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Ultimas platicas en Saanen

Últimas pláticas en Saanen
Titulo del original en inglés: Last Talks at Saanen 1985
Traducción de Armando Clavier

Prólogo

Este libro es una conmemoración de las últimas pláticas que Krishnamurti ofreció en Saanen, Suiza, después de veinticinco años de sostener ahí reuniones internacionales durante todos los veranos. Fue una coincidencia afortunada que Mark Edwards se encontrara ese verano en Saanen para fotografiar la reunión desde el comienzo, puesto que la decisión de Krishnamurti de no ofrecer más pláticas en ese lugar no fue anunciada sino hasta casi finalizar las actividades. La razón de que Krishnamurti desistiera de continuar con las reuniones de Saanen fue que, a los noventa años, sintió que debía limitar un poco sus viajes.

Saanen, situado en el Oberland Bernés, es un hermoso pueblo que Krishnamurti vio por vez primera cuando en 1957 fue a hospedarse con un amigo en la vecina ciudad de Gstaad. Sin embargo, ya conocía bien Suiza gracias a las muchas visitas que hiciera a Villars a través de los años. Siempre había amado las montañas y los paisajes montañeses.

En el verano de 1961, una amiga italiana alquiló para él una casa amueblada en Gstaad, el Chalet Tanneg, y por los siguientes veintitrés años Krishnamurti pasaría algunas semanas en esta misma casa de campo que era alquilada todos los veranos. (Fue sólo durante los dos últimos años, después de que Tanneg se vendiera, que él tuvo que encontrar otro alojamiento cerca de Saanen). Siempre llegaba a Tanneg anticipándose bastante al comienzo de las pláticas y permanecía por algún tiempo después de que éstas finalizaban.

Durante el primer verano de 1961, se arregló para él una pequeña reunión en la Landhaus de Saanen (el Town Hall) que sólo daba cabida a unas 350 personas; sin embargo, en las pláticas que ofrecía ahí estuvieron representadas 19 nacionalidades diferentes. Se encontraba ese verano en Gstaad Aldous Huxley, un gran amigo a quien Krishnamurti había conocido por primera vez en California, el que acudió luego varias veces para oírle hablar. Al relatar la plática del 6 de agosto, Huxley escribió: «... estuvo entre las cosas más impresionantes que yo haya escuchado jamás. Era como escuchar un discurso del Buda ‑tal poder, tal autoridad intrínseca, tan inflexible rechazo a permitir al homme moyen sensuel (al hombre medio sensual) cualquier tipo de gurús, salvadores, führers (líderes), iglesias. “Yo les muestro el dolor y la terminación del dolor -y si ustedes no se deciden a satisfacer las condiciones para terminar con el dolor, estén preparados, cualesquiera sean los gurús, iglesias, etc. en que puedan creer, para la continuación del dolor”».

Al año siguiente se organizó una reunión más grande en una carpa con cúpula geodésica inventada por Buckminster Fuller, el famoso arquitecto diseñador norteamericano. La carpa se levantó en la pista de aterrizaje de Saanen.

En 1963, la misma carpa se levantó en el único terreno completamente llano de Saanen, apartado de la pista de aterrizaje que no había sido desmantelada. El río Saanen corre junto a este sitio de 1,75 acres y hay bosquecillos a ambos lados. Este terreno se compró en 1965 con fondos aportados para la labor de Krishnamurti y administrados por un comité legalmente constituido. De ahí en adelante todas las reuniones se efectuaron en este lugar. En 1968 se reemplazó la ya gastada carpa con cúpula, y desde entonces hubo un solo reemplazo más.

La asistencia a estas reuniones de Saanen se fue incrementando año tras año. En la última reunión se apiñaron dentro de la carpa más de 3000 personas para las cinco pláticas y las tres sesiones de preguntas y respuestas ofrecidas por Krishnamurti. Estuvieron representadas casi todas las nacionalidades, una enorme variedad de tipos y una amplia gama de edades. Algunas personas vinieron meramente por un día; muchas más permanecieron durante toda la reunión. Las casas rodantes y los excursionistas fueron acomodados en el campamento municipal; otros alquilaron chalets o se alojaron en hoteles o en casas de huéspedes de Saanen y de pueblos vecinos. Algunos, que no podían afrontar los gastos de las casas de huéspedes, pernoctaron en dormitorios colectivos, ya sea en viejas escuelas en desuso o en edificios ocasionalmente utilizados por las fuerzas militares. A quienes lo deseaban, se les proporcionaba una comida caliente diaria a un costo mínimo, la cual se cocinaba en una cocina improvisada y se comía al aire libre.

Las reuniones jamás hubieran podido realizarse de no ser por la voluntaria y generosa ayuda de tantas personas a lo largo de esos veinticinco años. En las últimas reuniones, las pláticas se grabaron en cinta magnetofónica y también en vídeo. Las cintas se transcribían inmediatamente y se entregaban copias a los traductores, quienes superponían las traducciones en una pista paralela existente en las grabaciones de vídeo, registrándolas también en cintas de audio. De este modo, al día siguiente no sólo estaban a la venta los videos y los casetes correspondientes a la plática del día anterior, en inglés, alemán, francés, italiano, holandés y español, sino que se exhibían videos en esos mismos idiomas.

La última reunión de Saanen en 1985 fue bendecida con el hechizo de un tiempo realmente hermoso. En la primera sesión de preguntas y respuestas, después de que se anunciara que ésta sería la última reunión, Krishnamurti comenzó su discurso de una manera característica: «Se me dice que hay muchas personas que se sienten tristes por dejar definitivamente Saanen. Si uno está triste, es por el tiempo que hemos desaprovechado».

Pero en su última reunión él habló con gran sentimiento: «Hemos tenido los días más maravillosos, hermosas mañanas, bellos atardeceres, largas sombras, profundos valles azules, un claro cielo celeste y la nieve. Nunca ha habido todo un verano como éste. Así es como las montañas, los valles, los árboles y el río, nos dicen adiós».

Primera plática

Domingo, 7 de Julio

Uno quisiera señalar ‑si se le permite- que ésta es una reunión de gente seria que se interesa en la vida cotidiana. No estamos de ninguna manera interesados en creencias ideologías, suposiciones, conclusiones teóricas o conceptos teológicos, ni tratamos de fundar una secta, un grupo de personas que sigan a alguien. No somos frívolos ‑así lo espero- sino que más bien nos preocupamos juntos por lo que está sucediendo en el mundo ‑todas las tragedias, la completa desdicha, la pobreza- y nuestra responsabilidad hacia ello.

Uno también quisiera señalar, si le es permitido, que ustedes y yo, quien les habla, estamos caminando, viajando juntos, no en un avión a 30.000 o 40.000 pies de altura, sino que paseamos por un camino tranquilo, un largo camino interminable por todo el mundo, donde uno ve terrorismo espantoso, matanza de personas sin propósito alguno, amenazas, secuestros, asaltos, asesinatos, guerras. Eso no parece importarnos demasiado. Solamente cuando ocurre muy cerca de nosotros nos preocupamos, nos inquietamos, sentimos miedo. Cuando sucede muy lejos de nosotros, nos mostramos más indiferentes.

Esto es lo que está ocurriendo en el mundo ‑división económica, división política, y todas las divisiones religiosas, sectarias. Hay muchísimo riesgo, muchísimo peligro. Uno no sabe qué va a ocurrir en el futuro, no sólo con nuestra propia vida sino con la de nuestros hijos y la de nuestros nietos. Todo el mundo se encuentra en un gran estado de crisis, y la crisis no sólo está afuera sino también dentro de cada uno de nosotros. De modo que si somos por completo conscientes de todo esto, ¿cuál es la responsabilidad que en ello tiene cada uno de nosotros? Tenemos que habernos formulado esta pregunta con bastante frecuencia. ¿Qué es lo que hemos de hacer? ¿Por dónde tiene uno que empezar? ¿Qué debe hacer cada uno de nosotros al enfrentarse a esta terrible sociedad en que vivimos, una sociedad en la que cada cual se interesa sólo en sí mismo, en su propia realización, en su propia desdicha, en sus luchas económicas, etc., etc., etc. Cada uno de nosotros se interesa solamente en sí mismo. ¿Qué hemos de hacer? ¿Imploraremos a Dios ‑repitiendo plegarias una y otra y otra vez? ¿O habremos de pertenecer a alguna secta, o seguiremos a algún gurú, o escaparemos del mundo vistiendo algún traje medieval o ropas modernas de un color peculiar? ¿Podemos de modo alguno apartarnos del mundo, como los monjes?

Al ver todo esto, al observarlo íntimamente ‑no como algo sobre lo cual uno ha leído en los diarios, o que le ha sido relatado por los periodistas, las novelas, la televisión- ¿cuál es el papel, la responsabilidad que en ello tiene cada uno de nosotros?

Como dijimos, no estamos tratando de entretenerles o decirles lo que deben hacer ‑lo que cada uno de nosotros debe hacer. Hemos tenido líderes a granel, líderes políticos, económicos, religiosos, sectarios, y ellos han sido completamente inútiles; tienen sus propias teorías, hacen lo que quieren, y hay miles de personas que los siguen en todo el mundo. Poseen realmente riquezas enormes (no sólo la riqueza de la iglesia católica romana, sino también la riqueza de los gurús). Todo ello viene a parar en el dinero.

Por lo tanto, si a uno le es permitido preguntarlo: ¿Qué haremos ustedes y yo juntos? ¿O qué hará cada uno de nosotros como ser humano? ¿Nos interesa en absoluto todo esto o estamos buscando alguna satisfacción particular, alguna gratificación para nosotros mismos? ¿Estamos comprometidos con cierto símbolo ‑religioso o de otra clase- y nos aferramos a él, esperando que lo que se encuentra tras de ese símbolo nos ayude? Ésta es una pregunta muy seria. Y se está volviendo mucho más seria ahora, porque hay amenaza de guerra y, por tanto, una incertidumbre total.

¿Puedo, puede quien les habla, informarles acerca de una conversación que él ha tenido con un Sr. X, la cual continuó por varios días? El Sr. X le contó a quien les habla, que ha viajado por casi todo el mundo. Es bastante instruido, ha estado en diversas organizaciones, incorporándose algunas veces a ellas y abandonándolas apresuradamente. Ha seguido a uno que otro gurú y renunció a ellos. Y por unas cuantas semanas trató de convertirse en monje y también desistió de eso. Y miró los diversos partidos políticos, todo el espectro de las actividades políticas, y al final dijo: «He venido a hablar con usted. Me gustaría que tuviéramos una conversación, pero al mismo nivel en que yo estoy, no en el que se supone que está usted. Yo no conozco su verdadera posición o lo que usted es, aunque algo he leído al respecto». ¿Puedo continuar con esta conversación? ¿Les interesa?

Y él prosiguió: «Discutamos las cosas juntos usted y yo, como dos amigos ‑como dos amigos que han vivido juntos en el mundo y han pasado por toda clase de afanes. ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué el hombre ha nacido así? ¿Por qué después de muchos, muchos, muchos milenios ha llegado a ser lo que es ahora ‑sufriente, ansioso, solitario, desesperado con la enfermedad, con la muerte; y siempre los dioses por ahí, en alguna parte? Olvidémoslo todo acerca de esos dioses y hablemos juntos como dos seres humanos que viven en este mundo, en este país maravilloso, en esta tierra que es tan bella, que es la madre de todas las cosas».

Y así este Sr. X mostró algo de sus pensamientos íntimos, de sus actividades externas. Y dijo: «¿Qué significa todo esto? ¿Por qué los seres humanos, que son tan refinados, tan educados, que se han vuelto expertos en tecnología, que pueden inventar dioses y diosas y todo lo demás ‑por qué los seres humanos están en perpetuo conflicto en todo el mundo, en conflicto con el ambiente, con los gobiernos que ellos mismos han elegido, o con algún dogma inventado por antiguos sacerdotes? ¿Por qué cada ser humano, desde el momento que nace hasta que muere, vive en este conflicto?» Ésta fue la primera pregunta que formuló el Sr. X. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa de este conflicto, no sólo en lo externo sino también muy profundamente en lo interno, en lo subjetivo, bajo la piel, por decirlo así? ¿Por qué el hombre está en conflicto?

Siglos antes del cristianismo, las religiones han hablado interminablemente acerca de la paz ‑«sé pacífico, sé tranquilo, sé gentil, generoso, afectuoso, amable». A pesar de su propaganda, este conflicto continúa. ¿Existe una respuesta a esta pregunta, una respuesta final, irrefutable? O sea, ¿pueden los seres humanos en este mundo, viviendo su existencia cotidiana, yendo a la oficina, manejando una casa, con el sexo, los hijos y todo eso, y también con esta búsqueda, con este anhelo de algo más que las cosas materiales de la vida ‑pueden terminar con el conflicto? Este interrogante, ¿puede ser resuelto alguna vez? Aparentemente, el hombre no lo ha resuelto aunque, como ser humano, ha vivido en esta tierra por tantos millones de años.

«Hemos adquirido una experiencia tremenda», le estaba diciendo el Sr. X a quien les habla. «Hemos acumulado muchísimo conocimiento; hemos reunido una inmensa cantidad de información tecnológica, pero internamente seguimos siendo bárbaros, tratando de matarnos unos a otros, de competir unos con otros, de destruirnos mutuamente».

De modo que el Sr. X recorrió todo ese camino, una larga distancia en ómnibus, en tren y en avión. Y dijo: «Responda a esta pregunta: ¿Existe una causa para este conflicto? Y si existe una causa, descubramos entonces cuál es la causa. No se trata de que usted me guíe o me diga qué debo hacer y yo acepte eso, ni que me ponga a pensar al respecto y llegue a alguna clase de conclusión propia, sino que juntos, como dos seres humanos ‑no uno sentado en una plataforma y el otro sentado abajo- sino juntos como dos seres humanos que han pasado por muchísimas cosas en la vida, la desesperación, la ansiedad, la incertidumbre, el desear amor y no encontrarlo, o el amar y no satisfacerse con eso, siempre apremiando, apremiando, siempre deseando lograr algo, ya sea el cielo o la iluminación o el esclarecimiento, o deseando llegar a ser multimillonarios (que es más o menos la misma cosa), jamás contentos, sin saber nunca qué es la paz, sin sentarnos nunca quietamente bajo un árbol mirando las montañas, los ríos, la brizna de hierba y la belleza de la tierra y de la luz del sol, o la gloria de un temprano amanecer ‑dos seres humanos que se preguntan si existe una causa para este conflicto».

Así que el Sr. X le dijo a quien les habla: Hablemos, cuestionémonos el uno al otro, sin aceptar jamás lo que el otro dice. Yo no aceptaré nada de usted, ni usted aceptará nada de mí. Estamos en el mismo nivel. Usted puede ser muy inteligente, puede tener una reputación ‑que es una tontería- puede haber recorrido la tierra o cierta parte de la tierra, pero todo eso no cuenta, no tiene valor». Con lo cual quien les habla estuvo sinceramente de acuerdo. «Exploremos, pues, esta maldición que el hombre ha soportado desde el principio del tiempo: por qué el hombre ‑que incluye, desde luego, a la mujer- vive de esta manera; por qué el hombre está en conflicto en sus propias relaciones íntimas, sexualmente, en familia ‑toda la red del conflicto».

El Sr. X volvió al día siguiente y continuamos. El día era hermoso. Nos sentamos en la terraza mirando desde lo alto el valle con las grandes montañas coronadas de nieve alrededor de nosotros, con los valles maravillosos, y el bello cielo azul celeste, y el sol relumbrando sobre las hojas, sobre la tierra moteada. Todo parecía tan extraordinariamente vivo palpitante, lleno de energía. Estábamos ahí, él y quien les habla, observando esta gran belleza sin participar jamás de la belleza, siempre observándola, nunca sintiendo la belleza con la totalidad del corazón y de la mente, nunca siendo completamente sensibles a toda la gloria de la tierra. Él dijo: «No hablaremos de la belleza, eso le incumbe a usted, usted me hablará de ella». Uno respondió que lo haría un poco más tarde. «Primero exploremos juntos esta cuestión del conflicto. La pregunta es: ¿Acaso los seres humanos tienen que tolerar el conflicto, acostumbrarse a él, soportarlo sin ser jamás, jamás capaces de desecharlo completamente, de tal manera que sus cerebros puedan funcionar como es debido, completamente desembarazados, completamente libres, no programados, no condicionados?»

De modo que ahora el que les habla les formula esta pregunta a ustedes. Nosotros también hemos discutido, considerado, debatido este punto: ¿Cuál es la causa del conflicto? Estamos viajando juntos; no es cuestión de que me lo digan ni que yo se lo diga a ustedes. ¿Cuál es la causa del conflicto? En todas partes hay lucha. Ustedes podrían decir que la lucha existe en la naturaleza, que el animal grande vive del animal más pequeño, etcétera. Que en el bosque el árbol pequeño lucha por la luz con los árboles gigantes. Podrían decir que en toda la tierra, en la naturaleza, hay conflicto, que se desarrolla alguna clase de lucha. Y entonces, ¿por qué eso mismo no debería ocurrir también con nosotros, puesto que somos parte de la naturaleza? Lo que los seres humanos llaman conflicto, puede que no lo sea en el mundo externo; puede ser el modo más normal en que la naturaleza actúa ‑el halcón, el águila matan al conejo, los osos matan al salmón, el tigre o el chita matan rápidamente a algún otro animal; en la naturaleza el matar, matar y matar prosigue incesantemente, y uno podría decir que nosotros formamos parte de la naturaleza y que, por lo tanto, es inevitable que estemos en constante lucha. Si uno acepta que eso es natural, inevitable, no hay nada más que decir al respecto; si decimos que es natural seguiremos actuando de ese modo porque formamos parte de toda la tierra. Pero si comenzamos a cuestionar eso, entonces, ¿dónde nos encontramos? ¿Están ustedes dispuestos a descubrirlo, puesto que se supone que somos un poco más activos, más inteligentes que los árboles, los tigres, los elefantes? (afortunadamente los elefantes no matan demasiadas cosas, pero destruyen los árboles).

De modo que, si uno no acepta el conflicto como el estilo natural de vida, ¿qué es lo que ha de hacer? ¿Por dónde ha de comenzar uno a fin de comprender el movimiento total del conflicto? ¿Cómo ha de tentar el camino en todo esto? Quien les habla le dijo al Sr. X que una manera de hacerlo es analizar muy cuidadosamente, uno tras otro, todos los factores del conflicto ‑ya sea mediante el autoanálisis o siendo analizado por algún otro, o aceptando el consejo de profesores, filósofos y psicólogos. Pero el análisis, ¿contribuirá al descubrimiento de la causa, aunque pueda llevarlo a uno a ciertas conclusiones intelectuales? O, ¿puede uno reunir todos los factores intelectuales y ver la totalidad? ¿Es eso posible? ¿O hay un modo diferente de abordar el problema?

Me pregunto si el Sr. X comprende lo que se está diciendo. Quien habla está diciéndole al Sr. X que el análisis implica un analizador ‑¿correcto? Por lo tanto, existen un analizador y lo analizado, el sujeto y el objeto. ¿Existe en uno mismo esa diferencia entre el sujeto y el objeto? Ésa es una pregunta que quien les habla le formula al Sr. X. Ustedes son el Sr. X. Al analizador lo han estimulado a través de la educación, del condicionamiento, de la programación, para creer que él ‑el analizador- es por completo diferente de aquello que analiza. Pero quien les habla dice: «Voy a cuestionar toda esta actitud hacia el análisis». Dice: «Yo no acepto lo que afirman acerca del análisis los profesionales, incluyendo esas personas que proceden de Viena o los recientes psicólogos norteamericanos». Quien habla le dice al Sr. X: «Yo no acepto nada de eso. Lo cuestiono, cuestiono no sólo la actividad del análisis sino al analizador. Si uno puede comprender primeramente al analizador, ¿qué necesidad hay, entonces, de análisis?» ¿Comprenden, señores? ¿Voy demasiado rápido? ¿Podemos investigar esto juntos?

Yo me analizo a mí mismo. He sido iracundo, o codicioso, o sexual ‑lo que fuere. Y al analizar eso, o sea, al dividirlo y observarlo minuciosamente, paso a paso, ¿quién es el observador? ¿Acaso el observador, el analizador, no es todos los recuerdos acumulados? Él está condicionado por la experiencia, por sus conocimientos, por su modo de considerar la vida, por sus tendencias particulares, por sus prejuicios, por su programación religiosa; todo esto es el pasado, todo esto es el trasfondo de su vida desde la infancia. Él es el observador, él es el analizador; ya sea que ese trasfondo incluya o no la memoria comunal, la memoria racial, la conciencia racial, él es el observador. Y entonces el observador divide eso en el observador y lo observado, de modo tal que la división misma crea conflicto en el análisis. ¿Estamos juntos? Ustedes son el Sr. X, yo soy el que le habla. ¿Estamos haciendo juntos el mismo viaje? Quien habla dice que, en el momento que existe una división entre el analizador y lo analizado, tiene que haber, inevitablemente, conflicto de alguna clase; puede ser sutil, ilusorio, sin sentido, pero es un conflicto ‑vencer, conquistar, reprimir, trascender, que son todos esfuerzos en mayor o menor grado.

Uno descubre así que donde hay división entre los suizos y los alemanes, entre los franceses y los ingleses, entre mí y usted, entre nosotros y ellos ‑donde hay división tiene que haber conflicto. No es que no exista la división; los ricos son muy poderosos. Pero si creamos una división subjetivamente ‑yo pertenezco a esto y usted pertenece a aquello, yo soy católico, usted es protestante, yo soy judío y usted es árabe- entonces hay conflicto.

Así, dondequiera que haya división entre dos personas, entre el hombre y la mujer, entre Dios y la tierra, entre ‘lo que debería ser’ y ‘lo que es’ ‑me pregunto si el Sr. X está siguiendo todo esto, no sólo verbalmente, intelectualmente (lo cual no tiene sentido) sino con el corazón, con todo su ser, con toda su vitalidad, energía y pasión- donde hay división hay conflicto.

Uno comienza, pues, a descubrir la raíz del conflicto. ¿Es posible para un ser humano que vive en un mundo moderno, que va a un empleo, que se gana la vida (los negocios allá, la familia aquí, agresivo en los negocios y sumiso con su mujer)- es posible para él vivir de modo tal que su vida no se vuelva una contradicción? ¿Puede terminar esa contradicción? Si no, uno vivirá en conflicto, se convertirá en un hipócrita. Si a uno le gusta ser un hipócrita, está bien, que lo sea; pero si uno quiere vivir honestamente ‑lo cual es absolutamente necesario- vivir con una grande y austera honestidad, no hacia alguien, no hacia el propio país, o hacia el propio ideal, sino decir exactamente lo que uno quiere decir y querer decir lo que uno dice, no lo que otros han dicho y uno repite, y no creer en algo y hacer completamente lo contrario, lo cual no es honesto ‑si uno desea vivir muy honestamente, no tiene que haber contradicción.

Todos hablan de la paz. Todos los gobiernos, todas las religiones y todos los predicadores ‑inclusive quien les habla‑ hablan de la paz. Y vivir pacíficamente exige tremenda honestidad e inteligencia. ¿Es posible, entonces, viviendo en el siglo veinte, vivir ante todo internamente, ante todo psicológicamente, subjetivamente, sin que haya dentro de uno ningún tipo de división? Por favor, inquieran, examinen, averígüenlo con pasión. La pasión no incluye el fanatismo, la pasión no exige martirio. No es algo a lo cual uno está tan apegado que ese apego mismo le da a uno la pasión ‑¿comprenden? Eso no es pasión, es estar atados a algo que nos da el sentimiento de pasión, la energía, como un burro atado a un poste; puede dar vueltas y vueltas y vueltas, pero sigue retenido ahí.

¿Pueden, pues, el Sr. X y quien les habla, sin decirse el uno al otro lo que deben hacer, descubrir por sí mismos con total honestidad, sin ningún sentido de engaño o de ilusión, si es posible vivir en este mundo ‑en el cual ustedes conocen todos los horrores que suceden- vivir sin conflicto, sin división alguna? No se duerman, por favor, es demasiado temprano en la mañana. Si se les pregunta esto ‑ustedes son el Sr. X- ¿cuál sería la respuesta interna de ustedes? Si son suizos, o hindúes, o musulmanes, o si van detrás de alguna camarilla o de algún grupo, o si son los seguidores de algún gurú, ¿no tendrían que abandonar todo eso completamente? Uno puede tener un pasaporte, suizo o lo que fuere (quien les habla tiene un pasaporte indio pero él no es un indio ‑en la India no les gusta eso, pero les hemos dicho varias veces que no pertenecemos a ningún culto, a ningún gurú, a nada). Ustedes van a encontrar esto terriblemente difícil. Al final de ello se quedan solos, pero existe la comprensión, la percepción interna, el discernimiento con respecto a todo lo que es realmente absurdo. Pertenecer a algo, pertenecer a un grupo, pertenecer a alguna secta, puede proporcionarnos una satisfacción momentánea, pero todo eso llega a ser bastante aburrido, lastimoso y feo.

¿Puede uno, pues, no atarse a ninguna de estas cosas ‑incluyendo especialmente lo que está diciendo quien les habla? Extrañamente, el cerebro de cada uno de ustedes, aunque no es el cerebro de otro, es también el del otro ‑¿comprenden? Nuestro cerebro es como el cerebro de todos los otros seres humanos. Tiene una capacidad inmensa, una energía inmensa. Vean lo que se ha logrado en el campo tecnológico. Todos los científicos de EE.UU. están ahora ocupados con la guerra de las galaxias. No examinaremos todo eso. El cerebro posee esta energía extraordinaria si uno se concentra en algo, si pone su atención en algo. Ellos han puesto su atención en matar a otros seres humanos, y así es como surgió la bomba atómica. Nuestros cerebros no son ‘nuestros’, han evolucionado a lo largo de un gran período de tiempo, y en esa evolución hemos acumulado una cantidad tremenda de conocimientos, de experiencias, pero en todo eso hay muy poco de lo que se llama amor. Yo puedo amar a mi mujer, o a mis hijos, o a mi país. Mi país ha sido dividido geográficamente por el pensamiento, pero está en el mundo. El mundo en que uno vive, es el mundo en su totalidad. De modo que mi cerebro, que ha evolucionado a lo largo de un gran período de tiempo, ese cerebro con su conciencia no es ‘mío’, porque comparto mi conciencia con todos los demás seres humanos.

El Sr. X dice: «He leído acerca de lo que usted ha dicho y no repito sus palabras sino que esto es lo que yo también siento. He visto, por dondequiera que haya estado, en todos los rincones de la tierra, que hay seres humanos que sufren dolor, ansiedad, una soledad desesperada, y así es como compartimos nuestra conciencia con todos los demás seres humanos». ¿Se dan ustedes cuenta de esto ‑no intelectualmente sino en realidad? Si sintiéramos verdaderamente esto entonces no habría división. Le pregunto al Sr. X: «¿Ve usted esta realidad, no un concepto de ella, no una idea de ella no la hermosa conclusión sino la realidad de ello? La realidad es diferente de la idea acerca de la realidad ‑¿correcto? Usted está sentado ahí, eso es real, pero yo puedo imaginar que usted está sentado ahí, lo cual es por completo diferente».

De modo que nuestro cerebro, que es el centro de nuestra conciencia, con todas sus reacciones nerviosas y sus reacciones sensorias, que es el centro de todo nuestro conocimiento, de toda nuestra experiencia, de toda nuestra memoria (nuestra memoria puede ser distinta de la de otro, pero sigue siendo memoria; uno puede ser sumamente educado y el otro puede carecer en absoluto de educación, puede no saber siquiera leer y escribir, pero sigue siendo parte de la totalidad) ‑de modo que compartimos nuestra conciencia con todos los demás seres humanos de esta tierra. Por lo tanto, ustedes son toda la humanidad. ¿Comprenden, señores? Lo son en realidad, no teóricamente o teológicamente o a los ojos de Dios ‑¡es probable que los dioses no tengan ojos!- sino que en realidad exista este hecho extraño e irrevocable de que todos pasamos por el mismo molde: la misma ansiedad, la misma esperanza, el mismo miedo, la misma muerte, la misma soledad que trae consigo tal desesperación... De modo que somos la humanidad. Y cuando uno se da cuenta de eso profundamente, el conflicto con el otro toca a su fin, porque el otro es como uno mismo.

Es acerca de esto, pues, que hemos hablado el Sr. X y K. Y también proseguimos hablando de otras cosas, puesto que él permaneció ahí por varios días. Pero primero establecimos una verdadera relación, que es tan necesaria cuando hay cualquier clase de discusión, cualquier clase de comunicación ‑no sólo verbal, porque las palabras no comunican profundamente lo que uno desea transmitir. Así que al final del segundo día dijimos: ¿Dónde nos encontramos? Usted, Sr. X y K, ¿dónde se encuentran en esto? ¿Hemos producido un cambio ‑no un cambio, el cambio implica tiempo (investigaremos esto en otra oportunidad)- o meramente hemos recogido cosas, como recogemos la cosecha? Nosotros sembramos ‑o sea, que ustedes han venido aquí, lo cual forma parte del sembrar, y han escuchado a K y al Sr. X; ¿qué han recogido? Recoger significa acumular. Ustedes han acumulado muchísima información ‑por favor, sigan esto, pronto terminaremos, no se duerman ni se pongan nerviosos. Han recogido muchísima información de los profesionales, de los psicólogos, de los psiquiatras ‑han recogido, recogido y recogido. El cerebro es como un imán: recoge. Y K le pregunta al Sr. X: «¿También usted ha estado recogiendo? Si lo ha hecho, entonces esto termina por ser como cualquier otra reunión». Así que K le pregunta al Sr. X: «¿Qué ha recogido usted? ¿O no ha recogido nada porque está libre de ello?» Por favor, si tienen paciencia presten atención a esto.

