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Tercera sesión de preguntas y respuestas en Saanen, 1985

Jueves 25 Julio 1985

Hay demasiadas preguntas para poder contestarlas todas, pero se han escogido algunas. Repito, quien les habla no las ha visto.

Antes de que examinemos esas preguntas, ¿puedo contar algo? Se ha estado hablando muchísimo acerca del arte, de lo que es el arte. Yo creo que el significado etimológico de esa palabra es: ponerlo todo en su lugar exacto. ¿Podemos primero hablar un poco de eso?

¿Cuál creen ustedes que sea el más grande de los artes, el arte supremo? ¿Es acaso, el arte de escuchar, de oír, ver, observar, percibir y aprender? Por favor, estamos investigando juntos esta cuestión, quien les habla no está haciéndolo para sí mismo.

Comencemos con el arte de escuchar. Nosotros no escuchamos solamente con los oídos ‑las palabras que vibran y se transmiten al cerebro. Ciertamente, es mucho más que eso. ¿Escuchamos alguna vez a alguien? ¿Escucha uno a su esposa, a su marido, a su novia, escucha realmente lo que ellos comunican, lo que tratan de decir? ¿O lo que dicen uno lo traduce a su propia terminología, comparándolo con lo que uno ya conoce, evaluándolo, juzgándolo, aceptándolo o discrepando con ello? ¿Es eso escuchar? Ahora les estoy hablando (infortunadamente); ¿escuchan ustedes, prestan realmente atención al significado de las palabras, al contenido de las palabras, no traduciendo, no comparando ni juzgando ni concordando ni discrepando ‑sino sólo escuchando? ¿Están haciendo eso ahora? ¿Acaso no es una de las cosas más importantes que hay el modo en que escuchamos a otro? El otro puede estar usando un perfume demasiado fuerte que a uno le repele, o le agrada, y este agrado y desagrado con respecto a un perfume, o a otros factores, pueden impedirle a uno escuchar lo que la otra persona tiene que decir.

Si ustedes han investigado a bastante profundidad este problema, habrán encontrado que una de las cosas más difíciles que hay, es saber escuchar a otro completamente. ¿Lo están haciendo ahora? ¿O están impacientes y cosas así?

Existe, pues, un arte de oír, de escuchar ‑¿correcto? Y hay un arte de ver ‑ver las cosas como son. Cuando miran un árbol, ¿traducen eso inmediatamente en palabras y dicen ‘árbol’? ¿O lo miran, lo perciben, ven su forma, ven la belleza de la luz sobre una hoja, ven la calidad de ese árbol? El árbol, afortunadamente, no está hecho por el hombre; está ahí. De igual modo, ¿nos vemos a nosotros mismos tal como somos, sin condenar, sin juzgar, sin evaluar, etc.? Sólo ver lo que somos, nuestras reacciones y respuestas, nuestros prejuicios y opiniones ‑ver todo eso, no hacer nada al respecto sino solamente observar. ¿Podemos hacerlo?

Existe, pues, un arte de ver las cosas como son, sin nombrarlas, sin quedarnos atrapados en la red de las palabras sin toda la operación del pensar interfiriendo con la percepción. Ese es un gran arte.

Y también hay un arte de aprender, ¿no es así? ¿Qué entendemos por aprender? Generalmente se entiende que el aprender implica memorizar, acumular, atesorar conocimientos para usarlos con o sin destreza ‑aprender un idioma, aprender a leer, a escribir, a comunicarnos, etcétera. Las computadoras modernas pueden hacer la mayoría de esas cosas mejor que nosotros. Son extraordinariamente rápidas. ¿Cuál es, entonces, la diferencia que hay entre nosotros y la computadora? La computadora tiene que ser programada. Nosotros también hemos sido programados de distintas maneras: la tradición, la llamada cultura, el conocimiento. Y también se nos ha programado para ser hindúes, budistas, cristianos, comunistas, etcétera, etcétera. ¿Es solamente todo esto lo que hay que aprender? Estamos inquiriendo. No decimos que no lo sea. Es necesario aprender el modo de manejar un automóvil, aprender un idioma, etcétera. Pero nos preguntamos: ¿Es algo más el aprender? ¿Estamos juntos en esto? No se limiten a mirarme, por favor ‑la persona no es muy interesante. Estamos formulando una pregunta: El aprender, ¿consiste meramente en memorizar? Porque si eso es todo, entonces la computadora puede hacerlo mejor que nosotros. ¿Pero no es mucho más que eso el aprender? Aprender significa aprender constantemente, no acumular, no recoger lo que uno ha visto, lo que ha observado, escuchado, aprendido, y atesorarlo.

