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Cuarto platicas en Bangalore, 1948

Domingo 25 Julio 1948

Como lo dije la última vez que nos reunimos, los problemas del mundo son tan colosales, tan complejos, que para comprenderlos y así resolverlos, hay que abordarlos de manera muy simple y directa; y la simplicidad, la derechura, no dependen de las circunstancias externas ni de nuestros prejuicios y estados de ánimo en particular. Como lo he señalado, la solución no ha de encontrarse por medio de conferencias ni de proyectos, ni sustituyendo a los viejos dirigentes por nuevos, etc. La solución, evidentemente, está en el creador del problema, en el causante del daño, de los odios y enormes desavenencias que existen entre los seres humanos. El causante de este daño, el creador de estos problemas, es el individuo ‑vosotros y yo- no el mundo tal como lo concebimos. El mundo es vuestra relación con los demás El mundo no es algo que esté separado de vosotros y de mí; el mundo, la sociedad, es la interrelación que establecemos o tratamos de establecer unos con otros.

De suerte que vosotros y yo somos el problema, no el mundo; porque el mundo es la proyección de nosotros mismos, y para comprender al mundo tenemos que comprendernos a nosotros mismos. El mundo no es distinto de nosotros; somos el mundo, y nuestros problemas son los problemas del mundo. Esto no puede repetirse con demasiada frecuencia, porque somos de mentalidad tan indolente que no creemos de nuestra incumbencia los problemas del mundo; creemos que deben ser resueltos por las Naciones Unidas o reemplazando los viejos dirigentes por otros nuevos. Es una mentalidad bien torpe la que piensa de ese modo; porque nosotros somos responsables de la horrible miseria y confusión que hay en el mundo, de la guerra que nos amenaza. Para transformar el mundo debemos empezar por nosotros mismos; y, como lo he dicho, lo importante al empezar por nosotros mismos es la intención. La intención tiene que consistir en comprendernos a nosotros mismos, y en no dejar para otros el transformarse o producir un cambio modificado mediante la revolución, de izquierda o de derecha. los, pues, importante comprender que esta es nuestra responsabilidad, la vuestra y la mía; porque, por pequeño que sea el mundo en que vivimos, si podemos transformarnos, si podemos hacer surgir un punto de vista radicalmente diferente en nuestra existencia diaria, entonces, tal vez, afectaremos al mundo en general, las extensas relaciones de unos con otros.

Como lo he dicho, pues, vamos a discutir y descubrir el proceso de la comprensión de nosotros mismos, que no es un proceso de aislamiento. No es el retiro del mundo, porque aislados no podéis vivir. Ser es estar relacionado, y el vivir en el aislamiento es cosa inexistente. Es la falta de verdadera convivencia lo que causa conflictos, miseria y lucha; y por pequeño que sea nuestro mundo, si podemos transformar nuestra interrelación dentro de ese pequeño mundo, ello será como una onda que se extiende constantemente hacia afuera. Creo que es importante ver eso, o sea que el mundo es nuestra interrelación, por estrecha que sea; y si ahí podernos producir una transformación ‑no superficial sino radical- entonces empezaremos activamente a transformar el mundo. La verdadera revolución no es conforme a una norma determinada, de izquierda o de derecha, sino una revolución de valores, una revolución que lleva de los valores sensorios a los que no son sensorios ni creados por influencias ambientales. Para encontrar esos verdaderos valores que traerán una resolución radical, una transformación o regeneración, es esencial que uno se comprenda a sí mismo. El conocimiento propio es el principio de la sabiduría, y por lo tanto el comienzo de la transformación o regeneración. Para comprenderse uno mismo, tiene que existir la intención de comprender: y ahí es donde se presenta nuestra dificultad. Por que si bien la mayoría de nosotros estamos descontentos, deseamos producir un cambio súbito, y nuestro descontento se canaliza hacia el mero logro de cierto resultado; estando descontentos, o buscamos otro empleo o simplemente sucumbimos ante el medio ambiente. De suerte que el descontentos en vez de encendernos, de inducirnos a poner en tela de juicio la vida y todo el proceso de la existencia, se ve canalizado, con lo cual nos volvemos mediocres y perdemos la energía y el empuje necesarios para descubrir todo el significado de la existencia. Resulta importante, por consiguiente, descubrir esas cosas por nosotros mismos, pues el conocimiento propio no puede dárnoslo nadie ni habrá de hallarse en libro alguno. Tenemos que descubrir y para descubrir tiene que haber intención, búsqueda, investigación. Mientras esa intención de descubrir, de inquirir hondamente, sea débil o no exista, la mera aserción, o un deseo casual de investigar acerca de uno mismo, tiene muy escasa significación.

