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Primera sesión de preguntas y respuestas en Saanen, 1985

Martes 23 Julio 1985

Se me ha dicho que hay muchas personas que se sienten tristes por dejar definitivamente Saanen. ¡Si uno está triste, es por el tiempo que hemos desaprovechado! Y, como se ha anunciado, nos vamos. Ésta es la última sesión en Saanen.

Se han formulado diversas preguntas. Ustedes no pueden esperar que las conteste todas, son demasiadas. Tomaría probablemente varios días contestarlas. Quien les habla no ha visto estas preguntas, prefiere llegar a ellas espontáneamente; pero han sido cuidadosamente seleccionadas.

Antes de entrar en estas preguntas que ustedes han formulado, ¿puedo yo formularles algunas? ¿Puedo? ¿Están completamente seguros?

¿Por qué vienen aquí? Ésa es una buena pregunta. ¿Cuál es la raison d’être (la razón de ser) o la causa de que vengan? ¿Es por curiosidad? ¿Es por la reputación que el hombre, quien les habla, ha adquirido por los últimos setenta años? ¿Es por la belleza de este valle ‑por las maravillosas montañas, el ondeante río, las grandes sombras y la hermosa ladera de la colina? ¿Qué los ha traído aquí? ¿Es porque se interesan en la existencia de cada día, en el modo como la están viviendo, con los problemas que tienen, probablemente de todas clases: vejez, muerte, sexo ‑ustedes saben, toda la invasión de problemas a que está tan habituado nuestro cerebro- y esperan que alguien les diga cómo vivir, cómo examinar esos problemas, qué hacer? ¿Es ésa la razón de que se encuentren aquí? ¿O mientras estamos sentados aquí queremos ver lo que somos realmente, queremos examinarlo todo con mucho detenimiento y ver si podemos ir más allá de ello ‑es ésa la razón?

Por lo tanto, como ustedes no pueden responder a todos esos interrogantes, yo les pregunto, quien les habla les pregunta: ¿Qué hay respecto a todo ello? Estas reuniones se han venido sucediendo en Saanen por veinticinco años. Una gran parte de nuestra vida. Y, si uno puede preguntarlo, ¿qué es lo que queda al final de todo ello, cuál es el contenido de nuestra vida? ¿Ha habido alguna ruptura del patrón? ¿O el patrón, el molde se está repitiendo una y otra y otra vez? Nuestros constantes hábitos concentrados parecen muy difíciles de romper ‑el hábito del pensamiento, el hábito de la propia existencia cotidiana. Cuando miramos todo esto después de veinticinco años, ¿vemos una ruptura de ese patrón en que vivimos? ¿O sólo seguimos adelante día tras día, añadiendo un poco más, quitando un poco más y lamentándonos, al final de nuestra existencia, por no haber vivido de una manera diferente? ¿Es éste el proceso que experimentamos? Les pregunto: ¿Qué hay con respecto a todo ello? ¿Qué hay con respecto a nuestra vida, a todas las cosas terribles que están sucediendo alrededor de nosotros, lejos de este bello país? ¿Dónde nos encontramos, como individuos, en todo este patrón de la existencia? ¿Cuál es el residuo que queda en el tamiz? ¿Qué es lo que permanece en nosotros? ¿Nos damos cuenta de lo que nos ocurre en nuestro pensamiento de todos los días, nos damos cuenta de cada emoción, de cada reacción, de cada respuesta, de cada hábito? ¿O es que meramente nos dejamos fluir, como un río?

¿A cuál de estas preguntas les gustaría que respondiera primero?

[K las lee en voz alta]

¿Qué entiende usted por la creación?

Diversos maestros, gurús, dicen que ellos imparten esencialmente la misma enseñanza que usted. ¿Qué dice usted?

¿Qué es la culpa? Uno está desesperado porque las acciones que cansaron el sentimiento de culta no pueden ser erradicadas.

