Sugerencia
Subscribe to the Subscribe
And/or subscribe to the Daily Meditation Newsletter (Many languages)
Print   pdf Pdf
                         Diaspora      rss 

Sexto platicas en Bangalore, 1948

Domingo 8 Agosto 1948

En nuestras diversas reuniones hemos tratado el problema de la transformación que es lo único capaz de producir la revolución, tan necesaria en los asuntos del mundo. Y, como lo hemos visto, el mundo no es diferente de vosotros y de mí: el mundo es lo que nosotros hacemos de él. Somos el resultado del mundo, y somos el mundo. De suerte que la transformación tiene que empezar por nosotros, no por el mundo ni por la legislación externa, los proyectos, etc. Es esencial que cada cual comprenda la importancia de esta transformación interior que traerá una revolución en lo externo. El mero cambio en las circunstancias externas de la vida es de muy escasa significación sin la transformación interior; y, como lo hemos dicho, esta transformación interior no puede ocurrir sin el conocimiento de uno mismo. El conocimiento propio consiste en conocer el proceso total de uno mismo, las modalidades del propio pensar, sentir y actuar; y el uno no se conoce a sí mismo, no hay base para una acción más amplia. El conocimiento propio es, pues, de primordial importancia. Es obvio que uno debe empezar a comprenderse a sí mismo en todos los propios actos, pensamientos y sentimientos, porque el “sí mismo” la mente, el “yo”, es muy complejo y sutil. Tantas imposiciones han pesado sobre la mente, sobre el “yo”, tantas influencias raciales, religiosas, nacionales, sociales y ambientales la han plasmado, que el seguir cada huella, el analizar cada rastro, resulta en extremo difícil; y si pasamos por alto una de ellas, si al no analizar adecuadamente omitimos una huella, todo el proceso del análisis se malogra. Nuestro problema, pues, consiste en analizar el “sí mismo”, el “yo”; y no tan sólo una parte del “yo” sino todo el campo del pensamiento, que es la respuesta del “yo”. Tenemos que comprender todo el campo de la memoria de la cual surge todo pensamiento, tanto los conscientes como los inconscientes; y todo eso es el “yo”, lo oculto a la vez que lo patente, el soñador y lo que él sueña.

Ahora bien, para comprender el “yo” -y sólo eso puede producir una revolución radical, una regeneración- tiene que existir la intención de comprender todo el protestó del “yo”. El proceso del individuo no es opuesto al mundo, a la masa, sea cual fuere el significado de ese término. Nada hay, en efecto, aparte de vosotros; sois vosotros la masa. Así pues, para comprender el proceso es preciso que haya intención de comprender lo que es, de seguir todo pensamiento, sentimiento y acción; y el comprender lo que es, resulta en extremo difícil porque lo que es jamás está inmóvil estático; siempre está en movimiento. Lo que és es lo que vosotros sois, no lo que os gustaría ser. No es el ideal, porque el ideal es ficticio; es en realidad lo que vosotros hacéis, pensáis y sentís de instante en instante. Lo que és es lo existente; y para comprender lo existente se requiere alerta percepción, una mente muy vigilante y veloz. Pero si empezamos por condenar lo que es, si empezamos por censurarlo o resistirle, no comprenderemos su movimiento. Si quiero comprender a alguien no puedo condenarlo tengo que observarlo que estudiarlo. Tengo que amar la cosa misma que estudio. Si queréis comprender a un niño, debéis amarlo, no condenarlo. Debéis jugar con él, observar sus movimientos, su idiosincrasia, sus modos de conducirse; pero si no hacéis más que condenarlo, resistirle o censurarlo, no hay comprensión del niño. De un modo análogo, para comprender lo que es, hay que observar lo que uno piensa, siente y hace de instante en instante. Eso es lo efectivo. Ninguna otra acción, ningún ideal o acción ideológica, es lo existente; es un mero anhelo, un deseo ficticio de ser otra cosa que lo que uno es.

Para comprender, pues, lo que es, requiérese un estado de la mente en el que no haya identificación ni condenación, lo cual significa una mente que sea alerta y sin embargo pasiva. En ese estado nos encontramos cuando deseamos realmente comprender algo; cuando hay intensidad en el interés, ese estado mental se produce. Cuando uno está interesado en comprender lo que es, el estado real de la mente, no necesita forzarla, disciplinarla ni controlarla antes bien, hay entonces vigilancia pasiva y alerta. Si yo deseo comprender un cuadro o una persona, tengo que dejar de lado todos mis prejuicios, mis conceptos previos a su respecto, mi educación clásica o de otro tipo, y estudiar el cuadro o la persona directamente. Este estado de alerta percepción surge cuando hay interés, intención de comprender.

