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Segunda plática en Saanen, 1985

Miércoles 10 Julio 1985

¿Podemos continuar con lo que estuvimos hablando el otro día? Pienso que es importante comprender que esto no es un culto a la personalidad. La persona llamada K no es importante en absoluto. Lo que importa es lo que esa persona dice, no lo que parece, no su personalidad y toda esa tontería. Así que, por favor, si se le permite a uno señalarlo cuidadosa y definitivamente, la persona que está hablando en el estrado no es de manera alguna importante.

El otro día hablamos acerca de diversas formas de conflicto, de cuál es la causa del conflicto, y por qué, durante toda la historia de la humanidad, el hombre ‑incluyendo, por supuesto a la mujer- ha vivido en conflicto y jamás ha podido resolver ese problema. A través de los siglos, después de este largo período de evolución, de muchos, muchos milenios, seguimos estando en conflicto unos con otros ‑conflicto entre el hombre y la mujer, entre los seres humanos, entre un grupo de personas, entre naciones, sexos, religiones. Estoy seguro de que uno es consciente de todo esto: del terrorismo, de la brutalidad, de la espantosa crueldad, de todas las cosas horribles que están ocurriendo en el mundo... ¿Quién es el responsable de todo eso? Como dijimos el otro día, ésta es una reunión seria, no para pasar meramente una hermosa mañana sentados bajo una carpa o escuchando hablar a alguien; ésta es una reunión seria, activa, cooperativa y con un propósito bien definido.

Nos estamos preguntando esta mañana: ¿Quién es el responsable de todo esto? La responsabilidad implica cuidado, atención, no sólo a lo que ocurre exteriormente en el mundo, sino también internamente en todos nosotros; ¿quién es el responsable de todo esto? ¿Son los políticos los responsables? Vale decir, dejémosles que hagan lo que quieran, puesto que en una sociedad llamada democrática somos nosotros mismos quienes los hemos elegido. En los estados totalitarios no los elegimos, simplemente llegan al poder y nos dominan a todos. Por tanto, ¿quién es el responsable? ¿Las religiones? ¿El mundo islámico? ¿El mundo cristiano? ¿El mundo hindú, el budista, etc.? ¿O los responsables somos nosotros, cada uno de nosotros? Por favor, consideren esto. ¿Es cada uno de nosotros, viviendo en este mundo, en este medio, no sólo en la bella Suiza sino en todas partes del mundo, es cada uno de nosotros ‑ustedes sentados ahí y quien les habla, aquí- somos nosotros los responsables de todo esto?

Espero que se estén formulando esta pregunta a sí mismos. ¿Son ustedes los responsables por crear este mundo espantoso, brutal, peligroso y aterrador? Si han ido a diversos países, habrán visto todo esto, una pobreza enorme, millones y millones de personas pobres, hambrientas, y aquellas que son terriblemente ricas, que han nacido para ocupar una alta posición y que por el resto de sus vidas conservan sus riquezas, sus castillos, sus mansiones, etc. ¿Quién es el responsable? ¿Somos los responsables por haber creado esta sociedad que nos rodea, la cultura, la religión, los dioses y toda esa repetición y sensación ritualista? ¿Somos los responsables por ser iracundos, codiciosos, violentos, desordenados, por odiar y limitar nuestro afecto a muy, muy, muy pocas personas? ¿Ha creado cada uno de nosotros esta sociedad en que vivimos? ¿Es cada uno de nosotros el responsable? Ustedes dicen: «Lo siento, yo no soy el responsable., o puede que sean indiferentes a toda la cosa mientras están a salvo en un país particular, protegidos por las fronteras.

