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Primera platicas en Bangalore, 1948

Domingo 4 Julio 1948

En vez de hacer una disertación, voy a contestar tantas preguntas como me sea posible, y antes de hacerlo desearla señalar algo con respecto a la contestación de preguntas. Uno puede formular cualquier pregunta; mas para que haya una respuesta justa, la pregunta a su vez tiene que ser apropiada. Si es una pregunta seria hecha por una persona seria, por una persona formal que busca con empeño la solución de un problema muy difícil, entonces, evidentemente, habrá una respuesta adecuada a esa pregunta. Pero lo que generalmente ocurre es que se manda gran cantidad de preguntas, a veces muy absurdas, y luego se pretende que todas ellas sean contestadas A mí me parece una gran pérdida de tiempo hacer preguntas superficiales y esperar respuestas muy serias. Aquí tengo varias preguntas, y voy a procurar contestarlas desde el punto de vista que considero más serio; y, si se me permite sugerirlo por tratarse de un auditorio reducido, tal vez me interrumpiréis si la respuesta no es muy clara, de modo que vosotros y yo podamos discutir la, cuestión.

Pregunta: ¿Qué puede hacer el común de los hombres decentes para poner fin a nuestro problema “comunal”?

Krishnamurti: Es obvio que el sentimiento de separatismo esta difundiéndose a través del mundo. Cada guerra sucesiva engendra más separatismo, más nacionalismo, más gobiernos soberanos, etc. Especialmente en la India, este problema de la discordia “comunal” está acentuándose. ¿Por qué? En primer lugar, evidentemente, porque la gente busca empleos. Cuantos más gobiernos separados haya, más empleos habrá; pero esa es una política de muy cortos alcances, ¿verdad? Porque, con el tiempo, la tendencia del mundo será de más en más hacia la federación, hacia una unión, y no una dispersión constante. No hay duda de que cualquier persona decente que realmente piense acerca de esta situación ‑que no es sólo de la India sino un problema mundial‑ debe primero estar libre de nacionalismo, y no sólo en asuntos de Estado sino en el pensamiento, en la acción, en el sentimiento. Después de todo, el “comunalismo” no es mas que una rama del nacionalismo. El pertenecer a determinado país, raza o grupo de personas, o a una ideología en particular tiende cada vez más a dividir a la gente, a crear antagonismo y odio entre hombre y hombre. Eso, evidentemente, no es solución para el caos mundial. Así, pues, lo que cada uno de nosotros puede hacer es ser “no comunal”: podemos dejar de ser brahmanes, de pertenecer a casta alguna o a país alguno. Pero eso es muy difícil porque por tradición, ocupación y tendencia, estamos condicionados para seguir determinada norma de acción: y el romper con ella resulta arduo en extremo. Puede que queramos romper, pero la tradición familiar, la ortodoxia religiosa y otras cosas más, nos lo impiden. Sólo los hombres de buena voluntad buscan realmente la buena voluntad, desean ser amigables; y sólo tales hombres se libertarán de todas las limitaciones que engendran el caos.

Paréceme, pues, que para dar fin a está discordia “comunal”, uno debe empezar por sí mismo, y no esperar la acción de otras personas, de la legislación, del gobierno. Porque, después de todo, ni la coacción ni la legislación resuelven el problema. El espíritu de “comunalismo”, de separatismo, el pertenecer a determinada clase o ideología, a una religión termina sin duda por causar conflictos y antagonismos entre los seres humanos. La amistad no se logra compulsivamente, y esperarla de la coacción no es, por cierto, solución alguna. Para salir de esto, pues, se requiere que cada uno, que todo individuo, que vosotros y yo, nos desprendamos del espíritu “comunal”, del nacionalismo. ¿No es esa, acaso, la única salida de esta dificultad? Porque, mientras la mente y el corazón no estén dispuestos a ser abiertos y amigables, ni la mera coacción ni la legislación vio a resolver este problema. Cada uno de nosotros, pues, viviendo como vive en una comunidad determinada, en determinada nación o agrupación de personas, tiene evidentemente la responsabilidad de desprenderse del estrecho espíritu de separatismo.

