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Quinto platicas en Bangalore, 1948

Domingo 1 Agosto 1948

En las últimas pláticas hemos considerado la importancia de la acción individual, que no es opuesta a la acción colectiva. El individuo es el mundo; él es a un tiempo la raíz y el resultado del proceso total, y sin la transformación del individuo no puede haber transformación radical en el mundo. Lo importante, por consiguiente, no es la acción individual en oposición a la acción colectiva; sino el comprender que la verdadera acción colectiva sólo puede surgir por obra de la regeneración individual. Es importante comprender la acción individual, que no es opuesta a lo colectivo. Porque lo individual, después de todo ‑vosotros y vuestro prójimo- forman parte de un proceso total; el individuo no es un proceso separado, aislado. Vosotros, en suma, sois el producto de la humanidad en su conjunto, aunque estéis condicionados por el clima, la religión y la sociedad. Sois el proceso total del hombre, y por lo tanto, cuando os comprendéis a vosotros mismos como proceso total ‑no como proceso separado, opuesto a la masa o a lo colectivo- mediante esa comprensión de vosotros mismos puede haber una transformación radical. Es sobre eso que hemos conversado las dos últimas veces que nos reunimos.

Ahora bien, ¿qué entendemos por acción? La acción, evidentemente, implica conducta con relación a algo. La acción es inexistente por sí misma; ella sólo puede ser con relación a una idea, a una persona o a una cosa. Y tenemos que comprender la acción, porque el mundo en la época actual está clamando por alguna clase de acción. Todos nosotros queremos actuar, queremos saber qué hacer, sobre todo cuando el mundo se halla en semejante confusión, en semejante miseria y caos, cuando hay guerras inminentes, cuando las ideologías se oponen unas a otras con tanta fuerza destructiva y las organizaciones religiosas incitan a la pelea entre hombre y hombre. Tenemos, pues, que saber qué entendemos por acción; y al comprender lo que la acción significa para nosotros, tal vez podremos actuar de un modo verdadero.

Para comprender el significado que damos a la acción ‑que es conducta, y la conducta es rectitud- debemos abordarla negativamente. Es decir, todo enfoque positivo de un problema tiene necesariamente que ser de acuerdo a una norma determinada; y la acción de acuerdo a una norma deja de ser acción porque es mera conformidad, y por lo tanto no es acción. Para comprender la acción, esto es, la conducta que es rectitud, debemos descubrir cómo abordarla. Primero debemos comprender que cualquier enfoque positivo, o sea el que consiste en tratar de adaptar la acción a una norma, a una conclusión, a una idea, ya no es acción; es mera continuidad del dechado, del molde, y por lo tanto no es acción en absoluto. De ello resulta que, para comprender la acción, debemos ir a ella negativamente; debemos comprender el falso proceso de una acción positiva. Porque, cuando yo sepa que lo falso es falso y conozca la verdad como tal, lo falso caerá y sabré cómo actuar. Es decir, si yo sé qué, es la acción falsa, la acción injusta, la acción que es simplemente una continuación de la conformidad, entonces, viendo la falsedad de esa acción, sabré obrar rectamente.

Es obvio que en la existencia de cada día, en nuestra estructura social, en nuestra vida política y religiosa, necesitamos una transformación radical de valores, una completa revolución. Sin entrar en detalles sobre el particular, considero evidente que tiene que haber un cambio, o, más bien, no un cambio ‑que implica una continuidad modificada- sino una transformación. Tiene que haber transformación, tiene que haber una revolución completa en lo político en lo social, en lo económico, en nuestras relaciones mutuas, en todas las fases de la vida. Porque las cosas no pueden continuar como están, lo cual es evidente de por sí para toda persona reflexiva que este alerta, en observación de los acontecimientos mundiales. ¿Cómo ha de producirse esa revolución en la acción? Eso es lo que estamos discutiendo. ¿Cómo puede haber una acción que transforme, no con el tiempo sino ahora? ¿No es eso lo que nos interesa? Porque es muy grande la miseria aquí en Bangalore como en todas partes del mundo; hay depresiones económicas, suciedad, pobreza, desocupación, lucha “comunal”, etc. Y está la constante amenaza de guerra en Europa. Es preciso, pues, que haya un completo cambio de valores, ¿no es así? No teóricamente, puesto que la mera discusión en el plano verbal es vana, carece de sentido; es como discutir sobre alimentación ante un hombre hambriento. No discutiremos, pues de manera puramente verbal; y os ruego que no seáis como los espectadores de un juego. Experimentemos, tanto vosotros como yo, aquello de que hablamos; porque, habiendo vivencia, tal vez comprenderemos cómo actuar, y esto afectará nuestra vida y traerá por consiguiente una transformación radical. Os ruego, pues, que no seáis como los espectadores de un partido de fútbol. Vosotros y yo vamos a emprender juntos un viaje para penetrar en la comprensión de eso que se llama acción, porque de eso se trata en nuestra vida diaria. Si podemos entender la acción en el sentido fundamental del vocablo, esa comprensión fundamental afectará también nuestras actividades superficiales; pero primero tenemos que comprender la naturaleza fundamental de la acción.