Para quien les habla, aprender significa observación constante, un constante escuchar, un moverse sin detenerse jamás, sin tomar jamás una posición, sin retroceder hacia la memoria, y sin dejar que sea la memoria la que actúe. Ése es un gran arte.

Luego está el arte de la disciplina. Esa palabra se deriva de ‘discípulo’, uno que aprende de algún otro, no necesariamente del maestro, del gurú ‑generalmente son más bien tontos- sino que se disciplina a sí mismo conforme a un patrón, como un soldado, como un monje, como una persona que quiere ser muy austera y disciplina su cuerpo ‑todo el proceso de control, dirección, obediencia, subordinación y adiestramiento. Para mí, para quien les habla, esa disciplina es una cosa terrible. Pero si hay un escuchar agudo, no sólo con el oído sino también un escucharnos a nosotros mismos, y escuchar todo lo que sucede alrededor de nosotros, escuchar los pájaros, el río, el bosque, la montaña, y observar al minúsculo insecto sobre la flor (si uno tiene ojos bastante buenos para hacerlo) ‑todo ello constituye una forma de vivir que en sí misma se vuelve la disciplina, hay un movimiento constante.

Volveré a las preguntas... ¡Uff! ¡Hace bastante calor aquí! Hemos tenido los días más maravillosos durante tres semanas, mañanas hermosas, bellos atardeceres, largas sombras, profundos valles azules, un claro cielo celeste y la nieve. Han sido tres semanas maravillosas. Jamás ha habido todo un verano como éste. Así es como las montañas, los valles, los árboles y el río nos dicen adiós. ¿Podemos proseguir con nuestras preguntas?

Yo veo que el pensamiento es el responsable de mi confusión. Y no obstante, al investigar eso se generan más pensamientos, y es algo que no tiene fin. Tenga la bondad de comentar sobre esto.

El pensamiento se asocia con otros pensamientos ‑¿correcto? No hay un pensamiento aislado. Es una serie de movimientos a los que llamamos el pensar. Yo pienso en mis zapatos, luego cómo conservarlos limpios; los lustro (cosa que hago). Así que el pensamiento no puede existir por sí mismo ‑o sea, que no existe un pensamiento sin todas las asociaciones que se conectan con él. Y el pensar es nuestra vida misma. Eso es muy obvio. Ustedes no podrían estar ahí y quien les habla no podría estar aquí si no hubiéramos pensado al respecto. Y pensamos al respecto porque ha habido asociaciones previas ‑la reputación, los libros, y todo el ‘bla bla’, y ustedes vienen aquí y vengo yo, viene quien les habla. No existe, pues, un pensamiento aislado en sí mismo. Es importante que se descubra esto. El pensamiento se relaciona siempre con alguna otra cosa; y en la persecución de un pensamiento surgen otros pensamientos. Quien les habla está lustrando sus zapatos, y al mirar hacia afuera por la ventana ve aquellas montañas, ¡y ya se ha ido allá lejos! Y tiene que regresar y lustrar sus zapatos. Quiero concentrarme en algo y el pensamiento se dispersa en otra dirección. Lo traigo de vuelta y trato de concentrarme. Esto prosigue todo el tiempo, desde la infancia hasta que morimos.

Y cuanto más pienso acerca del pensamiento, tanto más está ahí el pensamiento: «No debo seguir ese curso de pensamiento, tengo que pensar correctamente; ¿existe un pensar correcto?, ¿existe un pensar incorrecto?, ¿existe un pensar deliberado?, ¿cuál es el propósito de mi vida?, etcétera, etcétera». Todo el proceso del pensar empieza y ya no termina. El pensamiento ha hecho las cosas más extraordinarias. Tecnológicamente ha hecho cosas terribles, cosas que espantan. Y ha fabricado los rituales de todas las religiones. Y ha torturado a los seres humanos. Y los ha expulsado arrojándolos de una parte del mundo a otra. Etc., etc. El pensamiento, ya sea oriental u occidental, sigue siendo el proceso del pensar. No es el pensar oriental u occidental, dos cosas separadas. Porque el hilo de conexión es el pensamiento ‑¿correcto? ¿Estamos de acuerdo?

