el terreno sociológico con mis evasiones mundanas, mas para comprender la soledad es preciso que todas las evasiones terminen, no forzadamente, por compulsión, sino viendo la falsedad de la evasión. Entonces os confrontáis directamente con lo que es, y el verdadero problema empieza.

¿Qué es la soledad? Para comprenderla no debéis darle nombre El hecho mismo de nombrarla, la asociación misma del pensamiento con otros recuerdos de ella, acentúa la soledad. Experimentad con ello y veréis. Cuando hayáis dejado de escapar veréis que, hasta que os deis cuenta de lo que es la soledad, cualquier cosa que hagáis al respecto es otra forma de evasión. Sólo comprendiendo la soledad podéis ir más allá de ella.

El problema de la “unitotalidad” es enteramente diferente. Jamás estamos solos; siempre estamos con gente, salvo quizá cuando damos paseos solitarios. Somos el resultado de un proceso total, hecho de influencias económicas, sociales, climáticas y otras del medio ambiente; y mientras estamos influenciados, no estamos solos. Mientras exista el proceso de la acumulación y de la experiencia, jamás podrá haber “unitotalidad . Podéis imaginar que estáis solos por aislaros a vosotros mismos mediante estrechas actividades individuales, personales; pero eso no es “unitotalidad”. Sólo puede haber “unitotalidad” cuando no hay influencia. La “unitotalidad” es acción que no resulta de una reacción, que no es la respuesta a un reto o a un estímulo. La soledad es un problema de aislamiento, y el aislamiento lo buscamos en toda nuestra vida de relación. Ello es la esencia misma del “yo”: “mi” trabajo, “mi” naturaleza, “mi” deber, “mi” propiedad, “mis” relaciones. El proceso mismo de pensar, que es el resultado de todos los pensamientos e influencias del hombre, conduce al aislamiento. Comprender la soledad no es un acto burgués; no podéis comprenderla mientras en vosotros exista la pena de esa insuficiencia no descubierta que viene con la vacuidad, con la frustración. La “unitotalidad” no es aislamiento, no es lo opuesto de a soledad; es un estado del ser en que no existe ninguna experiencia ni conocimiento.

Pregunta: Ha estado usted hablando durante cierto número de años acerca de la transformación. ¿Sabe de alguien que se haya transformado en el sentido que usted da a la palabra?

Krishnamurti: ¿A qué responde vuestro cantar, a qué responde vuestra risa? ¿Reís, sonreís, a fin de convencer a alguien, de hacer a alguien feliz? Si tenéis una canción en vuestro corazón, cantáis. Lo mismo ocurre con mis pláticas. Es vuestra la responsabilidad de transformaros, no mía. Queréis saber si alguien se ha transformado. No lo sé. No he procurado ver quién se ha transformado y quién no lo ha hecho. Es vuestra la vida de dolor, de miserias, y yo no soy el juez. Vosotros mismos sois el Juez. Ni vosotros ni yo somos propagandistas. Hacer propaganda es decir una mentira; ver la verdad es cosa enteramente diferente. Si vosotros, que sois responsables de estas miserias, de este caos y corrupción, de estas guerras degradantes, no veis que sois responsables y que debéis transformaros a vosotros mismos para producir una revolución en el mundo, ello es asunto vuestro a menos que deseéis cambiar, no cambiaréis. No podéis ser cantores escuchando canciones; mas si tenéis una canción en vuestro corazón, no seréis repetidores.

Lo importante en esto es averiguar por qué escucháis tanto y tan a menudo, por qué venís y escucháis de todos modos. ¿Por que desperdiciéis vuestro tiempo si nada hacéis al respecto? ¿Por qué no estáis cambiados? Esta pregunta no os la hago yo a vosotros; vosotros deberíais hacérosla a vosotros mismos. Cuando veis tanta desdicha, tanta corrupción, no sólo en vuestra vida individual sino en vuestra convivencia social y en todo empello político, ¿qué hacéis al respecto? ¿Por qué no os interesa esto? Contentarse con leer el periódico no es una solución; evidentemente. ¿No es asunto vital el averiguar qué hacéis, y por qué? La mayoría de nosotros estamos embotados, somos insensibles a todo el proceso que se desarrolla en torno nuestro, aunque las cosas frente a nosotros reclaman acción. ¿Por qué estáis embotados, insensibles? ¿No es acaso por vuestro culto de la autoridad, política o religiosa? Habéis leído el Bhagavad Gita y muchos otros libros, pero no tenéis siquiera un pensamiento propio; y al hombre que puede repetir con voz agradable, que explica los textos una y otra vez, vosotros le rendís culto. La autoridad, pues, embota la mente; y la imitación o repetición torna la mente insensible, rígida. Por eso es que los “gurús” se multiplican, y los secuaces destruyen. Deseáis dirección, y el deseo de dirección es la erección de autoridad; y hallándoos en las redes de la autoridad, vuestra mente ‑que busca consuelo, satisfacción- tornase insensible, indolente. El cumplimiento de ritos o la constante lectura de un libro que llamáis “sagrado”, es lo mismo que embriagarse. ¿Qué haríais si no hubiera libros? Todo tendríais que pensarlo vosotros mismos; tendríais que indagar, averiguar, inquirir a cada instante para descubrir, para comprender lo nuevo. ¿No estáis ahora en esa situación? Todos los sistemas políticos y sociales han fracasado, aunque todo lo prometan; y sin embargo seguís leyendo libros religiosos y repitiendo lo que habéis leído, lo cual embota vuestra mente. Vuestra educación es mera acumulación de conocimientos aprendidos en los libros para pasar un examen o conseguir un empleo. De ese modo vosotros mismos habéis embotado vuestra mente, y vuestros conocimientos os han corrompido.

Vuestra transformación es, pues, vuestro propio problema. ¿Qué necesidad tenéis de averiguar quién se ha o no se ha transformado? Si dentro de vosotros tenéis belleza, no buscáis. Un hombre feliz no busca; el hombre desdichado es el que busca. La infelicidad no se resuelve con la búsqueda sino comprendiendo, vigilando todo gesto, viendo espontáneamente cada uno de vuestros pensamientos y sentimientos de modo que él revele su historia. Sólo entonces se descubre la verdad.

Pregunta: Nunca ha hablado usted del futuro. ¿Por qué? ¿Le tiene usted miedo?

Krishnamurti: ¿Cuál es la importancia del futuro en nuestra vida? ¿Por qué habría de tener importancia? ¿Qué entendemos por futuro? El mañana, el ideal, la sempiterna esperanza de la utopía, de lo que yo debería ser, el dechado en diferentes formas de una sociedad ideal, ¿es eso lo que entendéis por futuro? Vivimos de esperanza, y la esperanza es instrumento de nuestra muerte. Cuando esperáis, estáis muertos, porque la esperanza consiste en eludir el presente. No esperáis cuando sois felices. Es sólo cuando sois desdichados, cuando os veis frustrados, restringidos, cuando sufrís, cuando penáis, cuando sois prisioneros, que miráis hacia el futuro. Cuando estáis realmente gozosos, felices, el tiempo no existe. Vivimos con esperanza desde el nacimiento hasta la muerte porque somos infelices, desde el comienzo hasta el mismísimo fin; y la esperanza es la vía de escape, no la resolución de nuestro estado actual, que es de infelicidad. Miramos hacia el futuro como medio de evitar el presente, y el hombre que elude el presente yendo hacia el pasado o hacia el futuro, no vive. Él no conoce la vida tal como es vivida, sólo conoce la vida con relación al pasado o al futuro. La vida es dolorosa, tortuosa, por eso buscamos evadirnos de ello; y si se nos promete el cielo, somos perfectamente felices. Por eso es que el partido, de izquierda o de derecha, termina por vencer. Los partidos siempre prometen algo para mañana o para cinco años después, y ello nos seduce y le acordamos fe, y al final resultamos destruidos. Porque queremos esquivar el presente, si no podemos mirar hacia el futuro nos volvemos hacia el pasado los instructores del pasado, los libros del pasado, el conocimiento de lo que dijeron Sankara, Buda y otros. Vivimos, pues, en el pasado o en el futuro, y un hombre que vive en el pasado o en el futuro tiene efectivamente las respuestas de los muertos, pues todas esas respuestas son meras reacciones. De nada sirve, por lo tanto, hablar del pasado y del futuro, de recompensas y castigos. Lo importante es descubrir cómo vivir, cómo estar libre de miserias en el presente. La virtud no es para mañana. Un hombre que procura ser misericordioso mañana es un necio. La virtud no ha de ser cultivada; ella está en la comprensión de lo que es en el presente.

¿Cómo habéis de vivir en el presente sin la pena, sin el dolor del infortunio? El sufrimiento no ha de resolverse en términos de tiempo sino por la comprensión; sólo puede resolverse en el presente, y es por eso que yo no hablo del futuro. Surge una extraordinaria actividad y vitalidad cuando hay observación directa de lo que es; pero vosotros deseáis jugar con las cosas, y cuando jugáis con cosas serias os quemáis. Os veis arrastrados por esperanzas y recompensas, y el hombre que persigue la esperanza vive en la muerte.

Nuestro problema consiste en saber si el dolor puede terminar por el proceso del tiempo, que es la continuidad. El dolor no puede tener fin a través del tiempo, porque el proceso del tiempo es continuación del sufrimiento, y por lo tanto no resuelve el sufrimiento. El dolor puede terminar instantáneamente. la libertad no está al final sino al comienzo. Para comprender esto tiene que haber un comienzo de libertad: la libertad de ver lo falso como falso, la capacidad de ver las cosas como son, no en el tiempo sino ahora. Esto lo hacéis cuando estáis vitalmente interesados, cuando os halláis en una crisis. ¿Qué es una crisis, después de todo? Es una situación que reclama vuestra plena atención sin que os refugiéis en creencias. Cuando no hay solución, cuando no hay respuesta alguna de la mente, cuando la mente no tiene una respuesta ya hecha, ninguna conclusión, y sois incapaces de resolver el problema, entonces os halláis en una crisis. Pero por desgracia, mediante vuestro estudio de los libros y vuestro seguimiento de instructores, vuestra mente tiene una explicación para todo problema; por lo tanto nunca estáis en un momento de crisis. Hay un reto a cada minuto, y una crisis viene cuando la mente no tiene respuesta ya preparada. Cuando no podéis hallar una salida, consciente o inconscientemente, por medio de palabras o por medio de evasiones, entonces os halláis en una crisis. La muerte es una crisis, aunque podéis rodearla de explicaciones. Estáis en crisis cuando perdéis vuestro dinero, cuando miles quedan destruidos en un solo segundo. El terminar es la crisis; pero vosotros nunca termináis, siempre deseáis que las cosas continúen. Sólo cuando hay una crisis sin evasión ni escapatoria, y por lo tanto os enfrentáis con ella directamente, sólo entonces el problema se resuelve. La inquietud por el futuro es evadirse de la crisis; la esperanza es eludir lo que es. Para hacer frente a la crisis es preciso despojarse completamente del futuro y del pasado; es inútil, por consiguiente, hablar del futuro.

Pregunta: ¿Cuál, según usted, debiera ser la relación entre el individuo y el Estado?

Krishnamurti: ¿Deseáis un plan? Ahora habéis vuelto de nuevo a lo que debiera ser. La especulación es la cosa más fácil y ruinosa a que uno pueda entregarse. Cuidaos del hombre que os ofrece esperanza; no confiéis en él. Él os conducirá a la muerte; está interesado en su idea del futuro, en su concepción de lo que tendría que ser, no en vuestra vida.

¿Son el Estado y el individuo dos procesos diferentes? ¿No ejercen acción recíproca? ¿Cómo podéis vivir sin mí, sin los demás, y no es nuestra convivencia lo que forma la sociedad? Vosotros y yo, y los demás, somos un proceso unitario, no somos procesos separados. El “vosotros” implica el “yo” y el otro. Sois lo colectivo, no lo singular, si bien os agradaría consideraros singulares. Sois el resultado de todo lo colectivo, y el individuo nunca puede ser singular. Habéis hecho una pregunta equivocada porque habéis dividido al individuo del Estado. Sois resultado de un proceso total, de todas las influencias de lo colectivo; y aunque el resultado pueda llamarse a sí mismo individuo, él es un producto del proceso que se va desarrollando. La comprensión de este proceso ha de hallarse en la vida de relación, sea con lo singular o con lo colectivo; y esa comprensión, y la acción que de ella dimana, creará una nueva sociedad, un nuevo orden de cosas. Pero el pintar un cuadro de lo que debiera ser, dejándolo para los reformadores, los políticos o los llamados revolucionarios, es meramente buscar satisfacción en las ideas. Sólo puede haber revolución fundamental cuando hacéis frente a la crisis en forma directa, sin intervención de la mente.

Pregunta: Usted ha hablado de las relaciones que se basan en la utilización de otra persona para la propia gratificación, y a menudo ha insinuado un estado llamado “amor”. ¿Qué entiende usted por amor?

Krishnamurti: Sabemos qué es nuestra vida de relación: mutua utilización y gratificación, aunque la cubramos llamándola amor. En la utilización se ve con ternura y se protege aquello que uno utiliza. Protegemos nuestra frontera, nuestros libros, nuestra propiedad; análogamente tenemos cuidado en proteger a nuestra esposa, a nuestra familia, a nuestra sociedad, porque sin ellas estaríamos solitarios, perdidos. Sin el hijo, el padre se siente solo; lo que vosotros no sois, el niño será, y por eso el hijo se convierte en un instrumento de vuestra vanidad. Conocemos la relación de necesidad y de uso. Necesitamos al cartero y él nos necesita, y sin embargo no decimos que amamos al cartero. Pero si decimos que amamos a nuestra esposa e hijos, aun cuando los utilicemos para nuestra personal gratificación y estemos dispuestos a sacrificarlos por la vanidad de que se nos llame “patrióticos”. Conocemos muy bien este proceso; y es obvio que él no puede ser amor. El “amor” que utiliza, explota, y luego lo lamenta, no puede ser amor, porque el amor no es cosa de la mente.

Así pues, experimentemos y descubramos qué es el amor; descubramos no sólo verbalmente, sino “vivenciando” efectivamente ese estado. Cuando vosotros os servís de mí como “gurú” y yo os utilizo como discípulos, hay mutua explotación. De un modo análogo, cuando utilizáis vuestra esposa e hijos para vuestro propio apoyo y adelanto, hay explotación. Eso no es amor, por cierto. Cuando hay usufructo, tiene que haber posesión; la posesión invariablemente engendra temor, y con el temor vienen los celos, la envidia, las sospechas. Cuando hay aprovechamiento no puede haber amor, pues el amor no es cosa de la mente. Pensar en una persona no es amar a esa persona. Pensáis en una persona sólo cuando esa persona no está presente, cuando está muerta, cuando ha huido, o cuando no os da lo que deseáis. Entonces vuestra insuficiencia íntima pone en movimiento el proceso de la mente. Cuando esa persona está junto a vosotros, no pensáis en ella; pensar en ella cuando está junto a vosotros es estar perturbado, de suerte que, estando ella ahí, lo dais por admitido. El hábito es un medio de olvidar y de estar en paz, evitando el ser perturbado. El valerse de alguien, pues, invariablemente conduce a la invulnerabilidad; y eso no es amor.

¿Qué es ese estado en que no hay aprovechamiento? Este es un proceso de pensamiento como medio de encubrir, positiva o negativamente la insuficiencia íntima ¿no es así? ¿Qué es ese estado en que no hay sensación de satisfacción? El buscar satisfacción está en la naturaleza misma de la mente. El sexo es sensación creada, imaginada por la mente; y entonces la mente actúa o no actúa. La sensación es un proceso de pensamiento, el cual no es amor. Cuando la mente domina y el proceso del pensamiento es importante, no hay amor. Este proceso de utilizar, pensar, imaginar, retener, encerrar, rechazar, es todo humo; y cuando no hay humo surge la llama del amor. Algunas veces sí tenemos esa llama, rica, plena, completa; pero el humo vuelve porque no podemos vivir largo tiempo con la llama, la cual no tiene sentido de proximidad, sea de uno o de muchos, personal ni impersonal. La mayoría de nosotros ha conocido ocasionalmente el perfume del amor y su vulnerabilidad; pero el humo del aprovechamiento, del hábito, de los celos, de la posesión, el contrato y la ruptura del contrato ‑todo eso ha adquirido importancia para nosotros, y por lo tanto no existe la llama del amor. Cuando hay humo no hay llama; mas cuando comprendemos la verdad acerca del uso, del aprovechamiento, la llama está ahí. Utilizamos a otra persona porque somos íntimamente pobres, insuficientes, mezquinos pequeños, solitarios, y esperamos poder escapar utilizando a otro. Análogamente, utilizamos a Dios como un medio de escape. El amor de Dios no es el amor de la verdad. No podéis amar la verdad. Amar la verdad es tan sólo un medio de utilizarla para ganar alguna otra cosa que conocéis, y existe por lo tanto el temor personal de perder algo que conocéis.

Conoceréis el amor cuando la mente esté muy quieta, libre de su búsqueda de satisfacción y evasiones. Primero es preciso que la mente termine enteramente. La mente es resultado del pensamiento, y el pensamiento es un mero pasaje, un medio para un fin. Y cuando la vida es un mero pasaje hacia algo, ¿cómo puede haber amor? El amor surge cuando la mente está naturalmente quieta, no aquietada, cuando ella ve lo falso como falso y lo verdadero como verdadero. Cuando la mente está quieta, cualquier cosa que ocurra es la acción del amor, no es la acción del conocimiento. El conocimiento es mera experiencia, y la experiencia no es amor. La experiencia no puede conocer el amor. El amor adviene cuando comprendemos el proceso total de nosotros mismos, y la comprensión de nosotros mismos es el principio de la sabiduría.

5 de Febrero de 1950.

VII. 1ª CONFERENCIA EN BOMBAY

ESTO VA a ser bastante difícil, y espero que los que comprendan el inglés tendrán la paciencia de escuchar el “marathi”.

Debe ser evidente para la mayoría de nosotros que es preciso producir en el mundo una clase diferente de pensamiento y acción, y eso requiere muy cuidadosa observación de nosotros mismos, no un mero análisis, sino profunda penetración en las actividades de cada uno. Los problemas de nuestra diaria asistencia son muchos, y no tenemos los medios ni la capacidad de entendernos con ellos; y como nuestra vida es tan monótona, tan torpe y estúpida, tratamos de escapar a esos problemas, ya sea intelectualmente o por medio del misticismo. En el orden intelectual nos volvemos cínicos, sagaces y muy eruditos, o en el terreno místico procuramos desarrollar ciertos poderes o seguir a algún “gurú”, en la esperanza de embellecer nuestro corazón y dar más sabor a nuestra vida. O bien, viendo la monotonía de nuestra vida, y lo que implican nuestros problemas, y viendo que éstos están siempre en aumento, siempre multiplicándose, creemos que para producir un cambio fundamental no podemos actuar como individuos, sino que necesitamos actuar en masa, colectivamente. Pienso que es un gran error decir que nuestros problemas habrán de ser resueltos por la acción colectiva o de masas. Creemos que la acción individual es de muy poca importancia, y que ella no cabe cuando los problemas son tan vastos, tan complejos, tan apremiantes. Recurrimos, por lo tanto, a la acción colectiva o de masas. Pensamos que si vosotros y yo actuáramos individualmente, eso tendría muy poco efecto; por lo tanto, nos adherimos a los movimientos de las masas y tomamos parte en la acción colectiva. Pero si examinamos con mucha atención la acción colectiva, veremos que ella se basa realmente en vosotros y en mi. Parece que considerásemos la acción de masas como la única acción efectiva, porque ella puede producir un resultado; pero olvidamos que la acción individual es mucho más efectiva, puesto fundamental y radical, una revolución que no se base en una idea. La revolución que resulta de una idea no es una transformación fundamental sino la mera continuación de una idea o pauta modificada. Veamos, pues, si durante estas pláticas podemos establecer entre el orador y el auditorio una comunión que esté más allá de las meras palabras. Las palabras son necesarias para la comunicación, pero si sólo nos quedamos en ese nivel, ciertamente no hay comprensión. La comprensión surge cuando vamos más allá del nivel verbal; pero la mente altamente cultivado vive de palabras, sólo es capaz de examinar a través del tamiz de las palabras, y es obvio que ese examen no es comprensión; por el contrario, él conduce únicamente a mayores controversias y disputas.

¿No será, pues, posible que establezcamos una comunión real, no simplemente en el nivel verbal sino en un nivel más profundo, que valga más la pena? Es seguro que ello es posible; mas para hacer tal cosa, vosotros y yo tenemos que considerar nuestros problemas de un modo nuevo ‑siendo nuestros problemas los del vivir, los de la interrelación, los de la lucha entre hombre y hombre, entre grupos de gente- tenemos que examinarlos y abordarlos de nuevo, pues sólo entonces existe una posibilidad de producir un cambio fundamental en nuestra vida, y por lo tanto en la vida de la sociedad. Nuestro primer problema básico ‑¿no es así?- es un problema de interpelación; y esa interpelación se basa en la moralidad del pasado o del futuro, esto es, en preceptos tradicionales o en una idea de lo que debiera ser. Nuestra moralidad, sobre la cual nuestra acción se basa, es el resultado del pasado, de lo tradicional, o del futuro, que es el ideal; y cuando basamos nuestra acción en el futuro o en el pasado, es obvio que no hay acción alguna. Mientras vivamos de esperanzas no podremos actuar, porque, evidentemente, la esperanza es la respuesta de un reclamo futuro; y mientras basemos nuestra acción en una esperanza o en una utopía, o en el ideal de perfección, o en un plan de lo que debiera ser, no vivimos en el presente. Una idea es siempre del futuro o del pasado, y cuando la interrelación es considerada en términos de futuro o de pasado, naturalmente no es posible ninguna acción, pues la acción es inmediata, siempre en el presente, en el “ahora”.

Uno de nuestros enormes problemas ‑¿no es así?- es el de producir una revolución fundamental en el orden actualmente existente. Viendo la desproporción y la mala distribución, toda la estructura económica de ricos y pobres, el conflicto entre los que tienen y los que no tienen, etc., tratamos de resolver los problemas sociales y económicos mediante un plan, una idea, una norma. Existe la norma, el sistema de izquierda o de derecha, y estos sistemas se basan invariablemente en una idea. Es decir, la izquierda se pone a resolver el problema teniendo un nuevo sistema que está en conflicto con la derecha; y mientras estemos en conflicto acerca de ideas ‑en las que se basan todos los sistemas- es obvio que no habrá solución. Dicho en otros términos: están los problemas del hambre, del desempleo, de las guerras, y los abordamos teniendo ya en la mente cierto sistema definido para resolver cada uno de ellos. ¿Puede algún sistema, de izquierda o de derecha, resolver problema alguno? Pero aquellos que están comprometidos con la izquierda, o los que lo están con la derecha, consideran que tienen el sistema perfecto, final, absoluto, de suerte que ambos abordan el problema del hambre, de la desocupación y de las guerras, con una idea, con un prejuicio. El resultado es que los sistemas, las ideas, las creencias, están en conflicto unos con otros, y los problemas subsisten. Si vosotros y yo realmente deseamos resolver un problema, debemos por cierto examinar el problema directamente, sin el prejuicio o el tamiz de un sistema; pues es sólo cuando la mente está libre de sistemas, sean ellos de izquierda o de derecha, que nos es posible hacer frente al problema en sí.

Ahora bien, ¿es posible que haya acción sin idea? Esa es realmente la cuestión básica. Es obvio que la idea es una esperanza, que ella se basa en el futuro o en el pasado; ¿y es que podemos vivir sin esperanza? El vivir sin esperanza implica comprender el presente directamente, no en términos de pasado ni de futuro. Si escudriñamos nuestra propia mente y examinamos la base de nuestro pensamiento, veremos que pensamos en términos de lo ideal, de lo futuro, de la esperanza de llegar a ser algo, de alcanzar un nuevo estado. La esperanza conduce siempre a la muerte, y en ella no hay vida; pues la vida está en el presente, no en el futuro. La vida no está en el futuro ni en el pasado, sino en el proceso de vivir ahora. ¿No es posible, pues, examinar todos nuestros problemas de un modo nuevo, sean ellos los que fueren: económicos, individuales o colectivos? ¿No es posible considerarlos sin la pauta, la esperanza del futuro, y sin el prejuicio, el condicionamiento del pasado? Lo cierto es que todo reto es nuevo, pues de otro modo no es reto; y para hacer frente a ese reto nuestra mente debe ser fresca, nueva, no cargada de pasado ni con esperanza del futuro. ¿Y es posible que la mente haga frente a un problema sin el condicionamiento del pasado ni la evasión, la esperanza del futuro? Ello es posible ciertamente, cuando vosotros y yo, como individuos, somos capaces de comprender el problema ‑sea él lo que fuere, personal o colectivo- y de responder al reto de un modo adecuado, pleno y completo. Y es sólo cuando la mente no está cargada de conocimientos, de experiencia, que uno puede responder al reto adecuadamente, de un modo natural. Ello significa en realidad ‑¿no es así?- que la mente debe ser capaz de estar muy quieta; porque es sólo cuando no estamos en lucha, cuando no adelantamos una idea, cuando la mente está muy sosegada, que la comprensión llega. No sé si habéis notado eso en vuestra vida diaria. Cuando estáis agitados, inquietos por causa de un problema, es seguro que no lo comprendéis: pelo cuando la mente está muy tranquila, libre del pasado y del futuro, entonces ella es capaz de hacer frente al reto adecuadamente. Es la insuficiencia de nuestra respuesta al reto, lo que engendra el problema; y nuestra respuesta al reto tiene que ser inadecuada mientras nuestras acciones se basen en el pasado o en el futuro, en la tradición o en la esperanza. Por lo tanto, un hombre que quiera realmente comprender el problema de la existencia y así causar una revolución radical, debe estar libre del posado y del futuro, de la esperanza y de la tradición, de lo ideal y de lo que ha sido. Tal estado de la mente es creativo, y sólo la mente creativa puede comprender los problemas presentes, no la mente que se halla acribillada de ideas, que inventa planes y persigue ideales, ni la que se limita a copiar, a imitar; porque el reto siempre es nuevo. y si queremos comprenderlo debemos hacerle frente de un modo nuevo.

De suerte que la realidad, o como os agrade llamarle, es un estado del ser en el que la mente ya no oscila entre el pasado y el futuro sino que percibe y comprende de instante en instante lo que es. El pasado y el futuro no son lo que es. Lo que es, es lo nuevo, y no está relacionado con el pasado ni con el futuro, y para hacerle frente, la mente misma no debe estar atrapada en el vaivén del pasado y del futuro, la mente no debe ser un pasaje, un movimiento del pasado hacia el futuro. La comprensión de lo que es, es la realidad, y la realidad no es temporal; y una mente que es el producto del tiempo no puede comprender la realidad. La mente, pues, tiene que estar totalmente en silencio, no aquietada, no compelida, disciplinada ni controlada; y ella sólo está en silencio cuando comprende en su totalidad este proceso del devenir, este movimiento del tiempo desde el pasado hasta el porvenir a través del presente.

Varias preguntas han sido enviadas, y antes de contestarlas permítaseme sugerir que vosotros y yo tratemos juntos de hallar las respuestas justas. Es muy fácil hacer una pregunta y esperar una respuesta; es una simple treta de escolar. Pero se requiere una mente inteligente, exploradora, una mente libre de prejuicios, para emprender el viaje del descubrimiento. Al considerar pues, estas cuestiones, vamos a emprender un viaje juntos para encontrar la verdad, no una respuesta que convenga a vosotros o a mí. La verdad, a buen seguro, no es opinión ni depende del conocimiento; y donde hay conocimiento no está la verdad. La verdad no es resultado de la experiencia, pues la experiencia es memoria, y el limitarse a vivir en el recuerdo es negar la verdad. Para descubrir la verdad, la mente ha de ser libre, veloz y flexible. Tiene que haber, por lo tanto, ese arte de escuchar, de oír, que revela la verdad sin esfuerzo; porque es obvio que el esfuerzo es deseo, y donde hay deseo hay conflicto, y el conflicto nunca es creador. Al considerar, pues, estas preguntas, os ruego no esperar una respuesta porque no hay respuestas. La vida no tiene tales respuestas, como un “sí” o un “no”, pues es demasiado vasta, inconmensurable; y para sondear lo inconmensurable, la mente debe estar libre, en silencio. Nuestra búsqueda no es para hallar una opinión, una conclusión con sus admisiones y negaciones, sino para descubrir la respuesta justa, la verdad acerca de la cuestión. Si puedo insinuarlo, vosotros y yo habremos de ver si no podemos descubrir la verdad acerca del problema; porque es sólo la verdad que os libra del problema, no vuestra opinión o la mía por sabia y erudita que sea. El hombre de conocimientos, el hombre de opiniones, el hombre de experiencia, nunca hallará la verdad; pues la mente debe ser muy simple para encontrar la verdad, y la sencillez no se logra mediante la erudición.

Pregunta: Nuestra vida está vacía de todo verdadero impulso de bondad; y este vacío tratamos de llenarlo con la caridad organizada y la justicia compulsiva. El sexo es nuestra vida. ¿Puede usted arrojar alguna luz sobre este fastidioso tema?

Krishnamurti: Traduciendo esta pregunta, nuestro problema consiste ‑¿no es así?- en que nuestra vida es vacía y no conocemos amor alguno; conocemos sensaciones, publicidad, exigencias sexuales, pero no hay amor. ¿Y cómo ha de transformarse esta vacuidad, cómo habrá uno de encontrar aquella llama sin humo? Esa es por cierto la cuestión, ¿no es así? Busquemos juntos, pues, la verdad en este asunto.

¿Por qué nuestra vida es vacía? Aunque seamos muy activos, aunque escribamos libros y vayamos a los cines, aunque juguemos, amemos y vayamos a la oficina, nuestra vida es vacía, aburrida, mera rutina. ¿Por qué nuestra vida de relación es tan vana, tan vacía y sin mucha significación? Conocemos nuestra propia vida bastante bien para darnos cuenta de que nuestra existencia tiene muy escaso sentido. Citamos frases e ideas que hemos aprendido: lo que fulano ha dicho, lo que han dicho el “mahatma”, los santos novísimos o los santos antiguos. Si no es a un jefe religioso, es a un líder político o intelectual que seguimos, ya se trate de Marx, de Adler o de Cristo. Somos discos de fonógrafo que repiten, nada más; y a esa repetición le llamamos “conocimiento”. Aprendemos, repetimos, y nuestra vida sigue siendo completamente vana, aburrida, fea. ¿Por qué? ¿Por qué es ella así? Si vosotros y yo nos hacemos a nosotros mismos esa pregunta, ¿no hallaremos acaso la respuesta? ¿Por qué es que hemos atribuido tanta significación a las cosas de la mente? ¿Por qué la mente ‑que son las ideas, el pensamiento, la capacidad de concebir racionalmente, de pesar, de equilibrar, de calcular- ha llegado a ser tan importante en nuestra vida? ¿Por qué hemos acordado tan extraordinaria significación a la mente? ‑lo cual no quiere decir que debamos volvernos emotivos, sentimentales y efusivos. Conocemos esta vacuidad, conocemos esta extraordinaria sensación de frustración; ¿y por qué hay en nuestra vida esta enorme superficialidad, este sentimiento de negación? Sólo podemos comprenderlo, por cierto, cuando lo abordamos mediante la alerta percepción en la convivencia.

¿Qué es lo que realmente ocurre en nuestras relaciones? ¿No son nuestras relaciones un autoaislamiento? ¿No es toda actividad de la mente un proceso de protección, de búsqueda de seguridad, de aislamiento? ¿Ese mismo pensar que llamamos colectivo no es un proceso de aislamiento? ¿No es toda acción de nuestra vida un proceso de autoencierro? Vosotros mismos podéis verlo en nuestra vida diaria ¿no es así? La familia ha llegado a ser un proceso de autoaislamiento; y, siendo aislada, ella tiene que existir en la oposición. De suerte que todos nuestros actos nos llevan al autoaislamiento, lo cual crea esta sensación de vacuidad; y siendo vacíos, procedemos a llenar la vacuidad con la radio, con ruido, con charla, con murmuración, con lectura, con la adquisición de conocimientos, con respetabilidad, dinero, posición social y así sucesivamente. Pero todo eso es parte del proceso aislador, y por lo tanto no hace otra cosa que reforzar el aislamiento. Para la mayoría de nosotros, pues, la vida es un proceso de aislamiento, de repulsa, de resistencia, de adaptación a una pauta; y es natural que en ese proceso no haya vida, y que haya, por consiguiente, una sensación de vacío, de frustración. Lo cierto es que amar a alguien es estar en comunión con esa persona, no en un nivel determinado sino completamente, integralmente, profusamente; pero ese amor no lo conocemos. Sólo conocemos el amor como sensación: mis hijos, mi esposa, mi propiedad, mis conocimientos, mi obra; y eso, nuevamente es un proceso de aislamiento, ¿verdad? Nuestra vida conduce en todo sentido a la exclusión; es un impulso de pensamiento y sentimiento que nos encierra en nosotros mismos, y ocasionalmente hay comunión de unos con otros. Por eso es que existe este enorme problema.

