Sugerencia
Subscribe to the Subscribe
And/or subscribe to the Daily Meditation Newsletter (Many languages)
Print   pdf Pdf
                         Diaspora      rss 

En El Presente Esta Todo El Tiempo

Primera Conferencia pública en Washington, DC, 1985

Sábado 20 Abril 1985

Esta no es una conferencia sobre algún asunto en particular de acuerdo con ciertas disciplinas científicas o filosóficas. Las conferencias son para informar o instruir acerca de un determinado tema, pero no es eso lo que vamos a hacer. Así que ésta no es una conferencia, ni es una forma de entretenimiento. En este país especialmente, está uno muy acostumbrado a que se le entretenga, a que se le divierta. Tanto en la plática de esta tarde como en la de mañana en la mañana, vamos más bien a conversar juntos acerca de nuestra existencia desde el momento en que nacemos hasta que morimos.

En ese periodo de tiempo, ya sea de cincuenta, noventa o cien años, pasamos por toda clase de problemas y dificultades. Tenemos problemas económicos, sociales y religiosos; problemas de relación personal, problemas de realización individual, deseando encontrar nuestras raíces en uno u otro lugar. Y tenemos innumerables heridas psicológicas, temores, placeres, sensaciones. Hay mucho miedo en todos los seres humanos, mucha ansiedad, incertidumbre, y una constante persecución del placer; y todos los seres humanos en esta bella tierra sufren también mucho dolor, mucha soledad. Juntos, vamos a conversar sobre todo eso, y sobre el lugar que la religión ocupa en la vida moderna. También vamos a considerar juntos la cuestión de la muerte; y veremos qué es una mente religiosa y qué es la meditación. ¿Hay algo más allá del pensamiento, hay algo sagrado en la vida, o todo es materia y por eso llevamos una vida materialista?

Así que, como dijimos, ésta no es una conferencia. Es una conversación entre ustedes y quien les habla, una conversación en la que no hay implicación alguna de nuevas teorías, ideas y desatinos exóticos. Lo que vamos a hacer, si tienen ustedes la amabilidad, es considerar juntos, como dos amigos, nuestros problemas. Aunque no nos conocemos el uno al otro, vamos a hablar, a discutir, a conversar ‑lo cual es mucho más importante que ser instruidos mediante una conferencia o que se les diga lo que deben hacer, en qué deben creer, en qué deben confiar, y todas esas cosas-. Por el contrario, vamos a observar ‑imparcialmente, impersonalmente, sin anclarnos en ningún problema o teoría en particular- lo que la humanidad le ha hecho al mundo y lo que nosotros, seres humanos, nos hemos hecho el uno al otro. Haremos juntos un viaje muy largo y complejo, porque es responsabilidad de ustedes así como de quien les habla, que recorramos juntos, que miremos e investiguemos juntos el mundo que hemos creado.

La sociedad en que vivimos es producto del hombre. Cada uno de nosotros ha contribuido a ella. Y si están ustedes dispuestos, y aparentemente tienen que estarlo porque se encuentran aquí y yo me encuentro aquí, vamos a emprender este viaje largo y complejo. La vida es muy compleja. Nos gusta mirar la complejidad y complicarnos más y más. Nunca miramos nada sencillamente con nuestros cerebros, con nuestros corazones, con todo nuestro ser. Hagamos, pues, juntos el viaje. Quien les habla expresa en palabras lo que ocurre, y lo hace de una manera objetiva, clara y totalmente imparcial. Hemos vivido en esta tierra por muchos milenios. Y durante esos largos períodos de tiempo, la humanidad ha sufrido soledad, desesperación, incertidumbre, confusión, múltiples opciones y, por tanto, múltiples complejidades; y ha habido guerras ‑no sólo las sangrientas guerras físicas, sino también las guerras psicológicas. Y la humanidad se ha preguntado si puede haber paz en la tierra. Pero, aparentemente, esta paz no ha sido posible. Hay cerca de cuarenta guerras que tienen lugar en nuestros días, guerras ideológicas, teóricas, económicas, sociales. Durante los tiempos históricos, tal vez por unos cinco o seis mil años, ha habido guerras prácticamente coda año. Y también ahora nos estarnos preparando para las guerras. Dos ideologías ‑la comunista y la que llamamos democrática- en guerra discutiendo sobre la clase de implementos que debemos usar, sobre control de armamentos y todas esas cosas. La guerra parece ser el destino común de la humanidad. Uno observa la acumulación de armamentos en todo el mundo, desde la nación o tribu más pequeña y diminuta hasta una sociedad altamente refinada y opulenta como la de ustedes. ¿Cómo podemos tener paz en la tierra? ¿Es eso posible en modo alguno?