¿Podemos empezar con lo de los diversos maestros? ¿De acuerdo? Diversos maestros, gurús, dicen que ellos imparten esencialmente la misma enseñanza que usted. ¿Qué dice usted?

No sé por qué se comparan ellos con quien les habla. No sé por qué deberían siquiera considerar que lo que uno dice es lo que ellos también dicen. ¿Por qué afirman estas cosas? Sé que éste es un hecho, que en la India, en Europa y en los EE.UU., diversos gurús fraudulentos, diversos grupos afirman: «Nosotros también vamos hacia lo mismo, recorremos el mismo río que usted recorre». Esto me lo manifestaron, se lo manifestaron personalmente a quien les habla, y hemos discutido este asunto con los gurús, con estos -¿cómo los llaman ustedes?- líderes, locales o extranjeros. Hemos examinado esta cuestión.

En primer lugar, ¿por qué comparan ellos lo que dicen con K? ¿Qué intención hay detrás de eso? ¿La de viajar en el mismo carro? ¿Es porque piensan que no son ‘muy muy’, pero que al compararse con K podrían llegar a ser ‘muy muy’?

Al hablar, pues, de esto con algunos de ellos, lo investigamos. Ante todo, dudo de lo que ellos dicen, y dudo de las propias experiencias de quien les habla. Hay duda, hay descreimiento, no un decir: «Estamos en el mismo bote». ¿Podríamos, pues, abordar esta cuestión con duda, con cierto sentido de escepticismo por ambas partes? Están aquellos que afirman que estamos remando en el mismo bote y por el mismo río; o tal vez ellos van muy adelante y quien les habla va muy atrás, pero siempre en el mismo río. De modo que al hablar con ellos uno duda, cuestiona, apremia, impele más y más, a una profundidad cada vez mayor, y finalmente, quien les habla ha escuchado a muchos de ellos afirmar: «Lo que usted dice es perfecto, es la verdad, Usted encarna la verdad», y todas esas cosas. Así que saludan y se van diciendo: «Nosotros tenemos que tratar con gente común, y esto es sólo para la elite». Yo digo: «¡Doble tontería!» ¿Comprenden?

¿Por qué, entonces, comparan en absoluto ‑«mi gurú es mejor que su gurú»? ¿Por qué no pueden mirar las cosas y verlas como son? Cuestionando, dudando, preguntando, exigiendo, explorando, sin decir nunca, «nuestro punto de vista es mejor que el Suyo», o «este punto de vista es mejor que el otro», o «todos estamos haciendo lo mismo». El otro día escuché: «Usted dice lo mismo que yo estoy diciendo, ¿cuál es la diferencia?» Contesté: «Ninguna en absoluto». Usamos el mismo idioma, inglés o francés, un poco de italiano, pero el contenido, la profundidad que existe detrás de las palabras, puede ser por completo diferente. Nos satisfacemos tan fácilmente con las explicaciones, con las descripciones, con la sensación que nos produce todo el aplauso, toda la gloria, toda la ostentación. Nuestros cerebros no trabajan muy sencillamente.

¿Alguna vez han observado, han visto cómo trabaja el cerebro de ustedes? Ésa es una de las preguntas que me gustaría formularles. ¿Han observado el cerebro en acción, del mismo modo que podría observarlo un extraño? ¿Comprenden? ¿Alguna vez lo han hecho? ¿O el cerebro sigue y sigue con sus viejos hábitos, sus creencias, sus dogmas, sus rituales, sus asuntos, etc. ‑continuando sólo mecánicamente con todo ello? Si se me permite preguntarlo: ¿Es así el cerebro de ustedes? ¡Silencio...! ¿Han observado alguna vez cómo un pensamiento persigue a otro pensamiento, cómo una serie de asociaciones, una serie de recuerdos se aferran a la propia experiencia de uno? El otro día, en Norteamérica, una persona a la que conocíamos desde hace algún tiempo, nos dijo que vivía de acuerdo con su experiencia, con lo que su propia experiencia le había indicado. Su experiencia era verdadera, real, muy profunda, y para esa persona tal experiencia era sumamente importante. Y nosotros dijimos: «¿Por qué no duda usted de su experiencia? Podría no ser real, podría ser imaginaria, romántica o sentimental y todo eso. ¿Por qué no pone en duda eso mismo que usted afirma: “Mi experiencia me lo indica”?» No hemos vuelto a ver a esa persona. ¿Comprenden esto?