Llegamos, pues, a una pregunta muy seria: ¿Qué es el orden y qué es el desorden? Por favor, estamos discutiendo, investigando juntos esta cuestión. No se trata de que ustedes acepten, ni que en modo alguno se conformen con lo que dice quien les habla; eso sería completamente inútil. ¿Podemos, en cambio, hacer juntos un largo viaje, no sólo intelectualmente, verbalmente, sino a una profundidad mucho mayor, a fin de descubrir por qué la sociedad de la que somos responsables está creando un desorden y una crueldad tan terribles? ¿Somos diferentes de la sociedad, de la cosa que hemos creado? ¿Acaso no tiene que haber primero orden en nuestra propia casa ‑no sólo entre las paredes externas de la casa y el jardín, sino también en el mundo interno en que todos vivimos, el mundo subjetivo, psicológico? ¿Hay desorden ahí? ¿Comprenden mi pregunta? Espero estar expresándome con claridad. En tanto vivamos, cada uno de nosotros, en desorden ‑psicológicamente, subjetivamente, internamente- cualquier cosa que hagamos creará desorden. Los estados totalitarios han dicho que, cambiando la sociedad, el medio, forzándolo, obligándolo, ellos cambiarán la humanidad, el cerebro humano. No han tenido éxito. Hay disenso constante, hay rebelión y todas esas cosas.

De modo que si ustedes ven esto, que somos nosotros los que hemos creado este desorden, y que este desorden es la sociedad en que vivimos, ¿qué es lo que harán? ¿Por dónde han de comenzar? ¿Desean cambiar la sociedad como lo hacen los reformadores, los benefactores sociales, los hombres que quieren cambiar las leyes mediante el terrorismo y la compulsión? ¿O pondrán internamente en orden la propia casa? ¿Es clara la pregunta?

Entonces, ¿cómo pondremos yo o ustedes la casa en orden? Porque ése es el único sitio por donde puedo comenzar, no por la reforma externa, no por el cambio externo de las leyes, o constituyendo las Naciones Unidas, etc. Si se me permite hacer una pequeña digresión, el año anterior y este año fuimos invitados a hablar en las Naciones Unidas. Uno de los personajes importantes en las mismas, se puso de pie después de que K hubo hablado, y dijo: «En los últimos cuarenta años de trabajar muy duramente en esta institución, he llegado a la conclusión de que no debemos matarnos los unos a los otros». ¡Cuarenta años! Y estamos en lo mismo, esperando que algo ocurra ahí afuera, algo que nos obligue, que nos fuerce, que nos persuada, que nos dirija. Hemos dependido siempre de lo externo ‑retos externos, guerras externas, etcétera.

¿Qué haremos, pues? No es bueno afiliarse a pequeñas comunidades, o seguir a algún gurú. Eso es una irresponsabilidad total. Abandonarse, entregarse a alguien que se titula a sí mismo iluminado, los conduce a... a cualquier cosa que él quiera conducirlos ‑generalmente al dinero de ustedes. ¿Cómo, pues, empezaremos a generar orden internamente? El orden implica que no hay conflicto, ¿no es así? Nada de conflicto interno, completa ausencia de conflicto, ¿verdad? El otro día examinamos esta cuestión de la causa del conflicto. Se han escrito volúmenes al respecto. Psicólogos, psiquiatras, terapeutas, etc., lo han explicado verbalmente; se han vertido millones de palabras sobre el tema y, no obstante, todos nosotros seguimos viviendo en conflicto. Donde la mente, el cerebro se halla en desorden, que es la esencia del conflicto, ese cerebro jamás puede ser ordenado, sencillo, claro. Esto puede darse por sentado como una ley, como la ley de la gravedad, o la ley que hace que el sol asome por oriente y se ponga en occidente: Donde hay conflicto interno o subjetivo, tiene que haber desorden. Por favor, investíguenlo cuidadosamente.