La siguiente cuestión es ahora la de saber si la transformación es asunto de tiempo. La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a pensar que el tiempo es necesario para la transformación: yo soy algo, y para cambiar lo que soy en lo que yo debería ser, se requiere tiempo. Soy codicioso, y lo que de ello resulta en cuanto a confusión, antagonismos, conflictos y miserias; y para producir esa transformación, o sea la “no codicia”, creemos que el tiempo es necesario. Es decir, se considera que el tiempo es un medio para desarrollar algo más grande, para llegar a ser alguna cosa. ¿Comprendéis el problema? El problema es este: uno es violento, codicioso, envidioso, iracundo, vicioso o apasionado. Ahora bien, ¿el tiempo se necesita para transformar lo que es? En primer lugar, ¿por qué queremos cambiar lo que es, o producir una transformación? ¿Por qué? Porque lo que somos nos desagrada; engendra conflicto, perturbación. Y no gustándonos ese estado, deseamos algo mejor, algo más noble más idealista. Deseamos, pues, la transformación, porque hay dolor, incomodidad, conflicto. ¿Pero al conflicto se lo vence con el tiempo? Si decís que él será superado por el tiempo, uno estáis en conflicto. En otros términos, podréis decir que llevará veinte días o veinte años el libraros del conflicto, el cambiar lo que sois; pero durante ese tiempo estáis todavía en conflicto, y por lo tanto el tiempo no trae transformación. Cuando empleamos el tiempo como medio de adquirir una cualidad una virtud o un estado del ser, no haremos mas que aplazar o esquivar lo que es; y creo que es importante comprender este punto. La codicia o la violencia causa dolor, perturbación, en el mundo de nuestras relaciones con el prójimo, o sea en la sociedad; y siendo conscientes de ese estado de perturbación que denominamos codicia o violencia, nos decimos a nosotros mismos: “me libraré de él con el tiempo; practicaré la no violencia, practicaré la no envidia practicaré la paz”. Ahora bien, vosotros de deseáis practicar la “no violencia” porque la violencia es un estado de perturbación, de conflicto, y creéis que con el tiempo lograréis la “no violencia” y os sobrepondréis al conflicto. ¿Qué ocurre, pues, en realidad? Hallándoos en catado de conflicto, queréis lograr un estado en el que no hallo conflicto. ¿Pero ese estarlo de “no conflicto” es el resultado del tiempo, de una duración? No, evidentemente. Porque, mientras estáis logrando un estado de “no violencia”, seguís siendo violentos y por lo tanto estáis todavía en conflicto.

De suerte que nuestro problema es este: ¿es posible superar un conflicto, una perturbación, en un periodo de tiempo, ya se trate de días, de años o de vidas? ¿Qué ocurre cuando decís: “voy a practicar la no violencia durante cierto periodo de tiempo”? La práctica misma indica que estáis en conflicto, ¿no es así? No practicaríais si no resistierais al conflicto; y decís que la resistencia al conflicto es necesaria a fin de superar el conflicto, y para esa resistencia os lace falta tiempo. Pero la resistencia misma al conflicto es una forma de conflicto. Gastáis vuestra energía en resistir al conflicto bajo la forma de lo que llamáis codicia, envidia o violencia, pero vuestra mente sigue en conflicto. Resulta importante, pues, ver cuan falso es el proceso de depender del tiempo como medio de superar la violencia, y, viendo eso, librarse de dicho proceso. Entonces sois capaces de ser lo qué sois: una perturbación psicológica que es la violencia misma.

Ahora bien, para comprender algo, cualquier problema humano o científico, ¿qué es lo importante, qué es lo esencial? Una mente tranquila, ¿no es así? Una mente qué esté resuelta a comprender. No una mente que sea exclusiva, que trate de concentrarse, lo cual, una vez más, es un esfuerzo de resistencia. Si yo deseo realmente comprender algo de inmediato se produce en mi mente un estado de quietud. Es decir, cuando queréis escuchar música o mirar un cuadro que amáis, que os emociona, ¿cuál es el estado de vuestra mente? Ella queda inmediatamente en calma, ¿no es así? Cuando escucháis música, vuestra mente no vaga por todas partes; escucháis. De un modo análogo, cuando queréis comprender el conflicto, ya no dependéis para nada del tiempo os enfrentáis simplemente con lo que es, o sea con el conflicto. Entonces se produce de inmediato una quietud, una serenidad de la mente. Así, pues, cuando ya no dependéis del tiempo como medio de transformar lo que es, porque veis la falsedad de ese proceso, entonces os enfrentáis con lo que es; y como estáis interesados en comprender lo que es, resulta natural que tengáis la mente quieta. En ese estado mental alerta y sin embargo pasivo, surge la comprensión. Mientras la mente esté en conflicto, censurando, condenando, no puede haber comprensión. Si quiero comprenderos, es obvio que no debo condenaros. Es, pues, esa mente tranquila, esa mente serena, que produce la transformación. Cuando la mente ya no resiste, ya no elude, ya no descarta ni censura lo que es, sino que se encuentra simplemente perceptiva de un modo pasivo, en esa pasividad de la mente, si ahondáis de veras en el problema, hallaréis que se produce la transformación.