¿No es necesario, entonces, darse cuenta de todas estas cosas: por qué comparan ellos, por qué dicen que estamos todos en el mismo bote? Quizá lo estamos, es probable que todos nosotros estemos en el mismo bote. ¿Pero por qué dan ellos por sentado que lo estamos? ¿Acaso no podemos negarnos a aceptar a todo gurú, a todo líder ‑especialmente a quien les habla? Psicológicamente, no aceptar nunca nada, excepto lo que hemos observado en nosotros mismos, en nuestras relaciones, en nuestro modo de hablar ‑el tono de la voz, las palabras que usamos, etcétera. ¿Puede uno estar alerta a eso durante el día, o durante una parte del día? Tal vez entonces no necesitaran ustedes de ningún gurú, de ningún líder, de ningún libro, incluyendo los de quien les habla. Entonces, cuando uno está realmente atento, tiene lugar algo por completo diferente.

¿Podemos pasar a la siguiente pregunta? ¡Dios mío! La culpa... No tengo que leer la pregunta; está todo bastante confuso aquí.

¿Por qué nos sentimos culpables? Muchas personas se sienten así. Eso les tortura la vida. Y entonces se vuelve un problema enorme; y ése es el trasfondo de culpa para mucha, mucha gente. Culpa por no creer en algo, culpa de no estar con el resto del grupo. Ustedes conocen el sentimiento de culpa, no la palabra sino el sentimiento que hay detrás de la palabra ‑el de haber hecho algo malo, lo cual nos llena de remordimiento, de ansiedad y, por tanto, de temor, de incertidumbre. Esta culpa es un factor muy deformante en nuestra vida. Es obvio. ¿Por qué, entonces, tenemos ese sentimiento? ¿Es por haber hecho algo incorrecto, algo poco práctico que va contra lo que ha establecido el medio en que vivimos? Está la culpa que experimentan un hombre o una mujer por sentir que no han apoyado la guerra de su propio país. Ustedes ya conocen las diversas formas de culpa y las causas de la misma. Nos preguntamos: ¿Por qué existe este sentimiento? ¿Es porque no somos responsables, porque no nos exigimos excelencia para nosotros mismos?

Esperen un momento; quien les habla está preguntando: ¿Es porque somos perezosos, indolentes, inatentos y, por lo tanto, un poco irresponsables? ¿Y al enfrentarnos a esa irresponsabilidad nos sentimos culpables? Supongamos que he seguido a alguien, a mi gurú, el cual se ha entregado a toda clase de cosas, el sexo, etc., y yo he hecho lo mismo que él; entonces él cambia su mente, envejece y dice: «No más», y sus discípulos dicen: «No más», y uno siente que no debería haber hecho esas cosas, que eso ha estado mal. ¿Entienden? Toda la secuela de la culpa. ¿Cómo lo abordamos? Eso es lo más importante.