Ahora bien, ¿la acción es producida por una idea? ¿Tenéis primero una idea y lucho actuáis? ¿O la acción viene primero, y, como la acción engendra conflicto, fabricáis después una idea en torno de ella? Es decir, ¿la acción crea al actor, o el actor está primero? Esto no es una especulación filosófica ni se basa en los Shastras, en el Bhagavad Gita o en algún otro libro. Ninguno de ellos viene al caso. No citemos: lo que otros dicen, porque, como no he leído ninguno de esos libros; vosotros ganaréis. Estamos tratando de descubrir directamente si la acción viene primero y la, idea después, o si la idea viene primero y la acción le sigue. Es muy importante descubrir cuál viene primero. Si la idea viene primero, entonces la acción se adapta simplemente a una idea, y por lo tanto ya no es acción sino imitación, compulsión conforme a una idea. Es muy importante comprender esto; porque, como nuestra sociedad está edificada principalmente en el nivel intelectual o verbal, en nuestro caso la idea viene primera y la acción le sigue. Entonces la acción es la doncella de la idea, y la mera elaboración de ideas resulta evidentemente perjudicial para la acción. Es decir, las ideas engendran más ideas, y cuando no se hace más que engendrar ideas, hay antagonismos, y la sociedad se hipertrofia con el proceso intelectual de la ideación. Nuestra estructura social es muy intelectual. Cultivamos el intelecto a expensas de todos los otros factores de nuestro ser, y por ello las ideas nos sofocan.

Todo esto podrá parecer más bien abstracto, académico, pedagógico, pero no lo es. A mí personalmente me horroriza la discusión académica, la especulación teórica, porque a nada conducen. Pero es muy importante descubrir qué entendemos por idea, porque el mundo se está dividiendo en torno a las opuestas ideas de la izquierda y de la derecha, a las ideas de los comunistas en oposición a las de los capitalistas; y si no comprendemos todo el proceso de la ideación, el limitarnos a tomar partido resulta pueril y carece de sentido. Un hombre sensato no toma partido; trata de resolver directamente los problemas del sufrimiento humano, del hambre, de la guerra, etcétera. Sólo tomamos partido cuando estamos moldeados por el intelecto, cuya función es fabricar ideas. Es, pues, muy importante -¿verdad?- que descubramos por nosotros mismos, y no de acuerdo a lo que dice Marx, los Shastras, el Bhagavad Gita o cualquier otro. Vosotros y yo tenerlos que descubrir, porque se trata de nuestro problema. Problema nuestro de todos los días es el de descubrir cuál es la verdadera solución para nuestra civilización doliente.

Ahora bien, Pueden jamás las ideas producir acción, o ellas simplemente moldean el pensamiento ¿por lo tanto limitan la acción? Cuando la acción es forzada por una idea, jamás la acción puede libertar al hombre. Notadlo bien: es extraordinariamente importante para nosotros el comprender este punto. Si una idea plasma la acción, ésta jamas; podrá traer solución a nuestras miserias; porque, antes de que la idea pueda ser puesta en acción, tenemos que descubrir cómo surge la idea. La investigación de la ideación, de la elaboración de ideas ‑sean ellas las de los socialistas, los capitalistas, los comunistas o las diversas religiones- es de la mayor importancia, máxime cuando nuestra sociedad está al borde de un precipicio, lo que puede provocar otra catástrofe, otra escisión; y los que son realmente serios es su intención de descubrir la solución humana de nuestros muchos problemas, deben primero comprender el proceso de la ideación. Como lo he dicho esto no es académico; es el enfoque más práctico de la vida humana. No es filosófico ni especulativo, porque eso es pura pérdida de tiempo. Dejemos a los universitarios la discusión de asuntos teóricos en sus centros o en sus clubes.

¿Qué entendernos, pues, por idea? ¿Cómo surge la idea? ¿Y es posible acoplar la idea con la acción? Es decir, yo tengo una idea y deseo ponerla en práctica, para lo cual busco un método; y nosotros especulamos, y malgastamos nuestro tiempo y energías, en disputas acerca de cómo poner la idea en ejecución. De suerte que es muy importante averiguar cómo surgen las ideas; y luego de descubrir la verdad al respecto, podremos discutir el problema de la acción. Sin discutir las ideas, carece de sentido el averiguar simplemente cómo se ha de actuar.

Bueno, ¿cómo os viene una idea? Cualquier idea, por simple que sea; no necesita ser filosófica religiosa ni económica. Es obvio que ella es un proceso de pensamiento, ¿no es así? La idea es el resultado de un proceso de pensamiento; sin proceso de pensamiento no puede haber idea. Debo, pues, comprender el proceso mismo de pensar antes de que pueda comprender su producto, la idea. ¿Qué entendemos por pensamiento? ¿Cuándo pensáis? El pensamiento, evidentemente, es el resultado de una respuesta, neurológica o psicológica, ¿verdad? Es la respuesta inmediata de los sentidos a una sensación; o es psicológica, la respuesta del recuerdo almacenado. Está la respuesta inmediata de los nervios a una sensación, y está la respuesta psicológica del recuerdo almacenado: la influencia de la raza, del grupo, del “gurú”, de la familia, de la tradición, etc. A todo eso le llamáis pensamiento. De modo que el proceso del pensamiento es la respuesta de la memoria, ¿no es así? No tendríais pensamientos si no tuvierais memoria; y la respuesta de la memoria a determinada experiencia pone en acción el proceso de pensar. Digamos, por ejemplo, que yo tengo los recuerdos almacenados del nacionalismo, llamándome a mí mismo hindú. Ese depósito de recuerdos de pasadas respuestas, acciones, implicaciones, tradiciones, costumbres, responde al reto de un musulmán, un budista o un cristiano, y la respuesta de la memoria al reto produce invariablemente un proceso de pensamiento. Observad el proceso de pensar tal como opera en vosotros mismos, y podréis poner a prueba directamente la verdad de esto. Habéis sido insultados por alguien, y eso os queda en la memoria, forma parte de vuestro “trasfondo”; y cuando os encontráis con la persona ‑lo cual es el reto- la respuesta es el recuerdo de aquel insulto. De suerte que la respuesta de la memoria, que es el proceso de pensar, engendra una idea; y por eso la idea es siempre condicionada, lo cual resulta importante comprender. Es decir, la idea es el resultado del proceso del pensamiento, éste es la respuesta de la memoria, y la memoria es siempre condicionada. El recuerdo siempre está en el pasado, y un reto le da vida a ese recuerdo en el presente. El recuerdo no tiene vida por sí mismo; surque a la vida en el presente, cuando se ve en presencia de un reto. Y todo recuerdo, ya sea, latente o activo, es condicionado. ¿No es así?