La transformación del mundo se efectúa, pues, por la transformación de uno mismo; porque el “yo” es producto y parte del proceso total de la existencia humana. Para transformarse uno mismo, el conocimiento propio es esencial; porque, sin conocer lo que saris, no hay base para el recto pensar, y sin conoceros a vosotros mismos no puede haber transformación. Uno debe conocerse tal cual es, no tal como desea ser, lo cual es un mero ideal y por lo tanto ficticio, irreal; y sólo lo que es puede ser transformado, no aquello que deseáis ser. Así, pues, el conocerse uno mismo como uno es, requiere extraordinaria vigilancia de la mente; porque lo que es sufre constante transformación, cambios y, para seguirlo velozmente, la mente no debe estar atada a ningún dogma ni creencia en particular, a ninguna norma de acción. Si queréis seguir algo, de nada sirve estar atado. Para conoceros, pues, a vosotros mismos, tiene que existir la alerta percepción, la vigilancia mental en la que uno está libre de toda creencia, de toda idealización. Las creencias e ideales, en efecto, no hacen más que daros un color, pervertir la verdadera percepción. Si queréis saber lo que sois, no podéis imaginar o creer en algo que no sois. Si soy codicioso, envidioso, violento, el mero hecho de tener un ideal de “no violencia”, de “no codicia”, es de escaso valor. Pero el saber que uno es codicioso o violento, el saberlo y comprenderlo, requiere extraordinaria percepción, ¿no es así? Exige honestidad, claridad de pensamiento. Mientras que perseguir un ideal alejado de lo que es, resulta una escapatoria; os impide descubrir lo que sois y obrar directamente sobre lo que sois.

De suerte que la comprensión de lo que sois: feos o hermosos, perversos, dañinos o lo que fuere: el comprender sin deformación lo que sois, es el comienzo de la virtud. La virtud es esencial porque ello brinda libertad. Sólo en la virtud podéis descubrir, podéis vivir; no en el cultivo de la virtud, que sólo trae respetabilidad, no comprensión ni libertad. Hay una diferencia entre ser virtuoso y hacerse virtuoso. El ser virtuoso proviene de la comprensión de lo que es, mientras el hacerse virtuoso es aplazamiento, encubrimiento de lo que es con lo que desearíais ser. Al haceros virtuosos, evitáis obras directamente sobre lo que es. Este proceso de eludir lo que es mediante el cultivo del ideal, es considerado virtuoso; pero si lo observáis de cerca y directamente, veréis que no es nada de eso. Consiste simplemente en dejar para después el enfrentarse con lo que es. La virtud no es el devenir de lo que no es; la virtud es la comprensión de lo que es y por lo tanto el estar libre de lo que es. Y la virtud resulta indispensable en una sociedad que se desintegra rápidamente. Para crear un mundo nuevo, una nueva estructura alejada de la antigua, tiene que haber libertad para descubrir; y para ser libre tiene que haber virtud, pues sin virtud no hay libertad. ¿El hombre inmoral que lucha por llegar a ser virtuoso, puede jamás conocer la virtud? El hombre que no es moral no podrá nunca ser libre, y por lo tanto no podrá nunca descubrir lo que es la realidad. La realidad sólo puede encontrarse comprendiendo lo que es; y para comprender lo que es, tiene que haber libertad, hay que estar libre del miedo a lo que es.

¿Es la virtud, entonces, cuestión de tiempo? ¿La comprensión de lo que es ‑que es virtud porque brinda libertad, inmediata liberación- es acaso cuestión de tiempo? ¿Sois buenos, generosos, afectuosos, mediante el proceso del tiempo? Es decir ¿seréis bondadosos pasado mañana? ¿La bondad puede concebirse en términos de tiempo? Después de todo, el efecto, la misericordia, la generosidad, son necesidades vitales; uno el único disolvente de todos nuestros problemas. La buena voluntad es esencial, y no la tenemos, ¿verdad? Ni los políticos, ni los dirigentes ni los secuaces, tienen buena voluntad real, la cual no es un ideal; y sin buena voluntad, sin esa extraordinaria madurez y suavidad del ser que nos hace afectuosos nuestros problemas no podrán ser resueltos por meras conferencias. De suerte que vosotros, al igual que los políticos y la gran mayoría de los seres humanos en el mundo entero, no sois bondadosos, no tenéis esa buena voluntad que es la única solución; y puesto que no la tenéis, ¿es ello una simple cuestión de tiempo? ¿Tendréis buena voluntad mañana o dentro de diez años? ¿No es un razonamiento engañoso el pensar en términos de tiempo, de que uno llegue a ser bondadoso en el futuro? Si ahora no sois bondadosos, jamás lo seréis. Podréis creer que por una práctica lenta, por la disciplina y todo lo demás, seréis bondadosos mañana o diez años después: pero mientras tanto sois despiadados. Y La bondad, la buena voluntad el afecto, es el único disolvente de los problemas inmediatos de la existencia; es el único remedio que acabará con el veneno del nacionalismo, del “comunalismo”, el único aglutinante que puede unirnos.