Así pues, este es el estado actual de nuestra vida: respetabilidad, posesión y vacuidad. Y surge la pregunta de cómo hemos de ir más allá. ¿Cómo hemos de superar esta soledad, esta vacuidad, esta insuficiencia, esta intima pobreza? No creo que la mayoría de nosotros lo desee. Casi todos estamos satisfechos tal como somos. Como es demasiado tedioso descubrir una cosa nueva, preferimos permanecer tal cual somos; y esa es la verdadera dificultad. Tenemos muchas seguridades, hemos erigido en torno nuestro unos muros con los que estamos satisfechos; y ocasionalmente hay un murmullo más allá del muro, prodúcese un terremoto, una revolución, una perturbación que no tardamos en sofocar. De suerte que la mayoría de nosotros no desea realmente ir más allá del proceso de autoencierro; y todo lo que buscamos es una substitución, la misma cosa en una forma diferente. Nuestro descontento es muy superficial; deseamos una cosa nueva que nos satisfaga, una nuera seguridad. Un nuevo modo de protegernos a nosotros mismos, lo cual, una vez más, es el proceso de aislamiento. Lo que en realidad buscamos no es ir más allá del aislamiento, sino fortalecer el aislamiento para que sea permanente e imperturbable. Sólo son muy pocos los que desean abrirse paso para ver que hay más allá de eso que llamamos vacuidad, soledad. Aquellos que buscan una substitución de lo viejo quedarán satisfechos al descubrir algo que ofrezca una nueva seguridad; pero es obvio que hay algunos que desearán ir más allá de eso. Prosigamos, pues, con ellos.

Ahora bien, para superar la soledad, la vacuidad, hay que comprender todo el proceso de la mente, ¿no es así? ¿Qué es esa cosa que llamamos soledad, vacuidad? ¿Cómo sabemos que es vacía, que es solitaria? ¿Por cuál medida decís que es “esto” y no “aquellos”? ¿Comprendéis el problema? Cuando decía que es solitaria, que es vacía, ¿cuál es la medida? ¿Cómo sabéis que es vacía? Sólo podéis saberlo conforme a la medición de lo viejo. Decís que es vacía, le dais un nombre, y creéis haberlo comprendido. ¿El hecho mismo de nombrar la cosa no es un estorbo para su comprensión? Observad, señores, que la mayoría de nosotros sabe qué es esa soledad ‑¿no es así?- esa soledad a la que tratamos de escapar. Casi todos nos damos cuenta de esa pobreza interior, de esa íntima insuficiencia. No es una reacción abortiva, es un hecho, y no por aplicarle algún nombre, podemos resolverla; ella está ahí. ¿Y cómo conocemos su contenido, cómo conocemos su naturaleza? ¿Conocéis algo por el hecho de darle un nombre? ¿Me conocéis a mí porque me llamáis por un nombre? Sólo podéis conocerme cuando me observáis, cuando estáis en comunión conmigo; pero es obvio que el llamarme por un nombre, el decir que soy esto o aquello, pone fin a la comunión conmigo. Análogamente, para conocer la naturaleza de esa cosa que llamamos soledad, tiene que haber comunión con ella; y la comunión no es posible si la nombráis. Para comprender algo, primero hay que dejar de nombrarlo. Si es que deseáis comprender a vuestro niño, cosa que dudo, ¿qué hacéis? Lo miráis, lo vigiláis mientras juega, lo observáis lo estudiáis, ¿no es cierto? En otra palabras, amáis aquello que queréis comprender. Cuando amáis algo, es natural que tengáis comunión con ello; pero el amor no es una palabra, un nombre, un pensamiento. No podéis amar eso que llamáis “soledad” porque no os dais plena cuenta de ella, la abordáis con miedo ‑no con miedo de ella sino de alguna otra cosa. No habéis pensado acerca de la soledad porque realmente no sabéis qué es. No sonriáis, señores, que esto no es un hábil argumento. “Vivenciad” la cosa mientras hablamos, y entonces veréis su significación.

Esa cosa, pues, que vosotros llamas vacuidad, es un proceso de aislamiento que es el producto de la diaria interrelación; porque, en la interpelación, consciente o inconscientemente buscamos exclusión. Deseáis ser propietarios exclusivos de vuestros bienes, de vuestra esposa o esposo, de vuestros hijos; deseáis nombrar la cosa o la persona como “mía”, lo cual, evidentemente, significa adquisición exclusiva. Este proceso de exclusión debe inevitablemente conducir a una sensación de aislamiento, y como nada puede vivir en el aislamiento, hay conflicto; y es de ese conflicto que tratamos de escapar. Todas las formas de escape que nos sea posible concebir las actividades sociales, la bebida, la búsqueda de Dios, el “puja”, la práctica de ceremonias, el baile y otras diversiones, se hallan en el mismo nivel; y si en la vida diaria vemos este proceso total de evasión del conflicto y deseamos superarlo, debemos comprender la interrelación. Sólo cuando la mente no se evade en forma alguna, es posible estar en comunión con esa cosa que llamamos soledad, el estar solos; y para que haya comunión con esa cosa, tiene que haber afecto, amor. En otros términos, para comprender la cosa debéis amarla. El amor es la única revolución; y el amor no es una teoría ni una idea, ni sigue ningún libro ni es pauta alguna de conducta social. De suerte que la solución del problema no ha de hallarse en teorías, que sólo causan mayor aislamiento; ha de hallarse tan sólo cuando la mente ‑que es pensamiento- no busca escapar a la soledad. El escape es un proceso de aislamiento, y la verdad en este asunto es que sólo puede haber comunión cuando hay amor; y es solamente entonces que el problema de la soledad se resuelve.

Pregunta: La India tiene una antigua tradición de vida sencilla y pocas necesidades. Actualmente, sin embargo, millones se hallan en las garras de la pobreza y privaciones involuntarias, mientras en el otro extremo de la escala esta tierra está dominada por las clases ricas y superiores que ya practican un modo de vida europeo. ¿Cómo se puede descubrir nuestra justa relación con las posesiones y comodidades?

Krishnamurti: Señor, ¿qué entiende usted por sencillez? ¿No es importante averiguar primero qué es la sencillez de vida? Tener poca ropa, un par de taparrabos, ¿es eso vida sencilla? ¿Es vida sencilla el tener pocas necesidades y satisfacerse con una sola comida diaria? La exhibición externa de sencillez ‑¿es eso ser sencillo? ¿O es que la sencillez debe empezar en un nivel del todo diferente, no en la periferia sino en el centro? Averigüemos, pues, qué entendemos por sencillez

Una mente compleja, que lucha por desarrollar virtudes; que busca el poder tratando de seguir un ideal, de no ser violenta, de disciplinarse, de adaptarse a algo, de aspirar a algo, de esforzarse a sí misma con el fin de llegar a ser algo ‑¿es sencilla una mente así? Es obvio que no. Pero deseamos la apariencia externa de sencillez porque resulta muy provechosa; eso es lo tradicional, es el ideal. Una mente que persigue el ideal no es una mente sencilla, es una mente “escapista”. Una mente en conflicto, una mente que se adapta a un dechado, sea éste lo que fuere, no es una mente sencilla; pero donde hay sencillez en el centro, habrá también sencillez en la periferia.

Ahora el interlocutor desea saber cómo ha de descubrir la justa relación con las posesiones y comodidades. Si nos valemos de las posesiones para la satisfacción psicológica, entonces resulta obvio que las posesiones conducen a la complejidad. Usamos las cosas, las posesiones, no simplemente por ser necesarias sino para satisfacer una necesidad psicológica, ¿no es así? Esto es, la propiedad se convierte en un medio de autoengrandecimiento. La mayoría de nosotros busca títulos, posición, bienes, tierras virtudes, reconocimiento; y todo eso implica -¿no es así?- una necesidad psicológica, una íntima exigencia de ser algo. Cuando nuestra relación con la propiedad se basa en una necesidad psicológica, es obvio que no podemos llevar una vida sencilla y por lo tanto tiene que haber conflicto, lo cual resulta clarísimo. Esto es, cuando me valgo de los bienes, de las personas o de las ideas como instrumento de mi satisfacción psicológica, tengo que poseer; sea lo que fuere, es “mío”. Por consiguiente debo protegerlo, debo luchar por ello; y de ahí arranca el conflicto.

Es, pues, importante ‑¿verdad?- que comprendamos nuestra relación con la propiedad, pero, evidentemente, no podéis comprender esa relación si la abordáis por medio de alguna norma determinada. La comprensión no es según plan alguno, sea él comunista o socialista, de derecha o de izquierda. Mientras utilicemos la propiedad como medio de autoengrandecimiento, tiene que haber conflicto, tiene que haber una sociedad basada en la violencia. No es meramente un problema económico, sino mucho más un problema psicológico; y los economistas que tratan de resolverlo en el nivel económico fracasarán siempre porque su significación es mucho más profunda. ¿No usáis la propiedad, las comodidades, el poder, como medio de autoengrandecimiento? Saber que tenéis tal suma de dinero en el banco, que poseéis un título, una finca ‑¿no os confiere importancia, una sensación de poder? Si no es la propiedad lo que perseguís, entonces deseáis ser funcionarios, burócratas, comisarios, embajadores, y Dios sabe qué otra cosa; y de ello deriváis una sensación de satisfacción, la sensación de que sois alguien.

En el autoengrandecimiento basamos, pues nuestras relaciones; y mientras utilicemos personas, ideas y cosas para nuestro autoengrandecimiento, tiene que haber violencia. El problema no puede ser resuelto mediante ninguna norma de acción económica o social; requiere, en cambio, comprensión de todo nuestro ser psicológico. Es preciso que haya, por consiguiente, una revolución interior y no tan sólo una revolución en lo externo. Es muy difícil ser como la nada, no reclamar ser algo, porque la mayoría de nosotros queremos lograr éxito, corremos todos tras el éxito en una forma u otra, ¿no es así? En el mundo social o en d de los negocios, en la política, como escritores, como poetas, deseamos reconocimiento, queremos el éxito en alguna forma; de suerte que el problema es en realidad mucho más interior y psicológico que externo y objetivo. Mientras basemos nuestras relaciones en la propiedad, tiene que existir esta espantosa división de los que tienen y los que no tienen, de los ricos y los pobres; y procuramos abolir esa división mediante la revolución basada en una idea, la cual es una norma de acción externa que determina cómo los individuos habrán de conducirse en la sociedad, sin una transformación fundamental y radical en el centro, o sea en la psiquis. Es por eso que una revolución que sólo substituye una norma por otra no es en absoluto una revolución. Creemos que habiendo una revolución externa podremos hacer surgir un mundo nuevo, basado en lo que debiera ser. Por el contrario, la revolución sólo puede ser en el centro, en la psiquis, y entonces ella producirá una verdadera revolución externa; pero, hagáis lo que hiciereis, la mera revolución externa jamás podrá producir una revolución interior.

Nuestro problema, pues, no es cómo producir una nueva pauta o una nueva substitución, sino cómo despertar la revolución radical en nosotros mismos. Ese es el problema real; porque lo que vosotros sois, eso es el mundo. Vuestro problema es el problemas del mundo. Vosotros no estáis separados del mundo; vosotros y el mundo sois un proceso integrado, y sin vosotros no hay mundo. A menos, pues, que haya una revolución en el centro, la revolución en lo externo tiene muy poco sentido. La mayoría de nosotros no quiere cambiar, o sólo queremos cambiar superficialmente mientras mantenemos ciertas cosas tal como están en relación con nuestros reclamos psicológicos; pero es sólo una revolución interior radical lo que transformará el mundo. Ella debe empezar por vosotros como individuos, y nada podéis esperar de la masa; pues son únicamente los individuos, no la masa, quienes pueden traer transformación. Vosotros y yo, por lo tanto, debemos transformarnos radicalmente; y en ello hay tremenda belleza, en ello hay pensamiento creador. Un hombre que es feliz, que ama, que no desea posesiones, no es seducido por el éxito, por el poder, por la posición ni por la autoridad. Son los desdichados, los afligidos, quienes buscan el poder y el éxito como una evasión de su propia insuficiencia. El descontento superficial conduce tan sólo a la satisfacción y a más descontentó; y como la mayoría de nosotros estamos sólo superficialmente descontentos, no deseamos vernos libres del descontento. Estar libre del descontento es producir una fundamental revolución. El contento, que no es lo opuesto del descontento, es ese estado en el que hay comprensión de lo que es; y la comprensión de lo que es no es cuestión de tiempo, no está en el movimiento del pasado al futuro. La mente sólo puede ser libre cuando es simple, pura, y sólo una mente así puede estar contenta. Sólo la mente libre puede establecer justas relaciones con la propiedad. Vosotros diréis: “Eso llevará un tiempo muy largo, porque son sólo unos pocos los que pueden hacerlo. Mientras tanto el mundo se hace pedazos, y por consiguiente debemos organizarnos colectivamente”. Ese es un argumento demasiado fácil y especioso. En realidad, aun cuando os organicéis para producir una revolución colectiva, eso también llevará tiempo; ¿y cómo sabéis que poseéis la clave del futuro? ¿Qué es lo que os confiere autoridad y la certeza de que por vuestra particular revolución habréis de crear una maravillosa utopía?

Lo cierto, entonces, es que resulta realmente importante considerar el problema, no en un particular nivel sino profundamente, íntimamente y con un enfoque integrado, pues sólo en eso hay una solución. No podéis ser integrados si abordáis el problema con sentido alguno de resistencia, mediante forma alguna de compulsión o conformidad. Lo que produce integración, por lo tanto, es el amor; mas para amar el problema no podéis imponerle ninguna teoría ni disciplina en particular. Si realmente queréis resolver este problema de la justa relación con la propiedad, debéis ser capaces de comprender la estructura total de vuestro ser. Pero, bien lo veis, vosotros deseáis prontos resultados, queréis una inmediata respuesta, una fácil solución a este problema; y nadie en el mundo puede dárosla. Para un problema muy complejo no hay solución inmediata. Lo inmediato está en la respuesta del individuo, no en la solución del problema. Podéis cambiar inmediatamente si así lo deseáis, pero no lo deseáis. Es cuando pasáis por una crisis que tenéis que cambiar. Una crisis significa que abordáis el problema de manera extraordinariamente completa; de otro modo no es una crisis. Pero vosotros no queréis crisis en vuestra vida; por eso tenéis abogados, por eso tenéis sacerdotes, por eso tenéis revolucionarios oficiales. Evitáis la crisis; mas cuando topéis con ella, entonces encontraréis la verdadera respuesta.

Pregunta: ¿Qué es el conocimiento de uno mismo? El enfoque tradicional del conocimiento propio es el conocimiento del “Atman” como distinto del “ego”. ¿Eso es lo que usted entiende por conocimiento propio?

Krishnamurti: Bueno, señores, vosotros sois todos muy leídos ¿no es así? Habéis leído todos los libros religiosos, y es por eso que sabéis acerca del “Atman”; de otra manera, nada sabéis al respecto. Lo habéis leído en los libros y la idea os agrada de modo que la aceptáis; mas realmente no sabéis si ello existe o no existe. Deseáis permanencia, y el “Atman” la garantiza. Suponiendo ahora que no hubierais leído un solo libro religioso acerca del “Atman”, del “Superatman” y de todo lo demás, ¿qué haríais? Podríais inventar; pero si no tuvieseis ningún conocimiento previo, ¿cuál sería vuestro enfoque? Y éste es mi enfoque: yo no he leído un solo libro religioso o psicológico, porque no los necesito. No es que yo sea engreído; mas como todo el asunto está dentro de vosotros, podéis descubrirlo por vosotros mismos ‑pero no buscándolo afuera. De otro modo, ¿cómo sabéis que Sankaracharya, Buda o la autoridad más reciente, no están equivocados?

Para descubrir, pues, la verdad, es preciso que haya libertad; libertad no al final sino al comienzo mismo. La libertad no está al final, la liberación no es un producto final; ella tiene que estar al comienzo, pues de otro modo no podéis descubrir. Tiene por tanto que haber libertad, libertad del pasado; y eso es lo que vosotros y yo vamos a averiguar. Deseáis saber qué es el conocimiento de uno mismo. No lo es del “ego” ni del “Atman”; vosotros no sabéis lo que eso significa. Todo lo que sabéis es que estáis aquí, entes en relación unos con otros, con vuestra esposa e hijos, con el mundo; eso es todo lo que sabéis. Ese es el hecho efectivo. Que el “Atman” exista o no, es mera teoría, especulación, y la especulación es una pérdida de tiempo; es para los indolentes, los irreflexivos.

Ahora bien, ¿qué soy yo? Eso es todo lo que importa: ¿qué soy yo? Voy a averiguar qué soy yo; voy a ver hasta dónde puedo ir en esa dirección y descubrir adónde conduce. Porque el hecho es ese ‑no el “Atman”, ni el “ego”, ni lo supersupremo. Yo no pienso en esas cosas, aun cuando Buda, Cristo y todo el mundo haya hablado de ellas. Lo que puedo conocer es mi relación con los bienes, con las personas, con las ideas. De suerte que el principio del conocimiento propio está en la comprensión de la interrelación, y esa interrelación funciona en todos los niveles, no en un particular nivel solamente. Tengo que descubrir cuál es mi relación con mi esposa, con mis hijos, con la propiedad, con la sociedad, con las ideas. La interrelación es el espejo en el que me veo a mí mismo tal cual soy, y el verme a mí mismo tal cual soy es el comienzo de la sabiduría. La sabiduría no es algo que podáis comprar en libros ni adquirir de un “gurú” al que recurrís; eso es mera información, y la sabiduría no es información. La sabiduría es el principio del conocimiento propio, y esa sabiduría viene cuando comprendéis la interrelación.

Así pues, para comprender la interrelación, para ver muy claramente en la interrelación el hecho de lo que sois, no debe haber condenación ni justificación; debéis considerar el hecho con libertad. ¿Cómo podéis comprender algo si lo condenáis, o si deseáis que sea otra cosa que lo que es? Mediante vuestra comprensión de la interrelación surge de instante en instante el descubrimiento de las modalidades de vuestro pensar, de vuestra estructura mental; y mientras la mente no comprenda su proceso total, tanto lo consciente como lo inconsciente, no puede haber libertad. A través, pues, de la interrelación, de los diarios contactos, de la acción cotidiana, llegáis a un punto en que veis que el pensador no es diferente del pensamiento. Cuando decís que el “Atman” es diferente del “ego”, ello sigue estando en el campo del pensamiento; y sin comprender el proceso, el funcionamiento del pensamiento, es totalmente inútil hablar de la realidad y del “Atman”, porque ellos no tienen existencia y son simplemente los prejuicios del pensamiento. Lo que tenemos que hacer es comprender el proceso de pensar, y eso sólo puede comprenderse en la interrelación. El conocimiento propio empieza con la comprensión de la interrelación, lo cual discutiremos después.

Está luego la cuestión del pensador y el pensamiento, el experimentador y lo experimentado, con la cual estamos familiarizados. ¿Hay un pensador como ente separado del pensamiento? No hay, por cierto, ente separado; sólo hay pensamiento, y es el pensamiento que ha creado esta entidad separada que se llama “el pensador”. El pensamiento es la respuesta de la memoria, tanto consciente como inconsciente, oculta como manifiesta; el recuerdo es experiencia, y la experiencia es respuesta a un reto, la cual llega a ser lo experimentado. Ese es el proceso total de nuestra conciencia, ¿verdad? Está el recuerdo, luego la experiencia ‑que es la respuesta al reto- y luego el proceso de nombrar, el cual cultiva más aún la memoria. La memoria, en la vida de relación, responde como pensamiento; y todo este proceso de pensamiento, este ciclo de recuerdo, reto, respuesta, experiencia y nominación ‑que se convierte en nuevo recuerdo- es lo que llamamos conciencia. Eso es todo lo que soy, eso es todo lo que sé. Veo, pues, que mi mente funciona en el ámbito del tiempo; dentro del campo de lo conocido; ¿y acaso puede funcionar más allí; de ese ámbito? Ahora veo el proceso total de mi pensar, que me conduce a esta pregunta: ¿puede la mente ir más allá del pensamiento, que es el resultado de lo conocido? Es obvio que no; porque cuando el pensamiento trata de ir más allá, persigue su propia proyección. El pensamiento no puede “vivencias” lo desconocido; sólo puede “vivenciar” aquello que ha proyectado, o sea lo conocido. El pensamiento es la mente, la cual es el resultado del tiempo, del pasado; y yo quiero saber si la mente puede ir más allá de sí misma. Es obvio que no puede, porque el “más allá” es lo desconocido, no pertenece al tiempo. La mente, pues, debe cesar, lo cual significa que la mente debe estar en silencio, meditativa. La meditación no es el devenir de algo, sino la comprensión de todo el proceso de la interrelación, o sea el conocimiento propio. Sólo cuando la mente está en silencio, no compelida al silencio, hay una posibilidad de “vivenciar’ lo desconocido.

¿Puede, pues, la mente, que es el resultado de la experiencia, la cual es memoria ‑puede una mente así “vivenciar” lo desconocido? ¿Comprendéis el problema? ¿Puede la mente; o sea la memoria, el producto del tiempo, “vivenciar” lo atemporal? Es función de la mente el recordar; ¿y la verdad es asunto de experiencia y recordación? Todo esto lo discutiremos más ampliamente a medida que prosigamos. Escuchad simplemente, empero, lo que se está diciendo; acompañadlo, jugad con ello y no le resistáis. La cuestión es esta: la mente es el resultado del tiempo, siendo el tiempo memoria, y la memoria dice “he experimentado, o no he experimentado”. ¿Es la verdad, lo inconmensurable, asunto de experiencia, o sea algo para ser recordado? Si recordáis algo, ello es ya conocido, ¿no es así? ¿No es, pues, posible “vivenciar” algo que no sea en términos de tiempo? Ello significa “vivenciar” en el sentido de ver la verdad de instante en instante. Si recuerdo la verdad, ello ya no es la verdad; porque, el recuerdo es asunto de tiempo, de continuidad, y la verdad no es del tiempo, la verdad no es una continuidad. La verdad del Buda no es la verdad que hoy descubrís. La verdad nunca es la misma, no tiene continuidad; ella es sólo de instante en instante y no puede ser recordada. Sólo hay verdad cuando la mente está completamente en silencio. La verdad no es algo que se haya de buscar, experimentar, retener y adorar. Sólo puede haber vivencia de lo atemporal cuando la mente está libre de todo condicionamiento. El conocimiento propio es, pues, la comprensión del condicionamiento.

Lo importante es comprender el proceso total de la mente. Después lo discutiremos; pero habremos de ver que la verdad no es algo para ser recordado. Aquello que es recordado pertenece al tiempo, es una cosa del pasado, y la verdad nunca puede ser del pasado ni del futuro; la verdad sólo pude estar en el presente en ese estado en el cual el tiempo no existe. El tiempo es el proceso de la mente, la mente es pensamiento, y el pensamiento es la respuesta de la memoria. La memoria es la experiencia del reto y la respuesta, y es porque la respuesta no es adecuada, que engendra el problema en la vida de relación. De suerte que la comprensión del proceso total del “yo” consiste en comprender la interrelación en la vida diaria; y esa comprensión libera a la mente del tiempo. Así la mente es capaz de “vivenciar” la realidad de instante en instante, lo cual no es un proceso de recordación y ya no puede definirse como “experiencia”: es un estado del todo diferente. Ese estado del ser es bienaventuranza; no es algo que aprendáis en los libros, y repitáis como discos de fonógrafo. Un hombre así es feliz; él no repite, y para él la vida no tiene problemas. Es sólo la mente que crea los problemas.

12 de Febrero de 1950.

VIII. 2ª CONFERENCIA EN BOMBAY

CUANDO hay tanta confusión y contradicción, no sólo en nuestra propia vida sino también entre los especialistas y los eruditos, la acción se vuelve en extremo difícil; y el saber qué hacer, el hallar un recto modo de conducta, una recta manera de vivir, resulta arriesgado e incierto. Actualmente esta confusión está en aumento, no sólo en nosotros mismos sino también en torno nuestro; y es preciso que encontremos ‑¿no es así?- una manera de actuar que no traiga más conflicto, más miserias, más lucha y destrucción. Vernos que todo lo que afirman los expertos, los dirigentes políticos y las autoridades religiosas, sólo conduce a más miserias, a mayor caos, a más confusión. Así, pues, el problema de la acción ‑no sólo individual sino también colectiva- es muy importante; y el descubrir cómo vivir es mucho más significativo que el seguir simplemente cierta norma de acción.

Ahora bien, es obvio que para actuar debe haber verdadera individualidad. Pero si bien tenemos cuerpos separados, de hecho no somos individuos en absoluto; psicológicamente no estamos separados. No somos individuos en el verdadero sentido de la palabra, sino compuestos de muchas capas de memoria, de tradición, conflicto y pautas,- a la vez conscientes e inconscientes; y esa es toda la estructura de nuestro ser. De suerte que si examinamos al individuo con atención, veremos que no hay realmente ninguna individualidad, no hay ninguna “unicidad”. Después de todo, por individualidad entendemos la cualidad de “unicidad”, la cualidad de “creatividad”, la cualidad de “unitotalidad” que es creadora. Señores: la acción que no contribuye a aumentar las miserias, el caos y la destrucción, sólo es posible cuando hay verdadera individualidad; y la individualidad es posible tan sólo cuando comprendemos todo este proceso de la conformidad y la imitación. Para la mayoría de nosotros, el vivir es mera búsqueda de une pauta: la pauta que ha sido o la pauta que será. Si examinamos nuestra conducta diaria, nuestra diaria manera de pensar, veremos que el proceso de nuestra acción es una imitación continua, una mera copia. Todo lo que sabemos y todo lo que hemos adquirido se basa en la imitación. Es porque somos imitativos, copiadores, que no somos para nada individuos. Citamos lo que Fulano ha dicho, lo que Sankaracharya, Buda o Cristo ha dicho, porque ha llegado a ser norma de nuestra existencia el no descubrir jamás verdad por nosotros mismos, sino repetir lo que algún otro ha descubierto, lo que algún otro ha experimentado. Cuando utilizamos la experiencia ajena, por verdadera que sea, como modelo para nuestra acción, entonces nuestra acción se basa realmente en la imitación, y esa acción es una mentira. Tenga a bien sentarse, señor. Estas reuniones no están destinadas a los que no son serios. Esta no es una conferencia política ni un espectáculo público en que podáis mostrar vuestros rostros o haceros fotografiar. (Risas). Esto no lo haríais en un templo religioso, ¿verdad? Estamos tratando de la vida, no de la mera exterioridad de las cosas; y para comprender la vida debemos comprender este completo proceso del vivir que somos nosotros. Para comprendernos a nosotros mismos debemos comprender todo el contenido de la mente consciente e inconsciente; y si vosotros no prestáis sino escasa atención a lo que se está diciendo, me temo que no colijáis su plena significación.

La acción, pues, que se basa en la imitación, en la copia, en la adaptación, en el seguimiento de una norma, debe inevitablemente conducir a la confusión; y eso es realmente lo que ocurre en el mundo hoy en día. ¿Por qué es que nos adaptamos, por qué imitamos, copiamos, citamos autoridades, nos adherimos a la sanción de lo que ha sido o de lo que serás ¿Por qué es que no podemos descubrir cómo vivir directamente por nosotros mismos, en vez de imitar a alguien? ¿No es porque la mayoría de nosotros tiene miedo de estar sin seguridad? La mayoría deseamos un estado que llamamos “paz”, pero que en realidad es un estado en el que uno no quiere ser perturbado. La mayoría no somos aventurados, y por eso es que sólo vivimos imitando y que la imitación nos satisface. Sólo cuando nos abrimos paso, cuando comprendemos el proceso de la imitación, hay una posibilidad de acción individual, que es creación.

Especialmente en estos tiempos en que tanta confusión reina en el mundo, en que hay tantas autoridades, tantos “gurús”, tantos líderes, cada uno de los cuales afirma y niega, y da una nueva pauta para la acción, ¿no es acaso importante descubrir qué es la acción independiente de la pauta, independiente de la imitación? Y eso podéis descubrirlo tan sólo cuando comprendéis el proceso y la significación de la imitación ‑no sólo la imitación de un ejemplo externo, sino la imitación y la adaptación producida por la autoridad de vuestra propia experiencia. Surge la autoridad ‑¿no es así?- cuando deseáis estar en seguridad; y cuanto más deseáis seguridad, menos la tendréis, cosa que muestran estas guerras sin fin. Cada grupo compuesto de los así llamados “individuos” quiere estar en seguridad; cada cual, pues, crea un sistema, una norma de seguridad basada en su propia autoridad, la cual se halla en conflicto con la autoridad de otros. De suerte que, mientras busquéis seguridad en cualquier forma, psicológica o física, tendrá que haber conflicto, tendrá que haber destrucción. El deseo de seguridad implica conformidad; y es tan sólo cuando la mente está realmente insegura, completamente incierta, cuando no tiene autoridad alguna, ni externa ni interior, cuando no imita un ejemplo, un ideal, ni se aforra a la autoridad de lo que ha sido, es sólo entonces que la mente está sin conformidad y por lo tanto en libertad para descubrir; y sólo entonces hay creación.

Nuestro problema, pues, no es cómo actuar, sino cómo producir ese estado de creación que es la verdadera individualidad. Es obvio que ese estado no se basa en una idea, porque la creación jamás podrá ser una ideación. La ideación debe cesar para que lo creativo sea. No puede haber acción creativa mientras existe una pauta, una idea; y como nuestra vida se basa en la idea, en la conformidad con el ideal, no somos creativos ‑y ese es el verdadero problema, no el de cómo actuar. Cualquiera os dirá cómo actuar, cualquier político, cualquier sistema inteligente, os dirá qué habréis de hacer; pero al hacerlo causaréis más daño, más miserias, más confusión, más lucha, porque vuestra acción no es el resultado de la creación. Por eso es importante estar libre de conformidad y ser un verdadero individuo. Para hacer eso, debéis saber en todo momento lo que sois, y en la comprensión de lo que sois hay una posibilidad de hacer surgir una sociedad que no se base en el conflicto, en la destrucción y en la miseria. Un individuo así es un individuo feliz, y la felicidad no exige que se imite la virtud; por el contrario, la felicidad engendra virtud. Un hombre feliz es un hombre virtuoso. Es el hombre desdichado el que no es virtuoso; y por mucho que él trate de volverse virtuoso, mientras sea desdichado no habrá para él virtud. Puede que llegue a ser respetable, pero la respetabilidad sólo encubre la infelicidad. Lo importante, pues, es descubrir por nosotros mismos la norma de conformidad, y ver la verdad acerca de esa conformidad; pues sólo cuando vemos que la norma es creada por temor a la inseguridad, puede haber un estado de creación.

Como de costumbre, se me han entregado muchas preguntas, y mientras las consideramos juntos, permítaseme sugerir que no resistáis lo que se dice, sino más bien que lo oigáis como escucharíais música. Escuchadme, nada más, sin disputar. Disputar y negar es lo acostumbrado y fácil, pero la mente disputadora jamás podrá hallarse en un estado de tranquilidad, el único en que llega la comprensión. Tampoco, si puedo sugerirlo, esperéis meras explicaciones, ni esperéis de mí una conclusión o una respuesta, que no daré. Para los problemas reales de la vida no hay respuesta categórica, sólo hay comprensión; y la comprensión consiste en discernir el pleno significado del problema, en ver su pleno contenido. Os ruego, pues, que tengáis la bondad de escuharme amistosamente y con la intención de descubrir la significación del problema en sí, más bien que esperar una mera respuesta.

