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Primera plática en Saanen, 1985

Viernes 5 Julio 1985

Uno quisiera señalar ‑si se le permite- que ésta es una reunión de gente seria que se interesa en la vida cotidiana. No estamos de ninguna manera interesados en creencias ideologías, suposiciones, conclusiones teóricas o conceptos teológicos, ni tratamos de fundar una secta, un grupo de personas que sigan a alguien. No somos frívolos ‑así lo espero- sino que más bien nos preocupamos juntos por lo que está sucediendo en el mundo ‑todas las tragedias, la completa desdicha, la pobreza- y nuestra responsabilidad hacia ello.

Uno también quisiera señalar, si le es permitido, que ustedes y yo, quien les habla, estamos caminando, viajando juntos, no en un avión a 30.000 o 40.000 pies de altura, sino que paseamos por un camino tranquilo, un largo camino interminable por todo el mundo, donde uno ve terrorismo espantoso, matanza de personas sin propósito alguno, amenazas, secuestros, asaltos, asesinatos, guerras. Eso no parece importarnos demasiado. Solamente cuando ocurre muy cerca de nosotros nos preocupamos, nos inquietamos, sentimos miedo. Cuando sucede muy lejos de nosotros, nos mostramos más indiferentes.

Esto es lo que está ocurriendo en el mundo ‑división económica, división política, y todas las divisiones religiosas, sectarias. Hay muchísimo riesgo, muchísimo peligro. Uno no sabe qué va a ocurrir en el futuro, no sólo con nuestra propia vida sino con la de nuestros hijos y la de nuestros nietos. Todo el mundo se encuentra en un gran estado de crisis, y la crisis no sólo está afuera sino también dentro de cada uno de nosotros. De modo que si somos por completo conscientes de todo esto, ¿cuál es la responsabilidad que en ello tiene cada uno de nosotros? Tenemos que habernos formulado esta pregunta con bastante frecuencia. ¿Qué es lo que hemos de hacer? ¿Por dónde tiene uno que empezar? ¿Qué debe hacer cada uno de nosotros al enfrentarse a esta terrible sociedad en que vivimos, una sociedad en la que cada cual se interesa sólo en sí mismo, en su propia realización, en su propia desdicha, en sus luchas económicas, etc., etc., etc. Cada uno de nosotros se interesa solamente en sí mismo. ¿Qué hemos de hacer? ¿Imploraremos a Dios ‑repitiendo plegarias una y otra y otra vez? ¿O habremos de pertenecer a alguna secta, o seguiremos a algún gurú, o escaparemos del mundo vistiendo algún traje medieval o ropas modernas de un color peculiar? ¿Podemos de modo alguno apartarnos del mundo, como los monjes?

Al ver todo esto, al observarlo íntimamente ‑no como algo sobre lo cual uno ha leído en los diarios, o que le ha sido relatado por los periodistas, las novelas, la televisión- ¿cuál es el papel, la responsabilidad que en ello tiene cada uno de nosotros?

Como dijimos, no estamos tratando de entretenerles o decirles lo que deben hacer ‑lo que cada uno de nosotros debe hacer. Hemos tenido líderes a granel, líderes políticos, económicos, religiosos, sectarios, y ellos han sido completamente inútiles; tienen sus propias teorías, hacen lo que quieren, y hay miles de personas que los siguen en todo el mundo. Poseen realmente riquezas enormes (no sólo la riqueza de la iglesia católica romana, sino también la riqueza de los gurús). Todo ello viene a parar en el dinero.

Por lo tanto, si a uno le es permitido preguntarlo: ¿Qué haremos ustedes y yo juntos? ¿O qué hará cada uno de nosotros como ser humano? ¿Nos interesa en absoluto todo esto o estamos buscando alguna satisfacción particular, alguna gratificación para nosotros mismos? ¿Estamos comprometidos con cierto símbolo ‑religioso o de otra clase- y nos aferramos a él, esperando que lo que se encuentra tras de ese símbolo nos ayude? Ésta es una pregunta muy seria. Y se está volviendo mucho más seria ahora, porque hay amenaza de guerra y, por tanto, una incertidumbre total.