Ahora bien, si la bondad la misericordia, no es cuestión de tiempo, ¿por qué es, entonces, que vosotros y yo no somos bondadosos de inmediato, directamente? ¿Por qué no somos bondadosos ahora? Si podemos comprender por qué no somos bondadosos ‑y la comprensión es inmediata- seremos de inmediato bondadosos; entonces nos olvidaremos de cuál es nuestra casta, nos olvidaremos de nuestras diferencias “comunales”, religiosas y nacionales, y seremos inmediatamente generosos, bondadosos. Debemos, por lo tanto, comprender por qué no somos bondadosos, y no practicar pacientemente la bondad o meditar en la generosidad, todo lo cual es absurdo. Si yo sé por qué estoy desprovisto de bondad y quiero ser bondadoso, entonces, siendo mi intención la de ser bondadoso, lo seré. Una vez más, pues, la intención tiene enorme importancia; pero la intención es inútil si yo no conozco la causa de la falta de bondad. Debo conocer por consiguiente, todo el proceso de mi pensamiento, todo el proceso de mi actitud frente a la vida. De ahí que el estudio de uno mismo llegue a ser tremendamente importante; pero el conocimiento propio no es un fin. Uno debe estudiarse más y más, pero no con un objeto en vista, para lograr un resultado; porque, si buscamos un resultado, ponemos fin a la investigación, al descubrimiento, a la libertad. El conocimiento propio es la comprensión del proceso de uno mismo, el proceso de la mente; consiste en darse cuenta de todos los enredos de las pasiones, y de los empeños que de ella resultan. Y a medida que uno se conoce a sí mismo cada vez más honda y ampliamente, más extensa y profundamente, surge la libertad, una liberación de las complicaciones del miedo, de ese miedo que produce creencias, dogmas, nacionalismos castas y todas las horribles invenciones de la mente para mantenerse aislada en el temor. Y cuando hay libertad, prodúcese el descubrimiento de aquello que es eterno. Sin esa libertad, el mero preguntar qué es lo eterno, o leer libros sobre lo eterno, carece totalmente ele valor. Es como los niños que se entretienen con juguetes. La eternidad, la realidad, Dios o lo que os plazca, sólo puede ser descubierto por vosotros. Manifiéstase tan sólo cuando la mente es libre, cuando las creencias y el prejuicio no la traban, cuando no se halla atrapada en la red de la pasión, de la mala voluntad y la mundanalidad. Pero una mente que está enredada en el nacionalismo, o en creencias y ritos, se halla atrapada en sus propios deseos, ambiciones y empeños; y es imposible, evidentemente, que una mente así comprenda. En está preparada para recibir.

Sólo el descubrimiento de la verdad traerá felicidad; y para descubrir es necesaria la comprensión de uno mismo. Para comprenderse uno mismo, tiene que haber intención de comprender, y con la intención surge una mente indagadora, una mente que es alerta y perceptiva sin condenación, justificación ni identificación; y esa alerta percepción trae una inmediata liberación del problema. Toda nuestra búsqueda, por lo tanto, no es de la respuesta a un problema, sino de la comprensión del problema en si. Y el problema no está fuera de vosotros: es vosotros, vosotros sois el problema. Para comprende el problema, para comprender al creador del problema, que seis vosotros mismos, tenéis que descubrirlos espontáneamente día tras día tal cuales sois; porque es tan sólo en el momento en que surgen vuestras respuestas, que podéis comprenderlas. Pero si disciplináis vuestras respuestas según determinada norma, de izquierda o de derecha, o si seguís determinada reglo de conducto, no podéis descubrir vuestras propias reacciones. Experimentad con ello, y encontrareis que descubrís vuestras respuestas si os dais cuenta de cada una a medida que se produce, si la veis sin condenación ni justificación, y si observáis íntegramente todo lo que dicha respuesta implica. La libertad consiste en estor exento de la respuesta, no en disciplinarla.

De suerte que toda nuestra a investigación sobre el objeto de la existencia, nuestra discusión acerca de si existe o no la realidad, tiene muy escaso sentido si no hay comprensión de la mente, o sea de vosotros mismos. El problema, que es tan vasto, complejo e inmediato, está en vosotros, y nadie, salvo vosotros mismos, puede resolverlo; ningún “gurú’ puede darle solución, como tampoco ningún instructor, ningún salvador, ninguna coacción organizada. La organización externa precede siempre ser derribada, porque lo interior es mucho más fuerte que la estructura externa de la existencia humana. Si no se comprende lo interior, el mero cambio en el tipo de lo externo tiene muy poco sentido. Para producir una reorganización duradera en las cosas externas, cada uno de nosotros debe empezar por sí mismo: y cuando esa transformación interior se haya efectuado, lo externo puede ser transformado con inteligencia, compasión y esmero.

Hay varias preguntas, y esta tarde trataré de contestar tantos como sea posible.