Y, ¿cuál es la naturaleza del desorden? No qué es el orden, porque una mente confusa puede inventar un orden y decir: «Eso es el orden». Un cerebro que está preso en ilusiones ‑como lo está el de la mayoría- creará su propio orden desde la confusión ‑¿correcto? ¿Cuál es, entonces, la naturaleza del desorden? ¿Por qué los separamos? Decimos que nos damos cuenta de que estamos en desorden, lo cual es bastante sencillo, y después buscamos el orden a partir de ese desorden. Los políticos saben que hay desorden y buscan el orden. ¿Está claro esto? Por supuesto que sí. No sólo los políticos, sino cada uno de nosotros sabe que nuestra vida es desordenada. Ir a la oficina desde las nueve de la mañana a las cinco de la tarde ‑¡qué vida llevan ustedes!- luchando, riñendo, trepando la escalera social, ambiciosos, codiciosos, agresivos; y después, cuando vuelven a sus casas son muy dóciles y se someten a la esposa, o al marido, o a quien sea. En esto hay desorden, y todo el tiempo el cerebro está buscando el orden ‑todo el tiempo- porque no puede vivir en desorden; no puede funcionar claramente, bellamente, exquisitamente, a su más alta capacidad, cuando hay desorden. Por lo tanto, en todos nosotros hay una sutil búsqueda del orden. Así que nos preguntamos: ¿Por qué existe esta división ­‑desear el orden y luego vivir en desorden? No sé si están siguiendo esto. No se desconcierten, es muy sencillo.

Vivimos en desorden, eso es seguro. ¿Por qué preocuparnos por el orden? Veamos si podemos esclarecer el desorden. Si uno puede esclarecer el desorden, entonces hay orden. No existe ese conflicto entre el desorden y el orden. Vean, esto es bastante sencillo. Somos personas violentas, agresivas, no sólo físicamente sino también psicológica, internamente. Queremos lastimar a otros. Decimos acerca de ellos cosas brutales. La violencia no es una acción meramente física; la violencia es también psicológica ‑agredir, imitar, compararse uno mismo con otro, etc., todo eso es una forma de violencia. Por nuestra naturaleza que proviene del animal, somos violentos. Y no permanecemos con eso reconociendo: «Yo soy violento»; inventamos la no violencia. Decimos: «No debo ser violento». ¿Por qué ocuparnos de no ser violentos? Somos violentos; veamos eso, permanezcamos con eso, no nos apartemos de eso. Entonces podremos examinarlo juntos y ver hasta dónde podemos disipar la violencia. Pero si uno está luchando constantemente para volverse no violento, entonces no puede resolver el problema, porque cuando trata de volverse no violento, está sembrando todo el tiempo las semillas de la violencia. Yo soy violento, y espero que un día no tendré más violencia; ese día está muy lejos en el tiempo, y durante el intervalo yo siembro violencia, sigo siendo violento ‑tal vez no tanto, pero sigo siendo violento. Así que digo: No nos ocupemos de no ser violentos, comprendamos la violencia, comprendamos cuál es su naturaleza, por qué existe y si es posible librarse de ella completamente. Eso es mucho más interesante y vital que perseguir la no violencia.

Así, de manera similar, es importante comprender el desorden y olvidarse del orden. Porque si comprendemos eso, moviéndonos fuera de la comprensión intelectual, verbal, entonces podremos descubrir el modo de vivir una vida que sea completamente no violenta. Espero que esta cuestión esté clara para nosotros.

¿Qué es, entonces, el desorden? El cerebro está buscando orden; no se concentra, no está atento a fin de descubrir qué es el desorden. Éste es un diálogo entre nosotros. No esperen que quien les habla conteste esa pregunta, porque entonces sólo repetirán. Si pueden descubrir, encontrar la verdad de ello, eso que han descubierto les pertenece, y entonces pueden actuar. Pero si meramente escuchan lo que está diciendo quien les habla, entonces sólo lo repiten, no lo saben ‑«no comprendo, ¡es tan difícil!», y todas esas tonterías.