¿Alguna vez dejamos de recoger, de acumular? Para las cosas prácticas en la vida uno tiene que acumular, pero el arte de vivir llega cuando uno ve dónde el acumular no es necesario. Porque si estamos acumulando, nuestro cerebro jamás está libre, jamás está vacío ‑no investigaremos esta cuestión del vacío porque es un asunto por completo diferente. ¿Nos damos cuenta de que estamos acumulando, acumulando y acumulando, como acumulamos hábitos? Y cuando uno ha acumulado tanto, es muy difícil librarse de ello. Este acumular condiciona al cerebro. Habiendo nacido en la India, y pertenecido a cierto tipo de gente, a una tradición religiosa o muy, muy ortodoxa, uno ha acumulado todo eso. Y entonces librarse de todo eso requiere una investigación inmensa, muchísima exploración, observación vigilancia, atención. ¿Es, entonces, posible no acumular en absoluto?

Por favor, consideren esto, no lo rechacen. Descubran. Uno tiene que acumular conocimientos para ir a su casa, para manejar un automóvil, para hablar un idioma extranjero, pero internamente, ¿es en absoluto necesario acumular? Iluminación no es acumulación. Por el contrario, es estar completamente libre de todo eso. Lo cual, después de todo, es amor, ¿verdad? Yo no amo a alguien porque lo haya ‘acumulado’ en mí. He quedado sexualmente satisfecho con esa persona, o ella es muy afable, o yo me siento solo y, por tanto, dependo de ella; entonces eso se convierte en un asunto comercial; entonces nos explotamos, nos utilizamos, nos traicionamos el uno al otro. Por cierto que eso no es amor, ¿verdad? El amor es la calidad de un cerebro que no acumula absolutamente nada, y entonces lo que diga será lo que ha descubierto, no lo que otras personas han dicho. Y en eso hay una pasión tremenda. No lujuria; pasión. Pero esa pasión no es fanatismo. No me convertiré súbitamente en un estricto vegetariano, ni dejaré de tocar la sal. Todos los fanáticos sienten pasión de alguna clase, pero se han vuelto violentos, propensos al martirio y cosas así.

De modo que K le está pidiendo al Sr. X que averigüe si uno puede vivir sin acumular. Es algo que nadie puede decirles. Podemos explorarlo juntos, pero el hecho real de no acumular jamás, de que la memoria acumulada no opere nunca, es realmente muy sutil; requiere muchísima investigación.

¿Podemos detenernos ahora? Hemos hablado por una hora. Ustedes no, pero K ha hablado. Hemos establecido las bases para una comunicación mutua en la cual nadie es superior ni inferior, ni hay uno que sabe y uno que no sabe.

Segunda plática

Miércoles, 10 de Julio

¿Podemos continuar con lo que estuvimos hablando el otro día? Pienso que es importante comprender que esto no es un culto a la personalidad. La persona llamada K no es importante en absoluto. Lo que importa es lo que esa persona dice, no lo que parece, no su personalidad y toda esa tontería. Así que, por favor, si se le permite a uno señalarlo cuidadosa y definitivamente, la persona que está hablando en el estrado no es de manera alguna importante.

El otro día hablamos acerca de diversas formas de conflicto, de cuál es la causa del conflicto, y por qué, durante toda la historia de la humanidad, el hombre ‑incluyendo, por supuesto a la mujer- ha vivido en conflicto y jamás ha podido resolver ese problema. A través de los siglos, después de este largo período de evolución, de muchos, muchos milenios, seguimos estando en conflicto unos con otros ‑conflicto entre el hombre y la mujer, entre los seres humanos, entre un grupo de personas, entre naciones, sexos, religiones. Estoy seguro de que uno es consciente de todo esto: del terrorismo, de la brutalidad, de la espantosa crueldad, de todas las cosas horribles que están ocurriendo en el mundo... ¿Quién es el responsable de todo eso? Como dijimos el otro día, ésta es una reunión seria, no para pasar meramente una hermosa mañana sentados bajo una carpa o escuchando hablar a alguien; ésta es una reunión seria, activa, cooperativa y con un propósito bien definido.

Nos estamos preguntando esta mañana: ¿Quién es el responsable de todo esto? La responsabilidad implica cuidado, atención, no sólo a lo que ocurre exteriormente en el mundo, sino también internamente en todos nosotros; ¿quién es el responsable de todo esto? ¿Son los políticos los responsables? Vale decir, dejémosles que hagan lo que quieran, puesto que en una sociedad llamada democrática somos nosotros mismos quienes los hemos elegido. En los estados totalitarios no los elegimos, simplemente llegan al poder y nos dominan a todos. Por tanto, ¿quién es el responsable? ¿Las religiones? ¿El mundo islámico? ¿El mundo cristiano? ¿El mundo hindú, el budista, etc.? ¿O los responsables somos nosotros, cada uno de nosotros? Por favor, consideren esto. ¿Es cada uno de nosotros, viviendo en este mundo, en este medio, no sólo en la bella Suiza sino en todas partes del mundo, es cada uno de nosotros ‑ustedes sentados ahí y quien les habla, aquí- somos nosotros los responsables de todo esto?

Espero que se estén formulando esta pregunta a sí mismos. ¿Son ustedes los responsables por crear este mundo espantoso, brutal, peligroso y aterrador? Si han ido a diversos países, habrán visto todo esto, una pobreza enorme, millones y millones de personas pobres, hambrientas, y aquellas que son terriblemente ricas, que han nacido para ocupar una alta posición y que por el resto de sus vidas conservan sus riquezas, sus castillos, sus mansiones, etc. ¿Quién es el responsable? ¿Somos los responsables por haber creado esta sociedad que nos rodea, la cultura, la religión, los dioses y toda esa repetición y sensación ritualista? ¿Somos los responsables por ser iracundos, codiciosos, violentos, desordenados, por odiar y limitar nuestro afecto a muy, muy, muy pocas personas? ¿Ha creado cada uno de nosotros esta sociedad en que vivimos? ¿Es cada uno de nosotros el responsable? Ustedes dicen: «Lo siento, yo no soy el responsable., o puede que sean indiferentes a toda la cosa mientras están a salvo en un país particular, protegidos por las fronteras.

Llegamos, pues, a una pregunta muy seria: ¿Qué es el orden y qué es el desorden? Por favor, estamos discutiendo, investigando juntos esta cuestión. No se trata de que ustedes acepten, ni que en modo alguno se conformen con lo que dice quien les habla; eso sería completamente inútil. ¿Podemos, en cambio, hacer juntos un largo viaje, no sólo intelectualmente, verbalmente, sino a una profundidad mucho mayor, a fin de descubrir por qué la sociedad de la que somos responsables está creando un desorden y una crueldad tan terribles? ¿Somos diferentes de la sociedad, de la cosa que hemos creado? ¿Acaso no tiene que haber primero orden en nuestra propia casa ‑no sólo entre las paredes externas de la casa y el jardín, sino también en el mundo interno en que todos vivimos, el mundo subjetivo, psicológico? ¿Hay desorden ahí? ¿Comprenden mi pregunta? Espero estar expresándome con claridad. En tanto vivamos, cada uno de nosotros, en desorden ‑psicológicamente, subjetivamente, internamente- cualquier cosa que hagamos creará desorden. Los estados totalitarios han dicho que, cambiando la sociedad, el medio, forzándolo, obligándolo, ellos cambiarán la humanidad, el cerebro humano. No han tenido éxito. Hay disenso constante, hay rebelión y todas esas cosas.

De modo que si ustedes ven esto, que somos nosotros los que hemos creado este desorden, y que este desorden es la sociedad en que vivimos, ¿qué es lo que harán? ¿Por dónde han de comenzar? ¿Desean cambiar la sociedad como lo hacen los reformadores, los benefactores sociales, los hombres que quieren cambiar las leyes mediante el terrorismo y la compulsión? ¿O pondrán internamente en orden la propia casa? ¿Es clara la pregunta?

Entonces, ¿cómo pondremos yo o ustedes la casa en orden? Porque ése es el único sitio por donde puedo comenzar, no por la reforma externa, no por el cambio externo de las leyes, o constituyendo las Naciones Unidas, etc. Si se me permite hacer una pequeña digresión, el año anterior y este año fuimos invitados a hablar en las Naciones Unidas. Uno de los personajes importantes en las mismas, se puso de pie después de que K hubo hablado, y dijo: «En los últimos cuarenta años de trabajar muy duramente en esta institución, he llegado a la conclusión de que no debemos matarnos los unos a los otros». ¡Cuarenta años! Y estamos en lo mismo, esperando que algo ocurra ahí afuera, algo que nos obligue, que nos fuerce, que nos persuada, que nos dirija. Hemos dependido siempre de lo externo ‑retos externos, guerras externas, etcétera.

¿Qué haremos, pues? No es bueno afiliarse a pequeñas comunidades, o seguir a algún gurú. Eso es una irresponsabilidad total. Abandonarse, entregarse a alguien que se titula a sí mismo iluminado, los conduce a... a cualquier cosa que él quiera conducirlos ‑generalmente al dinero de ustedes. ¿Cómo, pues, empezaremos a generar orden internamente? El orden implica que no hay conflicto, ¿no es así? Nada de conflicto interno, completa ausencia de conflicto, ¿verdad? El otro día examinamos esta cuestión de la causa del conflicto. Se han escrito volúmenes al respecto. Psicólogos, psiquiatras, terapeutas, etc., lo han explicado verbalmente; se han vertido millones de palabras sobre el tema y, no obstante, todos nosotros seguimos viviendo en conflicto. Donde la mente, el cerebro se halla en desorden, que es la esencia del conflicto, ese cerebro jamás puede ser ordenado, sencillo, claro. Esto puede darse por sentado como una ley, como la ley de la gravedad, o la ley que hace que el sol asome por oriente y se ponga en occidente: Donde hay conflicto interno o subjetivo, tiene que haber desorden. Por favor, investíguenlo cuidadosamente.

Y, ¿cuál es la naturaleza del desorden? No qué es el orden, porque una mente confusa puede inventar un orden y decir: «Eso es el orden». Un cerebro que está preso en ilusiones ‑como lo está el de la mayoría- creará su propio orden desde la confusión ‑¿correcto? ¿Cuál es, entonces, la naturaleza del desorden? ¿Por qué los separamos? Decimos que nos damos cuenta de que estamos en desorden, lo cual es bastante sencillo, y después buscamos el orden a partir de ese desorden. Los políticos saben que hay desorden y buscan el orden. ¿Está claro esto? Por supuesto que sí. No sólo los políticos, sino cada uno de nosotros sabe que nuestra vida es desordenada. Ir a la oficina desde las nueve de la mañana a las cinco de la tarde ‑¡qué vida llevan ustedes!- luchando, riñendo, trepando la escalera social, ambiciosos, codiciosos, agresivos; y después, cuando vuelven a sus casas son muy dóciles y se someten a la esposa, o al marido, o a quien sea. En esto hay desorden, y todo el tiempo el cerebro está buscando el orden ‑todo el tiempo- porque no puede vivir en desorden; no puede funcionar claramente, bellamente, exquisitamente, a su más alta capacidad, cuando hay desorden. Por lo tanto, en todos nosotros hay una sutil búsqueda del orden. Así que nos preguntamos: ¿Por qué existe esta división ­‑desear el orden y luego vivir en desorden? No sé si están siguiendo esto. No se desconcierten, es muy sencillo.

Vivimos en desorden, eso es seguro. ¿Por qué preocuparnos por el orden? Veamos si podemos esclarecer el desorden. Si uno puede esclarecer el desorden, entonces hay orden. No existe ese conflicto entre el desorden y el orden. Vean, esto es bastante sencillo. Somos personas violentas, agresivas, no sólo físicamente sino también psicológica, internamente. Queremos lastimar a otros. Decimos acerca de ellos cosas brutales. La violencia no es una acción meramente física; la violencia es también psicológica ‑agredir, imitar, compararse uno mismo con otro, etc., todo eso es una forma de violencia. Por nuestra naturaleza que proviene del animal, somos violentos. Y no permanecemos con eso reconociendo: «Yo soy violento»; inventamos la no violencia. Decimos: «No debo ser violento». ¿Por qué ocuparnos de no ser violentos? Somos violentos; veamos eso, permanezcamos con eso, no nos apartemos de eso. Entonces podremos examinarlo juntos y ver hasta dónde podemos disipar la violencia. Pero si uno está luchando constantemente para volverse no violento, entonces no puede resolver el problema, porque cuando trata de volverse no violento, está sembrando todo el tiempo las semillas de la violencia. Yo soy violento, y espero que un día no tendré más violencia; ese día está muy lejos en el tiempo, y durante el intervalo yo siembro violencia, sigo siendo violento ‑tal vez no tanto, pero sigo siendo violento. Así que digo: No nos ocupemos de no ser violentos, comprendamos la violencia, comprendamos cuál es su naturaleza, por qué existe y si es posible librarse de ella completamente. Eso es mucho más interesante y vital que perseguir la no violencia.

Así, de manera similar, es importante comprender el desorden y olvidarse del orden. Porque si comprendemos eso, moviéndonos fuera de la comprensión intelectual, verbal, entonces podremos descubrir el modo de vivir una vida que sea completamente no violenta. Espero que esta cuestión esté clara para nosotros.

¿Qué es, entonces, el desorden? El cerebro está buscando orden; no se concentra, no está atento a fin de descubrir qué es el desorden. Éste es un diálogo entre nosotros. No esperen que quien les habla conteste esa pregunta, porque entonces sólo repetirán. Si pueden descubrir, encontrar la verdad de ello, eso que han descubierto les pertenece, y entonces pueden actuar. Pero si meramente escuchan lo que está diciendo quien les habla, entonces sólo lo repiten, no lo saben ‑«no comprendo, ¡es tan difícil!», y todas esas tonterías.

Entonces, ¿qué es el desorden? Decir una cosa y pensar otra, actuar en cierto sentido y en otro sentido ocultar los propios pensamientos y sentimientos. Esa es sólo una cuestión muy sencilla. Requiere una gran honestidad decir las cosas que uno mismo quiere decir ‑no repetir las que otros le han dicho a uno. Es probable que todos ustedes hayan leído muchísimo, de modo que sus cerebros están llenos con los conocimientos, con los conceptos y prejuicios de otras personas, los cuales se agregan a los propios. De modo que repiten. Jamás se sientan, o caminan en el bosque, y descubren qué es el desorden. Para descubrir, uno ha de ser tremendamente honesto ‑afrontar las cosas como son. Si tengo miedo, tengo miedo y no finjo no tener miedo. Si he mentido, digo que he mentido, no defiendo la mentira. Enfrentarse exactamente a lo que uno es, no a lo que uno debería ser. ¿Estamos juntos en esto? Así, gradualmente ‑o instantáneamente- uno descubre por sí mismo las causas, de cualquier clase que sean, físicas, subjetivas o psicológicas. El conflicto existe cuando hay dos factores opuestos en la vida: lo bueno y lo malo. ¿Es lo bueno algo totalmente separado de lo malo? ¿O lo bueno es en parte lo malo? ¿Me expreso con claridad? No.

¿Qué es malo? ¿Y qué es bueno? Obviamente, matar a otro es malo, ya sea en el nombre de Dios, en el nombre de otro ser humano, etc., etc. ¿Y qué es bueno, qué es ser bueno? ¿Están ustedes esperando que yo lo describa? Probablemente, nunca han investigado todo esto. ¿Está lo bueno separado de lo malo? ¿O es que lo bueno tiene sus raíces, su origen en lo malo? ‑¿comprenden? Existen dos elementos en los seres humanos: el elemento bueno y el malo. Lo malo, digamos, es ser iracundo, lo bueno es no ser iracundo. Pero yo he conocido la ira, y cuando digo: «No debo ser iracundo, seré bueno», lo bueno ha nacido de mi ira. Cuando digo: «Tengo que ser bueno», yo he conocido lo malo. Si no conozco lo malo, soy lo bueno. Me pregunto si comprenden ustedes esto. O sea, que si soy violento no sé qué es lo otro. Si no soy violento, entonces existe lo otro. ¿Nace, pues, lo bueno de lo malo? Si lo bueno nace de lo malo, entonces lo bueno no es bueno. ¿Estamos juntos en esto? Parece algo confuso, pero créanme que no lo es. Es muy sencillo. Es por eso que dije: Por favor, pensemos sencillamente, claramente, sin prejuicios, sin preferencias.

Del mismo modo, el amor no es odio, ¿de acuerdo? Si el amor ha nacido del odio, entonces no es amor. ¿Está claro eso? Quien les habla no odia a nadie, pero supongamos que sí; entonces dice: «No debo odiar, tengo que amar». Eso no es amor, sigue siendo parte del odio. Es una decisión, un acto del pensamiento. Y el pensamiento no es amor.

¿Podemos, pues, nosotros, cada uno de nosotros, sentirnos responsables por haber creado esta sociedad en que vivimos, que es monstruosa, inmoral más allá de toda imaginación ‑puede cada uno de nosotros, viviendo en este mundo, en esta sociedad, estar completamente libre del desorden? Eso significa la completa terminación del conflicto, el fin de este sentido de dualidad en nosotros ‑dualidad, los elementos opuestos dentro de nosotros. ¿No es, entonces, cuestión de estar tremendamente alertas ‑alertas a cada pensamiento? ¿Podemos estarlo?

Esto nos lleva al punto siguiente: ¿Qué es el pensamiento? ¿Qué es el pensar? Si a ustedes se les pregunta qué es el pensar, ¿qué responderían? Yo lo pregunto, quien les habla les está preguntando: ¿Qué es el pensar? Y ustedes empiezan a pensar. Toda nuestra vida es pensamiento y sensación. El niño dice: «Mi libro», «¡Ése es mi columpio!» ‑eso es pensar. Mediante el pensar, la humanidad ha enviado un cohete a la luna. Pero ese pensar también pone allá arriba una bandera. ¡Recorrer todo ese camino hasta la luna y colocar allá una bandera! No, no se rían. Vean lo que hace el pensamiento.

El pensamiento ha creado todo el mundo de la tecnología. Se han hecho cosas asombrosas que ni siquiera nos imaginamos, acerca de las cuales es muy poco lo que sabemos ‑la computadora, los extraordinarios submarinos, etc., etc. Todo eso lo ha hecho el pensar ‑¿de acuerdo? Y el pensamiento ha construido también los edificios más extraordinarios. Cuando uno escribe una carta tiene que pensar, y tiene que pensar cuando maneja un automóvil; de modo que el pensar se ha vuelto extraordinariamente importante para todos nosotros. El pensar forma parte de nuestro programa. Hemos sido programados: yo soy católico, usted es protestante, yo soy musulmán, usted es hindú; usted es comunista, yo soy demócrata... ¿entienden? Eso forma parte de nuestro condicionamiento. Hemos sido programados por los diarios, las revistas, los políticos, los sacerdotes, el arzobispo, el Papa ‑ustedes conocen toda la cosa, cómo hemos sido programados.

¿Qué es, entonces, el pensar? ¿Por qué piensan ustedes? ¿Por qué piensan en absoluto? ¿Por qué simplemente no actúan? No pueden. Primero planean muy cuidadosamente lo que van a hacer ‑«¿esta bien o está mal, es como debería ser o no lo es?»‑ y entonces sus emociones, sus sensaciones dicen que eso está muy bien o está muy mal, y ustedes van y lo hacen o no lo hacen. Todo esto es un proceso de pensar. «¿Debería casarme, no debería? Esa muchacha es apropiada, la otra no lo es, o a la inversa». El pensar ha ocasionado muchísimo daño ‑odio, celos, guerras, el deseo de lastimar a otros. ¿Qué es, entonces, el pensar? El llamado buen pensar y el llamado mal pensar, el pensar correcto y el pensar incorrecto; todo eso sigue siendo el pensar. El pensar oriental y el pensar occidental, siguen siendo pensar. ¿Qué es el pensar? No esperen que yo lo diga. Formúlense esa pregunta a sí mismos. ¿Qué es el pensar? Ustedes no pueden pensar sin la memoria. ¿Qué es, entonces, la memoria? Prosigan. Dediquen sus cerebros a ello. Rememoración, una larga asociación de ideas, un largo manojo de recuerdos; recuerdo la casa en que he vivido, recuerdo mi infancia. ¿Qué es eso? Es el pasado. El pasado es memoria. Uno no sabe lo que sucederá mañana, pero puede proyectar lo que podría suceder. Eso sigue siendo la acción de la memoria en el tiempo.

¿Cómo surge la memoria? Todo esto es muy sencillo. La memoria no puede existir sin el conocimiento. Si tengo el conocimiento del accidente automovilístico que me ocurrió ayer ‑no ocurrió- recuerdo ese accidente. Pero previo a esa recordación existió el accidente ‑¿correcto? El accidente se convierte en conocimiento, y entonces desde ese conocimiento surge la memoria. Si no hubiera tenido un accidente, no existiría el recuerdo de un accidente. De modo que el conocimiento se basa en la experiencia, y la experiencia es siempre limitada, siempre. Yo no puedo experimentar la inmensidad del orden universal. No puedo experimentarlo, pero puedo imaginarlo. ¡Es maravilloso! La experiencia es limitada y, por tanto, el conocimiento es limitado, ya sea ahora o en el futuro, porque se suman más y más conocimientos. El conocimiento científico se basa en eso. El conocimiento es siempre limitado, ahora o en el futuro, de modo que la memoria es limitada. Por consiguiente, el pensamiento es limitado. ¿Correcto? Aquí es donde radica la dificultad. El pensamiento es limitado. Ya sea noble o innoble, religioso o no religioso, virtuoso o no virtuoso, moral o inmoral, el pensamiento sigue siendo limitado. Cualquier cosa que haga el pensamiento es limitada. ¿Estamos de acuerdo en esto?

¿Puede, pues, el pensamiento generar orden, puesto que el pensamiento mismo, siendo limitado, tal vez sea el origen del desorden? No sé si captan ustedes esto. ¿Comprenden mi pregunta? Es muy interesante. Examínenla. Cualquier cosa que sea limitada tiene que crear desorden, si soy un musulmán ‑que es algo muy limitado- debo por fuerza crear desorden; si soy un israelí, tengo que crear desorden, o si soy un hindú, un budista, un cristiano, etcétera, etcétera ¿Es, entonces, el pensamiento la raíz misma del desorden? Investíguenlo, señores. Por favor, sean escépticos, no acepten nada de lo que dice quien les habla. Averígüenlo ustedes, investiguen, no mañana sino ahora; sentados ahí examínenlo, descubran. Pongan pasión en ello, no fanatismo. Entonces comenzarán a descubrir.

Así que, como seres humanos, hemos vivido por millones de años en un estado de violencia, de desorden y conflicto ‑y todo eso es producto del pensamiento. Todo eso. De modo que uno empieza a inquirir: ¿Hay alguna otra cosa que sea tan activa, tan precisa y energética como el pensamiento? K descubrió hace mucho tiempo que el pensamiento es muy limitado. Nadie se lo dijo; él lo descubrió, él dio con ello. Entonces comenzó a preguntarse: ¿Existe otro instrumento como ése? El pensamiento está dentro de este cerebro, dentro de este cráneo. El cerebro contiene todos los pensamientos, todos los recuerdos, todas las experiencias. Es también el conjunto de todas las emociones, sensaciones y reacciones nerviosas. Es la vasta memoria que está contenida ahí, la racial, la no racial, la personal ‑todo eso está ahí. Y el centro de todo eso es el pensamiento. Éste puede decir: «No, es otra cosa», pero eso sigue siendo pensamiento. Cuando éste dice que busca una superconciencia, ello sigue siendo pensamiento.

De modo que uno pregunta, K pregunta: ¿Existe otro instrumento ‑o no un instrumento- una onda, un movimiento que no sea de esta clase? ¿Se están formulando ustedes esta pregunta? Si lo hacen, ¿quién va a contestarles? Sean cuidadosos, por favor. Esto exige gran sutileza y habilidad, porque el pensamiento puede ser muy engañoso. Dice «Muy bien, he comprendido que el pensamiento es limitado», pero sigue estando en actividad. Y entonces empieza a inventar: «Yo sé que el pensamiento es limitado, pero Dios es infinito, y yo estoy buscando a Dios». El pensamiento es limitado, pero inventa los rituales, las vestiduras medievales de los monjes y los sacerdotes, etcétera. ¿Puede, pues el cerebro utilizar el pensamiento ‑actuar reflexivamente cuando es indispensable, pero de lo contrario no tener pensamientos? ¿Comprenden? ¿Puede el cerebro utilizar el pensamiento cuando es necesario? Es necesario vivir con el pensamiento cuando uno maneja un automóvil, cuando uno come, cuando escribe una carta, cuando hace esto o aquello. Todo eso es el movimiento limitado del pensar. O sea, que cuando se le necesita, el pensamiento puede actuar; pero en caso contrario, ¿por qué debería parlotear todo el día?

¿Existe, entonces, otro instrumento que no sea en absoluto el pensar ‑que no sea producto del pensamiento, ni sea concebido o elaborado sutilmente por el pensamiento? Descúbranlo. Ello requiere comprender el tiempo. ¿Puedo investigar esto? ¿No están cansados?

Ustedes tienen que comprender qué es el tiempo. No el tiempo de salida y puesta del sol, ni el tiempo de la luna nueva, ni el tiempo del día desde la mañana a la noche. El tiempo es también todo lo que sucedió en nuestra vida ‑que son miles de ayeres- y todo lo que podría suceder mañana. El tiempo es horizontal y vertical. El tiempo es el pasado, es el ahora mientras estamos sentados aquí, y también es el mañana. Y éste es el ciclo en que estamos atrapados. Miles de ayeres, muchos días en nuestra vida, y antes de que muramos habrá algunos días más. Así que todo este movimiento cíclico es el tiempo. El tiempo es necesario para que la pequeña semilla se desarrolle hasta convertirse en un árbol grande, o el bebé en un hombre adulto. Está el tiempo físico y también el tiempo psicológico, yo soy esto, pero seré aquello. Llegar a ser aquello requiere tiempo. ¿Están siguiendo todo esto? Así, el cerebro vive en el tiempo. El cerebro se ha cultivado, ha crecido, ha evolucionado a través del tiempo. Todo este movimiento de la vida tal como lo conocemos, es tiempo ‑¿de acuerdo?

Sabemos lo que fue ayer. Uno puede recordar su infancia, puede recordar su vida de hace veinte años o de diez días atrás, lo cual es el pasado. Ese pasado es el presente ligeramente cambiado, ligeramente modificado por las circunstancias actuales. ¿Entienden lo que se está diciendo o estoy hablando para mí mismo? Otros diez minutos, por favor. No se aburran ni se duerman. Es de la vida de ustedes que estamos hablando, no de mi vida. Es la vida de ustedes, la que viven todos los días ‑la que es realmente no la que debería ser. Es la cotidiana, monótona, solitaria desesperada, ansiosa e incierta vida de ustedes. Y esa vida forma parte del movimiento del tiempo. El tiempo es también llegar a un final cuando muero. Por lo tanto, el tiempo nos concierne. Tendré un empleo mejor si me empeño en ello; si adquiero mayor destreza, ganaré más dinero. Todo eso es tiempo. Y el ayer, muchos ayeres un poco modificados por las circunstancias, por las presiones, son el ahora. Todo eso ha sucedido como resultado de un millar de ayeres refinándose ligeramente, modificándose ligeramente y marchando hacia el futuro ‑¿correcto? El pasado, modificándose a través del presente, se convierte en el futuro. De modo que el futuro es ahora. No sé si ustedes ven esto. Por favor, dedíquenle sólo un poco de tiempo.

Uno vivió en la India con todas las creencias, con los dogmas culturales, supersticiosos, con las inmensas tradiciones que tienen de tres a cinco mil años de antigüedad, uno se educó en eso y vivió ahí en ese pequeño círculo del brahmanismo, y si uno no hubiera despertado, habría permanecido ahí por el resto de su vida hasta morir. Pero las circunstancias, las circunstancias económicas, los viajes, esto y aquello, hacen que uno abandone esto; la tradición de tres a cinco mil años cambia a través de la modificación, o sea, a través de la economía: tengo que ganar dinero, mi esposa, mis hijos deben tener más ropas. Pero el pasado sigue moviéndose y cambia a causa de las circunstancias, y el cambio continúa en el futuro. Eso está claro. Entonces nos preguntamos: ¿Qué es el futuro? ¿Es lo que somos ahora el futuro, modificado, pero no obstante el futuro? Existe una continuidad desde el pasado que se modifica un poco hacia el futuro ‑¿correcto?

