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Nueva educación

Nueva educación
J. Krishnamurti alocuciones a los alumnos de la fundación para una nueva educación
RAJGHAT – BENARES
INDIA 1952
El titulo de la obra en Inglés: KRISHNAMURTI’S TALKS TO BOYS AND GIRLS OF THE FOUNDATION FOR NEW EDUCATION RAJGHAT-BANARAS (VERBATIM REPORT) 1952
Traducción directa del inglés Por el Dr. Arturo Orzábal Quintana

La Fundación para la Nueva Educación (anteriormente conocida como “The Rishi Valley Trust”) posee escuelas y colegios en Rajghat-Benares y en el Valle Rishi de la India Meridional.

Estas pláticas las dio Krishnamurti en Rajghat-Benares, a orillas del río Ganges, durante el mes de diciembre de 1952, a alumnos y alumnas de 9 a 20 años de edad.

I

Supongo que la mayoría de vosotros entienden el inglés, porque habré de hablar, como lo sabéis, todas las mañanas a las 8,30; y vamos a conversar acerca de las muchas dificultades que involucra la educación.

¿Habéis pensado alguna vez por qué se os educa, por qué aprendéis historia, matemáticas, geografía? ¿Habéis pensado alguna vez por qué vais a escuelas y colegios? ¿No es acaso muy importante averiguar por qué se os llena de información, de esos llamados “conocimientos”? ¿Qué es esta llamada “educación”? Vuestros padres os mandan aquí porque ellos han obtenido ciertos títulos y han pasado ciertos exámenes. ¿Os habéis jamás preguntado por qué estáis aquí, y los propios maestros os han preguntado por qué estáis aquí? ¿Y acaso los propios maestros saben por qué ellos están aquí? ¿No deberíais, pues, descubrir qué es esta lucha por pasar exámenes, por estudiar, por vivir en determinado lugar para sufrir sustos, practicar deportes, etc.? ¿No debieran vuestros maestros ayudaros a averiguar todo esto y no simplemente enseñaros a pasar ciertos exámenes?

Los muchachos pasan exámenes porque creen que deberán conseguir un empleo, que habrán de ganarse la vida. ¿Y vosotras, niñas, por qué pasáis exámenes? ¿Para tener la educación que os permita lograr mejores maridos? No riáis; pensad simplemente acerca de ello. ¿O es que en el hogar sois un estorbo y por eso vuestros padres os mandan a una escuela? ¿Habréis comprendido todo el significado y sentido de la vida por el hecho de pasar exámenes? Tomad, por ejemplo, el caso de un muchacho que pasa cierto examen, algún estúpido examen —porque vosotros, jóvenes, sois muy listos para pasar exámenes— eso no significa que él sea una persona muy inteligente. Algunas personas que no saben pasar exámenes podrán ser muy inteligentes, podrán ser capaces con sus manos y con su mente; puede que piensen más cabalmente que la persona que sólo se llena la cabeza y aprende muy bien alguna materia para pasar exámenes.

Algunos muchachos pasan exámenes para conseguir empleos, y toda su perspectiva en la vida consiste en encontrar trabajo. ¿Qué acontece después? Se casan, tienen hijos y se ven atrapados en una máquina, ¿verdad? Llegan a ser empleados de oficina, abogados o policías. En esa máquina quedan atrapados para el resto de su vida. Siguen siendo empleados de oficina, abogados; sostienen una lucha incesante con la esposa que les toca en suerte, con los hijos, una constante batalla; y ésa es su vida hasta morir.

En lo que atañe a vosotras, niñas, ¿qué os ocurre? Os casáis, ¿no es así? Ese es vuestro objetivo o incumbencia: vuestros padres os casan y tenéis hijos. Os casáis con un empleado de oficina o con un abogado, y durante el resto de vuestra vida, si contáis con un poco de dinero, os ocupáis de vuestros “saris” (vestidos), de vuestra apariencia personal, de lo que se dirá de vosotras, y de las reyertas con vuestro marido.

¿Es que veis todo esto? ¿No os dais cuenta de ello en vuestra familia, en la vecindad? ¿No habéis notado cómo eso prosigue en todo momento? ¿No debéis acaso averiguar qué sentido tiene la educación, por qué queréis que se os eduque, para qué vuestros padres desean que se os eduque, por qué pronuncian discursos sobre educación —como el que oísteis el otro día— esmerados discursos acerca de lo que la educación está haciendo en el mundo? Puede que seáis capaces de leer las piezas de Bernard Shaw, de citar a Shakespeare, a Voltaire o a algún nuevo filósofo. Pero si vosotras mismas no sois inteligentes, si no sois creadoras, ¿para qué sirve la educación?

¿No resulta importante, pues, que tanto los maestros como vosotros, estudiantes, averigüen, descubran, cómo se es inteligente? La educación no consiste en saber leer; cualquier tonto sabe leer; cualquier mentecato puede pasar exámenes. ¿Sois educados por el hecho de que sepáis leer? La educación —¿no es así?— consiste por cierto en el cultivo de la inteligencia. ¿No debéis descubrir qué es el ser inteligente? Yo no quiero decir “astuto”; no quiero significar que uno trate de ser listo para sobrepujar a alguien. La inteligencia es algo del todo diferente, ¿verdad? Es obvio que la inteligencia os viene cuando no estáis atemorizados, cuando en vosotros no hay miedo. ¿Sabéis qué es el miedo? El miedo surge cuando pensáis en lo que la gente pueda decir de vosotros, o en lo que puedan decir vuestros padres; cuando se os critica, cuando se os castiga, cuando fracasáis en un examen, cuando vuestro maestro os reprende, cuando no tenéis popularidad en vuestra clase, en vuestra escuela, en vuestro medio. Gradualmente el miedo os invade, ¿verdad?

Es obvio, pues, que el miedo es una de las barreras para la inteligencia, ¿no es cierto? ¿Y no es la esencia de la educación el libertar al estudiante —es decir, a vosotros y a mí— del miedo, y hacer que él se dé cuenta de las causas del miedo para que pueda vivir libre de temor? ¿No es acaso uno de los fines esenciales de la educación, desde el comienzo mimo de nuestra vida, desde la infancia hasta que os lanzáis al mundo, el de ayudaros a ser libres para que podáis comprender el miedo y las causas del miedo?

¿Sabéis que estáis atemorizados? Tenéis miedo, ¿verdad? ¿O es que estáis libres de temor? ¿Sabéis qué es el miedo? ¿No lo sabéis? ¿No estáis atemorizados de vuestros padres, de vuestros maestros, de lo que la gente pueda pensar? Suponed que hacéis algo que vuestros padres no aprueban, que la sociedad en torno vuestro no aprueba. ¿No tendríais miedo? Supongamos que os casáis con alguien que no es de vuestra casta o clase social; tendríais miedo del “qué dirán”, ¿verdad? ¿No os daría temor el que vuestro futuro marido no ganase bastante dinero o no tuviese posición ni prestigio? ¿No os avergonzaríais? ¿No os causaría temor el que vuestros amigos no pensasen bien de vosotros? ¿No tenéis miedo a la muerte, a la enfermedad? La mayoría de nosotros, pues, estamos amedrentados. No os apresuréis a decir “no”. Puede que no hayamos pensado en ello; pero si lo hacemos, observaremos que casi toda persona en el mundo, tanto adultos como niños, tiene alguna clase de temor, que le roe el corazón. ¿Y acaso no es el fin, el objeto, la intención de la educación, el ayudar a cada cual, a cada individuo, a verse libre del miedo para que pueda ser inteligente? No sé si esta escuela habrá de hacer eso, o si lo está haciendo. Eso es lo que aquí queremos hacer, lo cual en realidad significa que los maestros deben estar libres de temor. De nada sirve que los maestros hablen de intrepidez, si ellos mismos tienen miedo de lo que sus vecinos puedan decir, si le tienen miedo a la esposa, o si las maestras tienen miedo del marido.

Si uno tiene miedo carece de iniciativa. ¿Sabéis qué es la iniciativa? ¿Resulta tan difícil descubrirlo? Tener iniciativa es hacer algo original de un modo espontáneo, natural, sin que a uno lo guíen, lo fuercen, lo controlen; hacer algo que amáis. A menudo vais por la calle y veis una piedra en medio de la calzada; y un automóvil choca contra ella. ¿Alguna vez habéis retirado esa piedra? ¿O en vuestras caminatas habéis visto a la gente pobre, a los campesinos, a los aldeanos, y habéis hecho algo por ellos espontáneamente, de un modo natural y bondadoso, nacido de vuestro propio corazón, en vez de que se os diga lo que debéis hacer? Bien veis que si tenéis miedo, todo eso queda excluido, desaparece de vuestra vida; sois inconscientes de lo que ocurre en torno vuestro, no os dais cuenta de ello. Si tenéis miedo, habréis por fuerza de seguir la tradición, a alguna persona, a algún “gurú” (guía espiritual). Cuando seguís la tradición, cuando seguís al marido o a la esposa, vosotros —como individuos, como seres humanos— perdéis vuestra dignidad.

¿No es acaso el objeto de la educación liberaros del miedo, y no sólo hacer que paséis algunos exámenes que puedan ser necesarios? En lo esencial y profundo, ¿no es propósito vital de la educación el ayudaros desde la infancia hasta que os lanzáis al mundo? ¿No debiera una educación así ayudaros a ser completamente libres de temor en vuestro fuero íntimo, para que seáis seres humanos inteligentes, llenos de iniciativa? La iniciativa queda destruida cuando imitáis, cuando no hacéis más que seguir una tradición, a un líder político o a un “swani” (religioso hindú). Seguir a alguien es ciertamente perjudicial para la inteligencia. El hecho mismo de seguir infunde una sensación de temor, excluye la comprensión de las extraordinarias complicaciones de la vida con todas sus luchas y sus penas, con su pobreza, su riqueza y su belleza, la comprensión de las aves y de la puesta de sol sobre las aguas. Cuando estáis temerosos, todo eso queda excluido.

Es fundón de todo maestro, evidentemente, la de ayudar a cada uno de sus alumnos a estar completamente libre de temor, para que se sienta impulsado a hacer las cosas espontáneamente, sin que se le diga, sin que se le guíe.

He hablado veinte minutos, y creo que es suficiente. Si puedo sugerirlo, vosotros deberíais pedir a vuestros maestros que os hablen de lo que hemos estado diciendo, que os lo expliquen. ¿Haréis eso? Averiguad por vosotros mismos si los maestros han comprendido lo que estoy dilucidando; eso les vendrá bien para que os ayuden a ser más inteligentes, a no ser miedosos. Porque, en asuntos de esta índole, necesitamos maestros que sean muy inteligentes —inteligentes en el verdadero sentido, no en el sentido de pasar los exámenes de “bachiller en artes” o “maestro en artes—”. Si esto os interesa como estudiantes, discutidlo con vuestro maestro, reservad un período de clase para conversar al respecto. Porque vosotros habréis de crecer, habréis de tener marido, esposa e hijos; tendréis que saber qué es la vida, la lucha por ganar, el hambre, la muerte y la belleza de la vida. Todo esto tendréis que saber. Y este es el lugar para descubrir todas estas cosas. Si los maestros sólo os enseñan matemáticas, geografía, historia y ciencias, eso no basta.

Así, pues, si puedo sugerirlo, mientras yo esté aquí durante las próximas tres o cuatro semanas, dedicad un periodo de clase a conversar acerca de lo que yo haya dicho. De ese modo mañana, cuando vengáis, podréis hacer preguntas y averiguar más al respecto; y así estaréis alertas, desearéis inquirir, desearéis descubrir, y vuestra propia iniciativa podrá despertarse.

Diciembre 10 de 1952.

II

Me pregunto si habéis vuelto a pensar en lo que hablamos ayer por la mañana. ¿Tuvisteis oportunidad de discutir con vuestros maestros el problema miedo, o bien vuestras actividades del día os hicieron olvidar de ello?

¿Puedo continuar con lo que estuvimos diciendo ayer de mañana? Esta no es una mera pregunta de cortesía. Deseo saber si estáis interesados en que estuvimos dilucidando, o si queréis que os hable de alguna otra cosa.

Continuaré con lo que estuve diciendo. Luego, a medida que prosigamos durante varios días, tal vez la conversación resulte más fácil.

Ayer estuvimos hablando del miedo. Es el miedo lo que impide la iniciativa, porque la mayoría nosotros, cuando estamos atemorizados, nos apegamos a las cosas como una enredadera se apega a un árbol. Nos apegamos a nuestros padres, a nuestro marido, a nuestros hijos, a nuestras hijas, a nuestra esposa. Esa es la forma externa del temor. Como interiormente estamos atemorizados, sentimos miedo de estar solos. Puede que tengamos gran cantidad de “saris” de ropa o de otros bienes; pero en nuestro fuero íntimo, psicológicamente —¿sabéis qué significa “psicológicamente”?— somos muy pobres, Cuanto más pobres somos interiormente, tanto más intrigamos en lo externo, tanto más nos apegamos a los padres, a las cosas, a la propiedad, a los vestidos. Cuando estamos atemorizados, nos apegamos a las cosas externas como asimismo a las del fuero íntimo, tales como la tradición. ¿Habéis observado a las personas de edad y a las que son interiormente insuficientes, vacías? La tradición les importa muchísimo. ¿Habéis notado eso entre vuestros amigos, vuestros padres y maestros? ¿Lo habéis notado en vosotros mismos? En el momento en que hay miedo, íntimo temor, tratáis de encubrirlo con la respetabilidad, siguiendo una tradición; y es así como perdéis iniciativa. Como no hacéis más que seguir, la tradición adquiere gran importancia: tradición de lo que dice la gente, tradición proveniente del pasado, tradición sin vitalidad alguna, sin sabor vital, tradición que es una mera repetición desprovista de sentido.

Cuando uno es miedoso existe siempre una propensión, una tendencia a imitar. ¿Habéis notado eso? ¿Sabéis qué es la imitación? Estando con temor, os aferráis a la tradición; os apegáis a vuestros padres, a vuestra esposa, a vuestros hermanos, a vuestro marido. Siempre hay deseo de imitar. La imitación destruye la iniciativa. Bien sabéis que, cuando pintáis un árbol, no os contentáis con imitarlo, no copiáis el árbol tal cual es exactamente; de otro modo sería una simple fotografía. Pero el estar libre para pintarlo requiere que sintáis lo que el árbol, o la flor, o la puesta de sol, os comunica; no tenéis simplemente que copiarlo en negro y blanco sino que sentir la significación, el sentido de la puesta de sol. Resulta muy importante transmitir su significación, no tan sólo copiarla; entonces empezáis a despertar el proceso creador. Y para ello es preciso que haya una mente libre, una mente que no esté cargada de tradición, de imitación. Mirad vuestra propia vida y las vidas en torno vuestro. ¡Cuan vacío es todo ello!

En ciertos niveles de la vida debéis imitar, ¿no es así? Por desgracia debéis ser imitativos en la ropa que usáis, en los libros que leéis. Son otras tantas formas de imitación. Pero es necesario ir más allá de eso, es decir, que os sintáis libres para poder pensar cabalmente las cosas por vosotros mismos, para que no aceptéis simplemente lo que alguien dice, sea quien fuere: vuestros maestros, vuestros padres, los grandes instructores. El pensar realmente las cosas por vosotros mismos, el no seguir a nadie, es muy importante, porque no bien seguís a alguien, el hecho mismo de seguir indica temor, ¿no es así? Alguien os ofrece algo que deseáis: el paraíso, el cielo o un empleo mejor. Mientras deseéis algo, forzosamente habrá temor; y el temor mutila la mente libre. ¿Sabéis qué es una mente libre? ¿Alguna vez habéis observado vuestra propia mente? ¿Es ella libre? No, no lo es, porque siempre estáis en acecho para ver qué dicen vuestros amigos. Vuestra mente es como una casa cerrada con un portón y cercada por alambre de púas. En ese estado ninguna cosa nueva puede ocurrir. Una cosa nueva sólo puede surgir cuando no hay miedo. Y es en extremo difícil para la mente estar libre de miedo, lo cual significa estar realmente libre de imitación, del deseo de imitar, del deseo de seguir, del deseo de amontonar riqueza o de seguir una tradición. Esto no quiere decir que cometáis algún despropósito.

La libertad de la mente surge cuando no hay miedo, cuando la mente no está intrigando para ganar posición o prestigio, para alardear de ello. No hay, por lo tanto, sentido alguno de imitación. Es importante tener una mente que sea de veras libre: libre de la tradición, que es el mecanismo de la mente que forma el hábito. ¿Resulta todo esto excesivo, demasiado difícil? No es tan difícil, por cierto, como vuestra geografía o vuestras matemáticas. Es mucho más fácil, sólo que jamás habéis pensado en ello. Pasáis la mayor parte de vuestra vida en la escuela adquiriendo información; vais a la escuela durante unos diez o quince años. Nunca, sin embargo, tenéis tiempo para pensar en ninguna de estas cosas; ni una semana, ni un día, para pensar plenamente, completamente, en todas estas cosas; y por eso es que ellas parecen difíciles. Pero esto no es nada difícil. Por el contrario, si le dedicáis tiempo veréis cómo vuestra mente trabaja, opera, funciona. Como lo veis, pues, mientras sois muy jóvenes —como lo sois aquí la mayoría— resulta importantísimo comprender todo esto, porque de no comprenderlo creceréis siguiendo alguna tradición sin ningún sentido; imitaréis, y así seguiréis cultivando el miedo y nunca seréis libres.

¿Habéis notado en la India cuan atados estáis a la tradición? Debéis casaros de determinada manera; vuestros padres eligen el marido o la esposa. Debéis practicar ciertos ritos; puede que no tengan sentido alguno, pero debéis practicarlos. Tenéis líderes a los que debéis seguir. Todo en torno vuestro, si lo habéis observado, es una manera de vivir en la que la autoridad se halla muy bien establecida. Está la autoridad del “gurú” (guía espiritual), la autoridad de la agrupación política, la autoridad de los padres, la autoridad de la opinión pública. Cuanto más vieja es la civilización, como en la India, mayor es el peso de la tradición, de una serie de imitaciones. De suerte que vuestra mente nunca es libre. Habláis de libertad, de libertad política o alguna otra clase de libertad; pero vosotros como individuos jamás estáis libres para descubrir realmente por vosotros mismos; siempre seguís a alguien, a algún “gurú” o instructor, alguna tradición.

Toda vuestra vida, pues, está dentro de un cerco, limitada, confinada por ideas, y en lo profundo de vosotros mismos hay miedo. ¿Cómo podéis pensar libremente habiendo miedo? Lo importante, pues, es ser consciente de todas estas cosas. Si veis una serpiente, sabéis que ella es ponzoñosa y huís, la dejáis a un lado. Mas la serie de imitaciones que impiden la iniciativa no las conocéis; os halláis atrapados en ellas inconscientemente. Pero si os dais cuenta, si sois conscientes de ellas, si habéis pensado cómo ellas os aprisionan, si percibís el modo como vosotros mismos deseáis imitar porque tenéis miedo de lo que la gente pueda decir, porque vuestros padres o vuestros maestros os tienen atemorizados; si os dais cuenta de esa serie de imitaciones, las haréis a un lado. Una vez que lleguéis a ser conscientes de esa serie de imitaciones, podréis mirarlas, examinarlas, estudiarlas como estudiáis matemáticas o cualquiera otra materia. ¿Sois conscientes de por qué lucís, “kumkum” (señal roja en la frente)? ¿Por qué os lo ponéis? No es que debáis o no ponéroslo. ¿Por qué tratáis a las mujeres diferentemente que a los hombres? ¿Por qué tratáis a las mujeres con desprecio? Así, por lo menos, las tratan los hombres. ¿Por qué? ¿Por qué vais a un templo, por qué practicáis ritos, por qué seguís a un “gurú” (guía espiritual)?

Cuando os deis cuenta, pues, de todas estas cosas, podréis examinarlas, podréis inquirir a su respecto, podréis estudiarlas; pero si todo lo aceptáis ciegamente porque así ha ocurrido durante los últimos treinta siglos, ello carece de sentido, ¿verdad? De suerte que lo que necesitamos en el mundo no son meros imitadores, meros líderes y cada vez más secuaces. Lo que ahora se necesita son individuos como vosotros y yo, que sigan pensando en todos estos problemas, no de un modo superficial ni casual, sino más profundamente, a fin de que la mente esté libre para ser creadora, para pensar, para amar.

La educación es una manera de descubrir nuestra relación con todas estas cosas, nuestra relación con los seres humanos, con la naturaleza. Pero la mente crea ideas, y estas ideas llegan a ser tan fuertes, tan vitales, que nos impiden mirar más lejos. De suerte que mientras haya temor habrá tradición. Mientras haya miedo habrá imitación. Una mente que no hace más que imitar es mecánica, ¿verdad? Es como una máquina funcionando; no es creadora, no piensa cabalmente los problemas, podrá producir ciertas acciones, ciertos resultados; pero ella no es creadora. Así, pues, lo que aquí en esta escuela deseamos hacer —vosotros y yo, así como los maestros, los miembros de la Fundación y los administradores— lo que debiéramos hacer es examinar todos estos problemas, a fin de que, al dejar vosotros la escuela, podáis ser seres humanos maduros, capaces de pensar los problemas por cuenta propia y no depender de alguna estupidez tradicional. Así podréis ser seres humanos con dignidad, seres humanos realmente libres.

Esa es la intención total de la educación, no simplemente el que paséis algunos exámenes y que luego se os ponga para el resto de vuestra vida a hacer algo, a vivir para ser empleados de oficina, amas de casa o máquinas de procrear. Deberíais reclamar de vuestros maestros, con insistencia, que la educación os ayude a ser libres, a pensar libremente sin miedo, a comprender, a inquirir. De otro modo la vida se desperdicia, ¿verdad? Se os educa, pasáis los exámenes para obtener grados universitarios, conseguís un trabajo que os desagrada y que no deseáis hacer, os casáis, tenéis que ganar dinero, tenéis hijos y así quedáis presos para el resto de vuestra vida. Sois miserables, desdichados, pendencieros; no tenéis nada que esperar del porvenir con la excepción de bebés y más hambre, más miserias. Eso no es educación. La verdadera educación debiera ayudaros a ser tan inteligentes que con esa inteligencia podáis escoger un empleo que os agrade, o moriros de hambre, pero no hacer alguna cosa estúpida que os tornaría miserables para el resto de vuestra vida.

Mientras sois jóvenes deberíais encender en vosotros la llama del descontentó; mientras sois jóvenes deberíais hallaros en estado de revolución. Este es el momento de inquirir, de crecer, de formarse. Insistid, pues, para que vuestros padres y maestros os eduquen debidamente. No os contentéis con sentaros simplemente en un aula a aprender alguna información acerca de algún rey o de alguna guerra. Estad descontentos, id a averiguar, a inquirir de vuestros maestros; si ellos son estúpidos, los volveréis listos, inteligentes, haciéndoles preguntas. Así, cuando dejéis esta escuela, esta atmósfera, creceréis en madurez, en inteligencia; aprenderéis durante el curso de vuestra vida hasta la muerte, y así seréis seres humanos felices e inteligentes.

Un alumno: ¿Cómo habremos de lograr el hábito de la intrepidez?

Krishnamurti: Observad la palabra que él emplea. El hábito implica un movimiento repetido una y otra vez. Si tú haces algo una y otra vez, ¿consigues algo que no sea monotonía? ¿Acaso la intrepidez, la falta de temor, es un hábito? ¿Comprendes? Él pregunta “¿cómo habré de lograr el hábito de la intrepidez?” Él desea ser sin miedo, y por eso pregunta si ello vendrá haciendo algo en forma habitual, constante, repetida, imitativa. La intrepidez sólo viene cuando eres capaz de enfrentar los incidentes de la vida, pero no como hábito sino cuando puedes desmenuzarlos, mirarlos y examinarlos; aunque no con una mente acosada, que se halla atrapada en el hábito.

Si tienes hábitos, eres una simple máquina de imitar. El mero hábito engendra imitación, el hacer la misma cosa una y otra vez, el erigir un muro en torno de ti mismo. Si has construido un muro a tu alrededor por obra de algún hábito, no estás libre de miedo, vives dentro del muro que te hace ser miedoso. Sólo puedes, pues, estar libre del miedo cuando tienes la inteligencia de mirar todo problema, todo incidente, todo lo que ocurre en la vida, toda emoción, todo pensamiento, toda reacción. Si eres capaz de percibir eso, de examinarlo, entonces estás libre del miedo.

Diciembre 11 de 1952.

III

Las últimas dos veces estuvimos hablando del miedo y cómo librarnos de él, de cómo el miedo pervierte la mente libre, que es creadora y posee la enorme cualidad de la iniciativa. Creo que también debiéramos considerar la cuestión de la autoridad. Sabéis qué es la autoridad; ¿pero sabéis acaso cómo surge la autoridad? El gobierno —¿no es así?— posee autoridad: el Estado, la policía, la ley, el soldado. Vuestros maestros tienen autoridad sobre vosotros, ¿verdad? Vuestros padres tienen autoridad sobre vosotros, haciéndoos hacer lo que ellos creen que debéis hacer: ir a la cama a tal o cual hora, comer determinadas clases de alimento apropiado, encontraros con personas de buenas condiciones. Ellos os disciplinan, ¿no es cierto? ¿Por qué? Dicen que es por vuestro bien. ¿Lo es, acaso? Eso lo examinaremos. Pero antes de examinarlo debemos comprender cómo surge la autoridad, el poder sobre los demás, la coerción, la compulsión de unos pocos ejercida sobre muchos, o de muchos sobre unos pocos.

Eso debemos examinarlo; pero antes de que podamos comprender el proceso de la autoridad, debemos averiguar cómo surge la autoridad. Por el hecho de que seáis padre o madre —mis padres— ¿qué derecho tenéis sobre mí? ¿Qué derecho tiene alguien sobre mí para tratarme como basura, como si ellos fueran superiores? ¿Qué es lo que engendra autoridad? ¿Qué creéis vosotros que engendra autoridad? En primer lugar, evidentemente, el deseo que cada cual tiene de hallar una norma de conducta, el deseo de saber qué hacer. Yo no sé qué hacer, estoy confuso, estoy preocupado; recurro, pues, a alguien, al sacerdote, al maestro, a mis padres. Busco una norma de conducta y por ello apelo a quien me diga qué debo hacer. Como creo que él sabe más que yo, a él acudo. Recurro al “gurú” (guía espiritual), al maestro, a algún sacerdote, a algún hombre que se supone erudito, y le pido que me diga qué he de hacer. Así, pues, el deseo que hay en mí de hallar un camino en la vida, una norma de conducta, una manera de comportarme, ese deseo mismo es lo que crea la autoridad. ¿No es así? Supongamos, por ejemplo, que acudo a un “gurú”. Lo creo un gran hombre; él me da la paz, conoce la verdad, conoce a Dios. Nada sé acerca de todo esto, pero recurro a él, me prosterno ante él, le hago una ofrenda floral, le doy a beber leche, le tributo mi devoción. Tengo el deseo de buscar consuelo, conocimiento, y así erijo una autoridad. La autoridad no existe fuera de mí mismo.

Mientras sois jóvenes, el maestro dice que vosotros no sabéis. Pero por poco que el maestro sea inteligente, él os ayudará a desarrollar inteligencia, a ser sin autoridad. Él os ayudará a comprender vuestra confusión, y, por lo tanto, a no buscar autoridad externa.

Está luego la autoridad del Estado, la policía, la ley. Yo erijo una autoridad externa porque tengo una parcela de mi propiedad que quiero proteger. La propiedad es mía, y no quiero que vosotros la poseáis, Establezco, pues, un gobierno, un gobierno que proteja lo que es mío. De suerte que el gobierno llega a ser mi autoridad; es mi invención para protegerme para proteger mi idea, mi sistema de pensamiento. A través de los siglos, pues, establezco gradualmente un sistema de derecho, de autoridad, la policía, el Estado, el gobierno, el ejército, para protegerme a mí y lo mío.

Está luego la autoridad del ideal, la cual no es externa sino íntima. En mi mente yo establezco la autoridad de un ideal. Digo “debo ser bueno”, “no debo ser envidioso”, “debo sentirme fraternal con todos”. Erijo, pues, la autoridad de un ideal, ¿no es así? Soy intrigante, soy estúpido, soy cruel, lo quiero todo para mí, deseo el poder. Eso es lo que yo soy; más como la gente religiosa lo ha dicho, como resulta cómodo y provechoso decirlo, creo que debo ser fraternal. Establezco eso como un ideal. Yo no soy ese ideal, pero quiero serlo; y así el ideal se convierte en mi autoridad.

Existe, pues, la autoridad que es compulsión externa. Existe también la autoridad que es compulsión, coacción interior, y que llamamos un ideal. Ahora bien, para vivir de acuerdo a ese ideal me disciplino a mí mismo. Digo “debo ser bueno”. Siento mucha envidia de que tengáis mejores chaquetas, mejores vestidos o más títulos; digo, pues, “no, debo tener sentimientos de envidia, debo ser fraternal”. El ideal llega a ser mi autoridad, y yo vivo conforme a ese ideal. ¿Qué acontece, pues, en mi vida? Soy codicioso, soy envidioso; tengo un ideal de acuerdo al cual yo vivo; me disciplino a mí mismo según ese ideal; y mi vida llega a ser una constante batalla entre lo que soy y lo que yo debiera ser. Invento, pues, la disciplina —¿verdad?— la disciplina para vivir de acuerdo al ideal. Me disciplino, pues, a mí mismo, y el Estado me disciplina. El Estado, ya se trate de un Estado comunista, capitalista o socialista, tiene ideas acerca de cómo yo debiera comportarme. Dicen que el Estado es de suprema importancia. Estoy simplificando esto para haceros comprender. Si yo, que vivo en un Estado, hago cualquier cosa contraria al Estado, me veo compelido por el Estado; y el Estado son las pocas personas que lo controlan.

Hay dos partes en nosotros: la parte consciente y la inconsciente. ¿Comprendéis lo que ello significa? Vais caminando por la carretera, conversando con un amigo; vuestra mente consciente, la mente que está hablando, continúa durante la charla. Pero hay otra parte de vosotros que va registrando inconscientemente impresiones de los árboles, las hojas, la luz del sol sobre el agua, los pájaros. Todo el tiempo lo inconsciente va siendo impresionado desde afuera, aunque vuestra mente consciente este ocupada; y lo que lo inconsciente absorbe es mucho más importante que lo que absorbe lo consciente. Muy poco puede absorber la mente consciente. Podéis absorber solamente lo que se os ha enseñado en la escuela; y eso no es mucho. Pero sobre lo inconsciente también se actúa en la escuela: son las acciones recíprocas entre vosotros y el maestro, entre vosotros y vuestros amigos. Todo eso prosigue ocultamente, e importa mucho más que la mera absorción de hechos en la superficie.

Análogamente, esta plática de todas las mañanas resulta importante por lo que lo inconsciente va absorbiendo. Más tarde, durante el día o la semana, recordaréis constantemente aquello de que se ha hablado. Eso surtirá mayor efecto en vosotros que el mero escuchar efectiva o conscientemente.

Como veis, nosotros creamos la autoridad: el Estado, la policía. De un modo análogo creamos la autoridad del ideal, la autoridad de la tradición. Mi padre dice “no hagas esto”. Tengo que obedecerle porque se enoja, porque dependo de él para comer. Él me domina por medio de mis emociones, ¿no es así? Se convierte, pues, en mi autoridad. Hay tradiciones, asimismo: debes hacer tu vestido de esta manera, debes mirar de ese modo, no debes mirar a los muchachos o a las niñas. Existe la tradición que os dice lo que hay que hacer. Y la tradición, después de todo, es conocimiento, ¿verdad? Hay libros que os dicen lo que ha de hacerse, el Estado os lo dice; también los padres y la tradición, la sociedad, la iglesia, el templo, las religiones, todos os dicen qué hay que hacer. ¿Qué os acontece, pues? Quedáis aplastados, ni más ni menos; quedáis sometidos. Nunca pensáis, actuáis ni vivís vitalmente; pues tenéis miedo de todas esas cosas. Tenéis tradiciones, autoridad, padres; y decís que debéis obedecer, pues de otro modo quedaréis desamparados.

Creáis, pues, la autoridad, porque andáis en busca de una norma de conducta, de una manera de vivir. El deseo mismo, la búsqueda misma de una norma de conducta, crea autoridad; y así os convertís en meros esclavos, en piezas de una máquina. Vivís sin capacidad alguna para pensar, sin capacidad alguna para crear. Si pintáis, el maestro de pintura os dice por lo general qué habréis de pintar. Veis un árbol y lo copiáis. Pero la pintura consiste en ver el árbol y expresar lo que sentís acerca del árbol y de lo que él significa, el movimiento de las hojas, el murmullo del viento entre las ramas; y, para hacer eso, debéis ser muy sensibles para captar el movimiento de la luz y de la sombra. ¿Cómo podréis captar algo del viento que sopla veloz si todo el tiempo os decís, asustados, que debéis hacer esto o aquello, u os preguntáis que dirá la gente? Así, gradualmente, todo sentimiento, la sensibilidad para percibir alguna cosa bella, quedan destruidos por la autoridad.

Surge, pues, el problema de si una escuela de esta clase debiera disciplinaros. Ved las dificultades que los maestros, si son verdaderos maestros, tienen que enfrentar. Si uno de vosotros —muchacho o muchacha— es travieso, ¿deberé imponerle la disciplina? ¿Qué sucede si os impongo la disciplina? Por ser yo más grande, por tener más autoridad y todo lo demás, porque se me paga para hacer ciertas cosas, os obligo a vosotros a hacerlas. Entonces vosotros obedecéis. ¿No he mutilado vuestra mente? ¿No he empezado a destruir vuestra mente, a destruir vuestra inteligencia? Si yo os fuerzo a hacer una cosa porque creo que es apropiada, ¿no hago de vosotros unos estúpidos? A vosotros os gusta veros disciplinados, forzados. Yo sé que es así; porque si no os veis forzados creéis que seríais traviesos, que seriáis malos, que haríais cosas que no están bien. Por lo tanto decís “por favor, ayúdeme Vd. a portarme bien”. En primer lugar, ¿debiera yo forzaros, o debiera ayudaros a comprender por qué sois malos, por qué sois esto o aquello? ¿Y esto qué significa? Significa que yo no debo tener sentido alguno de autoridad, como maestro ni como padre. Quiero que vosotros comprendáis; deseo ayudaros a comprender vuestras dificultades, por qué sois esto, por qué sois malos, por qué os queréis fugar; quiero que os comprendáis a vosotros mismos. Si os fuerzo no os ayudo. De suerte que si soy un maestro, debo ayudaros a comprenderos a vosotros mismos, lo cual significa que sólo puedo atender a unos pocos chicos y chicas. No puedo tener a mi cargo cincuenta muchachos o cincuenta muchachas; sólo debo tener unos pocos para prestar atención individual a cada niño, y a fin de que, como maestro, no establezca yo una autoridad que os compela a hacer algo que vosotros mismos probablemente haréis si comprendéis.

Yo veo, pues, y espero que vosotros veáis, que la autoridad destruye la inteligencia. La inteligencia, después de todo, sólo nos puede venir cuando gozamos de libertad: libertad de pensar, de sentir, de observar, de dudar. Pero si yo os compelo, os hago tan estúpidos como yo mismo. Esto es lo que generalmente ocurre en una escuela; el maestro cree que todo lo sabe y que vosotros nada sabéis. ¿Y qué es lo que sabe el maestro? Nada más que matemáticas y geografía. No ha resuelto ningún problema, no ha inquirido acerca de las cosas enormemente importantes de la vida; truena como Júpiter o como un sargento mayor.

Lo importante, pues, en una escuela de esta clase, es que en vez de ser simplemente disciplinados para hacer lo que se os dice, se os ayude a comprender, a ser inteligentes y libres para que podáis hacer frente a todas las dificultades de la vida. Eso requiere un maestro competente, un maestro que realmente se interese por vosotros, que no tenga angustias monetarias ni motivadas por su esposa e hijos; y es responsabilidad de los estudiantes a la vez que de los maestros el crear semejante estado de cosas. No obedezcáis. Descubrid por vosotros mismos, simplemente, cómo pensar acerca de un problema. No digáis que hacéis algo porque vuestro padre dice que hay que hacerlo; averiguad, en cambio, cuál es su intención al decirlo, por qué él cree que la cosa es mala o buena. Hacedle preguntas, no sólo para llegar vosotros a ser inteligentes, sino pana ayudarle a él a que lo sea. Lo que generalmente ocurre, si empezáis a hacerle preguntas, es que él os castigará. No tiene paciencia, está ocupado con su propio trabajo, no tiene el amor necesario para sentarse con vosotros a conversar sobre las enormes dificultades de la existencia, la de ganarse la vida, la de tener una esposa, un marido. No tiene tiempo para entrar en todo esto, de suerte que os rechaza u os manda a la escuela. Y los maestros son como todo el mundo.

Es responsabilidad de los maestros, de los padres y de todos vosotros, el contribuir a que surja esta inteligencia.

Un alumno: ¿Cómo se es inteligente?

Krishnamurti: Tú preguntas “cómo se es inteligente”. Mira lo que está implícito en esta pregunta: quieres un método, lo cual significa que sabes qué es la inteligencia. Esto es, cuando deseas ir a Benares y preguntas cuál es el camino, ya conoces el destino y sólo quieres conocer el camino. De un modo análogo, cuando dices “cómo puede uno ser inteligente”, ya sabes qué es la inteligencia; por lo menos crees que lo sabes, y quieres un sistema por el cual puedas ser inteligente. Inteligencia es el hecho mismo de dudar del método. El miedo destruye la inteligencia, ¿no es así? El miedo te impide examinar, interrogar, averiguar, descubrir lo que es verdadero. Si no tienes miedo, probablemente serás inteligente. Debes, pues, inquirir acerca de toda la cuestión del miedo, y librarte del miedo; y entonces existe la posibilidad de que seas inteligente. Pero si dices “¿cómo habré de ser inteligente?”, no haces más que cultivar un método, y así te vuelves estúpido.

Un alumno: Todo el mundo sabe que morimos. ¿Por qué tenemos miedo a la muerte?

Krishnamurti: Decís que tenéis miedo a la muerte. ¿Por qué teméis la muerte? ¿Será porque no sabéis vivir? Si supierais vivir plenamente, no tendríais miedo a la muerte. Si amarais los árboles, la puesta de sol, los pájaros, la hoja, si al ver mujeres y hombres llorando, gente pobre, sintierais realmente amor, ¿tendríais miedo a la muerte? ¿Tendríais miedo? No te dejes persuadir por mí; pensemos juntos acerca de esto. Es porque no vivís, porque no disfrutáis la vida, ni sois felices, ni veis las cosas de un modo vital, que preguntáis qué habrá de ocurrir cuando muráis. La vida es dolor, y estáis mucho más interesados en la muerte. Sentís que tal vez habrá felicidad después de la muerte. Pero ése es un tremendo problema. No sé si queréis examinarlo. Después de todo, el miedo es el causante de ese problema. Miedo de morir, miedo de vivir, miedo de sufrir; el miedo es la raíz del problema. Si no podéis, pues» comprender qué es lo que engendra el miedo y no os veis libres de eso, entonces no importa que estéis vivos u os estéis muriendo.

Un alumno: ¿Cómo podemos vivir dichosamente?