Entonces, ¿qué es el desorden? Decir una cosa y pensar otra, actuar en cierto sentido y en otro sentido ocultar los propios pensamientos y sentimientos. Esa es sólo una cuestión muy sencilla. Requiere una gran honestidad decir las cosas que uno mismo quiere decir ‑no repetir las que otros le han dicho a uno. Es probable que todos ustedes hayan leído muchísimo, de modo que sus cerebros están llenos con los conocimientos, con los conceptos y prejuicios de otras personas, los cuales se agregan a los propios. De modo que repiten. Jamás se sientan, o caminan en el bosque, y descubren qué es el desorden. Para descubrir, uno ha de ser tremendamente honesto ‑afrontar las cosas como son. Si tengo miedo, tengo miedo y no finjo no tener miedo. Si he mentido, digo que he mentido, no defiendo la mentira. Enfrentarse exactamente a lo que uno es, no a lo que uno debería ser. ¿Estamos juntos en esto? Así, gradualmente ‑o instantáneamente- uno descubre por sí mismo las causas, de cualquier clase que sean, físicas, subjetivas o psicológicas. El conflicto existe cuando hay dos factores opuestos en la vida: lo bueno y lo malo. ¿Es lo bueno algo totalmente separado de lo malo? ¿O lo bueno es en parte lo malo? ¿Me expreso con claridad? No.

¿Qué es malo? ¿Y qué es bueno? Obviamente, matar a otro es malo, ya sea en el nombre de Dios, en el nombre de otro ser humano, etc., etc. ¿Y qué es bueno, qué es ser bueno? ¿Están ustedes esperando que yo lo describa? Probablemente, nunca han investigado todo esto. ¿Está lo bueno separado de lo malo? ¿O es que lo bueno tiene sus raíces, su origen en lo malo? ‑¿comprenden? Existen dos elementos en los seres humanos: el elemento bueno y el malo. Lo malo, digamos, es ser iracundo, lo bueno es no ser iracundo. Pero yo he conocido la ira, y cuando digo: «No debo ser iracundo, seré bueno», lo bueno ha nacido de mi ira. Cuando digo: «Tengo que ser bueno», yo he conocido lo malo. Si no conozco lo malo, soy lo bueno. Me pregunto si comprenden ustedes esto. O sea, que si soy violento no sé qué es lo otro. Si no soy violento, entonces existe lo otro. ¿Nace, pues, lo bueno de lo malo? Si lo bueno nace de lo malo, entonces lo bueno no es bueno. ¿Estamos juntos en esto? Parece algo confuso, pero créanme que no lo es. Es muy sencillo. Es por eso que dije: Por favor, pensemos sencillamente, claramente, sin prejuicios, sin preferencias.

Del mismo modo, el amor no es odio, ¿de acuerdo? Si el amor ha nacido del odio, entonces no es amor. ¿Está claro eso? Quien les habla no odia a nadie, pero supongamos que sí; entonces dice: «No debo odiar, tengo que amar». Eso no es amor, sigue siendo parte del odio. Es una decisión, un acto del pensamiento. Y el pensamiento no es amor.

¿Podemos, pues, nosotros, cada uno de nosotros, sentirnos responsables por haber creado esta sociedad en que vivimos, que es monstruosa, inmoral más allá de toda imaginación ‑puede cada uno de nosotros, viviendo en este mundo, en esta sociedad, estar completamente libre del desorden? Eso significa la completa terminación del conflicto, el fin de este sentido de dualidad en nosotros ‑dualidad, los elementos opuestos dentro de nosotros. ¿No es, entonces, cuestión de estar tremendamente alertas ‑alertas a cada pensamiento? ¿Podemos estarlo?

Esto nos lleva al punto siguiente: ¿Qué es el pensamiento? ¿Qué es el pensar? Si a ustedes se les pregunta qué es el pensar, ¿qué responderían? Yo lo pregunto, quien les habla les está preguntando: ¿Qué es el pensar? Y ustedes empiezan a pensar. Toda nuestra vida es pensamiento y sensación. El niño dice: «Mi libro», «¡Ése es mi columpio!» ‑eso es pensar. Mediante el pensar, la humanidad ha enviado un cohete a la luna. Pero ese pensar también pone allá arriba una bandera. ¡Recorrer todo ese camino hasta la luna y colocar allá una bandera! No, no se rían. Vean lo que hace el pensamiento.