La dificultad consiste en que la mayoría de nosotros tenemos motivos de queja. Concordamos con el ideal de que deberíamos emanciparnos y crear un mundo nuevo, una nueva serie de ideas, etc. Pero al volver a casa, la presión de las influencias ambientales es tan fuerte que nos echamos atrás; y esa es la mayor dificultad, ¿no es cierto? Intelectualmente convenimos en lo absurdo de la discordia “comunal”, pero muy pocos somos los que nos tomamos el trabajo de sentarnos a pensar en la totalidad del problema para descubrir las causas coadyuvantes. El pertenecer a una agrupación determinada, ya sea de acción social o de acción política, engendra ciertamente antagonismo separatismo; y la verdadera revolución no se hace siguiendo una ideología determinada, porque la revolución basada en una ideología crea antagonismos en diferentes niveles y es por lo tanto una continuación de lo mismo. De suerte que esta discordia “comunal”, evidentemente, sólo puede terminar cuando vemos todo lo absurdo de la acción separada, de una determinada ideología, moral o religión organizada, ya se trate del cristianismo, del hinduismo o de cualquiera otra religión limitada y organizada.

Comentario del auditorio: Todo esto suena muy convincente; pero llevado al terreno de la acción resulta muy difícil; y, como Ud. dice, cuando volvemos a casa la mayoría de nosotros somos enteramente diferentes de lo que somos aquí. Aunque le escuchemos a Ud. y pensemos en lo que dice, el resultado depende de cada uno de nosotros. Siempre hay este “pero”.

Comentario del auditorio: Este movimiento para terminar con la religión organizada, podrá a su vez formar una religión organizada.

Krishnamurti: ¿Cómo, señor?

Comentario del auditorio: Por ejemplo, ni Cristo ni Ramakrishna Paramahamsa deseaban una religión organizada; pero, olvidando la esencia misma de sus enseñanzas, los hombres han construido en torno de ellas una religión organizada.

Krishnamurti: ¿Por qué hacemos eso? ¿No es porque queremos seguridad colectiva, porque queremos sentirnos a salvo?

Comentario del auditorio: ¿Todas las instituciones son de carácter separatista?

Krishnamurti: Tienen forzosamente que serlo.

Comentario del auditorio: ¿Hasta el pertenecer a una familia es malo?

Krishnamurti: Pone Ud. en uso la palabra “malo”, de la que yo nunca me he servido.

Comentario del auditorio: Repudiarnos nuestro régimen de familia. Es un sistema antiguo.

Krishnamurti: Si de él se hace mal uso, es obvio que debe ser descartado.

Comentario del auditorio: ¿No es forzoso, pues, que una institución sea en sí separatista?

Krishnamurti: Evidentemente. El correo no es separatista, porque todas las comunidades lo usan. Es universal. ¿Por qué, pues, los seres hundamos individuales encuentran importante pertenecer a algo ‑a una organización religiosa, a una sociedad, a un club, etc.? ¿Por qué?

Comentario del auditorio: No hay vida sin interrelación.

Krishnamurti: Evidentemente. ¿Pero por qué se busca el separatismo?

Comentario del auditorio: Hay relaciones naturales y relaciones antinaturales. La familia es una relación natural.

Krishnamurti: Yo pregunto simplemente: ¿por qué existe el deseo, el impulso que nos lleva a pertenecer a un grupo exclusivo? Pensémoslo bien, y no nos limitemos a hacer afirmaciones. ¿Por qué es que pertenezco a determinada casta o nación? ¿Por qué me llamo hindú? ¿Por qué tenemos este espíritu exclusivo?

Comentario del auditorio: Egoísmo. El “ego” del poder.

Krishnamurti: Sacar a colación una o dos palabras no significa dar una respuesta. Hay alguna fuerza motriz, una presión, una intención, que nos hace pertenecer a una agrupación de personas. ¿Por qué? ¿No resulta importante averiguarlo? ¿Por qué se llama uno alemán, inglés, hindú o ruso? ¿No es obvio que si existe ese deseo de identificarse con algo, es porque la identificación con algo grande le hace a uno sentirse importante? Esa es la razón fundamental.

Comentario del auditorio: No siempre. Un “harijan”, por ejemplo, pertenece a una comunidad muy baja. No se enorgullece de ello.

Krishnamurti: Pero ahí lo mantenemos. ¿Por qué no lo invitamos a nuestra propia casta?

Comentario del auditorio: Estamos tratando de invitarlo.

Krishnamurti: ¿Pero por qué los individuos se identifican con lo más grande, con la nación, con una idea que está más allá de ellos?