Krishnamurti: ¿Tú no vives dichosamente? Dices que no sabes si vives dichosamente. ¿Acaso no sabes cuándo sufres, cuándo sientes dolor, cuándo el dolor es físico, cuándo alguien te golpea? Bien sabes cuándo alguien está enojado contigo. Conoces el sufrimiento. ¿Sabes cuándo eres feliz? ¿Sabes cuándo estás sano? La felicidad es el estado del cual no eres consciente, del cual no te das cuenta. En el momento en que te das cuenta de que eres feliz, no eres feliz, ¿verdad? Pero la mayoría de vosotros sufre; y, teniendo conciencia de ello, deseáis escapar de ese sufrimiento hacia lo que llamáis felicidad. Por lo tanto queréis ser felices conscientemente; y, en el momento en que sois conscientemente felices, se acabó. ¿Puedes decir alguna vez que estás gozoso? Sólo un momento después dices “qué feliz soy, cuán jubiloso he estado”. Ello se convierte en recuerdo. En el momento de la felicidad real, eres inconsciente de ella; y ésa es su belleza.

Diciembre 12 de 1952.

IV

Recordaréis que anteayer estuvimos hablando del problema de la disciplina. Es realmente un problema bien complejo, porque la mayoría de nosotros cree que mediante alguna especie de disciplina tendremos libertad. Sabéis qué es la disciplina, ¿verdad? Es el cultivo de la resistencia, ¿no es cierto? ¿Resulta demasiado difícil esta palabra? Observad que resistiendo, erigiendo algo contra alguna otra cosa, tenemos la sensación de que seremos más capares de comprender, de ser libres, de poder vivir plenamente; pero eso no es un hecho, ¿verdad? Cuanto más resistís, esto es, rechazáis, cuanto más lucháis contra algo, menor es la comprensión. No sé si habéis conversado acerca de todo esto; mas si lo habéis hecho, veréis que sólo cuando hay libertad, libertad real a cuyo amparo podéis pensar, en la cual podéis ser, sólo en ese estado podéis descubrir algo, podéis conocer al amor. Pero la libertad no existe y no puede existir en un armazón. La mayoría de nosotros vive en un mundo cercado de ideas, ¿verdad? ¿Es esto demasiado difícil? Decís, por ejemplo, que vuestros padres o vuestros maestros saben lo que está bien o lo que está mal; creéis, por lo menos, que ellos saben lo que es verdadero, lo que es erróneo, lo que es malo, lo que es benéfico. Sabéis lo que la gente dice, lo que no dice, lo que la religión ha dicho, lo que el sacerdote ha dicho, lo que vuestros padres han dicho, lo que habéis aprendido en la escuela, lo que la tradición dice. En eso, en ese cerco, vivís; y, viviendo en ese cerco, decís que sois libres. ¿Lo sois, acaso? ¿Puede jamás ser libre un hombre que vive en una prisión?

Uno tiene, pues, que derribar muros y descubrir por sí mismo qué es real, qué es verdadero, qué es realmente beneficioso. Hay que experimentar, que descubrir, y no simplemente seguir a alguien; por bueno, por noble, por estimulado y por feliz que uno pueda sentirse en presencia de esa persona, ello carece de sentido. Mas lo que sí tiene sentido, lo que sí tiene significación, es el ser capaz de examinar todos los valores, todas las cosas que la gente ha dicho que son buenas, beneficiosas, que valen la pena, y no aceptarlas. Porque, en el momento en que aceptáis, empezáis a acatar, a imitar; y una persona que imita, que copia, que no hace más que seguir, jamás puede ser feliz.

La gente mayor dice que vosotros debéis disciplinaros. La disciplina os es impuesta, ya sea por vosotros mismos o por alguien ajeno a vosotros. En la escuela se os dice que hay que ser esto o aquello. Pero es importante averiguar cómo se es libre, para que empecéis a descubrir por vosotros mismos. La mayoría de la gente, por desgracia, no quiere descubrir, no desea pensar; tienen una mente cerrada. Tener una mente que piense, que averigüe, que descubra, que examine las cosas, es muy difícil; requiere buena dosis de energía, de percepción, de indagación. La mayoría de La gente no tiene la energía necesaria ni se siente inclinada a descubrir. Ellos dicen “está bien, Vd. sabe más que yo; es Vd. mi guía espiritual, mi instructor”. Es muy importante que en una escuela de esta clase, desde el comienzo mismo, desde la más tierna edad hasta el momento de abandonar las aulas, vosotros estéis libres para descubrir, que no estéis circundados por un muro de órdenes y prohibiciones; porque si se os dice qué habéis de hacer y qué no habéis de hacer, ¿dónde está vuestra inteligencia? No hacéis más qué encaminaros hacia una carrera. Sois entes irreflexivos, y vuestros padres os dicen que os caséis o no os caséis, que seáis empleados de oficina o lleguéis a ser jueces. Eso no es inteligencia. Puede que paséis exámenes, que tengáis muy buenos trajes, cantidad de joyas, amigos, buena posición; pero eso no es inteligencia.

La inteligencia, por cierto, viene cuando estáis en libertad para descubrir, cuando sois libres de pensar cabalmente, cuando tenéis libertad para interrogar de toda tradición. Así vuestra mente llega a ser muy activa, clara, así sois individuos, estáis integrados, funcionáis plenamente; no sois entes miedosos que no saben qué hacer y por lo tanto obedecen, sintiendo interiormente una cosa y exteriormente adaptándose a otra. Interiormente, debéis romper con toda tradición y vivir por cuenta propia; pero estáis cercados por las ideas que los padres tienen de lo que debierais y no debierais hacer, por las tradiciones de la sociedad. De suerte que en vuestro fuero íntimo hay un conflicto. Esto lo sabéis, ¿verdad? Todos vosotros sois jóvenes; pero no creo que seáis demasiado jóvenes para daros cuenta de esto. Vosotros queréis hacer algo, y vuestros padres y maestros dicen “no lo hagas”. Vuestra tía o vuestro abuelo dice “no”, y sin embargo deseáis hacerlo; y así la lucha prosigue, ¿verdad? Mientras no resolváis esa lucha, estaréis en conflicto y sentiréis dolor, angustia, queriendo hacer algo y viéndoos impedidos de hacerlo.

Así, pues, si lo examináis muy cuidadosamente, la disciplina y la libertad son contradictorias. Si buscáis libertad, hay entonces un proceso de comprensión totalmente diferente, que trae su propia claridad, de suerte que ciertas cosas no las hacéis. Lo importante, pues, mientras sois jóvenes, es que estéis en libertad de averiguar, y que se os ayude a descubrir qué habréis de hacer en la vida. Si no lo descubrís mientras sois jóvenes, jamás lo descubriréis, jamás seréis libres. La semilla debe sembrarse ahora, para que tengáis iniciativa, para que tengáis libertad de descubrir. ¡Cuan a menudo habéis pasado al lado de aldeanos cargados de pesadas cosas! ¿Cuál es vuestro sentir a su respecto? ¿Tenéis algún sentimiento para con ellos, para esas pobres mujeres con su ropa hecha trizas, mal olientes, sucias, sin suficiente alimento, que trabajan día tras día por una bicoca y sin seguridad alguna? Las habéis visto, ¿verdad? ¿Qué sentís en su presencia? ¿Sois tan miedosos, estáis tan pendientes de vosotros mismos, de vuestros exámenes, de vuestra apariencia, de vuestros vestidos, que nunca prestáis atención a ellos? Vosotros os sentís mucho mejores, de una clase social diferente; por lo tanto no tenéis consideración alguna para ellos. Y cuando miráis, cuando los veis pasar, ¿qué es lo que sentís? ¿No deseáis ayudarlos? ¿No? ¿Los ayudáis? Eso indica cómo pensáis. ¿Estáis tan muertos o tan embotados a causa de la tradición, de los padres, de las madres, de siglos de opresión, o porque da la casualidad que sois muchachos o mujeres de cierta categoría social y por lo tanto sentís que no debéis mirar a esa gente? ¿Estáis de hecho tan asfixiados que no sabéis qué acontece en torno vuestro?

El miedo, pues, gradualmente —temor de lo que dirán los padres, los maestros, temor a la tradición, temor a la vida— destruye la sensibilidad, ¿no es así? ¿Sabéis qué es la sensibilidad? Es ser sensible, sentir, recibir impresiones, conocer, tener un sentimiento para los que sufren, tener simpatía, afecto, darse cuenta de las cosas que ocurren en torno nuestro. Oís el tañido de la campana del templo; ¿lo percibís? ¿Escucháis el sonido? ¿Veis los rayos del sol reflejados en el agua? ¿Os dais cuenta de la pobre gente, de los aldeanos que han sido sojuzgados, pisoteados durante siglos por los explotadores? ¿Sois sensibles a todas las cosas que os rodean? Cuando veis un sirviente que lleva una pesada alfombra, ¿le dais una mano? Todo eso es sensibilidad. Bien veis que la sensibilidad queda destruida cuando a alguien se lo castiga, cuando está temeroso u ocupado de sí mismo. ¿Sabéis qué es ocuparse de sí mismo? Estar ocupado con uno mismo significa estar pendiente de la propia apariencia, de los propios vestidos, pensar en uno mismo todo el tiempo, cosa que la mayoría de nosotros hacemos en una forma u otra; y así se encierra nuestra mente y nuestro corazón, y uno pierde toda apreciación de la belleza.

El ser realmente libre implica gran sensibilidad. No hay libertad si os encerráis en diversas disciplinas. Como la mayor parte de vuestra vida es imitación, perdéis la sensibilidad, el sentimiento de libertad. ¿No es muy importante, mientras estáis aquí, que sembréis la semilla de la libertad, para que a lo largo de la vida haya en vosotros esa inteligencia que es libertad? Con esa inteligencia podréis examinar todos los problemas de la vida.

Un alumno: ¿Es factible que un hombre se mantenga ajeno a la sensación de temor y al mismo tiempo viva en sociedad?

Krishnamurti: ¿Qué es la sociedad? ¿Qué dirías tú que es la sociedad? ¿Una serie de valores, una serie de reglas, reglamentos y tradiciones? Ves las condiciones externas y dices “¿puedo yo estar aquí y tener una relación práctica con eso?” ¿Y por qué no? Después de todo, si no haces más que ajustarte a esa condición, a ese armazón de valores, ¿eres acaso libre? ¿Qué entiendes por “factible”? ¿Quieres decir ganar el sustento? ¿Qué significa luego el poder vivir con ello, poder hacer algo al respecto? Toma esto como ejemplo y yo no quiero referirme a un problema muy complejo: tienes que ganarte la vida y hay muchas cosas que puedes hacer para ello; ¿si eres libre, puedes escoger lo que deseas hacer? ¿Es factible eso? ¿O considerarías factible olvidar tu libertad y encajar simplemente en cualquier cosa, hacerte abogado, banquero, comerciante o barrendero? O bien dirías: “Yo soy libre y he cultivado mi inteligencia; voy a ver qué es lo mejor que puedo hacer. Dejaré de lado todas las tradiciones y haré algo que me guste; no me importa que mis padres o la sociedad lo aprueben o lo desaprueben. Como soy libre y existe la inteligencia, haré algo que sea completamente cosa propia, como un hombre integrado”. ¿He respondido a tu pregunta?

Un alumno: ¿Qué es Dios?

Krishnamurti: ¿Quieres realmente obtener una respuesta a esta pregunta? ¿Cómo habrás de descubrirlo? ¿Vas a aceptar la información de alguna otra persona? ¿O tratarás de percibir lo que es Dios? Es fácil hacer preguntas, pero el descubrir requiere buena dosis de inteligencia, mucha indagación y búsqueda.

Ahora bien, lo primero es esto: ¿habrás de aceptar lo que alguien diga al respecto, sea Krishna o Buda, no importa quién? Yo podría equivocarme, como lo podría tu guía espiritual preferido. Lo primero que necesitas, pues, a fin de descubrir cualquier verdad profunda, es que tu mente esté libre para inquirir; no aceptar sino descubrir directamente. Yo puedo darte una descripción de la verdad, pero ello no será lo mismo que percibir tú la verdad. La mayoría de los libros dan una descripción; todos los libros sagrados describen con palabras lo que es Dios; pero es posible que eso no sea Dios. La palabra “Dios” no es Dios. ¿Lo es, acaso? Para descubrir, pues, nunca debes aceptar, ¿no es cierto? Jamás debes ser influenciado por lo que dicen los libros, los instructores u otras personas. Porque si otros influyen sobre ti, encontrarás lo que ellos quieren que encuentres. En lo externo, pues, no debes ser influenciado por ningún libro, ningún instructor, ningún guía espiritual; y en tu fuero íntimo debes saber que tu mente puede crear lo que quiera; puede imaginar a Dios de barba, con un solo ojo; puede imaginarlo azul o púrpura. Debes, pues, estar en guardia contra tus propios deseos; porque tus deseos, aquello que tú quieres, tus anhelos, pueden proyectar y crear en tu propia mente las cosas que tú deseas. Si anhelas a Dios, Dios será según tu anhelo. ¿No es así? Pero eso no será Dios, ¿verdad? Si estás afligido, si deseas consuelo, si sientes que la vida te ha aplastado, si te sientes destruido, si te sientes sentimental y romántico, eventualmente crearás un dios que te proporcionará todo eso que anhelas. Pero ello no será Dios. De suerte que tu mente debe ser completamente libre. Sólo entonces puede ella descubrir; no aceptando alguna superstición, o leyendo algún libro sagrado, o siguiendo a algún guía espiritual Sólo cuando tienes esa libertad —esa liberación real de toda influencia externa, de tus propios deseos y anhelos— y cuando tu mente está muy clara, resulta posible descubrir qué es Dios. Mas cuando te sientas a especular, tu conjetura vale tanto como la de tu guía espiritual, tu especulación es inútil, es absurda.

Lo importante es que seas consciente de las influencias externas que te impelen en cierta dirección, que te des cuenta de ellas; y lo es también el percibir tus deseos, tanto conscientes como inconscientes, y verte libre de todo eso para que tu mente sea clara y no este influenciada.

Un alumno: ¿Podemos darnos cuenta de nuestros deseos inconscientes?

Krishnamurti: En primer lugar, ¿te das tú cuenta de tus deseos conscientes? ¿Sabes qué es el deseo? ¿Sabes que tú no escuchas a alguien que dice algo contrario a lo que tú crees? Tu deseo te impide escuchar. Tú deseas a Dios. Alguien te dice que Dios no es el resultado de tus frustraciones y temores; que es algo del todo diferente. ¿Le escucharás? Por supuesto que no. Tú deseas algo, y la verdad es alguna otra cosa. Tú te encierras dentro de tus propios deseos; gradualmente eres semiconsciente de tus propios deseos, estás aprisionado. No percibes los deseos que sientes en estado de vigilia, tus deseos conscientes, ¿verdad? Ser consciente de los deseos que están profundamente ocultos es mucho más difícil; es como querer descubrir lo que está escondido. No puedes descubrir lo que se halla oculto a menos que la mente que observa sea bastante clara, suficientemente libre; de otro modo no puedes descubrir cuál es tu propio móvil. Lo primero, pues, es darse cuenta conscientemente de los propios deseos en la superficie; luego, a medida que adquieras conciencia de ellos, penetra cada vez más hondo.

Un alumno: ¿Por qué algunas personas nacen en circunstancias de pobreza y otras nacen ricas y acomodadas?

Krishnamurti: ¿Qué crees tú? ¿El “karma”? En vez de preguntarme a mí y aguardar la respuesta, ¿por qué no averiguas cual es tu sentir al respecto? ¿Crees que se trata de algún proceso misterioso? Como en una existencia anterior he vivido noblemente, me veo recompensado, y por lo tanto poseo cantidad de riqueza y de trajes, y estoy en buena posición. O me he conducido muy mal en una vida anterior, y en esta lo estoy pagando...

Como ves, éste es realmente un problema muy complejo. La culpa es de la sociedad, de la sociedad en la cual los codiciosos y los astutos explotan y se elevan hasta el primer puesto. Nosotros también deseamos lo mismo; también queremos trepar la escalera y llegar a la cumbre. ¿Y qué ocurre cuando todos quieren llegar a la cumbre? Pisoteamos a alguien; y el hombre pisoteado, destruido, pregunta: “¿Por qué la vida es tan injusta? Vosotros lo tenéis todo y yo nada tengo, ninguna capacidad”. Mientras ascendamos por la escalera del éxito, siempre existirá gente doliente y mal alimentada. Lo que es preciso comprender es el deseo de éxito, y no por qué hay pobres, por qué hay ricos, por qué algunos tienen talento y otros no lo tienen. Lo que debe cambiarse es el deseo de encaramarse, el deseo de ser poderoso, de ser triunfador. Todos aspiramos al éxito, ¿no es así? La culpa es de eso, no del “karma” o de alguna otra tontería. El hecho real es que todos queremos estar en la cima, tal vez no del todo sino a la mitad del camino. Mientras exista, pues, ese afán de grandeza, de ser alguien en el mundo, habrá ricos y pobres, gente talentosa y gente sin talento.

Un alumno: ¿Es Dios un señor, una señorita o un misterio?

Krishnamurti: ¿Es Dios un hombre, una mujer o algo completamente misterioso? Acabo de contestar esa pregunta. Me temo que no hayan escuchado la respuesta. Este país está lleno de hombres y de la dominación de los hombres. Supongamos que yo dijese que Dios es una señora; ¿qué harías tú? Lo rechazarías, porque estás penetrado de la idea de que Dios es hombre. Lo que digo, pues, es que tú realmente debes descubrir eso. Mas para descubrir debes estar libre de todo prejuicio.

Diciembre 13 de 1952.

V

Las últimas tres o cuatro veces estuvimos hablando del miedo; y como éste es una de las principales causas de nuestro deterioro, creo que debiéramos observarlo desde un ángulo diferente, desde otro punto de vista.

¿Estáis interesados en todo esto? Me pregunto si después de las pláticas pensáis en ellas. ¿O creéis que es un esparcimiento matinal y os olvidáis de él? …

Bien sabéis que siempre se nos dice lo que hemos y lo que no hemos de pensar. Los libros, los maestros, los padres, la sociedad en torno nuestro, todos nos dicen qué hemos de pensar, pero eso nunca nos ayuda a descubrir cómo pensar. Hay una diferencia —¿verdad?— entre qué pensar y cómo pensar. Ahora bien, el saber qué pensar es comparativamente fácil porque desde la primera infancia, y a medida que crecemos en madurez y profundidad, nuestra mente va siendo condicionada en cuanto a las palabras, a las frases, a las actitudes, a los prejuicios, al modo de pensar y a aquello en que hemos de pensar. No sé si habéis notado que la mente de las personas mayores ya está fija, como arcilla en un molde. Su mente ya es rígida, y resulta muy difícil abrirse paso a través de ese molde. Así, pues, moldear la mente es “condicionarla”.

Aquí en la India nuestro pensar ha sido condicionado por siglos de tradición, por razones económicas, por razones religiosas. De suerte que aquí la mente se ajusta a cierta pauta, a cierto molde; está condicionada de acuerdo a todas estas causas. En Europa está condicionada de una manera; y en Rusia, después de la revolución, los líderes políticos han plasmado de otro modo la mente del pueblo. La mente, pues, se halla condicionada. ¿Comprendéis lo que yo entiendo por “condicionada”? No es sólo el condicionamiento superficial de la mente consciente sino también el de la mente inconsciente, condicionada por la raza, por el clima, por imitaciones no verbalizadas ni expresadas.

La mente jamás puede ser libre si está moldeada. La mayoría de la gente dice que nunca podréis libertar la mente de su condicionamiento, y que siempre tendrá ella que estar condicionada. Esto es, debéis siempre tener ciertas limitaciones, ciertas maneras de pensar, ciertos prejuicios, de suerte que no puede haber liberación, y para la mente no puede existir la libertad de no estar condicionada. Cuanto más vieja es la civilización, tanto más abrumada está por la tradición, por la autoridad, por la disciplina. Una vieja raza, como en la India, está más condicionada que en América; allí, por razones económicas y sociales, y también porque ellos fueron precursores, hay más libertad. Aquí estamos llenos de trabas.

Una mente condicionada no puede jamás ser libre. Una mente así nunca puede pasar de su frontera, de su barrera; eso es evidente. Es difícil para una mente que está condicionada, rodeada de muros, libertarse del condicionamiento e ir más allá. Y este condicionamiento no sólo lo impone la sociedad, sino que a vosotros os gusta por que no os atrevéis a ir más allá. Os asusta lo que dirá la madre o el padre, lo que dirá el maestro o lo que dirá la sociedad, lo que dirá el sacerdote. Estáis amedrentados; por lo tanto erigís barreras que os retienen. Siempre, pues, se está diciendo a los hijos, y los hijos a su vez dirán a sus hijos, que no hagan esto o aquello.

La mente siempre está aprisionada, especialmente en una escuela en que un maestro es de vuestro agrado. Porque si el maestro os gusta, deseáis seguirlo, deseáis hacer lo que él hace. El condicionamiento, pues, llega a ser mucho más fijo, mucho más permanente. Supongamos que hay un maestro que practica el “puja” (ceremonia religiosa hindú), y que vosotros sois alumnos internos a cargo de él. Puede que el espectáculo de dicha ceremonia o su belleza os guste; empezáis, pues, a practicarla. Así se os condiciona. Ese condicionamiento es muy efectivo, porque cuando uno es joven es vehemente, creativo, vivaz. Yo no sé si vosotros sois creativos, porque vuestros padres no os permitirán ir a mirar más allá del muro. Se os casa y se os encaja en un molde, y ahí quedáis para todo el resto de vuestra vida.

Mientras sois jóvenes resulta fácil condicionaros, plasmaros, encajaros en un molde. Si entregáis un niño —un niño bueno, inteligente, alerta— a un sacerdote, en el plazo de siete años el niño quedará tan condicionado y deformado por aquél, que para el resto de su vida será el mismo, con ciertas modificaciones; e igual cosa ocurrirá en una escuela como ésta, en que los maestros no están libres de condicionamiento y son como todo el mundo, ni más ni menos. Tienen su ceremonial, sus temores, sus deseos de guía espiritual, sus ritos; todas esas cosas las practican. Y vosotros, que estáis sometidos a ellos y tenéis simpatía por el maestro, y presenciáis algo bello, inconscientemente deseáis hacer otro tanto; y en un par de meses quedáis atrapados, empieza vuestra imitación.

¿Por qué la gente mayor practica las ceremonias religiosas? Yo no lo sé, vosotros no lo sabéis y ellos no lo saben. Las practican porque así lo han hecho sus padres, y también porque creen que eso les produce ciertos sentimientos, determinadas sensaciones, porque los tranquiliza. Cantan algunas “slokas” (versículos). Sienten que si no lo hacen están perdidos, y por eso lo hacen. Y vosotros, jóvenes, copiáis eso, y vuestra imitación empieza. Si el maestro examina eso, si piensa al respecto —cosa que muy poca gente hace— si él realmente emplea su inteligencia, es decir, si investiga, inquiere y no tiene prejuicios, encontrará que eso carece de sentido. Pero el descubrir cuál es la verdad al respecto requiere mucha libertad; sólo entonces podéis investigar y descubrir la verdad. Si decís que ello os agrada y luego tratáis de investigar, eso significa que sólo vais a acentuar vuestras simpatías; y eso no es investigación. Si ya tenéis prejuicios en favor de ello y luego procedéis a investigarlo, sólo aumentáis vuestra parcialidad, vuestro prejuicio.

De suerte, sin duda, que en una escuela de esta clase es muy importante que los maestros no sólo se descondicionen a sí mismos, sino que ayuden a los niños a no condicionarse jamás. Y cuando los maestros conocen la influencia condicionante de la sociedad, de los padres, del mundo, ellos deben ayudar al niño a no aceptar y sí a investigar, a descubrir dónde está la verdad. A medida que crezcáis, empezaréis a ver cómo las influencias diversas empiezan a moldearos, no ayudándoos a saber cómo pensar sino diciéndoos que habéis de pensar. Al final os convertís en maquinal automáticas que funcionan sin mucha vitalidad, sin mucho pensamiento original, como una pieza en un vasto mecanismo social. Todos vosotros teméis que si no os adaptáis a la sociedad, no podréis ganaros la vida. Vuestro padre es abogado, y vosotros debéis serlo. Si sois niñas, os tendrán que casar. ¿Qué ocurre, pues, en realidad? Siendo muchachos o muchachas empezáis con gran vitalidad, con mucho vigor, que el maestro cruelmente destruye al estar condicionado por sus prejuicios, por sus temores, por sus supersticiones, por sus ceremonias, por su guía espiritual. Termináis la escuela llenos de informaciones que en cualquier momento podríais obtener; pero habéis perdido la vitalidad necesaria para inquirir, para rebelaros contra vuestros padres o la sociedad.

Todo esto lo escucháis, ¿y qué habrá de ocurrir? Bien sabéis qué habrá de ocurrir cuando paséis vuestros exámenes para los grados universitarios. Seréis como el resto de la gente, porque no os atrevéis a ser de otro modo. Estaréis tan condicionados, tan moldeados, que no osaréis romper con todo eso. Vuestro marido os dominará, vuestra esposa o la sociedad os controlará; y así prosigue la imitación a través de las generaciones. No hay iniciativa, no hay libertad, no hay felicidad; lo único que hay es muerte lenta. ¿Qué objeto tiene que a uno lo eduquen? ¿Por qué no aprender simplemente a leer y escribir, luego casarse y continuar como autómatas? Eso es lo que los padres quieren, eso es lo que quiere el mundo. El mundo no quiere que vosotros penséis, que estéis en libertad para descubrir; porque entonces seríais ciudadanos peligrosos, entonces no encajaréis en un molde. Ningún verdadero pensador puede jamás pertenecer a ningún país, clase social o tipo de pensamiento en particular. La libertad significa no sólo libertad aquí sino en todas partes, desde el principio hasta el fin. Pensar siguiendo “determinada línea no es libertad.

Es muy importante, pues, que mientras seáis jóvenes seáis libres, no sólo conscientemente sino en lo profundo de vuestro fuero íntimo; que os observéis a vosotros misinos cuando percibís las influencias que os controlan u os dominan; que investiguéis, que jamás aceptéis, que siempre interroguéis y estéis en rebeldía.

Un alumno: ¿Cómo podemos hacer que nuestra mente sea libre cuando vivimos en una sociedad llena de tradición?

Krishnamurti: En primer lugar debes sentir el impulso de ser libre, la exigencia de ser libre. Es la necesidad de las aves, que vuelan; de las aguas del río, que fluyen. ¿Tienes tú semejante sentimiento de libertad? Si lo tienes, ¿qué acontece? Tus padres, la sociedad, habrán de encajarte en determinado molde. ¿Puedes resistirles? Lo hallas difícil, porque tienes miedo. Tenéis miedo de no encontrar un marido conveniente, una esposa como es debido, de no tener empleo, de pasar hambre, de que la gente hable de ti.

Como estás amedrentado, no habrás de resistir aunque quieras ser libre. Tu temor del “qué dirán”, de lo que dirán tus padres, te inhibe; y así haces tú lo que ellos quieren que hagas. ¿Puedes decir “yo quiero saber, no me importa pasar hambre, no me importa batallar contra esta serie de barreras putrefactas, quiero ser libre para descubrir”? Esto no significa tener la libertad de hacer cuanto desees. Eso no es libertad. Es posible que quieras ser libre, ¿pero puedes acaso, siendo miedoso, enfrentarte a todas esas barreras, resistir todas esas imposiciones? ¿No es muy importante, aun desde la infancia, no fomentar el miedo sino, por el contrario, ayudar al niño a ver lo que el miedo implica, y ayudarle a ser libre? Si estáis atemorizados, ahí termina la libertad.

Un alumno: Hemos sido educados en la sociedad. ¿Cómo es posible ser libre?

Krishnamurti: ¿Tenéis conciencia del miedo? ¿Os dais cuenta de que sois miedosos? Si lo percibís, ¿qué habréis de hacer? ¿Cómo os libraréis del miedo? Vosotros y yo tenemos que descubrirlo. ¿Cómo habrás tú de descubrirlo? Primero debes ser consciente de que tienes miedo. ¿Lo eres? ¿Qué habrás de hacer, entonces? ¿Y cómo lo descubriréis? Por favor, pensadlo cabalmente conmigo. ¿Qué habréis de hacer cuando tengáis conciencia de que estáis asustados? ¿Qué hacéis, en realidad? Huís de ello, ¿no es así? Os ponéis a leer un libro u os vais a caminar; huís de ello. Tenéis miedo de vuestros padres, de la sociedad; sois conscientes de ese miedo y no sabéis cómo resolver el problema. El mero hecho de percibirlo os asusta, de suerte que huís de él. Por eso es que todos vosotros deseáis que se os eduque, queréis seguir pasando exámenes hasta el último momento, en que habréis de enfrentar lo inevitable y actual. Continuamente, pues, esquiváis vuestro problema. Eso no os ayudará a resolver vuestra dificultad. Tenéis que encararla. ¿Lo podéis?

Si tú deseas estudiar un pájaro, debes acercártele mucho, observarlo, ver la forma de las alas, las patas, el pico; tienes que examinarlo. De un modo análogo, si estás asustado debes observar tu miedo. Estás tan amedrentado que tu temor se acrecienta. Digamos, por ejemplo, que tú quieres hacer algo que, en tu sentir, es bueno para ti. Pero están tus padres, y ellos te dirán que no lo hagas o te harán algo terrible. No te darán dinero. Tienes miedo, pues, de lo que ellos te habrán de hacer. Estás tan temeroso que no te atreves a encarar las consecuencias. Cedes, pues, y tu miedo continúa.

Un alumno: ¿Qué es la verdadera libertad? ¿Cómo adquirir verdadera libertad?

Krishnamurti: La verdadera libertad debe ser el producto de la inteligencia. La libertad no ha de ser adquirida. No puedes salir a comprarla en el mercado. No puedes conseguirla leyendo un libro o escuchando alguna plática. Es algo que viene con la inteligencia, ¿Pero qué es la inteligencia? ¿Puede haber inteligencia cuando hay miedo, cuando la mente está condicionada?

¿Comprendes qué entiendo por “condicionada”? Cuando la mente tiene prejuicios, cuando te crees un ser humano maravilloso, o cuando eres muy ambicioso y quieres seguir triunfando, ¿puede acaso haber inteligencia? Cuando te ocupas de ti mismo —lo cual se expresa por la ambición en diferentes formas, no sólo la ambición mundana sino la ambición de ser grande espiritualmente— cuando sigues a alguien, cuando rindes culto a alguien, puede haber inteligencia? ¿Cuando la mente está mutilada por la autoridad, puede haber inteligencia? La inteligencia, pues, surge cuando se está libre de todo eso. Sólo entonces puede haber libertad. Tienes, pues, que poner manos a la obra. La mente tiene que empezar a libertarse de todo eso; y entonces surge la inteligencia que trae libertad. Tú tienes que hallar la respuesta. ¿De qué sirve que alguna otra persona sea libre, que alguien tenga alimento cuando tú tienes hambre? Necesitas libertad para ser realmente creador.

Para tener iniciativa debe haber libertad; y para que haya libertad tiene que haber inteligencia. Y debes preguntar y descubrir cómo despertar esa inteligencia, y qué es lo que la impide. Tienes que investigar la vida, los valores sociales, todo; y no aceptar nada por el hecho de que tengas miedo.

Diciembre 15 de 1952.

VI

Esta mañana podremos tal vez abordar el problema del miedo desde otro ángulo. El miedo nos hace cosas extraordinarias a la mayoría de nosotros. Crea toda clase de ilusiones, de problemas; y hasta que realmente lo comprendamos, hasta que lo examinemos muy profundamente, el miedo siempre deformará nuestros actos a lo largo de la vida. Tuerce nuestras ideas, nuestra manera de vivir; erige barreras entre la gente, y ciertamente destruye el amor. Creo, pues, que cuanto más lo comprendemos, cuanto más lo examinamos, cuanto más libres nos vemos de él, tanto mayor es nuestro contacto con lo que nos rodea. Lo que podemos tocar en la vida, nuestros contactos, son en muy pocos puntos, ¿verdad? Pero si podemos tener contados, amplios contactos, honda comprensión, simpatías profundas, amor y consideración, grande será la extensión de nuestro horizonte. De suerte que quizá podremos hablar del miedo desde un punto de vista diferente.

No sé si habéis notado que la mayoría de nosotros desea alguna clase de seguridad. Queremos seguridad de alguna especie, alguien en quien apoyarnos. Así como un niñito se aferra a la mano de la madre, nosotros queremos algo en qué apoyamos, alguien que nos ame. Sin un sentimiento de seguridad, de estar en salvo, sin una salvaguardia mental, buscamos apoyo, ¿no es así? Y como nos hemos apoyado en otros, como hemos: esperado que otros nos guíen, nos ayuden, nos sentimos confusos, tenemos miedo, no sabemos qué hacer, qué pensar, cómo actuar. Así, pues, cuando se nos deja librados a nosotros mismos, estamos completamente perdidos, nos sentimos inseguros, inciertos. De ahí surge el miedo, ¿no es así? Ahora bien, hay diferentes clases de salvaguardias, diferentes clases de sentimientos de certeza, de esa sensación de que uno está protegido, como el niño por sus padres. Deseamos algo que nos dé certidumbre; y así tenemos protecciones externas y protecciones internas, seguridades externas y salvaguardias internas. ¿No es cierto? Cuando cerráis las ventanas y las puertas de la casa y vivís adentro, os sentís muy seguros, a salvo, tranquilos. Pero la vida no es así. La vida llama constantemente a la puerta, trata en todo momento de forzar las ventanas a abrirse para que podáis ver más; pero si tenéis miedo y cerráis todas las ventanas, los golpes desde afuera arrecian. De suerte que cuantas más sean las seguridades externas a que os aferráis, más viene la vida a apremiaros. Cuanto más asustados estáis, cuanto mayor es vuestro encierro, tanto mayor es el sufrimiento que golpea a vuestras puertas, que os domina, y que es el inquirir de la vida. La vida no os dejará en paz. Os agrada que os dejen tranquilos, os gusta cenar completamente todas las ventanas, las celosías, todo, para quedaros a salvo adentro. Mas cuanto más os encerráis, más viene la vida a romper vuestras ventanas; y así empieza la lucha. Queréis estar en seguridad y la vida dice “no lo podéis”. Así, pues, en lo exterior deseáis seguridad; y la sociedad, la tradición, el padre, la madre, la esposa, el marido, presionan y se abren paso. E internamente buscáis seguridad, comodidad, en una idea. ¿Sabéis qué son las ideas, cómo ellas surgen? Tenéis una idea de ir a caminar, a ver algo. Leéis un libro y os viene una idea. Debéis averiguar qué es una idea, y luego ve cómo la idea se convierte en medio de seguridad, en medio de buscar protección, algo que os sostenga. ¿Habéis pensado alguna vez en una idea? Si vosotros tenéis una idea y yo tengo una idea, yo creo que mi idea es mejor que la vuestra, y entonces luchamos, ¿no es así? Yo trato de convenceros y vosotros tratáis de convencerme. El mundo entero está construido sobre ideas; y, si examináis esto, veréis que el mero aferrarse a una idea carece de valor. ¿Habéis notado cómo vuestro padre, vuestra madre, vuestros maestros, vuestras tías, se aferran a lo que piensan?

Ahora bien, ¿cómo es que surge una idea? ¿Cómo tenéis una idea? Cuando deseáis ir a caminar, ¿cómo os viene la idea? Eso es una idea —¿no es así?— una idea muy simple. Esa idea de que debierais ir a caminar, ¿cómo os viene? Es muy interesante descubrir cómo esa idea os viene. Si lo observo, veo que una idea surge, me aferró a ella y hago a un lado todo lo demás. Debéis, pues, averiguar —¿verdad?— cómo os viene el pensamiento de salir a caminar. El es una respuesta a una sensación, ¿no es así? ¿Resulta esto demasiado difícil? Existe el sentimiento —que es una sensación— y esa sensación se produce porque he visto algo que deseo hacer. Luego se crea el pensamiento, y éste es puesto en acción. Yo veo un automóvil. Hay una sensación, ¿no es así? Es un hermoso coche, un Buick, un Ford; hay una sensación que proviene del mero hecho de mirarlo. La percepción crea la sensación. De la sensación surge la idea, y luego la idea llega a ser muy prominente. Quiero el automóvil. Es mi automóvil.

Hay seguridades externas basadas en ideas, y las hay internas. Yo creo en algo. Creo en Dios, creo en los ritos, creo que debiera casarme, creo que hay reencarnación, vida después de la muerte. Todas estas creencias han sido creadas por mis deseos, por mis prejuicios; y a estas creencias yo me apego. Tengo, pues, fuera de mí mismo —fuera de la piel, por así decirlo— ideas de seguridad; también tengo seguridades íntimas. Si se me quitan esas ideas que están fuera y dentro de mí, o si se las pone en tela de juicio, tengo miedo. Batallaré, pues, con vosotros; os rechazaré para que no toquéis mis ideas.

Ahora bien, ¿puede jamás haber seguridad alguna? ¿Comprendéis? Tenemos ideas acerca de la seguridad, la sensación de estar en salvo con mi padre, con mi madre, en un empleo. Me siento muy satisfecho de mi modo de pensar, de mi manera de vivir, de mi apariencia; estoy contentísimo de hallarme guarecido en ideas seguras. ¿Pero acaso puedo estar en salvo, en seguridad, por muchas que sean las salvaguardias que yo pueda tener en lo externo o interiormente? ¿Cómo puede haber seguridad si mi banco quiebra mañana, sí mi padre o mi madre mueren mañana, si hay una revolución? ¿Hay acaso seguridad interna dentro de mis ideas? Me agrada creer que estoy protegido por mis ideas, por mis creencias, por mis prejuicios; ¿pero acaso existe la seguridad? Esos muros no son reales; no son más que mis ideas, mis sensaciones. Cuando examino las seguridades, tanto exteriores como internas, veo por mí mismo que la seguridad no existe en absoluto. Me gusta creer que hay un Dios que vela por mí; me agrada pensar que habré de renacer más rico, más noble. Pero eso podrá ser o no ser.

En lo íntimo no hay certeza, y en lo externo tampoco la hay. Si interrogáis a los refugiados que han abandonado el Pakistán, o a cualquiera de los refugiados de la Europa Oriental, ellos os dirán que la seguridad no existe. Pero en su fuero íntimo ellos sienten que hay seguridad, de suerte que a esa seguridad interior se aferran. Podréis suprimir la seguridad externa; pero en lo íntimo estáis muy ansiosos de establecer vuestra seguridad, porque eso no lo queréis perder, Ello implica un gran temor. Suponed que mañana, o dentro de unos pocos años, vuestros padres os dicen que hagáis lo que ellos quieren, que os caséis o que no os caséis. ¿Os asustaría tal cosa? Por supuesto que no os asustaríais, porque hasta ahora se os ha educado para hacer exactamente lo que se os decía que hicierais, para seguir ciertas líneas de pensamiento, para actuar de cierta manera, para seguir determinadas ideas. Si so os pide que hagáis lo que os plazca, ¿no os sentiríais totalmente perplejos? Si vuestros padres os dijeran que os caséis con quien os agrade, os pondríais a temblar, ¿no es así? Habiendo sido condicionados por la tradición, por los temores, como lo expliqué ayer, pronto encontraréis, si se os deja librados a vosotros mismos, que el quedaros solos es el mayor peligro. Nunca deseáis estar solos. Nunca queréis pensar algo cabalmente por vosotros misinos. Nunca deseáis salir a caminar solos. Todos deseáis ser activos como hormigas, hablar, charlar, hacer algo. Cuando se os deja solos para reflexionar sobre algún problema, para hacer frente a alguna de las rosas que la vida reclama, vosotros, que habéis sido educados al amparo de ideas, de vuestros padres, de los sacerdotes, de los guías espirituales, os sentís totalmente perplejos y os asustáis. Y estando asustados, hacéis las cosas más caóticas y absurdas; aceptáis como lo hace un hombre con una escudilla de mendigo, que acepta cualquier cosa irreflexivamente.

