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Al final del dolor esta la pasion

Segundo Conferencia pública en Washington, DC, 1985

Sábado 20 Abril 1985

¿Podemos proseguir con lo que dejamos ayer? Estuvimos hablando sobre el temor y la terminación del temor. Y también hablamos sobre la responsabilidad de cada uno de nosotros enfrentado a lo que está sucediendo en el mundo, a la espantosa, temible confusión en que nos hallamos. Somos todos responsables ‑individualmente, colectivamente, nacionalmente, religiosamente- por lo que hemos hecho del mundo. Después de milenios y milenios, hemos permanecido siendo bárbaros, lastimándonos, matándonos, destruyéndonos unos a otros. Hemos tenido libertad para hacer exactamente lo que nos place, y eso ha creado estragos en el mundo. La libertad no es para hacer lo que se nos antoja, sino que consiste más bien en estar libres de todo el tormento de la vida, de nuestros problemas, de nuestras ansiedades, de nuestro miedo, libres de nuestras heridas psicológicas, de todo el conflicto que hemos tolerado por tantos milenios.

Y también dijimos que esta reunión no es una conferencia sobre algún tema en particular, para informar, para instruir. Tiene que ver, más bien, con nuestra responsabilidad de investigar, de explorar juntos todos los problemas de nuestra vida cotidiana ‑no ciertos conceptos especulativos o filosóficos-, de comprender el diario sufrir, el hastío, la soledad, la desesperación, la depresión, y el inacabable conflicto con que el hombre ha vivido.

Esta mañana tenemos que cubrir mucho terreno. Ayer señalamos que ésta no es una reunión donde el que habla les estimula intelectualmente, emocionalmente o de cualquier otra manera. Nosotros dependemos mucho de la estimulación, la cual es una forma de mercantilismo: drogas, alcohol, y todos los diversos recursos de la sensación. Y no sólo deseamos sensación, sino excitación. Pero ésta no es una reunión de esa clase. Juntos vamos a investigar nuestra vida, nuestra vida cotidiana; o sea, comprendernos a nosotros mismos, lo que somos realmente, no teóricamente, no conforme a algún filósofo o algún psiquiatra. Si podemos descartar todo eso y observarnos, mirarnos a nosotros mismos tal como somos realmente, sin deprimirnos ni enorgullecernos, comprenderemos toda la estructura psicológica de nuestro ser, de nuestra existencia.

Dijimos ayer que una de las cosas por las que los seres humanos pasan durante toda su vida, es alguna forma de miedo. Examinamos eso muy cuidadosamente y vimos que el tiempo y el pensamiento son la raíz del miedo. E investigamos lo que son el tiempo y el pensamiento. El tiempo no es sólo el pasado, el presente y el futuro, sino que está en el ahora. En el presente está contenido todo el tiempo, porque lo que somos ahora, eso seremos mañana a menos que haya una gran mutación fundamental en la psique misma, en las mismas células cerebrales.

Si uno puede señalarlo, ustedes y quien les habla están emprendiendo un viaje juntos, un largo y complicado viaje. Para emprender ese viaje uno no tiene que estar atado a ninguna forma particular de creencia ‑porque entonces ese viaje es imposible-, a ninguna fe ni a ningún tipo de conclusión, ideología o concepto. Es como escalar el Everest o alguna de las otras grandes, maravillosas montañas del mundo; uno ha de dejar atrás muchas cosas, no llevar consigo todas sus cargas al ascender por las empinadas laderas. Por lo tanto, haremos el viaje juntos. Y quien les habla quiere decir juntos, no que él esté hablando y ustedes asintiendo o disintiendo con lo que dice ‑si podemos dejar completamente a un lado esas dos palabras, entonces seremos capaces de hacer el viaje juntos-. Algunos pueden querer avanzar muy rápidamente y otros pueden quedarse atrás, pero éste es un viaje que emprendemos juntos.

También debemos discutir juntos por qué los seres humanos han perseguido siempre el placer. Jamás hemos investigado qué es el placer, por qué deseamos placer inacabable en distintas formas: placer sexual, sensorio, intelectual, el placer de la posesión, el placer de adquirir una gran destreza, el placer que derivamos del poseer mucha información, conocimiento y la gratificación extrema de lo que llamamos Dios.