De modo que la pregunta es: ¿Existe un final para el pensamiento? No el modo de pensar de ustedes, o mi modo de pensar, o el afirmar que todos estamos pensando en conjunto, que estamos moviéndonos en la misma dirección. Lo que preguntamos es si el pensamiento puede detenerse alguna vez. O sea, ¿existe un final para el tiempo? El pensar es el resultado del conocimiento, de la memoria. Para adquirir conocimientos uno necesita tiempo. Aun la computadora, que es tan extraordinaria, requiere una fracción de segundo antes de lanzar vertiginosamente lo que tiene que decir. Cuando preguntamos, pues, si el pensamiento puede alguna vez terminar, también estamos preguntando si existe un final para el tiempo. Es una pregunta bastante interesante si la investigan.

¿Qué significa el tiempo para nosotros, no sólo psicológicamente, sino externamente ‑la salida y puesta del sol, el aprender un idioma, etc., etc., etc.? Uno necesita tiempo para ir de aquí hasta allá. Aun el tren o el avión más veloz necesitan tiempo para llegar a alguna parte. De modo que... Por favor, sigan esto: mientras haya una distancia entre ‘lo que es’ y ‘lo que podría ser’, entre ‘lo que soy’ y ‘lo que seré’ ‑puede ser una distancia muy corta o pueden ser siglos de distancia- esa distancia solamente puede ser cubierta por el tiempo. Así que el tiempo implica evolución, ¿verdad? Ustedes plantan la semilla en la tierra, y la semilla toma toda una estación para madurar, para desarrollarse, o toma un millar de años para llegar a ser un árbol completo. Todo lo que crece o deviene necesita tiempo. Todo. Por lo tanto, el tiempo y el pensamiento no son dos movimientos separados. Son un solo movimiento compacto. Y nosotros estamos preguntándonos si el pensamiento y el tiempo pueden detenerse, terminar. ¿Cómo lo averiguarán? Éste ha sido uno de los problemas a que el ser humano ha estado enfrentándose desde el principio del hombre. Este movimiento del tiempo es un círculo; el tiempo es una esclavitud. La esperanza ‘yo espero’ implica tiempo. De modo que el hombre se ha preguntado no si existe la intemporalidad más bien se ha preguntado si existe un final para el tiempo. ¿Comprenden la diferencia?

Ésta es realmente una pregunta muy seria. No estamos investigando lo intemporal. Investigamos si el tiempo, que es pensamiento, puede terminar. Ahora bien, ¿cómo lo descubrirán ustedes? ¿Por medio del análisis? ¿Por medio de la llamada intuición? Esa palabra intuición, que tanto se ha usado, puede ser muy peligrosa, puede ser nuestro deseo oculto. Puede ser nuestro motivo profundamente arraigado del cual no somos conscientes. Puede ser una insinuación de nuestra tendencia, de nuestra propia idiosincrasia, de nuestra particular acumulación de conocimientos. Nos preguntamos, pues: Si uno desecha todo eso, ¿hay un final para el tiempo? Y hemos preguntado: ¿Cómo lo descubrirán ustedes? Ustedes, no quien les habla o algún otro, porque lo que otros dicen carece de importancia.

Tenemos que investigar, pues, muy, muy profundamente la naturaleza del tiempo, cosa que hicimos durante las últimas semanas. También investigamos profundamente la naturaleza del pensar. ¿Puede todo eso ‑el tiempo, el pensar‑ llegar a su fin? ¿O es un proceso gradual? Si es un proceso gradual, su mismo carácter gradual es tiempo, de modo que esa terminación no puede ser gradual -¿correcto? No puede llegar ‘con el tiempo’. No puede ser en el próximo fin de semana o mañana o unos minutos más tarde. Tampoco puede ser en el segundo siguiente. Todo eso admite la presencia del tiempo.