Viendo, pues, todo esto, las personas realmente reflexivas empiezan a libertarse de toda especie de seguridad, interna o exterior. Esto es en extremo difícil, porque significa que estáis solos, que no sois dependientes. En el momento en que dependéis, surge el miedo; y donde hay miedo no hay amor. Donde hay amor no estáis solos. La sensación de soledad sólo existe cuando estáis asustados, cuando no sabéis qué hacer. Cuando os veis dominados por ideas, aislados por creencias, existe el miedo; y cuando hay miedo estáis completamente ciegos. En una escuela de esta clase, pues, los maestros y los padres tienen que resolver el problema del miedo; pero, por desgracia, los padres tienen miedo por vosotros y por lo que habréis de hacer si no os casáis, si no conseguís empleo. Tienen miedo del “qué dirán”, miedo de que vayáis por el mal camino o por el bueno; y a causa de este miedo os hacen hacer algo. Este miedo está encubierto, revestido, de lo que ellos llaman cariño. Ellos os quieren cuidar, y por lo tanto debéis hacer esto o aquello. Pero si traspasáis ese muro, si prescindís de lo que se llama afecto y consideración, entonces ellos temen por vuestra seguridad; y también vosotros estáis igualmente temerosos porque habéis dependido tanto tiempo de los demás. Estáis, pues, asustados.

¿No es muy importante que desde la más tierna edad en una escuela de esta clase, y luego en todo el curso de vuestra vida, pongáis en tela de juicio y aniquiléis esos sentimientos de temor? Así no estaréis aislados, ni temerosos, ni encerrados en ideas, en tradiciones, en hábitos; así seréis, en cambio, seres humanos libres y con vitalidad creadora.

Un alumno: ¿Por qué tenemos miedo, aun sabiendo que Dios nos protege?

Krishnamurti: Se te ha dicho que Dios te protege. Mira lo que ocurre. Tu padre, tu hermano, tu madre, te han dicho que Dios te protege, lo cual es una idea, y a esa idea le aferras. Tienes, pues, una idea de que Dios te protege —una idea, un pensamiento, un sentimiento—. Pero el hecho real es que tienes miedo. El hecho real es lo verdadero, no tu idea de que habrás de ser protegido porque tu papá, tu mamá, tu tradición, esperan que Dios te proteja. ¿Pero qué es lo que en realidad sucede? ¿Se te protege? Mira los millones de personas que carecen de protección, que pasan hambre. Mira los aldeanos que acarrean fardos, que están sucios, mal olientes, desarrapados. ¿Son protegidos de Dios? ¿Es porque tú tienes más dinero que los demás, porque estás en buena posición, porque tu padre es un “tahsildar” o recaudador de impuestos, o un comerciante que ha estafado a alguien, que tú habrías de ser protegido mientras millones de personas en el mundo carecen de alimento, de ropa apropiada? No hay realmente protección alguna, aunque te agrade sentirte protegido de Dios. Eso no es más que una bonita idea, destinada a mitigar el miedo; no dudas, pues, y simplemente crees en Dios.

Si examinas realmente la cuestión del miedo, descubrirás si Dios habrá o no de protegerte. Para empezar, la idea de que habrás de ser protegido de Dios carece de sentido. Empiezas por tener la esperanza de que el ser humano pobre, que sufre y padece hambre, habrá de ser protegido por el Estado, por su patrón, por la sociedad, por Dios, por la tradición; pero nada de eso habrá de protegerlo.

Cuando hay sentimiento de afecto, ya no hay miedo. Y entonces no hay problema.

Un alumno: ¿Qué es la timidez?

Krishnamurti: ¿Tú no sabes lo que es? ¿No sabes cuándo te sientes tímido? Si te sientes tímido, yo te pregunto a ti qué es la timidez. Aquí hay un gran grupo de personas, y tú no estás acostumbrado a ponerte de pie y hablar; y tu sensibilidad se resiste un poco a arrostrar la crítica. Eres tímido por causa de tu habla defectuosa, de tu incapacidad para pronunciar el inglés con propiedad, etc. En otras palabras, tienes miedo de exponerte ante todos nosotros; podríamos reírnos de ti, criticarte. Tu timidez es un sentimiento de insuficiencia, de que no puedes hablar con propiedad, de que todos nos reiremos de ti. Por lo tanto, o dices que desearías hablar en “hindi”, o te quedas callado. Pero si te sintieras muy seguro, te expresarías. El ser capaz de expresarse le da a uno cierta confianza, ¿no es cierto?

Un alumno: ¿Qué es la sociedad?

Krishnamurti: ¿Qué es la sociedad? ¿Qué es la familia?

Averigüemos paso a paso cómo ha sido creada la sociedad, cómo ha surgido. ¿Qué es la familia? Cuando decís “ésta es mi familia”, ¿qué queréis significar? Mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana, el sentimiento de intimidad, de que vivimos en la misma casa, de que mi padre y mi madre habrán de protegerme, la propiedad de ciertos bienes, de joyas, de vestidos u otra ropa: ese es el comienzo de la familia. Hay otra familia como ésa, que vive en otra casa y siente eso mismo que yo siento, que tiene el sentido de “mi casa, mi ropa, mi coche, mi mujer, mi marido, mis hijos”, y otra familia más ahí mismo, que siente exactamente las mismas cosas; de suerte que diez familias así, que viven en el mismo pedazo de tierra y sienten la misma cosa, tienen el sentimiento de que no deben ser invadidas por otras familias. Empiezan, pues, a hacer leyes. Las familias poderosas se labran una posición, tienen grandes propiedades, más dinero, más ropa, más coches. De suerte que las diez familias se reúnen y elaboran leyes, y nos dicen qué hemos de hacer. Así, gradualmente, surge una entidad social con leyes, reglamentos, policías, soldados, marina, ejército. Al final de cuentas la tierra entera se puebla de diversas clases de entidades sociales. Luego a la gente le vienen ideas, y desean derribar a los que están establecidos y disponen de todos los medios del poder. Destruyen esa sociedad y luego forman otra.

La sociedad es la relación con las personas, la relación entre una familia y otra familia, entre un grupo de gente y otro grupo, entre los individuos y la sociedad. La interrelación, pues, es la sociedad; la relación entre individuos, entre vosotros y yo, es la sociedad. Si yo soy muy codicioso, muy astuto, si tengo gran poder, gran autoridad, a ti te voy a desplazar y tú harás lo mismo conmigo. Luego tú y yo hacemos leyes, y otros vienen a derogar nuestras leyes y establecer otra serie de leyes; y eso prosigue en todo momento. En la sociedad y en la interrelación hay conflicto constante. Tal, en términos simples, es la base de la sociedad. Ella llega a ser más y más compleja a medida que los seres humanos se vuelven más y más complejos en sus ideas, en sus necesidades, en sus instituciones mecánicas, en su industria.

Un alumno: ¿Puede uno llegar a ser libre, viviendo en esta sociedad?

Krishnamurti: ¿Puedes tú ser libre mientras vivas en sociedad? Si dependes de la sociedad para tu seguridad, para tu comodidad, ¿puedes jamás ser libre? Si dependo del afecto de mi padre, de su dinero, de su iniciativa para hacer las cosas, si dependo de él o de mi guía espiritual, ¿acaso soy libre? No lo soy. Si, análogamente, dependo de la sociedad —ésta es quien me da empleo, protección, diversas series de comodidades— ¿soy acaso libre? ¿Es, pues, posible que yo sea libre cuando soy dependiente? Sólo es posible cuando tengo capacidad, cuando tengo iniciativa, cuando puedo pensar libremente, cuando no me asusto de lo que alguien diga, cuando deseo descubrir algo que es verdadero, cuando no soy codicioso, ni envidioso, ni celoso. Mientras yo sea envidioso, codicioso, soy dependiente. Mientras dependa de la sociedad, no soy libre; pero si estoy libre de codicia, entonces soy libre. Me resulta indiferente lo que yo haga, la clase de trabajo que consiga; pero si insisto en que por haber sido educado, por ser yo esto o aquello, sólo debo, llegar a ser un trabajador de cierto tipo, empleado de oficina o glorificado funcionario público, si pretendo trabajar tan sólo en ciertas actividades, entonces, por supuesto, dependo de la sociedad, Y entonces no soy libre.

Un alumno: ¿Por qué desea la gente vivir en sociedad? Se puede vivir solo.

Krishnamurti: ¿Puedes tú vivir solo?

Un alumno: Yo vivo en sociedad porque mi padre y mi madre viven en sociedad.

Krishnamurti: Para tener empleo, para vivir, para ganarte la vida, para hacer cualquier cosa, ¿no tienes acaso que vivir en sociedad? ¿Puedes vivir solo? Para tu alimentación dependes de alguien; para vestirte dependes de alguien. Aun si eres un “sanyasi” dependes de alguien para tu alimento, tu vestido y tu albergue. Solo no puedes vivir. No hay ente alguno que sea completamente solo. Siempre estás relacionado; únicamente en la muerte estás solo. En vida estás siempre relacionado: con tu padre, con tu hermano, con el mendigo, con el obrero que repara la carretera, con el “tahsildar” (recaudador de impuestos). Siempre estás relacionado, y es porque no comprendes esa relación que hay conflicto. Mas si comprendieras esa relación entre un hombre y otro, no habría conflicto ni se plantearía el problema de vivir solo.

Un alumno: Cuando estamos relacionados unos con otros, eso significa que no podemos ser libres. ¿No es ello absolutamente cierto?

Krishnamurti: Nosotros no comprendemos qué es la interrelación, la verdadera interrelación. Supongamos que yo dependa de vosotros para mi vida, para mi comodidad, para mi seguridad; ¿cómo puedo jamás ser libre? Pero si no dependo, no dejo por ello de estar relacionado, ¿verdad? Dependo de vosotros porque deseo alguna clase de comodidad emotiva, física o intelectual. Dependo de mis padres porque me hace falta algún género de seguridad. Mi relación, pues, con mis padres, es la de dependencia; y si dependo surge el miedo, y mi relación con mis padres se basa en el miedo. ¿Cómo puedo, pues, tener alguna relación que sea libre? Sólo puedo tener una relación que sea libre cuando en mí no hay miedo. De suerte que debo libertarme de esa dependencia para tener verdadera interrelación, puesto que es en esa verdadera interrelación que soy libre.

Un alumno: ¿Cómo podemos ser libres cuando nuestros padres dependen de nosotros?

Krishnamurti: ¿Por qué dependen de vosotros vuestros padres? Es porque son viejos que dependen de vosotros para que los mantengáis. ¿Qué ocurre entonces? Dependen de vosotros, de que vosotros les ganéis el sustento, de que vosotros los vistáis; y si tú dices “quiero ser carpintero aunque no gane ningún dinero”, ellos dicen que tú no debes hacer eso porque tienes que mantenerlos a ellos. Piensa un poco en esto. Yo no digo que sea bueno o malo. Si yo digo que ello es bueno o que ello es malo, entonces damos fin al pensar. Así, pues, la exigencia paterna de que sufragues sus gastos, te impide vivir tu vida, y el que vivas tu vida se considera malo, egoísta. De ese modo tú te vuelves esclavo de tus padres.

El Estado debiera cuidar de los viejos mediante pensiones a la ancianidad, mediante diversos medios de seguridad. Mas cuando en un país hay exceso de población, insuficiencia de recursos, falta de productividad, etc., entonces el Estado no puede ocuparse de los viejos. De suerte que los padres dependen de los jóvenes, y los jóvenes encajan siempre en los surcos de la tradición y se anulan. Este, pues, no es un problema que yo deba discutir; vosotros tenéis que pensarlo y resolverlo. Observad que, dentro de límites razonables, yo quiero mantener a mis padres. Suponed que también deseo hacer algo que pueda no resultarme provechoso, que quizá no me traiga dinero. Digamos, por ejemplo, que quiero hacerme religioso, descubrir qué es Dios, qué es la vida. Por ese camino, puede que no halle mucho dinero; y si lo sigo, puede que tenga que abandonar a mi familia, y ellos probablemente sufrirán hambre, como millones de otras personas. Mientras a mí me asuste, empero, el “qué dirán” —que me crean un hijo sin conciencia, indigno— jamás seré un ser creador. Para ser un sor humano creador y feliz, debo tener buena dosis de iniciativa.

Un alumno: ¿Estará bien de parte nuestra ver a nuestros padres pasar hambre?

Krishnamurti: Tú no planteas la cuestión como corresponde. Yo quiero ser artista, pintor; y sé que la pintura me dejará poco dinero. ¿Qué habré de hacer? ¿Sacrificar mi anhelo de pintar y hacerme empleado de oficina? Eso es lo que sucede. Me hago empleado de oficina y estoy en un gran conflicto, soy desdichado! y como sufro y quedo frustrado, haré desdichados a mi esposa e hijos. ¿Qué he de hacer, pues? Les digo a mis padres: “Yo quiero pintar; os daré algo, por poco que sea, de lo poco que tengo. Eso es todo lo que puedo hacer”.

Habéis hecho preguntas tales como “¿qué es la sociedad?”, “¿qué habré de hacer si mis padres dependen de mí?”, “¿qué es la libertad?”, “¿puedo ser libre en sociedad?”, y las he contestado. Pero si no pensáis realmente en ellas, si no las examináis por vosotros mismos cada vez más profundamente y no las enfocáis desde distintos ángulos; si no las miráis de diferentes maneras, sólo diréis entonces “esto es bueno, esto es malo, esto es un deber, aquello no lo es, esto es verdadero, aquello es erróneo”, y con eso nada adelantareis. Mas si vosotros y yo nos sentamos, pensamos en esos problemas, y vosotros y el maestro los discutís, los examináis, entonces vuestra inteligencia se despierta; y entonces, cuando esas cuestiones surjan en la vida diaria, seréis capaces de hacerles frente. No les haréis frente si sólo aceptáis lo que yo digo. Mis respuestas a vuestras preguntas son tan sólo para despertar vuestra inteligencia, para que penséis a fondo estas cuestiones y seáis capaces de enfrentaros acertadamente con la vida.

Diciembre 10 de 1952.

VII

Como sabéis, he venido hablando del miedo; es muy importante que seamos conscientes y nos demos cuenta de él. ¿Sabéis romo surge el miedo? Notamos a través del mundo que la gente es pervertida y torcida en sus ideas, en sus creencias, en sus actividades. Debiéramos, pues, examinar eso desde todo punto de vista, no sólo desde el punto de vista moral y económico de la sociedad, sino también desde el punto de vista de las luchas psicológicas íntimas.

Hemos estado hablando de cómo el miedo tuerce la mente, y ayer mostré cómo el temor por la seguridad exterior e interna deforma nuestro pensar. Espero que hoy hayáis pensado algo más en ello, porque es claro que, cuanto más lo consideréis, más libres os veréis de toda dependencia. La gente de edad no ha creado en el mundo una sociedad maravillosa; los padres, los ministros, los maestros, los gobernantes, los sacerdotes, no han creado un mundo bello. Lo que han creado es un mundo feo, espantoso, brutal, en el que todos combaten a alguien, en el que un grupo pelea contra otro grupo, una clase social contra otra clase, una nación contra otra nación, una idea contra otra idea, una creencia contra otra creencia. El mundo en el que estáis creciendo es un mundo feo, lastimoso; y la gente mayor trata de sofocaros con sus ideas y creencias, con su fealdad. Y si vosotros vais simplemente a seguir la fea pauta de los viejos que han hecho este mundo, ¿de que sirve que se os eduque, qué objeto, en suma, tiene el vivir?

Si miráis a través del mundo, veréis aterradora destrucción y desdicha humana. Vosotros nada sabéis de guerras en este país, salvo lo que aconteció cuando se produjo la división. Puede que leáis acerca de las guerras en la historia, pero no conocéis el hecho de la guerra, cómo las casas quedan completamente destruidas, cómo son las bombas más recientes —las de hidrógeno— que cuando se las arroja sobre una isla causan la total desaparición de la isla. Sabed lo que eso significa: que la isla íntegra se vaporiza, se volatiliza. Los navíos bombardeados se desvanecen en el aire. Hay espantosa destrucción debida a este llamado “progreso”; y es en este mundo que vosotros estáis creciendo. Puede que lo paséis bien mientras sois jóvenes, que seáis felices; pero cuando crezcáis en edad, a menos que estéis vigilantes y muy alertas, siempre crearéis otro mundo de batallas, de ambiciones, un mundo en el que cada cual rivalizará con los demás, en el que habrá miseria, hambre, exceso de población y enfermedades. A menos que vigiléis muy bien vuestros pensamientos, perpetuaréis este mundo, continuaréis con este horrible tipo de vida.

¿No es, pues, muy importante mientras sois jóvenes, que penséis en todos estos asuntos? No que algún maestro estúpido os enseñe a pasar estúpidos exámenes, sino que el verdadero maestro os ayude a pensar en todo esto. La vida es dolor, muerte, amor, odio, crueldad, enfermedad, hambre. En todas estas cosas tenéis que pensar. Por eso, en mi sentir, bueno resulta que pensemos cabalmente juntos estas pláticas matinales, para que vosotros y yo podamos explorar, podamos reflexionar acerca de estos problemas, examinarlos. Así podréis tener algunas ideas inteligentes, sentir algo acerca de todas estas cosas, y así no necesitaréis crecer tan sólo para que se os case, para ser empleados de oficina y luego perderos como un río se pierde en la arena.

Una de las cansas del miedo es la ambición, ¿verdad? Todos vosotros sois ambiciosos, ¿no es así? ¿Cuál es vuestra ambición? ¿Pasar algún examen? ¿Llegar a ser empleados de oficina, gobernadores? ¿O, si sois muy jóvenes, llegar a ser ingenieros, o conducir máquinas a través del puente? Todos vosotros sois ambiciosos. ¿Por qué sois ambiciosos? ¿Qué es lo que ello significa? ¿Habéis pensado en ello alguna vez? ¿Habéis notado cuán ambiciosas son las personas de más edad? En vuestra propia familia, ¿no habéis oído a vuestro padre, a vuestra madre, a vuestro tío, hablar de conseguir aumento de sueldo o de ocupar alguna posición prominente? Todo el mundo anda en eso. En nuestra sociedad —ya he explicado qué es nuestra sociedad— todos tratan de colocarse arriba de los demás. ¿No es cierto? Todos tratan de llegar a ser algo: gobernadores, ministros, gerentes. Si son empleados de oficina, quieren llegar a gerentes; si son gerentes, quieren llegar más alto; y así prosigue indefinidamente la lucha continua por llegar a ser algo. Si soy maestro, quiero llegar a ser director; si soy director, quiero llegar a ser inspector, etc. Si sois feos, deseáis ser hermosos, tener más dinero, más “saris”, más ropa, más trajes, más y más de todo. No sólo en lo externo, —muebles, casa, ropa, propiedad— sino también en vuestro fuero interno queréis ser alguien, aunque revistáis o encubráis esa ambición con acopio de palabras. ¿No habéis notado eso? Lo habéis, y creéis que está perfectamente bien, ¿verdad? Creéis que ello es perfectamente normal, justificable, apropiado.

¿Qué es lo que la ambición ha hecho en el mundo? Son muy pocos los que han pensado en ello. Cuando alguien lucha por estar más altamente colocado que otro, cuando todos tratan de lograr; de ganar, ¿habéis averiguado alguna vez qué es lo que hay en su corazón? Si examináis vuestro propio corazón para ver qué hay en él cuando sois ambiciosos, cuando lucháis por ser alguien, espiritualmente o en este mundo, hallaréis que ahí está el gusano del temor. El hombre ambicioso es el hombre más miedoso, porque le asusta lo que él es, porque se dice a sí mismo “si soy lo que soy, no seré nadie; por lo tanto debo llegar a ser alguien, ingeniero, maquinista, magistrado, juez, ministro”. Si esto lo examináis muy atentamente, si salváis el muro de las palabras, el muro de las ideas, posiciones y ambiciones, hallaréis que ahí está el miedo, porque el hombre ambicioso tiene miedo de ser lo que es. Es porque cree que lo que él es resulta tan insignificante, tan pobre, tan feo, tan solitario, tan vacío, que él se dice “debo irme a hacer algo fuera de eso”. Y él se va en pos de lo que llama “Dios” —lo cual no es más que otra forma de la ambición— porque tiene miedo, o quiere ser alguien en este mundo. Lo que ocurre, pues, es que ese miedo queda encubierto, esa soledad —esa sensación de vacío interior que realmente le asusta queda encubierta—. Él huye de ella, y la ambición viene a ser las emociones a través de las cuales él puede escapar.

Acontece, pues, en el mundo, que todos están en lucha contra alguien. Un hombre es menos que otro hombre. No hay amor, no hay consideración, no hay reflexión. Cada hombre quiere llegar a ser alguien, Un miembro del Parlamento desea ser líder parlamentario, primer ministro, y así sucesivamente. Hay perpetuo combate; y nuestra sociedad es una lucha constante de un hombre contra otro; y a esta lucha se la llama “ambición de ser algo”. La gente de edad os estimula a hacer eso. “Tienes que ser ambicioso, debes ser algo, debes casarte con un hombre rico o una mujer rica, debes tener los amigos que te convienen”. De suerte que la generación más vieja, los que son miedosos y feos de corazón, procuran hacer que seáis como ellos; y también vosotros queréis ser como ellos porque todo eso os deslumbra. Cuando llega el gobernador, todos se inclinan hasta el suelo al recibirlo, le ofrecen ramos de llores, pronuncian discursos. A él le gusta eso, y a vosotros también porque os sentís honrados, conocéis a su tío o a su secretario; deseáis, pues, calentaros al sol de sus ambiciones, de sus triunfos. De tal suerte os veis fácilmente atrapados en ello, en la trama de la vieja generación, en un mundo horrible, en un mundo monstruoso. Sólo si tenéis sumo cuidado, si os mantenéis vigilantes y en todo momento interrogáis, si no aceptáis y no tenéis miedo, sólo entonces no caeréis en esa red, sólo entonces crearéis un mundo diferente.

Por eso es muy importante que encontréis vuestra verdadera vocación. ¿Sabéis qué significa “vocación?”. Algo que os resulta natural, que os encantará hacer. Esa, al fin y al cabo, es la función de la educación, de una escuela de este tipo: ayudaros a crecer independientemente para que no seáis ambiciosos y podáis hallar vuestra verdadera vocación. El hombre ambicioso jamás ha encontrado su verdadera vocación. Si la hubiera encontrado, nunca sería ambicioso.

¿No es acaso función del maestro, del director, del administrador, de los síndicos de esta escuela, el ayudaros a ser inteligentes —es decir, a no tener miedo— para que podáis escoger, descubrir vuestra vocación, vuestro propio camino en la vida, el modo como deseáis vivir, como queréis ganar vuestro sustento? Esto, en realidad, significa una revolución en el pensar, porque en el mundo al hombre que es rapaz de hablar, de escribir, de predicar, de gobernar, el hombre que tiene automóvil, se le cree en maravillosa situación; y al que cava en el jardín, al que cocina, al que trabaja en la construcción de una casa, se le desprecia. ¿Habéis observado vuestros propios sentimientos, cómo miráis al albañil, al constructor, al obrero que arregla el camino, al conductor de un taxi u otro coche, cómo miráis a éstos con absoluto desprecio? Ni siquiera existen para vosotros. Pero cuando miráis a alguien con título, a un graduado universitario, a un pequeño empleado de oficina, a un banquero, a un comerciante, a un “pandit” (erudito), de inmediato lo respetáis, mientras rechazáis al “tongawala” (cochero). Si realmente, empero, encontraseis vuestra verdadera vocación, terminaríais completamente con ese sistema; porque entonces podríais ser jardineros, pintores, porque entonces haríais algo que amáis de veras, con todo vuestro ser. Eso no es ambición. Hacer algo de un modo maravilloso, completo, verdaderamente de acuerdo á lo que vosotros pensáis, no es ambición; en eso no hay temor. Pero es muy difícil, porque eso significa que el maestro ha de prestar mucha atención para enseñar a cada uno de sus alumnos a descubrir de qué es capaz, para ayudarle en ese descubrimiento, para ayudarle a no tener miedo y sí a inquirir, a investigar. Podréis ser escritores, poetas, pintores, y si eso es lo que amáis, no tenéis ambición; porque en eso deseáis ser, crear; es algo que amáis. En el amor no hay ambición.

¿No es, pues, muy importante que siendo jóvenes, hallándoos en un lugar como éste, se os ayude a despertar vuestra propia inteligencia para que encontréis vuestra vocación de un modo natural? Entonces, si la encontráis y ella es algo verdadero la amaréis durante toda vuestra vida. En eso no habrá ambición alguna, ni rivalidad, ni lucha, ni pelea de unos con otros por la posición, por el prestigio; y tal vez entonces podréis crear un mundo nuevo. Entonces, en ese mundo, ninguna de las cosas de la vieja generación existirá: ni sus guerras, ni sus males, ni sus dioses separativos, ni sus ritos que nada absolutamente significan, ni sus gobiernos, ni su violencia. Es muy grande, en un lugar como éste, la responsabilidad del maestro y la vuestra; porque vosotros podéis crear un mundo nuevo, una nueva cultura, una nueva manera de vivir.

Un alumno: ¿Qué es “calamidad”?

Krishnamurti: ¿Por qué preguntas eso? ¿Quieres la acepción que da el diccionario? En ese caso me permito sugerir que mires en un diccionario. ¿Qué es lo que hay detrás de la pregunta? No te pongas nervioso. ¿Qué quieres significar? ¿No es una calamidad ver al aldeano llevando un peso tremendo sobre la cabeza? Ser un aldeano con ropa sucia, medio muerto de hambre, ¿no es una calamidad? Es una calamidad para el aldeano; y, por poco que tú seas sensible, también es una calamidad para ti. No veo qué problema es el que te ha llevado a hacer esta pregunta.

Un alumno: Si alguien tiene la ambición de ser ingeniero, ¿no significa que ello le interesa?

Krishnamurti: ¿Dirías tú que el interesarse uno en algo es ambición? A esa palabra “ambición” podemos darle cualquier significado. La ambición, tal como generalmente la conocemos, es un resultado del miedo. Ahora bien, si de muchacho me interesa ser ingeniero porque eso me encanta, porque deseo edificar hermosas casas, porque quiero que tengamos la mejor irrigación del mundo, porque quiero construir las mejores carreteras, ello significa que amo tal cosa; y por lo tanto no es ambición. En eso no interviene el miedo.

De suerte que la ambición y el interés son dos rosas diferentes, ¿no es así? Me interesa la pintura, la amo; no pretendo rivalizar con el mejor pintor o el más famoso; me encanta pintar, eso es todo. Puede que tú pintes mejor, pero yo no me comparo contigo. Cuando pinto, amo lo que hago; y eso, de por sí, a mí me basta.

Una alumna: ¿Cual es la manera más fácil de encontrar a Dios?

Krishnamurti: Me temo que no haya manera fácil, porque el encontrar a Dios es una de las cosas más difíciles, más arduas. ¿No será Dios algo que la mente crea? Tú sabes qué es la mente. La mente es el resultado del tiempo. La mente puede crear cualquier cosa, cualquiera ilusión; ella tiene el poder de crear ideas, de proyectarse a sí misma en fantasías, en la imaginación; de acumular, de descartar, de escoger. Teniendo prejuicios, siendo estrecha, limitada, la mente puede crearte un Dios, puede representarse a Dios, puede imaginar qué es Dios. Como algunos instructores, algunos sacerdotes, algunos llamados “salvadores” han dicho que hay Dios y han descrito a Dios, la mente puede imaginarlo. Pero eso no es Dios. Dios es algo que la mente no puede encontrar.

Para comprender, pues, a Dios, tú debes primero comprender tu propia mente, lo cual es muy difícil. Es asunto muy complejo, no es cosa fácil. Lo que sí te resulta fácil es sentarte y sumirte en una especie de ensueño, y tener diversas visiones —ilusiones— y creer que te hallas muy cerca de Dios. La mente puede en enorme medida engañarse a sí misma. De suerte que, para encontrar realmente eso que tú llamas Dios, debes estar completamente serena; y eso no es fácil. ¿No has observado cuan difícil es? ¿No has visto a tus mayores cómo se agitan, cómo zarandean dedos y manos, y nunca se quedan quietos en su asiento? ¡Cuan difícil es, físicamente, estar tranquilamente sentado, y cuánto más difícil es que la mente esté serena! Observa bien que si tú fuerzas la mente a estar quieta, si sigues a los guías espirituales, la mente no está en silencio. Es como un niño al que lo hacen callar. Un verdadero arte, una de las cosas más difíciles, es que la mente esté completamente en silencio sin coacción. Sólo entonces existe una posibilidad de que surja eso que tú llamas Dios.

Un alumno: ¿Está Dios en todas partes?

Krishnamurti: ¿Te interesa esto de veras, o te han instigado a hacer esta pregunta? Vosotros hacéis preguntas y luego yo noto que perdéis interés; ya no escucháis. ¿Habéis observado que la gente mayor nunca os escucha a vosotros? Están tan encerrados en sus propios pensamientos, en sus propias emociones, en sus propios logros, en sus propias penas, que jamás os escuchan. Me alegro de que observéis una cantidad de cosas. Ahora bien, si sabes escuchar, escuchar realmente, descubres muchísimas cosas, no sólo respecto de la gente sino acerca del mundo.

He aquí un niño que pregunta si Dios está en todas partes. Es demasiado pequeño para hacer esta pregunta; él no sabe qué es lo que ella realmente significa. Es probable que él tenga al respecto un vago vislumbre, que sienta la belleza, que le inspiren un sentimiento las aves en el cielo, las aguas que corren, un rostro bonito que sonríe, la danza de la hoja al viento, una mujer cargada con un fardo, la ira, el ruido, el dolor, todo lo que está en el aire, y que esté interesado y ansioso por descubrir qué es la vida. Es probable que este muchachito sienta eso vagamente, que lo discuta con sus mayores, que les oiga conversar acerca de Dios y que se sienta perplejo. Para él resulta importante —¿verdad?— hacer esa pregunta, y para vosotros buscar una respuesta; porque, como os lo decía yo el otro día, puede que inconscientemente, en lo profundo, vosotros seáis capaces de captar el sentido íntimo de todo esto, y que, al crecer, recibáis insinuaciones de otras cosas ajenas a este feo mundo de luchas. El mundo es hermoso, la tierra es bella, es rica; pero nosotros echamos a perder esa belleza.

Un alumno: ¿Cuál es el verdadero objeto de la vida?

Krishnamurti: Es, en primer término, lo que vosotros hacéis de ella. Es lo que vosotros hacéis de la vida.

Un alumno: En lo que atañe a la realidad, ha de ser alguna otra cosa.

Krishnamurti: ¿Cuál es el objeto de la vida. Descubrid la verdad al respecto; y no os detenéis hasta descubrirla, porque, al parecer, “lo que es el objeto de la vida” os interesa.

Un alumno: No me interesa particularmente mi propia meta, sino conocer el objeto de la vida para todos.

Krishnamurti: ¿Cómo lo descubrirás, y quién te lo mostrará? ¿Puedes descubrirlo leyendo? Si tú lees, un autor podrá darte un método y otro autor podrá ofrecerte un método diferente. Si acudes a un hombre que sufre, él te dirá que el objeto de la vida es ser feliz, porque él mismo está sufriendo; el objeto de la vida, para él, es ser feliz. Si te diriges a un hombre, a una persona, que padece hambre, que durante años no ha tenido una comida completa, su objeto en la vida es llenarse el estómago. Si hablas con uno de los políticos, su meta es llegar a ser uno de los dirigentes, de los gobernantes del mundo. Si le preguntas a una mujer, ella te dirá “mi objeto es tener un bebé”. Si acudes a un “sanyasi” (santo), su meta es encontrar a Dios. El deseo general, el objeto que la gente persigue, es hallar algo que sea un gran consuelo, es hallar alguna seguridad, algo que los ponga en salvo para no tener temor, ni ansiedad, ni dudas, ni preguntas que hacer. La gente quiere algo permanente a que pueda aferrarse. ¿No es así?

De suerte que, en general, el objeto de la vida es para el hombre alguna clase de esperanza, de seguridad, de permanencia. Tú no puedes decir “¿y eso es todo?”. Eso es lo que ocurre; debes en primer término enterarte de eso. Acerca de todo eso debes inquirir, lo cual significa que debes interrogarte a ti mismo. El objeto general de la vida es consubstancial contigo mismo, porque tú formas parte de la vida total, tú deseas seguridad, permanencia, felicidad, quieres algo a qué a ferrarte. Ahora bien, para hallar algo que este más allá, alguna verdad que no pertenezca a la mente ni a las ilusiones de la mente, todo esto debe terminar; es decir, debes comprender todo esto y dejarlo de lado. Sólo entonces descubrirás lo que es real, y si hay una meta. Pero el estipular que tiene que haber una meta, el creer que la hay, es simplemente otra ilusión. Si, en cambio, tú puedes inquirir acerca de todos los conflictos, las luchas, las penas, las vanidades, las ambiciones, los temores y las esperanzas, y pasar a través de ellos, ir más allá y por encima de ellos, entonces descubrirás.

Un alumno; Entonces debo desarrollar influencias superiores y finalmente descubrir el objeto real de la vida.

Krishnamurti: ¿Cómo puedes ver la cosa final si existen tantas barreras entre tú y aquello? Debes eliminar las barreras. Para tener aire fresco debes abrir la ventana. No puedes decir “basta que me siente a ver cómo es el aire fresco”. Tienes que abrir las ventanas. Análogamente, debes ver todas las barreras, las limitaciones, las condiciones; y, viéndolas, debes hacerlas a un lado; entonces descubrirás. Pero el que te sientes de este lado y digas “debo descubrir”, nada significa.

Diciembre 17 de 1952.

VIII

Como sabéis, hemos hablado extensamente del miedo porque él es un factor muy poderoso en nuestra vida. Conversemos ahora un rato acerca de lo que es el amor, qué significa, y si detrás de esa palabra, que para nosotros tiene tanto sentido y tanta significación, si detrás de esa palabra y de ese sentimiento existe también esa peculiar cualidad de la aprensión, de la ansiedad, de eso que la gente adulta conoce como soledad. Hablemos, pues, de la palabra o sentimiento que llamamos amor.

¿Sabéis qué es el amor? ¿Sabéis cómo encontrarlo? ¿Amáis vosotros a vuestros padres? ¿Sabéis amar a vuestro padre, a vuestra madre, a vuestro tutor, a vuestro maestro, a vuestra tía, a vuestro marido, a vuestra esposa? ¿Sabéis qué es lo que ello significa? Cuando digo que amo a mis padres, ¿qué significa eso? ¿Que con ellos os sentís seguros, que con ellos, sois muy íntimos? Descubrid, mientras yo hablo, si esto se aplica a vosotros y a vuestro amor por vuestros padres. Creéis que vuestros padres os protegen, que os dan dinero, albergue, vestido y alimento, y tenéis una sensación de relación estrecha. ¿No es así? Sentís también que podéis confiar en ellos. No sé si confiáis en ellos, pero sentís que lo podéis. ¿Comprendéis la diferencia? Sentís que podéis confiar, pero tal vez no confiáis. Probablemente no les habláis con tanta facilidad, con tanta felicidad, como a vuestros propios amigos. Y sin embargo los respetáis, respeto que consiste en mirarlos como a superiores, en ser guiados por ellos y en obedecerles, en sentir que tenéis cierta responsabilidad hacia ellos y que tenéis el deber de mantenerlos cuando avancen en edad, cuando envejezcan. Ellos, a su vez, os aman y quieren protegeros, quieren guiaros, desean ayudaros; por lo menos así lo dicen. Quieren que os caséis para que hagáis una vida llamada “moral”, para que no tengáis dificultades, para que un hombre vele por vosotras, o vosotros tengáis una esposa que os cuide, cocine para vosotros, y que cuide de vuestros hijos. A todo eso se le llama amor, ¿no es cierto?

No podemos averiguar si eso es verdadero amor, porque el amor es algo que no puede ser muy fácilmente explicado con palabras. No es algo que venga fácilmente a vosotros. Es mucho más complejo, y no se lo puede comprender con facilidad. Sin él, la vida resulta muy estéril; sin él, los árboles, los pájaros, la sonrisa de hombres y mujeres, el puente por el que atravesáis el río, los animales y los barqueros, carecen de sentido. Sin él, la vida se vuelve superficial. ¿Sabéis qué significa “superficial”? Es como un charco, sin hondura. En un río profundo pueden vivir muchos peces, hay riqueza. Pero el charco, a la vera del camino no tarda en secarse con el ardiente sol; y nada queda, a no ser fango y suciedad. Para la mayoría de nosotros, el amor es algo en extremo difícil de comprender. En casi todos nosotros el amor es muy poco profundo. Detrás de esa palabra está en acecho el miedo. Queremos ser amados y también queremos amar. ¿No es, pues, muy importante que cada cual descubra qué es esta cosa extraordinaria? Sólo podéis descubrirla si sabéis cómo consideráis a los seres humanos, a los árboles, a los pájaros, a los animales, al forastero, a la persona que tiene hambre, y también cómo miráis a los amigos, si es que tenéis alguno, a vuestro guía espiritual, si lo tenéis, o cómo consideráis a vuestros padres. Cuando decís “yo amo a mi padre, a mi madre, a mi tutor, a mi maestro”, ¿qué queréis significar? Cuando admiráis a alguien, cuando lo respetáis inmensamente, ¿es eso amor? Cuando respetáis a alguien, cuando sentís que es vuestro deber obedecerle, y cuando él siente que vosotros también tenéis un deber hacia él y debéis obedecerle, ¿es eso amor? ¿Comprendéis de qué estoy hablando? Cuando miráis a alguien como a un superior, cuando lo respetáis inmensamente, ¿es eso amor? Cuando respetáis a alguien, también menospreciáis a alguna otra persona, ¿no es cierto? Eso siempre ocurre, ¿verdad? ¿Y es eso amor? Cuando sentís que debéis obedecer, que tenéis un deber, ¿es eso amor? ¿Es amor una cosa aprensiva, en la que hay sentido de respeto o de desprecio, en la que hay obediencia a alguien?

Cuantío decís que amáis a alguien, ¿no dependéis de esa persona? Está muy bien, cuando sois jóvenes, que dependáis de vuestro padre, de vuestra madre, de vuestro maestro o de vuestro tutor. Mientras sois niños os hacen falta cuidados, ropa, albergue, seguridad. Mientras sois muy jóvenes necesitáis tener la sensación de que se os mantiene juntos, de que alguien cuida de vosotros. Y aun cuando crecéis, este sentimiento de dependencia persiste, ¿no es así? ¿No lo habéis notado en la gente mayor, en vuestros padres y maestros? ¿No habéis notado cómo dependen de la esposa, de los hijos o de la madre? Cuando la gente avanza en edad, sigue deseando aferrarse a alguien, sigue sintiendo la necesidad de dependencia. Sin nada que esperar de alguien, sin ser guiados por alguien, sin la sensación de que alguien les consuela y les brinda seguridad, ellos se sienten solos, ¿no es así? Se sienten perdidos. Y a esta dependencia de otro se le llama amor. Si, empero, lo observáis más atentamente, veréis que la dependencia es miedo, no amor. Es porque tienen miedo de estar solos, de pensar las cosas por sí mismos, porque les asusta sentir, observar, descubrir todo el sentido de la vida, que ellos “sienten” que aman a Dios. Dependen, pues, de lo que llaman Dios, pero una cosa creada por la mente no es para depender de ella; no es Dios, lo desconocido. Lo mismo ocurre con un ideal o una creencia. Yo creo en algo, y eso me brinda gran consuelo; amo ese ideal y a él me aferró. Pero suprimido el ideal, suprimida la creencia y mi dependencia de ella, estoy perdido. Pasa lo mismo con un guía espiritual. Dependo, deseo recibir; de suerte que en mí hay miedo, algo que me duele. Idéntica cosa acontece cuando dependéis de vuestros padres o maestros. Está bien que así sea cuando sois pequeños; pero si seguís dependiendo cuando habéis alcanzado la madurez, eso os tornará incapaces de pensar, de ser libres. Donde hay dependencia hay temor; y donde hay temor hay autoridad, no hay amor. Cuando vuestros padres dicen que debéis hacer tal o cual cosa, tenéis que obedecer; debéis seguir ciertas tradiciones, debéis tener ciertos empleos o efectuar algún trabajo; y en nada de eso hay amor. Y cuando dependéis de la sociedad y aceptáis la estructura de la sociedad tal cual es, eso no es amor, pues la sociedad está putrefacta. Esto no necesitáis investigarlo muy a fondo, puesto que al caminar por la carretera percibís la pobreza, la fealdad, la inmundicia.