Por favor, no se enojen ni se irriten ni quieran arrojarle alguna cosa a quien les habla. Este es un mundo violento. Si ustedes no lo consienten, ellos los matan. Esto es lo que está sucediendo. Y aquí no estamos tratando de matarnos el uno al otro, no estamos haciendo ninguna clase de propaganda ni tratamos de convencerles de nada.

Pero vamos a enfrentarnos a la verdad de las cosas, no a vivir de ilusiones. Con ilusiones es muy difícil observar. Si se engañan ustedes a sí mismos y no afrontan las realidades, entonces se vuelve imposible que se miren a sí mismos. Sólo en el espejo de la relación es posible que nos miremos a nosotros mismos con mucha claridad, exactitud y precisión; ese es el único espejo que tenemos. Cuando nos miramos a nosotros mismos mientras nos peinamos o nos afeitamos o lo que fuere que estemos haciendo con nuestra apariencia, ese espejo refleja exactamente nuestro aspecto personal.

Psicológicamente, ¿hay un espejo así en el cual podamos ver con exactitud y precisión lo que realmente somos? Como dijimos, hay un espejo así, y es nuestra relación, por intima que pueda ser, ya sea con un hombre o con una mujer; en esa relación vemos lo que somos ‑si es que nos permitimos a nosotros mismos ver lo que somos-. Vemos cómo nos enojamos, vemos nuestro carácter posesivo, todas esas cosas.

El hombre ha perseguido incesantemente el placer, en el nombre de Dios, en el nombre de la paz, en el nombre de la ideología; y luego está el placer del poder ‑tener poder sobre otros, poder político-. ¿Han notado ustedes qué cosa fea es el poder, cuando uno domina a otro en cualquier forma? El poder es una de las cosas malignas que hay en la vida. Y el placer es la otra cara de la moneda del miedo. Cuando uno comprende a fondo, profundamente, seriamente, la naturaleza del miedo ‑examinamos eso ayer, no lo haremos nuevamente-, entonces el placer es deleite: ver algo bello, ver la luz del atardecer o de la mañana, el amanecer, los colores maravillosos, el reflejo del sol en el agua ‑eso es deleite-. Pero nosotros cultivamos el recuerdo de eso como placer.

Y tampoco sé si han investigado ustedes el problema de la acción. ¿Qué es la acción? Todos estamos tan activos de la mañana a la noche, no sólo en lo físico sino en lo psicológico ‑con el cerebro parloteando interminablemente, yendo incesantemente de una cosa a otra-. Durante el día y durante la noche en sueños, el cerebro nunca descansa, está perpetuamente en movimiento. ¿Qué es la acción, el hacer? La palabra misma ‘acción’, está en el presente, no es ‘haber hecho’ o ‘haré’. Acción significa ‘hacer’ algo ahora, hacerlo con exactitud, completamente, holísticamente ‑si puedo usar esa palabra-, una acción que es total, completa, no parcial. Cuando la acción se basa en alguna ideología, no es acción, ¿verdad? Es un ajuste a cierto patrón que uno ha establecido y, por lo tanto, es una acción incompleta, conforme a algún recuerdo, a alguna conclusión. Si uno actúa conforme a cierta ideología, a cierto patrón o a determinada conclusión, esa acción sigue siendo incompleta; contiene una contradicción. Uno ha de investigar, pues, este muy complejo problema de la acción.

¿Está la acción relacionada con el desorden o con el orden? ¿Comprenden? Nosotros vivimos en el desorden; nuestra vida es desordenada, confusa, contradictoria ‑diciendo una cosa, haciendo otra; pensando una cosa y haciendo completamente lo contrario-. ¿Qué es, pues, el orden y qué es el desorden? Tal vez ustedes no han pensado en todas estas cosas, así que pensemos juntos en esto y, por favor, no dejen que me hable a mí mismo. Todavía es temprano en la mañana, y tienen todo un día por delante. Así que, juntos, prestemos atención a esta pregunta: ¿Qué es el orden y qué es el desorden, y qué relación tiene la acción con el orden y el desorden?