¿Qué es, entonces, la memoria? Si observáis vuestra propia memoria y cómo juntáis recuerdos, advertiréis que o bien ella es “factual”, técnica, relacionada con la información, la ingeniería, las matemáticas, la física y todo lo demás, o es el residuo de una experiencia no terminada, incompleta. ¿No es así? Vigilad vuestra propia memoria, y veréis. Cuando termináis una experiencia, cuando la completáis, no hay recuerdo de esa experiencia en el sentido de residuo psicológico. Sólo hay residuo cuando una experiencia no ha sido plenamente comprendida; y si no hay comprensión de la experiencia es porque miramos cada experiencia a través del los recuerdos del pasado, y nunca, por lo tanto, hacemos frente a lo nuevo como cosa nueva sino a través del tamiz de lo viejo. Resulta claro, por lo tanto, que nuestra respuesta a la experiencia es condicionada, siempre limitada. Vemos, pues, que las experiencias que no son completamente comprendidas dejan un residuo, al que llamemos recuerdo. Ese recuerdo, al ser evocado, produje pensamiento. Ese pensamiento crea la idea, y la idea moldea la acción. Es por eso que la acción basada en una idea nunca puede ser libre; y por lo tanto para ninguno de nosotros hay liberación por conducto de una idea. Observad que es muy importante comprender esto. No estay erigiendo un argumento contra las ideas; descrito el cuadro de cómo las ideas jamás pueden producir una revolución. Las ideas pueden modificar el estado presente, o cambiarlo, pero eso no es revolución. Una substitución, o una continuidad modificada, no es revolución. Mientras yo sea explotado, poco importa que lo sea por capitalistas privados o por el Estado; pero consideramos mejor la explotación por el Estado que la explotación por unos pocos. ¿Acaso es mejor? No hablo de los jefes. ¿Es en algo mejor para el hombre que es explotado? Así, pues, la mera modificación no es revolución; es sólo una reacción ante una condición. Es decir, la estructura capitalista puede producir una reacción bajo forma de comunismo, pero eso sigue estando mismo nivel. Es la continuidad modificada del capitalismo en forma diferente. Yo no defiendo al capitalismo ni al comunismo. Estamos procurando descubrir qué entendemos por cambio, qué entendemos por revolución. Una idea, pues, nunca puede producir la revolución en el sentido más profundo del término, en el sentido de transformación completa. Una idea puede producir una continuidad modificada de lo que es; pero eso, evidentemente, no es revolución. Y lo que necesitamos es una revolución, no una continuidad modificada. No necesitamos una substitución sino una transformación completa.

Así, pues, para producir la revolución, esa transformación completa, debo primero comprender las ideas, y cómo surgen; y si comprendo las ideas, si veo lo falso como falso, entonces puedo proceder a inquirir que entendemos por acción. Si el pensamiento crea la idea ‑o si el pensamiento mismo, puesto en forma verbal, es lo que llamo idea- y si ese pensamiento siempre es condicionado porque es la respuesta de la memoria a un reto que siempre es nuevo, entonces una idea jamás podrá traer una revolución en el sentido mas profundo de la palabra; y ello no obstante, eso es lo que intentamos hacer. Confiamos en que una idea produzca la transformación. Espero que me exprese con claridad.

Nuestro problema, pues, es este: si no puedo guiarme por una idea, que es un proceso de pensamiento, ¿cómo puedo actuar? Atención: antes de que yo pueda descubrir cómo actuar, tengo que estar completamente seguro de que la acción basada en una idea es absolutamente falsa; debo ver que las ideas plasman la acción, y que la acción plasmada por ideas siempre será limitada. No hay, por lo tanto, liberación por medio de la acción basada en una idea, en una ideología o en una creencia, porque tal acción es el resultado de un proceso de pensamiento que es simple respuesta de la memoria. Ese proceso de pensamiento tiene inevitablemente que crear una idea condicionada, limitada; y una acción basada en una limitación jamás podrá libertar al hombre. La acción que se basa en una idea es acción limitada, acción condicionada, y si cuento con esa acción como instrumento de libertad, es obvio que sólo podré continuar en un estado condicionado. No puedo, por consiguiente, esperar nada de una idea como guía para la acción. Y, sin embargo, es eso lo que hacemos porque somos muy adietes a las ideas, sean ellas ajenas o propias.