Pregunta: ¿Tiene Ud. un mensaje especial para la juventud?

Krishnamurti: ¿Hay alguna diferencia muy grande, señores, entre jóvenes y viejos? La juventud, los jóvenes, si es que en ellos hay vida, están llenos de ideas revolucionarias, de descontento, ¿no es así? Tienen que estarlo, pues de otro modo ya son viejos. Como esto es muy serio, os ruego que no lo aprobéis ni lo desaprobáis. Estamos discutiendo acerca de la vida, y yo no ocupo la tribuna para hacer un discurso que os agrade a vosotros o me agrade a mí.

Como lo decía, si los jóvenes no tienen ese descontento revolucionario, ya son viejos; y los viejos son aquellos que una vez estuvieron descontentos pero ahora se han sosegado. Ellos desean seguridad permanencia, ya sea en sus empleos o en su alma. Quieren certeza en las ideas, en la vida de relación, y en la propiedad. Si en vosotros, que sois jóvenes, hay un espíritu de investigación que os hace desear la verdad acerca de cualquier cosa, de alguna acción política de izquierda o de derecha, y si no estáis atados por la tradición, seréis vosotros los regeneradores del mundo los creadores de una nueva civilización, de una nueva cultura. Pero, como el resto de nosotros, como la generación pasada. Los jóvenes también quieren seguridad, certeza. Quieren empleos, quieren alimento, vestido y albergue, y no quieren estar en desacuerdo con sus padres porque ello significa ir contra la sociedad. Por lo tanto entran en vereda, aceptan la autoridad de las personas mayores. ¿Qué ocurre, pues? El descontento, que es la llama misma de la investigación, de la búsqueda, del entendimiento, se vuelve mediocridad y se transforma en mero deseo de mejor empleo, de un rico matrimonio o de un título universitario. Así se destruye el descontento de los jóvenes, el cual se convierte en un simple deseo de mayor seguridad. Lo esencial para jóvenes y viejos, por cierto, es vivir plenamente, de un modo completo. Pero, como bien lo veis hay muy poca gente en el mundo que quiera vivir de un modo completo. Para vivir plena y completamente tiene que haber libertad, no aceptación de autoridad; y sólo puede haber libertad cuando hay virtud. La virtud no es imitación; la virtud es vivir creador. Es decir la “creatividad” llega mediante la libertad que trae la virtud; y la virtud no ha de ser cultivada ni llega por la práctica o al final de vuestra vida. O sois virtuosos y libres ahora, o no lo sois. Y paro descubrir por qué no sois libres, es preciso que estéis descontentos, que tengáis la intención, el empuje, la energía necesaria para inquirir; pero esa energía la disipáis sexualmente, o en griterías políticas, o agitando banderas, o simplemente imitando, pasando exámenes para lograr mejor empleo.

Él mundo, pues, está en tal miseria porque aquella “creatividad” no existe. Vivir creativamente no es posible habiendo mera imitación, ya sea en seguimiento de Marx, de la Biblia o del Bhagavad Gita. La “creatividad” llega a través de la libertad, y sólo puede haber libertad cuando hay virtud, y la virtud no es un resultado del proceso del tiempo. La virtud llega cuando empezáis a comprender lo que es en vuestra existencia de cada día. Para mí, por lo tanto, la división entre viejos y jóvenes resulta bastante absurda. La madurez, señores, no es cuestión de edad. Aunque la mayoría de nosotros seamos personas mayores, somos infantiles; nos asustamos de lo que piensa la sociedad, tenemos miedo del pasado. Los que son viejos buscan permanencia, seguridades confortantes, y los jóvenes también desean seguridad. No hay, pues, diferencia esencial entre viejos y jóvenes. Como lo he dicho, la madurez no está en la edad. La madurez viene con la comprensión, y no hay comprensión mientras huyamos del conflicto, del sufrimiento; y huimos del sufrimiento cuando buscamos comodidad, cuando buscamos un ideal. Pero es cuando somos jóvenes que podemos inquirir de un modo real, ardiente, intencionado. A medida que envejecemos, la vida resulta demasiado para nosotros, y nos embotamos cada vez más. ¡Gastamos nuestras energías tan inútilmente! El conservar nuestra energía para fines de investigación, el descubrir la realidad, requiere buena dosis de educación, no la meró adaptación a una norma, lo cual no es educación. El mero hecho de pasar exámenes no es educación. Un tonto puede pasar exámenes; ello solo requiere cierto tipo de mente. Pero el inquirir profundamente y descubrir lo que es la vida, el comprender toda la base de la existencia, requiere una mente muy aguda y alerta, una mente que sea flexible. Pero a la mente se la torna rígida cuando se la obliga a conformarse, y toda la estructura de la sociedad se basa en la coacción. Por sutil que sea la coacción, no es por medio de ella que puede haber comprensión.