¿Puedo, puede quien les habla, informarles acerca de una conversación que él ha tenido con un Sr. X, la cual continuó por varios días? El Sr. X le contó a quien les habla, que ha viajado por casi todo el mundo. Es bastante instruido, ha estado en diversas organizaciones, incorporándose algunas veces a ellas y abandonándolas apresuradamente. Ha seguido a uno que otro gurú y renunció a ellos. Y por unas cuantas semanas trató de convertirse en monje y también desistió de eso. Y miró los diversos partidos políticos, todo el espectro de las actividades políticas, y al final dijo: «He venido a hablar con usted. Me gustaría que tuviéramos una conversación, pero al mismo nivel en que yo estoy, no en el que se supone que está usted. Yo no conozco su verdadera posición o lo que usted es, aunque algo he leído al respecto». ¿Puedo continuar con esta conversación? ¿Les interesa?

Y él prosiguió: «Discutamos las cosas juntos usted y yo, como dos amigos ‑como dos amigos que han vivido juntos en el mundo y han pasado por toda clase de afanes. ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué el hombre ha nacido así? ¿Por qué después de muchos, muchos, muchos milenios ha llegado a ser lo que es ahora ‑sufriente, ansioso, solitario, desesperado con la enfermedad, con la muerte; y siempre los dioses por ahí, en alguna parte? Olvidémoslo todo acerca de esos dioses y hablemos juntos como dos seres humanos que viven en este mundo, en este país maravilloso, en esta tierra que es tan bella, que es la madre de todas las cosas».

Y así este Sr. X mostró algo de sus pensamientos íntimos, de sus actividades externas. Y dijo: «¿Qué significa todo esto? ¿Por qué los seres humanos, que son tan refinados, tan educados, que se han vuelto expertos en tecnología, que pueden inventar dioses y diosas y todo lo demás ‑por qué los seres humanos están en perpetuo conflicto en todo el mundo, en conflicto con el ambiente, con los gobiernos que ellos mismos han elegido, o con algún dogma inventado por antiguos sacerdotes? ¿Por qué cada ser humano, desde el momento que nace hasta que muere, vive en este conflicto?» Ésta fue la primera pregunta que formuló el Sr. X. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa de este conflicto, no sólo en lo externo sino también muy profundamente en lo interno, en lo subjetivo, bajo la piel, por decirlo así? ¿Por qué el hombre está en conflicto?

Siglos antes del cristianismo, las religiones han hablado interminablemente acerca de la paz ‑«sé pacífico, sé tranquilo, sé gentil, generoso, afectuoso, amable». A pesar de su propaganda, este conflicto continúa. ¿Existe una respuesta a esta pregunta, una respuesta final, irrefutable? O sea, ¿pueden los seres humanos en este mundo, viviendo su existencia cotidiana, yendo a la oficina, manejando una casa, con el sexo, los hijos y todo eso, y también con esta búsqueda, con este anhelo de algo más que las cosas materiales de la vida ‑pueden terminar con el conflicto? Este interrogante, ¿puede ser resuelto alguna vez? Aparentemente, el hombre no lo ha resuelto aunque, como ser humano, ha vivido en esta tierra por tantos millones de años.

«Hemos adquirido una experiencia tremenda», le estaba diciendo el Sr. X a quien les habla. «Hemos acumulado muchísimo conocimiento; hemos reunido una inmensa cantidad de información tecnológica, pero internamente seguimos siendo bárbaros, tratando de matarnos unos a otros, de competir unos con otros, de destruirnos mutuamente».