Así, pues, lo que ahora tenemos que hacer es descubrir cómo actuar sin el proceso del pensamiento, lo cual suena bastante a chifladura; ¿pero lo es, acaso? Ved un instante nuestro problema, que es muy interesante. Cuando yo vivo y actúo dentro del proceso del pensamiento ‑que da origen a la idea, la cual a su vez moldea la acción- no hay liberación alguna. ¿Puedo, empero, actuar sin el procese del pensamiento, que es la memoria? No nos confundamos, por favor: yo no entiendo por memoria el recuerdo “factual”. Sería absurdo hablar de desechar todos los conocimientos técnicos, tales como construir una casa, fabricar una dinamo a un avión a chorro, desintegrar el átomo, y tantos otros que el hombre ha adquirido a través de los siglos, generación tras generación. ¿Pero puedo yo vivir, actuar, estar en relación con los demás sin la respuesta psicológica de la memoria que conduce a la ideación la cual a su vez controla la acción? A la mayoría de nosotros podrá esto parecer muy extraño, pues estamos acostumbrados a tener primero la idea, adaptando luego la acción a la idea. Todas nuestras disciplinas, todas nuestras actividades, se basan en esto: la idea primero, y luego conformidad con la idea. Y cuando os planteo la cuestión no tenéis respuesta alguna, porque no habéis pensado para nada en esta dirección. Como lo he dicho, para muchos de vosotros ello sonará a insensatez: pero si realmente examináis todo el proceso de la vida con mucha atención y seriedad porque deseáis comprender y no simplemente arrojar unas palabras contra otras, esta cuestión acerca de lo que entendemos por acción tiene forzosamente que plantearse.

Ahora bien, ¿la acción se basa realmente en la idea, o la acción viene primero y la idea después? Si observáis aún más atentamente, veréis que la acción siempre viene primero, no la idea. El mono en el árbol se siente con hambre, y entonces surge el impulso de tomar una fruta o una nuez. La acción viene primero, y luego la idea de que haríais mejor en guardarla. Para expresarlo con palabras diferente: La ¿acción está primero o el actor? ¿Hay actor sin acción? ¿Comprendéis? Esto es lo que nos preguntamos: ¿quién es el que ve? ¿Quién es el que vigila? ¿El pensador está aparte de sus pensamientos, el observador aparte de lo observado, el experimentador aparte de la experiencia, el actor aparte de la acción? ¿Hay una entidad que siempre domina, inspecciona, observa la acción, le llaméis Parabrahman o lo que os plazca? Cuando dais un nombre, os veis simplemente atrapados en la idea, y esa idea compele vuestros pensamientos; y por eso decís que el actor viene primero, y luego la acción. Pero si realmente examináis el proceso con mucho cuidado, atención e inteligencia, veréis que la acción siempre está primero, y que la acción con un fin en vista crea el actor. ¿Me entendéis? Si la acción tiene un fin en vista, el alcanzar ese fin produce el actor. Si pensáis muy claramente y sin prejuicio, sin conformidad, sin tratar de convencer a nadie, sin un fin en vista en ese pensamiento mismo no hay pensador, sólo existe el pensar. Sólo cuando en vuestro pensar buscáis un fin, vosotros llegáis a ser lo importante, no el pensamiento. Tal vez algunos de vosotros hayan observado eso. Es realmente algo importante de descubrir, porque partiendo de eso sabremos actuar. Si el pensador viene primero, entonces el pensador es más importante que el pensamiento, y todas las filosofías, costumbres y actividades de la civilización actual se basan en esa suposición; pero si el pensamiento está primero, entonces el pensamiento es más importante que el pensador. Es claro que están relacionados: no hay pensamiento sin pensador, y no hay pensador sin pensamiento. Pero no deseo discutirlo ahora, porque nos saldríamos del tema.

¿Puede, pues haber acción sin memoria? Ello significa: ¿Puede haber acción que sea constantemente revolucionaria? La única cosa que es constantemente revolucionaria es la acción sin el tamiz de la memoria. Una idea no puede producir constante revolución, porque siempre modifica la acción de acuerdo al trasfondo de su condicionamiento. Este es, entonces, nuestro problema: ¿puede haber acción sin el proceso del pensamiento que crea la idea, la que a su vez controla la acción? Yo digo que puede haberla, y que ella puede ocurrir de inmediato, cuando veis que la idea no es ama liberación sino un estorbo para la acción. Si eso lo veo, mi acción no se basará en idea alguna, y por lo tanto estaré en estado de completa revolución; y a causa de ello existe la posibilidad de una sociedad que nunca sea estática, que jamás necesite ser derribada y reconstruida. Yo digo que podáis vivir con vuestra esposa, con vuestro esposo, con vuestro vecino, en ese estado de acción que no se adepta a una idea; y eso es posible tan sólo cuando comprendéis la significación de la idea, cómo la idea se produce y moldea la acción. La idea que moldea la acción es perjudicial para la acción, y el hombre que cuenta con una idea como medio de producir una revolución en la masa o en el individuo espera en vano. La revolución es constante, nunca es estática. Las ideas no engendran revolución sino continuidad modificada. Sólo aquella acción que no se basa en una idea puede traer la revolución, que es constante y por lo mismo es perpetua renovación.