El hombre y la mujer ambiciosos no saben qué es el amor, y los que nos gobiernan son gente ambiciosa. Es por eso que en el mundo no hay felicidad. Tiene mucha importancia que vosotros, al crecer, veáis todo esto y averigüéis si alguna vez podéis descubrir eso que se llama amor. Puede que tengáis una rica mansión, un jardín maravilloso, una buena posición, mucha ropa o “saris” (vestidos), un buen empleo. Puede que alguno de vosotros sea el gran Primer Ministro. Pero, sin amor, ninguna de esas cosas tiene sentido.

Lo que debéis hacer, pues, es descubrir ahora —no cuando lleguéis a viejos; entonces jamás descubriréis— cómo amáis a vuestros padres, a vuestro maestro o a vuestro guía espiritual. Habéis de descubrir qué significa todo eso; no aceptar palabra alguna sino ir tras la palabra para descubrir qué es lo que hay detrás del sentido de las palabras y ver si hay ahí alguna realidad, para sentir lo real cuando estáis celosos, cuando estáis enojados; y la realidad es aquello que efectivamente sentís, no aquello que, según se os dice, debéis sentir. En el momento en que decís “no debo ser celoso”, ése es un deseo variable que no tiene sentido. Si podéis descubrir exactamente, ser muy claros y honestos con vosotros misinos para descubrir exactamente lo que sentís, cual es de hecho vuestro estado —no lo que es el estado ideal, ni cómo debierais actuar o sentir en alguna fecha futura sino lo que efectivamente sentís en el momento— entonces podréis hacer algo al respecto. Pero el decir “debo amar a mis padres, debo amar a mi guía espiritual, debo amar a mi maestro”, carece de sentido, ¿verdad? Porque, detrás de todas esas palabras, vosotros sois del todo diferentes; decís una cantidad de palabras, y tras ellas os escondéis. ¿No es, pues, inteligencia el ir más allá de las palabras, más allá de la acepción de las palabras? Vocablos tales como “deber”, “responsabilidad”, “Dios”, “amor”, han adquirido buena dosis de sentido tradicional; pero una persona inteligente, una persona realmente educada de un modo profundo, va más allá de las palabras, por ejemplo, si yo os dijese que no creo en Dios, ello os horrorizaría, ¿verdad? Diríais “¡Dios mío, qué espantosa idea!”. Vosotros creéis en Dios, ¿no es cierto? Por lo menos pensáis que sí creéis. Ello tiene muy poco sentido —que creáis o no creáis—.

Lo importante es ir detrás de la palabra, de la palabra que llamáis “amor”, y ver si efectivamente amáis a vuestros padres y si efectivamente vuestros padres os aman. Porque si realmente amarais a vuestros padres o vuestros padres realmente os amasen a vosotros, el mundo sería enteramente diferente. No habría guerras, no habría hambre, no habría diferencias de clase. No habría ricos ni pobres. Sin esta cosa llamada “amor”, tratáis de arreglar la sociedad en lo económico, ajustar la economía, enderezarla, pero sin amor no se puede lograr una estructura social en que no haya conflicto ni dolor. Debéis, pues, examinar esto con mucho cuidado, y tal vez entonces descubriréis qué es el amor.

Un alumno: ¿Por qué hay dolor en el mundo?

Krishnamurti: Me pregunto si este muchacho sabe qué significa esa palabra. Es probable que haya visto al burro cargado de un peso excesivo, con las patas a punto de quebrarse, o tal vez haya visto algún niño llorando, o a la madre golpeando al chico, o al padre reprendiéndolo. Probablemente ha visto gente disputando o peleando unos con otros. Está la muerte, el cuerpo que llevan para cremarlo; está el mendigo, la enfermedad, la pobreza, la vejez, no sólo fuera sino dentro de nosotros; de suerte, tal vez, que él dice “¿por qué hay dolor?”. ¿No deseáis saberlo también vosotros? ¿Habéis investigado, no sólo en lo externo sino íntimamente, vuestro propio dolor? ¿Qué es, por qué existe? Supongamos que yo deseo alguna cosa y no puedo conseguirla; me siento desdichado. Deseo unos cuantos vestidos más, deseo ser un poro más rico, un poco más hermoso, y no puedo serlo; sin ello me siento desgraciado. Deseo amar a aquella persona y ella no me ama, y soy desdichado. Mi padre se muere, y estoy apenado. ¿Por qué?

¿Por qué os sentís desgraciados cuando no podéis conseguir lo que queréis? ¿Por qué habríais de conseguir lo que queréis? Creemos tener un derecho a conseguir lo que deseamos. Si deseáis un vestido, decís que debéis tenerlo. Si deseáis una chaqueta, sentís que os es preciso tenerla. Pero nunca os preguntáis por qué habríais de tenerla cuando millones de personas no la tienen... ¿Por qué habríais de tener lo que deseáis? Además, ¿por qué lo deseáis? Existe vuestra necesidad de suficiente ropa, alimento, albergue; pero vosotros vais más allá y queréis algo más. Supongamos que tenéis la ropa, el alimento, el albergue que necesitáis; eso no os satisface y deseáis más poder, deseáis que se os respete, que se os ame, que se os admire; queréis ser poderosos, ser poetas, santos, primeros ministros, presidentes, buenos oradores. ¿Por qué? ¿Nunca lo habéis examinado? ¿Por qué deseáis todo eso? Esto no significa que debáis satisfaceros con lo que sois. No es eso lo que quiero decir; eso sería feo, una necedad. Pero esa ansia constante, el deseo, el anhelo de más, y más, y más... ¿por que? Ello índica que estáis descontentos, insatisfechos, ¿pero de qué? ¿Descontento, desagrado, con lo que vosotros sois? Soy esto, y no me gusta; quiero ser aquello. Creo que me sienta mucho más una chaqueta nueva o un nuevo vestido, y lo deseo. ¿Qué significa eso? Significa que no estoy satisfecho con lo que soy. Creo que puedo escapar al descontento deseando algo más: más ropa, más poder, etcétera. Pero el descontento persiste, ¿verdad? No hago más que encubrirlo con ropa, con poder, con automóviles; lo encubro, eso es todo. Así pues, hasta que descubráis cómo comprender lo que sois, el hecho mismo de llenaros de palabras, de poder, de posición, carece de sentido. Seguiréis siendo infelices. Viendo esto, la persona desgraciada, la persona afligida, no ha de huir hacia los guías espirituales, las posiciones, el poder; ha de querer saber qué es lo que hay detrás de esa palabra, qué hay detrás del sufrimiento. Si vais tras ello, hallaréis que ahí estáis vosotros mismos; vosotros, que sois muy pequeños, vosotros, que sois miserables, desgraciados, que lucháis para lograr grandeza. Es, pues, esta ludia por ser algo, la causa del sufrimiento. Mas si podéis comprender el hecho, aquello que vosotros sois, si penetráis cada vez más hondo detrás de ello, hallaréis algo enteramente diferente.

Un alumno: ¿Podemos extirpar el sufrimiento?

Krishnamurti: Acabo de explicártelo. Es mejor que hables de esto después con tus maestros. Acabo de explicar cómo surge el sufrimiento y cómo es posible extirparlo.

Un alumno: Si alguien padece hambre y yo siento que puedo serle útil, ¿no es con ambición que yo amo a esa persona?

Krishnamurti: Todo depende del móvil con que le ayudas. El político dice que te ayuda... y se instala en New Delhi, vive en una mansión, pronuncia discursos y se pavonea. Él ayuda al pobre, según dice. ¿Es eso amor? ¿Comprendes?... ¿Es eso amor?

Un alumno: ¿Y si yo le mitigo el hambre con mi ayuda?

Krishnamurti: Él padece hambre y tú le ayudas, dándole alimento para aliviársela. ¿Es eso amor? ¿Por qué deseas ayudarle? ¿Significa esto que careces de móvil, de incentivo, que no obtienes de ello provecho alguno? Piénsalo bien; no digas “sí” o “no”. Si obtienes de ello algún provecho —algún provecho de índole política, de carácter íntimo o de índole material— entonces no amas a esa persona. Le das de comer con el fin de ganar más popularidad, o para que tus amigos te ayuden a llegar a New Delhi. Entonces eso no es amor, ¿verdad? Pero si amas a la personal entonces le das de comer sin incentivo alguno, sin móvil alguno, sin desear nada en retribución. Si le alimentas y él no te lo agradece, ¿te sientes ofendido? Si ello es así, no le amas. Si él te dice a ti y a los aldeanos que eres un hombre maravilloso, te sentirás muy halagado; lo cual significa entonces que no le amas, porque es en ti mismo que piensas. Eso, por cierto, no es amor. Uno debe proceder con sumo cuidado a descubrir si deriva alguna clase de beneficio, y cuál es el móvil que a uno lo lleva a darle de comer a esa persona.

Un alumno: Suponga Vd. que quiero volverme a casa y que el director dice “no”. Si le desobedezco, deberé arrostrar las consecuencias. Si obedezco al director, me siento acongojado. ¿Qué habré de hacer?

Krishnamurti: ¿Querrás decir que no puedes tratar todo el asunto con el director, que no puedes plantearle tu problema, que no puedes hablarle con confianza? Si el director es un director como es debido, puedes confiar en él, tratar con él tu problema; y si entonces él se obstina y te dice “no debes irte”, es porque en el director hay algo que no anda bien, o puede que él tenga razones que tú debes descubrir. Ello requiere, pues, confianza mutua. Esto es, debes tener confianza en el director, y el director debe tener confianza en ti. La vida no es una relación puramente unilateral. Así como tú eres un ser humano, el director lo es. Él puede cometer un error. Es preciso, pues, que ambos traten la cuestión. Podrás decir que quieres salir, pero es posible que eso no basto; tal vez tus padres le hayan escrito al director que no te deje ir a su casa. Debe ser una cosa mutua —¿verdad?— para que no te ofendas, para que no sientas que se te trata mal, que se te rechaza brutalmente; y ello sólo puede ocurrir cuando tienes confianza en el maestro y él tiene confianza en ti. Eso significa amor verdadero; y eso es lo que esta escuela debiera ser.

Un alumno: ¿Por qué no habríamos de practicar el “puja” (ceremonia religiosa hindú)?

Krishnamurti: ¿Has averiguado por qué la gente mayor practica eso? ¿Será porque ellos imitan? Cuanto más falto de madurez tú eres, más deseas imitar, ¿Has notado cómo a vosotros os encantan los uniformes? Antes, pues, de preguntar por qué vosotros no habríais de practicar el “puja”, pregunta a los viejos por qué lo practican ellos. Ellos lo practican en primer lugar porque es una tradición, porque sus abuelos lo practicaron. Luego la repetición de palabras les da cierta sensación de paz. ¿Os dais cuenta de que las palabras constantemente repetidas embotan vuestra mente y os dan una sensación de quietud si las palabras son significativas? Las palabras sánscritas, especialmente, tienen ciertas vibraciones que os aquietan mucho. También la gente practica el “puja” porque todos lo hacen, porque lo hicieron la abuela, los abuelos, las tías. Por todas esas razones practícase el “puja”. Como vosotros sois muy jóvenes, copiáis eso; y también decís que debéis practicar el “puja” porque vuestro padre, vuestra madre, vuestro guía espiritual, vuestro maestro, lo practican. ¿Practicáis el “puja” porque alguien os dice de hacerlo, o porque os produce cierto efecto hipnótico el repetir ciertas palabras? ¿No debierais averiguar por qué hacéis algo, antes de hacerlo? Nada importa que millones de personas crean en eso. ¿No debierais averiguarlo, sin aceptar nada? ¿No debierais emplear vuestra mente en encontrar la verdad acerca del “puja”, o su significación?

Bien veis que la mera repetición de palabras sánscritas o de gestos, no os ayudará realmente a descubrir qué es la verdad, qué es Dios. Para descubrir, es preciso que sepáis meditar. Ese es un problema del todo diferente, enteramente distinto de la práctica del “puja”. Millones de personas han practicado el “puja”; ¿y acaso ello ha dado al mundo más felicidad? ¿Acaso la gente es creativa? Por “creativa” yo no entiendo el dar a luz niños. Entiendo ese término en el sentido de tener plena iniciativa, estar lleno de amor, de bondad, de simpatía, de consideración. Si tú, pues, practicas de pequeñito el “puja” y lo repites, crecerás como una simple máquina. Pero si empiezas a interrogar, a dudar, a inquirir, a descubrir, tal vez entonces sabrás meditar. La meditación es una de las mayores bendiciones si sabes practicarla apropiadamente.

Diciembre 18 de 1952.

IX

Recordaréis que ayer por la mañana estuvimos disintiendo el complejo problema del amor. No creo que lo comprenderemos hasta que comprendamos un problema igualmente complejo que llamamos “la mente”. ¿Habéis notado cuan preguntones somos cuando somos muy jóvenes? Deseamos saber; vemos muchas más cosas que la gente mayor. Por poco que seamos despiertos, observamos cosas que nuestros mayores no advierten. Cuando somos jóvenes la mente está mucho más alerta, mucho más curiosa y deseosa de saber. Por eso es que cuando somos jóvenes aprendemos tan fácilmente las matemáticas, la geografía. A medida que avanzamos en edad, nuestra mente se cristaliza de más en más, se vuelve cada vez más pesada, más voluminosa. ¿Habéis notado cuan llena de prejuicios es la gente de edad? Su mente está fija, no están abiertos, todo lo abordan desde un punto de vista fijo. Vosotros ahora sois jóvenes; pero si no os mantenéis muy vigilantes, también llegaréis a ser así. ¿No es entonces muy importante comprender la mente, y ver si no podéis ser flexibles, capaces de ajustes instantáneos, de extraordinarias capacidades en todos los órdenes de la vida, de profunda investigación y comprensión, en vez de embotaros gradualmente? ¿No deberíais conocer las modalidades de la mente, para poder comprender el camino del amor? Porque es la mente que destruye el amor. La gente lista, la gente artera, no sabe qué es el amor, porque su mente es muy aguda, porque ellos son muy “inteligentes” y muy superficiales —lo cual significa que se quedan en la superficie— y el amor no es cosa que exista en la superficie.

¿Qué es la mente? ¿Comprendéis de qué estoy hablando? No estoy hablando del cerebro, de la estructura y funcionamiento del cerebro, a cuyo respecto cualquier fisiólogo os dará datos. El cerebro es algo que reacciona ante diversas respuestas nerviosas. Pero vosotros habréis de descubrir qué es la mente. ¿Qué es la mente? La mente dice “yo pienso; es mío; es tuyo; estoy ofendido; tengo celos; yo amo; yo odio; soy indio; soy musulmán; creo en esto; no creo en aquello; yo sé; tú no sabes; yo respeto; yo desprecio; yo quiero; yo no quiero”. ¿Qué es esta cosa? A menos que lo comprendáis, que os familiaricéis con todo el proceso de pensar que es la mente, a menos que os deis cuenta de eso, a medida que avancéis en edad os endureceréis gradualmente, os cristalizaréis os embotaréis, quedaréis fijos en cierto molde de pensamiento.

¿Qué es esa cosa que llamáis “mente”? Es el modo de pensar, el modo como vosotros pensáis. Estoy hablando de vuestra mente, no de la de otras personas y de cómo ellas pensarían; del modo como sentís; de vuestra manera de mirar los árboles, un pez, a los pescadores; de vuestro modo de considerar al aldeano. Poco a poco la menté se tuerce o se fija en determinado molde. Cuando queréis algo, cuando deseáis, cuando ansiáis, cuando queréis ser algo, entonces establecéis una pauta; es decir, vuestra mente crea un molde y queda atrapada. Vuestro deseo hace cristalizar vuestra mente. Digamos, por ejemplo, que yo deseo ser muy rico. Ese deseo, el querer ser hombre opulento, crea un molde y entonces mi pensamiento queda atrapado en él; y sólo puedo pensar en esos términos, y no puedo salirme de ahí. La mente, pues, queda atrapada en eso; se cristaliza, se endurece, se embota. O si creo en algo —en Dios, en el comunismo, en cierto sistema político— esa misma creencia empieza a establecer el molde, porque esa creencia proviene de mi deseo, y ese deseo fortalece las paredes del molde. Poco a poco mi mente se embota, se vuelve incapaz de adaptación, de rapidez, de agudeza, de claridad, porque yo estoy atrapado en el laberinto de mis propios deseos.

De suerte que hasta que yo empiece realmente a investigar este proceso de mi mente, mis modos de pensar, de considerar el amor, hasta que esté familiarizado con mis propias maneras de pensar, no me es posible descubrir qué es el amor. No habrá amor alguno cuando mi mente desee ciertos hechos del amor, determinados actos de amor, y cuando entonces yo imagine qué sería el amor. Entonces atribuyo ciertos móviles al amor. Así, gradualmente, establezco la norma de acción con respecto al amor; pero eso no es amor sino tan sólo mi deseo de lo que debiera ser el amor. Digamos, por ejemplo, que vosotros poseéis a una persona como esposa o marido. ¿Entendéis la palabra “poseer”? Vosotros poseéis vuestros vestidos o vuestras chaquetas, ¿verdad? Si alguien os los quitase os enojaríais, estaríais ansiosos e irritados. ¿Por qué? Porque consideráis vuestro “sari”, chaqueta o “kurtha” (blusa larga de hombre) como cosa propia, como propiedad vuestra; la poseéis; os sentís enriquecidos con la posesión .¿No es así? Teniendo muchos vestidos, muchas “kurthas”, os sentís ricos, no sólo en un sentido material sino internamente ricos. De suerte que, cuando alguien os quita vuestra chaqueta, os sentís irritados; porque íntimamente se os priva de ese sentimiento de ser ricos, de ese sentimiento de posesión. El poseer erige una barrera —¿verdad?— en lo que respecta al amor. Si yo soy dueño de vosotros, si os poseo, ¿es eso amor? Os poseo a vosotros como poseo un automóvil, una chaqueta, un vestido, porque, al poseer, me siento muy rico; me resulta internamente muy importante. Es a esta calidad de dueño, a esta posesión, a esta dependencia, que le llamamos “amor”. Pero si lo examináis, veréis que detrás de eso la mente se siente satisfecha con la posesión. Al fin y al cabo, cuando poseéis uno o muchos vestidos, o un coche, o una casa, en lo íntimo ello os brinda cierta satisfacción, el sentimiento de que eso es “vuestro”.

Así es como la mente al desear, al querer, crea un molde y en ese molde se ve atrapada; y así la mente se hastía, se embota, se vuelve estúpida e irreflexiva. La mente es el centro de ese sentimiento de “lo mío”, del sentimiento de que soy dueño de algo, de que soy un gran hombre o un nombre pequeño, de que se me insulta, se me halaga, que soy inteligente o muy hermoso, o de que quiero ser ambicioso, de que soy la hija o el hijo de alguien. Ese sentimiento del “mí”, del “yo”, es el centro de la mente, es la mente misma. De suerte que, cuanto más siente la mente que “esto es mío” y erige muros en torno del sentimiento de que “yo soy alguien”, de que “debo ser grande”, de que “soy un hombre estúpido o torpe”, tanto más ella elabora un molde y tanto más se encierra, se embota. Entonces sufre; entonces, en ese encierro hay dolor. Luego se pregunta “¿qué habré de hacer?”. Lucha entonces por hallar otra cosa en vez de derribar los muros que la encierran. Con el pensamiento, con una alerta y cuidadosa percepción, y examinando y comprendiendo eso, la mente quiere apropiarse de algo desde afuera, y luego encerrarse de nuevo. Así, gradualmente, llega la mente a ser una valla para el amor. Y así, sin comprensión de la vida, de lo que es la mente, de la manera de pensar, de la fuente de donde brota la acción, no podemos en modo alguno hallar qué es el amor.

¿No es también la mente un instrumento de comparación? Vosotros sabéis qué es comparación, comparar. Decía que esto es mejor que aquello; os comparáis con alguien que es más hermoso, que es más listo. Hay comparación cuando decís “yo recuerdo aquel río que vi hace un año, y era aún más bello”. Os comparáis con alguien, os comparáis con un ejemplo, con el ideal máximo. El juicio comparativo embota la mente; no la aguza, no la torna comprensiva, inclusiva, porque cuando pasáis todo el tiempo comparando, ¿qué ocurre? Veis la puesta de sol, y de inmediato comparáis esa puesta de sol con la anterior. Veis una montaña; veis cuan bella es. Luego decís “hace dos años vi una montaña más bella aún”. Lo que ocurre cuando comparáis es que no miráis realmente la puesta de sol que está ahí, sino que la miráis para compararla con alguna otra cosa. La comparación, pues, os impide mirar plenamente. Miro a uno de vosotros; es un bonito niño. Pero digo “conozco una persona mucho más linda, mucho mejor, mucho más noble, más estúpida”; y cuando hago eso no os miro a vosotros, ¿verdad? Como mi mente está ocupada con alguna otra cosa, a vosotros no os miro en absoluto. Del mismo modo no miro en absoluto la puesta de sol. Para mirar realmente la puesta de sol, no debe haber comparación alguna; para miraros realmente a vosotros, no debo compararos con nadie. Sólo cuando os miro, sin juicio comparativo, puedo comprenderos. Pero cuando os comparo con alguna, otra persona, entonces os juzgo y digo “¡oh, ésa es una persona muy estúpida!”. Así, la estupidez surge cuando hay comparación; ¿comprendéis? Yo os comparo con otros, y en esa comparación misma hay falta de consideración humana. Cuando os miro sin comparar, sólo vosotros me interesáis, no otras personas. Y el interés mismo por vosotros, no de un modo comparativo, trae consideración humana.

De suerte que mientras la mente esté comparando, no hay amor; y la mente siempre está juzgando, comparando, sopesando, mirando para descubrir dónde está el punto débil. Donde hay, pues, comparación, no hay amor. Cuando la madre y el padre aman a sus hijos, no los comparan, no comparan a su hijo con otro niño; es su hijo, y ellos aman a su hijo. Pero vosotros os queréis comparar con alguna cosa mejor, con algo más noble, can algo más rico; y así hacéis que en vosotros no haya amor. Estáis todo el tiempo ocupados de vosotros mismos en relación con alguna otra persona, de modo que, al volverse la mente de más en más comparativa, de más en más posesiva, de más en más dependiente, ella crea un molde en el que queda atrapada; y así no puede mirar nada de un modo nuevo, lozano; y así destruye esa cosa misma, ese mismísimo perfume de la vida que es el amor.

Un alumno: ¿Qué deberíamos pedir a Dios que nos dé?

Krishnamurti: A vosotros os interesa mucho Dios, ¿no es así? ¿Y por qué? Porque vuestra mente pide algo, desea descubrir. Está, pues, constantemente agitada. Cuando yo os pido algo a vosotros, mi mente está agitada, ¿verdad?

Este niño quiere saber qué debiera pedir a Dios. Él no sabe qué es Dios; no puede en modo alguno saber qué es lo que quiere. Pero existe un sentimiento de general aprensión, un sentimiento generalizado: “yo debo descubrir, debo pedir, debo ser protegido”. La mente anda siempre buscando, escudriñando por todos los rincones, y así no está nunca serena; siempre desea, se apodera de algo, observa, acomete, compara, juzga. Escudriñad vuestra propia mente y ved qué es lo que ella hace, cómo trata de controlarse, de dominar, de suprimir, de descubrir, de investigar, de preguntar, de suplicar, de luchar, de comparar. A esa mente la llamamos muy alerta; ¿pero lo está? Una mente alerta es una mente quieta, no una mente que, como una mariposa, revolotea por todas partes; no es una mente que constantemente se apega, se agita, pregunta, mendiga, implora, solicita. Nunca una mente así está quieta. Y sólo una mente en silencio es la que puede comprender qué es Dios. Una mente serena jamás puede pedir nada a Dios. Sólo una mente empobrecida puede suplicar, puede pedir. Lo que pide, nunca podrá tenerlo; y eso que desea es seguridad, consuelo, certeza. Si pides algo a Dios, jamás encontrarás a Dios.

Un alumno: ¿Qué es la verdadera grandeza, y cómo podré ser grande?

Krishnamurti: Como veis, el infortunio es que deseamos ser grandes. Todos deseamos grandeza. ¿Por qué? Queremos ser Gandhis, primeros ministros, queremos ser grandes inventores, grandes escritores. ¿Por qué? Ejemplos de ello vemos en la educación, en la religión, en todas las cosas de nuestra vida. Tenemos como ejemplo nuestro el más gran poeta, el más gran orador, el más gran escritor, el más gran santo, el más gran héroe. Tenemos ejemplos, y queremos ser como ellos.

Cuando tú quieres ser como otra persona, ya has creado un dechado de acción, ¿no es así? Ya has establecido una limitación a tu pensamiento. Ya has ceñido tu pensamiento dentro de ciertos límites. Tu pensamiento, pues, ya se ha cristalizado, se ha vuelto estrecho, limitado, sofocado. ¿Por qué quieres ser grande? ¿Por qué no estás dispuesto a ser lo que eres? Mira: en el momento en que quieres ser algo, hay desdicha, hay degradación, hay envidia y sufrimiento. Quiero ser como el Buda. ¿Qué ocurre? Lucho sin cesar. Soy estúpido, feo; ansío algo; y quiero abandonar lo que soy e ir más allá. Soy feo, y quiero ser hermoso; lucho, pues, constantemente, hasta morir, para ser hermoso o para engañarme a mí mismo hasta creerme hermoso. Si yo me digo a mí mismo que soy feo y veo eso como un hecho, entonces puedo investigarlo, puedo ir más allá. Pero si siempre estoy tratando de ser otro que lo que soy, mi mente se desgasta.

Si tú dices “esto es lo que soy, y voy a comprender esto”, encontrarás entonces que la comprensión de lo que eres —no de lo que debieras ser— trae una gran paz y contento, una gran comprensión, un gran amor.

Un alumno: ¿El amor no tiene fin? ¿El amor se basa en la atracción?

Krishnamurti: Supongamos que a ti te atrae un hermoso río, una bella mujer, o un hombre. ¿Qué mal hay en eso? Estamos tratando de descubrir. Mira: cuando me veo atraído hacia una mujer, hacia un hombre, o un niño u otra persona, hacia la verdad, ¿qué acontece? Quiero estar en compañía de ello, poseerlo, llamarlo cosa mía; digo que ello es mío y no es tuyo. Esa persona me atrae, tengo que estar cerca de ella, mi cuerpo tiene que estar cerca del de esa persona. ¿Qué he hecho, pues? ¿Qué ocurre por lo general? El hecho es que yo soy atraído y quiero estar cerca de esa persona; ése es un hecho, no un ideal. Y también es un hecho que cuando me veo atraído y deseo poseer, no hay amor. Lo que me interesa es el hecho, no lo que yo debiera ser. Bueno, cuando poseo esa persona, no quiero que esa persona mire a nadie más. Cuando considero mía a esa persona, ¿es eso amor? No, evidentemente. Desde el momento en que mi mente erige una cerca en torno de esa persona, considerándola “mía”, no hay amor.

El hecho es que mi mente hace eso todo el tiempo. Eso es lo que estamos discutiendo, para ver cómo funciona la mente; y tal vez, dándose cuenta de ello, la propia mente estará serena.

Una alumna: ¿Por qué ha sido creada la tierra, y por qué estamos en ella?

Krishnamurti: Tú sabes lo que los hombres de ciencia dicen acerca de cómo se ha formado la tierra. Si lees biología, sobre el comienzo de la vida, se te dirá cómo la tierra ha sido creada, cómo los seres, humanos han crecido en ella. Esa es la respuesta.

Una alumna: ¿Es verdad eso?

Krishnamurti: Esta niña quiere saber si eso es verdad. ¿Quién te va a decir a ti lo que es verdad? Estás aquí, ¿no es cierto? Existe la tierra y tú estás aquí. ¿Para qué especular sobre algo que te resulta imposible probar? Quiero decir: los científicos, los biólogos, te dirán cómo ha sido creada la tierra; y alguna persona igualmente inteligente te dirá cómo la tierra ha sido creada de Brahman. Te dirá cómo habéis sido creados, cómo habéis evolucionado; y otro te dirá cómo habéis sido creados de la materia. ¿Qué te ocurrirá entonces? ¿Cuál es la teoría que habrás de escoger? Es obvio que optarás por algo que te agrade, escogerás según tu propio condicionamiento. Este es un inútil proceso de especulación; especular es perder el tiempo. Pero está la tierra para comprenderla, y tú tienes que descubrir por qué estás aquí, qué es lo que piensas y lo que sientes, qué es tu vida. Sientes, tal vez, que al final podrás descubrir; pero debes empezar a averiguar ahora.

Un alumno: ¿Por qué se siente la necesidad del amor?

Krishnamurti: ¿Quieres decir por qué debemos tener amor? ¿Por qué tiene que haber amor? ¿Podemos prescindir de él? ¿Qué sucedería si no tuvierais este llamado “amor”? Si tus padres se pusieran a pensar cabalmente por qué te aman, quizá no estuvieras aquí. Podrían echarte de la casa. Ellos creen que te quieren; por lo tanto desean protegerte, desean que recibas educación. Sienten que deben darte todas las oportunidades de ser algo. Este sentimiento de protección, este sentimiento de que quieren que te eduques, este sentimiento de que les perteneces, es lo que ellos generalmente llaman “amor”. ¿Sin ello qué acontecería? ¿Qué pasaría si tus padres no te amasen? Te descuidarían, resultarías una cosa incómoda, te echarían de la casa, te odiarían. Por fortuna, pues, existe este sentimiento de amor, quizá obscurecido, quizá manchado y feo; pero ello no obstante existe este sentimiento, por fortuna para vosotros y para mí; de otro modo ni tú ni yo habríamos sido educados, ni existiríamos.

Un alumno: ¿Qué es la oración? ¿Cuál es su importancia en la vida diaria?

Krishnamurti: Supongo que esta pregunta la has hecho con toda seriedad, y no tan sólo porque quieres mostrarte listo; presumo que realmente has hecho la pregunta con toda seriedad. Averigüemos. No escuchéis, simplemente; averiguad.

¿Por qué rezas, y qué es la oración? La mayoría de vuestras oraciones son meras súplicas, pedidos. Os dedicáis a esta clase de plegarias porque sufrís, porque estáis solos, porque estáis deprimidos y apenados. Imploráis a Dios y pedís ayuda; eso es una súplica, y a eso le llamáis oración. El contenido de la oración es generalmente el mismo, aunque la intención que la anima varíe. Para la mayoría de la gente, la oración es una súplica, un ruego, un pedido. ¿Tú haces eso? ¿Por qué rezas? Yo no digo que debas o no debas rezar, ¿pero por qué rezas? ¿Es para lograr más conocimientos, más paz, para que el mundo esté libre del dolor? ¿Existe alguna otra forma de oración? Está la oración que en realidad no es plegaria sino irradiación de buena voluntad, de amor, de ideas. ¿Cuál de las dos practicas tú?

Si tu oración es una súplica, una petición, ¿qué sucede entonces? Pides a Dios o a alguien que te llene la escudilla vacía, ¿no es cierto? Quieres que esa escudilla se llene según tus deseos. Quieres que Dios la llene de acuerdo a tus deseos; de suerte que pides a Dios aquello que tú quieres. No estás satisfecho con lo que ocurre, con lo que se te da. Tu oración, pues, es un simple pedido. Es un reclamo de que se te satisfaga. Lo que quieres es estar satisfecho; por lo tanto tu oración no es tal en absoluto. Deseas simplemente recibir satisfacción. Por eso dices a Dios “yo sufro; complacedme, por favor; dadme mi hermano, mi hijo; hacedme rico, por favor”. Perpetúas, pues, tus propios reclamos. Eso no es oración.

Lo verdadero es que te comprendas a ti mismo, que veas por qué pides y no qué es lo que pides, que veas por qué existe en ti esa exigencia, ese instinto de implorar. Descubrirás entonces que, cuanto más conozcas acerca de ti mismo en lo físico y en lo psicológico, cuanto más sepas qué es lo que piensas, qué es lo que sientes, tanto más descubrirás la verdad de “lo que es”. Es esa verdad la que te ayudará a ser libre.

Diciembre 19 de 1952.

X

Creo que es muy importante saber escuchar. Si sabéis escuchar, llegaréis de inmediato a la raíz del asunto. Si escucháis el sonido puro, estáis en inmediato contacto con su belleza. Análogamente, si supierais escuchar lo que otro dice o lo que se dice, habrá una transformación inmediata, un cambio inmediato. Después de todo, el escuchar es la completa concentración de la atención. Creéis que la atención es cosa fatigosa, que el aprender a concentraros es un proceso prolongado. Pero si sabéis escuchar, ya no resulta tan difícil; porque entonces veréis que llegáis a la médula del asunto de inmediato, con extraordinaria comprensión.

La mayoría de nosotros no escucha. Nos distrae el ruido o tenemos muchos prejuicios, mucha parcialidad; tenemos una peculiaridad que nos impide estuchar realmente lo que se dice. Esto le ocurre especialmente a la gente mayor, porque tienen tras de sí una serie de logros, son “alguien” o “don nadie” en el mundo, y resulta muy difícil penetrar la capa de sus formulaciones, de sus conceptos. La imaginación y los logros de la gente mayor no permiten que lo que uno dice penetre. Pero si supiéramos escuchar sin barrera alguna, escuchar, nada más, como escuchamos el canto del pájaro por la mañana o vemos la luz reflejada en el agua, o si escuchamos lo que oímos decir sin interpretación alguna, sin ninguna barrera, escuchando, simplemente, entonces ello resulta algo extraordinario, sobré todo cuando lo que se dice es verdadero. Puede que no os guste, que le resistáis, que creáis que es cosa inaccesible; pero si realmente escucháis, veis la verdad de ello.

El escuchar realmente nos descarga, nos quita la escoria de años de fracasos, de éxitos, de anhelos. Vosotros sabéis qué es la propaganda, ¿verdad? Consiste en difundir, en sembrar, para que la constante repetición de una idea imprima en vuestra mente lo que el propagandista, el político, el líder religioso, quiere que vosotros creáis. Ahí también se escucha, porque ocurre la repetición constante por algunas personas de lo que debierais hacer, qué libros debierais leer, a quién debierais seguir, qué clase de ideas es la verdadera, cuál es el guía espiritual más importante, cuál no lo es. Esa constante repetición de una idea, de un sentimiento, una y otra vez, deja un rastro. Aunque no escuchéis eso, inconscientemente deja una huella. Eso, la repetición constante, es el objeto de la propaganda. Observad, empero, que la propaganda no trae esa verdad que de inmediato comprendéis cuando escucháis realmente, cuando realmente prestáis atención sin esfuerzo alguno.

Ahora me estáis escuchando a mí sin esfuerzo alguno para prestar atención; escucháis, nada más. Y si en lo que oís hay verdad, si lo que se está diciendo es verdadero, hallaréis que un cambio notable ocurre en vosotros, un cambio, que no ha sido deseado, una transformación, una completa revolución, en que sólo la verdad es dueña de la situación, no vuestra mente. De suerte que, si puedo sugerirlo, escuchad todo de un modo análogo, no sólo lo que yo digo sino lo que dicen otras personas, el canto de las aves, él silbato de aquella locomotora, el ruido del ómnibus que pasa; y hallaréis que, cuanto más escucháis, mayor es el silencio, y que ese silencio no se interrumpe con el ruido. Sólo cuando resistís, cuando levantáis una barrera entre vosotros y lo que oís, entre lo que escucháis y aquello que no queréis escuchar, hay lucha. Escuchad, pues, si se me permite sugerirlo.

Ayer y anteayer estuvimos hablando de lo que es el amor; y tal ver podamos enfocarlo desde un punto de vista diferente, desde un ángulo distinto. ¿No es muy importante el ser refinado, no sólo exterior sino íntimamente? ¿Sabéis qué es el refinamiento? Es el tener sensibilidad para las cosas que os rodean, y también para los pensamientos, las creencias, las ideas que hay dentro de vosotros. El refinamiento es en lo relativo al vestido, a los modales, a los gestos, al modo de caminar, de hablar, de mirar a la gente. Y el refinamiento es esencial, ¿verdad? De otro modo hay deterioro. ¿Sabéis qué es el deterioro? ¿Conocéis el sentido de la palabra “deterioro”? ¿Sabéis qué significa “deteriorarse”? “Generar” es crear, construir, tener iniciativa, fomentar, desarrollar. “Degenerar” es lo opuesto: destruir, despedazar. El degenerar implica lenta decadencia, marchitamiento. Eso es lo que acontece en el mundo, en los colegios, en las universidades, entre las naciones y las personas, en el individuo; hay lenta decadencia, lento marchitamiento. El proceso degenerativo prosigue en todo instante, y ello es porque no hay refinamiento exterior ni interno. Puede que tengáis muy buena ropa, lindas casas, buena alimentación, limpieza; pero sin el refinamiento íntimo, la mera perfección externa de la forma tendrá escaso sentido. La perfección de la forma sin el refinamiento interno es otra forma de degeneración, simplemente. Tener un hermoso automóvil y ser tosco y grosero en lo íntimo, estar preocupado de uno mismo, de los propios logros, grandeza! y ambiciones, es el proceso efectivo de la degeneración, porqué entonces no creáis en vuestro interior.

La forma, la belleza de la forma, tiene sentido en poesía, en una persona o cuando veis un bello árbol, sólo cuando existe ese íntimo refinamiento que es el amor. Habiendo amor, habrá refinamiento exterior a la vez que interno. El refinamiento exterior se expresa en la consideración, en vuestra manera de tratar no sólo a vuestras hijas, a vuestros padres, a vuestros sirvientes si los tenéis, sino también a vuestros vecinos, al peón, al jardinero. Puede que tengáis un hermoso jardín creado por el jardinero, pero sin ese amor al refinamiento el jardín carece de sentido, es una simple expresión de vuestra propia vanidad. Es, pues, esencial tener refinamiento exterior e íntimo. Vuestro modo de comer tiene gran importancia; mucho importa que hagáis o no ruido al comer. Vuestra manera de comportaros, vuestros modales, vuestro modo de hablar con vuestros amigos, cómo habláis de los demás, todo eso importa porque señala lo que vosotros sois íntimamente, indica si en vuestro estado de ser interno hay refinamiento. Donde no hay refinamiento, ello se expresa exteriormente en una degeneración de la forma.

Pero tanto el refinamiento exterior como el íntimo, muy poco sentido tienen si no hay amor. Observad que el amor no es cosa que, poseemos. Sólo surge ruando la mente ha comprendido los complejos problemas que ella crea. Vosotros y yo vamos a discutir estos problemas.

Un alumno: ¿Por qué tenemos una sensación de orgullo cuando logramos éxito?