Se ha dicho que no hay paz en la tierra, que sólo la hay en el cielo. Esto se repite de distintos modos, tanto en Oriente como en Occidente. Los cristianos han matado más que nadie en la tierra. Observemos estos hechos, estas realidades, sin tomar partido. Y están las diferentes religiones: en el budismo no hay dios; en el hinduismo, alguien calculó que hay alrededor de trescientos mil dioses. Esto es bastante divertido, uno puede elegir el dios que más le agrade. En el cristianismo y en el Islam hay un solo dios, que se basa en dos libros la Biblia y el Corán. Y así las religiones han dividido al hombre, tal como el nacionalismo, que es una forma de glorificación tribal, ha dividido al hombre ‑nacionalismo, patriotismo, fervor religioso-. Y los fundamentalistas en Medio Oriente, aquí y en Europa, están reviviendo sus tradiciones religiosas. No se si alguna vez han considerado ustedes la palabra revivir. Uno sólo puede revivir algo que está muerto o muriendo. No puede revivir una cosa viva.

El hombre siempre ha estado en conflicto, puesto que todos en este mundo pasamos por toda clase de desdicha, de dolor, de angustia, de desesperada soledad; y anhelamos escapar de todo eso. Vamos, pues, a observar juntos este fenómeno extraordinario: cómo, después de estos miles de años, seguimos siendo bárbaros ‑crueles, vulgares, llenos de ansiedad y odio-. Y la violencia crece en el mundo. Así que uno se pregunta: ¿Puede haber paz en la tierra? Porque sin paz ‑primeramente en lo interno, en lo psicológico- el cerebro no puede flore­cer, los seres humanos no pueden vivir de un modo completamente holístico.

¿Por qué, pues, después, de esta larga evolución ‑durante un periodo en que hemos adquirido una experiencia inmensa, conocimientos y muchísima información- por qué, como seres humanos, estamos perpetuamente en conflicto? Esa es la verdadera pregunta. Porque cuando no hay conflicto, hay naturalmente paz. Y el hombre... por favor, cuando uso la palabra ‘hombre’ no estoy excluyendo a la mujer, no se alteren al respecto... Y, si puedo señalarlo, no se enojen, no se irriten con lo que juntos estamos investigando. Es responsabilidad de ustedes inquirir, no meramente de modo intelectual, verbal, sino con todo el corazón, con el cerebro, con la totalidad del ser, y descubrir por qué somos lo que somos.

Hemos probado diversas religiones, numerosos sistemas económicos y sociales, y seguimos viviendo en conflicto. ¿Puede este conflicto que hay en cada uno de nosotros terminar completamente, no de manera parcial ni ocasional? Es una pregunta muy seria, y exige una respuesta seria. No digan que es posible o imposible; investiguen muy profundamente por qué los seres humanos, incluidos ustedes, y tal vez quien les habla, viven en perpetuo conflicto, con problemas y divisiones. ¿Por qué hemos dividido el mundo en nacionalidades, grupos religiosos, organizaciones sociales, etcétera? ¿Podemos esta tarde investigar seriamente si es posible terminar con el conflicto? En primer lugar, psicológicamente, internamente, porque si hay cierta cualidad de libertad en lo interno, entonces crearemos una sociedad libre de conflictos. Por lo tanto, es nuestra responsabilidad como seres humanos ‑como lo que llamamos individualidades- dedicar seriamente nuestros cerebros, nuestra energía, nuestra pasión, a descubrir por nosotros mismos (no de acuerdo con algún filósofo o psiquiatra), si este conflicto entre los seres humanos puede llegar a su fin.

¿Qué es el conflicto? ¿Por qué hemos vivido en conflicto? ¿Por qué tenemos problemas? Por favor, investiguen estas preguntas con quien les habla. ¿Qué es un problema? El significado etimológico de esa palabra es ‘algo que le lanzan a uno, un reto, algo a lo que uno tiene que responder.

Cuando ustedes son niños, se les envió a la escuela; ahí tienen problemas de escritura, de matemáticas, historia, ciencia, química, etc. Así que desde la infancia los educan para tener problemas. (Por favor, tengan paciencia, consideren esto cuidadosamente). El cerebro de ustedes está condicionado, adiestrado, educado para tener problemas. Obsérvenlo por sí mismos, y por favor, no escuchen meramente a quien les habla. Estamos investigando juntos, examinando juntos los problemas que tenemos. De modo que, desde la infancia, se nos adiestra, se nos educa y condiciona para tener problemas; y cuando surgen nuevos problemas ‑lo que inevitablemente ocurre- nuestro cerebro, estando lleno de problemas, trata de resolver otro problema, con lo cual multiplica los problemas, que es lo que está sucediendo en el mundo. Los políticos en todo el mundo están multiplicando problema tras problema. Y no han encontrado la respuesta.