¿Qué es el desorden? Miren el mundo si quieren; el mundo se halla en desorden. Están sucediendo cosas terribles. Muy pocos de nosotros sabemos realmente que está sucediendo en el mundo científico, en el mundo del arte de la guerra, toda las cosas espantosas que ocurren en otras naciones. Y la pobreza que hay en todos los países, el rico y el terriblemente pobre, siempre la amenaza de la guerra, un grupo político contra otro grupo político. Está, pues, este tremendo desorden. Esa es una realidad, no es una invención o una ilusión. Hemos creado este desorden porque nuestro vivir mismo es desordenado. Y tratamos de crear orden a través de todas las reformas sociales y esas cosas. Sin comprender el desorden y, con ello, ponerle fin, tratamos de encontrar orden. Es como una mente confusa que trata de encontrar claridad. Una mente confusa es una mente confusa, no puede encontrar claridad. Por lo tanto, ¿puede terminar el desorden en nuestra vida, en nuestra vida cotidiana? ¿Puede haber orden, no en el cielo o en otro lugar, sino en nuestra vida de todos los días? ¿Puede llegar a su fin el desorden? Cuando el desorden termina, hay naturalmente orden. Ese orden es algo viviente, no es según un determinado molde o patrón.

Estamos, pues, investigando, mirándonos a nosotros mismos y aprendiendo acerca de nosotros mismos. El aprender es diferente del adquirir conocimientos. Por favor, tengan la bondad de prestar un poquito de atención a esto: que el aprender es un proceso infinito, sin límites, mientras que el conocimiento es siempre limitado. Y aprender significa no sólo observar visualmente, ópticamente, sino también observar sin distorsión alguna, ver las cosas exactamente como son.

Eso requiere la disciplina del que está apren­diendo, no la terrible disciplina de la ortodoxia, de la tradición, o de seguir ciertas reglas, preceptos, etc. Aprender ‑aprender mediante una clara observación, escuchar lo que el otro está diciendo, escucharlo sin distorsión alguna-. Y el aprender no es acumulativo, porque uno se está moviendo. ¿Comprenden todo esto? Así, aprendiendo qué es el desorden dentro de nosotros mismos, el orden llega muy naturalmente, fácilmente, inesperadamente. Y cuando hay orden, el orden es virtud. No hay otra virtud excepto el orden completo; ese orden es completa moralidad, no alguna moralidad impuesta o prescrita.

Debemos, entonces, considerar juntos toda esta cuestión del dolor. ¿No se oponen? Porque los hombres y las mujeres y los niños de todo el mundo, ya sea que vivan detrás de la Cortina de Hierro ‑lo cual es muy desafortunado para ellos- o que vivan en Asia, Europa o aquí, todos los seres humanos, ricos o pobres, intelectuales o solamente profanos como nosotros, pasan por todas las formas del sufrimiento. ¿Han mirado ustedes alguna vez a toda la gente que ha llorado a través de siglos, de miles de guerras? Hay un dolor inmenso en el mundo. No es que no haya asimismo placer, etc., pero en la comprensión y, tal vez, terminación del dolor, encontraremos algo mucho más grande.

Hemos de investigar, pues, esta compleja cuestión del dolor, si es que puede terminar alguna vez o si el hombre está condenado a sufrir para siempre ‑sufrir no sólo físicamente sino psicológicamente-. En lo interno hemos padecido enormes sufrimientos, tal vez sin decir una palabra al respecto, o llorando a lágrima viva.