Averigüemos, pues, qué hacer al respecto, ¿de acuerdo? No investigaremos las causas de la culpa, ésas las conocemos. He hecho algo inapropiado, algo incorrecto, algo que no es verdadero, y más tarde me doy cuenta de que esa reacción ha sido desafortunada, que me ha ocasionado perjuicio a mí mismo y desdicha a otros, por lo cual me siento culpable. ¿Qué hacer, pues, cuando tenemos ese sentimiento de culpa? ¿Cómo lo tratarían ustedes, cómo lo abordarían? ¿De qué modo van a aproximarse al problema? ¿Es que desean verlo resuelto, desean que desaparezca para que el cerebro deje de estar atrapado en el problema? ¿Cómo lo abordan ‑con el deseo de solucionarlo, de librarse de él? La manera en que abordan un problema es muy importante, ¿verdad? Si lo abordan con una dirección, el problema debe ser resuelto de este modo o de aquel modo. O si tienen un motivo, entonces ese motivo dirige las cosas. Entonces, ¿abordan ustedes un problema como la culpa sin tener para ello un motivo? ¿Comprenden mi pregunta? ¿O siempre tenemos un motivo cuando abordamos un problema? Me pregunto si nos enfrentamos a esto juntos. ¿Es posible abordar un problema sin el trasfondo de conocimiento que es el motivo, y mirarlo como si fuera por la primera vez? ¿Podemos hacer eso?

Hay, pues, dos cosas involucradas: cómo aborda uno un problema, y qué es un problema. Ustedes tienen problemas, ¿no es así?, muchos, muchos problemas. ¿Por qué? No estamos condenando el problema ni decimos que debe resolverse de este modo o del otro modo; es un reto, algo a lo que tenemos que responder, ya sea un problema de negocios, un problema familiar, un problema sexual, un problema espiritual ‑lo siento, ‘espiritual’ debería ir entre comillas- o el problema de cuál es el líder que hemos de seguir. ¿Por qué tenemos problemas?

Examinemos primero la palabra problema. Según el diccionario, un problema significa algo que a uno le arrojan, algo que es impulsado contra uno, un reto, una cosa a la que uno tiene que responder. Algo que a uno le arrojan ‑y a eso lo llamamos problema. ¿Por qué tiene problemas nuestro cerebro? ¿Podemos investigarlo un poquito? Por favor, no acepten nada de lo que dice quien les habla, nada. Examinémoslo todo juntos. Cuando uno manda al hijo a la escuela, él tiene que aprender a leer y escribir. Jamás antes ha leído ni escrito, de modo que el escribir y el leer se vuelven para él un problema. Y, a medida que crece, su cerebro se va adiestrando para los problemas. Es obvio. Todo el proceso de aprendizaje es un problema, y así el cerebro se condiciona con los problemas. Éste es un hecho. Mi esposa se vuelve un problema, se vuelve un problema cómo vivir, qué hacer, etc., etc., etc. Nuestro cerebro, el cerebro de cada uno de ustedes, está condicionado, ha sido educado para vivir con problemas. Este es un hecho, no una invención de quien les habla. Es así.

De modo que toda nuestra vida se convierte en un problema. ¿Podemos mirar esto como un hecho?, no como una idea o una teoría, sino como un hecho, y entonces ver qué podemos hacer ‑si el cerebro puede estar libre para resolver los problemas y no abordarlos con una mente que ya está abarrotada de problemas? ¿Comprenden mi pregunta? ¿No? He estado en la escuela, donde no me interesa nada de lo que el maestro está diciendo. Miro hacia afuera por la ventana, deleitándome en ello; él me golpea en la cabeza. Vuelvo en mí y él me dice: «Escribe». Yo digo: «Dios mío, tengo que aprender», y ello se vuelve un problema para mi. Toda mi educación ‑no estoy contra la educación sino que estoy señalando algo- toda mi educación llega a ser un problema tremendo. Así que el cerebro se condiciona desde la infancia para vivir con problemas ‑¿correcto?

Ahora nos preguntamos: ¿Puede uno estar libre de problemas y entonces atacar los problemas? ‑porque no es posible resolverlos a menos que el cerebro esté libre. Si no está libre, en la solución de un problema se crean otros problemas. De modo que quien les habla pregunta: ¿Podemos primeramente estar libres de problemas ‑librar de su condicionamiento al cerebro que ha sido educado para vivir con problemas? ¿Está claro? ¡Al fin!

Entonces prosigamos. ¿Es posible estar libres y entonces abordar los problemas? ¿Cómo responden ustedes a esta pregunta? ¿Dicen que es posible o dicen que es imposible? Cuando dicen que es posible o que es imposible, ya se han bloqueado a sí mismos; han cerrado ya la puerta impidiendo el examen, la investigación del problema.