Comentario del auditorio: Porque desde el momento en que el individuo nace, se le inculcan ciertas ideas. Estas ideas se desarrollan, y él se cree esclavo. En otros términos: así ha sido condicionado.

Krishnamurti: Exactamente él se halla tan condicionado, que no puede desprenderse de su servidumbre. La identificación con lo más grande existe porque uno desea estar seguro, a salvo, perteneciendo a determinado grupo de pensamiento o de acción. Eso es evidente, señores. ¿Verdad? En nosotros mismos nada somos. Somos tímidos y tenemos miedo de quedarnos solos, y por lo tanto deseamos identificarnos con lo más grande, y en esa identificación nos volvemos muy exclusivos. Este es un proceso mundial. No se trata de mi opinión: es exactamente lo que ocurre. En momentos de gran crisis la identificación se enardece por la religión o por el nacionalismo. Y el problema es vasto. No sólo en la India sino en todas partes del mundo, hay un sentido de identificación con uno u otro grupo, el cual se vuelve gradualmente exclusivo y así engendra antagonismo y odio entre los hombres. Es por eso, pues, que al contestar esta pregunta tendremos que ocuparnos del nacionalismo tanto como del “comunalismo”, en el que también está involucrada la identificación con una religión organizada en particular.

Comentario del auditorio: ¿Por qué, en suma, nos identificamos?

Krishnamurti: Por la razón muy sencilla de que, si no nos identificásemos con algo, estaríamos confusos, perdidos; y a causa de este temor nos identificamos para estar a salvo.

Comentario del auditorio: ¿Temor de qué? ¿No es más bien ignorancia que temor?

Krishnamurti: Llamadle como os plazca, temor o ignorancia; se trata de lo mismo. De suerte que lo importante es en realidad esto: ¿podemos vosotros y yo estar libres de ese temor, quedarnos solos y no ser exclusivos? La “unitotalidad” no es exclusiva; sólo la soledad lo es. Esa, por cierto, es la única salida del problema; porque el individuo es un proceso mundial, no un proceso separado, y mientras los individuos se identifican con tal o cual grupo o sección, tienen que ser exclusivos, con lo que inevitablemente causan antagonismo, odio y conflicto.

Pregunta: Antes de que pueda conocer a Dios, el hombre tiene que saber qué es Dios. ¿Cómo podrá Ud. presentar al hombre la idea de Dios sin traer a Dios al nivel del hombre?

Krishnamurti: Eso no es posible, señor. Ahora bien, ¿qué es lo que nos impulsa a buscar a Dios, y es real esa búsqueda? Para la mayoría de nosotros, ella es un modo de eludir lo existente. Debemos, pues, aclarar muy bien para nosotros mismos si esta búsqueda de Dios es una escapatoria, o si es la búsqueda de la verdad en todo: en nuestras relaciones, en el valor de las cosas, en las ideas. Si sólo buscamos a Dios porque estamos cansados de este mundo y de sus miserias, se trata de una escapatoria. Entonces creamos un dios, que por lo tanto no es Dios. El dios de los templos, de los libros, no es Dios, evidentemente. Es una maravillosa evasión. Pero si tratamos de encontrar la verdad, no en una serie exclusiva de acciones sino en todas nuestras acciones, ideas y relaciones, si buscamos la verdadera evaluación del alimento, del vestido y del albergue, entonces, siendo nuestra mente capaz de claridad y entendimiento, cuando busquemos la realidad la encontraremos. Entonces no será una evasión. Pero si estamos confusos con respecto a las cosas del mundo: alimento, vestido, albergue, relaciones e ideas, ¿cómo podremos encontrar la realidad? Sólo podemos inventar una “realidad”. De suerte que Dios, la verdad o la realidad, no habrá de ser conocido por una mente que se halla confusa, condicionada, limitada. ¿Cómo puede pensar en la realidad o Dios una mente así? Primero tiene que “descondicionarse”. Tiene que libertarse de sus propias limitaciones, y sólo entonces puede saber qué es Dios; antes no, evidentemente. La realidad es lo desconocido, y aquello que es conocido no es lo real. Así, pues, una mente que desee tiene que liberarse de su propio “condicionamiento”, el cual le es impuesto exterior o interiormente; y mientras la mente engendre discordia, conflicto en la vida de relación, no podrá conocer la realidad. De modo que si uno ha de conocer la realidad, la mente tiene que estar en calma; pero si a la mente se la compele, se la disciplina para que esté tranquila, esa tranquilidad es en sí misma una limitación, mera autohipnosis. La mente sólo llega a ser libre y a estar quieta cuando comprende los valores que la rodean.