Si uno capta realmente todo esto, si comprende profundamente la naturaleza del pensamiento, la naturaleza del tiempo, la disciplina, el arte de vivir ‑y permanece con ello quietamente, no lo cubre con toda clase de movimientos sino que permanece con ello- entonces hay una vislumbre, una percepción de su naturaleza que no se relaciona con la memoria, con nada. ¡Descúbranlo! Quien les habla puede fácilmente decir: sí, así es. Eso sería demasiado infantil. A menos que experimentemos ‑sin decir meramente ‘sí, sí’, o aceptarlo- a menos que lo investiguemos verdaderamente, experimentando, impulsando profundamente nuestra exploración, no podremos dar con un extraño sentido de intemporalidad.

La segunda pregunta dice: Por favor, háblenos más del tiempo y de la muerte.

Hemos hablado muchísimo acerca del tiempo, del pensamiento y de la relación que el tiempo tiene con la muerte. ¿Qué relación tiene el pensamiento, el pensar, con esta cosa extraordinaria llamada muerte? Si uno le tiene miedo a la muerte, entonces jamás verá la dignidad, la belleza y profundidad de la muerte. El miedo es causado por el pensamiento y el tiempo. Eso ya lo hemos investigado muy detenidamente. El miedo no existe por sí mismo. Existe cuando hay exigencia de seguridad, no sólo seguridad biológica, física, sino mucho más. Al parecer, los seres humanos exigen, requieren, insisten en estar psicológicamente seguros.

Por lo tanto, tenemos que investigar la seguridad, que consiste en sentirse a salvo, protegido. La seguridad significa protección, ¿no es así? Yo tengo que proteger aquello que me ofrece seguridad, ya sea la seguridad de la posición social la seguridad del poder, o la seguridad de muchas posesiones. Tener millones en el banco nos da una gran sensación de seguridad. Poseer un buen chalet nos da seguridad. La seguridad implica también tener una compañera o un compañero que estará junto a uno, que lo ayudará, que lo confortará, que le dará lo que él o ella necesitan. Así es como buscamos seguridad en la familia. La buscamos en la comunidad, en la nación, en la tribu; y esa misma condición tribal, nacionalista, impide esa seguridad, porque hay guerra, porque una tribu mata a otra tribu, porque un grupo destruye a otro grupo. De modo que físicamente se está volviendo más y más difícil estar seguro. Los terroristas pueden penetrar en esta carpa y volarnos a todos.

Nosotros no sólo necesitamos seguridad física, sino que también buscamos la seguridad psicológica. La seguridad psicológica es nuestra mayor exigencia. Pero nos preguntamos: ¿Existe en absoluto la seguridad psicológica? Tengan la bondad de formularse a sí mismos esta pregunta que es realmente muy seria: Internamente, subjetivamente, como si dijéramos dentro de la piel, ¿existe en absoluto seguridad alguna? Yo puedo depender de ustedes como auditorio, y ustedes pueden depender de mí como orador. Si quien les habla buscara seguridad en ustedes y no tuviera a nadie a quien hablarle, entonces se sentiría terriblemente inseguro. ¿Existe, pues, en absoluto la seguridad psicológica?

El mundo está cambiando constantemente de día en día; es un fluir tremendo. ¡Es algo tan obvio! Físicamente uno necesita un poco de seguridad para sentarse aquí, para que discutamos juntos, pero eso se está restringiendo gradualmente. Uno no puede hacerlo en los países comunistas. De modo que uno reconoce el hecho de que psicológicamente no existe la seguridad. Ésa es la verdad: psicológicamente, la seguridad no existe. Yo puedo tener una creencia, puedo tener fe, pero viene alguien y destroza todo eso. Cuando más me fortalezco en una creencia, más puede esa creencia ser despedazada. Puedo tener fe en algo, en un símbolo, en una persona, pero eso puede ser destrozado por los argumentos, por la lógica. De manera que no existe en absoluto la seguridad psicológica. Aunque la hayamos buscado, aunque hayamos tratado de realizarnos, de hacerlo todo para sentirnos psicológicamente seguros, al final de ello está la muerte.

