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Tercera plática en Saanen, 1985

Domingo 14 Julio 1985

¿Podemos proseguir con nuestra conversación?

Estuvimos hablando sobre el conflicto y las causas del conflicto. El conflicto está aumentando más y más en el mundo, conflicto en todas las formas, en todos los sectores sociales. Dijimos que la causa del conflicto es esta constante contradicción, no sólo dentro de nosotros mismos sino también dentro de la sociedad en que vivimos. La sociedad es lo que hemos hecho de ella. Creo que esto es bastante claro y obvio, porque internamente, desde el momento en que nacemos hasta que morimos, estamos en constante lucha competencia, conflicto, con todas las formas de actitudes destructivas o positivas, con prejuicios y opiniones. Éste ha sido nuestro estilo de vida, no sólo en el período actual sino también, probablemente, por los últimos dos millones y medio de años. Y aún seguimos en esto, dentro del mismo patrón del mismo molde ‑guerras más destructivas que nunca división entre nacionalidades (que es el espíritu tribal), divisiones religiosas, divisiones familiares, fragmentaciones sectarias, etcétera.

Si se nos permite señalarlo nuevamente esta mañana, no estamos aquí como un grupo intelectual, ni como una congregación más bien romántica, imaginativa o sentimental. Ustedes y quien les habla van a emprender un viaje juntos, no él guiándolos o ustedes siguiéndolo, sino juntos, codo a codo, quizá tomados de la mano si fuera necesario. Emprendemos un viaje bastante complejo, sinuoso, sutil y tal vez interminable, un viaje sin comienzo ni final. Un viaje, tal como lo entendemos comúnmente, tiene un comienzo y un final, algo empieza, sigue y luego toca a su fin; pero tal vez este viaje no sea en absoluto así. Puede que sea un movimiento constante, no dentro del ciclo del tiempo sino más bien fuera del campo del movimiento tal como lo conocemos.

De modo que estamos juntos. Por favor, quien les habla tiene que insistir en esta cuestión. Ustedes no son meramente los oyentes que aceptan o rechazan lo que él dice, sino que en cooperación, en responsabilidad, caminamos juntos, al mismo paso ‑no uno detrás del otro- a lo largo del mismo sendero, o de la misma calle. Por consiguiente, es tanto responsabilidad de ustedes como de quien les habla no aceptar ni negar, no concordar ni disentir. Hemos sido criados, educados en este sistema de acuerdos y desacuerdos. Estamos de acuerdo en ciertas cosas, disentimos por completo en otras; de modo que siempre existe esta división ‑los que están de acuerdo y hacen algo en conjunto, y los que se oponen a lo que éstos están haciendo.

¿Podríamos esta mañana desterrar por completo de nuestros cerebros, de nuestra sangre, la idea del acuerdo o el desacuerdo? Porque si ustedes están de acuerdo con quien les habla, y hay algunos que no están de acuerdo, entonces es inevitable que haya conflicto entre ambos. Uno puede tolerarlo, puede soportarlo, aceptarlo, pero siempre existe esta división ‑¿está claro? ¿Podríamos, pues, viendo las consecuencias que tienen el concordar y el disentir, el aprobar y el desaprobar, podríamos observar juntos, ver juntos (hasta donde podemos hacerlo) no sólo lo que ocurre externamente ‑eso es bastante sencillo porque en la actualidad se nos habla muchísimo de lo que está sucediendo en el campo político, en el campo de los armamentos, en el campo científico y en todos los campos de la tecnología- sino ver con exactitud internamente, subjetivamente, lo que está ocurriendo, sin decir: «Esto es malo, esto es bueno; yo acepto esto, yo no acepto aquello»; sólo observar, sin que en esa observación haya prejuicio alguno? ¿Podemos hacerlo? ¿Podemos observarnos a nosotros mismos, observar nuestra conducta, nuestro comportamiento, el modo en que pensamos, nuestras reacciones, nuestras creencias, conclusiones, etc.? ¿Podríamos observar todo eso tal como es, no como debería ser, ni como tiene que ser, sino simplemente mirarlo tal como es? Eso requiere muchísima atención, el cerebro tiene que estar extraordinariamente activo para desechar cualquier clase de reacción que pudiera surgir en la observación de uno mismo, porque, después de todo, lo que otras personas han dicho acerca de nosotros ‑los profesores, los psicólogos, los psiquiatras y los gurús- es lo que ellos dicen, no lo que uno ve por sí mismo. Espero que nos estemos entendiendo mutuamente .