Krishnamurti: ¿Hay sentimiento de orgullo con el éxito? ¿Qué es el orgullo y qué es el éxito?

¿Comprendes esas dos palabras, éxito y orgullo? ¿Qué es el éxito? ¿Has considerado alguna vez qué es el tener éxito como escritor, como poeta, como pintor, como hombre de negocios, como político? Sentir en tu fuero íntimo que has logrado cierto dominio de ti mismo, sentirte interiormente afortunado porque has conseguido determinado objeto, sentir que has tenido éxito material, ¿qué es lo que todo ello indica? Sentir que has logrado algo, que eres mejor que otra persona, que has obtenido lo que deseas, que has llegado a ser un triunfador, que se te respeta, que otros te consideran como un ejemplo, ¿qué es lo que todo eso indica? Es natural que con ese sentimiento venga el orgullo: “yo he hecho tal cosa, yo soy muy importante”. El sentimiento del “yo” es por su propia naturaleza un sentimiento de orgullo. Así, pues, con el éxito desarrollase siempre el orgullo; y el orgullo es de ser uno comparativamente muy importante. Esta comparación con otro, con tu ejemplo, con tu ideal, con tu esperanza, te da la fuerza, el propósito, el impulso que, no hace más que dar importancia al “yo”, al sentimiento de que tú eres mucho más importante que cualquiera otra persona; y esa sensación o sentimiento de placer es el comienzo del orgullo. El orgullo es algo que trae inflación, buena dosis de egoísta vanidad. Observa a tus mayores y obsérvate a ti mismo. Pasas un examen. Cuando ves que eres un poco más listo que otro, experimentas una sensación de placer. Es lo mismo que cuando vences a alguien en una controversia, o físicamente resultas mucho más fuerte o más hermoso. Surge de inmediato el sentido de tu importancia. Cuando existe, pues, ese sentido de la importancia del “yo”, prodúcese el conflicto, la lucha, el dolor do mantener ese estado constantemente.

Un alumno: ¿Cómo podemos eliminar el orgullo, vernos libres de él?

Krishnamurti: Acabo de deciros cómo hay que escuchar. Si hubieras realmente escuchado la respuesta a la última pregunta, habrías comprendido cómo se libra uno del orgullo, y estarías libre de él; pero lo que te interesa es la pregunta siguiente, te interesa descubrir cómo formularla; no escuchaste la primera pregunta ni la respuesta. Si escuchas lo que yo digo, descubrirás la verdad al respecto.

Estoy orgulloso porque he triunfado; he sido director de la escuela; he estado en Inglaterra, en América; he hecho grandes cosas; he aparecido en los diarios, etc. Estoy muy orgulloso y me digo a mí mismo “¿cómo habré de librarme del orgullo?”. ¿Por qué quiero estar libre? Esa es la cuestión importante, no cómo estar libre. ¿Pero por qué? ¿Cuál es el móvil, cuál es el incentivo? ¿Surge el incentivo porque encuentro que el orgullo me resulta nocivo, doloroso, porque espiritualmente no es bueno? Si ése es él móvil, procurar entonces librarme del orgullo es otra forma del orgullo, ¿verdad? Sigue importándome el logro. Si encuentro que el orgullo resulta muy doloroso, que es espiritualmente feo, me digo que debo estar libre de él. “Debo estar libre” contiene aún el mismo móvil que “debo tener éxito”. “Yo” continúo siendo lo importante. “Yo” debo estar libre, “yo” debo ahora lograr éxito. Mi lucha es por estar libre, y “yo” sigo siendo el centro. Lo importante, pues, no es cómo librarse del orgullo sino comprender el “yo”. El “yo” es muy sutil; un año desea esto, otro año desea aquello; y, cuando aquello resulta penoso, desea alguna otra cosa. Así, pues, mientras exista este centro del “yo”, el que yo tenga orgullo o sea humilde es de muy poca importancia. Es sólo una diferente chaqueta para ponerse. Cuando una chaqueta me gusta, me la pongo; y al año siguiente uso otra, lo cual depende de mis caprichos, de mis deseos.

Lo que debo comprender es cómo surge este “yo”. El “yo” surge a través de diversas formas del logro. Esto no significa que no debas actuar; pero el sentimiento de que actúas, el sentimiento de que logras, el sentimiento de que debes ser sin orgullo, ha de ser comprendido. Tienes que comprender la estructura del “yo”. Debo sentarte, observar, darte cuenta, ser consciente de tu pensar, del modo como tratas a tu sirviente, a tu madre, a tu padre, al maestro, al peón, a los que están más arriba y más abajo que tú, a los que respetas y a los que desprecias; todo ello indica las modalidades del “yo”. Luego, cuando conoces las modalidades, surge la comprensión; y entonces estás libre del “yo”. Eso es lo importante, no cómo librarse del orgullo.

Un alumno: ¿Cómo, puede un objeto de belleza ser para siempre un gozo?

Krishnamurti: ¿Eres un estudioso de los clásicos? ¿Es ése un pensamiento original tuyo, o una cita de alguien? Quieres, pues, averiguar si el júbilo y la belleza son perecederos, y cómo puede haber, un gozo eterno.

Un alumno: La belleza viene en ciertas formas.

Krishnamurti: ¿Es perecedera la belleza? El árbol, la hoja, el río, la mujer, el hombre, aquellos aldeanos que acarrean un pesado fardo sobre la cabeza y caminan con gracia…

Un alumno: Ellos van caminando, pero dejan una impresión.

Krishnamurti: Ellos van caminando, y de ello queda el recuerdo. Queda el recuerdo del árbol, de la hoja; de ello queda la belleza y el recuerdo. Ahora bien, ¿es el recuerdo un júbilo vivo? Cuando tú ves una cosa hermosa, hay gozo inmediato; ves una puesta de sol y hay una inmediata reacción de júbilo. Ese júbilo se convierte en recuerdo unos pocos instantes después. ¿Ese recuerdo del júbilo es acaso algo viviente? ¿El recuerdo de la puesta de sol es cosa viva? No, es cosa muerta. De suerte que con la impresión muerta de una puesta de sol, a través de eso, quieres hallar júbilo. El recuerdo carece de júbilo; es sólo la reminiscencia de algo que produjo el júbilo. El recuerdo en sí no encierra gozo alguno. Exista el júbilo, la inmediata reacción ante la belleza de un árbol; y luego la memoria interviene y destruye ese júbilo. Así, pues, si hay constante percepción de la, belleza sin acumulación de recuerdos, existe entonces la posibilidad de un gozo eterno. Pero no es tan fácil estar libre del recuerdo. En el momento en que ves algo muy agradable, inmediatamente haces de ello algo a lo cual te aferras. Ves una cosa bella, un hermoso niño, un hermoso árbol, y, cuando lo ves, hay placer inmediato; entonces quieres más. Ese “más” es la reacción de la memoria. De suerte que, cuando quieres más, ya has dado origen al proceso de desintegración. En eso no hay júbilo. Nunca puede la memoria producir júbilo eterno. Sólo hay gozo imperecedero cuando hay constante respuesta, a la belleza, a la fealdad, a todo —lo cual significa gran sensibilidad en lo íntimo y en lo externo— es decir, verdadero amor.

Un alumno: ¿Por qué los pobres son felices y los ricos desgraciados?

Krishnamurti: ¿Sabes tú que los pobres sean felices? ¿Has observado pobres que sean felices? ¿Has visto gente rica y desgraciada? ¿Son acaso los pobres particularmente felices? Puede que canten, que tengan “bhajans” (himnos religiosos), que bailen, ¿pero acaso son felices? Carecen de alimento, de ropa, de limpieza; tienen que trabajar de la mañana a la noche año tras año. Puede que ocasionalmente sean felices; pero ellos no son dichosos, ¿verdad? ¿Y los ricos, son desgraciados? Tienten qué comer, tienen ropa, tienen gran posición, viajan. Son desdichados cuando se ven frustrados, cuando encuentran obstáculos y no pueden conseguir lo que desean.

¿Qué entiendes tú por felicidad? Algunos dirán que la felicidad consiste, en obtener lo que; uno desea. Tú deseas un automóvil, lo consigues y eres feliz. Yo deseo un “sari” o vestidos; quiero ir a Europa, y, si lo puedo, soy feliz. Quiero ser el más gran profesor o el más gran político, y, si lo consigo, soy feliz; si no lo consigo soy desgraciado. Lo que llamáis felicidad, pues, es conseguir lo que queréis: el triunfo o el éxito, llegar a ser noble, lograr todo lo que deseáis. Mientras tú quieras algo y puedas conseguirlo, te sientes perfectamente feliz, no te ves frustrado; pero si no puedes conseguir lo que deseas, entonces empieza la infelicidad. Esto nos atañe a todos, no sólo a los ricos y a los pobres. Tanto los ricos como los pobres quieren conseguir algo para sí mismos, para su familia, para la sociedad; y si se les impide tal cosa, si se les pone obstáculos, son desgraciados. No estamos discutiendo, no decimos que los pobres no debieran tener lo que desean. El problema no es ese. Estamos tratando de descubrir qué es la felicidad, y si la felicidad es algo de que no es consciente. Cuando tenéis conciencia de que sois felices, de que poseéis mucho ¿es eso felicidad? En el momento en que sois conscientes de que sois felices, ello no es felicidad, ¿no es cierto? De modo que no podéis perseguir la felicidad. En el momento en que tenéis conciencia de ser humildes, no lo sois. La felicidad, pues, no es cosa que haya de ser perseguida; ella viene de por sí. Si la buscáis, empero, ella os esquivará.

Una alumna: Si bien hay progreso en diferentes direcciones, si bien la gente progresa en diferentes terrenos, ¿por qué no hay fraternidad?

Krishnamurti: ¿Qué entiendes por progreso?

La alumna: El progreso científico.

Krishnamurti: ¿Tal como el que media entre la carreta de bueyes y el avión a propulsión? Eso es progreso ¿verdad? Hace siglos sólo existía la carreta de bueyes; pero gradualmente, a través del tiempo, hemos desarrollado el avión a propulsión. A esto se le llama progreso científico. En la salud pública ha habido progreso gracias a la ciencia sanitaria, a una esmerada acción médica. Los medios de transporte en tiempos antiguos eran muy lentos y ahora son muy rápidos; dentro de las 24 horas puedes estar en Londres. A todas estas cosas las llamamos “progreso”. Ello no obstante, tú ves que aunque en una dirección estamos progresando, no nos desarrollamos ni progresamos igualmente en fraternidad.

Ahora bien, ¿es la fraternidad cuestión de progreso? Sabemos lo que entendemos por “progreso”: es lograr algo a través del tiempo, evolución. ¿Comprendes? Los hombres de ciencia dicen que hemos evolucionado del mono; dicen que a través de los siglos, de millones de años, hemos progresado desde el animal más inferior hasta el más elevado, o sea el hombre. ¿Pero la fraternidad es cuestión de progreso? ¿Es algo que pueda ser desarrollado a través del tiempo? Existe la unidad de la familia, de la sociedad, de la nación. De la nación se pasa a lo internacional y luego al mundo unido. El estado del mundo unido es lo que llamamos fraternidad. ¿Pero es cuestión de tiempo el sentimiento fraternal? ¿El sentimiento de fraternidad ha de ser cultivado a través del tiempo, pasando por las etapas de la familia, la comunidad, la nación, la sociedad, lo internacional, el mundo unido? ¿El sentimiento de fraternidad, que es amor, ha de ser cultivado paso a paso? ¿Es el amor una cuestión de tiempo? ¿Comprendes esto de que estoy hablando? Si yo digo que dentro de diez, de treinta, de cien años, habrá fraternidad, ¿qué es lo que ello indica? Ello indica que yo no amo, que no siento la fraternidad. Me pregunto si comprendes lo que estoy diciendo. Si yo digo “seré fraternal, amaré”, el hecho real es que no amo, que no tengo sentimiento fraternal. Cuando pienso: “yo seré”, no soy. Si logro, pues, eliminar este concepto de “seré” —seré fraternal dentro de cien años— entonces puedo empezar a descubrir que soy —que no soy fraternal— y entonces puedo empezar a obrar.

¿Qué es lo importante, lo que soy o lo que seré? No hay duda de que lo importante es lo que soy, porque entonces puedo habérmelas con ello. Pero lo que seré es algo que pertenece al futuro y no puede predecirse. El hecho es que no tengo sentimiento fraternal, no amo. Ese es un hecho; con ese hecho empiezo, y de inmediato hago algo al respecto. Pero digo “seré tal o cual cosa”, ello resulta demasiado vago, y es entonces idealismo. El idealista es un individuo que huye de lo que es. Todos los idealistas son gente que escapa, que huye del hecho, el cual puede ser alterado.

Diciembre 21 de 1952.

XI

Recordareis que hemos estado hablando del miedo. Ahora bien, ¿no ha de atribuirse también al miedo la acumulación de conocimientos? Este es un tema difícil; veamos, pues, si podemos considerarlo, examinarlo con mucho cuidado. Como acabo de decirlo, el miedo toma la forma de conocimiento, y es por eso que los seres humanos acumulan conocimientos y rinden culto al saber. Creen que el conocimiento es muy importante en la vida: conocimiento de lo que ha acontecido, conocimiento de lo que acontecerá, conocimiento no sólo científico sino así llamado “espiritual”. Todo el proceso de acumular información llega gradualmente a ser algo a lo cual rendimos culto: el saber. ¿Y eso no surge también del trasfondo del miedo? Sentimos que si no supiéramos estaríamos perdidos, no sabríamos conducirnos, no sabríamos comportarnos. Gradualmente, pues, con las creencias y experiencias ajenas, con nuestras propias experiencias, con los conocimientos obtenidos de los libros, con lo que los sabios han dicho, vamos edificando un saber que se convierte en tradición; y detrás de esa tradición, detrás de ese saber, nos refugiamos. Creemos que ese saber resulta esencial; sentimos que, sin tales conocimientos estaremos perdidos, no sabremos qué hacer.

Ahora bien, ¿qué entendemos por conocimiento o saber cuando hablamos de ello? ¿Qué es lo qué sabemos? ¿Qué sabéis vosotros cuando consideráis los conocimientos que habéis acumulado? ¿De qué se trata? En determinado nivel, el conocimiento es importante, como cuando se trata de ciencia, de ingeniería; pero más allá de eso, ¿qué es lo que sabemos? ¿Habéis considerado alguna vez el proceso de acumular conocimientos? ¿Por qué es que pasáis exámenes, por qué es que estudiáis? Ello es necesario —¿verdad?— en ciertos niveles; porque sin conocimientos de matemáticas, de geografía, de historia, ¿cómo se puede ser ingeniero, hombre de ciencia? Todo contacto social se basa en esos conocimientos; y no podríamos seguir ganándonos la vida sin ellos. Esa clase de cocimientos, es esencial. Más allá de eso, ¿qué sabemos?

Como acabo de decirlo, el saber resulta esencial en ciertos niveles de nuestra existencia, indispensable para vivir. Pero más allá de eso, ¿cuál es la naturaleza del conocimiento? ¿Qué queremos significar cuando decimos que el conocimiento es necesario para encontrar a Dios, o que el saber es necesario para conocerse uno mismo, o que resultan indispensables los conocimientos para abrirse camino a través de todos los torbellinos de la vida? Aquí entendemos por conocimiento, experiencia. ¿Qué es lo que experimentamos? ¿Qué es lo que conocemos? ¿No emplea este conocimiento el “ego”, el “yo”, para fortalecerse a sí mismo? Digamos, por ejemplo, que he logrado cierta posición social. Esa experiencia, el éxito de la misma, su prestigio, su poder, me brinda cierta sensación de seguridad, de comodidad; y así el conocimiento de mi éxito, de que soy poderoso, de que tengo poderío, posición, el conocimiento de que soy “alguien”, refuerza el “yo”, ¿no es así? Nos valemos, pues, del conocimiento como medio de fortalecer el “ego”, el “mí”. ¿No habéis notado cuan inflados de saber son los “pandits” (eruditos), o vuestro padre, vuestra madre o vuestro maestro? El saber; les da el sentido de la expansión del “yo”, cierto “yo sé y tú no sabes; yo tengo más experiencia y tú no la tienes”. Y así, poco a poco, el conocimiento que es mera información engendra la vanidad y llega a ser el sustento, el alimento, la nutrición del “ego”, del “yo”; Pues el “ego” no puede existir sin alguna forma de dependencia como parásito. El hombre de ciencia se vale de su saber para alimentar su vanidad, para tener la sensación de que es “alguien”. Lo mismo ocurre con los “pandits”, con los maestros, con los padres, con los guías espirituales: todos ellos quieren ser “alguien” en este mundo... Utilizan, pues, sus conocimientos como medio para eso, para realizar ese deseo; y cuando examináis sus palabras para ver qué hay detrás de ellas, ¿qué es lo que halláis? ¿Qué es lo que ellos conocen? Sólo conocen lo que el libro contiene; o conocen lo que han experimentado, dependiendo las experiencias del trasfondo de su condicionamiento. De suerte que la mayoría de nosotros estamos llenos de palabras, de información que llamamos “saber”; y sin eso estamos perdidos. El miedo, pues, está en acecho ahí mismo, tras el biombo de las palabras, de la información; y esto lo transformamos en, “conocimiento”, en medios para nuestra vocación en la vida.

Así, pues, donde hay miedo no, hay amor, y el conocimiento sin amor destruye al hombre. Es lo que está ocurriendo en el mundo actualmente. Por ejemplo: existe el conocimiento acerca de cómo alimentar a los seres humanos a través del mundo, pero no se hace tal cosa. Se sabe cómo alimentarlos, vestirlos y albergarlos; pero ello no se hace porque cada grupo de hombres se halla separado de los demás por sus empeños nacionalistas y; egoístas. Si existiese un deseo real de impedir la guerra, ello podría hacerse; pero por la misma razón no se hace. De suerte que el conocimiento sin amor carece de sentido. Sólo es un medio de destrucción. Hasta que comprendamos esto, el mero hecho de pasar exámenes o de tener posición, prestigio o poder, conduce a la degeneración, a la corrupción, al lento marchitamiento de la dignidad humana. Lo importante, pues, no es sólo el tener conocimientos en determinados niveles —ello resulta indispensable— sino el cultivar este sentir, el percibir cómo se utiliza el saber para el egotismo, para fines egoístas. Observad cómo se emplea la experiencia como medio de autoexpansión, como medio de poder, de prestigio para uno mismo. Observadlo, y veréis cómo la gente mayor que ocupa posiciones está apegada a sus éxitos, se aferra a su posición. Quieren construir un nido para sí mismos a fin de ser poderosos, de tener prestigio, posición y autoridad; y ellos sobreviven porque cada cual desea hacer lo mismo, desea ser “alguien”. No queréis ser vosotros mismos —lo que fuere que seáis— pero deseáis ser “alguien”.

Hay una diferencia entre ser y querer ser. Él deseo de ser persiste a través del saber que se utiliza para el propio engrandecimiento, para el poder, la posición, el prestigio. Lo importante, pues, para todos nosotros —para vosotros y para mí a medida que maduramos— es ver todos estos problemas y examinarlos, ver si no respetamos a una persona simplemente porque tiene un título, un nombre, una posición. Muy poco es lo que sabemos. Puede que tengamos amplio conocimiento de libros; pero muy pocos son los que tienen experiencia directa de algo. Es la vivencia directa de la realidad, del Dios, lo que tiene vital importancia. Y para ello es preciso que haya amor.

Diciembre 22 de 1952.

XII

¿No es muy importante, mientras somos jóvenes, que seamos amados y amemos? A mí me parece que la mayoría de nosotros no amamos ni somos amados. Y considero esencial que este problema lo comprendamos muy seriamente mientras somos jóvenes; porque cuando somos jóvenes podemos tal vez ser lo bastante sensibles para sentirlo, para conocer su calidad, para percibir su perfume; y éste, cuando avancemos en edad, tal vez no quede del todo destruido. Consideremos, pues, la cuestión. No se trata de que no hayáis de ser amados sino de que debierais amar. ¿Qué es lo que ello significa? ¿Es acaso un ideal? ¿Es alguna cosa lejana e inasequible? ¿O es algo que cada uno de nosotros puede sentir en los momentos libres de que dispone en el día? El sentir eso, el percibir y conocer la cualidad de la simpatía, de la comprensión, el ayudar de un modo natural, el auxiliar a otro sin móvil alguno, el ser bondadoso, generoso, el sentir simpatía, el cuidar de algo, el atender a un perro, el ser simpático con el aldeano y generoso con el amigo, el perdonar, ¿es eso lo que entendemos por amor? ¿O el amor es algo en que no existe sentido alguno de resentimiento, algo que es eterno perdón? ¿Y no será posible sentir eso mientras somos jóvenes? La mayoría de nosotros sí lo sentimos cuando somos jóvenes; es una sensación de angustia por los demás, de simpatía hacia el aldeano, hacia el perro, hacia aquéllos que son poca cosa. ¿Y no se debiera constantemente alimentar eso? No debierais siempre, en algún momento del día, ayudar a alguien, u ocuparos de un árbol o de un jardín, o prestar algún servicio en vuestra casa o alojamiento, de suerte que, mientras llegáis a la madurez, sepáis qué es el ser naturalmente considerados —no con una consideración forzada ni con una consideración que es mero vocablo negativo para designar la propia felicidad— sino con esa consideración que carece de móvil? ¿No debierais, pues, mientras sois jóvenes, conocer esa cualidad del verdadero afecto? Ella no puede ser suscitada; es preciso que la tengáis. Y los que están encargados de vosotros, vuestro tutor, vuestros padres, vuestros maestros, también deben tenerla. La mayoría de las personas no la tienen. Les preocupan sus propios logros, sus anhelos, sus éxitos, sus conocimientos, lo que ellos han realizado. Le han atribuido tan colosal importancia a su pasado, que éste al final los destruye.

¿No debierais pues, mientras sois jóvenes, saber qué es el ocuparos de las habitaciones, de un cierto número de árboles que vosotros mismos hayáis plantado, para que haya en vosotros un sentimiento, un sutil sentimiento de simpatía, de cuidado, de generosidad, de generosidad efectiva? Esta última no es la mera generosidad de la mente: significa que dais a alguien lo poco que podáis tener. Si ello no es así, si no sentís eso mientras sois jóvenes, muy difícil será que la sintáis cuando seáis viejos. Y entonces tal vez, si tenéis ese sentimiento de amor, de generosidad, de bondad, de dulzura, podréis despertarlo en otros. Y, eso implica —¿verdad?— que la simpatía y el afecto no son el resultado del miedo. Observad, empero, qué es muy difícil desarrollarse en este mundo sin miedo, sin que la acción responda a algún móvil personal. Los de la vieja generación nunca han pensado en el problema del miedo; o si han pensado en ello de un modo abstracto, general, nunca lo han aplicado efectivamente en la existencia diaria, nunca han examinado el problema. Si vosotros que todavía observáis, crecéis, inquirís, si vosotros no sabéis qué es lo que causa miedo, creceréis como ellos; y entonces, como la mala hierba que se halla oculta, el miedo crecerá de más en más, se multiplicará y deformará vuestra mente.

Lo importante, pues, es que seáis sensibles a las cosas que ocurren en torno vuestro: cómo hablan los maestros, cómo se conducen vuestros padres y cómo os comportáis vosotros mismos. Así será percibida y comprendida esta cuestión del miedo.

Observad esto: la mayoría de la gente adulta cree que alguna clase de disciplina es necesaria. ¿Sabéis qué es la disciplina? Es el proceso, la manera de haceros hacer algo que no deseáis hacer, manera que vosotros mismos habéis desarrollado y por medio de la cual, por lo tanto, queréis lograr un resultado. Digamos, por ejemplo, que tenéis la costumbre de fumar o de mascar hojas de betel. ¿Cuál es la manera de poner fin a eso? Al modo de terminar con un hábito se le llama por lo general “disciplina de la mente” para resistir esa acción en particular. Esto es, yo fumo; ¿cuál es el modo de terminar con eso? O si yo masco hojas de betel ¿de qué manera será posible que esa costumbre termine? La idea existe de que hay que resistir el mascar hojas o el fumar. La resistencia engendra miedo; y, como sois miedosos, desarrolláis este proceso de resistir a todo. Si comprendierais, en cambio, por qué fumáis, si lo examinarais, si pensarais en ello y hablarais de ello, si os dieseis cuenta de ello o si se os ayudase a adquirir conciencia de ello, veríais que, observándolo constantemente, no se desarrollaría en vosotros el temor contra esta resistencia. De suerte que la disciplina no es la senda del amor.

Donde hay disciplina hay miedo. Y, en un lugar como éste, la disciplina debiera evitarse a cualquier precio. La disciplina es coacción, resistencia, persuasión, compulsión, ofrecimiento a vosotros de una recompensa, o el haceros hacer algo que no comprendéis realmente. Si algo no lo comprendéis, no lo hagáis; no os dejéis compeler a hacerlo. Pedid una explicación, sin ser obstinados; tratad de descubrir, y así vuestra mente llegará a ser muy flexible, muy sutil; y así no habrá temor involucrado en ello. Pero si os veis compelidos por personas mayores, por la autoridad, por vuestros padres, entonces reprimís vuestra mente y el miedo surge; y ese miedo os persigue como sombra a través de la existencia. No os sometáis, pues, a determinado tipo de pensamiento ni a determinada norma de acción. La gente de edad no puede pensar sino en esos términos. Os hacen hacer algo “por vuestro bien”. El mero hecho de haceros hacer algo “por vuestro bien” destruye vuestra sensibilidad, vuestra capacidad de comprender y por lo tanto vuestro amor. Todo esto resulta muy difícil por ser tan poderoso el mundo que nos rodea; hacemos las cosas irreflexivamente y caemos en un hábito; y luego nos resulta dificilísimo deshacernos de él.

¿Debiera haber autoridad en un lugar como éste? ¿O debierais acudir a vuestros maestros, discutir estos problemas, examinarlos, comprenderlos, a fin de que, cuando crezcáis y dejéis este lugar, lo hagáis como seres humanos inteligentes, capaces de enfrentarse con los problemas del mundo? No podéis tener esa inteligencia si en vosotros hay alguna clase de temor. El miedo sólo os vuelve obstinados, os refrena; el miedo destruye eso que llamamos simpatía, generosidad, afecto, amor. Guardaos bien, por consiguiente, de dejaros disciplinar según una norma de acción. En vez de eso, averiguad y descubrid, lo cual significa que vosotros y el maestro debéis tener tiempo para ello; si no hay tiempo, hay que inventarlo, porque el miedo tiene más importancia que cualquier examen de cualquier grado, porque el miedo es una fuente de corrupción y es el principio de la degeneración.

Un alumno: ¿Qué es el amor en su propia esencia?

Krishnamurti: ¿Qué es, intrínsecamente, el amor? ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Preguntas qué es el amor sin móvil, sin incentivo? Escucha atentamente y lo descubrirás. Estamos encaminando la cuestión, pero no para descubrir la respuesta. Bien sabéis que, en vuestros estudios de matemáticas o al hacer una pregunta, la mayoría de vosotros desea una respuesta. Lo que más os interesa es la respuesta, no el problema. Si comprendéis el problema, si lo estudiáis, si lo examináis, si ahondáis en él, si lo analizáis, la respuesta está en el problema., Descubriremos, pues, qué es la respuesta comprendiendo qué es el problema, no buscando una respuesta, al final del libro o buscándola en el Bhagavad Gítá, o en la Biblia, o en el Corán, o en algún libro sagrado, o preguntándosela a algún profesor o conferenciante. Si miramos el problema, la respuesta surgirá de él. Una fruta no puede producirse sin el árbol; mas lo que generalmente hacemos es examinar la fruta del árbol sin comprender la estructura íntegra del árbol, sin comprender cómo crece el árbol. La fruta forma parte del árbol; no son dos cosas separadas. De un modo análogo, en el problema está, la respuesta; la respuesta no está separada del problema. No aguardéis una respuesta, simplemente. Las respuestas a vuestros problemas matemáticos están en vuestro esfuerzo personal, en vuestra investigación, en vuestra búsqueda para comprender los problemas. La verdadera respuesta la hallaréis en vuestra observación del problema.

El problema ahora es éste: ¿qué es el amor sin móvil? ¿Puede haber amor sin incentivo alguno, sin obtener nada del amor para uno mismo? ¿Puede haber amor en el que no quepa el resentimiento, en el que no exista sensación alguna de agravio cuando el amor no es retribuido? ¿Puede haber amor cuando dais y no recibís? Cuando dais, ¿no os duele que la persona no os retribuya? Cuando, os ofrezco mi amistad, me volvéis la espalda y entonces yo me siento herido. ¿Proviene acaso de mi amistad, de mi generosidad, de mi simpatía, ese agravio que siento? Mientras pueda haber, pues, resentimiento, mientras haya temor, mientras algo que yo haga en vuestra ayuda sea para que vosotros me ayudéis —a eso se le llama “servicio”— veréis que el móvil no es el amor. Si esto tú lo comprendes, ahí tienes la respuesta.

Un alumno: ¿Qué es la religión?

Krishnamurti: ¿Lo que quieres es conocer mi propia respuesta o descubrir la verdad acerca de lo que es la verdadera religión? ¿Andas buscando una respuesta de alguien, sea él grande o sea él estúpido? ¿O tratas de descubrir la verdad acerca de lo que es la verdadera religión?

Si procuras descubrir la verdad acerca de lo que es la verdadera religión, ¿qué tienes que hacer? Tienes que dejar todo de lado. Si yo tengo muchas ventanas de colores, ventanas sucias, y quiero ver la clara luz del sol; si deseo saber qué es la verdadera luz, debo limpiar las ventanas o abrirlas y salir. De un modo análogo, tú deseas descubrir qué es la verdadera religión. Debes entonces averiguar qué es lo que ella no es, debes enfocarla sin afirmar ni negar, como quien abre la ventana. Debes averiguar primero lo que ella no es, y luego hacer eso a un lado. Entonces puedes descubrir; entonces te hallas en estado de percepción directa.

Nosotros vamos a averiguar qué es la verdadera religión; empecemos, pues, por descubrir lo que ella no es. Los ritos, las ceremonias, ¿son acaso religión? Repetís una y otra vez ciertos ritos, ciertos “mantrams” (fórmulas de encantamiento) frente a un ídolo. Ello podrá brindaros una sensación de placer, de satisfacción. ¿Es eso religión? ¿Es religión el ponerse el hilo sagrado? Es obvio que no puede serlo. Debemos, pues, averiguar si el llamaros budistas, hindúes, cristianos, y aceptar cierta tradición, cierto dogma, cierto ritual, es religión. Eso no lo es, evidentemente. La religión, pues, ha de ser algo que sólo se puede encontrar cuando la mente ha comprendido y desechado todo eso. Las divisiones entre los hombres no son religión, ¿verdad? Tú eres musulmán, yo soy cristiano; yo creo en algo, tú no crees en ello. Tu creencia nada tiene que ver con la religión como tal. El que tú creas en Dios o yo no crea en Dios, nada tiene que ver con ella, porque tu creencia está condicionada por la sociedad en que vives, ¿no es así? La sociedad que te rodea deja su marca en tus creencias, en tus temores, e induce a tu mente a creer en ciertas cosas. La creencia nada tiene que ver con la religión. Tú crees de un modo y yo de otro, porque da la casualidad que he nacido en Inglaterra, en Rusia o en América. La creencia es tan sólo el resultado del condicionamiento; nada, por lo tanto, tiene ella que ver con la religión.

¿Es religión el buscar la salvación personal? Yo quiero estar a salvo, quiero alcanzar el nirvana, el “moksha” (liberación), la salvación. Tengo que encontrar un lugar para mí al lado de Jesús, de Buda, de tal o cual dios. Tu religión no es cosa que me brinde profunda satisfacción o consuelo; tengo, pues, mi religión. Es preciso que tu mente esté libre de todas estas cosas, y sólo entonces descubrirás qué es la verdadera religión.

¿Es religión simplemente el hacer el bien, prestar servicios o ayudar al prójimo? ¿O es algo más? —lo cual no significa que no debamos ser generosos o bondadosos. ¿Pero es eso todo? ¿No será la religión algo mucho más grande, mucho más puro, más vasto, más expansivo que cualquier mera concepción de la mente? Todas estas cosas debes saberlas para comprender qué es la verdadera religión. Es como salir a andar a pleno sol. Entonces no preguntaré qué es la verdadera religión; entonces sabré. Y entonces habrá vivencia directa de aquello que es verdadero.

Una señora: Supongamos que alguien es desgraciado y quiere ser feliz. ¿Es eso ambición?

Krishnamurti: ¿Escuchó Vd. lo que antes estuvimos diciendo? Usted no escucha. Si hubiera sabido escuchar realmente lo que se estuvo diciendo, habría encontrado de inmediato qué es la verdadera religión. Es como si alguien le dice “vaya a abrir la puerta y sabrá qué es la luz del sol”. Como Vd. está sentada en la habitación y es perezosa, no se quiere mover y dice “por favor, dígame Vd. qué es la luz solar, y yo le escucharé muy atentamente”. Pero yo digo “vaya a la puerta, ábrala, y sabrá sin preguntar”. Si eso lo ha escuchado Vd. de veras, habrá ido a la puerta y habrá visto la luz del sol. Esa es la belleza de haber escuchado tan completamente que ya ha abierto Vd. la puerta y se halla en pleno sol.

La señora pregunta: “si deseo ayudar a alguien que está sufriendo, ¿es eso ambición?”. Si alguien es desgraciado y desea llegar a ser feliz, ¿es eso ambición? ¿La verdad es acaso ambición? Soy desdichado, mi padre o mi hijo ha muerto, sufro hambre, soy desgraciado. Estar apenado, sentir dolor, sufrir físicamente, sentir dolor emocional, dolor íntimo o dolor externo, la pérdida de alguien que yo creo amar —todo eso lo conocemos. ¿Cuál es el proceso de llegar a ser feliz? ¿Comprende usted? Cuando soy feliz, ¿puedo jamás saberlo? Sólo puedo saber que he sido feliz. Nunca puedo saberlo en el momento mismo en que soy feliz. Sólo puedo saber de la felicidad cuando ella ha terminado, como el placer. En el momento del placer no os dais cuenta de él. Sólo un segundo después decís “¡qué feliz, qué agradable fue aquello!”. Si decís “estoy sufriendo, quiero que termine mi sufrimiento”, ¿es eso ambición? Eso es un instinto natural de toda persona; eso no es ambición. ¿No es un instinto natural de todos nosotros el de no tener miedo, el de no sufrir dolor físico o emocional? Pero la vida es tal que el dolor lo experimentáis constantemente. Yo como algo que no me sienta, y tengo dolor de estómago. Alguien me dice algo y me siento ofendido. Deseo hacer algo que alguien impide, y me siento frustrado, desdichado. La vida, pues, actúa constantemente sobre mí, me agrade o no me agrade; es decir, sufro una ofensa, me veo frustrado, y la reacción es el dolor. ¿No es cierto? Lo que tengo que hacer, pues, es comprender eso. Pero le huyo.

Observad que lo que ocurre es esto: sufro internamente, recurro a alguien, huyo de mi sentimiento de dolor; leo un libro, escucho la radio o me voy a practicar una ceremonia religiosa. Todo esto indica que huyo del sufrimiento. Si huís de algo, es obvio que no lo comprendéis. Pero si lo miráis, empezáis a comprender el problema que ello involucra; y el buscar la comprensión del problema no es ambición. Llegará a ser ambición, empero, cuando deseéis huir del problema, cuando os apeguéis a él, cuando lo combatáis, cuando en torno de él erijáis gradualmente teorías y esperanzas. Así, pues, de una manera, más sutil, la cosa hacia la cual empezáis a huir llega a ser lo importante. El hecho mismo de volverse ella importante es la autoidentificación con ella, la identificación de vosotros mismos con ella, el identificaros con vuestro país, con vuestra posición, con vuestro Dios; y ésta es una forma de ambición.

Diciembre 23 de 1952.

XIII

Tal vez lo que hemos estado discutiendo durante las dos últimas semanas pueda enfocarse desde un punto de vista diferente. Bien sabéis que lo que yo digo no es cosa para ser recordada. ¿Sabéis qué significa “recordar”? Significa tratar de almacenar en vuestra mente lo que habéis oído, o lo que habéis visto, o lo que habéis leído, que ha de rememorarse ya sea para pensar en ello o para seguirlo. Pero aquí no hacemos eso. Vosotros no tratáis de recordar lo que os he estado diciendo. Si rememoráis lo que os he estado diciendo, ello será mero recuerdo; no será una cosa viva. Esto no es como una clase en la que tomáis notas mientras escucháis. Eso es sólo para recordar lo que habéis oído; y lo que habéis oído, si os limitáis a recordarlo, no es cosa que comprendáis. Y lo que importa es la comprensión, no la rememoración. Espero que veáis la diferencia entre recordar y comprender. Comprender es algo inmediato, directo, algo que vivenciáis intensamente. Pero si simplemente recordáis lo que habéis oído durante estas mañanas, ello actuará como guía, como algo para ser comparado, para ser seguido, como un lema, como la rememoración de una idea que debiera seguirse, imitarse, servir de guía, de ejemplo, como algo en lo cual basar vuestra vida. Pero la comprensión es algo que no rememoráis. Es una presión continua, constante.

Si comprendéis, pues, lo que yo he estado diciendo —si lo comprendéis, no si lo recordáis— veréis entonces que vuestra acción, lo que vosotros hacéis, está en relación con vuestra comprensión. Si recordáis, trataréis de comparar vuestra acción o modificarla; o de adaptar vuestra acción a lo que recordéis. Pero si comprendéis, esa comprensión misma produce acción, y no necesitáis actuar según vuestro recuerdo. Es por eso que resulta muy importante escuchar, no recordar sino comprender de inmediato.

Si recordáis ciertos dichos, ciertos sentimientos que aquí se despiertan, ciertas frases, ciertas palabras, trataréis de comparar vuestra acción con lo que recordáis. Habrá siempre, pues, una brecha entre lo que recordáis y vuestra acción. Pero si comprendéis, no hay imitación alguna. De suerte que resulta muy importante, vitalmente importante, el ver que realmente comprendéis. Cualquier tonto puede recordar, cualquier persona con determinadas capacidades pueden pasar un examen, porque recuerda; pero si comprendéis las cosas involucradas en lo que veis, en lo que oís, en lo que sentís, esa misma comprensión provoca una acción que no necesitáis guiar, dirigir, controlar. Si recordáis, siempre estaréis comparando; y la comparación engendra envidia. Nuestra sociedad está enteramente basada en esa estructura de envidia y espíritu adquisitivo. De modo que la mera comparación con lo que recordáis no ayudará a traer comprensión. En la comprensión hay amor. Esto no es mera “intelectualización”, es decir, un pensamiento mental, un proceso mental en el cual comparáis, en el cual imitáis, en el cual seguís, en el cual hay siempre el peligro del conductor y de los conducidos. ¿Comprendéis eso?

En este mundo la estructura de la sociedad se basa en el conductor y los conducidos, en el ejemplo y el que sigue el ejemplo, en el héroe y el que rinde culto al héroe. Si penetráis detrás de este proceso de seguir y ser vosotros los conducidos, veréis que donde seguís no hay iniciativa, no hay libertad para vosotros ni para el líder; porque vosotros plasmáis al líder y lo controláis, y el líder os controla a vosotros. Si seguís ejemplos —ejemplos de sacrificio de uno mismo, ejemplos de grandeza, ejemplos de éxito, ejemplos de amor— esos ejemplos llegan entonces a ser los ideales que han de ser recordados y seguidos; de suerte que entre el ideal y la acción tenéis una brecha, una división. Un hombre que comprende esto realmente, no tiene ideal alguno; él no imita un ejemplo ni sigue a nadie; para él no hay guía espiritual, ni “mahatma”, ni conductores históricos; porque él comprende constantemente lo que oye, ya sea al padre o a la madre, al maestro, o a la persona que, como yo, se introduce ocasionalmente en su vida.