De modo que el Sr. X recorrió todo ese camino, una larga distancia en ómnibus, en tren y en avión. Y dijo: «Responda a esta pregunta: ¿Existe una causa para este conflicto? Y si existe una causa, descubramos entonces cuál es la causa. No se trata de que usted me guíe o me diga qué debo hacer y yo acepte eso, ni que me ponga a pensar al respecto y llegue a alguna clase de conclusión propia, sino que juntos, como dos seres humanos ‑no uno sentado en una plataforma y el otro sentado abajo- sino juntos como dos seres humanos que han pasado por muchísimas cosas en la vida, la desesperación, la ansiedad, la incertidumbre, el desear amor y no encontrarlo, o el amar y no satisfacerse con eso, siempre apremiando, apremiando, siempre deseando lograr algo, ya sea el cielo o la iluminación o el esclarecimiento, o deseando llegar a ser multimillonarios (que es más o menos la misma cosa), jamás contentos, sin saber nunca qué es la paz, sin sentarnos nunca quietamente bajo un árbol mirando las montañas, los ríos, la brizna de hierba y la belleza de la tierra y de la luz del sol, o la gloria de un temprano amanecer ‑dos seres humanos que se preguntan si existe una causa para este conflicto».

Así que el Sr. X le dijo a quien les habla: Hablemos, cuestionémonos el uno al otro, sin aceptar jamás lo que el otro dice. Yo no aceptaré nada de usted, ni usted aceptará nada de mí. Estamos en el mismo nivel. Usted puede ser muy inteligente, puede tener una reputación ‑que es una tontería- puede haber recorrido la tierra o cierta parte de la tierra, pero todo eso no cuenta, no tiene valor». Con lo cual quien les habla estuvo sinceramente de acuerdo. «Exploremos, pues, esta maldición que el hombre ha soportado desde el principio del tiempo: por qué el hombre ‑que incluye, desde luego, a la mujer- vive de esta manera; por qué el hombre está en conflicto en sus propias relaciones íntimas, sexualmente, en familia ‑toda la red del conflicto».

El Sr. X volvió al día siguiente y continuamos. El día era hermoso. Nos sentamos en la terraza mirando desde lo alto el valle con las grandes montañas coronadas de nieve alrededor de nosotros, con los valles maravillosos, y el bello cielo azul celeste, y el sol relumbrando sobre las hojas, sobre la tierra moteada. Todo parecía tan extraordinariamente vivo palpitante, lleno de energía. Estábamos ahí, él y quien les habla, observando esta gran belleza sin participar jamás de la belleza, siempre observándola, nunca sintiendo la belleza con la totalidad del corazón y de la mente, nunca siendo completamente sensibles a toda la gloria de la tierra. Él dijo: «No hablaremos de la belleza, eso le incumbe a usted, usted me hablará de ella». Uno respondió que lo haría un poco más tarde. «Primero exploremos juntos esta cuestión del conflicto. La pregunta es: ¿Acaso los seres humanos tienen que tolerar el conflicto, acostumbrarse a él, soportarlo sin ser jamás, jamás capaces de desecharlo completamente, de tal manera que sus cerebros puedan funcionar como es debido, completamente desembarazados, completamente libres, no programados, no condicionados?»

De modo que ahora el que les habla les formula esta pregunta a ustedes. Nosotros también hemos discutido, considerado, debatido este punto: ¿Cuál es la causa del conflicto? Estamos viajando juntos; no es cuestión de que me lo digan ni que yo se lo diga a ustedes. ¿Cuál es la causa del conflicto? En todas partes hay lucha. Ustedes podrían decir que la lucha existe en la naturaleza, que el animal grande vive del animal más pequeño, etcétera. Que en el bosque el árbol pequeño lucha por la luz con los árboles gigantes. Podrían decir que en toda la tierra, en la naturaleza, hay conflicto, que se desarrolla alguna clase de lucha. Y entonces, ¿por qué eso mismo no debería ocurrir también con nosotros, puesto que somos parte de la naturaleza? Lo que los seres humanos llaman conflicto, puede que no lo sea en el mundo externo; puede ser el modo más normal en que la naturaleza actúa ‑el halcón, el águila matan al conejo, los osos matan al salmón, el tigre o el chita matan rápidamente a algún otro animal; en la naturaleza el matar, matar y matar prosigue incesantemente, y uno podría decir que nosotros formamos parte de la naturaleza y que, por lo tanto, es inevitable que estemos en constante lucha. Si uno acepta que eso es natural, inevitable, no hay nada más que decir al respecto; si decimos que es natural seguiremos actuando de ese modo porque formamos parte de toda la tierra. Pero si comenzamos a cuestionar eso, entonces, ¿dónde nos encontramos? ¿Están ustedes dispuestos a descubrirlo, puesto que se supone que somos un poco más activos, más inteligentes que los árboles, los tigres, los elefantes? (afortunadamente los elefantes no matan demasiadas cosas, pero destruyen los árboles).