Las palabras que usa quien les habla son muy sencillas son palabras que empleamos en nuestras conversaciones diarias. No hay una jerga semántica ni un lenguaje especializado. Estamos considerando las cosas juntos, como dos amigos que usan un idioma común, un lenguaje cotidiano. De modo que nos preguntamos: ¿Podemos ver exactamente lo que somos sin tomar partido al respecto, sin aceptar ni rechazar, viendo las consecuencias de cada actitud, no evaluando, no juzgando, sino sólo observando, como observan ustedes el cielo en una noche estrellada, y aquellas montañas majestuosas contra el cielo azul? ¿Podemos de la misma manera observarnos a nosotros mismos, observar nuestra relación con el mundo y la relación del mundo con nosotros? Es un proceso bastante complejo. ¿Nos movemos juntos? ¿O yo marcho adelante y los voy dejando atrás? ¿Podemos ir juntos, manteniéndonos al mismo paso?

¿Qué somos? ¿Por qué tenemos un interés propio tan profundamente arraigado? No sólo externamente (en lo externo hay cierta necesidad de interés propio, de lo contrario, uno tiene que renunciar a todo), sino internamente, psicológicamente, subjetivamente? ¿Por qué existe en todos nosotros un interés propio tan profundo, tan impenetrable? Interés propio ‑¿saben lo que esas palabras significan? Estar interesado en uno mismo, en los propios beneficios, en los propios fracasos, en la propia fragmentación, en los propios prejuicios y opiniones; todo el contenido de la propia vida. Interés propio ‑¿por qué razón estamos tan confinados en eso? ¿Es posible vivir en este mundo sin ese interés propio ‑primero psicológicamente, y después ver si eso es también posible externamente? ¿Estamos juntos, o estoy hablando fuera de esta carpa, desde el otro lado de la cerca?

¿Se han dado cuenta ustedes alguna vez de que construimos una cerca alrededor de nosotros? Una cerca de autoprotección, una cerca para detener cualquier perjuicio que alguien pudiera causarnos, una barrera entre uno mismo y el otro, entre uno y la familia, etcétera. Existe una barrera entre ustedes y quien les habla. Naturalmente. Ustedes no lo conocen, él no los conoce a ustedes; por lo tanto, le escuchan más bien cortésmente, curiosos por saber de qué diablos está él hablando; escuchan con la esperanza de obtener algo de ello después de estar sentados durante una hora o algo así en esta calurosa carpa, aguardando alguna cosa, escogiendo entre lo que les conviene y lo que no les conviene, escuchando parcialmente, no totalmente, porque uno no desea exponerse a sí mismo ‑de modo que uno crea naturalmente una barrera, que puede ser muy, muy delgada, apenas perceptible, o puede ser un muro bien definido. ¿Por qué lo hacemos? ¿Acaso no es eso también interés propio? Y este interés en uno mismo debe, inevitablemente, engendrar fragmentación, por fuerza tiene que dividir. Ustedes pueden ver la barrera en lo nacional ‑de un lado Inglaterra y del otro lado Europa y lo que está más allá. Existe esta constante división, y donde hay división tiene que haber conflicto, eso es inevitable. Si alguien tiene una muy profunda relación íntima con la esposa o el marido, con una muchacha o un muchacho, etcétera, donde haya división tiene que haber fragmentación, tiene que haber conflicto. Ésa es una ley ‑¿correcto? Les guste o no les guste, ésa es una ley. Pero cuando uno ve eso, entonces el propio verlo es el modo de derribar la barrera.

Así que debemos preguntarnos: ¿Qué significa ver? ¿Qué significa observar? Yo me observo a mí mismo, ¿verdad? Observo lo que soy, mis reacciones, mis prejuicios, mis convicciones, mis idiosincrasias, las tradiciones en que me educaron, la reputación, toda esa tontería. Estoy observando. Si no observo muy, muy cuidadosamente, si no escucho cada sonido que se produce mientras observo, entonces establezco una dirección en la cual debo ir. ¿Están siguiendo todo esto o estoy hablando para mí mismo?