Ahora estáis escuchando; comprendéis, no seguís. Aquí no imitáis. Por lo tanto no hay miedo, y no habiendo miedo hay amor.

Es muy importante, pues, que veáis esto muy claramente por vosotros mismos, para que no seáis hechizados e hipnotizados por héroes, por ejemplos, por ideales. Los ejemplos, los héroes, los ideales, así como las cosas que se recuerdan, pronto caen en el olvido. Tiene que haber, por lo tanto, un constante recordatorio mediante un cuadro, un ideal, un “slogan” o lema. Si tenéis un ideal, un ejemplo, los seguís; eso es recordar, simplemente. En ese recuerdo no hay comprensión. El consiste tan sólo en comparar “lo que sois” con “lo que deseáis ser”. Esa comparación misma engendra envidia y miedo; y ella engendra autoridad, en la cual no hay amor. Por favor, comprended lodo esto, oíd todo esto muy atentamente, a fin de que no tengáis líderes, ni ejemplos, ni ideales para imitar, parar seguir, para copiar; y así, con dignidad, seréis seres humanos libres. No podéis ser libres si estáis perpetuamente comparándoos con el ideal, con lo que debierais ser. Si comprendéis lo que sois: ya sea feos, hermosos, miedosos, realmente lo que sois, ello no exige rememoración; la rememoración es simple recuerdo. Pero el observar, el percibir, el ser conscientes de lo que vosotros sois efectivamente, es el proceso de la comprensión; y éste no es un proceso de recordación, no es una manera de rememorar.

Si comprendierais realmente lo que estoy diciendo, si lo escucharais completamente, estaríais libres de todas las cosas que las pasadas generaciones han creado, que son absolutamente falsas y no tienen significación alguna; no tendríais ninguno de esos recuerdos, que sólo mutilan la mente y el corazón, engendran miedo y envidia. Si comprendéis realmente lo que yo digo, escucharéis. Puede que inconscientemente estéis escuchando de un modo muy profundo; así lo espero. Veréis entonces qué poder extraordinario ello trae, qué poder surge, cuando se escucha, cuando se está libre de recordación.

Un alumno: ¿Es la belleza una cualidad subjetiva u objetiva?

Krishnamurti: ¿Por qué haces esta pregunta? ¿Para escribir un ensayo al respecto? Como es sabido, en la escuela y en la Universidad se os pide que escribáis ensayos. ¿Qué hacéis en tal caso? Coleccionáis y leéis libros, y, como ardillas, recogéis ideas de los libros y de otras personas, las ponéis en el papel y las entregáis al examinador. ¿Es por eso que preguntas? Escucha, por favor. ¿O realmente quieres saber si la belleza es subjetiva u objetiva? ¿Quieres realmente comprender, descubrir, no simplemente recordar y decir “sí, eso es lo que él dijo”, o bien “es verdad o es falso”? Si realmente deseas comprenderlo, no simplemente recordarlo, prosigamos entonces.

Tú ves algo bello, el río desde la terraza; si no eres sensible, sigues tu camino. Ves un niño en andrajos, llorando; y si tú no aprecias las cosas que te rodean, si no te das cuenta de ellas, eso tiene entonces muy poco valor. Ahí va una mujer llevando un pesado fardo sobre la cabeza; su ropa está sucia, y ella está medio muerta de hambre, cansada. ¿Ves tú la belleza de su andar, eres sensible al estado en que ella se halla, al color de su vestido, por sucio que esté? Hay influencias objetivas que por doquiera te circundan; si tú no tienes esa sensibilidad, nunca las apreciarás, ¿no es así? Si eres sensible, te das cuenta no sólo de las cosas que llamas bellas sino también de las llamadas feas; lo eres bastante para ver el río, la verde campiña y los árboles a lo lejos, las nubes del atardecer, o para observar los aldeanos sucios, la gente medio muerta de hambre y con sucia vestimenta, que muy poco piensa y muy poco siente. A lo uno le llamamos “bello” y a lo otro “feo”. Si escuchas, verás que lo importante en esto es que tú te apegas a lo bello, a lo permanente, y observas lo bello; pero cierras los ojos para no ver lo feo. ¿No es acaso importante ser sensible a ambos, a lo que llamas bello y a lo que llamas feo? La falta de esa sensibilidad es lo que divide la vida en “lo feo” y “lo bello”. Pero si tú eres sensible, receptivo, capaz de apreciar tanto lo llamado feo como lo que es bello, encontrarás entonces su significación: que ambas cosas están llenas de sentido, que ambas brindan riqueza a la vida.

¿Es, pues, subjetiva u objetiva la belleza? Si tú fueras ciego, si fueras sordo, si no oyeras música alguna, ¿echarías de menos la belleza? ¿O será la belleza algo interior? Puede que no veas, que no oigas, pero el sentimiento, esa extraordinaria sensación de estar abierto, de apreciarlo todo aun cuando no oigas o no veas, de percibir íntimamente todas las cosas que ocurren dentro de ti, todo pensamiento, todo sentimiento, ¿no es eso también belleza, no es eso también subjetivo? Pero, como veis, nosotros creemos que la belleza es cosa exterior. Por eso es que compramos cuadros y los colgamos en la pared. Deseamos tener bonitos vestidos, lindos pantalones, sacos, turbantes; queremos tener todo lo que hay fuera de nosotros, pues tenemos miedo, sin un recordatorio, de perder algo en nuestro fuero íntimo. ¿Podéis dividir la vida, todo el proceso de la existencia, del vivir, en “subjetivo” y “objetivo”? ¿No es acaso una equivocación el dividir la vida en lo subjetivo y lo objetivo? El proceso es doble, ¿verdad? Es un proceso completo; sin lo externo, no hay lo interno; y sin lo interno no hay lo externo.

Un alumno: ¿Por qué es que el hombre fuerte elimina al débil?

Krishnamurti: ¿Haces tú eso? Averígualo. ¿Por qué cuando argumentas, o empleando tu fuerza física, rechazas a tu hermano menor, al más pequeño? ¿Por qué? Es porque quieres imponerte, porque quieres mostrar tu fuerza, que empiezas a hacerte sentir, a dominar, a rechazar al chiquillo a empujones; empiezas a buscar camorra porque quieres mostrar cuánto más fuerte eres tú, cuánto mejor, cuánto más poderoso. Lo mismo ocurre con la gente mayor. Han leído en los libros unos cuantos detalles más, tienen posición, tienen dinero, tienen autoridad, y entonces ellos te eliminan, te hacen a un lado; y tú aceptas que así te traten porque tú también quieres eliminar a alguien inferior a ti. Es así como la gente altamente colocada te elimina, y tú eliminas a los que están por debajo de ti. Cada cual quiere imponerse, dominar, mostrar poder sobre otros. El hecho mismo de mostrar poder le brinda satisfacción, la sensación de que eres “alguien”; porque casi ninguno de vosotros quiere ser “nada”, casi todos quieten ser “alguien”.

Un alumno: ¿Por qué, entonces, los peces más grandes quieren tragarse a los más pequeños?

Krishnamurti: Porque desean vivir. Los peces pequeños viven de los pequeñitos; y de los pequeños viven los grandes peces. Eso tal vez sea conforme a la naturaleza en el mundo animal. Es posible que no podáis alterar tal cosa, o sea que los peces grandes vivan de los pequeños. Pero el pez humano grande no necesita vivir del pequeño pez humano. Si sabéis emplear vuestra inteligencia, podéis evitar el vivir unos de otros, no sólo por razones físicas sino también por razones, psicológicas, internas. Si vosotros veis este problema, si lo comprendéis —lo cual es tener inteligencia— entonces no viviréis de otros. Pero es que deseáis vivir de otros; vivís, pues, de alguien más débil que vosotros. La libertad no significa que seáis libres de hacer cualquier cosa que os plazca. Sólo puede haber libertad donde hay inteligencia; y la inteligencia sólo puede surgir con la comprensión de las relaciones de vosotros conmigo y de todos nosotros juntos con los demás.

Un alumno: ¿Es verdad que los descubrimientos científicos facilitan nuestra vida?

Krishnamurti: ¿No la han facilitado, acaso? Tenéis electricidad, ¿no es así? Apretáis un botón y tenéis luz. En aquella habitación hay un teléfono, y si lo deseáis podéis comunicaros con Nueva York o escuchar a vuestros amigos en Benares. ¿No resulta fácil? O puedes subir a un avión y trasladarte a Delhi o a Nueva York. Todos ésos son descubrimientos científicos que han facilitado la vida. La ciencia también os ha dado la bomba atómica que puede destruir a los seres humanos. La ciencia no sólo ha contribuido a destruir seres humanos, sino también a curar enfermedades. Pero si no nos valemos del conocimiento científico con inteligencia, con amor, habremos de destruirnos nosotros mismos porque la ciencia está haciendo cada vez más descubrimientos, y hay bombas atómicas que destruirán a los seres humanos. Esto es, al utilizar el conocimiento sin amor, nos destruimos unos a otros aunque la ciencia contribuya a facilitar la vida.

Una alumna: ¿Qué es la muerte?

Krishnamurti: ¿Qué es la muerte?... ¡Qué pregunta para que la haga una niñita! Como bien lo sabes, tú ves cuerpos muertos que los llevan al río; has visto pájaros muertos, hojas muertas, árboles muertos, frutas que se marchitan, que se echan a perder. ¿No has visto los pájaros llenos de vida, gorjeando por la mañana, llamándose unos a otros? Puede que a la noche ya no existan; decaen y se mueren. Una persona que a la mañana está viva, puede ser alcanzada por un desastre y estar muerta al atardecer. Todo esto lo hemos visto. La muerte es común a todos nosotros. Todos terminaremos de esa manera. Puede que tú vivas treinta o cuarenta años llorando, sufriendo, llena de miedo; y al final de esos treinta o cuarenta años ya no existes.

¿Qué es la muerte y qué es el vivir? El problema es sin duda complejo, y no sé si quieres examinarlo. ¿Qué es lo que llamamos vivir, y qué es lo que llamamos muerte? Si yo sé, si puedo comprender qué es el vivir, entonces podré comprender que es la muerte. O se le tiene miedo, o no se la comprende. También ocurre que uno haya perdido algún ser querido y se sienta acongojado, solo; y eso, por lo tanto, nada tiene que ver con el vivir. Vosotros separáis la muerte de la vida. ¿Está la muerte separada de la vida? ¿No es acaso el vivir un proceso de morir?

¿Que significa para la mayoría de nosotros el vivir? Significa acumular, escoger, sufrir, reír. En el fondo de todo eso, detrás de todo placer y dolor, está el miedo: el miedo de terminar, el miedo de lo que habrá de acontecer mañana. Escuchad, por favor; preguntad después a vuestros maestros de qué os estoy hablando, interrogadlos, averiguad. Hay, pues, miedo detrás de esto: miedo de no tener nombre y renombre, propiedades, posición, lo cual queréis que continúe. Preguntáis, pues, qué es lo que ocurre después de la muerte. ¿Qué es la muerte, y qué es lo que termina? ¿La vida?

¿Qué es la vida? ¿Es la vida simplemente respirar oxígeno y expeler aire viciado? ¿Es eso la vida? Alimentarse, odiar, amar, poseer, adquirir, tener envidia, comparar: eso es lo que conocemos de la vida. Para la mayoría de nosotros, la vida es la constante batalla de dolor, de placer, de sufrimiento, que sostenemos. ¿Podrá terminar eso? ¿No debiéramos morir? En el otoño se caen las hojas de los árboles; con el tiempo frío se desprenden las hojas, y en primavera reaparecen. ¿Nosotros también no debiéramos, pues, morir para todo lo de ayer, para todas las acumulaciones, para todas las esperanzas, para todos los éxitos que hemos acopiado? ¿No debiéramos morir para todo eso y revivir nuevamente mañana, para que seamos lozanos como una hoja nueva, tierna y sensible? Para un hombre así, que constantemente está muriendo, no hay muerte. Mas para el hombre que dice “soy alguien, tengo que continuar”, para ese hombre siempre hay muerte y pira fúnebre; porque él no conoce el amor.

Diciembre 24 de 1952.

XJV

Es posible que lo que voy a tratar en la mañana de hoy resulte algo difícil; y si no comprendéis todo lo que ello implica, os sentiréis quizá dispuestos a discutirlo con vuestros mayores para asimilarlo mejor al tratar juntos el tema.

Diversos factores y sentimientos, y de distintas maneras, causan deterioro en los seres humanos. ¿Sabéis qué es deteriorarse, desintegrarse? ¿Qué significa “integrarse”? Significa no estar dividido, ser completo, esto es, estar integrado en forma tal que vuestros sentimientos y vuestro cuerpo sean enteramente uno solo, marchen al unísono y no se contradigan mutuamente, para que seáis seres humanos totales, sin conflicto. Eso es lo que implica la integración. Desintegrarse es lo opuesto, es decir, desbaratarse, dispersarse aquello que había estado junto, desgarrarse. De muchas maneras los seres humanos se destruyen a si mismos, se desintegran, se arruinan. Creo que uno de los principales factores es el sentimiento de envidia, que es tan sutil y que, bajo nombres diferentes, es considerado cosa digna, benéfica, como algo loable en la conducta humana.

¿Sabéis qué es la envidia? Ella empieza cuando sois muy pequeños. Se tiene envidia del amigo de mejor presencia que uno, del que tiene mejores cosas, mejor posición; se siente celos si en la clase él es mejor alumno, si obtiene más altas notas, si sus padres son mejores, si pertenece a una familia más distinguida. Los celos, pues, empiezan a una edad muy tierna, y gradualmente asumen la forma de rivalidad: obtener mejores notas, ser más atlético, hacer alguna cosa notable, ser más importante, ser más valioso, sobrepujar, eclipsar a otros. Eso comienza en la escuela cuando sois muy jóvenes, y, a medida que avanzáis en edad, se vuelve cada vez más fuerte: es la envidia de los ricos que quieren hacerse más ricos, la envidia de los pobres que quieren ser ricos, la envidia de los que han tenido experiencia y quieren más experiencia, la envidia de los que escriben y desean escribir aun mejor. El deseo mismo de mejorar, de ser más, de ser algo que valga la pena, de tener más experiencia, es el proceso adquisitivo: adquirir, acopiar, retener. Si lo observáis, existe en la mayoría de nosotros el instinto de conseguir más y más vestidos y otra ropa, más y más casas, más y más propiedad. Si no es eso, cuando avanzáis en edad deseáis más experiencia, tener más conocimientos, la sensación de que sabéis más que cualquiera otra persona, que habéis leído mucho más que otro; o que sois más íntimos de algún alto funcionario del gobierno; o en lo espiritual, en las cosas del fuero interno, deseáis saber que tenéis más experiencia que otros, queréis íntimamente ser conscientes de que sois humildes, de que sois virtuosos, de que podéis explicar las cosas mientras otros no lo pueden. Así, pues, cuanto más adquirís, mayor es la desintegración. Cuanto más tierras, bienes, renombre, experiencia, conocimientos adquiráis; cuanto más acumuléis, mayor será la desintegración. Deseáis adquirir más; de ahí dimana la enfermedad universal de los celos, de la envidia. ¿No habéis notado eso no sólo en vosotros mismos sino en la gente mayor que os rodea, cómo el maestro quiere ser profesor, cómo el profesor desea ser director, o cómo vuestro propio padre y madre quieren tener más bienes, un nombre más conocido? En el proceso de la lucha por adquirir llegáis a ser crueles. En esa adquisición no hay amor; en esa manera de vivir estáis en una batalla constante con el prójimo, con la sociedad. Hay constante temor, y todo esto se lo justifica. Aceptamos, pues, como inevitable que debemos ser celosos, que debemos adquirir, si bien le damos a ello un nombre diferente, un nombre que suena mejor que “adquisición” o “engendrar envidia”. Le llamamos “evolución”, “desarrollo”, “lucha”, y decimos que resulta indispensable. Pero bien veis que la mayoría de nosotros somos inconscientes de todo esto; casi ninguno se da cuenta de que somos codiciosos, de que somos adquisitivos, de que nuestro corazón está roído por la envidia, que nuestra mente está deteriorándose. Y cuando sí nos damos cuenta de ello, lo justificamos, o decimos que está mal, o tratamos de huir de ello.

La envidia, pues, es una cosa muy difícil de descubrir o poner de manifiesto, porque la mente es el centro de esa envidia. La mente es envidiosa. La estructura de la mente se basa en la adquisición y en la envidia. Observad vuestros pensamientos, la manera como pensáis, por ejemplo. El modo como se piensa es por lo general un proceso de mera comparación: “yo puedo explicar mejor”, “yo tengo mayores recuerdos”. En ese “más” consiste el funcionamiento de la mente. Comprendedlo: ésa es su manera de existir. Interrumpidla, y veréis qué le ocurre a la mente. Si no podéis pensar en términos de “más”, hallareis en extremo difícil pensar. De suerte que el “más” es el proceso comparativo del pensamiento que engendra el tiempo: tiempo para devenir, para llegar a ser “alguien”. Este es, pues, el proceso de la envidia, de la adquisición, del pensar comparativo: “soy esto y algún día quisiera ser aquello”; “soy feo pero algún día he de ser hermoso”. De modo que el espíritu adquisitivo, la envidia, el pensar comparativo, produce descontento, desasosiego. En contraste con eso, decimos que debemos contentarnos, que debemos estar contentos con lo que tenemos. Eso es lo que dicen los que están en la cumbre de la escala... Las religiones predican universalmente el contentamiento.

El contentamiento no es un contraste; no es lo opuesto del espíritu adquisitivo, como generalmente se lo entiende. El contento es algo mucho más vasto y mucho más significativo que lo opuesto del afán adquisitivo, que lo opuesto de la envidia, lo cual es convertirse en entes vegetativos, muertos, como son la mayoría de las personas. La gente, en su mayoría, se halla muy serena, pero interiormente está muerta; y como ellos han cultivado ese sentimiento de lo opuesto —de lo opuesto de todo lo que ellos son— dicen “soy envidioso pero no debo ser envidioso”. En contraste con la incesante lucha de la envidia, podréis vosotros renegar de todo lo que sois, decir que no habréis de adquirir, que os vais a vestir de taparrabo. Pero este mismísimo deseo de ser bueno, este mismísimo deseo de perseguir lo opuesto, sigue estando en el tiempo, en la visión de la envidia, en el sentimiento de envidia; vosotros seguís deseando ser “algo”. Pero el contento no es eso. El contento es algo mucho más creativo, mucho más profundo. El contento no es cuando optáis por contentaros; el contento no viene de esa manera. El contento viene cuando comprendéis lo que vosotros sois, lo que realmente sois y no lo que debierais ser.

Creéis que el contento viene cuando lográis todo lo que deseáis. Deseáis ser recaudadores o grandes santos, y creéis que en eso tendréis contento. Es, pues, por el proceso de la envidia que esperáis llegar al contento. Es decir, por un proceso equivocado queréis lograr el resultado debido. El contento no es eso. El contento es algo muy vital. Es un estado de “creatividad” en el que existe comprensión de lo que es efectivamente. Si comprendéis lo que realmente sois de instante en instante, de día en día, entonces, si persistís en eso y lo comprendéis, veréis surgir de ello un extraordinario sentimiento de inmensidad, de ilimitada comprensión. Es decir, si soy codicioso, eso es lo que quiero comprender, no cómo llegar a ser “no codicioso”: el deseo mismo de llegar a ser “no codicioso” sigue siendo codicia.

Nuestra estructura religiosa, nuestras maneras de pensar, nuestra vida social, todo se basa en el espíritu adquisitivo, en un sistema de envidia; y durante siglos se nos ha educado así. Estamos tan condicionados que no podemos pensar prescindiendo de la idea de “mejor”, de “más”. Como no podemos pensar apartándonos de eso, hacemos de la envidia una virtud; no la llamamos envidia, le damos un nombre diferente; pero si vais tras de las palabras y observáis aquello, veréis que ese extraordinario sentimiento es egotista, es decir, autoinclusivo y limitador del pensamiento.

La mente que está limitada por la envidia, por el “yo”, por el afán de adquirir rosas o virtud, una mente así jamás podrá ser verdaderamente religiosa. La mente religiosa no es una mente comparativa. La mente religiosa ve lo que es y comprende toda la significación que hay detrás de ello. Por eso resulta muy importante comprenderos a vosotros mismos, comprender el funcionamiento de vuestra mente, los móviles, las intenciones, los anhelos, los deseos, las constantes presiones de prosecución, que engendran envidia, espíritu adquisitivo, una mente comparativa. Sólo cuando todo eso termina, comprendéis realmente lo que es. Entonces comprenderéis qué es la verdadera religión, qué es Dios.

Un alumno: ¿Es la verdad relativa o absoluta?

Krishnamurti: Veamos, antes que nada, qué hay detrás del sentido y significación de esa pregunta. Nosotros queremos algo absoluto ­—¿verdad?— algo permanente, fijo, inmutable, eterno, definido. El ansia humana es de algo permanente, de algo que no decaiga, que no tenga muerte, a fin de que la mente pueda aferrarse a una idea o sentimiento que sea eterno. O bien la mente busca lo Absoluto, algo que no muere, algo que no decae como decae el pensamiento, el sentir; o la mente pregunta: “¿hay algo que sea permanente?”. Todo esto debemos comprenderlo primero, antes de poder comprender esta pregunta y contestarla apropiadamente.

La mente —la mente humana— desea algo permanente en todo: en la vida de relación, en mi padre, en mi esposa, en mi marido, en mi propiedad, en la virtud, algo que no pueda ser destruido. Decimos, pues, que Dios es permanente o que la verdad es absoluta. ¿Qué es la verdad? ¿Es la verdad algo extraordinario, algo que esté más allá, fuera de nosotros, algo inimaginable, abstracto? ¿O es la verdad algo que descubrís de instante en instante, de día en día? Si es algo que haya de acumularse, de acopiarse a través de nuestras experiencias, entonces no es la verdad; porque el mismo espíritu de adquisición está detrás de ese acopio. ¿Es la verdad algo que esté más allá, que sólo pueda encontrarse por medio de la meditación profunda? Entonces hay un proceso de adquisición, y también, al mismo tiempo, un proceso de negación, de sacrificio.

La verdad es algo que ha de ser comprendido, que ha de ser descubierto, en toda acción, en todo pensamiento, en todo sentimiento, por trivial y transitorio que sea. La verdad es algo que ha de mirarse, que ha de estudiarse, como se escucha lo que dice el esposo, la esposa, el jardinero, o lo que dicen vuestros amigos, o lo que es vuestro propio pensamiento. El descubrir la verdad acerca de lo que pensáis —porque vuestros pensamientos pueden ser falsos o pueden ser condicionados— el descubrir que vuestro pensamiento es condicionado, es la verdad. El descubrir que vuestro pensamiento es limitado, es la verdad; ese descubrimiento mismo deja vuestra mente libre de limitación. Si yo descubro que soy codicioso —si lo descubro yo, no si vosotros me decís que soy codicioso— ese mismísimo descubrimiento es la verdad; y esa mismísima verdad ejerce una acción sobre mi codicia. La verdad no es algo que se acopie, que se acumule, que se almacene, algo en lo que podáis confiar como guía. Si lo hacéis, ello es otra forma de la misma cosa, otra forma de la posesión. Es muy difícil para la mente no adquirir, no almacenar. Cuando esto lo comprendáis, descubriréis qué cosa extraordinaria es la verdad. Ella es atemporal, porque en el momento en que la captáis, ella no es la verdad— tal como cuando decís “es mía”, “la he encontrado”, “es así”, “no es así”.

Depende de la mente, pues, que la verdad sea absoluta o atemporal. Porque lo absoluto es inalterable; y la mente, que dice “yo quiero lo absoluto, aquello que no tiene muerte, aquello que jamás decae”, una mente así desea lo permanente y crea lo permanente. Pero una mente que percibe todo lo que acontece en el fuero íntimo, y ve la verdad al respecto, una mente así es atemporal; sólo una mente así puede conocer lo que está más allá de las palabras, más allá de los nombres, más allá de lo permanente y de lo transitorio.

Un alumno: ¿Qué es la percepción externa?

Krishnamurti: ¿No te das cuenta de que estás sentado en este salón? ¿No percibes los árboles, la luz del sol? ¿No te das cuenta de que el cuervo grazna, los pájaros cantan, el perro ladra? ¿No ves el color de las flores, el movimiento de las hojas, la gente que va caminando? Eso es percepción externa. Las estrellas en la noche, la luz de la luna sobre las aguas, la puesta de sol, los pájaros, todo eso es percepción externa. ¿No es así? Y si de ese modo tú eres externamente perceptivo, también te das cuenta internamente de tus pensamientos, de tus sentimientos, de tus móviles, de tus impulsos, prejuicios, envidia, codicia, orgullo, etc. ¿No eres internamente perceptivo? La alerta percepción interna empieza a despertarse, a hacerse de más en más consciente, a través de la reacción: la reacción ante lo que dice la gente, la reacción ante lo que lees. La reacción, la respuesta de tu relación con otras personas, puede ser externa; pero esa respuesta es el resultado de una incertidumbre interna, de una ansiedad interior, de un íntimo temor. La alerta percepción externa y la alerta percepción interna producen una total integración de la comprensión humana.

Un alumno: ¿Qué es la felicidad real y eterna?

Krishnamurti: Como dije el otro día, ¿qué ocurre cuando eres consciente de algo, consciente de que tal cosa es así? Voy a expresarlo diferentemente. ¿Cuándo eres consciente? ¿Cuándo te das cuenta de algo? ¿Cuándo tienes conciencia de que estás enfermo, de que tienes dolor de estómago? Cuando estás completamente sano eres totalmente inconsciente de tu cuerpo; sólo cuando hay enfermedad, cuando hay mal funcionamiento, perturbación, tienes conciencia de tu cuerpo. Si tienes un cuerpo perfectamente sano, ¿te das cuenta de él? Sólo cuando experimentas alguna clase de dolor eres consciente de tener un cuerpo. Cuando estás realmente libre para pensar de un modo completo, no existe conciencia del pensar. Sólo cuando algo funciona mal, cuando hay obstrucción, limitación, empiezas a sentir, a adquirir conciencia. ¿Es la felicidad algo de que te des cuenta? Cuando estás sano, ¿te das cuenta de que lo estás? ¿Cuándo estás gozoso percibes que lo estás? Sólo cuando eres desgraciado deseas la felicidad. Surge por lo tanto la pregunta de qué es la felicidad permanente y eterna.

Tú ves cómo la mente nos hace de las suyas. Es porque eres infeliz, desdichado, porque te hallas en circunstancias de pobreza, etc., que deseas algo que sea eterno, alguna felicidad permanente. ¿Existe tal cosa? En vez de hacer la pregunta de si hay felicidad permanente, descubre cómo verte libre de las enfermedades que te roen, cómo liberarte del dolor —no sólo del dolor físico sino del dolor psicológico. Cuando eres libre, no existe el problema: ya no preguntas si hay eterna felicidad, o que es la felicidad. Es como un hombre que está en la cárcel. El desea saber qué es la libertad. Gente holgazana y tonta le dice qué es la libertad; pero eso, para el que está en la cárcel, es mera especulación. Si él supiera cómo salir de esa prisión, no preguntaría qué es la libertad; la tendría, simplemente. De un modo análogo, ¿no es importante descubrir por qué es que somos desgraciados, y en qué consiste la felicidad? ¿Por qué es que nuestra mente está tan mutilada? ¿Por qué es que nuestros pensamientos son tan limitados, tan pequeños, tan mezquinos? Si eso puedes comprenderlo, si puedes ver la verdad al respecto, entonces hay liberación; y esa liberación es el descubrimiento del pensamiento limitado; y eso descubrimiento es la verdad, y esa verdad es libertadora.

Un alumno: ¿Por qué la gente desea cosas?

Krishnamurti: ¿No deseas tú comida cuando tienes hambre? ¿No deseas ropa, no deseas una casa para albergarte? Todas esas necesidades son normales, ¿verdad? Es natural que la gente sana tenga necesidades. Sólo el hombre enfermo dice “yo no quiero alimento”. Es una mente pervertida la que tiene que tener muchas casas o ninguna casa para vivir.

Tu cuerpo tiene hambre porque haces uso de energía; necesita, pues, seguir comiendo; eso es lo normal. Pero si dices “debo tener la comida más sabrosa, la comida que me gusta, que me brinda placer al paladar”, entonces lo que hay es perversión. Todos debemos tener —no sólo los ricos sino toda persona en el mundo— alimento, vestido y albergue; pero si el albergue, el alimento y el vestido son limitados, controlados, y se reparten entre unos pocos, hay perversión y se inicia el proceso contranatural. En el nivel físico necesitamos alimento, vestido y albergue, no sólo para nosotros sino para el aldeano; pero si decís “yo debo acumular, debo tenerlo todo”, entonces priváis a otros de aquello que es esencial para sus diarias necesidades. Observad, empero, que ello no es tan simple como parece, porque nosotros deseamos otras cosas que las que resultan esenciales para nuestras diarias necesidades. Puede que yo no quiera tanta ropa; puede que me satisfaga con pocos trajes, con una pequeña habitación, mientras vosotros deseáis quizá vivir en una casa y no en una pequeña habitación. Pero yo deseo algo más: deseo ser persona bien conocida, tener una enorme cantidad de dinero, deseo estar lo más cerca posible de Dios, quiero que mis amigos piensen bien de mí, deseo ser poeta, tener muchas otras cosas además de las meras necesidades físicas. Los deseos psicológicos nos impiden interesarnos en todos los seres humanos que nos rodean. Eso resulta algo difícil, porque los deseos íntimos y el sentimiento de que “yo soy el hombre más rico”, “yo soy el hombre más poderoso”, “yo quiero ser alguien”, están subordinados a las cosas materiales, al alimento, al vestido, al albergue: yo me apoyo en esas cosas para hacerme interiormente rico. Mientras me halle en ese estado, por lo tanto, no me será posible ser internamente rico, ser absolutamente sencillo en lo íntimo de mí ser.

Diciembre 25 de 1952.

XV

Tal vez algunos de vosotros se hayan interesado en lo que ayer dije acerca de la envidia. No empleo la palabra “recordar” porque el recuerdo, como lo he explicado, el rememorar tan sólo la palabra o las frases, embota la mente, la torna letárgica, pesada, lenta, y por lo mismo muy estéril. Resulta muy destructiva la mera recordación de las cosas. Lo que es muy importante mientras somos jóvenes, y ello a pesar de la educación moderna, es el comprender de veras y no el cultivo de la memoria, porque esa comprensión trae libertad, trae la facultad crítica de análisis; veis el hecho, y luego, quizá, lo racionalizáis. El mero recordar ciertas frases y oraciones, o ciertas ideas, os impide mirar el hecho de los celos, el hecho de la envidia. Más si comprendéis la envidia —la cual se oculta detrás de las buenas obras, de la filantropía, de la religión, de vuestro empeño por ser grandes, por ser santos— si eso lo comprendéis realmente, entonces veréis que habrá una extraordinaria liberación de los celos.

El comprender es lo importante, como ya lo dije. Es realmente lo importante porque la recordación es cosa muerta; y tal vez sea también ésa una de las principales causas de nuestro deterioro, sobre todo en este país, donde imitamos, copiamos, seguimos, creamos ideales, héroes, de tal suerte que gradualmente lo que queda es la efigie, el símbolo, la palabra, la frase, sin nada detrás de ello. Esto ocurre especialmente en la educación moderna, que sólo os prepara para pasar ciertos exámenes, lo cual es, simplemente, saber de memoria. Esto no es creativo. Esto no es comprensión sino un mero rememorar cosas que habéis leído en los libros, que se os ha enseñado; y así, poco a poco, la memoria se cultiva a través de la vida, mientras se destruye la verdadera comprensión. Por favor, escuchad esto con mucha atención porque es muy importante comprenderlo. La comprensión es creadora; no lo es la memoria ni la recordación. La comprensión es el factor de liberación, no los recuerdos de las cosas que habéis acopiado. La comprensión no es cosa del futuro. El cultivo de la memoria os trae, la idea del futuro; pero si comprendéis directamente, esto es, si veis algo con toda claridad, entonces no hay problema; el problema sólo existe cuando no vemos claramente.

Como ya lo dije, lo importante en la vida no es lo que vosotros sabéis, lo que habéis acopiado, cuántos conocimientos o cuánta experiencia tenéis. Lo realmente importante es comprender, ver las rosas como son y verlas de inmediato, porque la comprensión es inmediata. Por eso es que la experiencia y el saber llegan a ser factores de deterioro en la vida. Para la mayoría de nosotros, la experiencia es muy importante, el saber es muy significativo. Mas cuando realmente penetréis detrás de las palabras, y veáis la significación, el sentido del conocimiento, el sentido de la experiencia, hallaréis que ello es uno de los principales factores de deterioro. Esto no significa que no esté bien en ciertos niveles de la vida, de la existencia, el saber cultivar un árbol, el saber alimentar pollos, el criar la familia como es debido o construir un puente. Existe una enorme suma de conocimientos relacionados con la ciencia, que son apropiados; está bien, por ejemplo, que sepamos manejar una dínamo o un motor. Pero cuando el conocimiento es mera memoria, resulta destructivo. Hallaréis que también la experiencia llega a ser una cosa muy destructiva, porque la experiencia trae recuerdo.

No sé si habéis notado que ciertas personas mayores sólo piensan burocráticamente como funcionarios. Son maestros, y su única función es ser maestros, no seres humanos animados de vida; ellos conocen ciertas reglas de gramática, o matemáticas, o historia; y a causa de su memoria, de su experiencia, ese saber los mata. La vida no es cosa que aprendáis de alguien. La vida es algo que escucháis, algo que comprendéis de instante en instante, sin acumular experiencia. Porque, al fin y al cabo, ¿de qué estáis provistos cuando tenéis experiencia, cuando decís “tengo enorme dosis de experiencia”, o cuando decís “yo conozco el sentido de esas palabras”? Todo eso es memoria, ¿no es así? Habéis tenido ciertas experiencias: cómo dirigir una oficina, cómo construir un edificio o un puente; y de acuerdo con ellas tenéis más experiencia. Cultiváis, pues, la experiencia, y esa experiencia es memoria; y con esa memoria haréis frente a la vida.

La vida es como un río que corre; es veloz, movediza, nunca está quieta. Hacéis frente a la vida con el pesado fardo de la memoria, de la experiencia; y, naturalmente, nunca os ponéis en contacto con la vida. Sólo os enfrentáis con vuestra propia experiencia, lo cual no hace más que fortalecer vuestro conocimiento; y, gradualmente, el conocimiento y la experiencia llegan a ser los factores más destructivos en la vida.

Espero que comprendáis esto muy profundamente, porque lo que estoy diciendo es muy verdadero; y, si lo comprendéis, emplearéis el conocimiento en su nivel apropiado. Mas cuando sólo acumuláis conocimientos y experiencia como medio de comprender la vida, como medio de fortalecer vuestra posición en el mundo, entonces ello se torna muy destructivo, ello anula vuestra iniciativa, vuestra acción creadora. En este mundo, aquí especialmente, la mayoría de nosotros estamos tan cargados de autoridad, o de lo que la gente ha dicho, o de lo que ha dicho el Bhagavad Gîtâ, o de ideales, que nuestra vida se ha vuelto muy insípida. Pero todo eso son recuerdos, reminiscencias; no son cosas que se comprendan, que estén vivas. Como no hay nada nuevo en el hecho de estar cargados de esos recuerdos, y como la vida es eternamente nueva, no podemos comprenderla; y por lo tanto el vivir se convierte en cosa pesada; nos aletargamos; engordamos y nos afeamos mental y físicamente. Es muy importante comprender esto.

Sencillez es tener la mente libre de experiencia, de rememoración, de recuerdo. Solemos creer que la sencillez consiste en tener poca ropa, una escudilla de mendigo; que la vida sencilla es tener muy pocas cosas materiales. Eso podrá ser muy bueno; pero la verdadera sencillez es la liberación del conocimiento, del recuerdo de ese conocimiento, o de la acumulación de experiencia. ¿No habéis observado a la gente que tiene muy poco, a esa gente que se dice muy sencilla? Aunque tengan apenas un taparrabo y un báculo, están todos ellos llenos de ideales. ¿Les habéis escuchado? ¿Les habéis oído? Son interiormente muy complejos; luchan, batallan contra sus propias proyecciones, contra sus propias creencias. Ellos creen; tienen muchas creencias. En su fuero interno son muy complicados, no son sencillos; están llenos de libios, de ideales, de dogmas, de temores. Pero exteriormente sólo tienen un báculo y poca ropa. La sencillez de la vida real consiste en estar completamente vacio en lo íntimo, en ser interiormente inocente, sin acumulación de conocimientos, sin creencias, sin dogmas, sin temor a la autoridad; y eso sólo puede ocurrir si comprendéis realmente toda experiencia. Si habéis comprendido una experiencia, ella está terminada; pero como no la comprendemos, como recordamos el placer o el dolor que ella nos causó, nunca somos interiormente sencillos. Así, pues, los que tienen inclinaciones religiosas, se dedican a aquello que contribuye a la sencillez exterior; pero interiormente son caóticos, confusos, están cargados de innumerables anhelos, deseos, conocimientos; tienen miedo de vivir, de “vivenciar”.

Cuando observéis todo esto, veréis que la envidia es una forma muy arraigada de la recordación, un factor muy destructivo, una cosa muy perjudicial; asimismo lo es la experiencia. El hombre que está lleno de experiencia no es un hombre sabio. Escuchad, por favor. El hombre que tiene experiencia y se aferra a esa experiencia, no es un hombre sabio; es como cualquier escolar que lee, que ha acumulado información recogida de libros; un hombre así no es un hombre sabio. Un hombre sabio es inocente, íntimamente libre de experiencia. Un hombre así es un hombre interiormente sencillo, aunque tenga, todas las cosas de la tierra o nada posea.

Un alumno: ¿La inteligencia forma el carácter?

Krishnamurti: ¿Qué entiendes tú por “carácter”? Por favor, escucha muy atentamente lo que vas a oír, tanto la pregunta como la respuesta.

¿Qué entendemos por “carácter”? ¿Qué entendemos por “inteligencia”? Averigüemos qué sentido les damos a esas dos palabras, que tan libremente usamos. Todo político de Delhi, o tu propio caudillejo local, las emplea: carácter, ideal, inteligencia, religión, Dios. Son simples palabras, y nosotros las escuchamos extasiados porque nos parecen muy importantes. Vivimos de palabras; y cuanto más estudiadas y selectas son las palabras que empleamos, más satisfechos nos sentimos. Averigüemos qué es lo que entendemos por “inteligencia” y qué es lo que entendemos por “carácter”. No digáis que; no os contesto de un modo definido. Ese es uno de los ardides de la mente; y ello sin duda significa que no comprendéis y que os queréis atener nada más que a las palabras.