Pregunta: ¿Su confianza en sí mismo nace de que Ud. está libre del miedo, o proviene de la convicción de que se halla sólidamente respaldado por grandes seres como Buda y Cristo?

Krishnamurti: Antes que nada, señores, ¿cómo surge la confianza? Ella es de dos tipos. Existe la confianza que proviene de la adquisición de conocimientos técnicos. Un mecánico, un ingeniero, un físico, un hombre que domina el violín, tiene confianza en sí porque ha estudiado o practicado durable un número de años y ha adquirido una técnica. Eso da un tipo de confianza: la confianza que es puramente superficial, técnica. Pero hay otro tipo de confianza que proviene del conocimiento propio, del hecho de conocerse uno mismo enteramente, tanto lo consciente como lo inconsciente, la mente oculta a la vez que la mente al descubierto. Yo digo que es posible conoceros a vosotros mismos completamente; y entonces surge una confianza que no es agresiva, ni autoafirmativa, ni solapada, ni esa confianza que proviene del logro, sino la confianza que brinda el ver las cosas sin deformación, tal cuales son de instante en instante. Tal confianza surge naturalmente cuando el pensamiento no se basa en el logro personal, en el engrandecimiento o en la salvación personal, y cuando cada cosa revela su verdadera significación. Entonces estáis respaldados por la sabiduría, sea ella la de Buda o la de Cristo. Esa sabiduría, esa confianza, esa flexibilidad mental extraordinariamente veloz, no es la exclusividad de unos pocos. No hay jerarquía en la comprensión. Cuando comprendéis un problema de interrelación, ya sea con objetos físicos, con ideas o con el prójimo, esa comprensión os libera de todo sentido de tiempo, de posición, de autoridad. Ya no se trata, por lo tanto, de Maestro y discípulo, de que el “gurú” se siente en una tribuna y vosotros os sentéis más abajo. Señores, esa confianza es amor, afecto; y cuando amáis a alguien no hay diferencias, no hay alto ni bajo. Cuando existe el amor, esa extraordinaria llama, él es en sí su propia eternidad

Pregunta: ¿Podemos llegar a lo real a través de la belleza o la belleza es estéril en lo que atañe a la verdad?

Krishnamurti: Bueno, ¿qué es lo que entendemos por belleza, y que es lo que entendemos por verdad? La belleza, por cierto, no es un ornamento; el mero adorno del cuerpo no es belleza. Todos deseamos ser bellos, presentables, pero no es eso lo que entendemos por belleza. Ser pulcro, ser aseado, ser limpio, cortés, considerado, etc., forma parte de la belleza, ¿no es así? Pero éstas son meras expresiones del estar interiormente libre de fealdad. Ahora bien, ¿qué ocurre en el mundo? Cada día, de más en más, adornamos lo externo. Los astros cinematográficos (y vosotros que los copiáis), se mantienen bellos exteriormente; pero si nada tenéis por dentro, el ornato externo, el adorno, no es belleza. ¿No conocéis, señores, ese estado intimo del ser, esa tranquilidad interior en la que hay amor, benevolencia, generosidad, misericordia? Ese estado del ser, evidentemente, es la esencia misma de la belleza, y, sin eso, el adornarse simplemente es acentuar los valores sensorios, los valores de los sentidos; y el cultivar los valores de lo sentidos, como ahora lo hacemos, tiene inevitablemente que conducir al conflicto, a la guerra, a la destrucción.

El adornar lo externo está en la naturaleza misma de nuestra actual civilización, que se basa en el industrialismo. No es que yo esté contra la industrialización; sería absurdo desteñir las industrias. Pero el limitarse a cultivar lo externo sin comprender lo interior, tiene inevitablemente que crear esos valores que llevan a los hombres a destruirse mutuamente; y eso exactamente, es lo que ocurre en el mundo. La belleza es considerada como un adorno que se compra, que se vende, que se pinta, etc. Eso, por cierto, no es la belleza. La belleza es un estado del ser, y ese estado del ser surge con la riqueza interior; no con esa acumulación interior de riquezas que llamamos virtud, ideales. Eso no es belleza. La riqueza, la belleza interior con sus tesoros imperecederos, surge cuando la mente es libre; y la mente sólo puede ser libre cuando no existe el miedo. La comprensión del mielo viene con el conocimiento propio, no por medio de la resistencia al miedo. Si resistís al miedo, es decir, a cualquier forma de fealdad, no hacéis sino erigir un muro contra él. Detrás del muro no hay libertad, sólo hay aislamiento; y lo que vive en aislamiento jamás puede ser rico, jamás puede ser pleno. La belleza, pues, tiene una relación con la realidad tan solo cuando la realidad se manifiesta a través de aquellas virtudes que son esenciales.