Estuvimos hablando en Washington, EE.UU., y ellos aplaudían lo que uno decía, aprobando, alentando. Aquí, todos ustedes están sentados muy calladamente. Uno no sabe si están acompañando realmente a quien les habla, si en verdad escuchan, o si han venido casualmente a un sermón matinal del domingo. En vez de ir a la iglesia llegan aquí, ya sea por diversión o sólo por oír lo que ese personaje está diciendo. O piensan: «Bueno, estoy de acuerdo con él en ciertas cosas, pero en otras él no tiene toda la razón». Nunca miramos la cosa total, el problema total de la vida, la totalidad de la existencia desde la infancia a la muerte. Jamás abarcamos la cosa completa y la observamos, aprendiendo al respecto sin acumular conocimientos, aprendiendo no sólo lo que ocurre fuera sino dentro de nosotros mismos, las exigencias que tenemos unos con otros, las heridas que nos causamos, nuestra profunda soledad, la depresión, la ansiedad, la incertidumbre, los temores, todas las cosas placenteras que disfrutamos, y también el sufrimiento; y, finalmente, el dolor de la muerte. Jamás miramos todo este movimiento como un movimiento único, sino que más bien lo consideramos fragmentariamente.

Ahora, si podemos, vamos a mirar juntos no sólo lo que constituye la causa de esta fragmentación; veremos también si el cerebro, que ha sido condicionado durante millones de años para la guerra, para el conflicto, para trabajar, trabajar y trabajar todo el tiempo, parloteando incesantemente, dividido en nacionalidades, etc. ‑su dios y mi dios, la filosofía oriental opuesta a la filosofía occidental- si el cerebro puede desechar por completo todo el movimiento del acuerdo y el desacuerdo, en el cual siempre existe la opción. Yo opto por seguir este camino y usted opta por seguir el otro; yo opto por creer en Dios, o en la no existencia de Dios y usted dice: «No, lo siento, yo no puedo aceptar eso, tiene que haber Dios, porque yo creo en El, me agrada» ‑o, «Dios es mi tradición»- etc. Si alguna vez reconocemos que existe esta división, el acuerdo, el desacuerdo, la recompensa y el castigo, entonces podemos comenzar a mirarnos realmente a nosotros mismos, porque nosotros somos el mundo. El mundo es lo que nosotros somos. Si somos violentos recelosos, desconsiderados, el mundo es así. Esto es obvio, porque nosotros hemos hecho esta sociedad, este mundo monstruoso, feo, inmoral en que vivimos, con todos los dioses. El mundo se ha convertido en un gran circo, un circo doloroso o un circo placentero. ¿Podemos, pues, ver exactamente lo que somos, vernos sin distorsión alguna? Lo que somos psicológicamente, no biológicamente. Biológicamente nos hemos formado a través de milenios y milenios. Psicológicamente, desde los comienzos del hombre, ha habido violencia, odio, celos, agresión, el tratar siempre de llegar a ser algo más y más y más, y mucho más de lo que somos.

¿Es que estamos escuchando meramente la descripción o vemos el hecho, no la idea acerca del hecho? ¿Comprenden? Hay una diferencia entre el hecho y la idea del hecho. Es decir, nosotros tenemos una idea, vemos algo y entonces perseguimos la idea: «Yo no debería ser así, tengo que ser de esa otra manera». Ésa es una idea. Cuando veo exactamente lo que soy, ése es un hecho. El hecho no necesita de una idea, de un concepto, de una ideología. Es así. Soy iracundo ‑ése es un hecho. Pero si digo: «No debo ser iracundo», entonces eso se vuelve una idea. ¿Estamos juntos en esto?