¿Es posible, entonces, tener un cerebro que esté libre, de modo que uno pueda resolver problemas? Un cerebro libre, no confuso y atiborrado de problemas. ¿Es eso posible? Si dicen que es imposible o que es posible, han dejado de investigar. Lo importante en esta investigación es tener muchas dudas, mucho escepticismo, sin aceptar jamás nada por su valor aparente o según el propio placer o la propia gratificación. La vida es demasiado seria.

Por lo tanto, debemos investigar no sólo la naturaleza del conflicto y de los problemas, sino tal vez algo que puede ser mucho más importante por donde quiera que uno vaya en el mundo, todos los seres humanos que habitan esta tierra, vivan donde vivan, pasan por toda clase de sufrimientos. Millones han derramado lágrimas, con alguna que otra risa ocasional. Todos los seres humanos en esta tierra han experimentado una gran soledad, desesperación, ansiedad, confusión, incertidumbre, igual que ustedes ‑todos los seres humanos, negros, blancos, morados o del color que ustedes prefieran-. Psicológicamente, éste es un hecho, una realidad, no algo inventado por quien les habla. Esto es observable; pueden verlo en cada rostro de esta tierra. De modo que, psicológicamente, cada uno de ustedes es el resto de la humanidad. Pueden ser altos, bajos, negros o blancos, pero psicológicamente son la humanidad. Por favor, entiendan esto, no intelectualmente o ideológicamente o como una hipótesis, sino como una realidad, una realidad candente: en lo psicológico, son el resto de la humanidad. Por lo tanto, psicológicamente, no son individuos. Aunque las religiones ‑excepto quizá partes del hinduismo y del budismo- hayan abrigado, alentado el sentido del desarrollo individual, de la salvación de las almas individuales y todo eso, en realidad la conciencia de uno no es ‘su’ conciencia. Es la del resto de la humanidad, porque todos pasamos por la misma molienda, por el mismo conflicto inacabable.

Cuando ustedes comprenden esto, no emocionalmente, no como un concepto intelectual sino como algo efectivo, real, verdadero, entonces no matarán a otro ser humano; jamás matarán a otro, ya sea verbalmente, intelectualmente, ideológicamente o físicamente, porque entonces se están matando a sí mismos. Pero la individualidad ha sido fomentada en todo el mundo. Cada cual está luchando para sí mismo, para su éxito, para su logro; está persiguiendo sus deseos y creando estragos en el mundo. Tengan la bondad de comprender muy cuidadosamente esto. No estamos diciendo que cada individuo es importante: al contrario. Si ustedes se interesan en la paz global, no sólo en la propia pequeña paz dentro del corral ‑las naciones se han convertido en el corral-, si se interesan realmente, como la mayoría de las personas serias debe interesarse, en que son el resto de la humanidad, esa es una responsabilidad muy grande.

Debemos, pues, volver y averiguar por nosotros mismos por qué los seres humanos han reducido el mundo a lo que es ahora. ¿Cuál es la causa de todo esto? ¿Por qué hemos hecho tal confusión de todo lo que tocamos? ¿Por qué hay conflicto en nuestras relaciones personales? ¿Por qué hay conflicto entre dioses: el dios de ustedes y el dios de los otros? Debemos, pues, investigar juntos si es posible terminar con el conflicto. De lo contrario, jamás tendremos paz en este mundo.

Mucho antes del cristianismo se hablaba de paz en la tierra. Mucho antes del cristianismo se rendía culto a los árboles, a las piedras, a los animales, al relámpago, al sol; no habla sentido alguno de dios, porque se consideraba a la tierra como la madre que debía ser adorada, preservada, tratada con suavidad ‑no destruida como ahora lo estamos haciendo-.

Investiguemos, pues, juntos todo esto ‑por favor, quiero decir juntos, no que yo investigue y ustedes escuchen casualmente asintiendo o disintiendo-. ¿Podríamos esta tarde descartar toda esta idea del asentir y del disentir? ¿Lo harán ustedes, de modo que todos podamos mirar las cosas como son, no como ustedes piensan que son ‑no según la idea o el concepto que tienen acerca de lo que es-, sino sencillamente mirarlas? Si es posible, mirarlas no verbalmente. Eso es mucho más difícil.