Así, pues, la transformación no es el resultado del tiempo: es el resultado de una mente quieta, de una mente asentada, de una mente que está serena, tranquila, pasiva. La mente no está pasiva cuando busca un resultado; y la mente buscará un resultado mientras anhele transformar, cambiar o modificar lo que es. Pero si la mente tiene simplemente la intención de comprender lo que es y está por lo tanto serena, en esa serenidad encontraréis que surge una comprensión de lo que es, y por ello mismo una transformación. Esto lo hacemos, en realidad, cuando nos enfrentamos con algo en lo cual estamos interesados. Observaos, y veréis desarrollarse ese extraordinario proceso. Cuando estáis interesados en algo, vuestra mente está quieta. No se ha dormido, está en extremo alerta y sensible, y es por lo tanto capaz de recibir insinuaciones, intimaciones; y es esa serenidad, esa alerta pasividad, lo que trae una transformación. Esto no involucra el empleo del tiempo como medio de transformación, de modificación o de cambio.

La revolución sólo es posible ahora, no en el futuro; la regeneración es ahora, no mañana. Si queréis experimentar con lo que acabo de decir, encontraréis que habrá una regeneración inmediata, una cualidad de cosa nueva, fresca; porque la mente siempre está serena cuando está interesada, cuando desea o tiene la intención de comprender. La dificultad para la mayoría de nosotros está en que no tenemos la intención de comprender, porque tenemos miedo de que, si comprendemos, ello podría producir una acción revolucionaria en nuestra vida; y es por eso que resistimos. Es el mecanismo defensivo lo que está en acción cuando nos valemos del tiempo o de un ideal como medio de transformación gradual.

De suerte que la regeneración sólo es posible en el presente, no en el futuro ni mañana. El hombre que confía en el tiempo como medio por el cual puede encanar la felicidad, comprender la verdad o Dios sólo se engaña a sí mismo; vive en la ignorancia, y por lo tanto en concreto. Pero el que ve que el tiempo no es la salida de nuestra dificultad, y por lo tanto está libre de lo falso, un hombre así, naturalmente, tiene la intención de comprender; su mente, por consiguiente, está quieta de por sí, sin compulsión, sin ejercitación. Cuando la mente está serena, tranquila. Sin buscar respuesta ni solución alguna, sin resistir ni esquivar, sólo entonces puede haber regeneración, porque entonces la mente es capaz de percibir lo que es verdadero; y es la verdad lo que libera, no vuestro esfuerzo por ser libres.

Voy a contestar algunas de las preguntas que se me han entregado.

Pregunta: Habla usted mucho acerca de la necesidad de una incesante vigilancia. Yo encuentro que mi trabajo me embota, de un modo tan irresistible, que el hablar de un estado de alerta después de un día de trabajo es simplemente echar sal en la herida.

Krishnamurti: Esta es una cuestión importante, señor. Examinémosla juntos con cuidado, por favor, y veamos lo que ella involucra. Bueno, a la mayoría de nosotros nos embota lo que llamamos nuestro trabajo, el empleo, la rutina. Tan embotados estáis, los que aman el trabajo como los que se ven forzados a trabajar por necesidad y que ven que el trabajo los embota. Tanto el hombre que ama su trabajo como el que le resiste, sufren embotamiento, ¿no es así? ¿Que hace el hombre amante de su trabajo? Piensa en é1 de la mañana a la noche; su trabajo le ocupa constantemente. Está tan identificado con él, que no puede mirarlo objetivamente: él mismo es el trabajo, la acción. ¿Y qué le ocurre a una persona así? Vive en una jaula, vive en el aislamiento con su trabajo. En ese aislamiento podrá ser muy hábil, muy inventivo, muy sutil, pero no deja de estar aislado; y sufre embotamiento porque resiste a todo otro trabajo, a todos los otros enfoques. Su trabajo resulta así una forma de eludir la vida, de esquivar a, su esposa, de rehuir sus deberes sociales, innumerables exigencias, etc. Y está el hombre que pertenece a la otra categoría el que, como la mayoría de vosotros, se ve compelido a hacer algo que le disgusta, y se resiste a ello. El obrero de fábrica, el empleado de banco, el abogado, o cualquiera de nuestras diversas ocupaciones.