Hay muchas preguntas, y voy a contestar tantas como me sea posible.

Pregunta: ¿Qué lugar ocupa el poder en su esquema de las cosas? ¿Cree usted que los asuntos humanos pueden ser dirigidos sin coacción?

Krishnamurti: Bueno, ¿qué entiende Ud. por “su esquema de las cosas”? Cree Ud. evidentemente que yo tengo un molde en el que pongo la vida. (Risas) Cuidado, que esto es importante; no lo toméis en broma. La mayoría de nosotros tenemos un esquema, un plan de cómo la vida debería ser según Marx, Buda, Cristo o Sankara, o según las Naciones Unidas, y encajamos la vida en ese molde. Decimos “es un maravilloso esquema; encajemos en él”, lo cual es absurdo. Cuidaos del hombre que tiene un esquema de la vida; quienquiera le siga, seguirá a la confusión y al dolor. La vida es mucho más grande que cualquier esquema que algún ser humano pueda inventar. Eso, pues, queda descartado.

“¿Qué lugar ocupa el poder?... ¿Cree Ud. que los asuntos humanos pueden ser dirigidos sin coacción?” Ahora bien, ¿que entendéis por poder? Está el poder que confiere la riqueza, el poder que trae el conocimiento, el poder de una idea, el poder del técnico. ¿A qué poder nos referimos? Es obvio que al poder de controlar, de dominar. Eso es lo que entendemos por poder, ¿verdad? El poder que cada cual desea es el poder que ejercemos en el hogar sobre la esposa o el esposo; eso sí, deseamos mayor poder para controlar, para dominar a los demás. Está también el poder que conferís al líder. Como estáis confusos, entregáis al líder las riendas de la autoridad, y él os guía y controla: o vosotros mismos desearíais ser conductores, etc. Y está el poder del amor de la compresión, de la benevolencia, de la misericordia, el poder de la realidad. Debemos ahora saber muy claramente a qué poder nos referimos. Está el poder del ejército, ese enorme poder de destruir, de mutilar, de causar horrores al género humano; y está el poder de un gobierno fuerte, de una vigorosa personalidad. Ocupar el poder, simplemente es relativamente fácil. El poder implica dominación; y cuanto más poder tenéis, más malvados os volvéis, cosa que a través de la historia se ha revelado repetidas veces. El poder de dominar, de moldear, de regular, de controlar, de forzar a los hombres a pensar lo que las autoridades quieren que piensen, es por cierto un poder totalmente pernicioso, absolutamente sombrío y estúpido. Así es también el poder del hombre rico que se pavonea en su fábrica, y el poder del ambicioso en materia de gobierno. Todo eso, evidentemente, es poder en su forma más estúpida, porque domina, controla, regula y deforma a los seres humanos.

Existe asimismo el llamado poder del amor, el poder de la comprensión. ¿El amor es un poder? ¿El amor domina, doblega, plasma el corazón humano? Si lo hace, ya no es amor. El amor, la comprensión, la verdad, tiene su cualidad propia; no compele, y por lo tanto no se halla en el mismo nivel que el poder. El amor, la verdad o la comprensión, viene cuando todas esas ideas de coacción, autoridad, dogmatismo, han cesado. La humildad no es lo opuesto de la autoridad o el poder. El cultivo de la humildad es simple deseo de autoridad, de poder, bajo apariencias diferentes.

¿Qué ocurre, pues, en el mundo? El poder de los gobiernos, de los Estados, el poder de los conductores, de los oradores y escritores sagaces, se emplea de más en más para plasmar al hombre, para obligarlo a seguir determinada línea de pensamiento, para enseñarle, no a pensar, sino qué pensar. Eso ha llegado a ser función de los gobiernos; con su enorme poder de propaganda, que es la incesante repetición de una idea; y toda repetición de una idea o de la verdad se convierte en mentira. Como en nuestra mente y corazón hay contusión y miseria, erigimos conductores que nos controlan, nos regulan; y eso mismo hacen nuestros gobiernos. A través del mundo rige la conformidad con los dictados de los militares, y el medio social influye sobre nosotros para que nos sometamos; ¿y creéis que la comprensión o el amor viene por compulsión? ¿Tenéis buena voluntad por compulsión? Si yo soy el dictador, ¿puedo forzaros a tener buena voluntad? Así, pues, la coacción que resulta de colocar enorme poder en manos de los que pueden esgrimirlo, no es lo que une a los hombres.

Como lo expliqué en mi plática, la compulsión es el resultado de una idea. El hombre ebrio de ideología es sin duda intolerante; él engendra la torturar de la coacción. Es obvio que jamás podrá haber comprensión, amor, comunión de unos con otros, habiendo coacción; y ninguna sociedad puede edificarse sobre la coacción. Tal sociedad podrá tener buen éxito técnicamente, superficialmente; pero en lo íntimo del ser humano existe la angustia de ser compelido, y por lo tanto, como un prisionero encerrado entre cuatro paredes, él busca siempre la liberación, una evasión, una salida. De suerte que un gobierno o una sociedad que compele, plasma, fuerza al individuo desde afuera, acabará por engendrar desorden, caos y violencia. Eso, exactamente, es lo que está ocurriendo en el mundo.