En primer lugar, éste es el mundo real en que vivimos. Ustedes no pueden escapar de él a través de los monasterios, a través de las experiencias religiosas ‑y uno tiene que dudar de todas sus experiencias-. El hombre ha hecho todo lo posible en la tierra para escapar de la realidad del vivir cotidiano con todas sus complejidades. ¿Por qué tenemos conflicto en la relación entre hombre y mujer ‑división sexual, sensoria? En esta relación peculiar, el hombre está persiguiendo su propia ambición, su propia codicia, sus deseos, su realización personal, y lo mismo hace la mujer. No sé si se han percatado de todo esto por sí mismos. Hay, pues, dos seres ambiciosos, impulsados por el deseo, dos líneas paralelas que jamás se encuentran excepto tal vez sexualmente. ¿Cómo puede haber relación alguna entre dos personas cuando cada una está persiguiendo sus propios deseos, sus propias ambiciones, su propia codicia?

A causa de esta división, en una relación así no hay amor. Esa palabra ‘amor ha sido estropeada, despreciada, degradada; se ha convertido en algo meramente sensual, placentero. El amor no es placer. El amor no es algo producido por el pensamiento; no depende de la sensación. ¿Cómo, pues, puede haber una relación correcta, verdadera entre dos personas, cuando cada cual toma en cuenta su propia importancia? El interés propio es el principio de la corrupción, de la destrucción, ya sea que opere en el político o en el hombre religioso; el interés propio domina el mundo y, por lo tanto, hay con­flicto.

Donde hay dualidad, separación, como el árabe y el judío, como el cristiano que cree en cierto salvador y el hindú que no cree en todo eso, tenemos esta división ‑división nacional, división religiosa, divisiones individuales-. Donde hay división tiene que haber conflicto. Es una ley. Por lo tanto, vivimos nuestra vida diaria en un pequeño y restringido yo, un yo limitado. El yo siempre es limitado, y esa es la causa del conflicto. Ese es el núcleo central de nuestra lucha, de nuestras penas, ansiedades y todo lo demás.

Uno se da cuenta de eso, como casi todos debemos advertirlo naturalmente, no porque nos hablen al respecto o porque hayamos leído algunos libros de filosofía o psicología, sino porque ése es un hecho real: cada cual está interesado en sí mismo. Vive en un mundo separado, todo para él solo. Y, en consecuencia, hay división entre uno y otro, entre uno y su religión, entre uno y su dios, entre uno y sus ideologías. ¿Es, entonces, posible comprender ‑no intelectualmente sino profundamente- que uno es el resto de la humanidad? Cualquier cosa que uno haga, buena o malas afecta al resto de la humanidad porque uno es la humanidad.

La conciencia de cada uno de nosotros no es ‘nuestra’. Nuestra conciencia está compuesta de su contenido. Sin el contenido no hay conciencia. La conciencia de cada uno de nosotros, como la del resto de la humanidad, está compuesta de creencias temores, fe, dioses, ambiciones personales. Nuestra conciencia se compone de todo esto, es producto del pensamiento.

Uno espera que hayamos emprendido el viaje juntos, que juntos estemos recorriendo el mismo camino ‑no que ustedes estén escuchando una serie de ideas-. No vamos tras ideas o ideologías, sino que nos enfrentamos a la realidad, porque en la realidad y en el ir más allá de esa realidad, está la verdad. Y cuando hay verdad, ésta es algo sumamente peligrosa. La verdad es muy peligrosa porque produce una revolución en uno mismo.

Es bueno formular preguntas. Pero, ¿a quién le están ustedes formulando la pregunta? ¿Se la formulan a quien les habla? Eso significa que esperan de él una respuesta. Entonces dependen de quien les habla. Entonces dan origen a los gurús. ¿Alguna vez han investigado la cuestión de por qué formulamos preguntas? No es que no deban hacerlo, pero estamos investigando. Supongamos que le preguntan algo a quien les habla y él responde a ello; o bien aceptan esa respuesta o la rechazan. Si la respuesta les satisface porque está de acuerdo con el condicionamiento o el trasfondo de ustedes, dicen: “Si, estoy enteramente de acuerdo con usted”. O, si no están de acuerdo, dicen: “¡Qué disparate!” Pero si empiezan a inquirir en la pregunta misma, ¿está la respuesta separada de la pregunta? ¿O la respuesta reside en la pregunta misma? El perfume de una flor es la flor. La propia flor es la esencia de ese perfume. ¡Pero dependemos tanto de otros para que nos ayuden, nos alienten, para que resuelvan nuestros problemas! Por lo tanto, desde nuestra confusión creamos la autoridad, los gurús, los sacerdotes. Así que, por favor, es bueno formular preguntas. Yo no sé si han investigado esto. ¿Saben?, hemos perdido el arte de la investigación, de la discusión: no tomar partido sino mirar las cosas. Es algo muy complejo; quizá no sea ésta 1a ocasión apropiada para investigarlo.