Ahora bien, ¿qué es lo que nos embota? ¿Es el trabajo en sí? ¿O bien nuestra resistencia al trabajo, o el evitar otros impactos? ¿Seguis la cuestión? Espero plantearla claramente. Esto es, el hombre que ama su trabajo está tan encerrado en él, tan enredado, que el trabajo se convierte en una pasión. Su amor al trabajo, por lo tanto, es una evasión de la vida. Y el hombre que resiste al trabajo, que desearía hacer otra cosa, a él se le plantea el incesante conflicto de la resistencia a lo que hace. Nuestro problema es, pues, este: ¿Es el trabajo lo que embota la mente? ¿O el embotamiento lo produce la resistencia al trabajo, por una parte, o el valerse del trabajo para evitar los impactos de la vida, por la otra? Es decir, ¿la nación, el trabajo, embota la mente? ¿O a la mente la embota el eludir, el conflicto, la resistencia? No es el trabajo sino la resistencia, evidentemente 1o que embota la mente. ¿Qué sucede si no hacéis resistencia y aceptéis el trabajo? Que el trabajo no os embota, porque sólo una parte de vuestra mente está empleada en el trabajo que tenéis que ejecutar. El resto de vuestro ser lo inconsciente, lo oculto, está ocupado con otros pensamientos en que realmente os interesáis. Así no hay conflicto. Esto podrá parecer algo complejo: pero si lo seguís con cuidado, veréis que a la mente no la embota el trabajo sino la resistencia al trabajo o la resistencia a la vida. Digamos, por ejemplo, que debéis cumplir cierta tarea que lleve cinco o seis horas. Si decís “que aburrimiento, que cosa terrible; ojalá pudiese hacer alguna otro cosa”, es obvio que vuestra mente resiste a ese trabajo. Parte de vuestra mente desearía que hicieseis alguna otra cosa. Esta división, producida por la resistencia, causa embotamiento porque desperdiciáis esfuerzos al desear que lo que hacéis fuese otra cosa. Ahora bien, si no lo resistís sino que hacéis lo que es realmente necesario, os decís: “tengo que ganarme la vida, y me la ganaré como es debido”. Pero los buenos medios de vida no incluyen el ejército, la policía ni la abogacía, porque ellos medran con los litigios, con los disturbios, con los ardides y subterfugios, etc. Esto es en sí mismo un problema sumamente difícil, que tal vez discutiremos mas tarde si tenemos tiempo.

Así, pues, si estáis ocupados en hacer algo que tenéis fine hacer para ganaros la vida, y si le resistís, es obvio que la mente se embota; porque esa misma resistencia es como hacer andar una máquina con el freno puesto. ¿Qué le ocurre a la pobre máquina? Su funcionamiento se entorpece, ¿verdad? Si habéis conducido un coche, sabéis lo que ocurrirá si frenáis constantemente; no sólo gastaréis el freno sino que acabaréis con el motor. Eso es exactamente lo que hacéis cuando resistís al trabajo. Mientras que si aceptáis lo que tenéis que hacer, y lo hacéis tan inteligente y plenamente como os sea posible, ¿qué sucede entonces? Como ya no resistís, las otras capas de vuestra conciencia están activas, prescindiendo de lo que hacéis; sólo consagráis vuestra mente consciente a vuestro trabajo, y lo inconsciente, la parte oculta de vuestra mente, se ocupa con otras cosas en las cuales hay mucha más vitalidad, mucho más hondura. Aunque hagáis frente a vuestro trabajo, lo inconsciente continúa con el suyo y funciona.

Si observáis ahora, ¿qué es lo que en realidad ocurre en vuestra vida diaria? Supongamos que estáis interesados en encontrar a Dios, en gozar de paz. Ese es vuestro verdadero interés con el cual se ocupa vuestra mente consciente a la vez que vuestra mente inconsciente: hallar la felicidad, hallar la realidad, vivir rectamente, con belleza y con claridad. Pero tenéis que ganaros la vida, porque eso de vivir en el aislamiento no existe: aquello que es está en interrelación. Estando, pues, interesados en la paz, y como vuestro trabajo en la vida diaria es un estorbo para ello, resistís al trabajo. ¿Os decís: “ojala tuviera más tiempo para pensar, para meditar, para practicar el violín?, o cualquier cosa que sea. Cuando hacéis eso, cuando simplemente resistís al trabajo que debéis hacer, esa misma resistencia es esfuerzo malgastado que embota la mente; mientras que si os dais cuenta de que todos hacernos diversas cosas que tienen que ser hechas: escribir cartas, charlar, quitar el estiércol de vaca, o lo que sea, y por lo tanto no resistís sino que os decís “tengo que hacer ese trabajo”, entonces lo haréis de buena gana y sin aburrimiento. Si no hay resistencia, una vez terminado ese trabajo encontrareis que la mente está apacible; porque lo inconsciente, las capas más profundas de la mente, están interesadas en la paz, y la paz empieza a llegar. No hay, pues, división entre la acción que pueda ser rutinaria, desprovista de interés y vuestra búsqueda de la realidad: ambas cosas son compatibles cuando la mente ya no resiste, cuando ya no se ve embotada por la resistencia. Es la resistencia lo que produce la división entre la paz y la acción. La resistencia se basa en una idea y la resistencia no puede producir acción. Y sólo la acción brinda libertad, no la resistencia al trabajo.