Ahora bien, ¿qué entendemos por verdad, Dios o lo que os plazca? Es obvio que ello no puede ser formulado; pues aquello que es formulado no es lo real, es la creación de la mente, el resultado del proceso de pensar; y el pensamiento es la respuesta de la memoria. La memoria es el residuo de experiencias incompletas; y por lo tanto la verdad, o Dios, o lo que os plazca, es lo desconocido y no puede ser formulado. Para que lo desconocido sea, la mente en sí debe dejar de estar apegada a lo conocido, y entonces hay relación entre la belleza y la realidad, entonces la realidad y la belleza no son diferentes; entonces la verdad es belleza, ya sea en una sonrisa, en el vuelo de un ave, en el grito de una criatura, o en la ira de vuestra esposa o esposo. Conocer la verdad de lo que es, es el bien; mas para conocer la belleza de esa verdad, la mente tiene que ser capaz de comprensión, y la mente no es capaz de comprensión cuando esta atada, cuando tiene miedo, cuando elude algo. Este hecho de eludir asume la forma del adorno externo, del ornato: siendo interiormente insuficientes, pobres, tratamos de embellecernos exteriormente. Edificamos hermosas casas, compramos buena cantidad de joyas, acumulamos posesiones. Todo eso es indicación de pobreza íntima. No es que no debamos tener hermosos “saris”, buenas casas; pero sin riqueza interior, eso carece de sentido. Es porque no somos interiormente ricos que cultivamos lo externo, y el cultivo de lo externo nos está llevando a la destrucción. Es decir, cuando cultiváis; los valores sensorios, la expansión es necesaria, los mercados son necesarios; tenéis que extenderos mediante la industria, y la expansión industrial en competencia significa más y más controles, de izquierda o de derecha, que inevitablemente conducen a la guerra; y procuramos resolver el problema de la guerra sobre la base de los valores sensorios.

El buscador de la verdad es el buscador de la belleza; no son distintos. La belleza no es la mera ornamentación externa sino esa riqueza que proviene de la libre comprensión interior, de la percepción de lo que es.

Pregunta: ¿Por que desacredita Ud. la religión, que evidentemente contiene granos de verdad? ¿Por qué tirar al niño con el agua del baño? ¿No es necesario reconocer la verdad dondequiera se la encuentre?

Krishnamurti: ¿Qué entendéis por religión, señores? El dogma organizado, la creencia, el ritual, el culto de una persona por grande que sea, el recitar plegarias, repetir los Shastras, citar la Biblia -¿es eso religión? ¿O la religión es la búsqueda do la verdad, de Dios? ¿Podéis encontrar a Dios mediante la creencia organizada? Llamándoos hindúes y siguiendo todos los ritos del hinduismo o de cualquier otro “ismo”, ¿Hallaréis a Dios o la verdad? Lo que yo desacredito no es ciertamente la religión, ni la búsqueda de la realidad, sino la creencia organizada, con sus dogmas y con sus fuerzas e influencias separativas. Nosotros no buscamos la realidad sino que estamos atrapados en la red de las creencias organizadas, de los ritos siempre repetidos. Toda esa historia la conocéis, y yo le llamo desatino, porque se trata de narcótico que distraen e impiden buscar; ofrecen escapatorias, con lo que embotan la mente y la tornan ineficaz.

Así, pues, nuestra mente se halla atrapada en la red de las creencias organizadas, con todo su sistema de autoridades, sacerdotes y “gurús”, todo lo cual es engendro del miedo y del deseo de certeza; y estando atrapados en esa red, es obvio que no podemos simplemente aceptar sino que debemos inquirir, considerar y experimentar el hecho directamente, y ver qué es lo que nos tiene atrapados y por que lo estamos. Porque mi abuelo practicó tal o cual rito, o porque mi madre va a florar si yo no lo practico, es preciso que yo haga lo mismo. No hay dada de que semejante hombre, que depende psicológicamente de otros y por tal causa es miedoso, resulta incapaz de descubrir lo que es la verdad. Podrá hablar acerca de ella, podrá repetir el nombre de Dios infinidad de veces, pero no llega a nada ni tiene nada que ver con la realidad. La realidad lo esquivará porque él está encajonado en sus propios prejuicios y temores. Y vosotros sois responsables de esta religión organizada, sea ella de Oriente o de Occidente, de izquierda o de derecha, la cual, por el hecho de basarse en la autoridad, ha separado al hombre del hombre. ¿Para qué necesitáis autoridad, sea ella del pasado o del presente? Necesitáis autoridad porque os halláis confusos porque estáis sumidos en el dolor y en la ansiedad, porque os sentís solos y sufrís. Por eso deseáis que se os ayude desde afuera; y así creáis la autoridad política a religiosa, y habiéndola creado, seguís las instrucciones en la esperanza de que la confusión, la ansiedad, el dolor de vuestro corazón, sean alejados. ¿Puede otro ser quitaros vuestras penas, vuestro dolor? Otros podrán ayudaros a escapar al dolor, pero él siempre está presente.