¿Qué es, entonces, lo que ustedes hacen de esto? ¿Deducen un conjunto de ideas, o ven el hecho tal como es ‑que somos celosos, agresivos, solitarios, temerosos y todo eso? Toda la psiquis, la persona, el ego, es eso; y todo eso es el pasado, los recuerdos que hemos reunido ‑¿correcto? He sentido miedo antes, conozco lo que es el miedo, y en el instante en que ese sentimiento aparece, digo: «Eso es miedo». El sólo decir, «Eso es miedo», es una idea, no un hecho. Me pregunto si están ustedes siguiendo todo esto. Señores, la palabra árbol no es el árbol real. El nombre K no es el K real. La palabra no es la cosa. Así, cuando lo observan, ven que el cerebro de ustedes está preso en una red de palabras, palabras y palabras. ¿Pueden mirarse a sí mismos sin la palabra? ¡Oh! vamos, señores, jueguen el juego conmigo, ¿quieren? El balón está en el campo de ustedes. O sea, ¿pueden mirar a la esposa, al esposo, a los hijos, a la novia, o a quien fuere, sin la palabra? ¿Sin la imagen? Esa palabra, esa imagen es la división. ¿Pueden mirar a quien les habla sin la palabra ‑siendo la palabra todos los recuerdos acerca de él, la reputación, lo que ustedes han leído o no han leído, etcétera- pueden mirarlo sin todo eso y sólo observar? Lo cual implica que uno ha de captar, ha de comprender cómo opera el cerebro ‑el propio cerebro de ustedes, no el cerebro de los filósofos, o el de los escritores espirituales, o el de los sacerdotes, o el de esta u otra persona. Simplemente observarse a sí mismos sin la palabra; entonces pueden mirar ciertos hechos, ver por qué los seres humanos quedan lastimados psicológicamente. Esto es muy importante averiguarlo.

Se nos lastima desde la infancia. Está siempre la presión siempre el sentido de la recompensa y el castigo. Usted me dice algo que me causa enojo y me lastima ‑¿de acuerdo? Así que hemos comprendido un hecho muy simple: que se nos lastima desde la infancia, y que por el resto de nuestra vida cargamos con esa herida ‑temerosos de que se nos vuelva a lastimar, o tratando de que no se nos lastime, lo cual es otra forma de resistencia. ¿Nos damos cuenta, pues de estas heridas, y de que debido a ellas creamos una barrera alrededor de nosotros, la barrera del miedo? ¿Podemos investigar esta cuestión del miedo? ¿Lo haremos? No para satisfacción mía, porque es de ustedes que estoy hablando. ¿Podemos investigar esto muy, muy profundamente, y ver por qué los seres humanos ‑que somos todos nosotros- han tolerado el miedo por miles de años?

Nosotros vemos las consecuencias del miedo ‑miedo de no ser recompensados, miedo de fracasar, miedo de la propia debilidad, miedo del propio sentimiento de tener que llegar a cierto punto y no ser capaces de lograrlo. ¿Tienen interés en investigar este problema? Ello significa investigarlo completamente hasta el fin, sin decir meramente: «Lo siento, eso es demasiado difícil». Nada es demasiado difícil si uno quiere hacerlo. La palabra ‘difícil’ nos impide una acción ulterior. Pero si pueden desechar esa palabra ‘difícil’, entonces podremos penetrar en este muy, muy complejo problema.

En primer lugar, ¿por qué toleramos el miedo? Si tenemos un automóvil que está descompuesto, acudimos si es posible al garaje más cercano, y entonces arreglan la maquinaria y proseguimos la marcha. ¿Es que no hay nadie a quien podamos acudir para que nos ayude a no tener miedo? ¿Comprenden la pregunta? ¿Necesitamos la ayuda de alguien para librarnos del miedo ‑ayuda de los psicólogos, de los psicoterapeutas, de los psiquiatras, o del sacerdote, o del gurú que dice: «Entrégame todo, incluso tu dinero, y entonces estarás perfectamente bien»? Esto es lo que hacemos. Pueden reírse, pueden divertirse, pero internamente estamos haciendo esto todo el tiempo.

¿Necesitamos, pues, ayuda? La plegaria es una forma de ayuda; pedir que se nos libere del miedo, es una forma de ayuda. Que quien les habla les diga a ustedes cómo librarse del miedo, es una forma de ayuda. Pero él no va a decirles cómo, porque estamos caminando juntos, estamos poniendo energía para descubrir por nosotros mismos el proceso causativo del miedo. Si ustedes ven algo muy claramente, entonces no tienen necesidad de decidir, de optar o de pedir ayuda. Actúan, ¿verdad? ¿Vemos claramente toda la estructura, la naturaleza interna del miedo? Uno ha sentido miedo en el pasado, y el recuerdo de ello vuelve y dice que eso es miedo. ¿Comprenden lo que estoy diciendo?