Resulta importante, pues, comprender que la mente se embota por la resistencia, por la condenación, la censura y el evitar algo. La mente no está embotada cuando no hay resistencia. Cuando no hay censura ni condenación está viva; activa. La resistencia es mero aislamiento; y la mente del hombre que, consciente o inconscientemente, se aísla de un modo continuo, se embota por esa resistencia.

Pregunta: ¿Ama usted a la gente a quien dirige la palabra? ¿Ama usted la torpe y fea multitud, los rostros informes, la atmósfera hedionda de rancios deseos, de recuerdos pútridos, la degeneración de tantas vidas inútiles? Nadie puede amarlas. ¿Qué es lo que le hace a usted trabajar como esclavo a pesar de su repugnancia, que es a la vez evidente y comprensible?

Krishnamurti: No, señores. No hay repugnancia alguna que aparentemente sea obvia y comprensible para vosotros. No me siento repelido. Yo veo eso tan sólo como se ve un hecho. Un hecho jamas es feo. Cuando estáis hablando seriamente, un hombre podrá rascarse la oreja, o jugar con las piernas, o mirar para todos los lados. En cuanto a vosotros, simplemente lo observáis, lo que no significa que os sintáis repugnados, que querréis evitarlo, o que odiáis el hecho. Un olor es un olor; lo tomáis, nada más. Es muy importante comprender ese punto. El ver un hecho como un hecho es una importante realidad. Pero en el momento en que lo lamentáis o lo evitáis, en que le dais un nombre, un contenido emocional, es obvio que hay repugnancia ante el hecho, que se lo esquiva, y entonces surge la resistencia. Ahora bien, esa no es para nada mi actitud, y me temo que en esto el interlocutor se equivoque a mi respecto. Es como ver que una persona tiene un “sari” rojo o una chaqueta blanca; mas si dais un contenido emocional al rojo y el blanco, diciendo que es hermoso o feo, entonces os sentís repelidos o atraídos.

Ahora bien, con esta pregunta se deseo saber por que hablo. ¿Por qué me prodigo si no amo a la gente “de rostros informes, rancios deseos, recuerdos pútridos”, etc.? Y el interlocutor dice que nadie puede amarlos. ¿Pero es que uno ama a la gente, o lo que hay es amor? ¿El amor es independiente de las personas y por eso las amáis, o está uno en estado de amor? ¿Entendéis lo que quiero significar? Si yo digo “amo a la gente”, y trabajo como esclavo, me gasto hablando, entonces la gente se torna muy importante, y no el amor. Es decir, si tengo la intención de convertiros a una creencia determinada, y en ello trabajo como esclavo de la mañana a la noche porque creo que puedo haceros felices si creéis en mi propia fórmula, entonces es la fórmula, la creencia, lo que yo amo, no a vosotros. Entonces aguanto toda la fealdad, “los rancios deseos, los recuerdos pútridos, la atmósfera hedionda” y me digo que forman parte de toda esa rutina; me convierto en mártir de mi creencia, que creo os ayudará. Estoy, pues, enamorado de mi creencia; y como mi creencia es mi propia proyección, resulta que estoy enamorado de mí mismo. Después de todo, un hombre que ama una creencia, una idea, un esquema, se identifica con esa fórmula; y esa fórmula es una proyección de sí mismo. Es obvio que él nunca se identifica con algo que no aprueba. Si yo le agrado, esa misma simpatía es su propia proyección.

Ahora bien, si es que puedo decirlo sin caer en lo personal, en mi caso se trata de algo enteramente diferente. Yo no intento convertiros, haceros mis prosélitos o hacer propaganda contra ninguna religión en particular. No hago más que exponer los hechos, porque tengo la sensación de que la comprensión misma de estos hechos ayudará al hombre a vivir más dichosamente. Cuando amáis alguna cosa, cuando amáis a una persona, ¿cuál es vuestro estado real? ¿Estáis enamorados de la persona, u os halláis en estado de amor? La persona os atrae u os repele, por cierto, sólo cuando no os halláis en ese estado. Cuando os halláis en ese estado de amor, no hay repugnancia. Es como una flor que brinda su fragancia: al lado de ella una vaca puede haber dejado sus rastros, pero la flor sigue siendo una flor que exhala su perfume. Luego pasa un hombre, y al ver el estiércol de vaca junto a la flor, la mira de un modo diferente. En este asunto, señor, está involucrado todo el problema de la atracción y la repulsión. Deseamos ser atraídos, es decir, identificarnos con lo que es agradable, y evitar aquello que es feo. Pero si las cosas las miráis simplemente como son, el hecho en sí jamás es feo ni repelente; es un hecho, nada más. El hombre que ama está consumido por su amor; no le importa que la gente tenga “rostros informes, rancios deseos y recuerdos pútridos”. ¿No lo sabéis, señores? Cuando estáis enamorados de alguien, en realidad no os preocupa mucho lo que esa persona pueda parecer, si su rostro es informe o hermoso. Cuando hay amor, nada os importa; aunque observéis los hechos, los hechos no os repelen. No es el amor sino el corazón vacío, la mente árida, el intelecto rancio, que se sienten atraídos o repelidos. Y cuando uno ama, no ‘‘trabaja como esclavo”. Hay siempre una renovación, un frescor, una alegría, no en el hecho de platicar ni de emitir una cantidad de palabras, sino en aquel estado mismo. Es cuando uno no ama, que todas estas cosas importan: que seáis atractivos o repelentes, que vuestros rostros sean feos o hermosos, etc.