Para comprender, pues, aquello que es lo más elevado, lo supremo, lo real, debemos empezar muy bajo, muy cerca; es decir, tenemos que descubrir el valor de las cosas, de las relaciones y de las ideas con las cuales nos ocupamos a diario. Y si no se las comprende, ¿cómo puede la mente buscar la realidad? Puede inventar una “realidad”, puede copiar, puede imitar; y como ha leído tantos libros, puede repetir la experiencia de los demás. Pero eso, por cierto, no es lo real. Para experimentar lo real, la mente debe dejar de crear; porque cualquier cosa creada por ella sigue dentro del cautiverio del tiempo. El problema no consiste en saber si hay o no hay Dios, sino en cómo podrá el hombre descubrir a Dios; y si él en su búsqueda se desprende de todo, inevitablemente encontrará esa realidad. Pero tiene que empezar por lo que está cerca, no por lo que está lejos. Es obvio que para ir lejos hay que empezar cerca. Pero la mayoría de nosotros deseamos especular, lo cual es una escapatoria muy cómoda. Por eso es que las religiones ofrecen tan maravilloso narcótico para la mayoría de la gente. De suerte que la tarea de desenredar la mente de todos los valores que ha creado, es en extremo ardua. Y como nuestra mente está fatigada, o somos perezosos, preferimos leer libros religiosos y especular acerca de Dios; pero eso, a buen seguro, no es el descubrimiento de la realidad. Realizar es “vivenciar”, no imitar.

Pregunta: ¿La mente es diferente del pensador?

Krishnamurti: Bueno, ¿el pensador es diferente de sus pensamientos? ¿Existe el pensador sin sus pensamientos? ¿Hay acaso un pensador aparte del pensamiento? Si detenéis el pensamiento, ¿dónde está el pensador? ¿El pensador de un pensamiento es diferente del pensador de otro pensamiento? ¿El pensador es distinto de su pensamiento, o el pensamiento crea al pensador? ¿Y éste se identifica luego con el pensamiento cuando lo halla conveniente, y se separa cuando no le conviene? Es decir, ¿qué es el “yo”, el pensador? El pensador, evidentemente, está compuesto de diversos pensamientos que han llegado a identificarse en calidad de “yo”. Los pensamientos, pues, producen al pensador, no al revés. Si no tengo pensamientos, no hay pensador. No es que el pensador sea diferente cada vez, pero si no hay pensamientos no hay pensador. De suerte que los pensamientos producen al pensador, como las acciones producen al actor. El actor no produce acciones.

Comentario del auditorio: Parece Ud. sugerir, señor que dejando de pensar, el “yo” estará ausente.

Krishnamurti: El “yo” está hecho de mis cualidades, mi idiosincrasia, mis pasiones, mis posesiones, mi casa, mi dinero, mi esposa, mis libros. Todo eso engendra la idea de “yo”; yo no engendro todo eso. ¿Estáis de acuerdo?

Comentario del auditorio: Encontramos difícil estar de acuerdo.

Krishnamurti: Si todos los pensamientos llegaran a cesar, el pensador no estaría ahí. Por lo tanto los pensamientos producen al pensador.

Comentario del auditorio: Todos los pensamientos y ambientes están ahí, pero eso no produce al pensador.

Krishnamurti: ¿Cómo surge a la existencia el pensador?

Comentario del auditorio: El está ahí.

Krishnamurti: Da Ud. por sentado que él está ahí. ¿Por qué dice eso?

Comentario del auditorio: Eso no lo sabemos. Debe Ud. decírnoslo.

Krishnamurti: Yo digo que el pensador no está ahí. Sólo hay acción, pensamiento, y entonces surge el pensador.

Comentario del auditorio: ¿Cómo surge el “yo”, el pensador?

Krishnamurti: Bueno, vamos por partes. Tratemos todos de abordar el problema con la intención de encontrar la verdad; luego valdrá la pena discutir. Estamos procurando descubrir cómo surge el pensador, el “yo”, lo “mío”. Ahora bien, primero hay percepción, luego contacto, deseo e identificación. Antes de eso, el “yo” no existe.