El pensamiento ha creado todo el mundo de la tecnología. Se han hecho cosas asombrosas que ni siquiera nos imaginamos, acerca de las cuales es muy poco lo que sabemos ‑la computadora, los extraordinarios submarinos, etc., etc. Todo eso lo ha hecho el pensar ‑¿de acuerdo? Y el pensamiento ha construido también los edificios más extraordinarios. Cuando uno escribe una carta tiene que pensar, y tiene que pensar cuando maneja un automóvil; de modo que el pensar se ha vuelto extraordinariamente importante para todos nosotros. El pensar forma parte de nuestro programa. Hemos sido programados: yo soy católico, usted es protestante, yo soy musulmán, usted es hindú; usted es comunista, yo soy demócrata... ¿entienden? Eso forma parte de nuestro condicionamiento. Hemos sido programados por los diarios, las revistas, los políticos, los sacerdotes, el arzobispo, el Papa ‑ustedes conocen toda la cosa, cómo hemos sido programados.

¿Qué es, entonces, el pensar? ¿Por qué piensan ustedes? ¿Por qué piensan en absoluto? ¿Por qué simplemente no actúan? No pueden. Primero planean muy cuidadosamente lo que van a hacer ‑«¿esta bien o está mal, es como debería ser o no lo es?»‑ y entonces sus emociones, sus sensaciones dicen que eso está muy bien o está muy mal, y ustedes van y lo hacen o no lo hacen. Todo esto es un proceso de pensar. «¿Debería casarme, no debería? Esa muchacha es apropiada, la otra no lo es, o a la inversa». El pensar ha ocasionado muchísimo daño ‑odio, celos, guerras, el deseo de lastimar a otros. ¿Qué es, entonces, el pensar? El llamado buen pensar y el llamado mal pensar, el pensar correcto y el pensar incorrecto; todo eso sigue siendo el pensar. El pensar oriental y el pensar occidental, siguen siendo pensar. ¿Qué es el pensar? No esperen que yo lo diga. Formúlense esa pregunta a sí mismos. ¿Qué es el pensar? Ustedes no pueden pensar sin la memoria. ¿Qué es, entonces, la memoria? Prosigan. Dediquen sus cerebros a ello. Rememoración, una larga asociación de ideas, un largo manojo de recuerdos; recuerdo la casa en que he vivido, recuerdo mi infancia. ¿Qué es eso? Es el pasado. El pasado es memoria. Uno no sabe lo que sucederá mañana, pero puede proyectar lo que podría suceder. Eso sigue siendo la acción de la memoria en el tiempo.

¿Cómo surge la memoria? Todo esto es muy sencillo. La memoria no puede existir sin el conocimiento. Si tengo el conocimiento del accidente automovilístico que me ocurrió ayer ‑no ocurrió- recuerdo ese accidente. Pero previo a esa recordación existió el accidente ‑¿correcto? El accidente se convierte en conocimiento, y entonces desde ese conocimiento surge la memoria. Si no hubiera tenido un accidente, no existiría el recuerdo de un accidente. De modo que el conocimiento se basa en la experiencia, y la experiencia es siempre limitada, siempre. Yo no puedo experimentar la inmensidad del orden universal. No puedo experimentarlo, pero puedo imaginarlo. ¡Es maravilloso! La experiencia es limitada y, por tanto, el conocimiento es limitado, ya sea ahora o en el futuro, porque se suman más y más conocimientos. El conocimiento científico se basa en eso. El conocimiento es siempre limitado, ahora o en el futuro, de modo que la memoria es limitada. Por consiguiente, el pensamiento es limitado. ¿Correcto? Aquí es donde radica la dificultad. El pensamiento es limitado. Ya sea noble o innoble, religioso o no religioso, virtuoso o no virtuoso, moral o inmoral, el pensamiento sigue siendo limitado. Cualquier cosa que haga el pensamiento es limitada. ¿Estamos de acuerdo en esto?