Pregunta: Afirma usted que no ha leído un solo libro, ¿pero realmente quiere usted significar eso? ¿No sabe usted que esos vagos asertos causan resentimiento? Parece usted conocer la jerga más moderna de la política, la economía, la psicología y las ciencias; ¿y trata usted de insinuar que toda esa información la obtiene mediante poderes sobrehumanos?

Krishnamurti: Le agrade a usted o no, señor, es un hecho que no he leído un solo libro religioso, ni libro alguno sobre psicología o ciencia; y también es un hecho que, cuando yo era joven, no fui sometido a ningún aprendizaje riguroso de la filosofía o la psicología. De un modo u otro, he estado mal dispuesto a leerlos, es un hecho que ellos me fastidian. Es claro que me encuentro con grandes cantidades de gente de todo tipo ‑científicos, filósofos, analistas, personas religiosas, etc.- que vienen para discutir; y ocasionalmente leo algunos semanarios sobre política y asuntos mundiales. Eso es todo lo que tengo en materia de información general. ¿Y por qué os resiente eso? ¿No es porque vosotros habéis leído mucho, y alguien que no ha leído os descubre vuestra ignorancia? ¿Usted lee, señor, para llegar a ser sabio? ¿El conocimiento es sabiduría? ¿No es la sabiduría algo enteramente diferente del conocimiento? Pero en esto hay dos problemas: uno es el porqué de vuestro resentimiento, y el otro es de dónde saco yo todo aquello de que hablo. Primero, pues, investiguemos por qué os resentís.

¿No es importante averiguar por qué os resentís? Leéis periódicos, revistas, libros sagrados, todos los comentarios sobre filosofía, psicología y ciencia, y seguís leyendo. ¿Por qué leéis, por qué mantenéis vuestra mente tan constantemente ocupada? ¿Y por qué os resentís cuando alguien que no ha leído señala algo? ¿Es porque estéis frustrados, y tenéis aversión u odiáis a alguien que revele una actitud diferente hacia la vida? ¿Cuál es el proceso de vuestro resentimiento? Es importante, por cierto, averiguar si la sabiduría, la comprensión, llega a través de los libros; ¿y por qué es que leéis, por qué llenáis vuestra mente con información, con lo que fulano ha dicho? ¿Ello no indica una mente muy indolente, una mente que no inquiere? ¿No es ello indicio, asimismo, de una mente que no es capaz de investigar de veras, de “vivencias” directamente? Una mente así vive de la experiencia ajena, y de ese modo se satisface, se adormece, se embota; ¿y una mente que está llena de parloteo, de información, puede acaso ser receptiva para la sabiduría?

El segundo problema es este: si bien yo hablo, no he leído ningún libro; y vosotros preguntáis: “¿Trata usted de insinuar que obtiene toda esa información por algunos poderes sobrehumanos?” Ahora bien, si no leéis, tenéis que saber cómo escuchar, tenéis que ver y comprender más claramente, que observar más delicada y agudamente, ¿no es así? Es preciso que seáis mucho más sutilmente perceptivos de todo lo que os rodea, no sólo de la gente con que os encontráis, la gente que viene a veros, sino también de los que van en el tranvía, en el taxi, por la carretera. Tenéis que observarlo todo ‑¿verdad?- más agudamente, más claramente; y os veis impedidos de hacerlo si estáis atestados de información. Cuando vivís plenamente, con atención indivisa, hay experiencia directa y no tenéis autoridades ni sanciones; y, además, ¿por que deseáis recurrir a otros cuando en vosotros mismos tenéis todo el tesoro? Al fin y al cabo, vosotros sois el resultado total de toda la humanidad ‑¿no es así?- tanto de lo colectivo como de lo llamado individual. Sois el total de todos los padres y todas las madres; y si sabéis mirar dentro de vosotros mismos, no necesitéis leer un solo libro de religión, de filosofía ni de psicología, porque vosotros mismos sois el libro. Tal vez tengáis que leer para lograr información científica, para aprender matemáticas, etc.; pero todo eso puede guardarse en las bibliotecas. ¿Por qué deseáis llenar vuestra mente con hechos, cuando en vosotros mismos tenéis un tesoro que requiere buena dosis de atención, de vigilancia? Como veis, ése es todo el nudo de la cuestión. Aunque nos encontremos con gente de toda laya, de todo grado de instrucción, es la comprensión de uno mismo lo que trae infinito conocimiento, infinita sabiduría

Señores, estoy seguro de que en los viejos tiempos, antes de que se publicaran libros, antes de que hubiese seguidores, instructores y “gurús”, había descubridores originales que jamás habían leído libro alguno. Como no había ningún Bhagavad Cita, ninguna Biblia, ningún libro de ningún género, ellos tenían que descubrir por sí mismos, ¿no es cierto? ¿Cómo procedieron? Es obvio que ni tenían sanciones, ni citaron estúpidamente la autoridad de algún individuo. Investigaron la verdad por sí mismos, la encontraron en los lugares sagrados de su propia mente y corazón. Nosotros, por cierto, también podemos descubrir la verdad por nosotros mismos en los lugares sagrados de nuestra mente y corazón. Pero el descubrir, el ver lo que es sin condenación ni justificación, es extraordinariamente difícil. La mente es un mero proceso del pasado que utiliza el presente como pasaje hacia el futuro; ¿y cómo una mente así puede ver lo que es? Para ver lo que es, la mente debe estar libre de toda adquisición, de toda acumulación; pero ése es un problema diferente. Ahora estamos tratando de comprender el problema de por qué leemos y por qué nos resentimos con aquellos que no leen; ¿y es posible para una que ha leído, que ha acumulado tanta información, estar libre para ver, para escuchar y para oír?

Ahora bien, de nada sirve estar resentido; es estúpido, es sólo una pérdida de tiempo. Pero todos nos entregamos a una acción que carece de sentido; y ciertamente, señores y señoras, si queréis descubrir qué es la sabiduría, en vosotros tenéis la llave y también la puerta que ha de ser abierta. El conocimiento propio es el principio de la sabiduría; pero el conocimiento propio empieza muy cerca, no se halla en algún supremo nivel “Átmico”; lo cual es tan sólo otra invención de una mente sagaz que busca seguridad. El conocimiento propio se refleja en vuestras relaciones con vuestra esposa, con vuestros hijos, con vuestro vecino, con vuestro patrón, con vuestra propiedad, con los árboles y con el mundo. Para ir muy lejos debéis empezar muy cerca. Pero a la mayoría de nosotros nos desagrada empezar cerca porque somos tan feos y tenemos tanto miedo de nosotros mismos; de suerte que imaginamos algo maravilloso a distancia, y de ello hacemos nuestra meta, nuestro lema, la pauta que hemos de seguir. Es porque no estamos dispuestos a ver y comprender de instante en instante lo que somos, que hacemos de nuestra vida una contradicción, una miseria, una confusión total. Señor, la verdad está aquí, no está lejos; la felicidad está en el descubrimiento de lo que es, y eso es virtud.

Pregunta: ¿La belleza ha de ser cultivada o adquirida? ¿Qué significa para usted la belleza?

Krishnamurti: La belleza, por cierto, es algo que no pertenece a la mente, y por tanto la belleza no es sensación. La mayoría de nosotros busca sensación ‑que llamamos belleza- la moda, el estilo que puede cambiarse, adaptarse o abandonarse; el mobiliario dispendioso que compráis o hacéis copiar para vuestra morada particular, si tenéis dinero; la bella mujer, el hermoso nido, el bello cuadro, la hermosa casa, todo eso, por cierto, es en realidad la respuesta de la sensación, es decir, la respuesta de la mente, ¿no es así? ¿Y es sensación la belleza, es la belleza tan sólo de la forma y hechura externas? Vestir una “sari” como se debe, delinear cuidadosamente con lápiz rojo la curva de los labios, caminar de cierta manera ¿es eso belleza? ¿Y es belleza la negación de lo feo? ¿Es virtud la negación de lo malo? ¿Hay belleza en alguna negación? Lo cierto es que hay negación, lo que agrada y lo que no agrada, tan sólo cuando hay sensación. Escuchad esto, simplemente, no contradigáis ni os opongáis; escuchad, nada más, y descubriréis qué entendemos por belleza.

Por más que a la forma externa deba evidentemente acordársele cierto respeto, y ella requiera cierto cuidado, asco y todo lo demás, tanto por necesidad como por razones estéticas, eso, por cierto, no es belleza. ¿No es así? La belleza que es una sensación pertenece a la mente, y la mente puede hacer de cualquier cosa algo hermoso o feo; por lo tanto la belleza que depende de la mente no es belleza, ¿verdad? ¿Qué es, pues, la belleza? La mente es sensación, y si la mente juzga la belleza y le da un nombre, tal como bondad o verdad, ¿es eso belleza? Si la belleza es percibida a través de la mente, ella es sensación, y la sensación termina; ¿y acaso puede eso ser bello? ¿Comprendéis lo que quiero decir? ¿Es belleza lo que termina como sensación? Veo un árbol en las luces de la noche, el sol danzando y rutilando en las hojas de la palmera, y ello es muy hermoso. La mente, apegándose a ello, dice “qué hermoso es”, y lo retiene, resucitando y haciendo revivir aquella imagen. En el momento de la percepción, ella siente gran placer, tiene una sensación profunda de satisfacción que llama “lo bello”, pero un segundo más tarde ello ha terminado, es sólo un recuerdo; así la mente da continuidad a la sensación de lo que llama belleza.

La mente, entonces, está continuamente representándose, imaginándose lo bello, que siempre es del pasado. ¿Pero la belleza pertenece al tiempo? Si ella no pertenece al tiempo, entonces la belleza es algo ilimitable, ¿verdad?; no caben en el marco de la palabra “belleza”. La mente puede inventar lo bello, mas la experiencia de lo ilimitable no puede ser conocida por una mente que persigue la sensación de la belleza. Vosotros y yo podemos ver la belleza en lo externo; pero la mera apreciación de esa expresión no es belleza, ¿verdad? La belleza, pues, es algo que está más allá de la mente, más allá de la sensación, más allá de los límites del tiempo, más allá de la cualidad del pensamiento que nos ata al tiempo; y ese sentido inconmensurable en el cual todas las cosas son, es la belleza ‑lo cual es ser, en realidad, infinitamente sensible. El hombre que niega el mal, que niega lo feo, jamás podrá saber qué es la belleza, porque la negación misma es el cultivo de lo feo. Lo ilimitable no ha de encontrarse en un diccionario, en ningún libro filosófico ni religioso.

La belleza, pues, no es cosa de la mente; mas por desgracia la civilización moderna hace de la belleza una cosa de la mente. Todas las revistas ilustradas, todos los cines, hacen eso. Casi todos nuestros esfuerzas encamínense a hacer pinturas portentosas, maravillosos muebles, a construir hermosas casas, a comprar los vestidos más de moda, los últimos modelos de lápiz labial, o cualquier cosa que aparezca en los anuncios. Estamos atrapados en las cosas de la mente, y por eso es que nuestra vida es tan fea, tan vacía, por eso es que nos adornamos ‑lo cual no significa que no debamos adornarnos. Hay, eso sí, una belleza interior, y cuando la veis, ella confiere significación a lo externo, pero simplemente hermosear lo externo mientras se ignora lo interior, es exactamente como golpear un tambor: él sigue vacío. La belleza es algo que está más allá de la mente; y para hallar aquello que es bello ‑llamadle verdad, Dios, o lo que os plazca- hay que estar libre del proceso de pensar. Pero ése es otro problema que podremos discutir alguna otra vez.

Pregunta: Por medio de movimientos tales como la Organización de las Naciones Unidas y las Conferencias Pacifistas Mundiales recientemente reunidas en la India, hombres de todo el mundo están haciendo un esfuerzo individual y colectivo para impedir la tercera guerra mundial. ¿En qué difiere el intento de usted del de ellos, y espera usted obtener resultados apreciables? ¿Puede ser impedida la guerra que nos amenaza?

Krishnamurti: Ocupémonos primero de los hechos obvios, y luego ahondemos más en el asunto. El primer hecho es la guerra amenazante; ¿y es que podemos impedirla? ¿Qué piensa usted, señor. Los hombres están empeñados en matarse unos a otros; vosotros estáis empeñados en destrozar a vuestro prójimo ‑no con espadas, tal vez, pero explotáis al prójimo ¿no es así?- en lo político, en lo religioso y en lo económico. Hay divisiones sociales, “comunales”, lingüísticas, ¿y vosotros no estáis haciendo gran alharaca alrededor de todo esto? No deseáis impedir la guerra inminente porque algunos de vosotros van a ganar dinero. (Risas). Los astutos van a ganar dinero, y los estúpidos también desearán ganar más. Por el amor de Dios, ved la fealdad, la crueldad de esto. Señor, cuando usted tiene un invariable propósito de ganancia a toda costa, el resultado es inevitable, ¿no es cierto? La tercera guerra mundial está surgiendo de la segunda, la segunda guerra mundial surgió de la primera, y la primera fue el resultado de guerras anteriores. Hasta que deis fin a la causa, el mero hecho de componer los síntomas carece de significación. Una de las causas de la guerra es el nacionalismo, los gobiernos soberanos y toda la fealdad que los acompaña: el poder, el prestigio, la posición y la autoridad. La mayoría de nosotros no desea poner fin a la guerra porque nuestra vida es incompleta; toda nuestra existencia es un campo de batalla, un conflicto incesante, no sólo con la propia esposa, con el propio marido, con el prójimo, ser algo. Eso es nuestra vida, de lo cual la guerra y la bomba de ser algo. Eso es nuestra vida, de la cual la guerra y la bomba de hidrógeno son simplemente las proyecciones violentas y espectaculares; y mientras no comprendamos todo el significado de nuestra existencia y produzcamos una radical transformación, no podrá haber paz en el mundo.

Ahora bien, el segundo problema es mucho más difícil, reclama mucho más vuestra atención; lo cual no significa que el primero no sea importante. Es que la mayoría de nosotros presta escasa atención a la transformación de nosotros mismos porque no deseamos transformarnos. Estamos satisfechos de seguir como somos, y por eso es que mandamos nuestros hijos a la guerra, que debemos tener instrucción militar. Todos vosotros deseáis salvar vuestras cuentas bancarias, aferraros a vuestra propiedad ‑y todo en nombre de la “no violencia”, en nombre de Dios y de la paz, lo cual es una buena dosis de absurda santurronería. ¿Qué entendemos por paz? Decís que la 0. N. U. trata de establecer la paz organizando a las naciones miembros, lo cual significa que está equilibrando el poder. ¿Es eso buscar la paz?

Luego está la reunión de individuos en torno a cierta idea de lo que ellos consideran que es la paz. Esto es, el individuo resiste a la guerra ya sea de acuerdo a sus convicciones morales o a sus ideas económicas. Colocamos la paz sobre una base racional o sobre una base moral. Decimos que debemos tener paz porque la guerra no es provechosa, lo cual es la razón económica; o decimos que debemos tener paz porque es inmoral matar, porque es irreligioso, porque el hombre es de naturaleza divina y no debe ser destruido, etc. Existen, pues, todas esas diversas explicaciones de por qué no debemos tener guerra: las razones religiosas, morales, humanitarias o éticas en favor de la paz por una parte, y los motivos racionales, económicos y sociales por la otra.

¿Pero la paz es cosa de la mente? Si tenéis una razón, un motivo para la paz, ¿traerá eso paz? ¿Comprendéis lo que quiero decir? Si yo me abstengo de mataros porque creo que ello es inmoral, ¿es eso ser pacífico? Si por razones económicas no destruyo, si no entro al ejército porque creo que es improductivo, ¿es eso ser pacífico? Si yo baso mi paz en un motivo, en una razón, ¿puede eso traer la paz? Si yo os amo porque sois hermosos, porque me agradáis corporalmente, ¿es eso amor? Prestad a esto un poco de atención, señores, porque es muy importante. La mayoría de nosotros hemos cultivado de tal modo nuestra mente, somos tan intelectuales, que deseamos hallar razones para no matar, siendo esas razones la espantosa destrucción de la bomba atómica, los argumentos morales y económicos en favor de la paz, etc. Y creemos que cuantas más razones tengamos para no matar, tanta más paz habrá. ¿Pero es que podéis tener paz por una razón, puede hacerse de la paz una causa? ¿La causa misma no es parte del conflicto? ¿Ea “no violencia”, la paz, es un ideal que haya de ser perseguido y eventualmente alcanzado mediante un proceso gradual de evolución? Todas éstas son razones, racionalizaciones, ¿verdad? De suerte que, por poco que reflexionemos, lo que realmente se trata de saber ‑¿no es así?- es si la paz es un resultado, la consecuencia de una causa, o bien si la paz es un estado del ser, no en el futuro o en el pasado sino ahora. Si la paz, si la “no violencia”, es un ideal, ella indica con seguridad que de hecho sois violentos, que no sois pacíficos. Deseáis ser pacíficos, y dais razones por las cuales deberíais ser pacíficos, y estando satisfechos con las razones, seguís siendo violentos. En realidad, un hombre que quiere la paz, que ve la necesidad de ser pacífico, no tiene ideal alguno acerca de la paz. El no hace ningún esfuerzo para volverse pacifico, sino que ve la necesidad, la verdad de ser pacífico. Es sólo, el hombre que no ve la importancia, la necesidad, la verdad de ser pacifico, el que hace de la “no violencia” un ideal ‑lo cual sólo es, realmente, un aplazamiento de la paz. Y eso es lo que vosotros hacéis: rendís culto al ideal de la paz, y mientras tanto disfrutáis la violencia. (Risas). Reís, señores; fácilmente os divertís, ¿verdad? Esto es un pasatiempo más; y cuando salgáis de esta reunión, seguiréis exactamente como antes. ¿Esperáis tener paz con vuestros fáciles argumentos, con vuestra charla casual? No tendréis paz porque no deseáis la paz; ella no os interesa. No veis la importancia, la necesidad, de que haya paz ahora, no mañana. Sólo cuando no tengáis razón alguna para ser pacificas, tendréis paz.

Señores, mientras tengáis una razón para vivir, no estáis con vida, ¿no es cierto? Sólo vivís cuando no hay razón, cuando no hay causa; vivís, simplemente. De un modo análogo, mientras tengáis una razón para la paz no tendréis paz. La mente que inventa una razón para ser pacifica está en conflicto, y una mente así producirá caos y conflicto en el mundo. Pensadlo bien, y veréis. ¿Cómo puede ser pacífica la mente que inventa razones para la paz? Podéis tener hábiles argumentos y contraargumentos; ¿pero no está basada en la violencia la estructura misma de la mente? La mente es el resultado del tiempo, del ayer, y siempre está en conflicto con el presente; pero el hombre que quiere realmente ser pacífico ahora, no tiene razón alguna para ello. Para el hombre pacifico no existe motivo para la paz. ¿Tiene la generosidad un motivo, señor? Cuando sois generosos por un motivo, ¿es eso generosidad? Cuando un hombre renuncia al mundo arara alcanzar a Dios, para hallar algo más grande, ¿es eso renunciamiento? Si yo abandono esto para encontrar aquello, ¿he abandonado algo realmente? Si soy pacífico por diversas razones, ¿he hallado la paz?

¿No es entonces la paz algo que está mucho más allá de la mente y de las invenciones de la mente? La mayoría de nosotros, la mayoría de la gente religiosa con sus organizaciones, llega a la paz por la razón, por la disciplina, por la conformidad, porque no hay percepción directa de la necesidad, de la verdad de ser pacífico. La apacibilidad, ese estado de paz, no es estancamiento; por el contrario, es un estado sumamente activo. Pero la mente puede tan sólo conocer la actividad de su propia creación, que es el pensamiento; y el pensamiento nunca puede ser pacífico, el pensamiento es dolor, el pensamiento es conflicto. Como sólo conocemos dolor y miserias, tratamos de hallar maneras y medios de ir más allá; y todo lo que la mente inventa no hace más que acrecentar su propia desdicha, su propio conflicto, su propia lucha. Diréis que muy pocos comprenderán esto, que muy pocos serán alguna vez pacíficos en el verdadero sentido de la palabra. ¿Por qué decís eso? ¿No es porque resulta una cómoda escapatoria para vosotros? Decís que la paz jamás podrá lograrse del modo que estoy expresando, que ello es imposible; debéis por tanto tener razones para la paz, debéis tener organizaciones para la paz, debéis tener una hábil propaganda por la paz. Pero es obvio que todos esos métodos son mero aplazamiento de la paz. Sólo cuando estáis en contacto directo con el problema, cuando veis que sin paz hoy no podréis tener paz mañana, cuando no tenéis razón alguna para la paz sino que veis realmente la verdad de que sin paz la vida no es posible, la creación no es posible, que sin paz no puede haber sentido alguno de felicidad ‑sólo cuando veáis la verdad de eso tendréis paz. Entonces tendréis paz sin organizaciones por la paz. Para eso, señores, debéis ser muy vulnerables, debéis reclamar la paz con todo vuestro corazón, debéis hallar la verdad al respecto por vosotros mismos, no a través de organizaciones, ni mediante la propaganda, ni con hábiles argumentos en favor de la paz y contra la guerra. La paz no es la negación de la guerra. La paz es un estado del ser en el cual todos los conflictos y todos los problemas han cesado; no es una teoría, ni un ideal que haya de realizarse después de diez encarnaciones, de diez años, o de diez días. Mientras la mente no haya comprendido su propia actividad, engendrará más miserias; y la comprensión de la mente es el principio de la paz.

Pregunta: Repite usted una y otra vez que la mente dedo cesar para que la realidad surja a la existencia. ¿Por qué, entonces, ataca usted la oración, el culto y las ceremonias, que están realmente destinadas a aquietar la mente?

Krishnamurti: La mente puede ser aquietada mediante un ardid; podéis tomar una droga o una bebida, podéis realizar ceremonias, practicar el culto, rezar. Hay muchos medios por los cuales podéis aquietar la mente. ¿Pero está la mente quieta cuando ella es aquietada? Algunos de vosotros rezan, ¿no es así? Repetís el Gayatri, entonáis cánticos para calmar la mente, o apretáis las manos y os hipnotizáis hasta sumiros en un estado que llamáis “paz”. La autohipnosis mediante la repetición de palabras es muy sencilla. Cuando seguís repitiendo ciertas palabras, vuestra mente llega a estar muy tranquila, quieta; adoptando ciertas posturas, respirando de cierta manera, forzando la mente, es obvio que podéis reducir la actividad de la mente. Esto es, mediante diversas tretas de disciplina, de compulsión, de adaptación, la mente es reducida al silencio; ¿pero la mente está de veras quieta cuando es aquietada? Está muerta, ¿no es así? Está en un estado hipnótico. Cuando rezáis, repetís ciertas frases, y eso aquieta la mente; y en esa quietud hay ciertas respuestas, oís voces que, por supuesto, atribuís a lo Supremo. Ese “Supremo” siempre responde a vuestra reclamación más urgente, y la respuesta os brinda satisfacción. Este es un proceso psicológico bien conocido. Pero cuando la mente es aquietada por la oración, por las ceremonias, por la repetición, por los cánticos, por las canciones sagradas, ¿está la mente quieta de veras, o simplemente embotada? La mente se ha hipnotizado hasta la quietud ¿no es así? Y la mayoría de vosotros disfruta ese estado hipnótico, porque en ese estado no tenéis problemas, estáis completamente encerrados, aislados e insensibles. Es obvio que en ese estado sois inconscientes, estando obstruida la respuesta de lo consciente. Cuando a la mente se la aquieta de modo artificial, la capa superficial de la mente es capaz de recibir intimaciones no sólo de el propio inconsciente sino de lo inconsciente colectivo; y las intimaciones son traducidas de acuerdo a la mente condicionada. De ahí que un Hitler pueda decir que a él le guía Dios en lo que hace, y que alguna otra persona en la India diga que Dios está por algo del todo diferente, que Dios es todo. Es un proceso psicológico muy simple, que podéis descubrir por vosotros mismos si observáis vuestra propia mente en acción y veis cómo puede hipnotizarse a sí misma hasta la tranquilidad. Por consiguiente, cuando la mente es forzada a la quietud por la concentración, por la conformidad, por cualquier género de disciplina o autohipnosis, es evidentemente incapaz de descubrir la realidad. Puede proyectarse a sí misma y oír su propia fea voz ‑que llamemos “la voz de Dios”- mas eso es por cierto enteramente diferente del estado de una mente que se halla de veras quieta.

Ahora bien, la mente es activa, está constantemente pensando en las cosas que han sido y en las cosas que serán; ¿y cómo puede una mente así estar quieta ‑no aquietada- cosa que cualquier tonto puede hacer? ¿Cómo habrá la mente de estar realmente quieta? La mente está quieta, por cierto, cuando comprende su propia actividad. Así como las aguas de un estanque llegan a estar muy quietas, muy apacibles, cuando la brisa cesa, la mente está en silencio cuando ya no crea problemas. No hemos de preguntarnos, pues, cómo aquietar la mente, sino cómo comprender al creador de los problemas; porque no bien comprendéis al creador de los problemas, la mente está quieta. No cerréis los ojos y estéis ausentes porque se menciona la palabra “quieta”. La comprensión del creador de los problemas trae tranquilidad a la mente. Debéis, pues, comprender el pensamiento, porque el pensamiento es el autos de los problemas. El pensamiento crea al pensador, el pensamiento está siempre buscando un estado permanente; viendo su propio estado de transición, de flujo, de instabilidad, el pensamiento crea un ente al que llama pensador, “Atman”, “Paramatman”, alma ‑una seguridad cada vez más elevada. Es decir, el pensamiento crea un ente al que llama observador, experimentador, pensador permanente, como algo distinto del pensamiento transitorio; y la gran distancia entre ambos crea el conflicto del tiempo.

Ahora bien, la comprensión de todo este proceso del pensamiento que crea al pensador y la encarnación del pensamiento como pensador, trae tranquilidad a la mente. Esto significa que uno debe comprender qué es el pensamiento. ¿Qué es esa cosa que llamáis pensar? Hasta que comprendamos eso, cualquier cosa que haga el pensamiento engendra tan sólo más confusión; hasta que conozcamos todo el significado y la profundidad del pensamiento ‑lo consciente tanto como lo inconsciente, lo individual a la vez que lo colectivo- el entregarse simplemente a más pensamiento, a más especulación, sólo engendra más miserias. Una mente, pues que está incesantemente activa, parloteando? que siempre utiliza el presente como pasaje del pasado al futuro ‑¿cómo puede una mente así estar quieta? Una mente así nunca puede estar quieta. Una mente estúpida es siempre estúpida, nunca puede volverse inteligente; podéis llegar a ser lo que llamáis “listos”, pero eso es sólo más estupidez. Una mente errabunda no puede estar quieta, no puede ser tranquila. Sólo cuando la mente comprenda su propio proceso, cuando empiece a darse cuenta de sí misma, veréis el fin del pensamiento. Después de todo, ¿qué es nuestro pensar, del que estamos tan orgullosos? Nuestro pensar, por cierto, es sólo la respuesta de la memoria, la respuesta de la experiencia, que llamamos conocimiento; nuestro pensar no es más que la respuesta del ayer, ¿no es así? ¿Y cómo puede semejante pensar, que pertenece al tiempo, comprender algo que está más allá del tiempo?

¿No es importante, señores, que la mente se dé cuenta de su propia acción, no como entidad aparte de la acción sino consciente de sí misma como acción? Y sólo puede darse cuenta con relación a la propiedad, a las personas, a las ideas. Es comprendiendo la vida de relación que comprendemos el pensamiento; pues no hay pensador aparte del pensamiento, ningún pensador que “piense pensamientos”; sólo hay pensamiento. Cuando vemos la verdad de eso no hay pensador; y, cuando no hay pensador, la mente llega a estar muy quieta. Cuando no hay entidad que intente aquietar la mente, entonces la mente ‑que es, tan sólo el resultado del tiempo, del pasado, llega a estar en silencio por sí misma; y sólo entonces es posible comprender la verdad, o que la verdad se manifieste. La verdad no es cosa de la memoria, la verdad no es cuestión de conocimiento, de información La verdad no es de la mente ni de la emoción, nada tiene que ver con las sensaciones, no es la proyección del “yo” como imagen, como voz del Todopoderoso. La verdad no es de la memoria, y por lo tanto la verdad no pertenece al tiempo. Como la verdad no es de la mente, sólo puede advenir cuando la mente está quieta. cuando el pensamiento está en silencio. La verdad debe ser vista de instante en instante; y sólo la verdad puede resolver nuestros problemas, no la mente ni las invenciones de la mente.

19 de Febrero de 1950.

IX. 3ª CONFERENCIA EN BOMBAY

NUEVAMENTE desearía acentuar la importancia de que se escuche correctamente. La mayoría de nosotros escucha sin comprender, escucha tan sólo las palabras; pero la palabra no es la cosa, la palabra jamás puede ser lo real. La palabra sólo se torna real cuando tiene profunda significación, mas para alcanzar el pleno significado de la palabra, hay que saber escuchar. Esta tarde deseo hablar sobre la cuestión de la virtud, y tal vez sea algo que no siga las viejas líneas de la tradición; puede que sea algo nuevo. Espero, pues, que tendréis la bondad de escucharlo sin resistencia, sin negación. Escuchadlo con la intención de aprehender realmente su significado, y quizá entonces podremos comprender la extraordinaria importancia de la virtud. La dificultad en aprehender el significado de cualquier cosa que se diga, consistirá ‑estoy completamente seguro- en salvar las vallas de nuestros propios prejuicios y experiencias personales.

Bueno, la virtud es esencial, y para comprenderla tenemos que ir más allá de la lucha por ser virtuosos, más allá del sentido convencional o definición de esa palabra. Es porque hemos hecho de la virtud algo muy pesado y fastidioso, algo muy feo, que no hay alegría en ser virtuoso. Es un esfuerzo constante, una tensión, un afán. La virtud es un hecho, y para comprender el hecho hay que estar libre para mirarlo como un hecho. Sólo el hombre infeliz lucha por ser virtuoso, y la lucha misma por ser virtuoso es la negación de la virtud; pero el hombre que está libre de infelicidad, de porfía, de lucha, una persona así es virtuosa sin esfuerzo. La comprensión de un hecho es extraordinariamente difícil, porque el hecho es una cosa y el deseo de cambiar el hecho es otra. Comprender el hecho es ser virtuoso. La ira es un hecho, y el comprenderlo sin condenarlo, sin tratar de defenderlo ni encontrarle excusas, lo libra a uno del hecho; y la liberación del hecho es la virtud. La virtud, pues, está en la comprensión del hecho, sea él lo; que fuere, no en llegar a ser alguna cosa ajena al hecho.

Para la mayoría de nosotros la virtud es el ideal, es decir, un medio de escapar al hecho; y por lo tanto no somos nunca virtuosos en momento alguno. Siempre estamos “haciéndonos” virtuosos, y por consiguiente no somos virtuosos. Es preciso, por cierto, ver el hecho de lo que uno es ‑sea lo que fuere- sin negación, aceptación ni identificación; porque, cuando uno se identifica con un hecho, lo acepta o lo niega, no comprende el hecho. La mera aceptación o negación, evidentemente, no es comprensión. La virtud, pues, no es un fin que haya de perseguirse. La comprensión del hecho es virtud, y sin virtud no puede haber libertad. Son los no virtuosos los que no son libres, y sólo en la libertad se puede descubrir la verdad. La libertad es la virtud; y es virtud comprender el hecho de lo que sois, lo cual no es un proceso final. Podéis ver el hecho de inmediato, de suerte que la virtud es inmediata, no en el futuro. Si pensáis al respecto, veréis el significado de ello. No podemos, naturalmente, entrar en todos los detalles; mas si podéis ver el hecho de lo que sois como veríais cualquier otro hecho, entonces descubriréis que estáis libres de ese hecho; y es sólo en esa libertad que la verdad puede ser comprendida

La virtud, pues, no es un proceso ni una cosa que haya de ganarse en último término, o practicarse. Lo que se practica se convierte en mero hábito, y el hábito nunca puede ser virtud. El hábito es mera respuesta automática. Un hecho es algo que constantemente es fresco, libre; pero una virtud practicada sólo conduce a la respetabilidad, y un hombre respetable jamás podré ser feliz. La felicidad no es algo que se gana mediante la posición, el prestigio; a ella no se llega por medio alguno. Decimos que somos felices porque tenemos dinero, una posición, o algunos medios de sensación; pero eso no es ciertamente felicidad. La felicidad es un estado del ser en el que no hay dependencia; pues donde hay dependencia hay temor, y un hombre miedoso jamás podrá ser feliz, por mucho que disimule su miedo. Sólo hay felicidad en la libertad, y para la libertad tiene que haber virtud. Un hambre no virtuoso jamás puede ser libre, porque su mente está confusa. De manera que la comprensión del hecho es liberación del hecho y la liberación del hecho es virtud. Sólo cuando hay libertad hay descubrimiento, y la libertad no está al final sino al comienzo. La verdad no es algo que esté distante: debe ser descubierta en lo inmediato al dar el primer paso. Para descubrir la verdad en lo inmediato tiene que haber libertad, lo cual significa comprensión del hecho, o sea virtud.