Comentario del auditorio: Cuando mi mente esté ausente, nada percibiré. A menos que haya primero un perceptor, no hay sensación. Un cuerpo muerto no puede percibir, aunque ahí estén los ojos y los nervios.

Krishnamurti: Da Ud. por sentado que hay un ente superior, y el objeto que él ve.

Comentario del auditorio: Así es, al parecer.

Krishnamurti: Así lo dice Ud. Da por sentado que lo hay. ¿Por qué?

Comentario del auditorio: Mi experiencia es que sin la cooperación del “yo”, no hay percepción.

Krishnamurti: No podemos hablar de percepción pura. Ella está siempre mezclada con el perceptor; es un fenómeno conjunto. Si hablamos de percepción, el perceptor se ve de inmediato involucrado. Está más allá de nuestra experiencia el hablar de percibir; nunca tenemos tal experiencia, algo que pueda llamarse “percibir”. Podéis caer en un sueño profundo, en que el perceptor no se percibe a sí mismo; pero en el sueño profundo no hay percepción ni perceptor. Si conocéis un estado en que el perceptor se perciba a sí mismo sin que intervengan otros objetos de percepción, sólo entonces podéis hablar válidamente de “perceptor”. Mientras ese estado sea desconocido, no tenemos derecho de hablar del perceptor como de algo aparte de la percepción. Así, pues, el perceptor y la percepción son un fenómeno conjuntos anverso y reverso de la misma medalla. No están separados, y no tenemos derecho de separar dos cosas que no están separadas. Insistimos en separar el perceptor de la percepción, no habiendo fundamento válido para ello. No conocemos perceptor sin percepción, ni percepción sin perceptor. La sola conclusión valedera, por lo tanto, es que la percepción y el perceptor, el “yo” y la voluntad, son dos caras de la misma medalla, dos aspectos del mismo fenómeno, que no es la percepción ni el perceptor. Pero un examen certero de esto requiere suma atención.

Comentario del auditorio: ¿Adónde nos conducirá?

Comentario del auditorio: Tenemos que descubrir un estado en que el perceptor y la percepción no existen aparte, sino que son partes integrantes del mismo fenómeno. El acto de percibir, sentir, pensar, introduce la división entre perceptor y percepción por ser el fenómeno básico de la vida. Si podemos seguir estos fugaces momentos del percibir, conocer, sentir, actuar, y divorciarlos de la percepción por un lado, del perceptor por el otro...

Krishnamurti: Señor, esta cuestión surgió de la investigación acerca de la búsqueda de Dios. Es obvio que la mayoría de nosotros queremos conocer la experiencia de la realidad. Ella, por cierto, puede ser conocida tan sólo cuando el experimentador deja de experimentar; porque el experimentador da origen a la experiencia. Si el experimentador crea la experiencia, entonces creará un dios; y eso, por lo tanto, no será Dios. ¿El experimentador puede cesar? Ahí está toda la cuestión. Ahora bien, si el experimentador y la experiencia son un fenómeno conjunto ‑lo cual es obvio- entonces el experimentador, el actor, el pensador, tiene que detener el pensamiento. ¿No es ello evidente? ¿El pensador puede, pues, dejar de pensar? Porque cuando él piensa, crea, y lo que él crea no es lo real. Por consiguiente, para descubrir si hay o no hay realidad, Dios, o lo que os plazca, el proceso del pensamiento tiene que terminar, lo cual significa que el pensador tiene que cesar. Que él sea producido por los pensamientos no viene al caso por ahora. Todo el proceso del pensamiento, que incluye al pensador tiene que terminar. Sólo entonces encontraremos la realidad. Veamos ahora, antes que nada, cómo ha de hacerse para llevar ese proceso a su terminación, y quién ha de hacerlo. Si es el pensador quien lo hace, el pensador sigue siendo producto del pensamiento. El pensador, cuando pone fin al pensamiento, sigue siendo la continuidad del pensamiento. ¿Qué ha de hacer, pues, el pensador? Todo esfuerzo de su parte sigue siendo el proceso del pensamiento. Espero que me exprese con claridad.

Comentario del auditorio: Hasta puede significar resistencia al pensamiento.