Aquí está, pues, nuevamente la pregunta: ¿Es posible liberar al cerebro del condicionamiento que implica su educación? Quien les habla va a examinar esto no para convencerlos de nada, sino simplemente para mostrarles algo. Ustedes no tienen que hacer nada. Sólo escuchar lo que él dice; no aceptar ni rechazar, sólo mirar, escuchar. El cerebro está condicionado para toda esta cultura de los problemas. Ésa es una expresión exacta: cultura de los problemas. Y el cerebro condicionado, ¿es diferente del observador? El cerebro, mi cerebro, ¿es diferente de quien está analizando las cosas, separándolas, mirándolas, examinándolas, aceptándolas, no aceptándolas ‑ese observador, esa persona que dice, «Estoy mirando eso», es en modo alguno diferente del cerebro? Ésta es una pregunta muy sencilla, no la compliquen. La ira, la codicia, la envidia, ¿son diferentes de mí mismo? ¿O yo soy la ira? La ira soy yo. La codicia soy yo. La cualidad soy yo mismo. No hay diferencia. Pero la cultura, la educación, han hecho que las separemos.

Está la envidia. Si digo que soy diferente de la envidia que debo controlarla, o que debo ceder a ella, hay conflicto. No sé si están siguiendo todo esto. ¿Soy yo la envidia? ¿Soy yo la violencia? La violencia no es algo diferente de mí, del yo; el yo es violento. ¿Ustedes ven esto? Una vez que nos damos cuenta de este hecho ‑que no hay diferencia entre la cualidad y yo- entonces tiene lugar un movimiento por completo diferente. No hay conflicto. ¿Comprenden? No hay conflicto. Mientras exista la separación, habrá conflicto en mí.

Ahora me doy cuenta de esto, de que yo soy la cualidad. Yo soy la violencia. Yo, el yo, es codicioso, envidioso, celoso, etcétera; me doy cuenta de esto y, por lo tanto, he abolido por completo esta división en mí. Yo soy eso. Yo soy esa cualidad. ¿Puede, entonces, mi cerebro quedarse con ese hecho permanecer con ese hecho? ¿Puede mi cerebro, que es tan activo, tan vital, que está observando, pensando, escuchando, esforzándose, tratando de lograr esto o aquello ‑puede ese cerebro permanecer con el hecho de que yo soy eso? Permanecer con ello, no escapar, no tratar de controlarlo ‑porque en el momento en que uno controla, existen un controlador y lo controlado; por lo tanto, ello se vuelve un esfuerzo. Por favor, estoy exponiéndolo muy sencillamente. Si ustedes captan realmente esta verdad, este hecho, eliminan por completo el esfuerzo. El esfuerzo implica contradicción. Implica que yo soy diferente de eso. ¿Pueden ustedes ver el hecho real, no la idea sino la realidad de que uno es su cualidad ‑su ira, su envidia, sus celos, su odio, su incertidumbre, su confusión? ¿Pueden ver que uno es eso? No reconocerlo verbalmente ‑porque entonces no estamos juntos en esto- sino ver realmente este hecho y permanecer con él. ¿Pueden hacerlo?

Cuando uno permanece con el hecho, ¿qué implica eso? Atención, ¿verdad? Ningún movimiento fuera del hecho. Sólo permanecer con él. Si uno tiene un dolor agudo no puede permanecer con él, pero si permanece con ese dolor psicológicamente, si internamente dice: «Sí, así es» ‑lo cual significa que no hay movimiento alguno fuera del hecho- entonces la esencia es no conflicto, entonces uno ha roto el patrón del cerebro. El patrón del cerebro dice: «Yo debo hacer algo. ¿Qué es lo correcto que hay que hacer? ¿Quién me lo dirá? Tengo que visitar a un psiquiatra» ‑ustedes ya conocen todo lo que ocurre entonces. Pero una vez que he visto el hecho, es como tener una joya maravillosamente tallada; uno la mira, la ve toda por dentro, por fuera, cómo está hecha, el platino, el oro, los diamantes. Uno la mira porque uno es la joya, uno es el centro de esta muy intrincada, sutil joya que es uno mismo. En el momento en que uno ve el hecho, toda la cosa es diferente.