Examinemos esto cuidadosamente ‑no que lo examine quien les habla y luego ustedes aprueben eso o lo desaprueben, sino que hagan el viaje junto con él, no verbalmente o intelectualmente, sino sondeando, inquiriendo, investigando. Estamos descubriendo; queremos ahondar, como cava uno en el jardín o para encontrar agua. Uno cava profundamente, no permanece en la superficie del suelo diciendo: «Tengo que conseguir agua». Uno cava o va al río. De modo que, ante todo, seamos muy claros: ¿Necesitan ustedes ayuda para librarse del miedo? Si desean ayuda, entonces son responsables por establecer una autoridad, un líder, un sacerdote. De modo que, antes de que investiguemos esta cuestión del miedo, deben preguntarse si desean ayuda. Por supuesto, si nos duele algo, si tenemos una jaqueca, o alguna clase de enfermedad, acudimos a un médico. El conoce mucho más sobre nuestra naturaleza orgánica y, por tanto, nos dice qué debemos hacer. No estamos hablando de esa clase de ayuda. Nos preguntamos si es que necesitan ustedes que se les ayude, que alguien les instruya, los guíe y les diga: «Hagan esto, hagan aquello día tras día y estarán libres del miedo». Quien les habla no está ayudándoles. Ésa es una cosa segura, porque ustedes tienen docenas de ayudadores, desde los grandes líderes religiosos ‑¡Dios nos libre!- hasta el más reciente, modesto psicólogo a la vuelta de la esquina.

Que quede, pues, muy claro entre nosotros que quien les habla no desea ayudarles psicológicamente de ninguna manera. ¿Aceptarían buenamente eso? Sean honestos, ¿lo aceptarían? No digan que sí, es algo muy difícil. Durante toda la vida han buscado ustedes ayuda en diversas direcciones, aunque algunos digan: «No, yo no necesito ayuda». Requiere no sólo percepción externa ver lo que el requerimiento de ayuda ha hecho a la humanidad. Ustedes piden ayuda solamente cuando están confusos, cuando no saben qué hacer, cuando se sienten inseguros. Pero cuando ven las cosas con claridad ‑cuando ven las cosas con mucha, mucha claridad, no necesitan ninguna ayuda; ello está ahí. Y de ello surge la acción. ¿Estamos juntos en esto? Repitámoslo si no les molesta. Quien les habla no les está diciendo cómo hacerlo. No pregunten nunca cómo, porque entonces siempre habrá alguien que les tirará una cuerda. Quien les habla no está ayudándoles de ninguna manera, sino que juntos estamos recorriendo la misma senda, tal vez no a la misma velocidad. Ajusten ustedes su propia marcha y caminaremos juntos. ¿Está claro? ¿Estamos de acuerdo?

Si no está claro para ustedes qué implica la exigencia de ayuda, tendrán que ir a otra parte. Probablemente lo harán. Recurrirán a un libro, o acudirán a alguien, pero no a quien les habla. Yo lamento desalentarlos y decirles que no voy a extenderles mi mano; no se trata de eso. Si estamos caminando juntos, lo hacemos tomados de las manos ‑ustedes no extienden la mano pidiendo ayuda. ¿Estamos trabajando juntos? ¿O soy yo quien está trabajando y fatigándose con esto?

¿Cuál es la causa del miedo? Vayamos despacio, por favor. La causa. Si uno puede descubrir la causa, entonces puede hacer algo al respecto, puede cambiar la causa, ¿no es cierto? Si un médico me dice, le dice a quien les habla que tiene cáncer ‑no lo tengo, pero supongamos que me dice que sí- y afirma: «Puedo extirparlo fácilmente y usted estará bien», entonces voy a acudir a ese médico. Él lo extirpa y termina con la causa. De modo que la causa siempre puede cambiarse, erradicarse. Si uno tiene un dolor de cabeza, puede encontrar la causa; tal vez está alimentándose mal, o fumando, o bebiendo demasiado. O uno deja de beber, de fumar y todo eso, o toma una píldora para suprimir el dolor. La píldora se convierte entonces en el efecto que detiene por el momento la causa ‑¿correcto? Así, la causa y el efecto pueden siempre cambiarse, ya sea inmediatamente o tomándose tiempo para ello. Si uno se toma tiempo, entonces durante ese intervalo intervienen en ello otros factores. De manera que uno jamás cambia el efecto, uno continúa con la causa. ¿Estamos juntos en esto? ¿Cuál es, entonces, la causa del miedo? ¿Por qué no lo hemos investigado? ¿Por qué lo toleramos, conociendo el efecto del miedo, las consecuencias del miedo? Si psicológicamente ustedes no tuvieran miedo en absoluto, no tendrían dioses, no tendrían símbolos ni personalidades que adorar. Estarían extraordinariamente libres en lo psicológico. El miedo también nos vuelve cobardes, aprensivos; deseamos escapar del miedo, y entonces el escape llega a ser más importante que el miedo mismo. ¿Entienden?