Hemos vivido en esta tierra como seres humanos, como ‘homo sapiens’, por millones de años. Fuimos salvajes entonces y aún somos salvajes, pero con ropas limpias, afeitados, bañados, refinados, mientras que internamente nos odiamos unos a otros, nos matamos unos a otros, somos tribales y todas esas cosas. No hemos cambiado mucho. De modo que el futuro es ahora, porque lo que he sido es lo que sigo siendo ahora, modificado, y proseguiré siendo así. Por lo tanto, el futuro es ahora; y a menos que rompa el ciclo, el futuro siempre será el ahora. Me pregunto si comprenden esto. No es muy difícil; por favor, no lo hagan difícil. Supongamos que yo he sido codicioso por los últimos treinta años, y esa codicia llega a modificarse porque no puedo ganar tanto, no puedo satisfacerme hasta ese punto, pero sigo siendo codicioso. Y eso continúa. Así que, a menos que termine con la codicia ahora, mañana seré codicioso. Es muy sencillo.

Nuestra pregunta es, entonces, la siguiente: ¿Puede ‘lo que es’, el pasado, cambiar, terminar completamente? Entonces rompen ustedes el ciclo. Cuando rompen el ciclo, cambian las células mismas del cerebro. Hemos discutido esta cuestión con especialistas del cerebro ‑pero no nos ocuparemos de todo eso. Vean, señores, yo he vivido noventa años ‑quien les habla tiene noventa años. ¡No simpaticen con él, por Dios! Todo lo que ha sucedido durante estos noventa años, o cincuenta años, o diez años, o incluso diez días es el pasado ‑la memoria, las experiencias, hablar aquí y allá, pequeños auditorios, la reputación y todas esas tonterías ‑y todo eso está en el pasado. Y él se siente importante sentado en una plataforma, tiene una reputación. Por lo tanto, él desea que esta reputación, este sentarse en la plataforma, todo ese asunto continúe ‑¿correcto? Pero él puede envejecer ‑no que puede, es viejo- y puede perder los auditorios porque su cerebro podría volverse ‘gagá’ ­‑no, escuchen esto atentamente, por favor, escuchen; no es cosa de risa. Puede ser gracioso, pero sólo considérenlo. A menos que él se libere del auditorio ahora, que se libere de su reputación ahora, quedará atascado en eso. De modo que le pone fin. Podrá volverse ‘gagá’ el año que viene, muy bien, pero él ha terminado con eso. El cerebro ha roto el ciclo del tiempo.

El cerebro se compone de millones y millones de células y son esas mismas células las que matan. Existe una especie diferente de célula, porque uno se ha movido de una dirección a otra dirección diferente. ¿Entienden? O sea, que uno ha estado yendo hacia el norte durante toda su vida. Viene alguien y dice: «Vea, en el norte no hay nada, ¡por Dios! no malgaste su energía yendo al norte, vaya al sur o al este». En el momento que uno se vuelve hacia el este, ha roto el patrón. Uno ha roto el patrón que han establecido las células y se ha dirigido al este. Es así de sencillo si uno lo hace.

Uno puede hablar interminablemente, puede escribir libros interminablemente, pero una vez que ve la naturaleza del tiempo, ve que es muy poco lo que hemos cambiado a través de estos millones de años. Seguimos matándonos unos a otros, sólo que de un modo más diabólico. La bomba atómica puede barrernos, vaporizarnos en un segundo. No existiremos más, nada existirá. Pero es lo mismo que cuando un hombre mataba a otro hombre hace dos millones de años. Seguimos haciendo eso. A menos que rompamos el patrón, haremos la misma cosa mañana. Esto es muy sencillo de entender. Hace dos mil años los hombres mataban con una maza; más tarde inventaron la flecha. Pensaban que la flecha pondría fin a las guerras. Ahora tenemos los terribles medios de destrucción modernos. Es lo mismo que dos millones de años atrás: seguimos matando. Ese es el patrón que el cerebro ha aceptado y con el que ha vivido; el cerebro ha creado el patrón. Si el cerebro puede darse cuenta por sí mismo, no mediante la presión o la compulsión, si puede comprender por sí mismo que el tiempo carece de validez en el movimiento del cambio, entonces uno ha roto el patrón. Entonces existe un modo por completo diferente de vivir.

Tercera plática

Domingo, 14 de julio

¿Podemos proseguir con nuestra conversación?

Estuvimos hablando sobre el conflicto y las causas del conflicto. El conflicto está aumentando más y más en el mundo, conflicto en todas las formas, en todos los sectores sociales. Dijimos que la causa del conflicto es esta constante contradicción, no sólo dentro de nosotros mismos sino también dentro de la sociedad en que vivimos. La sociedad es lo que hemos hecho de ella. Creo que esto es bastante claro y obvio, porque internamente, desde el momento en que nacemos hasta que morimos, estamos en constante lucha competencia, conflicto, con todas las formas de actitudes destructivas o positivas, con prejuicios y opiniones. Éste ha sido nuestro estilo de vida, no sólo en el período actual sino también, probablemente, por los últimos dos millones y medio de años. Y aún seguimos en esto, dentro del mismo patrón del mismo molde ‑guerras más destructivas que nunca división entre nacionalidades (que es el espíritu tribal), divisiones religiosas, divisiones familiares, fragmentaciones sectarias, etcétera.

Si se nos permite señalarlo nuevamente esta mañana, no estamos aquí como un grupo intelectual, ni como una congregación más bien romántica, imaginativa o sentimental. Ustedes y quien les habla van a emprender un viaje juntos, no él guiándolos o ustedes siguiéndolo, sino juntos, codo a codo, quizá tomados de la mano si fuera necesario. Emprendemos un viaje bastante complejo, sinuoso, sutil y tal vez interminable, un viaje sin comienzo ni final. Un viaje, tal como lo entendemos comúnmente, tiene un comienzo y un final, algo empieza, sigue y luego toca a su fin; pero tal vez este viaje no sea en absoluto así. Puede que sea un movimiento constante, no dentro del ciclo del tiempo sino más bien fuera del campo del movimiento tal como lo conocemos.

De modo que estamos juntos. Por favor, quien les habla tiene que insistir en esta cuestión. Ustedes no son meramente los oyentes que aceptan o rechazan lo que él dice, sino que en cooperación, en responsabilidad, caminamos juntos, al mismo paso ‑no uno detrás del otro- a lo largo del mismo sendero, o de la misma calle. Por consiguiente, es tanto responsabilidad de ustedes como de quien les habla no aceptar ni negar, no concordar ni disentir. Hemos sido criados, educados en este sistema de acuerdos y desacuerdos. Estamos de acuerdo en ciertas cosas, disentimos por completo en otras; de modo que siempre existe esta división ‑los que están de acuerdo y hacen algo en conjunto, y los que se oponen a lo que éstos están haciendo.

¿Podríamos esta mañana desterrar por completo de nuestros cerebros, de nuestra sangre, la idea del acuerdo o el desacuerdo? Porque si ustedes están de acuerdo con quien les habla, y hay algunos que no están de acuerdo, entonces es inevitable que haya conflicto entre ambos. Uno puede tolerarlo, puede soportarlo, aceptarlo, pero siempre existe esta división ‑¿está claro? ¿Podríamos, pues, viendo las consecuencias que tienen el concordar y el disentir, el aprobar y el desaprobar, podríamos observar juntos, ver juntos (hasta donde podemos hacerlo) no sólo lo que ocurre externamente ‑eso es bastante sencillo porque en la actualidad se nos habla muchísimo de lo que está sucediendo en el campo político, en el campo de los armamentos, en el campo científico y en todos los campos de la tecnología- sino ver con exactitud internamente, subjetivamente, lo que está ocurriendo, sin decir: «Esto es malo, esto es bueno; yo acepto esto, yo no acepto aquello»; sólo observar, sin que en esa observación haya prejuicio alguno? ¿Podemos hacerlo? ¿Podemos observarnos a nosotros mismos, observar nuestra conducta, nuestro comportamiento, el modo en que pensamos, nuestras reacciones, nuestras creencias, conclusiones, etc.? ¿Podríamos observar todo eso tal como es, no como debería ser, ni como tiene que ser, sino simplemente mirarlo tal como es? Eso requiere muchísima atención, el cerebro tiene que estar extraordinariamente activo para desechar cualquier clase de reacción que pudiera surgir en la observación de uno mismo, porque, después de todo, lo que otras personas han dicho acerca de nosotros ‑los profesores, los psicólogos, los psiquiatras y los gurús- es lo que ellos dicen, no lo que uno ve por sí mismo. Espero que nos estemos entendiendo mutuamente .

Las palabras que usa quien les habla son muy sencillas son palabras que empleamos en nuestras conversaciones diarias. No hay una jerga semántica ni un lenguaje especializado. Estamos considerando las cosas juntos, como dos amigos que usan un idioma común, un lenguaje cotidiano. De modo que nos preguntamos: ¿Podemos ver exactamente lo que somos sin tomar partido al respecto, sin aceptar ni rechazar, viendo las consecuencias de cada actitud, no evaluando, no juzgando, sino sólo observando, como observan ustedes el cielo en una noche estrellada, y aquellas montañas majestuosas contra el cielo azul? ¿Podemos de la misma manera observarnos a nosotros mismos, observar nuestra relación con el mundo y la relación del mundo con nosotros? Es un proceso bastante complejo. ¿Nos movemos juntos? ¿O yo marcho adelante y los voy dejando atrás? ¿Podemos ir juntos, manteniéndonos al mismo paso?

¿Qué somos? ¿Por qué tenemos un interés propio tan profundamente arraigado? No sólo externamente (en lo externo hay cierta necesidad de interés propio, de lo contrario, uno tiene que renunciar a todo), sino internamente, psicológicamente, subjetivamente? ¿Por qué existe en todos nosotros un interés propio tan profundo, tan impenetrable? Interés propio ‑¿saben lo que esas palabras significan? Estar interesado en uno mismo, en los propios beneficios, en los propios fracasos, en la propia fragmentación, en los propios prejuicios y opiniones; todo el contenido de la propia vida. Interés propio ‑¿por qué razón estamos tan confinados en eso? ¿Es posible vivir en este mundo sin ese interés propio ‑primero psicológicamente, y después ver si eso es también posible externamente? ¿Estamos juntos, o estoy hablando fuera de esta carpa, desde el otro lado de la cerca?

¿Se han dado cuenta ustedes alguna vez de que construimos una cerca alrededor de nosotros? Una cerca de autoprotección, una cerca para detener cualquier perjuicio que alguien pudiera causarnos, una barrera entre uno mismo y el otro, entre uno y la familia, etcétera. Existe una barrera entre ustedes y quien les habla. Naturalmente. Ustedes no lo conocen, él no los conoce a ustedes; por lo tanto, le escuchan más bien cortésmente, curiosos por saber de qué diablos está él hablando; escuchan con la esperanza de obtener algo de ello después de estar sentados durante una hora o algo así en esta calurosa carpa, aguardando alguna cosa, escogiendo entre lo que les conviene y lo que no les conviene, escuchando parcialmente, no totalmente, porque uno no desea exponerse a sí mismo ‑de modo que uno crea naturalmente una barrera, que puede ser muy, muy delgada, apenas perceptible, o puede ser un muro bien definido. ¿Por qué lo hacemos? ¿Acaso no es eso también interés propio? Y este interés en uno mismo debe, inevitablemente, engendrar fragmentación, por fuerza tiene que dividir. Ustedes pueden ver la barrera en lo nacional ‑de un lado Inglaterra y del otro lado Europa y lo que está más allá. Existe esta constante división, y donde hay división tiene que haber conflicto, eso es inevitable. Si alguien tiene una muy profunda relación íntima con la esposa o el marido, con una muchacha o un muchacho, etcétera, donde haya división tiene que haber fragmentación, tiene que haber conflicto. Ésa es una ley ‑¿correcto? Les guste o no les guste, ésa es una ley. Pero cuando uno ve eso, entonces el propio verlo es el modo de derribar la barrera.

Así que debemos preguntarnos: ¿Qué significa ver? ¿Qué significa observar? Yo me observo a mí mismo, ¿verdad? Observo lo que soy, mis reacciones, mis prejuicios, mis convicciones, mis idiosincrasias, las tradiciones en que me educaron, la reputación, toda esa tontería. Estoy observando. Si no observo muy, muy cuidadosamente, si no escucho cada sonido que se produce mientras observo, entonces establezco una dirección en la cual debo ir. ¿Están siguiendo todo esto o estoy hablando para mí mismo?

Estuvimos hablando en Washington, EE.UU., y ellos aplaudían lo que uno decía, aprobando, alentando. Aquí, todos ustedes están sentados muy calladamente. Uno no sabe si están acompañando realmente a quien les habla, si en verdad escuchan, o si han venido casualmente a un sermón matinal del domingo. En vez de ir a la iglesia llegan aquí, ya sea por diversión o sólo por oír lo que ese personaje está diciendo. O piensan: «Bueno, estoy de acuerdo con él en ciertas cosas, pero en otras él no tiene toda la razón». Nunca miramos la cosa total, el problema total de la vida, la totalidad de la existencia desde la infancia a la muerte. Jamás abarcamos la cosa completa y la observamos, aprendiendo al respecto sin acumular conocimientos, aprendiendo no sólo lo que ocurre fuera sino dentro de nosotros mismos, las exigencias que tenemos unos con otros, las heridas que nos causamos, nuestra profunda soledad, la depresión, la ansiedad, la incertidumbre, los temores, todas las cosas placenteras que disfrutamos, y también el sufrimiento; y, finalmente, el dolor de la muerte. Jamás miramos todo este movimiento como un movimiento único, sino que más bien lo consideramos fragmentariamente.

Ahora, si podemos, vamos a mirar juntos no sólo lo que constituye la causa de esta fragmentación; veremos también si el cerebro, que ha sido condicionado durante millones de años para la guerra, para el conflicto, para trabajar, trabajar y trabajar todo el tiempo, parloteando incesantemente, dividido en nacionalidades, etc. ‑su dios y mi dios, la filosofía oriental opuesta a la filosofía occidental- si el cerebro puede desechar por completo todo el movimiento del acuerdo y el desacuerdo, en el cual siempre existe la opción. Yo opto por seguir este camino y usted opta por seguir el otro; yo opto por creer en Dios, o en la no existencia de Dios y usted dice: «No, lo siento, yo no puedo aceptar eso, tiene que haber Dios, porque yo creo en El, me agrada» ‑o, «Dios es mi tradición»- etc. Si alguna vez reconocemos que existe esta división, el acuerdo, el desacuerdo, la recompensa y el castigo, entonces podemos comenzar a mirarnos realmente a nosotros mismos, porque nosotros somos el mundo. El mundo es lo que nosotros somos. Si somos violentos recelosos, desconsiderados, el mundo es así. Esto es obvio, porque nosotros hemos hecho esta sociedad, este mundo monstruoso, feo, inmoral en que vivimos, con todos los dioses. El mundo se ha convertido en un gran circo, un circo doloroso o un circo placentero. ¿Podemos, pues, ver exactamente lo que somos, vernos sin distorsión alguna? Lo que somos psicológicamente, no biológicamente. Biológicamente nos hemos formado a través de milenios y milenios. Psicológicamente, desde los comienzos del hombre, ha habido violencia, odio, celos, agresión, el tratar siempre de llegar a ser algo más y más y más, y mucho más de lo que somos.

¿Es que estamos escuchando meramente la descripción o vemos el hecho, no la idea acerca del hecho? ¿Comprenden? Hay una diferencia entre el hecho y la idea del hecho. Es decir, nosotros tenemos una idea, vemos algo y entonces perseguimos la idea: «Yo no debería ser así, tengo que ser de esa otra manera». Ésa es una idea. Cuando veo exactamente lo que soy, ése es un hecho. El hecho no necesita de una idea, de un concepto, de una ideología. Es así. Soy iracundo ‑ése es un hecho. Pero si digo: «No debo ser iracundo», entonces eso se vuelve una idea. ¿Estamos juntos en esto?

¿Qué es, entonces, lo que ustedes hacen de esto? ¿Deducen un conjunto de ideas, o ven el hecho tal como es ‑que somos celosos, agresivos, solitarios, temerosos y todo eso? Toda la psiquis, la persona, el ego, es eso; y todo eso es el pasado, los recuerdos que hemos reunido ‑¿correcto? He sentido miedo antes, conozco lo que es el miedo, y en el instante en que ese sentimiento aparece, digo: «Eso es miedo». El sólo decir, «Eso es miedo», es una idea, no un hecho. Me pregunto si están ustedes siguiendo todo esto. Señores, la palabra árbol no es el árbol real. El nombre K no es el K real. La palabra no es la cosa. Así, cuando lo observan, ven que el cerebro de ustedes está preso en una red de palabras, palabras y palabras. ¿Pueden mirarse a sí mismos sin la palabra? ¡Oh! vamos, señores, jueguen el juego conmigo, ¿quieren? El balón está en el campo de ustedes. O sea, ¿pueden mirar a la esposa, al esposo, a los hijos, a la novia, o a quien fuere, sin la palabra? ¿Sin la imagen? Esa palabra, esa imagen es la división. ¿Pueden mirar a quien les habla sin la palabra ‑siendo la palabra todos los recuerdos acerca de él, la reputación, lo que ustedes han leído o no han leído, etcétera- pueden mirarlo sin todo eso y sólo observar? Lo cual implica que uno ha de captar, ha de comprender cómo opera el cerebro ‑el propio cerebro de ustedes, no el cerebro de los filósofos, o el de los escritores espirituales, o el de los sacerdotes, o el de esta u otra persona. Simplemente observarse a sí mismos sin la palabra; entonces pueden mirar ciertos hechos, ver por qué los seres humanos quedan lastimados psicológicamente. Esto es muy importante averiguarlo.

Se nos lastima desde la infancia. Está siempre la presión siempre el sentido de la recompensa y el castigo. Usted me dice algo que me causa enojo y me lastima ‑¿de acuerdo? Así que hemos comprendido un hecho muy simple: que se nos lastima desde la infancia, y que por el resto de nuestra vida cargamos con esa herida ‑temerosos de que se nos vuelva a lastimar, o tratando de que no se nos lastime, lo cual es otra forma de resistencia. ¿Nos damos cuenta, pues de estas heridas, y de que debido a ellas creamos una barrera alrededor de nosotros, la barrera del miedo? ¿Podemos investigar esta cuestión del miedo? ¿Lo haremos? No para satisfacción mía, porque es de ustedes que estoy hablando. ¿Podemos investigar esto muy, muy profundamente, y ver por qué los seres humanos ‑que somos todos nosotros- han tolerado el miedo por miles de años?

Nosotros vemos las consecuencias del miedo ‑miedo de no ser recompensados, miedo de fracasar, miedo de la propia debilidad, miedo del propio sentimiento de tener que llegar a cierto punto y no ser capaces de lograrlo. ¿Tienen interés en investigar este problema? Ello significa investigarlo completamente hasta el fin, sin decir meramente: «Lo siento, eso es demasiado difícil». Nada es demasiado difícil si uno quiere hacerlo. La palabra ‘difícil’ nos impide una acción ulterior. Pero si pueden desechar esa palabra ‘difícil’, entonces podremos penetrar en este muy, muy complejo problema.

En primer lugar, ¿por qué toleramos el miedo? Si tenemos un automóvil que está descompuesto, acudimos si es posible al garaje más cercano, y entonces arreglan la maquinaria y proseguimos la marcha. ¿Es que no hay nadie a quien podamos acudir para que nos ayude a no tener miedo? ¿Comprenden la pregunta? ¿Necesitamos la ayuda de alguien para librarnos del miedo ‑ayuda de los psicólogos, de los psicoterapeutas, de los psiquiatras, o del sacerdote, o del gurú que dice: «Entrégame todo, incluso tu dinero, y entonces estarás perfectamente bien»? Esto es lo que hacemos. Pueden reírse, pueden divertirse, pero internamente estamos haciendo esto todo el tiempo.

¿Necesitamos, pues, ayuda? La plegaria es una forma de ayuda; pedir que se nos libere del miedo, es una forma de ayuda. Que quien les habla les diga a ustedes cómo librarse del miedo, es una forma de ayuda. Pero él no va a decirles cómo, porque estamos caminando juntos, estamos poniendo energía para descubrir por nosotros mismos el proceso causativo del miedo. Si ustedes ven algo muy claramente, entonces no tienen necesidad de decidir, de optar o de pedir ayuda. Actúan, ¿verdad? ¿Vemos claramente toda la estructura, la naturaleza interna del miedo? Uno ha sentido miedo en el pasado, y el recuerdo de ello vuelve y dice que eso es miedo. ¿Comprenden lo que estoy diciendo?

Examinemos esto cuidadosamente ‑no que lo examine quien les habla y luego ustedes aprueben eso o lo desaprueben, sino que hagan el viaje junto con él, no verbalmente o intelectualmente, sino sondeando, inquiriendo, investigando. Estamos descubriendo; queremos ahondar, como cava uno en el jardín o para encontrar agua. Uno cava profundamente, no permanece en la superficie del suelo diciendo: «Tengo que conseguir agua». Uno cava o va al río. De modo que, ante todo, seamos muy claros: ¿Necesitan ustedes ayuda para librarse del miedo? Si desean ayuda, entonces son responsables por establecer una autoridad, un líder, un sacerdote. De modo que, antes de que investiguemos esta cuestión del miedo, deben preguntarse si desean ayuda. Por supuesto, si nos duele algo, si tenemos una jaqueca, o alguna clase de enfermedad, acudimos a un médico. El conoce mucho más sobre nuestra naturaleza orgánica y, por tanto, nos dice qué debemos hacer. No estamos hablando de esa clase de ayuda. Nos preguntamos si es que necesitan ustedes que se les ayude, que alguien les instruya, los guíe y les diga: «Hagan esto, hagan aquello día tras día y estarán libres del miedo». Quien les habla no está ayudándoles. Ésa es una cosa segura, porque ustedes tienen docenas de ayudadores, desde los grandes líderes religiosos ‑¡Dios nos libre!- hasta el más reciente, modesto psicólogo a la vuelta de la esquina.

Que quede, pues, muy claro entre nosotros que quien les habla no desea ayudarles psicológicamente de ninguna manera. ¿Aceptarían buenamente eso? Sean honestos, ¿lo aceptarían? No digan que sí, es algo muy difícil. Durante toda la vida han buscado ustedes ayuda en diversas direcciones, aunque algunos digan: «No, yo no necesito ayuda». Requiere no sólo percepción externa ver lo que el requerimiento de ayuda ha hecho a la humanidad. Ustedes piden ayuda solamente cuando están confusos, cuando no saben qué hacer, cuando se sienten inseguros. Pero cuando ven las cosas con claridad ‑cuando ven las cosas con mucha, mucha claridad, no necesitan ninguna ayuda; ello está ahí. Y de ello surge la acción. ¿Estamos juntos en esto? Repitámoslo si no les molesta. Quien les habla no les está diciendo cómo hacerlo. No pregunten nunca cómo, porque entonces siempre habrá alguien que les tirará una cuerda. Quien les habla no está ayudándoles de ninguna manera, sino que juntos estamos recorriendo la misma senda, tal vez no a la misma velocidad. Ajusten ustedes su propia marcha y caminaremos juntos. ¿Está claro? ¿Estamos de acuerdo?

Si no está claro para ustedes qué implica la exigencia de ayuda, tendrán que ir a otra parte. Probablemente lo harán. Recurrirán a un libro, o acudirán a alguien, pero no a quien les habla. Yo lamento desalentarlos y decirles que no voy a extenderles mi mano; no se trata de eso. Si estamos caminando juntos, lo hacemos tomados de las manos ‑ustedes no extienden la mano pidiendo ayuda. ¿Estamos trabajando juntos? ¿O soy yo quien está trabajando y fatigándose con esto?

¿Cuál es la causa del miedo? Vayamos despacio, por favor. La causa. Si uno puede descubrir la causa, entonces puede hacer algo al respecto, puede cambiar la causa, ¿no es cierto? Si un médico me dice, le dice a quien les habla que tiene cáncer ‑no lo tengo, pero supongamos que me dice que sí- y afirma: «Puedo extirparlo fácilmente y usted estará bien», entonces voy a acudir a ese médico. Él lo extirpa y termina con la causa. De modo que la causa siempre puede cambiarse, erradicarse. Si uno tiene un dolor de cabeza, puede encontrar la causa; tal vez está alimentándose mal, o fumando, o bebiendo demasiado. O uno deja de beber, de fumar y todo eso, o toma una píldora para suprimir el dolor. La píldora se convierte entonces en el efecto que detiene por el momento la causa ‑¿correcto? Así, la causa y el efecto pueden siempre cambiarse, ya sea inmediatamente o tomándose tiempo para ello. Si uno se toma tiempo, entonces durante ese intervalo intervienen en ello otros factores. De manera que uno jamás cambia el efecto, uno continúa con la causa. ¿Estamos juntos en esto? ¿Cuál es, entonces, la causa del miedo? ¿Por qué no lo hemos investigado? ¿Por qué lo toleramos, conociendo el efecto del miedo, las consecuencias del miedo? Si psicológicamente ustedes no tuvieran miedo en absoluto, no tendrían dioses, no tendrían símbolos ni personalidades que adorar. Estarían extraordinariamente libres en lo psicológico. El miedo también nos vuelve cobardes, aprensivos; deseamos escapar del miedo, y entonces el escape llega a ser más importante que el miedo mismo. ¿Entienden?

Vamos, pues, a considerar esto juntos a fin de descubrir cuál es la causa del miedo ‑su causa fundamental. Y si descubrimos esa causa por nosotros mismos, entonces la hemos erradicado. Si ustedes ven el proceso que origina el miedo, o sus múltiples causas, entonces esa percepción misma termina con ello. ¿Están ustedes escuchándome, escuchan a quien les habla para dilucidar las causas? ¿O jamás se han formulado siquiera un interrogante de esta naturaleza? Yo he soportado el miedo, tal como lo ha hecho mi padre, mi abuelo, toda la raza en que he nacido, toda la comunidad; toda la estructura de los dioses y de los rituales se basa en el miedo y en el deseo de lograr algún estado extraordinario.

Así que investiguemos esto. No estamos hablando de las diversas formas del miedo ‑miedo a la oscuridad, miedo a la propia esposa o al marido, miedo a la sociedad, miedo a la muerte, etc. El miedo es como un árbol que tiene muchas, muchas raíces, muchas flores, muchos frutos, pero nosotros estamos considerando la raíz misma de ese árbol. La raíz, no muestra particular forma de temor. Uno puede rastrear su particular forma de temor siguiéndola hasta la misma raíz. De modo que preguntamos: ¿Nos interesan nuestros temores, o estamos interesados en la totalidad del miedo? ¿Nos interesa el árbol total ‑no sólo una rama de ese árbol? Porque a menos que comprendamos cómo vive el árbol, el agua que requiere, la profundidad del suelo, etcétera, el mero podar las ramas nada logrará; tenemos que llegar hasta la propia raíz del miedo.

¿Cuál es, entonces, la raíz del miedo? No esperen que sea yo quien responda a eso. No soy el líder de ustedes, no soy el ayudador de ustedes, no soy el gurú de ustedes -¡gracias a Dios! Estamos juntos, como dos hermanos, y eso es lo que quiero decir; quien les habla quiere decir exactamente eso, no son meras palabras. Como dos buenos amigos que se han conocido el uno al otro desde el principio del tiempo, caminando a lo largo de la misma senda, al mismo paso, mirando todo lo que hay alrededor de uno y dentro de uno ‑así, juntos, investigaremos esto. Por favor, juntos. De lo contrario, ello se vuelve meras palabras, y al final de la plática ustedes dirán: «Realmente, ¿qué he de hacer con mi miedo?»

El miedo es muy complejo. Es una reacción tremenda. Si se dan cuenta de él, verán que es un impacto, una conmoción no sólo en lo biológico, en lo orgánico, sino que también es una conmoción para el cerebro. El cerebro tiene la capacidad ‑como uno lo descubre, no por lo que otros dicen- de permanecer sano a pesar de una conmoción. No conozco mucho al respecto, pero la conmoción misma invita a su propia protección. Si lo investigan en sí mismos, lo verán. De modo que el miedo es una conmoción ‑momentánea o continuando en formas diferentes, en expresiones diferentes, en peculiaridad diferentes. Vamos a llegar, pues, hasta la mismísima raíz del miedo. Para comprender esta raíz, tenemos que comprender el tiempo -¿correcto? El tiempo como ayer, el tiempo como hoy, el tiempo como mañana. Recuerdo algo que he hecho, lo cual hace que me sienta receloso, nervioso o aprensivo, o me causa temor; recuerdo todo eso y ello prosigue hacia el futuro. He sido iracundo, celoso, envidioso ‑eso es el pasado. Todavía soy envidioso, con ligeras modificaciones. Soy bastante generoso acerca de las cosas, pero la envidia continúa. Todo este proceso es tiempo, ¿verdad? ¿Comprenden? ¡Digan que sí, por Dios! ¡No, no digan que sí!