Durante toda esta larga evolución del hombre, desde el principio de los tiempos hasta ahora, todos los seres humanos en esta tierra han sufrido. El sufrimiento no es sólo la pérdida de alguien a quien creemos amar o pensamos que nos agrada, sino que está también el sufrimiento del muy pobre, del analfabeto. Si van ustedes a la India o a otras partes del mundo, ven a gente que camina millas y millas para ir a la escuela, niñas y niños pequeños. Ellos nunca serán ricos, nunca manejarán un automóvil, probablemente nunca tendrán un baño caliente. Tienen un solo sari o un solo vestido ‑lo que sea que vistan-, y eso es todo. Y eso es dolor. Y el hombre que pasa al lado en un automóvil y mira esto, sufre si es de algún modo sensible, si está alerta. Y está el dolor de la ignorancia; no la ignorancia respecto al escribir, a la literatura y a todas esas cosas, sino el dolor de un hombre que no se conoce a sí mismo. Hay múltiples formas de dolor.

Preguntamos: ¿Puede este dolor terminar para cada uno de nosotros? Está el dolor en uno mismo, y está el dolor del mundo. Miles de guerras, gente mutilada, crueldad espantosa. Todas las naciones de la tierra han cometido crueldades. Es terrible, y seguimos perpetuando esa crueldad. La crueldad trae enorme sufrimiento. Viendo todo esto, no en un libro, no a través de un viajero que va al exterior para divertirse, sino viajando como ser humano, solo observando, estando sencillamente alerta a todo esto, uno ve que el dolor es algo terrible. ¿Puede ese dolor llegar a su fin?

Por favor, formúlense esa pregunta a sí mismos. Quien les habla no los está estimulando para que experimenten el dolor; no les está diciendo qué es el dolor; el dolor está justo frente a ustedes, al lado de ustedes. Nadie tiene que señalárselo si mantienen abiertos los ojos, si son sensibles, si están alertas a lo que está sucediendo en este mundo monstruoso. Así que, por favor, pregúntense a sí mismos si el dolor puede terminar alguna vez. Porque, como ocurre con el odio, cuando hay dolor no hay amor. Cuando uno sufre, cuando está interesado en su propio sufrimiento, ¿cómo puede haber amor? Por lo tanto, uno debe formularse esta pregunta, por difícil que sea encontrar, no la respuesta, sino la terminación del dolor.

¿Qué es el dolor? No sólo el dolor físico y el dolor constante de una persona que está paralizada o mutilada o enferma, sino también el dolor de perder a alguien ‑la muerte-. Hablaremos en seguida de la muerte. ¿Es el dolor autocompasión? Por favor, investiguen. No decimos que lo sea o que no lo sea. Estamos preguntando si el dolor es causado por la autocompasión, si ése es uno de los factores que lo originan. ¿Es la soledad, el sentirse uno desesperadamente solo, lo que da origen al dolor? No solo (alone) en el sentido de ‘totalmente uno’ (all one)1, sino el sentirse aislado y no tener, en ese aislamiento, relación con nada.

¿Es el dolor un asunto meramente intelectual que debe ser racionalizado, explicado? ¿O puede uno vivir con el dolor sin deseo alguno de consuelo? ¿Comprenden? Vivir con el dolor, no escapar de él, no racionalizarlo, no encontrar algún consuelo evasivo o exclusivo ‑algún romántico escape religioso o ilusorio-, sino vivir con algo que tiene una significación tremenda. El dolor no es sólo una conmoción física, cuando uno pierde a un hijo, o al marido, o a la esposa o compañera, lo que fuere; ese es un tremendo choque biológico que lo mantiene a uno casi paralizado. ¿No conocen ustedes todo esto?

También está el sentimiento de desesperada soledad. ¿Podemos mirar el dolor tal como realmente es en nosotros, y permanecer con el dolor, retenerlo sin escapar de él? El dolor no es diferente de aquel que sufre. La persona que sufre quiere huir, escapar, hacer toda clase de cosas. Pero si miran ustedes el dolor como miran a un niño, a un hermoso niño, y permanecen con él sin escapar jamás, entonces verán por sí mismos ‑si de veras miran profundamente- que hay una terminación para el dolor. Y donde el dolor termina, hay pasión; no lujuria, no estimulación sensoria, sino pasión.