Vamos, pues, a considerar esto juntos a fin de descubrir cuál es la causa del miedo ‑su causa fundamental. Y si descubrimos esa causa por nosotros mismos, entonces la hemos erradicado. Si ustedes ven el proceso que origina el miedo, o sus múltiples causas, entonces esa percepción misma termina con ello. ¿Están ustedes escuchándome, escuchan a quien les habla para dilucidar las causas? ¿O jamás se han formulado siquiera un interrogante de esta naturaleza? Yo he soportado el miedo, tal como lo ha hecho mi padre, mi abuelo, toda la raza en que he nacido, toda la comunidad; toda la estructura de los dioses y de los rituales se basa en el miedo y en el deseo de lograr algún estado extraordinario.

Así que investiguemos esto. No estamos hablando de las diversas formas del miedo ‑miedo a la oscuridad, miedo a la propia esposa o al marido, miedo a la sociedad, miedo a la muerte, etc. El miedo es como un árbol que tiene muchas, muchas raíces, muchas flores, muchos frutos, pero nosotros estamos considerando la raíz misma de ese árbol. La raíz, no muestra particular forma de temor. Uno puede rastrear su particular forma de temor siguiéndola hasta la misma raíz. De modo que preguntamos: ¿Nos interesan nuestros temores, o estamos interesados en la totalidad del miedo? ¿Nos interesa el árbol total ‑no sólo una rama de ese árbol? Porque a menos que comprendamos cómo vive el árbol, el agua que requiere, la profundidad del suelo, etcétera, el mero podar las ramas nada logrará; tenemos que llegar hasta la propia raíz del miedo.

¿Cuál es, entonces, la raíz del miedo? No esperen que sea yo quien responda a eso. No soy el líder de ustedes, no soy el ayudador de ustedes, no soy el gurú de ustedes -¡gracias a Dios! Estamos juntos, como dos hermanos, y eso es lo que quiero decir; quien les habla quiere decir exactamente eso, no son meras palabras. Como dos buenos amigos que se han conocido el uno al otro desde el principio del tiempo, caminando a lo largo de la misma senda, al mismo paso, mirando todo lo que hay alrededor de uno y dentro de uno ‑así, juntos, investigaremos esto. Por favor, juntos. De lo contrario, ello se vuelve meras palabras, y al final de la plática ustedes dirán: «Realmente, ¿qué he de hacer con mi miedo?»

El miedo es muy complejo. Es una reacción tremenda. Si se dan cuenta de él, verán que es un impacto, una conmoción no sólo en lo biológico, en lo orgánico, sino que también es una conmoción para el cerebro. El cerebro tiene la capacidad ‑como uno lo descubre, no por lo que otros dicen- de permanecer sano a pesar de una conmoción. No conozco mucho al respecto, pero la conmoción misma invita a su propia protección. Si lo investigan en sí mismos, lo verán. De modo que el miedo es una conmoción ‑momentánea o continuando en formas diferentes, en expresiones diferentes, en peculiaridad diferentes. Vamos a llegar, pues, hasta la mismísima raíz del miedo. Para comprender esta raíz, tenemos que comprender el tiempo -¿correcto? El tiempo como ayer, el tiempo como hoy, el tiempo como mañana. Recuerdo algo que he hecho, lo cual hace que me sienta receloso, nervioso o aprensivo, o me causa temor; recuerdo todo eso y ello prosigue hacia el futuro. He sido iracundo, celoso, envidioso ‑eso es el pasado. Todavía soy envidioso, con ligeras modificaciones. Soy bastante generoso acerca de las cosas, pero la envidia continúa. Todo este proceso es tiempo, ¿verdad? ¿Comprenden? ¡Digan que sí, por Dios! ¡No, no digan que sí!