También deben ustedes investigar por qué nos sentimos psicológicamente lastimados desde la infancia. Casi todos nosotros tenemos heridas psicológicas, y desde esas heridas ‑conscientes o no‑ surgen muchos de nuestros problemas. En un niño, la herida se produce a causa de un regaño, o porque le dicen algo feo, brutal, violento. Cuando uno dice, “Me siento herido”, ¿quién el que se siente herido? ¿Es la imagen que uno ha construido de sí mismo la que se siente herida, la psique? Por favor, quien habla no ha leído ninguno de los libros de psicología ni libros filosóficos o religiosos, él sólo está investigando con ustedes. La psique es el ‘yo’, y el yo es la imagen que he construido de mí mismo. No hay nada espiritual al respecto. Esa es otra palabra fea: “espiritual”. De modo que es la imagen la que se siente lastimada, y esa imagen la llevamos con nosotros a lo largo de toda nuestra vida. Si una imagen no es agradable, nos formamos otra imagen que si es agradable, la fomentamos ‑sentimos que vale la pena, que es significativa y da un sentido intelectual a nuestra vida.

¿Es posible vivir en esta tierra sin tener ni una sola imagen, de nadie, incluyendo a Dios ‑si es que tal entidad existe-. Ninguna imagen de la esposa, de los hijos, del marido, etc.? No tener ni una sola imagen. Entonces es posible no ser lastimados jamás.

Y también, como nuestro tiempo es limitado, debemos investigar cuidadosamente si es posible estar libres del miedo. Esta es realmente una pregunta importante No es que yo la esté formulando por ustedes, sino que ustedes se preguntan esto a sí mismos: ¿Es posible, viviendo en una sociedad moderna con toda la brutalidad, con toda la tremenda violencia en aumento creciente, estar libres del miedo? Esto es enteramente distinto del análisis. Sólo observar sin distorsión alguna: observar, por ejemplo, esta sala, cuántas filas hay, observar cómo viste el vecino junto a uno, cómo habla, su rostro; sólo observar, no criticar, no evaluar ni juzgar, sino observar. Observar un árbol, observar la luna y el rápido correr de las aguas. Cuando observan así, entonces se preguntan a sí mismos: ¿Qué es la belleza?

En las revistas se habla mucho de la belleza: cómo ser bellos, el rostro, el cabello, el color de la piel, etcétera. ¿Qué es, entonces, la belleza? ¿Está en el cuadro, en la pintura, en la extraña estructura moderna? ¿Está la belleza en un poema? ¿Está meramente en el rostro y en el cuerpo físico? ¿Se han formulado alguna vez esta pregunta? Si uno es un artista o un poeta o un hombre de letras, puede describir algo muy bellamente, pintar algo muy hermoso, escribir un poema que conmueve realmente todo nuestro ser. ¿Qué es, pues, la belleza? ¿Han advertido alguna vez que cuando le dan un juguete bonito, complicado, a un niño desobediente que está gritando, agitándose, él queda completamente absorto en el juguete y toda su desobediencia cesa porque está absorto? Cuando estamos absortos, abstraídos en un poema, en un rostro, en una pintura, ¿es belleza esa abstracción? Cuando miro una montaña maravillosa coronada por las nieves eter­nas, con su contorno recortado contra el cielo azul, por un segundo la inmensidad de esa montaña aleja al yo con todos mis problemas, toda mi ansiedad. Ante la majestad de las grandes rocas y de los hermosos valles y ríos, en ese momento, el yo está ausente. Así, la montaña ha alejado al yo, tal como el juguete aquieta al niño. Esa montaña, ese río, la profundidad de los valles azules, disipan por un segundo todos nuestros problemas, nuestras vanidades y afanes. Entonces decimos: “¡Qué bello es eso!” ¿Pero existe la belleza sin que uno esté absorto por cosa alguna? O sea, la belleza está donde no está el yo.

No se duerman, por favor. Tal vez hayan tenido ustedes un buen almuerzo ‑espero que si-, pero éste no es el lugar para dormir. Es el problema de ustedes, la vida de ustedes, no la vida de quien les habla; es de la vida de ustedes, de sus vanidades, de sus desesperanzas, de sus penas que estamos hablando. Así que manténganse despiertos por otros veinte o treinta minutos, si es que les interesa.