De modo que, si uno no acepta el conflicto como el estilo natural de vida, ¿qué es lo que ha de hacer? ¿Por dónde ha de comenzar uno a fin de comprender el movimiento total del conflicto? ¿Cómo ha de tentar el camino en todo esto? Quien les habla le dijo al Sr. X que una manera de hacerlo es analizar muy cuidadosamente, uno tras otro, todos los factores del conflicto ‑ya sea mediante el autoanálisis o siendo analizado por algún otro, o aceptando el consejo de profesores, filósofos y psicólogos. Pero el análisis, ¿contribuirá al descubrimiento de la causa, aunque pueda llevarlo a uno a ciertas conclusiones intelectuales? O, ¿puede uno reunir todos los factores intelectuales y ver la totalidad? ¿Es eso posible? ¿O hay un modo diferente de abordar el problema?

Me pregunto si el Sr. X comprende lo que se está diciendo. Quien habla está diciéndole al Sr. X que el análisis implica un analizador ‑¿correcto? Por lo tanto, existen un analizador y lo analizado, el sujeto y el objeto. ¿Existe en uno mismo esa diferencia entre el sujeto y el objeto? Ésa es una pregunta que quien les habla le formula al Sr. X. Ustedes son el Sr. X. Al analizador lo han estimulado a través de la educación, del condicionamiento, de la programación, para creer que él ‑el analizador- es por completo diferente de aquello que analiza. Pero quien les habla dice: «Voy a cuestionar toda esta actitud hacia el análisis». Dice: «Yo no acepto lo que afirman acerca del análisis los profesionales, incluyendo esas personas que proceden de Viena o los recientes psicólogos norteamericanos». Quien habla le dice al Sr. X: «Yo no acepto nada de eso. Lo cuestiono, cuestiono no sólo la actividad del análisis sino al analizador. Si uno puede comprender primeramente al analizador, ¿qué necesidad hay, entonces, de análisis?» ¿Comprenden, señores? ¿Voy demasiado rápido? ¿Podemos investigar esto juntos?

Yo me analizo a mí mismo. He sido iracundo, o codicioso, o sexual ‑lo que fuere. Y al analizar eso, o sea, al dividirlo y observarlo minuciosamente, paso a paso, ¿quién es el observador? ¿Acaso el observador, el analizador, no es todos los recuerdos acumulados? Él está condicionado por la experiencia, por sus conocimientos, por su modo de considerar la vida, por sus tendencias particulares, por sus prejuicios, por su programación religiosa; todo esto es el pasado, todo esto es el trasfondo de su vida desde la infancia. Él es el observador, él es el analizador; ya sea que ese trasfondo incluya o no la memoria comunal, la memoria racial, la conciencia racial, él es el observador. Y entonces el observador divide eso en el observador y lo observado, de modo tal que la división misma crea conflicto en el análisis. ¿Estamos juntos? Ustedes son el Sr. X, yo soy el que le habla. ¿Estamos haciendo juntos el mismo viaje? Quien habla dice que, en el momento que existe una división entre el analizador y lo analizado, tiene que haber, inevitablemente, conflicto de alguna clase; puede ser sutil, ilusorio, sin sentido, pero es un conflicto ‑vencer, conquistar, reprimir, trascender, que son todos esfuerzos en mayor o menor grado.