Comencemos de nuevo. ¿Qué consideran ustedes que es el tiempo? ¿El tiempo por el reloj, la salida y puesta del sol, la estrella vespertina, la luna nueva con la luna llena que llega dos semanas más tarde? ¿Qué es el tiempo para ustedes? ¿Tiempo para aprender un arte? ¿Tiempo para aprender un idioma? ¿Tiempo para escribir una carta? ¿Tiempo para llegar desde aquí a sus casas? Todo eso es tiempo como distancia ‑¿correcto? Tengo que ir desde aquí hasta allá. Esa es una distancia que el tiempo cubre. Pero el tiempo es también interno, psicológico: yo soy esto y tengo que llegar a ser aquello. El llegar a ser aquello se llama evolución. La evolución significa de la semilla al árbol. Y también significa: soy un ignorante, pero aprenderé. No sé, pero sabré. Denme tiempo para que me libre de la violencia. ¿Están siguiendo todo esto? «Denme tiempo». Denme unos cuantos días, un mes o un año, y me libraré de la violencia. Así, vivimos a base de tiempo ‑no sólo yendo a la oficina todos los días de nueve a cinco, ¡Dios no lo permita!, sino también el tiempo para llegar a ser alguna cosa. ¿Comprenden todo esto? ¿Sí? ¿El tiempo, el movimiento del tiempo? Yo he tenido miedo de usted y recuerdo ese temor; ese temor sigue estando ahí, y yo tendré miedo de usted mañana. Espero que no, pero si no hago algo muy drástico al respecto, mañana tendré miedo de usted. Así que vivimos a base de tiempo. Por favor, seamos claros en esto. Vivimos a base de tiempo, o sea: estoy vivo, moriré. Pospondré la muerte tanto como sea posible; estoy vivo y voy a hacer todo lo que pueda por evitar la muerte, aunque ésta sea inevitable. De modo que, tanto psicológica como biológicamente, vivimos a base de tiempo.

¿Es el tiempo un factor de miedo? Por favor, investiguen. El tiempo ‑o sea, he dicho una mentira y no quiero que el otro lo sepa, pero el otro es muy sagaz; me mira y dice: «Has mentido». «No, no he mentido». (Me protejo instantáneamente porque temo que el otro descubra que soy un mentiroso). Tengo miedo por algo que he hecho y que no quiero que el otro conozca. ¿Qué implica esto? Es pensamiento, ¿no? He hecho algo que recuerdo, y ese recuerdo dice: «Ten cuidado, no dejes que él descubra que has mentido, porque tienes una buena reputación de hombre honesto, así que debes protegerte». De modo que el pensar y el tiempo están juntos. No hay división alguna entre el pensamiento y el tiempo. Por favor, que esta cuestión esté clara para ustedes, de lo contrario después van a confundirse bastante. El proceso que da origen al miedo es tiempo/pensamiento, ésa es la raíz del miedo ‑¿correcto?

¿Está claro para nosotros esto de que el tiempo ‑es decir, el pasado con todas las cosas que uno ha hecho- y el pensamiento ‑agradable o desagradable (especialmente si es desagradable)- constituyen la raíz del miedo? Éste es un hecho obvio. Verbalmente, es un hecho muy simple. Pero para ir más allá de la palabra y ver la verdad de este tiempo/pensamiento, uno deberá inevitablemente preguntarse: ¿Cómo puede detenerse el pensamiento? Es una pregunta natural, ¿no? Si el pensamiento crea el miedo, lo cual es tan obvio, entonces ¿cómo he de detener el pensamiento? «¡Por favor, ayúdeme a terminar con mi pensamiento!» ‑yo sería un asno si pidiera una cosa así. Pero pregunto: ¿Cómo he de detener el pensar? ¿Es eso posible? Prosigan, señores, investiguen, no dejen que sea yo el que prosiga. Pensar. Vivimos a base del pensar. Todo lo que hacemos, lo hacemos a través del pensamiento. El otro día hemos investigado esto cuidadosamente. No perderemos tiempo examinando la causa, el comienzo del pensar, cómo surge ‑la experiencia, el conocimiento, que es siempre limitado, la memoria y luego el pensamiento. Sólo lo estoy repitiendo brevemente.