Por lo tanto, la belleza está ahí cuando el yo no está. Y eso requiere gran meditación, mucha investigación y un sentido tremendo de disciplina. La palabra ‘disciplina’ quiere decir ‘el discípulo que aprende del maestro’. Aprender, no disciplinar, como ocurre cuando se adaptan, cuando se ajustan, cuando imitan, sino aprender. El aprender trae su propia y extraordinaria disciplina, y la disciplina es necesaria para que haya un sentido interno de austeridad.

Y ahora tenemos que investigar juntos lo que es el miedo. ¿Qué es el miedo? La humanidad ha tolerado el miedo. Jamás ha sido capaz de resolverlo. Jamás. Hay distintas formas de miedo; uno puede tener su propio miedo particular: miedo a la muerte, miedo a los dioses, miedo al demonio, miedo a la propia esposa o al marido, miedo a los políticos ‑sabe dios cuántos miedos tiene la humanidad-. ¿Qué es el miedo? No la mera experiencia del miedo en sus múltiples formas, sino la realidad del miedo, el miedo efectivo. ¿Cómo se origina el miedo? ¿Por qué la humanidad, que es cada uno de nosotros, aceptó el miedo como una forma de vida? Hay violencia en la televisión, violencia en nuestra vida cotidiana, y la violencia final del asesinato organizado que llaman guerra. ¿Acaso no está el miedo relacionado con la violencia?

Estamos explorando el miedo, la verdad efectiva del miedo, no la idea del miedo, ¿comprenden la diferencia? La idea del miedo es diferente de la realidad del miedo, ¿correcto? Entonces, ¿qué es el miedo? ¿Cómo se ha originado? ¿Cual es la relación del miedo con el tiempo, con el pensamiento? Uno puede estar atemorizado del mañana, o de muchos mañanas: el miedo a la muerte o el miedo a lo que realmente está sucediendo ahora. Debemos, pues, investigar juntos ‑por favor, quien les habla sigue repitiéndolo: juntos‑. No tiene gracia que me hable a mí mismo. ¿Tiene el miedo su origen en el tiempo? Alguien ha hecho algo en el pasado para lastimarlo a uno, y el pasado es tiempo. El futuro es tiempo. El presente es tiempo. Preguntamos, pues: ¿Es el tiempo un factor central del miedo? El miedo tiene muchas, muchas ramas, muchas hojas, pero no es bueno podar las ramas; preguntamos cuál es la raíz del miedo. No las múltiples formas del miedo, porque el miedo es miedo. A causa del miedo han inventado ustedes a los dioses, a los salvadores. Si psicológicamente uno no tiene miedo en absoluto, entonces hay un alivio extraordinario, un gran sentido de libertad. Uno se ha desprendido de todas las cargas de la vida. Debemos, pues, investigar muy seriamente, minuciosamente, con cierta vacilación, esta pregunta: ¿Es el tiempo un factor del miedo? Obvia­mente. Hoy tengo un buen empleo, puedo perderlo mañana ‑por lo tanto, estoy atemorizado-. Cuando hay miedo, hay celos, ansiedad, odio, violencia. Por consiguiente, el tiempo es un factor del miedo. Por favor, escuchen hasta el final de esto, no digan: ¿Cómo he de detener el tiempo? Ese no es el problema; esa es más bien una pregunta absurda.

El tiempo es un factor, y el pensamiento es un factor: pensar en lo que ha sucedido, en lo que podrá suceder ‑pensar-. ¿Es el pensar un factor en el miedo? El pensar, ¿ha dado origen al miedo? Como vemos, el tiempo ha originado el miedo, ¿no es así? El tiempo; no solamente el tiempo por el reloj, sino el tiempo psicológico, el tiempo interno: “Seré”: “No soy bueno, pero lo seré”; “Me libraré de mi violencia” ‑lo cual es nuevamente el futuro-. Todo eso implica tiempo. Debemos inquirir: ¿Qué es el tiempo?

¿Están dispuestos a hacer todo esto? ¿Quieren investigar todo esto? ¿Realmente? Estoy bastante sorprendido, porque a todos ustedes sus psicólogos, sus sacerdotes, los líderes que tienen, todos les han instruido e informado, les han dicho lo que deben hacer; siempre están ustedes buscando ayuda y encontrando nuevos modos de que se les ayude. Así es como uno se ha convertido en un esclavo de otros. Nunca está libre para investigar, para valerse completamente por sí mismo en lo psicológico.