Uno descubre así que donde hay división entre los suizos y los alemanes, entre los franceses y los ingleses, entre mí y usted, entre nosotros y ellos ‑donde hay división tiene que haber conflicto. No es que no exista la división; los ricos son muy poderosos. Pero si creamos una división subjetivamente ‑yo pertenezco a esto y usted pertenece a aquello, yo soy católico, usted es protestante, yo soy judío y usted es árabe- entonces hay conflicto.

Así, dondequiera que haya división entre dos personas, entre el hombre y la mujer, entre Dios y la tierra, entre ‘lo que debería ser’ y ‘lo que es’ ‑me pregunto si el Sr. X está siguiendo todo esto, no sólo verbalmente, intelectualmente (lo cual no tiene sentido) sino con el corazón, con todo su ser, con toda su vitalidad, energía y pasión- donde hay división hay conflicto.

Uno comienza, pues, a descubrir la raíz del conflicto. ¿Es posible para un ser humano que vive en un mundo moderno, que va a un empleo, que se gana la vida (los negocios allá, la familia aquí, agresivo en los negocios y sumiso con su mujer)- es posible para él vivir de modo tal que su vida no se vuelva una contradicción? ¿Puede terminar esa contradicción? Si no, uno vivirá en conflicto, se convertirá en un hipócrita. Si a uno le gusta ser un hipócrita, está bien, que lo sea; pero si uno quiere vivir honestamente ‑lo cual es absolutamente necesario- vivir con una grande y austera honestidad, no hacia alguien, no hacia el propio país, o hacia el propio ideal, sino decir exactamente lo que uno quiere decir y querer decir lo que uno dice, no lo que otros han dicho y uno repite, y no creer en algo y hacer completamente lo contrario, lo cual no es honesto ‑si uno desea vivir muy honestamente, no tiene que haber contradicción.

Todos hablan de la paz. Todos los gobiernos, todas las religiones y todos los predicadores ‑inclusive quien les habla‑ hablan de la paz. Y vivir pacíficamente exige tremenda honestidad e inteligencia. ¿Es posible, entonces, viviendo en el siglo veinte, vivir ante todo internamente, ante todo psicológicamente, subjetivamente, sin que haya dentro de uno ningún tipo de división? Por favor, inquieran, examinen, averígüenlo con pasión. La pasión no incluye el fanatismo, la pasión no exige martirio. No es algo a lo cual uno está tan apegado que ese apego mismo le da a uno la pasión ‑¿comprenden? Eso no es pasión, es estar atados a algo que nos da el sentimiento de pasión, la energía, como un burro atado a un poste; puede dar vueltas y vueltas y vueltas, pero sigue retenido ahí.

¿Pueden, pues, el Sr. X y quien les habla, sin decirse el uno al otro lo que deben hacer, descubrir por sí mismos con total honestidad, sin ningún sentido de engaño o de ilusión, si es posible vivir en este mundo ‑en el cual ustedes conocen todos los horrores que suceden- vivir sin conflicto, sin división alguna? No se duerman, por favor, es demasiado temprano en la mañana. Si se les pregunta esto ‑ustedes son el Sr. X- ¿cuál sería la respuesta interna de ustedes? Si son suizos, o hindúes, o musulmanes, o si van detrás de alguna camarilla o de algún grupo, o si son los seguidores de algún gurú, ¿no tendrían que abandonar todo eso completamente? Uno puede tener un pasaporte, suizo o lo que fuere (quien les habla tiene un pasaporte indio pero él no es un indio ‑en la India no les gusta eso, pero les hemos dicho varias veces que no pertenecemos a ningún culto, a ningún gurú, a nada). Ustedes van a encontrar esto terriblemente difícil. Al final de ello se quedan solos, pero existe la comprensión, la percepción interna, el discernimiento con respecto a todo lo que es realmente absurdo. Pertenecer a algo, pertenecer a un grupo, pertenecer a alguna secta, puede proporcionarnos una satisfacción momentánea, pero todo eso llega a ser bastante aburrido, lastimoso y feo.