Sois vosotros, pues, quienes creáis la autoridad; y habiéndola creado; os convertís en sus esclavos. La creencia es un producto de la autoridad; y como queréis escapar a la confusión, os veis atrapados en la creencia y por lo tanto continuáis en la confusión. Vuestros conductores son el resultado de vuestra confusión, por lo cual ellos tienen que estar confusos. Jamás seguiríais a nadie si fueseis claros, si no estuvieseis confusos y si experimentaseis directamente. Es porque estáis confusos que no existe para vosotros la experiencia directa. Con vuestra confusión creáis al líder, la religión organizada, el culto separativo, lo cual produce la lucha que se desarrolla actualmente en el mundo. En la India asume la forma de conflictos “comunales” entre musulmanes e hindúes, en Europa son los comunistas contra los de la derecha, etc. Si lo examináis con cuidado, si los analizáis, veréis que todo se basa en la autoridad, en que una persona dice esto y otra persona dice aquello; y la autoridad la creamos vosotros y yo porqué estamos confusos. Esto, verbalmente, podrá parecer simplificado con exceso; pero si lo ahondáis no es simple sino extremadamente complejo. Estando confusos, deseáis que se os saque de la contusión, lo cual significa que no comprendéis el problema de la contusión y que sólo buscáis una escapatoria. Para comprender la confusión, debéis comprender a la persona que causa la confusión, o sea vosotros mismos; y si no os comprendéis a vosotros mismos, ¿de qué sirve seguir a alguien? Estando confusos, ¿creéis acaso que hallaréis la verdad en alguna práctica o religión organizada? Aunque estudiéis los Upanishads, el Gita, la Biblia o cualquier otro libro, ¿os creéis capaces de leer su verdad cuando vosotros mismos estáis confusos? Traduciréis lo que leáis, y lo haréis conforme a vuestra confusión, a vuestros gustos y aversiones, a vuestros prejuicios, a vuestro condicionamiento. No os acercáis por cierto, a la realidad. Encontrar la verdad, señor, es comprenderse a sí mismo. Entonces la verdad viene a vosotros; no tenéis que ir hacia la verdad, y en eso consiste en belleza. Si vais hacia la verdad, aquello a que os acercáis ha sido proyectado de dentro de vosotros mismos, y por lo tanto no es la verdad. Ello se convierte entonces en un mero proceso de autohipnosis que es la religión organizada. Para encontrar la verdad, para que la verdad venda a vosotros tenéis que ver muy claramente vuestros propios prejuicios opiniones ideas y conclusiones; y esa claridad os viene gracias a la libertad que es la virtud. Para la mente virtuosa, la verdad está en todas partes. Entonces no pertenecéis a ninguna religión organizada, entonces sois libres.

La verdad, pues, manifiéstase cuando la mente es capaz de recibirla, cuando el corazón está vacío de las cosas de la mente. Hoy en día nuestro corazón está lleno con las cosas de la mente; y cuando el corazón se libera de la mente entonces es receptivo, sensible a la realidad.

Pregunta: Algunos de nosotros, que le hemos escuchado a Ud. durante muchos años, estamos de acuerdo ‑sólo verbalmente, tal vez- con todo lo que Ud. dice. Pero de hecho, en la vida diaria somos torpes, y no conocemos ese vivir de instante en instante de que Ud. habla. ¿Por qué hay una brecha tan enorme entre el pensamiento, o más bien las palabras, y la acción?

Krishnamurti: Creo que confundimos la apreciación verbal con la verdadera comprensión. Verbalmente nos entendemos unos a otros entendemos las palabras. Yo os comunico verbalmente ciertos pensamientos que tengo, y vosotros permanecéis en el nivel verbal; y desde ese nivel esperáis actuar. Habréis, pues, de averiguar si la apreciación verbal trae comprensión, acción. Por ejemplo, cuando yo digo que la buena voluntad el afecto, el amor, es la única solución, la única salida de este caos, entendéis verbalmente; y por poco que seáis reflexivos, probablemente asentiréis. Ahora bien, ¿por qué no obráis? Por la razón muy sencilla de que la respuesta verbal se identifica con la respuesta intelectual. Es decir intelectualmente pensáis que habéis captado la idea, y así se produce la división entre acción e idea. Por eso es que el cultivo de las ideas no engendra entendimiento sino mera oposición, ideas contrarias; y si bien esa oposición puede dar origen a una revolución, no será una real transformación del individuo y por lo tanto de la sociedad.