Comencemos de nuevo. ¿Qué consideran ustedes que es el tiempo? ¿El tiempo por el reloj, la salida y puesta del sol, la estrella vespertina, la luna nueva con la luna llena que llega dos semanas más tarde? ¿Qué es el tiempo para ustedes? ¿Tiempo para aprender un arte? ¿Tiempo para aprender un idioma? ¿Tiempo para escribir una carta? ¿Tiempo para llegar desde aquí a sus casas? Todo eso es tiempo como distancia ‑¿correcto? Tengo que ir desde aquí hasta allá. Esa es una distancia que el tiempo cubre. Pero el tiempo es también interno, psicológico: yo soy esto y tengo que llegar a ser aquello. El llegar a ser aquello se llama evolución. La evolución significa de la semilla al árbol. Y también significa: soy un ignorante, pero aprenderé. No sé, pero sabré. Denme tiempo para que me libre de la violencia. ¿Están siguiendo todo esto? «Denme tiempo». Denme unos cuantos días, un mes o un año, y me libraré de la violencia. Así, vivimos a base de tiempo ‑no sólo yendo a la oficina todos los días de nueve a cinco, ¡Dios no lo permita!, sino también el tiempo para llegar a ser alguna cosa. ¿Comprenden todo esto? ¿Sí? ¿El tiempo, el movimiento del tiempo? Yo he tenido miedo de usted y recuerdo ese temor; ese temor sigue estando ahí, y yo tendré miedo de usted mañana. Espero que no, pero si no hago algo muy drástico al respecto, mañana tendré miedo de usted. Así que vivimos a base de tiempo. Por favor, seamos claros en esto. Vivimos a base de tiempo, o sea: estoy vivo, moriré. Pospondré la muerte tanto como sea posible; estoy vivo y voy a hacer todo lo que pueda por evitar la muerte, aunque ésta sea inevitable. De modo que, tanto psicológica como biológicamente, vivimos a base de tiempo.

¿Es el tiempo un factor de miedo? Por favor, investiguen. El tiempo ‑o sea, he dicho una mentira y no quiero que el otro lo sepa, pero el otro es muy sagaz; me mira y dice: «Has mentido». «No, no he mentido». (Me protejo instantáneamente porque temo que el otro descubra que soy un mentiroso). Tengo miedo por algo que he hecho y que no quiero que el otro conozca. ¿Qué implica esto? Es pensamiento, ¿no? He hecho algo que recuerdo, y ese recuerdo dice: «Ten cuidado, no dejes que él descubra que has mentido, porque tienes una buena reputación de hombre honesto, así que debes protegerte». De modo que el pensar y el tiempo están juntos. No hay división alguna entre el pensamiento y el tiempo. Por favor, que esta cuestión esté clara para ustedes, de lo contrario después van a confundirse bastante. El proceso que da origen al miedo es tiempo/pensamiento, ésa es la raíz del miedo ‑¿correcto?

¿Está claro para nosotros esto de que el tiempo ‑es decir, el pasado con todas las cosas que uno ha hecho- y el pensamiento ‑agradable o desagradable (especialmente si es desagradable)- constituyen la raíz del miedo? Éste es un hecho obvio. Verbalmente, es un hecho muy simple. Pero para ir más allá de la palabra y ver la verdad de este tiempo/pensamiento, uno deberá inevitablemente preguntarse: ¿Cómo puede detenerse el pensamiento? Es una pregunta natural, ¿no? Si el pensamiento crea el miedo, lo cual es tan obvio, entonces ¿cómo he de detener el pensamiento? «¡Por favor, ayúdeme a terminar con mi pensamiento!» ‑yo sería un asno si pidiera una cosa así. Pero pregunto: ¿Cómo he de detener el pensar? ¿Es eso posible? Prosigan, señores, investiguen, no dejen que sea yo el que prosiga. Pensar. Vivimos a base del pensar. Todo lo que hacemos, lo hacemos a través del pensamiento. El otro día hemos investigado esto cuidadosamente. No perderemos tiempo examinando la causa, el comienzo del pensar, cómo surge ‑la experiencia, el conocimiento, que es siempre limitado, la memoria y luego el pensamiento. Sólo lo estoy repitiendo brevemente.

¿Es, entonces, posible detener el pensar? ¿Es posible no parlotear todo el día, darle un descanso al cerebro, aunque éste tiene su propio ritmo ‑la sangre que asciende hacia él- su propia actividad? Su actividad propia, no la que le impone el pensamiento ‑¿comprenden? ¿Puedo señalar, puede quien les habla señalar que ésta es una pregunta equivocada? ¿Quién es el que va a detener el pensar? Sigue siendo el pensamiento, ¿verdad? Cuando yo digo: «Si sólo pudiera detener el pensar, entonces no tendría miedo», ¿quién es el que desea detener el pensamiento? Sigue siendo el pensamiento, ¿no es así?, el pensamiento que desea algo más.

Entonces, ¿qué harán? Cualquier movimiento del pensar para ser otra cosa que lo que es, sigue siendo pensamiento. Soy codicioso, pero no debo ser codicioso ‑eso sigue siendo el pensar. El pensar ha creado todos los objetos, todo ese negocio que tiene lugar en las iglesias. Incluso esta carpa ha sido esmeradamente planeada por el pensamiento. Por lo visto, el pensamiento es la raíz misma de nuestra existencia. De modo que la pregunta que nos formulamos es muy seria; vemos lo que el pensamiento ha hecho ‑ha inventado las cosas más extraordinarias, la computadora, los buques de guerra, los misiles, la bomba atómica, la cirugía, la medicina- y también vemos las cosas que el pensamiento le ha permitido hacer al hombre, como ir a la luna, etcétera. Y el pensamiento es la raíz misma del miedo. ¿Vemos eso? No cómo terminar con el pensamiento, sino ver realmente que el pensar es la raíz del miedo, lo cual es tiempo. Ver, no las palabras, sino ver realmente. Cuando uno tiene un dolor severo, el dolor no es diferente de uno y no actúa instantáneamente ‑¿correcto? Entonces, ¿ven ustedes tan claramente como ven el reloj, como ven a quien les habla o al amigo que se sienta al lado, ven que el pensamiento es el origen del miedo? Por favor, no pregunten: «¿Cómo he de verlo?» En el momento que preguntan cómo, aparece alguien que desea ayudarlos, y entonces ustedes se convierten en los esclavos de esa persona. Pero si ven por sí mismos que el pensamiento/tiempo es realmente la raíz del miedo, ello no necesita deliberación ni decisión. Un escorpión es venenoso, una víbora es venenosa ‑en la percepción misma de uno u otra, ustedes actúan.

Uno se pregunta, entonces: ¿Por qué no vemos? ¿Por qué no vemos que una de las causas de la guerra son las nacionalidades? ¿Por qué no vemos que uno puede llamarse musulmán, y otro cristiano ‑¿por qué peleamos por nombres, por propaganda? ¿Vemos eso, o sólo memorizamos o pensamos al respecto? ¿Comprenden, señores, que la conciencia de ustedes es el resto de la humanidad? La humanidad, como ustedes y otros, pasa por toda clase de dificultades, experimenta pena, afán, ansiedad, soledad, depresión dolor, placer; todos los seres humanos pasan por esto, todos los seres humanos en todo el mundo. Por lo tanto, nuestra conciencia, nuestro ser, es toda la humanidad. Es así. ¡Qué renuentes somos a aceptar un hecho tan sencillo! Y es que estamos acostumbrados a ser individualistas ‑yo, lo mío en primer lugar. Pero si vemos que nuestra conciencia es compartida por todos los otros seres humanos que viven en esta tierra maravillosa, entonces cambia todo nuestro modo de vivir. Pero no vemos eso. Necesitamos argumentos, muchísima persuasión, presiones, propaganda ‑todo lo cual es tan terriblemente inútil porque es cada uno de nosotros el que tiene que ver esto por sí mismo.

¿Podemos, pues, cada uno de nosotros, que somos los demás seres humanos, que somos la humanidad, mirar un hecho muy sencillo? ¿Observar, ver que el pensamiento/tiempo es la causa del miedo? Entonces la percepción misma es la acción. Y a partir de ahí, ustedes ya no dependen de nadie. El gurú es como ustedes. El líder puede vestir ropas diferentes y usar toda clase de joyas, pero desnúdenlo de todo eso y es exactamente igual que ustedes y yo, sólo que ha logrado un poder mayor, y nosotros también deseamos un poder mayor, más dinero, más posición y status. ¿Podemos, pues, mirar todo esto, verlo muy claramente? Entonces esa percepción misma termina con toda esta necedad. Entonces uno es una persona libre.

Cuarta plática

Miércoles, 17 de julio

Ustedes escucharon todos los anuncios. ¿Puedo a mi vez anunciar que voy a hablar? Y también que ustedes van a compartir la plática. Ésta no es un solo, sino que estamos juntos, y quien les habla quiere decir juntos, no que él los está guiando o ayudando o tratando de persuadirles, sino que mas bien estamos juntos; y esa palabra es importante ‑juntos emprendemos un viaje muy, muy largo. Es un camino bastante difícil ‑no, no usaré esa palabra, es una palabra peligrosa- una senda, un camino que resultará más bien complejo porque vamos a considerar el interés propio, la austeridad, la conducta, y también veremos si es posible terminar con todo el dolor en nuestra vida cotidiana. Ésta es una pregunta muy importante: ¿Por qué los seres humanos, después de tantos miles y miles de años, jamás han estado libres del dolor? No sólo el dolor de cada uno ‑la pena la ansiedad, la soledad envueltas en ese dolor- sino también el dolor de la humanidad. Vamos a hablar acerca de eso. Y, si tenemos tiempo, vamos a hablar del placer, y también de la muerte.

Es una mañana tan hermosa, tan bella ‑el claro cielo azul, las silenciosas colinas, las sombras profundas, las aguas que fluyen, la pradera y la arboleda y el verde césped- que uno se pregunta si en una mañana tan hermosa no deberíamos considerar juntos qué es la belleza, porque ésa es también una cuestión muy importante. No la belleza de lo natural, o la extraordinaria vitalidad, la energía dinámica de un tigre. Ustedes probablemente sólo han visto tigres en un zoológico, donde a los pobres animales los mantienen encerrados para nuestra diversión. En algunas partes del mundo que ha visitado quien les habla, él estuvo cerca de un tigre salvaje, tan cerca como a dos pies de distancia.

Debemos investigar esta cuestión, porque sin belleza y amor la verdad no existe. Es necesario que examinemos muy detenidamente la palabra belleza. ¿Qué es la belleza? Ustedes se están formulando esa pregunta y así lo hace quien les habla; estamos considerando juntos no sólo la palabra, sino las implicaciones de esa palabra, la inmensidad, la incalculable profundidad de la belleza. Podemos conversar al respecto, pero el conversar, las palabras, las explicaciones y descripciones no son la belleza. La palabra belleza no es la belleza. La belleza es algo por completo diferente. Por eso, si a uno se le permite señalarlo, tenemos que estar muy alertas a las palabras, porque nuestro cerebro trabaja, está activo en un movimiento de palabras. Las palabras comunican lo que uno siente, lo que uno piensa, y el cerebro acepta explicaciones y descripciones porque la mayor parte de la estructura de nuestro cerebro es verbal. Por lo tanto, uno tiene que investigar esto muy, muy cuidadosamente, no sólo en relación con la belleza, sino también en relación con la austeridad y el interés propio. Si quieren, esta mañana examinaremos todas estas cuestiones.

Nos preguntamos, pues: ¿Qué es la belleza? ¿Está la belleza en una persona, en un rostro? ¿Está en los museos, en la pintura ‑pinturas clásicas, pinturas modernas? ¿Está la belleza en la música ‑en Beethoven, Mozart, Bach, o en todo el ruido que hoy tiene lugar en el mundo y al que llaman música? ¿Está la belleza en un poema? ¿En la literatura? ¿En la danza? ¿Es la belleza todo eso? ¿O la belleza es algo por completo diferente? Vamos a investigarlo juntos. Por favor, si uno puede señalarlo respetuosamente, no acepten las palabras, no se satisfagan meramente con la descripción y las explicaciones; desterremos, si es posible, de nuestro cerebro todo acuerdo o desacuerdo y consideremos esto muy cuidadosamente, permanezcamos con ello, profundicemos en la palabra.

Como dijimos, sin la calidad de la belleza, que es sensibilidad, la verdad no existe. Esa calidad implica no sólo la belleza de lo natural ‑los desiertos, los bosques, los ríos y las vastas montañas con su inmensa dignidad, con su majestad- sino también el sentimiento de ello, no las imaginaciones románticas y los estados sentimentales ‑esas son meras sensaciones. Preguntamos, pues: ¿Es la belleza una sensación? Porque vivimos a base de sensaciones ‑sensación sexual, a la cual acompaña el placer y también la pena que implica el sentirse insatisfecho, etc. Podríamos, pues, eliminar en esta mañana de nuestro cerebro todas esas palabras e investigar esta enorme, muy complicada y sutil pregunta: ¿Cuál es la esencia de la belleza? No estamos escribiendo un poema.

Cuando miramos esas montañas, esas rocas inmensas proyectándose en el cielo ‑si las miramos quietamente, sentimos su inmensidad, su grandiosa majestad y, por un instante, por un segundo, la tremenda dignidad, la solidez de ello aparta todos nuestros pensamientos, todos nuestros problemas -¿verdad? Y decimos: «¡Qué maravilloso es!» ¿Qué ha ocurrido ahí? La majestad de esas montañas, la inmensidad misma del cielo azul y de las montañas cubiertas de nieve, echan a un lado por un segundo todos nuestros problemas; hacen que uno se olvide completamente de sí mismo por un segundo. Uno está subyugado, impresionado por ello, como un niño que ha estado haciendo travesuras todo el día o por un rato ‑lo cual es bueno que sea así- y a quien le damos un juguete complicado. El niño queda absorto por el juguete hasta que lo rompe. El juguete se ha apoderado del niño y éste se queda tranquilo, lo está disfrutando. Se ha olvidado de su familia, del «Haz esto, no hagas aquello»; el juguete se convierte para él en la cosa más excitante.

Del mismo modo, las montañas, el río, los prados y las arboledas lo absorben a uno, y uno se olvida de sí mismo. ¿Es eso la belleza? Quedar absorto por las montañas, por el río o por los campos verdes, significa que uno es como un niño absorto ante un juguete; y por el momento uno está quieto, sometiéndose, rindiéndose a algo. ¿Es eso la belleza? ¿Someterse a algo? ¿Comprenden? Nos rendimos ante algo grande, y esa cosa nos obliga durante un segundo a olvidarnos de nosotros mismos. Entonces dependemos de eso, como el niño depende de un juguete, o como dependemos del cine o la televisión cuando por un momento nos identificamos con el actor o la actriz. ¿Considerarían ustedes que ese estado ‑estar rendido, sometido, absorto ante algo- considerarían que ese segundo de quietud es belleza? Cuando ustedes acuden a una iglesia o a un templo o a una mezquita, los cánticos, los rituales, la entonación de las voces, están minuciosamente organizados para crear cierta sensación, y a esa sensación ustedes la llaman culto, la llaman sentimiento de religiosidad. ¿Es belleza eso? ¿O la belleza es algo por completo diferente? ¿Estamos comprendiendo juntos esta cuestión?

Donde hay un esfuerzo autoconsciente, ¿hay belleza? ¿O la belleza existe sólo cuando está ausente el yo ‑cuando está ausente el centro, el observador? ¿Es entonces posible, sin estar absorto, sin someterse, sin rendirse a algo, encontrarse en ese estado donde no hay un ego, un yo que esté siempre pensando en sí mismo? ¿Es eso posible de algún modo, viviendo en este mundo moderno con sus especializaciones, su vulgaridad, su inmenso ruido ‑no el ruido de un arroyo, o el canto de un pájaro? ¿Es posible vivir en este mundo sin el yo, sin el mí, el ego, la persona, la afirmación de lo individual? Sólo en ese estado, cuando hay realmente libertad con respecto a todo esto, sólo entonces existe la belleza. Tal vez digan ustedes: «Eso es demasiado difícil, es imposible».

Pero yo pregunto: ¿Es posible vivir en este mundo sin el interés propio? ¿Qué significa interés propio? ¿Cuáles son las implicaciones de esas palabras? ¿Hasta dónde podemos vivir aquí, en el bullicio, el ruido, la vulgaridad, la competencia, las ambiciones personales, etc., etc., etc., sin el interés propio? Vamos a investigar esto juntos.

El interés propio se oculta de muchas maneras, bajo cada piedra y cada acto ‑se esconde en la plegaria, en el culto, en tener una profesión exitosa, un gran conocimiento, una reputación especial, como la de quien les habla. Cuando hay un gurú que afirma: «Lo conozco todo al respecto, les diré todo sobre ello» ¿no hay interés propio ahí? Esta semilla del interés propio nos ha acompañado por un millón de años. Nuestro cerebro está condicionado para el interés propio. Si nos damos cuenta de eso, si sólo nos damos cuenta y no decimos: «Yo no estoy interesado en mí mismos o «¿Cómo puede uno vivir sin el interés propio?», si simplemente nos damos cuenta de ello, ¿hasta dónde podemos llegar, hasta dónde podemos investigar en nosotros mismos y descubrir, cada uno de nosotros, cómo y a qué profundidad puede uno vivir en la acción, en la actividad diaria, en su conducta, sin un sentido de interés propio?

De modo que, si lo desean, examinaremos todo eso. El interés propio divide, el interés propio es la mayor corrupción (la palabra corrupción significa ‘desunir’ las cosas) y donde hay interés propio hay fragmentación ‑su interés como opuesto a mi interés, mi deseo opuesto a su deseo, mi urgencia por trepar la escala del éxito opuesta a su urgencia. Solamente observen esto; ustedes no pueden hacer nada al respecto ‑¿comprenden?- sino sólo observarlo, permanecer con ello y ver lo que ocurre. Si alguna vez han desarmado un automóvil, como lo ha hecho quien les habla, ustedes llegan a conocer todas las partes, lo aprenden todo al respecto, saben cómo trabaja. (Estoy hablando de los automóviles de 1925; en ese período eran muy simples, muy directos, muy honestos, fuertes, bellos automóviles). Y cuando uno los conoce mecánicamente, puede sentirse tranquilo; sabe cuán rápidos o lentos pueden ir, etc. De igual manera, si nos damos cuenta de nuestro interés propio, comenzamos a aprender al respecto ‑¿de acuerdo? Uno no dice: «Tengo que estar contra ello, o a favor de ello, o cómo puedo vivir sin ello, o quién es usted para decirme cosas acerca de mí mismo».

Cuando uno comienza a darse cuenta, sin opción alguna, de su interés propio, cuando comienza a permanecer con él, a aprender sobre él, a observar todas sus intrincaciones, entonces puede descubrir por sí mismo dónde es necesario y dónde es completamente innecesario. Es necesario para el vivir cotidiano ‑tener alimento, ropa y albergue y todas las cosas físicas- pero psicológicamente, internamente, ¿es necesaria cualquier clase de interés propio? Para averiguarlo investiguemos la relación. En nuestra relación de unos con otros existe un mutuo interés propio. Usted me satisface y yo lo satisfago; usted me usa y yo lo uso. Donde hay interés propio, tiene que haber fragmentación, división, ¿verdad? Yo soy diferente de usted ‑interés propio.

¿Qué es la relación? Relación con la tierra, con toda la belleza del mundo, con la naturaleza y con otros seres humanos ‑con la mujer de uno, con el marido, la novia, el novio, etcétera. ¿Qué es ese vínculo, qué es esa cosa acerca de la cual decimos: «Estoy relacionado»? Por favor, investiguemos esto juntos. Tengan la bondad de no confiar en la explicación a que se entrega quien les habla. Consideremos esto detenidamente.

¿Qué es la relación? Cuando no hay relación nos sentimos muy solitarios, deprimidos, ansiosos ‑ya conocen ustedes toda la serie de movimientos ocultos en la estructura del interés propio. ¿Qué es la relación? Cuando decimos, «mi esposa», «mi marido», ¿qué significa eso? Cuando ustedes se relacionan con Dios, si hay un dios, ¿qué significa eso? Es muy importante que se comprenda esa palabra ‘relación’. Yo estoy relacionado con mi esposa, con mis hijos, con mi familia. Empecemos por ahí. Ése es el núcleo de toda sociedad ‑la familia. En el mundo asiático especialmente, la familia significa muchísimo; para ellos es tremendamente importante ‑el hijo, el sobrino, la abuela, el abuelo. Es el núcleo en que se basa toda sociedad. De modo que cuando uno dice, «Mi esposa», «mi novia», «mi amigo», ¿qué significa eso? Casi todos ustedes probablemente están casados, o tienen una novia o un novio. ¿Qué significa estar relacionados con ellos? ¿Con qué están ustedes relacionados?

Alejémonos por un momento de la esposa y el marido. Cuando ustedes siguen a alguien, a un gurú, a un profeta, a un político, cuando siguen a quien les habla o a alguna otra persona, ¿qué es lo que están siguiendo, a qué están sometiéndose, entregándose? ¿A la imagen que han creado con respecto a quien les habla, o al gurú? ¿A la imagen que tienen en el cerebro de que eso es lo correcto que deben hacer y, por tanto, seguirán a esa persona? ¿Es la imagen, la representación, el símbolo que han construido lo que están siguiendo, no la persona, no lo que esa persona dice? Quien les habla ha estado haciéndolo por los últimos setenta años. ¡Lo siento por él! Y, desafortunadamente, él ha ganado cierta reputación con los libros y todo eso, así que ustedes han creado naturalmente una imagen de él y están siguiendo esa imagen ‑no lo que dice la enseñanza. La enseñanza dice: «No sigas a nadie». Pero ustedes han construido una imagen, y están siguiendo lo que desean, lo que les satisface, lo que representa un tremendo interés propio ‑¿correcto?

Volvamos ahora a la esposa y el marido. Cuando ustedes dicen «mi esposas, ¿qué quieren decir con esa palabra, cuál es el contenido de esa palabra, qué hay detrás de esa palabra? Considérenlo. ¿Son todos los recuerdos, las sensaciones, el placer, la pena, la ansiedad, los celos ‑está todo eso englobado en las palabras esposa o marido? El marido es ambicioso, anhela lograr una posición mejor, ganar más dinero, y la esposa no sólo se queda en la casa sino que tiene sus propias ambiciones, sus propios deseos. Así que están en eso. Pueden acostarse juntos, pero ambos están separados todo el tiempo. Seamos sencillos y honestos con estos hechos. Siempre hay conflicto. Uno puede no ser consciente de ello y decir: «¡Oh, no, no hay conflicto entre nosotros!», pero raspen un poco eso con una pesada pala, o con un escalpelo, y descubrirán que la raíz de todo esto es el interés propio. Y puede haber interés propio en los profesionales. Por supuesto que lo hay ‑médicos, científicos, filósofos, sacerdotes, toda la cosa es un deseo de realización personal. No estamos exagerando, simplemente expresamos ‘lo que es’, no tratamos de disimularlo, no tratamos de superarlo: está ahí. Esa es la semilla en que nacemos, y esa semilla continúa floreciendo, creciendo hasta que morimos. Y cuando tratamos de controlar el interés propio, ese control mismo es otra forma de interés propio. ¡Qué hábilmente opera el interés propio! Se oculta incluso detrás de la austeridad.

Tenemos, pues, que examinar ahora qué entendemos por austeridad. ¿Qué es la austeridad? Todo el mundo, especialmente el mundo religioso, ha usado esa palabra, ha establecido ciertas leyes al respecto, especialmente para los monjes en diversos monasterios. (En la India no hay monasterios, excepto para los budistas. No hay monasterios organizados, afortunadamente). ¿Qué entendemos, pues, por esa palabra ‘austero’ a la que acompaña una gran dignidad? Buscamos esa palabra en el diccionario. Se deriva del griego: tener la boca seca; o sea, que quiere decir seco, áspero ‑no sólo la boca. Áspero. ¿Es eso austero? Áspero: negarse a sí mismo el lujo de un baño caliente, tener pocas ropas o vestir una forma particular de túnica, tomar votos de celibato, ser pobre, ayunar, sentarse derecho interminablemente, controlar todos los deseos... Por cierto que todo eso no es austeridad. Es todo una exhibición exterior.

¿Existe, pues, una austeridad que no sea una sensación, que no sea el resultado de una maquinación, o de una búsqueda de lisonjas, una austeridad que no diga: «Seré austero a fin de...»? ¿Existe una austeridad que no sea en absoluto visible para otros? ¿Comprenden ustedes todo esto? ¿Hay una austeridad que no contenga disciplina alguna ‑que posea internamente un sentido de totalidad sin anhelos, sin divisiones ni fragmentaciones? En esa austeridad hay dignidad, quietud.

Uno tiene que comprender también la naturaleza del deseo. Ésa puede ser la raíz de toda la estructura del interés propio: el deseo. ¿Estamos juntos en esto? El deseo es una gran sensación, ¿no es así? El deseo son los sentidos que entran en actividad. Como dijimos antes, la sensación tiene para nosotros una gran importancia ‑la sensación del sexo, la sensación de una experiencia nueva, la sensación de encontrarse con alguien que es muy conocido. (Tengo que contarles esta encantadora historia. Una amiga nuestra se encontró con la Reina de Inglaterra y le estrechó la mano. Después de eso, una persona se acercó a ella y le dijo: ¡«¿Puedo estrechar su mano, puesto que usted ha estrechado la mano de la Reina?»!)

Vivimos siempre a base de sensaciones ‑por favor, obsérvenlo- sensación de estar seguros, sensación de habernos realizado, sensación de gran placer, gratificación, etcétera. ¿Qué relación tiene la sensación con el deseo? ¿Es el deseo algo separado de la sensación? Investiguen esto, por favor; es importante comprenderlo. Yo no estoy explicándolo; lo estamos considerando juntos. ¿Qué relación hay entre el deseo y la sensación? ¿Cuándo se convierte en deseo la sensación? ¿O son inseparables? ¿Entienden? ¿Marchan siempre juntos? ¿Correcto? ¿Están ustedes trabajando tan intensamente como lo hace quien les habla? ¿O simplemente dicen: «Sí, prosiga con eso»? ¿O es que han escuchado esto antes y piensan: «¡Oh, Dios, ha vuelto a eso otra vez!»?

Ustedes saben que cuanto más comprenden la actividad del pensamiento, tanto más profundamente llegan hasta la raíz del pensamiento; entonces comienzan a comprender muchísimas cosas. Entonces ven todo el fenómeno del mundo, la verdad de la naturaleza; y se preguntan: «¿Qué es la verdad?» No examinaré todo eso por el momento.

Nuestra vida se basa en la sensación y el deseo, y nos estamos preguntando: ¿Cuál es la verdadera relación entre ambos? ¿Cuándo se convierte en deseo la sensación? ¿Están siguiendo esto? ¿En qué segundo se vuelve dominante el deseo? Veo una bella cámara fotográfica con todos los últimos perfeccionamientos. La tomo y la miro, y hay una sensación de observación ‑al ver la muy compleja y valiosa cámara, tan bellamente construida- como un placer de posesión, un placer de tomar fotos. ¿Qué tiene, pues, que ver esa sensación con el deseo? ¿Cuándo comienza ese deseo a florecer en acción y a decir: «Tengo que poseerla»?

¿Han observado ustedes el movimiento de la sensación, ya sea la sensación sexual, o la sensación de pasear por los valles o escalar las colinas dominando todo el mundo desde una gran altura, o la de ver un hermoso jardín mientras que ustedes sólo tienen un poco de césped alrededor del lugar que habitan? Uno ve esto; ¿qué ocurre entonces, qué es lo que convierte la sensación en deseo? ¿Están siguiendo todo esto? Tengan la bondad de no dormirse. Es una mañana demasiado hermosa. Permanezcan con esta pregunta: ¿Qué relación hay entre la sensación y el deseo? Permanezcan con ella, no traten de encontrarle una respuesta; mírenla, obsérvenla, vean sus implicaciones. Entonces descubrirán que la sensación, que es algo natural, se transforma en deseo cuando el pensamiento crea de esa sensación una imagen. Es decir: existe la sensación de ver esa muy costosa y bella cámara fotográfica; después surge el pensamiento y dice: «Deseo tener esa cámara». De modo que el pensamiento crea de esa sensación una imagen, y en ese instante nace el deseo. Vean esto por sí mismos, investíguenlo. No necesitan ningún libro, ningún filósofo, no necesitan a nadie ‑sólo mírenlo, pacientemente, tanteándolo, y entonces darán muy rápidamente con ello. O sea, que la sensación es una esclava del pensamiento, y el pensamiento crea una imagen; y en ese instante nace el deseo. Y nosotros vivimos a base de deseo: «Yo tengo que tener esto». «Yo no lo quiero». «Yo tengo que llegar a ser...» ¿Entienden todo este movimiento del deseo?

¿Cómo se relaciona, pues, el deseo con el interés propio? Estamos siguiendo el mismo hilo de la investigación. Mientras haya deseo ‑que mediante el pensamiento está creando una imagen a partir de la sensación- tiene que haber interés propio. Es lo mismo que yo anhele alcanzar el cielo, o que quiera llegar a ser director de un banco, o una persona rica. Es exactamente la misma cosa que deseen llegar al cielo o que deseen volverse ricos. Si alguien desea ser un santo y otro desea una gran destreza en algo, se trata exactamente de la misma cosa. Uno se llama religioso, y el otro mundano. ¡Cómo nos mutilan las palabras!