Carece de importancia, pues, por qué yo “trabajo como esclavo”. Nuestro problema es nuestra falta de amor. Es porque nuestro corazón está vacío y nuestra mente embotada, hastiada, exhausta, que procuramos llenar el corazón vacío con las cosas hechas por la mente o por la mano; o repetimos palabras, “mantrams”, o hacemos “pujas”. Esas cosas no llenarán el corazón; por el contrario, lo vaciarán de cualquier cosa que tenga. Sólo se puede llenar el corazón cuando la mente está en calma. Cuando la mente no esta creando, elaborando ideas ni está atrapada en ideas sólo entonces el corazón está vivo. Entonces uno sabe lo que es ese calor y esa riqueza que hay en la mano que uno estrecha.

Pregunta: ¿Toda caricia no es sexual? ¿No es todo lo sexual una forma de “revitalización” mediante la interpretación y el intercambio? El mero cambio de miradas amorosas es también un acto sexual. ¿Por qué castiga usted al sexo vinculándolo con la vacuidad de nuestra vida? ¿La gente vacía conoce el sexo? Lo único que conoce es la evacuación

Krishnamurti: Me temo que sea tan sólo la gente vacía la que conoce el sexo, porque entonces el sexo es una evasión, un mero alivio. Llamo vacío al que carece de amor; y para él el sexo llega a ser un problema, una cuestión que ha de evitarse o disfrutarse. El corazón está vacío cuando la mente está llena de sus propias ideas, elaboraciones y mecanizaciones. Es porque la mente está llena que el corazón está vacío: y solamente el corazón vacío conoce el sexo. ¿No lo habéis notado, señores? Un hombre afectuoso, lleno de ternura, de benevolencia, de consideración, no es sexual. Lo es el hombre intelectual lleno de conocimientos (cosa diferente de la sabiduría). El hombre de grandes planes, que quiere salvar al mundo que está lleno de intelección de elaboraciones mentales, ese es el que está atrapado en el sexo. Como su vida es superficial y su corazón está vacío el sexo adquiere para él importancia; y eso es lo que ocurre en la actual civilización. Hemos cultivado hasta el exceso nuestro intelecto y la mente se halla atrapada en sus propias creaciones, tales como la radio, el automóvil, las diversiones mecanizadas el conocimiento técnico y las diversas aficiones; a que la mente se entrega. Cuando la mente se halla así atrapada, sólo hay para ella una liberación que es el sexo. Señores, mirad lo que ocurre dentro de cada uno de nosotros; no miréis a otras personas. Examinad vuestra propia vida y veréis cómo os halláis atrapados en este problema, cuán extraordinariamente vacía es vuestra vida. ¿Cómo es vuestra vida, señores? Brillante, árida, vacía, insensible, hastiada ¿verdad? Vais a vuestras oficinas, a vuestros empleos, repetís vuestros “mantrams”, realizáis vuestros “pujas”. Cuando estáis en la oficina soportáis un yugo, estáis embotados, tenéis que seguir una rutina; os habéis vuelto mecánicos en vuestra religión, que es, simple aceptación de autoridad. Así, pues, en lo religioso, en el mundo de los negocios, en vuestra educación, en vuestra vida diaria, o que es lo que realmente ocurre. No hay estado creador del ser, ¿verdad? No sois felices, no sois vitales, no estáis alegres. En lo intelectual, en lo religioso; en lo económico, en lo social, en lo político, sois torpes y estáis reglamentados, ¿no es así? Esta reglamentación es el resultara de vuestros propios temores, esperanzas y frustraciones; y como para un ser humano así atrapado no hay liberación, es natural que él recurra al sexo como alivio; ahí puede darse rienda suelta, ahí puede él buscar felicidad. Lo sexual se vuelve así automático, habitual, rutinario, y a la vez un proceso de embotamiento y de vicio. Si observáis los hechos, si no tratéis de esquivarlos ni de excusarlos, esa es en realidad vuestra vida. El hecho real es que no sois creativos. Podréis tener prole, una prole incontable, pero eso no es acción creativa sino un acto accidental de la existencia.