Contestaré ahora algunas preguntas. Es siempre difícil contestar preguntas y ser preciso, porque la vida no es asunto de “sí” y de “no”. Es demasiado vasta para que se la abarque con unas pocas palabras, es demasiado vital para ser puesta en un marco. Pero si podemos ver la significación del problema, entonces la respuesta está en el problema mismo. A cualquiera le es dado descubrir la significación, la belleza, la verdad del problema, y eso es posible tan sólo cuando podéis ver el hecho y no os apartáis del hecho.

Pregunta: Uno observa la gente que está cerca de usted para descubrir algún signo de transformación. ¿Cómo explica que, mientras usted camina en la luz, sus más cercanos secuaces se mantienen insensibles y feos en su vida y su comportamiento?

Krishnamurti: En primer lugar, el secuaz destruye al líder. Seguir a alguien no es encontrar la verdad. Si uno quiere comprender qué es la verdad no puede haber seguidor ni instructor. No hay “gurú” que vaya a conduciros a la verdad, y el seguir a alguien es negar esa libertad que trae la virtud. Esta no es una mera respuesta retórica. Ved, simplemente, la verdad de que el seguir cualquier género de autoridad es negar la inteligencia. Seguimos porque nosotros mismos estamos en confusión, y partiendo de esa confusión escogemos el líder; por lo tanto el líder, a su vez, sólo puede estar confuso. (Risas). Por favor, señores, no lo toméis a broma. Escogéis el “gurú” para que quede satisfecho vuestro apetito de seguridad, y lo que seguís es vuestra propia proyección, vuestra propia satisfacción, no la verdad. Cuando seguís a alguien destruís a ese alguien, es decir, os destruís a vosotros mismos Yo no tengo secuaces, ni soy instructor para nadie; si lo fuese, vosotros me destruiríais y yo os destruiría. Entonces no habría amor entre nosotros, habría mero seguimiento; porque los que siguen y los que conducen no tienen amor en su corazón.

Ahora bien, el interlocutor está muy preocupado por los que me rodean. ¿Por qué? ¿Por qué le preocupa que otros sean hermosos o feos? Lo importante, por cierto, es la condición de uno mismo, no la de otro. Si mi mente es mezquina, estrecha, limitada, entonces veré lo mismo en otros. Este deseo de criticar a los demás es del todo extraordinario, realmente. ¿Cómo puedo saber lo que otro es cuando no sé lo que soy yo mismo? ¿Cómo puedo juzgar a otro cuando mi propia medición está equivocada? ¿Cuál es el instrumento, la balanza con la cual peso a otro cuando no conozco el proceso total de mí mismo? Y cuando suprimo el “mí mismo” en su totalidad, no hay tiempo para juzgar a otro ni me siento inclinado a juzgarlo. Es la mente indolente, agitada, atormentada, la que juzga; es la mente inquieta la que está siempre criticando a otros. ¿Y cómo podrá jamás una mente inquieta que no se conoce a sí misma, mirar claramente cosa alguna? Sólo cuando sois capaces de mirar las cosas directa y claramente, estáis libres de esas cosas.

El tercer punto de esta pregunta ‑¿verdad?- es este: ¿como sabéis que yo “camino en la luz”? Presumís que lo hago, ¿pero cómo podéis saber algo al respecto? Este extraordinario deseo de aceptar las cosas y darlas por sentadas, es uno de los indicios de una mente torpe. Por el contrario, deberíais ser escépticos. El escepticismo no es cinismo ni negación; es el estado de una mente que no concuerda prontamente, que no acepta ni da por supuestas las cosas. Una mente que acepta no busca esclarecí miento o sabiduría sino refugio. Lo que importa saber, por cierto, no es si yo camino en la luz, sino si vosotros lo hacéis. Es vuestra vida, no la mía; es vuestra felicidad, vuestra lucha, vuestra miseria. ¿De qué sirve pensar que otra persona camina en la luz? Puede o no que lo haga; ¿y qué valor tiene ello para vos otros cuando vosotros mismos sufrís desdicha? Si sólo creéis en la luz de otro, os convertís en un secuaz, en un copista, en un imitador, lo cual significa que sois un disco fonográfico que repite una y otra vez alguna tonada, sin una canción en vuestro corazón.

En esta pregunta hay también otro punto: en vez de criticarme, de atacarme a mí, acometéis a los llamados secuaces. Es como flagelar a un muchacho en vez de fustigar al rey; el rey no puede hacer nada malo, de modo que la emprendéis con el chico. De un modo análogo, acometéis a los que consideráis secuaces míos. No hay secuaz alguno, afortunadamente, en lo que a mí respecta. Como lo he dicho, seguir a alguien es destrucción, y eso es lo que ocurre con el mundo en la actualidad. Somos meros copistas, imitadores; seguimos con ahínco, tanto en lo político como en lo religioso, y así se nos conduce a la destrucción. Esto no significa que debamos volvernos individualistas desenfrenados, lo cual es el otro extremo; pero el poder vivir dichosamente, el ver la verdad por uno mismo, no exige que uno siga a otra persona. Un hombre feliz no sigue. Es el hombre miserable, confuso, quien sigue ansiosamente a otro esperando hallar refugio; y él hallará refugio, pero ese refugio es su noche, es su ruina. Sólo el hombre que procura descubrir el hecho de lo que él es en sí mismo, conocerá la libertad y por tanto la felicidad.

Pregunta: Cuanto más se le escucha a usted, más siente uno que usted predica el retiro de la vida. Soy empleado de oficina en la Secretaria, tengo cuatro hijos y sólo gano 125 rupias por mes. ¿Hará el favor de explicar cómo puedo proseguir la sombría lucha por la existencia de la nueva manera que usted propone? ¿Cree usted realmente que su mensaje puede significar algo importante para el jornalero hambriento y mal desarrollado? ¿Ha vivido usted entre esa gente?

Krishnamurti: Tratemos en primer término la pregunta de si yo he vivido entre esa gente. Ella implica ‑¿no es así?- que para comprender la vida debéis pasar por todas las fases de la vida, por toda experiencia, que debéis vivir entre los pobres y los ricos, que debéis padecer hambre y pasar por toda condición de existencia. Ahora bien, para plantear el problema muy brevemente, ¿debéis pasar por la embriaguez para conocer la sobriedad? ¿No revela una experiencia comprendida plenamente, completamente, todo el proceso de la vida? ¿Habréis de pasar por todas las fases de la vida para comprender la vida? Ved, por favor, que esto no consiste en esquivar la cuestión; por el contrario. Creemos que, para conocer la sabiduría, debemos pasar por toda fase de la vida y de la experiencia, del hombre rico al pobre, del mendigo al rey. ¿Pero es ello así? ¿La sabiduría es la acumulación de muchas experiencias? ¿O la sabiduría ha de hallarse en la comprensión completa de una experiencia? Como nunca comprendemos de manera completa y plena una experiencia, erramos de experiencia en experiencia, en la esperanza de alguna salvación, de algún refugio, de alguna felicidad. De suerte que hemos hecho de la vida un proceso de continua acumulación de experiencias, y por eso ella es una lucha sin fin, una incesante batalla para lograr, para adquirir. Lo cierto es que ese enfoque de la vida es fastidioso, totalmente estúpido, ¿verdad?

¿No será posible recoger de una experiencia su plena significación, y así comprender la amplitud y profundidad total de la vida? Yo digo que ello es posible, y que es la única manera de comprender la vida. Sea cual fuere la experiencia, sea cual fuere el reto y la respuesta a la vida, si uno puede comprenderla plenamente, entonces la persecución de toda experiencia no tiene sentido, se convierte en una mera pérdida de tiempo. Como somos incapaces de hacer eso, hemos inventado la idea ilusoria de que, acumulando experiencias, al final llegaremos, Dios sabrá dónde.

Ahora el interlocutor desea saber si yo predico el retiro de la vida. ¿Qué entendemos por vida? Estoy pensando este problema en alta vez sigámoslo juntos, pues. ¿Qué entendemos por vida? La vida sólo es posible en la interrelación, ¿verdad? Si no hay interrelación no hay vida. Ser, es estar relacionado; la vida es un proceso de interrelación, de estar en comunicación con otro, con dos o con diez, con la sociedad. La vida no es un proceso de aislamiento, de retiro. Para la mayoría de nosotros, empero, la vida es un proceso de aislamiento. Luchamos para aislarnos en la acción, en la interrelación. Todas nuestras actividades son de autoencierro, son reductoras y aisladoras, y en ese proceso mismo hay rozamiento, pena, dolor. El vivir es interrelación, y nada puede existir en el aislamiento; por consiguiente no puede haber retiro de la vida. Al contrario, tiene que haber comprensión de la interrelación: de vuestra relación con vuestra esposa, vuestros hijos, con la sociedad, con la naturaleza, con la belleza de este día, la puesta de sol sobre las aguas, el vuelo de un pájaro, con las cosas que poseéis y los ideales que os dominan. No os retiráis de todo eso para comprenderlo. La verdad no se halla en el retiro y el aislamiento; por el contrario, en el aislamiento ‑sea consciente o inconsciente- sólo hay obscuridad y muerte.

No os propongo, pues, un retiro de la vida, una supresión de la vida; antes bien, sólo en la interrelación podemos comprender la vida. Es porque no comprendemos la vida que en todo momento nos esforzamos por retirarnos, por aislarnos; y habiendo creado una sociedad basada en la violencia, en la corrupción, Dios llega a ser el aislamiento final.

Luego el interlocutor quiere saber cómo, ganando tan poco, puede él vivir aquello de que estamos hablando. Ahora hilen, en primer lugar, el ganarse la vida no es sólo el problema del hombre que gana poco sino que también es vuestro problema y el mío, ¿no es así? Puede que tengáis un poco más de dinero, que seáis personas acomodadas, que tengáis mejor empleo, mejor posición, una cuenta bancaria mayor; pero el problema es también vuestro y mío, porque esta sociedad es lo que todos nosotros hemos creado. Hasta que nosotros tres ‑usted, yo y otro- comprendamos realmente la interrelación, no podremos producir la revolución en la sociedad. Es obvio que el hombre que no tiene alimento alguno en el estómago no puede encontrar la realidad; primero ha de ser alimentado. Pero al hombre cuyo estómago está lleno le incumbe, por cierto, la responsabilidad inmediata de hacer que haya una revolución fundamental en la sociedad, que las cosas no sigan como están. Pensar y sentir cabalmente todos estos problemas es mucho más una responsabilidad de los que tienen tiempo, de los que tienen comodidades, que del hombre que gana poco y sostiene semejante lucha para que le alcance el dinero, hombre al que le falta tiempo y está agotado por esta sociedad putrefacta y explotadora. De suerte que somos vosotros y yo aquellos de nosotros que tienen algo más de tiempo y holganza, quienes deben ahondar en estos problemas completamente ‑lo cual no significa que hayamos de convertirnos en “charlistas” profesionales que ofrecen un sistema como substituto de otro. A vosotros y yo, que tenemos tiempo y ratos de ocio para pensar nos incumbe buscar el camino hacia una nueva sociedad, una nueva cultura.

Ahora bien, ¿qué le ocurre al pobre hombre que gana 125 rupias o lo que sea? Él tiene la carga de la familia, tiene que aceptar las supersticiones de la abuela, de las tías, de los sobrinos, etc. Ha de casarse de acuerdo a cierta norma, practicar el “puja”, las ceremonias, y adaptarse a todas esas supersticiones absurdas. En ello está atrapado; y si se subleva, vosotros’ la gente respetable, lo sofocáis.

La cuestión de los rectos medios de vida es, pues, problema vuestro y mío, ¿no es así? Pero la mayoría de nosotros no tiene el menor interés en los rectos medios de vida. Estamos simplemente contentos y agradecidos de tener un empleo; y así mantenemos una sociedad, una cultura, que torna imposible los rectos medios de vida. No tratéis esto teóricamente, señores. Si ejercéis una mala profesión y algo efectivo hacéis al respecto, ¿no veis qué revolución ello traerá en vuestra vida y en la vida de los que os rodean? Pero si escucháis por casualidad y seguís como antes porque tenéis un buen empleo y para vosotros no hay problema, es obvio que continuaréis causando desdicha en el mundo. Para el hombre con muy poco dinero existe un problema; pero a él, como al resto de vosotros, sólo le interesa tener más; y, cuando consigue más, el problema continúa porque desea aún más.

Veamos ahora qué son los rectos medios de vida. Hay, evidentemente, ciertas ocupaciones perjudiciales para la sociedad. El ejército es perjudicial para la sociedad porque proyecta y fomenta el asesinato en nombre de la patria. Como sois nacionalistas, aferrados a los gobiernos soberanos, debéis tener fuerzas armadas para proteger vuestra propiedad; y la propiedad es mucho más importante para vosotros que la vida, que la vida de vuestro hijo. Por eso tenéis conscripción; por eso se incita a vuestras escuelas a que tengan instrucción militar. Así, pues, en nombre de vuestra patria estáis destruyendo a vuestros hijos. Vuestro país sois vosotros mismos identificados, es vuestra propia proyección, y, cuando rendís culto a la patria, sacrificáis a vuestros hijos en el culto de vosotros mismos. Es por eso que el ejército ‑que es el instrumento de un gobierno separado y soberano- es un medio impropio de vida. Pero se facilita el ingreso al ejército, y él se convierte en un medio seguro de ganar algo de dinero. Ved, simplemente, este hecho extraordinario en la civilización moderna. El ejército es ciertamente un mal medio de ganarse la vida, porque se basa en la destrucción planeada y calculada; y hasta que vosotros y yo veamos la verdad de esto, no habremos de crear ningún tipo diferente de sociedad.

Análogamente, podéis ver que un empleo en la fuerza policial es un mal medio de vida. No sonriáis ni dejéis de considerar esto. La policía llega a ser un medio de investigar las vidas privadas. No hablamos de la policía como medio de ayudar, de guiar, sino como instrumento del Estado; hablamos de la policía secreta y todo lo demás. Cuando el individuo se convierte en mero instrumento de la sociedad, el individuo no puede estar a solas, carece de libertad, de derechos propios; se ve investigado, controlado, plasmado por el gobierno, o sea por la sociedad. Es obvio que se trata de un mal medio de vida.

Está luego la profesión de abogado. ¿No es ella un medio de vida impropio? Veo que algunos de vosotros sonríen. Sois probablemente abogados, y sabéis mejor que yo en qué se basa ese sistema. En lo fundamental, no superficialmente, él se basa en el mantenimiento de las cosas como están, en las desavenencias, en las disputas, en la contusión. en las reyertas, y fomenta la corrupción y el desorden en nombre del orden.

Está asimismo la profesión del hombre que quiere hacerse rico, del hombre de grandes negocios, del hombre que junta, acumula, almacena dinero mediante la explotación, la crueldad ‑aunque lo haga en nombre de la filantropía o en nombre de la educación.

Es obvio, entonces, que todos esos son medios impropios de vida; y un cambio completo en la estructura social, una revolución de tipo apropiado, sólo es posible cuando empieza por vosotros. La revolución no puede basarse en un ideal ni en un sistema; mas cuando todo esto lo veis como un hecho, quedáis liberados de él y por tanto estáis libres para actuar. Pero, señores vosotros no deseáis actuar; tenéis miedo de ser perturbados, y decís “ya hay bastante confusión; tenga usted a bien no crear más”. Si vosotros no engendráis más confusión, hay otros que lo hacen por vosotros y que utilizan esa confusión como medio de lograr poder político. Lo cierto es que tenéis la responsabilidad, como individuos, de ver la confusión por dentro y por fuera, y de hacer algo al respecto ‑no simplemente aceptarlo y esperar un milagro, una utopía maravillosa creada por otros y en la que podáis entrar sin esfuerzo.

Este problema, señores, es vuestro problema a la vez que el problema del hombre pobre. El hombre pobre depende de vosotros, y vosotros dependéis de él; él es empleado vuestro mientras vosotros andáis en un gran automóvil y cobráis un sueldo suculento, acumulando dinero a sus expensas. El problema, pues, es tanto vuestro como de él, y hasta que vosotros y él alteréis radicalmente vuestras relaciones no habrá revolución real. Aunque haya violencia y efusión de sangre, mantendréis las cosas esencialmente como están. Nuestro problema, por lo tanto, consiste en transformar la interrelación; y esa transformación no es en el nivel intelectual o verbal, sino que puede ocurrir tan sólo cuando comprendéis el hecho de lo que sois. No podéis comprenderlo si teorizáis, verbalizáis, negáis o justificáis, y es por eso que resulta importante comprender todo el proceso de la mente. Una revolución que es mero resultado de la mente, no es revolución en modo alguno; mas una revolución que no es de la mente que no es de la palabra, del sistema ‑ésa es la única revolución la única solución del problema. Infortunadamente, empero, hemos cultivado a tal punto nuestro cerebro, el así llamado intelecto, que hemos perdido todas las capacidades excepto la capacidad puramente intelectual y verbal. Sólo cuando vemos la vida como un todo, en su integridad, en su totalidad, hay una posibilidad de una revolución que habrá de dar al pobre como al rico lo que le corresponde.

Pregunta: La mente consciente es ignorante y temerosa de la mente inconsciente. Usted se dirige de un modo principal a la mente consciente, ¿y eso es bastante? ¿Su método traerá liberación de lo inconsciente? Tenga a bien explicar en detalle cómo se puede atacar en forma plena la mente inconsciente.

Krishnamurti: Este es un problema sumamente complejo y difícil, que requiere buena dosis de penetración; y yo espero que prestaréis atención, no sólo verbalmente sino escuchando y viendo realmente la verdad al respecto.

Buenos nosotros nos damos cuenta de que existe la mente consciente y la inconsciente, pero la mayoría funcionamos solo en el nivel consciente, en la capa superficial de la mente, y toda nuestra vida está prácticamente limitada a eso. Vivimos en la llamada mente consciente y nunca prestamos atención a la mente inconsciente más profunda, de la cual viene ocasionalmente una intimación, una insinuación; pero esa insinuación resulta desatendida, pervertida o traducida de acuerdo con nuestras particulares exigencias conscientes del momento. Ahora bien, el interlocutor pregunta: Usted se dirige principalmente a la mente consciente ¿y es eso bastante?”. Veamos qué entendemos por mente consciente. ¿Es ella diferente de la mente inconsciente? Hemos separado lo consciente de lo inconsciente; ¿y está justificado? ¿Es ello verdadero? ¿Hay tal división entre lo consciente y lo inconsciente? ¿Existe una barrera definida, una línea donde lo consciente termina y lo inconsciente empieza? Nos damos cuenta de que la capa superior, la mente consciente, está activa; ¿pero es ése el único instrumento que está activo durante todo el día. De suerte que si yo me dirigiera tan sólo a la capa superior de la mente, entonces; sin duda, lo que digo sería sin valor, carecería de sentido. Y sin embargo la mayoría de nosotros se aferró a lo que la mente consciente ha aceptado, porque la mente consciente encuentra cómodo adaptarse a ciertos hechos obvios; pero lo inconsciente puede rebelarse, y a menudo lo hace, de suerte que hay conflicto entre lo llamado consciente y lo inconsciente.

Este es, pues, nuestro problema, ¿verdad? De hecho hay sólo un estado, no dos estados tales como lo consciente y lo inconsciente; hay sólo un estado del ser, que es la conciencia, aunque lo dividáis en lo consciente y lo inconsciente. Pero esa conciencia es siempre del pasado, nunca del presente; sólo sois conscientes de cosas que están terminadas. Sois conscientes de oírme al segundo de haber terminado, ¿verdad? Entendéis un instante después. Nunca sois conscientes o perceptivos del “ahora”. Observad vuestra propia mente y corazón, y veréis que la conciencia funciona entre el pasado y el futuro, y que el presente es un mero pasaje del pasado al futuro. La conciencia, pues, es un movimiento del pasado al futuro. Por favor, prestad atención a esto. Es algo demasiado abstracto para dar ejemplos, símiles; y el pensar mediante símiles es no pensar para nada, porque los símiles son limitados. Debéis pensar abstracta o negativamente, que es la mas elevada forma del pensar.

Si observáis vuestra propia mente en funcionamiento, veréis que el movimiento hacia el pasado y el futuro es un proceso en el que no hay presente. O bien el pasado es un medio de escape del presente, que puede ser desagradable, o el futuro es una esperanza que se aleja del presente. De suerte que la mente esta ocupada con el pasado o con el futuro, y abandona el presente. Esto es, la mente está condicionada por el pasado, condicionada como de la India, como brahmán o “no brahmán”, como cristiano o como budista, etc. Y esa mente condicionada se proyecta hacia el futuro; nunca, por lo tanto, es capaz de contemplar directa e imparcialmente ningún hecho. O condena y rechaza el hecho, o lo acepta y se identifica con él. Resulta obvio que una mente así no es capaz de ver ningún hecho como hecho. Ese es nuestro estado de conciencia, que es condicionado por el pasado y nuestro pensamiento es la respuesta, condicionada, al reto de un hecho; y cuanto más respondéis según el condicionamiento de la creencia, del pasado, tanto más se fortalece el pasado. Ese fortalecimiento del pasado, evidentemente, es la continuidad de sí mismo, que es llamada “el futuro”. Ese es, pues, el estado de nuestra mente, de nuestra conciencia: un péndulo que oscila hacia atrás y hacia adelante entre el pasado y el futuro. Eso es nuestra conciencia, que está compuesta no sólo de las capas superiores de la mente, sino asimismo de las más profundas. Tal conciencia, evidentemente, no puede funcionar en un nivel diferente, porque sólo conoce aquellos dos movimientos, hacia atrás y adelante.

Ahora bien, si observáis con mucho cuidado, veréis que no es un movimiento constante sino que hay un intervalo entre dos pensamientos; aunque sea una fracción infinitesimal de un segundo, hay un intervalo ‑que tiene significación- en la oscilación del péndulo hacia atrás y hacia adelante. Vemos, pues, que el hecho de nuestro pensar es condicionado por el pasado, que se proyecta hacia el futuro. Y en el momento en que admitís el pasado, debéis también admitir el futuro; porque no hay dos estados ‑pasado y futuro‑ sino un estado que incluye lo consciente tanto como lo inconsciente, el pasado colectivo y el pasado individual. El pasado colectivo y el pasado individual, en respuesta al presente, emite ciertas respuestas que crean la conciencia individual; por lo tanto la conciencia es del pasado, y ése es todo el trasfondo de nuestra existencia. Y no bien tenéis el pasado, inevitablemente tenéis el futuro, porque el futuro es la mera continuidad del pasado modificado; pero sigue siendo el pasado. Nuestro problema, pues, es el de cómo producir una transformación en este proceso del pasado sin crear otro condicionamiento, otro pasado. Espero que entendáis todo esto. Si no es claro, tal vez lo discutiremos el martes o el jueves.

Para expresarlo diferentemente, el problema es éste: la mayoría de nosotros rechaza determinada forma de condicionamiento y encuentra otra forma, un condicionamiento más amplio, más significativo o más agradable. Abandonáis una religión y abrazáis otra, rechazáis una forma de creencia y aceptáis otra. Tal substitución, evidentemente, no es comprender la vida, que es interrelación. Nuestro problema, pues, es el de cómo estar libres de todo condicionamiento. O decís que ello es imposible, que ninguna mente humana puede jamás estar libre de condicionamiento; o bien empezáis a experimentar, a inquirir, a descubrir. Si afirmáis que es imposible, es obvio que estáis fuera de concurso. Vuestro aserto podrá basarse en una experiencia limitada o amplia, o en la mera aceptación de una creencia; pero tal aserto es la negación de la búsqueda, de la investigación, de la indagación, del descubrimiento. Para descubrir si es posible que la mente se vea completamente libre de todo condicionamiento, debéis estar en libertad de indagar y de descubrir.

Ahora, yo digo que es decididamente posible para la mente el estar libre de todo condicionamiento; y no es que debáis aceptar mi autoridad. Si esto lo aceptéis basándoos en la autoridad, jamas descubriréis; será otra substitución, y no tendrá significación alguna. Cuando digo que es posible, lo digo porque para mí es un hecho, y os lo expondré verbalmente; mas si habéis de encontrar la verdad de ello por vosotros mismos, debéis experimentar con ello y seguirlo velozmente.

La comprensión de todo el proceso del condicionamiento no os llega por el análisis o la introspección; porque, en el momento en que tenéis el analizador, ese mismísimo analizador forma parte del transfundo, y por lo tanto su análisis carece de significación. Eso es un hecho, y debéis dejar de lado el análisis. El analizador que examina, que analiza la cosa que está considerando, forma él mismo parte del estado condicionado, y por lo tanto, sea cual fuere su interpretación, su comprensión, su análisis, éste sigue siendo parte del trasfondo. Por ese camino, pues, no hay escape; y el romper el trasfondo es esencial, porque, para enfrentarse con el reto de lo nuevo, la mente debe ser nueva. Para descubrir a Dios, la verdad o lo que os plazca, la mente tiene que estar fresca, no contaminada por el pasado. Analizar el pasado, llegar a conclusiones a través de una serie de experimentaciones, formular asertos y negaciones, y todo lo demás, implica por su misma esencia la continuación del trasfondo en diferentes formas; y cuando veáis la verdad de ese hecho, descubriréis que el analizador ha terminado. El trasfondo sigue todavía allí, pero el analizador ha llegado a su término. Entonces no hay entidad aparte del trasfondo; sólo hay pensamiento como trasfondo, siendo el pensamiento la respuesta de la memoria, tanto consciente como inconsciente, individual como colectiva.

Así pues, la mente es el resultado del pasado, es decir, el proceso del condicionamiento; ¿y cómo es posible para la mente ser libre? Para ser libre, no sólo debe la mente ver y comprender su oscilación a modo de péndulo entre el pasado y el futuro, sino también darse cuenta del intervalo entre pensamientos. Ese íntervalo es espontáneo, no es producido por ninguna causalidad, por ningún deseo, por ninguna compulsión. Experimentad simplemente conmigo esta tarde, y ved funcionar vuestra propia mente a medida que voy ahondando en la cuestión. No os inquietéis, que no os estoy hipnotizando. (Risas). No me interesa hipnotizaros ni influir sobre vosotros, porque el ser hipnotizado, influenciado consciente o inconscientemente, es convertirse en secuaz; y el convertiros en secuaces es destruiros a vosotros mismos y a la persona que seguís, y por lo tanto entre nosotros no hay amor. Cuando hay amor no hay hipnotismo, no hay secuaz ni instructor, no hay hombre ni mujer; sólo existe esa llama del amor. Y es ese amor el que trae comunión entre nosotros

Aunque es difícil con un gran auditorio, esta tarde estoy procurando mostraros cómo funciona de hecho la mente; y vosotros podéis experimentar y ver por vosotros mismos. Sabemos que el pensar es una respuesta del trasfondo. Pensáis como hindúes, como parsis, como budistas, y sabe Dios como qué cosas más, no sólo en vuestro pensamiento consciente sino asimismo en vuestro pensamiento inconsciente. Vosotros sois el trasfondo, no estáis separados, no hay pensador aparte del trasfondo; y la respuesta de ese trasfondo es lo que llamáis pensar. Ese trasfondo, sea culto o inculto, erudito o ignorante, responde constantemente a cualquier reto, a cualquier estímulo, y esa respuesta crea no sólo el llamado “presente” sino también el futuro; y ése es nuestro proceso de pensar

Si observáis ahora muy cuidadosamente, veréis que si bien la respuesta, el movimiento del pensar, parece tan veloz, hay resquicios, hay intervalos entre los pensamientos. Entre dos pensamientos hay un período de silencio que no está relacionado con el proceso de pensar. Si lo observáis, veréis que ese período de silencio, ese intervalo, no pertenece al tiempo; y el descubrimiento de ese intervalo, la plena vivencia de ese intervalo, os libera del condicionamiento ‑o, más bien, no os libera a “vosotros” sino que hay liberación del condicionamiento. De suerte que la comprensión del proceso de pensar es meditación, cosa que discutiremos en otra oportunidad. Ahora estamos no sólo discutiendo la estructura y el proceso del pensamiento ‑que es el trasfondo de la memoria, de la experiencia, del conocimiento- sino asimismo tratando de averiguar si la mente puede librarse del trasfondo. Sólo cuando la mente no da continuidad al pensamiento, cuando está quieta, en una quietud no inducida, y sin causalidad alguna ‑es sólo entonces que puede haber liberación del trasfondo. Espero haber explicado suficientemente este cuestión.

Pregunta: ¿Por qué la mente humana se aferró tan persistentemente a la idea de Dios de muchas maneras diferentes? ¿Puede usted negar que la creencia en Dios ha brindado consuelo y sentido a muchas vidas solitarias y desoladas a través del mundo? ¿Por qué priva usted al hombre de este consuelo, al predicarle un nuevo tipo de nihilismo?

Krishnamurti: Esta es, señores, una pregunta tan importante como la anterior, porque todas las cuestiones humanas vitales son importantes. Os ruego, pues, que no resistáis y que tratéis de comprender aquello de que estoy hablando, y entonces veréis.

Bueno, la creencia es una negación de la verdad, la creencia obsta a la verdad; creer en Dios es no encontrar a Dios. Ni el creyente ni el incrédulo encontrará a Dios; porque la realidad es lo desconocido y vuestra creencia o no creencia en lo desconocido es una mera autoproyección y por lo tanto no es real. Así pues, no resistáis, si puedo sugerirlo, y juntos ahondemos en ello. Yo sé que creéis, y sé que ello tiene muy poco sentido en vuestra vida. Hay mucha gente que cree; millones que creen en Dios y hallan consuelo. En primer término, ¿por qué creéis? Creéis porque ello os brinda satisfacción, consuelo, esperanza, y decís que da significación a la vida. Pero en realidad vuestra creencia tiene muy escaso significado, porque creéis y explotáis, creéis y matáis, creéis en un Dios universal y os asesináis unos a otros. El hombre rico también cree en Dios; y él explota cruelmente, acumula dinero, y luego edifica un templo o se hace filántropo. ¿Es eso creencia en Dios? Y el hombre que arroja una bomba atómica dice que Dios es su copiloto en el avión. (Risas). No riáis, señores. Vuestro turno llegará también. El hombre que proyecta el asesinato en vasta escala apela al Todopoderoso; el hombre que es cruel con su mujer, con sus hijos, con el prójimo, también canta, se sienta, se arrodilla, junta sus manos e invoca el nombre de Dios.

Todos, pues, creéis de diferentes maneras, pero vuestra creencia no tiene realidad alguna. La realidad es lo que sois, lo que hacéis, lo que pensáis, y vuestra creencia en Dios es un mero escape de vuestra vida monótona, estúpida y cruel. Además, la creencia invariablemente divide a la gente: están los parsis, los hindúes, los budistas, los cristianos, los comunistas, los socialistas, los capitalistas, etc. La creencia, la idea, divide; jamás une a la gente. Podréis reunir unas cuantas personas en un grupo, pero ese grupo se opone a otro grupo. De suerte que las ideas y las creencias nunca son unitivas; por el contrario, son separativas, desintegrantes y destructivas. Por consiguiente, vuestra creencia en Dios está realmente difundiendo desdicha en el mundo; aunque os haya traído consuelo momentáneo, de hecho os ha traído más miserias y destrucción en forma de guerras, hambre, divisiones de clase, y la cruel acción de los individuos separados. Vuestra creencia, pues, no tiene validez alguna. Si realmente creyerais en Dios, si ello fuera para vosotros una experiencia real, entonces vuestro rostro tendría una sonrisa, entonces no destruiríais seres humanos. No me estoy entregando a la retórica; pero, por favor, considerad primero los hechos.

Vosotros no creéis realmente en Dios, porque si así fuera no seríais ricos, no tendríais templos, no habría gente pobre, no seriáis filántropos con grandes títulos después de explotar a la gente. De suerte que vuestra creencia en Dios es sin valor; y aunque ella pueda daros temporario consuelo, compensar y ocultar vuestras propias miserias, aunque os dé un respetable escape, reconocido por el género humano como algo que hace de vosotros personas religiosas, todo eso es sin validez y no tiene significación de ninguna especie. Lo que es significativo es vuestra vida, vuestra manera de vivir, el modo como tratáis a vuestro sirviente, como miráis a otro ser humano.