Tenemos, pues, que llegar a esta pregunta: ¿Qué es el dolor? ¿Es que el dolor existe en tanto haya interés propio? Por favor, investíguenlo. Si comprenden todo esto, no necesitan leer ni un solo libro. Si viven verdaderamente con esto, están abiertas las puertas del cielo ‑no del cielo, ustedes entienden, es sólo una forma de hablar. Estoy formulando, pues, una pregunta muy seria que ha obsesionado al hombre desde el principio de su existencia: ¿Qué es el dolor, qué son las lágrimas, la risa, la pena, la ansiedad, la soledad, la desesperación? ¿Y puede ello terminar alguna vez? ¿O el hombre está condenado a vivir para siempre con el dolor? Todos en la tierra, todos, ya sea que tengan una alta posición o que no sean nadie en absoluto, todos pasan por esta confusión del dolor, por la conmoción, la pena, la incertidumbre, la completa soledad que el dolor implica. El dolor de un hombre pobre que no sabe leer ni escribir, que no tiene más que una comida al día y duerme sobre el pavimento, es igual al dolor de cualquiera de ustedes; él tiene su propio dolor. Está el dolor de millones de personas sacrificadas por los poderosos, por los intolerantes, torturadas por las religiones ‑el creyente y el ateo- ¿comprenden todo esto? El cristianismo especialmente ha asesinado a más personas que ninguna otra religión -¡lo siento!

Existe, pues, el dolor. ¿Qué significa esa palabra? ¿Es una mera rememoración de algo que uno ha perdido? Uno tuvo un hermano, un hijo o una esposa que murieron, y uno conserva el retrato, la fotografía de ellos sobre el piano, o sobre la repisa de la chimenea, o junto a la cama, y tiene en la mente los recuerdos de todos aquellos días en que ellos estaban vivos. ¿Es eso el dolor? El dolor, ¿es engendrado, cultivado por la memoria? ¿Comprenden mi pregunta? Cuando alguien es abatido por la muerte, por un accidente, por la vejez o lo que fuere, y el recuerdo continúa, ¿es eso el dolor? ¿Está el dolor relacionado con la memoria? ¡Vamos, señores!

Yo tenía un hijo, o un hermano, o una madre a quienes quería ‑usaré por el momento la palabra ‘querer’. Llamo a ese ‘querer’, amor. Quería muchísimo a esas personas. Vivía con ellas. He charlado con ellas, jugábamos juntos. Todos esos recuerdos están almacenados. Y mi hijo, mi hermano, mi esposa u otra persona, muere, es arrebatada, se ha ido para siempre, y yo experimento un choque, me siento terriblemente solo y derramo lágrimas. Y me largo a una iglesia, a un templo, o tomo un libro, hago esto o aquello para escapar; o digo: «Rezaré y lo superaré. Jesús me salvará». Ya conocen todo ese asunto. Lo siento, no estoy menospreciando la palabra Jesús. Usen otras palabras ‑Buda o Krishna- es la misma cosa con un nombre diferente, o es el mismo símbolo, el mismo contenido del símbolo. Los símbolos varían, pero su contenido es el mismo.

Entonces, ¿es el dolor meramente el final de la realidad de ciertos recuerdos? La realidad que creó, que acumuló esos recuerdos, ha terminado y, por lo tanto, yo me siento perdido. He perdido a mi hijo. ¿Es eso el dolor? ¿O eso es autocompasión (no somos crueles al decirlo) más preocupada con mis propios recuerdos, mi pena, mi ansiedad, que con la muerte de alguien? Ese dolor, ¿es interés en uno mismo? Por favor, investíguenlo. Yo cultivo ese recuerdo; soy fiel a mi hijo; soy fiel a mi anterior esposa aunque me haya casado nuevamente con otra mujer. Soy muy fiel al recuerdo de aquellas cosas que han ocurrido en el pasado. ¿Es eso el dolor? Luego está el dolor del fracaso ‑ya conocen ustedes todo el movimiento del interés propio que se identifica con esa palabra y llora. Y estas lágrimas han sido vertidas por el hombre y la mujer durante un millón de años. Y aún seguimos llorando. Lloran los que están en guerra, destrozados a causa de una idea, la idea de que deben dominar, de que deben ser diferentes. La idea. El pensamiento nos está destruyendo a cada uno de nosotros. Y piensen en todos los que han llorado antes de nosotros.

¿Existe, pues, un final para el dolor? La palabra dolor también implica pasión. Mientras haya interés propio identificándose con aquellos recuerdos que siguen estando ahí pero cuya realidad ha terminado, ese interés propio es un fragmento, una parte del movimiento del dolor. ¿Puede todo eso terminar? Donde hay dolor no puede haber amor. ¿Qué es, entonces, el amor?

¿Saben?, hemos penetrado en temas muy, muy serios. Esto no es sólo algo para que ustedes jueguen con ello durante la mañana de un miércoles o domingo. Todo esto es algo profundamente serio. No es un galopar por el camino. Es caminar por la senda lentamente, observando las cosas, observando, observando, observando, permaneciendo con las cosas que a uno lo perturban, con las cosas que a uno le agradan, con las cosas abstractas ‑todas las imaginaciones, todas las cosas que ha elaborado el cerebro (incluyendo a Dios, que es una actividad del pensamiento). Dios no nos ha creado. Nosotros hemos creado a Dios a nuestra propia imagen, que es... No examinaré esto, ¡es tan claro y sencillo!

Hablar del amor también implica hablar de la muerte. Amor, muerte y creación. ¿Comprenden? Pueden emplear una hora en esto, porque es algo muy, muy serio. Preguntamos: ¿Qué es la creación? No la invención ‑por favor, diferencien entre creación e invención. La invención es un conjunto nuevo de ideas, tecnológicas, psicológicas, científicas, etc. No hablamos de ideas. Estamos considerando cosas muy serias: el amor, la muerte y la creación. Esto no puede contestarse en cinco minutos. Perdónenme. Trataremos esto el próximo domingo. No es que los esté invitando. Lo investigaremos, y también investigaremos qué es la religión, qué es la meditación y si existe algo más allá de todas las palabras, de toda medida y pensamiento ‑algo no producido por el pensar, algo inexpresable, infinito, intemporal. Investigaremos todo eso. Pero uno no puede llegar a ello si hay temor o falta de relaciones verdaderas, ¿entienden? A menos que el cerebro de ustedes esté libre de todo eso, no podrán comprender lo otro.

Quinta plática

Domingo, 21 de julio

Ésta será la última plática en Saanen. ¿Podemos proseguir con lo que estuvimos hablando la última vez que nos reunimos aquí? Dijimos, entre otras cosas, que ésta no es una conferencia; una conferencia se propone informar, instruir sobre un tema en particular. Tampoco es un entretenimiento. El entretenimiento implica divertirse, ir a un cine o asistir a un ritual en una iglesia, un templo o una mezquita. Ni es ésta una mera cuestión de búsqueda intelectual, teórica -¿qué palabra usaremos?- psicológica. Es más bien una búsqueda filosófica, porque filosofía significa amor por la verdad, no hablar acerca de lo que ya se ha dicho; y nosotros no estamos discutiendo ni nos interesa lo que otros hayan dicho.

Estamos juntos ustedes y quien les habla, como dos seres humanos ‑no este gran auditorio, sino que ustedes como una sola persona, y quien les está hablando, conversan uno con el otro acerca de su vida, de sus problemas, de todo el afán del diario vivir. Hablan de su confusión, de sus temores, de sus aspiraciones, de sus deseos de lograr el éxito, ya sea en el mundo de los negocios o en el llamado mundo religioso, espiritual ‑el éxito en alcanzar el nirvana, el cielo o la iluminación, es igual al éxito en el mundo de los negocios. Espero que nos estemos entendiendo el uno al otro. Un hombre que tiene éxito en la vida, que gana montones de dinero, crece, se expande, cambia y continúa en la línea del éxito. No hay mucha diferencia entre esa persona y el hombre que anda en busca de la verdad. Ambos están buscando el éxito. A uno lo llamamos mundano, al otro no mundano, sino espiritual, religioso. No estamos tratando acerca de ninguno de ellos. Nos interesa cada uno de nosotros como ser humano. Ustedes y quien les habla sostienen juntos una conversación. Y él quiere decir juntos, aunque ustedes estén sentados ahí y él, desafortunadamente, esté sentado aquí arriba.

Hemos estado hablando acerca de la relación ‑entre el hombre y la mujer, entre el muchacho y la muchacha, etc. También hemos hablado del temor, si es de algún modo posible, viviendo en este mundo moderno, estar psicológicamente libres por completo del temor. Eso lo investigamos muy, muy detenidamente. Y también hemos hablado acerca del tiempo, el tiempo a base del cual vivimos, el ciclo del tiempo, o sea, el pasado que se procesa en el presente y continúa en el futuro, el pasado que es todo nuestro trasfondo racial, comunal, religioso, todas nuestras experiencias y recuerdos. Éste es el trasfondo de todos nosotros, ya sea que hayamos nacido en el Lejano Oriente, en Europa o en América. Ese trasfondo experimenta cambios, se procesa en el presente y continúa en el futuro. Los seres humanos, ustedes y otros, están atrapados en este ciclo. Ello ha estado ocurriendo por millones y millones de años. De modo que el pasado, atravesando el presente y modificándose, es el futuro. Y ésa ha sido nuestra evolución. Aunque biológicamente hayamos cambiado de un millón de años a esta parte, psicológicamente, internamente, subjetivamente somos más o menos lo que fuimos hace un millón de años: bárbaros, crueles, violentos, competidores, egocéntricos. Ése es un hecho.

Así que el futuro es el presente. ¿Está claro esto para ustedes y quien les habla? El pasado, al modificarse, se convierte en el futuro; de manera que el futuro es ahora a menos que haya un cambio psicológico fundamental. Y eso es lo que nos interesa: averiguar si es posible para nosotros, seres humanos, producir una mutación psicológica, una revolución psicológica total en nosotros mismos ‑sabiendo que si estamos lastimados, psicológicamente heridos ahora, como lo está la mayoría de la gente, la herida futura es ahora. ¿Está claro eso?

¿Es posible, entonces, para los seres humanos, para ustedes, producir una mutación completa? Esa mutación cambia las células cerebrales mismas. Es decir, que uno ha estado yendo hacia el norte durante toda su vida, y viene alguien y dice: «Ir hacia el norte no tiene en absoluto ninguna importancia, no tiene valor, allá no hay nada. Dirígete al este, al oeste o al sur». Y debido a que uno escucha, porque se interesa, porque es reflexivo, uno va hacia el este. En ese mismo instante, cuando uno se vuelve y va hacia el este, hay una mutación en las células cerebrales, porque ir hacia el norte se ha convertido en el patrón, en la costumbre, y cuando uno se dirige al este rompe el patrón -¿de acuerdo? Es tan sencillo como eso. Pero requiere que uno escuche, no meramente las palabras, no meramente con el escuchar de los oídos, sino que escuche sin ninguna interpretación ni comparación, sin introducir en ello todas sus tradiciones, todo su trasfondo. Entonces, ese escuchar mismo termina con nuestro condicionamiento.

Y también hemos hablado del ver ‑ver muy, muy claramente lo que ocurre en el mundo actual: las guerras y las cosas más terribles que están sucediendo en todas partes. Un millón o dos millones de años atrás, el hombre mataba con una maza, después inventó la flecha. Pensaba que eso acabaría con todas las guerras. Ahora pueden ustedes vaporizar a millones y millones de personas con una sola bomba. En lo externo, en lo tecnológico hemos progresado tremendamente. Es probable que la computadora se haga cargo de todo nuestro pensar. En un segundo lo hará mejor de lo que nosotros podemos hacerlo. No sé si ustedes han investigado esta cuestión, pero deberían hacerlo. ¿Qué va a sucederle al cerebro humano cuando la computadora pueda hacer casi todo lo que ustedes pueden hacer ‑excepto, desde luego, el sexo? Tampoco puede contemplar las estrellas y decir: «¡Qué noche maravillosa!»; no puede apreciar qué es la belleza. ¿Qué le va a suceder, entonces, al cerebro humano? ¿Se marchitará cuando la computadora láser pueda encargarse de todo nuestro pensar? Nos evitará una cantidad enorme de tareas. Entonces, o nos volveremos a los entretenimientos, o lo haremos en una dirección por completo distinta, porque en lo interno, en lo psicológico, podemos avanzar infinitamente. El cerebro, el cerebro de cada uno de nosotros, tiene una capacidad extraordinaria. Vean lo que ha hecho la tecnología. Pero psicológicamente, subjetivamente seguimos siendo lo que somos, año tras año, siglo tras siglo. Seguimos en el conflicto, en la lucha, sufriendo pena, ansiedad y todo lo demás. Es de eso que hemos hablado en las cuatro pláticas anteriores.

Y también hablamos sobre el pensamiento, preguntándonos cuál es la naturaleza del pensar, qué es el pensar. Investigamos eso muy cuidadosamente. Todo pensamiento es memoria, la cual se basa en el conocimiento; y el conocimiento es siempre limitado, ya sea ahora, en el pasado o en el futuro. El conocimiento es perpetuamente, eternamente limitado porque se basa en la experiencia, que también es siempre limitada.

Esta mañana debemos considerar juntos, ustedes y quien les habla, no el auditorio en general (no existe el auditorio en general, sólo existen ustedes, cada uno de ustedes, y quien les habla), debemos considerar juntos el amor, la muerte, qué es la religión, qué es la meditación, y si existe algo más allá de todo el empeño humano -¿o es el hombre la única medida? ¿Hay algo más allá de la estructura del pensamiento, algo que sea intemporal? De eso tenemos que ocuparnos, ustedes y quien les habla, durante esta mañana. ¿De acuerdo?

Vivimos a base de sensaciones. Ya hablamos de eso. Toda nuestra estructura se basa en la sensación ‑sensación sexual, imaginativa, romántica, fantasiosa, etcétera. Y también, como dijimos, está el interés propio como la mayor corrupción. La sensación, o sea, la estimulación de los sentidos, ¿es amor? Esto lo estamos investigando juntos ustedes y quien les habla. Es un largo sendero que recorremos juntos ‑no que uno va adelante y los demás lo siguen, sino que marchamos juntos, al mismo paso, quizá tomados de la mano, amigablemente, ninguno dominando al otro, ninguno tratando de impresionar al otro. De ese modo, ustedes y quien les habla caminan tranquilamente, explorando, investigando, vigilando, escuchando, observando.

Nos preguntamos, pues, el uno al otro: ¿Qué es el amor? Hemos estropeado esa palabra, la hemos despreciado, degradado; por lo tanto, debemos estar muy alertas en cuanto al abuso de esa palabra. ¿Qué es el amor? ¿Es mera sensación? Yo le amo y dependo de usted, usted depende de mí; tal vez yo le traicionaré y usted me traicionará; yo lo utilizo y usted me utiliza. Si quien les habla dice: «Yo les amo», porque ustedes constituyen un gran auditorio y alimentan su vanidad y hacen que se sienta feliz, satisfecho, gratificado ‑¿es eso amor? El amor, ¿es gratificación, realización, apego? ¿El amor es producto del pensamiento? Ustedes y quien les habla están investigando juntos, de modo que no se duerman en esta mañana tan hermosa.

¿Es sensación el amor? ¿Es gratificación, realización? ¿Es dependencia? ¿Es deseo el amor? Por favor, no concuerden ni discrepen con lo que se dice. Hemos investigado eso ‑cómo abordamos siempre las cosas, ya sea concordando o discrepando con ellas. ¿Podemos desterrar por completo de nuestro vocabulario, de nuestro cerebro, el ‘estoy de acuerdo’ o el ‘no estoy de acuerdo’, y simplemente enfrentarnos a los hechos tal como son, no sólo en el mundo sino también dentro de nosotros mismos? Eso exige una gran honestidad, una urgencia de honestidad. ¿Podemos hacer eso esta mañana ‑afrontar las cosas como son? Entonces podemos comenzar a inquirir, a investigar qué es el amor.

El amor, ¿es deseo? Anteriormente, en estas pláticas investigamos muy profundamente toda la estructura del deseo. No tenemos tiempo para investigar eso otra vez. Muy brevemente, el deseo es el resultado de la sensación, y el pensamiento da una forma, una imagen a esa sensación; y en ese segundo, cuando el pensamiento moldea la sensación, ha nacido el deseo. Nos preguntamos, pues: ¿Es deseo el amor? ¿Es pensamiento el amor? Por favor, investíguenlo. Es de la vida de ustedes que nos ocupamos ‑de nuestras vidas, de nuestras vidas cotidianas, no de alguna vida espiritual, no de seguir a algún gurú con sus insensateces, o de vestir túnicas especiales (ya sean las túnicas de la edad media o las de las iglesias o las que se ponen los gurús de moda). El amor, ¿es meramente la estructura del pensamiento? En nuestras relaciones mutuas ‑hombre, mujer, muchacho, muchacha, etc.- cuando uno dice: «Yo te amo», ¿es eso dependencia? Uno se está realizando en el otro y, por consiguiente, en esa relación interviene el pensamiento, y entonces el pensamiento crea la imagen; y a esa imagen la llamamos amor. De modo que nos preguntamos: El amor ‑es desafortunado tener que usar esa palabra- el amor, ¿es producto del pensamiento? ¿Puede haber amor cuando hay ambición, cuando estamos compitiendo unos con otros? ¿Hay amor cuando hay interés propio?

Tengan la bondad de no escuchar meramente a quien les habla. Escúchense a sí mismos. Descubran por sí mismos. Cuando descubren algo a través de lo que realmente es, pueden ir muy lejos, pero si meramente dependen de otro, de sus palabras, de sus libros, de su reputación, ello no tiene ningún sentido. Desechen todo eso y mírense a sí mismos. Uno ha de tener pasión. Como dijimos el otro día, la pasión sólo puede existir cuando termina el sufrimiento. La pasión sin fanatismo, porque si uno es fanático, la pasión se convierte en terrorismo. Todos los movimientos fanáticos del mundo contienen una pasión tremenda. El fanatismo engendra pasión. Esa pasión no es la pasión que nace con la terminación del dolor. Ya hemos investigado eso.

Nos preguntamos, pues: ¿Es amor todo esto? ¿Son amor los celos ‑que implican odio, ira, deseo, placer, etc.? ¿Nos atrevemos a afrontar todo esto? ¿Somos, ustedes y quien les habla, lo bastante honestos como para descubrir por nosotros mismos el perfume de esa palabra?

Por eso debemos considerar qué lugar ocupa la muerte en nuestra vida. No es morboso hablar de la muerte. Ella forma parte de nuestra vida. Desde la infancia y tal vez hasta que realmente morimos, está siempre este terrible miedo a morir. ¿Acaso no temen ustedes a la muerte? La hemos puesto lo más lejos posible. Investiguemos, pues, qué es esta cosa extraordinaria que llamamos muerte. Tiene que ser extraordinaria. Investiguemos, sin ninguna clase de creencia romántica o consoladora en la reencarnación o en la vida después de la muerte. La reencarnación es una idea maravillosamente consoladora. Si uno cree en ella sinceramente profundamente, entonces importa lo que uno hace ahora, lo que uno es ahora, lo que es su conducta, su vida cotidiana ahora. Pero lo que millones creen es que si existe una continuidad, entonces en la próxima vida uno tendrá un castillo mejor, un refrigerador mejor, un automóvil mejor, una esposa o un esposo mejores. ¿Podríamos, pues, descartar esa consoladora idea?

¿Qué es, entonces, la muerte? Primero debemos investigar qué es el vivir ‑qué entendemos por vivir. ¿Qué es para nosotros una vida buena? ¿Es una vida buena tener muchísimo dinero, automóviles, cambiar de esposas o amigas, o ir de un gurú a otro y estar presos en sus campos de concentración? No se rían, por favor, esto es lo que realmente sucede. ¿Es una vida buena tener diversiones, placeres tremendos, mucha excitación, una serie de sensaciones, ir a la oficina de la mañana a la noche durante cuarenta años? ¡Por Dios, enfréntense con todo esto! Trabajar, trabajar y después morir. ¿Es eso lo que llamamos vivir ‑conflicto constante, problemas constantes uno tras otro?

En esta vida a la que nos aferramos, hemos adquirido cantidades enormes de información y conocimiento prácticamente acerca de todas las cosas, y nos apegamos a ese conocimiento. Estamos profundamente apegados a esos recuerdos que poseemos. A todo esto lo llamamos vivir ‑pena, ansiedad, incertidumbre e interminable dolor y conflicto. Y llega la muerte por accidente, vejez, senilidad. Ésa es una buena palabra. ¿Qué es la senilidad? ¿Por qué la atribuimos a la vejez? ¿Por qué decimos: «es un viejo senil»? Puede que yo lo sea. ¿Son ustedes seniles? La senilidad es falta de memoria, repetición, volverse a los viejos recuerdos, estar vivo a medias -¿correcto? Eso es lo que generalmente se llama senilidad. Muy a menudo, quien les habla se ha formulado esta pregunta: ¿Es la senilidad un problema de vejez? ¿O la senilidad empieza cuando uno está repitiendo y repitiendo? ¿Entienden? Cuando uno es tradicionalista continúa yendo a las iglesias, templos o mezquitas, y repite, repite, repite. Los cristianos se arrodillan, otros tocan el suelo con la frente, y los hindúes se prosternan... De modo que la senilidad puede existir a cualquier edad, ¿no es así? Formúlense esta pregunta a sí mismos.

La muerte puede ocurrir por vejez, por un accidente, por un padecimiento terrible, por enfermedad; y cuando llega, hay un final para toda nuestra continuidad, para todos nuestros recuerdos, nuestros apegos, nuestra cuenta bancaria, nuestra fama. Tenemos que considerar, pues, qué es la continuidad y qué es el final. ¿Podemos investigar eso? ¿Qué es lo que continúa y qué es lo que termina? ¿Por qué tenemos tanto miedo de terminar con algo, ya sea la tradición, un hábito, un recuerdo o una experiencia? No un terminar calculado, no el terminar con algo para obtener alguna otra cosa. Uno no puede argumentar con la muerte. Hay un relato maravilloso de la India antigua. No sé si disponemos de tiempo para ello, porque tenemos que hablar de la religión, de la meditación, y ver si existe algo más allá de todo este empeño humano. Muy bien, repetiré esta historia muy brevemente.

Un brahmán ‑un brahmán, ustedes entienden, un brahmán de la antigua India- ha acumulado muchísimas cosas, vacas y todo lo demás, y un día decide regalarlas una por una. Y viene su hijo y le pregunta: «¿Por qué estás regalando todo esto?» Él le explica que cuando uno acumula muchas cosas debe desprenderse de ellas y empezar de nuevo. ¿Comprenden ustedes el sentido de eso, su significación? Uno acumula y después se desprende de todo lo que ha acumulado. (Yo no les estoy pidiendo a ustedes que hagan esto). El muchacho continúa, pues, preguntando acerca de eso al padre. Y éste se enoja con él y le dice: «Te enviaré a la Muerte si me formulas más preguntas». Y el muchacho responde: «¿Por qué me envías a la Muerte?» Cuando un brahmán dice que hará algo, debe atenerse a ello, y entonces envía al muchacho a la Muerte. Después de hablar con todos los maestros, filósofos, gurús, etc., el muchacho llega a la casa de la Muerte (lo estoy resumiendo muchísimo). Y allí espera durante tres días. Entiendan el significado, la sutileza de todo esto. Él espera allí durante tres días. Entonces viene la Muerte y se disculpa por haberlo tenido esperando, porque después de todo él es un brahmán. Así que se disculpa y le dice: «Te daré cualquier cosa que desees, riquezas, mujeres, vacas, propiedades; todo lo que desees». Y el muchacho responde: «Pero al final de ello estarás tú. Tú siempre estarás al final de todo». Y la Muerte habla entonces de diversas cosas que el muchacho no puede comprender. Es realmente una historia maravillosa.

Volvamos entonces a las realidades. ¿Qué es la muerte? ¿Está el tiempo involucrado en ella? El tiempo ¿es muerte? Se lo estoy preguntando a ustedes, tengan la bondad de considerarlo. El tiempo ‑no sólo el del reloj, el de la salida y puesta del sol, sino también el tiempo psicológico, interno. Mientras exista el interés propio, que es la rueda del tiempo, tiene que existir la muerte. ¿Está, pues, el tiempo relacionado con la muerte? ¡Oh, vamos, señores! Si no existe el tiempo, ¿hay muerte? Por favor, esto es verdadera meditación, no toda esa falsa fruslería que llaman meditación. El tiempo es muy importante para nosotros ‑tiempo para lograr el éxito en la vida, tiempo para prosperar en ese éxito y producir un cambio en ese éxito. El tiempo implica continuidad. He sido, soy, seré. Existe entre nosotros esta constante continuidad, que es tiempo. Si no hubiera un mañana, ¿le tendrían miedo a la muerte? Si la muerte es ahora, en el instante, no hay temor, ¿verdad? No hay tiempo. ¿Captan lo que estoy diciendo? Así, mientras el pensamiento funciona en el campo del tiempo ‑cosa que hace todo el día- existe inevitablemente la sensación de que la vida podría terminarse y, por lo tanto, tengo miedo. De modo que el tiempo puede ser el enemigo de la muerte. O el tiempo es muerte.

Por ejemplo, si quien les habla está apegado a su auditorio porque de ese apego él obtiene muchísima excitación sensaciones, importancia, interés propio, o si envidia a alguna persona que tiene un auditorio mayor ‑si quien les habla experimenta apego, sea a un auditorio, sea a un libro, a una experiencia, a un título, a una fama, etc., entonces él le tiene miedo a la muerte. El apego implica tiempo. Por lo tanto, ¿puedo yo, pueden ustedes estar completamente libres del apego ahora? ¿No esperar a la muerte, sino estar completamente libres de ese apego ahora? Sí, señor. Enfréntese a ese hecho.

De modo que vivir es morir y, por consiguiente, el vivir es muerte. ¿Comprenden lo que digo? ¡Oh, vamos, señores! Es por eso que uno tiene que echar los cimientos de la comprensión propia, no conforme a filósofos, psiquiatras, libros, etc., sino que uno tiene que comprenderse a sí mismo, observar el propio comportamiento, la propia conducta, los propios hábitos ‑la acumulación racial, comunal, tradicional y personal que hemos reunido a través de milenios y milenios- conocer todo lo que hay dentro de uno mismo. El conocimiento, la percepción inteligente de eso no pertenece al tiempo; puede ser instantánea. Y el espejo donde vemos esto es la relación entre uno mismo y el otro ‑ver en esa relación todo el pasado, los hábitos presentes, el futuro; todo está ahí. Saber cómo mirar, cómo observar, cómo escuchar cada palabra, cada movimiento del pensar, requiere gran atención, gran vigilancia.

La muerte, pues, no se encuentra en el futuro. La muerte es ahora cuando no existe el tiempo, cuando el yo no está deviniendo, cuando no hay interés propio, ni actividad egotista ‑todo lo cual es el proceso del tiempo

Así que el vivir y el morir marchan siempre Juntos. Ustedes no conocen la belleza de ello. Hay en ello una gran energía. Nosotros vivimos a base de energía. Uno se alimenta lo suficiente, tiene una dieta apropiada, etc., y eso proporciona una cierta calidad de energía. Esa energía se pervierte cuando uno fuma, bebe y todas esas cosas. El cerebro posee una energía extraordinaria. Y se requiere esa energía extraordinaria para averiguar, para descubrir algo por uno mismo y no ser dirigido por otros.

De modo que ahora vamos a investigar qué es la religión. Hemos hablado del miedo, hemos hablado de las heridas psicológicas, de no cargar con ellas por el resto de nuestra vida. Hemos hablado acerca del significado que tiene la relación. Nada puede existir en la tierra sin la relación, y esa relación se destruye cuando cada uno de nosotros persigue su propia ambición, su propia codicia, su propia realización, etcétera. Hemos investigado juntos la cuestión del pensamiento, del tiempo, del dolor y de la terminación del dolor. Y esta mañana hemos hablado acerca de la muerte. Ahora, nos animamos a descubrir qué es la religión, puesto que tenemos la energía necesaria y por eso somos capaces de hacerlo. ¿Comprenden? Podemos hacerlo porque hemos desechado todo el conflicto humano y todo interés propio. Si lo hemos hecho, ello nos da una inmensa pasión y energía, una energía incalculable. ¿Qué es, entonces, la religión?

¿Son religión todas las cosas que ha producido el pensamiento? Los rituales, las vestiduras, los gurús, la perpetua repetición, las plegarias -¿es religión eso? ¿O es un gran negocio? En el sur de la India hay un templo que reúne un millón de dólares cada tres días. ¿Entienden lo que estoy diciendo? Cada tres días el templo recoge un millón de dólares. Y a eso lo llaman religión. ¿Es religión eso? ¿Es ritual? ¿O la religión no tiene nada que ver con todo ese negocio? Ustedes sólo pueden formularse esa pregunta cuando están libres de todo eso, no presos en la maraña de la realización personal, del poder, de la posición, de la jerarquía que todo eso implica. Sólo entonces pueden formularse la pregunta: ¿Qué es la religión? Dios, ¿es creado por el pensamiento, por el miedo? ¿Es el hombre la imagen de Dios? ¿O es Dios la imagen del hombre? ¿Puede uno descartar todo eso a fin de descubrir aquello que no es producto del pensamiento, ni de la sensación, ni de la repetición, ni de los rituales? Porque todo eso no es religión ‑al menos no para quien les habla. Todo eso nada tiene que ver con aquello que es sagrado.