Muy pocos tenemos esta pasión. Y es a causa de que estamos tan consumidos por nuestras propias aflicciones, por nuestras propias penas, por nuestra propia compasión y vanidad. Tenemos muchísima energía ‑miren lo que está sucediendo en el mundo-, una energía tremenda para inventar cosas nuevas, nuevos artefactos, nuevos medios de matar a otros. El ir a la luna requiere una energía y una concentración extraordinarias, tanto en lo intelectual como en todo lo demás. Tenemos una energía enorme, pero la disipamos a través del conflicto, del miedo, del interminable parlotear acerca de nada. Y la pasión contiene una energía tremenda. Esa pasión no es consecuencia del estimulo; no busca estímulos, está ahí, como una llama ardiente. Sólo adviene cuando hay una terminación del dolor.

Cuando ocurre en nosotros esta terminación del dolor, ello no es algo personal, puesto que uno es el resto de la humanidad, como dijimos ayer en la tarde. Todos sufrimos; todos pasamos por el dolor de la soledad, todos los seres humanos en esta tierra, ricos o pobres, ilustrados o ignorantes, sufren ansiedades tremendas ‑conscientes o inconscientes-. Nuestra conciencia no es ‘nuestra’, es la conciencia humana. En el contenido de esa conciencia están todas nuestras creencias, nuestros pesares, nuestras vanidades, nuestra autocompasión, nuestra arrogancia, nuestra búsqueda de poder, de posición. Todo eso es nuestra conciencia, la cual es compartida por todos los seres humanos. Por consiguiente, no es mi conciencia particular. Y cuando uno comprende eso, no verbalmente o intelectualmente o teóricamente o como un concepto, sino como una realidad, entonces no lastimará a otro, no matará a otro, sino que tendrá otra cosa enteramente distinta, de una dimensión por completo diferente.

También debemos considerar juntos esta gran cuestión de lo que es el amor. Nosotros utilizamos la palabra ‘amor’ muy sueltamente, se ha vuelto algo meramente sensorio, sexual; el amor se identifica con el placer. Y para dar con ese perfume del amor, uno debe examinar la cuestión de lo que no es amor. A través de la negación uno llega a lo positivo, no a la inversa. ¿Me expreso con claridad? Mediante la negación de lo que no es amor, uno llega a eso que es inmensamente verdadero: el amor.

El amor, pues, no es odio, obviamente. El amor no es vanidad, arrogancia. El amor no se encuentra en manos del poder. Estar en el poder, desear el poder ‑no importa si es el poder sobre un niño pequeño o sobre todo un grupo de personas o sobre una nación-, eso ciertamente no es amor. El amor no es placer, el amor no es deseo. El amor, por cierto, no es pensamiento. ¿Podemos, entonces, descartar todo eso: nuestra vanidad, el sentido del poder? ‑por pequeño que sea, el poder es como un gusano-. Y cuanto más poder tiene uno, más desagradable se vuelve ‑y, por lo tanto, en eso no hay amor-. ¿Cómo puede haber amor cuando uno es ambicioso, agresivo, como a todos ustedes se les ha educado para que lo sean? ‑para que sean exitosos, famosos, conocidos, lo cual es todo tan completamente infantil desde el punto de vista de quien les habla-.

En consecuencia, el amor es algo que no puede ser invitado o cultivado. Adviene naturalmente, fácilmente, cuando las otras cosas no están. Y uno da con este amor cuando aprende acerca de sí mismo; donde hay amor, hay compasión; y la compasión tiene su propia inteligencia. Esa es la suprema forma de inteligencia, no la inteligencia del pensamiento, no la inteligencia de la astucia, del engaño y todas esas cosas. Es sólo cuando hay completo amor y compasión, que existe esa suprema inteligencia que no es mecánica.

Es necesario, pues, que hablemos de la muerte. ¿Lo haremos? ¿Están interesados en descubrir qué es la muerte? ¿Cuál es el significado de esa palabra muerte, el morir, el final? No sólo el final, sino lo que ocurre después de la muerte. ¿Se lleva uno consigo los recuerdos de la propia vida? Todo el mundo asiático cree en la reencarnación. O sea: yo muero, he llevado una vida desdichada, tal vez he hecho un poco de bien aquí y allá, y en la próxima vida estaré mejor. Haré más bien. Eso se basa en la recompensa y el castigo, como todo lo demás en la vida. Y en el cristianismo está la resurrección, etc.