Luego está el compelernos a nosotros mismos a observar una norma, lo que llamemos disciplina; y eso es represión, y la represión os confiere cierto poder. Pero en ninguno de los extremos, en ninguno de los opuestos, hay estabilidad; y la mente de los hombres va del uno al otro, esquivando la serena estabilidad de la comprensión. La mente que se ve compelida, la mente que está atrapada en el poder, jamás podrá conocer el amor; y sin amor no hay solución para nuestros problemas. Podréis aplazar la comprensión, intelectualmente podréis evitarla; podréis hábilmente construir puentes, pero todo eso es temporario. Y sin buena voluntad, sin misericordia, sin generosidad, sin benevolencia, es seguro que habrá creciente miseria y destrucción, porque la compulsión no es el aglutinante que une a los seres humanos. La coacción en cualquier forma, interior o externo, sólo engendra más confusión y miseria. Lo que actualmente necesitamos en los asuntos mundiales no es más ideas, más proyectos, más grandes y mejores dirigentes, sino buena voluntad, afecto, amor, benevolencia. Lo que nos hace falta, por consiguiente, es la persona que ama, que es bondadosa; y se trata de vosotros, no de otras personas. El amor no es adoración de Dios; podréis adorar una imagen de piedra o vuestra concepción de Dios, y eso es una maravillosa evasión de vuestro marido brutal o de vuestra rezongona mujer, pero no resuelvo la dificultad. El amor es el unir o solvente y el amor es bondad con vuestra esposa, vuestro hijo, vuestro prójimo.

Pregunta.: ¿Por qué somos tan duros unos con otros, a pesar de todo el sufrimiento que ello involucra?

Krishnamurti: ¿Por qué soy yo o por qué sois vosotros insensibles ante el sufrimiento ajeno? ¿Por qué somos indiferentes ante el peón que lleva una pesada carga o la mujer que carga una criatura? ¿Por qué somos tan duros? Para comprender esto, debemos comprender por qué el sufrimiento nos embota. Es el sufrimiento, sin duda, lo que nos vuelve insensibles; como no comprendemos el sufrimiento, nos volvemos indiferentes ante él. Si yo comprendo el sufrimiento, me vuelvo sensible al sufrimiento; estoy despierto a todas las cosas, pronto para comprenderme no sólo a mí mismo sino a las personas que me rodean, a mi mujer, a mis hijos, a un animal, a un mendigo. Pero no deseamos comprender el sufrimiento, queremos escapar al sufrimiento; y el escapar al sufrimiento nos vuelve torpes, y es por eso que somos duros. Lo que ocurre, señor, es que cl sufrimiento no comprendido embota la mente y el corazón, y no comprendemos el sufrimiento porque queremos huirle: por medio del “gurú”, de un salvador, de los “mantrams”, de la reencarnación, de las ideas, de la bebida, de toda clase de aficiones; por medio de lo que sea, con tal de esquivar lo que es. De suerte que nuestros templos, nuestras iglesias, nuestra política, nuestras reformas sociales, son simples modos de eludir el hecho del sufrimiento. No nos interesa el sufrimiento sino la idea de cómo librarnos del sufrimiento. Lo que nos importa son las ideas, no el sufrimiento; constantemente buscamos una idea mejor, y cómo llevarla a la práctica, lo que resulta sumamente pueril. Cuando tenéis hambre, no discutís como se come; decís “dadme alimento”. Y no os interesa quién os lo traerá, si la izquierda o la derecha, ni cuál ideología es la mejor. Pero cuando queréis evitar la comprensión de lo que es, es decir, del sufrimiento, entonces escapáis hacia las ideologías; y es por eso que nuestra mente, aunque superficialmente sea muy sagaz, en lo esencial se ha vuelto torpe, ruda, insensible, brutal. La comprensión del sufrimiento requiere que se vea la falsedad de todas las escapatorias, ya se trate de Dios o de la bebida. Todas las escapatorias son lo mismo, aunque socialmente pueda ser diferente el significado de cada una. Cuando huyo del dolor, todos los modos de huir se hallan en el mismo nivel; ninguna evasión es “mejor” que otra.

Ahora bien, la comprensión del sufrimiento no consiste en descubrir cuál es su causa. Cualquier persona puede saber cuál es la causa del sufrimiento: su propio descuido, su estupidez, su estrechez, su brutalidad, etc. Pero si yo considero el sufrimiento en sí mismo sin desear una respuesta, ¿qué ocurre? Como entonces, no me escapo, empiezo a comprender el sufrimiento: mi mente está vigilante y alerta, es penetrante, lo cual significa que me vuelvo sensible, y siendo sensible me doy cuenta del sufrimiento ajeno. Por consiguiente no soy duro; soy bondadoso no sólo con mis amigos sino con todo el mundo, porque soy sensible al sufrimiento. Somos duros porque hemos llegado a ser insensibles al sufrimiento; nuestra mente se ha embotado a fuerza de evasiones. La evasión confiere una buena dosis de poder, y el poder nos agrada; nos gusta tener una radio, un automóvil, un avión; nos gusta tener mucho dinero y disponer de inmenso poder. Mas cuando comprendéis el sufrimiento no hay poder, no hay evasión mediante el poder. Cuando comprendéis el sufrimiento hay benevolencia, hay afecto. El afecto, el amor exige la más elevada inteligencia; y sin sensibilidad no hay gran inteligencia.

Pregunta: ¿No puede usted hacerse de secuaces y emplearlos convenientemente? ¿Tiene que seguir usted siendo una voz en el deserto?