¿Puede uno, pues, no atarse a ninguna de estas cosas ‑incluyendo especialmente lo que está diciendo quien les habla? Extrañamente, el cerebro de cada uno de ustedes, aunque no es el cerebro de otro, es también el del otro ‑¿comprenden? Nuestro cerebro es como el cerebro de todos los otros seres humanos. Tiene una capacidad inmensa, una energía inmensa. Vean lo que se ha logrado en el campo tecnológico. Todos los científicos de EE.UU. están ahora ocupados con la guerra de las galaxias. No examinaremos todo eso. El cerebro posee esta energía extraordinaria si uno se concentra en algo, si pone su atención en algo. Ellos han puesto su atención en matar a otros seres humanos, y así es como surgió la bomba atómica. Nuestros cerebros no son ‘nuestros’, han evolucionado a lo largo de un gran período de tiempo, y en esa evolución hemos acumulado una cantidad tremenda de conocimientos, de experiencias, pero en todo eso hay muy poco de lo que se llama amor. Yo puedo amar a mi mujer, o a mis hijos, o a mi país. Mi país ha sido dividido geográficamente por el pensamiento, pero está en el mundo. El mundo en que uno vive, es el mundo en su totalidad. De modo que mi cerebro, que ha evolucionado a lo largo de un gran período de tiempo, ese cerebro con su conciencia no es ‘mío’, porque comparto mi conciencia con todos los demás seres humanos.

El Sr. X dice: «He leído acerca de lo que usted ha dicho y no repito sus palabras sino que esto es lo que yo también siento. He visto, por dondequiera que haya estado, en todos los rincones de la tierra, que hay seres humanos que sufren dolor, ansiedad, una soledad desesperada, y así es como compartimos nuestra conciencia con todos los demás seres humanos». ¿Se dan ustedes cuenta de esto ‑no intelectualmente sino en realidad? Si sintiéramos verdaderamente esto entonces no habría división. Le pregunto al Sr. X: «¿Ve usted esta realidad, no un concepto de ella, no una idea de ella no la hermosa conclusión sino la realidad de ello? La realidad es diferente de la idea acerca de la realidad ‑¿correcto? Usted está sentado ahí, eso es real, pero yo puedo imaginar que usted está sentado ahí, lo cual es por completo diferente».

De modo que nuestro cerebro, que es el centro de nuestra conciencia, con todas sus reacciones nerviosas y sus reacciones sensorias, que es el centro de todo nuestro conocimiento, de toda nuestra experiencia, de toda nuestra memoria (nuestra memoria puede ser distinta de la de otro, pero sigue siendo memoria; uno puede ser sumamente educado y el otro puede carecer en absoluto de educación, puede no saber siquiera leer y escribir, pero sigue siendo parte de la totalidad) ‑de modo que compartimos nuestra conciencia con todos los demás seres humanos de esta tierra. Por lo tanto, ustedes son toda la humanidad. ¿Comprenden, señores? Lo son en realidad, no teóricamente o teológicamente o a los ojos de Dios ‑¡es probable que los dioses no tengan ojos!- sino que en realidad exista este hecho extraño e irrevocable de que todos pasamos por el mismo molde: la misma ansiedad, la misma esperanza, el mismo miedo, la misma muerte, la misma soledad que trae consigo tal desesperación... De modo que somos la humanidad. Y cuando uno se da cuenta de eso profundamente, el conflicto con el otro toca a su fin, porque el otro es como uno mismo.