Krishnamurti: La resistencia al pensamiento, el reprimir todo pensar, sigue siendo una forma del pensamiento; por lo tanto el pensador continúa, y así jamás podrá hallar la verdad. ¿Qué ha de hacer, pues? esto es muy serio y requiere sostenida atención. Todo esfuerzo de parte del pensador proyecta al pensador sobre un nivel diferente. Esto es un hecho. Si el pensador, el experimentador, hace positiva o negativamente un esfuerzo para comprender la realidad, sigue manteniendo el proceso del pensamiento. ¿Qué ha de hacer, pues? Todo lo que él puede hacer es darse cuenta de que cualquier esfuerzo positivo o negativo de su parte es perjudicial. Tiene que ver la ver la verdad al respecto, y no simplemente comprenderla verbalmente. Debe ver que no puede actuar, porque cualquier acción de su parte mantiene al actor, lo alimenta. Todo esfuerzo de su parte, positivo o negativo, vigoriza al “yo”, al actor, al experimentador. Todo lo que él puede hacer, pues, es no hacer nada. Hasta el deseo, positivo o negativo, sigue siendo parte del pensar. El debe ver el hecho de que cualquier esfuerzo que haga es perjudicial para el descubrimiento de la verdad. Ese es el primer requerimiento. Si yo quiero comprender, tengo que estar completamente libre de prejuicio; y no puedo hallarme en ese estado cuando hago un esfuerzo, positivo o negativo. Ello es arduo en extremo. Requiere un sentido de pasiva y alerta percepción en la que no hay esfuerzo. Es sólo entonces que la realidad puede proyectarse.

Comentario del auditorio: ¿Concentración en la realidad proyectada?

Krishnamurti: La concentración es otra forma del esfuerzo, que sigue siendo un acto de pensamiento. Es obvio, por lo tanto, que la concentración no conducirá a la realidad.

Comentario del auditorio: Dijo Ud. que, positiva o negativamente, cualquier acción de parte del pensador es una proyección del pensador.

Krishnamurti: Es un hecho, señor.

Comentario del auditorio: En otras palabras, Ud. distingue entre alerta percepción y pensamiento.

Krishnamurti: Voy a entrar poco a poco en la cuestión. Cuando hablamos de concentración, ésta implica coacción, exclusión, interés exclusivo en algo; y en ello está involucrada la opción. Eso implica esfuerzo por parte del pensador, y el esfuerzo fortalece al pensador. ¿No es eso un hecho? Tendremos, pues, que ahondar el problema del pensamiento. ¿Qué es el pensamiento? El pensamiento es una reacción ante una condición, lo cual significa que el pensamiento es una respuesta de la memoria; ¿y cómo puede la memoria, que es el pasado, crear lo eterno?

Comentario del auditorio: No decimos que la memoria lo crea, porque la memoria es cosa sin percepción.

Krishnamurti: Es inconsciente, subconsciente; viene espontáneamente, involuntariamente. Ahora tratamos de averiguar qué entendemos por pensamiento. Para comprender la cuestión, no miréis en un diccionario; mirad dentro de vosotros mismos, examinaos. ¿Qué entendéis por pensar? Cuando decís que estáis pensando, ¿qué hacéis, realmente? Reaccionáis. Reaccionáis mediante vuestro recuerdo del pasado. Ahora bien, ¿Qué es la memoria? Es la experiencia, el almacenamiento de la experiencia de ayer, ya sea colectiva o individual. La experiencia de ayer es recuerdo. ¿Cuándo recordamos una experiencia? Cuando ella no es, completa, ciertamente. Tengo una experiencia, y esa experiencia es incompleta, sin acabar; y deja una marca. A esa marca le llamo recuerdo, y ese recuerdo responde a un nuevo reto. La respuesta de la memoria a un reto se llama pensar.

Comentario del auditorio: ¿Sobre qué queda la marca?

Krishnamurti: Sobre el “yo”. Después de todo, el “yo”, lo “mío”, es el residuo de todos los recuerdos, colectivos, raciales, individuales, etc. Ese manojo de recuerdos es el “yo”; y ese “yo”, con sus recuerdos, responde. Esa respuesta se llama pensar.

Comentario del auditorio: ¿Por qué esos recuerdos forman un manojo?

Krishnamurti: Por obra de la identificación. Pongo todo en un saco, consciente o inconscientemente.

Comentario del auditorio: Hay, pues, un saco separado de la memoria.