¿Qué es, entonces, la verdad? ¿Existe algo como la verdad? ¿Existe tal cosa ‑una verdad absoluta, irrevocable que no dependa del tiempo, del ambiente, de la tradición, del conocimiento o de lo que el Buda o algún otro hayan dicho? La palabra no es la verdad. Por lo tanto, no hay un culto de la persona ‑K no es importante en absoluto. Estamos investigando qué es la verdad. Si es que existe alguna. Y si hay algo que esté más allá del tiempo. La terminación de todo tiempo. Se ha dicho que para dar con esto son necesarias la meditación y una mente rápida. Vamos a investigarlo, si ustedes me lo permiten.

¿Qué es la meditación? La palabra significa, según el diccionario, pensar, reflexionar sobre algo. También tiene un significado diferente en sánscrito y en latín, donde significa ‘medir’. Y medir significa, desde luego, comparar. No hay medida sin comparación. ¿Puede, pues, el cerebro librarse de la medida? No la medida en yardas, en kilómetros, en millas, sino la medida del devenir y no devenir, del comparar y no comparar. ¿Comprenden? ¿Puede el cerebro estar libre de este sistema de medida? Necesito medir para confeccionar un traje. Necesito medir para ir de aquí a otro lugar. El tiempo es medida, la distancia es medida. ¡Oh, vamos, señores! ¿Puede el cerebro librarse de la medida? Es decir, de la comparación ‑no tener ninguna clase de comparación, de modo que el cerebro esté totalmente libre. Esto es verdadera meditación. ¿Es eso posible, viviendo en el mundo moderno, ganando dinero, engendrando hijos ‑con el sexo, con todo el ruido, la vulgaridad, el circo que tiene lugar en nombre de la religión? ¿Puede uno estar libre de todo eso? No con el fin de obtener algo. Estar libre.

De modo que la meditación no es meditación consciente. ¿Comprenden esto? No puede haber meditación consciente siguiendo un sistema, siguiendo a un gurú ‑meditación colectiva, meditación de grupo, meditación individual de acuerdo con el Zen o con algún otro sistema. No puede haber un sistema, porque entonces ustedes practican, practican y practican, y el cerebro se embota cada vez más, se vuelve más y más mecánico. ¿Existe, pues, una meditación que no tenga dirección alguna, que no sea consciente, deliberada? Averígüenlo.

Eso requiere una gran energía, atención, pasión. Entonces esa pasión misma, esa energía, la intensidad de ello, es silencio. No un silencio ideado. Es el inmenso silencio en que el tiempo y el espacio no existen. Entonces existe aquello que es innominable, que es sagrado, eterno.

Primera sesión de preguntas y respuestas

Martes, 23 de julio

Se me ha dicho que hay muchas personas que se sienten tristes por dejar definitivamente Saanen. ¡Si uno está triste, es por el tiempo que hemos desaprovechado! Y, como se ha anunciado, nos vamos. Ésta es la última sesión en Saanen.

Se han formulado diversas preguntas. Ustedes no pueden esperar que las conteste todas, son demasiadas. Tomaría probablemente varios días contestarlas. Quien les habla no ha visto estas preguntas, prefiere llegar a ellas espontáneamente; pero han sido cuidadosamente seleccionadas.

Antes de entrar en estas preguntas que ustedes han formulado, ¿puedo yo formularles algunas? ¿Puedo? ¿Están completamente seguros?

¿Por qué vienen aquí? Ésa es una buena pregunta. ¿Cuál es la raison d’être (la razón de ser) o la causa de que vengan? ¿Es por curiosidad? ¿Es por la reputación que el hombre, quien les habla, ha adquirido por los últimos setenta años? ¿Es por la belleza de este valle ‑por las maravillosas montañas, el ondeante río, las grandes sombras y la hermosa ladera de la colina? ¿Qué los ha traído aquí? ¿Es porque se interesan en la existencia de cada día, en el modo como la están viviendo, con los problemas que tienen, probablemente de todas clases: vejez, muerte, sexo ‑ustedes saben, toda la invasión de problemas a que está tan habituado nuestro cerebro- y esperan que alguien les diga cómo vivir, cómo examinar esos problemas, qué hacer? ¿Es ésa la razón de que se encuentren aquí? ¿O mientras estamos sentados aquí queremos ver lo que somos realmente, queremos examinarlo todo con mucho detenimiento y ver si podemos ir más allá de ello ‑es ésa la razón?

Por lo tanto, como ustedes no pueden responder a todos esos interrogantes, yo les pregunto, quien les habla les pregunta: ¿Qué hay respecto a todo ello? Estas reuniones se han venido sucediendo en Saanen por veinticinco años. Una gran parte de nuestra vida. Y, si uno puede preguntarlo, ¿qué es lo que queda al final de todo ello, cuál es el contenido de nuestra vida? ¿Ha habido alguna ruptura del patrón? ¿O el patrón, el molde se está repitiendo una y otra y otra vez? Nuestros constantes hábitos concentrados parecen muy difíciles de romper ‑el hábito del pensamiento, el hábito de la propia existencia cotidiana. Cuando miramos todo esto después de veinticinco años, ¿vemos una ruptura de ese patrón en que vivimos? ¿O sólo seguimos adelante día tras día, añadiendo un poco más, quitando un poco más y lamentándonos, al final de nuestra existencia, por no haber vivido de una manera diferente? ¿Es éste el proceso que experimentamos? Les pregunto: ¿Qué hay con respecto a todo ello? ¿Qué hay con respecto a nuestra vida, a todas las cosas terribles que están sucediendo alrededor de nosotros, lejos de este bello país? ¿Dónde nos encontramos, como individuos, en todo este patrón de la existencia? ¿Cuál es el residuo que queda en el tamiz? ¿Qué es lo que permanece en nosotros? ¿Nos damos cuenta de lo que nos ocurre en nuestro pensamiento de todos los días, nos damos cuenta de cada emoción, de cada reacción, de cada respuesta, de cada hábito? ¿O es que meramente nos dejamos fluir, como un río?

¿A cuál de estas preguntas les gustaría que respondiera primero?

[K las lee en voz alta]

¿Qué entiende usted por la creación?

Diversos maestros, gurús, dicen que ellos imparten esencialmente la misma enseñanza que usted. ¿Qué dice usted?

¿Qué es la culpa? Uno está desesperado porque las acciones que cansaron el sentimiento de culta no pueden ser erradicadas.

¿Podemos empezar con lo de los diversos maestros? ¿De acuerdo? Diversos maestros, gurús, dicen que ellos imparten esencialmente la misma enseñanza que usted. ¿Qué dice usted?

No sé por qué se comparan ellos con quien les habla. No sé por qué deberían siquiera considerar que lo que uno dice es lo que ellos también dicen. ¿Por qué afirman estas cosas? Sé que éste es un hecho, que en la India, en Europa y en los EE.UU., diversos gurús fraudulentos, diversos grupos afirman: «Nosotros también vamos hacia lo mismo, recorremos el mismo río que usted recorre». Esto me lo manifestaron, se lo manifestaron personalmente a quien les habla, y hemos discutido este asunto con los gurús, con estos -¿cómo los llaman ustedes?- líderes, locales o extranjeros. Hemos examinado esta cuestión.

En primer lugar, ¿por qué comparan ellos lo que dicen con K? ¿Qué intención hay detrás de eso? ¿La de viajar en el mismo carro? ¿Es porque piensan que no son ‘muy muy’, pero que al compararse con K podrían llegar a ser ‘muy muy’?

Al hablar, pues, de esto con algunos de ellos, lo investigamos. Ante todo, dudo de lo que ellos dicen, y dudo de las propias experiencias de quien les habla. Hay duda, hay descreimiento, no un decir: «Estamos en el mismo bote». ¿Podríamos, pues, abordar esta cuestión con duda, con cierto sentido de escepticismo por ambas partes? Están aquellos que afirman que estamos remando en el mismo bote y por el mismo río; o tal vez ellos van muy adelante y quien les habla va muy atrás, pero siempre en el mismo río. De modo que al hablar con ellos uno duda, cuestiona, apremia, impele más y más, a una profundidad cada vez mayor, y finalmente, quien les habla ha escuchado a muchos de ellos afirmar: «Lo que usted dice es perfecto, es la verdad, Usted encarna la verdad», y todas esas cosas. Así que saludan y se van diciendo: «Nosotros tenemos que tratar con gente común, y esto es sólo para la elite». Yo digo: «¡Doble tontería!» ¿Comprenden?

¿Por qué, entonces, comparan en absoluto ‑«mi gurú es mejor que su gurú»? ¿Por qué no pueden mirar las cosas y verlas como son? Cuestionando, dudando, preguntando, exigiendo, explorando, sin decir nunca, «nuestro punto de vista es mejor que el Suyo», o «este punto de vista es mejor que el otro», o «todos estamos haciendo lo mismo». El otro día escuché: «Usted dice lo mismo que yo estoy diciendo, ¿cuál es la diferencia?» Contesté: «Ninguna en absoluto». Usamos el mismo idioma, inglés o francés, un poco de italiano, pero el contenido, la profundidad que existe detrás de las palabras, puede ser por completo diferente. Nos satisfacemos tan fácilmente con las explicaciones, con las descripciones, con la sensación que nos produce todo el aplauso, toda la gloria, toda la ostentación. Nuestros cerebros no trabajan muy sencillamente.

¿Alguna vez han observado, han visto cómo trabaja el cerebro de ustedes? Ésa es una de las preguntas que me gustaría formularles. ¿Han observado el cerebro en acción, del mismo modo que podría observarlo un extraño? ¿Comprenden? ¿Alguna vez lo han hecho? ¿O el cerebro sigue y sigue con sus viejos hábitos, sus creencias, sus dogmas, sus rituales, sus asuntos, etc. ‑continuando sólo mecánicamente con todo ello? Si se me permite preguntarlo: ¿Es así el cerebro de ustedes? ¡Silencio...! ¿Han observado alguna vez cómo un pensamiento persigue a otro pensamiento, cómo una serie de asociaciones, una serie de recuerdos se aferran a la propia experiencia de uno? El otro día, en Norteamérica, una persona a la que conocíamos desde hace algún tiempo, nos dijo que vivía de acuerdo con su experiencia, con lo que su propia experiencia le había indicado. Su experiencia era verdadera, real, muy profunda, y para esa persona tal experiencia era sumamente importante. Y nosotros dijimos: «¿Por qué no duda usted de su experiencia? Podría no ser real, podría ser imaginaria, romántica o sentimental y todo eso. ¿Por qué no pone en duda eso mismo que usted afirma: “Mi experiencia me lo indica”?» No hemos vuelto a ver a esa persona. ¿Comprenden esto?

¿No es necesario, entonces, darse cuenta de todas estas cosas: por qué comparan ellos, por qué dicen que estamos todos en el mismo bote? Quizá lo estamos, es probable que todos nosotros estemos en el mismo bote. ¿Pero por qué dan ellos por sentado que lo estamos? ¿Acaso no podemos negarnos a aceptar a todo gurú, a todo líder ‑especialmente a quien les habla? Psicológicamente, no aceptar nunca nada, excepto lo que hemos observado en nosotros mismos, en nuestras relaciones, en nuestro modo de hablar ‑el tono de la voz, las palabras que usamos, etcétera. ¿Puede uno estar alerta a eso durante el día, o durante una parte del día? Tal vez entonces no necesitaran ustedes de ningún gurú, de ningún líder, de ningún libro, incluyendo los de quien les habla. Entonces, cuando uno está realmente atento, tiene lugar algo por completo diferente.

¿Podemos pasar a la siguiente pregunta? ¡Dios mío! La culpa... No tengo que leer la pregunta; está todo bastante confuso aquí.

¿Por qué nos sentimos culpables? Muchas personas se sienten así. Eso les tortura la vida. Y entonces se vuelve un problema enorme; y ése es el trasfondo de culpa para mucha, mucha gente. Culpa por no creer en algo, culpa de no estar con el resto del grupo. Ustedes conocen el sentimiento de culpa, no la palabra sino el sentimiento que hay detrás de la palabra ‑el de haber hecho algo malo, lo cual nos llena de remordimiento, de ansiedad y, por tanto, de temor, de incertidumbre. Esta culpa es un factor muy deformante en nuestra vida. Es obvio. ¿Por qué, entonces, tenemos ese sentimiento? ¿Es por haber hecho algo incorrecto, algo poco práctico que va contra lo que ha establecido el medio en que vivimos? Está la culpa que experimentan un hombre o una mujer por sentir que no han apoyado la guerra de su propio país. Ustedes ya conocen las diversas formas de culpa y las causas de la misma. Nos preguntamos: ¿Por qué existe este sentimiento? ¿Es porque no somos responsables, porque no nos exigimos excelencia para nosotros mismos?

Esperen un momento; quien les habla está preguntando: ¿Es porque somos perezosos, indolentes, inatentos y, por lo tanto, un poco irresponsables? ¿Y al enfrentarnos a esa irresponsabilidad nos sentimos culpables? Supongamos que he seguido a alguien, a mi gurú, el cual se ha entregado a toda clase de cosas, el sexo, etc., y yo he hecho lo mismo que él; entonces él cambia su mente, envejece y dice: «No más», y sus discípulos dicen: «No más», y uno siente que no debería haber hecho esas cosas, que eso ha estado mal. ¿Entienden? Toda la secuela de la culpa. ¿Cómo lo abordamos? Eso es lo más importante.

Averigüemos, pues, qué hacer al respecto, ¿de acuerdo? No investigaremos las causas de la culpa, ésas las conocemos. He hecho algo inapropiado, algo incorrecto, algo que no es verdadero, y más tarde me doy cuenta de que esa reacción ha sido desafortunada, que me ha ocasionado perjuicio a mí mismo y desdicha a otros, por lo cual me siento culpable. ¿Qué hacer, pues, cuando tenemos ese sentimiento de culpa? ¿Cómo lo tratarían ustedes, cómo lo abordarían? ¿De qué modo van a aproximarse al problema? ¿Es que desean verlo resuelto, desean que desaparezca para que el cerebro deje de estar atrapado en el problema? ¿Cómo lo abordan ‑con el deseo de solucionarlo, de librarse de él? La manera en que abordan un problema es muy importante, ¿verdad? Si lo abordan con una dirección, el problema debe ser resuelto de este modo o de aquel modo. O si tienen un motivo, entonces ese motivo dirige las cosas. Entonces, ¿abordan ustedes un problema como la culpa sin tener para ello un motivo? ¿Comprenden mi pregunta? ¿O siempre tenemos un motivo cuando abordamos un problema? Me pregunto si nos enfrentamos a esto juntos. ¿Es posible abordar un problema sin el trasfondo de conocimiento que es el motivo, y mirarlo como si fuera por la primera vez? ¿Podemos hacer eso?

Hay, pues, dos cosas involucradas: cómo aborda uno un problema, y qué es un problema. Ustedes tienen problemas, ¿no es así?, muchos, muchos problemas. ¿Por qué? No estamos condenando el problema ni decimos que debe resolverse de este modo o del otro modo; es un reto, algo a lo que tenemos que responder, ya sea un problema de negocios, un problema familiar, un problema sexual, un problema espiritual ‑lo siento, ‘espiritual’ debería ir entre comillas- o el problema de cuál es el líder que hemos de seguir. ¿Por qué tenemos problemas?

Examinemos primero la palabra problema. Según el diccionario, un problema significa algo que a uno le arrojan, algo que es impulsado contra uno, un reto, una cosa a la que uno tiene que responder. Algo que a uno le arrojan ‑y a eso lo llamamos problema. ¿Por qué tiene problemas nuestro cerebro? ¿Podemos investigarlo un poquito? Por favor, no acepten nada de lo que dice quien les habla, nada. Examinémoslo todo juntos. Cuando uno manda al hijo a la escuela, él tiene que aprender a leer y escribir. Jamás antes ha leído ni escrito, de modo que el escribir y el leer se vuelven para él un problema. Y, a medida que crece, su cerebro se va adiestrando para los problemas. Es obvio. Todo el proceso de aprendizaje es un problema, y así el cerebro se condiciona con los problemas. Éste es un hecho. Mi esposa se vuelve un problema, se vuelve un problema cómo vivir, qué hacer, etc., etc., etc. Nuestro cerebro, el cerebro de cada uno de ustedes, está condicionado, ha sido educado para vivir con problemas. Este es un hecho, no una invención de quien les habla. Es así.

De modo que toda nuestra vida se convierte en un problema. ¿Podemos mirar esto como un hecho?, no como una idea o una teoría, sino como un hecho, y entonces ver qué podemos hacer ‑si el cerebro puede estar libre para resolver los problemas y no abordarlos con una mente que ya está abarrotada de problemas? ¿Comprenden mi pregunta? ¿No? He estado en la escuela, donde no me interesa nada de lo que el maestro está diciendo. Miro hacia afuera por la ventana, deleitándome en ello; él me golpea en la cabeza. Vuelvo en mí y él me dice: «Escribe». Yo digo: «Dios mío, tengo que aprender», y ello se vuelve un problema para mi. Toda mi educación ‑no estoy contra la educación sino que estoy señalando algo- toda mi educación llega a ser un problema tremendo. Así que el cerebro se condiciona desde la infancia para vivir con problemas ‑¿correcto?

Ahora nos preguntamos: ¿Puede uno estar libre de problemas y entonces atacar los problemas? ‑porque no es posible resolverlos a menos que el cerebro esté libre. Si no está libre, en la solución de un problema se crean otros problemas. De modo que quien les habla pregunta: ¿Podemos primeramente estar libres de problemas ‑librar de su condicionamiento al cerebro que ha sido educado para vivir con problemas? ¿Está claro? ¡Al fin!

Entonces prosigamos. ¿Es posible estar libres y entonces abordar los problemas? ¿Cómo responden ustedes a esta pregunta? ¿Dicen que es posible o dicen que es imposible? Cuando dicen que es posible o que es imposible, ya se han bloqueado a sí mismos; han cerrado ya la puerta impidiendo el examen, la investigación del problema.

Aquí está, pues, nuevamente la pregunta: ¿Es posible liberar al cerebro del condicionamiento que implica su educación? Quien les habla va a examinar esto no para convencerlos de nada, sino simplemente para mostrarles algo. Ustedes no tienen que hacer nada. Sólo escuchar lo que él dice; no aceptar ni rechazar, sólo mirar, escuchar. El cerebro está condicionado para toda esta cultura de los problemas. Ésa es una expresión exacta: cultura de los problemas. Y el cerebro condicionado, ¿es diferente del observador? El cerebro, mi cerebro, ¿es diferente de quien está analizando las cosas, separándolas, mirándolas, examinándolas, aceptándolas, no aceptándolas ‑ese observador, esa persona que dice, «Estoy mirando eso», es en modo alguno diferente del cerebro? Ésta es una pregunta muy sencilla, no la compliquen. La ira, la codicia, la envidia, ¿son diferentes de mí mismo? ¿O yo soy la ira? La ira soy yo. La codicia soy yo. La cualidad soy yo mismo. No hay diferencia. Pero la cultura, la educación, han hecho que las separemos.

Está la envidia. Si digo que soy diferente de la envidia que debo controlarla, o que debo ceder a ella, hay conflicto. No sé si están siguiendo todo esto. ¿Soy yo la envidia? ¿Soy yo la violencia? La violencia no es algo diferente de mí, del yo; el yo es violento. ¿Ustedes ven esto? Una vez que nos damos cuenta de este hecho ‑que no hay diferencia entre la cualidad y yo- entonces tiene lugar un movimiento por completo diferente. No hay conflicto. ¿Comprenden? No hay conflicto. Mientras exista la separación, habrá conflicto en mí.

Ahora me doy cuenta de esto, de que yo soy la cualidad. Yo soy la violencia. Yo, el yo, es codicioso, envidioso, celoso, etcétera; me doy cuenta de esto y, por lo tanto, he abolido por completo esta división en mí. Yo soy eso. Yo soy esa cualidad. ¿Puede, entonces, mi cerebro quedarse con ese hecho permanecer con ese hecho? ¿Puede mi cerebro, que es tan activo, tan vital, que está observando, pensando, escuchando, esforzándose, tratando de lograr esto o aquello ‑puede ese cerebro permanecer con el hecho de que yo soy eso? Permanecer con ello, no escapar, no tratar de controlarlo ‑porque en el momento en que uno controla, existen un controlador y lo controlado; por lo tanto, ello se vuelve un esfuerzo. Por favor, estoy exponiéndolo muy sencillamente. Si ustedes captan realmente esta verdad, este hecho, eliminan por completo el esfuerzo. El esfuerzo implica contradicción. Implica que yo soy diferente de eso. ¿Pueden ustedes ver el hecho real, no la idea sino la realidad de que uno es su cualidad ‑su ira, su envidia, sus celos, su odio, su incertidumbre, su confusión? ¿Pueden ver que uno es eso? No reconocerlo verbalmente ‑porque entonces no estamos juntos en esto- sino ver realmente este hecho y permanecer con él. ¿Pueden hacerlo?

Cuando uno permanece con el hecho, ¿qué implica eso? Atención, ¿verdad? Ningún movimiento fuera del hecho. Sólo permanecer con él. Si uno tiene un dolor agudo no puede permanecer con él, pero si permanece con ese dolor psicológicamente, si internamente dice: «Sí, así es» ‑lo cual significa que no hay movimiento alguno fuera del hecho- entonces la esencia es no conflicto, entonces uno ha roto el patrón del cerebro. El patrón del cerebro dice: «Yo debo hacer algo. ¿Qué es lo correcto que hay que hacer? ¿Quién me lo dirá? Tengo que visitar a un psiquiatra» ‑ustedes ya conocen todo lo que ocurre entonces. Pero una vez que he visto el hecho, es como tener una joya maravillosamente tallada; uno la mira, la ve toda por dentro, por fuera, cómo está hecha, el platino, el oro, los diamantes. Uno la mira porque uno es la joya, uno es el centro de esta muy intrincada, sutil joya que es uno mismo. En el momento en que uno ve el hecho, toda la cosa es diferente.

Así que la culpa... Lo siento, me he alejado de eso. Tentamos que hacerlo. La culpa. No es un problema, ahora lo comprenden. Es un hecho. No es algo que deba resolverse, algo que deba superarse. Uno ha hecho algo y se siente culpable por ello; éste es un hecho y uno permanece con él. Cuando uno permanece con el hecho, éste comienza ‑escuchen, por favor- comienza a florecer y se marchita. ¿Comprende, señor? Como una flor; si usted tira y tira de ella para ver si las raíces trabajan adecuadamente, la flor jamás florecerá. Pero una vez que usted ve el hecho, que es la semilla, y permanece con él, el hecho se revela plenamente a sí mismo. Todas las implicaciones de la culpa, todas las implicaciones de su sutileza, dónde se oculta, son como una flor que se abre. Y si uno la deja abrirse, florecer, si no actúa, si no dice: «Tengo que hacer estos o, «no tengo que hacerlo», entonces la flor empieza a marchitarse y muere. Por favor, entiendan esto. Pueden hacerlo con todas las cosas que deban afrontar. Pueden hacerlo con respecto a Dios, con respecto a todo. Eso es discernimiento, no un mero recordar o añadir. ¿Está claro? Si uno lo descubre ve que es asé entonces, psicológicamente ése es un factor inmenso que lo libera a uno de todo el pasado y de las luchas y esfuerzos presentes.

Ahora vayamos a la primera pregunta: ¿Qué entiende usted por la creación?

¿Examinaremos eso? Es una pregunta más bien compleja. ¿Qué entiende usted por la creación? ¿Qué entiende por la creación quien les habla...? Me gustaría formularles esa pregunta a ustedes.

Muchísima gente habla de la creación ‑los astrofísicos y los filósofos teóricos. «Dios creó... etc.» Es una pregunta muy seria que se han formulado los antiguos hindúes y los hebreos, no solamente los científicos modernos. Ha sido éste un problema tremendo que ellos querían comprender ¿Podemos investigarlo?

¿Qué es la creación? Cuando uno formula esa pregunta, también debe preguntar qué es la invención. ¿Es creación la invención? Inventar algo nuevo, ¿es creación? Con cuidado, por favor, no asientan ni disientan, sólo considérenlo. La invención se basa en el conocimiento, ¿verdad? Se basa en los experimentos anteriores de alguna otra persona, todos aquellos experimentos son conocimiento en la actualidad, y a eso uno le añade más. Es así. El hombre que inventó el avión a propulsión, previamente lo conocía todo acerca de la hélice y el motor de combustión interna; entonces tuvo una idea a partir de ese conocimiento. Puedo estar planteándolo incorrectamente o exageradamente, pero es así: de una gran cantidad de conocimientos se deriva una nueva inspiración, y esa inspiración es una invención. De modo que todo el tiempo estamos añadiendo. Y, ¿es creación eso ‑algo que se basa en el conocimiento y en las consecuencias del conocimiento? ¿O la creación no tiene nada que ver con el conocimiento? ¿Es la creación una serie de invenciones en el universo? Obviamente cuando los científicos estudian a Marte, Mercurio, Venus Saturno y más allá, saben de qué está compuesto Venus ‑diversos gases, etc., etcétera, etcétera- pero lo que ellos han traducido como gases, no es Venus. ¿Comprenden? ¡Vamos, señores! La palabra Venus no es Venus. Los gases que componen Venus no son la belleza que uno contempla temprano en la mañana o más tarde en el anochecer.

Preguntamos, pues: ¿Es la invención por completo diferente de la creación? Lo cual significa que la creación no tiene nada que ver con el conocimiento. Ustedes van a encontrar esto más bien difícil. Si no tienen inconveniente, si no están demasiado cansados, si todavía tienen la energía para investigar, examinaremos esto. No acepten lo que uno dice, eso sería terrible, los destruiría. No digan meramente: sí, sí, sí. Eso les destruiría el cerebro, tal como ha sido destruido por otros. Quien les habla no tiene la intención de destruir el cerebro de ustedes, o añadir más destrucción al ya estropeado cerebro. Por eso les dice que sean escépticos, que cuestionen, que no acepten ni rechacen; sólo descubran. Nosotros sabemos qué es la invención ‑al menos para quien les habla eso está muy claro. Lo cual no significa que esté claro para ustedes. Nos preguntamos: ¿Qué es la creación?

¿Está la creación relacionada con el empeño humano? ¿Se relaciona con todas las experiencias? ¿Con la duración del tiempo? Tengan la bondad de examinar todo esto. Lo cual significa: ¿Se relaciona la creación con la guerra, con el matar, con los negocios, con todos los recuerdos que el hombre ha acumulado, adquirido, reunido? Si es así, entonces sigue siendo parte del conocimiento. Por lo tanto, no puede ser creación. ¿Correcto? Entonces, ¿qué es la creación? ¿Se relaciona ‑por favor, escuchen, sólo escuchen, no hagan nada al respecto- se relaciona con el amor? Es decir: el amor no es odio, no es ansiedad, celos, incertidumbre; no es el amor por nuestra esposa ‑que es el amor a la imagen que nos hemos formado de ella- o el amor por el esposo o por la novia, ni la imagen que hemos construido de nuestro gurú por el que sentimos una gran devoción, ni la imagen de un templo, de una mezquita o de una iglesia. De modo que nos preguntamos: ¿Es necesario el amor para la creación? ¿O el amor, que también es compasión, es creación? Y la creación, el amor, ¿se relaciona con la muerte? ¿Comprenden todas estas preguntas? Perdón por preguntar si comprenden ‑retiro eso. Sólo escuchen.

¿Está, pues, el amor libre del significado específico que todos los seres humanos han dado a esa palabra? Libre de todo eso. ¿Se relaciona el amor con la muerte? ¿Y es compasión y muerte el amor? ¿Es creación todo eso? ¿Puede haber creación sin muerte? Vale decir, ¿sin una terminación? Terminar con todo conocimiento ‑Vedanta. Ustedes han oído esa palabra, estoy seguro. La palabra Vedanta significa que todo conocimiento ha llegado a su fin ‑lo cual es la muerte, lo cual implica no tiempo, intemporalidad, amor. ¿Comprenden? Lo siento, no repetiré eso. ¡Estúpido de mí si lo repitiera!

Amor, muerte. Amor implica compasión. Amor, compasión implica suprema inteligencia, no la inteligencia de los libros, de los eruditos y de la experiencia. Esa inteligencia es necesaria en cierto nivel; pero cuando hay amor, compasión, lo que existe es la quintaesencia de toda inteligencia. No puede haber compasión y amor sin muerte, la cual implica el final de todas las cosas. Entonces hay creación. O sea, que el universo ‑no según los astrofísicos y los científicos- es orden supremo. Por supuesto. La salida y puesta del sol. Orden supremo. Y ese orden sólo puede existir cuando hay suprema inteligencia. Y esa inteligencia no puede existir sin la compasión, el amor y la muerte. Esto no es un proceso de meditación sino una investigación honda profunda. Una investigación llena de un gran silencio, no ‘yo estoy investigando’. Un gran silencio, un gran espacio. Aquello que es esencialmente amor y compasión y muerte es esa inteligencia, la cual es creación. La creación existe cuando están presentes la muerte y el amor. Todo lo demás es invención.