Si podemos, pues, descartar por el momento todo eso, realmente descartarlo, no aferrarnos a una cosa u otra, ¿qué es, entonces, la muerte? ¿Qué significa morir? No sólo biológicamente, físicamente, sino también psicológicamente: toda la acumulación de los recuerdos, de nuestras tendencias, las destrezas, las idiosincrasias, las cosas que hemos reunido, ya sea dinero, conocimientos, amistades, lo que fuere, todo lo que hemos adquirido. Y viene la muerte y dice: “Lo siento, no puedes llevarte nada contigo”.

¿Qué significa, pues, morir? ¿Podemos investigar esta pregunta? ¿O eso les atemoriza? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo podemos investigarla? ¿Entienden mi pregunta? Estoy viviendo, continúo todos los días con una existencia rutinaria, mecánica, mezquina, feliz, infeliz ‑ya conocen todo el asunto-, y llega la muerte, por un accidente, por enfermedad, por vejez, por senilidad... ¿Qué es la senilidad? ¿Es solamente para los viejos? ¿Acaso no es senilidad cuando sólo estamos repitiendo, repitiendo, repitiendo, cuando actuamos mecánicamente, irreflexivamente? ¿No es también eso una forma de senilidad?

Debido a que la muerte nos atemoriza, nunca vemos la grandeza de esta cosa extraordinaria. Ha nacido un niño; un nuevo ser humano llega a la existencia. Ese es un acontecimiento extraordinario y ese niño crece y se convierte en lo que todos ustedes se han convertido, y después muere. La muerte es también algo sumamente extraordinario; tiene que serlo. Y ustedes no verán la profundidad y grandeza de ello si tienen miedo.

¿Qué es, entonces, la muerte? Yo quiero descubrir qué significa morir mientras estoy viviendo. No estoy senil, soy bastante inteligente y despierto, soy capaz de pensar muy claramente ‑tal vez en ocasio­nes no actúo bien, pero soy activo y claro-. Por lo tanto, me lo estoy preguntando a mí mismo, no se lo pregunto a ustedes, sólo estoy observando; y, ¿observarán también ustedes qué es la muerte? La muerte significa, indudablemente, el final de todo, el final de mis relaciones, el final de todas las cosas que he acumulado en mi vida: toda la experiencia, todo el conocimiento, la vida estúpida que he llevado, una vida sin sentido, o tratando de encontrarle intelectualmente un sentido. Entonces viene la muerte y dice: “Este es el final”. Pero yo tengo miedo, ése no puede ser el final. Poseo tanto, he reunido tantas cosas, no solo muebles o cuadros. Cuando me identifico a mí mismo con los muebles o los cuadros o la cuenta en el Banco, soy la cuenta en el Banco, soy los cuadros, soy los muebles. ¿Correcto? Cuando uno se identifica tan completamente con algo, uno es eso. Tal vez a ustedes no les agrade todo esto, pero por favor, tengan la amabilidad de escuchar. En consecuencia, he establecido raíces, he establecido muchísimas cosas en torno a mí, y viene la muerte y barre limpiamente con todo eso. Así que me pregunto: ¿Es posible vivir con la muerte todo el tiempo? No a la edad de noventa o cien años ‑quien habla tiene noventa, lo siento-, no al término de mi vida, sino con toda mi energía y vitalidad y con todas las cosas que ocurren, ¿puedo vivir con la muerte todo el tiempo? No cometer suicidio, no quiero decir eso ‑eso es demasiado absurdo-, sino vivir con la muerte, lo cual significa, cada día, el final de todo lo que he acumulado; el final.