Así que la culpa... Lo siento, me he alejado de eso. Tentamos que hacerlo. La culpa. No es un problema, ahora lo comprenden. Es un hecho. No es algo que deba resolverse, algo que deba superarse. Uno ha hecho algo y se siente culpable por ello; éste es un hecho y uno permanece con él. Cuando uno permanece con el hecho, éste comienza ‑escuchen, por favor- comienza a florecer y se marchita. ¿Comprende, señor? Como una flor; si usted tira y tira de ella para ver si las raíces trabajan adecuadamente, la flor jamás florecerá. Pero una vez que usted ve el hecho, que es la semilla, y permanece con él, el hecho se revela plenamente a sí mismo. Todas las implicaciones de la culpa, todas las implicaciones de su sutileza, dónde se oculta, son como una flor que se abre. Y si uno la deja abrirse, florecer, si no actúa, si no dice: «Tengo que hacer estos o, «no tengo que hacerlo», entonces la flor empieza a marchitarse y muere. Por favor, entiendan esto. Pueden hacerlo con todas las cosas que deban afrontar. Pueden hacerlo con respecto a Dios, con respecto a todo. Eso es discernimiento, no un mero recordar o añadir. ¿Está claro? Si uno lo descubre ve que es asé entonces, psicológicamente ése es un factor inmenso que lo libera a uno de todo el pasado y de las luchas y esfuerzos presentes.

Ahora vayamos a la primera pregunta: ¿Qué entiende usted por la creación?

¿Examinaremos eso? Es una pregunta más bien compleja. ¿Qué entiende usted por la creación? ¿Qué entiende por la creación quien les habla...? Me gustaría formularles esa pregunta a ustedes.

Muchísima gente habla de la creación ‑los astrofísicos y los filósofos teóricos. «Dios creó... etc.» Es una pregunta muy seria que se han formulado los antiguos hindúes y los hebreos, no solamente los científicos modernos. Ha sido éste un problema tremendo que ellos querían comprender ¿Podemos investigarlo?

¿Qué es la creación? Cuando uno formula esa pregunta, también debe preguntar qué es la invención. ¿Es creación la invención? Inventar algo nuevo, ¿es creación? Con cuidado, por favor, no asientan ni disientan, sólo considérenlo. La invención se basa en el conocimiento, ¿verdad? Se basa en los experimentos anteriores de alguna otra persona, todos aquellos experimentos son conocimiento en la actualidad, y a eso uno le añade más. Es así. El hombre que inventó el avión a propulsión, previamente lo conocía todo acerca de la hélice y el motor de combustión interna; entonces tuvo una idea a partir de ese conocimiento. Puedo estar planteándolo incorrectamente o exageradamente, pero es así: de una gran cantidad de conocimientos se deriva una nueva inspiración, y esa inspiración es una invención. De modo que todo el tiempo estamos añadiendo. Y, ¿es creación eso ‑algo que se basa en el conocimiento y en las consecuencias del conocimiento? ¿O la creación no tiene nada que ver con el conocimiento? ¿Es la creación una serie de invenciones en el universo? Obviamente cuando los científicos estudian a Marte, Mercurio, Venus Saturno y más allá, saben de qué está compuesto Venus ‑diversos gases, etc., etcétera, etcétera- pero lo que ellos han traducido como gases, no es Venus. ¿Comprenden? ¡Vamos, señores! La palabra Venus no es Venus. Los gases que componen Venus no son la belleza que uno contempla temprano en la mañana o más tarde en el anochecer.