Segunda sesión de preguntas y respuestas

Miércoles, 24 de julio

Olvidemos por el momento las preguntas. Ya volveremos a ellas.

¿Qué nos está ocurriendo a todos nosotros que vivimos en este mundo tan terrible? Si ustedes han viajado algo, habrán visto los peligros ‑explosiones en los aeropuertos, terroristas, etcétera. Cuando miran todo eso, ¿cómo se enfrentan al mundo? Podemos ser viejos, pero la próxima generación, los hijos, los nietos, etc., ¿qué les va a suceder a ellos? ¿Consideran eso alguna vez? ¿Qué futuro tiene la próxima generación de la que ustedes forman parte? ¿Cómo educamos a nuestros hijos, cuál es el propósito de la educación? Presumiblemente, todos hemos recibido educación. Si somos afortunados, hemos ido a la escuela, al colegio a la universidad, o nos hemos educado nosotros mismos observando todos estos acontecimientos que ocurren en el mundo y aprendiendo de ellos. Pero ese aprender es muy limitado, muy estrecho y pequeño. Y si uno tiene hijos y nietos, ¿cómo los trata? ¿Cuál es nuestra respuesta? ¿Acaso no nos interesan en absoluto? Creo que hay cerca de 500.000 niños que en los EE.UU. escapan de sus hogares y van a parar a Nueva York, con la prostitución y todo eso ‑¿comprenden lo que eso significa? En un país como éste, que forma parte del resto del mundo, no hay pobreza, no hay barrios pobres literalmente no hay nadie que padezca hambre. En los EE.UU., en Inglaterra, en Francia, sí que hay barrios pobres, y están todas esas personas que mueren de hambre en la India y en Asia; eso es completamente espantoso, degradante. Y cuando nos miramos a nosotros mismos y a la generación futura, uno se pregunta: ¿Qué va a suceder? ¿Va a repetirse el mismo patrón? ¿La misma insensibilidad? ¿La irresponsabilidad de ser adiestrados para matar a miles y miles de seres humanos y ser muerto? ¿Cuál es nuestra responsabilidad? ¿O es que ustedes no quieren pensar en ello para nada? ¿Es que solamente se interesan en el propio placer, en sus propios problemas, en su propia actividad egoísta, egocéntrica?

Éste es realmente un problema muy serio, atemorizados angustioso. Cuando miramos todo esto, ¿qué hacemos? ¿Tenemos escuelas apropiadas? ¿Qué lugar ocupa el conocimiento en todo esto, ya sea el conocimiento teórico o el conocimiento físico? ¿Qué relación tenemos nosotros con todo eso? Están las torturas. Todos los países han consentido que unos seres humanos torturen a otros. Mi madre, mi hijo pueden ser torturados para sacarles alguna información, por alguna razón nacionalista, comunista o democrática. ¿Derramamos lágrimas? ¿O, siendo incapaces de hacer algo al respecto, nos volvemos cínicos, amargados y nos despreocupamos de todo?

Tenemos, pues, que considerar todas estas cosas, no meramente nuestro propio progreso, nuestra propia felicidad, nuestras propias actividades egocéntricas.

¿Podemos proseguir con las preguntas? Tal vez eso sea más agradable, tal vez no nos rete tanto, no nos exija tanto de nuestras energías y de las capacidades del cerebro. Si ustedes han observado todo el progreso habido en los campos de la medicina y la cirugía, de la tecnología, de las computadoras ‑avances tremendos, incalculables- habrán visto que el cerebro posee una capacidad y una energía extraordinarias. Y eso va a continuar y continuar. En otras direcciones el cerebro es muy limitado, y esa limitación es utilizada por el mundo tecnológico ‑se nos explota despiadadamente. Los comunistas siguen teniendo sus campos de concentración, y no sólo existen los campos de concentración propios de las tiranías, sino que también están los campos de concentración de los gurús. ¿No les molesta que diga eso? Y están los campos de concentración de todos los monjes en el mundo. Este es realmente un problema tremendo.

Cuando uno comprende algo, ¿debe actuar de acuerdo con esta comprensión, o la comprensión actúa por sí misma? ¿Correcto? ¿Está clara la pregunta?

Ahora bien, ¿qué entendemos por comprensión? Usamos esa palabra con mucha facilidad. Debemos, pues, investigar, explorar el significado de la palabra. Estamos discutiendo, explorando juntos; quien les habla no está contestando la pregunta. Juntos la estamos considerando; juntos investigamos, ahondamos primeramente en el significado de las palabras según el diccionario, significado que constituye el uso corriente del idioma. ¿Qué entendemos por comprensión, por comprender algo? Comprendernos a nosotros mismos, comprender cómo trabaja la computadora, que es tan maravillosa, comprender todo el proceso quirúrgico. ¿Qué significado le asignamos a esa palabra ‘comprensión’? ¿Una comprensión puramente intelectual, que implica una comunicación rápida entre dos personas, o entre media docena o un centenar de personas, una comprensión del significado de la palabra rápidamente traducido en el cerebro, y con el intelecto que dice: «Sí, comprendo»? Esto es, tengo un problema, lo he analizado, he llegado a una conclusión y lo comprendo. O comprendo cómo hay que desarmar un automóvil, etcétera. ¿Es, entonces, la comprensión un asunto puramente intelectual, un asunto teórico sobre el cual puedo hablar interminablemente, añadiéndole más ideas y pensando que con ello estoy expandiéndome, creciendo interiormente? En esa comprensión, ¿hay alguna cualidad emocional? ¿Hay algo que dice: «Eso no está muy, muy completo, tienes que añadirle más»?

Está el intelecto, está la emoción, está la acción -¿correcto? Las emociones existen naturalmente ‑así lo espera uno- pero cuando esas emociones se han vuelto románticas, sentimentales y muy, muy superficiales, tienen que ser reconocidas por el cerebro; en consecuencia, forman parte del cerebro ‑parte de la sensación de experimentar, de la sensación de imaginar, de contemplar una montaña, su belleza, su silencio, su dignidad, su majestad, y trasladar eso al lienzo o escribir un poema al respecto. Todo eso sigue formando parte de la actividad del cerebro. ¿Es, entonces, el intelecto que dice, «Yo comprendo», es la capacidad de discernir, de distinguir, de determinar y emprender una acción y, por consiguiente, de dominar toda otra cosa?

Ahora nos preguntamos: ¿Es la comprensión un movimiento total, no solamente un acto del cerebro, un acto del intelecto? ¿Comprenden mi pregunta? ¿Tendremos que examinar ahora qué es la acción? ¿Qué es lo que uno ha de hacer? ¿Qué determina la acción? ¿Qué origina la acción? ¿Qué entendemos por acción? Actuar. Hacer. ¿Se basa esa acción en un ideal, en una teoría, en una conclusión dialéctica o imaginativa? Esto es, yo actúo a base de una idea, ¿verdad? ¿Qué es, entonces, una idea? ¿Por qué tenemos tantas ideas? Estamos investigando la palabra idea, no si está bien o mal tener ideas. Los científicos, los físicos y los filósofos teóricos necesitan tener ideas, de lo contrario se sienten perdidos. Necesitan ideas nuevas todo el tiempo. Tenemos que examinar entonces lo que entendemos por idea. Existe un hecho. Hay un reloj ahí, dice que son las once menos diez; y ése es un hecho. Y están los ‘no hechos’. Los ‘no hechos’ se hallan totalmente alejados del hecho. Hay una distancia. Existe, entonces, el hecho y la idea acerca del hecho. Y nosotros perseguimos la idea, no la investigación del hecho. Una idea se vuelve mucho más importante que el hecho. Los socialistas, los comunistas y otros, de la derecha, de la izquierda, del centro, todos tienen ideas, teorías, conclusiones, y tratan de encajar al hombre dentro de esas ideas. Y para que los hombres encajen, los torturan, les dicen: «Tú no puedes hacer esto, tú no puedes hacer aquello». De modo que para ellos las ideas se vuelven mucho más importantes que lo humano ‑y lo humano es el hecho.

¿Estamos, entonces, nosotros, cada uno de nosotros, alejándonos siempre del hecho, persiguiendo una idea y actuando conforme a esa idea, la cual probablemente nada tiene que ver con el hecho? ¿Qué entendemos, entonces, por actuar? Si uno actúa conforme a sus recuerdos, a sus experiencias del pasado, o conforme a alguna conclusión ideológica acerca del futuro, esa acción basada en el pasado o en el futuro, no es un hecho. ¿Estamos poniendo esto en claro? Si actuamos conforme a ciertos recuerdos, conclusiones, experiencias o conocimientos, entonces estamos actuando desde el pasado. La palabra actuar significa hacer algo, no de acuerdo con el pasado o de acuerdo con el futuro. Así que la pregunta es ‑investiguen esto, es muy serio- ¿existe una acción que no se base en el tiempo? No se sientan desconcertados. ¿Puede uno captar la significación, el contenido, el sentido profundo del pasado, cómo el pasado, modificándose, se proyecta en el futuro, y cómo si uno actúa conforme a ese pasado o conforme a algún concepto del futuro, eso no es acción? Es meramente memoria, es haber llegado a ciertas conclusiones y obrar de acuerdo con ellas. Por lo tanto, ese obrar está siempre preso en el campo del tiempo, en el ciclo del tiempo ‑¿de acuerdo?

Ahora preguntamos: ¿Existe una acción que no se base en el tiempo? Considérenlo cuidadosamente, señores. Considérenlo, no esperen que lo explique quien les habla; considérenlo. Es una pregunta muy sencilla, pero tras ella hay un significado tremendo. Esto es, yo he actuado siempre de acuerdo con mi tradición. La tradición puede tener un año o cinco mil años de antigüedad. Ustedes saben qué quiere decir tradición ‑del latín tradere, entregar. Así, mis padres, mis abuelos, un millar de ascendientes, han entregado ciertas tradiciones, las consecuencias de su pensar, de su sentir, que han ido filtrándose gradualmente a través de múltiples generaciones; y yo soy eso, soy parte de eso. Ese es mi trasfondo y de acuerdo con él actúo. O rechazo todo eso diciendo: «¡Qué estúpido!» y miro hacia el futuro: «Debo hacer esto, no debo hacerlo», de acuerdo con algún líder al que sigo. Y a ambas cosas las llamo ‘acción’. Pero quien les habla pregunta: ¿Existe una acción que no se base en esto, una acción que no sea el proceso del tiempo? Lo siento, tienen ustedes que usar sus cerebros.

¿Qué ha de hacer uno cuando se le formula esa pregunta: Existe una acción que no esté presa en la rueda del tiempo? ¿Cómo reacciona nuestro cerebro ante esa pregunta ‑el cerebro que se ha condicionado, moldeado conforme al pasado y al futuro, o sea, que está preso en el campo del tiempo, en la red del tiempo? Por el momento, el cerebro se retrae, no puede responder; dice: «Hay demasiados problemas, ¡por Dios!, déjeme tranquilo. Estoy habituado a este patrón, que ha traído su desdicha, su sufrimiento, pero también está la otra parte que compensa esto. No haga estas preguntas tan difíciles». No son difíciles. La palabra ‘difícil’ lo hace difícil. De modo que no usaré esa palabra. Pero tengo que descubrir si existe una acción que no sea del tiempo. ¿Puedo investigarlo? ¿Quieren que lo investigue?

La acción se relaciona con el amor, no con la memoria. La memoria, el rememorar imágenes, no es amor; es sensación a través de la cual actuamos, y la sensación no es amor. Por lo tanto, ¿qué relación tiene el amor con la acción? ¿Entienden? ¿Es memoria el amor? Hemos estado juntos, hemos dormido juntos, hemos hecho juntos toda clase de cosas, escalar la montaña, descender al valle, pasear por las colinas; hemos sido compañeros, nos hemos tomado de las manos, hemos reñido ‑y a eso lo llamamos afecto, amor, pero casi todo eso se basa en la sensación, en la imagen y el apego. Sin el apego estoy perdido, me siento terriblemente solo. Sintiéndome solo estoy desesperado, me lleno de amargura, etcétera. Todo eso, ¿es amor? Obviamente, no lo es. Ya lo hemos investigado. ¿Cuál es, entonces, la relación que hay entre el amor y la acción? ¡Vamos, señores! Si el amor está en el campo del tiempo, entonces eso no es amor. Por consiguiente, el amor es acción ‑me pregunto si ustedes captan esto. No existe el amor primero y la acción después. Para quien les habla ‑no lo acepten- para quien les habla no hay división alguna entre la percepción, la calidad de ese amor y la acción. Cuando existe esa calidad, ella es acción. No es un proceso intelectual de determinación u opción. Es una acción de percepción inmediata.

Ahora tenemos que proseguir. Ayer sólo contestamos tres preguntas y hay muchas más.

Usted ha dicho muchas cosas sobre la violencia. ¿Permitiría que atacaran delante de usted a uno de sus amigos?

Es una muy vieja pregunta. ¿Qué haría si atacaran delante de usted a su propia hermana? Es la misma pregunta. ¿Qué es lo que haría usted ‑usted? ¿Golpear a esa persona? ¿Matarla a tiros? ¿Karate? ¿Sabe lo que significa esa palabra ‘karate’? Me lo explicaron. Significa ‘no yo’. No quiere decir el arte marcial de defenderse uno mismo. ¿Qué es, entonces, lo que usted haría? Averígüelo, señor. Usted está ahí con su esposa o su novia, y viene alguien y descarga su violencia contra ella. ¿Qué haría usted instintivamente? Atacaría a esa persona, ¿no es así? Naturalmente. La golpearía. Si conociera el karate o alguna clase de trucos yoga, le echaría una zancadilla o algo por el estilo. De modo que esta pregunta se me formula a mí, a quien les habla ‑¿correcto? Conocemos la reacción normal de la gente, que es la violencia. Si usted es violento conmigo, yo seré violento. Si usted se enoja conmigo, yo me enojaré doblemente con usted. Si usted me llama idiota, yo diré que usted es un idiota mayor. Ha sido siempre una vieja pregunta, pero yo trato todas las preguntas como algo nuevo. ¿Qué haría yo? ¿Esperan que les conteste?

Si durante toda mi vida he vivido una existencia violenta, entonces mi respuesta será naturalmente violenta. Pero si he vivido, como lo he hecho, sin violencia, no sólo sin violencia física sino también sin violencia psicológica, que es agresión, competencia, comparación, imitación, conformidad (todo eso forma parte de la violencia) ‑si he vivido como K ha vivido‑ entonces cuando atacan a mi amigo, a mi hermano, o a mi esposa, actuaré como he vivido.

Una respuesta sencilla. Esto no los confunde, ¿verdad? No.

Otra pregunta: ¿Qué es la inteligencia?

¿Qué es la inteligencia? ¿Qué piensan ustedes que sea la inteligencia? Si buscaran en un buen diccionario etimológico, verían que uno de los significados de esa palabra es interlegere: leer entre líneas. Otro significado es el de reunir información de toda clase y discernir entre las distintas clases de información cuál es la correcta. Eso depende de la opción, de la educación que uno ha recibido, del modo en que vive la vida, etcétera. Después está la inteligencia del cuerpo ‑si es que uno no lo molesta. El cuerpo es un instrumento extraordinario ‑en el modo como todos los nervios están conectados al cerebro, como trabaja el hígado, el corazón. Desde el momento en que nace hasta que muere, el corazón se mantiene latiendo. Es una máquina extraordinaria. ¿Han visto algunas de las fotografías que en la televisión muestran el cuerpo humano? Es asombroso lo que la naturaleza ha hecho en uno o dos millones de años. Pero nosotros destruimos la inteligencia natural del cuerpo haciendo toda clase de cosas extravagantes ‑bebida, drogas, sexo (si bien el sexo tiene su lugar)- ustedes ya conocen toda la secuela de ello, la ambición, la codicia, el pelear, el esforzarse, una tensión tremenda que ejercemos sobre el cuerpo; y el corazón falla. Todo eso afecta el cerebro, los nervios, el organismo. Y así, el instrumento físico, biológico, se va destruyendo gradualmente; poco a poco se marchita, pierde su vitalidad, su energía. Si uno lo deja en paz, el cuerpo cuida de sí mismo, uno no tiene que hacer absolutamente nada ‑excepto para una persona como K, que a los noventa años tiene que cuidarse un poco.

Luego está la inteligencia de un físico ingenioso, o la de un tecnólogo, o la de un hombre que construye una máquina muy, muy compleja, y la inteligencia de las miles de personas que se unieron para enviar un cohete a la luna ‑eso requiere una gran inteligencia y cooperación ‑un cierto tipo de inteligencia. También está la muy aguda, calculada inteligencia que ha inventado todos los rituales del mundo ‑los templos, las mezquitas, las iglesias- controlando a la gente mediante la sucesión apostólica ‑lo siento, si ustedes son católicos, perdónenme por lo que estoy diciendo. (También en la India hay para eso, para ese transmitir de arriba hacia abajo, una palabra en sánscrito). Se requiere una gran inteligencia para controlar a la gente, para hacer que crea en algo que puede existir o no, para hacer que tenga fe, que se bautice. Eso, si ustedes lo han observado, es muy ingenioso, muy inteligente. Los comunistas lo están haciendo; ellos tienen su dios, Lenin, y después de él Stalin, y todo el camino recorrido hasta llegar a los señores actuales. De modo que es el mismo movimiento. Todo eso es muy inteligente sólo de una manera parcial. Y los científicos, los físicos teóricos, también son parcialmente muy inteligentes.

¿Qué es, entonces, una inteligencia holística? ¿Comprenden? La inteligencia total, no fragmentada. Soy inteligente en una dirección, pero en otras direcciones soy torpe. Existe la inteligencia parcial en distintas fases de la vida. Pero nosotros nos preguntamos: ¿Hay una inteligencia que sea completa, que no esté fragmentada? ¿Van ustedes a averiguarlo? ¿O voy a averiguarlo yo y se lo diré a ustedes? Por favor, ¿voy a contestar yo esa pregunta, o la contestarán ustedes?

¿Hay una inteligencia que sea incorruptible, que no se base en las circunstancias, que no sea pragmática ni egocéntrica y, por lo tanto, que no esté fragmentada, que sea total? ¿Existe una inteligencia impecable, que no contenga huecos, que cubra el campo total del hombre? Para investigar eso, el cerebro tiene que estar completamente libre de toda conclusión, de cualquier clase de apego, de cualquier clase de movimiento egocéntrico, libre del interés propio; por lo tanto, ha de ser un cerebro totalmente libre del miedo, del dolor. Cuando el dolor toca a su fin, tras ello hay pasión. La palabra dolor tiene, etimológicamente, un significado más profundo que el mero derramar lágrimas, que la pena, la angustia y la ansiedad. La pasión no es por algo. La pasión es per se, por sí misma. Una creencia puede invocar la pasión en mí, o puede hacerlo la devoción a un símbolo, a una comunidad, a algo que imagino, pero todo eso sigue siendo muy limitado.

Uno ha de descubrir, pues, ha de dar con esta pasión que no es lujuria ni tiene tras sí motivo alguno. ¿Existe una pasión así? Existe cuando el dolor llega a su fin. Cuando el dolor termina, hay amor y compasión. Y cuando hay compasión ‑no por esto o por aquello- entonces esa compasión tiene su propia quintaesencia suprema de inteligencia. Es decir, que esa inteligencia no es del tiempo, no pertenece a ninguna teoría, a ninguna tecnología, a nadie; esa inteligencia no es personal o universal, ni está cercada por las palabras.

¿Hay algún beneficio para el ser humano en la enfermedad física?

¿Hay algún beneficio, recompensa, provecho para el ser humano en la enfermedad física, en estar enfermo? Ahora les formulo esa pregunta a ustedes.

Estoy seguro de que casi todos nosotros hemos estado enfermos una u otra vez, ya sea mentalmente enfermos ‑ésa es una enfermedad del cerebro que se vuelve neurótico, psicopático, etc.- o físicamente enfermos, cuando algún órgano no funciona adecuadamente. Ahora sólo escuchen: ¿Cuál es la diferencia entre la enfermedad y la salud? Qué es la salud? ¿Qué implica sentirse extraordinariamente bien? La pregunta dice: ¿Hay algún provecho, algún beneficio que se derive de la enfermedad? ¿Qué piensan ustedes? A esa pregunta, quien les habla contestaría que sí, que lo hay ‑¡lo siento! Cuando uno está enfermo, ¿cuáles son sus reacciones, sus respuestas? Cuando estamos enfermos el deseo es evitar el dolor, tomar rápidamente una píldora o acudir enseguida al médico, y él nos dice qué tenemos que hacer. Queremos superar rápidamente la enfermedad porque podríamos perder el trabajo, etcétera, etcétera.

Pero si no le tememos a la enfermedad, ésta tiene un significado por completo diferente. Quien les habla, si puedo ser un poco personal, estuvo paralizado durante un mes en Cachemira por diversas razones; al pobre tipo le dieron dosis excesivas de antibióticos, y pocos días más tarde quedó paralizado por un mes. Pensé que era el final. Me dije: Es esto entonces. Quien les habla no tuvo miedo. Dijo: «Muy bien estoy paralizado por el resto de mi vida». Esto ocurrió realmente, no exagero. Estuvieron trasladándome de aquí para allá, bañándome y todas esas cosas durante todo un mes. ¿Saben ustedes lo que eso significa? Afortunadamente no. Pero si yo hubiera luchado contra ello diciendo: «Qué médicos estúpidos, lo que me pasa es por culpa de los antibióticos», lo hubiera empeorado y no habría aprendido nada de ello; ello no habría limpiado mi cuerpo, no me habría beneficiado. Quien les habla ha estado varias veces muy, muy enfermo. No voy a entrar en eso. Pero si uno no tiene miedo de permanecer con la enfermedad, si no corre de inmediato a ver al médico ni toma una píldora, enfermedad física tiene cierto provecho natural, cierto beneficio. Pueden tomar una píldora más tarde, pero enfrentándose a la enfermedad lentamente, pacientemente, observando cuáles son las propias reacciones, por qué existe esta manía de estar sanos, de no experimentar dolor ‑la cual hace que uno resista a la enfermedad. Puede que sea ésta la verdadera razón de la enfermedad. ¿Comprenden todo esto? ¿Está claro? Muy bien.

¿Por qué diferencia usted entre el cerebro y la mente?

Me temo que ésta ha de ser la última pregunta. Quedan varias, pero ésta ha de ser la última. En primer lugar, ¿qué es el cerebro? Recuerden que nosotros no somos profesionales; somos personas comunes, no especialistas del cerebro. Aunque he hablado con especialistas del cerebro, no lo soy ‑subrayo el ‘no’. De manera que nos preguntamos el uno al otro qué es el cerebro, no la estructura físico‑biológica del cerebro ‑no conozco nada al respecto. Pero, ¿qué es esta cosa con la cual vivimos y que opera en nuestra existencia cotidiana? No la conciencia superior o la conciencia inferior. Ustedes conocen ese juego. Es el que juegan los gurús. Ellos les ayudan a ustedes a bajar la conciencia superior y traerla hasta la conciencia inferior, o a alcanzar el más alto grado de conciencia mediante la meditación, mediante la repetición de ciertas prácticas, o mediante el acto de seguirlos a ellos. Nosotros no hacemos ninguna de esas cosas. Pronto llegaremos a lo que es la conciencia. ¿No tienen inconveniente en que examinemos todo esto?

¿Cuál es, entonces, la función, la función cotidiana del cerebro? ‑el cerebro de ustedes, no mi cerebro, el cerebro de ustedes, el cerebro humano, sea que vivan en Suiza, en América, en Rusia o en el Lejano Oriente. ¿Qué ocurre en nuestra vida cotidiana que es el ejercicio del cerebro, el ejercicio del pensamiento, el ejercicio de la opción, de la decisión y de la acción?

Dondequiera que vivamos, la actividad del cerebro juega un gran papel en nuestra vida. ¿Qué es, entonces, este cerebro? Somos aficionados que estamos aprendiendo. Observemos nuestro propio cerebro. Acción y reacción. Sensación. Condicionamiento desde el pasado ‑yo soy hindú usted es cristiano, yo soy budista, usted es musulmán, etcétera, etcétera; yo pertenezco a este país y usted pertenece a aquel otro país; yo tengo creencias muy arraigadas, he llegado a ciertas conclusiones y permanezco fijo en ellas; me apego a mis prejuicios y opiniones que son muy fuertes, quiero realizarme personalmente, quiero llegar a ser algo o alguien -¿entienden? Ésta es nuestra rutina diaria, esto y mucho más: la angustia de la ansiedad, el tremendamente depresivo sentimiento de soledad, y el escapar de esa soledad mediante la televisión, los libros, los rituales, el templo, la mezquita, la iglesia, Dios. Conflicto, conflicto y conflicto. En eso está preso el cerebro todo el tiempo. Esto no es una exageración. Estamos enfrentándonos a hechos. Es así. El cerebro es el centro de todo esto ‑los recuerdos, las reacciones nerviosas, los agrados y desagrados- es el centro mismo de toda nuestra existencia, en lo emocional, en lo imaginativo, en el arte, en la ciencia, en el conocimiento. Por lo tanto, el cerebro es muy, muy limitado y, no obstante, tiene una capacidad extraordinaria. Tecnológicamente ha hecho cosas increíbles, inimaginables cincuenta años atrás. Todo eso es la actividad del condicionado cerebro. Y al vivir dentro de este condicionamiento ‑religioso, político, comercial, etc.- el cerebro es muy limitado, se interesa en sí mismo, está al servicio de sí mismo. Eso es obvio. El cerebro dice: «Yo soy materialista», y también dice: «No, no, soy mejor que eso. Existe un alma». O usa la palabra en sánscrito: «Existe un atman», etc., etc., etc. De modo que la conciencia es todo eso -¿correcto? Se han escrito libros y libros sobre la conciencia ‑profesionales y no profesionales. Pero nosotros no somos profesionales, estamos tratando con ‘lo que es’.

La conciencia es su contenido. Está compuesta por lo que contiene. Contiene ansiedad, creencia, fe, amargura, soledad, odio, violencia ‑ustedes saben, todas las cualidades, las experiencias de los seres humanos. O sea, que nuestra conciencia no es ‘nuestra’, porque todos los seres humanos en esta tierra ‑ya sea el más pobre, el más degradado, o el más altamente refinado, el más educado- todos tienen estos problemas. Pueden ponerse túnicas y guirnaldas y todo ese circo, pero quítenles todo eso y son como ustedes y yo. Por lo tanto, compartimos la conciencia de todos los seres humanos del mundo. Yo sé que no aceptarán esto, pero no importa; éste es un hecho, porque ustedes sufren y ese aldeano de la India que vive con una sola comida al día, también sufre, no del modo en que sufren ustedes, pero igualmente sufre. Los recuerdos de uno pueden ser diferentes de los de otro, pero siguen siendo memoria. La experiencia de uno puede ser diferente, pero sigue siendo experiencia. De modo que nuestra conciencia no es ‘nuestra’. Psicológicamente, es la conciencia de toda la humanidad. Usted puede ser alto, puede ser rubio, yo puedo ser negro, puedo ser pelirrojo, pero no obstante, esa conciencia es común a todos nosotros ‑psicológicamente.

Por lo tanto, uno es toda la humanidad. ¿Saben lo que eso significa? Si lo aceptan como una idea, entonces se alejan del hecho, de la verdad de ese hecho, de su realidad de su sustancia. Cuando existe esa realidad, esa verdad de que uno es los demás seres humanos, entonces todo el movimiento de la vida experimenta un cambio. Uno no matará a otro, porque entonces se está matando a sí mismo. Habla un general norteamericano... ¡Oh!, he olvidado su nombre... Él va a la guerra y se enfrenta al enemigo. E informa al superior: «Nos hemos encontrado con el enemigo. Nosotros somos el enemigo». ¿Comprenden? Nos hemos enfrentado al enemigo en el campo de batalla, pero el enemigo somos nosotros, el enemigo es uno mismo.

Cuando existe, pues, en ustedes esta verdad de que uno es toda la humanidad, descansen en esa verdad, examínenla, tanteen el camino en ella, no la nieguen ni la acepten, entréguense a ella, como el río que fluye. Verán qué transformación profunda ocurre en ustedes, una transformación que no es intelectual ni imaginativa ni romántica. En ella hay un sentido inmenso de compasión, de amor. Y cuando eso existe, uno actúa de acuerdo con la inteligencia suprema.

Tercera sesión de preguntas y respuestas

Jueves, 25 de julio

Hay demasiadas preguntas para poder contestarlas todas, pero se han escogido algunas. Repito, quien les habla no las ha visto.

Antes de que examinemos esas preguntas, ¿puedo contar algo? Se ha estado hablando muchísimo acerca del arte, de lo que es el arte. Yo creo que el significado etimológico de esa palabra es: ponerlo todo en su lugar exacto. ¿Podemos primero hablar un poco de eso?