Lo que yo predico, pues, no es negación. Yo digo que vosotros sembráis desdicha aferrándoos a ilusiones que os ayudan a eludir el mirar las cosas como son. Hacer frente a un hecho es estar libre del hecho, y la creencia es un impedimento para la percepción de lo que es. Después de todo, vuestra creencia es el resultado de vuestro condicionamiento. Podéis ser condicionados para creer en Dios, y otro puede ser condicionado para no creer, para negar que hay Dios. Es obvio, entonces, que la creencia impide la verificación de lo que es; y el ver la verdad de este hecho es estar libre de creencia. Sólo entonces puede la mente inquirir y descubrir si existe eso que se llama Dios.

Ahora bien, ¿qué es la realidad, qué es Dios? Dios no es la palabra, la palabra no es la cosa. Para conocer aquello que es inconmensurable, que no pertenece al tiempo, la mente debe estar libre del tiempo, lo cual significa que la mente ha de estar libre de todo pensamiento, de toda idea acerca de Dios. ¿Qué sabéis, en efecto, acerca de Dios o la verdad? Nada sabéis realmente acerca de esa realidad. Todo lo que sabéis son palabras, las experiencias de otros, o algunos momentos de experiencia propia más bien vaga. Eso, por cierto, no es Dios, eso no es la realidad, eso no está más allá del ámbito del tiempo. Para conocer, pues, aquello que está más allá del tiempo, el proceso del tiempo ha de ser comprendido; y el tiempo es el pensamiento, el proceso del devenir, la acumulación de conocimientos. Eso es todo el trasfondo de la mente; la mente misma es el trasfondo, tanto lo consciente como lo inconsciente, lo colectivo como lo individual. De suerte que la mente debe estar libre de lo conocido, lo cual significa que la mente debe estar completamente en silencio, no reducida al silencio. La mente que logra el silencio como un resultado, como consecuencia de una acción determinada, de la práctica, de la disciplina, no es una mente silenciosa. La mente que se ve forzada, controlada, plasmada, puesta en un armazón y mantenida quieta, no es una mente en calma. Podéis conseguir, durante un período de tiempo, forzar la mente a estar superficialmente silenciosa, pero una mente así no es una mente quieta. La quietud sólo llega cuando comprendéis el proceso íntegro del pensamiento; porque comprender el proceso es dar término al proceso, y la terminación del proceso de pensar es el comienzo del silencio. Sólo cuando la mente está completamente en silencio ‑no sólo en el nivel superior sino fundamentalmente, en su totalidad, tanto en los niveles superficiales como en los más profundos de la conciencia- sólo entonces puede advenir lo desconocido. Lo desconocido no es algo que la mente haya de “vivenciar”; sólo el silencio puede ser “vivenciado”, nada más que el silencio. Si la mente experimenta algo que no sea el silencio, no hace más que proyectar sus propios deseos, y una mente así no está en silencio; y mientras la mente no esté en silencio, mientras el pensamiento en cualquier forma ‑consciente o inconsciente- esté en movimiento, no puede haber silencio. El silencio es liberación del pasado, del conocimiento, de la memoria consciente a la vez que de la inconsciente, y cuando la mente está por completo en silencio, no en uso, cuando hay un silencio que no es producto del esfuerzo, sólo entonces adviene lo atemporal, lo eterno. Ese estado no es un estado de recordación; no hay ente alguno que recuerde, que experimente. De suerte que Dios, la verdad o lo que os plazca, es algo que surge de instante en instante, y ello ocurre tan sólo en un estado de libertad y espontaneidad, no cuando la mente está disciplinada de acuerdo a una norma. Dios no es cosa de la mente, no llega a través de la autoproyección; sólo llega cuando hay virtud, es decir, libertad. La virtud es el hacer frente al hecho de lo que es, y el hacer frente al hecho es un estado de bienaventuranza. Sólo cuando la mente se hada en una suprema dicha y quietud, sin ningún movimiento propio, sin la proyección del pensamiento, consciente o inconsciente ‑sólo entonces adviene lo eterno.

26 de Febrero de 1950.

X. 4ª CONFERENCIA EN BOMBAY

A MENOS que comprendamos todo el problema del esfuerzo, la cuestión de la acción no será completamente comprendida. La mayoría de nosotros vive por una serie de esfuerzos, haciendo lo posible por obtener un resultado, luchando ya sea por el bien estar general, por la elevación general, o por lograr adelanto personal. El esfuerzo es al final de cuentas ‑¿no es verdad?- un proceso de ambición, sea colectiva o individual; y es la ambición lo que al parecer nos impulsa a la mayoría de nosotros hacia la acción política o hacia una obra de progreso social y religioso. Para la mayoría, la ambición parece ser la meta, el modo de vida; y cuando los empeños de esa ambición se ven desbaratados, hay frustración, hay dolor, lo cual conduce a una serie de evasiones. Por cierto, esfuerzo implica fundamentalmente, no sólo ambición de adelanto personal sino también ambición de progreso social y político; y si no logramos éxito en asuntos de este mundo, volvemos nuestra ambición hacia los asuntos llamados espirituales. Si no llego a ser alguien en este mundo, deseo llegar a serlo en el otro, y eso se considera espiritual, más digno, más significativo; pero la ambición en cualquier sentido, sea cual fuere el nombre que le demos, sigue siendo ambición. La adquisición de capacidad, de técnica y eficiencia, el deseo de poder para hacer el bien, del poder de hablar, de escribir, de pensar claramente, el deseo de poder en cualquier forma, implica ambición, ¿no es así? ¿Pero la búsqueda del poder trae acaso creación o “creatividad”? ¿Adviene la “creatividad” mediante el esfuerzo, mediante el adelanto personal o colectivo? ¿Adviene la “creatividad” mediante el cultivo de la capacidad y la eficiencia, que en su esencia es poder? Hasta que comprendamos el estado de ser que es creación, hasta que haya ese arraigado sentido de “creatividad”, el conflicto es inevitable. Si podemos comprender ese asunto de la creación, entonces podremos tal vez actuar sin multiplicar los problemas a través de la acción; y para comprender el estado de “creatividad” debemos por cierto comprender el proceso del esfuerzo.

Ahora bien, donde hay esfuerzo por lograr algo, es obvio que no puede haber comprensión. La comprensión solo llega cuando hay cesación de todo el proceso, de todo el mecanismo de esforzarse por ser o por no ser, por avanzar o por no avanzar. Sólo es el imitador, en realidad, quien hace un esfuerzo por llegar a ser algo; y el hombre que ha disciplinado su mente de acuerdo a cierta pauta es evidentemente un imitador, un copiador. Él debe hacer un esfuerzo por adaptarse al modelo, y a la conformidad con el modelo él le llama “vivir”. Por sutil, oculto y ampliamente extendido que sea, cualquier esfuerzo en el que haya imitación, copia, evidentemente no es creación. Como la mayoría de nosotros estamos atrapados en la imitación, hemos perdido la sensibilidad para la creación, y habiéndola perdido, nos enredamos en la técnica, en hacer cada vez más perfecto el esfuerzo, cada vez más eficiente. Esto es, desarrollarnos roas y más la capacidad técnica sin tener la llama; y la búsqueda de eficiencia en la acción, sin la llama, es la maldición de la época actual. La mayoría de los que estamos interesados en acciones que en paramos han de producir una revolución, nos hallamos atrapados en la acción basada en una idea, acción que es simple imitación y por lo tanto sin validez. Ciertamente, nuestro problema ‑sociológico, religioso, individual, colectivo o lo que os plazca- sólo podrá ser resuelto cuando comprendamos todo el proceso, el mecanismo del esfuerzo; y la comprensión del esfuerzo es meditación.

Así, pues, hasta que comprendamos y estemos completamente libres del proceso total de la ambición ‑que es la búsqueda de poder, de eficiencia, de dominación- no puede haber acción creativa; y es sólo el hombre creativo quien puede resolver estos problemas, no el hombre que sólo imita un modelo, por muy eficiente y digno que sea. La búsqueda de una pauta no es la búsqueda de creación; el procurar una norma no es procurar la verdadera revolución. Mientras no comprendamos el proceso del esfuerzo, en el que está implícito el poder, la imitación, la ambición, no puede haber creación. Sólo el hombre creativo es feliz, y sólo el hombre feliz es virtuoso: y el hombre feliz, virtuoso, es un ente social realmente creativo que traerá la revolución.

Hay varias preguntas. Para la mayoría de nosotros, los problemas de la vida no son muy serios, y queremos respuestas ya hechas. No deseamos ahondar en el problema, no deseamos pensarlo completamente, plenamente, y comprender todo su significado; queremos que se nos diga la respuesta, y cuanto más grata ésta resulte, tanto más pronto la aceptamos. Cuando se nos hace pensar en el problema, cuando tenemos que ahondar en él, nuestra mente se rebela porque no estamos habituados a investigar problemas. Al considerar estas preguntas, si esperáis de mí una mera respuesta ya hecha, me temo que sufráis decepción, pero si podemos ahondar juntos en la cuestión, pensarla cabalmente de un modo nuevo, no de acuerdo a viejas normas, entonces quizá seremos capaces de resolver los muchos problemas que se nos plantean y que generalmente no estamos dispuestos a considerar. Tenemos que considerarlos, es decir, debe haber capacidad para enfrentar el hecho; y no podemos enfrentar el hecho, sea él cual fuere, mientras tengamos explicaciones, mientras las palabras llenen nuestra mente. Son las palabras, las explicaciones, los recuerdos, que obscurecen la comprensión del hecho. El hecho siempre es nuevo, porque el hecho es un reto; pero el hecho deja de ser un reto, de ser nuevo, cuando lo consideramos simplemente como lo viejo y lo descartamos. Al considerar, pues, estas preguntas, espero que vosotros y yo pensemos juntos el problema. Yo no voy a formular la respuesta. Juntos, empero, vamos a pensar cabalmente cada problema y a descubrir la verdad a su respecto.

Pregunta: Parece usted predicar algo muy semejante a las enseñanzas de los Upanishads; ¿por qué entonces, le trastorna a usted que alguien cite los libros sagrados? ¿Quiere usted sugerir que lo que usted expone jamás lo ha dicho nadie antes? ¿El citar a otra persona se interpone con la peculiar técnica de hipnotismo que usted emplea?

Krishnamurti: ¿Por qué citáis y por qué comparáis? O bien citáis porque decís “citando puedo comparar y comprender”, o citáis porque en vuestra mente no sois otra cosa que citación. (Risas). No riáis. señores; ved, simplemente la verdad en este asunto. Un disco de fonógrafo repite lo que alguna otra persona ha dicho. ¿Tiene eso alguna validez en la búsqueda de la verdad? ¿Comprendéis por el hecho de citar los Upanishads o cualquier otro libro? Ningún libro es sagrado, os lo aseguro; como el periódico, son tan sólo palabras impresas en papel, y nada de sagrado hay en el uno ni en el otro. Ahora bien, vosotros citáis porque creéis que citando y comparando comprenderéis aquello de que yo hablo. ¿Pero comprendemos cosa alguna mediante la comparación, o es que la comprensión sólo llega cuando os las habéis directamente con cualquier cosa que se diga? Cuando decís que los Upanishads lo han dicho, o que lo ha dicho algún otro, ¿qué es lo que realmente ocurre en vuestro proceso psicológico? Diciendo que algún otro lo ha dicho, no necesitéis más pensar en ello, ¿no es así? Creéis haber comprendido los Upanishads; y cuando comparáis lo que dicen los Upanishads con lo que yo digo, decís que es lo mismo y no le dedicáis más pensamiento al problema. Esto es, al comparar buscáis realmente un estado en el que no seréis perturbados. Después de todo, cuando habéis leído los Upanishads o el Bhagavad Gita y creéis haberlo comprendido, podéis afirmaros en vuestra convicción y seguir repitiéndolo, y ello no surtirá efecto alguno en vuestra vida; podéis seguir leyendo, y citando, y estar imperturbables, perfectamente en salvo. Entonces sois muy respetables y podéis continuar con vuestra vida diaria, que es monstruosamente fea y estúpida; y cuando viene algún otro y os señala algo, de inmediato lo comparáis con lo que habéis leído, y creáis haber comprendido. En realidad evitáis la perturbación; por eso es que comparáis, y es a eso que yo hago objeción.

No sé si lo que yo digo es nuevo o viejo, ni me interesa que alguien lo haya o no dicho; pero lo que realmente me interesa es descubrir la verdad acerca de todo problema ‑no de acuerdo a los Upanishads, el Bhagavad Cita, la Biblia o Sankara. Cuando buscáis la verdad acerca de un problema, es estúpido citar lo que otros han dicho. Señor, ésta no es una reunión política, y en el fondo la cuestión es ésta: ¿Comprendéis algo por comparación? ¿Comprendéis la vida por el hecho de tener vuestra mente llena de lo que otros han dicho, por seguir la experiencia, el conocimiento de otros? ¿O es que la comprensión llega tan sólo cuando la mente está quieta, no aquietada, lo cual es embotamiento? Mediante la indagación, la investigación, la exploración, es inevitable que la mente llegue a estar quieta, y entonces el problema brinda su plena significación; y sólo cuando la mente está quieta hay comprensión del significado del problema, no cuando constantemente comparáis, citéis, juzgáis, pesáis. Es seguro, señor, que el hombre de conocimientos, el erudito, jamás podrá conocer la verdad; por el contrario, el saber y la erudición deben terminar. La mente debe ser simple para comprender la verdad; no ha de estar llena de conocimientos ajenos ni de su propia inquietud. Observad esto: si no tuvierais libros de ninguna especie, ningún libro llamado religioso o sagrado, ¿qué haríais para encontrar la verdad? Si estuvierais totalmente interesados en ello, tendríais que escudriñar vuestro propio corazón, tendréis que explorar los lugares sagrados de vuestra mente, ¿verdad? Habríais de recurrir a vosotros mismos, deberíais comprender de qué manera funciona vuestra mente; porque la mente es el único instrumento que poseéis, y si no comprendéis ese instrumento, ¿cómo podéis ir más allá de la mente? Sin duda, señor, los que primera escribieron los libros sagrados no podían haber sido copistas, ¿no es así? Ellos no citaron a otros Pero nosotros citamos porque nuestro corazón está vacío, porque somos estériles y nada hay en nosotros. Hacemos mucho ruido, y a eso le llamamos sabiduría; y con ese conocimiento queremos transformar el mundo, haciendo de ese modo más ruido. Por eso es importante, para la mente que desea de veras producir una revolución fundamental, estar libre de copia, de imitación, de normas.

Ahora el interlocutor pregunta: “¿El citar a otra persona se interpone con la peculiar técnica de hipnotismo que Ud. emplea?” ¿Acaso os estoy hipnotizando? No me contestéis ‑porque el hombre hipnotizado no sabe que lo están hipnotizando. El problema no es el de si yo os hipnotizo, sino el de por qué me escucháis. Si sólo escucháis para hallar un sustituto, otro líder, otra imagen para adorar y ponerle flores, entonces lo que yo digo será absolutamente inútil. Vuestras paredes ya están llenas de cuadros, tenéis innumerables imágenes; y si escucháis para hallar mas satisfacción, estaréis hipnotizados, sea lo que fuere que se diga. Mientras busquéis satisfacción encontraréis los medios de satisfaceros, y por lo tanto estaréis hipnotizados, como lo estáis la mayoría de vosotros. Los que creen en el nacionalismo están hipnotizados; los que creen en ciertos dogmas acerca de Dios, de la reencarnación o de lo que os plazca, están hipnotizados por palabras, por ideas. Y os gusta ser hipnotizados, magnetizados, ya sea por otro o por vosotros mismos, porque en ese estado podéis manteneros sin perturbación; y mientras busquéis un estado en el que no tengáis perturbación ‑estado que llamáis “paz de la mente”- siempre encontraréis los medios, el “gurú”, cualquier persona o cualquier cosa que os dé lo que deseáis. Ese estado es hipnosis. Eso, por cierto, no es lo que aquí ocurre, ¿verdad? En realidad yo nada os doy. Por el contrario, yo digo: despertad de vuestra hipnosis. Sea que estéis hipnotizados por vuestros Upanishads o por el más moderno “gurú”, libertaos de ellos. Considerad vuestros propios problemas; ved la verdad acerca de los problemas más próximos, no de los más lejanos, y comprended vuestra relación con la sociedad. Eso por cierto, no es hipnotizaros; por el contrario es haceros descender a los hechos, haceros ver los hechos. El evitar el hecho, el escapar al hecho, es el proceso de la hipnosis; y eso es fomentado por los periódicos, el cine, los libros sagrados, los “gurús”, los templos, la repetición de palabras y cánticos. El hecho no es algo muy extraordinario, el hecho es que vosotros explotáis, que sois responsables por los embrollos en el mundo; sois vosotros los responsables, no algún mal ajuste económico. Ese es el hecho, que vosotros no estáis dispuestos a considerar; y mientras no querréis considerar el hecho, seréis hipnotizados, no por mí sino por vuestro propio deseo, que busca un modo de no ser perturbado, de recorrer el sendero usual y volverse respetable. Señor, el hombre respetable, el hombre llamado religioso, es el hombre hipnotizado, porque su evasión final es su creencia; y esa creencia es invariablemente grata, jamás perturbadora, pues de otro modo él no creería.

De suerte que, o bien el deseo de comodidad, de seguridad, de satisfacción, de un estado sin perturbación, crea la entidad externa que os hipnotiza, o estáis interiormente hipnotizados por vuestro propio deseo de seguridad; mas para comprender la verdad, la mente debe ser libre. La libertad, no es algo que haya de lograrse finalmente; ella debe ser al comienzo. Pero no deseamos ser libres al comienzo, porque ser libres al comienzo significa revolución interior, una rigurosa percepción de los hechos en todo momento, lo cual exige constante vigilancia, una mente alerta. Como no deseamos estar despiertos ante los hechos, hallamos las usuales vías de escape, ya sea en actividades sociales o en la ambición personal. Y la mente atrapada en la actividad social y en la ambición está mucho más hipnotizada que la mente que sólo se halla encerrada en sus propias miserias personales; pero ambos están hipnotizadas por su propia indigencia, por sus propios deseos. Sólo podéis estar libres de vuestra autohipnosis cuando comprendáis el proceso íntegro, total, de vosotros mismos. El conocimiento propio, por lo tanto, es el principio de la libertad, y sin conocimiento propio os halláis perpetuamente en estado de hipnosis.

Pregunta: Ud. predica una especie de anarquismo filosófico, que es la evasión favorita de la alta clase intelectual ¿Una Comunidad no necesitará siempre alguna forma de regulación y autoridad? ¿Qué orden social podría expresar los valores que Ud. sostiene?

Krishnamurti: Señor, cuando la vida es muy difícil, cuando los problemas están en aumento, nos evadimos ya sea a través del intelecto o mediante el misticismo. La evasión por el intelecto la conocemos: “racionalización”, expedientes cada vez más astutos, mas y más técnica, más y más respuestas económicas a la vida, todo ello muy sutil e intelectual. Y está la evasión por el misticismo, los libros sagrados, el culto de una idea establecida ‑siendo la idea una imagen, un símbolo, una entidad superior, o lo que os plazca- pensando que eso no es de la mente. Pero tanto el intelectual como el místico son productos de la mente. Al uno le llamamos intelectual, erudito, y al otro lo despreciamos, porque hoy esta de moda despreciar al místico, echarlo a puntapiés: pero ambos funcionan por medio de la mente. El intelectual podrá ser más capaz de hablar, de expresarse más claramente, pero él también halla retiro en sus propias ideas y ahí vive tranquilamente, desdeñando la sociedad y persiguiendo sus ilusiones, nacidas de la mente; no creo, pues, que haya diferencia alguna entre ambos. Ambos persiguen ilusiones de la mente, y ni el erudito ni el lego, ni el místico, ni el yogui que escapa y se retira del mundo, ni el comisario, tiene la respuesta. Somos vosotros y yo, gente común y corriente, que hemos de resolver este problema sin ser eruditos ni místicos, sin evadirnos mediante la “racionalización” o unos términos vagos, y sin dejarnos hipnotizar por palabras, por métodos de nuestra autoproyección. Lo que vosotros sois, eso es el mundo, y a menos que os comprendáis a vosotros mismos, vuestras creaciones acrecentarán siempre la confusión y la miseria; pero la comprensión de vosotros mismos no es un proceso por el que hayáis de pasar como requisito de la acción. No es que debáis primero comprenderos a vosotros mismos y luego actuar; por el contrario, la comprensión de vosotros mismos está precisamente en la acción de la interpelación. La acción es interrelación en la cual os comprendéis a vosotros mismos, en la que os veis con claridad; mas si esperáis hasta llegar a ser perfectos o comprenderos a vosotros mismos, esa espera es muerte. La mayoría de nosotros hemos sido activos, y esa actividad nos ha dejado vacíos, estériles; y si una vez hemos sido amargados, esperamos y no seguimos actuando, porque decimos “nada haré hasta comprender”. La espera para comprender es un proceso de muerte; pero si comprendéis todo el problema de la acción, del vivir de instante en instante ‑que no requiere espera- entonces la comprensión está en lo que hacéis, está en la acción misma, no está separada del vivir. El vivir es acción, es interrelación, y como no comprendemos la interrelación, como la evitamos, las palabras nos atrapan; y las palabras nos han hipnotizado hasta inducirnos a una acción que conduce a más caos y miseria.

“¿Una comunidad no necesitará siempre alguna forma de regulación y autoridad?” Es obvio que debe haber autoridad mientras una comunidad se base en la violencia. ¿Acaso nuestra actual estructura social no se basa en la violencia, en la intolerancia? La comunidad es usted y otros en interrelación; ¿y vuestra interrelación no está basada en la violencia? ¿Al final de cuentas no campeáis por vosotros mismos, sea como comisarios o como yoguis? El yogui desea su salvación en primer término, lo mismo que el comisario, sólo que a eso le dais diferentes nombres. ¿No se basa en la violencia nuestra actual interrelación? Violencia es el proceso de encierro en uno mismo, de aislamiento. ¿No es nuestra diaria acción un proceso de aislamiento? Y, puesto que cada cual se aísla a al mismo, tiene que haber autoridad para producir cohesión, ya sea la autoridad del Estado o la autoridad de la religión organizada. En la medida en que se nos ha podido mantener juntos, se lo ha hecho hasta ahora por el temor de la religión o por el temor del gobierno; pero un hombre que comprende la interpelación,- cuya vida no se basa en la violencia, no tiene necesidad alguna de autoridad. El hombre que necesita autoridad es el hombre estúpido, el hombre violento, el hombre infeliz ‑es decir, vosotros mismos. Buscáis autoridad porque creéis que sin ella estáis perdidos; es por eso que tenéis todas estas religiones, ilusiones y creencias, y es por eso que tenéis innumerables líderes, tanto políticos como religiosos. En momentos de confusión producís el líder, y a ese líder seguís; y como él es el resultado de vuestra propia confusión, el líder mismo evidentemente debe estar confuso. La autoridad, pues, es necesaria mientras engendréis conflicto, miseria y violencia en vuestra vida de relación.

“¿Qué orden social podría expresar los valores que Ud. sostiene?” Señor, ¿comprende Ud. qué valores yo sostengo? ¿Es que yo sostengo algo ‑para los pocos, al menos, que han escuchado con seria intención? Yo no os estoy brindando una nueva serie de valores a cambio de una vieja serie; no os propongo una substitución; pero os digo: considerad las cosas mismas que vosotros mantenéis, examinadlas, investigad la verdad a su respecto, y los valores que entonces establezcáis crearán la nueva sociedad. No les corresponde a otros redactar un proyecto que vosotros podáis seguir ciegamente sin saber de qué se trata; a vosotros os incumbe descubrir por vosotros mismos el valor, la verdad de cada problema. Lo que yo digo es muy claro y sencillo si queréis entenderlo. La sociedad es vuestro propio producto, vuestra propia proyección. El problema del mundo es vuestro problema, y para comprender ese problema tenéis que comprenderos a vosotros mismos; y sólo podéis comprenderos en la vida de relación, no en las evasiones. Es porque os evadís mediante vuestra religión, vuestros conocimientos, que ellos carecen de validez y significación. No estáis dispuestos a alterar fundamentalmente vuestra relación con los demás porque eso significa molestia, perturbación, revolución; habláis, pues, del intelectual erudito, del místico, y de todo el resto de esos disparates. Señor, una nueva sociedad, un orden nuevo, no puede ser establecido por otros; debe ser establecido por usted. Una revolución basada en una idea no es para nada una revolución. La revolución real viene de adentro, y esa revolución no se la produce mediante evasiones; ella llega tan sólo cuando comprendéis vuestras relaciones, vuestras diarias actividades, vuestra manera de actuar, vuestro modo de pensar, de conversar, vuestra actitud hacia el prójimo, hacia vuestra esposa, hacia vuestro esposo, hacia vuestros hitos. Hagáis lo que hiciereis, y por lejos que escapéis, si no os comprendéis a vosotros mismos, sólo causaréis más miserias, más guerras, más destrucción.

Pregunta: La oración es la expresión única de todo corazón humano, es el clamor del corazón por la unidad. Todas las escuelas de “bhaktimarga” se basan en la inclinación instintiva a la devoción. ¿Por qué la echa Ud. a un lado como cosa de la mente?

Krishnamurti: La mayoría de la gente reza, todos vosotros lo hacéis, sea en un templo, en vuestra habitación privada, o sosegadamente en vuestro propio corazón. ¿Cuando rezáis? Rezáis, por cierto, cuando estáis en dificultades, ¿no es así? Cuando se os plantea un problema serio, cuando estáis sumidos en el dolor, cuando no hay nadie que os ayude en vuestra dificultad, cuando os sentís desdichados, cuando estáis confusos, perturbados y deseáis que alguien os ayude a salir del paso, entonces rezáis. Esto es, la oración es el clamor de todo ser humano que busca alguien que le ayude a salir de su desdicha; de suerte que la oración es por lo general un ruego, ¿verdad? Es una súplica a alguien que está fuera de vosotros mismos, a un ente separado, para que ayude; y con ese ente deseáis estar unidos.

Así pues, señores, como la mayoría de vosotros reza de un modo u otro, tratad de comprender aquello de que estoy hablando. No le resistáis; averiguad primero. No os estoy hipnotizando; trato de deciros que el resistir a algo nuevo no es comprenderlo. No digáis que yo condeno la oración, que la creo inútil; porque es posible que haya un enfoque diferente de todo el problema. A menos que sigáis esto con bastante atención, me temo que no comprenderéis lo que de ello va a resultar. La oración es una súplica, un ruego, un llamado a algo que está fuera de nosotros. ¿Hay algo más allá dé nosotros mismos? No citéis los Upanishads o a Marx, porque la citación carece de sentido. Los Upanishads podrán decir que hay algo más allá de vosotros mismos, y el marxista podrá decir que no hay nada más allá de vosotros mismos, pero ambos pueden estar equivocados. Debéis descubrir la verdad al respecto, y para ello tenéis que examinar el proceso de vosotros mismos en la oración; tenéis que comprender por qué rezáis. Por el momento no estamos considerando si hay o no una respuesta a la oración, ni cómo llega la respuesta; ya lo investigaremos. Cuando rezáis, se da por sentado que os dirigís a otro, a una entidad superior, que está más allá de vosotros mismos; pero antes de discutir eso, debemos ciertamente averiguar por qué rezáis.

¿Cuál as el proceso de la oración? Es obvio, en primer lugar, que rezamos porque estamos confusos. Un hombre feliz no reza, ¿verdad? Un hombre que siente júbilo, deleite, no reza. Es el hombre apenado, el hombre que se halla frente a una dificultad, que está sumido en la confusión, en el dolor, el que reza; y su rezo es para aclarar su contusión, o bien es una súplica por alguna otra necesidad en la que hay urgencia. Así, pues, el hombre que reza está confuso, se siente miserable, dolorido; ¿y qué sucede cuando él reza? ¿Alguna vez os habéis observado rezando? Os arrodilláis u os sentáis tranquilamente, adoptáis cierta postura física, ¿nos es así? O aun, vuestra mente reza mientras camináis. Bueno, ¿qué ocurre en ese proceso? Seguid esto, por favor, y veréis. Cuando rezáis, vuestra mente repite ciertas palabras, ciertas frases cristianas o sánscritas; y la repetición de esas frases aquieta la mente, ¿verdad? Probadlo, y veréis que si proseguís repitiendo ciertas palabras, ciertas frases, las capas superficiales o superiores de la mente resultan aquietadas, lo cual no es verdadera quietud, sino una forma de hipnosis. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la mente superior o superficial es aquietada? Es obvio que las capas más profundas de la mente brindan su intimación, ¿no es así? Todos los niveles más profundos de la conciencia, las acumulaciones raciales, las experiencias individuales, los recuerdos y conocimientos del pasado, todo ello está ahí; pero nuestra vida diaria, nuestras diarias actividades, están tan sólo en la superficie de la mente, y a la mayoría de nosotros no le interesa para nada los niveles más profundos. Sólo nos interesan cuando nos vemos perturbados, u ocasionalmente cuando surge un recuerdo o tenemos un sueño. Pero es obvio que las capas más profundas de la conciencia están siempre ahí, y que actúan, esperan, vigilan sin cesar; y cuando la mente superficial ‑que de ordinario se halla tan completamente ocupada con sus propias dificultades, necesidades e inquietudes- llega a estar algo quieta o se re aquietada, es natural que los recuerdos del fuero interior brinden sus intimaciones; y a esas intimaciones les llamamos la Voz de Dios. ¿Pero es eso la Voz de Dios? ¿Es algo que esté más allá de vosotros mismos? Cuando surgen esas intimaciones, es obvio que ellas deben ser el resultado de la experiencia colectiva e individual, de la memoria racial, que es un poco más alerta, algo más sabia que la mente superficial; pero la respuesta sigue siendo de vosotros mismos, no es del exterior. Los recuerdos colectivos, los instintos colectivos, las idiosincrasias y respuestas colectivas ‑todo eso proyecta la insinuación hacia la mente que está quieta; pero ello sigue siendo de la entidad limitada, de la conciencia condicionada, no es de más allá de esa conciencia. Así es como vuestras oraciones reciben respuesta. Formáis parte de lo colectivo, y vuestros rezos reciben respuesta de lo colectivo en vosotros; y la respuesta a la oración debe resultar satisfactoria para la mente consciente, pues de otro modo jamás la aceptaríais. Creéis y rezáis porque deseáis una salida de vuestra dificultad; y la salida de vuestra dificultad es siempre satisfactoria, y de un modo u otro vuestros rezos siempre son respondidos de acuerdo a lo que os resulta grato. Así, pues, nuestros rezos ‑que son súplicas obtienen una respuesta de nuestro más profundo “uno mismo”, no de más allá de nosotros mismos.

Viene enseguida esta pregunta: ¿hay algo más allá de nosotros mismos? Para descubrir eso requiérese un modo de pensamiento enteramente diferente; no mediante la meditación ni la citación, sino mediante la comprensión del proceso total de la conciencia. La mente puede proyectar ideas sobre Dios o la realidad, pero lo que la mente proyecta no está más allá del campo del pensamiento; y mientras la mente esté activa en la proyección de sus propias concepciones, es obvio que ella no puede descubrir si hay algo más allá de ella misma. Para descubrir si algo hay mas allá de ella misma, la mente debe dejar de proyectar, porque cualquier cosa en la que ella pueda pensar sigue estando dentro del campo del pensamiento, sea consciente o inconsciente. Lo que la mente puede proyectar no está fuera del ámbito de sí misma, y para descubrir si hay algo más allá de la mente, la mente debe cesar como pensamiento. Cualquier actividad, cualquier movimiento por parte de la mente, sigue siendo su propia proyección; y mientras el pensamiento continúe, jamas podrá encontrar aquello que está más allá de él mismo. Aquello que está más allá de la mente puede ser descubierto tan sólo cuando la mente está en silencio; y el silenciar la mente no es un proceso de voluntad, de determinada acción. Es obvio que la mente silenciada por la acción de la voluntad no es una mente en silencio. El problema, pues, es el de cómo puede cesar el pensamiento sin que uno quiera hacerlo cesar; porque, si a la mente la disciplino para que esté quieta, entonces es una mente muerta, una mente encerrada, no una mente libre. Sólo la mente libre puede descubrir lo que hay más allá de sí misma, y esa libertad no puede serle impuesta a la mente. La imposición no es libertad, la disciplina no es libertad, la conformidad no es libertad; mas cuando la mente ve que la conformidad no es libertad, entonces es libre. Ver el hecho es el principio de la libertad, es decir, ver lo falso como falso y lo verdadero como verdadero, no en un lejano futuro sino de instante en instante. Sólo entonces hay esa libertad en la cual la mente puede ser simple y estar quieta; y una mente así, quieta, puede conocer aquello que está más allá de sí misma.