Krishnamurti: La memoria es el saco.

Comentario del auditorio: ¿Por qué los recuerdos se adhieren unos a otros?

Krishnamurti: Porque son incompletos.

Comentario del auditorio: Pero los recuerdos son inexistentes, están en estado de inercia, a menos que haya alguien que recuerde.

Krishnamurti: En otros términos ¿el recordador es diferente del recuerdo? Recordador y recuerdo son dos caras de una moneda. Sin recuerdo no hay recordador, y sin recordador no hay recuerdo.

Comentario del auditorio: ¿Por qué insistimos en separar al perceptor de la percepción, al recordador del recuerdo? ¿No es ésta la raíz de nuestra dificultad?

Krishnamurti: Lo separamos porque el recordador, el experimentador, el pensador, adquiere permanencia mediante la separación. Es obvio que los recuerdos son transitorios; de ahí que el recordador, el experimentador, la mente se separe porque desea permanencia. La mente que hace un esfuerzo, que lucha, que opta, que es disciplinada, no puede, evidentemente, encontrar lo real; porque, como ya lo dijimos, es por ese mismo esfuerzo que ella se proyecta y sustenta al pensador. Ahora bien, ¿como libertar al pensador de sus pensamientos? Esto es lo que estamos discutiendo. Porque cualquier cosa que él piense tiene que ser resultado del pasado; y por lo tanto él crea con la memoria un dios, una verdad, que evidentemente no es lo real. En otras palabras, la mente se mueve sin cesar de lo conocido a lo conocido. Cuando la memoria funciona, la mente sólo puede moverse en el campo de lo conocido; y mientras ella se mueva dentro de ese ámbito, jamás podrá conocer lo desconocido. Para librarnos de lo conocido, cualquier esfuerzo es perjudicial, porque el esfuerzo sigue perteneciendo a lo conocido. De suerte que nuestro problema consiste en librar a la mente de lo conocido. Todo esfuerzo, pues, debe cesar. ¿Alguna vez habéis procurado no esforzaros? Si yo comprendo que todo esfuerzo es inútil, que todo esfuerzo es una nueva proyección de la mente, del “yo”, del pensador, si percibo la verdad a ese respecto, ¿qué ocurre? Si yo veo bien claramente el rótulo “veneno” en una botella, no la toco. No hace falta esfuerzo alguno para no ser atraído por ella. De un modo análogo -y en esto estriba la dificultad mayor-, si me doy cuenta de que todo esfuerzo de mi parte es perjudicial, si veo la verdad al respecto, estoy libre de esfuerzo. Todo esfuerzo de parte nuestra es perjudicial, pero no estamos seguros porque deseamos un resultado, una realización, y ahí está nuestra dificultad. Seguimos, por lo tanto, luchando y luchando. Pero Dios, la verdad, no es una recompensa, una finalidad. Tiene ciertamente que venir a nosotros; nosotros no podemos ir hacia ella. Si hacemos un esfuerzo para ir hacia ella, buscamos un resultado una realización. Más para que surja la verdad, el hombre debe ser pasivamente perceptivo. La percepción pasivo es un estado en el que no hay esfuerzo. Consiste en ser perceptivo sin juzgar, sin optar, no en algún sentido fundamental, sino de todas las maneras; en daros cuenta de vuestros actos, de vuestros pensamientos, de vuestras respuestas relativas, sin opción, sin condenación, sin identificaros ni negar, para que la mente empiece a comprender todo pensamiento y toda acción, sin juzgar. Esto induce a averiguar si puede haber entendimiento sin pensamiento.

Comentario del auditorio: Por cierto, si uno es diferente a algo.

Krishnamurti: Señor, la indiferencia es una forma del juicio. Una mente embotada, una mente indiferente, no es perceptiva. El ver sin juzgar, el saber exactamente lo que ocurre, es la alerta percepción. Es, pues, en vano que busquéis a Dios o la verdad sin ser perceptivos ahora, en el presente inmediato. Es mucho más fácil ir a un templo, pero esa es una huida hacia los dominios de la especulación. Para comprender la realidad, debemos conocerla directamente, y es obvio que la realidad no pertenece al tiempo ni al espacio. Ella está en el presente, y el presente es nuestro propio pensamiento y acción.

Primera platicas en Bangalore, 1948

Domingo 4 Julio 1948

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