Vamos, pues, a examinar el tiempo. ¿Qué es el tiempo? Aparte del reloj, aparte de la salida y puesta del sol ‑la belleza del amanecer, la belleza del crepúsculo-, aparte de la luz y la oscuridad, ¿qué es el tiempo? Por favor, si uno comprende realmente la naturaleza del tiempo en lo interno, descubrirá por sí mismo una sensación extraordinaria de estar absolutamente libre del tiempo.

El tiempo es el pasado, ¿correcto? El tiempo es el futuro y el tiempo es el presente. Todo el ciclo es tiempo. El pasado: nuestro trasfondo, lo que hemos pensado, las cosas por las que hemos pasado, nuestras experiencias, nuestro condicionamiento como cristianos, hindúes, budistas y todo eso; sin el pasado no estarían ustedes aquí. Han sido programados por dos mil años, y los hindúes por cinco mil años. Como una computadora, ellos repiten, repiten y repiten. Por lo tanto, el pasado es el presente; lo que ustedes son ahora, es la consecuencia del pasado. Y el mañana, o dos mil mañanas, es lo que son ahora; así que el futuro es ahora. En el ahora está contenido todo el tiempo. Esto también es un hecho, una realidad, no una teoría. Lo que somos es la consecuencia del pasado, y lo que seremos mañana es lo que somos hoy. Si soy violento hoy, seré violento mañana. Por consiguiente, el mañana está en el hoy, en el presente, a menos que se produzca en mí una mutación radical, fundamental. De lo contra­rio, seré lo que he sido. Hemos tenido una larga evolución, evolucionando, evolucionando, evolucionando hasta lo que hoy somos. Y si seguimos ese juego, seremos violentos, seremos bárbaros al día siguiente. Por lo tanto si todo el tiempo está contenido en el ahora ‑lo cual es un hecho, una realidad- ¿puede haber una mutación total ahora en toda nuestra conducta y en nuestro modo de vivir, de pensar, de sentir? Porque si no damos origen radicalmente, psicológicamente, a una mutación, entonces seremos exactamente lo que hemos sido en el pasado. ¿Es, pues, de algún modo posible producir esta mutación psicológica?

¿Saben?, cuando durante toda la vida han estado yendo hacia el norte, siguiendo una dirección particular, o sin ninguna dirección ‑tambaleando como hace la mayoría-, y viene alguien y les dice muy en serio que el ir al norte no los lleva a ninguna parte, que al final de ello no hay nada, escúchenlo seria­mente no sólo con el escuchar del oído, sino profundamente. Si cuando se les dice que vayan al este o al sur, ustedes responden: “Lo haré”, en ese instante han tomado un nuevo giro y hay una mutación. Quien les habla lo está simplificando mucho. Pero es un problema muy complejo, y consiste en darse cuenta profundamente que hemos continuado de esta manera por siglos y que no hemos cambiado en absoluto. Seguimos siendo violentos, brutales, y todo lo demás. Si percibimos eso realmente, no intelectual o verbalmente sino a fondo, entonces nos vol­vemos en otra dirección. En ese segundo, hay una mutación en las células mismas del cerebro.

Quien les habla ha discutido estas cuestiones con algunos neurólogos. Por supuesto, ellos no están de acuerdo completamente, pero lo están en parte. Es siempre un juego, ustedes entienden. Nosotros tratamos la vida como un juego: parcialmente verdadero y parcialmente falso; usted puede estar en lo cierto y puede estar equivocado. Pero nunca nos preguntamos: ¿Qué es el arte de vivir? ‑que es más grande que cualquiera de las artes que hay en el mundo-.

¿Pueden ustedes soportar esto un poco más? Terminaremos con este tema. Después de ello, nos encontraremos nuevamente mañana, si están dispuestos. Yo no los estoy invitando, depende de ustedes.

Dijimos que el tiempo es importante porque vivimos a base del tiempo, pero no vivimos el tiempo como una totalidad, que es el presente. En el presente está contenido todo el tiempo: el futuro y el pasado. Si soy violento hoy, seré violento mañana. Y, ¿puedo terminar con esa violencia hoy, completamente, no parcialmente? Puedo. Y también, ¿es el pensamiento el origen del miedo? Por supuesto que lo es. No aceptan la palabra de quien les habla; miren el hecho. Hoy estoy seguro, pero me atemoriza lo que podría suceder mañana; podría haber una guerra, podría haber alguna catástrofe. Por lo tanto, el tiempo y el pensamiento son la raíz del miedo.