Preguntamos, pues: ¿Es la invención por completo diferente de la creación? Lo cual significa que la creación no tiene nada que ver con el conocimiento. Ustedes van a encontrar esto más bien difícil. Si no tienen inconveniente, si no están demasiado cansados, si todavía tienen la energía para investigar, examinaremos esto. No acepten lo que uno dice, eso sería terrible, los destruiría. No digan meramente: sí, sí, sí. Eso les destruiría el cerebro, tal como ha sido destruido por otros. Quien les habla no tiene la intención de destruir el cerebro de ustedes, o añadir más destrucción al ya estropeado cerebro. Por eso les dice que sean escépticos, que cuestionen, que no acepten ni rechacen; sólo descubran. Nosotros sabemos qué es la invención ‑al menos para quien les habla eso está muy claro. Lo cual no significa que esté claro para ustedes. Nos preguntamos: ¿Qué es la creación?

¿Está la creación relacionada con el empeño humano? ¿Se relaciona con todas las experiencias? ¿Con la duración del tiempo? Tengan la bondad de examinar todo esto. Lo cual significa: ¿Se relaciona la creación con la guerra, con el matar, con los negocios, con todos los recuerdos que el hombre ha acumulado, adquirido, reunido? Si es así, entonces sigue siendo parte del conocimiento. Por lo tanto, no puede ser creación. ¿Correcto? Entonces, ¿qué es la creación? ¿Se relaciona ‑por favor, escuchen, sólo escuchen, no hagan nada al respecto- se relaciona con el amor? Es decir: el amor no es odio, no es ansiedad, celos, incertidumbre; no es el amor por nuestra esposa ‑que es el amor a la imagen que nos hemos formado de ella- o el amor por el esposo o por la novia, ni la imagen que hemos construido de nuestro gurú por el que sentimos una gran devoción, ni la imagen de un templo, de una mezquita o de una iglesia. De modo que nos preguntamos: ¿Es necesario el amor para la creación? ¿O el amor, que también es compasión, es creación? Y la creación, el amor, ¿se relaciona con la muerte? ¿Comprenden todas estas preguntas? Perdón por preguntar si comprenden ‑retiro eso. Sólo escuchen.

¿Está, pues, el amor libre del significado específico que todos los seres humanos han dado a esa palabra? Libre de todo eso. ¿Se relaciona el amor con la muerte? ¿Y es compasión y muerte el amor? ¿Es creación todo eso? ¿Puede haber creación sin muerte? Vale decir, ¿sin una terminación? Terminar con todo conocimiento ‑Vedanta. Ustedes han oído esa palabra, estoy seguro. La palabra Vedanta significa que todo conocimiento ha llegado a su fin ‑lo cual es la muerte, lo cual implica no tiempo, intemporalidad, amor. ¿Comprenden? Lo siento, no repetiré eso. ¡Estúpido de mí si lo repitiera!

Amor, muerte. Amor implica compasión. Amor, compasión implica suprema inteligencia, no la inteligencia de los libros, de los eruditos y de la experiencia. Esa inteligencia es necesaria en cierto nivel; pero cuando hay amor, compasión, lo que existe es la quintaesencia de toda inteligencia. No puede haber compasión y amor sin muerte, la cual implica el final de todas las cosas. Entonces hay creación. O sea, que el universo ‑no según los astrofísicos y los científicos- es orden supremo. Por supuesto. La salida y puesta del sol. Orden supremo. Y ese orden sólo puede existir cuando hay suprema inteligencia. Y esa inteligencia no puede existir sin la compasión, el amor y la muerte. Esto no es un proceso de meditación sino una investigación honda profunda. Una investigación llena de un gran silencio, no ‘yo estoy investigando’. Un gran silencio, un gran espacio. Aquello que es esencialmente amor y compasión y muerte es esa inteligencia, la cual es creación. La creación existe cuando están presentes la muerte y el amor. Todo lo demás es invención.

Primera sesión de preguntas y respuestas en Saanen, 1985

Martes 23 Julio 1985

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