No sé si ustedes han examinado la cuestión de lo que es la continuidad y lo que es la terminación de algo. Aquello que continúa jamás puede renovarse, renacer. Puede revivirse a sí mismo. La palabra ‘revivir’ significa algo que se ha marchitado, que está muriendo y uno lo revive. Está el renacimiento religioso que proclaman por ahí. No sé si ustedes lo han notado, pero las organizaciones religiosas y los gurús y toda esa gente, son personas tremendamente ricas y con grandes propiedades. Hay un templo en el sur de la India, donde cada tres días llegan a reunir un millón de dólares. ¿Comprenden? Dios es muy provechoso. Esto no es cinismo, es una realidad. Nos estamos enfrentando a la realidad, y uno no puede ser cínico ni desesperarse, es así. No sean ni optimistas ni pesimistas. Tienen que considerar estas cosas.

¿Puedo, pues, vivir con la muerte, lo cual implica que todo lo que he hecho y acumulado llega a su término? La terminación es más importante que la continuidad. La terminación significa el comienzo de algo nuevo. Si uno meramente continúa, es siempre el mismo patrón que se repite en un molde diferente. ¿Han advertido ustedes otra cosa extraña? Hemos creado una enorme confusión en el mundo, y nos organizamos política, social, económica y religiosamente, para poner orden en esa confusión. Y cuando esa organización o institución no funciona, inventamos otra organización, sin aclarar jamás la confusión, pero creando nuevas organizaciones, nuevas instituciones. Y eso se llama progreso. No sé si se han percatado de todo esto. Esto es lo que estamos haciendo: creando miles de instituciones.

El otro día hablamos en las Naciones Unidas. La guerra está en marcha, nunca han terminado con ella, sino que la están reorganizando. Ustedes hacen exactamente lo mismo en este país. Jamás aclara­mos la confusión. Para aclararla dependemos de organizaciones, o de nuevos líderes, nuevos gurús, nuevos sacerdotes, nuevos credos, y toda esa nadería. ¿Podemos, pues, vivir con la muerte? Ello significa libertad: libertad completa, total, holística. Y en esa libertad hay gran amor y compasión, y está esa inteligencia que es inmensa, que no tiene fin.

Y también debemos considerar juntos qué es la religión. ¿Podemos proseguir? ¿No están demasiado cansados? Quien les habla no está tratando de convencerlos de nada, por favor, créanme. No trata de presionarlos mediante la estimulación o mediante algún otro medio. Ustedes y él están mirando el mundo, nuestro mundo personal y el mundo que nos rodea. Nosotros somos el mundo, el mundo no es diferente de nosotros. Hemos creado este mundo y somos, completa y totalmente, responsables por él, ya sea uno un político o el hombre común en la calle.

Consideremos, pues, juntos qué es la religión. El hombre ha buscado siempre algo más allá de toda esta aflicción, de esta ansiedad y este dolor. ¿Existe algo sagrado, eterno, algo que está más allá de todo alcance del pensamiento? Esta ha sido una pregunta que el hombre se ha hecho desde los tiempos más remotos. ¿Qué es lo sagrado? ¿Qué es aquello que no es del tiempo, que es incorruptible, innominado, que no tiene cualidades ni limitación alguna: lo intemporal, lo eterno? ¿Existe algo así? El hombre se ha preguntado esto por miles y miles de años. De este modo ha adorado al sol, a la tierra, a la naturaleza, a los árboles, a los pájaros; desde los tiempos más remotos, el hombre ha adorado a toda cosa viviente en esta tierra. Los Vedas y los Upanishads jamás mencionan a Dios. Dicen que aquello que es supremo, no se ha manifestado.

Entonces, ¿se están formulando también esa pregunta? ¿Se preguntan si existe algo sagrado? ¿Algo que no sea producto del pensamiento, como lo son todas las religiones organizadas, ya sea el cristianismo, el budismo, el hinduismo, o cualquier otra religión? En el budismo no hay Dios. Entre los hindúes, como dije, hay cerca de trescientos mil dioses. Es muy divertido tener tantos ‑uno puede jugar con todos ellos-. Y están los dioses de los libros, el dios según la Biblia, el dios según el Corán. No sé si han advertido ustedes que cuando las religiones se basan en libros como la Biblia y el Corán, hay gente fanática, estrecha, intolerante, porque el libro dice tal cosa y punto. ¿Acaso no han advertido todo esto? Este país tiene a los fundamentalistas, que vuelven nuevamente al libro. No se enojen, por favor, sólo véanlo.