¿Puede, pues, el pensamiento generar orden, puesto que el pensamiento mismo, siendo limitado, tal vez sea el origen del desorden? No sé si captan ustedes esto. ¿Comprenden mi pregunta? Es muy interesante. Examínenla. Cualquier cosa que sea limitada tiene que crear desorden, si soy un musulmán ‑que es algo muy limitado- debo por fuerza crear desorden; si soy un israelí, tengo que crear desorden, o si soy un hindú, un budista, un cristiano, etcétera, etcétera ¿Es, entonces, el pensamiento la raíz misma del desorden? Investíguenlo, señores. Por favor, sean escépticos, no acepten nada de lo que dice quien les habla. Averígüenlo ustedes, investiguen, no mañana sino ahora; sentados ahí examínenlo, descubran. Pongan pasión en ello, no fanatismo. Entonces comenzarán a descubrir.

Así que, como seres humanos, hemos vivido por millones de años en un estado de violencia, de desorden y conflicto ‑y todo eso es producto del pensamiento. Todo eso. De modo que uno empieza a inquirir: ¿Hay alguna otra cosa que sea tan activa, tan precisa y energética como el pensamiento? K descubrió hace mucho tiempo que el pensamiento es muy limitado. Nadie se lo dijo; él lo descubrió, él dio con ello. Entonces comenzó a preguntarse: ¿Existe otro instrumento como ése? El pensamiento está dentro de este cerebro, dentro de este cráneo. El cerebro contiene todos los pensamientos, todos los recuerdos, todas las experiencias. Es también el conjunto de todas las emociones, sensaciones y reacciones nerviosas. Es la vasta memoria que está contenida ahí, la racial, la no racial, la personal ‑todo eso está ahí. Y el centro de todo eso es el pensamiento. Éste puede decir: «No, es otra cosa», pero eso sigue siendo pensamiento. Cuando éste dice que busca una superconciencia, ello sigue siendo pensamiento.

De modo que uno pregunta, K pregunta: ¿Existe otro instrumento ‑o no un instrumento- una onda, un movimiento que no sea de esta clase? ¿Se están formulando ustedes esta pregunta? Si lo hacen, ¿quién va a contestarles? Sean cuidadosos, por favor. Esto exige gran sutileza y habilidad, porque el pensamiento puede ser muy engañoso. Dice «Muy bien, he comprendido que el pensamiento es limitado», pero sigue estando en actividad. Y entonces empieza a inventar: «Yo sé que el pensamiento es limitado, pero Dios es infinito, y yo estoy buscando a Dios». El pensamiento es limitado, pero inventa los rituales, las vestiduras medievales de los monjes y los sacerdotes, etcétera. ¿Puede, pues el cerebro utilizar el pensamiento ‑actuar reflexivamente cuando es indispensable, pero de lo contrario no tener pensamientos? ¿Comprenden? ¿Puede el cerebro utilizar el pensamiento cuando es necesario? Es necesario vivir con el pensamiento cuando uno maneja un automóvil, cuando uno come, cuando escribe una carta, cuando hace esto o aquello. Todo eso es el movimiento limitado del pensar. O sea, que cuando se le necesita, el pensamiento puede actuar; pero en caso contrario, ¿por qué debería parlotear todo el día?

¿Existe, entonces, otro instrumento que no sea en absoluto el pensar ‑que no sea producto del pensamiento, ni sea concebido o elaborado sutilmente por el pensamiento? Descúbranlo. Ello requiere comprender el tiempo. ¿Puedo investigar esto? ¿No están cansados?