Pregunta: ¿Acepta Ud. la ley de la reencarnación y del “Karma” como válida, o contempla un estado de completo aniquilamiento?

Krishnamurti: Probablemente la mayoría de vosotros cree en la reencarnación y el “Karma”; no resistáis, pues, os lo ruego, lo que voy a decir. A través de la resistencia no comprendemos; mediante la exclusión no hay comunión. Para comprender algo debemos amarlo, lo cual significa que debemos estar en comunión con ello y no tenerle miedo.

En primer lugar, la creencia en cualquier forma es negación de la verdad; una mente creyente no es una mente exploradora, una mente creyente jamás podrá hallarse en estado de vivencia. La creencia es una mera atadura creada por determinado deseo. Un hombre que cree en la reencarnación no puede conocer la verdad a su respecto, porque su creencia es mero consuelo, una evasión de la muerte por miedo a la “no continuidad”. Un hombre así no puede encontrar la verdad sobre la reencarnación, porque lo que él desea es consuelo, no la verdad. La verdad podrá brindarle consuelo o ser un factor inquietante, pero si él tiene como punto de partida el deseo de hallar consuelo, no puede ver la verdad. Ahora bien, si sois serios, vosotros y yo vamos a descubrir la verdad en este asunto, y lo importante es cómo abordamos el problema. ¿Cómo abordamos vosotros y yo el problema de la reencarnación? ¿Lo abordáis por miedo, por curiosidad, por deseo de continuidad? ¿O deseáis conocer lo que es? No estoy eludiendo la cuestión. Una mente que quiere saber la verdad, sea cual fuere, se halla por cierto en un estado diferente del de la mente temerosa de la muerte y que busca consuelo, continuidad, y por lo tanto, se aferra a la reencarnación. Es obvio que una mente así no se halla en estado de descubrimiento. Así, pues, el enfoque del problema importa; y yo doy por sentado que vosotros abordáis el problema como se debe, no por deseo alguno de confortación sino para descubrir la verdad del asunto.

Bueno, ¿qué entendéis por reencarnación? ¿Qué es lo que se reencarna? Sabéis que hay muerte, y hagáis lo que hiciereis no podéis evitarla. Podréis aplazar la muerte, pero ésta es un hecho. Ya lo discutiremos. ¿Qué es lo que se reencarna? Es una de dos cosas, ¿verdad? O es una entidad espiritual, o es algo que sólo es una acumulación de experiencia, de conocimientos, de memoria, no sólo individual sino colectiva, que nuevamente toma forma en otra vida. Examinemos, pues, esas dos cosas. ¿Qué entendemos por “entidad espiritual”? ¿Hay en vosotros una entidad espiritual, algo que no sea de la mente, que esté más allá de la sensación, algo que no pertenezca al tiempo, algo inmortal? Diréis “sí”; toda persona religiosa lo dice. Decís que hay una entidad espiritual que está más allá del tiempo, más allá de la mente, más allá de la muerte. No resistáis, por favor; pensémoslo cabalmente. Si decís que hay en vosotros una entidad espiritual, es obvio que ella es producto del pensamiento, ¿no es así? Se os ha hablado al respecto; no es vuestra experiencia. Así como un hombre está condicionado porque lo educaron con la idea de que no hay ente espiritual sino tan sólo la concurrencia de diversas influencias sociales, económicas y ambientales, vosotros estáis condicionados para sustentar la idea de una entidad espiritual, ¿no es así? Aun cuando sea vuestro propio descubrimiento el de que hay una entidad espiritual, ella sigue estando, por cierto, dentro del campo del pensamiento; y el pensamiento es resultado del tiempo, producto del pasado, acumulación, memoria. Esto es, si podéis pensar acerca de la entidad espiritual, sin duda esa entidad sigue estando dentro del campo del pensamiento, luego es producto del pensamiento, proyección del pensamiento, y por lo tanto no es una entidad espiritual. Aquello en que podéis pensar sigue estando dentro del campo del pensamiento, de suerte que no puede ser algo más allá del pensamiento.

Ahora bien, si no hay ente espiritual, ¿qué es entonces lo que reencarna? Y si hay un ente espiritual, ¿puede reencarnar? ¿Es una cosa perteneciente al tiempo, a la memoria, la que viene y va a vuestra conveniencia, según vuestro deseo? Si ella nace, si es un proceso en el tiempo, si tiene progreso, no es ciertamente una entidad espiritual; y si no pertenece al tiempo, entonces no puede haber problema de reencarnar, de tomar una nueva vida. De suerte que si no hay ente espiritual, entonces el “vosotros” es un mero manojo de recuerdos acumulados, el “vosotros” es vuestra propiedad, vuestra esposa, vuestro esposo, vuestros hijos, vuestro nombre, vuestras cualidades. La acumulación de las experiencias de pasado en conjunción con el presente, es el “vosotros”, tanto lo consciente como lo inconsciente, lo colectivo como lo individual ‑todo ese manojo es el “vosotros”. Y ese manojo pregunta: “¿Me reencarnaré, tendré continuidad, qué ocurre después de la muerte?” Si hay una entidad espiritual, ella está más allá del pensamiento, no puede ser atrapada en la red de la mente; y para descubrir esa entidad, ese estado espiritual la mente tiene que estar quieta, no puede estar agitada con la función de pensar. Ahora preguntáis si el “vosotros” tiene continuidad ‑siendo el “vosotros” el nombre, la propiedad, los muebles, los recuerdos, las idiosincrasias, las experiencias, el conocimiento acumulado. ¿Tiene eso continuidad? Esto es, ¿tiene una continuidad el pensamiento condicionado? Es obvio que el pensamiento tiene continuidad; para eso no necesitáis indagar demasiado. Tenéis continuidad en vuestros hijos, en vuestra propiedad, en vuestro nombre; eso, evidentemente, continúa en una forma u otra. Pero esa continuidad no os satisface, ¿verdad? Deseáis continuar como entes espirituales, no sólo como pensamiento, como un manojo de reacciones; eso no tiene gracia. ¿Pero acaso sois algo más que eco? ¿Sois algo más que vuestra religión, vuestras creencias, vuestras divisiones de castas, vuestras supersticiones, tradiciones y esperanzas de futuro? ¿Sois algo más que eso? Os agradaría pensar que sois más que eso, pero el hecho es que sois eso y nada más. Puede que haya algo más allá; mas para descubrir algo más allá es preciso que todo eso termine. Así, pues, cuando investigáis el problema de la encarnación, no os interesa lo que hay más allá sino la continuidad del pensamiento, identificado como “vosotros”; y es obvio que hay continuidad.

Ahora bien, otra cuestión involucrada en esto es el problema de la muerte. ¿Qué es la muerte? ¿La muerte es simplemente el terminar del cuerpo? ¿Y por qué es que tenemos miedo de la muerte? Como nos aferramos a la continuidad y vemos que hay una terminación de la continuidad cuando morimos, deseamos que se nos asegure la continuidad del otro lado, y es por eso que creemos en la vida después de la muerte; pero ninguna suma de garantías de continuidad, ni todas las sociedades de investigación, ni todos los libros e informaciones, jamás os satisfarán. La muerte es siempre lo desconocido; podréis tener todas las informaciones al respecto, pero lo conocido tiene miedo de lo desconocido, y siempre lo tendrá. De suerte que uno de los problemas en esta cuestión es éste: ¿es creativa la continuidad? ¿Puede aquello que es continuo descubrir algo más allá de sí mismo? Señor, ¿puede aquello que tiene continuidad conocer algo que esté más allá de su propio ámbito? Ese es el problema, y es un problema que no estáis dispuestos a enfrentar; y por eso es que tenéis miedo a la muerte. Aquello que continúa no puede nunca ser creativo; sólo en el terminar está lo nuevo. Sólo cuando lo conocido llega a su fin hay creación, lo nuevo, lo desconocido; pero mientras nos aferremos al deseo de continuidad ‑que es pensamiento identificado en calidad de “yo”- ese pensamiento continuará: y acuello que continúa tiene en sí el germen de la muerte y de la descomposición, no es creativo. Sólo aquello que finaliza puede ver lo nuevo, lo fresco, el todo, lo desconocido. Esto, señor, es sencillo y muy claro. Mientras continuéis en el hábito de un pensamiento particular, no podréis por cierto conocer lo nuevo, ¿no es así? Mientras os aferréis a vuestras tradiciones, a vuestro nombre, a vuestras propiedades, nada nuevo podréis conocer, ¿verdad? Es tan sólo cuando os desprendéis completamente de todo eso, que lo nuevo llega. Mas no os atrevéis a desprenderos de lo viejo porque lo nuevo os amedrenta; por eso os atemoriza la muerte, y por eso es que tenéis todos los innumerables escapes. Más libros se escriben sobre la muerte que sobre la vida, porque es la vida lo que queréis eludir. El vivir es para vosotros una continuidad, y aquello que continúa se marchita, no tiene vida; siempre está temeroso de llegar al fin ‑y por eso es que deseáis inmortalidad. Tenéis vuestra inmortalidad en vuestro nombre, en vuestros bienes, en vuestros muebles, en vuestro hijo, en vuestra ropa, en vuestra casa; todo eso es vuestra inmortalidad. Eso lo tenéis, pero queréis algo más. Deseáis inmortalidad del otro lado, y eso también lo tenéis, es decir, vuestro pensamiento, identificado como vosotros mismos, que continúa; y el “vosotros mismos” son vuestros muebles, vuestros sombreros, vuestras substituciones, vuestras creencias. ¿Pero no deberíais averiguar si aquello que continúa puede alguna vez conocer lo atemporal? Aquello que continúa implica un proceso de tiempo: el pasado, el presente y el futuro. Esto es, la continuación es el pasado en conjunción con el presente engendrando el mañana, el futuro, el cual nuevamente engendra otro futuro; y de tal suerte hay continuidad. ¿Pero esa continuidad acarrea. puede esa continuidad descubrir lo desconocido, lo incognoscible, lo eterno? Y si no lo puede, Qué objeto tiene que ese pensamiento ‑identificado como “yo”- continúe? El “yo”, que es pensamiento identificado, tiene que hallarse en estado de incesante conflicto, de sufrimiento constante, de perpetua inquietud por sus problemas, etc. Y esa es la suerte de la continuidad. Sólo cuando la mente cese, cuando no esté identificada como “yo”, conoceréis aquello que está más allá del tiempo: pero el especular simplemente con lo que está más allá, es un desperdicio de energías, es la acción de un holgazán. Aquello, pues, que tiene continuación, no podrá nunca conocer lo real, pero aquello que tiene fin conocerá lo real. Sólo la muerte puede mostrar el camino hacia la realidad ‑no la muerte por vejez o enfermedad, sino la muerte de todos los días, el morir a cada minuto, para que veáis lo nuevo.

En esta pregunta está también involucrado el problema del “karma”. No se si preferiríais que lo discuta en otra oportunidad. Ya son las 7 y media. ¿Deseáis que lo trate?

Comentario del Auditorio: Sí, señor.

Krishnamurti: ¿Habéis comprendido lo que he dicho acerca de la reencarnación? ¿Lo habéis comprendido, señores? ¿Por qué este extraño silencio? (Interrupción) Esto no es una discusión, señor. El martes próximo discutiremos la cuestión del tiempo, y el jueves por la tarde discutiremos la meditación; pero si pensáis de veras en lo que acaba de decirse, veréis la extraordinaria hondura del terminar, del morir. La mente que puede morir a cada minuto conocerá lo eterno; pero la mente que tiene la continuación jamás podrá conocer aquello que está más allá de la mente. Señor, esa no es cosa para citar, para discutir; debéis vivirla, y sólo entonces conoceréis su belleza, conoceréis la hondura y la significación del morir a cada minuto. El morir es simplemente la terminación del pasado, o sea de la memoria ‑no del recuerdo, del reconocimiento de hechos, sino la terminación de la acumulación psicológica que es el “yo”, lo “mío”; y en ese terminar del pensamiento identificado está lo nuevo.

Ahora deseáis que conteste la pregunta sobre el “karma”. Abordadla, os lo ruego, con libertad: no con resistencia ni con superstición, ni con vuestras creencias. Es obvio que hay causa y efecto. La mente es el resultado de una causa; vosotros sois el resultado, el producto del ayer, y de muchos, muchos miles de “ayeres”. Causa y efecto son un hecho obvio. La joven planta tiene en sí la causa y el efecto a la vez. Está especializada; una determinada semilla no puede llegar a ser algo diferente. La semilla del trigo está especializada, pero nosotros, seres humanos, somos diferentes. ¿Verdad? Aquello que se especializa puede ser destruido; a cualquier cosa que se especializa le llega su fin, tanto en el terreno biológico como en el psicológico. Pero ello es diferente tratándose de nosotros, ¿no es así? Vemos que la causa se convierte en efecto, y lo que era efecto llega a ser nueva causa; es muy sencillo: El hoy es resultado del ayer, y el mañana resulta del hoy; el ayer fue la causa del hoy, y el hoy es la causa del mañana. Lo que era efecto se convierte en causa, de suerte que ello es un proceso sin fin. No hay causa aparte del efecto, no hay división entre causa y efecto, porque la causa desemboca en el efecto, y viceversa; y si uno puede ver el proceso de causa y efecto tal como realmente opera puede librarse de él. Mientras nos interese la mera reconciliación de los efectos, la causa asume pautas, y entonces las pautas se convierten en el problema, en el motivo de la acción; ¿pero existe en algún momento una línea de demarcación en que la causa termine y el efecto empiece? Por cierto que no, porque la causa y el efecto están en constante movimiento. De hecho, no hay causa ni efecto sino tan sólo un movimiento de “lo que ha sido” a través del presente hacia el futuro; y para una mente que está atrapada en este proceso de “lo que ha sido”, y que utiliza el presente como pasaje hacia “lo que será”, sólo hay un resultado. Esto es, a una mente así le interesan tan sólo los resultados, la reconciliación de los efectos, y de ahí que para ella no haya escapatoria más allá de sus propias proyecciones. De suerte que, mientras el pensamiento esté atrapado en el proceso de causa y efecto, la mente sólo puede proseguir en su propio encierro, y por lo tanto no hay libertad. Sólo hay libertad cuando vemos que el proceso de causa y efecto no se mantiene estacionario, estático, sino que está en movimiento; y, una vez comprendido, ese movimiento termina, y entonces uno puede ir más allá.

Así, pues mientras la mente sólo responda a estímulos del pasado, cualquier cosa que haga será mero fomento de su propia miseria; pero cuando ella ve y comprende el hecho de todo este proceso de causa y efecto, de todo este proceso del tiempo, esa comprensión misma del hecho es liberación del hecho. Sólo entonces la mente puede conocer aquello que no es un resultado ni una causa. La verdad no es un resultado, la verdad no e una causa; ella es algo que no tiene causa alguna. Aquello que tiene una causa es de la mente, aquello que tiene un efecto es de la mente; y para conocer lo “acausal”, lo eterno, aquello que está mas allá del tiempo, es preciso que la mente ‑que es el efecto del tiempo- llegue a su fin. El pensamiento, que es el efecto y asimismo la causa, tiene que terminar, y sólo entonces puede conocerse aquello que está más allá del tiempo.

5 de Marzo de 1950.

XI. 5ª CONFERENCIA EN BOMBAY

Esta será la última de las pláticas que aquí habrá. Creo que hay una plática el martes 14 en Dadar, a las 9. Probablemente estáis informados al respecto.

Estimo que es importante ‑¿verdad?- conocer el sentido de las palabras, no sólo superficialmente, de acuerdo al diccionario, sino asimismo viendo su significado más allá del mero nivel superficial; porque las palabras nos hipnotizan y creemos que, por el hecho de entender una palabra, comprendemos todo el contenido de esa palabra. La palabra se vuelve significativa, tan sólo cuando vamos más allá del nivel superficial, del uso ordinario o común, y vemos su sentido más profundo. Hemos sido hipnotizados por ciertas palabras como “Dios”, “amor”, “vida sencilla”; especialmente en estos tiempos en que hay tanta confusión, en que hay tantos líderes, libros, teorías y opiniones, estamos propensos a ser fácilmente hipnotizados por la palabra “actividad” o “acción”. Creo, pues, que valdría la pena discutir el problema de lo que entendemos por acción, y no ser simplemente hipnotizados por dicha palabra. Creemos que estamos muy vivos y activos cuando seguimos andando, cuando estamos constantemente en movimiento, cuando hacemos algo, ya sea en el club, en la política, en la familia o en lo que os plazca. Creemos que la actividad es vida; ¿y acaso lo es? Vivir en las respuestas mecánicas de la existencia cotidiana, ¿es vida eco? Puesto que la mera actividad absorbe la mayor parte de nuestra energía, ¿no es importante que comprendamos, y que no seamos hipnotizados por las palabras “acción” y “actividad”? La acción, evidentemente, es necesaria; la acción es vida. ¿Pero en qué nivel? Actuamos según la opinión, según el recuerdo; somos toda una serie de respuestas condicionadas, recuerdos y tradiciones. Nuestra acción y nuestra moral se basan en lo que ha sido o lo que será, y nuestro pensar, que evidentemente es la base de nuestra acción, es casi mecánico; la mayoría de nosotros somos como máquinas en lo que hacemos. Dais a una máquina cierta información, y ella os da ciertas respuestas. De un modo análogo, recibimos cierta información por medio de nuestros sentidos, y entonces respondemos. Nuestro pensar y nuestras actividades son, pues, casi mecánicos; y a este pensamiento mecánico con sus respuestas y actividad le llamamos “vivir”. Estamos satisfechos de vivir en ese nivel, y somos hipnotizados por nuestros líderes, por nosotros mismos, por nuestras influencias ambientales, para que continuemos viviendo en ese estado.

Ahora bien, ¿podemos ir más allá y descubrir qué es la acción? Para la mayoría de nosotros, la acción es mera respuesta mecánica a un reto. Yo os pregunto algo, y vosotros contestáis. Hay constante impacto de estímulos, y hay constante respuesta, consciente o inconsciente; y este proceso del trasfondo, la tradición de lo que ha sido ‑que mecánicamente responde al reto, a los estímulos- es la totalidad de nuestra existencia, de nuestro pensar y de nuestra actividad. En lo religioso tanto como en lo político, estamos siempre respondiendo a un reto, y a esa respuesta le llamamos actividad. ¿Pero es acción esa respuesta? ¿Puede jamás ser acción? No es acción, ciertamente, sino tan sólo reacción; ¿y será posible ir más allá de la reacción, más allá del proceso mecánico de la mente? Conocemos la estructura de la mente, que es mera información acumulada, experiencia acumulada, condicionamiento del pasado; y esa mente condicionada siempre responde, reacciona, y a esta reacción le llamamos acción. Pero es obvio que la acción basada en la reacción debe conducir a la confusión, porque no hay cualidad de cosa nueva, no hay frescor, ni vitalidad, ni claridad; es una respuesta mecánica. Es como un automóvil: le echáis aceite y combustible, lo ponéis en marcha, lo mantenéis andando, y ocasionalmente lo reparáis. Eso, exactamente, es nuestra vida: una serie de respuestas mecánicas a estímulos, al reto; y a eso le llamamos vivir. Es obvio que semejante enfoque de cualquier problema sólo puede resolverlo de acuerdo a una reacción, y un problema resuelto de acuerdo a una reacción no está resuelto en absoluto.

¿Es, pues, posible ir más allá de las respuestas mecánicas, y descubrir qué es la acción? La acción, evidentemente, no es una respuesta ni una reacción; y sólo cuando vemos que la acción en sí es reto, hay una cualidad de cosa nueva. Para llegar a eso, hay que comprender todo el proceso del pensamiento, todo el proceso del responder, del reaccionar; y es por eso que resulta tan importante el comprenderse uno mismo. El “uno mismo” es reacción, evidentemente, y para ir más allá de la reacción tiene que haber completa comprensión del “uno mismo”, del “yo”, en todos los niveles, no sólo en el físico sino también en lo psicológico. Mientras haya reacción, tendrá que existir el “uno mismo”, y la comprensión del “uno mismo” es el fin de la reacción. El pensar en términos de reacción con respecto a cualquier problema, sólo multiplicará los problemas, las complejidades, las miserias de la vida; y el terminar de la reacción, de la respuesta, es la comprensión del “uno mismo”, del “yo”. El “yo” está en todos los niveles; sigue siendo el “yo” si lo colocáis en el nivel supremo, llamándole “Atman”, “Paramatman” o alma, o si es el “yo” que posee bienes, que busca poder, virtud. El “yo” no es más que reacción, y por lo tanto el terminar de la reacción es la terminación del “yo”. Por eso es importante comprender todo el proceso del “uno mismo”, que significa, evidentemente, el proceso de pensar. Porque nuestro pensar se basa en la reacción, es mecánico. El “uno mismo” es mecánico, y por tanto puede responder mecánicamente; y, para ir más allá, es preciso que haya completo conocimiento propio. El “uno mismo” es reacción, y cuando haya comprensión del “uno mismo” descubriremos qué es la acción, porque entonces la acción es reto, entonces la acción no es una respuesta, una reacción, parte desde un centro que no tiene punto. Ahora nosotros siempre actuemos desde un centro con un punto, que es el “yo”: “mis” temores, “mis” esperanzas, “mis” frustraciones, “mis” ambiciones, “mi” condicionamiento sociológico, ambiental o religioso. Ese es el centro desde el cual reaccionamos, y mientras ese centro no sea completamente comprendido, por mucho que tratemos de resolver nuestros problemas, ellos no harán más que multiplicarse, y la miseria, la lucha, la catástrofe, sólo se acrecentará. Comprender el centro con un punto es dar fin a la reacción y producir un centro sin punto; y cuando existe ese centro sin punto hay acción, y la acción en sí es reto.

La comprensión de la mente sólo es posible en la vida de relación, en vuestras relaciones con la propiedad, con las personas y con las ideas. Actualmente esas relaciones son reacción, y un problema creado, por una reacción no puede ser resuelto por otra reacción; sólo puede ser resuelto cuando todo el problema de la reacción, o sea el “sí mismo”, el “yo”, ha sido comprendido. Entonces hallaréis que hay una acción que no es reacción, que es el reto mismo, que es creativa; pero ese estado no se realiza cerrando los ojos y sumiéndoos en una profunda y peculiar meditación, en fantasías, etc. La religión, por consiguiente, es conocimiento propio, el comienzo de la comprensión de la reacción; y sin conocimiento propio no hay base para pensar, sólo hay base para la reacción. El proceso de la reacción no es pensar. El pensar es acción sin centro; pero entonces ya no es pensamiento, porque entonces no hay verbalización ni acumulación de memoria, de experiencia. Sólo podremos resolver nuestros problemas cuando los abordemos de un modo nuevo, cuando haya “creatividad”, y no puede haber “creatividad” si hay respuesta mecánica. Una máquina no es creadora, por maravillosamente que esté armada; y nosotros tenemos una mente maravillosamente armada, mecánica, y que engendra problemas. Para resolver esos problemas, ocasionalmente le damos una sacudida, y luego más y más sacudidas; pero el método del sacudimiento no es la solución de un problema. La solución de los problemas sólo llega cuando hay acción que no es reacción, y eso es posible tan sólo cuando comprendemos todo el proceso de la mente en sus relaciones con la vida diaria.

La religión, pues, es la comprensión de la vida diaria, no una teoría ni un proceso de aislamiento. Un hombre “religioso” que repite ciertas palabras mientras explota cruelmente a otras personas, es evidentemente un “escapista”; su moralidad, su respetabilidad, carece totalmente de sentido. La comprensión de “sí mismo” es el principio de la sabiduría, y la sabiduría no es reacción. Sólo cuando ha sido comprendido todo el proceso de la reacción, que es el condicionamiento, hay un centro sin punto, es decir, sabiduría.

Resulta fácil, al parecer, formular preguntas, pues se han enviado muchas. Con todas esas preguntas se han hecho resúmenes de las más representativas, y aquí están; de suerte que si vuestra pregunta en particular no es contestada exactamente como la habéis formulado, y se la contesta de manera diferente, los problemas no dejan de ser los mismos. Mientras yo conteste estas preguntas, por favor no sigáis tan sólo en el nivel verbal lo que oigáis; “vivenciad” a medida que proseguimos. Emprendamos juntos el viaje y observemos, por así decirlo, toda sombra, toda flor, toda piedra, todo animal muerto sobre la carretera, toda suciedad y la belleza que haya a lo largo del canino. Sólo de ese modo podemos resolver cualquiera de nuestros problemas: observando claramente, definida y atentamente todo lo que vemos y sentimos.

Pregunta: Tenga Vd. a bien explicar el proceso de su propia mente cuando está ahora hablando aquí. Si Vd. no ha acumulado conocimientos y no tiene acopio de experiencia y recuerdos, ¿de dónde obtiene su sabiduría? ¿Cómo hace para cultivarla? (Pausa).

Krishnamurti: Estoy vacilando porque no he visto antes las preguntase Contestaré espontáneamente, de suerte que deberéis escuchar con espontaneidad y no pensar siguiendo líneas tradicionales. La pregunta es, entonces, cómo funciona mi mente y cómo he alcanzado sabiduría. “Si Vd. no tiene acopio de experiencia y recuerdos, ¿de dónde obtiene su sabiduría? ¿Cómo hace para cultivarla?”. En primer lugar, ¿cómo sabéis que lo que yo digo es sabiduría? (Risas). No riáis. señores. Es fácil reír y pasar esto por alto. ¿Cómo sabéis que lo que digo es verdadero? ¿Por qué medida, por cuál metro medís? ¿hay medición para la sabiduría? ¿Podéis decir que esto es sabiduría y aquello no lo es? ¿Es sabiduría la sensación, o lo es la respuesta a la sensación? Señor, Vd. no sabe qué es la sabiduría, y por lo tanto no puede decir que lo que yo digo es sabiduría. La sabiduría no es aquello que experimentáis, ni ha de encontrarse en un libro. La sabiduría no es algo que podáis experimentar en modo alguno, que podáis juntar, acumular. Por el contrario, la sabiduría es un estado del ser en el que no hay acumulación de ninguna especie. No podéis juntar sabiduría.

El interlocutor desea saber cómo funciona mi mente. Si puedo ahondar algo en ello, os lo mostraré. No hay centro alguno desde el cual ella actúe, no hay memoria desde la cual ella responda. Existe el recuerdo del camino que acabo de tomar, de la calle donde vivo, hay reconocimiento de personas, de incidentes; pero no hay proceso acumulativo ni proceso mecánico de acopio gradual, desde el cual venga la respuesta. Si yo no conociese el uso del inglés o de algún otro idioma, no podría hablar. La comunicación en el nivel verbal es necesaria a fin de comprenderse unos a otros; pero lo importante es lo que se dice, cómo se lo dice, desde dónde se lo dice. Ahora bien, si cuando se hace una pregunta la respuesta lo es de una mente que ha acumulado experiencias y recuerdos, entonces ella es mera reacción, y por lo tanto no es razonamiento; mas cuando no hay acumulación ‑lo cual significa ninguna respuesta- entonces no hay frustración, ni esfuerzo ni lucha. El proceso acumulativo, el centro de acumulación, es como un árbol de hondas raíces en medio de una corriente, que junta desechos en derredor suyo; y el pensamiento, sentado en la copa de ese árbol, imagina que piensa, que vive. Una mente así acumula tan sólo, y la mente que acumula, ya sea conocimientos, dinero o experiencia, evidentemente no vive. Sólo cuando la mente se mueve, cuando fluye, hay vivir.

El interlocutor desea saber cómo se llega a la sabiduría y cómo se la cultiva. No podéis cultivar la Sabiduría. Podéis cultivar el conocimiento, la información, pero no podéis cultivar la sabiduría, porque la sabiduría no es cosa que pueda ser acumulada. En el momento en que empezáis a acumular, ella se convierte en mera información, en conocimiento, lo cual no es sabiduría. La entidad que cultiva la sabiduría sigue siendo parte del pensamiento, y el pensamiento es mera respuesta, una reacción ante un estímulo. El pensamiento es por tanto la acumulación de memoria, de experiencia, de conocimiento, y por eso el pensamiento jamás podrá encontrar la sabiduría. Sólo cuando hay cesación del pensar hay sabiduría; y sólo puede haber cesación del pensar cuando tiene fin el proceso de acumulación ‑que es el reconocimiento del “yo” y de lo ‘‘mío’’. Mientras la mente funciona dentro del ámbito del “yo” y de lo “mío” ‑lo cual es mera reacción- no puede haber sabiduría. La sabiduría es un estado de espontaneidad que no tiene centro, que no tiene entidad acumulativa. Mientras yo hablo, me doy cuenta de las palabras que empleo, pero no reacciono ante la pregunta desde un centro. Para descubrir la verdad sobre una cuestión, sobre un problema, el proceso de pensar ‑que es mecánico y que conocemos- debe cesar. Ello significa, por lo tanto, que debe haber completo silencio interior, y sólo entonces conoceréis esa “creatividad” que no es mecánica, que no es mera reacción. El silencio, pues, es el principio de la sabiduría.

Observad, señores, que es bastante sencillo. Cuando tenéis un problema, vuestra primera respuesta es pensar en él, resistirle, negarlo, aceptarlo, o desecharlo explicándolo. ¿No es cierto? Observaos y veréis. Tomad cualquier problema que surja, y veréis que la respuesta inmediata es resistirle o aceptarlo; o, si no hacéis ninguna de esas cosas, lo justificáis o lo desecháis mediante una explicación. Así, pues, cuando se hace una pregunta, vuestra mente se pone de inmediato en movimiento; como una máquina, ella responde inmediatamente. Mas si queréis resolver el problema, la respuesta inmediata es el silencio, no el pensar. Cuando se formuló esta pregunta, mi respuesta fue el silencio, un silencio completo; y, estando en silencio, vi al instante que donde hay acumulación no puede haber sabiduría. La sabiduría es espontaneidad, y no puede haber espontaneidad ni libertad mientras haya acumulación en forma de conocimiento, de memoria. De suerte que un hombre de experiencia no puede nunca ser un hombre sabio ni un hombre sencillo. Pero el hombre que está libre del proceso de acumulación es sabio, sabe qué es el silencio; y todo lo que provenga de ese silencio es verdadero. Ese silencio no es cosa que haya de cultivarse, no posee medios, hacia él no hay sendero, el “cómo” no existe. El preguntar “cómo” significa cultivar, es mera reacción, una respuesta del deseo de acumular silencio. Mas cuando comprendáis todo el proceso de acumular ‑que es el proceso de pensar- entonces conoceréis ese silencio del cual brota la acción que no es reacción; y uno puede vivir en ese silencio todo el tiempo; él no es un don, una capacidad ‑nada tiene que ver con la capacidad. Adviene tan sólo cuando observáis toda reacción, todo pensamiento, todo sentimiento, cuando os dais cuenta del hecho sin explicación, sin resistencia, sin aceptación ni justificación; y cuando veis el hecho muy claramente, sin obstáculos ni tamices que se interpongan, entonces la percepción misma del hecho disuelve el hecho, y la mente está quieta. Sólo cuando la mente está muy quieta, sin hacer un esfuerzo para estar quieta, ella es libre. Señor, es tan sólo la mente libre que es sabia, y, para ser libre, la mente debe estar en silencio.

Pregunta: ¿Cómo puedo yo, como individuo, enfrentar, vencer y resolver la creciente tensión y belicosidad entre la India y Pakistán? Esta situación crea una mentalidad de venganza y represalias en masa. Llamados y argumentos resultan completamente insuficientes. La inacción es un crimen. ¿Cómo se hace frente a un problema como éste?