Es acerca de esto, pues, que hemos hablado el Sr. X y K. Y también proseguimos hablando de otras cosas, puesto que él permaneció ahí por varios días. Pero primero establecimos una verdadera relación, que es tan necesaria cuando hay cualquier clase de discusión, cualquier clase de comunicación ‑no sólo verbal, porque las palabras no comunican profundamente lo que uno desea transmitir. Así que al final del segundo día dijimos: ¿Dónde nos encontramos? Usted, Sr. X y K, ¿dónde se encuentran en esto? ¿Hemos producido un cambio ‑no un cambio, el cambio implica tiempo (investigaremos esto en otra oportunidad)- o meramente hemos recogido cosas, como recogemos la cosecha? Nosotros sembramos ‑o sea, que ustedes han venido aquí, lo cual forma parte del sembrar, y han escuchado a K y al Sr. X; ¿qué han recogido? Recoger significa acumular. Ustedes han acumulado muchísima información ‑por favor, sigan esto, pronto terminaremos, no se duerman ni se pongan nerviosos. Han recogido muchísima información de los profesionales, de los psicólogos, de los psiquiatras ‑han recogido, recogido y recogido. El cerebro es como un imán: recoge. Y K le pregunta al Sr. X: «¿También usted ha estado recogiendo? Si lo ha hecho, entonces esto termina por ser como cualquier otra reunión». Así que K le pregunta al Sr. X: «¿Qué ha recogido usted? ¿O no ha recogido nada porque está libre de ello?» Por favor, si tienen paciencia presten atención a esto.

¿Alguna vez dejamos de recoger, de acumular? Para las cosas prácticas en la vida uno tiene que acumular, pero el arte de vivir llega cuando uno ve dónde el acumular no es necesario. Porque si estamos acumulando, nuestro cerebro jamás está libre, jamás está vacío ‑no investigaremos esta cuestión del vacío porque es un asunto por completo diferente. ¿Nos damos cuenta de que estamos acumulando, acumulando y acumulando, como acumulamos hábitos? Y cuando uno ha acumulado tanto, es muy difícil librarse de ello. Este acumular condiciona al cerebro. Habiendo nacido en la India, y pertenecido a cierto tipo de gente, a una tradición religiosa o muy, muy ortodoxa, uno ha acumulado todo eso. Y entonces librarse de todo eso requiere una investigación inmensa, muchísima exploración, observación vigilancia, atención. ¿Es, entonces, posible no acumular en absoluto?

Por favor, consideren esto, no lo rechacen. Descubran. Uno tiene que acumular conocimientos para ir a su casa, para manejar un automóvil, para hablar un idioma extranjero, pero internamente, ¿es en absoluto necesario acumular? Iluminación no es acumulación. Por el contrario, es estar completamente libre de todo eso. Lo cual, después de todo, es amor, ¿verdad? Yo no amo a alguien porque lo haya ‘acumulado’ en mí. He quedado sexualmente satisfecho con esa persona, o ella es muy afable, o yo me siento solo y, por tanto, dependo de ella; entonces eso se convierte en un asunto comercial; entonces nos explotamos, nos utilizamos, nos traicionamos el uno al otro. Por cierto que eso no es amor, ¿verdad? El amor es la calidad de un cerebro que no acumula absolutamente nada, y entonces lo que diga será lo que ha descubierto, no lo que otras personas han dicho. Y en eso hay una pasión tremenda. No lujuria; pasión. Pero esa pasión no es fanatismo. No me convertiré súbitamente en un estricto vegetariano, ni dejaré de tocar la sal. Todos los fanáticos sienten pasión de alguna clase, pero se han vuelto violentos, propensos al martirio y cosas así.

De modo que K le está pidiendo al Sr. X que averigüe si uno puede vivir sin acumular. Es algo que nadie puede decirles. Podemos explorarlo juntos, pero el hecho real de no acumular jamás, de que la memoria acumulada no opere nunca, es realmente muy sutil; requiere muchísima investigación.

¿Podemos detenernos ahora? Hemos hablado por una hora. Ustedes no, pero K ha hablado. Hemos establecido las bases para una comunicación mutua en la cual nadie es superior ni inferior, ni hay uno que sabe y uno que no sabe.

Primera plática en Saanen, 1985

Viernes 5 Julio 1985

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