Así, pues, una mente que no es alerta, vital, un corazón que no es afectuoso, pleno ¿cómo pueden ser creativos? Y cómo no sois creativos, buscáis estimulo en el sexo, en la diversión, en los cines, en los teatros, observando el juego de otros mientras vosotros permanecéis como espectadores; otros pintan la escena o danzan, y vosotros sois meros observadores. Eso no es creación. Asimismo, si en el mundo se imprimen tantos libros, es porque vosotros os limitáis a leer. No sois creadores. Donde no hay creación, el único desahogo lo brinda el sexo; y eso es prostituir a vuestra esposa o esposo. No tenéis una idea, señores, de todo lo que eso implica, de su perversidad y de su crueldad. Sé que estáis incómodos. No reflexionáis sobre este asunto. Cerráis vuestra mente, y a causa de ello el sexo ha llegado a ser un inmenso problema en la civilización moderna; o es la promiscuidad, o es el hábito mecánico del desahogo sexual en el matrimonio. El sexo seguirá siendo un problema mientras no haya estado creativo del ser. Puede que limitéis los nacimientos o que adoptéis diversas prácticas, pero no estáis libres del sexo. La sublimación no es libertad, la represión no es libertad, el control no es libertad. Sólo hay libertad cuando hay afecto, cuando hay amor. El amor es puro; y cuando eso falta, el tratar de haceros puros mediante la sublimación del sexo es simple estupidez. El factor que purifica es el amor, no vuestro deseo de ser puros. El hombre que ama es puro aunque sea sexual; y el sexo, sin amor, es lo que actualmente representa en nuestra vida: una rutina, un feo proceso, algo que ha de evitarse, ignorarse, suprimirse o disfrutarse.

Así, pues, este problema del sexo existirá mientras no haya liberación creadora. En lo religioso no puede haber liberación creadora si aceptáis la autoridad, ya sea de la tradición, de los libros sagrados o del sacerdote; porque la autoridad compele, falsea, pervierte. Donde hay autoridad hay compulsión y aceptáis la autoridad porque esperáis tener seguridad por medio de la religión; y mientras la mente bosque seguridad, intelectual o religiosa, no podrá haber comprensión ni liberación creadora. Es la mente -el mecanismo de la mente- que siempre busca seguridad, siempre desea certeza. La mente se mueve siempre de lo conocido a lo conocido; y el mero cultivo de la mente, del intelecto, no es una liberación. Por el contrario, el intelecto puede comprender tan sólo lo conocido, jamás lo desconocido. De ahí que el mero cultivo de la mente por medio de más y más conocimientos, más y más técnica, no sea creativo. Una mente que anhela ser creativa debe hacer caso omiso del deseo de estar en seguridad, es decir, del deseo de encontrar una autoridad. La verdad sólo puede surgir cuando la mente está libre de lo conocido, cuando está libre de la seguridad, del deseo de estar cierta. Mirad, en cambio, nuestra educación: pasar exámenes y nada más, para conseguir un empleo o poder ostentar un título. Tan mecánica se ha vuelto, que es el mero cultivo de la mente, es decir, de la memoria. En eso tampoco hay liberación.

De suerte que en lo social, en lo religioso, en todo terreno, os halláis atrapados y sujetos. El hombre que desee resolver este problema del sexo, por lo tanto, debe desprenderse de los pensamientos que él mismo produce: y cuando él se halla en ese estado de libertad, surge la “creatividad” que es comprensión del corazón. Cuando uno ama, hay castidad; lo incasto es la falta de amor, y sin amor no puede resolverse ningún problema humano. Pero en lugar de comprender los estorbos que impiden el amor, sólo tratamos de sublimar, reprimir o hallar un substituto para el apetito sexual; y a la substitución, sublimación o represión se le llama alcanzar la realidad. Antes bien, donde hay represión no hay comprensión, donde hay substitución hay ignorancia. Nuestra dificultad consiste en que estamos atrapados en este hábito de contener, de reprimir, de sublimar. Es seguro que uno debe considerar este hábito y darse cuenta de su plena significación, y no durante uno o dos instantes, sino a través de la vida entera. Uno tiene que ver cómo se halla atrapado en el mecanismo de la rutina; y para zafarse de él se requiere comprensión, conocimiento propio. Es importante por lo tanto, comprenderse uno mismo; pero esa comprensión se vuelve en extremo difícil si no existe la intención de estudiarse y comprenderse uno mismo. El problema del sexo, que hoy es tan importante y tanto lugar ocupa en nuestra vida, pierde su sentida cuando existe la ternura, el calor, la benevolencia, la misericordia del amor

Pregunta: ¿Está usted seguro de que no es el mito del instructor del mundo lo que mantiene a usted en actividad? Para expresarlo diferentemente: ¿No es usted leal a su pasado? ¿No hay en usted un deseo de realizar las muchas esperanzas que en usted se han cifrado? ¿Ellas no le resultan un estorbo? ¿Cómo puede usted continuar a menos que destruya el mito?