¿Qué es la inteligencia? ¿Es inteligente un hombre miedoso, ansioso, envidioso, codicioso, cuya mente se dedica a copiar, a imitar, a llenarse de experiencias y conocimientos ajenos? Un hombre así, cuya mente es limitada, controlada, plasmada por la sociedad, por el medio ambiente, ¿es acaso inteligente? Vosotros le llamáis inteligente pero él no lo es, ¿verdad? ¿Y puede un hombre miedoso, que no es inteligente, tener carácter? El carácter es cosa original, no la mera repetición de mandamientos y prohibiciones tradicionales. ¿El carácter es respetabilidad? ¿Comprendes lo que significa la respetabilidad? Significa ser respetado por la mayoría, por la gente que te rodea. ¿Qué es lo que la gente de la familia respeta, qué es lo que la gente de la masa respeta. Respetan aquellas cosas que ellos mismos proyectan, que ellos mismos desean, que ellos mismos ven como contraste. Esto es, se te respeta porque eres rico, o grande, o poderoso, porque eres muy conocido como político, por que has escrito libros. Puede que lo que tú dices no tenga ningún sentido, pero cuando tú has hablado, la gente dice que eres un gran hombre. A medida que conoces a la gente, que conquistas el respeto de los muchos, la adhesión de la multitud te confiere un sentido de respetabilidad que es sensación de seguridad. El pecador está más cerca de Dios que el hombre respetable, porque el hombre respetable está circundado de hipocresía.

¿Proviene el carácter de la imitación, de lo que la gente dirá o no dirá? ¿Es el carácter un resultado del mero fortalecimiento de las propias tendencias basadas en el prejuicio, de seguir la tradición de la India, o la de Europa, o la de América? A eso por lo general se le llama carácter: ser un hombre fuerte, ser respetado. Pero cuando imitáis, cuando sois miedosos, ¿hay acaso inteligencia, hay acaso carácter? Cuando imitáis, cuando seguís, cuando rendís culto a alguien, cuando tenéis ideales que seguís, ese camino conduce a la respetabilidad pero no a la comprensión. Un hombre de ideales es hombre respetable; pero él nunca estará cerca de Dios, jamás sabrá qué es amar. Los ideales son un medio de encubrir su miedo, sus imitaciones, su soledad.

De suerte que, sin comprenderte a ti mismo, es decir, sin saber cómo piensas, si copias o imitas, si eres miedoso, si eres envidioso, si buscas el poder, sin comprender todo esto que obra en ti y que es tu mente, no puede haber inteligencia; y es la inteligencia la que crea el carácter, no el culto de los héroes, ni el ideal, ni la efigie. La comprensión de uno mismo, del propio “yo” extraordinariamente complicado, es el principio de la inteligencia que trae consigo carácter.

Un alumno: ¿Por qué se siente uno perturbado cuando alguien le mira atentamente?

Krishnamurti: ¿Te sientes tú nervioso cuando; alguien te mira? ¿Te sientes nervioso cuando alguien que consideras inferior, un sirviente, un campesino, te mira? Tú ni siquiera sabes que él te está mirando, pasas simplemente de largo; ni siquiera sabes que él está ahí, pues para él no tienes ni una mirada. Más cuando tu padre, tu madre, tu hija, te mira, tú sientes ansiedad. Como sientes que ellos saben algo más que tú, que pueden descubrir cosas acerca de ti, estás lleno de ansiedad. Y yendo un poco más alto, si te mira un funcionario del Gobierno, un sacerdote o alguien de importancia, te sientes halagado; esperad obtener algo de él, un empleo o alguna recompensa. Pero si te mira un hombre que nada desea de ti —ni tu lisonja ni tu insulto— que es indiferente a tu respecto, entonces averiguarás por qué te mira. No debieras ponerte nervioso, y sí averiguar qué es lo que está ocurriendo en tu propia mente cuando esa persona te mira, porque las miradas mucho significan y una sonrisa algo quiere decir.

Por desgracia, bien lo veis, la mayoría de nosotros no se da absolutamente cuenta de estas cosas. Nunca reparáis en el mendigo, ni en el aldeano que acarrea su pesado fardo, ni en el pájaro que vuela. Estáis tan ocupados con vuestras propias penas, con vuestros anhelos, con vuestros temores, con vuestros ritos, que nunca os dais cuenta de las cosas de la vida; y por eso sentís aprensión si alguien os mira.

Un alumno: ¿No podemos cultivar la comprensión? ¿Es experiencia la comprensión? Cuando tratamos constantemente de comprender, ¿no significa ella que queremos “vivenciar” la comprensión?

Krishnamurti: ¿Es cultivable la comprensión? ¿La comprensión ha de practicarse? Practicáis el tenis; practicáis el piano, el canto o el baile; o leéis un libro una y otra vez hasta familiarizaros con él. Ahora bien, ¿es la comprensión la misma cosa, algo para ser practicado? Practicar significa repetir, es decir, realmente cultivar la memoria. Si puedo recordar constantemente, todo el tiempo, ¿es eso comprensión? ¿No será la comprensión algo de instante en instante, algo que no puede practicarse?

¿Cuándo es que comprendéis? ¿Cuál es el estado de vuestra mente o de vuestro corazón cuando hay comprensión? Cuando yo digo que la experiencia y el recuerdo de la experiencia son destructivos, causan deterioro, ¿cuál es el estado de tu mente cuando oyes eso? Cuando tú me oyes decir que los celos son destructivos, que la envidia es uno de los principales factores que destruyen la convivencia, ¿cómo reaccionas ante ello? ¿Qué te acontece? ¿Dices “es perfectamente verdadero, lo comprendo”? O bien preguntas “¿qué ocurriría si yo fuese celoso?” —lo cual es racionalizar la cuestión. Cuando oyes algo muy verdadero acerca de los celos, ¿ves la verdad de ello de inmediato o empiezas a pensaran ello, a hablar, a discutirlo, a analizarlo, a percibir todo lo que ello significa, y recién entontes ves si puedes estar libre de celos? ¿Es la comprensión un proceso de racionalización lenta, de lento análisis? Cuando oyes la verdad de algo, tal coma “la envidia es destructiva”, ¿comprendes de inmediato que es así? ¿Estás prestando atención?

¿Puede cultivarse la comprensión como cultivas tu jardín para producir frutas o flores? ¿Puedes cultivar la comprensión, que en realidad es ver algo sin barrera alguna de palabras, de prejuicios o de móviles, ver algo directamente?

Un alumno: ¿Es el poder de la comprensión el mismo en todas las personas?

Krishnamurti: Tú ves muy rápidamente, comprendes de inmediato, porque la cosa te es presentada y tú no tienes barreras. Yo tengo muchas barreras, muchos prejuicios; soy celoso; mis conflictos se han basado en la envidia, en mi importancia. Tú no estás lleno de tu propia importancia, de suerte que ves de inmediato. Estás impaciente por descubrir; pero yo he hedió muchas cosas en la vida y no quiero ver. Tú no tienes barreras y ves en seguida; yo tengo innumerables barreras y no quiero ver, de suerte que no veo. Por lo tanto no comprendo, y tú comprendes.

Un alumno: Puedo quitar lentamente las barreras tratando en todo momento de inquirir.

Krishnamurti: No. Sólo puedo eliminar las barreras, no tratar de comprender.

Oyes a alguien decir que la envidia, es destructiva. Escuchas y comprendes la significación y la verdad de ello; y dices “sí”. Estás libre de ese sentimiento de celos y de envidia.

Yo no quiero verlo; porque si escucho la verdad de ello, toda la estructura de mi vida quedaría destruida. ¿Qué habré de hacer? ¿Eliminaré la estructura o quitaré la barrera? Sólo puedo quitar la barrera cuando realmente siento la importancia de no tener barreras, lo cual significa que debo sentir las barreras.

Un alumno: Siento la necesidad de ello.

Krishnamurti: ¿Cuándo la sientes? ¿Quitarás las barreras a causa de las circunstancias o porque alguien te lo dice? ¿O las quitarás cuando tú mismo sientas en tu fuero íntimo que el tener cualquier barrera produce una lenta decadencia de la mente, es decir, cuando tú mismo veas la importancia de quitar las barreras? ¿Y cuándo ves eso? ¿Será cuando sufres? Pero el sufrimiento no te despierta necesariamente hasta el punto de hacerte quitar las barreras; por el contrario, el sufrimiento te induce a crear más barreras. Tú eliminas esas barreras cuando tú mismo empiezas a escuchar, a averiguar. No hay razón alguna para quitar las barreras, ninguna razón exterior ni interna. En el momento en que traes a colación una razón, ya no quitas las barreras. Ahí está, pues, el gran milagro, la gran bendición: dar a ese “algo” interno la oportunidad de eliminar la barrera. Observad, empero, que cuando queremos eliminarla, cuando practicamos para eliminarla, cuando decimos que debe ser eliminada, todo eso es trabajo de la mente; la mente no puede quitar la barrera. Ni los ritos, ni las compulsiones, ni los temores, pueden eliminar la barrera. Mas cuando ves que nada la quitará, que ningún intento de tu parte la eliminará, entonces la mente entra en una gran quietud, en un gran silencio; y en ese silencio encuentras aquello que es verdadero.

Diciembre 26 de 1952.

XVI

Recordaréis que hemos estado hablando de los factores de deterioro en la existencia humana. Dijimos que el miedo era una de las causas fundamentales de ese deterioro. También dijimos que el seguir a una autoridad en cualquier forma, ya sea impuesta por uno mismo o establecida desde lo exterior, es la destrucción de la iniciativa, de la “creatividad”. Hemos dicho que cualquier forma de imitación, de copia, de seguimiento, impide el descubrimiento creador de lo que es verdadero. Dijimos que la verdad no es cosa que pueda seguirse; la verdad tiene que ser descubierta. No podéis hallarla a través de ningún libro, de ninguna experiencia acumulada. La experiencia misma, como lo discutimos el otro día, llega a ser un recuerdo, y el recordar destruye la comprensión creadora. Cualquier forma de malicia, de envidia, por pequeña que sea —y ella es realmente pensar comparativo— también resulta destructiva para esta vida creadora sin la cual no hay felicidad. La felicidad no es algo que haya de comprarse; no es cosa que se obtenga yendo en pos de ella: está ahí cuando no hay conflicto. ¿No es muy importante, no sólo escuchar todas estas discusiones, estas pláticas matinales, sino descubrir realmente por vosotros mismos, no sólo cuando sois jóvenes sino también cuando alcanzáis la madurez, todas las complicaciones de la madurez?

Pero antes de examinar eso, ¿no debiéramos, mientras estamos en la escuela, tratar de descubrir la significación de las palabras? Para la mayoría de nosotros el símbolo ha llegado a ser una cosa enormemente destructiva; y de ello no nos damos cuenta. ¿Sabéis qué entiendo por “símbolo”? La sombra de una verdad. La sombra es el símbolo de la verdad. El disco de fonógrafo no es la voz real; pero la voz, el sonido, ha sido registrado, y eso es lo que escucháis. La imagen es el símbolo, la idea de lo que es la cosa original. La palabra, el símbolo, la imagen y el culto de la imagen, la reverencia por el símbolo, el seguir las palabras y atribuirles significación, todo eso resulta muy destructivo porque entonces la palabra, el símbolo, la imagen, adquiere suprema importancia. Así es como los templos, “stupas” (santuario budista) e iglesias llegan a ser organizaciones muy importantes, y los símbolos, las ideas, los dogmas, llegan a ser los factores que impiden a la mente ir más allá y descubrir qué es la verdad. No os dejéis, pues, atrapar en palabras, en símbolos, que automáticamente cultivan el hábito. Cuando deseáis pensar creativamente, el hábito es el factor más destructivo; el hábito os cierra el paso. Tal vez no comprendáis el pleno significado de lo que estoy diciendo; pero lo comprenderéis si pensáis en ello. Salid a caminar solos de vez en cuando, y pensad bien estas cosas. Averiguad qué significan palabras tales como “vida”, “Dios”, y también qué sentido se da a esas palabras extraordinarias como “deber” y “cooperación”, que usamos tan libremente.

¿Qué significa “el deber”? ¿Deber hacia qué? ¿Hacia los viejos, hacia lo que dice la tradición? ¿Deber de sacrificaros por vuestros padres, por vuestra patria, por vuestros dioses? Esa palabra “deber” adquiere extraordinaria significación para nosotros: está repleta de muchísimo sentido que a nosotros nos es impuesto. Lo que es mucho más importante que el deber hacia algo —hacia vuestro país, vuestros dioses o vuestro prójimo— lo que tiene mucha más importancia que la palabra “deber”, es descubrir por vosotros mismos qué es la verdad, no lo que vosotros deseáis, no lo que os gustaría, no lo que os da placer, no lo que os causa dolor. Mas para descubrir qué es la verdad, la palabra “deber” tiene muy poco sentido; porque vuestros padres o la sociedad la utilizan como medio de moldearos, de plasmaros conforme a la particular idiosincrasia de ellos, a sus hábitos de pensamiento, a sus gustos, a su seguridad. Descubrid, pues, por vosotros mismos. Tomaos tiempo, sed pacientes, analizad, ahondad en ello; no aceptéis la palabra “deber”, porque donde hay deber no hay amor.

Otro tanto ocurre con la palabra “cooperación”. El Estado quiere que cooperéis con él. Cooperación con algo no es lo verdadero. No hacéis más que imitar, que copiar. Si comprendéis, si descubrís qué es la verdad acerca de algo, vivís entonces con esa verdad, andáis con ella; ella es parte de vosotros. Es muy significativo el darse cuenta de todas las palabras, los símbolos, las imágenes que mutilan nuestro pensar; es muy necesario percibir todo eso. El daros cuenta de todo eso y ver si podéis ir más allá, resulta esencial si es que queréis vivir creativamente, sin desintegración. Bien sabéis que la palabra “deber” se la utiliza para matarnos. El deber —hacia la patria, hacia los padres, hacia los parientes— os sacrifica, os hace salir a pelear, a matar y a convertiros en lisiados; porque el político, el líder, dice que vuestro deber es defender la patria, que vuestro deber hacia vuestra comunidad es destruir al prójimo. De tal suerte el matar a vuestros semejantes por vuestra patria llega a formar parte de vuestro deber; y gradualmente caéis en el espíritu militarista, ese espíritu que os torna obedientes, que os hace físicamente muy disciplinados. Pero en lo íntimo vuestra mente se ve destruida porque imitáis, porque seguís, porque copiáis; y así, poco a poco, os convertís en instrumentos de la gente mayor, de los políticos, de la propaganda. Y así aprendéis gradualmente a matar, y aceptáis la matanza en defensa de la patria como cosa inevitable porque alguien dice que es así. No importa quién sea el que lo dice: pensad bien esto por cuenta propia y muy claramente.

El matar es evidentemente el acto más destructivo y de mayor corrupción que pueda cometerse en la vida, especialmente el matar a otro ser humano; porque cuando matáis estáis llenos de odio y engendráis antagonismo en los demás. Podéis matar con una palabra, con una acción. El matar a otro ser humano jamás ha resuelto ninguno de nuestros problemas. Jamás la guerra ha resuelto nada en nuestra vida de relación económica, social, humana; y sin embargo el mundo entero se prepara incesantemente para la guerra porque hay muchas razones por las que se quiere matar a la gente. No os dejéis, empero, arrastrar por razones; pues vosotros podréis tener una razón y yo podré tener otra, y vuestra razón podrá ser más fuerte que la mía. Pero no es necesaria ninguna razón. Primero percibid y sentid la verdad de cuan necesario es no matar. Nada importa quien lo dice, desde la autoridad suprema hasta la más baja; en lo íntimo de vosotros mismos descubrid la verdad de ello como principio general. Cuando internamente lo veis con toda claridad, los detalles pueden examinarse después, pueden someterse al razonamiento; pero no empecéis razonando, porque toda razón puede contradecirse, para cada razón puede haber una razón opuesta, y entonces os halláis atrapados en el razonamiento. Es necesario que sepáis por vosotros mismos qué es la verdad; luego podréis empezar a emplear la razón. Cuando sabéis por vosotros mismos qué es lo verdadero, cuando sabéis que el matar al prójimo no es amor, cuando sentís interiormente la verdad de que “no debe haber enemistad”, cuando eso lo sentís realmente en lo íntimo de vuestro ser, no hay suma de razones que puedan destruirlo. Entonces ningún político, ningún sacerdote, ningún padre ni madre, podrán sacrificaros por una idea o por su seguridad.

Los viejos siempre sacrifican a los jóvenes; y vosotros a vuestra vez, cuando envejezcáis, sacrificaréis a los jóvenes. Pero esto tenéis que impedirlo, porque es el modo de vivir más destructivo y es uno de los mayores factores de deterioro humano. Para impedir esta degeneración, para ponerle fin, debéis descubrir la verdad por vosotros mismos. Vosotros como individuos, sin pertenecer a grupo alguno, a ninguna organización, habréis de descubrir la verdad de no matar, el sentimiento de amor, el sentimiento de que no debe haber enemistad. Entonces no habrá cantidad de palabras o de razones que jamás puedan persuadiros. Es muy importante, pues, mientras sois jóvenes, especialmente en una escuela como ésta, que penséis a fondo estas cosas, que las sintáis hondamente, y que establezcáis y sentéis las bases para el descubrimiento de la verdad.

De esta escuela vamos a hacer algo, si bien ella no es lo que debiera ser. Vosotros y yo, vosotros los estudiantes y maestros, todos nosotros juntos, habremos de hacer algo de ella. Todos nosotros vamos a hacer surgir esto, una escuela en que no sólo se os imparta información sino que también se os enseñe a descubrir qué es la verdad, para que a lo largo de la vida, a medida que crecéis, sepáis cómo descubrir por cuenta propia y sin autoridad alguna aquello que es real. De otro modo llegaréis a ser uno de los factores de deterioro y destrucción; y mayor corrupción no puede haber. Escuchad todo esto muy atentamente. Si ahora se sientan las verdaderas bases, luego, cuando avancéis en edad, sabréis cómo actuar.

Un alumno: ¿Qué objeto tiene la creación?

Krishnamurti: ¿Estás realmente interesado en ello? ¿Qué entiendes tú por “creación”? ¿Qué objeto tiene el vivir? ¿Qué entendemos por “vivir”? ¿Qué objeto tiene tu existencia, con qué fin lees, estudias, pasas exámenes? ¿Qué objeto tiene la relación de padres, esposa, hijos? ¿Qué es la vida? ¿Es eso lo que quieres significar? ¿Qué objeto tiene la creación? ¿Cuándo hacéis esa pregunta? Cuando no veis claramente, cuando estáis confusos, cuando estáis en la oscuridad, cuando estáis ciegos, cuando no sabéis ni sentís esto por vosotros mismos; entonces queréis saber cuál es el objeto de la existencia. Cuando en vosotros no hay claridad interna, cuando hay desdicha, entonces preguntáis “¿qué objeto tiene la vida?”.

Hay mucha gente que te dirá qué objeto tiene la vida; te dirán lo que dicen los libros sagrados. Gente lista continuará inventándole objeto a la vida. Para la agrupación política tendrá ella un objeto, para el grupo religioso tendrá otro, y así sucesivamente. ¿Cuál es, pues, el objeto de la vida cuando tú mismo estás confuso? Cuando estoy confuso pregunto “¿qué objeto tiene la vida?”, porque a través de esa confusión espero hallar una respuesta. ¿Cómo puedo hallar una verdadera respuesta estando yo confuso? ¿Comprendes? Si estoy confuso, sólo puedo recibir una respuesta también confusa. Si mi mente está confusa, si mi mente está perturbada, si mi mente no es bella ni está serena, cualquier respuesta que yo reciba lo será a través de ese tamiz de confusión, ansiedad y temor; por lo tanto la respuesta estará pervertida. Lo importante, pues, no es preguntar “¿qué objeto tiene la vida, la existencia?”, sino disipar la confusión que hay dentro de ti. Es como un hombre ciego que pregunta “¿qué es la luz?”. Si yo le digo qué es la luz, él escuchará de acuerdo a su ceguera, a su propia oscuridad. Pero supongamos que él pueda ver; nunca, entonces, hará la pregunta “¿qué es la luz?” Ella está ahí.

Similarmente, si puedes aclarar la confusión dentro de ti mismo, encontrarás qué objeto tiene la vida; no necesitarás preguntar por ese objeto ni buscarlo; todo lo que tendrás que hacer es verte libre de las causas que traen confusión. Las causas de confusión son muy claras: ellas están en el “mí”, en el “yo”, que constantemente quiere expandirse mediante la envidia, los celos, el odio, la imitación; y los síntomas son los celos, la envidia, la codicia, el miedo, el querer imitar, etc. Mientras internamente sea así, habrá confusión. Siempre andáis en busca de respuestas externas; pero sólo cuando esa confusión se disipe, conoceréis la significación de la existencia.

Un alumno: ¿Qué es el “karma”?

Krishnamurti: ¿Os interesa esto a todos? ¿Por qué haces tú semejante pregunta? Esa, sin embargo, es una de las palabras peculiares que empleamos, una de las palabras en las que se halla atrapado nuestro pensamiento. El hombre pobre dice “mi karma” (mi destino). El tiene que aceptar la vida como una teoría; tiene que aceptar la miseria, el hambre, la inmundicia, la suciedad. Tiene que aceptar todo eso porque carece de energía, no tiene suficiente alimentación, no se liberta de ello en forma revolucionaria. El tiene que aceptar lo que la vida le da, y por eso dice “es mi karma el ser así”, y los políticos, la gente poderosa, lo alientan a aceptar esa vida con su suciedad, con su miseria, con su inmundicia, con su inanición. Vosotros no deseáis rebelaros contra todo eso, ¿verdad? Cuando al pobre le pagáis tan poca cosa y vosotros tanto poseéis, ¿qué es lo que habrá de ocurrir? Gradualmente, pues, inventáis la palabra “karma”, o sea la aceptación pasiva de la desdicha en la vida. El hombre encumbrado, el triunfador, el que ha heredado, ha recibido educación y ha llegado a la situación más alta, dice a su vez, “también es mi karma; he hecho el bien en mi vida anterior y es por lo tanto mi karma el recoger la recompensa de mis pasadas acciones”. Entonces él quiere llegar a la cumbre, tener muchas casas, poder, posición y medios de corrupción. ¿Es eso el “karma”, aceptar las cosas tal como están? ¿Comprendéis? ¿Es “karma” eso de tener espíritu de aceptación de las cosas como están —espíritu que tenéis vosotros y muchos de los maestros— sin una chispa de rebeldía, el hallarse uno dispuesto a aceptar, a obedecer? Veis, pues, cuan fácilmente, porque no estamos alertas, las palabras se convierten en redes para atraparnos.

Hay, empero, una significación mayor en esa palabra “karma”, que es preciso comprender, pero no como teoría, y que no puede ser comprendida si decís “eso es lo que dice el Bhagavad Gîtâ”. Como bien lo sabéis, la mente comparativa es la mente más estúpida, porque no piensa; dice “he leído ese libro, y lo que Vd. dice es semejante”. Cuando tenéis una mente así, ello significa que habéis dejado de pensar, que habéis cesado en vuestra investigación para descubrir qué es lo verdadero, sin tomar en cuenta lo que algún libro o determinado guía espiritual haya dicho. Cuando comparáis, ¿no ha dejado vuestra mente de pensar, no ha dejado de descubrir qué es la verdadero? Cuando leéis a Shakespeare o a Buda, o cuando escucháis a vuestro guía espiritual, supongamos que los comparáis. ¿Qué le ocurre entonces a vuestra mente? Vuestra mente no ha averiguado, no ha descubierto; no ha rechazado todas las autoridades para investigar por cuenta propia. Lo importante, pues, es descubrir, no comparar. El comparar, como os lo he señalado, es autoridad, es imitación, es irreflexión; y está en la naturaleza misma de nuestra mente el no estar despierta para descubrir lo que es verdadero. Vosotros decís “eso lo ha dicho Buda, es así”; y creéis que con ello habéis resuelto vuestros problemas.

Mas para descubrir la verdad acerca de cualquier cosa, tenéis que ser en extremo activos, vigorosos, confiar en vosotros mismos; y esa confianza no podéis tenerla si pensáis comparativamente. Escuchad todo esto, por favor. Si no hay confianza en uno mismo, piérdese todo poder de investigar y de descubrir lo que es verdadero. La confianza en vosotros mismos os brinda cierta libertad con cuya ayuda descubrís; y esa libertad se os niega cuando comparáis.

De suerte que, en realidad, el problema del “karma” es sumamente complejo; y no sé si debiéramos examinarlo aquí. Tal vez no sea éste el lugar apropiado, porque no estamos tratando problemas de los viejos ni estudiando su mente en extremo compleja. Lo que aquí estamos tratando son los problemas de los jóvenes en relación con sus maestros, en relación con sus padres y en relación con la sociedad.

Un alumno: ¿En el respeto hay o no un elemento de miedo?

Krishnamurti: ¿Qué dices tú cuando muestras respeto hacia tu maestro, tus padres, tu guía espiritual, y falta de respeto por tus sirvientes? Tratas a puntapiés a la gente que no es importante, y adulas con servilismo a los que están por encima de ti, a los funcionarios, a los políticos, a la gente poderosa. ¿No hay en eso un elemento de miedo? Porque de la gente poderosa, algo deseas; del maestro, del examinador, del profesor, de tus padres, del político, del gerente de banco, algo necesitas. ¿Qué pueden darte los pobres? Los desatiendes, pues, los tratas con desprecio, ni siquiera sabes que pasan a tu lado. Ni por asomo los miras, ni siquiera sabes que tiemblan de frío, que están sucios y hambrientos; pero a los poderosos, a los grandes del país, les darás lo poco que tienes para recibir de ellos más favores. De suerte que en eso existe de un modo definido —¿verdad?— un elemento de miedo; no hay amor. Si en ti hubiese amor, mostrarías amor por los que nada tienen y también por los que todo lo tienen; entonces no temerías a los que poseen y no despreciarías a los que nada tienen. De suerte que, en ese sentido, el respeto proviene del temor. El amor no proviene del miedo; en el amor no hay temor.

Diciembre 27 de 1952.

XVII

Hemos tratado de señalar los diversos factores que causan el deterioro humano, en nuestra existencia, en nuestra vida, en nuestras actividades, en nuestros pensamientos; y dijimos que el conflicto es uno de los principales factores de este deterioro. ¿Y no será también la paz tal como generalmente se la entiende, un factor destructivo? ¿Puede la paz advenir a través de la mente? Si tenemos tranquilidad mental, ¿no conduce eso también a la corrupción, al deterioro? Si no nos mantenemos vigilantes, tornaremos estrecha la ventana del vocablo “paz”, a través de la cual podemos mirar el mundo y comprender. Podemos hacer de la palabra “paz” una expresión tan estrecha, que veremos tan sólo una parte del cielo, no la totalidad. Sólo cuando podemos percibir la inmensidad, la enormidad, la magnificencia del cielo, sólo entonces existe una posibilidad de que tendimos paz —y no simplemente persiguiendo la paz, lo cual es el inevitable proceso del pensamiento, de la mente. Quizá sea esto algo difícil de comprender. Trataré de tornarlo tan sencillo y claro como sea posible.

Creo que si podemos comprender esto: qué significa ser pacífico, qué es la paz, tal vez entonces podremos comprender la significación real del amor. Solemos creer que la paz es algo que haya de obtenerse por medio de la mente, de la razón; ¿pero acaso la paz puede surgir por medio de algún apaciguamiento, de algún control, de alguna dominación del pensamiento? Todos deseamos la paz. Para la mayoría de nosotros, la paz significa que se nos deje tranquilos, que no se nos estorbe; significa erigir un muro en torno de nuestra propia mente por medio de ideas. Esto es muy importante en vuestra vida, pues a medida que avancéis en edad os enfrentareis con estos problemas de la guerra y de la paz. ¿Es la paz algo en pos de lo cual haya que ir, y que la mente haya de conseguir y domeñar? Para la mayoría de nosotros, la paz significa una lenta decadencia; dondequiera nos encontremos, viene el estancamiento. Creemos que aferrándonos a una idea, erigiendo muros de seguridad, de protección, de ideas, de hábitos, de creencias, siguiendo un principio, determinada tendencia, determinada fantasía, determinado deseo, hallaremos par. Eso es lo que quiere la mayoría de nosotros: no hacer un esfuerzo sino vivir sin esfuerzo en alguna clase de estancamiento. Cuando encontramos que esa clase de paz no podemos tenerla, realizamos tremendos esfuerzos para lograr la paz en algún rincón del universo, o en nuestro propio ser, adonde podamos arrastrarnos para vivir en la oscuridad del autoencierro. Eso es lo que la mayoría de nosotros desea en nuestras relaciones con el marido, con la esposa, con los padres, ron los amigos. Inconscientemente deseamos paz a cualquier precio, y así proseguimos.

¿Puede la mente hallar paz alguna vez? ¿No es la propia mente una fuente de perturbación? La mente sólo puede acopiar, acumular, negar, afirmar, recordar y perseguir. ¿Es la paz —que tan esencial resulta porque sin paz no podéis vivir, no podéis crear— algo que haya de realizarse mediante las luchas, las negativas, los sacrificios de la mente? ¿Comprendéis de qué estoy hablando? A medida que avanzamos en edad, y aunque estemos descontentos cuando jóvenes, ese descontento será canalizado en alguna forma de pacífica resignación ante la vida a menos que seamos muy sabios e inteligentes. Sin cesar busca la mente crear en alguna parte un hábito de soledad, una creencia, un deseo, en el que pueda vivir y estar en paz con el mundo. Pero la mente no puede hallar paz, porque la mente solo puede pensar en términos de tiempo, como pasado, presente y futuro: lo que fue, lo que es y lo que será. Y ella condena, juzga, sopesa, persigue sus propias vanidades, hábitos y creencias. La mente nunca puede ser pacífica, si bien puede engañarse con alguna clase de paz. Puede hipnotizarse a fuerza de palabras, con la, repetición de frases, siguiendo simplemente a alguien, mediante el conocimiento; pero una mente así no es una mente pacífica porque la mente es en sí misma el centro de atracción, la mente es por su propia naturaleza la esencia del tiempo. De suerte que la mente con la cual pensáis, con la cual calculáis, con la cual maquináis, con la cual comparáis, esa mente es incapaz de hallar paz.

La paz no proviene de la razón; y sin embargo cuando observáis las religiones organizadas que conocéis, veréis que ellas están atrapadas, en la busca de paz para la mente. Pero la paz es algo tan creativo como la guerra es destructiva, es algo puro mientras la guerra es destrucción; y, para hallar esa paz, hay que comprender la belleza. Por eso es muy importante, mientras somos muy jóvenes, que haya belleza en torno nuestro: la belleza de los edificios, de proporciones adecuadas, de la apreciación verdadera, de la pulcritud, de la tranquila charla con los mayores, a fin de que, al comprender qué es la belleza, sepamos qué es el amor y cómo la belleza del corazón es la paz del corazón.

La paz es del corazón, no de la mente. Debéis, pues, descubrir qué es la belleza. Mucho importa vuestro modo de hablar, puesto que a través de las palabras que usáis, de los gestos que hacéis, descubriréis cuál es el refinamiento de vuestro corazón. Es que la belleza es algo que no puede definirse, que no puede explicarse por medio de palabras. Sólo se la puede llamar o comprender cuando la mente está muy serena.

Así, pues, mientras sois jóvenes y sensibles, es indispensable que vosotros y los que tienen la responsabilidad de los jóvenes, de los estudiantes, logren establecer esta atmósfera de belleza. Vuestra manera de vestir, de sentaros, de hablar y de comer, así como las cosas que os rodean, tienen mucha importancia. Porque, cuando crezcáis, os encontraréis con todas las cosas feas de la vida: edificios feos, gente fea, malicia, envidia, ambición, crueldad, y si en vuestro corazón no hay percepción de belleza, fundada y establecida en vosotros mismos, fácilmente podréis ser arrastrados por la enorme corriente del mundo; y entonces os veréis atrapados en la lucha por hallar la paz de la mente. La mente crea la idea de lo que es la paz, trata de seguirla, y entonces se ve atrapada en la red de las palabras, de las fantasías, de las ilusiones.

De suerte que la paz sólo puede surgir cuando comprendéis qué es el amor. Porque si la paz la tenéis tan sólo mediante la seguridad —financiera u otra— mediante el dinero o ciertos dogmas, ritos y repeticiones, no hay acción creadora; no hay en vosotros urgencia alguna de producir en el mundo una revolución fundamental, radical. Porque entonces la paz sólo conduce al contentamiento y a la resignación. Mas cuando comprendáis la paz en la que hay amor y belleza, la extraordinaria maravilla que ella implica, hallaréis entonces la paz, esa paz que la mente no comprende. Esa es la paz creadora, la paz que trae orden dentro de uno mismo, que elimina la confusión. Pero esto no llega por ningún esfuerzo. Adviene cuando constantemente observáis y sois sensibles a lo feo tanto como a lo bello, a lo bueno y a lo malo, a todas las fluctuaciones de la vida; porque la paz es algo enormemente grande, extenso; no es cosa insignificante ni creada por la mente. Eso sólo puede comprenderse cuando en el corazón hay plenitud.

Un alumno: ¿Por qué nos sentimos inferiores delante de nuestros superiores?

Krishnamurti: ¿Quiénes son tus superiores? ¿Quiénes son las personas que tú consideras superiores a ti? ¿Aquéllos que saben? ¿Los que poseen grados universitarios o aquéllos de quienes esperas alguna clase de recompensa, de posición, a quienes pides algo? ¿A quiénes llamas tú “superiores”? ¿En el momento en que a algunos los consideras superiores, no consideras inferiores a otros?

¿Por qué tenemos esta división, lo superior y lo inferior? Eso existe tan sólo cuando deseamos algo. Puede que yo sea menos inteligente que tú, que no posea tanto como tú posees, que íntimamente no sea tan feliz como tú, o que esté pidiéndote algo; me siento, pues, inferior a ti. Podrás tú ser más inteligente, más listo, podrás poseer un don, una capacidad, y yo podría no tenerla. Más cuando trato de imitar, cuando deseo algo de ti, de inmediato me convierto en tu inferior porque te pongo en un pedestal, te atribuyo cierto valor. Establezco así lo superior y lo inferior; psicológicamente, en lo íntimo, doy origen a esta diferencia entre los que tienen y los que no tienen.

¿Será posible lograr un mundo en que no existan “los que tienen” y “los que no tienen”? ¿Comprendéis el problema? Esto es, el mundo está dividido entre los ricos, los que son poderosos, los que tienen posición, prestigio, de todo, y los que nada tienen. En el mundo hay enormes desigualdades de capacidad: el inventor del avión a propulsión y el hombre que condure un arado. Hay amplio contraste en cuanto a capacidad: intelectual, verbal, física. Atribuimos enorme valor y significación a determinadas funciones. Consideramos al gobernador, al Primer Ministro, al inventor, al científico, como algo enormemente significativo. Hemos atribuido a la función una gran importancia; de ahí que la función se revista de posición y categoría. Mientras confiramos estado legal a las funciones, ello da origen a tal desigualdad que la diferencia entre los que, son capaces y los qué son incapaces llega a ser infranqueable. Más si podemos mantener las funciones despojadas del estado legal que confiere posición, prestigio, poder, dinero, riqueza y placer, existe entonces la posibilidad de crear un sentido de igualdad. Aun entonces, la igualdad no es posible si no hay amor. Es el amor lo que destruye el sentido de lo desigual, de lo superior.

Observad que lo que ocurre en el mundo en esto: los políticos, los economistas, ven esta brecha, este abismo entre el hombre con capacidades y el que no las tiene; y ellos tratan de abordar el problema mediante la reforma económica y social. Puede que ellos tengan razón, pero ese enfoque nunca podrá ser efectivo mientras en nosotros no haya amor, mientras no comprendamos el proceso del antagonismo, de la envidia y de la malicia. Eso puede terminar tan sólo cuando hay amor en nuestro corazón.

Un alumno: ¿Puede haber paz en nuestra vida, cuando a cada momento luchamos contra el medio ambiente?

Krishnamurti: ¿Qué es lo que llamamos “medio ambiente”, y qué es el medio ambiente? Decimos qué el medio ambiente es la sociedad: el medio económico, el medio religioso, nacional y de clase, el clima. Luchamos, ya sea para adaptarnos a él o para emancipamos. La mayoría luchamos para encajar en el ambiente, para adaptarnos a él como individuos. Del medio ambiente esperarnos tener un empleo, esperamos poder disfrutar todos los beneficios de esa sociedad en particular; luchamos, pues, para encajar en esa sociedad, para adaptarnos a ella. ¿De qué está compuesta esa sociedad? ¿Habéis pensado en ello alguna vez? ¿Habéis observado la sociedad en que vivís, a la que tratáis de adaptaros? Esa sociedad se basa en lo que llamamos “religión” —¿no es así?— en una serie de tradiciones y en ciertos valores económicos; formáis parte de esa sociedad y tratáis de vivir en ella. ¿Podéis vivir en una sociedad que sé basa en el espíritu adquisitivo, que es el resultado de la envidia, del miedo, de la codicia, de los empeños posesivos, con ocasionales destellos de amor? ¿Lo podéis? Si tratáis de ser inteligentes, libres de temor, “no adquisitivos”, ¿podéis adaptaros a esa sociedad? ¿Para qué, pues, luchar con esa sociedad?

Vosotros mismos debéis crear vuestra nueva sociedad, lo cual significa que debéis estar libres de espíritu adquisitivo, de envidia, de codicia, de toda restricción religiosa del pensamiento, del nacionalismo, del patriotismo; sólo entonces os resultará posible no luchar sino crear algo nuevo, una nueva sociedad. Mientras, empero, tratéis de adaptaros, mientras hagáis un esfuerzo por adecuaros a la sociedad actual, no haréis más que seguir una pauta hecha de envidia, de prestigio, de esas creencias que son corruptoras. ¿No es, pues, importante, mientras sois jóvenes, mientras estáis en este lugar, que comprendáis todos estos problemas y así logréis libertad en vosotros mismos, para poder crear un mundo nuevo, una nueva sociedad, una nueva convivencia entre los hombres? Esa, por cierto, es la función de la educación.

Un alumno: ¿Por qué sufren los seres humanos, y por qué no podrá uno verse libre de ciertos tipos de sufrimiento tales como la muerte, la pesadumbre y el desastre?

Krishnamurti: ¿Por qué sufrimos, y es posible vernos libres de la muerte y el desastre?

La ciencia médica trata de libertar a la humanidad de las enfermedades por medio del saneamiento, la higiene y el alimento adecuado. Mediante diversas formas de la cirugía se está tratando de hallar remedio a enfermedades incurables como el cáncer. Un médico capaz y eficiente trae sin duda alivio, procura eliminar las enfermedades.

¿Es posible vencer la muerte? Es algo sumamente extraordinario que estéis tan interesados en la muerte. ¿Será porque veis tanta muerte en torno vuestro, las piras fúnebres, los cuerpos que llevan al río? ¿Por qué os preocupa esto tanto? Bien sabéis que un hombre que en sí mismo no tiene impulso creador, en quien no hay nada creativo, sufre; se preocupa a causa de ello, su sufrimiento le preocupa. Así, de un modo análogo, vosotros os ocupáis de la muerte porque estáis tan familiarizados con ella. Está constantemente con vosotros, y tenéis miedo a la muerte.

El otro día expliqué la cuestión. Vosotros no escucháis. Puedo contestarla de diferente manera. Pero si no escucháis, si no averiguáis realmente, si no comprendéis de veras lo que la muerte implica, iréis de un predicador a otro, de una esperanza a otra, de una creencia a otra, en procura de una solución para este problema de la muerte. ¿Comprendéis? La semana pasada contesté la pregunta; y, si ello os interesa, leed lo que hemos discutido cuando esté impreso en el papel. Leedlo; no sigáis preguntando sin tratar de descubrir. Podéis hacer innumerables preguntas. Esa es la sombra característica de una mente mezquina: preguntar siempre, pero nunca tratar de averiguar y descubrir.