Krishnamurti: ¿Por qué, señor, llama Vd. crimen a la inacción? Según Vd. hay dos medios para habérselas con esto o hacerse pacifista o tomar un fusil. Ese es el único modo como respondéis, ¿no es así? Esa es la única manera que la mayoría de la gente conoce para responder a un problema de este género. Para Vd. el fusil y el pacifismo son los únicos medios de acción ¿no es así? Creéis contestar al reto cuando os vengáis con un arma, o sea lo que fuere que hagáis; y si creéis que la violencia no es solución, os volvéis pacifistas. En otros términos, deseáis reconocimiento por vuestra acción, y el reconocimiento os satisface. Decís “soy pacifista” o “tengo un fusil”, y este rótulo que os aplicáis es satisface, y creéis haber respondido al problema. Esa, sin duda, es la respuesta general, ¿no es así? Es por eso, pues, que decís “la inacción es un crimen”. Por supuesto que es un crimen desde esos dos puntos de vista. Un hombre que no lleva fusil ni se llama pacifista es para vosotros un criminal, porque pensáis conforme a esos rótulos reconocidos, de una de esas dos maneras. Averigüemos ahora, viendo eso, si la inacción es un crimen ‑y la inacción es el no seguir, al actuar, ninguna de esas dos líneas o sus equivalente. ¿Es eso un crimen? ¿Es un crimen decir “ni soy pacifista ni llevo fusil”? ¿Cuándo diríais eso? Cuando vierais que ambas cosas son meras reacciones ante el reto, y que el problema no lo podéis resolver mediante una reacción. El hombre que lleva fusil lo hace a causa de su reacción, que es el resultado de su condicionamiento como nacionalista como indio, como pakistano o como quiera que se le llame. El llevar fusil es una mera reacción conforme a su condicionamiento Y el hombre que no lleva fusil, que se llama a sí mismo pacifista, también reacciona de acuerdo con su opinión particular, ¿no es así? Estas son las dos reacciones que conocemos, de las que todos estamos enterados. En tiempos de guerra hacéis del pacifista un mártir, etcétera. Pero ambos son medios reconocidos de actividad, y cuando actuáis en una de esas dos direcciones, con todo lo que ellas implican, estéis satisfechos, sentís qué al menos vosotros hacéis algo con respecto a la guerra, y la gente reconoce que lo hacéis. Vosotros os sentís satisfechos, y ellos se sienten satisfechos, y cuantos más fusiles se lleven, tanto mejor.

Ahora bien, al hombre que en tiempos de guerra no lleva fusil ni se llama a sí mismo pacifista, que es inactivo en el sentido profundo de la palabra, que no responde al reto como reacción -a un hombre así le llamáis inactivo y, por lo tanto, criminal. ¿Pero es acaso criminal? ¿Es inactivo? ¿No sois vosotros los criminales, tanto el pacifista como el hombre que lleva fusil? Lo cierto es que el criminal no es el hombre que dice “no reaccionaré en modo alguno ante la guerra”, porque tal hombre no tiene patria, no pertenece a ninguna religión, a ningún dogma, no tiene líder político, religioso ni económico, no pertenece a partido alguno porque todas ésas son reacciones; y por lo tanto él no es pacifista ni lleva fusil. Y a un hombre que no reacciona ante el reto, sino que es el reto, a un hombre así le llamáis inactivo, ente inútil, porque no encaja en ninguna de esas dos categorías. Todo eso, por cierto, está mal, tanto el pacifismo como el llevar un fusil, porque ambas cosas son meras reacciona, y por medio de la reacción jamás resolveréis ningún problema. Resolveréis el problema de la guerra tan sólo cuando vosotros mismos seáis el reto, y no una mera reacción.

Así, pues, el hombre que lleva fusil no resuelve el problema, sólo acrecienta el problema; pues cada guerra produce otra guerra, lo cual es un hecho histórico. La primera guerra mundial produjo la segunda guerra mundial, la segunda producirá la tercera, y así la cadena sigue andando. Ahora bien, cuando veis eso reaccionáis en contra y decís “soy pacifista, no llevaré fusil y caeré preso, sufriré por ello; tengo una causa por la cual actúe”. El sufrimiento, el martirio, sigue siendo una reacción, de suerte que tampoco puede resolver el problema. Pero el hombre que no reacciona ante la guerra de ninguna manera, es el reto en sí; él es en sí mismo el destructor de las viejas tradiciones, y un hombre así es la única entidad que puede resolver este problema. Por eso es importante que os comprendáis a vosotros mismos, vuestro condicionamiento, vuestra instrucción, la manera como se os educa; porque el gobierno, el sistema en su totalidad, es vuestra propia proyección. El mundo sois vosotros, el mundo no está separado de vosotros; el mundo con sus problemas es proyectado, arranca de vuestras respuestas, de vuestras reacciones, de suerte que la solución no consiste en engendrar más reacciones. Sólo puede haber una solución cuando haya acción que no sea reacción; y eso puede advenir tan sólo cuando comprendéis todo el problema de la respuesta a los estímulos, tanto de afuera como de adentro. Ello significa que comprendéis la estructura de vuestro ser, del cual se crea la sociedad.

Pregunta: Sabemos que el sexo es una necesidad física y psicológica ineludible, y él parece ser una causa profunda de caos en la vida personal de nuestra generación. Es un horror para las jóvenes que son víctimas de la concupiscencia masculina. La represión y la indulgencia son igualmente ineficaces. ¿Cómo podemos entendernos con este problema?

Krishnamurti: ¿Por qué es que cualquier cosa que tocamos la convertimos en problema? Hemos hecho de Dios un problema hemos hecho de la interrelación, del vivir, un problema, y hemos hecho del sexo un problema. ¿Por qué? ¿Por qué todo lo que hacemos es un problema, un horror? ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué se ha convertido el sexo en un problema? ¿Por qué nos allanamos a vivir con problemas, por qué no les ponemos fin? ¿Por qué no morimos para nuestros problemas en lugar de llevarlos con nosotros día tras día, año tras año? El sexo es, por cierto, una cuestión pertinente, que trataré en seguida: pero está la pregunta primordial: ¿por qué hacemos de la vida un problema? El trabajar, el sexo, el ganar dinero, el pensar, el sentir, el experimentar, toda la trama del vivir, bien lo sabéis, ¿por qué constituye un problema? ¡No es esencialmente porque siempre pensamos desde un punto de vista particular’ desde un punto de vista fijo? Siempre pensamos desde un centro hacia la periferia; mas la periferia es el centro para la mayoría de nosotros, de suerte que todo lo que tocamos es superficial. Pero la vida no es superficial exige ser vivida completamente, y como sólo vivimos superficialmente, conocemos tan sólo la reacción superficial. Cualquier cosa que hagamos en la periferia tiene inevitablemente que crear un problema, y eso es nuestra vida: vivimos en lo superficial, y ahí estamos contentos de vivir con todos los problemas de lo superficial. Así, pues, los problemas existen mientras vivimos en lo superficial, en la periferia, siendo la periferia el “yo” y sus sensaciones, que pueden ser exteriorizadas o hechas subjetivas, que pueden ser identificadas con el universo, con la patria o con alguna otra cosa compuesta por la mente. Así, mientras vivamos dentro del ámbito de la mente, tiene que haber complicaciones, tiene que haber problemas; y eso es todo lo que sabemos. La mente es sensación, la mente es el resultado de sensaciones y reacciones acumuladas, y todo lo que ella toca ha de causar forzosamente miseria, confusión, un interminable problema. La mente es la causa real de nuestros problemas, la mente que funciona de un modo mecánico día y noche, consciente e inconscientemente. La mente es algo sumamente superficial; y hemos pasado generaciones, y pasamos toda nuestra vida cultivando la mente, haciéndola más y más sagaz, más y más sutil, más y más astuta, más y más deshonesta y tortuosa, todo lo cual resulta manifiesto en todas las actividades de nuestra vida. La naturaleza misma de nuestra mente es ser deshonesta, aviesa, incapaz de enfrentar los hechos; y eso es lo que crea problemas, ésa es la cosa que constituye en sí el problema.

Ahora bien, ¿qué entendemos por problema del sexo? ¿Es el acto, o es un pensamiento acerca del acto? No es el acto, por cierto. El acto sexual no es para vosotros un problema en mayor grado que lo es el comer; pero si pensáis en la comida o en cualquiera otra cosa el día entero porque no tenéis nada más en que pensar, ello llega a ser para vosotros un problema. (Risas). No riáis ni miréis a alguna otra persona; es vuestra propia vida. ¿El problema es, pues, el acto sexual o lo es el pensamiento acerca del acto? ¿Y por qué pensáis en él? ¿Por qué lo vigorizáis, cosa que evidentemente hacéis? Los cines, las revistas, los cuentos que leéis, el modo de vestir de las mujeres, todo ello vigoriza vuestro pensamiento sexual. ¿Y por qué la mente vigoriza el sexo, por qué es que piensa en él? ¿Por qué, señores y sonoras? Es vuestro problema. ¿Por qué? ¿Por qué ha llegado a ser asunto central en vuestra vida? Habiendo tantas cosas que llaman y reclaman vuestra atención, prestáis atención completa al pensamiento sexual. ¿Qué ocurre, por qué vuestra mente se halla tan ocupada con eso? Ocurre que eso es un modo de fundamental evasión, ¿no es así? Es una manera de olvidarse completamente de uno mismo. Por el momento, por aquel instante al menos, podéis olvidaros de vosotros mismos ‑y no hay ninguna otra manera de lograr ese olvido. Todo lo demás que hacéis en la vida acentúa el “yo”, el “uno mismos”. Vuestros negocios, vuestra religión, vuestros dioses, vuestros líderes, vuestras acciones políticas y económicas, vuestras evasiones, vuestras actividades sociales, vuestro ingreso a un partido y repudio de otro ‑todo eso acentúa y da vigor al “yo”. Es decir, señores, un sólo acto existe en el cual no hay acentuación del “yo”, de suerte que ese acto se convierte en problema, ¿no es cierto? Cuando en vuestra vida hay una sola cosa que sea una vía de escape fundamental, de completo olvido de vosotros mismos, si bien por pocos segundos tan sólo, os aferráis a ella por ser el único momento en que sois felices. Todo otro asunto que toquéis se convierte en pesadilla, en fuente de sufrimiento y dolor, de suerte que os apagáis a la única cosa que os brinda completo olvido de vosotros mismos, y a la que llamáis felicidad. Mas cuando os aferráis a ella, también ella sé vuelve pesadilla, porque entonces deseáis libraros de ella, no queréis ser su esclavo. Es así como inventáis, partiendo otra vez de la mente, la idea de castidad, de celibato, y tratáis de ser célibes, de ser castos, mediante la represión, la negativa, la meditación, mediante todo género de prácticas religiosas, todo lo cual son operaciones de la mente para aislarse del hecho. Esto, una vez más, acentúa de un modo particular el “yo”, que trata de llegar a ser algo, y una vez más os veis de tal suerte atrapados en afanes, en dificultades, en el esfuerzo y el dolor.

El sexo, pues, llega a ser un problema en extremo difícil y complejo mientras no comprendéis la mente que piensa en el problema. El acto en sí jamás puede ser un problema, pero el pensamiento acerca del acto crea el problema. El acto lo protegéis, vivís en forma disoluta o sois indulgentes con vosotros mismos en el matrimonio, prostituyendo de esa manera a vuestras esposas, lo cual es todo aparentemente muy respetable; y quedáis satisfechos de dejarlo todo en ese estado. Lo cierto es que el problema sólo puede resolverse cuando comprendéis íntegramente el proceso y la estructura del “yo” y de lo “mío”: “mi” esposa, “mi” hijo, “mi” propiedad, “mi” coche, “mi” logro, “mi” éxito; y hasta que comprendáis y resolváis todo eso, el sexo seguirá siendo un problema. Mientras seáis ambiciosos ‑en el terreno político, religioso o en cualquier otro- mientras acentuéis el “uno mismo”, el pensador, el experimentador, nutriéndolo de ambición ‑ya sea en nombre de vosotros mismos como individuos o en nombre del país, del partido o de una idea que llamáis religión- mientras haya esa actividad de autoexpansión, tendréis un problema sexual. Ciertamente, vosotros por una parte estáis creando, alimentando, expandiendo vuestro “yo”, y por la otra estáis tratando de olvidaros de vosotros mismos, de perder la noción de vosotros mismos, así sea por un momento. ¿Cómo pueden existir juntas ambas cosas? Vuestra vida, pues, es una contradicción: acentuación del “yo” y olvido del “yo”. El sexo no es un problema; el problema es esta contradicción en vuestra vida; y la contradicción no puede ser salvada por la mente, porque la mente misma es una contradicción. La contradicción puede ser comprendida tan sólo cuando comprendéis plenamente el proceso total de vuestra existencia diaria. El ir al cine y observar a las mujeres en la pantalla, el leer libros que estimulan el pensamiento, las revistas con sus imágenes semidesnudas, vuestra manera de mirar a las mujeres, los ojos subrepticios que os atrapan ‑todas esas cosas alientan a la mente por medios tortuosos a acentuar el “yo”; y al mismo tiempo tratáis de ser benévolos, afectuosos, tiernos. Ambas cosas no pueden ir juntas. El hombre que es ambicioso en lo espiritual o de otro modo, nunca podrá estar sin problemas, porque los problemas sólo cesan cuando el “uno mismo” se ve olvidado, cuando el “yo” es inexistente; y ese estarlo de inexistencia del “uno mismo” no es un acto de voluntad no es una mera reacción. El sexo llega a ser una reacción; y cuando la mente procura resolver el problema, sólo torna el problema más confuso, más fastidioso, más doloroso. El acto, pues, no es el problema, sino que lo es la mente ‑la mente que dice que debe ser casta. La castidad no es de la mente. La mente sólo puede reprimir sus propias actividades y la represión no es castidad. La castidad no es una virtud, la castidad no puede ser cultivada. El hombre que cultiva la humildad no es por cierto un hombre humilde; podrá llamarle a su orgullo humildad, pero él es un hombre orgulloso, y es por eso que busca volverse humilde. Nunca el orgullo puede llegar a ser humilde, y la castidad no es cosa de la mente; no podéis haceros castos. Sólo conoceréis la castidad cuando haya amor, y el amor no es de la mente ni una cosa de la mente.

Así, pues, el problema del sexo que tortura a tanta gente a través del mundo, no puede ser resuelto hasta que la mente sea comprendida. No podemos poner fin al pensamiento; pero éste llega a su fin cuando el pensador cesa, y el pensador sólo cesa cuando hay comprensión de todo el proceso. El temor surge cuando hay división entre el pensador y su pensamiento; sólo cuando no hay pensador no hay conflicto en el pensamiento. Lo que está implícito no requiere esfuerzo para comprenderse. El pensador surge a través del pensamiento; entonces el pensador se empeña por plasmar, por dominar sus pensamientos, o por darles fin. El pensador es un ente ficticio, una ilusión de la mente. Cuando hay comprensión del pensamiento como un hecho, entonces no hay necesidad de pensar en el hecho. Si hay simple y alerta percepción sin opción, entonces aquello que está implícito en el hecho empieza a revelarse. Por consiguiente, el pensamiento como hecho termina. Entonces veréis que los problemas que corroen nuestro corazón y mente, los problemas de nuestra estructura social, pueden ser resueltos. Entonces el sexo ya no es un problema, tiene su lugar apropiado, no es ni una cosa impura ni una cosa pura. El sexo tiene su lugar, pero cuando la mente le da el lugar predominante, entonces se convierte en un problema. La mente le da al sexo el lugar predominante porque no puede vivir sin algo de felicidad, y así el sexo se vuelve problema; mas cuando la mente comprende todo el problema y así llega a su fin, es decir, cuando el pensamiento cesa, entonces hay creación; y es esa creación la que nos hace felices. Estar en ese estado de creación es bienaventuranza, porque es un olvido de uno mismo en el que no hay reacción que parta del “yo”. Ésta no es una respuesta abstracta al diario problema del sexo; es la única respuesta. La mente niega el amor, y sin amor no hay castidad; y es porque no hay amor que hacéis del sexo un problema.

Pregunta: El amor, tal como lo conocemos y lo experimentamos, es una fusión de dos personas, o de los miembros de un grupo; es exclusivo, y en él hay dolor tanto como alegría. Cuando usted dice que el amor es el único solvente de los problemas de la vida, da usted a la palabra una acepción que nosotros apenas hemos experimentado. ¿Puede un hombre común, como yo, conocer alguna vez el amor en el sentido que usted le atribuye?

Krishnamurti: Todos, señor, pueden conocer el amor; pero sólo podéis conocerlo cuando sois capaces de mirar los hechos muy claramente, sin resistencia, sin justificación, sin desecharlos con explicaciones. Mirad con atención las cosas, simplemente; observadlas con mucha claridad y de un modo minucioso. Bueno, ¿qué es eso que llamamos amor? El interlocutor dice que es exclusivo, y que en él conocemos el dolor y la alegría. ¿Es exclusivo el amor? Lo averiguaremos cuando examinemos lo que llamamos amor, lo que el así llamado “hombre común” denomina amor. No hay “hombre común” Sólo hay “hombre”, es decir, vosotros y yo. El hombre común es un ente ficticio inventado por los políticos. Sólo existe el hombre, o sea vosotros y yo, que estamos en la aflicción, el dolor, la ansiedad y el temor. ¿Y qué es nuestra vida? Para descubrir qué es el amor, empecemos con lo que nos es conocido. ¿Qué es nuestro amor? En medio del dolor y del placer, sabemos que es exclusivo, personal: “mi” mujer, “mis” hijos, “mi” patria, “mi” Dios. Sabemos que es una llama en medio del humo; lo sabemos por los celos, lo sabemos por la dominación, por la posesión, por la pérdida, cuando la otra persona se ha ido. De suerte que conocemos el amor como sensación, ¿no es así? Cuando decimos que amamos conocemos los celos, conocemos el temor, conocemos la ansiedad. Cuando decís que amáis a alguien, todo eso está implícito: la envidia, el deseo de poseer, el deseo de ser dueño de alguien, de dominar, el temor a la pérdida, etcétera. A todo eso le llamamos amor; y no conocemos el amor sin temor, sin envidia, sin posesión. Ese estado de amor que es sin temor, lo verbalizamos tan sólo, llamándole “impersonal”, “puro”, “divino”, o Dios sabe qué otra cosa; pero el hecho es que somos celosos, dominantes, posesivos. Sólo conoceremos aquel estado de amor cuando los celos, la envidia, la posesividad, la dominación, lleguen a su fin; y mientras poseamos jamás amaremos. La envidia, la posesión, el odio, el deseo de dominar a la persona o la cosa llamada “mía”, el deseo de poseer y ser poseído ‑todo eso es un proceso del pensamiento, ¿no es así? ¿Y acaso el amor es un proceso de pensamiento? ¿Es el amor una cosa de la mente? De hecho lo es para la mayoría de nosotros. No digáis que no lo es; resulta absurdo decirlo. No neguéis el hecho de que vuestro amor es cosa de la mente. Lo es, ciertamente, ¿verdad? De otro modo no poseeríais, no dominaríais, no diríais “es mía”. Y como sí lo decís, vuestro amor es cosa de la mente; de suerte que el amor, para vosotros, es un proceso de pensamiento. Podéis pensar en la persona que amáis; ¿pero el pensar en la persona que amáis es acaso amor? ¿Cuándo pensáis en la persona que amáis? Pensáis en ella cuando se ha ido, cuando está lejos, cuando os ha dejado. Pero cuando ya no os perturba, cuando podéis decir “ella es mía”, entonces ya no tenéis que pensar en ella. No necesitáis pensar en vuestros muebles, que son parte de vosotros; y ello es un proceso de identificación para no ser perturbados, para evitar dificultades, ansiedad, dolor. De suerte que a la persona que decís amar, sólo la echáis de menos, cuando estáis perturbados, cuando sufrís; y mientras poseéis a esa persona no necesitáis pensar en ella, porque en la posesión no hay perturbación. Pero cuando la posesión se ve perturbada, empezáis a pensar; y entonces decís “amo a esa persona”. Vuestro amor es, pues, una mera reacción de la mente ‑¿no es así?- lo cual significa que vuestro amor sólo es una sensación; y la sensación, por cierto, no es amor. ¿Pensáis en la persona cuando estáis junto a ella, señores y señoras? Cuando poseéis, retenéis, domináis, controláis cuando decís “él es mío” o “ella es mía”, no hay problema. Mientras estáis seguros en vuestra posesión, no hay problema, ¿verdad? Y la sociedad, todo lo que habéis erigido en torno vuestro, os ayuda a poseer en forma de no ser perturbados, de no pensar en ello. El pensar viene cuando os veis perturbados; y forzosamente seréis perturbados mientras vuestro pensar sea lo que llamáis “amor”. Lo cierto es que el amor no es cosa de la mente; y es porque las cosas de la mente han llenado nuestro corazón, que no tenemos amor. Las cosas de la mente son los celos, la envidia, la ambición, el deseo de ser alguien, de lograr éxito. Esas cosas de la mente llenan vuestro corazón, y entonces decís que amáis; ¿pero cómo podéis amar cuando en vosotros tenéis todos esos elementos de confusión? ¿Cómo puede haber una llama pura cuando hay humo? El amor no es cosa de la mente; y el amor es la única solución para nuestros problemas. El amor no es de la mente, y el hombre que ha acumulado dinero o conocimientos nunca podrá conocer el amor, porque vive con las, cosas de la mente; sus actividades son de la mente, y cualquier cosa que él toque la convierte en problema, en confusión, en miseria.

Así, pues, lo que llamamos nuestro amor es cosa de la mente. Miraos a vosotros mismos, señores y señoras, y veréis que lo que estoy diciendo es evidentemente cierto; de otro modo nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestras relaciones, serían enteramente diferentes y tendríamos una nueva sociedad. No nos ligamos a otro por fusión, sino por contrato que recibe el nombre de amor, de matrimonio. El amor no funde ni adapta; no es personal ni impersonal, es un estado de ser. El hombre que desea fundirse con algo más grande, unirse con otro, evita la miseria, la confusión; pero la mente sigue en estado de separación, o sea de desintegración. El amor no conoce fusión ni difusión, no es personal ni impersonal, es un estado de ser que la mente no puede encontrar; ella puede describirlo. darle una definición, un nombre, pero la palabra, la descripción, no es el amor. Sólo cuando la mente esté quieta conocerá el amor, y ese estado de quietud no es algo que haya de cultivarse. El cultivo sigue siendo acción de la mente, la disciplina sigue siendo producto de la mente, y una mente que esté disciplinada, controlada, subyugada. una mente que resiste, que explica, no puede conocer el amor. Puede que leáis, que escuchéis lo que se dice acerca del amor, pero eso no es amor. Sólo cuando apartáis las cosas de la mente, sólo cuando vuestro corazón está vacío de las cosas de la mente, hay amor Entonces sabréis lo que es amar sin separación, sin distancia, sin tiempo, sin temor: Y eso no está reservado a unos pocos. El amor no conoce ninguna jerarquía: sólo hay amor. Sólo existen los muchos y el uno, una exclusividad, cuando no amáis. Cuando amáis, señores, no existe ni el “vosotros” ni el “yo”: en ese estado sólo hay una llama sin humo.

Ya son las 7 y media y hay una pregunta más. ¿Queréis que la conteste? ¿No estáis cansados?

Pregunta: La pregunta de que es la verdad es antigua, y nadie la ha contestado de manera final. Habla usted de la verdad, pero nosotros no vemos sus experimentos o esfuerzos para alcanzarla, cual lo vimos en la vida de personas como Mahatma Gandhi y la doctora Besant. Su agradable personalidad, su sonrisa cautivante y su suave afecto, es todo lo que vemos. ¿Quiere usted explicar por qué hay semejante diferencia entre su vida y la de otros buscadores de la verdad? ¿Hay dos verdades?

Krishnamurti: ¿Queréis pruebas? ¿Y por cuál pauta habrá de juzgarse la verdad? Están los que dicen que el esfuerzo y el experimento son necesarios para la verdad; ¿pero la verdad ha de ganarse a través del esfuerzo, a través del experimento, de la prueba y el error? Están los que luchan y hacen valientes esfuerzos, los que bregan de manera espectacular, ya sea públicamente o quietos en una caverna; ¿y habrán ellos de encontrar la verdad? ¿Es la verdad una cosa que haya de descubrirse mediante el esfuerzo? ¿Existe un sendero hacia la verdad, vuestro sendero y el mío, el sendero de uno que hace un esfuerzo y el sendero de otro que no lo hace? ¿Hay dos verdades, o la verdad tiene muchos aspectos?

Ahora bien, el problema es vuestro, no mío; y vuestro problema es éste, ¿no es cierto? Vosotros decís, “ciertas personas ‑dos, varias, o centenares- han hecho esfuerzos, han luchado, han buscado la verdad, mientras usted no hace un esfuerzo, lleva una vida agradable, modesta”. De suerte que deseáis comparar, esto es, tenéis una pauta, una imagen de vuestros líderes que han luchado por alcanzar la verdad; y cuando se presenta otra persona que no encaja en vuestro marco, quedáis desconcertados y por eso preguntáis “¿Cuál es la verdad?” Estáis desconcertados: eso es lo importante, señores, no que yo tenga la verdad o que algún otro la tenga. Lo importante es averiguar si podéis descubrir la realidad por el esfuerzo, la voluntad, la lucha, la porfía. ¿Eso trae comprensión? La verdad, por cierto, no es cosa distante, la verdad está en las pequeñas cosas de la vida diaria, en toda palabra, en toda sonrisa, en toda relación, sólo que no sabemos verla; y el hombre que prueba, que lucha valientemente, que se disciplina y se domina a sí mismo, ¿verá la verdad? ¿Verá la verdad una mente disciplinada, controlada, estrechada por el esfuerzo? Es obvio que no. Sólo la mente silenciosa verá la verdad, no la mente que hace un esfuerzo para ver. ¿Entenderá, señor, lo que yo digo, si hace un esfuerzo para entender? Es sólo cuando estáis quietos, cuando estáis realmente en silencio, que comprendéis. Si observáis atentamente, si escucháis quedamente, entonces entenderéis; pero si hacéis grandes esfuerzos, si lucháis por captar todo lo que se dice, vuestra energía se disipará en la lucha, en el esfuerzo. De suerte que no hallaréis la verdad mediante el esfuerzo, sin que importe quien la diga, si los antiguos libros, los santos antiguos, o los modernos. El esfuerzo es la negación misma de la comprensión; y sólo la mente quieta, la mente simple, la mente que está en silencio, que no está agobiada por sus propios esfuerzos ‑sólo una mente así comprenderá, verá la verdad. La verdad no es algo que esté distante, y hacia ella no hay sendero, no existe ni vuestro sendero ni el mío; no hay sendero de la devoción, del conocimiento ni de la acción, porque la verdad no tiene sendero que a ella conduzca. No bien tenéis un sendero hacia la verdad, dividís la verdad porque el sendero es exclusivo; y lo que es exclusivo en el comienzo mismo terminará en la exclusividad. El hombre que sigue un sendero, jamás conocerá la verdad, porque él vive en la exclusividad; sus medios son exclusivos, y los medios son el fin, los medios no están se parados del fin. Si los medios son exclusivos, el fin también lo es.

No hay, pues, senderos hacia la verdad, y no hay dos verdades. La verdad no es del pasado ni del presente, ella es atemporal; y el hombre que cita la verdad del Buda, de Sankara, de Cristo, o que sólo repite lo que yo digo, no encontrará la verdad porque la repetición no es la verdad. La repetición es una mentira. La verdad es un estado de ser que surge cuando la mente ‑que procura dividir, ser exclusiva, que sólo puede pensar en términos de resultados, de logros- ha llegado al final. Sólo entonces habrá verdad. La mente que se esfuerza, que se disciplina a sí misma para lograr un fin, no puede conocer la verdad porque el fin es su propia proyección, y el seguir esa proyección, por noble que sea, es una forma del culto de uno mismo. Un ser así se adora a sí mismo, y por lo tanto no puede conocer la verdad. La verdad ha de conocerse tan sólo cuando comprendemos el proceso total de la mente, es decir, cuando no hay lucha. La verdad es un hecho, y el hecho puede ser comprendido tan sólo cuando las diversas cosas que han sido colocadas entre la mente y el hecho son removidas. El hecho es vuestra relación con los bienes, con vuestra esposa, con los seres humanos, con la naturaleza, con las ideas; y mientras no comprendáis el hecho de la interpelación, vuestra búsqueda de Dios sólo acrecentará la confusión, porque es una substitución, una evasión, y por consiguiente, carece de sentido. Mientras dominéis a vuestra esposa o ella os domine, mientras poseáis o seáis poseídos, no podréis conocer el amor; mientras reprimáis, substituyáis, mientras seáis ambiciosos, no podréis conocer la verdad. No es el negar la ambición que calma la mente, y la virtud no ea la negación del mal. La virtud es un estado de libertad, de orden, que el mal no puede darnos; y la comprensión del mal es el establecimiento de la virtud. El hombre que construye iglesias o templos en nombre de Dios con el dinero que ha juntado mediante la explotación, el engaño, la astucia y la perfidia, no conocerá la verdad; podrá ser de lenguaje suave, pero su lengua tiene el sabor amargo de la explotación, del sufrimiento. El único que conocerá la verdad será el que no busca, el que no se esfuerza, el que no trata de lograr un resultado. La mente en sí es un resultado, y cualquier cosa que ella produzca sigue siendo un resultado; pero el hombre que se contenta con lo que es conocerá la verdad. El contento no significa estar satisfecho con el statu quo, mantener las cosas tal como están; eso no es contento. Ver un hecho verdaderamente y estar libre de él: en eso estriba el contento, que es virtud. La verdad no es continua, no tiene lugar de residencia, sólo puede ser vista de instante en instante. La verdad siempre es nueva, y por lo tanto atemporal. Lo que ayer era verdad, hoy no lo es; lo que hoy es verdad, no lo será mañana. La verdad no tiene continuidad. Es la mente que quiere tornar continua la experiencia que llama verdad, y una mente así no conocerá la verdad. La verdad siempre es nueva; ella consiste en ver la misma sonrisa y en verla de un modo nuevo, en ver la misma persona y en ver a esa persona de un modo nuevo, y en ver así las ondulantes palmeras. en enfrentarse con la vida de un modo nuevo. La verdad no es para ser hallada a través de los libros, mediante la devoción o la inmolación de sí mismo; se la conoce, empero, cuando la mente está libre, quieta. Y esa libertad, esa quietud de la mente, sólo llega cuando los hechos en sus relaciones son comprendidos Sin comprender sus relaciones, cualquier cosa que la mente haga sólo crea más problemas Mas cuando la mente está libre de todas sus proyecciones, hay un estado de quietud en el que todos los problemas cesan; y sólo entonces adviene lo atemporal, lo eterno. Entonces la verdad no es asunto de conocimiento, no es cosa para ser recordada, no es algo que haya de repetirse, de imprimirse y de divulgarse. La verdad es aquello que es; ella no tiene nombre, de suerte que la mente no puede abordarla.

12 de Marzo de 1950.