No se si me expreso claramente acerca de este punto. Si nos quedamos en el nivel verbal, sólo producimos ideas, porque las palabras son cosas de la mente: Las palabras son sensorias y si nos quedamos en el nivel verbal, las palabras sólo pueden crear ideas y valores sensorios. Es decir, una serie de ideas crea otras ideas contrarias, y estas ideas contrarias producen una acción; pero esa acción es mera reacción, respuesta a una idea. La mayoría de nosotros vivimos tan sólo verbalmente, nos nutrimos de palabras; el Bhagavad Gita, dice esto, los Puranas dicen aquello; o Marx dice esto, Einstein dice aquello. Las palabras sólo pueden producir ideas, y las ideas nunca producirán acción. Las ideas pueden producir una reacción, pero no acción y es por eso que tenemos esa brecha entre la comprensión verbal y la acción.

Ahora bien, el interlocutor desea saber cómo se construye el puente entre la palabra y la acción. Yo digo que no es posible, que no podáis llenar la brecha entre la palabra y la acción. Os ruego que veáis la importancia de esto. Las palabras nunca pueden producir acción. Sólo pueden producir una respuesta, una “contraacción” o reacción, y por consiguiente nuevas reacciones, como una onda; y en esa onda os halléis atrapados. La acción, en cambio, es cosa enteramente diferente; no es reacción. No podéis, pues, llenar la brecha entre la palabra y la acción. Tenéis que abandonar la palabra, y entonces actuareis. Nuestra dificultad, entonces, está en cómo abandonar la palabra, es decir, en actuar sin reacción. ¿Me entendéis? Porque, mientras os alimentéis de palabras, forzosamente reaccionaréis; por lo tanto debéis vaciaros de palabras, lo cual significa quedar vacíos de imitación. Tus palabras son imitación; vivir en el nivel verbal es vivir en la imitación; y como toda nuestra vida se basa en la imitación, en la copia, es natural que nos hayamos vuelto incapaces de acción. Por lo tanto debéis investigar los diversos modelos que hacen que copiéis, imitéis, viváis en el nivel verbal; y a medida que empecéis a descifrar los diversos modelos que os han tornado imitativos, hallaréis que actuáis sin reacción.

Señor, el amor no es una palabra; la palabra no es la cosa, ¿verdad? Dios no es la palabra “dios”; el amor no es la palabra “amor”. Pero la palabra os satisface porque la palabra os brinda una sensación. Cuando alguien dice “Dios”, sentís que ello afecta nuestra psicología o vuestros nervios, y a esa respuesta le llamáis comprensión de Dios. La palabra, pues, os afecta nerviosa y sensitivamente, y eso produce cierta acción. Pero la palabra no es la cosa, la palabra “dios” no es Dios; os habéis alimentado de meras palabras, de respuestas nerviosas, sensitivas. Ved la significación de esto, por favor. ¿Cómo podéis actuar si os habéis nutrido de palabras vacías? Porque las palabras son vacías, ¿no es así? Sólo pueden producir una respuesta nerviosa, pero eso no es acción. La acción puede ocurrir tan sólo cuando no hay respuesta imitativa, lo cual significa que la mente debe inquirir acerca de todo el proceso de la vida verbal. Por ejemplo, algún dirigente político o religioso hace una afirmación, y, sin pensarlo, decís que estáis de acuerdo, y luego hacéis ondear una bandera y peleéis por la India o por Alemania. Pero no habéis examinado lo que se dijo; y, como no lo habéis examinado, lo que hacéis no es sino una reacción, y entre la reacción y la acción no puede haber relación alguna. La mayoría de nosotros estamos condicionados para la reacción, y por ello debéis descubrir las causas de ese condicionamiento; y a medida que la mente empieza a libertarse del condicionamiento, encontraréis que hay acción. Tal acción no es reacción; es su propia vitalidad, su propia eternidad.

Así, pues, para la mayoría de nosotros la dificultad está en que queremos conectar lo que no puede conectarse, queremos servir al mismo tiempo a Dios y al becerro de oro, queremos vivir en el plano verbal y sin embargo actuar. Ambas cosas son incompatibles. Todos conocemos la reacción, pero muy pocos de nosotros conocemos la acción, porque la acción puede surgir tan sólo cuando comprendemos que la palabra no es la cosa. Cuando comprendemos eso, podemos ir mucho más hondo, podemos empezar a poner al descubierto en nosotros mismos todos los temores, las imitaciones, escapatorias y autoridades; pero eso significa que debemos vivir muy peligrosamente, y muy pocos de nosotros deseamos vivir en un estado de perpetua revolución. Lo que deseamos es refugiarnos en una ensenada donde podamos anclar y ser confortados emocional, física o psicológicamente. Así como no hay relación entre un hombre perezoso y un hombre muy activo, tampoco la hay entre la palabra y la acción; pero una vez que comprendemos eso y vemos todo su significado, la acción se produce. Tal acción, por cierto, conduce a la realidad; es el terreno en el que la realidad puede operar. Entonces no necesita más salir en busca de la realidad: ella viene directamente, misteriosamente, silenciosamente, furtivamente. Y es bienaventurada la mente capaz de recibir la realidad.

Cuarto platicas en Bangalore, 1948

Domingo 25 Julio 1948

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