¿Es, entonces, posible detener el pensar? ¿Es posible no parlotear todo el día, darle un descanso al cerebro, aunque éste tiene su propio ritmo ‑la sangre que asciende hacia él- su propia actividad? Su actividad propia, no la que le impone el pensamiento ‑¿comprenden? ¿Puedo señalar, puede quien les habla señalar que ésta es una pregunta equivocada? ¿Quién es el que va a detener el pensar? Sigue siendo el pensamiento, ¿verdad? Cuando yo digo: «Si sólo pudiera detener el pensar, entonces no tendría miedo», ¿quién es el que desea detener el pensamiento? Sigue siendo el pensamiento, ¿no es así?, el pensamiento que desea algo más.

Entonces, ¿qué harán? Cualquier movimiento del pensar para ser otra cosa que lo que es, sigue siendo pensamiento. Soy codicioso, pero no debo ser codicioso ‑eso sigue siendo el pensar. El pensar ha creado todos los objetos, todo ese negocio que tiene lugar en las iglesias. Incluso esta carpa ha sido esmeradamente planeada por el pensamiento. Por lo visto, el pensamiento es la raíz misma de nuestra existencia. De modo que la pregunta que nos formulamos es muy seria; vemos lo que el pensamiento ha hecho ‑ha inventado las cosas más extraordinarias, la computadora, los buques de guerra, los misiles, la bomba atómica, la cirugía, la medicina- y también vemos las cosas que el pensamiento le ha permitido hacer al hombre, como ir a la luna, etcétera. Y el pensamiento es la raíz misma del miedo. ¿Vemos eso? No cómo terminar con el pensamiento, sino ver realmente que el pensar es la raíz del miedo, lo cual es tiempo. Ver, no las palabras, sino ver realmente. Cuando uno tiene un dolor severo, el dolor no es diferente de uno y no actúa instantáneamente ‑¿correcto? Entonces, ¿ven ustedes tan claramente como ven el reloj, como ven a quien les habla o al amigo que se sienta al lado, ven que el pensamiento es el origen del miedo? Por favor, no pregunten: «¿Cómo he de verlo?» En el momento que preguntan cómo, aparece alguien que desea ayudarlos, y entonces ustedes se convierten en los esclavos de esa persona. Pero si ven por sí mismos que el pensamiento/tiempo es realmente la raíz del miedo, ello no necesita deliberación ni decisión. Un escorpión es venenoso, una víbora es venenosa ‑en la percepción misma de uno u otra, ustedes actúan.

Uno se pregunta, entonces: ¿Por qué no vemos? ¿Por qué no vemos que una de las causas de la guerra son las nacionalidades? ¿Por qué no vemos que uno puede llamarse musulmán, y otro cristiano ‑¿por qué peleamos por nombres, por propaganda? ¿Vemos eso, o sólo memorizamos o pensamos al respecto? ¿Comprenden, señores, que la conciencia de ustedes es el resto de la humanidad? La humanidad, como ustedes y otros, pasa por toda clase de dificultades, experimenta pena, afán, ansiedad, soledad, depresión dolor, placer; todos los seres humanos pasan por esto, todos los seres humanos en todo el mundo. Por lo tanto, nuestra conciencia, nuestro ser, es toda la humanidad. Es así. ¡Qué renuentes somos a aceptar un hecho tan sencillo! Y es que estamos acostumbrados a ser individualistas ‑yo, lo mío en primer lugar. Pero si vemos que nuestra conciencia es compartida por todos los otros seres humanos que viven en esta tierra maravillosa, entonces cambia todo nuestro modo de vivir. Pero no vemos eso. Necesitamos argumentos, muchísima persuasión, presiones, propaganda ‑todo lo cual es tan terriblemente inútil porque es cada uno de nosotros el que tiene que ver esto por sí mismo.

¿Podemos, pues, cada uno de nosotros, que somos los demás seres humanos, que somos la humanidad, mirar un hecho muy sencillo? ¿Observar, ver que el pensamiento/tiempo es la causa del miedo? Entonces la percepción misma es la acción. Y a partir de ahí, ustedes ya no dependen de nadie. El gurú es como ustedes. El líder puede vestir ropas diferentes y usar toda clase de joyas, pero desnúdenlo de todo eso y es exactamente igual que ustedes y yo, sólo que ha logrado un poder mayor, y nosotros también deseamos un poder mayor, más dinero, más posición y status. ¿Podemos, pues, mirar todo esto, verlo muy claramente? Entonces esa percepción misma termina con toda esta necedad. Entonces uno es una persona libre.

Tercera plática en Saanen, 1985

Domingo 14 Julio 1985

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