Ustedes tienen que comprender qué es el tiempo. No el tiempo de salida y puesta del sol, ni el tiempo de la luna nueva, ni el tiempo del día desde la mañana a la noche. El tiempo es también todo lo que sucedió en nuestra vida ‑que son miles de ayeres- y todo lo que podría suceder mañana. El tiempo es horizontal y vertical. El tiempo es el pasado, es el ahora mientras estamos sentados aquí, y también es el mañana. Y éste es el ciclo en que estamos atrapados. Miles de ayeres, muchos días en nuestra vida, y antes de que muramos habrá algunos días más. Así que todo este movimiento cíclico es el tiempo. El tiempo es necesario para que la pequeña semilla se desarrolle hasta convertirse en un árbol grande, o el bebé en un hombre adulto. Está el tiempo físico y también el tiempo psicológico, yo soy esto, pero seré aquello. Llegar a ser aquello requiere tiempo. ¿Están siguiendo todo esto? Así, el cerebro vive en el tiempo. El cerebro se ha cultivado, ha crecido, ha evolucionado a través del tiempo. Todo este movimiento de la vida tal como lo conocemos, es tiempo ‑¿de acuerdo?

Sabemos lo que fue ayer. Uno puede recordar su infancia, puede recordar su vida de hace veinte años o de diez días atrás, lo cual es el pasado. Ese pasado es el presente ligeramente cambiado, ligeramente modificado por las circunstancias actuales. ¿Entienden lo que se está diciendo o estoy hablando para mí mismo? Otros diez minutos, por favor. No se aburran ni se duerman. Es de la vida de ustedes que estamos hablando, no de mi vida. Es la vida de ustedes, la que viven todos los días ‑la que es realmente no la que debería ser. Es la cotidiana, monótona, solitaria desesperada, ansiosa e incierta vida de ustedes. Y esa vida forma parte del movimiento del tiempo. El tiempo es también llegar a un final cuando muero. Por lo tanto, el tiempo nos concierne. Tendré un empleo mejor si me empeño en ello; si adquiero mayor destreza, ganaré más dinero. Todo eso es tiempo. Y el ayer, muchos ayeres un poco modificados por las circunstancias, por las presiones, son el ahora. Todo eso ha sucedido como resultado de un millar de ayeres refinándose ligeramente, modificándose ligeramente y marchando hacia el futuro ‑¿correcto? El pasado, modificándose a través del presente, se convierte en el futuro. De modo que el futuro es ahora. No sé si ustedes ven esto. Por favor, dedíquenle sólo un poco de tiempo.

Uno vivió en la India con todas las creencias, con los dogmas culturales, supersticiosos, con las inmensas tradiciones que tienen de tres a cinco mil años de antigüedad, uno se educó en eso y vivió ahí en ese pequeño círculo del brahmanismo, y si uno no hubiera despertado, habría permanecido ahí por el resto de su vida hasta morir. Pero las circunstancias, las circunstancias económicas, los viajes, esto y aquello, hacen que uno abandone esto; la tradición de tres a cinco mil años cambia a través de la modificación, o sea, a través de la economía: tengo que ganar dinero, mi esposa, mis hijos deben tener más ropas. Pero el pasado sigue moviéndose y cambia a causa de las circunstancias, y el cambio continúa en el futuro. Eso está claro. Entonces nos preguntamos: ¿Qué es el futuro? ¿Es lo que somos ahora el futuro, modificado, pero no obstante el futuro? Existe una continuidad desde el pasado que se modifica un poco hacia el futuro ‑¿correcto?