Está la muerte. Y la muerte es la cosa más extraordinaria. Pone fin a la larga continuidad. En esa continuidad esperamos encontrar la seguridad, porque el cerebro puede funcionar excelentemente sólo cuando está completamente seguro ‑seguro con respecto al terrorismo, seguro en una creencia, seguro en el conocimiento, etc., etc. Todo eso toca a su fin cuando llega la muerte. Yo puedo tener esperanzas en la próxima vida y toda esa tontería, pero la muerte es realmente el final de una larga continuidad. Yo me he identificado con esa continuidad. Esa continuidad soy yo. Y la muerte dice: «Lo lamento, viejo, ése es el final». Y uno no está asustado de la muerte, realmente no lo está, porque uno está viviendo constantemente con la muerte ‑o sea que está muriendo constantemente. No continuando y muriendo, sino muriendo cada día para todo cuanto uno ha acumulado, memorizado, experimentado.

El tiempo nos da la esperanza, el pensamiento nos brinda consuelo, nos asegura una continuidad, y decimos: «Bueno, en la próxima vida...» Pero si no termino con esta tontería ahora, con la estupidez, con las ilusiones y todo eso, esas cosas estarán ahí en la próxima vida ‑si es que existe una próxima vida.

De modo que el tiempo, el pensamiento, dan continuidad, y nosotros nos aferramos a esa continuidad, por lo cual hay miedo. Y el miedo destruye el amor. Amor, compasión y muerte. No son movimientos separados.

Nos preguntamos, pues: ¿Podemos vivir con la muerte, y pueden terminar el pensamiento y el tiempo? Está todo relacionado. No separen el tiempo, el pensamiento y la muerte. Es todo una sola cosa.

¿Acaso no es violencia y corrupción tener seguridad física mientras otros se mueren de hambre?

¿Quién formula esta pregunta? Por favor, quien les habla se lo está preguntando a ustedes: ¿Quién ha formulado esta pregunta? ¿Es el hombre que está físicamente seguro y tiene consideración del pobre, por el que padece hambre, o es el que padece hambre el que pregunta esto? Si usted y yo estamos bien acomodados, podemos formular esta pregunta. Si usted y yo fuéramos realmente muy pobres, ¿formularíamos esta pregunta? Vea, hay demasiados reformadores sociales en el mundo, los ‘benefactores’. No examinaré eso ahora porque no tenemos tiempo para ello. Considérenlo cuidadosamente. Haciendo algo por el pobre, ¿no se están realizando ellos mismos en el trabajo social? Cuando quien les habla estuvo en la India se le formuló esta pregunta: «¿Qué hace usted por los pobres? Ellos se están muriendo de hambre, usted se ve bien alimentado; ¿qué hace usted?» Por lo tanto, digo: ¿Quién formula esta pregunta? Quien les habla no la está eludiendo. Él ha sido criado en la pobreza. ¿Es, entonces, él cuando era joven y vivía en la pobreza, el que formula esta pregunta?

En el mundo hay mucha miseria; están los barrios pobres y superpoblados donde se vive en condiciones espantosas (En Suiza, aparentemente, no existen esos barrios. ¡Gracias a Dios!) Y también hay ghetos, hay gente muy, muy, muy pobre que sólo puede tener una comida diaria, etc., etc. ¿Qué hacemos al respecto? Ésa es realmente la pregunta, ¿verdad? Usted tal vez sea rico, y puede que yo no sea tan rico, pero la pregunta es: Nosotros, seres humanos que vemos todo esto, ¿qué hacemos al respecto? ¿Cuál es nuestra responsabilidad? ¿Estamos preocupados ‑por favor, no estoy evadiendo la pregunta- estamos preocupados por la pobreza? Pobreza. ¿Qué significa eso? ¿Pobreza física? ¿O pobreza psicológica? ¿Comprenden? Ser pobre psicológicamente, en el sentido de que uno puede poseer muchísimos conocimientos acerca de la psiquis pero sigue siendo pobre. El psicoanalista es pobre, y trata de corregir a la otra persona que también es pobre.