Krishnamurti: Bueno, ¿qué entendéis por secuaces y qué entendéis por líder? ¿Por qué seguís a alguien y por qué creáis un conductor? Si esto os interesa, os ruego lo consideréis con atención. ¿Cuándo seguís a alguien? Sólo seguís a alguien cuando os halláis confusos; cuando sois infortunados, cuando os sentís por el suelo, deseáis que alguien ‑un conductor político, religioso o militar- os ayude, os saque de vuestra miseria. Cuando en nosotros hay claridad, cuando comprendéis, no deseáis que se os conduzca. Sólo deseáis ser conducidos cuando os halláis en estado de confusión, con todo lo que ello implica. ¿Qué sucede, pues? ¿Como podéis ver claramente cuando estáis contusos? No pudiendo ver claramente, escogeréis un conductor que también estará confuso: (Risas) No riáis.

Eso es lo que ocurre en el mundo, y es desastroso. Podrá sonar a agudeza, pero no lo es. ¿Cómo puede un hombre ciego escoger un conductor? Sólo puede escoger entre los que le rodean. De un modo análogo, un hombre confuso puede elegir tan sólo un conductor que esté tan confuso como él mismo. ¿Y que ocurre? Estando confuso, es natural que vuestro líder os conduzca a mayor confusión, a mayor desastre, a mayor miseria. Eso es lo que hoy sucede en el mundo entero. Por el amor de Dios, señores, considerad el hecho: se trata de vuestra miseria. Se os conduce a la matanza porque rehusáis ver y disipar la causa de vuestra propia confusión. Y es porque rehusáis verla que creáis con vuestra contusión los hábiles y astutos conductores que os explotan: porque el conductor, al igual que vosotros mismos, busca la propia satisfacción. Por eso os convertís en una necesidad para el líder, y éste se convierte en una necesidad para vosotros: es una explotación mutua.

¿Para qué, pues, necesitáis un conductor? ¿Y puede acaso haber recta conducción? Vosotros y yo podemos ayudarnos unos a otros a disipar nuestra propia confusión, lo cual no significa que yo me convierta en vuestro líder y vosotros en mis secuaces, o que yo sea vuestro “gurú” y vosotros mis discípulos. Nos ayudamos simplemente unos a otros a comprender la contusión que existe en nuestra propia mente y corazón. Sólo cuando no queréis comprender la confusión, huís de ella; y entonces recurrís a alguien, a un líder o a un “gurú”. Pero si queréis, comprenderla, debéis atender a la miseria común, a los dolores, a las aflicciones, a la soledad; y sólo podéis hacerlo cuando no tratáis de hallar una respuesta, una salida de la confusión. Consideráis la confusión porque ella conduce de por sí a la miseria; por eso deseáis comprender la confusión. Y cuando la comprendáis, cuando la disipéis, seréis libres como el aire, amaréis, no seguiréis a nadie, no tendréis conductores; y entonces advendrá la sociedad de la igualdad verdadera, sin clases y sin castas.

Vosotros, señores, no buscáis la verdad. Tratáis de hallar solución a alguna dificultad, y esa es vuestra desdicha. Queréis conductores que os dirijan, que os remolquen, que os fuercen que os hagan adaptables, y eso inevitablemente lleva a la destrucción, a mayores sufrimientos. El sufrimiento es lo que tenemos a la vista, y sin embargo, nos negarnos a verlo; y queremos “verdaderos” conductores, lo cual significa gran falta de madurez. Toda conducción, para mí, es indicio de deterioro social. El líder es un elemento destructivo en la sociedad. (Risas). No lo toméis a broma, no paséis por alto ese hecho: consideradlo. Es cosa muy seria, sobre todo ahora. El mundo se halla al borde de una catástrofe y se desintegra rápidamente; y conformarse con encontrar otro líder, un nuevo Churchill, un Stalin de más volumen, un Dios diferente, es absolutamente inútil; porque el hombre que está confuso no puede escoger sino de acuerdo a los dictados de su propia mente, o sea de la confusión. De nada sirve, por lo tanto, buscar un conductor, bueno o malo. No hay “buen” conductor; todos los conductores son desacertados. Lo que tenéis que hacer es disipar vuestra propia contusión. Y la confusión sólo queda apartada cuando os comprendéis a vosotros mismos; con el comienzo del conocimiento propio viene la claridad. Sin conocimiento propio, la confusión es como una ola que eternamente os alcanza. Resulta pues muy importante, para aquellos que son realmente serios y de buena fe, el empezar por sí mismos y no buscar liberación ni escape de la confusión. En el momento en que comprendéis la confusión, estáis libres de ella.

Pregunta: Granos de verdad pueden hallarse en las religiones, teorías, ideas y creencias. ¿Cuál es el verdadero modo de separarlos?

Krishnamurti: Lo falso es lo falso, y no por buscar podéis separar lo falso de la verdad. Tenéis que ver lo falso como falso, y sólo entonces cesa lo falso. No podéis Buscar la verdad en lo falso, pero podéis ver lo falso como tal, y entonces os libráis de lo falso. Señor, ¿cómo puede lo falso contener la verdad? ¿Cómo puede la ignorancia, la obscuridad, contener la comprensión, la luz? Sé que os agradaría que así fuese; desearíamos creen que en alguna parte de nosotros está la eternidad, la luz, la verdad, la piedad, cubiertas todas ellas por la ignorancia. Donde hay luz no hay obscuridad; donde hay ignorancia siempre hay ignorancia, jamás comprensión. Sólo hay liberación, pues, cuando vosotros y yo vemos lo falso como falso, es decir, cuando vemos la verdad acerca de lo falso, lo que significa no permanecer en lo falso como falso. El ver lo falso como falso nos lo impide nuestro prejuicio, nuestro “condicionamiento”. Con esa comprensión, sigamos adelante.