Hemos vivido en esta tierra como seres humanos, como ‘homo sapiens’, por millones de años. Fuimos salvajes entonces y aún somos salvajes, pero con ropas limpias, afeitados, bañados, refinados, mientras que internamente nos odiamos unos a otros, nos matamos unos a otros, somos tribales y todas esas cosas. No hemos cambiado mucho. De modo que el futuro es ahora, porque lo que he sido es lo que sigo siendo ahora, modificado, y proseguiré siendo así. Por lo tanto, el futuro es ahora; y a menos que rompa el ciclo, el futuro siempre será el ahora. Me pregunto si comprenden esto. No es muy difícil; por favor, no lo hagan difícil. Supongamos que yo he sido codicioso por los últimos treinta años, y esa codicia llega a modificarse porque no puedo ganar tanto, no puedo satisfacerme hasta ese punto, pero sigo siendo codicioso. Y eso continúa. Así que, a menos que termine con la codicia ahora, mañana seré codicioso. Es muy sencillo.

Nuestra pregunta es, entonces, la siguiente: ¿Puede ‘lo que es’, el pasado, cambiar, terminar completamente? Entonces rompen ustedes el ciclo. Cuando rompen el ciclo, cambian las células mismas del cerebro. Hemos discutido esta cuestión con especialistas del cerebro ‑pero no nos ocuparemos de todo eso. Vean, señores, yo he vivido noventa años ‑quien les habla tiene noventa años. ¡No simpaticen con él, por Dios! Todo lo que ha sucedido durante estos noventa años, o cincuenta años, o diez años, o incluso diez días es el pasado ‑la memoria, las experiencias, hablar aquí y allá, pequeños auditorios, la reputación y todas esas tonterías ‑y todo eso está en el pasado. Y él se siente importante sentado en una plataforma, tiene una reputación. Por lo tanto, él desea que esta reputación, este sentarse en la plataforma, todo ese asunto continúe ‑¿correcto? Pero él puede envejecer ‑no que puede, es viejo- y puede perder los auditorios porque su cerebro podría volverse ‘gagá’ ­‑no, escuchen esto atentamente, por favor, escuchen; no es cosa de risa. Puede ser gracioso, pero sólo considérenlo. A menos que él se libere del auditorio ahora, que se libere de su reputación ahora, quedará atascado en eso. De modo que le pone fin. Podrá volverse ‘gagá’ el año que viene, muy bien, pero él ha terminado con eso. El cerebro ha roto el ciclo del tiempo.

El cerebro se compone de millones y millones de células y son esas mismas células las que matan. Existe una especie diferente de célula, porque uno se ha movido de una dirección a otra dirección diferente. ¿Entienden? O sea, que uno ha estado yendo hacia el norte durante toda su vida. Viene alguien y dice: «Vea, en el norte no hay nada, ¡por Dios! no malgaste su energía yendo al norte, vaya al sur o al este». En el momento que uno se vuelve hacia el este, ha roto el patrón. Uno ha roto el patrón que han establecido las células y se ha dirigido al este. Es así de sencillo si uno lo hace.

Uno puede hablar interminablemente, puede escribir libros interminablemente, pero una vez que ve la naturaleza del tiempo, ve que es muy poco lo que hemos cambiado a través de estos millones de años. Seguimos matándonos unos a otros, sólo que de un modo más diabólico. La bomba atómica puede barrernos, vaporizarnos en un segundo. No existiremos más, nada existirá. Pero es lo mismo que cuando un hombre mataba a otro hombre hace dos millones de años. Seguimos haciendo eso. A menos que rompamos el patrón, haremos la misma cosa mañana. Esto es muy sencillo de entender. Hace dos mil años los hombres mataban con una maza; más tarde inventaron la flecha. Pensaban que la flecha pondría fin a las guerras. Ahora tenemos los terribles medios de destrucción modernos. Es lo mismo que dos millones de años atrás: seguimos matando. Ese es el patrón que el cerebro ha aceptado y con el que ha vivido; el cerebro ha creado el patrón. Si el cerebro puede darse cuenta por sí mismo, no mediante la presión o la compulsión, si puede comprender por sí mismo que el tiempo carece de validez en el movimiento del cambio, entonces uno ha roto el patrón. Entonces existe un modo por completo diferente de vivir.

Segunda plática en Saanen, 1985

Miércoles 10 Julio 1985

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