¿Cuál creen ustedes que sea el más grande de los artes, el arte supremo? ¿Es acaso, el arte de escuchar, de oír, ver, observar, percibir y aprender? Por favor, estamos investigando juntos esta cuestión, quien les habla no está haciéndolo para sí mismo.

Comencemos con el arte de escuchar. Nosotros no escuchamos solamente con los oídos ‑las palabras que vibran y se transmiten al cerebro. Ciertamente, es mucho más que eso. ¿Escuchamos alguna vez a alguien? ¿Escucha uno a su esposa, a su marido, a su novia, escucha realmente lo que ellos comunican, lo que tratan de decir? ¿O lo que dicen uno lo traduce a su propia terminología, comparándolo con lo que uno ya conoce, evaluándolo, juzgándolo, aceptándolo o discrepando con ello? ¿Es eso escuchar? Ahora les estoy hablando (infortunadamente); ¿escuchan ustedes, prestan realmente atención al significado de las palabras, al contenido de las palabras, no traduciendo, no comparando ni juzgando ni concordando ni discrepando ‑sino sólo escuchando? ¿Están haciendo eso ahora? ¿Acaso no es una de las cosas más importantes que hay el modo en que escuchamos a otro? El otro puede estar usando un perfume demasiado fuerte que a uno le repele, o le agrada, y este agrado y desagrado con respecto a un perfume, o a otros factores, pueden impedirle a uno escuchar lo que la otra persona tiene que decir.

Si ustedes han investigado a bastante profundidad este problema, habrán encontrado que una de las cosas más difíciles que hay, es saber escuchar a otro completamente. ¿Lo están haciendo ahora? ¿O están impacientes y cosas así?

Existe, pues, un arte de oír, de escuchar ‑¿correcto? Y hay un arte de ver ‑ver las cosas como son. Cuando miran un árbol, ¿traducen eso inmediatamente en palabras y dicen ‘árbol’? ¿O lo miran, lo perciben, ven su forma, ven la belleza de la luz sobre una hoja, ven la calidad de ese árbol? El árbol, afortunadamente, no está hecho por el hombre; está ahí. De igual modo, ¿nos vemos a nosotros mismos tal como somos, sin condenar, sin juzgar, sin evaluar, etc.? Sólo ver lo que somos, nuestras reacciones y respuestas, nuestros prejuicios y opiniones ‑ver todo eso, no hacer nada al respecto sino solamente observar. ¿Podemos hacerlo?

Existe, pues, un arte de ver las cosas como son, sin nombrarlas, sin quedarnos atrapados en la red de las palabras sin toda la operación del pensar interfiriendo con la percepción. Ese es un gran arte.

Y también hay un arte de aprender, ¿no es así? ¿Qué entendemos por aprender? Generalmente se entiende que el aprender implica memorizar, acumular, atesorar conocimientos para usarlos con o sin destreza ‑aprender un idioma, aprender a leer, a escribir, a comunicarnos, etcétera. Las computadoras modernas pueden hacer la mayoría de esas cosas mejor que nosotros. Son extraordinariamente rápidas. ¿Cuál es, entonces, la diferencia que hay entre nosotros y la computadora? La computadora tiene que ser programada. Nosotros también hemos sido programados de distintas maneras: la tradición, la llamada cultura, el conocimiento. Y también se nos ha programado para ser hindúes, budistas, cristianos, comunistas, etcétera, etcétera. ¿Es solamente todo esto lo que hay que aprender? Estamos inquiriendo. No decimos que no lo sea. Es necesario aprender el modo de manejar un automóvil, aprender un idioma, etcétera. Pero nos preguntamos: ¿Es algo más el aprender? ¿Estamos juntos en esto? No se limiten a mirarme, por favor ‑la persona no es muy interesante. Estamos formulando una pregunta: El aprender, ¿consiste meramente en memorizar? Porque si eso es todo, entonces la computadora puede hacerlo mejor que nosotros. ¿Pero no es mucho más que eso el aprender? Aprender significa aprender constantemente, no acumular, no recoger lo que uno ha visto, lo que ha observado, escuchado, aprendido, y atesorarlo.

Para quien les habla, aprender significa observación constante, un constante escuchar, un moverse sin detenerse jamás, sin tomar jamás una posición, sin retroceder hacia la memoria, y sin dejar que sea la memoria la que actúe. Ése es un gran arte.

Luego está el arte de la disciplina. Esa palabra se deriva de ‘discípulo’, uno que aprende de algún otro, no necesariamente del maestro, del gurú ‑generalmente son más bien tontos- sino que se disciplina a sí mismo conforme a un patrón, como un soldado, como un monje, como una persona que quiere ser muy austera y disciplina su cuerpo ‑todo el proceso de control, dirección, obediencia, subordinación y adiestramiento. Para mí, para quien les habla, esa disciplina es una cosa terrible. Pero si hay un escuchar agudo, no sólo con el oído sino también un escucharnos a nosotros mismos, y escuchar todo lo que sucede alrededor de nosotros, escuchar los pájaros, el río, el bosque, la montaña, y observar al minúsculo insecto sobre la flor (si uno tiene ojos bastante buenos para hacerlo) ‑todo ello constituye una forma de vivir que en sí misma se vuelve la disciplina, hay un movimiento constante.

Volveré a las preguntas... ¡Uff! ¡Hace bastante calor aquí! Hemos tenido los días más maravillosos durante tres semanas, mañanas hermosas, bellos atardeceres, largas sombras, profundos valles azules, un claro cielo celeste y la nieve. Han sido tres semanas maravillosas. Jamás ha habido todo un verano como éste. Así es como las montañas, los valles, los árboles y el río nos dicen adiós. ¿Podemos proseguir con nuestras preguntas?

Yo veo que el pensamiento es el responsable de mi confusión. Y no obstante, al investigar eso se generan más pensamientos, y es algo que no tiene fin. Tenga la bondad de comentar sobre esto.

El pensamiento se asocia con otros pensamientos ‑¿correcto? No hay un pensamiento aislado. Es una serie de movimientos a los que llamamos el pensar. Yo pienso en mis zapatos, luego cómo conservarlos limpios; los lustro (cosa que hago). Así que el pensamiento no puede existir por sí mismo ‑o sea, que no existe un pensamiento sin todas las asociaciones que se conectan con él. Y el pensar es nuestra vida misma. Eso es muy obvio. Ustedes no podrían estar ahí y quien les habla no podría estar aquí si no hubiéramos pensado al respecto. Y pensamos al respecto porque ha habido asociaciones previas ‑la reputación, los libros, y todo el ‘bla bla’, y ustedes vienen aquí y vengo yo, viene quien les habla. No existe, pues, un pensamiento aislado en sí mismo. Es importante que se descubra esto. El pensamiento se relaciona siempre con alguna otra cosa; y en la persecución de un pensamiento surgen otros pensamientos. Quien les habla está lustrando sus zapatos, y al mirar hacia afuera por la ventana ve aquellas montañas, ¡y ya se ha ido allá lejos! Y tiene que regresar y lustrar sus zapatos. Quiero concentrarme en algo y el pensamiento se dispersa en otra dirección. Lo traigo de vuelta y trato de concentrarme. Esto prosigue todo el tiempo, desde la infancia hasta que morimos.

Y cuanto más pienso acerca del pensamiento, tanto más está ahí el pensamiento: «No debo seguir ese curso de pensamiento, tengo que pensar correctamente; ¿existe un pensar correcto?, ¿existe un pensar incorrecto?, ¿existe un pensar deliberado?, ¿cuál es el propósito de mi vida?, etcétera, etcétera». Todo el proceso del pensar empieza y ya no termina. El pensamiento ha hecho las cosas más extraordinarias. Tecnológicamente ha hecho cosas terribles, cosas que espantan. Y ha fabricado los rituales de todas las religiones. Y ha torturado a los seres humanos. Y los ha expulsado arrojándolos de una parte del mundo a otra. Etc., etc. El pensamiento, ya sea oriental u occidental, sigue siendo el proceso del pensar. No es el pensar oriental u occidental, dos cosas separadas. Porque el hilo de conexión es el pensamiento ‑¿correcto? ¿Estamos de acuerdo?

De modo que la pregunta es: ¿Existe un final para el pensamiento? No el modo de pensar de ustedes, o mi modo de pensar, o el afirmar que todos estamos pensando en conjunto, que estamos moviéndonos en la misma dirección. Lo que preguntamos es si el pensamiento puede detenerse alguna vez. O sea, ¿existe un final para el tiempo? El pensar es el resultado del conocimiento, de la memoria. Para adquirir conocimientos uno necesita tiempo. Aun la computadora, que es tan extraordinaria, requiere una fracción de segundo antes de lanzar vertiginosamente lo que tiene que decir. Cuando preguntamos, pues, si el pensamiento puede alguna vez terminar, también estamos preguntando si existe un final para el tiempo. Es una pregunta bastante interesante si la investigan.

¿Qué significa el tiempo para nosotros, no sólo psicológicamente, sino externamente ‑la salida y puesta del sol, el aprender un idioma, etc., etc., etc.? Uno necesita tiempo para ir de aquí hasta allá. Aun el tren o el avión más veloz necesitan tiempo para llegar a alguna parte. De modo que... Por favor, sigan esto: mientras haya una distancia entre ‘lo que es’ y ‘lo que podría ser’, entre ‘lo que soy’ y ‘lo que seré’ ‑puede ser una distancia muy corta o pueden ser siglos de distancia- esa distancia solamente puede ser cubierta por el tiempo. Así que el tiempo implica evolución, ¿verdad? Ustedes plantan la semilla en la tierra, y la semilla toma toda una estación para madurar, para desarrollarse, o toma un millar de años para llegar a ser un árbol completo. Todo lo que crece o deviene necesita tiempo. Todo. Por lo tanto, el tiempo y el pensamiento no son dos movimientos separados. Son un solo movimiento compacto. Y nosotros estamos preguntándonos si el pensamiento y el tiempo pueden detenerse, terminar. ¿Cómo lo averiguarán? Éste ha sido uno de los problemas a que el ser humano ha estado enfrentándose desde el principio del hombre. Este movimiento del tiempo es un círculo; el tiempo es una esclavitud. La esperanza ‘yo espero’ implica tiempo. De modo que el hombre se ha preguntado no si existe la intemporalidad más bien se ha preguntado si existe un final para el tiempo. ¿Comprenden la diferencia?

Ésta es realmente una pregunta muy seria. No estamos investigando lo intemporal. Investigamos si el tiempo, que es pensamiento, puede terminar. Ahora bien, ¿cómo lo descubrirán ustedes? ¿Por medio del análisis? ¿Por medio de la llamada intuición? Esa palabra intuición, que tanto se ha usado, puede ser muy peligrosa, puede ser nuestro deseo oculto. Puede ser nuestro motivo profundamente arraigado del cual no somos conscientes. Puede ser una insinuación de nuestra tendencia, de nuestra propia idiosincrasia, de nuestra particular acumulación de conocimientos. Nos preguntamos, pues: Si uno desecha todo eso, ¿hay un final para el tiempo? Y hemos preguntado: ¿Cómo lo descubrirán ustedes? Ustedes, no quien les habla o algún otro, porque lo que otros dicen carece de importancia.

Tenemos que investigar, pues, muy, muy profundamente la naturaleza del tiempo, cosa que hicimos durante las últimas semanas. También investigamos profundamente la naturaleza del pensar. ¿Puede todo eso ‑el tiempo, el pensar‑ llegar a su fin? ¿O es un proceso gradual? Si es un proceso gradual, su mismo carácter gradual es tiempo, de modo que esa terminación no puede ser gradual -¿correcto? No puede llegar ‘con el tiempo’. No puede ser en el próximo fin de semana o mañana o unos minutos más tarde. Tampoco puede ser en el segundo siguiente. Todo eso admite la presencia del tiempo.

Si uno capta realmente todo esto, si comprende profundamente la naturaleza del pensamiento, la naturaleza del tiempo, la disciplina, el arte de vivir ‑y permanece con ello quietamente, no lo cubre con toda clase de movimientos sino que permanece con ello- entonces hay una vislumbre, una percepción de su naturaleza que no se relaciona con la memoria, con nada. ¡Descúbranlo! Quien les habla puede fácilmente decir: sí, así es. Eso sería demasiado infantil. A menos que experimentemos ‑sin decir meramente ‘sí, sí’, o aceptarlo- a menos que lo investiguemos verdaderamente, experimentando, impulsando profundamente nuestra exploración, no podremos dar con un extraño sentido de intemporalidad.

La segunda pregunta dice: Por favor, háblenos más del tiempo y de la muerte.

Hemos hablado muchísimo acerca del tiempo, del pensamiento y de la relación que el tiempo tiene con la muerte. ¿Qué relación tiene el pensamiento, el pensar, con esta cosa extraordinaria llamada muerte? Si uno le tiene miedo a la muerte, entonces jamás verá la dignidad, la belleza y profundidad de la muerte. El miedo es causado por el pensamiento y el tiempo. Eso ya lo hemos investigado muy detenidamente. El miedo no existe por sí mismo. Existe cuando hay exigencia de seguridad, no sólo seguridad biológica, física, sino mucho más. Al parecer, los seres humanos exigen, requieren, insisten en estar psicológicamente seguros.

Por lo tanto, tenemos que investigar la seguridad, que consiste en sentirse a salvo, protegido. La seguridad significa protección, ¿no es así? Yo tengo que proteger aquello que me ofrece seguridad, ya sea la seguridad de la posición social la seguridad del poder, o la seguridad de muchas posesiones. Tener millones en el banco nos da una gran sensación de seguridad. Poseer un buen chalet nos da seguridad. La seguridad implica también tener una compañera o un compañero que estará junto a uno, que lo ayudará, que lo confortará, que le dará lo que él o ella necesitan. Así es como buscamos seguridad en la familia. La buscamos en la comunidad, en la nación, en la tribu; y esa misma condición tribal, nacionalista, impide esa seguridad, porque hay guerra, porque una tribu mata a otra tribu, porque un grupo destruye a otro grupo. De modo que físicamente se está volviendo más y más difícil estar seguro. Los terroristas pueden penetrar en esta carpa y volarnos a todos.

Nosotros no sólo necesitamos seguridad física, sino que también buscamos la seguridad psicológica. La seguridad psicológica es nuestra mayor exigencia. Pero nos preguntamos: ¿Existe en absoluto la seguridad psicológica? Tengan la bondad de formularse a sí mismos esta pregunta que es realmente muy seria: Internamente, subjetivamente, como si dijéramos dentro de la piel, ¿existe en absoluto seguridad alguna? Yo puedo depender de ustedes como auditorio, y ustedes pueden depender de mí como orador. Si quien les habla buscara seguridad en ustedes y no tuviera a nadie a quien hablarle, entonces se sentiría terriblemente inseguro. ¿Existe, pues, en absoluto la seguridad psicológica?

El mundo está cambiando constantemente de día en día; es un fluir tremendo. ¡Es algo tan obvio! Físicamente uno necesita un poco de seguridad para sentarse aquí, para que discutamos juntos, pero eso se está restringiendo gradualmente. Uno no puede hacerlo en los países comunistas. De modo que uno reconoce el hecho de que psicológicamente no existe la seguridad. Ésa es la verdad: psicológicamente, la seguridad no existe. Yo puedo tener una creencia, puedo tener fe, pero viene alguien y destroza todo eso. Cuando más me fortalezco en una creencia, más puede esa creencia ser despedazada. Puedo tener fe en algo, en un símbolo, en una persona, pero eso puede ser destrozado por los argumentos, por la lógica. De manera que no existe en absoluto la seguridad psicológica. Aunque la hayamos buscado, aunque hayamos tratado de realizarnos, de hacerlo todo para sentirnos psicológicamente seguros, al final de ello está la muerte.

Está la muerte. Y la muerte es la cosa más extraordinaria. Pone fin a la larga continuidad. En esa continuidad esperamos encontrar la seguridad, porque el cerebro puede funcionar excelentemente sólo cuando está completamente seguro ‑seguro con respecto al terrorismo, seguro en una creencia, seguro en el conocimiento, etc., etc. Todo eso toca a su fin cuando llega la muerte. Yo puedo tener esperanzas en la próxima vida y toda esa tontería, pero la muerte es realmente el final de una larga continuidad. Yo me he identificado con esa continuidad. Esa continuidad soy yo. Y la muerte dice: «Lo lamento, viejo, ése es el final». Y uno no está asustado de la muerte, realmente no lo está, porque uno está viviendo constantemente con la muerte ‑o sea que está muriendo constantemente. No continuando y muriendo, sino muriendo cada día para todo cuanto uno ha acumulado, memorizado, experimentado.

El tiempo nos da la esperanza, el pensamiento nos brinda consuelo, nos asegura una continuidad, y decimos: «Bueno, en la próxima vida...» Pero si no termino con esta tontería ahora, con la estupidez, con las ilusiones y todo eso, esas cosas estarán ahí en la próxima vida ‑si es que existe una próxima vida.

De modo que el tiempo, el pensamiento, dan continuidad, y nosotros nos aferramos a esa continuidad, por lo cual hay miedo. Y el miedo destruye el amor. Amor, compasión y muerte. No son movimientos separados.

Nos preguntamos, pues: ¿Podemos vivir con la muerte, y pueden terminar el pensamiento y el tiempo? Está todo relacionado. No separen el tiempo, el pensamiento y la muerte. Es todo una sola cosa.

¿Acaso no es violencia y corrupción tener seguridad física mientras otros se mueren de hambre?

¿Quién formula esta pregunta? Por favor, quien les habla se lo está preguntando a ustedes: ¿Quién ha formulado esta pregunta? ¿Es el hombre que está físicamente seguro y tiene consideración del pobre, por el que padece hambre, o es el que padece hambre el que pregunta esto? Si usted y yo estamos bien acomodados, podemos formular esta pregunta. Si usted y yo fuéramos realmente muy pobres, ¿formularíamos esta pregunta? Vea, hay demasiados reformadores sociales en el mundo, los ‘benefactores’. No examinaré eso ahora porque no tenemos tiempo para ello. Considérenlo cuidadosamente. Haciendo algo por el pobre, ¿no se están realizando ellos mismos en el trabajo social? Cuando quien les habla estuvo en la India se le formuló esta pregunta: «¿Qué hace usted por los pobres? Ellos se están muriendo de hambre, usted se ve bien alimentado; ¿qué hace usted?» Por lo tanto, digo: ¿Quién formula esta pregunta? Quien les habla no la está eludiendo. Él ha sido criado en la pobreza. ¿Es, entonces, él cuando era joven y vivía en la pobreza, el que formula esta pregunta?

En el mundo hay mucha miseria; están los barrios pobres y superpoblados donde se vive en condiciones espantosas (En Suiza, aparentemente, no existen esos barrios. ¡Gracias a Dios!) Y también hay ghetos, hay gente muy, muy, muy pobre que sólo puede tener una comida diaria, etc., etc. ¿Qué hacemos al respecto? Ésa es realmente la pregunta, ¿verdad? Usted tal vez sea rico, y puede que yo no sea tan rico, pero la pregunta es: Nosotros, seres humanos que vemos todo esto, ¿qué hacemos al respecto? ¿Cuál es nuestra responsabilidad? ¿Estamos preocupados ‑por favor, no estoy evadiendo la pregunta- estamos preocupados por la pobreza? Pobreza. ¿Qué significa eso? ¿Pobreza física? ¿O pobreza psicológica? ¿Comprenden? Ser pobre psicológicamente, en el sentido de que uno puede poseer muchísimos conocimientos acerca de la psiquis pero sigue siendo pobre. El psicoanalista es pobre, y trata de corregir a la otra persona que también es pobre.

¿Qué es, entonces, la pobreza? Ser pobre, carecer de refinamiento, ser un ignorante... Entonces, ¿qué es la ignorancia? ¿No haber leído libros, no saber escribir, tener una comida diaria, vestir un taparrabo? ¿O la pobreza comienza en lo psicológico? Si soy rico internamente, puedo hacer algo. Si yo mismo soy pobre internamente, la pobreza externa nada significa.

Tenemos que comprender, pues, no sólo qué es la pobreza, sino también todo lo que esa comprensión implica: simpatía, generosidad. Si uno posee una camisa, la da. Una vez, quien les habla estaba caminando bajo la lluvia en la India cuando se le acercó un niño diciendo: «Dame tu camisa». Yo dije: «Muy bien». Y se la di. Entonces dijo: «Dame tu camiseta». Yo le contesté: «Un momento. Ven conmigo a la casa. Podrás tener cualquier cosa que quieras, alimento, ropa, lo que gustes ‑dentro de ciertos limites, desde luego». Así que vino conmigo tomado de mi mano; era muy pobre, estaba sucio. Llovía a cántaros y caminamos juntos hasta la casa. Lo dejé solo y subí al piso de arriba para conseguirle algunas ropas. Y el niño se puso a recorrer la casa examinando cada aparador, curioseándolo todo. La persona con la que se hospedaba quien les habla, atrapó al niño y le preguntó: «¿Qué estás haciendo en esta parte de la casa?» «Él me pidió que entrara», contestó el niño. «Pero no te pidió que subieras al piso de arriba y lo examinaras todo. ¿Por qué lo estás haciendo, entonces?» Y el niño se asustó bastante y dijo: «Mi padre es un ladrón». Él estaba inspeccionando la casa.

De modo que tenemos que habérnoslas con la pobreza no sólo externamente, sino también internamente. Tal vez no habría pobreza en el mundo si las naciones se reunieran y dijeran: «Tenemos que resolver este problema». Podrían hacerlo. Pero las nacionalidades las dividen, las comunidades las dividen, las religiones las dividen. Y así es como todo el mundo se opone a una clase de acción que deseche todas nuestras nacionalidades, nuestras creencias, nuestras religiones, y realmente ayude a que, trabajando en conjunto, solucionemos este problema externo de la pobreza. Nadie hará esto. Hemos hablado con los políticos, con personas que ocupan las más altas posiciones, pero ellas no se interesan en esto. De modo que comencemos con nosotros mismos.

¿Cómo puede nuestro limitado cerebro captar lo ilimitado, que es belleza y verdad? ¿Cuál es la base de la compasión, de la inteligencia, y cómo puede ello dar realmente con cada uno de nosotros? ¿Correcto? ¿Está clara la pregunta?

¿Cómo puede nuestro limitado cerebro captar lo ilimitado? No puede, porque es limitado. ¿Podemos captar la significación, la profundidad de la característica del cerebro y reconocer el hecho ‑el hecho, no la idea- de que nuestros cerebros están limitados por el conocimiento, por las especialidades, por las disciplinas particulares, por pertenecer a un grupo, a una nacionalidad y todo eso, lo cual es básicamente el interés propio disimulado, oculto por toda clase de cosas ‑túnicas, guirnaldas, rituales? Esencialmente, esta limitación aparece cuando hay interés propio. ¡Es tan obvio! Cuando yo me intereso en mi propia felicidad, en mi propia realización, en mi propio éxito, ese mismo interés propio limita la calidad del cerebro y la energía del cerebro ‑como lo explicamos, quien les habla no es un especialista en cerebros, aunque ha hablado al respecto con algunos profesionales.

Ese cerebro, por millones de años, ha evolucionado con el tiempo, la muerte y el pensamiento. La evolución implica toda una serie de acontecimientos temporales, ¿no es así? Para elaborar todos los rituales religiosos se necesitó tiempo. Así, el cerebro se ha condicionado, se ha limitado por su propia voluntad, buscando su seguridad propia, manteniéndose dentro de su propio corral, diciendo: «Yo creo», «yo no creo», «estoy de acuerdo», «no estoy de acuerdo», «ésta es mi opinión», «éste es mi juicio» ‑interés propio. Ya sea en las jerarquías religiosas, o entre los diversos políticos notables, o en el hombre que busca el poder a través del dinero, o en el profesor con sus tremendos conocimientos académicos, o en los gurús ‑todos los cuales hablan de bondad, de paz y esas cosas- ello forma parte del interés propio. Enfréntense a todo esto.

De este modo nuestro cerebro se ha vuelto muy, muy, muy pequeño ‑no en su forma o tamaño, sino que se ha reducido en su calidad, la cual posee una capacidad inmensa. Inmensa. El cerebro ha progresado tecnológicamente, y también tiene una capacidad inmensa para penetrar muy, muy, muy profundamente en lo interno, pero el interés propio lo limita. Es algo muy sutil poder descubrir dónde se oculta el interés propio. Puede ocultarse detrás de una ilusión, en la neurosis, en el fingimiento, en algún nombre de familia. Para descubrirlo, hay que mirar debajo de cada piedra, de cada brizna de hierba. O uno se toma tiempo para descubrirlo ‑lo cual nuevamente se vuelve una esclavitud- o uno ve la cosa, la capta, la percibe instantáneamente. Cuando la percepción es completa, abarca la totalidad del campo.

El interlocutor pregunta, pues, cómo puede el cerebro, que está condicionado, captar lo ilimitado que es belleza, amor y verdad. Pregunta cuál es la base de la compasión y la inteligencia, y si ello puede dar con nosotros ‑con cada uno de nosotros. ¿Invita usted a la compasión? ¿Invita a la inteligencia? ¿Invita a la belleza, al amor, a la verdad? ¿Trata usted de captarlos? Se lo pregunto. ¿Trata usted de captar la calidad de la inteligencia y la compasión, el inmenso sentido de la belleza, el perfume del amor, y esa verdad hacia la cual no hay sendero alguno? ¿Es eso lo que usted está tratando de captar ‑desea descubrir la tierra donde ello reside? ¿Puede captar esto el limitado cerebro? Usted no puede captarlo, no puede asirlo, aunque practique toda clase de meditaciones, aunque ayune y se torture a sí mismo y se vuelva terriblemente austero y vista un taparrabo o una túnica. El rico no puede dar con la verdad, ni lo puede el pobre, ni las personas que han tomado votos de castidad, de silencio, de austeridad. Todo eso lo determina el pensamiento, lo produce consecuentemente el pensamiento; todo es el cultivo de un pensamiento deliberado, de un propósito deliberado. Como una persona que le dijo a quien les habla: «Denme doce años y haré que vean ustedes a Dios».

Por eso, como el cerebro es limitado, haga usted lo que haga, se siente con las piernas cruzadas en la postura del loto, entre en trance, medite, se pare sobre la cabeza o en una sola pierna, haga lo que haga, jamás dará con ello. La compasión no llega de ese modo.

Por lo tanto, uno tiene que comprender qué es el amor. El amor no es sensación. El amor no es placer, deseo, realización. El amor no es celos, no es odio. El amor contiene simpatía, generosidad y tacto, pero estas cualidades no son el amor. Comprender eso, dar con eso, requiere un gran sentido de apreciación de la belleza. No la belleza de una mujer o de un hombre o de una estrella de cine. La belleza no está en la montaña, en los cielos, en los valles o en el ondeante río. La belleza existe sólo donde hay amor. Y la belleza como el amor, es compasión. No hay suelo en que la compasión se asiente para nuestra conveniencia. Esa belleza, ese amor, esa verdad es la más elevada forma de inteligencia. Cuando esa inteligencia existe, hay acción, claridad, un extraordinario sentido de dignidad. Es algo inimaginable. Y lo que no puede imaginarse, lo ilimitado, no puede ser puesto en palabras. Puede describirse, los filósofos lo han descrito, pero los filósofos que lo han descrito no son aquello que han descrito.

Para dar, pues, con este gran sentido de la belleza, el yo, el ego, la actividad egocéntrica, el devenir, han de estar ausentes. Tiene que haber en uno un gran silencio. Silencio implica vacío de todo. En ese vacío hay un vasto espacio. Donde existe ese vasto espacio, hay una energía inmensa, no la energía del interés propio ‑una energía ilimitada.

Contraportada

Este libro conmemora las últimas pláticas de Krishnamurti en Saanen, Suiza, donde por veinticinco años sostuvo reuniones internacionales todos los veranos. En estas cinco pláticas y en las tres sesiones de preguntas y respuestas, Krishnamurti recalca una y otra vez que él no es un gurú ni un líder, sino que juntos él y su auditorio, están investigando como amigos la difícil situación que atraviesa el ser humano; juntos investigan profundamente por qué el hombre, a pesar de su asombroso avance tecnológico, ha seguido siendo internamente un bárbaro; juntos sondean en cuestiones tan vitales como el conflicto, el desorden, la culpa, el deseo, el miedo, el dolor, el arte de vivir, la belleza, el pensamiento, la meditación, el tiempo, el amor y la muerte.

Cada uno de nosotros, sostiene Krishnamurti, es responsable por la espantosa violencia que hoy impera en el mundo, puesto que éste es lo que somos nosotros ‑nacionalista, egocéntrico, codicioso, ambicioso, lleno de prejuicios- y ello ha creado la ansiedad en que vivimos. Unicamente mediante una completa transformación en nosotros mismos, podemos ayudar a producir un cambio en la condición del mundo. Y esa transformación sólo puede ser instantánea, porque lo que somos ahora es lo que seguiremos siendo mañana. El cambio gradual es inútil.

Krishnamurti se había propuesto que la reunión de Saanen en el verano de 1985 fuera la última. Sentía que, a los noventa años, tenía que reducir sus viajes. Falleció el 17 de febrero de 1986. Para quienes han visitado Saanen y para aquellos que han leído sus libros pero nunca han estado allá, este volumen se yergue como un monumento a un gran maestro religioso.

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