¿Qué es, entonces, la pobreza? Ser pobre, carecer de refinamiento, ser un ignorante... Entonces, ¿qué es la ignorancia? ¿No haber leído libros, no saber escribir, tener una comida diaria, vestir un taparrabo? ¿O la pobreza comienza en lo psicológico? Si soy rico internamente, puedo hacer algo. Si yo mismo soy pobre internamente, la pobreza externa nada significa.

Tenemos que comprender, pues, no sólo qué es la pobreza, sino también todo lo que esa comprensión implica: simpatía, generosidad. Si uno posee una camisa, la da. Una vez, quien les habla estaba caminando bajo la lluvia en la India cuando se le acercó un niño diciendo: «Dame tu camisa». Yo dije: «Muy bien». Y se la di. Entonces dijo: «Dame tu camiseta». Yo le contesté: «Un momento. Ven conmigo a la casa. Podrás tener cualquier cosa que quieras, alimento, ropa, lo que gustes ‑dentro de ciertos limites, desde luego». Así que vino conmigo tomado de mi mano; era muy pobre, estaba sucio. Llovía a cántaros y caminamos juntos hasta la casa. Lo dejé solo y subí al piso de arriba para conseguirle algunas ropas. Y el niño se puso a recorrer la casa examinando cada aparador, curioseándolo todo. La persona con la que se hospedaba quien les habla, atrapó al niño y le preguntó: «¿Qué estás haciendo en esta parte de la casa?» «Él me pidió que entrara», contestó el niño. «Pero no te pidió que subieras al piso de arriba y lo examinaras todo. ¿Por qué lo estás haciendo, entonces?» Y el niño se asustó bastante y dijo: «Mi padre es un ladrón». Él estaba inspeccionando la casa.

De modo que tenemos que habérnoslas con la pobreza no sólo externamente, sino también internamente. Tal vez no habría pobreza en el mundo si las naciones se reunieran y dijeran: «Tenemos que resolver este problema». Podrían hacerlo. Pero las nacionalidades las dividen, las comunidades las dividen, las religiones las dividen. Y así es como todo el mundo se opone a una clase de acción que deseche todas nuestras nacionalidades, nuestras creencias, nuestras religiones, y realmente ayude a que, trabajando en conjunto, solucionemos este problema externo de la pobreza. Nadie hará esto. Hemos hablado con los políticos, con personas que ocupan las más altas posiciones, pero ellas no se interesan en esto. De modo que comencemos con nosotros mismos.

¿Cómo puede nuestro limitado cerebro captar lo ilimitado, que es belleza y verdad? ¿Cuál es la base de la compasión, de la inteligencia, y cómo puede ello dar realmente con cada uno de nosotros? ¿Correcto? ¿Está clara la pregunta?

¿Cómo puede nuestro limitado cerebro captar lo ilimitado? No puede, porque es limitado. ¿Podemos captar la significación, la profundidad de la característica del cerebro y reconocer el hecho ‑el hecho, no la idea- de que nuestros cerebros están limitados por el conocimiento, por las especialidades, por las disciplinas particulares, por pertenecer a un grupo, a una nacionalidad y todo eso, lo cual es básicamente el interés propio disimulado, oculto por toda clase de cosas ‑túnicas, guirnaldas, rituales? Esencialmente, esta limitación aparece cuando hay interés propio. ¡Es tan obvio! Cuando yo me intereso en mi propia felicidad, en mi propia realización, en mi propio éxito, ese mismo interés propio limita la calidad del cerebro y la energía del cerebro ‑como lo explicamos, quien les habla no es un especialista en cerebros, aunque ha hablado al respecto con algunos profesionales.

Ese cerebro, por millones de años, ha evolucionado con el tiempo, la muerte y el pensamiento. La evolución implica toda una serie de acontecimientos temporales, ¿no es así? Para elaborar todos los rituales religiosos se necesitó tiempo. Así, el cerebro se ha condicionado, se ha limitado por su propia voluntad, buscando su seguridad propia, manteniéndose dentro de su propio corral, diciendo: «Yo creo», «yo no creo», «estoy de acuerdo», «no estoy de acuerdo», «ésta es mi opinión», «éste es mi juicio» ‑interés propio. Ya sea en las jerarquías religiosas, o entre los diversos políticos notables, o en el hombre que busca el poder a través del dinero, o en el profesor con sus tremendos conocimientos académicos, o en los gurús ‑todos los cuales hablan de bondad, de paz y esas cosas- ello forma parte del interés propio. Enfréntense a todo esto.