Ahora bien, ¿qué es el pensar? ¿Comprenden mi pregunta? Si el tiempo y el pensamiento son la raíz del miedo ‑y lo son, en efecto- ¿qué es el pensar? ¿Por qué vivimos, actuamos, lo hacemos todo basados en el pensamiento? Las maravillosas catedrales de Europa, la belleza, la estructura, la arquitectura, han tenido su origen en el pensamiento. Todas las religiones y sus adornos y accesorios, sus vestimentas, sus túnicas medievales, son producto del pensamiento. Todos los rituales han sido inventados, proyectados por el pensamiento. Cuando uno maneja un automóvil, eso se basa en el pensamiento. El reconocimiento es producto del pensar. Tenemos, pues, que investigar ‑si no están demasiado cansados (y después de esto terminaremos)- qué es el pensar. Probablemente pocas personas se han hecho esta pregunta. Quien les habla la ha estado formulando por sesenta años. ¿Qué es el pensamiento? Si uno puede descubrir cuál es el origen, el principio del pensamiento, la razón de que el pensamiento se haya vuelto tan extraordinariamente importante en nuestra vida, puede que en esa investigación misma esté teniendo lugar una mutación. Así que nos preguntamos: ¿Qué es el pensamiento, qué es el pensar? No esperen que yo responda a ello. Mírenlo, obsérvenlo.

El pensar es la palabra; la palabra es importante, el sonido de la palabra, la calidad de la palabra, la profundidad, la belleza de una palabra. Especialmente el sonido. No examinaré la cuestión del sonido y el silencio. El pensar es parte de la memoria, ¿no es así? Investíguenlo con quien les habla, por favor, no se sienten ahí cómodamente (o incómodamente). El pensar forma parte de la memoria, ¿verdad? Si no tuviéramos memoria en absoluto, ¿podríamos pensar? No podríamos. Nuestro cerebro es el instrumento de la memoria, memoria de las cosas que han sucedido, de las experiencias, etc. ‑todo el trasfondo de la memoria-. La memoria surge del conocimiento, de la experiencia, ¿correcto? Por lo tanto, la experiencia, el conocimiento, la memoria, y la res­puesta de la memoria, todo eso es pensamiento. Todo este proceso de experimentar, recordar, retener, se convierte en nuestro conocimiento. La experiencia es siempre limitada, naturalmente.

¿Es la experiencia diferente del experimentador? ¡Dediquen su cerebro a esto, descubran! Si no hay un experimentador, ¿hay experiencia? Desde luego que no. Por consiguiente, la experiencia y el experimentador son la misma cosa, como lo observado y el observador. El pensador no está separado de sus pensamientos. El pensador es el pensamiento.

La experiencia, pues, es limitada, como pueden observarlo en el mundo científico y en cualquier otro campo. A través de la experiencia, de experimentar sobre animales y todo ese horror que está sucediendo, ellos añaden más y más y más a su conocimiento. Y ese conocimiento es limitado porque le están añadiendo más. Así que la memoria es limitada. Y el pensamiento que proviene de esa memoria, es limitado. Por lo tanto, siendo limitado, el pensamiento debe invariablemente originar conflicto. Sólo vean el patrón de ello, no acepten lo que les dice el que habla, eso sería absurdo. Él no es una autoridad, no es un gurú ‑gracias a Dios‑. Pero nosotros podemos observar este hecho juntos, el hecho de que el pensamiento y el tiempo son la raíz del miedo.

El tiempo y el pensamiento son la misma cosa, no son dos movimientos separados. Vean este hecho, esta realidad: que el tiempo y el pensamiento, tiempo‑pensamiento, son la raíz del miedo ‑sólo obsérvenlo en ustedes mismos‑. No se alejen de esa realidad, de esa verdad: que el miedo es causado por el tiempo y el pensamiento. Reténganlo, permanezcan con ello, no se alejen de ello. Es así. Entonces ello es como tener en la mano una joya preciosa. Uno ve toda la belleza de esa joya. Entonces verán ustedes por sí mismos, que, psicológicamente, el miedo termina por completo. Y cuando no hay miedo, son ustedes libres. Y cuando existe esa libertad total, uno no tiene dioses ni rituales; es un hombre libre.

No sé por qué aplauden, tal vez se están aplaudiendo a sí mismos. No están alentando a quien les habla, ni lo están desalentando. Él no quiere nada de ustedes. Cuando uno mismo se vuelve tanto el maestro como el discípulo ‑siendo discípulo un hombre que está aprendiendo, aprendiendo, aprendiendo, no acumulando conocimientos-, entonces uno es un ser humano extraordinario.

Primera Conferencia pública en Washington, DC, 1985

Sábado 20 Abril 1985

© 2016 Copyright by Krishnamurti Foundations

Sauf mention contraire, le contenu de ce site est mis à disposition
selon les termes de la Licence CC BY-SA 4.0
Web Statistics