Ahora la cuestión es esta: ¿no hay verdad en las religiones, en las teorías, en los ideales, en las creencias? Examinémoslo. ¿Qué entendemos por religión? No, por cierto, la religión organizada, ya sea el hinduismo, el budismo o el cristianismo, pues todas ellas son creencias organizadas; con su propaganda, conversión, proselitismo, compulsión, etc. ¿Hay alguna verdad en la religión organizada? Ella podrá engolfar, atrapar la verdad en su red, pero la religión organizada no es verdadera en sí misma. Ella es falsa, por lo tanto, y separa al hombre del hombre, Vosotros sois musulmanes, yo soy hindú, otro es cristiano y otro es budista; y todos reñirnos y nos damos muerte unos a otros. ¿Hay en eso alguna verdad? No nos referimos a la religión como búsqueda de la verdad; lo que estamos considerando es si hay alguna verdad en la religión organizada. Hemos sido tan condicionados por la religión organizada para juzgar que en ella hay verdad, que hemos llegado a creer que por llamarse “hindú” uno es alguien o encontrará a Dios. ¡Qué absurdo! Señor, para encontrar a Dios para encontrar la realidad, tiene que haber virtud. La virtud es libertad, y sólo por medio de la libertad puede descubrirse la verdad, no cuando os halláis en manos de la religión organizada, atrapados en sus creencias. ¿Y hay alguna verdad en las teorías, en los ideales, en las creencias? ¿Por qué tenéis creencias? Es obvio que porque las creencias os brindan seguridad, comodidad, protección, una guía. En vosotros hay miedo, deseáis ser protegidos, apoyaros en alguien, y es por eso que creáis el ideal, el cual os impide comprender aquello que es; por lo tanto el ideal llega a ser un estorbo para la acción. Señor, cuando yo soy violento, ¿por qué deseo perseguir el ideal de la “no violencia”? Por la razón obvia de que quiero eludir la violencia, escapar a la violencia. Cultivo el ideal a fin de no tener que enfrentar la violencia y comprenderla. ¿Para qué quiero un ideal, después de todo? Es un impedimento. Si quiero comprender la violencia, debo tratar de comprender lo que ella es; directamente, no a través de la pantalla de un ideal. El ideal ea falso, ficticio, y me impide comprender lo que yo soy. Considerad eso más de cerca, y veréis. Si soy violento, para comprender la violencia no necesito un ideal; para considerar la violencia, no necesito guía. Pero me gusta ser violento; ello me da cierta sensación de poder, y continuaré siendo violento, aunque lo disimule con el ideal de la “no violencia”. De modo que el ideal es ficticio: no existe, simplemente. Sólo existe en la mente; es una idea que ha de realizarse y mientras tanto puedo ser violento. Por consiguiente un ideal es falso como una creencia.

Ahora bien, ¿por qué deseo creer? El hombre que comprende la vida no necesita creencias, por cierto. El que ama no tiene creencias: ama. El hombre consumido por el intelecto es el que tiene creencias, porque el intelecto siempre busca seguridad, protección; siempre evita el peligro, y por eso elabora ideas creencias, ideales, tras de los cuales puede hallar amparo. ¿Qué ocurriría si os entendierais con la violencia directamente, ahora? Seríais un peligro para la saciedad; y como la mente prevé el peligro, dice, “realizaré el ideal de la no violencia de aquí a diez años”, lo cual es un proceso ficticio, falso. Las teorías, pues ‑y no se trata de las teorías matemáticas y otras análogas sino de las que surgen en relación con nuestros problemas humanos, psicológicos- las teorías, las creencias, los ideales; son falsos porque nos impiden ver; las cosas como son. Comprender lo que es resulta más importante que crear y seguir ideales porque los ideales son falsos, y lo que es es lo real. Comprender lo que es requiere una enorme capacidad, una mente veloz y sin prejuicios. Es porque no queremos enfrentar ni comprender lo que es, que inventamos las muchas vías de escape y les damos hermosos nombres, tales como ideal, creencia, Dios. Sólo cuando veo lo falso como falso, por cierto, mi mente es capaz de percibir lo que es verdadero. Una mente que se halla confusa en lo falso, nunca puede hallar la verdad. Por lo tanto debo comprender lo que es falso en mis relaciones, en mis ideas, en las cosas que me rodean; porque el percibir la verdad requiere comprensión de lo falso. Sin suprimir las causas de la ignorancia no puede haber esclarecimiento; y el buscar esclarecimiento cuando la mente no está esclarecida, resulta absolutamente vano y sin sentido. Debo, pues, empezar a ver lo falso en mis relaciones con las ideas, con las personas, con las cosas. Cuando la mente ve aquello que es falso, surge aquello que es verdadero; y entonces hay éxtasis, hay felicidad.

Quinto platicas en Bangalore, 1948

Domingo 1 Agosto 1948

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