De este modo nuestro cerebro se ha vuelto muy, muy, muy pequeño ‑no en su forma o tamaño, sino que se ha reducido en su calidad, la cual posee una capacidad inmensa. Inmensa. El cerebro ha progresado tecnológicamente, y también tiene una capacidad inmensa para penetrar muy, muy, muy profundamente en lo interno, pero el interés propio lo limita. Es algo muy sutil poder descubrir dónde se oculta el interés propio. Puede ocultarse detrás de una ilusión, en la neurosis, en el fingimiento, en algún nombre de familia. Para descubrirlo, hay que mirar debajo de cada piedra, de cada brizna de hierba. O uno se toma tiempo para descubrirlo ‑lo cual nuevamente se vuelve una esclavitud- o uno ve la cosa, la capta, la percibe instantáneamente. Cuando la percepción es completa, abarca la totalidad del campo.

El interlocutor pregunta, pues, cómo puede el cerebro, que está condicionado, captar lo ilimitado que es belleza, amor y verdad. Pregunta cuál es la base de la compasión y la inteligencia, y si ello puede dar con nosotros ‑con cada uno de nosotros. ¿Invita usted a la compasión? ¿Invita a la inteligencia? ¿Invita a la belleza, al amor, a la verdad? ¿Trata usted de captarlos? Se lo pregunto. ¿Trata usted de captar la calidad de la inteligencia y la compasión, el inmenso sentido de la belleza, el perfume del amor, y esa verdad hacia la cual no hay sendero alguno? ¿Es eso lo que usted está tratando de captar ‑desea descubrir la tierra donde ello reside? ¿Puede captar esto el limitado cerebro? Usted no puede captarlo, no puede asirlo, aunque practique toda clase de meditaciones, aunque ayune y se torture a sí mismo y se vuelva terriblemente austero y vista un taparrabo o una túnica. El rico no puede dar con la verdad, ni lo puede el pobre, ni las personas que han tomado votos de castidad, de silencio, de austeridad. Todo eso lo determina el pensamiento, lo produce consecuentemente el pensamiento; todo es el cultivo de un pensamiento deliberado, de un propósito deliberado. Como una persona que le dijo a quien les habla: «Denme doce años y haré que vean ustedes a Dios».

Por eso, como el cerebro es limitado, haga usted lo que haga, se siente con las piernas cruzadas en la postura del loto, entre en trance, medite, se pare sobre la cabeza o en una sola pierna, haga lo que haga, jamás dará con ello. La compasión no llega de ese modo.

Por lo tanto, uno tiene que comprender qué es el amor. El amor no es sensación. El amor no es placer, deseo, realización. El amor no es celos, no es odio. El amor contiene simpatía, generosidad y tacto, pero estas cualidades no son el amor. Comprender eso, dar con eso, requiere un gran sentido de apreciación de la belleza. No la belleza de una mujer o de un hombre o de una estrella de cine. La belleza no está en la montaña, en los cielos, en los valles o en el ondeante río. La belleza existe sólo donde hay amor. Y la belleza como el amor, es compasión. No hay suelo en que la compasión se asiente para nuestra conveniencia. Esa belleza, ese amor, esa verdad es la más elevada forma de inteligencia. Cuando esa inteligencia existe, hay acción, claridad, un extraordinario sentido de dignidad. Es algo inimaginable. Y lo que no puede imaginarse, lo ilimitado, no puede ser puesto en palabras. Puede describirse, los filósofos lo han descrito, pero los filósofos que lo han descrito no son aquello que han descrito.

Para dar, pues, con este gran sentido de la belleza, el yo, el ego, la actividad egocéntrica, el devenir, han de estar ausentes. Tiene que haber en uno un gran silencio. Silencio implica vacío de todo. En ese vacío hay un vasto espacio. Donde existe ese vasto espacio, hay una energía inmensa, no la energía del interés propio ‑una energía ilimitada.

Tercera sesión de preguntas y respuestas en Saanen, 1985

Jueves 25 Julio 1985

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