Nos preguntamos, pues: ¿Qué es la religión? No sólo qué es la religión, sino qué es el cerebro religioso, la mente religiosa. Para investigar eso a fondo, no superficialmente, tiene que haber total libertad. No libertad con respecto a una cosa u otra, sino libertad en si, como algo total. Preguntamos, entonces: Cuando existe esa libertad, ¿es posible, viviendo en este mundo tan feo, estar libre de aflicción, dolor, ansiedad, soledad?

Luego también tienen ustedes que descubrir qué es la meditación ‑contemplación en el sentido cristiano y meditación en el sentido asiático-. Probablemente, la meditación ha sido traída a este país por los yoguis, los gurús y todas esas personas supers­ticiosas y tradicionales, y debido a eso es una cosa mecánica. Tenemos, pues, que descubrir qué es la meditación. ¿Quieren investigarlo? ¿Les divierte esto, o verdaderamente desean investigarlo? ¿Es la meditación una forma de entretenimiento?: “Primero déjenme aprender meditación y después actuaré correctamente”. ¿Comprenden el juego que uno juega? Pero si hay orden en nuestra vida, orden verdadero tal como lo explicamos, ¿entonces qué es la meditación? ¿Es seguir ciertos sistemas, ciertos métodos: el método zen, la meditación budista, la meditación hindú, y los gurús más recientes con sus meditaciones? Casi siempre son barbados y están llenos de dinero; ya conocen ustedes todo lo demás.

¿Qué es, entonces, la meditación? Si es algo previamente determinado, si consiste en seguir un sistema, un método practicado día tras día, ¿qué le ocurre al cerebro humano? Se embota más y más. ¿No lo han notado? Uno repite, repite y repite ‑puede ser la nota falsa, pero uno la repetirá-. ¿Es, entonces, la meditación algo por completo diferente? La meditación no tiene nada que ver con ningún tipo de métodos, sistemas o prácticas; por consiguiente, nunca puede ser mecánica. Nunca puede ser una meditación consciente. Por favor, entiendan bien esto. Es como un hombre que conscientemente desea el dinero y persigue el dinero. Ustedes meditan conscientemente deseando lograr la paz, el silencio, y todo eso. Por lo tanto, ambas cosas son lo mismo: el hombre que persigue el dinero, el éxito, el poder, y el hombre que persigue lo que se llama espiritualidad.

¿Hay, pues, una meditación que no sea determinada, practicada? La hay, pero requiere una atención enorme. Esa atención es una llama, no es algo a lo que uno llega más tarde; es atención ahora y a todo, a cada palabra, a cada gesto, a cada pensamiento: prestar atención completa, no parcial. Si ahora están ustedes escuchando parcialmente, no prestan atención completa. Cuando uno está completamente atento, no hay yo, no hay limitación.

El cerebro está hoy día obstruido, lleno de información; no hay espacio en él. Y uno tiene que tener espacio. Espacio significa energía; cuando no hay espacio, nuestra energía es muy, muy limitada. El cerebro está hoy tan densamente cargado con conocimientos, con teorías, con el poder, con la posición, está tan perpetuamente desordenado y en conflicto, que carece de espacio. Y la libertad, la completa libertad, implica tener ese espacio ilimitado. El cerebro es extraordinariamente capaz, tiene una capacidad infinita, pero somos nosotros los que hemos hecho de él algo tan pequeño e insignificante.

Por lo tanto, cuando tenemos ese espacio y ese vacío y, en consecuencia, una energía inmensa ‑la energía es pasión, amor, compasión, inteligencia-, entonces existe esa verdad que es supremamente santa, supremamente sagrada, esa verdad que el hombre ha buscado desde tiempos inmemoriales. Esa verdad no reside en ningún templo, en ninguna mezquita, en ninguna iglesia, y no hay sendero que conduzca a ella, excepto a través de la propia comprensión de uno mismo, a través del investigar, del estudiar, del aprender. Entonces está eso que es eterno.

Segundo Conferencia pública en Washington, DC, 1985

Sábado 20 Abril 1985

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