Krishnamurti: El mito da vida, pero una vida espuria, una vida de impotencia. El mito se hace necesario cuando no hay comprensión de la verdad en todo instante. La vida de los más está guiada por los mitos, lo cual significa que ellos creen en algo; y la creencia es un mito. O creen que son el Instructor del Mundo, o siguen un ideal, o tienen un mensaje para el mundo, o creen en Dios, o están adheridos a la formula de izquierda para el gobierno del mundo, o a la de la derecha. La mayoría de la gente está atrapada en un mito; y si les quitan el mito su vida queda vacía. Señores, si todas vuestras creencias, todos vuestros títulos, todas vuestras posesiones, todos vuestros recuerdos, os son suprimidos, ¿que es de vosotros? Quedáis vacíos, ¿verdad? Por lo tanto vuestras posesiones, vuestras ideas, vuestras creencias, son mitos a los que os tenéis que aferrar, o estáis perdidos.

Ahora bien, el interlocutor desea saber si no es el mito del Instructor del Mundo lo que me mantiene en actividad. No me interesa realmente saber si lo soy o no lo soy. Ello no me preocupa particularmente, porque a mí me interesa descubrir lo que es y ver la verdad de lo que es de instante en instante. La verdad no es una continuidad. Aquello que continúa tiene fin; aquello que continúa conoce la muerte. Pero aquello que es de instante en instante es eterno, es atemporal; y el darse cuenta de instante en instante de lo que es verdadero, es hallarse en estado de eternidad. Para conocer lo eterno, la vida tiene que ser de instante en instante, no vida continua; porque aquello que continúa tiene fin, conoce la muerte, mientras que aquello que vive de instante en instante, sin el residuo de ayer, es atemporal -y eso no es un mito. Ese estado sólo puede existir cuando uno no es leal al pasado, porque es el pasado, el ayer, lo que corrompe, destruye e impide el presente, que es hoy, ahora. El ayer se sirve del hoy como pasaje hacia el mañana, de modo que el pasado moldea el presente y proyecta el futuro; y ese proceso, esa continuidad de la mente, conoce la muerte, y una mente así no puede nunca descubrir la realidad.

No es, pues, el mito ni la lealtad al pasado, ni el deseo de que se cumplan las esperanzas que en mi se han cifrado, lo que me hace proseguir. Por el contrario, todo eso es un estorbo. Las esperanzas, el pasado y la lealtad al pasado, el apego a un rótulo, todo eso es una influencia que pervierte y da una vida ficticia. Es por eso que la gente que cree en un mito es muy activa y entusiasta. ¿No conocéis gente que cree en mitos? Trabajan, trabajan, trabajan, y en el momento en que no trabajan les llega el fin. Señor, para el hombre que trabaja y gana dinero, este es su mito. Observadlo simplemente cuando se retira a la edad de 50 ó 60 años; declina con suma rapidez porque su mito le ha sido quitado. Algo análogo ocurre con el dirigente político; suprimid su mito y veréis cuán pronto se hunde, se desintegra. Lo mismo le pasa al que cree en algo. Poned su creencia en duda, en tela de juicio, condenadla o suprimidla, y el hombre está liquidado. Por lo tanto la creencia, la lealtad o adhesión al pasado, o el vivir de acuerdo a una expectativa, es un estorbo.

¿Deseáis pues saber por qué me mantengo en actividad? Evidentemente, señor, siento que tengo algo que decir. Y está asimismo el afecto natural por algo, el amor a la verdad. Cuando uno ama, se mantiene en actividad; y el amor no es un mito. Podéis construir un mito en torno del amor, mas para el hombre que conoce el amor, el amor no es un mito. Podrá estar solo en una habitación, o sentado ocupando una tribuna, o cavando en el jardín: para él todo es lo mismo, porque su corazón está pleno. Es como tener en vuestro jardín un manantial siempre lleno de agua pura, de las aguas que calman la sed, de las aguas que purifican, de las aguas que llenan la corrupción; y cuando existe semejante amor, no es simple rutina mecánica el ir de reunión en reunión, de discusión en discusión, de una entrevista a otra. Eso sería un fastidio, y yo no podría hacerlo. El hacer algo que llega a ser una cosa rutinaria, sería la destrucción de uno mismo.

Cuando améis, señores, cuando en vuestro corazón haya plenitud, conoceréis lo que es bregar sin esfuerzo, vivir sin conflicto. La mente que no ama es la que sede a la lisonja, la que disfruta la adulación y evita el insulto, la que necesita de la multitud, de una tribuna, de la confusión; pero una mente y un corazón semejantes no conocerán el amor. Para el hombre cuyo corazón está lleno con las cosas de la mente, su mundo es un mundo de mitos, y de mitos él vive; pero el que está libre de mitos conoce el amor.

Sexto platicas en Bangalore, 1948

Domingo 8 Agosto 1948

© 2016 Copyright by Krishnamurti Foundations

Sauf mention contraire, le contenu de ce site est mis à disposition
selon les termes de la Licence CC BY-SA 4.0
Web Statistics