XII. 6ª CONFERENCIA EN BOMBAY

¿NO ES importante averiguar cómo se ha de escuchar? A mí me parece que la mayoría de nosotros no escuchamos en modo alguno. Escuchamos a través de diversos tamices de prejuicios, examinando lo que se dice como hindúes, musulmanes, cristianos, o con una mente ya predispuesta. No escuchamos libremente, con naturalidad, calladamente. Escuchamos con la intención de concordar o disentir, o escuchamos con espíritu de argumentación, no para descubrir; y me parece muy importante saber cómo escuchar, saber cómo leer, ver, observar. La mayoría somos incapaces de escuchar de veras, y es sólo escuchando y oyendo correctamente, que comprendemos. La comprensión no llega por el esfuerzo ni mediante forma alguna de conformidad o coacción, sino tan sólo cuando la mente está muy quieta. Tratando de descubrir qué es lo que la otra persona dice, no hay tensión ni esfuerzo sino un fácil fluir, un deleite veloz; mas no podemos descubrir lo que otro dice si escuchamos con alguna clase de prejuicio. Tal vez tenga yo algo nuevo que decir; y para aquellos que estén predispuestos en favor o en contra, será muy difícil comprender realmente. Porque la mayoría de nosotros estamos condicionados por influencias sociales, económicas, religiosas, etc. Somos copiadores, imitamos, y por lo tanto no hacemos caso de aquello que es nuevo; lo calificamos de revolucionario o de absurdo y lo hacemos de lado. Pero si podemos examinarlo, si podemos considerarlo libre de todo prejuicio y toda limitación, entonces quizá resulte posible comprendernos y estar en comunión unos con otros. Sólo hay comunión cuando no hay barrera; y una idea, un prejuicio, es una barrera. Cuando amáis a alguien estáis en comunión, no tenéis idea alguna acerca de la persona que amáis. Análogamente, si podemos establecer relaciones de verdadera comunión entre nosotros, de suerte que vosotros y yo comprendamos el problema juntos, hay entonces una posibilidad de radical revolución en el mundo. El mundo, después de todo, no necesita mera reforma ni una revolución superficial, sino una revolución que la masa se compone de muchos individuos, la masa no es una entidad independiente, no es diferente ni está separada de vosotros y de mí

Lo importante, pues, es comprender que toda acción creadora, cualquier acción decisivamente efectiva, sólo puede ser producida por individuos, es decir, por vosotros y por mí. La acción de masas, en realidad, es una invención del político, ¿no es cierto? Es una acción ficticia en la que no hay pensamiento y acción independientes por parte del individuo. Si miráis la historial todos los grandes movimientos que condujeron a la acción colectiva empezaron por individuos como vosotros y yo, por individuos capaces de pensar muy claramente y de ver las cosas tal cuales son; en virtud de su comprensión, esos individuos atraen a otros, y entonces hay acción colectiva. Lo colectivo, después de todo, se compone de individuos, y es sólo la respuesta del individuo ‑de vosotros y de mí- que puede traer una alteración fundamental en el mundo. Mas cuando el individuo no ve su responsabilidad, descarga la responsabilidad sobre lo colectivo; y entonces lo colectivo es utilizado por el hábil político o el hábil líder religioso. En cambio, si veis que a vosotros y a mí nos incumbe la responsabilidad de alterar las condiciones reinantes en el mundo, entonces el individuo resulta extraordinariamente importante, y no mero instrumento, mera herramienta en manos de otro.

De suerte que vosotros, individuos, sois parte de la sociedad, no estáis separados de la sociedad. Lo que vosotros sois, eso es la sociedad. Aunque la sociedad pueda ser una entidad aparte de vosotros, vosotros la habéis creado, y por lo tanto, sólo vosotros podéis cambiarla. Pero en vez de comprender nuestra responsabilidad como individuos en lo colectivo, nosotros como individuos nos volvemos cínicos, intelectuales o místicos, esquivamos nuestra responsabilidad frente a la acción definida que debe ser revolucionaria en el sentido fundamental; y mientras el individuo, es decir, vosotros y yo, no asuma responsabilidad por la completa transformación de la sociedad, la sociedad seguirá siendo lo que es.

Olvidamos, al parecer, que el problema mundial es el problema individual, que los problemas del mundo son creados por vosotros y yo como individuos. Los problemas de la guerra, del hambre, de la explotación, y todos los otros innumerables problemas que se nos plantean a cada uno, son creados por vosotros y por mí; y mientras no nos comprendamos a nosotros mismos en todo nivel, mantendremos la podredumbre de la sociedad actual. Antes, pues, de que podáis alterar la sociedad, tenéis que comprender lo que constituye vuestra estructura total, el modo de ser de vuestro pensar, de vuestra acción, las modalidades de vuestra relación con personas, ideas y cosas. La revolución en la sociedad debe empezar por la revolución en vuestro propio pensar y actuar. La comprensión de vosotros mismos es de primordial importancia si queréis producir una transformación radical en la sociedad; y la comprensión de vosotros mismos es conocimiento propio. Ahora bien, hemos hecho del conocimiento propio algo en extremo difícil y remoto. Las religiones han convertido al conocimiento de uno mismo en cosa muy mística, abstracta y distante; pero, si lo consideráis más atentamente, veréis que el conocimiento propio es muy simple y reclama simple atención en la vida de relación, y que él es esencial para que haya una revolución fundamental en la estructura de la sociedad. Si vosotros, individuos, no comprendéis las modalidades de vuestro propio pensamiento y actividades, el producir una mera revolución en la estructura externa de la sociedad es crear más confusión y miseria. Si no os conocéis a vosotros mismos, si seguís a otro sin conocer todo el proceso de vuestro propio pensar y sentir, es obvio que seréis conducidos a más confusión, a más desastre.

Después de todo, la vida es interpelación, y sin interpelación no hay posibilidad alguna en la vida. No hay vida en el aislamiento, porque el vivir es un proceso de interpelación; y la interrelación no es con abstracciones, sino vuestra relación con bienes, personas e ideas. En la interrelación os veis a vosotros mismos tal cuales sois, seáis lo que fuereis: feos o hermosos, perspicaces o lerdos. En el espejo de la interrelación veis precisamente todo nuevo problema, la estructura total de vosotros mismos tal como sois. Por creer que no podéis alterar fundamentalmente vuestra vida de relación, tratáis de escapar intelectualmente o por medio del misticismo, y esta evasión sólo engendra más problemas, más confusión y más desastres. Pero si, en vez de escapar, consideráis vuestra vida de relación y comprendéis toda la estructura de esas relaciones, entonces surge una posibilidad de ir más allá de aquello que está muy próximo. Para ir muy lejos, debéis por cierto empezar muy cerca; pero el empezar cerca es muy difícil para la mayoría de nosotros, porque deseamos escapar a lo que es, al hecho de lo que nosotros somos. Sin comprendernos a nosotros mismos, no podemos ir lejos; y estamos en constante interrelación, no hay existencia alguna sin vida de relación. La interrelación, pues, es lo inmediato, y para ir más allá de lo inmediato, tiene que haber comprensión de la interrelación. Pero mucho más quisiéramos examinar aquello que está muy lejos, aquello que llamamos Dios o la verdad, que producir una revolución fundamental en nuestra vida de relación; y esta evasión hacia Dios o la verdad es absolutamente ficticia, irreal. La interrelación es lo único que tenemos, y sin comprender esa interrelación jamás podremos descubrir qué es la realidad ni qué es Dios. De suerte que, para producir un cambio completo en la estructura social, en la sociedad, el individuo debe purificar su vida de relación; y esa depuración es el comienzo de su propia transformación.

Voy a contestar algunas preguntas que me han sido entregadas. Ahora bien, al considerar estas preguntas no daré ninguna conclusión definida o respuesta final, porque lo importante es descubrir la verdad en el problema; y la verdad no está en la respuesta, sino en el problema mismo. La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a repetir lo que se nos ha dicho, a recitar algo que hemos aprendido en un libro; de suerte que, al hacer preguntas, esperamos respuestas que se ajusten a nuestros modos particulares de pensar. Creemos comprender los problemas de la vida citando algún libro sagrado, lo cual hace de nosotros simples discos de fonógrafos; y si la canción no es la misma, nos sentimos perdidos. La persona llamada “religiosa” y el llamado “incrédulo” son ambos máquinas de repetir. No son religiosos ni revolucionarios; repiten una fórmula, nada más, y la repetición no lo convierte a uno en persona religiosa o revolucionaria. Al considerar, pues, estas preguntas, viajemos juntos y discutamos el problema plena y extensivamente, y no lo miremos tan sólo desde afuera.

Pregunta: La libertad política aun no ha traído una nueva fe y un nuevo júbilo. Por doquiera encontramos cinismo, antagonismo “comunal” y lingüístico, odio de clase. ¿Cuál es su diagnóstico y remedio para esta trágica situación?

Krishnamurti: Señor, éste no es un problema en la India tan sólo, sino un problema a través del mundo; es un problema mundial, no un mero problema indio. Y uno de los factores de desintegración es el hecho de que la gente se divida en grupos “comunales”, lingüísticos o secciónales. Creemos, al parecer, que a través del nacionalismo podremos resolver nuestros problemas; pero el nacionalismo, por ampliamente extendido que sea, es una exclusión, sigue siendo separatismo; y donde hay separatismo hay desintegración. Aunque plenamente promisorio en un comienzo, lleno de esperanza, júbilo y expectación, el nacionalismo llega a ser un veneno, como podéis verlo en este país; y eso, exactamente, es lo que ocurre en todo país. ¿Cómo puede haber unidad cuando hay exclusión? Unidad implica no separación en hindúes y musulmanes. La unidad es destruida cuando se vuelve exclusiva, cuando se limita a un particular grupo. La unidad no es lo opuesto de la exclusión; es la integración interior del individuo en sí mismo. no la mera identificación con determinado grupo o sociedad. ¿Por qué sois nacionalistas, por qué pertenecéis a una clase en particular? ¿Por qué este énfasis puesto en un nombre? Examinemos el proceso de identificación con un país, con un pueblo, con un grupo idiomático, etcétera. ¿Por qué es que os llamáis hindúes? ¿Por qué es que os, llamáis indios, guierattas o por algún otro nombre? ¿No es porque, gracias a la identificación con algo más grande, os sentir vosotros mismos más grandes? En vosotros mismos no sois nadie, sois secos, vacíos, huecos: e identificándoos con algo más grande llamado India, Inglaterra o algún otro país, creéis haberos vuelto importantes. Así, pues, el llamaros nacionalistas, el identificaros con determinado país, evidentemente indica que en vosotros mismos sois vacíos, insípidos, secos, feos; y al identificaros con algo más grande, esquiváis simplemente lo que sois. Ahora bien, tal identificación debe conducir a la desintegración; porque vosotros, como individuos sois la base de toda sociedad, y si sois deshonestos en vuestro propio pensar, la sociedad que producís o proyectáis fuera de vosotros mismos estará basada en la deshonestidad y carecerá de toda realidad fundamental. Y los hábiles políticos o líderes religiosos emplean el nacionalismo como medio de producir un resultado que es meramente artificial; porque en él no hay comprensión de la estructura total del pensamiento y el sentir humanos. Creemos, al parecer, que al conquistar la independencia hemos logrado la libertad. La libertad no se logra, ella no llega a través de la mera independencia política. La libertad llega cuando hay felicidad. No sois libres por haber cambiado una burocracia blanca por una de color. ¿Acaso lo sois? Seguís siendo explotadores y explotados; os siguen ensillando los hábiles políticos, y los innumerables líderes que tratan de conduciros Dios sabe adónde. El nacionalismo es como un veneno que obra sutilmente; y antes de que sepáis qué ocurre, ya os halláis en medio de una guerra. Los gobiernos soberanos, con su nacionalismo y fuerzas armadas, tienen que conducir a la guerra; y el evitar la guerra no consiste simplemente en hacerse pacifista o entrar en un movimiento antiguerrero, sino en comprender toda la estructura de nosotros mismos como entes humanos, como individuos en relación unos con otros, lo cual es la sociedad.

Así, pues, el comprenderos a vosotros mismos es mucho más importante que el designaros por un nombre. Un nombre se explota fácilmente; pero si os comprendéis a vosotros mismos, nadie os puede explotar. El nacionalismo siempre produce guerra; y el problema no se ha de resolver trayendo más nacionalismo ‑lo cual es tan solo eludir el hecho y extender el mismo veneno- sino estando libre del nacionalismo, del sentido de pertenecer a determinado grupo, a determinada clase o sociedad.

Pregunta: ¿Puede comprender su mensaje la gente ignorante y hambrienta de esta tierra? ¿Cómo puede él tener sentido o significación alguna para ellos?

Krishnamurti: El problema del hambre y de la desocupación no es solamente de este país, si bien aquí está mucho más agravado; existe en todas partes del mundo. Tiene causas definidas, y hasta que comprendamos esas causas, simplemente rascar la superficie no dará ningún resultado. El nacionalismo es una de las causas; los gobiernos soberanos separados es otra. Hay suficiente conocimiento científico para producir condiciones en que la gente del mundo entero pueda tener alimento, vestido y albergue. ¿Por qué no se hace? ¿No es porque nos disputamos acerca de sistemas? Dándonos cuenta de que hay inanición y desempleo en el mundo, recubrimos a sistemas y a fórmulas que prometen un porvenir mejor; ¿y habéis notado alguna vez que los que tienen un sistema para la solución del desempleo y la inanición están siempre combatiendo otro sistema? De suerte que los sistemas llegan a ser mucho más importantes que la solución misma del problema del hambre. El hecho de la inanición jamás podrá ser resuelto por una idea, porque las ideas sólo producirán más conflicto, más oposición; pero los hechos nunca pueden engendrar aposición. Hay hambre y desocupación en este país y a través del mundo; y, viendo el problema, lo abordamos con una idea acerca del problema. Así, pues, la idea, la teoría, el sistema, resulta mucho mas importante que el hecho. Esto es, nos apartamos del hecho y abrazamos una teoría, una idea, una creencia acerca del hecho, y en torno de la creencia se forman grupos, y esos grupos se combaten y liquidan unos a otros; y el hecho persiste. (Risas). Lo importante es la comprensión del hecho, no una idea acerca del hecho; y esa comprensión no depende de ideas. La idea es una mera elaboración de la mente, pero la comprensión no es un resultado de la mente. Tenemos bastante inteligencia, capacidad y conocimientos para resolver el hecho de la inanición y la desocupación; pero lo que nos impide resolverlo es nuestra idea acerca de la solución. El hecho está ahí, y hemos creado varios enfoques del hecho; está el enfoque del yogui, del comisario, del capitalismo, del socialista, etcétera. ¿Pero es posible entender el hecho a través de un enfoque determinado? Es obvio que un enfoque determinado debe impedir la comprensión del hecho. Así, pues, el hecho de la inanición y la desocupación sólo puede ser resuelto cuando la idea, la creencia, no estorba la comprensión del hecho. Eso significa, ‑¿no es así?- que vosotros, que sois parte de la sociedad, debéis estar libres de nacionalismo, libres de creencia en determinada religión, libres de identificación con una idea en particular. La solución de este problema no está, pues, en manos del comisario ni del yogui sino en vuestras manos, porque lo que vosotros sois es lo que impide la solución de todos estos problemas. Si sois nacionalistas, si pertenecéis a una clase o casta en particular, si tenéis tradiciones religiosas estrechas, es obvio que estáis obstruyendo el bienestar del hombre.

Pregunta: ¿Está usted contra el matrimonio institución?

Krishnamurti: Escuchad con cuidado y oíd inteligentemente, por favor; no os, opongáis, simplemente, ni resistáis. Es muy fácil estar contra algo, y es necedad muy grande el resistir sin comprender. Bueno, la familia es exclusiva, ¿verdad? La familia es un proceso de identificación con lo particular; y cuando la sociedad se basa en esta idea de familia como unidad exclusiva, en oposición con otras unidades exclusivas, tal sociedad debe inevitablemente producir violencia. Nos valemos de la familia como medio de seguridad para nosotros mismos, para el individúo; y donde hay búsqueda de seguridad individual, de felicidad individual, tiene que haber exclusión. A esta exclusión se le llama “amor”; ¿y en esa llamada familia o estado matrimonial, hay realmente amor? Examinemos ahora qué es de hecho la familia? y no nos aferremos a una teoría al respecto. No estamos considerando el ideal de lo que debiera ser. Examinemos exactamente, en cambio, lo que es la familia tal como la conocéis. Entendéis por familia vuestra esposa e hijos, ¿no es así? Ella es una unidad en oposición a otras unidades; y en esa unidad sois vosotros lo importante, no vuestra esposa, ni vuestros hijos ni la sociedad, sino vosotros, que buscáis seguridad, nombre, posición, poder, tanto en la familia como fuera de la familia. Domináis a vuestra esposa, que os está subordinada; sois el hacedor y el dispensador del dinero, y ella es vuestra cocinera y la que da a luz vuestros hijos. (Risas). Así. Pues, creáis la familia, que es una unidad exclusiva. en oposición a otras unidades; os multiplicáis por millones y producís una sociedad en la cual la familia es una entidad exclusiva, autoaisladora, separativa, antagonista de otra y opuesta a ella. Todas las revoluciones tratan de suprimir la familia, pero invariablemente fracasan porque el individuo busca de un modo constante su propia seguridad mediante el aislamiento, la exclusión, la ambición y la dominación. De tal suerte la familia, que habéis creado como unidad separativa, llega a ser un peligro para lo colectivo, que también es resultado del individuo. No puede haber, por lo tanto, reforma alguna en lo colectivo mientras vosotros, individuos, seáis exclusivos y autoaisladores en toda acción, reduciendo vuestro interés a vosotros mismos.

Ahora bien; este proceso de exclusión no es ciertamente amor. El amor no es creación de la mente. El amor no es personal, impersonal o universal; esas palabras son sólo de la mente. El amor es, algo que no puede ser comprendido mientras el pensamiento, que es exclusivo, persista. El pensamiento, que es la reacción de la mente, jamás podrá comprender qué es el amor; el pensamiento es invariablemente exclusivo, separativo, y cuando el pensamiento intenta describir el amor, tiene necesariamente que encerrarlo en palabras que son también exclusivas. La familia, tal como la conocemos, es invención de la mente, y por lo tanto es exclusiva, es un proceso de agrandamiento del “sí mismo”, del “yo”, lo cual es resultado del pensamiento; y en la familia a la que nos aferramos tan constantemente, tan desesperadamente, no hay amor, por cierto, ¿no es así? Empleamos esa palabra “amor”, creemos amar, pero en realidad no amamos, ¿verdad? Decimos que amemos la verdad, que amamos a la esposa, al esposo, a los hijos; pero esa palabra está rodeada por el humo de los celos, la envidia, la opresión, la dominación y un constante batallar. La familia, pues, llega a ser una pesadilla, un campo de batalla entre los dos sexos, y por consiguiente la familia se torna invariablemente opuesta a la sociedad. La solución no está en una legislación que destruya la familia, sino en vuestra propia comprensión del problema; y el problema se lo comprende, y por tanto llega a su fin, tan sólo cuando hay real amor. Cuando las cosas de la mente no llenen el corazón, cuando la ambición individual, el éxito y el logro personal no predominen, cuando no ocupen lugar en vuestro corazón, entonces conoceréis el amor.

Pregunta: ¿Por qué trata usted de hacer flaquear nuestra creencia en Dios y en la religión? ¿Alguna fe no es necesaria para el empeño espiritual, tanto individual como colectivo?

Krishnamurti: ¿Por qué necesitamos, fe? ¿Por qué necesitamos creencia? Si lo observáis, ¡no es la creencia uno de los factores ente separan al hombre del hombre? Vosotros, creéis en Dios y otros no creen en Dios, de suerte que vuestras creencias os separan los unos de los otros. La creencia a través del mundo está organizada como hinduismo, budismo o cristianismo, dividiendo así a los hombres. Estamos confusos, y pensamos que por medio de la creencia disiparemos la confusión; es decir, a la confusión se le sobrepone la creencia, con lo cual esperamos que la confusión será disipada. Pero la creencia es una mera evasión del hecho de la confusión; ella no nos ayuda a enfrentar y a comprender el hecho, sino a huir de la confusión en que nos hallamos. Para comprender la contusión, la creencia no es necesaria; y la creencia sólo actúa como pantalla entre nosotros mismos y nuestros problemas. De suerte que la religión ‑que es creencia organizada- se convierte en un medio de eludir lo que es, de escapar al hecho de la confusión. El hombre que cree en Dios, el hombre que cree en el más allá o que tiene cualquiera otra forma de creencia, elude el hecho de lo que él es. ¿No conocéis a ésos que creen en Dios, que practican el “puja”, que repiten ciertos cánticos y palabras, y que en su vida diaria son dominadores, crueles, ambiciosos, tramposos y deshonestos? ¿Encontrarán ellos a Dios? ¿Buscan realmente a Dios? ¿Ha de encontrarse a Dios mediante la repetición de palabras, mediante la creencia? Pero esa gente cree en Dios, adora a Dios, va al templo todos los días, hace de todo para eludir el hecho de lo que ellos son; y a semejante gente vosotros la consideráis respetable, porque se treta de vosotros mismos.

De suerte que vuestra religión, vuestra creencia en Dios, es una evasión de lo existente, y por lo tanto no es en absoluto religión. El hombre rico que acumula dinero con su crueldad, con su deshonestidad, con una explotación artera, cree en Dios; y vosotros también creéis en Dios, vosotros también sois ladinos crueles, suspicaces, envidiosos. ¿Ha de encontrarse a Dios mediante la deshonestidad, el engaño, los arteros ardides de la mente? El hecho de que coleccionéis todos los libros sagrados y los diversos símbolos de Dios, ¿es acaso indicio de que sois personas religiosas? La religión, pues, no consiste en esquivar el hecho: religión es comprensión del hecho de lo que vosotros sois en vuestras diarias relaciones; religión es la forma de vuestro lenguaje, vuestra manera de conversar, de dirigiros a vuestros criados, de tratar a vuestra esposa, a vuestros hijos y vecinos. Mientras no comprendáis vuestra relación con vuestro prójimo, con la sociedad, con vuestra esposa e hijos, tiene que haber confusión; y cualquier cosa que hiciere, la mente que está confusa engendrará tan sólo más confusión, más problemas y conflictos. Una mente que elude lo existente, los hechos de la interpelación, jamás encontrará a Dios; una mente agitada por la creencia no conocerá la verdad. Pero la mente que comprende su relación con los bienes, con las personas, con las ideas, la mente que ya no lucha con los problemas que la interrelación crea, y para la cual la solución no está en el retiro, sino en la comprensión del amor ‑sólo una mente así puede comprender la realidad. La verdad no puede ser conocida por una mente que está confusa en la interpelación, o que escapa a la interpelación para aislarse, sino por la mente que se comprende a sí misma en la acción; y sólo una mente así sabrá la verdad. Una mente quieta, una mente en silencio, no puede surgir mediante ninguna forma de compulsión, mediante ninguna forma de disciplina, porque la mente sólo está quieta cuando comprende su relación con la propiedad, las personas y las ideas, y, haga lo que hiciere, la mente no está quieta cuando está perturbada por esa relación. La mente que ha sido aquietada sin comprender sus relaciones; es una mente muerta; pero la mente que no tiene creencia alguna, que está quieta porque comprende la interpelación, una mente así es silenciosa, creadora, y conocerá la realidad.

14 de Marzo de 1950

ÍNDICE. CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN LA INDIA EN 1949-50

I. 1ª CONFERENCIA EN RAJAHMUNDRY

En sus pláticas dice Ud. que el hombre es la medida dad mundo, y que, cuando él se transforme a sí mismo, el mundo estará en paz. ¿La propia transformación de Ud. ha mostrado que eso sea verdad?

Dice Ud. que los “gurús”, son innecesarios, ¿pero cómo puedo yo encontrar la verdad sin la sabia guía y ayuda que sólo un “gurú” puede brindar?

¿Para tener la mente en paz, no debo aprender a dominar mis pensamientos?

II. 2ª CONFERENCIA EN RAJAHMUNDRY

¿Por qué no alimenta Ud. a los pobres en vez de disertar?

En sus pláticas de 1944 se le hizo a Ud. la siguiente pregunta: “Ud. se halla en una situación feliz. Todas sus necesidades son satisfechas. Nosotros tenemos que ganar dinero para nosotros mismos, nuestra esposa y nuestra familia. Tenemos que estar en el mundo. ¿Cómo puede Ud. comprendernos y ayudarnos?” Esa es la cuestión

¿Cuál es el objeto de la oración?

III. 3ª CONFERENCIA EN RAJAHMUNDRY

¿Qué es la verdadera educación? Como maestros y padres estamos confusos

¿Qué entiende Ud. por vivir de instante en instante?

Cuanto más lo escucho, tanto más siento la verdad de las antiguas enseñanzas de Cristo, Sankara, el Bhagavad Gita y la Teosofía. ¿Realmente no ha leído Ud. nada de eso?

¿Qué entiende Ud. exactamente por “meditación”? ¿Es un proceso o un estado?

IV. 1ª CONFERENCIA EN MADRÁS

Vamos desigualdad entre los hombres, y algunos están muy por encima del resto de la humanidad. Es seguro, entonces, que debe haber seres de un orden superior, tales como los Maestros y “devas” que pueden hallarse profundamente interesados en cooperar con el género humano. ¿Se ha puesto Ud. en contacto con algunos de ellos? Si es así, ¿puede decirnos cómo podemos entrar en contacto con ellos?

En una de sus pláticas Ud. ha afirmado que si una persona reza, recibe, pero que al final pagará por ello. ¿Qué quiere Ud. decir? ¿Cuál es la entidad que accede a nuestros ruedos, y por qué no logramos obtener todo lo que pedimos mediante la oración?

Hay desdicha generalizada en el mundo, y todas las religiones han fracasado; ello no obstante, Ud. parece hablar de religión de más en más. ¿Alguna religión nos ayudará a librarnos de la desdicha?

Se ha dicho que la adquisición de sabiduría es el objeto fundamental de la vida, y que la sabiduría ha de buscarse poco a poco mediante una vida de purificación y dedicación, con la mente y las emociones dirigidas hacia los ideales elevados por medio de la oración y la meditación. ¿Está Ud. de acuerdo? 65

V. 2ª CONFERENCIA EN MADRÁS

VI. 3ª CONFERENCIA EN MADRÁS

Todos experimentamos soledad; conocemos su sufrimiento y vemos sus causas, sus raíces. ¿Pero qué es la “unitotalidad”? ¿Es diferente de la soledad?

Ha estado Ud. hablando durante cierto número de años acerca de la transformación. ¿Sabe de alguien que se haya transformado en el sentido que Ud. da a la palabra?

Nunca ha hablado Ud. del futuro. ¿Por qué? ¿Le tiene Ud. miedo?

¿Cuál, según Ud., debiera ser la relación entre el individuo y el Estado?

Ud. ha hablado de las relaciones que se basan en la utilización de otra persona para la propia gratificación, y a menudo ha insinuado un estado llamado “amor”. ¿Qué entiende Ud. por amor?

VII. 1ª CONFERENCIA EN BOMBAY

Nuestra vida está vacía de todo verdadero impulso de bondad; y este vacío tratamos de llenarlo con la caridad organizada y la justicia compulsiva. El sexo es nuestra vida. ¿Puede Ud arrojar alguna luz sobre este fastidioso tema?

La India tiene una antigua tradición de vida sencilla y pocas necesidades. Actualmente, sin embargo, millones se hallan en las garras de la pobreza y privaciones involuntarias, mientras en el otro extremo de la escala esta tierra está dominada por las clases ricas y superiores que ya practican un modo de vida europeo. ¿Cómo se puede descubrir nuestra justa relación con las posesiones y comodidades?

¿Qué es el conocimiento de uno mismo? El enfoque tradicional del conocimiento propio es el conocimiento del “Atman” como distinto del “ego”. ¿Es eso lo que Ud. entiende por conocimiento propio?

VIII. 2ª CONFERENCIA EN BOMBAY

Afirma Ud. que no ha leído un solo libro, ¿pero realmente quiere Ud. significar eso? ¿No sabe Ud. que esos vagos asertos causan resentimiento? Parece conocer Ud. la jerga más moderna de la política, la economía, la psicología y las ciencias; ¿y trata Ud. de insinuar que toda esa información la obtiene mediante poderes sobrehumanos?

¿La belleza ha de ser cultivada o adquirida? ¿Qué significa para Ud. la belleza?

Por medio de movimientos tales como la Organización de las Naciones Unidas y las Conferencias Pacifistas Mundiales recientemente reunidas en la India, hombres de todo el mundo están haciendo un esfuerzo individual y colectivo para impedir la tercera guerra mundial. ¿En qué difiere el intento de Ud. del de ellos, y espera Ud. obtener resultados apreciables? ¿Puede ser impedida la guerra que nos amenaza?

Repite Ud. una y otra vez que la mente debe cesar para que la realidad surja a la existencia. ¿Por qué, entonces, ataca Ud. la oración, el culto y las ceremonias, que están realmente destinadas a aquietar la mente?

IX. 3ª CONFERENCIA EN BOMBAY

Uno observa la gente que está cerca de Ud. para descubrir algún signo de transformación? ¿Cómo se explica que, mientras Ud. camina en la luz, sus más cercanos secuaces se mantienen insensibles y feos en su vida y su comportamiento?

Cuanto más se le escucha a Ud., más siente uno que Ud. predica el retiro de la vida. Soy empleado de oficina en la Secretaría, tengo cuatro hijos, y sólo gano 125 rupias por mes. ¿Hará el favor de explicar cómo puedo proseguir la sombría lucha por la existencia de la nueva manera que Ud. propone? ¿Cree Ud. realmente que su mensaje puede significar algo importante para el jornalero hambriento y mal desarrollado? ¿Ha vivido Ud. entre esa gente?

La mente consciente es ignorante y temerosa de la mente inconsciente. Ud. se dirige de un modo principal a la mente consciente, ¿y eso es bastante? ¿Su método traerá liberación de lo inconsciente? Tenga a bien explicar en detalle cómo se puede atacar en forma plena la mente inconsciente

¿Por qué la mente humana se aferra tan persistentemente a la idea de Dios de muchas maneras diferentes? ¿Puede Ud. negar que la creencia en Dios ha brindado consuelo y sentido a muchas vidas solitarias y desoladas a través del mundo? ¿Por qué priva Ud. al hombre de este consuelo, al predicarle un nuevo tipo de nihilismo?

X. 4ª CONFERENCIA EN BOMBAY

Parece Ud. predicar algo muy semejante a las enseñanzas de los Upanishads; ¿por qué entonces le trastorna a Ud. que alguien cite los libros sagrados? ¿Quiere Ud., sugerir que lo que Ud. expone jamás lo ha dicho nadie antes? ¿El citar a otra persona se interpone con la peculiar técnica de hipnotismo que Ud. emplea?

Ud. predica una especie de anarquismo filosófico, que es la evasión favorita de la alta clase intelectual. ¿Una comunidad no necesitará siempre alguna forma de regulación y autoridad? ¿Qué orden social podría expresar los valores que Ud. sostiene?

La oración es la expresión única de todo corazón humano, es el clamor del corazón por la unidad. Todas las escuelas de “bhaktimarga” se basan en la inclinación instintiva a la devoción. ¿Por qué la echa Ud. a un lado como cosa de la mente?

¿Acepta Ud. la ley de la reencarnación y del “Karma” como válida, o contempla un estado de completo aniquilamiento?

XI. 5ª CONFERENCIA EN BOMBAY

Tenga Ud. a bien explicar el proceso de su propia mente cuando está ahora hablando aquí. Si Ud. no ha acumulado conocimientos y no tiene acopio de experiencia y recuerdos, ¿de dónde obtiene su sabiduría? ¿Cómo hace para cultivarla?

¿Cómo puedo ya, como individuo, enfrentar, vencer y resolver la creciente tensión y belicosidad entre la India y Pakistán? Esta situación crea una mentalidad de venganza y represalias en masa. Llamados y argumentos resultan completamente insuficientes. La inacción es un crimen. ¿Cómo se hace frente a un problema como este?

Sabemos que el sexo es una necesidad física y psicológica ineludible, y él parece ser una causa profunda de caos en la vida personal de nuestra generación. Es un horror para las jóvenes que son víctimas de la concupiscencia masculina. La represión y la indulgencia son igualmente ineficaces. ¿Cómo podemos entendernos con este problema?

El amor, tal como lo conocemos y lo experimentamos, es una fusión de dos personas, o de los miembros de un grupo; es exclusivo, y en él hay dolor tanto como alegría. Cuando Ud. dice que el amor es el único solvente de los problemas de la vida, da Ud. a la palabra una acepción que nosotros apenas hemos experimentado. ¿Puede un hombre común como yo, conocer alguna vez el amor en el sentido que Ud. le atribuye?

La pregunta de qué es la verdad es antigua, nadie la ha contestado de manera final. Habla Ud. de la verdad, pero nosotros no vemos sus experimentos o esfuerzos para alcanzarla, cual lo vimos en la vida de personas como Mahatma Gandi y la Dra. Besant. Su agradable personalidad, su sonrisa cautivante y su suave afecto, es todo lo que vemos. ¿Quiere Ud. explicar por qué hay semejante diferencia entre su vida y la de otros buscadores de la verdad? ¿Hay dos verdades?

XII. 6ª CONFERENCIA EN BOMBAY

La libertad política aún no ha traído una nueva fe y un nuevo júbilo. Por doquiera encontramos cinismo, antagonismo “comunal” y lingüístico, odio de clase. ¿Cuál es su diagnóstico y remedio para esta trágica situación?

¿Puede comprender su mensaje la gente ignorante y hambrienta de esta tierra? ¿Cómo puede él tener sentido o significación alguna para ellos?

Está Ud. contra el matrimonio como institución?

¿Por qué trata Ud. de hacer flaquear nuestra creencia en Dios y en la religión? ¿Alguna fe no es necesaria para el empeño espiritual, tanto individual como colectivo?

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