Observad que la muerte sólo es posible cuando os aferráis a la vida. Cuando comprendéis todo el proceso del vivir y el morir, hay entonces una posibilidad de comprender el significado de la muerte. La muerte es simplemente la extinción de la continuidad y el miedo de no poder continuar. Pero bien veis que aquello que continúa no puede nunca ser creativo; sólo es creativo aquello que puede terminar voluntariamente. Pensadlo bien. Encontraréis por vosotros mismos lo que es verdadero; y la verdad es lo que os libera de la muerte, no vuestras meras lecturas ni vuestra creencia en la reencarnación. Descubrid por vosotros mismos comprendiendo el proceso total de la vida; entonces hallaréis que más allá de eso no hay nada perecedero.

Diciembre 29 de 1952.

XVIII

Mientras uno es muy joven, felizmente, los principales conflictos de la vida, las inquietudes, las alegrías pasajeras, los desastres físicos, la muerte y las torceduras mentales no nos afectan. Cuando somos jóvenes, por suerte, la mayoría de nosotros estamos fuera del campo de batalla de la vida; pero a medida que avanzamos en edad, los dolores, los desastres, los interrogantes, las dudas, las luchas íntimas y económicas, se amontonan sobre nosotros, y deseamos hallar la significación de la vida, saber qué significa todo eso. No nos satisfacen fácilmente las explicaciones de tipo económico, ni ninguna definición en particular. Queremos saberlo todo acerca de las luchas, las penas, la pobreza, los desastres; por qué los unos están en buena posición y los otros no lo están; por qué uno es un ser humano sano, inteligente, bien dotado, capaz, mientras otro no lo es. Queremos saber por qué; y pronto quedamos atrapados en una hipótesis, en una teoría, en una creencia, porque debemos hallar una respuesta. Nunca es la respuesta verdadera; pero la inventamos, tenemos acerca de ella una teoría, una creencia. Empezamos, pues, por una investigación; y no teniendo bastante fe en nosotros mismos, bastante vigor, inteligencia e inocencia, pronto nos vemos atrapados en teorías, en creencias.

Comprendemos que la vida es fea, dolorosa, penosa. Deseamos alguna clase de teoría, alguna clase de especulación o satisfacción, alguna clase de doctrina que explique todo esto; y así nos vemos atrapados en explicaciones, en palabras, en teorías, y gradualmente las creencias arráiganse profundamente y se vuelven inconmovibles, porque detrás de esas creencias, detrás de esos dogmas, está el miedo constante a lo desconocido. Pero jamás observamos ese miedo; nos alejamos de él. Cuanto más fuertes son las creencias, más fuertes son los dogmas. Y cuando examinamos esas creencias —cristianas, hindúes, budistas— vemos que ellas dividen a la gente. Cada dogma, cada creencia, tiene una serie de ritos, una serie de compulsiones que atan a los hombres y separan a los hombres. Empezamos, pues, por una indagación para descubrir qué es lo verdadero, cuál es la significación de esta desdicha, de esta lucha, de este dolor; y las creencias, los ritos, las teorías, no tardan en atraparnos. No tenemos la confianza en nosotros mismos, ni el vigor ni la inocencia necesarios para desechar todo e inquirir. La creencia, pues, empieza a actuar como factor de deterioro.

La creencia es corrupción, porque detrás de la creencia y la moral está en acecho “lo mío”, el “sí misino”; y el “yo” se vuelve grande, poderoso y fuerte. Consideramos como religión la creencia en Dios, la creencia en algo. Consideramos que el creer es ser religioso. ¿Comprendéis? Si no creéis, seréis considerados ateos, seréis condenados por la sociedad. Una sociedad condenará a los que creen en Dios, y otra sociedad condenará a los que no creen. Ambas son lo mismo. De suerte que la religión llega a ser asumo de creencia; y la creencia actúa y tiene su correspondiente influencia en la mente; y entonces la mente nunca puede ser libre. Pero es sólo en la libertad que podéis descubrir qué es verdadero, qué es Dios, no por medio de creencia alguna; porque esa mismísima creencia vuestra proyecta lo que creéis que debería ser Dios, lo que creéis que debiera ser verdadero. ¿Comprendéis? Si creéis que Dios es amor, que Dios es bueno, que Dios es esto o aquello, esa misma creencia os impide comprender qué es Dios, qué es lo verdadero. Pero, bien lo veis, vosotros queréis olvidaros de vosotros mismos, deseáis sacrificaros, deseáis imitar, abandonar esta lucha constante que prosigue dentro de vosotros; deseáis perseguir la virtud.

Hay constante lucha, hay dolor, hay sufrimiento, hay ambición. En todo eso hay dolor constante y placer transitorio, placer que viene y se va; pero vuestra mente desea algo enorme a lo cual aferrarse, algo más allá de sí misma, algo con lo que podáis identificaros. A ese “algo”, pues, que ella desea más allá de sí misma, la mente le llama Dios, le llama la verdad; y así se identifica con ello a través de la creencia, de las convicciones, de la racionalización, de diversas formas de disciplina y moral. Pero esta identificación —esto es, el reconocimiento del pensamiento como algo vasto que la mente inventa y que suscita la especulación— sigue formando parte del “yo”, sigue siendo parte de la lucha, sigue siendo proyección de la mente en su deseo de escapar a los tumultos de la vida. Os identificáis con un país: la India, o Inglaterra, o Alemania, o Rusia, o América. Os identificáis a vosotros mismos como hindúes. ¿Por qué? ¿Habéis observado eso alguna vez, habéis ido tras el sentido del vocablo, tras las palabras que han capturado vuestra mente? ¿Por qué os identificáis con la India? Porque vivís en una pequeña ciudad, lleváis una vida miserable con vuestras luchas, con vuestras reyertas de familia; porque estáis desagradados, descontentos, porque os sentís desdichados. Por eso queréis identificaros con algo llamado India. Esto os da una sensación de inmensidad, de grandeza, una satisfacción psicológica; decís, pues, “soy indio”, y por esto estáis dispuestos a morir, a matar y a quedar lisiados. Del mismo modo, como sois muy pequeños, como estáis en batalla constante con vosotros mismos, como estáis confusos, inciertos, y sois desdichados, como investigáis y sabéis que hay muerte, queréis identificaros con algo trascendente, con algo vasto, significativo, lleno de sentido, que llamáis Dios. Decís, pues, que eso es Dios, y con eso os identificáis; y ello os confiere enorme importancia y significación, y os sentís felices. De suerte que con el proceso de identificación se desarrolla el proceso autoexpansivo, que sigue siendo el “yo”, el “sí mismo” en lucha.

De modo que la religión, tal como generalmente la conocemos o la reconocemos, es una serie de creencias, dogmas, ritos, supersticiones, culto de ídolos, amuletos y guías espirituales que os conducirán a lo que deseáis como meta final. La verdad fundamental es vuestra proyección, es decir, lo que vosotros deseáis, lo que os hará felices, lo que os dará la certeza de un estado en el que no haya muerte. Así, pues, la mente atrapada en todo esto crea una religión, una religión de dogmas, de sacerdocio, de supersticiones y adoración de ídolos; y en eso os veis atrapados; y la mente se estanca. ¿Es eso religión? ¿Es la religión asunto de creencia, basado en el conocimiento de experiencias y asertos ajenos? ¿O la religión es simplemente seguir reglas de moral? Bien sabéis que es relativamente fácil ser moral: se hace esto y no se hace aquello. Y, como resulta fácil, podéis imitar un sistema de moral. Pero detrás de esa moral está en acecho el “yo” que crece, se expande, es agresivo y dominante. ¿Y acaso es eso religión?

Vosotros habéis de descubrir qué es la verdad, porque eso es lo único que importa, no que seáis ricos o pobres, no que estéis dichosamente casados y tengáis hijos, ya que todo ello tiene fin: ahí está siempre la muerte. Así, pues, sin forma alguna de creencia, tenéis que descubrir; debéis tener el vigor, la confianza en vosotros mismos, la iniciativa que se necesita para saber por vosotros mismos qué es la verdad, qué es Dios. La creencia nada os dará; la creencia sólo corrompe, ata, ofusca. Sólo por medio del vigor, de la confianza en sí, puede la mente ser libre.

No hay duda de que la función de la educación, aquí especialmente, consiste en formar individuos que no estén atados por ninguna especie de creencia, de moralidad, de respetabilidad. Porque detrás de ello acecha el “yo”, que es tan importante y busca hacerse respetable. Es ciertamente, función de un centro educativo como éste la de formar individuos verdaderamente religiosos, esto es, que tengan la religión del descubrimiento, de la vivencia directa de lo que es Dios, de lo que es la verdad. Esa vivencia no es posible —jamás será posible— mediante forma alguna de creencia, de ritos, de seguir o rendir culto a otro ser. Esa religión está libre de todos los guías espirituales. Como individuos, a medida que avanzáis en la vida, vosotros mismos podéis descubrir la verdad de instante en instante; tenéis capacidad para ser libres.

Creéis que el estar libres de las cosas materiales del mundo es el primer paso hacia la religión. No lo es. Esa es una de las cosas más fáciles de hacer. Lo primero es ser libre para pensar plenamente, de un modo completo e independiente; no estar aplastado por ninguna creencia, por las circunstancias, por el medio ambiente, para que seáis seres humanos integrados, capaces, vigorosos, con fe en vosotros mismos. Así, siendo vuestra mente libre, sin prejuicios ni condicionamiento, podréis descubrir qué es Dios, qué es la verdad.

Es para tal fin, sin duda, que este centro existe: para ayudar a cada individuo que aquí viene a ser libre para descubrir la realidad, no para seguir ningún sistema, ni creencia, ni ritual, ni guía espiritual. El individuo tiene que despertar su inteligencia creadora mediante la libertad, no mediante forma alguna de disciplina, lo cual significa resistencia, compulsión, coacción. Así, gracias a esa inteligencia, a esa libertad, el individuo podrá descubrir aquello que está más allá de la mente. Porque sólo cuando se la “vivencie” directamente, será conocida la inmensidad de aquello, a que no se puede dar nombre, de aquello que las palabras no pueden medir, que es ilimitado y en lo cual está aquel amor que no es de la mente. Nada de eso puede la mente concebir; y, como no lo puede concebir, la mente ha de estar muy serena, asombrosamente en silencio, sin demanda alguna, sin ningún deseo. Sólo entonces es posible que advenga esa cosa extraordinaria que llamamos Dios o la realidad.

Un alumno: ¿Qué es la obediencia? ¿Es posible de alguna manera obedecer sin comprender la orden?

Krishnamurti: ¿Es posible obedecer la orden sin comprender la orden? ¿No es acaso lo que hacemos la mayoría de nosotros? Los padres, los maestros, la gente mayor os dice “haced esto”. Lo dicen ya sea cortésmente o con un palo; y nosotros nos asustamos y obedecemos. Eso es lo que hacen los gobiernos. Eso es lo que hacen los militares. Se nos adiestra desde niños sin que sepamos qué es lo que todo ello significa. Cuanto más tiránico, más totalitario y más autoritario es el gobierno, tanto más nos vemos compelidos, plasmados desde la infancia; y, no sabiendo por qué, debemos obedecer. Se nos dice qué hemos de pensar. Nuestra mente queda purgada de todo pensamiento que no sea del Estado, de la autoridad. Jamás se nos enseña ni se nos ayuda a descubrir cómo pensar; pero tenemos que obedecer. Así lo dice el sacerdote, así lo dice el libro religioso; nuestro propio miedo nos compele íntimamente a obedecer, porque, si no lo hacemos, estaremos perdidos, estaremos confusos.

Obedecemos, pues. ¿Por qué obedecemos? ¿Comprendéis? La estructura social, el Estado religioso, nos obliga a seguir ciegamente, en la esperanza de alguna recompensa o felicidad, la norma establecida por otros. ¿Por qué obedecemos? ¿Debemos acaso obedecer? Es que somos muy irreflexivos. El pensar es muy penoso; para pensar tenemos que interrogar, tenemos que averiguar cómo es que nuestros mayores no quieren que descubramos que ellos no tienen paciencia, que están demasiado ocupados con sus reyertas, con sus ambiciones, con sus prejuicios, con sus mandamientos y prohibiciones de moral y respetabilidad. La gente mayor no tiene, pues, paciencia; y nosotros somos jóvenes, nosotros tememos equivocarnos porque también queremos ser respetables. ¿No deseamos acaso ponernos el mismo uniforme, tener todos la misma apariencia? No deseamos hacer nada diferente. El pensar por cuenta propia, el estar aparte, resulta muy doloroso; de suerte que nos unimos a la pandilla.

¿Por qué hacemos todo esto: obedecer, seguir, imitar? ¿Por qué? Porque en lo íntimo tenemos miedo de estar inseguros. Deseamos tener certeza —financieramente, en lo moral— queremos recibir aprobación, queremos estar en posición segura, nunca queremos hacer frente a dificultades, al dolor, al sufrimiento, deseamos estar protegidos. Así es cómo, consciente o inconscientemente, el miedo nos hace obedecer al jefe, al líder, al sacerdote, al Gobierno. El miedo también nos impide hacer algo que pueda perjudicar a los demás, porque seremos castigados. Detrás, pues, de todos estos actos, de esta codicia, de estos empeños, está en acecho el deseo de certeza, de estar en seguridad. De modo que sin disolver el miedo, sin verse libre de él, el mero obedecer o ser obedecido tiene muy poca significación. Lo que tiene sentido es esto: comprender dicho miedo de día en día, y cómo el miedo se manifiesta de diferentes maneras. Sólo cuando se está libre del miedo existe esa cualidad interna de la comprensión creadora, esa “unitotalidad” en la que no hay acumulación de conocimientos o de experiencia; y eso únicamente es lo que brincia extraordinaria claridad a la busca de lo real.

Diciembre 30 de 1952.

XIX

Cuando tengamos más edad y abandonemos este instituto después de recibir educación —la llamada “educación”— tendremos que enfrentarnos con muchos problemas: qué profesión habremos de escoger, para que en esa profesión podamos cumplir nuestro destino, ser felices, para que en esa profesión, vocación u ocupación estemos satisfechos y no explotemos al prójimo, no seamos crueles con los demás. Tendremos que enfrentar el sufrimiento, los desastres, la muerte. Hemos de comprender los problemas del hambre y de la superpoblación, del sexo, el placer, el dolor, las muchas cosas desconcertantes, antagónicas y contradictorias de la vida, las disputas, los conflictos entre hombre y hombre o entre la mujer y el hombre, los conflictos íntimos, las luchas dentro y fuera de uno mismo, las guerras, el espíritu militarista, la ambición, y esa cosa extraordinaria que se llama “paz” y que es mucho más vital de lo que imaginamos. Tenemos que comprender el significado de la religión; no el mero culto de las imágenes ni las meras especulaciones que —así lo creemos— nos confieren el derecho de fingir sentimiento religioso, sino también esa cosa compleja y extraña llamada “amor”. Todo eso tenemos que comprenderlo, y no solamente ser educados para pasar exámenes. Tenemos que conocer la belleza de la vida, observar el vuelo de los pájaros, ver los mendigos, los desastres, la suciedad, los horribles edificios que se construyen, la inmunda carretera, los templos aun más inmundos. A, todos esos problemas tenemos que hacer frente. También habremos de decidir a quién seguir, a quien no seguir, y si en verdad debemos seguir a alguien.

La mayoría de nosotros se ocupa de introducir algún pequeño cambio aquí y allá, con lo cual quedamos satisfechos. A medida que envejecemos, ya no queremos ningún cambio profundo, fundamental, porque tenemos miedo. No pensamos en términos de transformación sino tan sólo de cambio; y, cuando examinéis ese cambio, encontraréis que sólo es una modificación, no una revolución radical, una transformación. Con todas esas cosas habréis de enfrentaros, desde vuestra propia felicidad á la felicidad de muchos, desde vuestros propios empeños y ambiciones egoístas a las ambiciones, móviles y empeños de los demás; tendréis que hacer frente a la rivalidad, a la corrupción en uno mismo y en los demás, al deterioro de la mente, a la vacuidad del corazón. Todo esto tenéis que saberlo, con todo esto os habréis de enfrentar; pero no estáis preparados para ello. ¿Qué es lo que sabremos cuando dejemos estas aulas? Somos tan lerdos, tan vacíos, tan poco profundos como cuando vinimos; y nuestros estudios, nuestra vida en la escuela, nuestros contactos con los maestros y el contacto de ellos con nosotros no nos han ayudado a comprender este complejísimo problema de la vida. Los maestros son torpes, y nosotros nos volvemos torpes como ellos. Son miedosos y nosotros somos miedosos. Es, pues, nuestro problema —tanto vuestro problema como el problema de los maestros— el ver que salgáis de aquí con madurez, con comprensión, libres de miedo, para que seáis capaces de enfrentaros inteligentemente con la vida. Parece, pues, muy importante el hallar una respuesta a todos estos problemas; pero no hay tal respuesta. Todo lo que podéis hacer es enfrentaros inteligentemente con estos complejísimos problemas a medida que surgen. Prestad atención a esto, por favor; comprendedlo. Vosotros queréis una respuesta. Creéis que leyendo, siguiendo a alguien, estudiando algún libro, encontraréis una respuesta a todos estos muy complejos y sutiles problemas. Pero no hallaréis respuestas, porque estos problemas han sido creados por seres humanos que pueden haber sido como vosotros, El hambre, la horrible fealdad, la dureza espantosa, la crueldad, todo eso ha sido creado por los seres humanos. Tenéis, pues, que comprender el corazón humano, la mente humana, o sea a vosotros mismos. Contentarse con buscar en un libro una respuesta, o acudir a una escuela para descubrirla, o seguir un sistema económico por mucho que pueda prometer, o adherirse a alguna superstición y absurdidad religiosa, o seguir a un guía espiritual, o practicar las ceremonias religiosas, de ningún modo os ayudará a comprender estos problemas, porque ellos han sido creados por vosotros y por otros como vosotros. Y puesto que vosotros los habéis creado, no podéis comprenderlos sin comprenderos a vosotros mismos; y para comprenderos a vosotros mismos mientras vivís, de instante en instante, de día en día, el año entero, necesitáis inteligencia, gran dosis de penetración, de amor, de paciencia.

Así, pues, es indudable que debéis descubrir qué es la inteligencia, ¿verdad? Todos vosotros hacéis uso de esa palabra con mucha libertad; y se os ocurre que, por la repetición de esa palabra, llegaréis a ser inteligentes. Los políticos repiten sin cesar palabras como “integración”, “una nueva cultura”, “debéis ser inteligentes”, “debéis crear un mundo nuevo”, pero todas ésas son palabras vacías, sin mucho sentido. No uséis palabras, pues, sin comprenderlas realmente. Estamos tratando de descubrir qué es la inteligencia; porque si sabemos lo que ella es y si podemos sentirla —no simplemente tener de ella una definición, que cualquier diccionario os dará— si la conocemos, si la comprendemos, ella nos ayudará a cada uno de nosotros, mientras nos desarrollamos, a enfrentar los enormes problemas de nuestra vida. Si tenemos inteligencia, descubriremos entonces cómo habérnoslas con estos problemas. Sin esa inteligencia, hagáis lo que hiciereis —leer, estudiar, acumular conocimientos, pelear, disputarnos, cambiar, lograr pequeños cambios aquí y allá en la estructura social— jamás variaréis, no habrá en vosotros transformación ni felicidad. ¿No resulta necesario, pues, inquirir acerca de qué entendemos por inteligencia? ¿Qué es la inteligencia, no la definición de la palabra sino qué significa? Voy a averiguar qué significa; y quizá para algunos de vosotros ello habrá de resultar difícil. Pero no os molestéis en tratar de comprenderlo, en tratar de entender las palabras; tratad, en cambio, de sentir lo que estoy diciendo. Tratad de sentir eso, su cualidad; y luego, a medida que avancéis en edad, empezaréis a ver la significación de lo que yo he dicho. Escuchad, pues, más bien que la palabra, el contenido profunda de esa palabra.

La mayoría de nosotros cree que la inteligencia puede ser acopiada o cultivada adquiriendo más conocimientos, más información, más experiencia, teniendo conocimientos para utilizar ese saber, teniendo experiencia para hacer frente a la vida con esa experiencia. Pero la vida es algo extraordinario, jamás está estacionaria; es como un río, una cosa vivaz que se mueve, que nunca está en reposo. Solemos creer que teniendo más experiencia, más conocimientos, más virtud, más riqueza, más posesiones, más y más, descubriremos qué es la inteligencia. Por eso es que respetamos a la gente de conocimientos, a los eruditos, a las personas que han tenido plena y rica experiencia. ¿Es la inteligencia un resultado del “más”? ¿Qué es este proceso del “más” —el tener más, el querer más? ¿Qué hay detrás de él? Nos interesa —¿no es así?— el acumular; de suerte que decimos “si yo sé, podré enfrentarme con la vida”, “si yo puedo comprender qué objeto tiene la vida, entonces puedo seguir por aquel sendero”, “si tengo más experiencia, podré entonces enfrentar los muy complejos problemas de la vida”. Estamos, pues, desde la infancia hasta la vejez, muy ocupados con los problemas del “más”, con poseer más, siempre más y más.

Ahora bien, ¿qué acontece cuando habéis acumulado saber, experiencia, posición? Sea cual fuere la experiencia que tengáis, ella es traducida a términos de “más”, de suerte que nunca “vivenciáis” y siempre estáis acopiando; y este acopiar es el proceso de la mente. La mente es el centro de este “más”. Y así, a medida que ella acopia, más y más va acumulando, y el “más” es el “yo”, el “sí mismo”, el “ego”, la entidad encerrada en sí misma a la que sólo le importa el “más”, ya sea positiva o negativamente. Y así, con esa mente, con la experiencia acumulada del “más”, hace frente a la vida. Y al enfrentarse con la vida —lo cual implica experiencia— sólo le interesa el “más” y por eso nunca “vivencia”, sólo acopia; y de tal suerte la mente llega a ser mero instrumento de acopio y no hay verdadera vivencia. ¿Cómo podéis “vivenciar” cuando siempre estáis pensando en obtener algo de esa experiencia, algo más? De modo, que el hombre que acumula, el hombre que acopia, el hombre que desea más, nunca “vivencia” la vida. Sólo cuando a la mente no le importa el “más”, el acumular, existe una posibilidad de que esa mente sea inteligente. Cuando la mente está interesada en el “más”, toda experiencia fortalece ese “yo” que se encierra en sí mismo, el “yo” que es el centro de todo conflicto, toda experiencia no hace más que fortalecer el proceso egocéntrico de la vida. Prestad atención a esto, por favor. Vosotros creéis que la experiencia es el proceso libertador. Pero no lo es; pues mientras la mente se interese por la acumulación, por el “más”, cuantas más experiencias tengáis, más os Veréis reforzados en vuestro egotismo, en vuestros empeños egoístas, en el proceso de pensamiento que es autoencierro.

La inteligencia sólo es posible cuando se está realmente libre del “sí mismo”, del “yo”, cuando la mente no es el centro de reclamo de “más”, el centro desde el cual se anhelan mayores, más amplias, más expansivas regiones del pensamiento. La inteligencia es, pues —¿verdad?— el verse uno libre de la presión del tiempo; pues el “más” implica tiempo, la mente es el resultado del tiempo. De suerte que el cultivo de la mente no es inteligencia. La comprensión de todo este proceso de la mente es conocimiento propio, conocerse tal cual es uno mismo, en lo cual no hay centro acumulativo. De ahí, entonces, surge esa inteligencia que puede hacer frente a la vida; y esa inteligencia es creadora.

Mirad vuestra vida. ¡Cuan insípida, cuan estúpida, cuan estrecha ella es porque vosotros no sois creadores!. Puede que tengáis hijos, pero eso no es ser creador. Puede que seáis burócratas, pero eso no es ser creador; en ello no hay vitalidad, es una rutina muerta, un fastidio. Vuestra vida está cercada por el miedo, y por eso hay autoridad e imitación; y por eso no sabéis qué es ser creadores. No me refiero a la pintura de cuadros, a escribir poemas o poder cantar una canción; quiero significar la naturaleza más profunda de la acción creadora, la cual, una vez descubierta, es un eterno manantial, una corriente imperecedera; y ella sólo puede encontrarse gracias a la inteligencia porque ésta es la fuente, ésta es lo atemporal. Pero la mente no puede hallarla; porque la mente es el centro del “yo”, del “sí mismo”, los constantes pensamientos que eternamente piden “más”. Cuando comprendáis todo esto, no sólo verbalmente sino en lo profundo, encontraréis que con esa inteligencia adviene esa acción creadora que es la realidad, que es Dios, sobre la cual no ha de especularse ni meditarse. No la conseguiréis por medio de vuestra meditación, de vuestros ruegos por “más”, ni rehuyendo el “más”. Ese “algo” sólo puede advenir cuando comprendéis, todos los días y de instante en instante, las complejas reacciones, el estado de la mente al enfrentaros con la malicia, con la envidia. Conociendo todo eso, surge aquello que llamamos “amor”; y el amor es inteligencia; y con esa inteligencia adviene aquel estado creador que es atemporal.

Un alumno: La formación de la sociedad se basa en la interdependencia. El médico tiene que depender del labrador, y el labrador del médico. ¿Cómo, entonces, puede un hombre ser completamente independiente?

Krishnamurti: La vida es interrelación. No podéis vivir sin tener alguna clase de relación. Hasta el “sanyasi” (hombre que renunció a las cosas mundanas) tiene relaciones; podrá renunciar al mundo, pero él sigue en relación con el mundo. La vida, pues, es el proceso de interrelación. No podéis escapar a la interrelación; y como la interrelación causa conflicto, como en la interrelación hay miedo, dependéis ya sea del marido, de los padres, de la esposa o de la sociedad. Mientras no comprendamos la interrelación —comprended lo que entiendo por “interrelación”: no sólo la relación de los padres y el hijo, sino las del maestro, del cocinero, del sirviente, del gobernador, del comandante, de la sociedad entera, la cual, al fin y al cabo, es la extensión de la relación de uno con otro— mientras no comprendamos esa interrelación, no habrá liberación de la dependencia que se produce por el miedo, por la explotación. La libertad sólo viene con la inteligencia, y sólo la inteligencia puede hacer frente a la vida de relación. Sin inteligencia, el mero hecho de buscar libertarse o independizarse de la interrelación es perseguir una ilusión desprovista de sentido.

Lo importante, pues, es comprender la interrelación que causa conflicto, desdicha, dolor, miedo. Es poniendo de manifiesto muchas cosas del corazón, de la mente, de la soledad, que surge la comprensión; y cuando comprendemos nos libertamos, no de la interrelación sino de los conflictos que causan desdicha.

Un alumno: ¿Por qué es desagradable la verdad?

Krishnamurti: Si yo me creo hermoso y tú me dices que no lo soy —lo cual puede ser un hecho— ¿me agrada eso? Si yo me creo muy inteligente, muy listo, y tú señalas que soy una persona bastante tonta, ¿me agrada eso? Me resulta de muy mal gusto; pero tú lo señalas porque te da una sensación de placer, ¿no es así? El señalar mi estupidez te brinda una sensación placentera, te da un sentido de vanidad; muestra cuan listo eres. Te complaces en señalar mi estupidez; pero cuando se trata de tu propia estupidez, no deseas descubrir lo que tú eres, quieres huir de ti mismo, deseas esconderte, deseas encubrir tu vaciedad, tu soledad, tu necedad. Tienes, pues, amigos que nunca te dirán lo que tú eres. Quieres mostrar a otros lo que tú no eres; pero si otros señalan tu error y te muestran lo que eres, eso no te gusta. Evitas, pues, el conocer aquello que pone de manifiesto tu propia naturaleza íntima.

Un alumno: Hasta ahora nuestros maestros han estado muy seguros y nos han enseñado como de costumbre. Pero, habiendo escuchado lo que aquí se ha dicho, habiendo seguido todas las discusiones, los maestros han caído en una gran incertidumbre. Un estudiante inteligente sabrá cómo habérselas con el problema; ¿pero qué les ocurrirá a los que no son inteligentes?

Krishnamurti: ¿Quiénes son los maestros que están en la incertidumbre? ¿Y de qué es que no tienen certeza? No es de lo que han de enseñar, puesto que pueden continuar con lo que enseñan, con las matemáticas, con la geografía, con el programa de siempre. No es de eso que no tienen certeza, ¿verdad? De lo que no tienen certeza es de cómo tratar al estudiante, de su relación con el estudiante. ¿No es así? Están inseguros de sus mutuas relaciones; porque hasta ahora nunca se preocupaban por el alumno; llegaban a la clase, enseñaban y se iban. Ahora les interesan sus relaciones con el estudiante: si en él engendran miedo, si ejercitan su autoridad para hacerle obedecer y por lo tanto destruyen su iniciativa. Les importa saber si reprimen al alumno o si le ayudan a encontrar su verdadera vocación; si fomentan su iniciativa o si lo fuerzan a obedecer. Se preocupan por sí mismos y por sus relaciones con los estudiantes. Es natural que no tengan certeza. No hay duda de que el maestro, al igual que el alumno, también debe hallarse inseguro para inquirir, para investigar. Ese es todo el proceso de la vida desde el principio hasta el fin: no detenerse nunca en determinado lugar y decir “sé que es así”. ¿No es cierto?

Jamás un hombre inteligente es estático, jamás dice “yo sé”. Siempre está inquiriendo, nunca tiene certeza, siempre investiga, observa, encuentra. En el momento en que dice “yo sé”, ya está muerto; y la mayoría de nosotros, jóvenes o viejos, a causa de la tradición, de la compulsión o de los absurdos de nuestra religión, o a causa del miedo, de la burocracia, estamos casi muertos, sin vitalidad alguna, sin ningún vigor, sin ninguna confianza en nosotros mismos. Así, pues, también el maestro tiene que descubrir. Tiene que descubrir por sí mismo sus propias tendencias burocráticas a fin de no corromper la mente de los demás; y ése es un proceso muy difícil que requiere gran dosis de comprensión.

De suerte que el alumno inteligente ha de ayudar al maestro, y el maestro ha de ayudar al estudiante. Eso es interrelación. ¿Qué le ocurre al muchacho o a la muchacha torpe, que no es muy inteligente? Ninguno de ellos, por cierto, está tan embotado que sea incapaz de sentir, de comprender esta dificultad, porque, cuando el maestro no tiene certeza, es más tolerante, más vacilante con el muchacho lerdo; es más paciente, más afectuoso, y por lo tanto puede que sea capaz de ayudarle.

Un alumno: El labrador tiene que depender del médico para la cura del dolor físico. ¿En esto rige también la acción dependiente?

Krishnamurti: En ello hay un elemento de temor. Como ya lo he explicado, es un problema de interrelación. Si mi relación contigo se basa en el miedo, dependo de ti en lo económico, en lo social o en lo psicológico. Íntimamente, mientras exista el miedo, no hay independen y el problema de libertar la mente del miedo es un problema sumamente complejo que hemos discutido.

Como ves, lo importante en todas estas preguntas y respuestas no es lo que uno dice o contesta, sino descubrir en uno mismo la verdad acerca de la cuestión, inquiriendo, investigando y observando de un modo constante, no dejándose atrapar en determinado sistema; porque es el investigar lo que suscita iniciativa, lo que trae inteligencia creadora. El satisfacerse con una mera respuesta embota la mente. De suerte que para vosotros, mientras estáis en esta escuela, resulta importantísimo no aceptar sino inquirir en todo momento, captar, descubrir libremente por vosotros mismos el significado íntegro de la vida.

Diciembre 31 de 1952.

ÍNDICE

CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN RAJGHAT – BENARES (INDIA) 1952

I Conferencia 9

II Conferencia 17

¿Cómo habremos de lograr el hábito de la intrepidez? 24

III Conferencia 27

¿Cómo se es inteligente? 35

Todo el mundo sabe que morimos. ¿Por qué tenemos miedo a la muerte? 35

¿Cómo podemos vivir dichosamente? 36

IV Conferencia 39

¿Es factible que un hombre se mantenga ajeno a la sensación de temor y al mismo tiempo viva en sociedad? 44

¿Qué es Dios? 45

¿Podemos darnos cuenta de nuestros deseos inconscientes? 47

¿Por qué algunas personas nacen en circunstancias de pobreza y otras nacen ricas y acomodadas? 47

¿Es Dios un señor, una señorita o un misterio? 48

V Conferencia 51

¿Cómo podemos hacer que nuestra mente sea libre cuando vivimos en una sociedad llena de tradición? 56

Hemos sido educados en la sociedad. ¿Cómo es posible ser libres? 57

¿Qué es la verdadera libertad? ¿Cómo adquirir verdadera libertad? 58

VI Conferencia 61

¿Por qué tenemos miedo, aun sabiendo que Dios nos protege? 67

¿Qué es la timidez? 68

¿Qué es la sociedad? 69

¿Puede uno llegar a ser libre, viviendo en esta saciedad? 70

¿Por qué desea la gente vivir en sociedad? 71

Cuando estamos relacionados unos con otros, eso significa que no podamos ser libres. ¿No es ello absolutamente cierto? 72

¿Cómo podemos ser libres cuando nuestros padres dependen de nosotros? 73

¿Estará bien de nuestra parte ver a nuestros padres pasar hambre? 74

VII Conferencia 77

¿Qué es “calamidad”? 84

Si alguien tiene la ambición de ser ingeniero, ¿no significa que ello le interesa? 84

¿Cuál es la manera más fácil de encontrar a Dios? 85

¿Está Dios en todas partes? 86

¿Cuál es el verdadero objeto de la vida? 87

VIII Conferencia 91

¿Por qué hay dolor en el mundo? 97

¿Podemos extirpar el sufrimiento? 99

Si alguien padece hambre y yo siento que puedo ser útil, ¿no es con ambición que yo amo a esa persona? 99

Suponga Vd. que quiero volverme a casa y que el director dice “no”. Si lo desobedezco deberé arrostrar las consecuencias. Si obedezco al director, me siento acongojado. ¿Qué habré de hacer? 100

¿Por qué no habríamos de practicar el “puja” (ceremonia religiosa hindú)? 101

IX Conferencia 105

¿Qué deberíamos pedir a Dios que nos dé? 109

¿Qué es la verdadera grandeza, y cómo podré ser grande? 110

¿El amor no tiene fin? ¿El amor se basa en la atracción? 111

¿Por qué ha sido creada la tierra, y por qué estamos en ella? 112

¿Por qué se siente la necesidad del amor? 113

¿Qué es la oración? ¿Cuál es su importancia en la vida diaria? 113

X Conferencia 114

¿Por qué tenemos una sensación de orgullo cuando logramos éxito? 117

¿Cómo podremos eliminar el orgullo, vernos libres de él? 121

¿Cómo puede un objeto de belleza ser para siempre un gozo? 122

¿Por qué los pobres son felices y los ricos desgraciados? 125

Si bien hay progreso en diferentes direcciones, si bien la gente progresa en diferentes terrenos, ¿por qué no hay fraternidad? 127

XI Conferencia 131

XII Conferencia 137

¿Qué es el amor en su propia esencia? 141

¿Qué es la religión? 143

Supongamos que alguien es desgraciado y quiere ser feliz. ¿Es eso ambición? 145

XIII Conferencia 149

¿Es la belleza una cualidad subjetiva u objetiva? 153

¿Por qué es que el hombre fuerte elimina al débil? 155

¿Por qué los peces más grandes quieren tragarse a los más pequeños? 156

¿Es verdad que los descubrimientos científicos facilitan nuestra vida? 156

¿Qué es la muerte? 157

XIV Conferencia 161

¿Es la verdad relativa o absoluta? 166

¿Que es la percepción externa? 168

¿Qué es la felicidad real y eterna? 169

¿Por qué la gente desea cosas? 171

XV Conferencia 173

¿La inteligencia forma el carácter? 178

¿Por qué se siente uno perturbado cuando alguien le mira atentamente? 180

¿No podemos cultivar la comprensión? ¿Es experiencia la comprensión? Cuando tratamos constantemente de comprender, ¿No significa ello que queremos “vivenciar” la comprensión? 181

¿Es el poder de la comprensión el mismo en todas las personas? 183

XVI Conferencia 185

¿Qué objeto tiene la creación? 190

¿Qué es el “karma”? 192

¿En el respeto hay o no un elemento de miedo? 196

XVII Conferencia 197

¿Por qué nos sentimos inferiores delante de superiores? 201

¿Puede haber paz en nuestra vida cuando a cada momento luchamos contra el medio ambiente? 203

¿Por qué sufrimos, y es posible vernos libres de la muerte y el desastre? 205

XVIII Conferencia 207

¿Qué es la obediencia? ¿Es posible de alguna manera obedecer sin comprender la orden? 213

XIX Conferencia 217

La formación de la sociedad se basa en la interdependencia. El médico tiene que depender del labrador, y el labrador del médico. ¿Cómo entonces, puede un hombre ser completamente independiente? 224

¿Por qué es desagradable la verdad? 225

Hasta ahora nuestros maestros han estado muy seguros y nos han enseñado como de costumbre. Pero habiendo escuchado lo que aquí se ha dicho, habiendo seguido todas las discusiones, los maestros han caído en una gran incertidumbre. Un estudiante inteligente sabrá cómo habérselas con el problema: ¿pero qué les ocurrirá a los que no son inteligentes? 226

El labrador tiene que depender; del médico para curar del dolor físico. ¿En esto rige también la acción dependiente? 227

OBRAS DE KRISHNAMURTI PUBLICADAS EN ESPAÑOL

Con las fechas de sus ediciones

AGOTADAS EN ARGENTINA

MENSAJE DE KRISHNAMURTI, 1927-1930. 1932 (Madrid).

KRISHNAMURTI. ANALES, 1931. Ommen (Holanda). 1932 (Madrid).

KRISHNAMURTI EN ITALIA, 1933. 1935 (Madrid).

KRISHNAMURTI EN ADYAR, INDIA, 1933-1934 (Humanidad eterna). 1936 (Madrid).

KRISHNAMURTI EN AUCKLAND, NUEVA ZELANDA, 1934. 1935 (Madrid).

KRISHNAMURTI EN OJAI CALIFORNIA, 1934. 1934 (Madrid).

EL SILENCIO CREADOR (Londres, 1949 y París, 1950). Buenos Aires, 1953. (2ª edición, México).

UN MUNDO NUEVO Buenos Aires, 1953, (2ª edición, México).

CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN LAS REPÚBLICAS LATINOAMERICANAS:

Fascículo Primero: Brasil, 1935. 1935 (Madrid)

Fascículo Segundo: URUGUAY. 1935. 1937 (Montevideo)

Fascículo Tercero: ARGENTINA, 1935. 1937 (Buenos Aires).

Fascículo Cuarto: CHILE, 1935. 1937 (Santiago de Chile).

Fascículo Quinto: MÉXICO, 1935. 1937 (México).

CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN 1936. (Segunda Serie). Buenos Aires, 1938.

CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN 1937-1938. Buenos Aires, 1939.

CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN 1936. (Primera Serie). Buenos Aires, 1949.

OBRAS DE KRISHNAMURTI PUBLICADAS EN ESPAÑOL

Fechas de sus ediciones

ACTUALMENTE EN VENTA

CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN OJAI Y SAROBIA, 1940 Aires. 1943. (2ª edición, México).

SOLO EL RECTO PENSAR CONDUCE A LA PAZ (Ojai, 1944). Buenos Aires, 1946. (2ª ediciones). (3ª edición, México).

LA PAZ INDIVIDUAL ES LA PAZ DEL MUNDO, (Ojai, 1945-46). Buenos Aires, 1949. (2ª ediciones). (3ª edición, México).

LA PAZ FUNDAMENTAL, (Madrás, 1947 y Benares, 1949). Buenos Aires, 1950. (2ª Edición, México).

EL COCIMIENTO DE UNO MISMO, (Ojai, 1949). Buenos Aires, 1952. (2ª edición, México).

VIVIR DE INSTANTE EN INSTANTE (Bangalore, India, 1948).

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